El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posible

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Mehdi Ben Barka en el exilio.

Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados, formados en universidades y centros de estudios del país, pero las oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos salarios y la hoy denominada “economía informal”. Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento 20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del redil patriarcal. Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega, Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y siempre controlado por Palacio.

Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y “civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.

Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces. por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su propio pueblo. No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba, Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.

En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia), luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia, sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años de plomo”.

LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE

Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada, sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido negando sistemáticamente. Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha), en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada muy por excepción.

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Protestas en 1984 en el Rif contra la carestía de la vida y la marginación de la región.

Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique, Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial -entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente Polisario. Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes, (desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas características comunes: el mantenimiento del status quo político, el silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años las “décadas de plomo” del país magrebí.

Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”. Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975, pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales. Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca (1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur” contra la ocupación del territorio saharaui.

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Hassan II con el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Estados Unidos ha considerado siempre a Marruecos como un socio estratégico de primer orden en la zona del Magreb, primero en la lucha contra la penetración comunista y, tras el fin de la “guerra fría”, contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista.

Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente aceptado-. Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” (http://web.archive.org/web/20071107114004/http://web.amnesty.org/library/Index/ESLMDE290011993?open&of=ESL-376) podía dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios centenares y más de un millar de personas.

Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados. Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi (asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos. Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en Palestina.

Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la “guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del coronel Gadaffi. Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli, consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la “Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo es considerada clave para la implicación, a juicio de varios testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el mundo no alineado.

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A la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la Humanidad.

En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto prácticamente “sine die”. Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas, pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a la controversia.

Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de la sociedad marroquí con su pasado. En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto. Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca, expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo -un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de las asociaciones cívicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato, desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos “malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.

Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.

MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA  

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Cartel conmemorativo del 50º aniversario de la fundación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, a cuya formación Ben Barka contribuyó de modo decisivo.

Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países No-Alineados o la Conferencia Tricontinental. En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955 a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser, Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá del bloque soviético. En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina (Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali, Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental, para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la administración en los primeros años de la guerra fría- no era una opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte, producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos: Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno unipolar…)

Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera. La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel, pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la Alemania de Hitler).

En su juventud y durante sus etapa universitaria, frecuentó amistades y círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá siete años-. Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la consecución de la independencia plena del país y la salida de las potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí). Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio, donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un instrumento del régimen.

LA UNFP Y EL EXILIO

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Cartel propagandístico de Hassan II.

Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […] Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente franceses.” La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera relación del reino con las potencias occidentales para la represión del nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área (alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación del Sáhara Occidental, etc.)

Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh, otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del status quo.

La situación entre el sector conservador y el izquierdista del Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que, entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que entonces regían la vida política en el país por unas instituciones genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP).

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Acto fundacional de la Unión Nacional de Fuerzas Populares. Segundo por la derecha, Mehdi Ben Barka.

La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria, alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.

Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II, coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP. Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su exilio parisino, del que ya no regresaría.

Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir, “lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra, que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual se había convertido en una referencia para los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que, como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar más en contra con el hecho de que dos países recientemente independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de la ex metrópoli Francia.

LA TRICONTINENTAL

Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.

A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah, Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una perspectiva más global acerca de la exploración de las características y las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista (neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él -la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes mencionada-. Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).

La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot”  en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros
[lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).

El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa “altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día está en El Cairo para dar un discurso
defintorio y fustigante del neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.

Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka, el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos” Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia del contexto económico nacional. “Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí, actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día. Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres, cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y de progreso”.

En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo, neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe significar establecer una organización que, al igual que las que representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio. “Crear una organización de solidaridad de los tres continentes quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero, al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.

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Cartel de la celebración de la Conferencia Tricontinental de La Habana, enero de 1966.

No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966, recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en 1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica conferencia en la capital cubana. Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos -había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia del encuentro habanero.

La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba, donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro. Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.

Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con participantes de diversas partes del globo. La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC (https://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina#Foros_internacionales). La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.

UN CRIMEN SIN RESOLVER

El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y cuarto del mediodía.

La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.

La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.

A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.

Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer Mundo. Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la Francia democrática.

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Placa en recuerdo de Ben Barka en el restaurante-brasería Lipp de París.

¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí: Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada en el pecho. George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”, aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato- en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres de Boucheseiche.

Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero, apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia Tricontinental.

¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.

Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como prueba del cumplimiento de la misión.

Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo, estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad, dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni existe referencia a secretaria alguna.

¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados? Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato. Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión, añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.

Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración que las autoridades francesas tienen con la justicia para el esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.

EPÍLOGO

Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo Mondlane, Salvador Allende… El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.

En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del retardo, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida, y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la “apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el palacio real.

Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes, demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo exterior para seguir sosteniéndose.

FUENTES:

“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka

“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka

“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)

“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/

“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044

“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.

http://www.monde-diplomatique.fr/2015/10/BENJELLOUN/53960

“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.

https://www.monde-diplomatique.fr/2005/10/GALLISSOT/12827

“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010

http://entrevidiya.blogspot.com.es/2010/01/caso-ben-barka.html

“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.

https://www.nodo50.org/csca/na/na46/documento46.pdf (descarga)

“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre

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El símbolo Lumumba

“El amanecer vendrá cuando la Historia nos hable. África escribirá su propia Historia. Y será una Historia de gloria y dignidad.”

Patrice Lumumba

Cartel propagandístico con Lumumba insertado en la silueta del continente africano.

Cartel propagandístico con Lumumba insertado en la silueta del continente africano.

Patrice Émery Lumumba forma parte de una larga nómina de héroes de la independencia del Tercer Mundo -referencia que hoy día funciona como una distinción en cuanto al nivel de desarrollo económico de los países, pero sin estudiar a fondo las causas del porqué de esas diferencias de desarrollo, y que en los años en que se forjó el liderazgo político de Lumumba y otros políticos de su generación se refería al universo de los países no alineados con ninguno de los dos bloques políticos en lucha por la hegemonía, el occidental y el soviético-. Su historia desgraciada se entrelaza con la historia también desgraciada de su país, la República Democrática del Congo (llamado también Congo ex belga, Congo-Kinshasa o Zaire durante los años de dictadura pro occidental de Mobutu), en que los conflictos internos, surgidos desde la propia independencia capitaneada por Lumumba, fueron alimentados por potencias extranjeras: una antigua metrópoli colonial, Bélgica, y unos Estados Unidos que consideraban África una pieza más del tablero en la lucha entablada durante los años de la guerra fría contra la URSS, con mucha más fuerza y recursos empleados que sus oponentes soviéticos. En fechas tan recientes como 2002 o 2014 se han podido conocer las relaciones y motivaciones que hubo en el Departamento de Estado y el reino europeo para el asesinato del carismático líder congoleño, enmascarado como un mero asunto interno.

UN PROYECTO NEOCOLONIAL Y UN NO ROTUNDO A LA POLÍTICA DE LOS NO ALINEADOS

El derecho de autodeterminación de los pueblos y el derecho de los pueblos a escoger libremente su forma de gobierno -y, no conviene olvidarlo, a una paz que había de proporcionar a todos los hombres de todos los países una existencia libre, sin miedo ni pobreza, objetivo que está cada vez más lejos de cumplirse-, reconocidos en la Declaración de San Francisco que daba origen a las Naciones Unidas en 1945 y en la Carta del Atlántico de 1941, respectivamente, iban a ser nula o escasamente respetados por las antiguas potencias coloniales que asumieron el fin de sus imperios formales en África y Asia tras la Segunda Guerra Mundial. La política de la “guerra fría” y el seguir manteniendo la tutela sobre los líderes de las nuevas naciones, a fin de asegurar el control sobre recursos esenciales para compañías industriales de las metrópolis que no podrían asegurar su obtención de la misma manera que en las condiciones anteriores, favorecieron que la independencia nacional no se viera acompañada de la independencia política y económica necesaria. La Unión Soviética o China también intervinieron en África o Asia, en auxilio de movimientos anticolonialistas de índole izquierdista o marxista (Vietnam, Mozambique, Angola…) o de gobiernos socialistas, surgidos algunos del derrocamiento de gobiernos autocráticos de índole opuesta, que hubieran sobrevivido muy mal en aquellas circunstancias (Burkina, Etiopía, Tanzania). La experiencia del “socialismo africano”, surgida en los años setenta -es decir, implementada varios años después del inicio de las políticas neocoloniales y preventivas de las antiguas metrópolis y EE.UU.- fue tan frustrante como la del socialismo soviético, pero fue menos intensa y gozó de menor extensión geográfica y duración temporal que la desarrollada por sus rivales del campo occidental.

En lo que respecta a la política de las viejas potencias coloniales, los fines perseguidos eran básicamente los descritos: asegurarse el dominio sobre los recursos a través de gobernantes que no obstaculizaran las operaciones de las compañías metropolitanas y también cumplir con el mismo objetivo de los Estados Unidos, a cuyo bloque pertenecían, de establecer que no cabían medias tintas y que el Movimiento de Países no Alineados capitaneado por la Yugoslavia de Tito y el Egipto de Nasser fuera destruido. La forma de desarrollarlos varió dependiendo de las antiguas potencias y de los objetivos concretos que cada una defendiera respecto de su antiguo imperio, que pasaban entre otras cosas para asegurar una cierta posición a los nacionales que permanecían en los antiguos dominios, y del contexto en que se encontraran estos.

Gran Bretaña, por ejemplo, trataba de mantener su vieja influencia a través de la extensión de la Commonwealth a los nuevos estados independientes, con la aceptación de la Corona británica en la jefatura del Estado de los nuevos países, operación que fracasó en el caso de la India, constituida en República Federal aunque sin poder establecer una unión entre musulmanes e hindúes, lo que acarreó que el Pakistán musulmán fuera dividido en dos territorios al oeste y al este y generó una larga revuelta entre ambos hasta que el oriental, bajo el nombre de Bangladesh, acabó independizándose en los primeros setenta, y que en el interior de la India sucedieran numerosos conflictos religiosos a causa de quienes no habían podido moverse hacia o desde Pakistán, además de que entre éste y su vecina India surgieran conflictos fronterizos y una escalada armamentística que ha causado que sea hoy día una de las zonas más “calientes” del planeta. A la improvisación, no exclusivamente británica, sobre la convivencia de grupos étnicos o religiosos en casos como éste -tanto más graves en África, donde la conferencia decimonónica de Berlín trazó fronteras al gusto de las potencias coloniales, pero sin tener en cuenta ningún criterio que evitara los conflictos que posteriormente se iban a desarrollar en el continente- aquellos iban a añadirle, como rasgos particulares, el control del proceso bien directamente por parte de los británicos o por parte de élites elegidas por estos y alejadas de posibles veleidades comunistas (Libia, Somalia, Ghana); el abandono de las mismas después de observarse la escasa rentabilidad que podía sacarse de ellas para restablecer la economía metropolitana tras la SGM, siguiendo el plan del primer ministro Bevin y el aseguramiento de unas condiciones que favorecieran el mantenimiento de las propiedades y el estatus de los blancos, que en algunos casos, como el Rodesia del Sur -actual Zimbabwe- llevó a una independencia bajo un régimen de apartheid que acabó siendo intolerable para la propia metrópoli y, con el paso de los años, se volvería incluso en contra de los propios colonos blancos.

El modelo francés implementado en los años sesenta, tras rechazar cualquier esfuerzo en mantener la población francesa tras el fracaso de la larga guerra de Argelia, constituyó también un modelo de control de la independencia a través del establecimiento de su propia Commonwealth, pero mucho más informal y  basada en el impedimiento de que el antiguo imperio colonial francés se convirtiera, tal y como era la obsesión de sus aliados británicos o norteamericanos, en un lugar de penetración de la influencia soviética. De este modo, se apoyó tempranamente a líderes como Séku Turé, primer presidente de Guinea-Conakry (que pasó de ser un personaje molesto, por ser el primer líder de la antigua África Occidental Francesa en optar por la independencia frente a la seguridad de la asistencia económica prometida por De Gaulle, a ser un aliado de los intereses de Francia), el senegalés Léopold Sedar Senghor o el marfileño Félix Houphouët-Boigny. En todos estos casos, el apoyo a líderes anticomunistas y que se plegaran a los intereses de Francia y de sus compañías industriales, en una zona especialmente rica en recursos, ha estado entremezclado con obscenidades y actuaciones turbias en las que han estado implicados políticos de la antigua metrópoli y los nuevos estados: baste recordar los regalos mutuos realizados entre Valéry Giscard d’Estaign, presidente de la República Francesa, y el sanguinario líder centroafricano Jean-Bedel Bokassa, o la financiación de la campaña a las presidenciales francesas de Jacques Chirac realizada por parte del autocrático presidente de Gabón Omar Bongo.

En otros casos, el dramatismo de la situación no se centró sólo en la colocación desde los tiempos de la independencia de personalidades afines a los intereses metropolitanos, sino en el derrocamiento de líderes que contaban con un amplio respaldo popular en operaciones más o menos encubiertas por parte de las antiguas potencias coloniales. Durante un tiempo, estas actuaciones fueron camufladas como meros asuntos internos, a los que aquellas potencias eran ajenas, o defendidas ante la opinión pública occidental como operaciones humanitarias destinadas a proteger a la población contra actuaciones criminales o violaciones del derecho internacional de los nuevos líderes. En realidad, tales calificaciones correspondieron tanto a la actuación de las antiguas metrópolis como a los nuevos “hombres fuertes” colocados y protegidos por éstas, útiles mientras el fantasma del comunismo o la incomodidad de los No Alineados estaban presentes, pero desechables cuando estas amenazas, reales o no, dejaron de existir.

Un ejemplo claro de estas actuaciones tuvo lugar en la antigua colonia holandesa de Indonesia, y fue muy similar a los sucesos del antiguo Congo Belga. Ahmed Sukarno, tras una lucha de tres años por la independencia en la que ni británicos ni holandeses lograron su objetivo de mantener la colonia en manos europeas, instauró un gobierno de corte nacionalista que contaba con el apoyo de un fuerte Partido Comunista indonesio, a pesar de que el propio líder indonesio permanecía en el campo de los no alineados y jugaba con un cierto equilibrio de fuerzas que permitía la unidad nacional en un país de gran diversidad étnica y política. Esta unidad, contra la que habían tratado de luchar los holandeses en los años de lucha por la independencia, en una táctica de “divide y vencerás” que favoreciera los intereses coloniales neerlandeses, comenzaría a sufrir en los sesenta un nuevo y fatal embate.

El primer paso fue una revuelta azuzada por los Estados Unidos en la isla de Sumatra contra el gobierno central de Yakarta. No era una casualidad: la división fomentada años antes en la isla de Borneo, dividida entre tres estados -la mayor parte para Indonesia, una franja al norte para Malasia y el pequeño sultanato de Brunei- había sido un hecho consumado ante el que las propuestas de Sukarno de un plebiscito para que la población de la región malaya decidiera si permanecer en Malasia o por el contrario unirse a Indonesia o Filipinas se estrellaron como contra un muro. Al mismo tiempo, la antigua colonia holandesa de Nueva Guinea Occidental, el último reducto colonial de la región de las Indias Occidentales Neerlandesas, conquistada por Indonesia en 1962, recibía la promesa de Sukarno de celebrar, antes de 1969, un referéndum sobre su autodeterminación. Para el Departamento de Estado norteamericano, la política neutralista, nacionalista y populista de Sukarno, que había nacionalizado intereses occidentales en el país, resultaba intolerable. En palabras del secretario de Estado de la etapa de Eisenhower, John Foster Dulles, “entre una Indonesia territorialmente unida que se inclina y avanza hacia el comunismo (sic) y la ruptura de este país en unidades geográficas y raciales, prefiero la segunda opción”. No cabe duda que la incomprensión de la política interna indonesia, además de la alimentación de sus propios miedos por parte de las agencias de inteligencia estadounidenses, diciendo al gobierno de Washington aquello que querían escuchar, favorecieron la solución de fuerza que acabó con el gobierno de Sukarno.

Tras las denuncias de Sukarno del dominio ejercido por las potencias imperialistas en la ONU y su reconocimiento del gobierno norvietnamita, los Estados Unidos decidieron echar su cuarto a espadas y alimentaron el descontento del ejército, algunos de cuyos jefes se habían convertido en los nuevos dirigentes de las compañías nacionalizadas, vivían en medio del lujo y el despilfarro y se encontraban en el centro de la conspiración orquestada por la CIA estadounidense. Esto originará la detención de algunos de ellos por parte de un oficial próximo a Sukarno, el teniente coronel Untung, quien encarceló y ejecutó a seis de ellos en nombre de un “Movimiento 30 de septiembre” en 1965. Los comunistas, que fueron luego cabezas de turco en la represión organizada por el golpe de Suharto, contrariamente a lo que se estableció entonces, se quedaron cuidadosamente al margen de la operación de Untung.

Al día siguiente, Suharto, que se había salvado de la represión del “Movimiento 30 de septiembre”, encabezó un contragolpe que acabó con el gobierno de Sukarno y dirigió la represión contra comunistas, organizaciones juveniles musulmanas, sindicatos y cooperativas y el mundo de la enseñanza, a quienes se veía como simpatizantes de los primeros. Al mismo tiempo, se ganó el favor de los altos mandos del ejército favoreciendo sus intereses en los negocios. Las matanzas desatadas por el general victorioso llegaron a alcanzar una cifra indeterminada pero espeluznante en cualquiera de sus estimaciones: entre medio millón y dos millones de muertos, sin contar los recluidos en campos de concentración, que ascendieron a centenares de miles.

El gobierno de Suharto se caracterizará por la devolución de las propiedades nacionalizadas y una liberalización brutal de la economía que, al mismo tiempo que dio grandes índices de crecimiento, colocaba la propiedad en condiciones favorables a empresas extranjeras y favoreció la corrupción y el enriquecimiento obsceno de la cúpula gubernamental castrense, en un régimen caracterizado como de “capitalismo gangsteril”. Al mismo tiempo, la política nacionalista que se había denunciado ejecutaba Sukarno resultaba un chiste de mal gusto en comparación con lo que iba a realizar el gobierno militar instalado ahora en Yakarta: el referéndum de Nueva Guinea Occidental (o Irian Jaya) se manipuló de tal forma que sólo 1022 habitantes nativos pudieron votar en el referéndum, que por supuesto votaron a favor de la integración en Indonesia. Y, aunque se dejó en el limbo cualquier propuesta sobre el Borneo malayo -lo que no deja de tener su guasa en un general que había prometido “aplastar Malasia” en sus tiempos de servidor del gobierno de Sukarno-, lo que sí hizo el general indonesio, con el beneplácito de la administración norteamericana de Nixon, fue invadir la antigua colonia portuguesa de Timor Este, independizada en 1975 tras el triunfo en la metrópoli de la Revolución de los Claveles en abril del año anterior. Las atrocidades cometidas por el régimen indonesio en el este de la isla, que sólo en tiempos recientes, tras la caída de Suharto, ha podido acceder a su independencia, se pueden vislumbrar tan sólo con la cifra de asesinatos cometidos en el primer año de invasión, que asciende a 60.000. El temor de que el gobierno independiente de Timor Oriental cayera en brazos del marxismo llevó a EE.UU. a considerar un “mal menor” que Indonesia invadiera la ex colonia lusa, así como a que defendiera la agresión bajo el kafkiano argumento de que el gobierno de Yakarta actuaba “en defensa propia”.

El escritor y ensayista Tariq Ali dijo que “ningún régimen del Tercer Mundo ha sido más estimado por Occidente que la dictadura de Indonesia, desde su sangriento inicio”. Su ascenso sólo puede defenderse desde los intereses de unas potencias occidentales poco preocupadas por el nivel de vida de los indonesios y por el derecho de autodeterminación de unos pueblos que les importaron bien poco. Estas razones fueron las mismas que iban a darse en la llamada crisis de la República Democrática del Congo de 1960-1961.

LOS ORÍGENES DE LUMUMBA

Patrice LumumbaLumumba nació el 2 de julio de 1925 en la pequeña aldea de Onalua, en el noreste de la provincia congoleña de Kasai. A temprana edad empezó a destacar en los estudios, siendo habitual que sus profesores de las escuelas misioneras protestantes y católicas a las que acudió en la niñez destacaran su inteligencia rápida y que incluso les había puesto en un brete en más de una ocasión, por sus preguntas molestas. A pesar de las modestas condiciones de estudio -su casa de adobe en la aldea no poseía luz eléctrica y las escuelas de la misión tenían pocos libros-, en septiembre de 1954 recibirá su carta “de matriculado”, honor raramente concedido por la administración belga a algunos negros (200 de los 13 millones de habitantes nativos de la época).

Trabajó en su juventud como empleado postal y director de una cervecería, y en 1955 organizará la Asociación de Personal Indígena de la Colonia (APIC), en su etapa en la administración postal, lo que le permitirá conocer y entrevistarse con el soberano metropolitano, Balduino I. Sus actividades fueron alentadas por los miembros locales del partido liberal belga. Lumumba se afiliará a este partido con otros notables congoleses, y con varios de ellos acude a Bélgica por invitación del primer ministro.

Sin embargo, poco tiempo después estas actitudes aperturistas de Bélgica se mostrarán frustradas, no sólo en lo que respecta a Lumumba, sino en la actitud en general hacia el Congo. Lumumba será acusado de malversación de correo perteneciente a un europeo, y condenado a un año de prisión -aunque será liberado anticipadamente, tras lo cual ejercerá en la cervecera-. En 1958, con ocasión de la exposición universal en Bruselas y la invitación a miembros de las capas ilustradas del Congo a la misma -entre los que se encuentra Lumumba-, los congoleños observarán con irritación la imagen degradante de su pueblo que muestra la exposición, lo que hará que Lumumba y algunos compañeros políticos aumenten los contactos con los círculos nacionalistas.

La explotación del Congo y de sus habitantes por parte de Bélgica -primero formalmente, bajo un Estado Libre del Congo de administración directa por el monarca belga, y más adelante con la conversión en colonia dependiente de la metrópoli, respondiendo al llamado internacional- había sido una constante en el tiempo, aunque en los últimos años la intensidad de la misma, así como la represión y los abusos se habían mitigado. Pero la larga historia de los mismos había creado una memoria que sería el origen, junto con los acontecimientos de los países vecinos y el ambiente general contra el colonialismo en todo el Tercer Mundo, del movimiento anticolonialista en el Congo. En los 75 años de administración colonial, desde que Leopoldo II se hiciera con el mando del Estado Libre en la Conferencia de Berlín de 1885, Bélgica no había formado a un solo universitario nativo y sólo unos pocos habían terminado sus estudios secundarios. Además, la explotación de los recursos naturales del país por parte del monarca belga y sus socios, y más adelante por la metrópoli y las compañías europeas, generarían la muerte de cerca de diez millones de africanos por enfermedad y maltratos físicos bajo sistemas brutales de explotación, en proyectos como la fabricación de hule, la construcción de ferrocarriles o la explotación minera. La creación de la Force Publique, con el objeto de aumentar la disciplina de los nativos a costa de sembrar el terror mediante métodos de una abominable inhumanidad, han sido reflejadas en obras literarias como “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad o, más recientemente, por Mario Vargas Llosa en su novela sobre el patriota irlandés Roger Casement. Lumumba, recién elegido primer ministro, contestó ásperamente al discurso paternalista de Balduino I en las celebraciones de la independencia del país, recordando los sacrificios hechos en fechas no tan lejanas por la población negra, que incluso durante la Segunda Guerra Mundial siguió sometida a trabajos forzados. “Hemos padecido ochenta años de dominio colonial… Hemos tenido un trabajo agotador obtenido a cambio de un salario que no bastaba para satisfacer nuestra hambre… Hemos sufrido ironías, insultos, golpes que hemos tenido que soportar mañana, tarde y noche por ser “negros”… Hemos aprendido que la ley no era igual según se aplicase a un blanco o a un negro… Hemos conocido los terribles sufrimientos de los que eran excluidos por opiniones políticas o religiosas… Hemos sabido que había casas magníficas para los blancos en las ciudades y chozas de paja miserables para nosotros”. Escribe Josep Fontana que aquellas palabras de denuncia, motivadas por un discurso insensato por parte del monarca belga, harán saltar todas las alarmas en Bruselas y en la administración Eisenhower en Washington sobre el carácter de un Lumumba al que calificaron con lindezas como irresponsable, peligroso y amigo de los comunistas. En realidad, Lumumba era un demócrata burgués (no olvidemos su militancia en el Partido Liberal belga) al que las descaradas ambiciones coloniales de Bélgica empujaron a radicalizarse, y al que la posterior inacción de Naciones Unidas en la crisis y su servilismo hacia las ambiciones de EE.UU. y la antigua metrópoli empujaron a solicitar la ayuda del bloque soviético para defenderse de la intervención de aquellas y la independencia del estado títere de Katanga.

Tras la S.G.M. y las declaraciones sobre la autodeterminación surgidas en la carta fundacional de Naciones Unidas, la administración belga sugirió un plan en 1955 a treinta años para la independencia de la colonia que no respondía a los deseos de los círculos nacionalistas -se preveía la independencia entre 1980 y 2000- ni a los de los más acérrimos defensores del colonialismo, deseosos de que el Congo siguiera en manos de la metrópoli. Las organizaciones congoleñas, de carácter semipolítico, comenzaron a organizarse como verdaderos partidos, cuya base sería alguno de estos tres principios: comunidad étnica, comunidad de estudios o intelectualidad urbana. En este escenario, con una escena política además en la que los belgas sólo iban a tolerar formaciones políticas de base ámbito local -hecho que marcaría profundamente la vida posterior del país bajo una pauta étnica-. Lumumba, que hablaba varias lenguas del territorio y cuyo Movimiento Nacional Congoleño tenía seguidores en todas partes, iba pronto a destacarse como el líder político más carismático y como la única figura verdaderamente nacional, lo que iba a destapar los recelos de los líderes políticos de partidos de base étnica, como Joseph Kasabuvu, líder de la Alianza de los Bakono o ABAKO, o de aquellos a quienes molestaba la creciente reputación de Lumumba y sus puntos de vista aparentemente radicales, como Albert Kalonji, quien escindirá el (MNC) al que también pertenecía Lumumba. Estos conflictos previos serán fundamentales en la posterior evolución de la crisis de 1960-61 que pondrá fin al breve gobierno encabezado por Lumumba y serán aprovechados por belgas y norteamericanos para poder seguir ejerciendo una tutela neocolonial sobre el Congo independiente.

LA INDEPENDENCIA Y LA CRISIS

El Congo ex belga accedía a la independencia el 30 de junio de 1960 bajo el nombre de República Democrática del Congo. La independencia nacía en condiciones precarias por la ausencia de líderes políticos a nivel nacional y con estudios superiores, como se ha observado anteriormente, además de porque gran parte de la administración y las fuerzas del orden público se hallaban aún al mando de funcionarios y mandos belgas. A esto se sumaba la tendencia étnica de los partidos y movimientos políticos que existían en el país, por lo que algunos de sus líderes podrían tener la tentación -cosa que no se dudó en alimentar desde fuera cuando fue útil a los intereses de las potencias extranjeras- de ejercer como virreyes en sus zonas de influencia o de independizarse del poder central, y la preocupación belga y norteamericana por seguir controlando un país cuya ritmo nacionalista y panafricano bajo Lumumba pudiera espolear al resto del continente, y también al hecho de seguir manteniendo en manos amigas la producción y el comercio de recursos tan preciados como el uranio (el utilizado en las bombas lanzadas por EE.UU. sobre Japón en 1945 procedía precisamente de la región de Katanga).

Tras ser encarcelado en 1959 bajo la acusación de provocar los disturbios en la reunión de los líderes nacionalistas congoleños en Stanleyville (la actual Kisangani) que causaron 30 muertos por la represión de la Force Publique, fue liberado a tiempo para asistir a la reunión de la mesa redonda de Bruselas entre el gobierno belga y los independentistas congoleños. Lumumba, que había visto crecer su carisma, y su MNC consiguieron en las elecciones parlamentarias 41 de los 137 escaños de la Asamblea Nacional y obtuvieron grandes éxitos en 4 de los 6 gobiernos regionales de la república. Los belgas no tuvieron más remedio que encargar a Lumumba la formación del gobierno, mientras la jefatura del Estado recaía en el líder de la Alianza de los Bakongo Joseph Kasabuvu. La colocación de dos rivales políticos en las dos presidencias -la de la república y la del gobierno- iba a ser un fundamento más de la crisis posterior.

Fotografía de Lumumba en su despacho de primer ministro de la República Democrática del Congo, con la bandera original del país al fondo.

Fotografía de Lumumba en su despacho de primer ministro de la República Democrática del Congo, con la bandera original del país al fondo.

En breve tiempo, Lumumba tendrá que hacer frente a un número inusualmente alto de emergencias. El 5 de julio los soldados congoleños se sublevaron contra sus oficiales belgas en Leopoldville (la futura Kinshasa) y la oficialidad metropolitana, así como la mayor parte de los funcionarios blancos, huyeron del país. El primer ministro se vio obligado a reclutar a toda prisa funcionarios africanos y a nombrar como jefe de un ejército en plena desorganización al sargento Joseph-Desiré Mobutu -el futuro dictador del país, que rebautizaría como Zaire-, quien había actuado como informador para los belgas y ahora había sido contactado por la CIA estadounidense.

Por su parte, ante la oleada de desmanes y asesinatos y con la excusa de proteger sus intereses nacionales, el gobierno belga presidido por el demócrata-cristiano Gaston Eyskens realizó una intervención militar unilateral en el Congo que suponía una violación del Derecho Internacional, puesto que se había realizado sin mediar resolución alguna de Naciones Unidas y la “ayuda” belga se había realizado sin que el gobierno congoleño la hubiera solicitado. La fuerza desplegada por Bélgica no sería otra cosa que la punta de lanza de la intervención posterior conjunta con EE.UU. en la secesión de Katanga, con la aquiescencia de unos “cascos azules” de la ONU que consintieron la independencia y prestaron apoyo implícito a la operación neocolonial de ambas potencias.

Apenas seis días después de la rebelión de la tropa contra sus oficiales blancos, Moïse Tshombe, presidente de Katanga, proclamó la independencia de esta región suroriental del Congo, rica en todo tipo de minerales y explotada especialmente por compañías occidentales que se encargaban de la extracción de oro, uranio y cobre. Tshombe, viejo enemigo de Lumumba, mantenía buenas relaciones con estas empresas y acertaba a dar un golpe maestro al gobierno de Leopoldville, fracturando mortalmente su economía con la independencia katanguesa.

Billete de 10 francos katangueses con la bandera adoptada por la provincia secesionista y el retrato de su líder, Moïse Tshombe.

Billete de 10 francos katangueses con la bandera adoptada por la provincia secesionista y el retrato de su líder, Moïse Tshombe.

La excusa utilizada por Tshombe para esta proclama era el mantenimiento del poder tribal frente a la política centralizadora de Lumumba, pero hoy en día se sabe que se trataba de una estratagema belga destinada a asfixiar económicamente al gobierno de Leopoldville, precisamente desde la única región donde los oficiales belgas no sólo no habían huido sino que habían desarmado a sus subordinados congoleños. Estudios recientes como el del sociólogo belga Ludo De Witte afirman que la independencia de Katanga no fue más que la creación de un estado títere por parte de la antigua metrópoli, cuyas tropas eran las del viejo ejército colonial mandado por antiguos oficiales europeos y apoyado por paracaidistas belgas y financiado por compañías belgas como la Union Minière du Haut-Katanga. El objetivo era crear un muro de defensa del colonialismo mediante esta pequeña pero asombrosamente rica porción del antiguo Congo colonial. El mismo camino siguió en pocos días la región de Kasai del Sur, productora de diamantes.

Lumumba viajó a Estados Unidos con objeto de solicitar ayuda a Naciones Unidas y al gobierno norteamericano, pero la respuesta en ambos casos fue negativa. Por el contrario, la administración Eisenhower, con su propio presidente a la cabeza, estaba ya dispuesta a desembarazarse de aquel individuo peligroso, poniendo en marcha el mecanismo que llevaría a su asesinato. Mientras tanto, en Katanga se estaba llevando a cabo una limpieza étnica en la que los katangueses de origen kasai eran asesinados o expulsados a la provincia vecina. La doble negativa de la ONU y los Estados Unidos llevó, en forma de profecía de autocumplimiento, a que Lumumba decidiera solicitar ayuda a los soviéticos, por lo que para el gobierno norteamericano quedaban probadas las tendencias procomunistas del líder congoleño.

El 5 de septiembre, decididos ya los planes de la CIA y el Departamento de Estado para el asesinato de Lumumba, el presidente Kasabuvu destituyó, de común acuerdo con el embajador estadounidense y el representante de Naciones Unidas en Leopoldvile, al primer ministro. Lumumba, con el voto favorable de las dos cámaras legislativas de la república, destituyó a su vez al presidente. Fue entonces cuando las fuerzas de la ONU decidieron intervenir, por fin, en la República Democrática del Congo, pero no en los términos solicitados por Lumumba, sino de común acuerdo con Kasabuvu y las potencias occidentales interesadas en dominar la vida política congoleña, y desde luego sin realizar ningún tipo de intervención en las provincias secesionistas, en las que la ley brillaba por su ausencia. Las destituciones mutuas del presidente y el primer ministro quedaron neutralizadas por la intervención del antiguo sargento Mobutu, quien, de común acuerdo con la agencia estadounidense de inteligencia, dio un golpe de fuerza para hacerse con el poder mediante una dirección colegiada, quedando Kasabuvu como un adjunto al militar golpista. Lumumba consiguió escapar de su arresto domiciliario -al que estaba sometido desde su destitución- y se dirigió hacia Stanleyville, al noreste del país, donde podía encontrar mayor apoyo. Para entonces, tanto EE.UU. como Bélgica habían decidido su “eliminación definitiva”, con la pasivididad de unas tropas de Naciones Unidas a las que De Witte definió de “cómplices por negligencia”.

La escapatoria de Lumumba se realizó en medio de grandes dificultades por las lluvias y con sus enemigos pisándole los talones. Llamó en su auxilio a las tropas de la ONU estacionadas en el país, pero éstas, cínicamente, se negaron a ayudarle, siguiendo órdenes del mando central de las tropas en Nueva York. El 2 de diciembre, cinco días después de huir de Leopoldville, fue capturado mientras cruzaba el río Sankuru y quedó bajo custodia de las tropas de la ONU. La principal preocupación entonces de EE.UU. y Bélgica fue que se ejecutaran sus deseos, pero que fuera hecho por terceros, por los propios congoleños, pese a que habían reclutado en Europa a un par de sicarios para que realizaran el encargo.

Imágen de la captura de Lumumba por tropas del coronel Mobutu.

Imagen de la captura de Lumumba por tropas de las nuevas autoridades de Leopoldville.

No hizo falta: las tropas ghanesas del contingente de Naciones Unidas lo entregaron a las tropas de Mobutu junto a los ministros de su gobierno Okito y Mpolo, capturados junto a él. Fueron salvajemente maltratados por los soldados de aquel, en presencia de los “cascos azules”, quienes no hicieron nada para impedirlo. La ejecución, sin embargo, se había convertido en una patata caliente: nadie quería hacerse responsable directo.

La solución pasó por mandar a los prisioneros a Katanga, donde Tshombe y los katangueses y los belgas que les mandaban se encargaron del trabajo sucio. En un bungalow a las afueras de Elisabetville (hoy Lubumbashi), la capital, nuevamente son torturados, hasta haberlos convertido en dos guiñapos sanguinolentos. El 17 de enero de 1961, sin apenas poder caminar, Lumumba y sus dos colaboradores son atados y fusilados por un pelotón katangués mandado por un oficial belga. Sus cuerpos fueron troceados y disueltos en ácido sulfúrico, procediendo luego a esparcir los restos en diversos lugares para que no fueran reconocidos.

En esos momentos se producía el acceso a la Casa Blanca de John F. Kennedy. El nuevo presidente, archifamoso por su “Ich bin ein (sic) Berliner”, la proclama de defensa de las libertades en la dividida ciudad germana, no tuvo -como su antecesor- ningún aprecio por las peticiones para salvar la vida de un presidente legal y democráticamente elegido.

LA RESOLUCIÓN DE LA SITUACIÓN: EL ACCESO DE MOBUTU AL PODER

Mapa de las zonas en manos de las diferentes autoridades políticas en liza durante la crisis congoleña en 1961.

Mapa de las zonas en manos de las diferentes autoridades políticas en liza durante la crisis congoleña en 1961.

La muerte de Lumumba no solucionaría, a corto plazo, el panorama de guerra civil que se había abierto en el inmenso país del corazón de África. Clarificó, en todo caso, la situación respecto de las provincias independentistas, dado que la secesión de las mismas no fue otra cosa que un instrumento para desestabilizar al gobierno lumumbista. El gobierno de Kasai del Sur prácticamente quedó reducido a los alrededores de su capital, Bakwanga, estando el resto dominado por las fuerzas de Mobutu y Kasabuvu. Katanga, por su parte, dejó de tener viabilidad como estado títere, especialmente con el conflicto de intereses entre las dos potencias que intervinieron en el derrocamiento de Lumumba, EE.UU. y Bélgica. Los Estados Unidos, interesados en hacerse con los contratos de la minería de la región, vinculados entonces a la compañía belga que financiaba al gobierno de Elisabetville, la Union Minière du Haut-Katanga, impulsaron la intervención de la ONU. Tshombe, el enemigo de Lumumba que escupió y abofeteó al líder congoleño y sus ministros durante su cautiverio, abandonó el mando de la provincia rebelde y el Congo y se exilió en España.

Se impulsó entonces, en un país divido a Occidente por el gobierno golpista de Mobutu y al Este por el de los seguidores de Lumumba, encabezado por su viceprimer ministro Antoine Gizenga, un frágil gobierno de unidad nacional entre ambas facciones presidido por Cirylle Adoulla. Los lumumbistas, sin embargo, fueron expulsados dos años más tarde del mismo, y en 1964, tras el abandono de las tropas de la ONU del país, una maniobra conjunta Belgo-estadounidense colocaba sorprendentemente en el sillón de primer ministro del Congo al exiliado ex líder de Katanga Moïse Tshombe, y como una especia de “guardia pretoriana” del gobierno de Leopoldville a los mismos mercenarios europeos que habían luchado en la provincia rebelde contra el poder central que otrora encabezara Lumumba. Este giro copernicano llevaría a que, en ese año, la guerra comenzara de nuevo en la zona oriental del país, con la revuelta de los campesinos simbas contra la tiranía impuesta por el nuevo gabinete, quienes, encabezados por los lumumbistas Gaston Soumialot y Laurent Kabila -quien, tras el derrocamiento de Mobutu en 1997, se convertiría en el nuevo líder de la RD del Congo, aunque con un lumumbismo mucho más de forma que de contenido- tomaron Stanleyville en un cruento asalto.

Norteamericanos y belgas organizaron una operación de rescate de los rehenes secuestrados por los lumumbistas, la operación “Dragon Rouge”, en la que participaron paracaidistas belgas y mercenarios europeos dirigidos por el ex comandante del ejército británico Mike Hoare. La operación, sin embargo, resultaba peor solución de lo que esperaban los gobiernos occidentales: con la excusa de estar luchando contra el comunismo -el gobierno de Gizenga, en 1961, había recibido un apoyo más bien tibio del bloque soviético-, los mercenarios del bautizado como “Mad Mike” reventaban las cajas fuertes de los bancos y realizaban operaciones de saqueo con las que completar los sustanciosos sueldos que belgas y estadounidenses les habían prometido.

Con todo, la revuelta lumumbista, que había contado con el apoyo de Ernesto “Che” Guevara, quien marchó a combatir con un grupo de instructores cubanos, y quedaría muy decepcionado con el comportamiento de los líderes locales de la revuelta y los problemas para la extensión de una revolución socialista al uso en un entorno como el africano -lo que le haría reflexionar sobre la necesidad de actualizar los postulados del análisis marxista y de tomar conciencia de la existencia de una contradicción fundamental entre “países explotadores y pueblos explotados”-, había quedado controlada para 1965 por estos mercenarios. Mobutu, apoyado por unos países occidentales con los que mantenía una larga relación desde los días de la independencia y que era considerado como un fiel amigo en la lucha contra el comunismo en la región por aquellos, se deshizo en un golpe incruento de la carga que le representaba Kasabuvu y de un Tshombe que volvió a partir para su exilio español (y que, posteriormente, sería secuestrado por un agente francés, Francis Bodenan, que le hizo caer en una trampa relacionada con operaciones inmobiliarias y fue conducido a Argel, donde fallecería en 1969 sin que se sepa aún quien ordenó la operación), pasó a ejercer su dominio personal sobre el país, rebautizado como Zaire en una política de autenticidad africana que llevó a que las antiguas ciudades con nombres coloniales se rebautizaran con nombres acordes con la tradición local: Kinshasa por Leopoldville, Kisangani por Stanleyville, Lubumbashi por Elisabetville… hasta el propio coronel se rebautizó, pasando a llamarse, en una acumulación de epítetos rimbombante, Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu…, traducido como Mobutu el Todo Poderoso Guerrero etc.

El coronel Mobutu Sese Seko, presidiendo un acto en uniforme de gala y con la condecoración de la Gran Cruz de la Orden del Leopardo.

El coronel Mobutu Sese Seko, presidiendo un acto en uniforme de gala y con la condecoración de la Gran Cruz de la Orden del Leopardo.

Daba así comienzo un gobierno despótico y cruel amparado por EE.UU. y por países europeos como Francia (que en años recientes se ha convertido poco menos que en gendarme de los países africanos francoparlantes) caracterizado por la corrupción y los abusos que permitieron a Mobutu y los líderes del MPR (Mouvement Populaire de la Révolution, el partido único instaurado por el coronel) amasar auténticas fortunas con los negocios privados obtenidos de la explotación de los ingentes recursos naturales congoleños, entre ellos materias primas estratégicas como cobre, oro, cobalto, uranio, coltan o diamantes. La fortuna personal de Mobutu se calculó en 5.000 millones de dólares y su régimen comenzó con su conversión en propietario de catorce plantaciones en las que trabajaban 25.000 hombres. Los Estados Unidos le recibieron durante los años de la guerra fría como un campeón de la libertad y las administraciones de Washington y el Banco Mundial le ofrecieron generosas ayudas que no llegaron a la amplia mayoría del pueblo congoleño. Como colofón a los despropósitos de los treinta y dos años de gobierno del “emperador” de Kinshasa, Mobutu no tuvo ningún empacho en reivindicar como héroe nacional y erigir un monumento… a Patrice Lumumba.

LUMUMBA EN EL RECUERDO

Lumumba 2“Ninguna brutalidad, maltrato o tortura me ha doblegado, porque prefiero morir con la cabeza en alto, con la fe inquebrantable y una profunda confianza en el futuro de mi país, a vivir sometido y pisoteando principios sagrados. Un día la Historia nos juzgará, pero no será la Historia según Bruselas, París, Washington o la ONU, sino la de los países emancipados del colonialismo y sus títeres”. Con estas palabras Lumumba se despedía de su esposa Pauline, aun sin saberlo, en una carta que le escribió pocos días antes de su asesinato en la capital katangueña. Lumumba era un líder nacional, cuya ambición al fundar el MNC era la de que su partido representara a todos los congoleños en lugar de la representación de los intereses de una tribu o región en particular. Habilidoso orador y carismático, era el político mejor preparado del panorama del Congo previo a la independencia, lo que despertaba los recelos de quienes no tenían esas cualidades y además representaban facciones o grupos tribales sin capacidad de llegar al conjunto de las masas populares. Su papel de demócrata progresista -recordemos que los primeros llamamientos para intervenir en el país en los momentos en que surge la crisis los hace en Nueva York, a la administración norteamericana y a Naciones Unidas, lo que hace tambalear la leyenda de un “agente soviético” con la que el gabinete de Eisenhower justificó la intervención-apasionado de la defensa de la independencia nacional de las nuevas naciones, sin imposiciones por parte de las viejas potencias colonizadoras, y firme creyente en el poder de las naciones africanas para formar su propio destino han forjado la leyenda de Lumumba como un revolucionario honesto y genuino, la imagen de un luchador contra las injusticias que ocurrieron en el pasado y que quiso erradicar a su llegada al gobierno de una nueva nación libre. Esta faceta de Lumumba ha sido aprovechada por los Kabila -Laurent y su hijo Joseph- para reclamarse como herederos del anticolonialismo y el progresismo del histórico líder congoleño, y en consecuencia mantenerse en el poder, aunque sin que esto haya repercutido en un aumento del nivel de vida de la población o en una política panafricana que resuelva los conflictos que sacuden el corazón del continente. Queda pendiente, por tanto, el momento en que se complete el traspaso del legado de Lumumba a manos de sus verdaderos herederos, los pueblos del Congo y de África.

FUENTES:

Biografía de Patrice Lumumba, en http://www.notablebiographies.com/Lo-Ma/Lumumba-Patrice.html

Pierre Dorremans, “Nuevas revelaciones sobre el asesinato de Patrice Lumumba”, en http://www.elcorresponsal.com/modules.php?name=ElCorresponsal_Articulos&file=articulo&req_sectionid=2&req_articleid=162

“50 Años después el Departamento de Estado estadounidense reconoce el crimen “Nosotros matamos a Patrice Lumumba” en http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article62768

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículos, “Historia de la República Democrática del Congo”, “Crisis del Congo” y “Patrice Lumumba”.

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”. Barcelona, Pasado y Presente, 2011.

Noventa años del nacimiento de Amílcar Cabral

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El próximo 12 de septiembre se cumplirán noventa años del nacimiento de un desconocido y al mismo tiempo singular pensador, revolucionario y héroe de las luchas de la independencia africanas: Amílcar Lopes Cabral, líder del PAIGC (Partido Africano pela Independência da Guiné e Cabo Verde) y cabeza visible del movimiento independentista de Guinea-Bissau y Cabo Verde en su lucha contra el dominio colonial del Portugal salazarista. Su nombre no ha traspasado fronteras ni forma parte hoy día del imaginario colectivo mundial como pueden hacerlo otras personalidades como Nelson Mandela, Mahatma Gandhi o Yasser Arafat, pero a su pensamiento y obra merecen la pena darles un repaso, más aún si cabe en esta singular efeméride.

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Amílcar Cabral con los colores del PAIGC, el partido-movimiento independentista de Guinea Bissau y Cabo Verde que fundó y lideró.

Amílcar Cabral nació en 1924 en Bafatá, localidad de la entonces Guinea portuguesa, hijo de Juvenal Lopes Cabral, natural de Cabo Verde, y de Iva Pinhel Évora, guineana. El hecho de que sus padres fueran naturales de estas entonces dos colonias portuguesas y de que su infancia transcurriera entre Cabo Verde y Guinea-Bissau pudo llevarle, desde una perspectiva sentimental, que luego refrendaría en análisis y escritos, a propugnar la unión de ambos en un solo país, o al menos una federación de estados. Sus consideraciones unitarias, sus puntos de vista igualitarios y meritocráticos y su pensamiento para el desarrollo de las modernas sociedades africanas independientes, en las que la tradición no debía ser un obstáculo para la justicia, iban a ser, sin embargo, hechos que acabarían mezclándose trágicamente para acabar con su vida.

ESTUDIANTE BRILLANTE Y SENSIBLE LITERATO

A los ocho años de edad de Amílcar -un nombre escogido en homenaje precisamente a un héroe africano mucho más lejano en el tiempo, el general cartaginés Amílcar Barca-, la familia se desplaza desde la Guinea portuguesa a Cabo Verde. El padre, Juvenal, es un profesor de afición por la Agronomía y con especial sensibilidad por los temas sociales, algo que inculcará a su hijo. La faceta de Juvenal, sin embargo, tiene que realizarse de forma muy respetuosa y cauta, habida cuenta de que delante está una potencia colonizadora que, además, está gobernada por un régimen autoritario de corte fascista como el “Estado Novo” instaurado tras el golpe de Braga de 1926 y diseñado y construido por António de Oliveira Salazar a lo largo de los años treinta. Juvenal Cabral escribe al ministro de Colonias, proponiéndole una mejora de las condiciones de la agricultura caboverdiana, afectada por la sequía; habla y expone a su hijo Amílcar sus preocupaciones e ideas; escribe un libro, “Memórias e Reflexões”, donde refleja su pensamiento. Portugal, en aquellos años -década de los cuarenta- actúa sin embargo enviando un fuerte contingente militar mientras la población local, fuertemente castigada por la sequía y el hambre, emigra a Angola y otras colonias portuguesas o atraviesa el océano en dirección a América.

Las ideas reformadoras del padre y el sacrificio y entrega de la madre, Iva -mujer cuyo ejemplo de coraje en un contexto de necesidad familiar, que se pasa las noches realizando labores de costura para ayudar a la economía doméstica, le servirá para concienciar a los jóvenes que se unan al PAIGC del valor del esfuerzo y del trabajo- formarán parte del imaginario de luchador de Amílcar, algo que tratará de inculcar en sus compañeros de lucha por la independencia.

En Cabo Verde desarrolla sus estudios de Primaria y Secundaria. Sus notas son extraordinarias, y muestra su faceta literaria, publicando sus primeros poemas con el sobrenombre de Larbac (su apellido al revés). Una literatura muy unida a África y que seguirá viva en su adolescencia y juventud y que le llevará a frecuentar, ya en Lisboa, en la universidad, a otros jóvenes de las colonias con sus mismas inquietudes, no sólo literarias, sino también políticas: los angoleños Agostinho Neto y Mário de Andrade, Marcelino dos Santos, Viriato da Cruz…

Antes de partir para la metrópoli, donde cursará estudios en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de Lisboa -carrera que escoge por las charlas con su padre, que le transmite sus inquietudes por el campo y la agricultura de Cabo Verde-, se emplea como aprendiz en la delegación del archipiélago de la Imprenta Nacional lusa. Espera la concesión de una beca.

EN LA METRÓPOLI

Amílcar Cabral llega a Lisboa en 1945. La Segunda Guerra Mundial acaba, con la derrota de las potencias fascistas del Eje Roma-Berlín y del militarismo japonés, aliado de los primeros. En la península Ibérica, las esperanzas de los demócratas renacen, esperando que los aliados restauren la República en España, sangrientamente derrocada por los militares rebeldes encabezados por Franco en la Guerra Civil, y que finiquiten igualmente el “Estado Novo” de Salazar en Portugal. Unas esperanzas que, sin embargo, la política internacional de posguerra y el inicio de la “Guerra Fría” acabarán por diluir como una gota en un océano.

En ese ambiente, Amílcar se adhiere a manifiestos de adhesión de los movimientos democráticos, participa en asambleas de estudiantes antifascistas, de forma activa, pues su atractivo personal y su manera de expresarse, más allá del hecho de ser el único estudiante de color participante en las mismas, le confieren una gran popularidad. “Todo el mundo hablaba de él. Elogiaban su inteligencia y él, era, además, simpático y extrovertido”, recuerda su primera mujer, Maria Helena de Athayde Vilhena Rodrigues, a la que conoció en la universidad. Otros compañeros y amigos recuerdan a Amílcar como un individuo de dinamismo contagioso, gran sentido del humor y enorme capacidad de hacer amistades. “Mi hermano conseguía hacer amigos en todas partes”, dice su hermano Luís Cabral, quien sería el primer presidente de la Guinea-Bissau independiente. Y para corroborar esa capacidad de hacer amistades, hasta de las más variopintas, añade que, para la época de la actividad armada del PAIGC, “fue por amistad que los soviéticos nos proporcionaron los misiles con los que conseguíamos mantener a raya a la aviación portuguesa. El magnate italiano Pirelli era amigo suyo y nos proporcionó los trajes de oficial que utilizábamos. Todo por su amistad y simpatía.”

Imagen3Será allí, en el Portugal metropolitano, tan lejos de África, donde tomará cuerpo en la mente de Amílcar Cabral la necesidad de que las colonias portuguesas en el continente, y en su caso particular Guinea y Cabo Verde, recobren su libertad y hagan su propio camino. Un “regreso a África” que otros estudiantes procedentes de las colonias, llamadas por el régimen salazarista “provincias de Ultramar” en un intento de reflejar la continuidad de la patria portuguesa más allá de la metrópoli (de que Braganza y Cabinda, el Alentejo y Angola o las tierras del Miño y Cabo Verde eran todo un inmenso e indivisible Portugal) tendrán también presente. Escribe: “millones de individuos necesitan de mi contribución a esa lucha difícil que realizan contra la naturaleza y los propios hombres (…) Allí, en África, a pesar de las ciudades modernas y bellas de la costa, hay todavía millares de seres humanos que viven en los abismos más profundos”. Es la expresión de una toma de conciencia que le llevará, durante los años siguientes, a oponerse al colonialismo portugués.

Es la literatura, esa su pasión juvenil que cultivaba en Cabo Verde con el seudónimo de Larbac, lo que despierta durante su estancia en Lisboa esa “conciencia africana”. En los años cuarenta del siglo pasado en Portugal se fundaron las casas de estudiantes mozambiqueños, angoleños y “del Imperio”. Algunas de estas editaron pequeñas revistas de difusión literaria, siendo Mensagem la más importante. En ese ambiente circularon Agostinho Neto, Viriato da Cruz, Mario de Andrade, y el propio Amílcar. Allí se darían a conocer, siquiera modestamente,  la literatura y el pensamiento literario más vinculado a la africanidad: Harlem Renaissance, el panafricanismo, pero sobre todo la literatura brasileña tanto de poesía y ficción como de ideas. Y la “Anthologie de la nouvelle poésie négre et malgache, de Léopold Sédar Senghor, intelectual y político africano que sería héroe de la independencia del Senegal, y su primer presidente. Esta obra marcará profundamente a Amílcar Cabral, base para sus posteriores reflexiones sobre la “negritud” y la conciencia africana.

Esa conciencia africana, de la que se ven imbuidos otros compañeros estudiantes de las colonias y que formarán parte también de los posteriores movimientos de liberación en Angola, Mozambique, hará que Amílcar y esos otros colegas de estudio formen el Centro de Estudos Africanos, en casa de la santomense Alda Espírito Santo y su familia. La premisa: una “reafricanización de los espíritus”. “Demos a conocer Cabo Verde a los caboverdianos”, dirá en el archipiélago, en correspondencia a lo que acontece en Angola: “Partamos al descubrimiento de Angola”, como reza la divisa de un grupo de jóvenes intelectuales agrupados en torno al poeta Viriato da Cruz.

NEGRITUD Y AFRICANIDAD EN AMÍLCAR CABRAL

Amílcar Cabral, durante la segunda mitad de los sesenta, elabora una teorización sobre la crítica y “discernimiento” cultural del África y en especial del África bajo el dominio portugués, en relación a las necesidades de la lucha de liberación, jugando con tres elementos: personalidad cultural, resistencia al colonialismo y discernimiento de los elementos “positivos” de las culturas africanas. Su retorno al archipiélago, tras sus estudios en Lisboa y su primer trabajo en la Estación Agronómica de Santarém (capital de la región del Ribatejo, en el centro de Portugal) como empleado de los Servicios Forestales, le llevan a teorizar sobre el “espíritu caboverdiano” y a concluir la existencia de una “caboverdianidad”, forjada de un modo interracial -una fusión de los primeros habitantes de las islas, blancos y negros. Los mulatos en las islas son mayoría frente a los negros y ambos lo son frente a la población blanca- y por una historia que es común a la de la Guinea, a la que los portugueses llegaron a la vez que a Cabo Verde, y en la que el hombre se enfrentó al esclavismo y el dominio de una población foránea. Este conocimiento teórico debe ser, asimismo, coherente con la militancia. Para Cabral, el conocimiento de los problemas por parte de la élite intelectual africana, formada en las metrópolis y procedente de la pequeña burguesía, como es su caso, es un deber que estos individuos tienen con la colectividad: “concienciar al hombre de a pie”. “Los cuadros tienen que ilustrar a aquellos que viven en la ignorancia”. Su preocupación por la educación del pueblo será patente cuando, en las zonas liberadas por el PAIGC en Guinea, sean creadas escuelas y lugares de formación laboral para ese hombre corriente.

La recuperación de las raíces culturales de los pueblos colonizados, negadas o distorsionadas por el dominador colonial europeo, será también un elemento importante en el pensamiento de Amílcar. Escribe que para las potencias coloniales “no es posible armonizar la dominación política y económica de un pueblo con la preservación de su personalidad cultural” y que, por ello, el colonialismo precisa de “la negación del proceso histórico de un pueblo, usurpándole la libre gestión del desarrollo de sus fuerzas productivas”, desarrollando conceptos como “asimilación” o “apartheid”. El objetivo de la liberación nacional, que es recuperar el derecho usurpado por la dominación, es decir la liberación de las fuerzas productivas nacionales, es a su vez correlativa de la acción de volver sobre los pasos de la propia cultura del pueblo. Es por ello decisiva la tarea de reafricanización de la cultura del pueblo -una cultura que no ha desaparecido, sino que sigue latente en la memoria, en las tradición oral y en las zonas rurales, tales como aldeas y bosques, en las que el dominio colonial es menos potente- y particularmente de los líderes revolucionarios de las luchas por la independencia.

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Amílcar Cabral y Fidel Castro. Un grupo de voluntarios cubanos estuvieron en la entonces Guinea portuguesa, luchando del lado de los guerrilleros del PAIGC.

Se aprecia en Amílcar un lenguaje marxista.  Él, que ha convivido en Portugal con opositores al régimen de Salazar, entre los que destacan miembros del Partido Comunista Português, y ha vivido, como otros hombres de su generación, el magnético influjo de la victoria revolucionaria y a un tiempo con un claro viso de independencia nacional de los rebeldes de Fidel Castro en Cuba y la importancia que los movimientos socialistas han tenido en la independencia de antiguos dominios coloniales -el Vietnam de Ho Chi Min, la Argelia de Ahmed Ben Bella o la RD del Congo de Patrice Lumumba- será uno de aquellos hombres de su tiempo que verán en el socialismo el complemento necesario para que la independencia de los pueblos sea una realidad completa. Propugna que el PAIGC, el movimiento libertador que fundará en 1956, esté formado por los elementos más honrados, conscientes y trabajadores. Su conducta ha de ser intachable y su lucha el reflejo de las aspiraciones de guineanos y caboverdianos. Nada de divisiones étnicas, nada de discriminaciones por motivos de origen social o del lugar donde se nazca. Sin embargo, la realidad no hará posible que esto se cumpla, y dará pie a que la dificultad con que miembros del PAIGC nacidos en Guinea y Cabo Verde se unen inicialmente a la lucha común acaben por dividir el partido y, a la postre, el sueño de la nación común.

Volviendo a su análisis sobre la cultura africana, Cabral va a referirse al hecho que existen en una cultura elementos “positivos” y “negativos”, por lo que debe procederse al “análisis crítico de las culturas africanas en relación a los movimientos de liberación y a las exigencias del progreso”. En este sentido, debe determinarse cuáles son las contribuciones que la cultura africana ha hecho o puede hacer en la lucha por el progreso y cuáles contribuciones deben recibirse desde otras partes. Amílcar va mostrarse muy crítico con aspectos regresivos de las culturas africanas: gerontocracias, nepotismo, inferioridad social de las mujeres, ritos y prácticas que son incompatibles con el carácter racional y nacional de la lucha. Clama contra el espíritu y contra las costumbres de arrinconar a las mujeres a las tareas tradicionales, incompatibles con una lucha y una política modernas y revolucionarias. “Un miembro del partido no puede tomar varias esposas”, dirá, refiriéndose a la práctica habitual de la poligamia. 

EL PAIGC Y LA LUCHA ARMADA

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Insignia del PAIGC. Esta será posteriormente, sin las siglas correspondientes al partido, la bandera de la Guinea Bissau independiente.

Amílcar Cabral regresa a África, a la Guinea portuguesa, en 1954, como ya se dijo como empleado de los servicios agrícolas y forestales de la colonia. En 1969 escribirá “No fue por casualidad que volviéramos [su hermano Luís y él] para Guinea. No había necesidad material alguna que determinase nuestro regreso a nuestro país natal. Todo estaba calculado, paso a paso. Teníamos enormes posibilidades de trabajar en las otras colonias portuguesas e igualmente en Portugal. Abandonamos un buen puesto de investigador en la Estación Agronómica y lo cambiamos por uno de ingeniero de segunda clase en Guinea (…) Esto obedecía a un cálculo, a un objetivo, a la idea de hacer cualquier cosa, de contribuir al levantamiento popular, para luchar contra los portugueses. Es lo que hemos hecho desde el primer día que llegamos a Guinea”. Algunos años más tarde, el 19 de septiembre de 1959, Amílcar, junto con un pequeño grupo de compañeros (entre los que estarán caboverdianos como Aristides Pereira, Fernando Fortes o Abílio Duarte y guineanos como su hermano Luís, Júlio de Almeida o Elisée Turpin), celebró una reunión secreta en la que se fundó el PAIGC, que llevará el peso de la lucha armada contra el colonialismo.

En un principio, Amílcar quiere actuar dentro de la legalidad -cosa harto difícil, teniendo en cuenta que en Portugal, sea en la metrópoli o en las denominadas “provincias ultramarinas”, no existen más partidos políticos que el oficial del régimen de Salazar, la União Nacional, y derechos como los de huelga o manifestación están en suspenso desde la aprobación de la constitución del “Estado Novo” de 1933-. Hay que buscarse las vueltas, reajustando los estatutos de una asociación deportiva, sin éxito: las autoridades de la colonia no permiten el funcionamiento de la asociación porque la mayoría de los miembros no posee carné de identidad.

Cabral es un personaje molesto: su trabajo como ingeniero agrícola es excelente, pero sus opiniones políticas, conocidas desde los tiempos en que toma contacto con los jóvenes demócratas portugueses, hacen que el gobernador de Guinea, Melo e Alvim, le expulse a Angola. Allí tomará contacto activo con Agostinho Neto y Marcelino dos Santos, algunos de los jóvenes del Centro de Estudos Africanos y la revista “Mensagem” que tanta importancia tuvieron para la creación de una conciencia propia entre los miembros de los grupos de liberación anticolonialista. Ellos, fundadores del MPLA (Movimento Popular pela Libertação de Angola) acogerán a Cabral, que se liga desde el principio a los resistentes angoleños.

En una de las visitas que tiene permitidas realizar a Guinea, en 1959, fundará el PAIGC. La dictadura salazarista y el colonialismo que fomenta no dejan más alternativa que la de las armas. Eso se demuestra ese mismo año: pocas semanas antes de la fundación del partido, el 3 de agosto, tiene lugar una masacre perpetrada por fuerzas policiales y militares, con auxilio de residentes portugueses, contra unos manifestantes en huelga del muelle de Pidjiguití, en Bissau. Los disparos de las fuerzas coloniales y los simpatizantes del régimen dejan 50 muertos y más de un centenar de heridos.

Amílcar Cabral se desplaza por multitud de lugares del globo, tratando de recabar apoyos para la causa independentista. En 1957, previamente a la fundación del PAIGC, acude a París y allí toma contacto con anticolonialistas y demócratas portugueses en el exilio. Más tarde, en la Conferencia Panafricana de Accra (capital de Ghana); en Túnez, en la II Conferencia de los Pueblos Africanos; en La Habana; en Londres; incluso será recibido en audiencia en el Vaticano por el Papa Pablo VI, en un encuentro al que acudirá con Agostinho Neto y Marcelino dos Santos, líderes del MPLA. En 1963, el PAIGC saldrá de las catacumbas de la ilegalidad al que está condenado en las colonias portuguesas, instaurando en Conakry (capital de la entonces República de Guinea, hoy República de Guinea Conakry para distinguirla de la ex Guinea portuguesa) su delegación exterior.

En Londres, en 1960, proclamará abiertamente su condena al colonialismo lusitano, subrayando especialmente que la lucha del PAIGC no se realiza contra Portugal y su pueblo, sino contra el sistema colonial implantado por las autoridades lusitanas. Algo que mantendrá a lo largo de sus años de lucha. La intensa labor de contactos internacionales de Amílcar dará sus frutos, tantos como la actividad guerrillera desempañada sobre el terreno por los hombres y mujeres del PAIGC, especialmente en Guinea Bissau.

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Cabral con un grupo de sus hombres, durante la guerra contra las fuerzas coloniales portuguesas.

Sin embargo, Cabral y el PAIGC no renunciaron a una solución dialogada con el gobierno de Lisboa, y de ello dan fe recientes pruebas documentales y testimonios de la época. Lamentablemente, la postura del salazarismo nunca contempló una negociación que pusiera fin a la guerra en Guinea y supusiera, al final, la liquidación no sólo de la presencia portuguesa en la colonia sino de todo el imperio.

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Proclamación unilateral de la independencia de Guinea Bissau en las zonas liberadas por los guerrilleros del PAIGC, septiembre de 1973.

En 1973, no obstante, la situación era angustiosa para las fuerzas portuguesas. La guerra estaba perdida, tal y como le confesó el nuevo gobernador militar, el general António de Spínola -el primer presidente de la República en Portugal tras la Revolución de los Claveles- al dictador Salazar y sería necesaria una proporción de 10 soldados portugueses por cada guerrillero del PAIGC no para ganar la guerra, sino para estabilizarla, algo que no entraba en la cabeza del presidente del Consejo. En el plano exterior, la Organización para la Unidad Africana reconoció, en una reunión extraordinaria en Addis Abeba, capital de Etiopía, al recién proclamado Estado de Guinea Bissau, creado en las zonas liberadas por el PAIGC -que en 1966 ya podía proclamar haber liberado un cincuenta por ciento del territorio del país-. La nueva nación se convertía en el miembro número 42 de la misma. Eran muchos más los países del continente que reconocían a Guinea Bissau que los que reconocían a Portugal -sólo los regímenes racistas blancos de Sudáfrica y Rodesia (que, tras el derrocamiento del sistema de “apartheid” comandado por Ian Smith, pasaría a llamarse Zimbabue) lo hacían- y el régimen de Salazar se enfrentaba a sanciones en Naciones Unidas, había sido expulsado de la UNESCO y se encontraba con una hostilidad y un aislamiento mayores, venidos incluso por parte de quienes eran sus aliados en la OTAN.

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El mayor Otelo Saraiva de Carvalho, jefe del COPCON (Comando de Operaçoes no Continente) durante el 25 de Abril y cerebro de la propia Revolución de los Claveles en Portugal, estuvo muy influido por el ideario de Amílcar Cabral.

Será el pensamiento de Amílcar, su ejemplo y el de otros por aquella lucha por libertar a sus compatriotas y el cansancio acumulado por la guerra colonial, la falta de libertades públicas y la pobreza y el descrédito al que se veía sometido el pueblo portugués y el propio país lo que llevará a un grupo de jóvenes oficiales portugueses a poner fin, un año más tarde, a la dictadura salazarista, comandada ahora por el delfín Marcelo Caetano. El Movimento das Forças Armadas (MFA) desencadenará, el 25 de abril de 1974, un golpe militar que pasaría a la historia bajo el nombre de la Revolución de los Claveles. Fue el día de Otelo Saraiva de Carvalho, de Fernando Salgueiro Maia, de Ernesto Melo Antunes, Vasco Lourenço que devolvieron el protagonismo al pueblo portugués con las notas de una canción, “Grândola vila morena”, del genial José Afonso, y desinteresadamente pasaron al anonimato, con la satisfacción del deber cumplido. Las colonias portuguesas podían por fin acceder a su independencia. Algo que, sin embargo, Cabral no iba a poder ver.

LA MUERTE DE AMÍLCAR

Para cuando Guinea Bissau proclamó su independencia en las zonas liberadas por el PAIGC en Madina do Boé y fuera reconocida por la Organización para la Unidad Africana en la reunión de Addis Abeba, todo ello en el otoño de 1973, Amílcar Cabral ya había muerto asesinado en Conakry, en enero de ese año.

La historia oficial del PAIGC y de la independencia de Guinea y Cabo Verde contó, durante muchos años, que Amílcar había sido asesinado por agentes del régimen de Salazar. Al comienzo de la década de los setenta, Melo e Alvim, el mismo gobernador que expulsara de la Guinea portuguesa a Cabral, diseñó la operación “Mar Verde”, con el objetivo de capturar o eliminar a los miembros más destacados del PAIGC, incluyendo por descontado a su jefe. La operación, pese a no tener éxito, no significó que Cabral y los líderes independentistas guineanos y caboverdianos dejaran de ser un objetivo de la PIDE (Policia Internacional e de Defesa do Estado, la policía política del salazarismo).

Sin embargo, como profetizara el propio Amílcar -“Si alguien ha de hacerme algún mal, se encuentra aquí, entre nosotros. Nadie más puede acabar con el PAIGC, sólo nosotros mismos”- serán dos camaradas suyos los que acaben con su vida. Pero, ¿qué móviles influyeron para la comisión de tal crimen?

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Bandera de Cabo Verde entre 1975 y 1992. Era muy parecida a la de Guinea Bissau precisamente por aquella idea de unión o federación entre ambos países teorizada por Cabral.

En primer lugar, para cuando Amílcar es asesinado, el 20 de enero de 1973, la guerra de independencia de Guinea Bissau avanza muy favorablemente para los intereses del PAIGC. Surgen entonces incertidumbres sobre el mañana, qué pasará después de que se haya conseguido la independencia; y rencillas por el poder. Asimismo, influirán las diferencias entre caboverdianos y guineanos: los primeros llevan la manija de la dirección; los segundos, luchan sobre el terreno. Aunque esto no sea del todo cierto -hay también guineanos en los puestos de dirección, como se ha enumerado con anterioridad- será una excusa para acabar precisamente con quien más puede combatir, y con más clarividencia, tal división. Amílcar, que es guineano de nacimiento, ha pasado su infancia y sus estudios de muchacho en Cabo Verde, y es considerado también caboverdiano por quienes expresan su descontento con esa discriminatoria “especialización del trabajo”. Esta diferencia se resolverá, asimismo y ya con el cadáver de Cabral sobre la mesa, a favor de la separación de Guinea Bissau y Cabo Verde, frente a los defensores de su unión en un único país o su federación.

En segundo lugar, el presidente de Guinea Conakry, el otrora carismático líder Séku Turé, está celoso de la popularidad de Amílcar, que encuentra apoyos desde países y regímenes tan dispares como China, Cuba, el Vaticano, las avanzadas democracias de los países escandinavos o los regímenes socialistas del este europeo. Turé mantiene contactos con quienes se proponen acabar con él, y está convencido de que las divisiones en el seno del PAIGC y la muerte de Amílcar favorecerán sus intereses, que no son otros que los de unir su país con Guinea Bissau y hacer posible así el sueño de la “Gran Guinea”. El 21 de enero, un día después del asesinato, Séku Turé recibe en el palacio presidencial, a los cabecillas de la rebelión, quienes además han prendido a los dirigentes del PAIGC próximos a Amílcar: Aristides Pereira, Vasco Cabral, José Araújo, entre otros. Todo hace pensar que apoya a los asesinos de Cabral. Sin embargo, el presidente manda prender a los conspiradores, ordena al ejército que detenga para su interrogatorio a todos los elementos del PAIGC, e intercepta, en alta mar, el barco que lleva a los prisioneros para Bissau. A pesar de esta toma de cartas en el asunto para esclarecerlo -quién sabe si motivado por el hecho de tapar su intervención en el asunto -, otro hombre carismático del África de aquellos tiempos, el presidente senegalés Sedar Senghor, no dudará en afirmar en mayo de 1974 -un mes después de la revolución portuguesa y el inicio de las negociaciones entre Portugal y las colonias para la independencia de éstas- al embajador luso en Dakar, Nunes Barata, y al coronel Carlos Fabião, que Séku Turé estaba detrás del crimen.

En tercer lugar, no puede descartarse la intervención -por otro lado, infructuosa, a tenor del desarrollo de los acontecimientos militares en Guinea y la cada vez mayor ventaja del PAIGC sobre las fuerzas portuguesas- del propio régimen portugués y su policía política, la PIDE. Pese a que no fueron los autores materiales directos, es posible que el salazarismo decidiera dar un empujón a las querellas internas en el seno del partido independentista, siguiendo la máxima napoleónica “divide y vencerás”, en este caso dividiendo al oponente. La PIDE entrenó a algunos prisioneros de la guerrilla para que participaran en el atentado, y así queda demostrado en el caso de algunos de los intervinientes.

EL FIN DEL SUEÑO DE AMÍLCAR CABRAL

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Amílcar Cabral fue un revolucionario romántico, a la antigua usanza: un creyente en el socialismo, un intelectual que quería dar a su pueblo la esperanza de la cultura que él había tenido la oportunidad de recibir, un luchador por la independencia no sólo política de un país sometido al dominio colonial, sino también económica, sin sometimiento al neocolonialismo de nuevo cuño practicado por las potencias occidentales que arrebatan sus recursos a los pueblos del Tercer Mundo en provecho de una economía insolidaria y destructiva. Y deseaba que los dirigentes de su país fueran hombres íntegros, con un alto concepto de la moral pública, ejemplares en su conducta: “Aquellos que no respetan al pueblo y fingen hacerlo ante la dirección del partido, pero a sus espaldas, en su área de mando, tratan al pueblo como administradores colonialistas, esos se van fuera […] Porque hay algunos camaradas que están por sacrificarse mucho, pero con la idea de que mañana van a disfrutar, con un buen coche, criados, varias esposas, etc. Esos se engañan. Ya pueden despedirse de nuestro partido y lo van a ver”, escribió.

Con su muerte, sin embargo, se dio entrada en el PAIGC, en Guinea Bissau y en Cabo Verde a todo lo que él quería evitar. Amílcar Cabral murió por segunda vez con el golpe de estado de Nino Vieira del 14 de noviembre de 1980 en Bissau contra el gobierno de Luis Cabral, que desmembró el PAIGC y arrasó su gran sueño de hacer de Guinea Bissau y Cabo Verde un solo país, o, al menos, un unión de Estados capaz de imponerse a los designios hegemónicos de los gobiernos de Dakar e Conakry. Vieira desmontó el programa de reconstrucción y desarrollo de inspiración socialista ejecutado por el hermano de Amílcar, que tenía el apoyo de China o la URSS, pero asimismo también de los países nórdicos. En el golpe estaban presentes, de nuevo, las rencillas entre caboverdianos y guineanos. El derrocamiento de Luis Cabral no fue trágico: no acabó en la muerte de éste, como en el caso de Amílcar. Sin embargo, en él estaban presentes las motivaciones nacional-tribalistas y las aspiraciones de ganar cotas de poder que éste rechazaba fueran las aspiraciones del PAIGC.

Murió cuando los viejos camaradas de armas se dejaron vencer por el lujo, la ostentación, la corrupción y la prepotencia de un poder en cuyos laureles se dejaron dormir, mientras el pueblo, aquel pueblo en el que Amílcar pensaba y en cuya independencia política y económica pensaba – “Lutamos para liberar a nuestro pueblo, no solo del colonialismo, sino de todo tipo de explotación. No queremos que nadie más lo explote, ni blancos ni negros, porque la explotación no solo es cosa de los blancos; hay negros que quieren explotar más aún de lo que lo hacen los blancos”, escribió quizá premonitoriamente- pasa hambre y calamidades. Y muere también cuando esos viejos camaradas desean conservar el poder a costa, precisamente, de someter a un nuevo dominio colonial al país o de sembrar en su suelo la destrucción de una guerra aún más dolorosa que la librada a lo largo de once años contra el colonialismo portugués.

 

La triste historia de una muerte múltiple. La belleza de un sueño que no muere nunca.

Centro Cultural y Juvenil Amílcar Cabral (João Galego, Cabo Verde)

Centro Cultural y Juvenil Amílcar Cabral (João Galego, Cabo Verde)

ILHA

– poema de Amílcar Cabral – Praia, Cabo Verde, 1945 –

                Tu vives — mãe adormecida —

                nua e esquecida,

                seca,

                fustigada pelos ventos,

                ao som de músicas sem música

                das águas que nos prendem…

                Ilha:

                teus montes e teus vales

                não sentiram passar os tempos

                e ficaram no mundo dos teus sonhos

                —    os sonhos dos teus filhos   —

                a clamar aos ventos que passam,

                e às aves que voam, livres,

                as tuas ânsias!

                Ilha:

                colina sem fim de terra vermelha

                —    terra dura   —

                rochas escarpadas tapando os horizontes,

                mas aos quatro ventos prendendo as nossas ânsias!

FUENTES:

“Amílcar Cabral”, Wikipédia em português (pt.wikipedia.org)

“João Bernardo Vieira” y “Luis Cabral”, Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Carlos Pinto Santos, “Amílcar Cabral”, vidaslusofonas.pt

Eduardo Devés Valdés, “Amílcar Cabral: independencia y revolución”, Seminario de Investigación Interdisciplinaria. Facultad de Estudios Generales, Universidad de Puerto Rico, Recinto Río Piedras. Ciclo de conferencias “Cuatro figuras del pensamiento africano del siglo XX: Propuestas para una sociedad regional y mundial.” Febrero – Mayo 2007. III Sesión, 23/03/2007 (disponible para su descarga en pdf)

Amílcar Cabral, “Livro”, fundaçaoamilcarcabral.org (disponible para su descarga en pdf)

“Un héroe africano: Amílcar Cabral, el visionario” (Nedobandam, guinguinbali.com)

Julio Diego Carcedo, “Fusiles y Claveles. La Revolución del 25 de Abril en Portugal”. Madrid, Temas de Hoy, 1999