Yugoslavia: socialismo autogestionario y causas externas en su desintegración

Escudo roto RFS Yugoslavia“Si en 1984, en Sarajevo, hubieseis preguntado a un yugoslavo -que es como se denominaban a sí mismos entonces- si podía imaginar que al cabo de ocho años la ciudad sería un escenario de guerra, se hubiera reído a carcajadas de vosotros […] Lo que ocurrió en Bosnia no fue un espectáculo grotesco balcánico, sino un violento proceso de colapso nacional a manos de manipuladores políticos.”

Peter Maas.

Han pasado veinte años desde que los acuerdos de paz de Dayton pusieran un final bastante cogido con alfileres a la guerra de Bosnia-Herzegovina (1992-1995), la más cruenta y más sonrojante, por el papel que las grandes potencias desempeñaron en ella, de todas las que se desarrollaron en Yugoslavia, el país surgido en 1919, tras el final de la Primera Guerra Mundial, de la unión de los antiguos reinos de Serbia y Montenegro con los territorios de los pueblos eslavos del sur -eslovenos, croatas, musulmanes bosnios y macedonios- dominados hasta entonces por dos de los imperios derrotados en aquella guerra, el austro-húngaro y el turco. Constituida desde 1946 como una República Federal Socialista de seis repúblicas y dos entidades autónomas, sus problemas internos (económicos y nacionales), laminados hasta el fallecimiento de su carismático líder, el mariscal Josip Broz “Tito”, dieron pie a un proceso de separación nacional que se tradujo en una violencia que no se había vivido en la región desde la invasión nazi. Pero, ¿fue sólo el nacionalismo serbio -que alimentó el separatismo esloveno y croata, éste también con una respuesta nacionalista violenta- y la crisis económica interna las únicas explicaciones posibles? ¿Cómo influyeron las posturas de la Unión Europea, los Estados Unidos y las instituciones económicas internacionales en la destrucción del precario equilibrio que sostenía a este “país de países”? Esto es lo que se va intentar realizar en este artículo.

“PANYUGOSLAVISMO”: LA CREACIÓN DEL PRIMER ESTADO YUGOSLAVO

Partamos del principio. A pesar de que la creación de Yugoslavia, vistos los acontecimientos que han conducido a la desmembración de aquel país, pueda resultar un artificio caprichoso que consistió en agrupar a pueblos enfrentados entre sí, especialmente a croatas y serbios (algunos incluso lo atribuyen a un deseo de Gran Bretaña y Francia, vencedores en la “Gran Guerra”, para perjudicar posibles ansias expansionistas de las debilitadas Turquía, Austria y Alemania mediante la creación de un “Estado tapón” como lo fue en cierto modo Checoslovaquia, algo que pudo influir, bien es cierto, en el patrocinio de su creación), la verdad es que la creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur -de “jug”, sur, y “slavo”, procede el término Yugoslavia- era una día que ya aparecía en el siglo XVII, de la mano de Iván Gundulic, y era defendida por movimientos paneslavos meridionales del Imperio Austrohúngaro antes de la PGM.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Los eslavos del sur llegaron a la zona de los Balcanes entre los siglos VI y VIII. Los serbios, el grupo más numeroso de los que conformaban la antigua Yugoslavia, estuvieron influidos por el Imperio Bizantino, primero, y tras un periodo de independencia que finalizó tras la derrota en la batalla de Kosovo Polje contra los turcos -el motivo de confrontación entre serbios y albaneses kosovares vendrá, precisamente, de la consideración por parte serbia de que Kosovo, o Kosova en albanés, es el lugar de nacimiento de la patria serbia y que ha sido invadida por los albaneses, mientras estos consideran que no tiene sentido tal aseveración, pues los albaneses, descendientes de los antiguos ilirios y tracios, llevaban más tiempo en la región-. Tras un período de dominación turca que duró hasta mediados del siglo XIX, Serbia conquistó de nuevo su independencia, y tras la unión con eslovenos, croatas y serbios que hasta entonces eran súbditos del Imperio Austro-Húngaro, así como con el pequeño reino de Montenegro, formó parte de Yugoslavia.

Escudo de la República Socialista de Croacia

Escudo de la República Socialista de Croacia

Los croatas, por su parte, asentados más hacia el Oeste, se diferenciaron de los serbios en su acercamiento al mundo latino. Si los serbios, más próximos al Imperio Bizantino, escribieron con alfabeto cirílico (inspirado en el griego) y profesaban la fe cristiana ortodoxa, los croatas pasaron a escribir con alfabeto latino y a profesar el catolicismo tras el cisma de Constantinopla de 1054. Croacia estuvo dominada por Hungría y el Imperio Austríaco -exceptuando algunos puntos de Dalmacia, como las ciudades de Rijeka (Fiume) o Dubrovnik (Ragusa), que fueron colonizadas en el Renacimiento por Venecia, y a principios del siglo XIX por Napoleón, que estableció en la costa dálmata sus Provincias Ilirias- y contó con una cierta autonomía, hasta que el final de la PGM y el triunfo de la opción paneslavista que defendía la unión de los pueblos eslavos meridionales en un solo estado llevó a la constitución de Yugoslavia.

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

Por lo que respecta a los eslovenos, su conexión con el catolicismo y con Austria, que dominó su territorio desde el siglo XIII hasta el final de la Gran Guerra, es muy similar a la de sus vecinos croatas. Anteriormente, el pequeño país había estado gobernado por la dinastía de los condes de Celje, y se encuentra asentado sobre la región -luego república- más rica y de mayor desarrollo económico de todas las que posteriormente formaron la plurinacional nación yugoslava.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

La nacionalidad macedonia, por su parte, ha sido motivo de conflicto hasta nuestros propios días, en los que la hoy república independiente tiene que adaptar su nombre a los deseos de la vecina Grecia para evitar un conflicto internacional y la posibilidad -según la versión helena- de una desestabilización interna dentro de las fronteras de Grecia. A tal extremo que, tras la independencia de la Macedonia yugoslava, el gobierno heleno solicitó el cambio de nombre del país, que finalmente tiene que nombrarse como Antigua República Yugoslava de Macedonia (o FYROM, por sus siglas en inglés). Incluso la primera bandera de la Macedonia independiente, que sobre fondo rojo dibujaba el sol dorado símbolo de Alejandro Magno -una de las herencias, supuestas o reales, sobre las que se basa el orgullo nacional macedonio, aunque el rey de la Macedonia de la Antigüedad guarde escasa o nula relación con la raíz eslava del país actual- tuvo que modificarse por deseo expreso de Grecia. La creación de la república y de la nacionalidad macedonia en Yugoslavia en 1943 obedeció, en primer lugar, al deseo de restar credibilidad a las reivindicaciones búlgaras y griegas sobre el territorio; en segundo lugar, a ayudar a establecer una distinción entre serbios y macedonios; y en tercer lugar, a reforzar la tesis de que las comunidades macedonias de las vecinas Grecia y Bulgaria estaban sometidas a discriminación, hecho claro en el caso griego sobre todo tras la guerra civil de 1946-1949 en este país.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Si la cuestión de los macedonios era algo peliagudo, no menos lo era la de los habitantes de Bosnia y Herzegovina, que se ha dado en llamar una “Yugoslavia en pequeño”. Bosnia, y en particular su capital, Sarajevo, el escenario del atentado contra el archiduque y heredero al trono del imperio austro-húngaro, Francisco Fernando, en 1914, detonante (o excusa) del inicio de la PGM, era un mosaico de pueblos dominado primero por los turcos y luego por los austriacos en donde convivían croatas, serbios y “musulmanes” -los llamados bosnios o bosniacos-, que eran descendientes de las poblaciones eslavas convertidas a la religión islámica en la época de dominación otomana -fundamentalmente serbios, aunque fuentes croatas aseveran que eran connacionales suyos, sin que sea descartable que hubiera conversiones al Islam en las zonas de población croata como la Herzegovina-. Otros especialistas, sin embargo, les atribuyen como origen “los turcos que habitaron los Balcanes desde el siglo XIV, y considerados los oriundos de Bosnia” (Carlos Sánchez Hernández). Como el concepto de “musulmán” remitía más a una concepción cultural que a un hecho religioso -con independencia de las creencias particulares-, y más en un estado socialista como la Yugoslavia de Tito, los musulmanes bosnios adquirieron en 1971 el estatus de nacionalidad, del mismo modo que croatas, eslovenos o serbios.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Los montenegrinos, por hallarse histórica y culturalmente emparentados con los serbios -su religión era la ortodoxa, su lengua era muy similar y su alfabeto era también el cirílico- han llegado a ser bautizados como “los serbios de la costa”. A ello, sin duda, ayudó -o perjudicó, más bien- sus actitudes recientes de apoyo a la política serbia, aunque la independencia reciente y la ruptura de la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro han mitigado. El pequeño país era un estado independiente cuando la unión de los eslavos del sur se produjo, algo debido a la belicosidad de sus gentes y al carácter montañoso e inhóspito del territorio, que dificultaba su conquista.

Aparte de todas estas naciones -término acuñado en la constitución de la República Federal Socialista, que otorgaba a las repúblicas y a sus pueblos el rango de naciones constitutivas de Yugoslavia-, en el interior del que sería el nuevo estado panyugoslavo convivían, además, otras minorías étnicas. Los albaneses, distribuidos fundamentalmente en la región de Kosovo y en zonas próximas a Albania de Montenegro y Macedonia, eran el grupo más numeroso. Además, había una importante minoría húngara en el norte de Serbia, en la Voivodina. Junto a estos dos grupos, hay que destacar a gitanos, judíos, valacos (rumanos), rutenos (ucranianos) e italianos en la zona de Istria (Eslovenia y Croacia), a los que habría que sumar posteriormente los que se quedaron en la zona de Trieste ganada por Yugoslavia tras la SGM.

La creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur obedecía al deseo de croatas, eslovenos, serbios y montenegrinos (estos dos últimos, como se ha dicho los únicos que disponían por entonces de un estado propio), quienes consideraban formaban parte de una raíz común, de unirse para mejor defender sus intereses en un entorno en el que estaban rodeados de países con pueblos no eslavos: Hungría, Albania, Grecia, Italia o Rumanía. Tras el estallido de la “Gran Guerra” y la invasión del pequeño reino de Serbia por parte austro-húngara, el gobierno serbio en el exilio contactó con el llamado “Comité Yugoslavo”, integrado por tanto por serbios como por eslovenos y croatas exiliados de los territorios austro-húngaros del Adriático y a quienes disgustaba la promesa hecha por los aliados a Italia de incorporar a los eslavos del Imperio a aquel país.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Los contactos con el gobierno serbio en el exilio estuvieron rodeados de fricciones. Serbia aspiraba al liderazgo del proyecto, que en cierta medida veía como una forma de realizar las ambiciones de la “Gran Serbia”, aspiración del reino balcánico desde su independencia del imperio turco. Por contra, los representantes del Comité deseaban que la creación del futuro estado yugoslavo se hiciera en pie de igualdad entre todas las nacionalidades que lo conformasen. Este último proyecto era una continuidad del primitivo del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios -referido a los serbios que vivían dentro de Austria-Hungría, como los de Bosnia y Croacia oriental- que se había planteado al efímero emperador Carlos como una entidad autónoma y que, sin embargo, el cansancio de la guerra y el agotamiento del proyecto imperial hacía poco menos que imposible de realizar en el interior del mismo.

El desarrollo final de la guerra, con la disolución en marcha del imperio austro-húngaro (Hungría independiente, Bohemia-Moravia y Eslovaquia unidas en un solo estado, Transilvania cedida a Rumanía…) llevó a la necesidad por parte del comité yugoslavo de depender de Serbia para defender a los territorios eslavos del ya extinto imperio de los intentos de invasión italiana de la costa dálmata, así como a aceptar una unión con Serbia en la que ésta llevaba la voz cantante si querían conservar la unidad con los serbios de Vojvodina y de Bosnia, así como con el diminuto reino de Montenegro, que habían optado por unirse a Serbia. La preponderancia serbia llevó a que el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios pasase a denominarse, en toda una declaración de lo que vendría a ser posteriormente la Yugoslavia monárquica, el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos bajo el mando de la dinastía reinante en Serbia, los Karageordjevic.

UN SOCIALISMO PECULIAR EN LA YUGOSLAVIA DE TITO

En los años previos al segundo conflicto bélico mundial, se observó una tendencia hacia un mayor control político de la monarquía serbia, que implantó una dictadura en 1928 tras el asesinato de un parlamentario montenegrino a manos de un croata. Las demandas de autonomía de las nacionalidades eslovena y croata se vieron cortadas de raíz por una reforma administrativa que dividía el país en provincias que no tenían en cuenta la división nacional y lingüística, al tiempo que el país se rebautizaba como Yugoslavia. Los movimientos nacionalistas de la periferia se hicieron, por su parte, más profascistas, de tal suerte que en Croacia nacía la Ustasha, una organización de corte fascista dirigida por Ante Pavelic, organización que asesinaría al rey Alejandro I en 1934 durante sus vacaciones en Marsella. El sucesor, Pedro II, emprendería alguna tibia medida para contentar a los croatas, como agrupar en una sola provincia autónoma a los territorios croatas. Sin embargo, tras la invasión del país por la Alemania hitleriana, los “ustashes” de Pavelic, apoyados por los nazis, crearon el Estado Independiente de Croacia, desarrollaron una política de “limpieza étnica” para con los serbios que habitaban los territorios croatas de Krajina y Eslavonia, escenarios en los años noventa de un proceso similar, pero a la inversa.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Tras la invasión del país, los serbios crearon también una organización propia de resistencia, los “chetniks”, de corte nacionalista y monárquico, quienes llegaron a actuar también de forma indiscriminada contra los croatas. Para completar este espectáculo de horror, cuyo recuerdo fue resucitado posteriormente por los nacionalistas con objeto de alimentar los odios y los miedos de la población y ganar adhesiones, también llegaron a actuar milicias musulmanas de conformidad con los deseos de los nazis, colaborando en el asesinato de judíos y enemigos políticos y étnicos. El único grupo que pudo aglutinar a una resistencia nacional yugoslava contra el invasor nazi y los colaboracionistas (y que por este motivo se enfrentó a los “chetniks” a pesar de unos primeros tiempos de cooperación), fue el ilegalizado Partido Comunista y sus partisanos, que, aunque con una presencia destacada de serbios en sus filas, agrupaba a todos los grupos nacionales del país y estaba dirigido por Josip Broz “Tito”, un veterano comunista de madre eslovena y padre croata que ya había colaborado en el reclutamiento de voluntarios para las Brigadas Internacionales en España (aunque, al contrario de lo que apuntan algunas fuentes, no llegó a combatir con los republicanos españoles).

Partisanos yugoslavos.

Partisanos yugoslavos.

Bajo la égida del PCY, y con el apoyo -como sucedió en la España republicana y en los países del Este de Europa, Italia o Francia- de sectores ajenos a la militancia obrera, como la burguesía progresista o la intelectualidad antifascista, que se incorporaron a las filas comunistas y partisanas por el creciente prestigio del partido en la lucha por la liberación nacional, Tito y sus hombres lograron liberar gran parte de Yugoslavia de la dominación nazi-contra lo que ha sido manifestado en algunos medios y reportajes televisivos, la ayuda soviética no fue esencial para la liberación de Yugoslavia; en 1942 los partisanos controlaban gran parte de Bosnia, la costa dálmata y el interior de Croacia, y en 1944 la mayor parte de las zonas montañosas del país, lo que equivalía, por la especial orografía del territorio yugoslavo, a decir casi todo-. En noviembre de 1942, fue creado el AVNOJ (Antifascisticko Viceje Narodnog Oslobdnejna Jugoslavije, Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia). En 1944, con el ejército alemán en desbandada tras el desembarco británico en Grecia, y con el creciente hostigamiento partisano en Albania y Yugoslavia, las tropas soviéticas entraron en el país desde Bulgaria. El Ejército Rojo y las tropas de Tito, que habían llegado a alcanzar los 800.000 combatientes, entraron entonces en Belgrado.

Josip Broz, "Tito" (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Josip Broz, “Tito” (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Los comunistas se convirtieron pronto en los dominadores del país e impusieron el régimen socialista. Aunque al principio Tito se mostró fiel a los principios ortodoxos procedentes de Moscú, y se desarrollaron los planes de reforma agraria, nacionalización de las industrias básicas y confiscación de las propiedades pertenecientes a colaboracionistas y fascistas, pronto se inició un camino socialista distinto para el país, alejado de los principios estalinistas que, poco a poco y tras la asunción de un mayor control por parte de la URSS -a través de los partidos comunistas locales, que asumieron todo el poder- de las democracias populares (que fueron sustituidas, en la práctica, por regímenes socialistas puros) iban implantándose en el centro y el oriente europeos.

La ruptura con la URSS comenzó a cimentarse incluso antes de la revolución, cuando se comenzaron a sentar las bases del “socialismo autogestionario” yugoslavo, que el PCY ya había desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial en casi todas las industrias abandonadas por sus propietarios, y se implantaba “en Yugoslavia de forma pacifica y, paradójicamente, lo que tantos sacrificios y esfuerzos fallidos había costado en otras partes a la clase obrera era ahora alentado desde el poder” (Antonio José Romero Ramírez). Este hecho y este concepto, que han quedado olvidados y casi desaparecidos en la literatura especializada sobre la temática acerca de Yugoslavia y los Balcanes, merece ser recuperado por cuanto, a pesar de su fracaso y del fracaso que supuso el mantenimiento de la unidad plurinacional del estado yugoslavo, supone una experiencia valiosa a la hora de examinar alternativas o “terceras vías” útiles frente al capitalismo triunfante y triunfalista, pese a que sus efectos sobre la calidad de vida de millones de seres humanos o el medio ambiente son notorios, y a los regímenes burocráticos mal bautizados como socialistas o comunistas hundidos en la Europa Central y del Este en 1989.

A esa heterodoxia a la hora de aplicar el socialismo por parte yugoslava se unían otras rencillas como la división interna del PCY fomentada por Stalin acerca del apoyo del líder soviético a la independencia de Croacia, en un período en que el partido yugoslavo estaba dividido en posturas centralistas y federalistas, o la persecución de Stalin hacia comunistas yugoslavos exiliados en la URSS por apoyar a la oposición de izquierdas. Además, los yugoslavos denunciaban abusos cometidos por las tropas del Ejército Rojo sobre la población tras su entrada en el país. La ruptura, sin embargo, llegó con el apoyo prestado por Tito a los izquierdistas del ELAS, el Ejército de Liberación Nacional griego, que tras haber luchado contra los nazis en suelo heleno, se veían obligados ahora a pelear en una cruenta guerra civil contra el gobierno monárquico derechista, apoyado por Gran Bretaña, que les había estado persiguiendo desde el desembarco británico. En virtud del reparto de zonas de influencia en los Balcanes entre Churchill y Stalin en su reunión en Moscú en 1944, Grecia caía en la zona de influencia británica, mientras Bulgaria y Rumanía quedaban para la URSS. Por tal motivo, Stalin hacía reiteradas llamadas al cese de la ayuda yugoslava al ELAS.

A esto se sumaba la intención de Tito de crear una Federación Balcánica con Bulgaria y Albania, a lo que Stalin se oponía tajantemente. En 1948, en una reunión de la Kominform -la efímera Oficina de Información de los Partidos Comunistas, heredera de la Komintern disuelta por Stalin en un gesto de buena voluntad para con sus aliados occidentales- se expulsó formalmente al PCY, que no tuvo delegados presentes en ella, bajo la acusación de revisionismo. Yugoslavia dejó de pertenecer al bloque soviético, cuyos estados miembros sometieron al país a bloqueo.

La situación dejó a Tito y a Yugoslavia dos únicas alternativa: fomentar un modelo de desarrollo socialista diferente al estalinismo, y buscar aliados, especialmente comerciales, en naciones occidentales y del Tercer Mundo que recién comenzaba a independizarse, lo que dio lugar a que Yugoslavia liderase el Movimiento de Países No Alineados, del cual Tito, junto con Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio, y Jawalharlal Nehru, uno de los líderes de la independencia de la India, fueron sus principales representantes.

El socialismo autogestionario yugoslavo fue una experiencia única y singular en el mundo de la Guerra Fría, dividido en los bloques soviético y occidental que representaban dos formas enfrentadas de concepción política y socio-económica. Yugoslavia, distanciada de la URSS, comenzó a desarrollar un modelo socialista propio que los ideólogos de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (la nueva denominación del partido), entre los que destacaba Eduard Kardelj, un compañero de lucha del mariscal Tito, definían como más próximo a las tradiciones marxistas y a los principios del socialismo democrático. En esta “vía yugoslava al socialismo” era necesario tener en cuenta las peculiaridades nacionales, de tal suerte que “el marxismo debía entenderse como un método abierto de análisis y orientación política, adaptado a las circunstancias cambiantes de cada caso nacional, y no como una rígida fórmula aplicable a cualquier situación y diseñada para mantener un sistema de dominio internacional” (José Carlos Lechado).

Hay quienes afirman que Tito partió de sus experiencias españolas -cosa harto dudosa, por cuanto el líder yugoslavo no estuvo en España- para poner en marcha el proceso autogestionario. Ahora bien, es posible que los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales, y que suponían el sostén del mariscal en su pugna contra la URSS y contra el sector prosoviético del partido, pudieran aconsejarle en este sentido en virtud de sus experiencias en la España republicana. Sea como fuere, el socialismo autogestionario tenía algunos otros antecedentes, que se remontaban hasta la Comuna de París.

Frente a la toma centralizada de decisiones que era característica del burocratismo soviético, y que se extendería hacia los regímenes del centro y el este de Europa entre mediados y finales de los 1940, el modelo yugoslavo aspiraba a la descentralización en la toma de decisiones en las fábricas, empresas y cooperativas, dando mayor poder a los trabajadores frente a los cuadros técnicos del partido. Frente al dirigismo desde arriba en cuanto a la planificación económica, la famosa planificación centralizada, el sistema yugoslavo se basaba en la planificación dirigida, a través de una serie de directrices básicas a partir de las cuales las empresas contaban con una amplia libertad de decisión. Asimismo, se establecían mecanismos de mercado, tales como la competencia entre empresas.

La Liga de los Comunistas de Yugoslavia conservaba el monopolio del poder político, pero en el ámbito económico y administrativo la descentralización y la introducción de mecanismos “democráticos” trataban de contrapesar, de dejar en un segundo plano, ese monopolio, siquiera fuera de modo formal. “El aparato del partido y el estado quedaban así, al menos formalmente, relegados a un plano secundario, procurando dejar expedita la vía yugoslava hacia la autogestión. Las bases de este cambio quedarían plasmadas en la Constitución de 1953, según la cual la nueva organización social y política del país descansaría sobre la propiedad social de los medios de producción, la autogestión de los trabajadores en la economía y el autogobierno de los ciudadanos en la comuna” (Romero Ramírez). En el plano económico, la asamblea de personal y los consejos obreros, como representantes de los trabajadores, tenían amplias facultades de decisión – contratación, vivienda, reclamaciones, productividad, seguridad, higiene, etc. en el caso de la primera; reglamentos internos de la empresa, planes financieros y de producción, sus programas de inversiones y amortizaciones, aprobar el balance y las cuentas de la empresa, o dirigir la política de personal en el del segundo-. Los miembros del consejo obrero eran elegidos por el personal, con posibilidad de revocación en cualquier momento y no se les podía reelegir de inmediato. Los miembros del comité de dirección eran elegidos por el consejo obrero, a quienes les correspondía la gestión y ejecución de las políticas aprobadas en él y podían ser elegidos de entre todos los empleados, si bien “dada la complejidad de los temas abordados, el consejo obrero cuenta con comisiones especializadas que actuarían bajo su supervisión y control. Una de dichas comisiones -integrada por representantes del personal, del sindicato y de las autoridades locales- es la encargada de juzgar en concurso público a los candidatos a la dirección y a los puestos directivos.” El director, por su parte, es responsable técnico y administrativo, ejerce la representación de la empresa ante otras organizaciones y el Estado, y sus facultades en cuanto a despidos, contrataciones y otras se encuentran disminuidas por cuanto o son propias de o necesita del consentimiento del comité de gestión (del cual el director es miembro de oficio) o del consejo obrero (al que, por contra, no puede pertenecer).

El corolario del sistema de autogestión en el mundo económico y laboral fue la aprobación, junto con la de la Constitución de 1974, de la Ley de Bases del Trabajo Asociado, que daba mayor capacidad de decisión a las empresas en la toma de decisiones y, dentro de éstas, “todos estarían implicados en la toma de decisiones, independientemente del lugar que ocupen en la organización.”

Todor Kuljic expone, a modo de resumen, el funcionamiento práctico de la autogestión en el interior de las empresas yugoslavas:

“Las decisiones que se tomaban en las plantas de producción, se hacían de forma independiente; los consejos obreros eran soberanos, aunque estuvieran bajo el auspicio del partido gobernante. Se diferenciaban varios aspectos: aquéllos en los que los consejos obreros eran soberanos, y otros en los que dependían de los decretos procedentes de las autoridades […] Existían, por tanto, tres áreas: una primera área relacionada con las cuestiones puramente técnicas, una segunda dedicada a los asuntos de distribución dentro de la planta y la tercera, que hacía referencia al problema de la administración de cuadros. En estos casos, el comité del partido siempre tenía la última palabra y no existían decisiones soberanas por parte de los consejos obreros. Se podría decir que era una democracia directa mixta compuesta por varias capas. No obstante, si la comparamos, por ejemplo, con el estado actual en el que se encuentra Yugoslavia, donde impera una especie de capitalismo salvaje, podríamos decir que era una democracia que funcionaba relativamente bien […] Por ejemplo, en lo que respecta a los trabajadores, éstos no podían perder sus trabajos si el consejo laboral no se encontraba activo. La decisión final no dependía de la dirección. El consejo laboral, representado también por los trabajadores, decidía la valía de un trabajador. Hoy en día, únicamente son válidos los decretos. Asimismo, los consejos laborales eran soberanos en otros asuntos sociales, como era el caso de los apartamentos, vacaciones y distribución de ingresos.”

Sin obviar los problemas, Kuljic expone la necesidad de que la autogestión suponga, como hemos comentado unas páginas más arriba, una alternativa constructiva al capitalismo que se ha introducido -en algunos casos, cuando menos, en forma de “capitalismo de amiguetes”, y en su vertiente más lapidaria, en modo de “capitalismo mafioso”- en los nuevos estados balcánicos. Pese a sus errores, que más adelante examinaremos, afirma, “bajo mi punto de vista, la autogestión no puede morir nunca.”

Pero antes de pasar a ellos, es necesario comentar que la autogestión no se limitaba -o no aspiraba a limitarse- solamente al plano económico y laboral. Tal y como establecía la Constitución yugoslava de 1953, “el pueblo trabajador dispone de la comuna como organización político-territorial y comunidad socioeconómica de base, y como principal instrumento, por tanto, para el autogobierno de las instituciones económicas, sociales y políticas.” La comuna municipal, la institución de gobierno local, se regía también por los principios del socialismo “a la yugoslava”.

Con un antecedente nacional claro, la democracia radical serbia decimonónica (Kuljic), la comuna es una agrupación tanto cívica como económica, y en ella se dirimen asuntos de administración local como de organización económica. El comité popular de la comuna, órgano legislativo de la misma, se encuentra dividido en un consejo ciudadano, el consejo comunal, elegible por todos los ciudadanos, y un consejo económico o consejo de productores, resultado de la elección por parte de aquellos actores de las tres ramas de la economía -agricultura, industria y servicios-. Tanto en uno como en otro caso el mandato es por cuatro años La autoridad máxima del Comité Popular es el presidente, asistido en sus funciones por un funcionario profesional que ejerce de secretario del comité. El comité popular decide, de acuerdo con los principios aplicables a la autogestión en las empresas, sobre cuestiones que afectan a la vida ciudadana local: administración local, escuelas, instituciones científicas, culturales y recreativas, sanidad, vivienda… “La organización comunitaria asegura el contacto directo y el control del individuo sobre aquellos asuntos que como ciudadano o como trabajador le pudiesen afectar” (Romero Ramírez).

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

A lo largo de los primeros años de la Yugoslavia socialista posterior a la ruptura con Stalin, se introdujeron otros mecanismos liberalizadores, en especial en el campo, donde se relajaron los controles burocráticos, se abolió la venta obligatoria de alimentos al Estado, se sustituyó el anterior régimen de estaciones estatales de maquinaria agrícola por uno nuevo en el que la propiedad correspondía a las cooperativas y se alentó la formación de pequeñas propiedades privadas. Yugoslavia, además, se convirtió en un socio estratégico de EE.UU. y Gran Bretaña, para quienes la presencia de un país comunista no adscrito a la política soviética no dejaba de resultarles ventajosa. Así, a lo largo de la existencia del estado federal, Yugoslavia buscó y recibió ayudas llevó a cabo acuerdos comerciales tanto con Occidente como con el Este de Europa, cuando la muerte de Stalin y la relajación de las políticas hostiles desde Moscú alentaron el acercamiento entre Belgrado y el bloque soviético.

Sin embargo, el modelo autogestionario yugoslavo contó a lo largo de la existencia de la república socialista con diversas carencias. En primer lugar, la combinación de un socialismo autogestionario, de amplia descentralización (también a nivel de nacionalidades o repúblicas, como veremos a continuación) y participación popular casaba mal con la existencia de un régimen de partido único. De este modo, la práctica de la democracia directa sólo estuvo presente en los escalones inferiores de las empresas y las comunas, mientras que los puestos más altos en la escala, aquellos para los que se requiere una mayor preparación, sea técnica en el caso de las empresas, o administrativa en el caso de las funciones organizativas de los municipios y repúblicas, recaerán en manos de una clase dirigente vinculada a la LCY. Aunque, a diferencia de lo ocurrido en otros países de régimen socialista, en Yugoslavia trató de evitarse la confusión entre el partido y el Estado.

Relacionado con lo anterior, factores socio-económicos, educativos y culturales de la población dificultaban la puesta en marcha del modelo autogestionario, al menos en el corto plazo. Al final de la SGM, Yugoslavia era un país pobre, destrozado por el conflicto, con altas tasas de analfabetismo y una división interna causada por las luchas entre chetniks, ustashes y partisanos. No todo el mundo, ni muchas zonas del país, se encontraban adecuadamente preparados -en conocimientos, técnica, etc.- para el desarrollo del modelo autogestionario. Además, había que contar con las dificultades que conllevaba la transición desde una sociedad autoritaria, socialmente conservadora y fuertemente afectada por valores religiosos a un modelo que, al menos en teoría, otorgaba a los trabajadores y a los ciudadanos un amplio poder de decisión en lo que respectaba a la organización laboral y social. Así, Eslovenia, la república más rica, sería la que desarrollaría de una forma más brillante el modelo autogestionario, mientras las regiones y repúblicas del sur, como Kosovo, Macedonia o Montenegro, las más atrasadas, serían aquellas en las que se encontrarían más dificultades, haciendo que de este modo el norte mantuviera sus diferencias de desarrollo. A la larga, sin embargo, lo que se observó en todo el país fue un cierto desencanto y apatía en cuanto a la intervención obrera en los órganos de autogestión, y a la búsqueda de la defensa de sus intereses a través del uso de mecanismos comunes a los de la clase trabajadora de cualquier otro lugar, como la huelga (lo que se evidenció especialmente en los años ochenta y primeros noventa con los programas de ajuste estructural del FMI). “Parece paradójico, pues, que […] el sistema de autogestión yugoslava reproduzca el mismo modelo de relaciones laborales conflictivas que en principio deberia de haber contribuido a eliminar” (Romero Ramírez).

En tercer lugar, la economía yugoslava, con su combinación de socialismo y mercado, sufrió fuertes desequilibrios. Aunque hubo algunas diferencias sensibles con respecto a las economías de planificación central -el derecho reconocido de sus ciudadanos a emigrar, la mayor concentración en los bienes de consumo frente a los de equipo-, la ausencia de órganos de coordinación y planificación y la tendencia a la concentración empresarial, que favoreció la aparición de la tecnocracia dirigente, generaron, a la larga, algunos de los factores en los que se asentó la crisis económica y política que dio lugar a la desintegración de la república federal: una fuerte inflación, una creciente deuda externa, el mantenimiento de las diferencias de desarrollo entre repúblicas o un mayor desempleo -y por añadidura una mayor emigración-. Uno de los primeros disidentes yugoslavos, Milovan Djilas, ex vicepresidente de la república, criticaba desde una posición marxista que el modelo yugoslavo estaba reuniendo los peores aspectos del “socialismo real” y del capitalismo. En sus conclusiones, el profesor Romero Ramírez expone que “la construcción de una sociedad autogestionaria no podría descansar, única y exclusivamente, en la propiedad social de los medios de producción, ni en un ordenamiento legal que confiriese a los trabajadores el estatus y la responsabilidad de regir la vida social y económica, sin atajar antes todos los factores que conducen a la desigualdad y a la consagración de las jerarquías.”

Con todo, el modelo yugoslavo permitió a una sociedad fuertemente atrasada económica, técnica y a nivel educativo superar estos problemas en un período de tiempo relativamente corto. Asimismo, la muestra de que existía una forma distinta de hacer las cosas, pese a que la autogestión desarrollada en los Balcanes estuviera fuertemente desnaturalizada, debe ser útil de cara al futuro o, cuando menos, no ser obviada por los acontecimientos producidos con posterioridad en el área.

UN EQUILIBRIO PRECARIO ENTRE EL CENTRO Y LAS REPÚBLICAS

Imagen8Las repúblicas eran el escalón último de la descentralización administrativa en Yugoslavia. La Constitución de 1946 proclamaba la división del país en seis repúblicas federadas, una provincia y una región autónomas. Las seis repúblicas eran Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia. La provincia autónoma de Vojvodina, donde se encontraba una importante minoría húngara, y la región autónoma de Kosovo-Metohija, de mayoría de población albanesa (y de estatus menor al de Vojvodina) se enclavaban dentro de la república de Serbia. Posteriormente, sin embargo, Kosovo recibiría el estatus de provincia y perdería el nombre compuesto, suprimiéndose la denominación serbia de Metohija, que resultaba ofensiva para la población albanesa.

La configuración, o más bien la adscripción a cada una de las principales minorías del país a una república o a una provincia se realizó por el siguiente criterio, según explica Carlos Taibo: a cada nación constitutiva de Yugoslavia -eslovenos, croatas, serbios, bosniacos…- le correspondía una república federada. Sin embargo, los húngaros -y, junto a ellos, los antiguos serbios de Hungría que vivían en la Vojvodina- y la importante minoría albanesa eran consideradas nacionalidades, por cuanto su nación constitutiva se encontraba en otro estado independiente fuera de las fronteras de Yugoslavia, en su caso Hungría y Albania. Por este motivo, en la división administrativa a Vojvodina y Kosovo sólo se les concedió el estatus de provincia. Las reivindicaciones para elevar su rango al de república, similar al de las otras seis, eran además más intensas en Kosovo que en Vojvodina, dado que la población serbia era mayoría en esta última. No obstante, tras la reforma constitucional de 1974, ambas provincias disfrutaron, en la práctica, de un estatus similar al de las repúblicas, incluyendo la participación, con un representante elegido por sus respectivos parlamentos autónomos, en la presidencia colegiada de Yugoslavia que habría de suceder a la presidencia unipersonal de Tito a su fallecimiento.

A lo largo de los años del liderazgo del mariscal, la tensión entre centralistas y federalistas se fue resolviendo hacia fuera, concediendo en las reformas constitucionales una mayor autonomía y descentralización a las repúblicas. Al mismo tiempo, Tito se mostró implacable con las veleidades nacionalistas de Eslovenia y Croacia, por un lado, y los impulsos de recentralización de Serbia, ya pertenecieran a la oposición o a facciones locales de la LCY. Los intentos de Tito de llevar a cabo un cierto equilibrio entre el centro y las repúblicas chocaron, sin embargo, con su incapacidad para lograr crear un sentimiento nacional yugoslavo lo suficientemente fuerte como para estar por encima de diferencias étnicas o nacionales como las que estallaron a lo largo de las dos décadas posteriores a su fallecimiento. Esto, no obstante, no fue una tara exclusivamente del líder comunista yugoslavo: ya hemos visto que a lo largo de la existencia del reino de entreguerras fue también casi imposible articular un sentimiento nacional paneslavo en el país. Y, a pesar de ello, según las estadísticas proporcionadas por Taibo, a la muerte de Tito había subido en una gran proporción el número de personas que se declaraban “yugoslavas” a secas: en 1971 eran 273.000; en 1981 representaban más de un millón doscientas mil, con porcentajes más elevados en Croacia que en Macedonia.

Las tensiones entre el centro y la periferia guardan también relación con los problemas económicos que acabaron agudizando los conflictos internos de Yugoslavia. La descentralización de la política económica, sobre todo a partir de 1965, cuando el gobierno federal perdió gran parte de su capacidad de control sobre la actividad económica, generó una descoordinación de las políticas seguidas por parte de las diferentes repúblicas que aumentaron los desequilibrios, perjudicaron la toma de decisiones en materia fiscal, de política monetaria, de inversiones o de política de precios y penalizaron, a la larga, el desarrollo de las regiones más desfavorecidas, que siguieron creciendo a menor ritmo que las repúblicas septentrionales más desarrolladas. Eslovenos y croatas, preocupados por la integración en el mercado mundial, la inversión según criterios de racionalidad y rentabilidad y la competitividad de sus industrias, criticaban la adopción de un programa de inversiones destinado a la creación de “fábricas políticas” en Bosnia y Kosovo (la inversión en estas dos zonas motivadas, según ellos, por objetivos políticos, aunque se tratase de explicar por la necesidad de industrializar y desarrollar estas regiones) y la política del Fondo Federal para el Desarrollo de las Regiones Subdesarrolladas. La controversia en la materia, que se mantuvo a lo largo del tiempo, fue perjudicial a la hora de que el gobierno federal dispusiera una política adecuada para solventar los problemas del país. Podría llegar a decirse, incluso, que lejos de una “solidaridad entre repúblicas” (como se quiso bautizar el sistema federal), lo que se dio fue una suerte de “insolidaridad entre repúblicas”, especialmente en lo que respecta a la redistribución de la riqueza nacional entre las regiones más ricas y más pobres. En resumen: “el término “fragmentación del mercado” fue acuñado por los expertos de la OCDE (1984) para referirse a la situación provocada por la aplicación de los principios autogestionarios al marco de las relaciones económicas entre las diversas repúblicas. De acuerdo con el ordenamiento legal, cada república y provincia autónoma de las que integraban el antiguo estado federal yugoslavo disponía de una amplia discrecionalidad en materia económica […] Esta amplia autonomía de unas repúblicas a otras tuvo como consecuencia más inmediata la descoordinación en la política econ6mica nacional, provocando, a su vez, altas tasas de desempleo y de inflación; pero, sobre todo, propició que las diversas repúblicas arbitrasen los procedimientos adecuados para frenar la redistribución de la renta nacional a favor de sus propias economías locales” (Romero Ramírez). Un escenario que se complicó aún más con la intervención, nuevamente malograda, de las instituciones financieras mundiales, en un marco de crisis institucional y manipulaciones nacionalistas.

CAUSAS EXTERNAS DE LA CRISIS

Imagen9La muerte del mariscal Tito se produjo el 4 de mayo de 1980 en Liubliana, capital de Eslovenia. El viaje de su féretro hasta Belgrado fue seguido de forma significativa por multitud de yugoslavos, pero su muerte no significaba sólo, de una manera simbólica, dejar huérfanos a todos aquellos ciudadanos de la Yugoslavia socialista y multiétnica que había forjado a lo largo de treinta y cinco años. A su fallecimiento, el sistema político y económico del país se encontraba ante un desafío: la deuda exterior, el desempleo y la elevada inflación se habían convertido en problemas severos, así como las diferencias de desarrollo permanentes entre el norte y el sur del país. Paralelamente, a pesar de las reformas políticas que otorgaban mayor autonomía a las repúblicas y a las provincias autónomas y a la puesta en marcha de la presidencia colectiva y rotatoria tras el fallecimiento del mariscal -que había ejercido como presidente vitalicio del país, si bien con un cargo más de representación exterior que con funciones típicas de alto magistrado de la Nación-, tal y como se había previsto en la reforma constitucional de 1974, las tensiones nacionales se mantuvieron a lo largo de las décadas siguientes.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

A lo largo de los años venideros, en el seno del parlamento federal y la Liga de los Comunistas de Yugoslavia trató de abordarse este problema, desde las perspectivas de una descentralización mayor, lo que habría dado lugar a una estructura más confederal que federal al país -una solución que apareció a principios de los noventa, cuando las posturas intransigentes, en especial del nacionalismo serbio, hicieron fracasar esta solución- o de una recentralización que confiriera mayor poder al centro federal para poder coordinar áreas sobe todo económicas. Al mismo tiempo, y en este sentido, se enfrentaban también posturas partidarias de la introducción de medidas liberalizadoras de la economía y otras más conservadoras, más ortodoxas desde el punto de vista del socialismo, en la materia. Como quiera que las posturas discordantes centralización-descentralización y liberalismo-conservadurismo en materia económica estaban confundidas en las cúpulas dirigentes de las ligas de los comunistas locales, de tal suerte que los que defendían la descentralización administrativa no siempre eran partidarios de la liberalización económica (y al revés en el caso del otro binomio), “esta división hizo imposible cualquier acuerdo común sobre la reforma constitucional” (Carlos Taibo).

Un problema que agudizaría los conflictos era que, salvo Eslovenia, que era relativamente homogénea en términos étnicos (esta razón, junto con el hecho de que no tuviera fronteras comunes con Serbia, harían que la guerra de secesión de esta república fuera casi una “guerra relámpago”), casi todas las repúblicas tenían un alto número de población minoritaria de otras etnias, lo que daba lugar a que los conflictos independentistas y el nacionalismo exacerbado tuviera como víctimas especiales a estas poblaciones. Había una importante minoría serbia, como ya se ha citado anteriormente, en Croacia. En Serbia, húngaros y sobre todo albaneses en las provincias autónomas. Bosnia era un cóctel multiétnico. Y también había importantes minorías albanesas en Macedonia y Montenegro, república ésta que además contaba con un alto porcentaje de población serbia.

A partir de mediados de los ochenta, el nacionalismo, en franca conexión con la crisis económica (agudizada además por factores externos que pasaremos posteriormente a examinar) comenzó a hacer de las suyas en las diferentes repúblicas. Sobre este tema se ha escrito mucho, y como exponen muchos autores, las raíces más violentas y expansionistas, de raíz irredentista, comenzaron a observarse en Serbia, donde un funcionario de la Liga de los Comunistas, Slobodan Milosevic, dispuesto a conseguir el poder en la república sin importar el establecimiento de extrañas alianzas con este sector político -e incluso sin importarle poner en riesgo la propia permanencia de la federación- alimentó desde el poder el nacionalismo si le podía granjear apoyos, y posteriormente votos. Conocidas son sus primeras manifestaciones, suspendiendo la autonomía de Vojvodina y Kosovo, liderando la manifestación ultranacionalista de Kosovo Polje y la continuación de las mismas con el apoyo a las milicias serbias en Krajina, Eslavonia Oriental y Bosnia Oriental. Pero Milosevic no fue el único, aunque fuese el primero, en mostrar oportunismo a raíz de la descomposición interna yugoslava -quién sabe si alentada además por este tipo de personalidades- y de la progresiva caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental. Milan Kucan, el primer presidente esloveno elegido en elecciones pluripartidistas, era un antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. Y Franjo Tudjman, el primer presidente de la Croacia pluripartidista y luego de la república independiente, había sido partisano a las órdenes de Tito y general del ejército federal, y en 1989 pasó a defender, con esa extraña fe del converso, la política de exterminio bajo argumentos divinos (“el genocidio es un fenómeno natural, no sólo permitido, sino ordenado por la palabra del Todopoderoso para la superviviencia del reino de la nación escogida o para la preservación y difusión de su fe, la única verdadera”) e hizo apología del régimen fascista títere del Estado Libre de Croacia de Ante Pavelic. No deja de resultar sorprendente que estos dos personajes, Milosevic y Tudjman, dos oportunistas políticos que hicieron bandera de la causa nacionalista; que levantaron dos regímenes corruptos y autoritarios en Zagreb y Belgrado; que apoyaron -cuando no lo fueron directamente ellos mismos- a criminales de guerra y apologistas de la violencia como Radovan Karadzic y Ratko Mladic en el caso del primero o Mate Boban y Ante Gotovina en el del segundo; y que proyectaron repartirse Bosnia-Herzegovina a través de los acuerdos de Karadjordjevo (marzo de 1991) y Graz (mayo de 1992), aparecieran sentados en Dayton en 1995 firmando como hombres de Estado los acuerdos de paz que daban por finiquitado el conflicto bosnio -y, en los hechos, el gobierno multiétnico del país y sancionaban poco más o menos la política de conquista y limpieza étnica desarrollada a lo largo de los tres años anteriores-.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Lo de Dayton puede interpretarse, poco más o menos, como una nueva cumbre en la cadena de despropósitos de la comunidad internacional en su forma de tratar los asuntos referentes a Yugoslavia. Es curioso que un país que había sido especialmente bien tratado por la Unión Europa o los Estados Unidos por ser un estado socialista heterodoxo, alejado de la órbita de Moscú, fuera sin embargo tan poco conocido en cuanto a sus asuntos internos como para que durante cinco años (1990-1995), o más si contamos con el triste epílogo del conflicto kosovar, estuviera sembrando cadáveres y dando pie a explicaciones simplistas como una suerte de males atávicos que se pretendían remontar a las guerras balcánicas de casi cien años antes.

Por descontado, fueron los problemas internos de Yugoslavia la causa principal de que se desencadenaran los conflictos que se fueron sucediendo, desde la breve “Guerra de los Diez Días”  en Eslovenia de la primavera de 1991 hasta la larga guerra civil bosnia de 1992 a 1995. Pero todos esos problemas se vieron agudizados por la actuación de una serie de agentes de fuera que aportaron “leña al fuego” en este asunto, bien por acción o por omisión. Si bien Yugoslavia o los Balcanes en general, como explica el profesor Taibo, había dejado de ser el área estratégica que fue cuando tuvieron lugar las independencias del imperio otomano del siglo XIX o las guerras balcánicas previas a la PGM, y la atención se había desviado hacia Oriente Medio, las dificultades de una URSS en sus últimas bocanadas, la unidad alemana o la integración europea, esto lo que hace es hablar en negativo de una comunidad internacional que exhibe una cara, la de la defensa de las libertades, los derechos humanos y la paz, mientras por la espalda sólo se preocupa de sus propios intereses geopolíticos, muy alejados de esos grandes principios.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

El papel del FMI: La negociación para el pago de la deuda externa yugoslava conllevó, casi como en todas partes, un plan de ajuste estructural que de nuevo se llevó a cabo, como en tantas otras ocasiones, a través de las llamadas “recetas mágicas” del FMI, las instrucciones multiusos que en tantas ocasiones se han demostrado fallidas y han causado más perjuicios que beneficios. En palabras de la especialista alemana Jutta Dirtfurth, citadas por Ángel Ferrero, “a la elevada deuda exterior en los ochenta les siguió la desestabilización de la economía yugoslava en los noventa, en parte por culpa del programa de ajuste estructural dictado por el Fondo Monetario Internacional en 1990. Como en el caso del Tercer Mundo, el objetivo ahora en Yugoslavia era privatizar las empresas públicas y abrir el país a las inversiones y mercancías extranjeras. Pero sobre todo se trataba de recortar los amplios derechos de que gozaban los trabajadores. La ley sobre Organización de Base del Trabajo Asociado molestaba. Un ejemplo así no era necesario en la futura Unión Europea…” Ya antes de la muerte del mariscal Tito, un primer paquete de medidas fue adoptado -o impuesto- a las autoridades yugoslavas, sin que supusiera éxito alguno: la reestructuración de la deuda no condujo a una reducción de la misma, sino que fue progresivamente aumentando. El nivel de vida de la población, a consecuencia de la devaluación del dinar, la moneda yugoslava, fue cayendo progresivamente.

A lo largo de los años ochenta, las privatizaciones, las congelaciones salariales, una nueva ley bancaria diseñada para desencadenar la liquidación de los “Bancos Asociados” (hasta entonces en manos públicas), la ausencia de ayudas a las empresas nacionales obligadas a entrar en bancarrota o en liquidación por la competencia extranjera -con la aprobación de una particular legislación al efecto para facilitar que las empresas insolventes se declararan en quiebra-, y otras medidas puestas en marcha por el primer ministro federal, Ante Markovic (quién había sustituido en 1988 a Branko Mikulic, incapaz de hacer aprobar su proyecto de presupuestos en el parlamento federal), como una política monetaria restrictiva, dinamitarían los lazos económicos entre las repúblicas, aumentarían las tendencias centrífugas que se habían ido observando a lo largo del tiempo entre las mismas y dispararían las tensiones separatistas. Al mismo tiempo, el apoyo otorgado a la burocracia del partido para la puesta en marcha de las reformas, creando una continuidad entre la antigua y la nueva clase dirigente (“las oligarquías republicanas, que soñaban con un “renacimiento nacional” en beneficio propio, en lugar de elegir entre un auténtico mercado yugoslavo o la hiperinflación, optaron por una guerra que iba a ocultar las auténticas causas de la catástrofe económica”, expone Michel Chossudovsky), y el desencanto de una población que mostró primero su malestar en forma de huelgas donde las diferencias étnicas brillaban por su ausencia, y luego se vio arrastrada a la orgía nacionalista por los manipuladores políticos, sirvieron de acelerador del proceso.

Como corolario, muchos de los países de la zona se hallan más empobrecidos -aunque siguen persistiendo las mismas diferencias que durante la existencia de la federación-, la integración en la UE se ha hecho a costa de programas de recortes y de una caída del nivel de vida que han generado protestas ciudadanas (Eslovenia) o se ha dado una manifestación de capitalismo clientelar (Serbia, Montenegro) o de una administración neo-colonial de no residentes que determina la política económica (Bosnia-Herzegovina).

La actitud alemana: La Alemania recientemente reunificada (o más bien resultado de la absorción de la RDA por parte de la RFA, dado que no hubo ni adopción de una nueva carta magna, ni reforma constitucional, ni referéndum… nada salvo la pura y simple imposición del sistema político y económico de Alemania Federal a su vecina) tenía ansias de liderazgo en el interior de la entonces Comunidad Europea (Maastricht fue el primer paso para la construcción de una suerte de nueva Europa bajo la Pax Germanicca). El gobierno del canciller Kohl, reelegido tras el subidón nacional provocado por la “reunificación”, forzó la deriva de los acontecimientos cuando, tras un acuerdo en el verano de 1991 entre Belgrado y las entonces repúblicas secesionistas de Eslovenia y Croacia, se finalizaron los combates en la primera de las repúblicas a condición de que Liubliana y Zagreb pospusieran su independencia por noventa días y Serbia aceptara el relevo en la presidencia rotatoria de la debilitada federación.

Sin embargo, el gobierno alemán tomó la iniciativa unilateral de reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia, forzando al resto de países miembros de la CE a reconocer también la secesión. Antes de tomarse siquiera la molestia de esperar a la evaluación de un comité de juristas, que tendría que elaborar un informe acerca de la situación de los derechos humanos y la situación de las minorías en estas repúblicas, y en contra de la opinión de los Estados Unidos, quienes pese a no tener ya interés en el mantenimiento de la federación yugoslava, consideraban precipitado aún el reconocimiento. Contra -o cuanto menos adelantándose a- los propios requisitos solicitados en la materia por la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE, la posterior OSCE), el reconocimiento prematuro avalaba a un personaje tan poco de fiar como Tudjman y daba alas al nacionalismo serbio para emprender su labor de limpieza étnica en Krajina y Eslavonia Oriental bajo el argumento de la “autodefensa”. El contraste de la actitud alemana, además, con el rápido reconocimiento de la independencia de Eslovenia y Croacia con respecto a las aspiraciones de reconocimiento de una hipotética secesión en referéndum o en elecciones plebiscitarias de Cataluña o el no reconocimiento de la anexión de Crimea por Rusia (península mayoritariamente habitada por rusos y que había pertenecido a Rusia antes de que fuera otorgada a Ucrania por primera vez en su historia por el premier soviético Nikita Jruschov en los sesenta) bajo el argumento de la “integridad territorial de los estados” suena casi a chiste.

Las ayudas militares y diplomáticas “bajo cuerda”: Jutta Dirfurth, en otro párrafo citado por Ángel Ferrero, establece la actitud favorable a eslovenos y croatas exhibida por Alemania y su vecina Austria a lo largo de los conflictos yugoslavos. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, capitaneada por EE.UU. y, en el ámbito europeo, claramente secundada por la nueva Alemania, “consideraba a Yugoslavia una molesta muralla que bloqueaba sus intereses en Asia Central. Su objetivo era el establecimiento de un puente hasta su puesto avanzado en Turquía y la estabilización de los Balcanes para los intereses de los Estados Unidos y la UE, con Alemania al frente”. Josep Fontana se refiere, además, a la vieja aspiración de dominio austro-alemán de la zona balcánica, fracasada tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, y que parecía retornar con la desintegración del estado federal yugoslavo. A ello podía sumársele la posible futura integración, en la esfera de influencia austro-germana y en la Unión Europea, de las dos repúblicas más septentrionales y desarrolladas de la disuelta federación, Eslovenia y Croacia, que habían formado parte del Imperio Habsbúrguico (como, de hecho, ha ocurrido). Si nos atenemos a las feroces críticas y posiciones antiserbias -absolutamente justificadas- en el conflicto, sin que, sin embargo, se escucharan lamentos por los crímenes o abusos de poder cometidos por parte de las autoridades y milicias croatas, dentro o fuera de las fronteras de la república, puede resultar fácil colegir que el apoyo alemán, austríaco e incluso húngaro (que intervino también a favor de Croacia para tratar de ayudar de modo indirecto a sus connacionales de Vojvodina) se tradujo en una actitud similar en los medios diplomáticos y de comunicación.

Por su parte, Francia jugó hacia una calculada ambigüedad: “al mismo tiempo que Mitterrand criticaba a Milosevic por sus abusos, le prestaba apoyo incluso militar enviando discretamente armas a los serbios, tan sólo para proyectar la antigua alianza franco-serbia que se remontaba a 1914” (Carlos Sánchez Hernández).

Estados Unidos, por su parte, fue a remolque de la Unión Europea, y aunque en un primer momento proporcionó armas e instructores al gobierno bosnio de Alia Izetbegovic, demostró que no tenía una política clara sobre el asunto, y el embargo de armas que se dictó en Bosnia no favoreció en absoluto a sus supuestos aliados del gobierno de Sarajevo. Lejos de eso, las milicias serbias, que contaban con los arsenales del ejército federal, podían seguir abasteciéndose en mayor medida que sus adversarios, lo que les llevó a conquistar las dos terceras partes del territorio bosnio entre 1992 y 1994, mientras croatas -de acuerdo con el plan de partición entre Tudjman y Milosevic- y musulmanes peleaban entre sí en el resto de Bosnia.

“El triste papel de la ONU”: Así ha definido el profesor Taibo lo que fue el papel de la organización internacional en los Balcanes. No resulta extraño, pues en el juego de intereses descrito anteriormente -al que podría sumarse la postura griega, preocupada por el reconocimiento internacional de Macedonia; o el de España o Gran Bretaña, por el impacto interno que podrían tener en Euskadi, Cataluña o Escocia el reconocimiento del derecho de autodeterminación que se le había dado a Croacia y Eslovenia- la ONU y su Consejo de Seguridad iban a ver también posturas enfrentadas o cuando menos de una ambigüedad calculada entre las diferentes naciones y entidades internacionales.

El caso de Bosnia-Herzegovina fue, sin duda, el que más impacto -por la duración del conflicto, por sus secuelas humanitarias, por las múltiples conexiones televisivas que llegaban a los espectadores de todo el mundo- tuvo en la opinión pública y el que reveló la ineficacia de la organización, que en los últimos años ha dido experimentando un franco declive cuyo punto culminante ha sido la utilización unilateral de la fuerza y sin respaldo alguno de resoluciones de Naciones Unidas por parte de EE.UU. en Irak. Pero, retornando a Bosnia, lo más grave del asunto fue que otra vez el juego de intereses se entrometió aquí, abriendo camino a la guerra y sentando las bases para que la ONU fracasara en su empeño de enviar una fuerza de paz y de llegar a un acuerdo estable para la viabilidad del país.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Como ya se dijo anteriormente, Bosnia-Herzegovina resultaba algo así como una “Yugoslavia en pequeño”. Habitada por tres comunidades (serbios, croatas y bosnio-musulmanes), muchas veces entremezclados entre sí como en el caso de la capital, Sarajevo, su independencia, proclamada en 1992 junto con la de la septentrional Macedonia -después del fracaso de la propuesta de reforma de la federación- incluía un gobierno de representación de las tres comunidades: el presidente de la república era musulmán (Izetbegovic); la presidencia del gobierno recalaba en un serbio, y la del parlamento en un representante croata.

Por entonces se estaban registrando las primeras luchas callejeras, y aparecían las primeras comunidades autónomas serbias y croatas, de los primeros en Bosnia Oriental y Banja Luka, al norte del país, y de los segundos en la zona de Herzegovina (tal vez un paso previo para la división del país acordada en Karajordjervo y ratificada más tarde en Graz por serbobosnios y bosniocroatas). La independencia, sin embargo, escribe Josep Fontana, no tenía en principio por qué ser traumática: “los serbios aceptaban la independencia con tal de que se estableciera un gobierno central débil y se respetase la autonomía de las zonas en las que la población de etnia serbia era mayoritaria”. Pero estos deseos y la actitud de Izetbegovic, apoyado por los EE.UU., que aspiraba a un poder central fuerte, y que recelaba de la actitud serbia y de los deseos de Milosevic de construir una “Gran Serbia” a costa de los territorios de mayoría serbia de la república, acabaron por chocar.

Las milicias paramilitares serbias pusieron pronto cerco a Sarajevo, y los croatas de Herzeg-Bosna comenzaron asimismo a atacar las posiciones del gobierno bosnio en Herzegovina y Bosnia Central. En 1992 salió a la luz un plan de Naciones Unidas, el plan Vance-Owen, que suponía la cantonalización del país mediante su división en diez provincias autónomas o cantones de forma que cada comunidad contara con mayoría de población en tres de ellos y que en el gobierno de cada una de ellas estarían representados los tres grupos principales; la presidencia de la república, al igual que ocurría en la de la antigua federación yugoslava, sería de carácter rotatorio.

Sin embargo, este plan no salió adelante en su momento: la UNPROFOR, la fuerza de paz enviada en su día a las zonas de Krajina y Eslavonia, en Croacia, y extendida a territorio bosnio, no había recibido mandato alguno para hacer cumplir el plan establecido (entre sus funciones sólo estaba garantizar la entrega de ayuda humanitaria y la protección de zonas de seguridad para los refugiados civiles). Además, contó con la oposición de los representantes serbios (ya que no otorgaba reconocimiento a las ganancias de territorio conseguidas a través de la política de “limpieza étnica”), pero sorprendentemente también con la de EE.UU., quienes no querían verse obligados a mandar hombres para garantizar el cumplimiento del plan.

A lo largo de los siguientes tres largos años de guerra, fueron varios los factores que cambiarían el curso de los acontecimientos a favor de una solución negociada que, paradójicamente, iba a ser muy similar al plan Vance-Owen. En primer lugar, los serbios “murieron de éxito”, ya que controlaban una extensión de territorio demasiado grande como para que pudieran controlarlo con facilidad. Además, Milosevic, pensando en ganar respetabilidad y crédito internacional y en acabar con el bloqueo internacional que se había establecido contra la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro, dejó de apoyar a las milicias serbobosnias. En segundo lugar, la alianza bosniocroata que se había roto al comienzo de la guerra cuando entró en funcionamiento el acuerdo de reparto de Bosnia entre los gobiernos de Serbia y Croacia se restableció. Y en tercer lugar, los EE.UU. pusieron en marcha, con cobertura militar de la OTAN y a través de una demanda de la ONU, la operación Life and Strike, a través de la cual se bombardeó las posiciones serbias y se dio apoyo armado a la Armija bosnia.

En medio de todo esto, sin embargo, se producía la descoordinación entre las fuerzas de la OTAN y los “cascos azules” de la ONU, enviados en escaso número, además, para proteger las zonas de seguridad, que fueron tomadas por los serbios. El contingente de soldados de Naciones Unidas registró, por otro lado, una horrible mancha en su historial con la pasividad, cuando no la connivencia, de un contingente de “cascos azules” holandés con la matanza de musulmanes bosnios perpetrada por los paramilitares serbios de Ratko Mladic en Srebrenica en julio de 1995. En lugar de proteger a la población civil, los soldados neerlandeses de la ONU simplemente “dejaron hacer”, con lo que 7.600 varones musulmanes fueron salvajemente masacrados.

Fuera por la matanza de Srebrenica o porque la guerra se encontraba en un punto muerto, el nuevo presidente estadounidense, Bill Clinton, decidió patrocinar una reunión en Dayton (Ohio, EE.UU.) entre el presidente bosnio y los presidentes de Croacia y Serbia-Montenegro para alcanzar un acuerdo de paz en el país. En realidad, el acuerdo de Dayton del 14 de diciembre de 1995, firmado por Izetbegovic, Tudjman y Milosevic era una versión actualizada del plan Vance-Owen: Bosnia-Herzegovina quedaba dividida en dos entidades autónomas: la República Serbia de Bosnia, con un 49% del territorio al este y al norte, y la Federación Croato-Musulmana, con el 51% restante en Bosnia Central y Herzegovina. Tendría un parlamento federal común en Sarajevo y una presidencia colegiada formada por un representante de cada una de las tres comunidades. Sin embargo, en la práctica, el país se ha convertido en una especie de protectorado de Naciones Unidas, con la presencia de un representante de la ONU con funciones ejecutivas y autoridad sobre ambas zonas. “Era un resultado lamentable -escribe Fontana- que venía a sancionar lo que se pudo haber obtenido en 1992 con el Plan Vance-Owen, ahorrándose tres años de guerra que causaron 100.000 muertos y grandes desplazamientos de población. Las destrucciones económicas y el retroceso en la producción de alimentos dejaron al país en una situación en que no hubiera podido subsistir sin ayuda internacional”.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La única conclusión positiva del papel de la comunidad internacional fue que, aparte de la labor de reconstrucción y de la solidaridad altruista desempeñada por particulares y por soldados que, como los españoles desplazados en la zona de Mostar, contribuyeron a reconstruir el histórico puente de la ciudad, fue la de la implementación del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. En el plano del Derecho y de la persecución de crímenes de guerra, este tribunal supuso un auténtico golpe para aquellos que habían cometido y patrocinado las labores de limpieza étnica, y una satisfacción para las víctimas de la violencia, pese a sus limitaciones en cuanto a la materia a investigar -en muchos casos, no se tuvo en cuenta como crimen contra la humanidad la violación- y los criminales que fueron penados (Tudjman no pasó por ellos y Milosevic murió antes de que se dictara sentencia alguna contra él). Sin embargo, aunque contemporáneo del Tribunal Internacional para Ruanda y precedente de la Corte Penal Internacional, el hecho de que países hayan quitado su firma del acuerdo para su creación o directamente no la hayan puesto (EE.UU., Israel), las limitaciones interpuestas por otros al concepto jurídico de “justicia universal” (España recientemente) o los intereses creados para evitar llevar a juicio a criminales de naciones especialmente estratégicas por razones económicas o comerciales puede dar la razón a lo que Carlos Taibo decía en su día sobre la discriminación y la limpieza étnica en Yugoslavia: “La aceptación de facto de los resultados de la político de “limpieza étnica” […] abre acaso el camino a procesos de naturaleza semejante en otros lugares. Las minorías húngaras presentes en Eslovaquia y en Rumania pueden ser las próximas víctimas, como pueden serlo muchas de las minorías rusas y no rusas que habitan en las diferentes repúblicas de la Comunidad de Estados Independientes”. Procesos que, en otras latitudes -Latinoamérica, Myanmar…- se han vivido sin la atención mediática que despertó en su día las guerras de Yugoslavia.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpeska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

CONCLUSIONES

Cuando Yugoslavia dejó de existir, aún se habría un posible horizonte que evitara los conflictos que surgieron a la luz a lo largo de los años noventa con el resultado de cruentas guerras entre las repúblicas de Eslovenia, Croacia y Bosnia -y en el interior de estas dos últimas- y Serbia, apoyada por Montenegro y por un ejército federal serbianizado por dos factores: la alta presencia de serbios en sus escalones superiores de mando y por la deserción de soldados de otras nacionalidades, que no estaban dispuestos a luchar contra sus propias repúblicas. Una de estas posibilidades pasaba por la reforma de la federación para que adoptara una estructura confederal, o por la variante de una confederación de estados yugoslavos independientes. A estas posibilidades, propuestas por Macedonia y Bosnia-Herzegovina, se sumaron en un primer momento eslovenos y croatas, pero dos factores impidieron que pudiera salir a la luz: la actitud del nacionalismo serbio, para quien la federación sólo iba a poder reformarse a favor de la hegemonía nacional de su república, y la inicial reticencia de la Comunidad Europea -postura que, como veremos, se modificó más tarde, a raíz del paso al frente dado por una Alemania dispuesta a dar un giro a su política exterior tras la reunificación- a aceptar cambios en las fronteras adoptadas tras la SGM.

Si bien las causas que operaron en la desintegración del viejo estado federal yugoslavo fueron internas, la aceleración del proceso y su desenlace violento estuvieron en buena medida determinados por la acción externa, y su desarrollo se vio agravado por una comunidad internacional que, demasiado ocupada en otros asuntos, demasiado poco conocedora de los procesos internos que se estaban desarrollando en el interior de Yugoslavia y, además, defendiendo en muchas ocasiones intereses contrapuestos, no fue capaz de coordinar correctamente una operación diplomática eficaz para evitar las sucesivas guerras, ni garantizar una política humanitaria eficaz que protegiera a la población civil inmersa en las zonas de combate. Los medios de comunicación transmitían diariamente imágenes del cerco de Sarajevo o de los combates en Bosnia Central o Herzegovina, pero el conflicto permaneció enquistado durante mucho tiempo sin que funcionaran acertadamente las instituciones internacionales, en especial Naciones Unidas.

Durante ese tiempo, además, prevalecieron los análisis que se referían a lo que ocurría en la antigua Yugoslavia como una muestra más del fracaso del socialismo o a la presencia de conflictos latentes que, como en una conocida obra del escritor y ex corresponsal de guerra Arturo Pérez-Reverte, “Territorio comanche”, se remontaban en la memoria colectiva de los yugoslavos a la época de la Gran Guerra o la posterior lucha interior entre chetniks, ustashes y partisanos durante la SGM, lo que ha contribuido a dar la imagen de que los yugoslavos, en realidad, se odiaban desde tiempo inmemorial y se habían visto obligados a convivir por obra de Tito o de las potencias internacionales que, después de la PGM, construyeron Yugoslavia poco menos que de la nada. Esta interpretación obviaba la antigüedad de la idea paneslava, mucho más vieja que aquellos tiempos en que los yugoslavos “se acuchillaban en nombre de la Sublime Puerta o de la Viena imperial” (Pérez-Reverte), y de que fueron los actores que utilizaron el nacionalismo como arma política para sus propios fines quienes recordaron a las masas de sus respectivas repúblicas los odios de un pasado lejano -la hegemonía serbia, el terror de los ustashes…- para exacerbarlas y garantizarse su apoyo frente a un “enemigo” común. Por otra parte, esto fue más efectivo en el medio rural que en las ciudades, donde la convivencia interétnica y el nivel cultural era mayor. No en vano, Sarajevo, la acosada capital bosnia, era la sede del gobierno multiétnico de la república independizada.

En cuanto a la muestra del fracaso del socialismo, no conviene olvidar los factores externos que condujeron al desmoronamiento de la economía yugoslava, en gran medida las políticas dictadas por el FMI a la manera de “recetas multiusos” para revitalizar la maltrecha economía del país. El modelo socialista yugoslavo estaba muy alejado de la ortodoxia impuesta desde Moscú a sus aliados del centro y el este de Europa, y esta falta de ortodoxia hicieron que durante muchas décadas Yugoslavia fuera un aliado comercial de Gran Bretaña, Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea. A partir de los años ochenta, con la puesta en marcha de la perestroika gorbachoviana en la URSS, y sobre todo de 1989, con la caída de los regímenes burocráticos que componían el bloque soviético en Europa, el interés como socio de Yugoslavia cayó en picado, al igual que las ayudas económicas que recibía el país de Occidente, lo que fue determinante para el deterioro de la economía, la aplicación de programas de ajuste más severos (causa y efecto mutuos el uno del otro) y el aumento de la conflictividad social y el agravamiento de la situación política.

En segundo lugar con respecto a este extremo, si bien el socialismo yugoslavo estuvo marcado por defectos que lo alejaban de un verdadero socialismo de raíz humanista y democrática, como lo estaban los socialismos burocráticos de la URSS y el bloque este, tal y como lo enjuician los críticos del “socialismo real”, el fracaso del modelo socialista no explica por qué la independencia y disolución de un estado debe degenerar en conflictos bélicos. El ejemplo más claro es la disolución pacífica de Checoslovaquia, un estado socialista ortodoxo hasta 1989, en dos estados independientes desde enero de 1993. Quizás este argumento esté motivado por la necesidad de mostrar, una vez más, las maldades de un mundo ya inexistente que, sin embargo, ha sido criticado por filósofos y teóricos marxistas por la degeneración que suponía utilizar el nombre de socialismo para definirlos, que generó más de un disidente de raíz marxista y que, como en el caso del “socialismo autogestionario” yugoslavo, creó experiencias interesantes y positivas que no conviene descartar de un plumazo.

FUENTES:

Carlos Taibo, José Carlos Lechado: “Los conflictos yugoslavos. Una introducción”. Madrid, Fundamentos, 1993.

Ángel Ferrero, “Hacia una Europa neoimperialista”, en Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria, 2013.

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una Historia del mundo desde 1945”. Barcelona, Pasado & Presnte, 2013.

Carlos Sánchez Hernández, “La geometría variable del poder en política exterior. I: La intervención occidental en Bosnia (1992-95) y la matanza de Srbrenica”, Madrid, NÓMADAS-Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, 12-2005/2, Universidad Complutense de Madrid.

Antonio José Romero Ramírez, “Yugoslavia: de las repúblicas de los consejos obreros a la guerra entre republicas”, s/l, Papers nº 44, 1994.

Marcos Ferreira, “Desintegración y guerras de secesión en Yugoslavia”, 6 de mayo de 2015, en http://elordenmundial.com/regiones/europa/desintegracion-y-guerras-de-secesion-en-yugoslavia/

Michel Chossudovsky, “El desmantelamiento de Yugoslavia por el FMI”, en http://www.arrakis.es/~caum/fmi.htm

Todor Kuljic “Autogestión de trabajadores en Yugoslavia”. Transcripción de un vídeo de O. Ressler, grabado en Belgrado, Serbia, 23 min., 2003 (Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid), en http://www.republicart.net.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), artículos “Comité Yugoslavo” y “Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios”.

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