Un comentario a La Futbolteca y a Vicent Masiá: de colores y cambios de nombre y de escudos en los equipos de fútbol durante la II República.

Diversas obligaciones me han apartado durante un tiempo de escribir, por lo que pido disculpas por haber dejado que las telarañas cubran este espacio donde en su lugar deberían haber aparecido palabras en negro sobre blanco.

Lamento asimismo que la primera vez que publico algo de nuevo sea para hablar de un tema tan frívolo y prosaico como el de un deporte donde veintidós millonarios en pantalón corto corren detrás de un balón, en el que ya he incidido otras veces, aunque sea para hablar de la relación entre el fútbol (y el deporte en general) y la política o la ideología. Más de una vez y de dos veces se ha querido desideoligizar el deporte, sobre todo desde los ámbitos del poder, que son curiosamente los que más lo usan para sus propios fines, con objeto de que los aficionados de a pie no lo usen como vehículo para sus reivindicaciones, ya sea para la reclamación de la independencia de Cataluña o la liberación de los presos políticos (o los políticos presos, como algunos quieren remarcar), el apoyo a una huelga o denunciar la hipocresía de los organismos que dicen luchar contra el racismo, la xenofobia y por el juego limpio y sin embargo apoyan iniciativas que van justo en sentido contrario. Confieso que me gusta el fútbol, sobre todo la historia de este deporte y un tipo de fútbol que posiblemente ya no existe salvo, como diría Javier Krahe, “en los márgenes o con prismáticos”, pero muchos aficionados no se resignan a ver morir, el fútbol popular, igualitario y democrático representado por tres palabras en inglés, “against moder football”, y que ha llevado a crear clubes como el Ciudad de Murcia, el United of Manchester, el Club Ceares, la UD Aspense o el Atlético Club de Socios y que se muevan grupos de aficionados como la Plataforma ADRV o Señales de Humo para rescatar a sus clubes de toda la vida del modelo vigente de fútbol negocio.

Me gusta leer de vez en cuando La Futbolteca y he de decir que la he usado como fuente para escribir artículos en esta bitácora, como ha sido el caso del que escribí sobre la Copa de España Libre, un título oficial superregional ganado en 1937 por el Levante FC  y que (al igual que la Liga del Mediterráneo del FC Barcelona) no ha sido reconocido por la actual Real Federación Española de Fútbol al heredero del club valenciano, el UD Levante, a diferencia de la Copa del Generalísimo de 1939 ganada por el Sevilla FC, que tenía las mismas características que aquel. Por eso me sorprende leer un artículo del historiador del fútbol español Vicent Masiá (http://lafutbolteca.com/los-escudos-del-real-madrid-c-f-ii-parte/ y http://lafutbolteca.com/los-escudos-del-real-madrid-c-f-iii-parte/) en el que incide en determinados errores en lo que respecta, no ya a la historia del Real Madrid (Madrid FC en la época que nos ocupa), en la que dudo poder objetarle nada, sino en lo que respecta al orígen y significado de la tercera franja de la bandera tricolor y a las razones que llevaron a los clubes de fútbol que ostentaban el título de “Real” a cambiar sus denominaciones y símbolos para adaptarlos a la nueva realidad sociopolítica española surgida del cambio de régimen del 14 de abril de 1931.

A VUELTAS CON EL MORADO… EFECTIVAMENTE.

Siendo el morado un color asociado con el Real Madrid históricamente, como explica el autor, y que ha desaparecido de su simbología sin motivo alguno desde la presidencia del club de Lorenzo Sanz, y según parece es un error, como explica el autor, considerar que la franja morada del escudo madridista procede del deseo del club de vincularse con la naciente República y hacer gala de republicanismo, era necesario hacer un aparte para hablar del color morado en la historia de España y su aparición en la enseña del nuevo régimen. Realmente, aunque no sea intención del autor del artículo, bien puede servir sus palabras de acicate para quienes ningunean el fundamento de la original enseña (original porque no existe, salvo entre sectores nacionalistas castellanos, enseña nacional en todo el orbe conocido que tenga el color morado entre los suyos).

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Reconstrucción realizada por Vicent Masiá de una bandera del Real Madrid (entonces Madrid FC) colocada en el campo de O’Donnell, año 1916, y en la que puede distinguirse el color morado en el escudo y en la franja que cruza en diagonal el paño blanco.

La crítica, cuando no la mera burla, a la bandera tricolor siempre ha exitido y existirá, pues burlarse de lo que se supone sagrado -sobre todo si es lo del contrario- es tan propio del ser humano como sacarse pelotillas de la nariz en un semáforo. Algunas de las mayores críticas provienen del hecho de que el morado es un color sin vinculación histórica con España, dado que nunca había aparecido como color de las enseñas de Castilla, como era la creencia popular en la época -y como tal se expresaba el gobierno provisional de la República en su decreto de 27 de junio de 1931 de adopción de la nueva bandera- ni tampoco como la enseña de la rebelión de los Comuneros castellanos contra Carlos I.

Nada nuevo bajo el sol. Quienes conozcan hoy (http://blogs.publico.es/strambotic/2018/04/tbandera-republicana-mentira/,  https://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_la_Segunda_Rep%C3%BAblica_Espa%C3%B1ola#El_liberalismo_y_el_morado, https://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_la_Segunda_Rep%C3%BAblica_Espa%C3%B1ola#Un_morado_republicano y http://www.asturiasrepublicana.com/tricolor.htm) la historia fehaciente de la tricolor saben que su origen se sitúa en realidad en el siglo XIX y en los movimientos liberales, democráticos y federales que surgen a lo largo de ese siglo y que, con mayor o menor fortuna (especialmente menor fortuna tuvieron a la hora de proponer una tricolor para la Primera República, que no cuajó al final) terminaron por hacer que se sumara, más que se sustituyera la enseña, un tercer color a los otros dos colores históricos que portaba la enseña nacional. Naturalmente, en 1931, sin internet, sin wikipedia (con todos sus errores) y sin tantas posibilidades de bucear en archivos, uno podía creerse la explicación de que el color morado era el de Castilla, pero hoy sabemos que no, que su origen es otro. De todas formas, ¿le resta eso más o menos legitimidad a la bandera tricolor, sabiendo además que el origen de los otros dos colores es poco menos que aleatorio (http://blogs.publico.es/strambotic/2017/10/bandera-espana-historia/)? -ignoro de dónde saca la información de que los colores rojo y amarillo eran los de los guiones o estandartes de los Reyes Católicos y de Carlos I, pues los estandartes de estos monarcas estaban compuestos por las armas de sus respectivos dominios (ver https://es.wikipedia.org/wiki/Estandarte_del_rey_de_Espa%C3%B1a#Estandartes_y_guiones_hist%C3%B3ricos_de_los_monarcas_espa%C3%B1oles)-.

Además, el de España no fue el único caso en el que un país cambió los colores de su bandera al cambiar de régimen político. Y los cambios de enseña en otros países no se crean que fueron más afortunados históricamente que el nuestro. Al proclamarse la República de Weimar en 1918, la nueva enseña alemana (la que luce hoy el país teutón y la que también tuvieron la RFA y la RDA, ésta con el escudo del martillo y el compás) negro-rojo-oro estuvo inspirada nada menos que en los colores de los uniformes de los combatientes alemanes durante las guerras napoleónicas (https://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_Alemania). La rojiverde republicana portuguesa (el Reino de Portugal había tenido como enseña un paño blanco primero y luego uno blanco y azul) se inspira en los colores del Partido Republicano Português (https://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_Portugal) y la de la republicana Francia no es ni más ni menos que la síntesis entre los colores de la ciudad de París, el azul y el rojo, con el blanco… de la monarquía borbónica (https://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_Francia#Historia).

Además, cargar la tinas sobre conflictos entre masones y radicales o sobre quema de iglesias y conventos en el decenio de los treinta del siglo XIX (en una época, la de la Primera Guerra Carlista, donde buena parte del clero más ultramontano se había refugiado bajo las alas del carlismo y el antiliberalismo, dando motivos para que los exaltados de todo pelaje se propusieran la realización de tropelías varias, y teniendo en cuenta que incendiar establecimientos religiosos había sido -y sería- un deporte nacional ya en la guerra de Independencia), aunque sea sin intención malsana puede dar alas a identificar a los movimientos que trajeron el color morado con los incidentes más desagradables que ocurrieron en el régimen que adoptó tal color en la enseña nacional. Régimen que, no olvidemos, fue defendido y apoyado también por católicos relevantes como Vicente Rojo, Antonio Machado, Manuel de Irujo, Antonio Escobar, Dolores de Rivas o José Bergamín.

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El “once” del gobierno provisional de la República (entrenador: Niceto Alcalá-Zamora).

Y hay que referir que es desafortunado el párrafo donde expone que “el Gobierno provisional republicano debió preparar el terreno concienzudamente y no cabían ni se permitían posibles fallos. Necesitado de armarse de razones y justificar el uso de la tricolor, grupos dirigidos de partidistas republicanos llenaron las calles y plazas de las principales ciudades durante la instauración de la República el 14 de abril presentándose muchos de ellos con la faja morada en sus banderas. Daba igual si la disposición era morado-rojo-amarillo o rojo-amarillo-morado, lo importante era arrastrar a las masas y mentalizarlas de que esos colores iban a representarles en la nueva enseña nacional. Tras aprovechar el impacto inicial, izar la bandera tricolor resultó más sencillo y, en el fondo, quedaba la excusa de que el morado había nacido del pueblo cuando todos sabemos perfectamente, para qué nos vamos a engañar, que el pueblo jamás pinta nada y simplemente obedece.” Por fortuna, Vicent Masiá se declara unas líneas más abajo “totalmente neutral y limitándome a actuar como un simple observador de los hechos sin perjuicio ni beneficio”, porque por lo anterior más bien se puede interpretar lo contrario. Al parecer, el pueblo sí que pintó y mucho en la toma de la Bastilla, alzándose contra el francés en 1808, en las calles de Lisboa el 25 de abril de 1974 apoyando la Revolución, ante el muro de Berlín en noviembre de 1989, silbando a placer a Ceaucescu en diciembre de ese año o movilizándose en las urnas para aprobar la Ley de Reforma Política de 1976, pero a la hora de salir a ondear una nueva enseña tricolor da la impresión de que no estamos ante el pueblo, sino ante una pandilla de adoctrinados seguidores de Azaña, Prieto y Largo Caballero. Además, si tan preparada estaba la cosa para hacer que la tricolor fuera la enseña nueva de España, ¿tan chapuceros fueron cómo para no dar instrucciones sobre la disposición de los colores y hacer que cada uno saliera con la bandera con los colores colocados como Dios o Karl Marx o Pablo Iglesias le dio a entender, incluso en el propio balcón de la Puerta del Sol, según las fotos que publica el propio Masiá? En fin, que más le hubiera valido al gobierno provisional haber hecho las cosas como corresponde: convocando un referéndum sobre los colores de la bandera, como hizo Carlos III cuando se sacó de los Borbones el pabellón rojigualdo, o años más tarde Adolfo Suárez (Madrid-Barajas) sobre la cuestión monarquía-república (https://www.eldiario.es/politica/Adolfo-Suarez-referendum-monarquia-encuestas_0_581642259.html)

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Como puede verse, los alemanes tampoco andaban muy centrados a la hora de disponer los colores de la bandera nacional en 1848. Los republicanos disponían las fajas en vertical y los monárquicos -que lo hacían en horizontal- ni siquiera tenían muy claro dónde colocar el negro, dónde el rojo y dónde el dorado.

LA SUSTITUCIÓN DEL TÍTULO DE “REAL”Y LA CORONA: ¿POR LA LEY DE DEFENSA DE LA REPÚBLICA?

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Escudo adoptado entre 1925 y 1931 y con posteriodad a la Guerra Civil.

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Escudo adoptado entre 1931 y 1940. Ambas ilustraciones proceden del artículo de Vicent Masiá en La Futbolteca (lafutbolteca.com)

La segunda parte del artículo, la dedicada a dilucidar la desaparición de la corona de la insignia y del título de Real del ahora denominado Madrid FC, y a la que regresamos, también incurre en errores. En primer lugar, y metiéndose en la harina política, ignora que la proclamación del régimen vino determinada no por la voluntad de Alfonso XIII de irse ante la perspectiva de “que la división entre los españoles podía ocasionar un conflicto civil dantesco”, sino más bien porque ya no podía salvar el trono ni siquiera recurriendo a la fuerza -como era su deseo al menos en principio- y porque poco le duró la determinación pacifista al bisabuelo del actual monarca. Ya en los años previos al alzamiento militar de 1936 intervino ante Mussolini en nombre de los grupos monárquicos españoles encabezados por José Calvo Sotelo o el conde de Toreno, y fue un agente movilizador del apoyo del Duce a la causa de los sublevados. Incluso su hijo el príncipe don Juan se presentó voluntario -siendo rechazado por Mola- para unirse a la causa rebelde. Todo con tal de que la monarquía regresara a España, aunque tuviera para ello que hacerlo descansando sobre un montón de cadáveres de compatriotas precisamente tras un “conflicto civil dantesco” (http://temas.publico.es/14-abril-republica/2018/04/13/el-lastre-de-la-monarquia-su-papel-en-la-lenta-evolucion-de-espana-como-sociedad/). También yerra Masía al pasar de puntillas y no referir nada acerca de la importancia del “voto libre” de las ciudades y capitales de provincia (donde se llevaron el gran batacazo los monárquicos) o las palabras sobre la cuestión plebiscitaria que tenían esas elecciones y la derrota que en ese plebiscito admitía el propio jefe del gobierno de la Monarquía, el almirante Aznar, sobre esa España que se acuesta monárquica y se levanta republicana. Además, las cifras que ofrece no se corresponden con las dadas por otros autores como el fallecido Javier Tussell, quien reduce y mucho la distancia entre concejales monárquicos y republicanos en el conjunto de España. (https://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_municipales_de_Espa%C3%B1a_de_1931)

Entre los países monárquicos es tradición el otorgamiento de títulos de realeza a entidades sociales, culturales y deportivas (la Royal Geograpahic Society, el Royal Caledonian Curling Club o la Royal Philarmonic Orchestra, en el caso británico). Pero en el ámbito del fútbol, sólo España y Bélgica (Royal Sporting Club Anderlecht, Royal Standard de Liége, Royal Charleroi Sporting Club o Cercle Brugge Koninklijke Sportvereniging) han sido los únicos países en que sus reyes han concedido títulos de “Real” a clubes dedicados a este deporte, tal vez porque la vinculación y la práctica del fútbol entre las monarquías no es algo muy tradicional. Existen otros clubes denominados “Real” por el mundo, como el Real SC en Portugal, el Real Potosí en Bolivia, el Real Estelí en Nicaragua o la Real Sociedad hondureña, equipos cuyos nombres son un homenaje sin duda a clubes españoles, en especial al Real Madrid.

Entrando más en materia, el autor apunta que la Ley de Defensa de la República de 27 de octubre de 1931 motivó en última instancia los cambios de nombre y de símbolos de los clubes de fútbol, y por ende de las sociedades recreativas, culturales, empresas, etc. En realidad, los cambios ya se habían producido con anterioridad: el 30 de junio, por ejemplo, en asamblea de socios la Sociedad de Fútbol de San Sebastián (que ya había suprimido su título de Real) había decidido modificar su nombre por el de Donostia Foot-ball Club, suprimiendo la corona real del escudo y adicionando en su lugar el escudo de la capital guipuzcoana (véase http://hemeroteca.mundodeportivo.com/preview/1931/07/01/pagina-2/613944/pdf.html#). Con anterioridad clubes como el Español (hoy Espanyol) o el Alfonso XIII (al que las crónicas ya se referían en el mismo abril de 1931 por su nueva denominación de CD Mallorca, hoy RCD Mallorca) ya habían modificado su nombre de acuerdo con los nuevos tiempos.

El renombrado Madrid FC -que como se han encargado de indicar los miembros de su peña republicana La Franja Morada, era un club plural y contará en sus filas con gente proclive tanto al conservadurismo y la monarquía como Ricardo Zamora o Ramón Triana como hacia la República como su presidente desde 1935 Rafael Sánchez-Guerra o los hermanos Luis y Pedro Regueiro, miembros de la selección de Euskadi en gira benéfica y de propaganda durante la guerra para la causa del gobierno autónomo vasco- será pionero en adaptarse a los cambios. El 17 de abril de 1931 (una fecha en la que todavía los cronistas se refieren al mítico Real Unión de Irún con su nombre monárquico) el club blanco decide suprimir la corona del escudo que luce en su entonces estadio, el viejo Chamartín (http://hemeroteca.mundodeportivo.com/preview/1931/04/17/pagina-2/619681/pdf.html#).

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La selección española de fútbol en 1936 en uno de sus últimos partidos oficiales durante el régimen republicano. Lleva su zamarra roja característica y un detalle diferenciador con respecto a épocas posteriores: el escudo es el de la Federación -similar a los que lucen los equipos nacionales de Alemania, Francia, Portugal, México, Argentina o Uruguay-, un círculo rojo con las letras FEF en dorado… y, claro, sin corona real.

Pero, ¿respondían estos cambios, como presupone nuestro autor, a adelantarse a la promulgación posterior de la Ley de Defensa de la República de 27 de octubre de 1931, que castigaría entre otros supuestos -como la difusión de noticias falsas o vulneradoras del crédito de las instituciones (¡pobres los Eduardo Inda y Alfonso Rojo de aquellos tiempos!) o la violencia por motivos políticos y religiosos- la apología del régimen monárquico, las personas vinculadas a él y los símbolos relacionados? Realmente no, porque por aquellos días de euforia ni siquiera el gobierno provisional pensaba que sería necesario echar mano de una ley de excepción tan severa. Todo lo más que se puede encontrar en ese sentido es la referencia que se hace en el Estatuto Jurídico Provisional a la suspensión temporal de derechos -con justificación ante las Cortes Constituyentes posteriores-, motivada como una defensa de la República frente a “quienes desde fuertes posiciones seculares y prevalidos de sus medios, pueden dificultar su consolidación” (https://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/el-estatuto-juridico-del-gobierno-provisional-de-la-republica/). No erraba el tiro el gobierno provisional de la República a la hora de señalar a elementos monárquicos, clericales o terratenientes como los grandes enemigos del nuevo régimen, ya que desde el mismo 14 de abril prepararán su derrocamiento. Sin embargo, una definición tan genérica que esperaba no tener que utilizarse no podía servir como anticipo del espíritu, contexto o contenido de la futura ley.

En realidad, la Ley de Defensa de la República nació como consecuencia de hechos de orden público -el gran talón de Aquiles del nuevo régimen, especialmente para las masas obreras y campesinas, por la continuidad de las figuras y las prácticas de etapas anteriores y que tan sólo de forma tardía y apenas sin tiempo para ponerlas en práctica, se pensó en reformar con la llegada al poder del gobierno del Frente Popular y el compromiso de liberalizar la legislación de Orden Público, poner fin a los excesos y la arbitrariedad en el uso de la Ley de Vagos y Maleantes o mandar a delegados ministeriales y gubernativos allí dónde antes llegaba la guardia civil o la de Asalto- ocurridos poco menos que de forma imprevista, y que poco a poco se irían multiplicando a lo largo de la geografía española, hasta dar lugar entre los republicanos la sensación de que si no se ponía un poco de mano dura ante los extremistas de uno y otro lado la gente (en especial la clase media de la que procedían muchos de los nuevos dirigentes) iba a pensar que aquello era la casa de “tócame Roque”, o una república en el sentido peyorativo del término (y recogido por la RAE). La huelga de la Telefónica promovida por la CNT a los pocos días de la proclamación de la República, la provocación del Círculo Monárquico en la calle Alcalá de Madrid y los disturbios -con quema de iglesias subsiguiente por varios puntos de la geografía española- subsiguientes o los conflictos laborales, especialmente en el campo (con el epílogo, ya proclamada la ley, de los trágicos sucesos de Castillblanco y Arnedo), a raíz del acatamiento o no a la nueva legislación procedente del Ministerio de Trabajo fueron los detonantes de la promulgación de la citada Ley, una Ley que, pese a su excesivo carácter represivo, se esperaba tuviera una vida corta (limitada al mandato de las Cortes Constituyentes y sustituida en realidad a los dos años por una más liberal como era la de Orden Público y que se esperaba no tuviera que aplicarse salvo en casos excepcionales, previsión que sin embargo no se cumplió).

Debemos recordar, antes de hacer juicios paralelos sobre realidades que no se corresponden con nuestro tiempo actual, que estamos hablando de una época, la de los años treinta, en la que instrumentos represivos de esta naturaleza no se limitaban sólo a los estados autoritarios tan en boga en aquella década, ni ha de servir -como sirve, de hecho- para tirar por tierra una experiencia democrática que no por imperfecta ha de echarse a los leones. En primer lugar, hay que tener en cuenta que tuvo una vida muy corta, que aquellos no fueron los únicos aspectos del régimen republicano y que sólo el devenir del tiempo habría determinado la evolución posterior de la democracia republicana en el caso de que no se hubiera producido levantamiento militar y guerra civil, por lo que para algunos (Santos Juliá) no era difícil que España hubiera conseguido su equiparación más pronto y más satisfactoriamente con otros estados democráticos de nuestro entorno, y para otros (Francisco Mateu) el acoplamiento a un nuevo régimen político siempre es doloroso, por lo que tras unos años de violencia política y tensión hubiera resultado muy posible que España hubiera podido disfrutar de su estado democrático en plenitud de facultades en la década de los cuarenta en lugar de hacerlo en la de los ochenta (con un reguero de muertes, represión y medidas gubernativas excepcionales de por medio durante la transición, dicho sea de paso) tras una guerra civil y una dictadura teñidas de sangre. En segundo lugar, nadie tira por tierra el desarrollo democrático de la Alemania de Weimar (si acaso su resultado final, el triunfo del nazismo) a pesar de que su canciller y luego presidente Friedrich Ebert se valió de los Freikorps, compuestos por militares revanchistas, extremistas de derecha y fuertemente nacionalistas para reprimir los movimientos de izquierda, como sucedión con la rebelión espartaquista y el asesinato de Karl Liebnecht y Rosa Luxemburgo, ni vierte críticas antidemocráticas similares hacia unos Estados Unidos que en los cincuenta, como faro del “mundo libre”, se sirvió del Comité de Actividades Antiamericanas para reprimir no sólo a un partido legal como los comunistas, sino para etiquetar como tales a movimientos sindicales y por los derechos civiles. Por no recordar las actividades del “Gladio” en las democracias de Europa Occidental.

Ahora bien, como la Ley de Defensa fue la consecuencia de estos conflictos, y en especial de los sucesos del Círculo Monárquico y la quema de iglesias -que fue lo que suscitó la discusión entre Azaña y Miguel Maura a cuenta de mandar o no a la guardia civil a poner fin a aquellos desmanes, la polémica frase de los conventos y la “vida” (o la “uña”, según otros) de un republicano y la adopción finalmente de una política de firmeza que determinó la creación de un nuevo cuerpo antidistubios como la Guardia de Asalto- cabe inferir que la explicación a la supresión de los nombres de reminiscencias monárquicas no se debe a esta Ley. En realidad, los cambios en las denominaciones venía determinado por el Decreto del Gobierno Provisional de 20 de abril de 1931 (Gaceta de Madrid del 21) en el que se exponía, negro sobre blanco, que “quedan suprimidas para todas las academias, corporaciones, sociedades, patronatos, establecimientos públicos, industriales, mercantiles y cualquier otra entidad no mencionada, las denominaciones que expresen o reflejen dependencia o subordinación respecto del régimen monárquico suprimido” (https://www.boe.es/datos/pdfs/BOE//1931/111/A00254-00255.pdf). Asimismo, en Decreto del Ministerio de Justicia de 1 de junio (Gaceta del 2), referido a los títulos y distinciones nobiliarios, que la República no iba a conceder más ni iban a constar en actos ni documentos oficiales como el Registro o las cédulas de identidad, figuraba lo siguiente: “Con la instauración de la República se inaugura en España un nuevo régimen liberal y democrático, incompatible, por su esencia, con la práctica tanto de títulos y mercedes de carácter nobiliario, reminiscencia de pasadas diferenciaciones de clases sociales cuanto con el uso de estos en actos oficiales y documentos públicos” (http://www.boe.es/datos/pdfs/BOE//1931/153/A01122-01123.pdf). Podemos entender que el uso de coronas reales y otros símbolos relacionados con la monarquía en emblemas e insignias de sociedades entraba dentro de la categoría de títulos y mercedes de carácter nobiliario. Así que con este decreto el escudo madridista, el españolista o el bético -que luego se modificaría, naciendo en ese entonces sus identificativas trece barras verdiblancas- se simplificaban hasta convertirse en círculos sin timbrar. Igualdad máxima, desde luego: ningún favor regio, nada -al menos en teoría- que no fueran los méritos deportivos distinguía ahora al Madrid, al Athletic, al Barcelona, al Unión de Irún, al Arenas, al Español o al Valencia. Ciudadanos todos, pues, de la “República democrática de trabajadores del balompié”.

EspañolRacingD.CoruñaSportingBetisMallorca

Republicano Burjasot

Los escudos de la época de Espanyol, Racing, Dep. Coruña, Sporting de Gijón, Betis, Mallorca y una rareza: el Deportivo Republicano de Burjassot FC, nombre que entre 1931 y 1933 y con profusión de republicanismo (y masonería tal vez) ostentó el Burjassot FC.

Estos dos decretos gubernamentales fueron los que sellaron el uso del nombre y los símbolos monárquicos en los escudos de los clubes deportivos -entre otras entidades- españoles durante el período de la República, siendo recuperados tras la Guerra Civil. No hace falta, en este sentido, el recurso a la Ley de Defensa de la República, ya que, como tal ley provisional (véase disposiciones adicionales de la Constitución de la República Española de 1931), hubiera podido además abrir la puerta a que cualquier club pudiera hacer apología del régimen monárquico una vez la ley dejara de estar en vigor, cosa que hubiera costado tanto qubraderos de cabeza no ya al gobierno y las autoridades al encontrarse con tal disidencia balompédica, sino al propio club en un ambiente políticamente cargado (fijémonos que tal ya sucedía entre Español, que no llevaba entonces el título de Real, al ser identificado como el club de la burguesía y la conservadora Lliga, y Barcelona, símbolo del catalanismo republicano, tanto durante los años de la guerra en Barcelona como antes: http://www.panenka.org/tiempoextra/hooligans-en-blanco-y-negro/).

Espero haber contribuido a aclarar las cuestiones (y a aclararme yo también) que haya podido suscitar la lectura del artículo de La Futbolteca, a la que recomiendo encarecidamente visitar si se quiere bucear en la historia del equipo de sus gracias o sus desgracias.

 

 

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