Max Hodann y la atención psiquiátrica en las Brigadas Internacionales

Retrato de Max Hodann

Retrato de Max Hodann

En 1974, un novelista sueco visita España. Está trabajando en una novela sobre los antifascistas que se lanzaron a combatir a la Alemania nazi y a la Italia mussoliniana en las diferentes resistencias que tuvieron lugar en los años treinta y cuarenta: las Brigadas Internacionales, la Resistencia francesa, los partisanos italianos… Peter Weiss, que así se llama, anda escribiendo su monumental “La estética de la resistencia” y está siguiendo, junto al español Francisco J. Uriz, el rastro de un psiquiatra y sexólogo socialista alemán, exiliado luego en Suecia, que dirigió el hospital de la Cueva de la Tía Potita, el centro psiquiátrico de las BI en la localidad de Cuasiermas, a orillas del río Júcar, en Albacete. Este para su tiempo avanzado médico responde al nombre de Max Hodann y su historia, así como sus posturas en sus ámbitos de estudio, merece la pena ser contadas.

Hodann (1894-1946) contaba con una sólida reputación como psicoanalista y -a la par que controvertido-sexólogo en la Alemania de Weimar. De hecho, sus posturas en temas como la homosexualidad o la masturbación iban a ser más avanzadas incluso que las del filósofo británico Bertrand Russell, coétaneo suyo, y se adelantaban a las desarrolladas en los 40-50 por el profesor norteamericano Kingsey. Natural de Neisse (Alta Silesia, hoy Polonia), pronto se mudó a Berlín y Austria con su familia para regresar a la capital germana. En Alemania formó parte del Movimiento Juvenil Alemán antes de que éste cayera en manos de los nacionalsocialistas, y se graduó en la Universidad de Berlín como médico en 1919, tras un breve paréntesis en que participó como combatiente en la Primera Guerra Mundial.

Comenzó a ejercer como médico en el distrito berlinés de Reinickendorf, tras lo que comenzó sus estudios sobre sexualidad, trabajando para el Instituto Magnus Hirschfeld, la Asociación de Psiquiatras Socialistas o la Liga Nacional para el Control de la Natalidad y la Higiene Sexual en temas como la eugenesia, el control de natalidad o la prevención de enfermedades venéreas, ofreciendo charlas públicas y escribiendo obras sobre sexualidad, varias de ellas temporalmente prohibidas. Detenido por el nuevo gobierno nazi en 1933, se exilia en Gran Bretaña, Noruega y Suecia, país de nacionalidad de su esposa, la reportera Lise Lindbæk -con quien posteriormente se desplazará a España- donde, ante la imposibilidad de poder proseguir con su labor científica, es ayudado económicamente por las organizaciones obreras, publicando artículos para sus periódicos. En 1937, acude a España a luchar con la República, donde ejercerá como médico militar con el grado de teniente en las Brigadas Internacionales. Aquí comienza la historia de Hodann como psiquiatra en Albacete, en la finca de la Cueva de la Tía Potita.

LA SANIDAD Y LA REPÚBLICA: UNA REFORMA DE GRAN CALADO

Pero antes de proseguir, hagamos un inciso. Creo que es importante conocer que la sanidad española, antes de la guerra, y la propia práctica psiquiátrica, experimentaron un avance considerable, sólo repetido y superado en fechas relativamente recientes de nuestra historia, con la reclamación (o la necesidad) de que España se equiparase a los “Estados del bienestar” de nuestro entorno.

Una de los aspectos más desconocidos de la política republicana y del proyecto reformista que se inauguraba con el nuevo régimen instaurado el 14 de abril de 1931 es el relativo a la sanidad. En la década de los años 1930, sólo existía en un país un sistema nacional de salud tal y como los conocemos en la actualidad en los antes mencionados “Estados del bienestar” (desgraciadamente con un bienestar cada vez menor): la Unión Soviética, que lo había establecido en 1919. Se habían hecho avances en un sentido universalizador de la sanidad, con la creación de sistemas de seguridad social, en países como Alemania o, como parte de la política del “New Deal” del presidente Roosevelt, en los Estados Unidos tras la victoria electoral de aquel en 1936, con la puesta en marcha de los planes Medicare o Medicaid. Como describe el profesor Huertas, aún existiendo esa limitación (tanto teórica como práctica) que hacía que en la España republicana no se llevara a cabo un plan para crear un sistema nacional de salud como el implementado en la Rusia soviética, “y que conceptos como el de la universalización de la cobertura eran impensables para nuestros teóricos de la Sanidad Pública de los años treinta, es preciso valorar el empeño de hacer “público”, con todas sus consecuencias, un ejercicio profesional que hasta entonces se había desarrollado exclusivamente desde principios liberales.”

La constitución de 1931 establecía en su artículo 43, párrafo 6º, que “el Estado prestará asistencia sanitaria a los enfermos y ancianos”. La República, más allá de esta afirmación un tanto genérica, y esta concepción curativa del sistema sanitario, puso manos a la obra para que fuera una realidad la asistencia sanitaria por parte del Estado a sus ciudadanos y llevarla más lejos, integrando las políticas de prevención e higiene en el sistema sanitario español. No dejará de ser llamativo que Pedro Sainz Rodríguez, futuro jerarca del “Nuevo Estado” franquista, declare que entre las políticas nefastas de la República que justificarían para él el alzamiento militar estaba el que “los hospitales pasaban a depender del Estado”.

Imagen3Antes de que Sanidad formara un ministerio aparte (lo haría en plena guerra, con Federica Montseny a la cabeza, para integrarse después con Instrucción Pública en un ministerio conjunto, bajo la dirección primero del comunista Jesús Hernández y del cenetista Segundo Blanco hasta el final del conflicto), estaba integrada en el Ministerio de Gobernación y luego en el de Trabajo, como una Dirección General. Se cumple aquí la tesis que José Martínez Pérez refirió en su Introducción a “La sanidad en las Brigadas Internacionales” sobre uno de los aspectos en que la guerra influye en los avances sanitarios: la creación de ministerios de Sanidad. Marcelino Pascua, futuro embajador de la República en Moscú -el primer embajador de España en la URSS- y París y respetado epidemiólogo vallisoletano, fue nombrado en 1931 director general de Sanidad. Bajo su influjo, se llevaron a cabo varias medidas reorganizativas de la Dirección, como la dotación de una Secretaría Técnica similar a la de un ministerio, o la del Consejo Nacional de Sanidad, con la incorporación de figuras destacadas como Gregorio Marañón, José Sánchez Covisa, Luis Sayé o Manuel Martín Salazar. Además, se comenzó con una amplia renovación de la práctica profesional, mediante la creación o renovación del funcionamiento de departamentos como el de Higiene Rural, el Consejo Superior Psiquiátrico -uno de las más importantes contribuciones de la sanidad republicana fue la renovación sobre bases más humanitarias y científicas del tratamiento a los enfermos mentales y la práctica profesional en los manicomios-, las Secciones de Ingeniería y Arquitectura Sanitaria, de Higiene Infantil, la Sección de Higiene de la Alimentación o la de Higiene Social y Propaganda, o la formación de nuevos profesionales, en particular personal subalterno y enfermeras (para lo que fue creada la Escuela Nacional de Enfermeras Visitadoras). La importancia de la difusión y la formación sobre la higiene resulta fundamental para el nuevo enfoque preventivista que se quiere dar a la sanidad española.

Foto del doctor Marcelino Pascua, primer director general de Sanidad de la II República

Foto del doctor Marcelino Pascua, primer director general de Sanidad de la II República

Los esfuerzos de Pascua iban encaminados hacia la creación de un sistema público de salud. Él mismo se refirió a ello de la siguiente forma: “he de seguir fielmente mi ruta prosiguiendo en mi tarea de organizar sólidamente sobre bases científicas la sanidad en el medio rural […] hasta que la higiene pública y la medicina preventiva en el campo español sea una novedad tangible sobre una base de nacionalización.” Abordó también el tema del seguro médico, afirmando que “España no entrará en una reorganización sanitaria, muy particularmente en su aspecto de medicina curativa de gran fuste y escala, hasta que no se implante el seguro de enfermedad”. Durante toda la etapa de la República, la creación de centros de higiene rural, tanto primarios (municipales) como secundarios (comarcales), así como dispensarios (conocidos hoy como ambulatorios, entre ellos los dispensarios móviles de higiene infantil de Burgos, Soria, Segovia y Teruel) y hospitales, incluidos los modernos hospitales antituberculosos de Barcelona y Porta Celli, Valencia, fue una constante en toda la etapa republicana. En breve tiempo, como escribe Mirta Núñez, “la asistencia sanitaria a los enfermos se había extendido a los sectores de población más humildes y los avances logrados en este campo comenzaron a llegar a pie de calle”. Además, la extensión de los seguros sociales a los trabajadores agrícolas o la creación del seguro de maternidad, así como las políticas del Instituto Nacional de Previsión (hoy Instituto Nacional de la Seguridad Social) dependiente del ministerio de Trabajo, marcaban una convergencia del sistema de seguros laborales con la asistencia sanitaria pública, que era la propugnada por Pascua. En este sentido, escribe Huertas, “la República marcó una política de previsión social tendente a la unificación de los seguros sociales obligatorios y que las teorizaciones y debates sobre la posible coordinación entre la Sanidad Nacional y el futuro Seguro de Enfermedad fueron frecuentes en el seno del Instituto Nacional de Previsión desde épocas bien tempranas”.

Imagen2Una aproximación al esfuerzo realizado durante los años del nuevo régimen en política sanitaria lo ofrecen las cifras del presupuesto manejado por la Dirección General de Sanidad: entre 1920 y 1930 las cifras oscilan entre los 6,619 y los 10,326 millones de pesetas. En 1931, la cifra es de 9,990 millones. En 1932 aumenta hasta los 15,582; en 1933 -año en que Pascua dimite de su puesto- ya es de 31,432 millones.

En 1934 se promulgan la Ley de Bases de Régimen Sanitario y la Ley de Coordinación Sanitaria, que suponen dos hitos del sistema sanitario republicano. La primera coordinaba los centros de higiene rural primarios y secundarios de cada provincia en una red (Mancomunidad de municipios) a fin de aprovechar mejor los recursos y la facilitar la coordinación de servicios a nivel interior y con el Estado central. La de Coordinación Sanitaria, la primera ley en este sentido que se promulgaba en ochenta años -la última databa de 1855- establecía la integración y coordinación de los diferentes profesionales, en especial los médicos titulares, en los servicios sanitarios para una mejor labor de estos. En palabras de Mirta Núñez, “el médico, encastillado, al que se le rendía pleitesía, era algo que empezó a romperse en los sectores profesionales republicanos. “Se quería mostrar que eran parte de una maquinaria en la que todas las piezas eran importantes para el funcionamiento”. Esta norma se complementó en 1936, con el nuevo gobierno del Frente Popular, con la promulgación de la Orden Ministerial del 13 de febrero de 1936, dispone la reorganización de los Centros secundarios y primarios de Higiene Rural, en los que se persigue una mayor eficacia organizativa, sobre todo en lo que respecta a la coordinación de estos centros con los servicios de especial atención sanitaria -por problemas sanitarios como paludismo, tracoma o venéreo- que son atendidos por el Estado.

11f5Para Huertas, “la concepción de los servicios sanitarios en el medio rural experimentó, durante la República, un avance teórico y práctico considerable que, a pesar de sus contradicciones, se tradujo en el intento de dotar a la sanidad pública de un principio de equidad, poniéndola al alcance de todos los ciudadanos del Estado español, y de una infraestructura con la que poder satisfacer las necesidades de salud de la población tanto en el plano curativo como profiláctico.” Durante la guerra, esta tendencia, lejos de paralizarse o disminuir, aumentará. Se acentuarán las políticas tendentes a la creación de un Sistema Nacional Público de Salud, con elementos tan característicos de éste como la gratuidad, la promoción de la salud y la universalización. Encontraremos así documentos del Frente Popular que nos hablan de que es función esencial del Estado “la misión de velar por el mantenimiento de la Salud Pública” y que aquel “cuidará de que cada hombre o mujer del pueblo permanezcan sanos y sean debidamente tratados si caen enfermos”. Esta concepción universalizadora es, sin duda, adelantada a su tiempo en el contexto europeo, donde los “estados del bienestar” del Oeste y los “estados socialistas” del Este -con la incorporación del modelo sanitario soviético- aún no habían tenido su irrupción (el modelo de seguridad social británico, por ejemplo, surge en la posguerra de la SGM). Los servicios sanitarios se ampliarán, incluyendo la controvertida interrupción artificial del embarazo en los hospitales de Cataluña en la Navidad de 1936 y, ya en 1937, en todo el territorio de la República con la promulgación de la ley de Federica Montseny. De este modo, en 1937 había mil camas más en zona republicana que en todo el conjunto de España un año antes, así como se contaba el mismo número de centros asistenciales para niños. En ese mismo año, el calendario de vacunación había incorporado la vacuna obligatoria de la viruela, la difteria y el tifus. En estos avances no puede olvidarse, por supuesto, la generosa ayuda de organismos internacionales como el Comité Americano de Ayuda a la España Democrática, las organizaciones escandinavas que pusieron en marcha el Hospital de Alcoy (Alicante) y otras muchas.

El Hospital Sueco-Noruego de Alcoy (Alicante), inaugurado y puesto en marcha gracias a la solidaridad de las organizaciones obreras y políticas progresistas de estos dos países escandinavos

El Hospital Sueco-Noruego de Alcoy (Alicante), inaugurado y puesto en marcha gracias a la solidaridad de las organizaciones obreras y políticas progresistas de estos dos países escandinavos

A pesar de que el camino hacia la universalización de la sanidad en la época republicana no fue completo ni estuvo exento de propuestas que se quedaron en muchos casos sobre el papel, sin llegar a concretarse, así como de las reticencias de profesionales que veían amenazado su estatus, los avances en política sanitaria y salud pública de estos años fueron bastante importantes como para que hayan quedado tan ignorados, sobre todo por aquellos que, en el futuro, creyeron ser los inventores o artífices del Sistema Nacional de Salud, “olvidando” lo que se hizo por generaciones y democracias anteriormente existentes en España.

LA REFORMA DE LA PRÁCTICA Y LA ATENCIÓN PSIQUIÁTRICA

Como se ha dicho anteriormente, la llegada de la Segunda República supuso asimismo una nueva concepción de la práctica psiquiátrica en los establecimientos del Estado, basado en principios humanizadores, concibiéndose de este modo una reforma de la que se ha dicho “llegó a modificar de manera ostensible la obsoleta legislación decimonónica y sentó las bases para una transformación en profundidad del viejo modelo custodial”.

Justo es decir que no se trataba del único antecedente de reforma de la asistencia, el tratamiento y la custodia de los enfermos mentales que se encuentra en el primer tercio del siglo XX. Las teorizaciones sobre estos asuntos fueron amplias y variadas a lo largo de las décadas de 1910 y 1920, debidas sobre todo a la crisis que empieza a surgir como consecuencia de un modelo asilar público muy deficiente y deshumanizado, convertidos poco menos, según explica Rafael Huertas “en espacios de reclusión de indigentes y no en instituciones terapéuticas reales” y de unas instituciones privadas que, si bien producen la mayor parte de los expertos científicos de aquellos años, comienzan a entrar en decadencia por el interés lucrativo-mercantil y por las premisas científicas de las que parten (el tratamiento moral), cuyos resultados en el proceso de mejora del paciente comienzan a ponerse en entredicho.

Imagen9En estos años comienza a difundirse en España las teorías de, entre otros, Freud y Lacan, así como las enseñanzas de médicos y docentes patrios como Simarro y Cajal. La ciencia médica psiquiátrica española sufre un repunte con la aparición de profesionales jóvenes con nuevos enfoques como Emili Mira i López, Francesc Tosquelles, Gonzalo Rodríguez Lafora o José Mª Sacristán, que formarán parte de la nueva generación protagonista de las reformas y las nuevas prácticas psiquiátricas.

Como antecedente inmediato de la reforma republicana, nos encontramos con la de la Mancomunitat de Cataluña (1914-1924), el organismo de gobierno regional semiautónomo instituido en los años de la monarquía alfonsina. Las propuestas de la Mancomunitat, estudiadas por el profesor Josep Mª Comelles, fueron cortadas de raíz al mismo tiempo que la propia administración bajo la que desarrollaban, debido al golpe militar de Primo de Rivera. Sus reformas asistenciales y el compromiso adquirido por los profesionales catalanes, sin embargo, no caerían en saco roto.

Ante la falta de sensibilidad social y política ante un problema, el de la situación de los manicomios, convertidos poco menos que en centros de reclusión, y la escasa actividad científica que se desarrolla en ellos para encontrar vías de cura y reinserción del paciente, la inquieta sociedad civil y los sectores profesionales de los años veinte toman el testigo de la iniciativa pública. La Liga de Higiene Mental o la Asociación Española de Neuropsiquiatría entran en contacto con movimiento internacionales de similar índole e instan al Estado a “ocuparse de un modo inmediato de la asistencia a sus enfermos mentales”, así como inciden en la necesidad de ocuparse de cuestiones anexas al tratamiento de las enfermedades mentales, como la profilaxis (prevención), la eugenesia o la psiquiatría aplicada a la enseñanza. Será con estas premisas con las que la llegada de la República se propondrá marcar una frontera en la práctica psiquiátrica española. Según explican Huertas y Ricardo Campos, los psiquiatras “encontraron, por primera vez, en la II República una administración interesada en resolver los problemas de la asistencia psiquiátrica y en hacerles partícipes de las reformas emprendidas, así como de las gestión de las nuevas instituciones que se crearon”.

Uno de los primeros problemas a que se dio cabida en el periodo republicano fue el de los llamados “servicios libres” o “de puertas abiertas”, basado en las experiencias del “open door” escocés y del hospital Henri Rouselle parisino. Desde finales del siglo XIX regía en España Real Decreto de mayo de 1885, que no admitía ni la reclusión voluntaria, ni a instancia de parte, con el beneplácito del interesado, en un establecimiento psiquiátrico. Prácticamente esto convertía a los manicomios poco menos que en cárceles, y dejaba abierta la posibilidad a que hubiera múltiples casos de enfermos mentales fuera de estos establecimientos por factores sociales o personales diversos. De este modo, los llamados servicios libres son entendidos como organismos receptivos a los que acudir en momentos de necesidad y siempre para evitar la reclusión en el manicomio. Los servicios libres permiten el diagnóstico precoz y “tratando de manera ambulatoria o mediante hospitalización breve”, insistiendo en la viabilidad de que muchos pacientes puedan ser tratados fuera de los manicomios a los que, de otro modo, tenían que acudir por fuerza. Comienzan a organizarse así los Dispensarios de Higiene Mental, a semejanza de los Dispensarios antituberculosos, anticancerosos o antivenéreos, que tratan a los enfermos con vistas a prestar una atención preventiva y previa a cualquier ingreso prolongado en instituciones de reclusión, y en coordinación con instituciones de asistencia social. La triada servicios libres-dispensarios-asistencia social (y, en el caso extremo, el establecimiento manicomial) se concibe como un servicio coordinado destinado a la prevención, el tratamiento y el seguimiento posterior del enfermo una vez éste ha sido dado de alta. El primer Dispensario de Higiene Mental, inaugurado como centro piloto, se abrió en Madrid, y los diferentes centros de esta índole fueron complementados en su función con la creación, en 1932 (Orden de 16 de abril), del Patronato de Asistencia Social Psiquiátrica (cuya misión, se especificaba, era la de cuya misión “el estudio de los procesos iniciales, el tratamiento ambulatorio de los casos leves y las curas de reposo en servicio abierto en los enfermos neuróticos pobres”).

Creados por decreto de 3 de julio de 1931, los Dispensarios de Higiene Mental serían un primer paso en la reforma de la práctica psiquiátrica. El mismo decreto trata de sobrepasar las trabas establecidas en la legislación anterior (RD de 1885), estableciendo que los ingresos puedan realizarse tanto por voluntad propia como por indicación médica o por orden gubernativa o judicial (como ahora en sentencias en que el acusado es sentenciado a reclusión en un sanatorio), al igual que se regulan las diversas formas del alta, los permisos temporales y las formalidades del reingreso. Asimismo, en el decreto de Rodríguez Lafora, responsable en la Dirección General de Sanidad del área psiquiátrica, se establece un nuevo régimen de internamiento en los centros psiquiátricos:

“Todo establecimiento psiquiátrico público urbano, deberá, a ser posible, tener un carácter ‘mixto’ con un servicio ‘abierto’ y otro ‘cerrado’.

  1. a) Se entiende por ‘servicio abierto’ el dedicado a la existencia de los enfermos neurósicos o psíquicos que ingresen voluntariamente, con arreglo al articulo 9º del presente Decreto, y de los enfermos psíquicos ingresados por indicación médica, previas las formalidades que señala el artículo 10º, y que no presenten manifestaciones antisociales o signos de peligrosidad.
  2. b) Se entiende por ‘servicio cerrado’ el dedicado a la asistencia de los enfermos ingresados contra su voluntad por indicación médica, o de orden gubernativa o judicial, en estado de peligrosidad o con manifestaciones antisociales.

En casos especiales, el ministerio de Gobernación, previo informe de la Dirección General de Sanidad, podrá autorizar el funcionamiento de Clínicas y Hospitales psiquiátricos oficiales, emplazados en centros urbanos con un carácter exclusivamente ‘abierto’; es decir, no sujetos a la legislación especial para la asistencia del enfermo psíquico, sino al Reglamento general de asistencia hospitalaria”

El decreto suponía un salto cualitativo en lo que respecta a la regulación de los ingresos y salidas de los enfermos de los establecimientos psiquiátricos, así como un giro en la asistencia a aquellos, que pasaba no tanto ya por el internamiento sino por la prevención y el tratamiento ambulatorios. Con posterioridad, se irá creando toda una red de coordinación, una estructura técnico-administrativa, que será la encargada de llevar a cabo las actuaciones psiquiátricas en los establecimientos dependientes de la Dirección General de Sanidad. El Consejo Superior Psiquiátrico (órgano asesor, inspector y de planificación) y la Sección Central de Psiquiatría e Higiene Mental, con secciones provinciales, con funciones ejecutivas, serán los dos pilares de esta estructura. Asimismo, el decreto creaba (artículo 5º) en aquellas provincias que contaran con hospital psiquiátrico fuera de los centros urbanos un servicio ambulatorio en las capitales, con funcionamiento al menos tres veces por semana. Su objetivo, muy probablemente, era el de facilitar el seguimiento de los enfermos dados de alta.

El Proyecto de Ley de Organización de la Asistencia Psiquiátrica Nacional suponía la culminación de la labor organizativa y asistencial de toda esta red. En él se regula la existencia de tres grupos de enfermos y los establecimientos en los que se han de tratar en función de sus circunstancias: los sometidos a tratamiento ambulatorio en los dispensarios de higiene mental; los sometidos a tratamiento activo en los hospitales psiquiátricos y los pacientes crónicos tratados en las colonias agrícolas psiquiátricas. Asimismo, se encomienda a los hospitales provinciales, mediante una prevista creación en cada uno de ellos de un dispensario de Higiene Mental -y por tanto, una sustancial ampliación de la red- el diagnóstico y tratamiento precoces, la distribución hospitalaria y la vigilancia y asistencia post-manicomial y la divulgación de la prevención y la higiene mental. El proyecto de ley, sin embargo, no pudo pasar ciertamente más que de eso: el ministro de Trabajo, Sanidad y Previsión, el radical Federico Salmón, lo presentó a las Cortes para su aprobación el 31 de mayo de 1935 y la Comisión de Sanidad dio su conformidad al mismo el 15 de noviembre de ese mismo año, cuando apenas quedaba un mes para la disolución de la cámara y la convocatoria de las elecciones de febrero del año siguiente que daría el triunfo al Frente Popular. Aun cuando el nuevo gobierno mantuviera sin alteraciones la ley aprobada y su reglamento (a falta de nueva información, suponemos que tal aconteció), la sublevación militar de julio y la guerra civil subsiguiente hicieron que las reformas en psiquiatría de la etapa republicana no tuvieran continuidad una vez terminada la contienda.

Si bien es cierto se debe reconocer que hubo limitaciones en la mencionada reforma -quedó sobre la mesa la reivindicación, propuesta en la V Asamblea de la Liga Nacional de Higiene Mental, celebrada en Granada en 1932, de nacionalizar los establecimientos psiquiátricos, algo que los impedimentos técnicos y financieros del Estado hacían inviable a corto plazo-, podemos concluir que las reformas psiquiátricas de la época, procedentes del ambiente de avance que se respiraba entre los expertos y de experiencias anteriores como la de la Mancomunitat, supusieron un renovado espíritu en la práctica de la psiquiatría en España: la regulación de los ingresos y las salidas de los enfermos de los establecimientos psiquiátricos, rompiendo el carácter aislacionista y carcelario que hasta entonces habían tenido los manicomios; incidir mediante la propaganda y la atención previa -al igual que se estaba desarrollando en otros aspectos de la reforma sanitaria republicana- en la prevención y la higiene mental; la aparición de nuevos organismos de coordinación, investigación y difusión y fiscalización (Consejo Superior Psiquiátrico, Liga de Higiene Mental); y un nuevo modelo asistencial basado en la interacción de instituciones (el dispensario, los asilos-colonia, los hospitales…) que sustituía a anterior la hegemonía del manicomio como centro exclusivo para la atención de las enfermedades mentales.

SANIDAD Y PSIQUIATRÍA EN LAS BRIGADAS INTERNACIONALES: EL ENTORNO DE MAX HODANN EN ESPAÑA

Las Brigadas Internacionales estuvieron dotadas de autonomía hasta 1937, cuando el ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto estableció su integración en el Ejército Popular de la República. Esto afectó, asimismo, a sus propios servicios sanitarios, que desde París -la propia sede de reclutamiento- y a través de la Central Sanitaria Internacional enviaba ayuda a combatientes y civiles (aunque no toda la ayuda pasaba por París, tales fueron los casos de los equipos médicos de la Cruz Roja, el Comité Sueco-Noruego o el Comité Americano del doctor Barsky) y organizaba asimismo los envíos de medicinas, personal y equipos a los centros de las Brigadas.

El Hotel Voramar de Benicassim fue una de las instalaciones utilizadas (junto a las villas de recreo de las clases acomodadas) del centro hospitalario de las BI en esta localidad castellonense.

El Hotel Voramar de Benicassim fue una de las instalaciones utilizadas (junto a las villas de recreo de las clases acomodadas) del centro hospitalario de las BI en esta localidad castellonense.

Las Brigadas Internacionales, que al principio contaron con escasos medios para poder organizar sus propios servicios médicos y tuvieron que hacer frente a dificultades muy serias (como por ejemplo la atención inmediata a los heridos en centros cercanos al frente, inexistente, que generaba una elevada mortalidad debido a los desplazamientos) fueron poco a poco organizando un servicio sanitario eficaz, que contó tanto con unidades móviles y centros en un frente cambiante como en la retaguardia, especialmente en la costa levantina, destacando entre estos últimos los de Hellín, Denia, Valls y por supuesto Benicássim, el Hospital por antonomasia de las Brigadas Internacionales, el centro más conocido por su especial ubicación para las convalecencias de los heridos y por el que más combatientes extranjeros pasaron. El auxilio de estos hospitales no se limitó solamente a la tropa, sino que también realizaron labores sanitarias para las poblaciones en las que se ubicaban. En los centros trabajó tanto personal internacional como español, desde cirujanos hasta enfermeras, algunas de ellas capacitadas en cursos de urgencia en los hospitales provinciales y en el duro trabajo diario.

GCE_1276_Bardasano_215Asimismo, no se descuidaba en la sanidad brigadista un aspecto tan importante como el de la prevención y la higiene: las normas y recomendaciones se recordaban recurriendo al cartelismo (que experimentó, a nivel general, una auténtica revolución de la mano de artistas plásticos como Renau, los hermanos Ballester, Bardasano, Juana Francisca o Fontseré) y a las numerosas publicaciones de las BI, entre ellas la plurilingüe La Voz de la Sanidad o los periódicos y revistas específicos de las diferentes brigadas, publicados en su lengua respectiva: Adelante la XIII, Il Garibaldino, Our Fight… Entre los mensajes que se lanzaban, se hacía hincapié en la necesidad de protegerse de las inclemencias del tiempo, tanto en invierno como en verano, estación en la que existían focos de epidemias -como el tifus- para los que se llamaba también a la vacunación (no olvidemos que dos de las batallas más importantes para el ejército republicano y las Brigadas, Teruel y Brunete, se desarrollaron en medio de temperaturas extremas, de veinte bajo cero y cuarenta y cinco grados centígrados, respectivamente); de evitar los excesos del alcohol y de protegerse contra las enfermedades venéreas.

REP29Es igualmente reseñable que la sanidad interbrigadista incorporó novedades y técnicas que hasta entonces no se habían conocido o tuvieron que ponerse en marcha por primera vez en la práctica: los autos quirúrgicos (conocidos como Auto-Chirs), que incorporaban material para poder realizar intervenciones inmediatas, la sangre conservada de Durán Jordá y la técnica de cura cerrada de heridas de Orrh y desarrollada en la guerra civil -y luego en la S.G.M.- por el doctor Trueta fueron avances que tuvieron lugar en el seno de la sanidad militar republicana y de las Brigadas, fruto algunos de ellos, precisamente, del contexto bélico, tal y como el doctor José Mª Massons (testigo y partícipe en aquel ambiente) menciona: “lo que es verdad en la vida civil no lo es en época de guerra”.

Muchos de los médicos militares, auxiliares y enfermeras de las BI prosiguieron sus carreras en sus respectivos países tras años de exilio después de la Segunda Guerra Mundial, y algunos de ellos siguieron enfrascados en causas de solidaridad obrera y antifascista internacional: Edith Kent y el médico Norman Bethune, entre otros, acudieron, tras abandonar España, a prestar sus servicios médicos a China, que luchaba contra la invasión japonesa. La enfermera británica Ángela Haden Guest prosiguió sus estudios de medicina en los Estados Unidos. Féderico Durán Jordá, uno de los médicos españoles que trabajaron en las BI y que introdujo la sangre conservada para transplantes, se exilió en Gran Bretaña, donde falleció en 1957. Rolf Becker partió también a China, y a su regreso a Alemania se instaló en la zona de ocupación soviética, donde tras la fundación de la República Democrática Alemana fue Jefe de la Sanidad Marítima. Otros médicos interbrigadistas de Europa Oriental, como el rumano David Iancu, el yugoslavo Diura Mesterovic o el búlgaro Oskar Telge -jefe del servicio sanitario de las Brigadas- también desempeñaron cargos médicos en sus respectivas naciones, bien en la sanidad civil (caso de Telge, que llegó a ser miembro de la Academia de Medicina) o en la militar tras la guerra mundial.

Otros, a pesar de lo que se ha escrito sobre la colaboración de los brigadistas este-europeos en la instauración de los regímenes socialistas en estos países, sufrieron un auténtico calvario de depuraciones estalinistas, que se sumaba al calvario con que venían de la derrota en España, el exilio e incluso de los campos de concentración. Casos conocidos en otros ámbitos como los del checo Artur London o el húngaro Laszlo Rajk se repitieron en la medicina; tal fue el caso del mencionado Oskar Telge, que regresó a Bulgaria en 1945 tras años en Siberia o la doctora checo-polaca Dobra Klein, que tras pasar un auténtico infierno en los campos de concentración nazis, fue arrestada en Praga en 1951 y sometida en 1952 al amargo “proceso de Praga”, en que once de los acusados fueron condenados a muerte y varios más a largas penas de prisión. Tras pasar por la cárcel hasta 1954 (tras el proceso de desestalinización que se iba poco a poco abriendo en la URSS y en Europa del Este), regresó a su país natal, Polonia, donde se reencontró con su hijo. Falleció en 1965, y en su funeral recibió un homenaje en que estaban presentes condecoraciones de la Resistencia Francesa, las Brigadas Internacionales y condecoraciones militares y civiles polacas.

En lo que respecta a los trastornos psiquiátricos, la dureza de las batallas, como hoy es de sobra conocido, las derrotas, las muertes de compañeros -baste para ello recordar filmes bélicos como “Platoon”, “Stalingrado”, “Johnny cogió su fusil” y los testimonios de veteranos de guerra, que fueron incluso los primeros impulsores de movimientos pacifistas como en EE.UU. por la guerra de Vietnam- podía dejar en los soldados y en los interbrigadistas un reguero de enfermedades que era necesario tratar: estrés postraumático, depresión, intentos de suicidio, paranoias, esquizofrenias… Emilio Mira y López, un conocido psiquiatra y activista político catalán, fue nombrado jefe de los servicios psiquiátricos del ejército republicano. Se distinguió como un activo propagandista a favor del mantenimiento de una moral alta y de la formación en este sentido de los comisarios del Ejército Popular para ayudar a la recuperación de los soldados convalecientes, así como en la preparación psicológica de todos los estamentos sociales leales a la causa republicana para la lucha contra la rebelión fascista, ya fuera en el frente o en la retaguardia, contra saboteadores, quintacolumnistas o desertores. Con respecto a estos últimos, era esencial para Mira la distinción de aquellos que fingían sus enfermedades y trastornos respecto de quienes sí padecían de verdad, hecho que hubo de hacer que el servicio psiquiátrico militar republicano tuviera que agudizar el ingenio, teniendo en cuenta que la guerra para la República no iba a ser nada más que una acumulación de dolorosas derrotas. La labor organizativa, por otro lado, de Mira y López fue encomiable: se organizaron treinta y dos especialistas para las cinco zonas del frente que había en 1938 -Cataluña, Centro, Levante, Andalucía y Extremadura/La Mancha, en el año en que Mira fue nombrado para su puesto-, en la que se cuidaban (trasladando para retaguardia en según los casos) las diversas patologías, con una curiosidad: los aquejados de alteración mental -aquellos no incluidos en el término “bajas blancas”, afectados por psicopatologías que hicieran necesaria su evacuación a retaguardia- eran evacuados hacia delante, hacia los centros pre-frente,vicio instalaciones anexas a los hospitales de campaña, donde los que trataban de magnificar sus síntomas mejoraban y mucho su situación. Asimismo, se hacían especiales y severas campañas para corregir las autolesiones, la agresividad y el alcoholismo y el consumo de estupefacientes.

En el caso de las Brigadas Internacionales, habría hechos que las distinguían en lo que se refiere a las patologías psíquicas: la distancia con respecto a sus hogares y la dificultad para comunicarse -sobre todo en el caso de aquellas nacionalidades que tenían menos representantes en las mismas, como balcánicos, escandinavos o chinos- hacía aumentar los episodios de melancolía, estrés o depresión. La formación lingüística (cursos de español), la prensa escrita en los idiomas de las diferentes brigadas y la interacción grupal, estimulando la compañía y las actividades comunes trataban de ayudar en el proceso de integración y de evitar o reducir los efectos de estas afecciones.

Más desagradable sería lo que se dio en llamar la “sífilis rusa”: a raíz de los procesos de Moscú de 1937, de la disolución del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM, partido comunista heterodoxo, seguidor de la línea de Trotski) por su participación en la rebelión de mayo de ese año en Barcelona y del asesinato de su líder Andreu Nin por elementos comunistas españoles y agentes del NKVD soviético en España, la sensación de vigilancia y de conspiración aumentó en el seno de las BI y creció un cierto ambiente de desconfianza entre militantes comunistas y de otros partidos e incluso entre propios militantes comunistas (lo que aumentaría incluso la mala fama que perseguía a André Marty, el responsable de las Brigadas y que, con fama justificada de severidad, llegó a ser bautizado como “carnicero de Albacete”, sobrenombre que, aunque puesto en duda recientemente, ha sido muy útil para la propaganda anticomunista). Aunque las brutales purgas estalinianas no se dieran en España -el proceso judicial a la cúpula del POUM descartó las acusaciones que el PCE había desarrollado contra la misma por inverosímiles- y el gobierno Negrín, (que, como sus predecesores, dependía de los suministros soviéticos y del apoyo político y militar del PCE para proseguir la lucha) se esforzara en el pleno restablecimiento de la justicia democrática y evitar actuaciones al margen de la legalidad, el ambiente enrarecido por la muerte de Nin, las desavenencias políticas en el seno del Frente Popular y las propias BI o la represión del derrotismo, el sabotaje y las actividades de la “quinta columna” en medio de un ambiente de cada vez mayor pesimismo, encomendada al Servicio de Inteligencia Militar (SIM) con personal mayoritariamente comunista y con métodos no muy ortodoxos de obtener información y confesiones, favorecía esa desconfianza antes mencionada, hasta el punto de dar lugar a trastornos definidos bajo lo que el oficial brigadista Gustav Regler denominó “sífilis rusa”.

Esta sífilis podía tener dos vertientes: la primera, la de aquellos militantes socialistas, libertarios, demócratas o simplemente antifascistas, pero también comunistas que consideraban errado lo que se estaba desarrollando en Moscú y cuya visión política era más abierta desarrollaran manías persecutorios, al sentirse perseguidos -real o figuradamente- por compañeros comunistas que, a su vez, desarrollarían la tendencia contraria, la de ser incapaces de distinguir entre un antifascista y un combatiente fiel a la causa de la República de un provocador fascista, un saboteador, un derrotista o un espía, siendo esta paranoia mayor al estar alimentada por esa distancia entre fantasía y realidad -entre enemigos reales e imaginarios- que presidía los procesos de Moscú y la propia mente del líder soviético. Anthony Beevor describe el caso de un tanquista ruso, citado por Cándido Polo en su artículo sobre las psicopatologías en las BI, que hubo de ser internado en el hospital de sangre que se improvisó en el Hotel Palace de Madrid y más tarde fue trasladado al de Archena (Murcia) debido a que no experimentaba mejoría, y que tras ser herido en el frente, en los primeros días de la defensa de la capital, revelaba un cuadro de estrés postraumático con ideas delirantes: repetía constantemente “los anarquistas nos matarán a todos”. Tratar esta patología especial requería también mucho de terapia grupal y de convivencia colectiva.

MAX HODANN Y LA CUEVA DE LA TÍA POTITA

En el verano de 1937 Max Hodann llega a Albacete. No es un buen sitio, por su clima seco y el polvo que flota en su aire, para un asmático como él. Siempre tiene que ir acompañado de un estuche con una dosis de adrenalina, que necesita inyectarse de vez en cuando. La casa en Cuasiermas donde está instalado el hospital psiquiátrico de la sanidad militar republicana, su destino, a orillas del río Júcar, es una mansión construida en los años veinte como regalo de bodas. Su propietario antes de la guerra es el barón de Núñez de Balboa, detenido por el gobierno de la República como sospechoso de haber auxiliado a la sublevación militar. La finca ha sido incautada y en esta conocida como Cueva de la Tía Potita a la Virgen de los Llanos que preside la fachada principal le acompaña ahora una bandera roja. Signo de los tiempos.

Hodann está inscrito en la Brigada Ernst Thällmann con el grado de teniente. Su labor no va a ser sencilla: la farmacia, que se abastece de medicinas -opiáceos, bromuros, sedantes…- es muy elemental, abastecida desde la Farmacia Militar de Albacete, donde los psicotropos no siempre están disponibles. Además, no tiene demasiados colaboradores y hay falta de espacio. Había que ingeniárselas: el pabellón de los criados e incluso una alta torre en la zona noble, no demasiado adecuada por las temperaturas extremas, serán necesarias para acoger al centenar de pacientes brigadistas que el improvisado sanatorio acoge. Y a falta de personal, los grupos de autoayuda y las terapias grupales serán el mecanismo escogido para suplir esta escasez.

La actividad desarrollada por Hodann en la casa se basará mucho en la comunicación y la convivencia: en un lugar acogedor, lejos de la retaguardia -con sus ventajas, pero también sus inconvenientes, como el tedio de estar lejos del escenario de la lucha que “contagia a los soldados de una tensión vigilante que les une ante la causa común”– se van a desarrollar los deportes; los juegos de mesa; los debates -para estimular a los combatientes, frente a las divergencias, en la convicción de que “nadie gana la guerra solo” y que por encima de aquellas les une la participación en una empresa colectiva-; las actividades culturales y la prensa, desde la escucha de la radio hasta la lectura de las publicaciones de las BI.

Hodann no es un psiquiatra al uso de la época: en un ambiente donde la disciplina es primordial, su heterodoxia -que ya antes de la guerra española y la SGM era patente- llamará la atención. En España, José María Sacristán compartía su visión sobre la prioridad rehabilitadora frente al rigor de la “psiquiatría armada” (de ahí que haga una defensa de sus métodos de psicoterapia global). Más allá de eso, sus posturas sobre la sexualidad resultan también llamativas: en “La Voz de la Sanidad”, escribirá artículos sobre profilaxis sexual y prostitución -en la que defendía que el recurso a esta era una forma de explotación de la mujer- al mismo tiempo que, junto con su paciente el brigadista neerlandés Jef Last, criticaba la rígida moral que sobre homosexualidad y masturbación propugnaban los comisarios del Ejército Popular, y que castigaba el onanismo y las relaciones homoeróticas con penas de reclusión breve. La República, con la supresión en el Código Penal de 1932 del artículo primorriverista que castigaba las relaciones entre personas del mismo sexo, había despenalizado la homosexualidad en el plano civil, pero seguía estando prohibida para los miembros del ejército, y aunque existía una mayor tolerancia y eran notorios los casos de intelectuales y artistas -Lorca, Miguel de Molina, Carmen de Burgos- de quienes se sabía eran conocidos homosexuales, el estigma social permanecía incluso en ámbitos científicos -las opiniones al respecto del doctor Marañón son un ejemplo de ello- y fuera de ellos, con sátiras en la prensa derechista hacia Manuel Azaña y una posible relación sentimental con su cuñado el dramaturgo Rivas Cheriff. Lo cierto es que la postura de Hodann y Last era más bien excepcional en el contexto internacional: Hasta Bertrand Russell escribía en “La educación y el mundo moderno” que “es posible que las relaciones homosexuales entre muchachos no fueran muy dañinas si se tolerasen, pero, aún así, existe el peligro de que perturben la vida sexual posterior”.

En posteriores artículos en “La Voz de la Sanidad” Hodann escribió también sobre la reeducación de los mutilados de guerra, tema que despertó su interés, a fin de contribuir al debate sobre su reinserción en la vida laboral y social -visitará el centro de formación abierto para este colectivo en la localidad valenciana de Mahora, y escribirá sobre la necesidad de que se vinculen a la Liga Nacional de Inválidos para aprovecharse de ortopedias y talleres-.

Hodann, bien sea por las suspicacias que despertaba su heterodoxia en la dirección sanitaria de las Brigadas o bien, como también se apunta, por la necesidad de encontrar un clima más benigno para su afección pulmonar, será trasladado a la clínica de Villa Cándida, en Denia (Alicante). Se trataba también de una villa incautada por el gobierno republicano, donde Max Hodann prosiguió con su labor terapéutica, siempre con su perspectiva grupal y su interés por el debate. En su último artículo en “La Voz…” antes de salir de España, “Medicina y fascismo”, arremetió duramente contra la política nazi de esterilización forzosa a los individuos que no garantizaban la supremacía de la raza aria, un paso más, denunciaba, en la escalada del exterminio. Hodann abandonó España tras el acuerdo de retirada de los combatientes extranjeros, aunque en realidad solo el gobierno republicano retiró al grueso de las Brigadas Internacionales, en un gesto con el que trató de concitar apoyos de las democracias occidentales que siempre le fueron negados.

Hodann regresó a Noruega, y posteriormente se desplazó a Suecia, adonde llegó apenas un poco antes de que se produjera la invasión nazi de la primera de las naciones. En Escandinavia prosiguió con su labor publicística a favor de una nueva sexualidad -como ya había hecho en Berlín y en Londres, en su primera etapa del exilio, con entre otras la formación de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, en la que llegó a estar la joven activista política española Hildegart Rodríguez- y prestando sus servicios al Instituto de Psicología de Estocolmo, entre otras actividades. En 1946, Hodann, que tras la derrota nazi propugnaba la necesidad de que su país natal, Alemania, se sometiera a un largo proceso de rehabilitación comunitaria, al igual que la psique de un paciente, para curar esa patología que le llevaba a elaborar una leyenda culpabilizadota de los otros, que le había llevado, en apenas un siglo, “a arremeter contra el mundo en cinco ocasiones”, fallecía en Estocolmo de un ataque de asma. Parte de sus papeles, de los que su amigo Peter Weiss se sirvió para escribir “La estética de la resistencia”, se encuentran en el archivo del sindicato obrero local.

Placa en recuerdo a Max Hodann en el distrito berlinés de Reinickendorf

Placa en recuerdo a Max Hodann en el distrito berlinés de Reinickendorf

Las ideas de Hodann, fascinantes en el contexto de una época donde era infrecuente encontrar posturas tan avanzadas, le llevaron también a asumir un compromiso político que le trajo hasta una España que vio truncado su camino de progreso. Parte de ese cambio llegó a la sanidad, e incluso la psiquiatría, disciplinas en que unió su formación y su lucha, como tantos hicieron, al servicio de la República.

FUENTES:

Rafael Huertas, “La sanidad republicana” en “Política Sanitaria: de la Dictadura de Primo de Rivera a la II República”. Revista Española de Salud Pública, v.74 (2000), monográfico Madrid. En http://scielo.isciii.es/scielo.php?pid=S1135-57272000000600004&script=sci_arttext

Josep Bernabeu Mestre, “La utopía reformista de la II República. La labor organizativa de Marcelino Pascua al frente de la Dirección General de Sanidad”. Universitat d’Alacant, Alicante, fecha desconocida.

Ricardo Campos, Rafael Huertas, “Estado y asistencia psiquiátrica en España durante el primer tercio del siglo XX”. Revista Asociación Española de Neuropsiquiatría,  1998, vol. XVIII, nº 65.

Rafael Huertas, “El debate sobre la reforma psiquiátrica en la España del primer tercio del siglo XX”. Átopos-Instituto de Historia, CSIC, 2003.

Manuel Requena Gallego, Rosa María Sepúlveda Losa (coord.), “La sanidad en las Brigadas Internacionales”, Cuenca, Centro de Estudios Documentales de las BB.II.-Universidad de Castilla-La Mancha, 2013.

Biografía de Max Hodann, en Wikipedia (inglés), en en.wikipedia.org

“La última novela épica”, en “La Vanguardia” (16/02/2011). Reportaje de CARLES GUERRA, en http://www.lavanguardia.com/libros/20110216/54113935682/la-ultima-novela-epica.html#ixzz3Qy1cqOpS

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