De dictaduras

Para todo demócrata, el rechazo de fórmulas autoritarias es algo que debe quedar fuera de toda duda. En las últimas fechas, a través de algunas lecturas, he estado reflexionando sobre un hecho, y es el tema de la nostalgia que ha quedado en los ciudadanos que vivieron en regímenes dictatoriales por estos o, al menos, por algunos aspectos de los mismos, dándose fenómenos como la “Ostalgie” en el este de Alemania (lo que fue la República Democrática Alemana) o la “Yugonostalgia” en las antiguas repúblicas que configuraron la Yugoslavia socialista (http://elordenmundial.com/2015/10/07/la-yugonostalgia-y-la-ostalgie/). En España también conocemos este fenómeno nostálgico por la dictadura del general Franco, basado, como escribió Paul Preston (prólogo a “Anti Moa” de Alberto Reig Tapia) en laminar los costos materiales y humanos que supuso la guerra civil consecuencia del golpe de Estado contra la República, la represión o el aislamiento y la autarquía iniciales del régimen en beneficio de la prosperidad económica y la estabilidad que siguieron durante los años sesenta, cuando España, beneficiándose de la alianza con los Estados Unidos y su papel de “baluarte” anticomunista en la guerra fría, sobrevivió (junto con Portugal) a la derrota de los fascismos y se incorporó al concierto internacional y a la corriente de prosperidad económica de aquellos años. Argumentos similares, dentro de sus respectivos contextos y sistemas, aparecen casos como los anteriores.

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Club Yugonostálgico “Josip Broz Tito” en la población montenegrina de Cetinje. Al fondo, banderas de la RFS de Yugoslavia y de algunas de sus antiguas repúblicas. A la izquierda, los escudos de las repúblicas federadas sobre un mural con la bandera yugoslava.

La caída del bloque del Este y la disolución de la Unión Soviética, el “faro” de la revolución proletaria durante decenios, no pudo por menos que ser traumática para los comunistas, incluso para los eurocomunistas de Europa Occidental, y para otras fuerzas de izquierda que tuvieron entonces que enfrentarse al legado de represión, cuando no de terror, de aquellas dictaduras en medio, además, de un fuerte avance de las corrientes del capitalismo más extremo, como los neoliberales de la escuela de Chicago o políticos que desde el poder (Ronald Reagan, Margaret Tatcher) defendían un adelgazamiento del sector público, menos intervención estatal y mayor número de exenciones fiscales a las grandes fortunas. En esta ofensiva, no sólo desde el terreno económico, sino también desde el ideológico, la identificación de la democracia con el capitalismo resultaba fácil por el desastre que supuso el “socialismo real”, por la tendencia de su clase dirigente a vivir pensando que sólo ellos tenían razón (a pesar de sus evidentes errores) y al destruir los intentos que incluso desde su interior trataron de reconducirlo por caminos de tolerancia, pluralismo y respeto al individuo (Hungría en 1956 o Checoslovaquia en 1968, como los casos más conocidos, pero también el encarcelamiento, el exilio o la degradación de personalidades que perseguían esos ideales dentro del socialismo, como los alemanes orientales Wolfgang Harich, Stefan Heym o Rudolf Bahro).

Por motivos como estos, a la democracia liberal y al capitalismo triunfantes no les resultaba difícil equiparar al fascismo con el comunismo e intentar condenar ambas ideologías como equivalentes. El recuerdo de los horrores vividos por las víctimas de la represión actuaba, además, como un fuerte catalizador para que se llevara a cabo tal condena e intentos de ilegalización de los partidos comunistas en las nuevas democracias de Europa Oriental, como ocurrió en Rumania en 1989 y como estuvo a punto de ocurrir en Rusia en 1991-1992, con la ilegalización del PCUS en la Federación Rusa, decisión luego revocada por el Tribunal Constitucional de la luego independiente federación. Por este motivo, no podía dejar de sonar como herejía el discurso de apertura del Bundestag de Stefan Heym (el diputado de más edad), que había sido elegido como independiente en las listas del Partido del Socialismo Democrático, el grupo depurado de antirreformistas heredero del SED comunista de la RDA, en el que hacía un llamamiento a los diputados de la nueva Alemania unida a no despreciar los aspectos más positivos de la fenecida república, como la asistencia social, la provisión de bienes públicos por el Estado o la importancia de los valores humanos frente a los materiales (“la parte más importante del cuerpo no son los codos”, refirió el anciano “patriarca de las letras” germano-oriental). Asimismo, también recibió un aluvión de críticas Gregor Gysi, líder reformista del SED y luego del PDS y actual diputado de Die Linke (el grupo resultante de la fusión de aquel con los izquierdistas alternativos occidentales de Oskar Lafontaine) al negarse a considerar la RDA como un “Estado injusto” o “Unrechtstaat” (http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/02/actualidad/1412273686_976223.html). La motivación de Gysi podía estar no tanto en negar el carácter dictatorial y opresivo del régimen como en la negativa a llevar a cabo una reducción simplista de la historia de la república, común entre los círculos políticos alemanes occidentales, que identifique a la antigua Alemania Oriental con los aspectos más negativos y reprobables de éste (la vigilancia de la Stasi, el muro, la burocracia y el inmovilismo de sus dirigentes) y barra de un plumazo tanto sus valores originales de alternativa democrática, popular y antifascista para Alemania, sus logros en materia social y el hecho de que, hasta su mismo final, hubiera gente dispuesta a mantener el socialismo y la independencia de la república, bien que con otro espíritu más plural y libre y con mejores relaciones con sus vecinos occidentales. Sobre este tema, a Gysi se le criticó por ser capaz de condenar al III Reich pero no a la RDA, que merece una consideración diferente del régimen dictatorial de la RDA, dado que la república alemana oriental, para muchos, nació con una vocación diferente de aquello en lo que se tradujo finalmente y que luego, incluso en 1989, grupos reformistas y opositores trataron de recuperar (Véase “La cuestión alemana ¿L’enfant terrible de la historia europea?” de Manfred Kossok, en VV.AA., “Transiciones a la democracia en Europa y America Latina”, México, Porrúa/Universidad de Guadalajara, 1991.), lo que entra dentro de una corriente intelectual y política alemana que concibe a ambos como equivalentes (“dos dictaduras alemanas”) y que ha recibido un severo rapapolvo por parte de los supervivientes y familiares de víctimas del Holocausto.

Alguien puede ver, efectivamente, en todos estos intentos una especie de “lavado de cara” equiparable a los intentos revisionistas que se han venido realizando por parte de los grupos neonazis o neofascistas, como en España la Fundación Francisco Franco o grupos del franquismo sociológico que han escrito obras tratando de justificar el golpe militar achacando las culpas del mismo a la República o definiendo el mismo como un “período de extraordinaria placidez” vivido con “naturalidad” por la inmensa mayoría de los españoles, como refirió el diputado del PP y ex ministro Jaime Mayor Oreja. Una diferencia que creo esencial es el hecho de que nadie puede justificar que por el hecho de la existencia de políticas más o menos acertadas o incluso elogiables desde el punto de vista del progreso o del desarrollo social, económico o cultural, que eso sirva para la implantación de regímenes autoritarios o totalitarios o que, a la inversa, aquellas sólo puedan estar garantizadas a través de la negación de la diferencia de criterios, el debate y la búsqueda de las mejores propuestas para llevarlas a cabo o para encontrar otras alternativas mejores, si las hubiera, a las mismas. La placidez y la normalidad, que en muchos casos lo que enmascaran es la represión y el miedo, no pueden servir para justificar la existencia o las “bondades” de una dictadura, pues esa misma placidez y normalidad se encuentran en estados democráticos como Suecia o Finlandia (esa Finlandia democrática, neutral y con un partido comunista fuerte que no fue satelizada por la URSS, aunque mantuvo una política exterior favorable a la misma, la llamada “finlandización”, tan criticada como elogiada, lo que demuestra que existió una alternativa en los años de la inmediata posguerra y que también pudo ponerse en marcha en Europa del Este). Una aspiración que por cierto tenía la Segunda República y que se hubiera podido alcanzar, sin golpe de estado mediante, después de unos años de lógica incertidumbre y de inestabilidad común a todos los procesos de construcción y consolidación democrática (de los que la propia transición española de los 70 no fue una excepción).

En segundo lugar, la existencia de diferentes corrientes en el seno del propio movimiento socialista y comunista hacen difícil realizar una condena unánime del comunismo y del marxismo como se ha realizado o se realizó en su día, a través de los juicios de Nuremberg y de la publicidad universal de los horrores de los nazis en los campos de concentración o de los fusilamientos mussolinianos en las Fosas Ardeatinas y los crímenes cometidos por la Italia fascista en Etiopía, del nazifascismo. No sólo por la ruptura que para el movimiento comunista internacional supuso la quiebra entre el comunismo fiel a Moscú y el comunismo de Europa Occidental, el eurocomunismo, forjado a través de las invasiones soviéticas de Hungría y Checoslovaquia, sino porque dentro del propio bloque oriental hubo, desde la propia transformación progresiva de las democracias populares en regímenes dictatoriales férreamente controlados por Moscú, disidencias en el seno de los partidos y del movimiento socialista-comunista. La “temible” Ana Pauker, la dama de hierro y fiel estalinista del comunismo rumano, se ha demostrado era una mujer opuesta a planes estalinianos como las purgas (incluyendo las de elementos de los partidos liberales), las colectivizaciones forzosas o la política “antisionista” (http://jwa.org/encyclopedia/article/pauker-anna). Reformistas como Imre Nagy, Aleksandr Dubcek, la alemana oriental Liga de los Comunistas Democráticos, el economista soviético Eugeni Varga (que propuso la idea de una tercera vía económica mixta, ni capitalista ni socialista, para las democracias populares) o la escritora y militante del SED Christa Wolf… todos ellos sufrieron la muerte (física o civil), la incomprensión o el ostracismo y a pesar de ello siguieron demostrando su fe en el socialismo y en la posibilidad, cada vez más remota, de que fuera posible una reforma del sistema que le acercara a los orígenes de su ideario, hacia la sentencia de la teórica del marxismo Rosa Luxemburg: “No hay democracia sin socialismo, no hay socialismo sin democracia”. El hecho de que estas personas fueran militantes de los mismos partidos comunistas de los que también eran o habían sido miembros Stalin, Honecker o Ceaucescu y se declararan comunistas como ellos ilustra las múltiples diferencias que existían incluso dentro de los propios comunistas tras el “Telón de Acero”. El profesor Vicenç Navarro en su artículo “Franquismo o fascismo” (http://blogs.publico.es/dominiopublico/1308/franquismo-o-fascismo/) lo afirma de la siguiente manera: “En realidad, había más diferencias entre un Gorbachov (en 1991) y un Stalin (en 1924) que entre un Franco del 1975 [o un Arias Navarro o un Blas Piñar de 1975, podríamos añadir] y un Franco del 1936″.

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Enrico Berlinger (Italia), Santiago Carrillo (España) y Georges Marchais (Francia), secretarios generales de sus respectivos partidos comunistas fueron los representantes más destacados del “eurocomunismo”.

El hecho, en tercer lugar, de que estas personas siguieran creyendo en el socialismo viene determinado también por el que ellos mismos observaran que, aunque su país y su sistema se alejaba de ser un dechado de perfecciones, contenía elementos suficientes para la esperanza y para rebatir las políticas que procedían del Occidente capitalista. Muchos de ellos habían sido de los privilegiados que podían viajar al extranjero, a los países ideológicamente enemigos, donde habían visto el escaparate de prosperidad del libre mercado, y seguían prefiriendo su país a pesar de las estrecheces. En este sentido, no se hallaban tan contaminados por la ideología dominante, eran críticos y reflexivos y, desde ese punto de vista, resaltaban hechos como la seguridad en el empleo, los servicios y bienes públicos, el espíritu comunitario, la solidaridad; esto es, aspectos que recordaban al aspecto original del proyecto socialista y que hoy día son recordados con añoranza por ciudadanos de a pie a través de fenómenos como las anteriormente descritas “Ostalgie” o “Yugonostalgia”. La existencia, además, de aspectos cuanto menos interesantes en estos países, como el “socialismo autogestionario” yugoslavo, la favorable política de empleo de las mujeres en la RDA (el 92% de las mujeres en edad de trabajar, escribe Geoff Elley en “Historia de la izquierda en Europa”, estaban empleadas, representando cerca del 50% de la población activa), a través de una red asistencial a las madres trabajadoras, o el que algunos rudimentarios productos de consumo fabricados en el bloque Este hayan desafiado estándares de calidad y la “obsolescencia programada” que se han convertido en típicos del capitalismo y la sociedad de consumo occidentales hacen que sea necesario considerar, como estos socialistas democráticos hacían y hacen, como dignos de reflexión y estudio críticos de cara a su posible aplicación futura estos aspectos, rechazando obviamente los más funestos y deleznables de los regímenes respectivos. Debemos recordar a este respecto que Indalecio Prieto, ministro de Hacienda y luego de Obras Públicas de la Segunda República, realizó un encendido elogio en las Cortes de la política de infraestructuras de la dictadura de Primo de Rivera, lo que le valió el agradecimiento del hijo del general y fundador de Falange, José Antonio. Que un político socialista y miembro de un régimen que había procedido a juzgar a políticos de la dictadura por abuso de poder (incluso al ex rey, in absentia, por faltar a sus deberes constitucionales al facilitar el acceso al poder de Primo tras su golpe de Estado) realizara este elogio no debe resultar tan extraño: el origen dictatorial de Primo y la condena del golpe y su dictadura no debe opacar el hecho de que durante su régimen se llevaron a cabo realizaciones prácticas de gran calado, como medidas de reorganización económica a través de la intervención pública (CAMPSA, Empresa Nacional de Explosivos) y de infraestructuras (Plan Nacional de Firmes Especiales, ferrocarriles, embalses) que sin duda resultaron muy positivas para el país, hasta tal punto que la República continuó o complementó su labor, contando para ello con capacitados funcionarios del antiguo régimen como el arquitecto Secundino Zuazo, el ingeniero responsable de las obras hidráulicas Manuel Lorenzo Pardo o el responsable de los parques nacionales González Pacheco.

El rescate, sin embargo, de políticas de esta clase en el caso del fascismo resulta mucho más complicado, lo que redunda en la propia condena de su ideología y de los regímenes. Esto, que a primera vista puede resultar una interpretación sectaria propia de un izquierdista, no lo es tanto si observamos los siguientes aspectos. El primero es que cualquier logro en materia social o bien se hallaba claramente contaminado por las teorías racistas y ultranacionalistas características del fascismo, de modo que quienes se beneficiaban de ellos (no sólo en la práctica, como podía pasar en el caso de los “caídos en desgracia” de los regímenes de “socialismo real”, sino también en la teoría y en la legislación) sólo podían ser los ciudadanos “puros”, como los alemanes arios, las gentes de orden o los afectos a la causa “nacional” del régimen franquista; o bien era un residuo del ideario primitivo, y pronto abandonado, que recogía aspectos socialistas o populistas de izquierda que ya habían sido formulados por teóricos procedentes del campo rival. Recordemos a este respecto que Mussolini había sido militante socialista bajo cuyo mando la riqueza siguió sin embargo estando en manos del mismo grupo de privilegiados y se fomentó el enriquecimiento de oportunistas bajo el paraguas del fascio; que las SA fueron purgadas por su tendencia a un radicalismo izquierdista y revolucionario peligroso para la alianza que Hitler mantenía con los grupos conservadores y el gran capital y que Falange y las JONS españolas utilizaban una retórica revolucionaria muy cercana a los grupos de izquierda, con los que trataban de ganarse su apoyo de cara a realizar la “revolución nacional-sindicalista”, pospuesta eternamente tras el golpe y el triunfo de Franco y el alineamiento con el mismo de las fuerzas económicas del viejo orden. En segundo lugar, muchas de las políticas que se han querido hacer pasar como dignas de elogio de los regímenes fascistas o fascistizantes son, si se observan más detenidamente, productos poco originales o generadoras de más perjuicios que beneficios a largo plazo. La Italia fascista se convirtió en un país más estable políticamente, pero al precio de suprimir las libertades públicas y el régimen parlamentario, y seguía siendo un país meridional atrasado y pobre con grandes diferencias entre el norte industrial (cuyo impulso fue en gran medida conseguido gracias a la carrera de armamentos emprendida por un régimen cada vez más agresivo y belicista) y el sur campesino, donde la campaña de la “Batalla del Grano” no consiguió fomentar una mayor productividad agrícola. La Alemania nazi presumió de sus planes de infraestructuras, como las “Autobahn”, un proyecto que sin embargo no era original del nazismo sino que procedía de la República de Weimar, además de que, a nivel general, planes de estímulo al empleo a través de la inversión pública se estaban realizando en la misma época en los Estados Unidos (el “New Deal” rooseveltiano) y con anterioridad en la Viena socialdemócrata (las viviendas populares del Karl-Marx-Hof) o en la República Española (http://www.documaniatv.com/historia/mussolini-y-hitler-la-opera-de-los-asesinos-cap-1-video_92bc35901.html y http://www.documaniatv.com/historia/mussolini-y-hitler-la-opera-de-los-asesinos-cap-2-video_3915f047a.html). En otros casos, la política social y económica no dejaba de ser sino un desastre sin paliativos, como en Portugal, donde la obsesión salazarista por el saneamiento de las cuentas públicas llevó a que el país viviera, especialmente en las zonas agrarias del interior y en las bolsas de pobreza de las grandes ciudades del litoral, una situación en muchas ocasiones propias del Tercer Mundo. La falta de inversión y de gasto público, acentuada por la necesidad de destinar recursos en la guerra colonial de los sesenta y setenta, llevó a que la inmensa mayoría de la población portuguesa padeciera graves problemas de analfabetismo (alrededor del 35% en 1974), ausencia de servicios sanitarios (con problemas derivados de altas tasas de mortalidad, morbilidad y mortalidad infantil), elevada dependencia de un poco productivo sector agrícola, alta emigración interior y al exterior y severos problemas de alojamiento -con un déficit de 30.000 viviendas- e infravivienda. Pero incluso en España, donde las cosas iban mejor, las realizaciones franquistas más publicitadas -obras hidráulicas, sanidad universal, seguridad social, mejoras laborales, universalidad de la educación primaria y apertura de la educación superior a las clases populares- no dejaban de ser sino una continuación con mucho retraso, consecuencia del abandono de la desastrosa política económica autárquica y de la incorporación, aunque también con ciertos errores en los Planes de Desarrollo auspiciados por las autoridades económicas del régimen, a la economía internacional y al concierto occidental de naciones, de planes y proyectos desarrollados anteriormente por los regímenes monárquico-restauracionista y republicano. Lo que había hecho el franquismo, con su golpe militar y la guerra que éste había provocado, había sido romper con una línea de evolución en la que la República había sido la última continuadora e innovadora en aspectos clave como la educación y su apertura a las clases populares, las propuestas de universalización de la sanidad, la reforma agraria (que nunca se recuperó), la reorganización y unificación de los seguros sociales, la reformulación de las relaciones laborales y las políticas de intervención e inversión públicas, con un cierto aire socialdemócrata y keynesiano, de forma que cuando estas se recuperaron (no sin un fuerte esfuerzo, incluyendo de lucha y protesta, por la población española) se hicieron “tarde, mal y nunca”, como reza el dicho.

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Cartel del “Estado Novo”, la dictadura portuguesa, que identifica a Salazar como un caballero cruzado, “salvador de la patria”.

De esta forma, resulta más difícil, no ya por el carácter dictatorial y el contenido ideológico con que, siquiera de modo teórico, fueron creados estos Estados, sino por aspectos prácticos de este tipo poder observar y analizar realizaciones positivas de los fascismos. Esto también suele pasar en casos como los de regímenes autodenominados socialistas, como Corea del Norte, la Kampuchea Democrática de Pol Pot (que resultó más bien un régimen fuertemente nacionalista, autárquico y racista) o la Rumania de Ceaucescu, que como su homóloga norcoreana, tendió al nepotismo, a convertirse en una “república dinástica” y a llevar a cabo actos tan desastrosos y tan antisocialistas y antiprogresivos como hostigar a la minoría húngara de Transilvania, llevar a cabo la “sistematización” para destruir pueblos y reasentar a la población en los restantes o desarrollar un culto a la personalidad reflejado en actos como la megalomanía que desarrolló en Bucarest, la otrora “París de los Cárpatos”. Creo que en estos países la atmósfera llega o llegó a ser tan opresiva (también se debe tener en cuenta que dentro del “bloque socialista” y de cada país hubo grados diferentes de apertura y de represión: se pueden así distinguir el país más liberal de ellos, la Hungría kadarista y su “socialismo gulasch”; la Yugoslavia no alineada del “socialismo autogestionario”, la gris RDA -que también experimentó sus momentos de apertura a comienzos de los sesenta y en los primeros años de Honecker-; o la Albania maoísta de Enver Hoxa) que sus deméritos superan con creces sus posibles logros, salvo para aquellos tan sumamente acríticos y obstinados que son incapaces de ver los primeros o los atribuyen todos a infundios, propaganda capitalista o agentes saboteadores.

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Imagen de una avenida principal de Bucarest en los años sesenta, antes de la asunción del poder en la república popular (luego república socialista) por parte de Ceaucescu.

Creo que, en definitiva, lo que encierra la consideración de los aspectos positivos del “socialismo real” es la idea de que, a pesar de sus trágicos errores y crímenes, llegaron a dejar espacios para el desarrollo, aun en el interior de un sistema de marxismo muy sui generis, de proyectos e ideas realmente socialistas (http://www.eldiario.es/internacional/RDA-mentalidad-asediada-dificil-torres_0_320568283.html). En medio de la pérdida de identidad (por la pérdida de una nación o de valores en los que la sociedad había vivido durante años) y de la ofensiva de un capitalismo de rostro muy poco humano, la equiparación entre fascismo y comunismo no deja de ser difícil de aceptar tanto para ellos como para quienes defendieron entonces y después la idea de un socialismo reformado y plural, apoyándose precisamente en esos logros para demostrar que sus ideas no eran descabelladas ni estaban completamente equivocados. La incomprensión que recibieron tanto en un lado -por no atenerse a la ortodoxia- como en otro -por defender un sistema, o más bien un ideal confundido con aquel, que estaba o había mostrado su fracaso- demuestra lo endeble que era su posición y al mismo tiempo la valentía al defender su posición ética. Por este motivo, creo que desde la izquierda marxista y alternativa se debería ser capaz de asumir esa misma perspectiva, sin transigir con una apología de la dictadura y el peor legado del “socialismo real” ni dejar que esto pueda ser interpretado como tal; como experiencias a valorar de cara al presente y futuro; y sin que esto sirva para que, desde el lado contrario, se de una similar justificación del fascismo, porque si las dictaduras son indeseables sean cuales sean sus motivaciones políticas e ideológicas, las ideas y las personas que las encarnan y encarnaron merecen una reflexión y consideración más profundas.

 

OTRAS FUENTES:

Sobre los diferentes temas aquí tratados, puede consultarse la bibliografía contenida en los artículos anteriores de este blog “La República Democrática Alemana: un país que pudo existir de otra manera”, “La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”, “El proyecto SAAL: arquitectura y participación en el Portugal del 25 de Abril” y “20 de noviembre: una colección de mentiras…”, donde puede encontrarse información sobre socialistas reformistas de la RDA y otros países del bloque socialista tanto durante el período inicial de las democracias populares como con posterioridad, las críticas recibidas en las nuevas circunstancias poscomunistas o la política social y económica del salazarismo y el franquismo.

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