La Operación Gladio: socavar la democracia en nombre del “mundo libre”

El 9 de mayo de 1978, el presidente de la Democracia Cristiana italiana, Aldo Moro, era encontrado muerto en el maletero de un Renault 4L en una céntrica calle de Roma, la Via Caetani. Había sido cosido a balazos por miembros del grupo terrorista Brigate Rosse (Brigadas Rojas), que le habían mantenido secuestrado durante 55 días en un piso franco que la organización tenía en la capital. El secuestro y asesinato de Aldo Moro suponía la culminación de los terribles años de plomo que a lo largo de los setenta sacudieron Italia con múltiples atentados terroristas. Pero al mismo tiempo marcó el punto de inflexión de la primera República Italiana, cuyos partidos entraron en barrena hasta su definitivo colapso en 1992, y el entierro de la estrategia del Compromiso Histórico que facilitaba la entrada, por primera vez desde la posguerra de la SGM, de los comunistas en un gobierno europeo occidental, precisamente gracias a que Moro abría las puertas del mismo al potente PCI.

La muerte de Aldo Moro permaneció y continúa aún envuelta en el misterio: ¿fueron las Brigadas Rojas las únicas responsables de su muerte? Las revelaciones del primer ministro Giulio Andreotti, compañero de filas de Moro, en 1990, a raíz de las investigaciones judiciales que se estaban dando entonces sobre el terrorismo de extrema derecha que había sufrido el país, sembraron la indignación y el desconcierto en Italia: la OTAN había creado, amparado y/o fomentado no sólo en el país transalpino, sino en todos los países europeos miembros de la Alianza Atlántica(e incluso otros como la neutral Suiza), un conjunto de ejércitos secretos conocidos como “stay-behind” destinados a labores de resistencia y sabotaje en caso de una ocupación soviética de Europa Occidental. Pero, lejos de centrarse en ese cometido inicial, los distintos ejércitos secretos nacionales comenzaron a operar para impedir, mediante labores de propaganda, asesinatos y actividades terroristas de “bandera falsa”, que partidos comunistas del Oeste de Europa llegaran al poder a través de elecciones libres, desacreditando a las organizaciones de izquierda y achacándoles hechos sangrientos que, en realidad, no habían protagonizado.

LOS ORÍGENES DE LA “ORGANIZACIÓN GLADIO”

Gladio es la palabra que sirve para denominar la espada con la que luchaban las legiones del Imperio Romano, y también entre sí los guerreros en la arena del circo, razón por la que eran denominados “gladiadores”. Gladio es el nombre que recibió el ejército secreto italiano y que, por ser el primer ejército “stay-behind” -una expresión inglesa sin traducción que apunta a alguien que está detrás, agazapado o en la sombra- que se descubrió, a partir de las revelaciones de Andreotti, se hizo extensible al resto de organizaciones militares secretas de estas características que se establecieron en el resto de Europa Occidental, si bien, aunque interconectadas, cada una tiene su propio nombre. Así, por ejemplo, encontramos Gladio en Italia, SDR8 en Bélgica, Absalon en Dinamarca, Aginter Press en Portugal, ROC (ROCAMBOLE) en Noruega o el BDJ-TD en Alemania Federal. La organización, el entrenamiento, el equipamiento y en algunos casos la financiación se realizaba bajo el paraguas de la OTAN. Pero antes de que ésta se formase, los “stay-behind” del continente recibieron la ayuda de los servicios secretos estadounidenses (CIA) y británicos (MI6), que a lo largo de toda la historia de los “stay-behind” desempeñaron un importante papel en su funcionamiento.

Símbolo del Gladio, el ejército secreto italiano cuyo nombre ha servido de nombre genérico de los ejércitos secretos anticomunistas de Europa Occidental

Símbolo del Gladio, el ejército secreto italiano cuyo nombre ha servido de nombre genérico de los ejércitos secretos anticomunistas de Europa Occidental

Esto es un poco adelantar acontecimientos. Situémonos todavía en la SGM. Numerosos gobiernos y miembros de la cúpula militar de los países ocupados por los nazis se habían instalado en Londres, la capital de un Imperio Británico que en ese principio de la guerra y la campaña victoriosa de los nazis (hasta 1941, cuando la URSS y los Estados Unidos se vieron atacados por Alemania y Japón respectivamente) seguía manteniendo, junto a los resistentes de los países invadidos, encendida la llama de la lucha contra las potencias del Eje. Los gobiernos en el exilio de Francia (con De Gaulle a la cabeza), Polonia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Noruega o Dinamarca se habían instalado en la capital inglesa, y el servicio secreto británico iba a reclutar y formar a especialistas de estas naciones que pudieran desarrollar labores de espionaje y contraespionaje, infiltración, contacto con los resistentes y partisanos locales… con vistas a minar la capacidad de combate de las fuerzas del Reich y poder ejecutar el contragolpe que llevara a los aliados a la victoria. Estos especialistas, con un enorme riesgo, iban a ser posteriormente enviados a las zonas ocupadas, donde desempeñarían su labor. Labor que, por ejemplo, en el caso del desembarco aliado de Normandía, iba a revelarse como esencial para el posterior éxito de las operaciones.

En resumidas cuentas, lo que se estaba realizando a lo largo de estos años de guerra eran labores de ejércitos secretos, de operaciones “stay-behind”, contra los ejércitos hitlerianos ocupantes. Acabada la guerra, sin embargo, tanto los servicios secretos británico y de otras naciones recién liberadas vieron la necesidad de que una posible nueva invasión no les pillara por sorpresa y vieron, por tanto, necesario, mantener una ejército secreto frente a la que a partir de entonces iba a convertirse en el nuevo enemigo, el antiguo aliado soviético. Las consideraciones británicas iban a cambiar, no de sistema, sino de enemigo, alentadas además por el ferviente anticomunismo y los prejuicios antisoviéticos de la nueva administración estadounidense, a cuya cabeza se había colocado el desconocido vicepresidente Harry S. Truman, tras sustituir, a su fallecimiento, al carismático presidente Franklin D. Roosevelt.

Según escribe el especialista suizo Daniele Ganser, las clases altas británicas, que habían dominado en los círculos gubernamentales, militares y de inteligencia de Londres, habían consentido estúpidamente el ascenso y la agresión exterior de Hitler y su aliado Mussolini porque, en esencia, ambos se enfrentaban al “enemigo correcto”, el comunismo soviético, cuya revolución de octubre de 1917 causó un extremado impacto en los medios aristocráticos y en los financieros de la City. Por ese motivo, Gran Bretaña fue aliada de los ejércitos blancos que luchaban contra los bolcheviques en la guerra civil rusa (1918-1921) y permitió, con la ineficaz pantomima de la No Intervención y sus contactos informales con el gobierno franquista de Burgos, la victoria de los sublevados nacionalistas en la guerra civil española en lugar de apoyar al gobierno legítimo de la República, cuyas reformas, apuntó en su día el profesor Vicenç Navarro, eran percibidas por las élites británicas como demasiado audaces y contrarias a los intereses del capital inglés. Tal vez por ese motivo, apunta Josep Fontana, cuando tras la SGM, Stalin propuso el derrocamiento de Franco, frente a la acogida positiva que esta idea tuvo en Truman, el primer ministro británico y feroz anticomunista Winston Churchill alegó en contra las “excelentes relaciones comerciales” hispano-británicas.

La República Española fue una de las grandes perjudicadas por la política de apaciguamiento británica, y después por el nacimiento de la "guerra fría". El dictador Francisco Franco se convirtió en un aliado de EE.UU. y Gran Bretaña en la lucha contra el comunismo.

La República Española fue una de las grandes perjudicadas por la política de apaciguamiento británica, y después por el nacimiento de la “guerra fría”. El dictador Francisco Franco se convirtió en un aliado de EE.UU. y Gran Bretaña en la lucha contra el comunismo.

Este ambiente de “conspiración” anticomunista que a lo largo de las décadas de los veinte y treinta había ido fermentando en Gran Bretaña -y que Churchill, por razones de pragmatismo, enterró para forjar la alianza entre su país y la URSS en la lucha contra Hitler, expresándola en la sentencia “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”- creció de nuevo con el inicio de la posguerra. Los intereses de la Unión Soviética, como se expuso aquí en un artículo anterior, se centraban más en su seguridad interna, la reconstrucción de su economía y en la garantía de que Alemania no volviera a atacar su territorio de nuevo -de ahí dos necesidades: garantizar que Alemania no contara nunca más con el potencial bélico que le permitiera lanzarse a una agresión y la de contar con regímenes no necesariamente comunistas, pero sí amigos, en Europa Oriental, convertida en una especie de “zona de seguridad” soviética, que impidieran el paso a través de sus fronteras de los ejércitos germanos, al contrario de lo que habían hecho en 1941 los gobiernos fascistas de Hungría, Rumanía o Bulgaria-. Sin embargo, el “fantasma rojo” comenzó a agitarse toda vez que en Europa Occidental, y especialmente en países como Francia, Italia o Bélgica, la popularidad de los partidos comunistas, puntales de la resistencia interior contra los nazis, había crecido exponencialmente a ese prestigio ganado en los campos de batalla. En la Europa posterior a la guerra, la posibilidad de que el peligro comunista se extendiese, resucitándose el miedo que se había experimentado en 1918-1919 tras el triunfo de la revolución bolchevique, aunque fuera mediante las reglas del juego de la democracia, la colaboración con los partidos socialistas y la creación de frentes nacionales o populares y la moderación que desde el Kremlin recomendaba Stalin, era una posibilidad que no quería ni contemplarse en Londres ni tampoco en Washington.

De ahí que los “stay-behind” que en su día se dirigieron contra los nazis fueran reconducidos o recreados para luchar contra un nuevo enemigo, en realidad doble: la URSS y los partidos comunistas occidentales.

Si la OTAN, creada en 1949, fue una alianza militar defensiva para proteger a sus miembros contra una posible agresión de las fuerzas soviéticas y sus aliados de Europa Oriental, los ejércitos secretos “stay-behind”, cuya creación estaba pensada para despertar del letargo en caso de una invasión rusa y proceder a actuar en el país invadido, lo que hicieron en realidad fue actuar como punta de lanza de la lucha secreta contra la “subversión” izquierdista en los países miembros de la alianza. Si no en todos, si al menos en los casos en que la victoria de los partidos comunistas y el interés estratégico del país para Londres y Washington pusiera en peligro esos intereses y los de la alianza en su conjunto. Como subraya Ganser, “la operación Gladio fue la doctrina Breznev de la OTAN”, en referencia a que no sólo los países aliados de la URSS en Europa del Este tenían una soberanía limitada, sino que también esta soberanía limitada estaba presente en los países occidentales de democracia parlamentaria y economía capitalista. Los estados que se vieron más afectados por esta particular “doctrina Breznev” a la manera occidental fueron Grecia, Turquía e Italia, además de las dictaduras de extrema derecha supervivientes a la caída de las potencias del Eje, Portugal y España, donde a la presencia del Gladio había de sumar su propio gobierno autocrático, aliado en la “lucha contra el comunismo” de EE.UU. y Gran Bretaña. Pero también Bélgica, Francia, Luxemburgo o Alemania Federal estuvieron afectadas por las operaciones de los ejércitos “stay-behind”, que incluyeron diferentes formas de terror y coacción para garantizar una democracia imperfecta y limitada.

EN EL SENO DE LA OTAN

A partir de la creación de la OTAN, con dos países de América -Canadá y Estados Unidos- y catorce europeos -Islandia, Noruega, Dinamarca, Reino Unido, Irlanda, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, República Federal de Alemania, Francia, Italia, Portugal, Grecia y Turquía- en su seno, se creó en Europa el Supreme Headquarters Allied Powers Euope (SHAPE, Cuartel General Supremo de los Poderes Aliados en Europa). Si bien, como apuntan los propios especialistas, la sede formal de la OTAN está en Europa, la sede real de la misma es el Pentágono, y esto es también aplicable a los ejércitos secretos, que de ser al principio formados por los servicios secretos británicos, han pasado a funcionar bajo la férula de la CIA.

Los norteamericanos, obviamente, mostraron un especial interés por la red “stay-behind” y por la creación de ejércitos secretos anticomunistas, pero dieron un paso adelante para protagonizar el proceso a partir de la formulación de la “doctrina Truman”, que establecía el derecho de intervención de los Estados Unidos en cualquier país del mundo en nombre del mundo libre. La creación de la CIA casi de inmediato al fin de la guerra y la aprobación de la directiva NSC 10/2, que autorizaba la puesta en marcha de operaciones encubiertas a ser desempeñadas por la primera, abrieron la puerta a una intervención directa de EE.UU. en los asuntos de los ejércitos secretos, desplazando del papel protagonista a Gran Bretaña. En pocos años, nombres como los de George Kennan (promotor de la NSC 10/2), Allen Dulles (nombrado director de la CIA en 1953) o los cold warriors William Colby (posterior director de la CIA en los setenta y organizador de los “stay-behind” en Escandinavia) o Thomas Karamesines (norteamericano de origen griego que colaboró estrechamente con el servicio secreto de la monarquía derechista helena, el KYP) se harían famosos en la organización de los Gladio en Europa. Estados Unidos, por su parte, iba a comenzar a marcar el camino para, mediante operaciones encubiertas, defender su particular concepto del “mundo libre”: en 1953, en colaboración con los servicios secretos británicos, la CIA fomentaría el derribo del primer ministro iraní Mossadegh, cuya política de nacionalización y redistribución de la riqueza petrolífera del país chocaba con los intereses de las compañías petrolíferas anglo-norteamericanas. Un año más tarde, el izquierdista Jacobo Arbenz era depuesto de la presidencia de Guatemala porque sus políticas progresistas eran también contrarias al particular concepto de mundo libre que confundía libertades y derechos civiles con las ganancias de las empresas norteamericanas.

El primer ministro iraní Mossadegh, en cuyo derrocamiento la CIA reconoció estar detrás en 2013, sesenta años después de la operación que lo depuso.

El primer ministro iraní Mossadegh, en cuyo derrocamiento la CIA reconoció estar detrás en 2013, sesenta años después de la operación que lo depuso.

La sede inicial del SHAPE fue París, pero como resultado de un incidente con el presidente francés De Gaulle a cuenta, precisamente, de los “stay-behind”, posteriormente fue trasladado a Bruselas. El SHAPE, sin embargo, sirvió no sólo como órgano de coordinación de planes de maniobras, coordinación y estrategias en torno a la defensa y la guerra convencionales, propios de una alianza militar convencional, sino que cobijó en los años de la Guerra Fría a los organismos de coordinación de los “ejércitos secretos”: el CPC (Clandestine Planning Committee, o Comité Clandestino de Planificación), y -con el cambio de denominación del anterior- el ACC (Allied Clandestine Commitee, Comité Aliado Clandestino). En este órgano, los jefes de los ejércitos secretos de cada país, reunidos varias veces durante el año y bajo la égida de la CIA estadounidense y el servicio secreto exterior británico MI5, intercambiaban experiencias, necesidades, instrucciones… En definitiva, “los jefes de los Servicios Secretos de Europa Occidental se reunían […] para coordinar los planes de guerra no-ortodoxa en Europa” (Ganser). EL CPC-ACC tuvo su origen en el WUCC (Western Union Clandestine Commitee, Comité Clandestino de la Unión Occidental), que, precedente a la creación de la estructura “stay-behind” de la OTAN, coordinaba desde 1949 los ejércitos Gladio de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia y el Reino Unido.

Los ejércitos “stay-behind” estaban organizados en función de cinco epígrafes, cada uno gestionado por un departamento: uno dedicado a la “guerra psicológica”, otro a “la guerra económica”, otro a la “guerra política”, otro a la “acción directa preventiva” -esto es, la ayuda a las guerrillas en territorio ocupado, el sabotaje, o la infiltración de agentes dobles- y, finalmente, otro dedicado a “actividades diversas”, probablemente el más peligroso de todos por ser el más indeterminado y que fuera el que desarrollase la guerra sucia y el terrorismo conocido en la propia documentación de la CIA como “estrategia de la tensión” para evitar el aumento de la influencia comunista e izquierdista en Europa Occidental.

La firma de la entrada en la OTAN suponía, para cada país, la creación de un ejército particular “stay-behind” que se formase y se preparase para el cometido inicial para el que estaba pensado, es decir, la lucha clandestina en zona ocupada ante una posible invasión soviética. Pero según algunos protagonistas locales, varios países por lo menos fueron obligados a un paso más: cuando Charles de Gaulle, por ejemplo, expulsó a la OTAN de territorio francés lo hizo movido por una cuestión de violación de la soberanía nacional relacionada con la existencia de protocolos secretos que obligaban a los países a actuar, a través de sus servicios secretos, para impedir que los partidos comunistas llegasen al poder. Este extremo ha sido revelado por el especialista italiano Giuseppe de Lutiis para el caso del país transalpino, que afirma que cuando Italia se adhirió a la OTAN firmó protocolos secretos que garantizasen por cualquier medio el alineamiento del país con el Bloque Occidental, incluso si el electorado mostraba una preferencia política diferente. En otro extremo, pero también muy interesante a la hora de contrastar el grado de control que se mantenía sobre los países europeos de la Alianza, el canciller de la RFA, Adenauer, y el presidente norteamericano Truman, firmaron en 1955 un protocolo secreto por el que Alemania Federal se comprometía a acabar con la persecución a antiguos nazis. Algunos de esos antiguos nazis y extremistas de derechas acabaron siendo miembros del “stay-behind” germano-occidental o, incluso, altos oficiales del Bundeswher, el nuevo ejército de la RFA.

El reclutamiento de antiguos colaboracionistas y miembros de la extrema derecha para el ejército “stay-behind” no se limitó al caso alemán. Desde el inicio de la Guerra Fría, los británicos, a través del sucesor del Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE, por sus siglas en inglés), que había quedado disuelto en 1946 tras el fin de la SGM y que funcionaba ahora en el seno del servicio secreto MI6, comenzó a trabajar en la creación de ejércitos secretos anticomunistas en Europa Occidental. Austria, Italia, las zonas de ocupación occidentales de Alemania, Grecia y Turquía se convirtieron en zonas de reclutamiento de antiguos fascistas o miembros de las derechas extremistas locales que desempeñarían un papel crucial ya en los inicios de la lucha anticomunista y antisoviética, en la que la guerra civil griega y las elecciones de posguerra en Italia serían las primeras batallas jugadas por los servicios secretos angloestadounidenses -pues tanto la CIA como el MI6 colaboraron muy estrechamente en esta labor- y sus nuevos reclutas locales.

La jugada, ideada por el jefe de Operaciones Especiales del MI6 británico Collin Gubbins e incluso con el apoyo del ministro de Exteriores británico Ernest Bevin, que afirmó la necesidad de crear unidades especiales armadas para luchar contra la subversión y las “quintas columnas” (sic) soviéticas, salió muy bien para los intereses británicos y norteamericanos en Grecia e Italia, y su extensión al resto del continente a través de derechistas y fascistas siguió en Francia, Bélgica y Alemania Federal, donde, en contraste con la vecina Alemania Democrática, la desnazificación fue bastante “light”.

Otra cuestión, además, se refiere a la necesidad de mantener los ejércitos secretos en una oscuridad de tal suerte que escaparan a cualquier tipo de fiscalización parlamentaria e incluso, en algunos casos, gubernamental. Cuando en 1990 Andreotti destapaba desde Italia el caso Gladio y hacía extensible a toda Europa las operaciones de la red “stay-behind” muchos gobiernos y autoridades de la época negaron la existencia de ejércitos Gladio en sus respectivos países. Otros afirmaban desconocer la existencia de los mismos. Es posible que los servicios secretos ocultaran a determinados gobiernos las actuaciones de los ejércitos “stay-behind” por la sencilla razón de que estos gobiernos no eran de fiar, esto es, eran demasiado débiles para luchar por sí mismos contra la subversión comunista o quizá demasiado escrupulosos con los procedimientos democráticos, y que por tanto fueran dejados en la pura inopia. Otros, que podían conocer muy bien de su existencia y funcionamiento, sin embargo se basan en el carácter secreto que tienen las cuestiones de seguridad nacional o dieron explicaciones poco satisfactorias sobre el tema. Estos han sido los casos de los gobiernos de Gran Bretaña y EE.UU., de la comparecencia parlamentaria del ex primer ministro luxemburgués y ex presidente de la Comisión Europea, Jacques Santer, o de la investigación del CESID español dirigido por el general Emilio Alonso Manglano sobre el tema, lo que fue un poco como poner al zorro a cuidar de las gallinas. En cualquier caso, en muy pocos países las explicaciones, debates e investigaciones sobre Gladio resultaron satisfactorios.

Los diversos “gladiadores” recibían formación y entrenamiento en sus respectivos países, contando con el asesoramiento de los veteranos y el apoyo de la CIA y el MI6. Pero en ocasiones los agentes locales también eran entrenados fuera de sus fronteras nacionales, en instalaciones especiales instaladas en otros países miembros de la OTAN, y donde lo que por supuesto allí se realizaba sobre actividades “stay-behind” era confidencial. Las estrellas de estos campos de entrenamiento eran las instalaciones británicas de Fort Monkton, cerca de Portsmouth, y Fort Bragg, en Virginia, EE.UU. donde los “gladiadores” europeos podían confraternizar con las fuerzas especiales de los Boinas Verdes norteamericanos y las SAS británicas. En Europa, Córcega, Las Palmas o la antigua fortaleza nazi de Bad Tölz (Baviera) eran otros de los lugares de entrenamiento internacional de los ejércitos secretos.

LAS ACTUACIONES DE LOS EJÉRCITOS “STAY-BEHIND”: DE LA MANIPULACIÓN ELECTORAL AL ATENTADO TERRORISTA

No en todos los países, como se encargó de señalar un reciente artículo de El País, los ejércitos “stay-behind” se encargaron de realizar operaciones subterráneas dirigidas a minar la imagen y las posibilidades electorales de la izquierda. En algunos, como los escandinavos Noruega o Dinamarca, la actuación de los ejércitos Gladio locales se enmarcó en su cometido principal de servir de punta de lanza de la resistencia ante una eventual invasión soviética del país. Al no producirse ésta, los respectivos grupos,  ROC y Absalon, se mantuvieron en estado durmiente.

Sin embargo, hubo lugares clave donde la actuación de Gladio fue mucho más allá de permanecer en estado latente y entrenándose para una eventual y cada vez más remota invasión del Ejército Rojo. Más allá de Italia, donde las primeras acciones estuvieron enmarcadas en la manipulación electoral de los primeros comicios de posguerra (1946) para evitar una victoria del PCI, la acción de los Gladio fue más que polémica, por cuanto comprendieron el atentado individual, los atentados terroristas de masas y el cobijo a personajes de extrema derecha que hubieran merecido, de haber sido capturados por las nuevas autoridades locales de posguerra o miembros de la resistencia, y no por los servicios secretos anglo-estadounidenses, muy probablemente ajusticiados por su actuación durante la SGM.

El primer país de la futura alianza, casi a la par con Italia -cuyo caso examinaremos más detenidamente más adelante-, donde los servicios secretos, fuertemente conectados con el MI6 y la CIA, iban a desarrollar las primeras acciones en pro del “mundo libre” sería Grecia. Y en Grecia iba a crearse el primer ejército secreto para luchar contra el comunismo, utilizando la guerra no ortodoxa, que surgiría en muchos otros países de la OTAN.

Antes de que terminara la guerra en Europa, el ELAS griego, un ejército resistente que era el brazo armado del EAM, un amplio frente popular donde estaban representadas las diferentes fuerzas de izquierda griegas, estaban poniendo contra las cuerdas a los ocupantes nazis. El ELAS contaba entre sus filas hasta con sacerdotes e incluso arzobispos de la Iglesia ortodoxa, pero este síntoma de tolerancia no hizo cejar en el empeño del gobierno británico, dirigido por Churchill, de evitar que Grecia fuera dominada por los comunistas. Aunque el ELAS y agentes británicos habían trabajado juntos en la lucha contra los nazis, el gobierno de Londres forzó a los agentes de su servicio secreto SOE (Special Operations Executive, Ejecutivo de Operaciones Especiales) a que, en 1943, apenas un año antes de que las fuerzas conjuntas anglo-helenas liberaran el país, rompiesen toda colaboración con sus anteriores aliados izquierdistas del ELAS y trabajasen, en los sucesivo, con grupos monárquicos y ultraderechistas que apoyaban la propuesta británica de retorno del rey Jorge II y la instauración de un gobierno conservador, fiel a los intereses de Londres.

Guerrilleras del ELAS

Guerrilleras del ELAS

Jorge II era un rey muy impopular para el conjunto de los griegos. Había apoyado la dictadura de preguerra de Metaxas, de corte fascista, que había impuesto el saludo romano y estaba inspirado por Hitler y Mussolini. El gobierno griego en el exilio y el rey, en su destierro en Egipto, apenas habían tenido papel protagonista alguno en la liberación del país. Pero Gran Bretaña no estaba dispuesta a renunciar a controlar un país estratégico para sus intereses, en el Mediterráneo oriental y a dos pasos del canal de Suez, vía de entrada a sus colonias en Adén o la India.

Los agentes británicos comenzaron a colaborar con las Bandas X, dirigidas por el fascista chipriota George Grivas, pero que con apenas apoyo popular no podía hacer nada contra el poder numérico y la popularidad del ELAS. Por eso, a finales de 1944, los servicios secretos británicos crearon una unidad dentro del ejército griego, las LOK o Fuerzas de Asalto Helénicas, destinadas a la acción encubierta contra los izquierdistas griegos y la caza de comunistas y socialistas. Por descontado, los reclutas de esta unidad debían pertenecer a grupos monárquicos y en ella estaban excluidos incluso los conservadores moderados partidarios de colaborar con la izquierda.

Este primer ejército secreto griego, las LOK, tuvieron la oportunidad de exhibir su fuerza a principios de diciembre de 1944, cuando una manifestación pacífica organizada por el ELAS en Atenas contra la injerencia británica acabó en una masacre de mujeres y niños en la emblemática plaza Syntagma de la capital helena. Tropas de las LOK y fuerzas británicas se habían apostado en los tejados, y un grupo de 200 ó 300 personas, que se había adelantado al grueso de manifestantes (unos 60.000, que estaban siendo retenidos por la policía), fue tiroteado por aquellas. 25 manifestantes murieron y 148 fueron heridos de bala.

A pesar de aquel hecho, el ELAS abandonó las armas en contrapartida a la promesa de elecciones. Sin embargo, el dominio casi protectoral de Gran Bretaña llevaron a la izquierda a boicotear los comicios, que fueron ganados sin oposición por la derecha monárquica. Al mismo tiempo, los servicios secretos griegos comenzaron a detener y enviar a infames campos de concentración en las islas a los militantes de izquierda, como el infausto de Makronisos. De este modo, el camino a la guerra civil (1946-1949) estaba sembrado. El ELAS tomó de nuevo las armas, confiando en la ayuda que la URSS y los otros países socialistas del área, como Bulgaria, Yugoslavia y Albania pudieran proporcionarle. Sin embargo, Stalin -que había acordado con Churchill en Moscú el reparto de la influencia anglo-soviética en los Balcanes- no ayudó a los griegos e instó a los líderes de Yugoslavia, Bulgaria y Albania a cesar su ayuda, a fin de que el conflicto griego no se internacionalizase. Gran Bretaña, por contra, recibió el relevo en la ayuda al gobierno monárquico conservador heleno de los Estados Unidos, que armaron a Atenas e instruyeron al servicio secreto local. En esta instrucción tendría una especial importancia el enviado de la CIA, el greco-estadounidense Thomas Karamesines.

A partir de la derrota de la izquierda griega, las LOK y el servicio secreto local, el KYP, funcionaron como bases para el control de los izquierdistas locales y la garantía de que Grecia permanecería, con una serie de gobiernos derechistas a la cabeza, sumisa a los intereses del bloque occidental. En 1963, la victoria de las fuerzas de izquierda coligadas en la Unión de Centro de George Papandreu, puso contra las cuerdas las operaciones secretas del Gladio heleno, y un golpe palaciego llevado a cabo por el ejército y el KYP, los políticos de la derecha monárquica y el rey Constantino acabaron por echar por prerrogativa real al nuevo inquilino de la presidencia del gobierno. Dos años más tarde de este golpe palaciego, en 1967, apenas un mes antes de que tuvieran lugar las elecciones que, según todos los pronósticos, iban a dar la victoria a la Unión de Centro, en la noche del 20 al 21 de abril de 1967 el ejército griego, en clara conexión con el “stay-behind” de las Fuerzas de Asalto Helénicas y la CIA, depuso al gobierno e instauró una Junta Militar que hasta en el Capitolio norteamericano se denunció como “un régimen militar de colaboracionistas y simpatizantes nazis que están recibiendo ayuda americana”, en palabras del senador Lee Mercalf. Exactamente el mismo triunfo que supuso la derrota del ELAS en la guerra civil. El encarcelamiento y la tortura de militantes supuestos o reales se convirtieron en el pan nuestro de cada día en los años del régimen de los coroneles (1967-1974), que finalmente cayó con uno de los mayores fiascos de la historia griega reciente: la aventura del derrocamiento fallido del gobierno izquierdista de Miriartes Makarios en Chipre y la anexión posterior de la isla a Grecia, que forzó la intervención turca y la división, vigente aún hoy, de Chipre en un sur griego y un norte turco.

Cartel conmemorativo del golpe de estado de 1967, que abrió la dictadura de los coroneles en Grecia.

Cartel conmemorativo del golpe de estado de 1967, que abrió la dictadura de los coroneles en Grecia.

Si en Grecia el terror del “stay-behind” y los servicios secretos habían llevado a una guerra civil y una dictadura militar con tal de conservar al país al lado del “mundo libre”, no fue menos grave lo ocurrido en la vecina Turquía. El movimiento nacionalista panturco, de características parafascistas, aspiraba a la recreación del antiguo Imperio Otomano, agrupando en un solo estado a los turcos que vivían en estados nacidos del desmembramiento del imperio al final de la PGM -Siria o Irak- como a los pueblos de etnias turcas de otros estados vecinos -Irán, Bulgaria, Grecia, las repúblicas musulmanas centro-asiáticas de la Unión Soviética-, configurando una Gran Turquía que se extendiera desde China hasta el Mediterráneo Occidental. Al mismo tiempo, creyendo en las teorías de la superioridad racial, el nacionalismo extremo turco sometió a una fuerte y violenta discriminación a las otras minorías del país, como los kurdos -cuya guerrilla del PKK, Partido de los Trabajadores del Kurdistán, lleva muchos años de lucha contra el gobierno de Ankara- o los armenios -quienes hoy siguen, como el gobierno de la vecina y desde hace relativamente poco independiente Armenia, reclamando justicia por el genocidio de más de un millón y medio de armenios turcos perpetrado en 1915 a manos del Imperio Otomano -.

TurquíaEste nacionalismo extremo, fuertemente anticomunista -pues un colapso de la URSS facilitaría la integración de los pueblos del Turkestán soviético en su planeada Gran Turquía, por lo que, pese a la neutralidad turca en la SGM, este sector no dudó en apoyar al Eje y la invasión alemana de la Unión Soviética-, fue el movimiento que suministraría los reclutas y oficiales para el ejército secreto turco, en un país especialmente estratégico para los intereses de la OTAN en general y de los Estados Unidos en particular, en tanto que Turquía tenía una amplia frontera con el sur de la URSS y se encontraba en el extremo sur del mar Negro, donde compartía espacio con la propia Unión Soviética y otros dos países del Pacto de Varsovia, Rumanía y Bulgaria, y guarnecía el paso a las aguas cálidas del Mediterráneo a los barcos de estos países. Cuando todavía no se habían apagado los ecos de la guerra civil griega, el gobierno Truman concedió una ayuda a los gobiernos griego y turco de 300 y 100 millones de dólares en la lucha contra el comunismo. Henry Wallace, el otrora vicepresidente de Roosevelt y que encabezaba ahora la oposición a las políticas anticomunistas del Congreso y la Administración de Washington, censuraba a Truman la concesión de esta ayuda y la calificación que había dado a Atenas y Ankara de “gobiernos democráticos”.

La democracia no era algo que importase demasiado en este asunto, ni en Washington ni en Turquía. Como en otros países de la Alianza, el recurso a extremistas de derechas también se dio aquí, y el “padre” del ejército secreto turco fue Albarsan Turks, un coronel del ejército conocido por sus antiguos contactos con los nazis durante la SGM y que era un convencido de las teorías de la superioridad racial y de la Gran Turquía. Turks trabajó intensamente con la CIA para crear el “stay-behind” turco y, de hecho, trabajó en la delegación militar turca de la OTAN en Washington.

El OHD (siglas en turco del Departamento de Guerra Especial) había quedado organizado antes de que Turquía entrara en la OTAN, en abril de 1952, con financiamiento de la CIA e integración en la red “stay-behind” de la OTAN. En 1955, las fuerzas del OHD destruyeron a propósito una casa en Salónica que había sido usada como Museo Ataturk, una acción de la que la prensa y el gobierno de Ankara culparon a los propios griegos. Al día siguiente, grupos fanáticos turcos contratados por el OHD atacaron casas y comercios de griegos en Estambul y Esmirna, dejando un rastro de 16 muertos, 32 heridos y 200 mujeres violadas. Apenas cuatro años después de este fulgurante inicio con el que se subrayaba la “pasión turca” de sus miembros -e incendiaba, de paso, la de otros ciudadanos-, atacando a un enemigo secular como el pueblo griego, el primer ministro Adnan Menderes era derrocado por un golpe de Estado en el que resultaba clave la participación del  “stay-behind” turco. Estados Unidos y la OTAN toleraron el “putsch” en tanto que los golpistas, entre los que tenía una presencia destacada el coronel Turks, garantizaban la permanencia de Turquía en la OTAN y su compromiso con el bloque occidental. Mientras tanto, la frágil democracia turca era destruida, empezando por su jefe de gobierno, Menderes, quien era asesinado al poco de producirse el golpe.

La carrera golpista de Turks no había hecho más que empezar. Poco después de la restauración del gobierno civil, en 1963, Turks volvió a implicarse en un golpe fallido. Sin embargo, fue absuelto de cualquier implicación por una sorprendente falta de pruebas. Fundó un partido extremista, el Partido de Acción Nacional (MHP) cuya milicia-organización juvenil de extrema derecha, los Bozkurtcu (Lobos Grises) fueron la base de un nuevo ejército secreto, integrado en el propio Departamento de Guerra Especial. Los Lobos Grises y los agentes de la estatal MIT (Organización de Inteligencia Nacional) se implicaron en labores de terrorismo, asesinato, tortura -Talat Turhan, un antiguo general degradado en 1964 y que, tras aquel golpe de Estado, intentó ser acallado con torturas porque sabía demasiado sobre el “stay-behind” turco, relata la presencia cotidiana de Lobos Grises en un conocido centro de tortura en Estambul, la villa Ziverbey-, secuestro, extorsión, atracos, amenazas, provocación… hasta completar un amplio reguero de actividades delictivas. Por supuesto, también se implicaron en un nuevo golpe de Estado en 1971. Un golpe que desencadenó una oleada de violencia a lo largo de los años setenta, con alrededor de 5.000 muertes, en los que la derecha militar y política turcas ampararon al Gladio turco, que llevaba la voz cantante, en su lucha contra una izquierda condenada a la marginación y la clandestinidad. Sólo en 1978 se registraron más de tres mil ataques fascistas, con el resultado de 831 muertos y 3.121 heridos. Un año antes, francotiradores del ejército secreto habían perpetrado una matanza desde los tejados del hotel International estambuliota, al disparar contra una gigantesca manifestación sindical con motivo del 1º de Mayo, que protestaba además contra el creciente estado de terror que dominaba en el país. Las investigaciones sobre el papel del Gladio turco han sido nulas. Quizá en ello pese el recuerdo de Dogan Oez, fiscal del Estado en la etapa en que Bulent Ecevit accedió al cargo de primer ministro con la misión de investigar las actividades del “stay-behind”. Oez fue asesinado por el “lobo gris” Ibrahim Ciftci, pero a pesar de ser asesino confeso, los tribunales militares le absolvieron. Por ello, el jefe de gobierno Ecevit tuvo que apechugar con la presencia de un Gladio manejado por un poder militar que preponderaba sobre el civil. Otra de las razones por las que no haya habido hasta hoy investigación sobre el Gladio turco puede derivar de la utilidad que, desde 1984, han venido desempeñando tan particulares servicios en la lucha contra el PKK, en particular después de que tras el golpe de 1980 el gobierno militar del general Evren propusiera a los Lobos Grises la amnistía a cambio de incorporarse a la lucha contra la guerrilla kurda.

Como refugio de la democracia -en especial por contraste con su vecino-, origen de un potente movimiento alternativo ecologista desde los años setenta que posteriormente, con distinta suerte, se extendió a otros países y lugar donde resonaron de modo más potente los ecos del mayo del 68, fuera de las fronteras originales de París y Francia, han sido algunas de las caracterizaciones de la República Federal de Alemania (RFA). Sin embargo, aunque la imagen que se nos viene a la cabeza a la hora de imaginar un estado espía alemán es la de la múltiples veces denostada RDA, o la de la Alemania nacionalsocialista y su Gestapo, la RFA mantiene a buen recaudo el secreto de un servicio secreto y de espionaje a sus propios ciudadanos que contrasta con los esfuerzos que se hacen en la nueva Alemania unida por sacar a la luz hasta la última mota de polvo de los archivos del Ministerio para la Seguridad del Estado comunista y reducir a “Stasiland” el pasado de la República Democrática Alemana -denigrando, de paso, la memoria de los ciudadanos de la RDA, en especial de aquellos que quisieron rescatar en los meses finales de su existencia un socialismo democrático alternativo al modelo capitalista de la RFA y a la dictadura que acababa de sucumbir-. Al contrario de lo que saben los nuevos alemanes sobre el espionaje en la antigua Alemania Oriental, nada o casi nada se sabe sobre lo que se implementó para vigilar a los ciudadanos de la RFA por parte del BfV (Bundesamt für Verfassungschutz, la oficina federal de Inteligencia germano-occidental).

Como explica Ángel Ferrero, la anticomunista República Federal liderada por el canciller democristiano Konrad Adenauer, a través del BfV, espió las conversaciones de millones de sus ciudadanos. Entre 100.000 y 200.000 germano-occidentales sufrieron procesos judiciales y muchos de ellos fueron encarcelados o sometidos a otro tipo de discriminaciones por razones políticas, como ser apartados de la función pública o verse obligados a cesar en sus empleos, en una parte de la historia de la RFA que permanece oculta en contraste con las ingentes cantidades de dinero dedicadas a la expurgación de los archivos de la Stasi germano-oriental. Algunos de los motivos para este espionaje estaban basados en su militancia comunista -el KPD (Komunistisches Partei Deutschlands, Partido Comunista Alemán) era ilegal en la RFA- o en su pertenencia a otros movimientos de izquierda, pacifistas o antimilitaristas, en una época en la que el pasado agresivo y expansionista del nazismo todavía permanecía vigente como un trauma doloroso en la sociedad alemana. En otro capítulo del libro conjunto con Ferrero y Carmela Negrete, Félix Poch-de-Feliu afirma que, en el posible horizonte de la unión de las dos repúblicas alemanas, una de las cosas que reclamaban los movimientos opositores de la RDA era la abolición de los servicios secretos de ambos Estados, tanto la Stasi como la BfV. Por supuesto, la BfV sigue aún existiendo, tanto en los Länder del Oeste como en los del Este.

Imagen de la fundación de la RDA, el 7 de octubre de 1949, pocos meses después de la de su vecina occidental, la RFA.

Imagen de la fundación de la RDA, el 7 de octubre de 1949, pocos meses después de la de su vecina occidental, la RFA.

La desnazificación en ambas Alemanias fue, asimismo, distinta. En la zona de ocupación soviética que, a partir de octubre de 1949, se convertiría en la RDA, los campos de internamiento o de reeducación y la destrucción material y humana causada por los nazis en territorio soviético causaron más de un abuso sobre los antiguos nazis, pero garantizaron que pocos nazis hicieran carrera impunemente en un estado alemán oriental cuya legitimidad se nutría de la lucha antifascista y cuyas principales figuras eran antiguos exiliados con pasado izquierdista o demócrata (Bertolt Brecht, Anna Seghers, Stefan Heym, Stephan Hermlin, Johannes R. Becher, Heinrich Man, Wilhelm Pieck o Friedrich Ebert hijo). En la RFA, a pesar de la intensa desnazificación primera y de los juicios de Nuremberg, que supusieron un hito en la persecución de los crímenes de guerra y contra la Humanidad, para británicos y norteamericanos los soviéticos habían pasado de ser aliados circunstanciales a ser de nuevo enemigos, y la ayuda de antiguos nazis se hacía necesaria. Por eso, Adenauer, el canciller del nuevo estado -creado en mayo de 1949 con exclusión, pese a las protestas de Stalin, de la zona soviética, y con una constitución, la Ley Fundamental, que aún hoy sigue vigente sin que el pueblo alemán, del Oeste y del Este, la haya votado en referéndum o ningún Bundestag posterior a la unión de 1990 la haya ratificado- pasó a contar, en el nuevo ejército germano-occidental (Bundeswehr), en la administración y en los servicios secretos con antiguos nazis e incluso con significados criminales de guerra. Por supuesto, esto es extensible al ejército secreto germano-occidental. Así, mientras los servicios de contra-inteligencia estadounidenses se dedicaban a la captura de significados líderes nazis para llevarlos ante el tribunal de Nuremberg, estos mismos servicios reclutaban a otros militantes nacionalsocialistas, de las SS o las Juventudes Hitlerianas para el ejército secreto alemán. Y en 1955, Truman y Adenauer firmaron un protocolo secreto sobre la entrada de Alemania Federal en la OTAN por el que la RFA se comprometía a abandonar la persecución de los ultraderechistas de los que se tuviera constancia. Ese mismo año, la RFA ponía en marcha el Bundeswehr -unos meses después, la RDA crearía, en respuesta, el NVA, el Ejército Nacional Popular-, con muchos antiguos generales y criminales de guerra de la Wehrmacht al frente.

Reinhardt Gehlen, en una fotografía tomada tras su entrega al ejército norteamericano.

Reinhardt Gehlen, en una fotografía tomada tras su entrega al ejército norteamericano.

El Gladio alemán federal tuvo como precedente la llamada “Organización Gehlen”, llamada así en “honor” al general Reinhard Gehlen, ex jefe del servicio secreto del ejército nazi alemán en el frente del Este. Su ferocidad era legendaria. A través de la tortura y la muerte por inanición de hasta cuatro millones de prisioneros de guerra soviéticos, consiguió una sustanciosa información para la guerra contra la URSS. Sin embargo, consciente de que sus atrocidades le habían colocado en el punto de mira del Ejército Rojo y la policía secreta de Stalin, la NKVD, se entregó él mismo a los estadounidenses. Sus métodos de interrogatorio le abrieron las puertas para que, de la mano de dos importantes cerebros de los servicios secretos norteamericanos, Allen Dulles y Frank Wisner, se convirtiera en el puntal del “stay-behind” alemán y fuera “rehabilitado” por los aliados occidentales para la lucha contra el nuevo enemigo comunista. La función de Gehlen (cuya organización, formada por 150 de sus mejores oficiales, que había pasado a control de la CIA a través de uno de sus oficiales superiores, James Critchfield) era conocida por el propio Adenauer, muy probablemente a través de un antiguo nazi de alto rango que ocupaba la secretaría de Estado en el gobierno de Bonn, Hans Globke. Entre las funciones de la Organización Gehlen, destaca la serie de reportajes “La historia no contada de EE.UU.” de Oliver Stone en el capítulo dedicado a los inicios de la Guerra Fría, estaba la de suministrar a la CIA aquella información que realmente querían oír sobre las maldades soviéticas, en palabras de un funcionario retirado de la misma. “Utilizamos su material constantemente y nosotros se lo pasamos a todo el mundo: al Pentágono, a la Casa Blanca, a los periódicos… Y también les encantaba, pero no era más que basura exagerada sobre el demonio ruso e hizo mucho daño a este país”, afirma. Con todo, aunque Gehlen fue el más prominente de los nazis que trabajó con y para la CIA en Alemania, no fue el único y desde luego no el más “polémico”. Klaus Barbie, el “Carnicero de Lyon”, culpable de mandar a 15.000 judíos de esta ciudad francesa a campos de exterminio y de ejecutar a otras 4.000 personas -judíos y resistentes- entre 1943 y 1944, participó como reclutador de ex-nazis y organizador de la banda fascista Bund Deutscher Jugend (BDJ), integrada en el “stay-behind” germano-occidental.

Aunque hubo dos escándalos, uno en 1952, descubierto en el estado federal de Hesse, y otro a finales de los sesenta, que hubieran podido llevar a la clausura de este ejército secreto alemán forjado por las enseñanzas de antiguos nazis y cuyas labores de reclutamiento se habían realizado entre todo un hervidero de neofascistas, lo cierto es que la protección americana y la intervención de los poderes federales, desde el gobierno Adenauer hasta el Tribunal Constitucional de Karlsruhe, pasando, por supuesto, por la protección de la propia CIA, llevaron a que siguieran manteniéndose. El BDJ-TD tenía incluso listas elaboradas de personas a las que había que ejecutar en caso de invasión soviética, entre otros, miembros del partido socialdemócrata SPD y del ilegalizado KPD. El BfV conocía de la existencia de los “stay-behind” y también contribuyó a ocultarlos. En 1956, la Organización Gehlen, además, cambió su nombre por el de Bundesnachrichtendienst (BND) y el gobierno socialdemócrata de Willy Brandt expulsó a Reinhardt Gehlen de la dirección del BND. Aunque, no dejaba de ser un consuelo muy limitado, pues la organización siguió funcionando.

En la historia del Gladio alemán también figura el recurso al atentado, como en otros países del entorno, como recurso para cargar el muerto sobre otros y hacer desconfiar al público acerca del enemigo ideológico interno. El 26 de septiembre de 1980, en la fiesta clásica de la Oktoberfest de Munich, una bomba explotaba dejando un rastro de 13 muertos y 213 heridos, con niños entre las víctimas y muchos miembros amputados. Aunque este caso no ha sido juzgado en Alemania, se sabe, por el testimonio de Andreas Kramer, hijo del cabecilla de este brutal atentado, Johannes Kramer, oficial del BND, que los servicios secretos alemanes y una organización de extrema derecha (la banda neonazi Wehrsportgruppe Hoffmann) llevaron a cabo la operación utilizando material explosivo procedente de arsenales militares holandeses y del MI6 británico. El único culpable fue un extremista de derechas alemán, Gundolf Köhler, que casualmente falleció en el atentado.

Si se ha sabido la autoría del atentado de la Oktoberfest fue porque Kramer tuvo que someterse a juicio en Luxemburgo. Kramer, que tenía contactos con los “stay-behind” holandeses y parecía actuar como una especia de gladiador paneuropeo, tuvo que prestar declaración por la autoría de los nada más y nada menos que 24 atentados con bomba registrados en el pequeñísimo y tranquilo Gran Ducado en el transcurso de los años 1984 y 1985. El caso, conocido “el juicio del siglo” en el país, sin embargo no pareció dar pie al entonces primer ministro Jacques Santer y la mayoría parlamentaria conservadora a iniciar una exhaustiva investigación sobre el asunto, tal y como le pidieron los diputados verdes, y pareció pensar, y muchos parecieron dar por buenas sus explicaciones, que un vago bosquejo sobre el Gladio luxemburgués bastaba para calmar el incendio creado por las revelaciones hechas desde Italia por Andreotti.

El vecino reino de Bélgica también sufrió la plaga del terrorismo del “stay-behind”. Los inicios del ejército secreto del país estuvieron muy relacionados con la fuerza del Partido Comunista local, que había ganado un gran prestigio en la lucha por la liberación del país de manos de los nazis. La preocupación entre la CIA y el MI6 y los derechistas belgas se hizo patente desde el primer momento acerca del “peligro comunista” en el país, y por eso tenían especial prisa en desarmar a la resistencia belga y armar a la policía, así como a que el rey Balduino I regresase cuanto antes al trono.

Los izquierdistas belgas se oponían al retorno del monarca, a quien consideraban un títere de Estados Unidos y la derecha local. Los derechistas locales comenzaron a reunirse en la embajada norteamericana y, por medio de un oficial de Inteligencia norteamericano, se les instó a centrarse en la agitación política proclive a la restauración monárquica y a la formación de grupos “stay-behind” para la resistencia anticomunista. Paralelamente a este hecho, el “stay-behind” previo que había combatido a los nazis, formado en tierras británicas, continuó vigente. El SDRA8, la rama militar, y el STC/Mob, la rama civil, del ejército secreto antinazi estaban constituidos por conservadores y monárquicos que no habían tenido contacto con la resistencia comunista local, por lo que su papel en la lucha contra la izquierda local sería sencillo de asumir.

En agosto de 1950, Julian Lahaut, el carismático líder y presidente honorario de los comunistas belgas, que había sobrevivido a su cautiverio a manos de los nazis, protestó a la asunción de la corona por parte de Balduino con un “¡Larga vida a la República!” en el Parlamento de Bruselas. Aquella profesión de fe republicana de Lahaut le valió su asesinato el 18 de ese mismo mes, cuando dos hombres le dispararon frente a su casa. Aquel hecho sangriento dejó a buena parte de la sociedad belga conmocionada. El asesinato, que había corrido a cargo de la extrema derecha, no confirmaba necesariamente la participación del “stay-behind”, pero resultaba sintomático que se hubiera producido en medio de las conspiraciones derechistas en la sede de la legación estadounidense, donde habían recibido tan particulares instrucciones sobre agitación y formación de “stay-behind”.

Julian Lahaut, el carismático líder comunista y miembro de la Resistencia belga.

Julian Lahaut, el carismático líder comunista y miembro de la Resistencia belga.

Sea como fuere, desde aquellas fechas, y a través de una estructura tripartita belga, británica y estadounidense, el Gladio del país comenzó a ponerse “en guardia” para luchar contra el comunismo en el pequeño país noreuropeo. Una colaboración tan pronta entre los servicios secretos de la Sureté de l’Etat, el MI6 y la CIA que, por ejemplo, iba a dar sus frutos fuera del continente, en la operación encubierta conjunta de belgas y norteamericanos para propiciar la secesión de la región congoleña de Katanga y el derrocamiento y posterior ejecución del carismático líder del Congo, Patrice Lumumba. El ejército secreto local también desempeñó acciones de guerra secreta en las antiguas colonias, en el Zaire de Mobutu y en Ruanda. En el interior de las fronteras belgas, lo más recordado serían las llamadas “masacres de Brabant”, una cadena de ataques terroristas llevados a cabo en comercios, gasolineras e incluso estaciones de policía esta región de Valonia, próxima a Bruselas, a comienzos de los años 1980. Los ataques, de los que se culpó a un fantasmagórico grupo de extrema izquierda, las Cellules Communistes Combattantes (CCC), en realidad habían sido perpetrados como una suerte de macabro entrenamiento por parte del “stay-behind” belga. “El objetivo del ejercicio era doble: empujar a la policía local belga a un mayor estado de alerta y, no menos importante, dar la impresión a la mayor parte de la población de que el cómodo y bien alimentado Reino de Bélgica estaba al borde de una revolución roja”, sugirió un periodista británico, Hugh O’Shaughnessy, en un artículo sobre Gladio. El plan dio sus frutos a corto plazo: los comunistas fueron desacreditados mientras las CCC actuaron, pero tras la detención de su lider, Pierre Carette, en 1985, los periodistas indagaron en su historial y se descubrió que Carette era en realidad creador de una red terrorista de extrema derecha y que contaba con un asesor que se había unido a un grupo alemán neofascista. Los ataques dejaron un saldo de 28 muertos y numerosos heridos entre 1982 y 1985, y mientras la colaboración de las autoridades con la justicia y el parlamento fue más una obstaculización a la hora de desentrañar los hechos, tuvo que ser un periodista, Allan Francovich, quien a la hora de investigar afirmara la conexión entre los servicios de seguridad, los servicios secretos y la ultraderecha en los atentados de Brabant.

Incluso las dictaduras fascistas supervivientes de Portugal y España tuvieron que ver, y mucho, en la red Gladio europea. El Portugal salazarista formaba parte de la OTAN, dentro de la estrategia de Truman que consideraba al dictador luso como un amigo útil en la lucha contra el comunismo, frente a las consideraciones realmente democráticas que debían prevalecer en la alianza europea del “mundo libre”. Una vez descontada esta excentricidad, los ejércitos secretos de la OTAN colaboraron con la policía política del régimen, la PIDE (Policia Internacional e de Defessa do Estado), al igual que en tiempos pasados ésta había recibido asesores y adiestramiento de la Gestapo nazi. Esta colaboración se llevó a cabo a través de una más que misteriosa agencia de prensa ubicada en Lisboa, Aginter Press, que servía como una vía de escape para terroristas ultraderechistas vinculados a Gladio y que estaban demasiado “quemados” en sus respectivos países. Portugal -como lo sería España y también América Latina- se convertía en una especie de santuario donde fascistas veteranos de la guerra secreta adiestraban a la PIDE e intervenían en pequeñas acciones contra los opositores a la dictadura o al colonialismo luso en África. Entre ellos se encontraba Yves Gueráin Serac, el mandamás de Aginter Press, un avezado soldado secreto francés que había combatido a los independentistas del Viet-Minh en Indochina, en la guerra de Corea y en Argelia y que, tras formar parte de la organización terrorista franco-argelina OAS (Organisation de l’Armée Secrète), destinada a impedir la independencia de Argelia y derrocar a De Gaulle para imponer un régimen derechista en Francia, se refugió en España y Portugal y adiestró a los ejércitos secretos de ambas dictaduras ibéricas. Así entendía su papel Gueráin-Serac: “Los otros han bajado sus armas, pero yo no. Tras la OAS, volé a Portugal para continuar la lucha y expandirla en sus dimensiones propias; es decir, una dimensión planetaria”. No estaba solo: en Aginter estuvo al lado de otro conocido terrorista fascista y antiguo miembro del ejército secreto italiano: el temible Stéfano Della Chiaie.

El abanico de actividades de Aginter era tan amplio como el de los propios “stay-behind”: colocación de bombas, asesinato silencioso, técnicas de subversión, comunicación e infiltración clandestinas, y guerra colonial. Este último epígrafe era especialmente importante para una dictadura como la salazarista, que deseaba, por prestigio y porque los intereses que la apoyaban precisaban de los mercados cautivos de las colonias, mantener a toda costa el imperio colonial. Resulta curioso, cuanto menos, que las tácticas empleadas por el ejército portugués en las guerras de Guinea, Angola o Mozambique incluyeran el uso del napalm que el ejército de EE.UU. empleaba en la lucha contra el ejército norvietnamita y las guerrillas del Viet-Cong. ¿Conexión PIDE-Aginter-CIA? Sea como fuere, al África portuguesa también llegaron las técnicas de interrogatorio de la PIDE, y las sospechas acerca de la autoría de los asesinatos de algunos de los líderes más prestigiosos de los movimientos de liberación: el líder guineano Amílcar Cabral y el mozambiqueño Eduardo Mondlane, así como del asesinato del prestigioso opositor Humberto Delgado por la PIDE en una emboscada en la ciudad española de Badajoz.

Monolito en la localidad de Villanueva del Fresno (Badajoz, España) en el lugar donde el general Humberto Delgado y su secretaria fueron asesinados por agentes de la PIDE portuguesa.

Monolito en la localidad de Villanueva del Fresno (Badajoz, España) en el lugar donde el general Humberto Delgado y su secretaria fueron asesinados por agentes de la PIDE portuguesa.

Aginter Press, escribe Daniele Ganser, “fue responsable de una gran parte de la brutalidad y derramamiento de sangre en Portugal y más allá”, pues Lisboa sirvió como una base segura para la ejecución de gran parte de las acciones terroristas de extrema derecha que salpicaron Europa, entre otras las que Gladio llevó a cabo en Italia (el atentado con bomba de Piazza Fontana de Milan en 1969). Tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que depuso a la dictadura salazarista, las operaciones de Aginter Press se quedaron sin el refugio seguro que había sido para ellos el régimen ultraderechista más longevo de Europa. Sin embargo, pese a una investigación llevada a cabo por los nuevos servicios secretos, el SDCI, que llegaba a varias conclusiones interesantes sobre el papel del Gladio luso, los documentos de Aginter fueron destruidos por el ejército, que temía complicaciones diplomáticas con los gobiernos occidentales en las primeras y complicadas etapas de la democratización del país.

España, por su parte, se convirtió en el nuevo refugio de “gladiadores” como Gueráin-Serac o Della Chiaie, y llegaron en un momento especialmente crítico, con la muerte de Franco a la vuelta de la esquina y los herederos del régimen y los opositores tomando posiciones de cara a un futuro sin el general presente. Aunque la España franquista, al contrario que su vecino, el Portugal de Salazar, no era miembro de la OTAN, mantenía excelentes relaciones con los aliados occidentales, primero con Gran Bretaña gracias a los intereses financieros y comerciales que la City londinense tenía en el país, y posteriormente con los Estados Unidos desde la presidencia Eisenhower y el arrendamiento de bases al ejército norteamericano -Morón, Rota, Zaragoza, Torrejón…-

La cercanía de la España franquista a Washington facilitaba los vínculos de sus servicios secretos con la CIA y la red “stay-behind”. La CIA y sus agentes clandestinos conocían de cerca la vida política española, y en Las Palmas existía un centro de entrenamiento de ejércitos secretos similar a los de Baviera, Córcega o Portsmouth (Inglaterra). Ganser, en su obra, ha reflejado que los servicios secretos españoles se implicaron en un amplio abanico de actividades delictivas, algunas perseguibles incluso por la propia legislación franquista, como la tortura, el terrorismo y el contra-terrorismo (guerra sucia), y el tráfico de armas y de drogas. El conglomerado de servicios secretos civiles y militares, al mando de los tres ministerios de la Defensa y del de Interior, reflejaba a las claras el estado policial y de vigilancia que el régimen militar había implementado desde su victoria en 1939. El almirante Luis Carrero Blanco, estrechamente conectado a la CIA, creó en 1972 el SECED (Servicio Central de Documentación de la presidencia del Gobierno, el posterior CESID), que estaba especialmente dedicado a la vigilancia y represión del movimiento estudiantil y laboral de protesta. El SECED y el Gladio español se complementaron a la perfección en esta tarea.

Entrados los setenta, y sirviendo la península -primero Portugal y luego España- de refugio a terroristas de extrema derecha europeos pertenecientes a la red “stay-behind”, el gobierno español y los servicios secretos supervivientes en los años de transición de la dictadura a la democracia utilizaron a estos agentes fascistas para promover sus propios intereses políticos. El francés Gueráin-Serac, Stefano Della Chiaie, Carlo Cicuttini y hasta 100 “gladiadores” italianos se refugiaron en España tras el fracasado golpe llevado a cabo en 1970 en el país transalpino por un antiguo jefe de los escuadrones de la muerte mussolinianos y ahora convertido en útil luchador contra el comunismo, el príncipe Valerio Borghese. No fueron los únicos: antiguos nazis y agentes “stay-behind” alemanes también habían sido sacados de sus países cuando las cosas estaban demasiado feas para ellos y encontraron su particular retiro en las costas españolas, algunos de ellos viviendo de una buena posición en las finanzas a través de sus inversiones en Deutsche Bank o Plus Ultra Seguros: Léon Degrelle, Hans Joseph Hoffmann, el ex general de la Wehrmacht Johannes Bernhardt… Protegidos por la dictadura, aquellos hombres se dedicaron en los años setenta a promover atentados y disturbios destinados, si no a provocar la involución del proceso de transformación política iniciado tras la muerte de Franco, si al menos a retardar y limitar los efectos de la apertura política. Uno de los hechos en los que estos terroristas extranjeros, unidos a la ultraderecha española, estuvieron implicados fue el asesinato de los abogados laboralistas de la calle de Atocha en 1977. Asimismo, se sospecha de otras acciones ejercidas por la ultraderecha española, como las realizadas por el Batallón Vasco Español (BVE) contra miembros de ETA, o que estuvieron detrás de los enfrentamientos entre facciones carlistas ocurridos en Montejurra (Navarra) en 1976, que dieron lugar a una fuerte represión de la policía, al mando del entonces ministro y luego dirigente de Alianza Popular Manuel Fraga. Incluso otros autores han ido más lejos y han expresado la hipótesis de que el GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre) hubiera sido manejado, como lo fueron las Brigate Rosse italianas, por agentes ultraderechistas con el fin de minar las posibilidades electorales de la izquierda y desprestigiar a los partidos comunistas de Europa Occidental. Esta posibilidad, expresada por el escritor Benjamín Prado en su novela “Operación Gladio”, se basa en algunos hechos sospechosos acontecidos a la banda en los setenta: detenciones, sospechosas puestas en libertad, escapatorias que podrían ser un tanto “facilitadas”, asesinato de esos mismos terroristas…

Entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Con independencia de esto, el Gladio español no había sido sólo el gobierno, como se encargó de afirmar el ex primer ministro Luis Calvo Sotelo: Gladio fue también una estructura del gobierno dictatorial de Franco, que contó con la ayuda, al mismo tiempo que amparaba, a terroristas “stay-behind” de otros países que le resultaron especialmente útiles. En algunos casos, como el de Carlo Cicuttini, tuvieron protección de las autoridades españolas incluso después de la restauración democrática: se impidió su extradición a Italia basándose en su matrimonio con la hija de un general, lo que le daba la nacionalidad española. Las explicaciones del ministro socialista de Defensa, Narcís Serra, y la investigación del jefe del CESID, el general Alonso Manglano, tras estallar el caso Gladio en 1990, condujeron a un callejón sin salida: en España, oficialmente, no existió nunca una estructura Gladio…

Finalmente -por ahora- el caso de Francia reviste un gran parecido con el de Italia, el país donde la red Gladio mostró todas las características que hasta ahora hemos visto y donde el estallido del escándalo, a través de la investigación judicial y la confesión de su primer ministro, hizo que se extendiera por Europa. Al final de la SGM, la resistencia francesa llevada a cabo sobre suelo galo (las FFI, Forces Françaises de l’Interieur) se había realizado bajo un fuerte liderazgo del Partido Comunista, como en la mencionada Italia, en Checoslovaquia, Grecia, Yugoslavia o Bélgica. Y, como en estos países, el prestigio ganado por el PCF fue enorme. Tan grande como el que adquirió el propio general Charles de Gaulle desde su exilio en Londres. Para el caso francés, al igual que el belga o el italiano, el líder soviético Stalin recomendó la participación en las elecciones democráticas y los gobiernos de posguerra, la moderación y la alianza con otras fuerzas de izquierda. Pero esta estrategia chocó frontalmente con el miedo al nuevo enemigo “rojo” que desde Londres y luego desde Washington se vino a implementar. Francia también tuvo su “stay-behind”, reclutado en buena medida a base de antiguos colaboracionistas y miembros de las fuerzas policiales y militares del régimen de Vichy.

La fuerza del PCF, sus críticas a la política francesa en Indochina, su influencia en los sindicatos a través de la poderosa CGT y el sentimiento de estar siendo discriminados en el gobierno a pesar de ser la fuerza política con mayor presencia en la Asamblea Nacional llevaron a una preocupación constante en Gran Bretaña y EE.UU. por impedir que Francia se volviera “roja”. En una fecha tan temprana como 1946, se crearon unos nuevos servicios secretos purgados de comunistas, el SDECEE y se implementó el llamado Plan Bleu, que consistía en dar un golpe de Estado en Francia en 1947 a cargo de una red de colaboracionistas, ultraderechistas y monárquicos apoyados por la CIA y el MI6. Al mismo tiempo, el PCF era expulsado de sus cargos en el gobierno por parte del primer ministro socialista Paul Ramadier, mientras británicos y norteamericanos invertían grandes cantidades de dinero en la purga de elementos comunistas de la administración y en la provocación de disensiones fatales en el seno del movimiento obrero francés. La persecución policial, a través de miembros parafascistas de los cuerpos de seguridad, también fue un elemento esencial de esta política de destrucción de la influencia del PCF en la política gala. Estos miembros de la policía se convirtieron también en guerreros “stay-behind”. Al parecer, las buenas relaciones del Gladio francés con el gobierno socialista fueron bastante duraderas: cuando el ejército secreto Rosa de los Vientos fue creado después de 1947, uno de sus miembros, François Groussouvre, antiguo miliciano fascista del régimen petainista de Vichy, fue luego consejero del presidente socialista Miterrand en materia de guerra secreta.

La guerra secreta contra los comunistas no sólo no se detuvo, sino que se extendió de tal forma que el ejército secreto francés pareció cobrar vida propia, al tiempo que a la IV República Francesa se le multiplicaban los problemas relacionados con los movimientos de liberación en su extenso imperio colonial: primero, las derrotas en Indochina, que condujeron a la independencia de Camboya, Laos y Vietnam, y luego el inicio de la guerra en Argelia. Rosa de los Vientos, que había sido entrenada por el 11º Regimiento Paracaidista de Choque, acabó siendo prácticamente absorbida por éste. El 11º de Choque contaba entre sus miembros con un nombre recurrente en estas páginas: Yves Gueráin Serac.

El 11º de Choque iba a implicarse en una complicada operación para derrocar al gobierno de la IV República en 1958 y reinstalar al retirado general De Gaulle en él. En aquel momento, con los servicios secretos y el ejército “stay-behind” más poderosos e incontrolados que nunca, quien ganó por la mano tanto a estos como al propio gobierno fue el general, que mandó un mensaje al presidente de la República postulándose a formar gobierno. De Gaulle volvió y la V República, de carácter presidencialista, fue instaurada. Pero el general no satisfizo los deseos de los “gladiadores” como Gueráin Serac, puesto que en poco tiempo y con mucha sangre derramada de por medio, se vio que el mantenimiento de Argelia en manos francesas era imposible. Los miembros más inquietos y más militantemente anticomunistas del 11º de Choque, entre ellos Yves Gueráin Serac, formaron una organización terrorista de ultraderecha, la OAS (Organisation de l’Armée Secrete), con el objetivo de provocar un nuevo golpe de Estado en Francia que derribara a De Gaulle y la V República e instaurara un Estado autoritario y mantener Argelia en manos de Francia.

La OAS se involucró en numerosas actividades terroristas en Argelia, y también en Francia, como eran la caza de militantes del argelino Frente de Liberación Nacional o atentados que sembraran el caos. Y en 1961, un año antes de la independencia, intentaron un nuevo golpe fallido alcanzando brevemente el poder en la colonia, que, a pesar de contar con el apoyo de la CIA y el Pentágono, en este caso no sirvió de garantía de éxito. La desconfianza hacia los servicios secretos hizo mella en De Gaulle y en el resto de los presidentes de la V República, y esta sería una de las razones para que el presidente francés expulsara del país a la OTAN, que pasó su sede de París a Bruselas. El fracaso del golpe y de su política de terror fue patente tras la firma de la paz entre la metrópoli y el FLN, que dio lugar a la independencia de Argelia en 1962. No obstante, algunos siguieron tratando de escalar en su furia asesina, tratando de matar a De Gaulle tendiéndole una emboscada de la que salió ileso.

Los terroristas de la OAS, que habían tenido sus contactos con otros ejércitos secretos europeos como el BND alemán -en cuyas bases de entrenamiento habían preparado algunas de sus acciones en Argelia- pasaron a ejercer su guerra particular por el mundo: España, Portugal, América Latina… Sin embargo, el fin de la OAS no significó el de los ejércitos secretos en Francia. Al parecer, un movimiento vinculado al partido de De Gaulle, las SAC, también estuvo detrás de la desestabilización política vivida por la IV República que él enterró, y que posteriormente, hasta su cierre en 1982 por el presidente Miterrand, siguió activa, ejerciendo labores oscuras en África y en la represión de las protestas estudiantiles del mayo de 1968. Los diputados comunistas y socialistas en la Asamblea Nacional, así como buena parte de la prensa, pensaron que este cierre, como en otros países de Europa, también había sido en falso.

ITALIA: EL SANTUARIO DE GLADIO

Pero el lugar de donde nació toda la polémica en 1990 es también el sitio donde todas las actividades de la guerra secreta que hemos visto hasta ahora han tenido lugar. En Italia hubo golpes de estado, como en Grecia y Turquía, aunque fueran “blandos”. También atentados con bomba, como los desarrollados por las fantasmales CCC belgas en Brabant. Y asesinatos individuales, como el de Aldo Moro, semejantes al de la Triple A en conexión con ultraderechistas bregados en la guerra secreta en el despacho de abogados de Atocha. Sus agentes formaron parte de la antigua dictadura fascista, como los alemanes Reinhardt Gehlen o Klaus Barbie del BND germano-occidental, y a su vez, como Aginter Press de Portugal, se implicaron en actividades más allá de las fronteras nacionales.

De todas formas, el genuino Gladio -el nombre genérico de las redes “stay-behind” europeas procede, precisamente, del nombre de la red italiana- tiene también sus particularidades: conexiones con la Mafia siciliana o la Camorra napolitana e incluso con una oscura logia masónica dirigida por un antiguo fascista que pasó de estar “a las órdenes de Hitler a estarlo a las de Kissinger” (el secretario de Estado de los presidentes norteamericanos Nixon y Ford), como escribe Benjamín Prado: Licio Gelli, el líder de Propaganda Due (P2), la logia donde también estuvo, en aquellos años de plomo, el inefable ex primer ministro conservador y magnate de los medios audiovisuales Silvio Berlusconi.

La situación política y social de la República Italiana y su consideración de casi objetivo “número uno” en la lucha entre el comunismo y el “mundo libre” se remonta al fin de la SGM. Casi puede decirse, sin temor a caer en el error, que las actividades del ejército secreto italiano comienzan desde que Italia es liberada del fascismo. Hasta antes: no conviene olvidar que las tropas anglo-norteamericanas que desembarcan en Sicilia, preparando la conquista de Italia desde el África liberada, colocan en la administración de la isla a antiguos jefes mafiosos -que habían sido objeto de una dura represión por parte del régimen mussoliniano- a fin de evitar que Sicilia, y eventualmente Italia, caiga en manos de los partisanos comunistas y del PCI.

Las primeras elecciones tras la guerra, en 1946, en un país en el que recién se ha proclamado una “República antifascista basada en el trabajo” no pintan demasiado bien para los intereses anglo-estadounidenses. La recién creada CIA recibirá sustanciales cantidades de dinero de los fondos del “Plan Marshall” para la reconstrucción de Europa para la realización de acciones encubiertas. Entre ellas, y una de las más significativas, estará precisamente la de impedir que el Frente Democrático Popolare (FDP) italiano, compuesto por los socialistas y los comunistas transalpinos, alcancen el poder de forma democrática. La táctica del Frente Popular, la misma que Stalin recomendó a Thorez y los comunistas franceses, se antoja tan peligrosa para la administración Truman por cuanto el PCI es el más fuerte de todos los de Europa Occidental, casi a la par con el francés, y en un momento en que parece que el frente popular y la vía parlamentaria amenaza con convertir Bélgica, Italia, Francia, Islandia o Finlandia en países “rojos” sin necesidad de que los ejércitos rusos hayan pasado por allí.

La Democracia Cristiana fue muy beneficiada por las ayudas norteamericanas, que contemplaban al partido como un instrumento de su lucha anticomunista.

La Democracia Cristiana fue muy beneficiada por las ayudas norteamericanas, que contemplaban al partido como un instrumento de su lucha anticomunista.

La campaña de las elecciones de 1946 se convierte, así, en una manera de darle la vuelta a unos pronósticos nada halagüeños, máxime cuando comunistas y socialistas superaron a la derecha en las elecciones municipales previas. La técnica, similar a la usada en Francia, consistirá en llenar las arcas de la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi para la compra de votos y la puesta en sus manos de un aparato de propaganda del que no habría dispuesto sin ese dinero americano. Al mismo tiempo, la amenaza velada de que, con comunistas en el gobierno, no habrá fondos del Plan Marshall. Y, un clásico, la coacción y la difamación hacia los candidatos del FDP, a los que se llegó a calificar de antiguos fascistas, anticlericales o una vida personal y sexual disoluta. Resultado: la DCI -que ha sido calificada de grupo político constituido a base de colaboracionistas, monárquicos y fascistas sin rehabilitar- ganó las elecciones con un 48% de los votos y 307 escaños. El FDP obtuvo un 31% y 200 escaños, y De Gasperi se convirtió en primer ministro electo, cargo en el que estuvo entre 1945 (cuando fue nombrado de forma interina) y 1953.

Al mismo tiempo, el ejército secreto italiano Gladio comenzaba a ponerse en marcha reclutando a un antiguo ejecutor fascista, que se había destacado en la brutal represión ejercida contra los partisanos en el reducto nazi-mussoliniano del norte de Italia, la República Social-Fascista de Saló. El príncipe Valerio Borghese fue hábilmente “reciclado” por los servicios secretos norteamericanos, cuyo ejército le había salvado de la ejecución por los camaradas de aquellos a quienes había llevado al patíbulo, para proseguir la represión del movimiento comunista italiano, esta vez no en nombre del fascismo, sino en el del “mundo libre”. Al mismo tiempo, en el seno de la Democracia Cristiana estaban formándose células paramilitares, explica Francesco Cossiga, miembro destacado del partido y posterior presidente de la República. Los paramilitares de la DCI llevaban armas compradas con fondos puestos a disposición del partido y estaban dispuestos a actuar en caso de una victoria electoral comunista.

Estos grupos informales, el del príncipe Borgheses y la DCI, serían pronto sustituidos -si bien es posible que muchos de sus reclutas pertenecieran a ellos- por un “stay-behind” en toda regla y en el seno de la OTAN, a la que Italia se adhirió desde su fundación con el entusiasta apoyo del gobierno democristiano. Los servicios secretos recién creados, SIFAR, subordinados a la CIA quizá más incluso de lo que estaba cualquier otro servicio secreto perteneciente a la Alianza, crearon el Gladio conjuntamente con los norteamericanos en una fecha tan temprana como 1949, el año de la fundación de la OTAN.

Entretanto, la vida política de la República iba calentándose debido a que los comunistas no dejaban de tener e incluso de ganar apoyos en el Parlamento y su exclusión en el Ejecutivo italiano resultaba un contrasentido. Mientras, el servicio secreto SIFAR intervenía en la vida política como un actor más, defendiendo los intereses de la DCI y Estados Unidos, tratando de impedir la llegada de los comunistas al poder. En 1963, los peores presagios de la CIA y el SIFAR se confirmaban: la izquierda, encabezada por los comunistas, superaba en porcentaje de votos (39%, 25% de los comunistas y 14% del PSI) a la desplomada Democracia Cristiana (38%). Aldo Moro, jefe del ala izquierda de los democristianos y primer ministro, abrió el gobierno a los socialistas y los comunistas pidieron también entrar en el gobierno. En forma de aviso de que tal cosa no podía suceder, una manifestación de obreros de la construcción en Roma fue reprimida por agentes de Gladio vestidos de policía y de paisano, que dejaron un saldo de 200 heridos. Poco después, el 14 de junio de 1964, un grupo de militares, altos mandos de los servicios secretos y “gladiadores” decidieron ejecutar la Operación “Piano Solo”. Esta operación consistía en ejecutar una intentona golpista, a modo de demostración de fuerza, que llevara a Moro a expulsar, o al PSI a cesar en sus cargos, a los ministros socialistas del gobierno. Un golpe “blando” ejecutado con la connivencia del presidente de la República, Antonio Segni, ferviente anticomunista del ala derecha de la DCI, y llevado a cabo por el jefe de los Carabinieri, Giovanni de Lorenzo, y el comandante de Gladio Renzo Rocca, con colaboración de la CIA. Las unidades golpistas realizaron un gran despliegue intimidatorio en Roma tras el desfile del 150º aniversario de los Carabinieri, permaneciendo en la capital entre mayo y junio, con lo que Moro tuvo que avenirse a negociar con el general De Lorenzo y finalmente los socialistas abandonaron sus puestos en el gobierno.

La crisis resuelta con el recurso al golpe, plegándose a los deseos de Washington de mandar un aviso a navegantes -los comunistas, mediante el uso como cabeza de turco de los ministros del PSI- de que jamás habría un gobierno italiano del que formara parte el PCI no hacía otra cosa que aparcar para un futuro cercano una nueva. Andreotti, que había sido ministro de Defensa -el hombre que había ascendido a De Lorenzo del SIFAR a la jefatura de los Carabinieri- y ahora ocupaba la presidencia del gobierno, vio como se agotaba la alianza con otros grupos del centro derecha (republicanos, demócratas y liberales) y a principios de los años 1970 Italia se sumió en un conjunto de gobiernos débiles e inestables. Al mismo tiempo, el espionaje italiano, triunfal tras el golpe “blando” de 1964, había sometido a una increíble vigilancia a personalidades de la sociedad y la política italianas -jueces, fiscales, parlamentarios, sindicalistas, financieros, sacerdotes…-, llegando a acumular información sobre 157.000 personas. Copias de estos archivos llegaron a la CIA y al siniestro líder de la logia Propaganda Due (P2), Licio Gelli. Gelli, un antiguo Camisa Negra, voluntario fascista en la guerra de España y sargento mayor en las SS alemnas, y los miembros de la P2 manipularon la política italiana a través de una sociedad secreta anticomunista de la que formaban parte políticos, banqueros, clérigos y militares a los que les unía, además de fobia contra la izquierda, su conexión con el Gladio -son muchas las ramificaciones que van de los atentados de los años de plomo hasta Propaganda Due-, el poder de dar financiación a actividades anticomunistas en todo el mundo y los contactos de Gelli con las altas esferas de Washington, donde ha estado presente en el palco de honor de las proclamaciones de varios presidente, entre ellos Ronald Reagan o Richard Nixon.

Fue en ese contexto cuando Enrico Berlinguer, secretario general del PCI, lanzó la propuesta del Compromesso Storico, una oferta de gobierno conjunto con las fuerzas democráticas italianas que tuvo muy buena acogida en el sector de izquierda de la DCI, liderado por Aldo Moro.

Esta propuesta de dar entrada a los comunistas en el gobierno, que el nuevo presidente de la República, Giovanni Leone, y Moro en calidad de presidente de la DCI, patrocinaron en una visita a Washington, recibieron el portazo de las autoridades norteamericanas. Italia era el equivalente a Latinoamérica en Europa: un “patio trasero”. Un segundo aviso había llegado el 8 de diciembre de 1970, después de que en 1968 una nueva victoria electoral de izquierdas amenazara la “estabilidad” derechista de Italia, con una nueva intentona golpista de “gladiadores” al mando del príncipe Borghese, mandos del ejército, unidades paramilitares al mando de un viejo conocido de estas páginas, Stéfano Della Chiaie e incluso jefes locales de la mafia en Sicilia. El golpe, con epicentro en Roma y Milán, se paralizó en el último instante sin llegar a consumar el giro reaccionario que propiciaba: al parecer, los apoyos estadounidenses y de la OTAN fallaron, lo que llevó a que los lugares estratégicos ocupados fueran abandonados tan pronto como fueron tomados.

La fuerza de la izquierda italiana, sin embargo, no cesó un ápice y en 1978 Aldo Moro decidió, a pesar de los riesgos de intervención americana, ofrecer a los comunistas puestos en el gobierno. Italia llevaba años viviendo una situación de inestabilidad política pero también social: las Brigate Rosse, un grupo terrorista de extrema izquierda, practicaba secuestros y asesinatos de personalidades conservadoras del mundo de las finanzas y la política, en una guerra particular contra el sistema. Al mismo tiempo, una serie de atentados se habían ido desarrollando de forma brutal e indiscriminada. Hoy sabemos que esos atentados fueron realizados por miembros de Gladio con el ánimo de exacerbar los ánimos contra la izquierda y los comunistas, culpando entre otros a las Brigate Rosse y sumiendo al país en un estado de alerta y de miedo constante. En conjunto, los atentados de Maghera, Peteano di Sagrado, Piazza Fontana de Milán, Roma, la estación de tren de Bolonia… por nombrar sólo algunos de los más sonados, costaron la vida, entre 1969 y 1987, de 491 civiles, así como 1.181 heridos y mutilados, así como la detención indiscriminada y la tortura de militantes de fuerzas de izquierda a quienes se tomó como “chivos expiatorios” de aquellos hechos. Cuando las investigaciones de los jueves Felice Casson y  Carlo Mastelloni demuestran que los atentados no son de la autoría de quienes dicen ser, de que un grupo secreto llamado “Gladio” está detrás de los hechos y de que, con riesgo para sus propias vidas, un ejército secreto en el interior de las estructuras del Estado italiano ha sido el causante de aquello para impedir, a través de la violencia, que el Partido Comunista alcanzase el poder, el primer ministro y líder de la DCI, Giulio Andreotti, confiesa en sede parlamentaria en 1990 que es cierto, que él tenía constancia y que esto no ha ocurrido sólo en su país. Desataba de este modo un terremoto que, sin embargo, no tendría muchos efectos políticos: no ha habido detenciones ni juicios en el Tribunal de La Haya.

Andreotti -quien será juzgado y condenado, pero posteriormente absuelto en 2002 por la Corte de Apelación de Perugia- será uno de los señalados, entre otros hechos, por la resolución luctuosa del secuestro de Aldo Moro, su compañero de filas. En el momento en que Moro, en  se dirigía al Parlamento a abrir el ejecutivo a los comunistas, su chófer y sus escoltas fueron ametrallados y él secuestrado por supuestos miembros de las Brigate Rosse, que le mantuvieron secuestrado durante 55 días, hasta que finalmente le encontraron en el maletero de un Renault 4L con once disparos en su cuerpo.

Guardaespaldas y chófer de Aldo Moro, tiroteados al producirse el secuestro del líder democristiano.

Guardaespaldas y chófer de Aldo Moro, tiroteados al producirse el secuestro del líder democristiano.

El secuestro y posterior asesinato levantó numerosas dudas, todas ellas apuntando en la dirección de que “las Brigadas Rojas con toda probabilidad fueron instrumentos en manos de un contexto político más amplio”, o dicho de otro modo, fueron utilizadas por poderes ajenos a ellos y con objetivos espurios. En primer lugar, resulta extraño que Mario Moretti, el jefe del comando que secuestró a Aldo Moro, fuera identificado posteriormente como un agente secreto ultraderechista. En segundo lugar, su mujer Eleonora relató que había recibido amenazas pero no por parte de las Brigadas sino de los norteamericanos: “Debes abandonar tu política de colaboración con todas las fuerzas políticas de tu país o lo pagarás muy caro”, le habían dicho en EE.UU. En tercer lugar, la petición de un coche blindado que realizó desde que vino de Washington, temiendo por su seguridad, había sido desechada. En cuarto lugar, la firmeza desplegada por el gobierno democristiano en no negociar con las Brigadas en el caso de Moro, sacrificándole a una muerte segura, cuando en otros casos sí lo habían hecho, contrasta con esos casos en los que sí habían excarcelado a presos a cambio de la liberación de rehenes. A esto se le suma la petición final de Moro a su esposa de que en su entierro no hubiera nadie de la “corrupta DCI”. Por todos estos motivos, el secuestro y asesinato de Moro -cuyo cuerpo en el interior del 4L apareció macabramente situado a media distancia de las sedes de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista- parece una obra más del Gladio.

El cadáver de Aldo Moro en el Renault 4L aparcado en una céntrica calle de Roma. Su secuestro está aún hoy rodeado de dudas que apuntan a una operación política para quitar de en medio a un personaje molesto.

El cadáver de Aldo Moro en el Renault 4L aparcado en una céntrica calle de Roma. Su secuestro está aún hoy rodeado de dudas que apuntan a una operación política para quitar de en medio a un personaje molesto.

CONCLUSIONES

Un presentador británico, en los tiempos en que el “escándalo Gladio” salía a la luz, se preguntaba si, en unos momentos que coincidían con la caída del bloque soviético y los teleespectadores occidentales empezaban a recibir informaciones sobre el terror de la Stasi o la Securitate de Ceaucescu, acaso podían imaginarse si su bando podría haber hecho algo similar.

Por desgracia, la falta de información dada por los responsables políticos, la ausencia de procesos penales y de condenas por unos crímenes que, con poco temor a caer en el error o en la demagogia, podrían ser perfectamente juzgados por los tribunales internacionales, y la capacidad para el escapismo que han demostrado los guerreros “stay-behind” a lo largo de los años (e incluso hoy, el grupo de Licio Gelli se ha transformado en una ONG que tiene estatuto consultivo dentro de la ONU, como Greenpeace o Amnistía Internacional…) hace que podamos pensar perfectamente en que Gladio no es algo del pasado, sino que tiene un presente bastante prometedor. Aunque sea a costa de que el de los ciudadanos corrientes, de los inconformistas y de los que quieren una sociedad mejor, más justa, pacífica e igualitaria sea infinitamente más malo. Y no digamos el futuro.

Si hay algo, además, que puede diferenciar las actuaciones del bando soviético y del occidental en cuanto a las doctrinas de soberanía limitada, se resume muy bien en la sentencia con la que Daniele Ganser abre su libro, y que reproduzco a continuación, sobre los ejércitos secretos de la OTAN. Si el bloque oriental era el bloque del totalitarismo rojo -y, para mala fortuna del ideario marxista, cuya imagen los regímenes burocráticos que se camuflaron bajo la bandera del socialismo o del comunismo contribuyeron a echar por tierra, su comportamiento pareció ajustarse a esa definición-, ¿cómo puede el bloque occidental, defensor de la “democracia” y el “mundo libre”, actuar bajo las mismas premisas y estrategias y operar con aliados que le colocaban al mismo nivel que aquellos a quienes decía combatir? En otras palabras, en concreto estas de Gandhi:

“¿Qué diferencia hay respecto a los muertos, los huérfanos o los sin techo si la destrucción es realizada en nombre del totalitarismo o en el sagrado nombre de la libertad o la democracia?”

FUENTES:

Ganser, Daniele, “Los ejércitos secretos de la OTAN. La operación Gladio y el terrorismo en Europa occidental”, Madrid, 2010, Intervención Cultural.

Prado, Benjamín, “Operación Gladio”, Madrid, 2011, Alfaguara.

“¿Quién mató a Aldo Moro?” en http://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20130509/54373912318/politica-internacional-magnicidios-terrorismo-secuestros-aldo-moro-italia-brigadas-rojas.html#ixzz3mkSIOQTo

“El oscuro secuestro y asesinato de Aldo Moro y la Operación Gladio”, en http://beforeitsnews.com/alternative/2014/06/el-oscuro-secuestro-y-asesinato-de-aldo-moro-y-la-operacion-gladio-2978248.html

Meyssan, Thierry, “STAY BEHIND: COMO CONTROLAR LAS DEMOCRACIAS. Las redes estadounidenses de desestabilización y de injerencia” en http://www.voltairenet.org/article120005.html#nb5

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