Somalia o la intervención del FMI para destruir un país

SOMALIA-HAMBRE-22La anterior secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, quien fuera uno de los más fuertes apoyos de George W. Bush en su decisión de invadir Irak y ex consejera de una importante compañía petrolera norteamericana, “compró” una teoría de base claramente reaccionaria con respecto a África en tiempos recientes. Stephen Krasner, quien fue nombrado por Rice jefe de planeamiento político del Departamento de Estado, había propuesto una nueva forma de gobierno compartido para los países africanos que conllevara una intervención directa en la administración por parte de las potencias desarrolladas, incluyéndose entre éstas las antiguas metrópolis coloniales. Más allá de la consideración de que esta intervención ya se da, no de manera encubierta, sino a través de agentes de las llamadas instituciones de Bretton Woods (como el FMI o el Banco Mundial, cuyo papel se analizará en este artículo en un contexto muy concreto pero ilustrativo de hasta dónde pueden llegar), la idea subyacente es la de achacar el fracaso en la viabilidad de las naciones independientes de África a los propios africanos, prosiguiendo con una idea que la administración Truman ya tenía en los años de la posguerra mundial (y con la que justificaba el intervencionismo norteamericano). Examinando la Historia a través de esta premisa revisionista, el papel del colonialismo era mucho más benévolo que lo que ha demostrado ser la existencia de las naciones africanas libres, aun cuando se omite que la libertad política obtenida a través de la independencia no fue completa y que el colonialismo dejó paso a una nueva forma de dependencia, transformando el continente en un terreno de juego donde intervinieron intereses de las superpotencias y de las antiguas metrópolis, o que algunos males actuales -en el terreno económico, el social o el político- son herederos de la etapa de dominio europeo.

Esto no significa que no exista responsabilidad en los encargados de llevar las riendas de los destinos de las nuevas naciones africanas, cuya política torpe a veces, corrupta otras y en otras ocasiones brutal contribuyó a hacer de un continente rico en recursos -y que padece la sobreexplotación a bajo precio de los mismos, para mayor gloria de compañías extranjeras- un solar de vida insoportable para la inmensa mayoría de su población. Pero incluso en esa caso cabe preguntarse por qué unos defensores nominales de la democracia, la libertad, el progreso y los derechos humanos optaron por apoyarles y hacer negocios con ellos e incluso facilitarles el acceso al poder mediante la liquidación de sus oponentes políticos. En los años inmediatamente posteriores a las independencias, fueron asesinados numerosos líderes populares cuyas tendencias panafricanas, progresistas o neutralistas no eran del agrado de las viejas metrópolis. El caso paradigmático fue el del líder congoleño Patrice Lumumba, que ya se analizó aquí anteriormente, pero hubo más. Kwame Nkrumah, el líder de la independencia de Ghana y una de las figuras más destacadas del panafricanismo, que fue obligado a excluir del poder a los comunistas si quería que el país accediera al autogobierno, fue derrocado en un golpe en 1966 que tiene todas las trazas de haber sido ideado por la CIA. Sylvanus Olympio, primer presidente de Togo, opinaba que los países de África debían permanecer alejados de las luchas de la guerra fría y centrar sus energías en el desarrollo de sus pueblos; en 1963, tres años después de la independencia, era asesinado en el transcurso de un golpe de estado patrocinado por Francia que colocó en el poder al sargento Etiénne Gnassingbé Eyadema. Cincuenta años después, el poder está en manos de su hijo, y entre los dos Gnassingbé han servido a los intereses de las corporaciones francesas y arruinado la economía local. La situación se repitió en Ubangui-Chari, la actual República Centroafricana, donde el prestigioso líder local Boganda fue derrocado por el antiguo sargento del ejército colonial Jean-Bedel Bokassa, coronado posteriormente emperador Bokassa I y cuya amistad con el presidente de la República Francesa Giscard d’Estaign era asunto peliagudo en el Elíseo. Otro caso, mucho más llamativo por la forma, fue el envenenamiento del presidente camerunés Félix Moumié, por un agente francés que se había hecho pasar por periodista. Incluso a la hora de evaluar la incompetencia de los líderes africanos, se debe mirar a qué sectores e intereses favorece esa incompetencia y qué ocurrió con las alternativas a los mismos.

El caso que nos ocupa, Somalia, va más allá de los tópicos habituales, y que son además fundamento del modo de tratar las noticias sobre este país en los medios, sobre la incapacidad africana para el autogobierno, la fatalidad que se cierne sobre el continente o las explicaciones algo más elaboradas, pero que por desgracia también se quedan en la superficie, sobre las raíces étnicas o religiosas de los conflictos. En Somalia se acumularon las causas que llevaron a que en esta nació del Cuerno de África tuviera lugar la manifestación más palpable de lo que Josep Fontana ha definido como un suicidio provocado, en contraposición a lo que un periodista, Stephen Smith, opinaba era un “suicidio asistido”. En cierto modo, ambas afirmaciones pueden compensarse, pues lo que ha sido una “asistencia” del Fondo Monetario Internacional, institución que hoy día se ha convertido en el santo grial de la economía neoliberal y, por razones que quedan bien patentes, en la encarnación del demonio para los pueblos que sufren sus políticas -incluidos los de una Europa meridional que hasta hace poco nos considerábamos parte del mundo rico y desarrollado- lo que ha provocado el suicidio en que hoy vive Somalia, y que puede repetirse en cualquier otro lugar. Vistas las graves crisis sociales de Argentina o Grecia en fechas no muy lejanas, parece que al FMI, el Banco Mundial o la UE no le faltan ganas.

SOMALIA ANTES DE SU ESTALLIDO

El 1 de julio de 1960, Somalia accedía a la independencia, formada por los territorios de las antiguas colonias de la Somalia italiana (que tras la SGM se transformó en un fideicomiso o mandato temporal de la ONU administrado por Italia y con la participación de terceros como asesores) de la Somalilandia británica. Un tercer territorio, la pequeña Somalia francesa, al norte, se mantuvo como un dominio francés denominado “Territorio Francés de los Affars y de los Issas”, que posteriormente alcanzó la independencia con el nombre de Djibuti o Yibuti.

El fondo de la bandera de Somalia tiene el mismo color azul que la de la ONU, organización a la que rinde homenaje por su apoyo para la independencia. Las cinco puntas representan los cinco territorios donde viven somalíes, tres de ellos fuera de las fronteras del país: la ex Somalilandia británica, la antigua Somalia italiana, Yibuti, Ogadén (en Etiopía) y la frontera norte de Kenia. El reparto o desmembración de la población somalí en diversos estados ha traído consigo conflictos fronterizos entre Somalia y sus vecinos, el más importante con Etiopía.

El fondo de la bandera de Somalia tiene el mismo color azul que la de la ONU, organización a la que rinde homenaje por su apoyo para la independencia. Las cinco puntas representan los cinco territorios donde viven somalíes, tres de ellos fuera de las fronteras del país: la ex Somalilandia británica, la antigua Somalia italiana, Yibuti (antigua Somalia francesa), Ogadén (en Etiopía) y la frontera norte de Kenia. El reparto o desmembración de la población somalí en diversos estados ha traído consigo conflictos fronterizos entre Somalia y sus vecinos, el más importante con Etiopía (Wikipedia en español, es.wikipedia.org).

Somalia es un país fértil a pesar de estar azotado de vez en cuando por recurrentes sequías y la pesca en el golfo de Adén y la ganadería han sido históricamente dos de sus principales recursos, especialmente la segunda, pues la importación de carne a los países del Golfo Pérsico y a Arabia Saudí, para el consumo en los sacrificios de los peregrinos de La Meca, había servido al país para comprar alimentos en los momentos de escasez. En la década de los sesenta y setenta del siglo XX, Somalia era un país autosuficiente en la producción de alimentos, y las sequías, a las que se suele aludir hoy de forma simplista, no eran motivo para desatar las hambrunas que se padecen en nuestros días. “La sequía puede agravar los problemas alimentarios, pero no basta para explicar las causas del hambre. De hecho, Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padecen hambrunas extremas”, explica en un artículo el periodista Enrique Javier Díez.

Imagen de Mogadiscio, capital de Somalia, en los años sesenta.

Imagen de Mogadiscio, capital de Somalia, en los años sesenta.

Antes de los años ochenta, los sucesivos gobiernos somalíes de Abdirashid Alí Shermarke y el coronel Mohammed Siad Barré -tras el golpe de estado que le aupó al poder en 1969- llevaron a cabo programas de apoyo a la producción agrícola y ganadera, que incluían la regulación de los mercados de cereales, la prestación gratuita de asistencia veterinaria o el reasentamiento de pastores nómadas que permitió el florecimiento de un sector ganadero comercial, al tiempo que existía una economía de intercambio entre el sector ganadero nómada y el sector agrícola sedentario, que cambiaban ganado por cosechas. La pesca, en unas aguas en las que no existía contaminación ni depredación por parte de empresas europeas o asiáticas, completaba el cuadro de una economía esencialmente dedicada al sector primario, con pequeñas actividades extractivas y de servicios, entre estas últimas los desempeñados por el estado, como la asistencia sanitaria o la educación.

Aun con un nivel modesto, Somalia presentaba una economía y unos estándares de vida bastante aceptables en relación con otros países de su entorno, y en especial con lo que sobrevendría con posterioridad. No conocía tampoco conflictos étnicos (el 96% de la población es somalí y aunque se divide en diferentes etnias pertenece a un tronco común), religiosos (el Islam suní es la religión de casi el cien por cien de los somalíes) ni lingüísticos (la lengua somalí es de las más antiguas lenguas africanas de las que se realizaron estudios, y la influencia de las lenguas coloniales como el italiano fue perdiendo fuelle tras la independencia). La estructura federal del país permitió a los clanes y los grupos étnicos somalíes, así como los grupos minoritarios, sentirse más cómodos en la nueva nación.

Playa Lido, en las proximidades de la capital, a principios de los años ochenta. Esta imagen corresponde a una exposición organizada en Kenia por Rasna Warah en 2012 con imagenes rescatadas por el antiguo director del Museo de Mogadiscio, Mohamed Dirye (http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/08/actualidad/1339168119_500902.html)

Playa Lido, en las proximidades de la capital, a principios de los años ochenta. Esta imagen corresponde a una exposición organizada en Kenia por Rasna Warah en 2012 con imagenes rescatadas por el antiguo director del Museo de Mogadiscio, Mohamed Dirye (http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/08/actualidad/1339168119_500902.html)

EL PRIMER CONFLICTO: EL OGADÉN

Numerosas naciones del continente han vivido y viven amenazadas por la inestabilidad social interna debido a que en el interior de sus fronteras conviven grupos étnicos y religiosos muy diferentes, e incluso a veces enemigos declarados. El intelectual africano Ousmane Sy reflexionaba, de hecho, en la trampa en la que habían caído los propios estados africanos al aceptar, tras su independencia, las fronteras trazadas por los colonizadores europeos, consolidándose de tal manera “una nacionalidad única y homogénea sobre un territorio ocupado por comunidades caracterizadas por su gran diversidad humana y lingüística”. El estallido de conflictos tras la independencia fue una consecuencia desgarradora de esta aceptación, inclusive por la propia Organización para la Unidad Africana, que reproducía patrones propios de la conducta de las potencias colonizadoras, para las cuales el mantenimiento de roces entre etnias distintas favorecía que no pudieran unirse contra el colonizador en una lucha común. El conflicto en Ruanda (y que posteriormente se exportó a los vecinos Congo y Burundi), con el resultado del brutal genocidio de tutsis y hutus moderados por parte de hutus enfervorizados, partía de la diferenciación y el trato preferencial en la administración colonial dado a los segundos por la propia Bélgica. En los años posteriores a la colonización, las potencias y los propios gobiernos de los nuevos estados independientes africanos continuaron con esta política étnica, favoreciendo sus propios intereses y para, de ese modo, convertir a la etnia rival sea un chivo expiatorio a los males del país. Como explica Josep Fontana, “el enfrentamiento étnico, que permite echar las culpas de la pobreza a un enemigo interno, tiene la ventaja de impedir que lleguen a crearse alianzas de clase que pudieran unir al conjunto de los explotados contra las camarillas que los explotan”.

En el caso de Somalia, como se ha mencionado, las diferencias étnicas no han estado presentes, pero el problema del trazado de fronteras -y la consideración de inicio de la OUA de que esas fronteras heredadas del colonizador eran inamovibles- sí que generó un primer conflicto con los estados vecinos, especialmente con Etiopía, debido a la importante presencia de población somalí en ellos. La naciente Somalia aspiraba a agrupar en una única nación a todos los somalíes, y por ese motivo hubo choques fronterizos con Kenia y una cierta preocupación en la Somalia francesa/Yibuti.

La derrota de Italia en la SGM, que le obligó a deshacerse de sus colonias en África, pronto independizadas (Libia) o convertidas en mandatos temporales con fecha de caducidad (Somalia) favoreció a la Etiopía que Mussolini había invadido en 1935 y que los británicos y la resistencia etíope liberaron en 1942. Etiopía se anexionó la hasta entonces colonia italiana de Eritrea, al NE, a orillas del Mar Rojo, concediéndole al imperio de Haile Selassie una salida al mar. El problema fue que esta anexión, motivada por la necesidad de darle una salida al mar a Etiopía, se hacía de forma desmesurada y con el territorio de un país que en el pasado, y en el futuro, había tenido luchas con el imperio abisinio. Eritrea, que en un principio se incluyó como un estado federado, perdió tras el derrocamiento fallido en 1960 de Haile Selassie por el golpe del coronel Mengistu Haile Mariam (el posterior jefe de la República Socialista) tal condición y se convirtió en una provincia más del país, iniciándose una larga lucha por la independencia que duró hasta la caída del régimen de “socialismo etíope” de Mengistu en 1993.

La antigua Abisinia no solo no tenía salida al mar sino que era en tiempos anteriores a la presencia colonial en África más reducida en extensión. En 1897 y 1907, dos acuerdos angloetíopes permitieron a Etiopía anexionarse el territorio del Ogadén, limítrofe con la Somalia británica y habitado por somalíes -además de ser un territorio utilizado por pastores nómadas somalíes en busca de pastos para su ganado-, cuya anexión se ratificó tras el conflicto mundial. Tras la independencia de Somalia, el gobierno de Mogadiscio solicitó en repetidas ocasiones la celebración de un referéndum de autodeterminación para el Ogadén, hasta que en 1964 se produjeron los primeros enfrentamientos, que terminaron con la mediación de la ONU y la OUA para crear una zona desmilitarizada.

Sin embargo, el problema seguía latente y en 1969 Mohammed Siyad Barré daba un golpe de estado que derribaba al gobierno de Alí Shermarke, que moriría asesinado. Siyad Barré estableció la República Democrática de Somalia, un estado marxista como el que a mediados de la década siguiente se proclamaría en la vecina Etiopía. Durante esta época, Somalia mantuvo estrechas relaciones con la Unión Soviética, a quienes, a cambio, les permitió usar como base el puerto de Berbera, en el golfo de Adén.

Mohamed Syiad Barré se alzó con el poder en 1969 y dirigió los destinos de Somalia hasta su derrocamiento en 1991. Primero dirigió el país bajo un modelo socialista, pero el apoyo de la URSS a Etiopía en la guerra del Ogadén le llevó a girar su política hacia los Estados Unidos.

Mohamed Syiad Barré se alzó con el poder en 1969 y dirigió los destinos de Somalia hasta su derrocamiento en 1991. Primero dirigió el país bajo un modelo socialista, pero el apoyo de la URSS a Etiopía en la guerra del Ogadén le llevó a girar su política hacia los Estados Unidos.

En 1977, Siyad Barré, aprovechando la mala situación por la que pasaban sus vecinos etíopes, decidió volver a atacar la disputada región del Ogadén. La URSS medió entre Addis Abeba y Mogadiscio para que se llegara a un alto el fuego, pero al no conseguirse este cese de las hostilidades y no poder ayudar a ambos bandos, decidió apoyar a Etiopía, que aparecía como víctima de la agresión somalí. La guerra se decantó del lado etíope gracias a este apoyo soviético y Siad Barré rompió relaciones con la URSS, volviéndose hacia los Estados Unidos.

EL CARO PRECIO DE LA DEPENDENCIA DE OCCIDENTE

El resultado de la derrota en el Ogadén fue que el país tuvo que acoger a más de seiscientos mil refugiados procedentes de esta región, pero a la larga la vuelta hacia los brazos de Occidente del régimen de Siyad Barré fue el primer paso en el camino a la catástrofe actual. Los EE.UU. comenzaron a proporcionar armamento y excedentes agrícolas, pero el final de la guerra fría hizo que cesara la ayuda militar en 1988 y al año siguiente la económica.

En los años ochenta comenzaba el desastre económico que condujo al colapso del país. La intervención de las instituciones económicas y financieras internacionales, introduciendo programas de ajuste draconianos, llevó al colapso de la economía local, al fin de la autosuficiencia alimenticia de Somalia y sembraron las semillas del caos que iba a reinar con posterioridad.

El desembarco de los agentes del FMI y los excedentes agrícolas enviados por Estados Unidos mermaron esa autosuficiencia. El plan del Fondo para pagar la deuda exterior -inspirado en un “sedicente fundamentalismo de mercado”, escribe el miembro de ATTAC Catalunya Joan García Sáez- recortó las ayudas a la producción; suprimió la atención veterinaria pública (crucial para un sector tan importante como era el de la ganadería); devaluó el chelín somalí (haciendo casi imposibles las compras en el exterior, lo que combinado con el recorte de las ayudas fue mortal para el desarrollo del sistema productivo, además de que a la devaluación inicial de 1981 le siguieron devaluaciones periódicas que supusieron fuertes subidas en el precio del combustible, fertilizantes y otro tipo de productos agrícolas”, escribe el economista Michel Chossudovsky); impuso fuertes recortes de plantilla de funcionarios (un 40% fueron expulsados) y se redujo el gasto en sanidad, educación e infraestructuras. Para colmo, el envío de excedentes agrícolas procedentes de EE.UU. (los envíos se multiplicaron por 15 en una década) arruinó aún más a los agricultores, pues la venta de grano a precios sin competencia y la entrada de productos en el mercado local sin restricciones -recordemos que una de las condiciones impuestas por el FMI a los países obligados a aceptar sus propuestas es la rebaja o la supresión de los aranceles- respecto a los tradicionales, junto a las medidas antes mencionadas, terminaron de destruir las explotaciones locales y fue una de las causas de las actuales hambrunas. Además de que cambió los patrones tradicionales de alimentación, sustituyendo el maíz y el sorgo por el arroz y el trigo, y en la actualidad existen muchos casos en que la ayuda alimentaria del Programa Mundial de Alimentos acaba cayendo en manos de contratistas privados, rebeldes o incluso personal de Naciones Unidas que hacen negocio con ella, según denuncia la propia ONU. Una situación que, por desgracia, no es privativa de Somalia.

El colapso económico fue magnífico. Las devaluaciones de la moneda y los despidos de funcionarios trajeron consigo un empobrecimiento de la población urbana que se tradujo, además (pues los sueldos en el maltrecho sector público habían bajado en 1989 un 90% en comparación con las cifras de mediados de la década de 1970, lo cual contribuye a explicar el colapso sufrido por la administración somalí en vísperas de la guerra civil), en un descenso en el consumo de alimentos. La caída en la inversión en salud, educación o infraestructuras llevó a que, como expone Chossudovsky, en 1989, el gasto sanitario había descendido un 78% en relación con respecto al de 1975. Según los datos del Banco Mundial, el gasto por alumno de primaria en 1989 era de alrededor de 4 dólares por año, descendiendo de los 82 dólares de 1982. De 1981 a 1989, las matriculaciones en escuelas primarias cayeron un 41%, a pesar del importante aumento registrado de la población en edad escolar. Libros y material escolar desaparecieron de las aulas, los edificios se deterioraron y casi un cuarto de las escuelas primarias del país tuvo que cerrar. Como ejemplo de la gravedad en la situación de las infraestructuras, los pozos no pudieron mantenerse y o bien se secaron o sus aguas se volvieron imposibles de utilizar para su consumo, o bien fueron privatizados. Las explotaciones agrícolas cayeron en manos de sectores vinculados al régimen o de otros inversores privados, mientras los agricultores pequeños tuvieron que desplazarse a las ciudades, habitando, como en otras muchas ciudades africanas, barrios miserables sin posibilidad de encontrar empleo. La ganadería, sin las ayudas ni la prestación de asistencia veterinaria (unida al aumento del precio de las vacunas y medicamentos que habían de importarse), sufrió un revés terrible cuando la aparición de enfermedades hizo que los tradicionales compradores, Arabia Saudí y los emiratos del golfo, optaran por proveerse de carne australiana o europea, mucho más fiable. Y, con todo ello, las medidas de ajuste con objeto de poder pagar la deuda no permitieron hacer frente a la misma, sino que la aumentaron, representando en 1989 casi el doscientos por cien de los ingresos por exportaciones.

Con estos datos, que sucediesen los hechos que tuvieron lugar en Somalia en 1991, que pusieron fin al régimen de Siyad Barré, y en 1993 en Mogadiscio, con la fracasada (y desastrosa en su planteamiento) misión estadounidense para capturar a uno de los señores de la guerra locales, Aidid -hechos en los que se basa el film “Black Hawk: Derribado”-, que dieron comienzo a la desestructuración de Somalia, a su catalogación como “estado fallido” y al agravamiento de los males de los somalíes, no es extraño que tales cosas tuvieran lugar. El FMI y el Banco Mundial se habían empeñado, sin conocimiento alguno de la realidad del país, en poner en marcha sus recetas habituales de “saneamiento” económico, y una vez más habían acabado con el fracaso rotundo, quizá el más rotundo de todos, aunque posiblemente este fracaso haya sido consciente, con tal de beneficiar a un sector privado internacional cuyos intereses se han visto grandemente beneficiados en el caos somalí.

LOS AGENTES EN PRESENCIA… Y EN LA DISTANCIA

imagesEn 1988 la guerra civil comenzaba, justo cuando el nuevo rumbo de la guerra fría -por especial voluntad del líder soviético Gorbachov, que necesitaba “soltar lastre” de sus anteriores aliados para emprender las reformas internas en la URSS- hacía prescindibles a ojos de los EE.UU. a aliados anticomunistas en África como Mobutu, el régimen de apartheid en Sudáfrica o el propio Siyad Barré. Éste huyó en 1991 cuando Mogadiscio fue tomada por una de las facciones en que se había dividido la oposición armada, el CUS (Congreso Unido Somalí) del antes mencionado Aidid. En el norte, el Movimiento Nacional Somalí de Mohamed Ibrahim Egal proclamó la independencia de lo que era la Somalia británica, que adoptó el nombre colonial de Somaliland o Somalilandia, y que, independiente de facto, no ha sido reconocida internacionalmente. En el sur, dominaba el MPS o Movimiento Patriótico Somalí, cuyas matanzas desencadenaron en 1998 la proclamación del estado autónomo de Puntland, en el extremo del Cuerno de África que cierra el mar Rojo y que es la zona donde actúan los pescadores somalíes obligados a la realización de la piratería para poder subsistir, y que es un refugio para los miembros del clan Darod. Al contrario que Somalilandia, Puntlandia no ha proclamado su independencia, sino que quiere mantenerse en el seno de Somalia. Los líderes de las facciones, cuyo comportamiento ha sido el de “señores de la guerra”, ejercieron su control sobre sus zonas de influencia que las convertían en reinos de taifas, apoyándose en una población civil y en un antiguo funcionariado empobrecidos o desmotivados para ejercer sus funciones por las políticas de ajuste y para quienes estos caudillos aparecían como una tabla de salvación, e incluso contando con apoyo de los “cascos azules” de la ONU -y la incompetencia de los líderes internacionales- para evitar ser capturados. Un caso de esto fue la colaboración de los cascos azules italianos con Aidid para evitar su captura en Mogadiscio en 1992 por parte de las fuerzas mandadas por el presidente norteamericano George Bush, que quiso despedirse de la presidencia con una intervención que realzara el papel de Estados Unidos como potencia imprescindible en el mundo post guerra fría. Su hijo George W. Bush tampoco acertó al enviar a luchar contra las milicias de Al-Shabaab a las tropas de Etiopía, odiadas por la población somalí.

Mapa de la situación en Somalia en 2014. El territorio de Somalilandia, independizado unilateralmente, cuenta con una estructura de gobierno más estable que la propia Somalia y aunque no está reconocido internacionalmente, sí mantiene relaciones comerciales con países del entorno e incluso europeos.

Mapa de la situación en Somalia en 2014. El territorio de Somalilandia, independizado unilateralmente, cuenta con una estructura de gobierno más estable que la propia Somalia y aunque no está reconocido a nivel internacional, sí mantiene relaciones comerciales con países del entorno e incluso europeos.

La situación en los primeros años del siglo XXI se ha agravado por la introducción en el escenario bélico somalí de la Unión de Tribunales Islámicos, que domina en buena parte del sur del país, y las milicias de Al-Shabaab, la rama somalí de Al-Qaeda, que vienen realizando atentados en Somalia y en otros países vecinos como Kenia, y suponen un quebradero de cabeza al recientemente formado gobierno provisional de Mogadiscio. Lo grave del caso es que Arabia Saudí y agencias de inteligencia occidentales, denuncian Jorge Sáez y Michel Chossudovsky, contribuyen financiera y armamentísticamente a las milicias y a la coalición de los Tribunales Islámicos al tiempo que proclaman su lucha contra el terrorismo integrista islámico. Parte de este apoyo está motivado en la explotación de los recursos petrolíferos del subsuelo del país, en cuya pugna entraron, en primera instancia, cuatro empresas norteamericanas: Conoco, Amoco, el gigante Chevron y Phillips. Conoco Inc., curiosamente, fue la única gran multinacional capaz de mantener una oficina en la capital somalí durante el bienio de caos de 1991-1992. Todas estas compañías esperan la pronta pacificación del país para explotar las reservas petrolíferas que potencialmente existen en el subsuelo somalí.

Pero hay un factor más que tiene que ver con noticias que vemos con bastante asiduidad últimamente en televisión en relación a Somalia y que suele pasar desapercibido a la hora de explicar lo que ocurre. La destrucción del Estado causada por la guerra civil y la ausencia de estructuras políticas y administrativas, consecuencia de esa guerra y también del programa de privatizaciones, ajustes y despidos diseñado previamente en el sector público, permitió a las compañías occidentales (últimamente también chinas e indias, cuya intervención económica en el continente es creciente), especialmente las petrolíferas, pero también las grandes compañías pesqueras dedicadas a la pesca de arrastre, contaminar y esquilmar las aguas somalíes, una de las bases de sustento alimentario de la población en época de sequía y escasez consiguiente de cosechas, además de privar de su empleo tradicional a los pescadores de Puntlandia. No resulta extraño que los pescadores de la región hayan decidido, con las armas que tradicionalmente han tenido en sus manos para defenderse de la intromisión de grupos rebeldes, o ahora de la Unión de Tribunales Islámicos o de Al-Shabaab, lanzarse a la piratería y pedir rescates por las tripulaciones de aquellos buques a quienes ven como depredadores sin escrúpulos.

Oficiales de la fragata portuguesa "Alvares Cabral" identifican a cinco presuntos piratas en el Golfo de Adén.

Oficiales de la fragata portuguesa “Alvares Cabral” identifican a cinco presuntos piratas en el Golfo de Adén.

El lanzamiento de la Misión Atalanta se ha configurado como una defensa de los pescadores, de un conjunto de trabajadores honrados que es hostigado por un grupo de salvajes (Somalia, como aparece como un país de caos y violencia sin más análisis que el de la fatalidad del destino de los países africanos, vuelve a estar envuelto por esa ola de racismo y determinismo histórico que divide a los pueblos en civilizados y “subdesarrollados”) armados hasta los dientes. Pero lo que parece más bien es como una nueva misión de defensa de intereses económicos privados, de intervencionismo económico-militar.

UNAS ÚLTIMAS PALABRAS

La distancia de Somalia con Grecia o Argentina nos parece enorme. Quizá puede parecerlo porque un punto de racismo también ha penetrado en nosotros y creemos que esas cosas sólo pueden pasar en contextos africanos y no en europeos o americanos más o menos desarrollados. Algo parecido, sin embargo, se dio también en el contexto europeo. Las guerras en Yugoslavia tuvieron también, con ligeros matices, un componente de intervención del FMI con la imposición de políticas de ajuste que destruyeron la solidaridad federal e introdujeron rencores entre las repúblicas más fuertes económicamente de Yugoslavia (Eslovenia y Croacia) y las menos, junto con lo que Poch-de-Feliu denunció como una nueva intromisión de la Alemania reunificada y de Austria en los Balcanes para destruir la Federación creada por Tito, al igual que en los años previos a la PGM urdieron una trama de embustes para implicar a Serbia en el atentado de Sarajevo que costó la vida al heredero al trono austro-húngaro.

Todo esto lo quiero traer a colación por el simple motivo de que en el mundo, el que se configuró como Tercer Mundo, el mundo que Sylvanus Olympio definió como el mundo de naciones que habrían de dedicar sus esfuerzos al desarrollo de sus pueblos, más que determinismos hay determinaciones, y parece que la determinación del FMI, del Banco Mundial y ahora de la UE parece no crear una estructura económica estable, próspera y desarrollada para los pueblos y los negocios. Podemos intuir que lo que les importa es hacerlo para los segundos, pero dudo mucho de que a la larga el camino escogido sea beneficioso sin añadir bienestar para los primeros y las naciones en que viven. Los errores que parecen no ver se han ido repitiendo en todos los continentes y han generado estallidos de violencia o la necesidad de enmendar el error por otra vía: los “tigres asiáticos” de los que tanto se enorgullecían demostraron ser gatos de frágil porcelana; Latinoamérica fue un cúmulo de desastres que se ha ido recuperando a través de gobiernos, más o menos excéntricos, de izquierda frente a los gobiernos de derecha que hicieron seguidismo de sus doctrinas; y en Europa el camino de la prosperidad y del crecimiento que auguran algunos de sus líderes se traduce en cifras de desigualdad que nadie (salvo unos pocos locos tachados de extremistas) quiere reconocer. El camino recorrido por Somalia en estos últimos treinta años parece no haberles enseñado nada, así que o bien son idiotas o bien hacen buena la sentencia que el Chino, el regente de un conocido boliche de Palermo (Buenos Aires) que el filme “Bar el Chino” rescató, anunció al mundo desde su sabiduría popular: utilizan su inteligencia para hacer el mal, por lo que es mucho más sano y preferible ser tonto y hacer el bien.

FUENTES:

Natalya Netasheva, “Qué ha pasado en Somalia”, 07/09/2011, en http://natalyanet.tumblr.com/post/9914478621/que-ha-pasado-en-somalia

Enrique Javier Díez, “Somalia y el grito del hambre”, 08/08/2011, en Diario de León.es

Joan García Sáez (ATACC-Catalunya), “La hambruna en el cuerno de África tiene causas estructurales” en http://attac-catalunya.cat/download/Internacional/La%20hambruna%20en%20el%20cuerno%20de%20A%CC%81frica.23.pdf

“Somalia”, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Barcelona, Pasado & Presente, 2011.

“Etiopía”, en Diccionario Enciclopédico Abreviado Madrid, Apéndice I, Espasa Calpe, 1981

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