Apuntes sobre Mário Neves suscitados por un blog franquista

En mi anterior artículo sobre “Sostiene Pereira” hice referencia al “reporter” portugués Mário Neves y sus valiosas crónicas sobre la brutal represión rebelde en Badajoz en el transcurso de la guerra civil española. Durante las pesquisas de información sobre la biografía y trayectoria profesional de Neves, encontré un blog de ideología franquista, “La verdad ofende” -un nombre bastante desafortunado, en primer lugar por pretencioso y en segundo lugar por hacer querer pasar por verdad algo que ni remotamente se le parece, como quiero mostrar a continuación-, que se refería a nuestro periodista y autor de “A Chacina de Badajoz” (“La matanza de Badajoz”) en términos que trataban de deslegitimar la utilización de su testimonio por parte de los historiadores que han revelado la magnitud de tal represión y, en particular, por parte de los republicanos.

Esa deslegitimación estaría basada, según el mencionado blog, por las simpatías franquistas de Neves, quien en los años sesenta ocupaba la comisaría de la Feria de Muestras de Lisboa, cargo que compatibilizaba con la dirección del diario A Capital y la del Instituto Português de Oncologia. Con ocasión de una de estas ferias, los representantes de España le otorgaron una distinción a Neves, lo que da pie a decir al autor del artículo que aparece en el blog que “Neves fue condecorado por Franco”, una afirmación un tanto aventurada, pero más aventurado aún resulta el suponer que Neves, en aquella época y después de haberse jurado no volver jamás a una ciudad donde había observado la magnitud de las matanzas franquistas, tenía alguna simpatía por el régimen dictatorial español.

Quizá haya sido un error mío el haber omitido estos dos datos -el figurar en la dirección de la Feria de Muestras y del instituto oncológico- en mi anterior artículo, pensando que no añadían información relevante. Lamento este fallo y procedo a explicar ahora por qué considero erróneos los argumentos que se utilizan en “La verdad ofende” para desacreditar el valor de lo expuesto por Neves en sus crónicas de agosto de 1936:

1º La supuesta ideología franquista -y habría que suponer que también salazarista- de Mário Neves no está demostrada ni por recibir la condecoración de las autoridades españolas ni por estar al frente de dos instituciones de rango bastante inferior, de contenido más bien técnico y de más que dudosa vinculación con las estructuras del poder de la dictadura de Oliveira Salazar. Debemos recordar que organismos como los colegios de médicos, de abogados o de arquitectos eran elegidos por sus miembros, en una de las escasas muestras de democracia que se permitían en los regímenes de “democracia orgánica” o de corporativismo como eran el “Nuevo Estado” franquista o el “Estado Novo” salazarista. Asimismo, Neves estaba recibiendo una condecoración que premiaba su labor por parte de un órgano técnico -los organizadores del pabellón español en la feria de muestras lisboeta- que representaba a un país que, lamentablemente, no tenía más representantes legales entonces que los del régimen de Franco -Portugal no era (por razones obvias) uno de los escasos países que reconocía como representante legal del pueblo español al gobierno republicano en el exilio, como sí lo hacían Yugoslavia o México-. No cabe inferir de forma automática que Neves estaba recibiendo una distinción del mismísimo general. Además, curioso simpatizante franquista debía ser este hombre que, tras el 25 de Abril, pasó a ser nombrado embajador de Portugal en un país como la URSS, tan odiado por los simpatizantes del fascio, y organizó desde Moscú las embajadas del nuevo régimen revolucionario luso en China y Corea del Norte. Este “notorio fascista” debió engañar muy bien a los ingenuos héroes de la Revolución de los Claveles para que le confiaran semejante tarea. Casi tanto como Samaranch o Martín Villa, demócratas del “brazo en alto”, a sus vecinos de España.

2º Portugal y España en aquella época eran dos países aliados por la vinculación de sus regímenes hermanos, los únicos supervivientes de la derrota del fascismo en la SGM, y además unidos por un tratado de amistad y cooperación, el Pacto Ibérico. Si nos ponemos en el caso de que rechazase la insignia, en un gesto de rebeldía y dignidad, el escándalo que se podía haber organizado le hubiera acarreado graves consecuencias profesionales e incluso acabar visitando el cuartel de la PIDE en la lisboeta Rúa António Maria Cardoso o el penal de Caxias, sitios nada recomendables para unas vacaciones. Y esto no es una exageración: si pensamos en que su respetabilidad como periodista se lo podía haber evitado, debemos recordar que el propio jefe de esta policía política presumía de que sólo dos portugueses se podían librar de ser detenidos cuando a él le diera la gana: el presidente de la República y el del consejo de ministros. Así que había que pensárselo dos veces antes de rechazar distinciones de países amigos, por mucha dignidad que uno tuviera, si uno tenía algún apego por su integridad (ya fuera profesional o meramente física).

3º Si, por el contrario, nos ponemos en los supuestos de que Neves tenía simpatías por el franquismo y recibió de buen grado la condecoración, esto tampoco anula la veracidad y el rigor de su testimonio, así como la posibilidad de utilizarlo. En primer lugar, porque pese a las supuestas simpatías de Neves por el franquismo (simpatías que sabemos tenía en el momento en que entró en Badajoz cuando la ciudad fue tomada por los sublevados) siempre defendió la veracidad de sus crónicas desde la capital pacense y se defendió de los ataques que recibió de los publicistas de la causa “nacional” que desmentían la comisión de las masacres. Es más, en los ochenta, pese a su promesa de no regresar a un escenario donde ocurrieron aquellos hechos que tanto le horrorizaron, lo hizo para cumplimentar una entrevista a una cadena británica que estaba realizando un reportaje sobre los hechos y publicó su obra “A Chacina”. En segundo lugar, porque tanto testigos de la época, como los periodistas Jay Allen, John T. Whitaker o René Bru (mencionados en mi anterior artículo) como los recientes investigadores han dado pruebas más que suficientes de que lo contado por el periodista luso era cierto.

4º Que nos tuviéramos que atener a la ideología como síntoma de credibilidad de un testimonio en lugar de contrastar el testimonio en sí es algo tan estúpido que sólo se le puede ocurrir a los propagandistas de la “conjura judeo-masónica-bolchevique” o a los que, cegados por una amenaza imperialista que exageran hasta el paroxismo ven “enemigos de la revolución” por todas partes. Al parecer, para el autor o autores de “La verdad ofende”, los republicanos, demócratas y progresistas sólo tendrían que quedarse con el testimonio de los “rojos oficiales” (léase Ángel Viñas, Francisco Espinosa, Josep Fontana, Ricard Vinyes en nuestros días, igual que ayer lo eran Julián Zugazagoitia, Manuel Tagüeña, Hidalgo de Cisneros, Arturo Barea o Stephen Spender), que serían más fáciles de desacreditar por esos señores precisamente por su calidad de rojos (equivalente a decir de “mentirosos”). Acceder o utilizar los de personalidades conservadoras que pusieron de vuelta y media al bando con el que se supone tenían que estar tiene que mostrar la “traición”, o cuando menos la incoherencia, de los republicanos a su propio sistema ideológico, que compensaría la que esos hombres de orden cometieron en su día a su propio bando, el que se decía bando del orden, al denunciar sus masacres. En realidad, lo que demostraron aquellos hombres -ejemplos: Ruiz Villaplana con sus obras “Doy fe” y “Lo que han hecho en Galicia”; Francisco Mateu con “Franco ese…”; George Bernanos con “Los grandes cementerios bajo la luna” o Manuel Portela Valladares, que se pasó de la zona nacional a la republicana y se reintegró a las Cortes de las que formaba parte- fue exponer valientemente que la razón asistía al régimen legal y democrático de la República y que los desórdenes y asesinatos cometidos en la “zona roja” no fueron más que un pálido reflejo de los cometidos por los sublevados, y que fue su sublevación la que dio origen a las salvajadas que se cometieron en la zona controlada por el gobierno republicano. Que esto lo expusieran personalidades conservadoras e incluso franquistas -como hicieron después de la guerra Dionisio Ridruejo o Serrano Suñer sobre sus propios compañeros de aventura y la kafkiana legislación que castigaba como “adhesión a la rebelión” a los que habían defendido a la República frente a la rebelión triunfante- no quita valor al argumentario republicano, sino que se lo añade. En definitiva, como expuso Antonio Machado, “para los historiadores, militares, etc. todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no sé… tal vez la hemos ganado”.

Cometeríamos un error si por haber tenido o tener ideas conservadoras no se podrían aceptar a buenos profesionales, aprovechar y valorar el producto de su trabajo. Qué grave error habría cometido la República si por tales razones no hubiera aceptado a Secundino Zuazo para el planeamiento urbanístico de Madrid (diseñador conjunto del Plan Zuazo-Jansen, origen de la ampliación de Madrid por el Norte y el Paseo de la Castellana), un hombre conservador que sin embargo, como dato interesante, formó parte de la Asociación de Amigos de la URSS. Del mismo modo, confirmó en sus puestos a Eduardo Hernández Pachecho como comisario de Parques Nacionales y a Manuel Lorenzo Pardo al frente de los planes de obras hidráulicas, que realizaron labores tan valiosas como desconocidas (sobre todo en lo que respecta a las segundas, cuyas obras de embalses, hidroeléctricas y regadíos fueron tan mal aprovechadas como pomposamente publicitadas como propias por el régimen franquista) para el régimen republicano. Hernández Pacheco y Lorenzo Pardo trabajaron posteriormente para un régimen más afín para sus ideas, aunque con distinta fortuna: el primero tuvo muchas más oportunidades para desarrollar su labor, mientras que el ingeniero cántabro vio frustrados sus proyectos por la estrechez de miras del primer franquismo en lo que respecta al planeamiento hidráulico. Por otra parte, el hecho de tener una ideología diametralmente opuesta no parece molestar demasiado a los publicistas franquistas y neofranquistas que utilizan o fusilan sin piedad los argumentos de viejos republicanos como Salvador de Madariaga o Niceto Alcalá Zamora para demostrar la maldad “roja”, pese a que (como demostró en el caso de Madariaga el estadounidense Herbert R. Southworth) sus argumentos poniendo a parir a la democracia que les encumbró se sostienen tan bien como una sombrilla en un día de viento.

Espero no haberos aburrido con la exposición de este argumentario, que he creído necesaria, y que os haya sido interesante y de utilidad. Un saludo.

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