Las operaciones SAAL: Una arquitectura para el Portugal del 25 de Abril

SAAL-1El día 8 de agosto de 1974, Nuno Portas, arquitecto a la sazón y secretario de Estado de Vivienda y Urbanismo del gobierno presidido por el general Vasco Gonçalves, creaba a través de un decreto las Sociedades de Apoyo Descentralizado Local (en portugués, Sociedades de Apoio Ambulatório Local). El gobierno de Vasco Gonçalves, que iniciaba la etapa izquierdista de la Revolución de los Claveles, inauguraba con la creación del programa de las SAAL una de las experiencias de vivienda y urbanismo más singulares de los últimos cuarenta años en el Occidente europeo, donde la participación vecinal al lado de los jóvenes arquitectos que desarrollaron la rehabilitación o la construcción de nuevos barrios supuso un momento único que en 2014, 40º aniversario del derrocamiento del régimen fascista en Portugal, fue objeto de una retrospectiva en el Museo Serralves de Oporto.

ACABAR CON LOS “BAIRROS DE LATA” Y LAS “ILHAS”

El objetivo final y común del las operaciones SAAL, un programa heterogéneo por cuanto estaba basado en la participación y en el estudio de las necesidades a resolver en un contexto determinado, no era otro que el de acabar con los núcleos chabolistas y los barrios históricos poblados por personas humildes que habían ido surgiendo en las grandes ciudades como Lisboa, Oporto o Setúbal o en el cinturón industrial que bordea a la capital portuguesa al sur del Tajo, en ciudades como Montijo, Barreiro, Seixal o Barreiro. La ausencia de una política de vivienda digna de tal nombre en la etapa del salazarismo había creado un déficit de alrededor de 50.000 viviendas mientras, al mismo tiempo, el desplazamiento de mano de obra procedente de las regiones agrícolas del interior del país a las incipientes zonas industriales localizadas en la costa (y especialmente en la mencionada desembocadura del Tajo) había generado a su vez un conjunto de barrios marginales caracterizados por la insalubridad y la ausencia de servicios básicos. Unos de ellos eran definidos como “bairros de lata”, esto es, barriadas de chabolas ubicadas en el extrarradio de las ciudades; otros eran las “ilhas”, las cuales, rodeadas por barrios de mejor condición, se encontraban en el interior de la ciudad pero en unas condiciones tan depauperadas que necesitaban de un profundo trabajo de rehabilitación y regeneración urbana.

El despilfarro de recursos en la maquinaria de guerra que el salazarismo tuvo que poner en marcha a lo largo de los años sesenta a consecuencia de las sucesivas contiendas que tuvo que emprender con objeto de mantener su imperio colonial en África y Asia (las primeras posesiones que perdió fueron las ciudades de la costa de la India, en los años cincuenta), unido a un sistema fiscal de escasa capacidad recaudatoria y permisivo con el fraude hizo que la política social, no sólo la referida a la vivienda, se resintiera enormemente y fuera parte del descontento que llevó a que estudiantes y trabajadores, y finalmente los jóvenes oficiales del MFA que derribaron a la dictadura en 1974, comenzaran una contestación ascendente al régimen.

De este modo, el proceso SAAL aparecía como una reivindicación más de los derechos sociales y colectivos que habían brillado por su ausencia en la etapa del “Estado Novo” salazarista: educación, salud, trabajo y salarios dignos, al ocio y la cultura… y al mismo tiempo entroncaba con ellas en el sentido en que la vivienda digna y servicios habitacionales básicos tales como transporte, luz, alcantarillado o agua potable permiten romper el aislamiento y la marginación que hacen imposible el disfrute de los anteriores y la reivindicación consciente y crítica de los mismos.

UN PROCESO PARTICIPATIVO

“En el sistema de vivienda tradicional todo está hecho cuando los inquilinos llegan. Con el programa SAAL, el inquilino llega antes de que se tome cualquier decisión”

Nuno Portas

Los vecinos construían por sí mismos sus propias viviendas.

Los vecinos construían por sí mismos sus propias viviendas.

La debilidad, pero asimismo la fortaleza, y la característica singular del SAAL portugués fue la de interconectar a los técnicos -entre quienes se contaban sociólogos, juristas y asistentes sociales- y arquitectos con los vecinos de las zonas en las que se iba a trabajar, bien reconstruyendo las zonas afectadas por problemas de infravivienda con nuevas moradas o bien realizando viviendas nuevas. Los equipos conjuntos recibieron el nombre de “brigadas”, y aunque el trabajo bien pudo ser complicado por condicionantes debidos a diferencias culturales, de extracción social, e ideológicas, muchos de los arquitectos que se vieron envueltos en el proceso recuerdan aquella etapa con cariño y como una experiencia positiva en su carrera profesional. Y es que, no en vano, entre los diferentes proyectos o procedimientos complementarios e incluso contradictorios que registró la Revolución del 25 de Abril en los años inmediatamente posteriores al derrocamiento del régimen dictatorial estaba la llegada a una democracia de amplia base participativa, un modelo de socialismo autogestionario (en el que estuvo muy implicada la LUAR -Liga de Unidade e Acção Revolucionária- liderado por el “cerebro” del 25 de Abril, Otelo Saraiva de Carvalho) que no podía sino generar las mismas prevenciones y temores en los países occidentales y los sectores moderados del país como el socialismo ortodoxo del PCP de Álvaro Cunhal.

Las manifestaciones por el derecho a la vivienda fueron una constante y un impulso al proceso en los últimos años del salazarismo y los primeros tiempos de la revolución portuguesa.

Las manifestaciones por el derecho a la vivienda fueron una constante y un impulso al proceso en los últimos años del salazarismo y los primeros tiempos de la revolución portuguesa.

Sea como fuere, lo que se estaba defendiendo en el SAAL no era tanto un modelo político sino la cobertura de unas necesidades largo tiempo olvidadas, y en el momento de desarrollar el proceso, y con una cierta lógica, resultó crucial poner a los vecinos en marcha junto a los expertos, en debate permanente, en una forma cotidiana de interacción que buscaba enriquecer el proceso y hacer partícipes y no meros espectadores a los futuros inquilinos de las nuevas viviendas. Entonces, a modo de consigna, se decía “os arquitectos são a mão do Povo” (“los arquitectos son la mano del pueblo”).

Algunos de aquellos arquitectos, jóvenes entonces, hoy ya veteranos, dijeron con motivo de la exposición en el museo de la Fundação Serralves de Oporto palabras de recuerdo conmovido sobre aquella experiencia. “La memoria que guardo del SAAL es la de un momento excepcional, de posibilidad de trabajar en la arquitectura en una relación directa con sus destinatarios, los moradores”, comenta Alexandre Alves Costa, arquitecto y profesor que fue coordinador del SAAL en Oporto. De opinión similar es Gonçalo Byrne, responsable de la construcción del Bairro Casal da Figueira, en la ciudad de Setúbal, al sur de Lisboa e importante centro industrial y pesquero. Byrne, que en la ciudad del Sado proyecto este barrio para una comunidad de pescadores, señala que “fue una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida profesional”. En un escalón superior, Maria Proença, que era funcionaria del Fondo de Fomento de la Vivienda (en portugués, Fundo de Fomento da Habitação, FFH) y más adelante, coordinadora general del SAAL a invitación del secretario de Estado Nuno Portas, cuenta que “recorrí el país entero, de Oporto al Algarve, localizando las carencias habitacionales de las personas… y todo el mundo tenía. No sé si en el tiempo de las feministas de EE.UU. era así, pero en el Sur estaban las mujeres diseñando casas, decían dónde se ponía la cama, cómo se iba de un lado al otro… Para mí, fue todo maravilloso”. El valor de estos testimonios sirve para reivindicar el papel del SAAL en un momento como el actual, donde la especulación inmobiliaria ha venido a sustituir a las políticas sociales en la materia y donde se han desarrollado nuevas herramientas no existentes entonces que pueden complementar a la labor realizada entonces con muchas limitaciones de medios.

METODOLOGÍA Y DESARROLLO: CARACTERÍSTICAS DEL PROYECTO SAAL

“El SAAL cambió la relación colectiva de la población con la arquitectura y dio una razón efectiva a los arquitectos, en un momento muy complejo pero también muy estimulante para pensar en su disciplina y en su relación con el público”

Delfim Sardo, comisario de la exposición “O Processo SAAL: Arquitectura e Participação, 1974-1976”

Imagen de una votación en una asamblea vecinal.

Imagen de una votación en una asamblea vecinal.

Como ya se ha enunciado con anterioridad, la característica principal de las operaciones del SAAL fue la participación y la interacción entre vecinos de las zonas afectadas y los técnicos y arquitectos envueltos en las mismas. Tal característica convierte al desarrollo urbano de este momento revolucionario de Portugal en un ejemplar único de lo que había venido realizándose y venía en el continente europeo. En un artículo, Aitor Varea define en cierta medida la eclosión producida por el encuentro de una generación de arquitectos, cuya mayor fama posterior vendrán a tener los de la llamada “Escuela de Oporto” (estudiantes o recién licenciados en Arquitectura surgidos de la Escuela Superior de Bellas Artes de esta ciudad), cuyas preocupaciones se desvían un tanto de los aspectos formales y abstractos y pasan a acercarse más a la realidad concreta, con ese momento revolucionario posterior al 25 de Abril en el que se les abre la oportunidad de entrar en contacto con la realidad y experimentar desde ella y junto a otros agentes (entre ellos el “cliente final”, el destinatario del producto de su trabajo, el morador).

La segunda característica que va a definir el desarrollo de las operaciones SAAL es la descentralización. Esto obedecía tanto a una intención política, en el sentido de desplazar la toma de decisiones desde la clásica forma arriba-abajo hacia la premisa contraria, de abajo-arriba, dirigiéndose hacia lo concreto (lo que se resumía, según el “Libro Blanco del SAAL”, que resumía en 1976 el trabajo realizado en aquellos dos años que duró el programa, en concebir el urbanismo “ciudad a ciudad, barrio a barrio, ‘ilha a ilha’, casa a casa, cuarto a cuarto”), como al hecho de que el Estado, en los años precedentes, había sido incapaz de articular un procedimiento adecuado para solucionar los problemas urbanísticos que se presentaban en los municipios portugueses con los instrumentos tradicionales. “La iniciativa privada nunca se vio lo suficientemente atraída por los incentivos promovidos por los distintos gobiernos (por lo que se entregó a la producción de vivienda para otros sectores del mercado) en tanto que el aparato del Estado no poseía los medios para resolver por sí solo un problema tan profundo y extendido”, escribe Aitor Varea. Por ello, se opta por una solución que recuerda mucho a otros momentos revolucionarios de la historia del siglo XX, con la constitución de brigadas voluntarias de jóvenes de educación burguesa pero entusiastas de sumarse a un cambio social y de colaborar en la elevación del nivel cultural y moral de los más desfavorecidos (Nicaragua, Cuba, la RDA de los primeros y entusiásticos momentos previos a la instauración de la ortodoxia estaliniana…) Los arquitectos proyectaban, los vecinos construían, el Estado corría con los gastos de material… “Se pretendía con ello vincular el Estado a ciertos sectores más dinámicos de la sociedad civil y libertar al proceso de las penas burocráticas que retrasaban los programas de vivienda”, afirma Nuno Portas. Esta característica de la participación fue lo que definió, en particular, el proceso en el Algarve, donde uno de los proyectos del SAAL, el de Meia-Praia-Apeadeiro, en Lagos, se hizo particularmente famoso al ser objeto de una película realizada por António da Cunha Telles (“Continuar a viver ou Os índios da Meia-Praia”, con una hermosa canción realizada para el filme por el genial cantautor José Afonso) que resumía los trabajos realizados por la cooperativa de pescadores que construyó con sus manos sus viviendas y su lucha por mantener en pie sus casas. “En el Algarve, más importante que la arquitectura fue la participación popular”, hace notar Delfim Sardo, comisario de la exposición sobre el SAAL celebrada en el portuense museo Serralves.

El entusiasmo popular fue un elemento destacado por los arquitectos y técnicos que trabajaron en el SAAL, que observan aquella etapa como una provechosa experiencia profesional.

El entusiasmo popular fue un elemento destacado por los arquitectos y técnicos que trabajaron en el SAAL, que observan aquella etapa como una provechosa experiencia profesional.

La tercera circunstancia que caracteriza el proceso, y que es una consecuencia de lo anterior, es la heterogeneidad de soluciones, vinculadas al diferente estado de los barrios y zonas afectadas a las diferentes operaciones SAAL, al distrito o provincia del país en el que se desarrolla (condicionantes de ambiente, tradiciones de vivienda…), a los proyectos desarrollados por los arquitectos y las “enmiendas” presentadas a los mismos por la vecindad y otras cuestiones -como las expropiaciones del suelo- surgidas en el momento de la construcción. Lejos de partir de una solución determinada “desde arriba” y que convierte a los barrios en lugares sin personalidad, y a la vivienda como un objeto de consumo homogéneo y de iguales características en las zonas del litoral del Tajo como Lisboa o Setúbal como en las del interior como Castelo Branco o Évora, las decisiones adoptadas y su realización práctica se encuentran condicionadas por la realidad en que se incluyen. Además, se consigue de este modo vincular directamente al técnico con el habitante y no con la administración, y también obtener soluciones particularizadas, como la obtención de la tecnología de construcción más apropiada.

La cuarta característica, y posiblemente un resumen de todas las anteriores, del SAAL es la de su carácter experimental y su imbricación, como una herramienta más, en el proceso de cambio social iniciado el 25 de abril y especialmente con el acceso a la presidencia del consejo de Vasco Gonçalves y abruptamente interrumpido tras el golpe del 25 de noviembre de 1975, que impuso la “corrección política” y la transición hacia una democracia “al modo occidental”, apartando proyectos que se desviaban hacia la participación activa de la población o que podían poner en riesgo la alianza de Portugal con la OTAN o los intereses estratégicos de las potencias occidentales en el país. Contradictorio y demagógico a veces, el proceso de las operaciones SAAL supuso, sin embargo, un nuevo paradigma en la forma de vivir la arquitectura y el urbanismo por parte de quienes se vieron implicados en el proceso. Las dimensiones de este hecho son variadas y regalan varias lecciones para el futuro: en lugares como las “ilhas” de Oporto, situadas en el corazón mismo de la ciudad, los vecinos no fueron expulsados de las zonas donde vivían para pasar a morar en el extrarradio, generándose la construcción de viviendas nuevas destinadas a un público más selecto (un proceso que sucede hoy día, a veces con intenciones aviesas por parte de las compañías inmobiliarias y utilizando métodos que rozan lo delictivo, y que se ha dado en llamar “gentrificación”), sino que se respetó el derecho de arraigo del habitante.

También se pasaron a estudiar de un modo más general las circunstancias que rodean al vecino, más allá de los condicionantes urbanos físicos, permitiendo trabajar de un modo interdisciplinar (implicando a economistas, sociólogos, agentes sociales) y pensar la ciudad a través de sus barrios en lugar de hacerlo al contrario.

Asimismo, las operaciones SAAL sirvieron como mecanismo para introducir alternativas, al menos en el contexto portugués, al modelo trazado de construcción financiada por medios privados, desentendimiento de la administración a la hora de desarrollar una política de vivienda social y exclusión social generada por la especulación del suelo y los precios de alquileres e hipotecas. El modelo participativo y descentralizado introdujo el modelo de cooperativas, a partir de finales de 1974, y con una participación importante del Estado en la financiación de las construcciones, así como en la existencia de una variedad amplia complementaria de fórmulas de financiación como “la autoconstrucción, la autoinversión o los préstamos bancarios, sin que estas soluciones fueran específicas del programa (dependían de cada situación concreta)”. Cuestión aparte merece el tema de las expropiaciones y ocupaciones de terrenos, muchas de ellas realizadas al calor del momento revolucionario, y que con motivo de las indemnizaciones posteriores de que fueron objeto levantaron protestas y significaron uno de los motivos del final del programa.

En resumen, el carácter experimental del SAAL permitía, a su vez, ensayar un modelo de gestión urbanística muy diferente y al mismo tiempo mucho más cercano a la realidad cotidiana -lo que fue muy apreciado por los arquitectos y técnicos que trabajaron entonces en el programa y que les sirvió para posteriores trabajos- de lo que hasta entonces se había desarrollado. Y significaba, asimismo, una piedra de toque para desarrollar un modelo de planificación más cercano a las necesidades de los más desfavorecidos con objeto de desarrollar una sociedad más igualitaria e incluyente.

EL FIN DEL SAAL Y ALGUNOS PROYECTOS CONCRETOS REALIZADOS: ÁLVARO SIZA O EL “ARQUITECTO PARTICIPATIVO”

“En estos tiempos de las decisiones, el arte también debe decidirse. Puede convertirse en el instrumento de unos pocos, los cuales hacen de dioses y deciden el destino de los muchos y exigen una fe ciega ante todo. O bien también, se puede situar al lado de los muchos y poner el destino en sus propias manos.”

Bertolt Brecht

La aprobación de normativas que suponían trabas para la realización de las operaciones y la posterior paralización "de facto" de los proyectos generaron protestas, especialmente contra las nuevas autoridades locales y nacionales elegidas en 1976. En la imagen, protesta contra la Ley de Indemnizaciones de mayo de 1975.

La aprobación de normativas que suponían trabas para la realización de las operaciones y la posterior paralización “de facto” de los proyectos generaron protestas, especialmente contra las nuevas autoridades locales y nacionales elegidas en 1976. En la imagen, protesta contra la Ley de Indemnizaciones de mayo de 1975.

Las operaciones SAAL fueron parte y asimismo metáfora del llamado Processo Revolucionário em Curso (PREC), el período que se abrió en Portugal desde el 25 de Abril hasta la aprobación de la constitución democrático-parlamentaria de 1976, que abrió la Tercera República y clausuró, por otra parte y definitivamente, el proyecto de “democracia participativa” a favor del de “democracia representativa”, una apuesta en nombre del orden, la estabilidad y también contra una posible imposición de dictadura marxista en la que se encontraron aliados conservadores del ejército alineados con las tesis del general y antiguo primer presidente de la República tras la dictadura, António de Spínola (que llegó a dar un golpe de estado fallido en los primeros meses de la Revolución, motivo por el cual hubo de huir del país a través de España), liberales, sectores del capital, elementos del régimen derribado y los socialistas del influyente Mário Soares, influido a su vez por los socialdemócratas europeos y otros políticos del continente, muy interesados en que Portugal no se convirtiera en un país marxista en el seno de la OTAN o una suerte de experimento “a lo Allende” en el extremo occidental de Europa. Tras el llamado “verano caliente” de 1975, que puso de manifiesto las diferencias políticas y de carácter entre las tierras al norte del Tajo, más conservadoras, y la zona de Lisboa y el Sur, donde las ocupaciones de fábricas y la reforma agraria mostraban un claro ambiente izquierdista, el fallido golpe de esta tendencia de noviembre de 1975, (rodeado de extrañas circunstancias que pueden hacer pensar en una calculada estrategia de los elementos de la derecha para propiciar una sublevación condenada de antemano al fracaso) llevó a un contragolpe en las instituciones y las políticas que colocó a socialistas y “spinolistas” en el poder y a una contrarreforma del trabajo revolucionario, revisándose la reforma agraria, sometiendo a indemnización -con lo que se desmantelaba, de hecho, la propiedad obrera- a los dueños de las empresas ocupadas y paralizándose las operaciones SAAL bajo argumentos como considerar el programa “un proceso de contra-gestión y de contra-plan, anárquico y radical. Su integración política fue relegada en favor de su desmantelamiento técnico”, escribe Nuno Grande. Así, las nuevas autoridades no fueron capaces, como veremos más adelante, de realizar una propuesta alternativa que no fuera la conocida antes de la puesta en marcha del SAAL, con los problemas de exclusión e infravivienda generados para (y conocidos por) las poblaciones afectas hasta entonces a las operaciones puestas en marcha. La coalición de socialistas y conservadores que representaron Soares, el general spinolista Ramalho Eanes (que accedió a la presidencia de la República en 1976), y los primeros ministros del PSD Sá Carneiro y Pinto Balsemão, que algunos comentaristas han situado como los artífices de la estabilidad democrática portuguesa tras los avatares de la Revolución, llevaron realmente a desmantelar las ilusiones marxistas depositadas en el lenguaje constitucional, que establecía que Portugal debía alcanzar una sociedad “sin clases” (el artículo al que se refería este texto desapareció en la reforma de 1990), y al mismo tiempo a vaciar de contenido las posibilidades de participación vecinal que la propia carta magna lusa recogía y de las que el SAAL había sido su ejemplo más señero.

Lo antiguo y lo nuevo en São Victor, Oporto, uno de los emprendimientos SAAL de Álvaro Siza.

Lo antiguo y lo nuevo en São Victor, Oporto, uno de los emprendimientos SAAL de Álvaro Siza.

En el plano más prosaico, lo que se dio fue simple y llanamente la paralización de los proyectos. El que fuera posiblemente el impulso más estimulante -sobre todo a tenor de lo que significó para las carreras profesionales y el renombre alcanzado por sus intervinientes con posterioridad, y ahí se encuentran los nombres de Álvaro Siza o Fernando Távora, pero también en la generación de debates y de ideas y de toda una escuela, la “Escuela de Oporto”, caracterizada por un nivel técnico sin igual en la historia de la arquitectura portuguesa contemporánea- dado a la arquitectura en el país se clausuró. No se quiso darle la oportunidad de corregir los errores o los excesos “demagógicos” o “revolucionarios”, sino que parece que quisiera cerrarse esa etapa por lo “subversivo” (lo radical y anárquico) que resultaba darle la palabra al vecindario, y lo que es más importante, a las poblaciones marginales en su “derecho a la ciudad”. Un derecho que, visto lo visto, entraba y entra en colisión con la lógica de mercado inmobiliario a la que los poderes públicos parecen estar más interesados en defender. Así, “el nuevo gobierno dejó las obras sin acabar y se abandonaron habitadas como las anteriores barracas”. Sólo años más tarde los vecinos, al menos en el caso de São Victor y Bouça, dos de los barrios portuenses donde intervino Siza, volvieron a ponerse en marcha y a terminar de construir lo que quedaba de su barrio gracias a su asociacionismo combativo. En otros, los vecinos se manifestaron contra las decisiones de las autarquias (ayuntamientos) que paralizaron de facto los proyectos, como el caso de los famosos Índios da Meia-Praia, tal y como José Afonso cantaba en la canción homónima que compuso para el filme de Cunha-Telles:

“Das eleições acabadas, do resultado previsto

seguro que tendes visto muitas obras embargadas.

Mas não por vontade própria porque a luta continua,

pois é dele a sua história e o povo saiu à rua.

Mandadores de alta finança fazem todo andar prá trás,

dizem que o mundo só anda tendo à frente um capataz.”

Bouça, Oporto: 30 años después del inicio de este proyecto SAAL de Álvaro Siza, los vecinos terminan lo que se había iniciado. Más vale tarde que nunca, podríamos pensar.

Bouça, Oporto: 30 años después del inicio de este proyecto SAAL de Álvaro Siza, los vecinos terminan lo que se había iniciado. Más vale tarde que nunca, podríamos pensar.

En cualquier caso, algunos de sus protagonistas exponen que el final de proyecto SAAL no fue sólo una cuestión de mudanza de políticas. Algunos factores contribuyeron a crear esa imagen de anarquía y radicalismo que sirvió en bandeja la excusa perfecta para clausurar un proyecto que era indeseado más bien por otros aspectos del mismo. Gonçalo Byrne, el arquitecto del Casal da Figueira setubalense, afirma por ejemplo que una cuestión capital fue la inexperiencia de los arquitectos para un proyecto así: “de un modo general, los propios arquitectos no estaban preparados para un proyecto de estas características, de diálogo y encuentro con culturas no siempre coincidentes”. Esto daría lugar a diferencias de desarrollo en las diferentes localizaciones de los proyectos realizados, así como los resultados (parciales, debido al final, abrupto casi podría decirse, del plan) obtenidos. Otras de las cuestiones que influyeron, apuntan Byrne y la coordinadora del programa Maria Proença fueron la cuestión de la propiedad de los terrenos, la burocracia a recorrer en el plano de la financiación o la incapacidad de respuesta, por parte del poder, al asociacionismo reivindicativo. “Un vacío que vendría, más tarde, a ser llenado por la banca, con los resultados conocidos.”

Entre agosto de 1974 y octubre de 1976, el SAAL concluyó alrededor de 170 proyectos que afectaron a más de 40.000 familias de norte a sur del país, que se desarrollaron en 9 de los 18 distritos del Portugal continental (algunos de ellos, especialmente los meridionales y del centro-sur, de los más extensos): Oporto, Aveiro, Coimbra (en la costa atlántica, al norte y centro del país), Castelo Branco (en el interior, en la región de la Beira), Santarem (en el Ribatejo, en el centro-oeste), Lisboa, Setúbal (en la margen sur del Tajo, en la costa atlántica alentejana), Évora (Alto Alentejo) y Faro (en la región meridional del Algarve). Aun lejos del objetivo -recordemos que el déficit de viviendas se cifraba en 50.000-, la experiencia invita a ser optimistas en cuanto a su balance: el SAAL desarrollado hace cuarenta años “continúa definiendo la malla espacial y social de las ciudades y de los barrios donde intervino” (Concepción García y Carlos Pita) y en algunas ocasiones ha generado un “modus vivendi” muy particular, en forma de un tejido social colaborativo y participativo, como en la mítica Meia-Praia o en Casal das Figueiras, que, en palabras del comisario de la reciente exposición portuense Delfim Sardo, “todavía hoy funciona de una manera muy viva”.

Por importancia debido a su localización, los proyectos que más destacaron fueron los desarrollados en las principales ciudades del país, Lisboa y Oporto, dejando aparte los ya citados del Algarve y Setúbal o el que, con posterioridad al SAAL (1977) -pero desarrollando los conocimientos adquiridos en éste sobre vivienda colectiva-, iba a llevar a cabo Álvaro Siza en Évora, la capital del Alto Alentejo, en el proyecto de la Quinta da Malagueira. Un proyecto arduo, de duras conversaciones con las asociaciones de vecinos que le acarreaban a su vez duras jornadas de trabajo, pero que dio como fruto un conjunto de viviendas sociales apoyadas en dos proyectos de vivienda mínima “de gran versatilidad en la distribución interior y en la totalidad de superficie útil” (Marta Doménech y David López). Otro estudioso de la obra de Siza, de quien hablaremos a continuación, Kenneth Frampton, opina sobre el proyecto de la Malagueira que “es con mucho el grupo de viviendas que mejor ha realizado hasta ahora”.

En Lisboa, destacan los emprendimientos realizados en los barrios de Quinta do Bacalhau-Monte Côxo (diseñado por Manuel Vicente), de la Quinta das Fonsecas-Quinta da Calçada (Raúl Hestnes), de la Curraleira-Embrechados (José António Paradela y Luís Gravata Filipe) y de la Quinta da Bela Flor (Artur Rosa). La característica que define a estos cuatro proyectos lisboetas fue la de que, al contrario de lo que ocurrió en Oporto, las áreas donde se desarrollaron fueron de mayor extensión y localizadas en la periferia, y no en “ilhas” degradadas del centro de la ciudad, como ocurría en la ciudad del Duero, así como que la edificación fue más en vertical.

Siza, en una reciente entrevista al diario portugués Público, hizo un símil futbolístico afirmando que, “en arquitectura, siempre hay un Benfica-Oporto en el ambiente”, trasladando la rivalidad entre los “dos grandes” del fútbol luso, y pertenecientes uno a Lisboa y otro a la ciudad portuense, al espíritu que, al menos, se vivía también en la época del SAAL. “Los del SAAL-Norte se consideraban a sí mismos los grandes sabios, los grandes mentores”, afirma asimismo Maria Proença. Sea como fuere, otra de las diferencias entre ambas ciudades fue que el espíritu de escuela que se vivía en Oporto, la compenetración existente entre los arquitectos salidos de la ESBAP portuense e incluso la relevancia pública que ya tenían algunos de ellos, no estaba presente en la capital. “El pensamiento sobre arquitectura en Lisboa acabó por concentrarse en algunos ateliers”, afirma Delfim Sardo. De este modo, no existió el desarrollo de un movimiento propio, innovador, crítico, en Lisboa, lo que fue en detrimento de sus licenciados y en beneficio de los “tripeiros” como Siza o el reformista de la ESBAP Fernando Távora.

Así, Oporto desarrolló una forma distinta de SAAL, centrada en espacios del interior de la ciudad, lo que se tradujo en una ventaja con respecto a otras formas de trabajar, como la capitalina: la de poder (re)pensar el urbanismo tomando el conjunto de la ciudad y no a través de planeamientos aislados de ella. Las intervenciones más destacadas de Oporto fueron Miragaia (Fernando Távora, Bernardo Ferrão y Jorge Barros), As Antas (Pedro Ramalho), Leal (Sergio Fernández) y los barrios de Bouça y São Victor, desarrollados ambos por Álvaro Siza.

Álvaro Siza en 2006, en la exposición sobre la historia del barrio de Bouça realizada por los vecinos, con un clavel, símbolo del 25 de Abril, en el bolsillo de su chaqueta.

Álvaro Siza en 2006, en la exposición sobre la historia del barrio de Bouça realizada por los vecinos, con un clavel, símbolo del 25 de Abril, en el bolsillo de su chaqueta.

Álvaro Siza recibió el sobrenombre de “el arquitecto participativo” por sus trabajos en las operaciones SAAL de Oporto, pero también por las que, con posterioridad, iba a llevar a cabo, con premisas similares, en otras ciudades de Portugal (el caso ya citado de Évora) en 1977 y del extranjero (La Haya -Países Bajos- y Berlín -República Federal de Alemania-), a partir de la década de los ochenta. Los proyectos serán, igualmente, viviendas sociales bajo la égida de la participación vecinal en el proceso de planeamiento urbanístico y arquitectónico. Una muestra de cómo se tomaba Siza este tipo de trabajos es que, a pesar de los sinsabores y la fatiga que pudieran acarrearle debatir las propuestas con el vecindario (y su encaje en las especificaciones técnicas y/o legales), como en el caso de la Malagueira, consideraba capital conocer de primera mano los problemas de sus “clientes”, los futuros habitantes del barrio.

São Victor y Bouça fueron dos proyectos inacabados, por las circunstancias ya mencionadas, pero constituyen un ejemplo singular en cuanto a forma por razones muy particulares: en primer lugar, por la existencia de una cierta continuidad entre lo nuevo y lo viejo, manteniéndose en una curiosa armonía elementos espaciales y estéticos preexistentes y la nueva construcción. Así, en São Victor, “estas referencias abarcan desde la permanencia de la estructura de muros tanto por motivos económicos (reutilizándolos como elementos de contención del terreno o como cimentación de las nuevas edificaciones) como culturales […] hasta la composición de las agrupaciones de nuevas viviendas (para mantener la escala de los espacios libres y las formas de relación) o la forma de los espacios públicos y su conexión específica con los privados” (Aitor Varea). En Bouça, la compenetración entre lo antiguo y lo moderno se consigue gracias a la integración de la tipología en la disposición de las viviendas tradicional del barrio con la tradicional disposición en hilera observada en los proyectos arquitectónicos racionalistas (Le Corbusier, Mendhelson, Gropius, Van der Rohe, la escuela de la Bauhaus) de los años 20 y 30 del siglo pasado desarrollados en Alemania y Holanda. “Esto se reflejaba en tres operaciones distintas: En primer lugar, los finales abiertos típicos de la tipología en hilera estaban ligeramente modificados al estar parcialmente cerrados por una barrera acústica que a la vez que aislar del ruido del ferrocarril adyacente serviría, de haber sido completado, como límite del espacio público del conjunto; en segundo lugar, el remate de las cuatro filas paralelas se hacía con esquinas irregulares que contenían equipamientos semipúblicos de uso para los vecinos; y en tercer lugar, las perspectivas entre hileras eran centrales al núcleo histórico de la ciudad, vinculando este antiguo crecimiento marginal con Oporto” (Marta Doménech y David López).

Proyecto original de Siza para el barrio portuense de Bouça, en el que se combinan elementos nuevos y antiguos.

Proyecto original de Siza para el barrio portuense de Bouça, en el que se combinan elementos nuevos y antiguos.

En segundo lugar, la característica que define a los proyectos de Siza en Bouça y São Victor fue la de una aparente fragilidad, siguiendo las palabras del arquitecto español Rafael Moneo, debido al presupuesto escaso y a los problemas inherentes a las viviendas de bajo coste -lo que en tiempos se denominaba “casas baratas”-. La aparente mala calidad de la construcción y la imposibilidad de continuar con el proyecto una vez finalizadas las operaciones SAAL en octubre de 1976, sin que muchas de las viviendas fueran rematadas o los equipamientos adjuntos al conjunto – barreras acústicas, espacios públicos comunes…- explica esa opinión. Sin embargo, Moneo opina, al contrario, que “a pesar de que a menudo contemplamos las obras de Siza en un estado de completa decrepitud física que las hace estar próximas a la ruina, nunca llegan a alcanzarla, ya que siempre son capaces de ofrecernos algún descubrimiento. (…) Por otra parte, hay que valorar el coraje que supone aceptar la fragilidad como norma. Paradójicamente, en tal fragilidad radica su fortaleza”. Por otro lado, un nuevo vecindario de Bouça aceptó con el tiempo esa aparente fragilidad y decrepitud y pasó a habitar el espacio edificado dos o tres décadas antes por vecinos que, poco a poco, fueron abandonando este lugar central de Oporto y marcharon a la periferia, produciéndose un proceso de “gentrificación” que no fue deseado ni por las autoridades que lo impulsaron ni por los arquitectos, técnicos y vecinos que tanto lucharon por habitar mejores casas, pero en los lugares donde lo hacían, en la época del SAAL. Esta mudanza de los tiempos trajo consigo una nueva generación de habitantes de clase media, matrimonios jóvenes, intelectuales y profesionales liberales interesados en vivir en el centro de la ciudad y en adquirir viviendas a bajo precio diseñadas por un arquitecto premiado y prestigiado como Álvaro Siza.

Sea como fuere, treinta años después finalizó por fin en Bouça el tan deseado proyecto de regeneración urbana. Nuevos y antiguos moradores resistentes por fin, rescatando la experiencia colectiva, pudieron acabar los equipamientos y las 72 viviendas restantes del conjunto de 128. Dirigiendo el proyecto, de nuevo, “el arquitecto participativo” en colaboración con Antonio Madureura y mediante un sistema de promoción cooperativo, a precio tasado y controlado, con colaboración municipal, del Instituto da Habitação portugués, la federación de cooperativas y la asociación de vecinos. Un trocito del SAAL regresaba, de este modo, al corazón de Oporto, y en una exposición hecha en 2006 -treinta años después del fin de las operaciones primigenias- sobre el proceso de construcción del barrio, Siza, en una seña de nostalgia, pero asimismo de justicia, lucía en su bolsillo un clavel -el símbolo de la revolución portuguesa- y un bolígrafo, su instrumento de trabajo por excelencia.

El barrio de Bouça en la actualidad.

El barrio de Bouça en la actualidad.

CONCLUSIONES

Las operaciones SAAL, aún con sus fallas, motivadas probablemente por la falta de experiencia que en este campo -el del cooperativismo y el asociacionismo participativo, como hizo notar unos párrafos más arriba Maria Proença- y por el entusiasmo y el ardor revolucionario que eran mostrados por un Portugal sometido durante casi cincuenta años a una dictadura de raíces e instituciones fascistas, supusieron un importante avance y una piedra de toque fundamental en el acceso por parte de los más desfavorecidos a dos derechos fundamentales. Uno de ellos se ha convertido en clásico, al menos en lo que respecta a su presencia en las reivindicaciones sociales, que data ya de varios años y que en España y Portugal, como vemos, data por lo menos de la época del paso de los regímenes dictatoriales a las democracias en los años 1970: el derecho a la vivienda digna -y que últimamente, tras las etapas recientes de “boom” y especulación inmobiliaria, estallido de la burbuja homónima, “estafa” hipotecaria y ausencia o recorte de políticas públicas en la materia vuelve a cobrar, si acaso alguna vez se ha ido de la agenda, presencia en las reivindicaciones de colectivos, sindicatos y movimientos políticos alternativos-. El otro derecho es más reciente, pero no deja de tener también relevancia: el derecho a la ciudad, a que todas las personas que habitan el municipio tengan acceso a los servicios y políticas públicas y no existan ciudadanos “de primera” y “de segunda” y guetos urbanos en los que las condiciones de insalubridad, ausencia de equipamientos o seguridad acaben convirtiéndolos en focos de marginalidad de los cuales la población no pueda escapar, deteniendo el llamado “ascensor social”.

Dentro del contexto político portugués de la época, y que además puede exportarse a las demandas de mayor participación ciudadana que se vienen sucediendo, el SAAL representaba un importante proceso de intervención popular en sus propios destinos, en algo tan importante para sus propias vidas como su hogar y el entorno más inmediato al mismo, el barrio y sus moradores. Como modelo alternativo y al mismo tiempo complemento esencial del parlamentarismo representativo-delegativo, el asociacionismo y la participación directa en la vida pública, e incluso la vida económica (decisiones sobre presupuestos, ordenamiento urbano), fue tumbado por los representantes políticos más proclives al (re)establecimiento de un orden político y social que evitara un posible caos -inevitable cuando se trata de experiencias que se ponen en marcha por vez primera- a favor de un tipo de democracia más “al uso”. Lejos de representar una degradación de la democracia, el modelo participativo del SAAL, calificado de anárquico y radical por socialistas, social-demócratas, liberales y personalidades “apolíticas” del mundo de los negocios (que acabaron por trazar, en muchas ocasiones, el rumbo político y económico a las nuevas autoridades que asumieron el mando tras la “ola revolucionaria” de 1974-75, como en otros países de Europa y de otros continentes y con los efectos que hoy conocemos), significaba una profundización de la misma, como no se cansan de exponer organizaciones y partidos y de demostrar una experiencia que, en negativo, se ha visto en recientes portazos a la convocatoria de referendos sobre la reforma exprés de la constitución para adecuarse a las exigencias de la UE en materia de endeudamiento (España) o, en positivo, la experiencia de los presupuestos participativos desarrollada por muchos municipios a nivel internacional. En cuanto a la política urbanística e inmobiliaria, en una época de fondos buitre, especulación con el suelo y construcción masiva en capitales y costas que ha causado graves degradaciones ambientales y ha degenerado, por añadidura, en una crisis financiera internacional cuyos efectos se han notado más en los países cuyo crecimiento se ha basado en el “ladrillo”, examinar el SAAL de forma retrospectiva obliga a considerarlo de otra forma, lejos de sus presupuestos extremistas y contrarios a cualquier planificación, y más cuando en décadas posteriores proyectos similares fueron desarrollados en la “civilizada Europa” a la que los meridionales, con ese complejo de inferioridad, siempre miramos: los barrios proyectados en esas décadas por Bruno Taut en Berlín, por Emst May en Frankfurt o por J.P. Oud en Roterdam, amén de los del propio Álvaro Siza en la hoy capital germana o en La Haya, como escribe Nuno Portas.

De este modo, examinar el SAAL exige, por tanto, examinar un momento de especial entusiasmo y

de utilidad para el futuro, no solo en lo que respecta a qué modelo de construcción y de urbanismo queremos -un modelo donde los habitantes y los técnicos permanezcan en burbujas separadas o en el que compartan experiencias y saberes, en contacto conocimientos y realidad, para aumentar los unos y mejorar la otra-, sino también para explorar nuevas capacidades de participación y desarrollo democrático. Y más en una época en la que, como si se tratara de una mala pesadilla volteriana, las democracias parecen dotarse cada día de más instrumentos autoritarios.

FUENTES:

“Quando os moradores (também) foram protagonistas da arquitectura”, Sérgio C. Andrade, Público, 10/05/2014. (http://www.publico.pt/culturaipsilon/noticia/quando-os-moradores-tambem-foram-protagonistas-da-arquitectura-1635240)

“Melhorar a vida e a cidade, quarto a quarto”, Sérgio C. Andrade, Público, 31/10/2014. (http://www.publico.pt/culturaipsilon/noticia/melhorar-a-vida-e-a-cidade-quarto-a-quarto-1674387)

Concepción García y Carlos Pita, “O PROCESSO SAAL – Arquitectura e participação 1974-1976. Crónica mínima de una exposición”, 23/02/2015, en http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=27744.

Aitor Varea Oro, “El barrio de São Victor de Álvaro Siza: entre la teoría y la práctica de las operaciones SAAL”, Hábitat y Habitar, nº 9, Noviembre 2013.

Marta Doménech Rodríguez y David López López, “La herencia del Movimiento Moderno en los Proyectos de Álvaro Siza para la Revolución de los Claveles de 1974”, Autonomy/Heteronomy, nº 14, s/d.

Nuno Grande, Ponencia “Revolución y Regeneración Urbana: entre el clavel y el bolígrafo.”, La Ciudad Viva. Obsolescencias urbanas, 2010.

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Una sed de vida llamada Brigitte Reimann

Brigitte Reimann 1Eternamente unida a un cigarrillo, la mirada en el horizonte y una hermosa melena negra que perdería en los últimos años de su vida por causa de la quimioterapia. Así son las imágenes más icónicas de Brigitte Reimann, una belleza singular tipo Audrey Hepburn que envolvía un talento propio de Janis Joplin, tan fulgurante como poco tiempo presente en este mundo. Para algunos, Reimann es la escritora más importante de la literatura alemana contemporánea. Para quienes conocieron y quisieron a este torrente de pasiones, su pérdida fue tan grande como la de una hija, una hermana o una amante. Conozcamos algo más de esa sed de vida llamada Brigitte Reimann.

LA LITERATURA DE LA OTRA ALEMANIA

La RDA, veinticinco años después de su desaparición como país, sigue siendo difícil de calificar. Para unos, sea para bien -los menos- o para mal -los más- la república alemana creada en la zona de ocupación soviética siempre estará ligada al recuerdo de lo que fue. Este recuerdo no puede estar más unido, desde las perspectivas occidentales y los huidos a la vecina RFA, al muro de Berlín y la separación de sus vecinos occidentales -muchos de ellos más que vecinos- y a la vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi), cosas que convertían en poco menos que eufemismo el adjetivo “democrática” del que hacía gala el nombre del país. Otros, que ocupan una estrecha franja gris y que vivieron en Alemania Oriental, decidieron hasta el final de sus días -o hasta el final de los días de la propia República Democrática- defender el socialismo y ser leales al país al mismo tiempo que, más o menos abiertamente, exigir a sus líderes que volvieran a los inicios democráticos y antifascistas del país y la RDA se convirtiera en una alternativa socialista plural a la RFA. Había motivos para enorgullecerse, pese a todo lo negativo -escasez, muro, vigilancia o censura- del país que se había constituido sobre una herencia de lucha popular y antifascista en Alemania, y se reclamaba continuar con aquellos logros y desembarazarse del lastre autoritario que desvirtuaba el significado real del socialismo. A principios de los setenta, la RDA -que había visto desmantelada su industria y tenido que pagar cuantiosas reparaciones de guerra a la URSS- había conseguido llegar a estar entre las diez potencias industriales del mundo, la elevación del nivel de vida había sido constante, la igualdad social era mucho mayor que en los países occidentales y los servicios públicos -entre ellos, la vivienda, con alquileres asequibles, o las guarderías públicas y clínicas de puericultura- eran muy apreciados por los germano-orientales. Asimismo, las pronto reveladas como tibias reformas honeckerianas abrieron mayor campo de acción a las empresas (las famosas VEB o Empresas de Propiedad Popular) en su propia gestión frente a la planificación estatal, idea que, con más fuerza, retomarían los primeros grupos de la oposición de noviembre del 89 al proponer, como Neues Forum, una “fuerte participación de los trabajadores”, o el SPD-Ost, una fórmula plenamente socialista en lugar del socialismo burocrático-estatal.

Por eso, aunque el entusiasmo que en 1989 despertó la caída de la burocracia pronto fue acallado con las promesas del Oeste, que acabaron con cualquier posibilidad de (re)implantar un socialismo democrático en un país de Europa Oriental -como en 1956 en Hungría o en 1968 en Checoslovaquia, aunque el fin abrupto de entonces llegó con la intervención de los tanques soviéticos-, y aquellos que lo intentaron pronto fueron calificados como traidores por los comunistas más recalcitrantes o ilusos por los realistas y pragmáticos de Occidente (y otras lindezas aún peores que de vez en cuando se repiten, como las recientes del cantautor y disidente oriental Wolf Biermann, que no dudó en calificar de poco menos que escoria y residuo del régimen a los diputados de Die Linke, pero sin aplicar el mismo rasero a los representantes de la CDU/CSU que le invitaron al Bundestag a echar pestes de aquellos, un partido que en época de Adenauer montaría con la agencia BfV su propia versión de la Stasi en la Alemania Federal), no deja de tener su valor, e incluso su consuelo para aquellos que nos quedamos con la utopía frente al capitalismo feroz y el socialismo desvirtuado, que existieran políticos aperturistas en el seno del propio SED como Wolfgang Harich, Kurt Turba, Hans Modrow o Georg Gysi; clérigos protestantes que no hicieron reverencias al régimen como Friedrich Schorlemmer; o escritores que propugnaban, desde su humanismo socialista, esa doble alternativa al capitalismo de la RFA y al socialismo burocrático y dictatorial del SED, y ya anteriormente nombrados aquí como Stefan Heym o Christa Wolf. Así, un analista norteamericano, Harvey Cox, dijo de ellos que “No huyeron al Oeste. Se quedaron e intentaron cambiar algo en un lugar difícil. Pueden haber sido ingenuos, pero nunca fueron cobardes o traidores”. Frente a las visiones arcádicas o apocalípticas del país, ésta RDA que bien pudo existir es, sin duda, la RDA que más merece la pena.

Brigitte Reimann perteneció a esta clase de escritores creyentes e inconformistas a la vez. Ibon Zubiaur, ex director del Instituto Cervantes en Berlín y reconocido germanista, ha escrito que la RDA fue “el país de la lectura”, con sus pros -esa especial reverencia por la alta cultura a la que se refiere Tariq Ali en su novela “Miedo a los espejos” y que fue común a los países del bloque soviético, y que en Alemania del Este se reflejó en la creación de una tupida red de bibliotecas, clubes de lectura en los centros fabriles, múltiples premios literarios y privilegios especiales para los escritores- y sus contras -la presión de las autoridades sobre los autores para que los contenidos y las formas se adecuaran al “realismo socialista”, los giros políticos en el seno del partido que volvían improcedente lo que hasta entonces se consideraba válido, la censura y la proscripción que pendía sobre autores que, a partir de cierto momento, podían sentir como única alternativa el exilio o la publicación de sus obras fuera de las fronteras de la República, incluyendo comunistas veteranos y comprometidos con el país, como fue el caso de Stefan Heym-. Aún con todo eso, la literatura germano-oriental dejó obras -el propio Zubiaur incluso afirma que la literatura de la RDA es más interesante que la de su vecina RFA- de gran calibre, y algunas de ellas están siendo recuperadas hoy por editoriales alternativas. “Ahasver”, del mencionado Heym; “Momentos estelares”, de Irmtraud Morgener; “Casandra” o “El cielo dividido” de Christa Wolf; “La séptima cruz” y “Visado de tránsito” de Anna Seghers; “El asno de Buridán” de Günter de Bruyn; o “Los hermanos”, “La verde luz de las estepas” y “Franziska Linkerhand”, obras de la propia Reimann son algunas de las obras más destacadas de los autores de esa otra Alemania -sin contar las de escritores que empezaron su carrera en el Este y que luego pasaron al Oeste, como Uwe Johnson o Günter Kunert-. Asimismo, en los años setenta, gracias a la “Deténte” de Honecker y la “Ostpolitik” de Brandt -que llevó al reconocimiento mutuo e internacional de ambos Estados alemanes- se fomentó el diálogo entre escritores de ambos lados de la frontera interalemana, lo que fructificó en amistades personales y relaciones profesionales muy positivas, especialmente para unos escritores del Este que se vieron estimulados por las visitas de gente como Günter Grass y que vivían en un entorno no especialmente fácil.

En esa literatura germano-oriental destacan sobre todo los nombres de tres mujeres: Anna Seghers, Christa Wolf y Brigitte Reimann. Seghers -Netty Reiling en la vida real- era la “gran dama” de las letras de la RDA: la más veterana, presidenta de la Unión de Escritores, comunista de años-llegó a estar en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, sumando su apoyo al de otros escritores y artistas progresistas a los republicanos españoles-, exiliada en Francia y México (experiencia reflejada en “Visado de tránsito”) y, con la derrota nazi, regresada a Alemania, pero no a su Maguncia natal, sino al Este del país, a la zona de ocupación soviética, a lo que muchos -Brecht, Stephan Herlimn, Johannes R. Becher- consideraron la “Alemania mejor”. A pesar de ocupar cargos importantes en la vida literaria del país -en la Unión de Escritores, en la Academia de las Artes de Berlín (Este)- y en el Partido Socialista Unificado, siempre reclamó más democracia al partido, como haría en una de sus obras con motivo de la revuelta berlinesa de julio de 1953, en la que mostró su disconformidad con la forma de actuar del partido, que se había comportado como un padre severo en lugar de abrir el diálogo con los trabajadores. Sus obras -como “La séptima cruz” o “La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara”– muestran una gran preocupación por los desposeídos, los marginados, las víctimas de la Historia, y en ellas, a pesar de las derrotas, se vislumbra un final abierto, la puerta de una esperanza en la que creer.

En lo que respecta a Wolf y Reimann, si hemos de establecer nexos de unión entre estas dos amigas y coetáneas-a pesar de sus caracteres a veces tan dispares, taciturno y dubitativo el de Wolf, explosivo y torrencial el de Reimann-, sus experiencias vitales nos los traen. Ambas fueron creyentes -aunque no acérrimas- en el socialismo y en la RDA: por eso, en “El cielo dividido” y “Los hermanos” -reflejo de dos experiencias vitales traumáticas, la pérdida de un ser próximo que se marcha a la República Federal-. Ambas cuentan la visión de quienes prefieren quedarse y luchar por un país en el que se cree y por el que se aspira a cambiar las cosas que no se gustan. Quizá -los censores seguramente no se dieron cuenta o prefirieron dejarlo correr- las autoridades hubieran preferido un canto mucho más optimista y propagandístico sobre las bondades de la república socialista, pero no hubiera correspondido a los sentimientos de estas dos mujeres. Ambas comprenden la postura del que se va, pero -como si fuera asimismo un alegato dirigido a los que se han ido y al país que les acoge- piden que entiendan la postura de las protagonistas, que se quedan, y lanzan una pelota al tejado de las autoridades, de los funcionarios, de los burócratas: en sus manos está cambiar las circunstancias que hacen que la gente se esté marchando.

Christa y Brigitte nacieron a principios de los años treinta: su infancia estuvo marcada por la guerra y su juventud por la presencia de una generación mayor que hizo la guerra, la perdió y a la que se pregunta si hicieron algo para resistir al nazismo, mientras la nueva es la primera que vive la construcción del socialismo. Es la primera generación que vivirá las esperanzas y las desilusiones, y en esa senda fluctuará su experiencia vital y su obra: intentos de la Stasi para colaborar con ellos -descartados en el caso de Reimann; infructuosos en el de Wolf, que es incapaz de informar negativamente sobre ningún investigado-; desconcierto ante las decisiones políticas; escritos sobre esas sensaciones: “Casandra” de Wolf y “Franziska Linkerhand” de Reimann, novelas la mujer es protagonista, como víctima, como luchadora, siempre defendiendo su identidad personal.

LOS PRIMEROS AÑOS

Brigitte Reimann 2Brigitte Reimann fue periodista, maestra, obrera y escritora, y todo eso a lo largo de sus treinta y nueve años de vida. Nació en Burg, localidad de Sajonia-Anhalt cercana a Magdeburgo, el 20 de julio de 1933, en el seno de una familia de clase media. Brigitte fue la mayor de cuatro hermanos: Lutz -que emigraría posteriormente a la RFA-, Ulrich (Ulli), Dorothea (Dorli) y ella. Su especial relación con Lutz, con quien comparte en la infancia la afición por los deportes y su ingreso, tras la guerra, en la Freie Deutsche Jugend (FDJ, o Juventud Libre Alemana, que posteriormente será la organización juvenil de masas de la República Democrática) hará que viva con especial dolor la marcha de aquel a la RFA, lo que se reflejará en la novela que le dará fama, “Los hermanos”.

El talento de Brigitte Reimann comienza a darse en aquellos primeros años, en los que empieza a escribir al tiempo que finaliza la escuela: cartas, fábulas, pequeñas obras teatrales que se representan en su propio colegio, y su diario, en el que a lo largo de su vida aparecerán sus miedos, sus esperanzas, sus desilusiones -en política, en la vida-: sus sentimientos más profundos, que hoy aparecen como complemento a alguna de sus obras recientemente publicadas en España.

Son los años de la esperanza: el historiador Manfred Kossok recuerda que “a la cabeza de la RDA pasaron representantes de la resistencia exterior e interior, auténticos antifascistas. Intelectuales, dirigentes y destacados científicos, escritores, filósofos, historiadores exiliados regresaron a la RDA para crear una Alemania nueva […] Realmente ellos representaron una generación única en cuanto a su prestigio y capacidad. Aquellos años fueron de grandes esperanzas…”, rotas, añade, por el crimen de una “casta estalinista”, que abusó “de manera maquiavélica de los ideales de generaciones enteras”. También en la escuela de Brigitte Reimann se da esta experiencia: una “koedukativeSchule” donde los niños y niñas aprenden juntos nuevos materiales como el ruso y los alumnos, entre ellos una cada vez más involucrada Reimann, participan en actividades -redacción de diarios, charlas, obras teatrales- en las que se trata de concienciar en los valores antifascistas y democráticos.

A los 14 años, a la misma edad en la que empieza en esta nueva escuela, Brigitte Reimann enfermará de polio. De la convalecencia obligada heredará dos cosas: una leve cojera, que le acompañará el resto de su vida -y que le hará sentir un cierto complejo de inferioridad, al tiempo que crecía en ella la necesidad de reconocimiento y atención- y la certeza de que la escritura será su oficio y vocación a lo largo de los años. “Algo que da sentido y estructura a su vida”, como se ha escrito en una biografía.

Brigitte Reimann 6En esta etapa de su vida, comenzará a experimentar los primeros sufrimientos, pero también las primeras experiencias gratas, como si nuestra escritora no pudiera evitar la presencia de las buenas y las malas nuevas al mismo tiempo en su vida: a los diecisiete años conoce a su primer amor, Klaus Böhlke, un muchacho de su ciudad: con el describirá el sexo, la pasión, pero también la indiferencia, el odio, el temor a ser utilizada. Se quedará embarazada, pero perderá al niño. Para Reimann la búsqueda del amor será ardua y muchas veces insatisfactoria: se casará cuatro veces -la última, pocos meses antes de su muerte y ya muy avanzado su cáncer, con Rudolf Burgatz, un médico que se convertirá en su cuidador, una presencia generosa y desprendida que tal vez sea el complemento que más se acerque a lo que ella anhelaba toda la vida-. El amor, según se ha escrito, era para ella un vínculo difícil de mantener al deberse a una pasión fugaz, en el que pronto hacen aparición sentimientos de posesión, celos y odio, mientras la amistad -de las que ella conservó muchas y de variados ámbitos- la concibe como una comunión de intereses y valores, sentimientos mucho más perdurables.

Al terminar la escuela secundaria, en 1951, aprueba el examen de ingreso en la Escuela de Teatro de Weimar. Persigue entonces ser directora teatral, pero la nueva República necesita maestros, y busca entre los bachilleres a aquellos que puedan formar parte de este cuerpo de docentes; a esto se le sumará una lesión que tuvo a los pocos meses de iniciar las clases en Weimar, por lo que, tras un curso de pedagogía de dos años, entra a trabajar como maestra en una escuela primaria en su ciudad. Después, lo hará como bibliotecaria y más adelante como periodista.

Los libros de Brigitte Reimann -junto con su diario- reproducirán la ilusión, las tensiones, las expectativas y las amarguras que puede sentir una simpatizante del socialismo que, como dice Ibon Zubiaur, deja en esa simpatía pinceladas de su talante libertario y con cuyas obras ella misma -con motivo del reportaje que escribió para FORUM, la revista de la FDJ, del viaje de la delegación de las juventudes alemanas a la Unión Soviética- trata de “dejar ciertos recaditos en el mantel burocrático de cierta gente”, aunque esto no fue desde luego nada fácil, y menos desde el 11º Plenario del SED (finales de 1965), en el que las vías aperturistas abiertas por entonces en materia cultural se cerraron abruptamente. Así, citando de nuevo a Zubiaur, “cuando la legitimidad de la nueva República se nutría del antifascismo y la ruptura con el pasado nazi, ella escribió historias de amor proscrito durante la guerra [como “Die Frau am Pranger”, que narra la historia de amor prohibido entre la campesina alemana Kathrin y el prisionero de guerra soviético Alexei]. Cuando la “línea Bitterfeld” llamó a los escritores a las fábricas y exigió que reflejaran la vida de los obreros, se trasladó a la ciudad industrial de Hoyerswerda, trabajó con ellos y aportó la mejor “novela de brigada” […] Y cuando la masiva huida de conciudadanos al Oeste amenazaba la existencia de la RDA y sólo pudo ser frenada con la construcción del Muro, puso el dedo en la llaga con un exorcismo personal que le valió el máximo reconocimiento”. Más adelante, seguiría en esta línea, sumando obras singulares en las que están presentes sus rasgos de humanidad, preocupación por lo que sucede a personajes cotidianos -más reales y cercanos que las creaciones de un “realismo socialista” de dudosa eficacia propagandista y formativa para el espíritu del “hombre nuevo”- y empatía. “La denunciante” (que le valdrá el ingreso en la sección juvenil de la Unión de Escritores), “Ankunft im Alltag” (“Llegada a lo cotidiano”, esa excepcional novela de brigada antes referida, que dará además nombre a un tipo de literatura, la Ankunftliterature o “literatura de llegada”) y la esencial “Los hermanos” (que le valdrá el reconocimiento público -entre ellos el premio literario Heinrich Mann, el más importante de la RDA- y que estará basada en su experiencia personal por la huida de Lutz) son algunas de esas obras mencionadas por Zubiaur.

HOYERSWERDA

Brigitte Reimann 3El matrimonio con Günter Domnik, su primer marido, pasará por los mismos altibajos que con su primer novio: al principio Brigitte Reimann creerá haber encontrado a un gran compañero, y esto le reportará tranquilidad, pero al poco comenzarán a surgir los problemas, los celos y las inseguridades. En la creencia de que un hijo podrá salvar la situación, Brigitte se queda embarazada en 1954, pero aborta y sufre a continuación un intento de suicidio. En 1958, con la relación muerta, se divorciará de él, y contraerá matrimonio al año siguiente con su nueva pareja, el también escritor y poeta Sigfried Pitschmann, “Daniel”.

Siguiendo la “vía Bitterfeld”, el camino marcado en el congreso literario de esta ciudad, que reclama a los escritores y artistas que trabajen con los obreros y reflejen en sus obras la vida cotidiana de estos, al mismo tiempo que estimular la creatividad de los mismos, Brigitte y su marido se desplazan a la ciudad industrial de Hoyerswerda, una población de nuevo cuño creada para albergar a los trabajadores del aluminio y de la VEB (Volkseigene Betrieb) Schwarze Pumpe, un combinado industrial que se convertirá en la mayor planta industrial de Europa. En Hoyerswerda, Reimann trabajará en sus dos obras más señeras, la “novela de brigada” “Ankunft im Alltag”, la que, como se ha descrito más arriba, cumplirá mejor los criterios éticos y estéticos de la “vía Bitterfeld” y supondrá una cumbre estilística con respecto a las demás obras de este subgénero, y “Los hermanos”, la primera obra de Reimann traducida al castellano y con la que opondrá la versión de quienes deciden quedarse en la RDA, pese a las dificultades, a la de quienes se marcharon a Alemania Federal. Partiendo de su experiencia personal en el Schwarze Pumpe, Brigitte Reimann cuenta la historia de una mujer trabajadora en una fábrica de vagones de tren de Karl-Marx-Stadt (Chemnitz) que trata de convencer a un hermano, en los años anteriores a la construcción del Muro (en la época en que Berlín era el “desagüe” por el que se colaba la emigración al Oeste) para que permanezca en el país y no tome el camino por el que ya siguió otro hermano anterior. Las dudas sobre la posibilidad de construir el socialismo, la economía de la escasez -con referencias al boicot a las importaciones orientales llevado a cabo por la RFA en aquellos años de Adenauer-, la presencia del burócrata tunante en contraposición al socialista honrado e incluso ingenuo y una RFA reflejada en el escaparate de Berlín Occidental que, a pesar del contraste de su prosperidad, la protagonista siente que no es su mundo, son algunos de los rasgos de una novela que no puede leerse en clave de propaganda, pues son varias las conductas del sistema afeadas en sus párrafos. De ahí que su publicación, en 1963, dos años después de la erección del muro, se vio beneficiada precisamente por el deshielo cultural que siguió a su construcción y en una época previa al giro derechista en materia de política cultural que supuso el 11º Pleno, por el que buena parte de la producción literaria y cinematográfica de ese año no vio la luz.

En Hoyerswerda y al lado de Pitschmann vivirá algo que había echado en falta con su primer marido: además de compañerismo y afecto, un estímulo y apoyo intelectual. Ambos, a pesar de que el paso de los años hará desgastar su relación, conservarán una cordialidad y respeto mutuos. No iban a ser años fáciles: en Hoyerswerda Brigitte Reimann recibirá la primera noticia del tumor que le causaría años más tarde la muerte y allí iban a tener lugar las primeras discusiones consigo misma sobre su monumental obra inacabada, “Franziska Linkerhand”, una novela que podrá leerse tanto como el combate de una mujer en un mundo de hombres -al igual que hizo Brigitte- como un repaso a su propia vida, por los paralelismos que hay entre la vida de la protagonista y la de la propia Reimann.

Brigitte Reimann dejó apuntado en su diario, en julio de 1970, “aunque de ningún modo se han acabado las turbulencias, vuelvo a sentirme curiosa, ávida de registrar novedades, violentamente interesada por la vida […] A veces siento una salvaje exaltación, como si fuera capaz de hacer algo extraordinario. ¿O es que es lo habitual, depresión y despegue en rápida alternancia? Tristeza y entusiasmo, y siempre desmedida, como si aún estuviera en medio de la pubertad”. Para entonces ya se encuentra en un estado muy avanzado de cáncer (fue operada en 1965 en la clínica del doctor Hans Gummel en Berlín-Buch, una autoridad mundial de referencia en cáncer de pecho), pero muestra que no pierde la curiosidad y las ganas de vivir, aun en circunstancias tan adversas. Esa curiosidad le llevará, durante su período en la nueva “ciudad socialista” de Hoyerswerda, a preguntarse por el urbanismo y a decepcionarse por la fealdad de la misma y la escasez de espacios de convivencia más allá de la fábrica. En 1963, el mismo año de la publicación de “Los hermanos”, escribirá “Observaciones sobre una nueva ciudad”, un artículo en el que reclamará dar mayor cancha a la creatividad de los arquitectos y a que en las nuevas ciudades, como en la que vive, y en los nuevos espacios se abran cines, teatros, locales de baile para la gente joven, dejando una interesante reflexión, válida también para la actualidad: “Es un error creer que a una ciudad la hace moderna la ilusión por las comodidades domésticas”.

Del resultado de este interés por el urbanismo y este artículo vendrán dos hechos clave en la futura actividad de Brigitte Reimann: esta crítica del plan urbanístico de la ciudad, que armó gran revuelo, fue recogida por las propias autoridades, incluyendo al propio secretario general del SED y presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht, que conminó a que se atendieran sus propuestas. No sólo eso, sino que su ejemplo de “crítica constructiva” le abrió las puertas de la Comisión de Juventud del SED -como única no miembro del partido- y le llevaría, gracias a la invitación del heterodoxo Kurt Turba, a viajar con una delegación de la FDJ, la organización juvenil, a la Unión Soviética, dejando un reportaje delicioso sobre el mismo, “La verde luz de las estepas”.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

El segundo será la amistad y la relación epistolar con el arquitecto de más renombre de la República Democrática Alemana, Hermann Henselmann. Henselmann había diseñado algunos de los edificios más emblemáticos del nuevo Berlín erigido en capital de la RDA. Entre ellos firmó un gran número de los de la Karl-Marx-Alle (Frankurter Tor, Straussbergerplatz, viviendas de la Weberwiese), que hoy día son Monumento Nacional, y más tarde la Casa del Profesor y la Torre de la Televisión (conocida por salir en varios planos del filme “Good bye Lenin!”). El intercambio de cartas entre ambos, recientemente publicado en España, refleja las preocupaciones de Reimann por sacar adelante su futuro proyecto de “Franziska Linkerhand”, del cual su protagonista es una arquitecta, no sólo en aspectos sobre urbanismo y arquitectura, sino también en la necesidad de tener un interlocutor que le estimule y le aconseje, pues tiene en alta estima -también en cuanto a su capacidad de crítica literaria- a Henselmann. La relación con éste, una mezcla apasionada de sentimientos (como apuntará en su diario) que van desde la profunda admiración a la no menos profunda irritación, se consolidará en una confianza franca entre dos personas que, al fin y al cabo, pertenecen a generaciones distintas y discrepan amistosamente.

LA URSS, EL CÁNCER Y “FRANZISKA”

El 3 de julio de 1964, una llamada de teléfono ponía en marcha el que iba a ser el último proyecto literario que sería publicado en vida de Brigitte Reimann. Kurt Turba, responsable de juventud del Comité Central del Partido Socialista Unificado y redactor jefe de la revista FORUM, el órgano de la Juventud Libre Alemana (FDJ), le transmitía el siguiente mensaje: “Haz la maleta, el martes volamos para Siberia. Una delegación del Consejo Central [de la FDJ], tú escribirás. Ni excusas, ni plazo para pensárselo. Ruta: Moscú, Tselinogrado [Kazajistán], Novosibirsk, Irkutsk, Bratsk, Moscú…”

Brigitte Reimann 4Turba había “colado” específicamente a Brigitte Reimann en aquella delegación oficial, llena de funcionarios y burócratas, al viaje a la Unión Soviética de la época de Kruschev, inmersa en la campaña de colonización de tierras vírgenes en Asia Central y Siberia, por un motivo esencial. Reimann era la única no miembro del SED que figuraba en la comisión de Juventud del mismo y tenía ese carácter abierto y audaz que era del agrado de un aperturista que pagaría su osado carácter tras la involución política que siguió a estos años de deshielo: condenado al ostracismo, desde 1966 hasta el fin de la RDA fue apartado a trabajar como simple redactor en la agencia estatal de noticias ADN (Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst o Servicio General Alemán de Informaciones). Ibon Zubiaur, nuestro prologuista y traductor de las obras de Brigitte Reimann aparecidas en España, escribe que “el contraste (y casi la incompatibilidad) entre la indomable autora y el equipo de rancios funcionarios de la nutrida delegación garantizaba suspicacias y algún roce, pero avivó la heterodoxia del informe que buscaba Turba: una contribución externa a la batalla contra el dogmatismo que estaban librando tantos socialistas en aquellos años de ilusión y de deshielo”.

El resultado del trabajo escrito por Brigitte Reimann, además de un informe, fue un reportaje en forma de diario que para el lector supone una auténtica delicia. Publicado por vez primera en la editorial Neues Leben, “La verde luz de las estepas” recoge las impresiones personales de una mujer asombrada por descubrir un país de espacios inabarcables y habitantes generosos y afables, y donde el socialismo es aún una ilusionante utopía construida por jóvenes pioneros que cantan y trabajan en medio de las estepas kazajas o entre las nieves de Siberia -en una carta a Hermann Henselmann escribió “¡Y habría tanto que disfrutar en este país, estar tanto tiempo con sus habitantes estupendos, valientes, adorables! Siberia es, efectivamente, el Nuevo Mundo. El comunismo marcha, y qué seguros están de ello aquí, qué convencidos y contentos…”-. “La verde luz…” es el resultado del trabajo de una Brigitte Reimann curiosa por conocer aspectos humanos de una aventura en la que la URSS puso entonces grandes esperanzas, y que lejos de maravillarse con las grandes cifras sobre producción -toneladas, kilovatios/hora, etc-, decide observar y preguntar a sus participantes directos, dejar unas pinceladas de humor (su escasa habilidad con las armas de fuego, cuando fueron invitados a observar las maniobras de una división del ejército soviético) o contar entrañables anécdotas, como las del legendario ingeniero Alexei Marchuk -particularmente dotado para la música- o la historia de amor del joven matrimonio Ganiulyn. Toda esta pasión vital transmitida a los lectores -quizá influida por uno de los tantos romances que gozó en su vida, más allá de sus matrimonios (uno de ellos, en 1956, con el escritor Max Walter Schultz, le daría pie a escribir la inacabada “Das Mädchen auf des Lotusblume”), y que en este caso tuvo lugar precisamente con Kurt Turba- se resume en  la emocionada frase con que acaba su crónica: “Se me encoge el corazón al pensar que mañana dejaremos este país y, sin embargo, soy feliz de una manera sorprendente, impávida y enamorada de la vida…”

Esta felicidad resultará, sin embargo, muy quebradiza, y en poco tiempo llegarán varias noticias -sobre todo una, la más dolorosa- que frustrarán esas sensaciones. En 1964 se divorciará de Sigfried Pitschmann, quien había dejado Hoyerswerda un tiempo antes al saber que Brigitte Reimann se había enamorado del que sería su tercer marido, Hans Kerschek “John”. Kerschek será el estímulo más brillante y a la vez el crítico más implacable de Reimann, pero a pesar de que ambos están juntos varios años, supondrá un nuevo desengaño para la escritora. La biografía de este personaje es bastante poco clara: se ha especulado con que fue un agente de la Stasi al que se le ubicó especialmente en el círculo íntimo de Reimann -una táctica frecuente, como sucedió en el caso de la asistenta de Stefan Heym y su mujer o de la propia esposa del actor Ulrich Mühe, conocido por su papel del capitán Wiesler en “La vida de los otros”– para frustrar su matrimonio con Pitschmann, aunque tal hipótesis queda descartada. Al mudarse Brigitte a Neubrandenburg, “John” abandonaría a la autora y acabaría suicidándose poco después.

En marzo de 1968, sería sometida a una primera operación en Berlín con motivo del cáncer, en la que le tuvieron que amputar un pecho. La enfermedad, que irá extendiéndose a lo largo de los siguientes años. El deterioro físico y el cansancio que le sobreviene al poco de iniciar una actividad supondrán un severo lastre para ella a la hora de escribir, en especial a la hora de trabajar en la que será su monumental e inacabada obra póstuma, “Franziska Linkerhand”. Escribirá a Henselmann “este mal cáncer tiene efectos muy distintos a los anunciados, para los que, al fin y al cabo, estaba preparada. A lo que no estaba preparada: los sueños espantosos cada noche, la angustia mortal que ya no me abandona, la sensación de vida provisional, la falta de ganas, o de capacidad, para hacer planes más allá de pasado mañana o, como mucho, la semana próxima…”. Pese a ello, y a lo duro que resultará para ella escribir a máquina -su propia escritura a mano le resultará indescifrable-, proseguirá tenazmente -alternando la depresión con las ganas de vivir- ese trabajo de perfilar personajes, de recabar información técnica sobre urbanismo y arquitectura y de ir trazando los capítulos de “Franziska”, dejando una novela muy elogiada en la RDA y en la Alemania reunificada.

Esta novela, que será para Reimann una razón para vivir en medio de la enfermedad, supone para ella una recapitulación de su propia experiencia vital, a través de las vivencias de su protagonista, Franziska, una joven arquitecta que trabaja en la oficina de urbanismo municipal de una “ciudad socialista” del tipo de Hoyerswerda y que tiene que enfrentarse con las dificultades y trabas impuestas por una burocracia y unas autoridades sobre las que Brigitte lanza una acerba crítica –“he decidido escribir sin censura, sin pensar en las consecuencias, así como mi propia verdad”, dirá- por ser los creadores de tantas desilusiones sufridas por quienes han creído y aún creen en el socialismo. Los intercambios epistolares y de obras especializadas con su amigo y maestro Hermann Henselmann -en quien ella se fijó para el papel de Reger, el propio mentor de Franziska Linkerhand- serán esenciales para la escritora. La obra representa una crítica de las circunstancias en que ha de desarrollarse el arte (la arquitectura en este caso, pero en general todas las demás disciplinas) en un país donde los caprichos de la dirección política y la espada de Damocles que pende sobre los artistas, por alejarse de las corrientes propugnadas por el partido, facilita la creación de lo que la propia autora calificará de un arte “carente de afecto”. Hermann Henselmann, con quien tanto se ha carteado Brigitte en los años previos y a quien ella ha ido confiando aspectos del proceso creativo, dirá al leer la obra en un homenaje en el periódico Die Weltbühne “es un libro grandioso, emocionante, sincero y por momentos también incómodo, precisamente porque tiene sus raíces en nuestro mundo de experiencias socialistas. En el fondo nos golpea y nos cuestiona a cada uno de nosotros, para lo cual el estetoscopio de la escritora, comprometida y apasionada, ausculta en todo lo realizado y lo que queda aún por realizarse, buscando también en ello los latidos del corazón”.

Brigitte Reimann 5Pero es además un diálogo de Brigitte Reimann consigo misma, donde expone y examina varios episodios de su vida: su juventud en la Alemania Oriental de posguerra, su primer amor tormentoso con Günter Domnick -historia que también vivirá la propia protagonista de la novela-, la presencia de la familia, incluyendo aquel hermano mayor de Brigitte emigrado al Oeste y la búsqueda del Compañero, del Amante, pese a los desengaños amorosos vividos. La novela, que se espera de pronta aparición en España, fue publicada póstumamente en 1974 en Neues Leben, con varios cortes hábilmente realizados para que pudiera pasar la censura. Walter Lewerenz, lector de Neues Leben y amigo de Brigitte Reimann, se encargó de realizar tal tarea, no exenta de desencuentros con la propia autora, a fin de que los cortes efectuados no empañaran el conjunto de una obra que es considerada una de las cumbres de la narrativa contemporánea alemana.

Sometida a una segunda operación en marzo de 1971 en Berlín, en la clínica de Gummel, en mayo se casará con Rudolf Burgatz- Brigitte se ha divorciado el año anterior de Hans Kerschek-. La esposa de Henselmann, Irene, se referirá al cuarto marido de la escritora en términos muy elogiosos –“le impulsaba un profundo humanismo, quería aliviarte el resto de tu vida cuidándote como pudiese y utilizando en tu favor sus posibilidades como médico ¡Una escritora mortalmente enferma y llena de dolores, con sus salvajes veleidades y desesperados arrebatos, no es sin duda una esposa fácil! Llegué a la conclusión de que él debía poseer grandes cualidades humanas.”– Aún ella ha tenido tiempo de escribir un artículo en homenaje al profesor Henselmann en Sonntag, con motivo de su 65º cumpleaños y la recepción del doctorado “honoris causa” por la Universidad de Weimar y la Orden del Mérito Patriótico. Poco después, se sucederán los ingresos, la quimioterapia y la radioterapia, hasta que tenga que permanecer hospitalizada desde el 18 de agosto de 1972. La Navidad de 1972 podrá pasarla aún en su casa de Neubrandenburg. El 20 de febrero de 1973, cinco meses antes de cumplir los cuarenta, fallecía en la capital de la RDA.

Atractiva, seductora, inconformista, bebedora, fumadora empedernida, crítica, autocrítica, audaz, brillante, frágil, vitalista… son algunos de los calificativos a los que responde Brigitte Reimann. Una mujer fascinante que nos dejó muy pronto, pero que a pesar de ello legó un conjunto apreciable de obras que disfrutar, como esa vida a la que tanto amó.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

FUENTES:

Brigitte Reimann, “Los hermanos”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Bartleby Ediciones, 2008.

Brigitte Reimann, “La verde luz de las estepas”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2015.

Brigitte Reimann-Herman Henselmann, “En la ciudad del mañana. Correspondencia”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2013.

“Escribir inflexible Brigitte Reimann”, 15 de octubre 2014,

en http://www.oeuvresouvertes.net/spip.php?article2565

Brigitte Reimann, en

http://biografieonline.it/biografia.htm?BioID=1551&biografia=Brigitte+Reimann

Brigitte Reimann, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)