El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posible

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Mehdi Ben Barka en el exilio.

Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados, formados en universidades y centros de estudios del país, pero las oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos salarios y la hoy denominada “economía informal”. Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento 20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del redil patriarcal. Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega, Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y siempre controlado por Palacio.

Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y “civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.

Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces. por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su propio pueblo. No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba, Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.

En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia), luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia, sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años de plomo”.

LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE

Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada, sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido negando sistemáticamente. Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha), en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada muy por excepción.

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Protestas en 1984 en el Rif contra la carestía de la vida y la marginación de la región.

Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique, Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial -entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente Polisario. Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes, (desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas características comunes: el mantenimiento del status quo político, el silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años las “décadas de plomo” del país magrebí.

Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”. Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975, pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales. Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca (1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur” contra la ocupación del territorio saharaui.

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Hassan II con el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Estados Unidos ha considerado siempre a Marruecos como un socio estratégico de primer orden en la zona del Magreb, primero en la lucha contra la penetración comunista y, tras el fin de la “guerra fría”, contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista.

Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente aceptado-. Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” (http://web.archive.org/web/20071107114004/http://web.amnesty.org/library/Index/ESLMDE290011993?open&of=ESL-376) podía dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios centenares y más de un millar de personas.

Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados. Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi (asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos. Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en Palestina.

Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la “guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del coronel Gadaffi. Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli, consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la “Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo es considerada clave para la implicación, a juicio de varios testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el mundo no alineado.

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A la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la Humanidad.

En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto prácticamente “sine die”. Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas, pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a la controversia.

Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de la sociedad marroquí con su pasado. En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto. Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca, expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo -un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de las asociaciones cívicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato, desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos “malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.

Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.

MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA  

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Cartel conmemorativo del 50º aniversario de la fundación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, a cuya formación Ben Barka contribuyó de modo decisivo.

Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países No-Alineados o la Conferencia Tricontinental. En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955 a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser, Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá del bloque soviético. En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina (Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali, Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental, para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la administración en los primeros años de la guerra fría- no era una opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte, producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos: Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno unipolar…)

Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera. La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel, pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la Alemania de Hitler).

En su juventud y durante sus etapa universitaria, frecuentó amistades y círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá siete años-. Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la consecución de la independencia plena del país y la salida de las potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí). Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio, donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un instrumento del régimen.

LA UNFP Y EL EXILIO

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Cartel propagandístico de Hassan II.

Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […] Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente franceses.” La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera relación del reino con las potencias occidentales para la represión del nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área (alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación del Sáhara Occidental, etc.)

Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh, otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del status quo.

La situación entre el sector conservador y el izquierdista del Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que, entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que entonces regían la vida política en el país por unas instituciones genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP).

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Acto fundacional de la Unión Nacional de Fuerzas Populares. Segundo por la derecha, Mehdi Ben Barka.

La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria, alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.

Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II, coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP. Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su exilio parisino, del que ya no regresaría.

Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir, “lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra, que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual se había convertido en una referencia para los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que, como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar más en contra con el hecho de que dos países recientemente independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de la ex metrópoli Francia.

LA TRICONTINENTAL

Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.

A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah, Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una perspectiva más global acerca de la exploración de las características y las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista (neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él -la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes mencionada-. Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).

La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot”  en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros
[lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).

El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa “altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día está en El Cairo para dar un discurso
defintorio y fustigante del neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.

Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka, el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos” Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia del contexto económico nacional. “Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí, actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día. Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres, cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y de progreso”.

En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo, neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe significar establecer una organización que, al igual que las que representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio. “Crear una organización de solidaridad de los tres continentes quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero, al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.

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Cartel de la celebración de la Conferencia Tricontinental de La Habana, enero de 1966.

No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966, recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en 1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica conferencia en la capital cubana. Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos -había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia del encuentro habanero.

La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba, donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro. Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.

Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con participantes de diversas partes del globo. La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC (https://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina#Foros_internacionales). La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.

UN CRIMEN SIN RESOLVER

El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y cuarto del mediodía.

La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.

La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.

A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.

Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer Mundo. Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la Francia democrática.

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Placa en recuerdo de Ben Barka en el restaurante-brasería Lipp de París.

¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí: Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada en el pecho. George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”, aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato- en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres de Boucheseiche.

Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero, apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia Tricontinental.

¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.

Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como prueba del cumplimiento de la misión.

Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo, estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad, dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni existe referencia a secretaria alguna.

¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados? Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato. Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión, añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.

Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración que las autoridades francesas tienen con la justicia para el esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.

EPÍLOGO

Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo Mondlane, Salvador Allende… El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.

En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del retardo, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida, y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la “apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el palacio real.

Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes, demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo exterior para seguir sosteniéndose.

FUENTES:

“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka

“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka

“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)

“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/

“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044

“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.

http://www.monde-diplomatique.fr/2015/10/BENJELLOUN/53960

“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.

https://www.monde-diplomatique.fr/2005/10/GALLISSOT/12827

“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010

http://entrevidiya.blogspot.com.es/2010/01/caso-ben-barka.html

“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.

https://www.nodo50.org/csca/na/na46/documento46.pdf (descarga)

“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre

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¡El fútbol es política, estúpidos!

“Dado que la vida de los individuos, clases o grupos sociales tiene lugar en campos sociales considerados no políticos, en la medida en que en ellos impera el fascismo social, la democracia representativa tiende a ser sociológicamente una isla de democracia que flota en medio de un archipiélago de despotismos […] La democracia representativa no sólo vive cómodamente con esta situación, sino que la legitima al volverla invisible.”

Boaventura de Sousa Santos.

A raíz del recientemente llamado “caso Zozulya” -la frustrada cesión del futbolista ucraniano Roman Zozulya por parte del Betis al Rayo Vallecano por la oposición y movilización en contra de buena parte de los aficionados de este último equipo, debido a los vínculos del jugador con la extrema derecha en su país- se ha desatado un revuelo periodístico, institucional -en el seno de la Liga de Fútbol Profesional y la Asociación de Futbolistas españoles e incluso la intervención de la embajada ucraniana en Madrid- y por supuesto en las redes sociales sobre el tema.

Los puntos calientes del asunto han sido varios -y los iré repasando a continuación- pero vuelven a versar sobre una polémica ya antigua, la de la relación entre el deporte -y en este caso, el fútbol, como “deporte rey” a nivel mundial- y la política. No deja de resultar curioso que desde las instituciones, sean nacionales, internacionales o globales (léase la UEFA, la FIFA, el COI… aparte de los diferentes gobiernos) se ha tratado de eludir y de minimizar el contenido del debate tratando de repetir incesantemente el mantra, que ha calado entre sectores de la población, especialmente en democracias liberales o representativas, de que no se deben mezclar ambos temas. Y digo que no deja de ser curioso porque de este modo, paradojas de la vida, lo que se trata es de evitar que en el debate sobre la relación entre la política y el deporte llegue a hablarse sobre cómo desde la política institucional el deporte ha sido utilizado para la consecución de sus objetivos o la legitimación de sí mismos o de sus fines, y de cómo la negociación de puestos, de candidaturas para albergar eventos deportivos, la presencia de grupos de presión, etc. tiene mucho que ver con la política (y por tanto, está expuesta a los mismos males que la política que se desarrolla en los parlamentos de los estados).

Toda decisión que se toma en un ámbito institucional es política. El problema es que, en muchos casos, esas instituciones no son representativas, ni sus procedimientos son transparentes, aún a pesar de afectar de que sus decisiones afectan o pueden llegar a afectar a la vida de miles de personas (tal y como ocurre con la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, la reunión bancaria de Basilea…). De ahí que la intención y la repetición de la consigna de separar la política del deporte se basa en la intención de separar aquellas intenciones, manifestaciones o protestas de índole político-social que puedan afectar al “status quo” de la organización deportiva, sea a nivel regional, nacional o mundial, así como a la posibilidad de articular una alternativa diferente a la forma en que se organiza el deporte en cada una de esas escalas. De ahí la pertinencia de las palabras del inicio de Sousa Santos: en la medida en que en las instituciones deportivas mundiales existe ausencia de fiscalización y control -y lo hemos comprobado recientemente, con los escándalos de corrupción que han salpicado a la FIFA y la UEFA y a sus respectivos presidentes, Joseph Blatter y Michel Platini; la compra de votos para la organización de los próximos campeonatos mundiales de fútbol en Qatar y Rusia; el despilfarro financiero y la represión de las protestas sociales en Brasil como consecuencia de la celebración del pasado mundial de fútbol, al que siguió de forma consecutiva la de las olimpiadas de Río de Janeiro- pero son considerados autónomos, cuando no ajenos, a la política institucional, esto es, la de los parlamentos, se convierten en espacios para la aparición del fascismo social y la legitimación de espacios para acallar voces discordantes e incluso para servir de instrumento de propaganda a regímenes y gobiernos que no dudan en aplastar cualquier intento de disidencia o de protesta.

LA POLÍTICA HACE EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CANCHA

Ya se vivió, en el ámbito del fútbol, en 1978, con el entonces presidente de la FIFA, el brasileño João Havelange -que ganó las elecciones al inglés sir Stanley Rous cuatro años antes, chapado a la antigua y con quien murieron los últimos rastros de amateurismo- y radical transformador del “deporte rey” en un negocio global, con la entrada de los grandes patrocinios (Adidas, Coca-Cola), la celebración de nuevos torneos y nuevos países para la disputa del gran evento, el Mundial, para la obtención de mayores audiencias y mayores ingresos (y al mismo tiempo que el negocio, el lucro personal, el clientelismo y la corrupción -http://www.panenka.org/miradas/el-futbol-de-havelange/-). Havelange no tuvo empacho alguno en pasar por encima de las críticas que sobrevenían por la celebración del campeonato mundial de fútbol de ese año en la Argentina de la dictadura militar -recordemos: 30.000 desaparecidos, miles de bebés robados, torturas, participación en la “operación Condor” conjunta con otras dictaduras del Cono Sur para la desaparición de opositores políticos, “doctrina de choque” económico o fracaso y descrédito final con la guerra de las Malvinas-, bajo la premisa de que “sólo” vendía “un producto llamado fútbol”. Al parecer, por el producto de esa venta -por la que protegió a figuras prominentes de la dictadura argentina, como el jefe del comité organizador del Mundial, el almirante Carlos Lacoste, protegido del teniente y condenado por genocidio Carlos Massera- recibió sobornos en metálico y en especie, como una finca que supuestamente habría sido regalo del jefe de la junta militar Jorge Rafael Videla. Las amistades peligrosas -también fue amigo del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger-y los sobornos no acabarían ahí ya que, según informa el periodista escocés Andrew Jennings, llegó a cobrar cuarenta y cinco millones de dólares en sobornos de la empresa ISL (http://www.clarin.com/deportes/futbol/adios-havelange-inventor-negocio-personal_0_H1Nq5mZc.html). La línea inaugural marcada por Havelange con Argentina , esa diferenciación entre fútbol/deporte y política -para regodeo de autócratas y de gobiernos con graves déficits de respeto a los derechos y libertades públicas- continuó con la celebración de mundiales de fútbol en, por ejemplo, Sudáfrica, que a pesar de ser un régimen democrático convive con numerosas desigualdades, corrupción y falta de respeto por derechos básicos de la población (dos años después de la celebración del Mundial, treinta y cuatro mineros eran ametrallados por la policía en el transcurso de unas protestas en Marikana) y las próximas convocatorias en Rusia y Qatar.

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João Havelange, expresidente de la FIFA.

Mucho antes, en 1934 y 1936, las dictaduras fascistas de Italia y Alemania utilizaron el campeonato mundial de fútbol y los juegos olímpicos de Berlín, respectivamente, para la propaganda de sus respectivos éxitos políticos, como demostración de su cohesión nacional y de la supremacía de sus respectivas “razas” (http://www.rtve.es/television/20160727/noche-tematica-berlin-1936-juegos-nazis/1370660.shtml). Aquí ya se habló en su día del escándalo que supuso la intervención del propio Mussolini ante árbitros o incluso equipos rivales con ánimo de comprarlos o amedrentarlos a través de matones, e incluso a través de la nacionalización exprés de futbolistas argentinos con orígenes italianos para incorporarlos a la “squadra azzura”, con tal de que Italia ganara el Mundial. La prometedora selección española tuvo que sufrir en sus propias carnes -y nunca mejor dicho, pues tras dos partidos, uno de ellos de desempate, el número de bajas españolas “cosidas a patadas” por los futbolistas italianos fue tan númeroso que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, tuvo que alinear casi al completo al equipo de reserva para el segundo partido- el juego brusco y la injusticia arbitral en cuartos, cosa que también ocurrió con la excepcional Austria del Wunderteam en semifinales y con Checoslovaquia en la final (los este-europeos se sintieron tremendamente sorprendidos cuando el árbitro, sueco, hizo el saludo fascista al palco, según se supo con posterioridad a petición de las autoridades italianas). Los jugadores italianos también recibieron presiones y amenazas del Duce para ganar el campeonato, como expresa el argentino nacionalizado Luis Monti, que cuatro años antes había jugado con la selección sudamericana el primer campeonato celebrado en Uruguay (https://es.wikipedia.org/wiki/Copa_Mundial_de_F%C3%BAtbol_de_1934).

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Cartel de la Olimpiada de Berlín 1936.

Lo de la olimpiada hitleriana, más conocido por recientes documentales y la icónica imagen del estadounidense Jesse Owens desafiando las teorías de la supremacía racial aria en la prueba reina de los juegos olímpicos (el atletismo), no deja de tener su tragedia porque los juegos se celebraron con la connivencia de los comités olímpicos internacionales, arrastrados por el comité estadounidense -el más potente por entonces-, para cuyo presidente, Avery Brundage, el boicot propuesto a los “juegos de Hitler” no era más que una “conspiración judeo-comunista”. A los dirigentes nazis no les costó mucho contar a Brundage la milonga de que la Alemania nazi era un país tolerante en el que no se perseguía a los judíos o los opositores políticos y que los juegos serían un ejemplo de eficacia y magnificiencia (como fueron, pero desgraciadamente para mayor gloria del régimen). Sólo España  a raíz del cambio político acontecido en las elecciones de febrero de 1936 -aunque sí había participado en las olimpiadas de invierno, antes de la asunción por el gobierno de izquierda del Frente Popular de sus funciones- y la Unión Soviética decidieron seguir adelante con el boicot, y de hecho, la frustrada Olimpiada Popular de Barelona, patrocinada por el gobierno autónomo de la Generalitat y el de la República española y alternativa antifascista a los juegos berlineses, iba a contar con más atletas participantes que las oficiales. (https://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics#Political_aspects, http://www.nodo50.org/esperanto/artik33es.htm y https://quatrebarresblog.wordpress.com/2016/08/21/las-olimpiadas-populares-de-barcelona-en-1936-contra-el-fascismo/).

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Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en el que se anuncian las competiciones de boxeo y lucha.

Pero este escaso respeto por el espíritu olímpico (un inciso: ¿tiene en cuenta el señor presidente de la Liga de Fútbol Profesional Javier Tebas los ideales olímpicos cuando defiende a un jugador de fútbol que ha hecho apología de grupos paramilitares de extrema derecha en cuyo ideario figura la limpieza étnica de su país, Ucrania, de rusos, polacos o rutenos? ¿tienen en cuenta los mandamases del fútbol español a quién han colocado al frente de la LFP y esos ideales del deporte como vehículo de integración y respeto, cuando Tebas ha declarado su fidelidad a los ideales de un movimiento ultraderechista como Fuerza Nueva -fundado por un antiguo jerarca del franquismo como Blas Piñar y de ominoso recuerdo durante la transición por la violencia política ejercida contra la oposición democrática, como pueden dar fe los supervivientes y amigos de los fallecidos en la matanza de Atocha- y ha afirmado que en España hace falta alguien como el exlíder del FN francés, Jean Marie Le Pen) que se vio con la connivencia con Hitler se fue repitiendo después en el mismo seno del COI con la elección de Juan Antonio Samaranch Torelló como presidente del mismo.

Samaranch, de filiación falangista, estrecho amigo del ministro de Exteriores del primer franquismo y conocido germanófilo Ramón Serrano Súñer (a quien los recientes libro y serie televisiva “Lo que escondían sus ojos” ha tratado de blanquear, obviando sus crímenes y presentándolo apenas como uno de los protagonistas de una desventurada historia de amor adúltero en una época de estrictos convencionalismos), hizo carrera en un régimen sobre el que siempre ha mantenido un discurso ambiguo, semejante al del anterior rey español Juan Carlos de Borbón. De su ascensión por los peldaños de la administración franquista de Barcelona y luego como embajador en la URSS se sirvió para negocios privados del estilo de los de Havelange y para alcanzar -paradójicamente, con apoyo soviético- la presidencia de la organización olímpica mundial. Tras su retirada de la organización y su acceso a la presidencia de honor del organismo y la entrega por el rey del título nobiliario de marqués de Samaranch (ambos promovidos por políticos catalanes, en agradecimiento por la celebración de los juegos de 1992 en la Ciudad Condal), se han ido conociendo los escándalos sucesivos -en la zona franca barcelonesa, en La Caixa, en Inmobiliaria Colonial, la connivencia con Javier de la Rosa- en los que Samaranch y su entorno familiar han estado implicados. (http://www.publico.es/actualidad/pasado-franquista-persigue-juan-antonio.html y http://www.nodo50.org/forumperlamemoria/?El-fascista-Juan-Antonio-Samaranch). Samaranch, sin embargo, pudo morir tranquilo: ni fue investigado por sus corruptelas ni la presidencia de honor del COI le fue quitada (tampoco promovida por las autoridades democráticas, ni españolas ni del olimpismo internacional) en aras de su pasada y fructífera colaboración con el fascio, de la que no se retractó.

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Samaranch en una jura oficial. En segundo plano podemos ver a Francisco Franco y al almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno del régimen dictatorial.

Pero no pensemos que el deporte es usado sólo por regímenes dictatoriales y por personajes de siniestro pasado (aunque, como hemos visto, con la necesaria colaboración de los regímenes democráticos) para sus fines. También las democracias liberales han empleado los éxitos deportivos, individuales o colectivos, para hacer propaganda de unos determinados valores, elevar la moral patria o incluso desviar la atención. Durante la “guerra fría”, los enfrentamientos en los Juegos Olímpicos entre las selecciones de baloncesto de los Estados Unidos y la Unión Soviética significaban, en caso de victoria, un espaldarazo para sus respectivos sistemas políticos y  económicos y una oportunidad para la propaganda y la exaltación patriótica, así como lo fue el “milagro sobre hielo” de la selección estadounidense de hockey sobre hielo al vencer a la URSS en Nueva York y colgarse después la medalla de oro en los juegos de invierno de 1980, en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atravesaban un mal momento por la intervención soviética en Afganistán (https://es.wikipedia.org/wiki/Milagro_sobre_hielo).

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La selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998.

Los triunfos futbolísticos de Francia en el Mundial de 1998 y de España en el de 2010 sirvieron, asimismo, para potenciar una conciencia colectiva que, en el caso francés, pasaba por la renovación de la identidad nacional, acogiendo en ella a nuevos ciudadanos con independencia de la procedencia o el origen familiar (muchos jugadores de aquella selección, como Desailly, Karembeu, Thuram, Djorkaeff o Zidane eran hijos de emigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas o de otros países), en un momento de ascenso del ultraderechista Frente Nacional y de conflictos en los “arrondisements” parisinos, donde se concentra buena parte de la población inmigrante pobre. En el de España, el campeonato ganado en Sudáfrica valió para ser sacado a relucir por parte de las autoridades como ejemplo de superación y de esfuerzo colectivo, en un momento delicado por la crisis económica e institucional, y para aunar la identidad española frente a los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, ante la polémica independentista. Incluso llegó a usarse al equipo como imagen de la llamada “marca España”, la internacionalización de las firmas comerciales y empresas españolas en el extranjero. Sin embargo, ese estudiado idilio no duró mucho: apenas un año después de aquel campeonato, en mayo de 2011 surgía el “movimiento 15-M”, y aquellos jóvenes que habían festejado el triunfo de la selección salían ahora a criticar a las instituciones y a los políticos que habían manejado el mismo en su propio beneficio. En otro campeonato muy anterior, el de Suiza 1954, la inesperada victoria en la final de la República Federal de Alemania frente a la favorita Hungría -que había derrotado a los germano-occidentales por 8-3 en la primera fase- sirvió para que la RFA, destrozada económicamente y con el trauma aún de ser señalada con el dedo por las atrocidades del nazismo, pudiera recomponer su orgullo nacional. “Este milagro, el futbolístico, supuso el pistoletazo de salida para el gran milagro alemán, el económico, que levantó a un país destruido y en ruinas hasta convertirlo en la primera potencia económica de Europa, además de incrementar el espíritu nacionalista y la autoestima en ese país” (Juanvi Savifont, “Fútbol es cultura: El milagro de Berna” 01/10/2013, en https://www.elfutbolesinjusto.com/hemeroteca/el-futbol-es-cultura-el-milagro-de-berna/).

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Fritz Walter (izquierda) y Ferenc Puskas, capitanes de la RFA y Hungría en el saludo protocolario antes del inicio de la final del Mundial de Suiza 1954.

Un milagro económico impulsado un año antes con la condonación por parte de los aliados occidentales de las deudas de guerra de la RFA, en aras de que la parte occidental del país no se viera superada económicamente por la socialista República Democrática Alemana (“Entretanto, del otro lado de la “cortina de hierro”, la República Soviética (URSS), pese al terror de Stalin, o precisamente por su causa, revelaba una pujanza industrial portentosa que transformó en pocas décadas una de las regiones más atrasadas de Europa en una potencia industrial que rivalizaba con el capitalismo occidental y, muy especialmente, con Estados Unidos, el país que emergió de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso del mundo. Esta rivalidad se tradujo en la Guerra Fría, que dominó la política internacional en las siguientes décadas. Fue ella la que determinó el perdón, en 1953, de buena parte de la inmensa deuda de Alemania occidental contraída en las dos guerras que infligió a Europa y que perdió. Era necesario conceder al capitalismo alemán occidental condiciones para rivalizar con el desarrollo de Alemania Oriental, por entonces la república soviética (sic) más desarrollada”. Boaventura de Sousa Santos, “El problema del pasado es no pasar: a cien años de la Revolución rusa”, 03/02/2017, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2017/02/03/el-problema-del-pasado-es-no-pasar-a-cien-anos-de-la-revolucion-rusa/).

Como hemos visto, el deporte y la política han sido compañeros a lo largo de los años en muchas ocasiones. El problema surge cuando el deporte se convierte en la puerta de entrada de otros actores y otras reivindicaciones políticas distintas a las oficiales o institucionales, y de cómo las autoridades manejan entonces el asunto.

EL “CASO ZOZULYA”: UNA RESPUESTA HABITUAL… Y MATICES NUEVOS

El caso de Roman Zozulya ha avivado esa llama en pro de la separación (imposible) entre el fútbol y la política. En el mercado invernal de fichajes de este año, este futbolista ucraniano, internacional con su selección, iba a ser cedido hasta final de temporada del Betis al Rayo Vallecano, militando actualmente en Segunda División y con ciertas dificultades (zona baja de la tabla clasificatoria). Ante la noticia, peñas y grupos de aficionados descubren que Zozulya está relacionado con los medios ultraderechistas de su país y los grupos paramilitares que, en el conflicto que está teniendo lugar en el este del país (región del Donbass, las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk), luchan en apoyo del ejército ucraniano frente a las milicias prorrusas, quienes cuentan con apoyo del gobierno de Moscú. Y todo esto por la propia actividad del jugador en las redes sociales.

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Mensaje de la afición del Rayo Vallecano en protesta por la incorporación de Roman Zozulya a la disciplina del club franjirrojo.

Entre estos grupos armados de ultraderecha se encuentran organizaciones como el batallón Azov (entre los que figuran los ultras de su antiguo club, los Dnepr White Boys del Dnipro, con cuyo emblema ha aparecido posando en fotografías en las redes sociales) o el Pravy Sektor. Los llamamientos de estos grupos no se han limitado a pedir ayuda y estimular el combate contra las fuerzas prorrusas y acabar con la insurrección (cosa que también desea el presidente ucraniano y magnate chocolatero Petro Poroshenko, aunque a través de un acuerdo entre las partes, formando parte del llamado “partido de la paz” frente a sus socios de gobierno como Arsenyi Yatsenihuk o el ultraderechista partido Svoboda, que forman parte del “partido de la guerra” -http://www.lamarea.com/2015/04/04/ucrania-tregua-por-agotamiento-economico/-). Podemos decir sin temor a equivocarnos que el ideario de estos grupos pasan por la eliminación física de todos aquellos que no sean “ucranianos étnicamente puros” -rusos, polacos, judíos, rutenos-, como demuestra su admiración por los ultranacionalistas -aliados de la Alemania nazi y culpables de delitos de lesa humanidad durante la SGM, como el asesinato de miles de polacos, judíos y comunistas- Stepan Bandera (nombrado héroe nacional por el gobierno de Victor Yushenko en 2010, lo que levantó ampollas entre países vecinos como Polonia y Eslovaquia, y que apareció rehabilitado en pancartas y carteles por Kiev durante las protestas del Maidán que hicieron caer al gobierno de Yanukovich en 2014) y su Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). La masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa, en la que murieron asesinadas 42 personas, o el prender fuego vivo a un partidario de los prorrusos demuestra que su modo de actuación no pasa en absoluto por respetar las convenciones de Ginebra. La presencia de estos grupos de ultraderecha, aunque minoritaria, resulta importante para el gobierno y el ejército de Kiev, por cuanto les dejan hacer, forman una minoría poderosa por estar armados o han sido formados en el seno de grupos políticos que no se declaran de ultraderecha (entrevista al periodista francés Paul Moreira, http://www.lamarea.com/2016/02/13/la-revolucion-de-ucrania-ha-engendrado-un-monstruo-que-va-a-ponerse-en-su-contra/)

La actividad de Roman Zozulya respecto a su apoyo a grupos de extrema derecha en Ucrania ha sido notoria, y ha sido la base para que una amplia mayoría de seguidores franjirrojos (contrariamente a lo difundido por la mayoría de medios de comunicación, al menos en un principio, no ha sido una acción “de acoso” realizada por Bukaneros, los ultras del club del sureste de la capital, sino que la oposición al fichaje ha procedido de amplios sectores de la afición franjirroja y también de otros ámbitos sociales del barrio) se oponga a la incorporación del jugador a la disciplina del equipo. No sólo es que haya aparecido con la mencionada insignia de los ultras del Dnipro o que se haya creado confusión a su llegada a España entre una camiseta que llevaba puesta con el  escudo nacional de Ucrania y que un periodista creyó era el logo del Pravy Sektor. Zozulya ha aparecido en fotos en las que bromeaba con su parecido físico con Stepan Bandera, el ya mentado líder ultraderechista y filonazi ucraniano -¿se imaginan cómo actuarían aquellos que claman por la inocencia y el respeto al jugador si un futbolista, pongamos para más inri vasco, bromeara sobre su parecido físico con Josu Ternera o Santi Potros?-. La fundación Narodna Armiya (Ejército Popular), que crea para recaudar fondos en ayuda a los grupos que combaten a las milicias prorrusas, ha colaborado con los ultras del Dnipro en el reclutamiento de voluntarios para el batallón Azov, y él mismo se ha involucrado en esa tarea apareciendo en videos de apoyo para este grupo, uno de ellos, animando a participar en una manifestación convocada por este grupo contra la “capitulación”. (http://m.ara.cat/opinio/Roman-Zozulya-Vallecas-no-es-lloc-per-a-nazis_0_1734426761.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-ucraniano-Vallecas-Rayo_0_1912608725.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-hace-video-canal_0_1916808328.html y http://.publico.es/sociedad/1987544/no-habra-nazis-en-el-rayo-vallecano).

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Roman Zozulya en el video del Batallón Azov, apoyando la manifestación contra la “claudicación” convocada por este grupo paramilitar.

Desde que se conoció el boicot de la afición rayista a la llegada de Zozulya a Vallecas, un sinfín de reacciones contrarias a la postura de los aficionados (que han llegado a ser tachados de analfabetos y “subnormales” por algún comentarista deportivo, como José Joaquín Brotons) y de solidaridad con el jugador comenzaron a surgir, además de la consabida consigna de “no hay que mezclar fútbol y política”. El presidente de la LFP, el mismo ultraderechista que trata de ilustrar a los ciudadanos de España para justificar su apoyo y adhesión a los ideales de Fuerza Nueva diciendo que “la gente no sabe lo que es Fuerza Nueva” (pásmense: ahora no sabemos quiénes fueron los asesinos de Atocha o de Yolanda González) anuncia una querella contra varios miembros de Bukaneros que el día de la llegada de Zozulya para firmar su incorporación al equipo insultaron e increparon al jugador (en cambio, la misma LFP nunca ha presentado querella alguna contra grupos como el Frente Atlético por el asesinato de dos hinchas, uno de la Real Sociedad y otro del Deportivo de la Coruña, cosa más grave que un insulto).

Se ha hablado de manipulación de las pruebas para emitir un juicio sobre la filiación ultraderechista del jugador, cosa absurda por cuanto no es una sino varias las fotos, además de un video, y por si fuera poco todos hemos podido comprobar por las cámaras de TV como el muchacho tenía las pocas luces de recibir obsequios de y dejarse fotografiar con los ultras de extrema derecha del Betis, a su vuelta a Sevilla, “con la que está cayendo”, que dirían nuestras abuelas (http://sareantifaxista.blogspot.com.es/2017/02/ultras-neonazis-recibieron-con.html?m=1).

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Roman Zozulya, a su llegada a Sevilla tras su frustrada cesión al Rayo Vallecano, fue recibido por los ultras de extrema derecha del club verdiblanco, Supporters Gol Sur, con quienes se fotografió y de quienes recibió una camiseta del grupo.

Se ha hablado (El País y una página web irónicamente llamada Stopfake) de que “la propaganda rusa” ha manipulado convenientemente las pruebas para frustrar el fichaje de un jugador ucraniano con una clara actitud patriótica -al parecer, el único delito del muchacho sería el de amar mucho a su país y donar dinero para sus fuerzas armadas y para los niños afectados por el conflicto, tratando de convertirlo en una suerte de filántropo maltratado por la desinformación del Kremlin- por un equipo dominado por la extrema izquierda y el rojerío más rancio y criptocomunista. ¡Cómo si los servicios de inteligencia o las agencias de prensa o quién quiera que sea de Rusia no tuvieran otra cosa que hacer que meterse en el mercado de fichajes del fútbol de España! Y justo ahora, no cuando el jugador se incorporó a la disciplina del Betis.

Se ha hablado de que no entendemos la situación de Ucrania y por lo tanto cualquier opinión emitida al respecto estará contaminada por juicios de valor que no pueden aplicarse al contexto político y al enfrentamiento bélico que está teniendo lugar en el este del país. Por supuesto, ni Ucrania ni el Donbass ni Rusia son en este sentido un dechado de virtudes, ni creo que puedan alzarse como antiguas luchas del pasado que levantaron pasiones y solidaridad internacionales (la República Española -aunque algunos militantes españoles hayan acudido al Donbass tratando de rescatar la bandera del internacionalismo antifascista de las Brigadas Internacionales-, el Congo de Lumumba, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista). Pero aun con esta compleja realidad y la adhesión que pueda despertar en Occidente la causa de Ucrania, sea por amistad hacia Kiev, enemistad hacia Moscú o el mantenimiento de las fronteras e integridad de los estados (y depende, pues ya hemos visto que sí se ha reconocido la independencia unilateral de Kosovo), no es de recibo que desde los aliados europeos se haga la vista gorda sobre esa ultraderecha en la que se apoyan los amigos de Kiev (¿acaso está aislada Ucrania, sin aliados externos como la Unión Europea?, ¿sus amigos de las democracias occidentales de la OTAN no pueden -es un suponer- intervenir en su favor y ha de depender de fascistas y neonazis? Aquí nos encontramos con dos contradicciones, como revela el periodista Paul Moreira: la primera es que tras la revolución del Maidan el gobierno salido de la misma, que se suponía democrático -al menos más que Yanukovich-, pro-europeo y pro-occidental, no da en la realidad esa impresión, sino que convive con la ultraderecha en su gabinete y en influyentes círculos sociales y militares; y dos, a la UE y la OTAN no les importa en absoluto, mantiene su alianza con Ucrania escurriendo el bulto, sin exigir cuentas a Kiev y achacando cualquier información sobre el asunto a intoxicaciones moscovitas). Ni que como ciudadanos tengamos que tolerar lo que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos, cuando se trata de injusticias, y relativizar el fascismo -que debemos recordar, en España y en Europa fue el causante de una guerra con centenares de miles y millones de muertos respectivamente, además de una política de genocidio y un intolerable ideario de razas superiores e inferiores y de expansión territorial- cuando quien se sirve de él es un país amigo. Además, puede que hoy sea Rusia o los prorrusos los que se vean derrotados, cosa que celebraremos, pero mañana pueden ser otros grupos étnicos y otros países (http://cronicashungaras.blogspot.com.es/2010/01/asi-se-hacen-los-heroes-sobre.html?m=1) y quizá nos arrepintamos de ese apoyo y de esa compunción por gente como Roman Zozulya.

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Ante la polémica y la identificación de la protesta con el sector más radical de la afición franjirroja, el grupo Bukaneros, peñas del Rayo y colectivos sociales de los distritos de Puente y Villa de Vallecas se vieron obligados a difundir un segundo comunicado para aclarar que el rechazo a Zozulya era mucho más amplio de lo que se había difundido en los medios.

Otros argumentos -que si no han circulado por los medios, sí lo han hecho por las redes sociales- han sido más disparatados aún, y han consistido en la presentación de Zozulya y de la causa de los ultraderechistas ucranianos en una suerte de combate entre fascistas y comunistas ante el que la mejor muestra sería la de permanecer neutral. De ese modo, no hay motivo para darle la razón a Bukaneros (nuevamente, se entra en el juego de reducir y minusvalorar la protesta de la afición rayista circunscribiéndola de forma falsa a la de este grupo) si, como ya sabemos, “fascismo y comunismo son igual de repugnantes”, etc. Partiendo de la base de que Rusia y los prorrusos del Donbass no son comunistas (aunque busquen una conexión con algunos aspectos de la época de la URSS en aras de conectar con un pasado tenido por glorioso y con formas de vida y de sociedad que juzgan oportunas de recobrar), poner al mismo rasero fascismo y comunismo no es de recibo. Ya me ocupé de ello en un artículo en este mismo blog (ver artículo “De dictaduras”), en el que trataba de señalar cuán diferentes eran los aspectos teóricos en los que se apoyaban los regímenes fascistas y de “socialismo real”, aunque no fueran tan diferentes en sus aspectos prácticos, así como en la evolución que mostraron muchos comunistas del Este de Europa en favor del socialismo democrático (por no referir la evolución de los comunistas de Occidente hacia el eurocomunismo), mientras que encontrar no ya una persona que lo defendiera, sino el concepto mismo de “fascismo democrático” es poco menos que una contradicción. El pensador católico progresista francés Emmanuel Mounier -que se puede considerar antecesor del espíritu que alumbró la Teología de la Liberación en la segunda mitad del siglo XX- afirmaba a este respecto que “el universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas” (http://m.deia.com/2016/05/31/opinion/tribuna-abierta/eskerrik-asko-emmanuel-mounier). Según señala José Manuel Bujanda en ese artículo, “Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente […] comprometido con lo social y abierto a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente…” Esa capacidad para discernir entre fascismo y comunismo es la que al parecer está hoy ausente entre nuestros opinadores. Y recordemos que Mounier vivía en la época de las purgas de Stalin y del pacto Molotov-Ribentropp, así que no era ignorante respecto de los horrores de que eran capaces quienes decían actuar en nombre del comunismo y la revolución.

Sorprenden los déficit de nuestra democracia -la española y la occidental en general- al ver que sea capaz de mostrar una sorprendente contundencia y rapidez de actuación ante la amenaza del terrorismo yihadista, pero observe tanta permisividad en el caso del fascismo (salvo en el caso de Alemania, por el trauma que le supuso ser el país donde surgió la doctrina nazi, y aún así existen casos en el propio país germano de pasada impunidad con criminales nazis, en la época de la pequeña República Federal, cuando estos formaron parte de la administración, el ejército o los servicios de inteligencia del país).
Así, a raíz de lo ocurrido con Zozulya, debemos recordar que en España nadie se ha preguntado por la seguridad de la familia y la posibilidad de que sean insultados o vejados los familiares de un detenido por pertenecer a células terroristas, intentar captar adeptos para el ISIS, por enaltecimiento del terrorismo o humillación a las víctimas, ni tampoco hayan surgido voces que clamen por proteger el derecho al trabajo de los detenidos o encausados por este motivo (y todos recordamos casos de humillación a las víctimas que han sido de lo más estrambóticos, por decirlo suavemente, como el hecho de que una joven tuitera pueda pasar por la cárcel y padecer años de inhabilitación por contar unos chistes que se vienen haciendo “desde el año de Maricastaña” sobre la muerte en atentado del presidente del gobierno de la dictadura franquista, Luis Carrero Blanco, y pese a que la propia hija del fallecido ha quitado hierro al asunto). Sin embargo, en el caso de Roman Zozulya, todo han sido consideraciones por parte de la Liga de Fútbol Profesional, la Asociación de Futbolistas Españoles, los medios de comunicación de mayor difusión y hasta la política, con el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido saliendo a la palestra para defender al jugador frente a lo que todos ellos han calificado como una “campaña de acoso” (cuando lo más cercano a un acoso ha sido un grupo de hinchas llamándole “fascista” e “hijo de puta” con firmeza pero sin actitud violenta y una pancarta en la Ciudad Deportiva del Rayo el día en que acudía para firmar su contrato; hay árbitros de categorías inferiores que podrían hablar de lo que es acoso, sentir miedo de verdad o una agresión en toda regla sin que el mundo del fútbol y del periodismo deportivo les haya prestado ni la décima parte de atención que la prestada al “caso Zozulya”- ejemplo: https://.eldiario.es/norte/euskadi/Quiero-arbitra-dejan_0_607890148.amp.html). Incluso la alcaldesa de Madrid, la otrora progresista Manuela Carmena, ha llegado a declarar que la protesta sólo es de un grupo y no del conjunto de los aficionados (… y dale la burra al trigo), mostrando como tantos otros su desconocimiento absoluto sobre el tema, y que son los tribunales y no “la masa” o una minoría la que ha de decidir sobre el comportamiento del futbolista. Sorprende que se refiera hoy de ese modo despectivo a “la masa”, pues fue ese impulso de “la masa” madrileña la que le dio el bastón de mando del ayuntamiento. Sus propios compañeros de Ganemos Madrid en el equipo de gobierno se han encargado de recordarle la incoherencia de sus palabras con respecto al “caso Zozulya”, pues pocos días antes el ayuntamiento se negó a personarse en la querella argentina contra el franquismo, al contrario de lo que han hecho Barcelona, Zaragoza o Pamplona: “Para nuestra querida alcaldesa los crímenes contra el franquismo no deben resolverse en los tribunales, el nazismo, sí” (http://www.eldiario.es/madrid/Carmena-alguien-condenar-Zozulya-tribunales_0_612789035.html).

Ni que decir tiene que también lo han hecho sus compañeros del Betis, con mensajes a través de los micrófonos y en camisetas que rezaban “todos somos Zozulya”. Ninguno de ellos tuvo la genial idea, como explica Carlos Hernández en eldiario.es (http://www.eldiario.es/zonacritica/futbol-apolitico-neonazis-machistas_6_610398971.html), de mostrar su solidaridad con la novia de su compañero Rubén Castro, agredida por este, ni condenar los gritos de sus ultras de extrema derecha del equipo, los Supporters Gol Sur, que aplaudieron la agresión machista y llamaron puta a la mujer. Tampoco hubo querella criminal de Tebas contra el grupo, se ve que por la poca consideración que el presidente de la Liga tiene hacia el cuerpo femenino (sus lamentables declaraciones recogidas por “Sport” haciendo gala de su fe ultraderechista en las que se pronuncia contra el aborto y la voluntad de la madre así lo demuestran). El periodista ponía además el dedo en la llaga sobre la hipocresía que supone afirmar cuándo el fútbol ha de ser política y cuándo no según la conveniencia de las propias autoridades e instituciones, cuya presencia en los palcos de los estadios y el conflicto de intereses entre éstas y los empresarios que son propietarios de los clubes (escándalo del ático de Marbella de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y la implicación en él de Enrique Cerezo, presidente del Atlético; contratos de obra pública y constructores como Florentino Pérez, dueño de ACS y presidente del Real Madrid CF…): “Cualquier futbolista, faltaría más, puede pensar lo que le venga en gana; otra cosa bien diferente es que utilice la fama que le ha brindado este deporte para difundir ideales contrarios a la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Si el fútbol sólo fuera fútbol, como dicen los que defienden a Zozulya, no tendría sentido la prohibición de exhibir en los estadios símbolos fascistas; si sólo es un deporte, ¿por qué se ha adoptado en todas las competiciones el lema “Respeto, no al racismo”?; si hay que alejar este espectáculo de la política, ¿por qué se recurre a subvenciones municipales para salvar equipos en ruina, a “papá Estado” para crear espacios de privilegio fiscal y a La Roja como referencia de la Marca España?”

Así, nos encontramos con una situación en la que recaudar fondos para material para batallones fascistas, fotografiarse junto a miembros de los mismos y grabar vídeos para captar adeptos para los mismos, hacerse unas risas junto a retratos de líderes colaboracionistas del III Reich sale no ya gratis, sino que despierta una ola de solidaridad si alguien osa decir que eres precisamente lo que pareces, un fascista que hace apología del propio fascismo. Cosa bien distinta, por un incomprensible arte de birlibirloque, que fotografiarse y grabarse en un video haciendo campaña para reclutar voluntarios para la yihad o recoger firmas para pedir el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco y Navarra -que si bien no es delito, si puede hacer que te caiga la del pulpo en los medios de comunicación de la derecha, como le pasó a un ex rayista precisamente, Mikel Labaka, aunque pidiera exactamente lo mismo que la viuda de un concejal asesinado por ETA-. Y al parecer también es distinto, sea social y/o penalmente, que tuitear un chiste de Carrero Blanco de los que contaban nuestros padres en la barra de un bar -parecidos a uno que se escucha sobre Honecker en una película galardonada con el Oscar sobre el espionaje de la RDA a los ciudadanos considerados desleales-, manifestarse contra los despidos masivos de la factoría de Airbus en Getafe o ir a combatir al Estado Islámico junto a las milicias kurdas en el noreste de Siria. Es necesario acabar con esa situación y recobrar el espíritu antifascista de la democracia, librandonos de ese lastre que es la equidistancia entre fascistas y antifascistas y el funambulismo verbal con el que nuestros políticos y medios juegan para criminalizar toda la protesta contra la extrema derecha y lo que se salga del juego político, que además (y en España lo comprobamos continuamente) acaba por beneficiar a las fuerzas ultraderechistas (sobre la naturaleza antifascista de la democracia, léase “Democracia y antifascismo” del profesor Andrea Greppi, en Rafael Escudero y José Antonio Martín Pallin(eds.), “Derecho y memoria histórica”, Madrid, Trotta, 2008).

FÚTBOL Y ANTIFASCISMO: UNA ALIANZA NECESARIA

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“Solidaridad con los aficionados antifascistas de Europa del Este”. “Tifo” realizado por los Schikeria del Bayern Múnich.

Esta actitud de connivencia con el fascismo (y que ha servido para que partidos de ultraderecha ganasen espacio en toda Europa mediante un discurso basado en la explotación del miedo al extranjero y al diferente, hacer recaer en ellos el mito falso de la culpabilidad de la crisis y en que son los mayores receptores sin merecerlo de las ayudas sociales y servicios del Estado de Bienestar -causando el consabido recorte de las prestaciones- y en la limitación o directamente supresión de la democracia para corregir el desorden actual) recuerda la actitud imprudente de contemporización que mantuvieron las democracias occidentales en la etapa de entreguerras. Con motivo de la Eurocopa de Francia del pasado año, fueron varios los grupos de hinchas -tanto de selecciones como de clubes- que denunciaron en un comunicado la actitud cómplice de los clubes con los grupos ultras neonazis, y todo ello en medio de la polémica sobre expulsiones de selecciones y de medidas contundentes contra los seguidores que entonces causaron diversos altercados en varias ciudades del país. Según denuncian, a los clubes de les da muy bien ocultar a la UEFA (o a la asociación europea del fútbol muy mal detectar) la actitud connivente con los aficionados de extrema derecha en la competición doméstica, frente a las sanciones que van en perjuicio de todos los aficionados del club y la posibilidad de denunciar las actitudes y la violencia racista que pueda producirse en el estadio por parte del resto de aficionados. Así, denuncian que ha pasado lo siguiente:

“En particular los clubes “sospechosos habituales”, razón por la que en principio se endurecieron las reglas, han reaccionado de tres maneras principalmente:

  1. Culpar al mensajero (el vigilante de antirracismo que denuncia el incidente o los grupos de aficionados dentro del estadio activos contra el racismo) o a UEFA, conduciendo cazas de brujas públicas contra ellos mientras siguen sin reconocer el problema real. Empoderando a los racistas que causan el incidente que se unen encantados a la cacería.
  2. Muchos han intentado llegar a acuerdos secretos con los aficionados (racistas) para que “se estén quietos” en partidos europeos a cambio de incrementar sus privilegios en la competición liguera. Empoderando a los racistas que se aproximan al club mientras el resto de aficionados son marginados cada vez más.
  3. El club reubica a los aficionados en otras partes del estadio y prepara algunas actividades contra el racismo de cara a la galería vendiéndolas en público como iniciativa de los aficionados. Los racistas siguen dentro del estadio realizando actos racistas, solo que en un lugar diferente, mientras que los aficionados no racistas o antirracistas no se sienten seguros ni empoderados para iniciar sus propias actividades.

Y afirman que “creemos que la responsabilidad social del fútbol en esta importante área y la más importante aun de las entidades que gobiernan nuestro deporte, deberían ir más allá de proveer imágenes artificialmente aceptables o superficiales para la televisión o el público en general sino que deberían hacer una aportación sostenible para erradicar el problema de la discriminación en nuestro deporte directamente a nivel de los clubes” (http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4311/). El comunicado está firmado por más de cien entidades europeas de hinchas antirracistas, anithomófobos -muchos de ellos son grupos de aficionados LGTB- y contra otras formas de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual… agrupadas en la iniciativa Football Supporters Europe (el listado puede verse en el enlace).

Por este motivo, el caso de Zozulya nos recuerda que las protestas no sólo antifascistas y antirracistas sino las reivindicaciones sociales están presentes en las gradas -también lo han estado en el terreno de juego- en muchos puntos de Europa y del mundo. Es un espacio que, a pesar de que -como nos recordaba el profesor Santos al comienzo- quiera hacerse pasar como “no político”, el choque entre la popularización y democratización alcanzada por el fútbol desde el primer tercio del siglo XX y su mediatización por sectores no sólo de la política institucional para sus intereses, sino también por sectores poderosos económica y socialmente (la entrada de millonarios globales, fondos de inversión, etc. en la propiedad de equipos convertidos en empresas) para fines de lucro o especulativos, ajenos a los valores de identidad y de comunidad que se suelen asociar a un club (y al barrio, pueblo o ciudad en que se inscribe el mismo) ha causado este tipo de protestas y el surgimiento del mensaje “No hay que mezclar el fútbol -y por extensión el deporte- con la política”. En un contexto como el actual, en el que las voces contra los refugiados, el Islam, los homosexuales, los migrantes se hacen oír cada vez con más fuerza al calor de la “guerra eterna contra el terror” y la crisis del capitalismo, haciendo responsable al pobre de fuera y no al rico global de la misma, el antifascismo tiene que ganar espacio, en las instituciones y en la sociedad. Y el fútbol tiene que participar de esa conquista de espacio.

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Homenaje realizado por los aficionados del FC Red Star a su antiguo jugador Rino Della Negra, miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi.

Esa intención de encerrar el deporte en una burbuja aséptica es en cierto modo reciente. La historia está llena de casos de equipos, de jugadores y de aficiones que se han identificado con el antifascismo, la democracia o la lucha popular contra las injusticias y la tiranía. Si en otros ámbitos deportivos ha pasado a la historia el caso del boxeador Mohammed Alí negándose a combatir en Vietnam y siendo un referente de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, la protesta llevada a cabo por los atletas estadounidenses Tommi Smith y John Carlos en los juegos de México 1968 con el puño cerrado con un guante negro (símbolo del poder negro) en el podio o el eco que supuso la huida de la gimnasta Nadia Comaneci de Rumanía en los últimos estertores de la dictadura de Ceaucescu, el fútbol no ha sido una excepción, tanto con personas anónimas como con personalidades relevantes. En España, el Júpiter -el llamado “equipo de los anarquistas” barceloneses- y el Martinenc, dos históricos del fútbol catalán, formaron parte junto con otras entidades sociales y deportivas, del Comité Catalán pro Deporte Popular (CCEP, por sus siglas en catalán), que se encargará de llevar adelante la Olimpiada Popular de 1936, y clubes como el propio Júpiter, el Levante FC, el Unión Sporting de Vigo, el Madrid FC o el FC Barcelona fueron identificados antes de la dictadura franquista con los ideales republicanos o nacionalistas de sus respectivas nacionalidades, motivo por el cual sufrieron diferentes grados de represión tras la victoria sublevada en 1939, desde la fusión con clubes más adictos a la causa (caso del Levante) hasta una depuración general de sus directivas o acuerdos de filiación (el Júpiter pasó a ser filial del Espanyol, enemigo ideológico y de clase) y hasta intentos de cambio de nombre de la entidad (caso del Barcelona, existiendo un intento de llamarlo España).

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El FC Sankt Pauli de Hamburgo es uno de los clubes más identificados con las causas de izquierda en el mundo.

Fuera de nuestras fronteras, hay que destacar los casos del Corinthians brasileño, donde militó el famoso Sócrates (conocido por su doctorado en Filosofía y su militancia izquierdista), bastión futbolístico contra la dictadura militar brasileña y cuya hinchada mantiene el mismo nivel reivindicativo de antaño contra las injusticias sociales (http://www.panenka.org/miradas/corinthians-siempre-corinthians/); el Red Star parisino, club de la barriada de Saint Ouen identificado fuertemente con el antifascismo, el multiculturalismo y la izquierda (fundado por el viejo presidente de la FIFA Jules Rimet, como un intento de popularizar el fútbol, y que vivió su época dorada en los años veinte y treinta del pasado siglo, el “Etoile Rouge” es el equipo del presidente socialista François Hollande y su fiel y combativa hinchada rinde homenaje a dos héroes de la Resistencia muertos a manos de los nazis: el doctor Jean-Claude Bauer -que da nombre al estadio del club- y Rino Della Negra, futbolista del equipo en los años treinta, hijo de italianos exiliados del régimen de Mussolini – https://www.elfutbolesinjusto.com/reportajes/red-star-el-viejo-comunismo-vuelve-al-futbol-moderno/) o el FC Sankt Pauli alemán, qué, ubicado en un barrio alternativo y contracultural de la ciudad de Hamburgo, tiene una larga trayectoria de militancia, a nivel de club y de afición, en causas progresistas: contra el racismo, el nazismo , la homofobia, el sexismo, en pro de los refugiados o contra la mercantilización del fútbol. Esa imagen de club combativo e incluso marginal (no es raro ver entre sus fans o incluso en tiempos entre sus jugadores gente de estética punk o ska) le ha hecho ser, pese a que ha militado la mayor parte del tiempo en categorías inferiores del fútbol alemán, uno de los equipos más populares internacionalmente, con fans incluso en Sudamérica (http://highbury.es/2016/st-pauli-la-vida-pirata-la-vida-mejor).

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Protesta con banderas palestinas de la hinchada del Celtic FC en un partido de Champions contra el Hapoel Ber Sheeva israelí.

Tanto equipos (aunque un poco a remolque) como hinchas han tomado conciencia en tiempos recientes de la importancia de movilizarse en favor de causas sociales contra la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia y otras iniciativas como contra la islamofobia, el rechazo de la inmigración o las luchas de colectivos vecinales, de trabajadores o internacionales, lo cual no siempre ha sido del gusto de las autoridades políticas y deportivas, dado que en ciertos casos se sale de la línea habitual propugnada por la asociaciones continentales o la FIFA. A comienzos de la presente temporada futbolística, hinchas del Celtic FC escocés, mostraron en un partido de la ronda previa de la Liga de Campeones en su estadio frente a los israelíes del Hapoel Ber Sheeva  banderas de Palestina en protesta por la ocupación y la política del gobierno de Israel hacia los territorios y la población palestinos, y han promovido una recogida de firmas solicitando al cantante Rod Stewart, conocido fan del equipo, cancelar sus conciertos por el país. Sobre el Celtic ha sobrevolado, por este motivo, la sombra de la sanción al club. Más reciente aún es el apoyo mostrado por la plantilla del Algeciras CF, de la Tercera División española, a los estibadores del puerto de la localidad, en conflicto con el gobierno de España -del Partido Popular (derecha)- por la aplicación de las normativas de la UE en materia de liberalización del sector, siguiendo la estela de Robbie Fowler y Steve McManaman, en sus tiempos de jugadores del Liverpool, mostrando su apoyo con camisetas a los trabajadores portuarios de la ciudad inglesa, motivo por el que fueron reprendidos por la organización europea del fútbol. El propio Rayo Vallecano (de ahí la incoherencia de su presidente a la hora de fichar a Roman Zozulya como una decisión unilateral) y su grupo Bukaneros se ha destacado por la protesta y la reivindicación: contra los horarios del fútbol, ya incluso en su anterior militancia en Segunda y Primera División -motivo por el que Bukaneros llegó a estar una primera vuelta entera en “huelga de animación”-, contra el deshaucio de una anciana vecina del distrito, a favor de los derechos del colectivo LGTBI -en su segunda equipación, la franja roja se convierte en una franja arcoiris- o con la organización por parte de Bukaneros de las jornadas contra el racismo, en las que llegó a participar el fallecido y carismático exguardameta del equipo y de la selección de Nigeria Wilfred Agbonavare, y su participación en el Mondiali Antirrazisti de Italia, donde participan hinchadas de diversos países de Europa y del mundo (http://www.mondialiantirazzisti.org/new/).

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“Tifo” de Bukaneros en solidaridad con la vecina de Vallecas deshauciada y a quien el club ayudó ante su situación.

A raíz precisamente de esa mala reputación que se quiere promover de la protesta “políticamente incorrecta” y de los mensajes genéricos que patrocina la UEFA, y que como denuncia Respect Fans! se quedan en agua de borrajas a la hora de desterrar de las gradas a los ultras de extrema derecha, uno de los ejemplos más rocambolescos de censura y represión de la misma nos lo encontramos en Turquía. La subida al poder del Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, ha traído consigo -especialmente desde el golpe de estado fallido de junio de 2016- una oleada de represión sobre los movimientos opositores, especialmente aquellos identificados con las minorías nacionales existentes en la República, como los kurdos o los armenios, cuya existencia no ha sido precisamente tranquila en el moderno estado turco. Çarşı (que en turco significa bazar), el grupo de fanáticos del popular (en las dos vertientes del término, dado que también es el club de las clases trabajadoras) club de fútbol estambuliota del Beşiktaş, han llegado ha ser incluidos en la lista negra de enemigos del estado, acusados de terrorismo y conspiración contra el régimen.

El motivo fue el especial protagonismo del grupo en las protestas que en mayo de 2013 tuvieron lugar en la antigua capital otomana por la construcción por parte de las autoridades turcas, en el emblemático parque Gezi, de una réplica de un cuartel de la época del imperio. Buena parte de la población de la ciudad se echó a la calle a protestar por tal barbaridad, que no sólo significaba la desaparición de este espacio verde sino que figuraba en la estrategia de los islamistas del AKP de entroncar a la moderna Turquía, fundada por Atatürk sobre los pilares del republicanismo, la occidentalización y el laicismo (bien que con altas dosis de autoritarismo que se han ido repitiendo con el paso del tiempo en las numerosas cortapisas a la democracia y las intervenciones militares en la política nacional), con el pasado imperial, en el que la religión y la expansión territorial eran parte de una gloria que muchos -y no sólo en el AKP- tienen aún en mente, en una suerte de ideal de la “Gran Turquía”.

El final de las protestas -que causaron 8 muertos y 8000 heridos- conllevó la búsqueda de chivos expiatorios por el ultraje de haber triunfado, y Çarşı ofrecía una oportunidad de oro para ello. Su carácter izquierdista (en sus banderas pueden verse desde a Atatürk al Che Guevara, pasando por el anarquismo), su vinculación con causas sociales diversas como el veganismo, la distribución de ayuda a los desfavorecidos, el apoyo a las minorías kurda o armenia (“cuando hay una injusticia, estamos siempre del lado de quien la sufre: armenios, kurdos, animalistas, LGBTI, feministas…”, declara Cem Yakışkan, fundador y líder del grupo) y el hecho de que ya en el pasado hubieran participado en protestas contra obras de carácter megalómano, como la de una presa en Hasankeyf que causaría la destrucción de una ciudad antigua. Las protestas, que por una vez y sin que sirva de precedente fueron capaces de unir a los hinchas de los tres principales equipos de Estambul – Beşiktaş, Galatasaray y Fenerbahçe- han llevado a la acusación por “intento de golpe de Estado” a los hinchas del primero (con peticiones de penas que iban de los 3 años de cárcel a la cadena perpetua), acusación calificada como “farsa ridícula” por Amnistía Internacional, que denuncia la arbitrariedad y brutalidad del sistema penal turco (un miembro de la OTAN y fiel aliado de Occidente). Yakışkan afirma que “Nosotros nos reíamos de la situación porque no podíamos llorar. El juez me dijo, ‘estás aquí por intento de golpe de Estado’. Yo le respondí que si tuviéramos tanto poder como para hacer un golpe de Estado, lo habríamos usado para hacer campeón al Beşiktaş”. Al final, aunque los 35 de Çarşı fueron absueltos, la sentencia fue recurrida en el Tribunal Supremo (https://sports.vice.com/es/article/carsi-grupo-hinchas-anarquistas-gobierno-turquia-acusa-).

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Hinchas de los tres principales clubes de Estambul, unidos durante las protestas en el parque Gezi.

Quizá sea Alemania el país que más se ha destacado, a nivel federativo, de clubes y de hinchadas por la erradicación del simbolismo y los comportamientos neonazis. La importancia de este hecho radica no sólo por su historia pasada, sino porque en el presente, el auge de la extrema derecha xenófoba, con movimientos como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y el partido AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), movimientos ciudadanos y sociales como los que se expresan a través del deporte y de los grupos de animación en las gradas germanas son esenciales para erradicar una preocupante tendencia al alza, no sólo en el Este -la zona de la ex RDA se convirtió tras la reunificación en un “semillero de fascistas”, como han expresado algunos comentaristas-sino también en el Oeste. Y, sin embargo, tanto en el Este como en el Oeste el movimiento antirracista y antineonazi está en marcha. La simbiosis entre las iniciativas de las hinchadas y las de las instituciones se ve acentuada porque en el país teutón los clubes, además, se rigen a través de un modelo distinto al de otros países del continente como España, Portugal o Reino Unido, donde el modelo de negocio capitalista (magnates, fondos de inversión, sociedades anónimas deportivas) es el que triunfa. “Los clubes del fútbol alemán tradicionalmente han pertenecido a sus socios, quienes poseen la mayoría de las acciones en el ente que controla el equipo. La excepción más conocida hasta ahora había sido la del Wolfsburgo, que pertenece a la fabricante de automóviles Volskwagen, pero en este caso se hace referencia a un club que nació impulsado por los trabajadores de la compañía antes de la Segunda Guerra Mundial” (“Enemigos del fútbol”, cómo el RB Leipzig se convirtió en el club más odiado de Alemania-http://www.bbc.com/mundo/deportes-38894503).

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“Bella Unión sin nazis”. Pancarta del 1.FC Union en su estadio del distrito berlinés de Köpenick.

Clubes como el Rott-Weiss Essen (http://www.media-sportservice.de/2016/11/23/rot-weiss-essen-zehn-jahre-kick-racism-out/), el Arminia Bielefeld (http://www.arminia-ist-mehr.de/projekte/courage/), el Borussia Dortmund, el Dynamo Dresde o el Unión Berlín (https://www.facebook.com/SEoN.FCU/) han desarrollado en su propio seno proyectos para instruir a fans, especialmente de las nuevas generaciones, y futbolistas de la cantera en los valores de integración y respeto. Algunos de ellos cuentan con agrupaciones de fans homosexuales, como los Monaco Queers del Bayern Múnich, los Blaue Bengels del Arminia, los Rainbow Borussen del Dortmund, o asimismo integradas en la iniciativa antirracista europea Respect Fans, como los Eiserner VIRUS del Unión Berlín o los Navajos del Colonia. Y algunas de sus iniciativas han sido de lo más variopintas e imaginativas, no sólo a nivel de conferencias o actividades deportivas integradoras. Entre ellas destaca la formación del club de refugiados FC Lampedusa en Hamburgo, patrocinado por el FC Sankt Pauli; la presentación de una iniciativa por parte del Borussia Dortmund, “Kein bier für rassisten”, para no servir alcohol en los bares de la ciudad a quienes mantengan actitudes xenófobas y discriminatorias (http://www.bvb.de/News/Uebersicht/Kein-Bier-fuer-Rassisten); o la impresión de una equipación oficial del Dynamo Dresde (ciudad en la que además hay que situar las mayores manifestaciones de los xenófobos de Pegida) con el lema “Love Dynamo, hate racism”.

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Hinchas del Werder Bremen muestran su apoyo a los refugiados en las gradas del estadio de la ciudad hanseática.

Hinchadas de Alemania, además, como las del Werder Bremen, Carl Zeiss Jena, Babelsberg 03, Borussia Dortmund o Bayern Múnich, han mostrado en sus graderíos pancartas de apoyo a la acogida de refugiados (http://www.netz-gegen-nazis.de/beitrag/refugees-are-welcome-here-fussball-verbindet-10456), siguiendo con su línea habitual de compromiso social o en algunos casos, como en Jena (localizada en Turingia) o en Potsdam (Brandenburgo, localidad donde radica el “espartaquista” Babelsberg 03, conocido como el Sankt Pauli del Este), ambas en el territorio de la antigua RDA), exponiéndose al rechazo por parte de los fuertes movimientos neonazis locales.

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La Südkurve del FC Carl Zeiss Jena con una pancarta en apoyo a los refugiados en su estadio, el Ernst Abbe Sportfeld.

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Jugadores del Dynamo Dresde posan con la camiseta sacada por el club con el lema “Ama al Dynamo, odia el racismo”.

CONCLUSIÓN: ¿GOL EN EL CAMPO, PAZ EN LA TIERRA?

Es cierto que muchas veces los grupos ultras de fútbol de ideología izquierdista y antifascista no tienen un comportamiento muy ejemplar a la hora de defender sus causas, y que han causado en muchas ocasiones escenas que a nadie gusta ver cuando acude a un estadio de fútbol ni en él ni en los aledaños del mismo. Muchas veces se han presenciado peleas multitudinarias y altercados con grupos rivales no necesariamente de equipos con los que se mantenga una gran rivalidad deportiva, sino precisamente por estar en las antípodas ideológicas, o con grupos políticos como en España el Hogar Social -conocido por su recogida y distribución de alimentos única y exclusivamente a los naturales del país-. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar que esa lucha no puede ser únicamente realizada por un grupo de personas agrupadas en torno a una bandera ideológica, la pertenencia a un barrio o ciudad con una idiosincrasia y valores particulares y/o los colores de un club de un club deportivo, mientras el resto se cruza de brazos, limitándose a mover la cabeza con gesto de reprobación y a repetir consignas manidas y falsarias como “todas las ideologías son respetables” (falso: como dijo el profesor Reig Tapia, todas las personas son respetables, nadie puede acabar con su vida, atribuirse un fuero sobre ellas, etc. pero NO todas las ideologías son respetables: por esa regla de tres, se podría legalizar un partido o una organización que propusiera la corrupción de menores o el canibalismo), “ésas no son formas” (lo sabemos, pero ¿qué hacer cuando el resto de la sociedad y los poderes públicos consienten la presencia pública y la impunidad de quienes hacen apología de la dictadura, la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, las formas más diversas de discriminación, como la Fundación Nacional Francisco Franco, HazteOír, Pegida, Alternative für Deutschland, Lega Norte, el Front Nationelle, Amanecer Dorado, etc.?, ¿qué mayor violencia, por invisible y blanda que sea, que la que expresaba Almeida Garrett y repetía José Saramago en “Levantado del suelo”:  cuántos individuos deben ser condenados “a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”? y sobre todo “no hay que mezclar el deporte con la política”, cuando a todas luces el deporte es usado por los poderes constituidos y los fácticos para sus propios intereses.

Cuanto más aislados y despreciados se encuentren quienes plantean un modelo de sociedad excluyente, que odie la diferencia, que practique el culto a la violencia y la sangre y conciba la existencia de seres superiores e inferiores -por cuestión de raza, género, identidad sexual, etc.- y explote a sus semejantes y a la Tierra en beneficio de una minoría rica, menos necesidad habrá de que unos pocos individuos, tenidos también por aislados y marginales, tengan que salir a “darse de hostias” con quienes defienden aquellas ideas. Porque, por desgracia, los primeros no se encuentran tan solos -y el caso Zozulya y las muestras de apoyo recibidas por el jugador así lo demuestran- ni parecen ser tan pocos como pueda aparentar un primer vistazo.

Lejos de pensar que esto no va con nosotros y  que el fútbol es sólo fútbol, como niega la presencia de empresarios y grandes inversores en los palcos de los estadios unidos a los políticos invitados a los mismos y los escándalos de corrupción vinculados precisamente a esa connivencia entre dirigentes de la “res pública” y de la “res balompédica”, recordemos de nuevo a Sousa Santos: la cultura, el deporte, la calle, el trabajo, la familia… son espacios políticos, en los que hay relaciones de diálogo, de conflicto y de poder, y en donde, por supuesto, la política que se hace -o se deja de hacer- en el parlamento y el gobierno influye, y mucho. Dejemos de hacer realidad las palabras de La Polla Records en su canción “Gol en el campo”:

“Gol en el campo paz en la tierra.
Qué bonito es el fútbol, qué pasiones despierta
defiende tus colores… sudar la camiseta
qué bonito es el fútbol para los que gobiernan
están pegando el palo sin partido de vuelta
Gol en el campo paz en la tierra.
Justicia corrompida arbitra la contienda
patrón enloquecido despide libremente
y roban la pelota por la extrema derecha
atentos al remate que va directa a puerta
y… Gol en el campo paz en la tierra.”

 

 

 

 

 

 

 

La “Françafrique”: el terrible reverso de la República Francesa

Hablar de imperialismo es casi siempre sinónimo de hablar de las acciones y proyectos de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos. La fama alcanzada por las administraciones de Washington, a través de la ejecución de “operaciones encubiertas” de la agencia de la inteligencia estatal, la CIA, o de intervenciones directas de su ejército a lo largo y ancho del globo, y especialmente en su llamado patio trasero, Sudamérica -Chile, Nicaragua, Panamá, Guatemala, Argentina, Bolivia…- ha sido tan notable como execrable. Pero no es el único ejemplo.

La emancipación política de las antiguas colonias africanas y asiáticas tras la SGM, conseguida en muchos casos tras enormes sacrificios humanos y costosos derramamientos de sangre en luchas de independencia -Indochina, Argelia, África portuguesa- no fue sino un espejismo para muchas de ellas, que acabaron formando parte de una suerte de imperio informal de las antiguas metrópolis o de nuevas potencias colonizadoras. En ello intervino tanto la lógica de la guerra fría, tratando de evitar las desviaciones de la conferencia de Bandung y sucesoras, que fijaban la política de los países “no alineados” y que constituía realmente la naturaleza del Tercer Mundo, alejado de las pugnas entre bloques, como las necesidades económicas y de materias primas de un mundo industrializado que precisaba y precisa aún hoy de los ingentes recursos de las nuevas naciones, y que además los quiere en condiciones muy ventajosas. Bajo estas premisas, a los recién independizados estados de Asia y África iba a resultarles muy difícil iniciar su camino como naciones libres y dueñas de sí mismas y sus destinos.

Entre las antiguas metrópolis que destacan por su condición de cabezas de un imperio informal está Francia. Sacudida recientemente (13 de noviembre de 2015) por los graves atentados de París, la oleada de solidaridad hacia sus ciudadanos llena de prevención cuando está siendo aprovechada por el presidente de la República, el socialista François Hollande, y su gobierno para lanzar operaciones militares contra el autoproclamado Estado Islámico, que ha reivindicado las acciones, y llamar a la acción al conjunto de sus aliados de la OTAN, incluyendo a España, Alemania y los Estados Unidos. En primer lugar, porque el ardor guerrero de Hollande no deja de tener paralelismos con el demostrado por el anterior presidente estadounidense George W. Bush a raíz de los atentados del 11-S, y como dice la sentencia “de aquellos polvos vinieron estos lodos” (No está de más recordar, como ha hecho el periodista Miguel Ángel Aguilar, que buena parte de los combatientes del DAESH son miembros de las fuerzas de seguridad y de la administración iraquíes que, tras la invasión norteamericana, fueron purgados en masa e indiscriminadamente de sus empleos, en lugar de ser reciclados para provecho del futuro régimen post-Saddam). En segundo lugar, porque la Francia institucional que presume de los valores de la República, la Revolución de 1789 y los valores europeos deja estos para consumo interno -y no siempre, si hemos de atender a la discriminación y la marginación social que se vive por unos suburbios que han sido protagonistas de disturbios y protestas y ahora especial caladero para los reclutadores de la “yihad”- y exhibe una cara mucho más oscura y codiciosa en el trato con sus antiguas colonias, donde el proyecto de la “Françafrique”, vigente desde los tiempos de la presidencia del general De Gaulle y la emancipación del vasto imperio de Argelia, Túnez, Madagascar, África Ecuatorial Francesa y África Occidental Francesa ha sido una vergonzosa y continuada exhibición de fuerza para la protección de los intereses políticos y empresariales de París. No en vano, François-Xavier Verschave, de la organización Survie y que ha trabajado muchos años en la región, ha llegado a titular una de sus obras con el ilustrativo título, “Franciáfrica. El mayor escándalo de la República”.

FRANÇAFRIQUE: UNA COMUNIDAD DE INTERESES MUY PARTICULARES

Tras la aprobación de una nueva constitución de posguerra en 1946, que inauguraba la efímera IV República francesa, las colonias se incorporan a una estructura federal, la Unión Francesa, que convertía en estados asociados a las posesiones francesas, pero al mismo tiempo mantenía como ciudadanos de segunda categoría a los naturales de las colonias. De los 856 delegados elegidos a la Asamblea Constituyente de 1945, sólo 64 procedían de aquellas, a pesar de que 250.000 soldados del África francesa habían tomado las armas por la Francia Libre de De Gaulle y el imperio francés en África se había convertido en un refugio para los contrarios al gobierno pronazi de Vichy. Pronto el movimiento por la independencia, integrado en la Rassemblent Démocratique Africaine -una alianza intercolonial de partidos con un programa socialmente avanzado- comenzó a rechazar la Unión y a reclamar la independencia. Sin embargo, algunos de los líderes más importantes, como el senegalés Leopold Sedar Senghor o el ivoriano (costamarfileño) Felix Houphouët-Boigny, rompieron sus alianzas con las fuerzas de izquierda, entre ellos los comunistas, asegurándose para el futuro una estrecha colaboración con la antigua metrópoli y la ayuda francesa para mantenerse en el poder durante largo tiempo.

A finales de la década de 1950, el fracaso en la guerra para el mantenimiento de Indochina como parte del imperio colonial y el rumbo de los combates en Argelia, donde el derramamiento de sangre salpicaba incluso la estabilidad política y social de la propia Francia, llevaron a un De Gaulle recién restablecido en la presidencia de la nueva V República (inaugurada en 1958) a la concesión generalizada de la independencia del África Ecuatorial Francesa (con capital en Brazzaville, la AEF estaba compuesta por las colonias de Gabón, Chad, Moyen Congo o Congo Medio y Ubangui-Chari) y el África Occidental Francesa (con capital en Dakar, la AOF estaba compuesta por Senegal, Níger, Guinea, Mauritania, Sudán francés -Mali-, Alto Volta, Dahomey y Costa de Marfil), así como a Madagascar. En 1960, al tiempo que numerosas colonias británicas del este del continente, accedieron a la independencia la mencionada Madagascar, Níger, Camerún, Togo, Gabón, Congo-Brazzaville (actual República del Congo), Alto Volta (actual Burkina Faso), Chad, Senegal, Costa de Marfil, Ubangui-Chari (con el nombre de República Centroafricana), Dahomey (hoy Benín), Mali y Mauritania, que se sumaban a la independencia a la que había accedido la antigua Guinea francesa con el nombre de Guinea-Conakry y bajo el liderazgo de Séku Turé en 1958.

Para Francia, la independencia se había convertido, por razones políticas, pero también por motivos de carga económica y de prestigio, en casi una obligación. Los costes de mantenimiento del imperio eran mayores que los beneficios que se podían extraer de él, al tiempo que no quería enfangarse en una larga guerra alrededor de un territorio tan extenso para salir perjudicada como lo había hecho en el Lejano Oriente y en el norte de África. Fracasado el intento de mantener una Commonwealth a la francesa -rechazada por Guinea-Conakry, que proclamó su independencia dos años antes-, Francia procedió a fabricar otra alternativa: nacía el imperio informal, la “Françafrique”, como el presidente de Costa de Marfil, Houphouët-Boigny, se refería muy gráficamente para señalar cuál era su voluntad de independencia.

Lejos de ser una comunidad de países con voluntad de gobernar para sí mismos y sus pueblos, cuyo nexo de unión era una historia y una lengua comunes, la CFA (rebautizada sucesivamente como Colonias Francesas de África, Comunidad Francesa de África y finalmente Comunidad Financiera Africana, dando acogida a países no francófonos como Guinea Ecuatorial y Guinea-Bissau) ha servido para mantener las riendas de las antiguas colonias en las manos de los sucesivos gobiernos del Elíseo y los recursos naturales y humanos del territorio en las de las compañías multinacionales galas. La “Françafrique” ha contribuido a mantener una relación de dependencia política y económica al tiempo que parecía existir la ficción de que los ciudadanos de los nuevos estados independientes tenían la potestad de elegir a sus representantes y ser dueños de sus destinos y naciones, cuando la realidad era que Francia, por la lógica de la “guerra fría” y en nombre del “mundo libre” o por los intereses económicos defendidos por París, era capaz de hacer y deshacer a su antojo, quitando y poniendo a líderes políticos en Ultramar.

Un ejemplo de este neocolonialismo lo da el hecho de que haya una moneda común, el franco CFA, que es la moneda de catorce países africanos, doce antiguas colonias francesas más las mencionadas Guinea Ecuatorial y Guinea-Bissau. El franco CFA fue una de las exigencias del gobierno de De Gaulle en los acuerdos de independencia para el África Occidental y el África Ecuatorial francesas -otras eran el acantonamiento de soldados franceses en bases de las nuevas naciones y la asunción por éstas de las deudas de la época colonial, lo que empezaba hipotecando el futuro de los nuevos países-. En realidad, el franco CFA es poco menos que un “chollo” para Francia. Con una relación de cambio de 1 euro=655,95 francos CFA (junio de 2015), el franco CFA no es una sino dos monedas, una para la región de África Central y otra para el África Occidental. Aunque ambas tienen la misma relación cambiaria respecto al euro (antes respecto al franco francés) y son nominalmente la misma moneda, dependen de autoridades monetarias distintas, de dos bancos centrales diferentes y no existe posibilidad cambiaria entre ellas, lo que en la práctica impide cualquier tipo de integración y deja a las economías nacionales supeditadas a Francia.

Además, el Banco de Francia tiene un considerable poder en cuanto a política monetaria de una divisa que no circula ni por su país ni por ninguna de las posesiones ultramarinas que todavía mantiene. Posee poder de veto sobre las decisiones tomadas por cada una de las autoridades monetarias -del franco CFA “central” y del franco CFA “occidental”-. Y además, cada país del área del CFA debe depositar el 50% de sus reservas de divisas el banco central francés, lo que en la práctica ha supuesto y supone una inyección de liquidez y estabilidad para el propio tesoro de la ex metrópoli. Sin embargo, la moneda africana ha contado con la ventaja de una gran estabilidad por sus tipos de cambio fijos, lo que ha dado lugar a un lucrativo intercambio de fondos entre los sucesivos gobiernos franceses y los de los países africanos afines. Millones de francos CFA han salido de las excolonias rumbo a la financiación de las campañas electorales de Valery Giscard d’Estaign, Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy. Al mismo tiempo, como escribe Josep Fontana, “cuando los pupilos de Francia se encontraban en una situación difícil, una suma considerable de billetes de  francos CFA salía para África (pasando por Suiza, donde una parte quedaba en las cuentas personales de políticos franceses y africanos)”.

Robert Delavignette, uno de los hombres de De Gaulle, había anunciado que “la descolonización implica a la vez hacer un buen negocio y tener buena conciencia”. Al mismo tiempo, el propio general puso al frente de los asuntos africanos del Elíseo a Jacques Foccart, hombre de su confianza y responsable de los servicios secretos, quien ha estado detrás de cada golpe de estado y de cada apoyo recibido por los jefes de estado más despiadados, pero apoyados por el gobierno de la República Francesa, desde los conservadores a los socialistas (salvo en la etapa de Giscard d’Estaign), desde De Gaulle hasta Miterrand pasando por la “extraña pareja” Jacques Chirac y Lionel Jospin, hasta su fallecimiento en 1997.

Flag_of_Cameroon.svgEn el mismo año de las numerosas independencias, 1960, el líder nacionalista del Camerún, Félix Moumié, es envenenado en Ginebra -a donde había acudido a una reunión con un supuesto periodista que no era más que una tapadera- por orden de Foccart. Foccart se encargó también de que el poder recayera en Ahmadu Ahidjo, quien se mantuvo veintidós años en el cargo, recibiendo ayuda francesa para combatir a la guerrilla en una guerra de diez años que costó muchos miles de muertos con componentes de violencia étnica (muchas de las víctimas pertenecían a la población bamileké). Convencido por un médico francés de que estaba cerca de morir, dimitió en 1982 y puso como sucesor a Paul Biya, un defensor de los intereses de las multinacionales francesas (al parecer, es un hombre de la petrolera gala ELF-Aquitanie) que ha impuesto una enmienda a la Constitución para asegurarse continuar al frente del país hasta 2018. Biya, dirigente político que mezcla el despotismo, la represión y el enriquecimiento personal, gobierna un Camerún donde la riqueza procedente de la explotación del petróleo se evapora para beneficio de las compañías privadas (se ha calculado que más de la mitad de los ingresos producidos por su explotación entre 1977 y 2006 han desaparecido sin llegar al presupuesto nacional).

809px-Flag_of_Togo.svgNo ha sido menos grave el caso de Togo, una antigua colonia alemana (Togoland) que pasó a manos francesas tras la capitulación germana en la PGM y la pérdida de las colonias por ésta a consecuencia de las disposiciones del Tratado de Versalles. Sylvanus Olympio, líder de la independencia togolesa y primer presidente de este pequeño país del golfo de Guinea, representaba las mejores aspiraciones de los africanos recién emancipados de la tutela europea. Olympio afirmaba que la principal preocupación de los dirigentes africanos debía estar lejos de la lucha entre las dos grandes potencias mundiales -EE.UU. y la URSS- y la política de bloques, y que el objetivo de los nuevos países africanos y sus líderes “era dedicar todas sus energías y recursos al desarrollo de sus pueblos”. Tal profesión de fe y de independencia en pleno auge de la “guerra fría” -en una época en la que, para más inri y como había señalado el anterior presidente norteamericano Truman, el no alineamiento ni siquiera se contemplaba como una opción- no sería tolerada por Francia. El 13 de enero de 1963, en el transcurso de un golpe militar patrocinado por el Elíseo, Olympio era asesinado y, tras un período de gobierno militar en la sombra en que el poder estuvo en manos de Nicolas Grunitzky, éste se vio forzado a dimitir en 1967, el día del cuarto aniversario del golpe, y subía al poder el cerebro del putsch contra Olympio, Étienne Gnassingbé Eyadéma, quien iba a inaugurar una dinastía en el poder continuada hoy por su hijo Faure Gnassingbé, tras un nuevo golpe de Estado, esta vez electoral, en 2005, en medio de numerosas y sangrientas protestas por todo el país.

La ruina de Togo es hoy clamorosa para todos, excepto para Francia y sus compañías. En los primeros años de independencia, numerosas naciones africanas, y especialmente las del África francófona, se llenaron de “elefantes blancos”, proyectos de industrialización y de desarrollo que seguían siendo igual de mal planificados y costosos que algunos de los que intentaron llevar a cabo las potencias colonizadoras en los años inmediatamente anteriores a la independencia, en la idea de que la reconstrucción de las metrópolis pasaba por una mayor explotación de los recursos de sus respectivos imperios. El Togo de los Gnassingbé se embarcó en proyectos como una fábrica textil hoy cerrada que sólo llegó a trabajar al 10% de su capacidad; una cementera que duró sólo un mes funcionando o una refinería de petróleo para un país que no posee reservas. De esto también se benefició Francia. Un ejemplo muy gráfico: Togo compró más de trescientos tractores Renault sin que los campesinos hubieran recibido formación para usarlos ni se hubiera realizado previsión alguna sobre si eran o no útiles para sus necesidades. Al cabo de los años, el pequeño Togo tuvo que recibir la “ayuda” del FMI y el Banco Mundial para reestructurar su elevada deuda externa.

Flag_of_Gabon.svgNo menos triste es el caso de Gabón, en el África ecuatorial. Escribe el ensayista ghanés Eugenio Nkogo Ondó al referirse a este país que su antiguo presidente, Omar Bongo, “al referirse a la benevolencia de su  despotismo, afirmó enfáticamente: “era mi dinero. No niego haber ayudado a unos y a otros, pero no me gustaría que se dijera que los he ayudado para sembrar cizaña entre ellos”[…] sólo alguna fuente crítica ha señalado una vez más al mismo Omar Bongo como el gran amigo africano que, despilfarrando el erario de su nación, ha pagado la campaña electoral del presidente Nicolás Sarkozy” (ya antes había destinado fondos para la campaña de Jaques Chirac). Poco tiempo después, el propio Sarkozy apoyaría la fraudulenta elección, pese a las protestas de gaboneses en la propia Francia y de la oposición en Gabón que amenazaban con el desencadenamiento de una guerra civil, de su hijo Ali Bongo, alguien que era definido en los círculos del poder de París como “un amigo, el más escuchado” de quienes rodean al presidente y líder de la UMP (hoy, de Les Republicáines). “En Gabón es evidente que Ali Bongo ha sido el candidato de Francia, de TOTAL y demás intereses multinacionales.”, escribe Nkogo Ondó. No ha sido el único caso de intervención francesa, pues todos los gobiernos de cualquier signo que han estado al frente de la V República han apoyado a los Bongo.

La explotación de los recursos mineros de Gabón correspondía a empresas conjuntas franco-gabonesas. El primer presidente del país como estado independiente fue Léon M’ba, un candidato del Elíseo que incluso llegó a proponer la incorporación del país a Francia como un departamento más de la antigua metrópoli. M’ba, derrocado por un golpe de estado en 1964 que contaba con el apoyo de Estados Unidos, fue restablecido en el cargo por los paracaidistas franceses. En 1967, cuando estaba a punto de morir, delegó sus funciones en Albert Bongo (quien islamizaría su nombre posteriormente a Omar), un candidato fabricado por París. Bongo, que contaba con 32 años al acceder al cargo -el más joven presidente de república del mundo- se mantuvo durante cuatro décadas en el poder, hasta que Alí Ben Bongo, su hijo, le sucedería en las elecciones-farsa de 2008. La explotación de los recursos petrolíferos y del mineral de hierro (en manos de la compañía china Belinga, lo que muestra que la Françafrique, en decadencia, precisa -y de hecho la está ya planificando- de una renovación) garantizan los beneficios privados en detrimento de la mayoría de la población (según datos de 2009, Gabón estaba en el puesto 93 del índice de desarrollo humano y el 70% de los gaboneses vivían por debajo del umbral de la pobreza).

Una de las circunstancias más paradójicas que se dicen de la política es aquella que afirma que “hace extraños compañeros de cama”. Esta máxima también es aplicable a la política francesa en su antiguo imperio colonial. En la década de los sesenta y setenta del siglo XX, varios países experimentaron sus particulares “vías africanas al socialismo”. Algunos de ellos, como Angola y Mozambique, por el carácter de sus movimientos guerrilleros en su lucha independentista contra la potencia colonial (en este caso, la dictadura portuguesa). En otros casos, a raíz de golpes de estado como los que tuvieron lugar en Etiopía, Dahomey (rebautizada como República Popular de Benín, en honor de un antiguo reino situado en la costa del golfo de Guinea, entre Nigeria y este país, que ha conservado el nombre) o en Congo-Brazzaville (rebautizado como República Popular del Congo). Y también hubo algunos casos en que se trató de seguir una vía particular, como la Tanzania de Julius Nyerere. Nyerere había federado a Tanganika en la nueva estructura federal de la República Unida de Tanzania a su vecino, Zanzíbar, antiguo sultanato donde había tenido lugar una revolución izquierdista en la que la preponderancia de las fuerzas radicales podían convertirlo en lo que ya Occidente definía como “la Cuba de África”. Algunas fuentes afirman que la federación fue una idea conjunta de izquierdistas moderados zanzibaríes y Nyerere; otros, sin embargo, aluden a que el presidente de la nueva Tanzania había intervenido a instancias de la CIA. Sea como fuere,  al poco el presidente tanzano optó por su emprender su propia vía socialista, al realizar una reforma agraria basada en la propia tradición (la ujamaa o espíritu de familia) y en la reagrupación de los habitantes dispersos en pueblos donde se les pudiera proporcionar servicios estatales y ayudarles a modernizar una agricultura que se consideraba la base del desarrollo del país, toda vez que se carecían de recursos para embarcarse en la industrialización. Lo más curioso es que Tanzania recabó, para esto, ayudas del FMI, en unos años en que la “revolución verde” era una consigna de las organizaciones económicas internacionales para el Tercer Mundo (y que se ha revelado fracasada, pese a los intentos, mediatizados por compañías como DuPont, Cargill o Monsanto, por resucitarla). Aunque hubo cosas que mejoraron -la calidad de la sanidad y la educación-, la escasa productividad agrícola y el carácter forzado que tuvieron muchas de las reagrupaciones (a partir de 1973) fundamentaron el que el propio Nyerere declarara el fracaso del plan.

El apoyo de la URSS y su bloque, China y Cuba a estos intentos de “socialismo africano”, a pesar de su entusiasmo, no garantizó el éxito -quizá también porque se trataba de países lejanos, en el caso soviético, de su zona de influencia directa, y porque retraían recursos necesarios para solucionar los propios problemas de unas economías en dificultades en los años setenta- de unos proyectos donde la corrupción y la crueldad estaban tan presentes como en los antiguos regímenes, civiles o militares, que las revoluciones pretendidamente marxistas habían derrocado. Fue el caso del pionero de las independencias del África Francesa subsahariana, Seku Turé, líder de Guinea-Conakry, el hombre que había desafiado a De Gaulle con su sentencia “preferimos la pobreza en libertad a la riqueza en esclavitud” y que inauguró un régimen de brutalidad dominado por la corrupción y el fracaso económico, la condena de etnias enteras como “enemigos del socialismo”, un gran número de muertos y desaparecidos y dos millones de exiliados. Sus sucesores desde su muerte en 1984, Lansana Conté y -tras un golpe de Estado en 2008- Moussa Dadis Camara, no han sido menos brutales y dados al pillaje que Turé, con la ventaja, eso sí, de que se trata de elementos afines a la comunidad de intereses económicos francesa.

Pero hay llamativos casos en los que Francia no ha tenido mucho empacho en pactar con antiguos marxistas reconvertidos a la doctrina del “libre mercado”, como el caso de Dennis Sassou N’Guesso, antiguo líder revolucionario de la República del Congo (anteriormente, pero también bajo su mandato, la República Popular del Congo), también conocido como Congo-Brazzaville. Este país que conformaba la mayor parte del antiguo territorio del Congo Medio había comenzado su andadura independiente con un peculiar personaje al frente, el sacerdote católico Foulbert Youlou, un clérigo corrupto que vivía abiertamente con sus mujeres, vestía sotanas de Dior y cuyo gobierno se dedicaba francamente al saqueo. Francia toleró el golpe que en 1963 ponía fin al gobierno de un protegido que estaba dando muy mala fama a la “Françafrique”, y Youlou partió al exilio en la España franquista, donde intervino en negocios inmobiliarios. La situación del país, sin embargo, no mejoró, influida también por las deudas asumidas por el país a raíz de la construcción de “elefantes blancos” (las presas hidroeléctricas Inga 1 y 2). En 1979, Sassou N’Guesso formaba parte del grueso de militares que proclamaron la República Popular, con un sistema similar al de la URSS, pero veinte años después se había convertido al capitalismo y en uno más en la nómina de dirigentes protegidos de Francia y de los intereses del gigante francés ELF (que extrae el petróleo del país), quienes le apoyaron en una sangrienta guerra civil que produjo más muertes que en los conflictos contemporáneos de Chechenia, Kosovo y Timor Oriental. Congo-Brazzaville, un país rico en recursos petrolíferos y minerales, los vende muy baratos a las compañías occidentales, está hoy sometido a la vigilancia del FMI, paga una gran cantidad a intereses de la deuda y un muy elevado porcentaje de su población se encuentra bajo el umbral de la pobreza, al tiempo que la familia de un presidente que se hace reelegir fraudulentamente despilfarra grandes sumas de dinero. La guerra civil en Congo-Brazzaville y la implicación francesa será objeto de estudio más adelante.

Flag_of_Mali.svgMali, gran estado centroafricano, es uno de los objetos recientes de violencia -revuelta tuareg, favorecida por el retorno de antiguos mercenarios armados contratados por Gadafi tras la guerra civil libia a su región de origen; terrorismo fundamentalista islámico y golpes de Estado a raíz de la “debilidad” del gobierno para detener la secesión de los tuaregs, que proclamaron la independencia del Azawad (norte del país)- e intervención de la antigua potencia colonial, que mantiene en todo el continente africano unos 10.000 soldados, más que cualquier otro antiguo poder colonizador (sin contar las fuerzas de operaciones especiales). Las razones de la intervención en Mali, al igual que en República Centroafricana, puede que no estén basadas tanto en intereses económicos como en la necesidad de proteger la seguridad y la “estabilidad” del “patio trasero” francés en África. Aunque, en este y en otros casos, la influencia de los intereses del capital galo en las decisiones de la administración es tan elevada que se ha llegado a calificar de “incestuosa”, como ha hecho François-Xavier Verschave. “Es sabido que la política de París con respecto a Congo-Brazzaville, Costa de Marfil, Gabón, Malí, Níger, la República Centroafricana, Senegal, Chad, etc., no se concibe sin los consejos interesados de los grupos empresariales AREVA, Bolloré, Bouygues, Total y algunos otros.” (Viento Sur, 5 de febrero de 2014). Estas conexiones han dado sus frutos, por ejemplo, en el caso de Vivendi y el gobierno de Hollande, que ha impedido que Mohammed VI cediera la propiedad de Maroc Telecom (filial de Vivendi que controlaba a los principales operadores del Sahel, lo que al parecer tenía mucho interés de cara a Serval, la operación francesa de intervención en Mali) a la compañía de telecomunicaciones catarí Ooredoo, a quien se acusa de estar detrás del fundamentalismo islámico en Mali.

No es la primera vez que los intereses franceses y el ejecutivo galo han acordado actuar en la república maliense desde su independencia. Modibo Keita, su primer presidente, inició su andadura con un proyecto socializante que se emprendió en medio de muchas dificultades, aprovechadas para el desencadenamiento de un golpe militar encabezado por Moussa Traoré que rindió el país a la ortodoxia liberal y a la tutela del Fondo Monetario Internacional. La austeridad que viene preconizando el Fondo no es aplicable para Traoré, que, aunque con un nivel modesto comparado con la fortuna amasada por Mobutu o Sani Abacha (ex dictador militar de Nigeria), posee uno de los patrimonios más elevados de un ex autócrata africano.

Pero quizá el ejemplo más dramático de golpe contra un régimen socialista de progreso fue el dado contra Thomas Sankara y el nuevo régimen revolucionario de Burkina Faso. El país, independizado en 1960 con su nombre colonial, Alto Volta (por el río Volta, que atraviesa el país y la vecina Ghana), fue escenario durante los treinta años siguientes, previos a la revolución que llevó a Sankara al poder, de una sucesión de golpes de Estado que, en esencia, no cambiaron la situación de dependencia -casi podría decirse de servilismo- que la nueva nación voltense tenía respecto de Francia, así como el autoritarismo y la búsqueda del enriquecimiento personal de los nuevos líderes y de la camarilla que los sostiene. “Haciendo un repaso rápido de los golpes que hubo entre 1960 a 1983 hayamos un patrón común a todos ellos, el interés personal y el trato favorable a los intereses extranjeros”, escribe Eduardo Saldaña.

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Bandera del antiguo Alto Volta. Los tres colores representan las tres ramas del río Volta que da nombre al país: el Volta Negro, el Blanco y el Rojo.

Ya el primer presidente de la República independizada, Maurice Yameogo (1960-1966) impuso el recorte de libertades y suprimió el multipartidismo que proclamaba la Constitución. Los sucesores de Yameogo, militares golpistas que aprovecharon el descontento popular para sublevarse contra el gobierno y proclamar que lo hacían en pro de las demandas populares, siguieron el mismo patrón de alianza con Francia, apoyo a los gobiernos regionales -Costa de Marfil, Senegal, Níger o Gabón- fieles a la “Françafrique”, represión y enriquecimiento particular.

Todo cambiaría a partir de 1983, cuando un nuevo golpe militar ejecutado por su entonces compañero de armas y de ideas, el coronel Blaise Compaoré, situaba en el poder al joven capitán -tenía entonces 33 años- Thomas Sankara al frente de Alto Volta. Sankara ya había sido llamado antes a desempeñar cargos en el poder: fue nombrado Secretario de Estado para la Información en el gobierno militar en septiembre de 1981, yendo a su primera reunión de gabinete en bicicleta, pero renunció el 21 de abril de 1982 en oposición a lo que vio como deriva antiobrera del régimen. Un año más tarde, tras un nuevo golpe militar que puso en el poder a Jean-Baptiste Ouédraogo, rechazó el cargo de primer ministro, por razones similares, así como por la sumisión del país a los intereses neocoloniales de Francia (estuvo bajo arresto en su casa después de la visita al país del hijo del entonces presidente francés y asesor de asuntos africanos del gobierno de París Jean-Christophe Mitterrand).

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Thomas Sankara, líder revolucionario de Burkina Faso, apodado el “Che Guevara africano”, llevó a cabo en los cuatro años que estuvo en el poder una transformación radical del país.

Sankara era un personaje popular sobre todo en la capital del país, Uagadugú. Se había destacado en la guerra fronteriza que el país había sostenido con Mali en 1974 -algo que rechazaría más adelante, viendo la guerra como injusta y cruel- , tocaba la guitarra en una banda de jazz (“Tout-à-Coup Jazz”) y se desplazaba frecuentemente en motocicleta. Además, como ha apuntado Saldaña, “Sankara es un ejemplo del descontento que existía en la sociedad del Alto Volta, los jóvenes con formación que habían conocido diferentes teorías, junto con grupos de profesores y sindicatos, compartían un sentimiento de hartazgo común, resultado del ir y venir de líderes castrenses que enarbolaban las necesidades de la sociedad para acceder al poder y, una vez en él, se enriquecían mientras servían los intereses de aquellos que les habían ayudado en su ascenso.” Y las ideas que Sankara, comunes a otro grupo de militares voltenses, iba a desarrollar por entonces iban a ser las del panafricanismo y el socialismo. En 1971 y 1972, Sankara estaba participando en el entrenamiento de oficiales en Madagascar, y allí vio en primera persona las revueltas populares contra el gobierno de Philibert Tsiranana. Comenzó a leer las obras de Marx y Lenin, y pocos años más tarde ya formaba parte de la clandestina Agrupación de Oficiales Comunistas (Regroupement des Officiers Communistes, o ROC, en francés). Para Sankara y sus compañeros, “el deber último y más importante de un militar era velar por su país, entendiendo que el país lo conformaban sus ciudadanos. Por lo tanto, los militares debían de ser conscientes de su función para con la sociedad, si el gobierno había dejado de servir a su pueblo para servir a sus propios intereses, era el deber del ejército frenar esas acciones y devolver el país a sus legítimos dueños, los ciudadanos.”

El 4 de agosto de 1983 el golpe de su compañero y “hermano” Blaise Compaoré llevó a Sankara a la presidencia de la República e inició la revolución burkinabé. Sankara, al que se ha apodado “el Che Guevara africano”, realizó una profunda reconversión de la economía, el poder y las relaciones sociales del país, buscando la efectiva independencia del país -también el ámbito económico, acabando con la tutela de Francia-y la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos. En su biografía en Wikipedia podemos leer: “su política estuvo orientada a la lucha contra la corrupción, promoviendo la reforestación, combatiendo la hambruna, y haciendo de la educación y la salud las principales prioridades nacionales.” Hasta el país cambió su nombre, en el primer aniversario de la Revolución, pasando a denominarse Burkina Faso, que mezclando vocablos de las dos lenguas autóctonas mayoritarias del país, el moreé (hablado por la mayoritaria etnia mossi) y el djula, significa “la patria de los hombres íntegros”.

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La nueva bandera de Burkina Faso fue diseñada por el propio Sankara. Como otros países africanos, posee los colores rojo, amarillo y verde del panafricanismo.El rojo representa la lucha del pueblo, el verde la fertilidad de la tierra y la estrella amarilla, la revolución.

Transformó la agricultura a través de una reforma agraria que distribuyó las propiedades feudales de los terratenientes y medios para su cultivo directamente a los campesinos, así como la construcción de pequeñas represas que facilitaran el abastecimiento de agua (la política agraria fue uno de los grandes éxitos de la revolución sankarista: a producción de trigo aumentó en tan sólo tres años de 1700 kg por hectárea a 3800 kg por hectárea, lo que hizo el país autosuficiente en comida). De acuerdo con la conciencia ecológica de Sankara, se fomentaron programas de repoblación forestal. Burkina Faso necesitaba ser un país preparado para el cultivo y el autoabastecimiento; así, en 4 años se plantaron más de 10 millones de árboles para poner fin a la creciente desertificación del Sahel. En la nueva Burkina Faso se llevó a cabo también un ambicioso programa de construcción de ferrocarriles y carreteras en aras de la integración territorial.

Su defensa de los derechos de la mujer y de la infancia le llevaron a la denuncia del patriarcado en todo el continente, y el gobierno burkinabé fue el primer que contó con mujeres en los principales puestos del gabinete y en su reclutamiento para las Fuerzas Armadas. El gabinete de Sankara prohibió la mutilación genital femenina (ablación), la poligamia y los matrimonios forzados y estimuló a las mujeres a que trabajaran fueran de casa y siguieran en la escuela aunque se hubieran quedado embarazadas. Promovió la alfabetización y la salud pública y llevó a cabo una campaña de vacunación de dos millones y medio de niños contra la meningitis, la fiebre amarilla y el sarampión, además de referirse de forma pionera al SIDA como una gran amenaza para el continente africano.

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Una imagen característica del nuevo régimen burkinabé: el parque móvil oficial había reemplazado los Mercedes por el Renault 5, el coche más barato que en ese momento se vendía en el país.

Los privilegios de los jefes tribales y de los dirigentes políticos -entre ellos los del propio presidente de la República- también se acabaron, haciendo honor al nuevo nombre de la nación, “la patria de los hombres íntegros”. El gobierno suprimió muchos de los poderes que tenían los jefes tribales, tales como su derecho a recibir el pago del tributo y el trabajo obligatorio. Y, como contrapeso al poder militar (que tantos golpes de Estado había protagonizado en el pasado), inició una forma de servicio militar obligatorio con el SERNAPO (Service National et Populaire), que junto a los Comités de Defensa de la Revolución, inspirados en la revolución cubana, eran un contrapeso a la potencia del ejército. Sankara, que vivía de forma austera (bajó su sueldo de presidente de la República a sólo 450 US$ al mes, que era su salario de capitán del ejército, y limitó sus posesiones materiales a su casa familiar, un automóvil, cuatro bicicletas, tres guitarras, un frigorífico convencional y un congelador roto), llevó esa ética de austeridad al resto de los departamentos ministeriales y el funcionariado de un país carcomido por la corrupción. Una de sus medidas más sonadas fue la venta de la flota de vehículos oficiales, constituida por Mercedes-Benz, y su sustitución por los modestos utilitarios Renault 5, el automóvil más barato vendido en ese momento en Burkina Faso. La reducción de sueldo que él mismo se había aplicado llegó a todos los funcionarios públicos, prohibió el uso de chóferes del gobierno y sustituyó los vuelos en primera clase por pasajes en clase turista. “Ya voléis en primera o en clase turista, despegaréis y aterrizaréis igual”, afirmaba el líder burkinabé, para quien era imprescindible que los propios líderes de la nueva y revolucionaria nación dieran ejemplo.

A lo largo de los cuatro años que duró el gobierno marxista de Sankara, éste promovió en foros africanos y otros organismos internacionales la identidad y la cultura africana, el antiimperialismo y la condonación de la deuda externa, afirmando que el neocolonialismo que se imponía a las naciones africanas a través del comercio y las finanzas impedía a aquellas cumplir con los compromisos económicos. Sankara afirmaba el 27 de julio de 1987, ante la asamblea de la Organización para la Unidad Africana en Addis Abeba, que la deuda “es una reconquista de África organizada hábilmente, para que su crecimiento y su desarrollo obedezcan a escalas, a normas que nos vienen impuestas desde el exterior. Según eso, cada uno de nosotros se convierte en esclavo financiero, es decir esclavo simplemente de los que han tenido la oportunidad, la astucia de enviarnos fondos con el fin de devolvérselos con grandes sumas de intereses”. Por eso, trató de promover un frente común contra la misma.

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Ejemplo de la admiración de Sankara por el Che y la revolución cubana, el escudo adoptado por Burkina incluía la célebre sentencia “Patria o muerte, ¡venceremos!”

Aunque hay muchas valiosas lecciones que extraer, y de hecho, se han extraído (sus ideas sobre la reforestación y la ecología, los derechos de la mujer en África -a los que también se refirió en su día el líder de la independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde Amílcar Cabral-, la condonación de la deuda externa…) de la revolución burkinabé, no todo fue de color de rosa en ella. El régimen de Sankara no permitía los partidos de oposición y se suprimieron las protestas de sindicatos y maestros en su último año de gobierno, antes del golpe que causo su deposición y asesinato y que reflejaban la inestabilidad -fomentada además externamente- a la que se enfrentaba Burkina. Los tribunales populares que se habían establecido, con toda la buena intención, para juzgar a los anteriores gobernantes del país cayeron muchas veces en defectos autoritarios, como la no consideración de principios elementales de la justicia como la presunción de inocencia. El régimen de Sankara había devuelto la dignidad y la independencia al pueblo burkinabé y le había dado una esperanza que no habían conocido desde la independencia del antiguo Alto Volta, la de que eran dueños de sus destinos, pero le faltaban componentes democráticos. Resulta trágico que justo en el momento en que el “Presidente del Faso” (como le conocían sus compatriotas) estaba planeando una labor de rectificación de los excesos cometidos, según cuenta el canario Antonio Lozano en su documentada novela “El caso Sankara”, se pusiera en marcha la conspiración que derrocaría su gobierno.

Esta revolución, además, había generado mucho malestar entre sectores reacios a los cambios en el interior de la sociedad burkinabé, antiguos beneficiarios de las políticas desplegadas por los gobiernos prerrevolucionarios, así como en la antigua metrópoli y los estados vecinos que seguían el diktat de la Françafrique. El gobierno de François Mitterrand influyó cerca de antiguos colaboradores de Sankara, entre ellos el hombre que le puso al frente del estado, su íntimo amigo Blaise Compaoré,  y el 15 de octubre de 1987, pocos meses después del 4º aniversario de la revolución (y también apenas unos meses después de sus declaraciones en la asamblea de la OUA contra la deuda externa), Compaoré daba un nuevo golpe de Estado patrocinado por los servicios secretos de Francia. Sankara, que contaba entonces con treinta y nueve años, y doce de sus colaboradores fueron asesinados, y su mujer y sus dos hijos tuvieron que huir del país. El cuerpo del líder revolucionario fue desmembrado y enterrado en un cementerio de Uagadugú, junto a sus compañeros asesinados.

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La tumba de Thomas Sankara, en primer término, junto a las de sus doce colaboradores asesinados por los hombres de Compaoré el 15 de octubre de 1987.

Compaoré restituyó la situación del país a condiciones similares a las previas a la revolución sankarista, entre otras cosas haciendo que Burkina Faso retornara a la sumisión a Francia. Revocó inmediatamente las estatizaciones, anuló casi todas las políticas de Sankara, puso al país bajo la ortodoxia del FMI y rechazó en última instancia a la mayor parte del legado de Sankara, a quien trató de condenar al olvido, que sin embargo sigue presente en el país.

La concesión de privilegios a las tribus poderosas y a los poderes extranjeros le mantuvo en el poder durante 27 años, hasta que las protestas por su intento de ser reelegido mediante una modificación constitucional le llevaron a dimitir en 2014. Siete años antes, el 15 de octubre de 2007, en el vigésimo aniversario del asesinato de Thomas Sankara, éste fue recordado en diversas ceremonias en diversas partes del mundo, incluyendo Estados Unidos, Francia y la propia Burkina Faso. En 2011, las protestas por la muerte de un colegial llevaron a una oleada de protestas que incluyeron boicot a la producción de algodón por parte de los campesinos, huelgas de mineros, de profesores e incluso de jueces, aperturas de cárceles y motines en el ejército. El gobierno de transición que sucedió a Compaoré en 2014 ha tenido que enfrentarse a intentonas golpistas que han demostrado que la sombra de las conspiraciones militares no se ha acabado de difuminar sobre este país centroafricano. A finales de noviembre de 2015, finalmente, Christian Bokaré, un antiguo colaborador de Compaoré que abandonó su cargo en protesta por el intento de éste de ser reelegido de nuevo, se ha convertido en el presidente electo del país. Su primer rival, un antiguo dirigente de la compañía energética francesa AREVA para África, ha quedado bastante rezagado. “El futuro de Burkina Faso es incierto. El gobierno de transición tiene que mantener el orden y llevar a cabo unas elecciones democráticas en las que el poder regrese a sus legítimos dueños, los ciudadanos. Un pueblo que en su mayoría ha crecido sin haber vivido en el período del “padre de Burkina” pero que sí que ha conocido sus ideas”, afirmaba Eduardo Saldaña. La sombra de Sankara, así, se extendía sobre el proceso democratizador de Burkina como un símbolo para las viejas y nuevas generaciones, en una sociedad que, como ha aparecido recientemente en Viento Sur, “ha conocido importantes luchas estudiantiles, así como movimientos de resistencia a la introducción de semillas modificadas genéticamente o a la privatización de los ferrocarriles”.

FRANCIA EN EL GENOCIDIO RUANDÉS Y LA GUERRA CIVIL DE CONGO-BRAZZAVILLE

En 1994, un pequeño país (casi podría decirse que minúsculo para las escalas africanas), Ruanda, saltaba a las portadas de los medios de comunicación internacionales por la matanza que el gobierno dictatorial, de etnia hutu, estaba perpetrando contra sus propios ciudadanos de etnia tutsi y otros hutu moderados. El hecho de que se recurriese a una simplista explicación de que la violencia en África surgía a raíz de atávicos odios étnicos y tribales no impide que se haya ampliado el foco para dar luz a otros factores que influyeron en la gestación de la violencia.

Hutu (el 85% de la población) y tutsi (el 14%; el 1% restante lo conformaban los twa) no eran grupos étnicos con diferencias abismales, y ni mucho menos que dieran lugar a disputas violentas entre ellos. Compartían lengua -el kinyarwanda-, cultura y religión, y llevaban conviviendo mucho tiempo antes de que llegaran los colonizadores, alemanes primero y, posteriormente a la PGM, belgas, que recibieron Ruanda y la vecina Burundi tras la derrota alemana en la Gran Guerra. Fueron precisamente los nuevos colonizadores belgas los que comenzaron a explotar las diferencias étnicas en su propio beneficio, para controlar mejor sus nuevas colonias, en connivencia con los misioneros católicos que habían venido con ellos. Inventaron una ficción histórica en que los tutsi aparecían como una raza invasora superior procedente del norte, dieron preferencia a estos en los puestos de la administración colonial y, con consecuencias catastróficas que se vieron posteriormente en el futuro genocidio, incluyeron en los documentos de identidad -desde 1933- la condición de hutu o tutsi.

La discriminación en que se vieron envueltos los hutu en Ruanda y Burundi llevaron a que cuando tuvo lugar la independencia de ambas naciones en 1962, en ambos países, con la connivencia de Bélgica, se produjera una situación de dominio étnico distinto que a fin de cuentas buscaba favorecer los intereses de la antigua potencia colonial, mientras que en el interior del país iba a generarse el caldo de cultivo necesario para la violencia. En Burundi, se mantuvo el predominio de los tutsi, hasta que en 1996 estalló una larga guerra civil que finalizó en 2009 con la firma del acuerdo de paz que favorecía la incorporación de los rebeldes hutu a la vida pública del país.

En Ruanda, por contra, los nacionalistas tutsi, cuyo programa era reformista, laico y próximo al socialismo, fueron represaliados por los hutu con la complicidad belga y de la Iglesia, lo que favoreció que el país se independizara bajo la égida de los hutu. La monarquía tutsi fue abolida por un golpe militar y se proclamó en 1963 una república regida por Grègoire Kayibanda, un hutu del sur, bajo un régimen de partido único que, apoyado por Bélgica, contuvo los intentos de invasión por parte de los tutsi exiliados y desencadenó matanzas en el interior contra los miembros de este grupo.

Las cosas se pusieron todavía peor con un nuevo golpe, diez años más tarde, dado por el general Juvenal Habyarimana, todavía más radical en sus planteamientos y dispuesto a enviar al exilio tanto a tutsi como a hutu que habían estado en el poder con el anterior presidente Kayibanda. Con la Iglesia ruandesa complicada en el nuevo régimen, representada especialmente por el arzobispo de Kigali, la capital, que era miembro del comité de dirección del partido del nuevo líder ruandés, las potencias occidentales sólo prestaron atención al crecimiento económico del país. Francia -que consideraba a Ruanda parte de su imperio informal- firmó en 1975 un acuerdo de cooperación militar con el gobierno de Habyarimana, y posteriormente iba a entrenar y armar al ejército que se dedicaría a desencadenar las masacres veinte años después.

En la vecina Uganda, mientras tanto, las milicias tutsi del Frente Patriótico Ruandés (RPF) de Paul Kagame iban a ayudar a Yoweri Museveni, quien se convertiría en protegido de EE.UU., a derrocar al régimen de Milton Obote en 1986 y se preparaban para invadir su propio país y acabar con el régimen de Habyarimana. Aunque había vencido un primer intento de invasión en 1990, la lucha contra la guerrilla y la mala situación económica forzaron al general y jefe del estado ruandés, presionado por su amigo personal François Mitterrand, presidente de Francia, a llevar a cabo una serie de conversaciones de paz en Arusha (Tanzania) con los líderes del RPF.

Lejos de suponer el final de un largo conflicto, las conversaciones de Arusha no fueron más que una cortina de humo que encubría la venta de armas por parte de Francia, pagadas con fondos destinados al desarrollo proporcionados por el FMI, el entrenamiento galo y las conversaciones con milicias irregulares hutu (los interahawme) para preparar el genocidio de los tutsi. A pesar de los síntomas que anunciaban lo que se estaba preparando, ni la ONU (presidida por Boutros-Ghali, quien ya había intervenido en los setenta en la venta de armas de Egipto al régimen de Habyarimana) ni las potencias internacionales hicieron nada para impedir lo que se avecinaba. El 6 de abril de 1994, el avión en que regresaba de Arusha Habyarimana y el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, fue derribado en un atentado que fue atribuido al RPF, pero que todo parece indicar fue llevado a cabo por el propio ejército ruandés para espolear a los hutu e iniciar el asesinato masivo de tutsi. El radical coronel Bagosora se hizo cargo del poder con un supuesto gobierno multipartidista, que servía de justificación para la ayuda francesa, al tiempo que los medios locales -en especial la radio- y las fuerzas armadas animaban a la tarea de la limpieza étnica.

Iniciadas por una Gendarmería ruandesa instruida por fuerzas galas, y en medio de declaraciones incalificables del presidente Mitterrand, que llegó a afirmar que “un genocidio en estos países no es muy importante”, al tiempo que trataba de justificar su apoyo al gobierno diciendo que las verdaderas víctimas de la persecución eran los hutu (contando, por tanto, las cosas al revés), se desencadenó una monumental masacre en que los machetes enarbolados por los campesinos hutu, instruidos en el miedo y el odio, se convirtieron en un símbolo de la destrucción. Casi un millón de personas, tutsi y hutu moderados, fueron asesinados en siete semanas, en medio de una cuasi pasividad general de los organismos internacionales, a una tasa diaria cinco veces mayor que la del campo de exterminio nazi de Auschwitz. Hasta que las milicias del RPF, peor armadas y entrenadas pero más eficaces en la lucha, derrotaron al gobierno. Kagame se hizo con el poder y se ha convertido, junto con Museveni, en un apoyo de los EE.UU. en la zona, al tiempo que aprovecha la reconciliación nacional para apuntalar su poder. Mientras tanto, las consecuencias de la destrucción se desplazaron a la vecina República Democrática del Congo, en una sangrienta sucesión de conflictos que impiden la consolidación de la paz y el desarrollo necesario de un país convertido en moderno objeto de saqueo.

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Protestas en Francia en 2014 por el no reconocimiento de la responsabilidad del Elíseo en las masacres de Ruanda.

En el Congo ex francés, la República del Congo, mientras tanto, Dennis Sassou N’Guesso, un fiel amigo de los dirigentes franceses desde finales de los años setenta y que había ido escalando posiciones hasta hacerse con la presidencia de la marxista República Popular, se convirtió en el alumno aventajado del discurso de Mitterrand en La Baule de 1990. Un discurso que disfrazaba, bajo la intención francesa de no tolerar tiranías en su zona de influencia en África (en un momento de euforia tras la caída de los regímenes de “socialismo real” en el este de Europa, la perestroika de Gorbachov en la URSS y los derrocamientos de otros autócratas como Marcos en Filipinas), un mecanismo para hacer parecer respetables los viejos dictadores amigos siempre que participasen en elecciones de dudosa legalidad que legitimasen sus gobiernos. Los Bongo, Eyadéma y Houphouët-Boigny obtenían así el beneplácito (y los créditos) que les permitían continuar al frente de sus países y favorecer los negocios franceses en las antiguas excolonias.

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Bandera de la antigua República Popular del Congo (1970-1992)

Sassou N’Guesso abandonó la retórica y el contenido marxista, quitando el adjetivo “Popular” del nombre oficial del país y convocando elecciones en las que, sin embargo, cayó derrotado frente a su exprimer ministro Pascal Lissouba, tanto en las presidenciales como en las legislativas de 1992. Inicialmente derrotado, N’Guesso se retiró a su ciudad natal creando un ejército personal, los Cobras, esperando que llegara de nuevo su oportunidad. Ésta no tardaría en llegar, al año siguiente, cuando las dificultades financieras que se encontró Lissouba en un país donde la fortuna de su antecesor se había realizado a través del saqueo de las arcas públicas, fueron aprovechadas para reclamar por parte de su oponente, Kolélas, la victoria en las elecciones presidenciales anticipadas y los ejércitos de Lissouba -los Zulúes- y de Kolélas -los Ninjas- comenzaron los primeros enfrentamientos armados, que anticipaban lo que estaba por venir.

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En 1992, la República del Congo recuperaba la bandera que había adoptado tras su independencia.

Lissouba, que había ganado las elecciones del 93, comenzó a renegociar los contratos petrolíferos, que la República del Congo tenía con la francesa ELF, con empresas norteamericanas. Tanto ELF como el gobierno de Mitterrand esperaban que Lissouba naufragara en medio de las dificultades económicas por las que atravesaba el país para así volver a colocar en el poder a su candidato, N’Guesso. El paso dado por Lissouba suponía un grave perjuicio a los intereses franceses, y en 1997 N’Guesso, que ya estaba instalado con su familia en París al amparo de sus patrocinadores galos, anuncia su entrada en el ruedo electoral, presentándose a las presidenciales congoleñas.

Con armamento y financiación procedente de ELF, del Elíseo y de Omar Bongo, presidente de Gabón y su yerno, N’Guesso tenía todo dispuesto para iniciar el enfrentamiento armado frente al presidente legalmente elegido, Lissouba. En la coalición que le apoyaba estaban presentes soldados de Angola, enviados por otro antiguo marxista reconvertido en amigo de Occidente y sus intereses económicos, José Eduardo dos Santos, (experto asimismo en ganar elecciones fraudulentas y quien esperaba, por su parte, debilitar las posiciones de la guerrilla rival de la UNITA, dirigida por el oscuro Jonás Savimbi, en el país); restos del antiguo ejército del Zaire de Mobutu; soldados ruandeses perpetradores del genocidio de 1994 y hasta mercenarios blancos, que junto a los Cobras de N’Guesso llevaron a cabo una auténtica limpieza étnica al sur del país, habitada por la etnia lari. En la capital del país, Brazzaville, los soldados del amigo de París se entregaron a una orgía de saqueos durante una semana, además de a la matanza de personas en los barrios habitados por las etnias opositoras, como habían hecho en otras poblaciones como Dolisie, Nkayi o Madingou. Los cadáveres eran llevados en camiones por delante de la embajada francesa en dirección al río Congo, donde eran arrojados. Como se suele considerar, estas y otras escenas de asesinatos, violaciones y mutilaciones dadas en el continente africano suelen ser atribuidas al atraso de las mentes, a conflictos étnicos o religiosos o al conflicto entre rivales políticos en los que no intervienen factores económicos o geoestratégicos de Occidente. La explicación se vuelve, trágicamente, a entremezclar con esos intereses externos.

La guerra civil de Congo-Brazzaville, desapercibida para los medios de comunicación pese a su sangriento alcance, acabó en 1999 con la victoria del aliado de la petrolera francesa, que recuperó los contratos otorgados por su antecesor a la estadounidense OXY, y de la Republique, cuyo presidente Jacques Chirac -que le recibió junto al primer ministro Jospin tras su victoria militar- había declarado tranquilamente que el único que podía salvar al Congo de la autodestrucción era Dennis Sassou N’Guesso…

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En noviembre del presente 2015, Sassou N’Gueso llevó a cabo en medio de grandes protestas en contra y un resultado puesto en entredicho por la poca transparencia del escrutinio, un referendum para reformar la constitución que le permitía presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales. François Hollande apoyó la celebración de este referendum a pesar de que ofrecía muy pocas garantías de transparencia.

REPÚBLICA CENTROAFRICANA: LA NEOCOLONIA POR EXCELENCIA

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La bandera de la RCA, diseñada por el líder nacionalista Barthélemy Boganda, mezcla los colores de la tricolor francesa y los del panafricanismo,en su esperanza de que Francia y África pudieran caminar juntos.

La República Centroafricana es uno de los países más pobres del mundo, y también de los más desgraciados desde que comenzó su andadura independiente en 1960. Al igual que ocurría con casi todos los comienzos del resto de naciones africanas recién independizadas, el futuro se observaba prometedor a pesar de las numerosas dificultades que el país iba a tener que arrostrar.

Pero en el transcurso de cincuenta y cinco años de independencia, la antigua colonia de Ubangui-Chari sigue arrostrando el camino del desamparo y la dependencia política y económica de París, en cuyos despachos se ha fraguado el destino de una nación convertida en el apéndice más evidente de la “Françafrique”. Francia ha colocado y depuesto a casi todos los presidentes de la República Centroafricana, y su política con respecto al país ha ido siempre de la mano de la de las empresas francesas para que éstas puedan “aprovechar” las oportunidades de negocio que se le brindan en un país rico en recursos pero cuya población está sumida en la absoluta pobreza.

Una de las cuestiones por las que República Centroafricana, y todo el Sahel que formaba parte del antiguo imperio colonial francés (Níger, Mali, Mauritania, Senegal…), forma parte hoy de una nueva estrategia militar gala -volcada en el multilateralismo y en las misiones conjuntas con otros estados africanos, pero sin renunciar a una significativa presencia francesa- es la necesidad de que las compañías el país recuperen antiguos volúmenes de negocio y presencia en países clásicos, pertenecientes al “patio trasero” francés, donde la competencia con empresas chinas, estadounidenses o indias es cada vez más fuerte. En República Centroafricana, sin ir más lejos, “Bolloré tiene el monopolio de la logística y del transporte fluvial. Castel reina sobre el mundo del mercado de las bebidas y el azúcar. CFAO controla el comercio de vehículos. A partir de 2007, France Telecom entró en el baile. AREVA está presente en Centroáfrica aunque, oficialmente, el gigante nuclear no está sino en la fase de exploración (al contrario del vecino Níger, donde la revuelta tuareg del Mouvement des Nigeriens pour la Justice de 2007 contra el gobierno de Mamadou Tandja, fue espoleada por el gigante del uranio francés para desplazar a sus competidores norteamericanos y chinos). TOTAL refuerza su hegemonía en el almacenamiento y en la comercialización de petróleo” (Olivier A. Ndenkop).

De este modo, las misiones “humanitarias” de Francia en la zona -una zona, además, donde a la presencia del terrorismo islamista de Al Qaeda en el Magreb Islámico, que se apropió del movimiento separatista tuareg de Azawad (norte de Mali), hay que sumarle los conflictos de fronteras entre Sudán y Sudán del Sur, vinculado además al petróleo; las correrías asesinas del Lord Resistance Army (Ejército de Resistencia del Señor) de Joseph Kony; o la lucha enquistada en Somalia- son conflictos vinculados al aprovechamiento de situaciones favorables de cara a los negocios de la antigua metrópoli en una situación cambiante, no sólo en cuanto a un entorno que se ha hecho más competitivo con la presencia de competidores internacionales, sino en la presencia de conflictos que ya no se encuadran en la vieja dicotomía de “gobierno amigo” o “gobierno hostil”. Unas intervenciones humanitarias donde no falta, además, la competencia en este terreno de Estados Unidos (que trata asimismo de apuntalar al gobierno provisional somalí y a sus aliados Yoweri Museveni de Uganda y Paul Kagame de Ruanda). Es interesante, además, señalar que en estos conflictos la naturaleza religiosa no es la característica definitoria de los mismos (algo que es extensible también a la guerra entre milicianos de la Seleka y anti-Balaka en República Centroafricana), como refiere Toby Leon Moorsom: “todos nacen en un contexto de fracaso de mercados agrícolas y de auge de la extracción de petróleo y de minerales. El fundamentalismo islamista es tan sólo un factor que complica las cosas: no una causa, sino una respuesta a la desestabilización general”.

Aparte, hay una diferencia característica en la intervención francesa moderna en República Centroafricana con respecto a las anteriores. La posición excepcional del país en el continente y su vecindad o cercanía relativa con otros países francófonos, en especial con Chad, Níger, Mali, Camerún y Congo-Kinshasa, donde la competición entre empresas francesas y de China, India y Estados Unidos, por la enorme cantidad de recursos en juego en la zona (uranio de Níger, diamantes de la RCA, coltan de RD Congo, petróleo del golfo de Guinea, madera, minerales diversos…) son motivos que no pasan desapercibidos a la hora de entrar en un juego donde hasta el momento los únicos derrotados son los pueblos de la zona, poseedores de los recursos pero sin acceso a los beneficios de su explotación y comercialización. Una elevada presencia en la RCA permite una mayor y mejor movilización hacia zonas de conflicto cercanas, y asimismo dotadas de otros recursos estratégicos. “La situación geográfica particular de República Centroafricana, en medio del continente, refuerza su utilidad para lanzarse a la reconquista de África” (Viento Sur, 7 de marzo de 2014). Al mismo tiempo, los diferentes grupos armados de República Centroafricana, un país desestructurado por los conflictos, sin infraestructuras, dominado económicamente por los grupos empresariales franceses, precisan de Francia para poder llevar a cabo sus proyectos.

República Centroafricana nació, como el resto del antiguo imperio colonial francés, desde el primer momento con la metrópoli observando con lupa cada movimiento. En 1958, la colonia de Ubangui-Chari se había constituido como entidad autónoma en el interior de la Unión Francesa de De Gaulle como República Centroafricana. Al frente del nacionalismo ubanguiano se encontraba un sacerdote católico, Barthélemy Boganda, que entró en política defendiendo la no discriminación de los negros y que, con el paso del tiempo, pasó a defender desde las filas del MESAN (Movimiento por la Evolución Social del África Negra), la independencia de su país.

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Sello de 1959 de la RCA que representa a Barthélemy Boganda.

Boganda no respondía al perfil de izquierdista subversivo que se podía adjudicar a otros líderes políticos africanos (Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Thomas Sankara…) que eran, en principio, los que más preocupaban a los gobiernos occidentales de cara a la “reconquista” del continente. Educado en escuelas de las misiones católicas y ordenado sacerdote, su apuesta social y económica abogaba por la vía reformista del catolicismo social, no por la de una revolución de signo marxista, en aras de aumentar el nivel de vida de las capas sociales más desfavorecidas (que formaban la amplia mayoría de sus seguidores). Boganda había lanzado ideas de desarrollo incomprendidas en su momento, a pesar de imaginativas, como la de una administración económica conjunta franco-ubanguiana en tiempos aún de la colonia, o la de los Estados Unidos de África Latina, ya en puertas de la independencia, que agruparía a varias antiguas colonias francesas (Camerún, Chad, Congo francés, Ubangui-Chari y Gabón), Angola, Guinea Ecuatorial y las colonias belgas de Congo, Ruanda y Burundi, como una estructura federal de la que la RCA formaría parte, para aminorar y resolver las dificultades económicas por las que habrían de pasar las nuevas naciones recién independizadas. La integración económica, que hoy resulta imposibilitada por las dos zonas del franco CFA y la preponderancia francesa en las decisiones monetarias de los países con esta divisa, tenía una vía de escape en esta original propuesta.

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Los Estados Unidos de África Latina, la unión ideada por Boganda.

Boganda murió en accidente aéreo el 29 de marzo de 1959, justo a las puertas de unas elecciones legislativas en la RCA y a punto también de convertirse en el nuevo presidente del país, independiente a partir del año siguiente. Las causas de la muerte de Boganda, a quien el historiador Georges Chaffard ha definido como “el más prestigioso y el más capaz de todos los políticos del África ecuatorial”, han estado envueltas en la sospecha. La edición del semanario francés L’Express del 7 de mayo reflejaba que en los restos del avión -donde además habían muerto el resto de los pasajeros y la tripulación- se habían encontrado trazas de explosivos. Curiosamente, el alto comisario francés prohibió la venta del semanario en la RCA. También se apunta a Michelle Jourdain como parte de la red que habría atentado contra el líder centroafricano. La esposa de Boganda, de nacionalidad francesa, y él llevaban un tiempo con su relación deteriorada, y el político especulaba con dejarla y regresar a la vida sacerdotal que había abandonado para estar con Jourdain. Además, Boganda había firmado una póliza de vida a favor de su mujer por una cuantiosa cantidad, lo que añade más sospechas contra ella.

Sea como fuere, el camino a la presidencia de la República aparecía para Francia como la primera oportunidad para que un fiel peón del Elíseo accediera a ese puesto. El sucesor natural de Boganda, Abel Goumba, aparece descrito como “honesto, inteligente y fuertemente nacionalista”, lo que le descartaba como candidato a la docilidad. David Dacko, que como Goumba había sido también ministro en el gabinete autónomo de Boganda, fue el candidato elegido por Francia, recibiendo el apoyo del alto comisario francés, de la Cámara de Comercio (dominada por la élite colonial)… y de la propia Michelle Jourdain. No hace falta explicar mucho que Dacko se llevó el gato al agua.

Con la presidencia de Dacko nacía la sucesión de golpes de fuerza ejecutados por los sucesivos gobiernos franceses sobre quien ostentara el poder en Bangui, la capital centroafricana. Cuando Dacko, servil en un principio a los intereses galos y que había inaugurado un régimen de partido único, buscó algo de independencia con alianzas con la República Popular China, en 1966 un antiguo sargento del ejército colonial y primo del presidente, Jean Bedel Bokassa, encabeza una sublevación militar que pone el poder en sus manos y coloca a Dacko (que al parecer se había llegado a plantear dimitir) en la jefatura del gobierno, si bien no por mucho tiempo.

Bokassa fue un amigo de Francia que pronto se convertiría en una china en su propio zapato. Sus excentricidades, que podían ser irritantes (a De Gaulle le molestaba sobremanera que en las audiencias oficiales le llamara “papá” en lugar de general o presidente) o incluso síntomas de delirios de grandeza (en 1976 rebautizó el nombre del país a Imperio Centroafricano y se hizo coronar emperador con el nombre de Bokassa I), podían pasar desapercibidos en medio de la nómina de líderes delirantes pero buenos aliados dentro de la lógica de la “guerra fría”, como Mobutu en Zaire, el sha de Persia o Augusto Pinochet en Chile. Pero la sangrienta política y los escándalos de Bokassa en su imperio llevaron a que sus patrocinadores le dieran la espalda: la tremenda violencia con que sometía a sus adversarios políticos, el lujo desmesurado en que vivía -en la que la participación francesa había tenido su parte: la ceremonia de coronación había sido sufragada por el presidente francés Valery Giscard d’Estaign, que había recibido asimismo regalos en forma de diamantes por parte de Bokassa- y la locura progresiva que se iba apoderando de él, aumentada por las leyendas que hacían referencia a sus prácticas antropófagas (se llegó a rumorear que a Giscard le había llegado a ofrecer carne humana en una recepción), causaron que en 1979 fuerzas francesas acabaran por arrancarle de su preciado trono. Sin olvidar, claro está, la misión especial que desempeñaron los “paracas” galos de limpiar de los archivos cualquier referencia al regalo en diamantes recibido por el propio presidente neogaullista de Francia (a pesar de esa limpieza apresurada, el diario satírico galo Le Canard Enchainé mostró a la opinión pública las pruebas de ese regalo. La carrera de Giscard se daba por finalizada, perdiendo las presidenciales de 1981 ante un Mitterrand que, sin embargo, no cambió los patrones de conducta de la “Françafrique”)

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Coronación de Bokassa I.

Cualquier esperanza de futuro para la reimplantada RCA después del derrocamiento de Bokassa se ha visto fracasar en medio de la corrupción y la incompetencia de los gobiernos sucesivos, además de por la interferencia francesa, que, fiel a la tradición, cuando lo ha visto necesario ha intervenido en la situación interna en su favor. Aunque esto ha generado, como en el reciente conflicto entre la Seleka y los anti-Balaka, un conflicto interno en el que la “razón de Estado europea” ha estado ausente del análisis en los medios de comunicación. “Las compañías europeas y la administración francesa transformaron por completo el sistema económico del país, sumiéndolo en un subdesarrollo crónico y relegándolo a una dependencia poscolonial de la que difícilmente se ha despojado la malograda nación centroafricana […] cinco de los seis últimos presidentes centroafricanos tomaron el poder a través de las armas y una vez en el cargo poco quisieron saber de la necesaria unidad nacional, más bien todo lo contrario. La irresponsable gestión desde la presidencia no ha logrado sino exacerbar las rivalidades interétnicas avivando el odio y la sed de venganza que han llevado a la RCA a vivir en riesgo de guerra constante.” (Pablo Moral) Esa guerra, finalmente, estalló en 2012, tras un tiempo de conflicto latente.

En marzo de 2003, el primer escenario para el conflicto armado se vivió cuando el general François Bozizé derrocó al primer presidente elegido en las urnas en los más de cuarenta años de historia independiente de la República Centroafricana, Ange-Felix Patassé. El malestar y la corrupción en torno al gobierno de Patassé llegaron a los cuarteles, y Bozizé, destituido como jefe del Estado Mayor y exiliado en el vecino Chad desde 2001, llevó a esta situación en la que se repetía, nuevamente, la toma del poder en Bangui a través de las armas. Bozizé disolvió la Asamblea Nacional y postergó las elecciones que él mismo había prometido hasta 2005, unas elecciones que ganó no sin denuncias de irregularidades. Reelegido en 2011 y apoyado por Francia, el gobierno de Bozizé se caracterizó por el aumento en los índices de pobreza del país (en 2000 el 67% de los centroafricanos se situaba por debajo del umbral de pobreza; en 2011 el porcentaje llegaba al 95%, situándose por detrás de Etiopía y Sierra Leona en la lista de países con peor índice de desarrollo humano) y la guerra que le enfrentó a los rebeldes norteños, que habían empuñado las armas en respuesta a la marginalización y el sentimiento de agravio que el gobierno de Bozizé provocaba en la zona, así como a bandidos dedicados al robo y al secuestro.

La crisis a la que se enfrentaba República Centroafricana, un país que estaba siendo convertido, desde dentro y desde fuera, a marchas forzadas, en un “estado fallido” similar a Somalia o Afganistán, aumentaba de día en día. En 2008, por fin, en la capital de Gabón, Libreville, gobierno y rebeldes se sentaron a negociar un acuerdo que pusiera fin a la violencia. Este acuerdo llevaba aparejado el desarme de las milicias y la formación de un gobierno de unidad.

Sin embargo, el panorama no cambió. En 2011, lejos de haberse producido el gobierno de unidad, lo que se produjo fue una nueva victoria electoral de Bozizé. Las viejas y nuevas facciones rebeldes se agruparon a lo largo del año siguiente en la Unión de Fuerzas Democráticas por la Reunificación, liderada por Michel Djotodia, y formaron la coalición armada Seleka (Alianza en sango). Formada por una amalgama de grupos que conformaban una alianza circunstancial, con ayuda también de soldados procedentes de Chad y de Sudán, la Seleka se lanzó a una conquista de Bangui en la que la destrucción a lo largo del camino a la capital fue la nota predominante.

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Tropas de la coalición Seleka.

Pero hay un dato que ha pasado desapercibido en las actividades de Seleka. Francia se encontraba disgustada por la política “independiente” que desde su elección en 2006 estaba llevando a cabo el hombre al que habían ayudado a ponerse al frente de la República Centroafricana. Bozizé había estado negociando con el gobierno de la República Popular China la concesión de un crédito por valor de 3.250 millones de francos CFA (4.400.000 euros) y firmando contratos con empresas chinas para la búsqueda, extracción y explotación de petróleo en territorio centroafricano. Con Bozizé, se repetía de nuevo la historia que había tenido lugar en 1966 con David Dacko, que en su intento de diversificar las fuentes de apoyo para su gobierno, se había encontrado de bruces con la oposición de sus antiguos patrocinadores y su cese fulminante -golpe de Estado mediante- de su puesto. Además, habiendo sido el gobierno chadiano otro de los sostenes de Bozizé y un firme aliado francés, no resulta extraño que la Seleka que luchaba contra Bozizé haya sido reforzada con soldados de Chad. Así, la alianza con China en el terreno del petróleo y en el de la cooperación económica y militar hizo que “me tumbaron por culpa del petróleo”, como se lamentaba el depuesto Bozizé (lo fue finalmente el 24 de marzo de 2013).

Djotodia, el hombre que “lideraba” la Seleka, era de este modo el nuevo hombre de Francia (y de paso, de Chad) para ponerse al frente del país. Pero la heterogeneidad de fuerzas que formaban la Seleka, las rivalidades internas, el hecho de que obedecieran cada una de las facciones a su propio jefe, el desgobierno y la mala administración crónicas de República Centroafricana y las actividades de expolio a que se dedicaron miembros del nuevo gobierno y las tropas extranjeras enroladas en las milicias (que, pese a la disolución anunciada por el nuevo presidente, no llegaron a desmovilizarse y desarmarse), dedicándose entre otras cosas al lucrativo tráfico de diamantes, madera, marfil o armas, dejaron al país en todavía peor situación, si cabe. Y ante los desmanes en forma de pillaje y violaciones cometidos por los milicianos armados de la Seleka ahora al mando del país, y la pasividad de unas Fuerzas Armadas inexistentes (entre otras cosas, porque no percibían ni los sueldos de una administración sumida en la bancarrota), muchos decidieron organizarse y combatir: nacieron los anti-Balaka (en sango anti-machete). Entrenados por antiguos miembros de las Fuerzas Armadas y unidos por el odio a Djotodia y la Seleka, los anti-Balaka pronto fueron reforzados por ganaderos y buscadores de diamantes que habían sufrido el pillaje de las milicias, delincuentes y partidarios del derrocado Bozizé, que forman la parte más radical del grupo. Respondiendo a la violencia con la violencia, la guerra entre ambos grupos estaba servida al poco tiempo de que Djotodia estuviera sentado en el sillón presidencial. El anuncio de Djotodia de su disolución y su posterior dimisión y exilio en Benín, sustituido por una presidenta interina, Catherine Samba-Panza, en enero de 2014, no resolvió las cosas. La Seleka se replegó al noreste del país y los anti-Balaka entraron en Bangui de la misma forma que lo hizo en su día su grupo rival: a sangre y fuego, desatando una enorme represalia contra los musulmanes, a quienes se consideraba cómplices de Seleka.

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Miliciano de anti-Balaka.

El conflicto entre Seleka y anti-Balaka, que en medio de declaraciones grandilocuentes de los líderes franceses e internacionales refiriéndose al mismo como “genocidio” (cómo si no hubieran estado interviniendo ellos mismos en otros que fueron convenientemente silenciados), buscando la aquiescencia a una intervención internacional, se ha presentado como un conflicto religioso, en el que la Seleka, formada por individuos procedentes esencialmente del norte del país, se identificaba con los musulmanes, y los anti-Balaka con los cristianos. Como explica Pablo Moral, el factor religioso no es el determinante del conflicto, sino que lo que hizo estallar el polvorín fue la rivalidad política y factores económicos como la pobreza, la marginación regional o el negocio del tráfico ilegal. La religión juega en ambas facciones un papel de cohesión, a través de la identificación con el grupo y la explotación del miedo y el odio por las barbaries cometidas por el bando contrario. La presencia de las fuerzas de paz internacionales y los diálogos entre el gobierno de Samba-Panza (que ha dado entrada a miembros de ambas facciones en conflicto) y los grupos armados de Seleka y anti-Balaka, sellados en Brazzaville con un acuerdo de paz, han dado paso a una relativa tranquilidad basada en realidad en la división del país en dos: una mitad controlada por los anti-Balaka y otra por la Seleka, siendo frecuente el conflicto en la línea divisoria y los atropellos en el interior de cada una de las zonas, con víctimas entre las que se encuentran los soldados de las misiones internacionales. Centroáfrica, tras un conflicto que ha generado 400.000 desplazados a otros países y más de medio millón de desplazados internos, ha devenido en una suerte de protectorado de las fuerzas de interposición y de las potencias que están a su mando, para mayor beneficio de la ex metrópoli Francia.

Con 1.200 soldados desplegados en diciembre de 2013, la operación francesa “Sangaris” -como la operación “Serval” de Mali- que venía en apoyo de la misión africana MISCA (hoy, colocada bajo mandato de Naciones Unidas, MINUSCA), se ha convertido en una excelente cabeza de puente para la defensa de los intereses económicos de Francia en una región donde los conflictos políticos -provocados algunos por la propia Francia- y el terrorismo fundamentalista islámico se insertan en medio de una lógica mayor: la necesidad de controlar su zona de influencia por excelencia y apuntalar a las compañías francesas que están compitiendo con las de economías emergentes como China o India por los ingentes recursos del continente africano. Esta conclusión no es de panfleto propagandístico, sino que es posible extraerla del Informe Védrine (elaborado por un equipo encabezado por el asesor del gobierno de Hollande Hubert Védrine, antiguo secretario general de la presidencia de la República con Mitterrand y ministro de asuntos exteriores en el gabinete de Lionel Jospin): “Francia -dice el informe- ha tardado en tomar conciencia de que carece de una visión estratégica integral de sus intereses en África subsahariana, y aunque existen numerosos planteamientos sectoriales, estos están dispersos e inacabados (visión estratégica del Libro Blanco sobre la defensa y la seguridad nacional, ‘diplomacia de las materias primas’, estrategia del comercio exterior, prioridades de la Agencia Francesa de Desarrollo, gestiones de la francofonía…) Es preciso profundizar de forma rápida, operativa y holística lasiniciativas lanzadas recientemente para redefinir la acción económica de Francia en África. Por supuesto, dentro de esa visión integral, las operaciones militares son una parte, como lo han sido históricamente, de conseguir los propósitos que en materia económica y empresarial se ha propuesto el Elíseo. De ahí que el propio informe Védrine venga lamentando, lanzando de este modo un aviso a navegantes, la falta de capacidad de la diplomacia francesa de “conseguir contratos a cambio de sus inversiones militares”.

DE CARA A SIRIA

“En Siria, detrás de cada Kalashnikov, hay una potencia extranjera”, avisaba Georges Corm, un hombre muy informado sobre la región. No en vano, el conflicto, que al principio resultó de una nueva “primavera árabe” contra el dictador Bashar al-Assad, se fue enquistando en medio de una apatía generalizada de las potencias occidentales ante una oposición que no tomaron en serio y de la que después se horrorizaron al ver que había sido suplantada por una fuerza terrorista de corte religioso fundamentalista como el DAESH.

La guerra civil siria ha llegado hasta donde ha llegado porque nadie le quiso prestar atención, cuando quizá en su momento podía haberse llegado a una solución. Qatar y Arabia Saudí, de quienes se sospecha que financian -o al menos, reconocidos ciudadanos de muy elevado poder económico- al propio DAESH desean la caída de al-Assad por tratarse de un chií. Por las mismas razones, Irán apoya al régimen. Rusia, temiendo que el fanatismo religioso desestabilice su frontera sur (el Cáucaso y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central) es favorable también a al-Assad. Y Turquía, esa república musulmana laica cuya democracia siempre anda cogida con alfileres, busca perjudicar a las guerrillas kurdas del PKK que, casualmente, están combatiendo contra el propio Estado Islámico contra el que luchan Ankara y la OTAN a la que pertenece.

Y esa lucha contra el DAESH se ha convertido ahora en el objetivo principal de una guerra en la que lo que antes era blanco de repente ha pasado a ser negro. El gobierno de Francia, que lidera una campaña para combatir militarmente al terrorismo tras los atentados sufridos en su capital en el viernes aciago del 13 de noviembre de 2015, de repente ha pasado a defender la necesidad de contar para el futuro político de Siria con Bachar al-Assad, cuando un poco tiempo atrás era la propia Francia la que financiaba a los islamistas radicales que combatían contra el presidente sirio. No está lejos, en la memoria (y menos en las hemerotecas), el día en que el ministro de Exteriores Laurent Fabius se había encargado de elogiar al Frente al-Nusra, uno de los grupos combatientes contra al-Assad, afirmando que “estaba realizando un buen trabajo”.

Uno no sabe si calificar esto de hipocresía, desvergüenza o realpolitik, que es una forma diplomática de decir lo mismo. Sin embargo, dado que en la política de la “Françafrique” no han faltado los ejemplos en que el Elíseo se ha aliado con un marxista reconvertido a tiempo como Sassou N’Gueso al tiempo que derrocaba a otro nada dispuesto a doblegarse, el “hombre íntegro” Thomas Sankara, o ha maniobrado para quitar a aquellos aliados que han mostrado veleidades independentistas, como los centroafricanos Dacko y Bozizé, lo que realmente parece estar detrás del ánimo de intervenir en Siria (un antiguo dominio francés, por otra parte) no es un la venganza o hacer que triunfen los valores republicanos frente a la sinrazón del DAESH, sino la posibilidad, de nuevo, de abrir mercados y oportunidades de negocio aprovechando la corriente de simpatía y solidaridad internacional con las víctimas de los atentados. Y ni esto ni la “Françafrique” tienen que ver ni con la República ni con los valores que Francia afirma representar.

FUENTES:

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Madrid, Pasado y Presente, 2011.

Josep Fontana, “El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos de siglo XXI”, Madrid, Pasado y Presente, 2013.

Antonio Lozano, “El caso Sankara”, Almuzara, Córdoba, 2006.

Eugenio Nkogo Ondó, “Según el axioma del conciencismo”, FAIA, Vol. I, nº III,  año 2012.

Eduardo Saldaña, “Thomas Sankara y el legado de Burkina Faso”, 06/01/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/thomas-sankara-y-el-legado-de-burkina-faso/

Fernando Arancón, “La Franciáfrica o el imperio neocolonial francés”, 12/06/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/la-francafrica-o-el-imperio-neocolonial-frances/

Pablo Moral, “Expolio, odio y venganza: la guerra que fractura a la República Centroafricana”, 17/04/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/expolio-odio-y-venganza-la-guerra-que-fractura-la-republica-centroafricana/

Basem Tajeldine, “Francia oculta las verdaderas razones de su intervención en la República Centroafricana”, 08/02/2014, Rebelión.org

 “Los objetivos de la intervención en República Centroafricana”, Viento Sur, 07/03/2014, en http://www.vientosur.info/spip.php?article8818

“El relanzamiento de las operaciones militares francesas en África y la apatía humanitaria de la izquierda”, Viento sur, 05/02/2014, en http://www.vientosur.info/spip.php?article8709

“República Centroafricana: las razones ocultas de la intervención francesa”, Investig’Action, 05/01/2014, en http://www.michelcollon.info/Republica-Centroafricana-las.html

Wikipedia (inglés): “Barthélemy Boganda”

Wikipedia (español): “Thomas Sankara”, “David Dacko”, “Historia de la República Centroafricana”