Woody Guthrie, armado hasta los dientes de canciones

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“Mis hermanos y mis hermanas están varados en este camino,

Un camino caliente y polvoriento que un millón de pies han pisado;

El rico se quedó mi casa y me echó de mi puerta

Y ya no tengo hogar en este mundo […]

Trabajé en tus minas y recogí tu maíz

He estado trabajando, señor, desde el día en que nací

Ahora me preocupo todo el tiempo como nunca lo hice antes

Porque ya no tengo hogar en este mundo.

Ahora, mientras miro a mi alrededor, es muy claro ver

Este mundo es un lugar fantástico y divertido;

Oh, el especulador es rico y el trabajador es pobre,

Y ya no tengo hogar en este mundo.”

“I ain’t got no home”

Los años sesenta y setenta del pasado siglo fueron, sin duda, la época dorada de la música folk y la canción de autor. La contracultura juvenil en Europa Occidental y Estados Unidos, las luchas de liberación en muchos países del Tercer Mundo y los movimientos de oposición a la dictadura en países como España, Portugal o Grecia dieron un trasfondo social y político a los versos de músicos cuyas canciones pasaron a formar parte de la banda sonora y la educación sentimental de toda una generación. Para los autores procedentes del mundo desarrollado, la bonanza económica y el bienestar generalizado que se disfrutaba en los años posteriores a la posguerra de la SGM no eran incentivos suficientes para el conformismo, dado que no eran en absoluto disfrutados ni por todos los habitantes del planeta ni por supuesto dentro de sus propias sociedades, y tanto en un caso como en otro seguían existiendo brutalidades, guerras, miseria extrema, abusos de autoridad, racismo, hipocresía y cinismo. Estos eran los casos de músicos como los estadounidenses Joan Baez o Bob Dylan, Carlos Santana (mexicano afincado en los Estados Unidos) o los franceses Georges Brassens o Moustaki (de origen griego). Para aquellos que procedían de países sometidos a dictaduras o al dominio más o menos acentuado de potencias extranjeras, la canción fue utilizada como un arma contra esa dominación política, con un contenido que reflejaba en muchos casos postulados revolucionarios y mensajes y principios de izquierda, antifascistas y antiimperialistas, apelando a la solidaridad, la justicia o la igualdad. Este fue el caso de los portugueses José Afonso, Fausto o António Correia de Oliveira, en España, los de Lluís Llach, Raimon, Marina Rossell o José Antonio Labordeta, el cubano Silvio Rodríguez, el chileno Víctor Jara, el argentino Atahualpa Yupanqui, el griego Mikis Theodorakis o el brasileño Chico Buarque. Incluso en el bloque soviético hubo también cantautores políticos, destacando el caso del alemán Wolf Biermann, ciudadano de la RDA -país que organizaba desde 1970 el Festival de la Canción Política, en el que participaron algunos de los anteriores- que fue expulsado del país por las autoridades, lo que dio lugar a la protesta de varios de los más significados intelectuales y comprometidos, como Biermann entonces, con una transformación democrática del socialismo germano-oriental, como Stefan Heym o Rudolf Bahro.

Tanto en un caso como en otro, aunque más acentuado (y con una suerte de mayor consistencia programática como si dijéramos) en el caso de los segundos, sus versos reflejaban la necesidad de una transformación de la política y la sociedad, tratando de incentivar al público a descubrir el camino para la construcción de un mundo nuevo, liberado de las trabas que impedían la liberación y la unión del hombre con sus semejantes. Algunas de aquellas canciones se convirtieron en auténticos himnos generacionales, como “Blowin’ in the wind” de Bob Dylan, “A la gente no gusta que” de Brassens, “Ojalá” de Silvio Rodríguez, “Te recuerdo Amanda” de Víctor Jara, “Grândola vila morena” de José Afonso o “Canto a la libertad” de Labordeta.

La llegada de los ochenta, la irrupción de nuevos estilos musicales y la defenestración del bloque soviético, que significaba la pérdida de un referente para las grandes utopías que habían sostenido las luchas políticas y sociales en buena parte del mundo durante el siglo XX influyeron sobremanera, y para mal, en la continuidad de la canción de autor. La temática y el estilo tuvieron que adaptarse a la nueva “posmodernidad”, alejarse de los grandes relatos. Sin embargo, en muchos aspectos -la crisis económica, la guerra global, la injusticia, el hambre, la ausencia de perspectivas de futuro- los inicios del siglo XXI han venido a demostrar la vigencia de los mensajes y su compromiso más allá de la música que representaron muchos de estos autores, cuando no su carácter visionario. Por eso, resulta al mismo tiempo extraño (por quién lo realiza) y previsible (por el contenido) que famosos cantantes de la escena pop norteamericana de hoy graben un disco contra el presidente y magnate inmobiliario Donald Trump que contiene las canciones de un cantautor de los años treinta y cuarenta como Woody Guthrie, el padre del folk estadounidense, y quien lucía con orgullo en su guitarra la sentencia This machine kills fascists (Este artefacto mata fascistas). Conozcamos un poco la historia de un hombre peculiar, trágico e inimitable.

GUTHRIE, UN HOMBRE DE LA “GENTE ROJA”

Casualidades de la vida, Woodrow Wilson Guthrie -recibió el nombre en honor del político y posterior presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson- vino  a nacer en el estado de Oklahoma, en el medio oeste de los Estados Unidos, al norte de Texas. Oklahoma, okla humma en lengua choctaw, convertida en Territorio Indio tras la expulsión de sus asentamientos originales de los nativos de los estados de Misisipi, Florida, Alabama, Georgia y Tennessee, y en 1866, fue bautizada así por el jefe choctaw Allen Wright durante las negociaciones por el uso del territorio con el gobierno estadounidense. La voz okla humma literalmente significa “gente roja”, con el que se hace referencia a los nativos norteamericanos. Guthrie, aunque abandonara Oklahoma en su juventud, no dejó de pertenecer a la “gente roja”, y no ya sólo porque su música y su activismo se identificaran con la revolución o el antifascismo, sino porque sus canciones no dejaban de referirse a gente muy similar a aquellos “pieles rojas” que progresivamente habían ido siendo  asesinados y expulsados de sus tierras originarias, reubicados en el Oeste y finalmente anclados en pequeñas porciones de terreno, las reservas. Aunque sus rostros fueran pálidos, los protagonistas de las canciones de Guthrie formaban parte de los expulsados del “American Dream” y la “Tierra de las Oportunidades”.

Nacido en Okemah, una población fundada en honor a un jefe indio, en 1912, el mismo año en que su homónimo Wilson era elegido presidente de los Estados Unidos, Woody Guhrie fue el mayor de cuatro hermanos (otra de ellas, Clara, murió en un accidente doméstico causado por una estufa). El padre era un demócrata racista (desde la guerra civil y la emancipación de los esclavos negros, y hasta la Ley de Libertades Civiles de Lindon Johnson, el sur fue el gran feudo del Partido Demócrata) que se dedicaba a la compraventa de terrenos, mientras su madre falleció de forma prematura debido a la enfermedad de Huntington, una degeneración nerviosa hereditaria conocida popularmente como baile de San Vito por los espasmos musculares que causa y que había provocado numerosos problemas, como el incendio de la casa y el fuego accidental de la estufa que acabó con la vida de la hija mayor.

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Estatua en honor de Woody Guthrie en Okemah, su ciudad natal.

Guthrie vivía en un entorno rural, marcado por la violencia (no sólo las peleas entre muchachos en la escuela o el carácter rudo del padre, sino que había visto el linchamiento de negros o el acceso del propio progenitor a miembro de un grupo local del Ku Klux Klan) y la desgracia, pero además en poco tiempo también por la pobreza. Charley, el padre, se desplazó a Pampa (Texas) para participar en el negocio de terrenos donde se sospechaba que había petróleo, llevándose a los dos hermanos pequeños y dejando en Okemah a los mayores, Woody y Roy, pero el “crack” de la bolsa de 1929, la Gran Depresión que siguió y el desastre que se cernió sobre los estados del Medio Oeste en la forma de la Gran Tormenta de Polvo y la sequía arruinó a la familia, como a miles de pequeños propietarios y arrendatarios (sharecroopers), que tuvieron que abandonar sus tierras, hipotecadas y traspasadas a manos de los bancos y entidades de ahorro y crédito.

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La Cámara de Comercio de una localidad insta a los emigrados a continuar su camino hacia tierras más al oeste. Una estampa de la desesperanza de la Gran Depresión y de la ausencia de medios e instituciones en sus inicios para auxiliar a las víctimas de la misma.

Al igual que a la familia Joad, los protagonistas de la excepcional novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”, Woody Guthrie, con apenas diecinueve años, inició como millares de compatriotas la emigración hacia tierras más prósperas al oeste. Su primera parada fue Pampa, donde se encontraba su padre, dedicándose a hacer de todo lo que podía para ganar un centavo, además de formarse de forma autodidacta y tocar su música, actividad en la que le introdujo Jeff, medio hermano de su padre, aunque sin tener más medios a su disposición que escuchar y repetir -nunca aprendió solfeo ni asistió a una escuela de música- hasta que desarrolló su propio estilo. “Servía leche merengada en una fuente de soda, se encargaba del mantenimiento de un caserón-patera para braceros, aceptaba trabajos como pintor de brocha gorda, limpiaba coches, traficaba con alcohol casero… Vivía en la zona pobre de la ciudad, Little Juárez, donde abundaban los sin futuro que vagaban en busca de un bocado. Su humor se escindía entre la actividad frenética de los días buenos y la soledad huraña de los malos. Cuando la sombra le embargaba iba a la biblioteca pública a leer […] También hizo cursos por correspondencia sobre conocimientos básicos de leyes, medicina, religión y literatura. Lo quería saber todo pero tenía prisa y, como si supiera que los bocados han de ser rápidos cuando tienes poco tiempo por delante, no quería ahondar en ningún discutible conocimiento que estuviese encerrado en un papel” (Ánxel Grove).

PRIMER MATRIMONIO Y CAMINO A CALIFORNIA

En 1933 se casó con su primera mujer, Mary Jennings, una chica de apenas diecisiete años, con la que tendría tres hijos, Gwendolyn, Sue y Bill, quienes parecían estar tocados también por la desgracia: los dos primeros, herederos, como Woody, de la enfermedad de Huntington, murieron prematuramente en la cuarentena; Bill falleció a los veintitrés en un accidente de tráfico.

No fueron buenos tiempos para el matrimonio en medio de la Depresión y la pobreza que se cernía sobre todo el sur y el oeste de los Estados Unidos. “La apoteosis del petróleo había sido breve, la economía de los granjeros era extremadamente precaria y la poca industria existente había caído en picado en los desérticos estados del sur-oeste”, escribe Rubén Arranz. La desesperación afloró pronto en él antes de que fuera transformada en gritos de rebeldía musical: se entregó a la bebida y podía vérsele por las calles de Pampa descalzo y con la ropa desastrada, regresando a casa únicamente para dormir la borrachera. Le salvó su madrastra, Betty McPherson, una convencida teosofista que le pasó los panfletos de Robert Collier, precursor de la autoayuda. Unas lecturas que influyeron tanto en Woody que le hicieron montar incluso una consulta en casa, en el que posiblemente fuera uno de los oficios más estrambóticos -si es que no había desempeñado ya varios así- que desarrolló en sus años texanos.

Llegó sin embargo la hora, como le ocurrió a tantos originarios de Oklahoma (y que hizo que se popularizara el apelativo okie para referirse a los inmigrantes que cruzaron el país hacia la costa oeste) y de otros estados como Kansas, Tennessee, Georgia o la propia Texas, de buscar un nuevo destino en California, convertida, como en la época de la “conquista del Oeste”, en la nueva tierra de promisión para la multitud de granjeros y trabajadores arruinados. Un periplo donde la falta de dinero, el abuso de autoridad de los sheriffs y los patronos que ofrecían trabajos provisionales, las precarias condiciones de alojamiento (como los campamentos de California, bautizados como hoovervilles en “homenaje” al presidente Herbert Hoover) y de viaje o la intolerancia de las poblaciones locales por las que pasaban, que veían a aquella masa de desheredados como una banda de maleantes dispuesta a robarles sus propiedades y sus empleos estuvieron a la orden del día. “Como atestiguara posteriormente el propio Guthrie, era habitual ver a decenas de hombres encaramados en los vagones de los trenes u observarlos recorriendo en solitario las autopistas mientras buscaban un transporte gratuito que los acercara hacia su destino. A muchos de ellos la suerte les daba la espalda y acababan vagabundeando entre estados, viviendo de la buena voluntad o realizando trabajos ingratos con los que llenar su estómago mientras llegaba su oportunidad” (Rubén Arranz).

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Imagen de la “Dust Bowl” (la gran tormenta de polvo) que se abatió sobre los estados agrícolas del medio oeste de EE.UU.

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Familia de emigrantes camino de California en uno de los improvisados campamentos surgidos en el camino.

Aquellas experiencias, que los migrantes narraban a Guthrie y que él mismo había padecido en algunos casos (un sheriff le había expulsado del pueblo porque no le gustaba su aspecto de vagabundo, o, haciendo autostop, se había subido al coche de tres tipos cuya carga del maletero era más que sospechosa) fueron la inspiración perfecta para sus canciones, llenas de carga social contra un sistema y una sociedad que desprotegía a los desfavorecidos y vulnerables y generaba un mundo lleno de barreras y prohibiciones (prohibido el paso, propiedad privada, whites only…) para que los ricos y poderosos siguieran protegidos y enclaustrados en su esfera de confort. Un pensamiento ya esbozado desde su infancia y adolescencia en Oklahoma, un contenido musical y una forma de ser y de vincularse a un grupo de personas (algunos dirán que a una clase) que ya no le abandonaría jamás. Así, el propio Guthrie dirá de sí mismo:

“He escrito cantidad de canciones para los sindicalistas y las he cantado por todas partes, dondequiera que la gente se reuniera, hablara y cantara, desde el Madison Square Garden a la taberna Cuban Cigar Makers del Harlem Hispano; desde los acolchados estudios de la CBS y la NBC a la inhóspita región del andrajoso gueto (…) He disfrutado sobre todo con los sindicalistas, con los soldados y con los hombres de uniforme (…) porque al cantar con ellos me convertía e su amigo y eso me hacía sentir uno más”.

DE CALIFORNIA A NUEVA YORK: “THIS LAND IS YOUR LAND”

California era el “jardín del edén” de su balada “Do Re Mí”, pero en realidad allí también existía hostilidad y desconfianza hacia esos recién llegados, harapientos y empobrecidos, desde los estados castigados por la “Dust Bowl”. Cargado con las experiencias del viaje -las duras, pero también las de solidaridad y compañerismo- y las canciones que había intercambiado “por un plato de sopa”, pudo, tras un tiempo trabajando como obrero, empezar a trabajar en la emisora KFVD de Los Ángeles, propiedad de un dirigente del ala izquierda del Partido Demócrata. Allí, junto a Maxine “Lefty Lou” Crissman, copresentará el programa “Woody and Lefty Lou”, donde además de locutor lanzará a los micrófonos algunas de las canciones que había compuesto en su travesía desde Texas, convirtiéndose en portavoz de los discriminados okies y otros grupos oprimidos. Estas canciones serán recopiladas en su primer disco, “Dust Bowl Ballads” (1940).

En la KFVD conoció a  Ed Robbin, quien cantaba canciones comerciales de corte hillbilly en la emisora, y que le introdujo en el mundo sindical y le acercó a los círculos del USCP, el Partido Comunista de Estados Unidos, en California. Woody Guthrie escribió entre 1939 y 1940 una columna en el periódico editado por el partido, el Daily Worker, llamada “Woody Sez” (Woody dice), y aunque sus relaciones con el partido comunista norteamericano fueron estrechas, nunca llegó a formalizar su ingreso en el mismo. Su sentimiento de unidad antifascista y popular podía más que cualquier inclinación hacia una determinada filiación política. Por ese motivo, cuando fue investigado en la etapa de la “caza de brujas” macarthiana, respondió: “no soy un comunista, soy un rojo”. En California, además, conoció a otros militantes del partido, como Will Geer, así como al escritor John Steinbeck, quien dijo de Guthrie que “nada dulce hay en él y nada dulce hay en las canciones que canta. Pero hay algo más importante para quienes aún las escuchan: la voluntad de resistir”.

Las canciones de Woody Guthrie pasaban de mano en mano (nunca mejor dicho: el propio músico distribuye octavillas con las letras y los acordes para que la canción se difunda lo más posible, una versión primitiva del copyleft de la actualidad), y en 1939 aterriza en Nueva York por invitación de Will Geer, ciudad en la que vivirá -salvo pasajeras ausencias- desde entonces. Por entonces sólo se conoce su trabajo en la radio KFVD (a la que, a raíz del pacto germano-soviético, la dirección quiere evitar cualquier asociación con el Partido Comunista y con la ideología comunista) y en la prensa del USCP, y no existen grabaciones de sus canciones, pero es recibido como un héroe por la izquierda y los folkloristas le reciben con el apodo de “el vaquero de Oklahoma”. Será en un acto organizado en apoyo de los republicanos españoles, refugiados y derrotados por Franco recientemente, en el cual Guthrie cantará el himno de los interbrigadistas estadounidenses, el Batallón Abraham Lincoln, “Jarama Valley”, en una de las versiones más conocidas por el público (otra de ellas es la de su compañero y amigo Pete Seeger, con el que coincidirá por esos años en el grupo The Almanac Singers). Como curiosidad hay que destacar que la famosa pegatina de “This machine kills fascists” que lucía en su guitarra estaba inspirada en la de aviones de la guerra de España.

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Woody Guthrie en Nueva York.

Pero si la versión de “Jarama Valley” de Woody Guthrie es quizá su canción más conocida por el público español antifascista, “This land is your land”, grabada al año siguiente, es la más conocida en los Estados Unidos. Una respuesta contundente a la facilona y patriotera “God bless America” de Irving Berlin, que se recreaba en los mitos del “sueño americano”. “Muchos son los que consideran esta canción como un himno estadounidense no declarado, pero lo cierto es que aquellos acordes, melodía y letra fueron el resultado de la molestia y la indignación que Woody sentía al soportar cada dos por tres God bless América de Irving Berlin en la radio. Para Guthrie, que había recorrido montañas de hombres y tratado con pillastres y desfavorecidos de todas las clases, la canción le resultaba  “falsa” y demasiado “complaciente”, debía mostrar la otra cara esencial de América”, se expone en un artículo de la revista Mayhem. Esa otra América que también para él estaba compuesta de paisajes de una belleza extraordinaria, una naturaleza indómita y sobrecogedora, pero cuyos habitantes no siempre eran los seres felices que aparecían tras la máscara propagandística del American Way of Life. Unas personas cuya suerte había estado tanto tiempo unida a la del propio música y a las que había cantado y espoleado, con ese “estilo combatiente de lealtad indesmallable hacia todas las luchas obreras, las huelgas, las protestas populares y el apoyo de su voz y su guitarra a la suerte de los obreros y de todos los antifascistas” (Carlos Pérez Báez).

“This land is your land” es una canción en la que se mezclan la denuncia y la esperanza, donde las grandes extensiones y las bellezas de su país se entremezclan en el relato de los versos de la misma con el desamparo de los humildes, las clases trabajadoras, los marginados de la sociedad que se topan con los carteles de “propiedad privada” o “prohibido el paso” y se preguntan si realmente esa tierra está aún hecha para ellos.

Los años cuarenta son años en los que Guthrie puede por fin disfrutar trabajando en la música. Varias de sus canciones fueron grabadas en disco (otras no se publicaron, quedando en el archivo de la biblioteca del Congreso hasta los años sesenta, cuando el folk volvía a vivir su revival); escribe nuevas canciones y poemas y su autobiografía, “Bound to Glory” (Camino a la gloria), sobre su vida en los años de infancia de Oklahoma y la “Dust Bowl”; se divorcia de su primera esposa y contrae su segundo matrimonio con Marjorie Maiza, con quien tendrá cuatro hijos, entre ellos a Nora (que se encargará en los sesenta de contactar con varios músicos interesados en la obra de su padre para rescatar su obra) y Arlo, el también cantautor; y como muchos izquierdistas decepcionados con la postura de la Unión Soviética y el pacto Molotov-Ribbentropp, toma cierta distancia respecto del Partido Comunista, abrazando el antifascismo y la justicia social sin etiquetas partidarias.

A finales de la década, compone tanto canciones infantiles, recopiladas en el álbum “Songs to Grow on for Mother and Child”, como canciones en las que refleja las pésimas condiciones en las que se encuentran los trabajadores migrantes, como “Deportee (Plane Wreck At Los Gatos)” sobre el accidente de avión que en 1948 mató a varios trabajadores mexicanos que iban a ser deportados, o “Pastures of Plenty”. En la actualidad también se ha redescubierto un antiguo poema de aquellos años, en la que relata cómo, al volver de la SGM como voluntario en la marina mercante, Guthrie y su familia pasan a vivir en un nuevo bloque de apartamentos neoyorquino construido por un magnate inmobiliario al calor de las nuevas construcciones promovidas para los veteranos de guerra. El nombre de este magnate no es otro que Fred Trump, el padre del actual presidente estadounidense. Los Guthrie vivirán allí dos años, y la mordacidad del cantante hacia la especulación y enriquecimiento con sospechas de ilícito, arrogancia y racismo del “Old Man Trump” (así se llama el poema) han permanecido hasta la actualidad, convirtiéndose en un arma usada por los manifestantes contra el hijo y hoy inquilino de la Casa Blanca:

“Supongo

que el viejo Trump sabe

cuánto

odio racial

despertó

en el torrente sanguíneo de los corazones humanos

cuando dibujó

esa línea de color

aquí en sus

dieciocho proyectos familiares…

¡Beach Haven no es mi casa!

¡Simplemente no puedo pagar este alquiler!

¡Mi dinero se va por el desagüe!

¡Y mi alma está muy doblada!

Beach Haven parece un paraíso

donde ningún negro viene a vagar.

¡No no no, viejo Trump!

¡El viejo Beach Haven no es mi casa!”

 

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Donald y Fred Trump en 1987.

LA DECADENCIA Y LA ENFERMEDAD: NO HAY SITIO PARA EL FOLK

El final de la SGM y la victoria aliada, los años de bonanza económica y prosperidad que siguieron al enfrentamiento bélico en los Estados Unidos y el mundo occidental y la guerra fría y el “pánico rojo” que se levantó en buena parte de la sociedad y la política estadounidense marcaron el final de la época de Woody Guthrie. Ya no había sitio para el heroísmo de los proscritos como Sacco y Vanzetti, para las historias de denuncia del racismo y los llamamientos a la solidaridad entre los débiles en una sociedad donde las posibilidades de confort y enriquecimiento individual habían vuelto a acrecentarse, regresando de nuevo con fuerza la mitología del “sueño americano”. Además, existía el peligro cierto de que cualquiera que osase hablar de ello fuera tachado peligrosamente de commie y sometido a las preguntas insidiosas del FBI o la “caza de brujas” del senador McCarthy, además de sufrir el desprecio de sus conciudadanos y el descrédito profesional. No quedaban resquicios para tipos como Guthrie.

A ello había que sumarle sus propias circunstancias personales. En los primeros años cincuenta, la enfermedad de Huntington que su madre padeció y que él había heredado comenzó a manifestarse en él. Marjorie, su segunda esposa, se divorció de él ante su regreso (como en los años treinta en Pampa, cuando no tenía un céntimo ni empleo) al alcoholismo, y se le diagnosticó equivocadamente esquizofrenia. Casado con su tercera esposa, Anneke van Kirk, con la que tuvo una hija, Lorrayne Lynn (a la que también le llegó la dosis de desgracia personal que parecía destinada en la trágica lotería a casi todos los vástagos del músico, muriendo en accidente de tráfico a los diecinueve años), se divorció de ella poco después. Desde mediados de la década, y hasta su muerte en 1967, estuvo internado en varios hospitales de Nueva York, a donde acudía su antigua esposa Marjorie a visitarlo en aquellas sus horas más bajas. Fue perdiendo progresivamente la capacidad motora y del habla, pero eso no impidió que varios amigos y admiradores como un joven que apenas había comenzado su carrera, Bob Dylan, acudieran a visitarlo.

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Woody Guthrie junto a su hijo Arlo y su ex mujer Marjorie en el hospital Greystone de Nueva York, donde se encontraba internado y en el que fallecería en 1967.

Woody Guthrie moría cuando una nueva generación de músicos y una sociedad, esta vez de forma mucho más generalizada que en los años en que él estaba en activo, apenas comenzaban a recuperar la bandera de la protesta. El folk, nuevo, renovado, transformado, volvía a significar algo pero él no podría estar allí, salvo en el recuerdo y en las grabaciones que un puñado de entusiastas y admiradores fueron recuperando en aquella época.

Gente tan variopinta como sus archiadmiradores Bob Dylan o Jack Elliot, su compañero Pete Seeger, su hijo Arlo Guthrie o los rockeros Bruce Springsteen, Johnny Cash, Joe Strummer o The Kickdrops Murphys nombran a Woody Guthrie como una de sus referencias y le han homenajeado con discos, versiones o canciones propias. Pero el mundo de la música al que ellos pertenecen es muy distinto al de Guthrie, y aunque parece estar regresando el fantasma de la Depresión y el fascismo, tampoco lo viven tan de cerca, tan en primera persona, como lo vivió el bueno de Woody: en trenes de mercancías como polizón, haciendo trabajos miserables por cuatro chavos, compartiendo la pobreza de otros okies en peregrinación a la “tierra prometida” como él o viviendo cotidianamente el racismo y el desprecio con que se pueden llenar las almas de ciertos congéneres.

Por eso, para bien, para mal, y aunque gente como Dylan se presentara al principio y en su homenaje con el nombre del cantante de Okemah, no acepte imitaciones: Woody Guthrie sólo hubo (sólo hay) uno.

FUENTES:

Rubén Arranz, “La tierra prometida de Woody Guthrie”. Jot Down Magazine, julio de 2012. http://www.jotdown.es/2012/07/la-tierra-prometida-de-woody-guthrie/

Ánxel Grove, “¿Sería Woody Guthrie un indignado de cien años?”, Trasdós, 11/07/2012. https://blogs.20minutos.es/trasdos/2012/07/11/woody-guthrie-centenario/

Carlos Pérez Baez, “Woody Guthrie, 101 años de folk urbano. This machine kills fascists”. Dirty Rock Magazine, 12/07/2013. http://www.dirtyrock.info/2013/07/woody-guthrie-101-anos-de-folk-urbano-this-machine-kills-fascists/

A. Martínez, “El músico que le cambió la vida a Bob Dylan y casi muere en el olvido”. Cultura Colectiva, 03/12/2016. https://culturacolectiva.com/musica/el-musico que-le-cambio-la-vida-a-bob-dylan-y-que-casi-muere-en-el-olvido/

Will Kauffman, “Woody Guthrie, ‘Old Man Trump’ and and a real state empire’s racist foundations”, The Guardian, 22/01/2016. https://www.theguardian.com/music/2016/jan/22/woody-guthrie-donald-trump-real-estate-empire-racist-foundations

“Woody Guthrie. La voz del pueblo”. Mayhem Revista. Octubre-noviembre de 2014. https://mayhemrevista.wordpress.com/2014/10/28/woody-guthrie-la-voz-del-pueblo/ https://mayhemrevista.wordpress.com/2014/11/04/woody-guthrie-la-voz-del-pueblo-y-ii/

“Woody Guthrie”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Woody_Guthrie

 

 

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La “Operación Ajax” contra Mossadegh: 1953 siembra la semilla de 1979

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Ilustración de la revista TIME con motivo del nombramiento de Mohammed Mossadegh como “hombre del año” en 1951 por parte de esta publicación.

“Los países subdesarrollados con ricos recursos tienen hoy una lección tangible en el alto coste que ha de pagar uno de ellos que pierde los estribos por un fanático nacionalismo. Es tal vez esperar demasiado que la experiencia de Irán evite el ascenso de Mossadeghs al poder en otros países, pero dicha experiencia puede, por lo menos, reforzar las manos de líderes más razonables y previsores”.

The New York Times, editorial, 6 de agosto de 1954.

(citado por Noam Chomsky, “El miedo a la democracia”, Crítica, Barcelona, 2017).

 

Tras la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, no fueron pocas las naciones de los continentes asiático, africano y americano que buscaron un modo propio de desarrollo y escapar de la tutela ecónomica (tras la tutela política, una vez acontecida la descolonización) de las grandes potencias, que en muchos casos eran o continuaban siendo tras la independencia poseedoras de los ingentes recursos naturales de estos países a través de las compañías extranjeras radicadas en ellos. En estos dos pilares se basó el ideario nacionalista y el movimiento del Tercer Mundo o de los Países No-Alineados surgido en los años cincuenta del pasado siglo, y al que estaban adscritos, más tendentes hacia la izquierda o hacia el conservadurismo, líderes políticos que iban desde sus impulsores -Nasser, Nehru y Tito- hasta otros a los que la fortuna les fue completamente desfavorable: Sukarno, Jacobo Árbenz, Mehdi Ben Barka, Patrice Lumumba o Mohammed Mossadegh.

Para estos países, sin embargo, no fue nada fácil -de hecho, en algunos casos fue imposible- poder llevar a cabo sus programas de reforma social progresista basados en el aprovechamiento de la riqueza propia en beneficio de la propia nación, y no de intereses particulares autóctonos y extranjeros. Sufrieron lo que se ha llamado la “paradoja de los recursos”: países con recursos agrícolas y minerales extraordinarios -del que posiblemente el mayor ejemplo sea la República Democrática del Congo, bajo cuya superficie se concentra una enorme variedad de minerales y piedras preciosas en ingentes cantidades- pero cuya población vive en las situaciones más atroces de pobreza debido a que la riqueza no pertenece en realidad a estos pueblos y no es administrada por sus estados en su provecho (aunque de acuerdo con la legalidad emanada de Naciones Unidas esto es justamente lo que no debe suceder, las más de las veces es imposible hacer valer este derecho de los pueblos), sino que los dueños reales son consorcios y compañías transnacionales, cuando no estados extranjeros, como está sucediendo en el caso de la compra de tierras en África. Estas operaciones de compraventa o de concesiones están relacionadas con la corrupción y la reproducción en el poder de las pequeñas élites multimillonarias locales, a menudo en forma de títeres de los intereses neocoloniales de la antigua metrópoli o de una nueva potencia neocolonial -tal es el caso de las antiguas colonias francesas de África, pero también de Estados Unidos, con grandes aliados como Museveni en Uganda o Kagame en Ruanda- y cuya presencia en el mismo (como la dinastía de los Bongo en Gabón) data incluso desde la propia independencia.

Pero además, en el caso que nos ocupa, la “operación Ajax” o el golpe de Estado en Irán en 1953, que acabó con la política nacionalista y democratizadora del primer ministro Mossadegh y repuso al Sha Mohammed Reza con poderes dictatoriales, las implicaciones fueron más allá del derrocamiento organizado en el extranjero -como los que se sucederían casi inmediatamente en Guatemala, Indonesia y, algo más adelante, en la recién independizada República Democrática del Congo- de un gobierno elegido democráticamente. La inauguración con ello de una dictadura brutal y corrupta como la de la monarquía de Reza Pahleví, prolongada a lo largo de más de dos décadas, sostenida a base de convertir a Irán en un vasallo de Estados Unidos y de los asesinatos y el terror político de la SAVAK, la policía política del nuevo régimen, alimentó a lo largo del tiempo el descontento de la población. Ese descontento y el antiimperialismo americano -convertido en rechazo de lo occidental por los ayatolás que comenzaron a liderar las protestas contra el monarca a partir de 1977-1978- fueron el detonante de la revolución de 1979, donde los grupos de izquierda (tanto los comunistas del Tudeh como otros más a la izquierda) perdieron pronto la iniciativa frente a los líderes religiosos, que transformaron el país en el régimen islámico que hoy conocemos. De hecho, para el periodista del New York Times Stephen Kinzer -autor del libro “Todos los hombres del Sha”– el golpe de 1953 alimentó el antiamericanismo y antioccidentalismo de la República Islámica, así como fue una de las causas de la “crisis de los rehenes” de la embajada estadounidense acontecida al poco del triunfo de la revolución de los ayatolás.

De este modo, lo ocurrido en 1953 abriría las puertas a lo que iba a suceder en 1979. Echar abajo la vía democrática y populista de Mossadegh y sus planes nacionalizadores, en especial los de una industria tan sensible a los intereses occidentales en el Golfo Pérsico como la del petróleo, llevaron a salvar por unos años los beneficios de las compañías occidentales, pero a la larga llevaron a crear un quebradero de cabeza todavía más grave a los norteamericanos -a tenor de la guerra desatada contra la República Islámica vía el Irak de Saddam Hussein, la colocación de Irán en el “Eje del Mal” de Bush hijo o las polémicas periódicas por el programa nuclear iraní- que el que podían suponer las políticas y las esperanzas llevadas a los iraníes por un laico conservador como Mossadegh. Para completar el cuadro, tenemos en una de sus últimas presencias en las oscuras bambalinas de la escena internacional a Winston Churchill, de nuevo “premier” de Gran Bretaña (Anglo Iranian Oil, la futura BP, era la compañía más afectada por la nacionalización del petróleo iraní). Este “gran visionario” fue incapaz de prever cuáles iban a ser las consecuencias de dejar en la miseria a un pueblo bajo cuyos pies se escondían unas de las mayores reservas de crudo del planeta.

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Ilustración del comic “Operación Ajax”, en la que aparece a la izquierda el primer ministro iraní Mohammed Mossadegh y a la derecha el líder conservador y reelegido premier británico Winston Churchill.

 

EL CONTEXTO

En la novela “Samarcanda” del libanés Amin Maalouf se hace un retrato de la situación política del Irán de finales del siglo XIX y de su carácter de “perla codiciada”, ya en aquel entonces, por las potencias del momento. Mientras que, por un lado, podemos ver cómo sucede el choque entre las fuerzas sociales más avanzadas y secularizadoras, deseosas de poder instaurar en el país un sistema parlamentario al estilo occidental (lo que se conseguirá en 1906, en el transcurso de la Revolución Constitucional persa, con la instauración del Majlis, la Asamblea Consultiva nacional), y entre las fuerzas más conservadoras y religiosas, entre las que se cuenta el influyente clero chií -la rama del Islam mayoritaria en Irán- y representado por los jefes religiosos locales, los ayatolás. Serán estos últimos sectores quienes forzarán una contrarrevolución contra la Constitución y el sistema parlamentario que limitaban, aún tímidamente, el poder del sha, lo que se interpretaba iba contra la tradición nacional y religiosa del país. Entre 1907 y 1911 se sucedieron movimientos que suspendieron la Constitución e instauraron el poder absoluto del monarca, aunque la resistencia ejercida por los liberales constitucionalistas permitió que estas restauraciones no duraran mucho tiempo. Lo que sí que hicieron finalmente fue causar un fuerte desgaste a los últimos reyes de la dinastía Qadjar, subiendo finalmente al trono tras un golpe de estado en 1925 un oficial del ejército, Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi.Hay que mencionar que en estos procesos de reforma y contrarreforma política la dependencia exterior en que Irán había empezado a sumirse influyó notablemente. Muchos licenciados de clase alta (como será el caso del propio Mossadegh) influidos por las ideas occidentales del parlamentarismo y el constitucionalismo habían estudiado en instituciones extranjeras radicadas en el país, y allí habían aprendido tales nociones. Pero por otra parte, las dos naciones que se disputaban el control del país en aquellos momentos, tanto la Rusia de los zares (que había inaugurado su asamblea consultiva, la Duma, a raíz de los sucesos de 1905) como la parlamentaria y liberal Gran Bretaña, consideraban peligroso para sus intereses el parlamentarismo iraní y el control que el Majlis podía ejercer sobre sus intereses económicos en Persia. No en vano, por la época en que tiene lugar la Revolución Constitucional, podría considerarse sin temor a equivocarse que todos los servicios públicos se encuentran concedidos a empresas extranjeras, ya fueran inglesas o rusas: el petróleo, el suministro eléctrico, el servicio postal y los telégrafos, los ferrocarriles, el teléfono… Todo para satisfacer las deudas de un Estado (en especial de una Corte) marcado por la ineficiencia y la corrupción. De hecho, cuando en 1910 hubo un primer intento por parte del Majlis de recobrar la soberanía financiera del país, contando para ello con un experto estadounidense, Morgan Schuster, nombrado oficial del Tesoro, quien trató de cobrar impuestos en la zona de influencia rusa (de acuerdo con el reparto acordado por ingleses y rusos en 1907), los rusos amenazaron con el uso de la fuerza si Schuster no era cesado. El rechazo del ultimátum ruso por el Parlamento conllevó la entrada de tropas cosacas en la capital, Teherán, quienes junto a oficiales locales forzaron la suspensión de la Constitución y el cierre de la Asamblea.

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Escena de la “Revolución Constitucional” persa (1905-1906).

Años más tarde, en 1941, la postura pro-alemana de Reza Khan llevó a la URSS y a Gran Bretaña a invadir y a repartirse de nuevo Irán con una zona norte de influencia rusa y una zona sur de influencia británica, además de la sustitución del monarca por su hijo Mohamed Reza, que reinará hasta el triunfo de la Revolución Islámica en 1979. Esta acción anglo-soviética se llevó a cabo para evitar el acceso de Hitler (por aquel entonces cerca del mar Caspio y la frontera entre las repúblicas soviéticas del Cáucaso e Irán) al petróleo persa, explotado teóricamente (como veremos) por una empresa mixta anglo-persa, la AIOC o Anglo Iranian Oil Company, germen de la futura British

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Mohammed Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi y antecesor de Mohammed Reza Pahlavi, se vio obligado a abdicar tras la invasión anglo-soviética en 1941.

oPetroleum (BP). Las tropas soviéticas y británicas debían retirarse a los seis meses del término de las hostilidades, pero los soviéticos permanecieron más tiempo, siendo este hecho denunciado por británicos (temerosos de que Rusia pudiera poner en peligro su monopolio sobre el petróleo iraní) y por Estados Unidos (temerosos asimismo de que una prolongación de la presencia rusa aumentara la influencia en el país del Tudeh, el Partido del Pueblo Iraní, de ideología comunista). De este modo, la cuestión de Irán fue uno de los hechos que anticiparía – junto a la guerra civil griega, la polémica sobre el acceso de la URSS al Mediterráneo a través de los Dardanelos, la cuestión de Alemania o la expulsión de los comunistas de los gobiernos de Occidente y de los no comunistas de los estados de Europa Oriental- el clima de la guerra fría. La retirada rusa del norte, bajo la amenaza latente del lanzamiento de la bomba atómica sobre la URSS (por entonces sólo Estados Unidos la poseía), pero sobre todo la más perentoria de paralizar las indemnizaciones de guerra a la Unión Soviética procedentes de Alemania Occidental, tuvieron como efecto colateral el hundimiento de la autónoma República de Majabad, el primer gobierno propio de que disfrutaron los kurdos en Oriente Medio en mucho tiempo e hito histórico de la lucha por la liberación del Kurdistán. Sin el apoyo y protección que significaba la presencia soviética, la república pudo ser aplastada a sangre y fuego por Teherán. Mientras, Gran Bretaña se había dedicado a utilizar a las tribus árabes del sur para contrarrestar las posibilidades de influencia de Moscú y del Tudeh sobre el joven sha y el gobierno, fomentando en ellas revueltas independentistas o apoyándolas.El interés particular de las potencias extranjeras en Irán es, como puede verse, un factor clave de su historia reciente. Pero tampoco ha de menospreciarse el factor que la jerarquía chií desempeñará en 1953 en la desestabilización inducida desde el exterior contra el primer ministro Mossadegh. De hecho, un personaje harto famoso posteriormente, el entonces clérigo Ruholla Jomeini, aparecerá aquí como aliado clave en la trama. De nuevo, como en los casos de Saddam Hussein en Irak, Idi Amin en Uganda o Bin Laden en la lucha contra la intervención soviética en Afganistán, experimentamos el caso del viejo amigo convertido en el mayor enemigo.

MOHAMMED MOSSADEGH: UNA SEMBLANZA

Según Dean Acheson, ex secretario de Estado de Estados Unidos con el anterior presidente Truman -cesó en el cargo justo antes de que se diseñara la “Operación Ajax”, encargándose de ella el visceralmente anticomunista John Foster Dulles-, y una persona poco sospechosa de simpatías por los regímenes socialistas, Mossadegh era “un persa rico, reaccionario y de mentalidad feudal, inspirado por un odio fanático hacia los británicos”. Aunque estas afirmaciones no pueden tomarse al pie de la letra, lo que sí era cierto, como reflejaba el encargado de la diplomacia estadounidense, es que Mossadegh no era especialmente cercano al Tudeh ni a la URSS, tanto que sus medidas nacionalizadoras no se limitaron al ámbito de los intereses británicos, sino que también afectaron a las concesiones soviéticas en territorio persa.

Mohammed Hedayat, más conocido como Mohammed Mossadegh, nació en Teherán hacia 1882 (no existían por entonces registros fiables) en el seno de una familia de terratenientes, y cursó estudios de Derecho, doctorándose en la Universidad de Neuchatel (Suiza). Estuvo exiliado en París y Suiza durante los movimientos contrarrevolucionarios que sacudieron la Revolución Constitucional de primeros de siglo. Desde muy temprano, ya desde la apertura de la propia asamblea, Mossadegh fue elegido diputado al Majlis, aunque no pudo ocupar su escaño al principio debido a su juventud. Dedicado a la labor política durante casi toda su vida, fue secretario del ministro de finanzas, ministro designado de Exteriores y presidente de la Comisión del Petróleo del Parlamento, cargos los cuales su postura contra la corrupción, su enfrentamiento contra las potencias extranjeras que dominaban la vida política o su oposición a los amplios poderes de que gozaba el sha -en 1943 fue el autor del proyecto de ley por el que fue el autor del proyecto por el cual se le quitaba al Sha la potestad para firmar nuevas concesiones sin previa autorización legislativa- le llevaron a dimitir, no ocupar o ser cesado. Incluso debió exiliarse nuevamente del país durante el reinado de Reza Khan, regresando tras la ocupación anglo-soviética y la renuncia al trono de aquel a favor de su hijo.

Dotado de un gran carisma y una enorme popularidad, gracias a su oposición a la injerencia tanto de británicos como de soviéticos (las dos potencias que tradicionalmente habían intervenido en la política y la economía) y sus proyectos sociales, en 1949 fundó el partido Frente Nacional, cuyo éxito electoral en las legislativas elevaría en 1951 a Mossadegh a la primera magistratura del gobierno.

Mossadegh era sin duda alguna un tipo peculiar y complejo. Sus biógrafos le han definido como honesto, un hombre de principios y de un elevado patriotismo, pero al mismo tiempo quisquilloso, altamente histriónico e hipocondríaco, que se emocionaba con facilidad en la tribuna de oradores, pero que muchas veces exageraba esa emoción hasta el punto de fingir ahogos y desmayos -aunque es cierto que con setenta años su salud no era la de un muchacho, su vena teatral con el objeto de conmover y persuadir a la audiencia le ir más allá-, si pensaba que políticamente era conveniente” (Anaclet Pons). Aunque movido por una fuerte convicción democrática y consciente del valor de las libertades públicas -características que, apunta el historiador irano-armenio Ervand Abrahamian, le diferenciaban respecto a otros líderes antiimperialistas como el egipcio Nasser-, las circunstancias turbulentas a que estaba siendo sometido el país en 1953 por los Estados Unidos y Gran Bretaña le llevaron a tomar medidas autoritarias, como encarcelar a miembros del Tudeh -los servicios de inteligencia británicos señalaban como agitadores a los comunistas iraníes- o expulsar a los diplomáticos británicos en 1952 ante los rumores de golpe patrocinados desde Londres, cosa que refleja su biógrafo Christopher de Bellaigue en su obra “El patriota persa”.

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Mohammed Mossadegh supo ganarse la confianza del pueblo iraní gracias a su denuncia de la corrupción y del dominio extranjero y sus planes democratizadores y de reforma social.

En ocasiones se le apodaba también el “viejo del pijama”, porque muchas veces recibía a altos cargos y diplomáticos extranjeros en su residencia privada, metido en la cama y ataviado con esta prenda, debido a los accesos de tos y vértigo que muchas veces le hacían estar prostrado. No es raro por ello que esta excéntrica falta de boato fuera motivo de desprecio por parte de los políticos de Washington o Londres, como el mote de “Mussy Duck” (Pato Mussy) que le puso Winston Churchill. Una actitud que De Bellaigue no duda en bautizar de racista: estadistas como Thomas Babington Macaulay veían que “un simple estante de una buena biblioteca europea” era superior a “toda la literatura nativa de la India y de Arabia” […]De vez en cuando, un diplomático orientalista revelaría cierto entusiasmo romántico hacia las cosas persas, pero De Bellaigue cree que en el corazón de la política británica hay “un profundo desprecio por Persia y su gente” (Pons).

Sometido a fuertes tensiones, contradictorio e imperfecto, este anti-héroe (como tantos) que tan poco tiene que ver con los de ficción (aunque ha figurado repetidas veces como nexo de unión en muchos cómics y novelas sobre la oportunidad perdida y el origen de 1979, como “Persépolis”) es un motivo de orgullo para muchos iraníes. “Para los iraníes, el legado de Mossadegh es un orgullo de la condición iraní que el islamismo que el régimen actual está pregonando sobre la identidad nacional no puede apagar. Del mismo modo, su tratamiento por los británicos ha llegado a simbolizar el descaro de las potencias extranjeras entrometidas” (ídem). Y analizando esa virtud de visionario que tuvo, ya fuera del poder, afirmando ese gran pecado que supuso intentar nacionalizar unos recursos sobre los que pesaban tantos intereses estratégicos, la periodista Holly Dagres afirma que “Lo que Mossadegh hizo para Irán y lo que sufrió como resultado de ello fue una tragedia. Sin embargo, su último mensaje sobre el nacionalismo no se refería a la pérdida de su poder, sino al derrumbe de lo que él aspiraba para su patria. Aunque Mossadegh ha pasado, ese mensaje vive con fuerza”.

LA NACIONALIZACIÓN DE ANGLO-IRANIAN

La nacionalización del “oro negro” persa no era contemplada en un principio por las autoridades del país en 1951 (Mossadegh era entonces diputado pero no primer ministro, cargo que el sha había tratado de evitar cayera en manos de alguien que, en palabras de Roberto García, de Webislam, pese a sus aristocráticos orígenes supo acuñar el republicanismo y movilizar a las masas en base a una prédica nacionalista hecha a la medida de lo que el público quería escuchar”). Así, el primer ministro Sa’ed trató de encontrar un arreglo para una situación que era injusta y agraviosa desde cualquier punto de vista.

Esa situación no era otra que la empresa AICO repartía sus beneficios al ochenta y cuatro por ciento para los británicos y al dieciséis para los iraníes, a pesar de que la materia prima, vital para los primeros (fue la base que en la PGM permitió a la marina de guerra británica pasar del carbón al petróleo, permitiéndole ganar la batalla en el mar y obtener sustanciosos beneficios a las arcas del Imperio) era extraída del susbsuelo iraní. Por hacer una comparación, en la vecina Arabia Saudí la compañía conjunta arábigo-estadounidense ARAMCO (Arab American Company) repartía sus beneficios al cincuenta por ciento. Además, los salarios y condiciones de trabajo de los operarios iraníes eran absolutamente miserables. En definitiva, AIOC era una auténtica ganga para los británicos y una tortura para los iraníes, que veían como la mayor parte del pastel se quedaba en manos anglosajonas, sin que apenas pudieran saborear las migajas.

El XV Parlamento iraní rechazó sin embargo el anexo al acuerdo de 1933 -fruto de una previa renegociación del acuerdo original de principios de siglo- que negociaba con los británicos, y las cláusulas del acuerdo de los años treinta salieron a la luz pública, sin duda alentadas por Mossadegh, lo que generó una gran indignación en una opinión pública que veía como en toda la región del golfo y el mundo musulmán comenzaban a surgir con fuerza movimientos nacionalistas (Egipto, Irak) que se oponían al dominio y aprovechamiento en beneficio propio que llevaban a cabo los occidentales en el área, y entre cuyas pretensiones figuraba el que los recursos naturales estuvieran en sus propias manos. La difusión de unas cláusulas absolutamente desfavorables para la nación y el pueblo iraníes llevaron a Mossadegh a declarar nulos el tratado y el anexo que se trataba de negociar sobre esta base. Era la espoleta que detonaba el espíritu nacionalizador.

Las nuevas elecciones hicieron que el sha nombrara como primer ministro al general Hadj Ali Mansur Razmara, con Mossadegh al frente de la comisión del Petróleo del XVI Parlamento. Razmara intentó negociar un mejor acuerdo, con la renuncia a la nacionalización y un reparto equitativo de los beneficios. Pero eso era percibido como una continuación en una senda ya impopular, concediendo una credibilidad como negociadores a los británicos que se percibía no tenían en absoluto, ya que antes habían jugado el papel de tahúres con quienes se suponía eran sus socios en pie de igualdad, e iba en contra de las aspiraciones de las masas de aquel momento.

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Mossadegh, rodeado de sus partidarios.

La popularidad de Mossadegh, abogando por la nacionalización, llevó rápidamente a un contraataque por parte del gobierno de Londres, llevando a cabo acciones de boicot a la economía persa y apoyando acciones de rebeldía por parte de las tribus árabes del Juzestán, presionando de este modo para que se continuara con un acuerdo que siguiera siendo ventajoso para Gran Bretaña. En este ambiente, Razmara murió víctima de un atentado llevado a cabo por la organización de los Fedayines del Islam, un grupo dirigido por clérigos chíies y que estaban indirectamente aliados a Mossadegh (lo que no necesariamente quiere decir que éste tuviera implicación en el hecho). Los servicios de seguridad del sha no supieron prevenir o proteger al primer ministro -pese a o cual el profesor Josep Fontana afirma que cuanto menos el rey estaba informado de la posibilidad de un ataque de estas características contra el jefe de su gobierno-.

A la tercera fue la vencida. Mohammed Reza, el sha iraní, no tuvo más remedio que nombrar como jefe del gobierno al popular Mossadegh, que decretó la nacionalización del petróleo, con el apoyo del Majlis, el día 20 de marzo de 1951. Una fecha histórica para Irán y que todavía hoy es celebrada como día de independencia política y económica.

EL CONTRATAQUE ANGLO-ESTADOUNIDENSE: DE LA VÍA LEGAL A LA OPERACIÓN ENCUBIERTA

Una bofetada así en los morros de Gran Bretaña era algo a lo que en Londres no estaba acostumbrados. En octubre de 1951, el Partido Conservador ganó las elecciones al Parlamento de Westminster y Churchill volvía a ser el inquilino del número 10 de Downing Street. La llegada del “Viejo León” de nuevo al poder, que tildaba a su despreciado “Mussy Duck” de “viejo lunático con ganas de arruinar su país y entregarlo al comunismo” llevó a una escalada en la acción de los británicos, con vistas a preparar el terreno para que Mossadegh fuera desalojado del poder y el petróleo del país volviera a las ajenas manos anglosajonas. Para ello no había reparos en una intervención armada si era preciso. De hecho, ya se estaban desarrollando preparativos terrestres y marítimos en Chipre (aún entonces de dominio británico) y el golfo Pérsico.

Pero para ello había un problema, y así se lo hizo saber Harry Truman, en las que eran las postrimerías de su presidencia, al premier británico: soviéticos e iraníes habían firmado un pacto de amistad en 1921 que obligaba a Moscú a intervenir en caso de que Irán sufriese una agresión por parte de una potencia extranjera. El por entonces secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, que consideraba, al contrario que Churchill, a Mossadegh como un conservador sin vinculación ni filias marxistas (opinión compartida por los propios soviéticos), era partidario de una negociación antes que por una crisis militar que sólo podía favorecer a los comunistas del Tudeh. Según asegura el autor William Blum en “Asesinando la esperanza”, Mossadegh mantuvo la ilegalización decretada en 1949 contra el Tudeh, aunque permitió que operara abiertamente y llegó a formar un gobierno con simpatizantes del partido. Por otra parte, los rusos, una vez más, estaban más preocupados por su propia relación con los gobiernos occidentales que con la suerte de un partido comunista en un país fuera del bloque soviético”. El interés por Irán no se basaba en una lucha del “mundo libre” frente al “comunismo”, sino en prosaicos intereses económicos.

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Manifestantes del Tudeh por las calles de Teherán en 1953.

Se prosiguió con la guerra económica y las amenazas por parte de Gran Bretaña, quien embargó el petróleo de exportación iraní y los productos de importación que necesitaba el país, al mismo tiempo que el asunto era llevado a Naciones Unidas y al Tribunal de Arbitraje Internacional de La Haya. Allí Mossadegh pudo desplegar toda su capacidad oratoria, en un discurso que ha sido definido como uno de los más significativos acerca de la lucha de los países del Tercer Mundo por disponer de sus propios recursos para su desarrollo e independencia económica. La capacidad de convicción de Mossadegh fue tan grande que incluso el Consejo de Seguridad (en el que se hallaban presentes Gran Bretaña y Estados Unidos) se abstuvo de pronunciarse hasta que hubiera un fallo de La Haya, que nuevamente tras escuchar a Mossadegh, tuvo que declararse incompetente. Irán había ganado la batalla legal, y el primer ministro fue nombrado personaje del año por la prestigiosa revista norteamericana Time.

Se ha afirmado que Mossadegh era un personaje inflexible y testarudo, nada dispuesto a la negociación. Roberto García, en su reportaje para Webislam, ofrece una visión atemperada de este hecho. En los momentos en que el primer ministro acude a Nueva York para hablar ante la asamblea general de la ONU, la administración Truman, que en aquellos momentos se ofrece como mediadora en el conflicto anglo-iraní (y que también desea obtener parte en el negocio de lo que son las primeras reservas mundiales de crudo), conferencia con aquel para hallar un arreglo amistoso. Los estadounidenses se percataron de que, contrariamente a lo que expresara el británico Anthony Eden, con Mossadegh se podía negociar. Persuadidos de que el nacionalismo y la aparente férrea posición de Mossy (así le llamaban) respondían más que a un convencimiento ideológico a condicionantes internas muy fuertes, intentaron acercar cifras. Entonces Mossadegh hizo llegar su respuesta: 50 millones de dólares de préstamo directo a cambio de flexibilizar la nacionalización. Los norteamericanos, sabiendo de que lo que Mossy no podía tolerar era participación británica directa (pues de ser así corría serio peligro su vida), persuadieron a éstos a aceptar el convenio que preveía la participación norteamericana y, detrás de una fachada, también la británica. Era fines de 1952 y todo parecía indicar que el acuerdo estaba cerrado cuando Mossy cambió de postura esperando obtener una mejor recompensa de la administración republicana ganadora de las elecciones con D. Eisenhower a su frente”. Un extremo, el de la tentativa de arreglo encarada por Mossadegh, que es confirmado por Ervand Abrahamian a The Guardian: “Mi estudio de la documentación me demuestra que nunca se le ofreció un compromiso justo a Mossadegh. Lo que [los gobiernos británico y estadounidense] querían es que Mossadegh renunciara a la nacionalización del petróleo, y si lo hubiera hecho, todo el movimiento nacional habría quedado carente de significado”.

Y es que, para pesar del primer ministro, cuyo anterior juicio sobre la posibilidad de negociación con el nuevo gobierno de Washington se reveló errado, el nuevo equipo republicano con “Ike” Eisenhower al frente y los hermanos Dulles (John Foster en la secretaría de Estado y Allen metido de lleno en los poderosos intereses de la industria petrolera) estaba demasiado dominado por los intereses de la industria (tanto la petrolífera como lo que luego el propio presidente denominaría el complejo industrial-militar) como para sentarse a negociar con un líder del Tercer Mundo. Los republicanos habían llegado al poder fuertemente apoyados (y evidentemente financiados) por las grandes compañías del “oro negro” estadounidense, hasta el punto que el saliente presidente Truman llegó a referirse a la nueva administración como “camarilla petrolera”. La creciente importancia que para estos grupos industriales, así como para el mundo de las finanzas, comenzó a tener el petróleo de importación de Oriente Medio, y el furioso anticomunismo desplegado por Foster Dulles como responsable de la política exterior, que dio instrucciones para que se paralizaran las negociaciones con el gobierno iraní y la justificación en base a prejuicios ideológicos (infundados, como hemos visto) cerró cualquier posibilidad de acuerdo. El nuevo gobierno de Washington se alineó con las tesis guerreras de Londres. El camino hacia el golpe estaba servido.

Mientras tanto, Mossadegh se había enfrentado al sha y había ganado el pulso al monarca, demostrando que era el personaje político más popular del país por encima incluso del propio Mohammed Reza. En julio de 1952 presentó su renuncia al cargo debido a este enfrentamiento, pero el sha tuvo que restituirlo en el cargo tras las grandes manifestaciones de apoyo que el primer ministro concitó en su favor. Tras este episodio, preparó un ambicioso plan de reformas plasmado en ochenta leyes sobre libertades públicas, sanidad, educación, vivienda, presupuesto, justicia, ejército o corrupción. A finales de año, procedió a nacionalizar asimismo la actividad pesquera y el servicio de teléfonos, que eran hasta el momento explotados en régimen de concesión por la URSS.

“OPERACIÓN AJAX”

La “Operación Ajax” (también conocida como “Plan Ajax” o “TPAJAX” en la CIA, aunque el nombre en clave para el Secret Intelligence Service o SIS británico era el de “Boot”) fue la primera operación encubierta de la CIA destinada al derrocamiento de un gobierno extranjero. Aunque la Agencia ya antes se había distinguido en la realización de actividades subversivas y de sabotaje, como la infiltración de guerrillas ultranacionalistas en la Ucrania soviética o la manipulación de las elecciones italianas de 1948 en beneficio de la Democracia Cristiana para evitar una victoria electoral de los comunistas, en Irán se inauguraba una “fructífera” etapa de intervenciones contra gobiernos y líderes del Tercer Mundo -el nuevo tablero de ajedrez de la “guerra fría”- cuyas políticas no se ajustaban a los deseos de Washington, y que incluye Guatemala al año siguiente, Indonesia, Congo-Léopoldville (Zaire luego y hoy Congo-Kinshasa), la frustrada invasión de Bahía de Cochinos y las operaciones de sabotaje contra la economía de Cuba tras la revolución, el derrocamiento de João Goulart en Brasil o el de Salvador Allende en Chile.

Aunque en principio se acudía en ayuda de un país aliado como Gran Bretaña, el rol secundario desempeñado por Londres y el protagonismo adquirido por los norteamericanos en Irán tras la intervención, incluyendo el control de la sustanciosa industria petrolífera persa, hicieron que “Ajax” pueda considerarse una victoria de Washington en toda regla. Otro factor que condicionó, además, que el operativo fuera más norteamericano que británico fue la decisión de Mossadegh de expulsar a la misión diplomática inglesa de Irán tras conocerse los planes iniciáticos de derrocamiento que los británicos planeaban. Además, quien se encargó de dirigir la operación fue un norteamericano, Kermit “Kim” Roosevelt, nieto del presidente Theodor Roosevelt, quien entró en Irán bajó una identidad falsa, junto al también norteamericano general Norman Schwarzkopf.

Ambos, junto al agente local del SIS Assadollah Rashidian contactaron con el sha para llevar a cabo una operación que los propios conspiradores definían como “legal o semi-legal”: destituir a Mossadegh y colocar en el ministerio de Defensa -una potestad que, de acuerdo a un uso establecido, correspondía al sha- a un hombre fiel al monarca y a los intereses anglo-estadounidenses como Fazlollah Zahedi, que durante la SGM había sido encarcelado acusado de colaboracionismo con los nazis. Mientras tanto, los servicios secretos de ambas potencias recurrían a fuertes sumas de dinero para pagar a políticos, militares y clérigos (entre ellos el futuro líder supremo de la Revolución Islámica, Ruhollah Homeini) y que denunciaran a Mossadegh como un ateo al servicio de Moscú, así como a matones profesionales para que se hicieran pasar sucesivamente por militantes de la oposición que atacaban a figuras del Tudeh o por militantes del Tudeh que atacaban mezquitas y lugares sagrados. Incluso habían llegado a captar a miembros del gobierno. En este ambiente, a primeros de agosto de 1953 el primer ministro decidió la convocatoria de un referéndum para la convocatoria de unas nuevas elecciones al parlamento, esperando reforzar su posición.

El día 13 los decretos de destitución de Mossadegh y nombramiento de Zahedi se encontraban firmados, pero su publicación no se iba a hacer efectiva hasta el 15. En el intermedio, Mossadegh conoció lo que se estaba cocinando a sus espaldas y pudo detener el golpe. Anunció por radio que el sha, en connivencia con elementos extranjeros, había tratado de llevar a cabo un golpe de Estado y que en tales circunstancias, se veía obligado a asumir todo el poder. Ordenó el arresto de Zahedi y la destitución de varios oficiales de alto rango, mientras el sha abandonaba Irán con su esposa huyendo hacia Roma vía Bagdad.

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Manifestación pro Mossadegh en 1953.

En aquellos momentos, el fracaso del golpe parecía abrir la puerta más hacia la república que hacia la salida del poder de Mossadegh. El zoco de Teherán (el funcionamiento o no del zoco ha sido tradicionalmente el termómetro de la normalidad política iraní) abrió con normalidad y se sucedieron demostraciones a favor del primer ministro y contra el sha, derribo de sus estatuas y peticiones por parte del Tudeh de la instauración inmediata de la República Democrática, al mismo tiempo que pedían a Mossadegh armas para enfrentarse al golpe. Como quiera que había muchos agitadores contratados por la CIA que, haciéndose pasar por militantes comunistas, atacaban edificios religiosos y por la petición del embajador norteamericano al primer ministro de que cesase la agitación comunista bajo la amenaza de evacuación de los estadounidenses presentes en Irán, Mossadegh se negó a la distribución de armas y mandó a la policía que pusiera fin a las demostraciones callejeras del Tudeh, temeroso de que una evacuación masiva de ciudadanos y diplomáticos estadounidenses diera la impresión de que Mossadegh no controlaba el país. Unos hechos que fueron decisivos para inclinar la calle a favor de los golpistas, pero que mostraban más claro si cabe que Mossy no era un títere de los comunistas.

El 19 de agosto, efectivamente, “Kim” Roosevelt y la Agencia pudieron dar la vuelta a la tortilla. A las demostraciones a base de manifestantes leales al sha (o al dinero distribuido por Washington) se le sumaron tanques y camiones con soldados que cercaron la residencia de Mossadegh, mientras se daba a conocer por radio los decretos de destitución y nombramiento de Zahedi, esta vez como primer ministro. La difusión de los decretos fue dándose a conocer a todos los rincones del país a través de las diferentes emisoras regionales, mientras Mossadegh, cercado en su residencia por los soldados, lograba huir, pese a lo cual presentaba su renuncia. El sha regresaba de nuevo a Teherán y se inauguraba la etapa de gobierno personal de Mohammed Reza. La cuantía del golpe que puso fin a la democracia en Irán había ascendido a diecinueve millones de dólares, incluyendo los generosos sobornos y pagos a agitadores profesionales, y eso sin contar los cinco millones que recibió el monarca en concepto de anticipo por la ayuda financiera norteamericana. Una cantidad muy barata si se cuentan los cuantiosos beneficios que el petróleo iba a suponer a las empresas norteamericanas, nuevas en el negocio del crudo iraní.

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Momentos del 19 de agosto. Los militares cercaron el domicilio del primer ministro, de tal suerte que, pese a la resistencia mostrada en el interior del mismo, el dominio de los golpistas en la capital y sobre el conjunto del país y su mayor número de efectivos en el exterior de la residencia de Mossadegh forzaron finalmente la deposición de éste.

EPÍLOGO: SANGRE POR PETRÓLEO

Un nuevo acuerdo que rompía el monopolio británico sobre el petróleo iraní fue firmado apenas Mohammed Reza pisaba de nuevo suelo persa. Los británicos pasaron a controlar tan sólo un cuarenta por ciento del nuevo consorcio, mientras que otro cuarenta por ciento se lo repartían las cinco grandes compañías norteamericanas del sector (Esso, Mobil, Chevron, Gulf y Texaco), además de Shell y una compañía francesa. A pesar de ello, los británicos recibieron una generosa compensación por sus antiguas propiedades, algo a lo que Mossadegh se había negado alegando las enormes utilidades obtenidas en los años en que habías disfrutado de unas condiciones ventajosas en la anterior Anglo-Iranian, y que habían hecho recuperar en pocos años la inversión inicial.

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El sha (derecha) y su primera esposa Soraya a su regreso a Teherán tras el triunfo del golpe contra Mossadegh.

Irán pasó de una política nacionalista y tendente al no alineamiento a ser un estado-satélite de los Estados Unidos en la región, formando parte de una de las organizaciones regionales de defensa pro estadounidense, el Consejo de Bagdad que, al igual que la OTAN o la SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático), servía a la retórica de la defensa del “mundo libre” frente a la infiltración comunista. El gobierno del sha recibió cuarenta y cinco millones de dólares entre 1953 y 1979 en concepto de ayuda técnica y financiera, buena parte de ella destinada al mantenimiento de las fuerzas armadas y la policía política del régimen, la temible SAVAK, bajo la égida de la CIA y del Mossad israelí (Irán era, por entonces, uno de los más poderosos aliados israelíes en la zona).

Para el pueblo persa las perspectivas de mejora que se levantaron con Mossadegh y su política fueron pronto enterradas con la “Operación Ajax”. Los beneficios del nuevo acuerdo y la modernización de las décadas siguientes o no llegaron o lo hicieron a cuentagotas. “Para la mayoría de la población, la vida bajo el sha fue un sombrío escenario de extrema pobreza, terror policial y tortura”, explica William Blum. Abundaba la corrupción, que “asustaría incluso a los más endurecidos observadores de la corrupción en Medio Oriente”, y la occidentalización del país, patrocinada por el propio monarca a veces con mano de hierro, fue percibida como un gesto más de sumisión a los Estados Unidos, lo que hirió profundamente el sentimiento nacional, al considerarse estaban traicionándose las raíces culturales y tradiciones propias del país, y fue un acicate para que la influyente jerarquía chií pudiera aglutinar bajo la bandera del Islam el descontento contra el monarca y posteriormente aplastar al movimiento político de izquierda, tanto el Tudeh como otros grupos, muy influyentes entre la juventud urbana y universitaria y que ya había sufrido la represión previa de la SAVAK.

Mossadegh fue detenido y juzgado por traición al poco de su huida y renuncia a la jefatura del gobierno. En su juicio dejó un poderoso alegato refiriéndose a ese “tesoro oculto sobre el que se agazapa un gran dragón”, como afirmó en referencia al petróleo local y la apetencia de las poderosas potencias extranjeras por éste: “Sí, mi pecado, mi gran pecado… incluso el mayor de todos mis pecados es haber nacionalizado la industria petrolera de Irán y descartado el sistema de control político y
explotación por el mayor imperio del mundo… Esto a mi costa, de mi familia; y a
riesgo de perder mi vida, mi honor y mi propiedad… Con la bendición de Dios y la voluntad del pueblo, luché contra este salvaje y espantoso sistema de espionaje y colonialismo internacional…
Soy consciente de que mi destino debe servir de ejemplo en el futuro en todo el Medio Oriente en la ruptura de las cadenas de la esclavitud y la servidumbre a los intereses coloniales”.
Difícil, al menos en Irán, por cuanto revisionistas monárquicos niegan el golpe y afirman que Mossadegh fue un populista peligroso, mientras la actual república islámica minimiza el papel de Mossy y exageran el del clero, aunque las pruebas que se manejan actualmente demuestran que, muy al contrario, el clero intervino para derrocar a Mossadegh.

Así, si no de ejemplo, sí hemos comprobado que su historia se ha repetido en innumerables ocasiones, en la que las malas excusas y las premisas poco ajustadas a la realidad han servido para la defensa de intereses espurios, creando laberintos de muy difícil salida en la zona. El eterno intercambio de sangre por petróleo.

 

FUENTES:

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio”, Madrid, Pasado&Presente, 2011.

“Mohammad Mossadeq”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Mohammad_Mosaddeq

Holly Dagres, “Mossadegh’s legacy: a sleeping lion called nationalism”, Your Middle East. http://www.yourmiddleeast.com/features/mossadeghs-legacy-a-sleeping-lion-called-nationalism_9281

Saeed Kamali Dehghan y Richard Norton-Taylor, “CIA admits role in 1953 Iranian coup”, The Guardian, 19/08/2013. https://www.theguardian.com/world/2013/aug/19/cia-admits-role-1953-iranian-coup

Marta Jurado, “La historia de Mossadegh, el bueno de ‘Persépolis’”, El Mundo, 18/05/2010. http://www.elmundo.es/elmundo/2010/05/18/cultura/1274176162.html

Roberto García, “La CIA en Irán: el golpe contra Mossadegh”, 09/08/2006, Webislam.http://www.webislam.com/articulos/29658-la_cia_en_iran_el_golpe_contra_mossadegh.html

“IRÁN 1953. Dándole seguridad al rey de reyes”, El Blog del Viejo Topo, 23/08/2016. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2016/08/iran-1953-dandole-seguridad-al-rey-de.html

Anaclet Pons, “Muhammad Mossadegh, el patriota persa”, Clionauta-Blog de Historia, 12/07/2012. https://clionauta.wordpress.com/2012/07/12/muhammad-mossadegh-el-patriota-persa/

“Mohammad Mosaddeq y la nacionalización del petróleo en Irán”, La Guía de Historia, 02/10/2007. http://www.laguia2000.com/medio-oriente/mohammad-mosaddeq

 

 

 

 

 

El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posible

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Mehdi Ben Barka en el exilio.

Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados, formados en universidades y centros de estudios del país, pero las oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos salarios y la hoy denominada “economía informal”. Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento 20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del redil patriarcal. Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega, Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y siempre controlado por Palacio.

Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y “civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.

Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces. por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su propio pueblo. No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba, Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.

En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia), luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia, sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años de plomo”.

LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE

Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada, sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido negando sistemáticamente. Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha), en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada muy por excepción.

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Protestas en 1984 en el Rif contra la carestía de la vida y la marginación de la región.

Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique, Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial -entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente Polisario. Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes, (desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas características comunes: el mantenimiento del status quo político, el silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años las “décadas de plomo” del país magrebí.

Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”. Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975, pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales. Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca (1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur” contra la ocupación del territorio saharaui.

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Hassan II con el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Estados Unidos ha considerado siempre a Marruecos como un socio estratégico de primer orden en la zona del Magreb, primero en la lucha contra la penetración comunista y, tras el fin de la “guerra fría”, contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista.

Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente aceptado-. Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” (http://web.archive.org/web/20071107114004/http://web.amnesty.org/library/Index/ESLMDE290011993?open&of=ESL-376) podía dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios centenares y más de un millar de personas.

Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados. Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi (asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos. Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en Palestina.

Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la “guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del coronel Gadaffi. Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli, consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la “Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo es considerada clave para la implicación, a juicio de varios testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el mundo no alineado.

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A la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la Humanidad.

En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto prácticamente “sine die”. Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas, pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a la controversia.

Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de la sociedad marroquí con su pasado. En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto. Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca, expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo -un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de las asociaciones cívicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato, desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos “malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.

Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.

MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA  

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Cartel conmemorativo del 50º aniversario de la fundación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, a cuya formación Ben Barka contribuyó de modo decisivo.

Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países No-Alineados o la Conferencia Tricontinental. En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955 a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser, Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá del bloque soviético. En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina (Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali, Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental, para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la administración en los primeros años de la guerra fría- no era una opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte, producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos: Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno unipolar…)

Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera. La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel, pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la Alemania de Hitler).

En su juventud y durante sus etapa universitaria, frecuentó amistades y círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá siete años-. Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la consecución de la independencia plena del país y la salida de las potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí). Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio, donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un instrumento del régimen.

LA UNFP Y EL EXILIO

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Cartel propagandístico de Hassan II.

Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […] Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente franceses.” La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera relación del reino con las potencias occidentales para la represión del nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área (alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación del Sáhara Occidental, etc.)

Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh, otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del status quo.

La situación entre el sector conservador y el izquierdista del Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que, entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que entonces regían la vida política en el país por unas instituciones genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP).

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Acto fundacional de la Unión Nacional de Fuerzas Populares. Segundo por la derecha, Mehdi Ben Barka.

La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria, alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.

Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II, coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP. Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su exilio parisino, del que ya no regresaría.

Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir, “lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra, que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual se había convertido en una referencia para los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que, como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar más en contra con el hecho de que dos países recientemente independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de la ex metrópoli Francia.

LA TRICONTINENTAL

Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.

A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah, Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una perspectiva más global acerca de la exploración de las características y las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista (neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él -la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes mencionada-. Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).

La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot”  en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros
[lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).

El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa “altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día está en El Cairo para dar un discurso
defintorio y fustigante del neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.

Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka, el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos” Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia del contexto económico nacional. “Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí, actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día. Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres, cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y de progreso”.

En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo, neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe significar establecer una organización que, al igual que las que representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio. “Crear una organización de solidaridad de los tres continentes quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero, al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.

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Cartel de la celebración de la Conferencia Tricontinental de La Habana, enero de 1966.

No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966, recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en 1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica conferencia en la capital cubana. Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos -había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia del encuentro habanero.

La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba, donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro. Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.

Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con participantes de diversas partes del globo. La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC (https://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina#Foros_internacionales). La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.

UN CRIMEN SIN RESOLVER

El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y cuarto del mediodía.

La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.

La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.

A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.

Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer Mundo. Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la Francia democrática.

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Placa en recuerdo de Ben Barka en el restaurante-brasería Lipp de París.

¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí: Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada en el pecho. George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”, aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato- en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres de Boucheseiche.

Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero, apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia Tricontinental.

¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.

Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como prueba del cumplimiento de la misión.

Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo, estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad, dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni existe referencia a secretaria alguna.

¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados? Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato. Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión, añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.

Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración que las autoridades francesas tienen con la justicia para el esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.

EPÍLOGO

Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo Mondlane, Salvador Allende… El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.

En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del retardo, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida, y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la “apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el palacio real.

Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes, demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo exterior para seguir sosteniéndose.

FUENTES:

“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka

“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka

“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)

“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/

“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044

“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.

http://www.monde-diplomatique.fr/2015/10/BENJELLOUN/53960

“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.

https://www.monde-diplomatique.fr/2005/10/GALLISSOT/12827

“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010

http://entrevidiya.blogspot.com.es/2010/01/caso-ben-barka.html

“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.

https://www.nodo50.org/csca/na/na46/documento46.pdf (descarga)

“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre

Henry Wallace. Un Bernie Sanders para los albores de la “guerra fría”

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Henry Wallace en una alocución por radio.

Las recientes elecciones en Estados Unidos supusieron para muchos votantes el ir a las urnas con “la nariz tapada”, al tener que elegir entre dos candidatos, Hillary Clinton, la candidata demócrata apoyada por las grandes finanzas y actores económicos ligados desde hace tiempo a la propia familia Clinton, y Donald Trump, el presidente electo, republicano y multimillonario del sector inmobiliario que ha atraído con un discurso populista de derechas a grandes capas de población frustradas por la quiebra del “sueño americano”. Ambos representan, por su origen y su esencia, la continuidad de un sistema político y económico que ha marcado hoy día de inseguridad a muchas generaciones.

Los bajos salarios y el subempleo, la deficiencia de las coberturas en materia de seguros sociales, sanidad, educación y otros servicios públicos (sobre todo si se las compara con el enorme gasto militar del país), la discriminación racial, el enriquecimiento escandaloso e impunidad de muchos “businessmen” de Wall Street y banqueros implicados en el nacimiento de la crisis económica de 2007 hicieron aflorar movimientos de protesta como el de Occupy Wall Street o, más recientemente, Black Lives Matter (Las vidas negras importan). Tras las esperanzas iniciales de la presidencia de Barack Obama (2008-2016), la campaña de las primarias del Partido Demócrata lanzó a un candidato poco menos que desconocido para el público internacional: el senador por el estado de Vermont (este de EE.UU.) Bernard Sanders.

Bernie Sanders, de 75 años, ya se había dado a conocer en la propia cámara legislativa de Washington con un discurso propio de un “outsider”, más cercano a las palabras de un portavoz del movimiento indignado neoyorquino que de la clase política establecida, criticando la codicia de los poderosos, la omnipresencia y omnipotencia de los poderes fácticos y las terribles desigualdades que sacudían a la sociedad estadounidense. Quizá por eso supo ganarse la confianza y el apoyo de miles de estadounidenses, especialmente los jóvenes y los trabajadores afectados por la deslocalización, la contención de salarios y el cierre de empresas del llamado “cinturón de hierro” de los estados del norte (el que, ahora, junto al “cinturón de la Biblia” del oeste y el medio oeste, ha dado la victoria a Trump). En un artículo escrito antes de la elección del nuevo inquilino del 1600 de la Avenida de Pensilvania, Sanders dejaba claras sus propuestas, que pasaban por puntos tan polémicos y anatemas poco menos para sus rivales, tanto entre los republicanos pero también dentro del Partido Demócrata como la propia Clinton: el abandono del intervencionismo militar estadounidense, políticas favorables a las nuevas energías, la oposición a las políticas económicas promovidas por el FMI y el Banco Mundial en el Tercer Mundo o la derogación de los tratados de libre comercio como el TTIP.

“Necesitamos a un presidente que apoye vigorosamente la cooperación internacional que estrecha lazos entre la gente a nivel global, que reduzca el hipernacionalismo y disminuya la posibilidad de una guerra. También necesitamos a un presidente que respete los derechos democráticos de las personas y que luche por una economía que proteja los intereses de los trabajadores y no solo los de Wall Street, las empresas farmacéuticas y otros intereses especiales. Fundamentalmente, necesitamos rechazar nuestras políticas de “libre mercado” y movernos hacia un mercado justo. Los estadounidenses no tendrían que competir contra trabajadores en países que pagan sueldos bajos y que ganan centavos por hora. Debemos tumbar el Acuerdo Transpacífico. Debemos ayudar a los países pobres a desarrollar modelos económicos sostenibles. Necesitamos acabar con el escándalo internacional en el que las grandes corporaciones y los más ricos no pagan billones de dólares en impuestos a sus gobiernos nacionales. Necesitamos crear decenas de millones de trabajos a nivel mundial, combatiendo el cambio climático global y transformando el sistema energético mundial para que se elimine el uso de combustibles fósiles. Necesitamos un esfuerzo internacional para disminuir el gasto militar en el mundo y abordar las causas de las guerras: la pobreza, el odio, la desesperanza y la ignorancia.”

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El senador por Vermont y candidato en las primarias del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Bernie Sanders.

No es de extrañar que, tal y como afirman muchos analistas, la sensación que ha quedado después de la nominación de Hilarry Clinton en detrimento de Sanders como candidata demócrata y su derrota (por la particularidad del sistema electoral norteamericano, aunque venció en voto popular) frente a Trump, el veterano senador podría haber batido al magnate. Durante varios días, la carrera por la nominación como candidato iba mostrando como Trump iba deshaciéndose de sus rivales a marchas forzadas -rivales que, dicho sea de paso, tampoco es que fueran mejores que él: el otro Bush en discordia, Jeff, exgobernador de Florida durante las elecciones de 2000 que, con la polémica victoria en aquel estado, dieron la presidencia a su hermano George W.; o Ted Cruz, un ultrarreligioso embebido de las mismas teorías sobre la excepcionalidad estadounidense durante los años de Bush Jr. y acólitos en la Casa Blanca-, mientras en el Partido Demócrata la cosa era mucho más ajustada. Sin embargo, la balanza acabó decantándose hacia una candidata que aquí señalaríamos como “del aparato”. Y no sólo del aparato del partido, sino del que se mueve por detrás de la política en Estados Unidos -y en un largo etcétera de países-. Sin necesidad de recurrir a las filtraciones de Wikileaks, la lógica de los discursos de ambos y de la trayectoria reciente de Hillary Clinton, embarcada desde el final de la presidencia de su esposo Bill en una agenda de contactos y negocios con los medios financieros, hacía que estos últimos estuvieran más que dispuestos a decantar la balanza hacia alguien mucho más maleable y que desde luego no supusiera un riesgo para su poder y beneficios.

Así, Juan Laborda escribe en “Voz Pópuli” que “los grupos económicos más importantes de los Estados Unidos, y muy especialmente el lobby del conglomerado militar y, sobretodo, el lobby financiero apoyaban a Hillary Clinton. De esto no hemos leído nada en la prensa patria, pero es de dominio público. Obviamente todos estos grupos de poder maniobraron contra Bernie Sanders, por su propuesta económica, y después contra Donald Trump, porque no estaba sujeto a su control.” De ahí que, pese a que se pudieron manipular -según esgrime el autor del artículo- las primarias demócratas para dar lugar a una victoria de la que todos los medios presentaban como “la primera mujer presidente de los Estados Unidos”, los electores descontentos volcaron su apoyo hacia un candidato al que el vilipendio mediático ha favorecido con una reacción rebelde del electorado a su favor, además de con un aura de “rara avis” y un discurso que, aunque vago, presentaba algunos puntos que han tocado la fibra sensible de una sociedad depauperada por la inacción y el alejamiento de los problemas reales por parte de los políticos de Washington y por la codicia de los especuladores.

Sin embargo, las propuestas de Sanders eran mucho más concretas y razonadas que las de Trump, y en un debate habría podido descolocar seriamente a un magnate cuyos exabruptos le habrían jugado una mala pasada frente a la firmeza de un candidato que podía hablar con mucha más honestidad sobre los problemas de los jóvenes, los trabajadores y las clases medias que un promotor inmobiliario cuya cuenta corriente acumula varios ceros y defraudaba al fisco estadounidense. Por este motivo, Laborda continúa diciendo: “Estados Unidos dejó de ser la tierra de las oportunidades. Dentro del mundo desarrollado es la sociedad más desigual tanto en términos de ingreso como de riqueza. Pero además es, paradójicamente, uno de los países donde menos esperanzas de movilidad hay entre los distintos grupos poblacionales, especialmente para el quintil más pobre […] En un estudio de 2012, Dan Ariely, profesor de Psicología y Economía del Comportamiento de la Universidad de Duke, presentó algunos datos especialmente fáciles de usar y entender sobre el tema de la desigualdad de ingresos […] La verdadera sorpresa del estudio es que la distribución real de la riqueza es mucho peor de lo que los propios encuestados creían y muchísimo peor de lo que ellos mismos creen que es justo. De hecho, cuando se le presentaba la opción entre la distribución real de la riqueza en los Estados Unidos (aunque deliberadamente se presentaba como puramente teórica) y un modelo idealizado más justo como el de Suecia, más del 90% de los republicanos y los demócratas prefieren el modelo sueco. Es un buen ejemplo de cómo el sistema político de confrontación entre los dos partidos grandes, igual que en España, se ha desviado de lo que piensan sus votantes de lo que en realidad es justo. Por eso, repito, Bernard Sanders hubiese ganado las presidenciales, por que hubiese retenido para los demócratas los estados de Ohio, Michigan, Pensilvania y, probablemente Florida”. Esta distancia de los partidos con la ciudadanía se refleja, además, en una encuesta de Gallup de 2015 que muestra la distancia de la población estadounidense con los dos grandes partidos que sostienen el sistema: alrededor de un cuarenta y cinco por ciento de los norteamericanos se declaran independientes, mientras que los que se declaran republicanos o demócratas alcanzan, respectivamente, el 29 y el 26 por ciento (http://www.eldiario.es/theguardian/Sanders-candidato-democrata_0_580942682.html). En estas circunstancias, lo más importante para amplias capas de la población es que surja alguien que les escuche y les ofrezca respuestas.

El caso de Sanders cuenta con un antecedente en la historia de Estados Unidos. Fue el caso de Henry Agard Wallace, secretario de Agricultura y vicepresidente con Franklin D. Roseevelt. Wallace, un convencido del “New Deal” que se hizo cargo de una cartera complicada por la terrible crisis económica y las graves circunstancias por las que pasaba el sector agrario estadounidense, tuvo la oportunidad de ser presidente de su país tras la Segunda Guerra Mundial con unos planteamientos que defendían la paz, las políticas sociales y el fin de las políticas discriminatorias y segregacionistas. El fracaso de la “opción Wallace” -incluso para sí mismo-, sin embargo, nos obliga a examinar las posibilidades que traía consigo este hijo de agricultores de Iowa.

EL CRACK Y LA GRAN DEPRESIÓN: AGRICULTURA COMO UN GRAN DEPARTAMENTO

Henry Agard Wallace nació en 1888 en la granja familiar de Orient, en el condado de Adair, Iowa, un próspero estado agrícola del norte de la unión por aquellos tiempos. La familia descendía de inmigrantes irlandeses y había conseguido hacerse con un hueco entre los más importantes agroempresarios de Iowa. Su abuelo fue fundador del periódico familiar, Wallace’s Farmer, un medio muy influyente entre los agricultores del estado, que lo leían en busca de información tanto sobre temas agrícolas como también políticos. El propio Henry Wallace padre desarrolló una carrera política como secretario de agricultura en las administraciones de los presidentes Harding y Coolidge.

Aunque tanto padre e hijo habían apoyado históricamente a los republicanos, el joven Henry Wallace cambió sus lealtades políticas a finales de la década de los 20, apoyando en 1928 al candidato demócrata a la presidencia de EE.UU. Al Smith -derrotado frente a Herbert Hoover- y cuatro años más tarde a Franklin Delano Roosevelt, que resultaría vencedor y presidiría una etapa decisiva en la vida política norteamericana: la recuperación económica a través del programa del “New Deal” y el enfrentamiento con Japón y las potencias nazifascistas europeas en la SGM.

Conociendo sus antecedentes en cuanto a su pensamiento político, no resultaba extraño que Wallace hijo apoyara a Roosevelt, quien se había comprometido a sacar al país de la depresión económica apoyando la intervención del estado y la defensa de los más desfavorecidos por la situación. De pequeño era frecuente que pasara por la casa familiar el científico y activista por los derechos civiles de los afroamericanos George Washington Carver, colega y estudiante de su padre en el Iowa State College, la universidad estatal. De joven, y en la misma universidad, Wallace pudo interesarse no sólo por la agricultura -sus estudios sobre la genética sirvieron para que desarrollara una empresa propia de investigación y aplicación de las variedades híbridas, lo que ha llevado a los organismos genéticamente modificados de la actualidad, un efecto que el propio Wallace no podía prever entonces-, sino por causas progresistas como la igualdad racial, el bienestar social o la regulación de la economía por parte del estado.

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Wallace con Franklin Delano Roosevelt.

De este modo, para la década de los años 1930 este curioso de la genética y sus aplicaciones en el ámbito agrario, empresario y editor era también uno de los progresistas más destacados de Estados Unidos, y Roosevelt, conocedor del apoyo que Wallace le había prestado para las elecciones, le reclutó para su administración como secretario de Agricultura una vez que fue elegido presidente. El “crack” bursátil de 1929 y las soluciones ortodoxas de la época tomadas por la administración republicana precedente, (continuadas en un primer momento por el propio Roosevelt, toda vez que la economía parecía volver a tomar un cierto aliento) habían dejado un rastro de empresas cerradas, negocios quebrados y una gran masa de desempleados a lo largo y ancho del país. En el campo las noticias tampoco eran muy positivas: la sequía que sacudió el Medio Oeste y las malas cosechas subsiguientes, el descenso de los precios, la imposibilidad de hacer frente a los créditos hipotecarios y de poder acceder a nuevos préstamos por parte de las familias campesinas desató una espiral de desahucios y de granjas abandonadas, con la subsiguiente emigración de muchas familias a otros lugares en busca de sustento (tal y como se refleja en la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”). Tras una prolongada etapa de crecimiento y de creación de nuevas industrias (siderometalúrgica, naval, aeronáutica, teléfono y telégrafos, automóvil…) surgida con la segunda revolución industrial, crecieron también el sindicalismo obrero y agrario (concentrado en torno a la figura de los sharecroppers o aparceros) y, aunque muy pequeño en relación a los dos grandes partidos del país, también comenzó a tener importancia una auténtica rareza para la “meca” por excelencia del capitalismo: el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Estos movimientos de la izquierda obrera y progresista comenzaron a tener una impronta decisiva, con la crisis y el nuevo gobierno de Roosevelt, a la hora de apoyar o de “empujar” a la administración del “New Deal” para la realización de políticas en favor de los trabajadores y las clases populares estadounidenses. Como escribe la periodista y socióloga Cristina Vallejo, “muchísima gente habría comenzado la historia de la lucha contra la desigualdad en Estados Unidos a partir de esta fecha, a partir del New Deal americano, a partir, incluso, de la segunda posguerra mundial. Pero ello implicaría incurrir en una gran injusticia, porque supondría borrar de la historia a quienes, ya desde finales del siglo XIX, habían luchado para crear conciencia y para establecer, aunque mínimamente, un esquema fiscal y sindical que contribuiría no sólo a frenar la creciente concentración de la riqueza sino también a redistribuirla.”

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La novela “Las uvas de la ira” de John Steinbeck es un relato desgarrador y fundamental para entender la crisis agrícola del Medio Oeste americano en los años 1930.

En 1933, tras una nueva entrada en recesión de la economía, Roosevelt tuvo que ponerse manos a la obra, estimulados entre otros por Wallace desde el departamento de Agricultura, quien desde entonces llevó a cabo muchas propuestas audaces, incluso controvertidas. Eran los momentos en los que había que aplicar las teorías reguladoras, intervencionistas y correctoras de los ciclos económicos desarrolladas por el economista John Maynard Keynes, y realmente demostrar que, como había afirmado el propio FDR, “no tener más miedo que al miedo mismo”. Así, el estado norteamericano se empeñó en un gran programa de inversiones en infraestructuras, subsidios, créditos públicos, construcción de un incipiente programa de seguros sociales (como la reforma del programa sanitario Healthcare, en un intento de crear un sistema nacional público de salud) y regulación del sistema financiero-bancario, empresarial (leyes anti-trust) y laboral para evitar los males acontecidos en el pasado más reciente. Qué duda cabe que estos programas fueron atacados por los sectores económicos y políticos más vinculados con el “statu quo” ya que, aunque se tratase de un programa reformista en beneficio de la mayoría (del interés general, como se dice en nuestros días) no faltaron los epítetos más despectivos hacia Roosevelt, incluyendo los de bolchevique o rojo. Por su parte, los medios políticos, de comunicación a la izquierda de los demócratas, los sindicatos e incluso el propio CPUSA, siguiendo la estrategia de frentes populares propugnada desde Moscú, apoyaron a Roosevelt y el programa desarrollado por éste.

El departamento de Wallace, bajo su dirección, se transformó en uno de los más importantes de la administración de Washington. Así lo escribe el historiador estadounidense David Woolner: “Wallace fue paladín de toda una variedad de programas del Nuevo Trato, como la Administración de Ajuste Agrícola, la Administración de Electrificación Rural, el Servicio de Conservación de Suelos, la Administración de Crédito Agrícola, los programas de cupones de alimentos y almuerzo escolar, y muchos otros. En el proceso, también transformó el Departamento de Agricultura en una de las más grandes y poderosas entidades en Washington. Wallace también expandió grandemente los programas científicos del Departamento de Agricultura, haciendo del centro de investigaciones del departamento en Beltsville, Maryland la mayor y más variada estación científica agrícola del mundo”. Las protestas en el maltrecho ámbito agrario persuadieron a Henry Wallace para presentar a Roosevelt una serie de medidas encaminadas a la intervención estatal y a la mejora en las prácticas agrícolas locales, varias de ellas, como se ha mencionado con anterioridad, no exentas de polémica respecto a la ortodoxia dominante. Así, para los hombres de negocios y los republicanos de la Cámara de Representantes, las medidas intervencionistas -como todas las que planteaba el “Nuevo Trato”- de Wallace, tales como los subsidios y las investigaciones con fondos públicos para el control de enfermedades de plantas y ganado, los cupones alimentarios para la población pobre de las ciudades, el control de cosechas para contribuir a revalorizar los productos del campo y las ganancias de los campesinos o la lucha contra la erosión y la investigación sobre cultivos resistentes a las sequías les hacía creer, si no en la proximidad de la administración Roosevelt al coco comunista, si por lo menos en un aumento de los gastos del estado de forma desorbitada que ponía en riesgo el equilibrio presupuestario, tal y como era concebido en la ortodoxia dominante hasta la fecha. De hecho, el departamento de Agricultura se convirtió, desde entonces, en una de las agencias gubernamentales más grandes, en tamaño e importancia (no en vano, todavía en 1933 el 25% de la población estadounidense vivía de la agricultura), del gobierno federal, y Wallace en una de las personalidades más valoradas de la administración, lo que le catapultaría a la vicepresidencia.

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Roosevelt firmando la ley de seguridad social, uno de los grandes avances de su etapa al frente de la presidencia.

De todos modos, muchas organizaciones políticas agrarias radicales (como la National Farmers Union) consideraban que las medidas de Wallace no habían ido lo suficientemente lejos. Pero Wallace era un progresista, entendido el término de acuerdo con la cultura política estadounidense. Lo que, para su época, podía semejarse a la izquierda republicana reformista en España, y, salvando las distancias y contextos geográficos a personalidades como Azaña, Prieto o Negrín en nuestro país, Lázaro Cárdenas en México o Jacobo Arbenz en Guatemala. Personalidades que, al igual que Wallace, sufrieron su identificación, temporal o permanentemente, con los comunistas o como títeres de los comunistas por sus políticas o por el apoyo o la coincidencia de criterios que mantuvieron con estos o con la Unión Soviética.

Así, el mexicano Carmelo Ruiz Marrero escribe que, a diferencia de la mayoría de los líderes entonces de los grupos marxistas (socialistas o comunistas) y de su base de militantes, los progresistas procedían de la clase media, y que su finalidad no era la abolición del capitalismo, sino la fundación de un nuevo estado capaz de articular armoniosamente el interés individual y el negocio privado con el interés de la colectividad y el bienestar general. “Los progresistas de la época no buscaban hacer la revolución o abolir el capitalismo, sino que postulaban que todas las clases sociales tienen un interés común en política limpia, transparencia en el servicio público, y en la erradicación de la corrupción, amiguismo e ineficiencia en el gobierno. El movimiento progresista fue posiblemente el movimiento de reforma más importante en la historia política de Estados Unidos. Muchas cosas que se dan hoy por sentadas, como las corporaciones de servicio público, agencias reguladoras, audiencias públicas en la legislatura o agencias de gobierno, y el activismo financiado por fundaciones, son legado de los progresistas.” Para muchos, sin embargo e incluso entre los demócratas, el progresismo de Wallace estaba demasiado escorado hacia la izquierda.

LA VICEPRESIDENCIA

La sociedad estadounidense a finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940 era, como durante la época de la PGM, profundamente aislacionista en lo que se refiere a las cuestiones de Europa. A pesar de la repugnancia que el pueblo estadounidense sentía por los regímenes nazi-fascistas, no querían verse involucrados en una nueva guerra en el “viejo continente”, y ni siquiera el expansionismo japonés en el Pacífico, dirigido contra las potencias imperiales europeas -las posesiones estadounidenses, reducidas a unas pocas islas, eran muy pequeñas en comparación con los inmensos territorios que Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos dominaban en el continente- resultaba entonces preocupante para un país que no tenía un imperio colonial (al menos no en su aspecto “formal”). Sin embargo, Roosevelt y su administración eran conscientes de que Hitler, lejos de ser un baluarte frente al comunismo como habían supuesto las clases altas de Gran Bretaña, suponía una amenaza para los ideales democráticos. Lo había confesado el propio presidente con amargura al darle la razón a su embajador en España Claude H. Bowers, quien le había insistido una y otra vez en la necesidad de ayudar a la República, cuando los sublevados comandados por Franco finalmente se hicieron con la victoria en la guerra civil.

Pero existía además otra razón, más prosaica, según desvela Gore Vidal, para temer una victoria hitleriana en Europa, y era el hecho de que para una potencia comercial como los Estados Unidos -y máxime para el futuro, cuando la economía estadounidense recuperara el vigor perdido tras la Gran Depresión- el dominio por parte de la dictadura nazi de todo el continente cerraría las puertas a los productos norteamericanos.

De este modo, al contrario de lo que ocurrió con la España republicana, Estados Unidos comenzó a suministrar armas y otros pertrechos vitales a Gran Bretaña, lo que fue esencial también para aumentar la producción industrial y exportarla en un momento en que, aunque con efectos mucho más matizados que la de 1929, el país vivía un nuevo brote recesivo. Asimismo, el hecho de que la población estadounidense considerara el Pacífico un territorio más propio de su expansión territorial (aunque fuera a través de protectorados, fideicomisos o de relaciones de otra índole, como en Guam, las Islas Marianas o en las Filipinas) que Europa hizo a la administración Roosevelt establecer sanciones a Japón.

E iban a ser estas sanciones lo que desencadenarían la guerra en el Pacífico, a tenor de lo que escriben Eric Hobsbawn y Gore Vidal. La firma de la alianza japonesa con Roma y Berlín puso sobre alerta a las potencias democráticas, quienes sin embargo no lo habían hecho en el caso de la invasión de China y el establecimiento del estado títere de Manchukuo en la parte septentrional del país -hasta entonces, sólo la URSS prestó ayuda al gobierno chino para hacer frente a la invasión japonesa-. De este modo, las sanciones, que amenazaban con estrangular una economía japonesa en una dinámica ascendente y necesitada de materias primas, que planeaba obtener mediante la conquista de territorios situados al sur. Así, para Hobsbawn, “fue el embargo occidental (es decir, estadounidense) del comercio japonés y la congelación de los activos japoneses lo que obligó a Japón a entrar en acción para evitar el rápido estrangulamiento de su economía, que dependía totalmente de las importaciones oceánicas. La apuesta de Japón era peligrosa y, en definitiva, resultaría suicida. Japón aprovechó tal vez la única oportunidad para establecer con rapidez su imperio meridional, pero como eso exigía la inmovilización de la flota estadounidense, única fuerza que podía intervenir, significó también que los Estados Unidos, con sus recursos y sus fuerzas abrumadoramente superiores, entraron inmediatamente en la guerra”.

Esa entrada inmediata en guerra se produjo con el ataque premeditado y sin previo aviso a Pearl Harbor, Hawai, en 1941, lo que para Gore Vidal significó que Roosevelt obtuvo el shock que permitió presentar el inicio de las hostilidades y la entrada en guerra -tanto con los nipones como con Alemania, que cuando se encontraba enfangada en el frente este decidió declarar la guerra también a EE.UU.- con un amplio consenso de la población, dando la vuelta a las encuestas de opinión. “Él fue nuestro gran Maquiavelo.  Sabía, mejor que cualquier otro presidente anterior, cómo funcionaba el mundo. Estaba plenamente consciente de que el hundimiento de nuestros barcos nos había empujado a la guerra contra Alemania en 1917, pero eso no sería suficiente en 1941. Necesitaba un trauma de importancia que decidiera a los norteamericanos por la guerra.”

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Imagen del ataque a Pearl Harbor por parte de la aviación japonesa.

En 1941, Henry Wallace se convirtió en vicepresidente y en uno de los representantes más activos de la administración y de la política de Roosevelt en el extranjero, en particular en el área de América Latina. En 1940 y 1943 ejerció de una suerte de “relaciones públicas” de EE.UU en la zona, en un momento en que las prioridades diplomáticas del gobierno de Washington habían virado forzosamente, pero en el que además la “doctrina Monroe”, vigente dese las postrimerías del siglo XIX y la guerra hispano-norteamericana, que había convertido al continente en el terreno clásico de intervención estadounidense -el famoso “patio trasero”-, fue sustituida por la política de “buena vecindad” rooseveltiana y la tolerancia con regímenes y gobiernos que, en otras etapas históricas, los propios Estados Unidos no dudaron en derrocar alentando conspiraciones internas y operaciones secretas de la CIA.

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Pedro Aguirre Cerdá fue presidente de Chile tras la victoria de las fuerzas de izquierda agrupadas en el Frente Popular.

Merece la pena destacar el carácter de estos nuevos gobiernos latinoamericanos de los años treinta y cuarenta, animados tanto por factores políticos internos como la lucha contra el despotismo y la corrupción como por factores globales, como la crisis económica y el descenso de los precios de las materias primas en los mercados mundiales. Muchos estados del sur de Río Grande decidieron entonces emprender políticas de reforma económica basadas en el modelo del “New Deal” y programas ambiciosos de redistribución o nacionalización de la riqueza nacional. Tal fue el caso del gobierno de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), que llevó a cabo un plan de redistribución de tierras y de nacionalización de los recursos petrolíferos, lo que no dejó de levantar las iras de la clase terrateniente y oligárquica mexicana así como de los intereses empresariales estadounidenses, como la Standard Oil. Contemporáneos a Cárdenas fueron los gobiernos de Frente Popular de Chile (1936-1941) presidido por Pedro Aguirre Cerdá; el de Jorge Eliécer Gaitán, del Partido Liberal e inpirado en el propio “New Deal” estadounidense, desde la alcaldía de Bogotá y el ministerio de Educación colombiano (su acceso a la presidencia de la República fue torpedeado por sus compañeros de partido, y su posterior asesinato en 1948 generó una ola de violencia popular en la capital); e incluso regímenes corporativos y populistas como los de Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, inspirados en un fuerte movimiento de masas y en un liderazgo carismático al modo de los fascismos europeos, pero con la salvedad de que, lejos de destruir el movimiento obrero socialista o comunista, se apoyaron en él y pusieron en marcha sus propuestas y reivindicaciones, como la creación de un sistema de cobertura social en Brasil. Como epígono de todos estos movimientos de transformación social en Latinoamérica, en 1944 una revolución cívico-militar liderada entre otros por el futuro presidente Jacobo Árbenz derrocaba en Guatemala -una república bananera por excelencia- al dictador Jorge Ubico, inauguraba la democracia en el país centroamericano con un destacado programa de reforma social y rescataba del exilio, para luego ser elegido como jefe del Estado, al profesor Juan José Arévalo.

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Billete de mil pesos colombianos con el retrato de Jorge Eliécer Gaitán.

¿Cuál fue el motivo del viaje de Wallace? Aparte de en su calidad de representante del gobierno norteamericano, y por lo tanto tratando de establecer o reforzar los lazos de cooperación, amistad y comercio (en 1940 asistió en México a la toma de posesión del general Ávila Camacho como relevo de Lázaro Cárdenas en la presidencia, siendo el primer representante de Washington que acudía a tal acto), el objetivo no era otro que posibilitar la alianza de los estados latinoamericanos con EE.UU. en el enfrentamiento venidero con Alemania y Japón. Trece de ellos mantenían relaciones con las potencias del Eje y, al igual que en la propia Norteamérica, existía una importante diáspora europea establecida en estos países y procedente de Alemania, Italia y otros estados fascistas o fascistizantes aliados de los primeros, como Hungría o Rumanía. Era necesario por tanto contrarrestar la influencia que estos grupos podían tener en la opinión pública y sobre los gobiernos nacionales para inclinarles hacia el Eje o, al menos, hacia una neutralidad que no evitara intercambios comerciales velados o informales o actividades de inteligencia favorables a las potencias nazi-fascistas.

Wallace, según cita Ruiz Marrero para el viaje emprendido por México, condujo su propio automóvil y realizó un periplo por varios rincones del país, conversando con gente de diferentes estratos sociales y conociendo la realidad social del  vecino del sur. “Insistió en viajar entre la gente común. Pronto, miles esperaban en los pueblos para conocerle. Visitó fincas de subsistencia al igual que industriales, estaciones experimentales agrícolas y oficiales del gobierno. No cesaba de hacer preguntas […] Con su entendimiento del idioma español y su respeto al pueblo mexicano, Wallace ayudó a fortalecer la amistad entre ambas naciones, lo cual era particularmente importante ante la guerra que se aproximaba. Tras la inauguración de (Avila) Camacho, Wallace pasó un mes viajando por México con el secretario de agricultura designado, Marte Gomes”. El problema, continúa este autor, fue que, para el contexto mexicano, su bienintencionada insistencia -y no sin cierta razón- en la necesidad de la mejora de la productividad agrícola fue tomada por el nuevo gobierno del país azteca como un estímulo para olvidar y hasta revertir el curso de la reforma agraria y el reparto de tierras de la etapa anterior, en un proceso de apertura a las explotaciones industriales y los “agronegocios” que mostrarían muchas caras oscuras con el paso del tiempo y el auge de la (mal) llamada revolución verde y la utilización en masa de fertilizantes y pesticidas químicos.

Esa preocupación por los problemas de la gente corriente de los países latinoamericanos (aunque se reflejara en el caso de la agricultura industrial en una solución errada con el paso del tiempo) se desarrolló también en su insistencia a la Junta Económica de Guerra de EE.UU. de que todo contrato que se realizara con los estados latinoamericanos debía incluir una cláusula laboral por la que se debía garantizar a los trabajadores “una retribución adecuada y un entorno de trabajo seguro”. Una política que por muy obvia que pueda resultar para el sentido común no deja de echarse de menos en el apoyo histórico norteamericano a gobiernos que omiten todo respeto por las reglas y recomendaciones de la OIT y que aplican o han aplicado las conocidas “doctrinas de choque” económico.

Pero además, ese interés por el “común de los mortales” de Henry Wallace es sintomático de algo que va a tener su continuación en el debate sobre la política a seguir por Washington en el mundo de la posguerra, especialmente en lo que se refiere al rol de Estados Unidos como “superpotencia”. Frente a la visión del “siglo americano”, Wallace contrapone su particular enfoque: el “siglo de la gente corriente”. El “siglo americano” fue un eslogan lanzado por el magnate de los medios de comunicación Henry Luce en 1941, quien, al abrigo de la entrada de EE.UU. en la guerra y posiblemente dentro del barullo eufórico y patriótico que sacude las conciencias de una nación que entra en guerra y piensa en términos de victoria, preveía un nuevo sistema mundial de posguerra basado en el liderazgo internacional de los Estados Unidos. Wallace, desde su visión cívica y republicana, contraponía a aquellos ideales imperiales el concepto del “common century man” tras una etapa de tres décadas en que precisamente habían sido las ambiciones de conquista, de creación y expansión de imperios, las que habían llevado a la Humanidad a una de sus etapas más oscuras con dos guerras globales de por medio.

Su visión podía resultar utópica -¿acaso no es precisamente la persecución de la utopía lo que da sentido a la propia historia del hombre?-, pero resultaba una utopía mucho más agradable que aquella otra que, con posterioridad, iba a resultar más certera, la de empujar o imponer a las naciones del mundo un paradigma político y social, el famoso “american way of life”. Como escriben Oliver Stone y Peter Kuznick, “Wallace, a quien los más pragmáticos tachaban de soñador y visionario, deseaba un mundo de abundancia basado en la ciencia y la tecnología, un mundo sin colonialismo ni explotación, un planeta pacífico donde reinase la prosperidad compartida”. Y por ello Wallace defendería el fin de los imperios coloniales -entre ellos, el británico, a pesar de la alianza entre Washington y Londres-; el fin de la discriminación racial en los Estados Unidos; el concepto de coexistencia pacífica con la URSS o las políticas sociales redistributivas y el papel del Estado como árbitro de la vida económica (de esa manera, y como escribe Cristina Vallejo, Wallace dijo a la Convención Demócrata en 1944 que para garantizar “beneficios para la mayoría en vez de la minoría, sería necesario utilizar, después de la guerra, nuestro sistema de impuestos mucho más hábilmente de lo que lo hemos hecho en el pasado para lograr los objetivos económicos”). Si globalmente el pronóstico de Luce fue más acertado, no cabe duda de que las propuestas del entonces vicepresidente se mostraron tremendamente avanzadas, aunque cuando se pusieron en marcha se había perdido un tiempo muy valioso y se vieron rebajadas en sus posibilidades por otros muchos condicionantes -el fin del colonialismo dejó paso al neocolonialismo; la igualdad de derechos para los afroamericanos no ocultó otras formas de discriminación y la coexistencia pacífica con la URSS en tiempos de Kennedy y Brezhnev no puso fin a la guerra fría ni al dominio, muchas veces férreo, ejercido por las dos potencias en sus respectivas esferas de influencia-.

UNA ZANCADILLA ¿INESPERADA?: EL VICEPRESIDENTE TRUMAN

Para aquellos que hubieran deseado que principios como los que Truman defendía siguieran rigiendo la política estadounidense, el jarro de agua fría recibido en Chicago en la convención demócrata de 1944 seguro que fue una amarga sorpresa. Pero, conociendo la capacidad de resistencia y de influencia del “establishment” y de los poderes políticos conservadores (incluso dentro del Partido Demócrata, como se ha visto recientemente en el caso de Sanders), a nadie podía extrañar que fueran capaces de movilizar todo lo que fuera posible para evitar que Wallace ascendiera aún más. Y el escenario de ver al vicepresidente en ejercicio como futuro presidente de Estados Unidos no estaba tan lejano: Roosevelt estaba cada vez más enfermo y envejecido (a Yalta ya había tenido que acudir en la silla de ruedas que le acompañaría en los acontecimientos e imágenes postreras de su vida), y aunque los electores y militantes demócratas de base daban todo su apoyo al progresista de Iowa, a los capitostes del partido -y en especial a los jefes del partido en el sur, que era desde los tiempos de la guerra civil y la política abolicionista de Abraham Lincoln el gran feudo demócrata- no les gustaba su inclinación izquierdista y su mensaje igualitario, antisegregacionista y proclive al intervencionismo estatal en la economía o la política fiscal. Para un momento en que la economía estaba ya en plena expansión gracias a la guerra y los créditos y las necesidades de reconstrucción de los aliados europeos garantizaban pingües beneficios a las empresas, para muchos no tenía sentido continuar con la senda marcada por el “New Deal”, especialmente cuando esas empresas podían favorecer, y mucho, los intereses del partido.

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Harry Truman celebrando su elección presidencial en 1948 con la famosa portada en la que se afirmaba erróneamente que el republicano Dewey le había derrotado.

De este modo, y pese a los consejos dados al propio presidente Roosevelt por muchos, entre ellos su propia esposa Eleanor -una mujer algo olvidada en la Historia y que merece destacarse por su adhesión a numerosas causas progresivas de su tiempo, desde la defensa de la España republicana a la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, y que fue uno de más firmes apoyos de Henry Wallace- así como los elementos liberales y progresistas del partido, permitió que se planteara la cuestión de la elección del candidato a vicepresidente (y a corto plazo su sucesor más inmediato, dado su estado) para ir con él en las elecciones de 1944 -en las que sería el cuarto mandato de Roosevelt-, sucumbiendo a las presiones de los conservadores de dentro del mismo. Estos últimos presentaron como candidato alternativo a un senador desconocido por Missouri, Harry Truman.  En un artículo en el blog estadounidense Nomadic Politics podemos leer que empujó al presidente a tal decisión: “La estima de Roosevelt hacia su vicepresidente, que había sido un valor seguro, se había esfumado en beneficio de las cuestiones prácticas. Muchos asesores de la Casa Blanca sentían que el vicepresidente se había escorado demasiado hacia la izquierda, dada la naturaleza de la política bipartidista. Un potencial ganador debía ser inclusivo y centrista. En pocas palabras, para ganar, un político debía ser todo para todo el mundo, pero especialmente para los sostenedores del poder.” Teniendo en cuenta que, como escribe el politólogo estadounidense Peter Deier, Wallace era (por referir sólo las cuestiones internas), un tenaz abogado de los sindicatos, los seguros nacionales públicos de salud y la igualdad de género y habría sido, de ese modo, el presidente más radical -y tomemos siempre esta palabra con alfileres- de la historia de Estados Unidos, no es de extrañar que el pragmatismo de la alta política en toda su crudeza hiciera acto de presencia.

La semblanza que realiza Gore Vidal sobre Truman no puede ser más crítica hacia éste: “la mayoría de los norteamericanos no tienen información sobre la historia, la geografía y lo que pasa en el mundo […] Lo que saben de Truman es que era un hombre pequeñito y bonachón, que tocaba el piano. No sabía nada de nada. Detrás de él estaba un Príncipe Metternich, el secretario de Estado Dean Acheson, abogado internacional que sabía de todo. Fue él quien diseñó el estado militarizado que emergió a partir de 1949 con Harry Truman, con la CIA incluida […] De modo que terminamos con un terrible presidente al frente del gobierno. Era tan malo que lo convirtieron en un ídolo. Todos los ignorantes admiran a Harry Truman, y no saben por qué. Él terminó con la República y nos colocó en esta ola de conquista”.

Pero, ¿cómo pudo este hombre “pequeño y bonachón” que finalmente dio al traste con las esperanzas levantadas por el “New Deal” y por un personaje como Wallace colocarse al frente de la primera potencia mundial -tal y como emergió del resultado de la SGM-? Precisamente porque los mismos que le auparon a la candidatura le auparon, pucherazo mediante -según Stone y Kuznick-, a la victoria en la Convención. A la hora de votar, la ventaja en número de delegados proclives a Wallace con la que contaba Wallace era tremendamente grande. De modo que se los jefes del partido consiguieron posponer la votación y maniobraron para que su candidato, Truman, consiguiera finalmente la victoria, que obtuvo en la tercera votación en medio de una gran confusión y un terrible tumulto, como puede verse en las imágenes del tercer episodio del documental de los propios Stone y Kuznick. “Hubo reparto de embajadas, direcciones generales y demás cargos. También hubo pagos en efectivo […] A petición del propio Roosevelt Wallace se conformó con la secretaria de Comercio y siguió en el gabinete”.

LA DENUNCIA DEL PÁNICO ROJO Y EL ANTICOMUNISMO Y SUS ÚLTIMOS DÍAS EN POLÍTICA: EL PARTIDO PROGRESISTA

Aun desde el propio gobierno, Wallace se mostró tremendamente crítico frente a la política que iba a seguir el nuevo presidente Truman, toda vez que poco tiempo después de la elección de Chicago Roosevelt fallecería y el antiguo senador de Missouri le sucedería al frente de la Casa Blanca. Truman iba a dar un giro de 180º a la colaboración entre los aliados anglosajones y la Unión Soviética, cuyo primer hito iba a ser el empleo práctico de las investigaciones del “proyecto Manhattan”, el proyecto de la bomba atómica, cuando éste hubo dado resultados. El lanzamiento en agosto de 1945 de las dos bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, bajo el pretexto de acabar la guerra con Japón con el menor derramamiento de sangre y en especial de bajas estadounidenses, esconde el hecho de que Japón estaba dispuesto a capitular ante la entrada soviética en la guerra del Pacífico, pactada con Roosevelt una vez finalizada la guerra en Europa, y el avance meteórico del Ejército Rojo en Manchuria y Corea. Truman, según explicamos en otra entrada -“La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”- lanzó la bomba para adelantar el final, evitar la entrada de la Unión Soviética en las negociaciones sobre Japón -al contrario de lo sucedido en Alemania- y lanzar un aviso a los rusos en un momento en que el anticomunismo, para la Casa Blanca y de acuerdo con los informes y percepciones de asesores como Dean Acheson, George Kennan o Foster Dulles, estaba empezando a suceder al antinazismo.

Wallace denunció la deriva de la política exterior estadounidense, comenzando por el intervencionismo estadounidense en favor de la política imperial británica, que contrastaba con las actitudes de la administración previa favorables a la descolonización, a la Carta de San Francisco que consagraba el derecho de los pueblos a escoger libremente la forma de gobierno bajo la cual querían vivir o la propia tradición antiimperial -al menos hasta finales del siglo XIX- de los Estados Unidos, así como la creencia en la superioridad de los pueblos anglosajones para regir el mundo. “En el mundo que comienza, ninguna nación tendrá el derecho divino de explotar a otras. Las naciones viejas tendrán el privilegio de ayudar a las naciones jóvenes a desarrollarse, pero esto no puede significar imperialismo económico o militar”, afirmaba. Por este motivo, condenaba el hecho de que EE.UU. fuera a solucionar o a sustituir a Gran Bretaña en la suerte de entuertos coloniales o neocoloniales en que estaba metido en los primeros tiempos de la posguerra, como fueron Irán -reclamando la salida de las tropas soviéticas del norte del país más por defender los intereses petrolíferos que la soberanía persa- o Grecia -apoyando al gobierno derechista y reprimiendo a los antiguos milicianos izquierdistas del ELAS para evitar un gobierno de concentración y permitir la reinstauración de las prácticas dictatoriales de antaño, lo que llevó a la guerra civil-.

Al mismo tiempo, otro de los factores criticados por Wallace respecto a la política exterior fue el de la progresiva ruptura de la alianza de posguerra con la URSS insertando progresivamente lógicas anticomunistas, que se fueron insertando también en la política interna (incluso antes de la “caza de brujas”). Las sucesivas negativas a considerar las demandas de la URSS respecto al acceso al Mediterráneo por el estrecho de los Dardanelos, la entrega de 400 millones de dólares para la lucha anticomunista a los gobiernos de la propia Turquía (100) y Grecia (300) -gobiernos que la administración Truman caracterizaba del “mundo libre”, pero que Wallace preguntaba de modo pertinente si acaso cabía calificar realmente de democráticas- y las sucesivas presiones para suprimir de los gabinetes de posguerra de Europa Occidental a los ministros comunistas -que conllevaron la represalia por parte soviética en las nacientes “democracias populares” de Europa del Este con respecto a los ministros conservadores, agrarios o democristianos-llevaron a Wallace a afirmar que eso precisamente llevaría a Stalin y a la URSS a ser precisamente lo que desde la administración Truman esperaban que fueran. “Cuanto más duros seamos nosotros, más duros serán los rusos”, dijo. La política de la coexistencia y la cooperación pacíficas se veían sustituidas por la política de la confrontación.

¿Era realmente bueno el presagio de Wallace? Si nos atenemos a las afirmaciones de Oliver Stone y Peter Kuznick, Eric Hobsbawn o Josep Fontana, la “guerra fría” se inició precisamente por esas percepciones que los dos posteriormente contendientes, inspirados por el miedo, los malentendidos y las acciones agresivas que aquellos empujaron, se vieron obligados a adoptar. Los norteamericanos fallaron en su percepción de que realmente los soviéticos se preparaban para hacerse, si no con la guerra, con los frutos de la guerra, siguiendo el discurso de Churchill en Fulton. Los rusos, por su parte, se vieron nuevamente amenazados por las acciones de la contraparte e inspirados por su miedo atávico, fruto de experiencias históricas desagradables de invasiones como las de Napoleón o Hitler y decidieron tomar un control cada vez más férreo de su zona de influencia, que era además u “colchón de seguridad” frente a nuevas invasiones procedentes de Europa Occidental.

De hecho, Joan E. Garcés, en su obra “Soberanos e intervenidos”, escribe de modo parecido, afirmando, como los anteriores autores, que los Estados Unidos no tenían realmente un riesgo de conflicto con la URSS -motivación principal del “pánico rojo”; de hecho, los soviéticos, que habían reducido el volumen de hombres en el Ejército Rojo, tenían como su mayor preocupación la reconstrucción de su país o la lucha contra la hambruna desatada en zonas occidentales, como Ucrania, no el levantamiento de un imperio-, y que la “guerra fría” no era sino un modo de “guerra preventiva”. Así lo explica el propio autor (que, escribiendo sobre el caso español, explica además que ese paso del antinazismo al anticomunismo permitió al gobierno de Franco su entrada en el sistema geopolítico occidental y contar como excepcional aliado norteamericano): “¿Quién preparaba en 1945 tamaña guerra contra EE.UU.? Nadie. El arma nuclear era monopolio de EE.UU. El presupuesto de la nueva guerra era la ruptura de la colaboración entre EE.UU. y la URSS. Los analistas y programadores de los supuestos enumerados concluían, el 11 de febrero de 1946, que b)la URSS necesita de diez a quince años para salir de su debilidad y alcanzar fuerza militar bastante para oponerse a los Estados Unidos con alguna razonable posibilidad de éxito; c)excepto para fines puramente defensivos, la URSS evitará al menos durante cinco años el riesgo de un conflicto armado de envergadura con EE.UU. ¿Dónde residía, pues, en 1945 el riesgo de otra guerra general? En una anticipación hipotética…”

Pero en esa anticipación -que luego no fue tal, porque las predicciones se revelaron falsas, por ejemplo en el caso de la posibilidad de que los soviéticos desarrollaran la bomba atómica y Estados Unidos dejara de poseer su monopolio- Truman y los “halcones” no podían quedar como los malos de la película. Cualquier actuación debía justificarse apelando a una histórica doblez, ya fuera de Stalin (cosa que le venía como el anillo al dedo, ya fuera apelando a las sangrientas purgas desarrolladas en el país o al pacto Molotov-Ribbentrop de 1939) o de la propia Rusia desde los tiempos del imperio zarista, como realizaban algunos diplomáticos estadounidenses. De ese modo puede entenderse el discurso de la “iron curtain” (telón de acero) de Churchill en Fulton o el desarrollo de la “doctrina Truman”, en su discurso a la Cámara de Representantes solicitando la concesión de los 400 millones para Grecia y Turquía, estableciendo la necesidad de EE.UU. de defender el “mundo libre” más allá del continente americano -doctrina que hoy día sigue vigente-. Consiguieron así que los soviéticos -cuya mayor preocupación no eran las cuestiones morales, sino el interés de su propio país- se comportara como esperaban: implantando el telón de acero, finiquitando las “vías nacionales” al socialismo de las democracias populares (con exportación de purgas incluida en Europa Oriental) y entrando de lleno en el juego de la carrera de armamentos y la “guerra fría”.

La advertencia de Wallace sobre ese juego de durezas respectivas no fue seguida en absoluto. Y es que, a pesar de que conocía perfectamente que en el nuevo mundo de posguerra las potencias vencedoras podían regirse por cuestiones prácticas, esperaba que aún por esa vía se consiguiera más en beneficio de las mayorías, a través del entendimiento y la cooperación mutua, que a través de la desconfianza y los prejuicios que presidieron las relaciones durante los años de 1945-1950. Así, aunque tanto los norteamericanos como los soviéticos persiguieran su propio interés, si ambos hubieran reconocido la legitimidad de las reclamaciones y la postura de la contraparte los resultados hubieran sido más satisfactorios, no sólo para sus pueblos, que habrían podido evitar una locura colectiva, una escalada en la represión interna y un gasto más que considerable en armamento, sino para otros pueblos envueltos en la misma guerra preventiva en el resto de continentes. Por esa razón, Henry Wallace afirmaba las bondades de una competencia pacífica entre los sistemas norteamericano y soviético: “Los rusos deberán tener más en cuenta las libertades personales, y nosotros prestar más atención a los aspectos de justicia socioeconómica”.

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Henry Wallace durante un mitín en el Madison Square Garden de Nueva York, denunciando la política de la administración Truman, la escalada de tensión con la URSS y el “pánico rojo”.

Decepcionado por la deriva en el interior de la administración, presentó su renuncia y preparó su candidatura a la presidencia  en las elecciones de 1948 por un renacido Partido Progresista, junto al antiguo actor y cantante Glen Taylor. Su candidatura era un clavo en el zapato para Truman, debido a que Wallace había sido, de largo, la segunda figura más importante del “New Deal” tras Roosevelt y era muy popular entre los trabajadores y los sindicatos, los intelectuales de izquierda (entre quienes le apoyaban se encontraban Albert Einstein o el músico Paul Robeson) y los movimientos de derehos civiles. Pero tenía en contra un factor: el anticomunismo, que se había instalado de tal forma en la administración y amenazaba la propia vida y estructura social posterior al New Deal, con investigaciones a los ciudadanos y los movimientos sociales y políticos por parte del FBI o la recién formada CIA y la necesidad de comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas implementado a instancias del senador Joseph P. McCarthy. Los sindicatos, las organizaciones de derechos civiles, el mundo del cine y el espectáculo, incluso la investigación del ejército (lo que a la postre costó el fin de la aventura inquisitorial del senador) fueron objeto de escrutinio, con bochornosas actuaciones por parte de personas como Walt Disney, Elia Kazan, Gary Cooper o Ronald Reagan delatando voluntariamente a sus compañeros por actividades de corte progresista a las que era fácil, en ese momento, etiquetar de “comunistas”. El “pánico rojo” sirvió para purgar la estructura de los sindicatos y los movimientos sociales y restar gran parte de su fuerza, lo que facilitaría con posterioridad los ataques neoliberales.

También pasaría factura al Partido Progresista de Wallace, quien fue tachado como comunista -lo cual era parcialmente cierto en el sentido de que el CPUS apoyaba su candidatura, pero también en el pasado había mostrado su apoyo a Roosevelt- y el hecho de que hiciera bandera de la igualdad salarial y de derechos de los afroamericanos (aspecto defendido ya en el pasado por el propio CPUS) no hizo sino poner en bandeja la excusa de “rojo” tanto a los republicanos como a los demócratas y segregacionistas del Sur. Manifestantes se concentraban en la puerta de los mitines de Wallace con pancartas que le caracterizaban como títere de Stalin; el propio Truman dijo no querer los votos de Wallace “y sus comunistas” y su número dos y candidato a vicepresidente, Glen Taylor, fue golpeado y detenido por la policía en Birmingham (Alabama) por hacer caso omiso de las puertas separadas por razas durante el Congreso de los Jóvenes Negros del Sur. Wallace, al saber esto, se refirió a la hipocresía de condenar las agresiones a las libertades cometidas en Europa del Este mientras en Estados Unidos existía segregación racial, discriminación laboral o arbitrariedades policiales como la que acababa de ocurrir.

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Wallace con Glen Taylor, su candidato a vicepresidente por el Partido Progresista en las elecciones presidenciales de 1948.

La campaña del miedo surtió efecto. Truman fue elegido por delante del republicano Thomas E. Dewey -pese a que algunos medios cantaron la victoria de éste último-. Wallace quedó cuarto con el 2,4% de los votos (aunque obtuvo mejores resultados en algunos estados industriales y de la costa este, como Nueva York, donde consiguió el 8,3%), superado por Strom Thurmond, gobernador demócrata de Carolina del Sur y que se presentó por el segregacionista y efímero Partido Democrático de los Derechos de los Estados, conocido popularmente como Dixiecrat. Este fracaso supuso la retirada definitiva de Wallace del mundo de la política, regresando al mundo de los negocios agrícolas.

Aunque no volvió a intervenir en política, la campaña anticomunista de la “guerra fría” acabó por surtir efecto incluso en él, apoyando al presidente Truman en su postura en la guerra de Corea y revisando sus antiguas percepciones sobre la URSS, explicando su cambio de postura en el libro “Why I was wrong” (“Por qué estaba equivocado”). En sus últimos años de vida, apoyó las candidaturas de los republicanos Eisenhower y Nixon, con lo que completó un lamentable giro de 180º. Murió en 1965, víctima de esclerosis lateral amiotrófica.

EPÍLOGO: SIMILITUDES RECIENTES

Cuando Wallace se presentó a las elecciones por el Partido Progresista, su campaña, al igual que la de Bernie Sanders, no fue financiada por las grandes corporaciones industriales y financieras, optando por recaudar fondos de los particulares, los militantes y simpatizantes del partido, en aras de hacer política en interés de los votantes y no de las minorías. En uno de los mítines del partido, el antiguo locutor de radio William Gailmor exhortaba así a los presentes: “Al Partido Progresista le falta, y se enorgullece de que le falte, la riqueza de Wall Street y el dinero de los industriales. Este partido no está respaldado por el poder de los militaristas, los intereses creados de los dos viejos partidos. Este partido del pueblo depende de todos y cada uno de ustedes.”

No en vano, el poder del 1% frente al 99%, de la minoría rica sobre la mayoría popular, trabajadores, clases medias, pobres en cada vez más número excluidos de la retórica del “American Dream” que el propio Sanders denunció en el Senado estadounidense, ya era denunciado por el vicepresidente con palabras que hablaban de los fascistas americanos. No eran fascistas porque portasen esvásticas o saludasen con el brazo en alto (imposible en un país que prestó ayuda y luego combatió del lado de los aliados), sino por otras razones, aunque perfectamente comprensibles a poco que se rascase en la retórica vacua: “Dicen ser superpatriotas, pero destrozarían todas las libertades de nuestra Constitución. Demandan libertad de empresa, pero son los cabecillas de los monopolios y los intereses creados. Su objetivo final es tener en sus manos el poder político para, de este modo, usando el poder político y el poder económico simultáneamente, mantener al hombre de la calle en un estado de subyugación eterna”. En aquel entonces, Wallace hablaba de fascismo; hoy día nos referiríamos al neoliberalismo. Quizá por ese motivo apelaba al Estado social -por ejemplo, mediante la política impositiva- para evitar el surgimiento de nuevos Hitler que pudieran alimentar su éxito apelando a la desesperación de las masas.

Los parecidos entre el discurso y la época de Wallace y la de Sanders -y la de los movimientos que los impulsaron, desde los arruinados “sharecroppers” y los obreros sin trabajo de la Gran Depresión a los arruinados por las hipotecas “subprime” y los indignados de Occupy Wall Street– son muchos pese a la distancia en el tiempo que ha pasado entre unos y otros. Lo que debemos lamentar en este caso es, precisamente, la cantidad de tiempo perdido (o echado a perder) que figura entre aquellas décadas de 1930-1940 y este comienzo del siglo XXI. Ojalá no caigamos de nuevo en el mismo error.

FUENTES:

Bernie Sanders, “El modelo económico global está fracasando”. Tercera Información, 10/07/2016. En http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/07/10/el-modelo-economico-global-esta-fracasando

Juan Laborda, “Por qué Bernie Sanders hubiese ganado la elección presidencial”. Voz Pópuli, 10/11/2016. En http://www.vozpopuli.com/desde_la_heterodoxia/Bernie-Sanders-ganado-eleccionpresidencial_7_970472945.html

Carmelo Ruiz Marrero, “La vida y pasión de Henry A.” En http://www.alainet.org/es/active/53429#comment-0

“Tengo celos de Cuba”. CubaDebate. Entrevista a Gore Vidal. 12/10/2006. En http://www.cubadebate.cu/noticias/2006/10/12/tengo-celos-de-cuba-dice-gore-vidal/#.WGpPKLngwrg

Cristina Vallejo, “Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente”. FronteraD, 12/11/2015. En http://www.fronterad.com/?q=ricos-no-siempre-ganan-historia-sobre-conciencia-igualitaria-en-estados-unidos-y-sus-lecciones-para

“Henry A.Wallace”. Biografía en United States History (http://www.u-s-history.com/pages/h1754.html)

“Henry Wallace (1888-1965)” en The Eleanor Roosevelt Project (https://www2.gwu.edu/~erpapers/ teachinger/glossary/wallace-henry.cfm).

“Henry Wallace and The Last Progressive Party”. Nomadic Politics, 09/12/2013. En http://nomadicpolitics.blogspot.com/2013/12/henry-wallace-and-last-progressive-party.html

Peter Dreier, “Henry Wallace, America’s Forgotten Visionary”. ThruthOut, 03/02/2013. En http://www.truth-out.org/news/item/14297-henry-wallace-americas-forgotten-visionary

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos: Una visión crítica de la política nortamericana del último siglo”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Joan E.Garcés, “Soberanos e intervenidos: Estrategias globales, americanos y españoles”. Madrid, Siglo XXI, 2012.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículo “Franklin D. Roosevelt”.