Noventa años del nacimiento de Amílcar Cabral

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El próximo 12 de septiembre se cumplirán noventa años del nacimiento de un desconocido y al mismo tiempo singular pensador, revolucionario y héroe de las luchas de la independencia africanas: Amílcar Lopes Cabral, líder del PAIGC (Partido Africano pela Independência da Guiné e Cabo Verde) y cabeza visible del movimiento independentista de Guinea-Bissau y Cabo Verde en su lucha contra el dominio colonial del Portugal salazarista. Su nombre no ha traspasado fronteras ni forma parte hoy día del imaginario colectivo mundial como pueden hacerlo otras personalidades como Nelson Mandela, Mahatma Gandhi o Yasser Arafat, pero a su pensamiento y obra merecen la pena darles un repaso, más aún si cabe en esta singular efeméride.

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Amílcar Cabral con los colores del PAIGC, el partido-movimiento independentista de Guinea Bissau y Cabo Verde que fundó y lideró.

Amílcar Cabral nació en 1924 en Bafatá, localidad de la entonces Guinea portuguesa, hijo de Juvenal Lopes Cabral, natural de Cabo Verde, y de Iva Pinhel Évora, guineana. El hecho de que sus padres fueran naturales de estas entonces dos colonias portuguesas y de que su infancia transcurriera entre Cabo Verde y Guinea-Bissau pudo llevarle, desde una perspectiva sentimental, que luego refrendaría en análisis y escritos, a propugnar la unión de ambos en un solo país, o al menos una federación de estados. Sus consideraciones unitarias, sus puntos de vista igualitarios y meritocráticos y su pensamiento para el desarrollo de las modernas sociedades africanas independientes, en las que la tradición no debía ser un obstáculo para la justicia, iban a ser, sin embargo, hechos que acabarían mezclándose trágicamente para acabar con su vida.

ESTUDIANTE BRILLANTE Y SENSIBLE LITERATO

A los ocho años de edad de Amílcar -un nombre escogido en homenaje precisamente a un héroe africano mucho más lejano en el tiempo, el general cartaginés Amílcar Barca-, la familia se desplaza desde la Guinea portuguesa a Cabo Verde. El padre, Juvenal, es un profesor de afición por la Agronomía y con especial sensibilidad por los temas sociales, algo que inculcará a su hijo. La faceta de Juvenal, sin embargo, tiene que realizarse de forma muy respetuosa y cauta, habida cuenta de que delante está una potencia colonizadora que, además, está gobernada por un régimen autoritario de corte fascista como el “Estado Novo” instaurado tras el golpe de Braga de 1926 y diseñado y construido por António de Oliveira Salazar a lo largo de los años treinta. Juvenal Cabral escribe al ministro de Colonias, proponiéndole una mejora de las condiciones de la agricultura caboverdiana, afectada por la sequía; habla y expone a su hijo Amílcar sus preocupaciones e ideas; escribe un libro, “Memórias e Reflexões”, donde refleja su pensamiento. Portugal, en aquellos años -década de los cuarenta- actúa sin embargo enviando un fuerte contingente militar mientras la población local, fuertemente castigada por la sequía y el hambre, emigra a Angola y otras colonias portuguesas o atraviesa el océano en dirección a América.

Las ideas reformadoras del padre y el sacrificio y entrega de la madre, Iva -mujer cuyo ejemplo de coraje en un contexto de necesidad familiar, que se pasa las noches realizando labores de costura para ayudar a la economía doméstica, le servirá para concienciar a los jóvenes que se unan al PAIGC del valor del esfuerzo y del trabajo- formarán parte del imaginario de luchador de Amílcar, algo que tratará de inculcar en sus compañeros de lucha por la independencia.

En Cabo Verde desarrolla sus estudios de Primaria y Secundaria. Sus notas son extraordinarias, y muestra su faceta literaria, publicando sus primeros poemas con el sobrenombre de Larbac (su apellido al revés). Una literatura muy unida a África y que seguirá viva en su adolescencia y juventud y que le llevará a frecuentar, ya en Lisboa, en la universidad, a otros jóvenes de las colonias con sus mismas inquietudes, no sólo literarias, sino también políticas: los angoleños Agostinho Neto y Mário de Andrade, Marcelino dos Santos, Viriato da Cruz…

Antes de partir para la metrópoli, donde cursará estudios en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Lisboa -carrera que escoge por las charlas con su padre, que le transmite sus inquietudes por el campo y la agricultura de Cabo Verde-, se emplea como aprendiz en la delegación del archipiélago de la Imprenta Nacional lusa. Espera la concesión de una beca.

EN LA METRÓPOLI

Amílcar Cabral llega a Lisboa en 1945. La Segunda Guerra Mundial acaba, con la derrota de las potencias fascistas del Eje Roma-Berlín y del militarismo japonés, aliado de los primeros. En la península Ibérica, las esperanzas de los demócratas renacen, esperando que los aliados restauren la República en España, sangrientamente derrocada por los militares rebeldes encabezados por Franco en la Guerra Civil, y que finiquiten igualmente el “Estado Novo” de Salazar en Portugal. Unas esperanzas que, sin embargo, la política internacional de posguerra y el inicio de la “Guerra Fría” acabarán por diluir como una gota en un océano.

En ese ambiente, Amílcar se adhiere a manifiestos de adhesión de los movimientos democráticos, participa en asambleas de estudiantes antifascistas, de forma activa, pues su atractivo personal y su manera de expresarse, más allá del hecho de ser el único estudiante de color participante en las mismas, le confieren una gran popularidad. “Todo el mundo hablaba de él. Elogiaban su inteligencia y él, era, además, simpático y extrovertido”, recuerda su primera mujer, Maria Helena de Athayde Vilhena Rodrigues, a la que conoció en la universidad. Otros compañeros y amigos recuerdan a Amílcar como un individuo de dinamismo contagioso, gran sentido del humor y enorme capacidad de hacer amistades. “Mi hermano conseguía hacer amigos en todas partes”, dice su hermano Luís Cabral, quien sería el primer presidente de la Guinea-Bissau independiente. Y para corroborar esa capacidad de hacer amistades, hasta de las más variopintas, añade que, para la época de la actividad armada del PAIGC, “fue por amistad que los soviéticos nos proporcionaron los misiles con los que conseguíamos mantener a raya a la aviación portuguesa. El magnate italiano Pirelli era amigo suyo y nos proporcionó los trajes de oficial que utilizábamos. Todo por su amistad y simpatía.”

Imagen3Será allí, en el Portugal metropolitano, tan lejos de África, donde tomará cuerpo en la mente de Amílcar Cabral la necesidad de que las colonias portuguesas en el continente, y en su caso particular Guinea y Cabo Verde, recobren su libertad y hagan su propio camino. Un “regreso a África” que otros estudiantes procedentes de las colonias, llamadas por el régimen salazarista “provincias de Ultramar” en un intento de reflejar la continuidad de la patria portuguesa más allá de la metrópoli (de que Braganza y Cabinda, el Alentejo y Angola o las tierras del Miño y Cabo Verde eran todo un inmenso e indivisible Portugal) tendrán también presente. Escribe: “millones de individuos necesitan de mi contribución a esa lucha difícil que realizan contra la naturaleza y los propios hombres (…) Allí, en África, a pesar de las ciudades modernas y bellas de la costa, hay todavía millares de seres humanos que viven en los abismos más profundos”. Es la expresión de una toma de conciencia que le llevará, durante los años siguientes, a oponerse al colonialismo portugués.

Es la literatura, esa su pasión juvenil que cultivaba en Cabo Verde con el seudónimo de Larbac, lo que despierta durante su estancia en Lisboa esa “conciencia africana”. En los años cuarenta del siglo pasado en Portugal se fundaron las casas de estudiantes mozambiqueños, angoleños y “del Imperio”. Algunas de estas editaron pequeñas revistas de difusión literaria, siendo Mensagem la más importante. En ese ambiente circularon Agostinho Neto, Viriato da Cruz, Mario de Andrade, y el propio Amílcar. Allí se darían a conocer, siquiera modestamente,  la literatura y el pensamiento literario más vinculado a la africanidad: Harlem Renaissance, el panafricanismo, pero sobre todo la literatura brasileña tanto de poesía y ficción como de ideas. Y la “Anthologie de la nouvelle poésie négre et malgache, de Léopold Sédar Senghor, intelectual y político africano que sería héroe de la independencia del Senegal, y su primer presidente. Esta obra marcará profundamente a Amílcar Cabral, base para sus posteriores reflexiones sobre la “negritud” y la conciencia africana.

Esa conciencia africana, de la que se ven imbuidos otros compañeros estudiantes de las colonias y que formarán parte también de los posteriores movimientos de liberación en Angola, Mozambique, hará que Amílcar y esos otros colegas de estudio formen el Centro de Estudos Africanos, en casa de la santomense Alda Espírito Santo y su familia. La premisa: una “reafricanización de los espíritus”. “Demos a conocer Cabo Verde a los caboverdianos”, dirá en el archipiélago, en correspondencia a lo que acontece en Angola: “Partamos al descubrimiento de Angola”, como reza la divisa de un grupo de jóvenes intelectuales agrupados en torno al poeta Viriato da Cruz.

NEGRITUD Y AFRICANIDAD EN AMÍLCAR CABRAL

Amílcar Cabral, durante la segunda mitad de los sesenta, elabora una teorización sobre la crítica y “discernimiento” cultural del África y en especial del África bajo el dominio portugués, en relación a las necesidades de la lucha de liberación, jugando con tres elementos: personalidad cultural, resistencia al colonialismo y discernimiento de los elementos “positivos” de las culturas africanas. Su retorno al archipiélago, tras sus estudios en Lisboa y su primer trabajo en la Estación Agronómica de Santarém (capital de la región del Ribatejo, en el centro de Portugal) como empleado de los Servicios Forestales, le llevan a teorizar sobre el “espíritu caboverdiano” y a concluir la existencia de una “caboverdianidad”, forjada de un modo interracial -una fusión de los primeros habitantes de las islas, blancos y negros. Los mulatos en las islas son mayoría frente a los negros y ambos lo son frente a la población blanca- y por una historia que es común a la de la Guinea, a la que los portugueses llegaron a la vez que a Cabo Verde, y en la que el hombre se enfrentó al esclavismo y el dominio de una población foránea. Este conocimiento teórico debe ser, asimismo, coherente con la militancia. Para Cabral, el conocimiento de los problemas por parte de la élite intelectual africana, formada en las metrópolis y procedente de la pequeña burguesía, como es su caso, es un deber que estos individuos tienen con la colectividad: “concienciar al hombre de a pie”. “Los cuadros tienen que ilustrar a aquellos que viven en la ignorancia”. Su preocupación por la educación del pueblo será patente cuando, en las zonas liberadas por el PAIGC en Guinea, sean creadas escuelas y lugares de formación laboral para ese hombre corriente.

La recuperación de las raíces culturales de los pueblos colonizados, negadas o distorsionadas por el dominador colonial europeo, será también un elemento importante en el pensamiento de Amílcar. Escribe que para las potencias coloniales “no es posible armonizar la dominación política y económica de un pueblo con la preservación de su personalidad cultural” y que, por ello, el colonialismo precisa de “la negación del proceso histórico de un pueblo, usurpándole la libre gestión del desarrollo de sus fuerzas productivas”, desarrollando conceptos como “asimilación” o “apartheid”. El objetivo de la liberación nacional, que es recuperar el derecho usurpado por la dominación, es decir la liberación de las fuerzas productivas nacionales, es a su vez correlativa de la acción de volver sobre los pasos de la propia cultura del pueblo. Es por ello decisiva la tarea de reafricanización de la cultura del pueblo -una cultura que no ha desaparecido, sino que sigue latente en la memoria, en las tradición oral y en las zonas rurales, tales como aldeas y bosques, en las que el dominio colonial es menos potente- y particularmente de los líderes revolucionarios de las luchas por la independencia.

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Amílcar Cabral y Fidel Castro. Un grupo de voluntarios cubanos estuvieron en la entonces Guinea portuguesa, luchando del lado de los guerrilleros del PAIGC.

Se aprecia en Amílcar un lenguaje marxista.  Él, que ha convivido en Portugal con opositores al régimen de Salazar, entre los que destacan miembros del Partido Comunista Português, y ha vivido, como otros hombres de su generación, el magnético influjo de la victoria revolucionaria y a un tiempo con un claro viso de independencia nacional de los rebeldes de Fidel Castro en Cuba y la importancia que los movimientos socialistas han tenido en la independencia de antiguos dominios coloniales -el Vietnam de Ho Chi Min, la Argelia de Ahmed Ben Bella o la RD del Congo de Patrice Lumumba- será uno de aquellos hombres de su tiempo que verán en el socialismo el complemento necesario para que la independencia de los pueblos sea una realidad completa. Propugna que el PAIGC, el movimiento libertador que fundará en 1956, esté formado por los elementos más honrados, conscientes y trabajadores. Su conducta ha de ser intachable y su lucha el reflejo de las aspiraciones de guineanos y caboverdianos. Nada de divisiones étnicas, nada de discriminaciones por motivos de origen social o del lugar donde se nazca. Sin embargo, la realidad no hará posible que esto se cumpla, y dará pie a que la dificultad con que miembros del PAIGC nacidos en Guinea y Cabo Verde se unen inicialmente a la lucha común acaben por dividir el partido y, a la postre, el sueño de la nación común.

Volviendo a su análisis sobre la cultura africana, Cabral va a referirse al hecho que existen en una cultura elementos “positivos” y “negativos”, por lo que debe procederse al “análisis crítico de las culturas africanas en relación a los movimientos de liberación y a las exigencias del progreso”. En este sentido, debe determinarse cuáles son las contribuciones que la cultura africana ha hecho o puede hacer en la lucha por el progreso y cuáles contribuciones deben recibirse desde otras partes. Amílcar va mostrarse muy crítico con aspectos regresivos de las culturas africanas: gerontocracias, nepotismo, inferioridad social de las mujeres, ritos y prácticas que son incompatibles con el carácter racional y nacional de la lucha. Clama contra el espíritu y contra las costumbres de arrinconar a las mujeres a las tareas tradicionales, incompatibles con una lucha y una política modernas y revolucionarias. “Un miembro del partido no puede tomar varias esposas”, dirá, refiriéndose a la práctica habitual de la poligamia. 

EL PAIGC Y LA LUCHA ARMADA

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Insignia del PAIGC. Esta será posteriormente, sin las siglas correspondientes al partido, la bandera de la Guinea Bissau independiente.

Amílcar Cabral regresa a África, a la Guinea portuguesa, en 1954, como ya se dijo como empleado de los servicios agrícolas y forestales de la colonia. En 1969 escribirá “No fue por casualidad que volviéramos [su hermano Luís y él] para Guinea. No había necesidad material alguna que determinase nuestro regreso a nuestro país natal. Todo estaba calculado, paso a paso. Teníamos enormes posibilidades de trabajar en las otras colonias portuguesas e igualmente en Portugal. Abandonamos un buen puesto de investigador en la Estación Agronómica y lo cambiamos por uno de ingeniero de segunda clase en Guinea (…) Esto obedecía a un cálculo, a un objetivo, a la idea de hacer cualquier cosa, de contribuir al levantamiento popular, para luchar contra los portugueses. Es lo que hemos hecho desde el primer día que llegamos a Guinea”. Algunos años más tarde, el 19 de septiembre de 1959, Amílcar, junto con un pequeño grupo de compañeros (entre los que estarán caboverdianos como Aristides Pereira, Fernando Fortes o Abílio Duarte y guineanos como su hermano Luís, Júlio de Almeida o Elisée Turpin), celebró una reunión secreta en la que se fundó el PAIGC, que llevará el peso de la lucha armada contra el colonialismo.

En un principio, Amílcar quiere actuar dentro de la legalidad -cosa harto difícil, teniendo en cuenta que en Portugal, sea en la metrópoli o en las denominadas “provincias ultramarinas”, no existen más partidos políticos que el oficial del régimen de Salazar, la União Nacional, y derechos como los de huelga o manifestación están en suspenso desde la aprobación de la constitución del “Estado Novo” de 1933-. Hay que buscarse las vueltas, reajustando los estatutos de una asociación deportiva, sin éxito: las autoridades de la colonia no permiten el funcionamiento de la asociación porque la mayoría de los miembros no posee carné de identidad.

Cabral es un personaje molesto: su trabajo como ingeniero agrícola es excelente, pero sus opiniones políticas, conocidas desde los tiempos en que toma contacto con los jóvenes demócratas portugueses, hacen que el gobernador de Guinea, Melo e Alvim, le expulse a Angola. Allí tomará contacto activo con Agostinho Neto y Marcelino dos Santos, algunos de los jóvenes del Centro de Estudos Africanos y la revista “Mensagem” que tanta importancia tuvieron para la creación de una conciencia propia entre los miembros de los grupos de liberación anticolonialista. Ellos, fundadores del MPLA (Movimento Popular pela Libertação de Angola) acogerán a Cabral, que se liga desde el principio a los resistentes angoleños.

En una de las visitas que tiene permitidas realizar a Guinea, en 1959, fundará el PAIGC. La dictadura salazarista y el colonialismo que fomenta no dejan más alternativa que la de las armas. Eso se demuestra ese mismo año: pocas semanas antes de la fundación del partido, el 3 de agosto, tiene lugar una masacre perpetrada por fuerzas policiales y militares, con auxilio de residentes portugueses, contra unos manifestantes en huelga del muelle de Pidjiguití, en Bissau. Los disparos de las fuerzas coloniales y los simpatizantes del régimen dejan 50 muertos y más de un centenar de heridos.

Amílcar Cabral se desplaza por multitud de lugares del globo, tratando de recabar apoyos para la causa independentista. En 1957, previamente a la fundación del PAIGC, acude a París y allí toma contacto con anticolonialistas y demócratas portugueses en el exilio. Más tarde, en la Conferencia Panafricana de Accra (capital de Ghana); en Túnez, en la II Conferencia de los Pueblos Africanos; en La Habana; en Londres; incluso será recibido en audiencia en el Vaticano por el Papa Pablo VI, en un encuentro al que acudirá con Agostinho Neto y Marcelino dos Santos, líderes del MPLA. En 1963, el PAIGC saldrá de las catacumbas de la ilegalidad al que está condenado en las colonias portuguesas, instaurando en Conakry (capital de la entonces República de Guinea, hoy República de Guinea Conakry para distinguirla de la ex Guinea portuguesa) su delegación exterior.

En Londres, en 1960, proclamará abiertamente su condena al colonialismo lusitano, subrayando especialmente que la lucha del PAIGC no se realiza contra Portugal y su pueblo, sino contra el sistema colonial implantado por las autoridades lusitanas. Algo que mantendrá a lo largo de sus años de lucha. La intensa labor de contactos internacionales de Amílcar dará sus frutos, tantos como la actividad guerrillera desempañada sobre el terreno por los hombres y mujeres del PAIGC, especialmente en Guinea Bissau.

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Cabral con un grupo de sus hombres, durante la guerra contra las fuerzas coloniales portuguesas.

Sin embargo, Cabral y el PAIGC no renunciaron a una solución dialogada con el gobierno de Lisboa, y de ello dan fe recientes pruebas documentales y testimonios de la época. Lamentablemente, la postura del salazarismo nunca contempló una negociación que pusiera fin a la guerra en Guinea y supusiera, al final, la liquidación no sólo de la presencia portuguesa en la colonia sino de todo el imperio.

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Proclamación unilateral de la independencia de Guinea Bissau en las zonas liberadas por los guerrilleros del PAIGC, septiembre de 1973.

En 1973, no obstante, la situación era angustiosa para las fuerzas portuguesas. La guerra estaba perdida, tal y como le confesó el nuevo gobernador militar, el general António de Spínola -el primer presidente de la República en Portugal tras la Revolución de los Claveles- al dictador Salazar y sería necesaria una proporción de 10 soldados portugueses por cada guerrillero del PAIGC no para ganar la guerra, sino para estabilizarla, algo que no entraba en la cabeza del presidente del Consejo. En el plano exterior, la Organización para la Unidad Africana reconoció, en una reunión extraordinaria en Addis Abeba, capital de Etiopía, al recién proclamado Estado de Guinea Bissau, creado en las zonas liberadas por el PAIGC -que en 1966 ya podía proclamar haber liberado un cincuenta por ciento del territorio del país-. La nueva nación se convertía en el miembro número 42 de la misma. Eran muchos más los países del continente que reconocían a Guinea Bissau que los que reconocían a Portugal -sólo los regímenes racistas blancos de Sudáfrica y Rodesia (que, tras el derrocamiento del sistema de “apartheid” comandado por Ian Smith, pasaría a llamarse Zimbabue) lo hacían- y el régimen de Salazar se enfrentaba a sanciones en Naciones Unidas, había sido expulsado de la UNESCO y se encontraba con una hostilidad y un aislamiento mayores, venidos incluso por parte de quienes eran sus aliados en la OTAN.

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El mayor Otelo Saraiva de Carvalho, jefe del COPCON (Comando de Operaçoes no Continente) durante el 25 de Abril y cerebro de la propia Revolución de los Claveles en Portugal, estuvo muy influido por el ideario de Amílcar Cabral.

Será el pensamiento de Amílcar, su ejemplo y el de otros por aquella lucha por libertar a sus compatriotas y el cansancio acumulado por la guerra colonial, la falta de libertades públicas y la pobreza y el descrédito al que se veía sometido el pueblo portugués y el propio país lo que llevará a un grupo de jóvenes oficiales portugueses a poner fin, un año más tarde, a la dictadura salazarista, comandada ahora por el delfín Marcelo Caetano. El Movimento das Forças Armadas (MFA) desencadenará, el 25 de abril de 1974, un golpe militar que pasaría a la historia bajo el nombre de la Revolución de los Claveles. Fue el día de Otelo Saraiva de Carvalho, de Fernando Salgueiro Maia, de Ernesto Melo Antunes, Vasco Lourenço que devolvieron el protagonismo al pueblo portugués con las notas de una canción, “Grândola vila morena”, del genial José Afonso, y desinteresadamente pasaron al anonimato, con la satisfacción del deber cumplido. Las colonias portuguesas podían por fin acceder a su independencia. Algo que, sin embargo, Cabral no iba a poder ver.

LA MUERTE DE AMÍLCAR

Para cuando Guinea Bissau proclamó su independencia en las zonas liberadas por el PAIGC en Madina do Boé y fuera reconocida por la Organización para la Unidad Africana en la reunión de Addis Abeba, todo ello en el otoño de 1973, Amílcar Cabral ya había muerto asesinado en Conakry, en enero de ese año.

La historia oficial del PAIGC y de la independencia de Guinea y Cabo Verde contó, durante muchos años, que Amílcar había sido asesinado por agentes del régimen de Salazar. Al comienzo de la década de los setenta, Melo e Alvim, el mismo gobernador que expulsara de la Guinea portuguesa a Cabral, diseñó la operación “Mar Verde”, con el objetivo de capturar o eliminar a los miembros más destacados del PAIGC, incluyendo por descontado a su jefe. La operación, pese a no tener éxito, no significó que Cabral y los líderes independentistas guineanos y caboverdianos dejaran de ser un objetivo de la PIDE (Policia Internacional e de Defesa do Estado, la policía política del salazarismo).

Sin embargo, como profetizara el propio Amílcar -“Si alguien ha de hacerme algún mal, se encuentra aquí, entre nosotros. Nadie más puede acabar con el PAIGC, sólo nosotros mismos”- serán dos camaradas suyos los que acaben con su vida. Pero, ¿qué móviles influyeron para la comisión de tal crimen?

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Bandera de Cabo Verde entre 1975 y 1992. Era muy parecida a la de Guinea Bissau precisamente por aquella idea de unión o federación entre ambos países teorizada por Cabral.

En primer lugar, para cuando Amílcar es asesinado, el 20 de enero de 1973, la guerra de independencia de Guinea Bissau avanza muy favorablemente para los intereses del PAIGC. Surgen entonces incertidumbres sobre el mañana, qué pasará después de que se haya conseguido la independencia; y rencillas por el poder. Asimismo, influirán las diferencias entre caboverdianos y guineanos: los primeros llevan la manija de la dirección; los segundos, luchan sobre el terreno. Aunque esto no sea del todo cierto -hay también guineanos en los puestos de dirección, como se ha enumerado con anterioridad- será una excusa para acabar precisamente con quien más puede combatir, y con más clarividencia, tal división. Amílcar, que es guineano de nacimiento, ha pasado su infancia y sus estudios de muchacho en Cabo Verde, y es considerado también caboverdiano por quienes expresan su descontento con esa discriminatoria “especialización del trabajo”. Esta diferencia se resolverá, asimismo y ya con el cadáver de Cabral sobre la mesa, a favor de la separación de Guinea Bissau y Cabo Verde, frente a los defensores de su unión en un único país o su federación.

En segundo lugar, el presidente de Guinea Conakry, el otrora carismático líder Séku Turé, está celoso de la popularidad de Amílcar, que encuentra apoyos desde países y regímenes tan dispares como China, Cuba, el Vaticano, las avanzadas democracias de los países escandinavos o los regímenes socialistas del este europeo. Turé mantiene contactos con quienes se proponen acabar con él, y está convencido de que las divisiones en el seno del PAIGC y la muerte de Amílcar favorecerán sus intereses, que no son otros que los de unir su país con Guinea Bissau y hacer posible así el sueño de la “Gran Guinea”. El 21 de enero, un día después del asesinato, Séku Turé recibe en el palacio presidencial, a los cabecillas de la rebelión, quienes además han prendido a los dirigentes del PAIGC próximos a Amílcar: Aristides Pereira, Vasco Cabral, José Araújo, entre otros. Todo hace pensar que apoya a los asesinos de Cabral. Sin embargo, el presidente manda prender a los conspiradores, ordena al ejército que detenga para su interrogatorio a todos los elementos del PAIGC, e intercepta, en alta mar, el barco que lleva a los prisioneros para Bissau. A pesar de esta toma de cartas en el asunto para esclarecerlo -quién sabe si motivado por el hecho de tapar su intervención en el asunto -, otro hombre carismático del África de aquellos tiempos, el presidente senegalés Sedar Senghor, no dudará en afirmar en mayo de 1974 -un mes después de la revolución portuguesa y el inicio de las negociaciones entre Portugal y las colonias para la independencia de éstas- al embajador luso en Dakar, Nunes Barata, y al coronel Carlos Fabião, que Séku Turé estaba detrás del crimen.

En tercer lugar, no puede descartarse la intervención -por otro lado, infructuosa, a tenor del desarrollo de los acontecimientos militares en Guinea y la cada vez mayor ventaja del PAIGC sobre las fuerzas portuguesas- del propio régimen portugués y su policía política, la PIDE. Pese a que no fueron los autores materiales directos, es posible que el salazarismo decidiera dar un empujón a las querellas internas en el seno del partido independentista, siguiendo la máxima napoleónica “divide y vencerás”, en este caso dividiendo al oponente. La PIDE entrenó a algunos prisioneros de la guerrilla para que participaran en el atentado, y así queda demostrado en el caso de algunos de los intervinientes.

EL FIN DEL SUEÑO DE AMÍLCAR CABRAL

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Amílcar Cabral fue un revolucionario romántico, a la antigua usanza: un creyente en el socialismo, un intelectual que quería dar a su pueblo la esperanza de la cultura que él había tenido la oportunidad de recibir, un luchador por la independencia no sólo política de un país sometido al dominio colonial, sino también económica, sin sometimiento al neocolonialismo de nuevo cuño practicado por las potencias occidentales que arrebatan sus recursos a los pueblos del Tercer Mundo en provecho de una economía insolidaria y destructiva. Y deseaba que los dirigentes de su país fueran hombres íntegros, con un alto concepto de la moral pública, ejemplares en su conducta: “Aquellos que no respetan al pueblo y fingen hacerlo ante la dirección del partido, pero a sus espaldas, en su área de mando, tratan al pueblo como administradores colonialistas, esos se van fuera […] Porque hay algunos camaradas que están por sacrificarse mucho, pero con la idea de que mañana van a disfrutar, con un buen coche, criados, varias esposas, etc. Esos se engañan. Ya pueden despedirse de nuestro partido y lo van a ver”, escribió.

Con su muerte, sin embargo, se dio entrada en el PAIGC, en Guinea Bissau y en Cabo Verde a todo lo que él quería evitar. Amílcar Cabral murió por segunda vez con el golpe de estado de Nino Vieira del 14 de noviembre de 1980 en Bissau contra el gobierno de Luis Cabral, que desmembró el PAIGC y arrasó su gran sueño de hacer de Guinea Bissau y Cabo Verde un solo país, o, al menos, un unión de Estados capaz de imponerse a los designios hegemónicos de los gobiernos de Dakar e Conakry. Vieira desmontó el programa de reconstrucción y desarrollo de inspiración socialista ejecutado por el hermano de Amílcar, que tenía el apoyo de China o la URSS, pero asimismo también de los países nórdicos. En el golpe estaban presentes, de nuevo, las rencillas entre caboverdianos y guineanos. El derrocamiento de Luis Cabral no fue trágico: no acabó en la muerte de éste, como en el caso de Amílcar. Sin embargo, en él estaban presentes las motivaciones nacional-tribalistas y las aspiraciones de ganar cotas de poder que éste rechazaba fueran las aspiraciones del PAIGC.

Murió cuando los viejos camaradas de armas se dejaron vencer por el lujo, la ostentación, la corrupción y la prepotencia de un poder en cuyos laureles se dejaron dormir, mientras el pueblo, aquel pueblo en el que Amílcar pensaba y en cuya independencia política y económica pensaba – “Lutamos para liberar a nuestro pueblo, no solo del colonialismo, sino de todo tipo de explotación. No queremos que nadie más lo explote, ni blancos ni negros, porque la explotación no solo es cosa de los blancos; hay negros que quieren explotar más aún de lo que lo hacen los blancos”, escribió quizá premonitoriamente- pasa hambre y calamidades. Y muere también cuando esos viejos camaradas desean conservar el poder a costa, precisamente, de someter a un nuevo dominio colonial al país o de sembrar en su suelo la destrucción de una guerra aún más dolorosa que la librada a lo largo de once años contra el colonialismo portugués.

 

La triste historia de una muerte múltiple. La belleza de un sueño que no muere nunca.

Centro Cultural y Juvenil Amílcar Cabral (João Galego, Cabo Verde)

Centro Cultural y Juvenil Amílcar Cabral (João Galego, Cabo Verde)

ILHA

– poema de Amílcar Cabral – Praia, Cabo Verde, 1945 –

                Tu vives — mãe adormecida —

                nua e esquecida,

                seca,

                fustigada pelos ventos,

                ao som de músicas sem música

                das águas que nos prendem…

                Ilha:

                teus montes e teus vales

                não sentiram passar os tempos

                e ficaram no mundo dos teus sonhos

                —    os sonhos dos teus filhos   —

                a clamar aos ventos que passam,

                e às aves que voam, livres,

                as tuas ânsias!

                Ilha:

                colina sem fim de terra vermelha

                —    terra dura   —

                rochas escarpadas tapando os horizontes,

                mas aos quatro ventos prendendo as nossas ânsias!

FUENTES:

“Amílcar Cabral”, Wikipédia em português (pt.wikipedia.org)

“João Bernardo Vieira” y “Luis Cabral”, Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Carlos Pinto Santos, “Amílcar Cabral”, vidaslusofonas.pt

Eduardo Devés Valdés, “Amílcar Cabral: independencia y revolución”, Seminario de Investigación Interdisciplinaria. Facultad de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico, Recinto Río Piedras. Ciclo de conferencias “Cuatro figuras del pensamiento africano del siglo XX: Propuestas para una sociedad regional y mundial.” Febrero – Mayo 2007. III Sesión, 23/03/2007 (disponible para su descarga en pdf)

Amílcar Cabral, “Livro”, fundaçaoamilcarcabral.org (disponible para su descarga en pdf)

“Un héroe africano: Amílcar Cabral, el visionario” (Nedobandam, guinguinbali.com)

Julio Diego Carcedo, “Fusiles y Claveles. La Revolución del 25 de Abril en Portugal”. Madrid, Temas de Hoy, 1999

La República Democrática Alemana. Un país que pudo existir de otra manera.

El himno de la antigua República Democrática Alemana, “Auferstanden aus ruinen” (Levantada de las ruinas) es una de las composiciones más bellas de esta clase, tanto en lo musical como en lo que respecta a la letra. En uno de los comentarios de Youtube que hacía referencia al vídeo del mismo se lee el que mejor podía resumir cuantas opiniones podían hacerse sobre él: “el mejor himno para el peor país”. Por desgracia no sobran países cuyos regímenes soportaban bastante bien la comparación en cuanto a maldad con la dictadura gerontocrática de la Alemania del Este -la España franquista, el Portugal de Salazar, la Rumania de Ceausescu o la Uganda de Idi Amin, por poner algunos ejemplos-, pero volviendo al caso alemán: ¿era todo tan malo en la RDA? ¿Merecía la pena salvar algo de aquella parte marginada de la Alemania partida? Si no era así, ¿a qué se debía que la oposición de izquierda democrática del otro lado del Muro quisiera mantener la soberanía de la RDA y profundizar en el carácter democrático que correspondía a la “D” que lucía en su nombre antes de proceder a una unificación con la vecina República Federal, que debería realizarse en igualdad de condiciones, frente a lo que realmente se dio, una rápida anexión del Este al Oeste?

LOS COMIENZOS DE LA RDA.

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Constitución de la República Democrática Alemana, 7 de octubre de 1949.

Casi siempre se hace hincapié en que el enfrentamiento entre los aliados vencedores y ocupantes de Alemania, y especialmente entre norteamericanos y soviéticos, llevó a la configuración de dos Estados alemanes, diferentes en cuanto a su modelo socio-económico, cargando las tintas de esta división sobre la política de Stalin, a consecuencia de los sucesos que ocurrieron con posterioridad -intervención de las fuerzas soviéticas en 1953 en la propia RDA y en 1956 en Hungría; cierre de la frontera interalemana en 1952 y construcción del muro de Berlín en 1961-.Sin embargo, no fue la división de Alemania culpa única y exclusivamente del líder del Kremlin. Intervinieron otros factores de división sobre los aliados occidentales, que mandaban en las otras tres zonas de ocupación sobre las que se constituiría la República Federal de Alemania en 1948. Norteamericanos y británicos divergían sobre la política a seguir del nuevo Estado alemán, concediendo mayor importancia al Estado social los segundos, con un gobierno laborista al frente, en relación a los primeros, inclinados por el capitalismo liberal clásico. Tanto EE.UU. como Gran Bretaña y asimismo Francia, la tercera potencia ocupante en el lado occidental, rechazaron la nota de Stalin que establecía la unión alemana en un estado no alineado y libre de fuerzas de ocupación.

Algunos pueden pensar que había que ser muy ingenuo para creerse las promesas de alguien tan taimado como el inquilino del Kremlin, pero sin embargo esta solución -no alineamiento, no presencia de fuerzas extranjeras- fue la adoptada en un país precisamente bajo el control del Ejército Rojo y previamente anexionado al Reich alemán de Hitler: Austria. Una Alemania democrática y no alineada podía ser la garantía más firme de la paz en Europa, pero en medio de la política de bloques que se estaba diseñando en Europa, la “guerra de notas” entre los aliados occidentales y la URSS, el destino del país parecía estar destinado a configurarse en dos Estados, cada uno inscrito dentro de las coordenadas de la “guerra fría”.

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Mapa de las dos Alemanias. En el de la RDA se pueden apreciar los cinco “länder” que la constituyeron y que fueron anexionados a la República Federal en 1990.

En 1948, EE.UU., Gran Bretaña y Francia patrocinaban la creación, en la pequeña ciudad bávara de Bonn, de la República Federal. Su constitución, la Ley Fundamental de Bonn, fue elaborada con grandes limitaciones democráticas: no se contó con representantes populares de la zona soviética, a la que se excluyó en la formación del nuevo Estado, y careció de refrendo popular, algo que si bien era una práctica extendida en la historia constitucional de otras épocas -la Constitución de Weimar fue aprobada por el Reichstag sin refrendo- no se entendía en el nuevo contexto, y menos después de una convulsión tan grande como la guerra y la derrota. En su artículo 23, la Ley Fundamental establecía que la nueva RFA podría anexionarse los estados federales del Este que habían quedado excluidos -Turingia, Sajonia-Anhalt, Alta Sajonia, Brandenburgo y Mecklemburgo-Antepomerania-, sin valorar en absoluto entrar en negociaciones con las autoridades orientales.

En el mismo 1948, socialistas y comunistas, unificados en el SED -Sozialistches Einheitpartei Deutschlands o Partido Socialista Unificado de Alemania- junto con otras organizaciones de entidad menor (entre las que se incluía la CDU y los socialdemócratas no unificados en el SED), que habían desarrollado en el Este políticas socializantes al amparo de la presencia soviética -la reforma agraria expropió toda la tierra perteneciente a antiguos nazis y criminales de guerra y más de 30.000 km² fueron distribuidos entre 500.000 campesinos, jornaleros y refugiados alemanes procedentes de los nuevos territorios de Polonia y los Sudetes checos- y procedido a una dura desnazificación (la desnazificación política en la zona soviética fue, sin embargo, mucho más transparente que en la zona occidental, donde el tema pronto fue llevado a un segundo lugar por pragmatismo o incluso privacidad), llevaron a cabo, excluidos de las negociaciones en el Oeste, la construcción de un nuevo Estado alemán que, como sus vecinos, también aspiraba a unificar ambas partes de Alemania. Se ponía así en marcha la República Democrática Alemana, con gobierno en Berlín (en realidad, Berlín Este), base en los cinco “Länder” anteriormente citados -al cabo de unos años sustituidos por distritos, remarcando el carácter centralizado del nuevo país- y realizando un llamamiento similar al de la “nota de Stalin” a sus compatriotas del otro lado. El 7 de octubre de 1949, fecha de constitución final de la nueva república, con las posturas sin visos de encontrar un punto de unión, la RFA y la RDA emprendieron sus propios caminos.

La RDA no nació en principio como un estado socialista. El Frente Nacional de la Alemania Democrática, que finalmente controlaría políticamente el país bajo la férula del SED, era una coalición democrática-antifascista, que incluía al KPD comunista, al SPD socialista, a la recién creada Unión Demócrata Cristiana (CDU) y al Partido Liberal Democrático de Alemania (LDPD). Fue formado en julio de 1945 con objeto de presentarse a las elecciones a los parlamentos de los estados de la zona soviética del año siguiente. El recién creado SED -recordemos: la unión de los dos primeros partidos- acordó dar representación política a las organizaciones de masas, como la Federación Alemana de Sindicatos Libres (FDGB) o la Juventud Libre Alemana (FDJ).Los partidos burgueses CDU y LDPD se debilitaron ante la creación de dos nuevos partidos, el Partido Nacional Democrático de Alemania (NDPD) y el Partido Democrático Campesino de Alemania (DBD).

Sin embargo, la evolución política del bloque oriental -con la creación de gobiernos comunistas progresivamente en las diferentes naciones del este europeo ocupadas tras la guerra por el Ejército Rojo-, y los acontecimientos de otras latitudes, como la guerra civil griega y la de Corea, primeros acontecimientos -sobre todo el segundo- de desarrollo de la “guerra fría” llevaron a que la República Democrática se inclinase cada vez más por la pertenencia al modelo socio-económico soviético, con la asunción del control del Frente Nacional por el SED y la conversión de la inicialmente república democrática y federal del Este por una república socialista. La RDA se adscribió al Pacto de Varsovia y a la comunidad económica del CAME (Consejo de Asistencia Mutua Económica). La RFA, por su parte, se inscribió en las coordenadas del denominado mundo libre, perteneciendo a la OTAN, siendo uno de los fundadores de la Comunidad Económica Europea y surgiendo como el milagro económico del continente, que en una década pasó de la miseria de posguerra a ofrecer un esperanzador y floreciente panorama que se convirtió en escaparate para quienes deseaban escapar de las estrecheces y la opresiva vigilancia que se daban en el otro lado.

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“Autobahn” o autopista de la Alemania del Este. En la información referente a Berlín, puede observarse la leyenda en alemán “capital de la RDA”.

La RFA mantuvo siempre su pretensión de ser la Alemania “de verdad”. La otra, la RDA, la oriental, no existía, sólo para anexionársela -como así sucedió finalmente- recurriendo al artículo 23 de la ley fundamental de Bonn.

Su moneda fue el Deutsche Mark, o marco alemán, mientras que el marco de la RDA era… el marco de la RDA (DDR Mark); su himno, el de preguerra, el “Deutschland über alles” (Alemania sobre todo), en contraste con el nuevo himno adoptado por el Este; en el contexto internacional la RFA era conocida popularmente como Alemania y el gobierno federal rompía relaciones con los gobiernos que reconociesen a la RDA, cosa que sólo cambió a partir de la Östpolitik de Willly Brandt a principios de los setenta. Cuando la RDA negoció y ratificó con Polonia las fronteras que los aliados -incluyendo a los tres en cuyas zonas de ocupación surgió la RFA- ya habían definido, quedando para este último país Pomerania, Silesia y Prusia Oriental y dibujándose la frontera en los ríos Oder y Neisse, la RFA mostró una indignación que, desde luego, no hubiera cabido en su mente durante si hubiera ocurrido al revés durante los años en que Francia ejerció como potencia protectora de la región de Saarbrücken. Una muestra más de que la RFA, hasta la elección del socialdemócrata Brandt como canciller y el mutuo reconocimiento de las dos Alemanias, mantenía su voluntad hegemónica de representar a Alemania en su totalidad.

EL PAÍS DEL MURO, LA STASI Y LA BUROCRACIA

Claro que, en esta voluntad, la RDA le facilitaba las cosas a su vecina República Federal. La vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (conocido popularmente como Stasi), surgida a raíz de las protestas populares de 1953 contra el plan quinquenal, que establecía un aumento de las horas de trabajo sin contrapartidas salariales ni otro tipo de beneficios, fue uno de los factores que contribuyó a hacer más odioso para los ciudadanos de la República Democrática al régimen que les gobernaba. La Stasi, dirigida por Erich Mielke, un veterano comunista que había formado parte de los voluntarios alemanes que habían luchado en España en las Brigadas Internaciones del lado de la República -y que no dudaba tampoco en fastidiar a sus antiguos compañeros del Batallón Ernst Thaellmann residentes en la RDA si servía para sus intereses personales- tejió una red de agentes y de “chivatos” repartida por todo el territorio de la República del Este con objeto de conocer hasta las mayores intimidades de sus vigilados. Esta vigilancia hasta en los más mínimos detalles se refleja en el oscarizado filme “La vida de los otros”, cuando en la conversación mantenida por el viejo ministro de Cultura y el escritor Georg Dreimann, el primero comenta a su interlocutor “lo sabíamos todo de usted. Incluso que no era capaz de satisfacer a Christa (su novia, papel interpretado por Martina Gedeck) como es debido”.

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Tanques soviéticos en las calles de Berlín Este durante la revuelta de 1953. Esta revuelta hará decir, de forma lúcida e irónica a la vez, a Bertolt Brecht, que “el gobierno debería disolver al pueblo y elegir a otro”.

En esa misma película se observa, asimismo, al prototipo de burócrata arribista, de escasos escrúpulos y también escasos principios e identificación con los ideales socialistas, que aunque sólo sea formalmente defiende la RDA y por extensión el conjunto de países del bloque soviético. Es el del teniente Anton Grubisch, magistralmente interpretado por Ulrich Tükur, una especie de Erich Mielke de los escalafones inferiores de la Stasi, y que asimismo se podía extrapolar a cualquier otro estamento del aparato estatal. La burocracia gerontocrática -instalada por muchos años en el poder- de la RDA, representada por sus figuras más representativas, el presidente Willy Stoph y los secretarios generales -primeros ministros a la sazón- del SED, Walter Ulbricht primero y Erich Honecker después fueron a lo largo de la vida de la República un obstáculo para el desarrollo socio-económico del país; para el desarrollo de reformas democráticas, siquiera fracasadas, como las que tuvieron lugar con la revuelta húngara de 1956 o con la “Primavera de Praga” de 1968, encabezada por el secretario general del partido, Aleksandr Dubcek; y para que se diera una sociedad socialista y no meramente una sociedad estatal-burocrática al modo en que, desde 1918, se había desarrollado el comunismo soviético desde la revolución bolchevique y había sido paulatinamente exportado al resto del mundo socialista tras la S.G.M. La denuncia del burócrata fue puesta ya sobre la mesa por una de las intelectuales más brillantes de la República Democrática, la escritora y crítico literario Christa Wolf, en novelas como “El cielo partido” -en la que resalta el papel de los trabajadores comprometidos con la reconstrucción y el desarrollo de su parte de Alemania, frente a ese prototipo del burócrata de las consignas- y “Casandra”, mucho más dura en su papel de denuncia y más crítica en cuanto al desarrollo del modelo social impuesto a lo largo de los años en la Alemania del Este.

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Una imagen icónica: el salto de las alambradas que dividían Berlín por parte de un soldado del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA, poco antes de que se terminara de construir el muro.

La vigilancia opresiva de la Stasi, el desarrollo burocrático de la sociedad y la economía y la diferencia de desarrollo económico, amén de la falta de libertades públicas, influyeron y de qué modo en la ciudadanía de una RDA que empezó a mirar a su hermana de Occidente como el paraíso realmente existente frente al paraíso socialista prometido por los líderes del SED. Hasta la construcción del Muro, unos tres millones de ciudadanos germano-orientales emigraron, primero por la frontera interalemana, cerrada en 1952, y en los nueve años siguientes hasta 1961 por la antigua y dividida capital del Reich alemán. La construcción del muro de Berlín, en palabras del profesor Ignacio Sotelo, fue una medida defensiva de la RDA y del bloque del Este en su conjunto para evitar la pérdida de un capital humano que, al otro lado, en la RFA, contribuyó sobremanera al “milagro” económico de los años cincuenta en Alemania Occidental, pues recibía a trabajadores cualificados que hablaban su misma lengua y tenían su misma cultura. Al mismo tiempo, era una medida que trataba de proteger el modelo socialista, evitando que el fracaso económico se diera precisamente por esa pérdida de trabajadores e intelectuales que emigraban en masa al otro lado, pudiéndose abrir en cuanto el Este socialista superara en bienestar al Oeste capitalista. Pero, a su vez, la construcción del muro era la plasmación en la realidad de que el modelo de socialismo soviético, que tal y como había sido planteado era incompatible con una democracia popular, con la toma de decisiones de los trabajadores sobre una propiedad que formalmente era suya pero que, en realidad, era de un Estado que al mismo tiempo que decía actuar en su nombre les oprimía igual que podían hacerlo los capitalistas de Occidente, había fracasado en su concepción. El que todavía, hasta 1989, cerca de ochocientas personas se jugaran y perdieran la vida intentando atravesar el muro berlinés evidencia el fracaso de un modelo que la disidencia y la oposición de la RDA condenaban por dictatorial, no por socialista.

LA OTRA CARA DE LA OTRA ALEMANIA

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Las grandes perdedoras de la reunificación han sido las mujeres de la ex RDA. Constituían el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en la Alemania del Este, en unas condiciones de igualdad salarial y con posibilidades de conciliación de vida laboral y familiar que hoy día son reclamadas en todo el mundo. La unión de los dos estados alemanes y la crisis que ha seguido en los “länder” que formaron la República del Este se ha cebado especialmente, en forma de desempleo y discriminación, con ellas.

La República Democrática, sin embargo, no fue solo el país en el que uno podía recibir un disparo de la Volkspolizei (Policía Popular, los famosos “Vopos”) por acercarse peligrosamente al perímetro del muro o hacer una visita nada agradable a la cárcel de la Schonhaussenstrasse berlinesa por hablar de lo que no se debía en voz demasiado alta. En los años sesenta y principios de los setenta, la RDA conoció también una época dorada en la que el esfuerzo de los trabajadores y los valores de solidaridad, compañerismo, esfuerzo y compromiso predicados por el mundo socialista, tan opuestos al individualismo y afán de lucro occidentales, llevaron a un desarrollo económico que fue acompañado también de un desarrollo del Estado social que ha sido una de las características de la “Ostalgie” que tuvo lugar tras la unificación de las dos Alemanias en el Este. Muchos ciudadanos de la extinta RDA echaron o echan de menos la seguridad, el modesto bienestar, la sociedad de pleno empleo, la camaradería en el trabajo y los servicios públicos que el régimen germano-oriental promocionó y estimuló, y guardan con especial cariño recuerdos como el cuaderno de la brigada de trabajo a la que pertenecían en su fábrica o empresa, la chapa con las siglas DDR (Deutsche Democratischke Republik) que llevaban en sus viejos automóviles y otros objetos, sean tipo “souvenirs” para turistas o electrodomésticos que imitaban la línea “felices años 50” estadounidenses, que pueden encontrarse en tiendas abiertas por avispados comerciantes del Imagen1Este. La República Democrática nacionalizó la propiedad industrial y agraria con el segundo Plan Quinquenal (1956-1960), pero, con posterioridad, el desarrollo de una política económica más enfocada a la industria de consumo, la innovación tecnológica y la delegación en la toma de decisiones hacia las Asociaciones de Empresas del Pueblo en lugar de hacia los organismos oficiales de planificación contribuyeron a que la Alemania del Este viviera su particular “milagro económico”, del mismo modo a como lo había vivido la vecina Alemania Occidental en los años cincuenta. La Unión Soviética recomendó a sus socios de la RDA aplicar las reformas del economista soviético Evsei Liberman, que defendía el principio de obtención de beneficios y otros principios del mercado para las economías planificadas. En 1963, Ulbricht adaptó las teorías de Liberman e introdujo el Nuevo Sistema Económico (NES), una reforma económica que introdujo un grado de descentralización en las decisiones y criterios de mercado. El NES intentó crear un sistema económico eficiente y contribuyó a que la RDA proclamara ser la octava potencia industrial del mundo. La continuidad en esta política vino de la mano del nuevo líder Erich Honecker en los años setenta, que con la “Tarea Principal” hizo un esfuerzo en centrarse en el abastecimiento de bienes de consumo para los trabajadores, la rehabilitación y construcción de viviendas y los servicios públicos. En conjunto, el NES trató de ofrecer una mejor asignación de bienes y servicios al estipular que que los precios respondieran al abastecimiento y la demanda; se dio lugar a un aumento de salarios reales y pensiones, así como del abastecimiento de bienes de consumo; y se profundizó y facilitó en la incorporación de la mujer al mundo del trabajo (las mujeres representaban cerca del 50% de la fuerza laboral de la RDA) con guarderías, clínicas y subsidios de maternidad que duraban entre seis y doce meses. La RDA trató de imitar, en la medida de sus modestas posibilidades, el desarrollo de su vecina RFA, y no le faltaban buenas trazas para conseguirlo. A pesar de poseer un modelo burocrático y de que una de las riquezas en recursos del Este de Alemania, la región minera de Silesia, había pasado a manos polacas tras la S.G.M., la República Democrática había heredado algunas empresas ya famosas en la preguerra que mantuvieron su fama de buenos productos, a veces no sólo en el bloque soviético, sino también en el oeste. La RDA era competitiva internacionalmente en algunos sectores como la ingeniería mecánica y la tecnología de impresión. En Jena, pequeña ciudad universitaria situada en el SO de la República, se encontraba la industria óptica Carl Zeiss. Sus lentes para cámaras fotográficas eran muy apreciadas antes de la guerra, y ya en los años de la RDA consiguió mantener esa buena fama. Si la RFA distribuía al mundo occidental las películas AGFA, la RDA hacía lo propio en el bloque soviético con la parte oriental de la empresa (que era el sitio original donde se había fundado AGFA), rebautizada como ORWO. La motocicleta que pilota Alex Kerner (Daniel Brühl) en “Good Bye Lenin” es también de fabricación local: las Simson fueron a lo largo de los años de vida de la RDA el sueño de libertad juvenil que representaban en Occidente vehículos de dos ruedas como las Vespa, las Lambretta o las Harley Davidson. Problema más grave representaba comprar un típico Trabant de la industria Motor Zwickau de esta última ciudad: si bien al principio el tiempo de espera era bastante homologable al de Occidente -cinco años para un “Trabbi”, mismo tiempo de espera que el de un comprador español para un Seat 600-, poco después ese tiempo se disparó, hasta los diez años, y las autoridades de la RDA no tuvieron más remedio que tolerar el mercado negro de estos vehículos.

Los Trabant posibilitaron, como lo hizo el Volkswagen “Escarabajo” al otro lado de la frontera, la motorización de la otra Alemania, si bien a un nivel bastante más bajo. Mientras que en la RFA lo más común era que las familias tuvieran uno o más vehículos, en la RDA había que esperar para obtener un pequeño Trabbi…

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Los dos coches típicos de la RDA: el Trabant, el más económico y popular, y el Wartburg, pasándole a la derecha, más grande y espacioso, circulando por las calles de Berlín Este.

Cuando llegó la hora de unir la RDA a la RFA, los empresarios y consumidores occidentales -y también los orientales- pensaron o se vieron inducidos a pensar (en el caso de los segundos) que sus industrias no valían nada y que todo el Este tenía que ser sustituido por productos del Oeste. No era una realidad válida. Si bien había numerosos ejemplos de industrias contaminantes y de alta toxicidad, lo que hizo que la presencia del movimiento verde en la oposición de la RDA cobrara una especial relevancia, en otros casos resaltaban por su eficiencia energética. Por desgracia, también se los llevaron por delante. En la RDA se fabricaron por vez primera frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Las neveras Privileg se adelantaban en varios años a una tecnología que hoy se desarrolla en todo el mundo. Tras varios años de reducción de la vida útil de las bombillas, entre las que había colaborado la empresa germano-occiental OSRAM, ingenieros de Alemania del Este habían desarrollado una bombilla de larga duración que presentaron en la RFA, en Hannover. Los ingenieros industriales de la RFA, acostumbrados a acortar la vida útil de los productos de consumo en aras de la “obsolescencia programada”, no salían de su asombro ante aquel desafío a las concepciones del mundo capitalista. Nueve años después de aquella feria de Hannover de 1981, en 1990 la fábrica del Este que fabricaba aquellas bombillas se desmanteló. OSRAM, como muchas otras industrias del Oeste de Alemania, no quería competidores de la extinta RDA.

No sólo era la capacidad industrial del Este lo que en 1989 llevaría a la oposición de la RDA a considerar que había que mantener la soberanía y el modelo socialista de su República al menos durante algún tiempo, bien que corregido para que fuera un socialismo auténtico  y democrático. La RDA mantenía estructuras de servicios sociales universales, como asistencia sanitaria, educación pública, seguridad social, beneficios para los trabajadores, igualdad real entre sexos, y de valores que si bien no se reflejaban en la cúpula de la organización del SED sí que suponían un potente atractivo para la unión del pueblo germano-oriental: solidaridad, afán de cultura y respeto por la misma, compañerismo… La sociedad de la RDA presentaba ciertas características peculiares con respecto a la de otras de su entorno: estaba menos podrida por los males de corrupción, burocracia y cinismo de las élites que asolaba en el resto de países del bloque; era la que más había desarrollado un modelo socializante; reflejaba y se creía heredera en cierto modo de las viejas aspiraciones de los revolucionarios alemanes del siglo XX que se habían opuesto las fuerzas conservadoras de la República de Weimar y al nazismo: Rosa Luxemburgo, Karl Liebnecht, Ernst Thaellmann, los brigadistas internacionales alemanes, y de ella eran o habían sido ciudadanos algunos de los intelectuales socialistas y comunistas más relevantes de la Alemania de preguerra y de posguerra: Bertolt Brecht, Anna Sieger, Christa Wolf, cuyo prestigio intelectual les dejaba cierto margen de maniobra para la crítica al sistema; y se veía obligada, al mismo tiempo que forzaba la represión, pero por los mismos motivos, a realizar concesiones a un modelo socialista más puro para construir la tierra del socialismo real, el paraíso socialista, en contraste con su vecina capitalista, la RFA.

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Sello de 15 pfenings de la RDA en conmemoración de los brigadistas alemanes que lucharon del lado de la República Española en la guerra civil.

Estos ingredientes explican por qué, en 1989, mientras los intelectuales de Checoslovaquia como Vaclav Havel o de la URSS como Yablinski o Sajarov proponían salidas al sistema por la vía de la adopción del capitalismo, en la RDA tanto los disidentes verdes, socialdemócratas y protestantes como los reformistas del SED -Hans Modrow, hoy eurodiputado de Die Linke (La Izquierda)- proponían el desarrollo de un socialismo democrático y autogestionario.

“NADA CAMBIARÁ SI NOS VAMOS TODOS”

Esta frase pertenece a Christianne Kerner, el personaje de la maestra de convicciones socialistas que interpreta Katrin Saas, actriz precisamente del Este, en el filme “Good bye Lenin”. Como a muchos ciudadanos de la RDA que creían o creyeron algún día en la República socialista alemana, la crisis que afectó en los años setenta y ochenta a su país le hizo sentir una crisis personal entre lo que sentían internamente y el panorama que se dibujaba, o que dibujaban en realidad los miembros del Politburó del SED, cada vez más ancianos y con miedo a los vientos de cambio, que paradójicamente iban a venir de Moscú, de la mano primero de Constantin Chernenko y luego, con más fuerza, de Mijaíl Gorbachov. Erich Mielke, el poderoso jefe de la Stasi; Willy Stoph; el propio Erich Honecker se negaban a aceptar cambios profundos en lo político que afectasen a su posición de poder.Como mucho -que era la vía que Honecker llevaba aplicando desde el comienzo de su etapa en el gobierno, como primer secretario del Comité Central del partido-, estaban dispuestos a ceder en una liberalización social que no supusiese la apertura de la liberalización política. Pero la primera llevó, inevitablemente, a la segunda, aunque tal efecto no fuera del agrado de los líderes del partido. Una de las consecuencias de la “Ostpolitik” de Willy Brandt (y la política de mismo cuño de Honecker) y el reconocimiento mutuo de las dos Alemanias -incluyendo el reconocimiento por la RFA de la frontera Oder-Neisse entre Polonia y la República Democrática- fue el aumento de los intercambios culturales y económicos entre las dos repúblicas alemanas. Esta distensión fortaleció los lazos entre las dos Alemanias. Entre 5 y 7 millones de alemanes occidentales y berlineses del Oeste visitaron la RDA cada año a partir de entonces. Las comunicaciones postales y telefónicas entre los dos países fueron significativamente ampliadas. Los lazos personales entre familias y amistades de ambos países se comenzaron a restituir, y los ciudadanos alemanes orientales tuvieron más contacto directo con la influencia política y material occidental, particularmente a través de la radio y la televisión. La RDA recibía la señal de televisión de la República Federal en buena parte de su territorio, mientras que la TFF der DDR -la televisión pública germano-oriental- tuvo que renunciar, de este modo, no sólo a su pretensión de ser la televisión panalemana, sino que perdió una importante batalla informativa e ideológica con respecto a la televisión del país vecino, pese a que sus programas de entretenimiento -en especial el infantil “Sandmannsche”- eran muy apreciados por los ciudadanos de ambas Alemanias. Los intelectuales germano-orientales participaron en conferencias en el Oeste, especialmente en Berlín Occidental, y los visados por esta causa aumentaron las posibilidades de permear la frontera de la ciudad dividida, para escapar o establecer valiosos contactos. Gustos y modas occidentales -el nudismo, el movimiento “hooligan” futbolístico o la música rock, unos de cuyos cultivadores más populares en la Alemania Oriental con un notable éxito a un lado y otro del Muro y un gusto por la experimentación fueron Die Pudhys-,

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Die Pudhys, grupo de rock formado en la ciudad germano-oriental de Oranienburgo, tuvieron y tienen aún hoy gran acogida tanto en Alemania Oriental como en la Occidental

y asimismo reivindicaciones políticas del otro lado -como el ecologismo, un motivo de preocupación latente en todo el movimiento opositor del bloque soviético y relevante en la RDA por el uso masivo de combustibles fósiles en sus industrias- llegaron a calar en una juventud y en una disidencia que, a lo largo de los años ochenta, comenzaron a cobrar un protagonismo que saldría plenamente a la luz con la “perestroika”.En una interesante y satírica novela sobre la juventud de la RDA de aquellos años, “La avenida del Sol” (llevada al cine en 1999), se observa el gusto de sus jóvenes protagonistas por las promesas de modernidad de Occidente, el comportamiento pacato de los burócratas y un cierto regusto nostálgico por un sitio en el que, a pesar de todo, uno podía buscarse las vueltas para pasarlo bien y ser mediana, o modestamente, feliz.

El descontento, sin embargo, seguía filtrándose en muchos casos en las ganas de salir de la RDA. En los inicios de 1989, y especialmente en el verano, época en la que muchos ciudadanos germano-orientales pasaban sus vacaciones en Hungría, aprovecharon la apertura política en este país y la de la frontera magiar con Austria para abandonar la Alemania del Este. Otros decidieron refugiarse en las embajadas de otros destinos de viajes cercanos, como Praga y Varsovia, e incluso la misión diplomática de la República Federal en Berlín Oriental. Sin embargo, otros pensaron, al hilo de la frase con la que comenzábamos este texto, que no cabía mayor desafío al régimen que quedarse y combatirlo. Fueron los protagonistas de las “manifestaciones de los Lunes” de Leipzig, que pronto se irían extendiendo por toda la RDA.

LAS PROPUESTAS DE LA OPOSICIÓN

La oposición de mayor peso en la RDA estaba representada, entre otros, por antiguos miembros del SED y socialistas de pro decepcionados con la marcha que había llevado la construcción del socialismo en la República. Un ejemplo de este tipo lo encontramos, de nuevo, en un personaje de ficción, pero de los que sin duda no debieron escasear: el escritor Georg Dreimann de la cinta “La vida de los otros”, el hombre que cree en el socialismo hasta el punto de que los cínicos burócratas como el teniente de la Stasi Anton Grubisch comentan de él que “cree que la RDA es el mejor país del mundo”, pero que, por defender un socialismo distinto, no duda en escribir para el occidental “Der Spiegel” un artículo sobre los suicidios en su país y reprochar, una vez caído el muro, al ex ministro de Cultura que gentes como él gobernaran el país. Personas como él aparecen también descritas en la novela “Miedo a los espejos”, del paquistaní afincado en Alemania Tariq Alí, en el que se puede leer un interesante “Manifiesto por una RDA verdaderamente democrática”, que podríamos presumir verdadero y firmado por jóvenes miembros del SED.

Un sector intelectual desde un punto de vista marxista dentro del SED renovó las peticiones de reforma democrática. Entre ellos estaba el poeta y cantautor Wolf Biermann, que junto a Robert Havemann había liderado un círculo de intelectuales defensores de la democratización; fue expulsado de la RDA en noviembre de 1976. Tras la expulsión de Biermann, la dirección del SED expedientó a más de 100 intelectuales disidentes.

A pesar de estas acciones del gobierno, escritores alemanes orientales comenzaron a publicar declaraciones en la prensa occidental y crear literatura fuera del control oficial periódicamente. El ejemplo más importante fue el libro Die Alternative (La alternativa), de Rudolf Bahro, que fue publicado en la RFA en agosto de 1977. La publicación llevó al arresto del autor, su encarcelamiento y posterior deportación a Alemania Occidental. A finales de 1977, apareció el manifiesto de la Liga de Comunistas Democráticos de Alemania en “Der Spiegel”. La Liga, que decía agrupar a funcionarios medios y altos del SED, demandaba una reforma democrática de cara a una posible reunificación alemana.

A ellos hay que unir jóvenes teólogos de la Iglesia protestante descontentos con el acomodamiento de la jerarquía de la misma con el régimen, intelectuales herederos del pensamiento de Brecht y personas organizadas en movimientos civiles que imitan a los organizados en la RFA, como ecologistas, pacifistas y movimientos alternativos que configurarían, con posterioridad, parte del conglomerado ideológico del heredero del SED, el PDS (Partei fur Demokratische Soziallismus o Partido del Socialismo Democrático) y más tarde de Die Linke.

La característica común de todos ellos es que, en principio, sus demandas se centran en la liberalización de la RDA y no en la unificación con la República Federal. Se centran en un futuro democrático para la Alemania del Este y no ponen sobre la mesa propuestas de unión con la Alemania Federal. De hecho, la mayor parte de ellos rechazan el modelo socio-económico vigente en la RFA y proponen una RDA en la que democracia y socialismo avancen de la mano, con respeto a las libertades públicas, apertura de fronteras, prensa libre, pero también con diversas iniciativas que garanticen la propiedad social, popular, de las industrias y empresas del país en lugar de la forma estatal y burocrática.

Ignacio Sotelo cuenta la siguiente anécdota: el embajador de España en Berlín Oriental por entonces, Alonso Álvarez de Toledo, tenía la brillante idea de invitar una vez al mes a un plato típico español –una fabada, unas lentejas o un cocido madrileño– a intelectuales de prestigio, acompañados siempre de los correspondientes funcionarios del partido para evitar cualquier sospecha de conspiración. En estas reuniones iba en aumento la tensión entre escritores y artistas, por un lado, y el aparato político, por otro. Los intelectuales elogiaban las libertades que poco a poco se conquistaban en la Unión Soviética de Gorbachov, mientras que los funcionarios permanecían con la boca sellada, al no poder manifestarse de acuerdo, pero tampoco dispuestos a romper el tabú de no criticar a la URSS. Los intelectuales, la disidencia política y los ciudadanos de la RDA que deseaban la reforma política miraban con esperanza los acontecimientos de Moscú y coreaban como un grito subversivo -como sucedería en la celebración del 40º aniversario de la República, el 7 de octubre de 1989- el mote popular del líder soviético: “Gorbi!, Gorbi!”.Uno de los líderes opositores lo comentaba de esta gráfica forma antes de los acontecimientos del ochenta y nueve: lo que pase aquí depende de cómo vayan las cosas en Moscú.

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Manifestación de la Alexanderplatz de Berlín pidiendo la reforma política de la RDA. Convocada por los actores y empleados de los teatros de Berlín Este, la manifestación fue autorizada por el nuevo Politburó del SED, retransmitida por la televisión pública y contó con la participación de alrededor de un millón de personas.

 

El Neues Forum -la organización más importante de todas ellas- abogaba por una “fuerte participación de los trabajadores” en la gestión y control de la industria y la propiedad. La Initiative für Frieden und Menschenrechte (Iniciativa para la Libertad y el Humanismo) quería, “estructuras descentralizadas y autogestionadas”, la Vereinigte Linke y los socialdemócratas germano-orientales proponían un “control colectivo de los trabajadores sobre las empresas y la sociedad” y hablaban de una “socialización de verdad” en lugar de la “socialización formal-estatista”.

Cuando, tras la retirada de la Volkspolizei tras unas jornadas de represión en Leipzig y Berlín, negándose a cargar contra los “manifestantes del lunes” en la ciudad sajona y la dimisión de Honecker llevó a que el secretariado general del SED y el poder del Estado fuera asumido por el nada imaginativo Egon Krenz, un millón de ciudadanos desfilaron por Berlín convocados por actores, disidentes y reformistas del partido (algunos de los cuales fueron abucheados) en una manifestación televisada por la propia cadena pública TFF der DDR, quedaba ya poco para que Günter Schabrowski, miembro del Politburó y uno de los silbados aquel día levantara las restricciones a los viajes y el muro, perdida su razón de ser, fuera simbólicamente derribado por ciudadanos de uno y otro lado de la dividida Berlín. Aquella alegría, merecida, de los berlineses no podía sin embargo dejar de tomarse con cautela. Neues Forum lo advertía en un comunicado: detrás de aquellos hombres y mujeres que se abrazaban pese a no conocerse y que entregaban flores a unos aturdidos soldados del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA que custodiaban la ya inútil frontera de cemento, llegarían los financieros y especuladores dispuestos a hacerse con el patrimonio nacional y las empresas públicas y colectivas del Este: “Hemos esperado este día durante casi treinta años, es un día de fiesta”. Pero, con más alarma que fiesta, continuaba: “quienes vivieron antes de 1961 (el año de la construcción del muro) conocen los peligros que nos amenazan: venta de nuestros valores y bienes a empresarios occidentales, mercado negro, y contrabando de divisas… No queremos hacer cundir el pánico, ni nos oponemos a la urgente y necesaria cooperación económica con el Oeste, pero llamamos a no contribuir a las amenazantes consecuencias de la crisis”. La declaración subrayaba una emancipada ciudadanía germano-oriental desmarcada de la RFA: “Seguiremos siendo pobres aún mucho tiempo, pero no queremos una sociedad en la que especuladores y competidores nos saquen el jugo. Sois los héroes de una revolución política, no os dejéis inmovilizar por viajes e inyecciones consumistas… Habéis destituido al Politburó y derribado el muro, exigid elecciones libres para una verdadera representación popular sin dirigentes impuestos. No se os preguntó ni por la construcción del muro ni por su apertura; no dejéis ahora que os impongan un concepto de saneamiento económico que nos convierta en el patio trasero y reserva de mano de obra barata de Occidente”. Gerd Poppe, líder de la Initiative für Frieden und Menschenrechte, lo expresaba resumidamente en estas pocas palabras: “No queremos convertirnos en el último estado federal de la RFA”. Algo que, sin embargo, sería lo que sucedería.

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Apertura del muro, 9 de noviembre de 1989.

Helmut Kohl, el canciller federal, tenía sin embargo otros planes. Unos planes que servirían para acercarle a renovar su mandato al frente de la jefatura del gobierno de la Alemania Occiental y que servirían para que las empresas y multinacionales germano-occidentales obtuvieran unos pingües beneficios pescando en el río de la propiedad de la RDA. A finales de los años ochenta el gobierno conservador del Canciller Helmut Kohl estaba desgastado y el SPD iba a desplazarle del poder en las próximas elecciones. El reto de la derecha conservadora de Bonn y sus aliados del “establishment” económico y financiero era cómo instrumentalizar la nueva situación creada en el Este para mantenerse políticamente en el poder unos cuantos años más. La cultura política de la oposición de la RDA, que con la quiebra del régimen pasó en cuatro días de un estatuto marginal a una posición dirigente, era un problema para aquel propósito. La solución pasaba por los “Paisajes floridos”.

LOS “PAISAJES FLORIDOS” Y EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO DE LA RDA

“Algunos llevamos la fama, pero el latrocinio en la privatización supera con mucho lo que cabía esperar de una sociedad tan civilizada, como dicen que es la alemana”, comentaba el embajador argentino en Berlín Este al observar el proceso de privatización -y venta- del patrimonio empresarial de la RDA a los empresarios de la Alemania Federal, directores por otro lado de todo el proceso.

El estancamiento económico a lo largo de los años setenta y ochenta condujo a la economía de la RDA a una grave situación. La deuda sumaba a finales de la última década una cifra superior a los 40 billones de marcos, una suma no astronómica en términos absolutos (el PIB de la RDA era de unos 250 billones de marcos) pero mucho mayor en relación a la capacidad del país para exportar suficientes bienes al Oeste como para conseguir la divisa fuerte que pagase la deuda. La mayor parte de la deuda se originó por los intentos de la RDA de hacer frente a sus problemas financieros internacionales, así como los intentos por mantener los niveles de vida a través de las importaciones de bienes de consumo. Casi todas las economías del bloque soviético adquirieron una serie de deudas con los países occidentales a principios de la década de los setenta con objeto de mejorar su capacidad tecnológica y competitiva. A cambio, la deuda sería pagada con las divisas obtenidas con las importaciones de bienes, sustancialmente mayores gracias a esa mayor competitividad. Pero la crisis del petróleo de 1973 acabó con esa premisa, debido a que la mayor parte de los países del área se quedaron con la deuda y sin mercado. A esto había que unir que en algunos países las inversiones fueron muy mal realizadas, como en Polonia, donde la financiación obtenida se empleó no en tecnología sino en el mantenimiento de subsidios al consumo con objeto de mantener los precios bajos y congraciarse con una población que empezaba a mostrar su descontento y a unirse a los movimientos de oposición.

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Pragerstrasse de Dresde. En primer término, vemos un edificio oficial, posiblemente del SED, con las banderas de la República y de la Juventud Libre Alemana (Frei Deutsche Jung).

La solución que los empresarios y políticos de Bonn buscaron para la crisis en la RDA fue la de ofrecer una serie de promesas a los ciudadanos del Este que no se desviaban mucho en las formas de las hechas por el Politburó, pero como no se encontraban desgastados por el descrédito al que había sucumbido la nomenklatura y sonaban muy atractivas, los pobres germano-orientales se las creyeron. Resultaba mucho más ilusionante creer en el sueño de los paisajes floridos que en la realidad sobre la que Neues Forum advertía: los ciudadanos de la RDA tendrían que seguir siendo aún pobres durante algún tiempo, pero con una República Democrática que hiciera honor a su nombre y que tuviera una economía social, dirigida por y para el pueblo alemán oriental, por lo menos mantendrían su soberanía política y económica frente a una RFA que les consideraba unos “paletos” -“Ossi” es de hecho sinónimo de pueblerino e ignorante- poco competitivos y necesitados de subsidios. El programa disidente de los opositores de la RDA era crítico y escéptico hacia la posibilidad de una súbita unificación. Y desde luego, de darse ésta, tendría que hacerse entre estados igualmente soberanos.

Helmut Kohl prometió a los alemanes del Este que poco más o menos de un día para otro obtendrían el nivel de vida del que sus vecinos occidentales disfrutaban. Con esa ilusión -ilusión óptica dibujada a través de Mercedes Benz, televisión por satélite, veraneos en España y demás mensajes de espiral consumista que venía básicamente a decir que lo del Oeste era siempre mejor- la CDU          se impuso en las primeras elecciones libres de la RDA. El PDS (el antiguo SED), liderado por el jefe del partido en Dresde, Hans Modrow, cuya fama de reformista le aupó al cargo de primer ministro y al emprendimiento de reformas que llevarían a la disolución de la Stasi y al procesamiento de antiguos líderes como Stoph, Mielke o el propio Honecker, obtuvo unos buenos porcentajes de votos. Sin embargo, pese a los buenos resultados, la izquierda reformista y alternativa de Neues Forum y los otros grupos de la oposición (agrupada en Alianza 90) no consiguió contrarrestar el impulso de la filial democristiana del Este, sus promesas de prosperidad capitalista y el éxodo de medio millón de personas que se produjo desde que se abrieron de nuevo las fronteras entre ambas Alemanias.

Llegaba el momento de convertir las promesas en hechos, y Kohl, dispuesto a ganar las elecciones también en el Oeste, no tuvo tapujos en introducir una medida estrella: la paridad 1:1 entre el Deutsche Mark y el marco de la RDA para ahorros de 6.000 marcos (una fortuna en la RDA, y dos meses de sueldo de un periodista de la RFA de entonces) y de 1-2 para patrimonios más altos. Los alemanes del Este sintieron como si les hubiera tocado la lotería. Kohl les prometió convertir sus regiones en paisajes floridos y lo realizó en un primer momento, por lo menos en la imaginación, con la mencionada paridad. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socializantes de escritores, intelectuales y disidentes se disolvieron como un bloque de hielo al sol entre las luces e impactos psicológicos de las experiencias directas de la gente común con la prosperidad del Oeste. La paridad real entre las dos divisas era de cinco marcos orientales por uno occidental. Esta diferencia, que hacía que un trabajador de la RDA que cobrara mil marcos de la RDA al mes pasara a cobrar esa misma cantidad de marcos occidentales, se sintiera como niño con zapatos nuevos, hundió a miles de empresas del Este, incapaces de poder asumir de la noche a la mañana una deuda exhorbitada con la nueva moneda y viendo desaparecer la capacidad competitiva que les daba el menor valor de su moneda.

Esta estrategia era en cierto modo la estrategia de los empresarios de la RFA, deseosos de poder comprar a bajo precio las empresas orientales y quitarse competidores. Vendieron la premisa de que todas las empresas de la RDA eran pura chatarra, pero sabían que esa aseveración no era del todo cierta. La unión monetaria supondría el que quebrasen todas las empresas orientales. La unificación por la vía rápida empezó por cambiar un marco oriental por uno occidental para alegría inmediata de la población del Este que veía salvados sus pequeños ahorros, pero con la consecuencia querida de desmantelar de un plumazo toda la economía de la antigua RDA. Una buena parte de la población -alrededor de dos millones y medio de trabajadores, sobre una población total de 16 -pierde el puesto de trabajo, con el mensaje repetido de que la “economía de mercado” pronto los iría creando. Enormes inversiones públicas en mejorar las infraestructuras no han servido para hacer realidad las falsas expectativas de entonces, y ello porque, en un mundo ya globalizado, los nuevos Estados federados han tenido que competir con una Alemania occidental, cuya capacidad productiva basta para abastecer a las dos Alemanias, y estar además entre los primeros exportadores del mundo.

Una persona nada sospechosa de alinearse con las posiciones, ni ortodoxas ni heterodoxas que defendían la continuidad de la RDA en lo político y lo económico, el actual ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, comenta el tremendo error que supuso la introducción del marco occidental en la República Democrática. Schäuble, negociador clave en aquel entonces, lo expresa de este modo en su libro de memorias de 1991: “Para mi estaba claro que la introducción de la moneda occidental destruiría las empresas de la RDA, pero Kohl decía que con la unidad íbamos a ganar las elecciones”. Otras personas que vivieron el proceso niegan que el sistema económico de la RDA se estuviese desmoronando, como afirmaban desde el Oeste. Es el caso del director del Banco Central de la RDA, Edgar Most, quien afirma, frente al argumento oficial, que la relación causa efecto entre paridad y destrucción del patrimonio industrial vino precisamente en ese orden y no al revés: “fue la paridad la que hundió definitivamente la economía de la RDA”.

El nuevo gobierno democristiano del Este se embarca entonces en la privatización de la economía, un paso más en la anexión de la RDA a Alemania Federal. Un proceso acelerado que destruyó cualquier ilusión de crear una Alemania Oriental asentada sobre un modelo de socialismo democrático y de unificar las dos Alemanias bajo postulados de neutralidad y con la adopción de una nueva Constitución que sustituyese a la Ley Fundamental de Bonn, que ha seguido sin ser ratificada ni por los ciudadanos del Oeste ni por los del Este. Estos aspectos serán examinados más adelante. Por ahora, nos centraremos en el papel que la sociedad fiduciaria del “Treuhandanstalt” tuvo en el desmantelamiento del tejido empresarial público de la República Democrática.

El nuevo primer ministro de la RDA, Lothar de Maizeirie, y los ejecutivos occidentales que le asesoraban crearon este organismo bajo unas premisas muy distintas a las que se manejaban desde la izquierda alternativa germano-oriental.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

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Protesta contra la “Treuhandanstalt” y su papel en el desmantelamiento de la industria y las empresas públicas de la RDA. No deja lugar a dudas el rechazo que produce al ser comparada con una “banda mafiosa”.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

Mientras los grupos de izquierda mantenían que la propiedad, que formalmente era del pueblo, debía ser devuelta a él, creándose mecanismos para distribuirla entre la gente, tanto con repartos individuales, como creando sociedades anónimas, cooperativas y otras formas de asociación económica (las “estructuras descentralizadas y autogestionadas” de la Initiative fur Freiden y la “fuerte participación de los trabajadores” propugnada por Neues Forum), los democristianos en el poder y los empresarios de la RFA deseosos de pillar su parte en el botín impidieron esta solución. Consideraban propietario al Estado y éste sería el encargado de deshacerse de los bienes públicos vendiéndolos a personas y sociedades privadas. Para llevar adelante esta política la dificultad radicaba en que los ciudadanos de la RDA no tenían capital, ni existían sociedades privadas para comprar esta enorme riqueza que había que privatizar. ¿Quién podía hacer frente a los desembolsos? Los empresarios de Occiente.

Para 1994, 8000 empresas del Este ya estaban en manos de “inversores privados” del Oeste, habían sido cerradas o adquiridas a precio de ganga, y el paro, desconocido en la antigua RDA, se había cebado sobre una sociedad germano oriental que veía como el tejido industrial de su antiguo país había desaparecido. Las joyas de la corona se repartieron entre los grandes consorcios alemanes occidentales: Allianz se quedó con la compañía estatal de seguros; Lufthansa con Interflug, Thyssen con la Metallurgiehandel (MH), las grandes cadenas de supermercados con la HO, la organización de comercio estatal que formaba ya un consorcio único, con la consecuencia que desapareciera hasta el pequeño comercio que aún permanecía, después de cuarenta años, en manos de particulares. Las empresas fueron vendidas en su mayor parte a empresas alemanas, una política que se justificó diciendo que había que evitar que cayesen en manos extrajeras, principalmente japonesas.

¿Eran las empresas de la RDA morralla oxidada? Algunos ejemplos lo desmienten de manera clara y ponen el acento en la enorme corrupción que se desató al amparo de una “Treuhandanstalt” que ha sido calificada como “una gigantesca expropiación” y “la mayor estafa de nuestra historia económica”, según Werner Schulz, ex miembro de la comisión de investigación del Bundestag. Así, la empresa WWB era valorada en 160 millones de marcos. El Treuhandanstalt la valoró en cero. Su patrimonio inmobiliario fue vendido y el dinero transferido a los paraísos fiscales de Suiza y el principado de Liechtenstein. La empresa de neveras DKK fabricaba las neveras Privileg, que ya mencionamos anteriormente por adelantarse varios años a las occidentales en la fabricación de frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Todos sus competidores occidentales le hicieron una campaña de desprestigio diciendo que sus neveras eran “inflamables”. Tuvo que cerrar. Las empresas occidentales querían ampliar mercado, no estaban interesadas en competidores y solo querían filiales en el Este, dice Schulz. El DG Bank de Alemania Occidental compró por 106 millones el Banco Cooperativo de la RDA. Con ello adquirió reclamaciones de deuda por valor de 15.500 millones, que el gobierno de Bonn garantizó. Según el Tribunal, “la compra debería haber tenido en cuanta las ventajas derivadas de la adquisición de esas deudas”. Lo mismo ocurrió con el Berliner Bank, que compro el Berliner Stadtbank del Este por 49 millones, sin contar los 11.500 millones, ahora respaldados por Bonn, que se le debían al banco, y con otras instituciones. Dos tercios de la deuda del Treuhandanstalt, 85 mil millones de euros, aún no había sido reembolsada para 2009, fecha del vigésimo aniversario de la caída del muro. “Si en Occidente hubo unas mil privatizaciones en diez años, aquí hubo ocho mil en cuatro años”, explica Schulz, sugiriendo que la rapidez camufló muchos delitos. En teoría, la “Treuhandanstalt” debía encargarse de mantener la propiedad para el pueblo de la RDA. Viendo los resultados, su cometido no fue en absoluto cumplido.

Citamos de nuevo a Ignacio Sotelo: “La privatización fue un negocio tan bueno que no ha de extrañar que cundiese la corrupción. Te vendo a ti la empresa por este precio y estas condiciones, y ya te diré donde me pagas la comisión. Los muchos procesos de fraude y estafa que han emergido en estos años –seguro la punta del iceberg– confirman la que ha sido experiencia universal: la privatización de los bienes públicos constituye el mayor negocio para los amigos de los gobernantes, pero cuando lo que está en venta es un país entero, la corrupción sobrepasa con mucho los contactos personales.” Qué razón lleva el refranero castellano al decir aquello de “cuando las barbas del vecino -y especialmente en el caso de los bancos, cuyas deudas fueron garantizadas por el gobierno de Bonn- veas pelar…”

¿UNA ALEMANIA UNIDA NUEVA O UN SIMPLE “ANSCHLUSS”?

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Manifestación en Dresde en 1989. La pancarta, con la tricolor común y los símbolos de las dos Alemanias -el águila de la RFA y el escudo de las espigas, el martillo y el compás de la RDA- va acompañada con los versos del “Auferstanden aus ruinen”, el himno oriental: “Y que el sol, hermoso como nunca antes, brille sobre Alemania”.

El término “Anschluss” fue la denominación que se utilizó para calificar la conquista y anexión de Austria al III Reich de Hitler (Austria había sido el país natal del dictador nazi alemán) en 1938. En 1990, pese a que se ha hablado mucho de reunificación -para diferenciarla de la unificación de los estados alemanes de 1871, hecha bajo la batuta de Prusia-, las circunstancias y el desarrollo de los acontecimientos sugieren que el proceso del “Anschluss” volvió a repetirse.

La cultura política de la oposición de la RDA, los que habían encabezado el proceso hasta la apertura del muro, los que se habían enfrentado al régimen a lo largo de 1989 con la consigna “Vir sin die Volk!” (¡Nosotros somos el pueblo!) suponía un problema para el modelo de unificación que se deseaba: una unificación con el menor número posible de mudanzas en la RFA y el mantenimiento de Alemania en el campo de la OTAN y la Comunidad Europea. Al fin y al cabo, el comunismo había caído derrotado, pensaban los analistas occidentales, nada dispuestos a hacer concesiones -ni siquiera en lo económico: Kohl había dicho que no estaba dispuesto “a invertir dinero bueno (sic) en un sistema malo”-. Pero quienes habían derrotado a aquella forma de comunismo lo habían hecho elaborando alternativas socialistas democráticas y de tercera vía, como mínimo asumiendo lo mejor de ambos sistemas, que estaban siendo dejadas de lado de forma consciente y que, ya en aquellos primeros momentos, estaban generando un panorama de emigración, paro y expolio patrimonial en el Este de Alemania. Los ojos de los analistas occidentales estaban ciegos a esa realidad.

Esa cultura política vaticinaba una perspectiva de reunificación compleja entre los dos Estados, que en síntesis se resumía en lo siguiente: en primer lugar, la reunificación tendría que ser un proceso a largo plazo en lugar del que realmente se dio, menos de un año (el muro se abrió el 9 de noviembre de 1989 y las dos Alemanias se unieron el 4 de octubre de 1990). En segundo lugar, se incidía en el carácter democrático y social del nuevo país: una nueva Alemania con una nueva constitución que aboliera la vigente prohibición de huelga política, o la existencia de una policía política -no sólo la célebre Stasi del Este, sino su homónima menos conocida del Oeste, el BfV-. Una Alemania que asumiera la igualdad como valor constitucional central, con determinadas concesiones del capital a un orden más social en la nación y más respetuoso con el medio ambiente a cambio de la reunificación. Y en tercer lugar, una Alemania cuya política exterior no estuviera dirigida por la política de bloques caracterísitica del pasado, menos aún cuando la “perestroika” gorbachoviana y la rápida desintegración del bloque soviético hacía menos necesaria que nunca la presencia de organismos occidentales como la OTAN que se opusieran a los del bloque del Este. Un país no solo sin tropas soviéticas, sino también sin tropas americanas, sin bases extranjeras ni armas nucleares y sin pertenencia a la OTAN, lo que habría acabado definitivamente con esta organización y con la subordinación a EE. UU. por parte europea en materia de política exterior y de defensa.

La respuesta de Kohl y de Washington fue una rotunda negativa a asumir compromisos de esta naturaleza. Nada que no fuera cambiar el modelo socio-económico y político de la RDA por la Ley Fundamental de Bonn y el modelo de la RFA. Nada de terceras vías: anexión de los “länder” del Este por la vía del artículo 23 de la Ley de Bonn. Y, para ello, la paridad y los paisajes floridos fueron una parte de su estrategia. La idea, que caló entre la gente común del Este, de que lo occidental era mejor -“Test the West”, que era el eslogan de una marca de cigarrillos y se acabó convirtiendo en un atractivo publicitario de todo lo que significaba la RFA- se llevó por delante cualquier posibilidad de sintetizar, en un escenario de reunificación a largo plazo, lo mejor del capitalismo y del socialismo para la nueva Alemania unida. Gorbachov, por su parte, acuciado por problemas internos -independentismo en las repúblicas bálticas, crisis económica, auge de las figuras otrora disidentes y hoy dirigentes de asociaciones y partidos legales con presencia en el nuevo Soviet Supremo- no se opuso realmente con muchas ganas a la política de la RFA y de EE.UU., deseoso que acabara bien el asunto alemán para que su popularidad exterior se reflejara en el interior.

No hubo, por tanto, disposición alguna a modificar lo más mínimo las estructuras económicas, sociales y políticas existentes en Alemania Federal, aunque ello implicase forzar a que la antigua RDA encajase en el modelo occidental sin la menor concesión a sus peculiaridades. Se esfumaba el modelo de unificación que durante decenios se había manejado en la Alemania occidental, una refundación con una nueva Constitución, junto con el sueño de la izquierda en ambos Estados que apostaba por esa “tercera vía” de síntesis capitalismo-socialismo, convergente de los dos sistemas. Y, más aún, se daba por zanjada cualquier cuestión acerca de la legitimidad de la Ley Fundamental y la necesidad de que los alemanes, unidos de nuevo en un solo Estado, se otorgasen una nueva Constitución con todas las letras. La Constitución alemana, “de facto”, carece de legitimidad en el sentido más estricto, pero soportar estas deficiencias era imprescindible para garantizar que nada cambiase, aunque la situación era muy diferente a la de posguerra, en la que las tiranteces entre los viejos aliados que vencieron en la SGM, que dieron origen a la “guerra fría”, no eran desde luego tan insalvables como entonces.

Una pequeña anécdota deportiva posiblemente ilustrará como se dejó en el tintero mucho del legado de la República Democrática y la nueva Alemania se levantó como una continuidad de la República Federal. En la temporada 1990/91 se jugó el último campeonato de la liga de fútbol de la RDA, denominada Oberliga (Liga Superior).

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Escudo de la Asociación Alemana de Fútbol de la RDA, la federación de fútbol germano-oriental, y de los clubes que competirán en la temporada 1982/83 en la máxima categoría, la Oberliga.

Sólo dos equipos, el campeón y el subcampeón de la competición de ese año, tendrían derecho a jugar la primera Bundesliga del país unificado. El resto, se distribuiría según su clasificación por el resto de categorías inferiores. Dejar en manos de una sola temporada -como así ocurrió- la suerte de clubes que habían cosechado más éxitos en Europa que muchos de la anterior Bundesliga (Liga Federal) de la RFA, como los campeones y finalistas de la Recopa Magdeburgo, Carl Zeiss Jena y Lokomotive de Leipzig (éste apenas tres años antes) o habituados a poner las cosas difíciles a grandes de Europa, caso del FC Karl Marx Stadt, mientras sobrevivían en la nueva categoría superior equipos de escasa entidad y menor nivel que los anteriores, pero todos ellos del Oeste -Karlsruhe, 1860 Munich, Wolfsburgo, Bochum o Friburgo- es una muestra de que “lo del Oeste es siempre mejor”, aunque la realidad demostrara que este axioma era una falacia. El resultado: sólo un equipo histórico del Este, el Dynamo de Dresde, junto con un pequeño equipo que hasta entonces no había destacado ni siquiera en la RDA, el Hansa Rostock, alcanzaría esa temporada la Bundesliga. Los viejos equipos históricos, incluyendo el mencionado Dynamo, han ido poco a poco hundiéndose como la economía y las expectativas del Este.

Para Estados Unidos, lo más importante de la reunificación alemana era que Alemania siguiera en la OTAN porque de esa forma la influencia norteamericana en Europa quedaba garantizada. Condoleezza Rice, tristemente famosa por su papel como secretaria de Estado del presidente George W.Bush durante la invasión de Irak, y por aquel entonces consejera de la Casa Blanca para el tema alemán, repitió hasta seis veces ese punto en una entrevista con “Der Spiegel” publicada en septiembre de 2009, casi veinte años después de la caída del muro: “Lo que no fuera eso, habría equivalido a una capitulación de América”. La mayoría de los alemanes, del Este y del Oeste, –y esto lo reconoce el propio Kohl en sus memorias– preferían, sin embargo, una Alemania fuera de la OTAN. Las encuestas de febrero de 1990 otorgaban un apoyo del 60% a ese escenario. Las negociaciones, sin embargo, para la unión entre la RFA y la RDA se llevaron a cabo entre las autoridades de ambos países (Kohl por parte occidental y De Maizeirie por parte oriental eran del mismo partido; más aún si cabe: la CDU occidental era la matriz de la CDU del Este, así que entre bomberos, y menos entre el jefe de los bomberos y su segundo, no iban a pisarse la manguera) y las de las antiguas potencias ocupantes de 1945-1949 (Francia, Gran Bretaña, EE.UU. y la URSS). Fueron las famosas reuniones 4+2=1, en las que el pueblo alemán, de uno y otro lado, no fue actor principal, pese a que al menos el de la RDA había protagonizado una revolución política que planteaba -o precisamente por eso era necesario mantener a la ciudadanía al margen- alternativas sociales y políticas muy distintas a las que luego se implantarían en la realidad.

La URSS, los soviéticos, no tenían una política para sacarle partido a su histórica retirada de Europa central y oriental, de la que Alemania era el centro. Desde Moscú se propició una “quiebra  optimista del orden europeo” (Poch-de-Feliu) cuyo resultado fue desaprovechar la oportunidad para crear un nuevo sistema de seguridad, unificado y sin bloques, que fuera de Lisboa a Vladivostok y sustituyera la “guerra fría” por acuerdos bi o multilaterales de amistad y cooperación que sirvieran para garantizar un horizonte de paz. Este horizonte, descrito con una ampulosidad digna de mejores teatros cuando se vio descender la bandera roja del Kremlin y alzarse la antigua tricolor del Imperio Ruso -rescatada por Yeltsin para la Federación Rusa- en diciembre de 1991, o al perderse de vista el muro de Berlín, se tornó en poco tiempo una utopía irrealizable gracias a la labor de aquellos que propiciaron la permanencia de una OTAN que había nacido para combatir al bloque soviético y que, con el desmoronamiento de éste, había perdido su razón de ser, en detrimento del respeto y acatamiento de las normas de Derecho Internacional y las resoluciones de una ONU en la que tenía que haberse abordado una necesaria democratización de sus organismos. La OTAN creó o intervino en nuevos conflictos, sustrayendo funciones que correspondían a Naciones Unidas, para garantizar su existencia y mantener, por decirlo de algún modo, su “negocio”. Primero, y más inmediato, la guerra en Yugoslavia (una Yugoslavia que formaba parte del grupo de países no alineados, lo que explica mucho por qué se promocionó desde fuera, por parte de la nueva Alemania incluida, una desintegración nacional -que, desde luego, también tenía claros factores internos-, frente a proyectos de confederación de estados libres o gobiernos multiétnicos como el de Bosnia que fueron desechados por las potencias occidentales). Luego, las intervenciones sangrientas y de éxito cuestionable de EE.UU. y sus socios en Somalia, el conflicto entre el gobierno serbio y la provincia de Kosovo, Afganistán o Irak.

La unificación de los dos estados alemanes supuso para Kohl y Gorbachov ganar el premio Nobel de la Paz en 1991, pero las repercusiones internas fueron muy distintas para ambos. El canciller federal vio como las encuestas electorales cambiaban a su favor; el líder soviético, sin embargo, no vio reflejada la popularidad que su política exterior -los acuerdos sobre limitación de armas estratégicas, la “doctrina Sinatra” respecto a los países del bloque oriental, la unificación alemana- le otorgaba en clave interna. Muy al contrario, los soviéticos y especialmente en Rusia dejaron de lado al presidente de la URSS y apoyaron a líderes nacionalistas y a nuevas personalidades como Boris Yeltsin, pronto el caballo ganador de Occidente, que representaba la asunción del capitalismo neoliberal en su vertiente más salvaje y mafiosa frente a la postura reformista y socialdemócrata -tal y como lo define Noam Chomsky- aunque errática del primero. Unas políticas que se extendieron por la antigua Europa situada tras el “telón de acero” y cuyos resultados fueron más que cuestionables, al mismo tiempo que una socialdemocracia sin referencias ideológicas y una derecha neoliberal que podía explotar el triunfo del capitalismo comenzaban el desmontaje del “Estado del bienestar” propiciado tras la SGM en el Occidente europeo. Como escribe Poch-de-Feliu, “por un lado las sociedades se liberaron y normalizaron en muchos aspectos, un bien indiscutible, pero el precio fue una hegemonía de las fuerzas conservadoras y una continuidad del orden subordinado posterior a 1945, ahora con una sola potencia. Todo ello dio alas a la “Gran Desigualdad” en los últimos baluartes de la Europa social.”

CONCLUSIONES: ¿EL VERDADERO ROSTRO DE LA RDA?

En una escena de la película “La vida de los otros”, un redactor de “Der Spiegel” visita a los escritores Georg Dreiman y Paul Hauser en la casa del primero en Berlín Este. Propone un brindis con champán francés -“es mejor que el ruso” sentencia al probarlo- porque con su artículo sobre los suicidios en Alemania Oriental “muestren a toda Alemania el verdadero rostro de la RDA”. Apenas un poco antes, Hauser había introducido un borrador del mismo en Berlín Occidental, atravesando ilegalmente la frontera oculto bajo el asiento trasero del Mercedes Benz de su tío, un alemán occidental. Sin embargo, para sorpresa del capitán de la Stasi Gerd Wiesler, el hombre que espía la casa de Dreiman y que ha decidido hacer la vista gorda con el viaje de Hauser y el manuscrito al Oeste (un papel soberbiamente interpretado por el recientemente fallecido Ulrich Muhe, uno de los mejores actores alemanes procedentes de la antigua RDA e interviniente en la decisiva manifestación de la Aexanderplatz de octubre de 1989), Hauser no se queda en Occidente, sino que regresa, de nuevo de tapadillo, a la República Democrática, en un impulso romántico y posiblemente suicida por transformar su país y hacer de él el sitio en el que el socialismo, por más humano, derrote al capitalismo.

¿Cuál fue el verdadero rostro de la RDA? Resulta difícil sustraerse a la imagen más penosa y negativa, la del “Estado carcelario” que levantó el muro de Berlín en 1961 y poseyó una policía política que levantó cientos de miles de expedientes correspondientes a otras tantas investigaciones a sus ciudadanos, convertidos en enemigos del Estado según la definición que podía escucharse en el filme antes mencionado. A ello cabe añadir, en la mente del occidental típico, la idea de una economía ruinosa -más por efecto de la propaganda negativa de las empresas occidentales a lo largo de la transición política de 1989-1990 y la horrible gestión de la “Treuhandanstalt”, como hemos visto, que por lo que era la realidad- o el uso y abuso de elementos de dopaje en el deporte -cosa que, sin embargo, a) no ha impedido que récords obtenidos por la RDA continuaran vigentes, por lo que cabe preguntarse si las autoridades del COI eran cómplices de esto o ese dopaje y su imagen en nuestra retina no impedía que su deporte también consiguiera éxitos con limpieza ; b) no nos debe hacer olvidar que mientras unos tienen la fama, otros cardan la lana y que la RFA consiguió un Mundial de fútbol bajo sospecha, el de 1954 ante una Hungría que en la primera fase les goleó por 7-3 o que en nuestra España que se indigna por las parodias de los guiñoles franceses han desaparecido “misteriosamente” las pruebas de la “operación Puerto” en la que están implicados médicos, administradores de nuestro deporte y atletas otrora de renombre como Marta Domínguez-.

Pero, sin embargo, el panorama creado tras la unificación-anexión en los “länder” que formaban la RDA ha dejado un poso en la gente que vivió la época de la República socialista de reconsiderar aquellos años. Lo negativo, desde luego, no va a dejar de serlo, pero la estrategia de los políticos y empresarios de la República Federal de “vender” que lo del Oeste era mejor ha fracasado de tal forma que los antiguos ciudadanos de la RDA, e incluso los que no la vivieron, naciendo después de 1989, están cuestionándose si el socialismo fue o ha sido realmente un sistema desechable, viendo el sarcasmo en que se han convertido los “paisajes floridos” de Kohl, el elevado desempleo creado tras la asunción de la economía de mercado en el Este o los cuatro millones y medio de emigrantes internos que han pasado del Este al Oeste desde la caída del muro y que superan con creces los tres millones que se produjeron entre la dos Alemanias antes de la construcción del mismo.

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Un símbolo de la “Östalgie”. un cartel conmemorativo de un hipotético 60º aniversario de la RDA (7 de octubre de 2009). Los edificios típicos de Berlín Este van acompañados de la torre de la televisión, inaugurada en los setenta y con la que comenzaron las emisiones en color en Alemania del Este.

La “Östalgie” o nostalgia del Este ha sido un fenómeno cultural que ha rescatado para los antiguos habitantes de la RDA una identidad que había quedado en entredicho por su pertenencia a un nuevo país en el que eran tratados con una mezcla de conmiseración y burla por sus compatriotas del Oeste. Considerados como alemanes de segunda clase, poco competitivos, vagos e ignorantes, los “Össis” han tratado de reafirmarse, en un contexto de crisis, desempleo y ciudades de escaso dinamismo por la emigración, la enorme presencia de jubilados y las factorías cerradas desde hace años en los valores de antaño y en las cosas buenas que la RDA les ofreció durante los años en que fueron ciudadanos de la misma: la seguridad; la camaradería; la protección social y los servicios públicos que, por modestos que fuesen, tenían garantizados por el Estado; la satisfacción por el éxito colectivo frente al individualismo; la vida comunitaria; la igualdad real entre hombres y mujeres; la promoción de la alta cultura y las artes entre los trabajadores o el reparto más equitativo de la riqueza. Incluso, aunque fuera siquiera de forma retórica, los valores transmitidos por el socialismo -igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, paz- resultaban y resultan mucho más atractivos que los valores materiales propios de los sistemas de mercado. No es por ello extraño que en los cinco “länder” que formaban la antigua RDA sea donde más implantación y éxito tenga “Die Linke”, el partido formado por el antiguo PDS-SED, los movimientos alternativos y antiguos líderes socialdemócratas de izquierda como Oskar Lafontaine que abandonaron decepcionados el SPD por su giro derechista.

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Otro símbolo de “Östalgie”: los “hooligans” del Magdeburgo, el único equipo de la ex-RDA campeón continental (venció en la final de la Recopa de 1974 al Milan por 2-0) en su zona de grada con la antigua bandera de la República socialista.

En el fondo, la República Democrática no llegó a ser el “país de obreros y campesinos” que aspiraba a ser porque un partido único y de lista también única no podía alcanzar una representatividad y legitimidad tales que el pueblo trabajador y los ciudadanos de la RDA pudieran confiar en él. El contrato social, como en otras partes del bloque soviético, estaba falto de base y quebrado por la falta de asunción de críticas externas y la limitación con la que se podían realizar críticas internas, aunque estas no faltaran, para el caso de la RDA, en el seno del propio SED a lo largo de los cuarenta años de existencia de la República -un ejemplo lo tenemos en una mujer que ya hemos mencionado aquí en varias ocasiones, Christa Wolf-. Como en otros países del bloque, la forma de calmar las aguas fue la de buscar un acomodo mediante el aumento del nivel de vida y el desarrollo de políticas públicas y servicios al ciudadano inherentes a todo régimen político que representase al pueblo como nunca antes ninguno lo había hecho e iniciar una liberalización social que no conllevase un cuestionamiento del liderazgo del Partido.

A pesar de que han sido silenciadas en la historia y más desde que los acontecimientos de noviembre de 1989 y las elecciones de marzo de 1990 arrinconaron cualquier otra lectura, entre ellas la posibilidad de una RDA soberana durante al menos un tiempo, en Alemania del Este no faltaron las propuestas para abrir el partido a la sociedad y la República a una democracia socialista, a un “socialismo de rostro humano” que conjugara en lo político la representación popular, libre y soberana, con la propiedad colectiva, no estatal y burocrática,  y la toma descentralizada de decisiones en lo económico. Le restó visibilidad a este hecho el que en la RDA no hubo revueltas promovidas o apoyadas desde la élite, como las ocurridas en Hungría en 1956 con el apoyo del Partido Obrero Húngaro liderado por Imre Nagy, o en Checoslovaquia en 1968 alentadas por el primer ministro Aleksandr Dubcek. Las purgas en el seno del Partido Socialista Unificado de Alemania acabaron con la posibilidad de que la RDA constituyera una alternativa de “socialismo de rostro humano” visible como las de Budapest y Praga, pero su desconocimiento global no implica su inexistencia. Los elementos socialistas del partido, primero, y quienes al calor de la desestalinización de Kruschev, después, proponían reformas democráticas no tuvieron oportunidad de formular su alternativa. Cuando por fin, en 1989, los movimientos de oposición lo hicieron, su oportunidad les había llegado demasiado tarde.

A pesar de su fracaso, los movimientos de oposición que en el ochenta y nueve hicieron posible la revolución política en la RDA demostraban que la teoría marxista y los valores del socialismo y la izquierda estaban lo suficientemente arraigados como para proponer una alternativa al socialismo estatal-burocrático y al capitalismo de la RFA. Esa “tercera vía” nos obliga a pensar que, pese a lo que realmente existió, la consideración sobre la RDA obliga a matizar lo suficiente como para considerar los aspectos positivos que se dieron a lo largo de la historia del país. Maria Simon, la actriz que encarna a Arianne en “Good bye Lenin”, la hermana seducida por las promesas y el consumismo del Oeste, declaraba haberse emocionado al ver las imágenes que recreaban el tren de los jóvenes Pioneros: “Me alegra saber que tuvimos todo aquello… ahora rastreo mi infancia y no la encuentro.” Otra actriz, también del Este y también de la misma película, la que encarna el papel de Christianne Kerner, la madre idealista y de convicciones profundamente socialistas, Katrin Saas, afirma que la noche en que cayó el muro estaba horrorizada, sin poder creérselo. Muy probablemente envuelta por los mismos temores que envolvían a Gerd Poppe y a los miembros de Neues Forum: una súbita y nada halagüeña invasión de los productos y forma de vida del Oeste.

Till Lindemann, cantante del grupo Rammstein y en su juventud nadador olímpico de la República Democrática, sentencia que “cuando era adolescente soñaba con tener muchas cosas materiales, autos, ropas, estupideces. Ahora que tengo todo eso, entiendo que las cosas superficiales pueden convertirte en un tipo muy estúpido. En la RDA había muy pocas cosas, pero también había un sentimiento de solidaridad que hoy hecho de menos. Ahora estamos hasta el cuello de consumismo, egoísmo, individualismo. Ahora el consumo se antepone a la amistad.” En un contexto de crisis-estafa como el de hoy, conocedores de la “obsolescencia programada”, deberíamos rescatar a aquellos que representaban lo mejor y más humano de una República Democrática Alemana que pudo existir de otra manera a como ha sido conocida, por lo peor y más abyecto. Los Bertolt Brecht, Christa Wolf, Gerd Poppe, herederos de una tradición que quiso emular y no pudo o no supo hacer el SED: la de revolucionarios alemanes que han quedado en el imaginario colectivo de la izquierda, los Rosa Luxemburgo, Karl Liebneckt, Ernst Thällmann. Los espartaquistas de Berlín de 1918 y los brigadistas alemanes que acudieron a la llamada de la solidaridad antifascista en Madrid en 1936.

Quizá no sea sencillo que sobresalga un legado amable de la RDA, pero un ejemplo sencillo de que conviene rescatarlo lo tenemos en su himno. Lothar de Maizeirie, que debemos recordar era homólogo y correligionario de Helmut Kohl en el Este, quiso rescatar el “Auferstanden aus ruinen” para incorporarlo al himno “Deutschland über alles” y que los dos formasen un canto nacional para la nueva Alemania unida. Kohl lo rechazó, pero este gesto debe hacernos pensar en que no todo fue miseria y decrepitud en aquel Este de Alemania y que, como dice Alex al final de “Good bye Lenin”, pudo existir este país de otra manera.

Levantada de las ruinas

y con la vista puesta en el futuro

déjanos servirte para el bien

Alemania, patria unida.

Hay que superar la antigua miseria

y la superaremos unidos,

pues tenemos que conseguir que el sol

hermoso como nunca antes

brille sobre Alemania,

brille sobre Alemania.

LA REUNIFICACIÓN DESDE UN PECULIAR PUNTO DE VISTA: LA FANTASÍA DE ALEX EN “GOOD BYE LENIN”

 

FUENTES:

“Los derechos humanos en tiempos de crisis”, entrevista con Poch-de-Feliu, autor de “La Gran Transición. Rusia 1985-2002”. Autor desconocido. En Internet bajo licencia Creative Commons.

“Paisajes floridos”, artículo de “La Vanguardia” con motivo del 20º aniversario de la reunificación alemana.

Sotelo, Ignacio, “La transición-anexión de la República Democrática Alemana”, Res-Publica, Revista de Filosofía Política, nº 30 (2013)

Ali, Tariq, “Miedo a los espejos”, Madrid, Alianza Editorial.

Wolf, Christa, “El cielo partido”, Madrid, Círculo de Lectores.

Brussig, Thomas, “La avenida del Sol”, Madrid, Siruela.

“Good bye Lenin” (y extras del DVD), película de Wolfgang Beyer. Barcelona, Cameo Media, 2000.

“La vida de los otros” (Die Liebe fur Anderen), película de Florian Henckel von Donersmarck. Madrid, Warner España, 2010.

Wikipedia en español. Artículos “Christa Wolf”, “Neues Forum”, “República Democrática Alemana”, “Historia de la República Democrática Alemana”, “Nota de Stalin”, “Manifestación de Alexanderplatz”, “Östalgie”.

Documental “Nostálgicos de la RDA” en youtube.com

FE DE ERRORES:

En el mapa de la RDA con los “länder” que la compusieron, la ubicación de Turingia y Sajonia-Anhalt está cambiada entre sí. Donde aparece Turingia, debería por tanto aparecer Sajonia-Anhalt y viceversa.