Apuntes sobre Mário Neves suscitados por un blog franquista

En mi anterior artículo sobre “Sostiene Pereira” hice referencia al “reporter” portugués Mário Neves y sus valiosas crónicas sobre la brutal represión rebelde en Badajoz en el transcurso de la guerra civil española. Durante las pesquisas de información sobre la biografía y trayectoria profesional de Neves, encontré un blog de ideología franquista, “La verdad ofende” -un nombre bastante desafortunado, en primer lugar por pretencioso y en segundo lugar por hacer querer pasar por verdad algo que ni remotamente se le parece, como quiero mostrar a continuación-, que se refería a nuestro periodista y autor de “A Chacina de Badajoz” (“La matanza de Badajoz”) en términos que trataban de deslegitimar la utilización de su testimonio por parte de los historiadores que han revelado la magnitud de tal represión y, en particular, por parte de los republicanos.

Esa deslegitimación estaría basada, según el mencionado blog, por las simpatías franquistas de Neves, quien en los años sesenta ocupaba la comisaría de la Feria de Muestras de Lisboa, cargo que compatibilizaba con la dirección del diario A Capital y la del Instituto Português de Oncologia. Con ocasión de una de estas ferias, los representantes de España le otorgaron una distinción a Neves, lo que da pie a decir al autor del artículo que aparece en el blog que “Neves fue condecorado por Franco”, una afirmación un tanto aventurada, pero más aventurado aún resulta el suponer que Neves, en aquella época y después de haberse jurado no volver jamás a una ciudad donde había observado la magnitud de las matanzas franquistas, tenía alguna simpatía por el régimen dictatorial español.

Quizá haya sido un error mío el haber omitido estos dos datos -el figurar en la dirección de la Feria de Muestras y del instituto oncológico- en mi anterior artículo, pensando que no añadían información relevante. Lamento este fallo y procedo a explicar ahora por qué considero erróneos los argumentos que se utilizan en “La verdad ofende” para desacreditar el valor de lo expuesto por Neves en sus crónicas de agosto de 1936:

1º La supuesta ideología franquista -y habría que suponer que también salazarista- de Mário Neves no está demostrada ni por recibir la condecoración de las autoridades españolas ni por estar al frente de dos instituciones de rango bastante inferior, de contenido más bien técnico y de más que dudosa vinculación con las estructuras del poder de la dictadura de Oliveira Salazar. Debemos recordar que organismos como los colegios de médicos, de abogados o de arquitectos eran elegidos por sus miembros, en una de las escasas muestras de democracia que se permitían en los regímenes de “democracia orgánica” o de corporativismo como eran el “Nuevo Estado” franquista o el “Estado Novo” salazarista. Asimismo, Neves estaba recibiendo una condecoración que premiaba su labor por parte de un órgano técnico -los organizadores del pabellón español en la feria de muestras lisboeta- que representaba a un país que, lamentablemente, no tenía más representantes legales entonces que los del régimen de Franco -Portugal no era (por razones obvias) uno de los escasos países que reconocía como representante legal del pueblo español al gobierno republicano en el exilio, como sí lo hacían Yugoslavia o México-. No cabe inferir de forma automática que Neves estaba recibiendo una distinción del mismísimo general. Además, curioso simpatizante franquista debía ser este hombre que, tras el 25 de Abril, pasó a ser nombrado embajador de Portugal en un país como la URSS, tan odiado por los simpatizantes del fascio, y organizó desde Moscú las embajadas del nuevo régimen revolucionario luso en China y Corea del Norte. Este “notorio fascista” debió engañar muy bien a los ingenuos héroes de la Revolución de los Claveles para que le confiaran semejante tarea. Casi tanto como Samaranch o Martín Villa, demócratas del “brazo en alto”, a sus vecinos de España.

2º Portugal y España en aquella época eran dos países aliados por la vinculación de sus regímenes hermanos, los únicos supervivientes de la derrota del fascismo en la SGM, y además unidos por un tratado de amistad y cooperación, el Pacto Ibérico. Si nos ponemos en el caso de que rechazase la insignia, en un gesto de rebeldía y dignidad, el escándalo que se podía haber organizado le hubiera acarreado graves consecuencias profesionales e incluso acabar visitando el cuartel de la PIDE en la lisboeta Rúa António Maria Cardoso o el penal de Caxias, sitios nada recomendables para unas vacaciones. Y esto no es una exageración: si pensamos en que su respetabilidad como periodista se lo podía haber evitado, debemos recordar que el propio jefe de esta policía política presumía de que sólo dos portugueses se podían librar de ser detenidos cuando a él le diera la gana: el presidente de la República y el del consejo de ministros. Así que había que pensárselo dos veces antes de rechazar distinciones de países amigos, por mucha dignidad que uno tuviera, si uno tenía algún apego por su integridad (ya fuera profesional o meramente física).

3º Si, por el contrario, nos ponemos en los supuestos de que Neves tenía simpatías por el franquismo y recibió de buen grado la condecoración, esto tampoco anula la veracidad y el rigor de su testimonio, así como la posibilidad de utilizarlo. En primer lugar, porque pese a las supuestas simpatías de Neves por el franquismo (simpatías que sabemos tenía en el momento en que entró en Badajoz cuando la ciudad fue tomada por los sublevados) siempre defendió la veracidad de sus crónicas desde la capital pacense y se defendió de los ataques que recibió de los publicistas de la causa “nacional” que desmentían la comisión de las masacres. Es más, en los ochenta, pese a su promesa de no regresar a un escenario donde ocurrieron aquellos hechos que tanto le horrorizaron, lo hizo para cumplimentar una entrevista a una cadena británica que estaba realizando un reportaje sobre los hechos y publicó su obra “A Chacina”. En segundo lugar, porque tanto testigos de la época, como los periodistas Jay Allen, John T. Whitaker o René Bru (mencionados en mi anterior artículo) como los recientes investigadores han dado pruebas más que suficientes de que lo contado por el periodista luso era cierto.

4º Que nos tuviéramos que atener a la ideología como síntoma de credibilidad de un testimonio en lugar de contrastar el testimonio en sí es algo tan estúpido que sólo se le puede ocurrir a los propagandistas de la “conjura judeo-masónica-bolchevique” o a los que, cegados por una amenaza imperialista que exageran hasta el paroxismo ven “enemigos de la revolución” por todas partes. Al parecer, para el autor o autores de “La verdad ofende”, los republicanos, demócratas y progresistas sólo tendrían que quedarse con el testimonio de los “rojos oficiales” (léase Ángel Viñas, Francisco Espinosa, Josep Fontana, Ricard Vinyes en nuestros días, igual que ayer lo eran Julián Zugazagoitia, Manuel Tagüeña, Hidalgo de Cisneros, Arturo Barea o Stephen Spender), que serían más fáciles de desacreditar por esos señores precisamente por su calidad de rojos (equivalente a decir de “mentirosos”). Acceder o utilizar los de personalidades conservadoras que pusieron de vuelta y media al bando con el que se supone tenían que estar tiene que mostrar la “traición”, o cuando menos la incoherencia, de los republicanos a su propio sistema ideológico, que compensaría la que esos hombres de orden cometieron en su día a su propio bando, el que se decía bando del orden, al denunciar sus masacres. En realidad, lo que demostraron aquellos hombres -ejemplos: Ruiz Villaplana con sus obras “Doy fe” y “Lo que han hecho en Galicia”; Francisco Mateu con “Franco ese…”; George Bernanos con “Los grandes cementerios bajo la luna” o Manuel Portela Valladares, que se pasó de la zona nacional a la republicana y se reintegró a las Cortes de las que formaba parte- fue exponer valientemente que la razón asistía al régimen legal y democrático de la República y que los desórdenes y asesinatos cometidos en la “zona roja” no fueron más que un pálido reflejo de los cometidos por los sublevados, y que fue su sublevación la que dio origen a las salvajadas que se cometieron en la zona controlada por el gobierno republicano. Que esto lo expusieran personalidades conservadoras e incluso franquistas -como hicieron después de la guerra Dionisio Ridruejo o Serrano Suñer sobre sus propios compañeros de aventura y la kafkiana legislación que castigaba como “adhesión a la rebelión” a los que habían defendido a la República frente a la rebelión triunfante- no quita valor al argumentario republicano, sino que se lo añade. En definitiva, como expuso Antonio Machado, “para los historiadores, militares, etc. todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no sé… tal vez la hemos ganado”.

Cometeríamos un error si por haber tenido o tener ideas conservadoras no se podrían aceptar a buenos profesionales, aprovechar y valorar el producto de su trabajo. Qué grave error habría cometido la República si por tales razones no hubiera aceptado a Secundino Zuazo para el planeamiento urbanístico de Madrid (diseñador conjunto del Plan Zuazo-Jansen, origen de la ampliación de Madrid por el Norte y el Paseo de la Castellana), un hombre conservador que sin embargo, como dato interesante, formó parte de la Asociación de Amigos de la URSS. Del mismo modo, confirmó en sus puestos a Eduardo Hernández Pachecho como comisario de Parques Nacionales y a Manuel Lorenzo Pardo al frente de los planes de obras hidráulicas, que realizaron labores tan valiosas como desconocidas (sobre todo en lo que respecta a las segundas, cuyas obras de embalses, hidroeléctricas y regadíos fueron tan mal aprovechadas como pomposamente publicitadas como propias por el régimen franquista) para el régimen republicano. Hernández Pacheco y Lorenzo Pardo trabajaron posteriormente para un régimen más afín para sus ideas, aunque con distinta fortuna: el primero tuvo muchas más oportunidades para desarrollar su labor, mientras que el ingeniero cántabro vio frustrados sus proyectos por la estrechez de miras del primer franquismo en lo que respecta al planeamiento hidráulico. Por otra parte, el hecho de tener una ideología diametralmente opuesta no parece molestar demasiado a los publicistas franquistas y neofranquistas que utilizan o fusilan sin piedad los argumentos de viejos republicanos como Salvador de Madariaga o Niceto Alcalá Zamora para demostrar la maldad “roja”, pese a que (como demostró en el caso de Madariaga el estadounidense Herbert R. Southworth) sus argumentos poniendo a parir a la democracia que les encumbró se sostienen tan bien como una sombrilla en un día de viento.

Espero no haberos aburrido con la exposición de este argumentario, que he creído necesaria, y que os haya sido interesante y de utilidad. Un saludo.

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Sostiene Pereira: una exhortación a los que escriben

sostiene-pereira-portadaDicen que vivimos en un resurgir del periodismo. Los ciudadanos demandan información, los escándalos políticos y económicos no son tan sencillos de esconder en una época de comunicaciones rápidas y de redes sociales y la función periodística se revaloriza en este contexto en el que se reclama más y mejor información sobre lo que nos afecta, más conciencia crítica contra aquellos que causan perjuicio a la colectividad y en el que unos ciudadanos más formados no son tan fáciles de ser engañados.

Demasiado optimismo. El periodismo es una profesión mal pagada, como tantísimas otras; está llena de falsarios y opinadores que de todo saben y sobre todo emiten su juicio como expertos y acaban llevándose los jugosos beneficios de escribir en prensa y aparecer en las tertulias, siempre la misma gente, como un gremio endogámico; está sometida a los criterios del mercado, lo que la hace voluble a informar sobre lo que es popular, llamativo o incluso morboso en un determinado momento u olvidar los aspectos principales de un determinado fenómeno centrándose en señalar lo más inmediato sobre el mismo -lo que Quino, en una de sus famosas tiras de “Mafalda”, explicaba del siguiente modo: “Lo urgente no deja tiempo para lo importante”- y tampoco está libre de cumplir una función de engaño o de enmascaramiento ante una ciudadanía con mayor nivel educativo, pues por desgracia nos estamos encontrando con que mayor nivel educativo y mayor nivel cultural no significan la misma cosa. Así nos encontrarnos con graduados universitarios cuyos conocimientos de cultura general dejan bastante que desear.

Pero, y quizá lo principal del caso, es que el periodismo, lejos de estar libre de censura en los países democráticos, está sometido también a las mismas trabas, bien sea por las autoridades gubernamentales o bien por el dueño -persona física o las más de las veces jurídica, tal vez un gran conglomerado de “mass media” y es posible que hasta transnacional- del medio. Recuerdo haber leído, hace ya algún tiempo, en “El Jueves” un artículo de Ramón de España donde comentaba que la censura española, lejos de haber desaparecido, se había transformado y extendido: de las oficinas del viejo Ministerio de Información y Turismo, donde había cortes y tachaduras, a los despachos del señor consejero, la casa del accionista o los puños de un matón, donde otros métodos -más o menos civilizados- habían sustituido a señores de fino bigotito franquista y sus tijeras.

Nos hemos encontrado, ante la reciente masacre acontecida en la redacción del semanario satírico francés “Charlie Hebdo”, con una defensa de la libertad de expresión realizada por gentes que nunca entenderían el humor de la revista, y que serían los primeros en censurarlo mostrando el ceño fruncido y arrugando la nariz. En los minutos de silencio celebrados en España en condolencia por las víctimas, ante la puerta del Congreso de los Diputados, el flamante portavoz parlamentario del Partido Popular, Rafael Hernando, quien unas semanas antes había hecho unas declaraciones en las que echaba la culpa de las protestas contra la política gubernamental de su partido a ciertos medios, a quienes acusaba de ir sembrando poco menos que odios y discordias. Defensores compungidos de una visión particular de la libertad de expresión, que han expulsado de la radiotelevisión pública a profesionales competentes a quienes, cuando se encontraban en la oposición, calificaban como sectarios y que han conseguido llevar a RTVE de una elevada cuota de pantalla y la obtención del reconocimiento de la profesión a porcentajes ridículos de “share” y a un latente malestar de los profesionales no enchufados que aun sobreviven en el ente. Sin contar con que lo ocurrido en el “Charlie Hebdo” podría servir para reabrir una investigación antigua que se cerró en falso: la del atentado contra la redacción de “El Papus” en Barcelona en 1977 realizado por parte de terroristas fascistas. Sin embargo, es dudoso que se realice, no tanto porque este acto esté cubierto por la Ley de Amnistía sino porque los terroristas no eran fanáticos islamistas, sino ultraderechistas católicos fundamentalistas.

Ramón de España elogiaba la libertad con la que en “El Jueves” -heredera de la ya mencionada “El Papus”- podía hablar sobre cualquier cosa. Poco duraba la alegría en la casa del pobre: en unos años, un juez secuestró -como en tiempos no tan lejanos- el número en cuya portada se ironizaba sobre el “cheque bebé” de Rodríguez Zapatero y el -por decirlo de algún modo- relajado trabajo del entonces príncipe Felipe mediante una caricatura de los príncipes de Asturias en postura sexual. Al cabo del tiempo, quien poseyera un ejemplar de aquel número poseía poco menos que un tesoro del Patrimonio Nacional, pues no fueron pocos los lectores que lo querían tener en su poder. Poco después, no fue ninguna decisión judicial, sino la editora de la revista, Ediciones B, quien autocensuró la portada en la que Juan Carlos pasaba la corona a su hijo: una corona que, según esta portada, estaba tan podrida y maloliente como el cetro de mando que iba pasando de padre a hijo en Corea del Norte o en la Rusia de los Romanov. Y claro, tales comparaciones no se podían tolerar. Aquello fue la puerta de salida para numerosos y veteranos dibujantes, que vieron que en su revista de toda la vida ya no se podía hablar de todo y reírse de todo, incluso de ellos mismos.

Escribir y el periodismo no son profesiones fáciles, aunque una mirada en perspectiva nos dirá que es mucho más duro bajar a una mina, subir a un andamio o abrir zanjas en medio de una calle. Y creo que es fundamental que todos los que aspiremos a ser buenos “plumillas” aprendamos a vencer los miedos y limitaciones que nos impiden llegar a ejercer dignamente nuestra profesión y a que el compromiso por contar, con honestidad y pasión por lo que hacemos lo que creemos es importante, nos duele o vemos necesario que se conozca, sea perceptible por quienes nos leen, nos ven o nos escuchan. Más allá de modos y de modas.

Esta es la lección que se extrae de “Sostiene Pereira” (1995), del ya fallecido Antonio Tabucchi, un libro que me fascinó hace ya varios años y cuya adaptación cinematográfica -dirigida por Roberto Faenza en 1996 con guión del propio Tabucchi, con un elenco extraordinario encabezado en su última aparición en la gran pantalla de Marcello Mastroiani, a quien acompañaron actores como los también italianos Stefano Dionisi y Nicoletta Braschi (esposa y compañera de reparto en muchos filmes del cómico y director Roberto Benigni), el francés Daniel Auteuil (especialmente conocido por sus intervenciones en los filmes policíacos de Olivier Marchal, como “Asuntos pendientes”) o los portugueses Joaquim de Almeida (hoy con una amplia trayectoria que le ha llevado hasta Hollywood), Teresa Madruga (“En la ciudad blanca”, “Tabú”) o Mário Viegas (que ha trabajado con el patriarca del cine portugués Manoel de Oliveira)- me fascinó tanto o más que la propia obra literaria, lo que no es muy fácil que suceda con las adaptaciones. Quizá se deba a mi escasamente desarrollado sentido crítico de la cinematografía, pero de esta película me entusiasma todo, incluyendo la canción principal, “A brisa do coração”, con dos monstruos unidos para este fin: Ennio Morricone y Dulce Pontes.

UN INCISO: SOBRE LA NOVELA HISTÓRICA

Llevamos a nuestras espaldas unos cuantos años de auge de lo que se ha dado en llamar la “novela histórica”. Pero, ¿a qué llamamos novela histórica? Particularmente, no soy un crítico literario, sino que hablo aquí como un simple lector. Tengo la impresión de que el subgénero “novela histórica” es algo que ha nacido como una especie de moda cuando la novela histórica ha existido podría decirse casi que toda la vida (cabría recordar los famosos “Episodios Nacionales” galdosianos). Uno se sumerge en novelas catalogadas como “novelas históricas” y tiene la impresión de que le están contando una historia de ficción pero hasta dentro de la propia Historia en cuyo contexto se imbrica la trama. Aparte de su calidad, que ha sido puesta en duda por más de un crítico, resulta difícil que uno pueda sacar una enseñanza sobre la Historia de un determinado momento histórico a través de una novela (aquella función que atribuía Platón a la literatura, la de “instruir deleitando”) si lo que se hace es contar una Historia paralela que nada tiene que ver con la realidad que fue. “El Código da Vinci”, “El último Catón”, “La catedral del mar” o los títulos que se les quieran ocurrir pueden ser novelas muy buenas -o quizá muy malas- pero no pueden pertenecer a una categoría o a un subgénero si toda relación con la realidad histórica en la que dicen insertarse es pura coincidencia.

Hay novelas, como la propia “Sostiene Pereira”, insertada en la época del apogeo de la dictadura de Salazar en Portugal, la amenaza de una nueva guerra en Europa y con la guerra civil española y la represión de los “nacionales” a apenas doscientos kilómetros de Lisboa, que pueden llamarse novelas históricas con todas las letras. A través de una historia de ficción, la protagonizada por un viejo periodista y sus relaciones durante el verano en que transcurre la acción, conocemos de primera mano el ambiente fascista, prorrebelde y germanófilo del “Estado Novo” y sus acólitos y el miedo que oscurece el semblante de los demócratas y antifascistas lusos, además de las opiniones que suscitan los combates en España o la falta de libertades en el país. Si a “Sostiene Pereira” se le hubiera puesto el calificativo de “novela histórica”, quizá su éxito de ventas hubiera sido mayor, y posiblemente muchos devoradores de mamotretos tipo “Código da Vinci” les hubiera resultado decepcionante el resultado de la lectura, pues la habrían identificado como una novela política (¡como si la política no hubiera estado y no está en el epicentro del curso de la Historia!), pero muchos otros -y quizá los anteriores también- habrían conocido algo o se habrían interesado por saber quienes fueron D’Annunzio, Bernanos, Maritain, Pessoa, Maiakovski, Thomas Mann y tantos personajes de la cultura europea de entreguerras que no figuran en nuestros libros de texto.

Se me ocurren otros ejemplos de novelas que cumplen esa función platónica del instruir deleitando, de dar sobre todo la pasión por saber más cosas sobre periodos históricos apasionantes de los que quizá no nos contaron todo o sólo la cara conveniente del mismo. “Memorias de Adriano”, de Yourcenar, cuenta una historia sobre el refinamiento y sensibilidad de un emperador romano que resultaría imposible de concebir para los que tienen de Roma la imagen de un imperio decadente sumergido en orgías como las mostradas por películas como “Quo vadis”. Las novelas que componen “El laberinto mágico” de Max Aub explicaron la guerra desde el lado republicano -por no hablar de las memorias de Julián Zugazagoitia, que pertenecen a otro género- mucho antes, y sólo a los lectores les corresponde determinar si mejor, que otras más contemporáneas. Se ha echado de menos -y se echará más aún en este año 2015, 25º aniversario de la “reunificación”- que 25 años después de la caída del muro de Berlín y la revolución popular en la RDA alguien hable de novelas sobre el muro escritas en la “otra” Alemania, como “El cielo dividido” de Christa Wolf o “Los hermanos” de Brigitte Reimann, que a pesar de haber sido publicadas en una de las naciones del “realismo socialista” (concepto que desde el lado occidental nos aparece como mistura de propaganda y lavado de cerebro) están escritas con una sensibilidad y un humanismo que ya quisieran para sí “liberales” como Antonio Burgos o Alfonso Ussía. Y de vuelta a España, la admirable “El hereje” de Miguel Delibes o “Mister Wytt en el cantón” de Ramón J. Sender describen la persecución inquisitorial o la sublevación cantonal durante la I República mucho más acertadamente que cualquier manual escolar que destaca las intervenciones militares de los primeros Austrias reinantes en España (por defender la religión a costa de la ruina del país, dicho sea de paso) frente a tales “minucias”, o que define la sublevación cantonal como un primer intento de desmembrar España (tal afirmó en su día Cánovas del Castillo y repitió recientemente el incombustible Ricardo de la Cierva).

Y por si fuera poco, novelas de este tipo están muy entretenidas, lo que hace que el lector aprenda casi sin esfuerzo y al mismo tiempo le pique la curiosidad por saber más.

LA TRAMA

Lisboa durante un caluroso verano de la segunda mitad de los años treinta. Según la sinopsis estamos en 1938, pero podríamos situarnos un año antes, en 1937, por algunos datos sobre la guerra española (la caída del Norte en manos rebeldes, el bombardeo de Guernica y las ofensivas en el centro de los republicanos -Brunete, Belchite- para contener el avance de aquellos hacia Bizkaia y Santander). Pereira -al que sólo se nombra por su apellido, “peral”, que como muchos apellidos portugueses de árbol o en Italia, tal y como explica Tabucchi, de ciudades, es de origen judío y supone un homenaje del autor a una comunidad que ha padecido tantos sufrimientos- es un veterano periodista que durante años trabajó como cronista de sucesos y ahora lleva la página cultural de un mediocre diario de la capital portuguesa, el “Lisboa”. Es un hombre acabado, pero no en el sentido de haber padecido un acontecimiento grave que le haya dejado una terrible huella, sino porque él mismo parece haber borrado toda emoción de su existencia, limitándose a dejar pasar los días que le quedan hasta reunirse con su esposa, fallecida años atrás y con cuyo retrato habla cotidianamente, como si se tratase de una presencia viva.

La inercia, además de la impotencia en la que parece haberse instalado, limitándose a encogerse de hombros o a eliminar la duda, lo peligroso, cuando un suceso -el asesinato de un campesino en el Alentejo, como le describe su confesor, el enrabietado padre Antonio; o la responsabilidad ética del periodista, que le recuerda Ingeborg Delgado, alemana judía de origen portugués con la que conversa en el tren camino de la termas de Buçaco- son una especie de semblanza de la misma inercia e impotencia en la que parecen instalados sus propios compatriotas desde la instauración del “Estado Novo” y la subida de Salazar al poder, tan similar a la de Italia o Alemania, donde el miedo, el conformismo o la aceptación entusiasta ante los nuevos regímenes son peldaños para su sustentación.

Estos sentimientos se ven alimentados en Pereira por una obsesión, que se refleja en sus conversaciones con el retrato de su esposa, con la muerte que le lleva a preguntarse por la resurrección de la carne junto con la del alma. Él se considera un buen católico, pero esta idea le resulta insoportable, pues obeso y con problemas cardiacos, no se encuentra nada contento ante la perspectiva de que su cuerpo vuelva a la vida en tan lamentable estado. Ello no le impide, sin embargo, comer mal -y en especial su plato favorito, tortilla a las finas hierbas- y beber grandes cantidades de limonada con azúcar en el Café Orquídea, donde el camarero Manuel demuestra estar más enterado de los sucesos de Portugal y de la guerra de España mejor que el propio Pereira, de tal suerte que surge este inusitado diálogo:

Pereira: Buenos días Manuel, ¿qué noticias hay?

Manuel: ¿Trabaja en un periódico y me pregunta a mí qué noticias hay?

Pereira: Precisamente por eso, he comprendido que la mejor manera de conocer la verdad es escuchando a la gente.

Manuel: ¿Se ha enterado de lo de la carnicería judía? La asaltaron, la llenaron de pintadas obscenas y ningún periódico ha dicho nada.

Pereira: Pero la policía habrá intervenido rápidamente.

Manuel: ¡La policía! La policía siempre tiene cosas más importantes que hacer.

Por si esto fuera poco, Pereira tiene una presencia molesta en su vida cotidiana: la portera de la redacción cultural del “Lisboa”, Zeleste. Mujer de un policía, presume de las “influencias en lo más alto” de su marido, y a ella misma le gusta ser una fisgona profesional, quién sabe si a sueldo de la policía política del salazarismo (la temible PIDE) o por puro deporte, firmando el correo certificado de otras personas, interceptando las llamadas del vecindario a través de la centralita y haciendo comentarios malintencionados sobre las visitas. Un caso clínico, pero lamentablemente no escaso en las dictaduras, que pone los nervios de punta a Pereira.

Marcello Mastroiani (Pereira) y Stefano Dionisi (Monteiro Rossi) en una de las escenas del filme de Roberto Faenza basado en la obra de Tabucchi.

Marcello Mastroiani (Pereira) y Stefano Dionisi (Monteiro Rossi) en una de las escenas del filme de Roberto Faenza basado en la obra de Tabucchi.

En este contexto de represión y silencio, del cual el húmedo calor veraniego es una metáfora (metáfora del ahogo, que además se ve nítida en lo bien que funcionan los ventiladores para aquellos que saben ir hacia donde sopla el viento, como pasa en el caso del director del diario, y lo mucho que se estropea el de la solitaria redacción cultural del dubitativo Pereira), nuestro protagonista conoce a Francesco Monteiro Rossi (“Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Un magnífico día veraniego, soleado y airado, y Lisboa resplandecía (…) y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos…”). Monteiro Rossi es un joven que se ha graduado en la universidad con una tesina sobre la muerte, pero él ama la vida. Alegre, apasionado, amante de la justicia y la libertad, es la antítesis de un Pereira demasiado sumido en el recuerdo de una fallecida, encerrado en el pragmatismo que le permite sobrevivir en un puesto no demasiado agradable y acomplejado por un cuerpo que teme resucite con su alma llena de dudas.

Esta relación entre Pereira y Monteiro Rossi es un paralelo de la de Don Quijote y Sancho, pero sin que el joven se “sanchopancitice”, es decir, sin que se amolde a las circunstancias de tal suerte que acabe pervertido por ellas y decida que los ideales no valen la pena. Por el contrario, Pereira sí se “quijotiza”: le atrae la audacia, el atrevimiento del muchacho, aunque al principio le parezca un caradura que sólo le pide anticipos y no es capaz de traerle una sola necrológica decente -otro rasgo funerario del carácter de Pereira: escribir necrológicas anticipadas de escritores que puedan fallecer de un momento a otro-, no por su mal estilo, sino por lo inadecuadas para la época: Monteiro Rossi escribe dos necrológicas diciendo las “verdades del barquero” sobre Gabrielle d’Annunzio o Farinetti, el maestro del futurismo, a quienes elogia como grandes poetas pero deplora como personas, por ser exaltadores del fascismo y las conquistas coloniales de Mussolini (la reciente conquista de Etiopía supuso innumerables crímenes contra la humanidad y de guerra, como los bombardeos indiscriminados sobre la población civil similares a los de Barcelona, Málaga o Guernica), y en otra, con mayor comedimiento, realiza un elogio sobre Vladimir Maiakovski, al que su nacionalidad soviética le convierte en autor maldito para un régimen profundamente anticomunista.

“Escriba con el corazón, pero sobre todo tenga los ojos muy abiertos”, le aconseja Pereira a su nuevo colaborador. Pero esos ojos abiertos no significan lo mismo para ambos. Pereira observa la realidad llena de policías, milicianos de la Legião y la Mocidade Portuguesa, chivatos del estilo de Zeleste y directores del periódico que se hacen fotos con Salazar y el general Carmona y siente miedo. Lo que ve Monteiro Rossi le causa rabia, y decide luchar contra ella a través de las páginas del periódico, ayudando a su primo Bruno a reclutar voluntarios en el Alentejo para combatir del lado de los republicanos en España y tratando de cambiar el mundo junto a su novia Marta, una muchacha que se le antoja una “sabelotodo” repelente a Pereira, pero con la que va trabando confianza. La ausencia de Monteiro Rossi durante unos días, unida a su propia ausencia de la ciudad para tratarse de su cardiopatía -tiempo durante el cual coincidirá con otro de los secundarios influyentes en su periplo vital a lo largo de las páginas de la novela, el doctor Cardoso- le llevará a reflexionar sobre quién de los dos -o de los tres, contando a Marta- está equivocado: si él o el joven. La vida; las ganas de seguir adelante, con el recuerdo, pero sin instalarse malsanamente en él, del pasado; las ideas; lo que importa al hombre como ser colectivo y también a ese hombre concreto que es Pereira -traducir cuentos franceses, hablar de una cultura que está bajo mínimos en un periódico mediocre y un país donde el analfabetismo es altísimo- pronto irán cobrando una nueva dimensión para este hombre que parecía no tener más perspectiva que acabar sus días en una redacción solitaria. “Pereira asume una actitud de transformación personal, un descubrimiento de la verdadera realidad, el rechazo a las noticias rosas acostumbradas en las portadas de los diarios, especialmente el Lisboa, que enmascaran asesinatos de obreros y represiones sangrientas […] sortea la censura, gana, transforma el primer Pereira en un periodista definitivo, comprometido, honesto consigo mismo.”

LOS SECUNDARIOS

Pereira se ve guiado por sus dos jóvenes amigos hacia esa nueva actitud vital, la que le insta a no conformarse ni consigo mismo, ni con lo que observa en la realidad que le circunda. Pero resulta igualmente esencial -especialmente al final, para que su plan de denuncia, ese plan de “sortear la censura” que será la culminación de la novela y de la propia transformación de Pereira, salga adelante- la participación de una serie de personajes secundarios que, sea por complemento a la labor que realizan Marta y Francesco, o por contraste con lo que estos representan, ayudan a que este cambio tenga lugar.

El actor portugués Nicolau Breyner, caracterizado como el padre António en el filme de Faenza.

El actor portugués Nicolau Breyner, caracterizado como el padre António en el filme de Faenza.

El primero de ellos es el padre Antonio. Este sacerdote es un contrapunto a la jerarquía eclesiástica que convive con la dictadura salazarista y que en España ha abrazado abiertamente la causa “nacional” con la “Carta de los obispos españoles” promovida por el cardenal primado Isidro Gomá. Es un católico antifascista, que recuerda a Pereira su responsabilidad como periodista y le afea que esté tan despegado de la realidad cotidiana que se vive en Portugal, y que le describe la polémica acerca del clero vasco -aliado del PNV, uno de los grupos políticos que forman parte del gobierno de la República Española- y la denuncia de las masacres franquistas realizadas por George Bernanos, escritor católico francés presente en dos de los lugares donde se produjo una represión más sangrienta, la isla de Mallorca -origen de su obra “Los grandes cementerios bajo la luna”- y Badajoz. Su incontinencia verbal le hace calificar, con todas las letras, santigüándose a continuación, de “hijo de puta” a Paul Claudel, católico francés “autor de un opúsculo fascista digno de un verdugo” que definió como “cristianos rojos” y excomulgables a los católicos vascos, y censurar la postura del Vaticano de apoyar la causa rebelde. En este encuentro, en que aclara a Pereira la polémica sobre el clero de Euzkadi, le comenta “yo pertenezco a una jerarquía, tengo que obedecer, pero tú no”, dándole carta blanca e incluso conminándole a actuar.

Joaquim de Almeida (Manuel) y Mastroiani en una escena que transcurre en el Café Orquídea.

Joaquim de Almeida (Manuel) y Mastroiani en una escena que transcurre en el Café Orquídea.

El segundo de los que aparecen es el camarero del Café Orquídea, Manuel. Manuel es un tipo sencillo, un hombre de la calle que escucha y habla en susurros -lo que se ha vuelto hábito en un país como el suyo, donde las paredes oyen- y es por ello más capaz de escuchar y de transmitir noticias de lo que podrían serlo las emisoras de radio o los periódicos. Manuel podría ser del algún modo una metáfora del Portugal no oficial, con ideales democráticos -en una conversación con Pereira dice que no entiende como su país, que es también una república (“expulsamos al rey en 1910”) puede ponerse del lado de los franquistas que están atacando a la república española, una aseveración que podría resultar candorosa, como si Manuel desconociera realmente el contenido dictatorial y corporativo que se le ha dado a la república portuguesa, pero que lo que refleja es más el sentido modernizador y democrático que para alguien como él tiene la palabra “República”- aunque obligado a silenciarlos. Pereira, por esa capacidad de recabar información, de confiarle cosas y por esas convicciones que tiene este peculiar camarero, acaba confiando en Manuel para llevar a cabo su plan final, con lo que se mostrará al lector la amplitud de su transformación.

La actriz suiza Marthe Keller interpreta a Ingeborg Delgado en la versión cinematográfica.

La actriz suiza Marthe Keller interpreta a Ingeborg Delgado en la versión cinematográfica.

Ingeborg Delgado, la mujer judía con la que se encuentra en el tren camino de Buçaco, tiene una aparición fugaz pero decisiva también a su modo, al comentarle la situación desesperada del mundo de la cultura en la Alemania hitleriana, país del que huye, y que, aún siendo distinta en Portugal, causa un gran impacto en Pereira por cuanto reside el peligro de contagio en su patria, donde existen organizaciones -la Mocidade Portuguesa, a la que en el texto de refiere como Juventudes Salazaristas; o la PIDE, entrenada por la Gestapo- que son un trasunto de las alemanas y no hace mucho ha recibido la noticia del asalto a una carnicería judía, que recuerda a la “Kristallnacht” o Noche de los Cristales Rotos y el boicot promovido contra los comercios y los ciudadanos judíos de Alemania. En su conversación, Delgado le comenta que está en Portugal visitando el país donde se encuentran sus raíces -es alemana de origen portugués- y esperando un visado para Estados Unidos. La mujer comenta a Pereira la hostilidad con la que trata la prensa a los miembros de su comunidad o la petición de visado del gran escritor Thomas Mann, lo que causa un gran impacto al periodista, y le anima a denunciar la situación. Pereira, aún creyéndose impotente para ello, meditará sobre el tema, especialmente tras un encuentro algo tenso con un antiguo amigo, Silva, profesor de universidad, en las termas. Silva ha optado por la colaboración entusiasta con el régimen de Salazar, negando el concepto de “opinión pública”, diciendo que es un invento de los británicos y que si desea publicar aquello que le interese lo que le conviene es irse a Francia o a Gran Bretaña. “Nosotros somos gente del Sur, Pereira, y obedecemos al que más grita, al que más manda”. Esta visión negadora de la propia capacidad de autogobierno, de la propia capacidad de ejercicio de la democracia, era explotada también por la propia dictadura salazarista, que tenía como uno de sus eslóganes el de las “Tres Efes”: al pueblo lo que le convenía era “Fado, Fútbol y Fátima”.

La azoriana Teresa Madruga (aquí en una escena del filme de Alain Tanner "En la ciudad blanca") interpreta a la entrometida portera Zeleste.

La azoriana Teresa Madruga (aquí en una escena del filme de Alain Tanner “En la ciudad blanca”) interpreta a la entrometida portera Zeleste.

De un modo indirecto, influirá también, como experiencia de la sensación de asfixia y de tenaza en que ha de convivirse todos los días, la presencia vigilante de Zeleste, la portera del edificio donde se encuentra la redacción cultural del “Lisboa”. Pereira desconfía de ella, sospechando que sea una confidente de la policía política, y la jactancia con que habla de su marido -que todo lo más parece ser un simple “guardia de la porra”-, unido al extraño y morboso deleite que le produce violar el correo o las comunicaciones telefónicas ajenas, causa en Pereira una inquina considerable hacia esta mujer tanto más miserable cuanto que no obtiene beneficios materiales de esa colaboración, sino que es capaz de colaborar con un régimen que manda a semejantes a ella a la cárcel o a campos de concentración en el África portuguesa por un retorcido concepto del deber patriótico.

Daniel Auteuil (el doctor Cardoso) y Marcello Mastroiani conversan en el balneario al que acude Pereira para tratar su cardiopatía.

Daniel Auteuil (el doctor Cardoso) y Marcello Mastroiani conversan en el balneario al que acude Pereira para tratar su cardiopatía.

El doctor Cardoso ofrece a Pereira los mecanismos racionales para su propia redención personal, durante la estancia de éste en un balneario de las cercanías de Lisboa por prescripción médica. Cardoso es un hombre instruido, un profesional liberal que hace honor al significado de la palabra. Su decepción por la marcha del país es grande, pero no se deja llevar por el drama: “este país no me necesita… pero no quiero abrumarle con pensamientos negativos”, dirá en una ocasión a Pereira. Durante su estancia, le ayudará a vencer su timidez, asociada con su rechazo a su cuerpo -convenciéndole de que tiene que ponerse un traje de baño formado por unos calzones, en lugar de los anacrónicos bañadores de cuerpo entero-; le convencerá -aunque Pereira trate de ofrecer algo de resistencia- de que su lugar está entre los vivos, y que es con ellos con quienes tiene que hablar, haciéndoles partícipes de sus dudas, en lugar de con el retrato de su esposa fallecida; y le expondrá la teoría de la confederación de las almas de los médicos-filósofos franceses, en lo que será la aceptación para Pereira de que en su interior algo está cambiando, y que ese cambio no tiene que significar algo negativo, sino el inicio de una etapa nueva en su vida.

Mário Viegas, extraordinario en su papel de acérrimo salazarista, interpreta al director del "Lisboa" en el filme.

Mário Viegas, extraordinario en su papel de acérrimo salazarista, interpreta al director del “Lisboa” en el filme.

La intervención de Cardoso le abre las puertas de un primer intento de desafiarse a sí mismo y de desafiar lo establecido, con algo inocente pero al mismo tiempo lleno de una carga simbólica. La publicación de un cuento francés que transcurre en la época de la guerra franco-prusiana de 1873 en que se exalta a Francia frente a Prusia, y por tanto frente a Alemania -país del que, en este contexto de fascismos al alza, el Portugal salazarista es aliado-. Aquí tendrá lugar la intervención del director del “Lisboa”, que le llama a su despacho y le advierte de la necesidad de autocensura que tienen los periodistas en este tiempo para evitar ofender al régimen. Ante la réplica de Pereira de que la censura ha dado su visto bueno al artículo, el director le replica que los funcionarios de la censura son una panda de analfabetos y que su máximo responsable, amigo personal suyo, no puede estar pendiente de todo cuanto está en visos de publicarse. El director, como puede verse, es un hombre del régimen -“aparece siempre en las manifestaciones con el brazo en alto”, le dirá el doctor Cardoso-, con contactos influyentes y hace suyo el lenguaje de la dictadura de la exaltación patriótica, quien sabe si por convencimiento o por mantener y aumentar sus negocios gracias a esos contactos en las esferas del poder. Ese lenguaje de exaltación patriótica, muy al hilo de lo realizado por los regímenes fascistas y las dictaduras conservadoras, exhibe sin embargo su poca consistencia en el diálogo entre el director y Pereira. Cuando el primero le conmina a publicar a autores portugueses (Eça de Queirós, Camilo Castelo Branco…) y a hablar sobre la raza portuguesa, Pereira le contesta que la raza portuguesa -concepto análogo al que en Italia o Alemania vienen sosteniendo las falsas teorías científicas racistas, y que parodia Roberto Benigni en la escena de la escuela en su filme “La vida es bella”– no existe, y que los portugueses son el resultado de un conjunto de pueblos que habitaron el territorio luso a lo largo de centurias: celtas, romanos, visigodos, judíos, árabes…

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Nicoletta Braschi (Marta) junto a Stefano Dionisi y Marcello Mastroiani en la redacción cultural del “Lisboa”

Por último, aunque quizá sea poco ortodoxo hablar de este personaje como secundario, tenemos a Marta, la novia de Monteiro Rossi. Marta es una muchacha políticamente activa, de fuertes convicciones, militante de izquierdas en la clandestinidad (posiblemente del Partido Comunista) y sedienta de cultura, hasta el punto de que las necrológicas que Francesco manda a Pereira y la propia tesina con que éste se graduó en la universidad son obra suya. Al principio, la impresión que Marta le produce al viejo periodista es muy negativa, por su poca prudencia y por su halo de superioridad. Sin embargo, sus esporádicos encuentros, marcados por la propia evolución personal de Pereira, y el que en el último se encuentre con ella en el tranvía, tras la visita al despacho del director, obligada a transformar su identidad y su aspecto y dándole a Pereira una sensación de gran fragilidad acaba por aproximarla más a ella de lo que habría esperado al principio. Sola, perseguida y sin noticias de un Monteiro Rossi que en ese momento está acompañando a su primo Bruno por el Alentejo en una arriesgada campaña de reclutamiento de voluntarios para combatir por la República en España, aun conserva su rebeldía intacta, y vuelve a pedir a Pereira que combata desde las páginas de su diario contra la tiranía que se ha instalado en Portugal.

En su estudio sobre la película de Roberto Faenza basada en esta novela, María José García Orta afirma que, en una de las conversaciones que Marta y Pereira sostienen, y en que Marta le conmina a actuar diciéndole que “No le estoy hablando de literatura, sino de libertad. Esto no es la crónica de sucesos; esto, amigo mío, es Historia. Creo que usted tendría que ser de los nuestros”, tiene lugar “una simplificación del conflicto, que se divide en el bando de los malos (fascistas) y el de los buenos (antifascistas)”. Sin entrar en que cualquiera, en aquellos años terribles, pudo verse obligado a actuar del lado de los malos -por engaño, caso de Francisco Mateu, que luchó en el bando “nacional” en la guerra civil por convicciones religiosas que poco tuvieron que ver con sus sentimientos y que le llevaron a publicar, tiempo después, su denuncia del golpe del 18 de julio y del franquismo bajo el título “Franco ese… Mirando hacia atrás con ira”; por desconocimiento o por la fuerza- y que por lo tanto el gris debe estar presentes siempre, hay que rechazar las tendencias a “grisificar” todo, y a pretender que en la Historia -ese Historia a la que se refiere Marta- no ha habido blanco y negro -Séneca y Nerón, Torquemada y Bartolomé de las Casas, Efraín Ríos Montt y Jacobo Arbenz-. Personas que, como en el “Canto a la libertad” de Labordeta hicieron lo posible por empujarla hacia la Libertad y personas que se dedicaron a sembrar el camino a la misma de destrozos. La conminación a Pereira no es interpretable tanto en el sentido de querer que se hiciera marxista, sino en que siguiera el camino de otros -mencionados también en la novela- que optaron por la dignidad en una época en que, como vaticinaba el doctor Cardoso, “se avecinaba una catástrofe general” y era necesario denunciar el camino de esa catástrofe y a quienes querían llevar al mundo por esa vía: Louis Fischer, André Malraux, Thomas Mann, George Bernanos, Emmanuel Mounier, Stephan Zweig, Jacques Maritain, Antonio Machado, Anna Seghers… Su camino será el camino que al final seguirá Pereira.

EL FINAL

Pereira pensaba mientras hablaba con su mujer -con el retrato de su mujer- de que si alguna vez hubieran tenido un hijo, posiblemente se habría parecido a Monteiro Rossi. Esa cercanía, que ocultaba una suerte de moldeabilidad que hubiera querido realizar Pereira del joven a su imagen y semejanza, se traduce en realidad en una cercanía más próxima de Pereira hacia la forma de sentir y de pensar de su joven amigo. Si al principio Pereira conmina al muchacho, poco más o menos, a escribir con los ojos abiertos -una forma sutil, tanto que el joven entiende a su modo, de decirle que escribiera con la cabeza- en lugar de seguir “las razones del corazón”, al final de la novela (o del filme) Pereira aplaude una necrológica escrita por Monteiro Rossi en honor de García Lorca, diciéndole que es “un buen artículo, escrito con el corazón”.

Monteiro Rossi ha escapado de una redada policial en el Alentejo en la que ha caído su primo. Ha estado deambulando, caminando sin parar, exhausto, hasta regresar a Lisboa y a la casa de su superior, donde éste le da cobijo y le guarda los pasaportes falsos que estaban destinados para los posibles combatientes alentejanos en España. Este refugio es, sin embargo, precario: tres agentes de la PIDE, la policía política salazarista, se presentan en la casa de Pereira sin presentar credenciales y con la actitud altanera habitual de los dueños del poder, solicitando información sobre el joven. Preocupado por lo que puedan hacerle a su anfitrión, que tanto le ha ayudado -con dinero u ocultando a su primo y ahora a él- Monteiro Rossi da la cara. Dos de los agentes se dedican a golpearle brutalmente, esperando que confiese el paradero de Marta, a quien también buscan, mientras el tercero, el jefe del grupo, vigila a Pereira. Al final, Monteiro Rossi es asesinado a golpes, sin haber revelado nada acerca de su novia, y los tres agentes se van no sin amenazar a Pereira con que si abre la boca “la próxima vez podríamos venir por usted”.

Pereira, que había confesado a Monteiro Rossi en la cena previa a la entrada de los agentes que “yo tampoco soporto más esto”, idea entonces un plan para denunciar el hecho, haciéndole una jugada a la censura y al régimen. Escribe un artículo, al estilo de sus necrológicas -pero sin la retórica mortuoria a que nos tenía acostumbrados, sino exaltando la vitalidad y el compromiso de los dos jóvenes, el fallecido Francesco y la fugitiva Marta- para publicarse en la página cultural del “Lisboa”, conminando a la población “a vigilar y a denunciar estos actos de violencia brutal”.

Momento del final del filme: la conversación entre Pereira y el jefe de la imprenta a cuenta del artículo sobre la muerte de Francesco.

Momento del final del filme: la conversación entre Pereira y el jefe de la imprenta a cuenta del artículo sobre la muerte de Francesco.

Convence al jefe de la imprenta del periódico para que se publique el artículo, y utiliza al doctor Cardoso y a Manuel en la trama para que se hagan pasar por secretario y director de la censura, respectivamente, ante aquel y venzan sus reticencias. Al igual que hizo el director del periódico, Pereira utiliza el argumento de que el jefe de los censores es amigo suyo, y entre los tres urden el engaño con el que se salva la publicación del artículo: Pereira telefonea al Café Orquídea y Manuel “sigue el juego” al viejo periodista, pasando luego el teléfono al doctor Cardoso, quien se hace pasar por el director y elabora un discurso sobre la necesidad de que el país conozca hechos tan graves, así como de que el artículo sea publicado “en primera página”.

Es el triunfo de un Pereira nuevo, transformado en una persona distinta a la que era al principio del relato, al que observamos (en el filme, en un clímax excepcional acompañado de los acordes de Ennio Morricone y la voz de Dulce Pontes, mientras un repartidor callejero vocea el titular del asesinato de Monteiro Rossi) salir de Lisboa y de Portugal con uno de los pasaportes que tenía escondidos. Es un Pereira que ha comprendido la misión del periodista, y que al mismo tiempo ha aprendido a estar en paz consigo mismo, a recuperar su autoestima y a no dar su propia vida por perdida.

Un Pereira nuevo parte hacia su futuro por las calles aledañas a la praça do Rossio lisboeta.

Un Pereira nuevo parte hacia su futuro por las calles aledañas a la praça do Rossio lisboeta.

La principal lección, por tanto, de esta novela deriva, a mi entender, de la capacidad de unir estos dos conceptos: el del compromiso político, adquirido o renovado, en medio de circunstancias adversas para poder llevarlo a cabo, y el de la valentía de espíritu en todos los aspectos con que el protagonista asume las riendas de su propia vida, siendo sujeto activo de la misma y no un mero espectador pasivo de la misma. Pereira vence su propia apatía -un nuevo “yo hegemónico”, a decir de la teoría de la confederación de las almas expuesta por el doctor Cardoso- y con ello es capaz de enfrentarse a los temores que le sobrevienen también a la hora de realizar su labor profesional.

Apatía y temor que asaltan, también hoy, a los oficios de escribir y que deben ser sustituidos por dinamismo y audacia para hacer frente a las tenazas que en la época de Pereira exhibían dictadura como la salazarista y que hoy se han transformado en mecanismos más sutiles, quizá más confusos, pero igualmente perversos. En definitiva, hacer buena la sentencia que el padre Lobo le dijo a Arturo Barea, y que este reproduce en la tercera parte de su obra “La forja de un rebelde”:

 

“Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas.”

A MODO DE EPÍLOGO: MÁRIO NEVES, UN PEREIRA REAL

Antonio Tabucchi explica que se basó en una figura real para crear a su Pereira de ficción. Cuenta que conoció a un periodista portugués que había pasado muchos años en el exilio por causa de sus desavenencias con el salazarismo y que, viejo y olvidado por todos, había vuelto a Lisboa después de la Revolución de los Claveles (25 de abril de 1974) que había derribado al “Estado Novo”, y que le sirvió para crear, a partir de él, los rasgos esenciales del protagonista de su novela. Asimismo, otra de sus influencias fue una obra teatral, “What about Pereira?”, en que dos señoras hablan de un misterioso portugués que nunca aparece en escena.

Sin embargo, aunque desconocemos el nombre real de ese “sosias” de Pereira de la vida real, hubo un periodista portugués que guarda una cierta relación con el personaje creado por Tabucchi. Ambos vivieron los duros años treinta y se vieron obligados a enfrentarse a las circunstancias en que el ejercicio del periodismo se veía tremendamente dificultado por la censura existente en sus países o por las conveniencias políticas, ideológicas o de intereses de los editores. Una etapa que, aunque parezca lejana, no está ni mucho menos enterrada, sino que se encuentra bastante viva. Pensemos, por ejemplo, en la campaña de desprestigio lanzada contra Julian Assange, el responsable de Wikileaks, obligado a vivir refugiado -casi podríamos decir que recluido- en la embajada de Ecuador en Londres por causa de una extradición (un “puente” para su futuro traslado a EE.UU., donde su suerte podría estar echada) solicitada por Suecia a causa de una más que dudosa denuncia por acoso sexual. Unos pocos años atrás, en la década de los 1980, Gary Webb, publicó una serie de reportajes, en medio de la campaña de intervención de la administración Reagan contra la Nicaragua sandinista, en que descubría la conexión entre la CIA y los traficantes de droga nicaragüenses, que financiaban las actividades de la “contra” -los rebeldes que luchaban contra la revolución sandinista-. Webb fue sometido a salvajes ataques por parte de los medios “respetables” y la propia agencia de inteligencia norteamericana, que le condujeron al suicidio. Años después, en 1998, la CIA admitió la veracidad de los reportajes de Webb y su relación con los narcos nicaragüenses.

Identificación expedida por el Diário de Lisboa a su periodista Mário Neves.

Identificación expedida por el Diário de Lisboa a su periodista Mário Neves (fuente: badajozylaguerraincivil.blogspot.com)

El Pereira real al que me he referido anteriormente es Mário Neves, un joven periodista portugués (tenía 24 años cuando se dio a conocer con sus crónicas sobre la guerra civil española) que desempeñaba la labor de corresponsal del hoy desaparecido Diário de Lisboa, un periódico vespertino -en Portugal se da la existencia de diarios que salen por la tarde, a diferencia de lo que sucede hoy en nuestro país, donde todos son matutinos- al igual que era también vespertino el Lisboa de Pereira.

Neves prosiguió su carrera de periodista en O Século y en un periódico fundado por él y Norberto Lopes, otro de los grandes periodistas de la época, A Capital, distanciándose progresivamente del régimen salazarista, hasta el punto de que, al tener lugar la Revolución de los Claveles, se convirtió en el primer embajador de Portugal en la Unión Soviética, puesto que ocupó entre 1974 y 1977. Posteriormente, Neves se incorporó al gobierno presidido por la católica progresista Maria Lurdes Pintasilgo en 1979 -la primera mujer que ocupó el cargo de primer ministro en la historia de Portugal- como secretario de Estado de Inmigración. En enero de 1999, a punto de cumplir 87 años, fallecía en su ciudad natal, Lisboa. Su legado documental fue cedido por su hija, Maria Emília, a la Fundação Mário Soares.

En 1985, Neves publicó “A Chacina de Badajoz” (“La matanza de Badajoz”), un libro donde recogía sus testimonios como corresponsal en la capital pacense cuando esta fue tomada por las tropas rebeldes, al mando del entonces teniente coronel Yagüe -militar africanista y próximo a las posiciones de Falange Española-, que en los días posteriores a la toma de la ciudad se dedicó a realizar una labor de exterminio brutal de republicanos e izquierdistas que hirió profundamente a este reportero luso.

Neves, como su diario y el gobierno dictatorial portugués -que auxilió a las tropas rebeldes con el envío de voluntarios, agrupados en el Batallón Viriato, y con el uso de las carreteras del país para el transporte de tropas y material antes de la unificación de las zonas de dominio “nacional”, así como con el desembarco de material enviado por Alemania e Italia en sus puertos- era partidario de los sublevados contra la República. La cosa cambió cuando conoció de primera mano la magnitud del exterminio al que estos se estaban dedicando, y del que Badajoz fue una desagradable muestra.

Mário Neves, junto con los norteamericanos Jay Allen y John T.Whitaker o los franceses Marcel Dany, George Bernanos y el fotógrafo René Bru fue uno de los periodistas extranjeros que tuvieron conocimiento de la barbarie realizada por los “nacionales” en Badajoz. Tuvieron que enfrentarse, entonces y a lo largo del tiempo, a testimonios interesados y declaraciones sin fundamento de apologistas de los rebeldes que restaban credibilidad a lo que habían conocido y que negaban la existencia de fusilamientos masivos -se calcula que entre 1500 y 3000 personas, para una población de la ciudad que ascendía en la época a 40.000 personas, murieron en esta carnicería, en una ciudad donde se había respetado la vida de las personalidades de derechas- con espectáculos macabros como los de cadáveres castrados y ritos sexuales con el enemigo muerto practicados por los tabores marroquíes, el apuñalamiento de heridos, mujeres y ancianos indefensos o el ametrallamiento de personas, diera igual que “culpables” (en ese sentido retorcido de culpabilidad que establecía como delito la militancia en partidos y organizaciones legales o el haber votado o simpatizado con el Frente Popular) o inocentes, en la plaza de toros -en unos hechos que algunos atribuyen a leyenda, pero que al parecer sucedieron; otra cosa es que se realizaran a la luz de un público exultante como si estuvieran viendo una “faena” de Manolete-.

Estos hechos se habían repetido a todo lo largo y ancho de la conquista de Extremadura y de Andalucía Occidental, estimulando la reacción, también salvaje, pero menor en número y en medio de la impotencia y el dolor de las autoridades republicanas, incapaces de contener esa orgía sangrienta que se desarrollaba en los primeros momentos de la guerra en su territorio (actitud muy distinta al beneplácito y aplauso de las de la zona rebelde): Carmona, Utrera, el barrio hispalense de Triana, Huelva, Almendralejo, Mérida, Don Benito… habían vivido hechos muy similares a los que ahora, en Badajoz, se mostraban al mundo a través de las crónicas y que ha recogido recientemente Francisco Espinosa en “La columna de la muerte”.

El coronel Juan Yagüe (ascendido posteriormente a general) fue el responsable de la toma de Badajoz y la represión posterior en la ciudad.

El coronel Juan Yagüe (ascendido posteriormente a general) fue el responsable de la toma de Badajoz y la represión posterior en la ciudad.

El 15 de agosto de 1936, con la ciudad recién tomada -apenas había caído a las cuatro de la tarde del día anterior- Neves escribía en su primera crónica lo siguiente:

«Escenas de horror y desolación en la ciudad conquistada por los rebeldes», «Acabo de presenciar un espectáculo de desolación y de espanto que no se apagará de mis ojos», «Junto a las paredes de la Comandancia Militar, la calle está salpicada de sangre», «En las arenas se ven algunos cadáveres», «En la nave central (de la catedral) dos cadáveres aguardan todavía la sepultura », «Le preguntamos (a Yagüe) si había muchos prisioneros. Nos responde que sí (…).

-Y fusilamientos… decimos nosotros. Parece ser que ha habido dos mil…

El comandante (sic) Yagüe (…), sorprendido con la pregunta, declara:

 -No deben ser tantos (…). »,

 «Estas notas redactadas nerviosamente (…) no conseguirán dar una pálida idea del espectáculo de desolación y de horror que han visto mis ojos…»

En aquellos días, los rebeldes y el gobierno portugués se empeñan, además, en no dar tregua a los republicanos que han atravesado la frontera para ponerse a salvo. Un grupo de oficiales rebeldes entraron en Portugal -en la ciudad de Elvas y sus inmediaciones- a buscar refugiados para llevárselos a la Plaza de Toros de Badajoz, con la connivencia de las autoridades lusas, que también procedieron a devolver a España a los refugiados que capturaban. Sinforiano Madroñero, alcalde republicano de la ciudad, y Nicolás de Pablo, diputado del PSOE por la provincia, figuraron entre los desgraciados que hallaron la muerte tras haber cruzado la raia.

Al día siguiente, domingo 16, la crónica del periodista luso proseguía con el relato de las atrocidades:

«Desde ayer, cientos de personas han perdido la vida en Badajoz. En la plaza de toros, los mismos coches destrozados, los mismos cuerpos que tanto nos impresionaron ayer siguen en el mismo sitio y nadie los ha retirado… En el patio, cerca de las cuadras, hay muchos cuerpos, resultado de la inflexible justicia militar […] Hemos pasado más tarde cerca del foso de la ciudad donde están amontonado los cadáveres. Son los que han fusilado esta mañana; en su mayoría, oficiales que han luchado hasta el último momento […] En las calles principales, hoy ya no se ven -como podían verse ayer por la mañana- cuerpos sin sepultura. Las personas que nos han acompañado dicen que los legionarios del Tercio y los “regulares” moros encargados de ejecutar las decisiones militares deseaban dejar los cuerpos expuestos sólo algunas horas, en un lugar u otro, para que el ejemplo pudiese surtir efecto…»

El lunes 17 envió una tercera crónica, pero esta nunca fue publicada. A las autoridades portuguesas les interesaba ocultar el descrédito que una operación de limpieza así causaba en su propia opinión pública, en un momento de entusiasmo guerrero de los Viriatos -una escena que aparece al principio de la propia “Sostiene Pereira”– y de abierta colaboración con los rebeldes. De este modo, las palabras de Neves correspondientes a ese día fueron debidamente censuradas. En esta crónica, el corresponsal muestra su deseo de salir de una ciudad cuyos horrores le han dejado profundamente afectado.

El hecho de que se tratase de un periodista con simpatías por los sublevados añade, si cabe (salvo para los fanáticos o los engreídos que sempiternamente niegan las atrocidades de los sublevados, ya fuera en Badajoz o en el conjunto de España), una fuerte dosis de credibilidad a su testimonio, dado que en él no podía haber prejuicios ideológicos para exagerar “los crímenes de los fascistas”. Una situación similar a la de George Bernanos, un católico francés criado en un entorno donde el terror estaba asociado al jacobinismo de la Revolución Francesa y que se encontró, en la propia ciudad de Badajoz y en la isla de Mallorca (base de su afamada “Los grandes cementerios bajo la luna”), con que este terror era practicado por las “fuerzas del orden”.

Neves escribió en su crónica del 17 lo siguiente:

«Me pongo en marcha. Quiero abandonar Badajoz al precio que sea, lo antes posible, y prometiéndome a mí mismo que jamás volveré. Incluso si tengo que vivir muchos años del periodismo, es seguro que nunca conoceré sucesos parecidos a los que he vivido en las quemadas tierras españolas […] Basta con tener una formación moral media y estar sinceramente por encima de las pasiones de la guerra para ser incapaz de testimoniar a sangre fría las horribles escenas de esta guerra civil, que amenaza con devorar a España, destruyendo para siempre el amor y sembrando odios profundos…»

Resulta obvio que lo que estas palabras significaban de denuncia de la masacre, y más aún, de una guerra que había sido provocada por quienes estaban ahora en la ciudad no podían sentar nada bien al gobierno de Lisboa. Neves proseguía:

«Las autoridades fueron las primeras en divulgar que las ejecuciones eran muy numerosas para que todos pudieran constatar el rigor de la justicia militar. ¿Qué hacen con los cadáveres?, ¿dónde pueden enterrarlos en tan poco tiempo? ¿Quién tenía tiempo para enterrarlos? […] Por suerte, por pura suerte, he tenido contacto con un cura que, al saber que yo era portugués, me ha acogido y desvelado este misterio; hay tantos muertos que no es posible darles sepultura inmediatamente. Únicamente la incineración masiva podía impedir la putrefacción de los cadáveres acumulados, que representan un gran peligro para la salud pública…»

Durante días, el horrible hedor de los cuerpos quemados -Neves pudo observar más de trescientos cuerpos, algunos enteramente carbonizados, otros con partes que quedaron sin prender en una imagen dantesca que «ningún artista, por genial que sea, podría reproducir en una tela»– se extendió hasta las localidades portuguesas de Caia y Elvas, sita esta última a once kilómetros de Badajoz.

Grupo de víctimas amontonados en el cementerio, posiblemente el de la carretera de Olivenza. Aquí fue donde Neves contempló la masiva incineración de cuerpos de la mano del sacerdote que nombra en su crónica.

Grupo de víctimas amontonados en el cementerio, posiblemente el de la carretera de Olivenza. Aquí fue donde Neves contempló la masiva incineración de cuerpos de la mano del sacerdote que nombra en su crónica.

Neves tuvo que defenderse de lo que personas proclives a defender a los sublevados a cualquier precio dijeron acerca de sus crónicas. Arnold Lunn, propagandista británico de la causa rebelde, llegó a decir que las referencias de Neves a la matanza de Badajoz se referían a la guerra de Independencia de 1808-1812 y no a la guerra civil. Otros, como el comandante, también británico, McNeill-Moss, citaron las crónicas de Neves de modo interesado, recortando aquello que no le interesaba, con tal de poder decir “Esto nos libra de la Historia”. Neves publicó una carta en su periódico en diciembre de 1937 en la que defendía la veracidad de sus crónicas y su integridad profesional. Finalmente restaurado el sistema democrático en Portugal tras el 25 de Abril, vio la luz A Chacina…, en la que dedicó además un estudio sobre las informaciones y desinformaciones sobre los hechos que aparecieron en la prensa mundial. Poco antes de la publicación, en 1982, cuarenta y seis años después de aquellos acontecimientos que tanto le marcaron, regresó a Badajoz, la ciudad a la que se había prometido no volver, a petición de la cadena británica Granada TV, que realizaba una serie documental sobre la guerra de España.

Mário Neves a su vuelta a Badajoz durante el transcurso de la entrevista realizada para la televisión británica Granada TV.

Mário Neves a su vuelta a Badajoz durante el transcurso de la entrevista realizada para la televisión británica Granada TV.

Para finalizar con la figura de Mário Neves, que con los años llegó a ser un respetado periodista en su país, comentaré que se encuentra además relacionado con un hecho histórico en el devenir de la dictadura salazarista: las elecciones presidenciales de 1958, que enfrentaron al candidato oficial almirante Américo Thomas y al general Humberto Delgado. La dictadura había convertido la presidencia de la República en un peón más del poder salazarista, de modo que el presidente nombraba como primer ministro a Salazar sin vislumbrar siquiera la posibilidad de otro candidato. Cuando Neves preguntó al candidato opositor “Señor General, en caso de ser elegido, ¿qué hará con Oliveira Salazar?”, Humberto Delgado, el bautizado como general sem medo, respondió “¡Obviamente, echarlo!”. Estas declaraciones de Delgado le valieron el entusiasmo general de la población para con su candidatura, con manifestaciones de apoyo a su figura que eran duramente reprimidas por la policía, hasta que sólo un descarado fraude electoral otorgó la victoria a Thomas y obligó a Salazar a hacer cambios en el método de elección del presidente, que pasaría a hacerse por la Asamblea Nacional -controlada por la dictadura-. Delgado, por su parte, tuvo que exiliarse y años después murió asesinado junto a su secretaria en una trampa tendida por la PIDE en la ciudad española de… Badajoz.

FUENTES:

Antonio Tabucchi, “Sostiene Pereira”, Barcelona, Anagrama, 1999.

“Sostiene Pereira, declaración de una vida”, en

http://loultimo.blogia.com/2006/010601-sostiene-pereira-declaracion-de-una-vida.php

María José García Orta, “Formas simbólicas y propaganda en la película Sostiene Pereira” en “ÁMBITOS”. Nº 11-12 – 1er y 2º Semestres de 2004 (pp. 413-425)

Sobre Mário Neves:

Mário Neves, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Rafael Tenorio, “Las matanzas de Badajoz”, Madrid, Gredos, 1977

Herbert R. Southworth, “El mito de la Cruzada de Franco”, Barcelona, DeBolsillo/Random House Mondadori, 2008