Rosa Luxemburgo y la Revolución Espartaquista

UNAS PALABRAS PREVIAS

En fechas recientes hemos asistido al 25º aniversario de la caída del muro de Berlín. Casi todas, por no decir todas, las conmemoraciones y reportajes sobre la apertura de las fronteras de la RDA y el proceso posterior de “reunificación” de las dos repúblicas alemanas -en realidad, la anexión de la República Democrática por parte de la República Federal, en una suerte de “Anschluss” que recuerda bastante, aunque sin violencia ni persecuciones despiadadas, al realizado por el Reich hitleriano de la Austria natal del “Führer”- han omitido tanto el carácter inicial de las protestas de otoño de 1989 en la RDA como las advertencias que a lo largo de ese año y de 1990 realizaron destacados intelectuales tanto de la RDA como de la RFA sobre el proceso acelerado de unión-anexión de ambos Estados alemanes.

Protestas en el balcón del Palacio de la República en Berlín Este exigiendo la democratización de la RDA, otoño de 1989.

Protestas en el balcón del Palacio de la República en Berlín Este exigiendo la democratización de la RDA, otoño de 1989.

En un artículo anterior en este mismo blog me referí a las características de los movimientos opositores que, al calor de la “Perestroika” gorbachoviana, fueron surgiendo en la Alemania del Este. Nuevo Foro, los Verdes de la RDA, la Iniciativa para la Libertad y los Derechos Humanos o los Socialdemócratas germano-orientales se caracterizaban por pedir el desarrollo de un socialismo democrático y autogestionario que recuperara las propuestas de la Primavera de Praga de 1968, finalizada con la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, o de la algo más lejana experiencia húngara de 1956, aplastada por los tanques soviéticos y cuyo promotor, el secretario general del Partido húngaro, Imre Nagy, fue fusilado en medio del baño de sangre en que se sumió Budapest. El nuevo clima propiciado por Moscú, plasmado en la “doctrina Sinatra” -que cada país del bloque siguiera “a su manera” su propio camino socialista-, llevó a la caída de la hermética burocracia estatal de la RDA y su sustitución por un reformista que casaba muy bien con las propuestas de estos grupos opositores: Hans Modrow. Pero la política del gobierno de la República Federal, con sus “regalos de bienvenida” a los alemanes del Este que cruzaron la frontera en la noche del 9 de noviembre del 89 y la promesa de los “paisajes floridos” de Helmut Kohl, canciller federal, que se dibujaba en el horizonte con los votos a su filial cristiano-demócrata de la RDA y la rápida unión Este-Oeste, se llevó por delante aquella alternativa de mantener una RDA independiente y con un sistema socialista más próximo a los planteamientos de la Primavera de Praga. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socializantes de escritores, intelectuales y disidentes se disolvieron como un bloque de hielo al sol entre las luces e impactos psicológicos de las experiencias directas de la gente común con la prosperidad del Oeste, a la que ahora tenían acceso por la apertura de las fronteras entre las dos repúblicas.

La manifestación de Alexanderplatz berlinesa del 4 de noviembre de 1989 fue la más numerosa de las celebradas en aquel otoño en la RDA. Los lemas "Nosotros somos el pueblo" y "Nosotros nos quedamos" reflejaban las ansias por transformar el país frente a la huida del mismo, de crear una república socialista alemana distinta y alternativa al modelo de la RFA.

La manifestación de Alexanderplatz berlinesa del 4 de noviembre de 1989 fue la más numerosa de las celebradas en aquel otoño en la RDA. Los lemas “Nosotros somos el pueblo” y “Nosotros nos quedamos” reflejaban las ansias por transformar el país frente a la huida del mismo, de crear una república socialista alemana distinta y alternativa al modelo de la RFA.

Sin embargo, como si se tratara del mito de Casandra, a lo largo de 1990, en medio de la introducción acelerada del capitalismo en una República Democrática pronta a desaparecer -como muestran las singulares escenas de “Good bye Lenin!”- intelectuales respetados de ambas Alemanias predicen que la acelerada anexión -ya que no reunificación, pues de lo que se trata es de la imposición a los nuevos “Länders” del Este del sistema social, económico y político vigente en el Oeste, sin que se vote siquiera una nueva Constitución- tendrá graves consecuencias que no podrán subsanarse salvo en un largo período de tiempo. Por el Oeste, la figura más destacada contra la reunificación será Günter Grass. Por el Este, contamos con socialistas leales pero asimismo críticos con el sistema previamente existente y derribado con la revolución de octubre-noviembre del 89: Volker Braun, Stefan Heym y Christa Wolf.

Günter Grass

Günter Grass

Grass considera la unificación como un peligro para Europa, por cuanto puede dar como resultado una Alemania excesivamente fuerte, de nacionalismo exacerbado y con voluntad de dominio sobre el continente. “Una Gran Alemania, fuerte y unida, pero temida por todos, que suponga un peligro para Europa”, en palabras del profesor Manuel Maldonado, que comenta además comenta lo siguiente: “Grass se refiere a la unificación de Alemania en términos duros, pero también muy claros. La considera un parto monstruoso, producto de una agresiva voluntad de saqueo y de rapiña, suscitada por la prepotencia económica de Alemania Occidental, por la avidez y el ardor de dominio de una economía de mercado sin escrúpulos.” Tanto Grass como sus colegas del Este consideran necesaria la existencia de una RDA socialista que sea alternativa (y al mismo tiempo coexista pacíficamente) a la República Federal. A finales de noviembre de 1989 Grass se une al llamamiento efectuado por Volker Braun y Christa Wolf en este sentido, y poco después se integrará junto con Jürgen Habermas, Christoph Hein, Walter Jens y Friedrich Schorlemmer en el grupo Kuratorium für einen demokratisch verfassten Bund deutscher Länder, que se declara contrario a la unificación estatal y a favor de una confederación sobre la base de la soberanía de ambos estados alemanes. Tras la unificación (3 de octubre de 1990), Grass intensifica sus críticas a la clase política de Alemania Occidental por forzar la unidad y por tratar de liquidar los activos de la RDA.

Stefan Heym, judío alemán que vivió la persecución nazi, la caza de brujas de McCarthy en los Estados Unidos -en cuyo ejército luchó en la S.G.M.- y que como socialista comprometido acabó en una RDA en la que, pese a todo, no le cuadraban los métodos de un aparato estatal en el que chocaban la teoría y la práctica, defendió la misma idea de independencia de la RDA y de modelo socialista democrático para el que había sido su país desde 1952. Heym había sido un escritor mimado por la República Federal, cuya prensa elogiaba a este escritor al que ya no dejaban publicar sus libros en la república del Este pero cuyos libros -pese a la existencia de una ley que nunca se aplicó para impedir tal extremo- se editaban y publicaban en el Oeste. A Heym no le gustaban estos mimos: defendía la RDA, con todos sus defectos, a la que consideraba “contrapeso” de aquella otra Alemania heredera del postnazismo. A pesar de su desacuerdo manifiesto con el régimen de un país para con el que había caído en desgracia, evitaba criticarlo ante los medios occidentales, para no hacerle el juego a “la República del Deutsche Bank-BASF-Daimler-Höchst”. Cuando la Perestroika echaba a andar en la URSS y se iniciaron lugar las protestas de 1989 que acabaron con el régimen de Honecker, Heym se adhirió al manifiesto “Por nuestro país” que abogaba por “una RDA mejor y renovada”. Su prestigio intelectual y su integridad moral hacía de él un serio candidato para ocupar la presidencia de esa nueva República Democrática. La promesa de los “paisajes floridos” de Kohl, los cien marcos de bienvenida a los que cruzaban la frontera y el sueño de alcanzar pronto la prosperidad de la RFA, que parecía mucho más cercano y viable en aquel entonces que el de construir una RDA “de rostro humano” (aunque poco tardaría en demostrarse que no iba a ser así) acabó con los proyectos de “tercera vía” defendidos entre otros por Heym. En 1990 éste escribió “Auf Sand Gebaut” (Construido sobre arena), una de las primeras críticas a la reunificación. Y ya en 1994, al salir elegido diputado como independiente en las listas del PDS (Partei für Demokratische Sozialismus o Partido del Socialismo Democrático, el grupo político heredero del SED que gobernó la RDA, refundado por Hans Modrow y otros como Georg Gysi que, por reformistas, habían sido apartados de la primera línea) pronunció el discurso inaugural de aquel Bundestag, el parlamento federal de la nueva Alemania unida -privilegio que le correspondía como parlamentario de más edad- en el que perseveró en esa línea. Reivindicó la otra cara de la que había sido su patria durante treinta y ocho años, oculta por los despropósitos del cierre de las fronteras para con el mundo occidental (plasmado en el muro de Berlín) y la vigilancia obsesiva del Ministerio para la Seguridad del Estado, la famosa Stasi, que también le vigiló a él. “Por favor, no subestimen una vida humana en la que, pese todas las restricciones, el dinero no lo decidía todo, el puesto de trabajo es un derecho igual para hombres y mujeres, la vivienda es asequible y la parte más importante del cuerpo no son los codos”. Ni qué decir tiene estas palabras no sentaron nada bien entre los políticos del Oeste: rompiendo la tradición, los diputados de la coalición de cristiano-demócratas y liberales (salvo una de ellas) y gran parte de los socialdemócratas le negaron el aplauso. Por orden expresa de Helmut Kohl, el discurso fue omitido del diario de sesiones del Bundestag.

Stefan Heym en el momento de realizar su discurso inaugural en el Bundestag en 1994.

Stefan Heym en el momento de realizar su discurso inaugural en el Bundestag en 1994.

Parecido caso al de Heym ocurrió con Christa Wolf, la figura más conocida en Europa occidental y América de las letras de la desaparecida RDA. A diferencia de otros autores, como el propio Heym, la talentosa y pronto malograda (fallecida prematuramente por el cáncer a los 39 años) Brigitte Reimann o Volker Braun, Wolf militó en el Partido Socialista Unificado Alemán (SED o Sozialistches Einheitspartei Deustchlands en esta lengua) hasta el final de la existencia de la República. Sin embargo, su actitud hacia el partido y el régimen fue de cada vez mayor distanciamiento, y a pesar de que nunca abandonó la RDA mostró cada vez más un pensamiento tendente hacia la transformación del país en una república socialista más libre y humana. Tras la caída del muro, en la noche del 9 de noviembre de 1989 fueron muchas las voces que pidieron la reunificación, Christa, como otros, no estuvo de acuerdo y reivindicó una RDA libre, independiente, marxista, de rostro humano. Veía posible una reforma del socialismo. Hasta ese momento, su actitud disconforme con el sistema del Este le valió ser candidata seria al Nobel. Hasta ese momento. Cuando Grass lo recibió en 1999, declaró que le hubiera gustado recibirlo conjuntamente con esta escritora, autora de novelas que ayudan sin duda a comprender mejor la RDA como “El cielo partido”, “Casandra” o “Lo que queda”.

Christa Wolf durante una conferencia en Frankfurt del Maine (RFA) en 1982, ante un nutrido público de estudiantes germano-occidentales.

Christa Wolf durante una conferencia en Frankfurt del Maine (RFA) en 1982, ante un nutrido público de estudiantes germano-occidentales.

A Günter Grass, Stefan Heym y Christa Wolf se les echaron encima los escritores, periodistas y voceros oficiales y oficiosos de la “exitosa reunificación” y defensores del capitalismo a ultranza, sin haber entendido nada de lo que expresaron. Grass, que había escrito una novela en la plasmaba la vida de una familia de la RDA hasta el momento de la unificación/anexión, fue tachado de “apologista” del régimen honeckeriano, de un autor que en 1995 -fecha de la publicación de la obra de Grass- es capaz de condenar a la República Federal y que, en cambio, supuestamente, no manifieste su indignación con respecto al sistema que imperó en la desaparecida República Democrática. En absoluto es esa la intención ni el contenido de la novela, pero el peligro manifestado por los medios y críticos de la nueva Alemania a que un intelectual del prestigio de Grass -alemán federal a la sazón-desmonte su argumentario hace que se lancen sobre él como perros de presa. El profesor Maldonado Alemán explica que “a Günter Grass se le critica en cuanto representante destacado de los «Gessinungsgenossen» de Alemania Occidental, de esos intelectuales que creen en la llamada «tercera vía», en un socialismo democrático con rostro humano, del que la crítica conservadora de Alemania Occidental esperaba su definitivo fracaso”.

A Heym, ya hemos visto, se le negó el pan y la sal tras su discurso en el Bundestag, y tras la publicación de “Construido sobre arena” en 1990 se le ridiculizó y estigmatizó. El viejo patriarca de las letras germano-orientales, el escritor valiente con el que no pudo la censura y el menosprecio del mundo editorial de la RDA era ahora un “viejo cascarrabias” simplemente por seguir pensando lo mismo que había pensado siempre. Una especio de renovado macarthysmo se ensañaba de nuevo con él.

Y lo mismo ocurría con Christa Wolf, sobre la que se inició una persecución a cuenta de su colaboración con la Stasi entre 1959 y 1961. Christa colaboró de manera no oficial con la policía política, siendo calificada esta experiencia por la propia autora de “punto oscuro” de su biografía. Al conocerse a principios de los noventa esta colaboración, las críticas -que versaban sobre su incapacidad como autora o su “venta” al sistema germano-oriental- arreciaron sobre ella: era lógico que defendiera a la RDA, dado que había sido una chivata del régimen. En 1993, ella misma dio un paso al frente y publicó las actas que recogían sus informes a la Stasi, en las que daba una visión positiva de los escudriñados. Resulta cuando menos curioso que medios y personas de la RFA (hubo dignas excepciones, como el mencionado Günter Grass y Walter Jens) se cebaran sobre una persona que se arrepintiera de aquella colaboración, se mostrara crítica con el régimen que la había “reclutado” para esos menesteres y que diera buenos informes sobre los investigados, y no movieran un dedo para someter a tamaños manejos inquisitoriales a tantos viejos colaboradores del nazismo que hallaron tanto tranquilidad como respetabilidad en la República Federal. Una de las diferencias en este sentido entre las zonas de ocupación occidentales y soviética de Alemania, y luego entre la RFA y la RDA, es que la desnazificación fue mucho más profunda en la segunda. No sólo se estaba cometiendo una injusticia con Christa Wolf en tanto que no se estaba observando con ella ni su actitud valiente ni sinceridad al ofrecer ella misma los datos relativos a su colaboración y a las personas y el objeto de la información dada sobre ellas; ni las circunstancias personales (p.ej., el chantaje, al que unos cuantos fueron sometidos para que se convirtieran en informadores de la Stasi) que motivaron esa colaboración, sino que esos mismos descalificadores no tuvieron en cuenta que harían mejor en mirar primero la viga en el propio ojo antes de buscar la paja en los ojos ajenos.

Si he querido mencionar a estos tres “grandes” de las letras alemanas no es sólo en cuanto a la lucidez que tuvieron en vaticinar, por un lado, el poder desmesurado que la Alemania resultante de la unificación/anexión de la RFA y la RDA iba a tener sobre el resto de Europa, en su papel de primera potencia continental y directora de las políticas de la Unión Europea, y por otro en cuanto al significado interno que iba a suponer la adopción a marchas forzadas del modelo económico, social y político de la Alemania federal por parte de los nuevos “länder” orientales, y que se tradujo, tras la euforia inicial que se ocultará tras la introducción del marco alemán federal y la promesa de Kohl de los “paisajes floridos”, en desempleo, rapiña por parte de las empresas de la RFA de los activos y las compañías de la República Democrática, corrupción en la adjudicación de esos mismos activos en el seno de la organización encargada de realizar tal labor, la “Treuhandanstalt”, emigración al Oeste en cantidad similar e incluso superior a la que se dio en los años previos a la construcción del muro y el fenómeno de la “Ostalgie”, la nostalgia por el Este, que es tanto un fenómeno sentimental y psicológico de quienes vivieron en una RDA donde la vida resultaba más sencilla para ellos que en un entorno que se les hizo incierto y lleno de promesas huecas de la noche a la mañana, como todo un aparataje de “merchandising” que llena tiendas de Berlín de los curiosos hombres del semáforo (Ampellmann) o personajes de series infantiles germano-orientales como Sandsmannschen (el hombre de arena).

No es tan sólo por eso. Escribió el profesor Manfred Kossok (catedrático de Historia en las Universidades germano-orientales de Leipzig y Chemnitz/Karl-Marx Stadt) sobre Heym, Wolf, Grass (amén de otros como Jürgen Habermass, Christoph Heim o el sacerdote protestante Friedrich Schorlemmer) que el pensamiento de estos personajes, el protagonismo de sus ideas en los movimientos de protesta que condujeron a la caída del régimen de la RDA, es novedoso en la tradición política alemana (aunque no en la historia de las ideas políticas alemanas) en cuanto que en buscan  una “revolución recobrada”. “Aplicar estos postulados, nunca realizados con éxito en la historia alemana, en el marco de un socialismo renovado y de identidad propia era el objetivo de base del movimiento democrático de aquellos días (…) Elementos de las revoluciones democrático-burguesas y socialistas demostraron no ser conceptos excluyentes (como dice el marxismo dogmático) sino más bien componentes orgánicamente unidos, de un proceso único de la historia universal y de una demanda universal de libertad, por encima de determinados intereses de clase”. Kossok explica además la revolución de octubre-noviembre de 1989 en la RDA enlaza y las que tuvieron lugar en 1789 y 1848 bajo el signo burgués-democrático del lema “Liberté, Egalité, Fraternité” y las socialistas de 1917-1918 en Rusia y la propia Alemania, continuada en 1946-1949 en la zona de ocupación soviética (el territorio que ocuparía luego la República), imposible de realizar por la incapacidad del estalinismo y el “socialismo real” de emprender el camino socialista sin romper con la tradición cívica y humanista heredada de la Revolución Francesa (“Las auténticas posibilidades revolucionarias del periodo de 1946 a 1948, que culminaron con la Constitución de 1948 propuesta por el Congreso Popular (Volkscongress) no se lograron realizar(…) La historia de la RDA -y en esto veo yo la auténtica tragedia- se convirtió en la historia de la creciente enajenación entre el poder y el pueblo: otro momento perdido en la historia alemana, otra vez el abandono de una alternativa”). Y si en la historia previa de Alemania hubo alguien -el propio Kossok lo expone- que pudo ser el nexo de unión entre los principios democrático-liberales y socialistas, un antecedente de los movimientos democratizadores de la RDA y de los intelectuales que abogaban por una alternativa socialista en la república frente a la anexión a la RFA, y cuyo pensamiento pivotase, en fin, hacia un socialismo “de identidad propia” y de rostro humano, hay que fijarse en Rosa Luxemburgo.

ROSA LUXEMBURGO: LOS ORÍGENES DE UNA ACTIVISTA

Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg

Rose Luxemburg (en alemán; Róża Luksemburg en el de la lengua de su país de nacimiento, Polonia) nació el 5 de marzo de 1871 en Zamość, localidad polaca, país entonces perteneciente al Imperio Ruso. Era hija de Eliasz Luxemburg III, un comerciante de maderas, y Line Löwenstein, ambos judíos.

Rosa Luxemburgo, la menor de cinco hermanos, nació con un defecto en el crecimiento y padeció de niña, a la edad de cinco años, una dolencia en la cadera que la obligó a guardar cama durante largos meses, quedándole como secuela una cojera permanente. En fotografías de adulta, durante su actividad en el Parlamento alemán, Rosa Luxemburgo aparecerá como una mujer bajita, pero de un fuerte carácter que le granjeará el apodo de “la Rosa roja”.

Pronto se mostrarán sus inquietudes socialistas y revolucionarias. A la edad de dieciséis años, cuando acudía en Varsovia al Gymnasium (instituto de secundaria), se afiliará al grupo socialista polaco “Proletariat”. Obligada a huir bajo la amenaza de arresto que pende sobre ella por parte de las autoridades polacas, emigra a Zurich, donde asiste a la Universidad local (la única de Europa que permitía matricularse a las mujeres) Rosa Luxemburgo inició sus estudios en la Facultad de Filosofía, y al cabo de un tiempo pasó a la de Derecho. En ambas facultades estuvo estudiando filosofía, historia, política, economía y matemáticas de forma simultánea. En 1897 terminó su tesis sobre el desarrollo industrial en Polonia, y obtuvo al año siguiente el doctorado en Derecho Público y Ciencias Políticas, siendo una de las primeras mujeres en alcanzar tal distinción.

En Suiza se reunía gran cantidad de emigrados polacos y rusos de ideología socialista. Luxemburgo, que empezó a ser conocida como una brillante oradora, trabó contacto con personajes como Axelrod, Plejánov, Vera Zasúlich, Parvus y quien sería su pareja a lo largo de varios años, Leo Jogiches, con quien, en 1894, fundaría el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPL). En 1905, al tener lugar en Rusia la fallida Revolución contra el gobierno zarista -motivada, entre otras cosas, por las derrotas militares imperiales en la guerra contra el Japón-, Rosa Luxemburgo participará activamente en el levantamiento antizarista en Polonia. Para Rosa, una Polonia independiente solo podía surgir tras la revolución en Alemania, Austria y Rusia, las potencias que se había repartido en el siglo XIX el país. Mantenía que la lucha debía focalizarse en contra del capitalismo, y no en la consecución de una Polonia independiente. Este pensamiento la hará combatir la política nacionalista de los socialistas polacos y será uno de los puntos de polémica entre Luxemburgo y Vladimir Ilich, “Lenin”, el futuro líder de la Revolución bolchevique y que había militado, precisamente, en el movimiento obrero polaco del Bund.

EN ALEMANIA

En el Imperio Alemán, mientras tanto, había desaparecido la ley Bismarck que prohibía las actividades de la socialdemocracia. En pocos años, el SPD se convirtió en el principal movimiento socialista de Europa con más de cien mil afiliados. En 1898, Rosa Luxemburgo obtuvo la ciudadanía alemana, al casarse con Gustav Lübeck, y se mudó a Berlín. No tardó en establecer fluidos contactos con personajes como Kautsky, Bernstein, Bebel, Bauer y Lenin. Con todos ellos polemizó, no sólo en las asambleas y reuniones del partido, sino a través del órgano oficial Die Neue Zeit. Fue Kautsky, con quien trabaría una gran amistad, el que la invitó en el año 1893 a escribir en Die Neue Zeit. Si bien las primeras posiciones de Rosa estaban, por decirlo de algún modo, encasilladas en cuanto a la sección femenina -donde trabó amistad con la líder de la sección femenina del SPD, Clara Zetkin- y a la lucha feminista y la liberación de la mujer, pronto los dirigentes del partido vieron en ella a una rival de altura acerca de la teoría socialista, la política y la organización del partido.

A principios de siglo, el líder del SPD Bernstein publicó las llamadas “tesis revisionistas” o “tesis de Bernstein” en las que abogaba por la reforma gradual del capitalismo. Reforma tras reforma, los trabajadores podrían ir avanzando lentamente hacia una mejor sociedad. Esta última iría cambiando según un patrón lineal: la evolución, de lo peor a lo mejor, paso a paso. En sus comienzos históricos -es decir, no en la etapa actual donde la socialdemocracia lo más que busca no es la destrucción del capitalismo en un futuro más o menos lejano, sino la introducción de elementos correctores en el mismo- esta tendencia sostenía que la evolución pacífica y gradual del capitalismo conduciría a una sociedad más racional, el socialismo. El tránsito entre el capitalismo y el socialismo se realizaría, de este modo, sin violencia y paulatinamente.

Para Rosa Luxemburgo y los “marxistas ortodoxos”, la consecución del socialismo pasa inevitablemente por la revolución y la toma del poder. A diferencia del reformismo, el socialismo revolucionario aspira a cambiar de raíz la sociedad para acabar no sólo con “los excesos” sino con las razones mismas de esos excesos: la dominación y la explotación.

Por desgracia, la posición reformista no irá acompañada de un compromiso ético por parte del ala reformista del SPD. A pesar de que ella y él ala radical del partido consiguieron mantener el marxismo en el programa del partido, los miembros socialistas del parlamento centraron su labor cada vez más en la obtención de ventajas parlamentarias y en su enriquecimiento personal y los reformistas se mostraron cada vez más condescendientes con las políticas militaristas y expansionistas de Alemania, ante una cada vez más probable situación de guerra internacional.

Por aquellos tiempos, Rosa Luxemburgo enseñaba economía en la escuela del SPD y había sufrido ya dos encarcelamientos: uno en 1904 en Zwickau por crímenes de lesa humanidad (sic) por insultos al emperador durante la campaña electoral del año anterior, y el segundo en Polonia a raíz de la fallida revolución de 1905 en Rusia.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE

Rosa Luxemburgo trató de convencer a sus correligionarios europeos de que, en caso de estallar un conflicto internacional como el que se avecinaba, la postura de los partidos obreros habría de ser emplear todos los métodos a su alcance para evitar la guerra; pero en el caso que esta finalmente tuviese lugar, como se temía, debían aprovechar la crisis económica y política que ella traería consigo para ayudar al hundimiento final del sistema capitalista. En sus propias palabras:

En caso de que amenace el estallido de una guerra, los trabajadores de los países implicados y sus representantes parlamentarios están obligados a emplear todas sus fuerzas para evitar el estallido de la guerra empleando los medios correspondientes. Éstos variarán y se intensificarán conforme lo hagan la agudización de la lucha de clases y la situación política. Pero en caso de que la guerra hubiera de estallar, se verán obligadas a luchar por el rápido fin de la contienda, y a aprovechar la crisis económica y política provocada por la misma para agitar políticamente a las masas populares y acelerar la caída del dominio de la clase capitalista.

Su postura pacifista fue asumida por la II Internacional, pero cuando tuvo lugar el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo y se desató la cadena de declaraciones de guerra entre los Imperios Centrales y las potencias aliadas (Rusia, Francia, Gran Bretaña, Serbia y otros) que dieron origen a la P.G.M., los partidos socialdemócratas y socialistas de Francia y Alemania firmaron una “unión sagrada” con los partidos burgueses y contribuyeron con sus votos a aprobar los presupuestos de guerra, enterrando aquella política pacifista e internacionalista del Congreso de la II Internacional de Stuttgart. Las únicas declaraciones en contra procedieron de Karl Liebcknecht y los bolcheviques rusos. Para Rosa, que veía como las tesis revisionistas y el reformismo triunfaban de aquella forma -atrayendo incluso a antiguos amigos y líderes de izquierda del partido como Karl Kautsky- fue un duro golpe que la llevó a pensar incluso en el suicidio.

Rosa Luxemburgo había publicado hasta entonces una serie de artículos muy contestados por parte de la dirección del SPD, en los que abogaba por la descentralización de las decisiones y la importancia que deben tener las masas frente a los dirigentes y la burocracia del Partido. El más destacado de esos artículos será Was Weiter? (¿Y después, qué?), en el que incide en esa necesidad de democracia directa y participación que, posteriormente, le enfrentará a los dirigentes bolcheviques:

“Aún dentro del Partido de la clase proletaria todo movimiento grande y decisivo debe arrancar, no de la iniciativa de un puñado de dirigentes sino de la determinación y convicción de la masa de los miembros del Partido. La decisión de ganar la victoria en nuestra actual campaña pro sufragio en Prusia ‘…a como dé lugar’ -incluso mediante la huelga de masas- sólo pueden tomarla las más grandes secciones del Partido.” Rosa ponía en discusión la inercia del Partido Socialdemócrata Alemán y su burocracia sindical para encabezar la lucha. Al mismo tiempo, ella apelaba al espíritu revolucionario y a la iniciativa de las masas frente a la pasividad de la burocracia sindical y partidaria, metida en componendas y tácticas más dirigidas a salvar sus propios intereses y cargos que en defender los intereses de los trabajadores. Algo que, en el seno propio de los sindicatos, y en los propios movimientos sociales y políticos en general no ha pasado en absoluto de moda.

Condenada a prisión a comienzos de 1914 por su intensa actividad política, en ese año será fundadora junto con Karl Liebknecht -que en diciembre emitirá el único voto socialdemócrata en contra de los presupuestos de guerra-, Franz Mehring y Clara Zetking del grupo Internacional, que en 1916 adoptará el nombre de Spartakusbund o Liga Espartaquista, emulando al gladiador tracio que intentó la liberación de los esclavos de Roma. Escribirán multitud de panfletos contra la guerra, emprendiendo una lucha soterrada. Rosa Luxemburgo firmará sus artículos con el nombre de “Junius”, por Lucius Junius Brutus, el cual se considera fundador de la República romana. Un “Junius” que, lejos del Senado, pasará su estancia durante la guerra saliendo y entrando constantemente en prisión por su postura antibelicista: la cárcel de mujeres de Barnimstrasse, la fortaleza de Wronke y finalmente la cárcel de Breslau, de donde salió en noviembre de 1918.

En 1917 sucede la escisión del Partido Socialdemócrata alemán. Los espartaquistas se integraron al nuevo Partido Socialdemócrata Independiente (USPD), fundado en abril de ese mismo año, donde se integrarán también Bernstein y Kautsky. El USPD tiene como horizonte común de sus miembros poner fin a la terrible conflagración mundial, pero los espartaquistas confían en que pronto pueda desencadenarse en Alemania una revolución como la que en esos momentos está teniendo lugar en la Rusia zarista.

El 7 de noviembre de 1917 los bolcheviques toman el poder en Rusia. Rosa saluda con entusiasmo este acontecimiento, la primera revolución socialista que tiene lugar, los “diez días que conmovieron al mundo” como reza el título de la obra del escritor norteamericano John Reed. Pero Luxemburgo, pese a aquel entusiasmo, no dudó en lanzar duras críticas a Lenin y Trotski por la falta de libertad y los peligros que ello implicaba para el triunfo de la revolución socialista. Para ella, existía el peligro de la creación en el naciente Estado soviético de “una dictadura contra las masas y no una dictadura del proletariado”. En su “Crítica a la Revolución Rusa”, escrita en la cárcel, dejaba testimonio de sus diferencias con la política emprendida por los bolcheviques:

“…‘el pesado mecanismo de las instituciones democráticas’ posee un potente correctivo, precisamente en el movimiento vivo de las masas, en su expresión ininterrumpida. Y cuanto más democráticas las instituciones, cuanto más vitales y potentes se presentan las pulsaciones de la vida política de masas, tanto más directa y total resulta su eficacia, a despecho de las insignias anquilosadas del partido, listas electorales perimidas, etc. Es cierto que toda institución democrática tiene sus límites y sus ausencias, hecho que la mancomuna a la totalidad de las instituciones humanas. Pero el remedio inventado por Trotsky y Lenin, la supresión de la democracia en general, es aún peor que el mal que se quiere evitar: sofoca, en efecto, la fuente viva de la que únicamente pueden surgir las correcciones de las insuficiencias congénitas a las instituciones sociales, una vida política activa, libre y enérgica de las más amplias masas.”

Rosa veía como esencial para el triunfo de la revolución socialista la inextricable unión de ésta con los principios básicos de la democracia: elecciones generales, libertad de prensa y de reunión ilimitada, lucha libre de opinión y en toda institución pública. El peligro, si se seguían los principios contrarios, era que lo único que quedase activo fuera la burocracia -de la que ya vimos no tenía una buena opinión, como se observaba en su artículo Was weiter? antes mencionado.

En reflexiones teóricas recientes sobre el pensamiento luxemburguista, pueden observarse ciertas conexiones interesantes con lo que aquí se ha referido con anterioridad sobre el proceso de Die Wende (el Cambio) en la República Democrática Alemana. Los movimientos alternativos que propiciaron la caída del régimen burocrático de Berlín Oriental -y los intelectuales que defendían la independencia de la RDA con un modelo socialista alternativo- poseían como común denominador la defensa de una democracia socialista, heredera de los movimientos sociales y políticos de 1848 y 1871 (la revolución liberal-democrática europea y la Comuna de París) y los de 1917 y 1948 (la revolución rusa y la construcción de una Alemania “alternativa” en la zona de ocupación soviética). Si Manfred Kossok expuso que el movimiento de octubre-noviembre de 1989 superó la falsa disyuntiva entre revolución democrática y revolución socialista, basándose en que son partes de un mismo proceso en el que la segunda profundiza en los contenidos de la primera, Néstor Kohan establece que Rosa Luxemburgo, como continuadora de la tradición del pensamiento marxista, supo observar que “el socialismo contemporáneo pertenece a la familia libertaria y democrática más radical. Opositor y enconado polemista contra el liberalismo, al mismo tiempo es -o debería ser- el heredero privilegiado de la democracia directa teorizada por Juan Jacobo Rousseau.”

A pesar de que, al final de su vida, Lenin (de quien no estaba Rosa tan alejado) acabó dando la razón a su polemista, de éste y de tiempos anteriores, sobre la burocratización del partido y el Estado y su alejamiento de las clases populares, el nuevo líder soviético Stalin acabará por proscribir la figura y las obras de Rosa Luxemburgo, a quien equiparará con su peor enemigo: Trotski. Sin embargo, la suerte de las revoluciones socialistas surgidas en Europa central y oriental tras la S.G.M. al calor de los primeros tiempos de la “guerra fría” y la presencia del Ejército Rojo en los países que las vivieron adolecieron de los mismos errores que aquella diagnosticara y, con su caída en 1989, causará una terrible crisis de identidad y de legitimación del movimiento comunista internacional. Tal y como escribió Erich Fromm en 1973, el problema, observado por Rosa, consistía en lo siguiente:

“Pocos sistemas de pensamiento han sido tan desvirtuados, convirtiéndose a veces en su opuesto, como el de Karl Marx. Joseph Schumpeter -el gran teórico conservador de la economía política- expresó en cierta ocasión este desvirtuamiento mediante una analogía hipotética: si alguien hubiera descubierto Europa en tiempos de la Inquisición y conjeturara por ello que en tal organización se reflejaba el espíritu de los Evangelios, se estaría comportando como aquellos que ven cristalizadas las ideas de Marx en el comunismo soviético. Si semejante deformación sólo aflorara entre los detractores del marxismo, difícilmente sorprendería. Lo insólito es que surja entre sus “propugnadores”, quienes convencen al resto del mundo de que su ideología expresa las ideas de Marx. Esto ha llegado a un grado tal en Norteamérica y Europa, merced a lo eficaz de la propaganda soviética, que no sólo se cree hallar en el sistema ruso el cumplimiento del socialismo, sino que se piensa estar frente a un régimen revolucionario que se propone la subversión mundial, en lugar de ante una forma reaccionaria y burocrática de capitalismo de estado.”

ALEMANIA: VIENTOS DE REVOLUCIÓN

La retirada de la Rusia bolchevique de la guerra, con la firma de la paz separada de Brest-Litovsk entre Alemania y el nuevo gobierno soviético, supuso un espaldarazo para los imperios centrales. Rusia reconoció la independencia de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia, y cedió territorios como Besarabia y Bucovina. En total, una vasta superficie de su territorio europeo. Pero al mismo tiempo que tuvo lugar esta retirada-por otra parte deseada por parte de la amplia masa del pueblo ruso y la base de su ejército-, Estados Unidos entraba en la guerra al lado de los aliados. La posición de Alemania, el Imperio Austrohúngaro, Bulgaria y Turquía se debilitaba por momentos, y el cansancio, el derrotismo y las revueltas se sucedían en el interior de estos mismos contendientes: los Jóvenes Turcos y el nacionalismo reformista de Mustafá Kemal Bajá “Ataturk” en el debilitado imperio turco; los movimientos nacionalistas en el seno austrohúngaro -que habían sido uno de los factores desencadenantes de la P.G.M.-, en especial el paneslavismo de croatas y eslovenos o el independentismo húngaro y bohemio; y el impacto de la revolución rusa en Alemania, cuna de Karl Marx y donde el movimiento obrero era el más importante y organizado de Europa.

Proclamación de la República frente al Reichstag, 4 de noviembre de 1918.

Proclamación de la República frente al Reichstag, 4 de noviembre de 1918.

En 1918, la ofensiva aliada en el frente occidental -el único existente tras la salida de Rusia del conflicto- y el ambiente revolucionario en el interior de los imperios centrales llevó a la quiebra de los mismos y la derrota final de estos. El 4 de noviembre de 1918, 40 000 marineros e infantes de marina tomaron el control del puerto de Kiel, cerca de Hamburgo, al noroeste del país, en protesta por los planes del Alto Mando Naval Alemán de un último enfrentamiento con la Real Marina Británica, a pesar del hecho de que la guerra se había perdido. El 8 de noviembre, los comités de trabajadores y soldados controlaban la mayor parte del oeste de Alemania, dando lugar a la formación de la República de Consejos (Räterepublik), inspirada en los soviets rusos. El 9 de noviembre, se anunciaba la abdicación del káiser Guillermo II y en la ciudad de Weimar, una localidad del este del país conocida por su vida intelectual y por ser la cuna de Goethe, se proclamaba la República Alemana, conocida como la República de Weimar por ser allí donde se proclamó y allí se elaboró también la constitución que rigió al país bajo el nuevo régimen republicano hasta 1933, cuando el ascenso nazi al poder acabó con la frágil primera experiencia democrática germana.

Friedrich Ebert, primer canciller y futuro presidente de la I República Alemana.

El socialdemócrata Friedrich Ebert fue el primer canciller y futuro presidente de la I República Alemana.

En Weimar fue izada por primera vez la bandera que hoy es la actual de Alemania, la tricolor negra, roja y amarilla, que fue también la bandera común de la RFA y la RDA -diferenciadas en que la segunda incorporaba el escudo nacional, el emblema de las espigas, el martillo y el compás-. Weimar iba a ser la cuna de una de las cartas magnas más progresistas de la época, que abría el camino de la socialdemocracia y el compromiso del Estado en la intervención de la economía en pro del interés general, y que fue por ello uno de los ejemplos -junto con la austriaca de 1919 y la del México revolucionario, la Constitución de Querétaro- tomados por la II República Española a la hora de elaborar su constitución en 1931. Pero pese a lo que Weimar supuso en los primeros y esperanzadores momentos, con un gobierno socialdemócrata de coalición entre SPD y USPD, la realidad mostró una cara distinta: la violencia extrema y la connivencia, nada fingida, con sectores del viejo régimen que se negaban a desaparecer o transformarse se mostró amargamente en unos primeros momentos en que la nueva República actuó con una dureza que no observó del mismo modo con otro tipo de enemigos, caso posterior de Adolf Hitler.

Esta es la amarga historia de la revolución espartaquista y de lo que podríamos decir “pasión y muerte” de Rosa Luxemburgo.

En el mismo noviembre de 1918, la propia Rosa fue liberada del presidio y los espartaquistas abandonaban el USPD para fundar en enero del siguiente año el KPD (Kommunistches Partei Deustchlands o Partido Comunista Alemán) junto a otros grupos socialistas y comunistas, principalmente gracias a la iniciativa de Luxemburgo y Karl Liebknecht. Allí arribaron también la gran amiga de Rosa, Clara Zetkin, o un entonces desconocido Wilhelm Pieck que sería con los años el primer presidente de la República Democrática Alemana en 1949. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht editaron el periódico “Die Rote Fahne” (La Bandera Roja) desde el que defendieron la estrategia parlamentaria como medio para la consecución de la revolución. Así, abogaron por la participación en las elecciones para la Asamblea Nacional alemana que se realizarían en enero de 1919. A su entender, el Parlamento sería la plataforma indicada para continuar la lucha.

Esta estrategia parlamentaria de Liebknecht y Luxemburgo no era compartida por las masas revolucionarias, que habían formado los soviets en noviembre de 1918 y seguían en una lucha latente contra el nuevo gobierno socialdemócrata presidido por Friedrich Ebert -un antiguo alumno de Rosa en las escuelas del SPD, en los tiempos en que ella enseñaba economía en las mismas-. El canciller y futuro presidente de la República procuraba el mantenimiento del orden interno, evitar que la experiencia revolucionaria, derivada de la derrota y el derrocamiento del káiser en Alemania, generara una situación similar a la de Rusia y mostrar una cara de gobierno responsable ante las potencias aliadas vencedoras.

Enfrentado por un lado a los soviets de obreros y soldados -que en diciembre de 1918 había realizado el Primer Congreso Soviético de Alemania en Berlín- los cuales pedían la disolución del ejército regular y su sustitución por una milicia civil o la destitución como comandante en jefe del mismo del mariscal Paul von Hindenburg -militar monárquico y autoritario que se convertiría, con el paso del tiempo, en el último presidente de la República de Weimar y que entregaría la cancillería a Adolf Hitler, a pesar de haber afirmado aun en los más críticos momentos de inestabilidad parlamentaria de los años treinta que jamás entregaría el poder al líder nazi-, y por otro a los sectores nacionalistas del ejército y las “fuerzas vivas” del viejo régimen monárquico, que se consideraban traicionadas por la claudicación y añoraban los no tan lejanos tiempos de orden y autoridad, Ebert y los políticos de la República optaron por una alianza con los segundos.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, a pesar de la defensa del parlamentarismo, decidieron permanecer con las masas que habían rechazado su propuesta de concurrir a la Asamblea Nacional y en el mismo mes de enero -el mes de las elecciones- se dispusieron a ir con ellos a la sublevación contra el gobierno, a compartir el éxito o el más que probable fracaso, tal y como ellos mismos pensaban tendría lugar. Para aquellos, el movimiento revolucionario era prematuro y estaba mal organizado, pero aún así se pusieron al frente del mismo.

En su manifiesto “¿Qué quiere la Liga Espartaquista?”, Rosa Luxemburgo dejaba claro que los revolucionarios no buscaban la inauguración de un reinado de terror ni que la violencia fuera la partera de la Historia. Al contrario de lo que piensan muchos, que establecen la equiparación entre el fascismo y el marxismo -presentado en la forma del estalinismo, no como teoría político-económica de la que muchos dudan se haya puesto realmente en práctica- como dos ideologías igualmente totalitarias y genocidas -hasta ese falsario autodenominado historiador que es César Vidal llegó a titular el capítulo de uno de sus libros-panfleto “El proyecto genocida de Karl Marx”-, el manifiesto no deja lugar a dudas:

“En las revoluciones que se llevaron adelante hasta el día de hoy, sólo una pequeña minoría del pueblo condujo la lucha revolucionaria, le dio objetivo y dirección y utilizó a las masas solamente como herramientas para asegurarse el triunfo de sus propios intereses, es decir, los de la minoría. La revolución socialista es la primera que se concibe a favor de la mayoría y que sólo triunfará si es llevada a cabo por la gran mayoría de los trabajadores […] En las revoluciones burguesas las armas imprescindibles que estuvieron en manos de la clase ascendente fueron el derramamiento de sangre, el terror y el asesinato político. La revolución proletaria no necesita para sus objetivos del terror; odia y aborrece la matanza de hombres. No necesita de estos medios de lucha puesto que no va contra individuos sino contra instituciones…”

La Revolución Espartaquista comenzó el do­min­go 5 de enero de 1919, tras la negativa del gobierno a acceder a las peticiones del Primer Congreso de Soviets de Alemania, cuando una mul­ti­tud de al­re­de­dor de 200.000 tra­ba­ja­do­res ocupó el cen­tro de Ber­lín con­vo­ca­dos por la iz­quier­da ale­ma­na (USPD y KPD) para re­pu­diar la des­ti­tu­ción del pre­fec­to de po­li­cía, afín al mo­vi­mien­to re­vo­lu­cio­na­rio, y para exi­gir el desar­me de las tro­pas con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rias (entre ellos, los “Freikorps”, un grupo paramilitar ultranacionalista que será enviado precisamente por el propio gobierno Ebert para sofocar la revuelta) y el ar­ma­men­to al pro­le­ta­ria­do. El propio Congreso proclamó la huelga general, mientras el gobierno recibía el apoyo del ejército y de su jefe superior, el mariscal Hindenburg. El lunes 6 las masas se vol­vie­ron a ma­ni­fes­tar con la misma in­ten­si­dad y de­ter­mi­na­ción. El go­bierno so­cial­de­mó­cra­ta había per­di­do el con­trol de la si­tua­ción, las tro­pas del ejér­ci­to re­gu­lar se dis­per­sa­ban en con­tac­to con la agi­ta­ción re­vo­lu­cio­na­ria y las fuer­zas es­pe­cia­les, or­ga­ni­za­das sobre la mar­cha, aún no es­ta­ban lis­tas para ini­ciar la re­pre­sión. Ber­lín es­ta­ba al al­can­ce de los in­su­rrec­tos. El día anterior, la División Popular de Marina se había concentrado delante del diario oficial del SPD y los insurrectos amenazaban edificios gubernamentales como la cancillería o las sedes administrativas del gobierno de la Wilhelmstrasse.

Milicianos espartaquistas en las calles de Berlín durante la Revolución.

Milicianos espartaquistas en las calles de Berlín durante la Revolución.

No obstante, el contrataque gubernamental no se hizo esperar. El ministro socialdemócrata de Defensa, Gustav Noske, designado para la resolución de la crisis, declaró que “alguien debía ser el perro de caza”. Lo peor de la resolución de esta insurrección -que era, al fin y al cabo, un abierto desafío a un gobierno legítimo y a éste le asistía el derecho a defenderse del mismo-, que terminó con la derrota espartaquista el día 9 fue los medios utilizados y la represión desproporcionada que se llevó a cabo posteriormente sobre los derrotados, especialmente si la comparamos con la tibieza que posteriormente iba a desarrollarse en el caso del “putsch” o golpe de la cervecería de Munich de Luddendorf -antiguo héroe de la batalla de Tannenberg (Prusia Oriental) contra el ejército imperial ruso en la P.G.M.-, Hitler y los nacional-socialistas.

El gobierno del canciller Ebert no tuvo empacho alguno en apoyarse en un cuerpo como los “Freikorps”, una milicia paramilitar formada por reaccionarios y ultranacionalistas que inculcaban también en el seno de los soldados del ejército con los que compartían la responsabilidad de la represión el resquemor por la derrota, de la que responsabilizaban al gobierno y a los comunistas, y un exacerbado nacionalismo en la que el odio contra lo que no entraba en los parámetros de la “excelencia germana” -por ejemplo, el judaísmo- fueron el fermento del triunfo de las teorías racistas del nazismo. No en vano, aquel antiguo cabo que fue Adolf Hitler era uno de los miembros de los “Freikorps” que más activos fueron en la siembra de la cizaña.

Los "Freikorps" durante la Revolución Espartaquista

Los “Freikorps” durante la Revolución Espartaquista

En segundo lugar, aquella frase de Noske -y me viene a la cabeza nuestro presidente Azaña, que en medio de las actuaciones desproporcionadas de la Guardia Civil en la España republicana, en un periodo de gran agitación insurreccional, e injustamente injuriado por los acontecimientos de Casas Viejas, dijo aquello de “aquí alguien tiene que dejar de fusilar a troche y moche: empezaré yo”- fue premonitoria: Rosa Luxemburgo, Karl Liebkncht y otros cientos de miembros del KPD fueron asesinados en una brutal cacería, en la que el caso de los primeros fue dantesco: Luxemburgo fue derribada a culatazos, después recibió un disparo en la cabeza y su cuerpo sin vida fue finalmente arrojado a un canal berlinés. Liebknecht, su compañero de lucha, recibió un tiro en la nuca, y su cuerpo fue enterrado en una fosa común. Incluso Leo Jogiches, el viejo amor de Rosa, perdería su vida de forma similar. Estos asesinatos desencadenaron por toda Alemania numerosos disturbios y motines que se saldaron con 5000 muertos y miles de represaliados. Si uno se pone a observar lo que ocurrió con los inspiradores del golpe nazi de la cervecería muniquesa, ocurrido apenas cuatro años más tarde, en los que Luddendorf -por su condición de héroe de la Gran Guerra- y Hitler -por los numerosos “amigos” que tenía en el jurado, como desvela el documental “Apocalipsis: el ascenso de Hitler”– fueron absueltos o condenados a penas irrisorias de cárcel, la comparación entre la suerte de unos y otros no puede ser más odiosa, y la memoria del canciller Ebert -cuyo nombre adorna una influyente fundación del Partido Socialdemócrata alemán- tan oscura cuanto que igualmente embellecida.

EL LEGADO DE ROSA LUXEMBURGO

Durante años, Luxemburgo fue una socialista marginada en el ideario tanto del campo democrático-capitalista, que por razones de la lucha soterrada de la “Guerra Fría” evitó que la trascendencia de su pensamiento fuera más allá de sus críticas a la revolución bolchevique -que luego podrían extenderse a los sistemas de “socialismo real”- como en el propio campo socialista, donde la proscripción de Stalin -quien, recordemos, llegó a equipararla a Trotski- continuó más allá de la desestalinización inaugurada por el nuevo líder soviético Nikita Jruschov. Como explica el profesor de la Universidad Nacional de La Plata Pablo E. Slavin, sólo a partir de las revueltas populares de Budapest y Polonia de 1956 y la inauguración de la efímera vía del “socialismo de rostro humano” que propugnó Alexander Dubcek en Checoslovaquia, antes de que los tanques del Pacto de Varsovia pusieran fin a la “Primavera de Praga”, “la obra de Rosa Luxemburgo volvió a ser objeto de estudio y análisis, y su figura reivindicada.”

Rosa Luxemburgo fue una creyente en la Revolución y al mismo tiempo una socialista no dogmática, que pensaba que el marxismo no consistía en una serie de dogmas religiosos, sino en una teoría política y económica objeto de análisis y crítica para servir a la causa de los trabajadores y los pueblos. En palabras de Michael Lowy “para ella, precisamente, el marxismo no era una Summa Teológica, un conjunto petrificado de dogmas, un sistema de verdades eternas establecidas de una vez para siempre, una serie de proclamas pontificales marcadas con el sello de la infalibilidad; pero sí, contrariamente, un método vivo que debe ser constantemente desarrollado para aprehender el proceso histórico concreto.” Y como estudiosa de la teoría marxista, desarrolló en su obra “La acumulación del capital” la teoría expresada por el padre del socialismo en su obra magna, “El capital”. En su análisis, Rosa Luxemburgo establece que la acumulación del capital -frente a lo que establecen algunos lectores actuales de la obra, que minimizan el impacto de la violencia y la explotación capitalista a los primeros estadios de desarrollo del capitalismo- es un proceso continuo en el que las sociedades capitalistas resuelven sus contradicciones fuera de su marco nacional; esto es, para la época (1913) en que Rosa escribe su estudio, las colonias, y en la actualidad, los países del Tercer Mundo. Dicho con sus propias palabras, “el capital no tiene, para la cuestión, más solución que la violencia, que constituye un método constante de acumulación de capital en el proceso histórico, no sólo en su génesis, sino en todo tiempo, hasta el día de hoy.” Una aseveración que parece refrendarse  cada vez que las “operaciones humanitarias” de la OTAN o los ejércitos de Francia, EE.UU. o Alemania coinciden curiosamente en países en cuyo subsuelo, curiosamente, se encuentran materias primas esenciales para sus industrias nacionales -petróleo, gas, litio, cobre, coltán o arenas raras-.

La “Rosa Roja” llegó a tener palabras incluso premonitorias sobre el carácter que tendrían unos futuros Estados Unidos de Europa, que hoy, con el nombre de Unión Europea y bajo la égida (y las imposiciones) de la mayor potencia económica -la propia Alemania “reunificada” surgida de la anexión de la República Democrática por parte de la Republica Federal-, parece servir más a intereses de industrias y capitales que a los de los pueblos y trabajadores europeos. Y con la inserción de los países que forman parte de la UE en la OTAN (organización que, tras la desaparición del bloque antagónico del Pacto de Varsovia, justificó su supervivencia primero en “operaciones humanitarias” como las de la antigua Yugoslavia y Somalia y luego en la “guerra contra el terror” en Afganistán e Irak, con un más que dudoso resultado), extiende esa sospecha de agresividad capitalista al resto del mundo. Para Luxemburgo, que recordemos escribió esto allá por los primeros años del siglo XX, “…las contradicciones europeas ya no se resuelven en el continente europeo, sino en otras zonas y océanos del planeta […] justamente no tenemos una guerra en Europa desde hace décadas porque las contradicciones internacionales se han desarrollado más allá de los estrechos límites del continente europeo […] Cada vez que los políticos burgueses enarbolaron la bandera del europeísmo, de la federación de los estados europeos, fue en referencia tácita o explícita contra el “peligro amarillo”, contra la “parte negra del mundo”, contra las “razas inferiores”; en pocas palabras, fue, en todo momento, un aborto imperialista…” Encontrar paralelismos con el presente no es nada difícil.

Sus críticas a la Revolución Rusa -resumidas en la sentencia “La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente”– insertan asimismo otras características de su línea de pensamiento: la importancia que para ella tenía la masa frente a la organización burocrática, sin que ello significase necesariamente el desprecio a la organización, tan sólo el hecho de que el Partido o sindicato en cuestión -y sus dirigentes- se erijan en portavoz sin autorización ni legitimidad de la propia masa de militantes y trabajadores, lo que sucedió en el caso del Partido Bolchevique y los partidos comunistas del bloque oriental. Como explica, la revolución misma solo puede llevarse a cabo por la clase trabajadora. Un partido que hable por los trabajadores, que los represente -por ejemplo en el Parlamento- y actúe en su nombre, se enfangará y se convertirá él mismo en un instrumento de la contrarrevolución.

La espontaneidad y la organización -los dos elementos de su conocida “Dialéctica”- no son dos cosas separadas o separables, sino diferentes momentos del mismo proceso, de forma que uno no puede existir sin el otro. Las masas obreras son las protagonistas del proceso revolucionario, y en su aprendizaje son ellas mismas las que crean sus propios líderes. “Las masas son realmente sus propios líderes, y crean dialécticamente su propio proceso de desarrollo. Cuanto más se desarrolle, crezca y se fortalezca la socialdemocracia, mejor encontrarán su propio destino las masas de trabajadores, el liderazgo de su movimiento, y la determinación de su dirección en sus propias manos.” Rosa, más que Vladimir Ilich “Lenin”, creía en la importancia de los movimientos sociales y ambos, según expresa Néstor Kohan, afirmaban que “las organizaciones de las y los revolucionarios deben ser parte inmanente de los movimientos sociales (del movimiento obrero, del movimiento de mujeres, de los movimientos juveniles, de los movimientos de trabajadores desocupados, de los movimientos campesinos, de los movimientos de derechos humanos, etc.), nunca un “maestro” autoritario que desde afuera lleva una teoría pulcra y redonda que no se “abolla” en el ir y venir del movimiento de masas”, a pesar de que la experiencia bolchevique, que un Lenin ya enfermo y decepcionado con su propia obra no pudo corregir, se afirmó en lo contrario.

En sus últimas palabras escritas antes de morir, Rosa Luxemburgo siguió expresando su confianza en las masas populares y en la Revolución, persistiendo en su lema “Socialismo o barbarie”:

“El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota.”

Rosa Luxemburgo en un mitin en Stuttgart, 1907.

Rosa Luxemburgo en un mitin en Stuttgart, 1907.

FUENTES:

Manuel Maldonado Alemán, “Günter Grass y la reunificación de Alemania”, Themenschwerpunkt, Berlín, julio 2010.

“¿Qué pasó con el socialismo de rostro humano?”, Blog “La suerte sonríe a los audaces”

Mikel Arizaleta, “Christa Wolf, un recuerdo en la Azoka de Durango”, Rebelion.org

Rafael Poch-de-Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La quinta Alemania, un modelo hacia el fracaso europeo”, Icaria, Barcelona, 2013

Manfred Kossok, “La cuestión alemana, ¿”L’enfant terrible” de la Historia europea?” en “Transiciones a la democracia en Europa y América Latina”, Facultad Latinoamericana de CC.SS. Sede México-Universidad de Guadalajara/Miguel Ángel Porrúa, México, 1991

Néstor Kohan, “Rosa Luxemburg, la flor más roja del socialismo”.

Pablo E. Slavin, “Una aproximación al pensamiento de Rosa Luxemburgo”. ANALES Nº 42, Facultad de Ciencias. Jurídicas y Sociales. Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, 2012

Wikipedia en español (es.wikipedia.org): “Rosa Luxemburgo”, “Levantamiento espartaquista”.

Osvaldo Calero, “Rosa Luxemburgo y la insurrección de los espartaquistas” (en http://www.izquierdanacional.org/marxismo/articulos/rosa_luxemburgo_y_la_insurreccion_de_los_espartaquistas/)

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