Somalia o la intervención del FMI para destruir un país

SOMALIA-HAMBRE-22La anterior secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, quien fuera uno de los más fuertes apoyos de George W. Bush en su decisión de invadir Irak y ex consejera de una importante compañía petrolera norteamericana, “compró” una teoría de base claramente reaccionaria con respecto a África en tiempos recientes. Stephen Krasner, quien fue nombrado por Rice jefe de planeamiento político del Departamento de Estado, había propuesto una nueva forma de gobierno compartido para los países africanos que conllevara una intervención directa en la administración por parte de las potencias desarrolladas, incluyéndose entre éstas las antiguas metrópolis coloniales. Más allá de la consideración de que esta intervención ya se da, no de manera encubierta, sino a través de agentes de las llamadas instituciones de Bretton Woods (como el FMI o el Banco Mundial, cuyo papel se analizará en este artículo en un contexto muy concreto pero ilustrativo de hasta dónde pueden llegar), la idea subyacente es la de achacar el fracaso en la viabilidad de las naciones independientes de África a los propios africanos, prosiguiendo con una idea que la administración Truman ya tenía en los años de la posguerra mundial (y con la que justificaba el intervencionismo norteamericano). Examinando la Historia a través de esta premisa revisionista, el papel del colonialismo era mucho más benévolo que lo que ha demostrado ser la existencia de las naciones africanas libres, aun cuando se omite que la libertad política obtenida a través de la independencia no fue completa y que el colonialismo dejó paso a una nueva forma de dependencia, transformando el continente en un terreno de juego donde intervinieron intereses de las superpotencias y de las antiguas metrópolis, o que algunos males actuales -en el terreno económico, el social o el político- son herederos de la etapa de dominio europeo.

Esto no significa que no exista responsabilidad en los encargados de llevar las riendas de los destinos de las nuevas naciones africanas, cuya política torpe a veces, corrupta otras y en otras ocasiones brutal contribuyó a hacer de un continente rico en recursos -y que padece la sobreexplotación a bajo precio de los mismos, para mayor gloria de compañías extranjeras- un solar de vida insoportable para la inmensa mayoría de su población. Pero incluso en esa caso cabe preguntarse por qué unos defensores nominales de la democracia, la libertad, el progreso y los derechos humanos optaron por apoyarles y hacer negocios con ellos e incluso facilitarles el acceso al poder mediante la liquidación de sus oponentes políticos. En los años inmediatamente posteriores a las independencias, fueron asesinados numerosos líderes populares cuyas tendencias panafricanas, progresistas o neutralistas no eran del agrado de las viejas metrópolis. El caso paradigmático fue el del líder congoleño Patrice Lumumba, que ya se analizó aquí anteriormente, pero hubo más. Kwame Nkrumah, el líder de la independencia de Ghana y una de las figuras más destacadas del panafricanismo, que fue obligado a excluir del poder a los comunistas si quería que el país accediera al autogobierno, fue derrocado en un golpe en 1966 que tiene todas las trazas de haber sido ideado por la CIA. Sylvanus Olympio, primer presidente de Togo, opinaba que los países de África debían permanecer alejados de las luchas de la guerra fría y centrar sus energías en el desarrollo de sus pueblos; en 1963, tres años después de la independencia, era asesinado en el transcurso de un golpe de estado patrocinado por Francia que colocó en el poder al sargento Etiénne Gnassingbé Eyadema. Cincuenta años después, el poder está en manos de su hijo, y entre los dos Gnassingbé han servido a los intereses de las corporaciones francesas y arruinado la economía local. La situación se repitió en Ubangui-Chari, la actual República Centroafricana, donde el prestigioso líder local Boganda fue derrocado por el antiguo sargento del ejército colonial Jean-Bedel Bokassa, coronado posteriormente emperador Bokassa I y cuya amistad con el presidente de la República Francesa Giscard d’Estaign era asunto peliagudo en el Elíseo. Otro caso, mucho más llamativo por la forma, fue el envenenamiento del presidente camerunés Félix Moumié, por un agente francés que se había hecho pasar por periodista. Incluso a la hora de evaluar la incompetencia de los líderes africanos, se debe mirar a qué sectores e intereses favorece esa incompetencia y qué ocurrió con las alternativas a los mismos.

El caso que nos ocupa, Somalia, va más allá de los tópicos habituales, y que son además fundamento del modo de tratar las noticias sobre este país en los medios, sobre la incapacidad africana para el autogobierno, la fatalidad que se cierne sobre el continente o las explicaciones algo más elaboradas, pero que por desgracia también se quedan en la superficie, sobre las raíces étnicas o religiosas de los conflictos. En Somalia se acumularon las causas que llevaron a que en esta nació del Cuerno de África tuviera lugar la manifestación más palpable de lo que Josep Fontana ha definido como un suicidio provocado, en contraposición a lo que un periodista, Stephen Smith, opinaba era un “suicidio asistido”. En cierto modo, ambas afirmaciones pueden compensarse, pues lo que ha sido una “asistencia” del Fondo Monetario Internacional, institución que hoy día se ha convertido en el santo grial de la economía neoliberal y, por razones que quedan bien patentes, en la encarnación del demonio para los pueblos que sufren sus políticas -incluidos los de una Europa meridional que hasta hace poco nos considerábamos parte del mundo rico y desarrollado- lo que ha provocado el suicidio en que hoy vive Somalia, y que puede repetirse en cualquier otro lugar. Vistas las graves crisis sociales de Argentina o Grecia en fechas no muy lejanas, parece que al FMI, el Banco Mundial o la UE no le faltan ganas.

SOMALIA ANTES DE SU ESTALLIDO

El 1 de julio de 1960, Somalia accedía a la independencia, formada por los territorios de las antiguas colonias de la Somalia italiana (que tras la SGM se transformó en un fideicomiso o mandato temporal de la ONU administrado por Italia y con la participación de terceros como asesores) de la Somalilandia británica. Un tercer territorio, la pequeña Somalia francesa, al norte, se mantuvo como un dominio francés denominado “Territorio Francés de los Affars y de los Issas”, que posteriormente alcanzó la independencia con el nombre de Djibuti o Yibuti.

El fondo de la bandera de Somalia tiene el mismo color azul que la de la ONU, organización a la que rinde homenaje por su apoyo para la independencia. Las cinco puntas representan los cinco territorios donde viven somalíes, tres de ellos fuera de las fronteras del país: la ex Somalilandia británica, la antigua Somalia italiana, Yibuti, Ogadén (en Etiopía) y la frontera norte de Kenia. El reparto o desmembración de la población somalí en diversos estados ha traído consigo conflictos fronterizos entre Somalia y sus vecinos, el más importante con Etiopía.

El fondo de la bandera de Somalia tiene el mismo color azul que la de la ONU, organización a la que rinde homenaje por su apoyo para la independencia. Las cinco puntas representan los cinco territorios donde viven somalíes, tres de ellos fuera de las fronteras del país: la ex Somalilandia británica, la antigua Somalia italiana, Yibuti (antigua Somalia francesa), Ogadén (en Etiopía) y la frontera norte de Kenia. El reparto o desmembración de la población somalí en diversos estados ha traído consigo conflictos fronterizos entre Somalia y sus vecinos, el más importante con Etiopía (Wikipedia en español, es.wikipedia.org).

Somalia es un país fértil a pesar de estar azotado de vez en cuando por recurrentes sequías y la pesca en el golfo de Adén y la ganadería han sido históricamente dos de sus principales recursos, especialmente la segunda, pues la importación de carne a los países del Golfo Pérsico y a Arabia Saudí, para el consumo en los sacrificios de los peregrinos de La Meca, había servido al país para comprar alimentos en los momentos de escasez. En la década de los sesenta y setenta del siglo XX, Somalia era un país autosuficiente en la producción de alimentos, y las sequías, a las que se suele aludir hoy de forma simplista, no eran motivo para desatar las hambrunas que se padecen en nuestros días. “La sequía puede agravar los problemas alimentarios, pero no basta para explicar las causas del hambre. De hecho, Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padecen hambrunas extremas”, explica en un artículo el periodista Enrique Javier Díez.

Imagen de Mogadiscio, capital de Somalia, en los años sesenta.

Imagen de Mogadiscio, capital de Somalia, en los años sesenta.

Antes de los años ochenta, los sucesivos gobiernos somalíes de Abdirashid Alí Shermarke y el coronel Mohammed Siad Barré -tras el golpe de estado que le aupó al poder en 1969- llevaron a cabo programas de apoyo a la producción agrícola y ganadera, que incluían la regulación de los mercados de cereales, la prestación gratuita de asistencia veterinaria o el reasentamiento de pastores nómadas que permitió el florecimiento de un sector ganadero comercial, al tiempo que existía una economía de intercambio entre el sector ganadero nómada y el sector agrícola sedentario, que cambiaban ganado por cosechas. La pesca, en unas aguas en las que no existía contaminación ni depredación por parte de empresas europeas o asiáticas, completaba el cuadro de una economía esencialmente dedicada al sector primario, con pequeñas actividades extractivas y de servicios, entre estas últimas los desempeñados por el estado, como la asistencia sanitaria o la educación.

Aun con un nivel modesto, Somalia presentaba una economía y unos estándares de vida bastante aceptables en relación con otros países de su entorno, y en especial con lo que sobrevendría con posterioridad. No conocía tampoco conflictos étnicos (el 96% de la población es somalí y aunque se divide en diferentes etnias pertenece a un tronco común), religiosos (el Islam suní es la religión de casi el cien por cien de los somalíes) ni lingüísticos (la lengua somalí es de las más antiguas lenguas africanas de las que se realizaron estudios, y la influencia de las lenguas coloniales como el italiano fue perdiendo fuelle tras la independencia). La estructura federal del país permitió a los clanes y los grupos étnicos somalíes, así como los grupos minoritarios, sentirse más cómodos en la nueva nación.

Playa Lido, en las proximidades de la capital, a principios de los años ochenta. Esta imagen corresponde a una exposición organizada en Kenia por Rasna Warah en 2012 con imagenes rescatadas por el antiguo director del Museo de Mogadiscio, Mohamed Dirye (http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/08/actualidad/1339168119_500902.html)

Playa Lido, en las proximidades de la capital, a principios de los años ochenta. Esta imagen corresponde a una exposición organizada en Kenia por Rasna Warah en 2012 con imagenes rescatadas por el antiguo director del Museo de Mogadiscio, Mohamed Dirye (http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/08/actualidad/1339168119_500902.html)

EL PRIMER CONFLICTO: EL OGADÉN

Numerosas naciones del continente han vivido y viven amenazadas por la inestabilidad social interna debido a que en el interior de sus fronteras conviven grupos étnicos y religiosos muy diferentes, e incluso a veces enemigos declarados. El intelectual africano Ousmane Sy reflexionaba, de hecho, en la trampa en la que habían caído los propios estados africanos al aceptar, tras su independencia, las fronteras trazadas por los colonizadores europeos, consolidándose de tal manera “una nacionalidad única y homogénea sobre un territorio ocupado por comunidades caracterizadas por su gran diversidad humana y lingüística”. El estallido de conflictos tras la independencia fue una consecuencia desgarradora de esta aceptación, inclusive por la propia Organización para la Unidad Africana, que reproducía patrones propios de la conducta de las potencias colonizadoras, para las cuales el mantenimiento de roces entre etnias distintas favorecía que no pudieran unirse contra el colonizador en una lucha común. El conflicto en Ruanda (y que posteriormente se exportó a los vecinos Congo y Burundi), con el resultado del brutal genocidio de tutsis y hutus moderados por parte de hutus enfervorizados, partía de la diferenciación y el trato preferencial en la administración colonial dado a los segundos por la propia Bélgica. En los años posteriores a la colonización, las potencias y los propios gobiernos de los nuevos estados independientes africanos continuaron con esta política étnica, favoreciendo sus propios intereses y para, de ese modo, convertir a la etnia rival sea un chivo expiatorio a los males del país. Como explica Josep Fontana, “el enfrentamiento étnico, que permite echar las culpas de la pobreza a un enemigo interno, tiene la ventaja de impedir que lleguen a crearse alianzas de clase que pudieran unir al conjunto de los explotados contra las camarillas que los explotan”.

En el caso de Somalia, como se ha mencionado, las diferencias étnicas no han estado presentes, pero el problema del trazado de fronteras -y la consideración de inicio de la OUA de que esas fronteras heredadas del colonizador eran inamovibles- sí que generó un primer conflicto con los estados vecinos, especialmente con Etiopía, debido a la importante presencia de población somalí en ellos. La naciente Somalia aspiraba a agrupar en una única nación a todos los somalíes, y por ese motivo hubo choques fronterizos con Kenia y una cierta preocupación en la Somalia francesa/Yibuti.

La derrota de Italia en la SGM, que le obligó a deshacerse de sus colonias en África, pronto independizadas (Libia) o convertidas en mandatos temporales con fecha de caducidad (Somalia) favoreció a la Etiopía que Mussolini había invadido en 1935 y que los británicos y la resistencia etíope liberaron en 1942. Etiopía se anexionó la hasta entonces colonia italiana de Eritrea, al NE, a orillas del Mar Rojo, concediéndole al imperio de Haile Selassie una salida al mar. El problema fue que esta anexión, motivada por la necesidad de darle una salida al mar a Etiopía, se hacía de forma desmesurada y con el territorio de un país que en el pasado, y en el futuro, había tenido luchas con el imperio abisinio. Eritrea, que en un principio se incluyó como un estado federado, perdió tras el derrocamiento fallido en 1960 de Haile Selassie por el golpe del coronel Mengistu Haile Mariam (el posterior jefe de la República Socialista) tal condición y se convirtió en una provincia más del país, iniciándose una larga lucha por la independencia que duró hasta la caída del régimen de “socialismo etíope” de Mengistu en 1993.

La antigua Abisinia no solo no tenía salida al mar sino que era en tiempos anteriores a la presencia colonial en África más reducida en extensión. En 1897 y 1907, dos acuerdos angloetíopes permitieron a Etiopía anexionarse el territorio del Ogadén, limítrofe con la Somalia británica y habitado por somalíes -además de ser un territorio utilizado por pastores nómadas somalíes en busca de pastos para su ganado-, cuya anexión se ratificó tras el conflicto mundial. Tras la independencia de Somalia, el gobierno de Mogadiscio solicitó en repetidas ocasiones la celebración de un referéndum de autodeterminación para el Ogadén, hasta que en 1964 se produjeron los primeros enfrentamientos, que terminaron con la mediación de la ONU y la OUA para crear una zona desmilitarizada.

Sin embargo, el problema seguía latente y en 1969 Mohammed Siyad Barré daba un golpe de estado que derribaba al gobierno de Alí Shermarke, que moriría asesinado. Siyad Barré estableció la República Democrática de Somalia, un estado marxista como el que a mediados de la década siguiente se proclamaría en la vecina Etiopía. Durante esta época, Somalia mantuvo estrechas relaciones con la Unión Soviética, a quienes, a cambio, les permitió usar como base el puerto de Berbera, en el golfo de Adén.

Mohamed Syiad Barré se alzó con el poder en 1969 y dirigió los destinos de Somalia hasta su derrocamiento en 1991. Primero dirigió el país bajo un modelo socialista, pero el apoyo de la URSS a Etiopía en la guerra del Ogadén le llevó a girar su política hacia los Estados Unidos.

Mohamed Syiad Barré se alzó con el poder en 1969 y dirigió los destinos de Somalia hasta su derrocamiento en 1991. Primero dirigió el país bajo un modelo socialista, pero el apoyo de la URSS a Etiopía en la guerra del Ogadén le llevó a girar su política hacia los Estados Unidos.

En 1977, Siyad Barré, aprovechando la mala situación por la que pasaban sus vecinos etíopes, decidió volver a atacar la disputada región del Ogadén. La URSS medió entre Addis Abeba y Mogadiscio para que se llegara a un alto el fuego, pero al no conseguirse este cese de las hostilidades y no poder ayudar a ambos bandos, decidió apoyar a Etiopía, que aparecía como víctima de la agresión somalí. La guerra se decantó del lado etíope gracias a este apoyo soviético y Siad Barré rompió relaciones con la URSS, volviéndose hacia los Estados Unidos.

EL CARO PRECIO DE LA DEPENDENCIA DE OCCIDENTE

El resultado de la derrota en el Ogadén fue que el país tuvo que acoger a más de seiscientos mil refugiados procedentes de esta región, pero a la larga la vuelta hacia los brazos de Occidente del régimen de Siyad Barré fue el primer paso en el camino a la catástrofe actual. Los EE.UU. comenzaron a proporcionar armamento y excedentes agrícolas, pero el final de la guerra fría hizo que cesara la ayuda militar en 1988 y al año siguiente la económica.

En los años ochenta comenzaba el desastre económico que condujo al colapso del país. La intervención de las instituciones económicas y financieras internacionales, introduciendo programas de ajuste draconianos, llevó al colapso de la economía local, al fin de la autosuficiencia alimenticia de Somalia y sembraron las semillas del caos que iba a reinar con posterioridad.

El desembarco de los agentes del FMI y los excedentes agrícolas enviados por Estados Unidos mermaron esa autosuficiencia. El plan del Fondo para pagar la deuda exterior -inspirado en un “sedicente fundamentalismo de mercado”, escribe el miembro de ATTAC Catalunya Joan García Sáez- recortó las ayudas a la producción; suprimió la atención veterinaria pública (crucial para un sector tan importante como era el de la ganadería); devaluó el chelín somalí (haciendo casi imposibles las compras en el exterior, lo que combinado con el recorte de las ayudas fue mortal para el desarrollo del sistema productivo, además de que a la devaluación inicial de 1981 le siguieron devaluaciones periódicas que supusieron fuertes subidas en el precio del combustible, fertilizantes y otro tipo de productos agrícolas”, escribe el economista Michel Chossudovsky); impuso fuertes recortes de plantilla de funcionarios (un 40% fueron expulsados) y se redujo el gasto en sanidad, educación e infraestructuras. Para colmo, el envío de excedentes agrícolas procedentes de EE.UU. (los envíos se multiplicaron por 15 en una década) arruinó aún más a los agricultores, pues la venta de grano a precios sin competencia y la entrada de productos en el mercado local sin restricciones -recordemos que una de las condiciones impuestas por el FMI a los países obligados a aceptar sus propuestas es la rebaja o la supresión de los aranceles- respecto a los tradicionales, junto a las medidas antes mencionadas, terminaron de destruir las explotaciones locales y fue una de las causas de las actuales hambrunas. Además de que cambió los patrones tradicionales de alimentación, sustituyendo el maíz y el sorgo por el arroz y el trigo, y en la actualidad existen muchos casos en que la ayuda alimentaria del Programa Mundial de Alimentos acaba cayendo en manos de contratistas privados, rebeldes o incluso personal de Naciones Unidas que hacen negocio con ella, según denuncia la propia ONU. Una situación que, por desgracia, no es privativa de Somalia.

El colapso económico fue magnífico. Las devaluaciones de la moneda y los despidos de funcionarios trajeron consigo un empobrecimiento de la población urbana que se tradujo, además (pues los sueldos en el maltrecho sector público habían bajado en 1989 un 90% en comparación con las cifras de mediados de la década de 1970, lo cual contribuye a explicar el colapso sufrido por la administración somalí en vísperas de la guerra civil), en un descenso en el consumo de alimentos. La caída en la inversión en salud, educación o infraestructuras llevó a que, como expone Chossudovsky, en 1989, el gasto sanitario había descendido un 78% en relación con respecto al de 1975. Según los datos del Banco Mundial, el gasto por alumno de primaria en 1989 era de alrededor de 4 dólares por año, descendiendo de los 82 dólares de 1982. De 1981 a 1989, las matriculaciones en escuelas primarias cayeron un 41%, a pesar del importante aumento registrado de la población en edad escolar. Libros y material escolar desaparecieron de las aulas, los edificios se deterioraron y casi un cuarto de las escuelas primarias del país tuvo que cerrar. Como ejemplo de la gravedad en la situación de las infraestructuras, los pozos no pudieron mantenerse y o bien se secaron o sus aguas se volvieron imposibles de utilizar para su consumo, o bien fueron privatizados. Las explotaciones agrícolas cayeron en manos de sectores vinculados al régimen o de otros inversores privados, mientras los agricultores pequeños tuvieron que desplazarse a las ciudades, habitando, como en otras muchas ciudades africanas, barrios miserables sin posibilidad de encontrar empleo. La ganadería, sin las ayudas ni la prestación de asistencia veterinaria (unida al aumento del precio de las vacunas y medicamentos que habían de importarse), sufrió un revés terrible cuando la aparición de enfermedades hizo que los tradicionales compradores, Arabia Saudí y los emiratos del golfo, optaran por proveerse de carne australiana o europea, mucho más fiable. Y, con todo ello, las medidas de ajuste con objeto de poder pagar la deuda no permitieron hacer frente a la misma, sino que la aumentaron, representando en 1989 casi el doscientos por cien de los ingresos por exportaciones.

Con estos datos, que sucediesen los hechos que tuvieron lugar en Somalia en 1991, que pusieron fin al régimen de Siyad Barré, y en 1993 en Mogadiscio, con la fracasada (y desastrosa en su planteamiento) misión estadounidense para capturar a uno de los señores de la guerra locales, Aidid -hechos en los que se basa el film “Black Hawk: Derribado”-, que dieron comienzo a la desestructuración de Somalia, a su catalogación como “estado fallido” y al agravamiento de los males de los somalíes, no es extraño que tales cosas tuvieran lugar. El FMI y el Banco Mundial se habían empeñado, sin conocimiento alguno de la realidad del país, en poner en marcha sus recetas habituales de “saneamiento” económico, y una vez más habían acabado con el fracaso rotundo, quizá el más rotundo de todos, aunque posiblemente este fracaso haya sido consciente, con tal de beneficiar a un sector privado internacional cuyos intereses se han visto grandemente beneficiados en el caos somalí.

LOS AGENTES EN PRESENCIA… Y EN LA DISTANCIA

imagesEn 1988 la guerra civil comenzaba, justo cuando el nuevo rumbo de la guerra fría -por especial voluntad del líder soviético Gorbachov, que necesitaba “soltar lastre” de sus anteriores aliados para emprender las reformas internas en la URSS- hacía prescindibles a ojos de los EE.UU. a aliados anticomunistas en África como Mobutu, el régimen de apartheid en Sudáfrica o el propio Siyad Barré. Éste huyó en 1991 cuando Mogadiscio fue tomada por una de las facciones en que se había dividido la oposición armada, el CUS (Congreso Unido Somalí) del antes mencionado Aidid. En el norte, el Movimiento Nacional Somalí de Mohamed Ibrahim Egal proclamó la independencia de lo que era la Somalia británica, que adoptó el nombre colonial de Somaliland o Somalilandia, y que, independiente de facto, no ha sido reconocida internacionalmente. En el sur, dominaba el MPS o Movimiento Patriótico Somalí, cuyas matanzas desencadenaron en 1998 la proclamación del estado autónomo de Puntland, en el extremo del Cuerno de África que cierra el mar Rojo y que es la zona donde actúan los pescadores somalíes obligados a la realización de la piratería para poder subsistir, y que es un refugio para los miembros del clan Darod. Al contrario que Somalilandia, Puntlandia no ha proclamado su independencia, sino que quiere mantenerse en el seno de Somalia. Los líderes de las facciones, cuyo comportamiento ha sido el de “señores de la guerra”, ejercieron su control sobre sus zonas de influencia que las convertían en reinos de taifas, apoyándose en una población civil y en un antiguo funcionariado empobrecidos o desmotivados para ejercer sus funciones por las políticas de ajuste y para quienes estos caudillos aparecían como una tabla de salvación, e incluso contando con apoyo de los “cascos azules” de la ONU -y la incompetencia de los líderes internacionales- para evitar ser capturados. Un caso de esto fue la colaboración de los cascos azules italianos con Aidid para evitar su captura en Mogadiscio en 1992 por parte de las fuerzas mandadas por el presidente norteamericano George Bush, que quiso despedirse de la presidencia con una intervención que realzara el papel de Estados Unidos como potencia imprescindible en el mundo post guerra fría. Su hijo George W. Bush tampoco acertó al enviar a luchar contra las milicias de Al-Shabaab a las tropas de Etiopía, odiadas por la población somalí.

Mapa de la situación en Somalia en 2014. El territorio de Somalilandia, independizado unilateralmente, cuenta con una estructura de gobierno más estable que la propia Somalia y aunque no está reconocido internacionalmente, sí mantiene relaciones comerciales con países del entorno e incluso europeos.

Mapa de la situación en Somalia en 2014. El territorio de Somalilandia, independizado unilateralmente, cuenta con una estructura de gobierno más estable que la propia Somalia y aunque no está reconocido a nivel internacional, sí mantiene relaciones comerciales con países del entorno e incluso europeos.

La situación en los primeros años del siglo XXI se ha agravado por la introducción en el escenario bélico somalí de la Unión de Tribunales Islámicos, que domina en buena parte del sur del país, y las milicias de Al-Shabaab, la rama somalí de Al-Qaeda, que vienen realizando atentados en Somalia y en otros países vecinos como Kenia, y suponen un quebradero de cabeza al recientemente formado gobierno provisional de Mogadiscio. Lo grave del caso es que Arabia Saudí y agencias de inteligencia occidentales, denuncian Jorge Sáez y Michel Chossudovsky, contribuyen financiera y armamentísticamente a las milicias y a la coalición de los Tribunales Islámicos al tiempo que proclaman su lucha contra el terrorismo integrista islámico. Parte de este apoyo está motivado en la explotación de los recursos petrolíferos del subsuelo del país, en cuya pugna entraron, en primera instancia, cuatro empresas norteamericanas: Conoco, Amoco, el gigante Chevron y Phillips. Conoco Inc., curiosamente, fue la única gran multinacional capaz de mantener una oficina en la capital somalí durante el bienio de caos de 1991-1992. Todas estas compañías esperan la pronta pacificación del país para explotar las reservas petrolíferas que potencialmente existen en el subsuelo somalí.

Pero hay un factor más que tiene que ver con noticias que vemos con bastante asiduidad últimamente en televisión en relación a Somalia y que suele pasar desapercibido a la hora de explicar lo que ocurre. La destrucción del Estado causada por la guerra civil y la ausencia de estructuras políticas y administrativas, consecuencia de esa guerra y también del programa de privatizaciones, ajustes y despidos diseñado previamente en el sector público, permitió a las compañías occidentales (últimamente también chinas e indias, cuya intervención económica en el continente es creciente), especialmente las petrolíferas, pero también las grandes compañías pesqueras dedicadas a la pesca de arrastre, contaminar y esquilmar las aguas somalíes, una de las bases de sustento alimentario de la población en época de sequía y escasez consiguiente de cosechas, además de privar de su empleo tradicional a los pescadores de Puntlandia. No resulta extraño que los pescadores de la región hayan decidido, con las armas que tradicionalmente han tenido en sus manos para defenderse de la intromisión de grupos rebeldes, o ahora de la Unión de Tribunales Islámicos o de Al-Shabaab, lanzarse a la piratería y pedir rescates por las tripulaciones de aquellos buques a quienes ven como depredadores sin escrúpulos.

Oficiales de la fragata portuguesa "Alvares Cabral" identifican a cinco presuntos piratas en el Golfo de Adén.

Oficiales de la fragata portuguesa “Alvares Cabral” identifican a cinco presuntos piratas en el Golfo de Adén.

El lanzamiento de la Misión Atalanta se ha configurado como una defensa de los pescadores, de un conjunto de trabajadores honrados que es hostigado por un grupo de salvajes (Somalia, como aparece como un país de caos y violencia sin más análisis que el de la fatalidad del destino de los países africanos, vuelve a estar envuelto por esa ola de racismo y determinismo histórico que divide a los pueblos en civilizados y “subdesarrollados”) armados hasta los dientes. Pero lo que parece más bien es como una nueva misión de defensa de intereses económicos privados, de intervencionismo económico-militar.

UNAS ÚLTIMAS PALABRAS

La distancia de Somalia con Grecia o Argentina nos parece enorme. Quizá puede parecerlo porque un punto de racismo también ha penetrado en nosotros y creemos que esas cosas sólo pueden pasar en contextos africanos y no en europeos o americanos más o menos desarrollados. Algo parecido, sin embargo, se dio también en el contexto europeo. Las guerras en Yugoslavia tuvieron también, con ligeros matices, un componente de intervención del FMI con la imposición de políticas de ajuste que destruyeron la solidaridad federal e introdujeron rencores entre las repúblicas más fuertes económicamente de Yugoslavia (Eslovenia y Croacia) y las menos, junto con lo que Poch-de-Feliu denunció como una nueva intromisión de la Alemania reunificada y de Austria en los Balcanes para destruir la Federación creada por Tito, al igual que en los años previos a la PGM urdieron una trama de embustes para implicar a Serbia en el atentado de Sarajevo que costó la vida al heredero al trono austro-húngaro.

Todo esto lo quiero traer a colación por el simple motivo de que en el mundo, el que se configuró como Tercer Mundo, el mundo que Sylvanus Olympio definió como el mundo de naciones que habrían de dedicar sus esfuerzos al desarrollo de sus pueblos, más que determinismos hay determinaciones, y parece que la determinación del FMI, del Banco Mundial y ahora de la UE parece no crear una estructura económica estable, próspera y desarrollada para los pueblos y los negocios. Podemos intuir que lo que les importa es hacerlo para los segundos, pero dudo mucho de que a la larga el camino escogido sea beneficioso sin añadir bienestar para los primeros y las naciones en que viven. Los errores que parecen no ver se han ido repitiendo en todos los continentes y han generado estallidos de violencia o la necesidad de enmendar el error por otra vía: los “tigres asiáticos” de los que tanto se enorgullecían demostraron ser gatos de frágil porcelana; Latinoamérica fue un cúmulo de desastres que se ha ido recuperando a través de gobiernos, más o menos excéntricos, de izquierda frente a los gobiernos de derecha que hicieron seguidismo de sus doctrinas; y en Europa el camino de la prosperidad y del crecimiento que auguran algunos de sus líderes se traduce en cifras de desigualdad que nadie (salvo unos pocos locos tachados de extremistas) quiere reconocer. El camino recorrido por Somalia en estos últimos treinta años parece no haberles enseñado nada, así que o bien son idiotas o bien hacen buena la sentencia que el Chino, el regente de un conocido boliche de Palermo (Buenos Aires) que el filme “Bar el Chino” rescató, anunció al mundo desde su sabiduría popular: utilizan su inteligencia para hacer el mal, por lo que es mucho más sano y preferible ser tonto y hacer el bien.

FUENTES:

Natalya Netasheva, “Qué ha pasado en Somalia”, 07/09/2011, en http://natalyanet.tumblr.com/post/9914478621/que-ha-pasado-en-somalia

Enrique Javier Díez, “Somalia y el grito del hambre”, 08/08/2011, en Diario de León.es

Joan García Sáez (ATACC-Catalunya), “La hambruna en el cuerno de África tiene causas estructurales” en http://attac-catalunya.cat/download/Internacional/La%20hambruna%20en%20el%20cuerno%20de%20A%CC%81frica.23.pdf

“Somalia”, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Barcelona, Pasado & Presente, 2011.

“Etiopía”, en Diccionario Enciclopédico Abreviado Madrid, Apéndice I, Espasa Calpe, 1981

El asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza y su uso propagandístico por el franquismo

Imagen actual del Santuario de Santa María de la Cabeza.

Imagen actual del Santuario de Santa María de la Cabeza, en Andújar (Jaén).

A lo largo de los años posteriores a la Victoria de 1939, el régimen franquista regaló a los españoles que estaban bajo su mando una exhaustiva colección de héroes y mártires de la Cruzada que sólo los años, el uso más conveniente políticamente hablando de la guerra civil por parte del propio franquismo y la revisión por parte de historiadores, que a pesar de todo seguían siendo afines o cuando menos no hostiles al Régimen del 18 de Julio (no había otro modo de poder ocupar las cátedras y el mundo científico de la época sin sufrir molestias), de aquella mitología para centrarse en lo que en ella había de Historia, llevarían a que se atenuara la necesidad de “machacar” a la población con las gestas y los padecimientos de quienes ayudaron con su sacrificio a forjar el triunfo de la “verdadera España” frente a la “anti-España”. El régimen, una vez asentado y consolidado en el interior y en el exterior, no necesitaba tanto referirse a la hazañas bélicas como en la posguerra para forjar su identidad y su legitimidad, es decir, no tenía tanta necesidad de recrear la Victoria y podía basar la última en la Paz, en la prosperidad y el desarrollo que, a ritmo de “Seiscientos”, planes y polos de desarrollo, turistas que venían bajo el soniquete del “Spain is different” y una realidad convenientemente ocultada de despoblación del mundo rural, doblamiento chabolista en las ciudades y evasión de capitales hacia Suiza o América por parte de jerarcas del régimen súbitamente enriquecidos por recalificaciones urbanísticas u operaciones industriales dudosas.

Ello no fue óbice para que, aunque en los sesenta estuviera ya lejos la guerra y los “rojos” no fueran más que algunos pobres desgraciados que se habían pasado los últimos veinticinco años de “paz” escondidos en bodegas, despensas o huecos faltos de luz tras un armario, los nombres de Paracuellos, la Modelo de Madrid, Durruti, José Antonio, las checas, el Alcázar o el Santuario de la Virgen de la Cabeza se siguieran repitiendo como parte de la leyenda negra, del pecado original, con el que todo detractor de Franco nacía. Las muertes de los mártires de la “Cruzada”, los criminales “rojos”, el fusilamiento del Ausente, la gesta del coronel Moscardó en Toledo… todo eso no podía tirarse por la borda, y quedó de hecho demostrado cuando quien fue tirado, pero por la ventana, y vilipendiado en una prensa poco libre Julián Grimau, a quien en el año de la celebración de los 25 Años de Paz se siguió recordando fue inspector de la policía republicana en aquel Madrid rojo y, como denunció el escritor católico francés Jacques Maritain, se consideró se le podían achacar todos los crímenes.

La presencia de los héroes del panteón franquista y del martirologio de la guerra, sacados a relucir en cuanto el “contubernio internacional” recordaba, al fin y al cabo, la realidad de un régimen (o ni siquiera eso, sino simplemente su inhumanidad y su crueldad para con sus rivales políticos) cuya victoria se había obtenido contra un gobierno legal contra el cual se había sublevado en armas, generando, precisamente, en la zona controlada por éste, la revolución social y los excesos contra los que decían luchar y que sólo se produjeron a partir del levantamiento militar nos ilustra de algo bastante poderoso: la importancia que, a lo largo de toda su historia, la propaganda y el imaginario colectivo creado por la misma para aglutinar a la defensa del régimen incluso a quienes, aunque no hubieran vivido la guerra ni aquellas heroicidades ni el sufrimiento de los asesinados, se consideraban depositarios de aquella tradición y estaban, si se diera el caso, dispuestos a continuarla. Bien es cierto que, en la realidad, cuando tal ocasión de mostrar su ardor guerrero tuvo lugar, tras la muerte de Franco, las demostraciones de fuerza contra la oposición corrieron más a cargo de la policía y grupos de extrema derecha pequeña pequeños que de aquellos apoyos más o menos amplios con que contaba la dictadura, y que la correlación de fuerzas y el pragmatismo de unos y otros -cualidad que no siempre, y en la transición española quedó demostrado, resulta positiva, sobre todo cuando los intereses particulares se confunden con los generales- jugaron un importante papel a favor de los ex franquistas o pos franquistas para poder mantener un rol fundamental en la política posterior de España sin necesidad de recurrir a tanques, aviación ni fusiles. Pero ese es otro tema, que no ha dejado de ser estudiado.

No deja de ser, sin embargo, sintomático acerca de la España actual y de la pervivencia del franquismo -cuando menos del franquismo social- de lo que significó aquella propaganda del régimen, prolongada con mayor o menor intensidad durante cerca de cuatro décadas, el que hoy día continúe presente y se haga pasar por Historia cuando la Historia misma ha ido desmintiendo, total o parcialmente, lo que en ella se contaba, reduciéndolos a la categoría de mitos. Por ejemplo, el coronel y después general Moscardó pudo haber sido un valiente defensor militar del Alcázar toledano, pero su comportamiento fue inhumano al infligir sufrimientos innecesarios a los civiles de la fortaleza al negarse a cualquier compromiso con los hasta cuatro emisarios enviados por los republicanos, entre ellos el decano del cuerpo diplomático en España, el conservador y profranquista embajador de Chile Aurelio Núñez Morgado, el sacerdote Vázquez Camarasa o el luego general y jefe del Estado Mayor del Ejército Popular y profundamente católico Vicente Rojo Lluch, y su inhumanidad se elevó aún más al romper su compromiso de evitar represalias en la capital manchega en cuanto entraron los regulares moros en la ciudad, con episodios como el de rematar a los heridos del hospital de Tavera. Que historiadores de escasa fiabilidad escribieran artículos absolutamente deplorables en periódicos de tirada nacional encabezados con el título “Los héroes no se discuten” ensalzando a Moscardó y entroncándolo poco menos que con el Cid, Trafalgar o Bailén (y también la Edad Media, la batalla naval con Gran Bretaña como aliados de Napoleón y la guerra de independencia merecen una revisión por nuestra propia salud como nación), curiosamente el mismo autor que definía las masacres de Paracuellos como el ejemplo del propósito genocida de las izquierdas republicanas españolas, equiparándolo con la de los oficiales polacos del bosque de Katyn durante la SGM o el Holocausto judío demuestra como hoy día la resistencia a contar y a que se cuenten de otro modo los acontecimientos pasados es más fuerte de lo que pensamos. No en vano, supone en cierto modo cuestiona una forma de pensar y un modo de vida en que se ha sustentado toda una existencia, e incluso un modelo de país.

El artículo que presento a continuación habla de un hecho de aquella guerra española, el asedio y toma del santuario de la Virgen de la Cabeza, enclavado en las estribaciones jiennenses de Sierra Morena y próximo al municipio de Andújar, por parte de los republicanos. Ha sido destacado por parte de la propaganda franquista y con posterioridad por historiadores como Manuel Aznar como un hecho que demostraba el heroísmo de la Guardia Civil. Durante años, y aún hoy, se ha considerado como una gesta realizada por un pequeño número de guardias mal armados y hambrientos frente a un enemigo mucho mayor y más poderoso, que resistieron durante ocho meses casi como los trescientos espartanos al millón de persas en el paso de las Termópilas. La historia real muestra que, en realidad, poco hubo de parecido con las guerras médicas en aquel rincón de Sierra Morena.

JAÉN Y LA ETAPA DEL FRENTE POPULAR

Jaén era una provincia eminentemente agraria y su cultivo principal era -como sigue siendo hoy- el olivo. El trabajo de la recogida de la aceituna, de temporada, daba lugar a un paro agrario muy elevado durante buena parte del año una vez terminada la época de la cosecha. La llegada de la República y las expectativas que el campesinado español, especialmente en las regiones meridionales como Extremadura y Andalucía, pusieron en ella y en la reforma agraria, llevaron a una fuerte movilización del proletariado campesino. El sindicato socialista de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra experimentó un fuerte crecimiento hasta el punto de convertirse en la federación sindical de la UGT con mayor número de afiliados, lo que traería también quebraderos de cabeza a la propia organización del sindicato socialista, formado hasta el momento esencialmente por obreros industriales. Jaén no sería una excepción, y en vísperas del golpe militar del 18 de julio la aceleración de la reforma agraria puesta en marcha por el ministro de Agricultura del Frente Popular Mariano Ruiz-Funes alcanzó tierras jiennenses, si bien es cierto que esta segunda y gran reforma agraria republicana se centró principalmente en Badajoz y en menor medida en Toledo, Ciudad Real y Salamanca. Una de las características destacadas de esta reforma, como cita el profesor Ricardo Robledo, es la del acoplamiento entre el gobierno y los campesinos como un perfecto engranaje para llevar a cabo la reforma. “El resultado -alude Francisco Espinosa, autor de un considerable estudio sobre la reforma en tierras pacenses en la etapa del Frente Popular- fue que todos salieron ganando: el Gobierno dando la impresión de que controlaba el problema -ya no hubo nuevas invasiones de tierras- y los campesinos obligando con su actitud al poder a que se tomara en serio el problema de la tierra. El equilibrio entre legalidad y legitimidad se había conseguido.” Un movimiento, el de Badajoz, que tuvo sus antecedentes, bien que sin el mismo seguimiento de sus demandas por parte del gobierno, en la etapa anterior, la el bienio radical-cedista o Bienio Negro y que en Valdepeñas de Jaén llevó también a la fundación, por parte de los obreros agrícolas, de una cooperativa campesina y una escuela de formación para el trabajo en la misma.

Durante el Bienio Negro, en las provincias campesinas meridionales el hambre de tierras y la degradación de las condiciones de vida y de trabajo, con la anulación de buena parte de las medidas laborales aprobadas en la etapa del gobierno republicano-socialista, llevaron a la proclamación por parte de la FETT de una huelga campesina en junio de 1934. La represión del movimiento huelguístico por el ministro de gobernación, Salazar Alonso, y el fracaso posterior de la insurrección de octubre de ese mismo año tuvo a la Guardia Civil como especial y odiado protagonista en Jaén, y en especial al capitán de la misma Santiago Cortés González.

El capitán de la Guardia Civil Santiago Cortés, en un cuadro en que aparece con la Laureada de San Fernando que le concedió el régimen franquista por su actuación durante el asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza.

El capitán de la Guardia Civil Santiago Cortés, en un cuadro en que aparece con la Laureada de San Fernando que le concedió el régimen franquista por su actuación durante el asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza.

Cortés se distinguió en aquellos puestos donde ejerció el mando -Valdepeñas de Jaén, Villanueva del Arzobispo y Mancha Real- como un firme partidario del orden en su sentido más reaccionario y contrario a las reivindicaciones de las clases populares. Se distinguió en especial, tras la fracasada Revolución de Octubre, en el último de los municipios, Mancha Real -situado a unos treinta kilómetros de la capital provincial, en la ruta entre ésta y Baeza-, donde reprimió con dureza a los trabajadores y campesinos que estuvieron implicados en los sucesos revolucionarios, aun cuando la insurrección, limitada en el espacio y en el tiempo, no alcanzó las proporciones que justificaran la represión posterior. Con el nuevo gobierno de coalición izquierdista del Frente Popular, decidido a restablecer, según afirma Josep Fontana, la paz social y llevar a cabo el programa reformista con el que se había presentado a las elecciones (obra, por otra parte, de un republicano conservador como Felipe Sánchez-Román, posterior embajador de la República en La Haya) incluyendo las medidas laborales que habían sido derogadas durante la etapa de las derechas, Cortés pasó a la Comandancia de la capital, donde ejerció funciones de Cajero, sin mando sobre fuerza alguna.

La provincia, como en casi toda España y también Andalucía y Extremadura, pasó por un período de intensas reclamaciones populares y laborales. Era lógico teniendo en cuenta la situación de ostracismo a que habían sido relegadas las organizaciones obreras en el período anterior y su nueva salida a la luz tras aquel tiempo de cuasi ilegalidad, así como la necesidad de acompañar con acciones firmes la conquista de derechos y mejores condiciones de vida y trabajo tras unos años de ilusiones frustradas. Como afirma el entonces embajador estadounidense en España, Claude Bowers en su obra “Misión en España”, el ambiente andaluz era inquieto, pero en absoluto cabía deducir por eso que fuera un ambiente revolucionario o la antesala de una revolución como lo querían dibujar algunas personalidades de su círculo de allegados. Además, resulta de muy mal gusto tratar de equiparar las acciones terroristas de la derecha conspirativa, que trataban de generar la apariencia de desorden para, como dice Manuel Vázquez Montalbán, que el público deseara una solución de orden viniera de donde viniera, con actos legales en democracia como la organización de una huelga o una manifestación en demanda de mejores condiciones de trabajo en las que, por otro lado, gobierno y sindicatos pusieron la mejor voluntad y los instrumentos anteriormente desechados por la derecha en el poder como los jurados mixtos y el arbitraje para dar satisfacción a unas demandas que, por otro lado, resultaban bastante razonables. Si hubiera que achacar, además, a alguien aquel ambiente enrarecido habría que hacerlo a unas autoridades que habiendo estado en el poder antes se encargaron de sembrar el caldo de cultivo necesario para que ahora el gobierno entrante se encontrara con tantas reclamaciones sobre la mesa.

DEL DIECIOCHO DE JULIO A LA TRAICIÓN DEL CAPITÁN CORTÉS

Siendo una provincia donde el odio y el miedo a la Guardia Civil eran poco menos que atávicos, el fracaso de la sublevación en la misma y su encuadramiento en la zona leal a la República llevó a que, sin embargo, las tensiones entre el instituto armado, en el que había algunos partidarios de los rebeldes, y la milicias populares fueran constantes. Jaén no tenía guarnición militar, así que la responsabilidad en el éxito o el fracaso de la sublevación correspondió a los cuerpos policiales y militarizados, y en especial a sus jefes. La actitud dubitativa de los mandos provinciales de la Guardia Civil, el teniente coronel Pablo Iglesias (quien posteriormente se declaró leal al gobierno republicano y concertó con el gobernador civil, Rius Zunón, la entrega de armas a las milicias) y los comandantes Eduardo Nofuentes e Ismael Navarro decantó la balanza. En la Benemérita jiennense, los capitanes Santiago Cortés, Antonio de Reparaz, Amezcua y el teniente Manuel Rueda García, así como el oficial retirado -por sus conocidas actividades conspiratorias- de la Guardia de Asalto Rodríguez de Cueto habían mantenido contactos con los grupos de la derecha conspirativa como Falange, Comunión Tradicionalista o los terratenientes agrupados en la Federación de Labradores, y trazaron un plan para la incorporación gradual de los guardias civiles de la provincia a las filas de los “nacionales”.

El gobierno civil y las autoridades del Frente Popular de la provincia deciden, para evitar enfrentamientos armados entre las milicias y los sectores populares y los guardias, concentrar a los últimos en cuatro de las seis cabeceras de compañía con que contaba la provincia: Jaén capital, Linares, Úbeda y Andújar. Sin embargo, la animadversión popular hacia los guardias no dejará de aumentar cuando se observa que, a la menor oportunidad, sus efectivos se pasan al bando sublevado: así ocurre con varios miembros del cuerpo incorporados a las milicias jiennenses que acuden a combatir para recuperar Córdoba y Granada, como sucedió en agosto con la columna del teniente Del Amo, cuyos cincuenta hombres, que servirían de apoyo a las milicias en tierras nazaríes, se pasaron a los rebeldes.

A finales de julio, la columna mandada por el general José Miaja, mandada por el gobierno para recuperar Córdoba, pasa por la provincia. En su avance se incorporarán milicianos jiennenses (reclutados por el diputado Alejandro Peris y formadas por el capitán Juan Fernández) y también varios grupos de guardias civiles, de las cabeceras de Úbeda, Linares y Andújar, hasta sumar 190 hombres procedentes del instituto armado. En Andújar se encontraba el capitán Reparaz, quien, haciendo gala de su habilidad, consiguió que cuarenta hombres del cuerpo quedaran en el municipio con objeto de custodiar a sus familias, seriamente amenazadas por el crecimiento de las tensiones, al tiempo que él y otro capitán, García del Castillo, se incorporaban a la columna Miaja albergando secretamente planes de pasar a la zona “nacional”.

Sin embargo, las autoridades locales iliturgitanas mostraban una evidente preocupación por la presencia de una guarnición, aun pequeña, de guardias civiles en la localidad y solicitaron la inmediata incorporación de los efectivos al frente. Reparaz, temiendo que esto frustrara sus planes, negoció una solución intermedia: el traslado de los guardias y sus familias a un paraje cercano y relativamente aislado de la cercana Sierra Morena, conocido como Lugar Nuevo. Miaja accedió a lo solicitado por Reparaz y de este modo, el 5 de agosto, fueron allí instalados los 40 guardias que permanecían en Andújar, familiares y vecinos temerosos de que se produjeran actos de violencia contra ellos. A ellos se les sumaron otros 25 guardias civiles capturados tras la toma por los republicanos de la columna Miaja del municipio cordobés de Venta Cardeña. En total, 65 guardias, 20 paisanos armados y 231 ancianos, mujeres y niños. Los guardias, incluidos los de Venta Cardeña, también disponían de armamento.

Este movimiento de retirada de los guardias civiles a Lugar Nuevo fue el antecedente de lo que luego sucedería en el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Las deserciones de guardias civiles, como los ya mencionados tenientes Del Amo y Amezcua, a mediados de agosto, y el bombardeo del campo de aviación de Andújar a finales de julio no hacen sino complicar aún más la delicada situación de la Benemérita provincial, y en especial en la comandancia de la capital, donde el ambiente se torna poco menos que irrespirable y la posibilidad de un enfrentamiento armado entre las fuerzas populares y los miembros del cuerpo cobra cada vez mayor fuerza.

Así las cosas, los guardias, las autoridades del gobierno civil, el general Miaja y su responsable político, el diputado de Izquierda Republicana Vicente Sol decidieron el traslado de los efectivos de la comandancia capitalina a un lugar aislado donde pudieran encontrarse, tanto ellos como sus familias, a salvo de posibles represalias. Como centros de recepción se pensaron en la ciudad de Alicante, en la localidad de Santa Cruz de Mudela, al otro lado del paso de Despeñaperros, en la renombrada provincia de Ciudad Libre (Ciudad Real) o, como era preferido por los oficiales de tendencia rebelde como Cortés -dado que les facilitaba la deserción- la localidad cordobesa de Porcuna o el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Este último fue el lugar finalmente escogido, con la autorización del teniente coronel Juan Hernández Saravia, ministro de la Guerra del gobierno republicano.

Cortés, Reparaz, Rodríguez de Cueto y Rueda, que habían permanecido en la Comandancia de Jaén desde el 18 de julio, trazaron entonces el plan para que el Santuario se uniese a las filas de los sublevados: “una vez instalados -escribe Francisco Cobo Romero- en el Santuario y Lugar Nuevo la mayor parte de los efectivos con que contaba la dotación de la Guardia Civil jiennense, los guardias civiles que aún permanecían a las órdenes de Miaja en el frente cordobés deberían integrarse en las filas rebeldes, y los retirados a los parajes citados, “romper toda relación con las autoridades rojas y esperar la llegada de las columnas del Ejército nacional, que suponían no se harían esperar mucho”. Para ellos se les ofrecía la oportunidad que habían esperado. En dos trenes y varios autocares fueron llegando armas y municiones, víveres y los aproximadamente 1000 civiles (familiares y paisanos amenazados que accedieron a acudir al Santuario, donde su seguridad estaría más garantizada, pero también falangistas y partidarios de la sublevación en condiciones de combatir) y los 250 efectivos del cuerpo (estas cifras varían -1500 según el historiador franquista Manuel Aznar, 1350 citando a Hugh Thomas y 1135 en palabras de Juan Luque Arenas). Entre el 17 y el 18 de agosto la instalación en el Santuario, de la que se encarga Rodríguez de Cueto sobre el terreno, queda finalizada.

Durante este mes y el siguiente tendrá lugar la traición de los jefes rebeldes encabezados por Cortés. Lo que en palabras de Aznar es “una sucesión de audacia y rasgos de ingenio” se demuestra como un gesto del gobierno republicano para evitar que ocurran en Jaén hechos desgraciados como los que a lo largo del verano se llevan repitiendo en otros puntos de España, que será aprovechada de forma ruin por los jefes de la Benemérita jiennense tendentes a la sublevación. En el Santuario será izada la bandera tricolor como signo de acatamiento al gobierno, y los allí refugiados, que han sido trasladados con abundante provisión de víveres realizada en uno de los trenes que partió de Jaén, pueden realizar también su aprovisionamiento en el cercano municipio de Andújar, hasta el punto de que, según refiere Hugh Thomas, los habitantes de la localidad desconocen si quienes allí se encuentran “son amigos o enemigos”. Pronto, sin embargo, las máscaras se quitarían.

Reparaz, Rueda y Rodríguez de Cueto habían abandonado el Santuario y huido a posiciones rebeldes, y el teniente coronel Pablo Iglesias había acudido a Madrid para entrevistarse con su jefe supremo, el ministro de Gobernación general Sebastián Pozas. 50 guardias civiles de la comandancia de Linares que actuaban en el frente de Córdoba, hacia quienes crecieron la falta de confianza y la animadversión, fueron desarmados y conducidos también al Santuario. Al mando de los guardias acantonados allí estaba, como superior de Cortés, el irresoluto comandante Nofuentes, quien decepcionaría a aquel al entregar parte de las armas y municiones a las columnas de milicianos, incluyendo la ametralladora “Hotschkiss” única en la provincia y varios fusiles, pistolas y rifles. Para completar el cuadro, Reparaz, que se había unido a las tropas rebeldes en Fernán Núñez (Córdoba), sobrevoló con una avioneta el Santuario y lanzó correspondencia y una bandera rojigualda, enseña de los rebeldes, que simbolizaba el hermanamiento entre estos y los trasladados al Santuario.

El último día de agosto, una delegación del Frente Popular provincial llegó al Santuario con objeto de entablar conversaciones para la entrega total de las armas que aún quedaban en manos de los residentes, así como para calibrar el estado de la situación tras observar los últimos acontecimientos. A cambio, se garantizaba la seguridad de las familias de los guardias, que serían distribuidas en varios municipios y el acceso de los guardias del Santuario al recién creado cuerpo de la Guardia Nacional Republicana, heredera de la disuelta Guardia Civil. Nofuentes, contemporizador, redactó un documento comprometiéndose a llevar a cabo las demandas de las autoridades frentepopulistas. Un documento que Cortés, en cuanto tuvo conocimiento, rompió, obligando a su comandante a redactar otro en el que se comprometía, tal y como establecía en su plan, a negarse a establecer contacto con cualquier delegación “roja”.

Unidad motorizada de la Guardia Nacional Republicana creada por el gobierno frentepopulista durante la guerra en sustitución de la Guardia Civil.

Unidad motorizada de la Guardia Nacional Republicana creada por el gobierno frentepopulista durante la guerra en sustitución de la Guardia Civil.

Las autoridades republicanas, afirma Joaquín Arrarás, abrieron un tiempo de negociación y de parlamentos para solucionar la cuestión del Santuario -así como para poder obtener unas armas muy necesarias- sin necesidad de emprender hostilidades, y por ello esperaban que la incorporación de los guardias a la nueva GNR con las garantías de respeto a la vida de sus familias (“los moradores pasarían a ser distribuidos en los pueblos como simples vecinos”), o el “público acto de adhesión al gobierno legítimo entregando el armamento”, resolviera convenientemente y sin recursos de fuerza un asunto que Cortés estaba dispuesto a que no se solucionara más que con una resistencia tenaz hasta que la llegada del ejército de Queipo de Llano a aquellos parajes convirtiera en héroes de la Cruzada a los habitantes del Santuario y a él le transformara de traidor a autor de una noble epopeya. Para ello, tenía que dinamitar cualquier iniciativa, incluso la más humanitaria, que truncase su autoridad… y sus planes.

Los historiadores franquistas y sus epígonos trataron de dibujar la “gesta” del Santuario como una especie de Fuente Ovejuna en la que los guardias civiles remaron todos en la misma dirección, proclive al alzamiento militar, pero en la realidad la indecisión e incluso la lealtad a la República eran sentimientos que dominaban en los miembros de la Benemérita trasladados a aquel rincón de la Sierra Morena jiennense. El 14 de septiembre, una nueva delegación, mandada por el mismo hombre que en la vez anterior, el capitán de la Guardia de Asalto Agustín Cantón, acude al Santuario junto a una pequeña caravana de autobuses y camiones para la evacuación del lugar. Durante las últimas jornadas, la división de opiniones entre los guardias es patente: algunos se agrupan en torno al comandante Nofuentes, partidario de la entrega de armas y el acatamiento de las órdenes del gobierno, y otros se decantan por las posiciones maximalistas del capitán Cortés, cuya influencia se apoya sobre todo entre los paisanos derechistas.

Los delegados del Frente Popular desmintieron varias de las ficciones que había estado tejiendo Cortés para mantener la disciplina y la adhesión a su causa, lo que provoca un movimiento de indignación en los miembros de la Guardia Civil. Varios de ellos, incluido Nofuentes, suben a dos de los camiones, que parten. Consciente Cortés de que sus planes se van al traste, decide hacer un llamamiento de lealtad para con la institución a los guardias civiles con objeto de forzarles a permanecer en el Santuario. Será este llamamiento a la disciplina de cuerpo lo que hará que se decante la balanza a favor de Cortés. Mientras, continúa la evacuación de los civiles (y según se hace eco Mariano Maroto de la información recopilada por Manuel López Pérez en un revelador documento para el Boletín de Estudios Giennenses, la disposición de la evacuación encontró un ambiente muy favorable, con alborozo de mujeres y guardias abrazando a los emisarios), con momentos de tensión que incluyen la irrupción de civiles y miembros del instituto armado llegados desde Lugar Nuevo cantando el himno falangista del “Cara al Sol” o el intento por parte de los milicianos de subir a la fuerza a los camiones a algunas mujeres. Esto último hará que Cortés proceda a la detención de varios milicianos y guardias de Asalto, así como la del comandante Nofuentes -quien se había mostrado en disposición de reingresar en la Guardia Nacional Republicana- y su hijo. En la carretera, camino de Andújar, han partido 32 guardias, dos cabos, un sargento y sus familias, ajenos a los sucesos ocurridos posteriormente a su evacuación.

Evacuación del Santuario.

Evacuación del Santuario.

Ese 14 de septiembre el Santuario se convierte en bastión sublevado: la bandera de la República Española es arriada y en su lugar se iza la enseña rojigualda de los sublevados. Las tentativas del gobierno republicano para terminar mediante una solución negociada con la situación de Nuestra Señora de la Cabeza, con la entrega de armas o la incorporación de los guardias a la GNR y la evacuación de los civiles, fracasan por la traición del capitán Cortés. Comienza entonces el asedio. ¿O quizá no?

ASEDIO… O NO

Porque a pesar de la ruptura abierta por Cortés y sus partidarios, el gobierno republicano aún seguirá realizando llamamientos para la entrega de los guardias civiles a las autoridades republicanas en los días siguientes, sin que pueda decirse que el 15 de septiembre de 1936 marque el inicio del asedio al Santuario. La situación de los residentes no se verá ahora favorecida por el acceso a los víveres con los que antes se abastecían en Andújar, pero esto no puede achacarse a mala fe por parte de los republicanos -al fin y al cabo, izar la enseña rebelde indica que la responsabilidad en ese sentido es, desde ese momento, de los sublevados, salvo que se opte por aceptar los ofrecimientos gubernamentales, que incluyen la promesa del respeto a las vidas de los allí congregados- y en cuanto al inicio de acciones bélicas, lo cierto es que, contra lo que ha sido afirmado, no pusieron en excesivos aprietos a los habitantes del Santuario. Así que en septiembre no puede hablarse de un asedio en toda regla a Nuestra Señora de la Cabeza y a sus vecinos de Lugar Nuevo.

Los bombardeos aéreos por parte republicana en estos primeros días de rebelión de Cortés y sus partidarios en ambos lugares han sido calificados de exagerados. Lo cierto es que la aviación republicana lanzó bombas, pero de escaso calibre y en mucha menor cantidad que las entre 400 y 600 que han sido citadas por fuentes que el historiador y profesor de la Universidad de Granada Cobo Romero califica de escasamente fiables. “Ninguna de estas operaciones de acoso aéreo sobre las posiciones del Santuario y Lugar Nuevo han quedado reflejadas en los partes oficiales de guerra del Ejército Nacional, debiendo indicar que los partes oficiales de guerra del Ejército Republicano guardan un silencio absoluto al respecto.” Y añade, al respecto de las cifras de proyectiles, que las fuerzas aéreas republicanas -muy magras por entonces- estaban ocupadas por entonces “en la defensa de las posiciones de Montoro (en el sector cordobés) y posteriormente en el sector de Alcalá la Real, muy presionado desde fines de septiembre de 1936.” En cuanto al aprovisionamiento de víveres, y también de armas y municiones, tras un período de carestía, las expediciones aéreas -en las que el protagonista destacado fue Carlos Haya- y el inicio de la “campaña de la aceituna” por parte del ejército de Queipo de Llano a finales de 1936 alivió la penuria de los congregados en el Santuario y en Lugar Nuevo, aunque eso no implicó que Cortés emitiera amargas quejas a este respecto, fundamentalmente por la irregularidad de las expediciones, que lo mismo podían acabar en una sobreabundancia que en el paso de muchos días sin que cayera un paquete del cielo. En muchas ocasiones tuvieran que realizar incursiones en territorio hostil para abastecerse, aunque esto no implicó que contaran con muchas dificultades para ello: la comunicación entre Lugar Nuevo y el Santuario, situados bastante cerca, facilitaba el diálogo entre los puestos de mando de ambos, y se realizaron frecuentes incursiones en cortijos y casas de labor colindantes para el abastecimiento de víveres.

Pero, ¿por qué no puede darse como iniciado el asedio en ese mes de septiembre? Las memorias del teniente coronel republicano Antonio Cordón, el brigadista checoslovaco Artur London o Miguel Hernández y los recientes estudios de Cobo Romero y Maroto García dan algunas claves para entender tan relevante matiz.

Durante el período que va de septiembre a diciembre de 1936, las acciones militares emprendidas por los republicanos para la liberación del Santuario fueron de muy poca entidad, teniendo en cuenta que sus objetivos principales en aquellos meses estribaban, primero, en la toma de la capital cordobesa, y más tarde en la defensa de las poblaciones cercanas a la misma y las de la provincia de Jaén que más cercanas estuvieran a las de Córdoba y Granada, como Andújar, Lopera, Porcuna y Alcalá la Real. Quiérase que, como ni el Santuario ni Lugar Nuevo eran dos objetivos estratégicos, la preocupación por tomarlos no fue prioritaria salvo más adelante, entre otras cosas por razones de prestigio -evitar un nuevo episodio como el del Alcázar de Toledo, mostrar la nueva capacidad combativa del ejército del sur-. Además, en todo momento estas operaciones estuvieron lastradas por la escasa capacidad combativa de unas tropas milicianas que, como afirma London, “seguían haciendo la guerra a la antigua”, no sólo por sus métodos, casi más típicos de una forma de lucha más adecuada para las campañas napoleónicas o la batalla del Marne que para una guerra moderna -y la guerra española era, de hecho, el preludio de una guerra moderna en toda regla como la S.G.M.-, sino por el armamento de que disponían. El poeta Miguel Hernández nos deja una pequeña muestra de cuál era la situación para los supuestos sitiadores en aquellos momentos: “Sin ninguna preparación militar, luchaban contra hombres curtidos en el tiro y en la disciplina férrea con desventaja de terreno y de armas, dominados por las ametralladoras y las miradas de la banda de Cortés, emplazadas en las alturas del Cerro Chico y el Santuario”. Es un importante apunte la desventaja de altura que tenían los asaltantes: Nuestra Señora de la Cabeza y Lugar Nuevo son dos “nidos de águilas” que un pequeño grupo de defensores podía mantener en su poder frente a un grupo relativamente grande de atacantes gracias ese elevado desnivel, lo que explica que el asalto final por parte de los republicanos tuviera que hacerse con un gran número de efectivos y de apoyo de artillería, aunque sin llegar a las cifras que se han dado. Y lo cierto es que aquellos hombres que atacaron al principio ni eran muchos ni estaban demasiado bien armados, ni tampoco sabían usar tan bien las armas como los que estaban en aquellos dos bastiones: “Las escopetas, los trabucos de hace un siglo, las hondas y la dinamita jugaban por los campos andaluces los papeles más importantes. Un grupo de escopeteros, que había manejado poco o que no había manejado jamás las armas de fuego, mineros, gañanes y pastores en su mayoría, se internó en la Sierra tratando de reducir al cabecilla Cortés y sus secuaces, certeros tiradores entrenados en la caza del jabalí y el jornalero.” Sólo a partir de enero de 1937, cuando el recientemente creado Ejército Republicano de Andalucía -integrante del Ejército Popular de la República- contuvo la “ofensiva de invierno” de los rebeldes y consiguió lanzar un ataque en las posiciones de estos en el sector de Pozoblanco (como parte de una contraofensiva destinada a paralizar un plan de avance de Queipo), lo que demostraba la nueva capacidad combativa de las tropas republicanas en la zona meridional de España, pudieron pasar a realizar un asedio en toda regla a los emplazamientos ocupados por los guardias civiles. Un asedio que duró apenas un trimestre.

Grupo de milicianos de Jaén mandados por el diputado socialista Alejandro Peris Caruana, el el sector de Córdoba.

Grupo de milicianos de Jaén mandados por el diputado socialista Alejandro Peris Caruana, el el sector de Córdoba.

Los “nacionales”, por su parte, no prestaron excesiva atención a sus camaradas sitiados en la Sierra Morena jiennense. En ello pudieron influir los rumores sobre una masiva deserción hacia el campo republicano de los guardias aparecida en los periódicos de la zona republicana -hubo deserciones, alimentadas sobre todo por la penuria alimenticia, la larga permanencia allí sin que llegaran los rebeldes ni fuera tomado por los republicanos, las promesas realizadas por los gubernamentales, aunque no tan masivas como la apuntada por Ahora en fechas tan tempranas, que hablaba nada menos que de 300 guardias evadidos con sus familias el 15 de septiembre- o la falta de noticias que confirmen o desmientan este extremo y la situación sobre lo ocurrido con el Santuario, así como, al igual que en el caso de los republicanos, la escasa entidad estratégica de ambos emplazamientos. Para disgusto de Cortés, la ruta seguida por las tropas sublevadas no siguió la carretera de Andalucía, subiendo por Despeñaperros -paso custodiado por los milicianos y los mineros de Linares- hacia Madrid, sino que las columnas africanas de Yagüe lo hicieron por Andalucía Occidental, Badajoz y Toledo hacia la capital, liberando, de paso, a otros asediados que alcanzarían fama y gloria para el campo “nacional”: los del Alcázar de la capital manchega. Sin embargo, una esperanza pareció abrirse cuando la defensa de Madrid por parte republicana hizo que el teatro de operaciones se trasladara a otros lugares, entre ellos Andalucía, y se iniciara la conocida como “ofensiva de invierno” o “campaña de la aceituna” por parte del ejército rebelde de Queipo.

La ofensiva por la zona oriental de Córdoba y los pueblos limítrofes de Jaén buscaba abrirse paso hasta la capital del Santo Reino y abrir la llave para arrebatar a los republicanos lo que de Andalucía quedaba en sus manos. Además, como apunta Artur London, alcanzar Andújar serviría para liberar a los guardias del Santuario y Lugar Nuevo, y llegar a Jaén, “era la clave para poder alcanzar, más hacia el este, la importante zona minera de Linares y La Carolina, por sus minas de plomo, sobre todo.” Esta ofensiva cogió por sorpresa a unos republicanos cuyo nuevo ejército estaba aún en pañales, y por ello los milicianos fueron movilizados a toda prisa, teniendo que llegar de otras partes, así como efectivos de la 14 Brigada Internacional, comandada por el general Walter. Los rebeldes ocuparon Bujalance, Valenzuela, Villa del Río, Lopera y Porcuna, pero fracasaron en su objetivo principal, Andújar, que les habría facilitado el paso hacia Jaén, y frustró las expectativas de poder conectar con la zona rebelde a Cortés y sus hombres. No hubo más intentos sublevados de avanzar por aquella zona (de hecho, poco tiempo antes del asalto definitivo al Santuario por parte de los republicanos, Queipo de Llano lanzó una ofensiva iniciada en marzo en el sector de Pozoblanco destinada a acercarse a Almadén y a las minas de mercurio próximas a esta localidad manchega, rota por una contraofensiva republicana, que avanzó por la serranía cordobesa pero sin llegar a su objetivo de alcanzar Peñarroya y Fuente Ovejuna).

Superado este grave contratiempo que fue la “ofensiva de invierno”, a mediados de febrero de 1937 el teniente coronel Antonio Cordón se hará cargo, en sustitución de Joaquín Pérez Salas, de la jefatura del Estado Mayor del sector de Córdoba del Ejército Republicano de Andalucía, creado el 15 de diciembre de 1936. Cordón, enérgico militar profesional y miembro del Partido Comunista, llevará a cabo la importante tarea de acabar con el encierro de los guardias facciosos del Santuario y Lugar Nuevo, dinamitando la posibilidad de hacer de estos parajes una reedición del Alcázar.

Antonio Cordón García, teniente coronel y posterior general del Ejército Popular, participó en las batallas del Santuario, Belchite, Teruel o el Ebro.

Antonio Cordón García, teniente coronel y posterior general del Ejército Popular, participó en las batallas del Santuario, Belchite, Teruel o el Ebro.

Pero no va a serle tarea fácil… aunque se haya dicho que dispuso de un ejército enorme.

¿QUIÉNES SON LOS HÉROES?

Para los mandos del Ejército Republicano de Andalucía quedaba claro que la liquidación de la resistencia en Santa María de la Cabeza contribuiría a debilitar la idea de nuevos ataques del ejército de Queipo en Córdoba y Jaén, cuya “ofensiva de invierno” había sido detenida a poca distancia de Andújar y de los propios reductos ocupados por los guardias civiles sublevados, cuya liberación entraba entre los objetivos de esa campaña. Poner fin al “asunto de Santa María de la Cabeza” suponía, además de una cuestión de prestigio y de demostración de la capacidad de lucha de este ejército recientemente creado, evitar correr un riesgo innecesario de cara a posibles golpes de mano sobre las poblaciones jiennenses circundantes a estos dos enclaves “nacionales” en la retaguardia gubernamental.

Afirma Cobo Romero que la razón principal de la larga permanencia de los concentrados en las dos posiciones de Sierra Morena “se debió, fundamentalmente, a razones de índole organizativa en el seno del Ejército Republicano del Sur […] Puede decirse que desde agosto de 1936 a enero de 1937 no se registraron indicios fundamentales de un auténtico “cerco” de las tropas republicanas al Santuario. Puede afirmarse, pues, que las auténticas operaciones militares republicanas para desalojar a los sublevados comenzaron a mediados de abril de 1937, muy poco antes de la finalización del asedio. Por tanto, ese puñado de “hombres valerosos” que, en clara desventaja desde un punto de vista militar, hacen frente a un potente Ejército Republicano se cae por su propio peso.”

Cordón, de hecho, manifestará que sus fuerzas no son tan numerosas como la posterior propaganda profranquista sobre el asedio ha querido reflejar, ni desde luego tan bien dotadas en cuanto a armamento. En los primeros meses del nuevo año, explica, “la primera fase del asedio se caracterizó por la laxitud en las operaciones. Hasta bien entrado el mes de marzo de 1937, las fuerzas leales a la República que se enfrentaron a los rebeldes quizás no sobrepasasen los 1.000 hombres (número exiguo, teniendo en cuenta la privilegiada y estratégica posición disfrutada por los asediados en un monte de 700 metros de altitud).” Prueba de ello es que, en la ofensiva republicana sobre Lugar Nuevo de finales de enero, los republicanos sufrieron 15 bajas, mientras que los resistentes sólo tuvieron que registrar una. Y por supuesto, el emplazamiento no pudo ser tomado por unos atacantes que estaban lejos de ser tan superiores en número -e incluso entonces no contaban con las unidades más adecuadas, puesto que hasta el inicio de la anteriormente citada batalla de Pozoblanco no estuvieron presentes en el lugar Brigadas Mixtas, las unidades básicas del Ejército Popular- ni estar tan excelentemente armados -dos ametralladoras y el apoyo de una aviación que descargaba, de cuando en cuando, algunas bombas- habida cuenta de que en un momento de la lucha fueron rechazadas en su avance por simples granadas de mano.

Sin embargo, con el inicio de la ofensiva final a finales de marzo-principios de abril, la moral de los sitiados se derrumba, cosa que entra en contradicción abierta con el papel de héroes combativos lanzada en la proclama del propio Cortés, “la Guardia Civil muere pero no se rinde”, y comienzan a haber nuevas deserciones de guardias civiles, familias y paisanos hacia el campo republicano. Los republicanos emplean con fuerza las armas de la propaganda, lanzando nuevamente mensajes escritos y empleando los altavoces en los que se reitera, como en septiembre de 1936, que las vidas de las personas que abandonen el Santuario y Lugar Nuevo y de los guardias que se rindan serán respetadas. Con todo, Cortés decide resistir.

El 6 de abril las fuerzas republicanas, apoyadas por piezas de artillería, tanques y apoyo aéreo, inician el asalto a Lugar Nuevo, con la toma de dos cerros cercanos (Las Piedras y Los Madroños). La resistencia en este enclave dura menos de una semana, pasando el día 13 los primeros grupos de refugiados de Lugar Nuevo al Santuario. Como represalia, el 16 la aviación rebelde bombardea Andújar, de cuyo aeródromo (ya atacado en los primeros tiempos de la sublevación) y del de Baza, en la zona oriental de Granada -en manos gubernamentales- parten los aviones que ahora bombardean el Santuario.

El ataque aéreo sobre el municipio iliturgitano no impide la ofensiva final sobre La Cabeza, iniciada el 15 de abril, un día después del 6º aniversario de la proclamación de la República, con fuego de artillería y morteros. El comunista Pedro Martínez Cartón, al mando de la XVI Brigada Mixta, fue el jefe de las tropas asaltantes del Santuario. Para el 19, los republicanos ya habían penetrado en tres casas del sector norte del lugar.

El 23, sin embargo, hubo una paralización de las hostilidades. Dos emisarios de la Cruz Roja Internacional acuden al Santuario para el desarrollo de negociaciones entre sitiados y sitiadores bajo el patrocinio del organismo con objeto de que puedan evacuarse del lugar a los heridos, al personal civil, así como a mujeres y niños. Cortés tratará de imponer sus condiciones, pese a la situación desesperada en la que se encuentra, e incluso al principio, contra el criterio de Franco y Queipo, se mostraba partidario de despachar sin contemplaciones a los doctores Martín y Vizcaya, los dos enviados de la Cruz Roja. Había redactado previamente las condiciones de la evacuación, estableciendo que los evacuados debían marchar a la zona sublevada, en lugar de, como era de suponer por la franca desventaja militar en la que se encontraba y porque era del mismo lugar del que habían partido cuando se declararon en rebeldía, a la zona gubernamental. Las autoridades republicanas rechazaron las condiciones impuestas por Cortés a la CRI y a sus propios emisarios, que eran una demostración de que no quería saber nada de parlamentarios ni negociaciones antes incluso de que estas se produjeran –“los parlamentarios que pudieran presentarse nos merecen hoy menos garantías que el día que empezó el asedio”, afirmará-, y la lucha se reanudó el 24 de abril. El contraste con esta posición extremista y fanática lo ofrece Cordón, quien tras ver “desechada la posibilidad de acabar por medio de negociaciones con la posición enemiga, la cual constituía una amenaza permanente y una muestra de arrogancia del enemigo que no podíamos tolerar”, anuncia a Cortés y sus hombres el 30 de abril que al día siguiente el Santuario estará en manos de la República, que reconoce el valor que han desplegado y que, como establece el decreto del 8 de abril de 1937, cuyo texto fue leído a través de los altavoces, se aseguraba la vida y la libertad a todos cuantos se pasaran a las filas de la República. Un dato que es corroborado por Joaquín Arrarás, quien escribe que durante treinta minutos, a partir de las 00:00 horas del 1º de mayo, tras la lectura la noche anterior del texto del decreto, los reflectores permanecerían encendidos a la espera de que los sitiados aparecieran con los brazos en alto. El propio presidente del gobierno, Francisco Largo Caballero, insistirá, tras conocer la noticia de la rendición, en que tanto a los prisioneros como a sus familiares se les trate con toda clase de consideraciones.

Los combates se reanudaron por parte republicana con la intervención de las ametralladoras, los morteros y la intervención de los tanques. Para el día 30, fecha en la que reina una calma predecesora del último envite, los asaltantes controlaban ya buena parte de las entradas al Santuario. El 1º de mayo, una fecha de gran valor simbólico para la República y para la lucha popular que se había desencadenado a partir del momento de la sublevación militar, los últimos defensores se rendían. El capitán Cortés había caído herido el día anterior a consecuencia del impacto de una granada de artillería.

El capitán Santiago Cortés, herido en la cama del hospital de campaña republicano donde se le atendió.

El capitán Santiago Cortés, herido en la cama del hospital de campaña republicano donde se le atendió.

Pero, ¿cuánta gente había intervenido en el asedio? La propaganda franquista habría de ensalzar la resistencia valerosa de unos hombres que se habían enfrentado, en condiciones desfavorables (por su aislamiento con respecto a la zona “nacional”, por la baja moral en sus filas tras largos meses de espera) a unos asaltantes que no constituían con el numeroso ejército que se les atribuyó y hoy día se les atribuye. Hasta Wikipedia en español asume como buenas las cifras de entre ocho y diez mil atacantes por parte republicana que han sido citadas por Luque Arenas o Manuel Aznar. Antonio Cordón escribe, además, sobre la escasez de artillería, apoyo aéreo e incluso de tanques, que no hicieron su aparición hasta el momento del asalto final al Santuario. Hasta la fecha la artillería de las fuerzas que operaban en Andújar constaba de dos o tres piezas que se movían constantemente para dar la impresión de que se contaba con un arsenal considerable, y en marzo se consiguió que uno de los aviones que actuaba en el sector de Pozoblanco bombardease con escasa precisión las posiciones de Lugar Nuevo, yéndose de inmediato a actuar en la batalla cordobesa; la queja de la falta de apoyo de la aviación será reproducida, para el caso de Pozoblanco, por Artur London. Esto es demostrativo de que las fuerzas del Ejército de Andalucía tuvieron que emplearse con una suerte de audacia sin medios para poder contener la ofensiva de Queipo en las provincias orientales de la región, por lo que era todo un logro parar el avance de la “campaña de la aceituna” en Andújar y evitar que siguieran avanzando hacia Jaén y Linares o desencadenar una contraofensiva en la Sierra cordobesa. La caída de Málaga fue el borrón más notorio al que, tras los primeros meses de conquistas -y de terror- de Queipo en Andalucía, tuvieron que enfrentarse estas tropas.

Pero, volviendo al tema de la cuantía de hombres, el propio Cordón, escribe que las tropas de los sectores de Córdoba y de Jaén se encontraban además muy maltrechas tras las batallas contra las fuerzas sublevadas que habían tenido o estaban entonces teniendo lugar. Y eso influiría también en el número final de fuerzas desplegadas para hacer frente a los aproximadamente 350 guardias del Santuario -incluyéndose los que habían llegado desde Lugar Nuevo tras la rendición de éste- y los civiles derechistas armados que les plantaban batalla. Por eso, en lo que respecta a la cifra desmesurada de atacantes que se ha dado, nos dice: “Hasta el momento del ataque, por razones obvias, fuimos nosotros los que exageramos. Pero la realidad era bien diferente. La plantilla oficial de una brigada de nuestro ejército -y rara fue la brigada que en la práctica la tuvo al completo- era de 2.944 infantes, y tanto la brigada de Cartón [la 16ª] como la 32ª habían quedado bastante reducidas en sus efectivos después de las operaciones de Pozoblanco. El total de los atacantes no pasó mucho del triple respecto al número de los defensores que se considera necesario para realizar el ataque a una posición, y que, dada la fortaleza del reducto de que se trataba, era indudablemente inferior al que se estimaba necesario teóricamente.” Casi siempre, las operaciones del ejército republicano se caracterizaban por ser más bien “intensivas en mano de obra” -dada la escasez de armamento, especialmente pesado, de que adolecieron las fuerzas armadas gubernamentales- en comparación con sus enemigos. Si hemos de hacer caso a Cordón, la cifra de atacantes no debió exceder de unos dos mil -teniendo en cuenta que había unas 600 mujeres y niños, y si suponemos que todo el resto de habitantes del Santuario, otros 600, ejercían funciones de defensa de la posición-.

El primero de mayo los partes republicanos no hicieron alardes sobre la rendición del Santuario. Los heridos, entre los que se encontraba el capitán Cortés (que es operado a vida o muerte y que fallecería al día siguiente a consecuencia de las heridas que había recibido el 30 de abril), fueron tratados en los hospitales del frente republicanos. Los guardias civiles, que hasta el último momento han seguido a su capitán en un gesto de disciplina, deberán enfrentarse con la justicia republicana. Esta, sin embargo, ya no es la misma justicia de sangre y oprobio que tanto dolor causaba a los propios dirigentes republicanos: tendrán penas de cárcel, y no de muerte o fusilamiento sin juicio, y serán encarcelados en el penal de San Miguel de los Reyes (Valencia) o en campos de trabajo del País Valenciano, de donde saldrán al final de la guerra tras su liberación por las tropas del general franquista Aranda. Cortés será enterrado en el cementerio de Andújar, de donde será exhumado para su posterior traslado por el “Nuevo Estado” al Santuario. Mujeres, niños y ancianos son atendidos por el Socorro Rojo y, junto con el personal civil, trasladados a la localidad manchega de El Viso del Marqués y a pueblos de su comarca. Del trato humanitario dispensado por la República escribieron Julio de Urrutia en “El cerro de los héroes” y testimonios de paisanos que allí estuvieron como la iliturgitana señora Bueno. De hecho, Cordón, al referirse a la comparación entre el Alcázar de Toledo y el Santuario, incide en la diferencia de trato que los vencedores de cada una de las dos luchas concedieron a los vencidos, y además, añade, “todos ellos [los refugiados supervivientes del Santuario] militares, civiles, eclesiásticos, oficiales y combatientes, sin una sola excepción, siguieron vivos […] Pero no sucedió lo mismo con los que, combatientes o no, habían estado en Andújar de parte nuestra cuando los franquistas entraron allí después de la victoria de 1939.”

Portada del ABC de Madrid con la noticia de la victoria republicana en el Santuario.

Portada del ABC de Madrid con la noticia de la victoria republicana en el Santuario.

Para completar el cuadro de leyendas, la imagen de la Virgen de la Cabeza, de profunda veneración popular por la población jiennense, desaparece. Mucho se ha especulado sobre ella: su destrucción durante los bombardeos -o por los “rojos” una vez que el Santuario estuvo en su manos-, su ocultamiento por el capitán Cortés para evitar su destrucción -aunque su comportamiento piadoso en la práctica deje bastante que desear-. Nuevamente, en Wikipedia vemos que su paradero es un absoluto misterio y que tuvo que hacerse una nueva imagen en 1949. La imagen de hoy en día es, efectivamente, la repuesta de finales de los cuarenta. Sin embargo, el paradero de la otra no era tan misterioso: ABC, el que durante la guerra fue en zona gubernamental, Diario Republicano de Izquierdas y órgano del partido Unión Republicana sucesivamente, al volver por sus tradicionales y monárquicos fueros revelaba que la venerada imagen de Nuestra Señora era encontrada en el domicilio de un conductor profesional, en la capital del Turia. El traslado -¿quién sabe?-pudo ser efectuado o bien por algún particular -puede que uno de los detenidos tras la rendición del Santuario- o por el organismo republicano de la Junta de Conservación del Patrimonio Artístico Nacional, porque no toda la labor de los “rojos” en cuanto al arte religioso consistía, como afirma Arrarás en lo que respecta a lo que le sucedió a la talla de la Virgen, en “dar con ella y destruir la imagen a machetazos”

Miguel Hernández escribía en la prensa del frente: “¿Quiénes son los héroes? Entiendo por heroísmo un movimiento del corazón que arrastra el mayor peligro por defender y salvar desinteresadamente algo que ocupa lugar en la pureza de sus sentimientos. A los guardias civiles de Sierra Morena se les puede considerar valientes, pero para ser héroes andan demasiado manchados de sucios intereses.” Cobo Romero, lejos del tono combativo que exhibe el poeta de Orihuela en aquellas páginas para los soldados de la República, afirma que “no es menos cierto que los asediados actuaron con valentía y eficacia en todo momento, pero desde luego parece del todo improbable que resistiesen nueve meses en sus posiciones tan sólo porque fuesen valerosísimos portadores de un espíritu de puras y exaltadas pasiones nacionales.”

INMERECIDOS HOMENAJES A UN TRAIDOR

Los republicanos habían trasladado al Santuario un grupo de guardias civiles, sus familias y personas de a pie con objeto de proteger sus vidas en los primeros momentos de la sublevación y la revolución social que desencadenó la anterior en la zona bajo control -o bajo la autoridad, más bien- del gobierno. Santiago Cortés y un grupo de oficiales (Rueda, Reparaz, Cueto), que habían enmascarado sus intenciones golpistas en Jaén al ver que en esta provincia el levantamiento no tendría éxito aprovechan este gesto para convertirlo en fortaleza de su traición a la República, esperando que más pronto que tarde podrán sumarse a las fuerzas de Queipo. La jugada les salió mal, y estuvieron lejos de convertirse en la versión andaluza de Moscardó -como escribe Artur London, de ser para Andalucía lo que el Alcázar fue para Castilla-. La propaganda franquista, que aquí se ha tratado de desmontar a través de investigaciones y testimonios de la época, trató de convertir post mortem a Santiago Cortés y los suyos en lo que ellos no consiguieron -bien porque no pudieron, o porque no quisieron, e incluso en el momento final pudieron hacer, porque Porcuna y Lópera, en sus manos, estaban a poca distancia de Andújar y el Santuario- por la fuerza de las armas: unos héroes que resistieron a unas fuerzas increíbles, una suerte de David con mala suerte frente a Goliat.

En realidad, Santiago Cortés era una persona que había demostrado su escasa humanidad antes de su “gesta” cebándose con las personas más débiles, los trabajadores agrícolas e industriales de los pueblos a los que reprimió durante las huelgas y los acontecimientos de octubre de 1934, y no le importó sacrificar la vida de inocentes en aquellos meses -o semanas más bien- de asedio, negándose a aceptar la mediación de la Cruz Roja como antes había negado a aceptar cualquier compromiso en este sentido con las autoridades de la República. Y demostró además ese talante con su traición al gobierno legítimo, el de la República. Es inconcebible que una persona con estas “cualidades morales” siga teniendo hoy día espacio en el callejero en ciudades y pueblos de un estado democrático como tantos otros con mayor relevancia militar del bando “nacional” en la guerra española (y con las misma ética o peor) o de ser erigido en representante de las cualidades de la Guardia Civil moderna, y más aún cuando uno de estos homenajes es un colegio público en el distrito madrileño de Carabanchel, donde resido. Cabe preguntarse pues si es el capitán Cortés un ejemplo para las futuras generaciones, y si la respuesta es afirmativa o, como suele suceder indiferente (“esto pasó hace muchos años”, “no hay que remover viejas heridas”, etc.) preguntarnos por qué clase de niños serán los adultos del futuro, si serán de aquellos que (otra vez) dejarán de recordar el pasado para repetirlo de nuevo.

FUENTES:

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), “Asedio del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza”.

Francisco Cobo Romero, “El asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza durante la guerra civil (un intento de desmitifación)”. Jaén, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, Julio/Diciembre 2000, Tomo I, Págs. 101-137.

Mariano Maroto García, “El asedio del Santuario de Santa María de la Cabeza”, Leganés, 15/11/2009 (en ciudadanosporelcambio.com/mantenimiento/ficheros/Santuario.pdf)

Artur London, “Se levantaron antes del alba. Memorias de un brigadista internacional en la guerra de España”. Barcelona, Península, 2010.

Miguel Hernández, “Crónicas de la guerra civil. Un poeta en el frente”. Madrid, Público/Sol90, 2009.