Una sed de vida llamada Brigitte Reimann

Brigitte Reimann 1Eternamente unida a un cigarrillo, la mirada en el horizonte y una hermosa melena negra que perdería en los últimos años de su vida por causa de la quimioterapia. Así son las imágenes más icónicas de Brigitte Reimann, una belleza singular tipo Audrey Hepburn que envolvía un talento propio de Janis Joplin, tan fulgurante como poco tiempo presente en este mundo. Para algunos, Reimann es la escritora más importante de la literatura alemana contemporánea. Para quienes conocieron y quisieron a este torrente de pasiones, su pérdida fue tan grande como la de una hija, una hermana o una amante. Conozcamos algo más de esa sed de vida llamada Brigitte Reimann.

LA LITERATURA DE LA OTRA ALEMANIA

La RDA, veinticinco años después de su desaparición como país, sigue siendo difícil de calificar. Para unos, sea para bien -los menos- o para mal -los más- la república alemana creada en la zona de ocupación soviética siempre estará ligada al recuerdo de lo que fue. Este recuerdo no puede estar más unido, desde las perspectivas occidentales y los huidos a la vecina RFA, al muro de Berlín y la separación de sus vecinos occidentales -muchos de ellos más que vecinos- y a la vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi), cosas que convertían en poco menos que eufemismo el adjetivo “democrática” del que hacía gala el nombre del país. Otros, que ocupan una estrecha franja gris y que vivieron en Alemania Oriental, decidieron hasta el final de sus días -o hasta el final de los días de la propia República Democrática- defender el socialismo y ser leales al país al mismo tiempo que, más o menos abiertamente, exigir a sus líderes que volvieran a los inicios democráticos y antifascistas del país y la RDA se convirtiera en una alternativa socialista plural a la RFA. Había motivos para enorgullecerse, pese a todo lo negativo -escasez, muro, vigilancia o censura- del país que se había constituido sobre una herencia de lucha popular y antifascista en Alemania, y se reclamaba continuar con aquellos logros y desembarazarse del lastre autoritario que desvirtuaba el significado real del socialismo. A principios de los setenta, la RDA -que había visto desmantelada su industria y tenido que pagar cuantiosas reparaciones de guerra a la URSS- había conseguido llegar a estar entre las diez potencias industriales del mundo, la elevación del nivel de vida había sido constante, la igualdad social era mucho mayor que en los países occidentales y los servicios públicos -entre ellos, la vivienda, con alquileres asequibles, o las guarderías públicas y clínicas de puericultura- eran muy apreciados por los germano-orientales. Asimismo, las pronto reveladas como tibias reformas honeckerianas abrieron mayor campo de acción a las empresas (las famosas VEB o Empresas de Propiedad Popular) en su propia gestión frente a la planificación estatal, idea que, con más fuerza, retomarían los primeros grupos de la oposición de noviembre del 89 al proponer, como Neues Forum, una “fuerte participación de los trabajadores”, o el SPD-Ost, una fórmula plenamente socialista en lugar del socialismo burocrático-estatal.

Por eso, aunque el entusiasmo que en 1989 despertó la caída de la burocracia pronto fue acallado con las promesas del Oeste, que acabaron con cualquier posibilidad de (re)implantar un socialismo democrático en un país de Europa Oriental -como en 1956 en Hungría o en 1968 en Checoslovaquia, aunque el fin abrupto de entonces llegó con la intervención de los tanques soviéticos-, y aquellos que lo intentaron pronto fueron calificados como traidores por los comunistas más recalcitrantes o ilusos por los realistas y pragmáticos de Occidente (y otras lindezas aún peores que de vez en cuando se repiten, como las recientes del cantautor y disidente oriental Wolf Biermann, que no dudó en calificar de poco menos que escoria y residuo del régimen a los diputados de Die Linke, pero sin aplicar el mismo rasero a los representantes de la CDU/CSU que le invitaron al Bundestag a echar pestes de aquellos, un partido que en época de Adenauer montaría con la agencia BfV su propia versión de la Stasi en la Alemania Federal), no deja de tener su valor, e incluso su consuelo para aquellos que nos quedamos con la utopía frente al capitalismo feroz y el socialismo desvirtuado, que existieran políticos aperturistas en el seno del propio SED como Wolfgang Harich, Kurt Turba, Hans Modrow o Georg Gysi; clérigos protestantes que no hicieron reverencias al régimen como Friedrich Schorlemmer; o escritores que propugnaban, desde su humanismo socialista, esa doble alternativa al capitalismo de la RFA y al socialismo burocrático y dictatorial del SED, y ya anteriormente nombrados aquí como Stefan Heym o Christa Wolf. Así, un analista norteamericano, Harvey Cox, dijo de ellos que “No huyeron al Oeste. Se quedaron e intentaron cambiar algo en un lugar difícil. Pueden haber sido ingenuos, pero nunca fueron cobardes o traidores”. Frente a las visiones arcádicas o apocalípticas del país, ésta RDA que bien pudo existir es, sin duda, la RDA que más merece la pena.

Brigitte Reimann perteneció a esta clase de escritores creyentes e inconformistas a la vez. Ibon Zubiaur, ex director del Instituto Cervantes en Berlín y reconocido germanista, ha escrito que la RDA fue “el país de la lectura”, con sus pros -esa especial reverencia por la alta cultura a la que se refiere Tariq Ali en su novela “Miedo a los espejos” y que fue común a los países del bloque soviético, y que en Alemania del Este se reflejó en la creación de una tupida red de bibliotecas, clubes de lectura en los centros fabriles, múltiples premios literarios y privilegios especiales para los escritores- y sus contras -la presión de las autoridades sobre los autores para que los contenidos y las formas se adecuaran al “realismo socialista”, los giros políticos en el seno del partido que volvían improcedente lo que hasta entonces se consideraba válido, la censura y la proscripción que pendía sobre autores que, a partir de cierto momento, podían sentir como única alternativa el exilio o la publicación de sus obras fuera de las fronteras de la República, incluyendo comunistas veteranos y comprometidos con el país, como fue el caso de Stefan Heym-. Aún con todo eso, la literatura germano-oriental dejó obras -el propio Zubiaur incluso afirma que la literatura de la RDA es más interesante que la de su vecina RFA- de gran calibre, y algunas de ellas están siendo recuperadas hoy por editoriales alternativas. “Ahasver”, del mencionado Heym; “Momentos estelares”, de Irmtraud Morgener; “Casandra” o “El cielo dividido” de Christa Wolf; “La séptima cruz” y “Visado de tránsito” de Anna Seghers; “El asno de Buridán” de Günter de Bruyn; o “Los hermanos”, “La verde luz de las estepas” y “Franziska Linkerhand”, obras de la propia Reimann son algunas de las obras más destacadas de los autores de esa otra Alemania -sin contar las de escritores que empezaron su carrera en el Este y que luego pasaron al Oeste, como Uwe Johnson o Günter Kunert-. Asimismo, en los años setenta, gracias a la “Deténte” de Honecker y la “Ostpolitik” de Brandt -que llevó al reconocimiento mutuo e internacional de ambos Estados alemanes- se fomentó el diálogo entre escritores de ambos lados de la frontera interalemana, lo que fructificó en amistades personales y relaciones profesionales muy positivas, especialmente para unos escritores del Este que se vieron estimulados por las visitas de gente como Günter Grass y que vivían en un entorno no especialmente fácil.

En esa literatura germano-oriental destacan sobre todo los nombres de tres mujeres: Anna Seghers, Christa Wolf y Brigitte Reimann. Seghers -Netty Reiling en la vida real- era la “gran dama” de las letras de la RDA: la más veterana, presidenta de la Unión de Escritores, comunista de años-llegó a estar en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, sumando su apoyo al de otros escritores y artistas progresistas a los republicanos españoles-, exiliada en Francia y México (experiencia reflejada en “Visado de tránsito”) y, con la derrota nazi, regresada a Alemania, pero no a su Maguncia natal, sino al Este del país, a la zona de ocupación soviética, a lo que muchos -Brecht, Stephan Herlimn, Johannes R. Becher- consideraron la “Alemania mejor”. A pesar de ocupar cargos importantes en la vida literaria del país -en la Unión de Escritores, en la Academia de las Artes de Berlín (Este)- y en el Partido Socialista Unificado, siempre reclamó más democracia al partido, como haría en una de sus obras con motivo de la revuelta berlinesa de julio de 1953, en la que mostró su disconformidad con la forma de actuar del partido, que se había comportado como un padre severo en lugar de abrir el diálogo con los trabajadores. Sus obras -como “La séptima cruz” o “La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara”– muestran una gran preocupación por los desposeídos, los marginados, las víctimas de la Historia, y en ellas, a pesar de las derrotas, se vislumbra un final abierto, la puerta de una esperanza en la que creer.

En lo que respecta a Wolf y Reimann, si hemos de establecer nexos de unión entre estas dos amigas y coetáneas-a pesar de sus caracteres a veces tan dispares, taciturno y dubitativo el de Wolf, explosivo y torrencial el de Reimann-, sus experiencias vitales nos los traen. Ambas fueron creyentes -aunque no acérrimas- en el socialismo y en la RDA: por eso, en “El cielo dividido” y “Los hermanos” -reflejo de dos experiencias vitales traumáticas, la pérdida de un ser próximo que se marcha a la República Federal-. Ambas cuentan la visión de quienes prefieren quedarse y luchar por un país en el que se cree y por el que se aspira a cambiar las cosas que no se gustan. Quizá -los censores seguramente no se dieron cuenta o prefirieron dejarlo correr- las autoridades hubieran preferido un canto mucho más optimista y propagandístico sobre las bondades de la república socialista, pero no hubiera correspondido a los sentimientos de estas dos mujeres. Ambas comprenden la postura del que se va, pero -como si fuera asimismo un alegato dirigido a los que se han ido y al país que les acoge- piden que entiendan la postura de las protagonistas, que se quedan, y lanzan una pelota al tejado de las autoridades, de los funcionarios, de los burócratas: en sus manos está cambiar las circunstancias que hacen que la gente se esté marchando.

Christa y Brigitte nacieron a principios de los años treinta: su infancia estuvo marcada por la guerra y su juventud por la presencia de una generación mayor que hizo la guerra, la perdió y a la que se pregunta si hicieron algo para resistir al nazismo, mientras la nueva es la primera que vive la construcción del socialismo. Es la primera generación que vivirá las esperanzas y las desilusiones, y en esa senda fluctuará su experiencia vital y su obra: intentos de la Stasi para colaborar con ellos -descartados en el caso de Reimann; infructuosos en el de Wolf, que es incapaz de informar negativamente sobre ningún investigado-; desconcierto ante las decisiones políticas; escritos sobre esas sensaciones: “Casandra” de Wolf y “Franziska Linkerhand” de Reimann, novelas la mujer es protagonista, como víctima, como luchadora, siempre defendiendo su identidad personal.

LOS PRIMEROS AÑOS

Brigitte Reimann 2Brigitte Reimann fue periodista, maestra, obrera y escritora, y todo eso a lo largo de sus treinta y nueve años de vida. Nació en Burg, localidad de Sajonia-Anhalt cercana a Magdeburgo, el 20 de julio de 1933, en el seno de una familia de clase media. Brigitte fue la mayor de cuatro hermanos: Lutz -que emigraría posteriormente a la RFA-, Ulrich (Ulli), Dorothea (Dorli) y ella. Su especial relación con Lutz, con quien comparte en la infancia la afición por los deportes y su ingreso, tras la guerra, en la Freie Deutsche Jugend (FDJ, o Juventud Libre Alemana, que posteriormente será la organización juvenil de masas de la República Democrática) hará que viva con especial dolor la marcha de aquel a la RFA, lo que se reflejará en la novela que le dará fama, “Los hermanos”.

El talento de Brigitte Reimann comienza a darse en aquellos primeros años, en los que empieza a escribir al tiempo que finaliza la escuela: cartas, fábulas, pequeñas obras teatrales que se representan en su propio colegio, y su diario, en el que a lo largo de su vida aparecerán sus miedos, sus esperanzas, sus desilusiones -en política, en la vida-: sus sentimientos más profundos, que hoy aparecen como complemento a alguna de sus obras recientemente publicadas en España.

Son los años de la esperanza: el historiador Manfred Kossok recuerda que “a la cabeza de la RDA pasaron representantes de la resistencia exterior e interior, auténticos antifascistas. Intelectuales, dirigentes y destacados científicos, escritores, filósofos, historiadores exiliados regresaron a la RDA para crear una Alemania nueva […] Realmente ellos representaron una generación única en cuanto a su prestigio y capacidad. Aquellos años fueron de grandes esperanzas…”, rotas, añade, por el crimen de una “casta estalinista”, que abusó “de manera maquiavélica de los ideales de generaciones enteras”. También en la escuela de Brigitte Reimann se da esta experiencia: una “koedukativeSchule” donde los niños y niñas aprenden juntos nuevos materiales como el ruso y los alumnos, entre ellos una cada vez más involucrada Reimann, participan en actividades -redacción de diarios, charlas, obras teatrales- en las que se trata de concienciar en los valores antifascistas y democráticos.

A los 14 años, a la misma edad en la que empieza en esta nueva escuela, Brigitte Reimann enfermará de polio. De la convalecencia obligada heredará dos cosas: una leve cojera, que le acompañará el resto de su vida -y que le hará sentir un cierto complejo de inferioridad, al tiempo que crecía en ella la necesidad de reconocimiento y atención- y la certeza de que la escritura será su oficio y vocación a lo largo de los años. “Algo que da sentido y estructura a su vida”, como se ha escrito en una biografía.

Brigitte Reimann 6En esta etapa de su vida, comenzará a experimentar los primeros sufrimientos, pero también las primeras experiencias gratas, como si nuestra escritora no pudiera evitar la presencia de las buenas y las malas nuevas al mismo tiempo en su vida: a los diecisiete años conoce a su primer amor, Klaus Böhlke, un muchacho de su ciudad: con el describirá el sexo, la pasión, pero también la indiferencia, el odio, el temor a ser utilizada. Se quedará embarazada, pero perderá al niño. Para Reimann la búsqueda del amor será ardua y muchas veces insatisfactoria: se casará cuatro veces -la última, pocos meses antes de su muerte y ya muy avanzado su cáncer, con Rudolf Burgatz, un médico que se convertirá en su cuidador, una presencia generosa y desprendida que tal vez sea el complemento que más se acerque a lo que ella anhelaba toda la vida-. El amor, según se ha escrito, era para ella un vínculo difícil de mantener al deberse a una pasión fugaz, en el que pronto hacen aparición sentimientos de posesión, celos y odio, mientras la amistad -de las que ella conservó muchas y de variados ámbitos- la concibe como una comunión de intereses y valores, sentimientos mucho más perdurables.

Al terminar la escuela secundaria, en 1951, aprueba el examen de ingreso en la Escuela de Teatro de Weimar. Persigue entonces ser directora teatral, pero la nueva República necesita maestros, y busca entre los bachilleres a aquellos que puedan formar parte de este cuerpo de docentes; a esto se le sumará una lesión que tuvo a los pocos meses de iniciar las clases en Weimar, por lo que, tras un curso de pedagogía de dos años, entra a trabajar como maestra en una escuela primaria en su ciudad. Después, lo hará como bibliotecaria y más adelante como periodista.

Los libros de Brigitte Reimann -junto con su diario- reproducirán la ilusión, las tensiones, las expectativas y las amarguras que puede sentir una simpatizante del socialismo que, como dice Ibon Zubiaur, deja en esa simpatía pinceladas de su talante libertario y con cuyas obras ella misma -con motivo del reportaje que escribió para FORUM, la revista de la FDJ, del viaje de la delegación de las juventudes alemanas a la Unión Soviética- trata de “dejar ciertos recaditos en el mantel burocrático de cierta gente”, aunque esto no fue desde luego nada fácil, y menos desde el 11º Plenario del SED (finales de 1965), en el que las vías aperturistas abiertas por entonces en materia cultural se cerraron abruptamente. Así, citando de nuevo a Zubiaur, “cuando la legitimidad de la nueva República se nutría del antifascismo y la ruptura con el pasado nazi, ella escribió historias de amor proscrito durante la guerra [como “Die Frau am Pranger”, que narra la historia de amor prohibido entre la campesina alemana Kathrin y el prisionero de guerra soviético Alexei]. Cuando la “línea Bitterfeld” llamó a los escritores a las fábricas y exigió que reflejaran la vida de los obreros, se trasladó a la ciudad industrial de Hoyerswerda, trabajó con ellos y aportó la mejor “novela de brigada” […] Y cuando la masiva huida de conciudadanos al Oeste amenazaba la existencia de la RDA y sólo pudo ser frenada con la construcción del Muro, puso el dedo en la llaga con un exorcismo personal que le valió el máximo reconocimiento”. Más adelante, seguiría en esta línea, sumando obras singulares en las que están presentes sus rasgos de humanidad, preocupación por lo que sucede a personajes cotidianos -más reales y cercanos que las creaciones de un “realismo socialista” de dudosa eficacia propagandista y formativa para el espíritu del “hombre nuevo”- y empatía. “La denunciante” (que le valdrá el ingreso en la sección juvenil de la Unión de Escritores), “Ankunft im Alltag” (“Llegada a lo cotidiano”, esa excepcional novela de brigada antes referida, que dará además nombre a un tipo de literatura, la Ankunftliterature o “literatura de llegada”) y la esencial “Los hermanos” (que le valdrá el reconocimiento público -entre ellos el premio literario Heinrich Mann, el más importante de la RDA- y que estará basada en su experiencia personal por la huida de Lutz) son algunas de esas obras mencionadas por Zubiaur.

HOYERSWERDA

Brigitte Reimann 3El matrimonio con Günter Domnik, su primer marido, pasará por los mismos altibajos que con su primer novio: al principio Brigitte Reimann creerá haber encontrado a un gran compañero, y esto le reportará tranquilidad, pero al poco comenzarán a surgir los problemas, los celos y las inseguridades. En la creencia de que un hijo podrá salvar la situación, Brigitte se queda embarazada en 1954, pero aborta y sufre a continuación un intento de suicidio. En 1958, con la relación muerta, se divorciará de él, y contraerá matrimonio al año siguiente con su nueva pareja, el también escritor y poeta Sigfried Pitschmann, “Daniel”.

Siguiendo la “vía Bitterfeld”, el camino marcado en el congreso literario de esta ciudad, que reclama a los escritores y artistas que trabajen con los obreros y reflejen en sus obras la vida cotidiana de estos, al mismo tiempo que estimular la creatividad de los mismos, Brigitte y su marido se desplazan a la ciudad industrial de Hoyerswerda, una población de nuevo cuño creada para albergar a los trabajadores del aluminio y de la VEB (Volkseigene Betrieb) Schwarze Pumpe, un combinado industrial que se convertirá en la mayor planta industrial de Europa. En Hoyerswerda, Reimann trabajará en sus dos obras más señeras, la “novela de brigada” “Ankunft im Alltag”, la que, como se ha descrito más arriba, cumplirá mejor los criterios éticos y estéticos de la “vía Bitterfeld” y supondrá una cumbre estilística con respecto a las demás obras de este subgénero, y “Los hermanos”, la primera obra de Reimann traducida al castellano y con la que opondrá la versión de quienes deciden quedarse en la RDA, pese a las dificultades, a la de quienes se marcharon a Alemania Federal. Partiendo de su experiencia personal en el Schwarze Pumpe, Brigitte Reimann cuenta la historia de una mujer trabajadora en una fábrica de vagones de tren de Karl-Marx-Stadt (Chemnitz) que trata de convencer a un hermano, en los años anteriores a la construcción del Muro (en la época en que Berlín era el “desagüe” por el que se colaba la emigración al Oeste) para que permanezca en el país y no tome el camino por el que ya siguió otro hermano anterior. Las dudas sobre la posibilidad de construir el socialismo, la economía de la escasez -con referencias al boicot a las importaciones orientales llevado a cabo por la RFA en aquellos años de Adenauer-, la presencia del burócrata tunante en contraposición al socialista honrado e incluso ingenuo y una RFA reflejada en el escaparate de Berlín Occidental que, a pesar del contraste de su prosperidad, la protagonista siente que no es su mundo, son algunos de los rasgos de una novela que no puede leerse en clave de propaganda, pues son varias las conductas del sistema afeadas en sus párrafos. De ahí que su publicación, en 1963, dos años después de la erección del muro, se vio beneficiada precisamente por el deshielo cultural que siguió a su construcción y en una época previa al giro derechista en materia de política cultural que supuso el 11º Pleno, por el que buena parte de la producción literaria y cinematográfica de ese año no vio la luz.

En Hoyerswerda y al lado de Pitschmann vivirá algo que había echado en falta con su primer marido: además de compañerismo y afecto, un estímulo y apoyo intelectual. Ambos, a pesar de que el paso de los años hará desgastar su relación, conservarán una cordialidad y respeto mutuos. No iban a ser años fáciles: en Hoyerswerda Brigitte Reimann recibirá la primera noticia del tumor que le causaría años más tarde la muerte y allí iban a tener lugar las primeras discusiones consigo misma sobre su monumental obra inacabada, “Franziska Linkerhand”, una novela que podrá leerse tanto como el combate de una mujer en un mundo de hombres -al igual que hizo Brigitte- como un repaso a su propia vida, por los paralelismos que hay entre la vida de la protagonista y la de la propia Reimann.

Brigitte Reimann dejó apuntado en su diario, en julio de 1970, “aunque de ningún modo se han acabado las turbulencias, vuelvo a sentirme curiosa, ávida de registrar novedades, violentamente interesada por la vida […] A veces siento una salvaje exaltación, como si fuera capaz de hacer algo extraordinario. ¿O es que es lo habitual, depresión y despegue en rápida alternancia? Tristeza y entusiasmo, y siempre desmedida, como si aún estuviera en medio de la pubertad”. Para entonces ya se encuentra en un estado muy avanzado de cáncer (fue operada en 1965 en la clínica del doctor Hans Gummel en Berlín-Buch, una autoridad mundial de referencia en cáncer de pecho), pero muestra que no pierde la curiosidad y las ganas de vivir, aun en circunstancias tan adversas. Esa curiosidad le llevará, durante su período en la nueva “ciudad socialista” de Hoyerswerda, a preguntarse por el urbanismo y a decepcionarse por la fealdad de la misma y la escasez de espacios de convivencia más allá de la fábrica. En 1963, el mismo año de la publicación de “Los hermanos”, escribirá “Observaciones sobre una nueva ciudad”, un artículo en el que reclamará dar mayor cancha a la creatividad de los arquitectos y a que en las nuevas ciudades, como en la que vive, y en los nuevos espacios se abran cines, teatros, locales de baile para la gente joven, dejando una interesante reflexión, válida también para la actualidad: “Es un error creer que a una ciudad la hace moderna la ilusión por las comodidades domésticas”.

Del resultado de este interés por el urbanismo y este artículo vendrán dos hechos clave en la futura actividad de Brigitte Reimann: esta crítica del plan urbanístico de la ciudad, que armó gran revuelo, fue recogida por las propias autoridades, incluyendo al propio secretario general del SED y presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht, que conminó a que se atendieran sus propuestas. No sólo eso, sino que su ejemplo de “crítica constructiva” le abrió las puertas de la Comisión de Juventud del SED -como única no miembro del partido- y le llevaría, gracias a la invitación del heterodoxo Kurt Turba, a viajar con una delegación de la FDJ, la organización juvenil, a la Unión Soviética, dejando un reportaje delicioso sobre el mismo, “La verde luz de las estepas”.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

El segundo será la amistad y la relación epistolar con el arquitecto de más renombre de la República Democrática Alemana, Hermann Henselmann. Henselmann había diseñado algunos de los edificios más emblemáticos del nuevo Berlín erigido en capital de la RDA. Entre ellos firmó un gran número de los de la Karl-Marx-Alle (Frankurter Tor, Straussbergerplatz, viviendas de la Weberwiese), que hoy día son Monumento Nacional, y más tarde la Casa del Profesor y la Torre de la Televisión (conocida por salir en varios planos del filme “Good bye Lenin!”). El intercambio de cartas entre ambos, recientemente publicado en España, refleja las preocupaciones de Reimann por sacar adelante su futuro proyecto de “Franziska Linkerhand”, del cual su protagonista es una arquitecta, no sólo en aspectos sobre urbanismo y arquitectura, sino también en la necesidad de tener un interlocutor que le estimule y le aconseje, pues tiene en alta estima -también en cuanto a su capacidad de crítica literaria- a Henselmann. La relación con éste, una mezcla apasionada de sentimientos (como apuntará en su diario) que van desde la profunda admiración a la no menos profunda irritación, se consolidará en una confianza franca entre dos personas que, al fin y al cabo, pertenecen a generaciones distintas y discrepan amistosamente.

LA URSS, EL CÁNCER Y “FRANZISKA”

El 3 de julio de 1964, una llamada de teléfono ponía en marcha el que iba a ser el último proyecto literario que sería publicado en vida de Brigitte Reimann. Kurt Turba, responsable de juventud del Comité Central del Partido Socialista Unificado y redactor jefe de la revista FORUM, el órgano de la Juventud Libre Alemana (FDJ), le transmitía el siguiente mensaje: “Haz la maleta, el martes volamos para Siberia. Una delegación del Consejo Central [de la FDJ], tú escribirás. Ni excusas, ni plazo para pensárselo. Ruta: Moscú, Tselinogrado [Kazajistán], Novosibirsk, Irkutsk, Bratsk, Moscú…”

Brigitte Reimann 4Turba había “colado” específicamente a Brigitte Reimann en aquella delegación oficial, llena de funcionarios y burócratas, al viaje a la Unión Soviética de la época de Kruschev, inmersa en la campaña de colonización de tierras vírgenes en Asia Central y Siberia, por un motivo esencial. Reimann era la única no miembro del SED que figuraba en la comisión de Juventud del mismo y tenía ese carácter abierto y audaz que era del agrado de un aperturista que pagaría su osado carácter tras la involución política que siguió a estos años de deshielo: condenado al ostracismo, desde 1966 hasta el fin de la RDA fue apartado a trabajar como simple redactor en la agencia estatal de noticias ADN (Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst o Servicio General Alemán de Informaciones). Ibon Zubiaur, nuestro prologuista y traductor de las obras de Brigitte Reimann aparecidas en España, escribe que “el contraste (y casi la incompatibilidad) entre la indomable autora y el equipo de rancios funcionarios de la nutrida delegación garantizaba suspicacias y algún roce, pero avivó la heterodoxia del informe que buscaba Turba: una contribución externa a la batalla contra el dogmatismo que estaban librando tantos socialistas en aquellos años de ilusión y de deshielo”.

El resultado del trabajo escrito por Brigitte Reimann, además de un informe, fue un reportaje en forma de diario que para el lector supone una auténtica delicia. Publicado por vez primera en la editorial Neues Leben, “La verde luz de las estepas” recoge las impresiones personales de una mujer asombrada por descubrir un país de espacios inabarcables y habitantes generosos y afables, y donde el socialismo es aún una ilusionante utopía construida por jóvenes pioneros que cantan y trabajan en medio de las estepas kazajas o entre las nieves de Siberia -en una carta a Hermann Henselmann escribió “¡Y habría tanto que disfrutar en este país, estar tanto tiempo con sus habitantes estupendos, valientes, adorables! Siberia es, efectivamente, el Nuevo Mundo. El comunismo marcha, y qué seguros están de ello aquí, qué convencidos y contentos…”-. “La verde luz…” es el resultado del trabajo de una Brigitte Reimann curiosa por conocer aspectos humanos de una aventura en la que la URSS puso entonces grandes esperanzas, y que lejos de maravillarse con las grandes cifras sobre producción -toneladas, kilovatios/hora, etc-, decide observar y preguntar a sus participantes directos, dejar unas pinceladas de humor (su escasa habilidad con las armas de fuego, cuando fueron invitados a observar las maniobras de una división del ejército soviético) o contar entrañables anécdotas, como las del legendario ingeniero Alexei Marchuk -particularmente dotado para la música- o la historia de amor del joven matrimonio Ganiulyn. Toda esta pasión vital transmitida a los lectores -quizá influida por uno de los tantos romances que gozó en su vida, más allá de sus matrimonios (uno de ellos, en 1956, con el escritor Max Walter Schultz, le daría pie a escribir la inacabada “Das Mädchen auf des Lotusblume”), y que en este caso tuvo lugar precisamente con Kurt Turba- se resume en  la emocionada frase con que acaba su crónica: “Se me encoge el corazón al pensar que mañana dejaremos este país y, sin embargo, soy feliz de una manera sorprendente, impávida y enamorada de la vida…”

Esta felicidad resultará, sin embargo, muy quebradiza, y en poco tiempo llegarán varias noticias -sobre todo una, la más dolorosa- que frustrarán esas sensaciones. En 1964 se divorciará de Sigfried Pitschmann, quien había dejado Hoyerswerda un tiempo antes al saber que Brigitte Reimann se había enamorado del que sería su tercer marido, Hans Kerschek “John”. Kerschek será el estímulo más brillante y a la vez el crítico más implacable de Reimann, pero a pesar de que ambos están juntos varios años, supondrá un nuevo desengaño para la escritora. La biografía de este personaje es bastante poco clara: se ha especulado con que fue un agente de la Stasi al que se le ubicó especialmente en el círculo íntimo de Reimann -una táctica frecuente, como sucedió en el caso de la asistenta de Stefan Heym y su mujer o de la propia esposa del actor Ulrich Mühe, conocido por su papel del capitán Wiesler en “La vida de los otros”– para frustrar su matrimonio con Pitschmann, aunque tal hipótesis queda descartada. Al mudarse Brigitte a Neubrandenburg, “John” abandonaría a la autora y acabaría suicidándose poco después.

En marzo de 1968, sería sometida a una primera operación en Berlín con motivo del cáncer, en la que le tuvieron que amputar un pecho. La enfermedad, que irá extendiéndose a lo largo de los siguientes años. El deterioro físico y el cansancio que le sobreviene al poco de iniciar una actividad supondrán un severo lastre para ella a la hora de escribir, en especial a la hora de trabajar en la que será su monumental e inacabada obra póstuma, “Franziska Linkerhand”. Escribirá a Henselmann “este mal cáncer tiene efectos muy distintos a los anunciados, para los que, al fin y al cabo, estaba preparada. A lo que no estaba preparada: los sueños espantosos cada noche, la angustia mortal que ya no me abandona, la sensación de vida provisional, la falta de ganas, o de capacidad, para hacer planes más allá de pasado mañana o, como mucho, la semana próxima…”. Pese a ello, y a lo duro que resultará para ella escribir a máquina -su propia escritura a mano le resultará indescifrable-, proseguirá tenazmente -alternando la depresión con las ganas de vivir- ese trabajo de perfilar personajes, de recabar información técnica sobre urbanismo y arquitectura y de ir trazando los capítulos de “Franziska”, dejando una novela muy elogiada en la RDA y en la Alemania reunificada.

Esta novela, que será para Reimann una razón para vivir en medio de la enfermedad, supone para ella una recapitulación de su propia experiencia vital, a través de las vivencias de su protagonista, Franziska, una joven arquitecta que trabaja en la oficina de urbanismo municipal de una “ciudad socialista” del tipo de Hoyerswerda y que tiene que enfrentarse con las dificultades y trabas impuestas por una burocracia y unas autoridades sobre las que Brigitte lanza una acerba crítica –“he decidido escribir sin censura, sin pensar en las consecuencias, así como mi propia verdad”, dirá- por ser los creadores de tantas desilusiones sufridas por quienes han creído y aún creen en el socialismo. Los intercambios epistolares y de obras especializadas con su amigo y maestro Hermann Henselmann -en quien ella se fijó para el papel de Reger, el propio mentor de Franziska Linkerhand- serán esenciales para la escritora. La obra representa una crítica de las circunstancias en que ha de desarrollarse el arte (la arquitectura en este caso, pero en general todas las demás disciplinas) en un país donde los caprichos de la dirección política y la espada de Damocles que pende sobre los artistas, por alejarse de las corrientes propugnadas por el partido, facilita la creación de lo que la propia autora calificará de un arte “carente de afecto”. Hermann Henselmann, con quien tanto se ha carteado Brigitte en los años previos y a quien ella ha ido confiando aspectos del proceso creativo, dirá al leer la obra en un homenaje en el periódico Die Weltbühne “es un libro grandioso, emocionante, sincero y por momentos también incómodo, precisamente porque tiene sus raíces en nuestro mundo de experiencias socialistas. En el fondo nos golpea y nos cuestiona a cada uno de nosotros, para lo cual el estetoscopio de la escritora, comprometida y apasionada, ausculta en todo lo realizado y lo que queda aún por realizarse, buscando también en ello los latidos del corazón”.

Brigitte Reimann 5Pero es además un diálogo de Brigitte Reimann consigo misma, donde expone y examina varios episodios de su vida: su juventud en la Alemania Oriental de posguerra, su primer amor tormentoso con Günter Domnick -historia que también vivirá la propia protagonista de la novela-, la presencia de la familia, incluyendo aquel hermano mayor de Brigitte emigrado al Oeste y la búsqueda del Compañero, del Amante, pese a los desengaños amorosos vividos. La novela, que se espera de pronta aparición en España, fue publicada póstumamente en 1974 en Neues Leben, con varios cortes hábilmente realizados para que pudiera pasar la censura. Walter Lewerenz, lector de Neues Leben y amigo de Brigitte Reimann, se encargó de realizar tal tarea, no exenta de desencuentros con la propia autora, a fin de que los cortes efectuados no empañaran el conjunto de una obra que es considerada una de las cumbres de la narrativa contemporánea alemana.

Sometida a una segunda operación en marzo de 1971 en Berlín, en la clínica de Gummel, en mayo se casará con Rudolf Burgatz- Brigitte se ha divorciado el año anterior de Hans Kerschek-. La esposa de Henselmann, Irene, se referirá al cuarto marido de la escritora en términos muy elogiosos –“le impulsaba un profundo humanismo, quería aliviarte el resto de tu vida cuidándote como pudiese y utilizando en tu favor sus posibilidades como médico ¡Una escritora mortalmente enferma y llena de dolores, con sus salvajes veleidades y desesperados arrebatos, no es sin duda una esposa fácil! Llegué a la conclusión de que él debía poseer grandes cualidades humanas.”– Aún ella ha tenido tiempo de escribir un artículo en homenaje al profesor Henselmann en Sonntag, con motivo de su 65º cumpleaños y la recepción del doctorado “honoris causa” por la Universidad de Weimar y la Orden del Mérito Patriótico. Poco después, se sucederán los ingresos, la quimioterapia y la radioterapia, hasta que tenga que permanecer hospitalizada desde el 18 de agosto de 1972. La Navidad de 1972 podrá pasarla aún en su casa de Neubrandenburg. El 20 de febrero de 1973, cinco meses antes de cumplir los cuarenta, fallecía en la capital de la RDA.

Atractiva, seductora, inconformista, bebedora, fumadora empedernida, crítica, autocrítica, audaz, brillante, frágil, vitalista… son algunos de los calificativos a los que responde Brigitte Reimann. Una mujer fascinante que nos dejó muy pronto, pero que a pesar de ello legó un conjunto apreciable de obras que disfrutar, como esa vida a la que tanto amó.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

FUENTES:

Brigitte Reimann, “Los hermanos”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Bartleby Ediciones, 2008.

Brigitte Reimann, “La verde luz de las estepas”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2015.

Brigitte Reimann-Herman Henselmann, “En la ciudad del mañana. Correspondencia”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2013.

“Escribir inflexible Brigitte Reimann”, 15 de octubre 2014,

en http://www.oeuvresouvertes.net/spip.php?article2565

Brigitte Reimann, en

http://biografieonline.it/biografia.htm?BioID=1551&biografia=Brigitte+Reimann

Brigitte Reimann, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)