¡El fútbol es política, estúpidos!

“Dado que la vida de los individuos, clases o grupos sociales tiene lugar en campos sociales considerados no políticos, en la medida en que en ellos impera el fascismo social, la democracia representativa tiende a ser sociológicamente una isla de democracia que flota en medio de un archipiélago de despotismos […] La democracia representativa no sólo vive cómodamente con esta situación, sino que la legitima al volverla invisible.”

Boaventura de Sousa Santos.

A raíz del recientemente llamado “caso Zozulya” -la frustrada cesión del futbolista ucraniano Roman Zozulya por parte del Betis al Rayo Vallecano por la oposición y movilización en contra de buena parte de los aficionados de este último equipo, debido a los vínculos del jugador con la extrema derecha en su país- se ha desatado un revuelo periodístico, institucional -en el seno de la Liga de Fútbol Profesional y la Asociación de Futbolistas españoles e incluso la intervención de la embajada ucraniana en Madrid- y por supuesto en las redes sociales sobre el tema.

Los puntos calientes del asunto han sido varios -y los iré repasando a continuación- pero vuelven a versar sobre una polémica ya antigua, la de la relación entre el deporte -y en este caso, el fútbol, como “deporte rey” a nivel mundial- y la política. No deja de resultar curioso que desde las instituciones, sean nacionales, internacionales o globales (léase la UEFA, la FIFA, el COI… aparte de los diferentes gobiernos) se ha tratado de eludir y de minimizar el contenido del debate tratando de repetir incesantemente el mantra, que ha calado entre sectores de la población, especialmente en democracias liberales o representativas, de que no se deben mezclar ambos temas. Y digo que no deja de ser curioso porque de este modo, paradojas de la vida, lo que se trata es de evitar que en el debate sobre la relación entre la política y el deporte llegue a hablarse sobre cómo desde la política institucional el deporte ha sido utilizado para la consecución de sus objetivos o la legitimación de sí mismos o de sus fines, y de cómo la negociación de puestos, de candidaturas para albergar eventos deportivos, la presencia de grupos de presión, etc. tiene mucho que ver con la política (y por tanto, está expuesta a los mismos males que la política que se desarrolla en los parlamentos de los estados).

Toda decisión que se toma en un ámbito institucional es política. El problema es que, en muchos casos, esas instituciones no son representativas, ni sus procedimientos son transparentes, aún a pesar de afectar de que sus decisiones afectan o pueden llegar a afectar a la vida de miles de personas (tal y como ocurre con la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, la reunión bancaria de Basilea…). De ahí que la intención y la repetición de la consigna de separar la política del deporte se basa en la intención de separar aquellas intenciones, manifestaciones o protestas de índole político-social que puedan afectar al “status quo” de la organización deportiva, sea a nivel regional, nacional o mundial, así como a la posibilidad de articular una alternativa diferente a la forma en que se organiza el deporte en cada una de esas escalas. De ahí la pertinencia de las palabras del inicio de Sousa Santos: en la medida en que en las instituciones deportivas mundiales existe ausencia de fiscalización y control -y lo hemos comprobado recientemente, con los escándalos de corrupción que han salpicado a la FIFA y la UEFA y a sus respectivos presidentes, Joseph Blatter y Michel Platini; la compra de votos para la organización de los próximos campeonatos mundiales de fútbol en Qatar y Rusia; el despilfarro financiero y la represión de las protestas sociales en Brasil como consecuencia de la celebración del pasado mundial de fútbol, al que siguió de forma consecutiva la de las olimpiadas de Río de Janeiro- pero son considerados autónomos, cuando no ajenos, a la política institucional, esto es, la de los parlamentos, se convierten en espacios para la aparición del fascismo social y la legitimación de espacios para acallar voces discordantes e incluso para servir de instrumento de propaganda a regímenes y gobiernos que no dudan en aplastar cualquier intento de disidencia o de protesta.

LA POLÍTICA HACE EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CANCHA

Ya se vivió, en el ámbito del fútbol, en 1978, con el entonces presidente de la FIFA, el brasileño João Havelange -que ganó las elecciones al inglés sir Stanley Rous cuatro años antes, chapado a la antigua y con quien murieron los últimos rastros de amateurismo- y radical transformador del “deporte rey” en un negocio global, con la entrada de los grandes patrocinios (Adidas, Coca-Cola), la celebración de nuevos torneos y nuevos países para la disputa del gran evento, el Mundial, para la obtención de mayores audiencias y mayores ingresos (y al mismo tiempo que el negocio, el lucro personal, el clientelismo y la corrupción -http://www.panenka.org/miradas/el-futbol-de-havelange/-). Havelange no tuvo empacho alguno en pasar por encima de las críticas que sobrevenían por la celebración del campeonato mundial de fútbol de ese año en la Argentina de la dictadura militar -recordemos: 30.000 desaparecidos, miles de bebés robados, torturas, participación en la “operación Condor” conjunta con otras dictaduras del Cono Sur para la desaparición de opositores políticos, “doctrina de choque” económico o fracaso y descrédito final con la guerra de las Malvinas-, bajo la premisa de que “sólo” vendía “un producto llamado fútbol”. Al parecer, por el producto de esa venta -por la que protegió a figuras prominentes de la dictadura argentina, como el jefe del comité organizador del Mundial, el almirante Carlos Lacoste, protegido del teniente y condenado por genocidio Carlos Massera- recibió sobornos en metálico y en especie, como una finca que supuestamente habría sido regalo del jefe de la junta militar Jorge Rafael Videla. Las amistades peligrosas -también fue amigo del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger-y los sobornos no acabarían ahí ya que, según informa el periodista escocés Andrew Jennings, llegó a cobrar cuarenta y cinco millones de dólares en sobornos de la empresa ISL (http://www.clarin.com/deportes/futbol/adios-havelange-inventor-negocio-personal_0_H1Nq5mZc.html). La línea inaugural marcada por Havelange con Argentina , esa diferenciación entre fútbol/deporte y política -para regodeo de autócratas y de gobiernos con graves déficits de respeto a los derechos y libertades públicas- continuó con la celebración de mundiales de fútbol en, por ejemplo, Sudáfrica, que a pesar de ser un régimen democrático convive con numerosas desigualdades, corrupción y falta de respeto por derechos básicos de la población (dos años después de la celebración del Mundial, treinta y cuatro mineros eran ametrallados por la policía en el transcurso de unas protestas en Marikana) y las próximas convocatorias en Rusia y Qatar.

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João Havelange, expresidente de la FIFA.

Mucho antes, en 1934 y 1936, las dictaduras fascistas de Italia y Alemania utilizaron el campeonato mundial de fútbol y los juegos olímpicos de Berlín, respectivamente, para la propaganda de sus respectivos éxitos políticos, como demostración de su cohesión nacional y de la supremacía de sus respectivas “razas” (http://www.rtve.es/television/20160727/noche-tematica-berlin-1936-juegos-nazis/1370660.shtml). Aquí ya se habló en su día del escándalo que supuso la intervención del propio Mussolini ante árbitros o incluso equipos rivales con ánimo de comprarlos o amedrentarlos a través de matones, e incluso a través de la nacionalización exprés de futbolistas argentinos con orígenes italianos para incorporarlos a la “squadra azzura”, con tal de que Italia ganara el Mundial. La prometedora selección española tuvo que sufrir en sus propias carnes -y nunca mejor dicho, pues tras dos partidos, uno de ellos de desempate, el número de bajas españolas “cosidas a patadas” por los futbolistas italianos fue tan númeroso que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, tuvo que alinear casi al completo al equipo de reserva para el segundo partido- el juego brusco y la injusticia arbitral en cuartos, cosa que también ocurrió con la excepcional Austria del Wunderteam en semifinales y con Checoslovaquia en la final (los este-europeos se sintieron tremendamente sorprendidos cuando el árbitro, sueco, hizo el saludo fascista al palco, según se supo con posterioridad a petición de las autoridades italianas). Los jugadores italianos también recibieron presiones y amenazas del Duce para ganar el campeonato, como expresa el argentino nacionalizado Luis Monti, que cuatro años antes había jugado con la selección sudamericana el primer campeonato celebrado en Uruguay (https://es.wikipedia.org/wiki/Copa_Mundial_de_F%C3%BAtbol_de_1934).

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Cartel de la Olimpiada de Berlín 1936.

Lo de la olimpiada hitleriana, más conocido por recientes documentales y la icónica imagen del estadounidense Jesse Owens desafiando las teorías de la supremacía racial aria en la prueba reina de los juegos olímpicos (el atletismo), no deja de tener su tragedia porque los juegos se celebraron con la connivencia de los comités olímpicos internacionales, arrastrados por el comité estadounidense -el más potente por entonces-, para cuyo presidente, Avery Brundage, el boicot propuesto a los “juegos de Hitler” no era más que una “conspiración judeo-comunista”. A los dirigentes nazis no les costó mucho contar a Brundage la milonga de que la Alemania nazi era un país tolerante en el que no se perseguía a los judíos o los opositores políticos y que los juegos serían un ejemplo de eficacia y magnificiencia (como fueron, pero desgraciadamente para mayor gloria del régimen). Sólo España  a raíz del cambio político acontecido en las elecciones de febrero de 1936 -aunque sí había participado en las olimpiadas de invierno, antes de la asunción por el gobierno de izquierda del Frente Popular de sus funciones- y la Unión Soviética decidieron seguir adelante con el boicot, y de hecho, la frustrada Olimpiada Popular de Barelona, patrocinada por el gobierno autónomo de la Generalitat y el de la República española y alternativa antifascista a los juegos berlineses, iba a contar con más atletas participantes que las oficiales. (https://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics#Political_aspects, http://www.nodo50.org/esperanto/artik33es.htm y https://quatrebarresblog.wordpress.com/2016/08/21/las-olimpiadas-populares-de-barcelona-en-1936-contra-el-fascismo/).

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Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en el que se anuncian las competiciones de boxeo y lucha.

Pero este escaso respeto por el espíritu olímpico (un inciso: ¿tiene en cuenta el señor presidente de la Liga de Fútbol Profesional Javier Tebas los ideales olímpicos cuando defiende a un jugador de fútbol que ha hecho apología de grupos paramilitares de extrema derecha en cuyo ideario figura la limpieza étnica de su país, Ucrania, de rusos, polacos o rutenos? ¿tienen en cuenta los mandamases del fútbol español a quién han colocado al frente de la LFP y esos ideales del deporte como vehículo de integración y respeto, cuando Tebas ha declarado su fidelidad a los ideales de un movimiento ultraderechista como Fuerza Nueva -fundado por un antiguo jerarca del franquismo como Blas Piñar y de ominoso recuerdo durante la transición por la violencia política ejercida contra la oposición democrática, como pueden dar fe los supervivientes y amigos de los fallecidos en la matanza de Atocha- y ha afirmado que en España hace falta alguien como el exlíder del FN francés, Jean Marie Le Pen) que se vio con la connivencia con Hitler se fue repitiendo después en el mismo seno del COI con la elección de Juan Antonio Samaranch Torelló como presidente del mismo.

Samaranch, de filiación falangista, estrecho amigo del ministro de Exteriores del primer franquismo y conocido germanófilo Ramón Serrano Súñer (a quien los recientes libro y serie televisiva “Lo que escondían sus ojos” ha tratado de blanquear, obviando sus crímenes y presentándolo apenas como uno de los protagonistas de una desventurada historia de amor adúltero en una época de estrictos convencionalismos), hizo carrera en un régimen sobre el que siempre ha mantenido un discurso ambiguo, semejante al del anterior rey español Juan Carlos de Borbón. De su ascensión por los peldaños de la administración franquista de Barcelona y luego como embajador en la URSS se sirvió para negocios privados del estilo de los de Havelange y para alcanzar -paradójicamente, con apoyo soviético- la presidencia de la organización olímpica mundial. Tras su retirada de la organización y su acceso a la presidencia de honor del organismo y la entrega por el rey del título nobiliario de marqués de Samaranch (ambos promovidos por políticos catalanes, en agradecimiento por la celebración de los juegos de 1992 en la Ciudad Condal), se han ido conociendo los escándalos sucesivos -en la zona franca barcelonesa, en La Caixa, en Inmobiliaria Colonial, la connivencia con Javier de la Rosa- en los que Samaranch y su entorno familiar han estado implicados. (http://www.publico.es/actualidad/pasado-franquista-persigue-juan-antonio.html y http://www.nodo50.org/forumperlamemoria/?El-fascista-Juan-Antonio-Samaranch). Samaranch, sin embargo, pudo morir tranquilo: ni fue investigado por sus corruptelas ni la presidencia de honor del COI le fue quitada (tampoco promovida por las autoridades democráticas, ni españolas ni del olimpismo internacional) en aras de su pasada y fructífera colaboración con el fascio, de la que no se retractó.

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Samaranch en una jura oficial. En segundo plano podemos ver a Francisco Franco y al almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno del régimen dictatorial.

Pero no pensemos que el deporte es usado sólo por regímenes dictatoriales y por personajes de siniestro pasado (aunque, como hemos visto, con la necesaria colaboración de los regímenes democráticos) para sus fines. También las democracias liberales han empleado los éxitos deportivos, individuales o colectivos, para hacer propaganda de unos determinados valores, elevar la moral patria o incluso desviar la atención. Durante la “guerra fría”, los enfrentamientos en los Juegos Olímpicos entre las selecciones de baloncesto de los Estados Unidos y la Unión Soviética significaban, en caso de victoria, un espaldarazo para sus respectivos sistemas políticos y  económicos y una oportunidad para la propaganda y la exaltación patriótica, así como lo fue el “milagro sobre hielo” de la selección estadounidense de hockey sobre hielo al vencer a la URSS en Nueva York y colgarse después la medalla de oro en los juegos de invierno de 1980, en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atravesaban un mal momento por la intervención soviética en Afganistán (https://es.wikipedia.org/wiki/Milagro_sobre_hielo).

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La selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998.

Los triunfos futbolísticos de Francia en el Mundial de 1998 y de España en el de 2010 sirvieron, asimismo, para potenciar una conciencia colectiva que, en el caso francés, pasaba por la renovación de la identidad nacional, acogiendo en ella a nuevos ciudadanos con independencia de la procedencia o el origen familiar (muchos jugadores de aquella selección, como Desailly, Karembeu, Thuram, Djorkaeff o Zidane eran hijos de emigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas o de otros países), en un momento de ascenso del ultraderechista Frente Nacional y de conflictos en los “arrondisements” parisinos, donde se concentra buena parte de la población inmigrante pobre. En el de España, el campeonato ganado en Sudáfrica valió para ser sacado a relucir por parte de las autoridades como ejemplo de superación y de esfuerzo colectivo, en un momento delicado por la crisis económica e institucional, y para aunar la identidad española frente a los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, ante la polémica independentista. Incluso llegó a usarse al equipo como imagen de la llamada “marca España”, la internacionalización de las firmas comerciales y empresas españolas en el extranjero. Sin embargo, ese estudiado idilio no duró mucho: apenas un año después de aquel campeonato, en mayo de 2011 surgía el “movimiento 15-M”, y aquellos jóvenes que habían festejado el triunfo de la selección salían ahora a criticar a las instituciones y a los políticos que habían manejado el mismo en su propio beneficio. En otro campeonato muy anterior, el de Suiza 1954, la inesperada victoria en la final de la República Federal de Alemania frente a la favorita Hungría -que había derrotado a los germano-occidentales por 8-3 en la primera fase- sirvió para que la RFA, destrozada económicamente y con el trauma aún de ser señalada con el dedo por las atrocidades del nazismo, pudiera recomponer su orgullo nacional. “Este milagro, el futbolístico, supuso el pistoletazo de salida para el gran milagro alemán, el económico, que levantó a un país destruido y en ruinas hasta convertirlo en la primera potencia económica de Europa, además de incrementar el espíritu nacionalista y la autoestima en ese país” (Juanvi Savifont, “Fútbol es cultura: El milagro de Berna” 01/10/2013, en https://www.elfutbolesinjusto.com/hemeroteca/el-futbol-es-cultura-el-milagro-de-berna/).

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Fritz Walter (izquierda) y Ferenc Puskas, capitanes de la RFA y Hungría en el saludo protocolario antes del inicio de la final del Mundial de Suiza 1954.

Un milagro económico impulsado un año antes con la condonación por parte de los aliados occidentales de las deudas de guerra de la RFA, en aras de que la parte occidental del país no se viera superada económicamente por la socialista República Democrática Alemana (“Entretanto, del otro lado de la “cortina de hierro”, la República Soviética (URSS), pese al terror de Stalin, o precisamente por su causa, revelaba una pujanza industrial portentosa que transformó en pocas décadas una de las regiones más atrasadas de Europa en una potencia industrial que rivalizaba con el capitalismo occidental y, muy especialmente, con Estados Unidos, el país que emergió de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso del mundo. Esta rivalidad se tradujo en la Guerra Fría, que dominó la política internacional en las siguientes décadas. Fue ella la que determinó el perdón, en 1953, de buena parte de la inmensa deuda de Alemania occidental contraída en las dos guerras que infligió a Europa y que perdió. Era necesario conceder al capitalismo alemán occidental condiciones para rivalizar con el desarrollo de Alemania Oriental, por entonces la república soviética (sic) más desarrollada”. Boaventura de Sousa Santos, “El problema del pasado es no pasar: a cien años de la Revolución rusa”, 03/02/2017, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2017/02/03/el-problema-del-pasado-es-no-pasar-a-cien-anos-de-la-revolucion-rusa/).

Como hemos visto, el deporte y la política han sido compañeros a lo largo de los años en muchas ocasiones. El problema surge cuando el deporte se convierte en la puerta de entrada de otros actores y otras reivindicaciones políticas distintas a las oficiales o institucionales, y de cómo las autoridades manejan entonces el asunto.

EL “CASO ZOZULYA”: UNA RESPUESTA HABITUAL… Y MATICES NUEVOS

El caso de Roman Zozulya ha avivado esa llama en pro de la separación (imposible) entre el fútbol y la política. En el mercado invernal de fichajes de este año, este futbolista ucraniano, internacional con su selección, iba a ser cedido hasta final de temporada del Betis al Rayo Vallecano, militando actualmente en Segunda División y con ciertas dificultades (zona baja de la tabla clasificatoria). Ante la noticia, peñas y grupos de aficionados descubren que Zozulya está relacionado con los medios ultraderechistas de su país y los grupos paramilitares que, en el conflicto que está teniendo lugar en el este del país (región del Donbass, las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk), luchan en apoyo del ejército ucraniano frente a las milicias prorrusas, quienes cuentan con apoyo del gobierno de Moscú. Y todo esto por la propia actividad del jugador en las redes sociales.

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Mensaje de la afición del Rayo Vallecano en protesta por la incorporación de Roman Zozulya a la disciplina del club franjirrojo.

Entre estos grupos armados de ultraderecha se encuentran organizaciones como el batallón Azov (entre los que figuran los ultras de su antiguo club, los Dnepr White Boys del Dnipro, con cuyo emblema ha aparecido posando en fotografías en las redes sociales) o el Pravy Sektor. Los llamamientos de estos grupos no se han limitado a pedir ayuda y estimular el combate contra las fuerzas prorrusas y acabar con la insurrección (cosa que también desea el presidente ucraniano y magnate chocolatero Petro Poroshenko, aunque a través de un acuerdo entre las partes, formando parte del llamado “partido de la paz” frente a sus socios de gobierno como Arsenyi Yatsenihuk o el ultraderechista partido Svoboda, que forman parte del “partido de la guerra” -http://www.lamarea.com/2015/04/04/ucrania-tregua-por-agotamiento-economico/-). Podemos decir sin temor a equivocarnos que el ideario de estos grupos pasan por la eliminación física de todos aquellos que no sean “ucranianos étnicamente puros” -rusos, polacos, judíos, rutenos-, como demuestra su admiración por los ultranacionalistas -aliados de la Alemania nazi y culpables de delitos de lesa humanidad durante la SGM, como el asesinato de miles de polacos, judíos y comunistas- Stepan Bandera (nombrado héroe nacional por el gobierno de Victor Yushenko en 2010, lo que levantó ampollas entre países vecinos como Polonia y Eslovaquia, y que apareció rehabilitado en pancartas y carteles por Kiev durante las protestas del Maidán que hicieron caer al gobierno de Yanukovich en 2014) y su Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). La masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa, en la que murieron asesinadas 42 personas, o el prender fuego vivo a un partidario de los prorrusos demuestra que su modo de actuación no pasa en absoluto por respetar las convenciones de Ginebra. La presencia de estos grupos de ultraderecha, aunque minoritaria, resulta importante para el gobierno y el ejército de Kiev, por cuanto les dejan hacer, forman una minoría poderosa por estar armados o han sido formados en el seno de grupos políticos que no se declaran de ultraderecha (entrevista al periodista francés Paul Moreira, http://www.lamarea.com/2016/02/13/la-revolucion-de-ucrania-ha-engendrado-un-monstruo-que-va-a-ponerse-en-su-contra/)

La actividad de Roman Zozulya respecto a su apoyo a grupos de extrema derecha en Ucrania ha sido notoria, y ha sido la base para que una amplia mayoría de seguidores franjirrojos (contrariamente a lo difundido por la mayoría de medios de comunicación, al menos en un principio, no ha sido una acción “de acoso” realizada por Bukaneros, los ultras del club del sureste de la capital, sino que la oposición al fichaje ha procedido de amplios sectores de la afición franjirroja y también de otros ámbitos sociales del barrio) se oponga a la incorporación del jugador a la disciplina del equipo. No sólo es que haya aparecido con la mencionada insignia de los ultras del Dnipro o que se haya creado confusión a su llegada a España entre una camiseta que llevaba puesta con el  escudo nacional de Ucrania y que un periodista creyó era el logo del Pravy Sektor. Zozulya ha aparecido en fotos en las que bromeaba con su parecido físico con Stepan Bandera, el ya mentado líder ultraderechista y filonazi ucraniano -¿se imaginan cómo actuarían aquellos que claman por la inocencia y el respeto al jugador si un futbolista, pongamos para más inri vasco, bromeara sobre su parecido físico con Josu Ternera o Santi Potros?-. La fundación Narodna Armiya (Ejército Popular), que crea para recaudar fondos en ayuda a los grupos que combaten a las milicias prorrusas, ha colaborado con los ultras del Dnipro en el reclutamiento de voluntarios para el batallón Azov, y él mismo se ha involucrado en esa tarea apareciendo en videos de apoyo para este grupo, uno de ellos, animando a participar en una manifestación convocada por este grupo contra la “capitulación”. (http://m.ara.cat/opinio/Roman-Zozulya-Vallecas-no-es-lloc-per-a-nazis_0_1734426761.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-ucraniano-Vallecas-Rayo_0_1912608725.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-hace-video-canal_0_1916808328.html y http://.publico.es/sociedad/1987544/no-habra-nazis-en-el-rayo-vallecano).

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Roman Zozulya en el video del Batallón Azov, apoyando la manifestación contra la “claudicación” convocada por este grupo paramilitar.

Desde que se conoció el boicot de la afición rayista a la llegada de Zozulya a Vallecas, un sinfín de reacciones contrarias a la postura de los aficionados (que han llegado a ser tachados de analfabetos y “subnormales” por algún comentarista deportivo, como José Joaquín Brotons) y de solidaridad con el jugador comenzaron a surgir, además de la consabida consigna de “no hay que mezclar fútbol y política”. El presidente de la LFP, el mismo ultraderechista que trata de ilustrar a los ciudadanos de España para justificar su apoyo y adhesión a los ideales de Fuerza Nueva diciendo que “la gente no sabe lo que es Fuerza Nueva” (pásmense: ahora no sabemos quiénes fueron los asesinos de Atocha o de Yolanda González) anuncia una querella contra varios miembros de Bukaneros que el día de la llegada de Zozulya para firmar su incorporación al equipo insultaron e increparon al jugador (en cambio, la misma LFP nunca ha presentado querella alguna contra grupos como el Frente Atlético por el asesinato de dos hinchas, uno de la Real Sociedad y otro del Deportivo de la Coruña, cosa más grave que un insulto).

Se ha hablado de manipulación de las pruebas para emitir un juicio sobre la filiación ultraderechista del jugador, cosa absurda por cuanto no es una sino varias las fotos, además de un video, y por si fuera poco todos hemos podido comprobar por las cámaras de TV como el muchacho tenía las pocas luces de recibir obsequios de y dejarse fotografiar con los ultras de extrema derecha del Betis, a su vuelta a Sevilla, “con la que está cayendo”, que dirían nuestras abuelas (http://sareantifaxista.blogspot.com.es/2017/02/ultras-neonazis-recibieron-con.html?m=1).

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Roman Zozulya, a su llegada a Sevilla tras su frustrada cesión al Rayo Vallecano, fue recibido por los ultras de extrema derecha del club verdiblanco, Supporters Gol Sur, con quienes se fotografió y de quienes recibió una camiseta del grupo.

Se ha hablado (El País y una página web irónicamente llamada Stopfake) de que “la propaganda rusa” ha manipulado convenientemente las pruebas para frustrar el fichaje de un jugador ucraniano con una clara actitud patriótica -al parecer, el único delito del muchacho sería el de amar mucho a su país y donar dinero para sus fuerzas armadas y para los niños afectados por el conflicto, tratando de convertirlo en una suerte de filántropo maltratado por la desinformación del Kremlin- por un equipo dominado por la extrema izquierda y el rojerío más rancio y criptocomunista. ¡Cómo si los servicios de inteligencia o las agencias de prensa o quién quiera que sea de Rusia no tuvieran otra cosa que hacer que meterse en el mercado de fichajes del fútbol de España! Y justo ahora, no cuando el jugador se incorporó a la disciplina del Betis.

Se ha hablado de que no entendemos la situación de Ucrania y por lo tanto cualquier opinión emitida al respecto estará contaminada por juicios de valor que no pueden aplicarse al contexto político y al enfrentamiento bélico que está teniendo lugar en el este del país. Por supuesto, ni Ucrania ni el Donbass ni Rusia son en este sentido un dechado de virtudes, ni creo que puedan alzarse como antiguas luchas del pasado que levantaron pasiones y solidaridad internacionales (la República Española -aunque algunos militantes españoles hayan acudido al Donbass tratando de rescatar la bandera del internacionalismo antifascista de las Brigadas Internacionales-, el Congo de Lumumba, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista). Pero aun con esta compleja realidad y la adhesión que pueda despertar en Occidente la causa de Ucrania, sea por amistad hacia Kiev, enemistad hacia Moscú o el mantenimiento de las fronteras e integridad de los estados (y depende, pues ya hemos visto que sí se ha reconocido la independencia unilateral de Kosovo), no es de recibo que desde los aliados europeos se haga la vista gorda sobre esa ultraderecha en la que se apoyan los amigos de Kiev (¿acaso está aislada Ucrania, sin aliados externos como la Unión Europea?, ¿sus amigos de las democracias occidentales de la OTAN no pueden -es un suponer- intervenir en su favor y ha de depender de fascistas y neonazis? Aquí nos encontramos con dos contradicciones, como revela el periodista Paul Moreira: la primera es que tras la revolución del Maidan el gobierno salido de la misma, que se suponía democrático -al menos más que Yanukovich-, pro-europeo y pro-occidental, no da en la realidad esa impresión, sino que convive con la ultraderecha en su gabinete y en influyentes círculos sociales y militares; y dos, a la UE y la OTAN no les importa en absoluto, mantiene su alianza con Ucrania escurriendo el bulto, sin exigir cuentas a Kiev y achacando cualquier información sobre el asunto a intoxicaciones moscovitas). Ni que como ciudadanos tengamos que tolerar lo que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos, cuando se trata de injusticias, y relativizar el fascismo -que debemos recordar, en España y en Europa fue el causante de una guerra con centenares de miles y millones de muertos respectivamente, además de una política de genocidio y un intolerable ideario de razas superiores e inferiores y de expansión territorial- cuando quien se sirve de él es un país amigo. Además, puede que hoy sea Rusia o los prorrusos los que se vean derrotados, cosa que celebraremos, pero mañana pueden ser otros grupos étnicos y otros países (http://cronicashungaras.blogspot.com.es/2010/01/asi-se-hacen-los-heroes-sobre.html?m=1) y quizá nos arrepintamos de ese apoyo y de esa compunción por gente como Roman Zozulya.

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Ante la polémica y la identificación de la protesta con el sector más radical de la afición franjirroja, el grupo Bukaneros, peñas del Rayo y colectivos sociales de los distritos de Puente y Villa de Vallecas se vieron obligados a difundir un segundo comunicado para aclarar que el rechazo a Zozulya era mucho más amplio de lo que se había difundido en los medios.

Otros argumentos -que si no han circulado por los medios, sí lo han hecho por las redes sociales- han sido más disparatados aún, y han consistido en la presentación de Zozulya y de la causa de los ultraderechistas ucranianos en una suerte de combate entre fascistas y comunistas ante el que la mejor muestra sería la de permanecer neutral. De ese modo, no hay motivo para darle la razón a Bukaneros (nuevamente, se entra en el juego de reducir y minusvalorar la protesta de la afición rayista circunscribiéndola de forma falsa a la de este grupo) si, como ya sabemos, “fascismo y comunismo son igual de repugnantes”, etc. Partiendo de la base de que Rusia y los prorrusos del Donbass no son comunistas (aunque busquen una conexión con algunos aspectos de la época de la URSS en aras de conectar con un pasado tenido por glorioso y con formas de vida y de sociedad que juzgan oportunas de recobrar), poner al mismo rasero fascismo y comunismo no es de recibo. Ya me ocupé de ello en un artículo en este mismo blog (ver artículo “De dictaduras”), en el que trataba de señalar cuán diferentes eran los aspectos teóricos en los que se apoyaban los regímenes fascistas y de “socialismo real”, aunque no fueran tan diferentes en sus aspectos prácticos, así como en la evolución que mostraron muchos comunistas del Este de Europa en favor del socialismo democrático (por no referir la evolución de los comunistas de Occidente hacia el eurocomunismo), mientras que encontrar no ya una persona que lo defendiera, sino el concepto mismo de “fascismo democrático” es poco menos que una contradicción. El pensador católico progresista francés Emmanuel Mounier -que se puede considerar antecesor del espíritu que alumbró la Teología de la Liberación en la segunda mitad del siglo XX- afirmaba a este respecto que “el universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas” (http://m.deia.com/2016/05/31/opinion/tribuna-abierta/eskerrik-asko-emmanuel-mounier). Según señala José Manuel Bujanda en ese artículo, “Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente […] comprometido con lo social y abierto a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente…” Esa capacidad para discernir entre fascismo y comunismo es la que al parecer está hoy ausente entre nuestros opinadores. Y recordemos que Mounier vivía en la época de las purgas de Stalin y del pacto Molotov-Ribentropp, así que no era ignorante respecto de los horrores de que eran capaces quienes decían actuar en nombre del comunismo y la revolución.

Sorprenden los déficit de nuestra democracia -la española y la occidental en general- al ver que sea capaz de mostrar una sorprendente contundencia y rapidez de actuación ante la amenaza del terrorismo yihadista, pero observe tanta permisividad en el caso del fascismo (salvo en el caso de Alemania, por el trauma que le supuso ser el país donde surgió la doctrina nazi, y aún así existen casos en el propio país germano de pasada impunidad con criminales nazis, en la época de la pequeña República Federal, cuando estos formaron parte de la administración, el ejército o los servicios de inteligencia del país).
Así, a raíz de lo ocurrido con Zozulya, debemos recordar que en España nadie se ha preguntado por la seguridad de la familia y la posibilidad de que sean insultados o vejados los familiares de un detenido por pertenecer a células terroristas, intentar captar adeptos para el ISIS, por enaltecimiento del terrorismo o humillación a las víctimas, ni tampoco hayan surgido voces que clamen por proteger el derecho al trabajo de los detenidos o encausados por este motivo (y todos recordamos casos de humillación a las víctimas que han sido de lo más estrambóticos, por decirlo suavemente, como el hecho de que una joven tuitera pueda pasar por la cárcel y padecer años de inhabilitación por contar unos chistes que se vienen haciendo “desde el año de Maricastaña” sobre la muerte en atentado del presidente del gobierno de la dictadura franquista, Luis Carrero Blanco, y pese a que la propia hija del fallecido ha quitado hierro al asunto). Sin embargo, en el caso de Roman Zozulya, todo han sido consideraciones por parte de la Liga de Fútbol Profesional, la Asociación de Futbolistas Españoles, los medios de comunicación de mayor difusión y hasta la política, con el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido saliendo a la palestra para defender al jugador frente a lo que todos ellos han calificado como una “campaña de acoso” (cuando lo más cercano a un acoso ha sido un grupo de hinchas llamándole “fascista” e “hijo de puta” con firmeza pero sin actitud violenta y una pancarta en la Ciudad Deportiva del Rayo el día en que acudía para firmar su contrato; hay árbitros de categorías inferiores que podrían hablar de lo que es acoso, sentir miedo de verdad o una agresión en toda regla sin que el mundo del fútbol y del periodismo deportivo les haya prestado ni la décima parte de atención que la prestada al “caso Zozulya”- ejemplo: https://.eldiario.es/norte/euskadi/Quiero-arbitra-dejan_0_607890148.amp.html). Incluso la alcaldesa de Madrid, la otrora progresista Manuela Carmena, ha llegado a declarar que la protesta sólo es de un grupo y no del conjunto de los aficionados (… y dale la burra al trigo), mostrando como tantos otros su desconocimiento absoluto sobre el tema, y que son los tribunales y no “la masa” o una minoría la que ha de decidir sobre el comportamiento del futbolista. Sorprende que se refiera hoy de ese modo despectivo a “la masa”, pues fue ese impulso de “la masa” madrileña la que le dio el bastón de mando del ayuntamiento. Sus propios compañeros de Ganemos Madrid en el equipo de gobierno se han encargado de recordarle la incoherencia de sus palabras con respecto al “caso Zozulya”, pues pocos días antes el ayuntamiento se negó a personarse en la querella argentina contra el franquismo, al contrario de lo que han hecho Barcelona, Zaragoza o Pamplona: “Para nuestra querida alcaldesa los crímenes contra el franquismo no deben resolverse en los tribunales, el nazismo, sí” (http://www.eldiario.es/madrid/Carmena-alguien-condenar-Zozulya-tribunales_0_612789035.html).

Ni que decir tiene que también lo han hecho sus compañeros del Betis, con mensajes a través de los micrófonos y en camisetas que rezaban “todos somos Zozulya”. Ninguno de ellos tuvo la genial idea, como explica Carlos Hernández en eldiario.es (http://www.eldiario.es/zonacritica/futbol-apolitico-neonazis-machistas_6_610398971.html), de mostrar su solidaridad con la novia de su compañero Rubén Castro, agredida por este, ni condenar los gritos de sus ultras de extrema derecha del equipo, los Supporters Gol Sur, que aplaudieron la agresión machista y llamaron puta a la mujer. Tampoco hubo querella criminal de Tebas contra el grupo, se ve que por la poca consideración que el presidente de la Liga tiene hacia el cuerpo femenino (sus lamentables declaraciones recogidas por “Sport” haciendo gala de su fe ultraderechista en las que se pronuncia contra el aborto y la voluntad de la madre así lo demuestran). El periodista ponía además el dedo en la llaga sobre la hipocresía que supone afirmar cuándo el fútbol ha de ser política y cuándo no según la conveniencia de las propias autoridades e instituciones, cuya presencia en los palcos de los estadios y el conflicto de intereses entre éstas y los empresarios que son propietarios de los clubes (escándalo del ático de Marbella de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y la implicación en él de Enrique Cerezo, presidente del Atlético; contratos de obra pública y constructores como Florentino Pérez, dueño de ACS y presidente del Real Madrid CF…): “Cualquier futbolista, faltaría más, puede pensar lo que le venga en gana; otra cosa bien diferente es que utilice la fama que le ha brindado este deporte para difundir ideales contrarios a la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Si el fútbol sólo fuera fútbol, como dicen los que defienden a Zozulya, no tendría sentido la prohibición de exhibir en los estadios símbolos fascistas; si sólo es un deporte, ¿por qué se ha adoptado en todas las competiciones el lema “Respeto, no al racismo”?; si hay que alejar este espectáculo de la política, ¿por qué se recurre a subvenciones municipales para salvar equipos en ruina, a “papá Estado” para crear espacios de privilegio fiscal y a La Roja como referencia de la Marca España?”

Así, nos encontramos con una situación en la que recaudar fondos para material para batallones fascistas, fotografiarse junto a miembros de los mismos y grabar vídeos para captar adeptos para los mismos, hacerse unas risas junto a retratos de líderes colaboracionistas del III Reich sale no ya gratis, sino que despierta una ola de solidaridad si alguien osa decir que eres precisamente lo que pareces, un fascista que hace apología del propio fascismo. Cosa bien distinta, por un incomprensible arte de birlibirloque, que fotografiarse y grabarse en un video haciendo campaña para reclutar voluntarios para la yihad o recoger firmas para pedir el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco y Navarra -que si bien no es delito, si puede hacer que te caiga la del pulpo en los medios de comunicación de la derecha, como le pasó a un ex rayista precisamente, Mikel Labaka, aunque pidiera exactamente lo mismo que la viuda de un concejal asesinado por ETA-. Y al parecer también es distinto, sea social y/o penalmente, que tuitear un chiste de Carrero Blanco de los que contaban nuestros padres en la barra de un bar -parecidos a uno que se escucha sobre Honecker en una película galardonada con el Oscar sobre el espionaje de la RDA a los ciudadanos considerados desleales-, manifestarse contra los despidos masivos de la factoría de Airbus en Getafe o ir a combatir al Estado Islámico junto a las milicias kurdas en el noreste de Siria. Es necesario acabar con esa situación y recobrar el espíritu antifascista de la democracia, librandonos de ese lastre que es la equidistancia entre fascistas y antifascistas y el funambulismo verbal con el que nuestros políticos y medios juegan para criminalizar toda la protesta contra la extrema derecha y lo que se salga del juego político, que además (y en España lo comprobamos continuamente) acaba por beneficiar a las fuerzas ultraderechistas (sobre la naturaleza antifascista de la democracia, léase “Democracia y antifascismo” del profesor Andrea Greppi, en Rafael Escudero y José Antonio Martín Pallin(eds.), “Derecho y memoria histórica”, Madrid, Trotta, 2008).

FÚTBOL Y ANTIFASCISMO: UNA ALIANZA NECESARIA

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“Solidaridad con los aficionados antifascistas de Europa del Este”. “Tifo” realizado por los Schikeria del Bayern Múnich.

Esta actitud de connivencia con el fascismo (y que ha servido para que partidos de ultraderecha ganasen espacio en toda Europa mediante un discurso basado en la explotación del miedo al extranjero y al diferente, hacer recaer en ellos el mito falso de la culpabilidad de la crisis y en que son los mayores receptores sin merecerlo de las ayudas sociales y servicios del Estado de Bienestar -causando el consabido recorte de las prestaciones- y en la limitación o directamente supresión de la democracia para corregir el desorden actual) recuerda la actitud imprudente de contemporización que mantuvieron las democracias occidentales en la etapa de entreguerras. Con motivo de la Eurocopa de Francia del pasado año, fueron varios los grupos de hinchas -tanto de selecciones como de clubes- que denunciaron en un comunicado la actitud cómplice de los clubes con los grupos ultras neonazis, y todo ello en medio de la polémica sobre expulsiones de selecciones y de medidas contundentes contra los seguidores que entonces causaron diversos altercados en varias ciudades del país. Según denuncian, a los clubes de les da muy bien ocultar a la UEFA (o a la asociación europea del fútbol muy mal detectar) la actitud connivente con los aficionados de extrema derecha en la competición doméstica, frente a las sanciones que van en perjuicio de todos los aficionados del club y la posibilidad de denunciar las actitudes y la violencia racista que pueda producirse en el estadio por parte del resto de aficionados. Así, denuncian que ha pasado lo siguiente:

“En particular los clubes “sospechosos habituales”, razón por la que en principio se endurecieron las reglas, han reaccionado de tres maneras principalmente:

  1. Culpar al mensajero (el vigilante de antirracismo que denuncia el incidente o los grupos de aficionados dentro del estadio activos contra el racismo) o a UEFA, conduciendo cazas de brujas públicas contra ellos mientras siguen sin reconocer el problema real. Empoderando a los racistas que causan el incidente que se unen encantados a la cacería.
  2. Muchos han intentado llegar a acuerdos secretos con los aficionados (racistas) para que “se estén quietos” en partidos europeos a cambio de incrementar sus privilegios en la competición liguera. Empoderando a los racistas que se aproximan al club mientras el resto de aficionados son marginados cada vez más.
  3. El club reubica a los aficionados en otras partes del estadio y prepara algunas actividades contra el racismo de cara a la galería vendiéndolas en público como iniciativa de los aficionados. Los racistas siguen dentro del estadio realizando actos racistas, solo que en un lugar diferente, mientras que los aficionados no racistas o antirracistas no se sienten seguros ni empoderados para iniciar sus propias actividades.

Y afirman que “creemos que la responsabilidad social del fútbol en esta importante área y la más importante aun de las entidades que gobiernan nuestro deporte, deberían ir más allá de proveer imágenes artificialmente aceptables o superficiales para la televisión o el público en general sino que deberían hacer una aportación sostenible para erradicar el problema de la discriminación en nuestro deporte directamente a nivel de los clubes” (http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4311/). El comunicado está firmado por más de cien entidades europeas de hinchas antirracistas, anithomófobos -muchos de ellos son grupos de aficionados LGTB- y contra otras formas de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual… agrupadas en la iniciativa Football Supporters Europe (el listado puede verse en el enlace).

Por este motivo, el caso de Zozulya nos recuerda que las protestas no sólo antifascistas y antirracistas sino las reivindicaciones sociales están presentes en las gradas -también lo han estado en el terreno de juego- en muchos puntos de Europa y del mundo. Es un espacio que, a pesar de que -como nos recordaba el profesor Santos al comienzo- quiera hacerse pasar como “no político”, el choque entre la popularización y democratización alcanzada por el fútbol desde el primer tercio del siglo XX y su mediatización por sectores no sólo de la política institucional para sus intereses, sino también por sectores poderosos económica y socialmente (la entrada de millonarios globales, fondos de inversión, etc. en la propiedad de equipos convertidos en empresas) para fines de lucro o especulativos, ajenos a los valores de identidad y de comunidad que se suelen asociar a un club (y al barrio, pueblo o ciudad en que se inscribe el mismo) ha causado este tipo de protestas y el surgimiento del mensaje “No hay que mezclar el fútbol -y por extensión el deporte- con la política”. En un contexto como el actual, en el que las voces contra los refugiados, el Islam, los homosexuales, los migrantes se hacen oír cada vez con más fuerza al calor de la “guerra eterna contra el terror” y la crisis del capitalismo, haciendo responsable al pobre de fuera y no al rico global de la misma, el antifascismo tiene que ganar espacio, en las instituciones y en la sociedad. Y el fútbol tiene que participar de esa conquista de espacio.

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Homenaje realizado por los aficionados del FC Red Star a su antiguo jugador Rino Della Negra, miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi.

Esa intención de encerrar el deporte en una burbuja aséptica es en cierto modo reciente. La historia está llena de casos de equipos, de jugadores y de aficiones que se han identificado con el antifascismo, la democracia o la lucha popular contra las injusticias y la tiranía. Si en otros ámbitos deportivos ha pasado a la historia el caso del boxeador Mohammed Alí negándose a combatir en Vietnam y siendo un referente de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, la protesta llevada a cabo por los atletas estadounidenses Tommi Smith y John Carlos en los juegos de México 1968 con el puño cerrado con un guante negro (símbolo del poder negro) en el podio o el eco que supuso la huida de la gimnasta Nadia Comaneci de Rumanía en los últimos estertores de la dictadura de Ceaucescu, el fútbol no ha sido una excepción, tanto con personas anónimas como con personalidades relevantes. En España, el Júpiter -el llamado “equipo de los anarquistas” barceloneses- y el Martinenc, dos históricos del fútbol catalán, formaron parte junto con otras entidades sociales y deportivas, del Comité Catalán pro Deporte Popular (CCEP, por sus siglas en catalán), que se encargará de llevar adelante la Olimpiada Popular de 1936, y clubes como el propio Júpiter, el Levante FC, el Unión Sporting de Vigo, el Madrid FC o el FC Barcelona fueron identificados antes de la dictadura franquista con los ideales republicanos o nacionalistas de sus respectivas nacionalidades, motivo por el cual sufrieron diferentes grados de represión tras la victoria sublevada en 1939, desde la fusión con clubes más adictos a la causa (caso del Levante) hasta una depuración general de sus directivas o acuerdos de filiación (el Júpiter pasó a ser filial del Espanyol, enemigo ideológico y de clase) y hasta intentos de cambio de nombre de la entidad (caso del Barcelona, existiendo un intento de llamarlo España).

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El FC Sankt Pauli de Hamburgo es uno de los clubes más identificados con las causas de izquierda en el mundo.

Fuera de nuestras fronteras, hay que destacar los casos del Corinthians brasileño, donde militó el famoso Sócrates (conocido por su doctorado en Filosofía y su militancia izquierdista), bastión futbolístico contra la dictadura militar brasileña y cuya hinchada mantiene el mismo nivel reivindicativo de antaño contra las injusticias sociales (http://www.panenka.org/miradas/corinthians-siempre-corinthians/); el Red Star parisino, club de la barriada de Saint Ouen identificado fuertemente con el antifascismo, el multiculturalismo y la izquierda (fundado por el viejo presidente de la FIFA Jules Rimet, como un intento de popularizar el fútbol, y que vivió su época dorada en los años veinte y treinta del pasado siglo, el “Etoile Rouge” es el equipo del presidente socialista François Hollande y su fiel y combativa hinchada rinde homenaje a dos héroes de la Resistencia muertos a manos de los nazis: el doctor Jean-Claude Bauer -que da nombre al estadio del club- y Rino Della Negra, futbolista del equipo en los años treinta, hijo de italianos exiliados del régimen de Mussolini – https://www.elfutbolesinjusto.com/reportajes/red-star-el-viejo-comunismo-vuelve-al-futbol-moderno/) o el FC Sankt Pauli alemán, qué, ubicado en un barrio alternativo y contracultural de la ciudad de Hamburgo, tiene una larga trayectoria de militancia, a nivel de club y de afición, en causas progresistas: contra el racismo, el nazismo , la homofobia, el sexismo, en pro de los refugiados o contra la mercantilización del fútbol. Esa imagen de club combativo e incluso marginal (no es raro ver entre sus fans o incluso en tiempos entre sus jugadores gente de estética punk o ska) le ha hecho ser, pese a que ha militado la mayor parte del tiempo en categorías inferiores del fútbol alemán, uno de los equipos más populares internacionalmente, con fans incluso en Sudamérica (http://highbury.es/2016/st-pauli-la-vida-pirata-la-vida-mejor).

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Protesta con banderas palestinas de la hinchada del Celtic FC en un partido de Champions contra el Hapoel Ber Sheeva israelí.

Tanto equipos (aunque un poco a remolque) como hinchas han tomado conciencia en tiempos recientes de la importancia de movilizarse en favor de causas sociales contra la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia y otras iniciativas como contra la islamofobia, el rechazo de la inmigración o las luchas de colectivos vecinales, de trabajadores o internacionales, lo cual no siempre ha sido del gusto de las autoridades políticas y deportivas, dado que en ciertos casos se sale de la línea habitual propugnada por la asociaciones continentales o la FIFA. A comienzos de la presente temporada futbolística, hinchas del Celtic FC escocés, mostraron en un partido de la ronda previa de la Liga de Campeones en su estadio frente a los israelíes del Hapoel Ber Sheeva  banderas de Palestina en protesta por la ocupación y la política del gobierno de Israel hacia los territorios y la población palestinos, y han promovido una recogida de firmas solicitando al cantante Rod Stewart, conocido fan del equipo, cancelar sus conciertos por el país. Sobre el Celtic ha sobrevolado, por este motivo, la sombra de la sanción al club. Más reciente aún es el apoyo mostrado por la plantilla del Algeciras CF, de la Tercera División española, a los estibadores del puerto de la localidad, en conflicto con el gobierno de España -del Partido Popular (derecha)- por la aplicación de las normativas de la UE en materia de liberalización del sector, siguiendo la estela de Robbie Fowler y Steve McManaman, en sus tiempos de jugadores del Liverpool, mostrando su apoyo con camisetas a los trabajadores portuarios de la ciudad inglesa, motivo por el que fueron reprendidos por la organización europea del fútbol. El propio Rayo Vallecano (de ahí la incoherencia de su presidente a la hora de fichar a Roman Zozulya como una decisión unilateral) y su grupo Bukaneros se ha destacado por la protesta y la reivindicación: contra los horarios del fútbol, ya incluso en su anterior militancia en Segunda y Primera División -motivo por el que Bukaneros llegó a estar una primera vuelta entera en “huelga de animación”-, contra el deshaucio de una anciana vecina del distrito, a favor de los derechos del colectivo LGTBI -en su segunda equipación, la franja roja se convierte en una franja arcoiris- o con la organización por parte de Bukaneros de las jornadas contra el racismo, en las que llegó a participar el fallecido y carismático exguardameta del equipo y de la selección de Nigeria Wilfred Agbonavare, y su participación en el Mondiali Antirrazisti de Italia, donde participan hinchadas de diversos países de Europa y del mundo (http://www.mondialiantirazzisti.org/new/).

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“Tifo” de Bukaneros en solidaridad con la vecina de Vallecas deshauciada y a quien el club ayudó ante su situación.

A raíz precisamente de esa mala reputación que se quiere promover de la protesta “políticamente incorrecta” y de los mensajes genéricos que patrocina la UEFA, y que como denuncia Respect Fans! se quedan en agua de borrajas a la hora de desterrar de las gradas a los ultras de extrema derecha, uno de los ejemplos más rocambolescos de censura y represión de la misma nos lo encontramos en Turquía. La subida al poder del Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, ha traído consigo -especialmente desde el golpe de estado fallido de junio de 2016- una oleada de represión sobre los movimientos opositores, especialmente aquellos identificados con las minorías nacionales existentes en la República, como los kurdos o los armenios, cuya existencia no ha sido precisamente tranquila en el moderno estado turco. Çarşı (que en turco significa bazar), el grupo de fanáticos del popular (en las dos vertientes del término, dado que también es el club de las clases trabajadoras) club de fútbol estambuliota del Beşiktaş, han llegado ha ser incluidos en la lista negra de enemigos del estado, acusados de terrorismo y conspiración contra el régimen.

El motivo fue el especial protagonismo del grupo en las protestas que en mayo de 2013 tuvieron lugar en la antigua capital otomana por la construcción por parte de las autoridades turcas, en el emblemático parque Gezi, de una réplica de un cuartel de la época del imperio. Buena parte de la población de la ciudad se echó a la calle a protestar por tal barbaridad, que no sólo significaba la desaparición de este espacio verde sino que figuraba en la estrategia de los islamistas del AKP de entroncar a la moderna Turquía, fundada por Atatürk sobre los pilares del republicanismo, la occidentalización y el laicismo (bien que con altas dosis de autoritarismo que se han ido repitiendo con el paso del tiempo en las numerosas cortapisas a la democracia y las intervenciones militares en la política nacional), con el pasado imperial, en el que la religión y la expansión territorial eran parte de una gloria que muchos -y no sólo en el AKP- tienen aún en mente, en una suerte de ideal de la “Gran Turquía”.

El final de las protestas -que causaron 8 muertos y 8000 heridos- conllevó la búsqueda de chivos expiatorios por el ultraje de haber triunfado, y Çarşı ofrecía una oportunidad de oro para ello. Su carácter izquierdista (en sus banderas pueden verse desde a Atatürk al Che Guevara, pasando por el anarquismo), su vinculación con causas sociales diversas como el veganismo, la distribución de ayuda a los desfavorecidos, el apoyo a las minorías kurda o armenia (“cuando hay una injusticia, estamos siempre del lado de quien la sufre: armenios, kurdos, animalistas, LGBTI, feministas…”, declara Cem Yakışkan, fundador y líder del grupo) y el hecho de que ya en el pasado hubieran participado en protestas contra obras de carácter megalómano, como la de una presa en Hasankeyf que causaría la destrucción de una ciudad antigua. Las protestas, que por una vez y sin que sirva de precedente fueron capaces de unir a los hinchas de los tres principales equipos de Estambul – Beşiktaş, Galatasaray y Fenerbahçe- han llevado a la acusación por “intento de golpe de Estado” a los hinchas del primero (con peticiones de penas que iban de los 3 años de cárcel a la cadena perpetua), acusación calificada como “farsa ridícula” por Amnistía Internacional, que denuncia la arbitrariedad y brutalidad del sistema penal turco (un miembro de la OTAN y fiel aliado de Occidente). Yakışkan afirma que “Nosotros nos reíamos de la situación porque no podíamos llorar. El juez me dijo, ‘estás aquí por intento de golpe de Estado’. Yo le respondí que si tuviéramos tanto poder como para hacer un golpe de Estado, lo habríamos usado para hacer campeón al Beşiktaş”. Al final, aunque los 35 de Çarşı fueron absueltos, la sentencia fue recurrida en el Tribunal Supremo (https://sports.vice.com/es/article/carsi-grupo-hinchas-anarquistas-gobierno-turquia-acusa-).

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Hinchas de los tres principales clubes de Estambul, unidos durante las protestas en el parque Gezi.

Quizá sea Alemania el país que más se ha destacado, a nivel federativo, de clubes y de hinchadas por la erradicación del simbolismo y los comportamientos neonazis. La importancia de este hecho radica no sólo por su historia pasada, sino porque en el presente, el auge de la extrema derecha xenófoba, con movimientos como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y el partido AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), movimientos ciudadanos y sociales como los que se expresan a través del deporte y de los grupos de animación en las gradas germanas son esenciales para erradicar una preocupante tendencia al alza, no sólo en el Este -la zona de la ex RDA se convirtió tras la reunificación en un “semillero de fascistas”, como han expresado algunos comentaristas-sino también en el Oeste. Y, sin embargo, tanto en el Este como en el Oeste el movimiento antirracista y antineonazi está en marcha. La simbiosis entre las iniciativas de las hinchadas y las de las instituciones se ve acentuada porque en el país teutón los clubes, además, se rigen a través de un modelo distinto al de otros países del continente como España, Portugal o Reino Unido, donde el modelo de negocio capitalista (magnates, fondos de inversión, sociedades anónimas deportivas) es el que triunfa. “Los clubes del fútbol alemán tradicionalmente han pertenecido a sus socios, quienes poseen la mayoría de las acciones en el ente que controla el equipo. La excepción más conocida hasta ahora había sido la del Wolfsburgo, que pertenece a la fabricante de automóviles Volskwagen, pero en este caso se hace referencia a un club que nació impulsado por los trabajadores de la compañía antes de la Segunda Guerra Mundial” (“Enemigos del fútbol”, cómo el RB Leipzig se convirtió en el club más odiado de Alemania-http://www.bbc.com/mundo/deportes-38894503).

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“Bella Unión sin nazis”. Pancarta del 1.FC Union en su estadio del distrito berlinés de Köpenick.

Clubes como el Rott-Weiss Essen (http://www.media-sportservice.de/2016/11/23/rot-weiss-essen-zehn-jahre-kick-racism-out/), el Arminia Bielefeld (http://www.arminia-ist-mehr.de/projekte/courage/), el Borussia Dortmund, el Dynamo Dresde o el Unión Berlín (https://www.facebook.com/SEoN.FCU/) han desarrollado en su propio seno proyectos para instruir a fans, especialmente de las nuevas generaciones, y futbolistas de la cantera en los valores de integración y respeto. Algunos de ellos cuentan con agrupaciones de fans homosexuales, como los Monaco Queers del Bayern Múnich, los Blaue Bengels del Arminia, los Rainbow Borussen del Dortmund, o asimismo integradas en la iniciativa antirracista europea Respect Fans, como los Eiserner VIRUS del Unión Berlín o los Navajos del Colonia. Y algunas de sus iniciativas han sido de lo más variopintas e imaginativas, no sólo a nivel de conferencias o actividades deportivas integradoras. Entre ellas destaca la formación del club de refugiados FC Lampedusa en Hamburgo, patrocinado por el FC Sankt Pauli; la presentación de una iniciativa por parte del Borussia Dortmund, “Kein bier für rassisten”, para no servir alcohol en los bares de la ciudad a quienes mantengan actitudes xenófobas y discriminatorias (http://www.bvb.de/News/Uebersicht/Kein-Bier-fuer-Rassisten); o la impresión de una equipación oficial del Dynamo Dresde (ciudad en la que además hay que situar las mayores manifestaciones de los xenófobos de Pegida) con el lema “Love Dynamo, hate racism”.

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Hinchas del Werder Bremen muestran su apoyo a los refugiados en las gradas del estadio de la ciudad hanseática.

Hinchadas de Alemania, además, como las del Werder Bremen, Carl Zeiss Jena, Babelsberg 03, Borussia Dortmund o Bayern Múnich, han mostrado en sus graderíos pancartas de apoyo a la acogida de refugiados (http://www.netz-gegen-nazis.de/beitrag/refugees-are-welcome-here-fussball-verbindet-10456), siguiendo con su línea habitual de compromiso social o en algunos casos, como en Jena (localizada en Turingia) o en Potsdam (Brandenburgo, localidad donde radica el “espartaquista” Babelsberg 03, conocido como el Sankt Pauli del Este), ambas en el territorio de la antigua RDA), exponiéndose al rechazo por parte de los fuertes movimientos neonazis locales.

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La Südkurve del FC Carl Zeiss Jena con una pancarta en apoyo a los refugiados en su estadio, el Ernst Abbe Sportfeld.

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Jugadores del Dynamo Dresde posan con la camiseta sacada por el club con el lema “Ama al Dynamo, odia el racismo”.

CONCLUSIÓN: ¿GOL EN EL CAMPO, PAZ EN LA TIERRA?

Es cierto que muchas veces los grupos ultras de fútbol de ideología izquierdista y antifascista no tienen un comportamiento muy ejemplar a la hora de defender sus causas, y que han causado en muchas ocasiones escenas que a nadie gusta ver cuando acude a un estadio de fútbol ni en él ni en los aledaños del mismo. Muchas veces se han presenciado peleas multitudinarias y altercados con grupos rivales no necesariamente de equipos con los que se mantenga una gran rivalidad deportiva, sino precisamente por estar en las antípodas ideológicas, o con grupos políticos como en España el Hogar Social -conocido por su recogida y distribución de alimentos única y exclusivamente a los naturales del país-. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar que esa lucha no puede ser únicamente realizada por un grupo de personas agrupadas en torno a una bandera ideológica, la pertenencia a un barrio o ciudad con una idiosincrasia y valores particulares y/o los colores de un club de un club deportivo, mientras el resto se cruza de brazos, limitándose a mover la cabeza con gesto de reprobación y a repetir consignas manidas y falsarias como “todas las ideologías son respetables” (falso: como dijo el profesor Reig Tapia, todas las personas son respetables, nadie puede acabar con su vida, atribuirse un fuero sobre ellas, etc. pero NO todas las ideologías son respetables: por esa regla de tres, se podría legalizar un partido o una organización que propusiera la corrupción de menores o el canibalismo), “ésas no son formas” (lo sabemos, pero ¿qué hacer cuando el resto de la sociedad y los poderes públicos consienten la presencia pública y la impunidad de quienes hacen apología de la dictadura, la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, las formas más diversas de discriminación, como la Fundación Nacional Francisco Franco, HazteOír, Pegida, Alternative für Deutschland, Lega Norte, el Front Nationelle, Amanecer Dorado, etc.?, ¿qué mayor violencia, por invisible y blanda que sea, que la que expresaba Almeida Garrett y repetía José Saramago en “Levantado del suelo”:  cuántos individuos deben ser condenados “a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”? y sobre todo “no hay que mezclar el deporte con la política”, cuando a todas luces el deporte es usado por los poderes constituidos y los fácticos para sus propios intereses.

Cuanto más aislados y despreciados se encuentren quienes plantean un modelo de sociedad excluyente, que odie la diferencia, que practique el culto a la violencia y la sangre y conciba la existencia de seres superiores e inferiores -por cuestión de raza, género, identidad sexual, etc.- y explote a sus semejantes y a la Tierra en beneficio de una minoría rica, menos necesidad habrá de que unos pocos individuos, tenidos también por aislados y marginales, tengan que salir a “darse de hostias” con quienes defienden aquellas ideas. Porque, por desgracia, los primeros no se encuentran tan solos -y el caso Zozulya y las muestras de apoyo recibidas por el jugador así lo demuestran- ni parecen ser tan pocos como pueda aparentar un primer vistazo.

Lejos de pensar que esto no va con nosotros y  que el fútbol es sólo fútbol, como niega la presencia de empresarios y grandes inversores en los palcos de los estadios unidos a los políticos invitados a los mismos y los escándalos de corrupción vinculados precisamente a esa connivencia entre dirigentes de la “res pública” y de la “res balompédica”, recordemos de nuevo a Sousa Santos: la cultura, el deporte, la calle, el trabajo, la familia… son espacios políticos, en los que hay relaciones de diálogo, de conflicto y de poder, y en donde, por supuesto, la política que se hace -o se deja de hacer- en el parlamento y el gobierno influye, y mucho. Dejemos de hacer realidad las palabras de La Polla Records en su canción “Gol en el campo”:

“Gol en el campo paz en la tierra.
Qué bonito es el fútbol, qué pasiones despierta
defiende tus colores… sudar la camiseta
qué bonito es el fútbol para los que gobiernan
están pegando el palo sin partido de vuelta
Gol en el campo paz en la tierra.
Justicia corrompida arbitra la contienda
patrón enloquecido despide libremente
y roban la pelota por la extrema derecha
atentos al remate que va directa a puerta
y… Gol en el campo paz en la tierra.”

 

 

 

 

 

 

 

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Petra Kelly y el nacimiento del movimiento político verde

petrakellly1Si el pasado año 2016 fue pródigo en decesos de figuras importantes de la política, las artes o la cultura, algunas posiblemente más dignas de memoria que otras, el año que acaba de comenzar es año de conmemoraciones por las mismas razones. En 2017 podemos recordar los aniversarios “redondos” de las muertes del Che Guevara y del cantautor y activista estadounidense Woody Guthrie (1967),  del líder anarcosindicalita español y fundador del Partido Sindicalista Ángel Pestaña (1937) o las del líder revolucionario burkinabé Thomas Sankara, apodado “el Che Guevara de África” y del cantautor y poeta portugués José “Zeca” Afonso, autor de “Grândola Vila Morena”, la canción convertida en el himno de la Revolución de los Claveles, acontecidas en 1987.

Aunque todas ellas deben servir para el homenaje y la reflexión por parte de las personas y los movimientos sociales y políticos progresistas, de cara a examinar su legado y las posibilidades que éste ofrece de cara a una transformación de nuestras sociedades, el aniversario de Petra Kelly (1947-1992), fundadora de Die Grünen, el Partido Verde alemán y el más veterano de todos los partidos ecologistas de Occidente, es aún más relevante en cuanto a lo que puede ofrecer de cara a la organización de unos grupos políticos, no sólo a la forma de enfrentarse a la realidad circundante con deseos de transformarla, sino a la propia lógica organizativa de los partidos tradicionales, a su articulación con la sociedad civil y con otras formas de actuación política.

Sobre este aspecto, Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor en la Universidad de Coimbra, escribía en “La difícil democracia” la necesidad de la izquierda -ya fuera desde la oposición o desde el gobierno, porque se debe corregir la disparidad entre de actitudes y actuaciones que han presidido en muchas ocasiones la actividad política progresista al estar en el poder y fuera de él -de articularse con las formas de democracia no exclusivamente parlamentaria o representativa, como la democracia directa (asambleas de estudiantes, de trabajadores, de vecinos…) o la democracia comunitaria -puesta en marcha en América Latina y reconocida por constituciones como la boliviana-, y las formas de movilización cívica y social, como los referendos, las elecciones con mayor periodicidad y para mayor número de cuestiones “o incluso con la acción directa y pacífica de los ciudadanos y las ciudadanas”. Un modo de, como afirma el propio autor, “democratizar la democracia” a fin de acabar con la deriva de las actuales democracias liberales hacia posturas cada vez más autoritarias y el dominio de la res pública por parte de minorías social y económicamente fuertes.

De ahí el reproche que se dirige desde la política tradicional y medios de comunicación hacia partidos políticos como Podemos en España por su intención de querer articular la lucha parlamentaria e institucional con la de la calle y la de los movimientos sociales, o la relevancia que adquieren sus desavenencias y debates internos en relación a los de otros partidos. Aunque hay otros aspectos -como sus movimientos definitorios oportunistas de cara a la ganancia de electores, definiéndose como socialdemocracia para desprenderse del molesto sambenito de “izquierda radical” con que se les ha bautizado, y una cierta ambigüedad ideológica en temas como la cuestión de la monarquía, la deuda o las (re)nacionalizaciones y (re)municipalizaciones- que les distancian un tanto de los planteamientos innovadores enumerados por Santos en su libro, el paralelismo entre Podemos y las izquierdas para el siglo XXI propuestas por el autor no deja de estar presente. Pero, al mismo tiempo, las cuestiones de liderazgo, de organización, de pactos con otras fuerzas y de distanciamiento -diferenciación- con éstas ya estaban presentes en los debates de Die Grünen en los años setenta y ochenta. Unas cuestiones que acabaron saliendo caras para la propia Kelly y que transformaron en los noventa la faz de Los Verdes germanos.

Por la importancia y la novedad de los planteamientos, aún vigentes y presentes en nuestras sociedades actuales, recordemos en estas líneas a Petra Kelly y su amargo final, sobre el que todavía hoy se asientan sombras de sospecha.

LOS PRIMEROS AÑOS. DEL SPD A LA FUNDACIÓN DE LOS VERDES

Petra Karin Lehmann nació en Günzburg, ciudad de la entonces República Federal de Alemania, en el land de Baviera, el 29 de noviembre de 1947. Su padre, polaco, abandonó el hogar familiar cuando ella contaba con apenas seis años, de modo que las figuras de su madre y su abuela -quien la introdujo en el pensamiento crítico y en la lectura de la prensa política- la convencieron, ya con corta edad, de que existía una alternativa al modelo tradicional del patriarcado, aunque ella cursó estudios elementales en un ambiente en principio poco propicio para desarrollar una conciencia feminista como era la escuela católica. Adoptó el apellido Kelly de su padrastro, un oficial de la Armada estadounidense destinado en Alemania y que trabajaba en el servicio hospitalario.

En 1960 se trasladó junto al resto de su familia a Georgia, Estados Unidos, y allí  estudiará Ciencias Políticas en la American University de Washington. Era la época del movimiento hippy, el pacifismo y las protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles -Kelly será una gran admiradora del difunto reverendo Martin Luther King- y, en Europa, las protestas de mayo de 1968, la Primavera de Praga, las movilizaciones obreras y estudiantiles en España y en su Alemania Federal natal. Pero junto a estos movimientos que parecen encaminar el mundo hacia el cambio, en el momento en que los “felices treinta” (los treinta años de prosperidad y crecimiento económico vividos en los países occidentales entre el fin de la SGM y la primera crisis del petróleo de 1973) están cercanos a su fin, hay también puntos oscuros que apuntan a las fuertes resistencias a ese cambio. En Estados Unidos, el asesinato del presidente John F.Kennedy (del que Kelly se apunta fue admiradora) y poco tiempo después el de Luther King; la violencia contra los negros en el sur de Estados Unidos; el intervencionismo y golpismo militar en América Latina -Argentina, Guatemala, el intento de invasión de Cuba-, Asia -Laos y Camboya- y África -Zaire, Togo, el apoyo a la Sudáfrica del apartheid-; y en lado del bloque soviético, el fin del soplo de aire fresco que suponía el “socialismo de rostro humano” de los comunistas checoslovacos y la Primavera de Praga y el regreso a una ortodoxia -bien que matizada- con Brezhnev como líder de la URSS en sustitución de Kruschev.

Esta amalgama de movimientos de acción y reacción influirán a la larga en el pensamiento político de Petra Kelly y en la configuración del movimiento “verde” tanto como partido como vía alternativa frente a los modelos de partidos políticos existentes en la RFA en ese momento. Mientras tanto, en los Estados Unidos, Kelly se graduará en la universidad con consiguiendo el grado de Bachelor of Arts cum laude y colaborará como asesorara para los senadores Robert Kennedy -hermano del presidente y asesinado como él durante su campaña a la presidencia- y Hubert Humphrey, antes de regresar a Europa en 1972.

En Europa proseguirá sus estudios de Ciencias Políticas en Amsterdam y trabajará para la entonces Comunidad Económica Europea en Bruselas, ocupándose de tema sobre emigración y formación profesional. Pero las inquietudes de Kelly exceden las cuestiones técnicas del funcionariado, y retoma con más bríos su activismo político, integrándose en las filas del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD), el Partido Socialdemócrata alemán.

El SPD, liderado entonces por Willy Brandt, consiguió después de décadas de gobierno de los democristianos, la cancillería de la República Federal. El fuerte discurso anticomunista que había dominado los gobiernos de la CDU, especialmente con Konrad Adenauer, fue sustituido por la Ostpolitik o apertura hacia el Este del nuevo líder del gobierno alemán. Esto trajo consigo mejores relaciones con los países del bloque oriental y la Unión Soviética, entre ellos Polonia -país con el que se firmó un acuerdo sobre la frontera Oder-Neisse, la frontera entre éste país y la RDA, en el caso de una futura reunificación alemana- y el reconocimiento del daño causado por Alemania a la nación polaca durante la SGM (como en el acto simbólico de homenaje del canciller a las víctimas del levantamiento del gueto de Varsovia), y con la vecina República Democrática Alemana, que se tradujeron en el mutuo reconocimiento de la RFA y la RDA, la firma de acuerdos comerciales y el aumento de las posibilidades de viajar a Occidente por parte de los ciudadanos de Alemania Oriental.

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Willy Brandt, arrodillado ante el monumento en Varsovia a las víctimas del gueto judío, alzado contra los nazis en 1943.

Sin embargo, a pesar de estos éxitos, la época de Brandt no está exenta de puntos oscuros: el SPD sirvió a los intereses del Departamento de Estado estadounidense a la hora de controlar los procesos de transición a la democracia de los países del sur de Europa salidos de dictaduras derechistas o fascistas y evitar una “deriva izquierdista” de estos procesos, como fueron los casos de España, Portugal y Grecia, a través de contactos con los máximos dirigentes del PSOE, del PS y del PASOK. La Fundación Friedrich Ebert, la fundación del partido, sirvió como correa de transmisión de fondos procedentes de la CIA para estos grupos políticos para que obtuvieran un gran aparato logístico y de propaganda que les hiciera el referente de la izquierda -aunque una izquierda manejable y controlable desde Washington o desde el norte de Europa- frente a los partidos comunistas, que en muchos casos habían sido la punta de lanza de la resistencia contra esas dictaduras. De este modo, estos partidos socialistas pasaron -a veces en pocos meses, como en el del recientemente fallecido Mário Soares, líder socialista portugués- de un discurso revolucionario y lleno de proclamas y connotaciones marxistas a la moderación y la cooptación por parte de los grupos de interés económicos y sociales más poderosos. Asimismo, Brandt no paralizó el espionaje a los propios ciudadanos a través del servicio secreto alemán federal, que fue una faceta equiparable -aunque menos publicitada en la Alemania actual- a la de la Stasi en su vecina del Este-, ni depuró a los cargos en la administración o el ejército (el Bundeswehr) que habían sido notorios criminales nazis y que habían hallado refugio durante la etapa de Adenauer y los primeros años de la RFA.

Fuera por la escasez de la entidad de la política de reformas de los socialdemócratas, que al gobernar se antojaron un “más de lo mismo”, o por la escasez de la resistencia que presentaron ante la ofensiva neoliberal en marcha iniciada en Chile y Argentina a través de dictaduras por el “flanco sur” del mundo,  y en Occidente en Estados Unidos -con Carter, aunque el gran propagandista y paradigma fuera Ronald Reagan- y Gran Bretaña -a donde había llegado Margaret Tatcher-, y que suponía una amenaza no sólo para la economía sino para la paz, el ambiente y las relaciones humanas, Kelly abandonó el SPD en 1978, pensando que los socialdemócratas habían perdido su fuerza. Era necesario un nuevo modelo. El modelo era para ella y otros muchos el ecologismo político.

EL PARTIDO VERDE

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Cartel del Partido Verde, circa 1979.

En 1979 tenía lugar la fundación del Grüne Partei o Partido Verde en la RFA -que con los años vería nacer un homólogo en la RDA, de corta existencia aunque de una cierta relevancia dentro del movimiento opositor socializante contra el régimen del país-, y que con los años sería conocido simplemente como “Los Verdes” (Die Grünen).

El objetivo del nacimiento del partido era aglutinar una alternativa al sistema político y de partidos imperante en la República Federal, pero también que el ecologismo se convirtiera en una alternativa a los dos sistemas a través de los cuales se venía gobernando globalmente el mundo desde la eclosión de la “guerra fría”, el capitalismo atenuado por el pacto con la socialdemocracia que había dado lugar al “Estado del bienestar” de un lado, y del otro el bloque soviético y el  “socialismo real” o estatal. Ambos sistemas daban ya síntomas de crisis a finales de la década de 1970: del lado soviético y sus satélites, el estancamiento económico había mermado la capacidad de acercarse a los estándares occidentales que habían demostrado a lo largo de los sesenta y primeros setenta y mermaba la capacidad del sistema de ofrecer bienes y servicios a la población, sobre la que se sustentaba buena parte de su legitimidad. Del lado occidental y capitalista, el neoliberalismo de la escuela de Chicago se iba imponiendo con cada vez mayor fuerza como mecanismo para atajar la crisis, comenzando una ofensiva global contra el “Estado de bienestar”, la regulación del mercado y las políticas socialdemócratas o keynesianas que aún dura hasta hoy. Unas propuestas y políticas impulsadas aún más si cabe tras la caída del antagonista de la guerra fría, la URSS y el bloque comunista. En ambos casos, la política de bloques supone en ese momento para el mundo, a juicio de los verdes, un conjunto de rémoras que es necesario atajar a fin de no hipotecar el futuro de las nuevas generaciones: carrera de armamentos, operaciones militares y escalada bélica en estados del interior de cada una de las esferas de influencia o del Tercer Mundo para mantener el “status quo” o impedir “experimentos” que se salgan de la norma impuesta; arsenal de bombas atómicas y dependencia de la energía de este tipo con riesgos difícilmente mensurables sobre su impacto y consecuencias; dependencia energética de combustibles fósiles y degradación medioambiental; agresiones a la naturaleza; expansión de una cultura consumista e indiviualista, patriarcal, racista y eurocéntrica…

De este modo, para Petra Kelly era necesario construir una alternativa que pasara por un partido nuevo, calificado de “partido antipartidos”, en el sentido de que planteara un cambio radical, no una reforma, del sistema y que funcionara además de una forma diferente a cómo venían haciéndolo los partidos tradicionales de la RFA. Había que estar en las instituciones pero éstas eran un mecanismo más donde debía desempeñarse la lucha de Los Verdes. En palabras del activista ecologista José Vicente Barcia Magaz, “se trataba de desbordar las calles sin abandonarlas, para asaltar las instituciones y ponerlas al servicio de la justicia social, la paz y la defensa del medio ambiente”. Las ideas a defender, en las calles y en el parlamento, resultan tan subversivas en ese momento como -en muchos casos- en la actualidad.

Así, el Partido Verde y su ideario ecopacifista y ecofeminista persigue una superación del marco político alemán y global, siendo crítico con los modelos vigentes tanto en el mundo capitalista como el autoritarismo del modelo “real-socialista”. Su ideario es democrático y radical, a través de la movilización pacífica (alejándose también de las tácticas armadas de la RAF), al proponer estructuras horizontales y descentralizadas que permitan imbricar a los movimientos sociales y las iniciativas ciudadanas, la sociedad civil, en los procesos de toma de decisión. Se trata de un “poder con los otros”, en lugar de un “poder sobre los otros”. En palabras de Petra Kelly, “la política signifique el poder de amar, el poder de sentirnos unidos en la nave espacial Tierra”.

Hay que superar también un modelo económico y de producción basado en el consumo individual, en el despilfarro y en el paradigma del crecimiento infinito dentro de un planeta cuyos límites y recursos son finitos. No es exagerado afirmar que Petra Kelly y Die Grünen serán de los primeros, si no acaso los primeros, teóricos del “decrecimiento”, proponiendo un modo de producción y de vida basado en el ser en vez de en el poseer y en la empatía y solidaridad en lugar de en la competencia y el materialismo: “Menos cantidad de bienes, más cuidado de lo que tenemos; menos crecimiento del capital, más calidad de vida; menos agresividad contra los ecosistemas, más conservación de la Naturaleza. En el fondo, la ecología tiene todas las ventajas para aportar una alternativa a un sistema insostenible e injusto”, comenta en este sentido Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo. Un modelo socioeconómico que entra en relación con otros ejes definitorios de Los Verdes: la lucha contra la injusta explotación del Tercer Mundo y las guerras que en muchos casos conlleva esta carrera por la posesión de los recursos.

Los derechos humanos, la paz y el feminismo serán otros tres ejes sobre los que se moverá el ideario de Los Verdes y en los que Kelly asumirá un papel activista notorio, a tenor de lo que relatan varios autores como los mencionados Marcellesi y Barcia. En lo que respecta al feminismo, para Kelly, era necesario feminizar la política y la sociedad, no sólo por cuanto hace que las mujeres ocupen un lugar subalterno, sea en los puestos de responsabilidad, en la familia, en la economía… sino porque el patriarcado dominante ha impuesto unos modos de conducta social y política que han llevado al mundo a una situación dominada por la violencia, la depredación, la desigualdad o la competencia feroz. Como escribe Marcellesi, “el patriarcado es opresor para las mujeres y restrictivo para los hombres, transmite valores de dominación y violencia, está profundamente vinculado a la mentalidad militar, provoca injusticias sociales y fomenta la explotación agresiva de la naturaleza. Es más, el patriarcado cruzado con el pensamiento tecno-científico occidental ha generalizado una percepción arrogante del mundo en la que la Naturaleza (simple materia prima) y la Mujer (débil) existen para ser dominadas y explotadas por los hombres”. De esta forma, Petra Kelly formula la “ternura” como un arma de subversión política. Así, en uno de sus ensayos, escribirá cómo entiende la militancia en un partido como Los Verdes:

“Ser tierno y al mismo tiempo subversivo: eso significa para mí, a nivel político, ser verde y actuar como tal. Entiendo el concepto de ternura en sentido amplio. Este concepto, para mí, también político, incluye una relación tierna con los animales y las plantas, con la naturaleza, con las ideas, con el arte, con la lengua, con la Tierra, un planeta sin salida de emergencia. Y, por supuesto, la relación con los humanos. Ternura entre las personas, también en el seno de un partido alternativo y no violento, que apuesta públicamente sin cesar por la suavidad, la descentralización, la no violencia.”

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Manifestación por el desarme en Bonn, años ochenta.

Es necesario aclarar que su postura de no-violencia no tiene nada que ver con una posición de pasividad o de rehuir los conflictos (algo que en cierto modo se ha hecho patente en las actuales democracias, y un ejemplo de ello es la española, donde en lugar de encarar y encauzar dicho conflicto o conflictos, natural a la disparidad de criterios y de ideas presentes en una sociedad plural y libre, se trata muchas veces de enmascararlo y de evitarlo, tildando a quienes lo presentan de elementos radicales y desestabilizadores). En su lugar se trata de una posición en la que la firmeza de los planteamientos se conjuga con actos de protesta y desobediencia civil, en línea con las propuestas de Gandhi o de su admirado Martin Luther King. Así, esto se demostrará en los numerosos actos en que Los Verdes, a lo largo de los años ochenta, y Petra Kelly, participarán por la defensa de los derechos cívicos y la paz.

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Petra Kelly en su juventud.

Son así destacables las manifestaciones en las que los ecologistas de Alemania Occidental participaron en los años ochenta por el desarme y la no proliferación nuclear, en unos años en que surgió la llamada crisis de los euromisiles, con el despliegue, en medio de la campaña reaganiana de la “Guerra de las Galaxias” de nuevos misiles en los países europeos miembros de la OTAN apuntando hacia la Unión Soviética, o por el fin de las centrales nucleares y la energía atómica y el desarrollo de energía alternativas. El activismo extraparlamentario -Los Verdes entrarán en el Bundestag en 1983- de Petra Kelly la llevará a muchos rincones del planeta, convirtiéndose poco menos que en una figura mediática, denunciando la represión de los derechos humanos en Sudáfrica o Tíbet, apoyando la campaña por el “no” al referéndum por la permanencia en la OTAN en España o siendo detenida tanto en Berlín Oeste como en Moscú por su denuncia del militarismo y la política de bloques. En 1982, recibió el Premio Nobel alternativo “por construir e implementar una nueva visión uniendo las preocupaciones ecologistas con el desarme, la justicia social y los derechos humanos”, y en 1983 apoyará con su firma el “Manifiesto de Tenerife”, defendiendo la creación de un partido verde en España y que será el punto de partida de los movimientos ecologistas políticos en nuestro país, primero con la fundación de Los Verdes y, más recientemente, con la de Equo.

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Manifestación en el País Vasco contra la permanencia de España en la OTAN, 1986.

Con motivo de su visita a España en 1986, y en relación a la política pro-atlantista del PSOE en el gobierno, en flagrante contraste con los planteamientos defendidos en los años setenta por los líderes socialistas, Kelly resumirá la cuestión en la siguiente sentencia, y que es de aplicación a la posición que han venido sosteniendo los partidos socialistas y socialdemócratas de un tiempo a esta parte: “Como antigua socialdemócrata debería saber que los socialistas olvidan y traicionan sus ideales en cuanto han conquistado el poder y se sientan al timón del gobierno. En España también hay que hacer valer argumentos morales y éticos contra la OTAN. El gobierno de González ha abandonado su ideología de no alineación y se ha dejado presionar por la pretendida fuerza de los hechos. El domingo tres de junio erais cientos de miles en Madrid. Queremos una España neutral y no alineada”. Hay que decir que Kelly, además, impulsó la petición oficial de perdón por parte del gobierno de la RFA por el bombardeo de la Legión Cóndor de Guernica.

LOS VERDES EN EL PARLAMENTO: AUGE Y CAÍDA DEL IDEAL DE PETRA KELLY

Los Verdes se presentaron, con Kelly como cabez de lista, en las elecciones al parlamento europeo en 1980, pero su primer gran logro se consiguió en 1983, cuado entraron por primera vez en el Bundestag, la cámara baja del parlamento de la RFA, al superar la barrera del 5% establecida para tener representación. Desde ese momento, el partido comenzó una etapa exitosa que le llevó a revalidar sus puestos en las siguientes elecciones federales en 1987 y a entrar en varios parlamentos de los “länder”.

La entrada en la política parlamentaria, un objetivo a cubrir por los ecologistas sin olvidar su postura de estar tanto en las instituciones como en las reivindicaciones sociales que se sucedieran en el exterior de las mismas, supuso sin embargo un punto de inflexión acerca del futuro del partido y las cuestiones de liderazgo que acabarían cobrándose como víctimas a la propia Petra Kelly y al ideario defendido por ésta. Pronto, el Partido Verde iba a encontrarse con una disyuntiva interna que aún hoy está presente en los grupos de la “nueva izquierda” como Podemos, el Bloco de Esquerda portugués o Die Linke en la Alemania de hoy: aliarse o no con la socialdemocracia -en el caso alemán, el SPD, en el que Kelly había militado y que abandonó en 1978- para formar gobierno.

Los primeros, partidarios de la alianza con el SPD, eran llamados realos, y su posición acabaría finalmente triunfando frente a los denominados fundis, contrarios a cualquier tipo de compromiso. El liderazgo de Petra Kelly sufrió una continuada campaña de erosión, por supuesto desde fuera del partido -una campaña agresiva que se había iniciado contra el conjunto de Die Grünen desde las elecciones federales de 1983, en las que las perspectivas de buenos resultados hicieron saltar todas las alarmas en la política tradicional y especialmente en la izquierda tradicional socialdemócrata-, pero asimismo en el interior del mismo. Según apunta Maribel Marín, en un artículo del pasado año con motivo de la presentación del libro “Vida y muerte de Petra Kelly”, de la ecologista británica Sara Parkin, las luchas intestinas en el seno del partido y la negativa de Kelly a rotar en la dirección del partido a los dos años fueron los detonantes de la campaña interna de desprestigio contra ella.

Por ese motivo, tras las elecciones de 1987 declaró que esa sería la última legislatura que se sentaba en un escaño en el Bundestag. Para entonces ya estaba unida sentimentalmente a Gerd Bastian, un antiguo general de la OTAN que había abandonado el ejército y había asumido los postulados pacifistas y ecologistas. Arrumbada a un rincón dentro de su propio partido, al llegar las elecciones anticipadas por el canciller Helmut Kohl en 1990, celebradas en el conjunto de toda Alemania -una vez completado el proceso de unificación que podría calificarse de “exprés” entre la RFA y la RDA-, la coalición de los ecologistas con antiguos movimientos de oposición de Alemania del Este como Neues Forum en Alianza 90/Los Verdes resulta un fracaso y Los Verdes no estarán representados en el Bundestag. La postura crítica de Kelly con el proceso de unidad alemana (crítica que realizaron también intelectuales y políticos tanto del Este -Stefan Heym, Volker Braun, Christa Wolf- como del Oeste -Oskar Lafontaine, Günter Grass-) y con el posicionamiento reformista y moderado del partido la acabaron con llevar poco menos que a una “muerte política”.

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En sus años de madurez, Petra Kelly sufrió un grave deterioro físico, que se sumó a su apartamiento de la política activa. Poco tiempo antes de morir, llegó a sufrir un colapso cardiaco.

La propia Kelly expresa su posición respecto a los planteamientos del Partido Verde en aquellos días de la siguiente manera:

“Me parece doblemente negativo que desde el 2 de diciembre de 1990, fecha de las primeras elecciones de la Alemania unificada, el partido verde de la RFA ya no esté representado en el Parlamento, donde ejerció a lo largo de ocho años la función de una oposición empeñada en alertar y apelar a las conciencias… Esto me entristece especialmente porque el fracaso de Los Verdes en la RFA no ha sido debido a la falta de buenas ideas o posturas políticas necesarias sino sólo a nuestras disputas internas y a nuestra incapacidad de poner las metas comunes por delante de nuestros enfrentamientos -innecesarios y a menudo grotescamente insustanciales-, entre corrientes y tendencias. Durante ese tiempo he tenido que presenciar cómo Los Verdes perdían cada vez más su fuerza visionaria y hacían un esfuerzo constante para resultar aceptables como futuros socios de gobierno de coalición. ¡Como si ese fuera el criterio para una política ecológica consecuente! ¡Como si lo importante no fuera, en lugar de ejercer el poder sobre las personas, o en su nombre, movilizar, de la mano de los que no tienen poder, un contrapoder basado en una sociedad civil!”

Años más tarde, en una culminación de ese giro para resultar aceptables, el dirigente verde Joschka Fischer entraba como ministro de Exteriores presidido por Gerhard Schroeder, del SPD. La presencia de Fischer en el gabinete no podía ser más paradójica con las propuestas originales de Los Verdes: frente a la justicia social, la Agenda 2000 impulsada por el canciller introducía políticas salariales a la baja, contratos basura (minijobs) o ajustes fiscales que eran precursores directos de los aplicados con posterioridad por la democristiana Angela Merkel (de hecho, Merkel declaró sentirse agradecida a Schroeder por la introducción de estas medidas, que suponían la llegada de Alemania, tarde pero con firmeza, como afirma el periodista Ángel Ferrero, a los postulados neoliberales defendidos desde los ochenta por Reagan o Tatcher). Asimismo, frente a la defensa de la paz y su postura antimilitarista, Fischer defendió los polémicos bombardeos de la OTAN sobre Belgrado y otras posiciones serbias durante el transcurso de la guerra de Kosovo, a pesar de que, para más inri, estos causaron daños sobre edificios civiles como la embajada china, hospitales, escuelas y la televisión nacional.

No debe extrañar que, como escribe Ferrero, Los Verdes hayan pasado de ser un partido antipartidos a una suerte de partido “atrapalatodo” votado especialmente por clases medias preocupadas más que por el medio ambiente y el modelo de producción y consumo imperante por su propia conciencia e imagen personal, más decididas por cuestiones de prestigio a disponer de un vehículo híbrido o unas placas solares en su vivienda y por el consumo de productos ecológicos que por una ideología política coherente y consciente de lo que suponen las intervenciones militares en el extranjero, el despilfarro y explotación de recursos del Tercer Mundo o las consecuencias negativas de la globalización capitalista. Por ese motivo, para estos electores no resulta extraño ver en los parlamentos regionales o en el federal la existencia de coaliciones políticamente tan variopintas en las que están presentes Los Verdes, como la “coalición semáforo” (que describe, por sus colores, a la unión del SPD, el Partido Liberal y Los Verdes), la “coalición Jamaica” (democristianos de la CDU y la CSU bávara, los liberales y los ecologistas) o la “roja-roja-verde” (en Berlín o en “länder” de la antigua RDA como Turingia o Meckelburgo-Antepomerania, con el SPD, Die Linke y Die Grünen).

UNA MUERTE CON INCÓGNITAS

La noche del 19 de octubre de 1992 Petra Kelly y Gerd Bastian eran hallados muertos en su casa de Bonn, la ciudad bávara que fuera capital de la República Federal de Alemania. Llevaban más de quince días muertos (la fecha fijada por los investigadores de la muerte de ambos es del 1 de octubre). Petra Kelly contaba con 44 años y su compañero, 69. Ambos habían muerto a consecuencia de un disparo, en el caso de Kelly de una herida de bala en la cabeza. La investigación se cerró en apenas veinticuatro horas con la conclusión de que habían decidido suicidarse, y que Gerd Bastian disparó primero su rifle sobre Kelly y después se quitó la vida.

Sin embargo, el hecho de que no hubiera nota de suicidio ni que tampoco hubieran avisado a ninguno de sus familiares y amigos sobre sus intenciones o que estos hubieran sospechado algo hace, para estos, poco verosímil esta hipótesis. Ambos se habían visto sometidos a presiones y altibajos en los últimos tiempos. Ella, por su desplazamiento dentro de Los Verdes y las críticas vertidas en su contra; él, por un supuesto dossier que podría vincularle con el difunto Ministerio para la Seguridad del Estado, la conocida Stasi, de la República Democrática Alemana. Pero para quienes les conocieron no explica una decisión tan drástica.

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Petra Kelly y Gerd Bastian en el Bundestag como diputados de Los Verdes. Bastian había dejado a su esposa e hijos -aunque no había disuelto su matrimonio y seguía legalmente casado- mientras mantenía su relación senrimental con la líder ecologista alemana.

También se ha especulado sobre la hipótesis de un caso de violencia doméstica, un resultado paradójico para una mujer que se enfrentó al patriarcado y a las formas de dominación sobre las mujeres, que rechazaba el militarismo y que convivía con un militar retirado aunque pacifista militante que conservaba armas en su casa. Como declara en una entrevista Florent Marcellesi, “cuando hay grandes referentes y personalidades tendemos a olvidarnos que son personas de carne y hueso. Por ejemplo, al igual que para muchas mujeres y hombres feministas hoy en día, su convencimiento personal no siempre es suficiente para compensar el peso de los valores colectivos patriarcales en los que mujeres y hombres somos educados”.

Otra hipótesis que se ha apuntado, y que tiene que ver con el cierre tan precipitado de las pesquisas sobre su muerte, es la posibilidad de que se trate de un asesinato sin resolver, como otros crímenes que envolvieron el proceso de unificación entre la RFA y la RDA y que han mantenido una aureola de misterio a lo largo de los años. Así, meses antes, en abril, Petra Kelly había sufrido un colapso cardiaco. Aunque esto podría explicarse por el precario estado de salud de la antigua líder verde, resulta más sospechoso el que casi al mismo tiempo Bastian sufriera un atropello por un taxi. Mientras ambos estuvieron vivos, Los Verdes mantuvieron una postura crítica hacia el proceso unificador; a su muerte, el partido se alineó con las posturas que defendió la izquierda moderada del SPD y no puso objeciones a la política desarrollada por el canciller Kohl y su equipo al respecto de la antigua RDA.

Desde esta perspectiva, la muerte de Kelly y Bastian no sería un caso aislado, pues se sumaría a otras acciones sangrientas no aclaradas y agresivos actos de desprestigio como los que sacudieron a otrora admirados intelectuales tanto del Este como del Oeste, como Christa Wolf, Stefan Heym o Günter Grass, quienes proponían la independencia de una RDA realmente democrática y en buena vecindad con la RFA, un proceso de unión basado en la igualdad de ambas repúblicas o una confederación de ambos estados alemanes. Entre los actos sangrientos, hay que mencionar el intento de asesinato de Oskar Lafontaine, entonces dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia y candidato por el SPD a la cancillería. Lafontaine -posteriormente pasado a las filas de la izquierda alternativa occidental, luego fusionada con el oriental Partido del Socialismo Democrático para formar Die Linke- era el crítico más severo de la unión impulsada por los democristianos en el poder tanto en Bonn como en Berlín Este en 1990, y la intentona contra su vida -fue apuñalado en el transcurso de un mitin- fue achacada a un demente, sin que la investigación fuera más allá. Con Lafontaine retirado de la vida pública, el SPD dejó de criticar el proceso de unión.

Asimismo, Alfred Herrnhausen era por aquellos días de 1989 y 1990 presidente del importante banco alemán occidental Deutsche Bank. Fue uno de los pocos miembros del mundo financiero que recomendaba la utilización de otras vías más democráticas para implementar el proceso unificador. Su coche fue objeto de un atentado con una bomba de alta tecnología que los investigadores atribuyeron a la “resucitada” Fracción del Ejército Rojo (RAF), algo poco verosímil si se tiene en cuenta la disparidad de medios con que contaba un grupo en franco retroceso y la sofisticada técnica empleada para llevar a cabo el asesinato del banquero. La RAF surgió también como “ejecutora” del asesinato de Dietlev  Rohwedder, el director del organismo liquidador de las empresas estatales de la RDA, la sociedad Treuhandanstalt, que se convirtió en una auténtica oportunidad para las empresas occidentales de hacerse a precio de saldo con el patrimonio de Alemania Oriental, evitar la posible competencia y estuvo salpicada de irregularidades y escándalos.

EPÍLOGO

“Petra Kelly te estruja la mano al saludarte y suelta un torrente de palabras, toda vitalidad, velocidad, voracidad verbal, un puro nervio […] Posee una belleza febril y un talante arrollador: te invade con el torrente de su conversación, con sus gestos, con su convicción. Habla tan deprisa que a veces, urgida por una nueva idea, deja las frases e incluso las palabras a medio terminar, prendidas en el aire. Voluntad de hierro capaz de vencer a la mala salud, de domar el cuerpo enfermo”

Rosa Montero.

Los objetivos marcados por Petra Kelly están todavía en muchos casos por hacer. Su relevancia reside en que fue una de las primeras voces que puso sobre la mesa estos planteamientos, así como la necesidad de construir un modelo alternativo de política y de sociedad que pasasen por conceptos como los de transversalidad y horizontalidad, democracia directa, inclusión, solidaridad, relaciones de igual a igual, autogestión y la construcción de un espacio político no limitado a la actividad partidaria y de los parlamentos, sino que se encontrase con otros ámbitos, como la sociedad civil, los movimientos sociales o las asambleas vecinales. Un espacio que, con mayor o menor fortuna, se intentó construir también durante la Revolución de los Claveles de Portugal, la revolución nicaragüense o la Burkina Faso de Thomas Sankara y cuyos ecos se encontraron posteriormente en los proyectos de los presupuestos participativos municipales que se suceden en diversas ciudades del mundo o en las proposiciones formuladas por los movimientos de indignados, desde el 15-M hasta Occupy Wall Street.

Su defensa de la paz, el desarme, un modelo alternativo y sostenible han pasado a formar parte de la agenda  de movimientos sociales y políticos, desde Greenpeace a Equo, pasando por el Foro Social Mundial, y siguen hoy día presentes, incluso cuando desde la altas instancias se siguen promoviendo cumbres del clima cuyos objetivos en muchos casos o no se llevan a cabo o se sostienen con los alfileres de los bandazos electorales o las coordinadas geopolíticas más acuciantes del momento, como la “guerra contra el terror” o la “crisis económica” -olvidando las conexiones existentes entre ésta y la crisis del modelo energético, de producción y medioambiental-.

Kelly es una activista que traspasa fronteras, y no debido a su poderío mediático. Como afirma Jorge Martín Neira, activista y periodista, su conciencia interrelaciona los problemas del mundo, dándole a su pensamiento un enfoque global, concibiendo el mundo como un todo interrelacionado e interdependiente, el famoso “piensa global, actúa local” de nuestros días. Su forma de pensar conecta con la afirmación del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, que mencionaba al principio, para quien es necesario construir alianzas, experiencias comparadas y compartidas y sinergias entre los movimientos de izquierda y alternativos de todo el mundo, en la conciencia de que las luchas (desde los jóvenes árabes a los obreros europeos, pasando por los indígenas latinoamericanos, los campesinos africanos, las mujeres, etc.), por variopintas que pudieran parecer, forman parte de un conjunto interrelacionado de oposición al pensamiento neoliberal dominante, “el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado”, como afirma.

De la experiencia de Los Verdes como partido, tan contradictoria, también se puede extraer una consecuencia. Es la demostración, en línea con lo que escribía el mencionado Santos, de la necesidad, y asimismo las tensiones, que surgen a la hora de concebir una nueva forma de partido y de hacer política que traspase la organización tradicional de partido tal y como hasta ahora los hemos conocido. La necesidad de participar de y con los movimientos sociales, un nuevo tipo de liderazgo, el establecimiento de formas nuevas de democracia interna y la interrelación de la democracia parlamentaria con otros modelos de democracia que estos nuevos partidos deben establecer, con objeto de que exista más democracia frente al autoritarismo que parece implantarse en las actuales… Un proceso que, por su novedad (novedad que influyó también en los propios Verdes, cuyo salto desde los movimientos ciudadanos a la política parlamentaria hicieron brotar las contradicciones y tensiones que hemos visto), no será fácil, pero que debe ser puesto en marcha para la profundización de un proceso de cambio que se antoja más necesario cuanto más asoma la degradación de la política y la democracia tradicionales y el desarrollo de soluciones más autoritarias, chovinistas y mesiánicas a lo Trump, Le Pen o Farage.  El ejemplo de Petra Kelly es un hito en ese camino.

 

FUENTES:

Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La Quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria-Antrazyt, 2013.

Boaventura de Sousa Santos, “La difícil democracia. Una mirada desde la periferia europea”. Madrid, Akal, 2016.

Wikipedia en español: entrada “Petra Karin Kelly”

Jorge Martín Neira,  “¿Quién fue Petra Kelly?”. Ecopolitica.org, 16/01/2016. En https://ecopolitica.org/quien-fue-petra-kelly/

Florent Marcellesi, “Petra Kelly, una figura más que nunca de actualidad”. Eldiario.es, 27/09/2016. En http://eldiario.es/21966240_563503680/

José Vicente Barcia Magaz, “Vida y muerte de Petra Kelly”. Público, 29/09/2016. En http://blogs.publico.es/el-imaginario-salvaje/2016/09/29/vida-y-muerte-de-petra-kelly/

Diego Iguña, “Los crímenes de la unificación”, 23/08/2012. En http://diegoiguna.blogspot.com.es/2012/08/los-crimenes-de-la-unificacion.html?m=1

Juan Carlos Monedero (comp.) et al, “El retorno a Europa. De la perestroika al tratado de Maastricht”. Madrid, Editorial Complutense, 1993. Enlace: https://books.google.es/books?id=j4JsU1p2qzwC&pg=PA138&lpg=PA138&dq=petra+kelly%2Bjuan+Carlos+monedero&source=bl&ots=PKlHWA37J3&sig=mFex4wiGO3Mx150Edpv4HaZ_ExM&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiAn4Ha4aTRAhWK1xQKHY6KD_EQ6AEIOjAL#v=onepage&q=petra%20kelly%2Bjuan%20Carlos%20monedero&f=false

“Los dirigentes verdes Petra Kelly y Gerd Bastian, hallados muertos en su casa”. El País, 20/10/1992. En http://elpais.com/diario/1992/10/20/internacional/719535622_850215.html

Maribel Marín, “El ascenso y caída de la ‘Lady Di’ de Los Verdes”. El País, 25/10/2016. En http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/23/actualidad/1477236656_209635.html

 

Yugoslavia: socialismo autogestionario y causas externas en su desintegración

Escudo roto RFS Yugoslavia“Si en 1984, en Sarajevo, hubieseis preguntado a un yugoslavo -que es como se denominaban a sí mismos entonces- si podía imaginar que al cabo de ocho años la ciudad sería un escenario de guerra, se hubiera reído a carcajadas de vosotros […] Lo que ocurrió en Bosnia no fue un espectáculo grotesco balcánico, sino un violento proceso de colapso nacional a manos de manipuladores políticos.”

Peter Maas.

Han pasado veinte años desde que los acuerdos de paz de Dayton pusieran un final bastante cogido con alfileres a la guerra de Bosnia-Herzegovina (1992-1995), la más cruenta y más sonrojante, por el papel que las grandes potencias desempeñaron en ella, de todas las que se desarrollaron en Yugoslavia, el país surgido en 1919, tras el final de la Primera Guerra Mundial, de la unión de los antiguos reinos de Serbia y Montenegro con los territorios de los pueblos eslavos del sur -eslovenos, croatas, musulmanes bosnios y macedonios- dominados hasta entonces por dos de los imperios derrotados en aquella guerra, el austro-húngaro y el turco. Constituida desde 1946 como una República Federal Socialista de seis repúblicas y dos entidades autónomas, sus problemas internos (económicos y nacionales), laminados hasta el fallecimiento de su carismático líder, el mariscal Josip Broz “Tito”, dieron pie a un proceso de separación nacional que se tradujo en una violencia que no se había vivido en la región desde la invasión nazi. Pero, ¿fue sólo el nacionalismo serbio -que alimentó el separatismo esloveno y croata, éste también con una respuesta nacionalista violenta- y la crisis económica interna las únicas explicaciones posibles? ¿Cómo influyeron las posturas de la Unión Europea, los Estados Unidos y las instituciones económicas internacionales en la destrucción del precario equilibrio que sostenía a este “país de países”? Esto es lo que se va intentar realizar en este artículo.

“PANYUGOSLAVISMO”: LA CREACIÓN DEL PRIMER ESTADO YUGOSLAVO

Partamos del principio. A pesar de que la creación de Yugoslavia, vistos los acontecimientos que han conducido a la desmembración de aquel país, pueda resultar un artificio caprichoso que consistió en agrupar a pueblos enfrentados entre sí, especialmente a croatas y serbios (algunos incluso lo atribuyen a un deseo de Gran Bretaña y Francia, vencedores en la “Gran Guerra”, para perjudicar posibles ansias expansionistas de las debilitadas Turquía, Austria y Alemania mediante la creación de un “Estado tapón” como lo fue en cierto modo Checoslovaquia, algo que pudo influir, bien es cierto, en el patrocinio de su creación), la verdad es que la creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur -de “jug”, sur, y “slavo”, procede el término Yugoslavia- era una día que ya aparecía en el siglo XVII, de la mano de Iván Gundulic, y era defendida por movimientos paneslavos meridionales del Imperio Austrohúngaro antes de la PGM.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Los eslavos del sur llegaron a la zona de los Balcanes entre los siglos VI y VIII. Los serbios, el grupo más numeroso de los que conformaban la antigua Yugoslavia, estuvieron influidos por el Imperio Bizantino, primero, y tras un periodo de independencia que finalizó tras la derrota en la batalla de Kosovo Polje contra los turcos -el motivo de confrontación entre serbios y albaneses kosovares vendrá, precisamente, de la consideración por parte serbia de que Kosovo, o Kosova en albanés, es el lugar de nacimiento de la patria serbia y que ha sido invadida por los albaneses, mientras estos consideran que no tiene sentido tal aseveración, pues los albaneses, descendientes de los antiguos ilirios y tracios, llevaban más tiempo en la región-. Tras un período de dominación turca que duró hasta mediados del siglo XIX, Serbia conquistó de nuevo su independencia, y tras la unión con eslovenos, croatas y serbios que hasta entonces eran súbditos del Imperio Austro-Húngaro, así como con el pequeño reino de Montenegro, formó parte de Yugoslavia.

Escudo de la República Socialista de Croacia

Escudo de la República Socialista de Croacia

Los croatas, por su parte, asentados más hacia el Oeste, se diferenciaron de los serbios en su acercamiento al mundo latino. Si los serbios, más próximos al Imperio Bizantino, escribieron con alfabeto cirílico (inspirado en el griego) y profesaban la fe cristiana ortodoxa, los croatas pasaron a escribir con alfabeto latino y a profesar el catolicismo tras el cisma de Constantinopla de 1054. Croacia estuvo dominada por Hungría y el Imperio Austríaco -exceptuando algunos puntos de Dalmacia, como las ciudades de Rijeka (Fiume) o Dubrovnik (Ragusa), que fueron colonizadas en el Renacimiento por Venecia, y a principios del siglo XIX por Napoleón, que estableció en la costa dálmata sus Provincias Ilirias- y contó con una cierta autonomía, hasta que el final de la PGM y el triunfo de la opción paneslavista que defendía la unión de los pueblos eslavos meridionales en un solo estado llevó a la constitución de Yugoslavia.

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

Por lo que respecta a los eslovenos, su conexión con el catolicismo y con Austria, que dominó su territorio desde el siglo XIII hasta el final de la Gran Guerra, es muy similar a la de sus vecinos croatas. Anteriormente, el pequeño país había estado gobernado por la dinastía de los condes de Celje, y se encuentra asentado sobre la región -luego república- más rica y de mayor desarrollo económico de todas las que posteriormente formaron la plurinacional nación yugoslava.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

La nacionalidad macedonia, por su parte, ha sido motivo de conflicto hasta nuestros propios días, en los que la hoy república independiente tiene que adaptar su nombre a los deseos de la vecina Grecia para evitar un conflicto internacional y la posibilidad -según la versión helena- de una desestabilización interna dentro de las fronteras de Grecia. A tal extremo que, tras la independencia de la Macedonia yugoslava, el gobierno heleno solicitó el cambio de nombre del país, que finalmente tiene que nombrarse como Antigua República Yugoslava de Macedonia (o FYROM, por sus siglas en inglés). Incluso la primera bandera de la Macedonia independiente, que sobre fondo rojo dibujaba el sol dorado símbolo de Alejandro Magno -una de las herencias, supuestas o reales, sobre las que se basa el orgullo nacional macedonio, aunque el rey de la Macedonia de la Antigüedad guarde escasa o nula relación con la raíz eslava del país actual- tuvo que modificarse por deseo expreso de Grecia. La creación de la república y de la nacionalidad macedonia en Yugoslavia en 1943 obedeció, en primer lugar, al deseo de restar credibilidad a las reivindicaciones búlgaras y griegas sobre el territorio; en segundo lugar, a ayudar a establecer una distinción entre serbios y macedonios; y en tercer lugar, a reforzar la tesis de que las comunidades macedonias de las vecinas Grecia y Bulgaria estaban sometidas a discriminación, hecho claro en el caso griego sobre todo tras la guerra civil de 1946-1949 en este país.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Si la cuestión de los macedonios era algo peliagudo, no menos lo era la de los habitantes de Bosnia y Herzegovina, que se ha dado en llamar una “Yugoslavia en pequeño”. Bosnia, y en particular su capital, Sarajevo, el escenario del atentado contra el archiduque y heredero al trono del imperio austro-húngaro, Francisco Fernando, en 1914, detonante (o excusa) del inicio de la PGM, era un mosaico de pueblos dominado primero por los turcos y luego por los austriacos en donde convivían croatas, serbios y “musulmanes” -los llamados bosnios o bosniacos-, que eran descendientes de las poblaciones eslavas convertidas a la religión islámica en la época de dominación otomana -fundamentalmente serbios, aunque fuentes croatas aseveran que eran connacionales suyos, sin que sea descartable que hubiera conversiones al Islam en las zonas de población croata como la Herzegovina-. Otros especialistas, sin embargo, les atribuyen como origen “los turcos que habitaron los Balcanes desde el siglo XIV, y considerados los oriundos de Bosnia” (Carlos Sánchez Hernández). Como el concepto de “musulmán” remitía más a una concepción cultural que a un hecho religioso -con independencia de las creencias particulares-, y más en un estado socialista como la Yugoslavia de Tito, los musulmanes bosnios adquirieron en 1971 el estatus de nacionalidad, del mismo modo que croatas, eslovenos o serbios.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Los montenegrinos, por hallarse histórica y culturalmente emparentados con los serbios -su religión era la ortodoxa, su lengua era muy similar y su alfabeto era también el cirílico- han llegado a ser bautizados como “los serbios de la costa”. A ello, sin duda, ayudó -o perjudicó, más bien- sus actitudes recientes de apoyo a la política serbia, aunque la independencia reciente y la ruptura de la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro han mitigado. El pequeño país era un estado independiente cuando la unión de los eslavos del sur se produjo, algo debido a la belicosidad de sus gentes y al carácter montañoso e inhóspito del territorio, que dificultaba su conquista.

Aparte de todas estas naciones -término acuñado en la constitución de la República Federal Socialista, que otorgaba a las repúblicas y a sus pueblos el rango de naciones constitutivas de Yugoslavia-, en el interior del que sería el nuevo estado panyugoslavo convivían, además, otras minorías étnicas. Los albaneses, distribuidos fundamentalmente en la región de Kosovo y en zonas próximas a Albania de Montenegro y Macedonia, eran el grupo más numeroso. Además, había una importante minoría húngara en el norte de Serbia, en la Voivodina. Junto a estos dos grupos, hay que destacar a gitanos, judíos, valacos (rumanos), rutenos (ucranianos) e italianos en la zona de Istria (Eslovenia y Croacia), a los que habría que sumar posteriormente los que se quedaron en la zona de Trieste ganada por Yugoslavia tras la SGM.

La creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur obedecía al deseo de croatas, eslovenos, serbios y montenegrinos (estos dos últimos, como se ha dicho los únicos que disponían por entonces de un estado propio), quienes consideraban formaban parte de una raíz común, de unirse para mejor defender sus intereses en un entorno en el que estaban rodeados de países con pueblos no eslavos: Hungría, Albania, Grecia, Italia o Rumanía. Tras el estallido de la “Gran Guerra” y la invasión del pequeño reino de Serbia por parte austro-húngara, el gobierno serbio en el exilio contactó con el llamado “Comité Yugoslavo”, integrado por tanto por serbios como por eslovenos y croatas exiliados de los territorios austro-húngaros del Adriático y a quienes disgustaba la promesa hecha por los aliados a Italia de incorporar a los eslavos del Imperio a aquel país.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Los contactos con el gobierno serbio en el exilio estuvieron rodeados de fricciones. Serbia aspiraba al liderazgo del proyecto, que en cierta medida veía como una forma de realizar las ambiciones de la “Gran Serbia”, aspiración del reino balcánico desde su independencia del imperio turco. Por contra, los representantes del Comité deseaban que la creación del futuro estado yugoslavo se hiciera en pie de igualdad entre todas las nacionalidades que lo conformasen. Este último proyecto era una continuidad del primitivo del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios -referido a los serbios que vivían dentro de Austria-Hungría, como los de Bosnia y Croacia oriental- que se había planteado al efímero emperador Carlos como una entidad autónoma y que, sin embargo, el cansancio de la guerra y el agotamiento del proyecto imperial hacía poco menos que imposible de realizar en el interior del mismo.

El desarrollo final de la guerra, con la disolución en marcha del imperio austro-húngaro (Hungría independiente, Bohemia-Moravia y Eslovaquia unidas en un solo estado, Transilvania cedida a Rumanía…) llevó a la necesidad por parte del comité yugoslavo de depender de Serbia para defender a los territorios eslavos del ya extinto imperio de los intentos de invasión italiana de la costa dálmata, así como a aceptar una unión con Serbia en la que ésta llevaba la voz cantante si querían conservar la unidad con los serbios de Vojvodina y de Bosnia, así como con el diminuto reino de Montenegro, que habían optado por unirse a Serbia. La preponderancia serbia llevó a que el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios pasase a denominarse, en toda una declaración de lo que vendría a ser posteriormente la Yugoslavia monárquica, el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos bajo el mando de la dinastía reinante en Serbia, los Karageordjevic.

UN SOCIALISMO PECULIAR EN LA YUGOSLAVIA DE TITO

En los años previos al segundo conflicto bélico mundial, se observó una tendencia hacia un mayor control político de la monarquía serbia, que implantó una dictadura en 1928 tras el asesinato de un parlamentario montenegrino a manos de un croata. Las demandas de autonomía de las nacionalidades eslovena y croata se vieron cortadas de raíz por una reforma administrativa que dividía el país en provincias que no tenían en cuenta la división nacional y lingüística, al tiempo que el país se rebautizaba como Yugoslavia. Los movimientos nacionalistas de la periferia se hicieron, por su parte, más profascistas, de tal suerte que en Croacia nacía la Ustasha, una organización de corte fascista dirigida por Ante Pavelic, organización que asesinaría al rey Alejandro I en 1934 durante sus vacaciones en Marsella. El sucesor, Pedro II, emprendería alguna tibia medida para contentar a los croatas, como agrupar en una sola provincia autónoma a los territorios croatas. Sin embargo, tras la invasión del país por la Alemania hitleriana, los “ustashes” de Pavelic, apoyados por los nazis, crearon el Estado Independiente de Croacia, desarrollaron una política de “limpieza étnica” para con los serbios que habitaban los territorios croatas de Krajina y Eslavonia, escenarios en los años noventa de un proceso similar, pero a la inversa.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Tras la invasión del país, los serbios crearon también una organización propia de resistencia, los “chetniks”, de corte nacionalista y monárquico, quienes llegaron a actuar también de forma indiscriminada contra los croatas. Para completar este espectáculo de horror, cuyo recuerdo fue resucitado posteriormente por los nacionalistas con objeto de alimentar los odios y los miedos de la población y ganar adhesiones, también llegaron a actuar milicias musulmanas de conformidad con los deseos de los nazis, colaborando en el asesinato de judíos y enemigos políticos y étnicos. El único grupo que pudo aglutinar a una resistencia nacional yugoslava contra el invasor nazi y los colaboracionistas (y que por este motivo se enfrentó a los “chetniks” a pesar de unos primeros tiempos de cooperación), fue el ilegalizado Partido Comunista y sus partisanos, que, aunque con una presencia destacada de serbios en sus filas, agrupaba a todos los grupos nacionales del país y estaba dirigido por Josip Broz “Tito”, un veterano comunista de madre eslovena y padre croata que ya había colaborado en el reclutamiento de voluntarios para las Brigadas Internacionales en España (aunque, al contrario de lo que apuntan algunas fuentes, no llegó a combatir con los republicanos españoles).

Partisanos yugoslavos.

Partisanos yugoslavos.

Bajo la égida del PCY, y con el apoyo -como sucedió en la España republicana y en los países del Este de Europa, Italia o Francia- de sectores ajenos a la militancia obrera, como la burguesía progresista o la intelectualidad antifascista, que se incorporaron a las filas comunistas y partisanas por el creciente prestigio del partido en la lucha por la liberación nacional, Tito y sus hombres lograron liberar gran parte de Yugoslavia de la dominación nazi-contra lo que ha sido manifestado en algunos medios y reportajes televisivos, la ayuda soviética no fue esencial para la liberación de Yugoslavia; en 1942 los partisanos controlaban gran parte de Bosnia, la costa dálmata y el interior de Croacia, y en 1944 la mayor parte de las zonas montañosas del país, lo que equivalía, por la especial orografía del territorio yugoslavo, a decir casi todo-. En noviembre de 1942, fue creado el AVNOJ (Antifascisticko Viceje Narodnog Oslobdnejna Jugoslavije, Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia). En 1944, con el ejército alemán en desbandada tras el desembarco británico en Grecia, y con el creciente hostigamiento partisano en Albania y Yugoslavia, las tropas soviéticas entraron en el país desde Bulgaria. El Ejército Rojo y las tropas de Tito, que habían llegado a alcanzar los 800.000 combatientes, entraron entonces en Belgrado.

Josip Broz, "Tito" (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Josip Broz, “Tito” (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Los comunistas se convirtieron pronto en los dominadores del país e impusieron el régimen socialista. Aunque al principio Tito se mostró fiel a los principios ortodoxos procedentes de Moscú, y se desarrollaron los planes de reforma agraria, nacionalización de las industrias básicas y confiscación de las propiedades pertenecientes a colaboracionistas y fascistas, pronto se inició un camino socialista distinto para el país, alejado de los principios estalinistas que, poco a poco y tras la asunción de un mayor control por parte de la URSS -a través de los partidos comunistas locales, que asumieron todo el poder- de las democracias populares (que fueron sustituidas, en la práctica, por regímenes socialistas puros) iban implantándose en el centro y el oriente europeos.

La ruptura con la URSS comenzó a cimentarse incluso antes de la revolución, cuando se comenzaron a sentar las bases del “socialismo autogestionario” yugoslavo, que el PCY ya había desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial en casi todas las industrias abandonadas por sus propietarios, y se implantaba “en Yugoslavia de forma pacifica y, paradójicamente, lo que tantos sacrificios y esfuerzos fallidos había costado en otras partes a la clase obrera era ahora alentado desde el poder” (Antonio José Romero Ramírez). Este hecho y este concepto, que han quedado olvidados y casi desaparecidos en la literatura especializada sobre la temática acerca de Yugoslavia y los Balcanes, merece ser recuperado por cuanto, a pesar de su fracaso y del fracaso que supuso el mantenimiento de la unidad plurinacional del estado yugoslavo, supone una experiencia valiosa a la hora de examinar alternativas o “terceras vías” útiles frente al capitalismo triunfante y triunfalista, pese a que sus efectos sobre la calidad de vida de millones de seres humanos o el medio ambiente son notorios, y a los regímenes burocráticos mal bautizados como socialistas o comunistas hundidos en la Europa Central y del Este en 1989.

A esa heterodoxia a la hora de aplicar el socialismo por parte yugoslava se unían otras rencillas como la división interna del PCY fomentada por Stalin acerca del apoyo del líder soviético a la independencia de Croacia, en un período en que el partido yugoslavo estaba dividido en posturas centralistas y federalistas, o la persecución de Stalin hacia comunistas yugoslavos exiliados en la URSS por apoyar a la oposición de izquierdas. Además, los yugoslavos denunciaban abusos cometidos por las tropas del Ejército Rojo sobre la población tras su entrada en el país. La ruptura, sin embargo, llegó con el apoyo prestado por Tito a los izquierdistas del ELAS, el Ejército de Liberación Nacional griego, que tras haber luchado contra los nazis en suelo heleno, se veían obligados ahora a pelear en una cruenta guerra civil contra el gobierno monárquico derechista, apoyado por Gran Bretaña, que les había estado persiguiendo desde el desembarco británico. En virtud del reparto de zonas de influencia en los Balcanes entre Churchill y Stalin en su reunión en Moscú en 1944, Grecia caía en la zona de influencia británica, mientras Bulgaria y Rumanía quedaban para la URSS. Por tal motivo, Stalin hacía reiteradas llamadas al cese de la ayuda yugoslava al ELAS.

A esto se sumaba la intención de Tito de crear una Federación Balcánica con Bulgaria y Albania, a lo que Stalin se oponía tajantemente. En 1948, en una reunión de la Kominform -la efímera Oficina de Información de los Partidos Comunistas, heredera de la Komintern disuelta por Stalin en un gesto de buena voluntad para con sus aliados occidentales- se expulsó formalmente al PCY, que no tuvo delegados presentes en ella, bajo la acusación de revisionismo. Yugoslavia dejó de pertenecer al bloque soviético, cuyos estados miembros sometieron al país a bloqueo.

La situación dejó a Tito y a Yugoslavia dos únicas alternativa: fomentar un modelo de desarrollo socialista diferente al estalinismo, y buscar aliados, especialmente comerciales, en naciones occidentales y del Tercer Mundo que recién comenzaba a independizarse, lo que dio lugar a que Yugoslavia liderase el Movimiento de Países No Alineados, del cual Tito, junto con Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio, y Jawalharlal Nehru, uno de los líderes de la independencia de la India, fueron sus principales representantes.

El socialismo autogestionario yugoslavo fue una experiencia única y singular en el mundo de la Guerra Fría, dividido en los bloques soviético y occidental que representaban dos formas enfrentadas de concepción política y socio-económica. Yugoslavia, distanciada de la URSS, comenzó a desarrollar un modelo socialista propio que los ideólogos de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (la nueva denominación del partido), entre los que destacaba Eduard Kardelj, un compañero de lucha del mariscal Tito, definían como más próximo a las tradiciones marxistas y a los principios del socialismo democrático. En esta “vía yugoslava al socialismo” era necesario tener en cuenta las peculiaridades nacionales, de tal suerte que “el marxismo debía entenderse como un método abierto de análisis y orientación política, adaptado a las circunstancias cambiantes de cada caso nacional, y no como una rígida fórmula aplicable a cualquier situación y diseñada para mantener un sistema de dominio internacional” (José Carlos Lechado).

Hay quienes afirman que Tito partió de sus experiencias españolas -cosa harto dudosa, por cuanto el líder yugoslavo no estuvo en España- para poner en marcha el proceso autogestionario. Ahora bien, es posible que los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales, y que suponían el sostén del mariscal en su pugna contra la URSS y contra el sector prosoviético del partido, pudieran aconsejarle en este sentido en virtud de sus experiencias en la España republicana. Sea como fuere, el socialismo autogestionario tenía algunos otros antecedentes, que se remontaban hasta la Comuna de París.

Frente a la toma centralizada de decisiones que era característica del burocratismo soviético, y que se extendería hacia los regímenes del centro y el este de Europa entre mediados y finales de los 1940, el modelo yugoslavo aspiraba a la descentralización en la toma de decisiones en las fábricas, empresas y cooperativas, dando mayor poder a los trabajadores frente a los cuadros técnicos del partido. Frente al dirigismo desde arriba en cuanto a la planificación económica, la famosa planificación centralizada, el sistema yugoslavo se basaba en la planificación dirigida, a través de una serie de directrices básicas a partir de las cuales las empresas contaban con una amplia libertad de decisión. Asimismo, se establecían mecanismos de mercado, tales como la competencia entre empresas.

La Liga de los Comunistas de Yugoslavia conservaba el monopolio del poder político, pero en el ámbito económico y administrativo la descentralización y la introducción de mecanismos “democráticos” trataban de contrapesar, de dejar en un segundo plano, ese monopolio, siquiera fuera de modo formal. “El aparato del partido y el estado quedaban así, al menos formalmente, relegados a un plano secundario, procurando dejar expedita la vía yugoslava hacia la autogestión. Las bases de este cambio quedarían plasmadas en la Constitución de 1953, según la cual la nueva organización social y política del país descansaría sobre la propiedad social de los medios de producción, la autogestión de los trabajadores en la economía y el autogobierno de los ciudadanos en la comuna” (Romero Ramírez). En el plano económico, la asamblea de personal y los consejos obreros, como representantes de los trabajadores, tenían amplias facultades de decisión – contratación, vivienda, reclamaciones, productividad, seguridad, higiene, etc. en el caso de la primera; reglamentos internos de la empresa, planes financieros y de producción, sus programas de inversiones y amortizaciones, aprobar el balance y las cuentas de la empresa, o dirigir la política de personal en el del segundo-. Los miembros del consejo obrero eran elegidos por el personal, con posibilidad de revocación en cualquier momento y no se les podía reelegir de inmediato. Los miembros del comité de dirección eran elegidos por el consejo obrero, a quienes les correspondía la gestión y ejecución de las políticas aprobadas en él y podían ser elegidos de entre todos los empleados, si bien “dada la complejidad de los temas abordados, el consejo obrero cuenta con comisiones especializadas que actuarían bajo su supervisión y control. Una de dichas comisiones -integrada por representantes del personal, del sindicato y de las autoridades locales- es la encargada de juzgar en concurso público a los candidatos a la dirección y a los puestos directivos.” El director, por su parte, es responsable técnico y administrativo, ejerce la representación de la empresa ante otras organizaciones y el Estado, y sus facultades en cuanto a despidos, contrataciones y otras se encuentran disminuidas por cuanto o son propias de o necesita del consentimiento del comité de gestión (del cual el director es miembro de oficio) o del consejo obrero (al que, por contra, no puede pertenecer).

El corolario del sistema de autogestión en el mundo económico y laboral fue la aprobación, junto con la de la Constitución de 1974, de la Ley de Bases del Trabajo Asociado, que daba mayor capacidad de decisión a las empresas en la toma de decisiones y, dentro de éstas, “todos estarían implicados en la toma de decisiones, independientemente del lugar que ocupen en la organización.”

Todor Kuljic expone, a modo de resumen, el funcionamiento práctico de la autogestión en el interior de las empresas yugoslavas:

“Las decisiones que se tomaban en las plantas de producción, se hacían de forma independiente; los consejos obreros eran soberanos, aunque estuvieran bajo el auspicio del partido gobernante. Se diferenciaban varios aspectos: aquéllos en los que los consejos obreros eran soberanos, y otros en los que dependían de los decretos procedentes de las autoridades […] Existían, por tanto, tres áreas: una primera área relacionada con las cuestiones puramente técnicas, una segunda dedicada a los asuntos de distribución dentro de la planta y la tercera, que hacía referencia al problema de la administración de cuadros. En estos casos, el comité del partido siempre tenía la última palabra y no existían decisiones soberanas por parte de los consejos obreros. Se podría decir que era una democracia directa mixta compuesta por varias capas. No obstante, si la comparamos, por ejemplo, con el estado actual en el que se encuentra Yugoslavia, donde impera una especie de capitalismo salvaje, podríamos decir que era una democracia que funcionaba relativamente bien […] Por ejemplo, en lo que respecta a los trabajadores, éstos no podían perder sus trabajos si el consejo laboral no se encontraba activo. La decisión final no dependía de la dirección. El consejo laboral, representado también por los trabajadores, decidía la valía de un trabajador. Hoy en día, únicamente son válidos los decretos. Asimismo, los consejos laborales eran soberanos en otros asuntos sociales, como era el caso de los apartamentos, vacaciones y distribución de ingresos.”

Sin obviar los problemas, Kuljic expone la necesidad de que la autogestión suponga, como hemos comentado unas páginas más arriba, una alternativa constructiva al capitalismo que se ha introducido -en algunos casos, cuando menos, en forma de “capitalismo de amiguetes”, y en su vertiente más lapidaria, en modo de “capitalismo mafioso”- en los nuevos estados balcánicos. Pese a sus errores, que más adelante examinaremos, afirma, “bajo mi punto de vista, la autogestión no puede morir nunca.”

Pero antes de pasar a ellos, es necesario comentar que la autogestión no se limitaba -o no aspiraba a limitarse- solamente al plano económico y laboral. Tal y como establecía la Constitución yugoslava de 1953, “el pueblo trabajador dispone de la comuna como organización político-territorial y comunidad socioeconómica de base, y como principal instrumento, por tanto, para el autogobierno de las instituciones económicas, sociales y políticas.” La comuna municipal, la institución de gobierno local, se regía también por los principios del socialismo “a la yugoslava”.

Con un antecedente nacional claro, la democracia radical serbia decimonónica (Kuljic), la comuna es una agrupación tanto cívica como económica, y en ella se dirimen asuntos de administración local como de organización económica. El comité popular de la comuna, órgano legislativo de la misma, se encuentra dividido en un consejo ciudadano, el consejo comunal, elegible por todos los ciudadanos, y un consejo económico o consejo de productores, resultado de la elección por parte de aquellos actores de las tres ramas de la economía -agricultura, industria y servicios-. Tanto en uno como en otro caso el mandato es por cuatro años La autoridad máxima del Comité Popular es el presidente, asistido en sus funciones por un funcionario profesional que ejerce de secretario del comité. El comité popular decide, de acuerdo con los principios aplicables a la autogestión en las empresas, sobre cuestiones que afectan a la vida ciudadana local: administración local, escuelas, instituciones científicas, culturales y recreativas, sanidad, vivienda… “La organización comunitaria asegura el contacto directo y el control del individuo sobre aquellos asuntos que como ciudadano o como trabajador le pudiesen afectar” (Romero Ramírez).

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

A lo largo de los primeros años de la Yugoslavia socialista posterior a la ruptura con Stalin, se introdujeron otros mecanismos liberalizadores, en especial en el campo, donde se relajaron los controles burocráticos, se abolió la venta obligatoria de alimentos al Estado, se sustituyó el anterior régimen de estaciones estatales de maquinaria agrícola por uno nuevo en el que la propiedad correspondía a las cooperativas y se alentó la formación de pequeñas propiedades privadas. Yugoslavia, además, se convirtió en un socio estratégico de EE.UU. y Gran Bretaña, para quienes la presencia de un país comunista no adscrito a la política soviética no dejaba de resultarles ventajosa. Así, a lo largo de la existencia del estado federal, Yugoslavia buscó y recibió ayudas llevó a cabo acuerdos comerciales tanto con Occidente como con el Este de Europa, cuando la muerte de Stalin y la relajación de las políticas hostiles desde Moscú alentaron el acercamiento entre Belgrado y el bloque soviético.

Sin embargo, el modelo autogestionario yugoslavo contó a lo largo de la existencia de la república socialista con diversas carencias. En primer lugar, la combinación de un socialismo autogestionario, de amplia descentralización (también a nivel de nacionalidades o repúblicas, como veremos a continuación) y participación popular casaba mal con la existencia de un régimen de partido único. De este modo, la práctica de la democracia directa sólo estuvo presente en los escalones inferiores de las empresas y las comunas, mientras que los puestos más altos en la escala, aquellos para los que se requiere una mayor preparación, sea técnica en el caso de las empresas, o administrativa en el caso de las funciones organizativas de los municipios y repúblicas, recaerán en manos de una clase dirigente vinculada a la LCY. Aunque, a diferencia de lo ocurrido en otros países de régimen socialista, en Yugoslavia trató de evitarse la confusión entre el partido y el Estado.

Relacionado con lo anterior, factores socio-económicos, educativos y culturales de la población dificultaban la puesta en marcha del modelo autogestionario, al menos en el corto plazo. Al final de la SGM, Yugoslavia era un país pobre, destrozado por el conflicto, con altas tasas de analfabetismo y una división interna causada por las luchas entre chetniks, ustashes y partisanos. No todo el mundo, ni muchas zonas del país, se encontraban adecuadamente preparados -en conocimientos, técnica, etc.- para el desarrollo del modelo autogestionario. Además, había que contar con las dificultades que conllevaba la transición desde una sociedad autoritaria, socialmente conservadora y fuertemente afectada por valores religiosos a un modelo que, al menos en teoría, otorgaba a los trabajadores y a los ciudadanos un amplio poder de decisión en lo que respectaba a la organización laboral y social. Así, Eslovenia, la república más rica, sería la que desarrollaría de una forma más brillante el modelo autogestionario, mientras las regiones y repúblicas del sur, como Kosovo, Macedonia o Montenegro, las más atrasadas, serían aquellas en las que se encontrarían más dificultades, haciendo que de este modo el norte mantuviera sus diferencias de desarrollo. A la larga, sin embargo, lo que se observó en todo el país fue un cierto desencanto y apatía en cuanto a la intervención obrera en los órganos de autogestión, y a la búsqueda de la defensa de sus intereses a través del uso de mecanismos comunes a los de la clase trabajadora de cualquier otro lugar, como la huelga (lo que se evidenció especialmente en los años ochenta y primeros noventa con los programas de ajuste estructural del FMI). “Parece paradójico, pues, que […] el sistema de autogestión yugoslava reproduzca el mismo modelo de relaciones laborales conflictivas que en principio deberia de haber contribuido a eliminar” (Romero Ramírez).

En tercer lugar, la economía yugoslava, con su combinación de socialismo y mercado, sufrió fuertes desequilibrios. Aunque hubo algunas diferencias sensibles con respecto a las economías de planificación central -el derecho reconocido de sus ciudadanos a emigrar, la mayor concentración en los bienes de consumo frente a los de equipo-, la ausencia de órganos de coordinación y planificación y la tendencia a la concentración empresarial, que favoreció la aparición de la tecnocracia dirigente, generaron, a la larga, algunos de los factores en los que se asentó la crisis económica y política que dio lugar a la desintegración de la república federal: una fuerte inflación, una creciente deuda externa, el mantenimiento de las diferencias de desarrollo entre repúblicas o un mayor desempleo -y por añadidura una mayor emigración-. Uno de los primeros disidentes yugoslavos, Milovan Djilas, ex vicepresidente de la república, criticaba desde una posición marxista que el modelo yugoslavo estaba reuniendo los peores aspectos del “socialismo real” y del capitalismo. En sus conclusiones, el profesor Romero Ramírez expone que “la construcción de una sociedad autogestionaria no podría descansar, única y exclusivamente, en la propiedad social de los medios de producción, ni en un ordenamiento legal que confiriese a los trabajadores el estatus y la responsabilidad de regir la vida social y económica, sin atajar antes todos los factores que conducen a la desigualdad y a la consagración de las jerarquías.”

Con todo, el modelo yugoslavo permitió a una sociedad fuertemente atrasada económica, técnica y a nivel educativo superar estos problemas en un período de tiempo relativamente corto. Asimismo, la muestra de que existía una forma distinta de hacer las cosas, pese a que la autogestión desarrollada en los Balcanes estuviera fuertemente desnaturalizada, debe ser útil de cara al futuro o, cuando menos, no ser obviada por los acontecimientos producidos con posterioridad en el área.

UN EQUILIBRIO PRECARIO ENTRE EL CENTRO Y LAS REPÚBLICAS

Imagen8Las repúblicas eran el escalón último de la descentralización administrativa en Yugoslavia. La Constitución de 1946 proclamaba la división del país en seis repúblicas federadas, una provincia y una región autónomas. Las seis repúblicas eran Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia. La provincia autónoma de Vojvodina, donde se encontraba una importante minoría húngara, y la región autónoma de Kosovo-Metohija, de mayoría de población albanesa (y de estatus menor al de Vojvodina) se enclavaban dentro de la república de Serbia. Posteriormente, sin embargo, Kosovo recibiría el estatus de provincia y perdería el nombre compuesto, suprimiéndose la denominación serbia de Metohija, que resultaba ofensiva para la población albanesa.

La configuración, o más bien la adscripción a cada una de las principales minorías del país a una república o a una provincia se realizó por el siguiente criterio, según explica Carlos Taibo: a cada nación constitutiva de Yugoslavia -eslovenos, croatas, serbios, bosniacos…- le correspondía una república federada. Sin embargo, los húngaros -y, junto a ellos, los antiguos serbios de Hungría que vivían en la Vojvodina- y la importante minoría albanesa eran consideradas nacionalidades, por cuanto su nación constitutiva se encontraba en otro estado independiente fuera de las fronteras de Yugoslavia, en su caso Hungría y Albania. Por este motivo, en la división administrativa a Vojvodina y Kosovo sólo se les concedió el estatus de provincia. Las reivindicaciones para elevar su rango al de república, similar al de las otras seis, eran además más intensas en Kosovo que en Vojvodina, dado que la población serbia era mayoría en esta última. No obstante, tras la reforma constitucional de 1974, ambas provincias disfrutaron, en la práctica, de un estatus similar al de las repúblicas, incluyendo la participación, con un representante elegido por sus respectivos parlamentos autónomos, en la presidencia colegiada de Yugoslavia que habría de suceder a la presidencia unipersonal de Tito a su fallecimiento.

A lo largo de los años del liderazgo del mariscal, la tensión entre centralistas y federalistas se fue resolviendo hacia fuera, concediendo en las reformas constitucionales una mayor autonomía y descentralización a las repúblicas. Al mismo tiempo, Tito se mostró implacable con las veleidades nacionalistas de Eslovenia y Croacia, por un lado, y los impulsos de recentralización de Serbia, ya pertenecieran a la oposición o a facciones locales de la LCY. Los intentos de Tito de llevar a cabo un cierto equilibrio entre el centro y las repúblicas chocaron, sin embargo, con su incapacidad para lograr crear un sentimiento nacional yugoslavo lo suficientemente fuerte como para estar por encima de diferencias étnicas o nacionales como las que estallaron a lo largo de las dos décadas posteriores a su fallecimiento. Esto, no obstante, no fue una tara exclusivamente del líder comunista yugoslavo: ya hemos visto que a lo largo de la existencia del reino de entreguerras fue también casi imposible articular un sentimiento nacional paneslavo en el país. Y, a pesar de ello, según las estadísticas proporcionadas por Taibo, a la muerte de Tito había subido en una gran proporción el número de personas que se declaraban “yugoslavas” a secas: en 1971 eran 273.000; en 1981 representaban más de un millón doscientas mil, con porcentajes más elevados en Croacia que en Macedonia.

Las tensiones entre el centro y la periferia guardan también relación con los problemas económicos que acabaron agudizando los conflictos internos de Yugoslavia. La descentralización de la política económica, sobre todo a partir de 1965, cuando el gobierno federal perdió gran parte de su capacidad de control sobre la actividad económica, generó una descoordinación de las políticas seguidas por parte de las diferentes repúblicas que aumentaron los desequilibrios, perjudicaron la toma de decisiones en materia fiscal, de política monetaria, de inversiones o de política de precios y penalizaron, a la larga, el desarrollo de las regiones más desfavorecidas, que siguieron creciendo a menor ritmo que las repúblicas septentrionales más desarrolladas. Eslovenos y croatas, preocupados por la integración en el mercado mundial, la inversión según criterios de racionalidad y rentabilidad y la competitividad de sus industrias, criticaban la adopción de un programa de inversiones destinado a la creación de “fábricas políticas” en Bosnia y Kosovo (la inversión en estas dos zonas motivadas, según ellos, por objetivos políticos, aunque se tratase de explicar por la necesidad de industrializar y desarrollar estas regiones) y la política del Fondo Federal para el Desarrollo de las Regiones Subdesarrolladas. La controversia en la materia, que se mantuvo a lo largo del tiempo, fue perjudicial a la hora de que el gobierno federal dispusiera una política adecuada para solventar los problemas del país. Podría llegar a decirse, incluso, que lejos de una “solidaridad entre repúblicas” (como se quiso bautizar el sistema federal), lo que se dio fue una suerte de “insolidaridad entre repúblicas”, especialmente en lo que respecta a la redistribución de la riqueza nacional entre las regiones más ricas y más pobres. En resumen: “el término “fragmentación del mercado” fue acuñado por los expertos de la OCDE (1984) para referirse a la situación provocada por la aplicación de los principios autogestionarios al marco de las relaciones económicas entre las diversas repúblicas. De acuerdo con el ordenamiento legal, cada república y provincia autónoma de las que integraban el antiguo estado federal yugoslavo disponía de una amplia discrecionalidad en materia económica […] Esta amplia autonomía de unas repúblicas a otras tuvo como consecuencia más inmediata la descoordinación en la política econ6mica nacional, provocando, a su vez, altas tasas de desempleo y de inflación; pero, sobre todo, propició que las diversas repúblicas arbitrasen los procedimientos adecuados para frenar la redistribución de la renta nacional a favor de sus propias economías locales” (Romero Ramírez). Un escenario que se complicó aún más con la intervención, nuevamente malograda, de las instituciones financieras mundiales, en un marco de crisis institucional y manipulaciones nacionalistas.

CAUSAS EXTERNAS DE LA CRISIS

Imagen9La muerte del mariscal Tito se produjo el 4 de mayo de 1980 en Liubliana, capital de Eslovenia. El viaje de su féretro hasta Belgrado fue seguido de forma significativa por multitud de yugoslavos, pero su muerte no significaba sólo, de una manera simbólica, dejar huérfanos a todos aquellos ciudadanos de la Yugoslavia socialista y multiétnica que había forjado a lo largo de treinta y cinco años. A su fallecimiento, el sistema político y económico del país se encontraba ante un desafío: la deuda exterior, el desempleo y la elevada inflación se habían convertido en problemas severos, así como las diferencias de desarrollo permanentes entre el norte y el sur del país. Paralelamente, a pesar de las reformas políticas que otorgaban mayor autonomía a las repúblicas y a las provincias autónomas y a la puesta en marcha de la presidencia colectiva y rotatoria tras el fallecimiento del mariscal -que había ejercido como presidente vitalicio del país, si bien con un cargo más de representación exterior que con funciones típicas de alto magistrado de la Nación-, tal y como se había previsto en la reforma constitucional de 1974, las tensiones nacionales se mantuvieron a lo largo de las décadas siguientes.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

A lo largo de los años venideros, en el seno del parlamento federal y la Liga de los Comunistas de Yugoslavia trató de abordarse este problema, desde las perspectivas de una descentralización mayor, lo que habría dado lugar a una estructura más confederal que federal al país -una solución que apareció a principios de los noventa, cuando las posturas intransigentes, en especial del nacionalismo serbio, hicieron fracasar esta solución- o de una recentralización que confiriera mayor poder al centro federal para poder coordinar áreas sobe todo económicas. Al mismo tiempo, y en este sentido, se enfrentaban también posturas partidarias de la introducción de medidas liberalizadoras de la economía y otras más conservadoras, más ortodoxas desde el punto de vista del socialismo, en la materia. Como quiera que las posturas discordantes centralización-descentralización y liberalismo-conservadurismo en materia económica estaban confundidas en las cúpulas dirigentes de las ligas de los comunistas locales, de tal suerte que los que defendían la descentralización administrativa no siempre eran partidarios de la liberalización económica (y al revés en el caso del otro binomio), “esta división hizo imposible cualquier acuerdo común sobre la reforma constitucional” (Carlos Taibo).

Un problema que agudizaría los conflictos era que, salvo Eslovenia, que era relativamente homogénea en términos étnicos (esta razón, junto con el hecho de que no tuviera fronteras comunes con Serbia, harían que la guerra de secesión de esta república fuera casi una “guerra relámpago”), casi todas las repúblicas tenían un alto número de población minoritaria de otras etnias, lo que daba lugar a que los conflictos independentistas y el nacionalismo exacerbado tuviera como víctimas especiales a estas poblaciones. Había una importante minoría serbia, como ya se ha citado anteriormente, en Croacia. En Serbia, húngaros y sobre todo albaneses en las provincias autónomas. Bosnia era un cóctel multiétnico. Y también había importantes minorías albanesas en Macedonia y Montenegro, república ésta que además contaba con un alto porcentaje de población serbia.

A partir de mediados de los ochenta, el nacionalismo, en franca conexión con la crisis económica (agudizada además por factores externos que pasaremos posteriormente a examinar) comenzó a hacer de las suyas en las diferentes repúblicas. Sobre este tema se ha escrito mucho, y como exponen muchos autores, las raíces más violentas y expansionistas, de raíz irredentista, comenzaron a observarse en Serbia, donde un funcionario de la Liga de los Comunistas, Slobodan Milosevic, dispuesto a conseguir el poder en la república sin importar el establecimiento de extrañas alianzas con este sector político -e incluso sin importarle poner en riesgo la propia permanencia de la federación- alimentó desde el poder el nacionalismo si le podía granjear apoyos, y posteriormente votos. Conocidas son sus primeras manifestaciones, suspendiendo la autonomía de Vojvodina y Kosovo, liderando la manifestación ultranacionalista de Kosovo Polje y la continuación de las mismas con el apoyo a las milicias serbias en Krajina, Eslavonia Oriental y Bosnia Oriental. Pero Milosevic no fue el único, aunque fuese el primero, en mostrar oportunismo a raíz de la descomposición interna yugoslava -quién sabe si alentada además por este tipo de personalidades- y de la progresiva caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental. Milan Kucan, el primer presidente esloveno elegido en elecciones pluripartidistas, era un antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. Y Franjo Tudjman, el primer presidente de la Croacia pluripartidista y luego de la república independiente, había sido partisano a las órdenes de Tito y general del ejército federal, y en 1989 pasó a defender, con esa extraña fe del converso, la política de exterminio bajo argumentos divinos (“el genocidio es un fenómeno natural, no sólo permitido, sino ordenado por la palabra del Todopoderoso para la superviviencia del reino de la nación escogida o para la preservación y difusión de su fe, la única verdadera”) e hizo apología del régimen fascista títere del Estado Libre de Croacia de Ante Pavelic. No deja de resultar sorprendente que estos dos personajes, Milosevic y Tudjman, dos oportunistas políticos que hicieron bandera de la causa nacionalista; que levantaron dos regímenes corruptos y autoritarios en Zagreb y Belgrado; que apoyaron -cuando no lo fueron directamente ellos mismos- a criminales de guerra y apologistas de la violencia como Radovan Karadzic y Ratko Mladic en el caso del primero o Mate Boban y Ante Gotovina en el del segundo; y que proyectaron repartirse Bosnia-Herzegovina a través de los acuerdos de Karadjordjevo (marzo de 1991) y Graz (mayo de 1992), aparecieran sentados en Dayton en 1995 firmando como hombres de Estado los acuerdos de paz que daban por finiquitado el conflicto bosnio -y, en los hechos, el gobierno multiétnico del país y sancionaban poco más o menos la política de conquista y limpieza étnica desarrollada a lo largo de los tres años anteriores-.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Lo de Dayton puede interpretarse, poco más o menos, como una nueva cumbre en la cadena de despropósitos de la comunidad internacional en su forma de tratar los asuntos referentes a Yugoslavia. Es curioso que un país que había sido especialmente bien tratado por la Unión Europa o los Estados Unidos por ser un estado socialista heterodoxo, alejado de la órbita de Moscú, fuera sin embargo tan poco conocido en cuanto a sus asuntos internos como para que durante cinco años (1990-1995), o más si contamos con el triste epílogo del conflicto kosovar, estuviera sembrando cadáveres y dando pie a explicaciones simplistas como una suerte de males atávicos que se pretendían remontar a las guerras balcánicas de casi cien años antes.

Por descontado, fueron los problemas internos de Yugoslavia la causa principal de que se desencadenaran los conflictos que se fueron sucediendo, desde la breve “Guerra de los Diez Días”  en Eslovenia de la primavera de 1991 hasta la larga guerra civil bosnia de 1992 a 1995. Pero todos esos problemas se vieron agudizados por la actuación de una serie de agentes de fuera que aportaron “leña al fuego” en este asunto, bien por acción o por omisión. Si bien Yugoslavia o los Balcanes en general, como explica el profesor Taibo, había dejado de ser el área estratégica que fue cuando tuvieron lugar las independencias del imperio otomano del siglo XIX o las guerras balcánicas previas a la PGM, y la atención se había desviado hacia Oriente Medio, las dificultades de una URSS en sus últimas bocanadas, la unidad alemana o la integración europea, esto lo que hace es hablar en negativo de una comunidad internacional que exhibe una cara, la de la defensa de las libertades, los derechos humanos y la paz, mientras por la espalda sólo se preocupa de sus propios intereses geopolíticos, muy alejados de esos grandes principios.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

El papel del FMI: La negociación para el pago de la deuda externa yugoslava conllevó, casi como en todas partes, un plan de ajuste estructural que de nuevo se llevó a cabo, como en tantas otras ocasiones, a través de las llamadas “recetas mágicas” del FMI, las instrucciones multiusos que en tantas ocasiones se han demostrado fallidas y han causado más perjuicios que beneficios. En palabras de la especialista alemana Jutta Dirtfurth, citadas por Ángel Ferrero, “a la elevada deuda exterior en los ochenta les siguió la desestabilización de la economía yugoslava en los noventa, en parte por culpa del programa de ajuste estructural dictado por el Fondo Monetario Internacional en 1990. Como en el caso del Tercer Mundo, el objetivo ahora en Yugoslavia era privatizar las empresas públicas y abrir el país a las inversiones y mercancías extranjeras. Pero sobre todo se trataba de recortar los amplios derechos de que gozaban los trabajadores. La ley sobre Organización de Base del Trabajo Asociado molestaba. Un ejemplo así no era necesario en la futura Unión Europea…” Ya antes de la muerte del mariscal Tito, un primer paquete de medidas fue adoptado -o impuesto- a las autoridades yugoslavas, sin que supusiera éxito alguno: la reestructuración de la deuda no condujo a una reducción de la misma, sino que fue progresivamente aumentando. El nivel de vida de la población, a consecuencia de la devaluación del dinar, la moneda yugoslava, fue cayendo progresivamente.

A lo largo de los años ochenta, las privatizaciones, las congelaciones salariales, una nueva ley bancaria diseñada para desencadenar la liquidación de los “Bancos Asociados” (hasta entonces en manos públicas), la ausencia de ayudas a las empresas nacionales obligadas a entrar en bancarrota o en liquidación por la competencia extranjera -con la aprobación de una particular legislación al efecto para facilitar que las empresas insolventes se declararan en quiebra-, y otras medidas puestas en marcha por el primer ministro federal, Ante Markovic (quién había sustituido en 1988 a Branko Mikulic, incapaz de hacer aprobar su proyecto de presupuestos en el parlamento federal), como una política monetaria restrictiva, dinamitarían los lazos económicos entre las repúblicas, aumentarían las tendencias centrífugas que se habían ido observando a lo largo del tiempo entre las mismas y dispararían las tensiones separatistas. Al mismo tiempo, el apoyo otorgado a la burocracia del partido para la puesta en marcha de las reformas, creando una continuidad entre la antigua y la nueva clase dirigente (“las oligarquías republicanas, que soñaban con un “renacimiento nacional” en beneficio propio, en lugar de elegir entre un auténtico mercado yugoslavo o la hiperinflación, optaron por una guerra que iba a ocultar las auténticas causas de la catástrofe económica”, expone Michel Chossudovsky), y el desencanto de una población que mostró primero su malestar en forma de huelgas donde las diferencias étnicas brillaban por su ausencia, y luego se vio arrastrada a la orgía nacionalista por los manipuladores políticos, sirvieron de acelerador del proceso.

Como corolario, muchos de los países de la zona se hallan más empobrecidos -aunque siguen persistiendo las mismas diferencias que durante la existencia de la federación-, la integración en la UE se ha hecho a costa de programas de recortes y de una caída del nivel de vida que han generado protestas ciudadanas (Eslovenia) o se ha dado una manifestación de capitalismo clientelar (Serbia, Montenegro) o de una administración neo-colonial de no residentes que determina la política económica (Bosnia-Herzegovina).

La actitud alemana: La Alemania recientemente reunificada (o más bien resultado de la absorción de la RDA por parte de la RFA, dado que no hubo ni adopción de una nueva carta magna, ni reforma constitucional, ni referéndum… nada salvo la pura y simple imposición del sistema político y económico de Alemania Federal a su vecina) tenía ansias de liderazgo en el interior de la entonces Comunidad Europea (Maastricht fue el primer paso para la construcción de una suerte de nueva Europa bajo la Pax Germanicca). El gobierno del canciller Kohl, reelegido tras el subidón nacional provocado por la “reunificación”, forzó la deriva de los acontecimientos cuando, tras un acuerdo en el verano de 1991 entre Belgrado y las entonces repúblicas secesionistas de Eslovenia y Croacia, se finalizaron los combates en la primera de las repúblicas a condición de que Liubliana y Zagreb pospusieran su independencia por noventa días y Serbia aceptara el relevo en la presidencia rotatoria de la debilitada federación.

Sin embargo, el gobierno alemán tomó la iniciativa unilateral de reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia, forzando al resto de países miembros de la CE a reconocer también la secesión. Antes de tomarse siquiera la molestia de esperar a la evaluación de un comité de juristas, que tendría que elaborar un informe acerca de la situación de los derechos humanos y la situación de las minorías en estas repúblicas, y en contra de la opinión de los Estados Unidos, quienes pese a no tener ya interés en el mantenimiento de la federación yugoslava, consideraban precipitado aún el reconocimiento. Contra -o cuanto menos adelantándose a- los propios requisitos solicitados en la materia por la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE, la posterior OSCE), el reconocimiento prematuro avalaba a un personaje tan poco de fiar como Tudjman y daba alas al nacionalismo serbio para emprender su labor de limpieza étnica en Krajina y Eslavonia Oriental bajo el argumento de la “autodefensa”. El contraste de la actitud alemana, además, con el rápido reconocimiento de la independencia de Eslovenia y Croacia con respecto a las aspiraciones de reconocimiento de una hipotética secesión en referéndum o en elecciones plebiscitarias de Cataluña o el no reconocimiento de la anexión de Crimea por Rusia (península mayoritariamente habitada por rusos y que había pertenecido a Rusia antes de que fuera otorgada a Ucrania por primera vez en su historia por el premier soviético Nikita Jruschov en los sesenta) bajo el argumento de la “integridad territorial de los estados” suena casi a chiste.

Las ayudas militares y diplomáticas “bajo cuerda”: Jutta Dirfurth, en otro párrafo citado por Ángel Ferrero, establece la actitud favorable a eslovenos y croatas exhibida por Alemania y su vecina Austria a lo largo de los conflictos yugoslavos. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, capitaneada por EE.UU. y, en el ámbito europeo, claramente secundada por la nueva Alemania, “consideraba a Yugoslavia una molesta muralla que bloqueaba sus intereses en Asia Central. Su objetivo era el establecimiento de un puente hasta su puesto avanzado en Turquía y la estabilización de los Balcanes para los intereses de los Estados Unidos y la UE, con Alemania al frente”. Josep Fontana se refiere, además, a la vieja aspiración de dominio austro-alemán de la zona balcánica, fracasada tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, y que parecía retornar con la desintegración del estado federal yugoslavo. A ello podía sumársele la posible futura integración, en la esfera de influencia austro-germana y en la Unión Europea, de las dos repúblicas más septentrionales y desarrolladas de la disuelta federación, Eslovenia y Croacia, que habían formado parte del Imperio Habsbúrguico (como, de hecho, ha ocurrido). Si nos atenemos a las feroces críticas y posiciones antiserbias -absolutamente justificadas- en el conflicto, sin que, sin embargo, se escucharan lamentos por los crímenes o abusos de poder cometidos por parte de las autoridades y milicias croatas, dentro o fuera de las fronteras de la república, puede resultar fácil colegir que el apoyo alemán, austríaco e incluso húngaro (que intervino también a favor de Croacia para tratar de ayudar de modo indirecto a sus connacionales de Vojvodina) se tradujo en una actitud similar en los medios diplomáticos y de comunicación.

Por su parte, Francia jugó hacia una calculada ambigüedad: “al mismo tiempo que Mitterrand criticaba a Milosevic por sus abusos, le prestaba apoyo incluso militar enviando discretamente armas a los serbios, tan sólo para proyectar la antigua alianza franco-serbia que se remontaba a 1914” (Carlos Sánchez Hernández).

Estados Unidos, por su parte, fue a remolque de la Unión Europea, y aunque en un primer momento proporcionó armas e instructores al gobierno bosnio de Alia Izetbegovic, demostró que no tenía una política clara sobre el asunto, y el embargo de armas que se dictó en Bosnia no favoreció en absoluto a sus supuestos aliados del gobierno de Sarajevo. Lejos de eso, las milicias serbias, que contaban con los arsenales del ejército federal, podían seguir abasteciéndose en mayor medida que sus adversarios, lo que les llevó a conquistar las dos terceras partes del territorio bosnio entre 1992 y 1994, mientras croatas -de acuerdo con el plan de partición entre Tudjman y Milosevic- y musulmanes peleaban entre sí en el resto de Bosnia.

“El triste papel de la ONU”: Así ha definido el profesor Taibo lo que fue el papel de la organización internacional en los Balcanes. No resulta extraño, pues en el juego de intereses descrito anteriormente -al que podría sumarse la postura griega, preocupada por el reconocimiento internacional de Macedonia; o el de España o Gran Bretaña, por el impacto interno que podrían tener en Euskadi, Cataluña o Escocia el reconocimiento del derecho de autodeterminación que se le había dado a Croacia y Eslovenia- la ONU y su Consejo de Seguridad iban a ver también posturas enfrentadas o cuando menos de una ambigüedad calculada entre las diferentes naciones y entidades internacionales.

El caso de Bosnia-Herzegovina fue, sin duda, el que más impacto -por la duración del conflicto, por sus secuelas humanitarias, por las múltiples conexiones televisivas que llegaban a los espectadores de todo el mundo- tuvo en la opinión pública y el que reveló la ineficacia de la organización, que en los últimos años ha dido experimentando un franco declive cuyo punto culminante ha sido la utilización unilateral de la fuerza y sin respaldo alguno de resoluciones de Naciones Unidas por parte de EE.UU. en Irak. Pero, retornando a Bosnia, lo más grave del asunto fue que otra vez el juego de intereses se entrometió aquí, abriendo camino a la guerra y sentando las bases para que la ONU fracasara en su empeño de enviar una fuerza de paz y de llegar a un acuerdo estable para la viabilidad del país.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Como ya se dijo anteriormente, Bosnia-Herzegovina resultaba algo así como una “Yugoslavia en pequeño”. Habitada por tres comunidades (serbios, croatas y bosnio-musulmanes), muchas veces entremezclados entre sí como en el caso de la capital, Sarajevo, su independencia, proclamada en 1992 junto con la de la septentrional Macedonia -después del fracaso de la propuesta de reforma de la federación- incluía un gobierno de representación de las tres comunidades: el presidente de la república era musulmán (Izetbegovic); la presidencia del gobierno recalaba en un serbio, y la del parlamento en un representante croata.

Por entonces se estaban registrando las primeras luchas callejeras, y aparecían las primeras comunidades autónomas serbias y croatas, de los primeros en Bosnia Oriental y Banja Luka, al norte del país, y de los segundos en la zona de Herzegovina (tal vez un paso previo para la división del país acordada en Karajordjervo y ratificada más tarde en Graz por serbobosnios y bosniocroatas). La independencia, sin embargo, escribe Josep Fontana, no tenía en principio por qué ser traumática: “los serbios aceptaban la independencia con tal de que se estableciera un gobierno central débil y se respetase la autonomía de las zonas en las que la población de etnia serbia era mayoritaria”. Pero estos deseos y la actitud de Izetbegovic, apoyado por los EE.UU., que aspiraba a un poder central fuerte, y que recelaba de la actitud serbia y de los deseos de Milosevic de construir una “Gran Serbia” a costa de los territorios de mayoría serbia de la república, acabaron por chocar.

Las milicias paramilitares serbias pusieron pronto cerco a Sarajevo, y los croatas de Herzeg-Bosna comenzaron asimismo a atacar las posiciones del gobierno bosnio en Herzegovina y Bosnia Central. En 1992 salió a la luz un plan de Naciones Unidas, el plan Vance-Owen, que suponía la cantonalización del país mediante su división en diez provincias autónomas o cantones de forma que cada comunidad contara con mayoría de población en tres de ellos y que en el gobierno de cada una de ellas estarían representados los tres grupos principales; la presidencia de la república, al igual que ocurría en la de la antigua federación yugoslava, sería de carácter rotatorio.

Sin embargo, este plan no salió adelante en su momento: la UNPROFOR, la fuerza de paz enviada en su día a las zonas de Krajina y Eslavonia, en Croacia, y extendida a territorio bosnio, no había recibido mandato alguno para hacer cumplir el plan establecido (entre sus funciones sólo estaba garantizar la entrega de ayuda humanitaria y la protección de zonas de seguridad para los refugiados civiles). Además, contó con la oposición de los representantes serbios (ya que no otorgaba reconocimiento a las ganancias de territorio conseguidas a través de la política de “limpieza étnica”), pero sorprendentemente también con la de EE.UU., quienes no querían verse obligados a mandar hombres para garantizar el cumplimiento del plan.

A lo largo de los siguientes tres largos años de guerra, fueron varios los factores que cambiarían el curso de los acontecimientos a favor de una solución negociada que, paradójicamente, iba a ser muy similar al plan Vance-Owen. En primer lugar, los serbios “murieron de éxito”, ya que controlaban una extensión de territorio demasiado grande como para que pudieran controlarlo con facilidad. Además, Milosevic, pensando en ganar respetabilidad y crédito internacional y en acabar con el bloqueo internacional que se había establecido contra la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro, dejó de apoyar a las milicias serbobosnias. En segundo lugar, la alianza bosniocroata que se había roto al comienzo de la guerra cuando entró en funcionamiento el acuerdo de reparto de Bosnia entre los gobiernos de Serbia y Croacia se restableció. Y en tercer lugar, los EE.UU. pusieron en marcha, con cobertura militar de la OTAN y a través de una demanda de la ONU, la operación Life and Strike, a través de la cual se bombardeó las posiciones serbias y se dio apoyo armado a la Armija bosnia.

En medio de todo esto, sin embargo, se producía la descoordinación entre las fuerzas de la OTAN y los “cascos azules” de la ONU, enviados en escaso número, además, para proteger las zonas de seguridad, que fueron tomadas por los serbios. El contingente de soldados de Naciones Unidas registró, por otro lado, una horrible mancha en su historial con la pasividad, cuando no la connivencia, de un contingente de “cascos azules” holandés con la matanza de musulmanes bosnios perpetrada por los paramilitares serbios de Ratko Mladic en Srebrenica en julio de 1995. En lugar de proteger a la población civil, los soldados neerlandeses de la ONU simplemente “dejaron hacer”, con lo que 7.600 varones musulmanes fueron salvajemente masacrados.

Fuera por la matanza de Srebrenica o porque la guerra se encontraba en un punto muerto, el nuevo presidente estadounidense, Bill Clinton, decidió patrocinar una reunión en Dayton (Ohio, EE.UU.) entre el presidente bosnio y los presidentes de Croacia y Serbia-Montenegro para alcanzar un acuerdo de paz en el país. En realidad, el acuerdo de Dayton del 14 de diciembre de 1995, firmado por Izetbegovic, Tudjman y Milosevic era una versión actualizada del plan Vance-Owen: Bosnia-Herzegovina quedaba dividida en dos entidades autónomas: la República Serbia de Bosnia, con un 49% del territorio al este y al norte, y la Federación Croato-Musulmana, con el 51% restante en Bosnia Central y Herzegovina. Tendría un parlamento federal común en Sarajevo y una presidencia colegiada formada por un representante de cada una de las tres comunidades. Sin embargo, en la práctica, el país se ha convertido en una especie de protectorado de Naciones Unidas, con la presencia de un representante de la ONU con funciones ejecutivas y autoridad sobre ambas zonas. “Era un resultado lamentable -escribe Fontana- que venía a sancionar lo que se pudo haber obtenido en 1992 con el Plan Vance-Owen, ahorrándose tres años de guerra que causaron 100.000 muertos y grandes desplazamientos de población. Las destrucciones económicas y el retroceso en la producción de alimentos dejaron al país en una situación en que no hubiera podido subsistir sin ayuda internacional”.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La única conclusión positiva del papel de la comunidad internacional fue que, aparte de la labor de reconstrucción y de la solidaridad altruista desempeñada por particulares y por soldados que, como los españoles desplazados en la zona de Mostar, contribuyeron a reconstruir el histórico puente de la ciudad, fue la de la implementación del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. En el plano del Derecho y de la persecución de crímenes de guerra, este tribunal supuso un auténtico golpe para aquellos que habían cometido y patrocinado las labores de limpieza étnica, y una satisfacción para las víctimas de la violencia, pese a sus limitaciones en cuanto a la materia a investigar -en muchos casos, no se tuvo en cuenta como crimen contra la humanidad la violación- y los criminales que fueron penados (Tudjman no pasó por ellos y Milosevic murió antes de que se dictara sentencia alguna contra él). Sin embargo, aunque contemporáneo del Tribunal Internacional para Ruanda y precedente de la Corte Penal Internacional, el hecho de que países hayan quitado su firma del acuerdo para su creación o directamente no la hayan puesto (EE.UU., Israel), las limitaciones interpuestas por otros al concepto jurídico de “justicia universal” (España recientemente) o los intereses creados para evitar llevar a juicio a criminales de naciones especialmente estratégicas por razones económicas o comerciales puede dar la razón a lo que Carlos Taibo decía en su día sobre la discriminación y la limpieza étnica en Yugoslavia: “La aceptación de facto de los resultados de la político de “limpieza étnica” […] abre acaso el camino a procesos de naturaleza semejante en otros lugares. Las minorías húngaras presentes en Eslovaquia y en Rumania pueden ser las próximas víctimas, como pueden serlo muchas de las minorías rusas y no rusas que habitan en las diferentes repúblicas de la Comunidad de Estados Independientes”. Procesos que, en otras latitudes -Latinoamérica, Myanmar…- se han vivido sin la atención mediática que despertó en su día las guerras de Yugoslavia.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpeska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

CONCLUSIONES

Cuando Yugoslavia dejó de existir, aún se habría un posible horizonte que evitara los conflictos que surgieron a la luz a lo largo de los años noventa con el resultado de cruentas guerras entre las repúblicas de Eslovenia, Croacia y Bosnia -y en el interior de estas dos últimas- y Serbia, apoyada por Montenegro y por un ejército federal serbianizado por dos factores: la alta presencia de serbios en sus escalones superiores de mando y por la deserción de soldados de otras nacionalidades, que no estaban dispuestos a luchar contra sus propias repúblicas. Una de estas posibilidades pasaba por la reforma de la federación para que adoptara una estructura confederal, o por la variante de una confederación de estados yugoslavos independientes. A estas posibilidades, propuestas por Macedonia y Bosnia-Herzegovina, se sumaron en un primer momento eslovenos y croatas, pero dos factores impidieron que pudiera salir a la luz: la actitud del nacionalismo serbio, para quien la federación sólo iba a poder reformarse a favor de la hegemonía nacional de su república, y la inicial reticencia de la Comunidad Europea -postura que, como veremos, se modificó más tarde, a raíz del paso al frente dado por una Alemania dispuesta a dar un giro a su política exterior tras la reunificación- a aceptar cambios en las fronteras adoptadas tras la SGM.

Si bien las causas que operaron en la desintegración del viejo estado federal yugoslavo fueron internas, la aceleración del proceso y su desenlace violento estuvieron en buena medida determinados por la acción externa, y su desarrollo se vio agravado por una comunidad internacional que, demasiado ocupada en otros asuntos, demasiado poco conocedora de los procesos internos que se estaban desarrollando en el interior de Yugoslavia y, además, defendiendo en muchas ocasiones intereses contrapuestos, no fue capaz de coordinar correctamente una operación diplomática eficaz para evitar las sucesivas guerras, ni garantizar una política humanitaria eficaz que protegiera a la población civil inmersa en las zonas de combate. Los medios de comunicación transmitían diariamente imágenes del cerco de Sarajevo o de los combates en Bosnia Central o Herzegovina, pero el conflicto permaneció enquistado durante mucho tiempo sin que funcionaran acertadamente las instituciones internacionales, en especial Naciones Unidas.

Durante ese tiempo, además, prevalecieron los análisis que se referían a lo que ocurría en la antigua Yugoslavia como una muestra más del fracaso del socialismo o a la presencia de conflictos latentes que, como en una conocida obra del escritor y ex corresponsal de guerra Arturo Pérez-Reverte, “Territorio comanche”, se remontaban en la memoria colectiva de los yugoslavos a la época de la Gran Guerra o la posterior lucha interior entre chetniks, ustashes y partisanos durante la SGM, lo que ha contribuido a dar la imagen de que los yugoslavos, en realidad, se odiaban desde tiempo inmemorial y se habían visto obligados a convivir por obra de Tito o de las potencias internacionales que, después de la PGM, construyeron Yugoslavia poco menos que de la nada. Esta interpretación obviaba la antigüedad de la idea paneslava, mucho más vieja que aquellos tiempos en que los yugoslavos “se acuchillaban en nombre de la Sublime Puerta o de la Viena imperial” (Pérez-Reverte), y de que fueron los actores que utilizaron el nacionalismo como arma política para sus propios fines quienes recordaron a las masas de sus respectivas repúblicas los odios de un pasado lejano -la hegemonía serbia, el terror de los ustashes…- para exacerbarlas y garantizarse su apoyo frente a un “enemigo” común. Por otra parte, esto fue más efectivo en el medio rural que en las ciudades, donde la convivencia interétnica y el nivel cultural era mayor. No en vano, Sarajevo, la acosada capital bosnia, era la sede del gobierno multiétnico de la república independizada.

En cuanto a la muestra del fracaso del socialismo, no conviene olvidar los factores externos que condujeron al desmoronamiento de la economía yugoslava, en gran medida las políticas dictadas por el FMI a la manera de “recetas multiusos” para revitalizar la maltrecha economía del país. El modelo socialista yugoslavo estaba muy alejado de la ortodoxia impuesta desde Moscú a sus aliados del centro y el este de Europa, y esta falta de ortodoxia hicieron que durante muchas décadas Yugoslavia fuera un aliado comercial de Gran Bretaña, Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea. A partir de los años ochenta, con la puesta en marcha de la perestroika gorbachoviana en la URSS, y sobre todo de 1989, con la caída de los regímenes burocráticos que componían el bloque soviético en Europa, el interés como socio de Yugoslavia cayó en picado, al igual que las ayudas económicas que recibía el país de Occidente, lo que fue determinante para el deterioro de la economía, la aplicación de programas de ajuste más severos (causa y efecto mutuos el uno del otro) y el aumento de la conflictividad social y el agravamiento de la situación política.

En segundo lugar con respecto a este extremo, si bien el socialismo yugoslavo estuvo marcado por defectos que lo alejaban de un verdadero socialismo de raíz humanista y democrática, como lo estaban los socialismos burocráticos de la URSS y el bloque este, tal y como lo enjuician los críticos del “socialismo real”, el fracaso del modelo socialista no explica por qué la independencia y disolución de un estado debe degenerar en conflictos bélicos. El ejemplo más claro es la disolución pacífica de Checoslovaquia, un estado socialista ortodoxo hasta 1989, en dos estados independientes desde enero de 1993. Quizás este argumento esté motivado por la necesidad de mostrar, una vez más, las maldades de un mundo ya inexistente que, sin embargo, ha sido criticado por filósofos y teóricos marxistas por la degeneración que suponía utilizar el nombre de socialismo para definirlos, que generó más de un disidente de raíz marxista y que, como en el caso del “socialismo autogestionario” yugoslavo, creó experiencias interesantes y positivas que no conviene descartar de un plumazo.

FUENTES:

Carlos Taibo, José Carlos Lechado: “Los conflictos yugoslavos. Una introducción”. Madrid, Fundamentos, 1993.

Ángel Ferrero, “Hacia una Europa neoimperialista”, en Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria, 2013.

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una Historia del mundo desde 1945”. Barcelona, Pasado & Presnte, 2013.

Carlos Sánchez Hernández, “La geometría variable del poder en política exterior. I: La intervención occidental en Bosnia (1992-95) y la matanza de Srbrenica”, Madrid, NÓMADAS-Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, 12-2005/2, Universidad Complutense de Madrid.

Antonio José Romero Ramírez, “Yugoslavia: de las repúblicas de los consejos obreros a la guerra entre republicas”, s/l, Papers nº 44, 1994.

Marcos Ferreira, “Desintegración y guerras de secesión en Yugoslavia”, 6 de mayo de 2015, en http://elordenmundial.com/regiones/europa/desintegracion-y-guerras-de-secesion-en-yugoslavia/

Michel Chossudovsky, “El desmantelamiento de Yugoslavia por el FMI”, en http://www.arrakis.es/~caum/fmi.htm

Todor Kuljic “Autogestión de trabajadores en Yugoslavia”. Transcripción de un vídeo de O. Ressler, grabado en Belgrado, Serbia, 23 min., 2003 (Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid), en http://www.republicart.net.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), artículos “Comité Yugoslavo” y “Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios”.

Una sed de vida llamada Brigitte Reimann

Brigitte Reimann 1Eternamente unida a un cigarrillo, la mirada en el horizonte y una hermosa melena negra que perdería en los últimos años de su vida por causa de la quimioterapia. Así son las imágenes más icónicas de Brigitte Reimann, una belleza singular tipo Audrey Hepburn que envolvía un talento propio de Janis Joplin, tan fulgurante como poco tiempo presente en este mundo. Para algunos, Reimann es la escritora más importante de la literatura alemana contemporánea. Para quienes conocieron y quisieron a este torrente de pasiones, su pérdida fue tan grande como la de una hija, una hermana o una amante. Conozcamos algo más de esa sed de vida llamada Brigitte Reimann.

LA LITERATURA DE LA OTRA ALEMANIA

La RDA, veinticinco años después de su desaparición como país, sigue siendo difícil de calificar. Para unos, sea para bien -los menos- o para mal -los más- la república alemana creada en la zona de ocupación soviética siempre estará ligada al recuerdo de lo que fue. Este recuerdo no puede estar más unido, desde las perspectivas occidentales y los huidos a la vecina RFA, al muro de Berlín y la separación de sus vecinos occidentales -muchos de ellos más que vecinos- y a la vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi), cosas que convertían en poco menos que eufemismo el adjetivo “democrática” del que hacía gala el nombre del país. Otros, que ocupan una estrecha franja gris y que vivieron en Alemania Oriental, decidieron hasta el final de sus días -o hasta el final de los días de la propia República Democrática- defender el socialismo y ser leales al país al mismo tiempo que, más o menos abiertamente, exigir a sus líderes que volvieran a los inicios democráticos y antifascistas del país y la RDA se convirtiera en una alternativa socialista plural a la RFA. Había motivos para enorgullecerse, pese a todo lo negativo -escasez, muro, vigilancia o censura- del país que se había constituido sobre una herencia de lucha popular y antifascista en Alemania, y se reclamaba continuar con aquellos logros y desembarazarse del lastre autoritario que desvirtuaba el significado real del socialismo. A principios de los setenta, la RDA -que había visto desmantelada su industria y tenido que pagar cuantiosas reparaciones de guerra a la URSS- había conseguido llegar a estar entre las diez potencias industriales del mundo, la elevación del nivel de vida había sido constante, la igualdad social era mucho mayor que en los países occidentales y los servicios públicos -entre ellos, la vivienda, con alquileres asequibles, o las guarderías públicas y clínicas de puericultura- eran muy apreciados por los germano-orientales. Asimismo, las pronto reveladas como tibias reformas honeckerianas abrieron mayor campo de acción a las empresas (las famosas VEB o Empresas de Propiedad Popular) en su propia gestión frente a la planificación estatal, idea que, con más fuerza, retomarían los primeros grupos de la oposición de noviembre del 89 al proponer, como Neues Forum, una “fuerte participación de los trabajadores”, o el SPD-Ost, una fórmula plenamente socialista en lugar del socialismo burocrático-estatal.

Por eso, aunque el entusiasmo que en 1989 despertó la caída de la burocracia pronto fue acallado con las promesas del Oeste, que acabaron con cualquier posibilidad de (re)implantar un socialismo democrático en un país de Europa Oriental -como en 1956 en Hungría o en 1968 en Checoslovaquia, aunque el fin abrupto de entonces llegó con la intervención de los tanques soviéticos-, y aquellos que lo intentaron pronto fueron calificados como traidores por los comunistas más recalcitrantes o ilusos por los realistas y pragmáticos de Occidente (y otras lindezas aún peores que de vez en cuando se repiten, como las recientes del cantautor y disidente oriental Wolf Biermann, que no dudó en calificar de poco menos que escoria y residuo del régimen a los diputados de Die Linke, pero sin aplicar el mismo rasero a los representantes de la CDU/CSU que le invitaron al Bundestag a echar pestes de aquellos, un partido que en época de Adenauer montaría con la agencia BfV su propia versión de la Stasi en la Alemania Federal), no deja de tener su valor, e incluso su consuelo para aquellos que nos quedamos con la utopía frente al capitalismo feroz y el socialismo desvirtuado, que existieran políticos aperturistas en el seno del propio SED como Wolfgang Harich, Kurt Turba, Hans Modrow o Georg Gysi; clérigos protestantes que no hicieron reverencias al régimen como Friedrich Schorlemmer; o escritores que propugnaban, desde su humanismo socialista, esa doble alternativa al capitalismo de la RFA y al socialismo burocrático y dictatorial del SED, y ya anteriormente nombrados aquí como Stefan Heym o Christa Wolf. Así, un analista norteamericano, Harvey Cox, dijo de ellos que “No huyeron al Oeste. Se quedaron e intentaron cambiar algo en un lugar difícil. Pueden haber sido ingenuos, pero nunca fueron cobardes o traidores”. Frente a las visiones arcádicas o apocalípticas del país, ésta RDA que bien pudo existir es, sin duda, la RDA que más merece la pena.

Brigitte Reimann perteneció a esta clase de escritores creyentes e inconformistas a la vez. Ibon Zubiaur, ex director del Instituto Cervantes en Berlín y reconocido germanista, ha escrito que la RDA fue “el país de la lectura”, con sus pros -esa especial reverencia por la alta cultura a la que se refiere Tariq Ali en su novela “Miedo a los espejos” y que fue común a los países del bloque soviético, y que en Alemania del Este se reflejó en la creación de una tupida red de bibliotecas, clubes de lectura en los centros fabriles, múltiples premios literarios y privilegios especiales para los escritores- y sus contras -la presión de las autoridades sobre los autores para que los contenidos y las formas se adecuaran al “realismo socialista”, los giros políticos en el seno del partido que volvían improcedente lo que hasta entonces se consideraba válido, la censura y la proscripción que pendía sobre autores que, a partir de cierto momento, podían sentir como única alternativa el exilio o la publicación de sus obras fuera de las fronteras de la República, incluyendo comunistas veteranos y comprometidos con el país, como fue el caso de Stefan Heym-. Aún con todo eso, la literatura germano-oriental dejó obras -el propio Zubiaur incluso afirma que la literatura de la RDA es más interesante que la de su vecina RFA- de gran calibre, y algunas de ellas están siendo recuperadas hoy por editoriales alternativas. “Ahasver”, del mencionado Heym; “Momentos estelares”, de Irmtraud Morgener; “Casandra” o “El cielo dividido” de Christa Wolf; “La séptima cruz” y “Visado de tránsito” de Anna Seghers; “El asno de Buridán” de Günter de Bruyn; o “Los hermanos”, “La verde luz de las estepas” y “Franziska Linkerhand”, obras de la propia Reimann son algunas de las obras más destacadas de los autores de esa otra Alemania -sin contar las de escritores que empezaron su carrera en el Este y que luego pasaron al Oeste, como Uwe Johnson o Günter Kunert-. Asimismo, en los años setenta, gracias a la “Deténte” de Honecker y la “Ostpolitik” de Brandt -que llevó al reconocimiento mutuo e internacional de ambos Estados alemanes- se fomentó el diálogo entre escritores de ambos lados de la frontera interalemana, lo que fructificó en amistades personales y relaciones profesionales muy positivas, especialmente para unos escritores del Este que se vieron estimulados por las visitas de gente como Günter Grass y que vivían en un entorno no especialmente fácil.

En esa literatura germano-oriental destacan sobre todo los nombres de tres mujeres: Anna Seghers, Christa Wolf y Brigitte Reimann. Seghers -Netty Reiling en la vida real- era la “gran dama” de las letras de la RDA: la más veterana, presidenta de la Unión de Escritores, comunista de años-llegó a estar en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, sumando su apoyo al de otros escritores y artistas progresistas a los republicanos españoles-, exiliada en Francia y México (experiencia reflejada en “Visado de tránsito”) y, con la derrota nazi, regresada a Alemania, pero no a su Maguncia natal, sino al Este del país, a la zona de ocupación soviética, a lo que muchos -Brecht, Stephan Herlimn, Johannes R. Becher- consideraron la “Alemania mejor”. A pesar de ocupar cargos importantes en la vida literaria del país -en la Unión de Escritores, en la Academia de las Artes de Berlín (Este)- y en el Partido Socialista Unificado, siempre reclamó más democracia al partido, como haría en una de sus obras con motivo de la revuelta berlinesa de julio de 1953, en la que mostró su disconformidad con la forma de actuar del partido, que se había comportado como un padre severo en lugar de abrir el diálogo con los trabajadores. Sus obras -como “La séptima cruz” o “La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara”– muestran una gran preocupación por los desposeídos, los marginados, las víctimas de la Historia, y en ellas, a pesar de las derrotas, se vislumbra un final abierto, la puerta de una esperanza en la que creer.

En lo que respecta a Wolf y Reimann, si hemos de establecer nexos de unión entre estas dos amigas y coetáneas-a pesar de sus caracteres a veces tan dispares, taciturno y dubitativo el de Wolf, explosivo y torrencial el de Reimann-, sus experiencias vitales nos los traen. Ambas fueron creyentes -aunque no acérrimas- en el socialismo y en la RDA: por eso, en “El cielo dividido” y “Los hermanos” -reflejo de dos experiencias vitales traumáticas, la pérdida de un ser próximo que se marcha a la República Federal-. Ambas cuentan la visión de quienes prefieren quedarse y luchar por un país en el que se cree y por el que se aspira a cambiar las cosas que no se gustan. Quizá -los censores seguramente no se dieron cuenta o prefirieron dejarlo correr- las autoridades hubieran preferido un canto mucho más optimista y propagandístico sobre las bondades de la república socialista, pero no hubiera correspondido a los sentimientos de estas dos mujeres. Ambas comprenden la postura del que se va, pero -como si fuera asimismo un alegato dirigido a los que se han ido y al país que les acoge- piden que entiendan la postura de las protagonistas, que se quedan, y lanzan una pelota al tejado de las autoridades, de los funcionarios, de los burócratas: en sus manos está cambiar las circunstancias que hacen que la gente se esté marchando.

Christa y Brigitte nacieron a principios de los años treinta: su infancia estuvo marcada por la guerra y su juventud por la presencia de una generación mayor que hizo la guerra, la perdió y a la que se pregunta si hicieron algo para resistir al nazismo, mientras la nueva es la primera que vive la construcción del socialismo. Es la primera generación que vivirá las esperanzas y las desilusiones, y en esa senda fluctuará su experiencia vital y su obra: intentos de la Stasi para colaborar con ellos -descartados en el caso de Reimann; infructuosos en el de Wolf, que es incapaz de informar negativamente sobre ningún investigado-; desconcierto ante las decisiones políticas; escritos sobre esas sensaciones: “Casandra” de Wolf y “Franziska Linkerhand” de Reimann, novelas la mujer es protagonista, como víctima, como luchadora, siempre defendiendo su identidad personal.

LOS PRIMEROS AÑOS

Brigitte Reimann 2Brigitte Reimann fue periodista, maestra, obrera y escritora, y todo eso a lo largo de sus treinta y nueve años de vida. Nació en Burg, localidad de Sajonia-Anhalt cercana a Magdeburgo, el 20 de julio de 1933, en el seno de una familia de clase media. Brigitte fue la mayor de cuatro hermanos: Lutz -que emigraría posteriormente a la RFA-, Ulrich (Ulli), Dorothea (Dorli) y ella. Su especial relación con Lutz, con quien comparte en la infancia la afición por los deportes y su ingreso, tras la guerra, en la Freie Deutsche Jugend (FDJ, o Juventud Libre Alemana, que posteriormente será la organización juvenil de masas de la República Democrática) hará que viva con especial dolor la marcha de aquel a la RFA, lo que se reflejará en la novela que le dará fama, “Los hermanos”.

El talento de Brigitte Reimann comienza a darse en aquellos primeros años, en los que empieza a escribir al tiempo que finaliza la escuela: cartas, fábulas, pequeñas obras teatrales que se representan en su propio colegio, y su diario, en el que a lo largo de su vida aparecerán sus miedos, sus esperanzas, sus desilusiones -en política, en la vida-: sus sentimientos más profundos, que hoy aparecen como complemento a alguna de sus obras recientemente publicadas en España.

Son los años de la esperanza: el historiador Manfred Kossok recuerda que “a la cabeza de la RDA pasaron representantes de la resistencia exterior e interior, auténticos antifascistas. Intelectuales, dirigentes y destacados científicos, escritores, filósofos, historiadores exiliados regresaron a la RDA para crear una Alemania nueva […] Realmente ellos representaron una generación única en cuanto a su prestigio y capacidad. Aquellos años fueron de grandes esperanzas…”, rotas, añade, por el crimen de una “casta estalinista”, que abusó “de manera maquiavélica de los ideales de generaciones enteras”. También en la escuela de Brigitte Reimann se da esta experiencia: una “koedukativeSchule” donde los niños y niñas aprenden juntos nuevos materiales como el ruso y los alumnos, entre ellos una cada vez más involucrada Reimann, participan en actividades -redacción de diarios, charlas, obras teatrales- en las que se trata de concienciar en los valores antifascistas y democráticos.

A los 14 años, a la misma edad en la que empieza en esta nueva escuela, Brigitte Reimann enfermará de polio. De la convalecencia obligada heredará dos cosas: una leve cojera, que le acompañará el resto de su vida -y que le hará sentir un cierto complejo de inferioridad, al tiempo que crecía en ella la necesidad de reconocimiento y atención- y la certeza de que la escritura será su oficio y vocación a lo largo de los años. “Algo que da sentido y estructura a su vida”, como se ha escrito en una biografía.

Brigitte Reimann 6En esta etapa de su vida, comenzará a experimentar los primeros sufrimientos, pero también las primeras experiencias gratas, como si nuestra escritora no pudiera evitar la presencia de las buenas y las malas nuevas al mismo tiempo en su vida: a los diecisiete años conoce a su primer amor, Klaus Böhlke, un muchacho de su ciudad: con el describirá el sexo, la pasión, pero también la indiferencia, el odio, el temor a ser utilizada. Se quedará embarazada, pero perderá al niño. Para Reimann la búsqueda del amor será ardua y muchas veces insatisfactoria: se casará cuatro veces -la última, pocos meses antes de su muerte y ya muy avanzado su cáncer, con Rudolf Burgatz, un médico que se convertirá en su cuidador, una presencia generosa y desprendida que tal vez sea el complemento que más se acerque a lo que ella anhelaba toda la vida-. El amor, según se ha escrito, era para ella un vínculo difícil de mantener al deberse a una pasión fugaz, en el que pronto hacen aparición sentimientos de posesión, celos y odio, mientras la amistad -de las que ella conservó muchas y de variados ámbitos- la concibe como una comunión de intereses y valores, sentimientos mucho más perdurables.

Al terminar la escuela secundaria, en 1951, aprueba el examen de ingreso en la Escuela de Teatro de Weimar. Persigue entonces ser directora teatral, pero la nueva República necesita maestros, y busca entre los bachilleres a aquellos que puedan formar parte de este cuerpo de docentes; a esto se le sumará una lesión que tuvo a los pocos meses de iniciar las clases en Weimar, por lo que, tras un curso de pedagogía de dos años, entra a trabajar como maestra en una escuela primaria en su ciudad. Después, lo hará como bibliotecaria y más adelante como periodista.

Los libros de Brigitte Reimann -junto con su diario- reproducirán la ilusión, las tensiones, las expectativas y las amarguras que puede sentir una simpatizante del socialismo que, como dice Ibon Zubiaur, deja en esa simpatía pinceladas de su talante libertario y con cuyas obras ella misma -con motivo del reportaje que escribió para FORUM, la revista de la FDJ, del viaje de la delegación de las juventudes alemanas a la Unión Soviética- trata de “dejar ciertos recaditos en el mantel burocrático de cierta gente”, aunque esto no fue desde luego nada fácil, y menos desde el 11º Plenario del SED (finales de 1965), en el que las vías aperturistas abiertas por entonces en materia cultural se cerraron abruptamente. Así, citando de nuevo a Zubiaur, “cuando la legitimidad de la nueva República se nutría del antifascismo y la ruptura con el pasado nazi, ella escribió historias de amor proscrito durante la guerra [como “Die Frau am Pranger”, que narra la historia de amor prohibido entre la campesina alemana Kathrin y el prisionero de guerra soviético Alexei]. Cuando la “línea Bitterfeld” llamó a los escritores a las fábricas y exigió que reflejaran la vida de los obreros, se trasladó a la ciudad industrial de Hoyerswerda, trabajó con ellos y aportó la mejor “novela de brigada” […] Y cuando la masiva huida de conciudadanos al Oeste amenazaba la existencia de la RDA y sólo pudo ser frenada con la construcción del Muro, puso el dedo en la llaga con un exorcismo personal que le valió el máximo reconocimiento”. Más adelante, seguiría en esta línea, sumando obras singulares en las que están presentes sus rasgos de humanidad, preocupación por lo que sucede a personajes cotidianos -más reales y cercanos que las creaciones de un “realismo socialista” de dudosa eficacia propagandista y formativa para el espíritu del “hombre nuevo”- y empatía. “La denunciante” (que le valdrá el ingreso en la sección juvenil de la Unión de Escritores), “Ankunft im Alltag” (“Llegada a lo cotidiano”, esa excepcional novela de brigada antes referida, que dará además nombre a un tipo de literatura, la Ankunftliterature o “literatura de llegada”) y la esencial “Los hermanos” (que le valdrá el reconocimiento público -entre ellos el premio literario Heinrich Mann, el más importante de la RDA- y que estará basada en su experiencia personal por la huida de Lutz) son algunas de esas obras mencionadas por Zubiaur.

HOYERSWERDA

Brigitte Reimann 3El matrimonio con Günter Domnik, su primer marido, pasará por los mismos altibajos que con su primer novio: al principio Brigitte Reimann creerá haber encontrado a un gran compañero, y esto le reportará tranquilidad, pero al poco comenzarán a surgir los problemas, los celos y las inseguridades. En la creencia de que un hijo podrá salvar la situación, Brigitte se queda embarazada en 1954, pero aborta y sufre a continuación un intento de suicidio. En 1958, con la relación muerta, se divorciará de él, y contraerá matrimonio al año siguiente con su nueva pareja, el también escritor y poeta Sigfried Pitschmann, “Daniel”.

Siguiendo la “vía Bitterfeld”, el camino marcado en el congreso literario de esta ciudad, que reclama a los escritores y artistas que trabajen con los obreros y reflejen en sus obras la vida cotidiana de estos, al mismo tiempo que estimular la creatividad de los mismos, Brigitte y su marido se desplazan a la ciudad industrial de Hoyerswerda, una población de nuevo cuño creada para albergar a los trabajadores del aluminio y de la VEB (Volkseigene Betrieb) Schwarze Pumpe, un combinado industrial que se convertirá en la mayor planta industrial de Europa. En Hoyerswerda, Reimann trabajará en sus dos obras más señeras, la “novela de brigada” “Ankunft im Alltag”, la que, como se ha descrito más arriba, cumplirá mejor los criterios éticos y estéticos de la “vía Bitterfeld” y supondrá una cumbre estilística con respecto a las demás obras de este subgénero, y “Los hermanos”, la primera obra de Reimann traducida al castellano y con la que opondrá la versión de quienes deciden quedarse en la RDA, pese a las dificultades, a la de quienes se marcharon a Alemania Federal. Partiendo de su experiencia personal en el Schwarze Pumpe, Brigitte Reimann cuenta la historia de una mujer trabajadora en una fábrica de vagones de tren de Karl-Marx-Stadt (Chemnitz) que trata de convencer a un hermano, en los años anteriores a la construcción del Muro (en la época en que Berlín era el “desagüe” por el que se colaba la emigración al Oeste) para que permanezca en el país y no tome el camino por el que ya siguió otro hermano anterior. Las dudas sobre la posibilidad de construir el socialismo, la economía de la escasez -con referencias al boicot a las importaciones orientales llevado a cabo por la RFA en aquellos años de Adenauer-, la presencia del burócrata tunante en contraposición al socialista honrado e incluso ingenuo y una RFA reflejada en el escaparate de Berlín Occidental que, a pesar del contraste de su prosperidad, la protagonista siente que no es su mundo, son algunos de los rasgos de una novela que no puede leerse en clave de propaganda, pues son varias las conductas del sistema afeadas en sus párrafos. De ahí que su publicación, en 1963, dos años después de la erección del muro, se vio beneficiada precisamente por el deshielo cultural que siguió a su construcción y en una época previa al giro derechista en materia de política cultural que supuso el 11º Pleno, por el que buena parte de la producción literaria y cinematográfica de ese año no vio la luz.

En Hoyerswerda y al lado de Pitschmann vivirá algo que había echado en falta con su primer marido: además de compañerismo y afecto, un estímulo y apoyo intelectual. Ambos, a pesar de que el paso de los años hará desgastar su relación, conservarán una cordialidad y respeto mutuos. No iban a ser años fáciles: en Hoyerswerda Brigitte Reimann recibirá la primera noticia del tumor que le causaría años más tarde la muerte y allí iban a tener lugar las primeras discusiones consigo misma sobre su monumental obra inacabada, “Franziska Linkerhand”, una novela que podrá leerse tanto como el combate de una mujer en un mundo de hombres -al igual que hizo Brigitte- como un repaso a su propia vida, por los paralelismos que hay entre la vida de la protagonista y la de la propia Reimann.

Brigitte Reimann dejó apuntado en su diario, en julio de 1970, “aunque de ningún modo se han acabado las turbulencias, vuelvo a sentirme curiosa, ávida de registrar novedades, violentamente interesada por la vida […] A veces siento una salvaje exaltación, como si fuera capaz de hacer algo extraordinario. ¿O es que es lo habitual, depresión y despegue en rápida alternancia? Tristeza y entusiasmo, y siempre desmedida, como si aún estuviera en medio de la pubertad”. Para entonces ya se encuentra en un estado muy avanzado de cáncer (fue operada en 1965 en la clínica del doctor Hans Gummel en Berlín-Buch, una autoridad mundial de referencia en cáncer de pecho), pero muestra que no pierde la curiosidad y las ganas de vivir, aun en circunstancias tan adversas. Esa curiosidad le llevará, durante su período en la nueva “ciudad socialista” de Hoyerswerda, a preguntarse por el urbanismo y a decepcionarse por la fealdad de la misma y la escasez de espacios de convivencia más allá de la fábrica. En 1963, el mismo año de la publicación de “Los hermanos”, escribirá “Observaciones sobre una nueva ciudad”, un artículo en el que reclamará dar mayor cancha a la creatividad de los arquitectos y a que en las nuevas ciudades, como en la que vive, y en los nuevos espacios se abran cines, teatros, locales de baile para la gente joven, dejando una interesante reflexión, válida también para la actualidad: “Es un error creer que a una ciudad la hace moderna la ilusión por las comodidades domésticas”.

Del resultado de este interés por el urbanismo y este artículo vendrán dos hechos clave en la futura actividad de Brigitte Reimann: esta crítica del plan urbanístico de la ciudad, que armó gran revuelo, fue recogida por las propias autoridades, incluyendo al propio secretario general del SED y presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht, que conminó a que se atendieran sus propuestas. No sólo eso, sino que su ejemplo de “crítica constructiva” le abrió las puertas de la Comisión de Juventud del SED -como única no miembro del partido- y le llevaría, gracias a la invitación del heterodoxo Kurt Turba, a viajar con una delegación de la FDJ, la organización juvenil, a la Unión Soviética, dejando un reportaje delicioso sobre el mismo, “La verde luz de las estepas”.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

El segundo será la amistad y la relación epistolar con el arquitecto de más renombre de la República Democrática Alemana, Hermann Henselmann. Henselmann había diseñado algunos de los edificios más emblemáticos del nuevo Berlín erigido en capital de la RDA. Entre ellos firmó un gran número de los de la Karl-Marx-Alle (Frankurter Tor, Straussbergerplatz, viviendas de la Weberwiese), que hoy día son Monumento Nacional, y más tarde la Casa del Profesor y la Torre de la Televisión (conocida por salir en varios planos del filme “Good bye Lenin!”). El intercambio de cartas entre ambos, recientemente publicado en España, refleja las preocupaciones de Reimann por sacar adelante su futuro proyecto de “Franziska Linkerhand”, del cual su protagonista es una arquitecta, no sólo en aspectos sobre urbanismo y arquitectura, sino también en la necesidad de tener un interlocutor que le estimule y le aconseje, pues tiene en alta estima -también en cuanto a su capacidad de crítica literaria- a Henselmann. La relación con éste, una mezcla apasionada de sentimientos (como apuntará en su diario) que van desde la profunda admiración a la no menos profunda irritación, se consolidará en una confianza franca entre dos personas que, al fin y al cabo, pertenecen a generaciones distintas y discrepan amistosamente.

LA URSS, EL CÁNCER Y “FRANZISKA”

El 3 de julio de 1964, una llamada de teléfono ponía en marcha el que iba a ser el último proyecto literario que sería publicado en vida de Brigitte Reimann. Kurt Turba, responsable de juventud del Comité Central del Partido Socialista Unificado y redactor jefe de la revista FORUM, el órgano de la Juventud Libre Alemana (FDJ), le transmitía el siguiente mensaje: “Haz la maleta, el martes volamos para Siberia. Una delegación del Consejo Central [de la FDJ], tú escribirás. Ni excusas, ni plazo para pensárselo. Ruta: Moscú, Tselinogrado [Kazajistán], Novosibirsk, Irkutsk, Bratsk, Moscú…”

Brigitte Reimann 4Turba había “colado” específicamente a Brigitte Reimann en aquella delegación oficial, llena de funcionarios y burócratas, al viaje a la Unión Soviética de la época de Kruschev, inmersa en la campaña de colonización de tierras vírgenes en Asia Central y Siberia, por un motivo esencial. Reimann era la única no miembro del SED que figuraba en la comisión de Juventud del mismo y tenía ese carácter abierto y audaz que era del agrado de un aperturista que pagaría su osado carácter tras la involución política que siguió a estos años de deshielo: condenado al ostracismo, desde 1966 hasta el fin de la RDA fue apartado a trabajar como simple redactor en la agencia estatal de noticias ADN (Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst o Servicio General Alemán de Informaciones). Ibon Zubiaur, nuestro prologuista y traductor de las obras de Brigitte Reimann aparecidas en España, escribe que “el contraste (y casi la incompatibilidad) entre la indomable autora y el equipo de rancios funcionarios de la nutrida delegación garantizaba suspicacias y algún roce, pero avivó la heterodoxia del informe que buscaba Turba: una contribución externa a la batalla contra el dogmatismo que estaban librando tantos socialistas en aquellos años de ilusión y de deshielo”.

El resultado del trabajo escrito por Brigitte Reimann, además de un informe, fue un reportaje en forma de diario que para el lector supone una auténtica delicia. Publicado por vez primera en la editorial Neues Leben, “La verde luz de las estepas” recoge las impresiones personales de una mujer asombrada por descubrir un país de espacios inabarcables y habitantes generosos y afables, y donde el socialismo es aún una ilusionante utopía construida por jóvenes pioneros que cantan y trabajan en medio de las estepas kazajas o entre las nieves de Siberia -en una carta a Hermann Henselmann escribió “¡Y habría tanto que disfrutar en este país, estar tanto tiempo con sus habitantes estupendos, valientes, adorables! Siberia es, efectivamente, el Nuevo Mundo. El comunismo marcha, y qué seguros están de ello aquí, qué convencidos y contentos…”-. “La verde luz…” es el resultado del trabajo de una Brigitte Reimann curiosa por conocer aspectos humanos de una aventura en la que la URSS puso entonces grandes esperanzas, y que lejos de maravillarse con las grandes cifras sobre producción -toneladas, kilovatios/hora, etc-, decide observar y preguntar a sus participantes directos, dejar unas pinceladas de humor (su escasa habilidad con las armas de fuego, cuando fueron invitados a observar las maniobras de una división del ejército soviético) o contar entrañables anécdotas, como las del legendario ingeniero Alexei Marchuk -particularmente dotado para la música- o la historia de amor del joven matrimonio Ganiulyn. Toda esta pasión vital transmitida a los lectores -quizá influida por uno de los tantos romances que gozó en su vida, más allá de sus matrimonios (uno de ellos, en 1956, con el escritor Max Walter Schultz, le daría pie a escribir la inacabada “Das Mädchen auf des Lotusblume”), y que en este caso tuvo lugar precisamente con Kurt Turba- se resume en  la emocionada frase con que acaba su crónica: “Se me encoge el corazón al pensar que mañana dejaremos este país y, sin embargo, soy feliz de una manera sorprendente, impávida y enamorada de la vida…”

Esta felicidad resultará, sin embargo, muy quebradiza, y en poco tiempo llegarán varias noticias -sobre todo una, la más dolorosa- que frustrarán esas sensaciones. En 1964 se divorciará de Sigfried Pitschmann, quien había dejado Hoyerswerda un tiempo antes al saber que Brigitte Reimann se había enamorado del que sería su tercer marido, Hans Kerschek “John”. Kerschek será el estímulo más brillante y a la vez el crítico más implacable de Reimann, pero a pesar de que ambos están juntos varios años, supondrá un nuevo desengaño para la escritora. La biografía de este personaje es bastante poco clara: se ha especulado con que fue un agente de la Stasi al que se le ubicó especialmente en el círculo íntimo de Reimann -una táctica frecuente, como sucedió en el caso de la asistenta de Stefan Heym y su mujer o de la propia esposa del actor Ulrich Mühe, conocido por su papel del capitán Wiesler en “La vida de los otros”– para frustrar su matrimonio con Pitschmann, aunque tal hipótesis queda descartada. Al mudarse Brigitte a Neubrandenburg, “John” abandonaría a la autora y acabaría suicidándose poco después.

En marzo de 1968, sería sometida a una primera operación en Berlín con motivo del cáncer, en la que le tuvieron que amputar un pecho. La enfermedad, que irá extendiéndose a lo largo de los siguientes años. El deterioro físico y el cansancio que le sobreviene al poco de iniciar una actividad supondrán un severo lastre para ella a la hora de escribir, en especial a la hora de trabajar en la que será su monumental e inacabada obra póstuma, “Franziska Linkerhand”. Escribirá a Henselmann “este mal cáncer tiene efectos muy distintos a los anunciados, para los que, al fin y al cabo, estaba preparada. A lo que no estaba preparada: los sueños espantosos cada noche, la angustia mortal que ya no me abandona, la sensación de vida provisional, la falta de ganas, o de capacidad, para hacer planes más allá de pasado mañana o, como mucho, la semana próxima…”. Pese a ello, y a lo duro que resultará para ella escribir a máquina -su propia escritura a mano le resultará indescifrable-, proseguirá tenazmente -alternando la depresión con las ganas de vivir- ese trabajo de perfilar personajes, de recabar información técnica sobre urbanismo y arquitectura y de ir trazando los capítulos de “Franziska”, dejando una novela muy elogiada en la RDA y en la Alemania reunificada.

Esta novela, que será para Reimann una razón para vivir en medio de la enfermedad, supone para ella una recapitulación de su propia experiencia vital, a través de las vivencias de su protagonista, Franziska, una joven arquitecta que trabaja en la oficina de urbanismo municipal de una “ciudad socialista” del tipo de Hoyerswerda y que tiene que enfrentarse con las dificultades y trabas impuestas por una burocracia y unas autoridades sobre las que Brigitte lanza una acerba crítica –“he decidido escribir sin censura, sin pensar en las consecuencias, así como mi propia verdad”, dirá- por ser los creadores de tantas desilusiones sufridas por quienes han creído y aún creen en el socialismo. Los intercambios epistolares y de obras especializadas con su amigo y maestro Hermann Henselmann -en quien ella se fijó para el papel de Reger, el propio mentor de Franziska Linkerhand- serán esenciales para la escritora. La obra representa una crítica de las circunstancias en que ha de desarrollarse el arte (la arquitectura en este caso, pero en general todas las demás disciplinas) en un país donde los caprichos de la dirección política y la espada de Damocles que pende sobre los artistas, por alejarse de las corrientes propugnadas por el partido, facilita la creación de lo que la propia autora calificará de un arte “carente de afecto”. Hermann Henselmann, con quien tanto se ha carteado Brigitte en los años previos y a quien ella ha ido confiando aspectos del proceso creativo, dirá al leer la obra en un homenaje en el periódico Die Weltbühne “es un libro grandioso, emocionante, sincero y por momentos también incómodo, precisamente porque tiene sus raíces en nuestro mundo de experiencias socialistas. En el fondo nos golpea y nos cuestiona a cada uno de nosotros, para lo cual el estetoscopio de la escritora, comprometida y apasionada, ausculta en todo lo realizado y lo que queda aún por realizarse, buscando también en ello los latidos del corazón”.

Brigitte Reimann 5Pero es además un diálogo de Brigitte Reimann consigo misma, donde expone y examina varios episodios de su vida: su juventud en la Alemania Oriental de posguerra, su primer amor tormentoso con Günter Domnick -historia que también vivirá la propia protagonista de la novela-, la presencia de la familia, incluyendo aquel hermano mayor de Brigitte emigrado al Oeste y la búsqueda del Compañero, del Amante, pese a los desengaños amorosos vividos. La novela, que se espera de pronta aparición en España, fue publicada póstumamente en 1974 en Neues Leben, con varios cortes hábilmente realizados para que pudiera pasar la censura. Walter Lewerenz, lector de Neues Leben y amigo de Brigitte Reimann, se encargó de realizar tal tarea, no exenta de desencuentros con la propia autora, a fin de que los cortes efectuados no empañaran el conjunto de una obra que es considerada una de las cumbres de la narrativa contemporánea alemana.

Sometida a una segunda operación en marzo de 1971 en Berlín, en la clínica de Gummel, en mayo se casará con Rudolf Burgatz- Brigitte se ha divorciado el año anterior de Hans Kerschek-. La esposa de Henselmann, Irene, se referirá al cuarto marido de la escritora en términos muy elogiosos –“le impulsaba un profundo humanismo, quería aliviarte el resto de tu vida cuidándote como pudiese y utilizando en tu favor sus posibilidades como médico ¡Una escritora mortalmente enferma y llena de dolores, con sus salvajes veleidades y desesperados arrebatos, no es sin duda una esposa fácil! Llegué a la conclusión de que él debía poseer grandes cualidades humanas.”– Aún ella ha tenido tiempo de escribir un artículo en homenaje al profesor Henselmann en Sonntag, con motivo de su 65º cumpleaños y la recepción del doctorado “honoris causa” por la Universidad de Weimar y la Orden del Mérito Patriótico. Poco después, se sucederán los ingresos, la quimioterapia y la radioterapia, hasta que tenga que permanecer hospitalizada desde el 18 de agosto de 1972. La Navidad de 1972 podrá pasarla aún en su casa de Neubrandenburg. El 20 de febrero de 1973, cinco meses antes de cumplir los cuarenta, fallecía en la capital de la RDA.

Atractiva, seductora, inconformista, bebedora, fumadora empedernida, crítica, autocrítica, audaz, brillante, frágil, vitalista… son algunos de los calificativos a los que responde Brigitte Reimann. Una mujer fascinante que nos dejó muy pronto, pero que a pesar de ello legó un conjunto apreciable de obras que disfrutar, como esa vida a la que tanto amó.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

FUENTES:

Brigitte Reimann, “Los hermanos”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Bartleby Ediciones, 2008.

Brigitte Reimann, “La verde luz de las estepas”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2015.

Brigitte Reimann-Herman Henselmann, “En la ciudad del mañana. Correspondencia”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2013.

“Escribir inflexible Brigitte Reimann”, 15 de octubre 2014,

en http://www.oeuvresouvertes.net/spip.php?article2565

Brigitte Reimann, en

http://biografieonline.it/biografia.htm?BioID=1551&biografia=Brigitte+Reimann

Brigitte Reimann, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Rosa Luxemburgo y la Revolución Espartaquista

UNAS PALABRAS PREVIAS

En fechas recientes hemos asistido al 25º aniversario de la caída del muro de Berlín. Casi todas, por no decir todas, las conmemoraciones y reportajes sobre la apertura de las fronteras de la RDA y el proceso posterior de “reunificación” de las dos repúblicas alemanas -en realidad, la anexión de la República Democrática por parte de la República Federal, en una suerte de “Anschluss” que recuerda bastante, aunque sin violencia ni persecuciones despiadadas, al realizado por el Reich hitleriano de la Austria natal del “Führer”- han omitido tanto el carácter inicial de las protestas de otoño de 1989 en la RDA como las advertencias que a lo largo de ese año y de 1990 realizaron destacados intelectuales tanto de la RDA como de la RFA sobre el proceso acelerado de unión-anexión de ambos Estados alemanes.

Protestas en el balcón del Palacio de la República en Berlín Este exigiendo la democratización de la RDA, otoño de 1989.

Protestas en el balcón del Palacio de la República en Berlín Este exigiendo la democratización de la RDA, otoño de 1989.

En un artículo anterior en este mismo blog me referí a las características de los movimientos opositores que, al calor de la “Perestroika” gorbachoviana, fueron surgiendo en la Alemania del Este. Nuevo Foro, los Verdes de la RDA, la Iniciativa para la Libertad y los Derechos Humanos o los Socialdemócratas germano-orientales se caracterizaban por pedir el desarrollo de un socialismo democrático y autogestionario que recuperara las propuestas de la Primavera de Praga de 1968, finalizada con la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, o de la algo más lejana experiencia húngara de 1956, aplastada por los tanques soviéticos y cuyo promotor, el secretario general del Partido húngaro, Imre Nagy, fue fusilado en medio del baño de sangre en que se sumió Budapest. El nuevo clima propiciado por Moscú, plasmado en la “doctrina Sinatra” -que cada país del bloque siguiera “a su manera” su propio camino socialista-, llevó a la caída de la hermética burocracia estatal de la RDA y su sustitución por un reformista que casaba muy bien con las propuestas de estos grupos opositores: Hans Modrow. Pero la política del gobierno de la República Federal, con sus “regalos de bienvenida” a los alemanes del Este que cruzaron la frontera en la noche del 9 de noviembre del 89 y la promesa de los “paisajes floridos” de Helmut Kohl, canciller federal, que se dibujaba en el horizonte con los votos a su filial cristiano-demócrata de la RDA y la rápida unión Este-Oeste, se llevó por delante aquella alternativa de mantener una RDA independiente y con un sistema socialista más próximo a los planteamientos de la Primavera de Praga. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socializantes de escritores, intelectuales y disidentes se disolvieron como un bloque de hielo al sol entre las luces e impactos psicológicos de las experiencias directas de la gente común con la prosperidad del Oeste, a la que ahora tenían acceso por la apertura de las fronteras entre las dos repúblicas.

La manifestación de Alexanderplatz berlinesa del 4 de noviembre de 1989 fue la más numerosa de las celebradas en aquel otoño en la RDA. Los lemas "Nosotros somos el pueblo" y "Nosotros nos quedamos" reflejaban las ansias por transformar el país frente a la huida del mismo, de crear una república socialista alemana distinta y alternativa al modelo de la RFA.

La manifestación de Alexanderplatz berlinesa del 4 de noviembre de 1989 fue la más numerosa de las celebradas en aquel otoño en la RDA. Los lemas “Nosotros somos el pueblo” y “Nosotros nos quedamos” reflejaban las ansias por transformar el país frente a la huida del mismo, de crear una república socialista alemana distinta y alternativa al modelo de la RFA.

Sin embargo, como si se tratara del mito de Casandra, a lo largo de 1990, en medio de la introducción acelerada del capitalismo en una República Democrática pronta a desaparecer -como muestran las singulares escenas de “Good bye Lenin!”- intelectuales respetados de ambas Alemanias predicen que la acelerada anexión -ya que no reunificación, pues de lo que se trata es de la imposición a los nuevos “Länders” del Este del sistema social, económico y político vigente en el Oeste, sin que se vote siquiera una nueva Constitución- tendrá graves consecuencias que no podrán subsanarse salvo en un largo período de tiempo. Por el Oeste, la figura más destacada contra la reunificación será Günter Grass. Por el Este, contamos con socialistas leales pero asimismo críticos con el sistema previamente existente y derribado con la revolución de octubre-noviembre del 89: Volker Braun, Stefan Heym y Christa Wolf.

Günter Grass

Günter Grass

Grass considera la unificación como un peligro para Europa, por cuanto puede dar como resultado una Alemania excesivamente fuerte, de nacionalismo exacerbado y con voluntad de dominio sobre el continente. “Una Gran Alemania, fuerte y unida, pero temida por todos, que suponga un peligro para Europa”, en palabras del profesor Manuel Maldonado, que comenta además comenta lo siguiente: “Grass se refiere a la unificación de Alemania en términos duros, pero también muy claros. La considera un parto monstruoso, producto de una agresiva voluntad de saqueo y de rapiña, suscitada por la prepotencia económica de Alemania Occidental, por la avidez y el ardor de dominio de una economía de mercado sin escrúpulos.” Tanto Grass como sus colegas del Este consideran necesaria la existencia de una RDA socialista que sea alternativa (y al mismo tiempo coexista pacíficamente) a la República Federal. A finales de noviembre de 1989 Grass se une al llamamiento efectuado por Volker Braun y Christa Wolf en este sentido, y poco después se integrará junto con Jürgen Habermas, Christoph Hein, Walter Jens y Friedrich Schorlemmer en el grupo Kuratorium für einen demokratisch verfassten Bund deutscher Länder, que se declara contrario a la unificación estatal y a favor de una confederación sobre la base de la soberanía de ambos estados alemanes. Tras la unificación (3 de octubre de 1990), Grass intensifica sus críticas a la clase política de Alemania Occidental por forzar la unidad y por tratar de liquidar los activos de la RDA.

Stefan Heym, judío alemán que vivió la persecución nazi, la caza de brujas de McCarthy en los Estados Unidos -en cuyo ejército luchó en la S.G.M.- y que como socialista comprometido acabó en una RDA en la que, pese a todo, no le cuadraban los métodos de un aparato estatal en el que chocaban la teoría y la práctica, defendió la misma idea de independencia de la RDA y de modelo socialista democrático para el que había sido su país desde 1952. Heym había sido un escritor mimado por la República Federal, cuya prensa elogiaba a este escritor al que ya no dejaban publicar sus libros en la república del Este pero cuyos libros -pese a la existencia de una ley que nunca se aplicó para impedir tal extremo- se editaban y publicaban en el Oeste. A Heym no le gustaban estos mimos: defendía la RDA, con todos sus defectos, a la que consideraba “contrapeso” de aquella otra Alemania heredera del postnazismo. A pesar de su desacuerdo manifiesto con el régimen de un país para con el que había caído en desgracia, evitaba criticarlo ante los medios occidentales, para no hacerle el juego a “la República del Deutsche Bank-BASF-Daimler-Höchst”. Cuando la Perestroika echaba a andar en la URSS y se iniciaron lugar las protestas de 1989 que acabaron con el régimen de Honecker, Heym se adhirió al manifiesto “Por nuestro país” que abogaba por “una RDA mejor y renovada”. Su prestigio intelectual y su integridad moral hacía de él un serio candidato para ocupar la presidencia de esa nueva República Democrática. La promesa de los “paisajes floridos” de Kohl, los cien marcos de bienvenida a los que cruzaban la frontera y el sueño de alcanzar pronto la prosperidad de la RFA, que parecía mucho más cercano y viable en aquel entonces que el de construir una RDA “de rostro humano” (aunque poco tardaría en demostrarse que no iba a ser así) acabó con los proyectos de “tercera vía” defendidos entre otros por Heym. En 1990 éste escribió “Auf Sand Gebaut” (Construido sobre arena), una de las primeras críticas a la reunificación. Y ya en 1994, al salir elegido diputado como independiente en las listas del PDS (Partei für Demokratische Sozialismus o Partido del Socialismo Democrático, el grupo político heredero del SED que gobernó la RDA, refundado por Hans Modrow y otros como Georg Gysi que, por reformistas, habían sido apartados de la primera línea) pronunció el discurso inaugural de aquel Bundestag, el parlamento federal de la nueva Alemania unida -privilegio que le correspondía como parlamentario de más edad- en el que perseveró en esa línea. Reivindicó la otra cara de la que había sido su patria durante treinta y ocho años, oculta por los despropósitos del cierre de las fronteras para con el mundo occidental (plasmado en el muro de Berlín) y la vigilancia obsesiva del Ministerio para la Seguridad del Estado, la famosa Stasi, que también le vigiló a él. “Por favor, no subestimen una vida humana en la que, pese todas las restricciones, el dinero no lo decidía todo, el puesto de trabajo es un derecho igual para hombres y mujeres, la vivienda es asequible y la parte más importante del cuerpo no son los codos”. Ni qué decir tiene estas palabras no sentaron nada bien entre los políticos del Oeste: rompiendo la tradición, los diputados de la coalición de cristiano-demócratas y liberales (salvo una de ellas) y gran parte de los socialdemócratas le negaron el aplauso. Por orden expresa de Helmut Kohl, el discurso fue omitido del diario de sesiones del Bundestag.

Stefan Heym en el momento de realizar su discurso inaugural en el Bundestag en 1994.

Stefan Heym en el momento de realizar su discurso inaugural en el Bundestag en 1994.

Parecido caso al de Heym ocurrió con Christa Wolf, la figura más conocida en Europa occidental y América de las letras de la desaparecida RDA. A diferencia de otros autores, como el propio Heym, la talentosa y pronto malograda (fallecida prematuramente por el cáncer a los 39 años) Brigitte Reimann o Volker Braun, Wolf militó en el Partido Socialista Unificado Alemán (SED o Sozialistches Einheitspartei Deustchlands en esta lengua) hasta el final de la existencia de la República. Sin embargo, su actitud hacia el partido y el régimen fue de cada vez mayor distanciamiento, y a pesar de que nunca abandonó la RDA mostró cada vez más un pensamiento tendente hacia la transformación del país en una república socialista más libre y humana. Tras la caída del muro, en la noche del 9 de noviembre de 1989 fueron muchas las voces que pidieron la reunificación, Christa, como otros, no estuvo de acuerdo y reivindicó una RDA libre, independiente, marxista, de rostro humano. Veía posible una reforma del socialismo. Hasta ese momento, su actitud disconforme con el sistema del Este le valió ser candidata seria al Nobel. Hasta ese momento. Cuando Grass lo recibió en 1999, declaró que le hubiera gustado recibirlo conjuntamente con esta escritora, autora de novelas que ayudan sin duda a comprender mejor la RDA como “El cielo partido”, “Casandra” o “Lo que queda”.

Christa Wolf durante una conferencia en Frankfurt del Maine (RFA) en 1982, ante un nutrido público de estudiantes germano-occidentales.

Christa Wolf durante una conferencia en Frankfurt del Maine (RFA) en 1982, ante un nutrido público de estudiantes germano-occidentales.

A Günter Grass, Stefan Heym y Christa Wolf se les echaron encima los escritores, periodistas y voceros oficiales y oficiosos de la “exitosa reunificación” y defensores del capitalismo a ultranza, sin haber entendido nada de lo que expresaron. Grass, que había escrito una novela en la plasmaba la vida de una familia de la RDA hasta el momento de la unificación/anexión, fue tachado de “apologista” del régimen honeckeriano, de un autor que en 1995 -fecha de la publicación de la obra de Grass- es capaz de condenar a la República Federal y que, en cambio, supuestamente, no manifieste su indignación con respecto al sistema que imperó en la desaparecida República Democrática. En absoluto es esa la intención ni el contenido de la novela, pero el peligro manifestado por los medios y críticos de la nueva Alemania a que un intelectual del prestigio de Grass -alemán federal a la sazón-desmonte su argumentario hace que se lancen sobre él como perros de presa. El profesor Maldonado Alemán explica que “a Günter Grass se le critica en cuanto representante destacado de los «Gessinungsgenossen» de Alemania Occidental, de esos intelectuales que creen en la llamada «tercera vía», en un socialismo democrático con rostro humano, del que la crítica conservadora de Alemania Occidental esperaba su definitivo fracaso”.

A Heym, ya hemos visto, se le negó el pan y la sal tras su discurso en el Bundestag, y tras la publicación de “Construido sobre arena” en 1990 se le ridiculizó y estigmatizó. El viejo patriarca de las letras germano-orientales, el escritor valiente con el que no pudo la censura y el menosprecio del mundo editorial de la RDA era ahora un “viejo cascarrabias” simplemente por seguir pensando lo mismo que había pensado siempre. Una especio de renovado macarthysmo se ensañaba de nuevo con él.

Y lo mismo ocurría con Christa Wolf, sobre la que se inició una persecución a cuenta de su colaboración con la Stasi entre 1959 y 1961. Christa colaboró de manera no oficial con la policía política, siendo calificada esta experiencia por la propia autora de “punto oscuro” de su biografía. Al conocerse a principios de los noventa esta colaboración, las críticas -que versaban sobre su incapacidad como autora o su “venta” al sistema germano-oriental- arreciaron sobre ella: era lógico que defendiera a la RDA, dado que había sido una chivata del régimen. En 1993, ella misma dio un paso al frente y publicó las actas que recogían sus informes a la Stasi, en las que daba una visión positiva de los escudriñados. Resulta cuando menos curioso que medios y personas de la RFA (hubo dignas excepciones, como el mencionado Günter Grass y Walter Jens) se cebaran sobre una persona que se arrepintiera de aquella colaboración, se mostrara crítica con el régimen que la había “reclutado” para esos menesteres y que diera buenos informes sobre los investigados, y no movieran un dedo para someter a tamaños manejos inquisitoriales a tantos viejos colaboradores del nazismo que hallaron tanto tranquilidad como respetabilidad en la República Federal. Una de las diferencias en este sentido entre las zonas de ocupación occidentales y soviética de Alemania, y luego entre la RFA y la RDA, es que la desnazificación fue mucho más profunda en la segunda. No sólo se estaba cometiendo una injusticia con Christa Wolf en tanto que no se estaba observando con ella ni su actitud valiente ni sinceridad al ofrecer ella misma los datos relativos a su colaboración y a las personas y el objeto de la información dada sobre ellas; ni las circunstancias personales (p.ej., el chantaje, al que unos cuantos fueron sometidos para que se convirtieran en informadores de la Stasi) que motivaron esa colaboración, sino que esos mismos descalificadores no tuvieron en cuenta que harían mejor en mirar primero la viga en el propio ojo antes de buscar la paja en los ojos ajenos.

Si he querido mencionar a estos tres “grandes” de las letras alemanas no es sólo en cuanto a la lucidez que tuvieron en vaticinar, por un lado, el poder desmesurado que la Alemania resultante de la unificación/anexión de la RFA y la RDA iba a tener sobre el resto de Europa, en su papel de primera potencia continental y directora de las políticas de la Unión Europea, y por otro en cuanto al significado interno que iba a suponer la adopción a marchas forzadas del modelo económico, social y político de la Alemania federal por parte de los nuevos “länder” orientales, y que se tradujo, tras la euforia inicial que se ocultará tras la introducción del marco alemán federal y la promesa de Kohl de los “paisajes floridos”, en desempleo, rapiña por parte de las empresas de la RFA de los activos y las compañías de la República Democrática, corrupción en la adjudicación de esos mismos activos en el seno de la organización encargada de realizar tal labor, la “Treuhandanstalt”, emigración al Oeste en cantidad similar e incluso superior a la que se dio en los años previos a la construcción del muro y el fenómeno de la “Ostalgie”, la nostalgia por el Este, que es tanto un fenómeno sentimental y psicológico de quienes vivieron en una RDA donde la vida resultaba más sencilla para ellos que en un entorno que se les hizo incierto y lleno de promesas huecas de la noche a la mañana, como todo un aparataje de “merchandising” que llena tiendas de Berlín de los curiosos hombres del semáforo (Ampellmann) o personajes de series infantiles germano-orientales como Sandsmannschen (el hombre de arena).

No es tan sólo por eso. Escribió el profesor Manfred Kossok (catedrático de Historia en las Universidades germano-orientales de Leipzig y Chemnitz/Karl-Marx Stadt) sobre Heym, Wolf, Grass (amén de otros como Jürgen Habermass, Christoph Heim o el sacerdote protestante Friedrich Schorlemmer) que el pensamiento de estos personajes, el protagonismo de sus ideas en los movimientos de protesta que condujeron a la caída del régimen de la RDA, es novedoso en la tradición política alemana (aunque no en la historia de las ideas políticas alemanas) en cuanto que en buscan  una “revolución recobrada”. “Aplicar estos postulados, nunca realizados con éxito en la historia alemana, en el marco de un socialismo renovado y de identidad propia era el objetivo de base del movimiento democrático de aquellos días (…) Elementos de las revoluciones democrático-burguesas y socialistas demostraron no ser conceptos excluyentes (como dice el marxismo dogmático) sino más bien componentes orgánicamente unidos, de un proceso único de la historia universal y de una demanda universal de libertad, por encima de determinados intereses de clase”. Kossok explica además la revolución de octubre-noviembre de 1989 en la RDA enlaza y las que tuvieron lugar en 1789 y 1848 bajo el signo burgués-democrático del lema “Liberté, Egalité, Fraternité” y las socialistas de 1917-1918 en Rusia y la propia Alemania, continuada en 1946-1949 en la zona de ocupación soviética (el territorio que ocuparía luego la República), imposible de realizar por la incapacidad del estalinismo y el “socialismo real” de emprender el camino socialista sin romper con la tradición cívica y humanista heredada de la Revolución Francesa (“Las auténticas posibilidades revolucionarias del periodo de 1946 a 1948, que culminaron con la Constitución de 1948 propuesta por el Congreso Popular (Volkscongress) no se lograron realizar(…) La historia de la RDA -y en esto veo yo la auténtica tragedia- se convirtió en la historia de la creciente enajenación entre el poder y el pueblo: otro momento perdido en la historia alemana, otra vez el abandono de una alternativa”). Y si en la historia previa de Alemania hubo alguien -el propio Kossok lo expone- que pudo ser el nexo de unión entre los principios democrático-liberales y socialistas, un antecedente de los movimientos democratizadores de la RDA y de los intelectuales que abogaban por una alternativa socialista en la república frente a la anexión a la RFA, y cuyo pensamiento pivotase, en fin, hacia un socialismo “de identidad propia” y de rostro humano, hay que fijarse en Rosa Luxemburgo.

ROSA LUXEMBURGO: LOS ORÍGENES DE UNA ACTIVISTA

Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg

Rose Luxemburg (en alemán; Róża Luksemburg en el de la lengua de su país de nacimiento, Polonia) nació el 5 de marzo de 1871 en Zamość, localidad polaca, país entonces perteneciente al Imperio Ruso. Era hija de Eliasz Luxemburg III, un comerciante de maderas, y Line Löwenstein, ambos judíos.

Rosa Luxemburgo, la menor de cinco hermanos, nació con un defecto en el crecimiento y padeció de niña, a la edad de cinco años, una dolencia en la cadera que la obligó a guardar cama durante largos meses, quedándole como secuela una cojera permanente. En fotografías de adulta, durante su actividad en el Parlamento alemán, Rosa Luxemburgo aparecerá como una mujer bajita, pero de un fuerte carácter que le granjeará el apodo de “la Rosa roja”.

Pronto se mostrarán sus inquietudes socialistas y revolucionarias. A la edad de dieciséis años, cuando acudía en Varsovia al Gymnasium (instituto de secundaria), se afiliará al grupo socialista polaco “Proletariat”. Obligada a huir bajo la amenaza de arresto que pende sobre ella por parte de las autoridades polacas, emigra a Zurich, donde asiste a la Universidad local (la única de Europa que permitía matricularse a las mujeres) Rosa Luxemburgo inició sus estudios en la Facultad de Filosofía, y al cabo de un tiempo pasó a la de Derecho. En ambas facultades estuvo estudiando filosofía, historia, política, economía y matemáticas de forma simultánea. En 1897 terminó su tesis sobre el desarrollo industrial en Polonia, y obtuvo al año siguiente el doctorado en Derecho Público y Ciencias Políticas, siendo una de las primeras mujeres en alcanzar tal distinción.

En Suiza se reunía gran cantidad de emigrados polacos y rusos de ideología socialista. Luxemburgo, que empezó a ser conocida como una brillante oradora, trabó contacto con personajes como Axelrod, Plejánov, Vera Zasúlich, Parvus y quien sería su pareja a lo largo de varios años, Leo Jogiches, con quien, en 1894, fundaría el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPL). En 1905, al tener lugar en Rusia la fallida Revolución contra el gobierno zarista -motivada, entre otras cosas, por las derrotas militares imperiales en la guerra contra el Japón-, Rosa Luxemburgo participará activamente en el levantamiento antizarista en Polonia. Para Rosa, una Polonia independiente solo podía surgir tras la revolución en Alemania, Austria y Rusia, las potencias que se había repartido en el siglo XIX el país. Mantenía que la lucha debía focalizarse en contra del capitalismo, y no en la consecución de una Polonia independiente. Este pensamiento la hará combatir la política nacionalista de los socialistas polacos y será uno de los puntos de polémica entre Luxemburgo y Vladimir Ilich, “Lenin”, el futuro líder de la Revolución bolchevique y que había militado, precisamente, en el movimiento obrero polaco del Bund.

EN ALEMANIA

En el Imperio Alemán, mientras tanto, había desaparecido la ley Bismarck que prohibía las actividades de la socialdemocracia. En pocos años, el SPD se convirtió en el principal movimiento socialista de Europa con más de cien mil afiliados. En 1898, Rosa Luxemburgo obtuvo la ciudadanía alemana, al casarse con Gustav Lübeck, y se mudó a Berlín. No tardó en establecer fluidos contactos con personajes como Kautsky, Bernstein, Bebel, Bauer y Lenin. Con todos ellos polemizó, no sólo en las asambleas y reuniones del partido, sino a través del órgano oficial Die Neue Zeit. Fue Kautsky, con quien trabaría una gran amistad, el que la invitó en el año 1893 a escribir en Die Neue Zeit. Si bien las primeras posiciones de Rosa estaban, por decirlo de algún modo, encasilladas en cuanto a la sección femenina -donde trabó amistad con la líder de la sección femenina del SPD, Clara Zetkin- y a la lucha feminista y la liberación de la mujer, pronto los dirigentes del partido vieron en ella a una rival de altura acerca de la teoría socialista, la política y la organización del partido.

A principios de siglo, el líder del SPD Bernstein publicó las llamadas “tesis revisionistas” o “tesis de Bernstein” en las que abogaba por la reforma gradual del capitalismo. Reforma tras reforma, los trabajadores podrían ir avanzando lentamente hacia una mejor sociedad. Esta última iría cambiando según un patrón lineal: la evolución, de lo peor a lo mejor, paso a paso. En sus comienzos históricos -es decir, no en la etapa actual donde la socialdemocracia lo más que busca no es la destrucción del capitalismo en un futuro más o menos lejano, sino la introducción de elementos correctores en el mismo- esta tendencia sostenía que la evolución pacífica y gradual del capitalismo conduciría a una sociedad más racional, el socialismo. El tránsito entre el capitalismo y el socialismo se realizaría, de este modo, sin violencia y paulatinamente.

Para Rosa Luxemburgo y los “marxistas ortodoxos”, la consecución del socialismo pasa inevitablemente por la revolución y la toma del poder. A diferencia del reformismo, el socialismo revolucionario aspira a cambiar de raíz la sociedad para acabar no sólo con “los excesos” sino con las razones mismas de esos excesos: la dominación y la explotación.

Por desgracia, la posición reformista no irá acompañada de un compromiso ético por parte del ala reformista del SPD. A pesar de que ella y él ala radical del partido consiguieron mantener el marxismo en el programa del partido, los miembros socialistas del parlamento centraron su labor cada vez más en la obtención de ventajas parlamentarias y en su enriquecimiento personal y los reformistas se mostraron cada vez más condescendientes con las políticas militaristas y expansionistas de Alemania, ante una cada vez más probable situación de guerra internacional.

Por aquellos tiempos, Rosa Luxemburgo enseñaba economía en la escuela del SPD y había sufrido ya dos encarcelamientos: uno en 1904 en Zwickau por crímenes de lesa humanidad (sic) por insultos al emperador durante la campaña electoral del año anterior, y el segundo en Polonia a raíz de la fallida revolución de 1905 en Rusia.

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE

Rosa Luxemburgo trató de convencer a sus correligionarios europeos de que, en caso de estallar un conflicto internacional como el que se avecinaba, la postura de los partidos obreros habría de ser emplear todos los métodos a su alcance para evitar la guerra; pero en el caso que esta finalmente tuviese lugar, como se temía, debían aprovechar la crisis económica y política que ella traería consigo para ayudar al hundimiento final del sistema capitalista. En sus propias palabras:

En caso de que amenace el estallido de una guerra, los trabajadores de los países implicados y sus representantes parlamentarios están obligados a emplear todas sus fuerzas para evitar el estallido de la guerra empleando los medios correspondientes. Éstos variarán y se intensificarán conforme lo hagan la agudización de la lucha de clases y la situación política. Pero en caso de que la guerra hubiera de estallar, se verán obligadas a luchar por el rápido fin de la contienda, y a aprovechar la crisis económica y política provocada por la misma para agitar políticamente a las masas populares y acelerar la caída del dominio de la clase capitalista.

Su postura pacifista fue asumida por la II Internacional, pero cuando tuvo lugar el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo y se desató la cadena de declaraciones de guerra entre los Imperios Centrales y las potencias aliadas (Rusia, Francia, Gran Bretaña, Serbia y otros) que dieron origen a la P.G.M., los partidos socialdemócratas y socialistas de Francia y Alemania firmaron una “unión sagrada” con los partidos burgueses y contribuyeron con sus votos a aprobar los presupuestos de guerra, enterrando aquella política pacifista e internacionalista del Congreso de la II Internacional de Stuttgart. Las únicas declaraciones en contra procedieron de Karl Liebcknecht y los bolcheviques rusos. Para Rosa, que veía como las tesis revisionistas y el reformismo triunfaban de aquella forma -atrayendo incluso a antiguos amigos y líderes de izquierda del partido como Karl Kautsky- fue un duro golpe que la llevó a pensar incluso en el suicidio.

Rosa Luxemburgo había publicado hasta entonces una serie de artículos muy contestados por parte de la dirección del SPD, en los que abogaba por la descentralización de las decisiones y la importancia que deben tener las masas frente a los dirigentes y la burocracia del Partido. El más destacado de esos artículos será Was Weiter? (¿Y después, qué?), en el que incide en esa necesidad de democracia directa y participación que, posteriormente, le enfrentará a los dirigentes bolcheviques:

“Aún dentro del Partido de la clase proletaria todo movimiento grande y decisivo debe arrancar, no de la iniciativa de un puñado de dirigentes sino de la determinación y convicción de la masa de los miembros del Partido. La decisión de ganar la victoria en nuestra actual campaña pro sufragio en Prusia ‘…a como dé lugar’ -incluso mediante la huelga de masas- sólo pueden tomarla las más grandes secciones del Partido.” Rosa ponía en discusión la inercia del Partido Socialdemócrata Alemán y su burocracia sindical para encabezar la lucha. Al mismo tiempo, ella apelaba al espíritu revolucionario y a la iniciativa de las masas frente a la pasividad de la burocracia sindical y partidaria, metida en componendas y tácticas más dirigidas a salvar sus propios intereses y cargos que en defender los intereses de los trabajadores. Algo que, en el seno propio de los sindicatos, y en los propios movimientos sociales y políticos en general no ha pasado en absoluto de moda.

Condenada a prisión a comienzos de 1914 por su intensa actividad política, en ese año será fundadora junto con Karl Liebknecht -que en diciembre emitirá el único voto socialdemócrata en contra de los presupuestos de guerra-, Franz Mehring y Clara Zetking del grupo Internacional, que en 1916 adoptará el nombre de Spartakusbund o Liga Espartaquista, emulando al gladiador tracio que intentó la liberación de los esclavos de Roma. Escribirán multitud de panfletos contra la guerra, emprendiendo una lucha soterrada. Rosa Luxemburgo firmará sus artículos con el nombre de “Junius”, por Lucius Junius Brutus, el cual se considera fundador de la República romana. Un “Junius” que, lejos del Senado, pasará su estancia durante la guerra saliendo y entrando constantemente en prisión por su postura antibelicista: la cárcel de mujeres de Barnimstrasse, la fortaleza de Wronke y finalmente la cárcel de Breslau, de donde salió en noviembre de 1918.

En 1917 sucede la escisión del Partido Socialdemócrata alemán. Los espartaquistas se integraron al nuevo Partido Socialdemócrata Independiente (USPD), fundado en abril de ese mismo año, donde se integrarán también Bernstein y Kautsky. El USPD tiene como horizonte común de sus miembros poner fin a la terrible conflagración mundial, pero los espartaquistas confían en que pronto pueda desencadenarse en Alemania una revolución como la que en esos momentos está teniendo lugar en la Rusia zarista.

El 7 de noviembre de 1917 los bolcheviques toman el poder en Rusia. Rosa saluda con entusiasmo este acontecimiento, la primera revolución socialista que tiene lugar, los “diez días que conmovieron al mundo” como reza el título de la obra del escritor norteamericano John Reed. Pero Luxemburgo, pese a aquel entusiasmo, no dudó en lanzar duras críticas a Lenin y Trotski por la falta de libertad y los peligros que ello implicaba para el triunfo de la revolución socialista. Para ella, existía el peligro de la creación en el naciente Estado soviético de “una dictadura contra las masas y no una dictadura del proletariado”. En su “Crítica a la Revolución Rusa”, escrita en la cárcel, dejaba testimonio de sus diferencias con la política emprendida por los bolcheviques:

“…‘el pesado mecanismo de las instituciones democráticas’ posee un potente correctivo, precisamente en el movimiento vivo de las masas, en su expresión ininterrumpida. Y cuanto más democráticas las instituciones, cuanto más vitales y potentes se presentan las pulsaciones de la vida política de masas, tanto más directa y total resulta su eficacia, a despecho de las insignias anquilosadas del partido, listas electorales perimidas, etc. Es cierto que toda institución democrática tiene sus límites y sus ausencias, hecho que la mancomuna a la totalidad de las instituciones humanas. Pero el remedio inventado por Trotsky y Lenin, la supresión de la democracia en general, es aún peor que el mal que se quiere evitar: sofoca, en efecto, la fuente viva de la que únicamente pueden surgir las correcciones de las insuficiencias congénitas a las instituciones sociales, una vida política activa, libre y enérgica de las más amplias masas.”

Rosa veía como esencial para el triunfo de la revolución socialista la inextricable unión de ésta con los principios básicos de la democracia: elecciones generales, libertad de prensa y de reunión ilimitada, lucha libre de opinión y en toda institución pública. El peligro, si se seguían los principios contrarios, era que lo único que quedase activo fuera la burocracia -de la que ya vimos no tenía una buena opinión, como se observaba en su artículo Was weiter? antes mencionado.

En reflexiones teóricas recientes sobre el pensamiento luxemburguista, pueden observarse ciertas conexiones interesantes con lo que aquí se ha referido con anterioridad sobre el proceso de Die Wende (el Cambio) en la República Democrática Alemana. Los movimientos alternativos que propiciaron la caída del régimen burocrático de Berlín Oriental -y los intelectuales que defendían la independencia de la RDA con un modelo socialista alternativo- poseían como común denominador la defensa de una democracia socialista, heredera de los movimientos sociales y políticos de 1848 y 1871 (la revolución liberal-democrática europea y la Comuna de París) y los de 1917 y 1948 (la revolución rusa y la construcción de una Alemania “alternativa” en la zona de ocupación soviética). Si Manfred Kossok expuso que el movimiento de octubre-noviembre de 1989 superó la falsa disyuntiva entre revolución democrática y revolución socialista, basándose en que son partes de un mismo proceso en el que la segunda profundiza en los contenidos de la primera, Néstor Kohan establece que Rosa Luxemburgo, como continuadora de la tradición del pensamiento marxista, supo observar que “el socialismo contemporáneo pertenece a la familia libertaria y democrática más radical. Opositor y enconado polemista contra el liberalismo, al mismo tiempo es -o debería ser- el heredero privilegiado de la democracia directa teorizada por Juan Jacobo Rousseau.”

A pesar de que, al final de su vida, Lenin (de quien no estaba Rosa tan alejado) acabó dando la razón a su polemista, de éste y de tiempos anteriores, sobre la burocratización del partido y el Estado y su alejamiento de las clases populares, el nuevo líder soviético Stalin acabará por proscribir la figura y las obras de Rosa Luxemburgo, a quien equiparará con su peor enemigo: Trotski. Sin embargo, la suerte de las revoluciones socialistas surgidas en Europa central y oriental tras la S.G.M. al calor de los primeros tiempos de la “guerra fría” y la presencia del Ejército Rojo en los países que las vivieron adolecieron de los mismos errores que aquella diagnosticara y, con su caída en 1989, causará una terrible crisis de identidad y de legitimación del movimiento comunista internacional. Tal y como escribió Erich Fromm en 1973, el problema, observado por Rosa, consistía en lo siguiente:

“Pocos sistemas de pensamiento han sido tan desvirtuados, convirtiéndose a veces en su opuesto, como el de Karl Marx. Joseph Schumpeter -el gran teórico conservador de la economía política- expresó en cierta ocasión este desvirtuamiento mediante una analogía hipotética: si alguien hubiera descubierto Europa en tiempos de la Inquisición y conjeturara por ello que en tal organización se reflejaba el espíritu de los Evangelios, se estaría comportando como aquellos que ven cristalizadas las ideas de Marx en el comunismo soviético. Si semejante deformación sólo aflorara entre los detractores del marxismo, difícilmente sorprendería. Lo insólito es que surja entre sus “propugnadores”, quienes convencen al resto del mundo de que su ideología expresa las ideas de Marx. Esto ha llegado a un grado tal en Norteamérica y Europa, merced a lo eficaz de la propaganda soviética, que no sólo se cree hallar en el sistema ruso el cumplimiento del socialismo, sino que se piensa estar frente a un régimen revolucionario que se propone la subversión mundial, en lugar de ante una forma reaccionaria y burocrática de capitalismo de estado.”

ALEMANIA: VIENTOS DE REVOLUCIÓN

La retirada de la Rusia bolchevique de la guerra, con la firma de la paz separada de Brest-Litovsk entre Alemania y el nuevo gobierno soviético, supuso un espaldarazo para los imperios centrales. Rusia reconoció la independencia de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia, y cedió territorios como Besarabia y Bucovina. En total, una vasta superficie de su territorio europeo. Pero al mismo tiempo que tuvo lugar esta retirada-por otra parte deseada por parte de la amplia masa del pueblo ruso y la base de su ejército-, Estados Unidos entraba en la guerra al lado de los aliados. La posición de Alemania, el Imperio Austrohúngaro, Bulgaria y Turquía se debilitaba por momentos, y el cansancio, el derrotismo y las revueltas se sucedían en el interior de estos mismos contendientes: los Jóvenes Turcos y el nacionalismo reformista de Mustafá Kemal Bajá “Ataturk” en el debilitado imperio turco; los movimientos nacionalistas en el seno austrohúngaro -que habían sido uno de los factores desencadenantes de la P.G.M.-, en especial el paneslavismo de croatas y eslovenos o el independentismo húngaro y bohemio; y el impacto de la revolución rusa en Alemania, cuna de Karl Marx y donde el movimiento obrero era el más importante y organizado de Europa.

Proclamación de la República frente al Reichstag, 4 de noviembre de 1918.

Proclamación de la República frente al Reichstag, 4 de noviembre de 1918.

En 1918, la ofensiva aliada en el frente occidental -el único existente tras la salida de Rusia del conflicto- y el ambiente revolucionario en el interior de los imperios centrales llevó a la quiebra de los mismos y la derrota final de estos. El 4 de noviembre de 1918, 40 000 marineros e infantes de marina tomaron el control del puerto de Kiel, cerca de Hamburgo, al noroeste del país, en protesta por los planes del Alto Mando Naval Alemán de un último enfrentamiento con la Real Marina Británica, a pesar del hecho de que la guerra se había perdido. El 8 de noviembre, los comités de trabajadores y soldados controlaban la mayor parte del oeste de Alemania, dando lugar a la formación de la República de Consejos (Räterepublik), inspirada en los soviets rusos. El 9 de noviembre, se anunciaba la abdicación del káiser Guillermo II y en la ciudad de Weimar, una localidad del este del país conocida por su vida intelectual y por ser la cuna de Goethe, se proclamaba la República Alemana, conocida como la República de Weimar por ser allí donde se proclamó y allí se elaboró también la constitución que rigió al país bajo el nuevo régimen republicano hasta 1933, cuando el ascenso nazi al poder acabó con la frágil primera experiencia democrática germana.

Friedrich Ebert, primer canciller y futuro presidente de la I República Alemana.

El socialdemócrata Friedrich Ebert fue el primer canciller y futuro presidente de la I República Alemana.

En Weimar fue izada por primera vez la bandera que hoy es la actual de Alemania, la tricolor negra, roja y amarilla, que fue también la bandera común de la RFA y la RDA -diferenciadas en que la segunda incorporaba el escudo nacional, el emblema de las espigas, el martillo y el compás-. Weimar iba a ser la cuna de una de las cartas magnas más progresistas de la época, que abría el camino de la socialdemocracia y el compromiso del Estado en la intervención de la economía en pro del interés general, y que fue por ello uno de los ejemplos -junto con la austriaca de 1919 y la del México revolucionario, la Constitución de Querétaro- tomados por la II República Española a la hora de elaborar su constitución en 1931. Pero pese a lo que Weimar supuso en los primeros y esperanzadores momentos, con un gobierno socialdemócrata de coalición entre SPD y USPD, la realidad mostró una cara distinta: la violencia extrema y la connivencia, nada fingida, con sectores del viejo régimen que se negaban a desaparecer o transformarse se mostró amargamente en unos primeros momentos en que la nueva República actuó con una dureza que no observó del mismo modo con otro tipo de enemigos, caso posterior de Adolf Hitler.

Esta es la amarga historia de la revolución espartaquista y de lo que podríamos decir “pasión y muerte” de Rosa Luxemburgo.

En el mismo noviembre de 1918, la propia Rosa fue liberada del presidio y los espartaquistas abandonaban el USPD para fundar en enero del siguiente año el KPD (Kommunistches Partei Deustchlands o Partido Comunista Alemán) junto a otros grupos socialistas y comunistas, principalmente gracias a la iniciativa de Luxemburgo y Karl Liebknecht. Allí arribaron también la gran amiga de Rosa, Clara Zetkin, o un entonces desconocido Wilhelm Pieck que sería con los años el primer presidente de la República Democrática Alemana en 1949. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht editaron el periódico “Die Rote Fahne” (La Bandera Roja) desde el que defendieron la estrategia parlamentaria como medio para la consecución de la revolución. Así, abogaron por la participación en las elecciones para la Asamblea Nacional alemana que se realizarían en enero de 1919. A su entender, el Parlamento sería la plataforma indicada para continuar la lucha.

Esta estrategia parlamentaria de Liebknecht y Luxemburgo no era compartida por las masas revolucionarias, que habían formado los soviets en noviembre de 1918 y seguían en una lucha latente contra el nuevo gobierno socialdemócrata presidido por Friedrich Ebert -un antiguo alumno de Rosa en las escuelas del SPD, en los tiempos en que ella enseñaba economía en las mismas-. El canciller y futuro presidente de la República procuraba el mantenimiento del orden interno, evitar que la experiencia revolucionaria, derivada de la derrota y el derrocamiento del káiser en Alemania, generara una situación similar a la de Rusia y mostrar una cara de gobierno responsable ante las potencias aliadas vencedoras.

Enfrentado por un lado a los soviets de obreros y soldados -que en diciembre de 1918 había realizado el Primer Congreso Soviético de Alemania en Berlín- los cuales pedían la disolución del ejército regular y su sustitución por una milicia civil o la destitución como comandante en jefe del mismo del mariscal Paul von Hindenburg -militar monárquico y autoritario que se convertiría, con el paso del tiempo, en el último presidente de la República de Weimar y que entregaría la cancillería a Adolf Hitler, a pesar de haber afirmado aun en los más críticos momentos de inestabilidad parlamentaria de los años treinta que jamás entregaría el poder al líder nazi-, y por otro a los sectores nacionalistas del ejército y las “fuerzas vivas” del viejo régimen monárquico, que se consideraban traicionadas por la claudicación y añoraban los no tan lejanos tiempos de orden y autoridad, Ebert y los políticos de la República optaron por una alianza con los segundos.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, a pesar de la defensa del parlamentarismo, decidieron permanecer con las masas que habían rechazado su propuesta de concurrir a la Asamblea Nacional y en el mismo mes de enero -el mes de las elecciones- se dispusieron a ir con ellos a la sublevación contra el gobierno, a compartir el éxito o el más que probable fracaso, tal y como ellos mismos pensaban tendría lugar. Para aquellos, el movimiento revolucionario era prematuro y estaba mal organizado, pero aún así se pusieron al frente del mismo.

En su manifiesto “¿Qué quiere la Liga Espartaquista?”, Rosa Luxemburgo dejaba claro que los revolucionarios no buscaban la inauguración de un reinado de terror ni que la violencia fuera la partera de la Historia. Al contrario de lo que piensan muchos, que establecen la equiparación entre el fascismo y el marxismo -presentado en la forma del estalinismo, no como teoría político-económica de la que muchos dudan se haya puesto realmente en práctica- como dos ideologías igualmente totalitarias y genocidas -hasta ese falsario autodenominado historiador que es César Vidal llegó a titular el capítulo de uno de sus libros-panfleto “El proyecto genocida de Karl Marx”-, el manifiesto no deja lugar a dudas:

“En las revoluciones que se llevaron adelante hasta el día de hoy, sólo una pequeña minoría del pueblo condujo la lucha revolucionaria, le dio objetivo y dirección y utilizó a las masas solamente como herramientas para asegurarse el triunfo de sus propios intereses, es decir, los de la minoría. La revolución socialista es la primera que se concibe a favor de la mayoría y que sólo triunfará si es llevada a cabo por la gran mayoría de los trabajadores […] En las revoluciones burguesas las armas imprescindibles que estuvieron en manos de la clase ascendente fueron el derramamiento de sangre, el terror y el asesinato político. La revolución proletaria no necesita para sus objetivos del terror; odia y aborrece la matanza de hombres. No necesita de estos medios de lucha puesto que no va contra individuos sino contra instituciones…”

La Revolución Espartaquista comenzó el do­min­go 5 de enero de 1919, tras la negativa del gobierno a acceder a las peticiones del Primer Congreso de Soviets de Alemania, cuando una mul­ti­tud de al­re­de­dor de 200.000 tra­ba­ja­do­res ocupó el cen­tro de Ber­lín con­vo­ca­dos por la iz­quier­da ale­ma­na (USPD y KPD) para re­pu­diar la des­ti­tu­ción del pre­fec­to de po­li­cía, afín al mo­vi­mien­to re­vo­lu­cio­na­rio, y para exi­gir el desar­me de las tro­pas con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rias (entre ellos, los “Freikorps”, un grupo paramilitar ultranacionalista que será enviado precisamente por el propio gobierno Ebert para sofocar la revuelta) y el ar­ma­men­to al pro­le­ta­ria­do. El propio Congreso proclamó la huelga general, mientras el gobierno recibía el apoyo del ejército y de su jefe superior, el mariscal Hindenburg. El lunes 6 las masas se vol­vie­ron a ma­ni­fes­tar con la misma in­ten­si­dad y de­ter­mi­na­ción. El go­bierno so­cial­de­mó­cra­ta había per­di­do el con­trol de la si­tua­ción, las tro­pas del ejér­ci­to re­gu­lar se dis­per­sa­ban en con­tac­to con la agi­ta­ción re­vo­lu­cio­na­ria y las fuer­zas es­pe­cia­les, or­ga­ni­za­das sobre la mar­cha, aún no es­ta­ban lis­tas para ini­ciar la re­pre­sión. Ber­lín es­ta­ba al al­can­ce de los in­su­rrec­tos. El día anterior, la División Popular de Marina se había concentrado delante del diario oficial del SPD y los insurrectos amenazaban edificios gubernamentales como la cancillería o las sedes administrativas del gobierno de la Wilhelmstrasse.

Milicianos espartaquistas en las calles de Berlín durante la Revolución.

Milicianos espartaquistas en las calles de Berlín durante la Revolución.

No obstante, el contrataque gubernamental no se hizo esperar. El ministro socialdemócrata de Defensa, Gustav Noske, designado para la resolución de la crisis, declaró que “alguien debía ser el perro de caza”. Lo peor de la resolución de esta insurrección -que era, al fin y al cabo, un abierto desafío a un gobierno legítimo y a éste le asistía el derecho a defenderse del mismo-, que terminó con la derrota espartaquista el día 9 fue los medios utilizados y la represión desproporcionada que se llevó a cabo posteriormente sobre los derrotados, especialmente si la comparamos con la tibieza que posteriormente iba a desarrollarse en el caso del “putsch” o golpe de la cervecería de Munich de Luddendorf -antiguo héroe de la batalla de Tannenberg (Prusia Oriental) contra el ejército imperial ruso en la P.G.M.-, Hitler y los nacional-socialistas.

El gobierno del canciller Ebert no tuvo empacho alguno en apoyarse en un cuerpo como los “Freikorps”, una milicia paramilitar formada por reaccionarios y ultranacionalistas que inculcaban también en el seno de los soldados del ejército con los que compartían la responsabilidad de la represión el resquemor por la derrota, de la que responsabilizaban al gobierno y a los comunistas, y un exacerbado nacionalismo en la que el odio contra lo que no entraba en los parámetros de la “excelencia germana” -por ejemplo, el judaísmo- fueron el fermento del triunfo de las teorías racistas del nazismo. No en vano, aquel antiguo cabo que fue Adolf Hitler era uno de los miembros de los “Freikorps” que más activos fueron en la siembra de la cizaña.

Los "Freikorps" durante la Revolución Espartaquista

Los “Freikorps” durante la Revolución Espartaquista

En segundo lugar, aquella frase de Noske -y me viene a la cabeza nuestro presidente Azaña, que en medio de las actuaciones desproporcionadas de la Guardia Civil en la España republicana, en un periodo de gran agitación insurreccional, e injustamente injuriado por los acontecimientos de Casas Viejas, dijo aquello de “aquí alguien tiene que dejar de fusilar a troche y moche: empezaré yo”- fue premonitoria: Rosa Luxemburgo, Karl Liebkncht y otros cientos de miembros del KPD fueron asesinados en una brutal cacería, en la que el caso de los primeros fue dantesco: Luxemburgo fue derribada a culatazos, después recibió un disparo en la cabeza y su cuerpo sin vida fue finalmente arrojado a un canal berlinés. Liebknecht, su compañero de lucha, recibió un tiro en la nuca, y su cuerpo fue enterrado en una fosa común. Incluso Leo Jogiches, el viejo amor de Rosa, perdería su vida de forma similar. Estos asesinatos desencadenaron por toda Alemania numerosos disturbios y motines que se saldaron con 5000 muertos y miles de represaliados. Si uno se pone a observar lo que ocurrió con los inspiradores del golpe nazi de la cervecería muniquesa, ocurrido apenas cuatro años más tarde, en los que Luddendorf -por su condición de héroe de la Gran Guerra- y Hitler -por los numerosos “amigos” que tenía en el jurado, como desvela el documental “Apocalipsis: el ascenso de Hitler”– fueron absueltos o condenados a penas irrisorias de cárcel, la comparación entre la suerte de unos y otros no puede ser más odiosa, y la memoria del canciller Ebert -cuyo nombre adorna una influyente fundación del Partido Socialdemócrata alemán- tan oscura cuanto que igualmente embellecida.

EL LEGADO DE ROSA LUXEMBURGO

Durante años, Luxemburgo fue una socialista marginada en el ideario tanto del campo democrático-capitalista, que por razones de la lucha soterrada de la “Guerra Fría” evitó que la trascendencia de su pensamiento fuera más allá de sus críticas a la revolución bolchevique -que luego podrían extenderse a los sistemas de “socialismo real”- como en el propio campo socialista, donde la proscripción de Stalin -quien, recordemos, llegó a equipararla a Trotski- continuó más allá de la desestalinización inaugurada por el nuevo líder soviético Nikita Jruschov. Como explica el profesor de la Universidad Nacional de La Plata Pablo E. Slavin, sólo a partir de las revueltas populares de Budapest y Polonia de 1956 y la inauguración de la efímera vía del “socialismo de rostro humano” que propugnó Alexander Dubcek en Checoslovaquia, antes de que los tanques del Pacto de Varsovia pusieran fin a la “Primavera de Praga”, “la obra de Rosa Luxemburgo volvió a ser objeto de estudio y análisis, y su figura reivindicada.”

Rosa Luxemburgo fue una creyente en la Revolución y al mismo tiempo una socialista no dogmática, que pensaba que el marxismo no consistía en una serie de dogmas religiosos, sino en una teoría política y económica objeto de análisis y crítica para servir a la causa de los trabajadores y los pueblos. En palabras de Michael Lowy “para ella, precisamente, el marxismo no era una Summa Teológica, un conjunto petrificado de dogmas, un sistema de verdades eternas establecidas de una vez para siempre, una serie de proclamas pontificales marcadas con el sello de la infalibilidad; pero sí, contrariamente, un método vivo que debe ser constantemente desarrollado para aprehender el proceso histórico concreto.” Y como estudiosa de la teoría marxista, desarrolló en su obra “La acumulación del capital” la teoría expresada por el padre del socialismo en su obra magna, “El capital”. En su análisis, Rosa Luxemburgo establece que la acumulación del capital -frente a lo que establecen algunos lectores actuales de la obra, que minimizan el impacto de la violencia y la explotación capitalista a los primeros estadios de desarrollo del capitalismo- es un proceso continuo en el que las sociedades capitalistas resuelven sus contradicciones fuera de su marco nacional; esto es, para la época (1913) en que Rosa escribe su estudio, las colonias, y en la actualidad, los países del Tercer Mundo. Dicho con sus propias palabras, “el capital no tiene, para la cuestión, más solución que la violencia, que constituye un método constante de acumulación de capital en el proceso histórico, no sólo en su génesis, sino en todo tiempo, hasta el día de hoy.” Una aseveración que parece refrendarse  cada vez que las “operaciones humanitarias” de la OTAN o los ejércitos de Francia, EE.UU. o Alemania coinciden curiosamente en países en cuyo subsuelo, curiosamente, se encuentran materias primas esenciales para sus industrias nacionales -petróleo, gas, litio, cobre, coltán o arenas raras-.

La “Rosa Roja” llegó a tener palabras incluso premonitorias sobre el carácter que tendrían unos futuros Estados Unidos de Europa, que hoy, con el nombre de Unión Europea y bajo la égida (y las imposiciones) de la mayor potencia económica -la propia Alemania “reunificada” surgida de la anexión de la República Democrática por parte de la Republica Federal-, parece servir más a intereses de industrias y capitales que a los de los pueblos y trabajadores europeos. Y con la inserción de los países que forman parte de la UE en la OTAN (organización que, tras la desaparición del bloque antagónico del Pacto de Varsovia, justificó su supervivencia primero en “operaciones humanitarias” como las de la antigua Yugoslavia y Somalia y luego en la “guerra contra el terror” en Afganistán e Irak, con un más que dudoso resultado), extiende esa sospecha de agresividad capitalista al resto del mundo. Para Luxemburgo, que recordemos escribió esto allá por los primeros años del siglo XX, “…las contradicciones europeas ya no se resuelven en el continente europeo, sino en otras zonas y océanos del planeta […] justamente no tenemos una guerra en Europa desde hace décadas porque las contradicciones internacionales se han desarrollado más allá de los estrechos límites del continente europeo […] Cada vez que los políticos burgueses enarbolaron la bandera del europeísmo, de la federación de los estados europeos, fue en referencia tácita o explícita contra el “peligro amarillo”, contra la “parte negra del mundo”, contra las “razas inferiores”; en pocas palabras, fue, en todo momento, un aborto imperialista…” Encontrar paralelismos con el presente no es nada difícil.

Sus críticas a la Revolución Rusa -resumidas en la sentencia “La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente”– insertan asimismo otras características de su línea de pensamiento: la importancia que para ella tenía la masa frente a la organización burocrática, sin que ello significase necesariamente el desprecio a la organización, tan sólo el hecho de que el Partido o sindicato en cuestión -y sus dirigentes- se erijan en portavoz sin autorización ni legitimidad de la propia masa de militantes y trabajadores, lo que sucedió en el caso del Partido Bolchevique y los partidos comunistas del bloque oriental. Como explica, la revolución misma solo puede llevarse a cabo por la clase trabajadora. Un partido que hable por los trabajadores, que los represente -por ejemplo en el Parlamento- y actúe en su nombre, se enfangará y se convertirá él mismo en un instrumento de la contrarrevolución.

La espontaneidad y la organización -los dos elementos de su conocida “Dialéctica”- no son dos cosas separadas o separables, sino diferentes momentos del mismo proceso, de forma que uno no puede existir sin el otro. Las masas obreras son las protagonistas del proceso revolucionario, y en su aprendizaje son ellas mismas las que crean sus propios líderes. “Las masas son realmente sus propios líderes, y crean dialécticamente su propio proceso de desarrollo. Cuanto más se desarrolle, crezca y se fortalezca la socialdemocracia, mejor encontrarán su propio destino las masas de trabajadores, el liderazgo de su movimiento, y la determinación de su dirección en sus propias manos.” Rosa, más que Vladimir Ilich “Lenin”, creía en la importancia de los movimientos sociales y ambos, según expresa Néstor Kohan, afirmaban que “las organizaciones de las y los revolucionarios deben ser parte inmanente de los movimientos sociales (del movimiento obrero, del movimiento de mujeres, de los movimientos juveniles, de los movimientos de trabajadores desocupados, de los movimientos campesinos, de los movimientos de derechos humanos, etc.), nunca un “maestro” autoritario que desde afuera lleva una teoría pulcra y redonda que no se “abolla” en el ir y venir del movimiento de masas”, a pesar de que la experiencia bolchevique, que un Lenin ya enfermo y decepcionado con su propia obra no pudo corregir, se afirmó en lo contrario.

En sus últimas palabras escritas antes de morir, Rosa Luxemburgo siguió expresando su confianza en las masas populares y en la Revolución, persistiendo en su lema “Socialismo o barbarie”:

“El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido esta derrota en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota.”

Rosa Luxemburgo en un mitin en Stuttgart, 1907.

Rosa Luxemburgo en un mitin en Stuttgart, 1907.

FUENTES:

Manuel Maldonado Alemán, “Günter Grass y la reunificación de Alemania”, Themenschwerpunkt, Berlín, julio 2010.

“¿Qué pasó con el socialismo de rostro humano?”, Blog “La suerte sonríe a los audaces”

Mikel Arizaleta, “Christa Wolf, un recuerdo en la Azoka de Durango”, Rebelion.org

Rafael Poch-de-Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La quinta Alemania, un modelo hacia el fracaso europeo”, Icaria, Barcelona, 2013

Manfred Kossok, “La cuestión alemana, ¿”L’enfant terrible” de la Historia europea?” en “Transiciones a la democracia en Europa y América Latina”, Facultad Latinoamericana de CC.SS. Sede México-Universidad de Guadalajara/Miguel Ángel Porrúa, México, 1991

Néstor Kohan, “Rosa Luxemburg, la flor más roja del socialismo”.

Pablo E. Slavin, “Una aproximación al pensamiento de Rosa Luxemburgo”. ANALES Nº 42, Facultad de Ciencias. Jurídicas y Sociales. Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, 2012

Wikipedia en español (es.wikipedia.org): “Rosa Luxemburgo”, “Levantamiento espartaquista”.

Osvaldo Calero, “Rosa Luxemburgo y la insurrección de los espartaquistas” (en http://www.izquierdanacional.org/marxismo/articulos/rosa_luxemburgo_y_la_insurreccion_de_los_espartaquistas/)

La República Democrática Alemana. Un país que pudo existir de otra manera.

El himno de la antigua República Democrática Alemana, “Auferstanden aus ruinen” (Levantada de las ruinas) es una de las composiciones más bellas de esta clase, tanto en lo musical como en lo que respecta a la letra. En uno de los comentarios de Youtube que hacía referencia al vídeo del mismo se lee el que mejor podía resumir cuantas opiniones podían hacerse sobre él: “el mejor himno para el peor país”. Por desgracia no sobran países cuyos regímenes soportaban bastante bien la comparación en cuanto a maldad con la dictadura gerontocrática de la Alemania del Este -la España franquista, el Portugal de Salazar, la Rumania de Ceausescu o la Uganda de Idi Amin, por poner algunos ejemplos-, pero volviendo al caso alemán: ¿era todo tan malo en la RDA? ¿Merecía la pena salvar algo de aquella parte marginada de la Alemania partida? Si no era así, ¿a qué se debía que la oposición de izquierda democrática del otro lado del Muro quisiera mantener la soberanía de la RDA y profundizar en el carácter democrático que correspondía a la “D” que lucía en su nombre antes de proceder a una unificación con la vecina República Federal, que debería realizarse en igualdad de condiciones, frente a lo que realmente se dio, una rápida anexión del Este al Oeste?

LOS COMIENZOS DE LA RDA.

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Constitución de la República Democrática Alemana, 7 de octubre de 1949.

Casi siempre se hace hincapié en que el enfrentamiento entre los aliados vencedores y ocupantes de Alemania, y especialmente entre norteamericanos y soviéticos, llevó a la configuración de dos Estados alemanes, diferentes en cuanto a su modelo socio-económico, cargando las tintas de esta división sobre la política de Stalin, a consecuencia de los sucesos que ocurrieron con posterioridad -intervención de las fuerzas soviéticas en 1953 en la propia RDA y en 1956 en Hungría; cierre de la frontera interalemana en 1952 y construcción del muro de Berlín en 1961-.Sin embargo, no fue la división de Alemania culpa única y exclusivamente del líder del Kremlin. Intervinieron otros factores de división sobre los aliados occidentales, que mandaban en las otras tres zonas de ocupación sobre las que se constituiría la República Federal de Alemania en 1948. Norteamericanos y británicos divergían sobre la política a seguir del nuevo Estado alemán, concediendo mayor importancia al Estado social los segundos, con un gobierno laborista al frente, en relación a los primeros, inclinados por el capitalismo liberal clásico. Tanto EE.UU. como Gran Bretaña y asimismo Francia, la tercera potencia ocupante en el lado occidental, rechazaron la nota de Stalin que establecía la unión alemana en un estado no alineado y libre de fuerzas de ocupación.

Algunos pueden pensar que había que ser muy ingenuo para creerse las promesas de alguien tan taimado como el inquilino del Kremlin, pero sin embargo esta solución -no alineamiento, no presencia de fuerzas extranjeras- fue la adoptada en un país precisamente bajo el control del Ejército Rojo y previamente anexionado al Reich alemán de Hitler: Austria. Una Alemania democrática y no alineada podía ser la garantía más firme de la paz en Europa, pero en medio de la política de bloques que se estaba diseñando en Europa, la “guerra de notas” entre los aliados occidentales y la URSS, el destino del país parecía estar destinado a configurarse en dos Estados, cada uno inscrito dentro de las coordenadas de la “guerra fría”.

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Mapa de las dos Alemanias. En el de la RDA se pueden apreciar los cinco “länder” que la constituyeron y que fueron anexionados a la República Federal en 1990.

En 1948, EE.UU., Gran Bretaña y Francia patrocinaban la creación, en la pequeña ciudad bávara de Bonn, de la República Federal. Su constitución, la Ley Fundamental de Bonn, fue elaborada con grandes limitaciones democráticas: no se contó con representantes populares de la zona soviética, a la que se excluyó en la formación del nuevo Estado, y careció de refrendo popular, algo que si bien era una práctica extendida en la historia constitucional de otras épocas -la Constitución de Weimar fue aprobada por el Reichstag sin refrendo- no se entendía en el nuevo contexto, y menos después de una convulsión tan grande como la guerra y la derrota. En su artículo 23, la Ley Fundamental establecía que la nueva RFA podría anexionarse los estados federales del Este que habían quedado excluidos -Turingia, Sajonia-Anhalt, Alta Sajonia, Brandenburgo y Mecklemburgo-Antepomerania-, sin valorar en absoluto entrar en negociaciones con las autoridades orientales.

En el mismo 1948, socialistas y comunistas, unificados en el SED -Sozialistches Einheitpartei Deutschlands o Partido Socialista Unificado de Alemania- junto con otras organizaciones de entidad menor (entre las que se incluía la CDU y los socialdemócratas no unificados en el SED), que habían desarrollado en el Este políticas socializantes al amparo de la presencia soviética -la reforma agraria expropió toda la tierra perteneciente a antiguos nazis y criminales de guerra y más de 30.000 km² fueron distribuidos entre 500.000 campesinos, jornaleros y refugiados alemanes procedentes de los nuevos territorios de Polonia y los Sudetes checos- y procedido a una dura desnazificación (la desnazificación política en la zona soviética fue, sin embargo, mucho más transparente que en la zona occidental, donde el tema pronto fue llevado a un segundo lugar por pragmatismo o incluso privacidad), llevaron a cabo, excluidos de las negociaciones en el Oeste, la construcción de un nuevo Estado alemán que, como sus vecinos, también aspiraba a unificar ambas partes de Alemania. Se ponía así en marcha la República Democrática Alemana, con gobierno en Berlín (en realidad, Berlín Este), base en los cinco “Länder” anteriormente citados -al cabo de unos años sustituidos por distritos, remarcando el carácter centralizado del nuevo país- y realizando un llamamiento similar al de la “nota de Stalin” a sus compatriotas del otro lado. El 7 de octubre de 1949, fecha de constitución final de la nueva república, con las posturas sin visos de encontrar un punto de unión, la RFA y la RDA emprendieron sus propios caminos.

La RDA no nació en principio como un estado socialista. El Frente Nacional de la Alemania Democrática, que finalmente controlaría políticamente el país bajo la férula del SED, era una coalición democrática-antifascista, que incluía al KPD comunista, al SPD socialista, a la recién creada Unión Demócrata Cristiana (CDU) y al Partido Liberal Democrático de Alemania (LDPD). Fue formado en julio de 1945 con objeto de presentarse a las elecciones a los parlamentos de los estados de la zona soviética del año siguiente. El recién creado SED -recordemos: la unión de los dos primeros partidos- acordó dar representación política a las organizaciones de masas, como la Federación Alemana de Sindicatos Libres (FDGB) o la Juventud Libre Alemana (FDJ).Los partidos burgueses CDU y LDPD se debilitaron ante la creación de dos nuevos partidos, el Partido Nacional Democrático de Alemania (NDPD) y el Partido Democrático Campesino de Alemania (DBD).

Sin embargo, la evolución política del bloque oriental -con la creación de gobiernos comunistas progresivamente en las diferentes naciones del este europeo ocupadas tras la guerra por el Ejército Rojo-, y los acontecimientos de otras latitudes, como la guerra civil griega y la de Corea, primeros acontecimientos -sobre todo el segundo- de desarrollo de la “guerra fría” llevaron a que la República Democrática se inclinase cada vez más por la pertenencia al modelo socio-económico soviético, con la asunción del control del Frente Nacional por el SED y la conversión de la inicialmente república democrática y federal del Este por una república socialista. La RDA se adscribió al Pacto de Varsovia y a la comunidad económica del CAME (Consejo de Asistencia Mutua Económica). La RFA, por su parte, se inscribió en las coordenadas del denominado mundo libre, perteneciendo a la OTAN, siendo uno de los fundadores de la Comunidad Económica Europea y surgiendo como el milagro económico del continente, que en una década pasó de la miseria de posguerra a ofrecer un esperanzador y floreciente panorama que se convirtió en escaparate para quienes deseaban escapar de las estrecheces y la opresiva vigilancia que se daban en el otro lado.

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“Autobahn” o autopista de la Alemania del Este. En la información referente a Berlín, puede observarse la leyenda en alemán “capital de la RDA”.

La RFA mantuvo siempre su pretensión de ser la Alemania “de verdad”. La otra, la RDA, la oriental, no existía, sólo para anexionársela -como así sucedió finalmente- recurriendo al artículo 23 de la ley fundamental de Bonn.

Su moneda fue el Deutsche Mark, o marco alemán, mientras que el marco de la RDA era… el marco de la RDA (DDR Mark); su himno, el de preguerra, el “Deutschland über alles” (Alemania sobre todo), en contraste con el nuevo himno adoptado por el Este; en el contexto internacional la RFA era conocida popularmente como Alemania y el gobierno federal rompía relaciones con los gobiernos que reconociesen a la RDA, cosa que sólo cambió a partir de la Östpolitik de Willly Brandt a principios de los setenta. Cuando la RDA negoció y ratificó con Polonia las fronteras que los aliados -incluyendo a los tres en cuyas zonas de ocupación surgió la RFA- ya habían definido, quedando para este último país Pomerania, Silesia y Prusia Oriental y dibujándose la frontera en los ríos Oder y Neisse, la RFA mostró una indignación que, desde luego, no hubiera cabido en su mente durante si hubiera ocurrido al revés durante los años en que Francia ejerció como potencia protectora de la región de Saarbrücken. Una muestra más de que la RFA, hasta la elección del socialdemócrata Brandt como canciller y el mutuo reconocimiento de las dos Alemanias, mantenía su voluntad hegemónica de representar a Alemania en su totalidad.

EL PAÍS DEL MURO, LA STASI Y LA BUROCRACIA

Claro que, en esta voluntad, la RDA le facilitaba las cosas a su vecina República Federal. La vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (conocido popularmente como Stasi), surgida a raíz de las protestas populares de 1953 contra el plan quinquenal, que establecía un aumento de las horas de trabajo sin contrapartidas salariales ni otro tipo de beneficios, fue uno de los factores que contribuyó a hacer más odioso para los ciudadanos de la República Democrática al régimen que les gobernaba. La Stasi, dirigida por Erich Mielke, un veterano comunista que había formado parte de los voluntarios alemanes que habían luchado en España en las Brigadas Internaciones del lado de la República -y que no dudaba tampoco en fastidiar a sus antiguos compañeros del Batallón Ernst Thaellmann residentes en la RDA si servía para sus intereses personales- tejió una red de agentes y de “chivatos” repartida por todo el territorio de la República del Este con objeto de conocer hasta las mayores intimidades de sus vigilados. Esta vigilancia hasta en los más mínimos detalles se refleja en el oscarizado filme “La vida de los otros”, cuando en la conversación mantenida por el viejo ministro de Cultura y el escritor Georg Dreimann, el primero comenta a su interlocutor “lo sabíamos todo de usted. Incluso que no era capaz de satisfacer a Christa (su novia, papel interpretado por Martina Gedeck) como es debido”.

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Tanques soviéticos en las calles de Berlín Este durante la revuelta de 1953. Esta revuelta hará decir, de forma lúcida e irónica a la vez, a Bertolt Brecht, que “el gobierno debería disolver al pueblo y elegir a otro”.

En esa misma película se observa, asimismo, al prototipo de burócrata arribista, de escasos escrúpulos y también escasos principios e identificación con los ideales socialistas, que aunque sólo sea formalmente defiende la RDA y por extensión el conjunto de países del bloque soviético. Es el del teniente Anton Grubisch, magistralmente interpretado por Ulrich Tükur, una especie de Erich Mielke de los escalafones inferiores de la Stasi, y que asimismo se podía extrapolar a cualquier otro estamento del aparato estatal. La burocracia gerontocrática -instalada por muchos años en el poder- de la RDA, representada por sus figuras más representativas, el presidente Willy Stoph y los secretarios generales -primeros ministros a la sazón- del SED, Walter Ulbricht primero y Erich Honecker después fueron a lo largo de la vida de la República un obstáculo para el desarrollo socio-económico del país; para el desarrollo de reformas democráticas, siquiera fracasadas, como las que tuvieron lugar con la revuelta húngara de 1956 o con la “Primavera de Praga” de 1968, encabezada por el secretario general del partido, Aleksandr Dubcek; y para que se diera una sociedad socialista y no meramente una sociedad estatal-burocrática al modo en que, desde 1918, se había desarrollado el comunismo soviético desde la revolución bolchevique y había sido paulatinamente exportado al resto del mundo socialista tras la S.G.M. La denuncia del burócrata fue puesta ya sobre la mesa por una de las intelectuales más brillantes de la República Democrática, la escritora y crítico literario Christa Wolf, en novelas como “El cielo partido” -en la que resalta el papel de los trabajadores comprometidos con la reconstrucción y el desarrollo de su parte de Alemania, frente a ese prototipo del burócrata de las consignas- y “Casandra”, mucho más dura en su papel de denuncia y más crítica en cuanto al desarrollo del modelo social impuesto a lo largo de los años en la Alemania del Este.

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Una imagen icónica: el salto de las alambradas que dividían Berlín por parte de un soldado del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA, poco antes de que se terminara de construir el muro.

La vigilancia opresiva de la Stasi, el desarrollo burocrático de la sociedad y la economía y la diferencia de desarrollo económico, amén de la falta de libertades públicas, influyeron y de qué modo en la ciudadanía de una RDA que empezó a mirar a su hermana de Occidente como el paraíso realmente existente frente al paraíso socialista prometido por los líderes del SED. Hasta la construcción del Muro, unos tres millones de ciudadanos germano-orientales emigraron, primero por la frontera interalemana, cerrada en 1952, y en los nueve años siguientes hasta 1961 por la antigua y dividida capital del Reich alemán. La construcción del muro de Berlín, en palabras del profesor Ignacio Sotelo, fue una medida defensiva de la RDA y del bloque del Este en su conjunto para evitar la pérdida de un capital humano que, al otro lado, en la RFA, contribuyó sobremanera al “milagro” económico de los años cincuenta en Alemania Occidental, pues recibía a trabajadores cualificados que hablaban su misma lengua y tenían su misma cultura. Al mismo tiempo, era una medida que trataba de proteger el modelo socialista, evitando que el fracaso económico se diera precisamente por esa pérdida de trabajadores e intelectuales que emigraban en masa al otro lado, pudiéndose abrir en cuanto el Este socialista superara en bienestar al Oeste capitalista. Pero, a su vez, la construcción del muro era la plasmación en la realidad de que el modelo de socialismo soviético, que tal y como había sido planteado era incompatible con una democracia popular, con la toma de decisiones de los trabajadores sobre una propiedad que formalmente era suya pero que, en realidad, era de un Estado que al mismo tiempo que decía actuar en su nombre les oprimía igual que podían hacerlo los capitalistas de Occidente, había fracasado en su concepción. El que todavía, hasta 1989, cerca de ochocientas personas se jugaran y perdieran la vida intentando atravesar el muro berlinés evidencia el fracaso de un modelo que la disidencia y la oposición de la RDA condenaban por dictatorial, no por socialista.

LA OTRA CARA DE LA OTRA ALEMANIA

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Las grandes perdedoras de la reunificación han sido las mujeres de la ex RDA. Constituían el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en la Alemania del Este, en unas condiciones de igualdad salarial y con posibilidades de conciliación de vida laboral y familiar que hoy día son reclamadas en todo el mundo. La unión de los dos estados alemanes y la crisis que ha seguido en los “länder” que formaron la República del Este se ha cebado especialmente, en forma de desempleo y discriminación, con ellas.

La República Democrática, sin embargo, no fue solo el país en el que uno podía recibir un disparo de la Volkspolizei (Policía Popular, los famosos “Vopos”) por acercarse peligrosamente al perímetro del muro o hacer una visita nada agradable a la cárcel de la Schonhaussenstrasse berlinesa por hablar de lo que no se debía en voz demasiado alta. En los años sesenta y principios de los setenta, la RDA conoció también una época dorada en la que el esfuerzo de los trabajadores y los valores de solidaridad, compañerismo, esfuerzo y compromiso predicados por el mundo socialista, tan opuestos al individualismo y afán de lucro occidentales, llevaron a un desarrollo económico que fue acompañado también de un desarrollo del Estado social que ha sido una de las características de la “Ostalgie” que tuvo lugar tras la unificación de las dos Alemanias en el Este. Muchos ciudadanos de la extinta RDA echaron o echan de menos la seguridad, el modesto bienestar, la sociedad de pleno empleo, la camaradería en el trabajo y los servicios públicos que el régimen germano-oriental promocionó y estimuló, y guardan con especial cariño recuerdos como el cuaderno de la brigada de trabajo a la que pertenecían en su fábrica o empresa, la chapa con las siglas DDR (Deutsche Democratischke Republik) que llevaban en sus viejos automóviles y otros objetos, sean tipo “souvenirs” para turistas o electrodomésticos que imitaban la línea “felices años 50” estadounidenses, que pueden encontrarse en tiendas abiertas por avispados comerciantes del Imagen1Este. La República Democrática nacionalizó la propiedad industrial y agraria con el segundo Plan Quinquenal (1956-1960), pero, con posterioridad, el desarrollo de una política económica más enfocada a la industria de consumo, la innovación tecnológica y la delegación en la toma de decisiones hacia las Asociaciones de Empresas del Pueblo en lugar de hacia los organismos oficiales de planificación contribuyeron a que la Alemania del Este viviera su particular “milagro económico”, del mismo modo a como lo había vivido la vecina Alemania Occidental en los años cincuenta. La Unión Soviética recomendó a sus socios de la RDA aplicar las reformas del economista soviético Evsei Liberman, que defendía el principio de obtención de beneficios y otros principios del mercado para las economías planificadas. En 1963, Ulbricht adaptó las teorías de Liberman e introdujo el Nuevo Sistema Económico (NES), una reforma económica que introdujo un grado de descentralización en las decisiones y criterios de mercado. El NES intentó crear un sistema económico eficiente y contribuyó a que la RDA proclamara ser la octava potencia industrial del mundo. La continuidad en esta política vino de la mano del nuevo líder Erich Honecker en los años setenta, que con la “Tarea Principal” hizo un esfuerzo en centrarse en el abastecimiento de bienes de consumo para los trabajadores, la rehabilitación y construcción de viviendas y los servicios públicos. En conjunto, el NES trató de ofrecer una mejor asignación de bienes y servicios al estipular que que los precios respondieran al abastecimiento y la demanda; se dio lugar a un aumento de salarios reales y pensiones, así como del abastecimiento de bienes de consumo; y se profundizó y facilitó en la incorporación de la mujer al mundo del trabajo (las mujeres representaban cerca del 50% de la fuerza laboral de la RDA) con guarderías, clínicas y subsidios de maternidad que duraban entre seis y doce meses. La RDA trató de imitar, en la medida de sus modestas posibilidades, el desarrollo de su vecina RFA, y no le faltaban buenas trazas para conseguirlo. A pesar de poseer un modelo burocrático y de que una de las riquezas en recursos del Este de Alemania, la región minera de Silesia, había pasado a manos polacas tras la S.G.M., la República Democrática había heredado algunas empresas ya famosas en la preguerra que mantuvieron su fama de buenos productos, a veces no sólo en el bloque soviético, sino también en el oeste. La RDA era competitiva internacionalmente en algunos sectores como la ingeniería mecánica y la tecnología de impresión. En Jena, pequeña ciudad universitaria situada en el SO de la República, se encontraba la industria óptica Carl Zeiss. Sus lentes para cámaras fotográficas eran muy apreciadas antes de la guerra, y ya en los años de la RDA consiguió mantener esa buena fama. Si la RFA distribuía al mundo occidental las películas AGFA, la RDA hacía lo propio en el bloque soviético con la parte oriental de la empresa (que era el sitio original donde se había fundado AGFA), rebautizada como ORWO. La motocicleta que pilota Alex Kerner (Daniel Brühl) en “Good Bye Lenin” es también de fabricación local: las Simson fueron a lo largo de los años de vida de la RDA el sueño de libertad juvenil que representaban en Occidente vehículos de dos ruedas como las Vespa, las Lambretta o las Harley Davidson. Problema más grave representaba comprar un típico Trabant de la industria Motor Zwickau de esta última ciudad: si bien al principio el tiempo de espera era bastante homologable al de Occidente -cinco años para un “Trabbi”, mismo tiempo de espera que el de un comprador español para un Seat 600-, poco después ese tiempo se disparó, hasta los diez años, y las autoridades de la RDA no tuvieron más remedio que tolerar el mercado negro de estos vehículos.

Los Trabant posibilitaron, como lo hizo el Volkswagen “Escarabajo” al otro lado de la frontera, la motorización de la otra Alemania, si bien a un nivel bastante más bajo. Mientras que en la RFA lo más común era que las familias tuvieran uno o más vehículos, en la RDA había que esperar para obtener un pequeño Trabbi…

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Los dos coches típicos de la RDA: el Trabant, el más económico y popular, y el Wartburg, pasándole a la derecha, más grande y espacioso, circulando por las calles de Berlín Este.

Cuando llegó la hora de unir la RDA a la RFA, los empresarios y consumidores occidentales -y también los orientales- pensaron o se vieron inducidos a pensar (en el caso de los segundos) que sus industrias no valían nada y que todo el Este tenía que ser sustituido por productos del Oeste. No era una realidad válida. Si bien había numerosos ejemplos de industrias contaminantes y de alta toxicidad, lo que hizo que la presencia del movimiento verde en la oposición de la RDA cobrara una especial relevancia, en otros casos resaltaban por su eficiencia energética. Por desgracia, también se los llevaron por delante. En la RDA se fabricaron por vez primera frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Las neveras Privileg se adelantaban en varios años a una tecnología que hoy se desarrolla en todo el mundo. Tras varios años de reducción de la vida útil de las bombillas, entre las que había colaborado la empresa germano-occiental OSRAM, ingenieros de Alemania del Este habían desarrollado una bombilla de larga duración que presentaron en la RFA, en Hannover. Los ingenieros industriales de la RFA, acostumbrados a acortar la vida útil de los productos de consumo en aras de la “obsolescencia programada”, no salían de su asombro ante aquel desafío a las concepciones del mundo capitalista. Nueve años después de aquella feria de Hannover de 1981, en 1990 la fábrica del Este que fabricaba aquellas bombillas se desmanteló. OSRAM, como muchas otras industrias del Oeste de Alemania, no quería competidores de la extinta RDA.

No sólo era la capacidad industrial del Este lo que en 1989 llevaría a la oposición de la RDA a considerar que había que mantener la soberanía y el modelo socialista de su República al menos durante algún tiempo, bien que corregido para que fuera un socialismo auténtico  y democrático. La RDA mantenía estructuras de servicios sociales universales, como asistencia sanitaria, educación pública, seguridad social, beneficios para los trabajadores, igualdad real entre sexos, y de valores que si bien no se reflejaban en la cúpula de la organización del SED sí que suponían un potente atractivo para la unión del pueblo germano-oriental: solidaridad, afán de cultura y respeto por la misma, compañerismo… La sociedad de la RDA presentaba ciertas características peculiares con respecto a la de otras de su entorno: estaba menos podrida por los males de corrupción, burocracia y cinismo de las élites que asolaba en el resto de países del bloque; era la que más había desarrollado un modelo socializante; reflejaba y se creía heredera en cierto modo de las viejas aspiraciones de los revolucionarios alemanes del siglo XX que se habían opuesto las fuerzas conservadoras de la República de Weimar y al nazismo: Rosa Luxemburgo, Karl Liebnecht, Ernst Thaellmann, los brigadistas internacionales alemanes, y de ella eran o habían sido ciudadanos algunos de los intelectuales socialistas y comunistas más relevantes de la Alemania de preguerra y de posguerra: Bertolt Brecht, Anna Sieger, Christa Wolf, cuyo prestigio intelectual les dejaba cierto margen de maniobra para la crítica al sistema; y se veía obligada, al mismo tiempo que forzaba la represión, pero por los mismos motivos, a realizar concesiones a un modelo socialista más puro para construir la tierra del socialismo real, el paraíso socialista, en contraste con su vecina capitalista, la RFA.

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Sello de 15 pfenings de la RDA en conmemoración de los brigadistas alemanes que lucharon del lado de la República Española en la guerra civil.

Estos ingredientes explican por qué, en 1989, mientras los intelectuales de Checoslovaquia como Vaclav Havel o de la URSS como Yablinski o Sajarov proponían salidas al sistema por la vía de la adopción del capitalismo, en la RDA tanto los disidentes verdes, socialdemócratas y protestantes como los reformistas del SED -Hans Modrow, hoy eurodiputado de Die Linke (La Izquierda)- proponían el desarrollo de un socialismo democrático y autogestionario.

“NADA CAMBIARÁ SI NOS VAMOS TODOS”

Esta frase pertenece a Christianne Kerner, el personaje de la maestra de convicciones socialistas que interpreta Katrin Saas, actriz precisamente del Este, en el filme “Good bye Lenin”. Como a muchos ciudadanos de la RDA que creían o creyeron algún día en la República socialista alemana, la crisis que afectó en los años setenta y ochenta a su país le hizo sentir una crisis personal entre lo que sentían internamente y el panorama que se dibujaba, o que dibujaban en realidad los miembros del Politburó del SED, cada vez más ancianos y con miedo a los vientos de cambio, que paradójicamente iban a venir de Moscú, de la mano primero de Constantin Chernenko y luego, con más fuerza, de Mijaíl Gorbachov. Erich Mielke, el poderoso jefe de la Stasi; Willy Stoph; el propio Erich Honecker se negaban a aceptar cambios profundos en lo político que afectasen a su posición de poder.Como mucho -que era la vía que Honecker llevaba aplicando desde el comienzo de su etapa en el gobierno, como primer secretario del Comité Central del partido-, estaban dispuestos a ceder en una liberalización social que no supusiese la apertura de la liberalización política. Pero la primera llevó, inevitablemente, a la segunda, aunque tal efecto no fuera del agrado de los líderes del partido. Una de las consecuencias de la “Ostpolitik” de Willy Brandt (y la política de mismo cuño de Honecker) y el reconocimiento mutuo de las dos Alemanias -incluyendo el reconocimiento por la RFA de la frontera Oder-Neisse entre Polonia y la República Democrática- fue el aumento de los intercambios culturales y económicos entre las dos repúblicas alemanas. Esta distensión fortaleció los lazos entre las dos Alemanias. Entre 5 y 7 millones de alemanes occidentales y berlineses del Oeste visitaron la RDA cada año a partir de entonces. Las comunicaciones postales y telefónicas entre los dos países fueron significativamente ampliadas. Los lazos personales entre familias y amistades de ambos países se comenzaron a restituir, y los ciudadanos alemanes orientales tuvieron más contacto directo con la influencia política y material occidental, particularmente a través de la radio y la televisión. La RDA recibía la señal de televisión de la República Federal en buena parte de su territorio, mientras que la TFF der DDR -la televisión pública germano-oriental- tuvo que renunciar, de este modo, no sólo a su pretensión de ser la televisión panalemana, sino que perdió una importante batalla informativa e ideológica con respecto a la televisión del país vecino, pese a que sus programas de entretenimiento -en especial el infantil “Sandmannsche”- eran muy apreciados por los ciudadanos de ambas Alemanias. Los intelectuales germano-orientales participaron en conferencias en el Oeste, especialmente en Berlín Occidental, y los visados por esta causa aumentaron las posibilidades de permear la frontera de la ciudad dividida, para escapar o establecer valiosos contactos. Gustos y modas occidentales -el nudismo, el movimiento “hooligan” futbolístico o la música rock, unos de cuyos cultivadores más populares en la Alemania Oriental con un notable éxito a un lado y otro del Muro y un gusto por la experimentación fueron Die Pudhys-,

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Die Pudhys, grupo de rock formado en la ciudad germano-oriental de Oranienburgo, tuvieron y tienen aún hoy gran acogida tanto en Alemania Oriental como en la Occidental

y asimismo reivindicaciones políticas del otro lado -como el ecologismo, un motivo de preocupación latente en todo el movimiento opositor del bloque soviético y relevante en la RDA por el uso masivo de combustibles fósiles en sus industrias- llegaron a calar en una juventud y en una disidencia que, a lo largo de los años ochenta, comenzaron a cobrar un protagonismo que saldría plenamente a la luz con la “perestroika”.En una interesante y satírica novela sobre la juventud de la RDA de aquellos años, “La avenida del Sol” (llevada al cine en 1999), se observa el gusto de sus jóvenes protagonistas por las promesas de modernidad de Occidente, el comportamiento pacato de los burócratas y un cierto regusto nostálgico por un sitio en el que, a pesar de todo, uno podía buscarse las vueltas para pasarlo bien y ser mediana, o modestamente, feliz.

El descontento, sin embargo, seguía filtrándose en muchos casos en las ganas de salir de la RDA. En los inicios de 1989, y especialmente en el verano, época en la que muchos ciudadanos germano-orientales pasaban sus vacaciones en Hungría, aprovecharon la apertura política en este país y la de la frontera magiar con Austria para abandonar la Alemania del Este. Otros decidieron refugiarse en las embajadas de otros destinos de viajes cercanos, como Praga y Varsovia, e incluso la misión diplomática de la República Federal en Berlín Oriental. Sin embargo, otros pensaron, al hilo de la frase con la que comenzábamos este texto, que no cabía mayor desafío al régimen que quedarse y combatirlo. Fueron los protagonistas de las “manifestaciones de los Lunes” de Leipzig, que pronto se irían extendiendo por toda la RDA.

LAS PROPUESTAS DE LA OPOSICIÓN

La oposición de mayor peso en la RDA estaba representada, entre otros, por antiguos miembros del SED y socialistas de pro decepcionados con la marcha que había llevado la construcción del socialismo en la República. Un ejemplo de este tipo lo encontramos, de nuevo, en un personaje de ficción, pero de los que sin duda no debieron escasear: el escritor Georg Dreimann de la cinta “La vida de los otros”, el hombre que cree en el socialismo hasta el punto de que los cínicos burócratas como el teniente de la Stasi Anton Grubisch comentan de él que “cree que la RDA es el mejor país del mundo”, pero que, por defender un socialismo distinto, no duda en escribir para el occidental “Der Spiegel” un artículo sobre los suicidios en su país y reprochar, una vez caído el muro, al ex ministro de Cultura que gentes como él gobernaran el país. Personas como él aparecen también descritas en la novela “Miedo a los espejos”, del paquistaní afincado en Alemania Tariq Alí, en el que se puede leer un interesante “Manifiesto por una RDA verdaderamente democrática”, que podríamos presumir verdadero y firmado por jóvenes miembros del SED.

Un sector intelectual desde un punto de vista marxista dentro del SED renovó las peticiones de reforma democrática. Entre ellos estaba el poeta y cantautor Wolf Biermann, que junto a Robert Havemann había liderado un círculo de intelectuales defensores de la democratización; fue expulsado de la RDA en noviembre de 1976. Tras la expulsión de Biermann, la dirección del SED expedientó a más de 100 intelectuales disidentes.

A pesar de estas acciones del gobierno, escritores alemanes orientales comenzaron a publicar declaraciones en la prensa occidental y crear literatura fuera del control oficial periódicamente. El ejemplo más importante fue el libro Die Alternative (La alternativa), de Rudolf Bahro, que fue publicado en la RFA en agosto de 1977. La publicación llevó al arresto del autor, su encarcelamiento y posterior deportación a Alemania Occidental. A finales de 1977, apareció el manifiesto de la Liga de Comunistas Democráticos de Alemania en “Der Spiegel”. La Liga, que decía agrupar a funcionarios medios y altos del SED, demandaba una reforma democrática de cara a una posible reunificación alemana.

A ellos hay que unir jóvenes teólogos de la Iglesia protestante descontentos con el acomodamiento de la jerarquía de la misma con el régimen, intelectuales herederos del pensamiento de Brecht y personas organizadas en movimientos civiles que imitan a los organizados en la RFA, como ecologistas, pacifistas y movimientos alternativos que configurarían, con posterioridad, parte del conglomerado ideológico del heredero del SED, el PDS (Partei fur Demokratische Soziallismus o Partido del Socialismo Democrático) y más tarde de Die Linke.

La característica común de todos ellos es que, en principio, sus demandas se centran en la liberalización de la RDA y no en la unificación con la República Federal. Se centran en un futuro democrático para la Alemania del Este y no ponen sobre la mesa propuestas de unión con la Alemania Federal. De hecho, la mayor parte de ellos rechazan el modelo socio-económico vigente en la RFA y proponen una RDA en la que democracia y socialismo avancen de la mano, con respeto a las libertades públicas, apertura de fronteras, prensa libre, pero también con diversas iniciativas que garanticen la propiedad social, popular, de las industrias y empresas del país en lugar de la forma estatal y burocrática.

Ignacio Sotelo cuenta la siguiente anécdota: el embajador de España en Berlín Oriental por entonces, Alonso Álvarez de Toledo, tenía la brillante idea de invitar una vez al mes a un plato típico español –una fabada, unas lentejas o un cocido madrileño– a intelectuales de prestigio, acompañados siempre de los correspondientes funcionarios del partido para evitar cualquier sospecha de conspiración. En estas reuniones iba en aumento la tensión entre escritores y artistas, por un lado, y el aparato político, por otro. Los intelectuales elogiaban las libertades que poco a poco se conquistaban en la Unión Soviética de Gorbachov, mientras que los funcionarios permanecían con la boca sellada, al no poder manifestarse de acuerdo, pero tampoco dispuestos a romper el tabú de no criticar a la URSS. Los intelectuales, la disidencia política y los ciudadanos de la RDA que deseaban la reforma política miraban con esperanza los acontecimientos de Moscú y coreaban como un grito subversivo -como sucedería en la celebración del 40º aniversario de la República, el 7 de octubre de 1989- el mote popular del líder soviético: “Gorbi!, Gorbi!”.Uno de los líderes opositores lo comentaba de esta gráfica forma antes de los acontecimientos del ochenta y nueve: lo que pase aquí depende de cómo vayan las cosas en Moscú.

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Manifestación de la Alexanderplatz de Berlín pidiendo la reforma política de la RDA. Convocada por los actores y empleados de los teatros de Berlín Este, la manifestación fue autorizada por el nuevo Politburó del SED, retransmitida por la televisión pública y contó con la participación de alrededor de un millón de personas.

 

El Neues Forum -la organización más importante de todas ellas- abogaba por una “fuerte participación de los trabajadores” en la gestión y control de la industria y la propiedad. La Initiative für Frieden und Menschenrechte (Iniciativa para la Libertad y el Humanismo) quería, “estructuras descentralizadas y autogestionadas”, la Vereinigte Linke y los socialdemócratas germano-orientales proponían un “control colectivo de los trabajadores sobre las empresas y la sociedad” y hablaban de una “socialización de verdad” en lugar de la “socialización formal-estatista”.

Cuando, tras la retirada de la Volkspolizei tras unas jornadas de represión en Leipzig y Berlín, negándose a cargar contra los “manifestantes del lunes” en la ciudad sajona y la dimisión de Honecker llevó a que el secretariado general del SED y el poder del Estado fuera asumido por el nada imaginativo Egon Krenz, un millón de ciudadanos desfilaron por Berlín convocados por actores, disidentes y reformistas del partido (algunos de los cuales fueron abucheados) en una manifestación televisada por la propia cadena pública TFF der DDR, quedaba ya poco para que Günter Schabrowski, miembro del Politburó y uno de los silbados aquel día levantara las restricciones a los viajes y el muro, perdida su razón de ser, fuera simbólicamente derribado por ciudadanos de uno y otro lado de la dividida Berlín. Aquella alegría, merecida, de los berlineses no podía sin embargo dejar de tomarse con cautela. Neues Forum lo advertía en un comunicado: detrás de aquellos hombres y mujeres que se abrazaban pese a no conocerse y que entregaban flores a unos aturdidos soldados del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA que custodiaban la ya inútil frontera de cemento, llegarían los financieros y especuladores dispuestos a hacerse con el patrimonio nacional y las empresas públicas y colectivas del Este: “Hemos esperado este día durante casi treinta años, es un día de fiesta”. Pero, con más alarma que fiesta, continuaba: “quienes vivieron antes de 1961 (el año de la construcción del muro) conocen los peligros que nos amenazan: venta de nuestros valores y bienes a empresarios occidentales, mercado negro, y contrabando de divisas… No queremos hacer cundir el pánico, ni nos oponemos a la urgente y necesaria cooperación económica con el Oeste, pero llamamos a no contribuir a las amenazantes consecuencias de la crisis”. La declaración subrayaba una emancipada ciudadanía germano-oriental desmarcada de la RFA: “Seguiremos siendo pobres aún mucho tiempo, pero no queremos una sociedad en la que especuladores y competidores nos saquen el jugo. Sois los héroes de una revolución política, no os dejéis inmovilizar por viajes e inyecciones consumistas… Habéis destituido al Politburó y derribado el muro, exigid elecciones libres para una verdadera representación popular sin dirigentes impuestos. No se os preguntó ni por la construcción del muro ni por su apertura; no dejéis ahora que os impongan un concepto de saneamiento económico que nos convierta en el patio trasero y reserva de mano de obra barata de Occidente”. Gerd Poppe, líder de la Initiative für Frieden und Menschenrechte, lo expresaba resumidamente en estas pocas palabras: “No queremos convertirnos en el último estado federal de la RFA”. Algo que, sin embargo, sería lo que sucedería.

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Apertura del muro, 9 de noviembre de 1989.

Helmut Kohl, el canciller federal, tenía sin embargo otros planes. Unos planes que servirían para acercarle a renovar su mandato al frente de la jefatura del gobierno de la Alemania Occiental y que servirían para que las empresas y multinacionales germano-occidentales obtuvieran unos pingües beneficios pescando en el río de la propiedad de la RDA. A finales de los años ochenta el gobierno conservador del Canciller Helmut Kohl estaba desgastado y el SPD iba a desplazarle del poder en las próximas elecciones. El reto de la derecha conservadora de Bonn y sus aliados del “establishment” económico y financiero era cómo instrumentalizar la nueva situación creada en el Este para mantenerse políticamente en el poder unos cuantos años más. La cultura política de la oposición de la RDA, que con la quiebra del régimen pasó en cuatro días de un estatuto marginal a una posición dirigente, era un problema para aquel propósito. La solución pasaba por los “Paisajes floridos”.

LOS “PAISAJES FLORIDOS” Y EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO DE LA RDA

“Algunos llevamos la fama, pero el latrocinio en la privatización supera con mucho lo que cabía esperar de una sociedad tan civilizada, como dicen que es la alemana”, comentaba el embajador argentino en Berlín Este al observar el proceso de privatización -y venta- del patrimonio empresarial de la RDA a los empresarios de la Alemania Federal, directores por otro lado de todo el proceso.

El estancamiento económico a lo largo de los años setenta y ochenta condujo a la economía de la RDA a una grave situación. La deuda sumaba a finales de la última década una cifra superior a los 40 billones de marcos, una suma no astronómica en términos absolutos (el PIB de la RDA era de unos 250 billones de marcos) pero mucho mayor en relación a la capacidad del país para exportar suficientes bienes al Oeste como para conseguir la divisa fuerte que pagase la deuda. La mayor parte de la deuda se originó por los intentos de la RDA de hacer frente a sus problemas financieros internacionales, así como los intentos por mantener los niveles de vida a través de las importaciones de bienes de consumo. Casi todas las economías del bloque soviético adquirieron una serie de deudas con los países occidentales a principios de la década de los setenta con objeto de mejorar su capacidad tecnológica y competitiva. A cambio, la deuda sería pagada con las divisas obtenidas con las importaciones de bienes, sustancialmente mayores gracias a esa mayor competitividad. Pero la crisis del petróleo de 1973 acabó con esa premisa, debido a que la mayor parte de los países del área se quedaron con la deuda y sin mercado. A esto había que unir que en algunos países las inversiones fueron muy mal realizadas, como en Polonia, donde la financiación obtenida se empleó no en tecnología sino en el mantenimiento de subsidios al consumo con objeto de mantener los precios bajos y congraciarse con una población que empezaba a mostrar su descontento y a unirse a los movimientos de oposición.

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Pragerstrasse de Dresde. En primer término, vemos un edificio oficial, posiblemente del SED, con las banderas de la República y de la Juventud Libre Alemana (Frei Deutsche Jung).

La solución que los empresarios y políticos de Bonn buscaron para la crisis en la RDA fue la de ofrecer una serie de promesas a los ciudadanos del Este que no se desviaban mucho en las formas de las hechas por el Politburó, pero como no se encontraban desgastados por el descrédito al que había sucumbido la nomenklatura y sonaban muy atractivas, los pobres germano-orientales se las creyeron. Resultaba mucho más ilusionante creer en el sueño de los paisajes floridos que en la realidad sobre la que Neues Forum advertía: los ciudadanos de la RDA tendrían que seguir siendo aún pobres durante algún tiempo, pero con una República Democrática que hiciera honor a su nombre y que tuviera una economía social, dirigida por y para el pueblo alemán oriental, por lo menos mantendrían su soberanía política y económica frente a una RFA que les consideraba unos “paletos” -“Ossi” es de hecho sinónimo de pueblerino e ignorante- poco competitivos y necesitados de subsidios. El programa disidente de los opositores de la RDA era crítico y escéptico hacia la posibilidad de una súbita unificación. Y desde luego, de darse ésta, tendría que hacerse entre estados igualmente soberanos.

Helmut Kohl prometió a los alemanes del Este que poco más o menos de un día para otro obtendrían el nivel de vida del que sus vecinos occidentales disfrutaban. Con esa ilusión -ilusión óptica dibujada a través de Mercedes Benz, televisión por satélite, veraneos en España y demás mensajes de espiral consumista que venía básicamente a decir que lo del Oeste era siempre mejor- la CDU          se impuso en las primeras elecciones libres de la RDA. El PDS (el antiguo SED), liderado por el jefe del partido en Dresde, Hans Modrow, cuya fama de reformista le aupó al cargo de primer ministro y al emprendimiento de reformas que llevarían a la disolución de la Stasi y al procesamiento de antiguos líderes como Stoph, Mielke o el propio Honecker, obtuvo unos buenos porcentajes de votos. Sin embargo, pese a los buenos resultados, la izquierda reformista y alternativa de Neues Forum y los otros grupos de la oposición (agrupada en Alianza 90) no consiguió contrarrestar el impulso de la filial democristiana del Este, sus promesas de prosperidad capitalista y el éxodo de medio millón de personas que se produjo desde que se abrieron de nuevo las fronteras entre ambas Alemanias.

Llegaba el momento de convertir las promesas en hechos, y Kohl, dispuesto a ganar las elecciones también en el Oeste, no tuvo tapujos en introducir una medida estrella: la paridad 1:1 entre el Deutsche Mark y el marco de la RDA para ahorros de 6.000 marcos (una fortuna en la RDA, y dos meses de sueldo de un periodista de la RFA de entonces) y de 1-2 para patrimonios más altos. Los alemanes del Este sintieron como si les hubiera tocado la lotería. Kohl les prometió convertir sus regiones en paisajes floridos y lo realizó en un primer momento, por lo menos en la imaginación, con la mencionada paridad. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socializantes de escritores, intelectuales y disidentes se disolvieron como un bloque de hielo al sol entre las luces e impactos psicológicos de las experiencias directas de la gente común con la prosperidad del Oeste. La paridad real entre las dos divisas era de cinco marcos orientales por uno occidental. Esta diferencia, que hacía que un trabajador de la RDA que cobrara mil marcos de la RDA al mes pasara a cobrar esa misma cantidad de marcos occidentales, se sintiera como niño con zapatos nuevos, hundió a miles de empresas del Este, incapaces de poder asumir de la noche a la mañana una deuda exhorbitada con la nueva moneda y viendo desaparecer la capacidad competitiva que les daba el menor valor de su moneda.

Esta estrategia era en cierto modo la estrategia de los empresarios de la RFA, deseosos de poder comprar a bajo precio las empresas orientales y quitarse competidores. Vendieron la premisa de que todas las empresas de la RDA eran pura chatarra, pero sabían que esa aseveración no era del todo cierta. La unión monetaria supondría el que quebrasen todas las empresas orientales. La unificación por la vía rápida empezó por cambiar un marco oriental por uno occidental para alegría inmediata de la población del Este que veía salvados sus pequeños ahorros, pero con la consecuencia querida de desmantelar de un plumazo toda la economía de la antigua RDA. Una buena parte de la población -alrededor de dos millones y medio de trabajadores, sobre una población total de 16 -pierde el puesto de trabajo, con el mensaje repetido de que la “economía de mercado” pronto los iría creando. Enormes inversiones públicas en mejorar las infraestructuras no han servido para hacer realidad las falsas expectativas de entonces, y ello porque, en un mundo ya globalizado, los nuevos Estados federados han tenido que competir con una Alemania occidental, cuya capacidad productiva basta para abastecer a las dos Alemanias, y estar además entre los primeros exportadores del mundo.

Una persona nada sospechosa de alinearse con las posiciones, ni ortodoxas ni heterodoxas que defendían la continuidad de la RDA en lo político y lo económico, el actual ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, comenta el tremendo error que supuso la introducción del marco occidental en la República Democrática. Schäuble, negociador clave en aquel entonces, lo expresa de este modo en su libro de memorias de 1991: “Para mi estaba claro que la introducción de la moneda occidental destruiría las empresas de la RDA, pero Kohl decía que con la unidad íbamos a ganar las elecciones”. Otras personas que vivieron el proceso niegan que el sistema económico de la RDA se estuviese desmoronando, como afirmaban desde el Oeste. Es el caso del director del Banco Central de la RDA, Edgar Most, quien afirma, frente al argumento oficial, que la relación causa efecto entre paridad y destrucción del patrimonio industrial vino precisamente en ese orden y no al revés: “fue la paridad la que hundió definitivamente la economía de la RDA”.

El nuevo gobierno democristiano del Este se embarca entonces en la privatización de la economía, un paso más en la anexión de la RDA a Alemania Federal. Un proceso acelerado que destruyó cualquier ilusión de crear una Alemania Oriental asentada sobre un modelo de socialismo democrático y de unificar las dos Alemanias bajo postulados de neutralidad y con la adopción de una nueva Constitución que sustituyese a la Ley Fundamental de Bonn, que ha seguido sin ser ratificada ni por los ciudadanos del Oeste ni por los del Este. Estos aspectos serán examinados más adelante. Por ahora, nos centraremos en el papel que la sociedad fiduciaria del “Treuhandanstalt” tuvo en el desmantelamiento del tejido empresarial público de la República Democrática.

El nuevo primer ministro de la RDA, Lothar de Maizeirie, y los ejecutivos occidentales que le asesoraban crearon este organismo bajo unas premisas muy distintas a las que se manejaban desde la izquierda alternativa germano-oriental.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

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Protesta contra la “Treuhandanstalt” y su papel en el desmantelamiento de la industria y las empresas públicas de la RDA. No deja lugar a dudas el rechazo que produce al ser comparada con una “banda mafiosa”.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

Mientras los grupos de izquierda mantenían que la propiedad, que formalmente era del pueblo, debía ser devuelta a él, creándose mecanismos para distribuirla entre la gente, tanto con repartos individuales, como creando sociedades anónimas, cooperativas y otras formas de asociación económica (las “estructuras descentralizadas y autogestionadas” de la Initiative fur Freiden y la “fuerte participación de los trabajadores” propugnada por Neues Forum), los democristianos en el poder y los empresarios de la RFA deseosos de pillar su parte en el botín impidieron esta solución. Consideraban propietario al Estado y éste sería el encargado de deshacerse de los bienes públicos vendiéndolos a personas y sociedades privadas. Para llevar adelante esta política la dificultad radicaba en que los ciudadanos de la RDA no tenían capital, ni existían sociedades privadas para comprar esta enorme riqueza que había que privatizar. ¿Quién podía hacer frente a los desembolsos? Los empresarios de Occiente.

Para 1994, 8000 empresas del Este ya estaban en manos de “inversores privados” del Oeste, habían sido cerradas o adquiridas a precio de ganga, y el paro, desconocido en la antigua RDA, se había cebado sobre una sociedad germano oriental que veía como el tejido industrial de su antiguo país había desaparecido. Las joyas de la corona se repartieron entre los grandes consorcios alemanes occidentales: Allianz se quedó con la compañía estatal de seguros; Lufthansa con Interflug, Thyssen con la Metallurgiehandel (MH), las grandes cadenas de supermercados con la HO, la organización de comercio estatal que formaba ya un consorcio único, con la consecuencia que desapareciera hasta el pequeño comercio que aún permanecía, después de cuarenta años, en manos de particulares. Las empresas fueron vendidas en su mayor parte a empresas alemanas, una política que se justificó diciendo que había que evitar que cayesen en manos extrajeras, principalmente japonesas.

¿Eran las empresas de la RDA morralla oxidada? Algunos ejemplos lo desmienten de manera clara y ponen el acento en la enorme corrupción que se desató al amparo de una “Treuhandanstalt” que ha sido calificada como “una gigantesca expropiación” y “la mayor estafa de nuestra historia económica”, según Werner Schulz, ex miembro de la comisión de investigación del Bundestag. Así, la empresa WWB era valorada en 160 millones de marcos. El Treuhandanstalt la valoró en cero. Su patrimonio inmobiliario fue vendido y el dinero transferido a los paraísos fiscales de Suiza y el principado de Liechtenstein. La empresa de neveras DKK fabricaba las neveras Privileg, que ya mencionamos anteriormente por adelantarse varios años a las occidentales en la fabricación de frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Todos sus competidores occidentales le hicieron una campaña de desprestigio diciendo que sus neveras eran “inflamables”. Tuvo que cerrar. Las empresas occidentales querían ampliar mercado, no estaban interesadas en competidores y solo querían filiales en el Este, dice Schulz. El DG Bank de Alemania Occidental compró por 106 millones el Banco Cooperativo de la RDA. Con ello adquirió reclamaciones de deuda por valor de 15.500 millones, que el gobierno de Bonn garantizó. Según el Tribunal, “la compra debería haber tenido en cuanta las ventajas derivadas de la adquisición de esas deudas”. Lo mismo ocurrió con el Berliner Bank, que compro el Berliner Stadtbank del Este por 49 millones, sin contar los 11.500 millones, ahora respaldados por Bonn, que se le debían al banco, y con otras instituciones. Dos tercios de la deuda del Treuhandanstalt, 85 mil millones de euros, aún no había sido reembolsada para 2009, fecha del vigésimo aniversario de la caída del muro. “Si en Occidente hubo unas mil privatizaciones en diez años, aquí hubo ocho mil en cuatro años”, explica Schulz, sugiriendo que la rapidez camufló muchos delitos. En teoría, la “Treuhandanstalt” debía encargarse de mantener la propiedad para el pueblo de la RDA. Viendo los resultados, su cometido no fue en absoluto cumplido.

Citamos de nuevo a Ignacio Sotelo: “La privatización fue un negocio tan bueno que no ha de extrañar que cundiese la corrupción. Te vendo a ti la empresa por este precio y estas condiciones, y ya te diré donde me pagas la comisión. Los muchos procesos de fraude y estafa que han emergido en estos años –seguro la punta del iceberg– confirman la que ha sido experiencia universal: la privatización de los bienes públicos constituye el mayor negocio para los amigos de los gobernantes, pero cuando lo que está en venta es un país entero, la corrupción sobrepasa con mucho los contactos personales.” Qué razón lleva el refranero castellano al decir aquello de “cuando las barbas del vecino -y especialmente en el caso de los bancos, cuyas deudas fueron garantizadas por el gobierno de Bonn- veas pelar…”

¿UNA ALEMANIA UNIDA NUEVA O UN SIMPLE “ANSCHLUSS”?

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Manifestación en Dresde en 1989. La pancarta, con la tricolor común y los símbolos de las dos Alemanias -el águila de la RFA y el escudo de las espigas, el martillo y el compás de la RDA- va acompañada con los versos del “Auferstanden aus ruinen”, el himno oriental: “Y que el sol, hermoso como nunca antes, brille sobre Alemania”.

El término “Anschluss” fue la denominación que se utilizó para calificar la conquista y anexión de Austria al III Reich de Hitler (Austria había sido el país natal del dictador nazi alemán) en 1938. En 1990, pese a que se ha hablado mucho de reunificación -para diferenciarla de la unificación de los estados alemanes de 1871, hecha bajo la batuta de Prusia-, las circunstancias y el desarrollo de los acontecimientos sugieren que el proceso del “Anschluss” volvió a repetirse.

La cultura política de la oposición de la RDA, los que habían encabezado el proceso hasta la apertura del muro, los que se habían enfrentado al régimen a lo largo de 1989 con la consigna “Vir sin die Volk!” (¡Nosotros somos el pueblo!) suponía un problema para el modelo de unificación que se deseaba: una unificación con el menor número posible de mudanzas en la RFA y el mantenimiento de Alemania en el campo de la OTAN y la Comunidad Europea. Al fin y al cabo, el comunismo había caído derrotado, pensaban los analistas occidentales, nada dispuestos a hacer concesiones -ni siquiera en lo económico: Kohl había dicho que no estaba dispuesto “a invertir dinero bueno (sic) en un sistema malo”-. Pero quienes habían derrotado a aquella forma de comunismo lo habían hecho elaborando alternativas socialistas democráticas y de tercera vía, como mínimo asumiendo lo mejor de ambos sistemas, que estaban siendo dejadas de lado de forma consciente y que, ya en aquellos primeros momentos, estaban generando un panorama de emigración, paro y expolio patrimonial en el Este de Alemania. Los ojos de los analistas occidentales estaban ciegos a esa realidad.

Esa cultura política vaticinaba una perspectiva de reunificación compleja entre los dos Estados, que en síntesis se resumía en lo siguiente: en primer lugar, la reunificación tendría que ser un proceso a largo plazo en lugar del que realmente se dio, menos de un año (el muro se abrió el 9 de noviembre de 1989 y las dos Alemanias se unieron el 4 de octubre de 1990). En segundo lugar, se incidía en el carácter democrático y social del nuevo país: una nueva Alemania con una nueva constitución que aboliera la vigente prohibición de huelga política, o la existencia de una policía política -no sólo la célebre Stasi del Este, sino su homónima menos conocida del Oeste, el BfV-. Una Alemania que asumiera la igualdad como valor constitucional central, con determinadas concesiones del capital a un orden más social en la nación y más respetuoso con el medio ambiente a cambio de la reunificación. Y en tercer lugar, una Alemania cuya política exterior no estuviera dirigida por la política de bloques caracterísitica del pasado, menos aún cuando la “perestroika” gorbachoviana y la rápida desintegración del bloque soviético hacía menos necesaria que nunca la presencia de organismos occidentales como la OTAN que se opusieran a los del bloque del Este. Un país no solo sin tropas soviéticas, sino también sin tropas americanas, sin bases extranjeras ni armas nucleares y sin pertenencia a la OTAN, lo que habría acabado definitivamente con esta organización y con la subordinación a EE. UU. por parte europea en materia de política exterior y de defensa.

La respuesta de Kohl y de Washington fue una rotunda negativa a asumir compromisos de esta naturaleza. Nada que no fuera cambiar el modelo socio-económico y político de la RDA por la Ley Fundamental de Bonn y el modelo de la RFA. Nada de terceras vías: anexión de los “länder” del Este por la vía del artículo 23 de la Ley de Bonn. Y, para ello, la paridad y los paisajes floridos fueron una parte de su estrategia. La idea, que caló entre la gente común del Este, de que lo occidental era mejor -“Test the West”, que era el eslogan de una marca de cigarrillos y se acabó convirtiendo en un atractivo publicitario de todo lo que significaba la RFA- se llevó por delante cualquier posibilidad de sintetizar, en un escenario de reunificación a largo plazo, lo mejor del capitalismo y del socialismo para la nueva Alemania unida. Gorbachov, por su parte, acuciado por problemas internos -independentismo en las repúblicas bálticas, crisis económica, auge de las figuras otrora disidentes y hoy dirigentes de asociaciones y partidos legales con presencia en el nuevo Soviet Supremo- no se opuso realmente con muchas ganas a la política de la RFA y de EE.UU., deseoso que acabara bien el asunto alemán para que su popularidad exterior se reflejara en el interior.

No hubo, por tanto, disposición alguna a modificar lo más mínimo las estructuras económicas, sociales y políticas existentes en Alemania Federal, aunque ello implicase forzar a que la antigua RDA encajase en el modelo occidental sin la menor concesión a sus peculiaridades. Se esfumaba el modelo de unificación que durante decenios se había manejado en la Alemania occidental, una refundación con una nueva Constitución, junto con el sueño de la izquierda en ambos Estados que apostaba por esa “tercera vía” de síntesis capitalismo-socialismo, convergente de los dos sistemas. Y, más aún, se daba por zanjada cualquier cuestión acerca de la legitimidad de la Ley Fundamental y la necesidad de que los alemanes, unidos de nuevo en un solo Estado, se otorgasen una nueva Constitución con todas las letras. La Constitución alemana, “de facto”, carece de legitimidad en el sentido más estricto, pero soportar estas deficiencias era imprescindible para garantizar que nada cambiase, aunque la situación era muy diferente a la de posguerra, en la que las tiranteces entre los viejos aliados que vencieron en la SGM, que dieron origen a la “guerra fría”, no eran desde luego tan insalvables como entonces.

Una pequeña anécdota deportiva posiblemente ilustrará como se dejó en el tintero mucho del legado de la República Democrática y la nueva Alemania se levantó como una continuidad de la República Federal. En la temporada 1990/91 se jugó el último campeonato de la liga de fútbol de la RDA, denominada Oberliga (Liga Superior).

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Escudo de la Asociación Alemana de Fútbol de la RDA, la federación de fútbol germano-oriental, y de los clubes que competirán en la temporada 1982/83 en la máxima categoría, la Oberliga.

Sólo dos equipos, el campeón y el subcampeón de la competición de ese año, tendrían derecho a jugar la primera Bundesliga del país unificado. El resto, se distribuiría según su clasificación por el resto de categorías inferiores. Dejar en manos de una sola temporada -como así ocurrió- la suerte de clubes que habían cosechado más éxitos en Europa que muchos de la anterior Bundesliga (Liga Federal) de la RFA, como los campeones y finalistas de la Recopa Magdeburgo, Carl Zeiss Jena y Lokomotive de Leipzig (éste apenas tres años antes) o habituados a poner las cosas difíciles a grandes de Europa, caso del FC Karl Marx Stadt, mientras sobrevivían en la nueva categoría superior equipos de escasa entidad y menor nivel que los anteriores, pero todos ellos del Oeste -Karlsruhe, 1860 Munich, Wolfsburgo, Bochum o Friburgo- es una muestra de que “lo del Oeste es siempre mejor”, aunque la realidad demostrara que este axioma era una falacia. El resultado: sólo un equipo histórico del Este, el Dynamo de Dresde, junto con un pequeño equipo que hasta entonces no había destacado ni siquiera en la RDA, el Hansa Rostock, alcanzaría esa temporada la Bundesliga. Los viejos equipos históricos, incluyendo el mencionado Dynamo, han ido poco a poco hundiéndose como la economía y las expectativas del Este.

Para Estados Unidos, lo más importante de la reunificación alemana era que Alemania siguiera en la OTAN porque de esa forma la influencia norteamericana en Europa quedaba garantizada. Condoleezza Rice, tristemente famosa por su papel como secretaria de Estado del presidente George W.Bush durante la invasión de Irak, y por aquel entonces consejera de la Casa Blanca para el tema alemán, repitió hasta seis veces ese punto en una entrevista con “Der Spiegel” publicada en septiembre de 2009, casi veinte años después de la caída del muro: “Lo que no fuera eso, habría equivalido a una capitulación de América”. La mayoría de los alemanes, del Este y del Oeste, –y esto lo reconoce el propio Kohl en sus memorias– preferían, sin embargo, una Alemania fuera de la OTAN. Las encuestas de febrero de 1990 otorgaban un apoyo del 60% a ese escenario. Las negociaciones, sin embargo, para la unión entre la RFA y la RDA se llevaron a cabo entre las autoridades de ambos países (Kohl por parte occidental y De Maizeirie por parte oriental eran del mismo partido; más aún si cabe: la CDU occidental era la matriz de la CDU del Este, así que entre bomberos, y menos entre el jefe de los bomberos y su segundo, no iban a pisarse la manguera) y las de las antiguas potencias ocupantes de 1945-1949 (Francia, Gran Bretaña, EE.UU. y la URSS). Fueron las famosas reuniones 4+2=1, en las que el pueblo alemán, de uno y otro lado, no fue actor principal, pese a que al menos el de la RDA había protagonizado una revolución política que planteaba -o precisamente por eso era necesario mantener a la ciudadanía al margen- alternativas sociales y políticas muy distintas a las que luego se implantarían en la realidad.

La URSS, los soviéticos, no tenían una política para sacarle partido a su histórica retirada de Europa central y oriental, de la que Alemania era el centro. Desde Moscú se propició una “quiebra  optimista del orden europeo” (Poch-de-Feliu) cuyo resultado fue desaprovechar la oportunidad para crear un nuevo sistema de seguridad, unificado y sin bloques, que fuera de Lisboa a Vladivostok y sustituyera la “guerra fría” por acuerdos bi o multilaterales de amistad y cooperación que sirvieran para garantizar un horizonte de paz. Este horizonte, descrito con una ampulosidad digna de mejores teatros cuando se vio descender la bandera roja del Kremlin y alzarse la antigua tricolor del Imperio Ruso -rescatada por Yeltsin para la Federación Rusa- en diciembre de 1991, o al perderse de vista el muro de Berlín, se tornó en poco tiempo una utopía irrealizable gracias a la labor de aquellos que propiciaron la permanencia de una OTAN que había nacido para combatir al bloque soviético y que, con el desmoronamiento de éste, había perdido su razón de ser, en detrimento del respeto y acatamiento de las normas de Derecho Internacional y las resoluciones de una ONU en la que tenía que haberse abordado una necesaria democratización de sus organismos. La OTAN creó o intervino en nuevos conflictos, sustrayendo funciones que correspondían a Naciones Unidas, para garantizar su existencia y mantener, por decirlo de algún modo, su “negocio”. Primero, y más inmediato, la guerra en Yugoslavia (una Yugoslavia que formaba parte del grupo de países no alineados, lo que explica mucho por qué se promocionó desde fuera, por parte de la nueva Alemania incluida, una desintegración nacional -que, desde luego, también tenía claros factores internos-, frente a proyectos de confederación de estados libres o gobiernos multiétnicos como el de Bosnia que fueron desechados por las potencias occidentales). Luego, las intervenciones sangrientas y de éxito cuestionable de EE.UU. y sus socios en Somalia, el conflicto entre el gobierno serbio y la provincia de Kosovo, Afganistán o Irak.

La unificación de los dos estados alemanes supuso para Kohl y Gorbachov ganar el premio Nobel de la Paz en 1991, pero las repercusiones internas fueron muy distintas para ambos. El canciller federal vio como las encuestas electorales cambiaban a su favor; el líder soviético, sin embargo, no vio reflejada la popularidad que su política exterior -los acuerdos sobre limitación de armas estratégicas, la “doctrina Sinatra” respecto a los países del bloque oriental, la unificación alemana- le otorgaba en clave interna. Muy al contrario, los soviéticos y especialmente en Rusia dejaron de lado al presidente de la URSS y apoyaron a líderes nacionalistas y a nuevas personalidades como Boris Yeltsin, pronto el caballo ganador de Occidente, que representaba la asunción del capitalismo neoliberal en su vertiente más salvaje y mafiosa frente a la postura reformista y socialdemócrata -tal y como lo define Noam Chomsky- aunque errática del primero. Unas políticas que se extendieron por la antigua Europa situada tras el “telón de acero” y cuyos resultados fueron más que cuestionables, al mismo tiempo que una socialdemocracia sin referencias ideológicas y una derecha neoliberal que podía explotar el triunfo del capitalismo comenzaban el desmontaje del “Estado del bienestar” propiciado tras la SGM en el Occidente europeo. Como escribe Poch-de-Feliu, “por un lado las sociedades se liberaron y normalizaron en muchos aspectos, un bien indiscutible, pero el precio fue una hegemonía de las fuerzas conservadoras y una continuidad del orden subordinado posterior a 1945, ahora con una sola potencia. Todo ello dio alas a la “Gran Desigualdad” en los últimos baluartes de la Europa social.”

CONCLUSIONES: ¿EL VERDADERO ROSTRO DE LA RDA?

En una escena de la película “La vida de los otros”, un redactor de “Der Spiegel” visita a los escritores Georg Dreiman y Paul Hauser en la casa del primero en Berlín Este. Propone un brindis con champán francés -“es mejor que el ruso” sentencia al probarlo- porque con su artículo sobre los suicidios en Alemania Oriental “muestren a toda Alemania el verdadero rostro de la RDA”. Apenas un poco antes, Hauser había introducido un borrador del mismo en Berlín Occidental, atravesando ilegalmente la frontera oculto bajo el asiento trasero del Mercedes Benz de su tío, un alemán occidental. Sin embargo, para sorpresa del capitán de la Stasi Gerd Wiesler, el hombre que espía la casa de Dreiman y que ha decidido hacer la vista gorda con el viaje de Hauser y el manuscrito al Oeste (un papel soberbiamente interpretado por el recientemente fallecido Ulrich Muhe, uno de los mejores actores alemanes procedentes de la antigua RDA e interviniente en la decisiva manifestación de la Aexanderplatz de octubre de 1989), Hauser no se queda en Occidente, sino que regresa, de nuevo de tapadillo, a la República Democrática, en un impulso romántico y posiblemente suicida por transformar su país y hacer de él el sitio en el que el socialismo, por más humano, derrote al capitalismo.

¿Cuál fue el verdadero rostro de la RDA? Resulta difícil sustraerse a la imagen más penosa y negativa, la del “Estado carcelario” que levantó el muro de Berlín en 1961 y poseyó una policía política que levantó cientos de miles de expedientes correspondientes a otras tantas investigaciones a sus ciudadanos, convertidos en enemigos del Estado según la definición que podía escucharse en el filme antes mencionado. A ello cabe añadir, en la mente del occidental típico, la idea de una economía ruinosa -más por efecto de la propaganda negativa de las empresas occidentales a lo largo de la transición política de 1989-1990 y la horrible gestión de la “Treuhandanstalt”, como hemos visto, que por lo que era la realidad- o el uso y abuso de elementos de dopaje en el deporte -cosa que, sin embargo, a) no ha impedido que récords obtenidos por la RDA continuaran vigentes, por lo que cabe preguntarse si las autoridades del COI eran cómplices de esto o ese dopaje y su imagen en nuestra retina no impedía que su deporte también consiguiera éxitos con limpieza ; b) no nos debe hacer olvidar que mientras unos tienen la fama, otros cardan la lana y que la RFA consiguió un Mundial de fútbol bajo sospecha, el de 1954 ante una Hungría que en la primera fase les goleó por 7-3 o que en nuestra España que se indigna por las parodias de los guiñoles franceses han desaparecido “misteriosamente” las pruebas de la “operación Puerto” en la que están implicados médicos, administradores de nuestro deporte y atletas otrora de renombre como Marta Domínguez-.

Pero, sin embargo, el panorama creado tras la unificación-anexión en los “länder” que formaban la RDA ha dejado un poso en la gente que vivió la época de la República socialista de reconsiderar aquellos años. Lo negativo, desde luego, no va a dejar de serlo, pero la estrategia de los políticos y empresarios de la República Federal de “vender” que lo del Oeste era mejor ha fracasado de tal forma que los antiguos ciudadanos de la RDA, e incluso los que no la vivieron, naciendo después de 1989, están cuestionándose si el socialismo fue o ha sido realmente un sistema desechable, viendo el sarcasmo en que se han convertido los “paisajes floridos” de Kohl, el elevado desempleo creado tras la asunción de la economía de mercado en el Este o los cuatro millones y medio de emigrantes internos que han pasado del Este al Oeste desde la caída del muro y que superan con creces los tres millones que se produjeron entre la dos Alemanias antes de la construcción del mismo.

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Un símbolo de la “Östalgie”. un cartel conmemorativo de un hipotético 60º aniversario de la RDA (7 de octubre de 2009). Los edificios típicos de Berlín Este van acompañados de la torre de la televisión, inaugurada en los setenta y con la que comenzaron las emisiones en color en Alemania del Este.

La “Östalgie” o nostalgia del Este ha sido un fenómeno cultural que ha rescatado para los antiguos habitantes de la RDA una identidad que había quedado en entredicho por su pertenencia a un nuevo país en el que eran tratados con una mezcla de conmiseración y burla por sus compatriotas del Oeste. Considerados como alemanes de segunda clase, poco competitivos, vagos e ignorantes, los “Össis” han tratado de reafirmarse, en un contexto de crisis, desempleo y ciudades de escaso dinamismo por la emigración, la enorme presencia de jubilados y las factorías cerradas desde hace años en los valores de antaño y en las cosas buenas que la RDA les ofreció durante los años en que fueron ciudadanos de la misma: la seguridad; la camaradería; la protección social y los servicios públicos que, por modestos que fuesen, tenían garantizados por el Estado; la satisfacción por el éxito colectivo frente al individualismo; la vida comunitaria; la igualdad real entre hombres y mujeres; la promoción de la alta cultura y las artes entre los trabajadores o el reparto más equitativo de la riqueza. Incluso, aunque fuera siquiera de forma retórica, los valores transmitidos por el socialismo -igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, paz- resultaban y resultan mucho más atractivos que los valores materiales propios de los sistemas de mercado. No es por ello extraño que en los cinco “länder” que formaban la antigua RDA sea donde más implantación y éxito tenga “Die Linke”, el partido formado por el antiguo PDS-SED, los movimientos alternativos y antiguos líderes socialdemócratas de izquierda como Oskar Lafontaine que abandonaron decepcionados el SPD por su giro derechista.

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Otro símbolo de “Östalgie”: los “hooligans” del Magdeburgo, el único equipo de la ex-RDA campeón continental (venció en la final de la Recopa de 1974 al Milan por 2-0) en su zona de grada con la antigua bandera de la República socialista.

En el fondo, la República Democrática no llegó a ser el “país de obreros y campesinos” que aspiraba a ser porque un partido único y de lista también única no podía alcanzar una representatividad y legitimidad tales que el pueblo trabajador y los ciudadanos de la RDA pudieran confiar en él. El contrato social, como en otras partes del bloque soviético, estaba falto de base y quebrado por la falta de asunción de críticas externas y la limitación con la que se podían realizar críticas internas, aunque estas no faltaran, para el caso de la RDA, en el seno del propio SED a lo largo de los cuarenta años de existencia de la República -un ejemplo lo tenemos en una mujer que ya hemos mencionado aquí en varias ocasiones, Christa Wolf-. Como en otros países del bloque, la forma de calmar las aguas fue la de buscar un acomodo mediante el aumento del nivel de vida y el desarrollo de políticas públicas y servicios al ciudadano inherentes a todo régimen político que representase al pueblo como nunca antes ninguno lo había hecho e iniciar una liberalización social que no conllevase un cuestionamiento del liderazgo del Partido.

A pesar de que han sido silenciadas en la historia y más desde que los acontecimientos de noviembre de 1989 y las elecciones de marzo de 1990 arrinconaron cualquier otra lectura, entre ellas la posibilidad de una RDA soberana durante al menos un tiempo, en Alemania del Este no faltaron las propuestas para abrir el partido a la sociedad y la República a una democracia socialista, a un “socialismo de rostro humano” que conjugara en lo político la representación popular, libre y soberana, con la propiedad colectiva, no estatal y burocrática,  y la toma descentralizada de decisiones en lo económico. Le restó visibilidad a este hecho el que en la RDA no hubo revueltas promovidas o apoyadas desde la élite, como las ocurridas en Hungría en 1956 con el apoyo del Partido Obrero Húngaro liderado por Imre Nagy, o en Checoslovaquia en 1968 alentadas por el primer ministro Aleksandr Dubcek. Las purgas en el seno del Partido Socialista Unificado de Alemania acabaron con la posibilidad de que la RDA constituyera una alternativa de “socialismo de rostro humano” visible como las de Budapest y Praga, pero su desconocimiento global no implica su inexistencia. Los elementos socialistas del partido, primero, y quienes al calor de la desestalinización de Kruschev, después, proponían reformas democráticas no tuvieron oportunidad de formular su alternativa. Cuando por fin, en 1989, los movimientos de oposición lo hicieron, su oportunidad les había llegado demasiado tarde.

A pesar de su fracaso, los movimientos de oposición que en el ochenta y nueve hicieron posible la revolución política en la RDA demostraban que la teoría marxista y los valores del socialismo y la izquierda estaban lo suficientemente arraigados como para proponer una alternativa al socialismo estatal-burocrático y al capitalismo de la RFA. Esa “tercera vía” nos obliga a pensar que, pese a lo que realmente existió, la consideración sobre la RDA obliga a matizar lo suficiente como para considerar los aspectos positivos que se dieron a lo largo de la historia del país. Maria Simon, la actriz que encarna a Arianne en “Good bye Lenin”, la hermana seducida por las promesas y el consumismo del Oeste, declaraba haberse emocionado al ver las imágenes que recreaban el tren de los jóvenes Pioneros: “Me alegra saber que tuvimos todo aquello… ahora rastreo mi infancia y no la encuentro.” Otra actriz, también del Este y también de la misma película, la que encarna el papel de Christianne Kerner, la madre idealista y de convicciones profundamente socialistas, Katrin Saas, afirma que la noche en que cayó el muro estaba horrorizada, sin poder creérselo. Muy probablemente envuelta por los mismos temores que envolvían a Gerd Poppe y a los miembros de Neues Forum: una súbita y nada halagüeña invasión de los productos y forma de vida del Oeste.

Till Lindemann, cantante del grupo Rammstein y en su juventud nadador olímpico de la República Democrática, sentencia que “cuando era adolescente soñaba con tener muchas cosas materiales, autos, ropas, estupideces. Ahora que tengo todo eso, entiendo que las cosas superficiales pueden convertirte en un tipo muy estúpido. En la RDA había muy pocas cosas, pero también había un sentimiento de solidaridad que hoy hecho de menos. Ahora estamos hasta el cuello de consumismo, egoísmo, individualismo. Ahora el consumo se antepone a la amistad.” En un contexto de crisis-estafa como el de hoy, conocedores de la “obsolescencia programada”, deberíamos rescatar a aquellos que representaban lo mejor y más humano de una República Democrática Alemana que pudo existir de otra manera a como ha sido conocida, por lo peor y más abyecto. Los Bertolt Brecht, Christa Wolf, Gerd Poppe, herederos de una tradición que quiso emular y no pudo o no supo hacer el SED: la de revolucionarios alemanes que han quedado en el imaginario colectivo de la izquierda, los Rosa Luxemburgo, Karl Liebneckt, Ernst Thällmann. Los espartaquistas de Berlín de 1918 y los brigadistas alemanes que acudieron a la llamada de la solidaridad antifascista en Madrid en 1936.

Quizá no sea sencillo que sobresalga un legado amable de la RDA, pero un ejemplo sencillo de que conviene rescatarlo lo tenemos en su himno. Lothar de Maizeirie, que debemos recordar era homólogo y correligionario de Helmut Kohl en el Este, quiso rescatar el “Auferstanden aus ruinen” para incorporarlo al himno “Deutschland über alles” y que los dos formasen un canto nacional para la nueva Alemania unida. Kohl lo rechazó, pero este gesto debe hacernos pensar en que no todo fue miseria y decrepitud en aquel Este de Alemania y que, como dice Alex al final de “Good bye Lenin”, pudo existir este país de otra manera.

Levantada de las ruinas

y con la vista puesta en el futuro

déjanos servirte para el bien

Alemania, patria unida.

Hay que superar la antigua miseria

y la superaremos unidos,

pues tenemos que conseguir que el sol

hermoso como nunca antes

brille sobre Alemania,

brille sobre Alemania.

LA REUNIFICACIÓN DESDE UN PECULIAR PUNTO DE VISTA: LA FANTASÍA DE ALEX EN “GOOD BYE LENIN”

 

FUENTES:

“Los derechos humanos en tiempos de crisis”, entrevista con Poch-de-Feliu, autor de “La Gran Transición. Rusia 1985-2002”. Autor desconocido. En Internet bajo licencia Creative Commons.

“Paisajes floridos”, artículo de “La Vanguardia” con motivo del 20º aniversario de la reunificación alemana.

Sotelo, Ignacio, “La transición-anexión de la República Democrática Alemana”, Res-Publica, Revista de Filosofía Política, nº 30 (2013)

Ali, Tariq, “Miedo a los espejos”, Madrid, Alianza Editorial.

Wolf, Christa, “El cielo partido”, Madrid, Círculo de Lectores.

Brussig, Thomas, “La avenida del Sol”, Madrid, Siruela.

“Good bye Lenin” (y extras del DVD), película de Wolfgang Beyer. Barcelona, Cameo Media, 2000.

“La vida de los otros” (Die Liebe fur Anderen), película de Florian Henckel von Donersmarck. Madrid, Warner España, 2010.

Wikipedia en español. Artículos “Christa Wolf”, “Neues Forum”, “República Democrática Alemana”, “Historia de la República Democrática Alemana”, “Nota de Stalin”, “Manifestación de Alexanderplatz”, “Östalgie”.

Documental “Nostálgicos de la RDA” en youtube.com

FE DE ERRORES:

En el mapa de la RDA con los “länder” que la compusieron, la ubicación de Turingia y Sajonia-Anhalt está cambiada entre sí. Donde aparece Turingia, debería por tanto aparecer Sajonia-Anhalt y viceversa.