Henry Wallace. Un Bernie Sanders para los albores de la “guerra fría”

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Henry Wallace en una alocución por radio.

Las recientes elecciones en Estados Unidos supusieron para muchos votantes el ir a las urnas con “la nariz tapada”, al tener que elegir entre dos candidatos, Hillary Clinton, la candidata demócrata apoyada por las grandes finanzas y actores económicos ligados desde hace tiempo a la propia familia Clinton, y Donald Trump, el presidente electo, republicano y multimillonario del sector inmobiliario que ha atraído con un discurso populista de derechas a grandes capas de población frustradas por la quiebra del “sueño americano”. Ambos representan, por su origen y su esencia, la continuidad de un sistema político y económico que ha marcado hoy día de inseguridad a muchas generaciones.

Los bajos salarios y el subempleo, la deficiencia de las coberturas en materia de seguros sociales, sanidad, educación y otros servicios públicos (sobre todo si se las compara con el enorme gasto militar del país), la discriminación racial, el enriquecimiento escandaloso e impunidad de muchos “businessmen” de Wall Street y banqueros implicados en el nacimiento de la crisis económica de 2007 hicieron aflorar movimientos de protesta como el de Occupy Wall Street o, más recientemente, Black Lives Matter (Las vidas negras importan). Tras las esperanzas iniciales de la presidencia de Barack Obama (2008-2016), la campaña de las primarias del Partido Demócrata lanzó a un candidato poco menos que desconocido para el público internacional: el senador por el estado de Vermont (este de EE.UU.) Bernard Sanders.

Bernie Sanders, de 75 años, ya se había dado a conocer en la propia cámara legislativa de Washington con un discurso propio de un “outsider”, más cercano a las palabras de un portavoz del movimiento indignado neoyorquino que de la clase política establecida, criticando la codicia de los poderosos, la omnipresencia y omnipotencia de los poderes fácticos y las terribles desigualdades que sacudían a la sociedad estadounidense. Quizá por eso supo ganarse la confianza y el apoyo de miles de estadounidenses, especialmente los jóvenes y los trabajadores afectados por la deslocalización, la contención de salarios y el cierre de empresas del llamado “cinturón de hierro” de los estados del norte (el que, ahora, junto al “cinturón de la Biblia” del oeste y el medio oeste, ha dado la victoria a Trump). En un artículo escrito antes de la elección del nuevo inquilino del 1600 de la Avenida de Pensilvania, Sanders dejaba claras sus propuestas, que pasaban por puntos tan polémicos y anatemas poco menos para sus rivales, tanto entre los republicanos pero también dentro del Partido Demócrata como la propia Clinton: el abandono del intervencionismo militar estadounidense, políticas favorables a las nuevas energías, la oposición a las políticas económicas promovidas por el FMI y el Banco Mundial en el Tercer Mundo o la derogación de los tratados de libre comercio como el TTIP.

“Necesitamos a un presidente que apoye vigorosamente la cooperación internacional que estrecha lazos entre la gente a nivel global, que reduzca el hipernacionalismo y disminuya la posibilidad de una guerra. También necesitamos a un presidente que respete los derechos democráticos de las personas y que luche por una economía que proteja los intereses de los trabajadores y no solo los de Wall Street, las empresas farmacéuticas y otros intereses especiales. Fundamentalmente, necesitamos rechazar nuestras políticas de “libre mercado” y movernos hacia un mercado justo. Los estadounidenses no tendrían que competir contra trabajadores en países que pagan sueldos bajos y que ganan centavos por hora. Debemos tumbar el Acuerdo Transpacífico. Debemos ayudar a los países pobres a desarrollar modelos económicos sostenibles. Necesitamos acabar con el escándalo internacional en el que las grandes corporaciones y los más ricos no pagan billones de dólares en impuestos a sus gobiernos nacionales. Necesitamos crear decenas de millones de trabajos a nivel mundial, combatiendo el cambio climático global y transformando el sistema energético mundial para que se elimine el uso de combustibles fósiles. Necesitamos un esfuerzo internacional para disminuir el gasto militar en el mundo y abordar las causas de las guerras: la pobreza, el odio, la desesperanza y la ignorancia.”

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El senador por Vermont y candidato en las primarias del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Bernie Sanders.

No es de extrañar que, tal y como afirman muchos analistas, la sensación que ha quedado después de la nominación de Hilarry Clinton en detrimento de Sanders como candidata demócrata y su derrota (por la particularidad del sistema electoral norteamericano, aunque venció en voto popular) frente a Trump, el veterano senador podría haber batido al magnate. Durante varios días, la carrera por la nominación como candidato iba mostrando como Trump iba deshaciéndose de sus rivales a marchas forzadas -rivales que, dicho sea de paso, tampoco es que fueran mejores que él: el otro Bush en discordia, Jeff, exgobernador de Florida durante las elecciones de 2000 que, con la polémica victoria en aquel estado, dieron la presidencia a su hermano George W.; o Ted Cruz, un ultrarreligioso embebido de las mismas teorías sobre la excepcionalidad estadounidense durante los años de Bush Jr. y acólitos en la Casa Blanca-, mientras en el Partido Demócrata la cosa era mucho más ajustada. Sin embargo, la balanza acabó decantándose hacia una candidata que aquí señalaríamos como “del aparato”. Y no sólo del aparato del partido, sino del que se mueve por detrás de la política en Estados Unidos -y en un largo etcétera de países-. Sin necesidad de recurrir a las filtraciones de Wikileaks, la lógica de los discursos de ambos y de la trayectoria reciente de Hillary Clinton, embarcada desde el final de la presidencia de su esposo Bill en una agenda de contactos y negocios con los medios financieros, hacía que estos últimos estuvieran más que dispuestos a decantar la balanza hacia alguien mucho más maleable y que desde luego no supusiera un riesgo para su poder y beneficios.

Así, Juan Laborda escribe en “Voz Pópuli” que “los grupos económicos más importantes de los Estados Unidos, y muy especialmente el lobby del conglomerado militar y, sobretodo, el lobby financiero apoyaban a Hillary Clinton. De esto no hemos leído nada en la prensa patria, pero es de dominio público. Obviamente todos estos grupos de poder maniobraron contra Bernie Sanders, por su propuesta económica, y después contra Donald Trump, porque no estaba sujeto a su control.” De ahí que, pese a que se pudieron manipular -según esgrime el autor del artículo- las primarias demócratas para dar lugar a una victoria de la que todos los medios presentaban como “la primera mujer presidente de los Estados Unidos”, los electores descontentos volcaron su apoyo hacia un candidato al que el vilipendio mediático ha favorecido con una reacción rebelde del electorado a su favor, además de con un aura de “rara avis” y un discurso que, aunque vago, presentaba algunos puntos que han tocado la fibra sensible de una sociedad depauperada por la inacción y el alejamiento de los problemas reales por parte de los políticos de Washington y por la codicia de los especuladores.

Sin embargo, las propuestas de Sanders eran mucho más concretas y razonadas que las de Trump, y en un debate habría podido descolocar seriamente a un magnate cuyos exabruptos le habrían jugado una mala pasada frente a la firmeza de un candidato que podía hablar con mucha más honestidad sobre los problemas de los jóvenes, los trabajadores y las clases medias que un promotor inmobiliario cuya cuenta corriente acumula varios ceros y defraudaba al fisco estadounidense. Por este motivo, Laborda continúa diciendo: “Estados Unidos dejó de ser la tierra de las oportunidades. Dentro del mundo desarrollado es la sociedad más desigual tanto en términos de ingreso como de riqueza. Pero además es, paradójicamente, uno de los países donde menos esperanzas de movilidad hay entre los distintos grupos poblacionales, especialmente para el quintil más pobre […] En un estudio de 2012, Dan Ariely, profesor de Psicología y Economía del Comportamiento de la Universidad de Duke, presentó algunos datos especialmente fáciles de usar y entender sobre el tema de la desigualdad de ingresos […] La verdadera sorpresa del estudio es que la distribución real de la riqueza es mucho peor de lo que los propios encuestados creían y muchísimo peor de lo que ellos mismos creen que es justo. De hecho, cuando se le presentaba la opción entre la distribución real de la riqueza en los Estados Unidos (aunque deliberadamente se presentaba como puramente teórica) y un modelo idealizado más justo como el de Suecia, más del 90% de los republicanos y los demócratas prefieren el modelo sueco. Es un buen ejemplo de cómo el sistema político de confrontación entre los dos partidos grandes, igual que en España, se ha desviado de lo que piensan sus votantes de lo que en realidad es justo. Por eso, repito, Bernard Sanders hubiese ganado las presidenciales, por que hubiese retenido para los demócratas los estados de Ohio, Michigan, Pensilvania y, probablemente Florida”. Esta distancia de los partidos con la ciudadanía se refleja, además, en una encuesta de Gallup de 2015 que muestra la distancia de la población estadounidense con los dos grandes partidos que sostienen el sistema: alrededor de un cuarenta y cinco por ciento de los norteamericanos se declaran independientes, mientras que los que se declaran republicanos o demócratas alcanzan, respectivamente, el 29 y el 26 por ciento (http://www.eldiario.es/theguardian/Sanders-candidato-democrata_0_580942682.html). En estas circunstancias, lo más importante para amplias capas de la población es que surja alguien que les escuche y les ofrezca respuestas.

El caso de Sanders cuenta con un antecedente en la historia de Estados Unidos. Fue el caso de Henry Agard Wallace, secretario de Agricultura y vicepresidente con Franklin D. Roseevelt. Wallace, un convencido del “New Deal” que se hizo cargo de una cartera complicada por la terrible crisis económica y las graves circunstancias por las que pasaba el sector agrario estadounidense, tuvo la oportunidad de ser presidente de su país tras la Segunda Guerra Mundial con unos planteamientos que defendían la paz, las políticas sociales y el fin de las políticas discriminatorias y segregacionistas. El fracaso de la “opción Wallace” -incluso para sí mismo-, sin embargo, nos obliga a examinar las posibilidades que traía consigo este hijo de agricultores de Iowa.

EL CRACK Y LA GRAN DEPRESIÓN: AGRICULTURA COMO UN GRAN DEPARTAMENTO

Henry Agard Wallace nació en 1888 en la granja familiar de Orient, en el condado de Adair, Iowa, un próspero estado agrícola del norte de la unión por aquellos tiempos. La familia descendía de inmigrantes irlandeses y había conseguido hacerse con un hueco entre los más importantes agroempresarios de Iowa. Su abuelo fue fundador del periódico familiar, Wallace’s Farmer, un medio muy influyente entre los agricultores del estado, que lo leían en busca de información tanto sobre temas agrícolas como también políticos. El propio Henry Wallace padre desarrolló una carrera política como secretario de agricultura en las administraciones de los presidentes Harding y Coolidge.

Aunque tanto padre e hijo habían apoyado históricamente a los republicanos, el joven Henry Wallace cambió sus lealtades políticas a finales de la década de los 20, apoyando en 1928 al candidato demócrata a la presidencia de EE.UU. Al Smith -derrotado frente a Herbert Hoover- y cuatro años más tarde a Franklin Delano Roosevelt, que resultaría vencedor y presidiría una etapa decisiva en la vida política norteamericana: la recuperación económica a través del programa del “New Deal” y el enfrentamiento con Japón y las potencias nazifascistas europeas en la SGM.

Conociendo sus antecedentes en cuanto a su pensamiento político, no resultaba extraño que Wallace hijo apoyara a Roosevelt, quien se había comprometido a sacar al país de la depresión económica apoyando la intervención del estado y la defensa de los más desfavorecidos por la situación. De pequeño era frecuente que pasara por la casa familiar el científico y activista por los derechos civiles de los afroamericanos George Washington Carver, colega y estudiante de su padre en el Iowa State College, la universidad estatal. De joven, y en la misma universidad, Wallace pudo interesarse no sólo por la agricultura -sus estudios sobre la genética sirvieron para que desarrollara una empresa propia de investigación y aplicación de las variedades híbridas, lo que ha llevado a los organismos genéticamente modificados de la actualidad, un efecto que el propio Wallace no podía prever entonces-, sino por causas progresistas como la igualdad racial, el bienestar social o la regulación de la economía por parte del estado.

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Wallace con Franklin Delano Roosevelt.

De este modo, para la década de los años 1930 este curioso de la genética y sus aplicaciones en el ámbito agrario, empresario y editor era también uno de los progresistas más destacados de Estados Unidos, y Roosevelt, conocedor del apoyo que Wallace le había prestado para las elecciones, le reclutó para su administración como secretario de Agricultura una vez que fue elegido presidente. El “crack” bursátil de 1929 y las soluciones ortodoxas de la época tomadas por la administración republicana precedente, (continuadas en un primer momento por el propio Roosevelt, toda vez que la economía parecía volver a tomar un cierto aliento) habían dejado un rastro de empresas cerradas, negocios quebrados y una gran masa de desempleados a lo largo y ancho del país. En el campo las noticias tampoco eran muy positivas: la sequía que sacudió el Medio Oeste y las malas cosechas subsiguientes, el descenso de los precios, la imposibilidad de hacer frente a los créditos hipotecarios y de poder acceder a nuevos préstamos por parte de las familias campesinas desató una espiral de desahucios y de granjas abandonadas, con la subsiguiente emigración de muchas familias a otros lugares en busca de sustento (tal y como se refleja en la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”). Tras una prolongada etapa de crecimiento y de creación de nuevas industrias (siderometalúrgica, naval, aeronáutica, teléfono y telégrafos, automóvil…) surgida con la segunda revolución industrial, crecieron también el sindicalismo obrero y agrario (concentrado en torno a la figura de los sharecroppers o aparceros) y, aunque muy pequeño en relación a los dos grandes partidos del país, también comenzó a tener importancia una auténtica rareza para la “meca” por excelencia del capitalismo: el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Estos movimientos de la izquierda obrera y progresista comenzaron a tener una impronta decisiva, con la crisis y el nuevo gobierno de Roosevelt, a la hora de apoyar o de “empujar” a la administración del “New Deal” para la realización de políticas en favor de los trabajadores y las clases populares estadounidenses. Como escribe la periodista y socióloga Cristina Vallejo, “muchísima gente habría comenzado la historia de la lucha contra la desigualdad en Estados Unidos a partir de esta fecha, a partir del New Deal americano, a partir, incluso, de la segunda posguerra mundial. Pero ello implicaría incurrir en una gran injusticia, porque supondría borrar de la historia a quienes, ya desde finales del siglo XIX, habían luchado para crear conciencia y para establecer, aunque mínimamente, un esquema fiscal y sindical que contribuiría no sólo a frenar la creciente concentración de la riqueza sino también a redistribuirla.”

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La novela “Las uvas de la ira” de John Steinbeck es un relato desgarrador y fundamental para entender la crisis agrícola del Medio Oeste americano en los años 1930.

En 1933, tras una nueva entrada en recesión de la economía, Roosevelt tuvo que ponerse manos a la obra, estimulados entre otros por Wallace desde el departamento de Agricultura, quien desde entonces llevó a cabo muchas propuestas audaces, incluso controvertidas. Eran los momentos en los que había que aplicar las teorías reguladoras, intervencionistas y correctoras de los ciclos económicos desarrolladas por el economista John Maynard Keynes, y realmente demostrar que, como había afirmado el propio FDR, “no tener más miedo que al miedo mismo”. Así, el estado norteamericano se empeñó en un gran programa de inversiones en infraestructuras, subsidios, créditos públicos, construcción de un incipiente programa de seguros sociales (como la reforma del programa sanitario Healthcare, en un intento de crear un sistema nacional público de salud) y regulación del sistema financiero-bancario, empresarial (leyes anti-trust) y laboral para evitar los males acontecidos en el pasado más reciente. Qué duda cabe que estos programas fueron atacados por los sectores económicos y políticos más vinculados con el “statu quo” ya que, aunque se tratase de un programa reformista en beneficio de la mayoría (del interés general, como se dice en nuestros días) no faltaron los epítetos más despectivos hacia Roosevelt, incluyendo los de bolchevique o rojo. Por su parte, los medios políticos, de comunicación a la izquierda de los demócratas, los sindicatos e incluso el propio CPUSA, siguiendo la estrategia de frentes populares propugnada desde Moscú, apoyaron a Roosevelt y el programa desarrollado por éste.

El departamento de Wallace, bajo su dirección, se transformó en uno de los más importantes de la administración de Washington. Así lo escribe el historiador estadounidense David Woolner: “Wallace fue paladín de toda una variedad de programas del Nuevo Trato, como la Administración de Ajuste Agrícola, la Administración de Electrificación Rural, el Servicio de Conservación de Suelos, la Administración de Crédito Agrícola, los programas de cupones de alimentos y almuerzo escolar, y muchos otros. En el proceso, también transformó el Departamento de Agricultura en una de las más grandes y poderosas entidades en Washington. Wallace también expandió grandemente los programas científicos del Departamento de Agricultura, haciendo del centro de investigaciones del departamento en Beltsville, Maryland la mayor y más variada estación científica agrícola del mundo”. Las protestas en el maltrecho ámbito agrario persuadieron a Henry Wallace para presentar a Roosevelt una serie de medidas encaminadas a la intervención estatal y a la mejora en las prácticas agrícolas locales, varias de ellas, como se ha mencionado con anterioridad, no exentas de polémica respecto a la ortodoxia dominante. Así, para los hombres de negocios y los republicanos de la Cámara de Representantes, las medidas intervencionistas -como todas las que planteaba el “Nuevo Trato”- de Wallace, tales como los subsidios y las investigaciones con fondos públicos para el control de enfermedades de plantas y ganado, los cupones alimentarios para la población pobre de las ciudades, el control de cosechas para contribuir a revalorizar los productos del campo y las ganancias de los campesinos o la lucha contra la erosión y la investigación sobre cultivos resistentes a las sequías les hacía creer, si no en la proximidad de la administración Roosevelt al coco comunista, si por lo menos en un aumento de los gastos del estado de forma desorbitada que ponía en riesgo el equilibrio presupuestario, tal y como era concebido en la ortodoxia dominante hasta la fecha. De hecho, el departamento de Agricultura se convirtió, desde entonces, en una de las agencias gubernamentales más grandes, en tamaño e importancia (no en vano, todavía en 1933 el 25% de la población estadounidense vivía de la agricultura), del gobierno federal, y Wallace en una de las personalidades más valoradas de la administración, lo que le catapultaría a la vicepresidencia.

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Roosevelt firmando la ley de seguridad social, uno de los grandes avances de su etapa al frente de la presidencia.

De todos modos, muchas organizaciones políticas agrarias radicales (como la National Farmers Union) consideraban que las medidas de Wallace no habían ido lo suficientemente lejos. Pero Wallace era un progresista, entendido el término de acuerdo con la cultura política estadounidense. Lo que, para su época, podía semejarse a la izquierda republicana reformista en España, y, salvando las distancias y contextos geográficos a personalidades como Azaña, Prieto o Negrín en nuestro país, Lázaro Cárdenas en México o Jacobo Arbenz en Guatemala. Personalidades que, al igual que Wallace, sufrieron su identificación, temporal o permanentemente, con los comunistas o como títeres de los comunistas por sus políticas o por el apoyo o la coincidencia de criterios que mantuvieron con estos o con la Unión Soviética.

Así, el mexicano Carmelo Ruiz Marrero escribe que, a diferencia de la mayoría de los líderes entonces de los grupos marxistas (socialistas o comunistas) y de su base de militantes, los progresistas procedían de la clase media, y que su finalidad no era la abolición del capitalismo, sino la fundación de un nuevo estado capaz de articular armoniosamente el interés individual y el negocio privado con el interés de la colectividad y el bienestar general. “Los progresistas de la época no buscaban hacer la revolución o abolir el capitalismo, sino que postulaban que todas las clases sociales tienen un interés común en política limpia, transparencia en el servicio público, y en la erradicación de la corrupción, amiguismo e ineficiencia en el gobierno. El movimiento progresista fue posiblemente el movimiento de reforma más importante en la historia política de Estados Unidos. Muchas cosas que se dan hoy por sentadas, como las corporaciones de servicio público, agencias reguladoras, audiencias públicas en la legislatura o agencias de gobierno, y el activismo financiado por fundaciones, son legado de los progresistas.” Para muchos, sin embargo e incluso entre los demócratas, el progresismo de Wallace estaba demasiado escorado hacia la izquierda.

LA VICEPRESIDENCIA

La sociedad estadounidense a finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940 era, como durante la época de la PGM, profundamente aislacionista en lo que se refiere a las cuestiones de Europa. A pesar de la repugnancia que el pueblo estadounidense sentía por los regímenes nazi-fascistas, no querían verse involucrados en una nueva guerra en el “viejo continente”, y ni siquiera el expansionismo japonés en el Pacífico, dirigido contra las potencias imperiales europeas -las posesiones estadounidenses, reducidas a unas pocas islas, eran muy pequeñas en comparación con los inmensos territorios que Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos dominaban en el continente- resultaba entonces preocupante para un país que no tenía un imperio colonial (al menos no en su aspecto “formal”). Sin embargo, Roosevelt y su administración eran conscientes de que Hitler, lejos de ser un baluarte frente al comunismo como habían supuesto las clases altas de Gran Bretaña, suponía una amenaza para los ideales democráticos. Lo había confesado el propio presidente con amargura al darle la razón a su embajador en España Claude H. Bowers, quien le había insistido una y otra vez en la necesidad de ayudar a la República, cuando los sublevados comandados por Franco finalmente se hicieron con la victoria en la guerra civil.

Pero existía además otra razón, más prosaica, según desvela Gore Vidal, para temer una victoria hitleriana en Europa, y era el hecho de que para una potencia comercial como los Estados Unidos -y máxime para el futuro, cuando la economía estadounidense recuperara el vigor perdido tras la Gran Depresión- el dominio por parte de la dictadura nazi de todo el continente cerraría las puertas a los productos norteamericanos.

De este modo, al contrario de lo que ocurrió con la España republicana, Estados Unidos comenzó a suministrar armas y otros pertrechos vitales a Gran Bretaña, lo que fue esencial también para aumentar la producción industrial y exportarla en un momento en que, aunque con efectos mucho más matizados que la de 1929, el país vivía un nuevo brote recesivo. Asimismo, el hecho de que la población estadounidense considerara el Pacífico un territorio más propio de su expansión territorial (aunque fuera a través de protectorados, fideicomisos o de relaciones de otra índole, como en Guam, las Islas Marianas o en las Filipinas) que Europa hizo a la administración Roosevelt establecer sanciones a Japón.

E iban a ser estas sanciones lo que desencadenarían la guerra en el Pacífico, a tenor de lo que escriben Eric Hobsbawn y Gore Vidal. La firma de la alianza japonesa con Roma y Berlín puso sobre alerta a las potencias democráticas, quienes sin embargo no lo habían hecho en el caso de la invasión de China y el establecimiento del estado títere de Manchukuo en la parte septentrional del país -hasta entonces, sólo la URSS prestó ayuda al gobierno chino para hacer frente a la invasión japonesa-. De este modo, las sanciones, que amenazaban con estrangular una economía japonesa en una dinámica ascendente y necesitada de materias primas, que planeaba obtener mediante la conquista de territorios situados al sur. Así, para Hobsbawn, “fue el embargo occidental (es decir, estadounidense) del comercio japonés y la congelación de los activos japoneses lo que obligó a Japón a entrar en acción para evitar el rápido estrangulamiento de su economía, que dependía totalmente de las importaciones oceánicas. La apuesta de Japón era peligrosa y, en definitiva, resultaría suicida. Japón aprovechó tal vez la única oportunidad para establecer con rapidez su imperio meridional, pero como eso exigía la inmovilización de la flota estadounidense, única fuerza que podía intervenir, significó también que los Estados Unidos, con sus recursos y sus fuerzas abrumadoramente superiores, entraron inmediatamente en la guerra”.

Esa entrada inmediata en guerra se produjo con el ataque premeditado y sin previo aviso a Pearl Harbor, Hawai, en 1941, lo que para Gore Vidal significó que Roosevelt obtuvo el shock que permitió presentar el inicio de las hostilidades y la entrada en guerra -tanto con los nipones como con Alemania, que cuando se encontraba enfangada en el frente este decidió declarar la guerra también a EE.UU.- con un amplio consenso de la población, dando la vuelta a las encuestas de opinión. “Él fue nuestro gran Maquiavelo.  Sabía, mejor que cualquier otro presidente anterior, cómo funcionaba el mundo. Estaba plenamente consciente de que el hundimiento de nuestros barcos nos había empujado a la guerra contra Alemania en 1917, pero eso no sería suficiente en 1941. Necesitaba un trauma de importancia que decidiera a los norteamericanos por la guerra.”

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Imagen del ataque a Pearl Harbor por parte de la aviación japonesa.

En 1941, Henry Wallace se convirtió en vicepresidente y en uno de los representantes más activos de la administración y de la política de Roosevelt en el extranjero, en particular en el área de América Latina. En 1940 y 1943 ejerció de una suerte de “relaciones públicas” de EE.UU en la zona, en un momento en que las prioridades diplomáticas del gobierno de Washington habían virado forzosamente, pero en el que además la “doctrina Monroe”, vigente dese las postrimerías del siglo XIX y la guerra hispano-norteamericana, que había convertido al continente en el terreno clásico de intervención estadounidense -el famoso “patio trasero”-, fue sustituida por la política de “buena vecindad” rooseveltiana y la tolerancia con regímenes y gobiernos que, en otras etapas históricas, los propios Estados Unidos no dudaron en derrocar alentando conspiraciones internas y operaciones secretas de la CIA.

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Pedro Aguirre Cerdá fue presidente de Chile tras la victoria de las fuerzas de izquierda agrupadas en el Frente Popular.

Merece la pena destacar el carácter de estos nuevos gobiernos latinoamericanos de los años treinta y cuarenta, animados tanto por factores políticos internos como la lucha contra el despotismo y la corrupción como por factores globales, como la crisis económica y el descenso de los precios de las materias primas en los mercados mundiales. Muchos estados del sur de Río Grande decidieron entonces emprender políticas de reforma económica basadas en el modelo del “New Deal” y programas ambiciosos de redistribución o nacionalización de la riqueza nacional. Tal fue el caso del gobierno de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), que llevó a cabo un plan de redistribución de tierras y de nacionalización de los recursos petrolíferos, lo que no dejó de levantar las iras de la clase terrateniente y oligárquica mexicana así como de los intereses empresariales estadounidenses, como la Standard Oil. Contemporáneos a Cárdenas fueron los gobiernos de Frente Popular de Chile (1936-1941) presidido por Pedro Aguirre Cerdá; el de Jorge Eliécer Gaitán, del Partido Liberal e inpirado en el propio “New Deal” estadounidense, desde la alcaldía de Bogotá y el ministerio de Educación colombiano (su acceso a la presidencia de la República fue torpedeado por sus compañeros de partido, y su posterior asesinato en 1948 generó una ola de violencia popular en la capital); e incluso regímenes corporativos y populistas como los de Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, inspirados en un fuerte movimiento de masas y en un liderazgo carismático al modo de los fascismos europeos, pero con la salvedad de que, lejos de destruir el movimiento obrero socialista o comunista, se apoyaron en él y pusieron en marcha sus propuestas y reivindicaciones, como la creación de un sistema de cobertura social en Brasil. Como epígono de todos estos movimientos de transformación social en Latinoamérica, en 1944 una revolución cívico-militar liderada entre otros por el futuro presidente Jacobo Árbenz derrocaba en Guatemala -una república bananera por excelencia- al dictador Jorge Ubico, inauguraba la democracia en el país centroamericano con un destacado programa de reforma social y rescataba del exilio, para luego ser elegido como jefe del Estado, al profesor Juan José Arévalo.

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Billete de mil pesos colombianos con el retrato de Jorge Eliécer Gaitán.

¿Cuál fue el motivo del viaje de Wallace? Aparte de en su calidad de representante del gobierno norteamericano, y por lo tanto tratando de establecer o reforzar los lazos de cooperación, amistad y comercio (en 1940 asistió en México a la toma de posesión del general Ávila Camacho como relevo de Lázaro Cárdenas en la presidencia, siendo el primer representante de Washington que acudía a tal acto), el objetivo no era otro que posibilitar la alianza de los estados latinoamericanos con EE.UU. en el enfrentamiento venidero con Alemania y Japón. Trece de ellos mantenían relaciones con las potencias del Eje y, al igual que en la propia Norteamérica, existía una importante diáspora europea establecida en estos países y procedente de Alemania, Italia y otros estados fascistas o fascistizantes aliados de los primeros, como Hungría o Rumanía. Era necesario por tanto contrarrestar la influencia que estos grupos podían tener en la opinión pública y sobre los gobiernos nacionales para inclinarles hacia el Eje o, al menos, hacia una neutralidad que no evitara intercambios comerciales velados o informales o actividades de inteligencia favorables a las potencias nazi-fascistas.

Wallace, según cita Ruiz Marrero para el viaje emprendido por México, condujo su propio automóvil y realizó un periplo por varios rincones del país, conversando con gente de diferentes estratos sociales y conociendo la realidad social del  vecino del sur. “Insistió en viajar entre la gente común. Pronto, miles esperaban en los pueblos para conocerle. Visitó fincas de subsistencia al igual que industriales, estaciones experimentales agrícolas y oficiales del gobierno. No cesaba de hacer preguntas […] Con su entendimiento del idioma español y su respeto al pueblo mexicano, Wallace ayudó a fortalecer la amistad entre ambas naciones, lo cual era particularmente importante ante la guerra que se aproximaba. Tras la inauguración de (Avila) Camacho, Wallace pasó un mes viajando por México con el secretario de agricultura designado, Marte Gomes”. El problema, continúa este autor, fue que, para el contexto mexicano, su bienintencionada insistencia -y no sin cierta razón- en la necesidad de la mejora de la productividad agrícola fue tomada por el nuevo gobierno del país azteca como un estímulo para olvidar y hasta revertir el curso de la reforma agraria y el reparto de tierras de la etapa anterior, en un proceso de apertura a las explotaciones industriales y los “agronegocios” que mostrarían muchas caras oscuras con el paso del tiempo y el auge de la (mal) llamada revolución verde y la utilización en masa de fertilizantes y pesticidas químicos.

Esa preocupación por los problemas de la gente corriente de los países latinoamericanos (aunque se reflejara en el caso de la agricultura industrial en una solución errada con el paso del tiempo) se desarrolló también en su insistencia a la Junta Económica de Guerra de EE.UU. de que todo contrato que se realizara con los estados latinoamericanos debía incluir una cláusula laboral por la que se debía garantizar a los trabajadores “una retribución adecuada y un entorno de trabajo seguro”. Una política que por muy obvia que pueda resultar para el sentido común no deja de echarse de menos en el apoyo histórico norteamericano a gobiernos que omiten todo respeto por las reglas y recomendaciones de la OIT y que aplican o han aplicado las conocidas “doctrinas de choque” económico.

Pero además, ese interés por el “común de los mortales” de Henry Wallace es sintomático de algo que va a tener su continuación en el debate sobre la política a seguir por Washington en el mundo de la posguerra, especialmente en lo que se refiere al rol de Estados Unidos como “superpotencia”. Frente a la visión del “siglo americano”, Wallace contrapone su particular enfoque: el “siglo de la gente corriente”. El “siglo americano” fue un eslogan lanzado por el magnate de los medios de comunicación Henry Luce en 1941, quien, al abrigo de la entrada de EE.UU. en la guerra y posiblemente dentro del barullo eufórico y patriótico que sacude las conciencias de una nación que entra en guerra y piensa en términos de victoria, preveía un nuevo sistema mundial de posguerra basado en el liderazgo internacional de los Estados Unidos. Wallace, desde su visión cívica y republicana, contraponía a aquellos ideales imperiales el concepto del “common century man” tras una etapa de tres décadas en que precisamente habían sido las ambiciones de conquista, de creación y expansión de imperios, las que habían llevado a la Humanidad a una de sus etapas más oscuras con dos guerras globales de por medio.

Su visión podía resultar utópica -¿acaso no es precisamente la persecución de la utopía lo que da sentido a la propia historia del hombre?-, pero resultaba una utopía mucho más agradable que aquella otra que, con posterioridad, iba a resultar más certera, la de empujar o imponer a las naciones del mundo un paradigma político y social, el famoso “american way of life”. Como escriben Oliver Stone y Peter Kuznick, “Wallace, a quien los más pragmáticos tachaban de soñador y visionario, deseaba un mundo de abundancia basado en la ciencia y la tecnología, un mundo sin colonialismo ni explotación, un planeta pacífico donde reinase la prosperidad compartida”. Y por ello Wallace defendería el fin de los imperios coloniales -entre ellos, el británico, a pesar de la alianza entre Washington y Londres-; el fin de la discriminación racial en los Estados Unidos; el concepto de coexistencia pacífica con la URSS o las políticas sociales redistributivas y el papel del Estado como árbitro de la vida económica (de esa manera, y como escribe Cristina Vallejo, Wallace dijo a la Convención Demócrata en 1944 que para garantizar “beneficios para la mayoría en vez de la minoría, sería necesario utilizar, después de la guerra, nuestro sistema de impuestos mucho más hábilmente de lo que lo hemos hecho en el pasado para lograr los objetivos económicos”). Si globalmente el pronóstico de Luce fue más acertado, no cabe duda de que las propuestas del entonces vicepresidente se mostraron tremendamente avanzadas, aunque cuando se pusieron en marcha se había perdido un tiempo muy valioso y se vieron rebajadas en sus posibilidades por otros muchos condicionantes -el fin del colonialismo dejó paso al neocolonialismo; la igualdad de derechos para los afroamericanos no ocultó otras formas de discriminación y la coexistencia pacífica con la URSS en tiempos de Kennedy y Brezhnev no puso fin a la guerra fría ni al dominio, muchas veces férreo, ejercido por las dos potencias en sus respectivas esferas de influencia-.

UNA ZANCADILLA ¿INESPERADA?: EL VICEPRESIDENTE TRUMAN

Para aquellos que hubieran deseado que principios como los que Truman defendía siguieran rigiendo la política estadounidense, el jarro de agua fría recibido en Chicago en la convención demócrata de 1944 seguro que fue una amarga sorpresa. Pero, conociendo la capacidad de resistencia y de influencia del “establishment” y de los poderes políticos conservadores (incluso dentro del Partido Demócrata, como se ha visto recientemente en el caso de Sanders), a nadie podía extrañar que fueran capaces de movilizar todo lo que fuera posible para evitar que Wallace ascendiera aún más. Y el escenario de ver al vicepresidente en ejercicio como futuro presidente de Estados Unidos no estaba tan lejano: Roosevelt estaba cada vez más enfermo y envejecido (a Yalta ya había tenido que acudir en la silla de ruedas que le acompañaría en los acontecimientos e imágenes postreras de su vida), y aunque los electores y militantes demócratas de base daban todo su apoyo al progresista de Iowa, a los capitostes del partido -y en especial a los jefes del partido en el sur, que era desde los tiempos de la guerra civil y la política abolicionista de Abraham Lincoln el gran feudo demócrata- no les gustaba su inclinación izquierdista y su mensaje igualitario, antisegregacionista y proclive al intervencionismo estatal en la economía o la política fiscal. Para un momento en que la economía estaba ya en plena expansión gracias a la guerra y los créditos y las necesidades de reconstrucción de los aliados europeos garantizaban pingües beneficios a las empresas, para muchos no tenía sentido continuar con la senda marcada por el “New Deal”, especialmente cuando esas empresas podían favorecer, y mucho, los intereses del partido.

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Harry Truman celebrando su elección presidencial en 1948 con la famosa portada en la que se afirmaba erróneamente que el republicano Dewey le había derrotado.

De este modo, y pese a los consejos dados al propio presidente Roosevelt por muchos, entre ellos su propia esposa Eleanor -una mujer algo olvidada en la Historia y que merece destacarse por su adhesión a numerosas causas progresivas de su tiempo, desde la defensa de la España republicana a la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, y que fue uno de más firmes apoyos de Henry Wallace- así como los elementos liberales y progresistas del partido, permitió que se planteara la cuestión de la elección del candidato a vicepresidente (y a corto plazo su sucesor más inmediato, dado su estado) para ir con él en las elecciones de 1944 -en las que sería el cuarto mandato de Roosevelt-, sucumbiendo a las presiones de los conservadores de dentro del mismo. Estos últimos presentaron como candidato alternativo a un senador desconocido por Missouri, Harry Truman.  En un artículo en el blog estadounidense Nomadic Politics podemos leer que empujó al presidente a tal decisión: “La estima de Roosevelt hacia su vicepresidente, que había sido un valor seguro, se había esfumado en beneficio de las cuestiones prácticas. Muchos asesores de la Casa Blanca sentían que el vicepresidente se había escorado demasiado hacia la izquierda, dada la naturaleza de la política bipartidista. Un potencial ganador debía ser inclusivo y centrista. En pocas palabras, para ganar, un político debía ser todo para todo el mundo, pero especialmente para los sostenedores del poder.” Teniendo en cuenta que, como escribe el politólogo estadounidense Peter Deier, Wallace era (por referir sólo las cuestiones internas), un tenaz abogado de los sindicatos, los seguros nacionales públicos de salud y la igualdad de género y habría sido, de ese modo, el presidente más radical -y tomemos siempre esta palabra con alfileres- de la historia de Estados Unidos, no es de extrañar que el pragmatismo de la alta política en toda su crudeza hiciera acto de presencia.

La semblanza que realiza Gore Vidal sobre Truman no puede ser más crítica hacia éste: “la mayoría de los norteamericanos no tienen información sobre la historia, la geografía y lo que pasa en el mundo […] Lo que saben de Truman es que era un hombre pequeñito y bonachón, que tocaba el piano. No sabía nada de nada. Detrás de él estaba un Príncipe Metternich, el secretario de Estado Dean Acheson, abogado internacional que sabía de todo. Fue él quien diseñó el estado militarizado que emergió a partir de 1949 con Harry Truman, con la CIA incluida […] De modo que terminamos con un terrible presidente al frente del gobierno. Era tan malo que lo convirtieron en un ídolo. Todos los ignorantes admiran a Harry Truman, y no saben por qué. Él terminó con la República y nos colocó en esta ola de conquista”.

Pero, ¿cómo pudo este hombre “pequeño y bonachón” que finalmente dio al traste con las esperanzas levantadas por el “New Deal” y por un personaje como Wallace colocarse al frente de la primera potencia mundial -tal y como emergió del resultado de la SGM-? Precisamente porque los mismos que le auparon a la candidatura le auparon, pucherazo mediante -según Stone y Kuznick-, a la victoria en la Convención. A la hora de votar, la ventaja en número de delegados proclives a Wallace con la que contaba Wallace era tremendamente grande. De modo que se los jefes del partido consiguieron posponer la votación y maniobraron para que su candidato, Truman, consiguiera finalmente la victoria, que obtuvo en la tercera votación en medio de una gran confusión y un terrible tumulto, como puede verse en las imágenes del tercer episodio del documental de los propios Stone y Kuznick. “Hubo reparto de embajadas, direcciones generales y demás cargos. También hubo pagos en efectivo […] A petición del propio Roosevelt Wallace se conformó con la secretaria de Comercio y siguió en el gabinete”.

LA DENUNCIA DEL PÁNICO ROJO Y EL ANTICOMUNISMO Y SUS ÚLTIMOS DÍAS EN POLÍTICA: EL PARTIDO PROGRESISTA

Aun desde el propio gobierno, Wallace se mostró tremendamente crítico frente a la política que iba a seguir el nuevo presidente Truman, toda vez que poco tiempo después de la elección de Chicago Roosevelt fallecería y el antiguo senador de Missouri le sucedería al frente de la Casa Blanca. Truman iba a dar un giro de 180º a la colaboración entre los aliados anglosajones y la Unión Soviética, cuyo primer hito iba a ser el empleo práctico de las investigaciones del “proyecto Manhattan”, el proyecto de la bomba atómica, cuando éste hubo dado resultados. El lanzamiento en agosto de 1945 de las dos bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, bajo el pretexto de acabar la guerra con Japón con el menor derramamiento de sangre y en especial de bajas estadounidenses, esconde el hecho de que Japón estaba dispuesto a capitular ante la entrada soviética en la guerra del Pacífico, pactada con Roosevelt una vez finalizada la guerra en Europa, y el avance meteórico del Ejército Rojo en Manchuria y Corea. Truman, según explicamos en otra entrada -“La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”- lanzó la bomba para adelantar el final, evitar la entrada de la Unión Soviética en las negociaciones sobre Japón -al contrario de lo sucedido en Alemania- y lanzar un aviso a los rusos en un momento en que el anticomunismo, para la Casa Blanca y de acuerdo con los informes y percepciones de asesores como Dean Acheson, George Kennan o Foster Dulles, estaba empezando a suceder al antinazismo.

Wallace denunció la deriva de la política exterior estadounidense, comenzando por el intervencionismo estadounidense en favor de la política imperial británica, que contrastaba con las actitudes de la administración previa favorables a la descolonización, a la Carta de San Francisco que consagraba el derecho de los pueblos a escoger libremente la forma de gobierno bajo la cual querían vivir o la propia tradición antiimperial -al menos hasta finales del siglo XIX- de los Estados Unidos, así como la creencia en la superioridad de los pueblos anglosajones para regir el mundo. “En el mundo que comienza, ninguna nación tendrá el derecho divino de explotar a otras. Las naciones viejas tendrán el privilegio de ayudar a las naciones jóvenes a desarrollarse, pero esto no puede significar imperialismo económico o militar”, afirmaba. Por este motivo, condenaba el hecho de que EE.UU. fuera a solucionar o a sustituir a Gran Bretaña en la suerte de entuertos coloniales o neocoloniales en que estaba metido en los primeros tiempos de la posguerra, como fueron Irán -reclamando la salida de las tropas soviéticas del norte del país más por defender los intereses petrolíferos que la soberanía persa- o Grecia -apoyando al gobierno derechista y reprimiendo a los antiguos milicianos izquierdistas del ELAS para evitar un gobierno de concentración y permitir la reinstauración de las prácticas dictatoriales de antaño, lo que llevó a la guerra civil-.

Al mismo tiempo, otro de los factores criticados por Wallace respecto a la política exterior fue el de la progresiva ruptura de la alianza de posguerra con la URSS insertando progresivamente lógicas anticomunistas, que se fueron insertando también en la política interna (incluso antes de la “caza de brujas”). Las sucesivas negativas a considerar las demandas de la URSS respecto al acceso al Mediterráneo por el estrecho de los Dardanelos, la entrega de 400 millones de dólares para la lucha anticomunista a los gobiernos de la propia Turquía (100) y Grecia (300) -gobiernos que la administración Truman caracterizaba del “mundo libre”, pero que Wallace preguntaba de modo pertinente si acaso cabía calificar realmente de democráticas- y las sucesivas presiones para suprimir de los gabinetes de posguerra de Europa Occidental a los ministros comunistas -que conllevaron la represalia por parte soviética en las nacientes “democracias populares” de Europa del Este con respecto a los ministros conservadores, agrarios o democristianos-llevaron a Wallace a afirmar que eso precisamente llevaría a Stalin y a la URSS a ser precisamente lo que desde la administración Truman esperaban que fueran. “Cuanto más duros seamos nosotros, más duros serán los rusos”, dijo. La política de la coexistencia y la cooperación pacíficas se veían sustituidas por la política de la confrontación.

¿Era realmente bueno el presagio de Wallace? Si nos atenemos a las afirmaciones de Oliver Stone y Peter Kuznick, Eric Hobsbawn o Josep Fontana, la “guerra fría” se inició precisamente por esas percepciones que los dos posteriormente contendientes, inspirados por el miedo, los malentendidos y las acciones agresivas que aquellos empujaron, se vieron obligados a adoptar. Los norteamericanos fallaron en su percepción de que realmente los soviéticos se preparaban para hacerse, si no con la guerra, con los frutos de la guerra, siguiendo el discurso de Churchill en Fulton. Los rusos, por su parte, se vieron nuevamente amenazados por las acciones de la contraparte e inspirados por su miedo atávico, fruto de experiencias históricas desagradables de invasiones como las de Napoleón o Hitler y decidieron tomar un control cada vez más férreo de su zona de influencia, que era además u “colchón de seguridad” frente a nuevas invasiones procedentes de Europa Occidental.

De hecho, Joan E. Garcés, en su obra “Soberanos e intervenidos”, escribe de modo parecido, afirmando, como los anteriores autores, que los Estados Unidos no tenían realmente un riesgo de conflicto con la URSS -motivación principal del “pánico rojo”; de hecho, los soviéticos, que habían reducido el volumen de hombres en el Ejército Rojo, tenían como su mayor preocupación la reconstrucción de su país o la lucha contra la hambruna desatada en zonas occidentales, como Ucrania, no el levantamiento de un imperio-, y que la “guerra fría” no era sino un modo de “guerra preventiva”. Así lo explica el propio autor (que, escribiendo sobre el caso español, explica además que ese paso del antinazismo al anticomunismo permitió al gobierno de Franco su entrada en el sistema geopolítico occidental y contar como excepcional aliado norteamericano): “¿Quién preparaba en 1945 tamaña guerra contra EE.UU.? Nadie. El arma nuclear era monopolio de EE.UU. El presupuesto de la nueva guerra era la ruptura de la colaboración entre EE.UU. y la URSS. Los analistas y programadores de los supuestos enumerados concluían, el 11 de febrero de 1946, que b)la URSS necesita de diez a quince años para salir de su debilidad y alcanzar fuerza militar bastante para oponerse a los Estados Unidos con alguna razonable posibilidad de éxito; c)excepto para fines puramente defensivos, la URSS evitará al menos durante cinco años el riesgo de un conflicto armado de envergadura con EE.UU. ¿Dónde residía, pues, en 1945 el riesgo de otra guerra general? En una anticipación hipotética…”

Pero en esa anticipación -que luego no fue tal, porque las predicciones se revelaron falsas, por ejemplo en el caso de la posibilidad de que los soviéticos desarrollaran la bomba atómica y Estados Unidos dejara de poseer su monopolio- Truman y los “halcones” no podían quedar como los malos de la película. Cualquier actuación debía justificarse apelando a una histórica doblez, ya fuera de Stalin (cosa que le venía como el anillo al dedo, ya fuera apelando a las sangrientas purgas desarrolladas en el país o al pacto Molotov-Ribbentrop de 1939) o de la propia Rusia desde los tiempos del imperio zarista, como realizaban algunos diplomáticos estadounidenses. De ese modo puede entenderse el discurso de la “iron curtain” (telón de acero) de Churchill en Fulton o el desarrollo de la “doctrina Truman”, en su discurso a la Cámara de Representantes solicitando la concesión de los 400 millones para Grecia y Turquía, estableciendo la necesidad de EE.UU. de defender el “mundo libre” más allá del continente americano -doctrina que hoy día sigue vigente-. Consiguieron así que los soviéticos -cuya mayor preocupación no eran las cuestiones morales, sino el interés de su propio país- se comportara como esperaban: implantando el telón de acero, finiquitando las “vías nacionales” al socialismo de las democracias populares (con exportación de purgas incluida en Europa Oriental) y entrando de lleno en el juego de la carrera de armamentos y la “guerra fría”.

La advertencia de Wallace sobre ese juego de durezas respectivas no fue seguida en absoluto. Y es que, a pesar de que conocía perfectamente que en el nuevo mundo de posguerra las potencias vencedoras podían regirse por cuestiones prácticas, esperaba que aún por esa vía se consiguiera más en beneficio de las mayorías, a través del entendimiento y la cooperación mutua, que a través de la desconfianza y los prejuicios que presidieron las relaciones durante los años de 1945-1950. Así, aunque tanto los norteamericanos como los soviéticos persiguieran su propio interés, si ambos hubieran reconocido la legitimidad de las reclamaciones y la postura de la contraparte los resultados hubieran sido más satisfactorios, no sólo para sus pueblos, que habrían podido evitar una locura colectiva, una escalada en la represión interna y un gasto más que considerable en armamento, sino para otros pueblos envueltos en la misma guerra preventiva en el resto de continentes. Por esa razón, Henry Wallace afirmaba las bondades de una competencia pacífica entre los sistemas norteamericano y soviético: “Los rusos deberán tener más en cuenta las libertades personales, y nosotros prestar más atención a los aspectos de justicia socioeconómica”.

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Henry Wallace durante un mitín en el Madison Square Garden de Nueva York, denunciando la política de la administración Truman, la escalada de tensión con la URSS y el “pánico rojo”.

Decepcionado por la deriva en el interior de la administración, presentó su renuncia y preparó su candidatura a la presidencia  en las elecciones de 1948 por un renacido Partido Progresista, junto al antiguo actor y cantante Glen Taylor. Su candidatura era un clavo en el zapato para Truman, debido a que Wallace había sido, de largo, la segunda figura más importante del “New Deal” tras Roosevelt y era muy popular entre los trabajadores y los sindicatos, los intelectuales de izquierda (entre quienes le apoyaban se encontraban Albert Einstein o el músico Paul Robeson) y los movimientos de derehos civiles. Pero tenía en contra un factor: el anticomunismo, que se había instalado de tal forma en la administración y amenazaba la propia vida y estructura social posterior al New Deal, con investigaciones a los ciudadanos y los movimientos sociales y políticos por parte del FBI o la recién formada CIA y la necesidad de comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas implementado a instancias del senador Joseph P. McCarthy. Los sindicatos, las organizaciones de derechos civiles, el mundo del cine y el espectáculo, incluso la investigación del ejército (lo que a la postre costó el fin de la aventura inquisitorial del senador) fueron objeto de escrutinio, con bochornosas actuaciones por parte de personas como Walt Disney, Elia Kazan, Gary Cooper o Ronald Reagan delatando voluntariamente a sus compañeros por actividades de corte progresista a las que era fácil, en ese momento, etiquetar de “comunistas”. El “pánico rojo” sirvió para purgar la estructura de los sindicatos y los movimientos sociales y restar gran parte de su fuerza, lo que facilitaría con posterioridad los ataques neoliberales.

También pasaría factura al Partido Progresista de Wallace, quien fue tachado como comunista -lo cual era parcialmente cierto en el sentido de que el CPUS apoyaba su candidatura, pero también en el pasado había mostrado su apoyo a Roosevelt- y el hecho de que hiciera bandera de la igualdad salarial y de derechos de los afroamericanos (aspecto defendido ya en el pasado por el propio CPUS) no hizo sino poner en bandeja la excusa de “rojo” tanto a los republicanos como a los demócratas y segregacionistas del Sur. Manifestantes se concentraban en la puerta de los mitines de Wallace con pancartas que le caracterizaban como títere de Stalin; el propio Truman dijo no querer los votos de Wallace “y sus comunistas” y su número dos y candidato a vicepresidente, Glen Taylor, fue golpeado y detenido por la policía en Birmingham (Alabama) por hacer caso omiso de las puertas separadas por razas durante el Congreso de los Jóvenes Negros del Sur. Wallace, al saber esto, se refirió a la hipocresía de condenar las agresiones a las libertades cometidas en Europa del Este mientras en Estados Unidos existía segregación racial, discriminación laboral o arbitrariedades policiales como la que acababa de ocurrir.

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Wallace con Glen Taylor, su candidato a vicepresidente por el Partido Progresista en las elecciones presidenciales de 1948.

La campaña del miedo surtió efecto. Truman fue elegido por delante del republicano Thomas E. Dewey -pese a que algunos medios cantaron la victoria de éste último-. Wallace quedó cuarto con el 2,4% de los votos (aunque obtuvo mejores resultados en algunos estados industriales y de la costa este, como Nueva York, donde consiguió el 8,3%), superado por Strom Thurmond, gobernador demócrata de Carolina del Sur y que se presentó por el segregacionista y efímero Partido Democrático de los Derechos de los Estados, conocido popularmente como Dixiecrat. Este fracaso supuso la retirada definitiva de Wallace del mundo de la política, regresando al mundo de los negocios agrícolas.

Aunque no volvió a intervenir en política, la campaña anticomunista de la “guerra fría” acabó por surtir efecto incluso en él, apoyando al presidente Truman en su postura en la guerra de Corea y revisando sus antiguas percepciones sobre la URSS, explicando su cambio de postura en el libro “Why I was wrong” (“Por qué estaba equivocado”). En sus últimos años de vida, apoyó las candidaturas de los republicanos Eisenhower y Nixon, con lo que completó un lamentable giro de 180º. Murió en 1965, víctima de esclerosis lateral amiotrófica.

EPÍLOGO: SIMILITUDES RECIENTES

Cuando Wallace se presentó a las elecciones por el Partido Progresista, su campaña, al igual que la de Bernie Sanders, no fue financiada por las grandes corporaciones industriales y financieras, optando por recaudar fondos de los particulares, los militantes y simpatizantes del partido, en aras de hacer política en interés de los votantes y no de las minorías. En uno de los mítines del partido, el antiguo locutor de radio William Gailmor exhortaba así a los presentes: “Al Partido Progresista le falta, y se enorgullece de que le falte, la riqueza de Wall Street y el dinero de los industriales. Este partido no está respaldado por el poder de los militaristas, los intereses creados de los dos viejos partidos. Este partido del pueblo depende de todos y cada uno de ustedes.”

No en vano, el poder del 1% frente al 99%, de la minoría rica sobre la mayoría popular, trabajadores, clases medias, pobres en cada vez más número excluidos de la retórica del “American Dream” que el propio Sanders denunció en el Senado estadounidense, ya era denunciado por el vicepresidente con palabras que hablaban de los fascistas americanos. No eran fascistas porque portasen esvásticas o saludasen con el brazo en alto (imposible en un país que prestó ayuda y luego combatió del lado de los aliados), sino por otras razones, aunque perfectamente comprensibles a poco que se rascase en la retórica vacua: “Dicen ser superpatriotas, pero destrozarían todas las libertades de nuestra Constitución. Demandan libertad de empresa, pero son los cabecillas de los monopolios y los intereses creados. Su objetivo final es tener en sus manos el poder político para, de este modo, usando el poder político y el poder económico simultáneamente, mantener al hombre de la calle en un estado de subyugación eterna”. En aquel entonces, Wallace hablaba de fascismo; hoy día nos referiríamos al neoliberalismo. Quizá por ese motivo apelaba al Estado social -por ejemplo, mediante la política impositiva- para evitar el surgimiento de nuevos Hitler que pudieran alimentar su éxito apelando a la desesperación de las masas.

Los parecidos entre el discurso y la época de Wallace y la de Sanders -y la de los movimientos que los impulsaron, desde los arruinados “sharecroppers” y los obreros sin trabajo de la Gran Depresión a los arruinados por las hipotecas “subprime” y los indignados de Occupy Wall Street– son muchos pese a la distancia en el tiempo que ha pasado entre unos y otros. Lo que debemos lamentar en este caso es, precisamente, la cantidad de tiempo perdido (o echado a perder) que figura entre aquellas décadas de 1930-1940 y este comienzo del siglo XXI. Ojalá no caigamos de nuevo en el mismo error.

FUENTES:

Bernie Sanders, “El modelo económico global está fracasando”. Tercera Información, 10/07/2016. En http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/07/10/el-modelo-economico-global-esta-fracasando

Juan Laborda, “Por qué Bernie Sanders hubiese ganado la elección presidencial”. Voz Pópuli, 10/11/2016. En http://www.vozpopuli.com/desde_la_heterodoxia/Bernie-Sanders-ganado-eleccionpresidencial_7_970472945.html

Carmelo Ruiz Marrero, “La vida y pasión de Henry A.” En http://www.alainet.org/es/active/53429#comment-0

“Tengo celos de Cuba”. CubaDebate. Entrevista a Gore Vidal. 12/10/2006. En http://www.cubadebate.cu/noticias/2006/10/12/tengo-celos-de-cuba-dice-gore-vidal/#.WGpPKLngwrg

Cristina Vallejo, “Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente”. FronteraD, 12/11/2015. En http://www.fronterad.com/?q=ricos-no-siempre-ganan-historia-sobre-conciencia-igualitaria-en-estados-unidos-y-sus-lecciones-para

“Henry A.Wallace”. Biografía en United States History (http://www.u-s-history.com/pages/h1754.html)

“Henry Wallace (1888-1965)” en The Eleanor Roosevelt Project (https://www2.gwu.edu/~erpapers/ teachinger/glossary/wallace-henry.cfm).

“Henry Wallace and The Last Progressive Party”. Nomadic Politics, 09/12/2013. En http://nomadicpolitics.blogspot.com/2013/12/henry-wallace-and-last-progressive-party.html

Peter Dreier, “Henry Wallace, America’s Forgotten Visionary”. ThruthOut, 03/02/2013. En http://www.truth-out.org/news/item/14297-henry-wallace-americas-forgotten-visionary

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos: Una visión crítica de la política nortamericana del último siglo”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Joan E.Garcés, “Soberanos e intervenidos: Estrategias globales, americanos y españoles”. Madrid, Siglo XXI, 2012.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículo “Franklin D. Roosevelt”.

 

 

 

 

 

 

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De dictaduras

Para todo demócrata, el rechazo de fórmulas autoritarias es algo que debe quedar fuera de toda duda. En las últimas fechas, a través de algunas lecturas, he estado reflexionando sobre un hecho, y es el tema de la nostalgia que ha quedado en los ciudadanos que vivieron en regímenes dictatoriales por estos o, al menos, por algunos aspectos de los mismos, dándose fenómenos como la “Ostalgie” en el este de Alemania (lo que fue la República Democrática Alemana) o la “Yugonostalgia” en las antiguas repúblicas que configuraron la Yugoslavia socialista (http://elordenmundial.com/2015/10/07/la-yugonostalgia-y-la-ostalgie/). En España también conocemos este fenómeno nostálgico por la dictadura del general Franco, basado, como escribió Paul Preston (prólogo a “Anti Moa” de Alberto Reig Tapia) en laminar los costos materiales y humanos que supuso la guerra civil consecuencia del golpe de Estado contra la República, la represión o el aislamiento y la autarquía iniciales del régimen en beneficio de la prosperidad económica y la estabilidad que siguieron durante los años sesenta, cuando España, beneficiándose de la alianza con los Estados Unidos y su papel de “baluarte” anticomunista en la guerra fría, sobrevivió (junto con Portugal) a la derrota de los fascismos y se incorporó al concierto internacional y a la corriente de prosperidad económica de aquellos años. Argumentos similares, dentro de sus respectivos contextos y sistemas, aparecen casos como los anteriores.

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Club Yugonostálgico “Josip Broz Tito” en la población montenegrina de Cetinje. Al fondo, banderas de la RFS de Yugoslavia y de algunas de sus antiguas repúblicas. A la izquierda, los escudos de las repúblicas federadas sobre un mural con la bandera yugoslava.

La caída del bloque del Este y la disolución de la Unión Soviética, el “faro” de la revolución proletaria durante decenios, no pudo por menos que ser traumática para los comunistas, incluso para los eurocomunistas de Europa Occidental, y para otras fuerzas de izquierda que tuvieron entonces que enfrentarse al legado de represión, cuando no de terror, de aquellas dictaduras en medio, además, de un fuerte avance de las corrientes del capitalismo más extremo, como los neoliberales de la escuela de Chicago o políticos que desde el poder (Ronald Reagan, Margaret Tatcher) defendían un adelgazamiento del sector público, menos intervención estatal y mayor número de exenciones fiscales a las grandes fortunas. En esta ofensiva, no sólo desde el terreno económico, sino también desde el ideológico, la identificación de la democracia con el capitalismo resultaba fácil por el desastre que supuso el “socialismo real”, por la tendencia de su clase dirigente a vivir pensando que sólo ellos tenían razón (a pesar de sus evidentes errores) y al destruir los intentos que incluso desde su interior trataron de reconducirlo por caminos de tolerancia, pluralismo y respeto al individuo (Hungría en 1956 o Checoslovaquia en 1968, como los casos más conocidos, pero también el encarcelamiento, el exilio o la degradación de personalidades que perseguían esos ideales dentro del socialismo, como los alemanes orientales Wolfgang Harich, Stefan Heym o Rudolf Bahro).

Por motivos como estos, a la democracia liberal y al capitalismo triunfantes no les resultaba difícil equiparar al fascismo con el comunismo e intentar condenar ambas ideologías como equivalentes. El recuerdo de los horrores vividos por las víctimas de la represión actuaba, además, como un fuerte catalizador para que se llevara a cabo tal condena e intentos de ilegalización de los partidos comunistas en las nuevas democracias de Europa Oriental, como ocurrió en Rumania en 1989 y como estuvo a punto de ocurrir en Rusia en 1991-1992, con la ilegalización del PCUS en la Federación Rusa, decisión luego revocada por el Tribunal Constitucional de la luego independiente federación. Por este motivo, no podía dejar de sonar como herejía el discurso de apertura del Bundestag de Stefan Heym (el diputado de más edad), que había sido elegido como independiente en las listas del Partido del Socialismo Democrático, el grupo depurado de antirreformistas heredero del SED comunista de la RDA, en el que hacía un llamamiento a los diputados de la nueva Alemania unida a no despreciar los aspectos más positivos de la fenecida república, como la asistencia social, la provisión de bienes públicos por el Estado o la importancia de los valores humanos frente a los materiales (“la parte más importante del cuerpo no son los codos”, refirió el anciano “patriarca de las letras” germano-oriental). Asimismo, también recibió un aluvión de críticas Gregor Gysi, líder reformista del SED y luego del PDS y actual diputado de Die Linke (el grupo resultante de la fusión de aquel con los izquierdistas alternativos occidentales de Oskar Lafontaine) al negarse a considerar la RDA como un “Estado injusto” o “Unrechtstaat” (http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/02/actualidad/1412273686_976223.html). La motivación de Gysi podía estar no tanto en negar el carácter dictatorial y opresivo del régimen como en la negativa a llevar a cabo una reducción simplista de la historia de la república, común entre los círculos políticos alemanes occidentales, que identifique a la antigua Alemania Oriental con los aspectos más negativos y reprobables de éste (la vigilancia de la Stasi, el muro, la burocracia y el inmovilismo de sus dirigentes) y barra de un plumazo tanto sus valores originales de alternativa democrática, popular y antifascista para Alemania, sus logros en materia social y el hecho de que, hasta su mismo final, hubiera gente dispuesta a mantener el socialismo y la independencia de la república, bien que con otro espíritu más plural y libre y con mejores relaciones con sus vecinos occidentales. Sobre este tema, a Gysi se le criticó por ser capaz de condenar al III Reich pero no a la RDA, que merece una consideración diferente del régimen dictatorial de la RDA, dado que la república alemana oriental, para muchos, nació con una vocación diferente de aquello en lo que se tradujo finalmente y que luego, incluso en 1989, grupos reformistas y opositores trataron de recuperar (Véase “La cuestión alemana ¿L’enfant terrible de la historia europea?” de Manfred Kossok, en VV.AA., “Transiciones a la democracia en Europa y America Latina”, México, Porrúa/Universidad de Guadalajara, 1991.), lo que entra dentro de una corriente intelectual y política alemana que concibe a ambos como equivalentes (“dos dictaduras alemanas”) y que ha recibido un severo rapapolvo por parte de los supervivientes y familiares de víctimas del Holocausto.

Alguien puede ver, efectivamente, en todos estos intentos una especie de “lavado de cara” equiparable a los intentos revisionistas que se han venido realizando por parte de los grupos neonazis o neofascistas, como en España la Fundación Francisco Franco o grupos del franquismo sociológico que han escrito obras tratando de justificar el golpe militar achacando las culpas del mismo a la República o definiendo el mismo como un “período de extraordinaria placidez” vivido con “naturalidad” por la inmensa mayoría de los españoles, como refirió el diputado del PP y ex ministro Jaime Mayor Oreja. Una diferencia que creo esencial es el hecho de que nadie puede justificar que por el hecho de la existencia de políticas más o menos acertadas o incluso elogiables desde el punto de vista del progreso o del desarrollo social, económico o cultural, que eso sirva para la implantación de regímenes autoritarios o totalitarios o que, a la inversa, aquellas sólo puedan estar garantizadas a través de la negación de la diferencia de criterios, el debate y la búsqueda de las mejores propuestas para llevarlas a cabo o para encontrar otras alternativas mejores, si las hubiera, a las mismas. La placidez y la normalidad, que en muchos casos lo que enmascaran es la represión y el miedo, no pueden servir para justificar la existencia o las “bondades” de una dictadura, pues esa misma placidez y normalidad se encuentran en estados democráticos como Suecia o Finlandia (esa Finlandia democrática, neutral y con un partido comunista fuerte que no fue satelizada por la URSS, aunque mantuvo una política exterior favorable a la misma, la llamada “finlandización”, tan criticada como elogiada, lo que demuestra que existió una alternativa en los años de la inmediata posguerra y que también pudo ponerse en marcha en Europa del Este). Una aspiración que por cierto tenía la Segunda República y que se hubiera podido alcanzar, sin golpe de estado mediante, después de unos años de lógica incertidumbre y de inestabilidad común a todos los procesos de construcción y consolidación democrática (de los que la propia transición española de los 70 no fue una excepción).

En segundo lugar, la existencia de diferentes corrientes en el seno del propio movimiento socialista y comunista hacen difícil realizar una condena unánime del comunismo y del marxismo como se ha realizado o se realizó en su día, a través de los juicios de Nuremberg y de la publicidad universal de los horrores de los nazis en los campos de concentración o de los fusilamientos mussolinianos en las Fosas Ardeatinas y los crímenes cometidos por la Italia fascista en Etiopía, del nazifascismo. No sólo por la ruptura que para el movimiento comunista internacional supuso la quiebra entre el comunismo fiel a Moscú y el comunismo de Europa Occidental, el eurocomunismo, forjado a través de las invasiones soviéticas de Hungría y Checoslovaquia, sino porque dentro del propio bloque oriental hubo, desde la propia transformación progresiva de las democracias populares en regímenes dictatoriales férreamente controlados por Moscú, disidencias en el seno de los partidos y del movimiento socialista-comunista. La “temible” Ana Pauker, la dama de hierro y fiel estalinista del comunismo rumano, se ha demostrado era una mujer opuesta a planes estalinianos como las purgas (incluyendo las de elementos de los partidos liberales), las colectivizaciones forzosas o la política “antisionista” (http://jwa.org/encyclopedia/article/pauker-anna). Reformistas como Imre Nagy, Aleksandr Dubcek, la alemana oriental Liga de los Comunistas Democráticos, el economista soviético Eugeni Varga (que propuso la idea de una tercera vía económica mixta, ni capitalista ni socialista, para las democracias populares) o la escritora y militante del SED Christa Wolf… todos ellos sufrieron la muerte (física o civil), la incomprensión o el ostracismo y a pesar de ello siguieron demostrando su fe en el socialismo y en la posibilidad, cada vez más remota, de que fuera posible una reforma del sistema que le acercara a los orígenes de su ideario, hacia la sentencia de la teórica del marxismo Rosa Luxemburg: “No hay democracia sin socialismo, no hay socialismo sin democracia”. El hecho de que estas personas fueran militantes de los mismos partidos comunistas de los que también eran o habían sido miembros Stalin, Honecker o Ceaucescu y se declararan comunistas como ellos ilustra las múltiples diferencias que existían incluso dentro de los propios comunistas tras el “Telón de Acero”. El profesor Vicenç Navarro en su artículo “Franquismo o fascismo” (http://blogs.publico.es/dominiopublico/1308/franquismo-o-fascismo/) lo afirma de la siguiente manera: “En realidad, había más diferencias entre un Gorbachov (en 1991) y un Stalin (en 1924) que entre un Franco del 1975 [o un Arias Navarro o un Blas Piñar de 1975, podríamos añadir] y un Franco del 1936″.

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Enrico Berlinger (Italia), Santiago Carrillo (España) y Georges Marchais (Francia), secretarios generales de sus respectivos partidos comunistas fueron los representantes más destacados del “eurocomunismo”.

El hecho, en tercer lugar, de que estas personas siguieran creyendo en el socialismo viene determinado también por el que ellos mismos observaran que, aunque su país y su sistema se alejaba de ser un dechado de perfecciones, contenía elementos suficientes para la esperanza y para rebatir las políticas que procedían del Occidente capitalista. Muchos de ellos habían sido de los privilegiados que podían viajar al extranjero, a los países ideológicamente enemigos, donde habían visto el escaparate de prosperidad del libre mercado, y seguían prefiriendo su país a pesar de las estrecheces. En este sentido, no se hallaban tan contaminados por la ideología dominante, eran críticos y reflexivos y, desde ese punto de vista, resaltaban hechos como la seguridad en el empleo, los servicios y bienes públicos, el espíritu comunitario, la solidaridad; esto es, aspectos que recordaban al aspecto original del proyecto socialista y que hoy día son recordados con añoranza por ciudadanos de a pie a través de fenómenos como las anteriormente descritas “Ostalgie” o “Yugonostalgia”. La existencia, además, de aspectos cuanto menos interesantes en estos países, como el “socialismo autogestionario” yugoslavo, la favorable política de empleo de las mujeres en la RDA (el 92% de las mujeres en edad de trabajar, escribe Geoff Elley en “Historia de la izquierda en Europa”, estaban empleadas, representando cerca del 50% de la población activa), a través de una red asistencial a las madres trabajadoras, o el que algunos rudimentarios productos de consumo fabricados en el bloque Este hayan desafiado estándares de calidad y la “obsolescencia programada” que se han convertido en típicos del capitalismo y la sociedad de consumo occidentales hacen que sea necesario considerar, como estos socialistas democráticos hacían y hacen, como dignos de reflexión y estudio críticos de cara a su posible aplicación futura estos aspectos, rechazando obviamente los más funestos y deleznables de los regímenes respectivos. Debemos recordar a este respecto que Indalecio Prieto, ministro de Hacienda y luego de Obras Públicas de la Segunda República, realizó un encendido elogio en las Cortes de la política de infraestructuras de la dictadura de Primo de Rivera, lo que le valió el agradecimiento del hijo del general y fundador de Falange, José Antonio. Que un político socialista y miembro de un régimen que había procedido a juzgar a políticos de la dictadura por abuso de poder (incluso al ex rey, in absentia, por faltar a sus deberes constitucionales al facilitar el acceso al poder de Primo tras su golpe de Estado) realizara este elogio no debe resultar tan extraño: el origen dictatorial de Primo y la condena del golpe y su dictadura no debe opacar el hecho de que durante su régimen se llevaron a cabo realizaciones prácticas de gran calado, como medidas de reorganización económica a través de la intervención pública (CAMPSA, Empresa Nacional de Explosivos) y de infraestructuras (Plan Nacional de Firmes Especiales, ferrocarriles, embalses) que sin duda resultaron muy positivas para el país, hasta tal punto que la República continuó o complementó su labor, contando para ello con capacitados funcionarios del antiguo régimen como el arquitecto Secundino Zuazo, el ingeniero responsable de las obras hidráulicas Manuel Lorenzo Pardo o el responsable de los parques nacionales González Pacheco.

El rescate, sin embargo, de políticas de esta clase en el caso del fascismo resulta mucho más complicado, lo que redunda en la propia condena de su ideología y de los regímenes. Esto, que a primera vista puede resultar una interpretación sectaria propia de un izquierdista, no lo es tanto si observamos los siguientes aspectos. El primero es que cualquier logro en materia social o bien se hallaba claramente contaminado por las teorías racistas y ultranacionalistas características del fascismo, de modo que quienes se beneficiaban de ellos (no sólo en la práctica, como podía pasar en el caso de los “caídos en desgracia” de los regímenes de “socialismo real”, sino también en la teoría y en la legislación) sólo podían ser los ciudadanos “puros”, como los alemanes arios, las gentes de orden o los afectos a la causa “nacional” del régimen franquista; o bien era un residuo del ideario primitivo, y pronto abandonado, que recogía aspectos socialistas o populistas de izquierda que ya habían sido formulados por teóricos procedentes del campo rival. Recordemos a este respecto que Mussolini había sido militante socialista bajo cuyo mando la riqueza siguió sin embargo estando en manos del mismo grupo de privilegiados y se fomentó el enriquecimiento de oportunistas bajo el paraguas del fascio; que las SA fueron purgadas por su tendencia a un radicalismo izquierdista y revolucionario peligroso para la alianza que Hitler mantenía con los grupos conservadores y el gran capital y que Falange y las JONS españolas utilizaban una retórica revolucionaria muy cercana a los grupos de izquierda, con los que trataban de ganarse su apoyo de cara a realizar la “revolución nacional-sindicalista”, pospuesta eternamente tras el golpe y el triunfo de Franco y el alineamiento con el mismo de las fuerzas económicas del viejo orden. En segundo lugar, muchas de las políticas que se han querido hacer pasar como dignas de elogio de los regímenes fascistas o fascistizantes son, si se observan más detenidamente, productos poco originales o generadoras de más perjuicios que beneficios a largo plazo. La Italia fascista se convirtió en un país más estable políticamente, pero al precio de suprimir las libertades públicas y el régimen parlamentario, y seguía siendo un país meridional atrasado y pobre con grandes diferencias entre el norte industrial (cuyo impulso fue en gran medida conseguido gracias a la carrera de armamentos emprendida por un régimen cada vez más agresivo y belicista) y el sur campesino, donde la campaña de la “Batalla del Grano” no consiguió fomentar una mayor productividad agrícola. La Alemania nazi presumió de sus planes de infraestructuras, como las “Autobahn”, un proyecto que sin embargo no era original del nazismo sino que procedía de la República de Weimar, además de que, a nivel general, planes de estímulo al empleo a través de la inversión pública se estaban realizando en la misma época en los Estados Unidos (el “New Deal” rooseveltiano) y con anterioridad en la Viena socialdemócrata (las viviendas populares del Karl-Marx-Hof) o en la República Española (http://www.documaniatv.com/historia/mussolini-y-hitler-la-opera-de-los-asesinos-cap-1-video_92bc35901.html y http://www.documaniatv.com/historia/mussolini-y-hitler-la-opera-de-los-asesinos-cap-2-video_3915f047a.html). En otros casos, la política social y económica no dejaba de ser sino un desastre sin paliativos, como en Portugal, donde la obsesión salazarista por el saneamiento de las cuentas públicas llevó a que el país viviera, especialmente en las zonas agrarias del interior y en las bolsas de pobreza de las grandes ciudades del litoral, una situación en muchas ocasiones propias del Tercer Mundo. La falta de inversión y de gasto público, acentuada por la necesidad de destinar recursos en la guerra colonial de los sesenta y setenta, llevó a que la inmensa mayoría de la población portuguesa padeciera graves problemas de analfabetismo (alrededor del 35% en 1974), ausencia de servicios sanitarios (con problemas derivados de altas tasas de mortalidad, morbilidad y mortalidad infantil), elevada dependencia de un poco productivo sector agrícola, alta emigración interior y al exterior y severos problemas de alojamiento -con un déficit de 30.000 viviendas- e infravivienda. Pero incluso en España, donde las cosas iban mejor, las realizaciones franquistas más publicitadas -obras hidráulicas, sanidad universal, seguridad social, mejoras laborales, universalidad de la educación primaria y apertura de la educación superior a las clases populares- no dejaban de ser sino una continuación con mucho retraso, consecuencia del abandono de la desastrosa política económica autárquica y de la incorporación, aunque también con ciertos errores en los Planes de Desarrollo auspiciados por las autoridades económicas del régimen, a la economía internacional y al concierto occidental de naciones, de planes y proyectos desarrollados anteriormente por los regímenes monárquico-restauracionista y republicano. Lo que había hecho el franquismo, con su golpe militar y la guerra que éste había provocado, había sido romper con una línea de evolución en la que la República había sido la última continuadora e innovadora en aspectos clave como la educación y su apertura a las clases populares, las propuestas de universalización de la sanidad, la reforma agraria (que nunca se recuperó), la reorganización y unificación de los seguros sociales, la reformulación de las relaciones laborales y las políticas de intervención e inversión públicas, con un cierto aire socialdemócrata y keynesiano, de forma que cuando estas se recuperaron (no sin un fuerte esfuerzo, incluyendo de lucha y protesta, por la población española) se hicieron “tarde, mal y nunca”, como reza el dicho.

cruzado-salazar

Cartel del “Estado Novo”, la dictadura portuguesa, que identifica a Salazar como un caballero cruzado, “salvador de la patria”.

De esta forma, resulta más difícil, no ya por el carácter dictatorial y el contenido ideológico con que, siquiera de modo teórico, fueron creados estos Estados, sino por aspectos prácticos de este tipo poder observar y analizar realizaciones positivas de los fascismos. Esto también suele pasar en casos como los de regímenes autodenominados socialistas, como Corea del Norte, la Kampuchea Democrática de Pol Pot (que resultó más bien un régimen fuertemente nacionalista, autárquico y racista) o la Rumania de Ceaucescu, que como su homóloga norcoreana, tendió al nepotismo, a convertirse en una “república dinástica” y a llevar a cabo actos tan desastrosos y tan antisocialistas y antiprogresivos como hostigar a la minoría húngara de Transilvania, llevar a cabo la “sistematización” para destruir pueblos y reasentar a la población en los restantes o desarrollar un culto a la personalidad reflejado en actos como la megalomanía que desarrolló en Bucarest, la otrora “París de los Cárpatos”. Creo que en estos países la atmósfera llega o llegó a ser tan opresiva (también se debe tener en cuenta que dentro del “bloque socialista” y de cada país hubo grados diferentes de apertura y de represión: se pueden así distinguir el país más liberal de ellos, la Hungría kadarista y su “socialismo gulasch”; la Yugoslavia no alineada del “socialismo autogestionario”, la gris RDA -que también experimentó sus momentos de apertura a comienzos de los sesenta y en los primeros años de Honecker-; o la Albania maoísta de Enver Hoxa) que sus deméritos superan con creces sus posibles logros, salvo para aquellos tan sumamente acríticos y obstinados que son incapaces de ver los primeros o los atribuyen todos a infundios, propaganda capitalista o agentes saboteadores.

bucarest años 60

Imagen de una avenida principal de Bucarest en los años sesenta, antes de la asunción del poder en la república popular (luego república socialista) por parte de Ceaucescu.

Creo que, en definitiva, lo que encierra la consideración de los aspectos positivos del “socialismo real” es la idea de que, a pesar de sus trágicos errores y crímenes, llegaron a dejar espacios para el desarrollo, aun en el interior de un sistema de marxismo muy sui generis, de proyectos e ideas realmente socialistas (http://www.eldiario.es/internacional/RDA-mentalidad-asediada-dificil-torres_0_320568283.html). En medio de la pérdida de identidad (por la pérdida de una nación o de valores en los que la sociedad había vivido durante años) y de la ofensiva de un capitalismo de rostro muy poco humano, la equiparación entre fascismo y comunismo no deja de ser difícil de aceptar tanto para ellos como para quienes defendieron entonces y después la idea de un socialismo reformado y plural, apoyándose precisamente en esos logros para demostrar que sus ideas no eran descabelladas ni estaban completamente equivocados. La incomprensión que recibieron tanto en un lado -por no atenerse a la ortodoxia- como en otro -por defender un sistema, o más bien un ideal confundido con aquel, que estaba o había mostrado su fracaso- demuestra lo endeble que era su posición y al mismo tiempo la valentía al defender su posición ética. Por este motivo, creo que desde la izquierda marxista y alternativa se debería ser capaz de asumir esa misma perspectiva, sin transigir con una apología de la dictadura y el peor legado del “socialismo real” ni dejar que esto pueda ser interpretado como tal; como experiencias a valorar de cara al presente y futuro; y sin que esto sirva para que, desde el lado contrario, se de una similar justificación del fascismo, porque si las dictaduras son indeseables sean cuales sean sus motivaciones políticas e ideológicas, las ideas y las personas que las encarnan y encarnaron merecen una reflexión y consideración más profundas.

 

OTRAS FUENTES:

Sobre los diferentes temas aquí tratados, puede consultarse la bibliografía contenida en los artículos anteriores de este blog “La República Democrática Alemana: un país que pudo existir de otra manera”, “La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”, “El proyecto SAAL: arquitectura y participación en el Portugal del 25 de Abril” y “20 de noviembre: una colección de mentiras…”, donde puede encontrarse información sobre socialistas reformistas de la RDA y otros países del bloque socialista tanto durante el período inicial de las democracias populares como con posterioridad, las críticas recibidas en las nuevas circunstancias poscomunistas o la política social y económica del salazarismo y el franquismo.

La Operación Gladio: socavar la democracia en nombre del “mundo libre”

El 9 de mayo de 1978, el presidente de la Democracia Cristiana italiana, Aldo Moro, era encontrado muerto en el maletero de un Renault 4L en una céntrica calle de Roma, la Via Caetani. Había sido cosido a balazos por miembros del grupo terrorista Brigate Rosse (Brigadas Rojas), que le habían mantenido secuestrado durante 55 días en un piso franco que la organización tenía en la capital. El secuestro y asesinato de Aldo Moro suponía la culminación de los terribles años de plomo que a lo largo de los setenta sacudieron Italia con múltiples atentados terroristas. Pero al mismo tiempo marcó el punto de inflexión de la primera República Italiana, cuyos partidos entraron en barrena hasta su definitivo colapso en 1992, y el entierro de la estrategia del Compromiso Histórico que facilitaba la entrada, por primera vez desde la posguerra de la SGM, de los comunistas en un gobierno europeo occidental, precisamente gracias a que Moro abría las puertas del mismo al potente PCI.

La muerte de Aldo Moro permaneció y continúa aún envuelta en el misterio: ¿fueron las Brigadas Rojas las únicas responsables de su muerte? Las revelaciones del primer ministro Giulio Andreotti, compañero de filas de Moro, en 1990, a raíz de las investigaciones judiciales que se estaban dando entonces sobre el terrorismo de extrema derecha que había sufrido el país, sembraron la indignación y el desconcierto en Italia: la OTAN había creado, amparado y/o fomentado no sólo en el país transalpino, sino en todos los países europeos miembros de la Alianza Atlántica(e incluso otros como la neutral Suiza), un conjunto de ejércitos secretos conocidos como “stay-behind” destinados a labores de resistencia y sabotaje en caso de una ocupación soviética de Europa Occidental. Pero, lejos de centrarse en ese cometido inicial, los distintos ejércitos secretos nacionales comenzaron a operar para impedir, mediante labores de propaganda, asesinatos y actividades terroristas de “bandera falsa”, que partidos comunistas del Oeste de Europa llegaran al poder a través de elecciones libres, desacreditando a las organizaciones de izquierda y achacándoles hechos sangrientos que, en realidad, no habían protagonizado.

LOS ORÍGENES DE LA “ORGANIZACIÓN GLADIO”

Gladio es la palabra que sirve para denominar la espada con la que luchaban las legiones del Imperio Romano, y también entre sí los guerreros en la arena del circo, razón por la que eran denominados “gladiadores”. Gladio es el nombre que recibió el ejército secreto italiano y que, por ser el primer ejército “stay-behind” -una expresión inglesa sin traducción que apunta a alguien que está detrás, agazapado o en la sombra- que se descubrió, a partir de las revelaciones de Andreotti, se hizo extensible al resto de organizaciones militares secretas de estas características que se establecieron en el resto de Europa Occidental, si bien, aunque interconectadas, cada una tiene su propio nombre. Así, por ejemplo, encontramos Gladio en Italia, SDR8 en Bélgica, Absalon en Dinamarca, Aginter Press en Portugal, ROC (ROCAMBOLE) en Noruega o el BDJ-TD en Alemania Federal. La organización, el entrenamiento, el equipamiento y en algunos casos la financiación se realizaba bajo el paraguas de la OTAN. Pero antes de que ésta se formase, los “stay-behind” del continente recibieron la ayuda de los servicios secretos estadounidenses (CIA) y británicos (MI6), que a lo largo de toda la historia de los “stay-behind” desempeñaron un importante papel en su funcionamiento.

Símbolo del Gladio, el ejército secreto italiano cuyo nombre ha servido de nombre genérico de los ejércitos secretos anticomunistas de Europa Occidental

Símbolo del Gladio, el ejército secreto italiano cuyo nombre ha servido de nombre genérico de los ejércitos secretos anticomunistas de Europa Occidental

Esto es un poco adelantar acontecimientos. Situémonos todavía en la SGM. Numerosos gobiernos y miembros de la cúpula militar de los países ocupados por los nazis se habían instalado en Londres, la capital de un Imperio Británico que en ese principio de la guerra y la campaña victoriosa de los nazis (hasta 1941, cuando la URSS y los Estados Unidos se vieron atacados por Alemania y Japón respectivamente) seguía manteniendo, junto a los resistentes de los países invadidos, encendida la llama de la lucha contra las potencias del Eje. Los gobiernos en el exilio de Francia (con De Gaulle a la cabeza), Polonia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Noruega o Dinamarca se habían instalado en la capital inglesa, y el servicio secreto británico iba a reclutar y formar a especialistas de estas naciones que pudieran desarrollar labores de espionaje y contraespionaje, infiltración, contacto con los resistentes y partisanos locales… con vistas a minar la capacidad de combate de las fuerzas del Reich y poder ejecutar el contragolpe que llevara a los aliados a la victoria. Estos especialistas, con un enorme riesgo, iban a ser posteriormente enviados a las zonas ocupadas, donde desempeñarían su labor. Labor que, por ejemplo, en el caso del desembarco aliado de Normandía, iba a revelarse como esencial para el posterior éxito de las operaciones.

En resumidas cuentas, lo que se estaba realizando a lo largo de estos años de guerra eran labores de ejércitos secretos, de operaciones “stay-behind”, contra los ejércitos hitlerianos ocupantes. Acabada la guerra, sin embargo, tanto los servicios secretos británico y de otras naciones recién liberadas vieron la necesidad de que una posible nueva invasión no les pillara por sorpresa y vieron, por tanto, necesario, mantener una ejército secreto frente a la que a partir de entonces iba a convertirse en el nuevo enemigo, el antiguo aliado soviético. Las consideraciones británicas iban a cambiar, no de sistema, sino de enemigo, alentadas además por el ferviente anticomunismo y los prejuicios antisoviéticos de la nueva administración estadounidense, a cuya cabeza se había colocado el desconocido vicepresidente Harry S. Truman, tras sustituir, a su fallecimiento, al carismático presidente Franklin D. Roosevelt.

Según escribe el especialista suizo Daniele Ganser, las clases altas británicas, que habían dominado en los círculos gubernamentales, militares y de inteligencia de Londres, habían consentido estúpidamente el ascenso y la agresión exterior de Hitler y su aliado Mussolini porque, en esencia, ambos se enfrentaban al “enemigo correcto”, el comunismo soviético, cuya revolución de octubre de 1917 causó un extremado impacto en los medios aristocráticos y en los financieros de la City. Por ese motivo, Gran Bretaña fue aliada de los ejércitos blancos que luchaban contra los bolcheviques en la guerra civil rusa (1918-1921) y permitió, con la ineficaz pantomima de la No Intervención y sus contactos informales con el gobierno franquista de Burgos, la victoria de los sublevados nacionalistas en la guerra civil española en lugar de apoyar al gobierno legítimo de la República, cuyas reformas, apuntó en su día el profesor Vicenç Navarro, eran percibidas por las élites británicas como demasiado audaces y contrarias a los intereses del capital inglés. Tal vez por ese motivo, apunta Josep Fontana, cuando tras la SGM, Stalin propuso el derrocamiento de Franco, frente a la acogida positiva que esta idea tuvo en Truman, el primer ministro británico y feroz anticomunista Winston Churchill alegó en contra las “excelentes relaciones comerciales” hispano-británicas.

La República Española fue una de las grandes perjudicadas por la política de apaciguamiento británica, y después por el nacimiento de la "guerra fría". El dictador Francisco Franco se convirtió en un aliado de EE.UU. y Gran Bretaña en la lucha contra el comunismo.

La República Española fue una de las grandes perjudicadas por la política de apaciguamiento británica, y después por el nacimiento de la “guerra fría”. El dictador Francisco Franco se convirtió en un aliado de EE.UU. y Gran Bretaña en la lucha contra el comunismo.

Este ambiente de “conspiración” anticomunista que a lo largo de las décadas de los veinte y treinta había ido fermentando en Gran Bretaña -y que Churchill, por razones de pragmatismo, enterró para forjar la alianza entre su país y la URSS en la lucha contra Hitler, expresándola en la sentencia “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”- creció de nuevo con el inicio de la posguerra. Los intereses de la Unión Soviética, como se expuso aquí en un artículo anterior, se centraban más en su seguridad interna, la reconstrucción de su economía y en la garantía de que Alemania no volviera a atacar su territorio de nuevo -de ahí dos necesidades: garantizar que Alemania no contara nunca más con el potencial bélico que le permitiera lanzarse a una agresión y la de contar con regímenes no necesariamente comunistas, pero sí amigos, en Europa Oriental, convertida en una especie de “zona de seguridad” soviética, que impidieran el paso a través de sus fronteras de los ejércitos germanos, al contrario de lo que habían hecho en 1941 los gobiernos fascistas de Hungría, Rumanía o Bulgaria-. Sin embargo, el “fantasma rojo” comenzó a agitarse toda vez que en Europa Occidental, y especialmente en países como Francia, Italia o Bélgica, la popularidad de los partidos comunistas, puntales de la resistencia interior contra los nazis, había crecido exponencialmente a ese prestigio ganado en los campos de batalla. En la Europa posterior a la guerra, la posibilidad de que el peligro comunista se extendiese, resucitándose el miedo que se había experimentado en 1918-1919 tras el triunfo de la revolución bolchevique, aunque fuera mediante las reglas del juego de la democracia, la colaboración con los partidos socialistas y la creación de frentes nacionales o populares y la moderación que desde el Kremlin recomendaba Stalin, era una posibilidad que no quería ni contemplarse en Londres ni tampoco en Washington.

De ahí que los “stay-behind” que en su día se dirigieron contra los nazis fueran reconducidos o recreados para luchar contra un nuevo enemigo, en realidad doble: la URSS y los partidos comunistas occidentales.

Si la OTAN, creada en 1949, fue una alianza militar defensiva para proteger a sus miembros contra una posible agresión de las fuerzas soviéticas y sus aliados de Europa Oriental, los ejércitos secretos “stay-behind”, cuya creación estaba pensada para despertar del letargo en caso de una invasión rusa y proceder a actuar en el país invadido, lo que hicieron en realidad fue actuar como punta de lanza de la lucha secreta contra la “subversión” izquierdista en los países miembros de la alianza. Si no en todos, si al menos en los casos en que la victoria de los partidos comunistas y el interés estratégico del país para Londres y Washington pusiera en peligro esos intereses y los de la alianza en su conjunto. Como subraya Ganser, “la operación Gladio fue la doctrina Breznev de la OTAN”, en referencia a que no sólo los países aliados de la URSS en Europa del Este tenían una soberanía limitada, sino que también esta soberanía limitada estaba presente en los países occidentales de democracia parlamentaria y economía capitalista. Los estados que se vieron más afectados por esta particular “doctrina Breznev” a la manera occidental fueron Grecia, Turquía e Italia, además de las dictaduras de extrema derecha supervivientes a la caída de las potencias del Eje, Portugal y España, donde a la presencia del Gladio había de sumar su propio gobierno autocrático, aliado en la “lucha contra el comunismo” de EE.UU. y Gran Bretaña. Pero también Bélgica, Francia, Luxemburgo o Alemania Federal estuvieron afectadas por las operaciones de los ejércitos “stay-behind”, que incluyeron diferentes formas de terror y coacción para garantizar una democracia imperfecta y limitada.

EN EL SENO DE LA OTAN

A partir de la creación de la OTAN, con dos países de América -Canadá y Estados Unidos- y catorce europeos -Islandia, Noruega, Dinamarca, Reino Unido, Irlanda, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, República Federal de Alemania, Francia, Italia, Portugal, Grecia y Turquía- en su seno, se creó en Europa el Supreme Headquarters Allied Powers Euope (SHAPE, Cuartel General Supremo de los Poderes Aliados en Europa). Si bien, como apuntan los propios especialistas, la sede formal de la OTAN está en Europa, la sede real de la misma es el Pentágono, y esto es también aplicable a los ejércitos secretos, que de ser al principio formados por los servicios secretos británicos, han pasado a funcionar bajo la férula de la CIA.

Los norteamericanos, obviamente, mostraron un especial interés por la red “stay-behind” y por la creación de ejércitos secretos anticomunistas, pero dieron un paso adelante para protagonizar el proceso a partir de la formulación de la “doctrina Truman”, que establecía el derecho de intervención de los Estados Unidos en cualquier país del mundo en nombre del mundo libre. La creación de la CIA casi de inmediato al fin de la guerra y la aprobación de la directiva NSC 10/2, que autorizaba la puesta en marcha de operaciones encubiertas a ser desempeñadas por la primera, abrieron la puerta a una intervención directa de EE.UU. en los asuntos de los ejércitos secretos, desplazando del papel protagonista a Gran Bretaña. En pocos años, nombres como los de George Kennan (promotor de la NSC 10/2), Allen Dulles (nombrado director de la CIA en 1953) o los cold warriors William Colby (posterior director de la CIA en los setenta y organizador de los “stay-behind” en Escandinavia) o Thomas Karamesines (norteamericano de origen griego que colaboró estrechamente con el servicio secreto de la monarquía derechista helena, el KYP) se harían famosos en la organización de los Gladio en Europa. Estados Unidos, por su parte, iba a comenzar a marcar el camino para, mediante operaciones encubiertas, defender su particular concepto del “mundo libre”: en 1953, en colaboración con los servicios secretos británicos, la CIA fomentaría el derribo del primer ministro iraní Mossadegh, cuya política de nacionalización y redistribución de la riqueza petrolífera del país chocaba con los intereses de las compañías petrolíferas anglo-norteamericanas. Un año más tarde, el izquierdista Jacobo Arbenz era depuesto de la presidencia de Guatemala porque sus políticas progresistas eran también contrarias al particular concepto de mundo libre que confundía libertades y derechos civiles con las ganancias de las empresas norteamericanas.

El primer ministro iraní Mossadegh, en cuyo derrocamiento la CIA reconoció estar detrás en 2013, sesenta años después de la operación que lo depuso.

El primer ministro iraní Mossadegh, en cuyo derrocamiento la CIA reconoció estar detrás en 2013, sesenta años después de la operación que lo depuso.

La sede inicial del SHAPE fue París, pero como resultado de un incidente con el presidente francés De Gaulle a cuenta, precisamente, de los “stay-behind”, posteriormente fue trasladado a Bruselas. El SHAPE, sin embargo, sirvió no sólo como órgano de coordinación de planes de maniobras, coordinación y estrategias en torno a la defensa y la guerra convencionales, propios de una alianza militar convencional, sino que cobijó en los años de la Guerra Fría a los organismos de coordinación de los “ejércitos secretos”: el CPC (Clandestine Planning Committee, o Comité Clandestino de Planificación), y -con el cambio de denominación del anterior- el ACC (Allied Clandestine Commitee, Comité Aliado Clandestino). En este órgano, los jefes de los ejércitos secretos de cada país, reunidos varias veces durante el año y bajo la égida de la CIA estadounidense y el servicio secreto exterior británico MI5, intercambiaban experiencias, necesidades, instrucciones… En definitiva, “los jefes de los Servicios Secretos de Europa Occidental se reunían […] para coordinar los planes de guerra no-ortodoxa en Europa” (Ganser). EL CPC-ACC tuvo su origen en el WUCC (Western Union Clandestine Commitee, Comité Clandestino de la Unión Occidental), que, precedente a la creación de la estructura “stay-behind” de la OTAN, coordinaba desde 1949 los ejércitos Gladio de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia y el Reino Unido.

Los ejércitos “stay-behind” estaban organizados en función de cinco epígrafes, cada uno gestionado por un departamento: uno dedicado a la “guerra psicológica”, otro a “la guerra económica”, otro a la “guerra política”, otro a la “acción directa preventiva” -esto es, la ayuda a las guerrillas en territorio ocupado, el sabotaje, o la infiltración de agentes dobles- y, finalmente, otro dedicado a “actividades diversas”, probablemente el más peligroso de todos por ser el más indeterminado y que fuera el que desarrollase la guerra sucia y el terrorismo conocido en la propia documentación de la CIA como “estrategia de la tensión” para evitar el aumento de la influencia comunista e izquierdista en Europa Occidental.

La firma de la entrada en la OTAN suponía, para cada país, la creación de un ejército particular “stay-behind” que se formase y se preparase para el cometido inicial para el que estaba pensado, es decir, la lucha clandestina en zona ocupada ante una posible invasión soviética. Pero según algunos protagonistas locales, varios países por lo menos fueron obligados a un paso más: cuando Charles de Gaulle, por ejemplo, expulsó a la OTAN de territorio francés lo hizo movido por una cuestión de violación de la soberanía nacional relacionada con la existencia de protocolos secretos que obligaban a los países a actuar, a través de sus servicios secretos, para impedir que los partidos comunistas llegasen al poder. Este extremo ha sido revelado por el especialista italiano Giuseppe de Lutiis para el caso del país transalpino, que afirma que cuando Italia se adhirió a la OTAN firmó protocolos secretos que garantizasen por cualquier medio el alineamiento del país con el Bloque Occidental, incluso si el electorado mostraba una preferencia política diferente. En otro extremo, pero también muy interesante a la hora de contrastar el grado de control que se mantenía sobre los países europeos de la Alianza, el canciller de la RFA, Adenauer, y el presidente norteamericano Truman, firmaron en 1955 un protocolo secreto por el que Alemania Federal se comprometía a acabar con la persecución a antiguos nazis. Algunos de esos antiguos nazis y extremistas de derechas acabaron siendo miembros del “stay-behind” germano-occidental o, incluso, altos oficiales del Bundeswher, el nuevo ejército de la RFA.

El reclutamiento de antiguos colaboracionistas y miembros de la extrema derecha para el ejército “stay-behind” no se limitó al caso alemán. Desde el inicio de la Guerra Fría, los británicos, a través del sucesor del Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE, por sus siglas en inglés), que había quedado disuelto en 1946 tras el fin de la SGM y que funcionaba ahora en el seno del servicio secreto MI6, comenzó a trabajar en la creación de ejércitos secretos anticomunistas en Europa Occidental. Austria, Italia, las zonas de ocupación occidentales de Alemania, Grecia y Turquía se convirtieron en zonas de reclutamiento de antiguos fascistas o miembros de las derechas extremistas locales que desempeñarían un papel crucial ya en los inicios de la lucha anticomunista y antisoviética, en la que la guerra civil griega y las elecciones de posguerra en Italia serían las primeras batallas jugadas por los servicios secretos angloestadounidenses -pues tanto la CIA como el MI6 colaboraron muy estrechamente en esta labor- y sus nuevos reclutas locales.

La jugada, ideada por el jefe de Operaciones Especiales del MI6 británico Collin Gubbins e incluso con el apoyo del ministro de Exteriores británico Ernest Bevin, que afirmó la necesidad de crear unidades especiales armadas para luchar contra la subversión y las “quintas columnas” (sic) soviéticas, salió muy bien para los intereses británicos y norteamericanos en Grecia e Italia, y su extensión al resto del continente a través de derechistas y fascistas siguió en Francia, Bélgica y Alemania Federal, donde, en contraste con la vecina Alemania Democrática, la desnazificación fue bastante “light”.

Otra cuestión, además, se refiere a la necesidad de mantener los ejércitos secretos en una oscuridad de tal suerte que escaparan a cualquier tipo de fiscalización parlamentaria e incluso, en algunos casos, gubernamental. Cuando en 1990 Andreotti destapaba desde Italia el caso Gladio y hacía extensible a toda Europa las operaciones de la red “stay-behind” muchos gobiernos y autoridades de la época negaron la existencia de ejércitos Gladio en sus respectivos países. Otros afirmaban desconocer la existencia de los mismos. Es posible que los servicios secretos ocultaran a determinados gobiernos las actuaciones de los ejércitos “stay-behind” por la sencilla razón de que estos gobiernos no eran de fiar, esto es, eran demasiado débiles para luchar por sí mismos contra la subversión comunista o quizá demasiado escrupulosos con los procedimientos democráticos, y que por tanto fueran dejados en la pura inopia. Otros, que podían conocer muy bien de su existencia y funcionamiento, sin embargo se basan en el carácter secreto que tienen las cuestiones de seguridad nacional o dieron explicaciones poco satisfactorias sobre el tema. Estos han sido los casos de los gobiernos de Gran Bretaña y EE.UU., de la comparecencia parlamentaria del ex primer ministro luxemburgués y ex presidente de la Comisión Europea, Jacques Santer, o de la investigación del CESID español dirigido por el general Emilio Alonso Manglano sobre el tema, lo que fue un poco como poner al zorro a cuidar de las gallinas. En cualquier caso, en muy pocos países las explicaciones, debates e investigaciones sobre Gladio resultaron satisfactorios.

Los diversos “gladiadores” recibían formación y entrenamiento en sus respectivos países, contando con el asesoramiento de los veteranos y el apoyo de la CIA y el MI6. Pero en ocasiones los agentes locales también eran entrenados fuera de sus fronteras nacionales, en instalaciones especiales instaladas en otros países miembros de la OTAN, y donde lo que por supuesto allí se realizaba sobre actividades “stay-behind” era confidencial. Las estrellas de estos campos de entrenamiento eran las instalaciones británicas de Fort Monkton, cerca de Portsmouth, y Fort Bragg, en Virginia, EE.UU. donde los “gladiadores” europeos podían confraternizar con las fuerzas especiales de los Boinas Verdes norteamericanos y las SAS británicas. En Europa, Córcega, Las Palmas o la antigua fortaleza nazi de Bad Tölz (Baviera) eran otros de los lugares de entrenamiento internacional de los ejércitos secretos.

LAS ACTUACIONES DE LOS EJÉRCITOS “STAY-BEHIND”: DE LA MANIPULACIÓN ELECTORAL AL ATENTADO TERRORISTA

No en todos los países, como se encargó de señalar un reciente artículo de El País, los ejércitos “stay-behind” se encargaron de realizar operaciones subterráneas dirigidas a minar la imagen y las posibilidades electorales de la izquierda. En algunos, como los escandinavos Noruega o Dinamarca, la actuación de los ejércitos Gladio locales se enmarcó en su cometido principal de servir de punta de lanza de la resistencia ante una eventual invasión soviética del país. Al no producirse ésta, los respectivos grupos,  ROC y Absalon, se mantuvieron en estado durmiente.

Sin embargo, hubo lugares clave donde la actuación de Gladio fue mucho más allá de permanecer en estado latente y entrenándose para una eventual y cada vez más remota invasión del Ejército Rojo. Más allá de Italia, donde las primeras acciones estuvieron enmarcadas en la manipulación electoral de los primeros comicios de posguerra (1946) para evitar una victoria del PCI, la acción de los Gladio fue más que polémica, por cuanto comprendieron el atentado individual, los atentados terroristas de masas y el cobijo a personajes de extrema derecha que hubieran merecido, de haber sido capturados por las nuevas autoridades locales de posguerra o miembros de la resistencia, y no por los servicios secretos anglo-estadounidenses, muy probablemente ajusticiados por su actuación durante la SGM.

El primer país de la futura alianza, casi a la par con Italia -cuyo caso examinaremos más detenidamente más adelante-, donde los servicios secretos, fuertemente conectados con el MI6 y la CIA, iban a desarrollar las primeras acciones en pro del “mundo libre” sería Grecia. Y en Grecia iba a crearse el primer ejército secreto para luchar contra el comunismo, utilizando la guerra no ortodoxa, que surgiría en muchos otros países de la OTAN.

Antes de que terminara la guerra en Europa, el ELAS griego, un ejército resistente que era el brazo armado del EAM, un amplio frente popular donde estaban representadas las diferentes fuerzas de izquierda griegas, estaban poniendo contra las cuerdas a los ocupantes nazis. El ELAS contaba entre sus filas hasta con sacerdotes e incluso arzobispos de la Iglesia ortodoxa, pero este síntoma de tolerancia no hizo cejar en el empeño del gobierno británico, dirigido por Churchill, de evitar que Grecia fuera dominada por los comunistas. Aunque el ELAS y agentes británicos habían trabajado juntos en la lucha contra los nazis, el gobierno de Londres forzó a los agentes de su servicio secreto SOE (Special Operations Executive, Ejecutivo de Operaciones Especiales) a que, en 1943, apenas un año antes de que las fuerzas conjuntas anglo-helenas liberaran el país, rompiesen toda colaboración con sus anteriores aliados izquierdistas del ELAS y trabajasen, en los sucesivo, con grupos monárquicos y ultraderechistas que apoyaban la propuesta británica de retorno del rey Jorge II y la instauración de un gobierno conservador, fiel a los intereses de Londres.

Guerrilleras del ELAS

Guerrilleras del ELAS

Jorge II era un rey muy impopular para el conjunto de los griegos. Había apoyado la dictadura de preguerra de Metaxas, de corte fascista, que había impuesto el saludo romano y estaba inspirado por Hitler y Mussolini. El gobierno griego en el exilio y el rey, en su destierro en Egipto, apenas habían tenido papel protagonista alguno en la liberación del país. Pero Gran Bretaña no estaba dispuesta a renunciar a controlar un país estratégico para sus intereses, en el Mediterráneo oriental y a dos pasos del canal de Suez, vía de entrada a sus colonias en Adén o la India.

Los agentes británicos comenzaron a colaborar con las Bandas X, dirigidas por el fascista chipriota George Grivas, pero que con apenas apoyo popular no podía hacer nada contra el poder numérico y la popularidad del ELAS. Por eso, a finales de 1944, los servicios secretos británicos crearon una unidad dentro del ejército griego, las LOK o Fuerzas de Asalto Helénicas, destinadas a la acción encubierta contra los izquierdistas griegos y la caza de comunistas y socialistas. Por descontado, los reclutas de esta unidad debían pertenecer a grupos monárquicos y en ella estaban excluidos incluso los conservadores moderados partidarios de colaborar con la izquierda.

Este primer ejército secreto griego, las LOK, tuvieron la oportunidad de exhibir su fuerza a principios de diciembre de 1944, cuando una manifestación pacífica organizada por el ELAS en Atenas contra la injerencia británica acabó en una masacre de mujeres y niños en la emblemática plaza Syntagma de la capital helena. Tropas de las LOK y fuerzas británicas se habían apostado en los tejados, y un grupo de 200 ó 300 personas, que se había adelantado al grueso de manifestantes (unos 60.000, que estaban siendo retenidos por la policía), fue tiroteado por aquellas. 25 manifestantes murieron y 148 fueron heridos de bala.

A pesar de aquel hecho, el ELAS abandonó las armas en contrapartida a la promesa de elecciones. Sin embargo, el dominio casi protectoral de Gran Bretaña llevaron a la izquierda a boicotear los comicios, que fueron ganados sin oposición por la derecha monárquica. Al mismo tiempo, los servicios secretos griegos comenzaron a detener y enviar a infames campos de concentración en las islas a los militantes de izquierda, como el infausto de Makronisos. De este modo, el camino a la guerra civil (1946-1949) estaba sembrado. El ELAS tomó de nuevo las armas, confiando en la ayuda que la URSS y los otros países socialistas del área, como Bulgaria, Yugoslavia y Albania pudieran proporcionarle. Sin embargo, Stalin -que había acordado con Churchill en Moscú el reparto de la influencia anglo-soviética en los Balcanes- no ayudó a los griegos e instó a los líderes de Yugoslavia, Bulgaria y Albania a cesar su ayuda, a fin de que el conflicto griego no se internacionalizase. Gran Bretaña, por contra, recibió el relevo en la ayuda al gobierno monárquico conservador heleno de los Estados Unidos, que armaron a Atenas e instruyeron al servicio secreto local. En esta instrucción tendría una especial importancia el enviado de la CIA, el greco-estadounidense Thomas Karamesines.

A partir de la derrota de la izquierda griega, las LOK y el servicio secreto local, el KYP, funcionaron como bases para el control de los izquierdistas locales y la garantía de que Grecia permanecería, con una serie de gobiernos derechistas a la cabeza, sumisa a los intereses del bloque occidental. En 1963, la victoria de las fuerzas de izquierda coligadas en la Unión de Centro de George Papandreu, puso contra las cuerdas las operaciones secretas del Gladio heleno, y un golpe palaciego llevado a cabo por el ejército y el KYP, los políticos de la derecha monárquica y el rey Constantino acabaron por echar por prerrogativa real al nuevo inquilino de la presidencia del gobierno. Dos años más tarde de este golpe palaciego, en 1967, apenas un mes antes de que tuvieran lugar las elecciones que, según todos los pronósticos, iban a dar la victoria a la Unión de Centro, en la noche del 20 al 21 de abril de 1967 el ejército griego, en clara conexión con el “stay-behind” de las Fuerzas de Asalto Helénicas y la CIA, depuso al gobierno e instauró una Junta Militar que hasta en el Capitolio norteamericano se denunció como “un régimen militar de colaboracionistas y simpatizantes nazis que están recibiendo ayuda americana”, en palabras del senador Lee Mercalf. Exactamente el mismo triunfo que supuso la derrota del ELAS en la guerra civil. El encarcelamiento y la tortura de militantes supuestos o reales se convirtieron en el pan nuestro de cada día en los años del régimen de los coroneles (1967-1974), que finalmente cayó con uno de los mayores fiascos de la historia griega reciente: la aventura del derrocamiento fallido del gobierno izquierdista de Miriartes Makarios en Chipre y la anexión posterior de la isla a Grecia, que forzó la intervención turca y la división, vigente aún hoy, de Chipre en un sur griego y un norte turco.

Cartel conmemorativo del golpe de estado de 1967, que abrió la dictadura de los coroneles en Grecia.

Cartel conmemorativo del golpe de estado de 1967, que abrió la dictadura de los coroneles en Grecia.

Si en Grecia el terror del “stay-behind” y los servicios secretos habían llevado a una guerra civil y una dictadura militar con tal de conservar al país al lado del “mundo libre”, no fue menos grave lo ocurrido en la vecina Turquía. El movimiento nacionalista panturco, de características parafascistas, aspiraba a la recreación del antiguo Imperio Otomano, agrupando en un solo estado a los turcos que vivían en estados nacidos del desmembramiento del imperio al final de la PGM -Siria o Irak- como a los pueblos de etnias turcas de otros estados vecinos -Irán, Bulgaria, Grecia, las repúblicas musulmanas centro-asiáticas de la Unión Soviética-, configurando una Gran Turquía que se extendiera desde China hasta el Mediterráneo Occidental. Al mismo tiempo, creyendo en las teorías de la superioridad racial, el nacionalismo extremo turco sometió a una fuerte y violenta discriminación a las otras minorías del país, como los kurdos -cuya guerrilla del PKK, Partido de los Trabajadores del Kurdistán, lleva muchos años de lucha contra el gobierno de Ankara- o los armenios -quienes hoy siguen, como el gobierno de la vecina y desde hace relativamente poco independiente Armenia, reclamando justicia por el genocidio de más de un millón y medio de armenios turcos perpetrado en 1915 a manos del Imperio Otomano -.

TurquíaEste nacionalismo extremo, fuertemente anticomunista -pues un colapso de la URSS facilitaría la integración de los pueblos del Turkestán soviético en su planeada Gran Turquía, por lo que, pese a la neutralidad turca en la SGM, este sector no dudó en apoyar al Eje y la invasión alemana de la Unión Soviética-, fue el movimiento que suministraría los reclutas y oficiales para el ejército secreto turco, en un país especialmente estratégico para los intereses de la OTAN en general y de los Estados Unidos en particular, en tanto que Turquía tenía una amplia frontera con el sur de la URSS y se encontraba en el extremo sur del mar Negro, donde compartía espacio con la propia Unión Soviética y otros dos países del Pacto de Varsovia, Rumanía y Bulgaria, y guarnecía el paso a las aguas cálidas del Mediterráneo a los barcos de estos países. Cuando todavía no se habían apagado los ecos de la guerra civil griega, el gobierno Truman concedió una ayuda a los gobiernos griego y turco de 300 y 100 millones de dólares en la lucha contra el comunismo. Henry Wallace, el otrora vicepresidente de Roosevelt y que encabezaba ahora la oposición a las políticas anticomunistas del Congreso y la Administración de Washington, censuraba a Truman la concesión de esta ayuda y la calificación que había dado a Atenas y Ankara de “gobiernos democráticos”.

La democracia no era algo que importase demasiado en este asunto, ni en Washington ni en Turquía. Como en otros países de la Alianza, el recurso a extremistas de derechas también se dio aquí, y el “padre” del ejército secreto turco fue Albarsan Turks, un coronel del ejército conocido por sus antiguos contactos con los nazis durante la SGM y que era un convencido de las teorías de la superioridad racial y de la Gran Turquía. Turks trabajó intensamente con la CIA para crear el “stay-behind” turco y, de hecho, trabajó en la delegación militar turca de la OTAN en Washington.

El OHD (siglas en turco del Departamento de Guerra Especial) había quedado organizado antes de que Turquía entrara en la OTAN, en abril de 1952, con financiamiento de la CIA e integración en la red “stay-behind” de la OTAN. En 1955, las fuerzas del OHD destruyeron a propósito una casa en Salónica que había sido usada como Museo Ataturk, una acción de la que la prensa y el gobierno de Ankara culparon a los propios griegos. Al día siguiente, grupos fanáticos turcos contratados por el OHD atacaron casas y comercios de griegos en Estambul y Esmirna, dejando un rastro de 16 muertos, 32 heridos y 200 mujeres violadas. Apenas cuatro años después de este fulgurante inicio con el que se subrayaba la “pasión turca” de sus miembros -e incendiaba, de paso, la de otros ciudadanos-, atacando a un enemigo secular como el pueblo griego, el primer ministro Adnan Menderes era derrocado por un golpe de Estado en el que resultaba clave la participación del  “stay-behind” turco. Estados Unidos y la OTAN toleraron el “putsch” en tanto que los golpistas, entre los que tenía una presencia destacada el coronel Turks, garantizaban la permanencia de Turquía en la OTAN y su compromiso con el bloque occidental. Mientras tanto, la frágil democracia turca era destruida, empezando por su jefe de gobierno, Menderes, quien era asesinado al poco de producirse el golpe.

La carrera golpista de Turks no había hecho más que empezar. Poco después de la restauración del gobierno civil, en 1963, Turks volvió a implicarse en un golpe fallido. Sin embargo, fue absuelto de cualquier implicación por una sorprendente falta de pruebas. Fundó un partido extremista, el Partido de Acción Nacional (MHP) cuya milicia-organización juvenil de extrema derecha, los Bozkurtcu (Lobos Grises) fueron la base de un nuevo ejército secreto, integrado en el propio Departamento de Guerra Especial. Los Lobos Grises y los agentes de la estatal MIT (Organización de Inteligencia Nacional) se implicaron en labores de terrorismo, asesinato, tortura -Talat Turhan, un antiguo general degradado en 1964 y que, tras aquel golpe de Estado, intentó ser acallado con torturas porque sabía demasiado sobre el “stay-behind” turco, relata la presencia cotidiana de Lobos Grises en un conocido centro de tortura en Estambul, la villa Ziverbey-, secuestro, extorsión, atracos, amenazas, provocación… hasta completar un amplio reguero de actividades delictivas. Por supuesto, también se implicaron en un nuevo golpe de Estado en 1971. Un golpe que desencadenó una oleada de violencia a lo largo de los años setenta, con alrededor de 5.000 muertes, en los que la derecha militar y política turcas ampararon al Gladio turco, que llevaba la voz cantante, en su lucha contra una izquierda condenada a la marginación y la clandestinidad. Sólo en 1978 se registraron más de tres mil ataques fascistas, con el resultado de 831 muertos y 3.121 heridos. Un año antes, francotiradores del ejército secreto habían perpetrado una matanza desde los tejados del hotel International estambuliota, al disparar contra una gigantesca manifestación sindical con motivo del 1º de Mayo, que protestaba además contra el creciente estado de terror que dominaba en el país. Las investigaciones sobre el papel del Gladio turco han sido nulas. Quizá en ello pese el recuerdo de Dogan Oez, fiscal del Estado en la etapa en que Bulent Ecevit accedió al cargo de primer ministro con la misión de investigar las actividades del “stay-behind”. Oez fue asesinado por el “lobo gris” Ibrahim Ciftci, pero a pesar de ser asesino confeso, los tribunales militares le absolvieron. Por ello, el jefe de gobierno Ecevit tuvo que apechugar con la presencia de un Gladio manejado por un poder militar que preponderaba sobre el civil. Otra de las razones por las que no haya habido hasta hoy investigación sobre el Gladio turco puede derivar de la utilidad que, desde 1984, han venido desempeñando tan particulares servicios en la lucha contra el PKK, en particular después de que tras el golpe de 1980 el gobierno militar del general Evren propusiera a los Lobos Grises la amnistía a cambio de incorporarse a la lucha contra la guerrilla kurda.

Como refugio de la democracia -en especial por contraste con su vecino-, origen de un potente movimiento alternativo ecologista desde los años setenta que posteriormente, con distinta suerte, se extendió a otros países y lugar donde resonaron de modo más potente los ecos del mayo del 68, fuera de las fronteras originales de París y Francia, han sido algunas de las caracterizaciones de la República Federal de Alemania (RFA). Sin embargo, aunque la imagen que se nos viene a la cabeza a la hora de imaginar un estado espía alemán es la de la múltiples veces denostada RDA, o la de la Alemania nacionalsocialista y su Gestapo, la RFA mantiene a buen recaudo el secreto de un servicio secreto y de espionaje a sus propios ciudadanos que contrasta con los esfuerzos que se hacen en la nueva Alemania unida por sacar a la luz hasta la última mota de polvo de los archivos del Ministerio para la Seguridad del Estado comunista y reducir a “Stasiland” el pasado de la República Democrática Alemana -denigrando, de paso, la memoria de los ciudadanos de la RDA, en especial de aquellos que quisieron rescatar en los meses finales de su existencia un socialismo democrático alternativo al modelo capitalista de la RFA y a la dictadura que acababa de sucumbir-. Al contrario de lo que saben los nuevos alemanes sobre el espionaje en la antigua Alemania Oriental, nada o casi nada se sabe sobre lo que se implementó para vigilar a los ciudadanos de la RFA por parte del BfV (Bundesamt für Verfassungschutz, la oficina federal de Inteligencia germano-occidental).

Como explica Ángel Ferrero, la anticomunista República Federal liderada por el canciller democristiano Konrad Adenauer, a través del BfV, espió las conversaciones de millones de sus ciudadanos. Entre 100.000 y 200.000 germano-occidentales sufrieron procesos judiciales y muchos de ellos fueron encarcelados o sometidos a otro tipo de discriminaciones por razones políticas, como ser apartados de la función pública o verse obligados a cesar en sus empleos, en una parte de la historia de la RFA que permanece oculta en contraste con las ingentes cantidades de dinero dedicadas a la expurgación de los archivos de la Stasi germano-oriental. Algunos de los motivos para este espionaje estaban basados en su militancia comunista -el KPD (Komunistisches Partei Deutschlands, Partido Comunista Alemán) era ilegal en la RFA- o en su pertenencia a otros movimientos de izquierda, pacifistas o antimilitaristas, en una época en la que el pasado agresivo y expansionista del nazismo todavía permanecía vigente como un trauma doloroso en la sociedad alemana. En otro capítulo del libro conjunto con Ferrero y Carmela Negrete, Félix Poch-de-Feliu afirma que, en el posible horizonte de la unión de las dos repúblicas alemanas, una de las cosas que reclamaban los movimientos opositores de la RDA era la abolición de los servicios secretos de ambos Estados, tanto la Stasi como la BfV. Por supuesto, la BfV sigue aún existiendo, tanto en los Länder del Oeste como en los del Este.

Imagen de la fundación de la RDA, el 7 de octubre de 1949, pocos meses después de la de su vecina occidental, la RFA.

Imagen de la fundación de la RDA, el 7 de octubre de 1949, pocos meses después de la de su vecina occidental, la RFA.

La desnazificación en ambas Alemanias fue, asimismo, distinta. En la zona de ocupación soviética que, a partir de octubre de 1949, se convertiría en la RDA, los campos de internamiento o de reeducación y la destrucción material y humana causada por los nazis en territorio soviético causaron más de un abuso sobre los antiguos nazis, pero garantizaron que pocos nazis hicieran carrera impunemente en un estado alemán oriental cuya legitimidad se nutría de la lucha antifascista y cuyas principales figuras eran antiguos exiliados con pasado izquierdista o demócrata (Bertolt Brecht, Anna Seghers, Stefan Heym, Stephan Hermlin, Johannes R. Becher, Heinrich Man, Wilhelm Pieck o Friedrich Ebert hijo). En la RFA, a pesar de la intensa desnazificación primera y de los juicios de Nuremberg, que supusieron un hito en la persecución de los crímenes de guerra y contra la Humanidad, para británicos y norteamericanos los soviéticos habían pasado de ser aliados circunstanciales a ser de nuevo enemigos, y la ayuda de antiguos nazis se hacía necesaria. Por eso, Adenauer, el canciller del nuevo estado -creado en mayo de 1949 con exclusión, pese a las protestas de Stalin, de la zona soviética, y con una constitución, la Ley Fundamental, que aún hoy sigue vigente sin que el pueblo alemán, del Oeste y del Este, la haya votado en referéndum o ningún Bundestag posterior a la unión de 1990 la haya ratificado- pasó a contar, en el nuevo ejército germano-occidental (Bundeswehr), en la administración y en los servicios secretos con antiguos nazis e incluso con significados criminales de guerra. Por supuesto, esto es extensible al ejército secreto germano-occidental. Así, mientras los servicios de contra-inteligencia estadounidenses se dedicaban a la captura de significados líderes nazis para llevarlos ante el tribunal de Nuremberg, estos mismos servicios reclutaban a otros militantes nacionalsocialistas, de las SS o las Juventudes Hitlerianas para el ejército secreto alemán. Y en 1955, Truman y Adenauer firmaron un protocolo secreto sobre la entrada de Alemania Federal en la OTAN por el que la RFA se comprometía a abandonar la persecución de los ultraderechistas de los que se tuviera constancia. Ese mismo año, la RFA ponía en marcha el Bundeswehr -unos meses después, la RDA crearía, en respuesta, el NVA, el Ejército Nacional Popular-, con muchos antiguos generales y criminales de guerra de la Wehrmacht al frente.

Reinhardt Gehlen, en una fotografía tomada tras su entrega al ejército norteamericano.

Reinhardt Gehlen, en una fotografía tomada tras su entrega al ejército norteamericano.

El Gladio alemán federal tuvo como precedente la llamada “Organización Gehlen”, llamada así en “honor” al general Reinhard Gehlen, ex jefe del servicio secreto del ejército nazi alemán en el frente del Este. Su ferocidad era legendaria. A través de la tortura y la muerte por inanición de hasta cuatro millones de prisioneros de guerra soviéticos, consiguió una sustanciosa información para la guerra contra la URSS. Sin embargo, consciente de que sus atrocidades le habían colocado en el punto de mira del Ejército Rojo y la policía secreta de Stalin, la NKVD, se entregó él mismo a los estadounidenses. Sus métodos de interrogatorio le abrieron las puertas para que, de la mano de dos importantes cerebros de los servicios secretos norteamericanos, Allen Dulles y Frank Wisner, se convirtiera en el puntal del “stay-behind” alemán y fuera “rehabilitado” por los aliados occidentales para la lucha contra el nuevo enemigo comunista. La función de Gehlen (cuya organización, formada por 150 de sus mejores oficiales, que había pasado a control de la CIA a través de uno de sus oficiales superiores, James Critchfield) era conocida por el propio Adenauer, muy probablemente a través de un antiguo nazi de alto rango que ocupaba la secretaría de Estado en el gobierno de Bonn, Hans Globke. Entre las funciones de la Organización Gehlen, destaca la serie de reportajes “La historia no contada de EE.UU.” de Oliver Stone en el capítulo dedicado a los inicios de la Guerra Fría, estaba la de suministrar a la CIA aquella información que realmente querían oír sobre las maldades soviéticas, en palabras de un funcionario retirado de la misma. “Utilizamos su material constantemente y nosotros se lo pasamos a todo el mundo: al Pentágono, a la Casa Blanca, a los periódicos… Y también les encantaba, pero no era más que basura exagerada sobre el demonio ruso e hizo mucho daño a este país”, afirma. Con todo, aunque Gehlen fue el más prominente de los nazis que trabajó con y para la CIA en Alemania, no fue el único y desde luego no el más “polémico”. Klaus Barbie, el “Carnicero de Lyon”, culpable de mandar a 15.000 judíos de esta ciudad francesa a campos de exterminio y de ejecutar a otras 4.000 personas -judíos y resistentes- entre 1943 y 1944, participó como reclutador de ex-nazis y organizador de la banda fascista Bund Deutscher Jugend (BDJ), integrada en el “stay-behind” germano-occidental.

Aunque hubo dos escándalos, uno en 1952, descubierto en el estado federal de Hesse, y otro a finales de los sesenta, que hubieran podido llevar a la clausura de este ejército secreto alemán forjado por las enseñanzas de antiguos nazis y cuyas labores de reclutamiento se habían realizado entre todo un hervidero de neofascistas, lo cierto es que la protección americana y la intervención de los poderes federales, desde el gobierno Adenauer hasta el Tribunal Constitucional de Karlsruhe, pasando, por supuesto, por la protección de la propia CIA, llevaron a que siguieran manteniéndose. El BDJ-TD tenía incluso listas elaboradas de personas a las que había que ejecutar en caso de invasión soviética, entre otros, miembros del partido socialdemócrata SPD y del ilegalizado KPD. El BfV conocía de la existencia de los “stay-behind” y también contribuyó a ocultarlos. En 1956, la Organización Gehlen, además, cambió su nombre por el de Bundesnachrichtendienst (BND) y el gobierno socialdemócrata de Willy Brandt expulsó a Reinhardt Gehlen de la dirección del BND. Aunque, no dejaba de ser un consuelo muy limitado, pues la organización siguió funcionando.

En la historia del Gladio alemán también figura el recurso al atentado, como en otros países del entorno, como recurso para cargar el muerto sobre otros y hacer desconfiar al público acerca del enemigo ideológico interno. El 26 de septiembre de 1980, en la fiesta clásica de la Oktoberfest de Munich, una bomba explotaba dejando un rastro de 13 muertos y 213 heridos, con niños entre las víctimas y muchos miembros amputados. Aunque este caso no ha sido juzgado en Alemania, se sabe, por el testimonio de Andreas Kramer, hijo del cabecilla de este brutal atentado, Johannes Kramer, oficial del BND, que los servicios secretos alemanes y una organización de extrema derecha (la banda neonazi Wehrsportgruppe Hoffmann) llevaron a cabo la operación utilizando material explosivo procedente de arsenales militares holandeses y del MI6 británico. El único culpable fue un extremista de derechas alemán, Gundolf Köhler, que casualmente falleció en el atentado.

Si se ha sabido la autoría del atentado de la Oktoberfest fue porque Kramer tuvo que someterse a juicio en Luxemburgo. Kramer, que tenía contactos con los “stay-behind” holandeses y parecía actuar como una especia de gladiador paneuropeo, tuvo que prestar declaración por la autoría de los nada más y nada menos que 24 atentados con bomba registrados en el pequeñísimo y tranquilo Gran Ducado en el transcurso de los años 1984 y 1985. El caso, conocido “el juicio del siglo” en el país, sin embargo no pareció dar pie al entonces primer ministro Jacques Santer y la mayoría parlamentaria conservadora a iniciar una exhaustiva investigación sobre el asunto, tal y como le pidieron los diputados verdes, y pareció pensar, y muchos parecieron dar por buenas sus explicaciones, que un vago bosquejo sobre el Gladio luxemburgués bastaba para calmar el incendio creado por las revelaciones hechas desde Italia por Andreotti.

El vecino reino de Bélgica también sufrió la plaga del terrorismo del “stay-behind”. Los inicios del ejército secreto del país estuvieron muy relacionados con la fuerza del Partido Comunista local, que había ganado un gran prestigio en la lucha por la liberación del país de manos de los nazis. La preocupación entre la CIA y el MI6 y los derechistas belgas se hizo patente desde el primer momento acerca del “peligro comunista” en el país, y por eso tenían especial prisa en desarmar a la resistencia belga y armar a la policía, así como a que el rey Balduino I regresase cuanto antes al trono.

Los izquierdistas belgas se oponían al retorno del monarca, a quien consideraban un títere de Estados Unidos y la derecha local. Los derechistas locales comenzaron a reunirse en la embajada norteamericana y, por medio de un oficial de Inteligencia norteamericano, se les instó a centrarse en la agitación política proclive a la restauración monárquica y a la formación de grupos “stay-behind” para la resistencia anticomunista. Paralelamente a este hecho, el “stay-behind” previo que había combatido a los nazis, formado en tierras británicas, continuó vigente. El SDRA8, la rama militar, y el STC/Mob, la rama civil, del ejército secreto antinazi estaban constituidos por conservadores y monárquicos que no habían tenido contacto con la resistencia comunista local, por lo que su papel en la lucha contra la izquierda local sería sencillo de asumir.

En agosto de 1950, Julian Lahaut, el carismático líder y presidente honorario de los comunistas belgas, que había sobrevivido a su cautiverio a manos de los nazis, protestó a la asunción de la corona por parte de Balduino con un “¡Larga vida a la República!” en el Parlamento de Bruselas. Aquella profesión de fe republicana de Lahaut le valió su asesinato el 18 de ese mismo mes, cuando dos hombres le dispararon frente a su casa. Aquel hecho sangriento dejó a buena parte de la sociedad belga conmocionada. El asesinato, que había corrido a cargo de la extrema derecha, no confirmaba necesariamente la participación del “stay-behind”, pero resultaba sintomático que se hubiera producido en medio de las conspiraciones derechistas en la sede de la legación estadounidense, donde habían recibido tan particulares instrucciones sobre agitación y formación de “stay-behind”.

Julian Lahaut, el carismático líder comunista y miembro de la Resistencia belga.

Julian Lahaut, el carismático líder comunista y miembro de la Resistencia belga.

Sea como fuere, desde aquellas fechas, y a través de una estructura tripartita belga, británica y estadounidense, el Gladio del país comenzó a ponerse “en guardia” para luchar contra el comunismo en el pequeño país noreuropeo. Una colaboración tan pronta entre los servicios secretos de la Sureté de l’Etat, el MI6 y la CIA que, por ejemplo, iba a dar sus frutos fuera del continente, en la operación encubierta conjunta de belgas y norteamericanos para propiciar la secesión de la región congoleña de Katanga y el derrocamiento y posterior ejecución del carismático líder del Congo, Patrice Lumumba. El ejército secreto local también desempeñó acciones de guerra secreta en las antiguas colonias, en el Zaire de Mobutu y en Ruanda. En el interior de las fronteras belgas, lo más recordado serían las llamadas “masacres de Brabant”, una cadena de ataques terroristas llevados a cabo en comercios, gasolineras e incluso estaciones de policía esta región de Valonia, próxima a Bruselas, a comienzos de los años 1980. Los ataques, de los que se culpó a un fantasmagórico grupo de extrema izquierda, las Cellules Communistes Combattantes (CCC), en realidad habían sido perpetrados como una suerte de macabro entrenamiento por parte del “stay-behind” belga. “El objetivo del ejercicio era doble: empujar a la policía local belga a un mayor estado de alerta y, no menos importante, dar la impresión a la mayor parte de la población de que el cómodo y bien alimentado Reino de Bélgica estaba al borde de una revolución roja”, sugirió un periodista británico, Hugh O’Shaughnessy, en un artículo sobre Gladio. El plan dio sus frutos a corto plazo: los comunistas fueron desacreditados mientras las CCC actuaron, pero tras la detención de su lider, Pierre Carette, en 1985, los periodistas indagaron en su historial y se descubrió que Carette era en realidad creador de una red terrorista de extrema derecha y que contaba con un asesor que se había unido a un grupo alemán neofascista. Los ataques dejaron un saldo de 28 muertos y numerosos heridos entre 1982 y 1985, y mientras la colaboración de las autoridades con la justicia y el parlamento fue más una obstaculización a la hora de desentrañar los hechos, tuvo que ser un periodista, Allan Francovich, quien a la hora de investigar afirmara la conexión entre los servicios de seguridad, los servicios secretos y la ultraderecha en los atentados de Brabant.

Incluso las dictaduras fascistas supervivientes de Portugal y España tuvieron que ver, y mucho, en la red Gladio europea. El Portugal salazarista formaba parte de la OTAN, dentro de la estrategia de Truman que consideraba al dictador luso como un amigo útil en la lucha contra el comunismo, frente a las consideraciones realmente democráticas que debían prevalecer en la alianza europea del “mundo libre”. Una vez descontada esta excentricidad, los ejércitos secretos de la OTAN colaboraron con la policía política del régimen, la PIDE (Policia Internacional e de Defessa do Estado), al igual que en tiempos pasados ésta había recibido asesores y adiestramiento de la Gestapo nazi. Esta colaboración se llevó a cabo a través de una más que misteriosa agencia de prensa ubicada en Lisboa, Aginter Press, que servía como una vía de escape para terroristas ultraderechistas vinculados a Gladio y que estaban demasiado “quemados” en sus respectivos países. Portugal -como lo sería España y también América Latina- se convertía en una especie de santuario donde fascistas veteranos de la guerra secreta adiestraban a la PIDE e intervenían en pequeñas acciones contra los opositores a la dictadura o al colonialismo luso en África. Entre ellos se encontraba Yves Gueráin Serac, el mandamás de Aginter Press, un avezado soldado secreto francés que había combatido a los independentistas del Viet-Minh en Indochina, en la guerra de Corea y en Argelia y que, tras formar parte de la organización terrorista franco-argelina OAS (Organisation de l’Armée Secrète), destinada a impedir la independencia de Argelia y derrocar a De Gaulle para imponer un régimen derechista en Francia, se refugió en España y Portugal y adiestró a los ejércitos secretos de ambas dictaduras ibéricas. Así entendía su papel Gueráin-Serac: “Los otros han bajado sus armas, pero yo no. Tras la OAS, volé a Portugal para continuar la lucha y expandirla en sus dimensiones propias; es decir, una dimensión planetaria”. No estaba solo: en Aginter estuvo al lado de otro conocido terrorista fascista y antiguo miembro del ejército secreto italiano: el temible Stéfano Della Chiaie.

El abanico de actividades de Aginter era tan amplio como el de los propios “stay-behind”: colocación de bombas, asesinato silencioso, técnicas de subversión, comunicación e infiltración clandestinas, y guerra colonial. Este último epígrafe era especialmente importante para una dictadura como la salazarista, que deseaba, por prestigio y porque los intereses que la apoyaban precisaban de los mercados cautivos de las colonias, mantener a toda costa el imperio colonial. Resulta curioso, cuanto menos, que las tácticas empleadas por el ejército portugués en las guerras de Guinea, Angola o Mozambique incluyeran el uso del napalm que el ejército de EE.UU. empleaba en la lucha contra el ejército norvietnamita y las guerrillas del Viet-Cong. ¿Conexión PIDE-Aginter-CIA? Sea como fuere, al África portuguesa también llegaron las técnicas de interrogatorio de la PIDE, y las sospechas acerca de la autoría de los asesinatos de algunos de los líderes más prestigiosos de los movimientos de liberación: el líder guineano Amílcar Cabral y el mozambiqueño Eduardo Mondlane, así como del asesinato del prestigioso opositor Humberto Delgado por la PIDE en una emboscada en la ciudad española de Badajoz.

Monolito en la localidad de Villanueva del Fresno (Badajoz, España) en el lugar donde el general Humberto Delgado y su secretaria fueron asesinados por agentes de la PIDE portuguesa.

Monolito en la localidad de Villanueva del Fresno (Badajoz, España) en el lugar donde el general Humberto Delgado y su secretaria fueron asesinados por agentes de la PIDE portuguesa.

Aginter Press, escribe Daniele Ganser, “fue responsable de una gran parte de la brutalidad y derramamiento de sangre en Portugal y más allá”, pues Lisboa sirvió como una base segura para la ejecución de gran parte de las acciones terroristas de extrema derecha que salpicaron Europa, entre otras las que Gladio llevó a cabo en Italia (el atentado con bomba de Piazza Fontana de Milan en 1969). Tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que depuso a la dictadura salazarista, las operaciones de Aginter Press se quedaron sin el refugio seguro que había sido para ellos el régimen ultraderechista más longevo de Europa. Sin embargo, pese a una investigación llevada a cabo por los nuevos servicios secretos, el SDCI, que llegaba a varias conclusiones interesantes sobre el papel del Gladio luso, los documentos de Aginter fueron destruidos por el ejército, que temía complicaciones diplomáticas con los gobiernos occidentales en las primeras y complicadas etapas de la democratización del país.

España, por su parte, se convirtió en el nuevo refugio de “gladiadores” como Gueráin-Serac o Della Chiaie, y llegaron en un momento especialmente crítico, con la muerte de Franco a la vuelta de la esquina y los herederos del régimen y los opositores tomando posiciones de cara a un futuro sin el general presente. Aunque la España franquista, al contrario que su vecino, el Portugal de Salazar, no era miembro de la OTAN, mantenía excelentes relaciones con los aliados occidentales, primero con Gran Bretaña gracias a los intereses financieros y comerciales que la City londinense tenía en el país, y posteriormente con los Estados Unidos desde la presidencia Eisenhower y el arrendamiento de bases al ejército norteamericano -Morón, Rota, Zaragoza, Torrejón…-

La cercanía de la España franquista a Washington facilitaba los vínculos de sus servicios secretos con la CIA y la red “stay-behind”. La CIA y sus agentes clandestinos conocían de cerca la vida política española, y en Las Palmas existía un centro de entrenamiento de ejércitos secretos similar a los de Baviera, Córcega o Portsmouth (Inglaterra). Ganser, en su obra, ha reflejado que los servicios secretos españoles se implicaron en un amplio abanico de actividades delictivas, algunas perseguibles incluso por la propia legislación franquista, como la tortura, el terrorismo y el contra-terrorismo (guerra sucia), y el tráfico de armas y de drogas. El conglomerado de servicios secretos civiles y militares, al mando de los tres ministerios de la Defensa y del de Interior, reflejaba a las claras el estado policial y de vigilancia que el régimen militar había implementado desde su victoria en 1939. El almirante Luis Carrero Blanco, estrechamente conectado a la CIA, creó en 1972 el SECED (Servicio Central de Documentación de la presidencia del Gobierno, el posterior CESID), que estaba especialmente dedicado a la vigilancia y represión del movimiento estudiantil y laboral de protesta. El SECED y el Gladio español se complementaron a la perfección en esta tarea.

Entrados los setenta, y sirviendo la península -primero Portugal y luego España- de refugio a terroristas de extrema derecha europeos pertenecientes a la red “stay-behind”, el gobierno español y los servicios secretos supervivientes en los años de transición de la dictadura a la democracia utilizaron a estos agentes fascistas para promover sus propios intereses políticos. El francés Gueráin-Serac, Stefano Della Chiaie, Carlo Cicuttini y hasta 100 “gladiadores” italianos se refugiaron en España tras el fracasado golpe llevado a cabo en 1970 en el país transalpino por un antiguo jefe de los escuadrones de la muerte mussolinianos y ahora convertido en útil luchador contra el comunismo, el príncipe Valerio Borghese. No fueron los únicos: antiguos nazis y agentes “stay-behind” alemanes también habían sido sacados de sus países cuando las cosas estaban demasiado feas para ellos y encontraron su particular retiro en las costas españolas, algunos de ellos viviendo de una buena posición en las finanzas a través de sus inversiones en Deutsche Bank o Plus Ultra Seguros: Léon Degrelle, Hans Joseph Hoffmann, el ex general de la Wehrmacht Johannes Bernhardt… Protegidos por la dictadura, aquellos hombres se dedicaron en los años setenta a promover atentados y disturbios destinados, si no a provocar la involución del proceso de transformación política iniciado tras la muerte de Franco, si al menos a retardar y limitar los efectos de la apertura política. Uno de los hechos en los que estos terroristas extranjeros, unidos a la ultraderecha española, estuvieron implicados fue el asesinato de los abogados laboralistas de la calle de Atocha en 1977. Asimismo, se sospecha de otras acciones ejercidas por la ultraderecha española, como las realizadas por el Batallón Vasco Español (BVE) contra miembros de ETA, o que estuvieron detrás de los enfrentamientos entre facciones carlistas ocurridos en Montejurra (Navarra) en 1976, que dieron lugar a una fuerte represión de la policía, al mando del entonces ministro y luego dirigente de Alianza Popular Manuel Fraga. Incluso otros autores han ido más lejos y han expresado la hipótesis de que el GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre) hubiera sido manejado, como lo fueron las Brigate Rosse italianas, por agentes ultraderechistas con el fin de minar las posibilidades electorales de la izquierda y desprestigiar a los partidos comunistas de Europa Occidental. Esta posibilidad, expresada por el escritor Benjamín Prado en su novela “Operación Gladio”, se basa en algunos hechos sospechosos acontecidos a la banda en los setenta: detenciones, sospechosas puestas en libertad, escapatorias que podrían ser un tanto “facilitadas”, asesinato de esos mismos terroristas…

Entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Con independencia de esto, el Gladio español no había sido sólo el gobierno, como se encargó de afirmar el ex primer ministro Luis Calvo Sotelo: Gladio fue también una estructura del gobierno dictatorial de Franco, que contó con la ayuda, al mismo tiempo que amparaba, a terroristas “stay-behind” de otros países que le resultaron especialmente útiles. En algunos casos, como el de Carlo Cicuttini, tuvieron protección de las autoridades españolas incluso después de la restauración democrática: se impidió su extradición a Italia basándose en su matrimonio con la hija de un general, lo que le daba la nacionalidad española. Las explicaciones del ministro socialista de Defensa, Narcís Serra, y la investigación del jefe del CESID, el general Alonso Manglano, tras estallar el caso Gladio en 1990, condujeron a un callejón sin salida: en España, oficialmente, no existió nunca una estructura Gladio…

Finalmente -por ahora- el caso de Francia reviste un gran parecido con el de Italia, el país donde la red Gladio mostró todas las características que hasta ahora hemos visto y donde el estallido del escándalo, a través de la investigación judicial y la confesión de su primer ministro, hizo que se extendiera por Europa. Al final de la SGM, la resistencia francesa llevada a cabo sobre suelo galo (las FFI, Forces Françaises de l’Interieur) se había realizado bajo un fuerte liderazgo del Partido Comunista, como en la mencionada Italia, en Checoslovaquia, Grecia, Yugoslavia o Bélgica. Y, como en estos países, el prestigio ganado por el PCF fue enorme. Tan grande como el que adquirió el propio general Charles de Gaulle desde su exilio en Londres. Para el caso francés, al igual que el belga o el italiano, el líder soviético Stalin recomendó la participación en las elecciones democráticas y los gobiernos de posguerra, la moderación y la alianza con otras fuerzas de izquierda. Pero esta estrategia chocó frontalmente con el miedo al nuevo enemigo “rojo” que desde Londres y luego desde Washington se vino a implementar. Francia también tuvo su “stay-behind”, reclutado en buena medida a base de antiguos colaboracionistas y miembros de las fuerzas policiales y militares del régimen de Vichy.

La fuerza del PCF, sus críticas a la política francesa en Indochina, su influencia en los sindicatos a través de la poderosa CGT y el sentimiento de estar siendo discriminados en el gobierno a pesar de ser la fuerza política con mayor presencia en la Asamblea Nacional llevaron a una preocupación constante en Gran Bretaña y EE.UU. por impedir que Francia se volviera “roja”. En una fecha tan temprana como 1946, se crearon unos nuevos servicios secretos purgados de comunistas, el SDECEE y se implementó el llamado Plan Bleu, que consistía en dar un golpe de Estado en Francia en 1947 a cargo de una red de colaboracionistas, ultraderechistas y monárquicos apoyados por la CIA y el MI6. Al mismo tiempo, el PCF era expulsado de sus cargos en el gobierno por parte del primer ministro socialista Paul Ramadier, mientras británicos y norteamericanos invertían grandes cantidades de dinero en la purga de elementos comunistas de la administración y en la provocación de disensiones fatales en el seno del movimiento obrero francés. La persecución policial, a través de miembros parafascistas de los cuerpos de seguridad, también fue un elemento esencial de esta política de destrucción de la influencia del PCF en la política gala. Estos miembros de la policía se convirtieron también en guerreros “stay-behind”. Al parecer, las buenas relaciones del Gladio francés con el gobierno socialista fueron bastante duraderas: cuando el ejército secreto Rosa de los Vientos fue creado después de 1947, uno de sus miembros, François Groussouvre, antiguo miliciano fascista del régimen petainista de Vichy, fue luego consejero del presidente socialista Miterrand en materia de guerra secreta.

La guerra secreta contra los comunistas no sólo no se detuvo, sino que se extendió de tal forma que el ejército secreto francés pareció cobrar vida propia, al tiempo que a la IV República Francesa se le multiplicaban los problemas relacionados con los movimientos de liberación en su extenso imperio colonial: primero, las derrotas en Indochina, que condujeron a la independencia de Camboya, Laos y Vietnam, y luego el inicio de la guerra en Argelia. Rosa de los Vientos, que había sido entrenada por el 11º Regimiento Paracaidista de Choque, acabó siendo prácticamente absorbida por éste. El 11º de Choque contaba entre sus miembros con un nombre recurrente en estas páginas: Yves Gueráin Serac.

El 11º de Choque iba a implicarse en una complicada operación para derrocar al gobierno de la IV República en 1958 y reinstalar al retirado general De Gaulle en él. En aquel momento, con los servicios secretos y el ejército “stay-behind” más poderosos e incontrolados que nunca, quien ganó por la mano tanto a estos como al propio gobierno fue el general, que mandó un mensaje al presidente de la República postulándose a formar gobierno. De Gaulle volvió y la V República, de carácter presidencialista, fue instaurada. Pero el general no satisfizo los deseos de los “gladiadores” como Gueráin Serac, puesto que en poco tiempo y con mucha sangre derramada de por medio, se vio que el mantenimiento de Argelia en manos francesas era imposible. Los miembros más inquietos y más militantemente anticomunistas del 11º de Choque, entre ellos Yves Gueráin Serac, formaron una organización terrorista de ultraderecha, la OAS (Organisation de l’Armée Secrete), con el objetivo de provocar un nuevo golpe de Estado en Francia que derribara a De Gaulle y la V República e instaurara un Estado autoritario y mantener Argelia en manos de Francia.

La OAS se involucró en numerosas actividades terroristas en Argelia, y también en Francia, como eran la caza de militantes del argelino Frente de Liberación Nacional o atentados que sembraran el caos. Y en 1961, un año antes de la independencia, intentaron un nuevo golpe fallido alcanzando brevemente el poder en la colonia, que, a pesar de contar con el apoyo de la CIA y el Pentágono, en este caso no sirvió de garantía de éxito. La desconfianza hacia los servicios secretos hizo mella en De Gaulle y en el resto de los presidentes de la V República, y esta sería una de las razones para que el presidente francés expulsara del país a la OTAN, que pasó su sede de París a Bruselas. El fracaso del golpe y de su política de terror fue patente tras la firma de la paz entre la metrópoli y el FLN, que dio lugar a la independencia de Argelia en 1962. No obstante, algunos siguieron tratando de escalar en su furia asesina, tratando de matar a De Gaulle tendiéndole una emboscada de la que salió ileso.

Los terroristas de la OAS, que habían tenido sus contactos con otros ejércitos secretos europeos como el BND alemán -en cuyas bases de entrenamiento habían preparado algunas de sus acciones en Argelia- pasaron a ejercer su guerra particular por el mundo: España, Portugal, América Latina… Sin embargo, el fin de la OAS no significó el de los ejércitos secretos en Francia. Al parecer, un movimiento vinculado al partido de De Gaulle, las SAC, también estuvo detrás de la desestabilización política vivida por la IV República que él enterró, y que posteriormente, hasta su cierre en 1982 por el presidente Miterrand, siguió activa, ejerciendo labores oscuras en África y en la represión de las protestas estudiantiles del mayo de 1968. Los diputados comunistas y socialistas en la Asamblea Nacional, así como buena parte de la prensa, pensaron que este cierre, como en otros países de Europa, también había sido en falso.

ITALIA: EL SANTUARIO DE GLADIO

Pero el lugar de donde nació toda la polémica en 1990 es también el sitio donde todas las actividades de la guerra secreta que hemos visto hasta ahora han tenido lugar. En Italia hubo golpes de estado, como en Grecia y Turquía, aunque fueran “blandos”. También atentados con bomba, como los desarrollados por las fantasmales CCC belgas en Brabant. Y asesinatos individuales, como el de Aldo Moro, semejantes al de la Triple A en conexión con ultraderechistas bregados en la guerra secreta en el despacho de abogados de Atocha. Sus agentes formaron parte de la antigua dictadura fascista, como los alemanes Reinhardt Gehlen o Klaus Barbie del BND germano-occidental, y a su vez, como Aginter Press de Portugal, se implicaron en actividades más allá de las fronteras nacionales.

De todas formas, el genuino Gladio -el nombre genérico de las redes “stay-behind” europeas procede, precisamente, del nombre de la red italiana- tiene también sus particularidades: conexiones con la Mafia siciliana o la Camorra napolitana e incluso con una oscura logia masónica dirigida por un antiguo fascista que pasó de estar “a las órdenes de Hitler a estarlo a las de Kissinger” (el secretario de Estado de los presidentes norteamericanos Nixon y Ford), como escribe Benjamín Prado: Licio Gelli, el líder de Propaganda Due (P2), la logia donde también estuvo, en aquellos años de plomo, el inefable ex primer ministro conservador y magnate de los medios audiovisuales Silvio Berlusconi.

La situación política y social de la República Italiana y su consideración de casi objetivo “número uno” en la lucha entre el comunismo y el “mundo libre” se remonta al fin de la SGM. Casi puede decirse, sin temor a caer en el error, que las actividades del ejército secreto italiano comienzan desde que Italia es liberada del fascismo. Hasta antes: no conviene olvidar que las tropas anglo-norteamericanas que desembarcan en Sicilia, preparando la conquista de Italia desde el África liberada, colocan en la administración de la isla a antiguos jefes mafiosos -que habían sido objeto de una dura represión por parte del régimen mussoliniano- a fin de evitar que Sicilia, y eventualmente Italia, caiga en manos de los partisanos comunistas y del PCI.

Las primeras elecciones tras la guerra, en 1946, en un país en el que recién se ha proclamado una “República antifascista basada en el trabajo” no pintan demasiado bien para los intereses anglo-estadounidenses. La recién creada CIA recibirá sustanciales cantidades de dinero de los fondos del “Plan Marshall” para la reconstrucción de Europa para la realización de acciones encubiertas. Entre ellas, y una de las más significativas, estará precisamente la de impedir que el Frente Democrático Popolare (FDP) italiano, compuesto por los socialistas y los comunistas transalpinos, alcancen el poder de forma democrática. La táctica del Frente Popular, la misma que Stalin recomendó a Thorez y los comunistas franceses, se antoja tan peligrosa para la administración Truman por cuanto el PCI es el más fuerte de todos los de Europa Occidental, casi a la par con el francés, y en un momento en que parece que el frente popular y la vía parlamentaria amenaza con convertir Bélgica, Italia, Francia, Islandia o Finlandia en países “rojos” sin necesidad de que los ejércitos rusos hayan pasado por allí.

La Democracia Cristiana fue muy beneficiada por las ayudas norteamericanas, que contemplaban al partido como un instrumento de su lucha anticomunista.

La Democracia Cristiana fue muy beneficiada por las ayudas norteamericanas, que contemplaban al partido como un instrumento de su lucha anticomunista.

La campaña de las elecciones de 1946 se convierte, así, en una manera de darle la vuelta a unos pronósticos nada halagüeños, máxime cuando comunistas y socialistas superaron a la derecha en las elecciones municipales previas. La técnica, similar a la usada en Francia, consistirá en llenar las arcas de la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi para la compra de votos y la puesta en sus manos de un aparato de propaganda del que no habría dispuesto sin ese dinero americano. Al mismo tiempo, la amenaza velada de que, con comunistas en el gobierno, no habrá fondos del Plan Marshall. Y, un clásico, la coacción y la difamación hacia los candidatos del FDP, a los que se llegó a calificar de antiguos fascistas, anticlericales o una vida personal y sexual disoluta. Resultado: la DCI -que ha sido calificada de grupo político constituido a base de colaboracionistas, monárquicos y fascistas sin rehabilitar- ganó las elecciones con un 48% de los votos y 307 escaños. El FDP obtuvo un 31% y 200 escaños, y De Gasperi se convirtió en primer ministro electo, cargo en el que estuvo entre 1945 (cuando fue nombrado de forma interina) y 1953.

Al mismo tiempo, el ejército secreto italiano Gladio comenzaba a ponerse en marcha reclutando a un antiguo ejecutor fascista, que se había destacado en la brutal represión ejercida contra los partisanos en el reducto nazi-mussoliniano del norte de Italia, la República Social-Fascista de Saló. El príncipe Valerio Borghese fue hábilmente “reciclado” por los servicios secretos norteamericanos, cuyo ejército le había salvado de la ejecución por los camaradas de aquellos a quienes había llevado al patíbulo, para proseguir la represión del movimiento comunista italiano, esta vez no en nombre del fascismo, sino en el del “mundo libre”. Al mismo tiempo, en el seno de la Democracia Cristiana estaban formándose células paramilitares, explica Francesco Cossiga, miembro destacado del partido y posterior presidente de la República. Los paramilitares de la DCI llevaban armas compradas con fondos puestos a disposición del partido y estaban dispuestos a actuar en caso de una victoria electoral comunista.

Estos grupos informales, el del príncipe Borgheses y la DCI, serían pronto sustituidos -si bien es posible que muchos de sus reclutas pertenecieran a ellos- por un “stay-behind” en toda regla y en el seno de la OTAN, a la que Italia se adhirió desde su fundación con el entusiasta apoyo del gobierno democristiano. Los servicios secretos recién creados, SIFAR, subordinados a la CIA quizá más incluso de lo que estaba cualquier otro servicio secreto perteneciente a la Alianza, crearon el Gladio conjuntamente con los norteamericanos en una fecha tan temprana como 1949, el año de la fundación de la OTAN.

Entretanto, la vida política de la República iba calentándose debido a que los comunistas no dejaban de tener e incluso de ganar apoyos en el Parlamento y su exclusión en el Ejecutivo italiano resultaba un contrasentido. Mientras, el servicio secreto SIFAR intervenía en la vida política como un actor más, defendiendo los intereses de la DCI y Estados Unidos, tratando de impedir la llegada de los comunistas al poder. En 1963, los peores presagios de la CIA y el SIFAR se confirmaban: la izquierda, encabezada por los comunistas, superaba en porcentaje de votos (39%, 25% de los comunistas y 14% del PSI) a la desplomada Democracia Cristiana (38%). Aldo Moro, jefe del ala izquierda de los democristianos y primer ministro, abrió el gobierno a los socialistas y los comunistas pidieron también entrar en el gobierno. En forma de aviso de que tal cosa no podía suceder, una manifestación de obreros de la construcción en Roma fue reprimida por agentes de Gladio vestidos de policía y de paisano, que dejaron un saldo de 200 heridos. Poco después, el 14 de junio de 1964, un grupo de militares, altos mandos de los servicios secretos y “gladiadores” decidieron ejecutar la Operación “Piano Solo”. Esta operación consistía en ejecutar una intentona golpista, a modo de demostración de fuerza, que llevara a Moro a expulsar, o al PSI a cesar en sus cargos, a los ministros socialistas del gobierno. Un golpe “blando” ejecutado con la connivencia del presidente de la República, Antonio Segni, ferviente anticomunista del ala derecha de la DCI, y llevado a cabo por el jefe de los Carabinieri, Giovanni de Lorenzo, y el comandante de Gladio Renzo Rocca, con colaboración de la CIA. Las unidades golpistas realizaron un gran despliegue intimidatorio en Roma tras el desfile del 150º aniversario de los Carabinieri, permaneciendo en la capital entre mayo y junio, con lo que Moro tuvo que avenirse a negociar con el general De Lorenzo y finalmente los socialistas abandonaron sus puestos en el gobierno.

La crisis resuelta con el recurso al golpe, plegándose a los deseos de Washington de mandar un aviso a navegantes -los comunistas, mediante el uso como cabeza de turco de los ministros del PSI- de que jamás habría un gobierno italiano del que formara parte el PCI no hacía otra cosa que aparcar para un futuro cercano una nueva. Andreotti, que había sido ministro de Defensa -el hombre que había ascendido a De Lorenzo del SIFAR a la jefatura de los Carabinieri- y ahora ocupaba la presidencia del gobierno, vio como se agotaba la alianza con otros grupos del centro derecha (republicanos, demócratas y liberales) y a principios de los años 1970 Italia se sumió en un conjunto de gobiernos débiles e inestables. Al mismo tiempo, el espionaje italiano, triunfal tras el golpe “blando” de 1964, había sometido a una increíble vigilancia a personalidades de la sociedad y la política italianas -jueces, fiscales, parlamentarios, sindicalistas, financieros, sacerdotes…-, llegando a acumular información sobre 157.000 personas. Copias de estos archivos llegaron a la CIA y al siniestro líder de la logia Propaganda Due (P2), Licio Gelli. Gelli, un antiguo Camisa Negra, voluntario fascista en la guerra de España y sargento mayor en las SS alemnas, y los miembros de la P2 manipularon la política italiana a través de una sociedad secreta anticomunista de la que formaban parte políticos, banqueros, clérigos y militares a los que les unía, además de fobia contra la izquierda, su conexión con el Gladio -son muchas las ramificaciones que van de los atentados de los años de plomo hasta Propaganda Due-, el poder de dar financiación a actividades anticomunistas en todo el mundo y los contactos de Gelli con las altas esferas de Washington, donde ha estado presente en el palco de honor de las proclamaciones de varios presidente, entre ellos Ronald Reagan o Richard Nixon.

Fue en ese contexto cuando Enrico Berlinguer, secretario general del PCI, lanzó la propuesta del Compromesso Storico, una oferta de gobierno conjunto con las fuerzas democráticas italianas que tuvo muy buena acogida en el sector de izquierda de la DCI, liderado por Aldo Moro.

Esta propuesta de dar entrada a los comunistas en el gobierno, que el nuevo presidente de la República, Giovanni Leone, y Moro en calidad de presidente de la DCI, patrocinaron en una visita a Washington, recibieron el portazo de las autoridades norteamericanas. Italia era el equivalente a Latinoamérica en Europa: un “patio trasero”. Un segundo aviso había llegado el 8 de diciembre de 1970, después de que en 1968 una nueva victoria electoral de izquierdas amenazara la “estabilidad” derechista de Italia, con una nueva intentona golpista de “gladiadores” al mando del príncipe Borghese, mandos del ejército, unidades paramilitares al mando de un viejo conocido de estas páginas, Stéfano Della Chiaie e incluso jefes locales de la mafia en Sicilia. El golpe, con epicentro en Roma y Milán, se paralizó en el último instante sin llegar a consumar el giro reaccionario que propiciaba: al parecer, los apoyos estadounidenses y de la OTAN fallaron, lo que llevó a que los lugares estratégicos ocupados fueran abandonados tan pronto como fueron tomados.

La fuerza de la izquierda italiana, sin embargo, no cesó un ápice y en 1978 Aldo Moro decidió, a pesar de los riesgos de intervención americana, ofrecer a los comunistas puestos en el gobierno. Italia llevaba años viviendo una situación de inestabilidad política pero también social: las Brigate Rosse, un grupo terrorista de extrema izquierda, practicaba secuestros y asesinatos de personalidades conservadoras del mundo de las finanzas y la política, en una guerra particular contra el sistema. Al mismo tiempo, una serie de atentados se habían ido desarrollando de forma brutal e indiscriminada. Hoy sabemos que esos atentados fueron realizados por miembros de Gladio con el ánimo de exacerbar los ánimos contra la izquierda y los comunistas, culpando entre otros a las Brigate Rosse y sumiendo al país en un estado de alerta y de miedo constante. En conjunto, los atentados de Maghera, Peteano di Sagrado, Piazza Fontana de Milán, Roma, la estación de tren de Bolonia… por nombrar sólo algunos de los más sonados, costaron la vida, entre 1969 y 1987, de 491 civiles, así como 1.181 heridos y mutilados, así como la detención indiscriminada y la tortura de militantes de fuerzas de izquierda a quienes se tomó como “chivos expiatorios” de aquellos hechos. Cuando las investigaciones de los jueves Felice Casson y  Carlo Mastelloni demuestran que los atentados no son de la autoría de quienes dicen ser, de que un grupo secreto llamado “Gladio” está detrás de los hechos y de que, con riesgo para sus propias vidas, un ejército secreto en el interior de las estructuras del Estado italiano ha sido el causante de aquello para impedir, a través de la violencia, que el Partido Comunista alcanzase el poder, el primer ministro y líder de la DCI, Giulio Andreotti, confiesa en sede parlamentaria en 1990 que es cierto, que él tenía constancia y que esto no ha ocurrido sólo en su país. Desataba de este modo un terremoto que, sin embargo, no tendría muchos efectos políticos: no ha habido detenciones ni juicios en el Tribunal de La Haya.

Andreotti -quien será juzgado y condenado, pero posteriormente absuelto en 2002 por la Corte de Apelación de Perugia- será uno de los señalados, entre otros hechos, por la resolución luctuosa del secuestro de Aldo Moro, su compañero de filas. En el momento en que Moro, en  se dirigía al Parlamento a abrir el ejecutivo a los comunistas, su chófer y sus escoltas fueron ametrallados y él secuestrado por supuestos miembros de las Brigate Rosse, que le mantuvieron secuestrado durante 55 días, hasta que finalmente le encontraron en el maletero de un Renault 4L con once disparos en su cuerpo.

Guardaespaldas y chófer de Aldo Moro, tiroteados al producirse el secuestro del líder democristiano.

Guardaespaldas y chófer de Aldo Moro, tiroteados al producirse el secuestro del líder democristiano.

El secuestro y posterior asesinato levantó numerosas dudas, todas ellas apuntando en la dirección de que “las Brigadas Rojas con toda probabilidad fueron instrumentos en manos de un contexto político más amplio”, o dicho de otro modo, fueron utilizadas por poderes ajenos a ellos y con objetivos espurios. En primer lugar, resulta extraño que Mario Moretti, el jefe del comando que secuestró a Aldo Moro, fuera identificado posteriormente como un agente secreto ultraderechista. En segundo lugar, su mujer Eleonora relató que había recibido amenazas pero no por parte de las Brigadas sino de los norteamericanos: “Debes abandonar tu política de colaboración con todas las fuerzas políticas de tu país o lo pagarás muy caro”, le habían dicho en EE.UU. En tercer lugar, la petición de un coche blindado que realizó desde que vino de Washington, temiendo por su seguridad, había sido desechada. En cuarto lugar, la firmeza desplegada por el gobierno democristiano en no negociar con las Brigadas en el caso de Moro, sacrificándole a una muerte segura, cuando en otros casos sí lo habían hecho, contrasta con esos casos en los que sí habían excarcelado a presos a cambio de la liberación de rehenes. A esto se le suma la petición final de Moro a su esposa de que en su entierro no hubiera nadie de la “corrupta DCI”. Por todos estos motivos, el secuestro y asesinato de Moro -cuyo cuerpo en el interior del 4L apareció macabramente situado a media distancia de las sedes de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista- parece una obra más del Gladio.

El cadáver de Aldo Moro en el Renault 4L aparcado en una céntrica calle de Roma. Su secuestro está aún hoy rodeado de dudas que apuntan a una operación política para quitar de en medio a un personaje molesto.

El cadáver de Aldo Moro en el Renault 4L aparcado en una céntrica calle de Roma. Su secuestro está aún hoy rodeado de dudas que apuntan a una operación política para quitar de en medio a un personaje molesto.

CONCLUSIONES

Un presentador británico, en los tiempos en que el “escándalo Gladio” salía a la luz, se preguntaba si, en unos momentos que coincidían con la caída del bloque soviético y los teleespectadores occidentales empezaban a recibir informaciones sobre el terror de la Stasi o la Securitate de Ceaucescu, acaso podían imaginarse si su bando podría haber hecho algo similar.

Por desgracia, la falta de información dada por los responsables políticos, la ausencia de procesos penales y de condenas por unos crímenes que, con poco temor a caer en el error o en la demagogia, podrían ser perfectamente juzgados por los tribunales internacionales, y la capacidad para el escapismo que han demostrado los guerreros “stay-behind” a lo largo de los años (e incluso hoy, el grupo de Licio Gelli se ha transformado en una ONG que tiene estatuto consultivo dentro de la ONU, como Greenpeace o Amnistía Internacional…) hace que podamos pensar perfectamente en que Gladio no es algo del pasado, sino que tiene un presente bastante prometedor. Aunque sea a costa de que el de los ciudadanos corrientes, de los inconformistas y de los que quieren una sociedad mejor, más justa, pacífica e igualitaria sea infinitamente más malo. Y no digamos el futuro.

Si hay algo, además, que puede diferenciar las actuaciones del bando soviético y del occidental en cuanto a las doctrinas de soberanía limitada, se resume muy bien en la sentencia con la que Daniele Ganser abre su libro, y que reproduzco a continuación, sobre los ejércitos secretos de la OTAN. Si el bloque oriental era el bloque del totalitarismo rojo -y, para mala fortuna del ideario marxista, cuya imagen los regímenes burocráticos que se camuflaron bajo la bandera del socialismo o del comunismo contribuyeron a echar por tierra, su comportamiento pareció ajustarse a esa definición-, ¿cómo puede el bloque occidental, defensor de la “democracia” y el “mundo libre”, actuar bajo las mismas premisas y estrategias y operar con aliados que le colocaban al mismo nivel que aquellos a quienes decía combatir? En otras palabras, en concreto estas de Gandhi:

“¿Qué diferencia hay respecto a los muertos, los huérfanos o los sin techo si la destrucción es realizada en nombre del totalitarismo o en el sagrado nombre de la libertad o la democracia?”

FUENTES:

Ganser, Daniele, “Los ejércitos secretos de la OTAN. La operación Gladio y el terrorismo en Europa occidental”, Madrid, 2010, Intervención Cultural.

Prado, Benjamín, “Operación Gladio”, Madrid, 2011, Alfaguara.

“¿Quién mató a Aldo Moro?” en http://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20130509/54373912318/politica-internacional-magnicidios-terrorismo-secuestros-aldo-moro-italia-brigadas-rojas.html#ixzz3mkSIOQTo

“El oscuro secuestro y asesinato de Aldo Moro y la Operación Gladio”, en http://beforeitsnews.com/alternative/2014/06/el-oscuro-secuestro-y-asesinato-de-aldo-moro-y-la-operacion-gladio-2978248.html

Meyssan, Thierry, “STAY BEHIND: COMO CONTROLAR LAS DEMOCRACIAS. Las redes estadounidenses de desestabilización y de injerencia” en http://www.voltairenet.org/article120005.html#nb5

La Europa de posguerra: la guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

“No hay democracia sin socialismo; no hay socialismo sin democracia”

Rosa Luxemburgo

En 1944, Frank Thompson, enlace de los británicos con los partisanos yugoslavos que luchaban contra el ejército nazi en retirada de la Península Balcánica, escribía a su hermano, el historiador Edward Thompson las siguientes palabras en una carta: “Hay un espíritu en Europa que es más noble y más valioso que cualquier otra cosa que este cansado continente haya conocido durante siglos, y que no se podrá detener. Se puede, si se quiere, pensar en ello en términos de política, pero es mucho más amplio y más generoso que cualquier dogma. Es la voluntad confiada de pueblos enteros que han conocido los mayores sufrimientos y humillaciones, y que han triunfado sobre ellos para construir su propia vida de una vez y por siempre”. El propio destinatario de la carta escribirá años más tarde, cuando la “guerra fría” dividió el mundo en dos bloques enfrentados y las superpotencias surgidas tras la SGM, Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban dispuestas a luchar denodadamente por defender sus intereses en sus respectivas esferas de influencia, que “había otra alternativa en 1945. No creo que fuese inevitable que hubiese de realizarse la degeneración que se produjo en ambos bandos. Este fue un momento auténtico y no creo que la degeneración posterior, en la que hubo dos actores, el estalinismo y Occidente, fuese inevitable. Es necesario recordarlo y decir que este momento existió”.

Esta va a ser una historia con un final triste, que es el que por desgracia aconteció a lo que Josep Fontana ha definido como los proyectos de democracia avanzada que surgieron en Europa tras la caída del Reich hitleriano y sus regímenes satélites, y que estaban saliendo a la luz tras la victoria tanto en la parte occidental del continente como en la oriental, donde tuvieron lugar los experimentos llamados “democracias populares” que en pocos años degeneraron en la misma forma de dictadura estalinista que prevalecía en la URSS. Pero al mismo tiempo es la historia pocas veces contada de un momento en que el futuro de Europa y del mundo hubiera podido ser distinto, en que la frase de Rosa Luxemburgo del encabezamiento hubiera podido hacerse real tanto en los países de la Europa Occidental en que el avance de las fuerzas socialistas y comunistas podía dibujar una democracia nueva, no sólo en sus aspectos formales, sino en la de unos nuevos estándares de vida y de participación en la economía para las clases populares, como en los de Europa Oriental, donde la presencia del Ejército soviético y la inclusión de los comunistas en los gobiernos de frente nacional habría llevado a la construcción de un socialismo democrático en lugar de al comunismo opresivo que se extendió por ella. Contada como una historia de maldad soviética (algo que quedaba muy apropiado para un personaje de la calidad moral de Stalin) y de ansias por crear un imperio moscovita más allá de las fronteras de la URSS, en esta historia se ha omitido la labor torpe y sesgada ideológicamente de Churchill, el “premier” británico y la administración Truman, sucesor de Franklin Roosevelt en la presidencia de EE.UU., que convirtieron a la URSS de aliada a enemiga más que por los actos rusos por las respuestas a que Stalin y el Kremlin se vieron obligados a acudir como consecuencia de la labor realizada por aquellos. El resultado fue la caída en desgracia de aquel hermoso proyecto de progreso para la Europa en ruinas.

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

DEMOCRACIA POPULAR: ALGUNAS NOCIONES

El concepto de democracia popular ha sido estudiado desde el marxismo como una etapa de transición al socialismo en contextos particulares, en los que la vía revolucionaria tradicional no podía llevarse a cabo debido a circunstancias sociales, culturales o históricas que impedían la toma del poder por el proletariado de una forma inmediata, pero permitían, sin embargo, una consecución gradual del poder por los trabajadores.

A diferencia de la táctica parlamentaria de los socialistas del primer tercio de siglo, para quienes, tras el debate que surgió sobre la oportunidad o no de la revolución y la decisión sobre la consecución de la misma a través de los mecanismos de la democracia parlamentaria, la democracia popular surgió y surge en momentos singulares en que la lucha nacional (que puede inscribirse, como en el caso de la lucha antifascista en SGM o en de los movimientos anticoloniales, en un contexto internacional más amplio) hace necesaria una unión entre clases en que los intereses entre grupos sociales pueden ser coincidentes. Así, trabajadores industriales (proletarios), campesinos, pequeños propietarios y sectores de la burguesía progresista quedan incluidos en la democracia popular, frente a elementos colaboracionistas, grandes terratenientes, industriales o banqueros. En la cuestión económica, además, “es una forma de la dictadura del proletariado que toma cuerpo en países atrasados en los que las condiciones históricas, económicas, sociales y políticas plantean la necesidad de permitir y estimular durante un tiempo formas no socialistas de producción, incluyendo formas capitalistas.”

Hundiendo sus raíces en la revuelta de la Comuna de París, en la cual Karl Marx estuvo presente como enviado especial de un rotativo norteamericano, antes de la Segunda Guerra Mundial ya existieron experiencias cercanas a la democracia popular: la efímera experiencia -y muy criticada- de la República Popular de Hungría de 1918-1919 presidida por el aristócrata liberal conde Mijály Karoly, cuyo partido se alió con socialistas y los comunistas de Bela Kun (artífice de la posterior revolución bolchevique de Budapest), y la Segunda República Española durante la guerra civil, cuyo gobierno de Frente Popular con participación de demócratas de izquierda (republicanos), socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas vascos y catalanes, en precario equilibrio, realizó una serie de medidas sociales y económicas que, si bien no todo lo revolucionarias que algunos de sus elementos esperaban y deseaban (y en cuya contención tuvieron que ver los propios comunistas del PCE y el PSUC), representaban en cierta medida lo que posteriormente en Europa Occidental y Oriental iba a llevarse a cabo tras la contienda mundial que siguió al conflicto español. No en vano, y aunque no en el mismo sentido que tendría con posterioridad en el Este de Europa, el primer ministro Negrín, en uno de sus conocidos “Trece Puntos” sobre los objetivos de la lucha de la democracia española, anunciaba que se luchaba porque en España hubiera una “república popular” sostenida sobre principios democráticos y cuyo gobierno fuera en todo tiempo obediente a los designios del pueblo español. La influencia posterior de la República se dejó sentir en la Italia republicana de posguerra, cuya constitución se basó en la española de 1931 al proclamar, casi como un calco de ésta, una “República inspirada en el trabajo”.

El brigadista checoslovaco Artur London, en su obra “Se levantaron antes del alba”, deja algunas impresiones de lo que llama “una república democrática de nuevo tipo” que se estaba experimentando en la España republicana, y en el que están presentes algunas de las propuestas de los gobiernos de posguerra en Europa:

 “Durante la guerra, la República española sufrió profundas transformaciones. Se está muy lejos de la República de 1931, como de la de 1936. En los planos económico, social y político, el Frente Popular es una verdadera democracia […] Las industrias clave, las tierras, la banca, estaban en manos del gobierno del Frente Popular, que contaba con el apoyo de los obreros y campesinos. El ejército había perdido su carácter de casta y, salido del pueblo, defendía los intereses del pueblo […] La República puso la instrucción al alcance del pueblo y abrió a este todos los caminos hacia la cultura. La República satisfizo las reivindicaciones nacionales de Cataluña y Euzkadi. La toma de Galicia por los fascistas desde el principio de la guerra impidió al pueblo gallego disfrutar del estatuto especial que la República le concedió en octubre de 1936 (sic).

Cuando entró el Partido Comunista a formar parte del gobierno, su representante en él, Vicente Uribe, como ministro de Agricultura, emprendió la realización de la reforma agraria [en realidad, le dio continuación, aunque a un ritmo mucho mayor del ya de por sí rápido que tenía con el anterior ministro Ruiz-Funes], considerada primordial para el desarrollo y conclusión de la revolución democrático-burguesa…” En los trascendentes momentos de lucha antifascista desarrollada en España, y en su contexto europeo occidental, quizá sea más apropiado referirse al caso republicano español como un antecedente de la democracia avanzada, política y socialmente, que figuraba en los planes de los antifascistas italianos o en el de la resistencia francesa (Stéphane Hessel ha llegado a recordar en su influyente obra “Indignaos” que el Consejo Nacional de la Resistencia abogaba por la creación de un sistema de seguridad social y la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía, como la energía, los bancos o la minería).

Tendremos que volver más adelante a Artur London, pues será un personaje significativo al ser uno de los represaliados en los procesos estalinistas de Praga que se llevaron a cabo contra los comunistas que estuvieron luchando en España, y que dejó sus impresiones acerca de la decepción que supuso ver traicionados los ideales de transformación social por quienes suponía eran sus camaradas. De momento, lo que se observa es que, en el plano social y económico, las democracias populares no son en este estadio regímenes de dictadura del proletariado, sino alianzas interclasistas, ni economías socialistas (ni mucho menos de planificación centralizada, como la propia URSS), sino que en la misma conviven formas capitalistas como pequeñas y medianas propiedades y mercados libres. En el plano político, las democracias populares instauradas inicialmente en Europa Oriental no fueron tampoco dictaduras de partido único (aunque todas acabaron derivando hacia tal fórmula, salvo en la República Democrática Alemana, aunque allí también se desarrollaría el control de facto del Partido Socialista Unificado), sino que se instituyeron gobiernos provisionales multipartidistas (frentes nacionales o populares) y en las primeras elecciones de posguerra los parlamentos elegidos tuvieron representación varios grupos políticos.

Tras la SGM, en lo que conocimos políticamente como Europa del Este sólo había tres países en los que se implantaron regímenes comunistas, mientras en el resto dominaban los gobiernos de coalición con participación de los partidos comunistas locales. Estos tres países eran Yugoslavia y Albania, donde el triunfo de los partisanos de este partido llevó al poder a Josip Broz y Enver Hodja respectivamente, y Bulgaria, donde el triunfo de un golpe de Estado -sin que hubiera protestas occidentales, por una razón particular que examinaremos a continuación- de signo comunista llevó al derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República Socialista en 1944.

El líder yugoslavo Josip Broz "Tito" en su época de líder partisano.

El líder yugoslavo Josip Broz “Tito” en su época de líder partisano.

YALTA, LA CUESTIÓN DE POLONIA Y LA GUERRA CIVIL GRIEGA

La conferencia de Yalta (Crimea, URSS) fue la última en la que estuvieron presentes los tres líderes de las potencias aliadas que habían desempeñado su cargo desde el comienzo de la contienda bélica y representaban, de alguna manera, el espíritu de resistencia de sus respectivos países: Winston Churchill, el combativo primer ministro de Gran Bretaña, apodado “el Viejo León”; Franklin D. Roosevelt, ya muy enfermo, como presidente de los Estados Unidos y el único que había sido tres veces elegido como el más alto magistrado de la República Norteamericana; y Josif Stalin como mariscal y líder supremo de la Unión Soviética. El ambiente era amistoso y en él los tres grandes acordaron tres puntos clave para el futuro europeo: la división de Alemania en tres zonas de ocupación -a la que luego se le añadió la cuarta zona, correspondiente a Francia-, la entrada de la URSS en la guerra contra Japón una vez tuviera lugar la derrota de Hitler en Europa y la cuestión de Polonia, con unas nuevas fronteras y un nuevo gobierno provisional. Además, Roosevelt había acordado la extensión de un plan de ayuda a la Unión Soviética para su economía, extraordinariamente maltrecha por la campaña bélica de la “Operación Barbarroja” -la invasión nazi del territorio soviético-.

La cuestión polaca ha supuesto algún que otro malentendido y el inicio de la campaña de desprestigio sobe la intención desde el primer momento de instaurar gobiernos comunistas por parte de la URSS. En conversaciones mantenidas con Vjacheslaw Gomulka, secretario del Partido Obrero Polaco, y otros líderes comunistas polacos, Stalin afirmaba que “en Polonia no hay dictadura del proletariado y no la necesitáis” y que el comunismo para Polonia, teniendo en cuenta sus tradiciones locales, entre ellas la mayoritaria e influyente confesionalidad católica de los polacos, era absolutamente inadecuado. Antes de la capitulación de Polonia en 1939 ante Hitler, funcionaba un gobierno de oposición al del general Pilsudski en Londres, presidido por el mariscal Sikorski. Los soviéticos instalaron un gobierno provisional en Lublin al iniciar su campaña en Europa Oriental, por lo que la situación de los dos gobiernos, el de Londres y el de Lublin, y su enfrentamiento (por su carácter nacionalista y prosoviético, respectivamente), era una cuestión a resolver.

Había numerosos combatientes polacos en Europa Occidental luchando con las fuerzas aliadas, que respaldaban a un gobierno de Londres sumamente disgustado por la política soviética, en especial tras la invasión de la parte oriental del país por parte del Ejército Rojo y la matanza de oficiales polacos del bosque de Katyn. Pero los británicos y los norteamericanos no estaban dispuestos a echar una mano al gobierno de Sikorski -incluso las especulaciones sobre la muerte del mariscal, en un avión en aguas de Gibraltar, salpican de hecho a Gran Bretaña- para enfrentarse a los soviéticos. Por otro lado, tras la PGM y la guerra civil rusa, los polacos aprovecharon para expandir hacia el este el nuevo país y ganar territorios más allá de la línea fronteriza propuesta tras la Gran Guerra, la “línea Curzon”, oprimiendo a las poblaciones bielorrusa y ucraniana de aquellas zonas, de tal modo que los soviéticos también tenían motivos para estar disgustados con los polacos.

El resultado fue la fijación de la frontera ruso-polaca en la antigua “línea Curzon”, por lo que la URSS recuperaba los territorios de Bielorrusia y Ucrania anexionados por Polonia tras la guerra de 1920 y recuperados tras la invasión soviética de 1939, a cambio de compensar a Polonia con territorios alemanes al oeste, como Danzig, Prusia Oriental o Pomerania, fijándose la nueva frontera germano-polaca en la línea de los ríos Oder y Neisse. Una frontera que fue reconocida por la RDA desde el principio de la fundación del nuevo estado germano-oriental, pero que no lo fue por la RFA hasta la asunción de la cancillería por Willy Brandt y quedó fijada definitivamente tras la reunificación alemana de 1990. El gobierno polaco cambió su composición, ya que Stalin se comprometió a incluir en el gobierno de Lublin a elementos del gobierno en el exilio de Londres. El resultado fue la formación de un gobierno provisional de 21 miembros, con seis de los partidos comunista (obrero), socialista y agrario y tres católicos, presidido por tres primeros ministros de los tres partidos principales. Se había llegado a un acuerdo plural que enterraba las aspiraciones nacionalistas y antisovieticas del grupo de Londres, cuyos deseos no iban a ser apoyados por los gobiernos británico y norteamericano (aunque tampoco posiblemente por la población polaca, cansada de la guerra). Lo más curioso fue la campaña para incluir a elementos de fuera del gobierno instalado en Lublin por los soviéticos, pese a lo cual Stalin respondió positivamente, por parte de Churchill y el nuevo presidente americano Truman, pese a que, como afirmaba el jefe de la diplomacia soviética, Molotov, la URSS había aceptado los gobiernos instalados por los aliados occidentales en Bélgica y Francia porque sabía lo importantes que estos países eran para su seguridad, del mismo modo que Polonia lo era para el Kremlin.

Iba a ser esta cuestión, la de la seguridad, la que movilizaba a Stalin en cuanto a las cuestiones políticas en la Europa del Este. Para el líder soviético, el caso más paradigmático de las invasiones que a lo largo de los siglos XIX y XX habían tenido lugar de su país era el de Polonia: los ejércitos de Napoleón, el káiser Guillermo y Hitler habían atravesado las llanuras polacas en su ruta para invadir primero el imperio ruso y después la URSS. Por eso, era fundamental prevenirse de que actuaciones así no volvieran a suceder en el futuro. Como, por otra parte, los aliados de Hitler en esta última guerra y en la lucha contra la URSS procedían en buena parte de la Europa Oriental (los regimenes fascistas o pronazis de Finlandia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, que habían aportado cuantiosos hombres en la lucha contra el Ejército Rojo), era lógico que el líder del Kremlin deseara que en esos países hubiera regímenes con los que la URSS pudiera establecer relaciones amistosas. Esta política pudo llevarse a cabo, de hecho, en Finlandia, donde la URSS no tuvo necesidad de instaurar una “democracia popular” ni un posterior régimen comunista -bien es cierto que el país no fue tampoco invadido por el Ejército Rojo-, sino que este país escandinavo (con un Partido Comunista que obtuvo en las elecciones de la posguerra un importante 23,5% de los votos) tuvo un gobierno independiente con el que la URSS suscribió a lo largo de los años tratados de amistad y cooperación económica a cambio de la neutralidad finesa. Si bien la “finlandización” ha tenido sus elogios y sus críticas, evitó para el país la dependencia política soviética que se desarrolló en Europa Oriental y permitió desarrollar una política de acercamiento a los dos bloques.

¿Hubiera podido salir adelante una política de “finlandización” en el este de Europa? Esta alternativa se dio, de hecho, en otro país donde entraron las fuerzas del ejército soviético, Austria, que no fue ni dividido como Alemania ni sometido a las presiones soviéticas como lo sería la RDA. En Austria también hubo una suerte de “finlandización”, en el sentido de la asunción de la neutralidad del país. En su documental “La historia no contada de Estados Unidos”, el cineasta Oliver Stone y el historiador Peter Kuznick narran la posibilidad de que se desarrollara esa vía finlandesa para Europa Oriental, y encuentran como responsable de su fracaso la arrogancia de una administración Truman demasiado miope y demasiado prejuiciosa: “Hoy en día todavía se mantiene el malentendido fundamental de que Estados Unidos entró en la guerra fría como respuesta a la agresión soviética a escala mundial. Es indiscutible que el liderazgo soviético impuso dictaduras represivas, y cuando se le desafiaba brutales, en Europa Oriental. Pero es igual de evidente que, inicialmente, los soviéticos estaban dispuestos a aceptar gobiernos amistosos en estos países hasta que Occidente empezó a realizar movimientos amenazadores tanto contra su ideología como contra su seguridad”. En conversaciones con Tito, afirmaba que el socialismo era posible incluso en el Imperio Británico, sin necesidad de revolución, y con el dirigente comunista búlgaro Dimitrov teorizaba, según expone Josep Fontana, “que había dos formas de llegar al socialismo. La primera era la república democrática, tal y como Marx y Engels la habían visto en la Commune de París: una república democrática en la que el proletariado tenía un papel dominante […] los objetivos de transformación social podían alcanzarse por la vía de un parlamentarismo democrático popular, sin necesidad de recurrir a la dictadura del proletariado. Las empresas capitalistas pequeñas y medias subsistirían y el avance hacia el socialismo se produciría sin necesidad alguna de violencia.”

Pero pronto se vio que las intervenciones de los aliados anglosajones en el mundo de posguerra cambiarían el paradigma de las “vías nacionales al socialismo” y la autonomía dada a los partidos comunistas, sobre todo a los de Europa Oriental, para integrarse en frentes nacionales, y la URSS asumiría un papel de potencia imperial para proteger sus intereses. La primera de estas intervenciones tuvo lugar incluso antes del final de la SGM, en la guerra civil griega. En Grecia, se había creado el Frente de Liberación Nacional (EAM, por sus siglas en griego) con destacada participación comunista, que había asumido el peso de la resistencia contra la invasión nazi, mientras el gobierno en el exilio de El Cairo y el rey Jorge II en Londres -patrocinador de la dictadura prebélica de Metaxas- permanecían inoperantes. El ELAS, los combatientes armados del EAM, asumieron colaborar con el gobierno en el exterior y la intervención inglesa para liberar Atenas. De acuerdo con un documento firmado en Moscú en 1944 entre Stalin y Churchill, los ingleses tendrían vía libre para actuar en Grecia e imponer un gobierno que respondiera a sus intereses, al tiempo que los soviéticos podrían hacer lo mismo en Rumanía y Bulgaria, mientras en Yugoslavia -condición frustrada por la victoria final de Tito- ambas potencias tendrían una influencia del cincuenta por ciento. Grecia era una pieza clave para el Imperio Británico, pues estaba en la puerta de entrada de las mercancías que entraban por el canal de Suez procedentes del Próximo y el Lejano Oriente en manos británicas (Singapur, Malaya, India, Kenia, Somalilandia, Adén o Egipto) y no deseaba un gobierno hostil. Y hostil en el lenguaje británico era un gobierno comunista. Sin embargo, “ante la sorpresa de los conservadores, [los guerrilleros] no hicieron nada para adueñarse del poder, sino que se mostraron dispuestos a participar en gobiernos de unidad nacional. En lugar de golpe de estado que se temía, el EAM organizó fiestas, desfiles y misas para celebrar la victoria”.

Los británicos apoyaron la restauración de Jorge II en el trono y un gobierno derechista y autoritario, entrando en Atenas como conquistadores, reprimiendo a sangre y fuego a los izquierdistas y desarrollando el “terror blanco” contra ellos, para lo que incluso contaron con la ayuda de antiguos colaboracionistas de las fuerzas de ocupación nazis. El ELAS, que había aceptado su desarme, volvió a la lucha armada contra la represión y se dio comienzo a una sangrienta guerra civil (1945-1948) en la que no faltaron los viejos métodos: de 40.000 a 50.000 izquierdistas permanecían encerrados en prisiones y campos de concentración como el infame campo de Makronisos; asesinatos, violaciones… en las elecciones de 1946, en las que no hubo participación de la izquierda, el gobierno recibió el respaldo popular y la monarquía la victoria en referéndum. La victoria fue a parar también para los antiguos colaboracionistas, mientras que la derrota y la represión se sumó a los sufrimientos padecidos por los antiguos combatientes contra los nazis.

La URSS, ateniéndose al acuerdo al que había llegado Stalin con Churchill, decidió no intervenir en ayuda de los guerrilleros del ELAS, y dio instrucciones severas para que Yugoslavia y Bulgaria cesaran también en su ayuda, a lo que Tito se negó. Stalin, furioso, comentó si acaso pensaban que Gran Bretaña y Estados Unidos, la mayor potencia mundial, iban a dejar que Grecia se escapara de sus manos, mientras su país no poseía armada suficiente para echar una mano a los griegos y tenía que atravesar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, dominados por un país hostil como Turquía.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La derrota del ELAS sumió a Grecia en una sucesión de gobiernos incompetentes presididos por una monarquía corrupta, que recibió además 300 millones de dólares de la administración Truman en concepto de ayuda (otros 100 fueron para Turquía) para la defensa del mundo libre frente al comunismo, algo que levantó la irritación de Henry Wallace, ex vicepresidente de Roosevelt y uno de los más fervientes opositores a la nueva política norteamericana y al camino abierto hacia la guerra fría, quien se preguntaba si acaso cabía llamar democráticos a los gobiernos turco y griego. Fue la Gran Bretaña de Churchill el primer país que impuso un gobierno en Europa Oriental, y no la URSS, que respondió con la instauración de un gobierno de frente popular dominado por los comunistas en Rumanía, algo a lo que Gran Bretaña, de conformidad con el acuerdo de Moscú, tuvo que prestar su consentimiento.

EL DISCURSO DE CHURCHILL EN FULTON Y LA “DOCTRINA TRUMAN” O EE.UU. COMO POLICÍA DEL MUNDO

Truman era un desconocido incluso para su jefe, el fallecido presidente Roosevelt, y pronto demostraría que en cuestiones de política internacional era completamente diferente a éste. Roosevelt había fallecido antes de que terminara la guerra, y en casi todo el período en que se había mantenido la alianza con Gran Bretaña y la URSS había mantenido unas relaciones amistosas con el Kremlin, minimizando las fricciones y apoyándose en miembros de su gabinete más proclives hacia el diálogo, como su anterior vicepresidente y efímero secretario de Comercio con Truman, Henry Wallace, frente a los elementos más belicosos y anticomunistas como Jimmy Byrnes o James Forrestal, quienes cobrarían protagonismo con Truman y lanzarían al país por el camino de la hostilidad con la Unión Soviética. Truman había accedido a la vicepresidencia a través de unas maniobras un tanto turbias en la Convención Demócrata, que privaron del puesto al que era favorito y continuador de las políticas progresistas del “New Deal”, Wallace, y Roosevelt, ostensiblemente cansado y enfermo, apenas intercambió impresiones con él. Cuando le llegó el turno de suceder al carismático presidente, había estado ochenta y dos días en la vicepresidencia. Una carrera fulgurante para un senador de quien nadie había oído hablar poco antes, y que era muy conocedor de sus limitaciones.

Pero a pesar de ser consciente de que el nuevo papel que le había tocado en suerte al frente de la República Americana iba a serle arduo para un novato en las altas esferas como él, se dejó seducir por los cantos de sirena de los jefes del ejército y de la inteligencia más antisoviéticos y por las investigaciones avanzadas de la bomba atómica, y echó por tierra los acuerdos que Roosevelt había ido fraguando con la URSS, creyendo que de este modo daría una lección a Moscú y sus ansias de expansión -inexistentes hasta entonces- y forjaría el papel de EE.UU. como “policía del mundo”, algo que plasmaría en un discurso ante el Congreso norteamericano y que serviría para extender la “doctrina Monroe” que estaba vigente en el continente americano y que sometía a control y vigilancia a América del Sur, el llamado “patio trasero” de Estados Unidos, al Viejo Continente y a otros lugares donde se precisara la intervención norteamericana en pro de la democracia y el libre mercado.

Las implicaciones de esta doctrina, como se encarga de mostrar el documental “La historia no contada…” fueron mayúsculas y duraderas en el tiempo: el discurso de Truman sirvió para justificar la intervención de Estados Unidos contra la “amenaza marxista” para salvar a los pueblos del mundo, a quienes la Carta del Atlántico de 1941 daba el derecho a escoger libremente la forma de gobierno bajo la que querían vivir. En nombre, pues de la democracia, se pisotearían los gobiernos democráticos socialistas o nacionalistas en Congo-Leopoldville (República Democrática del Congo), Camerún, Togo, Chile, Granada o Nicaragua, al tiempo que se colocaban en ellos, o en casos como Vietnam del Sur, Indonesia, Grecia, Irán o Panamá se apoyaban a dictadores que servían a los intereses capitalistas estadounidenses e internacionales.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

La forja de la doctrina Truman tuvo como rúbrica el discurso de Winston Churchill en la Universidad de Fulton, en el estado norteamericano de Missouri, el 5 de marzo de 1946, poco después del de Truman ante el Congreso norteamericano. Fuera del gobierno tras el triunfo de los laboristas de Clement Atlee, Churchill, anticomunista feroz, requería la dosis de protagonismo que había perdido tras su derrota electoral y clamaba contra la URSS, a quien acusaba de tendencias expansivas y proselitismo, de querer no ya la guerra sino “los frutos de la guerra” y de estar montando “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático” un telón de acero sobre el continente europeo. Por eso era preciso que los pueblos angloparlantes ejercieran presión sobre los soviéticos.

La reacción soviética fue de estupor e irritación. La URSS había sufrido enormes pérdidas materiales y humanas, más que ningún otro país, en la guerra mundial y tenía derecho a pedir compensaciones que le estaban siendo ninguneadas, o a cuyas aspiraciones se les daban largas (reclamaban que las reparaciones de guerra soviéticas -10.000 millones de dólares- fijadas en Postdam tenían que salir del conjunto de Alemania, algo que los británicos rechazaban porque no querían ver salir la riqueza de su zona de control partiendo para Moscú, y exigiendo que saliesen de la zona de control soviética), y tenía derecho además a que los nuevos gobiernos en Europa Oriental fueran gobiernos amigos, aun independientes, que impidieran una nueva agresión alemana a su territorio.

Mucho tiempo después, e incluso entonces, el discurso de Churchill se calificó como el de un visionario, pero en aquel momento sus palabras significaban un delirio que transformaba la realidad a su antojo,  máxime cuando se trataba de una realidad que él conocía más que cualquier otro, al haber estado presente en Yalta y Postdam y saber qué era realmente lo que querían los soviéticos. Su visión del telón de acero no era premonitoria, sino una especie de profecía de autocumplimiento por la que británicos y especialmente estadounidenses pusieron todo su empeño tuviera éxito: presionando con exigencias que antes de Truman ni Washington ni Londres habían soñado siquiera pedir y aumentando en belicosidad e intervencionismo, animaron a la URSS a echar el telón de acero, no ya desde Stettin sino desde las propias fronteras interalemanas, para que los recién convertidos “estados satélites” de Europa Oriental sirvieran de parachoques a la furia angloamericana. El resultado fue echar por tierra el discurso democrático, dejando en medio a millones de personas que esperaban una organización mejor de la sociedad tras la catástrofe en que el continente europeo se había sumido.

ESCENARIOS DE CRECIENTE HOSTILIDAD

Si en 1945-1946 el escenario de una paz duradera y de un bienestar en democracia para los pueblos de Europa era lo que más parecía asomar en perspectiva, a partir de 1946 las cosas comenzaron a torcerse y a dibujar el camino a la guerra fría. Truman, que tras su discurso ante el Congreso se preparaba para ponerse firme y “dejar de mimar” a unos “rusos” que no esperaban un conflicto inminente y habían desmovilizado a millones de hombres del Ejército Rojo (que pasó de once millones a menos de tres millones de combatientes entre 1945 y 1947), comenzó a actuar con esa firmeza que caracterizaba a alguien que se sentía amenazado por el enemigo, sea esta amenaza real o imaginaria.

Hay que irse aún a finales de la guerra en Europa para encontrar el primer foco de tensión. En Yalta se había acordado la entrada soviética en la guerra del Pacífico contra Japón a los tres meses del fin de la guerra en Europa. A cambio, la URSS obtendría concesiones territoriales de China y del imperio nipón, revertiendo la situación de derrota recibida por el imperio zarista en 1904. A comienzos de agosto de 1945 destacamentos soviéticos atacaban las debilitadas fuerzas japonesas en Manchuria -el “estado títere” de Manchukuo- y los altos mandos nipones, temiendo la entrada de los rusos en Japón y el posible final desgraciado del emperador, tras el suicidio de Hitler y la ejecución de Mussolini por los partisanos, a manos soviéticas, se aprestaron a solicitar una negociación para la rendición.

Con la intervención soviética, el final de la guerra estaba muy próximo, y esa intervención había sido la que inicialmente Truman había utilizado como salvavidas de miles de jóvenes norteamericanos en caso de iniciar una invasión de las islas japonesas, puesto que la población, fanatizada como los berlineses que defendieron a sangre y fuego la capital del Reich en una resistencia encarnizada, y dispuestos a dar su vida por el emperador, lucharía sin descanso. Pero al mismo tiempo EE.UU. quería dejar fuera de las negociaciones sobre Japón a los soviéticos, limitando su papel a la invasión de Manchuria y el norte de la península de Corea. Al mismo tiempo, la posesión de una “nueva y definitiva arma”, como se encargó de señalar a Stalin en Postdam, sin que el dictador soviético se inmutara en exceso por tal noticia, le garantizaba (usando a los japoneses como cobayas) tener una amenaza a la que recurrir contra Moscú.

El 26 de julio de 1945, se dio a conocer una proclama firmada por EE.UU., Gran Bretaña y China (con la consciente exclusión de la URSS de la misma bajo la excusa de que todavía no había entrado en la guerra del Pacífico) instando a Japón a la rendición bajo la amenaza de una destrucción total. Mientras las tropas del Ejército Rojo hacían retroceder por todas partes a las japonesas, las bombas atómicas estallaban en Hiroshima y Nagasaki y las autoridades niponas entraban en el acorazado norteamericano Missouri para firmar la rendición bajo la única condición de que se respetase la vida del emperador. El fin de la guerra contra el imperio del Sol Naciente siempre se ha contado bajo la perspectiva del estallido de las dos bombas, cuyas implicaciones éticas siempre han estado ocultas por parte de Truman y sus seguidores por la necesidad de salvar vidas de jóvenes soldados estadounidenses -que según pasaban los años, eran curiosamente cada vez más-. Sin embargo, la relevancia de la entrada de la URSS en la guerra y su efecto en el ánimo del ejército y el gobierno nipones hacia la negociación de la paz ha sido sistemáticamente negada, al mismo tiempo que el hecho de que la posesión y lanzamiento de la bomba atómica en Japón era un aviso a navegantes de Washington hacia el Kremlin… que muy pronto se puso al día y rompió el monopolio atómico que Truman esperaba poseer para siempre.

Con respecto a Turquía los soviéticos reclamaban dos cosas: la revisión del convenio de Montreux de 1936, por el que se otorgaba el control de las aguas de los estrechos del Bósforo y de los Dárdanelos al gobierno de Ankara; y reclamaciones territoriales que se remontaban al período de posguerra de la PGM, en concreto a 1921. Las aguas del Bósforo y los Dardanelos, que unían el mar Negro con el Mediterráneo, habían sido atravesadas por la marina de guerra de la Alemania nazi en la época de la invasión de Unión Soviética, y sus barcos habían podido anclar en Sebastopol y Odessa gracias a la aquiescencia turca. Los soviéticos pedían que, tal y como los nazis habían podido cruzar estos estrechos, también ellos pudieran pasar con sus buques de guerra de un mar a otro. Asimismo, en 1921 Turquía se había anexionado la zona alrededor de Trebisonda (Trabzon), reclamada por los georgianos, y las provincias septentrionales turcas que formaban parte del proyecto de nación armenia configurado por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en 1920. Las reclamaciones territoriales del sur del Cáucaso, sin embargo, fueron eliminadas de la agenda, para decepción de las repúblicas de Georgia y Armenia, al ver que el consejo de seguridad de la ONU -dominado por EE.UU. y sus aliados- las rechazarían. Pero para sorpresa de Stalin, también lo fueron las reivindicaciones sobre el convenio de Montreaux, puesto que se trataba de una vieja reivindicación rusa y que en Yalta tanto británicos como norteamericanos se habían mostrado favorables a la iniciativa. Bajo tal rechazo subyacía el interés por mantener en manos de Gran Bretaña (que controlaba el 90%) y del Estados Unidos (que controlaba un 10% y aspiraba a más) el petróleo del Próximo Oriente y alejar a la URSS de un negocio muy favorable a las empresas petroleras inglesas y norteamericanas. Lo grave de este asunto es que pudo haber derivado en un conflicto innecesario y que incluso se estaban elaborando planes para bombardear la Unión Soviética, de no ser porque Stalin aflojó la presión. Pese a todo, esto era muestra más del cambio de actitud que de manera unilateral estaban emprendiendo sus viejos aliados.

Relacionado con el petróleo de Oriente Medio, el caso de Irán se inscribe también en esta escalada de tensión. Soviéticos y británicos ocuparon el territorio persa en 1941 para evitar que los nazis, cuyos ejércitos se encontraban cerca de la frontera -en su invasión a la URSS, llegaron a amenazar Azerbaiyán, fronteriza con Irán- se hicieran con el petróleo del país, cuyo gobierno era próximo al de Hitler. Mohammed Reza Pahlavi sucedió entonces a su padre como sha, que abdicó del trono, y se acordó que ambas potencias se retirarían en seis meses al término de la guerra. Los soviéticos, sin embargo, permanecieron en Irán hasta abril de 1946, un año después de que finalizara la guerra en Europa y se retiraron ante la amenaza estadounidense de llevar ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la permanencia de las tropas soviéticas en el norte del territorio persa, donde estaban tratando de establecer compañías conjuntas iranio-soviéticas para la explotación de los yacimientos petrolíferos del país, lo que entraba en conflicto con los intereses de las compañías inglesas y norteamericanas (AngloIranian, Standard Oil, etc.) y fomentaban revueltas autonomistas en el Kurdistán y el Azerbaiyán iraníes. Sin embargo, los británicos también alentaban revueltas de las tribus árabes del suroeste, esperando debilitar los movimientos soviéticos y los del partido Tudeh, un grupo político nacionalista e izquierdista cuyos intereses se identificaban como próximos a Moscú. Para Estados Unidos se trataba de evitar, sobre todo, un efecto perverso que posteriormente continuaría siendo la piedra angular de muchas intervenciones en el Tercer Mundo: el “efecto dominó”. Tal y como lo exponía Dean Acheson, subsecretario de Estado, una presión soviética sobre Irán, sobre Turquía y sobre Grecia (que nunca se produjeron) tendría como efecto inmediato la caída bajo el comunismo del país heleno, de Irán, Oriente Próximo, África a través de Asia Menor y Egipto, y a Europa a través de Italia y Francia, cuyos partidos comunistas eran fuertes, pero a cuyos secretarios generales, Palmiro Togliatti y Maurice Thorez, Stalin les indicaba la necesidad de las alianzas con las fuerzas de izquierda y el mantenimiento de la vía democrático-parlamentaria.

Las fantasías del “efecto dominó” llevarían también a una serie de movimientos en otras latitudes que aumentarían la sensación de aislamiento e inseguridad de la URSS respecto a EE.UU. y les haría, esta vez sí, no ya aumentar la presión sino el control y la obediencia a Moscú de los partidos comunistas del Este y de los países de Europa Oriental, con resultados catastróficos para la democracia popular en estos países y para el debate crítico en el seno de las propias organizaciones comunistas en el “Telón de Acero” mencionado por Churchill.

Lo que terminará de inclinar la balanza en Europa Oriental sería la política que se llevaría a cabo en el Viejo Continente por parte de los Estados Unidos. La lucha de la resistencia antifascista en Francia, Italia, Checoslovaquia o Yugoslavia había sido capitaneada por unos partidos comunistas cuyo prestigio entre la población y en sectores sociales no sólo vinculados a los trabajadores manuales, al proletariado, no habían hecho más que aumentar. Al término de la guerra, la esperanza de sectores importantes de la población que habían contribuido enormemente a la victoria no era únicamente que el fascismo fuera derrotado de una vez y para siempre, sino que el sistema social que le había dado forma, un capitalismo incapaz de dar respuestas sociales satisfactorias a la crisis, también se derrumbara y rigiera un orden más justo y más igualitario. En esta tarea coincidían no sólo los comunistas, sino también socialistas, radicales, católicos sociales y demócratas de izquierda. Era un modo de entender la democracia no sólo políticamente, sino también económicamente, con reparto de la riqueza (en Europa del Este esto se plasmó en una intensa reforma agraria y en la nacionalización de industrias que pertenecieron a colaboracionistas, nazis o judíos asesinados) y un nuevo contrato social en el que las relaciones laborales y los servicios públicos (salud, vivienda, transporte, educación) estuvieran al servicio de la colectividad y no de los privilegiados. Es en este contexto de los primeros tiempos como se puede entender que el impulso de la coalición antifascista Italia llevara a la proclamación de la República, exiliando a los reyes de la casa de Saboya que habían aupado a Mussolini al poder en 1923, y la adopción de una constitución de amplio contenido progresista para el nuevo régimen republicano en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Los partidos comunistas, en solitario o en alianza con los socialistas, eran partidos muy fuertes, hasta el punto de ser incluso los más votados, en Italia, Francia, Checoslovaquia, Islandia, Hungría o Finlandia y estaban presentes en gobiernos de coalición en los dos primeros países. Stalin, como vimos, pedía moderación a los secretarios generales de los partidos italiano y francés a fin de no poner en riesgo la coalición antifascista y la permanencia en los gobiernos de la posguerra (una estrategia que Thorez y Togliatti conocían de los tiempos de la guerra civil española, pues era la misma que Stalin y Togliatti -como representante de la Komintern en España- recomendaban al PCE para mantener el Frente Popular y la república democrática). Pero el temor a que los comunistas ganaran elecciones libres y se hicieran con el poder por la vía parlamentaria llevó a la administración Truman a intervenir utilizando el Plan Marshall y las operaciones encubiertas de la CIA (a veces en simbiosis) para arrebatar Europa Occidental de un posible “dominio rojo”.

El plan del general George Marshall para la reconstrucción económica de Europa era un instrumento bienintencionado que no dejó de ser aprovechado por el gobierno de EE.UU. para exigir contrapartidas políticas a cambio de acceder a los fondos previstos. El plan se lanzaba como una generosa oferta, pero al servir para la adquisición de maquinaria, materias primas y alimentos desde los Estados Unidos, imponía como contrapartida una dependencia por parte de Europa de los Estados Unidos que supeditaba a la URSS y a los países de Europa Oriental -a quienes iba también dirigida la oferta- al control económico norteamericano. Checoslovaquia y Polonia se mostraron receptivas a la idea, pero la Unión Soviética, temiendo la pérdida de influencia en Europa Oriental que podía significar, ordenaron a polacos y checoslovacos que finalmente la rechazaran. En cierto modo, tenían motivos para ser recelosos: se pensaba exigir a Rusia que cambiase su política respecto a Europa Oriental y buena parte del dinero se destinó a actividades de propaganda del “American Way of Life” y el sistema de libre mercado como estándares a los que la población europea debía aspirar, así como a actividades encubiertas de la CIA -650 millones de dólares- empleados en la manipulación de las elecciones italianas, que dieron la mayoría a la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi frente a un Partido Comunista favorito para la victoria, o en la infiltración de guerrilleros ultranacionalistas en Ucrania, con objeto de desestabilizar la URSS desde dentro y en una región especialmente castigada por la hambruna y los efectos de la invasión nazi. Los comunistas italianos, belgas, luxemburgueses y franceses fueron excluidos del gobierno, una condición clave para el proceso de “estabilización” política defendido por EE.UU. para el Occidente de Europa, y en respuesta Stalin decidió liquidar la estrategia de los frentes populares y asumir un control soviético mucho más directo en Europa Oriental: las esperanzas de democracia y de socialismo de rostro humano en el Este quedaron liquidadas a partir de 1947.

LA COMINFORM, EL TITISMO Y LA REPRESIÓN ESTALINISTA EN EUROPA ORIENTAL: UN TRISTE EPÍLOGO PARA LOS VETERANOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

La expulsión de los comunistas de los gobiernos occidentales y la supeditación o control económico y político a que comenzaron a ser sometidos por parte norteamericana los países que habían aceptado el Plan de Reconstrucción (el Plan Marshall), unida a la creciente hostilidad mostrada por la administración Truman en otros ámbitos -exigencias no contempladas inicialmente para la devolución de los créditos concedidos a la URSS en la etapa de Roosevelt, el “aviso a navegantes” del lanzamiento de la bomba atómica, la concesión de ayudas para la lucha anticomunista a los gobiernos dictatoriales de Grecia y Turquía- llevaron a una reacción brutal de los soviéticos en su esfera de influencia en Europa del Este, liquidándose las democracias populares. Los gobiernos de coalición, que en el caso de Checoslovaquia estaba liderado por los comunistas en un país de larga tradición democrático-parlamentaria, fueron barridos por la imposición de gobiernos comunistas que instauraron regímenes a imagen y semejanza del vigente en Moscú, con su aparato estalinista de propaganda, censura, vigilancia y policía política. Para la URSS y para su líder, no se trataba ya de confiar en las posibilidades de instaurar el socialismo por una vía pacífica y parlamentaria y mediante la alianza con otras fuerzas obreras (socialistas) o antifascistas (agrarios o demócratas burgueses progresistas), sino de asegurar para los soviéticos un perímetro de seguridad frente al bloque occidental pro norteamericano que estaba configurándose en Europa Occidental. Y para ello había que cancelar el proyecto de las democracias populares y asegurarse el control político e ideológico en el interior de lo que, ahora sí, se había convertido en el telón de acero.

Las tácticas soviética y norteamericana comenzaron a asimilarse la una a la otra. Si los EE.UU. se aseguraron la liquidación de la colaboración comunista en los gobiernos de Europa Occidental, los soviéticos, en la reunión fundacional de la Cominform (Oficina de Información Comunista, heredera de la Komintern o Internacional Comunista, disuelta en 1943 como un gesto de Stalin para con sus aliados occidentales) en septiembre de 1947 en la población polaca de Szklarska Poremba, con representantes de los partidos soviético, búlgaro, yugoslavo, checo, húngaro, francés e italiano (aunque ni Thorez ni Togliatti estuvieron presentes), se expuso la nueva política: los comunistas debían liquidar la colaboración con los partidos “reaccionarios” y limitar aquella a los grupos obreros, como los socialistas. La reunión de la Cominform marcaba el nuevo estilo que habría de imponerse en las democracias populares: una rigurosa disciplina ideológica y un bloque cohesionado capitaneado por la Unión Soviética, en respuesta al bloque occidental dirigido por Estados Unidos. El camino nacional al socialismo quedaba cerrado y, en la práctica, se sacrificaba el proyecto de la democracia popular en aras de los intereses estratégicos y de política exterior de la URSS.

Las tácticas para conseguir el dominio comunista fueron variadas, aunque todas estuvieron encaminadas a un mismo objetivo. Así, en Polonia y Hungría, comunistas y socialistas se agruparon en torno a un mismo partido y “satelizaron” a otros grupos como los campesinos o los agrarios, que quedaron como restos de un falso pluralismo. En el primero de estos países, se celebraron elecciones fraudulentas al Sejm (parlamento) que dieron el triunfo al Partido Obrero Polaco en detrimento de los agrarios y sentaron las bases del nuevo régimen. En Hungría el Partido Socialista de los Trabajadores Húngaros optó por la llamada “táctica del salami”, acumulando progresivamente puestos clave como los ministerios de Interior o Transportes en detrimento del mayoritario Partido de los Pequeños Propietarios, con el que habían formado la coalición de gobierno. En Checoslovaquia, los comunistas, que eran la primera fuerza en un gobierno con socialdemócratas y liberales, forzaron la dimisión del presidente Benes apoyándose en la movilización de masas a consecuencia de una crisis ministerial. Fue el llamado “golpe de Praga” de 1948, cuyo epílogo fue la muerte -nunca aclarada- del ministro de Exteriores liberal Jan Masaryk, hijo del héroe de la independencia del país. En la zona de ocupación soviética de Alemania, la posterior RDA, por contra, se mantuvo en sus momentos iniciales la esperanza de una revolución democrático-popular, apoyada por la pluralidad de partidos que formaban el Frente Nacional de Alemania Democrática (desde el Partido Socialista Unificado hasta los demócrata-cristianos) y en la posibilidad de una unificación basada en elecciones conjuntas para ambos estados alemanes, pero la política anexionista del canciller federal Adenauer y la remilitarización y occidentalización de la RFA, que ponía en peligro el horizonte previsto de una Alemania unida neutral (todo lo contrario de lo que ocurrió en Austria) inclinaron a la RDA hacia el bloque soviético.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

El socialismo desarrollado en las “democracias populares” -cuyo nombre obedecía ya poco a lo que eran realmente- poco tenía que ver, social y económicamente, con el marxismo, sino más bien con la deriva producida en la URSS a partir de la década de 1920 y acentuada en los años de Stalin. Como escribió el historiador alemán Manfred Kossok, ciudadano de la antigua RDA, acerca de su antiguo país y extensible al conjunto de la Europa del Este, de la democracia popular se pasó al concepto de “dictadura del proletariado”, pero sin que tal concepto se implementara, porque ante lo que se estuvo realmente fue ante la dictadura del grupo dirigente de un partido único. El resultado fue una constante enajenación entre el pueblo y el Partido, en lo que iba ser “el crimen de la casta estalinista de dirección”, rompiendo los ideales por los que generaciones se habían batido.

En lo económico, el traspaso del modelo de industrialización soviético a países que estaban en general más atrasados que sus vecinos de Europa Occidental trajo algunos éxitos, pero estos se vieron limitados por la preponderancia de la industria pesada y la maquinaria frente a los bienes de consumo de una población que ya veía su capacidad muy mermada en unas sociedades fundamentalmente agrícolas y arruinadas por los efectos de la guerra mundial, y que no disfrutaban de los beneficios del Plan Marshall o un equivalente soviético como sus vecinos occidentales. Si bien es cierto que el Estado socialista implementó políticas públicas de vivienda, sanidad, educación o maternidad que en algunos casos superaron incluso los estándares occidentales, la escasa eficiencia de la planificación central y el débil impulso dado en los sesenta y setenta a la adquisición de bienes de consumo por parte de la población generaron una continua comparación con los estándares de vida del resto de Europa en los que la Europa Oriental no podía salir bien parada.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Más allá de esto, el hecho de que la propiedad de la mayoría de empresas, terrenos agrícolas e industrias estuviera no en manos de los trabajadores, sino en manos de un megapatrono como el Estado como en la URSS retorcía el concepto de socialismo. La socialización de los medios de producción fue sustituida por una estatalización que no se limitaba a sectores estratégicos o a la posesión de los medios para implementar políticas sociales o de “Estado de bienestar”, sino que liquidaba incluso el pequeño comercio (salvo en casos como los del denominado “socialismo gulash” de Janos Kadar en Hungría) e impedía una participación real en la toma de decisiones y en la gestión por parte de los trabajadores. El Estado, además, como patrono, veía confundido su aparato con el del Partido, no sólo a nivel económico, sino también político. No deja de ser curioso que, cuando en noviembre de 1989 los grupos opositores de la RDA, pronto olvidados por la promesa de “paisajes floridos” y la introducción del marco federal que traería una nueva prosperidad a Alemania del Este, elaboraron programas para una “socialización real” en lugar de la “socialización formal-estatista”, estaban reclamando la construcción de un socialismo vuelto a sus orígenes frente al sistema vigente en el país y en la vecina República Federal.

Entender por qué comunistas y socialistas apoyaron la imposición de los regímenes dictatoriales en países como Rumanía o Hungría, que habían vivido bajo el yugo de dictaduras filonazis; Polonia, cuyas relaciones con la URSS habían sido cuanto menos conflictivas; o en Checoslovaquia, uno de los pocos países en los que había sobrevivido la democracia en el período de entreguerras, sólo puede hacerse siendo conscientes de lo que significaba para estos hombres y mujeres la amenaza (o la psicosis) del enemigo capitalista o fascista al que se habían enfrentado en España, Austria, Alemania y en toda Europa durante la SGM, y que amenazaba con volver a sumirles en la dureza de la represión o la marginalidad política tras haber protagonizado episodios heroicos de lucha, como había sucedido en Grecia, Italia, Francia o en los propios Estados Unidos, donde se había puesto en marcha la paranoia anticomunista del Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, que estaba desmontando a toda la izquierda americana -sindicatos, progresistas, activistas por los derechos civiles, antiguos veteranos de la Brigada Lincoln en la guerra de España- bajo la acusación de comunistas. Sus golpes de estado eran, en cierto modo, maniobras preventivas para evitar que reaccionarios y explotadores volvieran a dominar sus países. Un entonces joven estudiante checo, Zdenek Mlynár, recordaba que era natural unirse al Partido Comunista en la esperanza de que este partido cambiara la situación política y social y evitaría que la amenaza del nazismo y la guerra se cerniera sobre ellos y sobre otras naciones. Por este motivo, “yo estaba de acuerdo con la idea de suprimir los oponentes del comunismo y de imponerles diversos tipos de discriminación: al fin y al cabo, se oponían al progreso histórico”.

ImagenIPero al mismo tiempo la política soviética estaba cubierta por el aura de infalibilidad y prestigio que dominaba entre los comunistas la URSS como único estado socialista del mundo y de Stalin como el líder de un país que había vencido en la guerra civil a los rusos blancos zaristas y a la coalición internacional que trataba de, como había dicho Churchill en sus años de Lord del Almirantazgo correspondía hacer, “estrangular al bolchevismo en la cuna”. Asimismo, la URSS se había transformado de un país primitivo y agrícola en una potencia industrial de primer orden (bien que con unos costes humanos enormes) y había vencido a costa de enormes sacrificios al nazismo en una batalla decisiva para el curso de la guerra, Stalingrado, haciéndole retroceder desde entonces hasta darle muerte en la propia capital del Reich hitleriano, Berlín. Para los comunistas, que habían estado sometidos a largos períodos de persecución y clandestinidad y se habían inscrito en una organización altamente disciplinada, la figura de Stalin quedaba fuera de toda duda, así como tampoco se consideraba juzgar la naturaleza de sus crímenes o su política. Artur London lo expone del siguiente modo:

“Nuestra lucha a muerte contra el fascismo, nuestra experiencia en la guerra y en la clandestinidad, nuestras costumbres conspirativas, habían reforzado en nosotros un espíritu de disciplina militar. Éramos soldados de la revolución, disciplinados, y considerábamos justo acatar las órdenes superiores sin discutir. Cuando a veces nos preguntábamos algo, y sucedía, sentíamos el sentimiento de culpabilidad del que está en la pendiente resbaladiza que lleva a las posiciones del enemigo de clase […] ¿Cómo sospechar de Stalin, o acusarle de traición, cuando su nombre estaba en los labios de los héroes que caían ante los pelotones de ejecución alemanes, en las bocas de los soldados soviéticos que caían en Stalingrado u otras batallas? […] En nuestra fe incondicional, habíamos perdido la cualidad esencial del marxismo, la cualidad humana más importante: la duda.”

El triste epílogo para muchos de ellos fue que, en una nueva y última paranoia del líder soviético, próximo a su fallecimiento, se desató una oleada represora en la URSS y en la Europa del Este contra líderes del partido en la segunda ciudad soviética, Leningrado, los intelectuales “cosmopolitas”, principalmente judíos, y los defensores de las “vías nacionales” y los antiguos veteranos de las Brigadas Internaciones, a quienes se cogió como “cabezas de turco” en la polémica y posterior ruptura entre el líder yugoslavo Tito y Stalin.

Anteriormente, ya habían surgido roces entre ambos a cuenta del apoyo yugoslavo a las guerrillas griegas del ELAS en su lucha contra el gobierno derechista de Jorge II. El camino independiente de Tito, que había propuesto una Federación Balcánica que uniera a yugoslavos, albaneses y búlgaros, marco iniciático para una futura federación de democracias populares, desde Polonia hasta Grecia, independientes de Moscú, llevó a una condena abierta en Moscú y en la Cominform de la “conducta nacionalista” de Yugoslavia, quien a partir de ese momento seguiría un camino propio, siendo fundadora de la Conferencia de los No Alineados y manteniendo relaciones tanto con los países occidentales como con estados del bloque soviético.

En la pugna entre promoscovitas y nacionalistas, los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales tomaron partido por Tito, y de este modo los antiguos brigadistas de otras nacionalidades, junto con los defensores de los “caminos nacionales” clausurados en 1947-1948 en las democracias populares se convirtieron en objetivo de la represión estalinista en Europa del Este, acusados de “titismo”, “cosmopolitismo” o de agentes norteamericanos, yugoslavos o británicos. Paradójicamente, los brigadistas, como el propio Artur London, que eran acusados de desviaciones capitalistas, burguesas o reaccionarias en el oriente europeo eran asimismo sometidos a interrogatorios y encarcelados en la época de la “caza de brujas” en Norteamérica como agentes soviéticos. “El proyecto de democracia social que estos habían ido a defender a España” escribe Josep Fontana “no era aceptable para ninguno de los dos bandos de la guerra fría”.

Pronto en todos los países se llevaron a cabo purgas y procesos que reproducían los que habían tenido y tenían lugar en la URSS. En Albania, anteriormente próxima a Yugoslavia, Enver Hodja dio un giro antiyugoslavo a su política y ordenó el arresto y la posterior ejecución de Kotchi Dzodze, que se había caracterizado por una política próxima a Tito. La ruptura de Hodja con Yugoslavia, en un país que precisaba de la asistencia económica de Belgrado, trajo consigo graves consecuencias para Tirana. En Bulgaria y Hungría tuvieron lugar los procesos de Sofía y el llamado “proceso Rajk”, contra el anterior ministro de Interior y veterano de la guerra de España Lazslo Rajk, que involucró también a otras muchas personas. Las confesiones, como en todas partes, fueron arrancadas tras severos procedimientos de tortura física y psicológica. En Sofía, sin embargo, Traicho Kostov, un militante de más de tres décadas al que ahora se le acusaba de agente ritánico, se negó a confesar los delitos de los que era acusado, lo que hizo que fuera ejecutado sin que hubieran podido arrancarle su culpabilidad, de modo que el de la capital búlgara, iniciado en 1949, fue el último gran proceso de este tipo.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

La tragedia se extendió también a Polonia (país donde el demasiado liberal Gomulka fue sustituido al frente del partido y del gobierno por el ortodoxo Boleslaw Bierut), donde el caso de una veterana doctora de las Brigadas, Dobra Klein, examinado aquí al hablar de la atención sanitaria y psiquiátrica, que poseía doble nacionalidad checo-polaca, no deja de tener su trascendencia por tratarse de una superviviente de la guerra española y los campos de concentración nazis que, finalmente, fue rehabilitada y condecorada con las más altas graduaciones de Polonia en su funeral -todo esto, sin embargo, muchos años más tarde, tras la desestalinización de Jruschov-. En Rumanía, el procesamiento afectó también a veteranos como Lucreţiu Pătrăşcanu, un miembro del PCR crítico con los dogmas estalinistas, o Ana Pauker, la primera mujer del mundo que ocupó el cargo de ministra de Exteriores y que en 1948 fue bautizada por la revista TIME como “La mujer viva más poderosa”. Pauker, de origen judío, se opuso a numerosos planes estalinistas como la colectivización forzosa, la paralización de la emigración judía a Palestina procedente de los países de Europa Oriental, el juicio a los veteranos de las Brigadas o la resistencia francesa o la construcción del canal Danubio-Mar Negro, un proyecto propuesto personalmente por Stalin. Se negó a reconocer sus crímenes y, pese a la defensa de Pauker realizada por el ministro soviético de Exteriores, Molotov, el férreo líder estalinista de Rumanía, Gheorghe Gheorghiu-Dej aprovechó el juicio a la ex jefa de la diplomacia rumana (como el de Pătrăşcanu y otros disidentes) para consolidar su poder. Ana Pauker fue arrestada. Tras la muerte de Stalin, quedó en arresto domiciliario y se le permitió trabajar como traductora para la editorial Editura Politică.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

El proceso de Praga, por el que Rudolf Slánský (el secretario general del partido, que junto a Klement Gottwald, el nuevo presidente comunista del país, se habían negado hasta entonces a ceder a la celebración de juicios) y otros numerosos colaboradores, entre ellos London, que ejercía de viceministro de Asuntos Exteriores, fue el colofón de un período oscuro que incluso llegó a alcanzar a alemanes occidentales comunistas que visitaron la RDA y fueron detenidos por la Stasi, torturados y deportados a Siberia, como les ocurrió a Kurt Müller y Fritz Sperling. Para militantes como ellos, recuerda Artur London, la soledad era inenarrable porque no había movimiento de solidaridad alguno: las acusaciones de traición que ahora sufrían ellos eran las mismas que habían creído en tiempos de otros camaradas acusados en purgas similares en la URSS o en otros países, sólo que ahora el “titismo” o el “cosmopolitismo” sustituían al viejo fantasma del “trotskismo”: “¿Acaso en otra época y en circunstancias análogas no había creído yo en otros procesos? ¿No había aplaudido unas condenas que me parecían tanto más justas por cuanto pronunciadas contra prestigiosos militantes cuya “traición” me parecía ahora ignominiosa?”

Cuando, algunos años más tarde, Jruschov denunció los crímenes de Stalin y algunos comunistas este-europeos fueron excarcelados y lentamente rehabilitados se confirmó para ellos, pero también para la población que hasta entonces había simpatizado con los comunistas que ahora habían liquidado el proyecto de democracia popular y el ideal socialista, la sospecha que les había acompañado durante su procesamiento: la misma farsa que habían padecido era extensible a miles de procesos en la Unión Soviética, en el Este de Europa y en otros sitios donde la NKVD, la antecesora de la KGB, actuó a escondidas para la liquidación de los enemigos del Estado soviético y del “comunismo internacional”, como Francia o la España republicana. Surgieron entonces, como en Hungría en 1956, intentos de resucitar los proyectos iniciales de las democracias populares, pero el experimento de Imre Nagy era demasiado idealista y arriesgado para unas circunstancias en que la política de bloques se había consolidado en demasía.

A MODO DE CONCLUSIÓN

“Cuanto más duros seamos, más duros serán los rusos. Podemos conseguir la cooperación una vez que Rusia entienda que nuestro objetivo principal no es salvar el Imperio Británico ni comprar petróleo en Oriente Próximo con las vidas de soldados americanos. En una competencia amistosa y pacífica, el mundo ruso y el mundo americano irán siendo gradualmente más parecidos. Los rusos se verán obligados a respetar cada vez más libertades personales. Y nosotros nos centraremos cada vez más en los problemas de justicia socioeconómica.”

Henry Wallace, secretario de Estado de Comercio de EE.UU. Discurso en el Madison Square Garden, Nueva York, 12/09/1946

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

El fracaso del modelo de democracia popular no es solo compatible a la URSS, que se negó a hacerlo posible en cuanto vio que las posibilidades de libertad de acción de los países de su esfera de influencia podían ser un perjuicio para sus intereses en política exterior, sino también a los Estados Unidos, que basándose en informaciones sesgadas y en prejuicios ideológicos presionó a la Unión Soviética para que lo cancelara en Europa del Este y para que en los países de Europa Occidental, en algunos de ellos como Francia, Italia, Finlandia o Bélgica con influyentes partidos comunistas, no se reprodujera un modelo que amenazaba la supremacía del “sistema de libre empresa” y los intereses de Norteamérica como primera potencia. Lejos de existir una competencia sana que hiciera de los dos mundos más parecidos, como era la esperanza de Wallace (pronto expulsado del gobierno estadounidense y tachado de comunista), incluso para una URSS en la que existía también un evidente riesgo de contagio del modelo de democracia popular que cancelara el dominio personalista de Stalin en Moscú (lo que puede hacer albergar dudas sobre la viabilidad a largo plazo del modelo democrático-popular), lo que se abrió fue una profunda fosa, un telón de acero o una política de bloques que canceló las esperanzas de millones de personas que esperaban que el mundo después del fin de la SGM se rigiera por valores diferentes.

La debacle de los regímenes de “democracia popular” -un concepto ya convertido en eufemismo- llevó aparejada la desacreditación del socialismo, pero analizando exhaustivamente el modelo implantado y el carácter de las revueltas que se sucedieron en Budapest en 1956, la “Primavera de Praga” de 1968 o incluso la tardía “revolución de noviembre” de 1989 en Alemania Oriental para restaurar la vieja utopía de posguerra, cabe concluir que lo que quedó desacreditado -si no lo estaba de antes- fue un modelo dictatorial que tergiversó los ideales socialistas, que ya estaba implantado en la URSS y que Stalin, impulsado en gran medida por las políticas inconscientes de Truman y sus asesores más empecinadamente anticomunistas (entre ellos un Churchill ávido de protagonizar páginas en una Historia de la que ya parecía retirado después de haber tenido su considerable protagonismo), impondrá finalmente.

FUENTES:

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Barcelona, Pasado & Presente, 2011.

Geoff Elley, “Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000”, Barcelona, Crítica, 2002.

Artur London, “Se levantaron antes del alba. Memorias de un brigadista internacional en la guerra de España”. Barcelona, Península, 2010.

Matt Graham, Peter Kuznick, Oliver Stone, Documental “La historia no contada de Estados Unidos. Capítulo 4: La guerra fría”. Ixtlan Productions / Showtime, 2012

“Democracia Popular” en http://criticamarxista-leninista.blogspot.com.es/2013/08/Conferencia-la-democracia-popular-en-los-paises-de-Oriente-1951.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), entradas “Ana Pauker”, “Lucreţiu Pătrăşcanu”, “Finlandización” y “República Popular de Hungría” (tras la PGM, gobernada por el conde Mijaly Jaroly)

La República Democrática Alemana. Un país que pudo existir de otra manera.

El himno de la antigua República Democrática Alemana, “Auferstanden aus ruinen” (Levantada de las ruinas) es una de las composiciones más bellas de esta clase, tanto en lo musical como en lo que respecta a la letra. En uno de los comentarios de Youtube que hacía referencia al vídeo del mismo se lee el que mejor podía resumir cuantas opiniones podían hacerse sobre él: “el mejor himno para el peor país”. Por desgracia no sobran países cuyos regímenes soportaban bastante bien la comparación en cuanto a maldad con la dictadura gerontocrática de la Alemania del Este -la España franquista, el Portugal de Salazar, la Rumania de Ceausescu o la Uganda de Idi Amin, por poner algunos ejemplos-, pero volviendo al caso alemán: ¿era todo tan malo en la RDA? ¿Merecía la pena salvar algo de aquella parte marginada de la Alemania partida? Si no era así, ¿a qué se debía que la oposición de izquierda democrática del otro lado del Muro quisiera mantener la soberanía de la RDA y profundizar en el carácter democrático que correspondía a la “D” que lucía en su nombre antes de proceder a una unificación con la vecina República Federal, que debería realizarse en igualdad de condiciones, frente a lo que realmente se dio, una rápida anexión del Este al Oeste?

LOS COMIENZOS DE LA RDA.

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Constitución de la República Democrática Alemana, 7 de octubre de 1949.

Casi siempre se hace hincapié en que el enfrentamiento entre los aliados vencedores y ocupantes de Alemania, y especialmente entre norteamericanos y soviéticos, llevó a la configuración de dos Estados alemanes, diferentes en cuanto a su modelo socio-económico, cargando las tintas de esta división sobre la política de Stalin, a consecuencia de los sucesos que ocurrieron con posterioridad -intervención de las fuerzas soviéticas en 1953 en la propia RDA y en 1956 en Hungría; cierre de la frontera interalemana en 1952 y construcción del muro de Berlín en 1961-.Sin embargo, no fue la división de Alemania culpa única y exclusivamente del líder del Kremlin. Intervinieron otros factores de división sobre los aliados occidentales, que mandaban en las otras tres zonas de ocupación sobre las que se constituiría la República Federal de Alemania en 1948. Norteamericanos y británicos divergían sobre la política a seguir del nuevo Estado alemán, concediendo mayor importancia al Estado social los segundos, con un gobierno laborista al frente, en relación a los primeros, inclinados por el capitalismo liberal clásico. Tanto EE.UU. como Gran Bretaña y asimismo Francia, la tercera potencia ocupante en el lado occidental, rechazaron la nota de Stalin que establecía la unión alemana en un estado no alineado y libre de fuerzas de ocupación.

Algunos pueden pensar que había que ser muy ingenuo para creerse las promesas de alguien tan taimado como el inquilino del Kremlin, pero sin embargo esta solución -no alineamiento, no presencia de fuerzas extranjeras- fue la adoptada en un país precisamente bajo el control del Ejército Rojo y previamente anexionado al Reich alemán de Hitler: Austria. Una Alemania democrática y no alineada podía ser la garantía más firme de la paz en Europa, pero en medio de la política de bloques que se estaba diseñando en Europa, la “guerra de notas” entre los aliados occidentales y la URSS, el destino del país parecía estar destinado a configurarse en dos Estados, cada uno inscrito dentro de las coordenadas de la “guerra fría”.

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Mapa de las dos Alemanias. En el de la RDA se pueden apreciar los cinco “länder” que la constituyeron y que fueron anexionados a la República Federal en 1990.

En 1948, EE.UU., Gran Bretaña y Francia patrocinaban la creación, en la pequeña ciudad bávara de Bonn, de la República Federal. Su constitución, la Ley Fundamental de Bonn, fue elaborada con grandes limitaciones democráticas: no se contó con representantes populares de la zona soviética, a la que se excluyó en la formación del nuevo Estado, y careció de refrendo popular, algo que si bien era una práctica extendida en la historia constitucional de otras épocas -la Constitución de Weimar fue aprobada por el Reichstag sin refrendo- no se entendía en el nuevo contexto, y menos después de una convulsión tan grande como la guerra y la derrota. En su artículo 23, la Ley Fundamental establecía que la nueva RFA podría anexionarse los estados federales del Este que habían quedado excluidos -Turingia, Sajonia-Anhalt, Alta Sajonia, Brandenburgo y Mecklemburgo-Antepomerania-, sin valorar en absoluto entrar en negociaciones con las autoridades orientales.

En el mismo 1948, socialistas y comunistas, unificados en el SED -Sozialistches Einheitpartei Deutschlands o Partido Socialista Unificado de Alemania- junto con otras organizaciones de entidad menor (entre las que se incluía la CDU y los socialdemócratas no unificados en el SED), que habían desarrollado en el Este políticas socializantes al amparo de la presencia soviética -la reforma agraria expropió toda la tierra perteneciente a antiguos nazis y criminales de guerra y más de 30.000 km² fueron distribuidos entre 500.000 campesinos, jornaleros y refugiados alemanes procedentes de los nuevos territorios de Polonia y los Sudetes checos- y procedido a una dura desnazificación (la desnazificación política en la zona soviética fue, sin embargo, mucho más transparente que en la zona occidental, donde el tema pronto fue llevado a un segundo lugar por pragmatismo o incluso privacidad), llevaron a cabo, excluidos de las negociaciones en el Oeste, la construcción de un nuevo Estado alemán que, como sus vecinos, también aspiraba a unificar ambas partes de Alemania. Se ponía así en marcha la República Democrática Alemana, con gobierno en Berlín (en realidad, Berlín Este), base en los cinco “Länder” anteriormente citados -al cabo de unos años sustituidos por distritos, remarcando el carácter centralizado del nuevo país- y realizando un llamamiento similar al de la “nota de Stalin” a sus compatriotas del otro lado. El 7 de octubre de 1949, fecha de constitución final de la nueva república, con las posturas sin visos de encontrar un punto de unión, la RFA y la RDA emprendieron sus propios caminos.

La RDA no nació en principio como un estado socialista. El Frente Nacional de la Alemania Democrática, que finalmente controlaría políticamente el país bajo la férula del SED, era una coalición democrática-antifascista, que incluía al KPD comunista, al SPD socialista, a la recién creada Unión Demócrata Cristiana (CDU) y al Partido Liberal Democrático de Alemania (LDPD). Fue formado en julio de 1945 con objeto de presentarse a las elecciones a los parlamentos de los estados de la zona soviética del año siguiente. El recién creado SED -recordemos: la unión de los dos primeros partidos- acordó dar representación política a las organizaciones de masas, como la Federación Alemana de Sindicatos Libres (FDGB) o la Juventud Libre Alemana (FDJ).Los partidos burgueses CDU y LDPD se debilitaron ante la creación de dos nuevos partidos, el Partido Nacional Democrático de Alemania (NDPD) y el Partido Democrático Campesino de Alemania (DBD).

Sin embargo, la evolución política del bloque oriental -con la creación de gobiernos comunistas progresivamente en las diferentes naciones del este europeo ocupadas tras la guerra por el Ejército Rojo-, y los acontecimientos de otras latitudes, como la guerra civil griega y la de Corea, primeros acontecimientos -sobre todo el segundo- de desarrollo de la “guerra fría” llevaron a que la República Democrática se inclinase cada vez más por la pertenencia al modelo socio-económico soviético, con la asunción del control del Frente Nacional por el SED y la conversión de la inicialmente república democrática y federal del Este por una república socialista. La RDA se adscribió al Pacto de Varsovia y a la comunidad económica del CAME (Consejo de Asistencia Mutua Económica). La RFA, por su parte, se inscribió en las coordenadas del denominado mundo libre, perteneciendo a la OTAN, siendo uno de los fundadores de la Comunidad Económica Europea y surgiendo como el milagro económico del continente, que en una década pasó de la miseria de posguerra a ofrecer un esperanzador y floreciente panorama que se convirtió en escaparate para quienes deseaban escapar de las estrecheces y la opresiva vigilancia que se daban en el otro lado.

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“Autobahn” o autopista de la Alemania del Este. En la información referente a Berlín, puede observarse la leyenda en alemán “capital de la RDA”.

La RFA mantuvo siempre su pretensión de ser la Alemania “de verdad”. La otra, la RDA, la oriental, no existía, sólo para anexionársela -como así sucedió finalmente- recurriendo al artículo 23 de la ley fundamental de Bonn.

Su moneda fue el Deutsche Mark, o marco alemán, mientras que el marco de la RDA era… el marco de la RDA (DDR Mark); su himno, el de preguerra, el “Deutschland über alles” (Alemania sobre todo), en contraste con el nuevo himno adoptado por el Este; en el contexto internacional la RFA era conocida popularmente como Alemania y el gobierno federal rompía relaciones con los gobiernos que reconociesen a la RDA, cosa que sólo cambió a partir de la Östpolitik de Willly Brandt a principios de los setenta. Cuando la RDA negoció y ratificó con Polonia las fronteras que los aliados -incluyendo a los tres en cuyas zonas de ocupación surgió la RFA- ya habían definido, quedando para este último país Pomerania, Silesia y Prusia Oriental y dibujándose la frontera en los ríos Oder y Neisse, la RFA mostró una indignación que, desde luego, no hubiera cabido en su mente durante si hubiera ocurrido al revés durante los años en que Francia ejerció como potencia protectora de la región de Saarbrücken. Una muestra más de que la RFA, hasta la elección del socialdemócrata Brandt como canciller y el mutuo reconocimiento de las dos Alemanias, mantenía su voluntad hegemónica de representar a Alemania en su totalidad.

EL PAÍS DEL MURO, LA STASI Y LA BUROCRACIA

Claro que, en esta voluntad, la RDA le facilitaba las cosas a su vecina República Federal. La vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (conocido popularmente como Stasi), surgida a raíz de las protestas populares de 1953 contra el plan quinquenal, que establecía un aumento de las horas de trabajo sin contrapartidas salariales ni otro tipo de beneficios, fue uno de los factores que contribuyó a hacer más odioso para los ciudadanos de la República Democrática al régimen que les gobernaba. La Stasi, dirigida por Erich Mielke, un veterano comunista que había formado parte de los voluntarios alemanes que habían luchado en España en las Brigadas Internaciones del lado de la República -y que no dudaba tampoco en fastidiar a sus antiguos compañeros del Batallón Ernst Thaellmann residentes en la RDA si servía para sus intereses personales- tejió una red de agentes y de “chivatos” repartida por todo el territorio de la República del Este con objeto de conocer hasta las mayores intimidades de sus vigilados. Esta vigilancia hasta en los más mínimos detalles se refleja en el oscarizado filme “La vida de los otros”, cuando en la conversación mantenida por el viejo ministro de Cultura y el escritor Georg Dreimann, el primero comenta a su interlocutor “lo sabíamos todo de usted. Incluso que no era capaz de satisfacer a Christa (su novia, papel interpretado por Martina Gedeck) como es debido”.

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Tanques soviéticos en las calles de Berlín Este durante la revuelta de 1953. Esta revuelta hará decir, de forma lúcida e irónica a la vez, a Bertolt Brecht, que “el gobierno debería disolver al pueblo y elegir a otro”.

En esa misma película se observa, asimismo, al prototipo de burócrata arribista, de escasos escrúpulos y también escasos principios e identificación con los ideales socialistas, que aunque sólo sea formalmente defiende la RDA y por extensión el conjunto de países del bloque soviético. Es el del teniente Anton Grubisch, magistralmente interpretado por Ulrich Tükur, una especie de Erich Mielke de los escalafones inferiores de la Stasi, y que asimismo se podía extrapolar a cualquier otro estamento del aparato estatal. La burocracia gerontocrática -instalada por muchos años en el poder- de la RDA, representada por sus figuras más representativas, el presidente Willy Stoph y los secretarios generales -primeros ministros a la sazón- del SED, Walter Ulbricht primero y Erich Honecker después fueron a lo largo de la vida de la República un obstáculo para el desarrollo socio-económico del país; para el desarrollo de reformas democráticas, siquiera fracasadas, como las que tuvieron lugar con la revuelta húngara de 1956 o con la “Primavera de Praga” de 1968, encabezada por el secretario general del partido, Aleksandr Dubcek; y para que se diera una sociedad socialista y no meramente una sociedad estatal-burocrática al modo en que, desde 1918, se había desarrollado el comunismo soviético desde la revolución bolchevique y había sido paulatinamente exportado al resto del mundo socialista tras la S.G.M. La denuncia del burócrata fue puesta ya sobre la mesa por una de las intelectuales más brillantes de la República Democrática, la escritora y crítico literario Christa Wolf, en novelas como “El cielo partido” -en la que resalta el papel de los trabajadores comprometidos con la reconstrucción y el desarrollo de su parte de Alemania, frente a ese prototipo del burócrata de las consignas- y “Casandra”, mucho más dura en su papel de denuncia y más crítica en cuanto al desarrollo del modelo social impuesto a lo largo de los años en la Alemania del Este.

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Una imagen icónica: el salto de las alambradas que dividían Berlín por parte de un soldado del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA, poco antes de que se terminara de construir el muro.

La vigilancia opresiva de la Stasi, el desarrollo burocrático de la sociedad y la economía y la diferencia de desarrollo económico, amén de la falta de libertades públicas, influyeron y de qué modo en la ciudadanía de una RDA que empezó a mirar a su hermana de Occidente como el paraíso realmente existente frente al paraíso socialista prometido por los líderes del SED. Hasta la construcción del Muro, unos tres millones de ciudadanos germano-orientales emigraron, primero por la frontera interalemana, cerrada en 1952, y en los nueve años siguientes hasta 1961 por la antigua y dividida capital del Reich alemán. La construcción del muro de Berlín, en palabras del profesor Ignacio Sotelo, fue una medida defensiva de la RDA y del bloque del Este en su conjunto para evitar la pérdida de un capital humano que, al otro lado, en la RFA, contribuyó sobremanera al “milagro” económico de los años cincuenta en Alemania Occidental, pues recibía a trabajadores cualificados que hablaban su misma lengua y tenían su misma cultura. Al mismo tiempo, era una medida que trataba de proteger el modelo socialista, evitando que el fracaso económico se diera precisamente por esa pérdida de trabajadores e intelectuales que emigraban en masa al otro lado, pudiéndose abrir en cuanto el Este socialista superara en bienestar al Oeste capitalista. Pero, a su vez, la construcción del muro era la plasmación en la realidad de que el modelo de socialismo soviético, que tal y como había sido planteado era incompatible con una democracia popular, con la toma de decisiones de los trabajadores sobre una propiedad que formalmente era suya pero que, en realidad, era de un Estado que al mismo tiempo que decía actuar en su nombre les oprimía igual que podían hacerlo los capitalistas de Occidente, había fracasado en su concepción. El que todavía, hasta 1989, cerca de ochocientas personas se jugaran y perdieran la vida intentando atravesar el muro berlinés evidencia el fracaso de un modelo que la disidencia y la oposición de la RDA condenaban por dictatorial, no por socialista.

LA OTRA CARA DE LA OTRA ALEMANIA

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Las grandes perdedoras de la reunificación han sido las mujeres de la ex RDA. Constituían el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en la Alemania del Este, en unas condiciones de igualdad salarial y con posibilidades de conciliación de vida laboral y familiar que hoy día son reclamadas en todo el mundo. La unión de los dos estados alemanes y la crisis que ha seguido en los “länder” que formaron la República del Este se ha cebado especialmente, en forma de desempleo y discriminación, con ellas.

La República Democrática, sin embargo, no fue solo el país en el que uno podía recibir un disparo de la Volkspolizei (Policía Popular, los famosos “Vopos”) por acercarse peligrosamente al perímetro del muro o hacer una visita nada agradable a la cárcel de la Schonhaussenstrasse berlinesa por hablar de lo que no se debía en voz demasiado alta. En los años sesenta y principios de los setenta, la RDA conoció también una época dorada en la que el esfuerzo de los trabajadores y los valores de solidaridad, compañerismo, esfuerzo y compromiso predicados por el mundo socialista, tan opuestos al individualismo y afán de lucro occidentales, llevaron a un desarrollo económico que fue acompañado también de un desarrollo del Estado social que ha sido una de las características de la “Ostalgie” que tuvo lugar tras la unificación de las dos Alemanias en el Este. Muchos ciudadanos de la extinta RDA echaron o echan de menos la seguridad, el modesto bienestar, la sociedad de pleno empleo, la camaradería en el trabajo y los servicios públicos que el régimen germano-oriental promocionó y estimuló, y guardan con especial cariño recuerdos como el cuaderno de la brigada de trabajo a la que pertenecían en su fábrica o empresa, la chapa con las siglas DDR (Deutsche Democratischke Republik) que llevaban en sus viejos automóviles y otros objetos, sean tipo “souvenirs” para turistas o electrodomésticos que imitaban la línea “felices años 50” estadounidenses, que pueden encontrarse en tiendas abiertas por avispados comerciantes del Imagen1Este. La República Democrática nacionalizó la propiedad industrial y agraria con el segundo Plan Quinquenal (1956-1960), pero, con posterioridad, el desarrollo de una política económica más enfocada a la industria de consumo, la innovación tecnológica y la delegación en la toma de decisiones hacia las Asociaciones de Empresas del Pueblo en lugar de hacia los organismos oficiales de planificación contribuyeron a que la Alemania del Este viviera su particular “milagro económico”, del mismo modo a como lo había vivido la vecina Alemania Occidental en los años cincuenta. La Unión Soviética recomendó a sus socios de la RDA aplicar las reformas del economista soviético Evsei Liberman, que defendía el principio de obtención de beneficios y otros principios del mercado para las economías planificadas. En 1963, Ulbricht adaptó las teorías de Liberman e introdujo el Nuevo Sistema Económico (NES), una reforma económica que introdujo un grado de descentralización en las decisiones y criterios de mercado. El NES intentó crear un sistema económico eficiente y contribuyó a que la RDA proclamara ser la octava potencia industrial del mundo. La continuidad en esta política vino de la mano del nuevo líder Erich Honecker en los años setenta, que con la “Tarea Principal” hizo un esfuerzo en centrarse en el abastecimiento de bienes de consumo para los trabajadores, la rehabilitación y construcción de viviendas y los servicios públicos. En conjunto, el NES trató de ofrecer una mejor asignación de bienes y servicios al estipular que que los precios respondieran al abastecimiento y la demanda; se dio lugar a un aumento de salarios reales y pensiones, así como del abastecimiento de bienes de consumo; y se profundizó y facilitó en la incorporación de la mujer al mundo del trabajo (las mujeres representaban cerca del 50% de la fuerza laboral de la RDA) con guarderías, clínicas y subsidios de maternidad que duraban entre seis y doce meses. La RDA trató de imitar, en la medida de sus modestas posibilidades, el desarrollo de su vecina RFA, y no le faltaban buenas trazas para conseguirlo. A pesar de poseer un modelo burocrático y de que una de las riquezas en recursos del Este de Alemania, la región minera de Silesia, había pasado a manos polacas tras la S.G.M., la República Democrática había heredado algunas empresas ya famosas en la preguerra que mantuvieron su fama de buenos productos, a veces no sólo en el bloque soviético, sino también en el oeste. La RDA era competitiva internacionalmente en algunos sectores como la ingeniería mecánica y la tecnología de impresión. En Jena, pequeña ciudad universitaria situada en el SO de la República, se encontraba la industria óptica Carl Zeiss. Sus lentes para cámaras fotográficas eran muy apreciadas antes de la guerra, y ya en los años de la RDA consiguió mantener esa buena fama. Si la RFA distribuía al mundo occidental las películas AGFA, la RDA hacía lo propio en el bloque soviético con la parte oriental de la empresa (que era el sitio original donde se había fundado AGFA), rebautizada como ORWO. La motocicleta que pilota Alex Kerner (Daniel Brühl) en “Good Bye Lenin” es también de fabricación local: las Simson fueron a lo largo de los años de vida de la RDA el sueño de libertad juvenil que representaban en Occidente vehículos de dos ruedas como las Vespa, las Lambretta o las Harley Davidson. Problema más grave representaba comprar un típico Trabant de la industria Motor Zwickau de esta última ciudad: si bien al principio el tiempo de espera era bastante homologable al de Occidente -cinco años para un “Trabbi”, mismo tiempo de espera que el de un comprador español para un Seat 600-, poco después ese tiempo se disparó, hasta los diez años, y las autoridades de la RDA no tuvieron más remedio que tolerar el mercado negro de estos vehículos.

Los Trabant posibilitaron, como lo hizo el Volkswagen “Escarabajo” al otro lado de la frontera, la motorización de la otra Alemania, si bien a un nivel bastante más bajo. Mientras que en la RFA lo más común era que las familias tuvieran uno o más vehículos, en la RDA había que esperar para obtener un pequeño Trabbi…

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Los dos coches típicos de la RDA: el Trabant, el más económico y popular, y el Wartburg, pasándole a la derecha, más grande y espacioso, circulando por las calles de Berlín Este.

Cuando llegó la hora de unir la RDA a la RFA, los empresarios y consumidores occidentales -y también los orientales- pensaron o se vieron inducidos a pensar (en el caso de los segundos) que sus industrias no valían nada y que todo el Este tenía que ser sustituido por productos del Oeste. No era una realidad válida. Si bien había numerosos ejemplos de industrias contaminantes y de alta toxicidad, lo que hizo que la presencia del movimiento verde en la oposición de la RDA cobrara una especial relevancia, en otros casos resaltaban por su eficiencia energética. Por desgracia, también se los llevaron por delante. En la RDA se fabricaron por vez primera frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Las neveras Privileg se adelantaban en varios años a una tecnología que hoy se desarrolla en todo el mundo. Tras varios años de reducción de la vida útil de las bombillas, entre las que había colaborado la empresa germano-occiental OSRAM, ingenieros de Alemania del Este habían desarrollado una bombilla de larga duración que presentaron en la RFA, en Hannover. Los ingenieros industriales de la RFA, acostumbrados a acortar la vida útil de los productos de consumo en aras de la “obsolescencia programada”, no salían de su asombro ante aquel desafío a las concepciones del mundo capitalista. Nueve años después de aquella feria de Hannover de 1981, en 1990 la fábrica del Este que fabricaba aquellas bombillas se desmanteló. OSRAM, como muchas otras industrias del Oeste de Alemania, no quería competidores de la extinta RDA.

No sólo era la capacidad industrial del Este lo que en 1989 llevaría a la oposición de la RDA a considerar que había que mantener la soberanía y el modelo socialista de su República al menos durante algún tiempo, bien que corregido para que fuera un socialismo auténtico  y democrático. La RDA mantenía estructuras de servicios sociales universales, como asistencia sanitaria, educación pública, seguridad social, beneficios para los trabajadores, igualdad real entre sexos, y de valores que si bien no se reflejaban en la cúpula de la organización del SED sí que suponían un potente atractivo para la unión del pueblo germano-oriental: solidaridad, afán de cultura y respeto por la misma, compañerismo… La sociedad de la RDA presentaba ciertas características peculiares con respecto a la de otras de su entorno: estaba menos podrida por los males de corrupción, burocracia y cinismo de las élites que asolaba en el resto de países del bloque; era la que más había desarrollado un modelo socializante; reflejaba y se creía heredera en cierto modo de las viejas aspiraciones de los revolucionarios alemanes del siglo XX que se habían opuesto las fuerzas conservadoras de la República de Weimar y al nazismo: Rosa Luxemburgo, Karl Liebnecht, Ernst Thaellmann, los brigadistas internacionales alemanes, y de ella eran o habían sido ciudadanos algunos de los intelectuales socialistas y comunistas más relevantes de la Alemania de preguerra y de posguerra: Bertolt Brecht, Anna Sieger, Christa Wolf, cuyo prestigio intelectual les dejaba cierto margen de maniobra para la crítica al sistema; y se veía obligada, al mismo tiempo que forzaba la represión, pero por los mismos motivos, a realizar concesiones a un modelo socialista más puro para construir la tierra del socialismo real, el paraíso socialista, en contraste con su vecina capitalista, la RFA.

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Sello de 15 pfenings de la RDA en conmemoración de los brigadistas alemanes que lucharon del lado de la República Española en la guerra civil.

Estos ingredientes explican por qué, en 1989, mientras los intelectuales de Checoslovaquia como Vaclav Havel o de la URSS como Yablinski o Sajarov proponían salidas al sistema por la vía de la adopción del capitalismo, en la RDA tanto los disidentes verdes, socialdemócratas y protestantes como los reformistas del SED -Hans Modrow, hoy eurodiputado de Die Linke (La Izquierda)- proponían el desarrollo de un socialismo democrático y autogestionario.

“NADA CAMBIARÁ SI NOS VAMOS TODOS”

Esta frase pertenece a Christianne Kerner, el personaje de la maestra de convicciones socialistas que interpreta Katrin Saas, actriz precisamente del Este, en el filme “Good bye Lenin”. Como a muchos ciudadanos de la RDA que creían o creyeron algún día en la República socialista alemana, la crisis que afectó en los años setenta y ochenta a su país le hizo sentir una crisis personal entre lo que sentían internamente y el panorama que se dibujaba, o que dibujaban en realidad los miembros del Politburó del SED, cada vez más ancianos y con miedo a los vientos de cambio, que paradójicamente iban a venir de Moscú, de la mano primero de Constantin Chernenko y luego, con más fuerza, de Mijaíl Gorbachov. Erich Mielke, el poderoso jefe de la Stasi; Willy Stoph; el propio Erich Honecker se negaban a aceptar cambios profundos en lo político que afectasen a su posición de poder.Como mucho -que era la vía que Honecker llevaba aplicando desde el comienzo de su etapa en el gobierno, como primer secretario del Comité Central del partido-, estaban dispuestos a ceder en una liberalización social que no supusiese la apertura de la liberalización política. Pero la primera llevó, inevitablemente, a la segunda, aunque tal efecto no fuera del agrado de los líderes del partido. Una de las consecuencias de la “Ostpolitik” de Willy Brandt (y la política de mismo cuño de Honecker) y el reconocimiento mutuo de las dos Alemanias -incluyendo el reconocimiento por la RFA de la frontera Oder-Neisse entre Polonia y la República Democrática- fue el aumento de los intercambios culturales y económicos entre las dos repúblicas alemanas. Esta distensión fortaleció los lazos entre las dos Alemanias. Entre 5 y 7 millones de alemanes occidentales y berlineses del Oeste visitaron la RDA cada año a partir de entonces. Las comunicaciones postales y telefónicas entre los dos países fueron significativamente ampliadas. Los lazos personales entre familias y amistades de ambos países se comenzaron a restituir, y los ciudadanos alemanes orientales tuvieron más contacto directo con la influencia política y material occidental, particularmente a través de la radio y la televisión. La RDA recibía la señal de televisión de la República Federal en buena parte de su territorio, mientras que la TFF der DDR -la televisión pública germano-oriental- tuvo que renunciar, de este modo, no sólo a su pretensión de ser la televisión panalemana, sino que perdió una importante batalla informativa e ideológica con respecto a la televisión del país vecino, pese a que sus programas de entretenimiento -en especial el infantil “Sandmannsche”- eran muy apreciados por los ciudadanos de ambas Alemanias. Los intelectuales germano-orientales participaron en conferencias en el Oeste, especialmente en Berlín Occidental, y los visados por esta causa aumentaron las posibilidades de permear la frontera de la ciudad dividida, para escapar o establecer valiosos contactos. Gustos y modas occidentales -el nudismo, el movimiento “hooligan” futbolístico o la música rock, unos de cuyos cultivadores más populares en la Alemania Oriental con un notable éxito a un lado y otro del Muro y un gusto por la experimentación fueron Die Pudhys-,

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Die Pudhys, grupo de rock formado en la ciudad germano-oriental de Oranienburgo, tuvieron y tienen aún hoy gran acogida tanto en Alemania Oriental como en la Occidental

y asimismo reivindicaciones políticas del otro lado -como el ecologismo, un motivo de preocupación latente en todo el movimiento opositor del bloque soviético y relevante en la RDA por el uso masivo de combustibles fósiles en sus industrias- llegaron a calar en una juventud y en una disidencia que, a lo largo de los años ochenta, comenzaron a cobrar un protagonismo que saldría plenamente a la luz con la “perestroika”.En una interesante y satírica novela sobre la juventud de la RDA de aquellos años, “La avenida del Sol” (llevada al cine en 1999), se observa el gusto de sus jóvenes protagonistas por las promesas de modernidad de Occidente, el comportamiento pacato de los burócratas y un cierto regusto nostálgico por un sitio en el que, a pesar de todo, uno podía buscarse las vueltas para pasarlo bien y ser mediana, o modestamente, feliz.

El descontento, sin embargo, seguía filtrándose en muchos casos en las ganas de salir de la RDA. En los inicios de 1989, y especialmente en el verano, época en la que muchos ciudadanos germano-orientales pasaban sus vacaciones en Hungría, aprovecharon la apertura política en este país y la de la frontera magiar con Austria para abandonar la Alemania del Este. Otros decidieron refugiarse en las embajadas de otros destinos de viajes cercanos, como Praga y Varsovia, e incluso la misión diplomática de la República Federal en Berlín Oriental. Sin embargo, otros pensaron, al hilo de la frase con la que comenzábamos este texto, que no cabía mayor desafío al régimen que quedarse y combatirlo. Fueron los protagonistas de las “manifestaciones de los Lunes” de Leipzig, que pronto se irían extendiendo por toda la RDA.

LAS PROPUESTAS DE LA OPOSICIÓN

La oposición de mayor peso en la RDA estaba representada, entre otros, por antiguos miembros del SED y socialistas de pro decepcionados con la marcha que había llevado la construcción del socialismo en la República. Un ejemplo de este tipo lo encontramos, de nuevo, en un personaje de ficción, pero de los que sin duda no debieron escasear: el escritor Georg Dreimann de la cinta “La vida de los otros”, el hombre que cree en el socialismo hasta el punto de que los cínicos burócratas como el teniente de la Stasi Anton Grubisch comentan de él que “cree que la RDA es el mejor país del mundo”, pero que, por defender un socialismo distinto, no duda en escribir para el occidental “Der Spiegel” un artículo sobre los suicidios en su país y reprochar, una vez caído el muro, al ex ministro de Cultura que gentes como él gobernaran el país. Personas como él aparecen también descritas en la novela “Miedo a los espejos”, del paquistaní afincado en Alemania Tariq Alí, en el que se puede leer un interesante “Manifiesto por una RDA verdaderamente democrática”, que podríamos presumir verdadero y firmado por jóvenes miembros del SED.

Un sector intelectual desde un punto de vista marxista dentro del SED renovó las peticiones de reforma democrática. Entre ellos estaba el poeta y cantautor Wolf Biermann, que junto a Robert Havemann había liderado un círculo de intelectuales defensores de la democratización; fue expulsado de la RDA en noviembre de 1976. Tras la expulsión de Biermann, la dirección del SED expedientó a más de 100 intelectuales disidentes.

A pesar de estas acciones del gobierno, escritores alemanes orientales comenzaron a publicar declaraciones en la prensa occidental y crear literatura fuera del control oficial periódicamente. El ejemplo más importante fue el libro Die Alternative (La alternativa), de Rudolf Bahro, que fue publicado en la RFA en agosto de 1977. La publicación llevó al arresto del autor, su encarcelamiento y posterior deportación a Alemania Occidental. A finales de 1977, apareció el manifiesto de la Liga de Comunistas Democráticos de Alemania en “Der Spiegel”. La Liga, que decía agrupar a funcionarios medios y altos del SED, demandaba una reforma democrática de cara a una posible reunificación alemana.

A ellos hay que unir jóvenes teólogos de la Iglesia protestante descontentos con el acomodamiento de la jerarquía de la misma con el régimen, intelectuales herederos del pensamiento de Brecht y personas organizadas en movimientos civiles que imitan a los organizados en la RFA, como ecologistas, pacifistas y movimientos alternativos que configurarían, con posterioridad, parte del conglomerado ideológico del heredero del SED, el PDS (Partei fur Demokratische Soziallismus o Partido del Socialismo Democrático) y más tarde de Die Linke.

La característica común de todos ellos es que, en principio, sus demandas se centran en la liberalización de la RDA y no en la unificación con la República Federal. Se centran en un futuro democrático para la Alemania del Este y no ponen sobre la mesa propuestas de unión con la Alemania Federal. De hecho, la mayor parte de ellos rechazan el modelo socio-económico vigente en la RFA y proponen una RDA en la que democracia y socialismo avancen de la mano, con respeto a las libertades públicas, apertura de fronteras, prensa libre, pero también con diversas iniciativas que garanticen la propiedad social, popular, de las industrias y empresas del país en lugar de la forma estatal y burocrática.

Ignacio Sotelo cuenta la siguiente anécdota: el embajador de España en Berlín Oriental por entonces, Alonso Álvarez de Toledo, tenía la brillante idea de invitar una vez al mes a un plato típico español –una fabada, unas lentejas o un cocido madrileño– a intelectuales de prestigio, acompañados siempre de los correspondientes funcionarios del partido para evitar cualquier sospecha de conspiración. En estas reuniones iba en aumento la tensión entre escritores y artistas, por un lado, y el aparato político, por otro. Los intelectuales elogiaban las libertades que poco a poco se conquistaban en la Unión Soviética de Gorbachov, mientras que los funcionarios permanecían con la boca sellada, al no poder manifestarse de acuerdo, pero tampoco dispuestos a romper el tabú de no criticar a la URSS. Los intelectuales, la disidencia política y los ciudadanos de la RDA que deseaban la reforma política miraban con esperanza los acontecimientos de Moscú y coreaban como un grito subversivo -como sucedería en la celebración del 40º aniversario de la República, el 7 de octubre de 1989- el mote popular del líder soviético: “Gorbi!, Gorbi!”.Uno de los líderes opositores lo comentaba de esta gráfica forma antes de los acontecimientos del ochenta y nueve: lo que pase aquí depende de cómo vayan las cosas en Moscú.

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Manifestación de la Alexanderplatz de Berlín pidiendo la reforma política de la RDA. Convocada por los actores y empleados de los teatros de Berlín Este, la manifestación fue autorizada por el nuevo Politburó del SED, retransmitida por la televisión pública y contó con la participación de alrededor de un millón de personas.

 

El Neues Forum -la organización más importante de todas ellas- abogaba por una “fuerte participación de los trabajadores” en la gestión y control de la industria y la propiedad. La Initiative für Frieden und Menschenrechte (Iniciativa para la Libertad y el Humanismo) quería, “estructuras descentralizadas y autogestionadas”, la Vereinigte Linke y los socialdemócratas germano-orientales proponían un “control colectivo de los trabajadores sobre las empresas y la sociedad” y hablaban de una “socialización de verdad” en lugar de la “socialización formal-estatista”.

Cuando, tras la retirada de la Volkspolizei tras unas jornadas de represión en Leipzig y Berlín, negándose a cargar contra los “manifestantes del lunes” en la ciudad sajona y la dimisión de Honecker llevó a que el secretariado general del SED y el poder del Estado fuera asumido por el nada imaginativo Egon Krenz, un millón de ciudadanos desfilaron por Berlín convocados por actores, disidentes y reformistas del partido (algunos de los cuales fueron abucheados) en una manifestación televisada por la propia cadena pública TFF der DDR, quedaba ya poco para que Günter Schabrowski, miembro del Politburó y uno de los silbados aquel día levantara las restricciones a los viajes y el muro, perdida su razón de ser, fuera simbólicamente derribado por ciudadanos de uno y otro lado de la dividida Berlín. Aquella alegría, merecida, de los berlineses no podía sin embargo dejar de tomarse con cautela. Neues Forum lo advertía en un comunicado: detrás de aquellos hombres y mujeres que se abrazaban pese a no conocerse y que entregaban flores a unos aturdidos soldados del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA que custodiaban la ya inútil frontera de cemento, llegarían los financieros y especuladores dispuestos a hacerse con el patrimonio nacional y las empresas públicas y colectivas del Este: “Hemos esperado este día durante casi treinta años, es un día de fiesta”. Pero, con más alarma que fiesta, continuaba: “quienes vivieron antes de 1961 (el año de la construcción del muro) conocen los peligros que nos amenazan: venta de nuestros valores y bienes a empresarios occidentales, mercado negro, y contrabando de divisas… No queremos hacer cundir el pánico, ni nos oponemos a la urgente y necesaria cooperación económica con el Oeste, pero llamamos a no contribuir a las amenazantes consecuencias de la crisis”. La declaración subrayaba una emancipada ciudadanía germano-oriental desmarcada de la RFA: “Seguiremos siendo pobres aún mucho tiempo, pero no queremos una sociedad en la que especuladores y competidores nos saquen el jugo. Sois los héroes de una revolución política, no os dejéis inmovilizar por viajes e inyecciones consumistas… Habéis destituido al Politburó y derribado el muro, exigid elecciones libres para una verdadera representación popular sin dirigentes impuestos. No se os preguntó ni por la construcción del muro ni por su apertura; no dejéis ahora que os impongan un concepto de saneamiento económico que nos convierta en el patio trasero y reserva de mano de obra barata de Occidente”. Gerd Poppe, líder de la Initiative für Frieden und Menschenrechte, lo expresaba resumidamente en estas pocas palabras: “No queremos convertirnos en el último estado federal de la RFA”. Algo que, sin embargo, sería lo que sucedería.

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Apertura del muro, 9 de noviembre de 1989.

Helmut Kohl, el canciller federal, tenía sin embargo otros planes. Unos planes que servirían para acercarle a renovar su mandato al frente de la jefatura del gobierno de la Alemania Occiental y que servirían para que las empresas y multinacionales germano-occidentales obtuvieran unos pingües beneficios pescando en el río de la propiedad de la RDA. A finales de los años ochenta el gobierno conservador del Canciller Helmut Kohl estaba desgastado y el SPD iba a desplazarle del poder en las próximas elecciones. El reto de la derecha conservadora de Bonn y sus aliados del “establishment” económico y financiero era cómo instrumentalizar la nueva situación creada en el Este para mantenerse políticamente en el poder unos cuantos años más. La cultura política de la oposición de la RDA, que con la quiebra del régimen pasó en cuatro días de un estatuto marginal a una posición dirigente, era un problema para aquel propósito. La solución pasaba por los “Paisajes floridos”.

LOS “PAISAJES FLORIDOS” Y EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO DE LA RDA

“Algunos llevamos la fama, pero el latrocinio en la privatización supera con mucho lo que cabía esperar de una sociedad tan civilizada, como dicen que es la alemana”, comentaba el embajador argentino en Berlín Este al observar el proceso de privatización -y venta- del patrimonio empresarial de la RDA a los empresarios de la Alemania Federal, directores por otro lado de todo el proceso.

El estancamiento económico a lo largo de los años setenta y ochenta condujo a la economía de la RDA a una grave situación. La deuda sumaba a finales de la última década una cifra superior a los 40 billones de marcos, una suma no astronómica en términos absolutos (el PIB de la RDA era de unos 250 billones de marcos) pero mucho mayor en relación a la capacidad del país para exportar suficientes bienes al Oeste como para conseguir la divisa fuerte que pagase la deuda. La mayor parte de la deuda se originó por los intentos de la RDA de hacer frente a sus problemas financieros internacionales, así como los intentos por mantener los niveles de vida a través de las importaciones de bienes de consumo. Casi todas las economías del bloque soviético adquirieron una serie de deudas con los países occidentales a principios de la década de los setenta con objeto de mejorar su capacidad tecnológica y competitiva. A cambio, la deuda sería pagada con las divisas obtenidas con las importaciones de bienes, sustancialmente mayores gracias a esa mayor competitividad. Pero la crisis del petróleo de 1973 acabó con esa premisa, debido a que la mayor parte de los países del área se quedaron con la deuda y sin mercado. A esto había que unir que en algunos países las inversiones fueron muy mal realizadas, como en Polonia, donde la financiación obtenida se empleó no en tecnología sino en el mantenimiento de subsidios al consumo con objeto de mantener los precios bajos y congraciarse con una población que empezaba a mostrar su descontento y a unirse a los movimientos de oposición.

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Pragerstrasse de Dresde. En primer término, vemos un edificio oficial, posiblemente del SED, con las banderas de la República y de la Juventud Libre Alemana (Frei Deutsche Jung).

La solución que los empresarios y políticos de Bonn buscaron para la crisis en la RDA fue la de ofrecer una serie de promesas a los ciudadanos del Este que no se desviaban mucho en las formas de las hechas por el Politburó, pero como no se encontraban desgastados por el descrédito al que había sucumbido la nomenklatura y sonaban muy atractivas, los pobres germano-orientales se las creyeron. Resultaba mucho más ilusionante creer en el sueño de los paisajes floridos que en la realidad sobre la que Neues Forum advertía: los ciudadanos de la RDA tendrían que seguir siendo aún pobres durante algún tiempo, pero con una República Democrática que hiciera honor a su nombre y que tuviera una economía social, dirigida por y para el pueblo alemán oriental, por lo menos mantendrían su soberanía política y económica frente a una RFA que les consideraba unos “paletos” -“Ossi” es de hecho sinónimo de pueblerino e ignorante- poco competitivos y necesitados de subsidios. El programa disidente de los opositores de la RDA era crítico y escéptico hacia la posibilidad de una súbita unificación. Y desde luego, de darse ésta, tendría que hacerse entre estados igualmente soberanos.

Helmut Kohl prometió a los alemanes del Este que poco más o menos de un día para otro obtendrían el nivel de vida del que sus vecinos occidentales disfrutaban. Con esa ilusión -ilusión óptica dibujada a través de Mercedes Benz, televisión por satélite, veraneos en España y demás mensajes de espiral consumista que venía básicamente a decir que lo del Oeste era siempre mejor- la CDU          se impuso en las primeras elecciones libres de la RDA. El PDS (el antiguo SED), liderado por el jefe del partido en Dresde, Hans Modrow, cuya fama de reformista le aupó al cargo de primer ministro y al emprendimiento de reformas que llevarían a la disolución de la Stasi y al procesamiento de antiguos líderes como Stoph, Mielke o el propio Honecker, obtuvo unos buenos porcentajes de votos. Sin embargo, pese a los buenos resultados, la izquierda reformista y alternativa de Neues Forum y los otros grupos de la oposición (agrupada en Alianza 90) no consiguió contrarrestar el impulso de la filial democristiana del Este, sus promesas de prosperidad capitalista y el éxodo de medio millón de personas que se produjo desde que se abrieron de nuevo las fronteras entre ambas Alemanias.

Llegaba el momento de convertir las promesas en hechos, y Kohl, dispuesto a ganar las elecciones también en el Oeste, no tuvo tapujos en introducir una medida estrella: la paridad 1:1 entre el Deutsche Mark y el marco de la RDA para ahorros de 6.000 marcos (una fortuna en la RDA, y dos meses de sueldo de un periodista de la RFA de entonces) y de 1-2 para patrimonios más altos. Los alemanes del Este sintieron como si les hubiera tocado la lotería. Kohl les prometió convertir sus regiones en paisajes floridos y lo realizó en un primer momento, por lo menos en la imaginación, con la mencionada paridad. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socializantes de escritores, intelectuales y disidentes se disolvieron como un bloque de hielo al sol entre las luces e impactos psicológicos de las experiencias directas de la gente común con la prosperidad del Oeste. La paridad real entre las dos divisas era de cinco marcos orientales por uno occidental. Esta diferencia, que hacía que un trabajador de la RDA que cobrara mil marcos de la RDA al mes pasara a cobrar esa misma cantidad de marcos occidentales, se sintiera como niño con zapatos nuevos, hundió a miles de empresas del Este, incapaces de poder asumir de la noche a la mañana una deuda exhorbitada con la nueva moneda y viendo desaparecer la capacidad competitiva que les daba el menor valor de su moneda.

Esta estrategia era en cierto modo la estrategia de los empresarios de la RFA, deseosos de poder comprar a bajo precio las empresas orientales y quitarse competidores. Vendieron la premisa de que todas las empresas de la RDA eran pura chatarra, pero sabían que esa aseveración no era del todo cierta. La unión monetaria supondría el que quebrasen todas las empresas orientales. La unificación por la vía rápida empezó por cambiar un marco oriental por uno occidental para alegría inmediata de la población del Este que veía salvados sus pequeños ahorros, pero con la consecuencia querida de desmantelar de un plumazo toda la economía de la antigua RDA. Una buena parte de la población -alrededor de dos millones y medio de trabajadores, sobre una población total de 16 -pierde el puesto de trabajo, con el mensaje repetido de que la “economía de mercado” pronto los iría creando. Enormes inversiones públicas en mejorar las infraestructuras no han servido para hacer realidad las falsas expectativas de entonces, y ello porque, en un mundo ya globalizado, los nuevos Estados federados han tenido que competir con una Alemania occidental, cuya capacidad productiva basta para abastecer a las dos Alemanias, y estar además entre los primeros exportadores del mundo.

Una persona nada sospechosa de alinearse con las posiciones, ni ortodoxas ni heterodoxas que defendían la continuidad de la RDA en lo político y lo económico, el actual ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, comenta el tremendo error que supuso la introducción del marco occidental en la República Democrática. Schäuble, negociador clave en aquel entonces, lo expresa de este modo en su libro de memorias de 1991: “Para mi estaba claro que la introducción de la moneda occidental destruiría las empresas de la RDA, pero Kohl decía que con la unidad íbamos a ganar las elecciones”. Otras personas que vivieron el proceso niegan que el sistema económico de la RDA se estuviese desmoronando, como afirmaban desde el Oeste. Es el caso del director del Banco Central de la RDA, Edgar Most, quien afirma, frente al argumento oficial, que la relación causa efecto entre paridad y destrucción del patrimonio industrial vino precisamente en ese orden y no al revés: “fue la paridad la que hundió definitivamente la economía de la RDA”.

El nuevo gobierno democristiano del Este se embarca entonces en la privatización de la economía, un paso más en la anexión de la RDA a Alemania Federal. Un proceso acelerado que destruyó cualquier ilusión de crear una Alemania Oriental asentada sobre un modelo de socialismo democrático y de unificar las dos Alemanias bajo postulados de neutralidad y con la adopción de una nueva Constitución que sustituyese a la Ley Fundamental de Bonn, que ha seguido sin ser ratificada ni por los ciudadanos del Oeste ni por los del Este. Estos aspectos serán examinados más adelante. Por ahora, nos centraremos en el papel que la sociedad fiduciaria del “Treuhandanstalt” tuvo en el desmantelamiento del tejido empresarial público de la República Democrática.

El nuevo primer ministro de la RDA, Lothar de Maizeirie, y los ejecutivos occidentales que le asesoraban crearon este organismo bajo unas premisas muy distintas a las que se manejaban desde la izquierda alternativa germano-oriental.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

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Protesta contra la “Treuhandanstalt” y su papel en el desmantelamiento de la industria y las empresas públicas de la RDA. No deja lugar a dudas el rechazo que produce al ser comparada con una “banda mafiosa”.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

Mientras los grupos de izquierda mantenían que la propiedad, que formalmente era del pueblo, debía ser devuelta a él, creándose mecanismos para distribuirla entre la gente, tanto con repartos individuales, como creando sociedades anónimas, cooperativas y otras formas de asociación económica (las “estructuras descentralizadas y autogestionadas” de la Initiative fur Freiden y la “fuerte participación de los trabajadores” propugnada por Neues Forum), los democristianos en el poder y los empresarios de la RFA deseosos de pillar su parte en el botín impidieron esta solución. Consideraban propietario al Estado y éste sería el encargado de deshacerse de los bienes públicos vendiéndolos a personas y sociedades privadas. Para llevar adelante esta política la dificultad radicaba en que los ciudadanos de la RDA no tenían capital, ni existían sociedades privadas para comprar esta enorme riqueza que había que privatizar. ¿Quién podía hacer frente a los desembolsos? Los empresarios de Occiente.

Para 1994, 8000 empresas del Este ya estaban en manos de “inversores privados” del Oeste, habían sido cerradas o adquiridas a precio de ganga, y el paro, desconocido en la antigua RDA, se había cebado sobre una sociedad germano oriental que veía como el tejido industrial de su antiguo país había desaparecido. Las joyas de la corona se repartieron entre los grandes consorcios alemanes occidentales: Allianz se quedó con la compañía estatal de seguros; Lufthansa con Interflug, Thyssen con la Metallurgiehandel (MH), las grandes cadenas de supermercados con la HO, la organización de comercio estatal que formaba ya un consorcio único, con la consecuencia que desapareciera hasta el pequeño comercio que aún permanecía, después de cuarenta años, en manos de particulares. Las empresas fueron vendidas en su mayor parte a empresas alemanas, una política que se justificó diciendo que había que evitar que cayesen en manos extrajeras, principalmente japonesas.

¿Eran las empresas de la RDA morralla oxidada? Algunos ejemplos lo desmienten de manera clara y ponen el acento en la enorme corrupción que se desató al amparo de una “Treuhandanstalt” que ha sido calificada como “una gigantesca expropiación” y “la mayor estafa de nuestra historia económica”, según Werner Schulz, ex miembro de la comisión de investigación del Bundestag. Así, la empresa WWB era valorada en 160 millones de marcos. El Treuhandanstalt la valoró en cero. Su patrimonio inmobiliario fue vendido y el dinero transferido a los paraísos fiscales de Suiza y el principado de Liechtenstein. La empresa de neveras DKK fabricaba las neveras Privileg, que ya mencionamos anteriormente por adelantarse varios años a las occidentales en la fabricación de frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Todos sus competidores occidentales le hicieron una campaña de desprestigio diciendo que sus neveras eran “inflamables”. Tuvo que cerrar. Las empresas occidentales querían ampliar mercado, no estaban interesadas en competidores y solo querían filiales en el Este, dice Schulz. El DG Bank de Alemania Occidental compró por 106 millones el Banco Cooperativo de la RDA. Con ello adquirió reclamaciones de deuda por valor de 15.500 millones, que el gobierno de Bonn garantizó. Según el Tribunal, “la compra debería haber tenido en cuanta las ventajas derivadas de la adquisición de esas deudas”. Lo mismo ocurrió con el Berliner Bank, que compro el Berliner Stadtbank del Este por 49 millones, sin contar los 11.500 millones, ahora respaldados por Bonn, que se le debían al banco, y con otras instituciones. Dos tercios de la deuda del Treuhandanstalt, 85 mil millones de euros, aún no había sido reembolsada para 2009, fecha del vigésimo aniversario de la caída del muro. “Si en Occidente hubo unas mil privatizaciones en diez años, aquí hubo ocho mil en cuatro años”, explica Schulz, sugiriendo que la rapidez camufló muchos delitos. En teoría, la “Treuhandanstalt” debía encargarse de mantener la propiedad para el pueblo de la RDA. Viendo los resultados, su cometido no fue en absoluto cumplido.

Citamos de nuevo a Ignacio Sotelo: “La privatización fue un negocio tan bueno que no ha de extrañar que cundiese la corrupción. Te vendo a ti la empresa por este precio y estas condiciones, y ya te diré donde me pagas la comisión. Los muchos procesos de fraude y estafa que han emergido en estos años –seguro la punta del iceberg– confirman la que ha sido experiencia universal: la privatización de los bienes públicos constituye el mayor negocio para los amigos de los gobernantes, pero cuando lo que está en venta es un país entero, la corrupción sobrepasa con mucho los contactos personales.” Qué razón lleva el refranero castellano al decir aquello de “cuando las barbas del vecino -y especialmente en el caso de los bancos, cuyas deudas fueron garantizadas por el gobierno de Bonn- veas pelar…”

¿UNA ALEMANIA UNIDA NUEVA O UN SIMPLE “ANSCHLUSS”?

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Manifestación en Dresde en 1989. La pancarta, con la tricolor común y los símbolos de las dos Alemanias -el águila de la RFA y el escudo de las espigas, el martillo y el compás de la RDA- va acompañada con los versos del “Auferstanden aus ruinen”, el himno oriental: “Y que el sol, hermoso como nunca antes, brille sobre Alemania”.

El término “Anschluss” fue la denominación que se utilizó para calificar la conquista y anexión de Austria al III Reich de Hitler (Austria había sido el país natal del dictador nazi alemán) en 1938. En 1990, pese a que se ha hablado mucho de reunificación -para diferenciarla de la unificación de los estados alemanes de 1871, hecha bajo la batuta de Prusia-, las circunstancias y el desarrollo de los acontecimientos sugieren que el proceso del “Anschluss” volvió a repetirse.

La cultura política de la oposición de la RDA, los que habían encabezado el proceso hasta la apertura del muro, los que se habían enfrentado al régimen a lo largo de 1989 con la consigna “Vir sin die Volk!” (¡Nosotros somos el pueblo!) suponía un problema para el modelo de unificación que se deseaba: una unificación con el menor número posible de mudanzas en la RFA y el mantenimiento de Alemania en el campo de la OTAN y la Comunidad Europea. Al fin y al cabo, el comunismo había caído derrotado, pensaban los analistas occidentales, nada dispuestos a hacer concesiones -ni siquiera en lo económico: Kohl había dicho que no estaba dispuesto “a invertir dinero bueno (sic) en un sistema malo”-. Pero quienes habían derrotado a aquella forma de comunismo lo habían hecho elaborando alternativas socialistas democráticas y de tercera vía, como mínimo asumiendo lo mejor de ambos sistemas, que estaban siendo dejadas de lado de forma consciente y que, ya en aquellos primeros momentos, estaban generando un panorama de emigración, paro y expolio patrimonial en el Este de Alemania. Los ojos de los analistas occidentales estaban ciegos a esa realidad.

Esa cultura política vaticinaba una perspectiva de reunificación compleja entre los dos Estados, que en síntesis se resumía en lo siguiente: en primer lugar, la reunificación tendría que ser un proceso a largo plazo en lugar del que realmente se dio, menos de un año (el muro se abrió el 9 de noviembre de 1989 y las dos Alemanias se unieron el 4 de octubre de 1990). En segundo lugar, se incidía en el carácter democrático y social del nuevo país: una nueva Alemania con una nueva constitución que aboliera la vigente prohibición de huelga política, o la existencia de una policía política -no sólo la célebre Stasi del Este, sino su homónima menos conocida del Oeste, el BfV-. Una Alemania que asumiera la igualdad como valor constitucional central, con determinadas concesiones del capital a un orden más social en la nación y más respetuoso con el medio ambiente a cambio de la reunificación. Y en tercer lugar, una Alemania cuya política exterior no estuviera dirigida por la política de bloques caracterísitica del pasado, menos aún cuando la “perestroika” gorbachoviana y la rápida desintegración del bloque soviético hacía menos necesaria que nunca la presencia de organismos occidentales como la OTAN que se opusieran a los del bloque del Este. Un país no solo sin tropas soviéticas, sino también sin tropas americanas, sin bases extranjeras ni armas nucleares y sin pertenencia a la OTAN, lo que habría acabado definitivamente con esta organización y con la subordinación a EE. UU. por parte europea en materia de política exterior y de defensa.

La respuesta de Kohl y de Washington fue una rotunda negativa a asumir compromisos de esta naturaleza. Nada que no fuera cambiar el modelo socio-económico y político de la RDA por la Ley Fundamental de Bonn y el modelo de la RFA. Nada de terceras vías: anexión de los “länder” del Este por la vía del artículo 23 de la Ley de Bonn. Y, para ello, la paridad y los paisajes floridos fueron una parte de su estrategia. La idea, que caló entre la gente común del Este, de que lo occidental era mejor -“Test the West”, que era el eslogan de una marca de cigarrillos y se acabó convirtiendo en un atractivo publicitario de todo lo que significaba la RFA- se llevó por delante cualquier posibilidad de sintetizar, en un escenario de reunificación a largo plazo, lo mejor del capitalismo y del socialismo para la nueva Alemania unida. Gorbachov, por su parte, acuciado por problemas internos -independentismo en las repúblicas bálticas, crisis económica, auge de las figuras otrora disidentes y hoy dirigentes de asociaciones y partidos legales con presencia en el nuevo Soviet Supremo- no se opuso realmente con muchas ganas a la política de la RFA y de EE.UU., deseoso que acabara bien el asunto alemán para que su popularidad exterior se reflejara en el interior.

No hubo, por tanto, disposición alguna a modificar lo más mínimo las estructuras económicas, sociales y políticas existentes en Alemania Federal, aunque ello implicase forzar a que la antigua RDA encajase en el modelo occidental sin la menor concesión a sus peculiaridades. Se esfumaba el modelo de unificación que durante decenios se había manejado en la Alemania occidental, una refundación con una nueva Constitución, junto con el sueño de la izquierda en ambos Estados que apostaba por esa “tercera vía” de síntesis capitalismo-socialismo, convergente de los dos sistemas. Y, más aún, se daba por zanjada cualquier cuestión acerca de la legitimidad de la Ley Fundamental y la necesidad de que los alemanes, unidos de nuevo en un solo Estado, se otorgasen una nueva Constitución con todas las letras. La Constitución alemana, “de facto”, carece de legitimidad en el sentido más estricto, pero soportar estas deficiencias era imprescindible para garantizar que nada cambiase, aunque la situación era muy diferente a la de posguerra, en la que las tiranteces entre los viejos aliados que vencieron en la SGM, que dieron origen a la “guerra fría”, no eran desde luego tan insalvables como entonces.

Una pequeña anécdota deportiva posiblemente ilustrará como se dejó en el tintero mucho del legado de la República Democrática y la nueva Alemania se levantó como una continuidad de la República Federal. En la temporada 1990/91 se jugó el último campeonato de la liga de fútbol de la RDA, denominada Oberliga (Liga Superior).

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Escudo de la Asociación Alemana de Fútbol de la RDA, la federación de fútbol germano-oriental, y de los clubes que competirán en la temporada 1982/83 en la máxima categoría, la Oberliga.

Sólo dos equipos, el campeón y el subcampeón de la competición de ese año, tendrían derecho a jugar la primera Bundesliga del país unificado. El resto, se distribuiría según su clasificación por el resto de categorías inferiores. Dejar en manos de una sola temporada -como así ocurrió- la suerte de clubes que habían cosechado más éxitos en Europa que muchos de la anterior Bundesliga (Liga Federal) de la RFA, como los campeones y finalistas de la Recopa Magdeburgo, Carl Zeiss Jena y Lokomotive de Leipzig (éste apenas tres años antes) o habituados a poner las cosas difíciles a grandes de Europa, caso del FC Karl Marx Stadt, mientras sobrevivían en la nueva categoría superior equipos de escasa entidad y menor nivel que los anteriores, pero todos ellos del Oeste -Karlsruhe, 1860 Munich, Wolfsburgo, Bochum o Friburgo- es una muestra de que “lo del Oeste es siempre mejor”, aunque la realidad demostrara que este axioma era una falacia. El resultado: sólo un equipo histórico del Este, el Dynamo de Dresde, junto con un pequeño equipo que hasta entonces no había destacado ni siquiera en la RDA, el Hansa Rostock, alcanzaría esa temporada la Bundesliga. Los viejos equipos históricos, incluyendo el mencionado Dynamo, han ido poco a poco hundiéndose como la economía y las expectativas del Este.

Para Estados Unidos, lo más importante de la reunificación alemana era que Alemania siguiera en la OTAN porque de esa forma la influencia norteamericana en Europa quedaba garantizada. Condoleezza Rice, tristemente famosa por su papel como secretaria de Estado del presidente George W.Bush durante la invasión de Irak, y por aquel entonces consejera de la Casa Blanca para el tema alemán, repitió hasta seis veces ese punto en una entrevista con “Der Spiegel” publicada en septiembre de 2009, casi veinte años después de la caída del muro: “Lo que no fuera eso, habría equivalido a una capitulación de América”. La mayoría de los alemanes, del Este y del Oeste, –y esto lo reconoce el propio Kohl en sus memorias– preferían, sin embargo, una Alemania fuera de la OTAN. Las encuestas de febrero de 1990 otorgaban un apoyo del 60% a ese escenario. Las negociaciones, sin embargo, para la unión entre la RFA y la RDA se llevaron a cabo entre las autoridades de ambos países (Kohl por parte occidental y De Maizeirie por parte oriental eran del mismo partido; más aún si cabe: la CDU occidental era la matriz de la CDU del Este, así que entre bomberos, y menos entre el jefe de los bomberos y su segundo, no iban a pisarse la manguera) y las de las antiguas potencias ocupantes de 1945-1949 (Francia, Gran Bretaña, EE.UU. y la URSS). Fueron las famosas reuniones 4+2=1, en las que el pueblo alemán, de uno y otro lado, no fue actor principal, pese a que al menos el de la RDA había protagonizado una revolución política que planteaba -o precisamente por eso era necesario mantener a la ciudadanía al margen- alternativas sociales y políticas muy distintas a las que luego se implantarían en la realidad.

La URSS, los soviéticos, no tenían una política para sacarle partido a su histórica retirada de Europa central y oriental, de la que Alemania era el centro. Desde Moscú se propició una “quiebra  optimista del orden europeo” (Poch-de-Feliu) cuyo resultado fue desaprovechar la oportunidad para crear un nuevo sistema de seguridad, unificado y sin bloques, que fuera de Lisboa a Vladivostok y sustituyera la “guerra fría” por acuerdos bi o multilaterales de amistad y cooperación que sirvieran para garantizar un horizonte de paz. Este horizonte, descrito con una ampulosidad digna de mejores teatros cuando se vio descender la bandera roja del Kremlin y alzarse la antigua tricolor del Imperio Ruso -rescatada por Yeltsin para la Federación Rusa- en diciembre de 1991, o al perderse de vista el muro de Berlín, se tornó en poco tiempo una utopía irrealizable gracias a la labor de aquellos que propiciaron la permanencia de una OTAN que había nacido para combatir al bloque soviético y que, con el desmoronamiento de éste, había perdido su razón de ser, en detrimento del respeto y acatamiento de las normas de Derecho Internacional y las resoluciones de una ONU en la que tenía que haberse abordado una necesaria democratización de sus organismos. La OTAN creó o intervino en nuevos conflictos, sustrayendo funciones que correspondían a Naciones Unidas, para garantizar su existencia y mantener, por decirlo de algún modo, su “negocio”. Primero, y más inmediato, la guerra en Yugoslavia (una Yugoslavia que formaba parte del grupo de países no alineados, lo que explica mucho por qué se promocionó desde fuera, por parte de la nueva Alemania incluida, una desintegración nacional -que, desde luego, también tenía claros factores internos-, frente a proyectos de confederación de estados libres o gobiernos multiétnicos como el de Bosnia que fueron desechados por las potencias occidentales). Luego, las intervenciones sangrientas y de éxito cuestionable de EE.UU. y sus socios en Somalia, el conflicto entre el gobierno serbio y la provincia de Kosovo, Afganistán o Irak.

La unificación de los dos estados alemanes supuso para Kohl y Gorbachov ganar el premio Nobel de la Paz en 1991, pero las repercusiones internas fueron muy distintas para ambos. El canciller federal vio como las encuestas electorales cambiaban a su favor; el líder soviético, sin embargo, no vio reflejada la popularidad que su política exterior -los acuerdos sobre limitación de armas estratégicas, la “doctrina Sinatra” respecto a los países del bloque oriental, la unificación alemana- le otorgaba en clave interna. Muy al contrario, los soviéticos y especialmente en Rusia dejaron de lado al presidente de la URSS y apoyaron a líderes nacionalistas y a nuevas personalidades como Boris Yeltsin, pronto el caballo ganador de Occidente, que representaba la asunción del capitalismo neoliberal en su vertiente más salvaje y mafiosa frente a la postura reformista y socialdemócrata -tal y como lo define Noam Chomsky- aunque errática del primero. Unas políticas que se extendieron por la antigua Europa situada tras el “telón de acero” y cuyos resultados fueron más que cuestionables, al mismo tiempo que una socialdemocracia sin referencias ideológicas y una derecha neoliberal que podía explotar el triunfo del capitalismo comenzaban el desmontaje del “Estado del bienestar” propiciado tras la SGM en el Occidente europeo. Como escribe Poch-de-Feliu, “por un lado las sociedades se liberaron y normalizaron en muchos aspectos, un bien indiscutible, pero el precio fue una hegemonía de las fuerzas conservadoras y una continuidad del orden subordinado posterior a 1945, ahora con una sola potencia. Todo ello dio alas a la “Gran Desigualdad” en los últimos baluartes de la Europa social.”

CONCLUSIONES: ¿EL VERDADERO ROSTRO DE LA RDA?

En una escena de la película “La vida de los otros”, un redactor de “Der Spiegel” visita a los escritores Georg Dreiman y Paul Hauser en la casa del primero en Berlín Este. Propone un brindis con champán francés -“es mejor que el ruso” sentencia al probarlo- porque con su artículo sobre los suicidios en Alemania Oriental “muestren a toda Alemania el verdadero rostro de la RDA”. Apenas un poco antes, Hauser había introducido un borrador del mismo en Berlín Occidental, atravesando ilegalmente la frontera oculto bajo el asiento trasero del Mercedes Benz de su tío, un alemán occidental. Sin embargo, para sorpresa del capitán de la Stasi Gerd Wiesler, el hombre que espía la casa de Dreiman y que ha decidido hacer la vista gorda con el viaje de Hauser y el manuscrito al Oeste (un papel soberbiamente interpretado por el recientemente fallecido Ulrich Muhe, uno de los mejores actores alemanes procedentes de la antigua RDA e interviniente en la decisiva manifestación de la Aexanderplatz de octubre de 1989), Hauser no se queda en Occidente, sino que regresa, de nuevo de tapadillo, a la República Democrática, en un impulso romántico y posiblemente suicida por transformar su país y hacer de él el sitio en el que el socialismo, por más humano, derrote al capitalismo.

¿Cuál fue el verdadero rostro de la RDA? Resulta difícil sustraerse a la imagen más penosa y negativa, la del “Estado carcelario” que levantó el muro de Berlín en 1961 y poseyó una policía política que levantó cientos de miles de expedientes correspondientes a otras tantas investigaciones a sus ciudadanos, convertidos en enemigos del Estado según la definición que podía escucharse en el filme antes mencionado. A ello cabe añadir, en la mente del occidental típico, la idea de una economía ruinosa -más por efecto de la propaganda negativa de las empresas occidentales a lo largo de la transición política de 1989-1990 y la horrible gestión de la “Treuhandanstalt”, como hemos visto, que por lo que era la realidad- o el uso y abuso de elementos de dopaje en el deporte -cosa que, sin embargo, a) no ha impedido que récords obtenidos por la RDA continuaran vigentes, por lo que cabe preguntarse si las autoridades del COI eran cómplices de esto o ese dopaje y su imagen en nuestra retina no impedía que su deporte también consiguiera éxitos con limpieza ; b) no nos debe hacer olvidar que mientras unos tienen la fama, otros cardan la lana y que la RFA consiguió un Mundial de fútbol bajo sospecha, el de 1954 ante una Hungría que en la primera fase les goleó por 7-3 o que en nuestra España que se indigna por las parodias de los guiñoles franceses han desaparecido “misteriosamente” las pruebas de la “operación Puerto” en la que están implicados médicos, administradores de nuestro deporte y atletas otrora de renombre como Marta Domínguez-.

Pero, sin embargo, el panorama creado tras la unificación-anexión en los “länder” que formaban la RDA ha dejado un poso en la gente que vivió la época de la República socialista de reconsiderar aquellos años. Lo negativo, desde luego, no va a dejar de serlo, pero la estrategia de los políticos y empresarios de la República Federal de “vender” que lo del Oeste era mejor ha fracasado de tal forma que los antiguos ciudadanos de la RDA, e incluso los que no la vivieron, naciendo después de 1989, están cuestionándose si el socialismo fue o ha sido realmente un sistema desechable, viendo el sarcasmo en que se han convertido los “paisajes floridos” de Kohl, el elevado desempleo creado tras la asunción de la economía de mercado en el Este o los cuatro millones y medio de emigrantes internos que han pasado del Este al Oeste desde la caída del muro y que superan con creces los tres millones que se produjeron entre la dos Alemanias antes de la construcción del mismo.

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Un símbolo de la “Östalgie”. un cartel conmemorativo de un hipotético 60º aniversario de la RDA (7 de octubre de 2009). Los edificios típicos de Berlín Este van acompañados de la torre de la televisión, inaugurada en los setenta y con la que comenzaron las emisiones en color en Alemania del Este.

La “Östalgie” o nostalgia del Este ha sido un fenómeno cultural que ha rescatado para los antiguos habitantes de la RDA una identidad que había quedado en entredicho por su pertenencia a un nuevo país en el que eran tratados con una mezcla de conmiseración y burla por sus compatriotas del Oeste. Considerados como alemanes de segunda clase, poco competitivos, vagos e ignorantes, los “Össis” han tratado de reafirmarse, en un contexto de crisis, desempleo y ciudades de escaso dinamismo por la emigración, la enorme presencia de jubilados y las factorías cerradas desde hace años en los valores de antaño y en las cosas buenas que la RDA les ofreció durante los años en que fueron ciudadanos de la misma: la seguridad; la camaradería; la protección social y los servicios públicos que, por modestos que fuesen, tenían garantizados por el Estado; la satisfacción por el éxito colectivo frente al individualismo; la vida comunitaria; la igualdad real entre hombres y mujeres; la promoción de la alta cultura y las artes entre los trabajadores o el reparto más equitativo de la riqueza. Incluso, aunque fuera siquiera de forma retórica, los valores transmitidos por el socialismo -igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, paz- resultaban y resultan mucho más atractivos que los valores materiales propios de los sistemas de mercado. No es por ello extraño que en los cinco “länder” que formaban la antigua RDA sea donde más implantación y éxito tenga “Die Linke”, el partido formado por el antiguo PDS-SED, los movimientos alternativos y antiguos líderes socialdemócratas de izquierda como Oskar Lafontaine que abandonaron decepcionados el SPD por su giro derechista.

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Otro símbolo de “Östalgie”: los “hooligans” del Magdeburgo, el único equipo de la ex-RDA campeón continental (venció en la final de la Recopa de 1974 al Milan por 2-0) en su zona de grada con la antigua bandera de la República socialista.

En el fondo, la República Democrática no llegó a ser el “país de obreros y campesinos” que aspiraba a ser porque un partido único y de lista también única no podía alcanzar una representatividad y legitimidad tales que el pueblo trabajador y los ciudadanos de la RDA pudieran confiar en él. El contrato social, como en otras partes del bloque soviético, estaba falto de base y quebrado por la falta de asunción de críticas externas y la limitación con la que se podían realizar críticas internas, aunque estas no faltaran, para el caso de la RDA, en el seno del propio SED a lo largo de los cuarenta años de existencia de la República -un ejemplo lo tenemos en una mujer que ya hemos mencionado aquí en varias ocasiones, Christa Wolf-. Como en otros países del bloque, la forma de calmar las aguas fue la de buscar un acomodo mediante el aumento del nivel de vida y el desarrollo de políticas públicas y servicios al ciudadano inherentes a todo régimen político que representase al pueblo como nunca antes ninguno lo había hecho e iniciar una liberalización social que no conllevase un cuestionamiento del liderazgo del Partido.

A pesar de que han sido silenciadas en la historia y más desde que los acontecimientos de noviembre de 1989 y las elecciones de marzo de 1990 arrinconaron cualquier otra lectura, entre ellas la posibilidad de una RDA soberana durante al menos un tiempo, en Alemania del Este no faltaron las propuestas para abrir el partido a la sociedad y la República a una democracia socialista, a un “socialismo de rostro humano” que conjugara en lo político la representación popular, libre y soberana, con la propiedad colectiva, no estatal y burocrática,  y la toma descentralizada de decisiones en lo económico. Le restó visibilidad a este hecho el que en la RDA no hubo revueltas promovidas o apoyadas desde la élite, como las ocurridas en Hungría en 1956 con el apoyo del Partido Obrero Húngaro liderado por Imre Nagy, o en Checoslovaquia en 1968 alentadas por el primer ministro Aleksandr Dubcek. Las purgas en el seno del Partido Socialista Unificado de Alemania acabaron con la posibilidad de que la RDA constituyera una alternativa de “socialismo de rostro humano” visible como las de Budapest y Praga, pero su desconocimiento global no implica su inexistencia. Los elementos socialistas del partido, primero, y quienes al calor de la desestalinización de Kruschev, después, proponían reformas democráticas no tuvieron oportunidad de formular su alternativa. Cuando por fin, en 1989, los movimientos de oposición lo hicieron, su oportunidad les había llegado demasiado tarde.

A pesar de su fracaso, los movimientos de oposición que en el ochenta y nueve hicieron posible la revolución política en la RDA demostraban que la teoría marxista y los valores del socialismo y la izquierda estaban lo suficientemente arraigados como para proponer una alternativa al socialismo estatal-burocrático y al capitalismo de la RFA. Esa “tercera vía” nos obliga a pensar que, pese a lo que realmente existió, la consideración sobre la RDA obliga a matizar lo suficiente como para considerar los aspectos positivos que se dieron a lo largo de la historia del país. Maria Simon, la actriz que encarna a Arianne en “Good bye Lenin”, la hermana seducida por las promesas y el consumismo del Oeste, declaraba haberse emocionado al ver las imágenes que recreaban el tren de los jóvenes Pioneros: “Me alegra saber que tuvimos todo aquello… ahora rastreo mi infancia y no la encuentro.” Otra actriz, también del Este y también de la misma película, la que encarna el papel de Christianne Kerner, la madre idealista y de convicciones profundamente socialistas, Katrin Saas, afirma que la noche en que cayó el muro estaba horrorizada, sin poder creérselo. Muy probablemente envuelta por los mismos temores que envolvían a Gerd Poppe y a los miembros de Neues Forum: una súbita y nada halagüeña invasión de los productos y forma de vida del Oeste.

Till Lindemann, cantante del grupo Rammstein y en su juventud nadador olímpico de la República Democrática, sentencia que “cuando era adolescente soñaba con tener muchas cosas materiales, autos, ropas, estupideces. Ahora que tengo todo eso, entiendo que las cosas superficiales pueden convertirte en un tipo muy estúpido. En la RDA había muy pocas cosas, pero también había un sentimiento de solidaridad que hoy hecho de menos. Ahora estamos hasta el cuello de consumismo, egoísmo, individualismo. Ahora el consumo se antepone a la amistad.” En un contexto de crisis-estafa como el de hoy, conocedores de la “obsolescencia programada”, deberíamos rescatar a aquellos que representaban lo mejor y más humano de una República Democrática Alemana que pudo existir de otra manera a como ha sido conocida, por lo peor y más abyecto. Los Bertolt Brecht, Christa Wolf, Gerd Poppe, herederos de una tradición que quiso emular y no pudo o no supo hacer el SED: la de revolucionarios alemanes que han quedado en el imaginario colectivo de la izquierda, los Rosa Luxemburgo, Karl Liebneckt, Ernst Thällmann. Los espartaquistas de Berlín de 1918 y los brigadistas alemanes que acudieron a la llamada de la solidaridad antifascista en Madrid en 1936.

Quizá no sea sencillo que sobresalga un legado amable de la RDA, pero un ejemplo sencillo de que conviene rescatarlo lo tenemos en su himno. Lothar de Maizeirie, que debemos recordar era homólogo y correligionario de Helmut Kohl en el Este, quiso rescatar el “Auferstanden aus ruinen” para incorporarlo al himno “Deutschland über alles” y que los dos formasen un canto nacional para la nueva Alemania unida. Kohl lo rechazó, pero este gesto debe hacernos pensar en que no todo fue miseria y decrepitud en aquel Este de Alemania y que, como dice Alex al final de “Good bye Lenin”, pudo existir este país de otra manera.

Levantada de las ruinas

y con la vista puesta en el futuro

déjanos servirte para el bien

Alemania, patria unida.

Hay que superar la antigua miseria

y la superaremos unidos,

pues tenemos que conseguir que el sol

hermoso como nunca antes

brille sobre Alemania,

brille sobre Alemania.

LA REUNIFICACIÓN DESDE UN PECULIAR PUNTO DE VISTA: LA FANTASÍA DE ALEX EN “GOOD BYE LENIN”

 

FUENTES:

“Los derechos humanos en tiempos de crisis”, entrevista con Poch-de-Feliu, autor de “La Gran Transición. Rusia 1985-2002”. Autor desconocido. En Internet bajo licencia Creative Commons.

“Paisajes floridos”, artículo de “La Vanguardia” con motivo del 20º aniversario de la reunificación alemana.

Sotelo, Ignacio, “La transición-anexión de la República Democrática Alemana”, Res-Publica, Revista de Filosofía Política, nº 30 (2013)

Ali, Tariq, “Miedo a los espejos”, Madrid, Alianza Editorial.

Wolf, Christa, “El cielo partido”, Madrid, Círculo de Lectores.

Brussig, Thomas, “La avenida del Sol”, Madrid, Siruela.

“Good bye Lenin” (y extras del DVD), película de Wolfgang Beyer. Barcelona, Cameo Media, 2000.

“La vida de los otros” (Die Liebe fur Anderen), película de Florian Henckel von Donersmarck. Madrid, Warner España, 2010.

Wikipedia en español. Artículos “Christa Wolf”, “Neues Forum”, “República Democrática Alemana”, “Historia de la República Democrática Alemana”, “Nota de Stalin”, “Manifestación de Alexanderplatz”, “Östalgie”.

Documental “Nostálgicos de la RDA” en youtube.com

FE DE ERRORES:

En el mapa de la RDA con los “länder” que la compusieron, la ubicación de Turingia y Sajonia-Anhalt está cambiada entre sí. Donde aparece Turingia, debería por tanto aparecer Sajonia-Anhalt y viceversa.