Henry Wallace. Un Bernie Sanders para los albores de la “guerra fría”

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Henry Wallace en una alocución por radio.

Las recientes elecciones en Estados Unidos supusieron para muchos votantes el ir a las urnas con “la nariz tapada”, al tener que elegir entre dos candidatos, Hillary Clinton, la candidata demócrata apoyada por las grandes finanzas y actores económicos ligados desde hace tiempo a la propia familia Clinton, y Donald Trump, el presidente electo, republicano y multimillonario del sector inmobiliario que ha atraído con un discurso populista de derechas a grandes capas de población frustradas por la quiebra del “sueño americano”. Ambos representan, por su origen y su esencia, la continuidad de un sistema político y económico que ha marcado hoy día de inseguridad a muchas generaciones.

Los bajos salarios y el subempleo, la deficiencia de las coberturas en materia de seguros sociales, sanidad, educación y otros servicios públicos (sobre todo si se las compara con el enorme gasto militar del país), la discriminación racial, el enriquecimiento escandaloso e impunidad de muchos “businessmen” de Wall Street y banqueros implicados en el nacimiento de la crisis económica de 2007 hicieron aflorar movimientos de protesta como el de Occupy Wall Street o, más recientemente, Black Lives Matter (Las vidas negras importan). Tras las esperanzas iniciales de la presidencia de Barack Obama (2008-2016), la campaña de las primarias del Partido Demócrata lanzó a un candidato poco menos que desconocido para el público internacional: el senador por el estado de Vermont (este de EE.UU.) Bernard Sanders.

Bernie Sanders, de 75 años, ya se había dado a conocer en la propia cámara legislativa de Washington con un discurso propio de un “outsider”, más cercano a las palabras de un portavoz del movimiento indignado neoyorquino que de la clase política establecida, criticando la codicia de los poderosos, la omnipresencia y omnipotencia de los poderes fácticos y las terribles desigualdades que sacudían a la sociedad estadounidense. Quizá por eso supo ganarse la confianza y el apoyo de miles de estadounidenses, especialmente los jóvenes y los trabajadores afectados por la deslocalización, la contención de salarios y el cierre de empresas del llamado “cinturón de hierro” de los estados del norte (el que, ahora, junto al “cinturón de la Biblia” del oeste y el medio oeste, ha dado la victoria a Trump). En un artículo escrito antes de la elección del nuevo inquilino del 1600 de la Avenida de Pensilvania, Sanders dejaba claras sus propuestas, que pasaban por puntos tan polémicos y anatemas poco menos para sus rivales, tanto entre los republicanos pero también dentro del Partido Demócrata como la propia Clinton: el abandono del intervencionismo militar estadounidense, políticas favorables a las nuevas energías, la oposición a las políticas económicas promovidas por el FMI y el Banco Mundial en el Tercer Mundo o la derogación de los tratados de libre comercio como el TTIP.

“Necesitamos a un presidente que apoye vigorosamente la cooperación internacional que estrecha lazos entre la gente a nivel global, que reduzca el hipernacionalismo y disminuya la posibilidad de una guerra. También necesitamos a un presidente que respete los derechos democráticos de las personas y que luche por una economía que proteja los intereses de los trabajadores y no solo los de Wall Street, las empresas farmacéuticas y otros intereses especiales. Fundamentalmente, necesitamos rechazar nuestras políticas de “libre mercado” y movernos hacia un mercado justo. Los estadounidenses no tendrían que competir contra trabajadores en países que pagan sueldos bajos y que ganan centavos por hora. Debemos tumbar el Acuerdo Transpacífico. Debemos ayudar a los países pobres a desarrollar modelos económicos sostenibles. Necesitamos acabar con el escándalo internacional en el que las grandes corporaciones y los más ricos no pagan billones de dólares en impuestos a sus gobiernos nacionales. Necesitamos crear decenas de millones de trabajos a nivel mundial, combatiendo el cambio climático global y transformando el sistema energético mundial para que se elimine el uso de combustibles fósiles. Necesitamos un esfuerzo internacional para disminuir el gasto militar en el mundo y abordar las causas de las guerras: la pobreza, el odio, la desesperanza y la ignorancia.”

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El senador por Vermont y candidato en las primarias del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Bernie Sanders.

No es de extrañar que, tal y como afirman muchos analistas, la sensación que ha quedado después de la nominación de Hilarry Clinton en detrimento de Sanders como candidata demócrata y su derrota (por la particularidad del sistema electoral norteamericano, aunque venció en voto popular) frente a Trump, el veterano senador podría haber batido al magnate. Durante varios días, la carrera por la nominación como candidato iba mostrando como Trump iba deshaciéndose de sus rivales a marchas forzadas -rivales que, dicho sea de paso, tampoco es que fueran mejores que él: el otro Bush en discordia, Jeff, exgobernador de Florida durante las elecciones de 2000 que, con la polémica victoria en aquel estado, dieron la presidencia a su hermano George W.; o Ted Cruz, un ultrarreligioso embebido de las mismas teorías sobre la excepcionalidad estadounidense durante los años de Bush Jr. y acólitos en la Casa Blanca-, mientras en el Partido Demócrata la cosa era mucho más ajustada. Sin embargo, la balanza acabó decantándose hacia una candidata que aquí señalaríamos como “del aparato”. Y no sólo del aparato del partido, sino del que se mueve por detrás de la política en Estados Unidos -y en un largo etcétera de países-. Sin necesidad de recurrir a las filtraciones de Wikileaks, la lógica de los discursos de ambos y de la trayectoria reciente de Hillary Clinton, embarcada desde el final de la presidencia de su esposo Bill en una agenda de contactos y negocios con los medios financieros, hacía que estos últimos estuvieran más que dispuestos a decantar la balanza hacia alguien mucho más maleable y que desde luego no supusiera un riesgo para su poder y beneficios.

Así, Juan Laborda escribe en “Voz Pópuli” que “los grupos económicos más importantes de los Estados Unidos, y muy especialmente el lobby del conglomerado militar y, sobretodo, el lobby financiero apoyaban a Hillary Clinton. De esto no hemos leído nada en la prensa patria, pero es de dominio público. Obviamente todos estos grupos de poder maniobraron contra Bernie Sanders, por su propuesta económica, y después contra Donald Trump, porque no estaba sujeto a su control.” De ahí que, pese a que se pudieron manipular -según esgrime el autor del artículo- las primarias demócratas para dar lugar a una victoria de la que todos los medios presentaban como “la primera mujer presidente de los Estados Unidos”, los electores descontentos volcaron su apoyo hacia un candidato al que el vilipendio mediático ha favorecido con una reacción rebelde del electorado a su favor, además de con un aura de “rara avis” y un discurso que, aunque vago, presentaba algunos puntos que han tocado la fibra sensible de una sociedad depauperada por la inacción y el alejamiento de los problemas reales por parte de los políticos de Washington y por la codicia de los especuladores.

Sin embargo, las propuestas de Sanders eran mucho más concretas y razonadas que las de Trump, y en un debate habría podido descolocar seriamente a un magnate cuyos exabruptos le habrían jugado una mala pasada frente a la firmeza de un candidato que podía hablar con mucha más honestidad sobre los problemas de los jóvenes, los trabajadores y las clases medias que un promotor inmobiliario cuya cuenta corriente acumula varios ceros y defraudaba al fisco estadounidense. Por este motivo, Laborda continúa diciendo: “Estados Unidos dejó de ser la tierra de las oportunidades. Dentro del mundo desarrollado es la sociedad más desigual tanto en términos de ingreso como de riqueza. Pero además es, paradójicamente, uno de los países donde menos esperanzas de movilidad hay entre los distintos grupos poblacionales, especialmente para el quintil más pobre […] En un estudio de 2012, Dan Ariely, profesor de Psicología y Economía del Comportamiento de la Universidad de Duke, presentó algunos datos especialmente fáciles de usar y entender sobre el tema de la desigualdad de ingresos […] La verdadera sorpresa del estudio es que la distribución real de la riqueza es mucho peor de lo que los propios encuestados creían y muchísimo peor de lo que ellos mismos creen que es justo. De hecho, cuando se le presentaba la opción entre la distribución real de la riqueza en los Estados Unidos (aunque deliberadamente se presentaba como puramente teórica) y un modelo idealizado más justo como el de Suecia, más del 90% de los republicanos y los demócratas prefieren el modelo sueco. Es un buen ejemplo de cómo el sistema político de confrontación entre los dos partidos grandes, igual que en España, se ha desviado de lo que piensan sus votantes de lo que en realidad es justo. Por eso, repito, Bernard Sanders hubiese ganado las presidenciales, por que hubiese retenido para los demócratas los estados de Ohio, Michigan, Pensilvania y, probablemente Florida”. Esta distancia de los partidos con la ciudadanía se refleja, además, en una encuesta de Gallup de 2015 que muestra la distancia de la población estadounidense con los dos grandes partidos que sostienen el sistema: alrededor de un cuarenta y cinco por ciento de los norteamericanos se declaran independientes, mientras que los que se declaran republicanos o demócratas alcanzan, respectivamente, el 29 y el 26 por ciento (http://www.eldiario.es/theguardian/Sanders-candidato-democrata_0_580942682.html). En estas circunstancias, lo más importante para amplias capas de la población es que surja alguien que les escuche y les ofrezca respuestas.

El caso de Sanders cuenta con un antecedente en la historia de Estados Unidos. Fue el caso de Henry Agard Wallace, secretario de Agricultura y vicepresidente con Franklin D. Roseevelt. Wallace, un convencido del “New Deal” que se hizo cargo de una cartera complicada por la terrible crisis económica y las graves circunstancias por las que pasaba el sector agrario estadounidense, tuvo la oportunidad de ser presidente de su país tras la Segunda Guerra Mundial con unos planteamientos que defendían la paz, las políticas sociales y el fin de las políticas discriminatorias y segregacionistas. El fracaso de la “opción Wallace” -incluso para sí mismo-, sin embargo, nos obliga a examinar las posibilidades que traía consigo este hijo de agricultores de Iowa.

EL CRACK Y LA GRAN DEPRESIÓN: AGRICULTURA COMO UN GRAN DEPARTAMENTO

Henry Agard Wallace nació en 1888 en la granja familiar de Orient, en el condado de Adair, Iowa, un próspero estado agrícola del norte de la unión por aquellos tiempos. La familia descendía de inmigrantes irlandeses y había conseguido hacerse con un hueco entre los más importantes agroempresarios de Iowa. Su abuelo fue fundador del periódico familiar, Wallace’s Farmer, un medio muy influyente entre los agricultores del estado, que lo leían en busca de información tanto sobre temas agrícolas como también políticos. El propio Henry Wallace padre desarrolló una carrera política como secretario de agricultura en las administraciones de los presidentes Harding y Coolidge.

Aunque tanto padre e hijo habían apoyado históricamente a los republicanos, el joven Henry Wallace cambió sus lealtades políticas a finales de la década de los 20, apoyando en 1928 al candidato demócrata a la presidencia de EE.UU. Al Smith -derrotado frente a Herbert Hoover- y cuatro años más tarde a Franklin Delano Roosevelt, que resultaría vencedor y presidiría una etapa decisiva en la vida política norteamericana: la recuperación económica a través del programa del “New Deal” y el enfrentamiento con Japón y las potencias nazifascistas europeas en la SGM.

Conociendo sus antecedentes en cuanto a su pensamiento político, no resultaba extraño que Wallace hijo apoyara a Roosevelt, quien se había comprometido a sacar al país de la depresión económica apoyando la intervención del estado y la defensa de los más desfavorecidos por la situación. De pequeño era frecuente que pasara por la casa familiar el científico y activista por los derechos civiles de los afroamericanos George Washington Carver, colega y estudiante de su padre en el Iowa State College, la universidad estatal. De joven, y en la misma universidad, Wallace pudo interesarse no sólo por la agricultura -sus estudios sobre la genética sirvieron para que desarrollara una empresa propia de investigación y aplicación de las variedades híbridas, lo que ha llevado a los organismos genéticamente modificados de la actualidad, un efecto que el propio Wallace no podía prever entonces-, sino por causas progresistas como la igualdad racial, el bienestar social o la regulación de la economía por parte del estado.

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Wallace con Franklin Delano Roosevelt.

De este modo, para la década de los años 1930 este curioso de la genética y sus aplicaciones en el ámbito agrario, empresario y editor era también uno de los progresistas más destacados de Estados Unidos, y Roosevelt, conocedor del apoyo que Wallace le había prestado para las elecciones, le reclutó para su administración como secretario de Agricultura una vez que fue elegido presidente. El “crack” bursátil de 1929 y las soluciones ortodoxas de la época tomadas por la administración republicana precedente, (continuadas en un primer momento por el propio Roosevelt, toda vez que la economía parecía volver a tomar un cierto aliento) habían dejado un rastro de empresas cerradas, negocios quebrados y una gran masa de desempleados a lo largo y ancho del país. En el campo las noticias tampoco eran muy positivas: la sequía que sacudió el Medio Oeste y las malas cosechas subsiguientes, el descenso de los precios, la imposibilidad de hacer frente a los créditos hipotecarios y de poder acceder a nuevos préstamos por parte de las familias campesinas desató una espiral de desahucios y de granjas abandonadas, con la subsiguiente emigración de muchas familias a otros lugares en busca de sustento (tal y como se refleja en la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”). Tras una prolongada etapa de crecimiento y de creación de nuevas industrias (siderometalúrgica, naval, aeronáutica, teléfono y telégrafos, automóvil…) surgida con la segunda revolución industrial, crecieron también el sindicalismo obrero y agrario (concentrado en torno a la figura de los sharecroppers o aparceros) y, aunque muy pequeño en relación a los dos grandes partidos del país, también comenzó a tener importancia una auténtica rareza para la “meca” por excelencia del capitalismo: el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Estos movimientos de la izquierda obrera y progresista comenzaron a tener una impronta decisiva, con la crisis y el nuevo gobierno de Roosevelt, a la hora de apoyar o de “empujar” a la administración del “New Deal” para la realización de políticas en favor de los trabajadores y las clases populares estadounidenses. Como escribe la periodista y socióloga Cristina Vallejo, “muchísima gente habría comenzado la historia de la lucha contra la desigualdad en Estados Unidos a partir de esta fecha, a partir del New Deal americano, a partir, incluso, de la segunda posguerra mundial. Pero ello implicaría incurrir en una gran injusticia, porque supondría borrar de la historia a quienes, ya desde finales del siglo XIX, habían luchado para crear conciencia y para establecer, aunque mínimamente, un esquema fiscal y sindical que contribuiría no sólo a frenar la creciente concentración de la riqueza sino también a redistribuirla.”

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La novela “Las uvas de la ira” de John Steinbeck es un relato desgarrador y fundamental para entender la crisis agrícola del Medio Oeste americano en los años 1930.

En 1933, tras una nueva entrada en recesión de la economía, Roosevelt tuvo que ponerse manos a la obra, estimulados entre otros por Wallace desde el departamento de Agricultura, quien desde entonces llevó a cabo muchas propuestas audaces, incluso controvertidas. Eran los momentos en los que había que aplicar las teorías reguladoras, intervencionistas y correctoras de los ciclos económicos desarrolladas por el economista John Maynard Keynes, y realmente demostrar que, como había afirmado el propio FDR, “no tener más miedo que al miedo mismo”. Así, el estado norteamericano se empeñó en un gran programa de inversiones en infraestructuras, subsidios, créditos públicos, construcción de un incipiente programa de seguros sociales (como la reforma del programa sanitario Healthcare, en un intento de crear un sistema nacional público de salud) y regulación del sistema financiero-bancario, empresarial (leyes anti-trust) y laboral para evitar los males acontecidos en el pasado más reciente. Qué duda cabe que estos programas fueron atacados por los sectores económicos y políticos más vinculados con el “statu quo” ya que, aunque se tratase de un programa reformista en beneficio de la mayoría (del interés general, como se dice en nuestros días) no faltaron los epítetos más despectivos hacia Roosevelt, incluyendo los de bolchevique o rojo. Por su parte, los medios políticos, de comunicación a la izquierda de los demócratas, los sindicatos e incluso el propio CPUSA, siguiendo la estrategia de frentes populares propugnada desde Moscú, apoyaron a Roosevelt y el programa desarrollado por éste.

El departamento de Wallace, bajo su dirección, se transformó en uno de los más importantes de la administración de Washington. Así lo escribe el historiador estadounidense David Woolner: “Wallace fue paladín de toda una variedad de programas del Nuevo Trato, como la Administración de Ajuste Agrícola, la Administración de Electrificación Rural, el Servicio de Conservación de Suelos, la Administración de Crédito Agrícola, los programas de cupones de alimentos y almuerzo escolar, y muchos otros. En el proceso, también transformó el Departamento de Agricultura en una de las más grandes y poderosas entidades en Washington. Wallace también expandió grandemente los programas científicos del Departamento de Agricultura, haciendo del centro de investigaciones del departamento en Beltsville, Maryland la mayor y más variada estación científica agrícola del mundo”. Las protestas en el maltrecho ámbito agrario persuadieron a Henry Wallace para presentar a Roosevelt una serie de medidas encaminadas a la intervención estatal y a la mejora en las prácticas agrícolas locales, varias de ellas, como se ha mencionado con anterioridad, no exentas de polémica respecto a la ortodoxia dominante. Así, para los hombres de negocios y los republicanos de la Cámara de Representantes, las medidas intervencionistas -como todas las que planteaba el “Nuevo Trato”- de Wallace, tales como los subsidios y las investigaciones con fondos públicos para el control de enfermedades de plantas y ganado, los cupones alimentarios para la población pobre de las ciudades, el control de cosechas para contribuir a revalorizar los productos del campo y las ganancias de los campesinos o la lucha contra la erosión y la investigación sobre cultivos resistentes a las sequías les hacía creer, si no en la proximidad de la administración Roosevelt al coco comunista, si por lo menos en un aumento de los gastos del estado de forma desorbitada que ponía en riesgo el equilibrio presupuestario, tal y como era concebido en la ortodoxia dominante hasta la fecha. De hecho, el departamento de Agricultura se convirtió, desde entonces, en una de las agencias gubernamentales más grandes, en tamaño e importancia (no en vano, todavía en 1933 el 25% de la población estadounidense vivía de la agricultura), del gobierno federal, y Wallace en una de las personalidades más valoradas de la administración, lo que le catapultaría a la vicepresidencia.

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Roosevelt firmando la ley de seguridad social, uno de los grandes avances de su etapa al frente de la presidencia.

De todos modos, muchas organizaciones políticas agrarias radicales (como la National Farmers Union) consideraban que las medidas de Wallace no habían ido lo suficientemente lejos. Pero Wallace era un progresista, entendido el término de acuerdo con la cultura política estadounidense. Lo que, para su época, podía semejarse a la izquierda republicana reformista en España, y, salvando las distancias y contextos geográficos a personalidades como Azaña, Prieto o Negrín en nuestro país, Lázaro Cárdenas en México o Jacobo Arbenz en Guatemala. Personalidades que, al igual que Wallace, sufrieron su identificación, temporal o permanentemente, con los comunistas o como títeres de los comunistas por sus políticas o por el apoyo o la coincidencia de criterios que mantuvieron con estos o con la Unión Soviética.

Así, el mexicano Carmelo Ruiz Marrero escribe que, a diferencia de la mayoría de los líderes entonces de los grupos marxistas (socialistas o comunistas) y de su base de militantes, los progresistas procedían de la clase media, y que su finalidad no era la abolición del capitalismo, sino la fundación de un nuevo estado capaz de articular armoniosamente el interés individual y el negocio privado con el interés de la colectividad y el bienestar general. “Los progresistas de la época no buscaban hacer la revolución o abolir el capitalismo, sino que postulaban que todas las clases sociales tienen un interés común en política limpia, transparencia en el servicio público, y en la erradicación de la corrupción, amiguismo e ineficiencia en el gobierno. El movimiento progresista fue posiblemente el movimiento de reforma más importante en la historia política de Estados Unidos. Muchas cosas que se dan hoy por sentadas, como las corporaciones de servicio público, agencias reguladoras, audiencias públicas en la legislatura o agencias de gobierno, y el activismo financiado por fundaciones, son legado de los progresistas.” Para muchos, sin embargo e incluso entre los demócratas, el progresismo de Wallace estaba demasiado escorado hacia la izquierda.

LA VICEPRESIDENCIA

La sociedad estadounidense a finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940 era, como durante la época de la PGM, profundamente aislacionista en lo que se refiere a las cuestiones de Europa. A pesar de la repugnancia que el pueblo estadounidense sentía por los regímenes nazi-fascistas, no querían verse involucrados en una nueva guerra en el “viejo continente”, y ni siquiera el expansionismo japonés en el Pacífico, dirigido contra las potencias imperiales europeas -las posesiones estadounidenses, reducidas a unas pocas islas, eran muy pequeñas en comparación con los inmensos territorios que Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos dominaban en el continente- resultaba entonces preocupante para un país que no tenía un imperio colonial (al menos no en su aspecto “formal”). Sin embargo, Roosevelt y su administración eran conscientes de que Hitler, lejos de ser un baluarte frente al comunismo como habían supuesto las clases altas de Gran Bretaña, suponía una amenaza para los ideales democráticos. Lo había confesado el propio presidente con amargura al darle la razón a su embajador en España Claude H. Bowers, quien le había insistido una y otra vez en la necesidad de ayudar a la República, cuando los sublevados comandados por Franco finalmente se hicieron con la victoria en la guerra civil.

Pero existía además otra razón, más prosaica, según desvela Gore Vidal, para temer una victoria hitleriana en Europa, y era el hecho de que para una potencia comercial como los Estados Unidos -y máxime para el futuro, cuando la economía estadounidense recuperara el vigor perdido tras la Gran Depresión- el dominio por parte de la dictadura nazi de todo el continente cerraría las puertas a los productos norteamericanos.

De este modo, al contrario de lo que ocurrió con la España republicana, Estados Unidos comenzó a suministrar armas y otros pertrechos vitales a Gran Bretaña, lo que fue esencial también para aumentar la producción industrial y exportarla en un momento en que, aunque con efectos mucho más matizados que la de 1929, el país vivía un nuevo brote recesivo. Asimismo, el hecho de que la población estadounidense considerara el Pacífico un territorio más propio de su expansión territorial (aunque fuera a través de protectorados, fideicomisos o de relaciones de otra índole, como en Guam, las Islas Marianas o en las Filipinas) que Europa hizo a la administración Roosevelt establecer sanciones a Japón.

E iban a ser estas sanciones lo que desencadenarían la guerra en el Pacífico, a tenor de lo que escriben Eric Hobsbawn y Gore Vidal. La firma de la alianza japonesa con Roma y Berlín puso sobre alerta a las potencias democráticas, quienes sin embargo no lo habían hecho en el caso de la invasión de China y el establecimiento del estado títere de Manchukuo en la parte septentrional del país -hasta entonces, sólo la URSS prestó ayuda al gobierno chino para hacer frente a la invasión japonesa-. De este modo, las sanciones, que amenazaban con estrangular una economía japonesa en una dinámica ascendente y necesitada de materias primas, que planeaba obtener mediante la conquista de territorios situados al sur. Así, para Hobsbawn, “fue el embargo occidental (es decir, estadounidense) del comercio japonés y la congelación de los activos japoneses lo que obligó a Japón a entrar en acción para evitar el rápido estrangulamiento de su economía, que dependía totalmente de las importaciones oceánicas. La apuesta de Japón era peligrosa y, en definitiva, resultaría suicida. Japón aprovechó tal vez la única oportunidad para establecer con rapidez su imperio meridional, pero como eso exigía la inmovilización de la flota estadounidense, única fuerza que podía intervenir, significó también que los Estados Unidos, con sus recursos y sus fuerzas abrumadoramente superiores, entraron inmediatamente en la guerra”.

Esa entrada inmediata en guerra se produjo con el ataque premeditado y sin previo aviso a Pearl Harbor, Hawai, en 1941, lo que para Gore Vidal significó que Roosevelt obtuvo el shock que permitió presentar el inicio de las hostilidades y la entrada en guerra -tanto con los nipones como con Alemania, que cuando se encontraba enfangada en el frente este decidió declarar la guerra también a EE.UU.- con un amplio consenso de la población, dando la vuelta a las encuestas de opinión. “Él fue nuestro gran Maquiavelo.  Sabía, mejor que cualquier otro presidente anterior, cómo funcionaba el mundo. Estaba plenamente consciente de que el hundimiento de nuestros barcos nos había empujado a la guerra contra Alemania en 1917, pero eso no sería suficiente en 1941. Necesitaba un trauma de importancia que decidiera a los norteamericanos por la guerra.”

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Imagen del ataque a Pearl Harbor por parte de la aviación japonesa.

En 1941, Henry Wallace se convirtió en vicepresidente y en uno de los representantes más activos de la administración y de la política de Roosevelt en el extranjero, en particular en el área de América Latina. En 1940 y 1943 ejerció de una suerte de “relaciones públicas” de EE.UU en la zona, en un momento en que las prioridades diplomáticas del gobierno de Washington habían virado forzosamente, pero en el que además la “doctrina Monroe”, vigente dese las postrimerías del siglo XIX y la guerra hispano-norteamericana, que había convertido al continente en el terreno clásico de intervención estadounidense -el famoso “patio trasero”-, fue sustituida por la política de “buena vecindad” rooseveltiana y la tolerancia con regímenes y gobiernos que, en otras etapas históricas, los propios Estados Unidos no dudaron en derrocar alentando conspiraciones internas y operaciones secretas de la CIA.

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Pedro Aguirre Cerdá fue presidente de Chile tras la victoria de las fuerzas de izquierda agrupadas en el Frente Popular.

Merece la pena destacar el carácter de estos nuevos gobiernos latinoamericanos de los años treinta y cuarenta, animados tanto por factores políticos internos como la lucha contra el despotismo y la corrupción como por factores globales, como la crisis económica y el descenso de los precios de las materias primas en los mercados mundiales. Muchos estados del sur de Río Grande decidieron entonces emprender políticas de reforma económica basadas en el modelo del “New Deal” y programas ambiciosos de redistribución o nacionalización de la riqueza nacional. Tal fue el caso del gobierno de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), que llevó a cabo un plan de redistribución de tierras y de nacionalización de los recursos petrolíferos, lo que no dejó de levantar las iras de la clase terrateniente y oligárquica mexicana así como de los intereses empresariales estadounidenses, como la Standard Oil. Contemporáneos a Cárdenas fueron los gobiernos de Frente Popular de Chile (1936-1941) presidido por Pedro Aguirre Cerdá; el de Jorge Eliécer Gaitán, del Partido Liberal e inpirado en el propio “New Deal” estadounidense, desde la alcaldía de Bogotá y el ministerio de Educación colombiano (su acceso a la presidencia de la República fue torpedeado por sus compañeros de partido, y su posterior asesinato en 1948 generó una ola de violencia popular en la capital); e incluso regímenes corporativos y populistas como los de Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, inspirados en un fuerte movimiento de masas y en un liderazgo carismático al modo de los fascismos europeos, pero con la salvedad de que, lejos de destruir el movimiento obrero socialista o comunista, se apoyaron en él y pusieron en marcha sus propuestas y reivindicaciones, como la creación de un sistema de cobertura social en Brasil. Como epígono de todos estos movimientos de transformación social en Latinoamérica, en 1944 una revolución cívico-militar liderada entre otros por el futuro presidente Jacobo Árbenz derrocaba en Guatemala -una república bananera por excelencia- al dictador Jorge Ubico, inauguraba la democracia en el país centroamericano con un destacado programa de reforma social y rescataba del exilio, para luego ser elegido como jefe del Estado, al profesor Juan José Arévalo.

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Billete de mil pesos colombianos con el retrato de Jorge Eliécer Gaitán.

¿Cuál fue el motivo del viaje de Wallace? Aparte de en su calidad de representante del gobierno norteamericano, y por lo tanto tratando de establecer o reforzar los lazos de cooperación, amistad y comercio (en 1940 asistió en México a la toma de posesión del general Ávila Camacho como relevo de Lázaro Cárdenas en la presidencia, siendo el primer representante de Washington que acudía a tal acto), el objetivo no era otro que posibilitar la alianza de los estados latinoamericanos con EE.UU. en el enfrentamiento venidero con Alemania y Japón. Trece de ellos mantenían relaciones con las potencias del Eje y, al igual que en la propia Norteamérica, existía una importante diáspora europea establecida en estos países y procedente de Alemania, Italia y otros estados fascistas o fascistizantes aliados de los primeros, como Hungría o Rumanía. Era necesario por tanto contrarrestar la influencia que estos grupos podían tener en la opinión pública y sobre los gobiernos nacionales para inclinarles hacia el Eje o, al menos, hacia una neutralidad que no evitara intercambios comerciales velados o informales o actividades de inteligencia favorables a las potencias nazi-fascistas.

Wallace, según cita Ruiz Marrero para el viaje emprendido por México, condujo su propio automóvil y realizó un periplo por varios rincones del país, conversando con gente de diferentes estratos sociales y conociendo la realidad social del  vecino del sur. “Insistió en viajar entre la gente común. Pronto, miles esperaban en los pueblos para conocerle. Visitó fincas de subsistencia al igual que industriales, estaciones experimentales agrícolas y oficiales del gobierno. No cesaba de hacer preguntas […] Con su entendimiento del idioma español y su respeto al pueblo mexicano, Wallace ayudó a fortalecer la amistad entre ambas naciones, lo cual era particularmente importante ante la guerra que se aproximaba. Tras la inauguración de (Avila) Camacho, Wallace pasó un mes viajando por México con el secretario de agricultura designado, Marte Gomes”. El problema, continúa este autor, fue que, para el contexto mexicano, su bienintencionada insistencia -y no sin cierta razón- en la necesidad de la mejora de la productividad agrícola fue tomada por el nuevo gobierno del país azteca como un estímulo para olvidar y hasta revertir el curso de la reforma agraria y el reparto de tierras de la etapa anterior, en un proceso de apertura a las explotaciones industriales y los “agronegocios” que mostrarían muchas caras oscuras con el paso del tiempo y el auge de la (mal) llamada revolución verde y la utilización en masa de fertilizantes y pesticidas químicos.

Esa preocupación por los problemas de la gente corriente de los países latinoamericanos (aunque se reflejara en el caso de la agricultura industrial en una solución errada con el paso del tiempo) se desarrolló también en su insistencia a la Junta Económica de Guerra de EE.UU. de que todo contrato que se realizara con los estados latinoamericanos debía incluir una cláusula laboral por la que se debía garantizar a los trabajadores “una retribución adecuada y un entorno de trabajo seguro”. Una política que por muy obvia que pueda resultar para el sentido común no deja de echarse de menos en el apoyo histórico norteamericano a gobiernos que omiten todo respeto por las reglas y recomendaciones de la OIT y que aplican o han aplicado las conocidas “doctrinas de choque” económico.

Pero además, ese interés por el “común de los mortales” de Henry Wallace es sintomático de algo que va a tener su continuación en el debate sobre la política a seguir por Washington en el mundo de la posguerra, especialmente en lo que se refiere al rol de Estados Unidos como “superpotencia”. Frente a la visión del “siglo americano”, Wallace contrapone su particular enfoque: el “siglo de la gente corriente”. El “siglo americano” fue un eslogan lanzado por el magnate de los medios de comunicación Henry Luce en 1941, quien, al abrigo de la entrada de EE.UU. en la guerra y posiblemente dentro del barullo eufórico y patriótico que sacude las conciencias de una nación que entra en guerra y piensa en términos de victoria, preveía un nuevo sistema mundial de posguerra basado en el liderazgo internacional de los Estados Unidos. Wallace, desde su visión cívica y republicana, contraponía a aquellos ideales imperiales el concepto del “common century man” tras una etapa de tres décadas en que precisamente habían sido las ambiciones de conquista, de creación y expansión de imperios, las que habían llevado a la Humanidad a una de sus etapas más oscuras con dos guerras globales de por medio.

Su visión podía resultar utópica -¿acaso no es precisamente la persecución de la utopía lo que da sentido a la propia historia del hombre?-, pero resultaba una utopía mucho más agradable que aquella otra que, con posterioridad, iba a resultar más certera, la de empujar o imponer a las naciones del mundo un paradigma político y social, el famoso “american way of life”. Como escriben Oliver Stone y Peter Kuznick, “Wallace, a quien los más pragmáticos tachaban de soñador y visionario, deseaba un mundo de abundancia basado en la ciencia y la tecnología, un mundo sin colonialismo ni explotación, un planeta pacífico donde reinase la prosperidad compartida”. Y por ello Wallace defendería el fin de los imperios coloniales -entre ellos, el británico, a pesar de la alianza entre Washington y Londres-; el fin de la discriminación racial en los Estados Unidos; el concepto de coexistencia pacífica con la URSS o las políticas sociales redistributivas y el papel del Estado como árbitro de la vida económica (de esa manera, y como escribe Cristina Vallejo, Wallace dijo a la Convención Demócrata en 1944 que para garantizar “beneficios para la mayoría en vez de la minoría, sería necesario utilizar, después de la guerra, nuestro sistema de impuestos mucho más hábilmente de lo que lo hemos hecho en el pasado para lograr los objetivos económicos”). Si globalmente el pronóstico de Luce fue más acertado, no cabe duda de que las propuestas del entonces vicepresidente se mostraron tremendamente avanzadas, aunque cuando se pusieron en marcha se había perdido un tiempo muy valioso y se vieron rebajadas en sus posibilidades por otros muchos condicionantes -el fin del colonialismo dejó paso al neocolonialismo; la igualdad de derechos para los afroamericanos no ocultó otras formas de discriminación y la coexistencia pacífica con la URSS en tiempos de Kennedy y Brezhnev no puso fin a la guerra fría ni al dominio, muchas veces férreo, ejercido por las dos potencias en sus respectivas esferas de influencia-.

UNA ZANCADILLA ¿INESPERADA?: EL VICEPRESIDENTE TRUMAN

Para aquellos que hubieran deseado que principios como los que Truman defendía siguieran rigiendo la política estadounidense, el jarro de agua fría recibido en Chicago en la convención demócrata de 1944 seguro que fue una amarga sorpresa. Pero, conociendo la capacidad de resistencia y de influencia del “establishment” y de los poderes políticos conservadores (incluso dentro del Partido Demócrata, como se ha visto recientemente en el caso de Sanders), a nadie podía extrañar que fueran capaces de movilizar todo lo que fuera posible para evitar que Wallace ascendiera aún más. Y el escenario de ver al vicepresidente en ejercicio como futuro presidente de Estados Unidos no estaba tan lejano: Roosevelt estaba cada vez más enfermo y envejecido (a Yalta ya había tenido que acudir en la silla de ruedas que le acompañaría en los acontecimientos e imágenes postreras de su vida), y aunque los electores y militantes demócratas de base daban todo su apoyo al progresista de Iowa, a los capitostes del partido -y en especial a los jefes del partido en el sur, que era desde los tiempos de la guerra civil y la política abolicionista de Abraham Lincoln el gran feudo demócrata- no les gustaba su inclinación izquierdista y su mensaje igualitario, antisegregacionista y proclive al intervencionismo estatal en la economía o la política fiscal. Para un momento en que la economía estaba ya en plena expansión gracias a la guerra y los créditos y las necesidades de reconstrucción de los aliados europeos garantizaban pingües beneficios a las empresas, para muchos no tenía sentido continuar con la senda marcada por el “New Deal”, especialmente cuando esas empresas podían favorecer, y mucho, los intereses del partido.

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Harry Truman celebrando su elección presidencial en 1948 con la famosa portada en la que se afirmaba erróneamente que el republicano Dewey le había derrotado.

De este modo, y pese a los consejos dados al propio presidente Roosevelt por muchos, entre ellos su propia esposa Eleanor -una mujer algo olvidada en la Historia y que merece destacarse por su adhesión a numerosas causas progresivas de su tiempo, desde la defensa de la España republicana a la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, y que fue uno de más firmes apoyos de Henry Wallace- así como los elementos liberales y progresistas del partido, permitió que se planteara la cuestión de la elección del candidato a vicepresidente (y a corto plazo su sucesor más inmediato, dado su estado) para ir con él en las elecciones de 1944 -en las que sería el cuarto mandato de Roosevelt-, sucumbiendo a las presiones de los conservadores de dentro del mismo. Estos últimos presentaron como candidato alternativo a un senador desconocido por Missouri, Harry Truman.  En un artículo en el blog estadounidense Nomadic Politics podemos leer que empujó al presidente a tal decisión: “La estima de Roosevelt hacia su vicepresidente, que había sido un valor seguro, se había esfumado en beneficio de las cuestiones prácticas. Muchos asesores de la Casa Blanca sentían que el vicepresidente se había escorado demasiado hacia la izquierda, dada la naturaleza de la política bipartidista. Un potencial ganador debía ser inclusivo y centrista. En pocas palabras, para ganar, un político debía ser todo para todo el mundo, pero especialmente para los sostenedores del poder.” Teniendo en cuenta que, como escribe el politólogo estadounidense Peter Deier, Wallace era (por referir sólo las cuestiones internas), un tenaz abogado de los sindicatos, los seguros nacionales públicos de salud y la igualdad de género y habría sido, de ese modo, el presidente más radical -y tomemos siempre esta palabra con alfileres- de la historia de Estados Unidos, no es de extrañar que el pragmatismo de la alta política en toda su crudeza hiciera acto de presencia.

La semblanza que realiza Gore Vidal sobre Truman no puede ser más crítica hacia éste: “la mayoría de los norteamericanos no tienen información sobre la historia, la geografía y lo que pasa en el mundo […] Lo que saben de Truman es que era un hombre pequeñito y bonachón, que tocaba el piano. No sabía nada de nada. Detrás de él estaba un Príncipe Metternich, el secretario de Estado Dean Acheson, abogado internacional que sabía de todo. Fue él quien diseñó el estado militarizado que emergió a partir de 1949 con Harry Truman, con la CIA incluida […] De modo que terminamos con un terrible presidente al frente del gobierno. Era tan malo que lo convirtieron en un ídolo. Todos los ignorantes admiran a Harry Truman, y no saben por qué. Él terminó con la República y nos colocó en esta ola de conquista”.

Pero, ¿cómo pudo este hombre “pequeño y bonachón” que finalmente dio al traste con las esperanzas levantadas por el “New Deal” y por un personaje como Wallace colocarse al frente de la primera potencia mundial -tal y como emergió del resultado de la SGM-? Precisamente porque los mismos que le auparon a la candidatura le auparon, pucherazo mediante -según Stone y Kuznick-, a la victoria en la Convención. A la hora de votar, la ventaja en número de delegados proclives a Wallace con la que contaba Wallace era tremendamente grande. De modo que se los jefes del partido consiguieron posponer la votación y maniobraron para que su candidato, Truman, consiguiera finalmente la victoria, que obtuvo en la tercera votación en medio de una gran confusión y un terrible tumulto, como puede verse en las imágenes del tercer episodio del documental de los propios Stone y Kuznick. “Hubo reparto de embajadas, direcciones generales y demás cargos. También hubo pagos en efectivo […] A petición del propio Roosevelt Wallace se conformó con la secretaria de Comercio y siguió en el gabinete”.

LA DENUNCIA DEL PÁNICO ROJO Y EL ANTICOMUNISMO Y SUS ÚLTIMOS DÍAS EN POLÍTICA: EL PARTIDO PROGRESISTA

Aun desde el propio gobierno, Wallace se mostró tremendamente crítico frente a la política que iba a seguir el nuevo presidente Truman, toda vez que poco tiempo después de la elección de Chicago Roosevelt fallecería y el antiguo senador de Missouri le sucedería al frente de la Casa Blanca. Truman iba a dar un giro de 180º a la colaboración entre los aliados anglosajones y la Unión Soviética, cuyo primer hito iba a ser el empleo práctico de las investigaciones del “proyecto Manhattan”, el proyecto de la bomba atómica, cuando éste hubo dado resultados. El lanzamiento en agosto de 1945 de las dos bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, bajo el pretexto de acabar la guerra con Japón con el menor derramamiento de sangre y en especial de bajas estadounidenses, esconde el hecho de que Japón estaba dispuesto a capitular ante la entrada soviética en la guerra del Pacífico, pactada con Roosevelt una vez finalizada la guerra en Europa, y el avance meteórico del Ejército Rojo en Manchuria y Corea. Truman, según explicamos en otra entrada -“La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”- lanzó la bomba para adelantar el final, evitar la entrada de la Unión Soviética en las negociaciones sobre Japón -al contrario de lo sucedido en Alemania- y lanzar un aviso a los rusos en un momento en que el anticomunismo, para la Casa Blanca y de acuerdo con los informes y percepciones de asesores como Dean Acheson, George Kennan o Foster Dulles, estaba empezando a suceder al antinazismo.

Wallace denunció la deriva de la política exterior estadounidense, comenzando por el intervencionismo estadounidense en favor de la política imperial británica, que contrastaba con las actitudes de la administración previa favorables a la descolonización, a la Carta de San Francisco que consagraba el derecho de los pueblos a escoger libremente la forma de gobierno bajo la cual querían vivir o la propia tradición antiimperial -al menos hasta finales del siglo XIX- de los Estados Unidos, así como la creencia en la superioridad de los pueblos anglosajones para regir el mundo. “En el mundo que comienza, ninguna nación tendrá el derecho divino de explotar a otras. Las naciones viejas tendrán el privilegio de ayudar a las naciones jóvenes a desarrollarse, pero esto no puede significar imperialismo económico o militar”, afirmaba. Por este motivo, condenaba el hecho de que EE.UU. fuera a solucionar o a sustituir a Gran Bretaña en la suerte de entuertos coloniales o neocoloniales en que estaba metido en los primeros tiempos de la posguerra, como fueron Irán -reclamando la salida de las tropas soviéticas del norte del país más por defender los intereses petrolíferos que la soberanía persa- o Grecia -apoyando al gobierno derechista y reprimiendo a los antiguos milicianos izquierdistas del ELAS para evitar un gobierno de concentración y permitir la reinstauración de las prácticas dictatoriales de antaño, lo que llevó a la guerra civil-.

Al mismo tiempo, otro de los factores criticados por Wallace respecto a la política exterior fue el de la progresiva ruptura de la alianza de posguerra con la URSS insertando progresivamente lógicas anticomunistas, que se fueron insertando también en la política interna (incluso antes de la “caza de brujas”). Las sucesivas negativas a considerar las demandas de la URSS respecto al acceso al Mediterráneo por el estrecho de los Dardanelos, la entrega de 400 millones de dólares para la lucha anticomunista a los gobiernos de la propia Turquía (100) y Grecia (300) -gobiernos que la administración Truman caracterizaba del “mundo libre”, pero que Wallace preguntaba de modo pertinente si acaso cabía calificar realmente de democráticas- y las sucesivas presiones para suprimir de los gabinetes de posguerra de Europa Occidental a los ministros comunistas -que conllevaron la represalia por parte soviética en las nacientes “democracias populares” de Europa del Este con respecto a los ministros conservadores, agrarios o democristianos-llevaron a Wallace a afirmar que eso precisamente llevaría a Stalin y a la URSS a ser precisamente lo que desde la administración Truman esperaban que fueran. “Cuanto más duros seamos nosotros, más duros serán los rusos”, dijo. La política de la coexistencia y la cooperación pacíficas se veían sustituidas por la política de la confrontación.

¿Era realmente bueno el presagio de Wallace? Si nos atenemos a las afirmaciones de Oliver Stone y Peter Kuznick, Eric Hobsbawn o Josep Fontana, la “guerra fría” se inició precisamente por esas percepciones que los dos posteriormente contendientes, inspirados por el miedo, los malentendidos y las acciones agresivas que aquellos empujaron, se vieron obligados a adoptar. Los norteamericanos fallaron en su percepción de que realmente los soviéticos se preparaban para hacerse, si no con la guerra, con los frutos de la guerra, siguiendo el discurso de Churchill en Fulton. Los rusos, por su parte, se vieron nuevamente amenazados por las acciones de la contraparte e inspirados por su miedo atávico, fruto de experiencias históricas desagradables de invasiones como las de Napoleón o Hitler y decidieron tomar un control cada vez más férreo de su zona de influencia, que era además u “colchón de seguridad” frente a nuevas invasiones procedentes de Europa Occidental.

De hecho, Joan E. Garcés, en su obra “Soberanos e intervenidos”, escribe de modo parecido, afirmando, como los anteriores autores, que los Estados Unidos no tenían realmente un riesgo de conflicto con la URSS -motivación principal del “pánico rojo”; de hecho, los soviéticos, que habían reducido el volumen de hombres en el Ejército Rojo, tenían como su mayor preocupación la reconstrucción de su país o la lucha contra la hambruna desatada en zonas occidentales, como Ucrania, no el levantamiento de un imperio-, y que la “guerra fría” no era sino un modo de “guerra preventiva”. Así lo explica el propio autor (que, escribiendo sobre el caso español, explica además que ese paso del antinazismo al anticomunismo permitió al gobierno de Franco su entrada en el sistema geopolítico occidental y contar como excepcional aliado norteamericano): “¿Quién preparaba en 1945 tamaña guerra contra EE.UU.? Nadie. El arma nuclear era monopolio de EE.UU. El presupuesto de la nueva guerra era la ruptura de la colaboración entre EE.UU. y la URSS. Los analistas y programadores de los supuestos enumerados concluían, el 11 de febrero de 1946, que b)la URSS necesita de diez a quince años para salir de su debilidad y alcanzar fuerza militar bastante para oponerse a los Estados Unidos con alguna razonable posibilidad de éxito; c)excepto para fines puramente defensivos, la URSS evitará al menos durante cinco años el riesgo de un conflicto armado de envergadura con EE.UU. ¿Dónde residía, pues, en 1945 el riesgo de otra guerra general? En una anticipación hipotética…”

Pero en esa anticipación -que luego no fue tal, porque las predicciones se revelaron falsas, por ejemplo en el caso de la posibilidad de que los soviéticos desarrollaran la bomba atómica y Estados Unidos dejara de poseer su monopolio- Truman y los “halcones” no podían quedar como los malos de la película. Cualquier actuación debía justificarse apelando a una histórica doblez, ya fuera de Stalin (cosa que le venía como el anillo al dedo, ya fuera apelando a las sangrientas purgas desarrolladas en el país o al pacto Molotov-Ribbentrop de 1939) o de la propia Rusia desde los tiempos del imperio zarista, como realizaban algunos diplomáticos estadounidenses. De ese modo puede entenderse el discurso de la “iron curtain” (telón de acero) de Churchill en Fulton o el desarrollo de la “doctrina Truman”, en su discurso a la Cámara de Representantes solicitando la concesión de los 400 millones para Grecia y Turquía, estableciendo la necesidad de EE.UU. de defender el “mundo libre” más allá del continente americano -doctrina que hoy día sigue vigente-. Consiguieron así que los soviéticos -cuya mayor preocupación no eran las cuestiones morales, sino el interés de su propio país- se comportara como esperaban: implantando el telón de acero, finiquitando las “vías nacionales” al socialismo de las democracias populares (con exportación de purgas incluida en Europa Oriental) y entrando de lleno en el juego de la carrera de armamentos y la “guerra fría”.

La advertencia de Wallace sobre ese juego de durezas respectivas no fue seguida en absoluto. Y es que, a pesar de que conocía perfectamente que en el nuevo mundo de posguerra las potencias vencedoras podían regirse por cuestiones prácticas, esperaba que aún por esa vía se consiguiera más en beneficio de las mayorías, a través del entendimiento y la cooperación mutua, que a través de la desconfianza y los prejuicios que presidieron las relaciones durante los años de 1945-1950. Así, aunque tanto los norteamericanos como los soviéticos persiguieran su propio interés, si ambos hubieran reconocido la legitimidad de las reclamaciones y la postura de la contraparte los resultados hubieran sido más satisfactorios, no sólo para sus pueblos, que habrían podido evitar una locura colectiva, una escalada en la represión interna y un gasto más que considerable en armamento, sino para otros pueblos envueltos en la misma guerra preventiva en el resto de continentes. Por esa razón, Henry Wallace afirmaba las bondades de una competencia pacífica entre los sistemas norteamericano y soviético: “Los rusos deberán tener más en cuenta las libertades personales, y nosotros prestar más atención a los aspectos de justicia socioeconómica”.

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Henry Wallace durante un mitín en el Madison Square Garden de Nueva York, denunciando la política de la administración Truman, la escalada de tensión con la URSS y el “pánico rojo”.

Decepcionado por la deriva en el interior de la administración, presentó su renuncia y preparó su candidatura a la presidencia  en las elecciones de 1948 por un renacido Partido Progresista, junto al antiguo actor y cantante Glen Taylor. Su candidatura era un clavo en el zapato para Truman, debido a que Wallace había sido, de largo, la segunda figura más importante del “New Deal” tras Roosevelt y era muy popular entre los trabajadores y los sindicatos, los intelectuales de izquierda (entre quienes le apoyaban se encontraban Albert Einstein o el músico Paul Robeson) y los movimientos de derehos civiles. Pero tenía en contra un factor: el anticomunismo, que se había instalado de tal forma en la administración y amenazaba la propia vida y estructura social posterior al New Deal, con investigaciones a los ciudadanos y los movimientos sociales y políticos por parte del FBI o la recién formada CIA y la necesidad de comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas implementado a instancias del senador Joseph P. McCarthy. Los sindicatos, las organizaciones de derechos civiles, el mundo del cine y el espectáculo, incluso la investigación del ejército (lo que a la postre costó el fin de la aventura inquisitorial del senador) fueron objeto de escrutinio, con bochornosas actuaciones por parte de personas como Walt Disney, Elia Kazan, Gary Cooper o Ronald Reagan delatando voluntariamente a sus compañeros por actividades de corte progresista a las que era fácil, en ese momento, etiquetar de “comunistas”. El “pánico rojo” sirvió para purgar la estructura de los sindicatos y los movimientos sociales y restar gran parte de su fuerza, lo que facilitaría con posterioridad los ataques neoliberales.

También pasaría factura al Partido Progresista de Wallace, quien fue tachado como comunista -lo cual era parcialmente cierto en el sentido de que el CPUS apoyaba su candidatura, pero también en el pasado había mostrado su apoyo a Roosevelt- y el hecho de que hiciera bandera de la igualdad salarial y de derechos de los afroamericanos (aspecto defendido ya en el pasado por el propio CPUS) no hizo sino poner en bandeja la excusa de “rojo” tanto a los republicanos como a los demócratas y segregacionistas del Sur. Manifestantes se concentraban en la puerta de los mitines de Wallace con pancartas que le caracterizaban como títere de Stalin; el propio Truman dijo no querer los votos de Wallace “y sus comunistas” y su número dos y candidato a vicepresidente, Glen Taylor, fue golpeado y detenido por la policía en Birmingham (Alabama) por hacer caso omiso de las puertas separadas por razas durante el Congreso de los Jóvenes Negros del Sur. Wallace, al saber esto, se refirió a la hipocresía de condenar las agresiones a las libertades cometidas en Europa del Este mientras en Estados Unidos existía segregación racial, discriminación laboral o arbitrariedades policiales como la que acababa de ocurrir.

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Wallace con Glen Taylor, su candidato a vicepresidente por el Partido Progresista en las elecciones presidenciales de 1948.

La campaña del miedo surtió efecto. Truman fue elegido por delante del republicano Thomas E. Dewey -pese a que algunos medios cantaron la victoria de éste último-. Wallace quedó cuarto con el 2,4% de los votos (aunque obtuvo mejores resultados en algunos estados industriales y de la costa este, como Nueva York, donde consiguió el 8,3%), superado por Strom Thurmond, gobernador demócrata de Carolina del Sur y que se presentó por el segregacionista y efímero Partido Democrático de los Derechos de los Estados, conocido popularmente como Dixiecrat. Este fracaso supuso la retirada definitiva de Wallace del mundo de la política, regresando al mundo de los negocios agrícolas.

Aunque no volvió a intervenir en política, la campaña anticomunista de la “guerra fría” acabó por surtir efecto incluso en él, apoyando al presidente Truman en su postura en la guerra de Corea y revisando sus antiguas percepciones sobre la URSS, explicando su cambio de postura en el libro “Why I was wrong” (“Por qué estaba equivocado”). En sus últimos años de vida, apoyó las candidaturas de los republicanos Eisenhower y Nixon, con lo que completó un lamentable giro de 180º. Murió en 1965, víctima de esclerosis lateral amiotrófica.

EPÍLOGO: SIMILITUDES RECIENTES

Cuando Wallace se presentó a las elecciones por el Partido Progresista, su campaña, al igual que la de Bernie Sanders, no fue financiada por las grandes corporaciones industriales y financieras, optando por recaudar fondos de los particulares, los militantes y simpatizantes del partido, en aras de hacer política en interés de los votantes y no de las minorías. En uno de los mítines del partido, el antiguo locutor de radio William Gailmor exhortaba así a los presentes: “Al Partido Progresista le falta, y se enorgullece de que le falte, la riqueza de Wall Street y el dinero de los industriales. Este partido no está respaldado por el poder de los militaristas, los intereses creados de los dos viejos partidos. Este partido del pueblo depende de todos y cada uno de ustedes.”

No en vano, el poder del 1% frente al 99%, de la minoría rica sobre la mayoría popular, trabajadores, clases medias, pobres en cada vez más número excluidos de la retórica del “American Dream” que el propio Sanders denunció en el Senado estadounidense, ya era denunciado por el vicepresidente con palabras que hablaban de los fascistas americanos. No eran fascistas porque portasen esvásticas o saludasen con el brazo en alto (imposible en un país que prestó ayuda y luego combatió del lado de los aliados), sino por otras razones, aunque perfectamente comprensibles a poco que se rascase en la retórica vacua: “Dicen ser superpatriotas, pero destrozarían todas las libertades de nuestra Constitución. Demandan libertad de empresa, pero son los cabecillas de los monopolios y los intereses creados. Su objetivo final es tener en sus manos el poder político para, de este modo, usando el poder político y el poder económico simultáneamente, mantener al hombre de la calle en un estado de subyugación eterna”. En aquel entonces, Wallace hablaba de fascismo; hoy día nos referiríamos al neoliberalismo. Quizá por ese motivo apelaba al Estado social -por ejemplo, mediante la política impositiva- para evitar el surgimiento de nuevos Hitler que pudieran alimentar su éxito apelando a la desesperación de las masas.

Los parecidos entre el discurso y la época de Wallace y la de Sanders -y la de los movimientos que los impulsaron, desde los arruinados “sharecroppers” y los obreros sin trabajo de la Gran Depresión a los arruinados por las hipotecas “subprime” y los indignados de Occupy Wall Street– son muchos pese a la distancia en el tiempo que ha pasado entre unos y otros. Lo que debemos lamentar en este caso es, precisamente, la cantidad de tiempo perdido (o echado a perder) que figura entre aquellas décadas de 1930-1940 y este comienzo del siglo XXI. Ojalá no caigamos de nuevo en el mismo error.

FUENTES:

Bernie Sanders, “El modelo económico global está fracasando”. Tercera Información, 10/07/2016. En http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/07/10/el-modelo-economico-global-esta-fracasando

Juan Laborda, “Por qué Bernie Sanders hubiese ganado la elección presidencial”. Voz Pópuli, 10/11/2016. En http://www.vozpopuli.com/desde_la_heterodoxia/Bernie-Sanders-ganado-eleccionpresidencial_7_970472945.html

Carmelo Ruiz Marrero, “La vida y pasión de Henry A.” En http://www.alainet.org/es/active/53429#comment-0

“Tengo celos de Cuba”. CubaDebate. Entrevista a Gore Vidal. 12/10/2006. En http://www.cubadebate.cu/noticias/2006/10/12/tengo-celos-de-cuba-dice-gore-vidal/#.WGpPKLngwrg

Cristina Vallejo, “Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente”. FronteraD, 12/11/2015. En http://www.fronterad.com/?q=ricos-no-siempre-ganan-historia-sobre-conciencia-igualitaria-en-estados-unidos-y-sus-lecciones-para

“Henry A.Wallace”. Biografía en United States History (http://www.u-s-history.com/pages/h1754.html)

“Henry Wallace (1888-1965)” en The Eleanor Roosevelt Project (https://www2.gwu.edu/~erpapers/ teachinger/glossary/wallace-henry.cfm).

“Henry Wallace and The Last Progressive Party”. Nomadic Politics, 09/12/2013. En http://nomadicpolitics.blogspot.com/2013/12/henry-wallace-and-last-progressive-party.html

Peter Dreier, “Henry Wallace, America’s Forgotten Visionary”. ThruthOut, 03/02/2013. En http://www.truth-out.org/news/item/14297-henry-wallace-americas-forgotten-visionary

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos: Una visión crítica de la política nortamericana del último siglo”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Joan E.Garcés, “Soberanos e intervenidos: Estrategias globales, americanos y españoles”. Madrid, Siglo XXI, 2012.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículo “Franklin D. Roosevelt”.

 

 

 

 

 

 

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