Celeste Caeiro y los claveles del 25 de Abril

Celeste Caeiro

Celeste Caeiro, fotografiada en las calles de Lisboa en uno de los actos “alternativos” a las conmemoraciones oficiales del 25 de Abril de este año 2014.

Su gesto espontáneo estaba llamado, sin saberlo, a hacer historia. Celeste Martins Caeiro, por entonces guardarropa de un restaurante del centro de Lisboa, fue la mujer que aquel histórico jueves de primavera se puso a repartir los claveles que iban a dar nombre a la revolución que estaba teniendo lugar en Portugal y que acabaría con el derrocamiento de la dictadura fascista más larga de Europa Occidental: el “Estado Novo” salazarista.

HISTORIA DE DOS CANCIONES

Monumento Zeca en Grândola

Monumento a José Afonso en Grândola, frente a la entrada al pabellón polideportivo que lleva su nombre en esta localidad alentejana.

La Revolución de los Claveles tuvo su otro símbolo en una canción: la popular “Grândola vila morena”, del combativo y célebre cantautor José Afonso. “Zeca”, como era conocido, había sido invitado a dar un concierto en la localidad alentejana de Grândola (distrito de Setúbal) por la agrupación musical obrera local Sociedade Musical Fraternidade Operária Grandolense, popularmente conocida como Música Velha. Ese concierto tiene lugar el 17 de mayo de 1964 en un pueblo que marcaría su obra y su vida para siempre. Compareció ante un nutrido público de campesinos, trabajadores del corcho, y entre tanto trabajador manual un por entonces escritor desconocido en España y militante del clandestino Partido Comunista Português: José Saramago. “Zeca” se quedó maravillado por el espíritu fraternal y solidario, impropio en la época, que estaba presente en el corazón de los grandolenses, y de aquella particular comunión entre el artista y su público nacería la famosa canción. Zé da Conceição, su anfitrión en Grândola, recibió al poco del recital una carta con un poema dedicado a la villa alentejana, que sería musicado en 1971 para el disco “Cantigas de Maio”:

Grândola vila morena,

terra da fraternidade,

o povo é quem mais ordena

dentro de ti, ó cidade…

Em cada esquina um amigo,

em cada rosto igualdade,

Grândola vila morena,

terra da fraternidade…

Los miembros del grupo de militares revolucionarios que tres años más tarde, en 1974, derrocarán al salazarismo -el Movimento das Forças Armadas o MFA- pensaron usar esta canción como contraseña para empezar la revolución desde el momento en que esta sonara por la radio. Así, sería usada como una señal no sólo para el propio MFA, sino para todos los radioyentes que estuvieran en ese momento a la escucha: una canción semiprohibida -estaba sometida a las tijeras de la censura y al boicot de la policía política salazarista en los conciertos- y tan significativa podía sin duda interpretarse como el comienzo del fin de la pesadilla.

Sin embargo, la primera emisora con la que los luego llamados “Capitanes de Abril” contactaron, Emissores Associados de Lisboa, tenía una cobertura muy reducida: la capital y las ciudades de su cinturón industrial y suburbano. Había otro problema añadido a la capacidad de emisión para difundir “Grândola” a través de las ondas de la primera estación: Emissores, explicó João Paulo Dinis, el presentador encargado de poner la canción en su programa, a los capitanes, emitía música de lo que hoy podríamos denominar “radiofórmula”, así que iba a ser complicado incluir en su programa la balada alentejana de José Afonso. La solución a la que llegaron Dinis y los oficiales presentes -entre ellos el cerebro de las operaciones, el mayor Otelo Saraiva de Carvalho- fue usar no una sino dos contraseñas: una para el área de Lisboa, el radio cubierto por Emissores Associados, y otra -“Grândola vila morena”- para todo el país, a través una emisora de ámbito nacional, con un intervalo entre ambas que sería finalmente de dos horas.

La primera señal, emitida a las 22:00, fue la canción de Paulo de Carvalho “E depois do adeus” con la que Portugal había acudido al Festival de Eurovisión en aquel año y que había sido un fracaso a pesar de que resultaba una canción animada. Ni siquiera recibió los votos de la vecina España, que compartía con Portugal espacio geográfico y régimen político, lo que iba a dar una nueva excusa a los más feroces nacionalistas para pensar que España estaba en permanente actitud hostil contra el país y que consideraba a los portugueses poco menos que “gallegos irredentos”.

Dinis, un presentador ágil y vivaracho, estuvo aquella tarde noche menos locuaz que de costumbre debido a que… ¡no encontraba el disco! ¿Dónde se había metido el disco con la canción de Paulo de Carvalho? Por su cabeza pasaron mil cosas: ir a su casa a buscar el que tenía en su propia discoteca, telefonear a Otelo, las caras de decepción de los militares con los que se había comprometido… Sintió rabia, ganas de llorar, y todo mientras trataba de presentar un programa sin que nadie sospechara nada, pues la temible policía política, la PIDE, podía estar observando cada gesto y cada palabra. Ya cerca de la hora y casi sin fuerzas, su ayudante le enseñó a través del cristal del control de sonido la carátula del disco de Paulo de Carvalho y le dijo por el intercomunicador: “Da paso a éste”. En ese momento, mientras en el cuartel de Pontinha, en el que unos cuantos oficiales que coordinaban las operaciones se calzaban en la madre del material de mierda que tenían, porque se había cortado la emisión de la radio -todos se quejaban de que en Portugal se había quedado la chatarra y que todo lo que funcionaba se mandaba a las colonias, a la guerra contra los movimientos independentistas- João Paulo Dinis volvía a recuperar su tono antiguo de presentador dinámico y su buen humor para anunciar “E depois do adeus”. Resultó que su ayudante en el control también había conversado con el mayor Otelo, y con un secretismo a prueba de balas, pues ninguno sabía que el otro estaba también metido en el ajo, decidió custodiar el disco hasta la hora pactada: las diez de la noche del 24 de abril de 1974.

Si la emisión de la primera señal estuvo a punto de costar un infarto al pobre João Paulo Dinis, no menor fue la odisea que tuvo que pasar la emisión del programa Limite de Rádio Renascença (la estación de radio escogida por los militares revolucionarios) que se inauguraría con “Grândola vila morena”. El MFA había contactado con el equipo que realizaba este programa de la emisora de la Iglesia portuguesa, simpatizantes de las fuerzas democráticas, entre los que figuraban el locutor Leite de Vasconcelos, Manuel Tomás y el técnico Carlos Albino. Aquella noche del 24 al 25 de abril Limite abriría a las 00:20 minutos con la grabación del programa: los versos de la primera estrofa de la canción leídos por Vasconcelos y de inmediato entraría aquella canción clandestina de la mano de la voz profunda y melódica del cantautor de Aveiro.

Pero cuando eran las doce y diecinueve minutos, Paulo Coelho, el locutor que estaba de servicio aquella madrugada, puso un disco despistándose del reloj. Desde el control, le hicieron señas para que anunciara la emisión de Limite. Al ir terminando la canción que había puesto, en vez de eso, se lanzó a leer el largo bloque de anuncios que aparecía en la pauta comercial, consciente de que la publicidad “era una de las cosas verdaderamente sagradas que existían en la emisora de la Iglesia”, como explica el periodista español Julio Diego Carcedo, testigo de primera mano de la revolución portuguesa en su calidad de corresponsal de TVE.

En el estudio, se armó un revuelo: Manuel Tomás -el responsable de la música de Limite y uno de los contactos del MFA en la emisora- acudió desde la redacción, sacudió al técnico de sonido para que cortara el sonido de Paulo Coelho y pusiera de una vez la grabación. Coelho, viendo los aspavientos que sus compañeros hacían al otro lado del cristal, estaba desconcertado. Y la audiencia especial de centenares de oficiales que por todo el país esperaban la señal para iniciar el movimiento militar que acabara con la “longa noite de pedra” que significaba casi medio siglo de dictadura salazarista se hallaba expectante. Si “Grândola” no sonaba, adiós a la revolución.

Por fin, pasando casi un minuto de las doce y veinte, Coelho fue cortado tras terminar un anuncio y a capón se pinchó la cinta con la grabación. La voz de Leite de Vasconcelos comenzó a sonar, recitando los versos de la primera estrofa de la canción que José Afonso había dedicado a la pequeña ciudad alentejana y que resumía el sueño del pequeño país atlántico por ser libre, dando paso después a la voz del propio “Zeca”.

Poco importó después que Paulo Coelho se pusiera a discutir con Manuel Tomás y Carlos Albino por dejarle con la palabra en la boca e impedirle terminar con la publicidad pactada. Había otro pacto más importante que cumplir entonces: su trabajo posibilitó que miles de unidades militares se pusieran en marcha por todo el país para que tuviera lugar el acontecimiento más importante de la historia del siglo XX en Portugal.

UNA REVOLUCIÓN PLAGADA DE ANÉCDOTAS

La de Celeste y las dificultades para poner las canciones no fueron las únicas anécdotas de una revolución en la que el azar, la buena suerte e incluso las dosis de humor estuvieron presentes para que aquella revolución tuviera éxito.

Dicen que la Revolución de los Claveles nació con el pinchazo -fingido- de una rueda El capitán Vasco Lourenço convocó a una reunión decisiva en la Heredad do Sobral, propiedad de su tío, a sus compañeros de armas para discutir sobre su situación profesional y la situación general del país y ahí tuvo lugar el nacimiento del Movimento dos Capitães, posteriormente ampliado de tal manera que se llamó Movimento das Forças Armadas (MFA). Para llegar hasta la finca, a las afueras de la monumental ciudad de Évora, capital del Alentejo, los compañeros que se acercaban hasta el auto averiado recibían un plano. Y fueron tantos que superaron las expectativas de este capitán tan mañoso que decían de él que era capaz igualmente “de planchar un huevo y freír una camisa”.

La conversación con su tío para que cediera la heredad tuvo que plantearse en términos delicados. Así, cuando el capitán Lourenço comentó que querían celebrar una reunión para comentar los efectos de un decreto gubernamental que perjudicaba a sus carreras, el tío declaró:

-¡Qué decreto ni decreto y medio! Siempre es lo mismo, burocracia y más burocracia. Mira, estos lo que son es unos fascistas y lo que tenéis que hacer es acabar con ellos.

Vasco Lourenço se quedó de piedra. Sabía que su tío era de ideales antifascistas y que en los años de la guerra civil española había acogido a republicanos españoles que huían del avance rebelde en Extremadura, pero nunca habría imaginado una reacción así.

-Entonces, tío, ¿podemos…? -preguntó el capitán

-Podemos, podemos… -dijo entonces su tío, burlón- Mira, si es para organizar una revolución, toda vuestra. Para tonterías, no os presto la finca.

Así que no hubo más remedio que dejarse de tonterías…

El capitán Salgueiro Maia, un hombre joven que había sido de los primeros de su promoción, ávido estudiante que se matricularía en Sociología la universidad e hijo de unos orgullosos ferroviarios del pequeño pueblo de Castelo de Vide (norte del Alentejo), estuvo al mando de las unidades de la Escuela Práctica de Caballería de Santarém que se dirigieron al centro de Lisboa, al Terreiro do Paço, donde se encontraban los ministerios, siguiendo las instrucciones del MFA. La corta distancia entre la capital taurina de Portugal y Lisboa fue recorrida casi a paso de tartana por la caravana de tanques, jeeps y vehículos blindados. Entre medias, una avería y el error casi fatal de la carga de los obuses, de mayor calibre que los cañones por los que tendrían que ser disparados. Corregido este fallo y abandonado el vehículo defectuoso -“sucata”, es decir, chatarra, como tantos de los que se encontraban en los cuarteles de la metrópoli-, llegaron por fin a la capital lusa guiados por un mapa turístico donde los monumentos estaban muy bien señalados pero los edificios oficiales no tanto. Suerte que aquellos provincianos estaban guiados por un oficial conocedor de la ciudad, que si no aquel plano les serviría de poco.

Cuando salieron de Santarém rumbo a los ministerios que iban a cercar, un vehículo de la temida PIDE esperaba a las puertas y al ver tanto ajetreo de vehículos saliendo por los portones de la escuela militar avisaron a la policía civil, la Policia de Segurança Pública o PSP. Los “Crema Nívea” -como se les conocía por el color blanco y azul de sus autos, semejante al de las latas del mentado cosmético- no le dieron mayor importancia, y el comisario jactancioso afirmó:

-¿Y qué importancia tiene eso? Habrán salido de maniobras, que es lo suyo. Estos capullos de la PIDE siempre están viendo fantasmas…

Ya en Lisboa, Maia y sus hombres se situaron estratégicamente por esta plaza que se abre al Tajo y bajo cuyos soportales se encuentran las entradas a algunos de los ministerios clave de la administración lusa. Entre ellos, los de Defensa y del Ejército, entonces dos ministerios independientes. Tras ellos, Lisboa ascendía por las avenidas da Liberdade y da República y las plazas de Rossio, Restauradores y Marquês de Pombal hacia el norte. Frente a los mismos, el muelle del Cais das Colunas y la otra orilla del río, los pueblos de Almada y Barreiro y la estatua de Cristo Rey. A los pies del gigantesco monumento al sagrado corazón de Jesús, la artillería de la Escuela de Vendas Novas se encontraba preparada por si los buques de la Armada pretendían intimidar a los tanques de Santarém.

El ministro de Defensa, general Andrade e Silva, elogió el buen hacer de Salgueiro Maia, su disposición sobe el terreno para lo que el consideraba la defensa de los ministerios. Este pobre diablo no se enteraba todavía de que aquellos soldados no habían llegado hasta allí para proteger su digna persona y la de sus compañeros de gabinete, sino para arrestarles. No se le ocurrió otra cosa que mandar a un brigadier a cumplimentar a Maia:

-Capitán, acompáñeme al Ministerio. El señor ministro quiere hablar con usted.

-¿Cómo? -le contestó Maia- No, no. Dígale al señor ministro que no iré.

El brigadier, sin saber el porqué de aquella negativa, le explicó que el ministro quería felicitarle en persona por su trabajo en el Terreiro do Paço. Maia le contestó:

-Pues dígale que no tiene nada que agradecerme. Y que se considere prisionero del Movimiento de las Fuerzas Armadas. Lo mismo que le ocurrirá a usted si no se marcha ahora mismo.

Como se puede imaginar, el brigadier tomó las de Villadiego y decidió no pasar por el ministerio para informar personalmente a su superior. Se fue a su casa y se lo dijo por teléfono.

UN CLAVEL SE LE DA A CUALQUIER PERSONA

Las tropas del MFA habían ocupado los ministerios principales, el aeropuerto lisboeta de Portela, los estudios de la Rádio Televisão Portuguesa (RTP) y la Emissora Nacional y los principales acuartelamientos. Antes de que el gobierno presidido por el sucesor de Salazar, Marcelo Caetano, hubiese despertado, Lisboa y Portugal estaban prácticamente en sus manos y sin que, como deseaban, hubiera sido necesario derramar ni una sola gota de sangre. A lo largo de las primeras horas de la mañana, Rádio Clube Português, la estación de radio que el MFA había escogido para que fuera la voz de la revolución, había estado difundiendo comunicados en los que se instaba a la población civil a permanecer en calma en sus hogares y a que las fuerzas militares no adscritas al movimiento, así como la PSP y la Guarda Nacional Republicana -cuerpo de policía de similares funciones a las de la Guardia Civil española- evitaran todo enfrentamiento con las tropas del MFA.

Los líderes del movimiento, que desde el cuartel de Pontinha, cercano al estadio de fútbol de “Da Luz” -hogar del club más laureado de Portugal, el SL Benfica- dirigían las operaciones, esperaban desactivar con aquellos mensajes cualquier enfrentamiento armado con las fuerzas que pudiera dirigir la dictadura contra ellos, así como pretendían evitar cualquier capacidad de movilización de sus fieles mediante mensajes difundidos por los medios estatales de radio y TV. De ahí la importancia de ocupar la Emissora Nacional y la RTP. Pero, sorprendentemente, la reacción del pueblo lisboeta fue la inversa cuando, con el sol asomando tímidamente sobre los tejados de la ciudad, escucharon la reconocible voz del locutor Joaquim Furtado difundiendo el siguiente comunicado del MFA:

“Aquí el puesto de mando del Movimiento de las Fuerzas Armadas. Conforme ha sido difundido, las Fuerzas Armadas desencadenaron en la madrugada de hoy una serie de acciones con vistas a la liberación del país del régimen que desde hace mucho tiempo lo domina. En sus comunicados, las Fuerzas Armadas han apelado a la no intervención de las fuerzas policiales con el objetivo de evitar el derramamiento de sangre. Aunque este deseo se mantenga firme, no se dudará en responder de manera decidida e implacable a cualquier oposición que se manifieste. Consciente de que interpreta los verdaderos sentimientos de la Nación, el Movimiento de las Fuerzas Armadas proseguirá en su acción libertadora y pide a la población que se mantenga en sus residencias.

¡Viva Portugal!”

Lo cierto es que no hizo falta ningún tipo de respuesta decidida e implacable. Hubo pocas ocasiones para demostrarlo, y cuando las hubo, como en la rendición final de Caetano -refugiado en el cuartel de la GNR en la céntrica plaza del Carmo- fueron las palabras y no las armas las que sonaron para llevar a buen fin la caída de la dictadura.

Lisboetas sobre los tanques de Santarém

Los lisboetas quisieron ser testigos de primera mano de los acontecimientos. Aquí, un grupo de personas están subidas a los blindados venidos desde el cuartel de la Escuela Práctica de Caballería de Santarém, las unidades mandadas por un nuevo héroe popular, el capitán Salgueiro Maia.

Y al escuchar los propósitos de aquellos militares que estaban pululando por las hasta entonces semivacías calles de Lisboa, la gente, la sufrida gente que llevaba esperando incluso toda una vida -una “longa noite de pedra” de cuarenta y ocho años, como era conocido el régimen del “Estado Novo”- a que por fin tuviera lugar un día como aquel, no pudo aguantar más y se puso a celebrarlo como la más grande fiesta colectiva jamás vista. Aquellos portugueses tristones y melancólicos, habitantes del país del “fado” y la “saudade”, agotaban el champán de los pocos comercios que habían abierto, bailaban en las calles, engalanaban los balcones con colchas y manteles como en los días de fiestas patronales, bajaban en masa por las avenidas céntricas a abrazar y saludar a los soldados que estaban en Lisboa aquel día de primavera y se ponían a escuchar las canciones prohibidas de Fausto, Luís Cilia, José Mário Branco y “Zeca” Afonso que sonaban en la radio, porque alguien desde Pontinha -con buen criterio- había dicho a los militares que estaban en Rádio Clube que dejaran de poner marchas militares “que tanto enardecían a los fascistas” y pusieran la música que el pueblo quería oír.

Y entonces surgió la figura de una guardarropa de unos cuarenta años, de apenas metro y medio de estatura. Celeste Martins Caeiro, de madre española y padre portugués, había acudido a su trabajo en el restaurante “Sifire” de la céntrica calle Braancamp. Justo un año antes de la revolución, el 25 de abril de 1973, comenzó a trabajar en el ropero de este restaurante que abría sus puertas con un concepto novedoso por aquel entonces: el autoservicio.

Celeste recuerda de ese día que “los dueños querían hacer una fiesta para celebrar el primer aniversario de la casa y en una fiesta no pueden faltar las flores”. “El 25 de abril de 1974 fui como era costumbre pronto al trabajo (…) Llegamos, vimos la puerta cerrada y el gerente nos dijo que no se abría ese día porque estaba produciéndose una revolución pero que fuésemos al almacén y nos llevásemos las flores -que había comprado el día anterior- para que no se echasen a perder”. Aquellas flores eran claveles blancos y rojos.

Ante el cuartel del Carmo

La expectación ante el cuartel del Carmo fue impresionante, y a veces temeraria. Todos querían ser testigos de excepción de la caída de Marcelo Caetano, el delfín de Salazar. Incluso subiéndose a los árboles o a los balcones de los edificios.

Sin hacer caso del consejo de sus jefes, que le recomendaron ir directamente a su casa, Celeste bajó hacia el centro de la ciudad, donde ya había una algarabía considerable. Un corto viaje en metro la dejó en la neurálgica plaza do Rossio, justo al inicio del Largo do Carmo, donde los tanques de los sublevados aguardaban nuevas órdenes en una tensa espera desde la madrugada, y allí preguntó a uno de los soldados qué era lo que habían venido a hacer.

“Vamos para el Cuartel del Carmo, donde está Marcelo Caetano, el presidente “, le respondieron.

Eran cerca de las nueve de la mañana, y el soldado, que ya llevaba unas horas de guardia, pidió a Celeste un cigarrillo. “Yo nunca he fumado, pero en aquel momento me supo mal no tener uno. Me fijé en si había algo abierto, pero era demasiado temprano, estaba todo cerrado y no había nadie en la calle. Miré a los claveles y le dije que me sabía mal, pero que sólo tenía flores. Cogí un clavel, el primero fue rojo, y él lo aceptó. Como soy así tan pequeñita y él estaba encima del tanque, tuvo que estirar el brazo, agarró el clavel y lo colocó en su fusil”, describe pausadamente, casi deletreando las palabras y los ojos llenos de lágrimas, en la entrevista que la agencia EFE le hizo con motivo del cuadragésimo aniversario del 25 de abril, que ha tenido lugar en este año 2014.

El resto de soldados imitaron a su compañero y pidieron a Celeste uno de esos claveles, rojos y blancos, que llevaba bajo el brazo, hasta repartirlos todos. Así, aquel día recibió su símbolo y su nombre: la revolución portuguesa que derribó el brutal régimen salazarista se conoció como la Revolución de los Claveles. “Nunca esperé que los claveles viniesen a derivar en todo esto, fue un gesto sin segundas intenciones”, reconoce. Horas más tarde, varias de las floristas que trabajaban vendiendo de forma ambulante por el centro de la capital lusa se afanaban en que a nadie le faltase uno, contribuyendo a convertirlos en un icono de libertad. Un gesto espontáneo que desde las páginas del diario del PCP, “Avante!”, recuerdan que fue un gesto de solidaridad y compañerismo entre compatriotas, porque antes los claveles -como el resto de flores- se entregaban a la pareja y los amigos. Ella, con aquella frase que le dijo al muchacho “un clavel se le da a cualquier persona” entroncó con lo que decía la canción de José Afonso que había sido el himno del 25 de Abril: “en cada esquina hay un amigo”.

Soldados y claveles

Aquellos muchachos cansados, cuyo destino era en muchos casos perecer en las guerras que el salazarismo estaba llevando a cabo contra los movimientos independentistas de las colonias, recibieron aquellos claveles de Celeste como otros regalos que ese día recibieron con alegría de sus compatriotas. Cigarrillos, refrescos y bocadillos que fueron repartidos alegremente por un pueblo que confraternizó con ellos desde el principio.

CELESTE HOY

La profusión de conferencias, debates y exposiciones sobre el 40 aniversario del 25 de abril contrasta con la escasa exposición pública de esta anciana, cuya historia es desconocida incluso por muchos de sus compatriotas y que lejos de ser homenajeada o reconocida, sobrevive con una pensión mínima de apenas 370 euros. Su acto dio nombre a una revolución única, considerada la última revolución romántica por la ausencia de derramamiento de sangre y por el hecho de que sus protagonistas, los jóvenes “capitanes de Abril” -Otelo de Carvalho, Ernesto Melo Antunes, Vasco Lourenço, Fernando Salgueiro Maia…- pasaron al anonimato tan pronto como hubieron realizado la tarea que se habían propuesto: derribar a la dictadura y hacer que el pueblo, como dijo el propio Maia a sus soldados en Santarém, “pudiera escoger su destino”, y cuyo legado hoy algunos consideran puesto en riesgo por los severos ajustes y recortes aplicados en el país desde que solicitó la ayuda financiera a la troika UE-FMI-Banco Mundial, hace ahora tres años.

Recibimiento Santa Apolónia a los exiliados

En esta fotografía del reportero español Francisco Elvira puede verse el recibimiento tributado a los exiliados portugueses que regresaban a Lisboa desde Francia en el “Sud Express”. Entre ellos, los secretarios generales del Partido Socialista, Mário Soares, y del Partido Comunista, Álvaro Cunhal.

Quizá este descontento con la situación actual venga de lejos. La revolución portuguesa fue un proceso que a lo largo de los años que siguieron al 25 de Abril simbolizó dos ideas antagónicas: la de hacer de Portugal una democracia al uso del resto de países del Occidente europeo -con la excepción del residuo fascista de la España de Franco- o avanzar hacia la constitución de un modelo de democracia socialista, que aunara la autogestión de los obreros y los campesinos de la industria y la propiedad agraria con un socialismo avanzado, de rostro humano, recuperando las esperanzas frustradas en Chile por el golpe de Pinochet o en Checoslovaquia por la intervención rusa que puso fin a la “primavera de Praga”. En los primeros meses, hasta noviembre de 1975 y bajo la presidencia del consejo de Vasco Gonçalves, parecía imponerse el segundo modelo, al tiempo que se ponía en marcha la descolonización. La preocupación en las potencias occidentales, los aliados de Portugal en la OTAN, así como en EE.UU. y en la RFA, era grande. Los partidos derechistas y el Partido Socialista de Mário Soares, asesorado por la socialdemocracia de la Alemania Federal, maniobraron con objeto de minar un proceso que era de por sí costoso. Con el golpe derechista del general Spínola, presidente provisional de la República, que aunque fallido mostró las tensiones internas en el seno del MFA y de las fuerzas revolucionarias lusas, terminó el capítulo socialista de la revolución portuguesa y comenzó el camino “políticamente correcto” del 25 de Abril.

Hoy, por eso, ante las muchas traiciones a la Revolución de los Claveles y la honestidad que demostraron sus protagonistas, cuyo último capítulo es la entrega de Portugal a los poderes financieros extranjeros, no resulta extraño que las manifestaciones contra las políticas de austeridad y la Troika acaben con “Grândola vila morena”, o que la Associação Vinte-e-cinco de Abril, heredera del MFA y dirigida por Ernesto Melo Antunes -hoy dedicado a la pintura y residente hoy en el Algarve- rechace participar en las ceremonias oficiales del aniversario, en protesta por el rumbo político de los gobiernos portugueses. Celeste Caeiro, a sus ochenta años de edad, es militante del Partido Comunista y admite que ya de joven era “rebelde” y contraria a la dictadura. Hoy día, pese a que no goza de un buen estado de salud, se deja ver en muchas de las manifestaciones convocadas contra las medidas de austeridad, prueba de que, 40 años después, tanto ella como muchos otros tienen motivos para protestar contra otras tiranías encubiertas.

FUENTES:

“Celeste, la mujer que con sus claveles dio nombre a la Revolución portuguesa”, El Confidencial, 24/04/2014.

“Celeste Martins Caeiro”, Wikipédia em português (pt.wikipedia.com)

Julio Diego Carcedo, “Fusiles y claveles. La revolución del 25 de abril en Portugal” Madrid, Temas de Hoy, 1999.

“José Afonso”, Público, 25/04/2013.

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