“Força, força companheiro Vasco”: Vasco Gonçalves, el general del PREC

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Cartel de la etapa del PREC portugués en apoyo al general y primer ministro Vasco Gonçalves.

Los más viejos del lugar recordarán un disco de la banda gallega Siniestro Total titulado con una sentencia que se ha hecho célebre: “Menos mal que nos queda Portugal”. Por esas casualidades del Destino, tras años de mofas a costa del vecino pobre, el gobierno de izquierdas de Lisboa está haciendo buena la frase a este lado del Miño y el Guadiana, donde las recetas de austeridad, incompetencia, corrupción y ahora además violencia del gobernante Partido Popular están consiguiendo que, sin mucho ruido y con algunos lastres que todavía soporta la economía y la situación social portuguesa, ese “Menos mal que nos queda Portugal” sea tanto una muestra de resignación como, al mismo tiempo, de la potente y resolutiva constatación de que las cosas pueden hacerse de otra manera. Y todo ello sin necesidad de irse a las latitudes caribeñas o sudamericanas (Cuba, Venezuela) de las que tanto abominan profesionales de la política, la economía y el periodismo por estos lares.

Pero antes de que el tripartito PS-PCP-Bloco de Esquerda (cuatripartito en realidad, porque los comunistas portugueses acuden a las elecciones en la coalición Candidatura Democratica de Unidade con los ecologistas) pudiera siquiera echar a andar en su labor de gobierno, ya surgieron en Portugal panfletos advirtiendo del supuesto desastre que se avecinaba y a los que por aquí ya estamos acostumbrados -aunque luego el lobo no resultara tan fiero como lo pintaban, quedaba estupendo injuriar a Zapatero calificándole de masón o afirmando en la actualidad que el pacto PSOE-Podemos en Castilla la Mancha convertirá la comunidad en una Venezuela con molinos-. De hecho, y en el mejor estilo del periodismo más tóxico de la vecina España, se ha llegado a reproducir una portada de la revista TIME de 1974 (en pleno Processo Revolucionário em Curso, la etapa inmediatamente posterior a la Revolución de los Claveles) en la que se avisaba de la “amenaza roja” en Portugal, pero los representados bajo el signo de la hoz y el martillo eran esta vez los líderes de los tres partidos del tripartito, António Costa (PS y primer ministro), Jerónimo de Sousa (PCP) y Catarina Martins (Bloco). Lejos debe quedar ese pronóstico agorero, al menos con los datos actuales en la mano, y para la percepción de los propios votantes lusitanos, que otorgan diez puntos de ventaja al socialismo en el gobierno respecto a la oposición conservadora (panorama desastroso para la derecha confirmado en las elecciones municipales celebradas el pasado domingo). Más allá de la anécdota, esto nos remite a las palabras del sociólogo Boaventura de Sousa Santos: en las democracias parlamentarias burguesas, con medios de comunicación controlados por manos privadas que difunden la información de acuerdo con los intereses e ideología del gran capital, una persona de izquierda (o con un mínimo sentido crítico), aún cuando gobierne la izquierda en el país, no puede abrir un periódico o ver un noticiario sin que le entre un ataque de nervios ante la manipulación mediática que acontece diariamente.

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Portada original de TIME de 1974 y recreación realizada tras la formación del gobierno tripartito de izquierda con el texto “Amenaza roja en Portugal”.

Esa campaña de acoso, que tan rápido se ha quedado sin argumentos, y salvando las distancias temporales, recuerda a la que originalmente se levantó contra uno de los protagonistas de la portada original (Francisco Costa Gomes, general y presidente provisional de la República; Otelo Saraiva de Carvalho, mayor, cerebro del 25 de Abril y de conocida tendencia izquierdista y a quien nos referimos aquí, el también general Vasco Gonçalves, primer ministro), sólo que aquella fue mucho más descarnada y prolongada. La revista se permitió hacer un paralelismo entre el Portugal revolucionario y la URSS de entonces al bautizar a aquel trío como la “troika de Lisboa”, en alusión a la troika soviética de Brezhnev, Koisigin y Podgorny.

Vasco Gonçalves fue el único miembro del MFA, el movimiento que agrupaba a los militares que derrocaron a la dictadura fascista más longeva de Europa, el Estado Novo, que tenía unos galones tan altos. La Revolución del 25 de Abril fue otro “Menos mal que nos queda Portugal” para una España aún metida en la sombra de la dictadura y con la esperanza a flor de piel, aunque sin atrever a asomarse mucho, a la espera de un “hecho biológico” (la muerte de Franco) que no terminaba de producirse. Y Vasco Gonçalves presidió cuatro gobiernos provisionales en un periodo, de julio de 1974 a septiembre de 1975, caracterizado por lo que era el “peligro rojo” para unos o para otros la esperanza de construir el socialismo en democracia y a base de la movilización de un pueblo que había sido casi cincuenta años sometido a la parálisis del miedo. El “companheiro Vasco”, como se le conoció, por formación y carácter decidió impulsar hacia delante esa “transición al socialismo” en que la Revolución había derivado: el Processo Revolucionário em Curso (PREC). Todo ello en un momento de movilización popular sin precedentes en Portugal por el volumen de personas que involucró y por las múltiples áreas en que tuvo lugar.

EL CONTEXTO

Las dictaduras del sur de Europa (Grecia, España y Portugal) se hallaban en momentos de crisis que amenazaban su futuro. La contestación social había aumentado y se hacía más difícil de controlar con los habituales mecanismos represivos sin despertar protestas incluso entre los propios aliados occidentales de las mismas. Además, la crisis del petróleo amenazaba al modelo desarrollista en que se basaban sus economías y que les había permitido, bien que en vagón de cola, unirse a la prosperidad económica generalizada de Europa de los años cincuenta y sesenta y disfrutar de una cierta paz social. Por último, para EE.UU. y los aliados de Europa Occidental, el mantenimiento de su apoyo a los gobiernos dictatoriales de los coroneles en Grecia, de Franco en España y de Caetano en Portugal como “baluartes anticomunistas” suponía un severo golpe de cara a su imagen ante la opinión pública, además de suponer, tanto dentro de sus fronteras como en el interior de las de estos estados dictatoriales, un lastre para el desarrollo de la nueva etapa del capitalismo, en el que la desregulación y la integración internacional de los mercados chocaba con el nacionalismo, el proteccionismo, los holding estatales, los mercados cautivos de las colonias o la ausencia de una circulación abierta de la información y el conocimiento técnico debida a la censura. Por este motivo, incluso sectores tecnocráticos y capitalistas beneficiados con la política de los regímenes dictatoriales exploraban una salida democrática a los mismos en aras de sus intereses económicos, como la expansión de sus mercados, la modernización de sus tecnologías o la entrada de inversiones extranjeras.

De este modo, desde Washington, París o Bonn se buscaba lo que se ha dado en llamar una “transición gatopardiana” -por la frase de la novela “El Gatopardo” de Lampedusa: es necesario que todo cambie para que todo siga igual- la dictadura a la democracia en los países de la Europa mediterránea. Era necesario garantizar el cambio de régimen político pero manteniendo la estructura del poder económico y dar con una salida negociada que conformara nuevos regímenes democráticos “de baja intensidad”, de acuerdo con la definición de, entre otros, el profesor Rafael Escudero. La característica de estas democracias sería la de la limitación de la participación ciudadana en los procesos de toma de decisión política, configurándose como partitocracias, y por ello más susceptibles al oscurantismo en el proceso decisorio, en especial de aquellos aspectos sociales y económicos determinados por organismos internacionales como la Unión Europea, la OTAN o el FMI.

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Felipe González (izquierda), con Willy Brandt (centro) y Olof Palme en un acto del PSOE en los años setenta. La socialdemocracia europea fue un agente esencial para completar el viraje derechista de los partidos socialistas del sur de Europa y el abandono de su ideario marxista.

El caso de la transición española resulta paradigmático de este tipo de transición, negociada en las altas esferas entre la dictadura agonizante pero aún con el poder represor en sus manos y una oposición que aglutinaba a buena parte de la opinión pública y tenía capacidad de movilización popular pero no contaba con los resortes del poder. La precipitación por alcanzar el poder y la división fomentada entre el histórico partido socialista y el potente movimiento comunista -que había llevado (como en Portugal) el peso de la oposición interna al régimen- por la socialdemocracia europea, especialmente la de la RFA, que financió generosamente al PSOE para seguir el guión de la “transición del Gatopardo”, llevó a que fuera el franquismo reformado quien llevara la voz cantante del proceso, con la complicidad de un socialismo que se convirtió a costa del PCE en el ascendente entre la izquierda y que fue abandonando progresivamente los postulados que defendía en la clandestinidad, como eran la opción republicana, el marxismo o la ruptura con el régimen. Todo ello fue acompañado con el aderezo de la violencia institucional y la de los grupos terroristas que, obviada en las historias que reflejan una transición modélica y ejemplar, cultivaron en la mente de los españoles de aquella época (y durante décadas posteriores) la idea de que la forma en que se hicieron las cosas fue la única posible sin que hubiera golpe de Estado o derramamiento de sangre de por medio -que los hubo-, o la de que no es menester someter a revisión el proceso y sus consecuencias, como la impunidad de los criminales de la dictadura.

Si España y Grecia (con un turnismo hasta fechas recientes muy similar al español, en el que conservadores y socialistas se alternaban en un país que conservaba su papel de periferia del capitalismo europeo) siguieron el guión previsto, el 25 de Abril trastocaba los planes respecto a lo que debía suceder en Lisboa. La aparición de un agente inesperado como el ejército, que además era un ejército de la OTAN, apoyado por el pueblo en la calle y fomentando además esa salida de los ciudadanos que reclamaban su papel como agente político añadía un componente de dificultad. Ya no se trataba de una negociación secreta entre dos partes de manera más o menos disimulada a espaldas del pueblo del país: la propia movilización en la calle ocurrida el día de la Revolución de los Claveles impedía cualquier negociación con los responsables políticos del antiguo régimen, máxime cuando el propio MFA impulsaba la depuración de funcionarios, la extinción de la PIDE y la milicia fascista y el juicio a los responsables de crímenes durante el salazarismo, como se pedía en la calle y reclamaba la memoria de los civiles muertos por los disparos de la policía política del régimen, las únicas víctimas de aquel día.

Hubo, eso sí, un primer intento de salvar los muebles cuando António de Spínola, el general que encabezaba la Junta de Salvación Nacional que ejercía el gobierno provisionalmente y que se había alzado con la presidencia de la República, nombró primer ministro a un hombre de negocios conservador como Adelino Palma Carlos. Lo que Spínola y Palma Carlos buscaban era “rejuvenecer” en cierto modo la “primavera marcelista” (las esperanzas reformistas que había traído consigo el nombramiento de Marcello Caetano como sucesor del viejo dictador Salazar) y consolidar una democracia de derecha, además de mantener el dominio colonial portugués en África con una nueva estructura federal similar a la Commonwealth británica y deshacerse de la menor cantidad posible del viejo aparato del Estado fascista.

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El general Spínola, presidente provisional de la República tras el 25 de Abril, ante los micrófonos en la toma de posesión del I Governo Provisório, presidido por Palma Carlos (a su derecha).

Pero esa solución era ya imposible, pues chocaba no sólo con el programa pactado por el MFA sino también con lo que manifestaban las propias masas populares y los líderes de los partidos retornados del exilio. Tanto el PS de Mário Soares entonces (que declaraba su admiración por Cuba, Vietnam y Yugoslavia), como el Partido Comunista de Álvaro Cunhal e incluso el conservador Partido Popular Democrático declaraban que Portugal debía avanzar hacia el socialismo por la vía del pluralismo democrático. Los acontecimientos se sucedían en los lugares de trabajo y las universidades, donde -a veces con exceso de celo- se expulsaba de la dirección a los simpatizantes o antiguos miembros de los órganos de la dictadura, mientras en los barrios y el medio rural se sucedían las reclamaciones de mejora de las viviendas y de una reforma agraria que redistribuyera la tierra y la otorgara a los campesinos pobres. Además, los ni los movimientos de independencia de las colonias iban a aceptar la solución spinolista ni los soldados y oficiales (algunos ya en franca rebelión) iban a aceptar proseguir la guerra en nombre de esa solución cuando el 25 de Abril se había desencadenado para, entre otras cosas, poner fin al conflicto entre la metrópoli y sus posesiones de ultramar.

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Manifestación en Lisboa. Varias pancartas muestran el hastío de la población por la guerra colonial y piden el regreso de los soldados y el fin de las operaciones militares en África.

En estas condiciones, en el MFA, encargado de garantizar el desarrollo de la revolución democrática, fueron cogiendo también fuerza aquellos que representaban opciones más a la izquierda. Entre ellos se encontraban Otelo Saraiva de Carvalho y Vasco Gonçalves, quien, fallida la “opción Palma Carlos”, fue nombrado primer ministro del Segundo Gobierno Provisional en julio por el propio Spínola. Se iniciaba así la etapa más convulsa, pero al mismo tiempo la más ilusionante del llamado Processo Revolucionário em Curso. Fue la etapa en la que se llevaron a cabo las realizaciones más interesantes de la Revolución portuguesa, muchas de ellas plasmadas en la Constitución de 1976, y en la que más se alejaba el país del guión preestablecido desde las cancillerías y servicios de inteligencia exteriores, lo que despertó el pavor y el contragolpe. Repasemos a continuación quién fue Vasco Gonçalves y en qué y cómo se desarrolló su labor de gobierno durante ese aproximadamente año y medio.

VASCO GONÇALVES, “UN HOMBRE CON MUCHOS PERFILES PERO UN SOLO CARÁCTER”

Nacido en 1921 en la capital lusa, Vasco dos Santos Gonçalves se había graduado en la Academia Militar de la propia Lisboa y había alcanzado el grado de coronel de ingenieros en 1973, en el momento en que se organiza el Movimento dos Capitães, que al poco germinará en el MFA. Gonçalves participará por primera vez en una reunión del MFA en septiembre de ese año, en Caparica (cerca de Lisboa), donde se configurará la estructura organizativa del Movimiento, llegando en ella incluso a sugerirse que fuera nombrado jefe del mismo (aunque finalmente se descartará tal opción por arriesgada). De este modo, y encuadrado dentro del grupo de ingeniería del MFA, participará en la fase final de los preparativos para el 25 de Abril, en la preparación del programa del Movimiento y como enlace entre éste y el general Costa Gomes -uno de los oficiales de alta graduación que, como Spínola, por su negativa a rendir vasallaje al gobierno marcelista, había sido relegado de sus funciones y con los que los sublevados contaban para formar parte de la Junta de Salvación Nacional que se haría cargo del país tras el derrocamiento del Estado Novo-.

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Fotografía de Vasco Gonçalves tras su nombramiento como primer ministro.

Gonçalves, como sus compañeros más jóvenes y de menor graduación (Melo Antunes, Salgueiro Maia, Saraiva de Carvalho, Vasco Lourenço) había combatido contra las fuerzas anticoloniales, primero en Goa (enclave portugués en la India que fue absorbido por la recientemente independizada nación) y posteriormente en Angola y Mozambique. Y, como ellos, fue pronto consciente de que los militares portugueses desplegados allí estaban combatiendo por una dictadura fascista y por los intereses económicos de unos pocos privilegiados de la metrópoli, que se beneficiaban de la situación política y social establecida por esa dictadura, tanto en Portugal como en su extenso imperio ultramarino. Una actitud, la de luchar a favor de un imperio colonial y fascista con el que se tiene tanta distancia ideológica y política que él mismo no puede dejar de definir como contradictoria: “Le he dicho esto a muchos camaradas: “Nosotros, que finalmente estábamos contra todo aquello, éramos los trabajadores más eficientes, en cierta manera, sus mejores colaboradores…” […] pensaba que el fin de la guerra colonial y el derrumbamiento del régimen fascista, en lo que se refería a los militares, debía ser el resultado de un esfuerzo colectivo y no de tomas de posición o reacciones individuales. Lo que había que hacer era concienciar, organizar el descontento, de modo que se tradujera en una fuerza material capaz de poner fin a cuarenta años de dictadura.”

Vasco Gonçalves fue, tanto antes como después del PREC, un gran lector y teórico de inclinación claramente marxista, abundando en las lecturas de política, filosofía y sociología. Miguel Urbano Rodrigues, responsable del Partido Comunista Português, relata de él que “No se limitaba como muchos políticos a hojear “El Capital” y la obras de Engels, Lenin y Gramsci. Vasco estudiaba el marxismo, asimilaba y se esforzaba por aplicar sus enseñanzas a cada situación histórica. Sin ser un militante comunista, no escondía su adhesión al materialismo dialéctico. Las cuestiones de método ejercían una fascinación sobre él, en la evaluación de las relaciones de fuerza y de las condiciones objetivas y subjetivas. Admiraba mucho a Rosa Luxemburgo y releía con frecuencia ensayos del Águila de Varsovia […] Estudiaba y discutía las obras del húngaro Istvan Meszaros, de los franceses Georges Labica y Georges Gastaud, de los sociólogos y economistas de la Monthly Review […] a Chomsky, Chossudovsky, Marta Harnecker, Petras, y lo que le llegaba a las manos de autores de Brasil, de Colombia, de México, de la Venezuela Bolivariana, de la India y de Palestina.”

Su elección como primer ministro en el Portugal revolucionario le posibilitó cumplir su sueño de poder unir aquellos conocimientos teóricos y la práctica revolucionaria, en un proceso vivo, que día a día se enriquecía con las dificultades, las contradicciones y también con las ilusiones de las masas. “No eran solamente ideas teóricas” -explica-; “teníamos la preocupación de vincular la teoría y la práctica, y ese objetivo me acompaño siempre toda la vida. De hecho (…) es muy difícil hacerlas coincidir totalmente. Yo sólo pude realizar ese sueño plenamente el 25 de Abril, porque antes la verdad es que fui militar de un ejército fascista, con todas las frustraciones y conflictos personales que eso significaba para alguien que, como yo, tenía ideas progresistas desde muy joven”.

Para él la clave de la transformación del 25 de Abril de golpe militar a revolución popular fue la presencia del pueblo del lado de los militares rebeldes, expresando sus demandas, activando su propia dinámica y con ello arrastrando a los propios actores políticos y castrenses a obrar en consonancia. “El impulso de las masas populares y de los trabajadores -afirma en una entrevista a Viriato Cunha Teles-, exigiendo un empeño social y político más profundo y prolongado del previsto inicialmente por el MFA, hizo que se modificase la correlación de fuerzas dentro del propio movimiento en favor de los que más se identificaban con las aspiraciones, las reivindicaciones, los intereses populares, e imprimió una dimensión revolucionaria al golpe militar.”

Al lado de todo esto, no se debe olvidar que una de las características que hizo más compleja la situación fue que en Portugal tuvo lugar una duplicidad de poderes a partir de abril de 1975, con un choque de legitimidades. En ese mes, tuvieron lugar las elecciones a la Assambleia Constituinte, en la que el PS de Mário Soares se alzó como el partido más votado. La cifra de votos para los partidos de la izquierda (PS, PCP y otros grupos más a la izquierda, de corte trotskista o incluso maoísta), partidarios hasta entonces de la “transición al socialismo” superaba ampliamente a la de los grupos conservadores, entre los que destacaban el PPD y el CDS. Pero la diplomacia internacional de Occidente y los intereses económicos -en buena medida expatriados por la política de nacionalizaciones y las colectivizaciones puestas en marcha en el campo al amparo de la reforma agraria- pusieron en marcha una campaña de cooptación del PS y de su líder para que ejercieran de cabezas de la contrarrevolución y pusieran fin a la “amenaza roja”, al peligro de que Portugal, un país miembro de la OTAN, se convirtiera en una democracia popular al estilo de las de Europa Oriental. “Mario Soares, y el Partido Socialista por extensión, habían vuelto a Portugal hablando de socialismo y de alianzas con el PCP. Sin embargo, ese discurso fue liquidado después de las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1975”, escribe Marcos Ferreira.

De este modo, el gobierno provisional de Vasco Gonçalves y el MFA, dominado por la izquierda entre abril de 1974 y finales del verano de 1975, y que obtenía su legitimidad del derrocamiento de la dictadura y de haber puesto en marcha medidas esenciales para la democratización del país, como las de la legalización de las organizaciones políticas, la liberación de los presos políticos y las conversaciones con los movimientos de liberación de las colonias, se vería contestado por la mayoría “contrarrevolucionaria” (en el sentido no antidemocrático, de oposición al movimiento democrático de la Revolución de los Claveles, pero sí antisocialista) de los partidos mayoritarios de la Asamblea, cuya legitimidad estaba clara: había salido de la voluntad de los votantes, aunque en el caso del PS fuera mediante la traición del programa con el que se había presentado ante las masas.

Quizá previendo ese escenario de traición, Vasco Gonçalves se empeñó a fondo en el desarrollo de un programa ambicioso que hiciera irreversibles las “conquistas de la Revolución” y consolidara un tipo de democracia socialista basado en la participación popular y en la garantía de los derechos económicos y sociales de los portugueses. “Hombre de pocas palabras se definía a sí mismo como “marxista democrático”, -escribe el militar español Antonio Maira- “como marxista defensor de la soberanía popular activa, sin intermediarios, y rápidamente aclaraba el significado de sus palabras: no me refiero con ese calificativo de demócrata a nada que tenga que ver con las democracias formales parlamentarias, al uso en Occidente, fabricadas en parlamentos o impuestas manu militari  […] La democracia para Vasco Gonçalves tiene que ser revolucionaria y popular y debe contener la dirección de los obreros en las fábricas, de los asalariados en sus centros de trabajo, de los campesinos en las colectivizaciones o en las empresas nacionalizadas en el campo, de la gestión de los trabajadores en todos los sectores de la vida económica, de los derechos políticos, sociales laborales y culturales.”

Esta concepción de la democracia, participativa y en un sentido absolutamente amplio (“socialismo es democracia sin fin”, ha definido el anteriormente citado Sousa Santos) chocaba frontalmente con la concepción de “transición gatopardiana” que defendían desde las potencias occidentales para los países del sur de Europa que salían recientemente de dictaduras. Y por supuesto, la mención al socialismo, espantajo que contenía la encarnación del mal absoluto, preocupaba todavía más en esas altas esferas. Más aún cuando se pretendía implantar un sistema socialista de “rostro humano”, respetando el pluralismo político y la participación ciudadana, algo que, de tener éxito, supondría un duro golpe para la propaganda occidental, pero también para la del bloque soviético, ya que ambos lanzaban el mensaje de que socialismo y democracia eran incompatibles, y de hecho habían combatido tal idea, ya fueran los norteamericanos en Chile el año anterior, o los soviéticos en Checoslovaquia y Hungría.

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Vasco Gonçalves saluda, con la bandera de Portugal en la mano, a los simpatizantes a la salida de un acto político.

Por ello, el “companheiro Vasco” concebía también como esencial contar con el MFA y su presencia al lado del pueblo, de sus iniciativas y reivindicaciones, como “brazo armado de la Revolución”, en defensa de la misma, para evitar que triunfaran intentonas reaccionarias que torpedearan el proceso. De hecho, en su etapa de primer ministro, hubo dos protagonizadas por Spínola, cuyo fracaso le desacreditaron ante las potencias extranjeras como jefe de la reacción y líder de la “opción gatopardiana”: en septiembre de 1974, con la apelación a la “mayoría silenciosa” conservadora a que se manifestara, que fracasó por la movilización popular, y posteriormente en marzo de 1975, un golpe militar en toda regla que se detuvo gracias a la intervención del MFA y que, paradójicamente, contribuyó a acelerar en vez de a detener la revolución en marcha.

Vasco Gonçalves marcó rotundas distancias ya en su propio discurso de investidura con la apelación a la “mayoría silenciosa” de Spínola y la velada referencia al imperativo una “libertad dentro de un orden”, que venía poco menos que a significar la concepción de la democracia de una forma utilitarista y limitada a aspectos formales. Si Spínola, el día de la toma de posesión del gobierno, afirmaba que “O la mayoría silenciosa de este país acuerda y toma la defensa de su libertad, o el 25 de Abril tendrá perdido delante del mundo, la historia y nosotros mismos el sentido de gesta heroica de un pueblo que se libertó a sí mismo”, el “companheiro Vasco” defendía una manera bien diferente de actuar: “Mis camaradas y yo no lo entendíamos así. Bien al contrario, pensábamos que en aquél clima de agitación social, que Spínola consideraba una amenaza a la democracia y a la libertad, también estaba la gesta heroica del pueblo portugués, que, sin duda, de modo espontáneo y de cierta manera desordenado, pero no anárquico, se estaba liberando a sí mismo de medio siglo de fascismo. Por esa razón no apoye tal apelación a la mayoría silenciosa, y reforcé la determinación indiscutible de cumplir el programa del MFA, citando incluso a Almeida Garret cuando afirma que la libertad sólo se aprende con la práctica. Insistí en mi discurso, que la libertad conduce a errores que deben ser corregidos y que los partidos políticos tendrían un importante papel en el análisis y corrección de esos errores, haciendo de ellos otras tantas vinculaciones con el pueblo.” Vasco Gonçalves tenía claro que “la libertad no se define o no se sustancia apenas en los derechos políticos, en el derecho de poder hablar libremente, en el derecho de opinar y contestar o de organizarse colectivamente sin ser detenido. La libertad no existe por sí. Son necesarias estructuras políticas, económicas, sociales, culturales que garanticen el ejercicio de esas libertades”. Veamos en qué consistió la transformación de estructuras que el PREC portugués conoció bajo sus gobiernos.

LA ETAPA VASCO

La situación socioeconómica de Portugal tras la caída del salazarismo no era la más halagüeña. A pesar de ser uno de los países con salud monetaria más holgada del mundo -gracias a que el banco nacional contaba con unas de las mayores reservas mundiales de divisas-, la obsesión de Salazar por el control presupuestario y la austeridad (políticas hoy tan de moda entre los responsables económicos de la Unión Europea o el FMI) había llevado a que el gasto público y el Estado de Bienestar apenas estuvieran desarrollados en el Estado Novo. La situación -agravada por la guerra colonial, haciendo que cerca de un 50% del presupuesto fuera para gastos militares-había llevado a que varios indicadores fueran más parecidos a los del mundo subdesarrollado que a los europeos occidentales, tales como el analfabetismo (que afectaba a alrededor de un tercio de los portugueses), la productividad y mecanización agrícola, la mortalidad infantil o el número de aparatos telefónicos.

A ello había que sumar la concentración de riqueza. La mayor parte de la propiedad agrícola e industrial estaba en manos de cuatro grandes holdings empresariales, en muchos casos propiedad de familias como los Champalimaud o los Espirito Santo, cuyos intereses se diversificaban desde la industria química o alimentaria a la propiedad de fincas rústicas, de inmuebles o de entidades financieras. Muchos de ellos tenían garantizado un lucrativo negocio a través de los mercados cautivos de las colonias, por lo que, en vistas de que el imperio no era ya sostenible, optaban por una solución de corte neocolonial como la que ofrecía el general Spínola y su proyecto, esbozado en su obra “Portugal y el futuro”, de “Commonwealth” a la portuguesa.

Un proyecto éste último, además, que chocaba frontalmente con los deseos no sólo de los soldados y oficiales destacados en ultramar, cansados de combatir, sino con lo manifestado por el propio pueblo metropolitano de Portugal, que manifestaba su deseo del final inmediato de la guerra y el retorno de las tropas y con el espíritu de los movimientos de liberación -en aquel entonces con un gran ascendente entre los pueblos de las colonias-, que por su carácter abiertamente de izquierda, impedían cualquier transición de orden neocolonial (como habían llevado a cabo Francia, Bélgica, o Estados Unidos en el caso de Liberia), a no ser que se optase por llevar adelante nuevas aventuras bélicas (guerras civiles apoyando a un bando) que el país no estaba en condiciones de afrontar.

Eran muy diversas y complejas las tareas que debía afrontar el nuevo primer ministro. Desde el punto de vista político, se centró en llevar a cabo el programa básico del MFA -el “programa de las tres des”: desarrollar, democratizar, descolonizar-, pero desde una interpretación novedosa, favorecida por la propia ambigüedad del programa, y desde luego polémica para quienes concebían (desde dentro y fuera de las fuerzas armadas) el papel del MFA como instrumental tras haber derribado al régimen y la democratización como un proceso de entrega de la iniciativa política a instituciones y partidos.

El propio general explica de este modo esa posición: “Comprobamos que una cosa era aquel esquema que nosotros delineamos y que además era muy simplificado […] y otra la realidad. Y esa nos rebasaba día a día […] Las reivindicaciones explotaban de forma espantosa, imposibles de controlar […] Aprendimos con la realidad, que nos fue mostrando que no podíamos simplemente, cuando se constituyese el gobierno provisional, dejar todo y volver a los cuarteles. Había caído una gran responsabilidad sobre nosotros. Al mismo tiempo verificábamos que los políticos civiles, salvo raras excepciones, no mostraban más competencia ni más ni conocimientos de las que mostrábamos nosotros y sobre todo no tenían, de modo alguno, más apoyo. Aquella ansia popular por el MFA era, al mismo tiempo, una gran responsabilidad”. Por este motivo, la movilización popular y el llamamiento al MFA (en aquel momento ampliamente dominado por la izquierda) como una suerte de “fuerza moral” llevan a eclipsar la acción de los partidos y a centrar el proceso en las conquistas que las propias masas están realizando en base a sus actuaciones, refrendadas por el gobierno. Es la etapa de la “Alianza Pueblo-MFA” (Aliança Povo-MFA). De ahí que uno de los puntos de choque a lo largo de los siguientes meses sea la institucionalización del MFA y el papel de los militares revolucionarios en la nueva democracia lusa.

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“MFA, centinela del pueblo”. Cartel de las iniciativas de dinamización cultural, unas de las más originales y fecundas tras el 25 de Abril, que incluyó campañas de alfabetización y de regeneración del medio rural.

Los partidos políticos (sobre todo los que estaban a la derecha del espectro) aceptaron a regañadientes el papel director del MFA y del gobierno Vasco (del que formaron parte al principio, hasta el “Verão Quente” de 1975) a cambio de las elecciones a la Constituyente, en la que esperaban obtener, ahora sí, la iniciativa. Una iniciativa que el propio general temía sirviera para desmontar el legado que aquellos momentos de iniciativas populares estaban depositando de cara a la transformación política, social y económica de Portugal, dejando en segundo plano al pueblo: “Pretendíamos hablar con los partidos porque defendíamos la soberanía popular, porque no queríamos, de modo alguno, imponer una dictadura militar, pero […] es necesario ver que pretendíamos que un proceso electoral no condujese a la pérdida de las conquistas ya alcanzadas en ese tiempo por la población, concretamente en el dominio del trabajo […] Por lo tanto hay aquí dos componentes fundamentales: la garantía de la continuidad del proceso y la responsabilidad del MFA en esa tarea esencial. Recelábamos, repito, que el proceso entregado sólo a los partidos políticos pudiese conducir a callejones sin salida”.

Con el “companheiro Vasco” en el Palacio de São Bento, se van a desarrollar las principales reformas económicas y sociales del PREC, en especial tras el fracaso del golpe militar derechista del 11 de marzo de 1975. Al hilo de las ocupaciones de fincas sucedidas en el sur (los distritos afectados fueron los de Santarém -Ribatejo-, Évora, Beja, Portalegre -Alentejo-, Setúbal -Estremadura/Vale do Tejo- y Castelo Branco -Beira Baixa-), como consecuencia de la política obstruccionista que desempeñaban propietarios latifundistas a la aplicación de medidas en beneficio de los campesinos y de laboreo de las tierras, se aprobará la reforma agraria.

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Escena de la reforma agraria.

Entre otras medidas de la reforma, se establecerá un nuevo régimen de arrendamientos rústicos con objeto de controlar las subidas abusivas de las rentas y se arrendarán las tierras incultas; se expropiarán las fincas de secano de más de 500 hectáreas y las de regadío de superficie mayor de 50 hectáreas (garantizándose a los expropiados la propiedad de un área de 500 y 50 hectáreas respectivamente); se restituirán propiedades a dueños legítimos y se dará apoyo financiero y técnico a los campesinos, incluyendo líneas de crédito, instrucción sobre cooperativismo y asociacionismo agrario -muchas cooperativas que surgirán en ese momento tendrán nombres que harán clara referencia al momento histórico que vive el país, como “Estrela Vermelha” o “Companheiro Vasco”– y asesoramiento dirigido esencialmente a pequeños y medios agricultores.

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Manifestación de los trabajadores de la Lisnave. Esta industria señera, como CUF o el Banco Totta e Açores, fue objeto de nacionalización.

En paralelo, se decreta la nacionalización de la mayor parte de la gran industria (incluyendo ramas como la industria química, la cementera o la siderúrgica), de la banca (incluidos los bancos emisores de la metrópoli y de ultramar), el sector de los seguros o el de los transportes públicos, históricamente en manos de personalidades afines al antiguo régimen o beneficiarias de sus políticas. Los trabajadores forman comisiones que se encargarán de la organización y gestión de las compañías. Se calcula que con las nacionalizaciones -que generaron la fuga de gran número de antiguos propietarios y sus capitales respectivos-, tres cuartas partes de la riqueza nacional llegaron a estar, directa o indirectamente, en manos públicas. Las nacionalizaciones se acompañaron de otras medidas en el ámbito del trabajo, como una subida del salario mínimo de 3300 a 4000 escudos (un aumento del 21,2 por ciento) y la fijación asimismo de una remuneración mínima para los funcionarios; la implementación de subsidios de desempleo para los trabajadores que incluía de forma novedosa a los trabajadores agrícolas y el derecho a la asistencia médica para los parados y sus familias -medida acompañada de la no menos importante creación del Servicio Nacional de Salud, que permitió expandir la asistencia sanitaria también al medio rural-; la aprobación del subsidio de Navidad para los pensionistas y el de vacaciones para funcionarios y miembros de las fuerzas de policía (Guarda Nacional Republicana, Polícia de Segurança Pública) y las fuerzas armadas. Además, defendió la unidad sindical -criticada con posterioridad por el PS, muy posiblemente por intereses partidarios, sobre todo para desgastar al PCP- argumentando que sería perjudicial para el movimiento obrero la existencia de varias centrales sindicales pugnando por el apoyo de los trabajadores a base de reclamar más que las demás y por la influencia (y división) partidaria dentro de los sindicatos.

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Manifestación vecinal por la vivienda digna. En ciudades como Setúbal, Faro, Lisboa, Oporto o Almada, las operaciones SAAL permitieron abrir el camino para repensar la ciudad de acuerdo con las necesidades y mediante la participación de quienes la habitan.

Fue también un momento especialmente importante para el movimiento vecinal. Se formaron las comisiones de moradores, que reclamaban la mejora de sus viviendas y la habitabilidad de sus barrios (un problema grave en el momento en que tiene lugar el 25 de Abril, ya que abundan los barrios de chabolas y las áreas degradadas en ciudades como Setúbal, Lisboa, Oporto o Coimbra). Así, se constituyen las Operaciones SAAL -objeto de otro artículo en este blog-, en las que arquitectos y técnicos trabajan en contacto directo con los vecinos, dialogando y construyendo juntos (son los propios vecinos, como en el caso paradigmático de Meia-Praia, cerca de Lagos, Algarve, objeto de un documental, los que construyen sus hogares) sus nuevas o restauradas viviendas. En este proceso de arquitectura y urbanismo participativos trabajó el más conocido arquitecto luso, Álvaro Siza Vieira.

Todo esto se complementaba con medidas de liberalización política, fundamentales para devolver la normalidad democrática al país tras casi medio siglo de dictadura: ley electoral para las elecciones a la Asamblea Constituyente, reglamentación de la actividad de los partidos, nueva ley de prensa -que incluía la creación del Consejo de Prensa-, creación del cargo del Provedor da Justiça (verificador de procesos legales y de garantía de las libertades fundamentales), una nueva ley de enseñanza superior y de gestión democrática en las escuelas. Pero sobre todo, lo que más apoyará y entusiasmará a Vasco Gonçalves será ese aprendizaje de la libertad en la práctica, a través de la autogestión, la participación y la organización autónoma de los portugueses en diversos ámbitos de su vida: el trabajo, la cultura, la enseñanza, el vecindario… “transformaciones progresistas en la enseñanza, en la cultura, en el deporte, la salud, con un fuerte aroma y seña democratizadoras” (José Barata Moura).

Además, se procedió a la ansiada descolonización. Su desarrollo final vino no sólo forzado por el hastío de los combatientes y la población, sino por la propia manera de obrar de quienes en ese momento desempeñaban el poder en Lisboa y lideraban la lucha anticolonial en África. Vasco Gonçalves se refería a la necesidad de hacer posible un proceso transparente y honesto que no escondiera intenciones o trasfondos neocolonialistas o ambiciones tutelares, como a su parecer escondía el plan federalista de Spínola. Se acordó finalmente un alto el fuego con los grupos guerrilleros y Guinea -independiente de facto desde 1973- obtuvo la independencia al poco del 25 de Abril. Se formaron -como en Mozambique, mediante los acuerdos de Lusaka, la capital zambiana- gobiernos de transición en los que el mayor peso lo llevaron los movimientos de liberación, hasta que finalmente las diferentes colonias se convirtieron en estados independientes. Pero este proceso, sin embargo, tuvo efectos

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Samora Machel, líder del FRELIMO y presidente de Mozambique de 1975 a 1986 (año de su fallecimiento en extrañas circunstancias), en un sello de correos de la URSS.

no deseados: en primer lugar las dificultades los emigrados de la metrópoli -cuya emigración había llegado a ser fomentada por la dictadura, para evitar que el flujo de migrantes se dirigiera hacia los países de Europa Occidental- para ser integrados como ciudadanos de las nuevas repúblicas, lo que condujo a un numeroso éxodo de retorno a Portugal, y la intervención de otras potencias -aunque también de personalidades portuguesas a título personal- en los conflictos que sucedieron a la descolonización, enmarcados en la “guerra fría” y en la lucha por o contra la expansión del socialismo en África. Tales fueron los casos de Sudáfrica, Estados Unidos, Cuba y la URSS en las guerras civiles de Angola y Mozambique o la invasión indonesia de Timor Oriental, conflictos que se prolongaron durante más de diez e incluso de veinte años.

A pesar de los numerosos avances que tuvieron lugar en la época del general Vasco Gonçalves, el año 1975 demostraría que el trecho de camino recorrido podía desandarse demasiado fácil y demasiado rápidamente. El “verano caliente” (Verão Quente) de ese año en nuestro país vecino demostraba que desbaratar la transición al socialismo y reconducirla hacia la transición gatopardiana era posible.

LA HORA DE LA CONTRARREVOLUCIÓN

Las iniciativas del gobierno de Gonçalves y la entrada del PREC, desde el fallido golpe de Estado spinolista de marzo de 1975 (y por el cual el propio Spínola tuvo que exiliarse, primero huyendo a Badajoz y después partiendo a Brasil, convertido en el destino favorito de los grandes capitales portugueses expropiados en el proceso de “desmantelamiento del capital monopolista” que serían las nacionalizaciones), encendieron todas las alarmas entre los sectores contrarrevolucionarios de dentro y de fuera del país.

Dentro de Portugal comenzó a ser patente una cierta división geográfica entre el norte del Tajo y el sur de este río y las zonas urbanas e industriales donde se concentraba la población obrera, especialmente el cinturón de la margen sur de Lisboa. Al norte, en las zonas rurales de pequeña propiedad donde los grupos conservadores tenían más fuerza, comenzó a hacerse cada vez más notoria la oposición al gobierno del general, que en ocasiones llevaron la forma de atentados terroristas y asesinatos como el del “padre Max”, sacerdote miembro de un partido de izquierda, perpetrados por organizaciones de ultraderecha, -en las que se había refugiado buena parte del aparato policíaco y militar de la dictadura fenecida- y cuyo líder se apuntaba era el exiliado Spínola, así como ataques a sedes del PCP y otros partidos a su izquierda. Un tema que es el hilo conductor de la novela “Exhortación a los cocodrilos” del afamado novelista António Lobo Antunes. En el sur, sin embargo, el apoyo al gobierno se hacía sentir con firmeza y donde más apoyo tenían también los comunistas: era donde más se habían llevado a cabo las iniciativas populares amparadas por éste, tanto en el campo (cooperativas agrarias) como en la ciudad (comisiones de moradores, asambleas de trabajadores) y donde a partir de un cierto momento tendrían lugar las mayores huelgas y manifestaciones de la izquierda en apoyo al PREC y al “companheiro Vasco”. Esta diferencia geográfica hacía que, a la altura del otoño, cuando se sucedían planes conspirativos para poner fin a la influencia del MFA y los militares de izquierda en el proceso, se pensara en el eventual escenario de una guerra civil y en el traslado de la capital a Oporto, desde donde se enfrentarían a las fuerzas de la “Comuna de Lisboa” (una clara asociación con la Comuna de París).

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Ataque a la sede del Partido Comunista en Braga (región del Minho) durante el “Verão Quente” de 1975.

Para añadir aún mayor dificultad, el retorno de los antiguos colonos portugueses procedentes de las antiguas provincias ultramarinas recién independizadas (se calcula en medio millón de personas las que regresaron a la metrópoli) añadía mayor dificultad al Estado revolucionario. Los retornados fueron caldo de cultivo propicio para los grupos reaccionarios, azuzando en ellos el resquemor por la concesión de la independencia y la forma en que ésta fue otorgada, haciendo que tal resentimiento fuera dirigido hacia la Revolución y el gobierno y dando lugar a iniciativas como la formación de grupos independentistas de derecha en Azores y Madeira, territorios donde fueron asentados buena parte de ellos.

Pero sin duda la clave de bóveda que permitió la reversión del PREC y la transformación de la transición al socialismo en un proceso de transición “al uso”, hacia una democracia parlamentaria enclavada en el campo del capitalismo occidental, fue la defección del Partido Socialista de Mário Soares. Casi de inmediato a su victoria electoral en las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril de 1975, el PS dejó de hablar de la construcción de una sociedad socialista (“guardar el socialismo en el cajón”, como se pasaría a decir en los círculos soaristas), de la unidad de acción con el Partido Comunista para atacarle en todo tiempo y lugar (ya fuera con motivo del caso de los trabajadores del diario República, que se habían hecho cargo de la gestión del rotativo como otros muchos en centenares de empresas del país, ya fuera levantando polémicas un tanto artificiosas como en relación a la Intersindical) y a difundir la acusación de que el PCP y el “companheiro Vasco” preparaban un golpe al estilo del de Praga en 1948, para obtener, como los comunistas checoslovacos, todo el poder (acusación lanzada por la misma persona que se declaraba admirador de regímenes socialistas surgidos de revoluciones como los de Vietnam, Cuba, China o Yugoslavia).

Pero para que el PS obtuviera su éxito electoral y lanzara posteriormente esas acusaciones con un gran y eficiente aparato de propaganda de por medio (que permitió la salida de sus fieles a la calle, capitaneando la nave del conservadurismo antirrevilucionario) con la fe del converso, fue esencial la ayuda exterior. A través de la Fundación Friedrich Ebert, la potente socialdemocracia de la RFA, capitaneada por Willy Brandt y Helmut Schmidt, otorgó una gran cantidad de fondos al socialismo portugués destinados para su aparato logístico y de propaganda (el PS se fundó en el exilio y en las postrimerías de la dictadura, por lo que en el momento del 25 de Abril se encontraba en franca desventaja respecto al PCP) a cambio de completar su viraje a la derecha. No fue la única ayuda que, a lo largo del tiempo, recibió el soarismo: según denunciaba Rui Mateus, antiguo responsable de relaciones internacionales del PS, el partido recibió entonces y a lo largo del tiempo financiación ilegal de muy diversas fuentes: desde los partidos socialdemócratas europeos a los regímenes de Gadaffi o del venezolano Carlos Andrés Pérez, e incluso su hijo y él han sido acusados de participar en el tráfico de “diamantes de sangre” de la UNITA durante la guerra civil de Angola, lo que deja bastante mal de cara a la Historia al fallecido “padre de la democracia” lusa.

No sólo existió el auxilio de la socialdemocracia europea para el PS. También los Estados Unidos, preocupados por la “deriva comunista” de Portugal y la introducción de políticos de este signo en el gobierno de un país miembro de la OTAN (preocupación que, por cierto, también mostraron cuando Aldo Moro quiso abrir el gobierno de Italia al PCI y por el que le advirtieron seriamente, incluso con la posible implicación de los servicios secretos italianos en su asesinato poco tiempo después por las Brigadas Rojas, como expone Danielle Ganser en su obra sobre el entramado Gladio), cooptaron a Mário Soares gracias a la intervención sagaz de su embajador en Lisboa, Frank Carlucci. Carlucci había estado detrás de algunas de las operaciones más negras (y no sólo por su nombre de “black opps”) ejecutadas por la CIA en la década anterior, como el golpe contra Lumumba y el ascenso al poder de Mobutu en el Congo, el intento de asesinato del líder tanzano Julius Nyerere o el entrenamiento de los escuadrones de la muerte de la dictadura militar brasileña. El flamante embajador norteamericano convenció a la administración de Washington y al reticente secretario de Estado Kissinger de que Soares era su hombre para revertir la situación en Portugal. Para Carlucci, la ambición de poder de Soares representaba un punto a favor para tenerlo de su lado. Y, viendo las críticas que se han vertido contra el portugués acerca de su “absolutismo” y falta de escrúpulos a la hora de traicionar a sus colaboradores más próximos, el embajador no se equivocaba en este sentido. Es significativo de esta colaboración que surgió entre ambos la fotografía que existe de ellos, ya mayores, fundidos en un emocionado abrazo. A buen entendedor (o mal pensado), esa sola imagen podría bastar.

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Frank Carlucci (izquierda) y Mário Soares, durante una visita reciente del primero a Lisboa. Soares agradeció la labor del entonces embajador de Estados Unidos en favor de la democracia lusa.

Poco a poco, las divergencias que se fueron abriendo entre los partidos socialista y los grupos conservadores, de un lado, y los sucesivos gobiernos presididos por Vasco Gonçalves y los grupos de izquierda (el PCP y otros más a la izquierda de éste) y la “estrategia de la tensión” en la calle y en las declaraciones efectuadas por los propios líderes partidarios acerca del peligro de cambiar una dictadura por otra o la inminencia de un golpismo “rojo” acabaron por abrir brecha dentro de los propios militares del Movimiento de las Fuerzas Armadas, entre varios de cuyos miembros fue apareciendo la necesidad de abandonar el ejercicio del poder y transferir la iniciativa política a los partidos y a la Asamblea Constituyente.

Para estos militares, que suscribirían el llamado “Documento de los Nueve” (por el número de sus promotores), era hora de consolidar mediante la elaboración de una Constitución y el traspaso del poder a un gobierno civil las conquistas de los meses anteriores. Aunque bienintencionadamente, no dejaban de hacerse eco de los llamados de socialistas y social-demócratas acerca del peligro de la sustitución del fascismo por el comunismo en su versión totalitaria y asumían la paradoja de que era necesario el fin del gobierno revolucionario para defender las conquistas de una Revolución amenazada, o de que, por expresarlo de otro modo, precisamente serían los mejores defensores de la Revolución los que -como luego se vería- aquellos que iban a vaciarla de contenido. Sea como fuere, el caso es que la mayoría ideológica en el interior del MFA había cambiado de lado.

Obligado por las circunstancias, a finales de septiembre de 1975 Vasco Gonçalves presentaba su dimisión como primer ministro y se formaba el VI Gobierno Provisional, presidido por el almirante Pinheiro de Azevedo. Aunque también tuvo que enfrentarse a una gran contestación social, esta vez de signo izquierdista, el golpe conservador de Tancos del 25 de noviembre completó el giro copernicano de la transición portuguesa.

Aunque la Constitución de 1976 consagraba buena parte de las conquistas del PREC, como el objetivo último del socialismo y la conquista de una sociedad sin clases o los mecanismos de participación popular, los años ochenta y los sucesivos gobierno socialistas y de derecha (Soares, Sá Carneiro, Cavaco Silva) acabaron por desmantelar el lenguaje y el contenido de tales preceptos, quedando sólo la memoria colectiva de aquellos años, reflejada en fotografías, murales o canciones de José Afonso, Vitorino o José Mário Branco.

VASCO (NO) VOLVERÁ: UN MILITAR EXCEPCIONAL PARA UN MOMENTO EXCEPCIONAL

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Vasco Gonçalves durante una maifestación de apoyo al PREC en Oporto.

A pesar de que muchos de sus admiradores, los denominados “gonçalvistas”, pensaban que el general haría, como el rey Dom Sebastião del mito, un regreso triunfal, lo cierto es que se apartó de la vida pública activa tras su salida del gobierno. Continuó apoyando y militando en causas de izquierda, desde la solidaridad con Cuba y Venezuela -siendo amigo personal de Fidel Castro y Hugo Chávez-, hasta su participación en actos locales de la Candidatura de Unidade Popular (comunistas y verdes) y en las conmemoraciones del 25 de Abril y el Primero de Mayo.

Lejos del perfil de muchos políticos profesionales, cuyo objetivo es la búsqueda del poder y los privilegios y prolongar sus carreras más allá de la vida política activa (tomemos el ejemplo del que se convirtió en su némesis, Mário Soares, no por quererlo el “companheiro Vasco”, sino por el odio furibundo que Soares desató contra el general), llegó por casualidad a la jefatura del gobierno y se marchó de ella sin aspirar a regresar. “Sólo lo colectivo tenía sentido para Vasco Gonçalves”, destaca Antonio Maira. “Esto hacía de la revolución un hecho histórico creativo, compartido y concreto”. El propio Vasco lo confirma años más tarde en el libro-entrevista con Maria Manuela Cruzeiro: “Por naturaleza no soy dado a la publicidad y a la visibilidad, no tengo ambiciones de ser una figura pública y el periodo que hoy vivimos es muy diferente al de los años 74-75”.

Lejos estaban en él también los objetivos de instaurar un comunismo soviético avant la lettre con que sus enemigos y los del PCP -partido en el que nunca militó, a pesar de su proximidad-. Siempre insistió en la originalidad del modelo portugués, obedeciendo a condicionamientos locales, a una dinámica propia que llevaba a la consecución democrática y pluralista de la sociedad socialista, algo que, insiste, se plasmó en la Constitución de 1976, pero que no tuvo continuidad en las actuaciones de los gobiernos constitucionales posteriores, que vaciaron de contenido el texto e inscribieron a Portugal en el campo de las democracias formales. Un caso paradigmático de esas intenciones fue el de las nacionalizaciones, a las que se refiere del siguiente modo: “no queríamos nacionalizarlo todo, ni estatizarlo todo. El sector que empleaba el mayor número de trabajadores, que tenía mayor número de empresas que daba mayor contribución para el producto nacional bruto quedaba reservado para la iniciativa privada. Simplemente las líneas generales de la orientación general de la economía eran conducidas por el poder del estado y, siendo ese poder basado en elecciones libres, teníamos ahí una garantía de representación popular en la orientación de nuestra economía y, por otro lado, no descartábamos la iniciativa privada. Por lo tanto, continuó diciendo que sólo con calumnias se puede afirmar que estábamos socializando todo.”

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“Tengo, naturalmente, saudades de Abril. Pero saudades saludables, no
nostálgicas o melancólicas. Saudades que animan la lucha por el futuro”.

Quizá por el olvido a que fue sometido tras su salida de la presidencia del Consejo de Ministros, por las acusaciones que se lanzaron contra él en los años posteriores, por el fracaso del ideal socialista representado -o reducido- por el fallido bloque oriental o por su tendencia al anonimato, lejos quedaron para Vasco Gonçalves, tras su fallecimiento en 2005 en la localidad algarbia de Almancil (una de las pocas que homenajea en el callejero a su figura), los fastos destinados a otros líderes políticos posteriores, como Soares o Sá Carneiro. La verdadera muestra, la medida exacta de lo diferente que era de ellos, es que ha sido el único gobernante del Portugal pos-25 de Abril al que la gente se refería por su nombre de pila. Sin duda, el “companheiro Vasco” se sentiría muy orgulloso de esa confianza.

 

FUENTES:

María Manuela Cruzeiro, “Vasco Gonçalves, un general en la revolución” (traducción de Antonio Maira). Lisboa, Editorial Notícias, 2002.

Antonio Maira, “Un general en la Revolución (I). Vasco Gonçalves: un teórico con el brazo armado”. Crónica Popular, 23/05/2017. https://www.cronicapopular.es/2017/05/un-general-en-la-revolucion-i-vasco-

goncalves-un-teorico-con-el-brazo-armado/

Marcos Ferreira, “El canto de cisne de los movimientos revolucionarios. La Revolución de los Claveles”. El Orden Mundial en el Siglo XXI, 16/09/2015. http://elordenmundial.com/2015/09/16/la-revolucion-de-los-claveles/

Paco Arnau, “Revolución y contrarrevolución. 40º aniversario del 25 de abril y de la revolución de los claveles (4)”. El blog del viejo topo, 25/04/2014. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2014/04/

revolucion-y-contrarrevolucion-40.html?m=1

Viriato Teles, “Última entrevista com Vasco Gonçalves”. (Extraída de https://resistir.info/portugal/entrev_

vg.html el día 11/09/2017)

José Barata Moura, “Vasco Gonçalves «Um homem em Revolução»”. ODiario.info, 27/10/2006.

http://www.odiario.info/vasco-goncalves-um-homem-em-revolucao/

Javier García, “Escándalo en Portugal por un libro que vincula a Mario Soares con la CIA”. El País, 28/01/1996. https://elpais.com/diario/1996/01/28/internacional/822783608_850215.html

Joaquim Ponte, “Contributo de Vasco Gonçalves para a defesa da Democracia e das Conquistas da Revolução”. En http://conquistasdarevolucao.pt/assets/varino-ponte-o-contributo-vg.pdf

 

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Woody Guthrie, armado hasta los dientes de canciones

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“Mis hermanos y mis hermanas están varados en este camino,

Un camino caliente y polvoriento que un millón de pies han pisado;

El rico se quedó mi casa y me echó de mi puerta

Y ya no tengo hogar en este mundo […]

Trabajé en tus minas y recogí tu maíz

He estado trabajando, señor, desde el día en que nací

Ahora me preocupo todo el tiempo como nunca lo hice antes

Porque ya no tengo hogar en este mundo.

Ahora, mientras miro a mi alrededor, es muy claro ver

Este mundo es un lugar fantástico y divertido;

Oh, el especulador es rico y el trabajador es pobre,

Y ya no tengo hogar en este mundo.”

“I ain’t got no home”

Los años sesenta y setenta del pasado siglo fueron, sin duda, la época dorada de la música folk y la canción de autor. La contracultura juvenil en Europa Occidental y Estados Unidos, las luchas de liberación en muchos países del Tercer Mundo y los movimientos de oposición a la dictadura en países como España, Portugal o Grecia dieron un trasfondo social y político a los versos de músicos cuyas canciones pasaron a formar parte de la banda sonora y la educación sentimental de toda una generación. Para los autores procedentes del mundo desarrollado, la bonanza económica y el bienestar generalizado que se disfrutaba en los años posteriores a la posguerra de la SGM no eran incentivos suficientes para el conformismo, dado que no eran en absoluto disfrutados ni por todos los habitantes del planeta ni por supuesto dentro de sus propias sociedades, y tanto en un caso como en otro seguían existiendo brutalidades, guerras, miseria extrema, abusos de autoridad, racismo, hipocresía y cinismo. Estos eran los casos de músicos como los estadounidenses Joan Baez o Bob Dylan, Carlos Santana (mexicano afincado en los Estados Unidos) o los franceses Georges Brassens o Moustaki (de origen griego). Para aquellos que procedían de países sometidos a dictaduras o al dominio más o menos acentuado de potencias extranjeras, la canción fue utilizada como un arma contra esa dominación política, con un contenido que reflejaba en muchos casos postulados revolucionarios y mensajes y principios de izquierda, antifascistas y antiimperialistas, apelando a la solidaridad, la justicia o la igualdad. Este fue el caso de los portugueses José Afonso, Fausto o António Correia de Oliveira, en España, los de Lluís Llach, Raimon, Marina Rossell o José Antonio Labordeta, el cubano Silvio Rodríguez, el chileno Víctor Jara, el argentino Atahualpa Yupanqui, el griego Mikis Theodorakis o el brasileño Chico Buarque. Incluso en el bloque soviético hubo también cantautores políticos, destacando el caso del alemán Wolf Biermann, ciudadano de la RDA -país que organizaba desde 1970 el Festival de la Canción Política, en el que participaron algunos de los anteriores- que fue expulsado del país por las autoridades, lo que dio lugar a la protesta de varios de los más significados intelectuales y comprometidos, como Biermann entonces, con una transformación democrática del socialismo germano-oriental, como Stefan Heym o Rudolf Bahro.

Tanto en un caso como en otro, aunque más acentuado (y con una suerte de mayor consistencia programática como si dijéramos) en el caso de los segundos, sus versos reflejaban la necesidad de una transformación de la política y la sociedad, tratando de incentivar al público a descubrir el camino para la construcción de un mundo nuevo, liberado de las trabas que impedían la liberación y la unión del hombre con sus semejantes. Algunas de aquellas canciones se convirtieron en auténticos himnos generacionales, como “Blowin’ in the wind” de Bob Dylan, “A la gente no gusta que” de Brassens, “Ojalá” de Silvio Rodríguez, “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara, “Grândola vila morena” de José Afonso o “Canto a la libertad” de Labordeta.

La llegada de los ochenta, la irrupción de nuevos estilos musicales y la defenestración del bloque soviético, que significaba la pérdida de un referente para las grandes utopías que habían sostenido las luchas políticas y sociales en buena parte del mundo durante el siglo XX influyeron sobremanera, y para mal, en la continuidad de la canción de autor. La temática y el estilo tuvieron que adaptarse a la nueva “posmodernidad”, alejarse de los grandes relatos. Sin embargo, en muchos aspectos -la crisis económica, la guerra global, la injusticia, el hambre, la ausencia de perspectivas de futuro- los inicios del siglo XXI han venido a demostrar la vigencia de los mensajes y su compromiso más allá de la música que representaron muchos de estos autores, cuando no su carácter visionario. Por eso, resulta al mismo tiempo extraño (por quién lo realiza) y previsible (por el contenido) que famosos cantantes de la escena pop norteamericana de hoy graben un disco contra el presidente y magnate inmobiliario Donald Trump que contiene las canciones de un cantautor de los años treinta y cuarenta como Woody Guthrie, el padre del folk estadounidense, y quien lucía con orgullo en su guitarra la sentencia This machine kills fascists (Este artefacto mata fascistas). Conozcamos un poco la historia de un hombre peculiar, trágico e inimitable.

GUTHRIE, UN HOMBRE DE LA “GENTE ROJA”

Casualidades de la vida, Woodrow Wilson Guthrie -recibió el nombre en honor del político y posterior presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson- vino  a nacer en el estado de Oklahoma, en el medio oeste de los Estados Unidos, al norte de Texas. Oklahoma, okla humma en lengua choctaw, convertida en Territorio Indio tras la expulsión de sus asentamientos originales de los nativos de los estados de Misisipi, Florida, Alabama, Georgia y Tennessee, y en 1866, fue bautizada así por el jefe choctaw Allen Wright durante las negociaciones por el uso del territorio con el gobierno estadounidense. La voz okla humma literalmente significa “gente roja”, con el que se hace referencia a los nativos norteamericanos. Guthrie, aunque abandonara Oklahoma en su juventud, no dejó de pertenecer a la “gente roja”, y no ya sólo porque su música y su activismo se identificaran con la revolución o el antifascismo, sino porque sus canciones no dejaban de referirse a gente muy similar a aquellos “pieles rojas” que progresivamente habían ido siendo  asesinados y expulsados de sus tierras originarias, reubicados en el Oeste y finalmente anclados en pequeñas porciones de terreno, las reservas. Aunque sus rostros fueran pálidos, los protagonistas de las canciones de Guthrie formaban parte de los expulsados del “American Dream” y la “Tierra de las Oportunidades”.

Nacido en Okemah, una población fundada en honor a un jefe indio, en 1912, el mismo año en que su homónimo Wilson era elegido presidente de los Estados Unidos, Woody Guhrie fue el mayor de cuatro hermanos (otra de ellas, Clara, murió en un accidente doméstico causado por una estufa). El padre era un demócrata racista (desde la guerra civil y la emancipación de los esclavos negros, y hasta la Ley de Libertades Civiles de Lindon Johnson, el sur fue el gran feudo del Partido Demócrata) que se dedicaba a la compraventa de terrenos, mientras su madre falleció de forma prematura debido a la enfermedad de Huntington, una degeneración nerviosa hereditaria conocida popularmente como baile de San Vito por los espasmos musculares que causa y que había provocado numerosos problemas, como el incendio de la casa y el fuego accidental de la estufa que acabó con la vida de la hija mayor.

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Estatua en honor de Woody Guthrie en Okemah, su ciudad natal.

Guthrie vivía en un entorno rural, marcado por la violencia (no sólo las peleas entre muchachos en la escuela o el carácter rudo del padre, sino que había visto el linchamiento de negros o el acceso del propio progenitor a miembro de un grupo local del Ku Klux Klan) y la desgracia, pero además en poco tiempo también por la pobreza. Charley, el padre, se desplazó a Pampa (Texas) para participar en el negocio de terrenos donde se sospechaba que había petróleo, llevándose a los dos hermanos pequeños y dejando en Okemah a los mayores, Woody y Roy, pero el “crack” de la bolsa de 1929, la Gran Depresión que siguió y el desastre que se cernió sobre los estados del Medio Oeste en la forma de la Gran Tormenta de Polvo y la sequía arruinó a la familia, como a miles de pequeños propietarios y arrendatarios (sharecroopers), que tuvieron que abandonar sus tierras, hipotecadas y traspasadas a manos de los bancos y entidades de ahorro y crédito.

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La Cámara de Comercio de una localidad insta a los emigrados a continuar su camino hacia tierras más al oeste. Una estampa de la desesperanza de la Gran Depresión y de la ausencia de medios e instituciones en sus inicios para auxiliar a las víctimas de la misma.

Al igual que a la familia Joad, los protagonistas de la excepcional novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”, Woody Guthrie, con apenas diecinueve años, inició como millares de compatriotas la emigración hacia tierras más prósperas al oeste. Su primera parada fue Pampa, donde se encontraba su padre, dedicándose a hacer de todo lo que podía para ganar un centavo, además de formarse de forma autodidacta y tocar su música, actividad en la que le introdujo Jeff, medio hermano de su padre, aunque sin tener más medios a su disposición que escuchar y repetir -nunca aprendió solfeo ni asistió a una escuela de música- hasta que desarrolló su propio estilo. “Servía leche merengada en una fuente de soda, se encargaba del mantenimiento de un caserón-patera para braceros, aceptaba trabajos como pintor de brocha gorda, limpiaba coches, traficaba con alcohol casero… Vivía en la zona pobre de la ciudad, Little Juárez, donde abundaban los sin futuro que vagaban en busca de un bocado. Su humor se escindía entre la actividad frenética de los días buenos y la soledad huraña de los malos. Cuando la sombra le embargaba iba a la biblioteca pública a leer […] También hizo cursos por correspondencia sobre conocimientos básicos de leyes, medicina, religión y literatura. Lo quería saber todo pero tenía prisa y, como si supiera que los bocados han de ser rápidos cuando tienes poco tiempo por delante, no quería ahondar en ningún discutible conocimiento que estuviese encerrado en un papel” (Ánxel Grove).

PRIMER MATRIMONIO Y CAMINO A CALIFORNIA

En 1933 se casó con su primera mujer, Mary Jennings, una chica de apenas diecisiete años, con la que tendría tres hijos, Gwendolyn, Sue y Bill, quienes parecían estar tocados también por la desgracia: los dos primeros, herederos, como Woody, de la enfermedad de Huntington, murieron prematuramente en la cuarentena; Bill falleció a los veintitrés en un accidente de tráfico.

No fueron buenos tiempos para el matrimonio en medio de la Depresión y la pobreza que se cernía sobre todo el sur y el oeste de los Estados Unidos. “La apoteosis del petróleo había sido breve, la economía de los granjeros era extremadamente precaria y la poca industria existente había caído en picado en los desérticos estados del sur-oeste”, escribe Rubén Arranz. La desesperación afloró pronto en él antes de que fuera transformada en gritos de rebeldía musical: se entregó a la bebida y podía vérsele por las calles de Pampa descalzo y con la ropa desastrada, regresando a casa únicamente para dormir la borrachera. Le salvó su madrastra, Betty McPherson, una convencida teosofista que le pasó los panfletos de Robert Collier, precursor de la autoayuda. Unas lecturas que influyeron tanto en Woody que le hicieron montar incluso una consulta en casa, en el que posiblemente fuera uno de los oficios más estrambóticos -si es que no había desempeñado ya varios así- que desarrolló en sus años texanos.

Llegó sin embargo la hora, como le ocurrió a tantos originarios de Oklahoma (y que hizo que se popularizara el apelativo okie para referirse a los inmigrantes que cruzaron el país hacia la costa oeste) y de otros estados como Kansas, Tennessee, Georgia o la propia Texas, de buscar un nuevo destino en California, convertida, como en la época de la “conquista del Oeste”, en la nueva tierra de promisión para la multitud de granjeros y trabajadores arruinados. Un periplo donde la falta de dinero, el abuso de autoridad de los sheriffs y los patronos que ofrecían trabajos provisionales, las precarias condiciones de alojamiento (como los campamentos de California, bautizados como hoovervilles en “homenaje” al presidente Herbert Hoover) y de viaje o la intolerancia de las poblaciones locales por las que pasaban, que veían a aquella masa de desheredados como una banda de maleantes dispuesta a robarles sus propiedades y sus empleos estuvieron a la orden del día. “Como atestiguara posteriormente el propio Guthrie, era habitual ver a decenas de hombres encaramados en los vagones de los trenes u observarlos recorriendo en solitario las autopistas mientras buscaban un transporte gratuito que los acercara hacia su destino. A muchos de ellos la suerte les daba la espalda y acababan vagabundeando entre estados, viviendo de la buena voluntad o realizando trabajos ingratos con los que llenar su estómago mientras llegaba su oportunidad” (Rubén Arranz).

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Imagen de la “Dust Bowl” (la gran tormenta de polvo) que se abatió sobre los estados agrícolas del medio oeste de EE.UU.

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Familia de emigrantes camino de California en uno de los improvisados campamentos surgidos en el camino.

Aquellas experiencias, que los migrantes narraban a Guthrie y que él mismo había padecido en algunos casos (un sheriff le había expulsado del pueblo porque no le gustaba su aspecto de vagabundo, o, haciendo autostop, se había subido al coche de tres tipos cuya carga del maletero era más que sospechosa) fueron la inspiración perfecta para sus canciones, llenas de carga social contra un sistema y una sociedad que desprotegía a los desfavorecidos y vulnerables y generaba un mundo lleno de barreras y prohibiciones (prohibido el paso, propiedad privada, whites only…) para que los ricos y poderosos siguieran protegidos y enclaustrados en su esfera de confort. Un pensamiento ya esbozado desde su infancia y adolescencia en Oklahoma, un contenido musical y una forma de ser y de vincularse a un grupo de personas (algunos dirán que a una clase) que ya no le abandonaría jamás. Así, el propio Guthrie dirá de sí mismo:

“He escrito cantidad de canciones para los sindicalistas y las he cantado por todas partes, dondequiera que la gente se reuniera, hablara y cantara, desde el Madison Square Garden a la taberna Cuban Cigar Makers del Harlem Hispano; desde los acolchados estudios de la CBS y la NBC a la inhóspita región del andrajoso gueto (…) He disfrutado sobre todo con los sindicalistas, con los soldados y con los hombres de uniforme (…) porque al cantar con ellos me convertía e su amigo y eso me hacía sentir uno más”.

DE CALIFORNIA A NUEVA YORK: “THIS LAND IS YOUR LAND”

California era el “jardín del edén” de su balada “Do Re Mí”, pero en realidad allí también existía hostilidad y desconfianza hacia esos recién llegados, harapientos y empobrecidos, desde los estados castigados por la “Dust Bowl”. Cargado con las experiencias del viaje -las duras, pero también las de solidaridad y compañerismo- y las canciones que había intercambiado “por un plato de sopa”, pudo, tras un tiempo trabajando como obrero, empezar a trabajar en la emisora KFVD de Los Ángeles, propiedad de un dirigente del ala izquierda del Partido Demócrata. Allí, junto a Maxine “Lefty Lou” Crissman, copresentará el programa “Woody and Lefty Lou”, donde además de locutor lanzará a los micrófonos algunas de las canciones que había compuesto en su travesía desde Texas, convirtiéndose en portavoz de los discriminados okies y otros grupos oprimidos. Estas canciones serán recopiladas en su primer disco, “Dust Bowl Ballads” (1940).

En la KFVD conoció a  Ed Robbin, quien cantaba canciones comerciales de corte hillbilly en la emisora, y que le introdujo en el mundo sindical y le acercó a los círculos del USCP, el Partido Comunista de Estados Unidos, en California. Woody Guthrie escribió entre 1939 y 1940 una columna en el periódico editado por el partido, el Daily Worker, llamada “Woody Sez” (Woody dice), y aunque sus relaciones con el partido comunista norteamericano fueron estrechas, nunca llegó a formalizar su ingreso en el mismo. Su sentimiento de unidad antifascista y popular podía más que cualquier inclinación hacia una determinada filiación política. Por ese motivo, cuando fue investigado en la etapa de la “caza de brujas” macarthiana, respondió: “no soy un comunista, soy un rojo”. En California, además, conoció a otros militantes del partido, como Will Geer, así como al escritor John Steinbeck, quien dijo de Guthrie que “nada dulce hay en él y nada dulce hay en las canciones que canta. Pero hay algo más importante para quienes aún las escuchan: la voluntad de resistir”.

Las canciones de Woody Guthrie pasaban de mano en mano (nunca mejor dicho: el propio músico distribuye octavillas con las letras y los acordes para que la canción se difunda lo más posible, una versión primitiva del copyleft de la actualidad), y en 1939 aterriza en Nueva York por invitación de Will Geer, ciudad en la que vivirá -salvo pasajeras ausencias- desde entonces. Por entonces sólo se conoce su trabajo en la radio KFVD (a la que, a raíz del pacto germano-soviético, la dirección quiere evitar cualquier asociación con el Partido Comunista y con la ideología comunista) y en la prensa del USCP, y no existen grabaciones de sus canciones, pero es recibido como un héroe por la izquierda y los folkloristas le reciben con el apodo de “el vaquero de Oklahoma”. Será en un acto organizado en apoyo de los republicanos españoles, refugiados y derrotados por Franco recientemente, en el cual Guthrie cantará el himno de los interbrigadistas estadounidenses, el Batallón Abraham Lincoln, “Jarama Valley”, en una de las versiones más conocidas por el público (otra de ellas es la de su compañero y amigo Pete Seeger, con el que coincidirá por esos años en el grupo The Almanac Singers). Como curiosidad hay que destacar que la famosa pegatina de “This machine kills fascists” que lucía en su guitarra estaba inspirada en la de aviones de la guerra de España.

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Woody Guthrie en Nueva York.

Pero si la versión de “Jarama Valley” de Woody Guthrie es quizá su canción más conocida por el público español antifascista, “This land is your land”, grabada al año siguiente, es la más conocida en los Estados Unidos. Una respuesta contundente a la facilona y patriotera “God bless America” de Irving Berlin, que se recreaba en los mitos del “sueño americano”. “Muchos son los que consideran esta canción como un himno estadounidense no declarado, pero lo cierto es que aquellos acordes, melodía y letra fueron el resultado de la molestia y la indignación que Woody sentía al soportar cada dos por tres God bless América de Irving Berlin en la radio. Para Guthrie, que había recorrido montañas de hombres y tratado con pillastres y desfavorecidos de todas las clases, la canción le resultaba  “falsa” y demasiado “complaciente”, debía mostrar la otra cara esencial de América”, se expone en un artículo de la revista Mayhem. Esa otra América que también para él estaba compuesta de paisajes de una belleza extraordinaria, una naturaleza indómita y sobrecogedora, pero cuyos habitantes no siempre eran los seres felices que aparecían tras la máscara propagandística del American Way of Life. Unas personas cuya suerte había estado tanto tiempo unida a la del propio música y a las que había cantado y espoleado, con ese “estilo combatiente de lealtad indesmallable hacia todas las luchas obreras, las huelgas, las protestas populares y el apoyo de su voz y su guitarra a la suerte de los obreros y de todos los antifascistas” (Carlos Pérez Báez).

“This land is your land” es una canción en la que se mezclan la denuncia y la esperanza, donde las grandes extensiones y las bellezas de su país se entremezclan en el relato de los versos de la misma con el desamparo de los humildes, las clases trabajadoras, los marginados de la sociedad que se topan con los carteles de “propiedad privada” o “prohibido el paso” y se preguntan si realmente esa tierra está aún hecha para ellos.

Los años cuarenta son años en los que Guthrie puede por fin disfrutar trabajando en la música. Varias de sus canciones fueron grabadas en disco (otras no se publicaron, quedando en el archivo de la biblioteca del Congreso hasta los años sesenta, cuando el folk volvía a vivir su revival); escribe nuevas canciones y poemas y su autobiografía, “Bound to Glory” (Camino a la gloria), sobre su vida en los años de infancia de Oklahoma y la “Dust Bowl”; se divorcia de su primera esposa y contrae su segundo matrimonio con Marjorie Maiza, con quien tendrá cuatro hijos, entre ellos a Nora (que se encargará en los sesenta de contactar con varios músicos interesados en la obra de su padre para rescatar su obra) y Arlo, el también cantautor; y como muchos izquierdistas decepcionados con la postura de la Unión Soviética y el pacto Molotov-Ribbentropp, toma cierta distancia respecto del Partido Comunista, abrazando el antifascismo y la justicia social sin etiquetas partidarias.

A finales de la década, compone tanto canciones infantiles, recopiladas en el álbum “Songs to Grow on for Mother and Child”, como canciones en las que refleja las pésimas condiciones en las que se encuentran los trabajadores migrantes, como “Deportee (Plane Wreck At Los Gatos)” sobre el accidente de avión que en 1948 mató a varios trabajadores mexicanos que iban a ser deportados, o “Pastures of Plenty”. En la actualidad también se ha redescubierto un antiguo poema de aquellos años, en la que relata cómo, al volver de la SGM como voluntario en la marina mercante, Guthrie y su familia pasan a vivir en un nuevo bloque de apartamentos neoyorquino construido por un magnate inmobiliario al calor de las nuevas construcciones promovidas para los veteranos de guerra. El nombre de este magnate no es otro que Fred Trump, el padre del actual presidente estadounidense. Los Guthrie vivirán allí dos años, y la mordacidad del cantante hacia la especulación y enriquecimiento con sospechas de ilícito, arrogancia y racismo del “Old Man Trump” (así se llama el poema) han permanecido hasta la actualidad, convirtiéndose en un arma usada por los manifestantes contra el hijo y hoy inquilino de la Casa Blanca:

“Supongo

que el viejo Trump sabe

cuánto

odio racial

despertó

en el torrente sanguíneo de los corazones humanos

cuando dibujó

esa línea de color

aquí en sus

dieciocho proyectos familiares…

¡Beach Haven no es mi casa!

¡Simplemente no puedo pagar este alquiler!

¡Mi dinero se va por el desagüe!

¡Y mi alma está muy doblada!

Beach Haven parece un paraíso

donde ningún negro viene a vagar.

¡No no no, viejo Trump!

¡El viejo Beach Haven no es mi casa!”

 

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Donald y Fred Trump en 1987.

LA DECADENCIA Y LA ENFERMEDAD: NO HAY SITIO PARA EL FOLK

El final de la SGM y la victoria aliada, los años de bonanza económica y prosperidad que siguieron al enfrentamiento bélico en los Estados Unidos y el mundo occidental y la guerra fría y el “pánico rojo” que se levantó en buena parte de la sociedad y la política estadounidense marcaron el final de la época de Woody Guthrie. Ya no había sitio para el heroísmo de los proscritos como Sacco y Vanzetti, para las historias de denuncia del racismo y los llamamientos a la solidaridad entre los débiles en una sociedad donde las posibilidades de confort y enriquecimiento individual habían vuelto a acrecentarse, regresando de nuevo con fuerza la mitología del “sueño americano”. Además, existía el peligro cierto de que cualquiera que osase hablar de ello fuera tachado peligrosamente de commie y sometido a las preguntas insidiosas del FBI o la “caza de brujas” del senador McCarthy, además de sufrir el desprecio de sus conciudadanos y el descrédito profesional. No quedaban resquicios para tipos como Guthrie.

A ello había que sumarle sus propias circunstancias personales. En los primeros años cincuenta, la enfermedad de Huntington que su madre padeció y que él había heredado comenzó a manifestarse en él. Marjorie, su segunda esposa, se divorció de él ante su regreso (como en los años treinta en Pampa, cuando no tenía un céntimo ni empleo) al alcoholismo, y se le diagnosticó equivocadamente esquizofrenia. Casado con su tercera esposa, Anneke van Kirk, con la que tuvo una hija, Lorrayne Lynn (a la que también le llegó la dosis de desgracia personal que parecía destinada en la trágica lotería a casi todos los vástagos del músico, muriendo en accidente de tráfico a los diecinueve años), se divorció de ella poco después. Desde mediados de la década, y hasta su muerte en 1967, estuvo internado en varios hospitales de Nueva York, a donde acudía su antigua esposa Marjorie a visitarlo en aquellas sus horas más bajas. Fue perdiendo progresivamente la capacidad motora y del habla, pero eso no impidió que varios amigos y admiradores como un joven que apenas había comenzado su carrera, Bob Dylan, acudieran a visitarlo.

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Woody Guthrie junto a su hijo Arlo y su ex mujer Marjorie en el hospital Greystone de Nueva York, donde se encontraba internado y en el que fallecería en 1967.

Woody Guthrie moría cuando una nueva generación de músicos y una sociedad, esta vez de forma mucho más generalizada que en los años en que él estaba en activo, apenas comenzaban a recuperar la bandera de la protesta. El folk, nuevo, renovado, transformado, volvía a significar algo pero él no podría estar allí, salvo en el recuerdo y en las grabaciones que un puñado de entusiastas y admiradores fueron recuperando en aquella época.

Gente tan variopinta como sus archiadmiradores Bob Dylan o Jack Elliot, su compañero Pete Seeger, su hijo Arlo Guthrie o los rockeros Bruce Springsteen, Johnny Cash, Joe Strummer o The Kickdrops Murphys nombran a Woody Guthrie como una de sus referencias y le han homenajeado con discos, versiones o canciones propias. Pero el mundo de la música al que ellos pertenecen es muy distinto al de Guthrie, y aunque parece estar regresando el fantasma de la Depresión y el fascismo, tampoco lo viven tan de cerca, tan en primera persona, como lo vivió el bueno de Woody: en trenes de mercancías como polizón, haciendo trabajos miserables por cuatro chavos, compartiendo la pobreza de otros okies en peregrinación a la “tierra prometida” como él o viviendo cotidianamente el racismo y el desprecio con que se pueden llenar las almas de ciertos congéneres.

Por eso, para bien, para mal, y aunque gente como Dylan se presentara al principio y en su homenaje con el nombre del cantante de Okemah, no acepte imitaciones: Woody Guthrie sólo hubo (sólo hay) uno.

FUENTES:

Rubén Arranz, “La tierra prometida de Woody Guthrie”. Jot Down Magazine, julio de 2012. http://www.jotdown.es/2012/07/la-tierra-prometida-de-woody-guthrie/

Ánxel Grove, “¿Sería Woody Guthrie un indignado de cien años?”, Trasdós, 11/07/2012. https://blogs.20minutos.es/trasdos/2012/07/11/woody-guthrie-centenario/

Carlos Pérez Baez, “Woody Guthrie, 101 años de folk urbano. This machine kills fascists”. Dirty Rock Magazine, 12/07/2013. http://www.dirtyrock.info/2013/07/woody-guthrie-101-anos-de-folk-urbano-this-machine-kills-fascists/

A. Martínez, “El músico que le cambió la vida a Bob Dylan y casi muere en el olvido”. Cultura Colectiva, 03/12/2016. https://culturacolectiva.com/musica/el-musico que-le-cambio-la-vida-a-bob-dylan-y-que-casi-muere-en-el-olvido/

Will Kauffman, “Woody Guthrie, ‘Old Man Trump’ and and a real state empire’s racist foundations”, The Guardian, 22/01/2016. https://www.theguardian.com/music/2016/jan/22/woody-guthrie-donald-trump-real-estate-empire-racist-foundations

“Woody Guthrie. La voz del pueblo”. Mayhem Revista. Octubre-noviembre de 2014. https://mayhemrevista.wordpress.com/2014/10/28/woody-guthrie-la-voz-del-pueblo/ https://mayhemrevista.wordpress.com/2014/11/04/woody-guthrie-la-voz-del-pueblo-y-ii/

“Woody Guthrie”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Woody_Guthrie

 

 

Sobre este blog

Dos comentarios recientemente leídos y que pueden verse en la correspondiente entrada sobre el artículo “El asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza…” me han animado a compartir con vosotras/os la siguiente reflexión acerca de este blog.

En primer lugar, quien esto escribe y ha escrito y espera seguir escribiendo muchas más veces en ests bitácora no es historiador. Mi formación no ha ido encaminada hacia tan noble y singular tarea, muchas veces enmierdada por quienes, sin serlo, se las dan de tales y falsean sus currículos para presumir de lo que no tienen y dar evidencia de lo que carecen. Sé que por limitaciones (de metodología, técnicas, económicas…) no puedo seguir, a la hora de escribir los textos que aquí introduzco, el mismo rigor y, en fin, tener la misma calidad que puede poseer una obra historiográfica al uso. Y que muchas veces tengo que tirar de fuentes secundarias y de artículos y obras que han escrito otras personas para poder elaborarlas. Porque, repito, este blog está dedicado a asuntos de Historia y en especial de Historia Contemporánea, pero es obra de un curioso que quiere transmitir su curiosidad a otros, tratando de, en consonancia con la sentencia del profesor Josep Fontana de “Los vencedores son los que escriben la Historia; es forzoso, por tanto, que exista otra Historia”, indagar sobre esa “cara B” de la Historia que conocemos o nos han explicado. Dentro, como ya he explicado, de las limitaciones antes expuestas.

También se me ha reprochado, al hilo del artículo, mi “sesgo izquierdista”. No estoy de acuerdo con el hecho de que un historiador o un periodista tenga que mantener una posición de objetividad que de ninguna manera podemos tener como seres humanos ante determinados hechos, especialmente si son o han sido contemporáneos de los mismos. Por supuesto, no oculto -y efectivamente, en los diferentes artículos aquí expuestos así ha quedado demostrado- mi postura política. Pero eso no es óbice, ni en mi caso ni en el de ningún otro/a, para que se le pida a quien escriba a que lo haga con honestidad y sinceridad, cuente también las críticas y los errores o incluso los formule por su parte y no oculte, falsee o tergivese. Como se afirma en “La forja de un rebelde”, de Arturo Barea, “cuenta toda tu verdad, no hagas programas en los que no creas y no mientas, y anima a otros a que cuenten su verdad también”.

En muchas ocasiones, esa “cara B” de la Historia necesariamente ha de pasar por una visión progresiva, de izquierda, porque el mundo actual, configurado desde finales del siglo pasado con la victoria del “Nuevo Orden Mundial” neoliberal y la caída de los regímenes de “socialismo real” ha hecho que nos olvidemos o ignoremos, por su “derrota histórica”, a quienes plantearon una alternativa no sólo dentro del mundo capitalista, sino también dentro del propio bloque soviético y asimilados, así como seguimos desconociendo mucho sobre el Tercer Mundo. Recientemente han fallecido Mário Soares y Helmut Kohl, uno considerado el padre de la democracia portuguesa y otro el artífice de la unidad de Alemania. ¿Quién se acuerda de las promesas rotas por ambos, del socialismo guardado en el cajón de uno y de la estafa de los paisajes floridos prometidos a los alemanes orientales como vacua propaganda electoral para asegurar la victoria de la CDU en unos comicios para una futura Alemania unida del otro? ¿De la financiación extranjera para ponerse al servicio de la derecha de Soares y la corrupción que salpicó a los democristianos de Kohl? Dicen que no está bien hablar mal de los muertos con el cadáver aún caliente, pero peor aún fue el olvido al que fueron sometidos Vasco Gonçalves y Stefan Heym, quienes al morir no recibieron los grandes homenajes que se les destinaron a los anteriores y cuya historia por hacer un Portugal y una RDA diferentes a los que hasta entonces habíamos conocido ha pasado absolutamente desapercibida. Y ambos fueron representantes de dos momentos, el PREC y las manifestaciones de los lunes de Leipzig, de aquello que era el mayor peligro para los dos bloques (aunque en 1989 en el Este ya no lo significaba realmente, sino la única posibilidad de seguir existiendo): una alternativa socialista y democrática a las dictaduras de planificación central y partido único. Esa heterodoxia, asfixiada en el Este con la “doctrina Breznev”, pero también en Occidente con la “red Gladio” o el golpismo en Chile o Brasil, ha de ser narrada aun a riesgo de enfurecer a diestra y a siniestra.

Pero es que de igual modo pasa en el Tercer Mundo, esa región enorme donde se acumula la mayor cantidad de recursos humanos y naturales de la Tierra y donde la pobreza y la muerte galopan sin cortapisas. Observar las causas del subdesarrollo, que hunden sus raíces en el colonialismo y continúan actualmente con el neocolonialismo de las políticas económicas globales y el dominio informal de las antiguas metrópolis y otras de nuevo cuño, así como entender los intentos por cambiar el rumbo al que estaban destinadas las naciones que lo conforman y el modo en que éstos han sido frustrados obliga a tomar muchas veces partido, aun reconociendo sus errores y limitaciones, por las personas que trataron de hacer posible estos cambios. Éstas, muchas veces estaban imbuidas de un ideario socialista o de izquierda o en otros casos, aun no siéndolo en puridad, por su forma de actuar y su posterior estigmatización han acabado por convertirse en personajes simbólicos para la izquierda. Y no es exagerado afirmar que esa región del mundo, siempre a medio camino entre la conmiseración y el desprecio, ha producido desde la SGM políticos y hombres de Estado más lúcidos que las avanzadas y civilizadas Europa o Norteamérica. Siempre será mejor optar (sobre todo si se examina lo que había en sus respectivas cloacas) antes que por Adenauer, Mitterrand, Felipe González, Thatcher, De Gasperi, Eisenhower o Churchill por los modestos y muchas veces desconocidos Sankara, Cabral, Arbenz, Goulart, Mossadegh, Nyerere, Lázaro Cárdenas, Carlos Mariategui, Félix Moumie, Ben Barka, Frantz Fanon, Patrice Lumumba o Ernesto Cardenal. Puede que ellos no firmaran o escribieran los grandes tratados bajo los que se rigen las vidas de miles de personas (sean los de Maastricht, Roma o Bretton Woods), pero su ejemplo puede servir para modificarlas.

Ello no quiere decir que no respete, en absoluto, opiniones, personas y posiciones ideológicas y políticas distintas. La base del progreso, a mi entender, es precisamente la necesidad de contrastar y confrontar diversos puntos de vista, y muchas veces a mí me han servido para reafirmarme en mi postura, pero desde un punto de vista más rico y variado y después de haber reelaborado planteamientos previos. Como afirmaba el doctor Negrín, presidente del gobierno de la República durante la guerra, en relación a los españoles de la otra zona, la gente conservadora y de derechas, su suerte le preocupaba, ya que ellos servirían, a la hora del término de la guerra, de contraste a su postura política. Por ese motivo, no puedo dejar de manifestar mi admiración y respeto por figuras conservadoras cuya humanidad y sensibilidad han quedado demostradas, aunque haya temas en los que se discrepe (lo cual es lógico y hasta es bueno que así sea). Un claro ejemplo es para mí Miguel Delibes, con quien puedo tener más en común que pongamos por caso Erich Honecker o Santiago Carrillo. Y no debemos olvidar, dado que se me ha apuntado la trillada sentencia de la sovietización de la República, que no fueron pocos los conservadores que estuvieron del lado de la misma, ya fuera en forma de apoyo moral e intelectual (Jacinto Benavente, Antonio Machado, Rosa Chacel, Secundino Zuazo) o desempeñando funciones de índole política, diplomática o militar (Vicente Rojo, Felipe Sánchez Román, Angel Ossorio y Gallardo o Manuel Portela Valladares).

Dos últimas referencias. No es de recibo acusar a una persona de usar fuentes sesgadas y al mismo tiempo repetir los argumentos que se vienen utilizando en fuentes sesgadas y rebatidas aquí y allende nuestras fronteras sobre la instauración de un soviet en España y el dominio comunista de la República. O referirse, para eliminar las sospechas sobre una obra escrita por el hijo del capitán Cortés acerca del Santuario, que esta fue escrita después de la muerte de Franco, ¡como si después de morir Franco no se hubieran publicado obras nostálgicas y apologéticas como las novelas de Vizcaíno Casas, los estudios sobre la represión con cifras falseadas de Salas Larrazabal o las obras más recientes de Ricardo de la Cierva, César Vidal o Pío Moa! Admito que la obra pueda ser interesante e instructiva, pero los muerte de un dictador nada necesariamente asegura su calidad.

Hoy nos hemos despertado con la noticia, parecía que sacada de una película de Berlanga, de que agentes de la Guardia Civil han acudido a una peregrinación a Lourdes (y ahí estaban, de uniforme) pagada con dinero público y bailando la conga en un video que se ha hecho viral. Haría falta mucha más educación en los cuarteles y academias (entre ella, la relacionada con la tortura y el abuso, dado que se diga lo que se diga siguen existiendo denuncias fehacientes de que la Guardia Civil y los cuerpos policiales en España la siguen practicando, como revelaba recientemente “El Diario.es”), para que se entienda que la religión (la que sea) y los aparatos del Estado tienen que ir separados, sin enfrentarse, pero tampoco sin ir de la mano, con uniforme reglamentario y con el dinero de todos, para luego mostrar en YouTube o donde sea semejantes esperpentos. Quizá para ello sería clave acabar con esos espacios de impunidad que son el otorgar la medalla al mérito policial y nombrar comisarios de honor a imágenes religiosas o tirotear inmigrantes, aun con pelotas de goma, sin que el ministro o el director general del ramo sea cesado y los agentes suspendidos y juzgados de inmediato. Quizá para ello es necesario reaprender, desde Baeza, Valdemoro o Intxaurrondo muchas cosas, entre otras, que la historia de la Guardia Civil actual no puede conectarse con una operación de rebeldía disfrazada de gesta de resistencia.

La “Operación Ajax” contra Mossadegh: 1953 siembra la semilla de 1979

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Ilustración de la revista TIME con motivo del nombramiento de Mohammed Mossadegh como “hombre del año” en 1951 por parte de esta publicación.

“Los países subdesarrollados con ricos recursos tienen hoy una lección tangible en el alto coste que ha de pagar uno de ellos que pierde los estribos por un fanático nacionalismo. Es tal vez esperar demasiado que la experiencia de Irán evite el ascenso de Mossadeghs al poder en otros países, pero dicha experiencia puede, por lo menos, reforzar las manos de líderes más razonables y previsores”.

The New York Times, editorial, 6 de agosto de 1954.

(citado por Noam Chomsky, “El miedo a la democracia”, Crítica, Barcelona, 2017).

 

Tras la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, no fueron pocas las naciones de los continentes asiático, africano y americano que buscaron un modo propio de desarrollo y escapar de la tutela ecónomica (tras la tutela política, una vez acontecida la descolonización) de las grandes potencias, que en muchos casos eran o continuaban siendo tras la independencia poseedoras de los ingentes recursos naturales de estos países a través de las compañías extranjeras radicadas en ellos. En estos dos pilares se basó el ideario nacionalista y el movimiento del Tercer Mundo o de los Países No-Alineados surgido en los años cincuenta del pasado siglo, y al que estaban adscritos, más tendentes hacia la izquierda o hacia el conservadurismo, líderes políticos que iban desde sus impulsores -Nasser, Nehru y Tito- hasta otros a los que la fortuna les fue completamente desfavorable: Sukarno, Jacobo Árbenz, Mehdi Ben Barka, Patrice Lumumba o Mohammed Mossadegh.

Para estos países, sin embargo, no fue nada fácil -de hecho, en algunos casos fue imposible- poder llevar a cabo sus programas de reforma social progresista basados en el aprovechamiento de la riqueza propia en beneficio de la propia nación, y no de intereses particulares autóctonos y extranjeros. Sufrieron lo que se ha llamado la “paradoja de los recursos”: países con recursos agrícolas y minerales extraordinarios -del que posiblemente el mayor ejemplo sea la República Democrática del Congo, bajo cuya superficie se concentra una enorme variedad de minerales y piedras preciosas en ingentes cantidades- pero cuya población vive en las situaciones más atroces de pobreza debido a que la riqueza no pertenece en realidad a estos pueblos y no es administrada por sus estados en su provecho (aunque de acuerdo con la legalidad emanada de Naciones Unidas esto es justamente lo que no debe suceder, las más de las veces es imposible hacer valer este derecho de los pueblos), sino que los dueños reales son consorcios y compañías transnacionales, cuando no estados extranjeros, como está sucediendo en el caso de la compra de tierras en África. Estas operaciones de compraventa o de concesiones están relacionadas con la corrupción y la reproducción en el poder de las pequeñas élites multimillonarias locales, a menudo en forma de títeres de los intereses neocoloniales de la antigua metrópoli o de una nueva potencia neocolonial -tal es el caso de las antiguas colonias francesas de África, pero también de Estados Unidos, con grandes aliados como Museveni en Uganda o Kagame en Ruanda- y cuya presencia en el mismo (como la dinastía de los Bongo en Gabón) data incluso desde la propia independencia.

Pero además, en el caso que nos ocupa, la “operación Ajax” o el golpe de Estado en Irán en 1953, que acabó con la política nacionalista y democratizadora del primer ministro Mossadegh y repuso al Sha Mohammed Reza con poderes dictatoriales, las implicaciones fueron más allá del derrocamiento organizado en el extranjero -como los que se sucederían casi inmediatamente en Guatemala, Indonesia y, algo más adelante, en la recién independizada República Democrática del Congo- de un gobierno elegido democráticamente. La inauguración con ello de una dictadura brutal y corrupta como la de la monarquía de Reza Pahleví, prolongada a lo largo de más de dos décadas, sostenida a base de convertir a Irán en un vasallo de Estados Unidos y de los asesinatos y el terror político de la SAVAK, la policía política del nuevo régimen, alimentó a lo largo del tiempo el descontento de la población. Ese descontento y el antiimperialismo americano -convertido en rechazo de lo occidental por los ayatolás que comenzaron a liderar las protestas contra el monarca a partir de 1977-1978- fueron el detonante de la revolución de 1979, donde los grupos de izquierda (tanto los comunistas del Tudeh como otros más a la izquierda) perdieron pronto la iniciativa frente a los líderes religiosos, que transformaron el país en el régimen islámico que hoy conocemos. De hecho, para el periodista del New York Times Stephen Kinzer -autor del libro “Todos los hombres del Sha”– el golpe de 1953 alimentó el antiamericanismo y antioccidentalismo de la República Islámica, así como fue una de las causas de la “crisis de los rehenes” de la embajada estadounidense acontecida al poco del triunfo de la revolución de los ayatolás.

De este modo, lo ocurrido en 1953 abriría las puertas a lo que iba a suceder en 1979. Echar abajo la vía democrática y populista de Mossadegh y sus planes nacionalizadores, en especial los de una industria tan sensible a los intereses occidentales en el Golfo Pérsico como la del petróleo, llevaron a salvar por unos años los beneficios de las compañías occidentales, pero a la larga llevaron a crear un quebradero de cabeza todavía más grave a los norteamericanos -a tenor de la guerra desatada contra la República Islámica vía el Irak de Saddam Hussein, la colocación de Irán en el “Eje del Mal” de Bush hijo o las polémicas periódicas por el programa nuclear iraní- que el que podían suponer las políticas y las esperanzas llevadas a los iraníes por un laico conservador como Mossadegh. Para completar el cuadro, tenemos en una de sus últimas presencias en las oscuras bambalinas de la escena internacional a Winston Churchill, de nuevo “premier” de Gran Bretaña (Anglo Iranian Oil, la futura BP, era la compañía más afectada por la nacionalización del petróleo iraní). Este “gran visionario” fue incapaz de prever cuáles iban a ser las consecuencias de dejar en la miseria a un pueblo bajo cuyos pies se escondían unas de las mayores reservas de crudo del planeta.

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Ilustración del comic “Operación Ajax”, en la que aparece a la izquierda el primer ministro iraní Mohammed Mossadegh y a la derecha el líder conservador y reelegido premier británico Winston Churchill.

 

EL CONTEXTO

En la novela “Samarcanda” del libanés Amin Maalouf se hace un retrato de la situación política del Irán de finales del siglo XIX y de su carácter de “perla codiciada”, ya en aquel entonces, por las potencias del momento. Mientras que, por un lado, podemos ver cómo sucede el choque entre las fuerzas sociales más avanzadas y secularizadoras, deseosas de poder instaurar en el país un sistema parlamentario al estilo occidental (lo que se conseguirá en 1906, en el transcurso de la Revolución Constitucional persa, con la instauración del Majlis, la Asamblea Consultiva nacional), y entre las fuerzas más conservadoras y religiosas, entre las que se cuenta el influyente clero chií -la rama del Islam mayoritaria en Irán- y representado por los jefes religiosos locales, los ayatolás. Serán estos últimos sectores quienes forzarán una contrarrevolución contra la Constitución y el sistema parlamentario que limitaban, aún tímidamente, el poder del sha, lo que se interpretaba iba contra la tradición nacional y religiosa del país. Entre 1907 y 1911 se sucedieron movimientos que suspendieron la Constitución e instauraron el poder absoluto del monarca, aunque la resistencia ejercida por los liberales constitucionalistas permitió que estas restauraciones no duraran mucho tiempo. Lo que sí que hicieron finalmente fue causar un fuerte desgaste a los últimos reyes de la dinastía Qadjar, subiendo finalmente al trono tras un golpe de estado en 1925 un oficial del ejército, Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi.Hay que mencionar que en estos procesos de reforma y contrarreforma política la dependencia exterior en que Irán había empezado a sumirse influyó notablemente. Muchos licenciados de clase alta (como será el caso del propio Mossadegh) influidos por las ideas occidentales del parlamentarismo y el constitucionalismo habían estudiado en instituciones extranjeras radicadas en el país, y allí habían aprendido tales nociones. Pero por otra parte, las dos naciones que se disputaban el control del país en aquellos momentos, tanto la Rusia de los zares (que había inaugurado su asamblea consultiva, la Duma, a raíz de los sucesos de 1905) como la parlamentaria y liberal Gran Bretaña, consideraban peligroso para sus intereses el parlamentarismo iraní y el control que el Majlis podía ejercer sobre sus intereses económicos en Persia. No en vano, por la época en que tiene lugar la Revolución Constitucional, podría considerarse sin temor a equivocarse que todos los servicios públicos se encuentran concedidos a empresas extranjeras, ya fueran inglesas o rusas: el petróleo, el suministro eléctrico, el servicio postal y los telégrafos, los ferrocarriles, el teléfono… Todo para satisfacer las deudas de un Estado (en especial de una Corte) marcado por la ineficiencia y la corrupción. De hecho, cuando en 1910 hubo un primer intento por parte del Majlis de recobrar la soberanía financiera del país, contando para ello con un experto estadounidense, Morgan Schuster, nombrado oficial del Tesoro, quien trató de cobrar impuestos en la zona de influencia rusa (de acuerdo con el reparto acordado por ingleses y rusos en 1907), los rusos amenazaron con el uso de la fuerza si Schuster no era cesado. El rechazo del ultimátum ruso por el Parlamento conllevó la entrada de tropas cosacas en la capital, Teherán, quienes junto a oficiales locales forzaron la suspensión de la Constitución y el cierre de la Asamblea.

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Escena de la “Revolución Constitucional” persa (1905-1906).

Años más tarde, en 1941, la postura pro-alemana de Reza Khan llevó a la URSS y a Gran Bretaña a invadir y a repartirse de nuevo Irán con una zona norte de influencia rusa y una zona sur de influencia británica, además de la sustitución del monarca por su hijo Mohamed Reza, que reinará hasta el triunfo de la Revolución Islámica en 1979. Esta acción anglo-soviética se llevó a cabo para evitar el acceso de Hitler (por aquel entonces cerca del mar Caspio y la frontera entre las repúblicas soviéticas del Cáucaso e Irán) al petróleo persa, explotado teóricamente (como veremos) por una empresa mixta anglo-persa, la AIOC o Anglo Iranian Oil Company, germen de la futura British

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Mohammed Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi y antecesor de Mohammed Reza Pahlavi, se vio obligado a abdicar tras la invasión anglo-soviética en 1941.

oPetroleum (BP). Las tropas soviéticas y británicas debían retirarse a los seis meses del término de las hostilidades, pero los soviéticos permanecieron más tiempo, siendo este hecho denunciado por británicos (temerosos de que Rusia pudiera poner en peligro su monopolio sobre el petróleo iraní) y por Estados Unidos (temerosos asimismo de que una prolongación de la presencia rusa aumentara la influencia en el país del Tudeh, el Partido del Pueblo Iraní, de ideología comunista). De este modo, la cuestión de Irán fue uno de los hechos que anticiparía – junto a la guerra civil griega, la polémica sobre el acceso de la URSS al Mediterráneo a través de los Dardanelos, la cuestión de Alemania o la expulsión de los comunistas de los gobiernos de Occidente y de los no comunistas de los estados de Europa Oriental- el clima de la guerra fría. La retirada rusa del norte, bajo la amenaza latente del lanzamiento de la bomba atómica sobre la URSS (por entonces sólo Estados Unidos la poseía), pero sobre todo la más perentoria de paralizar las indemnizaciones de guerra a la Unión Soviética procedentes de Alemania Occidental, tuvieron como efecto colateral el hundimiento de la autónoma República de Majabad, el primer gobierno propio de que disfrutaron los kurdos en Oriente Medio en mucho tiempo e hito histórico de la lucha por la liberación del Kurdistán. Sin el apoyo y protección que significaba la presencia soviética, la república pudo ser aplastada a sangre y fuego por Teherán. Mientras, Gran Bretaña se había dedicado a utilizar a las tribus árabes del sur para contrarrestar las posibilidades de influencia de Moscú y del Tudeh sobre el joven sha y el gobierno, fomentando en ellas revueltas independentistas o apoyándolas.El interés particular de las potencias extranjeras en Irán es, como puede verse, un factor clave de su historia reciente. Pero tampoco ha de menospreciarse el factor que la jerarquía chií desempeñará en 1953 en la desestabilización inducida desde el exterior contra el primer ministro Mossadegh. De hecho, un personaje harto famoso posteriormente, el entonces clérigo Ruholla Jomeini, aparecerá aquí como aliado clave en la trama. De nuevo, como en los casos de Saddam Hussein en Irak, Idi Amin en Uganda o Bin Laden en la lucha contra la intervención soviética en Afganistán, experimentamos el caso del viejo amigo convertido en el mayor enemigo.

MOHAMMED MOSSADEGH: UNA SEMBLANZA

Según Dean Acheson, ex secretario de Estado de Estados Unidos con el anterior presidente Truman -cesó en el cargo justo antes de que se diseñara la “Operación Ajax”, encargándose de ella el visceralmente anticomunista John Foster Dulles-, y una persona poco sospechosa de simpatías por los regímenes socialistas, Mossadegh era “un persa rico, reaccionario y de mentalidad feudal, inspirado por un odio fanático hacia los británicos”. Aunque estas afirmaciones no pueden tomarse al pie de la letra, lo que sí era cierto, como reflejaba el encargado de la diplomacia estadounidense, es que Mossadegh no era especialmente cercano al Tudeh ni a la URSS, tanto que sus medidas nacionalizadoras no se limitaron al ámbito de los intereses británicos, sino que también afectaron a las concesiones soviéticas en territorio persa.

Mohammed Hedayat, más conocido como Mohammed Mossadegh, nació en Teherán hacia 1882 (no existían por entonces registros fiables) en el seno de una familia de terratenientes, y cursó estudios de Derecho, doctorándose en la Universidad de Neuchatel (Suiza). Estuvo exiliado en París y Suiza durante los movimientos contrarrevolucionarios que sacudieron la Revolución Constitucional de primeros de siglo. Desde muy temprano, ya desde la apertura de la propia asamblea, Mossadegh fue elegido diputado al Majlis, aunque no pudo ocupar su escaño al principio debido a su juventud. Dedicado a la labor política durante casi toda su vida, fue secretario del ministro de finanzas, ministro designado de Exteriores y presidente de la Comisión del Petróleo del Parlamento, cargos los cuales su postura contra la corrupción, su enfrentamiento contra las potencias extranjeras que dominaban la vida política o su oposición a los amplios poderes de que gozaba el sha -en 1943 fue el autor del proyecto de ley por el que fue el autor del proyecto por el cual se le quitaba al Sha la potestad para firmar nuevas concesiones sin previa autorización legislativa- le llevaron a dimitir, no ocupar o ser cesado. Incluso debió exiliarse nuevamente del país durante el reinado de Reza Khan, regresando tras la ocupación anglo-soviética y la renuncia al trono de aquel a favor de su hijo.

Dotado de un gran carisma y una enorme popularidad, gracias a su oposición a la injerencia tanto de británicos como de soviéticos (las dos potencias que tradicionalmente habían intervenido en la política y la economía) y sus proyectos sociales, en 1949 fundó el partido Frente Nacional, cuyo éxito electoral en las legislativas elevaría en 1951 a Mossadegh a la primera magistratura del gobierno.

Mossadegh era sin duda alguna un tipo peculiar y complejo. Sus biógrafos le han definido como honesto, un hombre de principios y de un elevado patriotismo, pero al mismo tiempo quisquilloso, altamente histriónico e hipocondríaco, que se emocionaba con facilidad en la tribuna de oradores, pero que muchas veces exageraba esa emoción hasta el punto de fingir ahogos y desmayos -aunque es cierto que con setenta años su salud no era la de un muchacho, su vena teatral con el objeto de conmover y persuadir a la audiencia le ir más allá-, si pensaba que políticamente era conveniente” (Anaclet Pons). Aunque movido por una fuerte convicción democrática y consciente del valor de las libertades públicas -características que, apunta el historiador irano-armenio Ervand Abrahamian, le diferenciaban respecto a otros líderes antiimperialistas como el egipcio Nasser-, las circunstancias turbulentas a que estaba siendo sometido el país en 1953 por los Estados Unidos y Gran Bretaña le llevaron a tomar medidas autoritarias, como encarcelar a miembros del Tudeh -los servicios de inteligencia británicos señalaban como agitadores a los comunistas iraníes- o expulsar a los diplomáticos británicos en 1952 ante los rumores de golpe patrocinados desde Londres, cosa que refleja su biógrafo Christopher de Bellaigue en su obra “El patriota persa”.

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Mohammed Mossadegh supo ganarse la confianza del pueblo iraní gracias a su denuncia de la corrupción y del dominio extranjero y sus planes democratizadores y de reforma social.

En ocasiones se le apodaba también el “viejo del pijama”, porque muchas veces recibía a altos cargos y diplomáticos extranjeros en su residencia privada, metido en la cama y ataviado con esta prenda, debido a los accesos de tos y vértigo que muchas veces le hacían estar prostrado. No es raro por ello que esta excéntrica falta de boato fuera motivo de desprecio por parte de los políticos de Washington o Londres, como el mote de “Mussy Duck” (Pato Mussy) que le puso Winston Churchill. Una actitud que De Bellaigue no duda en bautizar de racista: estadistas como Thomas Babington Macaulay veían que “un simple estante de una buena biblioteca europea” era superior a “toda la literatura nativa de la India y de Arabia” […]De vez en cuando, un diplomático orientalista revelaría cierto entusiasmo romántico hacia las cosas persas, pero De Bellaigue cree que en el corazón de la política británica hay “un profundo desprecio por Persia y su gente” (Pons).

Sometido a fuertes tensiones, contradictorio e imperfecto, este anti-héroe (como tantos) que tan poco tiene que ver con los de ficción (aunque ha figurado repetidas veces como nexo de unión en muchos cómics y novelas sobre la oportunidad perdida y el origen de 1979, como “Persépolis”) es un motivo de orgullo para muchos iraníes. “Para los iraníes, el legado de Mossadegh es un orgullo de la condición iraní que el islamismo que el régimen actual está pregonando sobre la identidad nacional no puede apagar. Del mismo modo, su tratamiento por los británicos ha llegado a simbolizar el descaro de las potencias extranjeras entrometidas” (ídem). Y analizando esa virtud de visionario que tuvo, ya fuera del poder, afirmando ese gran pecado que supuso intentar nacionalizar unos recursos sobre los que pesaban tantos intereses estratégicos, la periodista Holly Dagres afirma que “Lo que Mossadegh hizo para Irán y lo que sufrió como resultado de ello fue una tragedia. Sin embargo, su último mensaje sobre el nacionalismo no se refería a la pérdida de su poder, sino al derrumbe de lo que él aspiraba para su patria. Aunque Mossadegh ha pasado, ese mensaje vive con fuerza”.

LA NACIONALIZACIÓN DE ANGLO-IRANIAN

La nacionalización del “oro negro” persa no era contemplada en un principio por las autoridades del país en 1951 (Mossadegh era entonces diputado pero no primer ministro, cargo que el sha había tratado de evitar cayera en manos de alguien que, en palabras de Roberto García, de Webislam, pese a sus aristocráticos orígenes supo acuñar el republicanismo y movilizar a las masas en base a una prédica nacionalista hecha a la medida de lo que el público quería escuchar”). Así, el primer ministro Sa’ed trató de encontrar un arreglo para una situación que era injusta y agraviosa desde cualquier punto de vista.

Esa situación no era otra que la empresa AICO repartía sus beneficios al ochenta y cuatro por ciento para los británicos y al dieciséis para los iraníes, a pesar de que la materia prima, vital para los primeros (fue la base que en la PGM permitió a la marina de guerra británica pasar del carbón al petróleo, permitiéndole ganar la batalla en el mar y obtener sustanciosos beneficios a las arcas del Imperio) era extraída del susbsuelo iraní. Por hacer una comparación, en la vecina Arabia Saudí la compañía conjunta arábigo-estadounidense ARAMCO (Arab American Company) repartía sus beneficios al cincuenta por ciento. Además, los salarios y condiciones de trabajo de los operarios iraníes eran absolutamente miserables. En definitiva, AIOC era una auténtica ganga para los británicos y una tortura para los iraníes, que veían como la mayor parte del pastel se quedaba en manos anglosajonas, sin que apenas pudieran saborear las migajas.

El XV Parlamento iraní rechazó sin embargo el anexo al acuerdo de 1933 -fruto de una previa renegociación del acuerdo original de principios de siglo- que negociaba con los británicos, y las cláusulas del acuerdo de los años treinta salieron a la luz pública, sin duda alentadas por Mossadegh, lo que generó una gran indignación en una opinión pública que veía como en toda la región del golfo y el mundo musulmán comenzaban a surgir con fuerza movimientos nacionalistas (Egipto, Irak) que se oponían al dominio y aprovechamiento en beneficio propio que llevaban a cabo los occidentales en el área, y entre cuyas pretensiones figuraba el que los recursos naturales estuvieran en sus propias manos. La difusión de unas cláusulas absolutamente desfavorables para la nación y el pueblo iraníes llevaron a Mossadegh a declarar nulos el tratado y el anexo que se trataba de negociar sobre esta base. Era la espoleta que detonaba el espíritu nacionalizador.

Las nuevas elecciones hicieron que el sha nombrara como primer ministro al general Hadj Ali Mansur Razmara, con Mossadegh al frente de la comisión del Petróleo del XVI Parlamento. Razmara intentó negociar un mejor acuerdo, con la renuncia a la nacionalización y un reparto equitativo de los beneficios. Pero eso era percibido como una continuación en una senda ya impopular, concediendo una credibilidad como negociadores a los británicos que se percibía no tenían en absoluto, ya que antes habían jugado el papel de tahúres con quienes se suponía eran sus socios en pie de igualdad, e iba en contra de las aspiraciones de las masas de aquel momento.

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Mossadegh, rodeado de sus partidarios.

La popularidad de Mossadegh, abogando por la nacionalización, llevó rápidamente a un contraataque por parte del gobierno de Londres, llevando a cabo acciones de boicot a la economía persa y apoyando acciones de rebeldía por parte de las tribus árabes del Juzestán, presionando de este modo para que se continuara con un acuerdo que siguiera siendo ventajoso para Gran Bretaña. En este ambiente, Razmara murió víctima de un atentado llevado a cabo por la organización de los Fedayines del Islam, un grupo dirigido por clérigos chíies y que estaban indirectamente aliados a Mossadegh (lo que no necesariamente quiere decir que éste tuviera implicación en el hecho). Los servicios de seguridad del sha no supieron prevenir o proteger al primer ministro -pese a o cual el profesor Josep Fontana afirma que cuanto menos el rey estaba informado de la posibilidad de un ataque de estas características contra el jefe de su gobierno-.

A la tercera fue la vencida. Mohammed Reza, el sha iraní, no tuvo más remedio que nombrar como jefe del gobierno al popular Mossadegh, que decretó la nacionalización del petróleo, con el apoyo del Majlis, el día 20 de marzo de 1951. Una fecha histórica para Irán y que todavía hoy es celebrada como día de independencia política y económica.

EL CONTRATAQUE ANGLO-ESTADOUNIDENSE: DE LA VÍA LEGAL A LA OPERACIÓN ENCUBIERTA

Una bofetada así en los morros de Gran Bretaña era algo a lo que en Londres no estaba acostumbrados. En octubre de 1951, el Partido Conservador ganó las elecciones al Parlamento de Westminster y Churchill volvía a ser el inquilino del número 10 de Downing Street. La llegada del “Viejo León” de nuevo al poder, que tildaba a su despreciado “Mussy Duck” de “viejo lunático con ganas de arruinar su país y entregarlo al comunismo” llevó a una escalada en la acción de los británicos, con vistas a preparar el terreno para que Mossadegh fuera desalojado del poder y el petróleo del país volviera a las ajenas manos anglosajonas. Para ello no había reparos en una intervención armada si era preciso. De hecho, ya se estaban desarrollando preparativos terrestres y marítimos en Chipre (aún entonces de dominio británico) y el golfo Pérsico.

Pero para ello había un problema, y así se lo hizo saber Harry Truman, en las que eran las postrimerías de su presidencia, al premier británico: soviéticos e iraníes habían firmado un pacto de amistad en 1921 que obligaba a Moscú a intervenir en caso de que Irán sufriese una agresión por parte de una potencia extranjera. El por entonces secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, que consideraba, al contrario que Churchill, a Mossadegh como un conservador sin vinculación ni filias marxistas (opinión compartida por los propios soviéticos), era partidario de una negociación antes que por una crisis militar que sólo podía favorecer a los comunistas del Tudeh. Según asegura el autor William Blum en “Asesinando la esperanza”, Mossadegh mantuvo la ilegalización decretada en 1949 contra el Tudeh, aunque permitió que operara abiertamente y llegó a formar un gobierno con simpatizantes del partido. Por otra parte, los rusos, una vez más, estaban más preocupados por su propia relación con los gobiernos occidentales que con la suerte de un partido comunista en un país fuera del bloque soviético”. El interés por Irán no se basaba en una lucha del “mundo libre” frente al “comunismo”, sino en prosaicos intereses económicos.

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Manifestantes del Tudeh por las calles de Teherán en 1953.

Se prosiguió con la guerra económica y las amenazas por parte de Gran Bretaña, quien embargó el petróleo de exportación iraní y los productos de importación que necesitaba el país, al mismo tiempo que el asunto era llevado a Naciones Unidas y al Tribunal de Arbitraje Internacional de La Haya. Allí Mossadegh pudo desplegar toda su capacidad oratoria, en un discurso que ha sido definido como uno de los más significativos acerca de la lucha de los países del Tercer Mundo por disponer de sus propios recursos para su desarrollo e independencia económica. La capacidad de convicción de Mossadegh fue tan grande que incluso el Consejo de Seguridad (en el que se hallaban presentes Gran Bretaña y Estados Unidos) se abstuvo de pronunciarse hasta que hubiera un fallo de La Haya, que nuevamente tras escuchar a Mossadegh, tuvo que declararse incompetente. Irán había ganado la batalla legal, y el primer ministro fue nombrado personaje del año por la prestigiosa revista norteamericana Time.

Se ha afirmado que Mossadegh era un personaje inflexible y testarudo, nada dispuesto a la negociación. Roberto García, en su reportaje para Webislam, ofrece una visión atemperada de este hecho. En los momentos en que el primer ministro acude a Nueva York para hablar ante la asamblea general de la ONU, la administración Truman, que en aquellos momentos se ofrece como mediadora en el conflicto anglo-iraní (y que también desea obtener parte en el negocio de lo que son las primeras reservas mundiales de crudo), conferencia con aquel para hallar un arreglo amistoso. Los estadounidenses se percataron de que, contrariamente a lo que expresara el británico Anthony Eden, con Mossadegh se podía negociar. Persuadidos de que el nacionalismo y la aparente férrea posición de Mossy (así le llamaban) respondían más que a un convencimiento ideológico a condicionantes internas muy fuertes, intentaron acercar cifras. Entonces Mossadegh hizo llegar su respuesta: 50 millones de dólares de préstamo directo a cambio de flexibilizar la nacionalización. Los norteamericanos, sabiendo de que lo que Mossy no podía tolerar era participación británica directa (pues de ser así corría serio peligro su vida), persuadieron a éstos a aceptar el convenio que preveía la participación norteamericana y, detrás de una fachada, también la británica. Era fines de 1952 y todo parecía indicar que el acuerdo estaba cerrado cuando Mossy cambió de postura esperando obtener una mejor recompensa de la administración republicana ganadora de las elecciones con D. Eisenhower a su frente”. Un extremo, el de la tentativa de arreglo encarada por Mossadegh, que es confirmado por Ervand Abrahamian a The Guardian: “Mi estudio de la documentación me demuestra que nunca se le ofreció un compromiso justo a Mossadegh. Lo que [los gobiernos británico y estadounidense] querían es que Mossadegh renunciara a la nacionalización del petróleo, y si lo hubiera hecho, todo el movimiento nacional habría quedado carente de significado”.

Y es que, para pesar del primer ministro, cuyo anterior juicio sobre la posibilidad de negociación con el nuevo gobierno de Washington se reveló errado, el nuevo equipo republicano con “Ike” Eisenhower al frente y los hermanos Dulles (John Foster en la secretaría de Estado y Allen metido de lleno en los poderosos intereses de la industria petrolera) estaba demasiado dominado por los intereses de la industria (tanto la petrolífera como lo que luego el propio presidente denominaría el complejo industrial-militar) como para sentarse a negociar con un líder del Tercer Mundo. Los republicanos habían llegado al poder fuertemente apoyados (y evidentemente financiados) por las grandes compañías del “oro negro” estadounidense, hasta el punto que el saliente presidente Truman llegó a referirse a la nueva administración como “camarilla petrolera”. La creciente importancia que para estos grupos industriales, así como para el mundo de las finanzas, comenzó a tener el petróleo de importación de Oriente Medio, y el furioso anticomunismo desplegado por Foster Dulles como responsable de la política exterior, que dio instrucciones para que se paralizaran las negociaciones con el gobierno iraní y la justificación en base a prejuicios ideológicos (infundados, como hemos visto) cerró cualquier posibilidad de acuerdo. El nuevo gobierno de Washington se alineó con las tesis guerreras de Londres. El camino hacia el golpe estaba servido.

Mientras tanto, Mossadegh se había enfrentado al sha y había ganado el pulso al monarca, demostrando que era el personaje político más popular del país por encima incluso del propio Mohammed Reza. En julio de 1952 presentó su renuncia al cargo debido a este enfrentamiento, pero el sha tuvo que restituirlo en el cargo tras las grandes manifestaciones de apoyo que el primer ministro concitó en su favor. Tras este episodio, preparó un ambicioso plan de reformas plasmado en ochenta leyes sobre libertades públicas, sanidad, educación, vivienda, presupuesto, justicia, ejército o corrupción. A finales de año, procedió a nacionalizar asimismo la actividad pesquera y el servicio de teléfonos, que eran hasta el momento explotados en régimen de concesión por la URSS.

“OPERACIÓN AJAX”

La “Operación Ajax” (también conocida como “Plan Ajax” o “TPAJAX” en la CIA, aunque el nombre en clave para el Secret Intelligence Service o SIS británico era el de “Boot”) fue la primera operación encubierta de la CIA destinada al derrocamiento de un gobierno extranjero. Aunque la Agencia ya antes se había distinguido en la realización de actividades subversivas y de sabotaje, como la infiltración de guerrillas ultranacionalistas en la Ucrania soviética o la manipulación de las elecciones italianas de 1948 en beneficio de la Democracia Cristiana para evitar una victoria electoral de los comunistas, en Irán se inauguraba una “fructífera” etapa de intervenciones contra gobiernos y líderes del Tercer Mundo -el nuevo tablero de ajedrez de la “guerra fría”- cuyas políticas no se ajustaban a los deseos de Washington, y que incluye Guatemala al año siguiente, Indonesia, Congo-Léopoldville (Zaire luego y hoy Congo-Kinshasa), la frustrada invasión de Bahía de Cochinos y las operaciones de sabotaje contra la economía de Cuba tras la revolución, el derrocamiento de João Goulart en Brasil o el de Salvador Allende en Chile.

Aunque en principio se acudía en ayuda de un país aliado como Gran Bretaña, el rol secundario desempeñado por Londres y el protagonismo adquirido por los norteamericanos en Irán tras la intervención, incluyendo el control de la sustanciosa industria petrolífera persa, hicieron que “Ajax” pueda considerarse una victoria de Washington en toda regla. Otro factor que condicionó, además, que el operativo fuera más norteamericano que británico fue la decisión de Mossadegh de expulsar a la misión diplomática inglesa de Irán tras conocerse los planes iniciáticos de derrocamiento que los británicos planeaban. Además, quien se encargó de dirigir la operación fue un norteamericano, Kermit “Kim” Roosevelt, nieto del presidente Theodor Roosevelt, quien entró en Irán bajó una identidad falsa, junto al también norteamericano general Norman Schwarzkopf.

Ambos, junto al agente local del SIS Assadollah Rashidian contactaron con el sha para llevar a cabo una operación que los propios conspiradores definían como “legal o semi-legal”: destituir a Mossadegh y colocar en el ministerio de Defensa -una potestad que, de acuerdo a un uso establecido, correspondía al sha- a un hombre fiel al monarca y a los intereses anglo-estadounidenses como Fazlollah Zahedi, que durante la SGM había sido encarcelado acusado de colaboracionismo con los nazis. Mientras tanto, los servicios secretos de ambas potencias recurrían a fuertes sumas de dinero para pagar a políticos, militares y clérigos (entre ellos el futuro líder supremo de la Revolución Islámica, Ruhollah Homeini) y que denunciaran a Mossadegh como un ateo al servicio de Moscú, así como a matones profesionales para que se hicieran pasar sucesivamente por militantes de la oposición que atacaban a figuras del Tudeh o por militantes del Tudeh que atacaban mezquitas y lugares sagrados. Incluso habían llegado a captar a miembros del gobierno. En este ambiente, a primeros de agosto de 1953 el primer ministro decidió la convocatoria de un referéndum para la convocatoria de unas nuevas elecciones al parlamento, esperando reforzar su posición.

El día 13 los decretos de destitución de Mossadegh y nombramiento de Zahedi se encontraban firmados, pero su publicación no se iba a hacer efectiva hasta el 15. En el intermedio, Mossadegh conoció lo que se estaba cocinando a sus espaldas y pudo detener el golpe. Anunció por radio que el sha, en connivencia con elementos extranjeros, había tratado de llevar a cabo un golpe de Estado y que en tales circunstancias, se veía obligado a asumir todo el poder. Ordenó el arresto de Zahedi y la destitución de varios oficiales de alto rango, mientras el sha abandonaba Irán con su esposa huyendo hacia Roma vía Bagdad.

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Manifestación pro Mossadegh en 1953.

En aquellos momentos, el fracaso del golpe parecía abrir la puerta más hacia la república que hacia la salida del poder de Mossadegh. El zoco de Teherán (el funcionamiento o no del zoco ha sido tradicionalmente el termómetro de la normalidad política iraní) abrió con normalidad y se sucedieron demostraciones a favor del primer ministro y contra el sha, derribo de sus estatuas y peticiones por parte del Tudeh de la instauración inmediata de la República Democrática, al mismo tiempo que pedían a Mossadegh armas para enfrentarse al golpe. Como quiera que había muchos agitadores contratados por la CIA que, haciéndose pasar por militantes comunistas, atacaban edificios religiosos y por la petición del embajador norteamericano al primer ministro de que cesase la agitación comunista bajo la amenaza de evacuación de los estadounidenses presentes en Irán, Mossadegh se negó a la distribución de armas y mandó a la policía que pusiera fin a las demostraciones callejeras del Tudeh, temeroso de que una evacuación masiva de ciudadanos y diplomáticos estadounidenses diera la impresión de que Mossadegh no controlaba el país. Unos hechos que fueron decisivos para inclinar la calle a favor de los golpistas, pero que mostraban más claro si cabe que Mossy no era un títere de los comunistas.

El 19 de agosto, efectivamente, “Kim” Roosevelt y la Agencia pudieron dar la vuelta a la tortilla. A las demostraciones a base de manifestantes leales al sha (o al dinero distribuido por Washington) se le sumaron tanques y camiones con soldados que cercaron la residencia de Mossadegh, mientras se daba a conocer por radio los decretos de destitución y nombramiento de Zahedi, esta vez como primer ministro. La difusión de los decretos fue dándose a conocer a todos los rincones del país a través de las diferentes emisoras regionales, mientras Mossadegh, cercado en su residencia por los soldados, lograba huir, pese a lo cual presentaba su renuncia. El sha regresaba de nuevo a Teherán y se inauguraba la etapa de gobierno personal de Mohammed Reza. La cuantía del golpe que puso fin a la democracia en Irán había ascendido a diecinueve millones de dólares, incluyendo los generosos sobornos y pagos a agitadores profesionales, y eso sin contar los cinco millones que recibió el monarca en concepto de anticipo por la ayuda financiera norteamericana. Una cantidad muy barata si se cuentan los cuantiosos beneficios que el petróleo iba a suponer a las empresas norteamericanas, nuevas en el negocio del crudo iraní.

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Momentos del 19 de agosto. Los militares cercaron el domicilio del primer ministro, de tal suerte que, pese a la resistencia mostrada en el interior del mismo, el dominio de los golpistas en la capital y sobre el conjunto del país y su mayor número de efectivos en el exterior de la residencia de Mossadegh forzaron finalmente la deposición de éste.

EPÍLOGO: SANGRE POR PETRÓLEO

Un nuevo acuerdo que rompía el monopolio británico sobre el petróleo iraní fue firmado apenas Mohammed Reza pisaba de nuevo suelo persa. Los británicos pasaron a controlar tan sólo un cuarenta por ciento del nuevo consorcio, mientras que otro cuarenta por ciento se lo repartían las cinco grandes compañías norteamericanas del sector (Esso, Mobil, Chevron, Gulf y Texaco), además de Shell y una compañía francesa. A pesar de ello, los británicos recibieron una generosa compensación por sus antiguas propiedades, algo a lo que Mossadegh se había negado alegando las enormes utilidades obtenidas en los años en que habías disfrutado de unas condiciones ventajosas en la anterior Anglo-Iranian, y que habían hecho recuperar en pocos años la inversión inicial.

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El sha (derecha) y su primera esposa Soraya a su regreso a Teherán tras el triunfo del golpe contra Mossadegh.

Irán pasó de una política nacionalista y tendente al no alineamiento a ser un estado-satélite de los Estados Unidos en la región, formando parte de una de las organizaciones regionales de defensa pro estadounidense, el Consejo de Bagdad que, al igual que la OTAN o la SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático), servía a la retórica de la defensa del “mundo libre” frente a la infiltración comunista. El gobierno del sha recibió cuarenta y cinco millones de dólares entre 1953 y 1979 en concepto de ayuda técnica y financiera, buena parte de ella destinada al mantenimiento de las fuerzas armadas y la policía política del régimen, la temible SAVAK, bajo la égida de la CIA y del Mossad israelí (Irán era, por entonces, uno de los más poderosos aliados israelíes en la zona).

Para el pueblo persa las perspectivas de mejora que se levantaron con Mossadegh y su política fueron pronto enterradas con la “Operación Ajax”. Los beneficios del nuevo acuerdo y la modernización de las décadas siguientes o no llegaron o lo hicieron a cuentagotas. “Para la mayoría de la población, la vida bajo el sha fue un sombrío escenario de extrema pobreza, terror policial y tortura”, explica William Blum. Abundaba la corrupción, que “asustaría incluso a los más endurecidos observadores de la corrupción en Medio Oriente”, y la occidentalización del país, patrocinada por el propio monarca a veces con mano de hierro, fue percibida como un gesto más de sumisión a los Estados Unidos, lo que hirió profundamente el sentimiento nacional, al considerarse estaban traicionándose las raíces culturales y tradiciones propias del país, y fue un acicate para que la influyente jerarquía chií pudiera aglutinar bajo la bandera del Islam el descontento contra el monarca y posteriormente aplastar al movimiento político de izquierda, tanto el Tudeh como otros grupos, muy influyentes entre la juventud urbana y universitaria y que ya había sufrido la represión previa de la SAVAK.

Mossadegh fue detenido y juzgado por traición al poco de su huida y renuncia a la jefatura del gobierno. En su juicio dejó un poderoso alegato refiriéndose a ese “tesoro oculto sobre el que se agazapa un gran dragón”, como afirmó en referencia al petróleo local y la apetencia de las poderosas potencias extranjeras por éste: “Sí, mi pecado, mi gran pecado… incluso el mayor de todos mis pecados es haber nacionalizado la industria petrolera de Irán y descartado el sistema de control político y
explotación por el mayor imperio del mundo… Esto a mi costa, de mi familia; y a
riesgo de perder mi vida, mi honor y mi propiedad… Con la bendición de Dios y la voluntad del pueblo, luché contra este salvaje y espantoso sistema de espionaje y colonialismo internacional…
Soy consciente de que mi destino debe servir de ejemplo en el futuro en todo el Medio Oriente en la ruptura de las cadenas de la esclavitud y la servidumbre a los intereses coloniales”.
Difícil, al menos en Irán, por cuanto revisionistas monárquicos niegan el golpe y afirman que Mossadegh fue un populista peligroso, mientras la actual república islámica minimiza el papel de Mossy y exageran el del clero, aunque las pruebas que se manejan actualmente demuestran que, muy al contrario, el clero intervino para derrocar a Mossadegh.

Así, si no de ejemplo, sí hemos comprobado que su historia se ha repetido en innumerables ocasiones, en la que las malas excusas y las premisas poco ajustadas a la realidad han servido para la defensa de intereses espurios, creando laberintos de muy difícil salida en la zona. El eterno intercambio de sangre por petróleo.

 

FUENTES:

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio”, Madrid, Pasado&Presente, 2011.

“Mohammad Mossadeq”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Mohammad_Mosaddeq

Holly Dagres, “Mossadegh’s legacy: a sleeping lion called nationalism”, Your Middle East. http://www.yourmiddleeast.com/features/mossadeghs-legacy-a-sleeping-lion-called-nationalism_9281

Saeed Kamali Dehghan y Richard Norton-Taylor, “CIA admits role in 1953 Iranian coup”, The Guardian, 19/08/2013. https://www.theguardian.com/world/2013/aug/19/cia-admits-role-1953-iranian-coup

Marta Jurado, “La historia de Mossadegh, el bueno de ‘Persépolis’”, El Mundo, 18/05/2010. http://www.elmundo.es/elmundo/2010/05/18/cultura/1274176162.html

Roberto García, “La CIA en Irán: el golpe contra Mossadegh”, 09/08/2006, Webislam.http://www.webislam.com/articulos/29658-la_cia_en_iran_el_golpe_contra_mossadegh.html

“IRÁN 1953. Dándole seguridad al rey de reyes”, El Blog del Viejo Topo, 23/08/2016. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2016/08/iran-1953-dandole-seguridad-al-rey-de.html

Anaclet Pons, “Muhammad Mossadegh, el patriota persa”, Clionauta-Blog de Historia, 12/07/2012. https://clionauta.wordpress.com/2012/07/12/muhammad-mossadegh-el-patriota-persa/

“Mohammad Mosaddeq y la nacionalización del petróleo en Irán”, La Guía de Historia, 02/10/2007. http://www.laguia2000.com/medio-oriente/mohammad-mosaddeq

 

 

 

 

 

El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posible

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Mehdi Ben Barka en el exilio.

Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados, formados en universidades y centros de estudios del país, pero las oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos salarios y la hoy denominada “economía informal”. Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento 20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del redil patriarcal. Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega, Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y siempre controlado por Palacio.

Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y “civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.

Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces. por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su propio pueblo. No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba, Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.

En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia), luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia, sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años de plomo”.

LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE

Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada, sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido negando sistemáticamente. Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha), en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada muy por excepción.

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Protestas en 1984 en el Rif contra la carestía de la vida y la marginación de la región.

Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique, Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial -entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente Polisario. Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes, (desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas características comunes: el mantenimiento del status quo político, el silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años las “décadas de plomo” del país magrebí.

Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”. Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975, pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales. Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca (1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur” contra la ocupación del territorio saharaui.

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Hassan II con el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Estados Unidos ha considerado siempre a Marruecos como un socio estratégico de primer orden en la zona del Magreb, primero en la lucha contra la penetración comunista y, tras el fin de la “guerra fría”, contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista.

Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente aceptado-. Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” (http://web.archive.org/web/20071107114004/http://web.amnesty.org/library/Index/ESLMDE290011993?open&of=ESL-376) podía dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios centenares y más de un millar de personas.

Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados. Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi (asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos. Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en Palestina.

Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la “guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del coronel Gadaffi. Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli, consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la “Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo es considerada clave para la implicación, a juicio de varios testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el mundo no alineado.

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A la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la Humanidad.

En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto prácticamente “sine die”. Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas, pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a la controversia.

Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de la sociedad marroquí con su pasado. En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto. Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca, expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo -un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de las asociaciones cívicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato, desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos “malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.

Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.

MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA  

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Cartel conmemorativo del 50º aniversario de la fundación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, a cuya formación Ben Barka contribuyó de modo decisivo.

Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países No-Alineados o la Conferencia Tricontinental. En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955 a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser, Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá del bloque soviético. En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina (Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali, Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental, para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la administración en los primeros años de la guerra fría- no era una opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte, producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos: Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno unipolar…)

Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera. La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel, pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la Alemania de Hitler).

En su juventud y durante sus etapa universitaria, frecuentó amistades y círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá siete años-. Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la consecución de la independencia plena del país y la salida de las potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí). Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio, donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un instrumento del régimen.

LA UNFP Y EL EXILIO

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Cartel propagandístico de Hassan II.

Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […] Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente franceses.” La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera relación del reino con las potencias occidentales para la represión del nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área (alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación del Sáhara Occidental, etc.)

Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh, otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del status quo.

La situación entre el sector conservador y el izquierdista del Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que, entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que entonces regían la vida política en el país por unas instituciones genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP).

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Acto fundacional de la Unión Nacional de Fuerzas Populares. Segundo por la derecha, Mehdi Ben Barka.

La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria, alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.

Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II, coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP. Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su exilio parisino, del que ya no regresaría.

Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir, “lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra, que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual se había convertido en una referencia para los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que, como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar más en contra con el hecho de que dos países recientemente independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de la ex metrópoli Francia.

LA TRICONTINENTAL

Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.

A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah, Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una perspectiva más global acerca de la exploración de las características y las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista (neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él -la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes mencionada-. Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).

La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot”  en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros
[lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).

El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa “altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día está en El Cairo para dar un discurso
defintorio y fustigante del neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.

Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka, el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos” Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia del contexto económico nacional. “Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí, actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día. Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres, cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y de progreso”.

En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo, neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe significar establecer una organización que, al igual que las que representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio. “Crear una organización de solidaridad de los tres continentes quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero, al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.

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Cartel de la celebración de la Conferencia Tricontinental de La Habana, enero de 1966.

No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966, recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en 1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica conferencia en la capital cubana. Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos -había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia del encuentro habanero.

La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba, donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro. Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.

Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con participantes de diversas partes del globo. La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC (https://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina#Foros_internacionales). La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.

UN CRIMEN SIN RESOLVER

El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y cuarto del mediodía.

La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.

La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.

A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.

Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer Mundo. Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la Francia democrática.

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Placa en recuerdo de Ben Barka en el restaurante-brasería Lipp de París.

¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí: Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada en el pecho. George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”, aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato- en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres de Boucheseiche.

Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero, apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia Tricontinental.

¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.

Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como prueba del cumplimiento de la misión.

Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo, estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad, dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni existe referencia a secretaria alguna.

¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados? Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato. Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión, añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.

Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración que las autoridades francesas tienen con la justicia para el esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.

EPÍLOGO

Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo Mondlane, Salvador Allende… El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.

En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del retardo, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida, y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la “apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el palacio real.

Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes, demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo exterior para seguir sosteniéndose.

FUENTES:

“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka

“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka

“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)

“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/

“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044

“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.

http://www.monde-diplomatique.fr/2015/10/BENJELLOUN/53960

“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.

https://www.monde-diplomatique.fr/2005/10/GALLISSOT/12827

“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010

http://entrevidiya.blogspot.com.es/2010/01/caso-ben-barka.html

“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.

https://www.nodo50.org/csca/na/na46/documento46.pdf (descarga)

“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre

¡El fútbol es política, estúpidos!

“Dado que la vida de los individuos, clases o grupos sociales tiene lugar en campos sociales considerados no políticos, en la medida en que en ellos impera el fascismo social, la democracia representativa tiende a ser sociológicamente una isla de democracia que flota en medio de un archipiélago de despotismos […] La democracia representativa no sólo vive cómodamente con esta situación, sino que la legitima al volverla invisible.”

Boaventura de Sousa Santos.

A raíz del recientemente llamado “caso Zozulya” -la frustrada cesión del futbolista ucraniano Roman Zozulya por parte del Betis al Rayo Vallecano por la oposición y movilización en contra de buena parte de los aficionados de este último equipo, debido a los vínculos del jugador con la extrema derecha en su país- se ha desatado un revuelo periodístico, institucional -en el seno de la Liga de Fútbol Profesional y la Asociación de Futbolistas españoles e incluso la intervención de la embajada ucraniana en Madrid- y por supuesto en las redes sociales sobre el tema.

Los puntos calientes del asunto han sido varios -y los iré repasando a continuación- pero vuelven a versar sobre una polémica ya antigua, la de la relación entre el deporte -y en este caso, el fútbol, como “deporte rey” a nivel mundial- y la política. No deja de resultar curioso que desde las instituciones, sean nacionales, internacionales o globales (léase la UEFA, la FIFA, el COI… aparte de los diferentes gobiernos) se ha tratado de eludir y de minimizar el contenido del debate tratando de repetir incesantemente el mantra, que ha calado entre sectores de la población, especialmente en democracias liberales o representativas, de que no se deben mezclar ambos temas. Y digo que no deja de ser curioso porque de este modo, paradojas de la vida, lo que se trata es de evitar que en el debate sobre la relación entre la política y el deporte llegue a hablarse sobre cómo desde la política institucional el deporte ha sido utilizado para la consecución de sus objetivos o la legitimación de sí mismos o de sus fines, y de cómo la negociación de puestos, de candidaturas para albergar eventos deportivos, la presencia de grupos de presión, etc. tiene mucho que ver con la política (y por tanto, está expuesta a los mismos males que la política que se desarrolla en los parlamentos de los estados).

Toda decisión que se toma en un ámbito institucional es política. El problema es que, en muchos casos, esas instituciones no son representativas, ni sus procedimientos son transparentes, aún a pesar de afectar de que sus decisiones afectan o pueden llegar a afectar a la vida de miles de personas (tal y como ocurre con la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, la reunión bancaria de Basilea…). De ahí que la intención y la repetición de la consigna de separar la política del deporte se basa en la intención de separar aquellas intenciones, manifestaciones o protestas de índole político-social que puedan afectar al “status quo” de la organización deportiva, sea a nivel regional, nacional o mundial, así como a la posibilidad de articular una alternativa diferente a la forma en que se organiza el deporte en cada una de esas escalas. De ahí la pertinencia de las palabras del inicio de Sousa Santos: en la medida en que en las instituciones deportivas mundiales existe ausencia de fiscalización y control -y lo hemos comprobado recientemente, con los escándalos de corrupción que han salpicado a la FIFA y la UEFA y a sus respectivos presidentes, Joseph Blatter y Michel Platini; la compra de votos para la organización de los próximos campeonatos mundiales de fútbol en Qatar y Rusia; el despilfarro financiero y la represión de las protestas sociales en Brasil como consecuencia de la celebración del pasado mundial de fútbol, al que siguió de forma consecutiva la de las olimpiadas de Río de Janeiro- pero son considerados autónomos, cuando no ajenos, a la política institucional, esto es, la de los parlamentos, se convierten en espacios para la aparición del fascismo social y la legitimación de espacios para acallar voces discordantes e incluso para servir de instrumento de propaganda a regímenes y gobiernos que no dudan en aplastar cualquier intento de disidencia o de protesta.

LA POLÍTICA HACE EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CANCHA

Ya se vivió, en el ámbito del fútbol, en 1978, con el entonces presidente de la FIFA, el brasileño João Havelange -que ganó las elecciones al inglés sir Stanley Rous cuatro años antes, chapado a la antigua y con quien murieron los últimos rastros de amateurismo- y radical transformador del “deporte rey” en un negocio global, con la entrada de los grandes patrocinios (Adidas, Coca-Cola), la celebración de nuevos torneos y nuevos países para la disputa del gran evento, el Mundial, para la obtención de mayores audiencias y mayores ingresos (y al mismo tiempo que el negocio, el lucro personal, el clientelismo y la corrupción -http://www.panenka.org/miradas/el-futbol-de-havelange/-). Havelange no tuvo empacho alguno en pasar por encima de las críticas que sobrevenían por la celebración del campeonato mundial de fútbol de ese año en la Argentina de la dictadura militar -recordemos: 30.000 desaparecidos, miles de bebés robados, torturas, participación en la “operación Condor” conjunta con otras dictaduras del Cono Sur para la desaparición de opositores políticos, “doctrina de choque” económico o fracaso y descrédito final con la guerra de las Malvinas-, bajo la premisa de que “sólo” vendía “un producto llamado fútbol”. Al parecer, por el producto de esa venta -por la que protegió a figuras prominentes de la dictadura argentina, como el jefe del comité organizador del Mundial, el almirante Carlos Lacoste, protegido del teniente y condenado por genocidio Carlos Massera- recibió sobornos en metálico y en especie, como una finca que supuestamente habría sido regalo del jefe de la junta militar Jorge Rafael Videla. Las amistades peligrosas -también fue amigo del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger-y los sobornos no acabarían ahí ya que, según informa el periodista escocés Andrew Jennings, llegó a cobrar cuarenta y cinco millones de dólares en sobornos de la empresa ISL (http://www.clarin.com/deportes/futbol/adios-havelange-inventor-negocio-personal_0_H1Nq5mZc.html). La línea inaugural marcada por Havelange con Argentina , esa diferenciación entre fútbol/deporte y política -para regodeo de autócratas y de gobiernos con graves déficits de respeto a los derechos y libertades públicas- continuó con la celebración de mundiales de fútbol en, por ejemplo, Sudáfrica, que a pesar de ser un régimen democrático convive con numerosas desigualdades, corrupción y falta de respeto por derechos básicos de la población (dos años después de la celebración del Mundial, treinta y cuatro mineros eran ametrallados por la policía en el transcurso de unas protestas en Marikana) y las próximas convocatorias en Rusia y Qatar.

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João Havelange, expresidente de la FIFA.

Mucho antes, en 1934 y 1936, las dictaduras fascistas de Italia y Alemania utilizaron el campeonato mundial de fútbol y los juegos olímpicos de Berlín, respectivamente, para la propaganda de sus respectivos éxitos políticos, como demostración de su cohesión nacional y de la supremacía de sus respectivas “razas” (http://www.rtve.es/television/20160727/noche-tematica-berlin-1936-juegos-nazis/1370660.shtml). Aquí ya se habló en su día del escándalo que supuso la intervención del propio Mussolini ante árbitros o incluso equipos rivales con ánimo de comprarlos o amedrentarlos a través de matones, e incluso a través de la nacionalización exprés de futbolistas argentinos con orígenes italianos para incorporarlos a la “squadra azzura”, con tal de que Italia ganara el Mundial. La prometedora selección española tuvo que sufrir en sus propias carnes -y nunca mejor dicho, pues tras dos partidos, uno de ellos de desempate, el número de bajas españolas “cosidas a patadas” por los futbolistas italianos fue tan númeroso que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, tuvo que alinear casi al completo al equipo de reserva para el segundo partido- el juego brusco y la injusticia arbitral en cuartos, cosa que también ocurrió con la excepcional Austria del Wunderteam en semifinales y con Checoslovaquia en la final (los este-europeos se sintieron tremendamente sorprendidos cuando el árbitro, sueco, hizo el saludo fascista al palco, según se supo con posterioridad a petición de las autoridades italianas). Los jugadores italianos también recibieron presiones y amenazas del Duce para ganar el campeonato, como expresa el argentino nacionalizado Luis Monti, que cuatro años antes había jugado con la selección sudamericana el primer campeonato celebrado en Uruguay (https://es.wikipedia.org/wiki/Copa_Mundial_de_F%C3%BAtbol_de_1934).

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Cartel de la Olimpiada de Berlín 1936.

Lo de la olimpiada hitleriana, más conocido por recientes documentales y la icónica imagen del estadounidense Jesse Owens desafiando las teorías de la supremacía racial aria en la prueba reina de los juegos olímpicos (el atletismo), no deja de tener su tragedia porque los juegos se celebraron con la connivencia de los comités olímpicos internacionales, arrastrados por el comité estadounidense -el más potente por entonces-, para cuyo presidente, Avery Brundage, el boicot propuesto a los “juegos de Hitler” no era más que una “conspiración judeo-comunista”. A los dirigentes nazis no les costó mucho contar a Brundage la milonga de que la Alemania nazi era un país tolerante en el que no se perseguía a los judíos o los opositores políticos y que los juegos serían un ejemplo de eficacia y magnificiencia (como fueron, pero desgraciadamente para mayor gloria del régimen). Sólo España  a raíz del cambio político acontecido en las elecciones de febrero de 1936 -aunque sí había participado en las olimpiadas de invierno, antes de la asunción por el gobierno de izquierda del Frente Popular de sus funciones- y la Unión Soviética decidieron seguir adelante con el boicot, y de hecho, la frustrada Olimpiada Popular de Barelona, patrocinada por el gobierno autónomo de la Generalitat y el de la República española y alternativa antifascista a los juegos berlineses, iba a contar con más atletas participantes que las oficiales. (https://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics#Political_aspects, http://www.nodo50.org/esperanto/artik33es.htm y https://quatrebarresblog.wordpress.com/2016/08/21/las-olimpiadas-populares-de-barcelona-en-1936-contra-el-fascismo/).

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Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en el que se anuncian las competiciones de boxeo y lucha.

Pero este escaso respeto por el espíritu olímpico (un inciso: ¿tiene en cuenta el señor presidente de la Liga de Fútbol Profesional Javier Tebas los ideales olímpicos cuando defiende a un jugador de fútbol que ha hecho apología de grupos paramilitares de extrema derecha en cuyo ideario figura la limpieza étnica de su país, Ucrania, de rusos, polacos o rutenos? ¿tienen en cuenta los mandamases del fútbol español a quién han colocado al frente de la LFP y esos ideales del deporte como vehículo de integración y respeto, cuando Tebas ha declarado su fidelidad a los ideales de un movimiento ultraderechista como Fuerza Nueva -fundado por un antiguo jerarca del franquismo como Blas Piñar y de ominoso recuerdo durante la transición por la violencia política ejercida contra la oposición democrática, como pueden dar fe los supervivientes y amigos de los fallecidos en la matanza de Atocha- y ha afirmado que en España hace falta alguien como el exlíder del FN francés, Jean Marie Le Pen) que se vio con la connivencia con Hitler se fue repitiendo después en el mismo seno del COI con la elección de Juan Antonio Samaranch Torelló como presidente del mismo.

Samaranch, de filiación falangista, estrecho amigo del ministro de Exteriores del primer franquismo y conocido germanófilo Ramón Serrano Súñer (a quien los recientes libro y serie televisiva “Lo que escondían sus ojos” ha tratado de blanquear, obviando sus crímenes y presentándolo apenas como uno de los protagonistas de una desventurada historia de amor adúltero en una época de estrictos convencionalismos), hizo carrera en un régimen sobre el que siempre ha mantenido un discurso ambiguo, semejante al del anterior rey español Juan Carlos de Borbón. De su ascensión por los peldaños de la administración franquista de Barcelona y luego como embajador en la URSS se sirvió para negocios privados del estilo de los de Havelange y para alcanzar -paradójicamente, con apoyo soviético- la presidencia de la organización olímpica mundial. Tras su retirada de la organización y su acceso a la presidencia de honor del organismo y la entrega por el rey del título nobiliario de marqués de Samaranch (ambos promovidos por políticos catalanes, en agradecimiento por la celebración de los juegos de 1992 en la Ciudad Condal), se han ido conociendo los escándalos sucesivos -en la zona franca barcelonesa, en La Caixa, en Inmobiliaria Colonial, la connivencia con Javier de la Rosa- en los que Samaranch y su entorno familiar han estado implicados. (http://www.publico.es/actualidad/pasado-franquista-persigue-juan-antonio.html y http://www.nodo50.org/forumperlamemoria/?El-fascista-Juan-Antonio-Samaranch). Samaranch, sin embargo, pudo morir tranquilo: ni fue investigado por sus corruptelas ni la presidencia de honor del COI le fue quitada (tampoco promovida por las autoridades democráticas, ni españolas ni del olimpismo internacional) en aras de su pasada y fructífera colaboración con el fascio, de la que no se retractó.

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Samaranch en una jura oficial. En segundo plano podemos ver a Francisco Franco y al almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno del régimen dictatorial.

Pero no pensemos que el deporte es usado sólo por regímenes dictatoriales y por personajes de siniestro pasado (aunque, como hemos visto, con la necesaria colaboración de los regímenes democráticos) para sus fines. También las democracias liberales han empleado los éxitos deportivos, individuales o colectivos, para hacer propaganda de unos determinados valores, elevar la moral patria o incluso desviar la atención. Durante la “guerra fría”, los enfrentamientos en los Juegos Olímpicos entre las selecciones de baloncesto de los Estados Unidos y la Unión Soviética significaban, en caso de victoria, un espaldarazo para sus respectivos sistemas políticos y  económicos y una oportunidad para la propaganda y la exaltación patriótica, así como lo fue el “milagro sobre hielo” de la selección estadounidense de hockey sobre hielo al vencer a la URSS en Nueva York y colgarse después la medalla de oro en los juegos de invierno de 1980, en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atravesaban un mal momento por la intervención soviética en Afganistán (https://es.wikipedia.org/wiki/Milagro_sobre_hielo).

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La selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998.

Los triunfos futbolísticos de Francia en el Mundial de 1998 y de España en el de 2010 sirvieron, asimismo, para potenciar una conciencia colectiva que, en el caso francés, pasaba por la renovación de la identidad nacional, acogiendo en ella a nuevos ciudadanos con independencia de la procedencia o el origen familiar (muchos jugadores de aquella selección, como Desailly, Karembeu, Thuram, Djorkaeff o Zidane eran hijos de emigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas o de otros países), en un momento de ascenso del ultraderechista Frente Nacional y de conflictos en los “arrondisements” parisinos, donde se concentra buena parte de la población inmigrante pobre. En el de España, el campeonato ganado en Sudáfrica valió para ser sacado a relucir por parte de las autoridades como ejemplo de superación y de esfuerzo colectivo, en un momento delicado por la crisis económica e institucional, y para aunar la identidad española frente a los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, ante la polémica independentista. Incluso llegó a usarse al equipo como imagen de la llamada “marca España”, la internacionalización de las firmas comerciales y empresas españolas en el extranjero. Sin embargo, ese estudiado idilio no duró mucho: apenas un año después de aquel campeonato, en mayo de 2011 surgía el “movimiento 15-M”, y aquellos jóvenes que habían festejado el triunfo de la selección salían ahora a criticar a las instituciones y a los políticos que habían manejado el mismo en su propio beneficio. En otro campeonato muy anterior, el de Suiza 1954, la inesperada victoria en la final de la República Federal de Alemania frente a la favorita Hungría -que había derrotado a los germano-occidentales por 8-3 en la primera fase- sirvió para que la RFA, destrozada económicamente y con el trauma aún de ser señalada con el dedo por las atrocidades del nazismo, pudiera recomponer su orgullo nacional. “Este milagro, el futbolístico, supuso el pistoletazo de salida para el gran milagro alemán, el económico, que levantó a un país destruido y en ruinas hasta convertirlo en la primera potencia económica de Europa, además de incrementar el espíritu nacionalista y la autoestima en ese país” (Juanvi Savifont, “Fútbol es cultura: El milagro de Berna” 01/10/2013, en https://www.elfutbolesinjusto.com/hemeroteca/el-futbol-es-cultura-el-milagro-de-berna/).

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Fritz Walter (izquierda) y Ferenc Puskas, capitanes de la RFA y Hungría en el saludo protocolario antes del inicio de la final del Mundial de Suiza 1954.

Un milagro económico impulsado un año antes con la condonación por parte de los aliados occidentales de las deudas de guerra de la RFA, en aras de que la parte occidental del país no se viera superada económicamente por la socialista República Democrática Alemana (“Entretanto, del otro lado de la “cortina de hierro”, la República Soviética (URSS), pese al terror de Stalin, o precisamente por su causa, revelaba una pujanza industrial portentosa que transformó en pocas décadas una de las regiones más atrasadas de Europa en una potencia industrial que rivalizaba con el capitalismo occidental y, muy especialmente, con Estados Unidos, el país que emergió de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso del mundo. Esta rivalidad se tradujo en la Guerra Fría, que dominó la política internacional en las siguientes décadas. Fue ella la que determinó el perdón, en 1953, de buena parte de la inmensa deuda de Alemania occidental contraída en las dos guerras que infligió a Europa y que perdió. Era necesario conceder al capitalismo alemán occidental condiciones para rivalizar con el desarrollo de Alemania Oriental, por entonces la república soviética (sic) más desarrollada”. Boaventura de Sousa Santos, “El problema del pasado es no pasar: a cien años de la Revolución rusa”, 03/02/2017, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2017/02/03/el-problema-del-pasado-es-no-pasar-a-cien-anos-de-la-revolucion-rusa/).

Como hemos visto, el deporte y la política han sido compañeros a lo largo de los años en muchas ocasiones. El problema surge cuando el deporte se convierte en la puerta de entrada de otros actores y otras reivindicaciones políticas distintas a las oficiales o institucionales, y de cómo las autoridades manejan entonces el asunto.

EL “CASO ZOZULYA”: UNA RESPUESTA HABITUAL… Y MATICES NUEVOS

El caso de Roman Zozulya ha avivado esa llama en pro de la separación (imposible) entre el fútbol y la política. En el mercado invernal de fichajes de este año, este futbolista ucraniano, internacional con su selección, iba a ser cedido hasta final de temporada del Betis al Rayo Vallecano, militando actualmente en Segunda División y con ciertas dificultades (zona baja de la tabla clasificatoria). Ante la noticia, peñas y grupos de aficionados descubren que Zozulya está relacionado con los medios ultraderechistas de su país y los grupos paramilitares que, en el conflicto que está teniendo lugar en el este del país (región del Donbass, las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk), luchan en apoyo del ejército ucraniano frente a las milicias prorrusas, quienes cuentan con apoyo del gobierno de Moscú. Y todo esto por la propia actividad del jugador en las redes sociales.

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Mensaje de la afición del Rayo Vallecano en protesta por la incorporación de Roman Zozulya a la disciplina del club franjirrojo.

Entre estos grupos armados de ultraderecha se encuentran organizaciones como el batallón Azov (entre los que figuran los ultras de su antiguo club, los Dnepr White Boys del Dnipro, con cuyo emblema ha aparecido posando en fotografías en las redes sociales) o el Pravy Sektor. Los llamamientos de estos grupos no se han limitado a pedir ayuda y estimular el combate contra las fuerzas prorrusas y acabar con la insurrección (cosa que también desea el presidente ucraniano y magnate chocolatero Petro Poroshenko, aunque a través de un acuerdo entre las partes, formando parte del llamado “partido de la paz” frente a sus socios de gobierno como Arsenyi Yatsenihuk o el ultraderechista partido Svoboda, que forman parte del “partido de la guerra” -http://www.lamarea.com/2015/04/04/ucrania-tregua-por-agotamiento-economico/-). Podemos decir sin temor a equivocarnos que el ideario de estos grupos pasan por la eliminación física de todos aquellos que no sean “ucranianos étnicamente puros” -rusos, polacos, judíos, rutenos-, como demuestra su admiración por los ultranacionalistas -aliados de la Alemania nazi y culpables de delitos de lesa humanidad durante la SGM, como el asesinato de miles de polacos, judíos y comunistas- Stepan Bandera (nombrado héroe nacional por el gobierno de Victor Yushenko en 2010, lo que levantó ampollas entre países vecinos como Polonia y Eslovaquia, y que apareció rehabilitado en pancartas y carteles por Kiev durante las protestas del Maidán que hicieron caer al gobierno de Yanukovich en 2014) y su Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). La masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa, en la que murieron asesinadas 42 personas, o el prender fuego vivo a un partidario de los prorrusos demuestra que su modo de actuación no pasa en absoluto por respetar las convenciones de Ginebra. La presencia de estos grupos de ultraderecha, aunque minoritaria, resulta importante para el gobierno y el ejército de Kiev, por cuanto les dejan hacer, forman una minoría poderosa por estar armados o han sido formados en el seno de grupos políticos que no se declaran de ultraderecha (entrevista al periodista francés Paul Moreira, http://www.lamarea.com/2016/02/13/la-revolucion-de-ucrania-ha-engendrado-un-monstruo-que-va-a-ponerse-en-su-contra/)

La actividad de Roman Zozulya respecto a su apoyo a grupos de extrema derecha en Ucrania ha sido notoria, y ha sido la base para que una amplia mayoría de seguidores franjirrojos (contrariamente a lo difundido por la mayoría de medios de comunicación, al menos en un principio, no ha sido una acción “de acoso” realizada por Bukaneros, los ultras del club del sureste de la capital, sino que la oposición al fichaje ha procedido de amplios sectores de la afición franjirroja y también de otros ámbitos sociales del barrio) se oponga a la incorporación del jugador a la disciplina del equipo. No sólo es que haya aparecido con la mencionada insignia de los ultras del Dnipro o que se haya creado confusión a su llegada a España entre una camiseta que llevaba puesta con el  escudo nacional de Ucrania y que un periodista creyó era el logo del Pravy Sektor. Zozulya ha aparecido en fotos en las que bromeaba con su parecido físico con Stepan Bandera, el ya mentado líder ultraderechista y filonazi ucraniano -¿se imaginan cómo actuarían aquellos que claman por la inocencia y el respeto al jugador si un futbolista, pongamos para más inri vasco, bromeara sobre su parecido físico con Josu Ternera o Santi Potros?-. La fundación Narodna Armiya (Ejército Popular), que crea para recaudar fondos en ayuda a los grupos que combaten a las milicias prorrusas, ha colaborado con los ultras del Dnipro en el reclutamiento de voluntarios para el batallón Azov, y él mismo se ha involucrado en esa tarea apareciendo en videos de apoyo para este grupo, uno de ellos, animando a participar en una manifestación convocada por este grupo contra la “capitulación”. (http://m.ara.cat/opinio/Roman-Zozulya-Vallecas-no-es-lloc-per-a-nazis_0_1734426761.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-ucraniano-Vallecas-Rayo_0_1912608725.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-hace-video-canal_0_1916808328.html y http://.publico.es/sociedad/1987544/no-habra-nazis-en-el-rayo-vallecano).

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Roman Zozulya en el video del Batallón Azov, apoyando la manifestación contra la “claudicación” convocada por este grupo paramilitar.

Desde que se conoció el boicot de la afición rayista a la llegada de Zozulya a Vallecas, un sinfín de reacciones contrarias a la postura de los aficionados (que han llegado a ser tachados de analfabetos y “subnormales” por algún comentarista deportivo, como José Joaquín Brotons) y de solidaridad con el jugador comenzaron a surgir, además de la consabida consigna de “no hay que mezclar fútbol y política”. El presidente de la LFP, el mismo ultraderechista que trata de ilustrar a los ciudadanos de España para justificar su apoyo y adhesión a los ideales de Fuerza Nueva diciendo que “la gente no sabe lo que es Fuerza Nueva” (pásmense: ahora no sabemos quiénes fueron los asesinos de Atocha o de Yolanda González) anuncia una querella contra varios miembros de Bukaneros que el día de la llegada de Zozulya para firmar su incorporación al equipo insultaron e increparon al jugador (en cambio, la misma LFP nunca ha presentado querella alguna contra grupos como el Frente Atlético por el asesinato de dos hinchas, uno de la Real Sociedad y otro del Deportivo de la Coruña, cosa más grave que un insulto).

Se ha hablado de manipulación de las pruebas para emitir un juicio sobre la filiación ultraderechista del jugador, cosa absurda por cuanto no es una sino varias las fotos, además de un video, y por si fuera poco todos hemos podido comprobar por las cámaras de TV como el muchacho tenía las pocas luces de recibir obsequios de y dejarse fotografiar con los ultras de extrema derecha del Betis, a su vuelta a Sevilla, “con la que está cayendo”, que dirían nuestras abuelas (http://sareantifaxista.blogspot.com.es/2017/02/ultras-neonazis-recibieron-con.html?m=1).

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Roman Zozulya, a su llegada a Sevilla tras su frustrada cesión al Rayo Vallecano, fue recibido por los ultras de extrema derecha del club verdiblanco, Supporters Gol Sur, con quienes se fotografió y de quienes recibió una camiseta del grupo.

Se ha hablado (El País y una página web irónicamente llamada Stopfake) de que “la propaganda rusa” ha manipulado convenientemente las pruebas para frustrar el fichaje de un jugador ucraniano con una clara actitud patriótica -al parecer, el único delito del muchacho sería el de amar mucho a su país y donar dinero para sus fuerzas armadas y para los niños afectados por el conflicto, tratando de convertirlo en una suerte de filántropo maltratado por la desinformación del Kremlin- por un equipo dominado por la extrema izquierda y el rojerío más rancio y criptocomunista. ¡Cómo si los servicios de inteligencia o las agencias de prensa o quién quiera que sea de Rusia no tuvieran otra cosa que hacer que meterse en el mercado de fichajes del fútbol de España! Y justo ahora, no cuando el jugador se incorporó a la disciplina del Betis.

Se ha hablado de que no entendemos la situación de Ucrania y por lo tanto cualquier opinión emitida al respecto estará contaminada por juicios de valor que no pueden aplicarse al contexto político y al enfrentamiento bélico que está teniendo lugar en el este del país. Por supuesto, ni Ucrania ni el Donbass ni Rusia son en este sentido un dechado de virtudes, ni creo que puedan alzarse como antiguas luchas del pasado que levantaron pasiones y solidaridad internacionales (la República Española -aunque algunos militantes españoles hayan acudido al Donbass tratando de rescatar la bandera del internacionalismo antifascista de las Brigadas Internacionales-, el Congo de Lumumba, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista). Pero aun con esta compleja realidad y la adhesión que pueda despertar en Occidente la causa de Ucrania, sea por amistad hacia Kiev, enemistad hacia Moscú o el mantenimiento de las fronteras e integridad de los estados (y depende, pues ya hemos visto que sí se ha reconocido la independencia unilateral de Kosovo), no es de recibo que desde los aliados europeos se haga la vista gorda sobre esa ultraderecha en la que se apoyan los amigos de Kiev (¿acaso está aislada Ucrania, sin aliados externos como la Unión Europea?, ¿sus amigos de las democracias occidentales de la OTAN no pueden -es un suponer- intervenir en su favor y ha de depender de fascistas y neonazis? Aquí nos encontramos con dos contradicciones, como revela el periodista Paul Moreira: la primera es que tras la revolución del Maidan el gobierno salido de la misma, que se suponía democrático -al menos más que Yanukovich-, pro-europeo y pro-occidental, no da en la realidad esa impresión, sino que convive con la ultraderecha en su gabinete y en influyentes círculos sociales y militares; y dos, a la UE y la OTAN no les importa en absoluto, mantiene su alianza con Ucrania escurriendo el bulto, sin exigir cuentas a Kiev y achacando cualquier información sobre el asunto a intoxicaciones moscovitas). Ni que como ciudadanos tengamos que tolerar lo que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos, cuando se trata de injusticias, y relativizar el fascismo -que debemos recordar, en España y en Europa fue el causante de una guerra con centenares de miles y millones de muertos respectivamente, además de una política de genocidio y un intolerable ideario de razas superiores e inferiores y de expansión territorial- cuando quien se sirve de él es un país amigo. Además, puede que hoy sea Rusia o los prorrusos los que se vean derrotados, cosa que celebraremos, pero mañana pueden ser otros grupos étnicos y otros países (http://cronicashungaras.blogspot.com.es/2010/01/asi-se-hacen-los-heroes-sobre.html?m=1) y quizá nos arrepintamos de ese apoyo y de esa compunción por gente como Roman Zozulya.

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Ante la polémica y la identificación de la protesta con el sector más radical de la afición franjirroja, el grupo Bukaneros, peñas del Rayo y colectivos sociales de los distritos de Puente y Villa de Vallecas se vieron obligados a difundir un segundo comunicado para aclarar que el rechazo a Zozulya era mucho más amplio de lo que se había difundido en los medios.

Otros argumentos -que si no han circulado por los medios, sí lo han hecho por las redes sociales- han sido más disparatados aún, y han consistido en la presentación de Zozulya y de la causa de los ultraderechistas ucranianos en una suerte de combate entre fascistas y comunistas ante el que la mejor muestra sería la de permanecer neutral. De ese modo, no hay motivo para darle la razón a Bukaneros (nuevamente, se entra en el juego de reducir y minusvalorar la protesta de la afición rayista circunscribiéndola de forma falsa a la de este grupo) si, como ya sabemos, “fascismo y comunismo son igual de repugnantes”, etc. Partiendo de la base de que Rusia y los prorrusos del Donbass no son comunistas (aunque busquen una conexión con algunos aspectos de la época de la URSS en aras de conectar con un pasado tenido por glorioso y con formas de vida y de sociedad que juzgan oportunas de recobrar), poner al mismo rasero fascismo y comunismo no es de recibo. Ya me ocupé de ello en un artículo en este mismo blog (ver artículo “De dictaduras”), en el que trataba de señalar cuán diferentes eran los aspectos teóricos en los que se apoyaban los regímenes fascistas y de “socialismo real”, aunque no fueran tan diferentes en sus aspectos prácticos, así como en la evolución que mostraron muchos comunistas del Este de Europa en favor del socialismo democrático (por no referir la evolución de los comunistas de Occidente hacia el eurocomunismo), mientras que encontrar no ya una persona que lo defendiera, sino el concepto mismo de “fascismo democrático” es poco menos que una contradicción. El pensador católico progresista francés Emmanuel Mounier -que se puede considerar antecesor del espíritu que alumbró la Teología de la Liberación en la segunda mitad del siglo XX- afirmaba a este respecto que “el universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas” (http://m.deia.com/2016/05/31/opinion/tribuna-abierta/eskerrik-asko-emmanuel-mounier). Según señala José Manuel Bujanda en ese artículo, “Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente […] comprometido con lo social y abierto a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente…” Esa capacidad para discernir entre fascismo y comunismo es la que al parecer está hoy ausente entre nuestros opinadores. Y recordemos que Mounier vivía en la época de las purgas de Stalin y del pacto Molotov-Ribentropp, así que no era ignorante respecto de los horrores de que eran capaces quienes decían actuar en nombre del comunismo y la revolución.

Sorprenden los déficit de nuestra democracia -la española y la occidental en general- al ver que sea capaz de mostrar una sorprendente contundencia y rapidez de actuación ante la amenaza del terrorismo yihadista, pero observe tanta permisividad en el caso del fascismo (salvo en el caso de Alemania, por el trauma que le supuso ser el país donde surgió la doctrina nazi, y aún así existen casos en el propio país germano de pasada impunidad con criminales nazis, en la época de la pequeña República Federal, cuando estos formaron parte de la administración, el ejército o los servicios de inteligencia del país).
Así, a raíz de lo ocurrido con Zozulya, debemos recordar que en España nadie se ha preguntado por la seguridad de la familia y la posibilidad de que sean insultados o vejados los familiares de un detenido por pertenecer a células terroristas, intentar captar adeptos para el ISIS, por enaltecimiento del terrorismo o humillación a las víctimas, ni tampoco hayan surgido voces que clamen por proteger el derecho al trabajo de los detenidos o encausados por este motivo (y todos recordamos casos de humillación a las víctimas que han sido de lo más estrambóticos, por decirlo suavemente, como el hecho de que una joven tuitera pueda pasar por la cárcel y padecer años de inhabilitación por contar unos chistes que se vienen haciendo “desde el año de Maricastaña” sobre la muerte en atentado del presidente del gobierno de la dictadura franquista, Luis Carrero Blanco, y pese a que la propia hija del fallecido ha quitado hierro al asunto). Sin embargo, en el caso de Roman Zozulya, todo han sido consideraciones por parte de la Liga de Fútbol Profesional, la Asociación de Futbolistas Españoles, los medios de comunicación de mayor difusión y hasta la política, con el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido saliendo a la palestra para defender al jugador frente a lo que todos ellos han calificado como una “campaña de acoso” (cuando lo más cercano a un acoso ha sido un grupo de hinchas llamándole “fascista” e “hijo de puta” con firmeza pero sin actitud violenta y una pancarta en la Ciudad Deportiva del Rayo el día en que acudía para firmar su contrato; hay árbitros de categorías inferiores que podrían hablar de lo que es acoso, sentir miedo de verdad o una agresión en toda regla sin que el mundo del fútbol y del periodismo deportivo les haya prestado ni la décima parte de atención que la prestada al “caso Zozulya”- ejemplo: https://.eldiario.es/norte/euskadi/Quiero-arbitra-dejan_0_607890148.amp.html). Incluso la alcaldesa de Madrid, la otrora progresista Manuela Carmena, ha llegado a declarar que la protesta sólo es de un grupo y no del conjunto de los aficionados (… y dale la burra al trigo), mostrando como tantos otros su desconocimiento absoluto sobre el tema, y que son los tribunales y no “la masa” o una minoría la que ha de decidir sobre el comportamiento del futbolista. Sorprende que se refiera hoy de ese modo despectivo a “la masa”, pues fue ese impulso de “la masa” madrileña la que le dio el bastón de mando del ayuntamiento. Sus propios compañeros de Ganemos Madrid en el equipo de gobierno se han encargado de recordarle la incoherencia de sus palabras con respecto al “caso Zozulya”, pues pocos días antes el ayuntamiento se negó a personarse en la querella argentina contra el franquismo, al contrario de lo que han hecho Barcelona, Zaragoza o Pamplona: “Para nuestra querida alcaldesa los crímenes contra el franquismo no deben resolverse en los tribunales, el nazismo, sí” (http://www.eldiario.es/madrid/Carmena-alguien-condenar-Zozulya-tribunales_0_612789035.html).

Ni que decir tiene que también lo han hecho sus compañeros del Betis, con mensajes a través de los micrófonos y en camisetas que rezaban “todos somos Zozulya”. Ninguno de ellos tuvo la genial idea, como explica Carlos Hernández en eldiario.es (http://www.eldiario.es/zonacritica/futbol-apolitico-neonazis-machistas_6_610398971.html), de mostrar su solidaridad con la novia de su compañero Rubén Castro, agredida por este, ni condenar los gritos de sus ultras de extrema derecha del equipo, los Supporters Gol Sur, que aplaudieron la agresión machista y llamaron puta a la mujer. Tampoco hubo querella criminal de Tebas contra el grupo, se ve que por la poca consideración que el presidente de la Liga tiene hacia el cuerpo femenino (sus lamentables declaraciones recogidas por “Sport” haciendo gala de su fe ultraderechista en las que se pronuncia contra el aborto y la voluntad de la madre así lo demuestran). El periodista ponía además el dedo en la llaga sobre la hipocresía que supone afirmar cuándo el fútbol ha de ser política y cuándo no según la conveniencia de las propias autoridades e instituciones, cuya presencia en los palcos de los estadios y el conflicto de intereses entre éstas y los empresarios que son propietarios de los clubes (escándalo del ático de Marbella de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y la implicación en él de Enrique Cerezo, presidente del Atlético; contratos de obra pública y constructores como Florentino Pérez, dueño de ACS y presidente del Real Madrid CF…): “Cualquier futbolista, faltaría más, puede pensar lo que le venga en gana; otra cosa bien diferente es que utilice la fama que le ha brindado este deporte para difundir ideales contrarios a la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Si el fútbol sólo fuera fútbol, como dicen los que defienden a Zozulya, no tendría sentido la prohibición de exhibir en los estadios símbolos fascistas; si sólo es un deporte, ¿por qué se ha adoptado en todas las competiciones el lema “Respeto, no al racismo”?; si hay que alejar este espectáculo de la política, ¿por qué se recurre a subvenciones municipales para salvar equipos en ruina, a “papá Estado” para crear espacios de privilegio fiscal y a La Roja como referencia de la Marca España?”

Así, nos encontramos con una situación en la que recaudar fondos para material para batallones fascistas, fotografiarse junto a miembros de los mismos y grabar vídeos para captar adeptos para los mismos, hacerse unas risas junto a retratos de líderes colaboracionistas del III Reich sale no ya gratis, sino que despierta una ola de solidaridad si alguien osa decir que eres precisamente lo que pareces, un fascista que hace apología del propio fascismo. Cosa bien distinta, por un incomprensible arte de birlibirloque, que fotografiarse y grabarse en un video haciendo campaña para reclutar voluntarios para la yihad o recoger firmas para pedir el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco y Navarra -que si bien no es delito, si puede hacer que te caiga la del pulpo en los medios de comunicación de la derecha, como le pasó a un ex rayista precisamente, Mikel Labaka, aunque pidiera exactamente lo mismo que la viuda de un concejal asesinado por ETA-. Y al parecer también es distinto, sea social y/o penalmente, que tuitear un chiste de Carrero Blanco de los que contaban nuestros padres en la barra de un bar -parecidos a uno que se escucha sobre Honecker en una película galardonada con el Oscar sobre el espionaje de la RDA a los ciudadanos considerados desleales-, manifestarse contra los despidos masivos de la factoría de Airbus en Getafe o ir a combatir al Estado Islámico junto a las milicias kurdas en el noreste de Siria. Es necesario acabar con esa situación y recobrar el espíritu antifascista de la democracia, librandonos de ese lastre que es la equidistancia entre fascistas y antifascistas y el funambulismo verbal con el que nuestros políticos y medios juegan para criminalizar toda la protesta contra la extrema derecha y lo que se salga del juego político, que además (y en España lo comprobamos continuamente) acaba por beneficiar a las fuerzas ultraderechistas (sobre la naturaleza antifascista de la democracia, léase “Democracia y antifascismo” del profesor Andrea Greppi, en Rafael Escudero y José Antonio Martín Pallin(eds.), “Derecho y memoria histórica”, Madrid, Trotta, 2008).

FÚTBOL Y ANTIFASCISMO: UNA ALIANZA NECESARIA

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“Solidaridad con los aficionados antifascistas de Europa del Este”. “Tifo” realizado por los Schikeria del Bayern Múnich.

Esta actitud de connivencia con el fascismo (y que ha servido para que partidos de ultraderecha ganasen espacio en toda Europa mediante un discurso basado en la explotación del miedo al extranjero y al diferente, hacer recaer en ellos el mito falso de la culpabilidad de la crisis y en que son los mayores receptores sin merecerlo de las ayudas sociales y servicios del Estado de Bienestar -causando el consabido recorte de las prestaciones- y en la limitación o directamente supresión de la democracia para corregir el desorden actual) recuerda la actitud imprudente de contemporización que mantuvieron las democracias occidentales en la etapa de entreguerras. Con motivo de la Eurocopa de Francia del pasado año, fueron varios los grupos de hinchas -tanto de selecciones como de clubes- que denunciaron en un comunicado la actitud cómplice de los clubes con los grupos ultras neonazis, y todo ello en medio de la polémica sobre expulsiones de selecciones y de medidas contundentes contra los seguidores que entonces causaron diversos altercados en varias ciudades del país. Según denuncian, a los clubes de les da muy bien ocultar a la UEFA (o a la asociación europea del fútbol muy mal detectar) la actitud connivente con los aficionados de extrema derecha en la competición doméstica, frente a las sanciones que van en perjuicio de todos los aficionados del club y la posibilidad de denunciar las actitudes y la violencia racista que pueda producirse en el estadio por parte del resto de aficionados. Así, denuncian que ha pasado lo siguiente:

“En particular los clubes “sospechosos habituales”, razón por la que en principio se endurecieron las reglas, han reaccionado de tres maneras principalmente:

  1. Culpar al mensajero (el vigilante de antirracismo que denuncia el incidente o los grupos de aficionados dentro del estadio activos contra el racismo) o a UEFA, conduciendo cazas de brujas públicas contra ellos mientras siguen sin reconocer el problema real. Empoderando a los racistas que causan el incidente que se unen encantados a la cacería.
  2. Muchos han intentado llegar a acuerdos secretos con los aficionados (racistas) para que “se estén quietos” en partidos europeos a cambio de incrementar sus privilegios en la competición liguera. Empoderando a los racistas que se aproximan al club mientras el resto de aficionados son marginados cada vez más.
  3. El club reubica a los aficionados en otras partes del estadio y prepara algunas actividades contra el racismo de cara a la galería vendiéndolas en público como iniciativa de los aficionados. Los racistas siguen dentro del estadio realizando actos racistas, solo que en un lugar diferente, mientras que los aficionados no racistas o antirracistas no se sienten seguros ni empoderados para iniciar sus propias actividades.

Y afirman que “creemos que la responsabilidad social del fútbol en esta importante área y la más importante aun de las entidades que gobiernan nuestro deporte, deberían ir más allá de proveer imágenes artificialmente aceptables o superficiales para la televisión o el público en general sino que deberían hacer una aportación sostenible para erradicar el problema de la discriminación en nuestro deporte directamente a nivel de los clubes” (http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4311/). El comunicado está firmado por más de cien entidades europeas de hinchas antirracistas, anithomófobos -muchos de ellos son grupos de aficionados LGTB- y contra otras formas de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual… agrupadas en la iniciativa Football Supporters Europe (el listado puede verse en el enlace).

Por este motivo, el caso de Zozulya nos recuerda que las protestas no sólo antifascistas y antirracistas sino las reivindicaciones sociales están presentes en las gradas -también lo han estado en el terreno de juego- en muchos puntos de Europa y del mundo. Es un espacio que, a pesar de que -como nos recordaba el profesor Santos al comienzo- quiera hacerse pasar como “no político”, el choque entre la popularización y democratización alcanzada por el fútbol desde el primer tercio del siglo XX y su mediatización por sectores no sólo de la política institucional para sus intereses, sino también por sectores poderosos económica y socialmente (la entrada de millonarios globales, fondos de inversión, etc. en la propiedad de equipos convertidos en empresas) para fines de lucro o especulativos, ajenos a los valores de identidad y de comunidad que se suelen asociar a un club (y al barrio, pueblo o ciudad en que se inscribe el mismo) ha causado este tipo de protestas y el surgimiento del mensaje “No hay que mezclar el fútbol -y por extensión el deporte- con la política”. En un contexto como el actual, en el que las voces contra los refugiados, el Islam, los homosexuales, los migrantes se hacen oír cada vez con más fuerza al calor de la “guerra eterna contra el terror” y la crisis del capitalismo, haciendo responsable al pobre de fuera y no al rico global de la misma, el antifascismo tiene que ganar espacio, en las instituciones y en la sociedad. Y el fútbol tiene que participar de esa conquista de espacio.

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Homenaje realizado por los aficionados del FC Red Star a su antiguo jugador Rino Della Negra, miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi.

Esa intención de encerrar el deporte en una burbuja aséptica es en cierto modo reciente. La historia está llena de casos de equipos, de jugadores y de aficiones que se han identificado con el antifascismo, la democracia o la lucha popular contra las injusticias y la tiranía. Si en otros ámbitos deportivos ha pasado a la historia el caso del boxeador Mohammed Alí negándose a combatir en Vietnam y siendo un referente de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, la protesta llevada a cabo por los atletas estadounidenses Tommi Smith y John Carlos en los juegos de México 1968 con el puño cerrado con un guante negro (símbolo del poder negro) en el podio o el eco que supuso la huida de la gimnasta Nadia Comaneci de Rumanía en los últimos estertores de la dictadura de Ceaucescu, el fútbol no ha sido una excepción, tanto con personas anónimas como con personalidades relevantes. En España, el Júpiter -el llamado “equipo de los anarquistas” barceloneses- y el Martinenc, dos históricos del fútbol catalán, formaron parte junto con otras entidades sociales y deportivas, del Comité Catalán pro Deporte Popular (CCEP, por sus siglas en catalán), que se encargará de llevar adelante la Olimpiada Popular de 1936, y clubes como el propio Júpiter, el Levante FC, el Unión Sporting de Vigo, el Madrid FC o el FC Barcelona fueron identificados antes de la dictadura franquista con los ideales republicanos o nacionalistas de sus respectivas nacionalidades, motivo por el cual sufrieron diferentes grados de represión tras la victoria sublevada en 1939, desde la fusión con clubes más adictos a la causa (caso del Levante) hasta una depuración general de sus directivas o acuerdos de filiación (el Júpiter pasó a ser filial del Espanyol, enemigo ideológico y de clase) y hasta intentos de cambio de nombre de la entidad (caso del Barcelona, existiendo un intento de llamarlo España).

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El FC Sankt Pauli de Hamburgo es uno de los clubes más identificados con las causas de izquierda en el mundo.

Fuera de nuestras fronteras, hay que destacar los casos del Corinthians brasileño, donde militó el famoso Sócrates (conocido por su doctorado en Filosofía y su militancia izquierdista), bastión futbolístico contra la dictadura militar brasileña y cuya hinchada mantiene el mismo nivel reivindicativo de antaño contra las injusticias sociales (http://www.panenka.org/miradas/corinthians-siempre-corinthians/); el Red Star parisino, club de la barriada de Saint Ouen identificado fuertemente con el antifascismo, el multiculturalismo y la izquierda (fundado por el viejo presidente de la FIFA Jules Rimet, como un intento de popularizar el fútbol, y que vivió su época dorada en los años veinte y treinta del pasado siglo, el “Etoile Rouge” es el equipo del presidente socialista François Hollande y su fiel y combativa hinchada rinde homenaje a dos héroes de la Resistencia muertos a manos de los nazis: el doctor Jean-Claude Bauer -que da nombre al estadio del club- y Rino Della Negra, futbolista del equipo en los años treinta, hijo de italianos exiliados del régimen de Mussolini – https://www.elfutbolesinjusto.com/reportajes/red-star-el-viejo-comunismo-vuelve-al-futbol-moderno/) o el FC Sankt Pauli alemán, qué, ubicado en un barrio alternativo y contracultural de la ciudad de Hamburgo, tiene una larga trayectoria de militancia, a nivel de club y de afición, en causas progresistas: contra el racismo, el nazismo , la homofobia, el sexismo, en pro de los refugiados o contra la mercantilización del fútbol. Esa imagen de club combativo e incluso marginal (no es raro ver entre sus fans o incluso en tiempos entre sus jugadores gente de estética punk o ska) le ha hecho ser, pese a que ha militado la mayor parte del tiempo en categorías inferiores del fútbol alemán, uno de los equipos más populares internacionalmente, con fans incluso en Sudamérica (http://highbury.es/2016/st-pauli-la-vida-pirata-la-vida-mejor).

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Protesta con banderas palestinas de la hinchada del Celtic FC en un partido de Champions contra el Hapoel Ber Sheeva israelí.

Tanto equipos (aunque un poco a remolque) como hinchas han tomado conciencia en tiempos recientes de la importancia de movilizarse en favor de causas sociales contra la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia y otras iniciativas como contra la islamofobia, el rechazo de la inmigración o las luchas de colectivos vecinales, de trabajadores o internacionales, lo cual no siempre ha sido del gusto de las autoridades políticas y deportivas, dado que en ciertos casos se sale de la línea habitual propugnada por la asociaciones continentales o la FIFA. A comienzos de la presente temporada futbolística, hinchas del Celtic FC escocés, mostraron en un partido de la ronda previa de la Liga de Campeones en su estadio frente a los israelíes del Hapoel Ber Sheeva  banderas de Palestina en protesta por la ocupación y la política del gobierno de Israel hacia los territorios y la población palestinos, y han promovido una recogida de firmas solicitando al cantante Rod Stewart, conocido fan del equipo, cancelar sus conciertos por el país. Sobre el Celtic ha sobrevolado, por este motivo, la sombra de la sanción al club. Más reciente aún es el apoyo mostrado por la plantilla del Algeciras CF, de la Tercera División española, a los estibadores del puerto de la localidad, en conflicto con el gobierno de España -del Partido Popular (derecha)- por la aplicación de las normativas de la UE en materia de liberalización del sector, siguiendo la estela de Robbie Fowler y Steve McManaman, en sus tiempos de jugadores del Liverpool, mostrando su apoyo con camisetas a los trabajadores portuarios de la ciudad inglesa, motivo por el que fueron reprendidos por la organización europea del fútbol. El propio Rayo Vallecano (de ahí la incoherencia de su presidente a la hora de fichar a Roman Zozulya como una decisión unilateral) y su grupo Bukaneros se ha destacado por la protesta y la reivindicación: contra los horarios del fútbol, ya incluso en su anterior militancia en Segunda y Primera División -motivo por el que Bukaneros llegó a estar una primera vuelta entera en “huelga de animación”-, contra el deshaucio de una anciana vecina del distrito, a favor de los derechos del colectivo LGTBI -en su segunda equipación, la franja roja se convierte en una franja arcoiris- o con la organización por parte de Bukaneros de las jornadas contra el racismo, en las que llegó a participar el fallecido y carismático exguardameta del equipo y de la selección de Nigeria Wilfred Agbonavare, y su participación en el Mondiali Antirrazisti de Italia, donde participan hinchadas de diversos países de Europa y del mundo (http://www.mondialiantirazzisti.org/new/).

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“Tifo” de Bukaneros en solidaridad con la vecina de Vallecas deshauciada y a quien el club ayudó ante su situación.

A raíz precisamente de esa mala reputación que se quiere promover de la protesta “políticamente incorrecta” y de los mensajes genéricos que patrocina la UEFA, y que como denuncia Respect Fans! se quedan en agua de borrajas a la hora de desterrar de las gradas a los ultras de extrema derecha, uno de los ejemplos más rocambolescos de censura y represión de la misma nos lo encontramos en Turquía. La subida al poder del Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, ha traído consigo -especialmente desde el golpe de estado fallido de junio de 2016- una oleada de represión sobre los movimientos opositores, especialmente aquellos identificados con las minorías nacionales existentes en la República, como los kurdos o los armenios, cuya existencia no ha sido precisamente tranquila en el moderno estado turco. Çarşı (que en turco significa bazar), el grupo de fanáticos del popular (en las dos vertientes del término, dado que también es el club de las clases trabajadoras) club de fútbol estambuliota del Beşiktaş, han llegado ha ser incluidos en la lista negra de enemigos del estado, acusados de terrorismo y conspiración contra el régimen.

El motivo fue el especial protagonismo del grupo en las protestas que en mayo de 2013 tuvieron lugar en la antigua capital otomana por la construcción por parte de las autoridades turcas, en el emblemático parque Gezi, de una réplica de un cuartel de la época del imperio. Buena parte de la población de la ciudad se echó a la calle a protestar por tal barbaridad, que no sólo significaba la desaparición de este espacio verde sino que figuraba en la estrategia de los islamistas del AKP de entroncar a la moderna Turquía, fundada por Atatürk sobre los pilares del republicanismo, la occidentalización y el laicismo (bien que con altas dosis de autoritarismo que se han ido repitiendo con el paso del tiempo en las numerosas cortapisas a la democracia y las intervenciones militares en la política nacional), con el pasado imperial, en el que la religión y la expansión territorial eran parte de una gloria que muchos -y no sólo en el AKP- tienen aún en mente, en una suerte de ideal de la “Gran Turquía”.

El final de las protestas -que causaron 8 muertos y 8000 heridos- conllevó la búsqueda de chivos expiatorios por el ultraje de haber triunfado, y Çarşı ofrecía una oportunidad de oro para ello. Su carácter izquierdista (en sus banderas pueden verse desde a Atatürk al Che Guevara, pasando por el anarquismo), su vinculación con causas sociales diversas como el veganismo, la distribución de ayuda a los desfavorecidos, el apoyo a las minorías kurda o armenia (“cuando hay una injusticia, estamos siempre del lado de quien la sufre: armenios, kurdos, animalistas, LGBTI, feministas…”, declara Cem Yakışkan, fundador y líder del grupo) y el hecho de que ya en el pasado hubieran participado en protestas contra obras de carácter megalómano, como la de una presa en Hasankeyf que causaría la destrucción de una ciudad antigua. Las protestas, que por una vez y sin que sirva de precedente fueron capaces de unir a los hinchas de los tres principales equipos de Estambul – Beşiktaş, Galatasaray y Fenerbahçe- han llevado a la acusación por “intento de golpe de Estado” a los hinchas del primero (con peticiones de penas que iban de los 3 años de cárcel a la cadena perpetua), acusación calificada como “farsa ridícula” por Amnistía Internacional, que denuncia la arbitrariedad y brutalidad del sistema penal turco (un miembro de la OTAN y fiel aliado de Occidente). Yakışkan afirma que “Nosotros nos reíamos de la situación porque no podíamos llorar. El juez me dijo, ‘estás aquí por intento de golpe de Estado’. Yo le respondí que si tuviéramos tanto poder como para hacer un golpe de Estado, lo habríamos usado para hacer campeón al Beşiktaş”. Al final, aunque los 35 de Çarşı fueron absueltos, la sentencia fue recurrida en el Tribunal Supremo (https://sports.vice.com/es/article/carsi-grupo-hinchas-anarquistas-gobierno-turquia-acusa-).

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Hinchas de los tres principales clubes de Estambul, unidos durante las protestas en el parque Gezi.

Quizá sea Alemania el país que más se ha destacado, a nivel federativo, de clubes y de hinchadas por la erradicación del simbolismo y los comportamientos neonazis. La importancia de este hecho radica no sólo por su historia pasada, sino porque en el presente, el auge de la extrema derecha xenófoba, con movimientos como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y el partido AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), movimientos ciudadanos y sociales como los que se expresan a través del deporte y de los grupos de animación en las gradas germanas son esenciales para erradicar una preocupante tendencia al alza, no sólo en el Este -la zona de la ex RDA se convirtió tras la reunificación en un “semillero de fascistas”, como han expresado algunos comentaristas-sino también en el Oeste. Y, sin embargo, tanto en el Este como en el Oeste el movimiento antirracista y antineonazi está en marcha. La simbiosis entre las iniciativas de las hinchadas y las de las instituciones se ve acentuada porque en el país teutón los clubes, además, se rigen a través de un modelo distinto al de otros países del continente como España, Portugal o Reino Unido, donde el modelo de negocio capitalista (magnates, fondos de inversión, sociedades anónimas deportivas) es el que triunfa. “Los clubes del fútbol alemán tradicionalmente han pertenecido a sus socios, quienes poseen la mayoría de las acciones en el ente que controla el equipo. La excepción más conocida hasta ahora había sido la del Wolfsburgo, que pertenece a la fabricante de automóviles Volskwagen, pero en este caso se hace referencia a un club que nació impulsado por los trabajadores de la compañía antes de la Segunda Guerra Mundial” (“Enemigos del fútbol”, cómo el RB Leipzig se convirtió en el club más odiado de Alemania-http://www.bbc.com/mundo/deportes-38894503).

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“Bella Unión sin nazis”. Pancarta del 1.FC Union en su estadio del distrito berlinés de Köpenick.

Clubes como el Rott-Weiss Essen (http://www.media-sportservice.de/2016/11/23/rot-weiss-essen-zehn-jahre-kick-racism-out/), el Arminia Bielefeld (http://www.arminia-ist-mehr.de/projekte/courage/), el Borussia Dortmund, el Dynamo Dresde o el Unión Berlín (https://www.facebook.com/SEoN.FCU/) han desarrollado en su propio seno proyectos para instruir a fans, especialmente de las nuevas generaciones, y futbolistas de la cantera en los valores de integración y respeto. Algunos de ellos cuentan con agrupaciones de fans homosexuales, como los Monaco Queers del Bayern Múnich, los Blaue Bengels del Arminia, los Rainbow Borussen del Dortmund, o asimismo integradas en la iniciativa antirracista europea Respect Fans, como los Eiserner VIRUS del Unión Berlín o los Navajos del Colonia. Y algunas de sus iniciativas han sido de lo más variopintas e imaginativas, no sólo a nivel de conferencias o actividades deportivas integradoras. Entre ellas destaca la formación del club de refugiados FC Lampedusa en Hamburgo, patrocinado por el FC Sankt Pauli; la presentación de una iniciativa por parte del Borussia Dortmund, “Kein bier für rassisten”, para no servir alcohol en los bares de la ciudad a quienes mantengan actitudes xenófobas y discriminatorias (http://www.bvb.de/News/Uebersicht/Kein-Bier-fuer-Rassisten); o la impresión de una equipación oficial del Dynamo Dresde (ciudad en la que además hay que situar las mayores manifestaciones de los xenófobos de Pegida) con el lema “Love Dynamo, hate racism”.

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Hinchas del Werder Bremen muestran su apoyo a los refugiados en las gradas del estadio de la ciudad hanseática.

Hinchadas de Alemania, además, como las del Werder Bremen, Carl Zeiss Jena, Babelsberg 03, Borussia Dortmund o Bayern Múnich, han mostrado en sus graderíos pancartas de apoyo a la acogida de refugiados (http://www.netz-gegen-nazis.de/beitrag/refugees-are-welcome-here-fussball-verbindet-10456), siguiendo con su línea habitual de compromiso social o en algunos casos, como en Jena (localizada en Turingia) o en Potsdam (Brandenburgo, localidad donde radica el “espartaquista” Babelsberg 03, conocido como el Sankt Pauli del Este), ambas en el territorio de la antigua RDA), exponiéndose al rechazo por parte de los fuertes movimientos neonazis locales.

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La Südkurve del FC Carl Zeiss Jena con una pancarta en apoyo a los refugiados en su estadio, el Ernst Abbe Sportfeld.

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Jugadores del Dynamo Dresde posan con la camiseta sacada por el club con el lema “Ama al Dynamo, odia el racismo”.

CONCLUSIÓN: ¿GOL EN EL CAMPO, PAZ EN LA TIERRA?

Es cierto que muchas veces los grupos ultras de fútbol de ideología izquierdista y antifascista no tienen un comportamiento muy ejemplar a la hora de defender sus causas, y que han causado en muchas ocasiones escenas que a nadie gusta ver cuando acude a un estadio de fútbol ni en él ni en los aledaños del mismo. Muchas veces se han presenciado peleas multitudinarias y altercados con grupos rivales no necesariamente de equipos con los que se mantenga una gran rivalidad deportiva, sino precisamente por estar en las antípodas ideológicas, o con grupos políticos como en España el Hogar Social -conocido por su recogida y distribución de alimentos única y exclusivamente a los naturales del país-. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar que esa lucha no puede ser únicamente realizada por un grupo de personas agrupadas en torno a una bandera ideológica, la pertenencia a un barrio o ciudad con una idiosincrasia y valores particulares y/o los colores de un club de un club deportivo, mientras el resto se cruza de brazos, limitándose a mover la cabeza con gesto de reprobación y a repetir consignas manidas y falsarias como “todas las ideologías son respetables” (falso: como dijo el profesor Reig Tapia, todas las personas son respetables, nadie puede acabar con su vida, atribuirse un fuero sobre ellas, etc. pero NO todas las ideologías son respetables: por esa regla de tres, se podría legalizar un partido o una organización que propusiera la corrupción de menores o el canibalismo), “ésas no son formas” (lo sabemos, pero ¿qué hacer cuando el resto de la sociedad y los poderes públicos consienten la presencia pública y la impunidad de quienes hacen apología de la dictadura, la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, las formas más diversas de discriminación, como la Fundación Nacional Francisco Franco, HazteOír, Pegida, Alternative für Deutschland, Lega Norte, el Front Nationelle, Amanecer Dorado, etc.?, ¿qué mayor violencia, por invisible y blanda que sea, que la que expresaba Almeida Garrett y repetía José Saramago en “Levantado del suelo”:  cuántos individuos deben ser condenados “a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”? y sobre todo “no hay que mezclar el deporte con la política”, cuando a todas luces el deporte es usado por los poderes constituidos y los fácticos para sus propios intereses.

Cuanto más aislados y despreciados se encuentren quienes plantean un modelo de sociedad excluyente, que odie la diferencia, que practique el culto a la violencia y la sangre y conciba la existencia de seres superiores e inferiores -por cuestión de raza, género, identidad sexual, etc.- y explote a sus semejantes y a la Tierra en beneficio de una minoría rica, menos necesidad habrá de que unos pocos individuos, tenidos también por aislados y marginales, tengan que salir a “darse de hostias” con quienes defienden aquellas ideas. Porque, por desgracia, los primeros no se encuentran tan solos -y el caso Zozulya y las muestras de apoyo recibidas por el jugador así lo demuestran- ni parecen ser tan pocos como pueda aparentar un primer vistazo.

Lejos de pensar que esto no va con nosotros y  que el fútbol es sólo fútbol, como niega la presencia de empresarios y grandes inversores en los palcos de los estadios unidos a los políticos invitados a los mismos y los escándalos de corrupción vinculados precisamente a esa connivencia entre dirigentes de la “res pública” y de la “res balompédica”, recordemos de nuevo a Sousa Santos: la cultura, el deporte, la calle, el trabajo, la familia… son espacios políticos, en los que hay relaciones de diálogo, de conflicto y de poder, y en donde, por supuesto, la política que se hace -o se deja de hacer- en el parlamento y el gobierno influye, y mucho. Dejemos de hacer realidad las palabras de La Polla Records en su canción “Gol en el campo”:

“Gol en el campo paz en la tierra.
Qué bonito es el fútbol, qué pasiones despierta
defiende tus colores… sudar la camiseta
qué bonito es el fútbol para los que gobiernan
están pegando el palo sin partido de vuelta
Gol en el campo paz en la tierra.
Justicia corrompida arbitra la contienda
patrón enloquecido despide libremente
y roban la pelota por la extrema derecha
atentos al remate que va directa a puerta
y… Gol en el campo paz en la tierra.”

 

 

 

 

 

 

 

Petra Kelly y el nacimiento del movimiento político verde

petrakellly1Si el pasado año 2016 fue pródigo en decesos de figuras importantes de la política, las artes o la cultura, algunas posiblemente más dignas de memoria que otras, el año que acaba de comenzar es año de conmemoraciones por las mismas razones. En 2017 podemos recordar los aniversarios “redondos” de las muertes del Che Guevara y del cantautor y activista estadounidense Woody Guthrie (1967),  del líder anarcosindicalita español y fundador del Partido Sindicalista Ángel Pestaña (1937) o las del líder revolucionario burkinabé Thomas Sankara, apodado “el Che Guevara de África” y del cantautor y poeta portugués José “Zeca” Afonso, autor de “Grândola Vila Morena”, la canción convertida en el himno de la Revolución de los Claveles, acontecidas en 1987.

Aunque todas ellas deben servir para el homenaje y la reflexión por parte de las personas y los movimientos sociales y políticos progresistas, de cara a examinar su legado y las posibilidades que éste ofrece de cara a una transformación de nuestras sociedades, el aniversario de Petra Kelly (1947-1992), fundadora de Die Grünen, el Partido Verde alemán y el más veterano de todos los partidos ecologistas de Occidente, es aún más relevante en cuanto a lo que puede ofrecer de cara a la organización de unos grupos políticos, no sólo a la forma de enfrentarse a la realidad circundante con deseos de transformarla, sino a la propia lógica organizativa de los partidos tradicionales, a su articulación con la sociedad civil y con otras formas de actuación política.

Sobre este aspecto, Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor en la Universidad de Coimbra, escribía en “La difícil democracia” la necesidad de la izquierda -ya fuera desde la oposición o desde el gobierno, porque se debe corregir la disparidad entre de actitudes y actuaciones que han presidido en muchas ocasiones la actividad política progresista al estar en el poder y fuera de él -de articularse con las formas de democracia no exclusivamente parlamentaria o representativa, como la democracia directa (asambleas de estudiantes, de trabajadores, de vecinos…) o la democracia comunitaria -puesta en marcha en América Latina y reconocida por constituciones como la boliviana-, y las formas de movilización cívica y social, como los referendos, las elecciones con mayor periodicidad y para mayor número de cuestiones “o incluso con la acción directa y pacífica de los ciudadanos y las ciudadanas”. Un modo de, como afirma el propio autor, “democratizar la democracia” a fin de acabar con la deriva de las actuales democracias liberales hacia posturas cada vez más autoritarias y el dominio de la res pública por parte de minorías social y económicamente fuertes.

De ahí el reproche que se dirige desde la política tradicional y medios de comunicación hacia partidos políticos como Podemos en España por su intención de querer articular la lucha parlamentaria e institucional con la de la calle y la de los movimientos sociales, o la relevancia que adquieren sus desavenencias y debates internos en relación a los de otros partidos. Aunque hay otros aspectos -como sus movimientos definitorios oportunistas de cara a la ganancia de electores, definiéndose como socialdemocracia para desprenderse del molesto sambenito de “izquierda radical” con que se les ha bautizado, y una cierta ambigüedad ideológica en temas como la cuestión de la monarquía, la deuda o las (re)nacionalizaciones y (re)municipalizaciones- que les distancian un tanto de los planteamientos innovadores enumerados por Santos en su libro, el paralelismo entre Podemos y las izquierdas para el siglo XXI propuestas por el autor no deja de estar presente. Pero, al mismo tiempo, las cuestiones de liderazgo, de organización, de pactos con otras fuerzas y de distanciamiento -diferenciación- con éstas ya estaban presentes en los debates de Die Grünen en los años setenta y ochenta. Unas cuestiones que acabaron saliendo caras para la propia Kelly y que transformaron en los noventa la faz de Los Verdes germanos.

Por la importancia y la novedad de los planteamientos, aún vigentes y presentes en nuestras sociedades actuales, recordemos en estas líneas a Petra Kelly y su amargo final, sobre el que todavía hoy se asientan sombras de sospecha.

LOS PRIMEROS AÑOS. DEL SPD A LA FUNDACIÓN DE LOS VERDES

Petra Karin Lehmann nació en Günzburg, ciudad de la entonces República Federal de Alemania, en el land de Baviera, el 29 de noviembre de 1947. Su padre, polaco, abandonó el hogar familiar cuando ella contaba con apenas seis años, de modo que las figuras de su madre y su abuela -quien la introdujo en el pensamiento crítico y en la lectura de la prensa política- la convencieron, ya con corta edad, de que existía una alternativa al modelo tradicional del patriarcado, aunque ella cursó estudios elementales en un ambiente en principio poco propicio para desarrollar una conciencia feminista como era la escuela católica. Adoptó el apellido Kelly de su padrastro, un oficial de la Armada estadounidense destinado en Alemania y que trabajaba en el servicio hospitalario.

En 1960 se trasladó junto al resto de su familia a Georgia, Estados Unidos, y allí  estudiará Ciencias Políticas en la American University de Washington. Era la época del movimiento hippy, el pacifismo y las protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles -Kelly será una gran admiradora del difunto reverendo Martin Luther King- y, en Europa, las protestas de mayo de 1968, la Primavera de Praga, las movilizaciones obreras y estudiantiles en España y en su Alemania Federal natal. Pero junto a estos movimientos que parecen encaminar el mundo hacia el cambio, en el momento en que los “felices treinta” (los treinta años de prosperidad y crecimiento económico vividos en los países occidentales entre el fin de la SGM y la primera crisis del petróleo de 1973) están cercanos a su fin, hay también puntos oscuros que apuntan a las fuertes resistencias a ese cambio. En Estados Unidos, el asesinato del presidente John F.Kennedy (del que Kelly se apunta fue admiradora) y poco tiempo después el de Luther King; la violencia contra los negros en el sur de Estados Unidos; el intervencionismo y golpismo militar en América Latina -Argentina, Guatemala, el intento de invasión de Cuba-, Asia -Laos y Camboya- y África -Zaire, Togo, el apoyo a la Sudáfrica del apartheid-; y en lado del bloque soviético, el fin del soplo de aire fresco que suponía el “socialismo de rostro humano” de los comunistas checoslovacos y la Primavera de Praga y el regreso a una ortodoxia -bien que matizada- con Brezhnev como líder de la URSS en sustitución de Kruschev.

Esta amalgama de movimientos de acción y reacción influirán a la larga en el pensamiento político de Petra Kelly y en la configuración del movimiento “verde” tanto como partido como vía alternativa frente a los modelos de partidos políticos existentes en la RFA en ese momento. Mientras tanto, en los Estados Unidos, Kelly se graduará en la universidad con consiguiendo el grado de Bachelor of Arts cum laude y colaborará como asesorara para los senadores Robert Kennedy -hermano del presidente y asesinado como él durante su campaña a la presidencia- y Hubert Humphrey, antes de regresar a Europa en 1972.

En Europa proseguirá sus estudios de Ciencias Políticas en Amsterdam y trabajará para la entonces Comunidad Económica Europea en Bruselas, ocupándose de tema sobre emigración y formación profesional. Pero las inquietudes de Kelly exceden las cuestiones técnicas del funcionariado, y retoma con más bríos su activismo político, integrándose en las filas del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD), el Partido Socialdemócrata alemán.

El SPD, liderado entonces por Willy Brandt, consiguió después de décadas de gobierno de los democristianos, la cancillería de la República Federal. El fuerte discurso anticomunista que había dominado los gobiernos de la CDU, especialmente con Konrad Adenauer, fue sustituido por la Ostpolitik o apertura hacia el Este del nuevo líder del gobierno alemán. Esto trajo consigo mejores relaciones con los países del bloque oriental y la Unión Soviética, entre ellos Polonia -país con el que se firmó un acuerdo sobre la frontera Oder-Neisse, la frontera entre éste país y la RDA, en el caso de una futura reunificación alemana- y el reconocimiento del daño causado por Alemania a la nación polaca durante la SGM (como en el acto simbólico de homenaje del canciller a las víctimas del levantamiento del gueto de Varsovia), y con la vecina República Democrática Alemana, que se tradujeron en el mutuo reconocimiento de la RFA y la RDA, la firma de acuerdos comerciales y el aumento de las posibilidades de viajar a Occidente por parte de los ciudadanos de Alemania Oriental.

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Willy Brandt, arrodillado ante el monumento en Varsovia a las víctimas del gueto judío, alzado contra los nazis en 1943.

Sin embargo, a pesar de estos éxitos, la época de Brandt no está exenta de puntos oscuros: el SPD sirvió a los intereses del Departamento de Estado estadounidense a la hora de controlar los procesos de transición a la democracia de los países del sur de Europa salidos de dictaduras derechistas o fascistas y evitar una “deriva izquierdista” de estos procesos, como fueron los casos de España, Portugal y Grecia, a través de contactos con los máximos dirigentes del PSOE, del PS y del PASOK. La Fundación Friedrich Ebert, la fundación del partido, sirvió como correa de transmisión de fondos procedentes de la CIA para estos grupos políticos para que obtuvieran un gran aparato logístico y de propaganda que les hiciera el referente de la izquierda -aunque una izquierda manejable y controlable desde Washington o desde el norte de Europa- frente a los partidos comunistas, que en muchos casos habían sido la punta de lanza de la resistencia contra esas dictaduras. De este modo, estos partidos socialistas pasaron -a veces en pocos meses, como en el del recientemente fallecido Mário Soares, líder socialista portugués- de un discurso revolucionario y lleno de proclamas y connotaciones marxistas a la moderación y la cooptación por parte de los grupos de interés económicos y sociales más poderosos. Asimismo, Brandt no paralizó el espionaje a los propios ciudadanos a través del servicio secreto alemán federal, que fue una faceta equiparable -aunque menos publicitada en la Alemania actual- a la de la Stasi en su vecina del Este-, ni depuró a los cargos en la administración o el ejército (el Bundeswehr) que habían sido notorios criminales nazis y que habían hallado refugio durante la etapa de Adenauer y los primeros años de la RFA.

Fuera por la escasez de la entidad de la política de reformas de los socialdemócratas, que al gobernar se antojaron un “más de lo mismo”, o por la escasez de la resistencia que presentaron ante la ofensiva neoliberal en marcha iniciada en Chile y Argentina a través de dictaduras por el “flanco sur” del mundo,  y en Occidente en Estados Unidos -con Carter, aunque el gran propagandista y paradigma fuera Ronald Reagan- y Gran Bretaña -a donde había llegado Margaret Tatcher-, y que suponía una amenaza no sólo para la economía sino para la paz, el ambiente y las relaciones humanas, Kelly abandonó el SPD en 1978, pensando que los socialdemócratas habían perdido su fuerza. Era necesario un nuevo modelo. El modelo era para ella y otros muchos el ecologismo político.

EL PARTIDO VERDE

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Cartel del Partido Verde, circa 1979.

En 1979 tenía lugar la fundación del Grüne Partei o Partido Verde en la RFA -que con los años vería nacer un homólogo en la RDA, de corta existencia aunque de una cierta relevancia dentro del movimiento opositor socializante contra el régimen del país-, y que con los años sería conocido simplemente como “Los Verdes” (Die Grünen).

El objetivo del nacimiento del partido era aglutinar una alternativa al sistema político y de partidos imperante en la República Federal, pero también que el ecologismo se convirtiera en una alternativa a los dos sistemas a través de los cuales se venía gobernando globalmente el mundo desde la eclosión de la “guerra fría”, el capitalismo atenuado por el pacto con la socialdemocracia que había dado lugar al “Estado del bienestar” de un lado, y del otro el bloque soviético y el  “socialismo real” o estatal. Ambos sistemas daban ya síntomas de crisis a finales de la década de 1970: del lado soviético y sus satélites, el estancamiento económico había mermado la capacidad de acercarse a los estándares occidentales que habían demostrado a lo largo de los sesenta y primeros setenta y mermaba la capacidad del sistema de ofrecer bienes y servicios a la población, sobre la que se sustentaba buena parte de su legitimidad. Del lado occidental y capitalista, el neoliberalismo de la escuela de Chicago se iba imponiendo con cada vez mayor fuerza como mecanismo para atajar la crisis, comenzando una ofensiva global contra el “Estado de bienestar”, la regulación del mercado y las políticas socialdemócratas o keynesianas que aún dura hasta hoy. Unas propuestas y políticas impulsadas aún más si cabe tras la caída del antagonista de la guerra fría, la URSS y el bloque comunista. En ambos casos, la política de bloques supone en ese momento para el mundo, a juicio de los verdes, un conjunto de rémoras que es necesario atajar a fin de no hipotecar el futuro de las nuevas generaciones: carrera de armamentos, operaciones militares y escalada bélica en estados del interior de cada una de las esferas de influencia o del Tercer Mundo para mantener el “status quo” o impedir “experimentos” que se salgan de la norma impuesta; arsenal de bombas atómicas y dependencia de la energía de este tipo con riesgos difícilmente mensurables sobre su impacto y consecuencias; dependencia energética de combustibles fósiles y degradación medioambiental; agresiones a la naturaleza; expansión de una cultura consumista e indiviualista, patriarcal, racista y eurocéntrica…

De este modo, para Petra Kelly era necesario construir una alternativa que pasara por un partido nuevo, calificado de “partido antipartidos”, en el sentido de que planteara un cambio radical, no una reforma, del sistema y que funcionara además de una forma diferente a cómo venían haciéndolo los partidos tradicionales de la RFA. Había que estar en las instituciones pero éstas eran un mecanismo más donde debía desempeñarse la lucha de Los Verdes. En palabras del activista ecologista José Vicente Barcia Magaz, “se trataba de desbordar las calles sin abandonarlas, para asaltar las instituciones y ponerlas al servicio de la justicia social, la paz y la defensa del medio ambiente”. Las ideas a defender, en las calles y en el parlamento, resultan tan subversivas en ese momento como -en muchos casos- en la actualidad.

Así, el Partido Verde y su ideario ecopacifista y ecofeminista persigue una superación del marco político alemán y global, siendo crítico con los modelos vigentes tanto en el mundo capitalista como el autoritarismo del modelo “real-socialista”. Su ideario es democrático y radical, a través de la movilización pacífica (alejándose también de las tácticas armadas de la RAF), al proponer estructuras horizontales y descentralizadas que permitan imbricar a los movimientos sociales y las iniciativas ciudadanas, la sociedad civil, en los procesos de toma de decisión. Se trata de un “poder con los otros”, en lugar de un “poder sobre los otros”. En palabras de Petra Kelly, “la política signifique el poder de amar, el poder de sentirnos unidos en la nave espacial Tierra”.

Hay que superar también un modelo económico y de producción basado en el consumo individual, en el despilfarro y en el paradigma del crecimiento infinito dentro de un planeta cuyos límites y recursos son finitos. No es exagerado afirmar que Petra Kelly y Die Grünen serán de los primeros, si no acaso los primeros, teóricos del “decrecimiento”, proponiendo un modo de producción y de vida basado en el ser en vez de en el poseer y en la empatía y solidaridad en lugar de en la competencia y el materialismo: “Menos cantidad de bienes, más cuidado de lo que tenemos; menos crecimiento del capital, más calidad de vida; menos agresividad contra los ecosistemas, más conservación de la Naturaleza. En el fondo, la ecología tiene todas las ventajas para aportar una alternativa a un sistema insostenible e injusto”, comenta en este sentido Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo. Un modelo socioeconómico que entra en relación con otros ejes definitorios de Los Verdes: la lucha contra la injusta explotación del Tercer Mundo y las guerras que en muchos casos conlleva esta carrera por la posesión de los recursos.

Los derechos humanos, la paz y el feminismo serán otros tres ejes sobre los que se moverá el ideario de Los Verdes y en los que Kelly asumirá un papel activista notorio, a tenor de lo que relatan varios autores como los mencionados Marcellesi y Barcia. En lo que respecta al feminismo, para Kelly, era necesario feminizar la política y la sociedad, no sólo por cuanto hace que las mujeres ocupen un lugar subalterno, sea en los puestos de responsabilidad, en la familia, en la economía… sino porque el patriarcado dominante ha impuesto unos modos de conducta social y política que han llevado al mundo a una situación dominada por la violencia, la depredación, la desigualdad o la competencia feroz. Como escribe Marcellesi, “el patriarcado es opresor para las mujeres y restrictivo para los hombres, transmite valores de dominación y violencia, está profundamente vinculado a la mentalidad militar, provoca injusticias sociales y fomenta la explotación agresiva de la naturaleza. Es más, el patriarcado cruzado con el pensamiento tecno-científico occidental ha generalizado una percepción arrogante del mundo en la que la Naturaleza (simple materia prima) y la Mujer (débil) existen para ser dominadas y explotadas por los hombres”. De esta forma, Petra Kelly formula la “ternura” como un arma de subversión política. Así, en uno de sus ensayos, escribirá cómo entiende la militancia en un partido como Los Verdes:

“Ser tierno y al mismo tiempo subversivo: eso significa para mí, a nivel político, ser verde y actuar como tal. Entiendo el concepto de ternura en sentido amplio. Este concepto, para mí, también político, incluye una relación tierna con los animales y las plantas, con la naturaleza, con las ideas, con el arte, con la lengua, con la Tierra, un planeta sin salida de emergencia. Y, por supuesto, la relación con los humanos. Ternura entre las personas, también en el seno de un partido alternativo y no violento, que apuesta públicamente sin cesar por la suavidad, la descentralización, la no violencia.”

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Manifestación por el desarme en Bonn, años ochenta.

Es necesario aclarar que su postura de no-violencia no tiene nada que ver con una posición de pasividad o de rehuir los conflictos (algo que en cierto modo se ha hecho patente en las actuales democracias, y un ejemplo de ello es la española, donde en lugar de encarar y encauzar dicho conflicto o conflictos, natural a la disparidad de criterios y de ideas presentes en una sociedad plural y libre, se trata muchas veces de enmascararlo y de evitarlo, tildando a quienes lo presentan de elementos radicales y desestabilizadores). En su lugar se trata de una posición en la que la firmeza de los planteamientos se conjuga con actos de protesta y desobediencia civil, en línea con las propuestas de Gandhi o de su admirado Martin Luther King. Así, esto se demostrará en los numerosos actos en que Los Verdes, a lo largo de los años ochenta, y Petra Kelly, participarán por la defensa de los derechos cívicos y la paz.

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Petra Kelly en su juventud.

Son así destacables las manifestaciones en las que los ecologistas de Alemania Occidental participaron en los años ochenta por el desarme y la no proliferación nuclear, en unos años en que surgió la llamada crisis de los euromisiles, con el despliegue, en medio de la campaña reaganiana de la “Guerra de las Galaxias” de nuevos misiles en los países europeos miembros de la OTAN apuntando hacia la Unión Soviética, o por el fin de las centrales nucleares y la energía atómica y el desarrollo de energía alternativas. El activismo extraparlamentario -Los Verdes entrarán en el Bundestag en 1983- de Petra Kelly la llevará a muchos rincones del planeta, convirtiéndose poco menos que en una figura mediática, denunciando la represión de los derechos humanos en Sudáfrica o Tíbet, apoyando la campaña por el “no” al referéndum por la permanencia en la OTAN en España o siendo detenida tanto en Berlín Oeste como en Moscú por su denuncia del militarismo y la política de bloques. En 1982, recibió el Premio Nobel alternativo “por construir e implementar una nueva visión uniendo las preocupaciones ecologistas con el desarme, la justicia social y los derechos humanos”, y en 1983 apoyará con su firma el “Manifiesto de Tenerife”, defendiendo la creación de un partido verde en España y que será el punto de partida de los movimientos ecologistas políticos en nuestro país, primero con la fundación de Los Verdes y, más recientemente, con la de Equo.

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Manifestación en el País Vasco contra la permanencia de España en la OTAN, 1986.

Con motivo de su visita a España en 1986, y en relación a la política pro-atlantista del PSOE en el gobierno, en flagrante contraste con los planteamientos defendidos en los años setenta por los líderes socialistas, Kelly resumirá la cuestión en la siguiente sentencia, y que es de aplicación a la posición que han venido sosteniendo los partidos socialistas y socialdemócratas de un tiempo a esta parte: “Como antigua socialdemócrata debería saber que los socialistas olvidan y traicionan sus ideales en cuanto han conquistado el poder y se sientan al timón del gobierno. En España también hay que hacer valer argumentos morales y éticos contra la OTAN. El gobierno de González ha abandonado su ideología de no alineación y se ha dejado presionar por la pretendida fuerza de los hechos. El domingo tres de junio erais cientos de miles en Madrid. Queremos una España neutral y no alineada”. Hay que decir que Kelly, además, impulsó la petición oficial de perdón por parte del gobierno de la RFA por el bombardeo de la Legión Cóndor de Guernica.

LOS VERDES EN EL PARLAMENTO: AUGE Y CAÍDA DEL IDEAL DE PETRA KELLY

Los Verdes se presentaron, con Kelly como cabez de lista, en las elecciones al parlamento europeo en 1980, pero su primer gran logro se consiguió en 1983, cuado entraron por primera vez en el Bundestag, la cámara baja del parlamento de la RFA, al superar la barrera del 5% establecida para tener representación. Desde ese momento, el partido comenzó una etapa exitosa que le llevó a revalidar sus puestos en las siguientes elecciones federales en 1987 y a entrar en varios parlamentos de los “länder”.

La entrada en la política parlamentaria, un objetivo a cubrir por los ecologistas sin olvidar su postura de estar tanto en las instituciones como en las reivindicaciones sociales que se sucedieran en el exterior de las mismas, supuso sin embargo un punto de inflexión acerca del futuro del partido y las cuestiones de liderazgo que acabarían cobrándose como víctimas a la propia Petra Kelly y al ideario defendido por ésta. Pronto, el Partido Verde iba a encontrarse con una disyuntiva interna que aún hoy está presente en los grupos de la “nueva izquierda” como Podemos, el Bloco de Esquerda portugués o Die Linke en la Alemania de hoy: aliarse o no con la socialdemocracia -en el caso alemán, el SPD, en el que Kelly había militado y que abandonó en 1978- para formar gobierno.

Los primeros, partidarios de la alianza con el SPD, eran llamados realos, y su posición acabaría finalmente triunfando frente a los denominados fundis, contrarios a cualquier tipo de compromiso. El liderazgo de Petra Kelly sufrió una continuada campaña de erosión, por supuesto desde fuera del partido -una campaña agresiva que se había iniciado contra el conjunto de Die Grünen desde las elecciones federales de 1983, en las que las perspectivas de buenos resultados hicieron saltar todas las alarmas en la política tradicional y especialmente en la izquierda tradicional socialdemócrata-, pero asimismo en el interior del mismo. Según apunta Maribel Marín, en un artículo del pasado año con motivo de la presentación del libro “Vida y muerte de Petra Kelly”, de la ecologista británica Sara Parkin, las luchas intestinas en el seno del partido y la negativa de Kelly a rotar en la dirección del partido a los dos años fueron los detonantes de la campaña interna de desprestigio contra ella.

Por ese motivo, tras las elecciones de 1987 declaró que esa sería la última legislatura que se sentaba en un escaño en el Bundestag. Para entonces ya estaba unida sentimentalmente a Gerd Bastian, un antiguo general de la OTAN que había abandonado el ejército y había asumido los postulados pacifistas y ecologistas. Arrumbada a un rincón dentro de su propio partido, al llegar las elecciones anticipadas por el canciller Helmut Kohl en 1990, celebradas en el conjunto de toda Alemania -una vez completado el proceso de unificación que podría calificarse de “exprés” entre la RFA y la RDA-, la coalición de los ecologistas con antiguos movimientos de oposición de Alemania del Este como Neues Forum en Alianza 90/Los Verdes resulta un fracaso y Los Verdes no estarán representados en el Bundestag. La postura crítica de Kelly con el proceso de unidad alemana (crítica que realizaron también intelectuales y políticos tanto del Este -Stefan Heym, Volker Braun, Christa Wolf- como del Oeste -Oskar Lafontaine, Günter Grass-) y con el posicionamiento reformista y moderado del partido la acabaron con llevar poco menos que a una “muerte política”.

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En sus años de madurez, Petra Kelly sufrió un grave deterioro físico, que se sumó a su apartamiento de la política activa. Poco tiempo antes de morir, llegó a sufrir un colapso cardiaco.

La propia Kelly expresa su posición respecto a los planteamientos del Partido Verde en aquellos días de la siguiente manera:

“Me parece doblemente negativo que desde el 2 de diciembre de 1990, fecha de las primeras elecciones de la Alemania unificada, el partido verde de la RFA ya no esté representado en el Parlamento, donde ejerció a lo largo de ocho años la función de una oposición empeñada en alertar y apelar a las conciencias… Esto me entristece especialmente porque el fracaso de Los Verdes en la RFA no ha sido debido a la falta de buenas ideas o posturas políticas necesarias sino sólo a nuestras disputas internas y a nuestra incapacidad de poner las metas comunes por delante de nuestros enfrentamientos -innecesarios y a menudo grotescamente insustanciales-, entre corrientes y tendencias. Durante ese tiempo he tenido que presenciar cómo Los Verdes perdían cada vez más su fuerza visionaria y hacían un esfuerzo constante para resultar aceptables como futuros socios de gobierno de coalición. ¡Como si ese fuera el criterio para una política ecológica consecuente! ¡Como si lo importante no fuera, en lugar de ejercer el poder sobre las personas, o en su nombre, movilizar, de la mano de los que no tienen poder, un contrapoder basado en una sociedad civil!”

Años más tarde, en una culminación de ese giro para resultar aceptables, el dirigente verde Joschka Fischer entraba como ministro de Exteriores presidido por Gerhard Schroeder, del SPD. La presencia de Fischer en el gabinete no podía ser más paradójica con las propuestas originales de Los Verdes: frente a la justicia social, la Agenda 2000 impulsada por el canciller introducía políticas salariales a la baja, contratos basura (minijobs) o ajustes fiscales que eran precursores directos de los aplicados con posterioridad por la democristiana Angela Merkel (de hecho, Merkel declaró sentirse agradecida a Schroeder por la introducción de estas medidas, que suponían la llegada de Alemania, tarde pero con firmeza, como afirma el periodista Ángel Ferrero, a los postulados neoliberales defendidos desde los ochenta por Reagan o Tatcher). Asimismo, frente a la defensa de la paz y su postura antimilitarista, Fischer defendió los polémicos bombardeos de la OTAN sobre Belgrado y otras posiciones serbias durante el transcurso de la guerra de Kosovo, a pesar de que, para más inri, estos causaron daños sobre edificios civiles como la embajada china, hospitales, escuelas y la televisión nacional.

No debe extrañar que, como escribe Ferrero, Los Verdes hayan pasado de ser un partido antipartidos a una suerte de partido “atrapalatodo” votado especialmente por clases medias preocupadas más que por el medio ambiente y el modelo de producción y consumo imperante por su propia conciencia e imagen personal, más decididas por cuestiones de prestigio a disponer de un vehículo híbrido o unas placas solares en su vivienda y por el consumo de productos ecológicos que por una ideología política coherente y consciente de lo que suponen las intervenciones militares en el extranjero, el despilfarro y explotación de recursos del Tercer Mundo o las consecuencias negativas de la globalización capitalista. Por ese motivo, para estos electores no resulta extraño ver en los parlamentos regionales o en el federal la existencia de coaliciones políticamente tan variopintas en las que están presentes Los Verdes, como la “coalición semáforo” (que describe, por sus colores, a la unión del SPD, el Partido Liberal y Los Verdes), la “coalición Jamaica” (democristianos de la CDU y la CSU bávara, los liberales y los ecologistas) o la “roja-roja-verde” (en Berlín o en “länder” de la antigua RDA como Turingia o Meckelburgo-Antepomerania, con el SPD, Die Linke y Die Grünen).

UNA MUERTE CON INCÓGNITAS

La noche del 19 de octubre de 1992 Petra Kelly y Gerd Bastian eran hallados muertos en su casa de Bonn, la ciudad bávara que fuera capital de la República Federal de Alemania. Llevaban más de quince días muertos (la fecha fijada por los investigadores de la muerte de ambos es del 1 de octubre). Petra Kelly contaba con 44 años y su compañero, 69. Ambos habían muerto a consecuencia de un disparo, en el caso de Kelly de una herida de bala en la cabeza. La investigación se cerró en apenas veinticuatro horas con la conclusión de que habían decidido suicidarse, y que Gerd Bastian disparó primero su rifle sobre Kelly y después se quitó la vida.

Sin embargo, el hecho de que no hubiera nota de suicidio ni que tampoco hubieran avisado a ninguno de sus familiares y amigos sobre sus intenciones o que estos hubieran sospechado algo hace, para estos, poco verosímil esta hipótesis. Ambos se habían visto sometidos a presiones y altibajos en los últimos tiempos. Ella, por su desplazamiento dentro de Los Verdes y las críticas vertidas en su contra; él, por un supuesto dossier que podría vincularle con el difunto Ministerio para la Seguridad del Estado, la conocida Stasi, de la República Democrática Alemana. Pero para quienes les conocieron no explica una decisión tan drástica.

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Petra Kelly y Gerd Bastian en el Bundestag como diputados de Los Verdes. Bastian había dejado a su esposa e hijos -aunque no había disuelto su matrimonio y seguía legalmente casado- mientras mantenía su relación senrimental con la líder ecologista alemana.

También se ha especulado sobre la hipótesis de un caso de violencia doméstica, un resultado paradójico para una mujer que se enfrentó al patriarcado y a las formas de dominación sobre las mujeres, que rechazaba el militarismo y que convivía con un militar retirado aunque pacifista militante que conservaba armas en su casa. Como declara en una entrevista Florent Marcellesi, “cuando hay grandes referentes y personalidades tendemos a olvidarnos que son personas de carne y hueso. Por ejemplo, al igual que para muchas mujeres y hombres feministas hoy en día, su convencimiento personal no siempre es suficiente para compensar el peso de los valores colectivos patriarcales en los que mujeres y hombres somos educados”.

Otra hipótesis que se ha apuntado, y que tiene que ver con el cierre tan precipitado de las pesquisas sobre su muerte, es la posibilidad de que se trate de un asesinato sin resolver, como otros crímenes que envolvieron el proceso de unificación entre la RFA y la RDA y que han mantenido una aureola de misterio a lo largo de los años. Así, meses antes, en abril, Petra Kelly había sufrido un colapso cardiaco. Aunque esto podría explicarse por el precario estado de salud de la antigua líder verde, resulta más sospechoso el que casi al mismo tiempo Bastian sufriera un atropello por un taxi. Mientras ambos estuvieron vivos, Los Verdes mantuvieron una postura crítica hacia el proceso unificador; a su muerte, el partido se alineó con las posturas que defendió la izquierda moderada del SPD y no puso objeciones a la política desarrollada por el canciller Kohl y su equipo al respecto de la antigua RDA.

Desde esta perspectiva, la muerte de Kelly y Bastian no sería un caso aislado, pues se sumaría a otras acciones sangrientas no aclaradas y agresivos actos de desprestigio como los que sacudieron a otrora admirados intelectuales tanto del Este como del Oeste, como Christa Wolf, Stefan Heym o Günter Grass, quienes proponían la independencia de una RDA realmente democrática y en buena vecindad con la RFA, un proceso de unión basado en la igualdad de ambas repúblicas o una confederación de ambos estados alemanes. Entre los actos sangrientos, hay que mencionar el intento de asesinato de Oskar Lafontaine, entonces dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia y candidato por el SPD a la cancillería. Lafontaine -posteriormente pasado a las filas de la izquierda alternativa occidental, luego fusionada con el oriental Partido del Socialismo Democrático para formar Die Linke- era el crítico más severo de la unión impulsada por los democristianos en el poder tanto en Bonn como en Berlín Este en 1990, y la intentona contra su vida -fue apuñalado en el transcurso de un mitin- fue achacada a un demente, sin que la investigación fuera más allá. Con Lafontaine retirado de la vida pública, el SPD dejó de criticar el proceso de unión.

Asimismo, Alfred Herrnhausen era por aquellos días de 1989 y 1990 presidente del importante banco alemán occidental Deutsche Bank. Fue uno de los pocos miembros del mundo financiero que recomendaba la utilización de otras vías más democráticas para implementar el proceso unificador. Su coche fue objeto de un atentado con una bomba de alta tecnología que los investigadores atribuyeron a la “resucitada” Fracción del Ejército Rojo (RAF), algo poco verosímil si se tiene en cuenta la disparidad de medios con que contaba un grupo en franco retroceso y la sofisticada técnica empleada para llevar a cabo el asesinato del banquero. La RAF surgió también como “ejecutora” del asesinato de Dietlev  Rohwedder, el director del organismo liquidador de las empresas estatales de la RDA, la sociedad Treuhandanstalt, que se convirtió en una auténtica oportunidad para las empresas occidentales de hacerse a precio de saldo con el patrimonio de Alemania Oriental, evitar la posible competencia y estuvo salpicada de irregularidades y escándalos.

EPÍLOGO

“Petra Kelly te estruja la mano al saludarte y suelta un torrente de palabras, toda vitalidad, velocidad, voracidad verbal, un puro nervio […] Posee una belleza febril y un talante arrollador: te invade con el torrente de su conversación, con sus gestos, con su convicción. Habla tan deprisa que a veces, urgida por una nueva idea, deja las frases e incluso las palabras a medio terminar, prendidas en el aire. Voluntad de hierro capaz de vencer a la mala salud, de domar el cuerpo enfermo”

Rosa Montero.

Los objetivos marcados por Petra Kelly están todavía en muchos casos por hacer. Su relevancia reside en que fue una de las primeras voces que puso sobre la mesa estos planteamientos, así como la necesidad de construir un modelo alternativo de política y de sociedad que pasasen por conceptos como los de transversalidad y horizontalidad, democracia directa, inclusión, solidaridad, relaciones de igual a igual, autogestión y la construcción de un espacio político no limitado a la actividad partidaria y de los parlamentos, sino que se encontrase con otros ámbitos, como la sociedad civil, los movimientos sociales o las asambleas vecinales. Un espacio que, con mayor o menor fortuna, se intentó construir también durante la Revolución de los Claveles de Portugal, la revolución nicaragüense o la Burkina Faso de Thomas Sankara y cuyos ecos se encontraron posteriormente en los proyectos de los presupuestos participativos municipales que se suceden en diversas ciudades del mundo o en las proposiciones formuladas por los movimientos de indignados, desde el 15-M hasta Occupy Wall Street.

Su defensa de la paz, el desarme, un modelo alternativo y sostenible han pasado a formar parte de la agenda  de movimientos sociales y políticos, desde Greenpeace a Equo, pasando por el Foro Social Mundial, y siguen hoy día presentes, incluso cuando desde la altas instancias se siguen promoviendo cumbres del clima cuyos objetivos en muchos casos o no se llevan a cabo o se sostienen con los alfileres de los bandazos electorales o las coordinadas geopolíticas más acuciantes del momento, como la “guerra contra el terror” o la “crisis económica” -olvidando las conexiones existentes entre ésta y la crisis del modelo energético, de producción y medioambiental-.

Kelly es una activista que traspasa fronteras, y no debido a su poderío mediático. Como afirma Jorge Martín Neira, activista y periodista, su conciencia interrelaciona los problemas del mundo, dándole a su pensamiento un enfoque global, concibiendo el mundo como un todo interrelacionado e interdependiente, el famoso “piensa global, actúa local” de nuestros días. Su forma de pensar conecta con la afirmación del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, que mencionaba al principio, para quien es necesario construir alianzas, experiencias comparadas y compartidas y sinergias entre los movimientos de izquierda y alternativos de todo el mundo, en la conciencia de que las luchas (desde los jóvenes árabes a los obreros europeos, pasando por los indígenas latinoamericanos, los campesinos africanos, las mujeres, etc.), por variopintas que pudieran parecer, forman parte de un conjunto interrelacionado de oposición al pensamiento neoliberal dominante, “el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado”, como afirma.

De la experiencia de Los Verdes como partido, tan contradictoria, también se puede extraer una consecuencia. Es la demostración, en línea con lo que escribía el mencionado Santos, de la necesidad, y asimismo las tensiones, que surgen a la hora de concebir una nueva forma de partido y de hacer política que traspase la organización tradicional de partido tal y como hasta ahora los hemos conocido. La necesidad de participar de y con los movimientos sociales, un nuevo tipo de liderazgo, el establecimiento de formas nuevas de democracia interna y la interrelación de la democracia parlamentaria con otros modelos de democracia que estos nuevos partidos deben establecer, con objeto de que exista más democracia frente al autoritarismo que parece implantarse en las actuales… Un proceso que, por su novedad (novedad que influyó también en los propios Verdes, cuyo salto desde los movimientos ciudadanos a la política parlamentaria hicieron brotar las contradicciones y tensiones que hemos visto), no será fácil, pero que debe ser puesto en marcha para la profundización de un proceso de cambio que se antoja más necesario cuanto más asoma la degradación de la política y la democracia tradicionales y el desarrollo de soluciones más autoritarias, chovinistas y mesiánicas a lo Trump, Le Pen o Farage.  El ejemplo de Petra Kelly es un hito en ese camino.

 

FUENTES:

Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La Quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria-Antrazyt, 2013.

Boaventura de Sousa Santos, “La difícil democracia. Una mirada desde la periferia europea”. Madrid, Akal, 2016.

Wikipedia en español: entrada “Petra Karin Kelly”

Jorge Martín Neira,  “¿Quién fue Petra Kelly?”. Ecopolitica.org, 16/01/2016. En https://ecopolitica.org/quien-fue-petra-kelly/

Florent Marcellesi, “Petra Kelly, una figura más que nunca de actualidad”. Eldiario.es, 27/09/2016. En http://eldiario.es/21966240_563503680/

José Vicente Barcia Magaz, “Vida y muerte de Petra Kelly”. Público, 29/09/2016. En http://blogs.publico.es/el-imaginario-salvaje/2016/09/29/vida-y-muerte-de-petra-kelly/

Diego Iguña, “Los crímenes de la unificación”, 23/08/2012. En http://diegoiguna.blogspot.com.es/2012/08/los-crimenes-de-la-unificacion.html?m=1

Juan Carlos Monedero (comp.) et al, “El retorno a Europa. De la perestroika al tratado de Maastricht”. Madrid, Editorial Complutense, 1993. Enlace: https://books.google.es/books?id=j4JsU1p2qzwC&pg=PA138&lpg=PA138&dq=petra+kelly%2Bjuan+Carlos+monedero&source=bl&ots=PKlHWA37J3&sig=mFex4wiGO3Mx150Edpv4HaZ_ExM&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiAn4Ha4aTRAhWK1xQKHY6KD_EQ6AEIOjAL#v=onepage&q=petra%20kelly%2Bjuan%20Carlos%20monedero&f=false

“Los dirigentes verdes Petra Kelly y Gerd Bastian, hallados muertos en su casa”. El País, 20/10/1992. En http://elpais.com/diario/1992/10/20/internacional/719535622_850215.html

Maribel Marín, “El ascenso y caída de la ‘Lady Di’ de Los Verdes”. El País, 25/10/2016. En http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/23/actualidad/1477236656_209635.html