Acto de presentación final de “Detrás de aquella ventana. Narraciones en homenaje a “Zeca” Afonso”

Cartel presentación Zeca Afonso La Casa en el OlmoQuiero despedirme a lo grande de un trabajo que me ha ilusionado y motivado especialmente a lo largo de este último año, el libro de cuentos dedicado a la memoria y las canciones del gran José “Zeca” Afonso, el cantautor imprescindible de Portugal y autor de “Grândola vila morena”, el himno de la Revolución de los Claveles con la que nuestros vecinos se despertaron de la pesadilla de 48 años de dictadura salazarista. Me gustaría que todos/as quienes podáis os paséis por La Casa en el Olmo (C/Olmo, 39, Lavapiés, Madrid) el próximo día 25 de abril a disfrutar de cuentos, canciones y buena compañía para celebrar la utopía, y sobre todo, la suerte de estar vivos en un mundo difícil pero a la vez maravilloso. Un abrazo muy grande, Eladio.

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El símbolo Lumumba

“El amanecer vendrá cuando la Historia nos hable. África escribirá su propia Historia. Y será una Historia de gloria y dignidad.”

Patrice Lumumba

Cartel propagandístico con Lumumba insertado en la silueta del continente africano.

Cartel propagandístico con Lumumba insertado en la silueta del continente africano.

Patrice Émery Lumumba forma parte de una larga nómina de héroes de la independencia del Tercer Mundo -referencia que hoy día funciona como una distinción en cuanto al nivel de desarrollo económico de los países, pero sin estudiar a fondo las causas del porqué de esas diferencias de desarrollo, y que en los años en que se forjó el liderazgo político de Lumumba y otros políticos de su generación se refería al universo de los países no alineados con ninguno de los dos bloques políticos en lucha por la hegemonía, el occidental y el soviético-. Su historia desgraciada se entrelaza con la historia también desgraciada de su país, la República Democrática del Congo (llamado también Congo ex belga, Congo-Kinshasa o Zaire durante los años de dictadura pro occidental de Mobutu), en que los conflictos internos, surgidos desde la propia independencia capitaneada por Lumumba, fueron alimentados por potencias extranjeras: una antigua metrópoli colonial, Bélgica, y unos Estados Unidos que consideraban África una pieza más del tablero en la lucha entablada durante los años de la guerra fría contra la URSS, con mucha más fuerza y recursos empleados que sus oponentes soviéticos. En fechas tan recientes como 2002 o 2014 se han podido conocer las relaciones y motivaciones que hubo en el Departamento de Estado y el reino europeo para el asesinato del carismático líder congoleño, enmascarado como un mero asunto interno.

UN PROYECTO NEOCOLONIAL Y UN NO ROTUNDO A LA POLÍTICA DE LOS NO ALINEADOS

El derecho de autodeterminación de los pueblos y el derecho de los pueblos a escoger libremente su forma de gobierno -y, no conviene olvidarlo, a una paz que había de proporcionar a todos los hombres de todos los países una existencia libre, sin miedo ni pobreza, objetivo que está cada vez más lejos de cumplirse-, reconocidos en la Declaración de San Francisco que daba origen a las Naciones Unidas en 1945 y en la Carta del Atlántico de 1941, respectivamente, iban a ser nula o escasamente respetados por las antiguas potencias coloniales que asumieron el fin de sus imperios formales en África y Asia tras la Segunda Guerra Mundial. La política de la “guerra fría” y el seguir manteniendo la tutela sobre los líderes de las nuevas naciones, a fin de asegurar el control sobre recursos esenciales para compañías industriales de las metrópolis que no podrían asegurar su obtención de la misma manera que en las condiciones anteriores, favorecieron que la independencia nacional no se viera acompañada de la independencia política y económica necesaria. La Unión Soviética o China también intervinieron en África o Asia, en auxilio de movimientos anticolonialistas de índole izquierdista o marxista (Vietnam, Mozambique, Angola…) o de gobiernos socialistas, surgidos algunos del derrocamiento de gobiernos autocráticos de índole opuesta, que hubieran sobrevivido muy mal en aquellas circunstancias (Burkina, Etiopía, Tanzania). La experiencia del “socialismo africano”, surgida en los años setenta -es decir, implementada varios años después del inicio de las políticas neocoloniales y preventivas de las antiguas metrópolis y EE.UU.- fue tan frustrante como la del socialismo soviético, pero fue menos intensa y gozó de menor extensión geográfica y duración temporal que la desarrollada por sus rivales del campo occidental.

En lo que respecta a la política de las viejas potencias coloniales, los fines perseguidos eran básicamente los descritos: asegurarse el dominio sobre los recursos a través de gobernantes que no obstaculizaran las operaciones de las compañías metropolitanas y también cumplir con el mismo objetivo de los Estados Unidos, a cuyo bloque pertenecían, de establecer que no cabían medias tintas y que el Movimiento de Países no Alineados capitaneado por la Yugoslavia de Tito y el Egipto de Nasser fuera destruido. La forma de desarrollarlos varió dependiendo de las antiguas potencias y de los objetivos concretos que cada una defendiera respecto de su antiguo imperio, que pasaban entre otras cosas para asegurar una cierta posición a los nacionales que permanecían en los antiguos dominios, y del contexto en que se encontraran estos.

Gran Bretaña, por ejemplo, trataba de mantener su vieja influencia a través de la extensión de la Commonwealth a los nuevos estados independientes, con la aceptación de la Corona británica en la jefatura del Estado de los nuevos países, operación que fracasó en el caso de la India, constituida en República Federal aunque sin poder establecer una unión entre musulmanes e hindúes, lo que acarreó que el Pakistán musulmán fuera dividido en dos territorios al oeste y al este y generó una larga revuelta entre ambos hasta que el oriental, bajo el nombre de Bangladesh, acabó independizándose en los primeros setenta, y que en el interior de la India sucedieran numerosos conflictos religiosos a causa de quienes no habían podido moverse hacia o desde Pakistán, además de que entre éste y su vecina India surgieran conflictos fronterizos y una escalada armamentística que ha causado que sea hoy día una de las zonas más “calientes” del planeta. A la improvisación, no exclusivamente británica, sobre la convivencia de grupos étnicos o religiosos en casos como éste -tanto más graves en África, donde la conferencia decimonónica de Berlín trazó fronteras al gusto de las potencias coloniales, pero sin tener en cuenta ningún criterio que evitara los conflictos que posteriormente se iban a desarrollar en el continente- aquellos iban a añadirle, como rasgos particulares, el control del proceso bien directamente por parte de los británicos o por parte de élites elegidas por estos y alejadas de posibles veleidades comunistas (Libia, Somalia, Ghana); el abandono de las mismas después de observarse la escasa rentabilidad que podía sacarse de ellas para restablecer la economía metropolitana tras la SGM, siguiendo el plan del primer ministro Bevin y el aseguramiento de unas condiciones que favorecieran el mantenimiento de las propiedades y el estatus de los blancos, que en algunos casos, como el Rodesia del Sur -actual Zimbabwe- llevó a una independencia bajo un régimen de apartheid que acabó siendo intolerable para la propia metrópoli y, con el paso de los años, se volvería incluso en contra de los propios colonos blancos.

El modelo francés implementado en los años sesenta, tras rechazar cualquier esfuerzo en mantener la población francesa tras el fracaso de la larga guerra de Argelia, constituyó también un modelo de control de la independencia a través del establecimiento de su propia Commonwealth, pero mucho más informal y  basada en el impedimiento de que el antiguo imperio colonial francés se convirtiera, tal y como era la obsesión de sus aliados británicos o norteamericanos, en un lugar de penetración de la influencia soviética. De este modo, se apoyó tempranamente a líderes como Séku Turé, primer presidente de Guinea-Conakry (que pasó de ser un personaje molesto, por ser el primer líder de la antigua África Occidental Francesa en optar por la independencia frente a la seguridad de la asistencia económica prometida por De Gaulle, a ser un aliado de los intereses de Francia), el senegalés Léopold Sedar Senghor o el marfileño Félix Houphouët-Boigny. En todos estos casos, el apoyo a líderes anticomunistas y que se plegaran a los intereses de Francia y de sus compañías industriales, en una zona especialmente rica en recursos, ha estado entremezclado con obscenidades y actuaciones turbias en las que han estado implicados políticos de la antigua metrópoli y los nuevos estados: baste recordar los regalos mutuos realizados entre Valéry Giscard d’Estaign, presidente de la República Francesa, y el sanguinario líder centroafricano Jean-Bedel Bokassa, o la financiación de la campaña a las presidenciales francesas de Jacques Chirac realizada por parte del autocrático presidente de Gabón Omar Bongo.

En otros casos, el dramatismo de la situación no se centró sólo en la colocación desde los tiempos de la independencia de personalidades afines a los intereses metropolitanos, sino en el derrocamiento de líderes que contaban con un amplio respaldo popular en operaciones más o menos encubiertas por parte de las antiguas potencias coloniales. Durante un tiempo, estas actuaciones fueron camufladas como meros asuntos internos, a los que aquellas potencias eran ajenas, o defendidas ante la opinión pública occidental como operaciones humanitarias destinadas a proteger a la población contra actuaciones criminales o violaciones del derecho internacional de los nuevos líderes. En realidad, tales calificaciones correspondieron tanto a la actuación de las antiguas metrópolis como a los nuevos “hombres fuertes” colocados y protegidos por éstas, útiles mientras el fantasma del comunismo o la incomodidad de los No Alineados estaban presentes, pero desechables cuando estas amenazas, reales o no, dejaron de existir.

Un ejemplo claro de estas actuaciones tuvo lugar en la antigua colonia holandesa de Indonesia, y fue muy similar a los sucesos del antiguo Congo Belga. Ahmed Sukarno, tras una lucha de tres años por la independencia en la que ni británicos ni holandeses lograron su objetivo de mantener la colonia en manos europeas, instauró un gobierno de corte nacionalista que contaba con el apoyo de un fuerte Partido Comunista indonesio, a pesar de que el propio líder indonesio permanecía en el campo de los no alineados y jugaba con un cierto equilibrio de fuerzas que permitía la unidad nacional en un país de gran diversidad étnica y política. Esta unidad, contra la que habían tratado de luchar los holandeses en los años de lucha por la independencia, en una táctica de “divide y vencerás” que favoreciera los intereses coloniales neerlandeses, comenzaría a sufrir en los sesenta un nuevo y fatal embate.

El primer paso fue una revuelta azuzada por los Estados Unidos en la isla de Sumatra contra el gobierno central de Yakarta. No era una casualidad: la división fomentada años antes en la isla de Borneo, dividida entre tres estados -la mayor parte para Indonesia, una franja al norte para Malasia y el pequeño sultanato de Brunei- había sido un hecho consumado ante el que las propuestas de Sukarno de un plebiscito para que la población de la región malaya decidiera si permanecer en Malasia o por el contrario unirse a Indonesia o Filipinas se estrellaron como contra un muro. Al mismo tiempo, la antigua colonia holandesa de Nueva Guinea Occidental, el último reducto colonial de la región de las Indias Occidentales Neerlandesas, conquistada por Indonesia en 1962, recibía la promesa de Sukarno de celebrar, antes de 1969, un referéndum sobre su autodeterminación. Para el Departamento de Estado norteamericano, la política neutralista, nacionalista y populista de Sukarno, que había nacionalizado intereses occidentales en el país, resultaba intolerable. En palabras del secretario de Estado de la etapa de Eisenhower, John Foster Dulles, “entre una Indonesia territorialmente unida que se inclina y avanza hacia el comunismo (sic) y la ruptura de este país en unidades geográficas y raciales, prefiero la segunda opción”. No cabe duda que la incomprensión de la política interna indonesia, además de la alimentación de sus propios miedos por parte de las agencias de inteligencia estadounidenses, diciendo al gobierno de Washington aquello que querían escuchar, favorecieron la solución de fuerza que acabó con el gobierno de Sukarno.

Tras las denuncias de Sukarno del dominio ejercido por las potencias imperialistas en la ONU y su reconocimiento del gobierno norvietnamita, los Estados Unidos decidieron echar su cuarto a espadas y alimentaron el descontento del ejército, algunos de cuyos jefes se habían convertido en los nuevos dirigentes de las compañías nacionalizadas, vivían en medio del lujo y el despilfarro y se encontraban en el centro de la conspiración orquestada por la CIA estadounidense. Esto originará la detención de algunos de ellos por parte de un oficial próximo a Sukarno, el teniente coronel Untung, quien encarceló y ejecutó a seis de ellos en nombre de un “Movimiento 30 de septiembre” en 1965. Los comunistas, que fueron luego cabezas de turco en la represión organizada por el golpe de Suharto, contrariamente a lo que se estableció entonces, se quedaron cuidadosamente al margen de la operación de Untung.

Al día siguiente, Suharto, que se había salvado de la represión del “Movimiento 30 de septiembre”, encabezó un contragolpe que acabó con el gobierno de Sukarno y dirigió la represión contra comunistas, organizaciones juveniles musulmanas, sindicatos y cooperativas y el mundo de la enseñanza, a quienes se veía como simpatizantes de los primeros. Al mismo tiempo, se ganó el favor de los altos mandos del ejército favoreciendo sus intereses en los negocios. Las matanzas desatadas por el general victorioso llegaron a alcanzar una cifra indeterminada pero espeluznante en cualquiera de sus estimaciones: entre medio millón y dos millones de muertos, sin contar los recluidos en campos de concentración, que ascendieron a centenares de miles.

El gobierno de Suharto se caracterizará por la devolución de las propiedades nacionalizadas y una liberalización brutal de la economía que, al mismo tiempo que dio grandes índices de crecimiento, colocaba la propiedad en condiciones favorables a empresas extranjeras y favoreció la corrupción y el enriquecimiento obsceno de la cúpula gubernamental castrense, en un régimen caracterizado como de “capitalismo gangsteril”. Al mismo tiempo, la política nacionalista que se había denunciado ejecutaba Sukarno resultaba un chiste de mal gusto en comparación con lo que iba a realizar el gobierno militar instalado ahora en Yakarta: el referéndum de Nueva Guinea Occidental (o Irian Jaya) se manipuló de tal forma que sólo 1022 habitantes nativos pudieron votar en el referéndum, que por supuesto votaron a favor de la integración en Indonesia. Y, aunque se dejó en el limbo cualquier propuesta sobre el Borneo malayo -lo que no deja de tener su guasa en un general que había prometido “aplastar Malasia” en sus tiempos de servidor del gobierno de Sukarno-, lo que sí hizo el general indonesio, con el beneplácito de la administración norteamericana de Nixon, fue invadir la antigua colonia portuguesa de Timor Este, independizada en 1975 tras el triunfo en la metrópoli de la Revolución de los Claveles en abril del año anterior. Las atrocidades cometidas por el régimen indonesio en el este de la isla, que sólo en tiempos recientes, tras la caída de Suharto, ha podido acceder a su independencia, se pueden vislumbrar tan sólo con la cifra de asesinatos cometidos en el primer año de invasión, que asciende a 60.000. El temor de que el gobierno independiente de Timor Oriental cayera en brazos del marxismo llevó a EE.UU. a considerar un “mal menor” que Indonesia invadiera la ex colonia lusa, así como a que defendiera la agresión bajo el kafkiano argumento de que el gobierno de Yakarta actuaba “en defensa propia”.

El escritor y ensayista Tariq Ali dijo que “ningún régimen del Tercer Mundo ha sido más estimado por Occidente que la dictadura de Indonesia, desde su sangriento inicio”. Su ascenso sólo puede defenderse desde los intereses de unas potencias occidentales poco preocupadas por el nivel de vida de los indonesios y por el derecho de autodeterminación de unos pueblos que les importaron bien poco. Estas razones fueron las mismas que iban a darse en la llamada crisis de la República Democrática del Congo de 1960-1961.

LOS ORÍGENES DE LUMUMBA

Patrice LumumbaLumumba nació el 2 de julio de 1925 en la pequeña aldea de Onalua, en el noreste de la provincia congoleña de Kasai. A temprana edad empezó a destacar en los estudios, siendo habitual que sus profesores de las escuelas misioneras protestantes y católicas a las que acudió en la niñez destacaran su inteligencia rápida y que incluso les había puesto en un brete en más de una ocasión, por sus preguntas molestas. A pesar de las modestas condiciones de estudio -su casa de adobe en la aldea no poseía luz eléctrica y las escuelas de la misión tenían pocos libros-, en septiembre de 1954 recibirá su carta “de matriculado”, honor raramente concedido por la administración belga a algunos negros (200 de los 13 millones de habitantes nativos de la época).

Trabajó en su juventud como empleado postal y director de una cervecería, y en 1955 organizará la Asociación de Personal Indígena de la Colonia (APIC), en su etapa en la administración postal, lo que le permitirá conocer y entrevistarse con el soberano metropolitano, Balduino I. Sus actividades fueron alentadas por los miembros locales del partido liberal belga. Lumumba se afiliará a este partido con otros notables congoleses, y con varios de ellos acude a Bélgica por invitación del primer ministro.

Sin embargo, poco tiempo después estas actitudes aperturistas de Bélgica se mostrarán frustradas, no sólo en lo que respecta a Lumumba, sino en la actitud en general hacia el Congo. Lumumba será acusado de malversación de correo perteneciente a un europeo, y condenado a un año de prisión -aunque será liberado anticipadamente, tras lo cual ejercerá en la cervecera-. En 1958, con ocasión de la exposición universal en Bruselas y la invitación a miembros de las capas ilustradas del Congo a la misma -entre los que se encuentra Lumumba-, los congoleños observarán con irritación la imagen degradante de su pueblo que muestra la exposición, lo que hará que Lumumba y algunos compañeros políticos aumenten los contactos con los círculos nacionalistas.

La explotación del Congo y de sus habitantes por parte de Bélgica -primero formalmente, bajo un Estado Libre del Congo de administración directa por el monarca belga, y más adelante con la conversión en colonia dependiente de la metrópoli, respondiendo al llamado internacional- había sido una constante en el tiempo, aunque en los últimos años la intensidad de la misma, así como la represión y los abusos se habían mitigado. Pero la larga historia de los mismos había creado una memoria que sería el origen, junto con los acontecimientos de los países vecinos y el ambiente general contra el colonialismo en todo el Tercer Mundo, del movimiento anticolonialista en el Congo. En los 75 años de administración colonial, desde que Leopoldo II se hiciera con el mando del Estado Libre en la Conferencia de Berlín de 1885, Bélgica no había formado a un solo universitario nativo y sólo unos pocos habían terminado sus estudios secundarios. Además, la explotación de los recursos naturales del país por parte del monarca belga y sus socios, y más adelante por la metrópoli y las compañías europeas, generarían la muerte de cerca de diez millones de africanos por enfermedad y maltratos físicos bajo sistemas brutales de explotación, en proyectos como la fabricación de hule, la construcción de ferrocarriles o la explotación minera. La creación de la Force Publique, con el objeto de aumentar la disciplina de los nativos a costa de sembrar el terror mediante métodos de una abominable inhumanidad, han sido reflejadas en obras literarias como “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad o, más recientemente, por Mario Vargas Llosa en su novela sobre el patriota irlandés Roger Casement. Lumumba, recién elegido primer ministro, contestó ásperamente al discurso paternalista de Balduino I en las celebraciones de la independencia del país, recordando los sacrificios hechos en fechas no tan lejanas por la población negra, que incluso durante la Segunda Guerra Mundial siguió sometida a trabajos forzados. “Hemos padecido ochenta años de dominio colonial… Hemos tenido un trabajo agotador obtenido a cambio de un salario que no bastaba para satisfacer nuestra hambre… Hemos sufrido ironías, insultos, golpes que hemos tenido que soportar mañana, tarde y noche por ser “negros”… Hemos aprendido que la ley no era igual según se aplicase a un blanco o a un negro… Hemos conocido los terribles sufrimientos de los que eran excluidos por opiniones políticas o religiosas… Hemos sabido que había casas magníficas para los blancos en las ciudades y chozas de paja miserables para nosotros”. Escribe Josep Fontana que aquellas palabras de denuncia, motivadas por un discurso insensato por parte del monarca belga, harán saltar todas las alarmas en Bruselas y en la administración Eisenhower en Washington sobre el carácter de un Lumumba al que calificaron con lindezas como irresponsable, peligroso y amigo de los comunistas. En realidad, Lumumba era un demócrata burgués (no olvidemos su militancia en el Partido Liberal belga) al que las descaradas ambiciones coloniales de Bélgica empujaron a radicalizarse, y al que la posterior inacción de Naciones Unidas en la crisis y su servilismo hacia las ambiciones de EE.UU. y la antigua metrópoli empujaron a solicitar la ayuda del bloque soviético para defenderse de la intervención de aquellas y la independencia del estado títere de Katanga.

Tras la S.G.M. y las declaraciones sobre la autodeterminación surgidas en la carta fundacional de Naciones Unidas, la administración belga sugirió un plan en 1955 a treinta años para la independencia de la colonia que no respondía a los deseos de los círculos nacionalistas -se preveía la independencia entre 1980 y 2000- ni a los de los más acérrimos defensores del colonialismo, deseosos de que el Congo siguiera en manos de la metrópoli. Las organizaciones congoleñas, de carácter semipolítico, comenzaron a organizarse como verdaderos partidos, cuya base sería alguno de estos tres principios: comunidad étnica, comunidad de estudios o intelectualidad urbana. En este escenario, con una escena política además en la que los belgas sólo iban a tolerar formaciones políticas de base ámbito local -hecho que marcaría profundamente la vida posterior del país bajo una pauta étnica-. Lumumba, que hablaba varias lenguas del territorio y cuyo Movimiento Nacional Congoleño tenía seguidores en todas partes, iba pronto a destacarse como el líder político más carismático y como la única figura verdaderamente nacional, lo que iba a destapar los recelos de los líderes políticos de partidos de base étnica, como Joseph Kasabuvu, líder de la Alianza de los Bakono o ABAKO, o de aquellos a quienes molestaba la creciente reputación de Lumumba y sus puntos de vista aparentemente radicales, como Albert Kalonji, quien escindirá el (MNC) al que también pertenecía Lumumba. Estos conflictos previos serán fundamentales en la posterior evolución de la crisis de 1960-61 que pondrá fin al breve gobierno encabezado por Lumumba y serán aprovechados por belgas y norteamericanos para poder seguir ejerciendo una tutela neocolonial sobre el Congo independiente.

LA INDEPENDENCIA Y LA CRISIS

El Congo ex belga accedía a la independencia el 30 de junio de 1960 bajo el nombre de República Democrática del Congo. La independencia nacía en condiciones precarias por la ausencia de líderes políticos a nivel nacional y con estudios superiores, como se ha observado anteriormente, además de porque gran parte de la administración y las fuerzas del orden público se hallaban aún al mando de funcionarios y mandos belgas. A esto se sumaba la tendencia étnica de los partidos y movimientos políticos que existían en el país, por lo que algunos de sus líderes podrían tener la tentación -cosa que no se dudó en alimentar desde fuera cuando fue útil a los intereses de las potencias extranjeras- de ejercer como virreyes en sus zonas de influencia o de independizarse del poder central, y la preocupación belga y norteamericana por seguir controlando un país cuya ritmo nacionalista y panafricano bajo Lumumba pudiera espolear al resto del continente, y también al hecho de seguir manteniendo en manos amigas la producción y el comercio de recursos tan preciados como el uranio (el utilizado en las bombas lanzadas por EE.UU. sobre Japón en 1945 procedía precisamente de la región de Katanga).

Tras ser encarcelado en 1959 bajo la acusación de provocar los disturbios en la reunión de los líderes nacionalistas congoleños en Stanleyville (la actual Kisangani) que causaron 30 muertos por la represión de la Force Publique, fue liberado a tiempo para asistir a la reunión de la mesa redonda de Bruselas entre el gobierno belga y los independentistas congoleños. Lumumba, que había visto crecer su carisma, y su MNC consiguieron en las elecciones parlamentarias 41 de los 137 escaños de la Asamblea Nacional y obtuvieron grandes éxitos en 4 de los 6 gobiernos regionales de la república. Los belgas no tuvieron más remedio que encargar a Lumumba la formación del gobierno, mientras la jefatura del Estado recaía en el líder de la Alianza de los Bakongo Joseph Kasabuvu. La colocación de dos rivales políticos en las dos presidencias -la de la república y la del gobierno- iba a ser un fundamento más de la crisis posterior.

Fotografía de Lumumba en su despacho de primer ministro de la República Democrática del Congo, con la bandera original del país al fondo.

Fotografía de Lumumba en su despacho de primer ministro de la República Democrática del Congo, con la bandera original del país al fondo.

En breve tiempo, Lumumba tendrá que hacer frente a un número inusualmente alto de emergencias. El 5 de julio los soldados congoleños se sublevaron contra sus oficiales belgas en Leopoldville (la futura Kinshasa) y la oficialidad metropolitana, así como la mayor parte de los funcionarios blancos, huyeron del país. El primer ministro se vio obligado a reclutar a toda prisa funcionarios africanos y a nombrar como jefe de un ejército en plena desorganización al sargento Joseph-Desiré Mobutu -el futuro dictador del país, que rebautizaría como Zaire-, quien había actuado como informador para los belgas y ahora había sido contactado por la CIA estadounidense.

Por su parte, ante la oleada de desmanes y asesinatos y con la excusa de proteger sus intereses nacionales, el gobierno belga presidido por el demócrata-cristiano Gaston Eyskens realizó una intervención militar unilateral en el Congo que suponía una violación del Derecho Internacional, puesto que se había realizado sin mediar resolución alguna de Naciones Unidas y la “ayuda” belga se había realizado sin que el gobierno congoleño la hubiera solicitado. La fuerza desplegada por Bélgica no sería otra cosa que la punta de lanza de la intervención posterior conjunta con EE.UU. en la secesión de Katanga, con la aquiescencia de unos “cascos azules” de la ONU que consintieron la independencia y prestaron apoyo implícito a la operación neocolonial de ambas potencias.

Apenas seis días después de la rebelión de la tropa contra sus oficiales blancos, Moïse Tshombe, presidente de Katanga, proclamó la independencia de esta región suroriental del Congo, rica en todo tipo de minerales y explotada especialmente por compañías occidentales que se encargaban de la extracción de oro, uranio y cobre. Tshombe, viejo enemigo de Lumumba, mantenía buenas relaciones con estas empresas y acertaba a dar un golpe maestro al gobierno de Leopoldville, fracturando mortalmente su economía con la independencia katanguesa.

Billete de 10 francos katangueses con la bandera adoptada por la provincia secesionista y el retrato de su líder, Moïse Tshombe.

Billete de 10 francos katangueses con la bandera adoptada por la provincia secesionista y el retrato de su líder, Moïse Tshombe.

La excusa utilizada por Tshombe para esta proclama era el mantenimiento del poder tribal frente a la política centralizadora de Lumumba, pero hoy en día se sabe que se trataba de una estratagema belga destinada a asfixiar económicamente al gobierno de Leopoldville, precisamente desde la única región donde los oficiales belgas no sólo no habían huido sino que habían desarmado a sus subordinados congoleños. Estudios recientes como el del sociólogo belga Ludo De Witte afirman que la independencia de Katanga no fue más que la creación de un estado títere por parte de la antigua metrópoli, cuyas tropas eran las del viejo ejército colonial mandado por antiguos oficiales europeos y apoyado por paracaidistas belgas y financiado por compañías belgas como la Union Minière du Haut-Katanga. El objetivo era crear un muro de defensa del colonialismo mediante esta pequeña pero asombrosamente rica porción del antiguo Congo colonial. El mismo camino siguió en pocos días la región de Kasai del Sur, productora de diamantes.

Lumumba viajó a Estados Unidos con objeto de solicitar ayuda a Naciones Unidas y al gobierno norteamericano, pero la respuesta en ambos casos fue negativa. Por el contrario, la administración Eisenhower, con su propio presidente a la cabeza, estaba ya dispuesta a desembarazarse de aquel individuo peligroso, poniendo en marcha el mecanismo que llevaría a su asesinato. Mientras tanto, en Katanga se estaba llevando a cabo una limpieza étnica en la que los katangueses de origen kasai eran asesinados o expulsados a la provincia vecina. La doble negativa de la ONU y los Estados Unidos llevó, en forma de profecía de autocumplimiento, a que Lumumba decidiera solicitar ayuda a los soviéticos, por lo que para el gobierno norteamericano quedaban probadas las tendencias procomunistas del líder congoleño.

El 5 de septiembre, decididos ya los planes de la CIA y el Departamento de Estado para el asesinato de Lumumba, el presidente Kasabuvu destituyó, de común acuerdo con el embajador estadounidense y el representante de Naciones Unidas en Leopoldvile, al primer ministro. Lumumba, con el voto favorable de las dos cámaras legislativas de la república, destituyó a su vez al presidente. Fue entonces cuando las fuerzas de la ONU decidieron intervenir, por fin, en la República Democrática del Congo, pero no en los términos solicitados por Lumumba, sino de común acuerdo con Kasabuvu y las potencias occidentales interesadas en dominar la vida política congoleña, y desde luego sin realizar ningún tipo de intervención en las provincias secesionistas, en las que la ley brillaba por su ausencia. Las destituciones mutuas del presidente y el primer ministro quedaron neutralizadas por la intervención del antiguo sargento Mobutu, quien, de común acuerdo con la agencia estadounidense de inteligencia, dio un golpe de fuerza para hacerse con el poder mediante una dirección colegiada, quedando Kasabuvu como un adjunto al militar golpista. Lumumba consiguió escapar de su arresto domiciliario -al que estaba sometido desde su destitución- y se dirigió hacia Stanleyville, al noreste del país, donde podía encontrar mayor apoyo. Para entonces, tanto EE.UU. como Bélgica habían decidido su “eliminación definitiva”, con la pasivididad de unas tropas de Naciones Unidas a las que De Witte definió de “cómplices por negligencia”.

La escapatoria de Lumumba se realizó en medio de grandes dificultades por las lluvias y con sus enemigos pisándole los talones. Llamó en su auxilio a las tropas de la ONU estacionadas en el país, pero éstas, cínicamente, se negaron a ayudarle, siguiendo órdenes del mando central de las tropas en Nueva York. El 2 de diciembre, cinco días después de huir de Leopoldville, fue capturado mientras cruzaba el río Sankuru y quedó bajo custodia de las tropas de la ONU. La principal preocupación entonces de EE.UU. y Bélgica fue que se ejecutaran sus deseos, pero que fuera hecho por terceros, por los propios congoleños, pese a que habían reclutado en Europa a un par de sicarios para que realizaran el encargo.

Imágen de la captura de Lumumba por tropas del coronel Mobutu.

Imagen de la captura de Lumumba por tropas de las nuevas autoridades de Leopoldville.

No hizo falta: las tropas ghanesas del contingente de Naciones Unidas lo entregaron a las tropas de Mobutu junto a los ministros de su gobierno Okito y Mpolo, capturados junto a él. Fueron salvajemente maltratados por los soldados de aquel, en presencia de los “cascos azules”, quienes no hicieron nada para impedirlo. La ejecución, sin embargo, se había convertido en una patata caliente: nadie quería hacerse responsable directo.

La solución pasó por mandar a los prisioneros a Katanga, donde Tshombe y los katangueses y los belgas que les mandaban se encargaron del trabajo sucio. En un bungalow a las afueras de Elisabetville (hoy Lubumbashi), la capital, nuevamente son torturados, hasta haberlos convertido en dos guiñapos sanguinolentos. El 17 de enero de 1961, sin apenas poder caminar, Lumumba y sus dos colaboradores son atados y fusilados por un pelotón katangués mandado por un oficial belga. Sus cuerpos fueron troceados y disueltos en ácido sulfúrico, procediendo luego a esparcir los restos en diversos lugares para que no fueran reconocidos.

En esos momentos se producía el acceso a la Casa Blanca de John F. Kennedy. El nuevo presidente, archifamoso por su “Ich bin ein (sic) Berliner”, la proclama de defensa de las libertades en la dividida ciudad germana, no tuvo -como su antecesor- ningún aprecio por las peticiones para salvar la vida de un presidente legal y democráticamente elegido.

LA RESOLUCIÓN DE LA SITUACIÓN: EL ACCESO DE MOBUTU AL PODER

Mapa de las zonas en manos de las diferentes autoridades políticas en liza durante la crisis congoleña en 1961.

Mapa de las zonas en manos de las diferentes autoridades políticas en liza durante la crisis congoleña en 1961.

La muerte de Lumumba no solucionaría, a corto plazo, el panorama de guerra civil que se había abierto en el inmenso país del corazón de África. Clarificó, en todo caso, la situación respecto de las provincias independentistas, dado que la secesión de las mismas no fue otra cosa que un instrumento para desestabilizar al gobierno lumumbista. El gobierno de Kasai del Sur prácticamente quedó reducido a los alrededores de su capital, Bakwanga, estando el resto dominado por las fuerzas de Mobutu y Kasabuvu. Katanga, por su parte, dejó de tener viabilidad como estado títere, especialmente con el conflicto de intereses entre las dos potencias que intervinieron en el derrocamiento de Lumumba, EE.UU. y Bélgica. Los Estados Unidos, interesados en hacerse con los contratos de la minería de la región, vinculados entonces a la compañía belga que financiaba al gobierno de Elisabetville, la Union Minière du Haut-Katanga, impulsaron la intervención de la ONU. Tshombe, el enemigo de Lumumba que escupió y abofeteó al líder congoleño y sus ministros durante su cautiverio, abandonó el mando de la provincia rebelde y el Congo y se exilió en España.

Se impulsó entonces, en un país divido a Occidente por el gobierno golpista de Mobutu y al Este por el de los seguidores de Lumumba, encabezado por su viceprimer ministro Antoine Gizenga, un frágil gobierno de unidad nacional entre ambas facciones presidido por Cirylle Adoulla. Los lumumbistas, sin embargo, fueron expulsados dos años más tarde del mismo, y en 1964, tras el abandono de las tropas de la ONU del país, una maniobra conjunta Belgo-estadounidense colocaba sorprendentemente en el sillón de primer ministro del Congo al exiliado ex líder de Katanga Moïse Tshombe, y como una especia de “guardia pretoriana” del gobierno de Leopoldville a los mismos mercenarios europeos que habían luchado en la provincia rebelde contra el poder central que otrora encabezara Lumumba. Este giro copernicano llevaría a que, en ese año, la guerra comenzara de nuevo en la zona oriental del país, con la revuelta de los campesinos simbas contra la tiranía impuesta por el nuevo gabinete, quienes, encabezados por los lumumbistas Gaston Soumialot y Laurent Kabila -quien, tras el derrocamiento de Mobutu en 1997, se convertiría en el nuevo líder de la RD del Congo, aunque con un lumumbismo mucho más de forma que de contenido- tomaron Stanleyville en un cruento asalto.

Norteamericanos y belgas organizaron una operación de rescate de los rehenes secuestrados por los lumumbistas, la operación “Dragon Rouge”, en la que participaron paracaidistas belgas y mercenarios europeos dirigidos por el ex comandante del ejército británico Mike Hoare. La operación, sin embargo, resultaba peor solución de lo que esperaban los gobiernos occidentales: con la excusa de estar luchando contra el comunismo -el gobierno de Gizenga, en 1961, había recibido un apoyo más bien tibio del bloque soviético-, los mercenarios del bautizado como “Mad Mike” reventaban las cajas fuertes de los bancos y realizaban operaciones de saqueo con las que completar los sustanciosos sueldos que belgas y estadounidenses les habían prometido.

Con todo, la revuelta lumumbista, que había contado con el apoyo de Ernesto “Che” Guevara, quien marchó a combatir con un grupo de instructores cubanos, y quedaría muy decepcionado con el comportamiento de los líderes locales de la revuelta y los problemas para la extensión de una revolución socialista al uso en un entorno como el africano -lo que le haría reflexionar sobre la necesidad de actualizar los postulados del análisis marxista y de tomar conciencia de la existencia de una contradicción fundamental entre “países explotadores y pueblos explotados”-, había quedado controlada para 1965 por estos mercenarios. Mobutu, apoyado por unos países occidentales con los que mantenía una larga relación desde los días de la independencia y que era considerado como un fiel amigo en la lucha contra el comunismo en la región por aquellos, se deshizo en un golpe incruento de la carga que le representaba Kasabuvu y de un Tshombe que volvió a partir para su exilio español (y que, posteriormente, sería secuestrado por un agente francés, Francis Bodenan, que le hizo caer en una trampa relacionada con operaciones inmobiliarias y fue conducido a Argel, donde fallecería en 1969 sin que se sepa aún quien ordenó la operación), pasó a ejercer su dominio personal sobre el país, rebautizado como Zaire en una política de autenticidad africana que llevó a que las antiguas ciudades con nombres coloniales se rebautizaran con nombres acordes con la tradición local: Kinshasa por Leopoldville, Kisangani por Stanleyville, Lubumbashi por Elisabetville… hasta el propio coronel se rebautizó, pasando a llamarse, en una acumulación de epítetos rimbombante, Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu…, traducido como Mobutu el Todo Poderoso Guerrero etc.

El coronel Mobutu Sese Seko, presidiendo un acto en uniforme de gala y con la condecoración de la Gran Cruz de la Orden del Leopardo.

El coronel Mobutu Sese Seko, presidiendo un acto en uniforme de gala y con la condecoración de la Gran Cruz de la Orden del Leopardo.

Daba así comienzo un gobierno despótico y cruel amparado por EE.UU. y por países europeos como Francia (que en años recientes se ha convertido poco menos que en gendarme de los países africanos francoparlantes) caracterizado por la corrupción y los abusos que permitieron a Mobutu y los líderes del MPR (Mouvement Populaire de la Révolution, el partido único instaurado por el coronel) amasar auténticas fortunas con los negocios privados obtenidos de la explotación de los ingentes recursos naturales congoleños, entre ellos materias primas estratégicas como cobre, oro, cobalto, uranio, coltan o diamantes. La fortuna personal de Mobutu se calculó en 5.000 millones de dólares y su régimen comenzó con su conversión en propietario de catorce plantaciones en las que trabajaban 25.000 hombres. Los Estados Unidos le recibieron durante los años de la guerra fría como un campeón de la libertad y las administraciones de Washington y el Banco Mundial le ofrecieron generosas ayudas que no llegaron a la amplia mayoría del pueblo congoleño. Como colofón a los despropósitos de los treinta y dos años de gobierno del “emperador” de Kinshasa, Mobutu no tuvo ningún empacho en reivindicar como héroe nacional y erigir un monumento… a Patrice Lumumba.

LUMUMBA EN EL RECUERDO

Lumumba 2“Ninguna brutalidad, maltrato o tortura me ha doblegado, porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados. Un día la Historia nos juzgará, pero no será la Historia según Bruselas, París, Washington o la ONU, sino la de los países emancipados del colonialismo y sus títeres”. Con estas palabras Lumumba se despedía de su esposa Pauline, aun sin saberlo, en una carta que le escribió pocos días antes de su asesinato en la capital katangueña. Lumumba era un líder nacional, cuya ambición al fundar el MNC era la de que su partido representara a todos los congoleños en lugar de la representación de los intereses de una tribu o región en particular. Habilidoso orador y carismático, era el político mejor preparado del panorama del Congo previo a la independencia, lo que despertaba los recelos de quienes no tenían esas cualidades y además representaban facciones o grupos tribales sin capacidad de llegar al conjunto de las masas populares. Su papel de demócrata progresista -recordemos que los primeros llamamientos para intervenir en el país en los momentos en que surge la crisis los hace en Nueva York, a la administración norteamericana y a Naciones Unidas, lo que hace tambalear la leyenda de un “agente soviético” con la que el gabinete de Eisenhower justificó la intervención-apasionado de la defensa de la independencia nacional de las nuevas naciones, sin imposiciones por parte de las viejas potencias colonizadoras, y firme creyente en el poder de las naciones africanas para formar su propio destino han forjado la leyenda de Lumumba como un revolucionario honesto y genuino, la imagen de un luchador contra las injusticias que ocurrieron en el pasado y que quiso erradicar a su llegada al gobierno de una nueva nación libre. Esta faceta de Lumumba ha sido aprovechada por los Kabila -Laurent y su hijo Joseph- para reclamarse como herederos del anticolonialismo y el progresismo del histórico líder congoleño, y en consecuencia mantenerse en el poder, aunque sin que esto haya repercutido en un aumento del nivel de vida de la población o en una política panafricana que resuelva los conflictos que sacuden el corazón del continente. Queda pendiente, por tanto, el momento en que se complete el traspaso del legado de Lumumba a manos de sus verdaderos herederos, los pueblos del Congo y de África.

FUENTES:

Biografía de Patrice Lumumba, en http://www.notablebiographies.com/Lo-Ma/Lumumba-Patrice.html

Pierre Dorremans, “Nuevas revelaciones sobre el asesinato de Patrice Lumumba”, en http://www.elcorresponsal.com/modules.php?name=ElCorresponsal_Articulos&file=articulo&req_sectionid=2&req_articleid=162

“50 Años después el Departamento de Estado estadounidense reconoce el crimen “Nosotros matamos a Patrice Lumumba” en http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article62768

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículos, “Historia de la República Democrática del Congo”, “Crisis del Congo” y “Patrice Lumumba”.

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”. Barcelona, Pasado y Presente, 2011.