¡El fútbol es política, estúpidos!

“Dado que la vida de los individuos, clases o grupos sociales tiene lugar en campos sociales considerados no políticos, en la medida en que en ellos impera el fascismo social, la democracia representativa tiende a ser sociológicamente una isla de democracia que flota en medio de un archipiélago de despotismos […] La democracia representativa no sólo vive cómodamente con esta situación, sino que la legitima al volverla invisible.”

Boaventura de Sousa Santos.

A raíz del recientemente llamado “caso Zozulya” -la frustrada cesión del futbolista ucraniano Roman Zozulya por parte del Betis al Rayo Vallecano por la oposición y movilización en contra de buena parte de los aficionados de este último equipo, debido a los vínculos del jugador con la extrema derecha en su país- se ha desatado un revuelo periodístico, institucional -en el seno de la Liga de Fútbol Profesional y la Asociación de Futbolistas españoles e incluso la intervención de la embajada ucraniana en Madrid- y por supuesto en las redes sociales sobre el tema.

Los puntos calientes del asunto han sido varios -y los iré repasando a continuación- pero vuelven a versar sobre una polémica ya antigua, la de la relación entre el deporte -y en este caso, el fútbol, como “deporte rey” a nivel mundial- y la política. No deja de resultar curioso que desde las instituciones, sean nacionales, internacionales o globales (léase la UEFA, la FIFA, el COI… aparte de los diferentes gobiernos) se ha tratado de eludir y de minimizar el contenido del debate tratando de repetir incesantemente el mantra, que ha calado entre sectores de la población, especialmente en democracias liberales o representativas, de que no se deben mezclar ambos temas. Y digo que no deja de ser curioso porque de este modo, paradojas de la vida, lo que se trata es de evitar que en el debate sobre la relación entre la política y el deporte llegue a hablarse sobre cómo desde la política institucional el deporte ha sido utilizado para la consecución de sus objetivos o la legitimación de sí mismos o de sus fines, y de cómo la negociación de puestos, de candidaturas para albergar eventos deportivos, la presencia de grupos de presión, etc. tiene mucho que ver con la política (y por tanto, está expuesta a los mismos males que la política que se desarrolla en los parlamentos de los estados).

Toda decisión que se toma en un ámbito institucional es política. El problema es que, en muchos casos, esas instituciones no son representativas, ni sus procedimientos son transparentes, aún a pesar de afectar de que sus decisiones afectan o pueden llegar a afectar a la vida de miles de personas (tal y como ocurre con la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, la reunión bancaria de Basilea…). De ahí que la intención y la repetición de la consigna de separar la política del deporte se basa en la intención de separar aquellas intenciones, manifestaciones o protestas de índole político-social que puedan afectar al “status quo” de la organización deportiva, sea a nivel regional, nacional o mundial, así como a la posibilidad de articular una alternativa diferente a la forma en que se organiza el deporte en cada una de esas escalas. De ahí la pertinencia de las palabras del inicio de Sousa Santos: en la medida en que en las instituciones deportivas mundiales existe ausencia de fiscalización y control -y lo hemos comprobado recientemente, con los escándalos de corrupción que han salpicado a la FIFA y la UEFA y a sus respectivos presidentes, Joseph Blatter y Michel Platini; la compra de votos para la organización de los próximos campeonatos mundiales de fútbol en Qatar y Rusia; el despilfarro financiero y la represión de las protestas sociales en Brasil como consecuencia de la celebración del pasado mundial de fútbol, al que siguió de forma consecutiva la de las olimpiadas de Río de Janeiro- pero son considerados autónomos, cuando no ajenos, a la política institucional, esto es, la de los parlamentos, se convierten en espacios para la aparición del fascismo social y la legitimación de espacios para acallar voces discordantes e incluso para servir de instrumento de propaganda a regímenes y gobiernos que no dudan en aplastar cualquier intento de disidencia o de protesta.

LA POLÍTICA HACE EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CANCHA

Ya se vivió, en el ámbito del fútbol, en 1978, con el entonces presidente de la FIFA, el brasileño João Havelange -que ganó las elecciones al inglés sir Stanley Rous cuatro años antes, chapado a la antigua y con quien murieron los últimos rastros de amateurismo- y radical transformador del “deporte rey” en un negocio global, con la entrada de los grandes patrocinios (Adidas, Coca-Cola), la celebración de nuevos torneos y nuevos países para la disputa del gran evento, el Mundial, para la obtención de mayores audiencias y mayores ingresos (y al mismo tiempo que el negocio, el lucro personal, el clientelismo y la corrupción -http://www.panenka.org/miradas/el-futbol-de-havelange/-). Havelange no tuvo empacho alguno en pasar por encima de las críticas que sobrevenían por la celebración del campeonato mundial de fútbol de ese año en la Argentina de la dictadura militar -recordemos: 30.000 desaparecidos, miles de bebés robados, torturas, participación en la “operación Condor” conjunta con otras dictaduras del Cono Sur para la desaparición de opositores políticos, “doctrina de choque” económico o fracaso y descrédito final con la guerra de las Malvinas-, bajo la premisa de que “sólo” vendía “un producto llamado fútbol”. Al parecer, por el producto de esa venta -por la que protegió a figuras prominentes de la dictadura argentina, como el jefe del comité organizador del Mundial, el almirante Carlos Lacoste, protegido del teniente y condenado por genocidio Carlos Massera- recibió sobornos en metálico y en especie, como una finca que supuestamente habría sido regalo del jefe de la junta militar Jorge Rafael Videla. Las amistades peligrosas -también fue amigo del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger-y los sobornos no acabarían ahí ya que, según informa el periodista escocés Andrew Jennings, llegó a cobrar cuarenta y cinco millones de dólares en sobornos de la empresa ISL (http://www.clarin.com/deportes/futbol/adios-havelange-inventor-negocio-personal_0_H1Nq5mZc.html). La línea inaugural marcada por Havelange con Argentina , esa diferenciación entre fútbol/deporte y política -para regodeo de autócratas y de gobiernos con graves déficits de respeto a los derechos y libertades públicas- continuó con la celebración de mundiales de fútbol en, por ejemplo, Sudáfrica, que a pesar de ser un régimen democrático convive con numerosas desigualdades, corrupción y falta de respeto por derechos básicos de la población (dos años después de la celebración del Mundial, treinta y cuatro mineros eran ametrallados por la policía en el transcurso de unas protestas en Marikana) y las próximas convocatorias en Rusia y Qatar.

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João Havelange, expresidente de la FIFA.

Mucho antes, en 1934 y 1936, las dictaduras fascistas de Italia y Alemania utilizaron el campeonato mundial de fútbol y los juegos olímpicos de Berlín, respectivamente, para la propaganda de sus respectivos éxitos políticos, como demostración de su cohesión nacional y de la supremacía de sus respectivas “razas” (http://www.rtve.es/television/20160727/noche-tematica-berlin-1936-juegos-nazis/1370660.shtml). Aquí ya se habló en su día del escándalo que supuso la intervención del propio Mussolini ante árbitros o incluso equipos rivales con ánimo de comprarlos o amedrentarlos a través de matones, e incluso a través de la nacionalización exprés de futbolistas argentinos con orígenes italianos para incorporarlos a la “squadra azzura”, con tal de que Italia ganara el Mundial. La prometedora selección española tuvo que sufrir en sus propias carnes -y nunca mejor dicho, pues tras dos partidos, uno de ellos de desempate, el número de bajas españolas “cosidas a patadas” por los futbolistas italianos fue tan númeroso que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, tuvo que alinear casi al completo al equipo de reserva para el segundo partido- el juego brusco y la injusticia arbitral en cuartos, cosa que también ocurrió con la excepcional Austria del Wunderteam en semifinales y con Checoslovaquia en la final (los este-europeos se sintieron tremendamente sorprendidos cuando el árbitro, sueco, hizo el saludo fascista al palco, según se supo con posterioridad a petición de las autoridades italianas). Los jugadores italianos también recibieron presiones y amenazas del Duce para ganar el campeonato, como expresa el argentino nacionalizado Luis Monti, que cuatro años antes había jugado con la selección sudamericana el primer campeonato celebrado en Uruguay (https://es.wikipedia.org/wiki/Copa_Mundial_de_F%C3%BAtbol_de_1934).

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Cartel de la Olimpiada de Berlín 1936.

Lo de la olimpiada hitleriana, más conocido por recientes documentales y la icónica imagen del estadounidense Jesse Owens desafiando las teorías de la supremacía racial aria en la prueba reina de los juegos olímpicos (el atletismo), no deja de tener su tragedia porque los juegos se celebraron con la connivencia de los comités olímpicos internacionales, arrastrados por el comité estadounidense -el más potente por entonces-, para cuyo presidente, Avery Brundage, el boicot propuesto a los “juegos de Hitler” no era más que una “conspiración judeo-comunista”. A los dirigentes nazis no les costó mucho contar a Brundage la milonga de que la Alemania nazi era un país tolerante en el que no se perseguía a los judíos o los opositores políticos y que los juegos serían un ejemplo de eficacia y magnificiencia (como fueron, pero desgraciadamente para mayor gloria del régimen). Sólo España  a raíz del cambio político acontecido en las elecciones de febrero de 1936 -aunque sí había participado en las olimpiadas de invierno, antes de la asunción por el gobierno de izquierda del Frente Popular de sus funciones- y la Unión Soviética decidieron seguir adelante con el boicot, y de hecho, la frustrada Olimpiada Popular de Barelona, patrocinada por el gobierno autónomo de la Generalitat y el de la República española y alternativa antifascista a los juegos berlineses, iba a contar con más atletas participantes que las oficiales. (https://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics#Political_aspects, http://www.nodo50.org/esperanto/artik33es.htm y https://quatrebarresblog.wordpress.com/2016/08/21/las-olimpiadas-populares-de-barcelona-en-1936-contra-el-fascismo/).

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Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en el que se anuncian las competiciones de boxeo y lucha.

Pero este escaso respeto por el espíritu olímpico (un inciso: ¿tiene en cuenta el señor presidente de la Liga de Fútbol Profesional Javier Tebas los ideales olímpicos cuando defiende a un jugador de fútbol que ha hecho apología de grupos paramilitares de extrema derecha en cuyo ideario figura la limpieza étnica de su país, Ucrania, de rusos, polacos o rutenos? ¿tienen en cuenta los mandamases del fútbol español a quién han colocado al frente de la LFP y esos ideales del deporte como vehículo de integración y respeto, cuando Tebas ha declarado su fidelidad a los ideales de un movimiento ultraderechista como Fuerza Nueva -fundado por un antiguo jerarca del franquismo como Blas Piñar y de ominoso recuerdo durante la transición por la violencia política ejercida contra la oposición democrática, como pueden dar fe los supervivientes y amigos de los fallecidos en la matanza de Atocha- y ha afirmado que en España hace falta alguien como el exlíder del FN francés, Jean Marie Le Pen) que se vio con la connivencia con Hitler se fue repitiendo después en el mismo seno del COI con la elección de Juan Antonio Samaranch Torelló como presidente del mismo.

Samaranch, de filiación falangista, estrecho amigo del ministro de Exteriores del primer franquismo y conocido germanófilo Ramón Serrano Súñer (a quien los recientes libro y serie televisiva “Lo que escondían sus ojos” ha tratado de blanquear, obviando sus crímenes y presentándolo apenas como uno de los protagonistas de una desventurada historia de amor adúltero en una época de estrictos convencionalismos), hizo carrera en un régimen sobre el que siempre ha mantenido un discurso ambiguo, semejante al del anterior rey español Juan Carlos de Borbón. De su ascensión por los peldaños de la administración franquista de Barcelona y luego como embajador en la URSS se sirvió para negocios privados del estilo de los de Havelange y para alcanzar -paradójicamente, con apoyo soviético- la presidencia de la organización olímpica mundial. Tras su retirada de la organización y su acceso a la presidencia de honor del organismo y la entrega por el rey del título nobiliario de marqués de Samaranch (ambos promovidos por políticos catalanes, en agradecimiento por la celebración de los juegos de 1992 en la Ciudad Condal), se han ido conociendo los escándalos sucesivos -en la zona franca barcelonesa, en La Caixa, en Inmobiliaria Colonial, la connivencia con Javier de la Rosa- en los que Samaranch y su entorno familiar han estado implicados. (http://www.publico.es/actualidad/pasado-franquista-persigue-juan-antonio.html y http://www.nodo50.org/forumperlamemoria/?El-fascista-Juan-Antonio-Samaranch). Samaranch, sin embargo, pudo morir tranquilo: ni fue investigado por sus corruptelas ni la presidencia de honor del COI le fue quitada (tampoco promovida por las autoridades democráticas, ni españolas ni del olimpismo internacional) en aras de su pasada y fructífera colaboración con el fascio, de la que no se retractó.

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Samaranch en una jura oficial. En segundo plano podemos ver a Francisco Franco y al almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno del régimen dictatorial.

Pero no pensemos que el deporte es usado sólo por regímenes dictatoriales y por personajes de siniestro pasado (aunque, como hemos visto, con la necesaria colaboración de los regímenes democráticos) para sus fines. También las democracias liberales han empleado los éxitos deportivos, individuales o colectivos, para hacer propaganda de unos determinados valores, elevar la moral patria o incluso desviar la atención. Durante la “guerra fría”, los enfrentamientos en los Juegos Olímpicos entre las selecciones de baloncesto de los Estados Unidos y la Unión Soviética significaban, en caso de victoria, un espaldarazo para sus respectivos sistemas políticos y  económicos y una oportunidad para la propaganda y la exaltación patriótica, así como lo fue el “milagro sobre hielo” de la selección estadounidense de hockey sobre hielo al vencer a la URSS en Nueva York y colgarse después la medalla de oro en los juegos de invierno de 1980, en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atravesaban un mal momento por la intervención soviética en Afganistán (https://es.wikipedia.org/wiki/Milagro_sobre_hielo).

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La selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998.

Los triunfos futbolísticos de Francia en el Mundial de 1998 y de España en el de 2010 sirvieron, asimismo, para potenciar una conciencia colectiva que, en el caso francés, pasaba por la renovación de la identidad nacional, acogiendo en ella a nuevos ciudadanos con independencia de la procedencia o el origen familiar (muchos jugadores de aquella selección, como Desailly, Karembeu, Thuram, Djorkaeff o Zidane eran hijos de emigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas o de otros países), en un momento de ascenso del ultraderechista Frente Nacional y de conflictos en los “arrondisements” parisinos, donde se concentra buena parte de la población inmigrante pobre. En el de España, el campeonato ganado en Sudáfrica valió para ser sacado a relucir por parte de las autoridades como ejemplo de superación y de esfuerzo colectivo, en un momento delicado por la crisis económica e institucional, y para aunar la identidad española frente a los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, ante la polémica independentista. Incluso llegó a usarse al equipo como imagen de la llamada “marca España”, la internacionalización de las firmas comerciales y empresas españolas en el extranjero. Sin embargo, ese estudiado idilio no duró mucho: apenas un año después de aquel campeonato, en mayo de 2011 surgía el “movimiento 15-M”, y aquellos jóvenes que habían festejado el triunfo de la selección salían ahora a criticar a las instituciones y a los políticos que habían manejado el mismo en su propio beneficio. En otro campeonato muy anterior, el de Suiza 1954, la inesperada victoria en la final de la República Federal de Alemania frente a la favorita Hungría -que había derrotado a los germano-occidentales por 8-3 en la primera fase- sirvió para que la RFA, destrozada económicamente y con el trauma aún de ser señalada con el dedo por las atrocidades del nazismo, pudiera recomponer su orgullo nacional. “Este milagro, el futbolístico, supuso el pistoletazo de salida para el gran milagro alemán, el económico, que levantó a un país destruido y en ruinas hasta convertirlo en la primera potencia económica de Europa, además de incrementar el espíritu nacionalista y la autoestima en ese país” (Juanvi Savifont, “Fútbol es cultura: El milagro de Berna” 01/10/2013, en https://www.elfutbolesinjusto.com/hemeroteca/el-futbol-es-cultura-el-milagro-de-berna/).

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Fritz Walter (izquierda) y Ferenc Puskas, capitanes de la RFA y Hungría en el saludo protocolario antes del inicio de la final del Mundial de Suiza 1954.

Un milagro económico impulsado un año antes con la condonación por parte de los aliados occidentales de las deudas de guerra de la RFA, en aras de que la parte occidental del país no se viera superada económicamente por la socialista República Democrática Alemana (“Entretanto, del otro lado de la “cortina de hierro”, la República Soviética (URSS), pese al terror de Stalin, o precisamente por su causa, revelaba una pujanza industrial portentosa que transformó en pocas décadas una de las regiones más atrasadas de Europa en una potencia industrial que rivalizaba con el capitalismo occidental y, muy especialmente, con Estados Unidos, el país que emergió de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso del mundo. Esta rivalidad se tradujo en la Guerra Fría, que dominó la política internacional en las siguientes décadas. Fue ella la que determinó el perdón, en 1953, de buena parte de la inmensa deuda de Alemania occidental contraída en las dos guerras que infligió a Europa y que perdió. Era necesario conceder al capitalismo alemán occidental condiciones para rivalizar con el desarrollo de Alemania Oriental, por entonces la república soviética (sic) más desarrollada”. Boaventura de Sousa Santos, “El problema del pasado es no pasar: a cien años de la Revolución rusa”, 03/02/2017, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2017/02/03/el-problema-del-pasado-es-no-pasar-a-cien-anos-de-la-revolucion-rusa/).

Como hemos visto, el deporte y la política han sido compañeros a lo largo de los años en muchas ocasiones. El problema surge cuando el deporte se convierte en la puerta de entrada de otros actores y otras reivindicaciones políticas distintas a las oficiales o institucionales, y de cómo las autoridades manejan entonces el asunto.

EL “CASO ZOZULYA”: UNA RESPUESTA HABITUAL… Y MATICES NUEVOS

El caso de Roman Zozulya ha avivado esa llama en pro de la separación (imposible) entre el fútbol y la política. En el mercado invernal de fichajes de este año, este futbolista ucraniano, internacional con su selección, iba a ser cedido hasta final de temporada del Betis al Rayo Vallecano, militando actualmente en Segunda División y con ciertas dificultades (zona baja de la tabla clasificatoria). Ante la noticia, peñas y grupos de aficionados descubren que Zozulya está relacionado con los medios ultraderechistas de su país y los grupos paramilitares que, en el conflicto que está teniendo lugar en el este del país (región del Donbass, las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk), luchan en apoyo del ejército ucraniano frente a las milicias prorrusas, quienes cuentan con apoyo del gobierno de Moscú. Y todo esto por la propia actividad del jugador en las redes sociales.

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Mensaje de la afición del Rayo Vallecano en protesta por la incorporación de Roman Zozulya a la disciplina del club franjirrojo.

Entre estos grupos armados de ultraderecha se encuentran organizaciones como el batallón Azov (entre los que figuran los ultras de su antiguo club, los Dnepr White Boys del Dnipro, con cuyo emblema ha aparecido posando en fotografías en las redes sociales) o el Pravy Sektor. Los llamamientos de estos grupos no se han limitado a pedir ayuda y estimular el combate contra las fuerzas prorrusas y acabar con la insurrección (cosa que también desea el presidente ucraniano y magnate chocolatero Petro Poroshenko, aunque a través de un acuerdo entre las partes, formando parte del llamado “partido de la paz” frente a sus socios de gobierno como Arsenyi Yatsenihuk o el ultraderechista partido Svoboda, que forman parte del “partido de la guerra” -http://www.lamarea.com/2015/04/04/ucrania-tregua-por-agotamiento-economico/-). Podemos decir sin temor a equivocarnos que el ideario de estos grupos pasan por la eliminación física de todos aquellos que no sean “ucranianos étnicamente puros” -rusos, polacos, judíos, rutenos-, como demuestra su admiración por los ultranacionalistas -aliados de la Alemania nazi y culpables de delitos de lesa humanidad durante la SGM, como el asesinato de miles de polacos, judíos y comunistas- Stepan Bandera (nombrado héroe nacional por el gobierno de Victor Yushenko en 2010, lo que levantó ampollas entre países vecinos como Polonia y Eslovaquia, y que apareció rehabilitado en pancartas y carteles por Kiev durante las protestas del Maidán que hicieron caer al gobierno de Yanukovich en 2014) y su Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). La masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa, en la que murieron asesinadas 42 personas, o el prender fuego vivo a un partidario de los prorrusos demuestra que su modo de actuación no pasa en absoluto por respetar las convenciones de Ginebra. La presencia de estos grupos de ultraderecha, aunque minoritaria, resulta importante para el gobierno y el ejército de Kiev, por cuanto les dejan hacer, forman una minoría poderosa por estar armados o han sido formados en el seno de grupos políticos que no se declaran de ultraderecha (entrevista al periodista francés Paul Moreira, http://www.lamarea.com/2016/02/13/la-revolucion-de-ucrania-ha-engendrado-un-monstruo-que-va-a-ponerse-en-su-contra/)

La actividad de Roman Zozulya respecto a su apoyo a grupos de extrema derecha en Ucrania ha sido notoria, y ha sido la base para que una amplia mayoría de seguidores franjirrojos (contrariamente a lo difundido por la mayoría de medios de comunicación, al menos en un principio, no ha sido una acción “de acoso” realizada por Bukaneros, los ultras del club del sureste de la capital, sino que la oposición al fichaje ha procedido de amplios sectores de la afición franjirroja y también de otros ámbitos sociales del barrio) se oponga a la incorporación del jugador a la disciplina del equipo. No sólo es que haya aparecido con la mencionada insignia de los ultras del Dnipro o que se haya creado confusión a su llegada a España entre una camiseta que llevaba puesta con el  escudo nacional de Ucrania y que un periodista creyó era el logo del Pravy Sektor. Zozulya ha aparecido en fotos en las que bromeaba con su parecido físico con Stepan Bandera, el ya mentado líder ultraderechista y filonazi ucraniano -¿se imaginan cómo actuarían aquellos que claman por la inocencia y el respeto al jugador si un futbolista, pongamos para más inri vasco, bromeara sobre su parecido físico con Josu Ternera o Santi Potros?-. La fundación Narodna Armiya (Ejército Popular), que crea para recaudar fondos en ayuda a los grupos que combaten a las milicias prorrusas, ha colaborado con los ultras del Dnipro en el reclutamiento de voluntarios para el batallón Azov, y él mismo se ha involucrado en esa tarea apareciendo en videos de apoyo para este grupo, uno de ellos, animando a participar en una manifestación convocada por este grupo contra la “capitulación”. (http://m.ara.cat/opinio/Roman-Zozulya-Vallecas-no-es-lloc-per-a-nazis_0_1734426761.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-ucraniano-Vallecas-Rayo_0_1912608725.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-hace-video-canal_0_1916808328.html y http://.publico.es/sociedad/1987544/no-habra-nazis-en-el-rayo-vallecano).

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Roman Zozulya en el video del Batallón Azov, apoyando la manifestación contra la “claudicación” convocada por este grupo paramilitar.

Desde que se conoció el boicot de la afición rayista a la llegada de Zozulya a Vallecas, un sinfín de reacciones contrarias a la postura de los aficionados (que han llegado a ser tachados de analfabetos y “subnormales” por algún comentarista deportivo, como José Joaquín Brotons) y de solidaridad con el jugador comenzaron a surgir, además de la consabida consigna de “no hay que mezclar fútbol y política”. El presidente de la LFP, el mismo ultraderechista que trata de ilustrar a los ciudadanos de España para justificar su apoyo y adhesión a los ideales de Fuerza Nueva diciendo que “la gente no sabe lo que es Fuerza Nueva” (pásmense: ahora no sabemos quiénes fueron los asesinos de Atocha o de Yolanda González) anuncia una querella contra varios miembros de Bukaneros que el día de la llegada de Zozulya para firmar su incorporación al equipo insultaron e increparon al jugador (en cambio, la misma LFP nunca ha presentado querella alguna contra grupos como el Frente Atlético por el asesinato de dos hinchas, uno de la Real Sociedad y otro del Deportivo de la Coruña, cosa más grave que un insulto).

Se ha hablado de manipulación de las pruebas para emitir un juicio sobre la filiación ultraderechista del jugador, cosa absurda por cuanto no es una sino varias las fotos, además de un video, y por si fuera poco todos hemos podido comprobar por las cámaras de TV como el muchacho tenía las pocas luces de recibir obsequios de y dejarse fotografiar con los ultras de extrema derecha del Betis, a su vuelta a Sevilla, “con la que está cayendo”, que dirían nuestras abuelas (http://sareantifaxista.blogspot.com.es/2017/02/ultras-neonazis-recibieron-con.html?m=1).

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Roman Zozulya, a su llegada a Sevilla tras su frustrada cesión al Rayo Vallecano, fue recibido por los ultras de extrema derecha del club verdiblanco, Supporters Gol Sur, con quienes se fotografió y de quienes recibió una camiseta del grupo.

Se ha hablado (El País y una página web irónicamente llamada Stopfake) de que “la propaganda rusa” ha manipulado convenientemente las pruebas para frustrar el fichaje de un jugador ucraniano con una clara actitud patriótica -al parecer, el único delito del muchacho sería el de amar mucho a su país y donar dinero para sus fuerzas armadas y para los niños afectados por el conflicto, tratando de convertirlo en una suerte de filántropo maltratado por la desinformación del Kremlin- por un equipo dominado por la extrema izquierda y el rojerío más rancio y criptocomunista. ¡Cómo si los servicios de inteligencia o las agencias de prensa o quién quiera que sea de Rusia no tuvieran otra cosa que hacer que meterse en el mercado de fichajes del fútbol de España! Y justo ahora, no cuando el jugador se incorporó a la disciplina del Betis.

Se ha hablado de que no entendemos la situación de Ucrania y por lo tanto cualquier opinión emitida al respecto estará contaminada por juicios de valor que no pueden aplicarse al contexto político y al enfrentamiento bélico que está teniendo lugar en el este del país. Por supuesto, ni Ucrania ni el Donbass ni Rusia son en este sentido un dechado de virtudes, ni creo que puedan alzarse como antiguas luchas del pasado que levantaron pasiones y solidaridad internacionales (la República Española -aunque algunos militantes españoles hayan acudido al Donbass tratando de rescatar la bandera del internacionalismo antifascista de las Brigadas Internacionales-, el Congo de Lumumba, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista). Pero aun con esta compleja realidad y la adhesión que pueda despertar en Occidente la causa de Ucrania, sea por amistad hacia Kiev, enemistad hacia Moscú o el mantenimiento de las fronteras e integridad de los estados (y depende, pues ya hemos visto que sí se ha reconocido la independencia unilateral de Kosovo), no es de recibo que desde los aliados europeos se haga la vista gorda sobre esa ultraderecha en la que se apoyan los amigos de Kiev (¿acaso está aislada Ucrania, sin aliados externos como la Unión Europea?, ¿sus amigos de las democracias occidentales de la OTAN no pueden -es un suponer- intervenir en su favor y ha de depender de fascistas y neonazis? Aquí nos encontramos con dos contradicciones, como revela el periodista Paul Moreira: la primera es que tras la revolución del Maidan el gobierno salido de la misma, que se suponía democrático -al menos más que Yanukovich-, pro-europeo y pro-occidental, no da en la realidad esa impresión, sino que convive con la ultraderecha en su gabinete y en influyentes círculos sociales y militares; y dos, a la UE y la OTAN no les importa en absoluto, mantiene su alianza con Ucrania escurriendo el bulto, sin exigir cuentas a Kiev y achacando cualquier información sobre el asunto a intoxicaciones moscovitas). Ni que como ciudadanos tengamos que tolerar lo que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos, cuando se trata de injusticias, y relativizar el fascismo -que debemos recordar, en España y en Europa fue el causante de una guerra con centenares de miles y millones de muertos respectivamente, además de una política de genocidio y un intolerable ideario de razas superiores e inferiores y de expansión territorial- cuando quien se sirve de él es un país amigo. Además, puede que hoy sea Rusia o los prorrusos los que se vean derrotados, cosa que celebraremos, pero mañana pueden ser otros grupos étnicos y otros países (http://cronicashungaras.blogspot.com.es/2010/01/asi-se-hacen-los-heroes-sobre.html?m=1) y quizá nos arrepintamos de ese apoyo y de esa compunción por gente como Roman Zozulya.

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Ante la polémica y la identificación de la protesta con el sector más radical de la afición franjirroja, el grupo Bukaneros, peñas del Rayo y colectivos sociales de los distritos de Puente y Villa de Vallecas se vieron obligados a difundir un segundo comunicado para aclarar que el rechazo a Zozulya era mucho más amplio de lo que se había difundido en los medios.

Otros argumentos -que si no han circulado por los medios, sí lo han hecho por las redes sociales- han sido más disparatados aún, y han consistido en la presentación de Zozulya y de la causa de los ultraderechistas ucranianos en una suerte de combate entre fascistas y comunistas ante el que la mejor muestra sería la de permanecer neutral. De ese modo, no hay motivo para darle la razón a Bukaneros (nuevamente, se entra en el juego de reducir y minusvalorar la protesta de la afición rayista circunscribiéndola de forma falsa a la de este grupo) si, como ya sabemos, “fascismo y comunismo son igual de repugnantes”, etc. Partiendo de la base de que Rusia y los prorrusos del Donbass no son comunistas (aunque busquen una conexión con algunos aspectos de la época de la URSS en aras de conectar con un pasado tenido por glorioso y con formas de vida y de sociedad que juzgan oportunas de recobrar), poner al mismo rasero fascismo y comunismo no es de recibo. Ya me ocupé de ello en un artículo en este mismo blog (ver artículo “De dictaduras”), en el que trataba de señalar cuán diferentes eran los aspectos teóricos en los que se apoyaban los regímenes fascistas y de “socialismo real”, aunque no fueran tan diferentes en sus aspectos prácticos, así como en la evolución que mostraron muchos comunistas del Este de Europa en favor del socialismo democrático (por no referir la evolución de los comunistas de Occidente hacia el eurocomunismo), mientras que encontrar no ya una persona que lo defendiera, sino el concepto mismo de “fascismo democrático” es poco menos que una contradicción. El pensador católico progresista francés Emmanuel Mounier -que se puede considerar antecesor del espíritu que alumbró la Teología de la Liberación en la segunda mitad del siglo XX- afirmaba a este respecto que “el universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas” (http://m.deia.com/2016/05/31/opinion/tribuna-abierta/eskerrik-asko-emmanuel-mounier). Según señala José Manuel Bujanda en ese artículo, “Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente […] comprometido con lo social y abierto a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente…” Esa capacidad para discernir entre fascismo y comunismo es la que al parecer está hoy ausente entre nuestros opinadores. Y recordemos que Mounier vivía en la época de las purgas de Stalin y del pacto Molotov-Ribentropp, así que no era ignorante respecto de los horrores de que eran capaces quienes decían actuar en nombre del comunismo y la revolución.

Sorprenden los déficit de nuestra democracia -la española y la occidental en general- al ver que sea capaz de mostrar una sorprendente contundencia y rapidez de actuación ante la amenaza del terrorismo yihadista, pero observe tanta permisividad en el caso del fascismo (salvo en el caso de Alemania, por el trauma que le supuso ser el país donde surgió la doctrina nazi, y aún así existen casos en el propio país germano de pasada impunidad con criminales nazis, en la época de la pequeña República Federal, cuando estos formaron parte de la administración, el ejército o los servicios de inteligencia del país).
Así, a raíz de lo ocurrido con Zozulya, debemos recordar que en España nadie se ha preguntado por la seguridad de la familia y la posibilidad de que sean insultados o vejados los familiares de un detenido por pertenecer a células terroristas, intentar captar adeptos para el ISIS, por enaltecimiento del terrorismo o humillación a las víctimas, ni tampoco hayan surgido voces que clamen por proteger el derecho al trabajo de los detenidos o encausados por este motivo (y todos recordamos casos de humillación a las víctimas que han sido de lo más estrambóticos, por decirlo suavemente, como el hecho de que una joven tuitera pueda pasar por la cárcel y padecer años de inhabilitación por contar unos chistes que se vienen haciendo “desde el año de Maricastaña” sobre la muerte en atentado del presidente del gobierno de la dictadura franquista, Luis Carrero Blanco, y pese a que la propia hija del fallecido ha quitado hierro al asunto). Sin embargo, en el caso de Roman Zozulya, todo han sido consideraciones por parte de la Liga de Fútbol Profesional, la Asociación de Futbolistas Españoles, los medios de comunicación de mayor difusión y hasta la política, con el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido saliendo a la palestra para defender al jugador frente a lo que todos ellos han calificado como una “campaña de acoso” (cuando lo más cercano a un acoso ha sido un grupo de hinchas llamándole “fascista” e “hijo de puta” con firmeza pero sin actitud violenta y una pancarta en la Ciudad Deportiva del Rayo el día en que acudía para firmar su contrato; hay árbitros de categorías inferiores que podrían hablar de lo que es acoso, sentir miedo de verdad o una agresión en toda regla sin que el mundo del fútbol y del periodismo deportivo les haya prestado ni la décima parte de atención que la prestada al “caso Zozulya”- ejemplo: https://.eldiario.es/norte/euskadi/Quiero-arbitra-dejan_0_607890148.amp.html). Incluso la alcaldesa de Madrid, la otrora progresista Manuela Carmena, ha llegado a declarar que la protesta sólo es de un grupo y no del conjunto de los aficionados (… y dale la burra al trigo), mostrando como tantos otros su desconocimiento absoluto sobre el tema, y que son los tribunales y no “la masa” o una minoría la que ha de decidir sobre el comportamiento del futbolista. Sorprende que se refiera hoy de ese modo despectivo a “la masa”, pues fue ese impulso de “la masa” madrileña la que le dio el bastón de mando del ayuntamiento. Sus propios compañeros de Ganemos Madrid en el equipo de gobierno se han encargado de recordarle la incoherencia de sus palabras con respecto al “caso Zozulya”, pues pocos días antes el ayuntamiento se negó a personarse en la querella argentina contra el franquismo, al contrario de lo que han hecho Barcelona, Zaragoza o Pamplona: “Para nuestra querida alcaldesa los crímenes contra el franquismo no deben resolverse en los tribunales, el nazismo, sí” (http://www.eldiario.es/madrid/Carmena-alguien-condenar-Zozulya-tribunales_0_612789035.html).

Ni que decir tiene que también lo han hecho sus compañeros del Betis, con mensajes a través de los micrófonos y en camisetas que rezaban “todos somos Zozulya”. Ninguno de ellos tuvo la genial idea, como explica Carlos Hernández en eldiario.es (http://www.eldiario.es/zonacritica/futbol-apolitico-neonazis-machistas_6_610398971.html), de mostrar su solidaridad con la novia de su compañero Rubén Castro, agredida por este, ni condenar los gritos de sus ultras de extrema derecha del equipo, los Supporters Gol Sur, que aplaudieron la agresión machista y llamaron puta a la mujer. Tampoco hubo querella criminal de Tebas contra el grupo, se ve que por la poca consideración que el presidente de la Liga tiene hacia el cuerpo femenino (sus lamentables declaraciones recogidas por “Sport” haciendo gala de su fe ultraderechista en las que se pronuncia contra el aborto y la voluntad de la madre así lo demuestran). El periodista ponía además el dedo en la llaga sobre la hipocresía que supone afirmar cuándo el fútbol ha de ser política y cuándo no según la conveniencia de las propias autoridades e instituciones, cuya presencia en los palcos de los estadios y el conflicto de intereses entre éstas y los empresarios que son propietarios de los clubes (escándalo del ático de Marbella de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y la implicación en él de Enrique Cerezo, presidente del Atlético; contratos de obra pública y constructores como Florentino Pérez, dueño de ACS y presidente del Real Madrid CF…): “Cualquier futbolista, faltaría más, puede pensar lo que le venga en gana; otra cosa bien diferente es que utilice la fama que le ha brindado este deporte para difundir ideales contrarios a la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Si el fútbol sólo fuera fútbol, como dicen los que defienden a Zozulya, no tendría sentido la prohibición de exhibir en los estadios símbolos fascistas; si sólo es un deporte, ¿por qué se ha adoptado en todas las competiciones el lema “Respeto, no al racismo”?; si hay que alejar este espectáculo de la política, ¿por qué se recurre a subvenciones municipales para salvar equipos en ruina, a “papá Estado” para crear espacios de privilegio fiscal y a La Roja como referencia de la Marca España?”

Así, nos encontramos con una situación en la que recaudar fondos para material para batallones fascistas, fotografiarse junto a miembros de los mismos y grabar vídeos para captar adeptos para los mismos, hacerse unas risas junto a retratos de líderes colaboracionistas del III Reich sale no ya gratis, sino que despierta una ola de solidaridad si alguien osa decir que eres precisamente lo que pareces, un fascista que hace apología del propio fascismo. Cosa bien distinta, por un incomprensible arte de birlibirloque, que fotografiarse y grabarse en un video haciendo campaña para reclutar voluntarios para la yihad o recoger firmas para pedir el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco y Navarra -que si bien no es delito, si puede hacer que te caiga la del pulpo en los medios de comunicación de la derecha, como le pasó a un ex rayista precisamente, Mikel Labaka, aunque pidiera exactamente lo mismo que la viuda de un concejal asesinado por ETA-. Y al parecer también es distinto, sea social y/o penalmente, que tuitear un chiste de Carrero Blanco de los que contaban nuestros padres en la barra de un bar -parecidos a uno que se escucha sobre Honecker en una película galardonada con el Oscar sobre el espionaje de la RDA a los ciudadanos considerados desleales-, manifestarse contra los despidos masivos de la factoría de Airbus en Getafe o ir a combatir al Estado Islámico junto a las milicias kurdas en el noreste de Siria. Es necesario acabar con esa situación y recobrar el espíritu antifascista de la democracia, librandonos de ese lastre que es la equidistancia entre fascistas y antifascistas y el funambulismo verbal con el que nuestros políticos y medios juegan para criminalizar toda la protesta contra la extrema derecha y lo que se salga del juego político, que además (y en España lo comprobamos continuamente) acaba por beneficiar a las fuerzas ultraderechistas (sobre la naturaleza antifascista de la democracia, léase “Democracia y antifascismo” del profesor Andrea Greppi, en Rafael Escudero y José Antonio Martín Pallin(eds.), “Derecho y memoria histórica”, Madrid, Trotta, 2008).

FÚTBOL Y ANTIFASCISMO: UNA ALIANZA NECESARIA

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“Solidaridad con los aficionados antifascistas de Europa del Este”. “Tifo” realizado por los Schikeria del Bayern Múnich.

Esta actitud de connivencia con el fascismo (y que ha servido para que partidos de ultraderecha ganasen espacio en toda Europa mediante un discurso basado en la explotación del miedo al extranjero y al diferente, hacer recaer en ellos el mito falso de la culpabilidad de la crisis y en que son los mayores receptores sin merecerlo de las ayudas sociales y servicios del Estado de Bienestar -causando el consabido recorte de las prestaciones- y en la limitación o directamente supresión de la democracia para corregir el desorden actual) recuerda la actitud imprudente de contemporización que mantuvieron las democracias occidentales en la etapa de entreguerras. Con motivo de la Eurocopa de Francia del pasado año, fueron varios los grupos de hinchas -tanto de selecciones como de clubes- que denunciaron en un comunicado la actitud cómplice de los clubes con los grupos ultras neonazis, y todo ello en medio de la polémica sobre expulsiones de selecciones y de medidas contundentes contra los seguidores que entonces causaron diversos altercados en varias ciudades del país. Según denuncian, a los clubes de les da muy bien ocultar a la UEFA (o a la asociación europea del fútbol muy mal detectar) la actitud connivente con los aficionados de extrema derecha en la competición doméstica, frente a las sanciones que van en perjuicio de todos los aficionados del club y la posibilidad de denunciar las actitudes y la violencia racista que pueda producirse en el estadio por parte del resto de aficionados. Así, denuncian que ha pasado lo siguiente:

“En particular los clubes “sospechosos habituales”, razón por la que en principio se endurecieron las reglas, han reaccionado de tres maneras principalmente:

  1. Culpar al mensajero (el vigilante de antirracismo que denuncia el incidente o los grupos de aficionados dentro del estadio activos contra el racismo) o a UEFA, conduciendo cazas de brujas públicas contra ellos mientras siguen sin reconocer el problema real. Empoderando a los racistas que causan el incidente que se unen encantados a la cacería.
  2. Muchos han intentado llegar a acuerdos secretos con los aficionados (racistas) para que “se estén quietos” en partidos europeos a cambio de incrementar sus privilegios en la competición liguera. Empoderando a los racistas que se aproximan al club mientras el resto de aficionados son marginados cada vez más.
  3. El club reubica a los aficionados en otras partes del estadio y prepara algunas actividades contra el racismo de cara a la galería vendiéndolas en público como iniciativa de los aficionados. Los racistas siguen dentro del estadio realizando actos racistas, solo que en un lugar diferente, mientras que los aficionados no racistas o antirracistas no se sienten seguros ni empoderados para iniciar sus propias actividades.

Y afirman que “creemos que la responsabilidad social del fútbol en esta importante área y la más importante aun de las entidades que gobiernan nuestro deporte, deberían ir más allá de proveer imágenes artificialmente aceptables o superficiales para la televisión o el público en general sino que deberían hacer una aportación sostenible para erradicar el problema de la discriminación en nuestro deporte directamente a nivel de los clubes” (http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4311/). El comunicado está firmado por más de cien entidades europeas de hinchas antirracistas, anithomófobos -muchos de ellos son grupos de aficionados LGTB- y contra otras formas de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual… agrupadas en la iniciativa Football Supporters Europe (el listado puede verse en el enlace).

Por este motivo, el caso de Zozulya nos recuerda que las protestas no sólo antifascistas y antirracistas sino las reivindicaciones sociales están presentes en las gradas -también lo han estado en el terreno de juego- en muchos puntos de Europa y del mundo. Es un espacio que, a pesar de que -como nos recordaba el profesor Santos al comienzo- quiera hacerse pasar como “no político”, el choque entre la popularización y democratización alcanzada por el fútbol desde el primer tercio del siglo XX y su mediatización por sectores no sólo de la política institucional para sus intereses, sino también por sectores poderosos económica y socialmente (la entrada de millonarios globales, fondos de inversión, etc. en la propiedad de equipos convertidos en empresas) para fines de lucro o especulativos, ajenos a los valores de identidad y de comunidad que se suelen asociar a un club (y al barrio, pueblo o ciudad en que se inscribe el mismo) ha causado este tipo de protestas y el surgimiento del mensaje “No hay que mezclar el fútbol -y por extensión el deporte- con la política”. En un contexto como el actual, en el que las voces contra los refugiados, el Islam, los homosexuales, los migrantes se hacen oír cada vez con más fuerza al calor de la “guerra eterna contra el terror” y la crisis del capitalismo, haciendo responsable al pobre de fuera y no al rico global de la misma, el antifascismo tiene que ganar espacio, en las instituciones y en la sociedad. Y el fútbol tiene que participar de esa conquista de espacio.

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Homenaje realizado por los aficionados del FC Red Star a su antiguo jugador Rino Della Negra, miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi.

Esa intención de encerrar el deporte en una burbuja aséptica es en cierto modo reciente. La historia está llena de casos de equipos, de jugadores y de aficiones que se han identificado con el antifascismo, la democracia o la lucha popular contra las injusticias y la tiranía. Si en otros ámbitos deportivos ha pasado a la historia el caso del boxeador Mohammed Alí negándose a combatir en Vietnam y siendo un referente de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, la protesta llevada a cabo por los atletas estadounidenses Tommi Smith y John Carlos en los juegos de México 1968 con el puño cerrado con un guante negro (símbolo del poder negro) en el podio o el eco que supuso la huida de la gimnasta Nadia Comaneci de Rumanía en los últimos estertores de la dictadura de Ceaucescu, el fútbol no ha sido una excepción, tanto con personas anónimas como con personalidades relevantes. En España, el Júpiter -el llamado “equipo de los anarquistas” barceloneses- y el Martinenc, dos históricos del fútbol catalán, formaron parte junto con otras entidades sociales y deportivas, del Comité Catalán pro Deporte Popular (CCEP, por sus siglas en catalán), que se encargará de llevar adelante la Olimpiada Popular de 1936, y clubes como el propio Júpiter, el Levante FC, el Unión Sporting de Vigo, el Madrid FC o el FC Barcelona fueron identificados antes de la dictadura franquista con los ideales republicanos o nacionalistas de sus respectivas nacionalidades, motivo por el cual sufrieron diferentes grados de represión tras la victoria sublevada en 1939, desde la fusión con clubes más adictos a la causa (caso del Levante) hasta una depuración general de sus directivas o acuerdos de filiación (el Júpiter pasó a ser filial del Espanyol, enemigo ideológico y de clase) y hasta intentos de cambio de nombre de la entidad (caso del Barcelona, existiendo un intento de llamarlo España).

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El FC Sankt Pauli de Hamburgo es uno de los clubes más identificados con las causas de izquierda en el mundo.

Fuera de nuestras fronteras, hay que destacar los casos del Corinthians brasileño, donde militó el famoso Sócrates (conocido por su doctorado en Filosofía y su militancia izquierdista), bastión futbolístico contra la dictadura militar brasileña y cuya hinchada mantiene el mismo nivel reivindicativo de antaño contra las injusticias sociales (http://www.panenka.org/miradas/corinthians-siempre-corinthians/); el Red Star parisino, club de la barriada de Saint Ouen identificado fuertemente con el antifascismo, el multiculturalismo y la izquierda (fundado por el viejo presidente de la FIFA Jules Rimet, como un intento de popularizar el fútbol, y que vivió su época dorada en los años veinte y treinta del pasado siglo, el “Etoile Rouge” es el equipo del presidente socialista François Hollande y su fiel y combativa hinchada rinde homenaje a dos héroes de la Resistencia muertos a manos de los nazis: el doctor Jean-Claude Bauer -que da nombre al estadio del club- y Rino Della Negra, futbolista del equipo en los años treinta, hijo de italianos exiliados del régimen de Mussolini – https://www.elfutbolesinjusto.com/reportajes/red-star-el-viejo-comunismo-vuelve-al-futbol-moderno/) o el FC Sankt Pauli alemán, qué, ubicado en un barrio alternativo y contracultural de la ciudad de Hamburgo, tiene una larga trayectoria de militancia, a nivel de club y de afición, en causas progresistas: contra el racismo, el nazismo , la homofobia, el sexismo, en pro de los refugiados o contra la mercantilización del fútbol. Esa imagen de club combativo e incluso marginal (no es raro ver entre sus fans o incluso en tiempos entre sus jugadores gente de estética punk o ska) le ha hecho ser, pese a que ha militado la mayor parte del tiempo en categorías inferiores del fútbol alemán, uno de los equipos más populares internacionalmente, con fans incluso en Sudamérica (http://highbury.es/2016/st-pauli-la-vida-pirata-la-vida-mejor).

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Protesta con banderas palestinas de la hinchada del Celtic FC en un partido de Champions contra el Hapoel Ber Sheeva israelí.

Tanto equipos (aunque un poco a remolque) como hinchas han tomado conciencia en tiempos recientes de la importancia de movilizarse en favor de causas sociales contra la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia y otras iniciativas como contra la islamofobia, el rechazo de la inmigración o las luchas de colectivos vecinales, de trabajadores o internacionales, lo cual no siempre ha sido del gusto de las autoridades políticas y deportivas, dado que en ciertos casos se sale de la línea habitual propugnada por la asociaciones continentales o la FIFA. A comienzos de la presente temporada futbolística, hinchas del Celtic FC escocés, mostraron en un partido de la ronda previa de la Liga de Campeones en su estadio frente a los israelíes del Hapoel Ber Sheeva  banderas de Palestina en protesta por la ocupación y la política del gobierno de Israel hacia los territorios y la población palestinos, y han promovido una recogida de firmas solicitando al cantante Rod Stewart, conocido fan del equipo, cancelar sus conciertos por el país. Sobre el Celtic ha sobrevolado, por este motivo, la sombra de la sanción al club. Más reciente aún es el apoyo mostrado por la plantilla del Algeciras CF, de la Tercera División española, a los estibadores del puerto de la localidad, en conflicto con el gobierno de España -del Partido Popular (derecha)- por la aplicación de las normativas de la UE en materia de liberalización del sector, siguiendo la estela de Robbie Fowler y Steve McManaman, en sus tiempos de jugadores del Liverpool, mostrando su apoyo con camisetas a los trabajadores portuarios de la ciudad inglesa, motivo por el que fueron reprendidos por la organización europea del fútbol. El propio Rayo Vallecano (de ahí la incoherencia de su presidente a la hora de fichar a Roman Zozulya como una decisión unilateral) y su grupo Bukaneros se ha destacado por la protesta y la reivindicación: contra los horarios del fútbol, ya incluso en su anterior militancia en Segunda y Primera División -motivo por el que Bukaneros llegó a estar una primera vuelta entera en “huelga de animación”-, contra el deshaucio de una anciana vecina del distrito, a favor de los derechos del colectivo LGTBI -en su segunda equipación, la franja roja se convierte en una franja arcoiris- o con la organización por parte de Bukaneros de las jornadas contra el racismo, en las que llegó a participar el fallecido y carismático exguardameta del equipo y de la selección de Nigeria Wilfred Agbonavare, y su participación en el Mondiali Antirrazisti de Italia, donde participan hinchadas de diversos países de Europa y del mundo (http://www.mondialiantirazzisti.org/new/).

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“Tifo” de Bukaneros en solidaridad con la vecina de Vallecas deshauciada y a quien el club ayudó ante su situación.

A raíz precisamente de esa mala reputación que se quiere promover de la protesta “políticamente incorrecta” y de los mensajes genéricos que patrocina la UEFA, y que como denuncia Respect Fans! se quedan en agua de borrajas a la hora de desterrar de las gradas a los ultras de extrema derecha, uno de los ejemplos más rocambolescos de censura y represión de la misma nos lo encontramos en Turquía. La subida al poder del Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, ha traído consigo -especialmente desde el golpe de estado fallido de junio de 2016- una oleada de represión sobre los movimientos opositores, especialmente aquellos identificados con las minorías nacionales existentes en la República, como los kurdos o los armenios, cuya existencia no ha sido precisamente tranquila en el moderno estado turco. Çarşı (que en turco significa bazar), el grupo de fanáticos del popular (en las dos vertientes del término, dado que también es el club de las clases trabajadoras) club de fútbol estambuliota del Beşiktaş, han llegado ha ser incluidos en la lista negra de enemigos del estado, acusados de terrorismo y conspiración contra el régimen.

El motivo fue el especial protagonismo del grupo en las protestas que en mayo de 2013 tuvieron lugar en la antigua capital otomana por la construcción por parte de las autoridades turcas, en el emblemático parque Gezi, de una réplica de un cuartel de la época del imperio. Buena parte de la población de la ciudad se echó a la calle a protestar por tal barbaridad, que no sólo significaba la desaparición de este espacio verde sino que figuraba en la estrategia de los islamistas del AKP de entroncar a la moderna Turquía, fundada por Atatürk sobre los pilares del republicanismo, la occidentalización y el laicismo (bien que con altas dosis de autoritarismo que se han ido repitiendo con el paso del tiempo en las numerosas cortapisas a la democracia y las intervenciones militares en la política nacional), con el pasado imperial, en el que la religión y la expansión territorial eran parte de una gloria que muchos -y no sólo en el AKP- tienen aún en mente, en una suerte de ideal de la “Gran Turquía”.

El final de las protestas -que causaron 8 muertos y 8000 heridos- conllevó la búsqueda de chivos expiatorios por el ultraje de haber triunfado, y Çarşı ofrecía una oportunidad de oro para ello. Su carácter izquierdista (en sus banderas pueden verse desde a Atatürk al Che Guevara, pasando por el anarquismo), su vinculación con causas sociales diversas como el veganismo, la distribución de ayuda a los desfavorecidos, el apoyo a las minorías kurda o armenia (“cuando hay una injusticia, estamos siempre del lado de quien la sufre: armenios, kurdos, animalistas, LGBTI, feministas…”, declara Cem Yakışkan, fundador y líder del grupo) y el hecho de que ya en el pasado hubieran participado en protestas contra obras de carácter megalómano, como la de una presa en Hasankeyf que causaría la destrucción de una ciudad antigua. Las protestas, que por una vez y sin que sirva de precedente fueron capaces de unir a los hinchas de los tres principales equipos de Estambul – Beşiktaş, Galatasaray y Fenerbahçe- han llevado a la acusación por “intento de golpe de Estado” a los hinchas del primero (con peticiones de penas que iban de los 3 años de cárcel a la cadena perpetua), acusación calificada como “farsa ridícula” por Amnistía Internacional, que denuncia la arbitrariedad y brutalidad del sistema penal turco (un miembro de la OTAN y fiel aliado de Occidente). Yakışkan afirma que “Nosotros nos reíamos de la situación porque no podíamos llorar. El juez me dijo, ‘estás aquí por intento de golpe de Estado’. Yo le respondí que si tuviéramos tanto poder como para hacer un golpe de Estado, lo habríamos usado para hacer campeón al Beşiktaş”. Al final, aunque los 35 de Çarşı fueron absueltos, la sentencia fue recurrida en el Tribunal Supremo (https://sports.vice.com/es/article/carsi-grupo-hinchas-anarquistas-gobierno-turquia-acusa-).

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Hinchas de los tres principales clubes de Estambul, unidos durante las protestas en el parque Gezi.

Quizá sea Alemania el país que más se ha destacado, a nivel federativo, de clubes y de hinchadas por la erradicación del simbolismo y los comportamientos neonazis. La importancia de este hecho radica no sólo por su historia pasada, sino porque en el presente, el auge de la extrema derecha xenófoba, con movimientos como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y el partido AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), movimientos ciudadanos y sociales como los que se expresan a través del deporte y de los grupos de animación en las gradas germanas son esenciales para erradicar una preocupante tendencia al alza, no sólo en el Este -la zona de la ex RDA se convirtió tras la reunificación en un “semillero de fascistas”, como han expresado algunos comentaristas-sino también en el Oeste. Y, sin embargo, tanto en el Este como en el Oeste el movimiento antirracista y antineonazi está en marcha. La simbiosis entre las iniciativas de las hinchadas y las de las instituciones se ve acentuada porque en el país teutón los clubes, además, se rigen a través de un modelo distinto al de otros países del continente como España, Portugal o Reino Unido, donde el modelo de negocio capitalista (magnates, fondos de inversión, sociedades anónimas deportivas) es el que triunfa. “Los clubes del fútbol alemán tradicionalmente han pertenecido a sus socios, quienes poseen la mayoría de las acciones en el ente que controla el equipo. La excepción más conocida hasta ahora había sido la del Wolfsburgo, que pertenece a la fabricante de automóviles Volskwagen, pero en este caso se hace referencia a un club que nació impulsado por los trabajadores de la compañía antes de la Segunda Guerra Mundial” (“Enemigos del fútbol”, cómo el RB Leipzig se convirtió en el club más odiado de Alemania-http://www.bbc.com/mundo/deportes-38894503).

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“Bella Unión sin nazis”. Pancarta del 1.FC Union en su estadio del distrito berlinés de Köpenick.

Clubes como el Rott-Weiss Essen (http://www.media-sportservice.de/2016/11/23/rot-weiss-essen-zehn-jahre-kick-racism-out/), el Arminia Bielefeld (http://www.arminia-ist-mehr.de/projekte/courage/), el Borussia Dortmund, el Dynamo Dresde o el Unión Berlín (https://www.facebook.com/SEoN.FCU/) han desarrollado en su propio seno proyectos para instruir a fans, especialmente de las nuevas generaciones, y futbolistas de la cantera en los valores de integración y respeto. Algunos de ellos cuentan con agrupaciones de fans homosexuales, como los Monaco Queers del Bayern Múnich, los Blaue Bengels del Arminia, los Rainbow Borussen del Dortmund, o asimismo integradas en la iniciativa antirracista europea Respect Fans, como los Eiserner VIRUS del Unión Berlín o los Navajos del Colonia. Y algunas de sus iniciativas han sido de lo más variopintas e imaginativas, no sólo a nivel de conferencias o actividades deportivas integradoras. Entre ellas destaca la formación del club de refugiados FC Lampedusa en Hamburgo, patrocinado por el FC Sankt Pauli; la presentación de una iniciativa por parte del Borussia Dortmund, “Kein bier für rassisten”, para no servir alcohol en los bares de la ciudad a quienes mantengan actitudes xenófobas y discriminatorias (http://www.bvb.de/News/Uebersicht/Kein-Bier-fuer-Rassisten); o la impresión de una equipación oficial del Dynamo Dresde (ciudad en la que además hay que situar las mayores manifestaciones de los xenófobos de Pegida) con el lema “Love Dynamo, hate racism”.

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Hinchas del Werder Bremen muestran su apoyo a los refugiados en las gradas del estadio de la ciudad hanseática.

Hinchadas de Alemania, además, como las del Werder Bremen, Carl Zeiss Jena, Babelsberg 03, Borussia Dortmund o Bayern Múnich, han mostrado en sus graderíos pancartas de apoyo a la acogida de refugiados (http://www.netz-gegen-nazis.de/beitrag/refugees-are-welcome-here-fussball-verbindet-10456), siguiendo con su línea habitual de compromiso social o en algunos casos, como en Jena (localizada en Turingia) o en Potsdam (Brandenburgo, localidad donde radica el “espartaquista” Babelsberg 03, conocido como el Sankt Pauli del Este), ambas en el territorio de la antigua RDA), exponiéndose al rechazo por parte de los fuertes movimientos neonazis locales.

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La Südkurve del FC Carl Zeiss Jena con una pancarta en apoyo a los refugiados en su estadio, el Ernst Abbe Sportfeld.

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Jugadores del Dynamo Dresde posan con la camiseta sacada por el club con el lema “Ama al Dynamo, odia el racismo”.

CONCLUSIÓN: ¿GOL EN EL CAMPO, PAZ EN LA TIERRA?

Es cierto que muchas veces los grupos ultras de fútbol de ideología izquierdista y antifascista no tienen un comportamiento muy ejemplar a la hora de defender sus causas, y que han causado en muchas ocasiones escenas que a nadie gusta ver cuando acude a un estadio de fútbol ni en él ni en los aledaños del mismo. Muchas veces se han presenciado peleas multitudinarias y altercados con grupos rivales no necesariamente de equipos con los que se mantenga una gran rivalidad deportiva, sino precisamente por estar en las antípodas ideológicas, o con grupos políticos como en España el Hogar Social -conocido por su recogida y distribución de alimentos única y exclusivamente a los naturales del país-. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar que esa lucha no puede ser únicamente realizada por un grupo de personas agrupadas en torno a una bandera ideológica, la pertenencia a un barrio o ciudad con una idiosincrasia y valores particulares y/o los colores de un club de un club deportivo, mientras el resto se cruza de brazos, limitándose a mover la cabeza con gesto de reprobación y a repetir consignas manidas y falsarias como “todas las ideologías son respetables” (falso: como dijo el profesor Reig Tapia, todas las personas son respetables, nadie puede acabar con su vida, atribuirse un fuero sobre ellas, etc. pero NO todas las ideologías son respetables: por esa regla de tres, se podría legalizar un partido o una organización que propusiera la corrupción de menores o el canibalismo), “ésas no son formas” (lo sabemos, pero ¿qué hacer cuando el resto de la sociedad y los poderes públicos consienten la presencia pública y la impunidad de quienes hacen apología de la dictadura, la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, las formas más diversas de discriminación, como la Fundación Nacional Francisco Franco, HazteOír, Pegida, Alternative für Deutschland, Lega Norte, el Front Nationelle, Amanecer Dorado, etc.?, ¿qué mayor violencia, por invisible y blanda que sea, que la que expresaba Almeida Garrett y repetía José Saramago en “Levantado del suelo”:  cuántos individuos deben ser condenados “a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”? y sobre todo “no hay que mezclar el deporte con la política”, cuando a todas luces el deporte es usado por los poderes constituidos y los fácticos para sus propios intereses.

Cuanto más aislados y despreciados se encuentren quienes plantean un modelo de sociedad excluyente, que odie la diferencia, que practique el culto a la violencia y la sangre y conciba la existencia de seres superiores e inferiores -por cuestión de raza, género, identidad sexual, etc.- y explote a sus semejantes y a la Tierra en beneficio de una minoría rica, menos necesidad habrá de que unos pocos individuos, tenidos también por aislados y marginales, tengan que salir a “darse de hostias” con quienes defienden aquellas ideas. Porque, por desgracia, los primeros no se encuentran tan solos -y el caso Zozulya y las muestras de apoyo recibidas por el jugador así lo demuestran- ni parecen ser tan pocos como pueda aparentar un primer vistazo.

Lejos de pensar que esto no va con nosotros y  que el fútbol es sólo fútbol, como niega la presencia de empresarios y grandes inversores en los palcos de los estadios unidos a los políticos invitados a los mismos y los escándalos de corrupción vinculados precisamente a esa connivencia entre dirigentes de la “res pública” y de la “res balompédica”, recordemos de nuevo a Sousa Santos: la cultura, el deporte, la calle, el trabajo, la familia… son espacios políticos, en los que hay relaciones de diálogo, de conflicto y de poder, y en donde, por supuesto, la política que se hace -o se deja de hacer- en el parlamento y el gobierno influye, y mucho. Dejemos de hacer realidad las palabras de La Polla Records en su canción “Gol en el campo”:

“Gol en el campo paz en la tierra.
Qué bonito es el fútbol, qué pasiones despierta
defiende tus colores… sudar la camiseta
qué bonito es el fútbol para los que gobiernan
están pegando el palo sin partido de vuelta
Gol en el campo paz en la tierra.
Justicia corrompida arbitra la contienda
patrón enloquecido despide libremente
y roban la pelota por la extrema derecha
atentos al remate que va directa a puerta
y… Gol en el campo paz en la tierra.”

 

 

 

 

 

 

 

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Mujer y movimientos de liberación nacional (I). La guerra de España

 

“¿Quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidad del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres? ¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República?”

Clara Campoamor.

Discurso ante las Cortes Constituyentes con motivo del debate sobre el sufragio femenino,

1 de octubre de 1931.

La máxima “los vencedores son los que escriben la Historia” recibió un corolario del profesor Josep Fontana que he querido incorporar como guía para escribir los artículos que aquí aparecen. Afirma el historiador catalán que “es forzoso, por tanto, que exista otra Historia”. Y dentro de esa otra Historia, como hace poco y acertadamente me hizo notar una muchacha con la que intercambié impresiones, es necesario hablar de esa inmensa mitad de la población mundial cuyos ejemplos de lucha, no sólo por sí mismas, su propia dignidad y sus derechos, sino por la de sus naciones y sus semejantes, ha caído muchas veces en saco roto o se ha desterrado al cajón del olvido, donde quedan acumulando polvo, como fotografías y viejos recuerdos antiguos a los que no se les presta nunca atención.

No debemos dejarnos engañar por el hecho de que, en el mundo de hoy, existan mujeres que hayan roto el denominado “techo de cristal” y se hayan incorporado a puestos de dirección económica o política que hasta su arribada han sido de competencia exclusiva de los varones. En muchos casos, la presencia de las Golda Meir, Margaret Thatcher, Isabel II, Ángela Merkel, Christinne Lagarde o Ana Patricia Botín en los primeros puestos de los estados o las grandes corporaciones u organismos económicos internacionales no ha venido acompañado de un cambio generalizado en la situación de las mujeres en un mundo dominado aún por actitudes misóginas o patriarcales, incluso en el interior de sociedad modernas y occidentales, que incluso ha acabado afectando a ellas mismas, pues todavía hoy se es más proclive a criticar a una mujer implicada en asuntos de gobierno por su vestuario y otras cuestiones de su aspecto externo -actitud todavía hoy presente entre el propio género femenino, por su aspecto exterior-, cosa que no se hace o se disimula más cuando el gobernante es un hombre. Además, en muchas ocasiones la llegada al poder o a esferas del mismo de estas mujeres no ha traído consigo cambios sustanciales en la estructura social, política y económica que causa la discriminación y las desigualdades, tanto de hombres como de mujeres, en sus respectivos países y a nivel global. Así, los viajes de personalidades como la duquesa de Cambridge, Kate Middleton, la princesa Magdalena de Suecia, la reina Letizia o la ex secretaria de Estado de EE.UU. Hillary Clinton a países del Tercer Mundo o encaminados a proyectos de cooperación internacional y relacionados con causas solidarias han tenido más de componente propagandístico de estas figuras que de un compromiso real con los desfavorecidos, los “parias de la Tierra”, entre los que la mujer ocupa desgraciadamente un lugar preponderante.

Por ello, me he propuesto escribir una serie de artículos, comenzando por éste, con ánimo de rescatar ejemplos de la lucha de las mujeres, quienes en unos momentos excepcionalmente convulsos unieron dos luchas esenciales: la suya propia, alzando su voz para mostrar su capacidad y reclamar sus derechos, y la de sus propias naciones y pueblos en unas circunstancias en que los ciudadanos y posiblemente la Humanidad entera se jugaban su porvenir o, cuando menos, la posibilidad de que el porvenir se basara en unos cimientos más justos, libres e igualitarios. Siguiendo el conocido lema “la revolución será feminista o no será”, estas mujeres -pero también algunos hombres honestos y preclaros- comprendieron que el porvenir del cambio estaba ligado a la suerte de que el cincuenta por ciento de la población pudiera disfrutar de los logros de ese cambio. Esta transformación revistió especial importancia en sociedades fuertemente tradicionales, en las que los roles masculino y femenino se hallaban claramente separados y la prevalencia del varón, en asuntos tanto de la esfera pública y política como privada y familiar, era aplastante. Con esto se quiere mostrar también que en países del Tercer Mundo -denominación que muchas veces, desprovista de su significación original con la que se definía a las naciones recién independizadas del dominio colonial europeo, trata de denominar a países no sólo económica sino también cultural y socialmente atrasadas, sin hacer esfuerzo intelectual alguno por comprender las razones de tal atraso, supuesto o real- y sociedades consideradas de un modo u otro “inferiores”, la lucha de las mujeres por su emancipación fue -y aún hoy es- un rasgo esencial de sus luchas de la liberación nacional, fuera contra el invasor o la dictadura, el colonialista o los peores efectos de la moderna globalización.

LA REPÚBLICA: ANTES DEL 18 DE JULIO

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La joven miliciana Rosita Sánchez, en una imagen icónica que fue usada como portada del libro “La voz dormida”, de Dulce Chacón.

A diferencia de otros contextos en los que la lucha femenina iba a estar ligada a cambios sociales y políticos profundos, la Segunda República Española no iba a suponer, en puridad, un régimen revolucionario, pese a que en muchas ocasiones la propaganda del “Nuevo Estado” franquista y publicistas e historiadores afines lo calificara de esa forma, apoyándose de un modo u otro en la tergiversación de las palabras e intenciones de lo que, para los republicanos, suponía la “revolución democrática” plasmada con el triunfo electoral del 12 de abril de 1931. En este sentido, la República proclamada pacíficamente el siguiente día 14 respondía a los cánones de un régimen democrático-liberal, similar a los que se habían proclamado en la Europa posterior a la PGM y que habían despertado las mismas esperanzas y corrido la misma desgraciada suerte que la democracia republicana, como la Primera República Checoslovaca, la de Weimar (Alemania) o la Austriaca. Si bien es cierto que las reformas acometidas por la República -para algunos, demasiado audaces o cuando menos, como se afirma, “queriendo hacer muchas cosas muy deprisa”; para otros, demasiado pacatas y tímidas-, tras muchos años de conflictividad latente y de graves desequilibrios sociales, económicos y políticos en el país que demandaban urgente solución sí suponían, de hecho, una revolución con respecto a la situación política previa del régimen de la Restauración.

Entre otros campos, como los del laicismo del Estado, la reforma agraria, la militar, la autonomía regional o la modificación de las relaciones laborales, la situación política y jurídica de la mujer formaba parte de esa “revolución” que suponía el nuevo régimen republicano. Aunque la ley, de por sí, no podía erradicar una mentalidad machista y conservadora de la sociedad española, para lo que se requerirían décadas -y que quedó patente en los debates constitucionales sobre el voto femenino, donde la “cuestión de oportunidad” por la proclividad supuesta o real de la mujer a votar de acuerdo a los deseos de los enemigos de la República -léase la Iglesia- se entremezcló con argumentos misóginos procedentes incluso de la minoría radical, el grupo de la propia Clara Campoamor; o en el conservadurismo social acerca del divorcio que, aprobado en la carta magna de 1931 y en la ley sobre la materia de 1932, produjo sin embargo escasas disoluciones de matrimonios, menos incluso de las que, por circunstancias objetivas, podrían haberse efectuado-, la legislación aprobada suponía un primer paso que en algunos casos fue pionero respecto a algunos estados del entorno de España (el sufragio femenino, por ejemplo, se adelantó a los de Francia o Italia -posteriores a la SGM- y muchos años a los de Portugal y Suiza -ambos de los años 1970-). Al voto y al divorcio había que sumarles otras medidas muy caras al movimiento femenino de entonces, como la prevalencia del matrimonio civil -propia de un estado laico-, la igualdad jurídica de ambos cónyuges, el fin de la discriminación femenina en ámbitos como el del trabajo, la disponibilidad de cuentas corrientes o la herencia, la igualdad de derechos de los hijos nacidos fuera del matrimonio con respecto a los “legítimos” y, en el medio laboral, la extensión de los seguros sociales (accidente y enfermedad, vejez, retiro obrero), la implementación del seguro de maternidad y la protección por parte de las autoridades de los ámbitos laborales más típicamente femeninos por entonces, como el servicio doméstico, a través de la Ley del Contrato de Trabajo. Además, para las elecciones de febrero de 1936, los grupos obreros aglutinados en el Frente Popular hicieron propaganda enarbolando la bandera de la igualdad salarial entre hombres y mujeres.

En los años republicanos previos a la guerra, y al hilo de la movilización política de la sociedad española, fue aumentándose la presencia de las mujeres en partidos y sindicatos, quienes crearon en muchos casos organizaciones específicamente femeninas (como la famosa Sección Femenina de Falange, la Comissió Femenina del PSUC o las Mujeres de Izquierda Republicana), así como fue frecuente la participación de mujeres en otros ámbitos como los de la cultura -el Lyceum Club o la organización anarquista Mujeres Libres- y el deporte, en ocasiones vinculados al activo movimiento asociativo de índole política, como el caso del Círculo Aída Lafuente, al que la joven Julia Conesa, una de las trágicamente conocidas “Trece Rosas”, pertenecía porque en él podía dar rienda suelte a su afición al deporte. Estos movimientos, puramente femeninos o mixtos, aunque su membresía quedara reducida a pioneras o jóvenes que trataban de romper con los roles tradicionales, eran reflejo del cambio de mentalidad (de “relajación de costumbres”, como también se diría) que los años de la República habían traído consigo. La movilización y presencia femenina en la vida pública devino también en su participación en la política de primer nivel. A las tres primeras diputadas de la legislatura constituyente de 1931-1933 (Victoria Kent, la recordada primera mujer en acceder al cargo de la Dirección General de Prisiones; Clara Campoamor, la indomable sufragista; y Margarita Nelken, incombustible defensora de los campesinos extremeños) habría que sumar, en los años venideros, los nombres de Matilde de la Torre, Belén Sárrega, María de la O Lejárraga, Francisca Bohígas (única mujer diputada de la derecha católica de la CEDA) o la mítica Dolores Ibárruri, Pasionaria (impulsora en 1933 de la Agrupación de Mujeres Antifascistas y a la que también pertenecerán Kent, Nelken, Constancia de la Mora o Isabel Oyarzábal, a las que me referiré en próximos párrafos), entre otros. La rotura de este “techo de cristal” que es la entrada en el Parlamento, que por simbólico o minoritario no deja de ser signiticativo, tendrá su continuidad en el contexto de la guerra.

MILICIANAS: MUJERES DE MONO AZUL

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Una mujer en el momento de integrarse en las milicias populares recibe un revólver, de manos de las fuerzas de seguridad republicanas, con el puño en alto.

Al tener lugar la guerra civil, consecuencia de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 contra la República y el gobierno del Frente Popular, tanto los sublevados como las fuerzas leales a la República van a hacer uso de sentimientos nacionales para definir su lucha. Los primeros -autoproclamados como “nacionales”- elaborarán la teoría de la presencia de un “ejército rojo” (igual a la denominación de la época del ejército de la Unión Soviética, de modo que pueda anatomizarse así a comunistas y demás fuerzas defensoras de la República, amalgamadas todas ellas bajo el mismo epíteto de rojos) y se proclamarán como la “España auténtica”, en una línea de continuidad histórica que la enlazaría con la España de la Reconquista, de los Reyes Católicos y los dos primeros Austrias, dentro de una línea de pensamiento reaccionaria y ultracatólica que fija estas épocas como las de un esplendor que recuperar, descartando -eliminando, y esto incluye la eliminación física- a quienes vienen defendiendo otra tradición histórica, cultural, social y de pensamiento y que son, como la propia República, calificados como la anti-España, por extranjerizante y ajena a la tradición nacional. Por su parte, las fuerzas republicanas, constatada la ayuda extranjera recibida por los rebeldes de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal corporativo del “Estado Novo” salazarista y abandonada a su suerte por las democracias occidentales, quienes incumplieron sus compromisos internacionales y son incapaces de hacer cumplir a aquellas el pacto de No Intervención, dentro de una a la postre ineficaz política de contención, harán de la “lucha contra el invasor”

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Cartel republicano, obra de José Bardasano, en referencia a la intervención germanoitaliana en favor de los rebeldes. Bardasano era pareja de la también cartelista y artista gráfica Paquita Rubio, conocida con el seudónimo de Juana Francisca, quien realizó carteles de propaganda para organizaciones políticas del Frente Popular.

(afirmación hecha a la vista de los enormes contingentes humanos enviados por Hitler y Mussolini en auxilio de los rebeldes) y de la “independencia nacional”, temiendo que el triunfo de Franco derive en una colonización italo-alemana de España o en pactos secretos que comprometan la enajenación de riquezas del país, una de las razones de su lucha. De este modo, a pesar de la presencia en las filas republicanas de las Brigadas Internacionales o del auxilio recibido por la URSS, bien es cierto que en cifras muy inferiores y con supremas dificultades para su recepción en España respecto a las recibidas por los “nacionales”, la guerra civil cobrará para la República el aspecto de una lucha de liberación nacional, una segunda “Guerra de Independencia” (lo que motivará en la propaganda muchas similitudes con 1808 y el levantamiento contra la invasión napoleónica), y facilitará su entroncamiento con la resistencia al fascismo y a la invasión italogermana que se dará en los estados europeos invadidos durante la SGM.

Hay que referir aquí que, en lo que respecta a las mujeres, tanto en la zona rebelde como en la republicana la represión también se dirigirá hacia ellas en una dimensión común, no sólo entre ellas, sino también común a otros conflictos bélicos. La “cosificación” de las féminas, tan frecuente en situaciones de violencia y de afirmación de poder y del terror, llevó a que se repitieran pautas comunes de fusilamientos, torturas y abusos sexuales contra aquellas mujeres tenidas por enemigos políticos o por su condición de familiares de los mismos. Sin embargo, en la zona republicana los esfuerzos para hacer frente a los llamados “incontrolados” y restituir el poder de una administración (funcionarial, policial y militar, de justicia) que había quedado muy maltrecha por la doble dinámica de la sublevación militar y por la revolución en las zonas controladas al inicio tan sólo nominalmente llevaron a que el control de la represión, pasándose a ejercerse de forma legal, llevara aparejado también un descenso en el número de víctimas producidas por la represión, tanto en lo que respecta a los hombres como en lo referido a las mujeres, incluyendo aquellas que pertenecían al campo del enemigo por antonomasia, las pertenecientes al clero femenino, cuyas cifras de víctimas se mantuvieron muy bajas a pesar de que el número total de víctimas del clero no dejó de ser desdeñable (entre 6500-8000), limitándose en ocasiones la represión al desempeño de labores asistenciales con ropa civil, como por ejemplo a los enfermos y los heridos del frente. En la zona “nacional”, sin embargo, este control “legal” de la represión no detuvo el número de víctimas, como muestra lo acontecido en lugares como Málaga o la ejercida tras el final de la contienda y el triunfo del ejército sublevado. Los abusos a mujeres perpetrados por los rebeldes durante y después de la guerra fueron muy variados, desde la prisión o los métodos antes mencionados por pertenencia a organizaciones políticas ajenas al “espíritu del Movimiento Nacional” o en represalia a las actividades de sus cónyuges u otros familiares a formas más sibilinas o elaboradas de represión: la humillación pública (el rapado al cero del cabello y la ingesta de purgantes, siendo exhibidas por las calles de su pueblo o ciudad) o el secuestro de los hijos y su entrega a familias bien consideradas por el régimen, de acuerdo con las teorías de Antonio Vallejo Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del ejército rebelde, quien calificaba a los rojos como incapaces de criar hijos mentalmente sanos y a las mujeres rojas como seres movidos por desórdenes mentales y pulsiones sexuales que las motivaban hacia la militancia política -campo ajeno a la mujer, según las teorías del “Nuevo Estado”- y la violencia sectaria. Este episodio inaugurado en la posguerra abrió la lata de la infame práctica, primero como práctica de ingeniería racial y social y luego como lucrativo negocio hasta incluso los años 1990, de los “hijos robados”.

grupo-de-milicianasY es que, regresando al tema que nos ocupa, la guerra en la zona republicana abrió nuevas oportunidades de participación y visibilización pública de la mujer, aunque en ocasiones se vieran con posterioridad limitados, lo que no dejaba de preocupar a los “nacionales” en caso de que triunfara el nuevo modelo de sociedad que había ido creciendo durante los años treinta al abrigo de la nueva legislación y las nuevas libertades. La dimensión más icónica y más rupturista de la nueva etapa abierta por el conflicto fue, sin duda, la incorporación de la mujer a la lucha armada durante los primeros tiempos de la guerra, insertadas en las milicias partidarias y sindicales. La formación de las milicias fue una medida extraordinaria e imperiosa tomada por el gobierno presidido por José Giral, ante las numerosas peticiones venidas de las organizaciones obreras y de las propias masas populares, de armar al pueblo para hacer frente a la sublevación y ante la desconfianza sobre la lealtad que despertaban los propios mandos militares al frente de las guarniciones -no en vano, hubo ocasiones en las que, como la del coronel Aranda en Oviedo o la del capitán Cortés en el santuario de la Vírgen de la Cabeza (Andújar, Jaén), acabaron pasándose a las filas rebeldes en cuanto vieron la primera oportunidad-. Y será en las milicias donde podrán verse a las mujeres en armas, aunque fuera durante un período efímero, como un modo de afirmar y reivindicar su identidad y sumarse a una lucha común.

Sin embargo, la formación de las milicias arroja resultados dispares. Gracias a las mismas se ha impedido el triunfo del golpe en ciudades importantes, como Madrid, Barcelona o Valencia, o han conseguido detener el avance de las tropas rebeldes por la sierra de Guadarrama, pero a pesar de la valentía y arrojo de los milicianos (y milicianas), su falta de formación y disciplina militar las hace ineficaces en el combate a campo abierto, como demuestra el avance sublevado por la zona centro-sur (donde se concentra la aristocracia militar rebelde, el ejército de África) o el fracaso en la toma del peligroso saliente de Teruel. Además, la fragmentación y descoordinación del poder en organismos autónomos o directamente desobedientes a la autoridad gubernamental complican -con hechos enormemente luctuosos, como las ejecuciones extrajudiciales a los “enemigos de la revolución”- la marcha de la guerra, asunto entendido incluso por organizaciones que plantean programas revolucionarios como la CNT o la UGT. El gobierno pasará a reorganizarse, conformándose uno con las diferentes fuerzas que conforman o apoyan al Frente Popular, y a restituir, aun lenta y dificultosamente, su administración y autoridad, y la guerra pasará a realizarse con un nuevo ejército, el Ejército Popular de la República, de un tipo más tradicional aunque surgido de las propias milicias. En este tipo tradicional de nuevo ejército republicano, las mujeres pasarán a desempeñar roles más tradicionales, con lo que dejarán de portar y manejar armas, dedicándose a labores clásicas como la cocina o la enfermería, aunque también hay espacio para oficios nuevos, como chóferes, traductoras o correos.

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Cartel de Emeterio Melendreras, referente al Ejército Popular de la República.

Nunca será suficiente -y más en este período donde la “superación del pasado cainita de los españoles” nos ha hecho el regalo envenenado de unos políticos sin memoria que nadan sobre una equidistancia que no hace justicia alguna a quienes lucharon por una democracia que parece que sólo ellos parecen haber inventado- el recuerdo y homenaje a esas mujeres (y no sólo a ellas) con mono azul y fusil al hombro: la socialista madrileña (vecina del barrio obrero de Prosperidad) Josefa Vara o las anarquistas guipuzcoanas Casilda Méndez Hernáez y Matilde Saiz Alonso, que junto a sus compañeros unieron el amor a la lucha por la libertad; la joven Paulina (Lina) Odena, fusilada en Granada tras un error de su chófer que llevó a ambos a penetrar en las líneas enemigas; las todavía más jóvenes Rosita Sánchez o Rosario Sánchez Mora (Rosario Dinamitera), que perdió la mano derecha intentando encender un cartucho mojado de dinamita y que inspiró a Miguel Hernández a escribir uno de sus más bellos poemas de la guerra; Concha Perez Collado o María Martínez Sorroche… Así, advertía María Zambrano, aun con los anteojos puestos en una cierta visión tradicional de la mujer propia de la época, siguiendo a la feminidad clásica -la mujer como madre, doliente por el destino de sus hijos-, un “mentís” claro y rotundo a la visión de todos los Vallejo Nájera del bando nacional y de este mundo que clasificaban a la mujer roja como incapaz de sentimientos y de humanidad. Algo que la propia trayectoria vital de tantas mujeres republicanas, en el frente y la retaguardia y en la derrota, desmiente rotundamente:

“La mujer que lucha heroicamente y resiste los terribles bombardeos de alemanes e italianos y bárbaros militares significa esta maravillosa unión de la antigua mujer española, madre ante todo, con toda su fuerza poética y alentadora, con una mujer consciente de la causa que su hijo defiende, que siente el dolor, sí, pero no se detiene ahí, sabe que su dolor es necesario y que es fecundo, se siente madre de la historia, madre del mundo nuevo que nace, al mismo tiempo que madre de sus hijos”.

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De arriba a abajo, Rosario Sánchez, Josefa Vara y María Martínez Sorroche, tres mujeres milicianas. Las dos primeras fueron encarceladas -habían sido condenadas a muerte en primera instancia- y la última vivió la grave situación de los campos de refugiados franceses.

EN LA RETAGUARDIA

Y al mismo tiempo que ese dolor “no se detiene ahí”-por desgracia, durará tres años de agonía y de heroica aunque insuficiente resistencia-, los horizontes abiertos a y por la mujer en la coyuntura de la guerra se dan también en la retaguardia, donde la movilización por parte de las organizaciones políticas y la propia concienciación de las féminas hará que sean parte integrante de un esfuerzo común, y al mismo tiempo de visibilización, afirmando de un lado su utilidad en la lucha y de otro su reivindicación de que ellas también son parte de la resistencia, del eventual triunfo y de que el futuro que se abra tras éste también les pertenece. Así, esta contribución al esfuerzo común incluye actividades tanto ya clásicas de asistencia (acogida de refugiados, enfermería, atención a ancianos y niños) como otras nuevas, algunas de ellas ya conocidas de otros contextos bélicos como la Gran Guerra -la sustitución de los hombres que acuden al frente en sus puestos de trabajo en el campo, la industria o los servicios- y otras como el periodismo, la propaganda y movilización o la acción política y el desempeño de nuevas tareas en el gobierno, desde el nivel local o nacional, posibilitando la quiebra de otros “techos de cristal”. La arribada de las mujeres a estas responsabilidades hubiera podido suponer un trampolín -como lo supondría tras la SGM en las naciones europeas- para la consecución de nuevos campos de acción laboral y política y un nuevo paso en la “larga marcha por la igualdad” de las mujeres en España. Por ello, su desempeño y ejemplo no debe quedar olvidado.

Sin embargo, por falta de espacio y por la imposibilidad de poder contar la biografía de todas estas mujeres, no ha sido posible sino contar con algunos ejemplos, aún así espero que representativos, de esta “lucha de retaguardia”. Contamos, por ejemplo, con Rosa Chacel. La famosa autora de “Barrio de Maravillas” desempeñó tanto su labor literaria, como una de las jóvenes promesas de la escritura, desde las páginas de la que es considerada la mejor publicación de entre las muchas que se editaron en la España republicana en la etapa de la guerra civil, por la calidad de su edición y los colaboradores que pasaron por sus páginas, Hora de España. Al mismo tiempo, Chacel desempeñó, nos cuenta María Zambrano, trabajos de enfermera en el Hospital de Sangre en que se reconvirtió el Instituto Oftalmológico de Madrid.

Teniendo en cuenta la intensa vida cultural, a la que se incorporaron muchas mujeres de gran valía, de los años del primer tercio de siglo en España -la llamada “Edad de Plata” de la cultura española- y el compromiso político adquirido por muchos hombres y mujeres hacia la causa republicana y antifascista, el caso de Rosa Chacel no fue único. La propia Zambrano, poeta y filósofa, tanto desde Hora de España como a través de conferencias dadas en Hispanoamérica -era esposa de un diplomático republicano asignado a la embajada de Chile, país con un gobierno de Frente Popular como el español- defendió la justicia de la causa republicana y animó a las naciones latinoamericanas a apoyar al gobierno de Madrid/Valencia. Asimismo, Margarita Nelken -que abandonó las filas del PSOE para pasar al PCE al principio de la contienda y desarrolló una labor similar en un país amigo de la causa republicana como México-, Dolores Ibárruri -que con su enorme capacidad oratoria y su vestimenta enlutada y austera era capaz de conmover a sus auditorios de soldados en las trincheras- o María Teresa León, poeta y esposa del también poeta Rafael Alberti, quien destacó tanto en la animación cultural de los combatientes como en la organización de la efímera reconquista por las milicias catalanas y valencianas de Ibiza -lugar donde la sublevación sorprendió a la pareja, de vacaciones en la isla- fueron destacadas embajadoras, dentro y fuera de las fronteras españolas, de la lucha republicana. También debemos contar con los casos de Catalina Salmerón, hija del que fuera presidente del ejecutivo de la Primera República, Nicolás Salmerón, y Dolores de Rivas Cherif, la esposa del presidente Manuel Azaña, quienes estuvieron encargadas de la dirección de la Asociación de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo.

Pero a estos casos conocidos debemos sumar los de otras mujeres cuyo protagonismo comenzó a fraguarse, sin quererlo, en esos años. Ahí están los ejemplos de Matilde Landa y Marina Ginestà. Matilde Landa había nacido en Badajoz en el seno de una familia liberal y no había sido bautizada, hecho que luego acarreará su tragedia personal acabada la contienda. Afiliada al PCE, contaba con treinta y dos años al comenzar la guerra civil y su labor consistió en recorrer los frentes de guerra informando y levantando la moral de los combatientes, incluidos los brigadistas internacionales, a través de charlas y conferencias, como miembro del subsecretariado de Propaganda de la República. Acabada la guerra y condenada a muerte, su pena fue conmutada y se le trasladó de la ominosa cárcel de Ventas -la cárcel donde acabaron las “Trece Rosas”- a Mallorca. En la isla, las autoridades religiosas la sometieron a un implacable acoso para que se bautizara, sometiéndola finalmente al chantaje psicológico para que aceptara el bautismo a cambio de que así los niños de las presas republicanas pudieran recibir una alimentación adecuada -una de las reivindicaciones defendidas por Landa-. “El mismo día que iba a ser bautizada a la fuerza, se arrojó desde la terraza de la prisión, dejando una nota de suicidio para su hija Carmen. Finalmente, su voluntad no fue oída y la bautizaron in articulo mortis.” (https://elsilencioguerracivilespanola.wordpress.com/2014/04/30/milicianas/).

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Matilde Landa.

Por su parte, Marina Ginestà es conocida por ser la muchacha de la icónica foto de la miliciana con fusil al hombro y la melena al viento en la terraza del Hotel Colón de Barcelona, tras el fracaso de la rebelión en la capital catalana. Sin embargo, la propia Ginestà -perteneciente a las Juventudes Socialistas Unificadas, resultado de la fusión de las Juventudes del PSOE y del PCE, que entonces contaba con diecisiete años y se encontraba, como militante de las organizaciones obreras, colaborando en la preparación de la frustrada olimpiada alternativa a los juegos “nazis” de Berlín, la Olimpiada Popular de Barcelona- afirma que esa fue la primera y única vez que portó un fusil en toda su vida. Su labor fue de periodista y traductora (hablaba fluidamente francés). “Ginestà vivió la guerra desde una retaguardia militante, esforzándose por mantener alto el ánimo de su bando” (afirma el artículo del diario Público con motivo de su fallecimiento). Como traductora para el enviado especial del diario moscovita Pravda, el controvertido Mijaíl Koltsov, estuvo presente en la histórica entrevista que éste mantuvo con el líder de las milicias anarquistas Buenaventura Durruti, en agosto de 1936, pocos meses antes de que Durruti perdiera la vida en el frente de Madrid. “De su trabajo en la retaguardia también conservaba recuerdos duros, como la visita a un hospital barcelonés para identificar cadáveres. “Es el recuerdo más terrible que guardo de la guerra. Por primera vez tuve una idea de la muerte. Vi a una mujer muerta con su hijo en brazos… Todavía hoy me viene a la mente ese recuerdo”. Exiliada primero en Francia y después en la República Dominicana -de donde tuvo también que escapar de las persecuciones anticomunistas del dictador Trujillo-, Ginestà se casó con un diplomático belga y regresó a España en los años sesenta, viviendo a caballo entre Cataluña y Francia hasta su muerte en París en 2014.

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Marina Ginestà, en la conocida imagen tomada por el fotógrafo Hans Gutman en la terraza del Hotel Colón de Barcelona.

Entre las mujeres que desempeñaron labores asistenciales y sociosanitarias, he podido conocer, a través de la obra “La sanidad en las Brigadas Internacionales”, de Manuel Requena y Mª Rosa Sepúlveda, los casos de doctoras, enfermeras y auxiliares que trabajaron para hospitales de guerra de la retaguardia republicana, tanto españolas como voluntarias extranjeras, quienes acudieron integradas en el Servicio Sanitario Internacional (la servicio de ayuda y atención sanitaria de las BI) y cuyas historias sufrieron en ocasiones una doble tragedia de persecución, olvido e incluso muerte, primero por parte del nazifascismo en España y en Europa durante la SGM y, al acabar ésta, a causa de la sospecha que la militancia del lado de la República activó en los dos contendientes de la “guerra fría”, ya que tanto los norteamericanos, por su anticomunismo, como Stalin, por su campaña contra el cosmopolitismo y las “vías nacionales”, iniciaron una campaña de acoso contra antiguos brigadistas que derivó en ostracismo, cárcel o, en Europa Oriental, en sangrientas purgas. Este fue el caso de la doctora Dobra Klein, que poseía doble nacionalidad checa y polaca, y que tras trabajar en los hospitales de guerra de Benicàssim, Mataró y Vic, pasó un auténtico calvario primero en los campos de concentración de Alemania (tras ser arrestada por la Gestapo en Francia, donde formaba parte de los FTP, Francotiradores Partisanos) y, tras la liberación, víctima de las purgas estalinistas desatadas a raíz del Proceso de Praga, por el que muchos comunistas checos fueron encarcelados, ejecutados o desposeídos de sus cargos por supuesta traición a la ortodoxia moscovita. Tras su paso por la cárcel en Checoslovaquia, Klein fue rehabilitada en un lento proceso y murió en Varsovia, capital de su país natal, en 1965, siendo enterrada con honores militares y la insignia de los excombatientes de las Brigadas Internacionales. Padecimientos menos graves, pero también dolorosos, sufrieron enfermeras españolas como Rosita Díaz -cuyo esposo, agente del SIM, servicio de inteligencia republicano, fue encarcelado y después fusilado por los vencedores a pesar de sus intentos por salvarlo- o Pepita Sicilia, que atravesó la frontera francocatalana con su marido hacia un futuro incierto y con los nubarrones de la guerra europea y la invasión alemana en el horizonte.

A otras mujeres, sin embargo, la fortuna les fue más propicia y, en el caso de las interbrigadistas, su paso por España les reportó la posibilidad de poner en práctica sus conocimientos o de instruirse de cara a llevar a cabo una posterior carrera médica en sus países de origen tras el doble paréntesis bélico de España y la guerra mundial. Estos fueron los casos de la judía polaca Margarita Kutin, que se doctoró en Medicina en París debido a que el régimen dictatorial de Pilsudski impedía el acceso a los judíos a la universidad en Polonia. También la enfermera británica Angela Haden Guest cursó, tras su paso por España, la carrera de Medicina en EE.UU. El hospital de Benicàssim, el centro hospitalario de retaguardia más emblemático de la red sanitaria de las Brigadas Internacionales, vio pasar por sus instalaciones (levantadas sobre villas y chalés de vacaciones de la burguesía valenciana) a mujeres especialistas en diversos campos que aportaron sus conocimientos y preparación en un aspecto tan esencial de la guerra como la salud de los combatientes. A los casos mencionados cabe sumar la doctora austriaco-francesa Fritzi Brauner, la farmacéutica gala Jacqueline Gayman, la dentista polaca Rachel Ravaut, la enfermera australiana Mary Lowson, entre otros.

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Enfermeras españolas en el Hospital de las Brigadas Internacionales de Benicàssim (Castellón)

DESDE LOS DESPACHOS: LA PRIMERA MUJER MINISTRA Y OTRAS PIONERAS

La guerra, desde el lado republicano, introdujo nuevas variables que no hubieran podido sospecharse en los años e incluso los meses previos de vida política y parlamentaria normal. El prestigio e influencia del Partido Comunista, que antes de la guerra no alcanzaba a duras penas los tres mil afiliados, fruto de su capacidad de organización y disciplina, su defensa a ultranza del Frente Popular y la dependencia de la República, abandonada por sus aliados naturales (Francia y Gran Bretaña), de la ayuda de la URSS, lo que trajo no pocas polémicas y conflictos durante y después de la contienda, fue uno de ellos. Otro fue la participación del anarquismo en la vida política e incluso en el Ejército Popular de la República, organización a la que los libertarios, por sus principios de jerarquía y obediencia, eran en principio refractarios (Cipriano Mera, salido de las milicias, se convirtió en el principal jefe militar anarquista en el ejército republicano, y el Cuerpo de Comisarios contó con anarquistas en sus filas, entre ellos el ex dirigente cenetista y fundador del Partido Sindicalista Ángel Pestaña como uno de los comisarios principales). La CNT y la FAI contaron con cinco ministros en total a lo largo de la guerra, cuatro con el líder sindical socialista Francisco Largo Caballero como primer ministro y uno, Segundo Blanco -que asumió la cartera conjunta de Instrucción Pública (Educación) y Sanidad- con el médico socialista Juan Negrín como jefe del ejecutivo tras su primera remodelación ministerial, en la que volvió a dar entrada en el gobierno tanto a la CNT como a la UGT.

La primera entrada de la CNT-FAI en el gobierno central (ya formaba parte del ejecutivo de la Generalitat de Cataluña) se produjo en noviembre de 1936, en una época crítica para la República, cuando se produjo la salida del gobierno de Madrid hacia Valencia ante la perspectiva de que los “nacionales” entraran en la capital. Así, al gabinete llegaron dos miembros del sector moderado, Joan Peiró y Juan López, y dos “faístas”, Juan García Oliver y Federica Montseny, la primera mujer en la historia de España que accedió a una cartera ministerial. Se hizo cargo de un ministerio de nueva creación, el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, cuyas competencias hasta entonces habían pertenecido a los departamentos de Gobernación (Interior) y Trabajo.

La República había venido realizando una intensa labor en el campo de la sanidad con vistas a mejorar la atención desplegada a los ciudadanos, con el objetivo de implantar, en años venideros, un sistema sanitario público y universal. La labor de doctores como Marcelino Pascua (director general de Sanidad entre 1931 y 1933), Gregorio Marañón, Sadí de Buen o Gustavo Pittaluga fue muy positiva, enfocándose hacia la mejora de la atención primaria, especialmente en el ámbito rural; la capacitación del personal; la puesta en marcha de nuevos establecimientos para tratar enfermedades poco menos que endémicas como la tuberculosis; la mejora de los centros psiquiátricos; la atención a la infancia y la maternidad; la prevención y las normas de higiene en el trabajo o en la alimentación… este trabajo no se paralizó con la guerra, sino que continuó hasta tal punto que en la zona republicana en 1937, y a pesar de la demanda que suponían los heridos del frente y los padecimientos generales de la población, se pudieron instalar más camas para enfermos tuberculosos o más centros de atención infantil que los existentes en toda España antes de la sublevación, e instituir la vacunación obligatoria para el tifus, la viruela y la difteria. La labor de los ministros de Sanidad anarcosindicalistas (y del comunista Jesús Hernández) constituye un hito olvidado en la historia de la sanidad española.

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Federica Montseny, durante un mitín en Barcelona.

Federica Montseny, acompañada en su labor, como directora de Asistencia Social por la especialista en salud y sexualidad Amparo Poch -también anarquista y perteneciente a la organización feminista libertaria Mujeres Libres, que editaba una revista homónima, pionera en muchas reivindicaciones y temática feminista presentes aún hoy- es recordada sobre todo por la introducción, a nivel estatal, del Decreto sobre Interrupción Artificial del Embarazo que ya había sido de aplicación en Cataluña desde diciembre de 1936. La propia Montseny, en una ponencia en 1986, explica el motivo por el que el gobierno de la República y su ministerio no aprobaron un decreto propio sobre el tema: “Consciente de la necesidad de encontrar solución al caso, sin ser partidaria, ni mucho menos, de la práctica del aborto, decidimos de común acuerdo la doctora Mercedes Maestre [perteneciente a la UGT, fue subsecretaria del Ministerio] y yo preparar un decreto que permitiera la interrupción artificial y voluntaria del embarazo. Decreto que quedó en suspenso en la cartera del presidente a causa de la oposición de la mayoría de miembros del Gobierno. Esta fue la causa por la cual tuve que recurrir al subterfugio de extender al resto de la España republicana los beneficios del decreto sobre el derecho a la interrupción artificial del embarazo adoptado por la Generalidad de Cataluña en agosto de 1936”. Y es que buena parte de los escrúpulos y objeciones que el resto de sus compañeros varones de gabinete, incluidos los ministros anarquistas, tenían sobre sus medidas estuvieron presentes durante el semestre que estuvo al frente de la cartera de Sanidad.

A decir verdad, para la época muchas de sus medidas fueron de una audacia innovadora que chocaba con lo que ella misma refería, sobre el tema del aborto, como “escrúpulo religioso o de otra índole”. Sin embargo, es de destacar que en algunos casos se adelantaron a propuestas puestas hoy día en marcha por ONG’s o sobre la mesa de los debates políticos. La creación de los Liberatorios de Prostitución, idea de Amparo Poch, partía de la esencia de que las eufemísticamente llamadas “mujeres de vida alegre” encontraran un oficio y una vida alternativa, pudiendo alejarse de su entorno y aprender otras habilidades sociolaborales. “Había allí talleres donde aprendían oficios y un servicio mediante el cual se les iba colocando en otras actividades remuneradas. Debo decir que algunas mujeres reincidieron en su antigua profesión, que juzgaban menos penosa que aquella que se les enseñaba. Pero, en honor a la verdad, hubo una gran mayoría que se reintegraron a lo que, por llamarlo de alguna manera, llamaremos vida honrada…” comenta la propia Montseny. Otras medidas de su etapa fueron la creación de la Oficina Central de Evacuación y Asistencia a los Refugiados, destinada a coordinar la labor de acogida de los miles de refugiados que llegaban a la zona aún controlada por la República procedentes de las ciudades tomadas por los rebeldes, y la mejora del funcionamiento de la asistencia social, de acuerdo con el decreto del gobierno de creación del Consejo Nacional de Asistencia Social (25 de noviembre de 1936), erradicando su anterior carácter de semicaridad y sustituyéndolo por un verdadero proyecto asistencial público moderno, atendiendo a ancianos, discapacitados, huérfanos, mujeres embarazadas y lactantes, etc. Sus reflexiones finales, cincuenta años después de su etapa ministerial, reflejan su deseo de haber podido hacer más “y sobre todo, consolidar lo hecho”. No en vano, la impresión que quedó ante los avances experimentados por la sanidad republicana antes y durante la guerra, vista la tardía constitución y evolución del sistema sanitario público durante la dictadura, es la de que la derrota frustró una gran oportunidad.

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Cartel propagandístico de Vicente Ballester referente a la labor sanitaria y asistencial.

No obstante, el de Federica Montseny no fue el único caso en que una mujer accedía por primera vez a un puesto antes vedado a las mujeres durante la guerra. El de Isabel Oyarzábal es otro caso, producido como consecuencia de una de las múltiples deserciones simultáneas a las de los militares: la de los miembros del cuerpo diplomático. Al igual que en otros cuerpos de funcionarios -la judicatura o algunos catedráticos universitarios, donde el conservadurismo político de sus miembros, de su clase social o el espíritu corporativo llevó, como en el caso de los oficiales del ejército, a decantarse por los rebeldes en lugar de seguir fieles al gobierno de la República-, hubo muchos diplomáticos que abandonaron sus puestos o pusieron las legaciones, cosa más sencilla sobre todo en el caso de hallarse éstas en países más proclives, por su régimen político, al servicio de los sublevados. Así, la República tuvo que recurrir en muchas ocasiones a unos diplomáticos -cónsules o embajadores- de nuevo cuño, figuras de prestigio intelectual pero que sin embargo no tenían conocimientos en la materia y tuvieron que adquirirlos sobre la marcha o con el asesoramiento del personal que había permanecido afecto a la legitimidad republicana, dando pie en muchos casos a errores, sustituciones y rotaciones de representantes que en circunstancias normales no se habrían producido. Estos fueron los casos de Luis Jiménez de Asúa (que, habiendo sido destinado antes de la guerra como embajador en Checoslovaquia, improvisó desde la legación en Praga un servicio de información internacional para la República, el SIDE); Mariano Ruiz Funes (Bruselas), Felipe Sánchez Román (La Haya), Marcelino Pascua (Moscú), Francisco Barnés (Belgrado), Félix Gordón Ordás (Ciudad de México), Fernando de los Ríos (Washington) o la mencionada Isabel Oyarzábal, que se encargaría de la legación de España en Suecia.

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Isabel Oyarzábal.

Oyarzábal, natural de Málaga, nació en el seno de una familia acomodada y liberal. Su padre era un próspero comerciante de ascendencia vasca y su madre una escocesa protestante que fue un gran apoyo para su hija frente a una sociedad, la de la España provinciana de los primeros años del siglo XX, marcada por la intolerancia religiosa o el patriarcado. Caracterizada por una enorme avidez intelectual, Isabel Oyarzábal se dedicará a numerosos campos de la cultura, desde la escritura -en el exilio publicó sus memorias bajo el título “En mi hambre mando yo”, haciendo referencia a una anécdota relatada por el político y también embajador Fernando de los Ríos- y el periodismo -trabajará como corresponsal de varias publicaciones en el extranjero, por su conocimiento del inglés- a la interpretación. “Isabel entró a formar parte de los grupos de teatro que comenzaron a funcionar con el fin de obtener recursos económicos para hacer frente a las necesidades de estos soldados [de la guerra de Cuba]”, cuenta la historiadora Matilde Eiroa. “Fue su primera toma de contacto con el mundo del Teatro”. Una afición que se afianzará cuando tomé contacto con la la compañía de la familia Palencia-Tubau, en la que conocerá a su marido, Ceferino Palencia Álvarez-Tubau.

Con la llegada de la República, Isabel Oyarzábal, sufragista decidida en los años precedentes, se integrará en el Partido Socialista y en la UGT y desempeñará labores de vocal en varios patronatos, como los del Museo del Traje Regional, del Instituto de Reeducación Profesional o el Patronato para la Protección de Animales y Plantas. Miembro del Lyceum Club Femenino y la Agrupación de Mujeres Antifascistas, su labor al frente de la embajada estuvo lastrada por el hecho de que el gobierno de Suecia mantuvo, como en la SGM, una estricta neutralidad en la guerra de España, adhiriéndose como otros muchos estados democráticos al pacto de No Intervención promovido por Gran Bretaña y Francia, aunque no así su sociedad civil y sus grupos de izquierda, que mostraron una intensa labor solidaria con la España republicana, plasmada -junto con grupos afines de la vecina Noruega- en la ayuda médica y humanitaria enviada a España (cuyo mayor ejemplo es el Hospital Sueco-Noruego abierto en la localidad de Alcoy) o en los interbrigadistas escandinavos desplazados para luchar del lado republicano. Victoria Kent, nombrada por el ministro de Justicia del gobierno provisional republicano, el socialista rondeño Fernando de los Ríos Urruti (su maestro en la facultad de Derecho de Madrid) directora general de Prisiones -y que, a pesar de su poco tiempo en el cargo, dejó su impronta basada en la humanización de la vida carcelaria española y en la adecuación de las instalaciones a unas condiciones mínimas de habitabilidad e higiene, así como a los fines de reinserción en que debía basarse la política penitenciaria del nuevo régimen- y diputada por Izquierda Republicana en 1936, fue destinada también al cuerpo diplomático como secretaria de primera clase en la embajada de París.

Otras mujeres llegaron a alcanzar el nivel de directora general que alcanzó la propia Kent en los años previos al conflicto. Una de ellas fue Matilde de la Torre. Nacida en Cabezón de la Sal (Cantabria, entonces provincia de Santander), y también polifacética -escritora, periodista, pedagoga (fundó una academia en la que se aplicaban los principios renovadores de la Institución Libre de Enseñanza), folclorista- se afilió al PSOE en 1931 y desempeñó, tras su elección como diputada para las legislaturas de 1933 y 1936, puestos de vocal en diversas comisiones parlamentarias, como Marina, Hacienda, Defensa o Instrucción Pública (en éstas como suplente). Tras la revolución de octubre de 1934, tuvo un activo papel en la defensa de los represaliados.

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Matilde de la Torre.

Con la formación del gobierno de Francisco Largo Caballero, Matilde de la Torre asumió la Dirección General de Comercio y Aranceles, dependiente del ministerio de Hacienda y Economía, cartera asumida por el sucesor de Caballero al frente del ejecutivo, el doctor Juan Negrín. De la Torre estuvo al frente de esta dirección hasta la asunción del gobierno por el propio Negrín, aunque mantuvo su fidelidad a la línea política mantenida por el nuevo presidente, hecho que le llevaría a ser una de las treinta y cinco personalidades socialistas que, junto con el médico canario, fueron expulsadas del PSOE en 1946 por filocomunismo y seguir los intereses de la URSS. En 2008, aunque a título póstumo, el partido les reintegraría en la militancia.

Otra fue Constancia de la Mora. Al contrario que Isabel Oyarzábal o Matilde de la Torre, que procedían de familias acomodadas pero de tradición liberal -o, al menos, con una línea familiar que les motivaba hacia nuevos horizontes-, De la Mora venía de una familia cuasiaristocrática y conservadora (era nieta de Antonio Maura, jefe del Partido Conservador en los primeros años del reinado de Alfonso XIII, e hija de Germán de la Mora, director de una de las compañías eléctricas más importantes de Madrid, Cooperativa Eléctrica). “Criada, de todos modos, en un medio privilegiado, con criados, mayordomos, chóferes e institutrices, extranjeras, por supuesto, para el aprendizaje de idiomas, su existencia transcurría en medio de todo tipo de lujos y comodidades. Educada en este medio, su mentalidad correspondía a lo que podríamos calificar de “niña bien” de la época” escribe María Rosa de Madariaga.

Sin embargo, a “Connie” -producto de anglosajonizar su nombre, como consecuencia de su estancia de estudios en Inglaterra- no le terminaba de cuadrar el mundo al que estaba destinada y la educación religiosa y prototípica de la “niña bien” (destinada al matrimonio, al hogar y las apariencias) que recibía en su colegio de monjas. Sus inquietudes sociales (y políticas) pronto empiezan a surgir en su carácter de joven, observando la terrible contradicción entre la realidad popular y la pompa y boato de la monarquía, las clases altas y el clero, como muestra en sus memorias refiriéndose a la Semana Santa sevillana o a la consagración de España al Sagrado Corazón por Alfonso XIII.

Casada con Manuel Bolín, hermano del corresponsal de ABC en Londres, Luis Bolín (pieza clave en la conspiración del 18 de julio y la llegada del avión Dragon Rapide para el traslado de Franco de Canarias a Marruecos) por “llevar la contraria a su familia”, al poco de proclamarse la República protagoniza las portadas de la “prensa rosa”, al ser una de las primeras mujeres -y de las más notorias, pues a lo anterior se sumaba el ser la sobrina del católico ex ministro de Gobernación republicano y diputado Miguel Maura- que hace uso de la nueva ley de divorcio. Su matrimonio había sido infeliz y había iniciado una nueva relación con el aviador militar Ignacio Hidalgo de Cisneros, con el que se casaría en enero de 1933. Ambos tenían en común el hecho de proceder de familias conservadoras -en el caso de Hidalgo de Cisneros, fuertemente reaccionaria, ya que eran carlistas-, lo que no les había impedido, antes al contrario, haber evolucionado ellos mismos hasta el republicanismo progresista, hasta el punto de que Hidalgo de Cisneros, nombrado durante la guerra jefe de las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española) se afiliaría al PCE y se exiliaría, ya separado de Constancia -que marcharía a Estados Unidos-, en la URSS y la Rumanía socialista, donde fallecería.

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Constancia de la Mora.

Durante la guerra, deseando ser útil como fuera, según expresa ella misma, Constancia trabajó en la Junta de Protección de Menores, ayudó en la evacuación de niños de Madrid hacia las costas levantinas o hizo labores de intérprete para las Brigadas Internacionales -conocía, por sus viajes y estancias en el extranjero, los idiomas inglés, alemán, italiano y francés-. Esto, unido a su compromiso, hará que sea nombrada directora de la Oficina de Prensa Extranjera, dependiente del Ministerio de Estado, en sustitución de Rubio Hidalgo, cuya labor dejaba bastante que desear.

En “Idealistas bajo las balas” el historiador británico Paul Preston explica que la labor de los periodistas extranjeros en ambas zonas -la “nacional” y la gubernamental- tuvo en común el constreñimiento de la censura y la vigilancia de los contenidos informativos que mandaban a sus medios, para que no se filtraran informaciones militares o susceptibles de ser usadas por el enemigo. Sin embargo, los periodistas extranjeros acreditados en la zona republicana tuvieron en general una serie de libertades, como la de viajar a los frentes, y de atenciones por parte de las autoridades de Madrid/Valencia que no recibieron sus colegas de la zona “nacional”, que con frecuencia se enfrentaron a la expulsión de su territorio, mientras sólo hubo un reportero acreditado en territorio republicano al que se le hizo lo mismo. La labor de Constancia de la Mora en este sentido fue elogiada por varios de los periodistas acreditados ante la Oficina de Prensa de la República, como Jay Allen, Henry Buckley, Ernst Hemingway o Lawrence Fernsworth. “Esta tarea de “relaciones públicas” se le daba muy bien a Constancia. Se trataba de dar a conocer a los periodistas la lucha del pueblo español contra la invasión extranjera y rebatir el cúmulo de falsedades que circulaban en muchos países occidentales sobre la República. Constancia trataba de atenderlos lo mejor posible, poniendo a su disposición, cuando era posible, automóviles para facilitar su misión. Era una verdadera lucha para exponer al mundo la verdad frente a la propaganda hostil contra la República. Constancia se encargaba también de hacer que los periodistas pudieran visitar los frentes de guerra, como hizo con Richard Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, a quien facilitó visitar el frente sur y ver el sector de Pozoblanco, donde se acababa de rechazar una nueva ofensiva de los italianos”, escribe Madariaga.

Hubo un punto oscuro, sin embargo, en su biografía, relacionado con el asesinato de Andreu Nin, el líder del POUM, por agentes del NKVD soviético, auxiliados por comunistas españoles. La pertenencia de Hidalgo de Cisneros al PCE y las simpatías de De la Mora por los comunistas llevaron a pensar que la casa de Alcalá de Henares donde Nin fue torturado y asesinado era propiedad del matrimonio. Inmaculada de la Fuente, autora de “La roja y la falangista” sobre las dos hermanas De la Mora -la hermana de Constancia, Marichu, por su matrimonio y también por sus afinidades, se decantó por los rebeldes- en un artículo para Heraldo de Madrid, desmiente que el matrimonio estuviera involucrado en lo que significó uno de los peores baldones para la unidad e imagen de la República y la izquierda, debido a que no existen pruebas que les señalen como agentes soviéticos -su primo, el escritor y antiguo militante del PCE Jorge Semprún Maura, descarta este extremo respecto de “Connie”- ni a que la vivienda utilizada sea realmente la que ambos usaban como segunda residencia (y que había sido cedida por el gobierno republicano).

EPÍLOGO

El final de la guerra y la derrota de la República supusieron el abrupto final de las reformas que, en los años precedentes, habían dado lugar a que las mujeres hubieran conquistado el estatus de ciudadana y diera comienzo un intenso proceso de debates, reivindicaciones y participación pública de las mujeres, acorde con la nueva situación democrática, pero también -proceso paralelo al de otras muchas reivindicaciones, políticas, sindicales, regionales- con un pasado en el que tales debates y reivindicaciones habían sido veladas y permanecido fuera de la mesa y con las expectativas despertadas por el nuevo régimen. La aparición de mujeres en la política, con proyectos que se identificaban con los ideales más avanzados y progresistas; la ley del divorcio, la igualdad jurídica de la mujer, la coeducación o el sufragio universal femenino supusieron algunos hitos que, en los sectores más tradicionalistas y reaccionarios de la sociedad, pronto dispuestos a presentar batalla y a destruir la República y lo que significaba, identificaron aquellos avances, y en buena medida a sus beneficiarias y a las mujeres que se identificaban con la causa republicana o las izquierdas, como elementos a los que había que devolver “al redil”, a la fuerza si era necesario.

De este modo, el triunfante “Nuevo Estado” nacional-católico fue una catástrofe -como en muchos otros sentidos- para las mujeres, que quedaron durante mucho tiempo recluidas por la educación, la moral social y las nuevas estructuras jurídicas, que retrotraían a los tiempo anteriores al 14 de abril de 1931, si no antes, a los espacios tradicionales del matrimonio y el hogar. La liberalización económica y hasta cierto punto política, forzosa para la supervivencia del régimen de Franco en unas nuevas circunstancias tras la SGM, la derrota de sus aliados nazi-fascistas y la necesidad de que el “centinela de Occidente” mostrara una cara más amable para poder tener una cierta credibilidad como aliado de EE.UU. en la lucha anticomunista, comportó un cierto relax en los comportamientos sociales, pero a todas luces insuficientes para contrarrestar lo perdido. Hasta tal punto que se ha llegado a dar la paradoja de que muchas mujeres crecidas en los años sesenta podían llegar a ser más conservadoras que sus madres u otras parientes femeninas que habían vivido la época de la República. Así, España pasó de adelantarse a Francia, Italia o Suiza en la cuestión del voto femenino, ser pionero en la implementación del seguro de maternidad o ser el tercer país del mundo, tras Suiza y la URSS -aunque la norma soviética quedó derogada en los años de la dictadura de Stalin-, en tener una legislación sobre el aborto a poseer una de las legislaciones, usos y costumbres más restrictivas sobre el papel de la mujer en la familia y la sociedad, Iglesia Católica y Sección Femenina mediante. Incluso, cuando estas cuestiones se volvieron a retomar tras el retorno de un régimen democrático, quedaron muy por detrás de las aprobadas en los años treinta. Un ejemplo lo tenemos en la ley del aborto aprobada por el gobierno de Felipe González, que quedó establecida como una norma de supuestos, en vez de una ley de plazos como la aprobada por Federica Montseny cincuenta años atrás, teniendo que esperar a 2008 -y con una furibunda polémica y amenazas de derogación por el Partido Popular- para que se avanzara en la dirección marcada por la dirigente cenetista.

Todo esto sin olvidar el enorme sufrimiento y sacrificio personal acontecido por aquellas mujeres que se levantaron, parafraseando el lema de las Brigadas Internacionales, por nuestra libertad (la de los hombres) y la suya propia. La cárcel, el exilio, la muerte, la pérdida de derechos, el secuestro de sus hijos, la ejecución de sus esposos y compañeros… Y aún así tener fuerzas para seguir, en muchos casos, ejerciendo de enlaces para los “maquis” o vinculadas a los movimientos de resistencia europeos durante la SGM, con un coraje asombroso. Y al final del camino, el silencio en virtud de una “transición” que olvidó su papel en nombre del consenso y de no “reabrir viejas heridas” que ochenta años después siguen supurando, con el agravante de que las nuevas generaciones, en muchos casos denominadas a sí mismas -y sin credencial alguna- como democráticas, se atribuyeran los méritos y las luchas de aquellos hombres -y mujeres- del pasado.

Así, este recuerdo particular a las mujeres republicanas y antifascistas, en un país en el que el ejercicio de la memoria, al menos desde las instancias oficiales, resulta muy selectivo -un ejemplo muy claro es la pompa y el boato con que se recuerda la Constitución de Cádiz, haciendo malabares para mostrar paralelismos con la de 1978, y lo mucho que se margina en ese recuerdo a Espoz y Mina, Díaz Porlier, Rafael de Riego, Mariana Pineda y todos aquellos que, en nombre de esa misma constitución, se opusieron a la dictadura absolutista y absolutamente cruel de Fernando VII- no puede interpretarse como un ejercicio de trasnochada nostalgia. Creo que es una obligación moral que como sociedad nos corresponde. Como demócratas, como feministas, como antifascistas. Como ciudadanos.

FUENTES

José Antonio Marina y Mª Teresa Rodríguez de Castro, “La conspiración de las lectoras”. Barcelona, Anagrama, 2009.

VV.AA. (Josep Fontana, Ricardo Robledo, Mary Nash et al), “80 aniversario de la II República, Dossier especial. Público, 14/04/2011.

Julio Aróstegui et al, “La República de los trabajadores. La Segunda República y el mundo del trabajo”, Madrid, Fundación Francisco Largo Caballero, 2007.

Manuel Requena Gallego, Rosa Mª Sepúlveda Losa et al, “La sanidad en las Brigadas Internacionales”, Cuenca, CEDOBI-Universidad de Castilla-La Mancha, 2006.

María Zambrano, “La mujer en la lucha española”. En “María Zambrano. Ahora, ya”, Madrid, República de las Letras nº 89, abril 2005.

“Milicianas”, 30/04/2014. Publicado por zara278 en https://elsilencioguerracivilespanola.wordpress.com/ 2014/04/30/milicianas/

José Antonio Doncel Domínguez, “La mujer miliciana. Civiles armados en la guerra civil (Parte III)”, 16/10/2011. En http://jadonceld.blogspot.com.es/2011/10/la-guerra-civil-en-imagenes-la_16.html

“Muere Marina Ginestà, la sonrisa que plantó cara al fascismo”. Público, 06/01/2014. En http://www.publico.es/politica/muere-marina-ginesta-sonrisa-planto.html

“Muere la miliciana que inspiró a Miguel Hernández”. Público, 18/04/2008. En http://www.publico.es/espana/muere-miliciana-inspiro-miguel-hernandez.html

“La sanidad y la asistencia social durante la guerra civil”. Ponencia de Federica Montseny. Recogida en “La Salud, víctima del franquismo. Salud y República. La política sanitaria en la II República española”, Cuadernos del CAUM, nº4, abril 2005.

María José Turrión, “Isabel Oyarzabal, de actriz a embajadora de la República”, 04/09/2014. En http://blogs.elpais.com/historias/2014/09/isabel-oyarzabal-.html

Eduardo Montagut, “Matilde de la Torre Gutiérrez, una intensa mujer socialista”, 22/05/2015. En http://www.elsocialistadigital.es/biografias/item/524-matilde-de-la-torre-gutierrez-una-intensa-mujer-socialista.html

María Rosa de Madariaga, “El Doble Esplendor de Constancia de la Mora”, 18/05/2015. En http://www.cronicapopular.es/2015/05/el-doble-esplendor-de-constancia-de-la-mora/

Inmaculada de la Fuente, “La “temible” Constancia de la Mora y el asesinato de Andreu Nin”, 29/01/2015. En https://heraldodemadrid.net/2015/01/29/constancia-de-la-mora-y-el-crimen-de-andreu-nin/

 

 

   

 

 

 

 

Qué error (y horror) de Comisionado

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Señoras y señores del ayuntamiento, tanto del equipo de gobierno como de todos los grupos municipales.

Debería darles vergüenza la forma en la que están manejando el tema del callejero y la memoria democrática en la ciudad de Madrid. Se llaman demócratas, pero están siendo patéticos e insufribles, y están pisoteando la memoria de las personas que defendieron la primera democracia española (muy fino el bando de doña Manuela Carmena sobre limpieza que aparece en los autobuses de la EMT, refiriéndose a don Enrique Tierno como el “primer alcalde de la democracia”: ¿y dónde dejamos a Pedro Rico, el primer alcalde de la Segunda República? ¿o es que vamos a la misma estupidez de los medios de comunicación y los analistas bobos que consideran, como dijo Juan Carlos Monedero, que en España la democracia no existió antes de 1977?) y que lucharon por devolverla.

Es penoso que el Comisionado de la (Des)Memoria, nombre que parece mucho más adecuado, y que fue el nombre que le dio el profesor Rafael Escudero Alday en su artículo homónimo (http://www.lamarea.com/2016/05/07/madrid-la-comision-de-la-desmemoria-historica/), creado para satisfacer y dar entrada a grupos que no creen en la Ley conocida como de Memoria Histórica, PP y Ciudadanos (¿alguien puede explicarme cómo puede consensuarse una política con gente que no cree en esa misma política, salvo que se sea un cínico o un inmoral?) y para tirar por tierra el trabajo de personas que sí son expertos en temas de historia y memoria, los miembros de la Cátedra de la Universidad Complutense a los que el equipo de gobierno no apoyó cuando más falta hacía y cuanto más arreciaban los ataques a su trabajo, algunos con clara vocación de manipulación y falsedad (la famosa y falsa noticia de “El País”), haya dejado pasar, recalificando su título de “comandante” a “aviador”, a Demetrio Zorita Alonso, convirtiéndole en una figura respetable, cuando sigue siendo (y Celia Mayer lo dijo en su día) un militar sublevado contra la legalidad democrática de la República y además incorporado a la Escuadrilla Azul, el equivalente en la fuerza aérea a la División Azul enviada por Franco en auxilio de Hitler en su invasión de la URSS (https://es.wikipedia.org/wiki/Demetrio_Zorita_Alonso). Ahora resulta que podemos quitar a un militar que participó del lado de los nazis en la SGM como Muñoz Grandes del callejero, pero a otro, Zorita, lo mantenemos, ¿en base a qué criterio?

Otra de las dudas razonables que suscitan los cambios propuestos en el callejero es el hecho de sustituir la calle de Millán Astray por la Avenida de la Inteligencia. Nadie (salvo los idiotas que insultaron a Miguel de Unamuno proponiendo la muerte de la inteligencia o de los “malos intelectuales”, es decir, de los intelectuales “rojos”) podrá oponerse a este nuevo nombre, y ahí precisamente radica el problema. Poner un nombre tan sumamente genérico es hacer un brindis al sol. Porque entre los sublevados, los falangistas, los católicos que prestaron su apoyo al golpe, etcétera había personas sumamente inteligentes y brillantes, como Ernesto Giménez Caballero, Ramón Serrano Suñer, el propio José Antonio, José Calvo Sotelo, Eduardo Aunós… Por tanto, ¿es la inteligencia un atributo democrático? ¿Acaso, pues, no eran inteligentes Heinrich Himmler, Josef Stalin, Ante Pavelic o Radovan Karadzic? Lo mismo ocurre con la calle de la Cooperación. Cooperación hay de muchos tipos, y no todas son deseables ni dignas de los principios democráticos. Franco cooperó con Hitler durante la SGM. Los dictadores africanos Omar Bongo y la familia Eyadema “cooperaron” con la campaña electoral de varios candidatos a la presidencia de la República en Francia (potencia ex colonial y hoy protectora de estos personajes, con los que también coopera de formas muy poco recomendables). Las dictaduras del Cono Sur en los setenta cooperaron entre sí en la famosa y deplorable Operación Condor. ¡Ah!, pero es que se trata del nombre anterior que tenía la calle. Bien, ¿y por qué no se procede de igual forma con plazas como la de Cascorro -que ya posee una calle, la de Eloy Gonzalo- devolviéndole su nombre republicano, el de Plaza de Nicolás Salmerón, en lugar de condenar al presidente de la Primera República al ostracismo de una avenida periférica, en el distrito de Ciudad Lineal? ¿Por qué no se hace lo mismo con la Gran Vía, que popularmente -y en su estación de metro- era y seguirá siendo posiblemente conocida así, pero poseía en aquellos tiempos tres nombres: Eduardo Dato (de Plaza de España a Callao), Pi i Margall (de Callao a Montera) y Conde de Vallellano (de Montera a Alcalá)?

Sorprende (o no) que el Partido Popular, y con él arrastre al resto de grupos, entre ellos a Ahora Madrid, que se supone venía a hacer una nueva política –y ya se nota, en otra noticia conocida esta mañana: Amazon, una empresa conocida por recibir subvenciones en la vecina Francia mientras no paga los impuestos correspondientes en aquel país, se va a instalar en la capital y va a ser recibida con los brazos abiertos sin que parezca que nadie en la corporación haya mostrado reticencias, preguntado por este tema a los responsables o investigado la actividad fiscal de una compañía que se instala en un paraíso fiscal interno de la UE como Luxemburgo para evitar pagar impuestos en los países donde realmente ejerce su actividad (http://www.eldiario.es/economia/negocio-Amazon-Starbucks-Google-impuestos_0_74192730.html)-, opine que no se puede incurrir en el mismo error del franquismo y exaltar ahora al otro “bando”, es decir, a la República. ¡Claro! ¿Cómo vamos a hacer eso? Sabiendo además que en España NO HUBO DOS BANDOS: hubo un bando rebelde y un gobierno legal, elegido en las urnas e internacionalmente reconocido, el único con derecho a defenderse de acuerdo con las normas de Derecho internacionales (http://info.nodo50.org/Carta-a-Enrique-Moradiellos.html) y al que, nosotros, hoy día, debemos homenajear, a sus instituciones y a los hombres y mujeres que lo representaron y defendieron, cosa que sí hacen en Francia con respecto a los republicanos españoles (si antes hemos criticado lo mal que está apoyar a dictadores africanos, es necesario ahora afirmar que en este caso el país galo sí hace honor aquí a sus principios republicanos). Está muy bien poner calles al teniente Castillo -esperemos que vaya acompañada de la retirada del monumento a Calvo Sotelo en plaza de Castilla, porque sólo faltaba que con esta excusa igualemos a un funcionario de la República con un conspicuo conspirador contra la misma desde al menos 1933, de tendencias claramente autoritarias y admirador del fascismo-; a Max Aub (un peligroso comunista expulsado del PSOE por su fidelidad al fiero títere de Stalin Juan Negrín: a ver si vamos a andar reconociendo a Besteiro, a quien debemos reconocer su sufrimiento a manos de los fascistas triunfantes, pero que  no olvidemos fue uno de los apoyos del sedicioso coronel Casado y su devastador golpe de marzo de 1939, pero no a una personalidad como el médico y socialista canario que hoy, a nivel internacional y nacional, está siendo reconocido como una, si no la mayor, de las figuras más grandes de la política republicana durante la guerra); a Arturo Barea y a Corpus Barga (atención, pregunta para el señor Trapiello: ¿todo esto no entra esto en contradicción con su opinión de que sólo la “tercera España” merecería ser homenajeada, cuando estas personas forman parte del extenso cuerpo de intelectuales y profesionales que apoyaron al gobierno y al régimen republicano? http://blogs.publico.es/dominiopublico/16691/la-comision/) y a Marcelino Camacho, pero no debemos olvidarnos de Juan Negrín, Marcelino Pascua, Pablo de Azcárate, Victoria Kent, Julián Zugazagoitia, Manuel de Irujo, Isabel Oyarzábal, Segundo Blanco, Matilde de la Torre, Antonio Fabra Rivas, los hermanos Barnés Salinas, Marcelino Domingo, Mariano Ruiz Funes, Carmen de Burgos (y otros como Enrique Ruano o Julián Grimau, muertos a mano de la ominosa DGS), en fin, un larguísimo etcétera de personalidades republicanas que fueron, ya antes incluso de la guerra, impulsores de la modernización y el cambio que significaba la Segunda República.

Porque está muy bien poner una calle a la Institución Libre de Enseñanza, germen de la renovación pedagógica de la cual la República fue una extraordinaria continuadora y cuya labor educativa hoy es reconocida incluso por muchos de sus enemigos. Pero no olvidemos –y esto que se lo anoten el Partido Socialista y la Fundación Nacional Francisco Franco, que se apuntan éxitos que no tienen en su haber, sino que copiaron, tarde y muchas veces mal- que la República realizó y proyectó mucho de lo que hoy son pilares del “estado del bienestar”, tan maltrecho: la sanidad pública, el sistema de seguros sociales (unificado y renovado gracias al Instituto Nacional de Previsión, bajo la dirección del Ministerio de Trabajo de Largo Caballero), la negociación colectiva, la reforma agraria, el impuesto de renta (la contribución general de renta implementada por el ministro de Hacienda republicano Jaume Carner)… En Valencia hay una calle dedicada al Instituto Obrero de aquella ciudad, una institución creada en varias ciudades durante la guerra por el ministro republicano de Instrucción Pública, el comunista Jesús Hernández Tomás. El hospital general de Las Palmas lleva el nombre de Juan Negrín (que, desde su puesto de secretario en la Junta de la Ciudad Universitaria, impulsó durante los años treinta su construcción hasta el punto de que, en 1936, ésta estaba ya terminada). En los vecinos municipios de Getafe y Leganés hay calles dedicadas a algunos de los ya mencionados, además de a Diego Martínez Barrio o Juan Guilloto León (más conocido por Juan Modesto, el jefe militar surgido del Quinto Regimiento comunista)… ¿Tiene Madrid que seguir siendo la excepción, la reticencia absoluta a homenajear sin paños calientes a quienes trataron de hacer de España un país mejor y a que conozcamos mejor el legado, no sólo de convulsiones, sino también de esperanzas, de planes y de ideas, del período democrático anterior al actual? ¿O es que preferimos que permanezca oculto, como las víctimas en las cunetas y en las fosas comunes?

Y es que se podría añadir algo más. El Partido Popular insiste en que la sustitución de las calles debe hacerse contando en las nuevas denominaciones a las víctimas del terrorismo. No quiero que esto se interprete -lejos es esa mi intención- como desprecio o humillación a las víctimas, pero el homenaje social, institucional y en monumentos, calles y espacios públicos a las víctimas de UN determinado tipo de terrorismo, aquel para el que sí existe memoria histórica, que es el de ETA o los GRAPO (quizá un poco menos el de las víctimas del 11-M, por lamentables y penosas razones que han llevado al insulto gratuito y no perseguido contra la presidenta de la Asociación de Víctimas Pilar Manjón), es (como no podía ser de otro modo) notorio y visible en toda España. Sabemos de la existencia de los pabellones Fernando Buesa, Martín Carpena, del Bosque del Recuerdo en el Retiro o del Monumento frente a la estación de Atocha. Por eso rogamos a quienes afirman esto que entiendan que se debe dejar espacio a quienes han sido víctimas durante cuarenta años de otro terrorismo no menos lamentable, el terrorismo de un Estado criminal cimentado sobre una sublevación militar y sobre una política de exterminio del adversario, así como de otras bandas criminales asociadas directa o indirectamente con los aparatos del propio Estado, como el Batallón Vasco-Español o la sección española del Gladio, que no han recibido el mismo apoyo institucional y que andan condenadas, aún hoy, a ochenta años vista de las primeras manifestaciones de lo que el general Mola llamó, en sus instrucciones reservadas, “la extrema violencia” que se debía desplegar para asegurar el éxito del golpe, a un ostracismo inmerecido (http://www.lasexta.com/programas/el-intermedio/gonzo/tendriamos-que-pedirle-partidos-que-favor-cierre-esa-parte-historia_201312095726fa6f4beb28d44602a0eb.html).

Cuando se tiene que elegir entre consenso y justicia, resulta -vuelvo a decir- penoso que este valor supremo constitucional, tanto en la Constitución de 1931 como en la de 1978, sea puesto en segundo plano frente al acuerdo con gente que lo único que hace es poner palos en las ruedas de una memoria democrática en la que, repetimos, ni creyeron ni están por la labor de creer (http://www.infolibre.es/noticias/opinion/2014/09/04/que_problema_tiene_con_memoria_historica_21127_1023.html y http://www.publico.es/politica/rivera-reitera-ciudadanos-no-quiere.html)

Tienen tiempo de enmendarse, aunque visto lo visto confío poco en que así sea. Deberían darle una oportunidad a la anterior Cátedra, aunque los que no se la darían a ustedes, y con razón, serían los miembros de esta última (http://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2016-02-13/decidimos-no-asesorar-al-consistorio-tras-las-palabras-de-carmena-catedra-complutense-memoria-historica_1151565/).

Decepcionado,

Eladio Fernández.

20 de noviembre: Una colección de mentiras del franquismo y sus propagandistas (2)

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  1. Fue Hitler, y no Franco, quien mantuvo a España apartada de la Segunda Guerra Mundial. Franco no mantuvo a España alejada del conflicto bélico internacional por voluntad propia, por sagacidad política, por humanitarismo hacia sus compatriotas (lo que resulta un chiste, teniendo en cuenta que, entre otras cosas, él sólo decidió en 1938 prolongar la caída de Cataluña dirigiendo las tropas hacia Valencia, alargando la agonía de la República. La resistencia republicana pudo reconstruirse y durar un año más, y al general le importaba muy poco que en ese año, con la Batalla del Ebro de por medio, murieran unas cuantas decenas de españoles más, soldados de la República y también de su ejército) o porque supiera que Hitler no iba a ganar (en 1940 con Europa dominada por el ejército nazi había que tener una bola de cristal para adivinar el desenlace fatal de la guerra para la Alemania hitleriana). Fue el dictador alemán, por contra, quien rechazó la participación española en la guerra porque el régimen y el ejército franquistas representaban para las potencias del Eje una rémora más que un aliado. En la guerra de España, Hitler ya vio las escasas capacidades militares de Franco (de quien decía que no hubiera llegado a sargento en el imperial ejército prusiano) y de sus fuerzas armadas, que sin la ayuda militar germano-italiana no hubieran podido derrotar al Ejército Popular republicano, para lo que, además, necesitaron tres años. Como, además, Hitler ya tenía que resolver la situación peliaguda de su otro gran aliado en Europa, Mussolini, en Grecia y en el norte de África, donde el ejército heleno y las tropas británicas respectivamente habían expulsado a las fuerzas del Duce, y Franco y su gabinete habían llegado a la reunión de Hendaya con unas reivindicaciones exageradas con respecto a la capacidad militar que podían ofrecer -unas reivindicaciones presentes en el libro “Reivindicaciones de España”, de los entonces jóvenes Fernando María Castiella y José María de Areílza, que se resumían en la soberanía española sobre todo Marruecos, Gibraltar, eventualmente Portugal y la tutela sobre los estados iberoamericanos, todo en consonancia con el ideal imperial falangista-, los alemanes dejaron a la delegación española poco más o menos con un palmo de narices. El protocolo que se firma en Hendaya explicita que la entrada de España en la guerra al lado de las potencias del Eje se realizará “cuando la situación general lo exija, la de España lo permitiera y se diera cumplimiento a las exigencias” del régimen franquista. Es decir, quien tiene la sartén por el mango para decidir la entrada española es Hitler y su aliado Mussolini, que con negarse a cumplir las exigencias españolas o considerar que las circunstancias de la situación bélica no hacen necesario esa entrada de España impedirán cumplir los sueños imperiales del franquismo. Hendaya quiso transformarse en un éxito  -“a toro pasado”, naturalmente, cuando la guerra ya estaba camino de ser ganada por los aliados y el germanófilo Serrano Suñer, ministro de Exteriores franquista, quedaba como el malo de la película- cuando no fue más que un fracaso sonado. Mussolini, escribe Vázquez Montalbán, “acabó aconsejando a Hitler que se centrara en la campaña de la URSS y en cubrir la precaria situación de las tropas italianas en toda Europa y le dejara a [Franco] en aquella esquina famélica del mundo, con sus presos y sus hambrientos…” Este parecer mussoliniano es corroborado por un estudioso, Antonio Marquina, que a finales de los setenta mantuvo con Serrano Suñer una polémica sobre el tema en las páginas de el diario El País en la que el ex ministro franquista tuvo que replegar velas (no en vano, fue el propio Serrano el que hizo desaparecer de los archivos ministeriales la documentación relativa a la posibilidad de la participación española en la SGM al lado de las potencias fascistas, cuando comenzaron a soplar vientos de derrota para éstas). Según Marquina, ya antes de Hendaya Hitler y Mussolini habían decidido dejar aparte a Franco y considerar, en el mismo año 1940 -año de la entrevista en la ciudad fronteriza francesa- la no entrada de España en la guerra. A pesar de ello, inasequible al desaliento, Franco quiso de nuevo meter la cabeza en el conflicto en mayo de 1941, “ante el avance aparentemente incontenible de Rommel [el mariscal alemán al mando de las tropas africanas de Hitler, el “Afrika Korps”] hacia el canal de Suez, pues, con su control, él podría ya atacar tranquilamente Gibraltar” (Alberto Reig-Tapia). Pero Hitler y Mussolini, la resistencia británica (también en África) y la entrada de estadounidenses y soviéticos en la guerra en ese mismo año 1941 frustran definitivamente cualquier posibilidad en ese sentido. Así pues, el régimen franquista acaba sacándose de la chistera un recurso bastante rocambolesco, como es el de la “no-beligerancia” y el de la división del conflicto mundial en tres, según sus intereses: la neutralidad en Europa, el apoyo a Alemania en su invasión a la URSS y a EE.UU. en su lucha contra los japoneses. Sin embargo, esta entelequia que significa dividir el conflicto en compartimentos estancos -la lucha en el Pacífico la llevan a cabo también ingleses, que luchan contra Alemania e Italia en Europa, quienes a su vez luchan contra la URSS- no esconde que el régimen de Franco sí estaba siendo beligerante, aunque a escondidas, a favor de las potencias del Eje. El envío del ejército expedicionario de la División Azul al mando del general y posterior presidente del gobierno, Agustín Muñoz Grandes en apoyo de Alemania en la guerra contra la URSS -un fracaso militar rotundo, que llevó a que varios de sus componentes fueran encontrados desperdigados posteriormente por Suecia, Noruega o Suiza-, las ventas de wolframio español para la industria alemana de guerra o el envío de pilotos de submarinos y aeronaves, como denunciaron Segundo Blanco, Vicente Uribe, Tomás Bilbao o Pablo de Azcárate, miembros del gobierno republicano español en el exilio. Lamentablemente, estas pruebas no fueron suficientes para que el régimen franquista, al igual que sus homólogos fascistas europeos -salvo el portugués, y por los mismos motivos- fuera derribado por los aliados tras su victoria. La lógica de la “guerra fría” jugó a favor de Franco.

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    Franco y Hitler en la famosa entrevista de Hendaya, en la zona de ocupación alemana de Francia.

  1. El régimen franquista nunca fue un régimen constitucional. Suena a broma, pero algunos jerarcas de la dictadura, incluyendo a un Manuel Fraga que despreciaba a los intelectuales exhibiendo los muchos codos que él había desgastado por el estudio, calificaban así al régimen surgido de la victoria de 1939. El sistema de leyes que los franquistas consideraban como constitucionales -Ley Orgánica del Estado, Fuero de los Españoles, Ley de Sucesión, etc.- y que podían compararse, por tratarse de leyes vinculadas a un todo común, a las Leyes Constitucionales de la III República francesa (1871-1940), no podía ser en ningún caso constitucional como las del caso de Francia. No habían surgido de unas Cortes (no ya unas Cortes Constituyentes, sino ni siquiera Ordinarias) que estuvieran formadas por representantes del pueblo español. Las Cortes franquistas no eran representativas: los procuradores no habían sido elegidos por sufragio popular, no había partidos o tendencias políticas claras más allá de las “familias” que constituían el régimen, no existía debate público sobre el contenido de dichas leyes (por no hablar acerca del respeto mínimo a los derechos y libertades básicas)… Ni siquiera el referéndum popular, cuando hubo un referéndum en el caso de alguna determinada ley -una práctica que se fue extendiendo, para la aprobación de la Carta Magna, con posterioridad a la SGM, lo que explica que las Constituciones de Weimar o de la Segunda República fueran promulgadas sólo con la ratificación por parte de las Cortes Constituyentes, como tras la guerra mundial lo serían también la de la República Italiana (1946) o la Ley Fundamental de la RFA (1949)- podía ser tomado como un ejemplo de limpieza. No sólo por las mismas razones de ausencia de debate, falta de respeto a los derechos y libertades o ausencia de prensa libre, sino porque además la manipulación del escrutinio y la amenaza sobre los electores (una amenaza que, afirman algunos críticos, siguió al menos de forma latente, por los mecanismos usados durante el régimen, a la hora de aprobar la Constitución de 1978: la presencia de antiguos miembros del régimen en el poder a través del partido gobernante y el recuerdo de las antiguas presiones sociales, laborales o económicas para votar la opción conveniente al poder o socialmente aceptada) hacían del referéndum franquista un instrumento de muy poca validez más allá de las fronteras españolas o de la psicología o la ideología del franquismo. Por ello, no es aceptable decir que el franquismo era un régimen constitucional. Más aún cuando, de haber existido esa fantasmagórica “constitución”, la propia dictadura era la primera en saltársela, haciendo caso omiso de sus propias leyes en su propio beneficio.
  2. Es un lugar común entre los apologistas del régimen, además de una falsedad, que la dictadura franquista no fuera un régimen corrupto, o que bajo el franquismo hubiera menos corrupción que bajo los regímenes democráticos, anterior y posterior a él, existentes en España. El franquismo comenzó su andadura con una gran rapiña, un gigantesco saqueo legalizado bien por las leyes o por la fuerza que da el que los perpetradores pertenezcan al grupo de los vencedores. Miles de personas -que todavía no han recibido devoluciones o compensaciones por ello- fueron privadas de sus bienes, sus empleos y/o sometidas a fuertes multas por haber defendido al gobierno legal de la República, haber desempeñado labores en la administración “roja” o en los gobiernos municipales o provinciales, estar afiliadas a organizaciones políticas absolutamente legales según la Constitución vigente de 1931 o ser simpatizantes de la izquierda o del Frente Popular. Casas, tierras, aperos, muebles, animales de granja o de uncir, medios de subsistencia fueron arramblados a aquellas gentes por el simple hecho de que lo que había sido legal hasta 1939 dejaba de serlo, a través de leyes que sancionaban a posteriori esos hechos, y se convertían en adscritos a la rebelión por parte de los mismos rebeldes. En los trabajos en la función pública, las universidades o las empresas, centenares de individuos sin mérito ni capacidad para ello fueron admitidos en los puestos que aquellos “rojos” habían dejado vacantes por razones tan poco coherentes como haber hecho más méritos en la “defensa de la causa nacional”, o haber estado más cerca de quienes podían “enchufarles” en esos puestos. Los años de la posguerra fueron los del famoso “estraperlo” -nombre con el que se conoció el escándalo de tráfico de influencias por el que dos avispados holandeses, Strauss y Perl, recibieron autorización por parte del gobierno radical-cedista de Lerroux para montar una ruleta trucada de su invención en el casino de Palma de Mallorca, y que, si en aquellos tiempos (junto con el del “expediente Nombela”) le costó el puesto de primer ministro a Lerroux, no deja de ser el robo de una gallina comparado con lo que vendría posteriormente-, el nombre que recibía el mercado negro de los productos racionados. Pero quienes realmente más practicaban el estraperlismo eran miembros del propio régimen franquista y sus amigos industriales y empresarios, a gran escala, haciéndose ricos de la noche a la mañana, jugando con las licencias de importación de una economía autárquica por la gracia del Caudillo y sus genios económicos, que creían en su sabiduría económica de baratillo que España era autosuficiente, y permitiéndose el lujo de ostentar vehículos que la sabiduría popular bautizó como “haigas”, en referencia al escaso nivel cultural de sus propietarios. “La raíz rota”, novela de Arturo Barea, tiene pasajes memorables describiendo la raíz de la fortuna de estos millonarios y sus conexiones en el interior del “Nuevo Estado”. Era, asimismo, la época en que los empresarios privados también podían contratar y abusar de los presos inscritos en el programa de Redención de Penas por el Trabajo, un buen sistema por el que los prisioneros de guerra -que el italiano y fascista conde Ciano, cuñado del Duce, llegó a afirmar que eran tratados literalmente de esclavos de guerra- eran el eslabón más débil de una cadena que permitía al sistema y los contratistas sacar un buen beneficio -un salario más bajo que el de los trabajadores libres y que, además, no llegaba jamás íntegro a sus destinatarios (se les descontaba la manutención, tenían que pagarse ropas y mantas…)-. Nadie se atreve hoy a denunciar no ya a los jerarcas que fabricaron ese sistema, sino a empresas como Hermanos Banús (los de la constructora del famoso puerto marbellí) o la minero-metalúrgica Duro Felguera, que hicieron de la mano de obra esclava republicana un medio para salir adelante de su crisis posbélica. Viendo que el abuso rentaba, la apertura económica que hubo de realizarse a partir de 1959 con el Plan de Estabilización y el fin del aislamiento internacional, que iniciaron la etapa del “desarrollismo”, no es de extrañar que el “boom” inmobiliario e industrial vivido por España en esas décadas hiciera también aumentar, y diversificar, las posibilidades de corrupción. Matesa, el caso más conocido, fue destapado no porque al régimen le interesara demasiado penarla, sino porque se trataba de una revancha política entre familias del propio régimen (tecnócratas del Opus frente a falangistas) que Franco autorizó se realizara como escarmiento a los tecnócratas. Pero también estuvieron presentes Calzados Segarra, Manufacturas Metálicas Madrileñas, Reace, las estafas inmobiliarias, la malversación de fondos del Instituto Nacional de Industria, la especulación con terrenos costeros y de los fracasados “polos de desarrollo”, la evasión fiscal, el tráfico de influencias… El quid de la cuestión no es que bajo el franquismo no hubiera corrupción, ¡es que no había prensa libre que informara de ello, con la censura vigente y las amenazas a los periodistas que se atrevieran a hacerlo! Y los efectos de aquella época llegan hasta hoy, cuando la garantía de la impunidad y el modo de hacer (mal) las cosas de aquellos años parecen seguir vigentes en clases sociales y herederos políticos e ideológicos que siguen pensando -y por desgracia, parecen acertar- que el “¡Usted no sabe con quién está hablando!” es suficiente aval para las prácticas ilegales. Un antiguo y, como él mismo se define, engañado combatiente de los franquistas, el editor Francisco Mateu, se refirió a las cacerías y los antepalcos donde estaba presente el dictador y su camarillo como auténticos centros donde comprar y vender favores. Así se refiere a los primeros tiempos de la andadura del régimen, cuando las cuotas y las licencias de importación eran una “pecata minuta” de corrupción en cuanto al volumen que podría alcanzar en una economía más dinámica: “En realidad los negocios sucios eran completamente legales y ahí está la más trágica de las corrupciones franquistas: a que estaba y está en las fuentes y que toda ilegalidad de la misma ha sido legal […] Toda la martingala de los cupos, de los premios, de los permisos especiales de importación, de las desgravaciones, de las condecoraciones han sido fuentes de corrupción, para obligar a vestir la librea del régimen […] En la cúspide de todas las actividades de la nación -al estilo de los sindicatos verticales- ya sea en el campo, las industrias, el comercio, la navegación, los servicios, la prensa…, hay un grupo oligárquico que controla todas las actuaciones y dicta despóticamente la ley. El pan. La leche. El pescado. El aceite. La almendra o la avellana. La fruta. El vino. Los medicamentos… Todo periódicamente produce algún escándalo, pero ¿qué importa?, ¿quién le pone el cascabel al gato?” Manuel Vázquez Montalbán nos ha dejado este fragmento de esas prácticas en su diálogo particular con el general, “Autobiografía del general Franco”, unas prácticas que llegaban hasta la propia familia de un supuestamente austero Franco, lo que no le impidió apropiarse mediante coacciones del Pazo de Meirás o que su mujer, Carmen Polo, fuera conocida como “la Collares” por su afición a la joyería: “Martínez Fuset, el gran depurador, en uno de sus viajes a la corte desde su riquísimo retiro en las Canarias, se mostró escandalizado ante su primo [Francisco Franco Salgado-Araújo, secretario del dictador] por la cantidad de corrupción reinante que llegaba a la práctica sistemática del contrabando por parte de cargos oficiales y que se lo había contado a usted, a su caudillo, al centinela que nunca duerme y recibe todos los malos telegramas y que usted no le había hecho ni caso […] ¿A dónde se iba el dinero de la corrupción? A Suiza a partir de la consolidación del neocapitalismo europeo y la tranquilidad que aportaba como dique ante los avances del comunismo. Pero en los años cuarenta y cincuenta, cuando Europa parecía un frágil territorio devastado frente al bolchevismo, el dinero español se iba a Cuba, bajo la protección de Batista y la mafia norteamericana, o a Santo Domingo, donde el benefactor Trujillo parecía disponer de un crédito político sin límites a cargo de los americanos. En las empresas del INI, dirigido por su compañero de infancia y padre de la economía autárquica Juan Antonio Suanzes, los consejos de administración llenaban de sobresueldos los bolsillos más leales del movimiento y la especulación del suelo mediante recalificaciones de terrenos condicionados por el turismo pobló de millonarios exfalangistas exauténticos, nostálgicos de la “revolución pendiente” nacional sindicalista, todas las costas del litoral español, en uno de los esfuerzos más miserables y mezquinos de destrucción de un paisaje”. Como suele decirse, de aquellos polvos vinieron estos lodos.
  3. El desarrollo económico español no le debe nada al franquismo: es cierto que bajo el franquismo se produjo desarrollo económico, pero no fue el régimen el que lo propició, sino más bien el que lo retardó al provocar la guerra y al someter al país al desastre de sus políticas económicas. El desarrollo fue algo inevitable en medio de una corriente de bonanza económica general en la que el franquismo hubo de participar si no quería hundirse en la bancarrota y en convulsiones internas. Si queremos establecer todavía mayor contraste entre las políticas económicas de la democracia precedente y la de la dictadura, partamos de los tiempos previos a la guerra, los años de la Segunda República. Entonces, habían llegado a España -una economía eminentemente agraria que disfrutaba, por ese retraso relativo, de su relativo aislamiento frente a las crisis capitalistas- los efectos del “crack” bursátil de 1929 y la Gran Depresión. Los años del primer bienio republicano fueron muy difíciles en ese sentido, ya que la relativa prosperidad vivida con Primo de Rivera, que permitió una política muy expansiva del gasto público (especialmente en obras públicas y la fundación de empresas de propiedad estatal como CAMPSA), había finalizado en el momento en que se proclamaba el nuevo régimen republicano. En paralelo, el flujo migratorio se invirtió y muchos españoles que habían marchado a trabajar a las economías desarrolladas de Europa regresaron cuando el cierre de fábricas hizo prescindible mucha mano de obra, nacional y foránea. Para los ministros de Hacienda y Economía de la nueva República, miembros de un gabinete que había asumido el pago de las deudas contraídas por los últimos gobiernos monárquicos y de Primo de Rivera, y que estaba además comprometido con un programa modernizador y de amplio contenido social, no resultaba fácil cuadrar las cuentas y se encontraban, además, sometidos todavía a una ortodoxia doctrinal en la materia -las políticas keynesianas, por ejemplo, no comenzaron a desarrollarse en EE.UU. hasta el inicio del segundo mandato del demócrata Franklin Roosevelt, cuando proclamó el New Deal en 1936, y las políticas intervencionistas y nacionalizadotas eran observadas con lupa, pues los únicos países que entonces las seguían eran la URSS de Stalin y los fuertemente nacionalistas regímenes fascistas de Mussolini, primero, o Hitler, más adelante-. En consecuencia, como escribe Francisco Comín en su artículo “La Gran Depresión y la II República”, el socialista Indalecio Prieto (quien al poco asumió la cartera de Obras Públicas) y los republicanos Jaume Carner y Agustín Viñuales, aplicaron políticas de corte socialdemócrata -que, aún así, fueron muy discutidas por la derecha- centradas en la inversión pública (escuelas, hospitales y centros de salud, carreteras, embalses y obras de regadío, urbanismo…), implantaron una reforma tributaria que incluyó, por primera vez en la historia de España, un impuesto sobre la renta y desarrollaron políticas redistributivas. El objetivo de estas políticas fue el de aliviar el problema del desempleo, modernizar la estructura productiva y la integración del territorio y conseguir la redistribución de la renta. Al mismo tiempo, aunque el déficit era en 1934 de una cantidad irrisoria en comparación con las cifras que se manejan actualmente (1,6% del PIB)-las circunstancias son, asimismo, distintas-, el ministro conservador Chapaprieta intentó introducir, para reducirlo, una reforma fiscal en el presupuesto de 1935 que no fue aceptada por la CEDA pues suponía aumentar la contribución de las grandes rentas. El resultado de estas políticas moderadamente expansivas de los gobiernos republicanos, así como a su política social fue, según Gabriel Jackson, el siguiente: “Durante los años que van de 1931 a 1935, los salarios aumentaron en general mientras que el costo de la vida permanecía estable […] Las industrias eléctricas, el comercio de pescado y las industrias de la alimentación se expandieron. Hubo un alto nivel continuo de actividad en el ramo de la construcción, debido en primer lugar a la construcción de escuelas y los trabajos de obras públicas, y luego a un boom en la edificación de viviendas […] Los ingresos del estado aumentaron con los nuevos impuestos industriales y sobre los bienes raíces, así como con el aumento de los del alcohol, la gasolina y el tabaco.” negrin-juan-1936Juan Negrín no sólo destacó como médico -era doble doctor en medicina y fisiología- sino que poseía grandes conocimientos en materia económica, lo que le valió ser nombrado por Largo Caballero ministro de Hacienda y Economía.

    Al final de la guerra española, había muerto Jaume Carner (en 1934, tras una larga enfermedad) y partieron hacia el exilio Agustín Viñuales, Francisco Méndez Aspe y el propio doctor Juan Negrín, que antes de ser presidente del gobierno y compatibilizándola con éste se hizo cargo de la cartera de Hacienda, demostrando grandes conocimientos. La economía española del primer franquismo quedó en manos de gente que no llegó a la altura de los anteriores. De ahí datos tan catastróficos como los que siguen: la producción industrial española era en 1949 (diez años después de la guerra) similar al de 1935, la renta per cápita en 1950 era un 17% inferior a la de 1930, y las cartillas de racionamiento estuvieron vigentes hasta bien entrados los cincuenta, mucho más tiempo que en Gran Bretaña o Francia, cuando la guerra española había terminado antes y durado menos tiempo que la SGM. El franquismo buscó excusas para su fracaso en la destrucción causada por la guerra en España o el saqueo del oro por parte de los republicanos enviado a Moscú. Pero son excusas de mal pagador. La mayor parte de los países europeos envueltos en el conflicto mundial se recuperaron, pese a haber acabado más tarde de una contienda mucho más destructiva -también en lo que respecta a su capacidad industrial- mucho antes que la España franquista. En 1950 su producción industrial era un 20% superior a la de 1938. Tampoco la excusa de la ayuda del Plan Marshall sirve de mucho consuelo: países como Alemania Federal o Italia, receptores de un porcentaje de ayuda menor que Gran Bretaña entre 1948 y 1952, alcanzaron tasas de crecimiento más elevadas que los británicos (9,1 y 6,3 por ciento frente a un 2,9, con la mitad de ayuda recibida). Además, eso no explica que el régimen hubiera perdido los seis años de guerra y de “no-beligerancia” para emprender una recuperación del mismo modo que la monarquía alfonsina aprovechó su neutralidad en la PGM para crecer a través del “boom” de las exportaciones. En segundo lugar, la excusa del oro es una estupidez: todos los gobiernos europeos llevaron a cabo movilizaciones similares a lugares seguros de sus reservas de oro y divisas, como la realizada por el gobierno de la República, durante la SGM para evitar que cayera en manos enemigas y al mismo tiempo poder movilizar esos recursos mejor para su uso de cara a las necesidades bélicas. Lo hicieron franceses y británicos enviándolo a Ultramar o a Estados Unidos, y lo hizo la República enviándolo a Moscú porque -aunque parezca contradictorio para una economía socialista- la URSS contaba con una buena red bancaria propia en Occidente y porque, temiendo que a los recursos financieros le sucediera lo mismo que a los bélicos sujetos a la No-Intervención, era más seguro enviarlos a Rusia que a Londres o a París (donde fueron unas primeras remesas, por cierto). Las reservas españolas en oro eran grandes, efectivamente, pero en las cámaras acorazadas del Banco de España no había minas como las de América Latina o África. Si el del oro hubiera sido un problema económico español, lo tendría que haber sido también para Francia, Gran Bretaña o Alemania. Y no tenía que haberlo sido para la URSS, que teniendo el oro español, ¿para qué preocuparse de la reconstrucción de las fábricas de Stalingrado o los yacimientos petrolíferos del Caucaso, la hambruna de Ucrania o los veinte millones de pérdidas humanas que sufrió? Lo que se trata de ocultar con tan peregrinos argumentos es que Franco y Suanzes, su cerebro económico y jefe del Instituto Nacional de Industria, estaban tan desesperados por conseguir hacer de España un imperio económico -ya que no podía ser territorial- autosuficiente a través de la autarquía que los pasillos ministeriales fueron pasto de la corrupción, el tráfico de influencias y los engaños más burdos, bien fueran ajenos -como el de ese estafador profesional austriaco que convenció a Franco de poder desarrollar una gasolina sintética a base de la mezcla de agua y hierbas mágicas, y que aún así consiguió recibir una buena cantidad de dinero antes de que el general se diera cuenta y el estafador acabara con sus huesos en la cárcel- o bien autoinducidos, como los del discurso de Nochevieja de 1939 del Caudillo que anunciaba que España tenía en su suelo oro y pizarras bituminosas de las que se podía sacar petróleo en cantidades tales que convertirían a nuestro país en una nueva Jauja. Nada de eso se cumplió, y en 1959, tuvo que ponerse en marcha el Plan de Estabilización, con supervisión de funcionarios del FMI y el Banco Mundial -con lo que España abandonaba la autarquía y pasaba a integrarse en el sistema capitalista de Bretton Woods-, para evitar que la gravedad de la situación económica y el malestar social acabara, veinte años después, con los “logros” de la Victoria. Pero el desarrollo español no pudo hacerse sin un gran coste humano. El Plan de Estabilización, que abría las puertas de la economía española -a cambio, además, de una cierta apertura política, que había sido uno de los factores por los que Franco y su delfín Carrero Blanco se habían opuesto hasta que no les quedó más remedio- causó el éxodo masivo de millones de españoles, desde el campo a la ciudad (enterrada con la República cualquier esperanza de reforma agraria y de desarrollo rural autóctono, gestionado por los campesinos a través de cooperativas) o a los países industrializados de Europa Occidental o incluso a los más desarrollados de América Latina. Los nuevos habitantes de las ciudades, acogidos de forma rápida en los cinturones industriales, los barrios periféricos y municipios limítrofes que se convirtieron en ciudades dormitorio con prontitud, lo fueron en condiciones de insalubridad, sin planificación urbana adecuada y convirtiéndose en presas fáciles de la especulación urbanística, la enfermedad y la marginación. Por si fuera poco, los Planes de Desarrollo que se implementaron con posterioridad generaron una contradicción: no desarrollaron nada, sino que entorpecieron la apertura económica y el “boom” industrializador que se había iniciado en 1959: el profesor Fuentes Quintana se refiere a ello estableciendo que el desarrollo fue posible gracias a un Plan de Estabilización, mientras que el estancamiento se produjo, paradójicamente, gracias a los Planes de Desarrrollo. La inercia en la que se había entrado -inversiones extranjeras, remesas de emigrantes, divisas del turismo- posibilitaron por fortuna el que los efectos fallidos de los planes no fueran fatales. “Desde el inicio de la planificación en España se ofreció por parte de los responsables de la misma una visión irreal de lo que se podía esperar de la planificación indicativa; se formó una especie de aureola casi mística alrededor de los planes, que convertía esta técnica en la solución a todos los problemas que padecía la economía española […] Si aceptamos que desarrollo no significa sólo crecimiento, sino crecimiento más transformaciones estructurales, se puede afirmar que los planes de desarrollo no aportaron ninguna modificación básica de estructuras ni ningún cambio institucional” (Fabián Estapé y Mercè Amado)Más duro aún es Francisco Mateu, que exhibe un tono de crítica sin piedad a una política económica en la que las cifras -útiles para lucirlas en las campañas propagandísticas- se supeditaron a otras consideraciones de interés para el público y el país. Las consecuencias para el largo plazo se acabarían viviendo décadas después, posiblemente porque la política de los nuevos gobiernos democráticos estuvo basada en muchas de aquellas directrices seguidas durante el franquismo: “Nuestras industrias están en manos del capital extranjero. Todos nuestros coches fabricados en España son concesiones de marcas extranjeras. Los medicamentos, los electrodomésticos, la maquinaria, la mayor parte de las cosas que se fabrican en España pagan derechos de concesión al extranjero. Ellos ponen la idea, a veces hasta el dinero, y nosotros la mano de obra barata y sin complicaciones. Nadie paga más royalties que nosotros. Y cuanto más petróleo se encuentra en nuestra tierra o en nuestros mares más cara pagamos la gasolina, porque tampoco las explotaciones petrolíferas son españolas. Cuando Willy Brandt fue a pasar las vacaciones a Canarias pudo pasearse por las islas sin salirse de territorio alemán. Y los «tours operators» europeos son los que rigen los destinos de nuestro turismo. Un día pagaremos con inflaciones desbordadas y devoluciones humillantes, este alegre enriquecimiento de los bancos y las multinacionales.” Quizá ese día ha llegado ya y nos ha explotado en la cara.

  4. El franquismo se publicitó a sí mismo como un régimen hacedor de obras públicas, al estilo de los regímenes fascistas de su entorno (el salazarismo portugués, la Italia de Mussolini o la Alemania nazi) y como si hubiera sido el responsable de los pantanos, las carreteras o las centrales hidroeléctricas. Nada más lejos: bajo el franquismo, la política de obras públicas sufrió un retroceso respecto a la de la República o la de Primo de Rivera, copiando -y mal- los proyectos desarrollados en los años veinte y treinta. La política de Primo de Rivera, seguidor de los planes de Obras Públicas que tanto éxito de popularidad estaban reportando a Benito Mussolini, recién llegado al poder en Italia, supuso una merma para el tesoro público de la cual tuvo que hacerse cargo el régimen republicano posterior, pero al menos significaron el inicio de una época de modernización de las infraestructuras españolas: el Plan de Firmes Especiales fue la base de las carreteras nacionales modernas, entre ellas las radiales (de la N-I a la N-VI); se construyeron muchas nuevas líneas ferroviarias y se realizaron también obras de embalses y presas hidroeléctricas que posteriormente fueron continuadas por el gobierno republicano. Además, al finalizar la dictadura, se elaboró el proyecto -aunque quedó estancado- de la Ciudad Universitaria de Madrid, como también quedó en el olvido el proyecto ganador del concurso para la ampliación de Madrid por el norte, el Plan Zuazo-Hansen, que la República rescataría y daría pie a la ampliación de la Castellana.
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    Plano de los Nuevos Ministerios de Secundino Zuazo (1933).

    El ministro de Obras Públicas del primer bienio republicano, el socialista Indalecio Prieto, tuvo a bien contar con dos expertos de la anterior etapa de gobierno. Uno, el ya mencionado Secundino Zuazo, con quien, en colaboración con el ayuntamiento de Madrid, desarrolló el plan de ampliación de la capital, los enlaces ferroviarios, el “túnel de la risa” subterráneo entre Atocha y Nuevos Ministerios y el proyecto arquitectónico de los nuevos departamentos ministeriales, que hoy se ubican entre la Plaza de San Juan de la Cruz y la calle Raimundo Fernández Villaverde, en la Castellana. Incluso, entre los muchos debates y proyectos en torno a la capital -que tuvieron lugar en toda España, especialmente en Cataluña, donde la Generalitat autónoma impulsó institucionalmente a los entusiastas y creativos arquitectos vernáculos del grupo GATEPAC: Josep Lluís Sert, Sixte Yllescas, Fernando García Mercadal…- figuraba la construcción de no uno, sino dos cinturones viarios de circunvalación de la ciudad. El primero -el que correspondería a la actual M-30- se ubicaba más o menos en los terrenos donde hoy está la M-40, lo que hubiera evitado, cuando en los 1970 el ayuntamiento franquista decidió poner en marcha la primera autopista de circunvalación capitalina, muchos problemas y disgustos a los vecinos de zonas ya entonces densamente pobladas. No será el único caso en que el franquismo copió, y mal, proyectos de esa nefanda República.

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    Vista axonométrica del proyecto de Nuevos Ministerios.

    El segundo de los colaboradores de Obras Públicas primorriveristas reclutado por Prieto fue Manuel Lorenzo-Pardo, un ingeniero cántabro que había participado en el planeamiento de las obras hidráulicas de la etapa de Primo. De él surgieron, entre otros trabajos y proyectos de aquella época, las obras del río Cíjara, en la Confederación Hidrográfica del Guadiana, entre Badajoz, Cáceres y Ciudad Real y cuyas obras estaban desarrollándose hasta el estallido mismo de la sublevación militar de 1936. Tras la guerra, el “Nuevo Estado” franquista se las apropió como suyas bajo un nuevo nombre, el Plan Badajoz. Otra de las cosas que fue obra de Lorenzo-Pardo en su etapa de colaboración en el ministerio de Prieto fue el primer plan hidrológico nacional con todas las letras de la historia de España, el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933. Un plan que, en su presentación a las Cortes, fue elogiado incluso por rivales políticos de los republicanos y socialistas como José María Gil Robles. Este plan, que fue nuevamente copiado malamente por los franquistas con posterioridad, recogía estudios concienzudos sobre recursos hídricos, necesidades presentes y futuras, integración y planeamiento del territorio, alternativas a las obras tradicionales… Este punto es esencial, porque los franquistas, en una de las pocas veces en que hicieron referencia a la etapa republicana -para defenderse, en este caso, de una mala obra suya- argumentaron, respecto al trasvase Tajo-Segura, que levantó ampollas ya en su día en la entonces Castilla-La Nueva y Extremadura, que el trasvase ya aparecía en el Plan de 1933. En realidad, como explicó Manuel Díaz-Marta (ingeniero y ayudante de Lorenzo-Pardo en las obras del Cíjara), en el  Plan de 1933 el trasvase se enumeraba como una posibilidad y no como la única alternativa posible, y que a la hora de hacerlo en los años sesenta las autoridades no vieron más allá que la posibilidad de hacer una obra faraónica con la que pasar a la historia (una suerte de “Valle de los Caídos” en el terreno de la hidrología). Para más inri, según las cifras que nos proporciona el propio Díaz-Marta, la capacidad de los embalses españoles en los primeros años del franquismo (1940-1952) no sólo crece a mucho menor ritmo (3,7%) que en los años de la República (entre 1931 y 1935, lo hizo a un extraordinario 23,8%, gracias al empeño del Ministerio de Obras Públicas en la construcción, y no en la propaganda que luego haría la dictadura de sí misma, de fomentar el desarrollo de las tierras agrícolas a través de canales y obras de riego y la capacidad industrial mediante la construcción de presas y centrales hidroeléctricas), sino que también lo hizo a menor ritmo que en los años de la dictadura de Primo (1923-1930), en que creció a un nada despreciable 6,1%. Lo que se hizo después en la materia, por muchas inauguraciones televisadas en el NO-DO con “Paco Rana” saltando de pantano en pantano, no pueden compensar el retraso fatal que significó aquella distancia entre la propaganda y la realidad, y entre un régimen y otro, en la materia de producción de energía y de adecuación de terrenos yermos para su cultivo.

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    Cartel de propaganda de guerra de la República en el que se hace referencia a la construcción del pantano de Alarcón (Cuenca).

    Pero el caso de los pantanos, la gran campaña publicitaria del régimen, no es el único en que el retraso o la mala praxis tendrían efectos muy negativos. El turismo, que era casi marginal o muy incipiente, y más el caso del turismo de los propios ciudadanos del país (hasta la llegada de Largo Caballero al ministerio de Trabajo, no se establecieron por primera vez por ley las vacaciones pagadas), sufriría un serio revés cuando dos proyectos muy importantes, impulsados por instituciones republicanas, quedaron marginados y fueron reemplazados a la larga por la especulación con el suelo, la destrucción del paisaje y la degradación del litoral. El primero, desarrollado por arquitectos del grupo regional catalán del GATEPAC y apoyado por la Generalitat, es la Ciutat del Repòs (la Ciudad del Descanso) en la zona de Gavà-Casteldefells (Barcelona), un proyecto de pequeñas casas de veraneo y descanso dominical ubicadas en estas dos poblaciones cercanas a la capital catalana, con especial atención a los veraneantes de las clases trabajadoras. El segundo, más ambicioso, fue un proyecto conjunto del alcalde republicano Lorenzo Carbonell y el ministro Prieto para hacer en Alicante una ciudad de vacaciones que no fuera coto exclusivo de gente pudiente, sino donde también pudieran disfrutar del mar y el descanso los obreros. Era el proyecto de la Playa de San Juan. En la ciudad hay quien se lamenta de que aquel lejano proyecto haya quedado en el olvido y enterrado entre tanto hormigón y asfalto llegado en los “desarrollistas” años sesenta.

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    Proyecto de la “Ciutat del Repós” en las proximidades de Barcelona en un folleto publicitario. Es curioso observar que ya entonces se exhibía una preocupación por la conservación del ambiente y el paisaje que posteriormente brillaría por su ausencia.

En los años de la República también se le prestó atención, aunque de forma distinta a como se había desarrollado en la época de Primo, a los ferrocarriles. Prieto dejó de lado la expansión de las líneas y se preocupó de desarrollar obras de electrificación, túneles y construcción de estaciones que, como la de Nuevos Ministerios en Madrid y Plaça Catalunya en Barcelona, resolvieran el problema del tráfico ferroviario en el interior de las ciudades. Asimismo, se realizaron obras de construcción de nuevas carreteras que complementaran el Plan de Firmes Especiales primorriverista -entre ellas, son de destacar la carretera de Castilla (Madrid-Ávila) o la de Granada a Sierra Nevada-. Fueron años también de construcción de escuelas, hospitales, mercados de abastos… Algunos de aquellos restos de arquitectura civil fueron objeto de bombardeos y combates, y reconstruidos con un espíritu arquitectónico diferente al que tenían, con un (mal) gusto monumental que reflejaran la grandeza de la nueva España vencedora. La Ciudad Universitaria madrileña (cuya Junta de Construcción estaba dirigida por un famoso, pero no tanto como sería luego, científico y médico canario llamado Juan Negrín) estaba casi acabada cuando en 1936 se convirtió en frente de guerra, así como el Hospital Clínico adjunto, y a pocos kilómetros los obreros se afanaban en los Nuevos Ministerios, obras que formaban parte de lo que Azaña definía como la conversión de Madrid en una capital digna para la República.

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Indalecio Prieto ante el proyecto de enlaces ferroviarios de Madrid (1932)

Quizá el problema de que muchas de las obras públicas republicanas hayan pasado al olvido, o hayan sido apropiadas por los vencedores de la guerra como propias, fue que los republicanos no anunciaron a bombo y platillo sus logros en esta y otras materias como hicieron posteriormente los franquistas en prensa, radio o cine (y, a partir de los cincuenta, en TV) o los gobiernos de hoy hacen para ganar votos de cara a los comicios. Los especialistas curiosos en la materia han tenido que ocupar, retroactivamente, el papel que hoy tienen para los partidos las agencias publicitarias.

15. España no debe a Franco la sanidad pública porque ésta no fue una creación franquista: ya en la etapa republicana se estaban dando los primeros pasos para crear un sistema sanitario público. Fue la Segunda República la que instauró por primera vez el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social -en la guerra civil, se dividió en dos y posteriormente Asistencia Social se unió al de Trabajo y el de Sanidad se reagrupó con el de Instrucción Pública, periodo en que estuvieron al frente, además, ministros de la CNT (Federica Montseny y Segundo Blanco)-. Ya antes, el doctor Marcelino Pascua (médico epidemiólogo vallisoletano y posterior embajador de la República en Moscú y París) como Director General de Sanidad llevó a cabo una intensa labor en muy diversos ámbitos (técnicos, administrativos, de formación, legislativos) con objeto de mejorar la calidad asistencial, dar más medios y formación a los profesionales, llevar la asistencia, la higiene y la prevención al medio rural y al trabajo y aumentar la calidad de la asistencia médica en el caso de enfermedades como la tuberculosis (planeando y construyendo nuevos sanatorios antituberculosos) o las enfermedades mentales (renovando los establecimientos y llevando a cabo una reforma de la legislación para profesionalizar el personal y dignificar el trato a los pacientes). El presupuesto de su departamento aumentó considerablemente durante el primer bienio, se fueron creando dispensarios móviles, servicios de higiene infantil y también sanatorios de lucha antivenérea, y en 1934 se promulgó la Ley de Coordinación Sanitaria, y durante la guerra el Frente Popular elaborará un documento especificando que “al pasar a ser función del Estado la misión de velar por el mantenimiento de la Salud Pública, y la asistencia de enfermedades de cualquier naturaleza, ya no se trata de que cada ciudadano tenga sólo una protección contra aquellos cuyo estado de enfermedad pueda constituir un peligro para la sociedad, sino que el Estado cuidará de que cada hombre o mujer del pueblo permanezcan sanos y sean debidamente tratados si caen enfermos.” En ese camino a la universalización, se están realizando, además, los primeros estudios y debates- desde fechas anteriores a la guerra- sobre la coordinación entre la sanidad nacional y el sistema de seguros, implementados en España desde la época de la Restauración, y universalizados y unificados por el Instituto Nacional de Previsión (actual INSS) republicano. El esfuerzo realizado durante la guerra, en unas condiciones cada vez más difíciles, por las autoridades republicanas, es enorme: no sólo se instituye la primera legislación sobre el aborto en España (primero, a finales de 1936, la Generalitat catalana, y posteriormente, ya en 1937, la Ley de Interrupción Artificial del Embarazo de Federica Montseny), sino que se instituye la vacunación obligatoria contra malaria, difteria y tifus en 1937; en ese año hay sólo en zona republicana tantas plazas de atención infantil como en toda España antes del conflicto y existen mil camas más para enfermos de tuberculosis. Para ello resultó fundamental la ayuda de los Comités Internacionales, pero es significativo que la ayuda no sólo fuera destinada al frente, sino que (como un todo orgánico) también en la retaguardia sirviera para que la sanidad republicana emprendiera un camino novedoso y prometedor. Como escribe el especialista doctor Huertas, “el gobierno republicano intentó poner en marcha unos servicios sanitarios que, al menos en su concepción teórica, llegaron a un nivel de concreción y desarrollo suficiente como para propiciar la incorporación de elementos -como la promoción de la salud, la gratuidad y la universalización- que sugieren una posible formulación de Servicio Nacional de Salud [… ] Es de notar que esta concepción -integral y universalizada- de la Sanidad Pública tan solo se había implantado, hasta el momento, en la Unión Soviética, con un Servicio Nacional de Salud desde 1919. Cierto es que en España no se produjeron más que modestas y confusas propuestas que no pasaron del plano teórico; cierto es que, incluso a ese nivel, se está muy lejos aún de planteamientos próximos a un Servicio Nacional de Salud, y que conceptos como el de la universalización de la cobertura eran impensables para nuestros teóricos de la Sanidad Pública de los años treinta, es preciso valorar el empeño de hacer “público”, con todas sus consecuencias, un ejercicio profesional que hasta entonces se había desarrollado exclusivamente desde principios liberales.” El franquismo no hizo sino retrasar -como en muchas otras cosas- la llegada a España de una sanidad universal cuyos primeros y notables pasos se estaban dando en los años de esa “malhadada” República.

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Cartel de propaganda republicano con estadísticas sobre los Servicios de Higiene Infantil.

  1. Relacionado con lo anterior, es falso asimismo que el franquismo “inventara” la Seguridad Social en lo referente a los seguros del trabajo. Cualquiera puede echar un vistazo a un interesante libro del ya fallecido historiador Julio Aróstegui, “La República de los trabajadores. La Segunda República y el mundo del trabajo”, donde se repasa la labor del Ministerio de Trabajo y Previsión Social desde que se hizo cargo de él Francisco Largo Caballero, así como el Instituto Nacional de Previsión (a cuyo frente estaba también otro sindicalista de la UGT, Antonio Fabra Rivas, que luego fue nombrado embajador de la República en Suiza durante la guerra). La República fue una extraordinaria continuadora de una labor que había comenzado en España en los tiempos de la Restauración, cuando el general Marvá, a comienzos del siglo XX, implantó el primer seguro laboral en el país. Lo que hizo el ministerio de Trabajo republicano fue una labor de modernización del sistema a través de la unificación del sistema de seguros sociales -enfermedad, accidente, retiro obrero (jubilación), invalidez- y su extensión a trabajadores que hasta entonces no se encontraban cubiertos por los mismos, como los campesinos o los trabajadores del servicio doméstico (de hecho, resulta curioso que una de las justificaciones que encontrara el falangista y primer ministro de Educación franquista para el alzamiento militar de julio de 1936 fuera que la República “protegiera al trabajador agrícola tanto como al de la industria”, así como que “se obligara a los hospitales a depender directamente del Estado”, por lo que él sólo derriba las buenas intenciones de la dictadura franquista para la creación de la Seguridad Social y la sanidad pública). La República siguió las recomendaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en la materia e incluso se adelantó a algunas de ellas, como en la instauración del seguro de maternidad, algo que ha sido calificado muy positivamente y en términos muy elogiosos por historiadores del extranjero como Mary Nash. Y, además, adelantándose en muchos años a la posterior instauración por parte del franquismo del seguro de desempleo, el Ministerio de Trabajo caballerista instauró un primer sistema de subsidios contra el desempleo, la Caja Nacional contra el Paro Forzoso, -se introdujo esa opción debido a que las limitaciones presupuestarias impedían, como afirmaba Azaña en su obra “Los españoles en guerra”, la instauración de un seguro general- siguiendo el llamado “modelo de Gante”, por ser esta ciudad belga la primera en que se aplicó. El sistema, aunque tuvo efectos bastante limitados, era una novedad en aquellos momentos (hay que tener en cuenta que sólo Gran Bretaña había instaurado por aquella época un seguro de desempleo) y se basaba en la participación tripartita de organizaciones patronales, sindicales y el propio Estado para dar cobertura de desempleo a aquellos parados que se hubieran adscrito a alguna de las entidades gestoras participantes de la Caja Nacional. No hay, pues, ninguna novedad en lo hecho por el franquismo, sino un retardamiento (un reproche que no por típico es menos cierto sobre lo que significó el régimen para España) en la vuelta a aplicar medidas que ya entonces estaban en marcha.
  2. Hasta en la hora de la muerte se miente: Franco no falleció el 20 de noviembre, sino el 19. Bien es cierto que poco importa un día más o menos para los que tuvieron que soportar, desde su primero hasta su último día, las arbitrariedades de la dictadura. Pero para la historia de un régimen en la que su relato se unió intrínsecamente a la mística y la leyenda (la guerra como una “Cruzada”, las atrocidades cometidas por los “rojos” contra los “mártires”, los “héroes” del Alcázar de Toledo”…) que el Caudillo de España (“por la Gracia de Dios”, como rezaba en el lema de las monedas acuñadas en la época) falleciera el 20 de noviembre, el mismo día que tuvo lugar en 1936 el fusilamiento del líder de Falange José Antonio Primo de Rivera, es una señal de la misma Providencia, la unión del destino de dos personajes esenciales en la Historia de España hasta en la hora de la muerte -y así lo hacen todavía hoy, enterrados ambos uno al lado del otro en el mausoleo franquista del Valle de los Caídos-. La perfidia con la que Franco levantó su liderazgo en la zona “nacional”, aprovechando el fallecimiento de José Antonio para sus propios planes políticos -en ése y en los casos de las muertes en accidente aéreo de José Sanjurjo y Emilio Mola sí que puede verse una “mano de la Providencia”, o una suerte brutal para el Generalísimo– y sometió a su jefatura y control la nueva -tras la unificación- Falange Española Tradicionalista (FET) y de las JONS, tenía un buen remate con aquel epílogo de hacer del 20-N una doble fecha para la nostalgia. Pero el 20 de noviembre de 1975 Franco ya estaba muerto. La agonía del dictador en La Paz (agonía proporcionada en gran medida por un doctor Martínez-Bordiu, marqués de Villaverde, el bautizado como “yernísimo” por el humor popular, que está empeñado en la labor imposible de mantener con vida a un Franco convertido en un anciano moribundo más por su prestigio personal que porque realmente hubiera posibilidad de salvar al dictador) termina entre tubos y hemorragias el día 19. Se le quiere alargar la vida inútilmente, hacer que llegue al 20 para que coincida con la efeméride del fallecimiento de Primo de Rivera, o bien porque se espera aún un milagro médico que le resucite, como un nuevo Cid. Nada de eso ocurre, y el momento oficial -que hasta la propia hermana del dictador, Pilar Franco, sospecha no es el verdadero- del óbito pasa a ser la madrugada del 19 al 20 de noviembre. Hoy se sigue manteniendo el 20-N como la fecha de la muerte de Franco, aunque habrá que tomarlo más como una convención que como otra cosa. En muchos aspectos, sin embargo, la del franquismo parece que todavía no ha llegado.descarga

 

FUENTES (también de la parte 1 de este artículo):

DE CARÁCTER GENERAL:

Gabriel Jackson, “La República Española y la guerra civil”, Barcelona, Crítica, 2010.

Herbert R. Southworth, “El mito de la Cruzada de Franco”, Barcelona, Random House Mondadori, 2008.

VV.AA, “En el combate por la Historia”, Madrid, Pasado y Presente, 2012.

Josep Fontana et al, “España bajo el franquismo”, Barcelona, Crítica, 2000.

Alberto Reig Tapia, “Anti Moa”, Barcelona, Ediciones B, 2006.

Ángel Viñas, trilogía “La República en guerra” (“La soledad de la República”, “El escudo de la República”, “El honor de la República”), Barcelona, Crítica, 2010.

Francisco Mateu, “Franco ese… Mirando hacia atrás con ira”, Barcelona, Epiduaro, 1977.

Manuel Vázquez Montalbán, “Autobiografía del general Franco” (en dos volúmenes), Madrid, diario Público, 2009

Julio Rodríguez Puértolas et al, “La República y la cultura”. Madrid, Istmo-Akal, 2009.

Julio Gil Pecharromán, “La segunda república. Esperanzas y frustraciones”, Madrid,  Historia 16/Temas de Hoy, 1997

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20 de noviembre: Una colección de mentiras del franquismo y sus propagandistas (1)

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  1. Es falso que la Segunda República se proclamase de forma ilegal o espuria el 14 de abril de 1931. Este argumento ha venido siendo repetido hasta la saciedad por los apologistas del régimen franquista y en tiempos recientes por los historiadores que se autodenominan revisionistas, y se basa en el número de concejalías obtenidas en las elecciones del domingo anterior -día 12- por las fuerzas monárquicas y las de la conjunción republicano-socialista, así como en que unas elecciones municipales no tenían por qué haber significado el cambio de régimen, es decir, que no tenían por qué ser unas elecciones plebiscitarias. Pero ese mismo carácter de plebiscito se lo dieron las propias fuerzas monárquicas y el gobierno del rey Alfonso XIII, y en reconocer que el resultado significaba el agotamiento del tiempo de la monarquía en España, y baste para ello recordar las palabras de su primer ministro, el almirante Aznar, quien respondió a los periodistas, tras conocer el escrutinio, que qué mayor crisis querían que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano. Y es que el triunfo no se basó en el número global de concejalías, que fue mayoritariamente monárquico, sino en que en las grandes ciudades, incluyendo la casi totalidad de las capitales de provincia, republicanos y socialistas habían obtenido un enorme triunfo. La importancia, que se la dieron tanto los vencedores como los derrotados en aquellos comicios, al voto de las grandes ciudades residía en que en ellas estaba el llamado “voto libre”, donde el manejo caciquil propio de la monarquía de la Restauración era mucho más complicado de llevarse a cabo y por tanto los votantes podían expresar con libertad sus preferencias políticas. Si en lugar de elecciones municipales se hubiera desarrollado realmente un plebiscito o referéndum en toda regla, la monarquía lo habría perdido, porque el voto popular, fundamentalmente gracias a ese voto de las capitales y grandes ciudades, fue muy superior en número en favor de la opción republicana. Además, el propio Alfonso XIII, el gran afectado por la derrota, no tuvo más remedio que reconocer en un comunicado reproducido por ABC que las elecciones le habían demostrado que no tenía el amor del pueblo español (no sin que antes, eso sí, se mostrara favorable a reprimir las manifestaciones de júbilo republicanas que se desarrollaron de forma generalizada pacíficamente, aunque se encontró con la negativa de sus consejeros, que le respondieron que era difícil teniendo en cuenta que no sabían de que lado iba a estar la tropa). Por si todo esto fuera poco, a lo largo de las contiendas electorales que tuvieron lugar en la etapa republicana -como se encargó de reflejar Gabriel Jackson en su obra “La República Española y la guerra civil”-, los partidos que habían figurado en el Pacto de San Sebastián o los que, con posterioridad, se habían ido constituyendo profesando su republicanismo -en versiones más conservadoras o más progresivas- superaron en votos a aquellos que se decantaban por la monarquía u optaban por el llamado “accidentalismo”, como la CEDA de Gil Robles, de tal suerte que si el electorado español hubiera querido responder a una proclamación espuria de la República en las posteriores elecciones había tenido más de una oportunidad para hacerlo, pero en aquellos tiempos se había decantado claramente por la opción republicana. De la más próxima al 14 de abril, las elecciones a Cortes Constituyentes, incluso el aristócrata liberal e hispanista británico Gerald Brenan comenta que fue una clara demostración de que “España se había vuelto contra la dictadura y contra el rey”.

    El municipio guipuzcoano de Eibar fue el primero que proclamó en todo el territorio español la nueva República, en la madrugada del 14 de abril de 1931. Una placa en el ayuntamiento eibarrés recuerda este hecho.

    El municipio guipuzcoano de Eibar fue el primero que proclamó en todo el territorio español la nueva República, en la madrugada del 14 de abril de 1931. Una placa en el ayuntamiento eibarrés recuerda este hecho.

  2. La guerra de España ni comenzó en 1934 ni fue puesta en marcha por la izquierda. Esta falacia se ha puesto de moda entre los revisionistas, entre los que destaca el seudo-historiador Pío Moa (un ex-GRAPO del que puede decirse aquello de “no hay nada peor que la fe del converso”), para exculpar a las derechas reaccionarias que pusieron en marcha la sublevación de 1936, en connivencia con los sectores conspiradores del interior del ejército, de haber desencadenado la guerra civil. Historiadores como González Calleja han mostrado que los primeros en seguir la vía insurreccional contra el recién instaurado régimen democrático fueron monárquicos alfonsinos como Calvo Sotelo, Goicoechea y el conde de Toreno, carlistas como Fal Conde y los grupos de ultraderecha de las JONS y la Falange de José Antonio, a menudo interconectándose entre sí -como ocurrió en 1936-, y que estaban explorando esa vía desde el mismo año 1931. Ya en el primer bienio, por ejemplo, hay contactos entre conocidos líderes de la derecha reaccionaria y la dictadura fascista italiana para explorar el apoyo de Benito Mussolini a un pronunciamiento militar que derribase a la República (y uno de los emisarios de lujo ante el Duce es, ni más ni menos, que el rey que se marchó, según sus palabras, “para evitar un conflicto entre hermanos”, Alfonso XIII). Estos revisionistas omiten intencionadamente la intentona golpista de agosto de 1932 llevada a cabo por el general Sanjurjo en Sevilla, que fracasó en Madrid, con objeto de dar un giro conservador al régimen y que se sospecha tuvo entre los valedores civiles del golpe al líder del Partido Radical y luego presidente del gobierno Alejandro Lerroux, así como que a lo largo del primer bienio en los puestos de la administración y de las fuerzas de seguridad había muchos funcionarios reaccionarios que socavaban la autoridad y las reformas del gobierno y llegaron a emprender acciones represivas injustificables contra las que el gobierno republicano-socialista, bien es cierto, no fue capaz de actuar (en la represión feroz de Casas Viejas, por ejemplo, ejercida por miembros del nuevo cuerpo antidisturbios creado por la República, la Guardia de Asalto, llevó la voz cantante un siniestro capitán, Manuel Rojas, que acabó sentenciado a 21 años de prisión, y que tras la rebelión del 18 de julio se convirtió en jefe de un escuadrón de la muerte rebelde que acabó con la vida del entonces director general de Seguridad, Arturo Menéndez). O también que a la vía insurreccional le siguió la vía parlamentaria, que no por pacífica fue menos lesiva, preconizada por Herrera Oria y Gil Robles desde la CEDA, obstruyendo los proyectos reformistas del primer bienio -como hicieron con la reforma agraria- y procediendo con posterioridad a las elecciones parlamentarias de 1933, a una labor de desmontaje o anulación “de facto” de la legislación aprobada en aquel período, y con la especial colaboración del Partido Radical, con objeto de instaurar un estado autoritario y corporativo similar a los que se habían instaurado por entonces en Portugal y que proyectaban imponerse en Austria y Alemania. Por mucho que hoy se quiera disfrazar de “democristiano” el proyecto de la CEDA, los planes de Gil Robles eran otros: la colaboración con Lerroux no eran sino una etapa previa para alcanzar el gobierno y, desde él, hacerse con la mayoría absoluta en las Cortes que le permitiera reformar la Constitución del 31 en ese sentido parafascista. Y sus intenciones no se las ocultaba a nadie, con declaraciones en mítines como los de El Escorial o Covadonga donde, rodeado de la una guardia pretoriana formada por su organización juvenil, las JAP (Juventudes de Acción Popular) arengaba contra masones y judaizantes y afirmaba que “llegado el momento, o el parlamento se somete o le hacemos desaparecer”. Los discursos y las acciones -como la anulación de la reforma agraria, la bajada de salarios, especialmente en el campo, o el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida de las clases populares y la represión ejercida sobre los sindicatos o grupos obreros de izquierda, como la realizada por el ministro de Gobernación, Salazar Alonso, tras la convocatoria de una huelga general pacífica por el sindicato socialista de campesinos, la FETT- del gobierno radical-cedista iban a llevar a que el PSOE -radicalizado por un Largo Caballero decepcionado por el rumbo de los acontecimientos- y otros grupos obreros se prepararan bajo el lema “Antes Viena que Berlín” a emprender una mal planificada insurrección (que en el PSOE no pasaba más que de una amenaza retórica para evitar que el presidente de la República integrara en el gobierno a la CEDA, a quien consideraban, y no eran los únicos, los enemigos del régimen democrático, de ahí probablemente que se llevara a cabo tan mal) para evitar ser devorados sin luchar por parte de los grupos de la derecha reaccionaria. Pero no eran sólo Largo y los socialistas los que estaban molestos con la situación creada. Cuando, finalmente, una de las tantas crisis de gobierno que la CEDA desencadenó a lo largo del período 1933-1935, hizo que Alcalá Zamora llamase a Lerroux a formar gobierno con tres ministros de la CEDA en octubre de 1934, los grupos republicanos de izquierda y conservadores llamaron a romper toda solidaridad con este nuevo gobierno. Azaña, Martínez Barrio (un exradical que dejó el partido tras el acuerdo entre Lerroux y Gil Robles en 1933), Felipe Sánchez Román, Ángel Ossorio y Gallardo… incluso el antiguo colaborador de Alcalá Zamora, Miguel Maura, afirmó que el régimen republicano se había traicionado a sí mismo y a los que habían luchado para traerlo. Ninguno de ellos llevó a cabo una insurrección contra el gobierno, pero mostraban el estado de ánimo vigente entre los demócratas en esos instantes de 1934. La insurrección obrera de Asturias y de la Generalitat catalana -que Companys, lejos del desafío independentista que le proponían desde sectores de su propio partido, convirtió en un desafío federalista que integrase a las fuerzas de toda España opuestas al gobierno- pueden, por tanto, interpretarse como respuestas, siquiera excesivas o suicidas incluso, a una insurrección puesta en marcha desde el propio seno de las instituciones del Estado con objeto de convertir a Gil Robles en un nuevo Salazar o un émulo de su admirado Dolfuss, el dictador austriaco que había arrasado con la clase obrera socialista de Viena. El fracaso de la “Revolución de Octubre”, y la dura represión desatada, abrió una nueva etapa para la izquierda, que rechazó nuevas aventuras insurreccionales -incluso la propia CNT optó por dejar de lado la “gimnasia revolucionaria”, como la denominó uno de sus líderes, García Oliver, que la había caracterizado desde el bienio 1931-1933- y pasó a luchar contra la derecha reaccionaria a través de los comicios, para lo que desde 1935 se abrió paso la estrategia del Frente Popular. Las derechas, sin embargo, tras perder las elecciones de febrero de 1936 volvieron a lanzarse a la vía conspirativa, e incluso un año antes ya estaban preparando el terreno por vía de Gil Robles, convertido en ministro de Guerra, quien desde ahí premió a los militares más alineados con las posturas reaccionarias y subversivas -entre ellos Franco, el artífice de la represión de Asturias, que fue el colaborador más cercano del líder cedista- y defenestrando a aquellos más leales a la República o conocidos por sus simpatías izquierdistas, aumentando el presupuesto militar y tratando de recuperar para su departamento el mando de la Guardia Civil, que el nuevo régimen republicano había transferido al ministerio de Gobernación.

    Cartel del Socorro Rojo (1937) editado durante la campaña franquista del Norte, recordando la Revolución de Octubre de tres años antes.

    Cartel del Socorro Rojo (1937) editado durante la campaña franquista del Norte, recordando la Revolución de Octubre de tres años antes.

  3. Las elecciones de febrero de 1936 fueron ganadas con toda justicia por el Frente Popular, la coalición de fuerzas de izquierda que agrupaba a republicanos, partidos obreros y nacionalistas progresistas como ANV, Esquerra Valenciana y el Partido Galleguista. Los rebeldes (y más recientemente los revisionistas) levantaron la mentira de que el Frente Popular se hizo con el poder sin haber obtenido el triunfo en las elecciones, que correspondió a las fuerzas de la derecha y el centro, y que sólo la coacción y el pucherazo llevaron al poder a la izquierda. ¿Por qué afirmaron esto? Porque se trataba de limpiar que el levantamiento del 18 de julio había tenido lugar contra un gobierno legítimamente constituido, y de que por lo tanto su pecado original de “rebeldía” no existía. Pero en el momento de confirmarse el triunfo electoral del Frente las fuerzas de derechas que luego estarían envueltas en la conspiración, como Renovación Española (el grupo de Calvo Sotelo), la CEDA o la Falange de José Antonio emitieron contestación alguna a la victoria izquierdista. El propio presidente del gobierno, el conservador moderado Manuel Portela Valladares, confirmó con inequívocas palabras y poniendo como aval su propia autoridad como primer ministro del gabinete organizador de las mismas que el Frente Popular era el legítimo ganador de las elecciones. La repetición de las elecciones en segunda y tercera vuelta -en aquellas circunscripciones donde ningún candidato había obtenido el número de votos necesarios para ser proclamado diputado, o donde se habían dado denuncias de irregularidades-, como afirman José Venegas y Eduardo de Guzmán (dos de los más importantes estudiosos en la materia de las elecciones de 1936) no alteraron el triunfo por mayoría absoluta de la coalición de izquierdas, que había obtenido en primera vuelta. Las propias denuncias presentadas en la Comisión de Actas de Diputados de las Cortes -cuyas discusiones se prolongaron a lo largo del mes de marzo- registraron que en provincias donde había denuncias de irregularidades, como Pontevedra, Orense o Valencia, éstas se presentaban por unos candidatos de derechas contra otros (la derecha, al igual que le había pasado a la izquierda en 1933, se había presentado desunida a esos comicios, lo que afectó seriamente a sus resultados) y no contra la elección de los candidatos de izquierda. Algunos candidatos de derechas, como Calvo Sotelo, fueron finalmente ratificados en sus escaños a pesar de que en su circunscripción, Orense, había muchos indicios de que su elección se había reflejado bajo el signo del fraude. Y el caso de Calvo Sotelo es paradigmático de que, en 1936, al igual que ya había ocurrido en 1933, quienes tenían mayores posibilidades para ejercer coacciones, compra de votos o “pucherazos” eran los partidos de la derecha y su sostén social, especialmente en el campo, donde los propietarios rurales usaban la amenaza o la intimidación física para decantar la balanza hacia aquellos grupos políticos que mejor defendían sus intereses. A ello se sumaba la maniobra caciquil que significaba el Partido Centrista montado a toda prisa por Alcalá Zamora y Portela Valladares, que trataba de aprovechar los resortes gubernamentales para formar un grupo político que pudiese ser el “árbitro” de la República entre derechas e izquierdas. Portela estuvo mucho más digno que Alcalá Zamora en la derrota de este particular oficialismo, pues se opuso a las sugerencias de Gil Robles y Franco de declarar el estado de guerra y pasar por encima del resultado electoral, dimitió y apoyó con posterioridad a la República en guerra desde su escaño en las Cortes. El presidente de la República, desde su exilio en Suiza, mostró en un libelo su resquemor por su destitución por las nuevas Cortes acusando a posteriori al Frente Popular de haber ganado las elecciones de forma espuria y haber tratado de robar escaños a la oposición con tal de obtener una mayoría cuyo objetivo era el de destituirle. Pero se trata, como los argumentos de Serrano Suñer (diputado por la CEDA y luego ministro de Exteriores franquista) en los que se basó el informe elaborado por los rebeldes para negar legitimidad a la victoria frentepopulista, argumentos elaborados con posterioridad para esconder sus fallas propias. Como conclusión, el hispanista británico Henry Buckley, con gran experiencia sobre el terreno en la España de los años treinta, afirma que si las elecciones de 1936 hubieran tenido lugar en una democracia consolidada como la británica, en lugar de en una democracia joven y en proceso de asentamiento como la republicana española,“el Frente Popular tendría que haber obtenido una victoria mayor, porque la presión de la derecha fue terrible en todos aquellos lugares en los que el pueblo no podía o temía votar libremente y en los que el pueblo dio su voto a la derecha para asegurarse el pan y la sal”.

    Celebración en la Plaza de Cibeles de Madrid por la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

    Celebración en la Plaza de Cibeles de Madrid por la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

  4. En España no había en marcha ningún proceso revolucionario de carácter comunista en la primavera de 1936 que justificase una contrarrevolución preventiva, como se ha dado en presentar la sublevación militar del 18 de julio. La fuerza del PCE y el comunismo español entonces era mínima: con 17 diputados en unas Cortes unicamerales de 421 escaños -un número obtenido gracias a los acuerdos internos del Frente Popular, que había conseguido más de dos centenares y medio-, 3.500 militantes y sin haberse abierto aún la embajada soviética en España -cuyo gobierno propugnaba desde 1935 la colaboración con las democracias occidentales en dos vertientes, en política interna los frentes populares (como se hizo, antes que en España, en Francia) entre fuerzas “burguesas” y obreras, y en política externa la estrategia de “seguridad colectiva” anglo-franco-soviética para paralizar el ascenso del fascismo y las ansias expansionistas de Hitler y Mussolini-, ¿qué revolución podían propugnar los comunistas españoles, a riesgo además de contravenir las órdenes que emanaban desde Moscú y la Komintern? El PSOE, por su parte, se encontraba es cierto escindido entre el sector centrista de Indalecio Prieto, partidario de la entrada en el gobierno junto a los republicanos (reeditando la colaboración del primer bienio republicano) y el sector izquierdista de Largo Caballero, que seguía sobre todo fantaseando con unos planes nada concretos sobre la revolución -que el propio Largo afirmaba “no era para mañana”- y que esperaba para alcanzar el poder el momento en que los republicanos agotasen su proyecto, por lo que era partidario de entrar en el gobierno. Pero los caballeristas del PSOE y el sindicato socialista UGT no realizaron ningún movimiento, posiblemente por carecer de proyecto revolucionario a corto plazo, que indicase una toma de poder inmediata para derribar al gobierno de republicanos de izquierda sostenido por el propio Partido Socialista -como miembro del Frente Popular- en el parlamento. Incluso, paradójicamente, cuando la sublevación militar estaba a punto de dar su pistoletazo de salida, el sector prietista empezó a ganar posiciones en la ejecutiva del partido e incluso los propios dirigentes de la facción de Largo hicieron llamamientos a sus bases, entonces participantes en un alto número de huelgas (entre otras cosas para solicitar la restitución de derechos laborales conculcados en el anterior bienio) a fin de que moderasen su actitud para no socavar la autoridad del gobierno que presidía el abogado republicano Casares Quiroga. Ni siquiera la CNT, cuya actividad insurreccional había sido tan elevada en los años que van de 1931 a 1933, mostraba entonces una actividad que justificase siquiera mínimamente la intervención militar como una contrarrevolución preventiva. Y cualquiera que eche un vistazo al programa con que el Frente Popular se presentó a las elecciones verá que en él hay un proyecto reformista, regenerador, socialdemócrata… cualquier adjetivo posible menos revolucionario. Ni tan siquiera en el campo, donde tuvieron lugar ocupaciones y asentamientos de campesinos supervisados por el Ministerio de Agricultura y el IRA, que había decidido tomarse en serio definitivamente el problema de la reforma agraria, podía calificarse la situación como de revolucionaria, tal y como escribió en su obra “Misión en España” una personalidad nada sospechosa de bolchevismo: el embajador estadounidense en Madrid, Claude G. Bowers. La revolución que se pretendía existía en España se basó en noticias falsas que muchas veces hacían referencia en realidad a la situación política de la vecina Francia, en donde ocupaciones de fincas y fábricas se hacían al otro lado de los Pirineos como sucesos acontecidos en España, así como en una serie de cuatro “documentos secretos” fabricados ad hoc por los involucrados en la insurrección para demostrar que lo que habían hecho era anticiparse al golpe de mano de carácter comunista que iba a tener lugar. Hasta tal punto que, como tenían previsto dar el golpe antes (y que, como se ve en la película “Dragon Rapide”, al estar Franco mostrando unas cautelas que desesperaban al resto de militares conjurados, hubo que retrasarlo hasta el verano), tuvieron que cambiar las fechas de los documentos de mayo-junio a agosto para demostrar que su contrarrevolución se había anticipado a la fantasmagórica revolución. Los documentos prefrabricados habían sido supuestamente encontrados por los sublevados a lo largo de su camino desde Andalucía a Madrid, en Casas del Pueblo socialistas y locales de grupos de izquierda de poblaciones como La Línea (Cádiz), Lora del Río (Sevilla), Badajoz y Mallorca -supuestamente, en la isla balear tan comprometidos papeles se los “dejó” el comandante Bayo tras el desembarco y fallida reconquista por milicianos republicanos procedentes de Cataluña y Valencia-. Pero los documentos, y la forma de encontrarlos, contienen las suficientes incoherencias como para sospechar de su autoría apócrifa y de que su cometido era el de justificar lo injustificable. En primer lugar, ¿cómo pueden aceptarse como pruebas irrefutables de los planes revolucionarios unos documentos que no llevan encabezamiento, sello o firma alguna que atestigüe la autenticidad de que han sido elaborados por miembros de las organizaciones conjuradas en la susodicha revolución? Los “documentos”, además, no son tales, sino hojas mecanografiadas que los diferentes medios de comunicación, de fuera y dentro de las fronteras españolas, que quisieron mostrarlos como pruebas del “complot comunista”, a veces ni conocieron o sólo a través de fotocopias. En segundo lugar, ¿por qué razón iban a querer guardar las agrupaciones locales del PSOE, la UGT o el PCE de una población de provincias un documento acerca de una reunión entre dirigentes de los grupos obreros de Francia y España -como fue el caso del documento III, que se encontró en una localidad de Badajoz- o sobre la composición futura del gobierno revolucionario español -contenido del documento II, que se encontró en Lora del Río-? Aparte de ser poco racional por su carácter comprometido en caso, precisamente, de que esos documentos cayeran en manos de la policía o de sus rivales políticos, es además bastante inútil a la hora de desencadenar los planes a nivel local. Hubiera sido más sospechoso y más efectista un documento con una lista de nombres que desempeñasen el “Soviet” local o las primeras medidas a desarrollar por las nuevas “autoridades revolucionarias” del municipio. En tercer lugar, los documentos están llenos de incoherencias. La primera, la composición del gobierno soviético español es tan heterodoxa que su funcionamiento coherente insostenible: un gobierno presidido por Largo Caballero y formado por un comunista como el secretario general del PCE José Díaz (un comunista actuando para derribar un gobierno de Frente Popular en una república democrática automáticamente cerraría las puertas de cualquier colaboración entre Stalin y las democracias occidentales, así que es un delirio pensar que Díaz recibiera autorización de Moscú siquiera para considerar tal propuesta), un socialista de la facción de Prieto como Jiménez de Asúa (Asúa, un republicano a carta cabal, el presidente de la comisión que elaboró la Constitución de 1931, recientemente nombrado embajador de la República en Checoslovaquia… ¿derribando un régimen que él mismo ayudó a construir y además situándose a las órdenes de un Largo al que los propios prietistas consideraban imbuido de fantasías que impedían que los socialistas formasen gobierno con los republicanos?) o dos anarcosindicalistas tan dispares como David Antona (uno de los elementos más intransigentes de la CNT a quien en junio de 1936 Caballero trataba de convencer para que el sindicato aceptase el arbitraje gubernamental en la huelga de la construcción de Madrid, como había hecho la UGT, y el gobierno republicano encontrase un respiro) y Ángel Pestaña (un viejo anarquista moderado que había sido expulsado por su moderación frente al sector radical de la FAI y que había fundado el Partido Sindicalista en 1934, abriendo la novedosa puerta de la vía parlamentaria al anarcosindicalismo). Esta composición sólo puede tener consistencia en la cabeza de personas que, simplificando las cuestiones políticas, no dudaban -y no dudan hoy día- de aglutinar a todos sus enemigos simplemente como “rojos”. La segunda: si tales planes de revolución y toma del poder existían, ¿por qué los trabajadores y la izquierda española estaban tan escasamente preparados en el momento en que estalló la sublevación militar? El general rebelde Emilio Mola llegó a hablar de la existencia de nada menos que cien mil obreros armados y entrenados. Pero cuando la rebelión militar tuvo lugar el 18 de julio, a la clase obrera española y las fuerzas progresistas les pilló poco menos que por sorpresa, y no hubo armas en manos de los trabajadores hasta que se las entregó el gobierno o, anticipándose a él, las autoridades civiles locales. ¿Cómo explicar que en una ciudad que era poco menos que un santuario anarcosindicalista como Zaragoza, donde pocos meses antes la CNT había celebrado su congreso, la rebelión triunfara con tanta prontitud, o que el general Queipo de Llano se jactara de haber tomado con apenas una compañía una ciudad tan “roja” como Sevilla? Los documentos, además, podían ser de todo menos secretos, al menos no por la parte que los elaboró: Claridad, el órgano de expresión de los socialistas de Largo Caballero, recibió a finales de mayo de 1936 de manos de un militante uno de estos documentos elaborados por los reaccionarios e inmediatamente, al ver la gravedad de su contenido, lo puso en manos de los redactores del periódico. La reacción del medio no podía ser otra que la que se esperaba: “Grotesco y criminal. Cómo vamos a realizar la revolución […] El documento que publicamos a continuación ha sido sustraído a cualquier idiota, dirigente fascista, por un excelente compañero. Las personas son en este caso lo de menos. Lo de más, lo importante, es el estrago que con estupideces como esta, sabiamente distribuidas, se causa, manteniendo una inquietud criminosa y excitando a gentes pusilánimes a ver en las organizaciones obreras sectas de energúmenos auténticos -como dirían ciertos camaradas- que sueñan con el exterminio de media humanidad”. Por desgracia, fuera a través de estos o de otros documentos propagandísticos, no fueron pocos los pusilánimes que creyeron eso de la izquierda republicana y obrera españolas.

    Los campesinos de Badajoz llevaron a cabo, en marzo de 1936, ocupaciones de fincas para impulsar la reforma agraria desde abajo y obligar al nuevo gobierno a tomársela en serio y decididamente el problema.

    Los campesinos de Badajoz llevaron a cabo, en marzo de 1936, ocupaciones de fincas para impulsar la reforma agraria desde abajo y obligar al nuevo gobierno a tomársela en serio y decididamente el problema.

  1. La agitación social y callejera en los meses previos a la sublevación militar fue promovida por las propias derechas envueltas en la rebelión, en una estrategia que se llevó a cabo con posterioridad en los estados europeos en que actuó la llamada “organización Gladio” o el Chile presidido por Salvador Allende, y que se ha bautizado como “estrategia de la tensión”. Esta estrategia de provocación, ataques violentos y atentados que generen una sensación de caos y conflicto inminente tiene como objeto crear en la opinión pública una posición favorable a una “solución de orden”, bien sea a través de la inclinación del electorado hacia posiciones políticas conservadoras, o bien la aceptación de un golpe de estado que instaure una dictadura civil o militar derechista. Los hechos han demostrado que, al contrario de lo afirmado por la prensa derechista, parlamentarios como Gil Robles o Calvo Sotelo -que presentaron informes dantescos sobre la situación del orden público con objeto de desprestigiar al gobierno frentepopulista-o la historiografía posterior, que llegó a convertir en “vox pópuli” la idea de la etapa republicana, y más aún la del Frente Popular, como un caos social de por sí, quienes llevaban la voz cantante a la hora de elaborar atentados y ataques eran militantes de grupos paramilitares de la extrema derecha, quienes llevaban recibiendo ayuda financiera y logística desde prácticamente el nacimiento mismo de la República, como la Falange o la fascistizada Juventud de Acción Popular, la organización juvenil cedista dirigida por Serrano Suñer que Gil Robles consintió se pasara en masa a las filas falangistas. Unas pequeñas estadísticas de César de Vicente muestran que la violencia política ejercida en 1936 fue originada en su mayor parte por elementos de la extrema derecha, miembros de las fuerzas de seguridad y militares -sin duda, a partir del pronunciamiento militar, pero también con anterioridad, repitiendo las viejas estructuras ideológicas y de clase, ya que las resistencias a aplicar las políticas reformistas del Frente Popular, especialmente en el campo, sin duda generaron sucesos como los de Yeste (Albacete), donde la investigación fue obstaculizada incluso por los propios miembros de la Guardia Civil implicados- y tuvieron como víctimas en su mayoría a militantes y simpatizante de los grupos de izquierda, que actuaron en represalia a las acciones de sus rivales políticos. Como escribe el propio De Vicente, en 1936 no hubo más conflictividad que en el bienio 1931-1933, en gran medida, como ya hemos comentado, porque la CNT, gran protagonista de las insurrecciones obreras del primer bienio, abandonó la “gimnasia revolucionaria”, como la bautizó uno de sus dirigentes, Juan García Oliver, y también porque el PSOE del “Lenin español” Largo Caballero no propuso las acciones revolucionarias que hubieran hecho honor a tal nombre. Tampoco se repitieron los días de la revolución y la represión de Octubre de 1934. El gobierno de Azaña, y luego de Casares Quiroga, cuando aquel fue promovido a la presidencia de la República, hicieron un gran esfuerzo, aunque sus efectos fueran limitados, por el mantenimiento del orden público sin recurrir al ejército o las fuerzas de policía como había sido tan común en los años anteriores, especialmente en el caso de los conflictos laborales. En el terreno del campo, donde tuvieron lugar ocupaciones de fincas como las de Badajoz del mes de marzo y la distribución de tierras en Extremadura, Salamanca, Toledo o Cádiz se multiplicó por varios números con respecto a las que habían tenido lugar en el primer bienio, el ministro Ruiz Funes mandó a los técnicos del Instituto de Reforma Agraria para dar cauces legales a los procesos y distribuir ayuda técnica y financiera a los nuevos ocupantes, en lugar de recurrir a la Guardia Civil. En conflictos laborales como los de los obreros ferroviarios o las huelgas de construcción y ascensores de Madrid (donde la CNT se mostró mucho más beligerante que la UGT), se implementaron mecanismos de arbitraje y se hicieron grandes esfuerzos para el mantenimiento de los servicios, en el caso del transporte en tren. Las tensiones con la Iglesia se redujeron, de tal suerte que los colegios religiosos pudieron funcionar con normalidad, las procesiones de Semana Santa salir a la calle, aunque fuertemente protegidas por los cuerpos de seguridad, y el embajador de la República en el Vaticano, Luis de Zulueta, recibir la autorización pontifica para ejercer su cargo en Roma. Y, a pesar de que el tema del orden público centraba mucho la actividad parlamentaria, hubo una intensa actividad legislativa referida a otros asuntos: la admisión de los despedidos injustamente a causa de la represión de la Revolución de Octubre de 1934, la celebración -y posterior aplazamiento- de las elecciones municipales de mayo, la presentación para su aprobación de los proyectos de estatuto de autonomía de Galicia y Euskadi, un nuevo proyecto legislativo para aumentar la participación estatal en la gestión ferroviaria (entonces, salvo una compañía pública, los ferrocarriles eran gestionados por empresas privadas), la reforma de la elección de los miembros del Tribunal de Garantías Constitucionales… Es injusto que la etapa del Frente Popular previa a la sublevación militar haya pasado a la historia sólo por la cuestión de un orden público convenientemente deteriorado, además, por los propios enemigos de la República. Francisco Espinosa, en su obra “Violencia roja y azul”, asegura que en aquellos meses era legión la masa de españoles preocupados por trabajar y continuar con su vida en comparación con aquellos que estaban en grupos paramilitares. Como escribe Gabriel Jackson, “en cuanto a la clase media urbana y la masa de republicanos y socialistas, ciertamente no actuaban como si anticiparan la guerra o la revolución. A primeros de julio, miles de esposas se llevaron a sus hijos a sus casas de veraneo, mientras sus esposos se quedaban en Madrid, Barcelona o Bilbao. Miles de niños partieron para los campamentos de vacaciones […] Si los padres, los obreros socialcatólicos o los dirigentes de la UGT hubieran anticipado la guerra, estos campamentos jamás se hubieran abierto en la primera semana de julio; ni los oficiales de caballería habrían partido a Berlín [a las Olimpiadas en las que iban a participar dentro del equipo olímpico español] ni Largo Caballero habría acudido a una conferencia laboral de la Segunda Internacional en Londres…” Ciertamente, la cuestión del orden público era preocupante, pero no tanto como para que la vida normal española diera la impresión, como se pretendió crear en el imaginario colectivo de las generaciones de posguerra y de quienes crecieron en el franquismo y la transición, de estar paralizada. Además, muchos de los conflictos de índole económica, social o laboral ocurridos entonces hundían sus raíces en el ambiente de represión, humillación y degradación de las condiciones de vida de las masas trabajadoras, creado durante el “Bienio Negro”, que ahora tenía que resolver el gobierno del Frente Popular y cuyas soluciones no iban a ser ni rápidas ni sencillas. Entre las cosas que dificultaban la labor gubernamental, y no menos importante, relativa además a la cuestión del orden público, estaban las miles de licencias de armas concedidas por el gobierno radical-cedista durante los años 1933-1935 a personas afines a su ideología o de su propio medio social -propietarios, terratenientes, militantes de grupos de la derecha reaccionaria- que acabaron usándose, en 1936, para la comisión de atentados y asesinatos contra trabajadores y militantes de la izquierda. Para los franquistas y los revisionistas de nuestros días, es un mantra considerar el colmo de la violencia política y un crimen de Estado, comparable poco menos que a los asesinatos de los GAL, el asesinato del José Calvo Sotelo, el líder del monárquico Renovación Española y una de las personalidades más conocidas de la trama civil de la conspiración antirrepublicana que fraguó en el golpe del 18 de julio. Pero varias cosas son importantes a la hora de analizar el asesinato de Calvo Sotelo: para la derecha no tenía ni tiene importancia alguna, al parecer, que antes que Calvo Sotelo los grupos paramilitares derechistas (apoyados por la CEDA, Renovación Española o los carlistas de las Cortes) atentaran contra Luis Jiménez de Asúa o Dolores Ibárruri “Pasionaria”, prendieran fuego a la casa de Largo Caballero, explotaran una bomba en los bajos de la tribuna presidencial en el desfile del 14 de Abril con objeto de dar muerte al nuevo presidente republicano Manuel Azaña, o que mataran al policía Jesús Gisbert (escolta de Jiménez de Asúa, en el transcurso del atentado contra él), al capitán del ejército y conocido republicano Carlos Faraudo (asesinado en plena calle mientras paseaba con su esposa), al juez Manuel Pedregal (en represalia por haber condenado a cárcel a los falangistas autores del atentado contra Asúa) o, por último, a José del Castillo, el teniente socialista de la Guardia de Asalto que fue la gota que colmaba el vaso de la paciencia de sus compañeros, que buscaron venganza y la encontraron en la figura del diputado monárquico. Por otra parte, poco parece importar que el gobierno de Casares Quiroga y su ministro de Gobernación, Juan Moles, hubieran dispuesto escolta policial para los diputados que más hubieran podido estar en el punto de mira de actos violentos, y Calvo Sotelo era uno de ellos, hasta el punto de que (con la colaboración de Gil Robles) el propio Moles cambió a dos policías de su escolta de los que el diputado reaccionario no se fiaba, así como que el gobierno detuviera a los guardias sospechosos de haber cometido el asesinato y prometiera ponerlos a disposición judicial para depurar sus responsabilidades por la muerte del político de Tuy: el “revisionismo histórico” ha convertido en un crimen de Estado lo que no es sino un asesinato político perpetrado por individuos que actuaban por cuenta propia, no siguiendo orden alguna del gobierno o las instituciones republicanas. Y, para finalizar, es un poco de chiste convertir en un “mártir de España” (poco más o menos así figura en el monumento que existe aún hoy en su homenaje en la madrileña Plaza de Castilla) a uno de los más relevantes conspiradores contra la legalidad republicana, que probablemente, si las autoridades republicanas le hubieran detenido al estallar la sublevación, habría sido sometido a juicio ante un tribunal y ejecutado como lo fueron los generales Manuel Goded o Joaquín Fanjul.En definitiva, la violencia sembrada durante los meses previos al “Alzamiento Nacional” responde muy bien al esquema de “estrategia de la tensión” al que muy gráficamente se refirió Antonio Ramos-Oliveira con la siguiente sentencia: “Durante los cuatro o cinco meses que separan la victoria de la República (sic) de la rebelión militar, cada vez que fue posible saber quién había disparado, o conocer el origen de una calamidad, es evidente que aquellos que se llaman los “paladines del orden” fueron indiscutiblemente los culpables”

    Elección de Manuel Azaña como presidente de la República en 1936 por los diputados y compromisarios. Pabellón de Cristal de El Retiro. Madrid.

    Elección de Manuel Azaña como presidente de la República en 1936 por los diputados y compromisarios. Pabellón de Cristal de El Retiro. Madrid.

  1. El ejército nacional que luchó en la guerra civil española no fue otro que el Ejército Popular de la República. Es una broma de mal gusto que Franco y sus generales autodenominasen a su ejército “nacional”, no sólo porque se levantaron contra el legítimo gobierno de la nación, sino porque su composición y el nivel de ayuda externa recibida, esenciales para su victoria, le niegan prácticamente ese carácter. Bajo el paraguas de la (aunque precaria) legalidad internacional vigente en ese momento, sólo el gobierno de la República podía recibir ayuda extranjera, pues era el legítimo e internacionalmente reconocido (ante gobiernos extranjeros y la Sociedad de Naciones, de la cual emergía esa legalidad antes mencionada) gobierno español. Pero, al igual que había sucedido apenas un año antes con la invasión italiana de Abisinia (la actual Etiopía), la SdN y en especial los países que tenían capacidad de hacer que respondiera -Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia- no hizo nada por ayudar al país africano a resistir la invasión de las tropas mussolinianas. Esto, sin embargo, significaba un error, un inmenso e imperdonable error, no la ruptura explícita de las reglas del juego, que seguían vigentes en el momento en que la sublevación militar tuvo lugar y la división del país en una zona “nacional” o sublevada y una zona republicana o gubernamental se hizo patente, como se hizo patente que desde el minuto uno los primeros estaban recibiendo ayuda de las potencias fascistas (el traslado de las tropas del protectorado español de Marruecos a la Península en aviones proporcionados por Italia y Alemania para poder cruzar el estrecho de Gibraltar y romper el bloqueo establecido por la Marina republicana). Las potencias democráticas de Gran Bretaña y Francia manipularon a la SdN y suplantaron su autoridad con el Comité de No Intervención, una pantomima con la que creían contener a las potencias fascistas y erradicar su ayuda a los rebeldes, lo que estuvo lejos de ser verdad: el bloqueo al que se sometió a España en la recepción de armas sólo funcionó en una dirección, la que las patrullas fascistas germano-italianas realizaron para evitar la llegada de pertrechos a la República a través de los puertos mediterráneos. Las franco-británicas, por su parte, dejaron pasar buques repletos de armas a la zona sublevada y dejaron funcionar al Portugal de Salazar como un gigantesco portaaviones que trasladara suministros desde la costa atlántica lusa a la zona occidental del “gobierno de Burgos”. Los republicanos confiaban, al principio y como mal menor (era una violación de las leyes internacionales), en que un funcionamiento correcto del Comité de No Intervención, al impedir la ayuda internacional a cualquiera de los dos contendientes, les beneficiaría a sofocar la sublevación al contar con más armamento que sus enemigos. Pero como sólo estaba funcionando en contra suya, que tenían que recurrir al contrabando y a agentes de dudosa moralidad que engañaban a los agentes y diplomáticos desesperados de la República, mientras los pertrechos seguían llegando en cantidades ingentes a los “nacionales”, el Comité de No Intervención estrangulaba sin remedio a la República. Sin la ayuda exterior de Alemania, Italia y Portugal, los soldados enviados por éstas -se han llegado a cuantificar en hasta 180.000 hombres, entre Viriatos salazaristas portugueses, la Legión Condor nazi y el Corpo di Troppe Volontarie (CTV) mussoliniano-, la Legión Extranjera y los Regulares marroquíes, los sublevados habrían sido incapaces de ganar la guerra, y aún así tuvieron que emplear tres años para vencer la dura resistencia republicana. Para la República fue un alivio, pero no más que eso, que la URSS -que estaba tratando de establecer una alianza con Francia y Gran Bretaña para superar su aislamiento internacional y patrocinaba a nivel de estados, como había hecho con los “frentes populares” interclasistas entre los partidos comunistas y los partidos democrático-burgueses, la estrategia de Seguridad Colectiva para hacer frente al fascismo- abandonara el Comité de No Intervención y decidiera prestar ayuda a la España republicana, vendiéndole armas y enviando asesores e instructores para su incipiente Ejército Popular. La ayuda soviética (único país, junto con el lejano México, que prestó una ayuda efectiva al gobierno legítimo), sin embargo, no pudo llegar nunca a los volúmenes que las potencias nazi-fascistas estaban destinando a la España rebelde. En primer lugar, porque, como escribe Ángel Viñas, la ayuda rusa era “circunstancial y en segunda línea”, puesto que la Rusia soviética no era el principal aliado de la España republicana, sino que eran los aliados naturales de la España democrática, Francia y Gran Bretaña, los que tenían que dar el paso natural y apoyar a la República. En segundo lugar, porque cada vez que la URSS ayudaba a la República y les suministraba material, Hitler y Mussolini redoblaban sus esfuerzos a favor de Franco y aumentaban el volumen de suministros a su aliado español, por lo que la URSS -a quien, además, le preocupaba el expansionismo japonés en el Extremo Oriente y estuvo, en 1938, prestando ayuda a China en su guerra contra la invasión nipona, en detrimento de España- siempre fue por detrás de los dictadores fascistas. Hay varias cosas interesantes que sacar de todo esto: la URSS no estuvo interesada en hacer de España un régimen satélite del Kremlin, como la propaganda franquista y algunos especialistas de dentro y fuera de las fronteras españolas se han empeñado en afirmar. Si lo hubiera deseado efectivamente, habría puesto toda la carne en el asador para derrotar a Franco y construir una república socialista en tierras ibéricas, pero la ayuda rusa, como hemos dicho y las cifras han demostrado, fue muy por detrás de la prestada por Hitler y Mussolini. A un país como la URSS, que entonces estaba haciendo, con un enorme coste humano (en el que se incluyen la tremenda represión por la colectivización forzosa y los trabajos forzados), su transformación desde una nación rural a una potencia industrial de primer orden, le habría sido de un coste inasumible defender un país satélite a una distancia de miles de kilómetros y sometido continuamente a la hostilidad de potencias capitalistas. Por otro lado, tampoco hubiera transmitido órdenes, a través de la Komintern (la Internacional Comunista), para que el PCE se limitara a apoyar al Frente Popular y a defender, sin ir más allá, la república democrática. En una época en la que para los comunistas la palabra de Stalin era poco menos que las tablas de la ley, la línea política marcada por Moscú fue seguida a rajatabla, y las posteriores elucubraciones sobre la preparación en el seno de la República de un golpe comunista o de un control comunista de las instituciones son poco menos que aventuradas. La influencia comunista en España, que fue muy grande debido al prestigio organizativo del PCE, su defensa de la República democrática y la ayuda rusa, trajo también consecuencias negativas, entre ellas los intentos de reproducir en España el terror al trotskismo y la represión contra los enemigos de los comunistas, pero aquí no se reprodujeron circunstancias como las que, a partir de 1947-1948, llevaron en Europa del Este a la transformación de las democracias populares en dictaduras al modo de Moscú. El primer ministro republicano Negrín, acusado de “títere” de Moscú, fue un político que siguió una línea independiente, a pesar de que tuvo que tragar con algunas cosas (la ejecución irregular de Andreu Nin, líder del POUM, por ejemplo) por no poner en riesgo la ayuda del único país que entonces podía dársela. Se esforzó por atraer -mediante esfuerzos diplomáticos- para la causa republicana a franceses y británicos, convenciéndoles para que abandonaran la No Intervención, ya que España estaba haciendo frente al fascismo como en poco tiempo tendrían que hacer ellos; restableció el orden y las garantías democráticas del Estado republicano; y en varias ocasiones rehusó ofertas hechas desde Moscú o desde el PCE, algo que no cuadra con la imagen de un “títere”. Stalin, por ejemplo, le había propuesto convocar elecciones que reflejaran mejor el nuevo ambiente político del país, y que sin duda iban a favorecer a los comunistas, y Negrín rehusó porque las circunstancias bélicas impedían la convocatoria de unos comicios. Asimismo, el cese de Indalecio Prieto en la cartera de Defensa no fue realizado por deseos de los comunistas -Negrín lo había mantenido más de una vez en su puesto pese a las opiniones de los ministros del PCE-, sino por decisión propia tras unas declaraciones de Prieto que no encajaban en absoluto con el carácter de un ministro de Defensa en tiempos de guerra. Y, quizá más significativo, se negó a aceptar las graves acusaciones comunistas contra los miembros del trotskista POUM, que hubieran reproducido en España los “juicios de Moscú”, por lo que los acusados fueron juzgados por tribunales civiles con arreglo a las leyes republicanas. Esa influencia comunista en la República gobernada por Negrín fue razonada por éste ante sus compañeros de la ejecutiva del PSOE en 1938: “No puedo prescindir de los comunistas porque representan un factor muy considerable dentro de la política internacional y porque tenerlos alejados del poder sería, en el orden interior, un grave inconveniente. No puedo prescindir de ellos porque sus correligionarios en el extranjero son los únicos que eficazmente nos ayudan, y porque podríamos poner en peligro el auxilio de la URSS, único apoyo efectivo que tenemos en cuanto a material de guerra”. Las razones de Negrín eran de índole patriótica, como cuando Churchill enunció su famosa sentencia “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” a la hora de referirse a la alianza entre británicos y soviéticos contra Hitler. Y más amiga, aunque dolorosamente, tenía que ser la URSS cuando los aliados naturales (franceses y británicos) de la España republicana, a quienes tanto intentó Negrín despertar de su suicida sueño del apaciguamiento, le volvían cruelmente la espalda. Así se lamentaba el primer ministro republicano ante su correligionario y amigo Juan Simeón Vidarte con estas amargas palabras: “¿Es que usted cree que a mí no me pesa, como al que más, esta odiosa servidumbre? Pero no hay otro camino. Cuando hablo con nuestros amigos de Francia todo son promesas y buenas palabras. Después empiezan a surgir los inconvenientes y de lo prometido no queda nada. La única realidad, por mucho que nos duela, es aceptar la ayuda de la URSS o rendirse sin condiciones…” Y para Franco un enemigo rendido era un enemigo muerto. El ejército republicano fue un ejército nacional porque, además, no hubo en sus filas la apabullante cantidad de combatientes extranjeros -y parece mentira que los rebeldes se bautizaran como Movimiento Nacional al tiempo que tenían a tantísimo foráneo en sus filas, un auxilio sin el cual la toma de Santander o Málaga o los bombardeos asesinos de Madrid, Barcelona, Guernica o Durango no hubieran llegado a realizarse- con la que Franco y sus generales combatieron. Los soldados republicanos fueron bautizados, no sólo despectivamente, sino para subrayar su carácter extranjero (antiespañol) y soviético, de “Ejército Rojo”. Ni por asomo hubo en España tal “Ejército Rojo”: la cifra total de personal enviado por la Unión Soviética -instructores, tanquistas, asesores militares, traductores, etc.- para el conjunto de los tres años de guerra fue de unas 2.000 personas. Puede leerse incluso el testimonio de una persona muy poco dada a simpatías con los rusos, el escritor inglés George Orwell, sobre esa fantasía de considerar que en España había un ejército soviético: “La única línea de propaganda disponible para los nazis y los fascistas fue presentarse como patriotas cristianos que estaban salvando Europa de una dictadura rusa […] había piadosos partidarios de Franco que se creían esta fábula; los cálculos sobre el número de estas fuerzas [soviéticas] llegaron a alcanzar el medio millón de hombres. Pues bien, no había ejército ruso en España. Hubo quizá un puñado de pilotos y otros técnicos, como mucho algunos centenares, pero no había un ejército; esos millares de extranjeros [alemanes e italianos de las fuerzas del Eje] que lucharon en España fueron testigos de este hecho. Sin embargo, su testimonio no hizo mella en los propagandistas franquistas, de los cuales ninguno había puesto los pies en la España republicana…” Los voluntarios de las Brigadas Internacionales que lucharon del lado de la República tampoco pueden considerarse un Ejército Rojo encubierto. No por su volumen: en total, por España pasaron un número total de brigadistas entre 1936 y 1939 que se suele estimar entre los treinta y cinco y los cuarenta mil hombres, y en muchas ocasiones, debido a las bajas, hubo Brigadas Internacionales  que hubo de completarse con soldados españoles-cuando el gobierno Negrín decidió retirar, en 1938, a unos 10.000 últimos voluntarios de las BB.II. como un gesto de buena voluntad para restar dimensión internacional al conflicto, esa cifra sólo era el 10% del total de extranjeros que estaban combatiendo del lado franquista, que nunca hizo un gesto similar de retirar a sus combatientes extranjeros-. No por su instrucción militar, pues aunque había entre ellos veteranos de la PGM u otros conflictos, muchos de los que llegaban no tenían el menor rudimento de combate y, aunque hubo quien se refirió las Brigadas como la “Legión Extranjera de la República”, su nivel no fue el que tenían los combatientes de la misma o de los regulares marroquíes en el lado de Franco. Y no por su composición o su ideología política: aunque la militancia de las Brigadas era mayoritariamente comunista (la intención de Stalin era la de encauzar la ayuda en combatientes por parte de la III Internacional y el PC francés, dado que la sede de reclutamiento estaba en París, ganando una batalla política a otras fuerzas de izquierda), había también combatientes de otras formaciones políticas, socialistas o demócratas antifascistas, o gente sin partido que tenía el convencimiento de que la lucha en España era el primer paso pata detener al fascismo en Europa y en el mundo. Además, esa idea de que las Brigadas Internacionales funcionaban como un banco de pruebas para el posterior establecimiento de las “democracias populares” en Europa del Este, como escribió César Vidal en su obra sobre las mismas (en las que hasta exagera con el número de brigadistas que pasaron por España) es una argumentación imposible de sostener. Ninguno de sus miembros estaba en España para construir una “democracia popular” en el sentido que éstas tuvieron a partir de 1947-1948, es decir, el de dictaduras de “socialismo real”. Venían a luchar contra el fascismo y por la República democrática, no ya porque lo sintieran internamente, sino porque la Komintern que había ideado las Brigadas no defendía otra cosa. Los brigadistas de Europa Oriental, Europa Occidental y Estados Unidos estuvieron sometidos todos a un enorme peligro, el nuevo conflicto bélico de la SGM, las cárceles, los campos de concentración, sin saber si en el futuro habría o no democracia popular que construir en cualquier parte del mundo. Además, el devenir posterior de las democracias populares este-europeas en dictaduras siguiendo el modelo de Moscú bien pudo no ser así, y transcurrir de un modo en el que el pluralismo, la reconstrucción nacional y la justicia social estuvieran asegurados. Hoy sabemos que en gran parte la construcción de esos regímenes autocráticos en Europa Oriental estuvo originada por la tensión de una “guerra fría” incipiente y estimulada desde el lado de Estados Unidos y Gran Bretaña (dos países cuyos gobiernos dejaron en la cuneta a la República Española), y que, curiosamente, entre los grandes damnificados de aquella época están muchos brigadistas de Occidente, Estados Unidos y Europa Oriental, señalados como chivos expiatorios por la “caza de brujas” en Norteamérica y las “purgas” estalinistas. Pero al parecer todo vale para denigrar a quienes vinieron a defender una causa noble…

    Cartel de homenaje a las Brigadas Internacionales, con la efigie de la República y dos soldados, uno español y otro brigadista.

    Cartel de homenaje a las Brigadas Internacionales, con la efigie de la República y dos soldados, uno español y otro brigadista.

  1. Franco, el hombre cuyos restos reposan junto a los del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, en el Valle de los Caídos, y que organizó un gran número de homenajes propagandísticos en torno a la figura del “Gran Ausente”, incluyendo una enorme procesión de traslado de sus restos desde Alicante hasta el monasterio de El Escorial en 1939, no hizo nada en absoluto por salvar la vida del caudillo falangista cuando tuvo medios a su alcance para trasladarle, mediante un canje de prisioneros, de la zona republicana a la zona bajo control rebelde. El propio general era el más interesado en que Primo de Rivera siguiera encarcelado y hasta en su posterior fusilamiento. José Antonio, encarcelado antes de la guerra civil tras la ilegalización de Falange al descubrirse un complot de la cúpula falangista en Estremera (Madrid), iba a ser juzgado a mediados de noviembre de 1936 por su implicación en la sublevación militar de julio. Al igual que sucedió en otros momentos de la guerra, Franco boicoteó el canje de prisioneros con las autoridades republicanas, bien rebajando el número de presos que estaba dispuesto a entregar por su parte o cambiando los presos republicanos por delincuentes comunes, engañando a los republicanos y desesperando a organismos internacionales como la Cruz Roja que habían puesto todo su empeño en que el intercambio llegara a buen puerto. Lo grave del asunto es que Franco se había dedicado a hacer ese juego también con la figura más carismática del fascismo español, un líder político de mayor talla intelectual y oratoria que la que él tenía, y que estaba dispuesto a sacrificarlo por su interés personal. Al igual que sucedió con el fallecimiento en accidente aéreo del general Sanjurjo cuando se trasladaba desde Portugal a la zona rebelde para ponerse al mando de los sublevados, o como pasaría con el del general Mola -apodado “El Director” por sus compañeros de conspiración- en 1937-, Franco sacaría partido de la ejecución del caudillo falangista -una ejecución que enfureció al propio primer ministro republicano en aquellos momentos, Largo Caballero, porque había tenido lugar antes de que el Consejo de Ministros pudiera decidir sobre la confirmación de la pena capital o el indulto para Primo de Rivera, y porque, en el terreno personal, temía que los rebeldes tomaran represalias en la figura de su hijo, Francisco Largo Calvo, tomado como rehén por aquellos cuando se encontraba haciendo el servicio militar-. En primer lugar, a Franco le permitía explotar la muerte de José Antonio para aglutinar al incipiente Movimiento Nacional como un movimiento político de partido único que agrupase a monárquicos, falangistas y carlistas, dejando a un lado sus tendencias divergentes, alrededor de su liderazgo personal. El carismático José Antonio no habría permitido, por la naturaleza de Falange, la unión con carlistas y monárquicos por tratarse de un movimiento antidinástico y anticonfesional. De hecho, sus herederos ideológicos, con Manuel Hedilla a la cabeza, mostraron su rechazo al Decreto de Unificación. En segundo lugar, porque la eliminación física de Primo de Rivera le permitía gozar de una posición dominante sin oposición en la zona rebelde, donde a partir del 1 de octubre de 1936 había conseguido la Jefatura del Estado (un día que iba a celebrarse durante el franquismo como el Día del Caudillo). Más aún cuando un rival tan poderoso por carisma y brillantez intelectual era una piedra en el zapato del liderazgo del general ferrolano y una fuente de divisiones políticas internas. Y en tercer lugar, y quizá no menos importante, por la propia evolución política de José Antonio en sus últimos tiempos, que le había llevado a pensar en la necesidad de que se detuviese la guerra y en la formación de un gobierno nacional, que reflejó en su testamento, donde figuraban republicanos y socialistas moderados como Prieto, por quién sentía una cierta estima política. Si estas ideas fueran transmitidas a las gentes influyentes de la zona rebelde, Franco (que no estaba dispuesto a contemplar otra cosa que la derrota incondicional de la República) se encontraría en graves dificultades, máxime cuando el alargamiento y el cansancio de la guerra llevase a algunos miembros de su Estado Mayor -Yagüe, por ejemplo, era un conocido militar falangista y se planteaba las cosas de otra manera al contemplar la destrucción y el despoblamiento por éxodo en Barbastro o Lérida, cuando participó en la campaña de Cataluña- a hacer buenas esas ideas de José Antonio y contestar la política, y por tanto la autoridad, del Caudillo. Mediante la explotación de una memoria sesgada en la que Franco figuraba como continuador de la política joseantoniana, tal y como escribieron propagandistas de la zona rebelde (lo que no era cierto, pues José Antonio llegó a rechazar participar en una lista conjunta con Franco por la provincia de Cuenca cuando tuvieron lugar las elecciones de 1936, respondiendo muy gráficamente a la propuesta “¡Generalitos no!”) y con la colaboración de algunos miembros de la familia del fallecido líder falangista, como su hermana Pilar, que continuó al frente de la Sección Femenina, como un medio de comprar su favor al tiempo que recordaban a quién debían su posición, al mismo tiempo que se desataba la represión sobre los falangistas más revoltosos (caso de Hedilla y los suyos) que rechazaban la unificación forzosa, Franco pudo hipócritamente homenajear a José Antonio y ser declarado su heredero político al tiempo que Falange era utilizada para sus propios intereses, quedando como un actor secundario en beneficio de su idolatría personal.

    El mito de José Antonio, el "Gran Ausente", permitió a Franco manejar a Falange para sus propios fines personales.

    El mito de José Antonio, el “Gran Ausente”, permitió a Franco manejar a Falange para sus propios fines personales.

  1. Es falso que el franquismo crease o fomentase las condiciones para la superación de la guerra civil, el destierro de las “dos Españas” y, ni mucho menos, la reconciliación entre españoles. Aunque pueda resultar llamativo que el régimen surgido de una victoria incondicional y por las armas sobre la República, considerada la “anti España”, diera en hablar de reconciliación o concordia, hubo llamadas y discursos del propio Franco y los jerarcas del régimen en este sentido. El propio dictador, en la inauguración de su gigantesco mausoleo del Valle de los Caídos, habló de tal monumento como un homenaje sin distinción de bandos a los caídos en una guerra civil que para ellos no fue otra cosa que una “Cruzada” o “Guerra de Liberación”. Y además, se trataba de una afirmación o bien irreal o hipócrita de lo que realmente se estaba ocultando tras la realidad del monumento de Cuelgamuros: estaba lleno de cadáveres de republicanos represaliados que habían sido trasladados de fosas y cunetas, paraderos desconocidos para sus familiares, a una nueva ubicación que seguía siendo desconocida para sus seres queridos, pues las hermandades de caídos y las familias de las víctimas de la represión republicana se negaron a que los restos de sus familiares fueran desplazados al Valle de los Caídos. Por usar una expresión del novelista Benjamín Prado, seguían estando “prisioneros” después de muertos. Además, el propio monumento funerario había sido construido utilizándose mano de obra en régimen cuando menos de semiesclavitud, los presos republicanos que se habían acogido al Régimen de Redención de Penas por el Trabajo, que permitió abusar de ellos para trabajos como éste o la construcción de presas, carreteras y otras obras civiles por parte de empresas privadas o el Estado escamoteándoles el sueldo, haciéndoles trabajar en condiciones penosas -fueron muchos los presidiarios que murieron víctimas de accidentes o enfermedades- y castigándoles con la misma severidad que si se encontraran en los centros penitenciarios. El franquismo, además, desde el primer día hasta el último (y también los políticos procedentes del régimen durante el paso de la dictadura a la democracia) siempre insistió en la “legitimidad” de su victoria y en que la participación en política siempre estaría vinculada a la aceptación de los principios y valores o cuando menos la legalidad del 18 de Julio -en la transición, por ello, además de por los errores cometidos por la oposición, no tuvo lugar una ruptura: el tránsito se debía hacer “de la ley (las leyes del régimen franquista, la legalidad del 18 de Julio) a la ley (la nueva legalidad democrática)”. Algo que era algo más que un dogma en el caso de la gente del búnker, los Blas Piñar o José Antonio Girón, sino que era asumido incluso por el reformista Suárez, un miembro de la burocracia del franquismo, ministro secretario general del Movimiento, y el nuevo rey Juan Carlos, que sabía que su legitimidad procedía no tanto de los lazos hereditarios borbónicos sino de la Ley de Sucesión franquista por la que el dictador le había nombrado su sucesor a título de rey-. Entre el fusilamiento de Virgilio Leret (oficial de la aviación republicana, en Melilla) en las primeras horas de la sublevación, y el de los cinco miembros de ETA y FRAP en septiembre de 1975, los últimos fusilamientos con Franco vivo, que desataron una oleada de protestas por toda Europa y la reacción del régimen con la convocatoria de una manifestación orquestada en la plaza de Oriente, hay toda una línea de continuidad, incluida en el discurso (ese último discurso de Franco en el balcón de palacio, flanqueado por el entonces príncipe Juan Carlos, quien está más agradecido y es más defensor de Franco de lo que se desea admitir en los medios de comunicación): el régimen se había alzado por España, contra los enemigos de la patria, el comunismo ateo, la conspiración judeo-masónica o el separatismo, y cualquiera que no defendiera esos principios tradicionales, que estaban presentes en los casi cuarenta años que habían pasado desde el Alzamiento, quedaba marginado -en realidad, era marginado por el propio franquismo-. La reconciliación nacional y la superación del conflicto bélico no era una prioridad para el régimen, en tanto en cuanto tales conceptos sólo eran posibles si los derrotados de 1939 asumían que estaban equivocados (y, en los primeros tiempos, si tenían suerte, tenían la oportunidad de expiar sus pecados en prisión). En una fecha tan avanzada como 1964, año de la conmemoración propagandística de los “Veinticinco Años de Paz”, el régimen franquista exhibió su saña vengativa con la tortura y ejecución de Julián Grimau, uno de los líderes del Partido Comunista y antiguo funcionario policial de la republicana Junta de Defensa de Madrid. La ejecución fue defendida como una reacción de la Justicia por crímenes de aquel período que se le achacaron a Grimau, tal y como decía el ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne, en un opúsculo titulado como la famosa obra de Dostoievski, “Crimen y castigo”. Las pobres excusas ofrecidas por el gobierno -incluyendo el ánimo de revancha por supuestos crímenes cometidos casi treinta años antes- no convencieron en el extranjero, donde las oleadas de protesta estaban respaldadas por personalidades conservadoras como el papa Juan XXIII, el alcalde democristiano de Florencia Giorgio La Pira o el escritor católico francés Jacques Maritain. La ejecución de Grimau en fecha tan señalada no fue el único caso de cómo fallaba esa particular estrategia de “superación” de la guerra según el franquismo: si en 1939 el régimen concedía una (auto)amnistía a todos aquellos que hubieran cometido crímenes durante la guerra y la República con la condición de que hubieran tenido el buen criterio de adscribirse al Movimiento Nacional, tuvieron que pasar treinta años desde el final de la guerra para que el franquismo decidiera declarar una amnistía similar para el global de los delitos relacionados con la guerra civil, cuando ya todos los republicanos que podían haber sido juzgados por la Causa General, la ley de Responsabilidades Políticas, la de Represión de la Masonería y el Comunismo, etc. habían pasado a mejor vida (fusilamiento o enfermedad en la cárcel mediante), habían purgado muchos años en prisión o habían visto sus vidas destrozadas al perder en multas, incautaciones o pérdida de empleo sus medios de vida. Los pocos que quedaban, los famosos “topos”, escondidos tras alacenas o armarios, habían perdido treinta años de una vida que ni Franco ni el secretario general del Movimiento les iba a devolver. Esta actitud cruel mantenida a lo largo de los cuarenta años de régimen contrasta mucho con los discursos y las emociones internas de los líderes republicanos (y que hemos ido poco a poco conociendo en fechas recientes), mucho más conscientes de que la guerra española era una tragedia humana y nacional y de que la -cada vez más imposible- victoria republicana debía ir acompañada de una efectiva política de reconciliación y recomposición de la convivencia. Es muy poco probable que un líder político de los sublevados, como hizo el socialista Juan Simeón Vidarte, ejerciera un ejercicio de autocrítica tan severo como titular su obra memorialística “Todos fuimos culpables”. El discurso de “Paz, Piedad y Perdón” de 1938 de Azaña es una cumbre de la oratoria más por su contenido, por su tremenda humanidad, que por su lenguaje florido. Hasta el tremendamente denostado doctor Negrín afirmaba su sufrimiento por los españoles de la otra zona y de la necesidad de que sirvieran de contraste a la opinión política republicana, y maldecía a aquel gobernante que no entendiera que tras la victoria su primera labor era la de restaurar la concordia y la convivencia. En el último de sus “Trece Puntos”, establecía que uno de los objetivos de lucha de la República era una amplia amnistía para todos aquellos que estuvieran dispuestos a trabajar para la reconstrucción y el engrandecimiento de España, y que cometería traición todo aquel que emprendiera acciones de venganza o represalia. Que esta política fuera complicada de implementar no implica que, en el fondo, su deseo -y el de Azaña, Vidarte, Zugazagoitia u otros como ellos- fuera mucho más noble y elevado que los que expresaban y, si entraba en sus competencias, acababan realizando aquellos poetas del lenguaje tabernario que fueron Queipo, Mola, Pemán, Fraga, García Serrano o Severino Aznar.

    Manifestación de protesta en París contra el proceso a Julián Grimau.

    Manifestación de protesta en París contra el proceso a Julián Grimau.

  2. Es falso que la represión de la homosexualidad y otros actos “amorales” penados por el franquismo se hicieran en base a la ley republicana de Vagos y Maleantes. Esta ley existió, pero el franquismo la utilizó para otros fines y utilizando otros medios distintos a los previstos en la ley republicana. Algunos apologistas han tratado de justificar la utilización de la Ley de Vagos y Maleantes de 1933, elaborada y desarrollada por la República, por el franquismo precisamente en el origen republicano de la ley, hasta el punto de llegar a afirmar que la República perseguía la homosexualidad. Esto, aparte de ser mentira, es un desconocimiento absoluto de lo que significaba el espíritu de la ley bautizada popularmente como “la Gandula”. Tanto en la Constitución de 1931 como en la reforma del Código Penal que tuvo lugar en 1932, los legisladores republicanos optaron por la despenalización de las prácticas homosexuales, que habían estado perseguidas en el anterior Código Penal de la dictadura primorriverista de 1928. La situación, por factores sociales y culturales, no era la misma que hoy día, en el que España ha sido el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio gay, pero fue un paso muy importante. Y, desde luego, la Ley de Vagos de 1933 no perseguía a los homosexuales: tal cláusula fue introducida en 1954 por el régimen franquista a comienzos de los años cuarenta, con el expreso motivo de castigarles, y se mantuvo en la posterior Ley de Peligrosidad Social. La Ley de Vagos y Maleantes de 4 de agosto de 1933 -aprobada, curiosamente, con el apoyo de todos los grupos políticos representados en las Cortes- posiblemente no fuera una ley afortunada, en el sentido de que estaba destinada a castigar comportamientos socialmente reprobables que, con el tiempo, estaban destinados a desaparecer como objeto penal con un cambio en las costumbres sociales y en un contexto de apertura de mentes (la sociedad de los años treinta, no sólo en España, sino en todo el mundo, era mucho más cerrada que hoy día). Pero muchos comportamientos estipulados entonces como reprobables lo siguen siendo hoy día. La ley de 1933 establecía no sólo la vía penal clásica, sino también la vía de la rehabilitación, para recuperar para la sociedad a los individuos que incurrieran en ese tipo de comportamientos. Se castigaban el proxenetismo, la falsa mendicidad, la explotación de menores o de discapacitados para usarlos como mendigos o el tráfico de estupefacientes; y también se trataba de alejar del vicio a quienes estaban afectados por alcoholismo o toxicomanías. La ley, para ello, había establecido varias medidas no sólo penales (entre ellas, multas), sino también reeducadoras, como establecimientos de reposo y cura de toxicomanías, talleres y granjas-escuelas para aprendizajes de oficios para que los individuos encausados pudieran reconducir su vidas hacia actividades socialmente reconocidas. Sin embargo, estas medidas de reinserción estipuladas en la ley no siempre pudieron implantarse, por lo que en muchas ocasiones hubo que establecerse espacios separados en las propias prisiones para quienes debían cumplir pena en ellas en aplicación de la ley de Vagos. El problema surgió a causa de la discrecionalidad que daba a los jueces para interpretar la ley, en especial en lo referente a castigar el frecuentar los locales en donde fuera conocido se reunieran habitualmente maleantes, y la utilización política que, sobre todo en los años del Bienio Negro (la ley es de agosto de 1933 y en noviembre se realizaron las elecciones que llevaron al Partido Radical y la CEDA al poder) se hizo de la ley. Los militantes de las organizaciones obreras fueron objeto de diversas formas de persecución, iniciada con un nuevo intento insurreccional anarquista tras las elecciones de noviembre; el cierre de locales de organizaciones de izquierda, detenciones masivas y clausura de ayuntamientos republicano-socialistas tras la huelga de campesinos de marzo de 1934 y, finalmente, con la generalización de la represión tras la revolución de octubre de 1934. La ley de Vagos y Maleantes se convirtió en un instrumento penal de represión por razones políticas en lugar de en un mecanismo para corregir conductas hacia labores socialmente productivas y saludables. Por ello, las organizaciones obreras, incluyeron en sus demandas de amnistía para con los represaliados de octubre de 1934 a quienes habían sido encausados de este modo por la ley de Vagos de 1933. Forzaron la inclusión en el programa del Frente Popular un punto en el que se incluyera la liberación de los represaliados injustamente por la Ley de Vagos y Maleantes y para evitar su uso discrecional e intencionadamente político. El nuevo gobierno frentepopulista se puso manos a la obra en el cumplimiento de éste objetivo. Con el fin de la guerra, el uso de la ley del 33 no sólo se hizo sin los mecanismos de reinserción que la ley había previsto (las granjas-escuela, los talleres y las clínicas de reposo no sólo no fueron diseñadas, sino que fueron directamente sustituidas por manicomios y prisiones), sino que su uso como instrumento represivo -como señala el que se dirigiera contra los homosexuales- fue la vía escogida por las nuevas autoridades. Además, se dirigió contra los enemigos políticos del “Nuevo Estado”, dado que buena parte de quienes eran represaliados ya lo habían sido antes por otras leyes como la de Responsabilidades Políticas o la de Represión de la Masonería y el Comunismo que habían perdido sus medios de vida y tenían que ejercer el robo, la mendicidad o incluso la prostitución y ahora se veían doblemente castigados, primero políticamente y ahora socialmente. La ley de Vagos y Maleantes se usaba por otro régimen diferente para una cosa diametralmente opuesta a como la habían concebido los legisladores republicanos: ésa y no otra es la interpretación que puede hacerse de lo que fue la ley de 1933 en la etapa franquista.

Continúa en “20 de noviembre: Una colección de mentiras del franquismo y sus propagandistas (2)”

Aquel Italia-España de 1934

Cartel anunciado del Campeonato Mundial de Fútbol de Italia 1934

Cartel anunciado del Campeonato Mundial de Fútbol de Italia 1934

“Los italianos pierden las guerras como si fueran partidos de fútbol y los partidos de fútbol como si fuesen guerras”.

Winston Churchill

Aunque el organismo europeo de fútbol, la UEFA, se empeñe en dictaminar lo contrario a través de sanciones y surjan voces que claman por alejar las reivindicaciones políticas y sociales de los terrenos de juego (algo tan imposible como querer separar las fases de la luna y las mareas), el deporte es política. En el mismo momento en que concebimos el fútbol, el baloncesto o cualquier otro espectáculo deportivo como un espectáculo de masas, lleno de pasiones populares, habrá terreno en él para las reivindicaciones, las protestas o las formas de expresión proscritas en el caso de regímenes dictatoriales, o para que estos últimos lo utilicen con fines propagandísticos. En este último caso, entra el uso que dio la dictadura militar argentina al Mundial de fútbol de 1978 y a la victoria de la albiceleste en la final de Buenos Aires ante Holanda, en un Monumental porteño abarrotado y sito a pocos pasos del mayor centro de tortura establecido por el régimen cuartelero argentino; o la propaganda que el régimen de Franco otorgó a la victoria de España en la final de la Eurocopa 1964 frente a la URSS en Madrid, precisamente en el año en que la dictadura celebraba los llamados “Veinticinco años de paz” y torturaba y fusilaba, entre otros, al dirigente comunista Julián Grimau por sus supuestos crímenes durante la “Cruzada de Liberación”. En cuanto al primer aspecto, el del terreno reivindicativo, debemos recordar que la propia UEFA sancionó a dos futbolistas del Liverpool por -¡horror de los horrores!- mostrar camisetas en apoyo a los estibadores en huelga de la ciudad inglesa -uno de ellos, Robbie Fowler, había sido elogiado poco antes por este mismo organismo por pedir al árbitro que no señalara como penalti un derribo que se había cometido sobre él al decirle, en vivo y en directo, que el jugador rival no le había tocado-; las reivindicaciones pro democráticas del club brasileño del Corinthians en la época de la dictadura militar en el país sudamericano -un caso que ha dado en calificarse como “la democracia corinthiana”- o la icónica imagen de los atletas negros estadounidenses en el podio de México 1968 haciendo el saludo del “Black Power” en protesta por la discriminación racial.

La UEFA ha venido últimamente a sancionar a un club, el Barça, por la conducta de sus aficionados al mostrar banderas independentistas durante la final de la Liga de Campeones, sanción a la que poco tiempo después ha venido a sumarse la del gobierno español contra este club, el Athletic, la Federación y asociaciones civiles (parece que el objetivo era disparar contra todo aquello que se movía) por los pitos la Marcha Real y a la figura de Felipe de Borbón antes de la final de Copa entre azulgranas y rojiblancos, partidos ambos en los que, al contrario que en otras ocasiones, no hubo ni altercados violentos, ni agresiones físicas, ni exhibición de simbología que hiciera apología del fascismo, la xenofobia o la violencia (por el contrario, ni el gobierno ni los organismos deportivos españoles se han dado prisa alguna en sancionar a los clubes por los cánticos de sus forofos de extrema derecha, ni por supuesto en las peleas entre hinchadas como la recientemente vivida en Oviedo entre ultras locales y del Atlético de Madrid… ¡antes de un amistoso de pretemporada!). Por comparación, la sanción al club catalán supone 60.000 euros y el cierre de parte de su estadio durante un partido de competición continental frente a los 10.000 que supuso la sanción al exjugador de la Lazio italiana por saludar “a la romana” (y no lo hizo en una, sino en varias ocasiones, pues es un reconocido fascista) durante un partido de la liga transalpina. Sólo si consideramos que el principio de autodeterminación de los pueblos o la independencia de un país (pese a ejemplos sangrientos recientes, las de Montenegro con respecto a Serbia o de Eslovaquia de la federación que formaba con sus vecinos bohemios, que fueron pacíficas, nos demuestran lo contrario) es comparable a la de una ideología que imponía la superioridad racial, el nacionalismo exacerbado, el irredentismo o la apología de la guerra puede entenderse este surrealismo que sanciona con la misma e incluso más dureza la exhibición de “estelades” que la símbolos como la cruz gamada o la celtíbera. En la mentalidad de las élites ejecutivas del organismo del fútbol europeo o mundial, como es la FIFA, al igual que sucede en otros (llámese Unión Europea, Tribunal Supremo, Consejo de Seguridad de la ONU…) se haya un concepto muy restringido de democracia: se dice respetar y hasta defender sus principios (tolerancia, respeto, no al racismo, etc.), pero el legítimo derecho a la protesta (como han demostrado y demuestran las manifestaciones populares contra el Mundial o los JJ.OO. en Brasil) no permean en absoluto a su mundo de guardias de seguridad y policía armada o se descalifican bajo adjetivos como radicales o terroristas, pero no se tiene empacho alguno en conceder el campeonato mundial siguiente a un país de poca o nula confianza en materia de derechos humanos como Catar, bajo la sombra más que alargada, además, del soborno para su concesión.

Si el deporte está hoy en manos del mercado, no es extraño que el deporte, y más el deporte de masas no sea, como ha acostumbrado a ser, la expresión de un descontento social con ánimo de dar visibilidad al mismo. Ese carácter del deporte como algo popular, o incluso con su componente de clase, lo entendieron en los lejanos años veinte y treinta del pasado siglo los hinchas y directivos del Júpiter barcelonés, al que ya hice referencia en otro artículo. Querer desvincular al deporte de la política y de la sociedad en la se inserta significa, a mi pobre entender, beneficiar a aquellos que, hoy por hoy, son los que más están haciendo porque el deporte sea más negocio y menos deporte. Pero, amén de eso, el deporte también es susceptible de utilización política, como lo está siendo, por parte de poderes, sean políticos o fácticos, para distraer u obtener más beneficios.

En esta curiosidad traída hoy en estos párrafos hay mucho de lo último, pero también de lo primero, del deporte como vehículo de aspiración popular. Lo que hay, desde luego, es mucho de confrontación política. Dos países distintos en su modelo social y legislativo, la Italia de Mussolini y la España de la “República de trabajadores de toda clase”, aunque ya gobernada por una derecha cuyo objetivo era desmantelar el contenido progresista de la Constitución, abriendo la etapa del llamado Bienio Negro, frente a frente en un campo de fútbol. Quién iba a pensar que el duelo con el balón iba a continuarse, dos años después, con la ayuda italiana a Franco para eliminar del suelo español la democracia republicana en una sangrienta guerra.

UN HOMBRE PARA UNA SELECCIÓN: AMADEO GARCÍA SALAZAR

Fotografía de Amadeo García Salazar

Fotografía de Amadeo García Salazar

La selección que jugó su primer Campeonato del Mundo en 1934 -no se acudió al primer Mundial, el de Uruguay de cuatro años antes por la larga distancia y la falta de medios económicos para desplazar al equipo hasta el país sudamericano- es considerada como una de las mejores selecciones de la historia del fútbol español. Si bien no alcanzó los éxitos recientes, o la plata olímpica que se había logrado en Amberes en 1920 o el cuarto puesto del Mundial de Brasil’50, no fue desde luego por la mala calidad de sus componentes, a pesar de las dudas que se arrastraron al principio. Pero para esa consideración, hizo falta una persona podría decirse que providencial. Se trata de un médico dermatólogo vitoriano, político y hombre de fútbol que ejerció de seleccionador de España entre 1934 y 1936: Amadeo García Salazar.

García Salazar (Vitoria, 31 de marzo de 1886 – 18 de julio de 1947) se dedicó profesionalmente al ejercicio de la dermatología en su consulta privada en la capital gasteiztarra y llegó a alcanzar un reconocido de prestigio en su ciudad, hasta alcanzar el cargo de presidente del Colegio de Médicos provincial. Pero sin duda la faceta por la que más se le recuerda fue por su vinculación al fútbol. García Salazar será el principal impulsor de la fundación del Deportivo Alavés, el equipo más representativo de la ciudad, en 1921, y su buen ojo para atraer talentos le valdrán para llevar hasta las filas del conjunto blanquiazul a una serie de jugadores como el meta Tiburcio Beristáin, Ciriaco o Quincoces (posteriores defensas del Madrid y seleccionados por él para jugar con España en el Mundial de Italia). El equipo alavesista, con él de secretario técnico, en la primera temporada en que se disputó la liga de fútbol en España (1929-1930) y apenas nueve años después de su fundación, consiguió el ascenso a Primera, categoría en la que se mantuvo durante tres temporadas, recibiendo en aquella época un apelativo que todavía hoy recibe: “El Glorioso”. Entre 1932 y 1939 ocupó el cargo de entrenador del club -cargo que ya había ostentado entre 1926 y 1927- y lo pudo compaginar con el de seleccionador nacional debido a que las figuras de seleccionador y entrenador estaban separadas (el preparador de España en Italia fue Ramón Encinas). Su trayectoria en Vitoria le abrió las puertas del equipo español, al que llegó para suceder a José María Mateos y del que mantuvo con buen criterio los aspectos positivos que había desarrollado. Trasladó a la selección juegos hechos, líneas de jugadores por club (solían así combinarse defensas, centrocampistas y delanteros que pertenecían a los mismos equipos y que se entendían a las mil maravillas), dúos y tríos de compañeros… aquello fue clave del éxito de los que la prensa de la época definió, sin ánimo de establecer vinculación política alguna, como “Los Rojos”.

En 1931, con la proclamación de la II República, García Salazar, en una muestra de sus inquietudes políticas, fue uno de los miembros fundadores del comité provincial alavés de Acción Nacionalista Vasca (ANV), fundado el año anterior como una escisión de izquierda del PNV. ANV formó parte en 1936 de la coalición del Frente Popular que ganó las elecciones de febrero de aquel año y en 1938 uno de sus miembros, el arquitecto Tomás Bilbao, que había sido cónsul de la República en Perpiñán el año anterior, se incorporó al gobierno del doctor Negrín como ministro sin cartera en sustitución del también vasco y peneuvista Manuel de Irujo. La militancia política de García Salazar (como la de Tomás Bilbao, quien llegó a defender, junto con otros antiguos colaboradores suyos como el anarquista Segundo Blanco, Vicente Uribe o Pablo de Azcárate la legitimidad de Negrín en las disputas del exilio republicano) en un grupo nacionalista no fue óbice para que fuera nombrado seleccionador español, del mismo modo en que en 1930 había sido seleccionador del combinado de Vasconia, la precursora de la selección vasca. Habrá que dejar, pues, en el aire la pregunta de si acaso tirios y troyanos aceptarían hoy que un seleccionador nacional militara en un grupo político regionalista o nacionalista o incluso republicano.

Hoy en día, como homenaje, existe en Vitoria una plaza con su nombre situada junto al Estadio de Mendizorroza, el campo de ese Alavés que contribuyó a fundar.

EL CAMINO HACIA EL DUELO CON ITALIA

El once de España en el partido de ida contra Portugal de la eliminatoria de clasificación para el Mundial de Italia

El once de España en el partido de ida contra Portugal de la eliminatoria de clasificación para el Mundial de Italia

La selección española de 1934 estaba conformada sobre todo por jugadores vascos. El fútbol euskaldún, sobre todo vizcaíno, había sido el más potente en los inicios del fútbol español, tanto en el Campeonato de España (la Copa del Rey, llamada en los años treinta Copa Presidente de la República) como en los inicios de la Liga, en que el Athletic Club había sido el más laureado, seguido a corta distancia del Madrid FC. Pero sobre todo en lo que más destacaba el potencial del fútbol vasco era que muchos de los jugadores más valiosos de los clubes de fuera del País Vasco eran oriundos de allí: así, Ciriaco y Quincoces, tras su paso por el Alavés, marcharon a hacer fortuna en Madrid en las filas del club de Chamartín; Simón Lecue era la estrella de un Betis que sería sorpresivamente campeón de Liga; Isidro Lángara destacaba en un Oviedo que figuraba en los primeros puestos de la tabla; los hermanos Pedro y Luis Regueiro eran también de la partida en el once madridista; Marculeta apuntaba maneras en el Donostia (el nombre de la Real Sociedad en la etapa republicana) antes de recalar en el Athletic de Madrid… a ellos se le sumaban Guillermo Gorostiza e Irarágorri (que sí jugaban “en casa”, en el Athletic de Bilbao), Juan José Nogués, Martín Ventolrá y Ramón Zabalo (de un FC Barcelona venido a menos en aquellos años), Chacho, Campanal, Fede… y por supuesto un titular indiscutible en portería, Ricardo Zamora, apodado desde ese Mundial como “El Divino”. Un equipo de ensueño que demostró poco a poco que podía medirse con cualquiera y que, según fue transcurriendo el Mundial, parecía capaz incluso de ganarlo.

En marzo de 1934, España disputó dos encuentros clasificatorios contra la vecina Portugal para dirimir cuál de las dos selecciones de la península obtendría la plaza para Italia. España vence el 11 de marzo de 1934 en el viejo Chamartín nada menos que por 9 a 0 a la selección lusa (a pesar de todo, esa no sería la mayor goleada de la historia de la selección española, que también se iba a conseguir en aquellos años de la República, con un inapelable 13-0 frente a Bulgaria). Aquel trascendente partido contó con la presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, en el palco. España formó con Zamora en portería; Zabalo y Quincoces en defensa; Cilaurren, Marculeta y Fede en la media; y Vantolrá, Luis Regueiro, Lángara, Chacho y Gorostiza en la delantera. La vuelta, jugada en el campo lisboeta de Lumiar (el hoy estadio de Alvalade, hogar del Sporting de Lisboa), se convierte poco menos que en un mero trámite (sólo hubo un cambio en el once: Herrerita sustituyó a “Chacho” González Valiño) en el que el combinado de García Salazar y Encinas vence de nuevo por 1-2. España estará en Italia.

García Salazar convocará para la cita en tierras italianas a los siguientes 22 jugadores:

Imagen6Hubo algunos jugadores destacados que no pudieron acudir por diversos motivos: el meta sevillista Eizaguirre se perdió el Mundial por lesión, el “merengue” Pedro Regueiro porque en aquel momento estaba en época de exámenes y su padre se opuso a que viajara a Italia o el valencianista Torregaray porque su inscripción no llegó a tiempo para Roma. Otras ausencias estuvieron sumergidas en la controversia: tales fueron las del oviedista Herrerita, compañero de Lángara en el ataque carbayón; de Ibarra (Racing de Santander) o de Echeverría (Athletic Club).

El cuadro completo de equipos presentes en la cita transalpina será el siguiente:

Imagen5Y los octavos, en el que sería el primer partido de la selección española, como siguen:

Suecia-Argentina 3-2

Alemania-Bélgica 5-2

Suiza-Países Bajos 3-2

Checoslovaquia-Rumanía 2-1

Hungría-Egipto 4-2

Austria-Francia 3-2

España-Brasil 3-1

Italia-EE.UU. 7-1

Sí, como puede verse, ¡España venció a Brasil! A pesar de lo difícil que puede resultar hoy vencer a la “canarinha”, España consiguió ganar a la selección brasileña y nada menos que por tres a uno. Lejos estaban entonces el fallo de Cardeñosa a puerta vacía en Argentina’78, el gol legal anulado a Míchel en México’86 o la debacle de los campeones del mundo en la Copa Confederaciones previa al Mundial de Brasil 2014, frente al mismo rival, que convertirían en misión imposible vencer a los sudamericanos.

Imagen del España-Brasil del Mundial 1934

Imagen del España-Brasil del Mundial 1934

Y eso que España no había llegado con buenas sensaciones al Mundial. Después de vencer a Portugal en la eliminatoria previa, tres partidos amistosos de preparación, en Bilbao, Madrid y Valencia contra el club de fútbol inglés del Sunderland, que se saldaron con dos empates y una derrota, no hacían presagiar gran cosa.

Pero llegó el día de jugársela contra los brasileños. 27 de mayo de 1934, en el Luigi Ferraris de Génova. La formación “roja” fue Zamora; Ciriaco, Quincoces; Cilaurren, Marculeta, Muguerza; Lafuente, Gorostiza, Lecue, Irarágorri y Lángara. Y en el primer tiempo del partido, un gol de Irarágorri de penalti (el primer gol de España en un Mundial) y dos de Lángara ponían en el marcador un inapelable 3-0 favorable a la selección encarnada frente a un Brasil comandado por dos genios que hasta entonces habían brillado por su ausencia: Leónidas y Valdemar.

En el segundo tiempo, sería el propio Leónidas el que reduciría distancias en el marcador, y Zamora sacaría a relucir su cualidad de “Divino”, por el que entonces ya empezaba a ser conocido, y detuvo al otro astro amarillo una pena máxima. El 3-1 daba el pase a España, de cuyo fútbol la prensa comenzó a hacerse eco y a rondar en los corrillos futbolísticos como un equipo a tener en cuenta.

ITALIA: EL DESCENSO A UNA CRUEL REALIDAD

El Mundial, ya sin selecciones americanas (la subcampeona mundial Argentina, Brasil y la débil EE.UU. habían sido eliminadas) ni la única representante africana, Egipto, se convirtió en una cuestión europea. Y en una cuestión de honor para el régimen de Mussolini: era el Mundial de Italia a todos los efectos y en Italia debía quedarse el trofeo, la deseada Copa “Jules Rimet”. Por eso, cualquier medio, sin importar que fuera ilícito, debía ser utilizado para que un buen equipo, aunque posiblemente no el mejor, como era la selección “azzurra” de Combi, Schiavio, Orsi y la estrella, el delantero interista Giuseppe Meazza, ganara el Mundial. Y a España, su rival en cuartos, le tocó padecer el deseo de gloria del dictador italiano.

Alineación de España en el primer partido contra Italia de cuartos de final

Alineación de España en el primer partido contra Italia de cuartos de final

Por supuesto, tampoco ayudaba mucho el hecho de que sería una deshonra nacional para el fascio transalpino que su equipo nacional de fútbol, representante balompédico de la Nueva Roma imperial que estaba forjándose (pronto llegarían las invasiones fascistas de Albania y Abisinia), cayera ante una representante de los regímenes democrático-liberales que tanto detestaba el dictador italiano. Siquiera aunque Lerroux y Gil Robles estuvieran empeñados en privar de contenido social -y hasta de democrático- lo que tenía el aparato legal de la joven República Española, perder ante un país que se decía a sí mismo “República democrática de trabajadores de toda clase” era dar una alegría indeseada a los comunistas y subversivos patrios y a los de fuera, aquellos a los que el nuevo imperio se proponía conquistar.

De modo que, para la operación de propaganda mussoliniana, la primera víctima fue la selección de García Salazar, Zamora, Ciriaco, Quincoces, Lángara, Vantolrá… Y no sería la única. Austria y Checoslovaquia le seguirían los pasos. Cabe por supuesto la duda de si Italia necesitaba de la excesiva y antirreglamentaria dureza en su juego y las ayudas arbitrales para conquistar de forma tan indigna y al servicio de la propaganda su primer Mundial. De lo que no cabe duda es de que España pudo y debió seguir adelante y quién sabe hasta dónde hubiera llegado en su primera cita mundialista.

Los “onces” que las selecciones italiana y española pusieron sobre el terreno de juego de un abarrotado estadio (35.000 espectadores) Giovanni Berta de Florencia el 31 de mayo de 1934 fueron los siguientes:

Imagen8Italia: Combi; Monzeglio, Allemandi; Pizziolo, Monti, Castellazzi; Ferrari, Guaita, Schiavio, Meazza, Orsi.

Flag_of_Spain_(1931_-_1939).svgEspaña: Zamora, Ciriaco, Quincoces, Cilaurren, Fede, Luis Regueiro, Muguerza, Gorostiza, Iraragorri, Lafuente y Lángara.

El horroroso arbitraje correspondió al colegiado belga Louis Baert.

Combi y Zamora, guardametas y capitanes de Italia y España, se saludan e intercambian banderines al inicio del partido

Combi y Zamora, guardametas y capitanes de Italia y España, se saludan e intercambian banderines al inicio del partido

Como muestra quizá de la “calidad” del árbitro de aquel día, baste decir que España acabó el partido con siete jugadores lesionados que no pudieron disputar el siguiente partido, el desempate entre ambas selecciones, entre ellos el capitán y guardameta, el “Divino” Zamora, que acabó con dos costillas rotas y sin que ni siquiera uno solo de los jugadores “azzurri” acabara antes de tiempo camino de los vestuarios. Agarrones, patadas y puñetazos fueron todo lo que Italia dio de sí en su juego ante sus enfervorizados hinchas que habían abarrotado el estadio florentino, en escenas que hacían recordar aquella escena que algunos no tan viejos pero tampoco excesivamente jóvenes tenemos muy cercana: la rotura de la nariz de un codazo del milanista Tassotti a Luis Enrique en los cuartos del Mundial de EE.UU. 1994.

A pesar de aquellas continuas interrupciones del juego por la batalla campal que los italianos estaban desarrollando sobre el césped, España fue mejor y Regueiro hizo enmudecer a una hinchada italiana que se había tomado el duelo como si se tratara -y realmente Mussolini y todo el aparato propagandista del régimen se lo había hecho creer- de una guerra imperial o una operación de conquista en el minuto treinta del primer tiempo. Ferrari, al borde del descanso, puso el empate a uno final en una polémica jugada en la que hubo un claro agarrón a Ricardo Zamora para que no pudiera llegar a atajar el remate. Un marcador que no se movió después de dos prórrogas. Con todo en contra -y ese todo era nada más y nada menos que el ambiente, el árbitro y los jugadores maltrechos por las constantes agresiones físicas-, aguantar el empate era ya simplemente descomunal y toda una heroicidad realizada por los jugadores españoles.

Al día siguiente, con España lamiéndose literalmente las heridas del partido previamente disputado y con un equipo plagado de suplentes, nuevamente se saltaba al campo del Giovanni Berta a luchar por una plaza en semifinales contra la “Squadra Azurra”. Sin Zamora, Lángara, Ciriaco, Gorostiza, Fede, Lafuente ni Irarágorri, España formó con Nogués; Zabalo, Quincoces; Cilaurren, Muguerza, Lecue; Vantolrá, Regueiro, Campanal, Chacho y Bosch.

Jugada del gol de Meazza, precedido de la falta previa al guardameta suplente español, Nogués. Ese gol supuso la eliminación de España del Mundial

Jugada del gol de Meazza, precedido de la falta previa al guardameta suplente español, Nogués. Ese gol supuso la eliminación de España del Mundial

El árbitro suizo René Marcet fue igualmente desastroso como su colega Baert lo había sido el día anterior. Tanto fue así que la Federación Helvética lo inhabilitó de por vida para volver a ejercer como colegiado en un partido de fútbol. Anuló dos goles legales a España y se “olvidó” de sancionar con falta un claro desplazamiento por parte de Guaita a Nogués, el portero español, en la jugada en que Meazza remató a las mallas el gol que supuso la clasificación italiana, impidiendo así al portero barcelonista, como había sucedido con Zamora en el primer partido de esta eliminatoria, llegar a blocar la pelota. España, la que ha sido considerada hasta la consecución del campeonato mundial de Sudáfrica 2010 la mejor selección que ha jugado un Mundial, quedó injustamente eliminada en cuartos, empezando a crear el mito de los fatídicos cuartos de final. De aquel segundo partido contra los a la postre campeones del mundo, España se trajo otros 4 lesionados más.

Tras su regreso a Madrid, un mes después, el presidente de la Federación Española, Leopoldo García Durán; el seleccionador Amadeo García Salazar; y los componentes del equipo que había partido hacia Italia fueron condecorados por el presidente de la República, Alcalá-Zamora, con la distinción honorífica de la Orden Civil de la República. Al “Divino” Ricardo Zamora le sería entregada la misma en vivo y en directo antes miles de espectadores durante un partido de homenaje celebrado en Chamartín entre las selecciones de España y Hungría, en diciembre de 1934, por parte del propio Alcalá-Zamora. Un pequeño resarcimiento ante la amarga decepción que supuso haber sido eliminados, simplemente, porque se cruzaron en el camino de Italia e Italia no podía perder ese Mundial.

LA GUERRA SE CRUZA EN SU CAMINO: LA TRAYECTORIA POSTERIOR DE “LOS ROJOS”

España consiguió en Italia’34 la que fue durante mucho tiempo la segunda mejor posición conseguida en un campeonato del mundo, una quinta plaza que sólo quedó por detrás del cuarto puesto obtenido por la selección en Brasil’50 -el Mundial del famoso gol de Telmo Zarra a Inglaterra que fue, por muchos años, la única vez que España rompía la barrera que a la larga se convertiría en su maldición en los Mundiales: los cuartos de final-.

El último partido disputado por la selección española bajo la bandera de la República se disputó el 23 de febrero de 1936, pocos días después de la victoria electoral del Frente Popular en las elecciones de ese mismo mes. Fue un España-Alemania disputado en el estadio de Montjuïc (hoy Lluís Companys) barcelonés. La República española volvía a tener un gobierno progresista como en 1931-1933, y en Alemania el poder del partido nazi se había convertido, en poco menos de tres años, en incuestionable. El encuentro, amistoso, había sido pactado antes de los comicios en España.

En el momento de sonar los himnos nacionales de ambos países, los jugadores de Alemania, al sonar el suyo -las versiones varían, pues aunque en algunas de ellas aparece que sonó el himno nazi del “Horst Wessel Lied”, pero todo parece indicar que el himno que sonaba por la megafonía del campo barcelonés fue el tradicional himno alemán, el “Deutschland über alles”, que seguía siendo el himno de Alemania- realizaron el saludo romano habitual de las dictaduras fascistas, entre la estupefacción de los jugadores españoles y el abucheo del público catalán que llenaba las gradas. En medio del ambiente republicano, autonomista y de izquierdas de una Cataluña que había visto restablecida la Generalitat, el saludo fascista se interpretó como una provocación. Por eso, Ricardo Zamora, guardamenta y capitán del equipo español, que se retiraba de la portería de la selección en ese partido, levantó furioso su puño izquierdo cerrado al sonar los acordes del himno oficioso de la República, el “Himno de Riego”. Según otras fuentes, no fue sólo Zamora -quien por otra parte se le suponía un hombre conservador y que de hecho escribía crónicas de fútbol en el diario católico Ya– sino el once encarnado al completo el que alzó el puño en aquel saludo antifascista lleno de rabia y orgullo que enfervorizó a los 60.000 hinchas barceloneses. Sin embargo, el enorme apoyo del público de Montjuïc no fue suficiente para vencer a la tercera mejor selección del anterior Mundial, y España cayó 1-2 frente a los teutones.

Instantánea del saludo "a la romana" de los jugadores alemanes, ante la mirada atónita de los futbolistas de la selección española

Instantánea del saludo “a la romana” de los jugadores alemanes, ante la mirada atónita de los futbolistas de la selección española

La sublevación militar del 18 de julio de ese mismo 1936 y la guerra civil en que se tradujo trajo consigo la desaparición del panorama futbolístico de aquella talentosa generación, que no pudo disputar a causa de la contienda el siguiente Mundial, el del Francia 1938. Los jugadores, al igual que en el caso de muchos otros estamentos sociales, se dividieron según sus filias políticas o la llamada “lealtad geográfica”, algo que no fue un problema en tiempos de paz para escribir una de las páginas más desconocidas y protagonizar una de las derrotas más honrosas del equipo español.

Entre los futbolistas incorporados a la España nacionalista, destacamos a los que siguen. Eduardo González Valiño, “Chacho”, internacional del Deportivo de la Coruña, sirvió en artillería en el Ejército franquista. Acabada la contienda, siguió jugando en el Sevilla. Jacinto Quincoces, defensa del Madrid, fue conductor de ambulancias y se retiró del fútbol al poco de acabar la guerra, en 1942. Ignacio Eizaguirre, el portero del Sevilla que no pudo ser convocado para Italia por su lesión, se alistó en la Legión y con posterioridad fue guardameta de una Real Sociedad que recuperaba su nombre prerrepublicano, Osasuna y finalmente Valencia. Federico Sáez Villegas “Fede” (Sevilla) y Martín Marculeta (que tras jugar el Mundial como internacional por el Donostia fichó por el Athletic de Madrid) participaron en las competiciones futbolísticas organizadas en la España rebelde: el primero en encuentros amistosos a favor de las organizaciones juveniles de Falange y el segundo en el torneo de las Brigadas Navarras. Ambos permanecieron después jugando con “palanganas” y “colchoneros”, dos de los equipos más potentes de la posguerra.

De los que siguieron vinculados a la España republicana, algunos tuvieron la fortuna de poder regresar y seguir unidos al fútbol, aunque sin que volvieran a ser convocados con España. Simón Lecue, que en mayo de 1936 fue delantero titular con el Madrid que ganó la Copa al Barcelona en Mestalla, luchó con el ejército de la República. Al terminar la guerra, permaneció en España y pudo seguir jugando unos años más en el club de Chamartín.

Muchos futbolistas vascos, como fue el caso de Lángara, Leonardo Cilaurren, Luis y Pedro Regueiro, José Iraragórri o Gregorio Blasco (portero del Athletic y suplente ocasional de Zamora en la selección) se enrolaron en la selección de Euskadi. La idea partió del gobierno vasco autónomo establecido en 1936 y especialmente de su primer lehendakari, el ex futbolista José Antonio Aguirre Lecube. Los jugadores de la selección vasca realizarían partidos amistosos por Europa en una acción de propaganda y solidaridad con Euskadi, cuyo territorio, separado del resto de la España republicana y mermado por las conquistas rebeldes en Álava y Guipuzcoa, se encontraba terriblemente acosado. “Necesitábamos hacer ver a los ojos del mundo que los vascos teníamos una formade ser muy distinta a la que algunos querían hacer creer”, recordaría Luis Regueiro en 1987 con motivo del 50 aniversario de la gira. La gira de la selección, iniciada en 1937, les llevó por Francia, donde se enfrentaron al Racing de París y al Marsella; Checoslovaquia, Dinamarca, Noruega y la URSS, en la que se enfrentaron a los “Dinamo” de Moscú, Kiev, Tbilisi, Leningrado y Minsk o a la selección de la RSS de Georgia. Hay que añadir que Guillermo Gorostiza, que formó parte de la expedición, acabó abandonándola para partir hacia la España rebelde. Tras la guerra, el Athletic, con objeto de sanear su economía, vendió a Gorostiza al Valencia. Sin embargo, la carrera del astro vizcaíno comenzó a declinar y acabó jugando en equipos de Segunda y Tercera como fueron Barakaldo, Logroñés y Juvencia de Trubia, haciendo que fuera apodado como “juguete roto”.

Tras la caída de Bilbao, el equipo cruzó el Atlántico y acabó jugando, con el nombre de Club Deportivo Euskadi, la Liga Mayor mexicana 1938-39, donde ya había otros equipos de raíz peninsular como el España o el Asturias. Al parecer, el CD Euskadi se proclamó campeón si hemos de hacer caso a lo que afirma la web de la selección vasca, pero según la Federación Mexicana, fue el Asturias el campeón de esa temporada. De cualquier modo, la experiencia de aquella selección es un hecho clave en la historia emocional de Euskadi y de su fútbol en el siglo XX.

Isidro Lángara, como su paisano y compañero en el Madrid Lecue, siguió jugando en España tras la guerra, en su Oviedo. Otros, sin embargo, probaron fortuna en el Nuevo Continente: Cilaurren jugó en Argentina y México; Luis y Pedro Regueiro en el país azteca…

También el FC Barcelona, con un objetivo más prosaico, la obtención de fondos, se embarcó en una gira por América a partir de 1937, el último año en que disputó los campeonatos regionales de Cataluña -los campeonatos regionales podían seguir disputándose-. Ramón Zabalo y Martín Vantolrá formaban parte de aquel Barça que “hizo las Américas” y posteriormente se quedaron en el exilio. Zabalo formó parte de la plantilla del campeón francés, el Racing de París, y Martín Vantolrá jugó en México, en el España y el Atlante, para a su retirada ser entrenador del Puebla.

Pero la historia más dramática relacionada con un astro del fútbol español en aquellos días tiene que ver con el histórico guardameta Ricardo Zamora.

Póster de homenaje a Ricardo Zamora de 1934, con los escudos de los clubes donde jugó y los de las selecciones a las que se enfrentó hasta la fecha

Póster de homenaje a Ricardo Zamora de 1934, con los escudos de los clubes donde jugó y los de las selecciones a las que se enfrentó hasta la fecha

La ambigüedad política de Zamora había quedado manifiesta cuando, pocos meses después de su gesto de protesta por el saludo nazi de los jugadores de Alemania en Montjuïc, y durante un banquete de celebración del título copero conquistado en Valencia por su club, el Madrid, dio un discurso que finalizó con las palabras “Viva Valencia, el Madrid y España”, a lo que un periodista añadió “y viva la República también”. Zamora, sin embargo, no se sumó a este último. Como era también cronista de fútbol en las páginas de Ya, era un poco sospechoso para que elementos extremistas del Frente Popular fueran a por él. Con el estallido de la guerra, Zamora quiso ponerse a salvo y se ocultó en casa de un amigo suyo, médico, en Madrid. Durante el mes de julio y agosto, corren rumores sobre él: en la zona rebelde, Queipo de Llano anuncia la muerte del portero; en otros casos se especula con su huida, bien al extranjero o bien de la zona controlada por el gobierno, o incluso con su ejecución, como hicieron los rotativos Vie Sportive (Bélgica), que anunciaba que estaba en México, o L´Auto (Francia), que hacía lo propio con respecto a la muerte del gran portero barcelonés.

Sin embargo, el 12 de octubre de 1936, El Mundo Deportivo, el clásico diario deportivo catalán, daba fin a estos rumores con la noticia de la detención de Zamora y su encarcelamiento en la carcel Modelo de Madrid, en Moncloa, y hoy ya derribada. Allí se encontraría con un viejo compañero en el conjunto blanco, el delantero Ramón “Monchín” Triana. Triana, madrileño aunque nacido en Fuenterrabía (Guipuzcoa, la actual Hondarribia) en el seno de una familia acomodada, había jugado en el Athletic de Madrid antes de fichar por el club de Chamartín, con el que había conquistado en mayo de 1936, junto a Zamora, Quincoces, los Regueiro o Emilín la Copa Presidente de la República. Triana y Zamora llegarían a mantener charlas sobre fútbol y a organizar con sus carceleros partidos en el interior de la Modelo, según cuenta el dramaturgo e hijo del fundador de ABC Rafael Luca de Tena.

La suerte de ambos astros madridistas fue muy distinta. Triana fue “sacado” de la cárcel y fusilado en una de las temibles sacas de Paracuellos de noviembre-diciembre de 1936 que tanta deshonra causaron a la República y pudieron finalmente ser paralizadas cuando el gobierno, desde Valencia, pudo enviar al anarquista Melchor Rodríguez, apodado “el Ángel Rojo”, como Inspector de Prisiones para poner fin a aquella matanza. El régimen franquista posterior celebró durante un tiempo, en su memoria, la Copa “Ramón Triana”. En torno a Zamora se organizaron campañas para su liberación. En un partido celebrado entre Cataluña y Valencia, los capitanes de ambas selecciones, Martín Vantolrá y Carlos Iturraspe respectivamente, solicitaron al presidente de la Generalitat, Lluís Companys, que intercediese por el futbolista. También intentarían convencer a Jules Rimet, presidente de la FIFA, para que presionase en favor de la liberación del meta. Mientras tanto, aparecía en escena en la prisión madrileña el anarquista Pedro Luis Gálvez.

Gálvez es dibujado en algunos casos como un caso típico de revolucionario sin escrúpulos, ufano y pagado de sí mismo. Sin embargo, otras fuentes le retratan como un intelectual -escritor- y activista anarcosindicalista que trató de interceder por varias figuras, entre ellas Zamora, a quien protegió y salvó del pelotón de fusilamiento. Finalmente, Zamora, que gozaba de las simpatías no sólo de Gálvez, sino de otros milicianos de la prisión que se acercaban a él para estrecharle la mano e intercambiar unas palabras, es liberado en enero de 1937 con la mediación de la embajada argentina -cuyo embajador, Edgardo Pérez Quesada, trabajó de cerca con las autoridades republicanas para la consecución de liberaciones y documentos de viaje para personas amenazadas- y consigue trasladarse a Valencia, donde, tras reunirse con su familia, parte junto a ellos a Marsella.

Una vez en Francia, ficha por el Niza, donde se reencuentra con un viejo amigo de sus tiempos en el Barcelona y el Madrid, el también afamado Josep Samitier. En Niza juega dos campañas, la segunda compaginándola además con el cargo de entrenador.

Al volver a España, sin embargo, no se libra tampoco de la animadversión de los vencedores, que le reprochan el que tras su liberación no se reintegrara inmediatamente a la zona “nacional” y prefiriese jugar en el extranjero. Zamora alegaba no tener pasiones políticas, pero esto no le libra de ser investigado por el Consejo Superior de Deportes para una posible sanción. Para evitar nuevos problemas, acepta el cargo de entrenador del Atlético-Aviación, club surgido de la fusión del Athletic de Madrid y el equipo de la fuerza aérea sublevada, el Aviación Nacional, y que es dirigido por militares de alto rango. Con los “colchoneros” consigue las dos primeras ligas celebradas tras la guerra, y posteriormente pasará a entrenar, aunque con resultados más pobres, a Celta, Málaga, Español, la selección española y Venezuela. Asimismo, a su regreso trató de devolver a Gálvez el favor que le había hecho al librarle de la muerte, pero sin éxito: Gálvez fue condenado a muerte y fusilado en 1940 por la muerte en Paracuellos del célebre dramaturgo Pedro Muñoz Seca.

Zamora, en su etapa de entrenador

Zamora, en su etapa de entrenador

La selección española tardó muchos años en recuperar el nivel exhibido en aquel Mundial de 1934, y salvo pasajeros éxitos como el cuarto puesto en Brasil’50 o la conquista de la Eurocopa’64, título que no pudo posteriormente defender con brillantez alguna en el Mundial de dos años más tarde en Inglaterra, tuvieron que pasar muchos años para que los comentarios futbolísticos se refirieran a una selección situada al mismo o superior nivel de las teóricas favoritas. Como anécdota final, el equipo español dejó de lucir tras la guerra el escudo de la federación -como hacen hoy día otras selecciones como Alemania, Francia, México, Argentina, Uruguay o Portugal- para lucir el escudo del país, primero el águila de San Juan del régimen de Franco y luego el de la monarquía constitucional.

Al menos, tras unos años en que el “rojo” era un color poco menos que maldito y la camiseta del equipo pasó a ser azul añil como el de la camisa falangista, España volvió a su tradicional zamarra encarnada con la que había conquistado la plata olímpica en Amberes y aquel quinto puesto en Italia’34 que supo a tan poco.

Escudo de la Federación Española (y de la selección) en los años de la II República

Escudo de la Federación Española (y de la selección) en los años de la II República

FUENTES:

Jesús Camacho,  “El doctor García Salazar”, 29/05/2010, en http://www.elenganche.es/2010/05/el-doctor-garcia-salazar/

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), “Selección de fútbol de Euskadi”, “Ramón Triana”, “Luis Marín Sabater” y “Copa Mundial de Fútbol de 1934”.

“Juan Hilario Marrero Pérez, Hilario” en http://www.bdfutbol.com/es/j/j11050.html

“España asombra en su primer Mundial”, en http://grandes-equipos.blogspot.es/1302781524/

 http://www.losmundialesdefutbol.com/partidos/1934_espana_brasil.php

“La selección española antes de la guerra civil” en http://www.futuropasado.com/?p=656

Javier de Frutos, “La selección perdida de 1934”, 15/02/2007, en https://www.diagonalperiodico.net/culturas/la-seleccion-perdida-1934.html

“La selección de fútbol de la República”, septiembre de 2010, en http://fusiladosdetorrellas.blogspot.com.es/2010/09/la-seleccion-de-futbol-de-la-republica.html

Javier Talavera, “La estrella de Ricardo Zamora”, 25/04/2013, en http://footballcitizens.com/2013/04/25/la-estrella-de-ricardo-zamora/

“El divino Ricardo Zamora salpicado por la guerra civil” en http://www.futbolypasionespoliticas.com/2013/12/el-divino-ricardo-zamora-salpicado-por.html

“Ricardo Zamora Martínez” en http://hallofameperico.com/2009/07/25/ricardo-zamora-martinez/

“Ricardo Zamora” en http://atmnetworld.com/2015/04/09/ricardo-zamora/

FE DE ERRORES

De acuerdo con un comentario recibido por el biznieto del seleccionador español de entonces, además de médico y hombre estrechamente vinculado al Deportivo Alavés, el nombre correcto del mismo es Amadeo García de Salazar -y Luco, como su segundo apellido-, y no Amadeo García Salazar. En muchas referencias biográficas aparece este segundo nombre, por el que me he guiado al escribir el artículo, pero en realidad el nombre correcto es el primero. Desde aquí pido disculpas por este error.

El asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza y su uso propagandístico por el franquismo

Imagen actual del Santuario de Santa María de la Cabeza.

Imagen actual del Santuario de Santa María de la Cabeza, en Andújar (Jaén).

A lo largo de los años posteriores a la Victoria de 1939, el régimen franquista regaló a los españoles que estaban bajo su mando una exhaustiva colección de héroes y mártires de la Cruzada que sólo los años, el uso más conveniente políticamente hablando de la guerra civil por parte del propio franquismo y la revisión por parte de historiadores, que a pesar de todo seguían siendo afines o cuando menos no hostiles al Régimen del 18 de Julio (no había otro modo de poder ocupar las cátedras y el mundo científico de la época sin sufrir molestias), de aquella mitología para centrarse en lo que en ella había de Historia, llevarían a que se atenuara la necesidad de “machacar” a la población con las gestas y los padecimientos de quienes ayudaron con su sacrificio a forjar el triunfo de la “verdadera España” frente a la “anti-España”. El régimen, una vez asentado y consolidado en el interior y en el exterior, no necesitaba tanto referirse a la hazañas bélicas como en la posguerra para forjar su identidad y su legitimidad, es decir, no tenía tanta necesidad de recrear la Victoria y podía basar la última en la Paz, en la prosperidad y el desarrollo que, a ritmo de “Seiscientos”, planes y polos de desarrollo, turistas que venían bajo el soniquete del “Spain is different” y una realidad convenientemente ocultada de despoblación del mundo rural, doblamiento chabolista en las ciudades y evasión de capitales hacia Suiza o América por parte de jerarcas del régimen súbitamente enriquecidos por recalificaciones urbanísticas u operaciones industriales dudosas.

Ello no fue óbice para que, aunque en los sesenta estuviera ya lejos la guerra y los “rojos” no fueran más que algunos pobres desgraciados que se habían pasado los últimos veinticinco años de “paz” escondidos en bodegas, despensas o huecos faltos de luz tras un armario, los nombres de Paracuellos, la Modelo de Madrid, Durruti, José Antonio, las checas, el Alcázar o el Santuario de la Virgen de la Cabeza se siguieran repitiendo como parte de la leyenda negra, del pecado original, con el que todo detractor de Franco nacía. Las muertes de los mártires de la “Cruzada”, los criminales “rojos”, el fusilamiento del Ausente, la gesta del coronel Moscardó en Toledo… todo eso no podía tirarse por la borda, y quedó de hecho demostrado cuando quien fue tirado, pero por la ventana, y vilipendiado en una prensa poco libre Julián Grimau, a quien en el año de la celebración de los 25 Años de Paz se siguió recordando fue inspector de la policía republicana en aquel Madrid rojo y, como denunció el escritor católico francés Jacques Maritain, se consideró se le podían achacar todos los crímenes.

La presencia de los héroes del panteón franquista y del martirologio de la guerra, sacados a relucir en cuanto el “contubernio internacional” recordaba, al fin y al cabo, la realidad de un régimen (o ni siquiera eso, sino simplemente su inhumanidad y su crueldad para con sus rivales políticos) cuya victoria se había obtenido contra un gobierno legal contra el cual se había sublevado en armas, generando, precisamente, en la zona controlada por éste, la revolución social y los excesos contra los que decían luchar y que sólo se produjeron a partir del levantamiento militar nos ilustra de algo bastante poderoso: la importancia que, a lo largo de toda su historia, la propaganda y el imaginario colectivo creado por la misma para aglutinar a la defensa del régimen incluso a quienes, aunque no hubieran vivido la guerra ni aquellas heroicidades ni el sufrimiento de los asesinados, se consideraban depositarios de aquella tradición y estaban, si se diera el caso, dispuestos a continuarla. Bien es cierto que, en la realidad, cuando tal ocasión de mostrar su ardor guerrero tuvo lugar, tras la muerte de Franco, las demostraciones de fuerza contra la oposición corrieron más a cargo de la policía y grupos de extrema derecha pequeña pequeños que de aquellos apoyos más o menos amplios con que contaba la dictadura, y que la correlación de fuerzas y el pragmatismo de unos y otros -cualidad que no siempre, y en la transición española quedó demostrado, resulta positiva, sobre todo cuando los intereses particulares se confunden con los generales- jugaron un importante papel a favor de los ex franquistas o pos franquistas para poder mantener un rol fundamental en la política posterior de España sin necesidad de recurrir a tanques, aviación ni fusiles. Pero ese es otro tema, que no ha dejado de ser estudiado.

No deja de ser, sin embargo, sintomático acerca de la España actual y de la pervivencia del franquismo -cuando menos del franquismo social- de lo que significó aquella propaganda del régimen, prolongada con mayor o menor intensidad durante cerca de cuatro décadas, el que hoy día continúe presente y se haga pasar por Historia cuando la Historia misma ha ido desmintiendo, total o parcialmente, lo que en ella se contaba, reduciéndolos a la categoría de mitos. Por ejemplo, el coronel y después general Moscardó pudo haber sido un valiente defensor militar del Alcázar toledano, pero su comportamiento fue inhumano al infligir sufrimientos innecesarios a los civiles de la fortaleza al negarse a cualquier compromiso con los hasta cuatro emisarios enviados por los republicanos, entre ellos el decano del cuerpo diplomático en España, el conservador y profranquista embajador de Chile Aurelio Núñez Morgado, el sacerdote Vázquez Camarasa o el luego general y jefe del Estado Mayor del Ejército Popular y profundamente católico Vicente Rojo Lluch, y su inhumanidad se elevó aún más al romper su compromiso de evitar represalias en la capital manchega en cuanto entraron los regulares moros en la ciudad, con episodios como el de rematar a los heridos del hospital de Tavera. Que historiadores de escasa fiabilidad escribieran artículos absolutamente deplorables en periódicos de tirada nacional encabezados con el título “Los héroes no se discuten” ensalzando a Moscardó y entroncándolo poco menos que con el Cid, Trafalgar o Bailén (y también la Edad Media, la batalla naval con Gran Bretaña como aliados de Napoleón y la guerra de independencia merecen una revisión por nuestra propia salud como nación), curiosamente el mismo autor que definía las masacres de Paracuellos como el ejemplo del propósito genocida de las izquierdas republicanas españolas, equiparándolo con la de los oficiales polacos del bosque de Katyn durante la SGM o el Holocausto judío demuestra como hoy día la resistencia a contar y a que se cuenten de otro modo los acontecimientos pasados es más fuerte de lo que pensamos. No en vano, supone en cierto modo cuestiona una forma de pensar y un modo de vida en que se ha sustentado toda una existencia, e incluso un modelo de país.

El artículo que presento a continuación habla de un hecho de aquella guerra española, el asedio y toma del santuario de la Virgen de la Cabeza, enclavado en las estribaciones jiennenses de Sierra Morena y próximo al municipio de Andújar, por parte de los republicanos. Ha sido destacado por parte de la propaganda franquista y con posterioridad por historiadores como Manuel Aznar como un hecho que demostraba el heroísmo de la Guardia Civil. Durante años, y aún hoy, se ha considerado como una gesta realizada por un pequeño número de guardias mal armados y hambrientos frente a un enemigo mucho mayor y más poderoso, que resistieron durante ocho meses casi como los trescientos espartanos al millón de persas en el paso de las Termópilas. La historia real muestra que, en realidad, poco hubo de parecido con las guerras médicas en aquel rincón de Sierra Morena.

JAÉN Y LA ETAPA DEL FRENTE POPULAR

Jaén era una provincia eminentemente agraria y su cultivo principal era -como sigue siendo hoy- el olivo. El trabajo de la recogida de la aceituna, de temporada, daba lugar a un paro agrario muy elevado durante buena parte del año una vez terminada la época de la cosecha. La llegada de la República y las expectativas que el campesinado español, especialmente en las regiones meridionales como Extremadura y Andalucía, pusieron en ella y en la reforma agraria, llevaron a una fuerte movilización del proletariado campesino. El sindicato socialista de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra experimentó un fuerte crecimiento hasta el punto de convertirse en la federación sindical de la UGT con mayor número de afiliados, lo que traería también quebraderos de cabeza a la propia organización del sindicato socialista, formado hasta el momento esencialmente por obreros industriales. Jaén no sería una excepción, y en vísperas del golpe militar del 18 de julio la aceleración de la reforma agraria puesta en marcha por el ministro de Agricultura del Frente Popular Mariano Ruiz-Funes alcanzó tierras jiennenses, si bien es cierto que esta segunda y gran reforma agraria republicana se centró principalmente en Badajoz y en menor medida en Toledo, Ciudad Real y Salamanca. Una de las características destacadas de esta reforma, como cita el profesor Ricardo Robledo, es la del acoplamiento entre el gobierno y los campesinos como un perfecto engranaje para llevar a cabo la reforma. “El resultado -alude Francisco Espinosa, autor de un considerable estudio sobre la reforma en tierras pacenses en la etapa del Frente Popular- fue que todos salieron ganando: el Gobierno dando la impresión de que controlaba el problema -ya no hubo nuevas invasiones de tierras- y los campesinos obligando con su actitud al poder a que se tomara en serio el problema de la tierra. El equilibrio entre legalidad y legitimidad se había conseguido.” Un movimiento, el de Badajoz, que tuvo sus antecedentes, bien que sin el mismo seguimiento de sus demandas por parte del gobierno, en la etapa anterior, la el bienio radical-cedista o Bienio Negro y que en Valdepeñas de Jaén llevó también a la fundación, por parte de los obreros agrícolas, de una cooperativa campesina y una escuela de formación para el trabajo en la misma.

Durante el Bienio Negro, en las provincias campesinas meridionales el hambre de tierras y la degradación de las condiciones de vida y de trabajo, con la anulación de buena parte de las medidas laborales aprobadas en la etapa del gobierno republicano-socialista, llevaron a la proclamación por parte de la FETT de una huelga campesina en junio de 1934. La represión del movimiento huelguístico por el ministro de gobernación, Salazar Alonso, y el fracaso posterior de la insurrección de octubre de ese mismo año tuvo a la Guardia Civil como especial y odiado protagonista en Jaén, y en especial al capitán de la misma Santiago Cortés González.

El capitán de la Guardia Civil Santiago Cortés, en un cuadro en que aparece con la Laureada de San Fernando que le concedió el régimen franquista por su actuación durante el asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza.

El capitán de la Guardia Civil Santiago Cortés, en un cuadro en que aparece con la Laureada de San Fernando que le concedió el régimen franquista por su actuación durante el asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza.

Cortés se distinguió en aquellos puestos donde ejerció el mando -Valdepeñas de Jaén, Villanueva del Arzobispo y Mancha Real- como un firme partidario del orden en su sentido más reaccionario y contrario a las reivindicaciones de las clases populares. Se distinguió en especial, tras la fracasada Revolución de Octubre, en el último de los municipios, Mancha Real -situado a unos treinta kilómetros de la capital provincial, en la ruta entre ésta y Baeza-, donde reprimió con dureza a los trabajadores y campesinos que estuvieron implicados en los sucesos revolucionarios, aun cuando la insurrección, limitada en el espacio y en el tiempo, no alcanzó las proporciones que justificaran la represión posterior. Con el nuevo gobierno de coalición izquierdista del Frente Popular, decidido a restablecer, según afirma Josep Fontana, la paz social y llevar a cabo el programa reformista con el que se había presentado a las elecciones (obra, por otra parte, de un republicano conservador como Felipe Sánchez-Román, posterior embajador de la República en La Haya) incluyendo las medidas laborales que habían sido derogadas durante la etapa de las derechas, Cortés pasó a la Comandancia de la capital, donde ejerció funciones de Cajero, sin mando sobre fuerza alguna.

La provincia, como en casi toda España y también Andalucía y Extremadura, pasó por un período de intensas reclamaciones populares y laborales. Era lógico teniendo en cuenta la situación de ostracismo a que habían sido relegadas las organizaciones obreras en el período anterior y su nueva salida a la luz tras aquel tiempo de cuasi ilegalidad, así como la necesidad de acompañar con acciones firmes la conquista de derechos y mejores condiciones de vida y trabajo tras unos años de ilusiones frustradas. Como afirma el entonces embajador estadounidense en España, Claude Bowers en su obra “Misión en España”, el ambiente andaluz era inquieto, pero en absoluto cabía deducir por eso que fuera un ambiente revolucionario o la antesala de una revolución como lo querían dibujar algunas personalidades de su círculo de allegados. Además, resulta de muy mal gusto tratar de equiparar las acciones terroristas de la derecha conspirativa, que trataban de generar la apariencia de desorden para, como dice Manuel Vázquez Montalbán, que el público deseara una solución de orden viniera de donde viniera, con actos legales en democracia como la organización de una huelga o una manifestación en demanda de mejores condiciones de trabajo en las que, por otro lado, gobierno y sindicatos pusieron la mejor voluntad y los instrumentos anteriormente desechados por la derecha en el poder como los jurados mixtos y el arbitraje para dar satisfacción a unas demandas que, por otro lado, resultaban bastante razonables. Si hubiera que achacar, además, a alguien aquel ambiente enrarecido habría que hacerlo a unas autoridades que habiendo estado en el poder antes se encargaron de sembrar el caldo de cultivo necesario para que ahora el gobierno entrante se encontrara con tantas reclamaciones sobre la mesa.

DEL DIECIOCHO DE JULIO A LA TRAICIÓN DEL CAPITÁN CORTÉS

Siendo una provincia donde el odio y el miedo a la Guardia Civil eran poco menos que atávicos, el fracaso de la sublevación en la misma y su encuadramiento en la zona leal a la República llevó a que, sin embargo, las tensiones entre el instituto armado, en el que había algunos partidarios de los rebeldes, y la milicias populares fueran constantes. Jaén no tenía guarnición militar, así que la responsabilidad en el éxito o el fracaso de la sublevación correspondió a los cuerpos policiales y militarizados, y en especial a sus jefes. La actitud dubitativa de los mandos provinciales de la Guardia Civil, el teniente coronel Pablo Iglesias (quien posteriormente se declaró leal al gobierno republicano y concertó con el gobernador civil, Rius Zunón, la entrega de armas a las milicias) y los comandantes Eduardo Nofuentes e Ismael Navarro decantó la balanza. En la Benemérita jiennense, los capitanes Santiago Cortés, Antonio de Reparaz, Amezcua y el teniente Manuel Rueda García, así como el oficial retirado -por sus conocidas actividades conspiratorias- de la Guardia de Asalto Rodríguez de Cueto habían mantenido contactos con los grupos de la derecha conspirativa como Falange, Comunión Tradicionalista o los terratenientes agrupados en la Federación de Labradores, y trazaron un plan para la incorporación gradual de los guardias civiles de la provincia a las filas de los “nacionales”.

El gobierno civil y las autoridades del Frente Popular de la provincia deciden, para evitar enfrentamientos armados entre las milicias y los sectores populares y los guardias, concentrar a los últimos en cuatro de las seis cabeceras de compañía con que contaba la provincia: Jaén capital, Linares, Úbeda y Andújar. Sin embargo, la animadversión popular hacia los guardias no dejará de aumentar cuando se observa que, a la menor oportunidad, sus efectivos se pasan al bando sublevado: así ocurre con varios miembros del cuerpo incorporados a las milicias jiennenses que acuden a combatir para recuperar Córdoba y Granada, como sucedió en agosto con la columna del teniente Del Amo, cuyos cincuenta hombres, que servirían de apoyo a las milicias en tierras nazaríes, se pasaron a los rebeldes.

A finales de julio, la columna mandada por el general José Miaja, mandada por el gobierno para recuperar Córdoba, pasa por la provincia. En su avance se incorporarán milicianos jiennenses (reclutados por el diputado Alejandro Peris y formadas por el capitán Juan Fernández) y también varios grupos de guardias civiles, de las cabeceras de Úbeda, Linares y Andújar, hasta sumar 190 hombres procedentes del instituto armado. En Andújar se encontraba el capitán Reparaz, quien, haciendo gala de su habilidad, consiguió que cuarenta hombres del cuerpo quedaran en el municipio con objeto de custodiar a sus familias, seriamente amenazadas por el crecimiento de las tensiones, al tiempo que él y otro capitán, García del Castillo, se incorporaban a la columna Miaja albergando secretamente planes de pasar a la zona “nacional”.

Sin embargo, las autoridades locales iliturgitanas mostraban una evidente preocupación por la presencia de una guarnición, aun pequeña, de guardias civiles en la localidad y solicitaron la inmediata incorporación de los efectivos al frente. Reparaz, temiendo que esto frustrara sus planes, negoció una solución intermedia: el traslado de los guardias y sus familias a un paraje cercano y relativamente aislado de la cercana Sierra Morena, conocido como Lugar Nuevo. Miaja accedió a lo solicitado por Reparaz y de este modo, el 5 de agosto, fueron allí instalados los 40 guardias que permanecían en Andújar, familiares y vecinos temerosos de que se produjeran actos de violencia contra ellos. A ellos se les sumaron otros 25 guardias civiles capturados tras la toma por los republicanos de la columna Miaja del municipio cordobés de Venta Cardeña. En total, 65 guardias, 20 paisanos armados y 231 ancianos, mujeres y niños. Los guardias, incluidos los de Venta Cardeña, también disponían de armamento.

Este movimiento de retirada de los guardias civiles a Lugar Nuevo fue el antecedente de lo que luego sucedería en el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Las deserciones de guardias civiles, como los ya mencionados tenientes Del Amo y Amezcua, a mediados de agosto, y el bombardeo del campo de aviación de Andújar a finales de julio no hacen sino complicar aún más la delicada situación de la Benemérita provincial, y en especial en la comandancia de la capital, donde el ambiente se torna poco menos que irrespirable y la posibilidad de un enfrentamiento armado entre las fuerzas populares y los miembros del cuerpo cobra cada vez mayor fuerza.

Así las cosas, los guardias, las autoridades del gobierno civil, el general Miaja y su responsable político, el diputado de Izquierda Republicana Vicente Sol decidieron el traslado de los efectivos de la comandancia capitalina a un lugar aislado donde pudieran encontrarse, tanto ellos como sus familias, a salvo de posibles represalias. Como centros de recepción se pensaron en la ciudad de Alicante, en la localidad de Santa Cruz de Mudela, al otro lado del paso de Despeñaperros, en la renombrada provincia de Ciudad Libre (Ciudad Real) o, como era preferido por los oficiales de tendencia rebelde como Cortés -dado que les facilitaba la deserción- la localidad cordobesa de Porcuna o el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. Este último fue el lugar finalmente escogido, con la autorización del teniente coronel Juan Hernández Saravia, ministro de la Guerra del gobierno republicano.

Cortés, Reparaz, Rodríguez de Cueto y Rueda, que habían permanecido en la Comandancia de Jaén desde el 18 de julio, trazaron entonces el plan para que el Santuario se uniese a las filas de los sublevados: “una vez instalados -escribe Francisco Cobo Romero- en el Santuario y Lugar Nuevo la mayor parte de los efectivos con que contaba la dotación de la Guardia Civil jiennense, los guardias civiles que aún permanecían a las órdenes de Miaja en el frente cordobés deberían integrarse en las filas rebeldes, y los retirados a los parajes citados, “romper toda relación con las autoridades rojas y esperar la llegada de las columnas del Ejército nacional, que suponían no se harían esperar mucho”. Para ellos se les ofrecía la oportunidad que habían esperado. En dos trenes y varios autocares fueron llegando armas y municiones, víveres y los aproximadamente 1000 civiles (familiares y paisanos amenazados que accedieron a acudir al Santuario, donde su seguridad estaría más garantizada, pero también falangistas y partidarios de la sublevación en condiciones de combatir) y los 250 efectivos del cuerpo (estas cifras varían -1500 según el historiador franquista Manuel Aznar, 1350 citando a Hugh Thomas y 1135 en palabras de Juan Luque Arenas). Entre el 17 y el 18 de agosto la instalación en el Santuario, de la que se encarga Rodríguez de Cueto sobre el terreno, queda finalizada.

Durante este mes y el siguiente tendrá lugar la traición de los jefes rebeldes encabezados por Cortés. Lo que en palabras de Aznar es “una sucesión de audacia y rasgos de ingenio” se demuestra como un gesto del gobierno republicano para evitar que ocurran en Jaén hechos desgraciados como los que a lo largo del verano se llevan repitiendo en otros puntos de España, que será aprovechada de forma ruin por los jefes de la Benemérita jiennense tendentes a la sublevación. En el Santuario será izada la bandera tricolor como signo de acatamiento al gobierno, y los allí refugiados, que han sido trasladados con abundante provisión de víveres realizada en uno de los trenes que partió de Jaén, pueden realizar también su aprovisionamiento en el cercano municipio de Andújar, hasta el punto de que, según refiere Hugh Thomas, los habitantes de la localidad desconocen si quienes allí se encuentran “son amigos o enemigos”. Pronto, sin embargo, las máscaras se quitarían.

Reparaz, Rueda y Rodríguez de Cueto habían abandonado el Santuario y huido a posiciones rebeldes, y el teniente coronel Pablo Iglesias había acudido a Madrid para entrevistarse con su jefe supremo, el ministro de Gobernación general Sebastián Pozas. 50 guardias civiles de la comandancia de Linares que actuaban en el frente de Córdoba, hacia quienes crecieron la falta de confianza y la animadversión, fueron desarmados y conducidos también al Santuario. Al mando de los guardias acantonados allí estaba, como superior de Cortés, el irresoluto comandante Nofuentes, quien decepcionaría a aquel al entregar parte de las armas y municiones a las columnas de milicianos, incluyendo la ametralladora “Hotschkiss” única en la provincia y varios fusiles, pistolas y rifles. Para completar el cuadro, Reparaz, que se había unido a las tropas rebeldes en Fernán Núñez (Córdoba), sobrevoló con una avioneta el Santuario y lanzó correspondencia y una bandera rojigualda, enseña de los rebeldes, que simbolizaba el hermanamiento entre estos y los trasladados al Santuario.

El último día de agosto, una delegación del Frente Popular provincial llegó al Santuario con objeto de entablar conversaciones para la entrega total de las armas que aún quedaban en manos de los residentes, así como para calibrar el estado de la situación tras observar los últimos acontecimientos. A cambio, se garantizaba la seguridad de las familias de los guardias, que serían distribuidas en varios municipios y el acceso de los guardias del Santuario al recién creado cuerpo de la Guardia Nacional Republicana, heredera de la disuelta Guardia Civil. Nofuentes, contemporizador, redactó un documento comprometiéndose a llevar a cabo las demandas de las autoridades frentepopulistas. Un documento que Cortés, en cuanto tuvo conocimiento, rompió, obligando a su comandante a redactar otro en el que se comprometía, tal y como establecía en su plan, a negarse a establecer contacto con cualquier delegación “roja”.

Unidad motorizada de la Guardia Nacional Republicana creada por el gobierno frentepopulista durante la guerra en sustitución de la Guardia Civil.

Unidad motorizada de la Guardia Nacional Republicana creada por el gobierno frentepopulista durante la guerra en sustitución de la Guardia Civil.

Las autoridades republicanas, afirma Joaquín Arrarás, abrieron un tiempo de negociación y de parlamentos para solucionar la cuestión del Santuario -así como para poder obtener unas armas muy necesarias- sin necesidad de emprender hostilidades, y por ello esperaban que la incorporación de los guardias a la nueva GNR con las garantías de respeto a la vida de sus familias (“los moradores pasarían a ser distribuidos en los pueblos como simples vecinos”), o el “público acto de adhesión al gobierno legítimo entregando el armamento”, resolviera convenientemente y sin recursos de fuerza un asunto que Cortés estaba dispuesto a que no se solucionara más que con una resistencia tenaz hasta que la llegada del ejército de Queipo de Llano a aquellos parajes convirtiera en héroes de la Cruzada a los habitantes del Santuario y a él le transformara de traidor a autor de una noble epopeya. Para ello, tenía que dinamitar cualquier iniciativa, incluso la más humanitaria, que truncase su autoridad… y sus planes.

Los historiadores franquistas y sus epígonos trataron de dibujar la “gesta” del Santuario como una especie de Fuente Ovejuna en la que los guardias civiles remaron todos en la misma dirección, proclive al alzamiento militar, pero en la realidad la indecisión e incluso la lealtad a la República eran sentimientos que dominaban en los miembros de la Benemérita trasladados a aquel rincón de la Sierra Morena jiennense. El 14 de septiembre, una nueva delegación, mandada por el mismo hombre que en la vez anterior, el capitán de la Guardia de Asalto Agustín Cantón, acude al Santuario junto a una pequeña caravana de autobuses y camiones para la evacuación del lugar. Durante las últimas jornadas, la división de opiniones entre los guardias es patente: algunos se agrupan en torno al comandante Nofuentes, partidario de la entrega de armas y el acatamiento de las órdenes del gobierno, y otros se decantan por las posiciones maximalistas del capitán Cortés, cuya influencia se apoya sobre todo entre los paisanos derechistas.

Los delegados del Frente Popular desmintieron varias de las ficciones que había estado tejiendo Cortés para mantener la disciplina y la adhesión a su causa, lo que provoca un movimiento de indignación en los miembros de la Guardia Civil. Varios de ellos, incluido Nofuentes, suben a dos de los camiones, que parten. Consciente Cortés de que sus planes se van al traste, decide hacer un llamamiento de lealtad para con la institución a los guardias civiles con objeto de forzarles a permanecer en el Santuario. Será este llamamiento a la disciplina de cuerpo lo que hará que se decante la balanza a favor de Cortés. Mientras, continúa la evacuación de los civiles (y según se hace eco Mariano Maroto de la información recopilada por Manuel López Pérez en un revelador documento para el Boletín de Estudios Giennenses, la disposición de la evacuación encontró un ambiente muy favorable, con alborozo de mujeres y guardias abrazando a los emisarios), con momentos de tensión que incluyen la irrupción de civiles y miembros del instituto armado llegados desde Lugar Nuevo cantando el himno falangista del “Cara al Sol” o el intento por parte de los milicianos de subir a la fuerza a los camiones a algunas mujeres. Esto último hará que Cortés proceda a la detención de varios milicianos y guardias de Asalto, así como la del comandante Nofuentes -quien se había mostrado en disposición de reingresar en la Guardia Nacional Republicana- y su hijo. En la carretera, camino de Andújar, han partido 32 guardias, dos cabos, un sargento y sus familias, ajenos a los sucesos ocurridos posteriormente a su evacuación.

Evacuación del Santuario.

Evacuación del Santuario.

Ese 14 de septiembre el Santuario se convierte en bastión sublevado: la bandera de la República Española es arriada y en su lugar se iza la enseña rojigualda de los sublevados. Las tentativas del gobierno republicano para terminar mediante una solución negociada con la situación de Nuestra Señora de la Cabeza, con la entrega de armas o la incorporación de los guardias a la GNR y la evacuación de los civiles, fracasan por la traición del capitán Cortés. Comienza entonces el asedio. ¿O quizá no?

ASEDIO… O NO

Porque a pesar de la ruptura abierta por Cortés y sus partidarios, el gobierno republicano aún seguirá realizando llamamientos para la entrega de los guardias civiles a las autoridades republicanas en los días siguientes, sin que pueda decirse que el 15 de septiembre de 1936 marque el inicio del asedio al Santuario. La situación de los residentes no se verá ahora favorecida por el acceso a los víveres con los que antes se abastecían en Andújar, pero esto no puede achacarse a mala fe por parte de los republicanos -al fin y al cabo, izar la enseña rebelde indica que la responsabilidad en ese sentido es, desde ese momento, de los sublevados, salvo que se opte por aceptar los ofrecimientos gubernamentales, que incluyen la promesa del respeto a las vidas de los allí congregados- y en cuanto al inicio de acciones bélicas, lo cierto es que, contra lo que ha sido afirmado, no pusieron en excesivos aprietos a los habitantes del Santuario. Así que en septiembre no puede hablarse de un asedio en toda regla a Nuestra Señora de la Cabeza y a sus vecinos de Lugar Nuevo.

Los bombardeos aéreos por parte republicana en estos primeros días de rebelión de Cortés y sus partidarios en ambos lugares han sido calificados de exagerados. Lo cierto es que la aviación republicana lanzó bombas, pero de escaso calibre y en mucha menor cantidad que las entre 400 y 600 que han sido citadas por fuentes que el historiador y profesor de la Universidad de Granada Cobo Romero califica de escasamente fiables. “Ninguna de estas operaciones de acoso aéreo sobre las posiciones del Santuario y Lugar Nuevo han quedado reflejadas en los partes oficiales de guerra del Ejército Nacional, debiendo indicar que los partes oficiales de guerra del Ejército Republicano guardan un silencio absoluto al respecto.” Y añade, al respecto de las cifras de proyectiles, que las fuerzas aéreas republicanas -muy magras por entonces- estaban ocupadas por entonces “en la defensa de las posiciones de Montoro (en el sector cordobés) y posteriormente en el sector de Alcalá la Real, muy presionado desde fines de septiembre de 1936.” En cuanto al aprovisionamiento de víveres, y también de armas y municiones, tras un período de carestía, las expediciones aéreas -en las que el protagonista destacado fue Carlos Haya- y el inicio de la “campaña de la aceituna” por parte del ejército de Queipo de Llano a finales de 1936 alivió la penuria de los congregados en el Santuario y en Lugar Nuevo, aunque eso no implicó que Cortés emitiera amargas quejas a este respecto, fundamentalmente por la irregularidad de las expediciones, que lo mismo podían acabar en una sobreabundancia que en el paso de muchos días sin que cayera un paquete del cielo. En muchas ocasiones tuvieran que realizar incursiones en territorio hostil para abastecerse, aunque esto no implicó que contaran con muchas dificultades para ello: la comunicación entre Lugar Nuevo y el Santuario, situados bastante cerca, facilitaba el diálogo entre los puestos de mando de ambos, y se realizaron frecuentes incursiones en cortijos y casas de labor colindantes para el abastecimiento de víveres.

Pero, ¿por qué no puede darse como iniciado el asedio en ese mes de septiembre? Las memorias del teniente coronel republicano Antonio Cordón, el brigadista checoslovaco Artur London o Miguel Hernández y los recientes estudios de Cobo Romero y Maroto García dan algunas claves para entender tan relevante matiz.

Durante el período que va de septiembre a diciembre de 1936, las acciones militares emprendidas por los republicanos para la liberación del Santuario fueron de muy poca entidad, teniendo en cuenta que sus objetivos principales en aquellos meses estribaban, primero, en la toma de la capital cordobesa, y más tarde en la defensa de las poblaciones cercanas a la misma y las de la provincia de Jaén que más cercanas estuvieran a las de Córdoba y Granada, como Andújar, Lopera, Porcuna y Alcalá la Real. Quiérase que, como ni el Santuario ni Lugar Nuevo eran dos objetivos estratégicos, la preocupación por tomarlos no fue prioritaria salvo más adelante, entre otras cosas por razones de prestigio -evitar un nuevo episodio como el del Alcázar de Toledo, mostrar la nueva capacidad combativa del ejército del sur-. Además, en todo momento estas operaciones estuvieron lastradas por la escasa capacidad combativa de unas tropas milicianas que, como afirma London, “seguían haciendo la guerra a la antigua”, no sólo por sus métodos, casi más típicos de una forma de lucha más adecuada para las campañas napoleónicas o la batalla del Marne que para una guerra moderna -y la guerra española era, de hecho, el preludio de una guerra moderna en toda regla como la S.G.M.-, sino por el armamento de que disponían. El poeta Miguel Hernández nos deja una pequeña muestra de cuál era la situación para los supuestos sitiadores en aquellos momentos: “Sin ninguna preparación militar, luchaban contra hombres curtidos en el tiro y en la disciplina férrea con desventaja de terreno y de armas, dominados por las ametralladoras y las miradas de la banda de Cortés, emplazadas en las alturas del Cerro Chico y el Santuario”. Es un importante apunte la desventaja de altura que tenían los asaltantes: Nuestra Señora de la Cabeza y Lugar Nuevo son dos “nidos de águilas” que un pequeño grupo de defensores podía mantener en su poder frente a un grupo relativamente grande de atacantes gracias ese elevado desnivel, lo que explica que el asalto final por parte de los republicanos tuviera que hacerse con un gran número de efectivos y de apoyo de artillería, aunque sin llegar a las cifras que se han dado. Y lo cierto es que aquellos hombres que atacaron al principio ni eran muchos ni estaban demasiado bien armados, ni tampoco sabían usar tan bien las armas como los que estaban en aquellos dos bastiones: “Las escopetas, los trabucos de hace un siglo, las hondas y la dinamita jugaban por los campos andaluces los papeles más importantes. Un grupo de escopeteros, que había manejado poco o que no había manejado jamás las armas de fuego, mineros, gañanes y pastores en su mayoría, se internó en la Sierra tratando de reducir al cabecilla Cortés y sus secuaces, certeros tiradores entrenados en la caza del jabalí y el jornalero.” Sólo a partir de enero de 1937, cuando el recientemente creado Ejército Republicano de Andalucía -integrante del Ejército Popular de la República- contuvo la “ofensiva de invierno” de los rebeldes y consiguió lanzar un ataque en las posiciones de estos en el sector de Pozoblanco (como parte de una contraofensiva destinada a paralizar un plan de avance de Queipo), lo que demostraba la nueva capacidad combativa de las tropas republicanas en la zona meridional de España, pudieron pasar a realizar un asedio en toda regla a los emplazamientos ocupados por los guardias civiles. Un asedio que duró apenas un trimestre.

Grupo de milicianos de Jaén mandados por el diputado socialista Alejandro Peris Caruana, el el sector de Córdoba.

Grupo de milicianos de Jaén mandados por el diputado socialista Alejandro Peris Caruana, el el sector de Córdoba.

Los “nacionales”, por su parte, no prestaron excesiva atención a sus camaradas sitiados en la Sierra Morena jiennense. En ello pudieron influir los rumores sobre una masiva deserción hacia el campo republicano de los guardias aparecida en los periódicos de la zona republicana -hubo deserciones, alimentadas sobre todo por la penuria alimenticia, la larga permanencia allí sin que llegaran los rebeldes ni fuera tomado por los republicanos, las promesas realizadas por los gubernamentales, aunque no tan masivas como la apuntada por Ahora en fechas tan tempranas, que hablaba nada menos que de 300 guardias evadidos con sus familias el 15 de septiembre- o la falta de noticias que confirmen o desmientan este extremo y la situación sobre lo ocurrido con el Santuario, así como, al igual que en el caso de los republicanos, la escasa entidad estratégica de ambos emplazamientos. Para disgusto de Cortés, la ruta seguida por las tropas sublevadas no siguió la carretera de Andalucía, subiendo por Despeñaperros -paso custodiado por los milicianos y los mineros de Linares- hacia Madrid, sino que las columnas africanas de Yagüe lo hicieron por Andalucía Occidental, Badajoz y Toledo hacia la capital, liberando, de paso, a otros asediados que alcanzarían fama y gloria para el campo “nacional”: los del Alcázar de la capital manchega. Sin embargo, una esperanza pareció abrirse cuando la defensa de Madrid por parte republicana hizo que el teatro de operaciones se trasladara a otros lugares, entre ellos Andalucía, y se iniciara la conocida como “ofensiva de invierno” o “campaña de la aceituna” por parte del ejército rebelde de Queipo.

La ofensiva por la zona oriental de Córdoba y los pueblos limítrofes de Jaén buscaba abrirse paso hasta la capital del Santo Reino y abrir la llave para arrebatar a los republicanos lo que de Andalucía quedaba en sus manos. Además, como apunta Artur London, alcanzar Andújar serviría para liberar a los guardias del Santuario y Lugar Nuevo, y llegar a Jaén, “era la clave para poder alcanzar, más hacia el este, la importante zona minera de Linares y La Carolina, por sus minas de plomo, sobre todo.” Esta ofensiva cogió por sorpresa a unos republicanos cuyo nuevo ejército estaba aún en pañales, y por ello los milicianos fueron movilizados a toda prisa, teniendo que llegar de otras partes, así como efectivos de la 14 Brigada Internacional, comandada por el general Walter. Los rebeldes ocuparon Bujalance, Valenzuela, Villa del Río, Lopera y Porcuna, pero fracasaron en su objetivo principal, Andújar, que les habría facilitado el paso hacia Jaén, y frustró las expectativas de poder conectar con la zona rebelde a Cortés y sus hombres. No hubo más intentos sublevados de avanzar por aquella zona (de hecho, poco tiempo antes del asalto definitivo al Santuario por parte de los republicanos, Queipo de Llano lanzó una ofensiva iniciada en marzo en el sector de Pozoblanco destinada a acercarse a Almadén y a las minas de mercurio próximas a esta localidad manchega, rota por una contraofensiva republicana, que avanzó por la serranía cordobesa pero sin llegar a su objetivo de alcanzar Peñarroya y Fuente Ovejuna).

Superado este grave contratiempo que fue la “ofensiva de invierno”, a mediados de febrero de 1937 el teniente coronel Antonio Cordón se hará cargo, en sustitución de Joaquín Pérez Salas, de la jefatura del Estado Mayor del sector de Córdoba del Ejército Republicano de Andalucía, creado el 15 de diciembre de 1936. Cordón, enérgico militar profesional y miembro del Partido Comunista, llevará a cabo la importante tarea de acabar con el encierro de los guardias facciosos del Santuario y Lugar Nuevo, dinamitando la posibilidad de hacer de estos parajes una reedición del Alcázar.

Antonio Cordón García, teniente coronel y posterior general del Ejército Popular, participó en las batallas del Santuario, Belchite, Teruel o el Ebro.

Antonio Cordón García, teniente coronel y posterior general del Ejército Popular, participó en las batallas del Santuario, Belchite, Teruel o el Ebro.

Pero no va a serle tarea fácil… aunque se haya dicho que dispuso de un ejército enorme.

¿QUIÉNES SON LOS HÉROES?

Para los mandos del Ejército Republicano de Andalucía quedaba claro que la liquidación de la resistencia en Santa María de la Cabeza contribuiría a debilitar la idea de nuevos ataques del ejército de Queipo en Córdoba y Jaén, cuya “ofensiva de invierno” había sido detenida a poca distancia de Andújar y de los propios reductos ocupados por los guardias civiles sublevados, cuya liberación entraba entre los objetivos de esa campaña. Poner fin al “asunto de Santa María de la Cabeza” suponía, además de una cuestión de prestigio y de demostración de la capacidad de lucha de este ejército recientemente creado, evitar correr un riesgo innecesario de cara a posibles golpes de mano sobre las poblaciones jiennenses circundantes a estos dos enclaves “nacionales” en la retaguardia gubernamental.

Afirma Cobo Romero que la razón principal de la larga permanencia de los concentrados en las dos posiciones de Sierra Morena “se debió, fundamentalmente, a razones de índole organizativa en el seno del Ejército Republicano del Sur […] Puede decirse que desde agosto de 1936 a enero de 1937 no se registraron indicios fundamentales de un auténtico “cerco” de las tropas republicanas al Santuario. Puede afirmarse, pues, que las auténticas operaciones militares republicanas para desalojar a los sublevados comenzaron a mediados de abril de 1937, muy poco antes de la finalización del asedio. Por tanto, ese puñado de “hombres valerosos” que, en clara desventaja desde un punto de vista militar, hacen frente a un potente Ejército Republicano se cae por su propio peso.”

Cordón, de hecho, manifestará que sus fuerzas no son tan numerosas como la posterior propaganda profranquista sobre el asedio ha querido reflejar, ni desde luego tan bien dotadas en cuanto a armamento. En los primeros meses del nuevo año, explica, “la primera fase del asedio se caracterizó por la laxitud en las operaciones. Hasta bien entrado el mes de marzo de 1937, las fuerzas leales a la República que se enfrentaron a los rebeldes quizás no sobrepasasen los 1.000 hombres (número exiguo, teniendo en cuenta la privilegiada y estratégica posición disfrutada por los asediados en un monte de 700 metros de altitud).” Prueba de ello es que, en la ofensiva republicana sobre Lugar Nuevo de finales de enero, los republicanos sufrieron 15 bajas, mientras que los resistentes sólo tuvieron que registrar una. Y por supuesto, el emplazamiento no pudo ser tomado por unos atacantes que estaban lejos de ser tan superiores en número -e incluso entonces no contaban con las unidades más adecuadas, puesto que hasta el inicio de la anteriormente citada batalla de Pozoblanco no estuvieron presentes en el lugar Brigadas Mixtas, las unidades básicas del Ejército Popular- ni estar tan excelentemente armados -dos ametralladoras y el apoyo de una aviación que descargaba, de cuando en cuando, algunas bombas- habida cuenta de que en un momento de la lucha fueron rechazadas en su avance por simples granadas de mano.

Sin embargo, con el inicio de la ofensiva final a finales de marzo-principios de abril, la moral de los sitiados se derrumba, cosa que entra en contradicción abierta con el papel de héroes combativos lanzada en la proclama del propio Cortés, “la Guardia Civil muere pero no se rinde”, y comienzan a haber nuevas deserciones de guardias civiles, familias y paisanos hacia el campo republicano. Los republicanos emplean con fuerza las armas de la propaganda, lanzando nuevamente mensajes escritos y empleando los altavoces en los que se reitera, como en septiembre de 1936, que las vidas de las personas que abandonen el Santuario y Lugar Nuevo y de los guardias que se rindan serán respetadas. Con todo, Cortés decide resistir.

El 6 de abril las fuerzas republicanas, apoyadas por piezas de artillería, tanques y apoyo aéreo, inician el asalto a Lugar Nuevo, con la toma de dos cerros cercanos (Las Piedras y Los Madroños). La resistencia en este enclave dura menos de una semana, pasando el día 13 los primeros grupos de refugiados de Lugar Nuevo al Santuario. Como represalia, el 16 la aviación rebelde bombardea Andújar, de cuyo aeródromo (ya atacado en los primeros tiempos de la sublevación) y del de Baza, en la zona oriental de Granada -en manos gubernamentales- parten los aviones que ahora bombardean el Santuario.

El ataque aéreo sobre el municipio iliturgitano no impide la ofensiva final sobre La Cabeza, iniciada el 15 de abril, un día después del 6º aniversario de la proclamación de la República, con fuego de artillería y morteros. El comunista Pedro Martínez Cartón, al mando de la XVI Brigada Mixta, fue el jefe de las tropas asaltantes del Santuario. Para el 19, los republicanos ya habían penetrado en tres casas del sector norte del lugar.

El 23, sin embargo, hubo una paralización de las hostilidades. Dos emisarios de la Cruz Roja Internacional acuden al Santuario para el desarrollo de negociaciones entre sitiados y sitiadores bajo el patrocinio del organismo con objeto de que puedan evacuarse del lugar a los heridos, al personal civil, así como a mujeres y niños. Cortés tratará de imponer sus condiciones, pese a la situación desesperada en la que se encuentra, e incluso al principio, contra el criterio de Franco y Queipo, se mostraba partidario de despachar sin contemplaciones a los doctores Martín y Vizcaya, los dos enviados de la Cruz Roja. Había redactado previamente las condiciones de la evacuación, estableciendo que los evacuados debían marchar a la zona sublevada, en lugar de, como era de suponer por la franca desventaja militar en la que se encontraba y porque era del mismo lugar del que habían partido cuando se declararon en rebeldía, a la zona gubernamental. Las autoridades republicanas rechazaron las condiciones impuestas por Cortés a la CRI y a sus propios emisarios, que eran una demostración de que no quería saber nada de parlamentarios ni negociaciones antes incluso de que estas se produjeran –“los parlamentarios que pudieran presentarse nos merecen hoy menos garantías que el día que empezó el asedio”, afirmará-, y la lucha se reanudó el 24 de abril. El contraste con esta posición extremista y fanática lo ofrece Cordón, quien tras ver “desechada la posibilidad de acabar por medio de negociaciones con la posición enemiga, la cual constituía una amenaza permanente y una muestra de arrogancia del enemigo que no podíamos tolerar”, anuncia a Cortés y sus hombres el 30 de abril que al día siguiente el Santuario estará en manos de la República, que reconoce el valor que han desplegado y que, como establece el decreto del 8 de abril de 1937, cuyo texto fue leído a través de los altavoces, se aseguraba la vida y la libertad a todos cuantos se pasaran a las filas de la República. Un dato que es corroborado por Joaquín Arrarás, quien escribe que durante treinta minutos, a partir de las 00:00 horas del 1º de mayo, tras la lectura la noche anterior del texto del decreto, los reflectores permanecerían encendidos a la espera de que los sitiados aparecieran con los brazos en alto. El propio presidente del gobierno, Francisco Largo Caballero, insistirá, tras conocer la noticia de la rendición, en que tanto a los prisioneros como a sus familiares se les trate con toda clase de consideraciones.

Los combates se reanudaron por parte republicana con la intervención de las ametralladoras, los morteros y la intervención de los tanques. Para el día 30, fecha en la que reina una calma predecesora del último envite, los asaltantes controlaban ya buena parte de las entradas al Santuario. El 1º de mayo, una fecha de gran valor simbólico para la República y para la lucha popular que se había desencadenado a partir del momento de la sublevación militar, los últimos defensores se rendían. El capitán Cortés había caído herido el día anterior a consecuencia del impacto de una granada de artillería.

El capitán Santiago Cortés, herido en la cama del hospital de campaña republicano donde se le atendió.

El capitán Santiago Cortés, herido en la cama del hospital de campaña republicano donde se le atendió.

Pero, ¿cuánta gente había intervenido en el asedio? La propaganda franquista habría de ensalzar la resistencia valerosa de unos hombres que se habían enfrentado, en condiciones desfavorables (por su aislamiento con respecto a la zona “nacional”, por la baja moral en sus filas tras largos meses de espera) a unos asaltantes que no constituían con el numeroso ejército que se les atribuyó y hoy día se les atribuye. Hasta Wikipedia en español asume como buenas las cifras de entre ocho y diez mil atacantes por parte republicana que han sido citadas por Luque Arenas o Manuel Aznar. Antonio Cordón escribe, además, sobre la escasez de artillería, apoyo aéreo e incluso de tanques, que no hicieron su aparición hasta el momento del asalto final al Santuario. Hasta la fecha la artillería de las fuerzas que operaban en Andújar constaba de dos o tres piezas que se movían constantemente para dar la impresión de que se contaba con un arsenal considerable, y en marzo se consiguió que uno de los aviones que actuaba en el sector de Pozoblanco bombardease con escasa precisión las posiciones de Lugar Nuevo, yéndose de inmediato a actuar en la batalla cordobesa; la queja de la falta de apoyo de la aviación será reproducida, para el caso de Pozoblanco, por Artur London. Esto es demostrativo de que las fuerzas del Ejército de Andalucía tuvieron que emplearse con una suerte de audacia sin medios para poder contener la ofensiva de Queipo en las provincias orientales de la región, por lo que era todo un logro parar el avance de la “campaña de la aceituna” en Andújar y evitar que siguieran avanzando hacia Jaén y Linares o desencadenar una contraofensiva en la Sierra cordobesa. La caída de Málaga fue el borrón más notorio al que, tras los primeros meses de conquistas -y de terror- de Queipo en Andalucía, tuvieron que enfrentarse estas tropas.

Pero, volviendo al tema de la cuantía de hombres, el propio Cordón, escribe que las tropas de los sectores de Córdoba y de Jaén se encontraban además muy maltrechas tras las batallas contra las fuerzas sublevadas que habían tenido o estaban entonces teniendo lugar. Y eso influiría también en el número final de fuerzas desplegadas para hacer frente a los aproximadamente 350 guardias del Santuario -incluyéndose los que habían llegado desde Lugar Nuevo tras la rendición de éste- y los civiles derechistas armados que les plantaban batalla. Por eso, en lo que respecta a la cifra desmesurada de atacantes que se ha dado, nos dice: “Hasta el momento del ataque, por razones obvias, fuimos nosotros los que exageramos. Pero la realidad era bien diferente. La plantilla oficial de una brigada de nuestro ejército -y rara fue la brigada que en la práctica la tuvo al completo- era de 2.944 infantes, y tanto la brigada de Cartón [la 16ª] como la 32ª habían quedado bastante reducidas en sus efectivos después de las operaciones de Pozoblanco. El total de los atacantes no pasó mucho del triple respecto al número de los defensores que se considera necesario para realizar el ataque a una posición, y que, dada la fortaleza del reducto de que se trataba, era indudablemente inferior al que se estimaba necesario teóricamente.” Casi siempre, las operaciones del ejército republicano se caracterizaban por ser más bien “intensivas en mano de obra” -dada la escasez de armamento, especialmente pesado, de que adolecieron las fuerzas armadas gubernamentales- en comparación con sus enemigos. Si hemos de hacer caso a Cordón, la cifra de atacantes no debió exceder de unos dos mil -teniendo en cuenta que había unas 600 mujeres y niños, y si suponemos que todo el resto de habitantes del Santuario, otros 600, ejercían funciones de defensa de la posición-.

El primero de mayo los partes republicanos no hicieron alardes sobre la rendición del Santuario. Los heridos, entre los que se encontraba el capitán Cortés (que es operado a vida o muerte y que fallecería al día siguiente a consecuencia de las heridas que había recibido el 30 de abril), fueron tratados en los hospitales del frente republicanos. Los guardias civiles, que hasta el último momento han seguido a su capitán en un gesto de disciplina, deberán enfrentarse con la justicia republicana. Esta, sin embargo, ya no es la misma justicia de sangre y oprobio que tanto dolor causaba a los propios dirigentes republicanos: tendrán penas de cárcel, y no de muerte o fusilamiento sin juicio, y serán encarcelados en el penal de San Miguel de los Reyes (Valencia) o en campos de trabajo del País Valenciano, de donde saldrán al final de la guerra tras su liberación por las tropas del general franquista Aranda. Cortés será enterrado en el cementerio de Andújar, de donde será exhumado para su posterior traslado por el “Nuevo Estado” al Santuario. Mujeres, niños y ancianos son atendidos por el Socorro Rojo y, junto con el personal civil, trasladados a la localidad manchega de El Viso del Marqués y a pueblos de su comarca. Del trato humanitario dispensado por la República escribieron Julio de Urrutia en “El cerro de los héroes” y testimonios de paisanos que allí estuvieron como la iliturgitana señora Bueno. De hecho, Cordón, al referirse a la comparación entre el Alcázar de Toledo y el Santuario, incide en la diferencia de trato que los vencedores de cada una de las dos luchas concedieron a los vencidos, y además, añade, “todos ellos [los refugiados supervivientes del Santuario] militares, civiles, eclesiásticos, oficiales y combatientes, sin una sola excepción, siguieron vivos […] Pero no sucedió lo mismo con los que, combatientes o no, habían estado en Andújar de parte nuestra cuando los franquistas entraron allí después de la victoria de 1939.”

Portada del ABC de Madrid con la noticia de la victoria republicana en el Santuario.

Portada del ABC de Madrid con la noticia de la victoria republicana en el Santuario.

Para completar el cuadro de leyendas, la imagen de la Virgen de la Cabeza, de profunda veneración popular por la población jiennense, desaparece. Mucho se ha especulado sobre ella: su destrucción durante los bombardeos -o por los “rojos” una vez que el Santuario estuvo en su manos-, su ocultamiento por el capitán Cortés para evitar su destrucción -aunque su comportamiento piadoso en la práctica deje bastante que desear-. Nuevamente, en Wikipedia vemos que su paradero es un absoluto misterio y que tuvo que hacerse una nueva imagen en 1949. La imagen de hoy en día es, efectivamente, la repuesta de finales de los cuarenta. Sin embargo, el paradero de la otra no era tan misterioso: ABC, el que durante la guerra fue en zona gubernamental, Diario Republicano de Izquierdas y órgano del partido Unión Republicana sucesivamente, al volver por sus tradicionales y monárquicos fueros revelaba que la venerada imagen de Nuestra Señora era encontrada en el domicilio de un conductor profesional, en la capital del Turia. El traslado -¿quién sabe?-pudo ser efectuado o bien por algún particular -puede que uno de los detenidos tras la rendición del Santuario- o por el organismo republicano de la Junta de Conservación del Patrimonio Artístico Nacional, porque no toda la labor de los “rojos” en cuanto al arte religioso consistía, como afirma Arrarás en lo que respecta a lo que le sucedió a la talla de la Virgen, en “dar con ella y destruir la imagen a machetazos”

Miguel Hernández escribía en la prensa del frente: “¿Quiénes son los héroes? Entiendo por heroísmo un movimiento del corazón que arrastra el mayor peligro por defender y salvar desinteresadamente algo que ocupa lugar en la pureza de sus sentimientos. A los guardias civiles de Sierra Morena se les puede considerar valientes, pero para ser héroes andan demasiado manchados de sucios intereses.” Cobo Romero, lejos del tono combativo que exhibe el poeta de Orihuela en aquellas páginas para los soldados de la República, afirma que “no es menos cierto que los asediados actuaron con valentía y eficacia en todo momento, pero desde luego parece del todo improbable que resistiesen nueve meses en sus posiciones tan sólo porque fuesen valerosísimos portadores de un espíritu de puras y exaltadas pasiones nacionales.”

INMERECIDOS HOMENAJES A UN TRAIDOR

Los republicanos habían trasladado al Santuario un grupo de guardias civiles, sus familias y personas de a pie con objeto de proteger sus vidas en los primeros momentos de la sublevación y la revolución social que desencadenó la anterior en la zona bajo control -o bajo la autoridad, más bien- del gobierno. Santiago Cortés y un grupo de oficiales (Rueda, Reparaz, Cueto), que habían enmascarado sus intenciones golpistas en Jaén al ver que en esta provincia el levantamiento no tendría éxito aprovechan este gesto para convertirlo en fortaleza de su traición a la República, esperando que más pronto que tarde podrán sumarse a las fuerzas de Queipo. La jugada les salió mal, y estuvieron lejos de convertirse en la versión andaluza de Moscardó -como escribe Artur London, de ser para Andalucía lo que el Alcázar fue para Castilla-. La propaganda franquista, que aquí se ha tratado de desmontar a través de investigaciones y testimonios de la época, trató de convertir post mortem a Santiago Cortés y los suyos en lo que ellos no consiguieron -bien porque no pudieron, o porque no quisieron, e incluso en el momento final pudieron hacer, porque Porcuna y Lópera, en sus manos, estaban a poca distancia de Andújar y el Santuario- por la fuerza de las armas: unos héroes que resistieron a unas fuerzas increíbles, una suerte de David con mala suerte frente a Goliat.

En realidad, Santiago Cortés era una persona que había demostrado su escasa humanidad antes de su “gesta” cebándose con las personas más débiles, los trabajadores agrícolas e industriales de los pueblos a los que reprimió durante las huelgas y los acontecimientos de octubre de 1934, y no le importó sacrificar la vida de inocentes en aquellos meses -o semanas más bien- de asedio, negándose a aceptar la mediación de la Cruz Roja como antes había negado a aceptar cualquier compromiso en este sentido con las autoridades de la República. Y demostró además ese talante con su traición al gobierno legítimo, el de la República. Es inconcebible que una persona con estas “cualidades morales” siga teniendo hoy día espacio en el callejero en ciudades y pueblos de un estado democrático como tantos otros con mayor relevancia militar del bando “nacional” en la guerra española (y con las misma ética o peor) o de ser erigido en representante de las cualidades de la Guardia Civil moderna, y más aún cuando uno de estos homenajes es un colegio público en el distrito madrileño de Carabanchel, donde resido. Cabe preguntarse pues si es el capitán Cortés un ejemplo para las futuras generaciones, y si la respuesta es afirmativa o, como suele suceder indiferente (“esto pasó hace muchos años”, “no hay que remover viejas heridas”, etc.) preguntarnos por qué clase de niños serán los adultos del futuro, si serán de aquellos que (otra vez) dejarán de recordar el pasado para repetirlo de nuevo.

FUENTES:

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), “Asedio del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza”.

Francisco Cobo Romero, “El asedio al Santuario de Santa María de la Cabeza durante la guerra civil (un intento de desmitifación)”. Jaén, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, Julio/Diciembre 2000, Tomo I, Págs. 101-137.

Mariano Maroto García, “El asedio del Santuario de Santa María de la Cabeza”, Leganés, 15/11/2009 (en ciudadanosporelcambio.com/mantenimiento/ficheros/Santuario.pdf)

Artur London, “Se levantaron antes del alba. Memorias de un brigadista internacional en la guerra de España”. Barcelona, Península, 2010.

Miguel Hernández, “Crónicas de la guerra civil. Un poeta en el frente”. Madrid, Público/Sol90, 2009.