Benjamín Balboa y los radiogramas de Cartagena. Una historia para el 7 de noviembre

“La guerra española fue una guerra santa porque fue una guerra por la paz. Fue una guerra santa porque fue una guerra por la libertad. España había sido un país libre. Llegó a ser fascista. Todos aquellos que contribuyeron a la victoria de Franco contribuyeron también al estallido de la S.G.M. Todos aquellos que contribuyeron a la victoria de Franco contribuyeron a suprimir la democracia […] Dos días después del asedio de Madrid, me enrolé en las Brigadas Internacionales. Me siento más orgulloso de esto que de cualquier otra cosa de toda mi vida.”

Louis Fischer.

El 7 de noviembre es una fecha que ha caído en el olvido para los madrileños y los españoles en general. Estamos acostumbrados a celebraciones más patrioteras que patrióticas, en conmemoración de extraños días de la Hispanidad que conmemoran la herencia más oscura de España, representada sin duda en el descubrimiento de cosas descubiertas y en la conquista a sangre y fuego de tierras extrañas, en perjuicio del legado humanista, tolerante y de convivencia que representaba por ejemplo un Bartolomé de las Casas. O a celebrar las gestas de la independencia de Palafox, Agustina de Aragón y la adopción de la primera constitución en Cádiz en medio de la guerra de independencia, olvidándonos de conmemorar la pasión y muerte del general que defendió a España del invasor francés tanto en su versión napoléonica como en la de la restauración absolutista y venal que impuso, de nuevo, tras el breve período del trienio liberal, a Fernando VII como idiota coronado para hacer y deshacer a su antojo sin “Pepas” ni Pepes: ¿qué ha sido pues de Rafael de Riego, más allá de una calle escondida en medio del distrito de Arganzuela, y un himno que ha quedado sólo para ser cantado por los republicanos? Por no hablar de Blanco Whyte, Evaristo San Miguel y tantos otros que en una España heredera de su más negra historia ha ido tirando al olvido, al exilio o a la muerte más perra a los más preclaros españoles que ha habido a lo largo de su historia, desde la expulsión de los moriscos a la evacuación de Cataluña. Y así nos va.

Cartel Bardasano

Cartel de Bardasano para el sindicato agrario socialista FETT-UGT. La unión en el cartel del soldado republicano con el paisano que lucha contra el ejército napoleónico en 1808 no es casual. Para la República, enfrentada a una sublevación militar apoyada de manera ingente -en hombres y en material- por las potencias fascistas, no había duda alguna de que España se enfrentaba, de nuevo, a una lucha por su independencia.

Viene un nuevo 7 de noviembre. Y como si no fuera acaso la epopeya que marca ese día tan maravillosa, única, trágica, horrible y digna de elogio como la del 2 de mayo, permanece en el olvido. Los madrileños de ese 7 de noviembre, a la larga, perdieron. Pero resistieron 29 meses, como una moderna Numancia o un nuevo Sagunto. Y llegaron canciones sobre aquel día y los que vinieron después: hablaban del Puente de los Franceses, de la Casa de Campo, del Manzanares; se habló de la torre de la Telefónica como “el colador”, de la Gran Vía como la “avenida de los Obuses”, y de cómo los madrileños se iban al cine a ver los filmes de Benito Perojo o “El Acorazado Potemkin” tras una lluvia de bombas que día sí día también caía en Lavapiés, en Argüelles, en Vallecas, en la Plaza del Progreso (hoy Tirso de Molina), en Tetuán, nunca en Salamanca y a veces en el Paseo del Prado. Se iba a combatir en el tranvía y la gente saludaba en su coche a un general con nombre de restos de pan: “¡Ahí va Miaja!”

Cartel de Briones conmemorativo del primer aniversario de la resistencia de Madrid. Se añade una frase del presidente del gobierno republicano Negrín, quien precisamente encarnaría la agónica voluntad de resistencia del conjunto de la República.

Cartel de Briones conmemorativo del primer aniversario de la resistencia de Madrid. Se añade una frase del presidente del gobierno republicano Negrín, quien precisamente encarnaría la agónica voluntad de resistencia del conjunto de la República.

El 7 de noviembre, en Petrogrado, en 1917, el acorazado “Aurora”, anclado en las frías aguas del río Neva, había cañoneado con proyectiles de fogueo el palacio de Invierno. La Revolución comenzaba en el país más extenso de la Tierra, con banderas rojas en las estatuas de Catalina la Grande. El 7 de noviembre, en Madrid, en 1936, los generales sublevados contra el gobierno legítimo de la República, llegada apenas unos años antes, que estaban causando un baño de sangre en España por causa de su felonía, su miseria moral, su falta de escrúpulos, presumían de que pronto tomarían café en la Puerta del Sol, con toda la chulería que sólo un soberbio pagado de sí mismo era y es capaz de exhibir. Los madrileños alzaron un cartel en la plaza de la Puerta Cerrada, cerca de la Plaza Mayor, diciendo “¡No pasarán!”, recordando las palabras de la batalla de Verdún. Y sus milicianos, que por Extremadura y Toledo corrían en desbandada, se organizaron de forma increíble y épica junto con la gente común para excavar trincheras, conseguir armas. En una palabra: resistir. Llegaron los internacionales: franceses al son de la Marsellesa; alemanes, austriacos e italianos -no todos eran fascistas-; ingleses -no todos eran estirados lores, ladys y banqueros de la City que admiraban a Franco porque era un “hombre de orden” que protegería sus finanzas-; norteamericanos -quienes no habían visto un negro en su vida vieron a uno de ellos mandando a blancos y muriendo como un valiente en Villaviciosa, el capitán Oliver Law, motejado como el “Tchapaieff negro”-; palestinos árabes y judíos de Oriente Medio… La Internacional cantada en cien idiomas, hasta en el “creóle” de la Martinica y de Guadalupe. Un muchacho que pregunta a Neruda si Madrid es bonita, ante la sorpresa del escritor. Varela el fascista a las puertas de la ciudad. Los rebeldes en Carabanchel, en el puente de Segovia, en Marqués de Vadillo… y el 7 de noviembre no pasan. Tampoco el 8. Ni el 9. Y así pasan los meses. Madrid es símbolo. Madrid sigue viva en medio de la muerte que sufre y que le rodea. Tenemos el 2 de mayo, el 15 de mayo… ¿y quién me ha robado el 7 de noviembre? Los mismos tipos, los mismos que ayer y que hoy nos roban el mes de abril.

Este artículo quiere recordar a un héroe desconocido, que es un poco un resumen de tantos héroes desconocidos y olvidados que se sacrificaron, en Madrid y en toda España, por defender lo que tanto había costado conseguir. Se alzaron sin nada, abandonaron sus hogares, sus trabajos y su seguridad, arriesgándolo todo, dispuestos a plantar cara a una rebelión militar que iba a acabar con el país que ansiaban tener. Max Aub escribió en “Campo de los almendros” las palabras más bellas y conmovedoras que posiblemente se hayan podido decir sobre los hombres y mujeres que, fusil al hombro, en las trincheras, en los hospitales, conduciendo camiones y ambulancias, llevando pertrechos o difundiendo los principios de la lucha de la República, lucharon por la causa de la joven democracia española amenazada por la agresión militar de la sublevación del 18 de julio de 1936 y las potencias fascistas que apoyaban a esta última. Españoles de nacimiento o de alma, como aquellos internacionales que fueron despedidos emocionada y multitudinariamente por las calles de Barcelona en 1938, unidos ya siempre a la historia trágica y conmovedora de un pueblo en armas por su libertad y a las puertas de la época más ominosa de su trayectoria vital. Su legado, hecho a base de personajes conocidos y anónimos, no puede ni merece ser olvidado. Porque, si queremos un país y un mundo mejores, justo es reconocer a quienes quisieron hacerlo posible.

Esta es la historia del coruñés Benjamín Balboa López (Boimorto,1901-Ciudad de México,1976). Una historia admirable por el valor con que se enfrentó a su deber y a lo que su conciencia dictaba frente a los que traicionaron sus juramentos y las esperanzas de un pueblo. En su caso, al principio de la rebelión, desde su puesto de oficial de tercera clase en la estación de radiotelegrafistas de la Marina de Guerra, sita en la Ciudad Lineal de Madrid.

BENJAMIN BALBOA.

Fotografía de Benjamín Balboa en su etapa de subsecretario de Marina de la República.

Desde dicha estación -a pesar de que, por obvias razones de geografía, Madrid no era un puerto de mar- mediante la TSH y utilizando el sistema Morse, se establecían todas las comunicaciones con las bases navales y los buques de la flota. Sobre las seis y media de la mañana del sábado 18 de julio de 1936 -ya sublevados los cuarteles de Melilla, el día anterior, y en marcha la rebelión militar en el protectorado español de Marruecos- Benjamín Balboa captó el siguiente mensaje: “Gloria al heroico Ejército de África. España sobre todo. Recibid el saludo entusiasta de estas guarniciones, que se unen a vosotros y demás compañeros Península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. Viva España con honor. General Franco.” El mensaje de Franco, entonces comandante militar de Canarias, con base de mando en Santa Cruz de Tenerife, iba destinado al jefe de las guarniciones melillenses. Al poco tiempo, volvió a captar el mismo mensaje, dirigido esta vez a los Generales de División de las divisiones 1ª (Madrid), 2ª (Sevilla), 3ª (Valencia), 4ª (Barcelona), 5ª (Zaragoza), 6ª (Burgos), 7ª (Valladolid) y 8ª (La Coruña), así como a otros mandos militares de las Baleares, Marruecos y de las bases navales de Cádiz, Cartagena y El Ferrol.

Cartel Vicente Ballester

Cartel del valenciano Vicente Ballester para la CNT en homenaje a la marina de guerra republicana.

Los sublevados pretenden hacer pasar sus mensajes a través de la vía oficial, cegados por ínfulas de éxito o quizá en la pretensión de que la estación de radiotelegrafistas está en sus manos. Balboa, indignado -cuenta en su obra “La flota es roja” Daniel Sueiro- y con el texto del mensaje escrito nerviosamente en una hoja de papel, advierte a su compañero en Cartagena, el auxiliar de radio Albiol: “No hagas eso compañero… no transmitas esa circular… no te das cuenta de que es un acto de subversión”. La respuesta de Albiol quiere ser una justificación, pero en realidad oculta un angustioso llamado por parte de su compañero que Balboa sabe captar: estaba cumpliendo órdenes superiores, de jefes metidos de lleno en la conspiración que en ese momento le rodeaban en la misma estación de radio. La circular ha sido enviada ya a Madrid y a la base naval de Mahón (Menorca). Si alguien puede detener la transmisión, es Balboa.

Reaccionando con celeridad, Balboa telefonea al ministerio de Marina, cuidándose de no utilizar el aparato que estaba conectado con el domicilio del jefe de la estación, el capitán de corbeta Castor Ibáñez Aldecoa, sin duda a la espera de noticias de Marruecos para sublevarse y poner la estación en manos rebeldes. Saltándose así a su jefe inmediato, comunica al teniente de navío Prado Mendizábal, de la secretaría del ministro José Giral -quien luego sería presidente del gobierno y ministro en los gabinetes de Largo Caballero y Negrín a lo largo de la guerra-, el contenido de la nota mandada por Franco. Prado copia rápidamente las palabras que Balboa le dicta y antes de comunicárselas a Giral, le indica al auxiliar radiotelegrafista que, por su parte, pase a limpio la circular y se la envíe, con toda urgencia y en sobre cerrado y personal al ministro de Guerra y presidente del gobierno, el abogado compostelano Santiago Casares Quiroga.

En ese momento, hace acto de presencia en el puesto donde se encontraba el oficial Benjamín Balboa su jefe, el capitán Ibáñez Aldecoa. Al darse cuenta de que el esperado mensaje de Franco, en lugar de ser transmitido a las guarniciones, para que se sumen al alzamiento, como estaba previsto por la conspiración, iba a ser enviado al ministro de Marina o al jefe del ejecutivo republicano, se apoderó bruscamente de él, arrebatándolo de las manos del funcionario, reclamando como primer destinatario del mismo al jefe del Estado Mayor de la Armada, dedicando al mismo tiempo palabras de desprecio y de amenaza a Balboa.

El jefe de Estado Mayor de la Armada, el vicealmirante Javier de Salas, es otro elemento perteneciente a la conspiración antirrepublicana, e Ibáñez lo deja claro transmitiendo con euforia de la circular de Franco, manteniendo ostensiblemente abierta la puerta de la cabina, como para contagiar a las fuerzas de custodia y demás presentes de su propia alegría. Al poco, sale de la cabina y marcha a su vivienda particular para continuar la conversación. Y ahí es donde interviene el teléfono que desde la sala de radiotelégrafos conecta con el domicilio. Si el capitán deseaba y de hecho ordenó que se usara única y exclusivamente ese teléfono para poder enterarse de lo que hablaban sus subordinados, estos últimos podían hacer lo mismo. Así supieron, y Balboa entre ellos, lo que Javier de Salas y su jefe siguieron hablando.

Con tanto personaje metido por medio y tanto que se jugaba en tan poco tiempo, el relato de estos hechos podría encajar en un filme de espionaje o de acción, pero sin efectos especiales “made in Hollywood” ni artefactos del agente 007. Salas e Ibáñez convinieron en que la circular de Franco sería transmitida por éste último y su estación de la Ciudad Lineal a las guarniciones, siguiendo, sin duda, los planes trazados con anterioridad. Cuando el capitán Ibáñez Aldecoa sale de su domicilio privado y atraviesa los cien metros de jardín que separan éste de la sala de aparatos, Balboa le sale al paso. Indignado por la insubordinación, el capitán le manda arrestar. Pero el oficial le responde “No acato esa orden. Tengo una misión que cumplir y la cumpliré, cueste lo que cueste y pese a quien pese. Estoy aquí para defender a la República contra aquellos que, como usted sabe, la traicionan. Y desde este momento es usted, no yo, quien tiene prohibida la entrada en el local”. Nuestro auxiliar de radio apunta al capitán Aldecoa con su pistola, una Luger 22, de nueve tiros más uno en la recámara, con el cargador completo. Allí mismo lo detiene y lo encierra con llave en sus habitaciones. “No salga usted de su casa, capitán. Si lo intenta, se hará fuego contra uste.”, le advierte finalmente. De esta forma se hizo dueño de la situación, y el gobierno de la República no perdió el contacto con las bases navales ni con la mayoría de los barcos que componían la escuadra. Barcos que serían utilizados, en esos primeros instantes, para cortar el paso del ejército de Marruecos desde África a la península por el estrecho de Gibraltar. Sólo pudieron hacerlo en los aviones dispuestos por la Alemania nazi y la Italia fascista.

Crucero Cervantes Llegada Tánger Julio 1936

La tripulación del crucero Miguel de Cervantes saluda con el puño en alto a su llegada a la entonces ciudad internacional de Tánger para repostar combustible. Barcos de la marina de la República habían llegado hasta el norte de África para impedir el paso de las tropas rebeldes del protectorado a la Península.

Benjamín Balboa, este héroe poco conocido, acabó siendo hombre de confianza de la Marina republicana y ascendido a oficial primero -equiparado a capitán- del cuerpo de radiotelegrafistas, desempeñando diversos cargos públicos a lo largo de la contienda, entre ellos el de subsecretario de Marina y Aire. Al finalizar la guerra civil se exilió a México. Su hermano corrió peor suerte: marino como él, fue fusilado en Cartagena en 1942. Su consuelo final fue el de sobrevivir al general cuyo mensaje felón -entre muchos, muchos otros actos de felonía que cometió y cometería- impidió que fuera transmitido en aquellas horas amargas con que Madrid y España se despertaron aquel sábado de julio.

PARA SABER MÁS:

Los relatos sobre el Madrid asediado y resistente pueden encontrarse en muchas historias sobre la guerra civil. Son particularmente hermosos los relatos de Alejo Carpentier en “Bajo el signo de la Cibeles” o de Julián Zugazagoitia en “Guerra y vicisitudes de los españoles”. Hay un interesante artículo sobre el capitán Oliver Law, brigadista del batallón Abraham Lincoln y primer norteamericano negro que mandó sobre estadounidenses blancos (las tropas de EE.UU. eran y siguieron siendo en la SGM segregacionistas), fallecido en Villaviciosa de Odón en el transcurso de la batalla del Jarama de Félix Población, “Madrid, a Oliver Law”, en Dominio Público (blogs.publico.es/dominiopublico). El relato sobre Benjamín Balboa, sobre todo en la web de la Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores, en su epígrafe “Héroes” (sbhac.net) y en la obra de Manuel Vázquez Montalbán “Autobiografía del general Franco”, en la que se le dedican unos breves y hermosos párrafos. También periódicos gallegos como “La Voz de Galicia” -que llegó a publicar su esquela- hacen referencia a este insigne oficial de Marina de la República.

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