Woody Guthrie, armado hasta los dientes de canciones

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“Mis hermanos y mis hermanas están varados en este camino,

Un camino caliente y polvoriento que un millón de pies han pisado;

El rico se quedó mi casa y me echó de mi puerta

Y ya no tengo hogar en este mundo […]

Trabajé en tus minas y recogí tu maíz

He estado trabajando, señor, desde el día en que nací

Ahora me preocupo todo el tiempo como nunca lo hice antes

Porque ya no tengo hogar en este mundo.

Ahora, mientras miro a mi alrededor, es muy claro ver

Este mundo es un lugar fantástico y divertido;

Oh, el especulador es rico y el trabajador es pobre,

Y ya no tengo hogar en este mundo.”

“I ain’t got no home”

Los años sesenta y setenta del pasado siglo fueron, sin duda, la época dorada de la música folk y la canción de autor. La contracultura juvenil en Europa Occidental y Estados Unidos, las luchas de liberación en muchos países del Tercer Mundo y los movimientos de oposición a la dictadura en países como España, Portugal o Grecia dieron un trasfondo social y político a los versos de músicos cuyas canciones pasaron a formar parte de la banda sonora y la educación sentimental de toda una generación. Para los autores procedentes del mundo desarrollado, la bonanza económica y el bienestar generalizado que se disfrutaba en los años posteriores a la posguerra de la SGM no eran incentivos suficientes para el conformismo, dado que no eran en absoluto disfrutados ni por todos los habitantes del planeta ni por supuesto dentro de sus propias sociedades, y tanto en un caso como en otro seguían existiendo brutalidades, guerras, miseria extrema, abusos de autoridad, racismo, hipocresía y cinismo. Estos eran los casos de músicos como los estadounidenses Joan Baez o Bob Dylan, Carlos Santana (mexicano afincado en los Estados Unidos) o los franceses Georges Brassens o Moustaki (de origen griego). Para aquellos que procedían de países sometidos a dictaduras o al dominio más o menos acentuado de potencias extranjeras, la canción fue utilizada como un arma contra esa dominación política, con un contenido que reflejaba en muchos casos postulados revolucionarios y mensajes y principios de izquierda, antifascistas y antiimperialistas, apelando a la solidaridad, la justicia o la igualdad. Este fue el caso de los portugueses José Afonso, Fausto o António Correia de Oliveira, en España, los de Lluís Llach, Raimon, Marina Rossell o José Antonio Labordeta, el cubano Silvio Rodríguez, el chileno Víctor Jara, el argentino Atahualpa Yupanqui, el griego Mikis Theodorakis o el brasileño Chico Buarque. Incluso en el bloque soviético hubo también cantautores políticos, destacando el caso del alemán Wolf Biermann, ciudadano de la RDA -país que organizaba desde 1970 el Festival de la Canción Política, en el que participaron algunos de los anteriores- que fue expulsado del país por las autoridades, lo que dio lugar a la protesta de varios de los más significados intelectuales y comprometidos, como Biermann entonces, con una transformación democrática del socialismo germano-oriental, como Stefan Heym o Rudolf Bahro.

Tanto en un caso como en otro, aunque más acentuado (y con una suerte de mayor consistencia programática como si dijéramos) en el caso de los segundos, sus versos reflejaban la necesidad de una transformación de la política y la sociedad, tratando de incentivar al público a descubrir el camino para la construcción de un mundo nuevo, liberado de las trabas que impedían la liberación y la unión del hombre con sus semejantes. Algunas de aquellas canciones se convirtieron en auténticos himnos generacionales, como “Blowin’ in the wind” de Bob Dylan, “A la gente no gusta que” de Brassens, “Ojalá” de Silvio Rodríguez, “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara, “Grândola vila morena” de José Afonso o “Canto a la libertad” de Labordeta.

La llegada de los ochenta, la irrupción de nuevos estilos musicales y la defenestración del bloque soviético, que significaba la pérdida de un referente para las grandes utopías que habían sostenido las luchas políticas y sociales en buena parte del mundo durante el siglo XX influyeron sobremanera, y para mal, en la continuidad de la canción de autor. La temática y el estilo tuvieron que adaptarse a la nueva “posmodernidad”, alejarse de los grandes relatos. Sin embargo, en muchos aspectos -la crisis económica, la guerra global, la injusticia, el hambre, la ausencia de perspectivas de futuro- los inicios del siglo XXI han venido a demostrar la vigencia de los mensajes y su compromiso más allá de la música que representaron muchos de estos autores, cuando no su carácter visionario. Por eso, resulta al mismo tiempo extraño (por quién lo realiza) y previsible (por el contenido) que famosos cantantes de la escena pop norteamericana de hoy graben un disco contra el presidente y magnate inmobiliario Donald Trump que contiene las canciones de un cantautor de los años treinta y cuarenta como Woody Guthrie, el padre del folk estadounidense, y quien lucía con orgullo en su guitarra la sentencia This machine kills fascists (Este artefacto mata fascistas). Conozcamos un poco la historia de un hombre peculiar, trágico e inimitable.

GUTHRIE, UN HOMBRE DE LA “GENTE ROJA”

Casualidades de la vida, Woodrow Wilson Guthrie -recibió el nombre en honor del político y posterior presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson- vino  a nacer en el estado de Oklahoma, en el medio oeste de los Estados Unidos, al norte de Texas. Oklahoma, okla humma en lengua choctaw, convertida en Territorio Indio tras la expulsión de sus asentamientos originales de los nativos de los estados de Misisipi, Florida, Alabama, Georgia y Tennessee, y en 1866, fue bautizada así por el jefe choctaw Allen Wright durante las negociaciones por el uso del territorio con el gobierno estadounidense. La voz okla humma literalmente significa “gente roja”, con el que se hace referencia a los nativos norteamericanos. Guthrie, aunque abandonara Oklahoma en su juventud, no dejó de pertenecer a la “gente roja”, y no ya sólo porque su música y su activismo se identificaran con la revolución o el antifascismo, sino porque sus canciones no dejaban de referirse a gente muy similar a aquellos “pieles rojas” que progresivamente habían ido siendo  asesinados y expulsados de sus tierras originarias, reubicados en el Oeste y finalmente anclados en pequeñas porciones de terreno, las reservas. Aunque sus rostros fueran pálidos, los protagonistas de las canciones de Guthrie formaban parte de los expulsados del “American Dream” y la “Tierra de las Oportunidades”.

Nacido en Okemah, una población fundada en honor a un jefe indio, en 1912, el mismo año en que su homónimo Wilson era elegido presidente de los Estados Unidos, Woody Guhrie fue el mayor de cuatro hermanos (otra de ellas, Clara, murió en un accidente doméstico causado por una estufa). El padre era un demócrata racista (desde la guerra civil y la emancipación de los esclavos negros, y hasta la Ley de Libertades Civiles de Lindon Johnson, el sur fue el gran feudo del Partido Demócrata) que se dedicaba a la compraventa de terrenos, mientras su madre falleció de forma prematura debido a la enfermedad de Huntington, una degeneración nerviosa hereditaria conocida popularmente como baile de San Vito por los espasmos musculares que causa y que había provocado numerosos problemas, como el incendio de la casa y el fuego accidental de la estufa que acabó con la vida de la hija mayor.

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Estatua en honor de Woody Guthrie en Okemah, su ciudad natal.

Guthrie vivía en un entorno rural, marcado por la violencia (no sólo las peleas entre muchachos en la escuela o el carácter rudo del padre, sino que había visto el linchamiento de negros o el acceso del propio progenitor a miembro de un grupo local del Ku Klux Klan) y la desgracia, pero además en poco tiempo también por la pobreza. Charley, el padre, se desplazó a Pampa (Texas) para participar en el negocio de terrenos donde se sospechaba que había petróleo, llevándose a los dos hermanos pequeños y dejando en Okemah a los mayores, Woody y Roy, pero el “crack” de la bolsa de 1929, la Gran Depresión que siguió y el desastre que se cernió sobre los estados del Medio Oeste en la forma de la Gran Tormenta de Polvo y la sequía arruinó a la familia, como a miles de pequeños propietarios y arrendatarios (sharecroopers), que tuvieron que abandonar sus tierras, hipotecadas y traspasadas a manos de los bancos y entidades de ahorro y crédito.

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La Cámara de Comercio de una localidad insta a los emigrados a continuar su camino hacia tierras más al oeste. Una estampa de la desesperanza de la Gran Depresión y de la ausencia de medios e instituciones en sus inicios para auxiliar a las víctimas de la misma.

Al igual que a la familia Joad, los protagonistas de la excepcional novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”, Woody Guthrie, con apenas diecinueve años, inició como millares de compatriotas la emigración hacia tierras más prósperas al oeste. Su primera parada fue Pampa, donde se encontraba su padre, dedicándose a hacer de todo lo que podía para ganar un centavo, además de formarse de forma autodidacta y tocar su música, actividad en la que le introdujo Jeff, medio hermano de su padre, aunque sin tener más medios a su disposición que escuchar y repetir -nunca aprendió solfeo ni asistió a una escuela de música- hasta que desarrolló su propio estilo. “Servía leche merengada en una fuente de soda, se encargaba del mantenimiento de un caserón-patera para braceros, aceptaba trabajos como pintor de brocha gorda, limpiaba coches, traficaba con alcohol casero… Vivía en la zona pobre de la ciudad, Little Juárez, donde abundaban los sin futuro que vagaban en busca de un bocado. Su humor se escindía entre la actividad frenética de los días buenos y la soledad huraña de los malos. Cuando la sombra le embargaba iba a la biblioteca pública a leer […] También hizo cursos por correspondencia sobre conocimientos básicos de leyes, medicina, religión y literatura. Lo quería saber todo pero tenía prisa y, como si supiera que los bocados han de ser rápidos cuando tienes poco tiempo por delante, no quería ahondar en ningún discutible conocimiento que estuviese encerrado en un papel” (Ánxel Grove).

PRIMER MATRIMONIO Y CAMINO A CALIFORNIA

En 1933 se casó con su primera mujer, Mary Jennings, una chica de apenas diecisiete años, con la que tendría tres hijos, Gwendolyn, Sue y Bill, quienes parecían estar tocados también por la desgracia: los dos primeros, herederos, como Woody, de la enfermedad de Huntington, murieron prematuramente en la cuarentena; Bill falleció a los veintitrés en un accidente de tráfico.

No fueron buenos tiempos para el matrimonio en medio de la Depresión y la pobreza que se cernía sobre todo el sur y el oeste de los Estados Unidos. “La apoteosis del petróleo había sido breve, la economía de los granjeros era extremadamente precaria y la poca industria existente había caído en picado en los desérticos estados del sur-oeste”, escribe Rubén Arranz. La desesperación afloró pronto en él antes de que fuera transformada en gritos de rebeldía musical: se entregó a la bebida y podía vérsele por las calles de Pampa descalzo y con la ropa desastrada, regresando a casa únicamente para dormir la borrachera. Le salvó su madrastra, Betty McPherson, una convencida teosofista que le pasó los panfletos de Robert Collier, precursor de la autoayuda. Unas lecturas que influyeron tanto en Woody que le hicieron montar incluso una consulta en casa, en el que posiblemente fuera uno de los oficios más estrambóticos -si es que no había desempeñado ya varios así- que desarrolló en sus años texanos.

Llegó sin embargo la hora, como le ocurrió a tantos originarios de Oklahoma (y que hizo que se popularizara el apelativo okie para referirse a los inmigrantes que cruzaron el país hacia la costa oeste) y de otros estados como Kansas, Tennessee, Georgia o la propia Texas, de buscar un nuevo destino en California, convertida, como en la época de la “conquista del Oeste”, en la nueva tierra de promisión para la multitud de granjeros y trabajadores arruinados. Un periplo donde la falta de dinero, el abuso de autoridad de los sheriffs y los patronos que ofrecían trabajos provisionales, las precarias condiciones de alojamiento (como los campamentos de California, bautizados como hoovervilles en “homenaje” al presidente Herbert Hoover) y de viaje o la intolerancia de las poblaciones locales por las que pasaban, que veían a aquella masa de desheredados como una banda de maleantes dispuesta a robarles sus propiedades y sus empleos estuvieron a la orden del día. “Como atestiguara posteriormente el propio Guthrie, era habitual ver a decenas de hombres encaramados en los vagones de los trenes u observarlos recorriendo en solitario las autopistas mientras buscaban un transporte gratuito que los acercara hacia su destino. A muchos de ellos la suerte les daba la espalda y acababan vagabundeando entre estados, viviendo de la buena voluntad o realizando trabajos ingratos con los que llenar su estómago mientras llegaba su oportunidad” (Rubén Arranz).

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Imagen de la “Dust Bowl” (la gran tormenta de polvo) que se abatió sobre los estados agrícolas del medio oeste de EE.UU.

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Familia de emigrantes camino de California en uno de los improvisados campamentos surgidos en el camino.

Aquellas experiencias, que los migrantes narraban a Guthrie y que él mismo había padecido en algunos casos (un sheriff le había expulsado del pueblo porque no le gustaba su aspecto de vagabundo, o, haciendo autostop, se había subido al coche de tres tipos cuya carga del maletero era más que sospechosa) fueron la inspiración perfecta para sus canciones, llenas de carga social contra un sistema y una sociedad que desprotegía a los desfavorecidos y vulnerables y generaba un mundo lleno de barreras y prohibiciones (prohibido el paso, propiedad privada, whites only…) para que los ricos y poderosos siguieran protegidos y enclaustrados en su esfera de confort. Un pensamiento ya esbozado desde su infancia y adolescencia en Oklahoma, un contenido musical y una forma de ser y de vincularse a un grupo de personas (algunos dirán que a una clase) que ya no le abandonaría jamás. Así, el propio Guthrie dirá de sí mismo:

“He escrito cantidad de canciones para los sindicalistas y las he cantado por todas partes, dondequiera que la gente se reuniera, hablara y cantara, desde el Madison Square Garden a la taberna Cuban Cigar Makers del Harlem Hispano; desde los acolchados estudios de la CBS y la NBC a la inhóspita región del andrajoso gueto (…) He disfrutado sobre todo con los sindicalistas, con los soldados y con los hombres de uniforme (…) porque al cantar con ellos me convertía e su amigo y eso me hacía sentir uno más”.

DE CALIFORNIA A NUEVA YORK: “THIS LAND IS YOUR LAND”

California era el “jardín del edén” de su balada “Do Re Mí”, pero en realidad allí también existía hostilidad y desconfianza hacia esos recién llegados, harapientos y empobrecidos, desde los estados castigados por la “Dust Bowl”. Cargado con las experiencias del viaje -las duras, pero también las de solidaridad y compañerismo- y las canciones que había intercambiado “por un plato de sopa”, pudo, tras un tiempo trabajando como obrero, empezar a trabajar en la emisora KFVD de Los Ángeles, propiedad de un dirigente del ala izquierda del Partido Demócrata. Allí, junto a Maxine “Lefty Lou” Crissman, copresentará el programa “Woody and Lefty Lou”, donde además de locutor lanzará a los micrófonos algunas de las canciones que había compuesto en su travesía desde Texas, convirtiéndose en portavoz de los discriminados okies y otros grupos oprimidos. Estas canciones serán recopiladas en su primer disco, “Dust Bowl Ballads” (1940).

En la KFVD conoció a  Ed Robbin, quien cantaba canciones comerciales de corte hillbilly en la emisora, y que le introdujo en el mundo sindical y le acercó a los círculos del USCP, el Partido Comunista de Estados Unidos, en California. Woody Guthrie escribió entre 1939 y 1940 una columna en el periódico editado por el partido, el Daily Worker, llamada “Woody Sez” (Woody dice), y aunque sus relaciones con el partido comunista norteamericano fueron estrechas, nunca llegó a formalizar su ingreso en el mismo. Su sentimiento de unidad antifascista y popular podía más que cualquier inclinación hacia una determinada filiación política. Por ese motivo, cuando fue investigado en la etapa de la “caza de brujas” macarthiana, respondió: “no soy un comunista, soy un rojo”. En California, además, conoció a otros militantes del partido, como Will Geer, así como al escritor John Steinbeck, quien dijo de Guthrie que “nada dulce hay en él y nada dulce hay en las canciones que canta. Pero hay algo más importante para quienes aún las escuchan: la voluntad de resistir”.

Las canciones de Woody Guthrie pasaban de mano en mano (nunca mejor dicho: el propio músico distribuye octavillas con las letras y los acordes para que la canción se difunda lo más posible, una versión primitiva del copyleft de la actualidad), y en 1939 aterriza en Nueva York por invitación de Will Geer, ciudad en la que vivirá -salvo pasajeras ausencias- desde entonces. Por entonces sólo se conoce su trabajo en la radio KFVD (a la que, a raíz del pacto germano-soviético, la dirección quiere evitar cualquier asociación con el Partido Comunista y con la ideología comunista) y en la prensa del USCP, y no existen grabaciones de sus canciones, pero es recibido como un héroe por la izquierda y los folkloristas le reciben con el apodo de “el vaquero de Oklahoma”. Será en un acto organizado en apoyo de los republicanos españoles, refugiados y derrotados por Franco recientemente, en el cual Guthrie cantará el himno de los interbrigadistas estadounidenses, el Batallón Abraham Lincoln, “Jarama Valley”, en una de las versiones más conocidas por el público (otra de ellas es la de su compañero y amigo Pete Seeger, con el que coincidirá por esos años en el grupo The Almanac Singers). Como curiosidad hay que destacar que la famosa pegatina de “This machine kills fascists” que lucía en su guitarra estaba inspirada en la de aviones de la guerra de España.

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Woody Guthrie en Nueva York.

Pero si la versión de “Jarama Valley” de Woody Guthrie es quizá su canción más conocida por el público español antifascista, “This land is your land”, grabada al año siguiente, es la más conocida en los Estados Unidos. Una respuesta contundente a la facilona y patriotera “God bless America” de Irving Berlin, que se recreaba en los mitos del “sueño americano”. “Muchos son los que consideran esta canción como un himno estadounidense no declarado, pero lo cierto es que aquellos acordes, melodía y letra fueron el resultado de la molestia y la indignación que Woody sentía al soportar cada dos por tres God bless América de Irving Berlin en la radio. Para Guthrie, que había recorrido montañas de hombres y tratado con pillastres y desfavorecidos de todas las clases, la canción le resultaba  “falsa” y demasiado “complaciente”, debía mostrar la otra cara esencial de América”, se expone en un artículo de la revista Mayhem. Esa otra América que también para él estaba compuesta de paisajes de una belleza extraordinaria, una naturaleza indómita y sobrecogedora, pero cuyos habitantes no siempre eran los seres felices que aparecían tras la máscara propagandística del American Way of Life. Unas personas cuya suerte había estado tanto tiempo unida a la del propio música y a las que había cantado y espoleado, con ese “estilo combatiente de lealtad indesmallable hacia todas las luchas obreras, las huelgas, las protestas populares y el apoyo de su voz y su guitarra a la suerte de los obreros y de todos los antifascistas” (Carlos Pérez Báez).

“This land is your land” es una canción en la que se mezclan la denuncia y la esperanza, donde las grandes extensiones y las bellezas de su país se entremezclan en el relato de los versos de la misma con el desamparo de los humildes, las clases trabajadoras, los marginados de la sociedad que se topan con los carteles de “propiedad privada” o “prohibido el paso” y se preguntan si realmente esa tierra está aún hecha para ellos.

Los años cuarenta son años en los que Guthrie puede por fin disfrutar trabajando en la música. Varias de sus canciones fueron grabadas en disco (otras no se publicaron, quedando en el archivo de la biblioteca del Congreso hasta los años sesenta, cuando el folk volvía a vivir su revival); escribe nuevas canciones y poemas y su autobiografía, “Bound to Glory” (Camino a la gloria), sobre su vida en los años de infancia de Oklahoma y la “Dust Bowl”; se divorcia de su primera esposa y contrae su segundo matrimonio con Marjorie Maiza, con quien tendrá cuatro hijos, entre ellos a Nora (que se encargará en los sesenta de contactar con varios músicos interesados en la obra de su padre para rescatar su obra) y Arlo, el también cantautor; y como muchos izquierdistas decepcionados con la postura de la Unión Soviética y el pacto Molotov-Ribbentropp, toma cierta distancia respecto del Partido Comunista, abrazando el antifascismo y la justicia social sin etiquetas partidarias.

A finales de la década, compone tanto canciones infantiles, recopiladas en el álbum “Songs to Grow on for Mother and Child”, como canciones en las que refleja las pésimas condiciones en las que se encuentran los trabajadores migrantes, como “Deportee (Plane Wreck At Los Gatos)” sobre el accidente de avión que en 1948 mató a varios trabajadores mexicanos que iban a ser deportados, o “Pastures of Plenty”. En la actualidad también se ha redescubierto un antiguo poema de aquellos años, en la que relata cómo, al volver de la SGM como voluntario en la marina mercante, Guthrie y su familia pasan a vivir en un nuevo bloque de apartamentos neoyorquino construido por un magnate inmobiliario al calor de las nuevas construcciones promovidas para los veteranos de guerra. El nombre de este magnate no es otro que Fred Trump, el padre del actual presidente estadounidense. Los Guthrie vivirán allí dos años, y la mordacidad del cantante hacia la especulación y enriquecimiento con sospechas de ilícito, arrogancia y racismo del “Old Man Trump” (así se llama el poema) han permanecido hasta la actualidad, convirtiéndose en un arma usada por los manifestantes contra el hijo y hoy inquilino de la Casa Blanca:

“Supongo

que el viejo Trump sabe

cuánto

odio racial

despertó

en el torrente sanguíneo de los corazones humanos

cuando dibujó

esa línea de color

aquí en sus

dieciocho proyectos familiares…

¡Beach Haven no es mi casa!

¡Simplemente no puedo pagar este alquiler!

¡Mi dinero se va por el desagüe!

¡Y mi alma está muy doblada!

Beach Haven parece un paraíso

donde ningún negro viene a vagar.

¡No no no, viejo Trump!

¡El viejo Beach Haven no es mi casa!”

 

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Donald y Fred Trump en 1987.

LA DECADENCIA Y LA ENFERMEDAD: NO HAY SITIO PARA EL FOLK

El final de la SGM y la victoria aliada, los años de bonanza económica y prosperidad que siguieron al enfrentamiento bélico en los Estados Unidos y el mundo occidental y la guerra fría y el “pánico rojo” que se levantó en buena parte de la sociedad y la política estadounidense marcaron el final de la época de Woody Guthrie. Ya no había sitio para el heroísmo de los proscritos como Sacco y Vanzetti, para las historias de denuncia del racismo y los llamamientos a la solidaridad entre los débiles en una sociedad donde las posibilidades de confort y enriquecimiento individual habían vuelto a acrecentarse, regresando de nuevo con fuerza la mitología del “sueño americano”. Además, existía el peligro cierto de que cualquiera que osase hablar de ello fuera tachado peligrosamente de commie y sometido a las preguntas insidiosas del FBI o la “caza de brujas” del senador McCarthy, además de sufrir el desprecio de sus conciudadanos y el descrédito profesional. No quedaban resquicios para tipos como Guthrie.

A ello había que sumarle sus propias circunstancias personales. En los primeros años cincuenta, la enfermedad de Huntington que su madre padeció y que él había heredado comenzó a manifestarse en él. Marjorie, su segunda esposa, se divorció de él ante su regreso (como en los años treinta en Pampa, cuando no tenía un céntimo ni empleo) al alcoholismo, y se le diagnosticó equivocadamente esquizofrenia. Casado con su tercera esposa, Anneke van Kirk, con la que tuvo una hija, Lorrayne Lynn (a la que también le llegó la dosis de desgracia personal que parecía destinada en la trágica lotería a casi todos los vástagos del músico, muriendo en accidente de tráfico a los diecinueve años), se divorció de ella poco después. Desde mediados de la década, y hasta su muerte en 1967, estuvo internado en varios hospitales de Nueva York, a donde acudía su antigua esposa Marjorie a visitarlo en aquellas sus horas más bajas. Fue perdiendo progresivamente la capacidad motora y del habla, pero eso no impidió que varios amigos y admiradores como un joven que apenas había comenzado su carrera, Bob Dylan, acudieran a visitarlo.

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Woody Guthrie junto a su hijo Arlo y su ex mujer Marjorie en el hospital Greystone de Nueva York, donde se encontraba internado y en el que fallecería en 1967.

Woody Guthrie moría cuando una nueva generación de músicos y una sociedad, esta vez de forma mucho más generalizada que en los años en que él estaba en activo, apenas comenzaban a recuperar la bandera de la protesta. El folk, nuevo, renovado, transformado, volvía a significar algo pero él no podría estar allí, salvo en el recuerdo y en las grabaciones que un puñado de entusiastas y admiradores fueron recuperando en aquella época.

Gente tan variopinta como sus archiadmiradores Bob Dylan o Jack Elliot, su compañero Pete Seeger, su hijo Arlo Guthrie o los rockeros Bruce Springsteen, Johnny Cash, Joe Strummer o The Kickdrops Murphys nombran a Woody Guthrie como una de sus referencias y le han homenajeado con discos, versiones o canciones propias. Pero el mundo de la música al que ellos pertenecen es muy distinto al de Guthrie, y aunque parece estar regresando el fantasma de la Depresión y el fascismo, tampoco lo viven tan de cerca, tan en primera persona, como lo vivió el bueno de Woody: en trenes de mercancías como polizón, haciendo trabajos miserables por cuatro chavos, compartiendo la pobreza de otros okies en peregrinación a la “tierra prometida” como él o viviendo cotidianamente el racismo y el desprecio con que se pueden llenar las almas de ciertos congéneres.

Por eso, para bien, para mal, y aunque gente como Dylan se presentara al principio y en su homenaje con el nombre del cantante de Okemah, no acepte imitaciones: Woody Guthrie sólo hubo (sólo hay) uno.

FUENTES:

Rubén Arranz, “La tierra prometida de Woody Guthrie”. Jot Down Magazine, julio de 2012. http://www.jotdown.es/2012/07/la-tierra-prometida-de-woody-guthrie/

Ánxel Grove, “¿Sería Woody Guthrie un indignado de cien años?”, Trasdós, 11/07/2012. https://blogs.20minutos.es/trasdos/2012/07/11/woody-guthrie-centenario/

Carlos Pérez Baez, “Woody Guthrie, 101 años de folk urbano. This machine kills fascists”. Dirty Rock Magazine, 12/07/2013. http://www.dirtyrock.info/2013/07/woody-guthrie-101-anos-de-folk-urbano-this-machine-kills-fascists/

A. Martínez, “El músico que le cambió la vida a Bob Dylan y casi muere en el olvido”. Cultura Colectiva, 03/12/2016. https://culturacolectiva.com/musica/el-musico que-le-cambio-la-vida-a-bob-dylan-y-que-casi-muere-en-el-olvido/

Will Kauffman, “Woody Guthrie, ‘Old Man Trump’ and and a real state empire’s racist foundations”, The Guardian, 22/01/2016. https://www.theguardian.com/music/2016/jan/22/woody-guthrie-donald-trump-real-estate-empire-racist-foundations

“Woody Guthrie. La voz del pueblo”. Mayhem Revista. Octubre-noviembre de 2014. https://mayhemrevista.wordpress.com/2014/10/28/woody-guthrie-la-voz-del-pueblo/ https://mayhemrevista.wordpress.com/2014/11/04/woody-guthrie-la-voz-del-pueblo-y-ii/

“Woody Guthrie”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Woody_Guthrie

 

 

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