Petra Kelly y el nacimiento del movimiento político verde

petrakellly1Si el pasado año 2016 fue pródigo en decesos de figuras importantes de la política, las artes o la cultura, algunas posiblemente más dignas de memoria que otras, el año que acaba de comenzar es año de conmemoraciones por las mismas razones. En 2017 podemos recordar los aniversarios “redondos” de las muertes del Che Guevara y del cantautor y activista estadounidense Woody Guthrie (1967),  del líder anarcosindicalita español y fundador del Partido Sindicalista Ángel Pestaña (1937) o las del líder revolucionario burkinabé Thomas Sankara, apodado “el Che Guevara de África” y del cantautor y poeta portugués José “Zeca” Afonso, autor de “Grândola Vila Morena”, la canción convertida en el himno de la Revolución de los Claveles, acontecidas en 1987.

Aunque todas ellas deben servir para el homenaje y la reflexión por parte de las personas y los movimientos sociales y políticos progresistas, de cara a examinar su legado y las posibilidades que éste ofrece de cara a una transformación de nuestras sociedades, el aniversario de Petra Kelly (1947-1992), fundadora de Die Grünen, el Partido Verde alemán y el más veterano de todos los partidos ecologistas de Occidente, es aún más relevante en cuanto a lo que puede ofrecer de cara a la organización de unos grupos políticos, no sólo a la forma de enfrentarse a la realidad circundante con deseos de transformarla, sino a la propia lógica organizativa de los partidos tradicionales, a su articulación con la sociedad civil y con otras formas de actuación política.

Sobre este aspecto, Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor en la Universidad de Coimbra, escribía en “La difícil democracia” la necesidad de la izquierda -ya fuera desde la oposición o desde el gobierno, porque se debe corregir la disparidad entre de actitudes y actuaciones que han presidido en muchas ocasiones la actividad política progresista al estar en el poder y fuera de él -de articularse con las formas de democracia no exclusivamente parlamentaria o representativa, como la democracia directa (asambleas de estudiantes, de trabajadores, de vecinos…) o la democracia comunitaria -puesta en marcha en América Latina y reconocida por constituciones como la boliviana-, y las formas de movilización cívica y social, como los referendos, las elecciones con mayor periodicidad y para mayor número de cuestiones “o incluso con la acción directa y pacífica de los ciudadanos y las ciudadanas”. Un modo de, como afirma el propio autor, “democratizar la democracia” a fin de acabar con la deriva de las actuales democracias liberales hacia posturas cada vez más autoritarias y el dominio de la res pública por parte de minorías social y económicamente fuertes.

De ahí el reproche que se dirige desde la política tradicional y medios de comunicación hacia partidos políticos como Podemos en España por su intención de querer articular la lucha parlamentaria e institucional con la de la calle y la de los movimientos sociales, o la relevancia que adquieren sus desavenencias y debates internos en relación a los de otros partidos. Aunque hay otros aspectos -como sus movimientos definitorios oportunistas de cara a la ganancia de electores, definiéndose como socialdemocracia para desprenderse del molesto sambenito de “izquierda radical” con que se les ha bautizado, y una cierta ambigüedad ideológica en temas como la cuestión de la monarquía, la deuda o las (re)nacionalizaciones y (re)municipalizaciones- que les distancian un tanto de los planteamientos innovadores enumerados por Santos en su libro, el paralelismo entre Podemos y las izquierdas para el siglo XXI propuestas por el autor no deja de estar presente. Pero, al mismo tiempo, las cuestiones de liderazgo, de organización, de pactos con otras fuerzas y de distanciamiento -diferenciación- con éstas ya estaban presentes en los debates de Die Grünen en los años setenta y ochenta. Unas cuestiones que acabaron saliendo caras para la propia Kelly y que transformaron en los noventa la faz de Los Verdes germanos.

Por la importancia y la novedad de los planteamientos, aún vigentes y presentes en nuestras sociedades actuales, recordemos en estas líneas a Petra Kelly y su amargo final, sobre el que todavía hoy se asientan sombras de sospecha.

LOS PRIMEROS AÑOS. DEL SPD A LA FUNDACIÓN DE LOS VERDES

Petra Karin Lehmann nació en Günzburg, ciudad de la entonces República Federal de Alemania, en el land de Baviera, el 29 de noviembre de 1947. Su padre, polaco, abandonó el hogar familiar cuando ella contaba con apenas seis años, de modo que las figuras de su madre y su abuela -quien la introdujo en el pensamiento crítico y en la lectura de la prensa política- la convencieron, ya con corta edad, de que existía una alternativa al modelo tradicional del patriarcado, aunque ella cursó estudios elementales en un ambiente en principio poco propicio para desarrollar una conciencia feminista como era la escuela católica. Adoptó el apellido Kelly de su padrastro, un oficial de la Armada estadounidense destinado en Alemania y que trabajaba en el servicio hospitalario.

En 1960 se trasladó junto al resto de su familia a Georgia, Estados Unidos, y allí  estudiará Ciencias Políticas en la American University de Washington. Era la época del movimiento hippy, el pacifismo y las protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles -Kelly será una gran admiradora del difunto reverendo Martin Luther King- y, en Europa, las protestas de mayo de 1968, la Primavera de Praga, las movilizaciones obreras y estudiantiles en España y en su Alemania Federal natal. Pero junto a estos movimientos que parecen encaminar el mundo hacia el cambio, en el momento en que los “felices treinta” (los treinta años de prosperidad y crecimiento económico vividos en los países occidentales entre el fin de la SGM y la primera crisis del petróleo de 1973) están cercanos a su fin, hay también puntos oscuros que apuntan a las fuertes resistencias a ese cambio. En Estados Unidos, el asesinato del presidente John F.Kennedy (del que Kelly se apunta fue admiradora) y poco tiempo después el de Luther King; la violencia contra los negros en el sur de Estados Unidos; el intervencionismo y golpismo militar en América Latina -Argentina, Guatemala, el intento de invasión de Cuba-, Asia -Laos y Camboya- y África -Zaire, Togo, el apoyo a la Sudáfrica del apartheid-; y en lado del bloque soviético, el fin del soplo de aire fresco que suponía el “socialismo de rostro humano” de los comunistas checoslovacos y la Primavera de Praga y el regreso a una ortodoxia -bien que matizada- con Brezhnev como líder de la URSS en sustitución de Kruschev.

Esta amalgama de movimientos de acción y reacción influirán a la larga en el pensamiento político de Petra Kelly y en la configuración del movimiento “verde” tanto como partido como vía alternativa frente a los modelos de partidos políticos existentes en la RFA en ese momento. Mientras tanto, en los Estados Unidos, Kelly se graduará en la universidad con consiguiendo el grado de Bachelor of Arts cum laude y colaborará como asesorara para los senadores Robert Kennedy -hermano del presidente y asesinado como él durante su campaña a la presidencia- y Hubert Humphrey, antes de regresar a Europa en 1972.

En Europa proseguirá sus estudios de Ciencias Políticas en Amsterdam y trabajará para la entonces Comunidad Económica Europea en Bruselas, ocupándose de tema sobre emigración y formación profesional. Pero las inquietudes de Kelly exceden las cuestiones técnicas del funcionariado, y retoma con más bríos su activismo político, integrándose en las filas del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD), el Partido Socialdemócrata alemán.

El SPD, liderado entonces por Willy Brandt, consiguió después de décadas de gobierno de los democristianos, la cancillería de la República Federal. El fuerte discurso anticomunista que había dominado los gobiernos de la CDU, especialmente con Konrad Adenauer, fue sustituido por la Ostpolitik o apertura hacia el Este del nuevo líder del gobierno alemán. Esto trajo consigo mejores relaciones con los países del bloque oriental y la Unión Soviética, entre ellos Polonia -país con el que se firmó un acuerdo sobre la frontera Oder-Neisse, la frontera entre éste país y la RDA, en el caso de una futura reunificación alemana- y el reconocimiento del daño causado por Alemania a la nación polaca durante la SGM (como en el acto simbólico de homenaje del canciller a las víctimas del levantamiento del gueto de Varsovia), y con la vecina República Democrática Alemana, que se tradujeron en el mutuo reconocimiento de la RFA y la RDA, la firma de acuerdos comerciales y el aumento de las posibilidades de viajar a Occidente por parte de los ciudadanos de Alemania Oriental.

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Willy Brandt, arrodillado ante el monumento en Varsovia a las víctimas del gueto judío, alzado contra los nazis en 1943.

Sin embargo, a pesar de estos éxitos, la época de Brandt no está exenta de puntos oscuros: el SPD sirvió a los intereses del Departamento de Estado estadounidense a la hora de controlar los procesos de transición a la democracia de los países del sur de Europa salidos de dictaduras derechistas o fascistas y evitar una “deriva izquierdista” de estos procesos, como fueron los casos de España, Portugal y Grecia, a través de contactos con los máximos dirigentes del PSOE, del PS y del PASOK. La Fundación Friedrich Ebert, la fundación del partido, sirvió como correa de transmisión de fondos procedentes de la CIA para estos grupos políticos para que obtuvieran un gran aparato logístico y de propaganda que les hiciera el referente de la izquierda -aunque una izquierda manejable y controlable desde Washington o desde el norte de Europa- frente a los partidos comunistas, que en muchos casos habían sido la punta de lanza de la resistencia contra esas dictaduras. De este modo, estos partidos socialistas pasaron -a veces en pocos meses, como en el del recientemente fallecido Mário Soares, líder socialista portugués- de un discurso revolucionario y lleno de proclamas y connotaciones marxistas a la moderación y la cooptación por parte de los grupos de interés económicos y sociales más poderosos. Asimismo, Brandt no paralizó el espionaje a los propios ciudadanos a través del servicio secreto alemán federal, que fue una faceta equiparable -aunque menos publicitada en la Alemania actual- a la de la Stasi en su vecina del Este-, ni depuró a los cargos en la administración o el ejército (el Bundeswehr) que habían sido notorios criminales nazis y que habían hallado refugio durante la etapa de Adenauer y los primeros años de la RFA.

Fuera por la escasez de la entidad de la política de reformas de los socialdemócratas, que al gobernar se antojaron un “más de lo mismo”, o por la escasez de la resistencia que presentaron ante la ofensiva neoliberal en marcha iniciada en Chile y Argentina a través de dictaduras por el “flanco sur” del mundo,  y en Occidente en Estados Unidos -con Carter, aunque el gran propagandista y paradigma fuera Ronald Reagan- y Gran Bretaña -a donde había llegado Margaret Tatcher-, y que suponía una amenaza no sólo para la economía sino para la paz, el ambiente y las relaciones humanas, Kelly abandonó el SPD en 1978, pensando que los socialdemócratas habían perdido su fuerza. Era necesario un nuevo modelo. El modelo era para ella y otros muchos el ecologismo político.

EL PARTIDO VERDE

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Cartel del Partido Verde, circa 1979.

En 1979 tenía lugar la fundación del Grüne Partei o Partido Verde en la RFA -que con los años vería nacer un homólogo en la RDA, de corta existencia aunque de una cierta relevancia dentro del movimiento opositor socializante contra el régimen del país-, y que con los años sería conocido simplemente como “Los Verdes” (Die Grünen).

El objetivo del nacimiento del partido era aglutinar una alternativa al sistema político y de partidos imperante en la República Federal, pero también que el ecologismo se convirtiera en una alternativa a los dos sistemas a través de los cuales se venía gobernando globalmente el mundo desde la eclosión de la “guerra fría”, el capitalismo atenuado por el pacto con la socialdemocracia que había dado lugar al “Estado del bienestar” de un lado, y del otro el bloque soviético y el  “socialismo real” o estatal. Ambos sistemas daban ya síntomas de crisis a finales de la década de 1970: del lado soviético y sus satélites, el estancamiento económico había mermado la capacidad de acercarse a los estándares occidentales que habían demostrado a lo largo de los sesenta y primeros setenta y mermaba la capacidad del sistema de ofrecer bienes y servicios a la población, sobre la que se sustentaba buena parte de su legitimidad. Del lado occidental y capitalista, el neoliberalismo de la escuela de Chicago se iba imponiendo con cada vez mayor fuerza como mecanismo para atajar la crisis, comenzando una ofensiva global contra el “Estado de bienestar”, la regulación del mercado y las políticas socialdemócratas o keynesianas que aún dura hasta hoy. Unas propuestas y políticas impulsadas aún más si cabe tras la caída del antagonista de la guerra fría, la URSS y el bloque comunista. En ambos casos, la política de bloques supone en ese momento para el mundo, a juicio de los verdes, un conjunto de rémoras que es necesario atajar a fin de no hipotecar el futuro de las nuevas generaciones: carrera de armamentos, operaciones militares y escalada bélica en estados del interior de cada una de las esferas de influencia o del Tercer Mundo para mantener el “status quo” o impedir “experimentos” que se salgan de la norma impuesta; arsenal de bombas atómicas y dependencia de la energía de este tipo con riesgos difícilmente mensurables sobre su impacto y consecuencias; dependencia energética de combustibles fósiles y degradación medioambiental; agresiones a la naturaleza; expansión de una cultura consumista e indiviualista, patriarcal, racista y eurocéntrica…

De este modo, para Petra Kelly era necesario construir una alternativa que pasara por un partido nuevo, calificado de “partido antipartidos”, en el sentido de que planteara un cambio radical, no una reforma, del sistema y que funcionara además de una forma diferente a cómo venían haciéndolo los partidos tradicionales de la RFA. Había que estar en las instituciones pero éstas eran un mecanismo más donde debía desempeñarse la lucha de Los Verdes. En palabras del activista ecologista José Vicente Barcia Magaz, “se trataba de desbordar las calles sin abandonarlas, para asaltar las instituciones y ponerlas al servicio de la justicia social, la paz y la defensa del medio ambiente”. Las ideas a defender, en las calles y en el parlamento, resultan tan subversivas en ese momento como -en muchos casos- en la actualidad.

Así, el Partido Verde y su ideario ecopacifista y ecofeminista persigue una superación del marco político alemán y global, siendo crítico con los modelos vigentes tanto en el mundo capitalista como el autoritarismo del modelo “real-socialista”. Su ideario es democrático y radical, a través de la movilización pacífica (alejándose también de las tácticas armadas de la RAF), al proponer estructuras horizontales y descentralizadas que permitan imbricar a los movimientos sociales y las iniciativas ciudadanas, la sociedad civil, en los procesos de toma de decisión. Se trata de un “poder con los otros”, en lugar de un “poder sobre los otros”. En palabras de Petra Kelly, “la política signifique el poder de amar, el poder de sentirnos unidos en la nave espacial Tierra”.

Hay que superar también un modelo económico y de producción basado en el consumo individual, en el despilfarro y en el paradigma del crecimiento infinito dentro de un planeta cuyos límites y recursos son finitos. No es exagerado afirmar que Petra Kelly y Die Grünen serán de los primeros, si no acaso los primeros, teóricos del “decrecimiento”, proponiendo un modo de producción y de vida basado en el ser en vez de en el poseer y en la empatía y solidaridad en lugar de en la competencia y el materialismo: “Menos cantidad de bienes, más cuidado de lo que tenemos; menos crecimiento del capital, más calidad de vida; menos agresividad contra los ecosistemas, más conservación de la Naturaleza. En el fondo, la ecología tiene todas las ventajas para aportar una alternativa a un sistema insostenible e injusto”, comenta en este sentido Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo. Un modelo socioeconómico que entra en relación con otros ejes definitorios de Los Verdes: la lucha contra la injusta explotación del Tercer Mundo y las guerras que en muchos casos conlleva esta carrera por la posesión de los recursos.

Los derechos humanos, la paz y el feminismo serán otros tres ejes sobre los que se moverá el ideario de Los Verdes y en los que Kelly asumirá un papel activista notorio, a tenor de lo que relatan varios autores como los mencionados Marcellesi y Barcia. En lo que respecta al feminismo, para Kelly, era necesario feminizar la política y la sociedad, no sólo por cuanto hace que las mujeres ocupen un lugar subalterno, sea en los puestos de responsabilidad, en la familia, en la economía… sino porque el patriarcado dominante ha impuesto unos modos de conducta social y política que han llevado al mundo a una situación dominada por la violencia, la depredación, la desigualdad o la competencia feroz. Como escribe Marcellesi, “el patriarcado es opresor para las mujeres y restrictivo para los hombres, transmite valores de dominación y violencia, está profundamente vinculado a la mentalidad militar, provoca injusticias sociales y fomenta la explotación agresiva de la naturaleza. Es más, el patriarcado cruzado con el pensamiento tecno-científico occidental ha generalizado una percepción arrogante del mundo en la que la Naturaleza (simple materia prima) y la Mujer (débil) existen para ser dominadas y explotadas por los hombres”. De esta forma, Petra Kelly formula la “ternura” como un arma de subversión política. Así, en uno de sus ensayos, escribirá cómo entiende la militancia en un partido como Los Verdes:

“Ser tierno y al mismo tiempo subversivo: eso significa para mí, a nivel político, ser verde y actuar como tal. Entiendo el concepto de ternura en sentido amplio. Este concepto, para mí, también político, incluye una relación tierna con los animales y las plantas, con la naturaleza, con las ideas, con el arte, con la lengua, con la Tierra, un planeta sin salida de emergencia. Y, por supuesto, la relación con los humanos. Ternura entre las personas, también en el seno de un partido alternativo y no violento, que apuesta públicamente sin cesar por la suavidad, la descentralización, la no violencia.”

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Manifestación por el desarme en Bonn, años ochenta.

Es necesario aclarar que su postura de no-violencia no tiene nada que ver con una posición de pasividad o de rehuir los conflictos (algo que en cierto modo se ha hecho patente en las actuales democracias, y un ejemplo de ello es la española, donde en lugar de encarar y encauzar dicho conflicto o conflictos, natural a la disparidad de criterios y de ideas presentes en una sociedad plural y libre, se trata muchas veces de enmascararlo y de evitarlo, tildando a quienes lo presentan de elementos radicales y desestabilizadores). En su lugar se trata de una posición en la que la firmeza de los planteamientos se conjuga con actos de protesta y desobediencia civil, en línea con las propuestas de Gandhi o de su admirado Martin Luther King. Así, esto se demostrará en los numerosos actos en que Los Verdes, a lo largo de los años ochenta, y Petra Kelly, participarán por la defensa de los derechos cívicos y la paz.

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Petra Kelly en su juventud.

Son así destacables las manifestaciones en las que los ecologistas de Alemania Occidental participaron en los años ochenta por el desarme y la no proliferación nuclear, en unos años en que surgió la llamada crisis de los euromisiles, con el despliegue, en medio de la campaña reaganiana de la “Guerra de las Galaxias” de nuevos misiles en los países europeos miembros de la OTAN apuntando hacia la Unión Soviética, o por el fin de las centrales nucleares y la energía atómica y el desarrollo de energía alternativas. El activismo extraparlamentario -Los Verdes entrarán en el Bundestag en 1983- de Petra Kelly la llevará a muchos rincones del planeta, convirtiéndose poco menos que en una figura mediática, denunciando la represión de los derechos humanos en Sudáfrica o Tíbet, apoyando la campaña por el “no” al referéndum por la permanencia en la OTAN en España o siendo detenida tanto en Berlín Oeste como en Moscú por su denuncia del militarismo y la política de bloques. En 1982, recibió el Premio Nobel alternativo “por construir e implementar una nueva visión uniendo las preocupaciones ecologistas con el desarme, la justicia social y los derechos humanos”, y en 1983 apoyará con su firma el “Manifiesto de Tenerife”, defendiendo la creación de un partido verde en España y que será el punto de partida de los movimientos ecologistas políticos en nuestro país, primero con la fundación de Los Verdes y, más recientemente, con la de Equo.

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Manifestación en el País Vasco contra la permanencia de España en la OTAN, 1986.

Con motivo de su visita a España en 1986, y en relación a la política pro-atlantista del PSOE en el gobierno, en flagrante contraste con los planteamientos defendidos en los años setenta por los líderes socialistas, Kelly resumirá la cuestión en la siguiente sentencia, y que es de aplicación a la posición que han venido sosteniendo los partidos socialistas y socialdemócratas de un tiempo a esta parte: “Como antigua socialdemócrata debería saber que los socialistas olvidan y traicionan sus ideales en cuanto han conquistado el poder y se sientan al timón del gobierno. En España también hay que hacer valer argumentos morales y éticos contra la OTAN. El gobierno de González ha abandonado su ideología de no alineación y se ha dejado presionar por la pretendida fuerza de los hechos. El domingo tres de junio erais cientos de miles en Madrid. Queremos una España neutral y no alineada”. Hay que decir que Kelly, además, impulsó la petición oficial de perdón por parte del gobierno de la RFA por el bombardeo de la Legión Cóndor de Guernica.

LOS VERDES EN EL PARLAMENTO: AUGE Y CAÍDA DEL IDEAL DE PETRA KELLY

Los Verdes se presentaron, con Kelly como cabez de lista, en las elecciones al parlamento europeo en 1980, pero su primer gran logro se consiguió en 1983, cuado entraron por primera vez en el Bundestag, la cámara baja del parlamento de la RFA, al superar la barrera del 5% establecida para tener representación. Desde ese momento, el partido comenzó una etapa exitosa que le llevó a revalidar sus puestos en las siguientes elecciones federales en 1987 y a entrar en varios parlamentos de los “länder”.

La entrada en la política parlamentaria, un objetivo a cubrir por los ecologistas sin olvidar su postura de estar tanto en las instituciones como en las reivindicaciones sociales que se sucedieran en el exterior de las mismas, supuso sin embargo un punto de inflexión acerca del futuro del partido y las cuestiones de liderazgo que acabarían cobrándose como víctimas a la propia Petra Kelly y al ideario defendido por ésta. Pronto, el Partido Verde iba a encontrarse con una disyuntiva interna que aún hoy está presente en los grupos de la “nueva izquierda” como Podemos, el Bloco de Esquerda portugués o Die Linke en la Alemania de hoy: aliarse o no con la socialdemocracia -en el caso alemán, el SPD, en el que Kelly había militado y que abandonó en 1978- para formar gobierno.

Los primeros, partidarios de la alianza con el SPD, eran llamados realos, y su posición acabaría finalmente triunfando frente a los denominados fundis, contrarios a cualquier tipo de compromiso. El liderazgo de Petra Kelly sufrió una continuada campaña de erosión, por supuesto desde fuera del partido -una campaña agresiva que se había iniciado contra el conjunto de Die Grünen desde las elecciones federales de 1983, en las que las perspectivas de buenos resultados hicieron saltar todas las alarmas en la política tradicional y especialmente en la izquierda tradicional socialdemócrata-, pero asimismo en el interior del mismo. Según apunta Maribel Marín, en un artículo del pasado año con motivo de la presentación del libro “Vida y muerte de Petra Kelly”, de la ecologista británica Sara Parkin, las luchas intestinas en el seno del partido y la negativa de Kelly a rotar en la dirección del partido a los dos años fueron los detonantes de la campaña interna de desprestigio contra ella.

Por ese motivo, tras las elecciones de 1987 declaró que esa sería la última legislatura que se sentaba en un escaño en el Bundestag. Para entonces ya estaba unida sentimentalmente a Gerd Bastian, un antiguo general de la OTAN que había abandonado el ejército y había asumido los postulados pacifistas y ecologistas. Arrumbada a un rincón dentro de su propio partido, al llegar las elecciones anticipadas por el canciller Helmut Kohl en 1990, celebradas en el conjunto de toda Alemania -una vez completado el proceso de unificación que podría calificarse de “exprés” entre la RFA y la RDA-, la coalición de los ecologistas con antiguos movimientos de oposición de Alemania del Este como Neues Forum en Alianza 90/Los Verdes resulta un fracaso y Los Verdes no estarán representados en el Bundestag. La postura crítica de Kelly con el proceso de unidad alemana (crítica que realizaron también intelectuales y políticos tanto del Este -Stefan Heym, Volker Braun, Christa Wolf- como del Oeste -Oskar Lafontaine, Günter Grass-) y con el posicionamiento reformista y moderado del partido la acabaron con llevar poco menos que a una “muerte política”.

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En sus años de madurez, Petra Kelly sufrió un grave deterioro físico, que se sumó a su apartamiento de la política activa. Poco tiempo antes de morir, llegó a sufrir un colapso cardiaco.

La propia Kelly expresa su posición respecto a los planteamientos del Partido Verde en aquellos días de la siguiente manera:

“Me parece doblemente negativo que desde el 2 de diciembre de 1990, fecha de las primeras elecciones de la Alemania unificada, el partido verde de la RFA ya no esté representado en el Parlamento, donde ejerció a lo largo de ocho años la función de una oposición empeñada en alertar y apelar a las conciencias… Esto me entristece especialmente porque el fracaso de Los Verdes en la RFA no ha sido debido a la falta de buenas ideas o posturas políticas necesarias sino sólo a nuestras disputas internas y a nuestra incapacidad de poner las metas comunes por delante de nuestros enfrentamientos -innecesarios y a menudo grotescamente insustanciales-, entre corrientes y tendencias. Durante ese tiempo he tenido que presenciar cómo Los Verdes perdían cada vez más su fuerza visionaria y hacían un esfuerzo constante para resultar aceptables como futuros socios de gobierno de coalición. ¡Como si ese fuera el criterio para una política ecológica consecuente! ¡Como si lo importante no fuera, en lugar de ejercer el poder sobre las personas, o en su nombre, movilizar, de la mano de los que no tienen poder, un contrapoder basado en una sociedad civil!”

Años más tarde, en una culminación de ese giro para resultar aceptables, el dirigente verde Joschka Fischer entraba como ministro de Exteriores presidido por Gerhard Schroeder, del SPD. La presencia de Fischer en el gabinete no podía ser más paradójica con las propuestas originales de Los Verdes: frente a la justicia social, la Agenda 2000 impulsada por el canciller introducía políticas salariales a la baja, contratos basura (minijobs) o ajustes fiscales que eran precursores directos de los aplicados con posterioridad por la democristiana Angela Merkel (de hecho, Merkel declaró sentirse agradecida a Schroeder por la introducción de estas medidas, que suponían la llegada de Alemania, tarde pero con firmeza, como afirma el periodista Ángel Ferrero, a los postulados neoliberales defendidos desde los ochenta por Reagan o Tatcher). Asimismo, frente a la defensa de la paz y su postura antimilitarista, Fischer defendió los polémicos bombardeos de la OTAN sobre Belgrado y otras posiciones serbias durante el transcurso de la guerra de Kosovo, a pesar de que, para más inri, estos causaron daños sobre edificios civiles como la embajada china, hospitales, escuelas y la televisión nacional.

No debe extrañar que, como escribe Ferrero, Los Verdes hayan pasado de ser un partido antipartidos a una suerte de partido “atrapalatodo” votado especialmente por clases medias preocupadas más que por el medio ambiente y el modelo de producción y consumo imperante por su propia conciencia e imagen personal, más decididas por cuestiones de prestigio a disponer de un vehículo híbrido o unas placas solares en su vivienda y por el consumo de productos ecológicos que por una ideología política coherente y consciente de lo que suponen las intervenciones militares en el extranjero, el despilfarro y explotación de recursos del Tercer Mundo o las consecuencias negativas de la globalización capitalista. Por ese motivo, para estos electores no resulta extraño ver en los parlamentos regionales o en el federal la existencia de coaliciones políticamente tan variopintas en las que están presentes Los Verdes, como la “coalición semáforo” (que describe, por sus colores, a la unión del SPD, el Partido Liberal y Los Verdes), la “coalición Jamaica” (democristianos de la CDU y la CSU bávara, los liberales y los ecologistas) o la “roja-roja-verde” (en Berlín o en “länder” de la antigua RDA como Turingia o Meckelburgo-Antepomerania, con el SPD, Die Linke y Die Grünen).

UNA MUERTE CON INCÓGNITAS

La noche del 19 de octubre de 1992 Petra Kelly y Gerd Bastian eran hallados muertos en su casa de Bonn, la ciudad bávara que fuera capital de la República Federal de Alemania. Llevaban más de quince días muertos (la fecha fijada por los investigadores de la muerte de ambos es del 1 de octubre). Petra Kelly contaba con 44 años y su compañero, 69. Ambos habían muerto a consecuencia de un disparo, en el caso de Kelly de una herida de bala en la cabeza. La investigación se cerró en apenas veinticuatro horas con la conclusión de que habían decidido suicidarse, y que Gerd Bastian disparó primero su rifle sobre Kelly y después se quitó la vida.

Sin embargo, el hecho de que no hubiera nota de suicidio ni que tampoco hubieran avisado a ninguno de sus familiares y amigos sobre sus intenciones o que estos hubieran sospechado algo hace, para estos, poco verosímil esta hipótesis. Ambos se habían visto sometidos a presiones y altibajos en los últimos tiempos. Ella, por su desplazamiento dentro de Los Verdes y las críticas vertidas en su contra; él, por un supuesto dossier que podría vincularle con el difunto Ministerio para la Seguridad del Estado, la conocida Stasi, de la República Democrática Alemana. Pero para quienes les conocieron no explica una decisión tan drástica.

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Petra Kelly y Gerd Bastian en el Bundestag como diputados de Los Verdes. Bastian había dejado a su esposa e hijos -aunque no había disuelto su matrimonio y seguía legalmente casado- mientras mantenía su relación senrimental con la líder ecologista alemana.

También se ha especulado sobre la hipótesis de un caso de violencia doméstica, un resultado paradójico para una mujer que se enfrentó al patriarcado y a las formas de dominación sobre las mujeres, que rechazaba el militarismo y que convivía con un militar retirado aunque pacifista militante que conservaba armas en su casa. Como declara en una entrevista Florent Marcellesi, “cuando hay grandes referentes y personalidades tendemos a olvidarnos que son personas de carne y hueso. Por ejemplo, al igual que para muchas mujeres y hombres feministas hoy en día, su convencimiento personal no siempre es suficiente para compensar el peso de los valores colectivos patriarcales en los que mujeres y hombres somos educados”.

Otra hipótesis que se ha apuntado, y que tiene que ver con el cierre tan precipitado de las pesquisas sobre su muerte, es la posibilidad de que se trate de un asesinato sin resolver, como otros crímenes que envolvieron el proceso de unificación entre la RFA y la RDA y que han mantenido una aureola de misterio a lo largo de los años. Así, meses antes, en abril, Petra Kelly había sufrido un colapso cardiaco. Aunque esto podría explicarse por el precario estado de salud de la antigua líder verde, resulta más sospechoso el que casi al mismo tiempo Bastian sufriera un atropello por un taxi. Mientras ambos estuvieron vivos, Los Verdes mantuvieron una postura crítica hacia el proceso unificador; a su muerte, el partido se alineó con las posturas que defendió la izquierda moderada del SPD y no puso objeciones a la política desarrollada por el canciller Kohl y su equipo al respecto de la antigua RDA.

Desde esta perspectiva, la muerte de Kelly y Bastian no sería un caso aislado, pues se sumaría a otras acciones sangrientas no aclaradas y agresivos actos de desprestigio como los que sacudieron a otrora admirados intelectuales tanto del Este como del Oeste, como Christa Wolf, Stefan Heym o Günter Grass, quienes proponían la independencia de una RDA realmente democrática y en buena vecindad con la RFA, un proceso de unión basado en la igualdad de ambas repúblicas o una confederación de ambos estados alemanes. Entre los actos sangrientos, hay que mencionar el intento de asesinato de Oskar Lafontaine, entonces dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia y candidato por el SPD a la cancillería. Lafontaine -posteriormente pasado a las filas de la izquierda alternativa occidental, luego fusionada con el oriental Partido del Socialismo Democrático para formar Die Linke- era el crítico más severo de la unión impulsada por los democristianos en el poder tanto en Bonn como en Berlín Este en 1990, y la intentona contra su vida -fue apuñalado en el transcurso de un mitin- fue achacada a un demente, sin que la investigación fuera más allá. Con Lafontaine retirado de la vida pública, el SPD dejó de criticar el proceso de unión.

Asimismo, Alfred Herrnhausen era por aquellos días de 1989 y 1990 presidente del importante banco alemán occidental Deutsche Bank. Fue uno de los pocos miembros del mundo financiero que recomendaba la utilización de otras vías más democráticas para implementar el proceso unificador. Su coche fue objeto de un atentado con una bomba de alta tecnología que los investigadores atribuyeron a la “resucitada” Fracción del Ejército Rojo (RAF), algo poco verosímil si se tiene en cuenta la disparidad de medios con que contaba un grupo en franco retroceso y la sofisticada técnica empleada para llevar a cabo el asesinato del banquero. La RAF surgió también como “ejecutora” del asesinato de Dietlev  Rohwedder, el director del organismo liquidador de las empresas estatales de la RDA, la sociedad Treuhandanstalt, que se convirtió en una auténtica oportunidad para las empresas occidentales de hacerse a precio de saldo con el patrimonio de Alemania Oriental, evitar la posible competencia y estuvo salpicada de irregularidades y escándalos.

EPÍLOGO

“Petra Kelly te estruja la mano al saludarte y suelta un torrente de palabras, toda vitalidad, velocidad, voracidad verbal, un puro nervio […] Posee una belleza febril y un talante arrollador: te invade con el torrente de su conversación, con sus gestos, con su convicción. Habla tan deprisa que a veces, urgida por una nueva idea, deja las frases e incluso las palabras a medio terminar, prendidas en el aire. Voluntad de hierro capaz de vencer a la mala salud, de domar el cuerpo enfermo”

Rosa Montero.

Los objetivos marcados por Petra Kelly están todavía en muchos casos por hacer. Su relevancia reside en que fue una de las primeras voces que puso sobre la mesa estos planteamientos, así como la necesidad de construir un modelo alternativo de política y de sociedad que pasasen por conceptos como los de transversalidad y horizontalidad, democracia directa, inclusión, solidaridad, relaciones de igual a igual, autogestión y la construcción de un espacio político no limitado a la actividad partidaria y de los parlamentos, sino que se encontrase con otros ámbitos, como la sociedad civil, los movimientos sociales o las asambleas vecinales. Un espacio que, con mayor o menor fortuna, se intentó construir también durante la Revolución de los Claveles de Portugal, la revolución nicaragüense o la Burkina Faso de Thomas Sankara y cuyos ecos se encontraron posteriormente en los proyectos de los presupuestos participativos municipales que se suceden en diversas ciudades del mundo o en las proposiciones formuladas por los movimientos de indignados, desde el 15-M hasta Occupy Wall Street.

Su defensa de la paz, el desarme, un modelo alternativo y sostenible han pasado a formar parte de la agenda  de movimientos sociales y políticos, desde Greenpeace a Equo, pasando por el Foro Social Mundial, y siguen hoy día presentes, incluso cuando desde la altas instancias se siguen promoviendo cumbres del clima cuyos objetivos en muchos casos o no se llevan a cabo o se sostienen con los alfileres de los bandazos electorales o las coordinadas geopolíticas más acuciantes del momento, como la “guerra contra el terror” o la “crisis económica” -olvidando las conexiones existentes entre ésta y la crisis del modelo energético, de producción y medioambiental-.

Kelly es una activista que traspasa fronteras, y no debido a su poderío mediático. Como afirma Jorge Martín Neira, activista y periodista, su conciencia interrelaciona los problemas del mundo, dándole a su pensamiento un enfoque global, concibiendo el mundo como un todo interrelacionado e interdependiente, el famoso “piensa global, actúa local” de nuestros días. Su forma de pensar conecta con la afirmación del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, que mencionaba al principio, para quien es necesario construir alianzas, experiencias comparadas y compartidas y sinergias entre los movimientos de izquierda y alternativos de todo el mundo, en la conciencia de que las luchas (desde los jóvenes árabes a los obreros europeos, pasando por los indígenas latinoamericanos, los campesinos africanos, las mujeres, etc.), por variopintas que pudieran parecer, forman parte de un conjunto interrelacionado de oposición al pensamiento neoliberal dominante, “el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado”, como afirma.

De la experiencia de Los Verdes como partido, tan contradictoria, también se puede extraer una consecuencia. Es la demostración, en línea con lo que escribía el mencionado Santos, de la necesidad, y asimismo las tensiones, que surgen a la hora de concebir una nueva forma de partido y de hacer política que traspase la organización tradicional de partido tal y como hasta ahora los hemos conocido. La necesidad de participar de y con los movimientos sociales, un nuevo tipo de liderazgo, el establecimiento de formas nuevas de democracia interna y la interrelación de la democracia parlamentaria con otros modelos de democracia que estos nuevos partidos deben establecer, con objeto de que exista más democracia frente al autoritarismo que parece implantarse en las actuales… Un proceso que, por su novedad (novedad que influyó también en los propios Verdes, cuyo salto desde los movimientos ciudadanos a la política parlamentaria hicieron brotar las contradicciones y tensiones que hemos visto), no será fácil, pero que debe ser puesto en marcha para la profundización de un proceso de cambio que se antoja más necesario cuanto más asoma la degradación de la política y la democracia tradicionales y el desarrollo de soluciones más autoritarias, chovinistas y mesiánicas a lo Trump, Le Pen o Farage.  El ejemplo de Petra Kelly es un hito en ese camino.

 

FUENTES:

Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La Quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria-Antrazyt, 2013.

Boaventura de Sousa Santos, “La difícil democracia. Una mirada desde la periferia europea”. Madrid, Akal, 2016.

Wikipedia en español: entrada “Petra Karin Kelly”

Jorge Martín Neira,  “¿Quién fue Petra Kelly?”. Ecopolitica.org, 16/01/2016. En https://ecopolitica.org/quien-fue-petra-kelly/

Florent Marcellesi, “Petra Kelly, una figura más que nunca de actualidad”. Eldiario.es, 27/09/2016. En http://eldiario.es/21966240_563503680/

José Vicente Barcia Magaz, “Vida y muerte de Petra Kelly”. Público, 29/09/2016. En http://blogs.publico.es/el-imaginario-salvaje/2016/09/29/vida-y-muerte-de-petra-kelly/

Diego Iguña, “Los crímenes de la unificación”, 23/08/2012. En http://diegoiguna.blogspot.com.es/2012/08/los-crimenes-de-la-unificacion.html?m=1

Juan Carlos Monedero (comp.) et al, “El retorno a Europa. De la perestroika al tratado de Maastricht”. Madrid, Editorial Complutense, 1993. Enlace: https://books.google.es/books?id=j4JsU1p2qzwC&pg=PA138&lpg=PA138&dq=petra+kelly%2Bjuan+Carlos+monedero&source=bl&ots=PKlHWA37J3&sig=mFex4wiGO3Mx150Edpv4HaZ_ExM&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiAn4Ha4aTRAhWK1xQKHY6KD_EQ6AEIOjAL#v=onepage&q=petra%20kelly%2Bjuan%20Carlos%20monedero&f=false

“Los dirigentes verdes Petra Kelly y Gerd Bastian, hallados muertos en su casa”. El País, 20/10/1992. En http://elpais.com/diario/1992/10/20/internacional/719535622_850215.html

Maribel Marín, “El ascenso y caída de la ‘Lady Di’ de Los Verdes”. El País, 25/10/2016. En http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/23/actualidad/1477236656_209635.html

 

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Henry Wallace. Un Bernie Sanders para los albores de la “guerra fría”

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Henry Wallace en una alocución por radio.

Las recientes elecciones en Estados Unidos supusieron para muchos votantes el ir a las urnas con “la nariz tapada”, al tener que elegir entre dos candidatos, Hillary Clinton, la candidata demócrata apoyada por las grandes finanzas y actores económicos ligados desde hace tiempo a la propia familia Clinton, y Donald Trump, el presidente electo, republicano y multimillonario del sector inmobiliario que ha atraído con un discurso populista de derechas a grandes capas de población frustradas por la quiebra del “sueño americano”. Ambos representan, por su origen y su esencia, la continuidad de un sistema político y económico que ha marcado hoy día de inseguridad a muchas generaciones.

Los bajos salarios y el subempleo, la deficiencia de las coberturas en materia de seguros sociales, sanidad, educación y otros servicios públicos (sobre todo si se las compara con el enorme gasto militar del país), la discriminación racial, el enriquecimiento escandaloso e impunidad de muchos “businessmen” de Wall Street y banqueros implicados en el nacimiento de la crisis económica de 2007 hicieron aflorar movimientos de protesta como el de Occupy Wall Street o, más recientemente, Black Lives Matter (Las vidas negras importan). Tras las esperanzas iniciales de la presidencia de Barack Obama (2008-2016), la campaña de las primarias del Partido Demócrata lanzó a un candidato poco menos que desconocido para el público internacional: el senador por el estado de Vermont (este de EE.UU.) Bernard Sanders.

Bernie Sanders, de 75 años, ya se había dado a conocer en la propia cámara legislativa de Washington con un discurso propio de un “outsider”, más cercano a las palabras de un portavoz del movimiento indignado neoyorquino que de la clase política establecida, criticando la codicia de los poderosos, la omnipresencia y omnipotencia de los poderes fácticos y las terribles desigualdades que sacudían a la sociedad estadounidense. Quizá por eso supo ganarse la confianza y el apoyo de miles de estadounidenses, especialmente los jóvenes y los trabajadores afectados por la deslocalización, la contención de salarios y el cierre de empresas del llamado “cinturón de hierro” de los estados del norte (el que, ahora, junto al “cinturón de la Biblia” del oeste y el medio oeste, ha dado la victoria a Trump). En un artículo escrito antes de la elección del nuevo inquilino del 1600 de la Avenida de Pensilvania, Sanders dejaba claras sus propuestas, que pasaban por puntos tan polémicos y anatemas poco menos para sus rivales, tanto entre los republicanos pero también dentro del Partido Demócrata como la propia Clinton: el abandono del intervencionismo militar estadounidense, políticas favorables a las nuevas energías, la oposición a las políticas económicas promovidas por el FMI y el Banco Mundial en el Tercer Mundo o la derogación de los tratados de libre comercio como el TTIP.

“Necesitamos a un presidente que apoye vigorosamente la cooperación internacional que estrecha lazos entre la gente a nivel global, que reduzca el hipernacionalismo y disminuya la posibilidad de una guerra. También necesitamos a un presidente que respete los derechos democráticos de las personas y que luche por una economía que proteja los intereses de los trabajadores y no solo los de Wall Street, las empresas farmacéuticas y otros intereses especiales. Fundamentalmente, necesitamos rechazar nuestras políticas de “libre mercado” y movernos hacia un mercado justo. Los estadounidenses no tendrían que competir contra trabajadores en países que pagan sueldos bajos y que ganan centavos por hora. Debemos tumbar el Acuerdo Transpacífico. Debemos ayudar a los países pobres a desarrollar modelos económicos sostenibles. Necesitamos acabar con el escándalo internacional en el que las grandes corporaciones y los más ricos no pagan billones de dólares en impuestos a sus gobiernos nacionales. Necesitamos crear decenas de millones de trabajos a nivel mundial, combatiendo el cambio climático global y transformando el sistema energético mundial para que se elimine el uso de combustibles fósiles. Necesitamos un esfuerzo internacional para disminuir el gasto militar en el mundo y abordar las causas de las guerras: la pobreza, el odio, la desesperanza y la ignorancia.”

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El senador por Vermont y candidato en las primarias del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Bernie Sanders.

No es de extrañar que, tal y como afirman muchos analistas, la sensación que ha quedado después de la nominación de Hilarry Clinton en detrimento de Sanders como candidata demócrata y su derrota (por la particularidad del sistema electoral norteamericano, aunque venció en voto popular) frente a Trump, el veterano senador podría haber batido al magnate. Durante varios días, la carrera por la nominación como candidato iba mostrando como Trump iba deshaciéndose de sus rivales a marchas forzadas -rivales que, dicho sea de paso, tampoco es que fueran mejores que él: el otro Bush en discordia, Jeff, exgobernador de Florida durante las elecciones de 2000 que, con la polémica victoria en aquel estado, dieron la presidencia a su hermano George W.; o Ted Cruz, un ultrarreligioso embebido de las mismas teorías sobre la excepcionalidad estadounidense durante los años de Bush Jr. y acólitos en la Casa Blanca-, mientras en el Partido Demócrata la cosa era mucho más ajustada. Sin embargo, la balanza acabó decantándose hacia una candidata que aquí señalaríamos como “del aparato”. Y no sólo del aparato del partido, sino del que se mueve por detrás de la política en Estados Unidos -y en un largo etcétera de países-. Sin necesidad de recurrir a las filtraciones de Wikileaks, la lógica de los discursos de ambos y de la trayectoria reciente de Hillary Clinton, embarcada desde el final de la presidencia de su esposo Bill en una agenda de contactos y negocios con los medios financieros, hacía que estos últimos estuvieran más que dispuestos a decantar la balanza hacia alguien mucho más maleable y que desde luego no supusiera un riesgo para su poder y beneficios.

Así, Juan Laborda escribe en “Voz Pópuli” que “los grupos económicos más importantes de los Estados Unidos, y muy especialmente el lobby del conglomerado militar y, sobretodo, el lobby financiero apoyaban a Hillary Clinton. De esto no hemos leído nada en la prensa patria, pero es de dominio público. Obviamente todos estos grupos de poder maniobraron contra Bernie Sanders, por su propuesta económica, y después contra Donald Trump, porque no estaba sujeto a su control.” De ahí que, pese a que se pudieron manipular -según esgrime el autor del artículo- las primarias demócratas para dar lugar a una victoria de la que todos los medios presentaban como “la primera mujer presidente de los Estados Unidos”, los electores descontentos volcaron su apoyo hacia un candidato al que el vilipendio mediático ha favorecido con una reacción rebelde del electorado a su favor, además de con un aura de “rara avis” y un discurso que, aunque vago, presentaba algunos puntos que han tocado la fibra sensible de una sociedad depauperada por la inacción y el alejamiento de los problemas reales por parte de los políticos de Washington y por la codicia de los especuladores.

Sin embargo, las propuestas de Sanders eran mucho más concretas y razonadas que las de Trump, y en un debate habría podido descolocar seriamente a un magnate cuyos exabruptos le habrían jugado una mala pasada frente a la firmeza de un candidato que podía hablar con mucha más honestidad sobre los problemas de los jóvenes, los trabajadores y las clases medias que un promotor inmobiliario cuya cuenta corriente acumula varios ceros y defraudaba al fisco estadounidense. Por este motivo, Laborda continúa diciendo: “Estados Unidos dejó de ser la tierra de las oportunidades. Dentro del mundo desarrollado es la sociedad más desigual tanto en términos de ingreso como de riqueza. Pero además es, paradójicamente, uno de los países donde menos esperanzas de movilidad hay entre los distintos grupos poblacionales, especialmente para el quintil más pobre […] En un estudio de 2012, Dan Ariely, profesor de Psicología y Economía del Comportamiento de la Universidad de Duke, presentó algunos datos especialmente fáciles de usar y entender sobre el tema de la desigualdad de ingresos […] La verdadera sorpresa del estudio es que la distribución real de la riqueza es mucho peor de lo que los propios encuestados creían y muchísimo peor de lo que ellos mismos creen que es justo. De hecho, cuando se le presentaba la opción entre la distribución real de la riqueza en los Estados Unidos (aunque deliberadamente se presentaba como puramente teórica) y un modelo idealizado más justo como el de Suecia, más del 90% de los republicanos y los demócratas prefieren el modelo sueco. Es un buen ejemplo de cómo el sistema político de confrontación entre los dos partidos grandes, igual que en España, se ha desviado de lo que piensan sus votantes de lo que en realidad es justo. Por eso, repito, Bernard Sanders hubiese ganado las presidenciales, por que hubiese retenido para los demócratas los estados de Ohio, Michigan, Pensilvania y, probablemente Florida”. Esta distancia de los partidos con la ciudadanía se refleja, además, en una encuesta de Gallup de 2015 que muestra la distancia de la población estadounidense con los dos grandes partidos que sostienen el sistema: alrededor de un cuarenta y cinco por ciento de los norteamericanos se declaran independientes, mientras que los que se declaran republicanos o demócratas alcanzan, respectivamente, el 29 y el 26 por ciento (http://www.eldiario.es/theguardian/Sanders-candidato-democrata_0_580942682.html). En estas circunstancias, lo más importante para amplias capas de la población es que surja alguien que les escuche y les ofrezca respuestas.

El caso de Sanders cuenta con un antecedente en la historia de Estados Unidos. Fue el caso de Henry Agard Wallace, secretario de Agricultura y vicepresidente con Franklin D. Roseevelt. Wallace, un convencido del “New Deal” que se hizo cargo de una cartera complicada por la terrible crisis económica y las graves circunstancias por las que pasaba el sector agrario estadounidense, tuvo la oportunidad de ser presidente de su país tras la Segunda Guerra Mundial con unos planteamientos que defendían la paz, las políticas sociales y el fin de las políticas discriminatorias y segregacionistas. El fracaso de la “opción Wallace” -incluso para sí mismo-, sin embargo, nos obliga a examinar las posibilidades que traía consigo este hijo de agricultores de Iowa.

EL CRACK Y LA GRAN DEPRESIÓN: AGRICULTURA COMO UN GRAN DEPARTAMENTO

Henry Agard Wallace nació en 1888 en la granja familiar de Orient, en el condado de Adair, Iowa, un próspero estado agrícola del norte de la unión por aquellos tiempos. La familia descendía de inmigrantes irlandeses y había conseguido hacerse con un hueco entre los más importantes agroempresarios de Iowa. Su abuelo fue fundador del periódico familiar, Wallace’s Farmer, un medio muy influyente entre los agricultores del estado, que lo leían en busca de información tanto sobre temas agrícolas como también políticos. El propio Henry Wallace padre desarrolló una carrera política como secretario de agricultura en las administraciones de los presidentes Harding y Coolidge.

Aunque tanto padre e hijo habían apoyado históricamente a los republicanos, el joven Henry Wallace cambió sus lealtades políticas a finales de la década de los 20, apoyando en 1928 al candidato demócrata a la presidencia de EE.UU. Al Smith -derrotado frente a Herbert Hoover- y cuatro años más tarde a Franklin Delano Roosevelt, que resultaría vencedor y presidiría una etapa decisiva en la vida política norteamericana: la recuperación económica a través del programa del “New Deal” y el enfrentamiento con Japón y las potencias nazifascistas europeas en la SGM.

Conociendo sus antecedentes en cuanto a su pensamiento político, no resultaba extraño que Wallace hijo apoyara a Roosevelt, quien se había comprometido a sacar al país de la depresión económica apoyando la intervención del estado y la defensa de los más desfavorecidos por la situación. De pequeño era frecuente que pasara por la casa familiar el científico y activista por los derechos civiles de los afroamericanos George Washington Carver, colega y estudiante de su padre en el Iowa State College, la universidad estatal. De joven, y en la misma universidad, Wallace pudo interesarse no sólo por la agricultura -sus estudios sobre la genética sirvieron para que desarrollara una empresa propia de investigación y aplicación de las variedades híbridas, lo que ha llevado a los organismos genéticamente modificados de la actualidad, un efecto que el propio Wallace no podía prever entonces-, sino por causas progresistas como la igualdad racial, el bienestar social o la regulación de la economía por parte del estado.

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Wallace con Franklin Delano Roosevelt.

De este modo, para la década de los años 1930 este curioso de la genética y sus aplicaciones en el ámbito agrario, empresario y editor era también uno de los progresistas más destacados de Estados Unidos, y Roosevelt, conocedor del apoyo que Wallace le había prestado para las elecciones, le reclutó para su administración como secretario de Agricultura una vez que fue elegido presidente. El “crack” bursátil de 1929 y las soluciones ortodoxas de la época tomadas por la administración republicana precedente, (continuadas en un primer momento por el propio Roosevelt, toda vez que la economía parecía volver a tomar un cierto aliento) habían dejado un rastro de empresas cerradas, negocios quebrados y una gran masa de desempleados a lo largo y ancho del país. En el campo las noticias tampoco eran muy positivas: la sequía que sacudió el Medio Oeste y las malas cosechas subsiguientes, el descenso de los precios, la imposibilidad de hacer frente a los créditos hipotecarios y de poder acceder a nuevos préstamos por parte de las familias campesinas desató una espiral de desahucios y de granjas abandonadas, con la subsiguiente emigración de muchas familias a otros lugares en busca de sustento (tal y como se refleja en la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”). Tras una prolongada etapa de crecimiento y de creación de nuevas industrias (siderometalúrgica, naval, aeronáutica, teléfono y telégrafos, automóvil…) surgida con la segunda revolución industrial, crecieron también el sindicalismo obrero y agrario (concentrado en torno a la figura de los sharecroppers o aparceros) y, aunque muy pequeño en relación a los dos grandes partidos del país, también comenzó a tener importancia una auténtica rareza para la “meca” por excelencia del capitalismo: el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Estos movimientos de la izquierda obrera y progresista comenzaron a tener una impronta decisiva, con la crisis y el nuevo gobierno de Roosevelt, a la hora de apoyar o de “empujar” a la administración del “New Deal” para la realización de políticas en favor de los trabajadores y las clases populares estadounidenses. Como escribe la periodista y socióloga Cristina Vallejo, “muchísima gente habría comenzado la historia de la lucha contra la desigualdad en Estados Unidos a partir de esta fecha, a partir del New Deal americano, a partir, incluso, de la segunda posguerra mundial. Pero ello implicaría incurrir en una gran injusticia, porque supondría borrar de la historia a quienes, ya desde finales del siglo XIX, habían luchado para crear conciencia y para establecer, aunque mínimamente, un esquema fiscal y sindical que contribuiría no sólo a frenar la creciente concentración de la riqueza sino también a redistribuirla.”

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La novela “Las uvas de la ira” de John Steinbeck es un relato desgarrador y fundamental para entender la crisis agrícola del Medio Oeste americano en los años 1930.

En 1933, tras una nueva entrada en recesión de la economía, Roosevelt tuvo que ponerse manos a la obra, estimulados entre otros por Wallace desde el departamento de Agricultura, quien desde entonces llevó a cabo muchas propuestas audaces, incluso controvertidas. Eran los momentos en los que había que aplicar las teorías reguladoras, intervencionistas y correctoras de los ciclos económicos desarrolladas por el economista John Maynard Keynes, y realmente demostrar que, como había afirmado el propio FDR, “no tener más miedo que al miedo mismo”. Así, el estado norteamericano se empeñó en un gran programa de inversiones en infraestructuras, subsidios, créditos públicos, construcción de un incipiente programa de seguros sociales (como la reforma del programa sanitario Healthcare, en un intento de crear un sistema nacional público de salud) y regulación del sistema financiero-bancario, empresarial (leyes anti-trust) y laboral para evitar los males acontecidos en el pasado más reciente. Qué duda cabe que estos programas fueron atacados por los sectores económicos y políticos más vinculados con el “statu quo” ya que, aunque se tratase de un programa reformista en beneficio de la mayoría (del interés general, como se dice en nuestros días) no faltaron los epítetos más despectivos hacia Roosevelt, incluyendo los de bolchevique o rojo. Por su parte, los medios políticos, de comunicación a la izquierda de los demócratas, los sindicatos e incluso el propio CPUSA, siguiendo la estrategia de frentes populares propugnada desde Moscú, apoyaron a Roosevelt y el programa desarrollado por éste.

El departamento de Wallace, bajo su dirección, se transformó en uno de los más importantes de la administración de Washington. Así lo escribe el historiador estadounidense David Woolner: “Wallace fue paladín de toda una variedad de programas del Nuevo Trato, como la Administración de Ajuste Agrícola, la Administración de Electrificación Rural, el Servicio de Conservación de Suelos, la Administración de Crédito Agrícola, los programas de cupones de alimentos y almuerzo escolar, y muchos otros. En el proceso, también transformó el Departamento de Agricultura en una de las más grandes y poderosas entidades en Washington. Wallace también expandió grandemente los programas científicos del Departamento de Agricultura, haciendo del centro de investigaciones del departamento en Beltsville, Maryland la mayor y más variada estación científica agrícola del mundo”. Las protestas en el maltrecho ámbito agrario persuadieron a Henry Wallace para presentar a Roosevelt una serie de medidas encaminadas a la intervención estatal y a la mejora en las prácticas agrícolas locales, varias de ellas, como se ha mencionado con anterioridad, no exentas de polémica respecto a la ortodoxia dominante. Así, para los hombres de negocios y los republicanos de la Cámara de Representantes, las medidas intervencionistas -como todas las que planteaba el “Nuevo Trato”- de Wallace, tales como los subsidios y las investigaciones con fondos públicos para el control de enfermedades de plantas y ganado, los cupones alimentarios para la población pobre de las ciudades, el control de cosechas para contribuir a revalorizar los productos del campo y las ganancias de los campesinos o la lucha contra la erosión y la investigación sobre cultivos resistentes a las sequías les hacía creer, si no en la proximidad de la administración Roosevelt al coco comunista, si por lo menos en un aumento de los gastos del estado de forma desorbitada que ponía en riesgo el equilibrio presupuestario, tal y como era concebido en la ortodoxia dominante hasta la fecha. De hecho, el departamento de Agricultura se convirtió, desde entonces, en una de las agencias gubernamentales más grandes, en tamaño e importancia (no en vano, todavía en 1933 el 25% de la población estadounidense vivía de la agricultura), del gobierno federal, y Wallace en una de las personalidades más valoradas de la administración, lo que le catapultaría a la vicepresidencia.

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Roosevelt firmando la ley de seguridad social, uno de los grandes avances de su etapa al frente de la presidencia.

De todos modos, muchas organizaciones políticas agrarias radicales (como la National Farmers Union) consideraban que las medidas de Wallace no habían ido lo suficientemente lejos. Pero Wallace era un progresista, entendido el término de acuerdo con la cultura política estadounidense. Lo que, para su época, podía semejarse a la izquierda republicana reformista en España, y, salvando las distancias y contextos geográficos a personalidades como Azaña, Prieto o Negrín en nuestro país, Lázaro Cárdenas en México o Jacobo Arbenz en Guatemala. Personalidades que, al igual que Wallace, sufrieron su identificación, temporal o permanentemente, con los comunistas o como títeres de los comunistas por sus políticas o por el apoyo o la coincidencia de criterios que mantuvieron con estos o con la Unión Soviética.

Así, el mexicano Carmelo Ruiz Marrero escribe que, a diferencia de la mayoría de los líderes entonces de los grupos marxistas (socialistas o comunistas) y de su base de militantes, los progresistas procedían de la clase media, y que su finalidad no era la abolición del capitalismo, sino la fundación de un nuevo estado capaz de articular armoniosamente el interés individual y el negocio privado con el interés de la colectividad y el bienestar general. “Los progresistas de la época no buscaban hacer la revolución o abolir el capitalismo, sino que postulaban que todas las clases sociales tienen un interés común en política limpia, transparencia en el servicio público, y en la erradicación de la corrupción, amiguismo e ineficiencia en el gobierno. El movimiento progresista fue posiblemente el movimiento de reforma más importante en la historia política de Estados Unidos. Muchas cosas que se dan hoy por sentadas, como las corporaciones de servicio público, agencias reguladoras, audiencias públicas en la legislatura o agencias de gobierno, y el activismo financiado por fundaciones, son legado de los progresistas.” Para muchos, sin embargo e incluso entre los demócratas, el progresismo de Wallace estaba demasiado escorado hacia la izquierda.

LA VICEPRESIDENCIA

La sociedad estadounidense a finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940 era, como durante la época de la PGM, profundamente aislacionista en lo que se refiere a las cuestiones de Europa. A pesar de la repugnancia que el pueblo estadounidense sentía por los regímenes nazi-fascistas, no querían verse involucrados en una nueva guerra en el “viejo continente”, y ni siquiera el expansionismo japonés en el Pacífico, dirigido contra las potencias imperiales europeas -las posesiones estadounidenses, reducidas a unas pocas islas, eran muy pequeñas en comparación con los inmensos territorios que Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos dominaban en el continente- resultaba entonces preocupante para un país que no tenía un imperio colonial (al menos no en su aspecto “formal”). Sin embargo, Roosevelt y su administración eran conscientes de que Hitler, lejos de ser un baluarte frente al comunismo como habían supuesto las clases altas de Gran Bretaña, suponía una amenaza para los ideales democráticos. Lo había confesado el propio presidente con amargura al darle la razón a su embajador en España Claude H. Bowers, quien le había insistido una y otra vez en la necesidad de ayudar a la República, cuando los sublevados comandados por Franco finalmente se hicieron con la victoria en la guerra civil.

Pero existía además otra razón, más prosaica, según desvela Gore Vidal, para temer una victoria hitleriana en Europa, y era el hecho de que para una potencia comercial como los Estados Unidos -y máxime para el futuro, cuando la economía estadounidense recuperara el vigor perdido tras la Gran Depresión- el dominio por parte de la dictadura nazi de todo el continente cerraría las puertas a los productos norteamericanos.

De este modo, al contrario de lo que ocurrió con la España republicana, Estados Unidos comenzó a suministrar armas y otros pertrechos vitales a Gran Bretaña, lo que fue esencial también para aumentar la producción industrial y exportarla en un momento en que, aunque con efectos mucho más matizados que la de 1929, el país vivía un nuevo brote recesivo. Asimismo, el hecho de que la población estadounidense considerara el Pacífico un territorio más propio de su expansión territorial (aunque fuera a través de protectorados, fideicomisos o de relaciones de otra índole, como en Guam, las Islas Marianas o en las Filipinas) que Europa hizo a la administración Roosevelt establecer sanciones a Japón.

E iban a ser estas sanciones lo que desencadenarían la guerra en el Pacífico, a tenor de lo que escriben Eric Hobsbawn y Gore Vidal. La firma de la alianza japonesa con Roma y Berlín puso sobre alerta a las potencias democráticas, quienes sin embargo no lo habían hecho en el caso de la invasión de China y el establecimiento del estado títere de Manchukuo en la parte septentrional del país -hasta entonces, sólo la URSS prestó ayuda al gobierno chino para hacer frente a la invasión japonesa-. De este modo, las sanciones, que amenazaban con estrangular una economía japonesa en una dinámica ascendente y necesitada de materias primas, que planeaba obtener mediante la conquista de territorios situados al sur. Así, para Hobsbawn, “fue el embargo occidental (es decir, estadounidense) del comercio japonés y la congelación de los activos japoneses lo que obligó a Japón a entrar en acción para evitar el rápido estrangulamiento de su economía, que dependía totalmente de las importaciones oceánicas. La apuesta de Japón era peligrosa y, en definitiva, resultaría suicida. Japón aprovechó tal vez la única oportunidad para establecer con rapidez su imperio meridional, pero como eso exigía la inmovilización de la flota estadounidense, única fuerza que podía intervenir, significó también que los Estados Unidos, con sus recursos y sus fuerzas abrumadoramente superiores, entraron inmediatamente en la guerra”.

Esa entrada inmediata en guerra se produjo con el ataque premeditado y sin previo aviso a Pearl Harbor, Hawai, en 1941, lo que para Gore Vidal significó que Roosevelt obtuvo el shock que permitió presentar el inicio de las hostilidades y la entrada en guerra -tanto con los nipones como con Alemania, que cuando se encontraba enfangada en el frente este decidió declarar la guerra también a EE.UU.- con un amplio consenso de la población, dando la vuelta a las encuestas de opinión. “Él fue nuestro gran Maquiavelo.  Sabía, mejor que cualquier otro presidente anterior, cómo funcionaba el mundo. Estaba plenamente consciente de que el hundimiento de nuestros barcos nos había empujado a la guerra contra Alemania en 1917, pero eso no sería suficiente en 1941. Necesitaba un trauma de importancia que decidiera a los norteamericanos por la guerra.”

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Imagen del ataque a Pearl Harbor por parte de la aviación japonesa.

En 1941, Henry Wallace se convirtió en vicepresidente y en uno de los representantes más activos de la administración y de la política de Roosevelt en el extranjero, en particular en el área de América Latina. En 1940 y 1943 ejerció de una suerte de “relaciones públicas” de EE.UU en la zona, en un momento en que las prioridades diplomáticas del gobierno de Washington habían virado forzosamente, pero en el que además la “doctrina Monroe”, vigente dese las postrimerías del siglo XIX y la guerra hispano-norteamericana, que había convertido al continente en el terreno clásico de intervención estadounidense -el famoso “patio trasero”-, fue sustituida por la política de “buena vecindad” rooseveltiana y la tolerancia con regímenes y gobiernos que, en otras etapas históricas, los propios Estados Unidos no dudaron en derrocar alentando conspiraciones internas y operaciones secretas de la CIA.

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Pedro Aguirre Cerdá fue presidente de Chile tras la victoria de las fuerzas de izquierda agrupadas en el Frente Popular.

Merece la pena destacar el carácter de estos nuevos gobiernos latinoamericanos de los años treinta y cuarenta, animados tanto por factores políticos internos como la lucha contra el despotismo y la corrupción como por factores globales, como la crisis económica y el descenso de los precios de las materias primas en los mercados mundiales. Muchos estados del sur de Río Grande decidieron entonces emprender políticas de reforma económica basadas en el modelo del “New Deal” y programas ambiciosos de redistribución o nacionalización de la riqueza nacional. Tal fue el caso del gobierno de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), que llevó a cabo un plan de redistribución de tierras y de nacionalización de los recursos petrolíferos, lo que no dejó de levantar las iras de la clase terrateniente y oligárquica mexicana así como de los intereses empresariales estadounidenses, como la Standard Oil. Contemporáneos a Cárdenas fueron los gobiernos de Frente Popular de Chile (1936-1941) presidido por Pedro Aguirre Cerdá; el de Jorge Eliécer Gaitán, del Partido Liberal e inpirado en el propio “New Deal” estadounidense, desde la alcaldía de Bogotá y el ministerio de Educación colombiano (su acceso a la presidencia de la República fue torpedeado por sus compañeros de partido, y su posterior asesinato en 1948 generó una ola de violencia popular en la capital); e incluso regímenes corporativos y populistas como los de Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, inspirados en un fuerte movimiento de masas y en un liderazgo carismático al modo de los fascismos europeos, pero con la salvedad de que, lejos de destruir el movimiento obrero socialista o comunista, se apoyaron en él y pusieron en marcha sus propuestas y reivindicaciones, como la creación de un sistema de cobertura social en Brasil. Como epígono de todos estos movimientos de transformación social en Latinoamérica, en 1944 una revolución cívico-militar liderada entre otros por el futuro presidente Jacobo Árbenz derrocaba en Guatemala -una república bananera por excelencia- al dictador Jorge Ubico, inauguraba la democracia en el país centroamericano con un destacado programa de reforma social y rescataba del exilio, para luego ser elegido como jefe del Estado, al profesor Juan José Arévalo.

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Billete de mil pesos colombianos con el retrato de Jorge Eliécer Gaitán.

¿Cuál fue el motivo del viaje de Wallace? Aparte de en su calidad de representante del gobierno norteamericano, y por lo tanto tratando de establecer o reforzar los lazos de cooperación, amistad y comercio (en 1940 asistió en México a la toma de posesión del general Ávila Camacho como relevo de Lázaro Cárdenas en la presidencia, siendo el primer representante de Washington que acudía a tal acto), el objetivo no era otro que posibilitar la alianza de los estados latinoamericanos con EE.UU. en el enfrentamiento venidero con Alemania y Japón. Trece de ellos mantenían relaciones con las potencias del Eje y, al igual que en la propia Norteamérica, existía una importante diáspora europea establecida en estos países y procedente de Alemania, Italia y otros estados fascistas o fascistizantes aliados de los primeros, como Hungría o Rumanía. Era necesario por tanto contrarrestar la influencia que estos grupos podían tener en la opinión pública y sobre los gobiernos nacionales para inclinarles hacia el Eje o, al menos, hacia una neutralidad que no evitara intercambios comerciales velados o informales o actividades de inteligencia favorables a las potencias nazi-fascistas.

Wallace, según cita Ruiz Marrero para el viaje emprendido por México, condujo su propio automóvil y realizó un periplo por varios rincones del país, conversando con gente de diferentes estratos sociales y conociendo la realidad social del  vecino del sur. “Insistió en viajar entre la gente común. Pronto, miles esperaban en los pueblos para conocerle. Visitó fincas de subsistencia al igual que industriales, estaciones experimentales agrícolas y oficiales del gobierno. No cesaba de hacer preguntas […] Con su entendimiento del idioma español y su respeto al pueblo mexicano, Wallace ayudó a fortalecer la amistad entre ambas naciones, lo cual era particularmente importante ante la guerra que se aproximaba. Tras la inauguración de (Avila) Camacho, Wallace pasó un mes viajando por México con el secretario de agricultura designado, Marte Gomes”. El problema, continúa este autor, fue que, para el contexto mexicano, su bienintencionada insistencia -y no sin cierta razón- en la necesidad de la mejora de la productividad agrícola fue tomada por el nuevo gobierno del país azteca como un estímulo para olvidar y hasta revertir el curso de la reforma agraria y el reparto de tierras de la etapa anterior, en un proceso de apertura a las explotaciones industriales y los “agronegocios” que mostrarían muchas caras oscuras con el paso del tiempo y el auge de la (mal) llamada revolución verde y la utilización en masa de fertilizantes y pesticidas químicos.

Esa preocupación por los problemas de la gente corriente de los países latinoamericanos (aunque se reflejara en el caso de la agricultura industrial en una solución errada con el paso del tiempo) se desarrolló también en su insistencia a la Junta Económica de Guerra de EE.UU. de que todo contrato que se realizara con los estados latinoamericanos debía incluir una cláusula laboral por la que se debía garantizar a los trabajadores “una retribución adecuada y un entorno de trabajo seguro”. Una política que por muy obvia que pueda resultar para el sentido común no deja de echarse de menos en el apoyo histórico norteamericano a gobiernos que omiten todo respeto por las reglas y recomendaciones de la OIT y que aplican o han aplicado las conocidas “doctrinas de choque” económico.

Pero además, ese interés por el “común de los mortales” de Henry Wallace es sintomático de algo que va a tener su continuación en el debate sobre la política a seguir por Washington en el mundo de la posguerra, especialmente en lo que se refiere al rol de Estados Unidos como “superpotencia”. Frente a la visión del “siglo americano”, Wallace contrapone su particular enfoque: el “siglo de la gente corriente”. El “siglo americano” fue un eslogan lanzado por el magnate de los medios de comunicación Henry Luce en 1941, quien, al abrigo de la entrada de EE.UU. en la guerra y posiblemente dentro del barullo eufórico y patriótico que sacude las conciencias de una nación que entra en guerra y piensa en términos de victoria, preveía un nuevo sistema mundial de posguerra basado en el liderazgo internacional de los Estados Unidos. Wallace, desde su visión cívica y republicana, contraponía a aquellos ideales imperiales el concepto del “common century man” tras una etapa de tres décadas en que precisamente habían sido las ambiciones de conquista, de creación y expansión de imperios, las que habían llevado a la Humanidad a una de sus etapas más oscuras con dos guerras globales de por medio.

Su visión podía resultar utópica -¿acaso no es precisamente la persecución de la utopía lo que da sentido a la propia historia del hombre?-, pero resultaba una utopía mucho más agradable que aquella otra que, con posterioridad, iba a resultar más certera, la de empujar o imponer a las naciones del mundo un paradigma político y social, el famoso “american way of life”. Como escriben Oliver Stone y Peter Kuznick, “Wallace, a quien los más pragmáticos tachaban de soñador y visionario, deseaba un mundo de abundancia basado en la ciencia y la tecnología, un mundo sin colonialismo ni explotación, un planeta pacífico donde reinase la prosperidad compartida”. Y por ello Wallace defendería el fin de los imperios coloniales -entre ellos, el británico, a pesar de la alianza entre Washington y Londres-; el fin de la discriminación racial en los Estados Unidos; el concepto de coexistencia pacífica con la URSS o las políticas sociales redistributivas y el papel del Estado como árbitro de la vida económica (de esa manera, y como escribe Cristina Vallejo, Wallace dijo a la Convención Demócrata en 1944 que para garantizar “beneficios para la mayoría en vez de la minoría, sería necesario utilizar, después de la guerra, nuestro sistema de impuestos mucho más hábilmente de lo que lo hemos hecho en el pasado para lograr los objetivos económicos”). Si globalmente el pronóstico de Luce fue más acertado, no cabe duda de que las propuestas del entonces vicepresidente se mostraron tremendamente avanzadas, aunque cuando se pusieron en marcha se había perdido un tiempo muy valioso y se vieron rebajadas en sus posibilidades por otros muchos condicionantes -el fin del colonialismo dejó paso al neocolonialismo; la igualdad de derechos para los afroamericanos no ocultó otras formas de discriminación y la coexistencia pacífica con la URSS en tiempos de Kennedy y Brezhnev no puso fin a la guerra fría ni al dominio, muchas veces férreo, ejercido por las dos potencias en sus respectivas esferas de influencia-.

UNA ZANCADILLA ¿INESPERADA?: EL VICEPRESIDENTE TRUMAN

Para aquellos que hubieran deseado que principios como los que Truman defendía siguieran rigiendo la política estadounidense, el jarro de agua fría recibido en Chicago en la convención demócrata de 1944 seguro que fue una amarga sorpresa. Pero, conociendo la capacidad de resistencia y de influencia del “establishment” y de los poderes políticos conservadores (incluso dentro del Partido Demócrata, como se ha visto recientemente en el caso de Sanders), a nadie podía extrañar que fueran capaces de movilizar todo lo que fuera posible para evitar que Wallace ascendiera aún más. Y el escenario de ver al vicepresidente en ejercicio como futuro presidente de Estados Unidos no estaba tan lejano: Roosevelt estaba cada vez más enfermo y envejecido (a Yalta ya había tenido que acudir en la silla de ruedas que le acompañaría en los acontecimientos e imágenes postreras de su vida), y aunque los electores y militantes demócratas de base daban todo su apoyo al progresista de Iowa, a los capitostes del partido -y en especial a los jefes del partido en el sur, que era desde los tiempos de la guerra civil y la política abolicionista de Abraham Lincoln el gran feudo demócrata- no les gustaba su inclinación izquierdista y su mensaje igualitario, antisegregacionista y proclive al intervencionismo estatal en la economía o la política fiscal. Para un momento en que la economía estaba ya en plena expansión gracias a la guerra y los créditos y las necesidades de reconstrucción de los aliados europeos garantizaban pingües beneficios a las empresas, para muchos no tenía sentido continuar con la senda marcada por el “New Deal”, especialmente cuando esas empresas podían favorecer, y mucho, los intereses del partido.

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Harry Truman celebrando su elección presidencial en 1948 con la famosa portada en la que se afirmaba erróneamente que el republicano Dewey le había derrotado.

De este modo, y pese a los consejos dados al propio presidente Roosevelt por muchos, entre ellos su propia esposa Eleanor -una mujer algo olvidada en la Historia y que merece destacarse por su adhesión a numerosas causas progresivas de su tiempo, desde la defensa de la España republicana a la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, y que fue uno de más firmes apoyos de Henry Wallace- así como los elementos liberales y progresistas del partido, permitió que se planteara la cuestión de la elección del candidato a vicepresidente (y a corto plazo su sucesor más inmediato, dado su estado) para ir con él en las elecciones de 1944 -en las que sería el cuarto mandato de Roosevelt-, sucumbiendo a las presiones de los conservadores de dentro del mismo. Estos últimos presentaron como candidato alternativo a un senador desconocido por Missouri, Harry Truman.  En un artículo en el blog estadounidense Nomadic Politics podemos leer que empujó al presidente a tal decisión: “La estima de Roosevelt hacia su vicepresidente, que había sido un valor seguro, se había esfumado en beneficio de las cuestiones prácticas. Muchos asesores de la Casa Blanca sentían que el vicepresidente se había escorado demasiado hacia la izquierda, dada la naturaleza de la política bipartidista. Un potencial ganador debía ser inclusivo y centrista. En pocas palabras, para ganar, un político debía ser todo para todo el mundo, pero especialmente para los sostenedores del poder.” Teniendo en cuenta que, como escribe el politólogo estadounidense Peter Deier, Wallace era (por referir sólo las cuestiones internas), un tenaz abogado de los sindicatos, los seguros nacionales públicos de salud y la igualdad de género y habría sido, de ese modo, el presidente más radical -y tomemos siempre esta palabra con alfileres- de la historia de Estados Unidos, no es de extrañar que el pragmatismo de la alta política en toda su crudeza hiciera acto de presencia.

La semblanza que realiza Gore Vidal sobre Truman no puede ser más crítica hacia éste: “la mayoría de los norteamericanos no tienen información sobre la historia, la geografía y lo que pasa en el mundo […] Lo que saben de Truman es que era un hombre pequeñito y bonachón, que tocaba el piano. No sabía nada de nada. Detrás de él estaba un Príncipe Metternich, el secretario de Estado Dean Acheson, abogado internacional que sabía de todo. Fue él quien diseñó el estado militarizado que emergió a partir de 1949 con Harry Truman, con la CIA incluida […] De modo que terminamos con un terrible presidente al frente del gobierno. Era tan malo que lo convirtieron en un ídolo. Todos los ignorantes admiran a Harry Truman, y no saben por qué. Él terminó con la República y nos colocó en esta ola de conquista”.

Pero, ¿cómo pudo este hombre “pequeño y bonachón” que finalmente dio al traste con las esperanzas levantadas por el “New Deal” y por un personaje como Wallace colocarse al frente de la primera potencia mundial -tal y como emergió del resultado de la SGM-? Precisamente porque los mismos que le auparon a la candidatura le auparon, pucherazo mediante -según Stone y Kuznick-, a la victoria en la Convención. A la hora de votar, la ventaja en número de delegados proclives a Wallace con la que contaba Wallace era tremendamente grande. De modo que se los jefes del partido consiguieron posponer la votación y maniobraron para que su candidato, Truman, consiguiera finalmente la victoria, que obtuvo en la tercera votación en medio de una gran confusión y un terrible tumulto, como puede verse en las imágenes del tercer episodio del documental de los propios Stone y Kuznick. “Hubo reparto de embajadas, direcciones generales y demás cargos. También hubo pagos en efectivo […] A petición del propio Roosevelt Wallace se conformó con la secretaria de Comercio y siguió en el gabinete”.

LA DENUNCIA DEL PÁNICO ROJO Y EL ANTICOMUNISMO Y SUS ÚLTIMOS DÍAS EN POLÍTICA: EL PARTIDO PROGRESISTA

Aun desde el propio gobierno, Wallace se mostró tremendamente crítico frente a la política que iba a seguir el nuevo presidente Truman, toda vez que poco tiempo después de la elección de Chicago Roosevelt fallecería y el antiguo senador de Missouri le sucedería al frente de la Casa Blanca. Truman iba a dar un giro de 180º a la colaboración entre los aliados anglosajones y la Unión Soviética, cuyo primer hito iba a ser el empleo práctico de las investigaciones del “proyecto Manhattan”, el proyecto de la bomba atómica, cuando éste hubo dado resultados. El lanzamiento en agosto de 1945 de las dos bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, bajo el pretexto de acabar la guerra con Japón con el menor derramamiento de sangre y en especial de bajas estadounidenses, esconde el hecho de que Japón estaba dispuesto a capitular ante la entrada soviética en la guerra del Pacífico, pactada con Roosevelt una vez finalizada la guerra en Europa, y el avance meteórico del Ejército Rojo en Manchuria y Corea. Truman, según explicamos en otra entrada -“La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”- lanzó la bomba para adelantar el final, evitar la entrada de la Unión Soviética en las negociaciones sobre Japón -al contrario de lo sucedido en Alemania- y lanzar un aviso a los rusos en un momento en que el anticomunismo, para la Casa Blanca y de acuerdo con los informes y percepciones de asesores como Dean Acheson, George Kennan o Foster Dulles, estaba empezando a suceder al antinazismo.

Wallace denunció la deriva de la política exterior estadounidense, comenzando por el intervencionismo estadounidense en favor de la política imperial británica, que contrastaba con las actitudes de la administración previa favorables a la descolonización, a la Carta de San Francisco que consagraba el derecho de los pueblos a escoger libremente la forma de gobierno bajo la cual querían vivir o la propia tradición antiimperial -al menos hasta finales del siglo XIX- de los Estados Unidos, así como la creencia en la superioridad de los pueblos anglosajones para regir el mundo. “En el mundo que comienza, ninguna nación tendrá el derecho divino de explotar a otras. Las naciones viejas tendrán el privilegio de ayudar a las naciones jóvenes a desarrollarse, pero esto no puede significar imperialismo económico o militar”, afirmaba. Por este motivo, condenaba el hecho de que EE.UU. fuera a solucionar o a sustituir a Gran Bretaña en la suerte de entuertos coloniales o neocoloniales en que estaba metido en los primeros tiempos de la posguerra, como fueron Irán -reclamando la salida de las tropas soviéticas del norte del país más por defender los intereses petrolíferos que la soberanía persa- o Grecia -apoyando al gobierno derechista y reprimiendo a los antiguos milicianos izquierdistas del ELAS para evitar un gobierno de concentración y permitir la reinstauración de las prácticas dictatoriales de antaño, lo que llevó a la guerra civil-.

Al mismo tiempo, otro de los factores criticados por Wallace respecto a la política exterior fue el de la progresiva ruptura de la alianza de posguerra con la URSS insertando progresivamente lógicas anticomunistas, que se fueron insertando también en la política interna (incluso antes de la “caza de brujas”). Las sucesivas negativas a considerar las demandas de la URSS respecto al acceso al Mediterráneo por el estrecho de los Dardanelos, la entrega de 400 millones de dólares para la lucha anticomunista a los gobiernos de la propia Turquía (100) y Grecia (300) -gobiernos que la administración Truman caracterizaba del “mundo libre”, pero que Wallace preguntaba de modo pertinente si acaso cabía calificar realmente de democráticas- y las sucesivas presiones para suprimir de los gabinetes de posguerra de Europa Occidental a los ministros comunistas -que conllevaron la represalia por parte soviética en las nacientes “democracias populares” de Europa del Este con respecto a los ministros conservadores, agrarios o democristianos-llevaron a Wallace a afirmar que eso precisamente llevaría a Stalin y a la URSS a ser precisamente lo que desde la administración Truman esperaban que fueran. “Cuanto más duros seamos nosotros, más duros serán los rusos”, dijo. La política de la coexistencia y la cooperación pacíficas se veían sustituidas por la política de la confrontación.

¿Era realmente bueno el presagio de Wallace? Si nos atenemos a las afirmaciones de Oliver Stone y Peter Kuznick, Eric Hobsbawn o Josep Fontana, la “guerra fría” se inició precisamente por esas percepciones que los dos posteriormente contendientes, inspirados por el miedo, los malentendidos y las acciones agresivas que aquellos empujaron, se vieron obligados a adoptar. Los norteamericanos fallaron en su percepción de que realmente los soviéticos se preparaban para hacerse, si no con la guerra, con los frutos de la guerra, siguiendo el discurso de Churchill en Fulton. Los rusos, por su parte, se vieron nuevamente amenazados por las acciones de la contraparte e inspirados por su miedo atávico, fruto de experiencias históricas desagradables de invasiones como las de Napoleón o Hitler y decidieron tomar un control cada vez más férreo de su zona de influencia, que era además u “colchón de seguridad” frente a nuevas invasiones procedentes de Europa Occidental.

De hecho, Joan E. Garcés, en su obra “Soberanos e intervenidos”, escribe de modo parecido, afirmando, como los anteriores autores, que los Estados Unidos no tenían realmente un riesgo de conflicto con la URSS -motivación principal del “pánico rojo”; de hecho, los soviéticos, que habían reducido el volumen de hombres en el Ejército Rojo, tenían como su mayor preocupación la reconstrucción de su país o la lucha contra la hambruna desatada en zonas occidentales, como Ucrania, no el levantamiento de un imperio-, y que la “guerra fría” no era sino un modo de “guerra preventiva”. Así lo explica el propio autor (que, escribiendo sobre el caso español, explica además que ese paso del antinazismo al anticomunismo permitió al gobierno de Franco su entrada en el sistema geopolítico occidental y contar como excepcional aliado norteamericano): “¿Quién preparaba en 1945 tamaña guerra contra EE.UU.? Nadie. El arma nuclear era monopolio de EE.UU. El presupuesto de la nueva guerra era la ruptura de la colaboración entre EE.UU. y la URSS. Los analistas y programadores de los supuestos enumerados concluían, el 11 de febrero de 1946, que b)la URSS necesita de diez a quince años para salir de su debilidad y alcanzar fuerza militar bastante para oponerse a los Estados Unidos con alguna razonable posibilidad de éxito; c)excepto para fines puramente defensivos, la URSS evitará al menos durante cinco años el riesgo de un conflicto armado de envergadura con EE.UU. ¿Dónde residía, pues, en 1945 el riesgo de otra guerra general? En una anticipación hipotética…”

Pero en esa anticipación -que luego no fue tal, porque las predicciones se revelaron falsas, por ejemplo en el caso de la posibilidad de que los soviéticos desarrollaran la bomba atómica y Estados Unidos dejara de poseer su monopolio- Truman y los “halcones” no podían quedar como los malos de la película. Cualquier actuación debía justificarse apelando a una histórica doblez, ya fuera de Stalin (cosa que le venía como el anillo al dedo, ya fuera apelando a las sangrientas purgas desarrolladas en el país o al pacto Molotov-Ribbentrop de 1939) o de la propia Rusia desde los tiempos del imperio zarista, como realizaban algunos diplomáticos estadounidenses. De ese modo puede entenderse el discurso de la “iron curtain” (telón de acero) de Churchill en Fulton o el desarrollo de la “doctrina Truman”, en su discurso a la Cámara de Representantes solicitando la concesión de los 400 millones para Grecia y Turquía, estableciendo la necesidad de EE.UU. de defender el “mundo libre” más allá del continente americano -doctrina que hoy día sigue vigente-. Consiguieron así que los soviéticos -cuya mayor preocupación no eran las cuestiones morales, sino el interés de su propio país- se comportara como esperaban: implantando el telón de acero, finiquitando las “vías nacionales” al socialismo de las democracias populares (con exportación de purgas incluida en Europa Oriental) y entrando de lleno en el juego de la carrera de armamentos y la “guerra fría”.

La advertencia de Wallace sobre ese juego de durezas respectivas no fue seguida en absoluto. Y es que, a pesar de que conocía perfectamente que en el nuevo mundo de posguerra las potencias vencedoras podían regirse por cuestiones prácticas, esperaba que aún por esa vía se consiguiera más en beneficio de las mayorías, a través del entendimiento y la cooperación mutua, que a través de la desconfianza y los prejuicios que presidieron las relaciones durante los años de 1945-1950. Así, aunque tanto los norteamericanos como los soviéticos persiguieran su propio interés, si ambos hubieran reconocido la legitimidad de las reclamaciones y la postura de la contraparte los resultados hubieran sido más satisfactorios, no sólo para sus pueblos, que habrían podido evitar una locura colectiva, una escalada en la represión interna y un gasto más que considerable en armamento, sino para otros pueblos envueltos en la misma guerra preventiva en el resto de continentes. Por esa razón, Henry Wallace afirmaba las bondades de una competencia pacífica entre los sistemas norteamericano y soviético: “Los rusos deberán tener más en cuenta las libertades personales, y nosotros prestar más atención a los aspectos de justicia socioeconómica”.

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Henry Wallace durante un mitín en el Madison Square Garden de Nueva York, denunciando la política de la administración Truman, la escalada de tensión con la URSS y el “pánico rojo”.

Decepcionado por la deriva en el interior de la administración, presentó su renuncia y preparó su candidatura a la presidencia  en las elecciones de 1948 por un renacido Partido Progresista, junto al antiguo actor y cantante Glen Taylor. Su candidatura era un clavo en el zapato para Truman, debido a que Wallace había sido, de largo, la segunda figura más importante del “New Deal” tras Roosevelt y era muy popular entre los trabajadores y los sindicatos, los intelectuales de izquierda (entre quienes le apoyaban se encontraban Albert Einstein o el músico Paul Robeson) y los movimientos de derehos civiles. Pero tenía en contra un factor: el anticomunismo, que se había instalado de tal forma en la administración y amenazaba la propia vida y estructura social posterior al New Deal, con investigaciones a los ciudadanos y los movimientos sociales y políticos por parte del FBI o la recién formada CIA y la necesidad de comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas implementado a instancias del senador Joseph P. McCarthy. Los sindicatos, las organizaciones de derechos civiles, el mundo del cine y el espectáculo, incluso la investigación del ejército (lo que a la postre costó el fin de la aventura inquisitorial del senador) fueron objeto de escrutinio, con bochornosas actuaciones por parte de personas como Walt Disney, Elia Kazan, Gary Cooper o Ronald Reagan delatando voluntariamente a sus compañeros por actividades de corte progresista a las que era fácil, en ese momento, etiquetar de “comunistas”. El “pánico rojo” sirvió para purgar la estructura de los sindicatos y los movimientos sociales y restar gran parte de su fuerza, lo que facilitaría con posterioridad los ataques neoliberales.

También pasaría factura al Partido Progresista de Wallace, quien fue tachado como comunista -lo cual era parcialmente cierto en el sentido de que el CPUS apoyaba su candidatura, pero también en el pasado había mostrado su apoyo a Roosevelt- y el hecho de que hiciera bandera de la igualdad salarial y de derechos de los afroamericanos (aspecto defendido ya en el pasado por el propio CPUS) no hizo sino poner en bandeja la excusa de “rojo” tanto a los republicanos como a los demócratas y segregacionistas del Sur. Manifestantes se concentraban en la puerta de los mitines de Wallace con pancartas que le caracterizaban como títere de Stalin; el propio Truman dijo no querer los votos de Wallace “y sus comunistas” y su número dos y candidato a vicepresidente, Glen Taylor, fue golpeado y detenido por la policía en Birmingham (Alabama) por hacer caso omiso de las puertas separadas por razas durante el Congreso de los Jóvenes Negros del Sur. Wallace, al saber esto, se refirió a la hipocresía de condenar las agresiones a las libertades cometidas en Europa del Este mientras en Estados Unidos existía segregación racial, discriminación laboral o arbitrariedades policiales como la que acababa de ocurrir.

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Wallace con Glen Taylor, su candidato a vicepresidente por el Partido Progresista en las elecciones presidenciales de 1948.

La campaña del miedo surtió efecto. Truman fue elegido por delante del republicano Thomas E. Dewey -pese a que algunos medios cantaron la victoria de éste último-. Wallace quedó cuarto con el 2,4% de los votos (aunque obtuvo mejores resultados en algunos estados industriales y de la costa este, como Nueva York, donde consiguió el 8,3%), superado por Strom Thurmond, gobernador demócrata de Carolina del Sur y que se presentó por el segregacionista y efímero Partido Democrático de los Derechos de los Estados, conocido popularmente como Dixiecrat. Este fracaso supuso la retirada definitiva de Wallace del mundo de la política, regresando al mundo de los negocios agrícolas.

Aunque no volvió a intervenir en política, la campaña anticomunista de la “guerra fría” acabó por surtir efecto incluso en él, apoyando al presidente Truman en su postura en la guerra de Corea y revisando sus antiguas percepciones sobre la URSS, explicando su cambio de postura en el libro “Why I was wrong” (“Por qué estaba equivocado”). En sus últimos años de vida, apoyó las candidaturas de los republicanos Eisenhower y Nixon, con lo que completó un lamentable giro de 180º. Murió en 1965, víctima de esclerosis lateral amiotrófica.

EPÍLOGO: SIMILITUDES RECIENTES

Cuando Wallace se presentó a las elecciones por el Partido Progresista, su campaña, al igual que la de Bernie Sanders, no fue financiada por las grandes corporaciones industriales y financieras, optando por recaudar fondos de los particulares, los militantes y simpatizantes del partido, en aras de hacer política en interés de los votantes y no de las minorías. En uno de los mítines del partido, el antiguo locutor de radio William Gailmor exhortaba así a los presentes: “Al Partido Progresista le falta, y se enorgullece de que le falte, la riqueza de Wall Street y el dinero de los industriales. Este partido no está respaldado por el poder de los militaristas, los intereses creados de los dos viejos partidos. Este partido del pueblo depende de todos y cada uno de ustedes.”

No en vano, el poder del 1% frente al 99%, de la minoría rica sobre la mayoría popular, trabajadores, clases medias, pobres en cada vez más número excluidos de la retórica del “American Dream” que el propio Sanders denunció en el Senado estadounidense, ya era denunciado por el vicepresidente con palabras que hablaban de los fascistas americanos. No eran fascistas porque portasen esvásticas o saludasen con el brazo en alto (imposible en un país que prestó ayuda y luego combatió del lado de los aliados), sino por otras razones, aunque perfectamente comprensibles a poco que se rascase en la retórica vacua: “Dicen ser superpatriotas, pero destrozarían todas las libertades de nuestra Constitución. Demandan libertad de empresa, pero son los cabecillas de los monopolios y los intereses creados. Su objetivo final es tener en sus manos el poder político para, de este modo, usando el poder político y el poder económico simultáneamente, mantener al hombre de la calle en un estado de subyugación eterna”. En aquel entonces, Wallace hablaba de fascismo; hoy día nos referiríamos al neoliberalismo. Quizá por ese motivo apelaba al Estado social -por ejemplo, mediante la política impositiva- para evitar el surgimiento de nuevos Hitler que pudieran alimentar su éxito apelando a la desesperación de las masas.

Los parecidos entre el discurso y la época de Wallace y la de Sanders -y la de los movimientos que los impulsaron, desde los arruinados “sharecroppers” y los obreros sin trabajo de la Gran Depresión a los arruinados por las hipotecas “subprime” y los indignados de Occupy Wall Street– son muchos pese a la distancia en el tiempo que ha pasado entre unos y otros. Lo que debemos lamentar en este caso es, precisamente, la cantidad de tiempo perdido (o echado a perder) que figura entre aquellas décadas de 1930-1940 y este comienzo del siglo XXI. Ojalá no caigamos de nuevo en el mismo error.

FUENTES:

Bernie Sanders, “El modelo económico global está fracasando”. Tercera Información, 10/07/2016. En http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/07/10/el-modelo-economico-global-esta-fracasando

Juan Laborda, “Por qué Bernie Sanders hubiese ganado la elección presidencial”. Voz Pópuli, 10/11/2016. En http://www.vozpopuli.com/desde_la_heterodoxia/Bernie-Sanders-ganado-eleccionpresidencial_7_970472945.html

Carmelo Ruiz Marrero, “La vida y pasión de Henry A.” En http://www.alainet.org/es/active/53429#comment-0

“Tengo celos de Cuba”. CubaDebate. Entrevista a Gore Vidal. 12/10/2006. En http://www.cubadebate.cu/noticias/2006/10/12/tengo-celos-de-cuba-dice-gore-vidal/#.WGpPKLngwrg

Cristina Vallejo, “Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente”. FronteraD, 12/11/2015. En http://www.fronterad.com/?q=ricos-no-siempre-ganan-historia-sobre-conciencia-igualitaria-en-estados-unidos-y-sus-lecciones-para

“Henry A.Wallace”. Biografía en United States History (http://www.u-s-history.com/pages/h1754.html)

“Henry Wallace (1888-1965)” en The Eleanor Roosevelt Project (https://www2.gwu.edu/~erpapers/ teachinger/glossary/wallace-henry.cfm).

“Henry Wallace and The Last Progressive Party”. Nomadic Politics, 09/12/2013. En http://nomadicpolitics.blogspot.com/2013/12/henry-wallace-and-last-progressive-party.html

Peter Dreier, “Henry Wallace, America’s Forgotten Visionary”. ThruthOut, 03/02/2013. En http://www.truth-out.org/news/item/14297-henry-wallace-americas-forgotten-visionary

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos: Una visión crítica de la política nortamericana del último siglo”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Joan E.Garcés, “Soberanos e intervenidos: Estrategias globales, americanos y españoles”. Madrid, Siglo XXI, 2012.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículo “Franklin D. Roosevelt”.