¡El fútbol es política, estúpidos!

“Dado que la vida de los individuos, clases o grupos sociales tiene lugar en campos sociales considerados no políticos, en la medida en que en ellos impera el fascismo social, la democracia representativa tiende a ser sociológicamente una isla de democracia que flota en medio de un archipiélago de despotismos […] La democracia representativa no sólo vive cómodamente con esta situación, sino que la legitima al volverla invisible.”

Boaventura de Sousa Santos.

A raíz del recientemente llamado “caso Zozulya” -la frustrada cesión del futbolista ucraniano Roman Zozulya por parte del Betis al Rayo Vallecano por la oposición y movilización en contra de buena parte de los aficionados de este último equipo, debido a los vínculos del jugador con la extrema derecha en su país- se ha desatado un revuelo periodístico, institucional -en el seno de la Liga de Fútbol Profesional y la Asociación de Futbolistas españoles e incluso la intervención de la embajada ucraniana en Madrid- y por supuesto en las redes sociales sobre el tema.

Los puntos calientes del asunto han sido varios -y los iré repasando a continuación- pero vuelven a versar sobre una polémica ya antigua, la de la relación entre el deporte -y en este caso, el fútbol, como “deporte rey” a nivel mundial- y la política. No deja de resultar curioso que desde las instituciones, sean nacionales, internacionales o globales (léase la UEFA, la FIFA, el COI… aparte de los diferentes gobiernos) se ha tratado de eludir y de minimizar el contenido del debate tratando de repetir incesantemente el mantra, que ha calado entre sectores de la población, especialmente en democracias liberales o representativas, de que no se deben mezclar ambos temas. Y digo que no deja de ser curioso porque de este modo, paradojas de la vida, lo que se trata es de evitar que en el debate sobre la relación entre la política y el deporte llegue a hablarse sobre cómo desde la política institucional el deporte ha sido utilizado para la consecución de sus objetivos o la legitimación de sí mismos o de sus fines, y de cómo la negociación de puestos, de candidaturas para albergar eventos deportivos, la presencia de grupos de presión, etc. tiene mucho que ver con la política (y por tanto, está expuesta a los mismos males que la política que se desarrolla en los parlamentos de los estados).

Toda decisión que se toma en un ámbito institucional es política. El problema es que, en muchos casos, esas instituciones no son representativas, ni sus procedimientos son transparentes, aún a pesar de afectar de que sus decisiones afectan o pueden llegar a afectar a la vida de miles de personas (tal y como ocurre con la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, la reunión bancaria de Basilea…). De ahí que la intención y la repetición de la consigna de separar la política del deporte se basa en la intención de separar aquellas intenciones, manifestaciones o protestas de índole político-social que puedan afectar al “status quo” de la organización deportiva, sea a nivel regional, nacional o mundial, así como a la posibilidad de articular una alternativa diferente a la forma en que se organiza el deporte en cada una de esas escalas. De ahí la pertinencia de las palabras del inicio de Sousa Santos: en la medida en que en las instituciones deportivas mundiales existe ausencia de fiscalización y control -y lo hemos comprobado recientemente, con los escándalos de corrupción que han salpicado a la FIFA y la UEFA y a sus respectivos presidentes, Joseph Blatter y Michel Platini; la compra de votos para la organización de los próximos campeonatos mundiales de fútbol en Qatar y Rusia; el despilfarro financiero y la represión de las protestas sociales en Brasil como consecuencia de la celebración del pasado mundial de fútbol, al que siguió de forma consecutiva la de las olimpiadas de Río de Janeiro- pero son considerados autónomos, cuando no ajenos, a la política institucional, esto es, la de los parlamentos, se convierten en espacios para la aparición del fascismo social y la legitimación de espacios para acallar voces discordantes e incluso para servir de instrumento de propaganda a regímenes y gobiernos que no dudan en aplastar cualquier intento de disidencia o de protesta.

LA POLÍTICA HACE EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CANCHA

Ya se vivió, en el ámbito del fútbol, en 1978, con el entonces presidente de la FIFA, el brasileño João Havelange -que ganó las elecciones al inglés sir Stanley Rous cuatro años antes, chapado a la antigua y con quien murieron los últimos rastros de amateurismo- y radical transformador del “deporte rey” en un negocio global, con la entrada de los grandes patrocinios (Adidas, Coca-Cola), la celebración de nuevos torneos y nuevos países para la disputa del gran evento, el Mundial, para la obtención de mayores audiencias y mayores ingresos (y al mismo tiempo que el negocio, el lucro personal, el clientelismo y la corrupción -http://www.panenka.org/miradas/el-futbol-de-havelange/-). Havelange no tuvo empacho alguno en pasar por encima de las críticas que sobrevenían por la celebración del campeonato mundial de fútbol de ese año en la Argentina de la dictadura militar -recordemos: 30.000 desaparecidos, miles de bebés robados, torturas, participación en la “operación Condor” conjunta con otras dictaduras del Cono Sur para la desaparición de opositores políticos, “doctrina de choque” económico o fracaso y descrédito final con la guerra de las Malvinas-, bajo la premisa de que “sólo” vendía “un producto llamado fútbol”. Al parecer, por el producto de esa venta -por la que protegió a figuras prominentes de la dictadura argentina, como el jefe del comité organizador del Mundial, el almirante Carlos Lacoste, protegido del teniente y condenado por genocidio Carlos Massera- recibió sobornos en metálico y en especie, como una finca que supuestamente habría sido regalo del jefe de la junta militar Jorge Rafael Videla. Las amistades peligrosas -también fue amigo del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger-y los sobornos no acabarían ahí ya que, según informa el periodista escocés Andrew Jennings, llegó a cobrar cuarenta y cinco millones de dólares en sobornos de la empresa ISL (http://www.clarin.com/deportes/futbol/adios-havelange-inventor-negocio-personal_0_H1Nq5mZc.html). La línea inaugural marcada por Havelange con Argentina , esa diferenciación entre fútbol/deporte y política -para regodeo de autócratas y de gobiernos con graves déficits de respeto a los derechos y libertades públicas- continuó con la celebración de mundiales de fútbol en, por ejemplo, Sudáfrica, que a pesar de ser un régimen democrático convive con numerosas desigualdades, corrupción y falta de respeto por derechos básicos de la población (dos años después de la celebración del Mundial, treinta y cuatro mineros eran ametrallados por la policía en el transcurso de unas protestas en Marikana) y las próximas convocatorias en Rusia y Qatar.

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João Havelange, expresidente de la FIFA.

Mucho antes, en 1934 y 1936, las dictaduras fascistas de Italia y Alemania utilizaron el campeonato mundial de fútbol y los juegos olímpicos de Berlín, respectivamente, para la propaganda de sus respectivos éxitos políticos, como demostración de su cohesión nacional y de la supremacía de sus respectivas “razas” (http://www.rtve.es/television/20160727/noche-tematica-berlin-1936-juegos-nazis/1370660.shtml). Aquí ya se habló en su día del escándalo que supuso la intervención del propio Mussolini ante árbitros o incluso equipos rivales con ánimo de comprarlos o amedrentarlos a través de matones, e incluso a través de la nacionalización exprés de futbolistas argentinos con orígenes italianos para incorporarlos a la “squadra azzura”, con tal de que Italia ganara el Mundial. La prometedora selección española tuvo que sufrir en sus propias carnes -y nunca mejor dicho, pues tras dos partidos, uno de ellos de desempate, el número de bajas españolas “cosidas a patadas” por los futbolistas italianos fue tan númeroso que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, tuvo que alinear casi al completo al equipo de reserva para el segundo partido- el juego brusco y la injusticia arbitral en cuartos, cosa que también ocurrió con la excepcional Austria del Wunderteam en semifinales y con Checoslovaquia en la final (los este-europeos se sintieron tremendamente sorprendidos cuando el árbitro, sueco, hizo el saludo fascista al palco, según se supo con posterioridad a petición de las autoridades italianas). Los jugadores italianos también recibieron presiones y amenazas del Duce para ganar el campeonato, como expresa el argentino nacionalizado Luis Monti, que cuatro años antes había jugado con la selección sudamericana el primer campeonato celebrado en Uruguay (https://es.wikipedia.org/wiki/Copa_Mundial_de_F%C3%BAtbol_de_1934).

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Cartel de la Olimpiada de Berlín 1936.

Lo de la olimpiada hitleriana, más conocido por recientes documentales y la icónica imagen del estadounidense Jesse Owens desafiando las teorías de la supremacía racial aria en la prueba reina de los juegos olímpicos (el atletismo), no deja de tener su tragedia porque los juegos se celebraron con la connivencia de los comités olímpicos internacionales, arrastrados por el comité estadounidense -el más potente por entonces-, para cuyo presidente, Avery Brundage, el boicot propuesto a los “juegos de Hitler” no era más que una “conspiración judeo-comunista”. A los dirigentes nazis no les costó mucho contar a Brundage la milonga de que la Alemania nazi era un país tolerante en el que no se perseguía a los judíos o los opositores políticos y que los juegos serían un ejemplo de eficacia y magnificiencia (como fueron, pero desgraciadamente para mayor gloria del régimen). Sólo España  a raíz del cambio político acontecido en las elecciones de febrero de 1936 -aunque sí había participado en las olimpiadas de invierno, antes de la asunción por el gobierno de izquierda del Frente Popular de sus funciones- y la Unión Soviética decidieron seguir adelante con el boicot, y de hecho, la frustrada Olimpiada Popular de Barelona, patrocinada por el gobierno autónomo de la Generalitat y el de la República española y alternativa antifascista a los juegos berlineses, iba a contar con más atletas participantes que las oficiales. (https://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics#Political_aspects, http://www.nodo50.org/esperanto/artik33es.htm y https://quatrebarresblog.wordpress.com/2016/08/21/las-olimpiadas-populares-de-barcelona-en-1936-contra-el-fascismo/).

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Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en el que se anuncian las competiciones de boxeo y lucha.

Pero este escaso respeto por el espíritu olímpico (un inciso: ¿tiene en cuenta el señor presidente de la Liga de Fútbol Profesional Javier Tebas los ideales olímpicos cuando defiende a un jugador de fútbol que ha hecho apología de grupos paramilitares de extrema derecha en cuyo ideario figura la limpieza étnica de su país, Ucrania, de rusos, polacos o rutenos? ¿tienen en cuenta los mandamases del fútbol español a quién han colocado al frente de la LFP y esos ideales del deporte como vehículo de integración y respeto, cuando Tebas ha declarado su fidelidad a los ideales de un movimiento ultraderechista como Fuerza Nueva -fundado por un antiguo jerarca del franquismo como Blas Piñar y de ominoso recuerdo durante la transición por la violencia política ejercida contra la oposición democrática, como pueden dar fe los supervivientes y amigos de los fallecidos en la matanza de Atocha- y ha afirmado que en España hace falta alguien como el exlíder del FN francés, Jean Marie Le Pen) que se vio con la connivencia con Hitler se fue repitiendo después en el mismo seno del COI con la elección de Juan Antonio Samaranch Torelló como presidente del mismo.

Samaranch, de filiación falangista, estrecho amigo del ministro de Exteriores del primer franquismo y conocido germanófilo Ramón Serrano Súñer (a quien los recientes libro y serie televisiva “Lo que escondían sus ojos” ha tratado de blanquear, obviando sus crímenes y presentándolo apenas como uno de los protagonistas de una desventurada historia de amor adúltero en una época de estrictos convencionalismos), hizo carrera en un régimen sobre el que siempre ha mantenido un discurso ambiguo, semejante al del anterior rey español Juan Carlos de Borbón. De su ascensión por los peldaños de la administración franquista de Barcelona y luego como embajador en la URSS se sirvió para negocios privados del estilo de los de Havelange y para alcanzar -paradójicamente, con apoyo soviético- la presidencia de la organización olímpica mundial. Tras su retirada de la organización y su acceso a la presidencia de honor del organismo y la entrega por el rey del título nobiliario de marqués de Samaranch (ambos promovidos por políticos catalanes, en agradecimiento por la celebración de los juegos de 1992 en la Ciudad Condal), se han ido conociendo los escándalos sucesivos -en la zona franca barcelonesa, en La Caixa, en Inmobiliaria Colonial, la connivencia con Javier de la Rosa- en los que Samaranch y su entorno familiar han estado implicados. (http://www.publico.es/actualidad/pasado-franquista-persigue-juan-antonio.html y http://www.nodo50.org/forumperlamemoria/?El-fascista-Juan-Antonio-Samaranch). Samaranch, sin embargo, pudo morir tranquilo: ni fue investigado por sus corruptelas ni la presidencia de honor del COI le fue quitada (tampoco promovida por las autoridades democráticas, ni españolas ni del olimpismo internacional) en aras de su pasada y fructífera colaboración con el fascio, de la que no se retractó.

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Samaranch en una jura oficial. En segundo plano podemos ver a Francisco Franco y al almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno del régimen dictatorial.

Pero no pensemos que el deporte es usado sólo por regímenes dictatoriales y por personajes de siniestro pasado (aunque, como hemos visto, con la necesaria colaboración de los regímenes democráticos) para sus fines. También las democracias liberales han empleado los éxitos deportivos, individuales o colectivos, para hacer propaganda de unos determinados valores, elevar la moral patria o incluso desviar la atención. Durante la “guerra fría”, los enfrentamientos en los Juegos Olímpicos entre las selecciones de baloncesto de los Estados Unidos y la Unión Soviética significaban, en caso de victoria, un espaldarazo para sus respectivos sistemas políticos y  económicos y una oportunidad para la propaganda y la exaltación patriótica, así como lo fue el “milagro sobre hielo” de la selección estadounidense de hockey sobre hielo al vencer a la URSS en Nueva York y colgarse después la medalla de oro en los juegos de invierno de 1980, en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atravesaban un mal momento por la intervención soviética en Afganistán (https://es.wikipedia.org/wiki/Milagro_sobre_hielo).

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La selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998.

Los triunfos futbolísticos de Francia en el Mundial de 1998 y de España en el de 2010 sirvieron, asimismo, para potenciar una conciencia colectiva que, en el caso francés, pasaba por la renovación de la identidad nacional, acogiendo en ella a nuevos ciudadanos con independencia de la procedencia o el origen familiar (muchos jugadores de aquella selección, como Desailly, Karembeu, Thuram, Djorkaeff o Zidane eran hijos de emigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas o de otros países), en un momento de ascenso del ultraderechista Frente Nacional y de conflictos en los “arrondisements” parisinos, donde se concentra buena parte de la población inmigrante pobre. En el de España, el campeonato ganado en Sudáfrica valió para ser sacado a relucir por parte de las autoridades como ejemplo de superación y de esfuerzo colectivo, en un momento delicado por la crisis económica e institucional, y para aunar la identidad española frente a los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, ante la polémica independentista. Incluso llegó a usarse al equipo como imagen de la llamada “marca España”, la internacionalización de las firmas comerciales y empresas españolas en el extranjero. Sin embargo, ese estudiado idilio no duró mucho: apenas un año después de aquel campeonato, en mayo de 2011 surgía el “movimiento 15-M”, y aquellos jóvenes que habían festejado el triunfo de la selección salían ahora a criticar a las instituciones y a los políticos que habían manejado el mismo en su propio beneficio. En otro campeonato muy anterior, el de Suiza 1954, la inesperada victoria en la final de la República Federal de Alemania frente a la favorita Hungría -que había derrotado a los germano-occidentales por 8-3 en la primera fase- sirvió para que la RFA, destrozada económicamente y con el trauma aún de ser señalada con el dedo por las atrocidades del nazismo, pudiera recomponer su orgullo nacional. “Este milagro, el futbolístico, supuso el pistoletazo de salida para el gran milagro alemán, el económico, que levantó a un país destruido y en ruinas hasta convertirlo en la primera potencia económica de Europa, además de incrementar el espíritu nacionalista y la autoestima en ese país” (Juanvi Savifont, “Fútbol es cultura: El milagro de Berna” 01/10/2013, en https://www.elfutbolesinjusto.com/hemeroteca/el-futbol-es-cultura-el-milagro-de-berna/).

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Fritz Walter (izquierda) y Ferenc Puskas, capitanes de la RFA y Hungría en el saludo protocolario antes del inicio de la final del Mundial de Suiza 1954.

Un milagro económico impulsado un año antes con la condonación por parte de los aliados occidentales de las deudas de guerra de la RFA, en aras de que la parte occidental del país no se viera superada económicamente por la socialista República Democrática Alemana (“Entretanto, del otro lado de la “cortina de hierro”, la República Soviética (URSS), pese al terror de Stalin, o precisamente por su causa, revelaba una pujanza industrial portentosa que transformó en pocas décadas una de las regiones más atrasadas de Europa en una potencia industrial que rivalizaba con el capitalismo occidental y, muy especialmente, con Estados Unidos, el país que emergió de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso del mundo. Esta rivalidad se tradujo en la Guerra Fría, que dominó la política internacional en las siguientes décadas. Fue ella la que determinó el perdón, en 1953, de buena parte de la inmensa deuda de Alemania occidental contraída en las dos guerras que infligió a Europa y que perdió. Era necesario conceder al capitalismo alemán occidental condiciones para rivalizar con el desarrollo de Alemania Oriental, por entonces la república soviética (sic) más desarrollada”. Boaventura de Sousa Santos, “El problema del pasado es no pasar: a cien años de la Revolución rusa”, 03/02/2017, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2017/02/03/el-problema-del-pasado-es-no-pasar-a-cien-anos-de-la-revolucion-rusa/).

Como hemos visto, el deporte y la política han sido compañeros a lo largo de los años en muchas ocasiones. El problema surge cuando el deporte se convierte en la puerta de entrada de otros actores y otras reivindicaciones políticas distintas a las oficiales o institucionales, y de cómo las autoridades manejan entonces el asunto.

EL “CASO ZOZULYA”: UNA RESPUESTA HABITUAL… Y MATICES NUEVOS

El caso de Roman Zozulya ha avivado esa llama en pro de la separación (imposible) entre el fútbol y la política. En el mercado invernal de fichajes de este año, este futbolista ucraniano, internacional con su selección, iba a ser cedido hasta final de temporada del Betis al Rayo Vallecano, militando actualmente en Segunda División y con ciertas dificultades (zona baja de la tabla clasificatoria). Ante la noticia, peñas y grupos de aficionados descubren que Zozulya está relacionado con los medios ultraderechistas de su país y los grupos paramilitares que, en el conflicto que está teniendo lugar en el este del país (región del Donbass, las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk), luchan en apoyo del ejército ucraniano frente a las milicias prorrusas, quienes cuentan con apoyo del gobierno de Moscú. Y todo esto por la propia actividad del jugador en las redes sociales.

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Mensaje de la afición del Rayo Vallecano en protesta por la incorporación de Roman Zozulya a la disciplina del club franjirrojo.

Entre estos grupos armados de ultraderecha se encuentran organizaciones como el batallón Azov (entre los que figuran los ultras de su antiguo club, los Dnepr White Boys del Dnipro, con cuyo emblema ha aparecido posando en fotografías en las redes sociales) o el Pravy Sektor. Los llamamientos de estos grupos no se han limitado a pedir ayuda y estimular el combate contra las fuerzas prorrusas y acabar con la insurrección (cosa que también desea el presidente ucraniano y magnate chocolatero Petro Poroshenko, aunque a través de un acuerdo entre las partes, formando parte del llamado “partido de la paz” frente a sus socios de gobierno como Arsenyi Yatsenihuk o el ultraderechista partido Svoboda, que forman parte del “partido de la guerra” -http://www.lamarea.com/2015/04/04/ucrania-tregua-por-agotamiento-economico/-). Podemos decir sin temor a equivocarnos que el ideario de estos grupos pasan por la eliminación física de todos aquellos que no sean “ucranianos étnicamente puros” -rusos, polacos, judíos, rutenos-, como demuestra su admiración por los ultranacionalistas -aliados de la Alemania nazi y culpables de delitos de lesa humanidad durante la SGM, como el asesinato de miles de polacos, judíos y comunistas- Stepan Bandera (nombrado héroe nacional por el gobierno de Victor Yushenko en 2010, lo que levantó ampollas entre países vecinos como Polonia y Eslovaquia, y que apareció rehabilitado en pancartas y carteles por Kiev durante las protestas del Maidán que hicieron caer al gobierno de Yanukovich en 2014) y su Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). La masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa, en la que murieron asesinadas 42 personas, o el prender fuego vivo a un partidario de los prorrusos demuestra que su modo de actuación no pasa en absoluto por respetar las convenciones de Ginebra. La presencia de estos grupos de ultraderecha, aunque minoritaria, resulta importante para el gobierno y el ejército de Kiev, por cuanto les dejan hacer, forman una minoría poderosa por estar armados o han sido formados en el seno de grupos políticos que no se declaran de ultraderecha (entrevista al periodista francés Paul Moreira, http://www.lamarea.com/2016/02/13/la-revolucion-de-ucrania-ha-engendrado-un-monstruo-que-va-a-ponerse-en-su-contra/)

La actividad de Roman Zozulya respecto a su apoyo a grupos de extrema derecha en Ucrania ha sido notoria, y ha sido la base para que una amplia mayoría de seguidores franjirrojos (contrariamente a lo difundido por la mayoría de medios de comunicación, al menos en un principio, no ha sido una acción “de acoso” realizada por Bukaneros, los ultras del club del sureste de la capital, sino que la oposición al fichaje ha procedido de amplios sectores de la afición franjirroja y también de otros ámbitos sociales del barrio) se oponga a la incorporación del jugador a la disciplina del equipo. No sólo es que haya aparecido con la mencionada insignia de los ultras del Dnipro o que se haya creado confusión a su llegada a España entre una camiseta que llevaba puesta con el  escudo nacional de Ucrania y que un periodista creyó era el logo del Pravy Sektor. Zozulya ha aparecido en fotos en las que bromeaba con su parecido físico con Stepan Bandera, el ya mentado líder ultraderechista y filonazi ucraniano -¿se imaginan cómo actuarían aquellos que claman por la inocencia y el respeto al jugador si un futbolista, pongamos para más inri vasco, bromeara sobre su parecido físico con Josu Ternera o Santi Potros?-. La fundación Narodna Armiya (Ejército Popular), que crea para recaudar fondos en ayuda a los grupos que combaten a las milicias prorrusas, ha colaborado con los ultras del Dnipro en el reclutamiento de voluntarios para el batallón Azov, y él mismo se ha involucrado en esa tarea apareciendo en videos de apoyo para este grupo, uno de ellos, animando a participar en una manifestación convocada por este grupo contra la “capitulación”. (http://m.ara.cat/opinio/Roman-Zozulya-Vallecas-no-es-lloc-per-a-nazis_0_1734426761.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-ucraniano-Vallecas-Rayo_0_1912608725.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-hace-video-canal_0_1916808328.html y http://.publico.es/sociedad/1987544/no-habra-nazis-en-el-rayo-vallecano).

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Roman Zozulya en el video del Batallón Azov, apoyando la manifestación contra la “claudicación” convocada por este grupo paramilitar.

Desde que se conoció el boicot de la afición rayista a la llegada de Zozulya a Vallecas, un sinfín de reacciones contrarias a la postura de los aficionados (que han llegado a ser tachados de analfabetos y “subnormales” por algún comentarista deportivo, como José Joaquín Brotons) y de solidaridad con el jugador comenzaron a surgir, además de la consabida consigna de “no hay que mezclar fútbol y política”. El presidente de la LFP, el mismo ultraderechista que trata de ilustrar a los ciudadanos de España para justificar su apoyo y adhesión a los ideales de Fuerza Nueva diciendo que “la gente no sabe lo que es Fuerza Nueva” (pásmense: ahora no sabemos quiénes fueron los asesinos de Atocha o de Yolanda González) anuncia una querella contra varios miembros de Bukaneros que el día de la llegada de Zozulya para firmar su incorporación al equipo insultaron e increparon al jugador (en cambio, la misma LFP nunca ha presentado querella alguna contra grupos como el Frente Atlético por el asesinato de dos hinchas, uno de la Real Sociedad y otro del Deportivo de la Coruña, cosa más grave que un insulto).

Se ha hablado de manipulación de las pruebas para emitir un juicio sobre la filiación ultraderechista del jugador, cosa absurda por cuanto no es una sino varias las fotos, además de un video, y por si fuera poco todos hemos podido comprobar por las cámaras de TV como el muchacho tenía las pocas luces de recibir obsequios de y dejarse fotografiar con los ultras de extrema derecha del Betis, a su vuelta a Sevilla, “con la que está cayendo”, que dirían nuestras abuelas (http://sareantifaxista.blogspot.com.es/2017/02/ultras-neonazis-recibieron-con.html?m=1).

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Roman Zozulya, a su llegada a Sevilla tras su frustrada cesión al Rayo Vallecano, fue recibido por los ultras de extrema derecha del club verdiblanco, Supporters Gol Sur, con quienes se fotografió y de quienes recibió una camiseta del grupo.

Se ha hablado (El País y una página web irónicamente llamada Stopfake) de que “la propaganda rusa” ha manipulado convenientemente las pruebas para frustrar el fichaje de un jugador ucraniano con una clara actitud patriótica -al parecer, el único delito del muchacho sería el de amar mucho a su país y donar dinero para sus fuerzas armadas y para los niños afectados por el conflicto, tratando de convertirlo en una suerte de filántropo maltratado por la desinformación del Kremlin- por un equipo dominado por la extrema izquierda y el rojerío más rancio y criptocomunista. ¡Cómo si los servicios de inteligencia o las agencias de prensa o quién quiera que sea de Rusia no tuvieran otra cosa que hacer que meterse en el mercado de fichajes del fútbol de España! Y justo ahora, no cuando el jugador se incorporó a la disciplina del Betis.

Se ha hablado de que no entendemos la situación de Ucrania y por lo tanto cualquier opinión emitida al respecto estará contaminada por juicios de valor que no pueden aplicarse al contexto político y al enfrentamiento bélico que está teniendo lugar en el este del país. Por supuesto, ni Ucrania ni el Donbass ni Rusia son en este sentido un dechado de virtudes, ni creo que puedan alzarse como antiguas luchas del pasado que levantaron pasiones y solidaridad internacionales (la República Española -aunque algunos militantes españoles hayan acudido al Donbass tratando de rescatar la bandera del internacionalismo antifascista de las Brigadas Internacionales-, el Congo de Lumumba, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista). Pero aun con esta compleja realidad y la adhesión que pueda despertar en Occidente la causa de Ucrania, sea por amistad hacia Kiev, enemistad hacia Moscú o el mantenimiento de las fronteras e integridad de los estados (y depende, pues ya hemos visto que sí se ha reconocido la independencia unilateral de Kosovo), no es de recibo que desde los aliados europeos se haga la vista gorda sobre esa ultraderecha en la que se apoyan los amigos de Kiev (¿acaso está aislada Ucrania, sin aliados externos como la Unión Europea?, ¿sus amigos de las democracias occidentales de la OTAN no pueden -es un suponer- intervenir en su favor y ha de depender de fascistas y neonazis? Aquí nos encontramos con dos contradicciones, como revela el periodista Paul Moreira: la primera es que tras la revolución del Maidan el gobierno salido de la misma, que se suponía democrático -al menos más que Yanukovich-, pro-europeo y pro-occidental, no da en la realidad esa impresión, sino que convive con la ultraderecha en su gabinete y en influyentes círculos sociales y militares; y dos, a la UE y la OTAN no les importa en absoluto, mantiene su alianza con Ucrania escurriendo el bulto, sin exigir cuentas a Kiev y achacando cualquier información sobre el asunto a intoxicaciones moscovitas). Ni que como ciudadanos tengamos que tolerar lo que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos, cuando se trata de injusticias, y relativizar el fascismo -que debemos recordar, en España y en Europa fue el causante de una guerra con centenares de miles y millones de muertos respectivamente, además de una política de genocidio y un intolerable ideario de razas superiores e inferiores y de expansión territorial- cuando quien se sirve de él es un país amigo. Además, puede que hoy sea Rusia o los prorrusos los que se vean derrotados, cosa que celebraremos, pero mañana pueden ser otros grupos étnicos y otros países (http://cronicashungaras.blogspot.com.es/2010/01/asi-se-hacen-los-heroes-sobre.html?m=1) y quizá nos arrepintamos de ese apoyo y de esa compunción por gente como Roman Zozulya.

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Ante la polémica y la identificación de la protesta con el sector más radical de la afición franjirroja, el grupo Bukaneros, peñas del Rayo y colectivos sociales de los distritos de Puente y Villa de Vallecas se vieron obligados a difundir un segundo comunicado para aclarar que el rechazo a Zozulya era mucho más amplio de lo que se había difundido en los medios.

Otros argumentos -que si no han circulado por los medios, sí lo han hecho por las redes sociales- han sido más disparatados aún, y han consistido en la presentación de Zozulya y de la causa de los ultraderechistas ucranianos en una suerte de combate entre fascistas y comunistas ante el que la mejor muestra sería la de permanecer neutral. De ese modo, no hay motivo para darle la razón a Bukaneros (nuevamente, se entra en el juego de reducir y minusvalorar la protesta de la afición rayista circunscribiéndola de forma falsa a la de este grupo) si, como ya sabemos, “fascismo y comunismo son igual de repugnantes”, etc. Partiendo de la base de que Rusia y los prorrusos del Donbass no son comunistas (aunque busquen una conexión con algunos aspectos de la época de la URSS en aras de conectar con un pasado tenido por glorioso y con formas de vida y de sociedad que juzgan oportunas de recobrar), poner al mismo rasero fascismo y comunismo no es de recibo. Ya me ocupé de ello en un artículo en este mismo blog (ver artículo “De dictaduras”), en el que trataba de señalar cuán diferentes eran los aspectos teóricos en los que se apoyaban los regímenes fascistas y de “socialismo real”, aunque no fueran tan diferentes en sus aspectos prácticos, así como en la evolución que mostraron muchos comunistas del Este de Europa en favor del socialismo democrático (por no referir la evolución de los comunistas de Occidente hacia el eurocomunismo), mientras que encontrar no ya una persona que lo defendiera, sino el concepto mismo de “fascismo democrático” es poco menos que una contradicción. El pensador católico progresista francés Emmanuel Mounier -que se puede considerar antecesor del espíritu que alumbró la Teología de la Liberación en la segunda mitad del siglo XX- afirmaba a este respecto que “el universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas” (http://m.deia.com/2016/05/31/opinion/tribuna-abierta/eskerrik-asko-emmanuel-mounier). Según señala José Manuel Bujanda en ese artículo, “Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente […] comprometido con lo social y abierto a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente…” Esa capacidad para discernir entre fascismo y comunismo es la que al parecer está hoy ausente entre nuestros opinadores. Y recordemos que Mounier vivía en la época de las purgas de Stalin y del pacto Molotov-Ribentropp, así que no era ignorante respecto de los horrores de que eran capaces quienes decían actuar en nombre del comunismo y la revolución.

Sorprenden los déficit de nuestra democracia -la española y la occidental en general- al ver que sea capaz de mostrar una sorprendente contundencia y rapidez de actuación ante la amenaza del terrorismo yihadista, pero observe tanta permisividad en el caso del fascismo (salvo en el caso de Alemania, por el trauma que le supuso ser el país donde surgió la doctrina nazi, y aún así existen casos en el propio país germano de pasada impunidad con criminales nazis, en la época de la pequeña República Federal, cuando estos formaron parte de la administración, el ejército o los servicios de inteligencia del país).
Así, a raíz de lo ocurrido con Zozulya, debemos recordar que en España nadie se ha preguntado por la seguridad de la familia y la posibilidad de que sean insultados o vejados los familiares de un detenido por pertenecer a células terroristas, intentar captar adeptos para el ISIS, por enaltecimiento del terrorismo o humillación a las víctimas, ni tampoco hayan surgido voces que clamen por proteger el derecho al trabajo de los detenidos o encausados por este motivo (y todos recordamos casos de humillación a las víctimas que han sido de lo más estrambóticos, por decirlo suavemente, como el hecho de que una joven tuitera pueda pasar por la cárcel y padecer años de inhabilitación por contar unos chistes que se vienen haciendo “desde el año de Maricastaña” sobre la muerte en atentado del presidente del gobierno de la dictadura franquista, Luis Carrero Blanco, y pese a que la propia hija del fallecido ha quitado hierro al asunto). Sin embargo, en el caso de Roman Zozulya, todo han sido consideraciones por parte de la Liga de Fútbol Profesional, la Asociación de Futbolistas Españoles, los medios de comunicación de mayor difusión y hasta la política, con el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido saliendo a la palestra para defender al jugador frente a lo que todos ellos han calificado como una “campaña de acoso” (cuando lo más cercano a un acoso ha sido un grupo de hinchas llamándole “fascista” e “hijo de puta” con firmeza pero sin actitud violenta y una pancarta en la Ciudad Deportiva del Rayo el día en que acudía para firmar su contrato; hay árbitros de categorías inferiores que podrían hablar de lo que es acoso, sentir miedo de verdad o una agresión en toda regla sin que el mundo del fútbol y del periodismo deportivo les haya prestado ni la décima parte de atención que la prestada al “caso Zozulya”- ejemplo: https://.eldiario.es/norte/euskadi/Quiero-arbitra-dejan_0_607890148.amp.html). Incluso la alcaldesa de Madrid, la otrora progresista Manuela Carmena, ha llegado a declarar que la protesta sólo es de un grupo y no del conjunto de los aficionados (… y dale la burra al trigo), mostrando como tantos otros su desconocimiento absoluto sobre el tema, y que son los tribunales y no “la masa” o una minoría la que ha de decidir sobre el comportamiento del futbolista. Sorprende que se refiera hoy de ese modo despectivo a “la masa”, pues fue ese impulso de “la masa” madrileña la que le dio el bastón de mando del ayuntamiento. Sus propios compañeros de Ganemos Madrid en el equipo de gobierno se han encargado de recordarle la incoherencia de sus palabras con respecto al “caso Zozulya”, pues pocos días antes el ayuntamiento se negó a personarse en la querella argentina contra el franquismo, al contrario de lo que han hecho Barcelona, Zaragoza o Pamplona: “Para nuestra querida alcaldesa los crímenes contra el franquismo no deben resolverse en los tribunales, el nazismo, sí” (http://www.eldiario.es/madrid/Carmena-alguien-condenar-Zozulya-tribunales_0_612789035.html).

Ni que decir tiene que también lo han hecho sus compañeros del Betis, con mensajes a través de los micrófonos y en camisetas que rezaban “todos somos Zozulya”. Ninguno de ellos tuvo la genial idea, como explica Carlos Hernández en eldiario.es (http://www.eldiario.es/zonacritica/futbol-apolitico-neonazis-machistas_6_610398971.html), de mostrar su solidaridad con la novia de su compañero Rubén Castro, agredida por este, ni condenar los gritos de sus ultras de extrema derecha del equipo, los Supporters Gol Sur, que aplaudieron la agresión machista y llamaron puta a la mujer. Tampoco hubo querella criminal de Tebas contra el grupo, se ve que por la poca consideración que el presidente de la Liga tiene hacia el cuerpo femenino (sus lamentables declaraciones recogidas por “Sport” haciendo gala de su fe ultraderechista en las que se pronuncia contra el aborto y la voluntad de la madre así lo demuestran). El periodista ponía además el dedo en la llaga sobre la hipocresía que supone afirmar cuándo el fútbol ha de ser política y cuándo no según la conveniencia de las propias autoridades e instituciones, cuya presencia en los palcos de los estadios y el conflicto de intereses entre éstas y los empresarios que son propietarios de los clubes (escándalo del ático de Marbella de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y la implicación en él de Enrique Cerezo, presidente del Atlético; contratos de obra pública y constructores como Florentino Pérez, dueño de ACS y presidente del Real Madrid CF…): “Cualquier futbolista, faltaría más, puede pensar lo que le venga en gana; otra cosa bien diferente es que utilice la fama que le ha brindado este deporte para difundir ideales contrarios a la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Si el fútbol sólo fuera fútbol, como dicen los que defienden a Zozulya, no tendría sentido la prohibición de exhibir en los estadios símbolos fascistas; si sólo es un deporte, ¿por qué se ha adoptado en todas las competiciones el lema “Respeto, no al racismo”?; si hay que alejar este espectáculo de la política, ¿por qué se recurre a subvenciones municipales para salvar equipos en ruina, a “papá Estado” para crear espacios de privilegio fiscal y a La Roja como referencia de la Marca España?”

Así, nos encontramos con una situación en la que recaudar fondos para material para batallones fascistas, fotografiarse junto a miembros de los mismos y grabar vídeos para captar adeptos para los mismos, hacerse unas risas junto a retratos de líderes colaboracionistas del III Reich sale no ya gratis, sino que despierta una ola de solidaridad si alguien osa decir que eres precisamente lo que pareces, un fascista que hace apología del propio fascismo. Cosa bien distinta, por un incomprensible arte de birlibirloque, que fotografiarse y grabarse en un video haciendo campaña para reclutar voluntarios para la yihad o recoger firmas para pedir el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco y Navarra -que si bien no es delito, si puede hacer que te caiga la del pulpo en los medios de comunicación de la derecha, como le pasó a un ex rayista precisamente, Mikel Labaka, aunque pidiera exactamente lo mismo que la viuda de un concejal asesinado por ETA-. Y al parecer también es distinto, sea social y/o penalmente, que tuitear un chiste de Carrero Blanco de los que contaban nuestros padres en la barra de un bar -parecidos a uno que se escucha sobre Honecker en una película galardonada con el Oscar sobre el espionaje de la RDA a los ciudadanos considerados desleales-, manifestarse contra los despidos masivos de la factoría de Airbus en Getafe o ir a combatir al Estado Islámico junto a las milicias kurdas en el noreste de Siria. Es necesario acabar con esa situación y recobrar el espíritu antifascista de la democracia, librandonos de ese lastre que es la equidistancia entre fascistas y antifascistas y el funambulismo verbal con el que nuestros políticos y medios juegan para criminalizar toda la protesta contra la extrema derecha y lo que se salga del juego político, que además (y en España lo comprobamos continuamente) acaba por beneficiar a las fuerzas ultraderechistas (sobre la naturaleza antifascista de la democracia, léase “Democracia y antifascismo” del profesor Andrea Greppi, en Rafael Escudero y José Antonio Martín Pallin(eds.), “Derecho y memoria histórica”, Madrid, Trotta, 2008).

FÚTBOL Y ANTIFASCISMO: UNA ALIANZA NECESARIA

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“Solidaridad con los aficionados antifascistas de Europa del Este”. “Tifo” realizado por los Schikeria del Bayern Múnich.

Esta actitud de connivencia con el fascismo (y que ha servido para que partidos de ultraderecha ganasen espacio en toda Europa mediante un discurso basado en la explotación del miedo al extranjero y al diferente, hacer recaer en ellos el mito falso de la culpabilidad de la crisis y en que son los mayores receptores sin merecerlo de las ayudas sociales y servicios del Estado de Bienestar -causando el consabido recorte de las prestaciones- y en la limitación o directamente supresión de la democracia para corregir el desorden actual) recuerda la actitud imprudente de contemporización que mantuvieron las democracias occidentales en la etapa de entreguerras. Con motivo de la Eurocopa de Francia del pasado año, fueron varios los grupos de hinchas -tanto de selecciones como de clubes- que denunciaron en un comunicado la actitud cómplice de los clubes con los grupos ultras neonazis, y todo ello en medio de la polémica sobre expulsiones de selecciones y de medidas contundentes contra los seguidores que entonces causaron diversos altercados en varias ciudades del país. Según denuncian, a los clubes de les da muy bien ocultar a la UEFA (o a la asociación europea del fútbol muy mal detectar) la actitud connivente con los aficionados de extrema derecha en la competición doméstica, frente a las sanciones que van en perjuicio de todos los aficionados del club y la posibilidad de denunciar las actitudes y la violencia racista que pueda producirse en el estadio por parte del resto de aficionados. Así, denuncian que ha pasado lo siguiente:

“En particular los clubes “sospechosos habituales”, razón por la que en principio se endurecieron las reglas, han reaccionado de tres maneras principalmente:

  1. Culpar al mensajero (el vigilante de antirracismo que denuncia el incidente o los grupos de aficionados dentro del estadio activos contra el racismo) o a UEFA, conduciendo cazas de brujas públicas contra ellos mientras siguen sin reconocer el problema real. Empoderando a los racistas que causan el incidente que se unen encantados a la cacería.
  2. Muchos han intentado llegar a acuerdos secretos con los aficionados (racistas) para que “se estén quietos” en partidos europeos a cambio de incrementar sus privilegios en la competición liguera. Empoderando a los racistas que se aproximan al club mientras el resto de aficionados son marginados cada vez más.
  3. El club reubica a los aficionados en otras partes del estadio y prepara algunas actividades contra el racismo de cara a la galería vendiéndolas en público como iniciativa de los aficionados. Los racistas siguen dentro del estadio realizando actos racistas, solo que en un lugar diferente, mientras que los aficionados no racistas o antirracistas no se sienten seguros ni empoderados para iniciar sus propias actividades.

Y afirman que “creemos que la responsabilidad social del fútbol en esta importante área y la más importante aun de las entidades que gobiernan nuestro deporte, deberían ir más allá de proveer imágenes artificialmente aceptables o superficiales para la televisión o el público en general sino que deberían hacer una aportación sostenible para erradicar el problema de la discriminación en nuestro deporte directamente a nivel de los clubes” (http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4311/). El comunicado está firmado por más de cien entidades europeas de hinchas antirracistas, anithomófobos -muchos de ellos son grupos de aficionados LGTB- y contra otras formas de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual… agrupadas en la iniciativa Football Supporters Europe (el listado puede verse en el enlace).

Por este motivo, el caso de Zozulya nos recuerda que las protestas no sólo antifascistas y antirracistas sino las reivindicaciones sociales están presentes en las gradas -también lo han estado en el terreno de juego- en muchos puntos de Europa y del mundo. Es un espacio que, a pesar de que -como nos recordaba el profesor Santos al comienzo- quiera hacerse pasar como “no político”, el choque entre la popularización y democratización alcanzada por el fútbol desde el primer tercio del siglo XX y su mediatización por sectores no sólo de la política institucional para sus intereses, sino también por sectores poderosos económica y socialmente (la entrada de millonarios globales, fondos de inversión, etc. en la propiedad de equipos convertidos en empresas) para fines de lucro o especulativos, ajenos a los valores de identidad y de comunidad que se suelen asociar a un club (y al barrio, pueblo o ciudad en que se inscribe el mismo) ha causado este tipo de protestas y el surgimiento del mensaje “No hay que mezclar el fútbol -y por extensión el deporte- con la política”. En un contexto como el actual, en el que las voces contra los refugiados, el Islam, los homosexuales, los migrantes se hacen oír cada vez con más fuerza al calor de la “guerra eterna contra el terror” y la crisis del capitalismo, haciendo responsable al pobre de fuera y no al rico global de la misma, el antifascismo tiene que ganar espacio, en las instituciones y en la sociedad. Y el fútbol tiene que participar de esa conquista de espacio.

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Homenaje realizado por los aficionados del FC Red Star a su antiguo jugador Rino Della Negra, miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi.

Esa intención de encerrar el deporte en una burbuja aséptica es en cierto modo reciente. La historia está llena de casos de equipos, de jugadores y de aficiones que se han identificado con el antifascismo, la democracia o la lucha popular contra las injusticias y la tiranía. Si en otros ámbitos deportivos ha pasado a la historia el caso del boxeador Mohammed Alí negándose a combatir en Vietnam y siendo un referente de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, la protesta llevada a cabo por los atletas estadounidenses Tommi Smith y John Carlos en los juegos de México 1968 con el puño cerrado con un guante negro (símbolo del poder negro) en el podio o el eco que supuso la huida de la gimnasta Nadia Comaneci de Rumanía en los últimos estertores de la dictadura de Ceaucescu, el fútbol no ha sido una excepción, tanto con personas anónimas como con personalidades relevantes. En España, el Júpiter -el llamado “equipo de los anarquistas” barceloneses- y el Martinenc, dos históricos del fútbol catalán, formaron parte junto con otras entidades sociales y deportivas, del Comité Catalán pro Deporte Popular (CCEP, por sus siglas en catalán), que se encargará de llevar adelante la Olimpiada Popular de 1936, y clubes como el propio Júpiter, el Levante FC, el Unión Sporting de Vigo, el Madrid FC o el FC Barcelona fueron identificados antes de la dictadura franquista con los ideales republicanos o nacionalistas de sus respectivas nacionalidades, motivo por el cual sufrieron diferentes grados de represión tras la victoria sublevada en 1939, desde la fusión con clubes más adictos a la causa (caso del Levante) hasta una depuración general de sus directivas o acuerdos de filiación (el Júpiter pasó a ser filial del Espanyol, enemigo ideológico y de clase) y hasta intentos de cambio de nombre de la entidad (caso del Barcelona, existiendo un intento de llamarlo España).

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El FC Sankt Pauli de Hamburgo es uno de los clubes más identificados con las causas de izquierda en el mundo.

Fuera de nuestras fronteras, hay que destacar los casos del Corinthians brasileño, donde militó el famoso Sócrates (conocido por su doctorado en Filosofía y su militancia izquierdista), bastión futbolístico contra la dictadura militar brasileña y cuya hinchada mantiene el mismo nivel reivindicativo de antaño contra las injusticias sociales (http://www.panenka.org/miradas/corinthians-siempre-corinthians/); el Red Star parisino, club de la barriada de Saint Ouen identificado fuertemente con el antifascismo, el multiculturalismo y la izquierda (fundado por el viejo presidente de la FIFA Jules Rimet, como un intento de popularizar el fútbol, y que vivió su época dorada en los años veinte y treinta del pasado siglo, el “Etoile Rouge” es el equipo del presidente socialista François Hollande y su fiel y combativa hinchada rinde homenaje a dos héroes de la Resistencia muertos a manos de los nazis: el doctor Jean-Claude Bauer -que da nombre al estadio del club- y Rino Della Negra, futbolista del equipo en los años treinta, hijo de italianos exiliados del régimen de Mussolini – https://www.elfutbolesinjusto.com/reportajes/red-star-el-viejo-comunismo-vuelve-al-futbol-moderno/) o el FC Sankt Pauli alemán, qué, ubicado en un barrio alternativo y contracultural de la ciudad de Hamburgo, tiene una larga trayectoria de militancia, a nivel de club y de afición, en causas progresistas: contra el racismo, el nazismo , la homofobia, el sexismo, en pro de los refugiados o contra la mercantilización del fútbol. Esa imagen de club combativo e incluso marginal (no es raro ver entre sus fans o incluso en tiempos entre sus jugadores gente de estética punk o ska) le ha hecho ser, pese a que ha militado la mayor parte del tiempo en categorías inferiores del fútbol alemán, uno de los equipos más populares internacionalmente, con fans incluso en Sudamérica (http://highbury.es/2016/st-pauli-la-vida-pirata-la-vida-mejor).

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Protesta con banderas palestinas de la hinchada del Celtic FC en un partido de Champions contra el Hapoel Ber Sheeva israelí.

Tanto equipos (aunque un poco a remolque) como hinchas han tomado conciencia en tiempos recientes de la importancia de movilizarse en favor de causas sociales contra la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia y otras iniciativas como contra la islamofobia, el rechazo de la inmigración o las luchas de colectivos vecinales, de trabajadores o internacionales, lo cual no siempre ha sido del gusto de las autoridades políticas y deportivas, dado que en ciertos casos se sale de la línea habitual propugnada por la asociaciones continentales o la FIFA. A comienzos de la presente temporada futbolística, hinchas del Celtic FC escocés, mostraron en un partido de la ronda previa de la Liga de Campeones en su estadio frente a los israelíes del Hapoel Ber Sheeva  banderas de Palestina en protesta por la ocupación y la política del gobierno de Israel hacia los territorios y la población palestinos, y han promovido una recogida de firmas solicitando al cantante Rod Stewart, conocido fan del equipo, cancelar sus conciertos por el país. Sobre el Celtic ha sobrevolado, por este motivo, la sombra de la sanción al club. Más reciente aún es el apoyo mostrado por la plantilla del Algeciras CF, de la Tercera División española, a los estibadores del puerto de la localidad, en conflicto con el gobierno de España -del Partido Popular (derecha)- por la aplicación de las normativas de la UE en materia de liberalización del sector, siguiendo la estela de Robbie Fowler y Steve McManaman, en sus tiempos de jugadores del Liverpool, mostrando su apoyo con camisetas a los trabajadores portuarios de la ciudad inglesa, motivo por el que fueron reprendidos por la organización europea del fútbol. El propio Rayo Vallecano (de ahí la incoherencia de su presidente a la hora de fichar a Roman Zozulya como una decisión unilateral) y su grupo Bukaneros se ha destacado por la protesta y la reivindicación: contra los horarios del fútbol, ya incluso en su anterior militancia en Segunda y Primera División -motivo por el que Bukaneros llegó a estar una primera vuelta entera en “huelga de animación”-, contra el deshaucio de una anciana vecina del distrito, a favor de los derechos del colectivo LGTBI -en su segunda equipación, la franja roja se convierte en una franja arcoiris- o con la organización por parte de Bukaneros de las jornadas contra el racismo, en las que llegó a participar el fallecido y carismático exguardameta del equipo y de la selección de Nigeria Wilfred Agbonavare, y su participación en el Mondiali Antirrazisti de Italia, donde participan hinchadas de diversos países de Europa y del mundo (http://www.mondialiantirazzisti.org/new/).

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“Tifo” de Bukaneros en solidaridad con la vecina de Vallecas deshauciada y a quien el club ayudó ante su situación.

A raíz precisamente de esa mala reputación que se quiere promover de la protesta “políticamente incorrecta” y de los mensajes genéricos que patrocina la UEFA, y que como denuncia Respect Fans! se quedan en agua de borrajas a la hora de desterrar de las gradas a los ultras de extrema derecha, uno de los ejemplos más rocambolescos de censura y represión de la misma nos lo encontramos en Turquía. La subida al poder del Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, ha traído consigo -especialmente desde el golpe de estado fallido de junio de 2016- una oleada de represión sobre los movimientos opositores, especialmente aquellos identificados con las minorías nacionales existentes en la República, como los kurdos o los armenios, cuya existencia no ha sido precisamente tranquila en el moderno estado turco. Çarşı (que en turco significa bazar), el grupo de fanáticos del popular (en las dos vertientes del término, dado que también es el club de las clases trabajadoras) club de fútbol estambuliota del Beşiktaş, han llegado ha ser incluidos en la lista negra de enemigos del estado, acusados de terrorismo y conspiración contra el régimen.

El motivo fue el especial protagonismo del grupo en las protestas que en mayo de 2013 tuvieron lugar en la antigua capital otomana por la construcción por parte de las autoridades turcas, en el emblemático parque Gezi, de una réplica de un cuartel de la época del imperio. Buena parte de la población de la ciudad se echó a la calle a protestar por tal barbaridad, que no sólo significaba la desaparición de este espacio verde sino que figuraba en la estrategia de los islamistas del AKP de entroncar a la moderna Turquía, fundada por Atatürk sobre los pilares del republicanismo, la occidentalización y el laicismo (bien que con altas dosis de autoritarismo que se han ido repitiendo con el paso del tiempo en las numerosas cortapisas a la democracia y las intervenciones militares en la política nacional), con el pasado imperial, en el que la religión y la expansión territorial eran parte de una gloria que muchos -y no sólo en el AKP- tienen aún en mente, en una suerte de ideal de la “Gran Turquía”.

El final de las protestas -que causaron 8 muertos y 8000 heridos- conllevó la búsqueda de chivos expiatorios por el ultraje de haber triunfado, y Çarşı ofrecía una oportunidad de oro para ello. Su carácter izquierdista (en sus banderas pueden verse desde a Atatürk al Che Guevara, pasando por el anarquismo), su vinculación con causas sociales diversas como el veganismo, la distribución de ayuda a los desfavorecidos, el apoyo a las minorías kurda o armenia (“cuando hay una injusticia, estamos siempre del lado de quien la sufre: armenios, kurdos, animalistas, LGBTI, feministas…”, declara Cem Yakışkan, fundador y líder del grupo) y el hecho de que ya en el pasado hubieran participado en protestas contra obras de carácter megalómano, como la de una presa en Hasankeyf que causaría la destrucción de una ciudad antigua. Las protestas, que por una vez y sin que sirva de precedente fueron capaces de unir a los hinchas de los tres principales equipos de Estambul – Beşiktaş, Galatasaray y Fenerbahçe- han llevado a la acusación por “intento de golpe de Estado” a los hinchas del primero (con peticiones de penas que iban de los 3 años de cárcel a la cadena perpetua), acusación calificada como “farsa ridícula” por Amnistía Internacional, que denuncia la arbitrariedad y brutalidad del sistema penal turco (un miembro de la OTAN y fiel aliado de Occidente). Yakışkan afirma que “Nosotros nos reíamos de la situación porque no podíamos llorar. El juez me dijo, ‘estás aquí por intento de golpe de Estado’. Yo le respondí que si tuviéramos tanto poder como para hacer un golpe de Estado, lo habríamos usado para hacer campeón al Beşiktaş”. Al final, aunque los 35 de Çarşı fueron absueltos, la sentencia fue recurrida en el Tribunal Supremo (https://sports.vice.com/es/article/carsi-grupo-hinchas-anarquistas-gobierno-turquia-acusa-).

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Hinchas de los tres principales clubes de Estambul, unidos durante las protestas en el parque Gezi.

Quizá sea Alemania el país que más se ha destacado, a nivel federativo, de clubes y de hinchadas por la erradicación del simbolismo y los comportamientos neonazis. La importancia de este hecho radica no sólo por su historia pasada, sino porque en el presente, el auge de la extrema derecha xenófoba, con movimientos como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y el partido AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), movimientos ciudadanos y sociales como los que se expresan a través del deporte y de los grupos de animación en las gradas germanas son esenciales para erradicar una preocupante tendencia al alza, no sólo en el Este -la zona de la ex RDA se convirtió tras la reunificación en un “semillero de fascistas”, como han expresado algunos comentaristas-sino también en el Oeste. Y, sin embargo, tanto en el Este como en el Oeste el movimiento antirracista y antineonazi está en marcha. La simbiosis entre las iniciativas de las hinchadas y las de las instituciones se ve acentuada porque en el país teutón los clubes, además, se rigen a través de un modelo distinto al de otros países del continente como España, Portugal o Reino Unido, donde el modelo de negocio capitalista (magnates, fondos de inversión, sociedades anónimas deportivas) es el que triunfa. “Los clubes del fútbol alemán tradicionalmente han pertenecido a sus socios, quienes poseen la mayoría de las acciones en el ente que controla el equipo. La excepción más conocida hasta ahora había sido la del Wolfsburgo, que pertenece a la fabricante de automóviles Volskwagen, pero en este caso se hace referencia a un club que nació impulsado por los trabajadores de la compañía antes de la Segunda Guerra Mundial” (“Enemigos del fútbol”, cómo el RB Leipzig se convirtió en el club más odiado de Alemania-http://www.bbc.com/mundo/deportes-38894503).

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“Bella Unión sin nazis”. Pancarta del 1.FC Union en su estadio del distrito berlinés de Köpenick.

Clubes como el Rott-Weiss Essen (http://www.media-sportservice.de/2016/11/23/rot-weiss-essen-zehn-jahre-kick-racism-out/), el Arminia Bielefeld (http://www.arminia-ist-mehr.de/projekte/courage/), el Borussia Dortmund, el Dynamo Dresde o el Unión Berlín (https://www.facebook.com/SEoN.FCU/) han desarrollado en su propio seno proyectos para instruir a fans, especialmente de las nuevas generaciones, y futbolistas de la cantera en los valores de integración y respeto. Algunos de ellos cuentan con agrupaciones de fans homosexuales, como los Monaco Queers del Bayern Múnich, los Blaue Bengels del Arminia, los Rainbow Borussen del Dortmund, o asimismo integradas en la iniciativa antirracista europea Respect Fans, como los Eiserner VIRUS del Unión Berlín o los Navajos del Colonia. Y algunas de sus iniciativas han sido de lo más variopintas e imaginativas, no sólo a nivel de conferencias o actividades deportivas integradoras. Entre ellas destaca la formación del club de refugiados FC Lampedusa en Hamburgo, patrocinado por el FC Sankt Pauli; la presentación de una iniciativa por parte del Borussia Dortmund, “Kein bier für rassisten”, para no servir alcohol en los bares de la ciudad a quienes mantengan actitudes xenófobas y discriminatorias (http://www.bvb.de/News/Uebersicht/Kein-Bier-fuer-Rassisten); o la impresión de una equipación oficial del Dynamo Dresde (ciudad en la que además hay que situar las mayores manifestaciones de los xenófobos de Pegida) con el lema “Love Dynamo, hate racism”.

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Hinchas del Werder Bremen muestran su apoyo a los refugiados en las gradas del estadio de la ciudad hanseática.

Hinchadas de Alemania, además, como las del Werder Bremen, Carl Zeiss Jena, Babelsberg 03, Borussia Dortmund o Bayern Múnich, han mostrado en sus graderíos pancartas de apoyo a la acogida de refugiados (http://www.netz-gegen-nazis.de/beitrag/refugees-are-welcome-here-fussball-verbindet-10456), siguiendo con su línea habitual de compromiso social o en algunos casos, como en Jena (localizada en Turingia) o en Potsdam (Brandenburgo, localidad donde radica el “espartaquista” Babelsberg 03, conocido como el Sankt Pauli del Este), ambas en el territorio de la antigua RDA), exponiéndose al rechazo por parte de los fuertes movimientos neonazis locales.

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La Südkurve del FC Carl Zeiss Jena con una pancarta en apoyo a los refugiados en su estadio, el Ernst Abbe Sportfeld.

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Jugadores del Dynamo Dresde posan con la camiseta sacada por el club con el lema “Ama al Dynamo, odia el racismo”.

CONCLUSIÓN: ¿GOL EN EL CAMPO, PAZ EN LA TIERRA?

Es cierto que muchas veces los grupos ultras de fútbol de ideología izquierdista y antifascista no tienen un comportamiento muy ejemplar a la hora de defender sus causas, y que han causado en muchas ocasiones escenas que a nadie gusta ver cuando acude a un estadio de fútbol ni en él ni en los aledaños del mismo. Muchas veces se han presenciado peleas multitudinarias y altercados con grupos rivales no necesariamente de equipos con los que se mantenga una gran rivalidad deportiva, sino precisamente por estar en las antípodas ideológicas, o con grupos políticos como en España el Hogar Social -conocido por su recogida y distribución de alimentos única y exclusivamente a los naturales del país-. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar que esa lucha no puede ser únicamente realizada por un grupo de personas agrupadas en torno a una bandera ideológica, la pertenencia a un barrio o ciudad con una idiosincrasia y valores particulares y/o los colores de un club de un club deportivo, mientras el resto se cruza de brazos, limitándose a mover la cabeza con gesto de reprobación y a repetir consignas manidas y falsarias como “todas las ideologías son respetables” (falso: como dijo el profesor Reig Tapia, todas las personas son respetables, nadie puede acabar con su vida, atribuirse un fuero sobre ellas, etc. pero NO todas las ideologías son respetables: por esa regla de tres, se podría legalizar un partido o una organización que propusiera la corrupción de menores o el canibalismo), “ésas no son formas” (lo sabemos, pero ¿qué hacer cuando el resto de la sociedad y los poderes públicos consienten la presencia pública y la impunidad de quienes hacen apología de la dictadura, la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, las formas más diversas de discriminación, como la Fundación Nacional Francisco Franco, HazteOír, Pegida, Alternative für Deutschland, Lega Norte, el Front Nationelle, Amanecer Dorado, etc.?, ¿qué mayor violencia, por invisible y blanda que sea, que la que expresaba Almeida Garrett y repetía José Saramago en “Levantado del suelo”:  cuántos individuos deben ser condenados “a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”? y sobre todo “no hay que mezclar el deporte con la política”, cuando a todas luces el deporte es usado por los poderes constituidos y los fácticos para sus propios intereses.

Cuanto más aislados y despreciados se encuentren quienes plantean un modelo de sociedad excluyente, que odie la diferencia, que practique el culto a la violencia y la sangre y conciba la existencia de seres superiores e inferiores -por cuestión de raza, género, identidad sexual, etc.- y explote a sus semejantes y a la Tierra en beneficio de una minoría rica, menos necesidad habrá de que unos pocos individuos, tenidos también por aislados y marginales, tengan que salir a “darse de hostias” con quienes defienden aquellas ideas. Porque, por desgracia, los primeros no se encuentran tan solos -y el caso Zozulya y las muestras de apoyo recibidas por el jugador así lo demuestran- ni parecen ser tan pocos como pueda aparentar un primer vistazo.

Lejos de pensar que esto no va con nosotros y  que el fútbol es sólo fútbol, como niega la presencia de empresarios y grandes inversores en los palcos de los estadios unidos a los políticos invitados a los mismos y los escándalos de corrupción vinculados precisamente a esa connivencia entre dirigentes de la “res pública” y de la “res balompédica”, recordemos de nuevo a Sousa Santos: la cultura, el deporte, la calle, el trabajo, la familia… son espacios políticos, en los que hay relaciones de diálogo, de conflicto y de poder, y en donde, por supuesto, la política que se hace -o se deja de hacer- en el parlamento y el gobierno influye, y mucho. Dejemos de hacer realidad las palabras de La Polla Records en su canción “Gol en el campo”:

“Gol en el campo paz en la tierra.
Qué bonito es el fútbol, qué pasiones despierta
defiende tus colores… sudar la camiseta
qué bonito es el fútbol para los que gobiernan
están pegando el palo sin partido de vuelta
Gol en el campo paz en la tierra.
Justicia corrompida arbitra la contienda
patrón enloquecido despide libremente
y roban la pelota por la extrema derecha
atentos al remate que va directa a puerta
y… Gol en el campo paz en la tierra.”

 

 

 

 

 

 

 

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