La Europa de posguerra: la guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

“No hay democracia sin socialismo; no hay socialismo sin democracia”

Rosa Luxemburgo

En 1944, Frank Thompson, enlace de los británicos con los partisanos yugoslavos que luchaban contra el ejército nazi en retirada de la Península Balcánica, escribía a su hermano, el historiador Edward Thompson las siguientes palabras en una carta: “Hay un espíritu en Europa que es más noble y más valioso que cualquier otra cosa que este cansado continente haya conocido durante siglos, y que no se podrá detener. Se puede, si se quiere, pensar en ello en términos de política, pero es mucho más amplio y más generoso que cualquier dogma. Es la voluntad confiada de pueblos enteros que han conocido los mayores sufrimientos y humillaciones, y que han triunfado sobre ellos para construir su propia vida de una vez y por siempre”. El propio destinatario de la carta escribirá años más tarde, cuando la “guerra fría” dividió el mundo en dos bloques enfrentados y las superpotencias surgidas tras la SGM, Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban dispuestas a luchar denodadamente por defender sus intereses en sus respectivas esferas de influencia, que “había otra alternativa en 1945. No creo que fuese inevitable que hubiese de realizarse la degeneración que se produjo en ambos bandos. Este fue un momento auténtico y no creo que la degeneración posterior, en la que hubo dos actores, el estalinismo y Occidente, fuese inevitable. Es necesario recordarlo y decir que este momento existió”.

Esta va a ser una historia con un final triste, que es el que por desgracia aconteció a lo que Josep Fontana ha definido como los proyectos de democracia avanzada que surgieron en Europa tras la caída del Reich hitleriano y sus regímenes satélites, y que estaban saliendo a la luz tras la victoria tanto en la parte occidental del continente como en la oriental, donde tuvieron lugar los experimentos llamados “democracias populares” que en pocos años degeneraron en la misma forma de dictadura estalinista que prevalecía en la URSS. Pero al mismo tiempo es la historia pocas veces contada de un momento en que el futuro de Europa y del mundo hubiera podido ser distinto, en que la frase de Rosa Luxemburgo del encabezamiento hubiera podido hacerse real tanto en los países de la Europa Occidental en que el avance de las fuerzas socialistas y comunistas podía dibujar una democracia nueva, no sólo en sus aspectos formales, sino en la de unos nuevos estándares de vida y de participación en la economía para las clases populares, como en los de Europa Oriental, donde la presencia del Ejército soviético y la inclusión de los comunistas en los gobiernos de frente nacional habría llevado a la construcción de un socialismo democrático en lugar de al comunismo opresivo que se extendió por ella. Contada como una historia de maldad soviética (algo que quedaba muy apropiado para un personaje de la calidad moral de Stalin) y de ansias por crear un imperio moscovita más allá de las fronteras de la URSS, en esta historia se ha omitido la labor torpe y sesgada ideológicamente de Churchill, el “premier” británico y la administración Truman, sucesor de Franklin Roosevelt en la presidencia de EE.UU., que convirtieron a la URSS de aliada a enemiga más que por los actos rusos por las respuestas a que Stalin y el Kremlin se vieron obligados a acudir como consecuencia de la labor realizada por aquellos. El resultado fue la caída en desgracia de aquel hermoso proyecto de progreso para la Europa en ruinas.

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

DEMOCRACIA POPULAR: ALGUNAS NOCIONES

El concepto de democracia popular ha sido estudiado desde el marxismo como una etapa de transición al socialismo en contextos particulares, en los que la vía revolucionaria tradicional no podía llevarse a cabo debido a circunstancias sociales, culturales o históricas que impedían la toma del poder por el proletariado de una forma inmediata, pero permitían, sin embargo, una consecución gradual del poder por los trabajadores.

A diferencia de la táctica parlamentaria de los socialistas del primer tercio de siglo, para quienes, tras el debate que surgió sobre la oportunidad o no de la revolución y la decisión sobre la consecución de la misma a través de los mecanismos de la democracia parlamentaria, la democracia popular surgió y surge en momentos singulares en que la lucha nacional (que puede inscribirse, como en el caso de la lucha antifascista en SGM o en de los movimientos anticoloniales, en un contexto internacional más amplio) hace necesaria una unión entre clases en que los intereses entre grupos sociales pueden ser coincidentes. Así, trabajadores industriales (proletarios), campesinos, pequeños propietarios y sectores de la burguesía progresista quedan incluidos en la democracia popular, frente a elementos colaboracionistas, grandes terratenientes, industriales o banqueros. En la cuestión económica, además, “es una forma de la dictadura del proletariado que toma cuerpo en países atrasados en los que las condiciones históricas, económicas, sociales y políticas plantean la necesidad de permitir y estimular durante un tiempo formas no socialistas de producción, incluyendo formas capitalistas.”

Hundiendo sus raíces en la revuelta de la Comuna de París, en la cual Karl Marx estuvo presente como enviado especial de un rotativo norteamericano, antes de la Segunda Guerra Mundial ya existieron experiencias cercanas a la democracia popular: la efímera experiencia -y muy criticada- de la República Popular de Hungría de 1918-1919 presidida por el aristócrata liberal conde Mijály Karoly, cuyo partido se alió con socialistas y los comunistas de Bela Kun (artífice de la posterior revolución bolchevique de Budapest), y la Segunda República Española durante la guerra civil, cuyo gobierno de Frente Popular con participación de demócratas de izquierda (republicanos), socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas vascos y catalanes, en precario equilibrio, realizó una serie de medidas sociales y económicas que, si bien no todo lo revolucionarias que algunos de sus elementos esperaban y deseaban (y en cuya contención tuvieron que ver los propios comunistas del PCE y el PSUC), representaban en cierta medida lo que posteriormente en Europa Occidental y Oriental iba a llevarse a cabo tras la contienda mundial que siguió al conflicto español. No en vano, y aunque no en el mismo sentido que tendría con posterioridad en el Este de Europa, el primer ministro Negrín, en uno de sus conocidos “Trece Puntos” sobre los objetivos de la lucha de la democracia española, anunciaba que se luchaba porque en España hubiera una “república popular” sostenida sobre principios democráticos y cuyo gobierno fuera en todo tiempo obediente a los designios del pueblo español. La influencia posterior de la República se dejó sentir en la Italia republicana de posguerra, cuya constitución se basó en la española de 1931 al proclamar, casi como un calco de ésta, una “República inspirada en el trabajo”.

El brigadista checoslovaco Artur London, en su obra “Se levantaron antes del alba”, deja algunas impresiones de lo que llama “una república democrática de nuevo tipo” que se estaba experimentando en la España republicana, y en el que están presentes algunas de las propuestas de los gobiernos de posguerra en Europa:

 “Durante la guerra, la República española sufrió profundas transformaciones. Se está muy lejos de la República de 1931, como de la de 1936. En los planos económico, social y político, el Frente Popular es una verdadera democracia […] Las industrias clave, las tierras, la banca, estaban en manos del gobierno del Frente Popular, que contaba con el apoyo de los obreros y campesinos. El ejército había perdido su carácter de casta y, salido del pueblo, defendía los intereses del pueblo […] La República puso la instrucción al alcance del pueblo y abrió a este todos los caminos hacia la cultura. La República satisfizo las reivindicaciones nacionales de Cataluña y Euzkadi. La toma de Galicia por los fascistas desde el principio de la guerra impidió al pueblo gallego disfrutar del estatuto especial que la República le concedió en octubre de 1936 (sic).

Cuando entró el Partido Comunista a formar parte del gobierno, su representante en él, Vicente Uribe, como ministro de Agricultura, emprendió la realización de la reforma agraria [en realidad, le dio continuación, aunque a un ritmo mucho mayor del ya de por sí rápido que tenía con el anterior ministro Ruiz-Funes], considerada primordial para el desarrollo y conclusión de la revolución democrático-burguesa…” En los trascendentes momentos de lucha antifascista desarrollada en España, y en su contexto europeo occidental, quizá sea más apropiado referirse al caso republicano español como un antecedente de la democracia avanzada, política y socialmente, que figuraba en los planes de los antifascistas italianos o en el de la resistencia francesa (Stéphane Hessel ha llegado a recordar en su influyente obra “Indignaos” que el Consejo Nacional de la Resistencia abogaba por la creación de un sistema de seguridad social y la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía, como la energía, los bancos o la minería).

Tendremos que volver más adelante a Artur London, pues será un personaje significativo al ser uno de los represaliados en los procesos estalinistas de Praga que se llevaron a cabo contra los comunistas que estuvieron luchando en España, y que dejó sus impresiones acerca de la decepción que supuso ver traicionados los ideales de transformación social por quienes suponía eran sus camaradas. De momento, lo que se observa es que, en el plano social y económico, las democracias populares no son en este estadio regímenes de dictadura del proletariado, sino alianzas interclasistas, ni economías socialistas (ni mucho menos de planificación centralizada, como la propia URSS), sino que en la misma conviven formas capitalistas como pequeñas y medianas propiedades y mercados libres. En el plano político, las democracias populares instauradas inicialmente en Europa Oriental no fueron tampoco dictaduras de partido único (aunque todas acabaron derivando hacia tal fórmula, salvo en la República Democrática Alemana, aunque allí también se desarrollaría el control de facto del Partido Socialista Unificado), sino que se instituyeron gobiernos provisionales multipartidistas (frentes nacionales o populares) y en las primeras elecciones de posguerra los parlamentos elegidos tuvieron representación varios grupos políticos.

Tras la SGM, en lo que conocimos políticamente como Europa del Este sólo había tres países en los que se implantaron regímenes comunistas, mientras en el resto dominaban los gobiernos de coalición con participación de los partidos comunistas locales. Estos tres países eran Yugoslavia y Albania, donde el triunfo de los partisanos de este partido llevó al poder a Josip Broz y Enver Hodja respectivamente, y Bulgaria, donde el triunfo de un golpe de Estado -sin que hubiera protestas occidentales, por una razón particular que examinaremos a continuación- de signo comunista llevó al derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República Socialista en 1944.

El líder yugoslavo Josip Broz "Tito" en su época de líder partisano.

El líder yugoslavo Josip Broz “Tito” en su época de líder partisano.

YALTA, LA CUESTIÓN DE POLONIA Y LA GUERRA CIVIL GRIEGA

La conferencia de Yalta (Crimea, URSS) fue la última en la que estuvieron presentes los tres líderes de las potencias aliadas que habían desempeñado su cargo desde el comienzo de la contienda bélica y representaban, de alguna manera, el espíritu de resistencia de sus respectivos países: Winston Churchill, el combativo primer ministro de Gran Bretaña, apodado “el Viejo León”; Franklin D. Roosevelt, ya muy enfermo, como presidente de los Estados Unidos y el único que había sido tres veces elegido como el más alto magistrado de la República Norteamericana; y Josif Stalin como mariscal y líder supremo de la Unión Soviética. El ambiente era amistoso y en él los tres grandes acordaron tres puntos clave para el futuro europeo: la división de Alemania en tres zonas de ocupación -a la que luego se le añadió la cuarta zona, correspondiente a Francia-, la entrada de la URSS en la guerra contra Japón una vez tuviera lugar la derrota de Hitler en Europa y la cuestión de Polonia, con unas nuevas fronteras y un nuevo gobierno provisional. Además, Roosevelt había acordado la extensión de un plan de ayuda a la Unión Soviética para su economía, extraordinariamente maltrecha por la campaña bélica de la “Operación Barbarroja” -la invasión nazi del territorio soviético-.

La cuestión polaca ha supuesto algún que otro malentendido y el inicio de la campaña de desprestigio sobe la intención desde el primer momento de instaurar gobiernos comunistas por parte de la URSS. En conversaciones mantenidas con Vjacheslaw Gomulka, secretario del Partido Obrero Polaco, y otros líderes comunistas polacos, Stalin afirmaba que “en Polonia no hay dictadura del proletariado y no la necesitáis” y que el comunismo para Polonia, teniendo en cuenta sus tradiciones locales, entre ellas la mayoritaria e influyente confesionalidad católica de los polacos, era absolutamente inadecuado. Antes de la capitulación de Polonia en 1939 ante Hitler, funcionaba un gobierno de oposición al del general Pilsudski en Londres, presidido por el mariscal Sikorski. Los soviéticos instalaron un gobierno provisional en Lublin al iniciar su campaña en Europa Oriental, por lo que la situación de los dos gobiernos, el de Londres y el de Lublin, y su enfrentamiento (por su carácter nacionalista y prosoviético, respectivamente), era una cuestión a resolver.

Había numerosos combatientes polacos en Europa Occidental luchando con las fuerzas aliadas, que respaldaban a un gobierno de Londres sumamente disgustado por la política soviética, en especial tras la invasión de la parte oriental del país por parte del Ejército Rojo y la matanza de oficiales polacos del bosque de Katyn. Pero los británicos y los norteamericanos no estaban dispuestos a echar una mano al gobierno de Sikorski -incluso las especulaciones sobre la muerte del mariscal, en un avión en aguas de Gibraltar, salpican de hecho a Gran Bretaña- para enfrentarse a los soviéticos. Por otro lado, tras la PGM y la guerra civil rusa, los polacos aprovecharon para expandir hacia el este el nuevo país y ganar territorios más allá de la línea fronteriza propuesta tras la Gran Guerra, la “línea Curzon”, oprimiendo a las poblaciones bielorrusa y ucraniana de aquellas zonas, de tal modo que los soviéticos también tenían motivos para estar disgustados con los polacos.

El resultado fue la fijación de la frontera ruso-polaca en la antigua “línea Curzon”, por lo que la URSS recuperaba los territorios de Bielorrusia y Ucrania anexionados por Polonia tras la guerra de 1920 y recuperados tras la invasión soviética de 1939, a cambio de compensar a Polonia con territorios alemanes al oeste, como Danzig, Prusia Oriental o Pomerania, fijándose la nueva frontera germano-polaca en la línea de los ríos Oder y Neisse. Una frontera que fue reconocida por la RDA desde el principio de la fundación del nuevo estado germano-oriental, pero que no lo fue por la RFA hasta la asunción de la cancillería por Willy Brandt y quedó fijada definitivamente tras la reunificación alemana de 1990. El gobierno polaco cambió su composición, ya que Stalin se comprometió a incluir en el gobierno de Lublin a elementos del gobierno en el exilio de Londres. El resultado fue la formación de un gobierno provisional de 21 miembros, con seis de los partidos comunista (obrero), socialista y agrario y tres católicos, presidido por tres primeros ministros de los tres partidos principales. Se había llegado a un acuerdo plural que enterraba las aspiraciones nacionalistas y antisovieticas del grupo de Londres, cuyos deseos no iban a ser apoyados por los gobiernos británico y norteamericano (aunque tampoco posiblemente por la población polaca, cansada de la guerra). Lo más curioso fue la campaña para incluir a elementos de fuera del gobierno instalado en Lublin por los soviéticos, pese a lo cual Stalin respondió positivamente, por parte de Churchill y el nuevo presidente americano Truman, pese a que, como afirmaba el jefe de la diplomacia soviética, Molotov, la URSS había aceptado los gobiernos instalados por los aliados occidentales en Bélgica y Francia porque sabía lo importantes que estos países eran para su seguridad, del mismo modo que Polonia lo era para el Kremlin.

Iba a ser esta cuestión, la de la seguridad, la que movilizaba a Stalin en cuanto a las cuestiones políticas en la Europa del Este. Para el líder soviético, el caso más paradigmático de las invasiones que a lo largo de los siglos XIX y XX habían tenido lugar de su país era el de Polonia: los ejércitos de Napoleón, el káiser Guillermo y Hitler habían atravesado las llanuras polacas en su ruta para invadir primero el imperio ruso y después la URSS. Por eso, era fundamental prevenirse de que actuaciones así no volvieran a suceder en el futuro. Como, por otra parte, los aliados de Hitler en esta última guerra y en la lucha contra la URSS procedían en buena parte de la Europa Oriental (los regimenes fascistas o pronazis de Finlandia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, que habían aportado cuantiosos hombres en la lucha contra el Ejército Rojo), era lógico que el líder del Kremlin deseara que en esos países hubiera regímenes con los que la URSS pudiera establecer relaciones amistosas. Esta política pudo llevarse a cabo, de hecho, en Finlandia, donde la URSS no tuvo necesidad de instaurar una “democracia popular” ni un posterior régimen comunista -bien es cierto que el país no fue tampoco invadido por el Ejército Rojo-, sino que este país escandinavo (con un Partido Comunista que obtuvo en las elecciones de la posguerra un importante 23,5% de los votos) tuvo un gobierno independiente con el que la URSS suscribió a lo largo de los años tratados de amistad y cooperación económica a cambio de la neutralidad finesa. Si bien la “finlandización” ha tenido sus elogios y sus críticas, evitó para el país la dependencia política soviética que se desarrolló en Europa Oriental y permitió desarrollar una política de acercamiento a los dos bloques.

¿Hubiera podido salir adelante una política de “finlandización” en el este de Europa? Esta alternativa se dio, de hecho, en otro país donde entraron las fuerzas del ejército soviético, Austria, que no fue ni dividido como Alemania ni sometido a las presiones soviéticas como lo sería la RDA. En Austria también hubo una suerte de “finlandización”, en el sentido de la asunción de la neutralidad del país. En su documental “La historia no contada de Estados Unidos”, el cineasta Oliver Stone y el historiador Peter Kuznick narran la posibilidad de que se desarrollara esa vía finlandesa para Europa Oriental, y encuentran como responsable de su fracaso la arrogancia de una administración Truman demasiado miope y demasiado prejuiciosa: “Hoy en día todavía se mantiene el malentendido fundamental de que Estados Unidos entró en la guerra fría como respuesta a la agresión soviética a escala mundial. Es indiscutible que el liderazgo soviético impuso dictaduras represivas, y cuando se le desafiaba brutales, en Europa Oriental. Pero es igual de evidente que, inicialmente, los soviéticos estaban dispuestos a aceptar gobiernos amistosos en estos países hasta que Occidente empezó a realizar movimientos amenazadores tanto contra su ideología como contra su seguridad”. En conversaciones con Tito, afirmaba que el socialismo era posible incluso en el Imperio Británico, sin necesidad de revolución, y con el dirigente comunista búlgaro Dimitrov teorizaba, según expone Josep Fontana, “que había dos formas de llegar al socialismo. La primera era la república democrática, tal y como Marx y Engels la habían visto en la Commune de París: una república democrática en la que el proletariado tenía un papel dominante […] los objetivos de transformación social podían alcanzarse por la vía de un parlamentarismo democrático popular, sin necesidad de recurrir a la dictadura del proletariado. Las empresas capitalistas pequeñas y medias subsistirían y el avance hacia el socialismo se produciría sin necesidad alguna de violencia.”

Pero pronto se vio que las intervenciones de los aliados anglosajones en el mundo de posguerra cambiarían el paradigma de las “vías nacionales al socialismo” y la autonomía dada a los partidos comunistas, sobre todo a los de Europa Oriental, para integrarse en frentes nacionales, y la URSS asumiría un papel de potencia imperial para proteger sus intereses. La primera de estas intervenciones tuvo lugar incluso antes del final de la SGM, en la guerra civil griega. En Grecia, se había creado el Frente de Liberación Nacional (EAM, por sus siglas en griego) con destacada participación comunista, que había asumido el peso de la resistencia contra la invasión nazi, mientras el gobierno en el exilio de El Cairo y el rey Jorge II en Londres -patrocinador de la dictadura prebélica de Metaxas- permanecían inoperantes. El ELAS, los combatientes armados del EAM, asumieron colaborar con el gobierno en el exterior y la intervención inglesa para liberar Atenas. De acuerdo con un documento firmado en Moscú en 1944 entre Stalin y Churchill, los ingleses tendrían vía libre para actuar en Grecia e imponer un gobierno que respondiera a sus intereses, al tiempo que los soviéticos podrían hacer lo mismo en Rumanía y Bulgaria, mientras en Yugoslavia -condición frustrada por la victoria final de Tito- ambas potencias tendrían una influencia del cincuenta por ciento. Grecia era una pieza clave para el Imperio Británico, pues estaba en la puerta de entrada de las mercancías que entraban por el canal de Suez procedentes del Próximo y el Lejano Oriente en manos británicas (Singapur, Malaya, India, Kenia, Somalilandia, Adén o Egipto) y no deseaba un gobierno hostil. Y hostil en el lenguaje británico era un gobierno comunista. Sin embargo, “ante la sorpresa de los conservadores, [los guerrilleros] no hicieron nada para adueñarse del poder, sino que se mostraron dispuestos a participar en gobiernos de unidad nacional. En lugar de golpe de estado que se temía, el EAM organizó fiestas, desfiles y misas para celebrar la victoria”.

Los británicos apoyaron la restauración de Jorge II en el trono y un gobierno derechista y autoritario, entrando en Atenas como conquistadores, reprimiendo a sangre y fuego a los izquierdistas y desarrollando el “terror blanco” contra ellos, para lo que incluso contaron con la ayuda de antiguos colaboracionistas de las fuerzas de ocupación nazis. El ELAS, que había aceptado su desarme, volvió a la lucha armada contra la represión y se dio comienzo a una sangrienta guerra civil (1945-1948) en la que no faltaron los viejos métodos: de 40.000 a 50.000 izquierdistas permanecían encerrados en prisiones y campos de concentración como el infame campo de Makronisos; asesinatos, violaciones… en las elecciones de 1946, en las que no hubo participación de la izquierda, el gobierno recibió el respaldo popular y la monarquía la victoria en referéndum. La victoria fue a parar también para los antiguos colaboracionistas, mientras que la derrota y la represión se sumó a los sufrimientos padecidos por los antiguos combatientes contra los nazis.

La URSS, ateniéndose al acuerdo al que había llegado Stalin con Churchill, decidió no intervenir en ayuda de los guerrilleros del ELAS, y dio instrucciones severas para que Yugoslavia y Bulgaria cesaran también en su ayuda, a lo que Tito se negó. Stalin, furioso, comentó si acaso pensaban que Gran Bretaña y Estados Unidos, la mayor potencia mundial, iban a dejar que Grecia se escapara de sus manos, mientras su país no poseía armada suficiente para echar una mano a los griegos y tenía que atravesar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, dominados por un país hostil como Turquía.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La derrota del ELAS sumió a Grecia en una sucesión de gobiernos incompetentes presididos por una monarquía corrupta, que recibió además 300 millones de dólares de la administración Truman en concepto de ayuda (otros 100 fueron para Turquía) para la defensa del mundo libre frente al comunismo, algo que levantó la irritación de Henry Wallace, ex vicepresidente de Roosevelt y uno de los más fervientes opositores a la nueva política norteamericana y al camino abierto hacia la guerra fría, quien se preguntaba si acaso cabía llamar democráticos a los gobiernos turco y griego. Fue la Gran Bretaña de Churchill el primer país que impuso un gobierno en Europa Oriental, y no la URSS, que respondió con la instauración de un gobierno de frente popular dominado por los comunistas en Rumanía, algo a lo que Gran Bretaña, de conformidad con el acuerdo de Moscú, tuvo que prestar su consentimiento.

EL DISCURSO DE CHURCHILL EN FULTON Y LA “DOCTRINA TRUMAN” O EE.UU. COMO POLICÍA DEL MUNDO

Truman era un desconocido incluso para su jefe, el fallecido presidente Roosevelt, y pronto demostraría que en cuestiones de política internacional era completamente diferente a éste. Roosevelt había fallecido antes de que terminara la guerra, y en casi todo el período en que se había mantenido la alianza con Gran Bretaña y la URSS había mantenido unas relaciones amistosas con el Kremlin, minimizando las fricciones y apoyándose en miembros de su gabinete más proclives hacia el diálogo, como su anterior vicepresidente y efímero secretario de Comercio con Truman, Henry Wallace, frente a los elementos más belicosos y anticomunistas como Jimmy Byrnes o James Forrestal, quienes cobrarían protagonismo con Truman y lanzarían al país por el camino de la hostilidad con la Unión Soviética. Truman había accedido a la vicepresidencia a través de unas maniobras un tanto turbias en la Convención Demócrata, que privaron del puesto al que era favorito y continuador de las políticas progresistas del “New Deal”, Wallace, y Roosevelt, ostensiblemente cansado y enfermo, apenas intercambió impresiones con él. Cuando le llegó el turno de suceder al carismático presidente, había estado ochenta y dos días en la vicepresidencia. Una carrera fulgurante para un senador de quien nadie había oído hablar poco antes, y que era muy conocedor de sus limitaciones.

Pero a pesar de ser consciente de que el nuevo papel que le había tocado en suerte al frente de la República Americana iba a serle arduo para un novato en las altas esferas como él, se dejó seducir por los cantos de sirena de los jefes del ejército y de la inteligencia más antisoviéticos y por las investigaciones avanzadas de la bomba atómica, y echó por tierra los acuerdos que Roosevelt había ido fraguando con la URSS, creyendo que de este modo daría una lección a Moscú y sus ansias de expansión -inexistentes hasta entonces- y forjaría el papel de EE.UU. como “policía del mundo”, algo que plasmaría en un discurso ante el Congreso norteamericano y que serviría para extender la “doctrina Monroe” que estaba vigente en el continente americano y que sometía a control y vigilancia a América del Sur, el llamado “patio trasero” de Estados Unidos, al Viejo Continente y a otros lugares donde se precisara la intervención norteamericana en pro de la democracia y el libre mercado.

Las implicaciones de esta doctrina, como se encarga de mostrar el documental “La historia no contada…” fueron mayúsculas y duraderas en el tiempo: el discurso de Truman sirvió para justificar la intervención de Estados Unidos contra la “amenaza marxista” para salvar a los pueblos del mundo, a quienes la Carta del Atlántico de 1941 daba el derecho a escoger libremente la forma de gobierno bajo la que querían vivir. En nombre, pues de la democracia, se pisotearían los gobiernos democráticos socialistas o nacionalistas en Congo-Leopoldville (República Democrática del Congo), Camerún, Togo, Chile, Granada o Nicaragua, al tiempo que se colocaban en ellos, o en casos como Vietnam del Sur, Indonesia, Grecia, Irán o Panamá se apoyaban a dictadores que servían a los intereses capitalistas estadounidenses e internacionales.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

La forja de la doctrina Truman tuvo como rúbrica el discurso de Winston Churchill en la Universidad de Fulton, en el estado norteamericano de Missouri, el 5 de marzo de 1946, poco después del de Truman ante el Congreso norteamericano. Fuera del gobierno tras el triunfo de los laboristas de Clement Atlee, Churchill, anticomunista feroz, requería la dosis de protagonismo que había perdido tras su derrota electoral y clamaba contra la URSS, a quien acusaba de tendencias expansivas y proselitismo, de querer no ya la guerra sino “los frutos de la guerra” y de estar montando “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático” un telón de acero sobre el continente europeo. Por eso era preciso que los pueblos angloparlantes ejercieran presión sobre los soviéticos.

La reacción soviética fue de estupor e irritación. La URSS había sufrido enormes pérdidas materiales y humanas, más que ningún otro país, en la guerra mundial y tenía derecho a pedir compensaciones que le estaban siendo ninguneadas, o a cuyas aspiraciones se les daban largas (reclamaban que las reparaciones de guerra soviéticas -10.000 millones de dólares- fijadas en Postdam tenían que salir del conjunto de Alemania, algo que los británicos rechazaban porque no querían ver salir la riqueza de su zona de control partiendo para Moscú, y exigiendo que saliesen de la zona de control soviética), y tenía derecho además a que los nuevos gobiernos en Europa Oriental fueran gobiernos amigos, aun independientes, que impidieran una nueva agresión alemana a su territorio.

Mucho tiempo después, e incluso entonces, el discurso de Churchill se calificó como el de un visionario, pero en aquel momento sus palabras significaban un delirio que transformaba la realidad a su antojo,  máxime cuando se trataba de una realidad que él conocía más que cualquier otro, al haber estado presente en Yalta y Postdam y saber qué era realmente lo que querían los soviéticos. Su visión del telón de acero no era premonitoria, sino una especie de profecía de autocumplimiento por la que británicos y especialmente estadounidenses pusieron todo su empeño tuviera éxito: presionando con exigencias que antes de Truman ni Washington ni Londres habían soñado siquiera pedir y aumentando en belicosidad e intervencionismo, animaron a la URSS a echar el telón de acero, no ya desde Stettin sino desde las propias fronteras interalemanas, para que los recién convertidos “estados satélites” de Europa Oriental sirvieran de parachoques a la furia angloamericana. El resultado fue echar por tierra el discurso democrático, dejando en medio a millones de personas que esperaban una organización mejor de la sociedad tras la catástrofe en que el continente europeo se había sumido.

ESCENARIOS DE CRECIENTE HOSTILIDAD

Si en 1945-1946 el escenario de una paz duradera y de un bienestar en democracia para los pueblos de Europa era lo que más parecía asomar en perspectiva, a partir de 1946 las cosas comenzaron a torcerse y a dibujar el camino a la guerra fría. Truman, que tras su discurso ante el Congreso se preparaba para ponerse firme y “dejar de mimar” a unos “rusos” que no esperaban un conflicto inminente y habían desmovilizado a millones de hombres del Ejército Rojo (que pasó de once millones a menos de tres millones de combatientes entre 1945 y 1947), comenzó a actuar con esa firmeza que caracterizaba a alguien que se sentía amenazado por el enemigo, sea esta amenaza real o imaginaria.

Hay que irse aún a finales de la guerra en Europa para encontrar el primer foco de tensión. En Yalta se había acordado la entrada soviética en la guerra del Pacífico contra Japón a los tres meses del fin de la guerra en Europa. A cambio, la URSS obtendría concesiones territoriales de China y del imperio nipón, revertiendo la situación de derrota recibida por el imperio zarista en 1904. A comienzos de agosto de 1945 destacamentos soviéticos atacaban las debilitadas fuerzas japonesas en Manchuria -el “estado títere” de Manchukuo- y los altos mandos nipones, temiendo la entrada de los rusos en Japón y el posible final desgraciado del emperador, tras el suicidio de Hitler y la ejecución de Mussolini por los partisanos, a manos soviéticas, se aprestaron a solicitar una negociación para la rendición.

Con la intervención soviética, el final de la guerra estaba muy próximo, y esa intervención había sido la que inicialmente Truman había utilizado como salvavidas de miles de jóvenes norteamericanos en caso de iniciar una invasión de las islas japonesas, puesto que la población, fanatizada como los berlineses que defendieron a sangre y fuego la capital del Reich en una resistencia encarnizada, y dispuestos a dar su vida por el emperador, lucharía sin descanso. Pero al mismo tiempo EE.UU. quería dejar fuera de las negociaciones sobre Japón a los soviéticos, limitando su papel a la invasión de Manchuria y el norte de la península de Corea. Al mismo tiempo, la posesión de una “nueva y definitiva arma”, como se encargó de señalar a Stalin en Postdam, sin que el dictador soviético se inmutara en exceso por tal noticia, le garantizaba (usando a los japoneses como cobayas) tener una amenaza a la que recurrir contra Moscú.

El 26 de julio de 1945, se dio a conocer una proclama firmada por EE.UU., Gran Bretaña y China (con la consciente exclusión de la URSS de la misma bajo la excusa de que todavía no había entrado en la guerra del Pacífico) instando a Japón a la rendición bajo la amenaza de una destrucción total. Mientras las tropas del Ejército Rojo hacían retroceder por todas partes a las japonesas, las bombas atómicas estallaban en Hiroshima y Nagasaki y las autoridades niponas entraban en el acorazado norteamericano Missouri para firmar la rendición bajo la única condición de que se respetase la vida del emperador. El fin de la guerra contra el imperio del Sol Naciente siempre se ha contado bajo la perspectiva del estallido de las dos bombas, cuyas implicaciones éticas siempre han estado ocultas por parte de Truman y sus seguidores por la necesidad de salvar vidas de jóvenes soldados estadounidenses -que según pasaban los años, eran curiosamente cada vez más-. Sin embargo, la relevancia de la entrada de la URSS en la guerra y su efecto en el ánimo del ejército y el gobierno nipones hacia la negociación de la paz ha sido sistemáticamente negada, al mismo tiempo que el hecho de que la posesión y lanzamiento de la bomba atómica en Japón era un aviso a navegantes de Washington hacia el Kremlin… que muy pronto se puso al día y rompió el monopolio atómico que Truman esperaba poseer para siempre.

Con respecto a Turquía los soviéticos reclamaban dos cosas: la revisión del convenio de Montreux de 1936, por el que se otorgaba el control de las aguas de los estrechos del Bósforo y de los Dárdanelos al gobierno de Ankara; y reclamaciones territoriales que se remontaban al período de posguerra de la PGM, en concreto a 1921. Las aguas del Bósforo y los Dardanelos, que unían el mar Negro con el Mediterráneo, habían sido atravesadas por la marina de guerra de la Alemania nazi en la época de la invasión de Unión Soviética, y sus barcos habían podido anclar en Sebastopol y Odessa gracias a la aquiescencia turca. Los soviéticos pedían que, tal y como los nazis habían podido cruzar estos estrechos, también ellos pudieran pasar con sus buques de guerra de un mar a otro. Asimismo, en 1921 Turquía se había anexionado la zona alrededor de Trebisonda (Trabzon), reclamada por los georgianos, y las provincias septentrionales turcas que formaban parte del proyecto de nación armenia configurado por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en 1920. Las reclamaciones territoriales del sur del Cáucaso, sin embargo, fueron eliminadas de la agenda, para decepción de las repúblicas de Georgia y Armenia, al ver que el consejo de seguridad de la ONU -dominado por EE.UU. y sus aliados- las rechazarían. Pero para sorpresa de Stalin, también lo fueron las reivindicaciones sobre el convenio de Montreaux, puesto que se trataba de una vieja reivindicación rusa y que en Yalta tanto británicos como norteamericanos se habían mostrado favorables a la iniciativa. Bajo tal rechazo subyacía el interés por mantener en manos de Gran Bretaña (que controlaba el 90%) y del Estados Unidos (que controlaba un 10% y aspiraba a más) el petróleo del Próximo Oriente y alejar a la URSS de un negocio muy favorable a las empresas petroleras inglesas y norteamericanas. Lo grave de este asunto es que pudo haber derivado en un conflicto innecesario y que incluso se estaban elaborando planes para bombardear la Unión Soviética, de no ser porque Stalin aflojó la presión. Pese a todo, esto era muestra más del cambio de actitud que de manera unilateral estaban emprendiendo sus viejos aliados.

Relacionado con el petróleo de Oriente Medio, el caso de Irán se inscribe también en esta escalada de tensión. Soviéticos y británicos ocuparon el territorio persa en 1941 para evitar que los nazis, cuyos ejércitos se encontraban cerca de la frontera -en su invasión a la URSS, llegaron a amenazar Azerbaiyán, fronteriza con Irán- se hicieran con el petróleo del país, cuyo gobierno era próximo al de Hitler. Mohammed Reza Pahlavi sucedió entonces a su padre como sha, que abdicó del trono, y se acordó que ambas potencias se retirarían en seis meses al término de la guerra. Los soviéticos, sin embargo, permanecieron en Irán hasta abril de 1946, un año después de que finalizara la guerra en Europa y se retiraron ante la amenaza estadounidense de llevar ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la permanencia de las tropas soviéticas en el norte del territorio persa, donde estaban tratando de establecer compañías conjuntas iranio-soviéticas para la explotación de los yacimientos petrolíferos del país, lo que entraba en conflicto con los intereses de las compañías inglesas y norteamericanas (AngloIranian, Standard Oil, etc.) y fomentaban revueltas autonomistas en el Kurdistán y el Azerbaiyán iraníes. Sin embargo, los británicos también alentaban revueltas de las tribus árabes del suroeste, esperando debilitar los movimientos soviéticos y los del partido Tudeh, un grupo político nacionalista e izquierdista cuyos intereses se identificaban como próximos a Moscú. Para Estados Unidos se trataba de evitar, sobre todo, un efecto perverso que posteriormente continuaría siendo la piedra angular de muchas intervenciones en el Tercer Mundo: el “efecto dominó”. Tal y como lo exponía Dean Acheson, subsecretario de Estado, una presión soviética sobre Irán, sobre Turquía y sobre Grecia (que nunca se produjeron) tendría como efecto inmediato la caída bajo el comunismo del país heleno, de Irán, Oriente Próximo, África a través de Asia Menor y Egipto, y a Europa a través de Italia y Francia, cuyos partidos comunistas eran fuertes, pero a cuyos secretarios generales, Palmiro Togliatti y Maurice Thorez, Stalin les indicaba la necesidad de las alianzas con las fuerzas de izquierda y el mantenimiento de la vía democrático-parlamentaria.

Las fantasías del “efecto dominó” llevarían también a una serie de movimientos en otras latitudes que aumentarían la sensación de aislamiento e inseguridad de la URSS respecto a EE.UU. y les haría, esta vez sí, no ya aumentar la presión sino el control y la obediencia a Moscú de los partidos comunistas del Este y de los países de Europa Oriental, con resultados catastróficos para la democracia popular en estos países y para el debate crítico en el seno de las propias organizaciones comunistas en el “Telón de Acero” mencionado por Churchill.

Lo que terminará de inclinar la balanza en Europa Oriental sería la política que se llevaría a cabo en el Viejo Continente por parte de los Estados Unidos. La lucha de la resistencia antifascista en Francia, Italia, Checoslovaquia o Yugoslavia había sido capitaneada por unos partidos comunistas cuyo prestigio entre la población y en sectores sociales no sólo vinculados a los trabajadores manuales, al proletariado, no habían hecho más que aumentar. Al término de la guerra, la esperanza de sectores importantes de la población que habían contribuido enormemente a la victoria no era únicamente que el fascismo fuera derrotado de una vez y para siempre, sino que el sistema social que le había dado forma, un capitalismo incapaz de dar respuestas sociales satisfactorias a la crisis, también se derrumbara y rigiera un orden más justo y más igualitario. En esta tarea coincidían no sólo los comunistas, sino también socialistas, radicales, católicos sociales y demócratas de izquierda. Era un modo de entender la democracia no sólo políticamente, sino también económicamente, con reparto de la riqueza (en Europa del Este esto se plasmó en una intensa reforma agraria y en la nacionalización de industrias que pertenecieron a colaboracionistas, nazis o judíos asesinados) y un nuevo contrato social en el que las relaciones laborales y los servicios públicos (salud, vivienda, transporte, educación) estuvieran al servicio de la colectividad y no de los privilegiados. Es en este contexto de los primeros tiempos como se puede entender que el impulso de la coalición antifascista Italia llevara a la proclamación de la República, exiliando a los reyes de la casa de Saboya que habían aupado a Mussolini al poder en 1923, y la adopción de una constitución de amplio contenido progresista para el nuevo régimen republicano en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Los partidos comunistas, en solitario o en alianza con los socialistas, eran partidos muy fuertes, hasta el punto de ser incluso los más votados, en Italia, Francia, Checoslovaquia, Islandia, Hungría o Finlandia y estaban presentes en gobiernos de coalición en los dos primeros países. Stalin, como vimos, pedía moderación a los secretarios generales de los partidos italiano y francés a fin de no poner en riesgo la coalición antifascista y la permanencia en los gobiernos de la posguerra (una estrategia que Thorez y Togliatti conocían de los tiempos de la guerra civil española, pues era la misma que Stalin y Togliatti -como representante de la Komintern en España- recomendaban al PCE para mantener el Frente Popular y la república democrática). Pero el temor a que los comunistas ganaran elecciones libres y se hicieran con el poder por la vía parlamentaria llevó a la administración Truman a intervenir utilizando el Plan Marshall y las operaciones encubiertas de la CIA (a veces en simbiosis) para arrebatar Europa Occidental de un posible “dominio rojo”.

El plan del general George Marshall para la reconstrucción económica de Europa era un instrumento bienintencionado que no dejó de ser aprovechado por el gobierno de EE.UU. para exigir contrapartidas políticas a cambio de acceder a los fondos previstos. El plan se lanzaba como una generosa oferta, pero al servir para la adquisición de maquinaria, materias primas y alimentos desde los Estados Unidos, imponía como contrapartida una dependencia por parte de Europa de los Estados Unidos que supeditaba a la URSS y a los países de Europa Oriental -a quienes iba también dirigida la oferta- al control económico norteamericano. Checoslovaquia y Polonia se mostraron receptivas a la idea, pero la Unión Soviética, temiendo la pérdida de influencia en Europa Oriental que podía significar, ordenaron a polacos y checoslovacos que finalmente la rechazaran. En cierto modo, tenían motivos para ser recelosos: se pensaba exigir a Rusia que cambiase su política respecto a Europa Oriental y buena parte del dinero se destinó a actividades de propaganda del “American Way of Life” y el sistema de libre mercado como estándares a los que la población europea debía aspirar, así como a actividades encubiertas de la CIA -650 millones de dólares- empleados en la manipulación de las elecciones italianas, que dieron la mayoría a la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi frente a un Partido Comunista favorito para la victoria, o en la infiltración de guerrilleros ultranacionalistas en Ucrania, con objeto de desestabilizar la URSS desde dentro y en una región especialmente castigada por la hambruna y los efectos de la invasión nazi. Los comunistas italianos, belgas, luxemburgueses y franceses fueron excluidos del gobierno, una condición clave para el proceso de “estabilización” política defendido por EE.UU. para el Occidente de Europa, y en respuesta Stalin decidió liquidar la estrategia de los frentes populares y asumir un control soviético mucho más directo en Europa Oriental: las esperanzas de democracia y de socialismo de rostro humano en el Este quedaron liquidadas a partir de 1947.

LA COMINFORM, EL TITISMO Y LA REPRESIÓN ESTALINISTA EN EUROPA ORIENTAL: UN TRISTE EPÍLOGO PARA LOS VETERANOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

La expulsión de los comunistas de los gobiernos occidentales y la supeditación o control económico y político a que comenzaron a ser sometidos por parte norteamericana los países que habían aceptado el Plan de Reconstrucción (el Plan Marshall), unida a la creciente hostilidad mostrada por la administración Truman en otros ámbitos -exigencias no contempladas inicialmente para la devolución de los créditos concedidos a la URSS en la etapa de Roosevelt, el “aviso a navegantes” del lanzamiento de la bomba atómica, la concesión de ayudas para la lucha anticomunista a los gobiernos dictatoriales de Grecia y Turquía- llevaron a una reacción brutal de los soviéticos en su esfera de influencia en Europa del Este, liquidándose las democracias populares. Los gobiernos de coalición, que en el caso de Checoslovaquia estaba liderado por los comunistas en un país de larga tradición democrático-parlamentaria, fueron barridos por la imposición de gobiernos comunistas que instauraron regímenes a imagen y semejanza del vigente en Moscú, con su aparato estalinista de propaganda, censura, vigilancia y policía política. Para la URSS y para su líder, no se trataba ya de confiar en las posibilidades de instaurar el socialismo por una vía pacífica y parlamentaria y mediante la alianza con otras fuerzas obreras (socialistas) o antifascistas (agrarios o demócratas burgueses progresistas), sino de asegurar para los soviéticos un perímetro de seguridad frente al bloque occidental pro norteamericano que estaba configurándose en Europa Occidental. Y para ello había que cancelar el proyecto de las democracias populares y asegurarse el control político e ideológico en el interior de lo que, ahora sí, se había convertido en el telón de acero.

Las tácticas soviética y norteamericana comenzaron a asimilarse la una a la otra. Si los EE.UU. se aseguraron la liquidación de la colaboración comunista en los gobiernos de Europa Occidental, los soviéticos, en la reunión fundacional de la Cominform (Oficina de Información Comunista, heredera de la Komintern o Internacional Comunista, disuelta en 1943 como un gesto de Stalin para con sus aliados occidentales) en septiembre de 1947 en la población polaca de Szklarska Poremba, con representantes de los partidos soviético, búlgaro, yugoslavo, checo, húngaro, francés e italiano (aunque ni Thorez ni Togliatti estuvieron presentes), se expuso la nueva política: los comunistas debían liquidar la colaboración con los partidos “reaccionarios” y limitar aquella a los grupos obreros, como los socialistas. La reunión de la Cominform marcaba el nuevo estilo que habría de imponerse en las democracias populares: una rigurosa disciplina ideológica y un bloque cohesionado capitaneado por la Unión Soviética, en respuesta al bloque occidental dirigido por Estados Unidos. El camino nacional al socialismo quedaba cerrado y, en la práctica, se sacrificaba el proyecto de la democracia popular en aras de los intereses estratégicos y de política exterior de la URSS.

Las tácticas para conseguir el dominio comunista fueron variadas, aunque todas estuvieron encaminadas a un mismo objetivo. Así, en Polonia y Hungría, comunistas y socialistas se agruparon en torno a un mismo partido y “satelizaron” a otros grupos como los campesinos o los agrarios, que quedaron como restos de un falso pluralismo. En el primero de estos países, se celebraron elecciones fraudulentas al Sejm (parlamento) que dieron el triunfo al Partido Obrero Polaco en detrimento de los agrarios y sentaron las bases del nuevo régimen. En Hungría el Partido Socialista de los Trabajadores Húngaros optó por la llamada “táctica del salami”, acumulando progresivamente puestos clave como los ministerios de Interior o Transportes en detrimento del mayoritario Partido de los Pequeños Propietarios, con el que habían formado la coalición de gobierno. En Checoslovaquia, los comunistas, que eran la primera fuerza en un gobierno con socialdemócratas y liberales, forzaron la dimisión del presidente Benes apoyándose en la movilización de masas a consecuencia de una crisis ministerial. Fue el llamado “golpe de Praga” de 1948, cuyo epílogo fue la muerte -nunca aclarada- del ministro de Exteriores liberal Jan Masaryk, hijo del héroe de la independencia del país. En la zona de ocupación soviética de Alemania, la posterior RDA, por contra, se mantuvo en sus momentos iniciales la esperanza de una revolución democrático-popular, apoyada por la pluralidad de partidos que formaban el Frente Nacional de Alemania Democrática (desde el Partido Socialista Unificado hasta los demócrata-cristianos) y en la posibilidad de una unificación basada en elecciones conjuntas para ambos estados alemanes, pero la política anexionista del canciller federal Adenauer y la remilitarización y occidentalización de la RFA, que ponía en peligro el horizonte previsto de una Alemania unida neutral (todo lo contrario de lo que ocurrió en Austria) inclinaron a la RDA hacia el bloque soviético.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

El socialismo desarrollado en las “democracias populares” -cuyo nombre obedecía ya poco a lo que eran realmente- poco tenía que ver, social y económicamente, con el marxismo, sino más bien con la deriva producida en la URSS a partir de la década de 1920 y acentuada en los años de Stalin. Como escribió el historiador alemán Manfred Kossok, ciudadano de la antigua RDA, acerca de su antiguo país y extensible al conjunto de la Europa del Este, de la democracia popular se pasó al concepto de “dictadura del proletariado”, pero sin que tal concepto se implementara, porque ante lo que se estuvo realmente fue ante la dictadura del grupo dirigente de un partido único. El resultado fue una constante enajenación entre el pueblo y el Partido, en lo que iba ser “el crimen de la casta estalinista de dirección”, rompiendo los ideales por los que generaciones se habían batido.

En lo económico, el traspaso del modelo de industrialización soviético a países que estaban en general más atrasados que sus vecinos de Europa Occidental trajo algunos éxitos, pero estos se vieron limitados por la preponderancia de la industria pesada y la maquinaria frente a los bienes de consumo de una población que ya veía su capacidad muy mermada en unas sociedades fundamentalmente agrícolas y arruinadas por los efectos de la guerra mundial, y que no disfrutaban de los beneficios del Plan Marshall o un equivalente soviético como sus vecinos occidentales. Si bien es cierto que el Estado socialista implementó políticas públicas de vivienda, sanidad, educación o maternidad que en algunos casos superaron incluso los estándares occidentales, la escasa eficiencia de la planificación central y el débil impulso dado en los sesenta y setenta a la adquisición de bienes de consumo por parte de la población generaron una continua comparación con los estándares de vida del resto de Europa en los que la Europa Oriental no podía salir bien parada.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Más allá de esto, el hecho de que la propiedad de la mayoría de empresas, terrenos agrícolas e industrias estuviera no en manos de los trabajadores, sino en manos de un megapatrono como el Estado como en la URSS retorcía el concepto de socialismo. La socialización de los medios de producción fue sustituida por una estatalización que no se limitaba a sectores estratégicos o a la posesión de los medios para implementar políticas sociales o de “Estado de bienestar”, sino que liquidaba incluso el pequeño comercio (salvo en casos como los del denominado “socialismo gulash” de Janos Kadar en Hungría) e impedía una participación real en la toma de decisiones y en la gestión por parte de los trabajadores. El Estado, además, como patrono, veía confundido su aparato con el del Partido, no sólo a nivel económico, sino también político. No deja de ser curioso que, cuando en noviembre de 1989 los grupos opositores de la RDA, pronto olvidados por la promesa de “paisajes floridos” y la introducción del marco federal que traería una nueva prosperidad a Alemania del Este, elaboraron programas para una “socialización real” en lugar de la “socialización formal-estatista”, estaban reclamando la construcción de un socialismo vuelto a sus orígenes frente al sistema vigente en el país y en la vecina República Federal.

Entender por qué comunistas y socialistas apoyaron la imposición de los regímenes dictatoriales en países como Rumanía o Hungría, que habían vivido bajo el yugo de dictaduras filonazis; Polonia, cuyas relaciones con la URSS habían sido cuanto menos conflictivas; o en Checoslovaquia, uno de los pocos países en los que había sobrevivido la democracia en el período de entreguerras, sólo puede hacerse siendo conscientes de lo que significaba para estos hombres y mujeres la amenaza (o la psicosis) del enemigo capitalista o fascista al que se habían enfrentado en España, Austria, Alemania y en toda Europa durante la SGM, y que amenazaba con volver a sumirles en la dureza de la represión o la marginalidad política tras haber protagonizado episodios heroicos de lucha, como había sucedido en Grecia, Italia, Francia o en los propios Estados Unidos, donde se había puesto en marcha la paranoia anticomunista del Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, que estaba desmontando a toda la izquierda americana -sindicatos, progresistas, activistas por los derechos civiles, antiguos veteranos de la Brigada Lincoln en la guerra de España- bajo la acusación de comunistas. Sus golpes de estado eran, en cierto modo, maniobras preventivas para evitar que reaccionarios y explotadores volvieran a dominar sus países. Un entonces joven estudiante checo, Zdenek Mlynár, recordaba que era natural unirse al Partido Comunista en la esperanza de que este partido cambiara la situación política y social y evitaría que la amenaza del nazismo y la guerra se cerniera sobre ellos y sobre otras naciones. Por este motivo, “yo estaba de acuerdo con la idea de suprimir los oponentes del comunismo y de imponerles diversos tipos de discriminación: al fin y al cabo, se oponían al progreso histórico”.

ImagenIPero al mismo tiempo la política soviética estaba cubierta por el aura de infalibilidad y prestigio que dominaba entre los comunistas la URSS como único estado socialista del mundo y de Stalin como el líder de un país que había vencido en la guerra civil a los rusos blancos zaristas y a la coalición internacional que trataba de, como había dicho Churchill en sus años de Lord del Almirantazgo correspondía hacer, “estrangular al bolchevismo en la cuna”. Asimismo, la URSS se había transformado de un país primitivo y agrícola en una potencia industrial de primer orden (bien que con unos costes humanos enormes) y había vencido a costa de enormes sacrificios al nazismo en una batalla decisiva para el curso de la guerra, Stalingrado, haciéndole retroceder desde entonces hasta darle muerte en la propia capital del Reich hitleriano, Berlín. Para los comunistas, que habían estado sometidos a largos períodos de persecución y clandestinidad y se habían inscrito en una organización altamente disciplinada, la figura de Stalin quedaba fuera de toda duda, así como tampoco se consideraba juzgar la naturaleza de sus crímenes o su política. Artur London lo expone del siguiente modo:

“Nuestra lucha a muerte contra el fascismo, nuestra experiencia en la guerra y en la clandestinidad, nuestras costumbres conspirativas, habían reforzado en nosotros un espíritu de disciplina militar. Éramos soldados de la revolución, disciplinados, y considerábamos justo acatar las órdenes superiores sin discutir. Cuando a veces nos preguntábamos algo, y sucedía, sentíamos el sentimiento de culpabilidad del que está en la pendiente resbaladiza que lleva a las posiciones del enemigo de clase […] ¿Cómo sospechar de Stalin, o acusarle de traición, cuando su nombre estaba en los labios de los héroes que caían ante los pelotones de ejecución alemanes, en las bocas de los soldados soviéticos que caían en Stalingrado u otras batallas? […] En nuestra fe incondicional, habíamos perdido la cualidad esencial del marxismo, la cualidad humana más importante: la duda.”

El triste epílogo para muchos de ellos fue que, en una nueva y última paranoia del líder soviético, próximo a su fallecimiento, se desató una oleada represora en la URSS y en la Europa del Este contra líderes del partido en la segunda ciudad soviética, Leningrado, los intelectuales “cosmopolitas”, principalmente judíos, y los defensores de las “vías nacionales” y los antiguos veteranos de las Brigadas Internaciones, a quienes se cogió como “cabezas de turco” en la polémica y posterior ruptura entre el líder yugoslavo Tito y Stalin.

Anteriormente, ya habían surgido roces entre ambos a cuenta del apoyo yugoslavo a las guerrillas griegas del ELAS en su lucha contra el gobierno derechista de Jorge II. El camino independiente de Tito, que había propuesto una Federación Balcánica que uniera a yugoslavos, albaneses y búlgaros, marco iniciático para una futura federación de democracias populares, desde Polonia hasta Grecia, independientes de Moscú, llevó a una condena abierta en Moscú y en la Cominform de la “conducta nacionalista” de Yugoslavia, quien a partir de ese momento seguiría un camino propio, siendo fundadora de la Conferencia de los No Alineados y manteniendo relaciones tanto con los países occidentales como con estados del bloque soviético.

En la pugna entre promoscovitas y nacionalistas, los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales tomaron partido por Tito, y de este modo los antiguos brigadistas de otras nacionalidades, junto con los defensores de los “caminos nacionales” clausurados en 1947-1948 en las democracias populares se convirtieron en objetivo de la represión estalinista en Europa del Este, acusados de “titismo”, “cosmopolitismo” o de agentes norteamericanos, yugoslavos o británicos. Paradójicamente, los brigadistas, como el propio Artur London, que eran acusados de desviaciones capitalistas, burguesas o reaccionarias en el oriente europeo eran asimismo sometidos a interrogatorios y encarcelados en la época de la “caza de brujas” en Norteamérica como agentes soviéticos. “El proyecto de democracia social que estos habían ido a defender a España” escribe Josep Fontana “no era aceptable para ninguno de los dos bandos de la guerra fría”.

Pronto en todos los países se llevaron a cabo purgas y procesos que reproducían los que habían tenido y tenían lugar en la URSS. En Albania, anteriormente próxima a Yugoslavia, Enver Hodja dio un giro antiyugoslavo a su política y ordenó el arresto y la posterior ejecución de Kotchi Dzodze, que se había caracterizado por una política próxima a Tito. La ruptura de Hodja con Yugoslavia, en un país que precisaba de la asistencia económica de Belgrado, trajo consigo graves consecuencias para Tirana. En Bulgaria y Hungría tuvieron lugar los procesos de Sofía y el llamado “proceso Rajk”, contra el anterior ministro de Interior y veterano de la guerra de España Lazslo Rajk, que involucró también a otras muchas personas. Las confesiones, como en todas partes, fueron arrancadas tras severos procedimientos de tortura física y psicológica. En Sofía, sin embargo, Traicho Kostov, un militante de más de tres décadas al que ahora se le acusaba de agente ritánico, se negó a confesar los delitos de los que era acusado, lo que hizo que fuera ejecutado sin que hubieran podido arrancarle su culpabilidad, de modo que el de la capital búlgara, iniciado en 1949, fue el último gran proceso de este tipo.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

La tragedia se extendió también a Polonia (país donde el demasiado liberal Gomulka fue sustituido al frente del partido y del gobierno por el ortodoxo Boleslaw Bierut), donde el caso de una veterana doctora de las Brigadas, Dobra Klein, examinado aquí al hablar de la atención sanitaria y psiquiátrica, que poseía doble nacionalidad checo-polaca, no deja de tener su trascendencia por tratarse de una superviviente de la guerra española y los campos de concentración nazis que, finalmente, fue rehabilitada y condecorada con las más altas graduaciones de Polonia en su funeral -todo esto, sin embargo, muchos años más tarde, tras la desestalinización de Jruschov-. En Rumanía, el procesamiento afectó también a veteranos como Lucreţiu Pătrăşcanu, un miembro del PCR crítico con los dogmas estalinistas, o Ana Pauker, la primera mujer del mundo que ocupó el cargo de ministra de Exteriores y que en 1948 fue bautizada por la revista TIME como “La mujer viva más poderosa”. Pauker, de origen judío, se opuso a numerosos planes estalinistas como la colectivización forzosa, la paralización de la emigración judía a Palestina procedente de los países de Europa Oriental, el juicio a los veteranos de las Brigadas o la resistencia francesa o la construcción del canal Danubio-Mar Negro, un proyecto propuesto personalmente por Stalin. Se negó a reconocer sus crímenes y, pese a la defensa de Pauker realizada por el ministro soviético de Exteriores, Molotov, el férreo líder estalinista de Rumanía, Gheorghe Gheorghiu-Dej aprovechó el juicio a la ex jefa de la diplomacia rumana (como el de Pătrăşcanu y otros disidentes) para consolidar su poder. Ana Pauker fue arrestada. Tras la muerte de Stalin, quedó en arresto domiciliario y se le permitió trabajar como traductora para la editorial Editura Politică.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

El proceso de Praga, por el que Rudolf Slánský (el secretario general del partido, que junto a Klement Gottwald, el nuevo presidente comunista del país, se habían negado hasta entonces a ceder a la celebración de juicios) y otros numerosos colaboradores, entre ellos London, que ejercía de viceministro de Asuntos Exteriores, fue el colofón de un período oscuro que incluso llegó a alcanzar a alemanes occidentales comunistas que visitaron la RDA y fueron detenidos por la Stasi, torturados y deportados a Siberia, como les ocurrió a Kurt Müller y Fritz Sperling. Para militantes como ellos, recuerda Artur London, la soledad era inenarrable porque no había movimiento de solidaridad alguno: las acusaciones de traición que ahora sufrían ellos eran las mismas que habían creído en tiempos de otros camaradas acusados en purgas similares en la URSS o en otros países, sólo que ahora el “titismo” o el “cosmopolitismo” sustituían al viejo fantasma del “trotskismo”: “¿Acaso en otra época y en circunstancias análogas no había creído yo en otros procesos? ¿No había aplaudido unas condenas que me parecían tanto más justas por cuanto pronunciadas contra prestigiosos militantes cuya “traición” me parecía ahora ignominiosa?”

Cuando, algunos años más tarde, Jruschov denunció los crímenes de Stalin y algunos comunistas este-europeos fueron excarcelados y lentamente rehabilitados se confirmó para ellos, pero también para la población que hasta entonces había simpatizado con los comunistas que ahora habían liquidado el proyecto de democracia popular y el ideal socialista, la sospecha que les había acompañado durante su procesamiento: la misma farsa que habían padecido era extensible a miles de procesos en la Unión Soviética, en el Este de Europa y en otros sitios donde la NKVD, la antecesora de la KGB, actuó a escondidas para la liquidación de los enemigos del Estado soviético y del “comunismo internacional”, como Francia o la España republicana. Surgieron entonces, como en Hungría en 1956, intentos de resucitar los proyectos iniciales de las democracias populares, pero el experimento de Imre Nagy era demasiado idealista y arriesgado para unas circunstancias en que la política de bloques se había consolidado en demasía.

A MODO DE CONCLUSIÓN

“Cuanto más duros seamos, más duros serán los rusos. Podemos conseguir la cooperación una vez que Rusia entienda que nuestro objetivo principal no es salvar el Imperio Británico ni comprar petróleo en Oriente Próximo con las vidas de soldados americanos. En una competencia amistosa y pacífica, el mundo ruso y el mundo americano irán siendo gradualmente más parecidos. Los rusos se verán obligados a respetar cada vez más libertades personales. Y nosotros nos centraremos cada vez más en los problemas de justicia socioeconómica.”

Henry Wallace, secretario de Estado de Comercio de EE.UU. Discurso en el Madison Square Garden, Nueva York, 12/09/1946

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

El fracaso del modelo de democracia popular no es solo compatible a la URSS, que se negó a hacerlo posible en cuanto vio que las posibilidades de libertad de acción de los países de su esfera de influencia podían ser un perjuicio para sus intereses en política exterior, sino también a los Estados Unidos, que basándose en informaciones sesgadas y en prejuicios ideológicos presionó a la Unión Soviética para que lo cancelara en Europa del Este y para que en los países de Europa Occidental, en algunos de ellos como Francia, Italia, Finlandia o Bélgica con influyentes partidos comunistas, no se reprodujera un modelo que amenazaba la supremacía del “sistema de libre empresa” y los intereses de Norteamérica como primera potencia. Lejos de existir una competencia sana que hiciera de los dos mundos más parecidos, como era la esperanza de Wallace (pronto expulsado del gobierno estadounidense y tachado de comunista), incluso para una URSS en la que existía también un evidente riesgo de contagio del modelo de democracia popular que cancelara el dominio personalista de Stalin en Moscú (lo que puede hacer albergar dudas sobre la viabilidad a largo plazo del modelo democrático-popular), lo que se abrió fue una profunda fosa, un telón de acero o una política de bloques que canceló las esperanzas de millones de personas que esperaban que el mundo después del fin de la SGM se rigiera por valores diferentes.

La debacle de los regímenes de “democracia popular” -un concepto ya convertido en eufemismo- llevó aparejada la desacreditación del socialismo, pero analizando exhaustivamente el modelo implantado y el carácter de las revueltas que se sucedieron en Budapest en 1956, la “Primavera de Praga” de 1968 o incluso la tardía “revolución de noviembre” de 1989 en Alemania Oriental para restaurar la vieja utopía de posguerra, cabe concluir que lo que quedó desacreditado -si no lo estaba de antes- fue un modelo dictatorial que tergiversó los ideales socialistas, que ya estaba implantado en la URSS y que Stalin, impulsado en gran medida por las políticas inconscientes de Truman y sus asesores más empecinadamente anticomunistas (entre ellos un Churchill ávido de protagonizar páginas en una Historia de la que ya parecía retirado después de haber tenido su considerable protagonismo), impondrá finalmente.

FUENTES:

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Barcelona, Pasado & Presente, 2011.

Geoff Elley, “Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000”, Barcelona, Crítica, 2002.

Artur London, “Se levantaron antes del alba. Memorias de un brigadista internacional en la guerra de España”. Barcelona, Península, 2010.

Matt Graham, Peter Kuznick, Oliver Stone, Documental “La historia no contada de Estados Unidos. Capítulo 4: La guerra fría”. Ixtlan Productions / Showtime, 2012

“Democracia Popular” en http://criticamarxista-leninista.blogspot.com.es/2013/08/Conferencia-la-democracia-popular-en-los-paises-de-Oriente-1951.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), entradas “Ana Pauker”, “Lucreţiu Pătrăşcanu”, “Finlandización” y “República Popular de Hungría” (tras la PGM, gobernada por el conde Mijaly Jaroly)

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