La “Françafrique”: el terrible reverso de la República Francesa

Hablar de imperialismo es casi siempre sinónimo de hablar de las acciones y proyectos de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos. La fama alcanzada por las administraciones de Washington, a través de la ejecución de “operaciones encubiertas” de la agencia de la inteligencia estatal, la CIA, o de intervenciones directas de su ejército a lo largo y ancho del globo, y especialmente en su llamado patio trasero, Sudamérica -Chile, Nicaragua, Panamá, Guatemala, Argentina, Bolivia…- ha sido tan notable como execrable. Pero no es el único ejemplo.

La emancipación política de las antiguas colonias africanas y asiáticas tras la SGM, conseguida en muchos casos tras enormes sacrificios humanos y costosos derramamientos de sangre en luchas de independencia -Indochina, Argelia, África portuguesa- no fue sino un espejismo para muchas de ellas, que acabaron formando parte de una suerte de imperio informal de las antiguas metrópolis o de nuevas potencias colonizadoras. En ello intervino tanto la lógica de la guerra fría, tratando de evitar las desviaciones de la conferencia de Bandung y sucesoras, que fijaban la política de los países “no alineados” y que constituía realmente la naturaleza del Tercer Mundo, alejado de las pugnas entre bloques, como las necesidades económicas y de materias primas de un mundo industrializado que precisaba y precisa aún hoy de los ingentes recursos de las nuevas naciones, y que además los quiere en condiciones muy ventajosas. Bajo estas premisas, a los recién independizados estados de Asia y África iba a resultarles muy difícil iniciar su camino como naciones libres y dueñas de sí mismas y sus destinos.

Entre las antiguas metrópolis que destacan por su condición de cabezas de un imperio informal está Francia. Sacudida recientemente (13 de noviembre de 2015) por los graves atentados de París, la oleada de solidaridad hacia sus ciudadanos llena de prevención cuando está siendo aprovechada por el presidente de la República, el socialista François Hollande, y su gobierno para lanzar operaciones militares contra el autoproclamado Estado Islámico, que ha reivindicado las acciones, y llamar a la acción al conjunto de sus aliados de la OTAN, incluyendo a España, Alemania y los Estados Unidos. En primer lugar, porque el ardor guerrero de Hollande no deja de tener paralelismos con el demostrado por el anterior presidente estadounidense George W. Bush a raíz de los atentados del 11-S, y como dice la sentencia “de aquellos polvos vinieron estos lodos” (No está de más recordar, como ha hecho el periodista Miguel Ángel Aguilar, que buena parte de los combatientes del DAESH son miembros de las fuerzas de seguridad y de la administración iraquíes que, tras la invasión norteamericana, fueron purgados en masa e indiscriminadamente de sus empleos, en lugar de ser reciclados para provecho del futuro régimen post-Saddam). En segundo lugar, porque la Francia institucional que presume de los valores de la República, la Revolución de 1789 y los valores europeos deja estos para consumo interno -y no siempre, si hemos de atender a la discriminación y la marginación social que se vive por unos suburbios que han sido protagonistas de disturbios y protestas y ahora especial caladero para los reclutadores de la “yihad”- y exhibe una cara mucho más oscura y codiciosa en el trato con sus antiguas colonias, donde el proyecto de la “Françafrique”, vigente desde los tiempos de la presidencia del general De Gaulle y la emancipación del vasto imperio de Argelia, Túnez, Madagascar, África Ecuatorial Francesa y África Occidental Francesa ha sido una vergonzosa y continuada exhibición de fuerza para la protección de los intereses políticos y empresariales de París. No en vano, François-Xavier Verschave, de la organización Survie y que ha trabajado muchos años en la región, ha llegado a titular una de sus obras con el ilustrativo título, “Franciáfrica. El mayor escándalo de la República”.

FRANÇAFRIQUE: UNA COMUNIDAD DE INTERESES MUY PARTICULARES

Tras la aprobación de una nueva constitución de posguerra en 1946, que inauguraba la efímera IV República francesa, las colonias se incorporan a una estructura federal, la Unión Francesa, que convertía en estados asociados a las posesiones francesas, pero al mismo tiempo mantenía como ciudadanos de segunda categoría a los naturales de las colonias. De los 856 delegados elegidos a la Asamblea Constituyente de 1945, sólo 64 procedían de aquellas, a pesar de que 250.000 soldados del África francesa habían tomado las armas por la Francia Libre de De Gaulle y el imperio francés en África se había convertido en un refugio para los contrarios al gobierno pronazi de Vichy. Pronto el movimiento por la independencia, integrado en la Rassemblent Démocratique Africaine -una alianza intercolonial de partidos con un programa socialmente avanzado- comenzó a rechazar la Unión y a reclamar la independencia. Sin embargo, algunos de los líderes más importantes, como el senegalés Leopold Sedar Senghor o el ivoriano (costamarfileño) Felix Houphouët-Boigny, rompieron sus alianzas con las fuerzas de izquierda, entre ellos los comunistas, asegurándose para el futuro una estrecha colaboración con la antigua metrópoli y la ayuda francesa para mantenerse en el poder durante largo tiempo.

A finales de la década de 1950, el fracaso en la guerra para el mantenimiento de Indochina como parte del imperio colonial y el rumbo de los combates en Argelia, donde el derramamiento de sangre salpicaba incluso la estabilidad política y social de la propia Francia, llevaron a un De Gaulle recién restablecido en la presidencia de la nueva V República (inaugurada en 1958) a la concesión generalizada de la independencia del África Ecuatorial Francesa (con capital en Brazzaville, la AEF estaba compuesta por las colonias de Gabón, Chad, Moyen Congo o Congo Medio y Ubangui-Chari) y el África Occidental Francesa (con capital en Dakar, la AOF estaba compuesta por Senegal, Níger, Guinea, Mauritania, Sudán francés -Mali-, Alto Volta, Dahomey y Costa de Marfil), así como a Madagascar. En 1960, al tiempo que numerosas colonias británicas del este del continente, accedieron a la independencia la mencionada Madagascar, Níger, Camerún, Togo, Gabón, Congo-Brazzaville (actual República del Congo), Alto Volta (actual Burkina Faso), Chad, Senegal, Costa de Marfil, Ubangui-Chari (con el nombre de República Centroafricana), Dahomey (hoy Benín), Mali y Mauritania, que se sumaban a la independencia a la que había accedido la antigua Guinea francesa con el nombre de Guinea-Conakry y bajo el liderazgo de Séku Turé en 1958.

Para Francia, la independencia se había convertido, por razones políticas, pero también por motivos de carga económica y de prestigio, en casi una obligación. Los costes de mantenimiento del imperio eran mayores que los beneficios que se podían extraer de él, al tiempo que no quería enfangarse en una larga guerra alrededor de un territorio tan extenso para salir perjudicada como lo había hecho en el Lejano Oriente y en el norte de África. Fracasado el intento de mantener una Commonwealth a la francesa -rechazada por Guinea-Conakry, que proclamó su independencia dos años antes-, Francia procedió a fabricar otra alternativa: nacía el imperio informal, la “Françafrique”, como el presidente de Costa de Marfil, Houphouët-Boigny, se refería muy gráficamente para señalar cuál era su voluntad de independencia.

Lejos de ser una comunidad de países con voluntad de gobernar para sí mismos y sus pueblos, cuyo nexo de unión era una historia y una lengua comunes, la CFA (rebautizada sucesivamente como Colonias Francesas de África, Comunidad Francesa de África y finalmente Comunidad Financiera Africana, dando acogida a países no francófonos como Guinea Ecuatorial y Guinea-Bissau) ha servido para mantener las riendas de las antiguas colonias en las manos de los sucesivos gobiernos del Elíseo y los recursos naturales y humanos del territorio en las de las compañías multinacionales galas. La “Françafrique” ha contribuido a mantener una relación de dependencia política y económica al tiempo que parecía existir la ficción de que los ciudadanos de los nuevos estados independientes tenían la potestad de elegir a sus representantes y ser dueños de sus destinos y naciones, cuando la realidad era que Francia, por la lógica de la “guerra fría” y en nombre del “mundo libre” o por los intereses económicos defendidos por París, era capaz de hacer y deshacer a su antojo, quitando y poniendo a líderes políticos en Ultramar.

Un ejemplo de este neocolonialismo lo da el hecho de que haya una moneda común, el franco CFA, que es la moneda de catorce países africanos, doce antiguas colonias francesas más las mencionadas Guinea Ecuatorial y Guinea-Bissau. El franco CFA fue una de las exigencias del gobierno de De Gaulle en los acuerdos de independencia para el África Occidental y el África Ecuatorial francesas -otras eran el acantonamiento de soldados franceses en bases de las nuevas naciones y la asunción por éstas de las deudas de la época colonial, lo que empezaba hipotecando el futuro de los nuevos países-. En realidad, el franco CFA es poco menos que un “chollo” para Francia. Con una relación de cambio de 1 euro=655,95 francos CFA (junio de 2015), el franco CFA no es una sino dos monedas, una para la región de África Central y otra para el África Occidental. Aunque ambas tienen la misma relación cambiaria respecto al euro (antes respecto al franco francés) y son nominalmente la misma moneda, dependen de autoridades monetarias distintas, de dos bancos centrales diferentes y no existe posibilidad cambiaria entre ellas, lo que en la práctica impide cualquier tipo de integración y deja a las economías nacionales supeditadas a Francia.

Además, el Banco de Francia tiene un considerable poder en cuanto a política monetaria de una divisa que no circula ni por su país ni por ninguna de las posesiones ultramarinas que todavía mantiene. Posee poder de veto sobre las decisiones tomadas por cada una de las autoridades monetarias -del franco CFA “central” y del franco CFA “occidental”-. Y además, cada país del área del CFA debe depositar el 50% de sus reservas de divisas el banco central francés, lo que en la práctica ha supuesto y supone una inyección de liquidez y estabilidad para el propio tesoro de la ex metrópoli. Sin embargo, la moneda africana ha contado con la ventaja de una gran estabilidad por sus tipos de cambio fijos, lo que ha dado lugar a un lucrativo intercambio de fondos entre los sucesivos gobiernos franceses y los de los países africanos afines. Millones de francos CFA han salido de las excolonias rumbo a la financiación de las campañas electorales de Valery Giscard d’Estaign, Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy. Al mismo tiempo, como escribe Josep Fontana, “cuando los pupilos de Francia se encontraban en una situación difícil, una suma considerable de billetes de  francos CFA salía para África (pasando por Suiza, donde una parte quedaba en las cuentas personales de políticos franceses y africanos)”.

Robert Delavignette, uno de los hombres de De Gaulle, había anunciado que “la descolonización implica a la vez hacer un buen negocio y tener buena conciencia”. Al mismo tiempo, el propio general puso al frente de los asuntos africanos del Elíseo a Jacques Foccart, hombre de su confianza y responsable de los servicios secretos, quien ha estado detrás de cada golpe de estado y de cada apoyo recibido por los jefes de estado más despiadados, pero apoyados por el gobierno de la República Francesa, desde los conservadores a los socialistas (salvo en la etapa de Giscard d’Estaign), desde De Gaulle hasta Miterrand pasando por la “extraña pareja” Jacques Chirac y Lionel Jospin, hasta su fallecimiento en 1997.

Flag_of_Cameroon.svgEn el mismo año de las numerosas independencias, 1960, el líder nacionalista del Camerún, Félix Moumié, es envenenado en Ginebra -a donde había acudido a una reunión con un supuesto periodista que no era más que una tapadera- por orden de Foccart. Foccart se encargó también de que el poder recayera en Ahmadu Ahidjo, quien se mantuvo veintidós años en el cargo, recibiendo ayuda francesa para combatir a la guerrilla en una guerra de diez años que costó muchos miles de muertos con componentes de violencia étnica (muchas de las víctimas pertenecían a la población bamileké). Convencido por un médico francés de que estaba cerca de morir, dimitió en 1982 y puso como sucesor a Paul Biya, un defensor de los intereses de las multinacionales francesas (al parecer, es un hombre de la petrolera gala ELF-Aquitanie) que ha impuesto una enmienda a la Constitución para asegurarse continuar al frente del país hasta 2018. Biya, dirigente político que mezcla el despotismo, la represión y el enriquecimiento personal, gobierna un Camerún donde la riqueza procedente de la explotación del petróleo se evapora para beneficio de las compañías privadas (se ha calculado que más de la mitad de los ingresos producidos por su explotación entre 1977 y 2006 han desaparecido sin llegar al presupuesto nacional).

809px-Flag_of_Togo.svgNo ha sido menos grave el caso de Togo, una antigua colonia alemana (Togoland) que pasó a manos francesas tras la capitulación germana en la PGM y la pérdida de las colonias por ésta a consecuencia de las disposiciones del Tratado de Versalles. Sylvanus Olympio, líder de la independencia togolesa y primer presidente de este pequeño país del golfo de Guinea, representaba las mejores aspiraciones de los africanos recién emancipados de la tutela europea. Olympio afirmaba que la principal preocupación de los dirigentes africanos debía estar lejos de la lucha entre las dos grandes potencias mundiales -EE.UU. y la URSS- y la política de bloques, y que el objetivo de los nuevos países africanos y sus líderes “era dedicar todas sus energías y recursos al desarrollo de sus pueblos”. Tal profesión de fe y de independencia en pleno auge de la “guerra fría” -en una época en la que, para más inri y como había señalado el anterior presidente norteamericano Truman, el no alineamiento ni siquiera se contemplaba como una opción- no sería tolerada por Francia. El 13 de enero de 1963, en el transcurso de un golpe militar patrocinado por el Elíseo, Olympio era asesinado y, tras un período de gobierno militar en la sombra en que el poder estuvo en manos de Nicolas Grunitzky, éste se vio forzado a dimitir en 1967, el día del cuarto aniversario del golpe, y subía al poder el cerebro del putsch contra Olympio, Étienne Gnassingbé Eyadéma, quien iba a inaugurar una dinastía en el poder continuada hoy por su hijo Faure Gnassingbé, tras un nuevo golpe de Estado, esta vez electoral, en 2005, en medio de numerosas y sangrientas protestas por todo el país.

La ruina de Togo es hoy clamorosa para todos, excepto para Francia y sus compañías. En los primeros años de independencia, numerosas naciones africanas, y especialmente las del África francófona, se llenaron de “elefantes blancos”, proyectos de industrialización y de desarrollo que seguían siendo igual de mal planificados y costosos que algunos de los que intentaron llevar a cabo las potencias colonizadoras en los años inmediatamente anteriores a la independencia, en la idea de que la reconstrucción de las metrópolis pasaba por una mayor explotación de los recursos de sus respectivos imperios. El Togo de los Gnassingbé se embarcó en proyectos como una fábrica textil hoy cerrada que sólo llegó a trabajar al 10% de su capacidad; una cementera que duró sólo un mes funcionando o una refinería de petróleo para un país que no posee reservas. De esto también se benefició Francia. Un ejemplo muy gráfico: Togo compró más de trescientos tractores Renault sin que los campesinos hubieran recibido formación para usarlos ni se hubiera realizado previsión alguna sobre si eran o no útiles para sus necesidades. Al cabo de los años, el pequeño Togo tuvo que recibir la “ayuda” del FMI y el Banco Mundial para reestructurar su elevada deuda externa.

Flag_of_Gabon.svgNo menos triste es el caso de Gabón, en el África ecuatorial. Escribe el ensayista ghanés Eugenio Nkogo Ondó al referirse a este país que su antiguo presidente, Omar Bongo, “al referirse a la benevolencia de su  despotismo, afirmó enfáticamente: “era mi dinero. No niego haber ayudado a unos y a otros, pero no me gustaría que se dijera que los he ayudado para sembrar cizaña entre ellos”[…] sólo alguna fuente crítica ha señalado una vez más al mismo Omar Bongo como el gran amigo africano que, despilfarrando el erario de su nación, ha pagado la campaña electoral del presidente Nicolás Sarkozy” (ya antes había destinado fondos para la campaña de Jaques Chirac). Poco tiempo después, el propio Sarkozy apoyaría la fraudulenta elección, pese a las protestas de gaboneses en la propia Francia y de la oposición en Gabón que amenazaban con el desencadenamiento de una guerra civil, de su hijo Ali Bongo, alguien que era definido en los círculos del poder de París como “un amigo, el más escuchado” de quienes rodean al presidente y líder de la UMP (hoy, de Les Republicáines). “En Gabón es evidente que Ali Bongo ha sido el candidato de Francia, de TOTAL y demás intereses multinacionales.”, escribe Nkogo Ondó. No ha sido el único caso de intervención francesa, pues todos los gobiernos de cualquier signo que han estado al frente de la V República han apoyado a los Bongo.

La explotación de los recursos mineros de Gabón correspondía a empresas conjuntas franco-gabonesas. El primer presidente del país como estado independiente fue Léon M’ba, un candidato del Elíseo que incluso llegó a proponer la incorporación del país a Francia como un departamento más de la antigua metrópoli. M’ba, derrocado por un golpe de estado en 1964 que contaba con el apoyo de Estados Unidos, fue restablecido en el cargo por los paracaidistas franceses. En 1967, cuando estaba a punto de morir, delegó sus funciones en Albert Bongo (quien islamizaría su nombre posteriormente a Omar), un candidato fabricado por París. Bongo, que contaba con 32 años al acceder al cargo -el más joven presidente de república del mundo- se mantuvo durante cuatro décadas en el poder, hasta que Alí Ben Bongo, su hijo, le sucedería en las elecciones-farsa de 2008. La explotación de los recursos petrolíferos y del mineral de hierro (en manos de la compañía china Belinga, lo que muestra que la Françafrique, en decadencia, precisa -y de hecho la está ya planificando- de una renovación) garantizan los beneficios privados en detrimento de la mayoría de la población (según datos de 2009, Gabón estaba en el puesto 93 del índice de desarrollo humano y el 70% de los gaboneses vivían por debajo del umbral de la pobreza).

Una de las circunstancias más paradójicas que se dicen de la política es aquella que afirma que “hace extraños compañeros de cama”. Esta máxima también es aplicable a la política francesa en su antiguo imperio colonial. En la década de los sesenta y setenta del siglo XX, varios países experimentaron sus particulares “vías africanas al socialismo”. Algunos de ellos, como Angola y Mozambique, por el carácter de sus movimientos guerrilleros en su lucha independentista contra la potencia colonial (en este caso, la dictadura portuguesa). En otros casos, a raíz de golpes de estado como los que tuvieron lugar en Etiopía, Dahomey (rebautizada como República Popular de Benín, en honor de un antiguo reino situado en la costa del golfo de Guinea, entre Nigeria y este país, que ha conservado el nombre) o en Congo-Brazzaville (rebautizado como República Popular del Congo). Y también hubo algunos casos en que se trató de seguir una vía particular, como la Tanzania de Julius Nyerere. Nyerere había federado a Tanganika en la nueva estructura federal de la República Unida de Tanzania a su vecino, Zanzíbar, antiguo sultanato donde había tenido lugar una revolución izquierdista en la que la preponderancia de las fuerzas radicales podían convertirlo en lo que ya Occidente definía como “la Cuba de África”. Algunas fuentes afirman que la federación fue una idea conjunta de izquierdistas moderados zanzibaríes y Nyerere; otros, sin embargo, aluden a que el presidente de la nueva Tanzania había intervenido a instancias de la CIA. Sea como fuere,  al poco el presidente tanzano optó por su emprender su propia vía socialista, al realizar una reforma agraria basada en la propia tradición (la ujamaa o espíritu de familia) y en la reagrupación de los habitantes dispersos en pueblos donde se les pudiera proporcionar servicios estatales y ayudarles a modernizar una agricultura que se consideraba la base del desarrollo del país, toda vez que se carecían de recursos para embarcarse en la industrialización. Lo más curioso es que Tanzania recabó, para esto, ayudas del FMI, en unos años en que la “revolución verde” era una consigna de las organizaciones económicas internacionales para el Tercer Mundo (y que se ha revelado fracasada, pese a los intentos, mediatizados por compañías como DuPont, Cargill o Monsanto, por resucitarla). Aunque hubo cosas que mejoraron -la calidad de la sanidad y la educación-, la escasa productividad agrícola y el carácter forzado que tuvieron muchas de las reagrupaciones (a partir de 1973) fundamentaron el que el propio Nyerere declarara el fracaso del plan.

El apoyo de la URSS y su bloque, China y Cuba a estos intentos de “socialismo africano”, a pesar de su entusiasmo, no garantizó el éxito -quizá también porque se trataba de países lejanos, en el caso soviético, de su zona de influencia directa, y porque retraían recursos necesarios para solucionar los propios problemas de unas economías en dificultades en los años setenta- de unos proyectos donde la corrupción y la crueldad estaban tan presentes como en los antiguos regímenes, civiles o militares, que las revoluciones pretendidamente marxistas habían derrocado. Fue el caso del pionero de las independencias del África Francesa subsahariana, Seku Turé, líder de Guinea-Conakry, el hombre que había desafiado a De Gaulle con su sentencia “preferimos la pobreza en libertad a la riqueza en esclavitud” y que inauguró un régimen de brutalidad dominado por la corrupción y el fracaso económico, la condena de etnias enteras como “enemigos del socialismo”, un gran número de muertos y desaparecidos y dos millones de exiliados. Sus sucesores desde su muerte en 1984, Lansana Conté y -tras un golpe de Estado en 2008- Moussa Dadis Camara, no han sido menos brutales y dados al pillaje que Turé, con la ventaja, eso sí, de que se trata de elementos afines a la comunidad de intereses económicos francesa.

Pero hay llamativos casos en los que Francia no ha tenido mucho empacho en pactar con antiguos marxistas reconvertidos a la doctrina del “libre mercado”, como el caso de Dennis Sassou N’Guesso, antiguo líder revolucionario de la República del Congo (anteriormente, pero también bajo su mandato, la República Popular del Congo), también conocido como Congo-Brazzaville. Este país que conformaba la mayor parte del antiguo territorio del Congo Medio había comenzado su andadura independiente con un peculiar personaje al frente, el sacerdote católico Foulbert Youlou, un clérigo corrupto que vivía abiertamente con sus mujeres, vestía sotanas de Dior y cuyo gobierno se dedicaba francamente al saqueo. Francia toleró el golpe que en 1963 ponía fin al gobierno de un protegido que estaba dando muy mala fama a la “Françafrique”, y Youlou partió al exilio en la España franquista, donde intervino en negocios inmobiliarios. La situación del país, sin embargo, no mejoró, influida también por las deudas asumidas por el país a raíz de la construcción de “elefantes blancos” (las presas hidroeléctricas Inga 1 y 2). En 1979, Sassou N’Guesso formaba parte del grueso de militares que proclamaron la República Popular, con un sistema similar al de la URSS, pero veinte años después se había convertido al capitalismo y en uno más en la nómina de dirigentes protegidos de Francia y de los intereses del gigante francés ELF (que extrae el petróleo del país), quienes le apoyaron en una sangrienta guerra civil que produjo más muertes que en los conflictos contemporáneos de Chechenia, Kosovo y Timor Oriental. Congo-Brazzaville, un país rico en recursos petrolíferos y minerales, los vende muy baratos a las compañías occidentales, está hoy sometido a la vigilancia del FMI, paga una gran cantidad a intereses de la deuda y un muy elevado porcentaje de su población se encuentra bajo el umbral de la pobreza, al tiempo que la familia de un presidente que se hace reelegir fraudulentamente despilfarra grandes sumas de dinero. La guerra civil en Congo-Brazzaville y la implicación francesa será objeto de estudio más adelante.

Flag_of_Mali.svgMali, gran estado centroafricano, es uno de los objetos recientes de violencia -revuelta tuareg, favorecida por el retorno de antiguos mercenarios armados contratados por Gadafi tras la guerra civil libia a su región de origen; terrorismo fundamentalista islámico y golpes de Estado a raíz de la “debilidad” del gobierno para detener la secesión de los tuaregs, que proclamaron la independencia del Azawad (norte del país)- e intervención de la antigua potencia colonial, que mantiene en todo el continente africano unos 10.000 soldados, más que cualquier otro antiguo poder colonizador (sin contar las fuerzas de operaciones especiales). Las razones de la intervención en Mali, al igual que en República Centroafricana, puede que no estén basadas tanto en intereses económicos como en la necesidad de proteger la seguridad y la “estabilidad” del “patio trasero” francés en África. Aunque, en este y en otros casos, la influencia de los intereses del capital galo en las decisiones de la administración es tan elevada que se ha llegado a calificar de “incestuosa”, como ha hecho François-Xavier Verschave. “Es sabido que la política de París con respecto a Congo-Brazzaville, Costa de Marfil, Gabón, Malí, Níger, la República Centroafricana, Senegal, Chad, etc., no se concibe sin los consejos interesados de los grupos empresariales AREVA, Bolloré, Bouygues, Total y algunos otros.” (Viento Sur, 5 de febrero de 2014). Estas conexiones han dado sus frutos, por ejemplo, en el caso de Vivendi y el gobierno de Hollande, que ha impedido que Mohammed VI cediera la propiedad de Maroc Telecom (filial de Vivendi que controlaba a los principales operadores del Sahel, lo que al parecer tenía mucho interés de cara a Serval, la operación francesa de intervención en Mali) a la compañía de telecomunicaciones catarí Ooredoo, a quien se acusa de estar detrás del fundamentalismo islámico en Mali.

No es la primera vez que los intereses franceses y el ejecutivo galo han acordado actuar en la república maliense desde su independencia. Modibo Keita, su primer presidente, inició su andadura con un proyecto socializante que se emprendió en medio de muchas dificultades, aprovechadas para el desencadenamiento de un golpe militar encabezado por Moussa Traoré que rindió el país a la ortodoxia liberal y a la tutela del Fondo Monetario Internacional. La austeridad que viene preconizando el Fondo no es aplicable para Traoré, que, aunque con un nivel modesto comparado con la fortuna amasada por Mobutu o Sani Abacha (ex dictador militar de Nigeria), posee uno de los patrimonios más elevados de un ex autócrata africano.

Pero quizá el ejemplo más dramático de golpe contra un régimen socialista de progreso fue el dado contra Thomas Sankara y el nuevo régimen revolucionario de Burkina Faso. El país, independizado en 1960 con su nombre colonial, Alto Volta (por el río Volta, que atraviesa el país y la vecina Ghana), fue escenario durante los treinta años siguientes, previos a la revolución que llevó a Sankara al poder, de una sucesión de golpes de Estado que, en esencia, no cambiaron la situación de dependencia -casi podría decirse de servilismo- que la nueva nación voltense tenía respecto de Francia, así como el autoritarismo y la búsqueda del enriquecimiento personal de los nuevos líderes y de la camarilla que los sostiene. “Haciendo un repaso rápido de los golpes que hubo entre 1960 a 1983 hayamos un patrón común a todos ellos, el interés personal y el trato favorable a los intereses extranjeros”, escribe Eduardo Saldaña.

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Bandera del antiguo Alto Volta. Los tres colores representan las tres ramas del río Volta que da nombre al país: el Volta Negro, el Blanco y el Rojo.

Ya el primer presidente de la República independizada, Maurice Yameogo (1960-1966) impuso el recorte de libertades y suprimió el multipartidismo que proclamaba la Constitución. Los sucesores de Yameogo, militares golpistas que aprovecharon el descontento popular para sublevarse contra el gobierno y proclamar que lo hacían en pro de las demandas populares, siguieron el mismo patrón de alianza con Francia, apoyo a los gobiernos regionales -Costa de Marfil, Senegal, Níger o Gabón- fieles a la “Françafrique”, represión y enriquecimiento particular.

Todo cambiaría a partir de 1983, cuando un nuevo golpe militar ejecutado por su entonces compañero de armas y de ideas, el coronel Blaise Compaoré, situaba en el poder al joven capitán -tenía entonces 33 años- Thomas Sankara al frente de Alto Volta. Sankara ya había sido llamado antes a desempeñar cargos en el poder: fue nombrado Secretario de Estado para la Información en el gobierno militar en septiembre de 1981, yendo a su primera reunión de gabinete en bicicleta, pero renunció el 21 de abril de 1982 en oposición a lo que vio como deriva antiobrera del régimen. Un año más tarde, tras un nuevo golpe militar que puso en el poder a Jean-Baptiste Ouédraogo, rechazó el cargo de primer ministro, por razones similares, así como por la sumisión del país a los intereses neocoloniales de Francia (estuvo bajo arresto en su casa después de la visita al país del hijo del entonces presidente francés y asesor de asuntos africanos del gobierno de París Jean-Christophe Mitterrand).

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Thomas Sankara, líder revolucionario de Burkina Faso, apodado el “Che Guevara africano”, llevó a cabo en los cuatro años que estuvo en el poder una transformación radical del país.

Sankara era un personaje popular sobre todo en la capital del país, Uagadugú. Se había destacado en la guerra fronteriza que el país había sostenido con Mali en 1974 -algo que rechazaría más adelante, viendo la guerra como injusta y cruel- , tocaba la guitarra en una banda de jazz (“Tout-à-Coup Jazz”) y se desplazaba frecuentemente en motocicleta. Además, como ha apuntado Saldaña, “Sankara es un ejemplo del descontento que existía en la sociedad del Alto Volta, los jóvenes con formación que habían conocido diferentes teorías, junto con grupos de profesores y sindicatos, compartían un sentimiento de hartazgo común, resultado del ir y venir de líderes castrenses que enarbolaban las necesidades de la sociedad para acceder al poder y, una vez en él, se enriquecían mientras servían los intereses de aquellos que les habían ayudado en su ascenso.” Y las ideas que Sankara, comunes a otro grupo de militares voltenses, iba a desarrollar por entonces iban a ser las del panafricanismo y el socialismo. En 1971 y 1972, Sankara estaba participando en el entrenamiento de oficiales en Madagascar, y allí vio en primera persona las revueltas populares contra el gobierno de Philibert Tsiranana. Comenzó a leer las obras de Marx y Lenin, y pocos años más tarde ya formaba parte de la clandestina Agrupación de Oficiales Comunistas (Regroupement des Officiers Communistes, o ROC, en francés). Para Sankara y sus compañeros, “el deber último y más importante de un militar era velar por su país, entendiendo que el país lo conformaban sus ciudadanos. Por lo tanto, los militares debían de ser conscientes de su función para con la sociedad, si el gobierno había dejado de servir a su pueblo para servir a sus propios intereses, era el deber del ejército frenar esas acciones y devolver el país a sus legítimos dueños, los ciudadanos.”

El 4 de agosto de 1983 el golpe de su compañero y “hermano” Blaise Compaoré llevó a Sankara a la presidencia de la República e inició la revolución burkinabé. Sankara, al que se ha apodado “el Che Guevara africano”, realizó una profunda reconversión de la economía, el poder y las relaciones sociales del país, buscando la efectiva independencia del país -también el ámbito económico, acabando con la tutela de Francia-y la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos. En su biografía en Wikipedia podemos leer: “su política estuvo orientada a la lucha contra la corrupción, promoviendo la reforestación, combatiendo la hambruna, y haciendo de la educación y la salud las principales prioridades nacionales.” Hasta el país cambió su nombre, en el primer aniversario de la Revolución, pasando a denominarse Burkina Faso, que mezclando vocablos de las dos lenguas autóctonas mayoritarias del país, el moreé (hablado por la mayoritaria etnia mossi) y el djula, significa “la patria de los hombres íntegros”.

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La nueva bandera de Burkina Faso fue diseñada por el propio Sankara. Como otros países africanos, posee los colores rojo, amarillo y verde del panafricanismo.El rojo representa la lucha del pueblo, el verde la fertilidad de la tierra y la estrella amarilla, la revolución.

Transformó la agricultura a través de una reforma agraria que distribuyó las propiedades feudales de los terratenientes y medios para su cultivo directamente a los campesinos, así como la construcción de pequeñas represas que facilitaran el abastecimiento de agua (la política agraria fue uno de los grandes éxitos de la revolución sankarista: a producción de trigo aumentó en tan sólo tres años de 1700 kg por hectárea a 3800 kg por hectárea, lo que hizo el país autosuficiente en comida). De acuerdo con la conciencia ecológica de Sankara, se fomentaron programas de repoblación forestal. Burkina Faso necesitaba ser un país preparado para el cultivo y el autoabastecimiento; así, en 4 años se plantaron más de 10 millones de árboles para poner fin a la creciente desertificación del Sahel. En la nueva Burkina Faso se llevó a cabo también un ambicioso programa de construcción de ferrocarriles y carreteras en aras de la integración territorial.

Su defensa de los derechos de la mujer y de la infancia le llevaron a la denuncia del patriarcado en todo el continente, y el gobierno burkinabé fue el primer que contó con mujeres en los principales puestos del gabinete y en su reclutamiento para las Fuerzas Armadas. El gabinete de Sankara prohibió la mutilación genital femenina (ablación), la poligamia y los matrimonios forzados y estimuló a las mujeres a que trabajaran fueran de casa y siguieran en la escuela aunque se hubieran quedado embarazadas. Promovió la alfabetización y la salud pública y llevó a cabo una campaña de vacunación de dos millones y medio de niños contra la meningitis, la fiebre amarilla y el sarampión, además de referirse de forma pionera al SIDA como una gran amenaza para el continente africano.

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Una imagen característica del nuevo régimen burkinabé: el parque móvil oficial había reemplazado los Mercedes por el Renault 5, el coche más barato que en ese momento se vendía en el país.

Los privilegios de los jefes tribales y de los dirigentes políticos -entre ellos los del propio presidente de la República- también se acabaron, haciendo honor al nuevo nombre de la nación, “la patria de los hombres íntegros”. El gobierno suprimió muchos de los poderes que tenían los jefes tribales, tales como su derecho a recibir el pago del tributo y el trabajo obligatorio. Y, como contrapeso al poder militar (que tantos golpes de Estado había protagonizado en el pasado), inició una forma de servicio militar obligatorio con el SERNAPO (Service National et Populaire), que junto a los Comités de Defensa de la Revolución, inspirados en la revolución cubana, eran un contrapeso a la potencia del ejército. Sankara, que vivía de forma austera (bajó su sueldo de presidente de la República a sólo 450 US$ al mes, que era su salario de capitán del ejército, y limitó sus posesiones materiales a su casa familiar, un automóvil, cuatro bicicletas, tres guitarras, un frigorífico convencional y un congelador roto), llevó esa ética de austeridad al resto de los departamentos ministeriales y el funcionariado de un país carcomido por la corrupción. Una de sus medidas más sonadas fue la venta de la flota de vehículos oficiales, constituida por Mercedes-Benz, y su sustitución por los modestos utilitarios Renault 5, el automóvil más barato vendido en ese momento en Burkina Faso. La reducción de sueldo que él mismo se había aplicado llegó a todos los funcionarios públicos, prohibió el uso de chóferes del gobierno y sustituyó los vuelos en primera clase por pasajes en clase turista. “Ya voléis en primera o en clase turista, despegaréis y aterrizaréis igual”, afirmaba el líder burkinabé, para quien era imprescindible que los propios líderes de la nueva y revolucionaria nación dieran ejemplo.

A lo largo de los cuatro años que duró el gobierno marxista de Sankara, éste promovió en foros africanos y otros organismos internacionales la identidad y la cultura africana, el antiimperialismo y la condonación de la deuda externa, afirmando que el neocolonialismo que se imponía a las naciones africanas a través del comercio y las finanzas impedía a aquellas cumplir con los compromisos económicos. Sankara afirmaba el 27 de julio de 1987, ante la asamblea de la Organización para la Unidad Africana en Addis Abeba, que la deuda “es una reconquista de África organizada hábilmente, para que su crecimiento y su desarrollo obedezcan a escalas, a normas que nos vienen impuestas desde el exterior. Según eso, cada uno de nosotros se convierte en esclavo financiero, es decir esclavo simplemente de los que han tenido la oportunidad, la astucia de enviarnos fondos con el fin de devolvérselos con grandes sumas de intereses”. Por eso, trató de promover un frente común contra la misma.

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Ejemplo de la admiración de Sankara por el Che y la revolución cubana, el escudo adoptado por Burkina incluía la célebre sentencia “Patria o muerte, ¡venceremos!”

Aunque hay muchas valiosas lecciones que extraer, y de hecho, se han extraído (sus ideas sobre la reforestación y la ecología, los derechos de la mujer en África -a los que también se refirió en su día el líder de la independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde Amílcar Cabral-, la condonación de la deuda externa…) de la revolución burkinabé, no todo fue de color de rosa en ella. El régimen de Sankara no permitía los partidos de oposición y se suprimieron las protestas de sindicatos y maestros en su último año de gobierno, antes del golpe que causo su deposición y asesinato y que reflejaban la inestabilidad -fomentada además externamente- a la que se enfrentaba Burkina. Los tribunales populares que se habían establecido, con toda la buena intención, para juzgar a los anteriores gobernantes del país cayeron muchas veces en defectos autoritarios, como la no consideración de principios elementales de la justicia como la presunción de inocencia. El régimen de Sankara había devuelto la dignidad y la independencia al pueblo burkinabé y le había dado una esperanza que no habían conocido desde la independencia del antiguo Alto Volta, la de que eran dueños de sus destinos, pero le faltaban componentes democráticos. Resulta trágico que justo en el momento en que el “Presidente del Faso” (como le conocían sus compatriotas) estaba planeando una labor de rectificación de los excesos cometidos, según cuenta el canario Antonio Lozano en su documentada novela “El caso Sankara”, se pusiera en marcha la conspiración que derrocaría su gobierno.

Esta revolución, además, había generado mucho malestar entre sectores reacios a los cambios en el interior de la sociedad burkinabé, antiguos beneficiarios de las políticas desplegadas por los gobiernos prerrevolucionarios, así como en la antigua metrópoli y los estados vecinos que seguían el diktat de la Françafrique. El gobierno de François Mitterrand influyó cerca de antiguos colaboradores de Sankara, entre ellos el hombre que le puso al frente del estado, su íntimo amigo Blaise Compaoré,  y el 15 de octubre de 1987, pocos meses después del 4º aniversario de la revolución (y también apenas unos meses después de sus declaraciones en la asamblea de la OUA contra la deuda externa), Compaoré daba un nuevo golpe de Estado patrocinado por los servicios secretos de Francia. Sankara, que contaba entonces con treinta y nueve años, y doce de sus colaboradores fueron asesinados, y su mujer y sus dos hijos tuvieron que huir del país. El cuerpo del líder revolucionario fue desmembrado y enterrado en un cementerio de Uagadugú, junto a sus compañeros asesinados.

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La tumba de Thomas Sankara, en primer término, junto a las de sus doce colaboradores asesinados por los hombres de Compaoré el 15 de octubre de 1987.

Compaoré restituyó la situación del país a condiciones similares a las previas a la revolución sankarista, entre otras cosas haciendo que Burkina Faso retornara a la sumisión a Francia. Revocó inmediatamente las estatizaciones, anuló casi todas las políticas de Sankara, puso al país bajo la ortodoxia del FMI y rechazó en última instancia a la mayor parte del legado de Sankara, a quien trató de condenar al olvido, que sin embargo sigue presente en el país.

La concesión de privilegios a las tribus poderosas y a los poderes extranjeros le mantuvo en el poder durante 27 años, hasta que las protestas por su intento de ser reelegido mediante una modificación constitucional le llevaron a dimitir en 2014. Siete años antes, el 15 de octubre de 2007, en el vigésimo aniversario del asesinato de Thomas Sankara, éste fue recordado en diversas ceremonias en diversas partes del mundo, incluyendo Estados Unidos, Francia y la propia Burkina Faso. En 2011, las protestas por la muerte de un colegial llevaron a una oleada de protestas que incluyeron boicot a la producción de algodón por parte de los campesinos, huelgas de mineros, de profesores e incluso de jueces, aperturas de cárceles y motines en el ejército. El gobierno de transición que sucedió a Compaoré en 2014 ha tenido que enfrentarse a intentonas golpistas que han demostrado que la sombra de las conspiraciones militares no se ha acabado de difuminar sobre este país centroafricano. A finales de noviembre de 2015, finalmente, Christian Bokaré, un antiguo colaborador de Compaoré que abandonó su cargo en protesta por el intento de éste de ser reelegido de nuevo, se ha convertido en el presidente electo del país. Su primer rival, un antiguo dirigente de la compañía energética francesa AREVA para África, ha quedado bastante rezagado. “El futuro de Burkina Faso es incierto. El gobierno de transición tiene que mantener el orden y llevar a cabo unas elecciones democráticas en las que el poder regrese a sus legítimos dueños, los ciudadanos. Un pueblo que en su mayoría ha crecido sin haber vivido en el período del “padre de Burkina” pero que sí que ha conocido sus ideas”, afirmaba Eduardo Saldaña. La sombra de Sankara, así, se extendía sobre el proceso democratizador de Burkina como un símbolo para las viejas y nuevas generaciones, en una sociedad que, como ha aparecido recientemente en Viento Sur, “ha conocido importantes luchas estudiantiles, así como movimientos de resistencia a la introducción de semillas modificadas genéticamente o a la privatización de los ferrocarriles”.

FRANCIA EN EL GENOCIDIO RUANDÉS Y LA GUERRA CIVIL DE CONGO-BRAZZAVILLE

En 1994, un pequeño país (casi podría decirse que minúsculo para las escalas africanas), Ruanda, saltaba a las portadas de los medios de comunicación internacionales por la matanza que el gobierno dictatorial, de etnia hutu, estaba perpetrando contra sus propios ciudadanos de etnia tutsi y otros hutu moderados. El hecho de que se recurriese a una simplista explicación de que la violencia en África surgía a raíz de atávicos odios étnicos y tribales no impide que se haya ampliado el foco para dar luz a otros factores que influyeron en la gestación de la violencia.

Hutu (el 85% de la población) y tutsi (el 14%; el 1% restante lo conformaban los twa) no eran grupos étnicos con diferencias abismales, y ni mucho menos que dieran lugar a disputas violentas entre ellos. Compartían lengua -el kinyarwanda-, cultura y religión, y llevaban conviviendo mucho tiempo antes de que llegaran los colonizadores, alemanes primero y, posteriormente a la PGM, belgas, que recibieron Ruanda y la vecina Burundi tras la derrota alemana en la Gran Guerra. Fueron precisamente los nuevos colonizadores belgas los que comenzaron a explotar las diferencias étnicas en su propio beneficio, para controlar mejor sus nuevas colonias, en connivencia con los misioneros católicos que habían venido con ellos. Inventaron una ficción histórica en que los tutsi aparecían como una raza invasora superior procedente del norte, dieron preferencia a estos en los puestos de la administración colonial y, con consecuencias catastróficas que se vieron posteriormente en el futuro genocidio, incluyeron en los documentos de identidad -desde 1933- la condición de hutu o tutsi.

La discriminación en que se vieron envueltos los hutu en Ruanda y Burundi llevaron a que cuando tuvo lugar la independencia de ambas naciones en 1962, en ambos países, con la connivencia de Bélgica, se produjera una situación de dominio étnico distinto que a fin de cuentas buscaba favorecer los intereses de la antigua potencia colonial, mientras que en el interior del país iba a generarse el caldo de cultivo necesario para la violencia. En Burundi, se mantuvo el predominio de los tutsi, hasta que en 1996 estalló una larga guerra civil que finalizó en 2009 con la firma del acuerdo de paz que favorecía la incorporación de los rebeldes hutu a la vida pública del país.

En Ruanda, por contra, los nacionalistas tutsi, cuyo programa era reformista, laico y próximo al socialismo, fueron represaliados por los hutu con la complicidad belga y de la Iglesia, lo que favoreció que el país se independizara bajo la égida de los hutu. La monarquía tutsi fue abolida por un golpe militar y se proclamó en 1963 una república regida por Grègoire Kayibanda, un hutu del sur, bajo un régimen de partido único que, apoyado por Bélgica, contuvo los intentos de invasión por parte de los tutsi exiliados y desencadenó matanzas en el interior contra los miembros de este grupo.

Las cosas se pusieron todavía peor con un nuevo golpe, diez años más tarde, dado por el general Juvenal Habyarimana, todavía más radical en sus planteamientos y dispuesto a enviar al exilio tanto a tutsi como a hutu que habían estado en el poder con el anterior presidente Kayibanda. Con la Iglesia ruandesa complicada en el nuevo régimen, representada especialmente por el arzobispo de Kigali, la capital, que era miembro del comité de dirección del partido del nuevo líder ruandés, las potencias occidentales sólo prestaron atención al crecimiento económico del país. Francia -que consideraba a Ruanda parte de su imperio informal- firmó en 1975 un acuerdo de cooperación militar con el gobierno de Habyarimana, y posteriormente iba a entrenar y armar al ejército que se dedicaría a desencadenar las masacres veinte años después.

En la vecina Uganda, mientras tanto, las milicias tutsi del Frente Patriótico Ruandés (RPF) de Paul Kagame iban a ayudar a Yoweri Museveni, quien se convertiría en protegido de EE.UU., a derrocar al régimen de Milton Obote en 1986 y se preparaban para invadir su propio país y acabar con el régimen de Habyarimana. Aunque había vencido un primer intento de invasión en 1990, la lucha contra la guerrilla y la mala situación económica forzaron al general y jefe del estado ruandés, presionado por su amigo personal François Mitterrand, presidente de Francia, a llevar a cabo una serie de conversaciones de paz en Arusha (Tanzania) con los líderes del RPF.

Lejos de suponer el final de un largo conflicto, las conversaciones de Arusha no fueron más que una cortina de humo que encubría la venta de armas por parte de Francia, pagadas con fondos destinados al desarrollo proporcionados por el FMI, el entrenamiento galo y las conversaciones con milicias irregulares hutu (los interahawme) para preparar el genocidio de los tutsi. A pesar de los síntomas que anunciaban lo que se estaba preparando, ni la ONU (presidida por Boutros-Ghali, quien ya había intervenido en los setenta en la venta de armas de Egipto al régimen de Habyarimana) ni las potencias internacionales hicieron nada para impedir lo que se avecinaba. El 6 de abril de 1994, el avión en que regresaba de Arusha Habyarimana y el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, fue derribado en un atentado que fue atribuido al RPF, pero que todo parece indicar fue llevado a cabo por el propio ejército ruandés para espolear a los hutu e iniciar el asesinato masivo de tutsi. El radical coronel Bagosora se hizo cargo del poder con un supuesto gobierno multipartidista, que servía de justificación para la ayuda francesa, al tiempo que los medios locales -en especial la radio- y las fuerzas armadas animaban a la tarea de la limpieza étnica.

Iniciadas por una Gendarmería ruandesa instruida por fuerzas galas, y en medio de declaraciones incalificables del presidente Mitterrand, que llegó a afirmar que “un genocidio en estos países no es muy importante”, al tiempo que trataba de justificar su apoyo al gobierno diciendo que las verdaderas víctimas de la persecución eran los hutu (contando, por tanto, las cosas al revés), se desencadenó una monumental masacre en que los machetes enarbolados por los campesinos hutu, instruidos en el miedo y el odio, se convirtieron en un símbolo de la destrucción. Casi un millón de personas, tutsi y hutu moderados, fueron asesinados en siete semanas, en medio de una cuasi pasividad general de los organismos internacionales, a una tasa diaria cinco veces mayor que la del campo de exterminio nazi de Auschwitz. Hasta que las milicias del RPF, peor armadas y entrenadas pero más eficaces en la lucha, derrotaron al gobierno. Kagame se hizo con el poder y se ha convertido, junto con Museveni, en un apoyo de los EE.UU. en la zona, al tiempo que aprovecha la reconciliación nacional para apuntalar su poder. Mientras tanto, las consecuencias de la destrucción se desplazaron a la vecina República Democrática del Congo, en una sangrienta sucesión de conflictos que impiden la consolidación de la paz y el desarrollo necesario de un país convertido en moderno objeto de saqueo.

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Protestas en Francia en 2014 por el no reconocimiento de la responsabilidad del Elíseo en las masacres de Ruanda.

En el Congo ex francés, la República del Congo, mientras tanto, Dennis Sassou N’Guesso, un fiel amigo de los dirigentes franceses desde finales de los años setenta y que había ido escalando posiciones hasta hacerse con la presidencia de la marxista República Popular, se convirtió en el alumno aventajado del discurso de Mitterrand en La Baule de 1990. Un discurso que disfrazaba, bajo la intención francesa de no tolerar tiranías en su zona de influencia en África (en un momento de euforia tras la caída de los regímenes de “socialismo real” en el este de Europa, la perestroika de Gorbachov en la URSS y los derrocamientos de otros autócratas como Marcos en Filipinas), un mecanismo para hacer parecer respetables los viejos dictadores amigos siempre que participasen en elecciones de dudosa legalidad que legitimasen sus gobiernos. Los Bongo, Eyadéma y Houphouët-Boigny obtenían así el beneplácito (y los créditos) que les permitían continuar al frente de sus países y favorecer los negocios franceses en las antiguas excolonias.

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Bandera de la antigua República Popular del Congo (1970-1992)

Sassou N’Guesso abandonó la retórica y el contenido marxista, quitando el adjetivo “Popular” del nombre oficial del país y convocando elecciones en las que, sin embargo, cayó derrotado frente a su exprimer ministro Pascal Lissouba, tanto en las presidenciales como en las legislativas de 1992. Inicialmente derrotado, N’Guesso se retiró a su ciudad natal creando un ejército personal, los Cobras, esperando que llegara de nuevo su oportunidad. Ésta no tardaría en llegar, al año siguiente, cuando las dificultades financieras que se encontró Lissouba en un país donde la fortuna de su antecesor se había realizado a través del saqueo de las arcas públicas, fueron aprovechadas para reclamar por parte de su oponente, Kolélas, la victoria en las elecciones presidenciales anticipadas y los ejércitos de Lissouba -los Zulúes- y de Kolélas -los Ninjas- comenzaron los primeros enfrentamientos armados, que anticipaban lo que estaba por venir.

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En 1992, la República del Congo recuperaba la bandera que había adoptado tras su independencia.

Lissouba, que había ganado las elecciones del 93, comenzó a renegociar los contratos petrolíferos, que la República del Congo tenía con la francesa ELF, con empresas norteamericanas. Tanto ELF como el gobierno de Mitterrand esperaban que Lissouba naufragara en medio de las dificultades económicas por las que atravesaba el país para así volver a colocar en el poder a su candidato, N’Guesso. El paso dado por Lissouba suponía un grave perjuicio a los intereses franceses, y en 1997 N’Guesso, que ya estaba instalado con su familia en París al amparo de sus patrocinadores galos, anuncia su entrada en el ruedo electoral, presentándose a las presidenciales congoleñas.

Con armamento y financiación procedente de ELF, del Elíseo y de Omar Bongo, presidente de Gabón y su yerno, N’Guesso tenía todo dispuesto para iniciar el enfrentamiento armado frente al presidente legalmente elegido, Lissouba. En la coalición que le apoyaba estaban presentes soldados de Angola, enviados por otro antiguo marxista reconvertido en amigo de Occidente y sus intereses económicos, José Eduardo dos Santos, (experto asimismo en ganar elecciones fraudulentas y quien esperaba, por su parte, debilitar las posiciones de la guerrilla rival de la UNITA, dirigida por el oscuro Jonás Savimbi, en el país); restos del antiguo ejército del Zaire de Mobutu; soldados ruandeses perpetradores del genocidio de 1994 y hasta mercenarios blancos, que junto a los Cobras de N’Guesso llevaron a cabo una auténtica limpieza étnica al sur del país, habitada por la etnia lari. En la capital del país, Brazzaville, los soldados del amigo de París se entregaron a una orgía de saqueos durante una semana, además de a la matanza de personas en los barrios habitados por las etnias opositoras, como habían hecho en otras poblaciones como Dolisie, Nkayi o Madingou. Los cadáveres eran llevados en camiones por delante de la embajada francesa en dirección al río Congo, donde eran arrojados. Como se suele considerar, estas y otras escenas de asesinatos, violaciones y mutilaciones dadas en el continente africano suelen ser atribuidas al atraso de las mentes, a conflictos étnicos o religiosos o al conflicto entre rivales políticos en los que no intervienen factores económicos o geoestratégicos de Occidente. La explicación se vuelve, trágicamente, a entremezclar con esos intereses externos.

La guerra civil de Congo-Brazzaville, desapercibida para los medios de comunicación pese a su sangriento alcance, acabó en 1999 con la victoria del aliado de la petrolera francesa, que recuperó los contratos otorgados por su antecesor a la estadounidense OXY, y de la Republique, cuyo presidente Jacques Chirac -que le recibió junto al primer ministro Jospin tras su victoria militar- había declarado tranquilamente que el único que podía salvar al Congo de la autodestrucción era Dennis Sassou N’Guesso…

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En noviembre del presente 2015, Sassou N’Gueso llevó a cabo en medio de grandes protestas en contra y un resultado puesto en entredicho por la poca transparencia del escrutinio, un referendum para reformar la constitución que le permitía presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales. François Hollande apoyó la celebración de este referendum a pesar de que ofrecía muy pocas garantías de transparencia.

REPÚBLICA CENTROAFRICANA: LA NEOCOLONIA POR EXCELENCIA

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La bandera de la RCA, diseñada por el líder nacionalista Barthélemy Boganda, mezcla los colores de la tricolor francesa y los del panafricanismo,en su esperanza de que Francia y África pudieran caminar juntos.

La República Centroafricana es uno de los países más pobres del mundo, y también de los más desgraciados desde que comenzó su andadura independiente en 1960. Al igual que ocurría con casi todos los comienzos del resto de naciones africanas recién independizadas, el futuro se observaba prometedor a pesar de las numerosas dificultades que el país iba a tener que arrostrar.

Pero en el transcurso de cincuenta y cinco años de independencia, la antigua colonia de Ubangui-Chari sigue arrostrando el camino del desamparo y la dependencia política y económica de París, en cuyos despachos se ha fraguado el destino de una nación convertida en el apéndice más evidente de la “Françafrique”. Francia ha colocado y depuesto a casi todos los presidentes de la República Centroafricana, y su política con respecto al país ha ido siempre de la mano de la de las empresas francesas para que éstas puedan “aprovechar” las oportunidades de negocio que se le brindan en un país rico en recursos pero cuya población está sumida en la absoluta pobreza.

Una de las cuestiones por las que República Centroafricana, y todo el Sahel que formaba parte del antiguo imperio colonial francés (Níger, Mali, Mauritania, Senegal…), forma parte hoy de una nueva estrategia militar gala -volcada en el multilateralismo y en las misiones conjuntas con otros estados africanos, pero sin renunciar a una significativa presencia francesa- es la necesidad de que las compañías el país recuperen antiguos volúmenes de negocio y presencia en países clásicos, pertenecientes al “patio trasero” francés, donde la competencia con empresas chinas, estadounidenses o indias es cada vez más fuerte. En República Centroafricana, sin ir más lejos, “Bolloré tiene el monopolio de la logística y del transporte fluvial. Castel reina sobre el mundo del mercado de las bebidas y el azúcar. CFAO controla el comercio de vehículos. A partir de 2007, France Telecom entró en el baile. AREVA está presente en Centroáfrica aunque, oficialmente, el gigante nuclear no está sino en la fase de exploración (al contrario del vecino Níger, donde la revuelta tuareg del Mouvement des Nigeriens pour la Justice de 2007 contra el gobierno de Mamadou Tandja, fue espoleada por el gigante del uranio francés para desplazar a sus competidores norteamericanos y chinos). TOTAL refuerza su hegemonía en el almacenamiento y en la comercialización de petróleo” (Olivier A. Ndenkop).

De este modo, las misiones “humanitarias” de Francia en la zona -una zona, además, donde a la presencia del terrorismo islamista de Al Qaeda en el Magreb Islámico, que se apropió del movimiento separatista tuareg de Azawad (norte de Mali), hay que sumarle los conflictos de fronteras entre Sudán y Sudán del Sur, vinculado además al petróleo; las correrías asesinas del Lord Resistance Army (Ejército de Resistencia del Señor) de Joseph Kony; o la lucha enquistada en Somalia- son conflictos vinculados al aprovechamiento de situaciones favorables de cara a los negocios de la antigua metrópoli en una situación cambiante, no sólo en cuanto a un entorno que se ha hecho más competitivo con la presencia de competidores internacionales, sino en la presencia de conflictos que ya no se encuadran en la vieja dicotomía de “gobierno amigo” o “gobierno hostil”. Unas intervenciones humanitarias donde no falta, además, la competencia en este terreno de Estados Unidos (que trata asimismo de apuntalar al gobierno provisional somalí y a sus aliados Yoweri Museveni de Uganda y Paul Kagame de Ruanda). Es interesante, además, señalar que en estos conflictos la naturaleza religiosa no es la característica definitoria de los mismos (algo que es extensible también a la guerra entre milicianos de la Seleka y anti-Balaka en República Centroafricana), como refiere Toby Leon Moorsom: “todos nacen en un contexto de fracaso de mercados agrícolas y de auge de la extracción de petróleo y de minerales. El fundamentalismo islamista es tan sólo un factor que complica las cosas: no una causa, sino una respuesta a la desestabilización general”.

Aparte, hay una diferencia característica en la intervención francesa moderna en República Centroafricana con respecto a las anteriores. La posición excepcional del país en el continente y su vecindad o cercanía relativa con otros países francófonos, en especial con Chad, Níger, Mali, Camerún y Congo-Kinshasa, donde la competición entre empresas francesas y de China, India y Estados Unidos, por la enorme cantidad de recursos en juego en la zona (uranio de Níger, diamantes de la RCA, coltan de RD Congo, petróleo del golfo de Guinea, madera, minerales diversos…) son motivos que no pasan desapercibidos a la hora de entrar en un juego donde hasta el momento los únicos derrotados son los pueblos de la zona, poseedores de los recursos pero sin acceso a los beneficios de su explotación y comercialización. Una elevada presencia en la RCA permite una mayor y mejor movilización hacia zonas de conflicto cercanas, y asimismo dotadas de otros recursos estratégicos. “La situación geográfica particular de República Centroafricana, en medio del continente, refuerza su utilidad para lanzarse a la reconquista de África” (Viento Sur, 7 de marzo de 2014). Al mismo tiempo, los diferentes grupos armados de República Centroafricana, un país desestructurado por los conflictos, sin infraestructuras, dominado económicamente por los grupos empresariales franceses, precisan de Francia para poder llevar a cabo sus proyectos.

República Centroafricana nació, como el resto del antiguo imperio colonial francés, desde el primer momento con la metrópoli observando con lupa cada movimiento. En 1958, la colonia de Ubangui-Chari se había constituido como entidad autónoma en el interior de la Unión Francesa de De Gaulle como República Centroafricana. Al frente del nacionalismo ubanguiano se encontraba un sacerdote católico, Barthélemy Boganda, que entró en política defendiendo la no discriminación de los negros y que, con el paso del tiempo, pasó a defender desde las filas del MESAN (Movimiento por la Evolución Social del África Negra), la independencia de su país.

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Sello de 1959 de la RCA que representa a Barthélemy Boganda.

Boganda no respondía al perfil de izquierdista subversivo que se podía adjudicar a otros líderes políticos africanos (Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Thomas Sankara…) que eran, en principio, los que más preocupaban a los gobiernos occidentales de cara a la “reconquista” del continente. Educado en escuelas de las misiones católicas y ordenado sacerdote, su apuesta social y económica abogaba por la vía reformista del catolicismo social, no por la de una revolución de signo marxista, en aras de aumentar el nivel de vida de las capas sociales más desfavorecidas (que formaban la amplia mayoría de sus seguidores). Boganda había lanzado ideas de desarrollo incomprendidas en su momento, a pesar de imaginativas, como la de una administración económica conjunta franco-ubanguiana en tiempos aún de la colonia, o la de los Estados Unidos de África Latina, ya en puertas de la independencia, que agruparía a varias antiguas colonias francesas (Camerún, Chad, Congo francés, Ubangui-Chari y Gabón), Angola, Guinea Ecuatorial y las colonias belgas de Congo, Ruanda y Burundi, como una estructura federal de la que la RCA formaría parte, para aminorar y resolver las dificultades económicas por las que habrían de pasar las nuevas naciones recién independizadas. La integración económica, que hoy resulta imposibilitada por las dos zonas del franco CFA y la preponderancia francesa en las decisiones monetarias de los países con esta divisa, tenía una vía de escape en esta original propuesta.

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Los Estados Unidos de África Latina, la unión ideada por Boganda.

Boganda murió en accidente aéreo el 29 de marzo de 1959, justo a las puertas de unas elecciones legislativas en la RCA y a punto también de convertirse en el nuevo presidente del país, independiente a partir del año siguiente. Las causas de la muerte de Boganda, a quien el historiador Georges Chaffard ha definido como “el más prestigioso y el más capaz de todos los políticos del África ecuatorial”, han estado envueltas en la sospecha. La edición del semanario francés L’Express del 7 de mayo reflejaba que en los restos del avión -donde además habían muerto el resto de los pasajeros y la tripulación- se habían encontrado trazas de explosivos. Curiosamente, el alto comisario francés prohibió la venta del semanario en la RCA. También se apunta a Michelle Jourdain como parte de la red que habría atentado contra el líder centroafricano. La esposa de Boganda, de nacionalidad francesa, y él llevaban un tiempo con su relación deteriorada, y el político especulaba con dejarla y regresar a la vida sacerdotal que había abandonado para estar con Jourdain. Además, Boganda había firmado una póliza de vida a favor de su mujer por una cuantiosa cantidad, lo que añade más sospechas contra ella.

Sea como fuere, el camino a la presidencia de la República aparecía para Francia como la primera oportunidad para que un fiel peón del Elíseo accediera a ese puesto. El sucesor natural de Boganda, Abel Goumba, aparece descrito como “honesto, inteligente y fuertemente nacionalista”, lo que le descartaba como candidato a la docilidad. David Dacko, que como Goumba había sido también ministro en el gabinete autónomo de Boganda, fue el candidato elegido por Francia, recibiendo el apoyo del alto comisario francés, de la Cámara de Comercio (dominada por la élite colonial)… y de la propia Michelle Jourdain. No hace falta explicar mucho que Dacko se llevó el gato al agua.

Con la presidencia de Dacko nacía la sucesión de golpes de fuerza ejecutados por los sucesivos gobiernos franceses sobre quien ostentara el poder en Bangui, la capital centroafricana. Cuando Dacko, servil en un principio a los intereses galos y que había inaugurado un régimen de partido único, buscó algo de independencia con alianzas con la República Popular China, en 1966 un antiguo sargento del ejército colonial y primo del presidente, Jean Bedel Bokassa, encabeza una sublevación militar que pone el poder en sus manos y coloca a Dacko (que al parecer se había llegado a plantear dimitir) en la jefatura del gobierno, si bien no por mucho tiempo.

Bokassa fue un amigo de Francia que pronto se convertiría en una china en su propio zapato. Sus excentricidades, que podían ser irritantes (a De Gaulle le molestaba sobremanera que en las audiencias oficiales le llamara “papá” en lugar de general o presidente) o incluso síntomas de delirios de grandeza (en 1976 rebautizó el nombre del país a Imperio Centroafricano y se hizo coronar emperador con el nombre de Bokassa I), podían pasar desapercibidos en medio de la nómina de líderes delirantes pero buenos aliados dentro de la lógica de la “guerra fría”, como Mobutu en Zaire, el sha de Persia o Augusto Pinochet en Chile. Pero la sangrienta política y los escándalos de Bokassa en su imperio llevaron a que sus patrocinadores le dieran la espalda: la tremenda violencia con que sometía a sus adversarios políticos, el lujo desmesurado en que vivía -en la que la participación francesa había tenido su parte: la ceremonia de coronación había sido sufragada por el presidente francés Valery Giscard d’Estaign, que había recibido asimismo regalos en forma de diamantes por parte de Bokassa- y la locura progresiva que se iba apoderando de él, aumentada por las leyendas que hacían referencia a sus prácticas antropófagas (se llegó a rumorear que a Giscard le había llegado a ofrecer carne humana en una recepción), causaron que en 1979 fuerzas francesas acabaran por arrancarle de su preciado trono. Sin olvidar, claro está, la misión especial que desempeñaron los “paracas” galos de limpiar de los archivos cualquier referencia al regalo en diamantes recibido por el propio presidente neogaullista de Francia (a pesar de esa limpieza apresurada, el diario satírico galo Le Canard Enchainé mostró a la opinión pública las pruebas de ese regalo. La carrera de Giscard se daba por finalizada, perdiendo las presidenciales de 1981 ante un Mitterrand que, sin embargo, no cambió los patrones de conducta de la “Françafrique”)

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Coronación de Bokassa I.

Cualquier esperanza de futuro para la reimplantada RCA después del derrocamiento de Bokassa se ha visto fracasar en medio de la corrupción y la incompetencia de los gobiernos sucesivos, además de por la interferencia francesa, que, fiel a la tradición, cuando lo ha visto necesario ha intervenido en la situación interna en su favor. Aunque esto ha generado, como en el reciente conflicto entre la Seleka y los anti-Balaka, un conflicto interno en el que la “razón de Estado europea” ha estado ausente del análisis en los medios de comunicación. “Las compañías europeas y la administración francesa transformaron por completo el sistema económico del país, sumiéndolo en un subdesarrollo crónico y relegándolo a una dependencia poscolonial de la que difícilmente se ha despojado la malograda nación centroafricana […] cinco de los seis últimos presidentes centroafricanos tomaron el poder a través de las armas y una vez en el cargo poco quisieron saber de la necesaria unidad nacional, más bien todo lo contrario. La irresponsable gestión desde la presidencia no ha logrado sino exacerbar las rivalidades interétnicas avivando el odio y la sed de venganza que han llevado a la RCA a vivir en riesgo de guerra constante.” (Pablo Moral) Esa guerra, finalmente, estalló en 2012, tras un tiempo de conflicto latente.

En marzo de 2003, el primer escenario para el conflicto armado se vivió cuando el general François Bozizé derrocó al primer presidente elegido en las urnas en los más de cuarenta años de historia independiente de la República Centroafricana, Ange-Felix Patassé. El malestar y la corrupción en torno al gobierno de Patassé llegaron a los cuarteles, y Bozizé, destituido como jefe del Estado Mayor y exiliado en el vecino Chad desde 2001, llevó a esta situación en la que se repetía, nuevamente, la toma del poder en Bangui a través de las armas. Bozizé disolvió la Asamblea Nacional y postergó las elecciones que él mismo había prometido hasta 2005, unas elecciones que ganó no sin denuncias de irregularidades. Reelegido en 2011 y apoyado por Francia, el gobierno de Bozizé se caracterizó por el aumento en los índices de pobreza del país (en 2000 el 67% de los centroafricanos se situaba por debajo del umbral de pobreza; en 2011 el porcentaje llegaba al 95%, situándose por detrás de Etiopía y Sierra Leona en la lista de países con peor índice de desarrollo humano) y la guerra que le enfrentó a los rebeldes norteños, que habían empuñado las armas en respuesta a la marginalización y el sentimiento de agravio que el gobierno de Bozizé provocaba en la zona, así como a bandidos dedicados al robo y al secuestro.

La crisis a la que se enfrentaba República Centroafricana, un país que estaba siendo convertido, desde dentro y desde fuera, a marchas forzadas, en un “estado fallido” similar a Somalia o Afganistán, aumentaba de día en día. En 2008, por fin, en la capital de Gabón, Libreville, gobierno y rebeldes se sentaron a negociar un acuerdo que pusiera fin a la violencia. Este acuerdo llevaba aparejado el desarme de las milicias y la formación de un gobierno de unidad.

Sin embargo, el panorama no cambió. En 2011, lejos de haberse producido el gobierno de unidad, lo que se produjo fue una nueva victoria electoral de Bozizé. Las viejas y nuevas facciones rebeldes se agruparon a lo largo del año siguiente en la Unión de Fuerzas Democráticas por la Reunificación, liderada por Michel Djotodia, y formaron la coalición armada Seleka (Alianza en sango). Formada por una amalgama de grupos que conformaban una alianza circunstancial, con ayuda también de soldados procedentes de Chad y de Sudán, la Seleka se lanzó a una conquista de Bangui en la que la destrucción a lo largo del camino a la capital fue la nota predominante.

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Tropas de la coalición Seleka.

Pero hay un dato que ha pasado desapercibido en las actividades de Seleka. Francia se encontraba disgustada por la política “independiente” que desde su elección en 2006 estaba llevando a cabo el hombre al que habían ayudado a ponerse al frente de la República Centroafricana. Bozizé había estado negociando con el gobierno de la República Popular China la concesión de un crédito por valor de 3.250 millones de francos CFA (4.400.000 euros) y firmando contratos con empresas chinas para la búsqueda, extracción y explotación de petróleo en territorio centroafricano. Con Bozizé, se repetía de nuevo la historia que había tenido lugar en 1966 con David Dacko, que en su intento de diversificar las fuentes de apoyo para su gobierno, se había encontrado de bruces con la oposición de sus antiguos patrocinadores y su cese fulminante -golpe de Estado mediante- de su puesto. Además, habiendo sido el gobierno chadiano otro de los sostenes de Bozizé y un firme aliado francés, no resulta extraño que la Seleka que luchaba contra Bozizé haya sido reforzada con soldados de Chad. Así, la alianza con China en el terreno del petróleo y en el de la cooperación económica y militar hizo que “me tumbaron por culpa del petróleo”, como se lamentaba el depuesto Bozizé (lo fue finalmente el 24 de marzo de 2013).

Djotodia, el hombre que “lideraba” la Seleka, era de este modo el nuevo hombre de Francia (y de paso, de Chad) para ponerse al frente del país. Pero la heterogeneidad de fuerzas que formaban la Seleka, las rivalidades internas, el hecho de que obedecieran cada una de las facciones a su propio jefe, el desgobierno y la mala administración crónicas de República Centroafricana y las actividades de expolio a que se dedicaron miembros del nuevo gobierno y las tropas extranjeras enroladas en las milicias (que, pese a la disolución anunciada por el nuevo presidente, no llegaron a desmovilizarse y desarmarse), dedicándose entre otras cosas al lucrativo tráfico de diamantes, madera, marfil o armas, dejaron al país en todavía peor situación, si cabe. Y ante los desmanes en forma de pillaje y violaciones cometidos por los milicianos armados de la Seleka ahora al mando del país, y la pasividad de unas Fuerzas Armadas inexistentes (entre otras cosas, porque no percibían ni los sueldos de una administración sumida en la bancarrota), muchos decidieron organizarse y combatir: nacieron los anti-Balaka (en sango anti-machete). Entrenados por antiguos miembros de las Fuerzas Armadas y unidos por el odio a Djotodia y la Seleka, los anti-Balaka pronto fueron reforzados por ganaderos y buscadores de diamantes que habían sufrido el pillaje de las milicias, delincuentes y partidarios del derrocado Bozizé, que forman la parte más radical del grupo. Respondiendo a la violencia con la violencia, la guerra entre ambos grupos estaba servida al poco tiempo de que Djotodia estuviera sentado en el sillón presidencial. El anuncio de Djotodia de su disolución y su posterior dimisión y exilio en Benín, sustituido por una presidenta interina, Catherine Samba-Panza, en enero de 2014, no resolvió las cosas. La Seleka se replegó al noreste del país y los anti-Balaka entraron en Bangui de la misma forma que lo hizo en su día su grupo rival: a sangre y fuego, desatando una enorme represalia contra los musulmanes, a quienes se consideraba cómplices de Seleka.

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Miliciano de anti-Balaka.

El conflicto entre Seleka y anti-Balaka, que en medio de declaraciones grandilocuentes de los líderes franceses e internacionales refiriéndose al mismo como “genocidio” (cómo si no hubieran estado interviniendo ellos mismos en otros que fueron convenientemente silenciados), buscando la aquiescencia a una intervención internacional, se ha presentado como un conflicto religioso, en el que la Seleka, formada por individuos procedentes esencialmente del norte del país, se identificaba con los musulmanes, y los anti-Balaka con los cristianos. Como explica Pablo Moral, el factor religioso no es el determinante del conflicto, sino que lo que hizo estallar el polvorín fue la rivalidad política y factores económicos como la pobreza, la marginación regional o el negocio del tráfico ilegal. La religión juega en ambas facciones un papel de cohesión, a través de la identificación con el grupo y la explotación del miedo y el odio por las barbaries cometidas por el bando contrario. La presencia de las fuerzas de paz internacionales y los diálogos entre el gobierno de Samba-Panza (que ha dado entrada a miembros de ambas facciones en conflicto) y los grupos armados de Seleka y anti-Balaka, sellados en Brazzaville con un acuerdo de paz, han dado paso a una relativa tranquilidad basada en realidad en la división del país en dos: una mitad controlada por los anti-Balaka y otra por la Seleka, siendo frecuente el conflicto en la línea divisoria y los atropellos en el interior de cada una de las zonas, con víctimas entre las que se encuentran los soldados de las misiones internacionales. Centroáfrica, tras un conflicto que ha generado 400.000 desplazados a otros países y más de medio millón de desplazados internos, ha devenido en una suerte de protectorado de las fuerzas de interposición y de las potencias que están a su mando, para mayor beneficio de la ex metrópoli Francia.

Con 1.200 soldados desplegados en diciembre de 2013, la operación francesa “Sangaris” -como la operación “Serval” de Mali- que venía en apoyo de la misión africana MISCA (hoy, colocada bajo mandato de Naciones Unidas, MINUSCA), se ha convertido en una excelente cabeza de puente para la defensa de los intereses económicos de Francia en una región donde los conflictos políticos -provocados algunos por la propia Francia- y el terrorismo fundamentalista islámico se insertan en medio de una lógica mayor: la necesidad de controlar su zona de influencia por excelencia y apuntalar a las compañías francesas que están compitiendo con las de economías emergentes como China o India por los ingentes recursos del continente africano. Esta conclusión no es de panfleto propagandístico, sino que es posible extraerla del Informe Védrine (elaborado por un equipo encabezado por el asesor del gobierno de Hollande Hubert Védrine, antiguo secretario general de la presidencia de la República con Mitterrand y ministro de asuntos exteriores en el gabinete de Lionel Jospin): “Francia -dice el informe- ha tardado en tomar conciencia de que carece de una visión estratégica integral de sus intereses en África subsahariana, y aunque existen numerosos planteamientos sectoriales, estos están dispersos e inacabados (visión estratégica del Libro Blanco sobre la defensa y la seguridad nacional, ‘diplomacia de las materias primas’, estrategia del comercio exterior, prioridades de la Agencia Francesa de Desarrollo, gestiones de la francofonía…) Es preciso profundizar de forma rápida, operativa y holística lasiniciativas lanzadas recientemente para redefinir la acción económica de Francia en África. Por supuesto, dentro de esa visión integral, las operaciones militares son una parte, como lo han sido históricamente, de conseguir los propósitos que en materia económica y empresarial se ha propuesto el Elíseo. De ahí que el propio informe Védrine venga lamentando, lanzando de este modo un aviso a navegantes, la falta de capacidad de la diplomacia francesa de “conseguir contratos a cambio de sus inversiones militares”.

DE CARA A SIRIA

“En Siria, detrás de cada Kalashnikov, hay una potencia extranjera”, avisaba Georges Corm, un hombre muy informado sobre la región. No en vano, el conflicto, que al principio resultó de una nueva “primavera árabe” contra el dictador Bashar al-Assad, se fue enquistando en medio de una apatía generalizada de las potencias occidentales ante una oposición que no tomaron en serio y de la que después se horrorizaron al ver que había sido suplantada por una fuerza terrorista de corte religioso fundamentalista como el DAESH.

La guerra civil siria ha llegado hasta donde ha llegado porque nadie le quiso prestar atención, cuando quizá en su momento podía haberse llegado a una solución. Qatar y Arabia Saudí, de quienes se sospecha que financian -o al menos, reconocidos ciudadanos de muy elevado poder económico- al propio DAESH desean la caída de al-Assad por tratarse de un chií. Por las mismas razones, Irán apoya al régimen. Rusia, temiendo que el fanatismo religioso desestabilice su frontera sur (el Cáucaso y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central) es favorable también a al-Assad. Y Turquía, esa república musulmana laica cuya democracia siempre anda cogida con alfileres, busca perjudicar a las guerrillas kurdas del PKK que, casualmente, están combatiendo contra el propio Estado Islámico contra el que luchan Ankara y la OTAN a la que pertenece.

Y esa lucha contra el DAESH se ha convertido ahora en el objetivo principal de una guerra en la que lo que antes era blanco de repente ha pasado a ser negro. El gobierno de Francia, que lidera una campaña para combatir militarmente al terrorismo tras los atentados sufridos en su capital en el viernes aciago del 13 de noviembre de 2015, de repente ha pasado a defender la necesidad de contar para el futuro político de Siria con Bachar al-Assad, cuando un poco tiempo atrás era la propia Francia la que financiaba a los islamistas radicales que combatían contra el presidente sirio. No está lejos, en la memoria (y menos en las hemerotecas), el día en que el ministro de Exteriores Laurent Fabius se había encargado de elogiar al Frente al-Nusra, uno de los grupos combatientes contra al-Assad, afirmando que “estaba realizando un buen trabajo”.

Uno no sabe si calificar esto de hipocresía, desvergüenza o realpolitik, que es una forma diplomática de decir lo mismo. Sin embargo, dado que en la política de la “Françafrique” no han faltado los ejemplos en que el Elíseo se ha aliado con un marxista reconvertido a tiempo como Sassou N’Gueso al tiempo que derrocaba a otro nada dispuesto a doblegarse, el “hombre íntegro” Thomas Sankara, o ha maniobrado para quitar a aquellos aliados que han mostrado veleidades independentistas, como los centroafricanos Dacko y Bozizé, lo que realmente parece estar detrás del ánimo de intervenir en Siria (un antiguo dominio francés, por otra parte) no es un la venganza o hacer que triunfen los valores republicanos frente a la sinrazón del DAESH, sino la posibilidad, de nuevo, de abrir mercados y oportunidades de negocio aprovechando la corriente de simpatía y solidaridad internacional con las víctimas de los atentados. Y ni esto ni la “Françafrique” tienen que ver ni con la República ni con los valores que Francia afirma representar.

FUENTES:

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Madrid, Pasado y Presente, 2011.

Josep Fontana, “El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos de siglo XXI”, Madrid, Pasado y Presente, 2013.

Antonio Lozano, “El caso Sankara”, Almuzara, Córdoba, 2006.

Eugenio Nkogo Ondó, “Según el axioma del conciencismo”, FAIA, Vol. I, nº III,  año 2012.

Eduardo Saldaña, “Thomas Sankara y el legado de Burkina Faso”, 06/01/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/thomas-sankara-y-el-legado-de-burkina-faso/

Fernando Arancón, “La Franciáfrica o el imperio neocolonial francés”, 12/06/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/la-francafrica-o-el-imperio-neocolonial-frances/

Pablo Moral, “Expolio, odio y venganza: la guerra que fractura a la República Centroafricana”, 17/04/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/expolio-odio-y-venganza-la-guerra-que-fractura-la-republica-centroafricana/

Basem Tajeldine, “Francia oculta las verdaderas razones de su intervención en la República Centroafricana”, 08/02/2014, Rebelión.org

 “Los objetivos de la intervención en República Centroafricana”, Viento Sur, 07/03/2014, en http://www.vientosur.info/spip.php?article8818

“El relanzamiento de las operaciones militares francesas en África y la apatía humanitaria de la izquierda”, Viento sur, 05/02/2014, en http://www.vientosur.info/spip.php?article8709

“República Centroafricana: las razones ocultas de la intervención francesa”, Investig’Action, 05/01/2014, en http://www.michelcollon.info/Republica-Centroafricana-las.html

Wikipedia (inglés): “Barthélemy Boganda”

Wikipedia (español): “Thomas Sankara”, “David Dacko”, “Historia de la República Centroafricana”

 

 

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