“Força, força companheiro Vasco”: Vasco Gonçalves, el general del PREC

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Cartel de la etapa del PREC portugués en apoyo al general y primer ministro Vasco Gonçalves.

Los más viejos del lugar recordarán un disco de la banda gallega Siniestro Total titulado con una sentencia que se ha hecho célebre: “Menos mal que nos queda Portugal”. Por esas casualidades del Destino, tras años de mofas a costa del vecino pobre, el gobierno de izquierdas de Lisboa está haciendo buena la frase a este lado del Miño y el Guadiana, donde las recetas de austeridad, incompetencia, corrupción y ahora además violencia del gobernante Partido Popular están consiguiendo que, sin mucho ruido y con algunos lastres que todavía soporta la economía y la situación social portuguesa, ese “Menos mal que nos queda Portugal” sea tanto una muestra de resignación como, al mismo tiempo, de la potente y resolutiva constatación de que las cosas pueden hacerse de otra manera. Y todo ello sin necesidad de irse a las latitudes caribeñas o sudamericanas (Cuba, Venezuela) de las que tanto abominan profesionales de la política, la economía y el periodismo por estos lares.

Pero antes de que el tripartito PS-PCP-Bloco de Esquerda (cuatripartito en realidad, porque los comunistas portugueses acuden a las elecciones en la coalición Candidatura Democratica de Unidade con los ecologistas) pudiera siquiera echar a andar en su labor de gobierno, ya surgieron en Portugal panfletos advirtiendo del supuesto desastre que se avecinaba y a los que por aquí ya estamos acostumbrados -aunque luego el lobo no resultara tan fiero como lo pintaban, quedaba estupendo injuriar a Zapatero calificándole de masón o afirmando en la actualidad que el pacto PSOE-Podemos en Castilla la Mancha convertirá la comunidad en una Venezuela con molinos-. De hecho, y en el mejor estilo del periodismo más tóxico de la vecina España, se ha llegado a reproducir una portada de la revista TIME de 1974 (en pleno Processo Revolucionário em Curso, la etapa inmediatamente posterior a la Revolución de los Claveles) en la que se avisaba de la “amenaza roja” en Portugal, pero los representados bajo el signo de la hoz y el martillo eran esta vez los líderes de los tres partidos del tripartito, António Costa (PS y primer ministro), Jerónimo de Sousa (PCP) y Catarina Martins (Bloco). Lejos debe quedar ese pronóstico agorero, al menos con los datos actuales en la mano, y para la percepción de los propios votantes lusitanos, que otorgan diez puntos de ventaja al socialismo en el gobierno respecto a la oposición conservadora (panorama desastroso para la derecha confirmado en las elecciones municipales celebradas el pasado domingo). Más allá de la anécdota, esto nos remite a las palabras del sociólogo Boaventura de Sousa Santos: en las democracias parlamentarias burguesas, con medios de comunicación controlados por manos privadas que difunden la información de acuerdo con los intereses e ideología del gran capital, una persona de izquierda (o con un mínimo sentido crítico), aún cuando gobierne la izquierda en el país, no puede abrir un periódico o ver un noticiario sin que le entre un ataque de nervios ante la manipulación mediática que acontece diariamente.

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Portada original de TIME de 1974 y recreación realizada tras la formación del gobierno tripartito de izquierda con el texto “Amenaza roja en Portugal”.

Esa campaña de acoso, que tan rápido se ha quedado sin argumentos, y salvando las distancias temporales, recuerda a la que originalmente se levantó contra uno de los protagonistas de la portada original (Francisco Costa Gomes, general y presidente provisional de la República; Otelo Saraiva de Carvalho, mayor, cerebro del 25 de Abril y de conocida tendencia izquierdista y a quien nos referimos aquí, el también general Vasco Gonçalves, primer ministro), sólo que aquella fue mucho más descarnada y prolongada. La revista se permitió hacer un paralelismo entre el Portugal revolucionario y la URSS de entonces al bautizar a aquel trío como la “troika de Lisboa”, en alusión a la troika soviética de Brezhnev, Koisigin y Podgorny.

Vasco Gonçalves fue el único miembro del MFA, el movimiento que agrupaba a los militares que derrocaron a la dictadura fascista más longeva de Europa, el Estado Novo, que tenía unos galones tan altos. La Revolución del 25 de Abril fue otro “Menos mal que nos queda Portugal” para una España aún metida en la sombra de la dictadura y con la esperanza a flor de piel, aunque sin atrever a asomarse mucho, a la espera de un “hecho biológico” (la muerte de Franco) que no terminaba de producirse. Y Vasco Gonçalves presidió cuatro gobiernos provisionales en un periodo, de julio de 1974 a septiembre de 1975, caracterizado por lo que era el “peligro rojo” para unos o para otros la esperanza de construir el socialismo en democracia y a base de la movilización de un pueblo que había sido casi cincuenta años sometido a la parálisis del miedo. El “companheiro Vasco”, como se le conoció, por formación y carácter decidió impulsar hacia delante esa “transición al socialismo” en que la Revolución había derivado: el Processo Revolucionário em Curso (PREC). Todo ello en un momento de movilización popular sin precedentes en Portugal por el volumen de personas que involucró y por las múltiples áreas en que tuvo lugar.

EL CONTEXTO

Las dictaduras del sur de Europa (Grecia, España y Portugal) se hallaban en momentos de crisis que amenazaban su futuro. La contestación social había aumentado y se hacía más difícil de controlar con los habituales mecanismos represivos sin despertar protestas incluso entre los propios aliados occidentales de las mismas. Además, la crisis del petróleo amenazaba al modelo desarrollista en que se basaban sus economías y que les había permitido, bien que en vagón de cola, unirse a la prosperidad económica generalizada de Europa de los años cincuenta y sesenta y disfrutar de una cierta paz social. Por último, para EE.UU. y los aliados de Europa Occidental, el mantenimiento de su apoyo a los gobiernos dictatoriales de los coroneles en Grecia, de Franco en España y de Caetano en Portugal como “baluartes anticomunistas” suponía un severo golpe de cara a su imagen ante la opinión pública, además de suponer, tanto dentro de sus fronteras como en el interior de las de estos estados dictatoriales, un lastre para el desarrollo de la nueva etapa del capitalismo, en el que la desregulación y la integración internacional de los mercados chocaba con el nacionalismo, el proteccionismo, los holding estatales, los mercados cautivos de las colonias o la ausencia de una circulación abierta de la información y el conocimiento técnico debida a la censura. Por este motivo, incluso sectores tecnocráticos y capitalistas beneficiados con la política de los regímenes dictatoriales exploraban una salida democrática a los mismos en aras de sus intereses económicos, como la expansión de sus mercados, la modernización de sus tecnologías o la entrada de inversiones extranjeras.

De este modo, desde Washington, París o Bonn se buscaba lo que se ha dado en llamar una “transición gatopardiana” -por la frase de la novela “El Gatopardo” de Lampedusa: es necesario que todo cambie para que todo siga igual- la dictadura a la democracia en los países de la Europa mediterránea. Era necesario garantizar el cambio de régimen político pero manteniendo la estructura del poder económico y dar con una salida negociada que conformara nuevos regímenes democráticos “de baja intensidad”, de acuerdo con la definición de, entre otros, el profesor Rafael Escudero. La característica de estas democracias sería la de la limitación de la participación ciudadana en los procesos de toma de decisión política, configurándose como partitocracias, y por ello más susceptibles al oscurantismo en el proceso decisorio, en especial de aquellos aspectos sociales y económicos determinados por organismos internacionales como la Unión Europea, la OTAN o el FMI.

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Felipe González (izquierda), con Willy Brandt (centro) y Olof Palme en un acto del PSOE en los años setenta. La socialdemocracia europea fue un agente esencial para completar el viraje derechista de los partidos socialistas del sur de Europa y el abandono de su ideario marxista.

El caso de la transición española resulta paradigmático de este tipo de transición, negociada en las altas esferas entre la dictadura agonizante pero aún con el poder represor en sus manos y una oposición que aglutinaba a buena parte de la opinión pública y tenía capacidad de movilización popular pero no contaba con los resortes del poder. La precipitación por alcanzar el poder y la división fomentada entre el histórico partido socialista y el potente movimiento comunista -que había llevado (como en Portugal) el peso de la oposición interna al régimen- por la socialdemocracia europea, especialmente la de la RFA, que financió generosamente al PSOE para seguir el guión de la “transición del Gatopardo”, llevó a que fuera el franquismo reformado quien llevara la voz cantante del proceso, con la complicidad de un socialismo que se convirtió a costa del PCE en el ascendente entre la izquierda y que fue abandonando progresivamente los postulados que defendía en la clandestinidad, como eran la opción republicana, el marxismo o la ruptura con el régimen. Todo ello fue acompañado con el aderezo de la violencia institucional y la de los grupos terroristas que, obviada en las historias que reflejan una transición modélica y ejemplar, cultivaron en la mente de los españoles de aquella época (y durante décadas posteriores) la idea de que la forma en que se hicieron las cosas fue la única posible sin que hubiera golpe de Estado o derramamiento de sangre de por medio -que los hubo-, o la de que no es menester someter a revisión el proceso y sus consecuencias, como la impunidad de los criminales de la dictadura.

Si España y Grecia (con un turnismo hasta fechas recientes muy similar al español, en el que conservadores y socialistas se alternaban en un país que conservaba su papel de periferia del capitalismo europeo) siguieron el guión previsto, el 25 de Abril trastocaba los planes respecto a lo que debía suceder en Lisboa. La aparición de un agente inesperado como el ejército, que además era un ejército de la OTAN, apoyado por el pueblo en la calle y fomentando además esa salida de los ciudadanos que reclamaban su papel como agente político añadía un componente de dificultad. Ya no se trataba de una negociación secreta entre dos partes de manera más o menos disimulada a espaldas del pueblo del país: la propia movilización en la calle ocurrida el día de la Revolución de los Claveles impedía cualquier negociación con los responsables políticos del antiguo régimen, máxime cuando el propio MFA impulsaba la depuración de funcionarios, la extinción de la PIDE y la milicia fascista y el juicio a los responsables de crímenes durante el salazarismo, como se pedía en la calle y reclamaba la memoria de los civiles muertos por los disparos de la policía política del régimen, las únicas víctimas de aquel día.

Hubo, eso sí, un primer intento de salvar los muebles cuando António de Spínola, el general que encabezaba la Junta de Salvación Nacional que ejercía el gobierno provisionalmente y que se había alzado con la presidencia de la República, nombró primer ministro a un hombre de negocios conservador como Adelino Palma Carlos. Lo que Spínola y Palma Carlos buscaban era “rejuvenecer” en cierto modo la “primavera marcelista” (las esperanzas reformistas que había traído consigo el nombramiento de Marcello Caetano como sucesor del viejo dictador Salazar) y consolidar una democracia de derecha, además de mantener el dominio colonial portugués en África con una nueva estructura federal similar a la Commonwealth británica y deshacerse de la menor cantidad posible del viejo aparato del Estado fascista.

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El general Spínola, presidente provisional de la República tras el 25 de Abril, ante los micrófonos en la toma de posesión del I Governo Provisório, presidido por Palma Carlos (a su derecha).

Pero esa solución era ya imposible, pues chocaba no sólo con el programa pactado por el MFA sino también con lo que manifestaban las propias masas populares y los líderes de los partidos retornados del exilio. Tanto el PS de Mário Soares entonces (que declaraba su admiración por Cuba, Vietnam y Yugoslavia), como el Partido Comunista de Álvaro Cunhal e incluso el conservador Partido Popular Democrático declaraban que Portugal debía avanzar hacia el socialismo por la vía del pluralismo democrático. Los acontecimientos se sucedían en los lugares de trabajo y las universidades, donde -a veces con exceso de celo- se expulsaba de la dirección a los simpatizantes o antiguos miembros de los órganos de la dictadura, mientras en los barrios y el medio rural se sucedían las reclamaciones de mejora de las viviendas y de una reforma agraria que redistribuyera la tierra y la otorgara a los campesinos pobres. Además, los ni los movimientos de independencia de las colonias iban a aceptar la solución spinolista ni los soldados y oficiales (algunos ya en franca rebelión) iban a aceptar proseguir la guerra en nombre de esa solución cuando el 25 de Abril se había desencadenado para, entre otras cosas, poner fin al conflicto entre la metrópoli y sus posesiones de ultramar.

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Manifestación en Lisboa. Varias pancartas muestran el hastío de la población por la guerra colonial y piden el regreso de los soldados y el fin de las operaciones militares en África.

En estas condiciones, en el MFA, encargado de garantizar el desarrollo de la revolución democrática, fueron cogiendo también fuerza aquellos que representaban opciones más a la izquierda. Entre ellos se encontraban Otelo Saraiva de Carvalho y Vasco Gonçalves, quien, fallida la “opción Palma Carlos”, fue nombrado primer ministro del Segundo Gobierno Provisional en julio por el propio Spínola. Se iniciaba así la etapa más convulsa, pero al mismo tiempo la más ilusionante del llamado Processo Revolucionário em Curso. Fue la etapa en la que se llevaron a cabo las realizaciones más interesantes de la Revolución portuguesa, muchas de ellas plasmadas en la Constitución de 1976, y en la que más se alejaba el país del guión preestablecido desde las cancillerías y servicios de inteligencia exteriores, lo que despertó el pavor y el contragolpe. Repasemos a continuación quién fue Vasco Gonçalves y en qué y cómo se desarrolló su labor de gobierno durante ese aproximadamente año y medio.

VASCO GONÇALVES, “UN HOMBRE CON MUCHOS PERFILES PERO UN SOLO CARÁCTER”

Nacido en 1921 en la capital lusa, Vasco dos Santos Gonçalves se había graduado en la Academia Militar de la propia Lisboa y había alcanzado el grado de coronel de ingenieros en 1973, en el momento en que se organiza el Movimento dos Capitães, que al poco germinará en el MFA. Gonçalves participará por primera vez en una reunión del MFA en septiembre de ese año, en Caparica (cerca de Lisboa), donde se configurará la estructura organizativa del Movimiento, llegando en ella incluso a sugerirse que fuera nombrado jefe del mismo (aunque finalmente se descartará tal opción por arriesgada). De este modo, y encuadrado dentro del grupo de ingeniería del MFA, participará en la fase final de los preparativos para el 25 de Abril, en la preparación del programa del Movimiento y como enlace entre éste y el general Costa Gomes -uno de los oficiales de alta graduación que, como Spínola, por su negativa a rendir vasallaje al gobierno marcelista, había sido relegado de sus funciones y con los que los sublevados contaban para formar parte de la Junta de Salvación Nacional que se haría cargo del país tras el derrocamiento del Estado Novo-.

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Fotografía de Vasco Gonçalves tras su nombramiento como primer ministro.

Gonçalves, como sus compañeros más jóvenes y de menor graduación (Melo Antunes, Salgueiro Maia, Saraiva de Carvalho, Vasco Lourenço) había combatido contra las fuerzas anticoloniales, primero en Goa (enclave portugués en la India que fue absorbido por la recientemente independizada nación) y posteriormente en Angola y Mozambique. Y, como ellos, fue pronto consciente de que los militares portugueses desplegados allí estaban combatiendo por una dictadura fascista y por los intereses económicos de unos pocos privilegiados de la metrópoli, que se beneficiaban de la situación política y social establecida por esa dictadura, tanto en Portugal como en su extenso imperio ultramarino. Una actitud, la de luchar a favor de un imperio colonial y fascista con el que se tiene tanta distancia ideológica y política que él mismo no puede dejar de definir como contradictoria: “Le he dicho esto a muchos camaradas: “Nosotros, que finalmente estábamos contra todo aquello, éramos los trabajadores más eficientes, en cierta manera, sus mejores colaboradores…” […] pensaba que el fin de la guerra colonial y el derrumbamiento del régimen fascista, en lo que se refería a los militares, debía ser el resultado de un esfuerzo colectivo y no de tomas de posición o reacciones individuales. Lo que había que hacer era concienciar, organizar el descontento, de modo que se tradujera en una fuerza material capaz de poner fin a cuarenta años de dictadura.”

Vasco Gonçalves fue, tanto antes como después del PREC, un gran lector y teórico de inclinación claramente marxista, abundando en las lecturas de política, filosofía y sociología. Miguel Urbano Rodrigues, responsable del Partido Comunista Português, relata de él que “No se limitaba como muchos políticos a hojear “El Capital” y la obras de Engels, Lenin y Gramsci. Vasco estudiaba el marxismo, asimilaba y se esforzaba por aplicar sus enseñanzas a cada situación histórica. Sin ser un militante comunista, no escondía su adhesión al materialismo dialéctico. Las cuestiones de método ejercían una fascinación sobre él, en la evaluación de las relaciones de fuerza y de las condiciones objetivas y subjetivas. Admiraba mucho a Rosa Luxemburgo y releía con frecuencia ensayos del Águila de Varsovia […] Estudiaba y discutía las obras del húngaro Istvan Meszaros, de los franceses Georges Labica y Georges Gastaud, de los sociólogos y economistas de la Monthly Review […] a Chomsky, Chossudovsky, Marta Harnecker, Petras, y lo que le llegaba a las manos de autores de Brasil, de Colombia, de México, de la Venezuela Bolivariana, de la India y de Palestina.”

Su elección como primer ministro en el Portugal revolucionario le posibilitó cumplir su sueño de poder unir aquellos conocimientos teóricos y la práctica revolucionaria, en un proceso vivo, que día a día se enriquecía con las dificultades, las contradicciones y también con las ilusiones de las masas. “No eran solamente ideas teóricas” -explica-; “teníamos la preocupación de vincular la teoría y la práctica, y ese objetivo me acompaño siempre toda la vida. De hecho (…) es muy difícil hacerlas coincidir totalmente. Yo sólo pude realizar ese sueño plenamente el 25 de Abril, porque antes la verdad es que fui militar de un ejército fascista, con todas las frustraciones y conflictos personales que eso significaba para alguien que, como yo, tenía ideas progresistas desde muy joven”.

Para él la clave de la transformación del 25 de Abril de golpe militar a revolución popular fue la presencia del pueblo del lado de los militares rebeldes, expresando sus demandas, activando su propia dinámica y con ello arrastrando a los propios actores políticos y castrenses a obrar en consonancia. “El impulso de las masas populares y de los trabajadores -afirma en una entrevista a Viriato Cunha Teles-, exigiendo un empeño social y político más profundo y prolongado del previsto inicialmente por el MFA, hizo que se modificase la correlación de fuerzas dentro del propio movimiento en favor de los que más se identificaban con las aspiraciones, las reivindicaciones, los intereses populares, e imprimió una dimensión revolucionaria al golpe militar.”

Al lado de todo esto, no se debe olvidar que una de las características que hizo más compleja la situación fue que en Portugal tuvo lugar una duplicidad de poderes a partir de abril de 1975, con un choque de legitimidades. En ese mes, tuvieron lugar las elecciones a la Assambleia Constituinte, en la que el PS de Mário Soares se alzó como el partido más votado. La cifra de votos para los partidos de la izquierda (PS, PCP y otros grupos más a la izquierda, de corte trotskista o incluso maoísta), partidarios hasta entonces de la “transición al socialismo” superaba ampliamente a la de los grupos conservadores, entre los que destacaban el PPD y el CDS. Pero la diplomacia internacional de Occidente y los intereses económicos -en buena medida expatriados por la política de nacionalizaciones y las colectivizaciones puestas en marcha en el campo al amparo de la reforma agraria- pusieron en marcha una campaña de cooptación del PS y de su líder para que ejercieran de cabezas de la contrarrevolución y pusieran fin a la “amenaza roja”, al peligro de que Portugal, un país miembro de la OTAN, se convirtiera en una democracia popular al estilo de las de Europa Oriental. “Mario Soares, y el Partido Socialista por extensión, habían vuelto a Portugal hablando de socialismo y de alianzas con el PCP. Sin embargo, ese discurso fue liquidado después de las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1975”, escribe Marcos Ferreira.

De este modo, el gobierno provisional de Vasco Gonçalves y el MFA, dominado por la izquierda entre abril de 1974 y finales del verano de 1975, y que obtenía su legitimidad del derrocamiento de la dictadura y de haber puesto en marcha medidas esenciales para la democratización del país, como las de la legalización de las organizaciones políticas, la liberación de los presos políticos y las conversaciones con los movimientos de liberación de las colonias, se vería contestado por la mayoría “contrarrevolucionaria” (en el sentido no antidemocrático, de oposición al movimiento democrático de la Revolución de los Claveles, pero sí antisocialista) de los partidos mayoritarios de la Asamblea, cuya legitimidad estaba clara: había salido de la voluntad de los votantes, aunque en el caso del PS fuera mediante la traición del programa con el que se había presentado ante las masas.

Quizá previendo ese escenario de traición, Vasco Gonçalves se empeñó a fondo en el desarrollo de un programa ambicioso que hiciera irreversibles las “conquistas de la Revolución” y consolidara un tipo de democracia socialista basado en la participación popular y en la garantía de los derechos económicos y sociales de los portugueses. “Hombre de pocas palabras se definía a sí mismo como “marxista democrático”, -escribe el militar español Antonio Maira- “como marxista defensor de la soberanía popular activa, sin intermediarios, y rápidamente aclaraba el significado de sus palabras: no me refiero con ese calificativo de demócrata a nada que tenga que ver con las democracias formales parlamentarias, al uso en Occidente, fabricadas en parlamentos o impuestas manu militari  […] La democracia para Vasco Gonçalves tiene que ser revolucionaria y popular y debe contener la dirección de los obreros en las fábricas, de los asalariados en sus centros de trabajo, de los campesinos en las colectivizaciones o en las empresas nacionalizadas en el campo, de la gestión de los trabajadores en todos los sectores de la vida económica, de los derechos políticos, sociales laborales y culturales.”

Esta concepción de la democracia, participativa y en un sentido absolutamente amplio (“socialismo es democracia sin fin”, ha definido el anteriormente citado Sousa Santos) chocaba frontalmente con la concepción de “transición gatopardiana” que defendían desde las potencias occidentales para los países del sur de Europa que salían recientemente de dictaduras. Y por supuesto, la mención al socialismo, espantajo que contenía la encarnación del mal absoluto, preocupaba todavía más en esas altas esferas. Más aún cuando se pretendía implantar un sistema socialista de “rostro humano”, respetando el pluralismo político y la participación ciudadana, algo que, de tener éxito, supondría un duro golpe para la propaganda occidental, pero también para la del bloque soviético, ya que ambos lanzaban el mensaje de que socialismo y democracia eran incompatibles, y de hecho habían combatido tal idea, ya fueran los norteamericanos en Chile el año anterior, o los soviéticos en Checoslovaquia y Hungría.

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Vasco Gonçalves saluda, con la bandera de Portugal en la mano, a los simpatizantes a la salida de un acto político.

Por ello, el “companheiro Vasco” concebía también como esencial contar con el MFA y su presencia al lado del pueblo, de sus iniciativas y reivindicaciones, como “brazo armado de la Revolución”, en defensa de la misma, para evitar que triunfaran intentonas reaccionarias que torpedearan el proceso. De hecho, en su etapa de primer ministro, hubo dos protagonizadas por Spínola, cuyo fracaso le desacreditaron ante las potencias extranjeras como jefe de la reacción y líder de la “opción gatopardiana”: en septiembre de 1974, con la apelación a la “mayoría silenciosa” conservadora a que se manifestara, que fracasó por la movilización popular, y posteriormente en marzo de 1975, un golpe militar en toda regla que se detuvo gracias a la intervención del MFA y que, paradójicamente, contribuyó a acelerar en vez de a detener la revolución en marcha.

Vasco Gonçalves marcó rotundas distancias ya en su propio discurso de investidura con la apelación a la “mayoría silenciosa” de Spínola y la velada referencia al imperativo una “libertad dentro de un orden”, que venía poco menos que a significar la concepción de la democracia de una forma utilitarista y limitada a aspectos formales. Si Spínola, el día de la toma de posesión del gobierno, afirmaba que “O la mayoría silenciosa de este país acuerda y toma la defensa de su libertad, o el 25 de Abril tendrá perdido delante del mundo, la historia y nosotros mismos el sentido de gesta heroica de un pueblo que se libertó a sí mismo”, el “companheiro Vasco” defendía una manera bien diferente de actuar: “Mis camaradas y yo no lo entendíamos así. Bien al contrario, pensábamos que en aquél clima de agitación social, que Spínola consideraba una amenaza a la democracia y a la libertad, también estaba la gesta heroica del pueblo portugués, que, sin duda, de modo espontáneo y de cierta manera desordenado, pero no anárquico, se estaba liberando a sí mismo de medio siglo de fascismo. Por esa razón no apoye tal apelación a la mayoría silenciosa, y reforcé la determinación indiscutible de cumplir el programa del MFA, citando incluso a Almeida Garret cuando afirma que la libertad sólo se aprende con la práctica. Insistí en mi discurso, que la libertad conduce a errores que deben ser corregidos y que los partidos políticos tendrían un importante papel en el análisis y corrección de esos errores, haciendo de ellos otras tantas vinculaciones con el pueblo.” Vasco Gonçalves tenía claro que “la libertad no se define o no se sustancia apenas en los derechos políticos, en el derecho de poder hablar libremente, en el derecho de opinar y contestar o de organizarse colectivamente sin ser detenido. La libertad no existe por sí. Son necesarias estructuras políticas, económicas, sociales, culturales que garanticen el ejercicio de esas libertades”. Veamos en qué consistió la transformación de estructuras que el PREC portugués conoció bajo sus gobiernos.

LA ETAPA VASCO

La situación socioeconómica de Portugal tras la caída del salazarismo no era la más halagüeña. A pesar de ser uno de los países con salud monetaria más holgada del mundo -gracias a que el banco nacional contaba con unas de las mayores reservas mundiales de divisas-, la obsesión de Salazar por el control presupuestario y la austeridad (políticas hoy tan de moda entre los responsables económicos de la Unión Europea o el FMI) había llevado a que el gasto público y el Estado de Bienestar apenas estuvieran desarrollados en el Estado Novo. La situación -agravada por la guerra colonial, haciendo que cerca de un 50% del presupuesto fuera para gastos militares-había llevado a que varios indicadores fueran más parecidos a los del mundo subdesarrollado que a los europeos occidentales, tales como el analfabetismo (que afectaba a alrededor de un tercio de los portugueses), la productividad y mecanización agrícola, la mortalidad infantil o el número de aparatos telefónicos.

A ello había que sumar la concentración de riqueza. La mayor parte de la propiedad agrícola e industrial estaba en manos de cuatro grandes holdings empresariales, en muchos casos propiedad de familias como los Champalimaud o los Espirito Santo, cuyos intereses se diversificaban desde la industria química o alimentaria a la propiedad de fincas rústicas, de inmuebles o de entidades financieras. Muchos de ellos tenían garantizado un lucrativo negocio a través de los mercados cautivos de las colonias, por lo que, en vistas de que el imperio no era ya sostenible, optaban por una solución de corte neocolonial como la que ofrecía el general Spínola y su proyecto, esbozado en su obra “Portugal y el futuro”, de “Commonwealth” a la portuguesa.

Un proyecto éste último, además, que chocaba frontalmente con los deseos no sólo de los soldados y oficiales destacados en ultramar, cansados de combatir, sino con lo manifestado por el propio pueblo metropolitano de Portugal, que manifestaba su deseo del final inmediato de la guerra y el retorno de las tropas y con el espíritu de los movimientos de liberación -en aquel entonces con un gran ascendente entre los pueblos de las colonias-, que por su carácter abiertamente de izquierda, impedían cualquier transición de orden neocolonial (como habían llevado a cabo Francia, Bélgica, o Estados Unidos en el caso de Liberia), a no ser que se optase por llevar adelante nuevas aventuras bélicas (guerras civiles apoyando a un bando) que el país no estaba en condiciones de afrontar.

Eran muy diversas y complejas las tareas que debía afrontar el nuevo primer ministro. Desde el punto de vista político, se centró en llevar a cabo el programa básico del MFA -el “programa de las tres des”: desarrollar, democratizar, descolonizar-, pero desde una interpretación novedosa, favorecida por la propia ambigüedad del programa, y desde luego polémica para quienes concebían (desde dentro y fuera de las fuerzas armadas) el papel del MFA como instrumental tras haber derribado al régimen y la democratización como un proceso de entrega de la iniciativa política a instituciones y partidos.

El propio general explica de este modo esa posición: “Comprobamos que una cosa era aquel esquema que nosotros delineamos y que además era muy simplificado […] y otra la realidad. Y esa nos rebasaba día a día […] Las reivindicaciones explotaban de forma espantosa, imposibles de controlar […] Aprendimos con la realidad, que nos fue mostrando que no podíamos simplemente, cuando se constituyese el gobierno provisional, dejar todo y volver a los cuarteles. Había caído una gran responsabilidad sobre nosotros. Al mismo tiempo verificábamos que los políticos civiles, salvo raras excepciones, no mostraban más competencia ni más ni conocimientos de las que mostrábamos nosotros y sobre todo no tenían, de modo alguno, más apoyo. Aquella ansia popular por el MFA era, al mismo tiempo, una gran responsabilidad”. Por este motivo, la movilización popular y el llamamiento al MFA (en aquel momento ampliamente dominado por la izquierda) como una suerte de “fuerza moral” llevan a eclipsar la acción de los partidos y a centrar el proceso en las conquistas que las propias masas están realizando en base a sus actuaciones, refrendadas por el gobierno. Es la etapa de la “Alianza Pueblo-MFA” (Aliança Povo-MFA). De ahí que uno de los puntos de choque a lo largo de los siguientes meses sea la institucionalización del MFA y el papel de los militares revolucionarios en la nueva democracia lusa.

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“MFA, centinela del pueblo”. Cartel de las iniciativas de dinamización cultural, unas de las más originales y fecundas tras el 25 de Abril, que incluyó campañas de alfabetización y de regeneración del medio rural.

Los partidos políticos (sobre todo los que estaban a la derecha del espectro) aceptaron a regañadientes el papel director del MFA y del gobierno Vasco (del que formaron parte al principio, hasta el “Verão Quente” de 1975) a cambio de las elecciones a la Constituyente, en la que esperaban obtener, ahora sí, la iniciativa. Una iniciativa que el propio general temía sirviera para desmontar el legado que aquellos momentos de iniciativas populares estaban depositando de cara a la transformación política, social y económica de Portugal, dejando en segundo plano al pueblo: “Pretendíamos hablar con los partidos porque defendíamos la soberanía popular, porque no queríamos, de modo alguno, imponer una dictadura militar, pero […] es necesario ver que pretendíamos que un proceso electoral no condujese a la pérdida de las conquistas ya alcanzadas en ese tiempo por la población, concretamente en el dominio del trabajo […] Por lo tanto hay aquí dos componentes fundamentales: la garantía de la continuidad del proceso y la responsabilidad del MFA en esa tarea esencial. Recelábamos, repito, que el proceso entregado sólo a los partidos políticos pudiese conducir a callejones sin salida”.

Con el “companheiro Vasco” en el Palacio de São Bento, se van a desarrollar las principales reformas económicas y sociales del PREC, en especial tras el fracaso del golpe militar derechista del 11 de marzo de 1975. Al hilo de las ocupaciones de fincas sucedidas en el sur (los distritos afectados fueron los de Santarém -Ribatejo-, Évora, Beja, Portalegre -Alentejo-, Setúbal -Estremadura/Vale do Tejo- y Castelo Branco -Beira Baixa-), como consecuencia de la política obstruccionista que desempeñaban propietarios latifundistas a la aplicación de medidas en beneficio de los campesinos y de laboreo de las tierras, se aprobará la reforma agraria.

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Escena de la reforma agraria.

Entre otras medidas de la reforma, se establecerá un nuevo régimen de arrendamientos rústicos con objeto de controlar las subidas abusivas de las rentas y se arrendarán las tierras incultas; se expropiarán las fincas de secano de más de 500 hectáreas y las de regadío de superficie mayor de 50 hectáreas (garantizándose a los expropiados la propiedad de un área de 500 y 50 hectáreas respectivamente); se restituirán propiedades a dueños legítimos y se dará apoyo financiero y técnico a los campesinos, incluyendo líneas de crédito, instrucción sobre cooperativismo y asociacionismo agrario -muchas cooperativas que surgirán en ese momento tendrán nombres que harán clara referencia al momento histórico que vive el país, como “Estrela Vermelha” o “Companheiro Vasco”– y asesoramiento dirigido esencialmente a pequeños y medios agricultores.

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Manifestación de los trabajadores de la Lisnave. Esta industria señera, como CUF o el Banco Totta e Açores, fue objeto de nacionalización.

En paralelo, se decreta la nacionalización de la mayor parte de la gran industria (incluyendo ramas como la industria química, la cementera o la siderúrgica), de la banca (incluidos los bancos emisores de la metrópoli y de ultramar), el sector de los seguros o el de los transportes públicos, históricamente en manos de personalidades afines al antiguo régimen o beneficiarias de sus políticas. Los trabajadores forman comisiones que se encargarán de la organización y gestión de las compañías. Se calcula que con las nacionalizaciones -que generaron la fuga de gran número de antiguos propietarios y sus capitales respectivos-, tres cuartas partes de la riqueza nacional llegaron a estar, directa o indirectamente, en manos públicas. Las nacionalizaciones se acompañaron de otras medidas en el ámbito del trabajo, como una subida del salario mínimo de 3300 a 4000 escudos (un aumento del 21,2 por ciento) y la fijación asimismo de una remuneración mínima para los funcionarios; la implementación de subsidios de desempleo para los trabajadores que incluía de forma novedosa a los trabajadores agrícolas y el derecho a la asistencia médica para los parados y sus familias -medida acompañada de la no menos importante creación del Servicio Nacional de Salud, que permitió expandir la asistencia sanitaria también al medio rural-; la aprobación del subsidio de Navidad para los pensionistas y el de vacaciones para funcionarios y miembros de las fuerzas de policía (Guarda Nacional Republicana, Polícia de Segurança Pública) y las fuerzas armadas. Además, defendió la unidad sindical -criticada con posterioridad por el PS, muy posiblemente por intereses partidarios, sobre todo para desgastar al PCP- argumentando que sería perjudicial para el movimiento obrero la existencia de varias centrales sindicales pugnando por el apoyo de los trabajadores a base de reclamar más que las demás y por la influencia (y división) partidaria dentro de los sindicatos.

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Manifestación vecinal por la vivienda digna. En ciudades como Setúbal, Faro, Lisboa, Oporto o Almada, las operaciones SAAL permitieron abrir el camino para repensar la ciudad de acuerdo con las necesidades y mediante la participación de quienes la habitan.

Fue también un momento especialmente importante para el movimiento vecinal. Se formaron las comisiones de moradores, que reclamaban la mejora de sus viviendas y la habitabilidad de sus barrios (un problema grave en el momento en que tiene lugar el 25 de Abril, ya que abundan los barrios de chabolas y las áreas degradadas en ciudades como Setúbal, Lisboa, Oporto o Coimbra). Así, se constituyen las Operaciones SAAL -objeto de otro artículo en este blog-, en las que arquitectos y técnicos trabajan en contacto directo con los vecinos, dialogando y construyendo juntos (son los propios vecinos, como en el caso paradigmático de Meia-Praia, cerca de Lagos, Algarve, objeto de un documental, los que construyen sus hogares) sus nuevas o restauradas viviendas. En este proceso de arquitectura y urbanismo participativos trabajó el más conocido arquitecto luso, Álvaro Siza Vieira.

Todo esto se complementaba con medidas de liberalización política, fundamentales para devolver la normalidad democrática al país tras casi medio siglo de dictadura: ley electoral para las elecciones a la Asamblea Constituyente, reglamentación de la actividad de los partidos, nueva ley de prensa -que incluía la creación del Consejo de Prensa-, creación del cargo del Provedor da Justiça (verificador de procesos legales y de garantía de las libertades fundamentales), una nueva ley de enseñanza superior y de gestión democrática en las escuelas. Pero sobre todo, lo que más apoyará y entusiasmará a Vasco Gonçalves será ese aprendizaje de la libertad en la práctica, a través de la autogestión, la participación y la organización autónoma de los portugueses en diversos ámbitos de su vida: el trabajo, la cultura, la enseñanza, el vecindario… “transformaciones progresistas en la enseñanza, en la cultura, en el deporte, la salud, con un fuerte aroma y seña democratizadoras” (José Barata Moura).

Además, se procedió a la ansiada descolonización. Su desarrollo final vino no sólo forzado por el hastío de los combatientes y la población, sino por la propia manera de obrar de quienes en ese momento desempeñaban el poder en Lisboa y lideraban la lucha anticolonial en África. Vasco Gonçalves se refería a la necesidad de hacer posible un proceso transparente y honesto que no escondiera intenciones o trasfondos neocolonialistas o ambiciones tutelares, como a su parecer escondía el plan federalista de Spínola. Se acordó finalmente un alto el fuego con los grupos guerrilleros y Guinea -independiente de facto desde 1973- obtuvo la independencia al poco del 25 de Abril. Se formaron -como en Mozambique, mediante los acuerdos de Lusaka, la capital zambiana- gobiernos de transición en los que el mayor peso lo llevaron los movimientos de liberación, hasta que finalmente las diferentes colonias se convirtieron en estados independientes. Pero este proceso, sin embargo, tuvo efectos

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Samora Machel, líder del FRELIMO y presidente de Mozambique de 1975 a 1986 (año de su fallecimiento en extrañas circunstancias), en un sello de correos de la URSS.

no deseados: en primer lugar las dificultades los emigrados de la metrópoli -cuya emigración había llegado a ser fomentada por la dictadura, para evitar que el flujo de migrantes se dirigiera hacia los países de Europa Occidental- para ser integrados como ciudadanos de las nuevas repúblicas, lo que condujo a un numeroso éxodo de retorno a Portugal, y la intervención de otras potencias -aunque también de personalidades portuguesas a título personal- en los conflictos que sucedieron a la descolonización, enmarcados en la “guerra fría” y en la lucha por o contra la expansión del socialismo en África. Tales fueron los casos de Sudáfrica, Estados Unidos, Cuba y la URSS en las guerras civiles de Angola y Mozambique o la invasión indonesia de Timor Oriental, conflictos que se prolongaron durante más de diez e incluso de veinte años.

A pesar de los numerosos avances que tuvieron lugar en la época del general Vasco Gonçalves, el año 1975 demostraría que el trecho de camino recorrido podía desandarse demasiado fácil y demasiado rápidamente. El “verano caliente” (Verão Quente) de ese año en nuestro país vecino demostraba que desbaratar la transición al socialismo y reconducirla hacia la transición gatopardiana era posible.

LA HORA DE LA CONTRARREVOLUCIÓN

Las iniciativas del gobierno de Gonçalves y la entrada del PREC, desde el fallido golpe de Estado spinolista de marzo de 1975 (y por el cual el propio Spínola tuvo que exiliarse, primero huyendo a Badajoz y después partiendo a Brasil, convertido en el destino favorito de los grandes capitales portugueses expropiados en el proceso de “desmantelamiento del capital monopolista” que serían las nacionalizaciones), encendieron todas las alarmas entre los sectores contrarrevolucionarios de dentro y de fuera del país.

Dentro de Portugal comenzó a ser patente una cierta división geográfica entre el norte del Tajo y el sur de este río y las zonas urbanas e industriales donde se concentraba la población obrera, especialmente el cinturón de la margen sur de Lisboa. Al norte, en las zonas rurales de pequeña propiedad donde los grupos conservadores tenían más fuerza, comenzó a hacerse cada vez más notoria la oposición al gobierno del general, que en ocasiones llevaron la forma de atentados terroristas y asesinatos como el del “padre Max”, sacerdote miembro de un partido de izquierda, perpetrados por organizaciones de ultraderecha, -en las que se había refugiado buena parte del aparato policíaco y militar de la dictadura fenecida- y cuyo líder se apuntaba era el exiliado Spínola, así como ataques a sedes del PCP y otros partidos a su izquierda. Un tema que es el hilo conductor de la novela “Exhortación a los cocodrilos” del afamado novelista António Lobo Antunes. En el sur, sin embargo, el apoyo al gobierno se hacía sentir con firmeza y donde más apoyo tenían también los comunistas: era donde más se habían llevado a cabo las iniciativas populares amparadas por éste, tanto en el campo (cooperativas agrarias) como en la ciudad (comisiones de moradores, asambleas de trabajadores) y donde a partir de un cierto momento tendrían lugar las mayores huelgas y manifestaciones de la izquierda en apoyo al PREC y al “companheiro Vasco”. Esta diferencia geográfica hacía que, a la altura del otoño, cuando se sucedían planes conspirativos para poner fin a la influencia del MFA y los militares de izquierda en el proceso, se pensara en el eventual escenario de una guerra civil y en el traslado de la capital a Oporto, desde donde se enfrentarían a las fuerzas de la “Comuna de Lisboa” (una clara asociación con la Comuna de París).

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Ataque a la sede del Partido Comunista en Braga (región del Minho) durante el “Verão Quente” de 1975.

Para añadir aún mayor dificultad, el retorno de los antiguos colonos portugueses procedentes de las antiguas provincias ultramarinas recién independizadas (se calcula en medio millón de personas las que regresaron a la metrópoli) añadía mayor dificultad al Estado revolucionario. Los retornados fueron caldo de cultivo propicio para los grupos reaccionarios, azuzando en ellos el resquemor por la concesión de la independencia y la forma en que ésta fue otorgada, haciendo que tal resentimiento fuera dirigido hacia la Revolución y el gobierno y dando lugar a iniciativas como la formación de grupos independentistas de derecha en Azores y Madeira, territorios donde fueron asentados buena parte de ellos.

Pero sin duda la clave de bóveda que permitió la reversión del PREC y la transformación de la transición al socialismo en un proceso de transición “al uso”, hacia una democracia parlamentaria enclavada en el campo del capitalismo occidental, fue la defección del Partido Socialista de Mário Soares. Casi de inmediato a su victoria electoral en las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril de 1975, el PS dejó de hablar de la construcción de una sociedad socialista (“guardar el socialismo en el cajón”, como se pasaría a decir en los círculos soaristas), de la unidad de acción con el Partido Comunista para atacarle en todo tiempo y lugar (ya fuera con motivo del caso de los trabajadores del diario República, que se habían hecho cargo de la gestión del rotativo como otros muchos en centenares de empresas del país, ya fuera levantando polémicas un tanto artificiosas como en relación a la Intersindical) y a difundir la acusación de que el PCP y el “companheiro Vasco” preparaban un golpe al estilo del de Praga en 1948, para obtener, como los comunistas checoslovacos, todo el poder (acusación lanzada por la misma persona que se declaraba admirador de regímenes socialistas surgidos de revoluciones como los de Vietnam, Cuba, China o Yugoslavia).

Pero para que el PS obtuviera su éxito electoral y lanzara posteriormente esas acusaciones con un gran y eficiente aparato de propaganda de por medio (que permitió la salida de sus fieles a la calle, capitaneando la nave del conservadurismo antirrevilucionario) con la fe del converso, fue esencial la ayuda exterior. A través de la Fundación Friedrich Ebert, la potente socialdemocracia de la RFA, capitaneada por Willy Brandt y Helmut Schmidt, otorgó una gran cantidad de fondos al socialismo portugués destinados para su aparato logístico y de propaganda (el PS se fundó en el exilio y en las postrimerías de la dictadura, por lo que en el momento del 25 de Abril se encontraba en franca desventaja respecto al PCP) a cambio de completar su viraje a la derecha. No fue la única ayuda que, a lo largo del tiempo, recibió el soarismo: según denunciaba Rui Mateus, antiguo responsable de relaciones internacionales del PS, el partido recibió entonces y a lo largo del tiempo financiación ilegal de muy diversas fuentes: desde los partidos socialdemócratas europeos a los regímenes de Gadaffi o del venezolano Carlos Andrés Pérez, e incluso su hijo y él han sido acusados de participar en el tráfico de “diamantes de sangre” de la UNITA durante la guerra civil de Angola, lo que deja bastante mal de cara a la Historia al fallecido “padre de la democracia” lusa.

No sólo existió el auxilio de la socialdemocracia europea para el PS. También los Estados Unidos, preocupados por la “deriva comunista” de Portugal y la introducción de políticos de este signo en el gobierno de un país miembro de la OTAN (preocupación que, por cierto, también mostraron cuando Aldo Moro quiso abrir el gobierno de Italia al PCI y por el que le advirtieron seriamente, incluso con la posible implicación de los servicios secretos italianos en su asesinato poco tiempo después por las Brigadas Rojas, como expone Danielle Ganser en su obra sobre el entramado Gladio), cooptaron a Mário Soares gracias a la intervención sagaz de su embajador en Lisboa, Frank Carlucci. Carlucci había estado detrás de algunas de las operaciones más negras (y no sólo por su nombre de “black opps”) ejecutadas por la CIA en la década anterior, como el golpe contra Lumumba y el ascenso al poder de Mobutu en el Congo, el intento de asesinato del líder tanzano Julius Nyerere o el entrenamiento de los escuadrones de la muerte de la dictadura militar brasileña. El flamante embajador norteamericano convenció a la administración de Washington y al reticente secretario de Estado Kissinger de que Soares era su hombre para revertir la situación en Portugal. Para Carlucci, la ambición de poder de Soares representaba un punto a favor para tenerlo de su lado. Y, viendo las críticas que se han vertido contra el portugués acerca de su “absolutismo” y falta de escrúpulos a la hora de traicionar a sus colaboradores más próximos, el embajador no se equivocaba en este sentido. Es significativo de esta colaboración que surgió entre ambos la fotografía que existe de ellos, ya mayores, fundidos en un emocionado abrazo. A buen entendedor (o mal pensado), esa sola imagen podría bastar.

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Frank Carlucci (izquierda) y Mário Soares, durante una visita reciente del primero a Lisboa. Soares agradeció la labor del entonces embajador de Estados Unidos en favor de la democracia lusa.

Poco a poco, las divergencias que se fueron abriendo entre los partidos socialista y los grupos conservadores, de un lado, y los sucesivos gobiernos presididos por Vasco Gonçalves y los grupos de izquierda (el PCP y otros más a la izquierda de éste) y la “estrategia de la tensión” en la calle y en las declaraciones efectuadas por los propios líderes partidarios acerca del peligro de cambiar una dictadura por otra o la inminencia de un golpismo “rojo” acabaron por abrir brecha dentro de los propios militares del Movimiento de las Fuerzas Armadas, entre varios de cuyos miembros fue apareciendo la necesidad de abandonar el ejercicio del poder y transferir la iniciativa política a los partidos y a la Asamblea Constituyente.

Para estos militares, que suscribirían el llamado “Documento de los Nueve” (por el número de sus promotores), era hora de consolidar mediante la elaboración de una Constitución y el traspaso del poder a un gobierno civil las conquistas de los meses anteriores. Aunque bienintencionadamente, no dejaban de hacerse eco de los llamados de socialistas y social-demócratas acerca del peligro de la sustitución del fascismo por el comunismo en su versión totalitaria y asumían la paradoja de que era necesario el fin del gobierno revolucionario para defender las conquistas de una Revolución amenazada, o de que, por expresarlo de otro modo, precisamente serían los mejores defensores de la Revolución los que -como luego se vería- aquellos que iban a vaciarla de contenido. Sea como fuere, el caso es que la mayoría ideológica en el interior del MFA había cambiado de lado.

Obligado por las circunstancias, a finales de septiembre de 1975 Vasco Gonçalves presentaba su dimisión como primer ministro y se formaba el VI Gobierno Provisional, presidido por el almirante Pinheiro de Azevedo. Aunque también tuvo que enfrentarse a una gran contestación social, esta vez de signo izquierdista, el golpe conservador de Tancos del 25 de noviembre completó el giro copernicano de la transición portuguesa.

Aunque la Constitución de 1976 consagraba buena parte de las conquistas del PREC, como el objetivo último del socialismo y la conquista de una sociedad sin clases o los mecanismos de participación popular, los años ochenta y los sucesivos gobierno socialistas y de derecha (Soares, Sá Carneiro, Cavaco Silva) acabaron por desmantelar el lenguaje y el contenido de tales preceptos, quedando sólo la memoria colectiva de aquellos años, reflejada en fotografías, murales o canciones de José Afonso, Vitorino o José Mário Branco.

VASCO (NO) VOLVERÁ: UN MILITAR EXCEPCIONAL PARA UN MOMENTO EXCEPCIONAL

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Vasco Gonçalves durante una maifestación de apoyo al PREC en Oporto.

A pesar de que muchos de sus admiradores, los denominados “gonçalvistas”, pensaban que el general haría, como el rey Dom Sebastião del mito, un regreso triunfal, lo cierto es que se apartó de la vida pública activa tras su salida del gobierno. Continuó apoyando y militando en causas de izquierda, desde la solidaridad con Cuba y Venezuela -siendo amigo personal de Fidel Castro y Hugo Chávez-, hasta su participación en actos locales de la Candidatura de Unidade Popular (comunistas y verdes) y en las conmemoraciones del 25 de Abril y el Primero de Mayo.

Lejos del perfil de muchos políticos profesionales, cuyo objetivo es la búsqueda del poder y los privilegios y prolongar sus carreras más allá de la vida política activa (tomemos el ejemplo del que se convirtió en su némesis, Mário Soares, no por quererlo el “companheiro Vasco”, sino por el odio furibundo que Soares desató contra el general), llegó por casualidad a la jefatura del gobierno y se marchó de ella sin aspirar a regresar. “Sólo lo colectivo tenía sentido para Vasco Gonçalves”, destaca Antonio Maira. “Esto hacía de la revolución un hecho histórico creativo, compartido y concreto”. El propio Vasco lo confirma años más tarde en el libro-entrevista con Maria Manuela Cruzeiro: “Por naturaleza no soy dado a la publicidad y a la visibilidad, no tengo ambiciones de ser una figura pública y el periodo que hoy vivimos es muy diferente al de los años 74-75”.

Lejos estaban en él también los objetivos de instaurar un comunismo soviético avant la lettre con que sus enemigos y los del PCP -partido en el que nunca militó, a pesar de su proximidad-. Siempre insistió en la originalidad del modelo portugués, obedeciendo a condicionamientos locales, a una dinámica propia que llevaba a la consecución democrática y pluralista de la sociedad socialista, algo que, insiste, se plasmó en la Constitución de 1976, pero que no tuvo continuidad en las actuaciones de los gobiernos constitucionales posteriores, que vaciaron de contenido el texto e inscribieron a Portugal en el campo de las democracias formales. Un caso paradigmático de esas intenciones fue el de las nacionalizaciones, a las que se refiere del siguiente modo: “no queríamos nacionalizarlo todo, ni estatizarlo todo. El sector que empleaba el mayor número de trabajadores, que tenía mayor número de empresas que daba mayor contribución para el producto nacional bruto quedaba reservado para la iniciativa privada. Simplemente las líneas generales de la orientación general de la economía eran conducidas por el poder del estado y, siendo ese poder basado en elecciones libres, teníamos ahí una garantía de representación popular en la orientación de nuestra economía y, por otro lado, no descartábamos la iniciativa privada. Por lo tanto, continuó diciendo que sólo con calumnias se puede afirmar que estábamos socializando todo.”

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“Tengo, naturalmente, saudades de Abril. Pero saudades saludables, no
nostálgicas o melancólicas. Saudades que animan la lucha por el futuro”.

Quizá por el olvido a que fue sometido tras su salida de la presidencia del Consejo de Ministros, por las acusaciones que se lanzaron contra él en los años posteriores, por el fracaso del ideal socialista representado -o reducido- por el fallido bloque oriental o por su tendencia al anonimato, lejos quedaron para Vasco Gonçalves, tras su fallecimiento en 2005 en la localidad algarbia de Almancil (una de las pocas que homenajea en el callejero a su figura), los fastos destinados a otros líderes políticos posteriores, como Soares o Sá Carneiro. La verdadera muestra, la medida exacta de lo diferente que era de ellos, es que ha sido el único gobernante del Portugal pos-25 de Abril al que la gente se refería por su nombre de pila. Sin duda, el “companheiro Vasco” se sentiría muy orgulloso de esa confianza.

 

FUENTES:

María Manuela Cruzeiro, “Vasco Gonçalves, un general en la revolución” (traducción de Antonio Maira). Lisboa, Editorial Notícias, 2002.

Antonio Maira, “Un general en la Revolución (I). Vasco Gonçalves: un teórico con el brazo armado”. Crónica Popular, 23/05/2017. https://www.cronicapopular.es/2017/05/un-general-en-la-revolucion-i-vasco-

goncalves-un-teorico-con-el-brazo-armado/

Marcos Ferreira, “El canto de cisne de los movimientos revolucionarios. La Revolución de los Claveles”. El Orden Mundial en el Siglo XXI, 16/09/2015. http://elordenmundial.com/2015/09/16/la-revolucion-de-los-claveles/

Paco Arnau, “Revolución y contrarrevolución. 40º aniversario del 25 de abril y de la revolución de los claveles (4)”. El blog del viejo topo, 25/04/2014. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2014/04/

revolucion-y-contrarrevolucion-40.html?m=1

Viriato Teles, “Última entrevista com Vasco Gonçalves”. (Extraída de https://resistir.info/portugal/entrev_

vg.html el día 11/09/2017)

José Barata Moura, “Vasco Gonçalves «Um homem em Revolução»”. ODiario.info, 27/10/2006.

http://www.odiario.info/vasco-goncalves-um-homem-em-revolucao/

Javier García, “Escándalo en Portugal por un libro que vincula a Mario Soares con la CIA”. El País, 28/01/1996. https://elpais.com/diario/1996/01/28/internacional/822783608_850215.html

Joaquim Ponte, “Contributo de Vasco Gonçalves para a defesa da Democracia e das Conquistas da Revolução”. En http://conquistasdarevolucao.pt/assets/varino-ponte-o-contributo-vg.pdf

 

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Las operaciones SAAL: Una arquitectura para el Portugal del 25 de Abril

SAAL-1El día 8 de agosto de 1974, Nuno Portas, arquitecto a la sazón y secretario de Estado de Vivienda y Urbanismo del gobierno presidido por el general Vasco Gonçalves, creaba a través de un decreto las Sociedades de Apoyo Descentralizado Local (en portugués, Sociedades de Apoio Ambulatório Local). El gobierno de Vasco Gonçalves, que iniciaba la etapa izquierdista de la Revolución de los Claveles, inauguraba con la creación del programa de las SAAL una de las experiencias de vivienda y urbanismo más singulares de los últimos cuarenta años en el Occidente europeo, donde la participación vecinal al lado de los jóvenes arquitectos que desarrollaron la rehabilitación o la construcción de nuevos barrios supuso un momento único que en 2014, 40º aniversario del derrocamiento del régimen fascista en Portugal, fue objeto de una retrospectiva en el Museo Serralves de Oporto.

ACABAR CON LOS “BAIRROS DE LATA” Y LAS “ILHAS”

El objetivo final y común del las operaciones SAAL, un programa heterogéneo por cuanto estaba basado en la participación y en el estudio de las necesidades a resolver en un contexto determinado, no era otro que el de acabar con los núcleos chabolistas y los barrios históricos poblados por personas humildes que habían ido surgiendo en las grandes ciudades como Lisboa, Oporto o Setúbal o en el cinturón industrial que bordea a la capital portuguesa al sur del Tajo, en ciudades como Montijo, Barreiro, Seixal o Barreiro. La ausencia de una política de vivienda digna de tal nombre en la etapa del salazarismo había creado un déficit de alrededor de 50.000 viviendas mientras, al mismo tiempo, el desplazamiento de mano de obra procedente de las regiones agrícolas del interior del país a las incipientes zonas industriales localizadas en la costa (y especialmente en la mencionada desembocadura del Tajo) había generado a su vez un conjunto de barrios marginales caracterizados por la insalubridad y la ausencia de servicios básicos. Unos de ellos eran definidos como “bairros de lata”, esto es, barriadas de chabolas ubicadas en el extrarradio de las ciudades; otros eran las “ilhas”, las cuales, rodeadas por barrios de mejor condición, se encontraban en el interior de la ciudad pero en unas condiciones tan depauperadas que necesitaban de un profundo trabajo de rehabilitación y regeneración urbana.

El despilfarro de recursos en la maquinaria de guerra que el salazarismo tuvo que poner en marcha a lo largo de los años sesenta a consecuencia de las sucesivas contiendas que tuvo que emprender con objeto de mantener su imperio colonial en África y Asia (las primeras posesiones que perdió fueron las ciudades de la costa de la India, en los años cincuenta), unido a un sistema fiscal de escasa capacidad recaudatoria y permisivo con el fraude hizo que la política social, no sólo la referida a la vivienda, se resintiera enormemente y fuera parte del descontento que llevó a que estudiantes y trabajadores, y finalmente los jóvenes oficiales del MFA que derribaron a la dictadura en 1974, comenzaran una contestación ascendente al régimen.

De este modo, el proceso SAAL aparecía como una reivindicación más de los derechos sociales y colectivos que habían brillado por su ausencia en la etapa del “Estado Novo” salazarista: educación, salud, trabajo y salarios dignos, al ocio y la cultura… y al mismo tiempo entroncaba con ellas en el sentido en que la vivienda digna y servicios habitacionales básicos tales como transporte, luz, alcantarillado o agua potable permiten romper el aislamiento y la marginación que hacen imposible el disfrute de los anteriores y la reivindicación consciente y crítica de los mismos.

UN PROCESO PARTICIPATIVO

“En el sistema de vivienda tradicional todo está hecho cuando los inquilinos llegan. Con el programa SAAL, el inquilino llega antes de que se tome cualquier decisión”

Nuno Portas

Los vecinos construían por sí mismos sus propias viviendas.

Los vecinos construían por sí mismos sus propias viviendas.

La debilidad, pero asimismo la fortaleza, y la característica singular del SAAL portugués fue la de interconectar a los técnicos -entre quienes se contaban sociólogos, juristas y asistentes sociales- y arquitectos con los vecinos de las zonas en las que se iba a trabajar, bien reconstruyendo las zonas afectadas por problemas de infravivienda con nuevas moradas o bien realizando viviendas nuevas. Los equipos conjuntos recibieron el nombre de “brigadas”, y aunque el trabajo bien pudo ser complicado por condicionantes debidos a diferencias culturales, de extracción social, e ideológicas, muchos de los arquitectos que se vieron envueltos en el proceso recuerdan aquella etapa con cariño y como una experiencia positiva en su carrera profesional. Y es que, no en vano, entre los diferentes proyectos o procedimientos complementarios e incluso contradictorios que registró la Revolución del 25 de Abril en los años inmediatamente posteriores al derrocamiento del régimen dictatorial estaba la llegada a una democracia de amplia base participativa, un modelo de socialismo autogestionario (en el que estuvo muy implicada la LUAR -Liga de Unidade e Acção Revolucionária- liderado por el “cerebro” del 25 de Abril, Otelo Saraiva de Carvalho) que no podía sino generar las mismas prevenciones y temores en los países occidentales y los sectores moderados del país como el socialismo ortodoxo del PCP de Álvaro Cunhal.

Las manifestaciones por el derecho a la vivienda fueron una constante y un impulso al proceso en los últimos años del salazarismo y los primeros tiempos de la revolución portuguesa.

Las manifestaciones por el derecho a la vivienda fueron una constante y un impulso al proceso en los últimos años del salazarismo y los primeros tiempos de la revolución portuguesa.

Sea como fuere, lo que se estaba defendiendo en el SAAL no era tanto un modelo político sino la cobertura de unas necesidades largo tiempo olvidadas, y en el momento de desarrollar el proceso, y con una cierta lógica, resultó crucial poner a los vecinos en marcha junto a los expertos, en debate permanente, en una forma cotidiana de interacción que buscaba enriquecer el proceso y hacer partícipes y no meros espectadores a los futuros inquilinos de las nuevas viviendas. Entonces, a modo de consigna, se decía “os arquitectos são a mão do Povo” (“los arquitectos son la mano del pueblo”).

Algunos de aquellos arquitectos, jóvenes entonces, hoy ya veteranos, dijeron con motivo de la exposición en el museo de la Fundação Serralves de Oporto palabras de recuerdo conmovido sobre aquella experiencia. “La memoria que guardo del SAAL es la de un momento excepcional, de posibilidad de trabajar en la arquitectura en una relación directa con sus destinatarios, los moradores”, comenta Alexandre Alves Costa, arquitecto y profesor que fue coordinador del SAAL en Oporto. De opinión similar es Gonçalo Byrne, responsable de la construcción del Bairro Casal da Figueira, en la ciudad de Setúbal, al sur de Lisboa e importante centro industrial y pesquero. Byrne, que en la ciudad del Sado proyecto este barrio para una comunidad de pescadores, señala que “fue una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida profesional”. En un escalón superior, Maria Proença, que era funcionaria del Fondo de Fomento de la Vivienda (en portugués, Fundo de Fomento da Habitação, FFH) y más adelante, coordinadora general del SAAL a invitación del secretario de Estado Nuno Portas, cuenta que “recorrí el país entero, de Oporto al Algarve, localizando las carencias habitacionales de las personas… y todo el mundo tenía. No sé si en el tiempo de las feministas de EE.UU. era así, pero en el Sur estaban las mujeres diseñando casas, decían dónde se ponía la cama, cómo se iba de un lado al otro… Para mí, fue todo maravilloso”. El valor de estos testimonios sirve para reivindicar el papel del SAAL en un momento como el actual, donde la especulación inmobiliaria ha venido a sustituir a las políticas sociales en la materia y donde se han desarrollado nuevas herramientas no existentes entonces que pueden complementar a la labor realizada entonces con muchas limitaciones de medios.

METODOLOGÍA Y DESARROLLO: CARACTERÍSTICAS DEL PROYECTO SAAL

“El SAAL cambió la relación colectiva de la población con la arquitectura y dio una razón efectiva a los arquitectos, en un momento muy complejo pero también muy estimulante para pensar en su disciplina y en su relación con el público”

Delfim Sardo, comisario de la exposición “O Processo SAAL: Arquitectura e Participação, 1974-1976”

Imagen de una votación en una asamblea vecinal.

Imagen de una votación en una asamblea vecinal.

Como ya se ha enunciado con anterioridad, la característica principal de las operaciones del SAAL fue la participación y la interacción entre vecinos de las zonas afectadas y los técnicos y arquitectos envueltos en las mismas. Tal característica convierte al desarrollo urbano de este momento revolucionario de Portugal en un ejemplar único de lo que había venido realizándose y venía en el continente europeo. En un artículo, Aitor Varea define en cierta medida la eclosión producida por el encuentro de una generación de arquitectos, cuya mayor fama posterior vendrán a tener los de la llamada “Escuela de Oporto” (estudiantes o recién licenciados en Arquitectura surgidos de la Escuela Superior de Bellas Artes de esta ciudad), cuyas preocupaciones se desvían un tanto de los aspectos formales y abstractos y pasan a acercarse más a la realidad concreta, con ese momento revolucionario posterior al 25 de Abril en el que se les abre la oportunidad de entrar en contacto con la realidad y experimentar desde ella y junto a otros agentes (entre ellos el “cliente final”, el destinatario del producto de su trabajo, el morador).

La segunda característica que va a definir el desarrollo de las operaciones SAAL es la descentralización. Esto obedecía tanto a una intención política, en el sentido de desplazar la toma de decisiones desde la clásica forma arriba-abajo hacia la premisa contraria, de abajo-arriba, dirigiéndose hacia lo concreto (lo que se resumía, según el “Libro Blanco del SAAL”, que resumía en 1976 el trabajo realizado en aquellos dos años que duró el programa, en concebir el urbanismo “ciudad a ciudad, barrio a barrio, ‘ilha a ilha’, casa a casa, cuarto a cuarto”), como al hecho de que el Estado, en los años precedentes, había sido incapaz de articular un procedimiento adecuado para solucionar los problemas urbanísticos que se presentaban en los municipios portugueses con los instrumentos tradicionales. “La iniciativa privada nunca se vio lo suficientemente atraída por los incentivos promovidos por los distintos gobiernos (por lo que se entregó a la producción de vivienda para otros sectores del mercado) en tanto que el aparato del Estado no poseía los medios para resolver por sí solo un problema tan profundo y extendido”, escribe Aitor Varea. Por ello, se opta por una solución que recuerda mucho a otros momentos revolucionarios de la historia del siglo XX, con la constitución de brigadas voluntarias de jóvenes de educación burguesa pero entusiastas de sumarse a un cambio social y de colaborar en la elevación del nivel cultural y moral de los más desfavorecidos (Nicaragua, Cuba, la RDA de los primeros y entusiásticos momentos previos a la instauración de la ortodoxia estaliniana…) Los arquitectos proyectaban, los vecinos construían, el Estado corría con los gastos de material… “Se pretendía con ello vincular el Estado a ciertos sectores más dinámicos de la sociedad civil y libertar al proceso de las penas burocráticas que retrasaban los programas de vivienda”, afirma Nuno Portas. Esta característica de la participación fue lo que definió, en particular, el proceso en el Algarve, donde uno de los proyectos del SAAL, el de Meia-Praia-Apeadeiro, en Lagos, se hizo particularmente famoso al ser objeto de una película realizada por António da Cunha Telles (“Continuar a viver ou Os índios da Meia-Praia”, con una hermosa canción realizada para el filme por el genial cantautor José Afonso) que resumía los trabajos realizados por la cooperativa de pescadores que construyó con sus manos sus viviendas y su lucha por mantener en pie sus casas. “En el Algarve, más importante que la arquitectura fue la participación popular”, hace notar Delfim Sardo, comisario de la exposición sobre el SAAL celebrada en el portuense museo Serralves.

El entusiasmo popular fue un elemento destacado por los arquitectos y técnicos que trabajaron en el SAAL, que observan aquella etapa como una provechosa experiencia profesional.

El entusiasmo popular fue un elemento destacado por los arquitectos y técnicos que trabajaron en el SAAL, que observan aquella etapa como una provechosa experiencia profesional.

La tercera circunstancia que caracteriza el proceso, y que es una consecuencia de lo anterior, es la heterogeneidad de soluciones, vinculadas al diferente estado de los barrios y zonas afectadas a las diferentes operaciones SAAL, al distrito o provincia del país en el que se desarrolla (condicionantes de ambiente, tradiciones de vivienda…), a los proyectos desarrollados por los arquitectos y las “enmiendas” presentadas a los mismos por la vecindad y otras cuestiones -como las expropiaciones del suelo- surgidas en el momento de la construcción. Lejos de partir de una solución determinada “desde arriba” y que convierte a los barrios en lugares sin personalidad, y a la vivienda como un objeto de consumo homogéneo y de iguales características en las zonas del litoral del Tajo como Lisboa o Setúbal como en las del interior como Castelo Branco o Évora, las decisiones adoptadas y su realización práctica se encuentran condicionadas por la realidad en que se incluyen. Además, se consigue de este modo vincular directamente al técnico con el habitante y no con la administración, y también obtener soluciones particularizadas, como la obtención de la tecnología de construcción más apropiada.

La cuarta característica, y posiblemente un resumen de todas las anteriores, del SAAL es la de su carácter experimental y su imbricación, como una herramienta más, en el proceso de cambio social iniciado el 25 de abril y especialmente con el acceso a la presidencia del consejo de Vasco Gonçalves y abruptamente interrumpido tras el golpe del 25 de noviembre de 1975, que impuso la “corrección política” y la transición hacia una democracia “al modo occidental”, apartando proyectos que se desviaban hacia la participación activa de la población o que podían poner en riesgo la alianza de Portugal con la OTAN o los intereses estratégicos de las potencias occidentales en el país. Contradictorio y demagógico a veces, el proceso de las operaciones SAAL supuso, sin embargo, un nuevo paradigma en la forma de vivir la arquitectura y el urbanismo por parte de quienes se vieron implicados en el proceso. Las dimensiones de este hecho son variadas y regalan varias lecciones para el futuro: en lugares como las “ilhas” de Oporto, situadas en el corazón mismo de la ciudad, los vecinos no fueron expulsados de las zonas donde vivían para pasar a morar en el extrarradio, generándose la construcción de viviendas nuevas destinadas a un público más selecto (un proceso que sucede hoy día, a veces con intenciones aviesas por parte de las compañías inmobiliarias y utilizando métodos que rozan lo delictivo, y que se ha dado en llamar “gentrificación”), sino que se respetó el derecho de arraigo del habitante.

También se pasaron a estudiar de un modo más general las circunstancias que rodean al vecino, más allá de los condicionantes urbanos físicos, permitiendo trabajar de un modo interdisciplinar (implicando a economistas, sociólogos, agentes sociales) y pensar la ciudad a través de sus barrios en lugar de hacerlo al contrario.

Asimismo, las operaciones SAAL sirvieron como mecanismo para introducir alternativas, al menos en el contexto portugués, al modelo trazado de construcción financiada por medios privados, desentendimiento de la administración a la hora de desarrollar una política de vivienda social y exclusión social generada por la especulación del suelo y los precios de alquileres e hipotecas. El modelo participativo y descentralizado introdujo el modelo de cooperativas, a partir de finales de 1974, y con una participación importante del Estado en la financiación de las construcciones, así como en la existencia de una variedad amplia complementaria de fórmulas de financiación como “la autoconstrucción, la autoinversión o los préstamos bancarios, sin que estas soluciones fueran específicas del programa (dependían de cada situación concreta)”. Cuestión aparte merece el tema de las expropiaciones y ocupaciones de terrenos, muchas de ellas realizadas al calor del momento revolucionario, y que con motivo de las indemnizaciones posteriores de que fueron objeto levantaron protestas y significaron uno de los motivos del final del programa.

En resumen, el carácter experimental del SAAL permitía, a su vez, ensayar un modelo de gestión urbanística muy diferente y al mismo tiempo mucho más cercano a la realidad cotidiana -lo que fue muy apreciado por los arquitectos y técnicos que trabajaron entonces en el programa y que les sirvió para posteriores trabajos- de lo que hasta entonces se había desarrollado. Y significaba, asimismo, una piedra de toque para desarrollar un modelo de planificación más cercano a las necesidades de los más desfavorecidos con objeto de desarrollar una sociedad más igualitaria e incluyente.

EL FIN DEL SAAL Y ALGUNOS PROYECTOS CONCRETOS REALIZADOS: ÁLVARO SIZA O EL “ARQUITECTO PARTICIPATIVO”

“En estos tiempos de las decisiones, el arte también debe decidirse. Puede convertirse en el instrumento de unos pocos, los cuales hacen de dioses y deciden el destino de los muchos y exigen una fe ciega ante todo. O bien también, se puede situar al lado de los muchos y poner el destino en sus propias manos.”

Bertolt Brecht

La aprobación de normativas que suponían trabas para la realización de las operaciones y la posterior paralización "de facto" de los proyectos generaron protestas, especialmente contra las nuevas autoridades locales y nacionales elegidas en 1976. En la imagen, protesta contra la Ley de Indemnizaciones de mayo de 1975.

La aprobación de normativas que suponían trabas para la realización de las operaciones y la posterior paralización “de facto” de los proyectos generaron protestas, especialmente contra las nuevas autoridades locales y nacionales elegidas en 1976. En la imagen, protesta contra la Ley de Indemnizaciones de mayo de 1975.

Las operaciones SAAL fueron parte y asimismo metáfora del llamado Processo Revolucionário em Curso (PREC), el período que se abrió en Portugal desde el 25 de Abril hasta la aprobación de la constitución democrático-parlamentaria de 1976, que abrió la Tercera República y clausuró, por otra parte y definitivamente, el proyecto de “democracia participativa” a favor del de “democracia representativa”, una apuesta en nombre del orden, la estabilidad y también contra una posible imposición de dictadura marxista en la que se encontraron aliados conservadores del ejército alineados con las tesis del general y antiguo primer presidente de la República tras la dictadura, António de Spínola (que llegó a dar un golpe de estado fallido en los primeros meses de la Revolución, motivo por el cual hubo de huir del país a través de España), liberales, sectores del capital, elementos del régimen derribado y los socialistas del influyente Mário Soares, influido a su vez por los socialdemócratas europeos y otros políticos del continente, muy interesados en que Portugal no se convirtiera en un país marxista en el seno de la OTAN o una suerte de experimento “a lo Allende” en el extremo occidental de Europa. Tras el llamado “verano caliente” de 1975, que puso de manifiesto las diferencias políticas y de carácter entre las tierras al norte del Tajo, más conservadoras, y la zona de Lisboa y el Sur, donde las ocupaciones de fábricas y la reforma agraria mostraban un claro ambiente izquierdista, el fallido golpe de esta tendencia de noviembre de 1975, (rodeado de extrañas circunstancias que pueden hacer pensar en una calculada estrategia de los elementos de la derecha para propiciar una sublevación condenada de antemano al fracaso) llevó a un contragolpe en las instituciones y las políticas que colocó a socialistas y “spinolistas” en el poder y a una contrarreforma del trabajo revolucionario, revisándose la reforma agraria, sometiendo a indemnización -con lo que se desmantelaba, de hecho, la propiedad obrera- a los dueños de las empresas ocupadas y paralizándose las operaciones SAAL bajo argumentos como considerar el programa “un proceso de contra-gestión y de contra-plan, anárquico y radical. Su integración política fue relegada en favor de su desmantelamiento técnico”, escribe Nuno Grande. Así, las nuevas autoridades no fueron capaces, como veremos más adelante, de realizar una propuesta alternativa que no fuera la conocida antes de la puesta en marcha del SAAL, con los problemas de exclusión e infravivienda generados para (y conocidos por) las poblaciones afectas hasta entonces a las operaciones puestas en marcha. La coalición de socialistas y conservadores que representaron Soares, el general spinolista Ramalho Eanes (que accedió a la presidencia de la República en 1976), y los primeros ministros del PSD Sá Carneiro y Pinto Balsemão, que algunos comentaristas han situado como los artífices de la estabilidad democrática portuguesa tras los avatares de la Revolución, llevaron realmente a desmantelar las ilusiones marxistas depositadas en el lenguaje constitucional, que establecía que Portugal debía alcanzar una sociedad “sin clases” (el artículo al que se refería este texto desapareció en la reforma de 1990), y al mismo tiempo a vaciar de contenido las posibilidades de participación vecinal que la propia carta magna lusa recogía y de las que el SAAL había sido su ejemplo más señero.

Lo antiguo y lo nuevo en São Victor, Oporto, uno de los emprendimientos SAAL de Álvaro Siza.

Lo antiguo y lo nuevo en São Victor, Oporto, uno de los emprendimientos SAAL de Álvaro Siza.

En el plano más prosaico, lo que se dio fue simple y llanamente la paralización de los proyectos. El que fuera posiblemente el impulso más estimulante -sobre todo a tenor de lo que significó para las carreras profesionales y el renombre alcanzado por sus intervinientes con posterioridad, y ahí se encuentran los nombres de Álvaro Siza o Fernando Távora, pero también en la generación de debates y de ideas y de toda una escuela, la “Escuela de Oporto”, caracterizada por un nivel técnico sin igual en la historia de la arquitectura portuguesa contemporánea- dado a la arquitectura en el país se clausuró. No se quiso darle la oportunidad de corregir los errores o los excesos “demagógicos” o “revolucionarios”, sino que parece que quisiera cerrarse esa etapa por lo “subversivo” (lo radical y anárquico) que resultaba darle la palabra al vecindario, y lo que es más importante, a las poblaciones marginales en su “derecho a la ciudad”. Un derecho que, visto lo visto, entraba y entra en colisión con la lógica de mercado inmobiliario a la que los poderes públicos parecen estar más interesados en defender. Así, “el nuevo gobierno dejó las obras sin acabar y se abandonaron habitadas como las anteriores barracas”. Sólo años más tarde los vecinos, al menos en el caso de São Victor y Bouça, dos de los barrios portuenses donde intervino Siza, volvieron a ponerse en marcha y a terminar de construir lo que quedaba de su barrio gracias a su asociacionismo combativo. En otros, los vecinos se manifestaron contra las decisiones de las autarquias (ayuntamientos) que paralizaron de facto los proyectos, como el caso de los famosos Índios da Meia-Praia, tal y como José Afonso cantaba en la canción homónima que compuso para el filme de Cunha-Telles:

“Das eleições acabadas, do resultado previsto

seguro que tendes visto muitas obras embargadas.

Mas não por vontade própria porque a luta continua,

pois é dele a sua história e o povo saiu à rua.

Mandadores de alta finança fazem todo andar prá trás,

dizem que o mundo só anda tendo à frente um capataz.”

Bouça, Oporto: 30 años después del inicio de este proyecto SAAL de Álvaro Siza, los vecinos terminan lo que se había iniciado. Más vale tarde que nunca, podríamos pensar.

Bouça, Oporto: 30 años después del inicio de este proyecto SAAL de Álvaro Siza, los vecinos terminan lo que se había iniciado. Más vale tarde que nunca, podríamos pensar.

En cualquier caso, algunos de sus protagonistas exponen que el final de proyecto SAAL no fue sólo una cuestión de mudanza de políticas. Algunos factores contribuyeron a crear esa imagen de anarquía y radicalismo que sirvió en bandeja la excusa perfecta para clausurar un proyecto que era indeseado más bien por otros aspectos del mismo. Gonçalo Byrne, el arquitecto del Casal da Figueira setubalense, afirma por ejemplo que una cuestión capital fue la inexperiencia de los arquitectos para un proyecto así: “de un modo general, los propios arquitectos no estaban preparados para un proyecto de estas características, de diálogo y encuentro con culturas no siempre coincidentes”. Esto daría lugar a diferencias de desarrollo en las diferentes localizaciones de los proyectos realizados, así como los resultados (parciales, debido al final, abrupto casi podría decirse, del plan) obtenidos. Otras de las cuestiones que influyeron, apuntan Byrne y la coordinadora del programa Maria Proença fueron la cuestión de la propiedad de los terrenos, la burocracia a recorrer en el plano de la financiación o la incapacidad de respuesta, por parte del poder, al asociacionismo reivindicativo. “Un vacío que vendría, más tarde, a ser llenado por la banca, con los resultados conocidos.”

Entre agosto de 1974 y octubre de 1976, el SAAL concluyó alrededor de 170 proyectos que afectaron a más de 40.000 familias de norte a sur del país, que se desarrollaron en 9 de los 18 distritos del Portugal continental (algunos de ellos, especialmente los meridionales y del centro-sur, de los más extensos): Oporto, Aveiro, Coimbra (en la costa atlántica, al norte y centro del país), Castelo Branco (en el interior, en la región de la Beira), Santarem (en el Ribatejo, en el centro-oeste), Lisboa, Setúbal (en la margen sur del Tajo, en la costa atlántica alentejana), Évora (Alto Alentejo) y Faro (en la región meridional del Algarve). Aun lejos del objetivo -recordemos que el déficit de viviendas se cifraba en 50.000-, la experiencia invita a ser optimistas en cuanto a su balance: el SAAL desarrollado hace cuarenta años “continúa definiendo la malla espacial y social de las ciudades y de los barrios donde intervino” (Concepción García y Carlos Pita) y en algunas ocasiones ha generado un “modus vivendi” muy particular, en forma de un tejido social colaborativo y participativo, como en la mítica Meia-Praia o en Casal das Figueiras, que, en palabras del comisario de la reciente exposición portuense Delfim Sardo, “todavía hoy funciona de una manera muy viva”.

Por importancia debido a su localización, los proyectos que más destacaron fueron los desarrollados en las principales ciudades del país, Lisboa y Oporto, dejando aparte los ya citados del Algarve y Setúbal o el que, con posterioridad al SAAL (1977) -pero desarrollando los conocimientos adquiridos en éste sobre vivienda colectiva-, iba a llevar a cabo Álvaro Siza en Évora, la capital del Alto Alentejo, en el proyecto de la Quinta da Malagueira. Un proyecto arduo, de duras conversaciones con las asociaciones de vecinos que le acarreaban a su vez duras jornadas de trabajo, pero que dio como fruto un conjunto de viviendas sociales apoyadas en dos proyectos de vivienda mínima “de gran versatilidad en la distribución interior y en la totalidad de superficie útil” (Marta Doménech y David López). Otro estudioso de la obra de Siza, de quien hablaremos a continuación, Kenneth Frampton, opina sobre el proyecto de la Malagueira que “es con mucho el grupo de viviendas que mejor ha realizado hasta ahora”.

En Lisboa, destacan los emprendimientos realizados en los barrios de Quinta do Bacalhau-Monte Côxo (diseñado por Manuel Vicente), de la Quinta das Fonsecas-Quinta da Calçada (Raúl Hestnes), de la Curraleira-Embrechados (José António Paradela y Luís Gravata Filipe) y de la Quinta da Bela Flor (Artur Rosa). La característica que define a estos cuatro proyectos lisboetas fue la de que, al contrario de lo que ocurrió en Oporto, las áreas donde se desarrollaron fueron de mayor extensión y localizadas en la periferia, y no en “ilhas” degradadas del centro de la ciudad, como ocurría en la ciudad del Duero, así como que la edificación fue más en vertical.

Siza, en una reciente entrevista al diario portugués Público, hizo un símil futbolístico afirmando que, “en arquitectura, siempre hay un Benfica-Oporto en el ambiente”, trasladando la rivalidad entre los “dos grandes” del fútbol luso, y pertenecientes uno a Lisboa y otro a la ciudad portuense, al espíritu que, al menos, se vivía también en la época del SAAL. “Los del SAAL-Norte se consideraban a sí mismos los grandes sabios, los grandes mentores”, afirma asimismo Maria Proença. Sea como fuere, otra de las diferencias entre ambas ciudades fue que el espíritu de escuela que se vivía en Oporto, la compenetración existente entre los arquitectos salidos de la ESBAP portuense e incluso la relevancia pública que ya tenían algunos de ellos, no estaba presente en la capital. “El pensamiento sobre arquitectura en Lisboa acabó por concentrarse en algunos ateliers”, afirma Delfim Sardo. De este modo, no existió el desarrollo de un movimiento propio, innovador, crítico, en Lisboa, lo que fue en detrimento de sus licenciados y en beneficio de los “tripeiros” como Siza o el reformista de la ESBAP Fernando Távora.

Así, Oporto desarrolló una forma distinta de SAAL, centrada en espacios del interior de la ciudad, lo que se tradujo en una ventaja con respecto a otras formas de trabajar, como la capitalina: la de poder (re)pensar el urbanismo tomando el conjunto de la ciudad y no a través de planeamientos aislados de ella. Las intervenciones más destacadas de Oporto fueron Miragaia (Fernando Távora, Bernardo Ferrão y Jorge Barros), As Antas (Pedro Ramalho), Leal (Sergio Fernández) y los barrios de Bouça y São Victor, desarrollados ambos por Álvaro Siza.

Álvaro Siza en 2006, en la exposición sobre la historia del barrio de Bouça realizada por los vecinos, con un clavel, símbolo del 25 de Abril, en el bolsillo de su chaqueta.

Álvaro Siza en 2006, en la exposición sobre la historia del barrio de Bouça realizada por los vecinos, con un clavel, símbolo del 25 de Abril, en el bolsillo de su chaqueta.

Álvaro Siza recibió el sobrenombre de “el arquitecto participativo” por sus trabajos en las operaciones SAAL de Oporto, pero también por las que, con posterioridad, iba a llevar a cabo, con premisas similares, en otras ciudades de Portugal (el caso ya citado de Évora) en 1977 y del extranjero (La Haya -Países Bajos- y Berlín -República Federal de Alemania-), a partir de la década de los ochenta. Los proyectos serán, igualmente, viviendas sociales bajo la égida de la participación vecinal en el proceso de planeamiento urbanístico y arquitectónico. Una muestra de cómo se tomaba Siza este tipo de trabajos es que, a pesar de los sinsabores y la fatiga que pudieran acarrearle debatir las propuestas con el vecindario (y su encaje en las especificaciones técnicas y/o legales), como en el caso de la Malagueira, consideraba capital conocer de primera mano los problemas de sus “clientes”, los futuros habitantes del barrio.

São Victor y Bouça fueron dos proyectos inacabados, por las circunstancias ya mencionadas, pero constituyen un ejemplo singular en cuanto a forma por razones muy particulares: en primer lugar, por la existencia de una cierta continuidad entre lo nuevo y lo viejo, manteniéndose en una curiosa armonía elementos espaciales y estéticos preexistentes y la nueva construcción. Así, en São Victor, “estas referencias abarcan desde la permanencia de la estructura de muros tanto por motivos económicos (reutilizándolos como elementos de contención del terreno o como cimentación de las nuevas edificaciones) como culturales […] hasta la composición de las agrupaciones de nuevas viviendas (para mantener la escala de los espacios libres y las formas de relación) o la forma de los espacios públicos y su conexión específica con los privados” (Aitor Varea). En Bouça, la compenetración entre lo antiguo y lo moderno se consigue gracias a la integración de la tipología en la disposición de las viviendas tradicional del barrio con la tradicional disposición en hilera observada en los proyectos arquitectónicos racionalistas (Le Corbusier, Mendhelson, Gropius, Van der Rohe, la escuela de la Bauhaus) de los años 20 y 30 del siglo pasado desarrollados en Alemania y Holanda. “Esto se reflejaba en tres operaciones distintas: En primer lugar, los finales abiertos típicos de la tipología en hilera estaban ligeramente modificados al estar parcialmente cerrados por una barrera acústica que a la vez que aislar del ruido del ferrocarril adyacente serviría, de haber sido completado, como límite del espacio público del conjunto; en segundo lugar, el remate de las cuatro filas paralelas se hacía con esquinas irregulares que contenían equipamientos semipúblicos de uso para los vecinos; y en tercer lugar, las perspectivas entre hileras eran centrales al núcleo histórico de la ciudad, vinculando este antiguo crecimiento marginal con Oporto” (Marta Doménech y David López).

Proyecto original de Siza para el barrio portuense de Bouça, en el que se combinan elementos nuevos y antiguos.

Proyecto original de Siza para el barrio portuense de Bouça, en el que se combinan elementos nuevos y antiguos.

En segundo lugar, la característica que define a los proyectos de Siza en Bouça y São Victor fue la de una aparente fragilidad, siguiendo las palabras del arquitecto español Rafael Moneo, debido al presupuesto escaso y a los problemas inherentes a las viviendas de bajo coste -lo que en tiempos se denominaba “casas baratas”-. La aparente mala calidad de la construcción y la imposibilidad de continuar con el proyecto una vez finalizadas las operaciones SAAL en octubre de 1976, sin que muchas de las viviendas fueran rematadas o los equipamientos adjuntos al conjunto – barreras acústicas, espacios públicos comunes…- explica esa opinión. Sin embargo, Moneo opina, al contrario, que “a pesar de que a menudo contemplamos las obras de Siza en un estado de completa decrepitud física que las hace estar próximas a la ruina, nunca llegan a alcanzarla, ya que siempre son capaces de ofrecernos algún descubrimiento. (…) Por otra parte, hay que valorar el coraje que supone aceptar la fragilidad como norma. Paradójicamente, en tal fragilidad radica su fortaleza”. Por otro lado, un nuevo vecindario de Bouça aceptó con el tiempo esa aparente fragilidad y decrepitud y pasó a habitar el espacio edificado dos o tres décadas antes por vecinos que, poco a poco, fueron abandonando este lugar central de Oporto y marcharon a la periferia, produciéndose un proceso de “gentrificación” que no fue deseado ni por las autoridades que lo impulsaron ni por los arquitectos, técnicos y vecinos que tanto lucharon por habitar mejores casas, pero en los lugares donde lo hacían, en la época del SAAL. Esta mudanza de los tiempos trajo consigo una nueva generación de habitantes de clase media, matrimonios jóvenes, intelectuales y profesionales liberales interesados en vivir en el centro de la ciudad y en adquirir viviendas a bajo precio diseñadas por un arquitecto premiado y prestigiado como Álvaro Siza.

Sea como fuere, treinta años después finalizó por fin en Bouça el tan deseado proyecto de regeneración urbana. Nuevos y antiguos moradores resistentes por fin, rescatando la experiencia colectiva, pudieron acabar los equipamientos y las 72 viviendas restantes del conjunto de 128. Dirigiendo el proyecto, de nuevo, “el arquitecto participativo” en colaboración con Antonio Madureura y mediante un sistema de promoción cooperativo, a precio tasado y controlado, con colaboración municipal, del Instituto da Habitação portugués, la federación de cooperativas y la asociación de vecinos. Un trocito del SAAL regresaba, de este modo, al corazón de Oporto, y en una exposición hecha en 2006 -treinta años después del fin de las operaciones primigenias- sobre el proceso de construcción del barrio, Siza, en una seña de nostalgia, pero asimismo de justicia, lucía en su bolsillo un clavel -el símbolo de la revolución portuguesa- y un bolígrafo, su instrumento de trabajo por excelencia.

El barrio de Bouça en la actualidad.

El barrio de Bouça en la actualidad.

CONCLUSIONES

Las operaciones SAAL, aún con sus fallas, motivadas probablemente por la falta de experiencia que en este campo -el del cooperativismo y el asociacionismo participativo, como hizo notar unos párrafos más arriba Maria Proença- y por el entusiasmo y el ardor revolucionario que eran mostrados por un Portugal sometido durante casi cincuenta años a una dictadura de raíces e instituciones fascistas, supusieron un importante avance y una piedra de toque fundamental en el acceso por parte de los más desfavorecidos a dos derechos fundamentales. Uno de ellos se ha convertido en clásico, al menos en lo que respecta a su presencia en las reivindicaciones sociales, que data ya de varios años y que en España y Portugal, como vemos, data por lo menos de la época del paso de los regímenes dictatoriales a las democracias en los años 1970: el derecho a la vivienda digna -y que últimamente, tras las etapas recientes de “boom” y especulación inmobiliaria, estallido de la burbuja homónima, “estafa” hipotecaria y ausencia o recorte de políticas públicas en la materia vuelve a cobrar, si acaso alguna vez se ha ido de la agenda, presencia en las reivindicaciones de colectivos, sindicatos y movimientos políticos alternativos-. El otro derecho es más reciente, pero no deja de tener también relevancia: el derecho a la ciudad, a que todas las personas que habitan el municipio tengan acceso a los servicios y políticas públicas y no existan ciudadanos “de primera” y “de segunda” y guetos urbanos en los que las condiciones de insalubridad, ausencia de equipamientos o seguridad acaben convirtiéndolos en focos de marginalidad de los cuales la población no pueda escapar, deteniendo el llamado “ascensor social”.

Dentro del contexto político portugués de la época, y que además puede exportarse a las demandas de mayor participación ciudadana que se vienen sucediendo, el SAAL representaba un importante proceso de intervención popular en sus propios destinos, en algo tan importante para sus propias vidas como su hogar y el entorno más inmediato al mismo, el barrio y sus moradores. Como modelo alternativo y al mismo tiempo complemento esencial del parlamentarismo representativo-delegativo, el asociacionismo y la participación directa en la vida pública, e incluso la vida económica (decisiones sobre presupuestos, ordenamiento urbano), fue tumbado por los representantes políticos más proclives al (re)establecimiento de un orden político y social que evitara un posible caos -inevitable cuando se trata de experiencias que se ponen en marcha por vez primera- a favor de un tipo de democracia más “al uso”. Lejos de representar una degradación de la democracia, el modelo participativo del SAAL, calificado de anárquico y radical por socialistas, social-demócratas, liberales y personalidades “apolíticas” del mundo de los negocios (que acabaron por trazar, en muchas ocasiones, el rumbo político y económico a las nuevas autoridades que asumieron el mando tras la “ola revolucionaria” de 1974-75, como en otros países de Europa y de otros continentes y con los efectos que hoy conocemos), significaba una profundización de la misma, como no se cansan de exponer organizaciones y partidos y de demostrar una experiencia que, en negativo, se ha visto en recientes portazos a la convocatoria de referendos sobre la reforma exprés de la constitución para adecuarse a las exigencias de la UE en materia de endeudamiento (España) o, en positivo, la experiencia de los presupuestos participativos desarrollada por muchos municipios a nivel internacional. En cuanto a la política urbanística e inmobiliaria, en una época de fondos buitre, especulación con el suelo y construcción masiva en capitales y costas que ha causado graves degradaciones ambientales y ha degenerado, por añadidura, en una crisis financiera internacional cuyos efectos se han notado más en los países cuyo crecimiento se ha basado en el “ladrillo”, examinar el SAAL de forma retrospectiva obliga a considerarlo de otra forma, lejos de sus presupuestos extremistas y contrarios a cualquier planificación, y más cuando en décadas posteriores proyectos similares fueron desarrollados en la “civilizada Europa” a la que los meridionales, con ese complejo de inferioridad, siempre miramos: los barrios proyectados en esas décadas por Bruno Taut en Berlín, por Emst May en Frankfurt o por J.P. Oud en Roterdam, amén de los del propio Álvaro Siza en la hoy capital germana o en La Haya, como escribe Nuno Portas.

De este modo, examinar el SAAL exige, por tanto, examinar un momento de especial entusiasmo y

de utilidad para el futuro, no solo en lo que respecta a qué modelo de construcción y de urbanismo queremos -un modelo donde los habitantes y los técnicos permanezcan en burbujas separadas o en el que compartan experiencias y saberes, en contacto conocimientos y realidad, para aumentar los unos y mejorar la otra-, sino también para explorar nuevas capacidades de participación y desarrollo democrático. Y más en una época en la que, como si se tratara de una mala pesadilla volteriana, las democracias parecen dotarse cada día de más instrumentos autoritarios.

FUENTES:

“Quando os moradores (também) foram protagonistas da arquitectura”, Sérgio C. Andrade, Público, 10/05/2014. (http://www.publico.pt/culturaipsilon/noticia/quando-os-moradores-tambem-foram-protagonistas-da-arquitectura-1635240)

“Melhorar a vida e a cidade, quarto a quarto”, Sérgio C. Andrade, Público, 31/10/2014. (http://www.publico.pt/culturaipsilon/noticia/melhorar-a-vida-e-a-cidade-quarto-a-quarto-1674387)

Concepción García y Carlos Pita, “O PROCESSO SAAL – Arquitectura e participação 1974-1976. Crónica mínima de una exposición”, 23/02/2015, en http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=27744.

Aitor Varea Oro, “El barrio de São Victor de Álvaro Siza: entre la teoría y la práctica de las operaciones SAAL”, Hábitat y Habitar, nº 9, Noviembre 2013.

Marta Doménech Rodríguez y David López López, “La herencia del Movimiento Moderno en los Proyectos de Álvaro Siza para la Revolución de los Claveles de 1974”, Autonomy/Heteronomy, nº 14, s/d.

Nuno Grande, Ponencia “Revolución y Regeneración Urbana: entre el clavel y el bolígrafo.”, La Ciudad Viva. Obsolescencias urbanas, 2010.

Acto de presentación final de “Detrás de aquella ventana. Narraciones en homenaje a “Zeca” Afonso”

Cartel presentación Zeca Afonso La Casa en el OlmoQuiero despedirme a lo grande de un trabajo que me ha ilusionado y motivado especialmente a lo largo de este último año, el libro de cuentos dedicado a la memoria y las canciones del gran José “Zeca” Afonso, el cantautor imprescindible de Portugal y autor de “Grândola vila morena”, el himno de la Revolución de los Claveles con la que nuestros vecinos se despertaron de la pesadilla de 48 años de dictadura salazarista. Me gustaría que todos/as quienes podáis os paséis por La Casa en el Olmo (C/Olmo, 39, Lavapiés, Madrid) el próximo día 25 de abril a disfrutar de cuentos, canciones y buena compañía para celebrar la utopía, y sobre todo, la suerte de estar vivos en un mundo difícil pero a la vez maravilloso. Un abrazo muy grande, Eladio.

Celeste Caeiro y los claveles del 25 de Abril

Celeste Caeiro

Celeste Caeiro, fotografiada en las calles de Lisboa en uno de los actos “alternativos” a las conmemoraciones oficiales del 25 de Abril de este año 2014.

Su gesto espontáneo estaba llamado, sin saberlo, a hacer historia. Celeste Martins Caeiro, por entonces guardarropa de un restaurante del centro de Lisboa, fue la mujer que aquel histórico jueves de primavera se puso a repartir los claveles que iban a dar nombre a la revolución que estaba teniendo lugar en Portugal y que acabaría con el derrocamiento de la dictadura fascista más larga de Europa Occidental: el “Estado Novo” salazarista.

HISTORIA DE DOS CANCIONES

Monumento Zeca en Grândola

Monumento a José Afonso en Grândola, frente a la entrada al pabellón polideportivo que lleva su nombre en esta localidad alentejana.

La Revolución de los Claveles tuvo su otro símbolo en una canción: la popular “Grândola vila morena”, del combativo y célebre cantautor José Afonso. “Zeca”, como era conocido, había sido invitado a dar un concierto en la localidad alentejana de Grândola (distrito de Setúbal) por la agrupación musical obrera local Sociedade Musical Fraternidade Operária Grandolense, popularmente conocida como Música Velha. Ese concierto tiene lugar el 17 de mayo de 1964 en un pueblo que marcaría su obra y su vida para siempre. Compareció ante un nutrido público de campesinos, trabajadores del corcho, y entre tanto trabajador manual un por entonces escritor desconocido en España y militante del clandestino Partido Comunista Português: José Saramago. “Zeca” se quedó maravillado por el espíritu fraternal y solidario, impropio en la época, que estaba presente en el corazón de los grandolenses, y de aquella particular comunión entre el artista y su público nacería la famosa canción. Zé da Conceição, su anfitrión en Grândola, recibió al poco del recital una carta con un poema dedicado a la villa alentejana, que sería musicado en 1971 para el disco “Cantigas de Maio”:

Grândola vila morena,

terra da fraternidade,

o povo é quem mais ordena

dentro de ti, ó cidade…

Em cada esquina um amigo,

em cada rosto igualdade,

Grândola vila morena,

terra da fraternidade…

Los miembros del grupo de militares revolucionarios que tres años más tarde, en 1974, derrocarán al salazarismo -el Movimento das Forças Armadas o MFA- pensaron usar esta canción como contraseña para empezar la revolución desde el momento en que esta sonara por la radio. Así, sería usada como una señal no sólo para el propio MFA, sino para todos los radioyentes que estuvieran en ese momento a la escucha: una canción semiprohibida -estaba sometida a las tijeras de la censura y al boicot de la policía política salazarista en los conciertos- y tan significativa podía sin duda interpretarse como el comienzo del fin de la pesadilla.

Sin embargo, la primera emisora con la que los luego llamados “Capitanes de Abril” contactaron, Emissores Associados de Lisboa, tenía una cobertura muy reducida: la capital y las ciudades de su cinturón industrial y suburbano. Había otro problema añadido a la capacidad de emisión para difundir “Grândola” a través de las ondas de la primera estación: Emissores, explicó João Paulo Dinis, el presentador encargado de poner la canción en su programa, a los capitanes, emitía música de lo que hoy podríamos denominar “radiofórmula”, así que iba a ser complicado incluir en su programa la balada alentejana de José Afonso. La solución a la que llegaron Dinis y los oficiales presentes -entre ellos el cerebro de las operaciones, el mayor Otelo Saraiva de Carvalho- fue usar no una sino dos contraseñas: una para el área de Lisboa, el radio cubierto por Emissores Associados, y otra -“Grândola vila morena”- para todo el país, a través una emisora de ámbito nacional, con un intervalo entre ambas que sería finalmente de dos horas.

La primera señal, emitida a las 22:00, fue la canción de Paulo de Carvalho “E depois do adeus” con la que Portugal había acudido al Festival de Eurovisión en aquel año y que había sido un fracaso a pesar de que resultaba una canción animada. Ni siquiera recibió los votos de la vecina España, que compartía con Portugal espacio geográfico y régimen político, lo que iba a dar una nueva excusa a los más feroces nacionalistas para pensar que España estaba en permanente actitud hostil contra el país y que consideraba a los portugueses poco menos que “gallegos irredentos”.

Dinis, un presentador ágil y vivaracho, estuvo aquella tarde noche menos locuaz que de costumbre debido a que… ¡no encontraba el disco! ¿Dónde se había metido el disco con la canción de Paulo de Carvalho? Por su cabeza pasaron mil cosas: ir a su casa a buscar el que tenía en su propia discoteca, telefonear a Otelo, las caras de decepción de los militares con los que se había comprometido… Sintió rabia, ganas de llorar, y todo mientras trataba de presentar un programa sin que nadie sospechara nada, pues la temible policía política, la PIDE, podía estar observando cada gesto y cada palabra. Ya cerca de la hora y casi sin fuerzas, su ayudante le enseñó a través del cristal del control de sonido la carátula del disco de Paulo de Carvalho y le dijo por el intercomunicador: “Da paso a éste”. En ese momento, mientras en el cuartel de Pontinha, en el que unos cuantos oficiales que coordinaban las operaciones se calzaban en la madre del material de mierda que tenían, porque se había cortado la emisión de la radio -todos se quejaban de que en Portugal se había quedado la chatarra y que todo lo que funcionaba se mandaba a las colonias, a la guerra contra los movimientos independentistas- João Paulo Dinis volvía a recuperar su tono antiguo de presentador dinámico y su buen humor para anunciar “E depois do adeus”. Resultó que su ayudante en el control también había conversado con el mayor Otelo, y con un secretismo a prueba de balas, pues ninguno sabía que el otro estaba también metido en el ajo, decidió custodiar el disco hasta la hora pactada: las diez de la noche del 24 de abril de 1974.

Si la emisión de la primera señal estuvo a punto de costar un infarto al pobre João Paulo Dinis, no menor fue la odisea que tuvo que pasar la emisión del programa Limite de Rádio Renascença (la estación de radio escogida por los militares revolucionarios) que se inauguraría con “Grândola vila morena”. El MFA había contactado con el equipo que realizaba este programa de la emisora de la Iglesia portuguesa, simpatizantes de las fuerzas democráticas, entre los que figuraban el locutor Leite de Vasconcelos, Manuel Tomás y el técnico Carlos Albino. Aquella noche del 24 al 25 de abril Limite abriría a las 00:20 minutos con la grabación del programa: los versos de la primera estrofa de la canción leídos por Vasconcelos y de inmediato entraría aquella canción clandestina de la mano de la voz profunda y melódica del cantautor de Aveiro.

Pero cuando eran las doce y diecinueve minutos, Paulo Coelho, el locutor que estaba de servicio aquella madrugada, puso un disco despistándose del reloj. Desde el control, le hicieron señas para que anunciara la emisión de Limite. Al ir terminando la canción que había puesto, en vez de eso, se lanzó a leer el largo bloque de anuncios que aparecía en la pauta comercial, consciente de que la publicidad “era una de las cosas verdaderamente sagradas que existían en la emisora de la Iglesia”, como explica el periodista español Julio Diego Carcedo, testigo de primera mano de la revolución portuguesa en su calidad de corresponsal de TVE.

En el estudio, se armó un revuelo: Manuel Tomás -el responsable de la música de Limite y uno de los contactos del MFA en la emisora- acudió desde la redacción, sacudió al técnico de sonido para que cortara el sonido de Paulo Coelho y pusiera de una vez la grabación. Coelho, viendo los aspavientos que sus compañeros hacían al otro lado del cristal, estaba desconcertado. Y la audiencia especial de centenares de oficiales que por todo el país esperaban la señal para iniciar el movimiento militar que acabara con la “longa noite de pedra” que significaba casi medio siglo de dictadura salazarista se hallaba expectante. Si “Grândola” no sonaba, adiós a la revolución.

Por fin, pasando casi un minuto de las doce y veinte, Coelho fue cortado tras terminar un anuncio y a capón se pinchó la cinta con la grabación. La voz de Leite de Vasconcelos comenzó a sonar, recitando los versos de la primera estrofa de la canción que José Afonso había dedicado a la pequeña ciudad alentejana y que resumía el sueño del pequeño país atlántico por ser libre, dando paso después a la voz del propio “Zeca”.

Poco importó después que Paulo Coelho se pusiera a discutir con Manuel Tomás y Carlos Albino por dejarle con la palabra en la boca e impedirle terminar con la publicidad pactada. Había otro pacto más importante que cumplir entonces: su trabajo posibilitó que miles de unidades militares se pusieran en marcha por todo el país para que tuviera lugar el acontecimiento más importante de la historia del siglo XX en Portugal.

UNA REVOLUCIÓN PLAGADA DE ANÉCDOTAS

La de Celeste y las dificultades para poner las canciones no fueron las únicas anécdotas de una revolución en la que el azar, la buena suerte e incluso las dosis de humor estuvieron presentes para que aquella revolución tuviera éxito.

Dicen que la Revolución de los Claveles nació con el pinchazo -fingido- de una rueda El capitán Vasco Lourenço convocó a una reunión decisiva en la Heredad do Sobral, propiedad de su tío, a sus compañeros de armas para discutir sobre su situación profesional y la situación general del país y ahí tuvo lugar el nacimiento del Movimento dos Capitães, posteriormente ampliado de tal manera que se llamó Movimento das Forças Armadas (MFA). Para llegar hasta la finca, a las afueras de la monumental ciudad de Évora, capital del Alentejo, los compañeros que se acercaban hasta el auto averiado recibían un plano. Y fueron tantos que superaron las expectativas de este capitán tan mañoso que decían de él que era capaz igualmente “de planchar un huevo y freír una camisa”.

La conversación con su tío para que cediera la heredad tuvo que plantearse en términos delicados. Así, cuando el capitán Lourenço comentó que querían celebrar una reunión para comentar los efectos de un decreto gubernamental que perjudicaba a sus carreras, el tío declaró:

-¡Qué decreto ni decreto y medio! Siempre es lo mismo, burocracia y más burocracia. Mira, estos lo que son es unos fascistas y lo que tenéis que hacer es acabar con ellos.

Vasco Lourenço se quedó de piedra. Sabía que su tío era de ideales antifascistas y que en los años de la guerra civil española había acogido a republicanos españoles que huían del avance rebelde en Extremadura, pero nunca habría imaginado una reacción así.

-Entonces, tío, ¿podemos…? -preguntó el capitán

-Podemos, podemos… -dijo entonces su tío, burlón- Mira, si es para organizar una revolución, toda vuestra. Para tonterías, no os presto la finca.

Así que no hubo más remedio que dejarse de tonterías…

El capitán Salgueiro Maia, un hombre joven que había sido de los primeros de su promoción, ávido estudiante que se matricularía en Sociología la universidad e hijo de unos orgullosos ferroviarios del pequeño pueblo de Castelo de Vide (norte del Alentejo), estuvo al mando de las unidades de la Escuela Práctica de Caballería de Santarém que se dirigieron al centro de Lisboa, al Terreiro do Paço, donde se encontraban los ministerios, siguiendo las instrucciones del MFA. La corta distancia entre la capital taurina de Portugal y Lisboa fue recorrida casi a paso de tartana por la caravana de tanques, jeeps y vehículos blindados. Entre medias, una avería y el error casi fatal de la carga de los obuses, de mayor calibre que los cañones por los que tendrían que ser disparados. Corregido este fallo y abandonado el vehículo defectuoso -“sucata”, es decir, chatarra, como tantos de los que se encontraban en los cuarteles de la metrópoli-, llegaron por fin a la capital lusa guiados por un mapa turístico donde los monumentos estaban muy bien señalados pero los edificios oficiales no tanto. Suerte que aquellos provincianos estaban guiados por un oficial conocedor de la ciudad, que si no aquel plano les serviría de poco.

Cuando salieron de Santarém rumbo a los ministerios que iban a cercar, un vehículo de la temida PIDE esperaba a las puertas y al ver tanto ajetreo de vehículos saliendo por los portones de la escuela militar avisaron a la policía civil, la Policia de Segurança Pública o PSP. Los “Crema Nívea” -como se les conocía por el color blanco y azul de sus autos, semejante al de las latas del mentado cosmético- no le dieron mayor importancia, y el comisario jactancioso afirmó:

-¿Y qué importancia tiene eso? Habrán salido de maniobras, que es lo suyo. Estos capullos de la PIDE siempre están viendo fantasmas…

Ya en Lisboa, Maia y sus hombres se situaron estratégicamente por esta plaza que se abre al Tajo y bajo cuyos soportales se encuentran las entradas a algunos de los ministerios clave de la administración lusa. Entre ellos, los de Defensa y del Ejército, entonces dos ministerios independientes. Tras ellos, Lisboa ascendía por las avenidas da Liberdade y da República y las plazas de Rossio, Restauradores y Marquês de Pombal hacia el norte. Frente a los mismos, el muelle del Cais das Colunas y la otra orilla del río, los pueblos de Almada y Barreiro y la estatua de Cristo Rey. A los pies del gigantesco monumento al sagrado corazón de Jesús, la artillería de la Escuela de Vendas Novas se encontraba preparada por si los buques de la Armada pretendían intimidar a los tanques de Santarém.

El ministro de Defensa, general Andrade e Silva, elogió el buen hacer de Salgueiro Maia, su disposición sobe el terreno para lo que el consideraba la defensa de los ministerios. Este pobre diablo no se enteraba todavía de que aquellos soldados no habían llegado hasta allí para proteger su digna persona y la de sus compañeros de gabinete, sino para arrestarles. No se le ocurrió otra cosa que mandar a un brigadier a cumplimentar a Maia:

-Capitán, acompáñeme al Ministerio. El señor ministro quiere hablar con usted.

-¿Cómo? -le contestó Maia- No, no. Dígale al señor ministro que no iré.

El brigadier, sin saber el porqué de aquella negativa, le explicó que el ministro quería felicitarle en persona por su trabajo en el Terreiro do Paço. Maia le contestó:

-Pues dígale que no tiene nada que agradecerme. Y que se considere prisionero del Movimiento de las Fuerzas Armadas. Lo mismo que le ocurrirá a usted si no se marcha ahora mismo.

Como se puede imaginar, el brigadier tomó las de Villadiego y decidió no pasar por el ministerio para informar personalmente a su superior. Se fue a su casa y se lo dijo por teléfono.

UN CLAVEL SE LE DA A CUALQUIER PERSONA

Las tropas del MFA habían ocupado los ministerios principales, el aeropuerto lisboeta de Portela, los estudios de la Rádio Televisão Portuguesa (RTP) y la Emissora Nacional y los principales acuartelamientos. Antes de que el gobierno presidido por el sucesor de Salazar, Marcelo Caetano, hubiese despertado, Lisboa y Portugal estaban prácticamente en sus manos y sin que, como deseaban, hubiera sido necesario derramar ni una sola gota de sangre. A lo largo de las primeras horas de la mañana, Rádio Clube Português, la estación de radio que el MFA había escogido para que fuera la voz de la revolución, había estado difundiendo comunicados en los que se instaba a la población civil a permanecer en calma en sus hogares y a que las fuerzas militares no adscritas al movimiento, así como la PSP y la Guarda Nacional Republicana -cuerpo de policía de similares funciones a las de la Guardia Civil española- evitaran todo enfrentamiento con las tropas del MFA.

Los líderes del movimiento, que desde el cuartel de Pontinha, cercano al estadio de fútbol de “Da Luz” -hogar del club más laureado de Portugal, el SL Benfica- dirigían las operaciones, esperaban desactivar con aquellos mensajes cualquier enfrentamiento armado con las fuerzas que pudiera dirigir la dictadura contra ellos, así como pretendían evitar cualquier capacidad de movilización de sus fieles mediante mensajes difundidos por los medios estatales de radio y TV. De ahí la importancia de ocupar la Emissora Nacional y la RTP. Pero, sorprendentemente, la reacción del pueblo lisboeta fue la inversa cuando, con el sol asomando tímidamente sobre los tejados de la ciudad, escucharon la reconocible voz del locutor Joaquim Furtado difundiendo el siguiente comunicado del MFA:

“Aquí el puesto de mando del Movimiento de las Fuerzas Armadas. Conforme ha sido difundido, las Fuerzas Armadas desencadenaron en la madrugada de hoy una serie de acciones con vistas a la liberación del país del régimen que desde hace mucho tiempo lo domina. En sus comunicados, las Fuerzas Armadas han apelado a la no intervención de las fuerzas policiales con el objetivo de evitar el derramamiento de sangre. Aunque este deseo se mantenga firme, no se dudará en responder de manera decidida e implacable a cualquier oposición que se manifieste. Consciente de que interpreta los verdaderos sentimientos de la Nación, el Movimiento de las Fuerzas Armadas proseguirá en su acción libertadora y pide a la población que se mantenga en sus residencias.

¡Viva Portugal!”

Lo cierto es que no hizo falta ningún tipo de respuesta decidida e implacable. Hubo pocas ocasiones para demostrarlo, y cuando las hubo, como en la rendición final de Caetano -refugiado en el cuartel de la GNR en la céntrica plaza del Carmo- fueron las palabras y no las armas las que sonaron para llevar a buen fin la caída de la dictadura.

Lisboetas sobre los tanques de Santarém

Los lisboetas quisieron ser testigos de primera mano de los acontecimientos. Aquí, un grupo de personas están subidas a los blindados venidos desde el cuartel de la Escuela Práctica de Caballería de Santarém, las unidades mandadas por un nuevo héroe popular, el capitán Salgueiro Maia.

Y al escuchar los propósitos de aquellos militares que estaban pululando por las hasta entonces semivacías calles de Lisboa, la gente, la sufrida gente que llevaba esperando incluso toda una vida -una “longa noite de pedra” de cuarenta y ocho años, como era conocido el régimen del “Estado Novo”- a que por fin tuviera lugar un día como aquel, no pudo aguantar más y se puso a celebrarlo como la más grande fiesta colectiva jamás vista. Aquellos portugueses tristones y melancólicos, habitantes del país del “fado” y la “saudade”, agotaban el champán de los pocos comercios que habían abierto, bailaban en las calles, engalanaban los balcones con colchas y manteles como en los días de fiestas patronales, bajaban en masa por las avenidas céntricas a abrazar y saludar a los soldados que estaban en Lisboa aquel día de primavera y se ponían a escuchar las canciones prohibidas de Fausto, Luís Cilia, José Mário Branco y “Zeca” Afonso que sonaban en la radio, porque alguien desde Pontinha -con buen criterio- había dicho a los militares que estaban en Rádio Clube que dejaran de poner marchas militares “que tanto enardecían a los fascistas” y pusieran la música que el pueblo quería oír.

Y entonces surgió la figura de una guardarropa de unos cuarenta años, de apenas metro y medio de estatura. Celeste Martins Caeiro, de madre española y padre portugués, había acudido a su trabajo en el restaurante “Sifire” de la céntrica calle Braancamp. Justo un año antes de la revolución, el 25 de abril de 1973, comenzó a trabajar en el ropero de este restaurante que abría sus puertas con un concepto novedoso por aquel entonces: el autoservicio.

Celeste recuerda de ese día que “los dueños querían hacer una fiesta para celebrar el primer aniversario de la casa y en una fiesta no pueden faltar las flores”. “El 25 de abril de 1974 fui como era costumbre pronto al trabajo (…) Llegamos, vimos la puerta cerrada y el gerente nos dijo que no se abría ese día porque estaba produciéndose una revolución pero que fuésemos al almacén y nos llevásemos las flores -que había comprado el día anterior- para que no se echasen a perder”. Aquellas flores eran claveles blancos y rojos.

Ante el cuartel del Carmo

La expectación ante el cuartel del Carmo fue impresionante, y a veces temeraria. Todos querían ser testigos de excepción de la caída de Marcelo Caetano, el delfín de Salazar. Incluso subiéndose a los árboles o a los balcones de los edificios.

Sin hacer caso del consejo de sus jefes, que le recomendaron ir directamente a su casa, Celeste bajó hacia el centro de la ciudad, donde ya había una algarabía considerable. Un corto viaje en metro la dejó en la neurálgica plaza do Rossio, justo al inicio del Largo do Carmo, donde los tanques de los sublevados aguardaban nuevas órdenes en una tensa espera desde la madrugada, y allí preguntó a uno de los soldados qué era lo que habían venido a hacer.

“Vamos para el Cuartel del Carmo, donde está Marcelo Caetano, el presidente “, le respondieron.

Eran cerca de las nueve de la mañana, y el soldado, que ya llevaba unas horas de guardia, pidió a Celeste un cigarrillo. “Yo nunca he fumado, pero en aquel momento me supo mal no tener uno. Me fijé en si había algo abierto, pero era demasiado temprano, estaba todo cerrado y no había nadie en la calle. Miré a los claveles y le dije que me sabía mal, pero que sólo tenía flores. Cogí un clavel, el primero fue rojo, y él lo aceptó. Como soy así tan pequeñita y él estaba encima del tanque, tuvo que estirar el brazo, agarró el clavel y lo colocó en su fusil”, describe pausadamente, casi deletreando las palabras y los ojos llenos de lágrimas, en la entrevista que la agencia EFE le hizo con motivo del cuadragésimo aniversario del 25 de abril, que ha tenido lugar en este año 2014.

El resto de soldados imitaron a su compañero y pidieron a Celeste uno de esos claveles, rojos y blancos, que llevaba bajo el brazo, hasta repartirlos todos. Así, aquel día recibió su símbolo y su nombre: la revolución portuguesa que derribó el brutal régimen salazarista se conoció como la Revolución de los Claveles. “Nunca esperé que los claveles viniesen a derivar en todo esto, fue un gesto sin segundas intenciones”, reconoce. Horas más tarde, varias de las floristas que trabajaban vendiendo de forma ambulante por el centro de la capital lusa se afanaban en que a nadie le faltase uno, contribuyendo a convertirlos en un icono de libertad. Un gesto espontáneo que desde las páginas del diario del PCP, “Avante!”, recuerdan que fue un gesto de solidaridad y compañerismo entre compatriotas, porque antes los claveles -como el resto de flores- se entregaban a la pareja y los amigos. Ella, con aquella frase que le dijo al muchacho “un clavel se le da a cualquier persona” entroncó con lo que decía la canción de José Afonso que había sido el himno del 25 de Abril: “en cada esquina hay un amigo”.

Soldados y claveles

Aquellos muchachos cansados, cuyo destino era en muchos casos perecer en las guerras que el salazarismo estaba llevando a cabo contra los movimientos independentistas de las colonias, recibieron aquellos claveles de Celeste como otros regalos que ese día recibieron con alegría de sus compatriotas. Cigarrillos, refrescos y bocadillos que fueron repartidos alegremente por un pueblo que confraternizó con ellos desde el principio.

CELESTE HOY

La profusión de conferencias, debates y exposiciones sobre el 40 aniversario del 25 de abril contrasta con la escasa exposición pública de esta anciana, cuya historia es desconocida incluso por muchos de sus compatriotas y que lejos de ser homenajeada o reconocida, sobrevive con una pensión mínima de apenas 370 euros. Su acto dio nombre a una revolución única, considerada la última revolución romántica por la ausencia de derramamiento de sangre y por el hecho de que sus protagonistas, los jóvenes “capitanes de Abril” -Otelo de Carvalho, Ernesto Melo Antunes, Vasco Lourenço, Fernando Salgueiro Maia…- pasaron al anonimato tan pronto como hubieron realizado la tarea que se habían propuesto: derribar a la dictadura y hacer que el pueblo, como dijo el propio Maia a sus soldados en Santarém, “pudiera escoger su destino”, y cuyo legado hoy algunos consideran puesto en riesgo por los severos ajustes y recortes aplicados en el país desde que solicitó la ayuda financiera a la troika UE-FMI-Banco Mundial, hace ahora tres años.

Recibimiento Santa Apolónia a los exiliados

En esta fotografía del reportero español Francisco Elvira puede verse el recibimiento tributado a los exiliados portugueses que regresaban a Lisboa desde Francia en el “Sud Express”. Entre ellos, los secretarios generales del Partido Socialista, Mário Soares, y del Partido Comunista, Álvaro Cunhal.

Quizá este descontento con la situación actual venga de lejos. La revolución portuguesa fue un proceso que a lo largo de los años que siguieron al 25 de Abril simbolizó dos ideas antagónicas: la de hacer de Portugal una democracia al uso del resto de países del Occidente europeo -con la excepción del residuo fascista de la España de Franco- o avanzar hacia la constitución de un modelo de democracia socialista, que aunara la autogestión de los obreros y los campesinos de la industria y la propiedad agraria con un socialismo avanzado, de rostro humano, recuperando las esperanzas frustradas en Chile por el golpe de Pinochet o en Checoslovaquia por la intervención rusa que puso fin a la “primavera de Praga”. En los primeros meses, hasta noviembre de 1975 y bajo la presidencia del consejo de Vasco Gonçalves, parecía imponerse el segundo modelo, al tiempo que se ponía en marcha la descolonización. La preocupación en las potencias occidentales, los aliados de Portugal en la OTAN, así como en EE.UU. y en la RFA, era grande. Los partidos derechistas y el Partido Socialista de Mário Soares, asesorado por la socialdemocracia de la Alemania Federal, maniobraron con objeto de minar un proceso que era de por sí costoso. Con el golpe derechista del general Spínola, presidente provisional de la República, que aunque fallido mostró las tensiones internas en el seno del MFA y de las fuerzas revolucionarias lusas, terminó el capítulo socialista de la revolución portuguesa y comenzó el camino “políticamente correcto” del 25 de Abril.

Hoy, por eso, ante las muchas traiciones a la Revolución de los Claveles y la honestidad que demostraron sus protagonistas, cuyo último capítulo es la entrega de Portugal a los poderes financieros extranjeros, no resulta extraño que las manifestaciones contra las políticas de austeridad y la Troika acaben con “Grândola vila morena”, o que la Associação Vinte-e-cinco de Abril, heredera del MFA y dirigida por Ernesto Melo Antunes -hoy dedicado a la pintura y residente hoy en el Algarve- rechace participar en las ceremonias oficiales del aniversario, en protesta por el rumbo político de los gobiernos portugueses. Celeste Caeiro, a sus ochenta años de edad, es militante del Partido Comunista y admite que ya de joven era “rebelde” y contraria a la dictadura. Hoy día, pese a que no goza de un buen estado de salud, se deja ver en muchas de las manifestaciones convocadas contra las medidas de austeridad, prueba de que, 40 años después, tanto ella como muchos otros tienen motivos para protestar contra otras tiranías encubiertas.

FUENTES:

“Celeste, la mujer que con sus claveles dio nombre a la Revolución portuguesa”, El Confidencial, 24/04/2014.

“Celeste Martins Caeiro”, Wikipédia em português (pt.wikipedia.com)

Julio Diego Carcedo, “Fusiles y claveles. La revolución del 25 de abril en Portugal” Madrid, Temas de Hoy, 1999.

“José Afonso”, Público, 25/04/2013.