Henry Wallace. Un Bernie Sanders para los albores de la “guerra fría”

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Henry Wallace en una alocución por radio.

Las recientes elecciones en Estados Unidos supusieron para muchos votantes el ir a las urnas con “la nariz tapada”, al tener que elegir entre dos candidatos, Hillary Clinton, la candidata demócrata apoyada por las grandes finanzas y actores económicos ligados desde hace tiempo a la propia familia Clinton, y Donald Trump, el presidente electo, republicano y multimillonario del sector inmobiliario que ha atraído con un discurso populista de derechas a grandes capas de población frustradas por la quiebra del “sueño americano”. Ambos representan, por su origen y su esencia, la continuidad de un sistema político y económico que ha marcado hoy día de inseguridad a muchas generaciones.

Los bajos salarios y el subempleo, la deficiencia de las coberturas en materia de seguros sociales, sanidad, educación y otros servicios públicos (sobre todo si se las compara con el enorme gasto militar del país), la discriminación racial, el enriquecimiento escandaloso e impunidad de muchos “businessmen” de Wall Street y banqueros implicados en el nacimiento de la crisis económica de 2007 hicieron aflorar movimientos de protesta como el de Occupy Wall Street o, más recientemente, Black Lives Matter (Las vidas negras importan). Tras las esperanzas iniciales de la presidencia de Barack Obama (2008-2016), la campaña de las primarias del Partido Demócrata lanzó a un candidato poco menos que desconocido para el público internacional: el senador por el estado de Vermont (este de EE.UU.) Bernard Sanders.

Bernie Sanders, de 75 años, ya se había dado a conocer en la propia cámara legislativa de Washington con un discurso propio de un “outsider”, más cercano a las palabras de un portavoz del movimiento indignado neoyorquino que de la clase política establecida, criticando la codicia de los poderosos, la omnipresencia y omnipotencia de los poderes fácticos y las terribles desigualdades que sacudían a la sociedad estadounidense. Quizá por eso supo ganarse la confianza y el apoyo de miles de estadounidenses, especialmente los jóvenes y los trabajadores afectados por la deslocalización, la contención de salarios y el cierre de empresas del llamado “cinturón de hierro” de los estados del norte (el que, ahora, junto al “cinturón de la Biblia” del oeste y el medio oeste, ha dado la victoria a Trump). En un artículo escrito antes de la elección del nuevo inquilino del 1600 de la Avenida de Pensilvania, Sanders dejaba claras sus propuestas, que pasaban por puntos tan polémicos y anatemas poco menos para sus rivales, tanto entre los republicanos pero también dentro del Partido Demócrata como la propia Clinton: el abandono del intervencionismo militar estadounidense, políticas favorables a las nuevas energías, la oposición a las políticas económicas promovidas por el FMI y el Banco Mundial en el Tercer Mundo o la derogación de los tratados de libre comercio como el TTIP.

“Necesitamos a un presidente que apoye vigorosamente la cooperación internacional que estrecha lazos entre la gente a nivel global, que reduzca el hipernacionalismo y disminuya la posibilidad de una guerra. También necesitamos a un presidente que respete los derechos democráticos de las personas y que luche por una economía que proteja los intereses de los trabajadores y no solo los de Wall Street, las empresas farmacéuticas y otros intereses especiales. Fundamentalmente, necesitamos rechazar nuestras políticas de “libre mercado” y movernos hacia un mercado justo. Los estadounidenses no tendrían que competir contra trabajadores en países que pagan sueldos bajos y que ganan centavos por hora. Debemos tumbar el Acuerdo Transpacífico. Debemos ayudar a los países pobres a desarrollar modelos económicos sostenibles. Necesitamos acabar con el escándalo internacional en el que las grandes corporaciones y los más ricos no pagan billones de dólares en impuestos a sus gobiernos nacionales. Necesitamos crear decenas de millones de trabajos a nivel mundial, combatiendo el cambio climático global y transformando el sistema energético mundial para que se elimine el uso de combustibles fósiles. Necesitamos un esfuerzo internacional para disminuir el gasto militar en el mundo y abordar las causas de las guerras: la pobreza, el odio, la desesperanza y la ignorancia.”

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El senador por Vermont y candidato en las primarias del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos Bernie Sanders.

No es de extrañar que, tal y como afirman muchos analistas, la sensación que ha quedado después de la nominación de Hilarry Clinton en detrimento de Sanders como candidata demócrata y su derrota (por la particularidad del sistema electoral norteamericano, aunque venció en voto popular) frente a Trump, el veterano senador podría haber batido al magnate. Durante varios días, la carrera por la nominación como candidato iba mostrando como Trump iba deshaciéndose de sus rivales a marchas forzadas -rivales que, dicho sea de paso, tampoco es que fueran mejores que él: el otro Bush en discordia, Jeff, exgobernador de Florida durante las elecciones de 2000 que, con la polémica victoria en aquel estado, dieron la presidencia a su hermano George W.; o Ted Cruz, un ultrarreligioso embebido de las mismas teorías sobre la excepcionalidad estadounidense durante los años de Bush Jr. y acólitos en la Casa Blanca-, mientras en el Partido Demócrata la cosa era mucho más ajustada. Sin embargo, la balanza acabó decantándose hacia una candidata que aquí señalaríamos como “del aparato”. Y no sólo del aparato del partido, sino del que se mueve por detrás de la política en Estados Unidos -y en un largo etcétera de países-. Sin necesidad de recurrir a las filtraciones de Wikileaks, la lógica de los discursos de ambos y de la trayectoria reciente de Hillary Clinton, embarcada desde el final de la presidencia de su esposo Bill en una agenda de contactos y negocios con los medios financieros, hacía que estos últimos estuvieran más que dispuestos a decantar la balanza hacia alguien mucho más maleable y que desde luego no supusiera un riesgo para su poder y beneficios.

Así, Juan Laborda escribe en “Voz Pópuli” que “los grupos económicos más importantes de los Estados Unidos, y muy especialmente el lobby del conglomerado militar y, sobretodo, el lobby financiero apoyaban a Hillary Clinton. De esto no hemos leído nada en la prensa patria, pero es de dominio público. Obviamente todos estos grupos de poder maniobraron contra Bernie Sanders, por su propuesta económica, y después contra Donald Trump, porque no estaba sujeto a su control.” De ahí que, pese a que se pudieron manipular -según esgrime el autor del artículo- las primarias demócratas para dar lugar a una victoria de la que todos los medios presentaban como “la primera mujer presidente de los Estados Unidos”, los electores descontentos volcaron su apoyo hacia un candidato al que el vilipendio mediático ha favorecido con una reacción rebelde del electorado a su favor, además de con un aura de “rara avis” y un discurso que, aunque vago, presentaba algunos puntos que han tocado la fibra sensible de una sociedad depauperada por la inacción y el alejamiento de los problemas reales por parte de los políticos de Washington y por la codicia de los especuladores.

Sin embargo, las propuestas de Sanders eran mucho más concretas y razonadas que las de Trump, y en un debate habría podido descolocar seriamente a un magnate cuyos exabruptos le habrían jugado una mala pasada frente a la firmeza de un candidato que podía hablar con mucha más honestidad sobre los problemas de los jóvenes, los trabajadores y las clases medias que un promotor inmobiliario cuya cuenta corriente acumula varios ceros y defraudaba al fisco estadounidense. Por este motivo, Laborda continúa diciendo: “Estados Unidos dejó de ser la tierra de las oportunidades. Dentro del mundo desarrollado es la sociedad más desigual tanto en términos de ingreso como de riqueza. Pero además es, paradójicamente, uno de los países donde menos esperanzas de movilidad hay entre los distintos grupos poblacionales, especialmente para el quintil más pobre […] En un estudio de 2012, Dan Ariely, profesor de Psicología y Economía del Comportamiento de la Universidad de Duke, presentó algunos datos especialmente fáciles de usar y entender sobre el tema de la desigualdad de ingresos […] La verdadera sorpresa del estudio es que la distribución real de la riqueza es mucho peor de lo que los propios encuestados creían y muchísimo peor de lo que ellos mismos creen que es justo. De hecho, cuando se le presentaba la opción entre la distribución real de la riqueza en los Estados Unidos (aunque deliberadamente se presentaba como puramente teórica) y un modelo idealizado más justo como el de Suecia, más del 90% de los republicanos y los demócratas prefieren el modelo sueco. Es un buen ejemplo de cómo el sistema político de confrontación entre los dos partidos grandes, igual que en España, se ha desviado de lo que piensan sus votantes de lo que en realidad es justo. Por eso, repito, Bernard Sanders hubiese ganado las presidenciales, por que hubiese retenido para los demócratas los estados de Ohio, Michigan, Pensilvania y, probablemente Florida”. Esta distancia de los partidos con la ciudadanía se refleja, además, en una encuesta de Gallup de 2015 que muestra la distancia de la población estadounidense con los dos grandes partidos que sostienen el sistema: alrededor de un cuarenta y cinco por ciento de los norteamericanos se declaran independientes, mientras que los que se declaran republicanos o demócratas alcanzan, respectivamente, el 29 y el 26 por ciento (http://www.eldiario.es/theguardian/Sanders-candidato-democrata_0_580942682.html). En estas circunstancias, lo más importante para amplias capas de la población es que surja alguien que les escuche y les ofrezca respuestas.

El caso de Sanders cuenta con un antecedente en la historia de Estados Unidos. Fue el caso de Henry Agard Wallace, secretario de Agricultura y vicepresidente con Franklin D. Roseevelt. Wallace, un convencido del “New Deal” que se hizo cargo de una cartera complicada por la terrible crisis económica y las graves circunstancias por las que pasaba el sector agrario estadounidense, tuvo la oportunidad de ser presidente de su país tras la Segunda Guerra Mundial con unos planteamientos que defendían la paz, las políticas sociales y el fin de las políticas discriminatorias y segregacionistas. El fracaso de la “opción Wallace” -incluso para sí mismo-, sin embargo, nos obliga a examinar las posibilidades que traía consigo este hijo de agricultores de Iowa.

EL CRACK Y LA GRAN DEPRESIÓN: AGRICULTURA COMO UN GRAN DEPARTAMENTO

Henry Agard Wallace nació en 1888 en la granja familiar de Orient, en el condado de Adair, Iowa, un próspero estado agrícola del norte de la unión por aquellos tiempos. La familia descendía de inmigrantes irlandeses y había conseguido hacerse con un hueco entre los más importantes agroempresarios de Iowa. Su abuelo fue fundador del periódico familiar, Wallace’s Farmer, un medio muy influyente entre los agricultores del estado, que lo leían en busca de información tanto sobre temas agrícolas como también políticos. El propio Henry Wallace padre desarrolló una carrera política como secretario de agricultura en las administraciones de los presidentes Harding y Coolidge.

Aunque tanto padre e hijo habían apoyado históricamente a los republicanos, el joven Henry Wallace cambió sus lealtades políticas a finales de la década de los 20, apoyando en 1928 al candidato demócrata a la presidencia de EE.UU. Al Smith -derrotado frente a Herbert Hoover- y cuatro años más tarde a Franklin Delano Roosevelt, que resultaría vencedor y presidiría una etapa decisiva en la vida política norteamericana: la recuperación económica a través del programa del “New Deal” y el enfrentamiento con Japón y las potencias nazifascistas europeas en la SGM.

Conociendo sus antecedentes en cuanto a su pensamiento político, no resultaba extraño que Wallace hijo apoyara a Roosevelt, quien se había comprometido a sacar al país de la depresión económica apoyando la intervención del estado y la defensa de los más desfavorecidos por la situación. De pequeño era frecuente que pasara por la casa familiar el científico y activista por los derechos civiles de los afroamericanos George Washington Carver, colega y estudiante de su padre en el Iowa State College, la universidad estatal. De joven, y en la misma universidad, Wallace pudo interesarse no sólo por la agricultura -sus estudios sobre la genética sirvieron para que desarrollara una empresa propia de investigación y aplicación de las variedades híbridas, lo que ha llevado a los organismos genéticamente modificados de la actualidad, un efecto que el propio Wallace no podía prever entonces-, sino por causas progresistas como la igualdad racial, el bienestar social o la regulación de la economía por parte del estado.

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Wallace con Franklin Delano Roosevelt.

De este modo, para la década de los años 1930 este curioso de la genética y sus aplicaciones en el ámbito agrario, empresario y editor era también uno de los progresistas más destacados de Estados Unidos, y Roosevelt, conocedor del apoyo que Wallace le había prestado para las elecciones, le reclutó para su administración como secretario de Agricultura una vez que fue elegido presidente. El “crack” bursátil de 1929 y las soluciones ortodoxas de la época tomadas por la administración republicana precedente, (continuadas en un primer momento por el propio Roosevelt, toda vez que la economía parecía volver a tomar un cierto aliento) habían dejado un rastro de empresas cerradas, negocios quebrados y una gran masa de desempleados a lo largo y ancho del país. En el campo las noticias tampoco eran muy positivas: la sequía que sacudió el Medio Oeste y las malas cosechas subsiguientes, el descenso de los precios, la imposibilidad de hacer frente a los créditos hipotecarios y de poder acceder a nuevos préstamos por parte de las familias campesinas desató una espiral de desahucios y de granjas abandonadas, con la subsiguiente emigración de muchas familias a otros lugares en busca de sustento (tal y como se refleja en la novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”). Tras una prolongada etapa de crecimiento y de creación de nuevas industrias (siderometalúrgica, naval, aeronáutica, teléfono y telégrafos, automóvil…) surgida con la segunda revolución industrial, crecieron también el sindicalismo obrero y agrario (concentrado en torno a la figura de los sharecroppers o aparceros) y, aunque muy pequeño en relación a los dos grandes partidos del país, también comenzó a tener importancia una auténtica rareza para la “meca” por excelencia del capitalismo: el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Estos movimientos de la izquierda obrera y progresista comenzaron a tener una impronta decisiva, con la crisis y el nuevo gobierno de Roosevelt, a la hora de apoyar o de “empujar” a la administración del “New Deal” para la realización de políticas en favor de los trabajadores y las clases populares estadounidenses. Como escribe la periodista y socióloga Cristina Vallejo, “muchísima gente habría comenzado la historia de la lucha contra la desigualdad en Estados Unidos a partir de esta fecha, a partir del New Deal americano, a partir, incluso, de la segunda posguerra mundial. Pero ello implicaría incurrir en una gran injusticia, porque supondría borrar de la historia a quienes, ya desde finales del siglo XIX, habían luchado para crear conciencia y para establecer, aunque mínimamente, un esquema fiscal y sindical que contribuiría no sólo a frenar la creciente concentración de la riqueza sino también a redistribuirla.”

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La novela “Las uvas de la ira” de John Steinbeck es un relato desgarrador y fundamental para entender la crisis agrícola del Medio Oeste americano en los años 1930.

En 1933, tras una nueva entrada en recesión de la economía, Roosevelt tuvo que ponerse manos a la obra, estimulados entre otros por Wallace desde el departamento de Agricultura, quien desde entonces llevó a cabo muchas propuestas audaces, incluso controvertidas. Eran los momentos en los que había que aplicar las teorías reguladoras, intervencionistas y correctoras de los ciclos económicos desarrolladas por el economista John Maynard Keynes, y realmente demostrar que, como había afirmado el propio FDR, “no tener más miedo que al miedo mismo”. Así, el estado norteamericano se empeñó en un gran programa de inversiones en infraestructuras, subsidios, créditos públicos, construcción de un incipiente programa de seguros sociales (como la reforma del programa sanitario Healthcare, en un intento de crear un sistema nacional público de salud) y regulación del sistema financiero-bancario, empresarial (leyes anti-trust) y laboral para evitar los males acontecidos en el pasado más reciente. Qué duda cabe que estos programas fueron atacados por los sectores económicos y políticos más vinculados con el “statu quo” ya que, aunque se tratase de un programa reformista en beneficio de la mayoría (del interés general, como se dice en nuestros días) no faltaron los epítetos más despectivos hacia Roosevelt, incluyendo los de bolchevique o rojo. Por su parte, los medios políticos, de comunicación a la izquierda de los demócratas, los sindicatos e incluso el propio CPUSA, siguiendo la estrategia de frentes populares propugnada desde Moscú, apoyaron a Roosevelt y el programa desarrollado por éste.

El departamento de Wallace, bajo su dirección, se transformó en uno de los más importantes de la administración de Washington. Así lo escribe el historiador estadounidense David Woolner: “Wallace fue paladín de toda una variedad de programas del Nuevo Trato, como la Administración de Ajuste Agrícola, la Administración de Electrificación Rural, el Servicio de Conservación de Suelos, la Administración de Crédito Agrícola, los programas de cupones de alimentos y almuerzo escolar, y muchos otros. En el proceso, también transformó el Departamento de Agricultura en una de las más grandes y poderosas entidades en Washington. Wallace también expandió grandemente los programas científicos del Departamento de Agricultura, haciendo del centro de investigaciones del departamento en Beltsville, Maryland la mayor y más variada estación científica agrícola del mundo”. Las protestas en el maltrecho ámbito agrario persuadieron a Henry Wallace para presentar a Roosevelt una serie de medidas encaminadas a la intervención estatal y a la mejora en las prácticas agrícolas locales, varias de ellas, como se ha mencionado con anterioridad, no exentas de polémica respecto a la ortodoxia dominante. Así, para los hombres de negocios y los republicanos de la Cámara de Representantes, las medidas intervencionistas -como todas las que planteaba el “Nuevo Trato”- de Wallace, tales como los subsidios y las investigaciones con fondos públicos para el control de enfermedades de plantas y ganado, los cupones alimentarios para la población pobre de las ciudades, el control de cosechas para contribuir a revalorizar los productos del campo y las ganancias de los campesinos o la lucha contra la erosión y la investigación sobre cultivos resistentes a las sequías les hacía creer, si no en la proximidad de la administración Roosevelt al coco comunista, si por lo menos en un aumento de los gastos del estado de forma desorbitada que ponía en riesgo el equilibrio presupuestario, tal y como era concebido en la ortodoxia dominante hasta la fecha. De hecho, el departamento de Agricultura se convirtió, desde entonces, en una de las agencias gubernamentales más grandes, en tamaño e importancia (no en vano, todavía en 1933 el 25% de la población estadounidense vivía de la agricultura), del gobierno federal, y Wallace en una de las personalidades más valoradas de la administración, lo que le catapultaría a la vicepresidencia.

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Roosevelt firmando la ley de seguridad social, uno de los grandes avances de su etapa al frente de la presidencia.

De todos modos, muchas organizaciones políticas agrarias radicales (como la National Farmers Union) consideraban que las medidas de Wallace no habían ido lo suficientemente lejos. Pero Wallace era un progresista, entendido el término de acuerdo con la cultura política estadounidense. Lo que, para su época, podía semejarse a la izquierda republicana reformista en España, y, salvando las distancias y contextos geográficos a personalidades como Azaña, Prieto o Negrín en nuestro país, Lázaro Cárdenas en México o Jacobo Arbenz en Guatemala. Personalidades que, al igual que Wallace, sufrieron su identificación, temporal o permanentemente, con los comunistas o como títeres de los comunistas por sus políticas o por el apoyo o la coincidencia de criterios que mantuvieron con estos o con la Unión Soviética.

Así, el mexicano Carmelo Ruiz Marrero escribe que, a diferencia de la mayoría de los líderes entonces de los grupos marxistas (socialistas o comunistas) y de su base de militantes, los progresistas procedían de la clase media, y que su finalidad no era la abolición del capitalismo, sino la fundación de un nuevo estado capaz de articular armoniosamente el interés individual y el negocio privado con el interés de la colectividad y el bienestar general. “Los progresistas de la época no buscaban hacer la revolución o abolir el capitalismo, sino que postulaban que todas las clases sociales tienen un interés común en política limpia, transparencia en el servicio público, y en la erradicación de la corrupción, amiguismo e ineficiencia en el gobierno. El movimiento progresista fue posiblemente el movimiento de reforma más importante en la historia política de Estados Unidos. Muchas cosas que se dan hoy por sentadas, como las corporaciones de servicio público, agencias reguladoras, audiencias públicas en la legislatura o agencias de gobierno, y el activismo financiado por fundaciones, son legado de los progresistas.” Para muchos, sin embargo e incluso entre los demócratas, el progresismo de Wallace estaba demasiado escorado hacia la izquierda.

LA VICEPRESIDENCIA

La sociedad estadounidense a finales de la década de 1930 y comienzos de la de 1940 era, como durante la época de la PGM, profundamente aislacionista en lo que se refiere a las cuestiones de Europa. A pesar de la repugnancia que el pueblo estadounidense sentía por los regímenes nazi-fascistas, no querían verse involucrados en una nueva guerra en el “viejo continente”, y ni siquiera el expansionismo japonés en el Pacífico, dirigido contra las potencias imperiales europeas -las posesiones estadounidenses, reducidas a unas pocas islas, eran muy pequeñas en comparación con los inmensos territorios que Gran Bretaña, Francia o los Países Bajos dominaban en el continente- resultaba entonces preocupante para un país que no tenía un imperio colonial (al menos no en su aspecto “formal”). Sin embargo, Roosevelt y su administración eran conscientes de que Hitler, lejos de ser un baluarte frente al comunismo como habían supuesto las clases altas de Gran Bretaña, suponía una amenaza para los ideales democráticos. Lo había confesado el propio presidente con amargura al darle la razón a su embajador en España Claude H. Bowers, quien le había insistido una y otra vez en la necesidad de ayudar a la República, cuando los sublevados comandados por Franco finalmente se hicieron con la victoria en la guerra civil.

Pero existía además otra razón, más prosaica, según desvela Gore Vidal, para temer una victoria hitleriana en Europa, y era el hecho de que para una potencia comercial como los Estados Unidos -y máxime para el futuro, cuando la economía estadounidense recuperara el vigor perdido tras la Gran Depresión- el dominio por parte de la dictadura nazi de todo el continente cerraría las puertas a los productos norteamericanos.

De este modo, al contrario de lo que ocurrió con la España republicana, Estados Unidos comenzó a suministrar armas y otros pertrechos vitales a Gran Bretaña, lo que fue esencial también para aumentar la producción industrial y exportarla en un momento en que, aunque con efectos mucho más matizados que la de 1929, el país vivía un nuevo brote recesivo. Asimismo, el hecho de que la población estadounidense considerara el Pacífico un territorio más propio de su expansión territorial (aunque fuera a través de protectorados, fideicomisos o de relaciones de otra índole, como en Guam, las Islas Marianas o en las Filipinas) que Europa hizo a la administración Roosevelt establecer sanciones a Japón.

E iban a ser estas sanciones lo que desencadenarían la guerra en el Pacífico, a tenor de lo que escriben Eric Hobsbawn y Gore Vidal. La firma de la alianza japonesa con Roma y Berlín puso sobre alerta a las potencias democráticas, quienes sin embargo no lo habían hecho en el caso de la invasión de China y el establecimiento del estado títere de Manchukuo en la parte septentrional del país -hasta entonces, sólo la URSS prestó ayuda al gobierno chino para hacer frente a la invasión japonesa-. De este modo, las sanciones, que amenazaban con estrangular una economía japonesa en una dinámica ascendente y necesitada de materias primas, que planeaba obtener mediante la conquista de territorios situados al sur. Así, para Hobsbawn, “fue el embargo occidental (es decir, estadounidense) del comercio japonés y la congelación de los activos japoneses lo que obligó a Japón a entrar en acción para evitar el rápido estrangulamiento de su economía, que dependía totalmente de las importaciones oceánicas. La apuesta de Japón era peligrosa y, en definitiva, resultaría suicida. Japón aprovechó tal vez la única oportunidad para establecer con rapidez su imperio meridional, pero como eso exigía la inmovilización de la flota estadounidense, única fuerza que podía intervenir, significó también que los Estados Unidos, con sus recursos y sus fuerzas abrumadoramente superiores, entraron inmediatamente en la guerra”.

Esa entrada inmediata en guerra se produjo con el ataque premeditado y sin previo aviso a Pearl Harbor, Hawai, en 1941, lo que para Gore Vidal significó que Roosevelt obtuvo el shock que permitió presentar el inicio de las hostilidades y la entrada en guerra -tanto con los nipones como con Alemania, que cuando se encontraba enfangada en el frente este decidió declarar la guerra también a EE.UU.- con un amplio consenso de la población, dando la vuelta a las encuestas de opinión. “Él fue nuestro gran Maquiavelo.  Sabía, mejor que cualquier otro presidente anterior, cómo funcionaba el mundo. Estaba plenamente consciente de que el hundimiento de nuestros barcos nos había empujado a la guerra contra Alemania en 1917, pero eso no sería suficiente en 1941. Necesitaba un trauma de importancia que decidiera a los norteamericanos por la guerra.”

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Imagen del ataque a Pearl Harbor por parte de la aviación japonesa.

En 1941, Henry Wallace se convirtió en vicepresidente y en uno de los representantes más activos de la administración y de la política de Roosevelt en el extranjero, en particular en el área de América Latina. En 1940 y 1943 ejerció de una suerte de “relaciones públicas” de EE.UU en la zona, en un momento en que las prioridades diplomáticas del gobierno de Washington habían virado forzosamente, pero en el que además la “doctrina Monroe”, vigente dese las postrimerías del siglo XIX y la guerra hispano-norteamericana, que había convertido al continente en el terreno clásico de intervención estadounidense -el famoso “patio trasero”-, fue sustituida por la política de “buena vecindad” rooseveltiana y la tolerancia con regímenes y gobiernos que, en otras etapas históricas, los propios Estados Unidos no dudaron en derrocar alentando conspiraciones internas y operaciones secretas de la CIA.

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Pedro Aguirre Cerdá fue presidente de Chile tras la victoria de las fuerzas de izquierda agrupadas en el Frente Popular.

Merece la pena destacar el carácter de estos nuevos gobiernos latinoamericanos de los años treinta y cuarenta, animados tanto por factores políticos internos como la lucha contra el despotismo y la corrupción como por factores globales, como la crisis económica y el descenso de los precios de las materias primas en los mercados mundiales. Muchos estados del sur de Río Grande decidieron entonces emprender políticas de reforma económica basadas en el modelo del “New Deal” y programas ambiciosos de redistribución o nacionalización de la riqueza nacional. Tal fue el caso del gobierno de Lázaro Cárdenas en México (1934-1940), que llevó a cabo un plan de redistribución de tierras y de nacionalización de los recursos petrolíferos, lo que no dejó de levantar las iras de la clase terrateniente y oligárquica mexicana así como de los intereses empresariales estadounidenses, como la Standard Oil. Contemporáneos a Cárdenas fueron los gobiernos de Frente Popular de Chile (1936-1941) presidido por Pedro Aguirre Cerdá; el de Jorge Eliécer Gaitán, del Partido Liberal e inpirado en el propio “New Deal” estadounidense, desde la alcaldía de Bogotá y el ministerio de Educación colombiano (su acceso a la presidencia de la República fue torpedeado por sus compañeros de partido, y su posterior asesinato en 1948 generó una ola de violencia popular en la capital); e incluso regímenes corporativos y populistas como los de Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, inspirados en un fuerte movimiento de masas y en un liderazgo carismático al modo de los fascismos europeos, pero con la salvedad de que, lejos de destruir el movimiento obrero socialista o comunista, se apoyaron en él y pusieron en marcha sus propuestas y reivindicaciones, como la creación de un sistema de cobertura social en Brasil. Como epígono de todos estos movimientos de transformación social en Latinoamérica, en 1944 una revolución cívico-militar liderada entre otros por el futuro presidente Jacobo Árbenz derrocaba en Guatemala -una república bananera por excelencia- al dictador Jorge Ubico, inauguraba la democracia en el país centroamericano con un destacado programa de reforma social y rescataba del exilio, para luego ser elegido como jefe del Estado, al profesor Juan José Arévalo.

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Billete de mil pesos colombianos con el retrato de Jorge Eliécer Gaitán.

¿Cuál fue el motivo del viaje de Wallace? Aparte de en su calidad de representante del gobierno norteamericano, y por lo tanto tratando de establecer o reforzar los lazos de cooperación, amistad y comercio (en 1940 asistió en México a la toma de posesión del general Ávila Camacho como relevo de Lázaro Cárdenas en la presidencia, siendo el primer representante de Washington que acudía a tal acto), el objetivo no era otro que posibilitar la alianza de los estados latinoamericanos con EE.UU. en el enfrentamiento venidero con Alemania y Japón. Trece de ellos mantenían relaciones con las potencias del Eje y, al igual que en la propia Norteamérica, existía una importante diáspora europea establecida en estos países y procedente de Alemania, Italia y otros estados fascistas o fascistizantes aliados de los primeros, como Hungría o Rumanía. Era necesario por tanto contrarrestar la influencia que estos grupos podían tener en la opinión pública y sobre los gobiernos nacionales para inclinarles hacia el Eje o, al menos, hacia una neutralidad que no evitara intercambios comerciales velados o informales o actividades de inteligencia favorables a las potencias nazi-fascistas.

Wallace, según cita Ruiz Marrero para el viaje emprendido por México, condujo su propio automóvil y realizó un periplo por varios rincones del país, conversando con gente de diferentes estratos sociales y conociendo la realidad social del  vecino del sur. “Insistió en viajar entre la gente común. Pronto, miles esperaban en los pueblos para conocerle. Visitó fincas de subsistencia al igual que industriales, estaciones experimentales agrícolas y oficiales del gobierno. No cesaba de hacer preguntas […] Con su entendimiento del idioma español y su respeto al pueblo mexicano, Wallace ayudó a fortalecer la amistad entre ambas naciones, lo cual era particularmente importante ante la guerra que se aproximaba. Tras la inauguración de (Avila) Camacho, Wallace pasó un mes viajando por México con el secretario de agricultura designado, Marte Gomes”. El problema, continúa este autor, fue que, para el contexto mexicano, su bienintencionada insistencia -y no sin cierta razón- en la necesidad de la mejora de la productividad agrícola fue tomada por el nuevo gobierno del país azteca como un estímulo para olvidar y hasta revertir el curso de la reforma agraria y el reparto de tierras de la etapa anterior, en un proceso de apertura a las explotaciones industriales y los “agronegocios” que mostrarían muchas caras oscuras con el paso del tiempo y el auge de la (mal) llamada revolución verde y la utilización en masa de fertilizantes y pesticidas químicos.

Esa preocupación por los problemas de la gente corriente de los países latinoamericanos (aunque se reflejara en el caso de la agricultura industrial en una solución errada con el paso del tiempo) se desarrolló también en su insistencia a la Junta Económica de Guerra de EE.UU. de que todo contrato que se realizara con los estados latinoamericanos debía incluir una cláusula laboral por la que se debía garantizar a los trabajadores “una retribución adecuada y un entorno de trabajo seguro”. Una política que por muy obvia que pueda resultar para el sentido común no deja de echarse de menos en el apoyo histórico norteamericano a gobiernos que omiten todo respeto por las reglas y recomendaciones de la OIT y que aplican o han aplicado las conocidas “doctrinas de choque” económico.

Pero además, ese interés por el “común de los mortales” de Henry Wallace es sintomático de algo que va a tener su continuación en el debate sobre la política a seguir por Washington en el mundo de la posguerra, especialmente en lo que se refiere al rol de Estados Unidos como “superpotencia”. Frente a la visión del “siglo americano”, Wallace contrapone su particular enfoque: el “siglo de la gente corriente”. El “siglo americano” fue un eslogan lanzado por el magnate de los medios de comunicación Henry Luce en 1941, quien, al abrigo de la entrada de EE.UU. en la guerra y posiblemente dentro del barullo eufórico y patriótico que sacude las conciencias de una nación que entra en guerra y piensa en términos de victoria, preveía un nuevo sistema mundial de posguerra basado en el liderazgo internacional de los Estados Unidos. Wallace, desde su visión cívica y republicana, contraponía a aquellos ideales imperiales el concepto del “common century man” tras una etapa de tres décadas en que precisamente habían sido las ambiciones de conquista, de creación y expansión de imperios, las que habían llevado a la Humanidad a una de sus etapas más oscuras con dos guerras globales de por medio.

Su visión podía resultar utópica -¿acaso no es precisamente la persecución de la utopía lo que da sentido a la propia historia del hombre?-, pero resultaba una utopía mucho más agradable que aquella otra que, con posterioridad, iba a resultar más certera, la de empujar o imponer a las naciones del mundo un paradigma político y social, el famoso “american way of life”. Como escriben Oliver Stone y Peter Kuznick, “Wallace, a quien los más pragmáticos tachaban de soñador y visionario, deseaba un mundo de abundancia basado en la ciencia y la tecnología, un mundo sin colonialismo ni explotación, un planeta pacífico donde reinase la prosperidad compartida”. Y por ello Wallace defendería el fin de los imperios coloniales -entre ellos, el británico, a pesar de la alianza entre Washington y Londres-; el fin de la discriminación racial en los Estados Unidos; el concepto de coexistencia pacífica con la URSS o las políticas sociales redistributivas y el papel del Estado como árbitro de la vida económica (de esa manera, y como escribe Cristina Vallejo, Wallace dijo a la Convención Demócrata en 1944 que para garantizar “beneficios para la mayoría en vez de la minoría, sería necesario utilizar, después de la guerra, nuestro sistema de impuestos mucho más hábilmente de lo que lo hemos hecho en el pasado para lograr los objetivos económicos”). Si globalmente el pronóstico de Luce fue más acertado, no cabe duda de que las propuestas del entonces vicepresidente se mostraron tremendamente avanzadas, aunque cuando se pusieron en marcha se había perdido un tiempo muy valioso y se vieron rebajadas en sus posibilidades por otros muchos condicionantes -el fin del colonialismo dejó paso al neocolonialismo; la igualdad de derechos para los afroamericanos no ocultó otras formas de discriminación y la coexistencia pacífica con la URSS en tiempos de Kennedy y Brezhnev no puso fin a la guerra fría ni al dominio, muchas veces férreo, ejercido por las dos potencias en sus respectivas esferas de influencia-.

UNA ZANCADILLA ¿INESPERADA?: EL VICEPRESIDENTE TRUMAN

Para aquellos que hubieran deseado que principios como los que Truman defendía siguieran rigiendo la política estadounidense, el jarro de agua fría recibido en Chicago en la convención demócrata de 1944 seguro que fue una amarga sorpresa. Pero, conociendo la capacidad de resistencia y de influencia del “establishment” y de los poderes políticos conservadores (incluso dentro del Partido Demócrata, como se ha visto recientemente en el caso de Sanders), a nadie podía extrañar que fueran capaces de movilizar todo lo que fuera posible para evitar que Wallace ascendiera aún más. Y el escenario de ver al vicepresidente en ejercicio como futuro presidente de Estados Unidos no estaba tan lejano: Roosevelt estaba cada vez más enfermo y envejecido (a Yalta ya había tenido que acudir en la silla de ruedas que le acompañaría en los acontecimientos e imágenes postreras de su vida), y aunque los electores y militantes demócratas de base daban todo su apoyo al progresista de Iowa, a los capitostes del partido -y en especial a los jefes del partido en el sur, que era desde los tiempos de la guerra civil y la política abolicionista de Abraham Lincoln el gran feudo demócrata- no les gustaba su inclinación izquierdista y su mensaje igualitario, antisegregacionista y proclive al intervencionismo estatal en la economía o la política fiscal. Para un momento en que la economía estaba ya en plena expansión gracias a la guerra y los créditos y las necesidades de reconstrucción de los aliados europeos garantizaban pingües beneficios a las empresas, para muchos no tenía sentido continuar con la senda marcada por el “New Deal”, especialmente cuando esas empresas podían favorecer, y mucho, los intereses del partido.

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Harry Truman celebrando su elección presidencial en 1948 con la famosa portada en la que se afirmaba erróneamente que el republicano Dewey le había derrotado.

De este modo, y pese a los consejos dados al propio presidente Roosevelt por muchos, entre ellos su propia esposa Eleanor -una mujer algo olvidada en la Historia y que merece destacarse por su adhesión a numerosas causas progresivas de su tiempo, desde la defensa de la España republicana a la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, y que fue uno de más firmes apoyos de Henry Wallace- así como los elementos liberales y progresistas del partido, permitió que se planteara la cuestión de la elección del candidato a vicepresidente (y a corto plazo su sucesor más inmediato, dado su estado) para ir con él en las elecciones de 1944 -en las que sería el cuarto mandato de Roosevelt-, sucumbiendo a las presiones de los conservadores de dentro del mismo. Estos últimos presentaron como candidato alternativo a un senador desconocido por Missouri, Harry Truman.  En un artículo en el blog estadounidense Nomadic Politics podemos leer que empujó al presidente a tal decisión: “La estima de Roosevelt hacia su vicepresidente, que había sido un valor seguro, se había esfumado en beneficio de las cuestiones prácticas. Muchos asesores de la Casa Blanca sentían que el vicepresidente se había escorado demasiado hacia la izquierda, dada la naturaleza de la política bipartidista. Un potencial ganador debía ser inclusivo y centrista. En pocas palabras, para ganar, un político debía ser todo para todo el mundo, pero especialmente para los sostenedores del poder.” Teniendo en cuenta que, como escribe el politólogo estadounidense Peter Deier, Wallace era (por referir sólo las cuestiones internas), un tenaz abogado de los sindicatos, los seguros nacionales públicos de salud y la igualdad de género y habría sido, de ese modo, el presidente más radical -y tomemos siempre esta palabra con alfileres- de la historia de Estados Unidos, no es de extrañar que el pragmatismo de la alta política en toda su crudeza hiciera acto de presencia.

La semblanza que realiza Gore Vidal sobre Truman no puede ser más crítica hacia éste: “la mayoría de los norteamericanos no tienen información sobre la historia, la geografía y lo que pasa en el mundo […] Lo que saben de Truman es que era un hombre pequeñito y bonachón, que tocaba el piano. No sabía nada de nada. Detrás de él estaba un Príncipe Metternich, el secretario de Estado Dean Acheson, abogado internacional que sabía de todo. Fue él quien diseñó el estado militarizado que emergió a partir de 1949 con Harry Truman, con la CIA incluida […] De modo que terminamos con un terrible presidente al frente del gobierno. Era tan malo que lo convirtieron en un ídolo. Todos los ignorantes admiran a Harry Truman, y no saben por qué. Él terminó con la República y nos colocó en esta ola de conquista”.

Pero, ¿cómo pudo este hombre “pequeño y bonachón” que finalmente dio al traste con las esperanzas levantadas por el “New Deal” y por un personaje como Wallace colocarse al frente de la primera potencia mundial -tal y como emergió del resultado de la SGM-? Precisamente porque los mismos que le auparon a la candidatura le auparon, pucherazo mediante -según Stone y Kuznick-, a la victoria en la Convención. A la hora de votar, la ventaja en número de delegados proclives a Wallace con la que contaba Wallace era tremendamente grande. De modo que se los jefes del partido consiguieron posponer la votación y maniobraron para que su candidato, Truman, consiguiera finalmente la victoria, que obtuvo en la tercera votación en medio de una gran confusión y un terrible tumulto, como puede verse en las imágenes del tercer episodio del documental de los propios Stone y Kuznick. “Hubo reparto de embajadas, direcciones generales y demás cargos. También hubo pagos en efectivo […] A petición del propio Roosevelt Wallace se conformó con la secretaria de Comercio y siguió en el gabinete”.

LA DENUNCIA DEL PÁNICO ROJO Y EL ANTICOMUNISMO Y SUS ÚLTIMOS DÍAS EN POLÍTICA: EL PARTIDO PROGRESISTA

Aun desde el propio gobierno, Wallace se mostró tremendamente crítico frente a la política que iba a seguir el nuevo presidente Truman, toda vez que poco tiempo después de la elección de Chicago Roosevelt fallecería y el antiguo senador de Missouri le sucedería al frente de la Casa Blanca. Truman iba a dar un giro de 180º a la colaboración entre los aliados anglosajones y la Unión Soviética, cuyo primer hito iba a ser el empleo práctico de las investigaciones del “proyecto Manhattan”, el proyecto de la bomba atómica, cuando éste hubo dado resultados. El lanzamiento en agosto de 1945 de las dos bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, bajo el pretexto de acabar la guerra con Japón con el menor derramamiento de sangre y en especial de bajas estadounidenses, esconde el hecho de que Japón estaba dispuesto a capitular ante la entrada soviética en la guerra del Pacífico, pactada con Roosevelt una vez finalizada la guerra en Europa, y el avance meteórico del Ejército Rojo en Manchuria y Corea. Truman, según explicamos en otra entrada -“La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”- lanzó la bomba para adelantar el final, evitar la entrada de la Unión Soviética en las negociaciones sobre Japón -al contrario de lo sucedido en Alemania- y lanzar un aviso a los rusos en un momento en que el anticomunismo, para la Casa Blanca y de acuerdo con los informes y percepciones de asesores como Dean Acheson, George Kennan o Foster Dulles, estaba empezando a suceder al antinazismo.

Wallace denunció la deriva de la política exterior estadounidense, comenzando por el intervencionismo estadounidense en favor de la política imperial británica, que contrastaba con las actitudes de la administración previa favorables a la descolonización, a la Carta de San Francisco que consagraba el derecho de los pueblos a escoger libremente la forma de gobierno bajo la cual querían vivir o la propia tradición antiimperial -al menos hasta finales del siglo XIX- de los Estados Unidos, así como la creencia en la superioridad de los pueblos anglosajones para regir el mundo. “En el mundo que comienza, ninguna nación tendrá el derecho divino de explotar a otras. Las naciones viejas tendrán el privilegio de ayudar a las naciones jóvenes a desarrollarse, pero esto no puede significar imperialismo económico o militar”, afirmaba. Por este motivo, condenaba el hecho de que EE.UU. fuera a solucionar o a sustituir a Gran Bretaña en la suerte de entuertos coloniales o neocoloniales en que estaba metido en los primeros tiempos de la posguerra, como fueron Irán -reclamando la salida de las tropas soviéticas del norte del país más por defender los intereses petrolíferos que la soberanía persa- o Grecia -apoyando al gobierno derechista y reprimiendo a los antiguos milicianos izquierdistas del ELAS para evitar un gobierno de concentración y permitir la reinstauración de las prácticas dictatoriales de antaño, lo que llevó a la guerra civil-.

Al mismo tiempo, otro de los factores criticados por Wallace respecto a la política exterior fue el de la progresiva ruptura de la alianza de posguerra con la URSS insertando progresivamente lógicas anticomunistas, que se fueron insertando también en la política interna (incluso antes de la “caza de brujas”). Las sucesivas negativas a considerar las demandas de la URSS respecto al acceso al Mediterráneo por el estrecho de los Dardanelos, la entrega de 400 millones de dólares para la lucha anticomunista a los gobiernos de la propia Turquía (100) y Grecia (300) -gobiernos que la administración Truman caracterizaba del “mundo libre”, pero que Wallace preguntaba de modo pertinente si acaso cabía calificar realmente de democráticas- y las sucesivas presiones para suprimir de los gabinetes de posguerra de Europa Occidental a los ministros comunistas -que conllevaron la represalia por parte soviética en las nacientes “democracias populares” de Europa del Este con respecto a los ministros conservadores, agrarios o democristianos-llevaron a Wallace a afirmar que eso precisamente llevaría a Stalin y a la URSS a ser precisamente lo que desde la administración Truman esperaban que fueran. “Cuanto más duros seamos nosotros, más duros serán los rusos”, dijo. La política de la coexistencia y la cooperación pacíficas se veían sustituidas por la política de la confrontación.

¿Era realmente bueno el presagio de Wallace? Si nos atenemos a las afirmaciones de Oliver Stone y Peter Kuznick, Eric Hobsbawn o Josep Fontana, la “guerra fría” se inició precisamente por esas percepciones que los dos posteriormente contendientes, inspirados por el miedo, los malentendidos y las acciones agresivas que aquellos empujaron, se vieron obligados a adoptar. Los norteamericanos fallaron en su percepción de que realmente los soviéticos se preparaban para hacerse, si no con la guerra, con los frutos de la guerra, siguiendo el discurso de Churchill en Fulton. Los rusos, por su parte, se vieron nuevamente amenazados por las acciones de la contraparte e inspirados por su miedo atávico, fruto de experiencias históricas desagradables de invasiones como las de Napoleón o Hitler y decidieron tomar un control cada vez más férreo de su zona de influencia, que era además u “colchón de seguridad” frente a nuevas invasiones procedentes de Europa Occidental.

De hecho, Joan E. Garcés, en su obra “Soberanos e intervenidos”, escribe de modo parecido, afirmando, como los anteriores autores, que los Estados Unidos no tenían realmente un riesgo de conflicto con la URSS -motivación principal del “pánico rojo”; de hecho, los soviéticos, que habían reducido el volumen de hombres en el Ejército Rojo, tenían como su mayor preocupación la reconstrucción de su país o la lucha contra la hambruna desatada en zonas occidentales, como Ucrania, no el levantamiento de un imperio-, y que la “guerra fría” no era sino un modo de “guerra preventiva”. Así lo explica el propio autor (que, escribiendo sobre el caso español, explica además que ese paso del antinazismo al anticomunismo permitió al gobierno de Franco su entrada en el sistema geopolítico occidental y contar como excepcional aliado norteamericano): “¿Quién preparaba en 1945 tamaña guerra contra EE.UU.? Nadie. El arma nuclear era monopolio de EE.UU. El presupuesto de la nueva guerra era la ruptura de la colaboración entre EE.UU. y la URSS. Los analistas y programadores de los supuestos enumerados concluían, el 11 de febrero de 1946, que b)la URSS necesita de diez a quince años para salir de su debilidad y alcanzar fuerza militar bastante para oponerse a los Estados Unidos con alguna razonable posibilidad de éxito; c)excepto para fines puramente defensivos, la URSS evitará al menos durante cinco años el riesgo de un conflicto armado de envergadura con EE.UU. ¿Dónde residía, pues, en 1945 el riesgo de otra guerra general? En una anticipación hipotética…”

Pero en esa anticipación -que luego no fue tal, porque las predicciones se revelaron falsas, por ejemplo en el caso de la posibilidad de que los soviéticos desarrollaran la bomba atómica y Estados Unidos dejara de poseer su monopolio- Truman y los “halcones” no podían quedar como los malos de la película. Cualquier actuación debía justificarse apelando a una histórica doblez, ya fuera de Stalin (cosa que le venía como el anillo al dedo, ya fuera apelando a las sangrientas purgas desarrolladas en el país o al pacto Molotov-Ribbentrop de 1939) o de la propia Rusia desde los tiempos del imperio zarista, como realizaban algunos diplomáticos estadounidenses. De ese modo puede entenderse el discurso de la “iron curtain” (telón de acero) de Churchill en Fulton o el desarrollo de la “doctrina Truman”, en su discurso a la Cámara de Representantes solicitando la concesión de los 400 millones para Grecia y Turquía, estableciendo la necesidad de EE.UU. de defender el “mundo libre” más allá del continente americano -doctrina que hoy día sigue vigente-. Consiguieron así que los soviéticos -cuya mayor preocupación no eran las cuestiones morales, sino el interés de su propio país- se comportara como esperaban: implantando el telón de acero, finiquitando las “vías nacionales” al socialismo de las democracias populares (con exportación de purgas incluida en Europa Oriental) y entrando de lleno en el juego de la carrera de armamentos y la “guerra fría”.

La advertencia de Wallace sobre ese juego de durezas respectivas no fue seguida en absoluto. Y es que, a pesar de que conocía perfectamente que en el nuevo mundo de posguerra las potencias vencedoras podían regirse por cuestiones prácticas, esperaba que aún por esa vía se consiguiera más en beneficio de las mayorías, a través del entendimiento y la cooperación mutua, que a través de la desconfianza y los prejuicios que presidieron las relaciones durante los años de 1945-1950. Así, aunque tanto los norteamericanos como los soviéticos persiguieran su propio interés, si ambos hubieran reconocido la legitimidad de las reclamaciones y la postura de la contraparte los resultados hubieran sido más satisfactorios, no sólo para sus pueblos, que habrían podido evitar una locura colectiva, una escalada en la represión interna y un gasto más que considerable en armamento, sino para otros pueblos envueltos en la misma guerra preventiva en el resto de continentes. Por esa razón, Henry Wallace afirmaba las bondades de una competencia pacífica entre los sistemas norteamericano y soviético: “Los rusos deberán tener más en cuenta las libertades personales, y nosotros prestar más atención a los aspectos de justicia socioeconómica”.

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Henry Wallace durante un mitín en el Madison Square Garden de Nueva York, denunciando la política de la administración Truman, la escalada de tensión con la URSS y el “pánico rojo”.

Decepcionado por la deriva en el interior de la administración, presentó su renuncia y preparó su candidatura a la presidencia  en las elecciones de 1948 por un renacido Partido Progresista, junto al antiguo actor y cantante Glen Taylor. Su candidatura era un clavo en el zapato para Truman, debido a que Wallace había sido, de largo, la segunda figura más importante del “New Deal” tras Roosevelt y era muy popular entre los trabajadores y los sindicatos, los intelectuales de izquierda (entre quienes le apoyaban se encontraban Albert Einstein o el músico Paul Robeson) y los movimientos de derehos civiles. Pero tenía en contra un factor: el anticomunismo, que se había instalado de tal forma en la administración y amenazaba la propia vida y estructura social posterior al New Deal, con investigaciones a los ciudadanos y los movimientos sociales y políticos por parte del FBI o la recién formada CIA y la necesidad de comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas implementado a instancias del senador Joseph P. McCarthy. Los sindicatos, las organizaciones de derechos civiles, el mundo del cine y el espectáculo, incluso la investigación del ejército (lo que a la postre costó el fin de la aventura inquisitorial del senador) fueron objeto de escrutinio, con bochornosas actuaciones por parte de personas como Walt Disney, Elia Kazan, Gary Cooper o Ronald Reagan delatando voluntariamente a sus compañeros por actividades de corte progresista a las que era fácil, en ese momento, etiquetar de “comunistas”. El “pánico rojo” sirvió para purgar la estructura de los sindicatos y los movimientos sociales y restar gran parte de su fuerza, lo que facilitaría con posterioridad los ataques neoliberales.

También pasaría factura al Partido Progresista de Wallace, quien fue tachado como comunista -lo cual era parcialmente cierto en el sentido de que el CPUS apoyaba su candidatura, pero también en el pasado había mostrado su apoyo a Roosevelt- y el hecho de que hiciera bandera de la igualdad salarial y de derechos de los afroamericanos (aspecto defendido ya en el pasado por el propio CPUS) no hizo sino poner en bandeja la excusa de “rojo” tanto a los republicanos como a los demócratas y segregacionistas del Sur. Manifestantes se concentraban en la puerta de los mitines de Wallace con pancartas que le caracterizaban como títere de Stalin; el propio Truman dijo no querer los votos de Wallace “y sus comunistas” y su número dos y candidato a vicepresidente, Glen Taylor, fue golpeado y detenido por la policía en Birmingham (Alabama) por hacer caso omiso de las puertas separadas por razas durante el Congreso de los Jóvenes Negros del Sur. Wallace, al saber esto, se refirió a la hipocresía de condenar las agresiones a las libertades cometidas en Europa del Este mientras en Estados Unidos existía segregación racial, discriminación laboral o arbitrariedades policiales como la que acababa de ocurrir.

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Wallace con Glen Taylor, su candidato a vicepresidente por el Partido Progresista en las elecciones presidenciales de 1948.

La campaña del miedo surtió efecto. Truman fue elegido por delante del republicano Thomas E. Dewey -pese a que algunos medios cantaron la victoria de éste último-. Wallace quedó cuarto con el 2,4% de los votos (aunque obtuvo mejores resultados en algunos estados industriales y de la costa este, como Nueva York, donde consiguió el 8,3%), superado por Strom Thurmond, gobernador demócrata de Carolina del Sur y que se presentó por el segregacionista y efímero Partido Democrático de los Derechos de los Estados, conocido popularmente como Dixiecrat. Este fracaso supuso la retirada definitiva de Wallace del mundo de la política, regresando al mundo de los negocios agrícolas.

Aunque no volvió a intervenir en política, la campaña anticomunista de la “guerra fría” acabó por surtir efecto incluso en él, apoyando al presidente Truman en su postura en la guerra de Corea y revisando sus antiguas percepciones sobre la URSS, explicando su cambio de postura en el libro “Why I was wrong” (“Por qué estaba equivocado”). En sus últimos años de vida, apoyó las candidaturas de los republicanos Eisenhower y Nixon, con lo que completó un lamentable giro de 180º. Murió en 1965, víctima de esclerosis lateral amiotrófica.

EPÍLOGO: SIMILITUDES RECIENTES

Cuando Wallace se presentó a las elecciones por el Partido Progresista, su campaña, al igual que la de Bernie Sanders, no fue financiada por las grandes corporaciones industriales y financieras, optando por recaudar fondos de los particulares, los militantes y simpatizantes del partido, en aras de hacer política en interés de los votantes y no de las minorías. En uno de los mítines del partido, el antiguo locutor de radio William Gailmor exhortaba así a los presentes: “Al Partido Progresista le falta, y se enorgullece de que le falte, la riqueza de Wall Street y el dinero de los industriales. Este partido no está respaldado por el poder de los militaristas, los intereses creados de los dos viejos partidos. Este partido del pueblo depende de todos y cada uno de ustedes.”

No en vano, el poder del 1% frente al 99%, de la minoría rica sobre la mayoría popular, trabajadores, clases medias, pobres en cada vez más número excluidos de la retórica del “American Dream” que el propio Sanders denunció en el Senado estadounidense, ya era denunciado por el vicepresidente con palabras que hablaban de los fascistas americanos. No eran fascistas porque portasen esvásticas o saludasen con el brazo en alto (imposible en un país que prestó ayuda y luego combatió del lado de los aliados), sino por otras razones, aunque perfectamente comprensibles a poco que se rascase en la retórica vacua: “Dicen ser superpatriotas, pero destrozarían todas las libertades de nuestra Constitución. Demandan libertad de empresa, pero son los cabecillas de los monopolios y los intereses creados. Su objetivo final es tener en sus manos el poder político para, de este modo, usando el poder político y el poder económico simultáneamente, mantener al hombre de la calle en un estado de subyugación eterna”. En aquel entonces, Wallace hablaba de fascismo; hoy día nos referiríamos al neoliberalismo. Quizá por ese motivo apelaba al Estado social -por ejemplo, mediante la política impositiva- para evitar el surgimiento de nuevos Hitler que pudieran alimentar su éxito apelando a la desesperación de las masas.

Los parecidos entre el discurso y la época de Wallace y la de Sanders -y la de los movimientos que los impulsaron, desde los arruinados “sharecroppers” y los obreros sin trabajo de la Gran Depresión a los arruinados por las hipotecas “subprime” y los indignados de Occupy Wall Street– son muchos pese a la distancia en el tiempo que ha pasado entre unos y otros. Lo que debemos lamentar en este caso es, precisamente, la cantidad de tiempo perdido (o echado a perder) que figura entre aquellas décadas de 1930-1940 y este comienzo del siglo XXI. Ojalá no caigamos de nuevo en el mismo error.

FUENTES:

Bernie Sanders, “El modelo económico global está fracasando”. Tercera Información, 10/07/2016. En http://www.tercerainformacion.es/opinion/opinion/2016/07/10/el-modelo-economico-global-esta-fracasando

Juan Laborda, “Por qué Bernie Sanders hubiese ganado la elección presidencial”. Voz Pópuli, 10/11/2016. En http://www.vozpopuli.com/desde_la_heterodoxia/Bernie-Sanders-ganado-eleccionpresidencial_7_970472945.html

Carmelo Ruiz Marrero, “La vida y pasión de Henry A.” En http://www.alainet.org/es/active/53429#comment-0

“Tengo celos de Cuba”. CubaDebate. Entrevista a Gore Vidal. 12/10/2006. En http://www.cubadebate.cu/noticias/2006/10/12/tengo-celos-de-cuba-dice-gore-vidal/#.WGpPKLngwrg

Cristina Vallejo, “Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente”. FronteraD, 12/11/2015. En http://www.fronterad.com/?q=ricos-no-siempre-ganan-historia-sobre-conciencia-igualitaria-en-estados-unidos-y-sus-lecciones-para

“Henry A.Wallace”. Biografía en United States History (http://www.u-s-history.com/pages/h1754.html)

“Henry Wallace (1888-1965)” en The Eleanor Roosevelt Project (https://www2.gwu.edu/~erpapers/ teachinger/glossary/wallace-henry.cfm).

“Henry Wallace and The Last Progressive Party”. Nomadic Politics, 09/12/2013. En http://nomadicpolitics.blogspot.com/2013/12/henry-wallace-and-last-progressive-party.html

Peter Dreier, “Henry Wallace, America’s Forgotten Visionary”. ThruthOut, 03/02/2013. En http://www.truth-out.org/news/item/14297-henry-wallace-americas-forgotten-visionary

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos: Una visión crítica de la política nortamericana del último siglo”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Joan E.Garcés, “Soberanos e intervenidos: Estrategias globales, americanos y españoles”. Madrid, Siglo XXI, 2012.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículo “Franklin D. Roosevelt”.

 

 

 

 

 

 

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Yemen del Sur. Una utopía entre las bombas

 

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Sello de la República Democrática Popular de Yemen (Yemen del Sur) de 1982, conmemorativo del 60º aniversario de la fundación de la URSS, su gran aliado internacional.

 

 

 

 

El mundo árabe y musulmán es lo suficientemente amplio y complejo, tanto en términos geográficos como humanos, como para escapar a cualquier simplificación que pueda realizarse tanto desde el campo de la extrema derecha europea o norteamericana como desde quienes, llámese DAESH o Al-Qaeda, propugnan la configuración de un califato unificado e integrista. No estaría de más recordar, en éste último aspecto, que no sólo en el mundo de hoy y con las diferentes ramas del Islam que han ido surgiendo, suníes, chiíes y las subramas de éste, como los ismailíes, tal pretensión resultaría, además de la intolerable imposición por la fuerza que están sufriendo más que en cualquier otra área geográfica los propios musulmanes, sino que la experiencia histórica demuestra su fracaso: en los tiempos de mayor esplendor y expansión del Islam, el califato de Damasco ni siquiera pudo aglutinar a todos los musulmanes, surgiendo un califato disidente en la Península Ibérica, el califato de Córdoba. Con respecto a la primera posición -no tan alejada, en cuanto a su planteamiento exacerbado y radical-, conviene tomar un mapa y observar que la religión islámica está presente desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, desde el Magreb hasta Indonesia y Filipinas, y desde países europeos y de Asia Central como Bosnia Herzegovina, Albania, el Caúcaso y las antiguas repúblicas soviéticas a orillas del Caspio, el mar de Aral y la meseta del Pamir hasta zonas del África Occidental como Costa de Marfil y Burkina Faso y de África Oriental como Tanzania o las Comoras. En cada uno de estos países, el Islam está presente de forma mayoritaria o como importantes minorías nacionales, y aunque padecen en muchas ocasiones atentados de igual o mayor gravedad que los de Francia, Bélgica o Alemania (pero no ocupan la misma atención en los medios occidentales que si se producen en Europa o Estados Unidos, una política de comunicación que se podría calificar sin temor de racista, y que demuestra que no todas las vidas, ni todos los demás conflictos, importan lo mismo), el contexto social y político y la relación de la religión musulmana y sus fieles con la comunidad es muy diferente.

Para muchos de estos países, los conceptos de democracia, igualdad, justicia, derechos humanos, así como el progreso y la soberanía de sus pueblos tienen menos que ver con el peso de la religión que con las estructuras de poder político y social, las relaciones económicas internacionales, con conflictos de más largo arraigo y causas muy diferentes (la lucha por la tierra y los recursos, la privatización de los mismos, el adelgazamiento del estado, la ausencia de inversión e infraestructuras). Así, la “guerra contra el terror” (el concepto acuñado por George W.Bush tras el 11-S, que tiene los resultados conocidos después de su triunfante afirmación del fin de la guerra de Irak, y rescatado con poca fortuna por el presidente francés François Hollande tras los atentados en suelo galo) se transforma para los habitantes de estos países en la guerra contra un terror más cotidiano y que va camino de convertirse en secular: el terror al hambre, las sequías, las enfermedades, las malas cosechas, los conflictos enquistados, la arbitrariedad del gobierno o las fuerzas de seguridad…

En los países donde se lleva a cabo o están implicados en la “guerra contra el terror” propiamente dicha, la más conocida de acuerdo a la afirmación de Bush hijo, y mayoritariamente de religión musulmana, o bien no faltan los problemas anteriores (tolerados o amparados por parte de sus aliados occidentales, como ocurre con Turquía, Egipto, las monarquías del golfo o Arabia Saudí, cuya preocupación en esa alianza no se dirige hacia el bienestar de la población local, sino hacia la consideración de si el gobierno local cumple o no la máxima “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), o bien padecen otros añadidos, causados por la lucha entre los terroristas de DAESH o Al-Qaeda y la nueva versión del “mundo libre”, aunque ya no se trate de una guerra fría sino de una bien caliente, pero en la que la democracia, al igual que en los tiempos de la lucha anticomunista, sigue su política de alianzas con países que no parecen ajustarse bien al calificativo de “mundo libre” o de “democracia” con que tanto gustaban y gustan de autodenominarse. En este fuego cruzado de bombardeos, disparos y destrucción que padecen las poblaciones de Irak, Siria, Afganistán o Yemen, y en medio de una política deplorable de acogida de refugiados por Europa, Australia o América del Norte a causa de unas guerras que todo el mundo parece saber provocar pero nadie finalizar como corresponde, no puede resultar extraño que muchos acaben, llevados por la desesperación y la locura a que están sometidos, identificando la “civilización” europea y occidental que bombardea y mata a civiles, confundiéndolos con objetivos militares, como un modo más de barbarie, sólo que ésta extranjera, ajena a sus costumbres, y acaben uniéndose a las filas del DAESH. Un juego macabro, efectivamente, pero no deja de ser así una de las hipótesis de la formación del propio Estado Islámico: a base de antiguos militares y funcionarios del estado iraquí de Saddam purgados masiva e indiscriminadamente por la administración colonial estadounidense, que en represalia formaron una organización ¡todavía más radical que Al-Qaeda! Así, la lucha contra el terrorismo desencadenada por la llamada coalición internacional no sería más que una lucha de fomento de ese mismo terrorismo, en la contradicción reflejada por el historietista Quino en “Mafalda”: ante un camión con manguera de los antidisturbios, Mafalda explica a su hermano pequeño que la policía usa ese camión para regar los primeros brotes de violencia, pretendiendo que en realidad la estaba arrancando de raíz. Queda por estudiar la razón por la que jóvenes de origen musulmán, hijos de inmigrantes, nada interesados por la religión, de repente se revuelven violentamente contra el país en el que han nacido y en el que sus padres, paradójicamente, parecen estar más integrados que ellos a pesar de no poseer la nacionalidad que sí tienen sus vástagos. Posiblemente se trate, precisamente, de que esa integración o bien no ha existido o bien ha fallado estrepitosamente, y que hoy se expresa de esta forma al igual que hace unos años se expresaba en forma de estallidos violentos y quema de automóviles en los barrios periféricos de París. Es muy recomendable, a éste último respecto, la irónica novela “Mañana será otro día” de Faïza Guene.

Esa misma contradicción antes mencionada fue la que se observó, dando lugar a un tiro por la culata absolutamente bochornoso, con la alianza entre Estados Unidos y Europa y los regímenes laicos instalados en estados revolucionarios del Norte de África, Oriente Medio o la Península Arábiga (Yemen del Norte). Pretendiendo sustraer los regímenes panarabistas y de “socialismo árabe” que fueron surgiendo en Argelia, Egipto, Siria o Irak a la influencia soviética y garantizando en ellos la presencia de estados autoritarios y fuertes que aplastaran cualquier oposición no sólo a su izquierda (marxistas) como a su derecha (islamistas, como la Hermandad Musulmana), la “primavera árabe” acabó por derribarlos en muchos lugares -salvo en Egipto, donde cayó Mubarak, pero la élite militar del régimen prosigue en el poder tras el golpe que derrocó al presidente islamista Mohammed Mursi para poner al mando al general Al-Sisi y desatar una fuerte represión sobre los Hermanos Musulmanes y la oposición en su conjunto-. El resultado fue una desarticulación, además del descrédito (en parte por lo que tenía, aunque sólo fuera nominalmente al final, de socialista el régimen) del socialismo y de la oposición marxista. Pero por otro lado fue el auge de la otra opción indeseada por Occidente: la de la oposición religiosa islámica como fuente legítima de contestación al poder y a sus aliados occidentales, como ocurrió con el prestigio ganado por los ayatolás en la revolución iraní y el derrocamiento del sha en 1979. Por si esto fuera poco, la política llevada a cabo por Estados Unidos en Afganistán, apoyando en la lucha antisoviética y contra el gobierno comunista de Kabul, a combatientes profundamente radicales en sus planteamientos religiosos, resueltos a luchar en una especie de “yihad”, y del que más representativo acabó siendo Osama Bin Laden, demostraría cómo de suicida puede llegar a ser una política amparada en el capricho y en el apoyo al despotismo y la corrupción.

Una excepción a este panorama, aparte de la experiencia fallida de la república socialista de Afganistán, -en la que la URSS apoyaba a los moderados del partido Parcham ante el temor de una revuelta islamista (azuzada por Estados Unidos) y solicitaba a los comunistas radicales del Khalq la formación de un gobierno de coalición que realizase reformas, necesarias para la modernización del país, pero más moderadas para evitar una revuelta o una oleada de represión, razón de la intervención soviética y de la posterior guerra (1979-1989), en la que los norteamericanos intervinieron ayudando a los muyahidines con tal de meter a la URSS en un “cenagal tipo Vietnam”- o del Frente Polisario y la República Árabe Saharaui Democrática, constituida en el exilio -movimiento revolucionario inspirado en el socialismo democrático, del que el ministro de Información y Turismo del régimen franquista y fundador del PP, Manuel Fraga, refirió que España (y posiblemente también Estados Unidos y Francia, dos de los pilares de Marruecos y su política de invasión del país como suministradores de armas y aviación al ejército alauí) no podía tolerar “un movimiento marxista a treinta y cinco millas de las Canarias”- fue la República Democrática Popular de Yemen, más conocida como Yemen del Sur. Fue el único estado socialista marxista-leninista, constituido sobre las antiguas posesiones inglesas de Adén, Hadramaut y Qishn y Socotora, de un mundo árabe dominado por reinos despóticos o por repúblicas de socialismo de tercera vía, el mencionado socialismo árabe, que acabó degenerando de sus nobles intenciones. Hoy, cuando el comunismo parece desacreditado y cadudo, el recuerdo de Yemen del Sur alimenta en Adén y otras zonas de la antigua república un sentimiento de rebeldía que pasa por la recuperación de lo mejor de los ideales y los aspectos del socialismo suryemení, en medio de la marginación a que se han visto sometidos desde la unificación con el norte y de los conflictos y bombardeos que Yemen ha sufrido últimamente.

SOCIALISMO E ISLAM: AUGE Y CAÍDA DEL SOCIALISMO ÁRABE

La vía marxista-leninista que se abrió en aquellas colonias británicas del golfo de Adén y el sur de la Península Arábiga tras su independencia fue muy diferente de la que fue común en los estados árabes y norteafricanos que desarrollaron, a través de revoluciones o por el triunfo contra potencias coloniales, una vía socialista particular. Al igual que Julius Nyerere, el presidente tanzano, trató de elaborar y poner en práctica en su país un socialismo de claras raíces locales (la ujaama o espíritu de familia), el socialismo árabe basará su ideario en una combinación de elementos marxistas y nacionalistas con la tradición y costumbres árabe-islámicas, rechazando algunos fundamentos del marxismo ortodoxo y del marxismo-leninismo soviético que, por su carácter materialista, internacionalista o ateo, se interpretaban como incompatibles con la situación árabe.

De este modo, y de acuerdo con Michel Aflaq, uno de los fundadores del Partido Árabe Socialista Baaz (el partido gobernante en el Irak de Saddam Hussein y en la Siria de Haffed y Bachar al Assad), quien acuñaría el término, el socialismo árabe establecía la nacionalización de los medios de producción y la superación de elementos de atraso de sus sociedades, como el feudalismo o el tribalismo, pero sin que ello sirva como base para contradecir elementos del Islam tan importantes para los creyentes como la propiedad privada y los derechos de herencia, así como los lazos comunitarios -e incluso la ley islámica o Sharia, a pesar de desarrollar regímenes laicos- que constituían la base identitaria y cultural de sus sociedades. Otros de los elementos de su ideario eran el panarabismo, la solidaridad entre los pueblos árabes (desde el norte de África, incluyendo Mauritania, Sudán y Somalia, hasta Irak; lo que incluso llevó a la creación de uniones entre países como la que tuvo lugar entre Egipto y Siria bajo el nombre de República Árabe Unida o RAU entre 1958 y 1961), y su encuadre en el Movimiento de Países No Alineados, uno de cuyos líderes más representativos fue el egipcio Gamal Abdel Nasser.

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Emblema del Partido Baath Árabe Socialista, gobernante entre los sesenta-setenta y los 2000 en estados como Siria -aún en la actualidad- o Irak.

El socialismo árabe surgía como respuesta tanto a la política colonial llevada a cabo por Francia y Gran Bretaña, cuya presencia en el norte de África y en parte de los antiguos territorios árabes del Imperio Otomano desde el fin de la PGM, como a la de los débiles reinos sobre los que las anteriores especialmente (aunque no sólo) ejercían su dominio indirecto, como ocurría en Irak, Egipto, Omán o el reino de Yemen (del Norte). El dominio colonial, directo o indirecto, en la región había generado los mismos desequilibrios que en otras zonas: ausencia de infraestructuras y de desarrollo agrario e industrial más allá del que beneficiaba, en forma de extracción de materias primas y otros recursos, a los intereses de la potencia colonial o la élite local; falta de políticas de bienestar para las poblaciones locales; mantenimiento o explotación del atraso educativo, científico y cultural de la población local, de modo que, en el caso de una emancipación, se mantuviera la dependencia del exterior de las nuevas naciones. Así, el socialismo árabe buscaba una síntesis entre unas raíces culturales y sociales que el colonialismo explícito o implícito habían arruinado o desvirtuado (y que había dado lugar a un imperio floreciente no sólo en términos militares, sino también culturales y científicos) y lo mejor de los movimientos revolucionarios y transformadores, que en aquellos momentos era representado, para muchas naciones recién independizadas y para muchos pueblos del Sur, por el socialismo.

La primera de las naciones que puso en marcha un programa socialista árabe fue Egipto, tras el derrocamiento de la monarquía en 1953 en un golpe militar y la asunción del poder por parte de Gamal Abdel Nasser, quien fue sin duda la figura más influyente del mundo árabe en los años sesenta, no sólo por la influencia política y cultural de Egipto sino por la propia política y carisma de Nasser. Emprendió un programa de reforma agraria y de nacionalizaciones, entre las que destaca la del canal de Suez (lo que le enfrentó a Gran Bretaña, Francia e Israel); la construcción de grandes infraestructuras como la de la presa de Asuán; fue líder del movimiento de los No Alineados junto a otros líderes nacionalistas que buscaban vías autóctonas e independientes de desarrollo para sus países, como el indonesio Sukarno, el indio Nehru y el yugoslavo Tito (lo que no le impidió un acercamiento a la URSS), y encabezó la lucha del mundo árabe frente a las injerencias occidentales y la política expansionista y agresiva de Israel (lo que llevó a la participación y derrota egipcia y del resto de coaligados árabes en la Guerra de los Seis Días). Pese a ello, a su muerte en 1970 la política de sus sucesores Sadat y Mubarak cayó en el descrédito: el acercamiento de Sadat a EE.UU. e Israel le llevó a distanciarse del mundo árabe y, tras su asesinato en 1981, Hosni Mubarak se sostuvo en el poder durante tres décadas a través de leyes marciales y medidas represivas mientras tanto él como su entorno se enriquecían de modo ilícito al tiempo que la población egipcia se veía progresivamente empobrecida.

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Nasser y el premier sovético Nikita Jruschev en las obras de la presa de Assuán.

También en el norte de África, Argelia iba a apostar, tras una cruenta guerra de independencia contra Francia culminada en 1962 y encabezada por el Frente de Liberación Nacional, de corte claramente izquierdista, por la vía del socialismo árabe. Tras la difícil victoria, Ahmed Ben Bella, primer presidente de la Argelia independiente, y el FLN se hicieron cargo del país, tratando de implementar una política de nacionalizaciones, reforma agraria, sistemas autogestionarios (como las granjas colectivas) y la igualdad de sexos, consecuencia de la importancia que las mujeres habían tenido en la lucha armada contra Francia. Dentro de su política exterior neutralista, mantuvo buenas relaciones con países socialistas como Cuba, Yugoslavia, la Unión Soviética, China o el Mali de Modibo Keita, además de prestar su apoyo a movimientos de liberación como el ANC surafricano o el PAIGC de Guinea Bissau y Cabo Verde.

Sin embargo, las desavenencias que habían estado presentes en el interior del FLN desde el momento mismo de la lucha anticolonial hicieron que, en 1965, apenas tres años después de haber accedido a la presidencia de la República, Ben Bella fuera derrocado y confinado al arresto domiciliario por su ministro de Defensa, Houari Boumedienne, quien acentuó las tendencias autoritarias -suspendiendo la asamblea nacional y la constitución de 1963- y el dominio militar del régimen argelino, al tiempo que marginaba la cultura y lengua de la importante minoría bereber. Las rentas petrolíferas y gasísticas obtenidas por Argelia en los años siguientes no se han sabido o querido invertir convenientemente en el bienestar de la población, especialmente en la modernización de una agricultura cuya producción crece menos que la población, entre otras cosas por la burocratización y corrupción del régimen. Otro de los debe tiene que ver con la situación de la mujer, que, pese a lo proclamado en la constitución, tiene en la práctica limitados sus derechos debido a la vigencia del Código de Familia islámico.

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Ahmed Ben Bella (izquierda) y Houari Boumedienne, héroes de la independencia y de la revolución argelinas.

 

Boumedienne, fallecido en 1978 bajo sospechas de envenenamiento, fue sucedido por el coronel Chadji Bendjedid, quien procedió al desmantelamiento de facto del sistema socialista argelino mediante privatizaciones y acuerdos con el Fondo Monetario Internacional para la reestructuración de su economía. La dependencia exterior de Argelia, quien tiene que comprar todo aquello que no produce a cambio de la venta de petróleo y gas, y la corrupción y autoritarismo del sistema llevaron al triunfo electoral del islamista FIS en 1991, quien se presentó bajo el paraguas de la honestidad y la preocupación por las clases populares. El no reconocimiento de su derrota por parte del gobierno llevó a una guerra civil de baja intensidad entre éste y las fuerzas islamistas del GIA (Grupo Islámico Armado), en la que se dieron no pocas detenciones arbitrarias, torturas, abusos y atentados y otras acciones armadas contra la población civil en unos años terribles.

Los casos de Irak y de Siria revisten ciertos paralelismos. Ambos son países en los que conviven diferentes grupos étnicos, como los kurdos y los asirios, y religiosos como chiíes y suníes, lo que les ha llegado a convertir en auténticos polvorines después de la invasión norteamericana y la caída del régimen de Hussein en el primero o en la actual guerra civil siria. En ambos casos, la desacreditada monarquía -instaurada en Bagdad tras la independencia del dominio británico en 1932 y en Damasco después de la colonización francesa en 1946- dio paso a un sistema republicano en el que el control del país estará en manos del partido Baaz, quien procederá a una política de nacionalizaciones, reforma agraria y de aproximación y alianza con la URSS (lo cual, en el caso iraquí, no deja de ser paradójico, dado que el baazismo se enfrentará a la oposición de los comunistas). En Irak, rico en recursos petrolíferos, la nacionalización del sector y la eficiente gestión estatal posibilitó que el país pudiera dedicar ingentes recursos a infraestructuras o a los sectores educativo y sanitario, mejorándose la calidad de vida, los salarios o la situación de la mujer.

En 1971 en Damasco llega al poder Hafez Al Assad, de la en Siria minoritaria confesión chií (alauí), tras la derrota de la coalición árabe contra Israel en la Guerra de los Seis Días, y en 1979 en Bagdad Saddam Hussein, que orientará la política exterior iraquí de la Unión Soviética a Occidente y los Estados Unidos, convirtiéndose en aliado de éste contra la revolución iraní (la administración americana dará apoyo armamentístico a Bagdad en la Guerra Irak-Irán de comienzos de los ochenta) y consentirá la sangrienta represión que Hussein ejercerá contra los chiíes y los kurdos. Ambos proceden del ejército y se convertirán en los hombres fuertes durante cerca de tres décadas en ambos países (a Al Assad le sucederá su hijo Bassar, quien mantendrá la alianza con la Rusia post-soviética así como con el grupo armado libanés Hezbolá y el régimen islámico chií de Irán) y ejercerán el mando con mano de hierro. El movimiento baazista, mientras tanto, habrá perdido el protagonismo en la política nacional frente a la autoridad militar, convirtiéndose (como el FLN argelino) en aparatos burocráticos de los respectivos regímenes dictatoriales implantados. Las conquistas revolucionarias del socialismo árabe en ambos países fueron perdiéndose, especialmente en comparación al protagonismo ganado por la represión violenta de los movimientos de oposición, y debido también a factores internacionales como la crisis a la que Siria se tuvo que enfrentar por la disolución de la Unión Soviética (su mayor aliado internacional) y el bloqueo económico y las sanciones a las que tuvo que enfrentarse Irak tras su derrota contra la coalición internacional liderada por Estados Unidos en la Primera Guerra del Golfo de 1991.

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Saddam Hussein encabezó un golpe de Estado en Irak y cambió la política de alianzas del país, que pasó a alinearse con EE.UU. y a atacar Irán de acuerdo con Washington. Posteriormente, se convertiría en enemigo irreconciliable de las administraciones norteamericanas.

No obstante, tanto la guerra civil siria como la caída del régimen de Hussein tras la invasión norteamericana, y en especial el factor de los grupos terroristas de ideología fundamentalista religiosa (Frente Al Nusra, Estado Islámico) han mostrado tanto la especial incapacidad europea y estadounidense para comprender la complejidad étnica, religiosa y política a que habrían de enfrentarse ambos países tras el fin de los regímenes baazistas (y, en consecuencia, la complejidad de un escenario donde una “guerra contra el terror” creada por las propias potencias extranjeras intervinientes no sirve para explicarlo todo) como la escasa relevancia de una oposición de carácter laico y progresista, cuya ausencia en los análisis no implica que no exista, alimentando la tendencia en Occidente a pensar que en el mundo árabe no pueden existir alternativas políticas de tal naturaleza. Esto -que es extensible a países como los mencionados Egipto o Argelia- se debe  no sólo a una reacción de signo contrario al laicismo desarrollado por los corruptos y desacreditados regímenes socializantes que han degenerado en dictaduras crueles que abandonaron sus ideario y al cambio de alianzas, pasando de la enemistad a la amistad con un Occidente que les sirvió de apoyo (lo que explica el prestigio ganado por la Hermandad Musulmana, el FIS y otros grupos opositores religiosos al presentarse como candidatos de la honradez y contra la decadencia de un mundo occidental y cristiano que es, más bien, la decadencia de la propia dictadura local fenecida). También al hecho de que parte de la “guerra contra el terror” se dirige también contra grupos de izquierda que pudieran constituir una alternativa a los planes para configurar un nuevo “statu quo” regional o modificar las fronteras, aun cuando la aspiración pueda ser perfectamente legítima: tal parece ser el caso de los grupos armados kurdos que combaten tanto a Al Assad como al EI en Siria y en los que luchan juntos hombres y mujeres. No debe por ello resultar extraño que las posiciones kurdas en Siria hayan sido bombardeadas por Turquía (miembro de la OTAN) o que países como España hayan decidido encarcelar a su regreso a quienes, en un intento de emular a las Brigadas Internacionales, combatieron junto a estas milicias kurdas.

Libia, por último, al igual que Túnez, Yemen o Egipto, vio finalizado el régimen del coronel Gadafi en el transcurso de la “Primavera Árabe” de 2011, pero para ello tuvo lugar una guerra civil en la que se dio un juego de intereses políticos y geoestratégicos en los que las potencias occidentales, que habían iniciado años antes un proceso de revisión de sus relaciones con Trípoli y consideraban a Gadafi un aliado tras años de condena, apostaron a la carta de su derrocamiento. La situación del país, sin embargo, no ha mejorado tras el fin del régimen gadafista (que incluyó su muerte en un dantesco linchamiento, en un período en que, tras una suerte de tregua por parte de los medios de comunicación en sus descalificaciones hacia el por otra parte excéntrico líder libio, regresaron las acusaciones sobre supuestas atrocidades que incluían la violación de las mujeres de su guardia femenina) y las dificultades pasan tanto por las desavenencias regionales entre la parte occidental del país (Tripolitania) y la oriental (Cirenaica, la región de Benghasi y la primera en levantarse contra el régimen) como debido a la presencia de grupos terroristas como Al Qaeda en el Magreb Islámico y el propio EI. Asimismo, algunos analistas apuntan a que la presencia militar extranjera (Francia, Italia, Estados Unidos) en el país no está bien considerada por la población, lo que lleva a actos de violencia contra ellos que son camuflados como ataques terroristas.

Muamar al Gadafi encabezó en 1969 una sublevación contra la monarquía, instaurada en el país tras el fin del fideicomiso italiano en 1951. La República Árabe, influida por el nasserismo, iniciaba su andadura con mimbres parecidos a los de otros países que siguieron la vía del socialismo árabe: nacionalizaciones, reforma agraria y no alineamiento (de hecho, Gadafi no se aproximó a la URSS hasta mediados de la década de los setenta). Para mantener el poder, Gadafi hubo de pactar con los diferentes grupos tribales del país. En 1977, poco después de la publicación de los principios de la revolución libia en el Libro Verde (un remedo del Libro Rojo de Mao, que combinaba socialismo e Islam), Gadafi proclama la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista (el término árabe Yamahiriya se puede traducir tanto como república como comunidad, lo que enlazaba con el ideario gadafista de unión del pueblo libio en torno a un ideario y un líder, el socialismo árabe y el propio coronel). La nueva Libia, con la nacionalización de los recursos del petróleo y el gas y la utilización de los beneficios para planes de infraestructura e implementación de sistemas gratuitos de sanidad y educación, alcanzó extraordinarios niveles de desarrollo humano para el continente africano, más próximo a los países meridionales de Europa como Portugal o Grecia, así como un nivel de derechos para las mujeres mucho más elevados que en otras naciones islámicas.

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Escudo de la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista, el régimen libio encabezado por el coronel Gadafi.

Sin embargo, Gadafi también llevó a cabo una política de apoyo a grupos internacionales de liberación bastante controvertida. Al tiempo que apoyó en un principio la experiencia revolucionaria de Thomas Sankara en Burkina Faso, al Frente Sandinista y la revolución nicaragüense, la OLP o el ANC de Nelson Mandela, hizo lo propio con ETA, el IRA Provisional o las FARC, y llegó a implicársele en el atentado a un avión en Lockerbie (Escocia). Ello llevó a un bloqueo económico por parte de los Estados Unidos y al bombardeo, en tiempos de la administración Reagan, de las ciudades de Trípoli y Benghasi.

De ahí que, en su esfuerzo por normalizar las relaciones con Occidente, Gadafi retiró el apoyo a varias organizaciones terroristas y hacer frente al bloqueo fomentando las cooperativas y pequeñas empresas privadas. En sus últimos años, al tiempo que permitió la entrada de grandes actores privados en la economía libia, especialmente en el sector de los hidrocarburos, buscó contrarrestar el dominio occidental a través de acuerdos con aquellos países más opuestos o que pudieran contrarrestar el liderazgo estadounidense, como la Rusia de Putin, la Venezuela de Hugo Chávez, la República Islámica de Irán, Brasil o China, al tiempo que era recibido por líderes europeos como el primer ministro italiano Silvio Berlusconi o el presidente del gobierno español José María Aznar, que llegará a referirse a Gadafi como “un amigo extraño, pero un amigo”. La oportunidad ofrecida por la guerra civil libia, sin embargo, llevó a las potencias occidentales a apoyar a la oposición y a bombardear las posiciones del ejército de Gadafi, recuperando el lenguaje despectivo contra él. Algunos analistas han ofrecido, como parte de la explicación a este cambio de actitud, las oportunidades de negocio más amplias que la oposición ofrecía a las empresas occidentales, con la defensa en su programa de “un sector privado para la economía” y “los intereses y derechos de las compañías extranjeras”, así como la mayor capacidad de influencia sobre el nuevo gobierno.

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Vladimir Putin y Muammar Gadafi, dos líderes conocidos por su oposición al “unilateralismo” norteamericano, durante un encuentro en Trípoli.

En resumen, los gobiernos de socialismo árabe supusieron, en su día, un soplo de esperanza para aquellos países deseosos de librarse del yugo de la colonización europea y de emprender un camino propio, una “tercera vía”, entre el Occidente capitalista y el socialismo “ateo” de la URSS y sus aliados. Teniendo en cuenta la importancia del Islam en la configuración del mundo en la región de Oriente Medio y el norte de África (más incluso, afirma Edward Gibbon, que la del cristianismo en Occidente, donde había que tener en cuenta la enorme herencia de las civilizaciones griega y romana) y siguiendo la vía emprendida por otros estados no alineados como Yugoslavia, India o Tanzania, el socialismo árabe trataba de ser una síntesis de modernidad y tradición similar a la vía de los socialismos africanos. El éxito inicial que trajeron las políticas sociales y redistributivas, la nacionalización de sectores estratégicos o la reforma agraria en Egipto, Irak o Argelia, así como la afirmación de la propia identidad y el carisma de líderes como Nasser -de quien el escritor libanés Amin Maalouf referirá “los árabes […] tuvieron un líder en quien reconocerse”– fue sin embargo reemplazado a partir de los años setenta por un repliegue debido a la derrota de las fuerzas militares árabes frente a Israel en las guerras de los Seís Días y del Yom Kippur, que trajeron consigo una merma del prestigio y presencia internacionales de los líderes árabes. A esto se añadió la muerte y los golpes de estado contra los viejos líderes carismáticos e independientes, como Nasser o Ben Bella, que fueron sustituidos por figuras más proclives al acercamiento a Occidente y bajo cuyos gobiernos el régimen político nacional cayó en la corrupción, el nepotismo y la ineficacia, mientras, con el cambio de alianzas (se abandonó el apoyo y acercamiento a la URSS) eran apoyados por Estados Unidos y la Unión Europea en segunda instancia para aplastar a una oposición representada no sólo por intelectuales o izquierdistas de signo marxista, sino también por una oposición religiosa que achacaba los males del país a la “venta” a los valores occidentales y postulaba la regeneración a través del retorno a las fuentes islámicas, a veces de signo muy rigorista.

A este respecto, el fracaso del socialismo árabe parece representar el más reciente intento fallido de hallar una vía de síntesis entre las raíces propias y las corrientes sociales y políticas alrededor de las que se movilizaban banderas en el resto del mundo, como en el pasado lo representaron los “Hijos de Adán” y la fallida experiencia de la democracia iraní a comienzos del siglo XX. El mencionado Amín Maalouf -quien escribió sobre el anterior tema en su novela “Samarcanda”– refiere en el epílogo de su obra “Las cruzadas vistas por los árabes” que, mientras que el contacto de los occidentales en Palestina (al igual que en la Península Ibérica o en Sicilia) con los musulmanes contribuyó a una revolución cultural en Europa -el conocimiento de técnicas agrícolas, de la filosofía, las matemáticas o la medicina tanto antiguas como del desarrollo posterior de las mismas que llevaron a cabo Avicena, Averroes o Maimómines-, las “cruzadas” o “guerras francas” medievales crearon un ambiente de desconfianza y de encierro sobre sí mismo en el mundo musulmán que se mantuvo a lo largo de los siglos, y que la dominación colonial francobritánica en la zona o el establecimiento del Estado de Israel (considerado poco menos que un “reino cruzado”) han exacerbado, hasta el punto de que en tiempos del presidente Nasser se le llegó a equiparar con Saladino porque, al igual que el sultán ayyubí, consiguió unir a Siria y Egipto en un solo estado (la RAU entre 1958 y 1961) y plantar cara a Francia y Gran Bretaña como Salah al-Din hizo con los caballeros francos. “Asediado por doquier -dice Maalouf-, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta, de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo […] Por ello seguimos asistiendo hoy día a una alternancia con frecuencia brutal entre fases de occidentalización forzada [como la que representó el laicismo autoritario de Atatürk al fundar la República de Turquía en 1922, cuyas pulsiones dictatoriales permanecieron y permanecen hoy día a pesar de ser un país formalmente democrático] y fases de integrismo a ultranza fuertemente xenófobo.”

Grupos como el FIS argelino o la Hermandad Musulmana se presentarán, ante la degradación económica y política del país y las conexiones gubernamentales con antiguos o nuevos colonizadores occidentales, como individuos que atendían a las necesidades del pueblo, honestos y decentes y con un programa antiimperialista similar al que habían llevado los partidos baazistas o revolucionarios en el poder en los tiempos de la liberación anticolonial y cuyos ideales aparecían ahora traicionados. De este modo, la “primavera árabe” de 2011 -o antes en Argelia, en la época de la guerra civil- fue un momento propicio para el éxito popular de estos grupos, que representaban la esperanza del pueblo contra unos regímenes degradados, pero al mismo tiempo tenían su propia agenda de imposición de leyes restrictivas en materia religiosa y cultural, lo que asustó a Estados Unidos, Europa o la OTAN, “culpables” indirectos de su éxito al haber apoyado a gobiernos represores y corruptos como el de Mubarak en Egipto o políticas de “apartheid” como las Israel respecto a los palestinos, en medio además de una “guerra contra el terror” que parece no tener fin. Así puede explicarse el éxito de los Hermanos Musulmanes en las elecciones post-Mubarak en Egipto o de Hamás en la franja de Gaza. La respuesta, en algunos casos, ha sido apoyar a versiones modificadas de los viejos regímenes, como a los militares que formaban parte de la élite del ejército de Mubarak en El Cairo, condenar al gobierno salido de las urnas como en Gaza o agitar nuevos avisperos en Libia y Siria de difícil solución.

LA DIFERENCIA SURYEMENÍ

Yemen del Sur, oficialmente la República Democrática Popular de Yemen, siguió un camino diferente. El país siguió la vía del marxismo-leninismo que había sido condenada por el socialismo árabe por su ateísmo, y que hacía al régimen suryemení mucho más próximo a la Unión Soviética y las naciones del Este de Europa, Cuba, Vietnam o la República Popular China de lo que eran Egipto, Siria o Irak, que se declaraban como no alineados.

Además, Yemen del Sur tenía otra particularidad, y que en este caso lo diferenciaba respecto a otros estados socialistas como la RDA, Corea del Norte o Vietnam del Norte. La división del Yemen, al contrario de lo que había ocurrido con la de Alemania, las dos Coreas o Vietnam, no había sido un producto de la posguerra de la SGM y de las desavenencias que, como parte de una “guerra fría” en marcha, surgieron entre las potencias aliadas e impidieron configurar un estado unido, o en el caso vietnamita para asegurar un estado-tapón (Vietnam del Sur) fiel a Occidente que impidiera ver cumplida la teoría del dominó norteamericana acerca del dominio comunista del sudeste asiático. Yemen del Norte (primero Reino de Yemen y luego República Árabe de Yemen) y Yemen del Sur, a pesar de un pasado unitario, habían estado divididos y bajo control, respectivamente, del imperio otomano, hasta 1922 (en que el norte se independiza tras la derrota otomana en la PGM y la independencia o pérdida a manos francobritánicas de sus territorios en Arabia y Oriente Próximo) y del británico, hasta 1967, cuando le llega el turno de independizarse a la Colonia y Protectorado de Adén.

La Compañía Británica de las Indias Orientales se hace con el control de esta estratégica ciudad portuaria del suroeste de la Península Arábiga en 1839. Con Adén y Suez en manos británicas, así como el resto de Egipto y Somalilandia, el Reino Unido controla las bocas de entrada y salida del mar Rojo. Desde Adén, la influencia británica, en forma de protectorado, se extiende hacia el este, hacia los sultanatos de Hadramaut y el Mahra, conformado por Qishn, en la península Arábiga, y la isla de Socotora, territorios que unidos a la originaria colonia de Adén formarán el protectorado y en un futuro el Yemen del Sur marxista.

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Mapa de la composición de la colonia y protectorado británicos de Adén-Arabia del Sur, que luego constituirían la República Democrática Popular de Yemen.

Sin quererlo, los británicos van a fomentar la rebelión y el socialismo marxista en el país al deportar a militantes revolucionarios comunistas y socialistas de la India al país. La iniciativa en la resistencia a los británicos va a ser ejercida por dos grupos, el Frente de Liberación del Sur del Yemen Ocupado (FLSYO) y el Frente de Liberación Nacional (FLN). Éste último se constituye como la fracción yemení del movimiento revolucionario árabe, el MNA (Movimiento de los Nacionalistas Árabes), fundado en los años cuarenta por Georges Habash, Nayef Hawatmeh y Constantin Zureik y de claro signo izquierdista, y al que pertenecen la Acción Comunista del Líbano, el Frente Popular de Liberación y el Frente Democrático de Liberación, ambos de Palestina o los partidos comunista y socialista árabe de Arabia Saudí.

Después de crearse en 1963 la efímera Federación de Arabia del Sur sobre el territorio de la colonia de Adén, justo el mismo año en que comienza la actividad del FLN y el FLSYO, en 1967 la lucha de los revolucionarios triunfa frente a los británicos y a los sultanes dependientes de éstos y se crea la República Popular de Yemen, bajo el claro liderazgo de la primera de las organizaciones. Dos años después, en 1969, la rama socialista del FLN agrupará al resto de grupos políticos en torno a ellos, creando el marxista Partido Socialista de Yemen y el primer estado socialista marxista-leninista del mundo árabe,

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Bandera de la República Democrática Popular de Yemen (1967-1990)

la República Democrática Popular de Yemen. Para el economista y analista egipcio Samir Amin, la lucha por la independencia y el ideal socialista que la alumbraba ha aglutinado a la población resistente en torno al marxismo, y el PSY “agrupa a todas las fuerzas reformadoras modernas, las clases medias, los trabajadores del puerto [de la capital, Adén] y los estudiantes”. La periodista iraní Nazanin Amarian refuerza esta idea al afirmar que Yemen del Sur fue “la primera nación árabe y musulmana que vivió entre 1967-1990 bajo un gobierno socialista, dirigido por los comunistas, nacionalistas y liberales, mostrando que las personas musulmanas, lejos de ser fanáticas, apoyaban un gobierno laico que trabajaba por su bienestar y libertad.” En el Partido Socialista, aunque la corriente dominante será la marxista, existen nacionalistas, socialdemócratas y panarabistas, lo que reflejará una cierta pluralidad del sistema político suryemení, pero al mismo tiempo será fuente de conflictos internos, como demostrará la guerra civil que se desencadenó en 1986.

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Bandera del Reino de Yemen (1918-1962)

Mientras tanto, en el norte, en el vecino Reino de Yemen la monarquía está dejando de existir. La guerra civil se había iniciado en 1962 tras el golpe de estado por parte de militares republicanos y nasseristas, apoyados por Egipto, mientras los monárquicos resistieron apoyados por Reino Unido y Arabia Saudí. Tras ocho años de guerra, en 1970 Arabia Saudí reconoció a la República Árabe de Yemen y la vieja monarquía feudal mutawakilita de Muhammad al-Badr había perdido la batalla. Sin embargo, su sistema político pronto se distanciaría de Egipto y del socialismo árabe que representaba Nasser, cuyo apoyo había sido esencial para la victoria de los republicanos. Yemen del Norte comenzó a realinearse con británicos y saudíes, y lejos de aplicarse principios secularizadores como los del sur y socializantes como los de Egipto o Argelia, el país se mantuvo fiel a los principios islámicos y capitalistas, con lo que la diferencia de desarrollo y bienestar con el sur -sobre todo cuando en los ochenta se descubrieron yacimientos petrolíferos en la RDPY- fue considerable.

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Bandera de la República Árabe de Yemen (1962-1990)

Y es que, no en vano, y al hilo de la frase de Amarian, el bienestar alcanzado por los suryemeníes  gracias a las políticas gubernamentales motivó tanto las diferencias de bienestar y desarrollo humano existentes entre los dos Yemen como el sentimiento independentista de hoy en el sur, basado en los logros sociales de la época previa a la unidad; en el sentimiento de discriminación -acentuado tras la derrota en la guerra civil de 1994- que sienten los sureños frente a un norte cuyo modelo se ha impuesto en todo el país y se aprovecha de los recursos del sur; y en el rescate de un modelo socialista de nuevo cuño que recupere lo mejor del pasado y una dignidad que, más que perdida, sienten “robada”. Bajo el régimen marxista (con un sistema político similar al de la Unión Soviética y los países del Este de Europa, en el que los ciudadanos, por sufragio universal, votaban a los candidatos del partido), Yemen del Sur se convirtió en uno de los países más progresivos del mundo árabe y el que más de la Península Arábiga. La educación se declaró libre y gratuita y se desarrollaron intensas campañas de lucha contra el analfabetismo. Se llevó a cabo una exitosa reforma agraria que convirtió a la república en un país exportador de fruta y cereales, además de aumentarse las actividades ganaderas y pesqueras. Asimismo, se nacionalizaron importantes sectores económicos, como la industria naval, la banca y el comercio de exportación, y gracias al superávit de viviendas construidas por los colonos británicos, no existían problemas de esta índole en Yemen del Sur, por lo que en el país no había personas sin hogar.

Además, la RDPY contaba con una curiosidad arquitectónica como eran los rascacielos hechos de adobe y troncos de palmera de la ciudad de Shibam, en Hadramaut, cuya construcción originaria se sitúa en el siglo III antes de Cristo, aunque tuvo que ser reconstruida en dos ocasiones en los siglos XIII y XVI por las crecidas. Esta pieza única de arquitectura, tras años de abandono incluso en la época de la república democrática popular (en la que la vivienda fue nacionalizada, quedando sus antiguos propietarios como inquilinos) fue elevada, a petición del presidente Alí Nasser Mohamed, a categoría de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, tras la rotura de una presa que volvía a amenazar la precaria existencia de la ciudad. Las autoridades gubernamentales llevaron a cabo desde entonces “un plan de emergencia para reparar la presa y otro más a largo plazo para instalar una red de agua y alcantarillado, además de tendido eléctrico y telefónico [que] llevaron la ciudad al siglo XX” (Ángeles Espinosa), continuados desde entonces por las sucesoras administraciones del Yemen unido.

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La ciudad de rascacielos de Shibam, en Hadramaut (Yemen meridional).

En cuanto a la política de género, la legislación garantizaba la igualdad de sexos, aunque en las zonas tribales el gobierno hubo de pactar, haciendo que continuara aplicándose la ley islámica o sharia en estas áreas.

Las relaciones exteriores del país fueron muy estrechas con países del bloque socialista, como la URSS, la República Democrática Alemana o Cuba, que enviaron técnicos, asesores y expertos militares (la Unión Soviética fue el puntal de la modernización de las fuerzas armadas suryemeníes), así como con la República Popular China, quien envió médicos y creará una industria textil. Algo más difíciles fueron con los países árabes, en especial con los vecinos reinos y sultanatos como Arabia Saudí u Omán, debido al apoyo que el país suministraba a los revolucionarios de este último, deseosos de acabar con la monarquía. También lo fueron, por el carácter marxista del socialismo suryemení, con estados de socialismo árabe que condenaban por “renegar del Islam” al régimen de Adén y por la política de apoyo a organizaciones palestinas, en un momento en que países como Egipto buscaban una deténte con Israel. Por tal motivo, algunas de las controversias internas en el seno del PSY y del gobierno estuvieron motivadas por la política a seguir hacia países como Siria, Irak o Libia.

No cabe duda de que, siguiendo con la línea internacionalista (retórica o real) que era uno de los principios de los países socialistas, Yemen del Sur desempeñó un activo papel en este campo. Los suryemeníes apoyaron en 1969 el golpe de estado de Mohamed Siad Barré en la cercana Somalia, que proclamó inicialmente un estado socialista y estableció lazos militares y de cooperación con la URSS, apoyaron a los revolucionarios omaníes y a las organizaciones palestinas del FDLP, el FPLP y Al-Fatah. Incluso miembros de ETA se entrenaron en un campo a cien kilómetros de Adén, si bien es cierto que -según fuentes de la Guardia Civil- lo hizo durante un efímero período, entre 1976 y 1980, y mientras la organización contaba aún con una aureola revolucionaria y de oposición a la dictadura de Franco que pronto iba a desaparecer.

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Manifestantes sureños portan la bandera de la antigua República Democrática Popular contra las políticas del gobierno central de Saná.

Como se ha referido con anterioridad, la composición heterogénea del PSY, a pesar de la preeminencia de los marxistas, hará que en los años setenta surja una primera lucha ideológica y por el liderazgo en su seno. Cuando todavía el partido estaba en fase de creación a partir del Frente de Liberación Nacional, surgen, en 1979, las primeras diferencias entre el presidente Salim Robaya Ali y Abdul Fattah Ismail, secretario general. El primero es partidario de un acercamiento a los países árabes, como el vecino Yemen del Norte, Omán y Arabia Saudí, mientras el segundo desea estrechar los lazos con la URSS. Un golpe de estado acaba con la vida de Robaya y del ministro del Interior Saleh Mosleh, imponiéndose la línea prosoviética que caracterizará al país en los años siguientes. Ismail, que se había alzado con la presidencia, será sustituido por su aliado Ali Nasser Mohamed debido a problemas de salud y permanece tratándose de ellos en la Unión Soviética entre 1980 y 1985.

No obstante, años después, entre estos dos aliados se comenzarán a dar diferencias irreconciliables que conducirán al país a la guerra civil. Ali Nasser comenzará a mostrarse más partidario de una línea moderada, que en política exterior se reflejará en un acercamiento a sus vecinos norteños, Mauritania o Arabia Saudí, algo que disgusta a Ismail. A su regreso de la URSS, solicita a Ali Nasser en un congreso del PSY que abandone uno de los dos cargos que ostenta, el de presidente de la república o el de secretario general, algo a lo que aquel no accede. El 13 de enero de 1986, partidarios de ambos se enfrentan en las calles de Adén, comenzando un conflicto civil que terminará con la victoria de los partidarios de Ismail y provocará -pese a la mediación de los líderes de las organizaciones palestinas- alrededor de diez mil muertos y sesenta mil exiliados, incluyendo al propio Ali Nasser, que huirán hacia Yemen del Norte, pese a la proclamación de una amnistía que no incluirá a los principales aliados de Mohamed, juzgados y condenados a muerte. Ismail morirá durante el conflicto.

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Bandera de la República de Yemen, resultado de la unidad entre la RAY y la RDPY, desde 1990.

A pesar de la victoria del “ala dura”, la perestroika de Gorbachov en la URSS llevará a una política diferente en Yemen del Sur. La fracción más radical va a verse desposeída del dominio político, sustituida por líderes más influidos por los nuevos vientos de Moscú y, mientras los ciudadanos soviéticos y de otros países socialistas de Europa del Este abandonan el país, se inicia un diálogo entre los dos Yemen para una unificación que -a pesar de los conflictos que acabaron por estallar en 1977, cuando la República Árabe atacó la República Democrática Popular, en una guerra fronteriza que duró dos años- no dejó de estar sobre la mesa y que incluso llegó a proponerse en fecha tan temprana como 1972. Sin embargo, la unidad de los dos Yemen (negociada desde 1988 y realizada en 1990), al igual que ocurrió ente las dos Alemanias, aunque contemplaba un escenario mucho más igualitario y de mismo poder negociador entre ambas repúblicas, acabó por suponer una fagocitación por parte del país capitalista de su vecino socialista, aunque éste fuera más desarrollado y dispusiera de la riqueza petrolífera y de un estado del bienestar que los ciudadanos del norte no poseían. El egipcio Samir Amín afirma que el PSY se suicidó aceptando en 1990 la reunificación con Yemen del Norte, motivados, afirman los líderes marxistas del sur, por el temor a una agresión tras la caída del bloque soviético y de la propia URSS. Este suicidio político se manifestó en poco tiempo en hechos concretos y cotidianos para los ciudadanos sureños, a los que los noryemeníes ya parecían acostumbrados, sin que ello dejara de tener su gravedad. A la devaluación de la moneda suryemení, el dinar, para equipararlo con el rial noryemení (y que provocó subidas de precio escandalosas e inasumibles para los trabajadores de Yemen del Sur) le siguió un auténtico desmantelamiento del sistema de protección social, escolar y sanitario de la ya extinta RDPY: “las concesiones unilaterales de la República Democrática Popular de Yemen (del Sur), dominada por los liberales, a la República Árabe de Yemen, respaldada por Arabia Saudí y EEUU y su posterior disolución, fue el inicio de una crisis multidimensional del Estado que ha desgarrado al país […] El asalto de la derecha a las políticas sociales en el Sur (supresión de la sanidad y educación universal y gratuita, de la pensión para ancianos y discapacitados – que se han convertido en masa de mendigos- la privatización de las grandes empresas y fábricas, etc.) ha arrastrado a la mitad de la población, en su mayoría jóvenes menores de 30 años, a la pobreza, desesperación y también a la protesta”, escibe Nazanín Armanian. La exclusión del PSY de las estructuras de poder llevaron, junto con la puesta en marcha de estas políticas, a la guerra civil de 1994, en la que el sur proclamó de nuevo su independencia.

UNA GUERRA (Y UN IDEAL) QUE NO SE ACABA 

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Manifestantes yemeníes portando, entre otros carteles, un poster del Che Guevara.

A los cuatro años de la unidad entre ambos estados yemeníes, las circunstancias de la unificación demostraron que el acuerdo político al que se había llegado entre la República Árabe y la República Democrática Popular había sido absolutamente insatisfactorio para el sur. No sólo por el desmantelamiento que se estaba realizando de las políticas que se habían llevado a cabo durante el régimen marxista en Yemen del Sur, sino también por la persecución y discriminación a que se veían sometidos los antiguos dirigentes suryemeníes y los miembros del Partido Socialista de Yemen, quienes, a pesar de que formalmente compartirían el poder con sus homólogos noryemeníes, habían sido reducidos a un papel de comparsas. “El Partido Socialista Yemení empezó a sufrir persecuciones políticas por las fuerzas norteñas y su influencia se vio duramente reducida en el nuevo gobierno”, escribe Antonio Ponce. La sensación de “colonialismo” por parte del gobierno de Saná y del norte sobre el sur se extendió también sobre las fuerzas armadas.

El recientemente derrocado Alí Abdulah Saleh, que ya había sido presidente de la República Árabe de Yemen y ostentaba la presidencia del Yemen unido, dirigía con mano de hierro el nuevo estado y condujo a las fuerzas unitarias hacia la victoria. Contaban con la ventaja de que ningún país reconoció a la reinstaurada República Democrática de Yemen en el sur, a pesar de que Arabia Saudí, temerosa de un Yemen unificado y libre de su influencia, apoyó a los rebeldes, así contaban con el apoyo estadounidense para con las fuerzas de Saná. Tras la guerra, que transcurrió básicamente en territorio del sur, Saleh vio reforzado su poder, incrementándose además el de éste respecto del poder del parlamento, y el dominio norteño sobre el conjunto del país se intensificó.

De este modo, muchos yemeníes del sur observaron como eran marginados, en favor de norteños aliados del presidente Saleh, de los puestos en la administración y el ejército, forzados al retiro en estos cuerpos con pensiones que bordeaban el umbral de subsistencia -situación general en todo el país, tanto en el norte como en el sur, pero agravada por el hecho de que era una situación nueva en comparación con la antigua RDPY- y como las rentas del petróleo, cuyas reservas se encuentran en el territorio del antiguo Yemen del Sur, eran transferidas a elementos del gobierno central. Así, lejos de apaciguarse la situación tras la guerra, iban a surgir nuevos elementos para el descontento. El general Ali Mohamed Assadi, nativo de Adén, prominente miembro del movimiento independentista del sur y que desertó del ejército para luchar con sus paisanos en la guerra civil, refiere que “desde 1994, hemos estado viviendo bajo la ocupación del régimen tribal del norte”, refiriendo, de paso, las diferencias entre las estructuras sociales de los dos antiguos estados (aunque también el tribalismo tuviera presencia en el sur). Esta sensación de vivir bajo un régimen de ocupación dará lugar a que se forme el Movimiento de Yemen del Sur o Al-Harak desde mediados de los 2000, exigiendo la independencia -o, como mínimo, una estructura federal para Yemen- del antiguo país y con un programa socialdemócrata.

Con el tiempo, las cosas no sólo en el sur sino en el conjunto del país evolucionaron hasta erosionar el dominio del poder de que gozaba Saleh. A las manifestaciones y protestas del Movimiento del Sur había que sumarle, desde comienzos de los 2000, la de las tribus chiíes de la secta zaidí en el norte, también conocidas como hutíes (así denominadas por su líder, el clérigo Hussein Badreddin al-Houthi). “La base del movimiento, jóvenes campesinos, cultivadores de uva y granada, piden autonomía para su comunidad en el norte y el fin de los ataques de drones americanos.” (Nazanín Armarian). ¿Por qué el ataque con drones? A partir de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York de 2001, Yemen (gracias al “caos causado por la guerra civil de los noventa y la malas infraestructuras, sobre todo en las zonas áridas y desérticas del país”, como escribe Antonio Ponce) aparece para el Pentágono como un lugar idóneo para la instalación de células de Al-Qaeda, especialmente las zonas del sur abandonadas por el gobierno de Saleh. Pero al mismo tiempo, siendo Saleh un aliado de EE.UU. es muy probable que esos ataques también fueran dirigidos contra un foco de insurgencia contra el gobierno de Saná como eran los hutíes. El propio Saleh perfectamente atiza esta sospecha al acusar a Irán, un elemento del “Eje del Mal” que trazaba la administración de George W. Bush y en disputa por el poder regional con Arabia Saudí, de apoyarles, lo que podía generar, como de hecho se ha visto posteriormente, la reacción árabe-estadounidense.

La Primavera Árabe iniciada en 2011 acabó con el gobierno de Saleh, que dimitió el 25 de febrero de 2012, presionado por Arabia Saudí y a cambio de su inmunidad, en favor del vicepresidente Mansur Al-Hadi. Saleh, sin embargo, desde Riad, la capital saudí, realiza un doble juego: busca una alianza con sus antiguos enemigos los hutíes con el fin de derrocar a su anterior segundo y favorecer los intereses de su hijo, Ahmed Ali, de 42 años, para que pueda convertirse en futuro presidente de Yemen. Los hutíes, mezclados con los intereses de Saleh, caen en la trampa de rechazar una constitución, propuesta por Al-Hadi, que prevé un estado federal y, entre febrero de 2014 y marzo de 2015, manteniendo “secuestrado” a Al-Hadi en la presidencia dado que ellos no pueden ejercer el poder por sí solos, entran primero en Saná y posteriormente en Adén, donde se encuentra la flota estadounidense. Washington, desde la sombra, puede ya lanzarse a una escalada bélica en toda regla contra los hutíes y para liberar al gobierno de Hadi, llevada a cabo formalmente por sus aliados de la Liga Árabe y en especial por Arabia Saudí. Una nueva guerra en Yemen que, aunque iniciada en 2010 con el lanzamiento de la operación “Tierra Quemada” por parte saudí, es desde hace dos años cuando toma cuerpo y se cobra cada día cuantiosas víctimas civiles, sobre todo por los bombardeos de la coalición árabe, sin que exista solución a la vista.

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Mapa con los puntos estratégicos más destacados de la Península Arábiga. De oeste a este y de norte a sur, y señalados con un círculo, el canal de Suez, Bab-el-Mandeb, el golfo de Adén y el estrecho de Ormuz.

¿Qué objetivos persigue esta guerra? Para los estadounidenses (así como otros aliados de la OTAN, como Francia, Bélgica, Reino Unido o Turquía) y para la coalición árabe hay un conjunto de intereses comunes: seguir manteniendo a Yemen como un estado vasallo sometido a su influencia, al igual que ocurrió con la intervención armada de Arabia Saudí en Bahrein cuando las protestas populares amenazaron con derrocar a la monarquía absolutista suní (en un país de mayoría de población chií), ejerciendo desde entonces un protectorado sobre un país donde -por añadidura- hay una base norteamericana; controlar una ruta comercial de enorme importancia estratégica, la del Mar Rojo, evitando que uno de sus tres puntos de vital importancia (el golfo de Adén) caiga fuera de su control, habida cuenta de que el canal de Suez y Bab-el-Mandeb se encuentran en manos de dos aliados como Egipto y la propia Arabia Saudí; empujar a Irán a una intervención a favor de los chiíes hutíes -hay fuentes que afirman que ahora mismo se les está dando apoyo mediante entrenamiento y suministros, pero otras descartan que tal situación se esté produciendo, habida cuenta de que en Yemen la República Islámica, en pleno deshielo de sus relaciones con Occidente, se las tendría que ver con una coalición, con la cercana presencia de las tropas de la misión Atalanta de la OTAN y con la flota americana- y mantener el control sobre la producción, transporte y/o comercialización de las materias primas de la zona, bien sea alejando a competidores de la zona (China) preservando los intereses de las compañías occidentales ya instaladas, bien sea -en el caso saudí- castigando las veleidades independientes de los gobernantes yemeníes en la construcción de infraestructuras estratégicas.

En este sentido, cabe preguntarse qué ha pasado con la lucha contra el terrorismo de Al-Qaeda y de Ansar Al Sharia, organizaciones que estaban operando en Yemen en el momento en que se produjo la rebelión hutí. Podría pensarse que, como reza el dicho, “a río revuelto ganancia de pescadores” y que la actuación terrorista en Yemen bien puede haberse incrementado en las caóticas circunstancias, pero en un conflicto ya de por sí bastante poco mencionado -salvo noticias que hablan de un bombardeo y del número de víctimas que se han producido, sin entrar en ni producirse análisis sobre las motivaciones del conflicto- existen pocas noticias sobre la actividad de estos grupos, aunque tienen varias ciudades bajo su control en zonas interiores de la parte central y oriental del país. A este respecto, es muy pertinente la pregunta que lanza Nazanín Armarian: “¿Cómo es posible que la principal potencia militar del planeta (que cuenta con el Centro de Mando Conjunto Militar de EEUU-Yemen) y sus aliados (equipados con la tecnología que les permite detectar el movimiento de la reina de las hormigas en el subsuelo) no hayan podido derrotar durante 14 años a algunos miles de hombres armados con daga y bombas de fabricación casera?” Teniendo en cuenta que los barcos de la OTAN siguen en las costas de Somalia, toda vez que parece bastante reducida -a tenor de la escasez de noticias- la actividad de los “piratas” somalíes (las más de las veces pobres desgraciados a quienes la contaminación y sobreexplotación de sus aguas por parte de las compañías occidentales dejó sin otra alternativa de subsistencia); que se cuenta en la zona con abundancia de medios (las bases estadounidenses, las israelíes de Eritrea o las francesas de Yibuti, la flota americana en el Índico) y con aliados estratégicos como las monarquías del Golfo, el no poder acabar con el yihadismo en la zona resulta bastante descorazonador, a no ser que se tenga en cuenta la incompetencia o la escasa fiabilidad de esos aliados estratégicos.

¿Y qué hay del Movimiento del Sur? El movimiento, tras su fundación en 2007, consiguió llevar a cabo alianzas con grupos antigubernamentales en las protestas contra Saleh, como las organizaciones de izquierda (que han pasado desapercibidas en los análisis, pero eran especialmente potentes) y llegaron a establecer estructuras de gobierno en el sur, en áreas donde era débil el control gubernamental (la región montañosa de Yafa, bautizada como “el Sur Libre”). Allí, a través de una red de tribus, se implementó esa estructura basada en el estado de derecho y el respeto a la ley, izándose la antigua bandera de Yemen del Sur. Al iniciarse la rebelión hutí, y en medio de la vorágine de grupos con intereses muy dispares (gobierno, hutíes, yihadistas, Movimiento del Sur), los secesionistas aprovecharon la circunstancia de la toma de Saná por los hutíes en 2014 para izar en edificios gubernamentales y el aeropuerto de Adén la bandera del triángulo azul y la estrella roja de la antigua república meridional.

El movimiento Al-Hirak o del sur, aunque nació como un movimiento pacífico de protesta, inició pronto una actividad armada contra el gobierno de Saná como consecuencia de la reacción represiva y violenta con que éste respondió a la actividad de Al-Hirak (por ejemplo: una gran manifestación en la localidad meridional de Zinjibar, próxima a Adén, y capital provincial, fue dispersada a tiros por las fuerzas de seguridad, causando la muerte de un adolescente de dieciséis años, hecho que llevó a posteriores choques armados). Aunque la actividad del movimiento -junto con la insurgencia hutí en el norte- haya sido un factor que ha podido facilitar las cosas a los grupos terroristas que se han instalado en la zona, los sureños, al igual que rechazan una colonización norteña, sea del antiguo régimen de Saleh o de los hutíes que han rechazado la estructura federal propuesta por Al-Hadi (extraño rechazo por cuanto sus demandas de autonomía se encontraban en consonancia con tal proposición y eran muy similares a las del Movimiento Al-Hirak), muestran asimismo su rechazo al yihadismo y no tienen ninguna conexión o estrategia coordinada con Al-Qaeda o cualquier otro grupo, escribe la periodista Katherine Zimmerman.

El hándicap más grave al que se enfrenta Al-Hirak (como el resto de fuerzas de izquierda en el conjunto de Yemen, marginadas de los medios de comunicación y de un diálogo político paralizado) es que, ahora mismo, ni el gobierno de Al-Hadi apoyado por la coalición árabe, ni la extraña alianza hutís-Saleh, salvo algunos mensajes de mera retórica, ni por supuesto los grupos terroristas fundamentalistas, parecen dispuestos a entablar contacto y alianza alguna con un grupo con especial soporte popular pero con escaso dominio territorial y sin apoyos internacionales, habida cuenta de que la Liga Árabe y los Estados Unidos apoyan un Yemen unificado dentro de su influencia y temen que una separación y el regreso de una nueva versión, aunque matizada y próxima a la socialdemocracia y las propuestas del Estado de bienestar tradicionales de Europa, del antiguo Yemen del Sur supongan un desafío al statu quo regional, en que llevan la voz cantante.

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El descontento popular, la discriminación y aprovechamiento de los recursos del sur en beneficio de los dirigentes de Saná y el recuerdo de la RDPY explican el fuerte apoyo al Movimiento Al-Hirak o del Sur en las zonas meridionales de Yemen.

Sin embargo, la independencia completa no es la única postura del Movimiento del Sur (aunque es la que defienden figuras tan prestigiosas como el general Assadi o el antiguo vicepresidente de Yemen durante la transición-unificación de ambos estados, Ali Salim al-Beidh). Dentro del mismo, existe también una postura de federación o confederación entre dos estados, defendida por Alí Nasser Mohamed, e incluso hay movimientos regionales como el de Hadramaut que defienden tanto la independencia de Saná como de Adén. En todo caso, lo que demuestra este hecho es que en Yemen y en el mundo árabe existe una alternativa política que no necesariamente tiene que pasar por los clichés y prejuicios relativos a la religión (de nuevo volvemos a Nazanín Armarian: “se concedió el premio Nobel de la Paz del 2011 a Tawakkul Karman, activista de Hermandad Musulmana [yemení e hija de un ministro del partido Islah, rama del grupo en Yemen y gobernante en coalición con el partido de Saleh], ocultando a cientos de mujeres que luchan por la igualdad y la democracia política y social para todos y todas, y que también luchan para que la religión y la fe dejen de ser instrumentalizadas y regresen al espacio privado de la vida de los creyentes”). La defensa del “rule of law”, del socialismo democrático, la oposición a los movimientos yihadistas, las manifestaciones con imágenes del Che y de la hoz y el martillo también están presentes en aquel rincón conocido en tiempos como “la Arabia feliz”. Esperemos y deseemos que su apuesta, aunque no cuente ahora mismo con muchas bazas a su favor, pueda salir en algún momento triunfante.

FUENTES:

“Historia y características de Yemen del Sur”, julio de 2013. En http://arqueohistoriacritica.blogspot.hu/2013/07/sobre-yemen-del-sur.html

“Yemen del Sur. El primer estado socialista del mundo árabe”, julio de 2014. En http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2014/07/yemen-del-sur-el-primer-estado.html

Ángeles Espinosa, “El Manhattan de arena”, 25/05/2008. En http://elpais.com/diario/2008/05/25/eps/1211696814_850215.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículos: “Socialismo árabe”, “Yemen del Norte”, “Yemen del Sur” y “Guerra civil de Yemen de 1994”.

Wikipedia en inglés (en.wikipedia.org). Artículo “Southern Movement” (Movimiento de Yemen del Sur).

Antonio Ponce, “Yemen: una historia de violencia”, 18/03/2016. En http://elordenmundial.com/regiones/yemen-una-historia-de-violencia/

Nazanín Armanian, “Yemen entre Al Qaeda, neosocialistas, China e Irán”, 21/01/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2354/yemen-entre-al-qaeda-neo-socialistas-china-e-iran/

Nazanín Armanian, “Los 25 objetivos de EEUU y Arabia en Yemen”, 07/04/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2625/los-25-objetivos-de-eeuu-y-arabia-en-yemen/

Katherine Zimmerman, “Yemen’s southern challenge: background rising threat secessionism”, 05/11/2009. En http://www.criticalthreats.org/yemen/yemens-southern-challenge-background-rising-threat-secessionism

TIME Staff/Aden, “Is South Yemen Preparing to Declare Independence?”, 08/07/2011. En http://content.time.com/time/printout/0,8816,2081756,00.html

Ya disponible “Lugares inusuales”

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Acaba de salir a la venta el libro que he estado preparando con algunos de los artículos, revisados en su estilo, contenido y documentación, que he estado publicando en esta bitácora. El libro, “Lugares inusuales”, se puede encontrar en las librerías de Madrid Atelier Café de la Llana (c/Embajadores, 26, metro La Latina y Tirso de Molina) y La Tarde Libros (c/Ruiz, 15, metro Bilbao y Tribunal), así como contactando conmigo mediante un mensaje en la página de facebook “Los Libros del Ela” o al correo electrónico ejfr_karaba@yahoo.es

Espero que el resultado del libro sea del agrado de los/as lectores/as y sirva de utilidad para la comprensión de hechos de nuestro pasado sobre los cuales o bien se ha escrito y difundido poco o sobre los que existen otras versiones menos conocidas, así como sobre las lecciones que de ellas podemos extraer para configurar un presente y un futuro mejores para el conjunto de nuestros países y de la Humanidad. Un abrazo y gracias por vuestra atención y apoyo como seguidores/as de este blog.

SINOPSIS

En las tertulias de los medios, en el periodismo en general, la literatura e incluso en la historiografía encontramos con demasiada frecuencia lugares comunes sobre nuestro pasado, lastrando los debates sobre el impacto y las enseñanzas que las experiencias de la Historia pueden ofrecernos y convirtiendo en excéntricos (o en peligrosos radicales) a quienes no se ciñen a esta opinión general. Esta obra repasa experiencias más o menos recientes sobre las que se han tejido algunos de esos lugares comunes, tales como los comienzos de la guerra fría y la frustración de esa esperanza que fueron las “democracias populares”, una RDA que pudo seguir existiendo “mejor y renovada”, con un socialismo distinto o la Segunda República y el Frente Popular españoles, a los que se sigue juzgando a la luz de la guerra civil posterior. Además, trata de exponer otros “lugares inusuales”: las experiencias revolucionarias y cristiano-libertadoras de Nicaragua o Guatemala; el ejemplo de Thomas Sankara, llamado “el Che Guevara de África”; o el proceso de participación y movilización populares acontecido en Portugal tras la Revolución de los Claveles. Creo que en todos estos acontecimientos pueden hallarse, sin duda, valiosas lecciones para el presente y el futuro.

 

La “Françafrique”: el terrible reverso de la República Francesa

Hablar de imperialismo es casi siempre sinónimo de hablar de las acciones y proyectos de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos. La fama alcanzada por las administraciones de Washington, a través de la ejecución de “operaciones encubiertas” de la agencia de la inteligencia estatal, la CIA, o de intervenciones directas de su ejército a lo largo y ancho del globo, y especialmente en su llamado patio trasero, Sudamérica -Chile, Nicaragua, Panamá, Guatemala, Argentina, Bolivia…- ha sido tan notable como execrable. Pero no es el único ejemplo.

La emancipación política de las antiguas colonias africanas y asiáticas tras la SGM, conseguida en muchos casos tras enormes sacrificios humanos y costosos derramamientos de sangre en luchas de independencia -Indochina, Argelia, África portuguesa- no fue sino un espejismo para muchas de ellas, que acabaron formando parte de una suerte de imperio informal de las antiguas metrópolis o de nuevas potencias colonizadoras. En ello intervino tanto la lógica de la guerra fría, tratando de evitar las desviaciones de la conferencia de Bandung y sucesoras, que fijaban la política de los países “no alineados” y que constituía realmente la naturaleza del Tercer Mundo, alejado de las pugnas entre bloques, como las necesidades económicas y de materias primas de un mundo industrializado que precisaba y precisa aún hoy de los ingentes recursos de las nuevas naciones, y que además los quiere en condiciones muy ventajosas. Bajo estas premisas, a los recién independizados estados de Asia y África iba a resultarles muy difícil iniciar su camino como naciones libres y dueñas de sí mismas y sus destinos.

Entre las antiguas metrópolis que destacan por su condición de cabezas de un imperio informal está Francia. Sacudida recientemente (13 de noviembre de 2015) por los graves atentados de París, la oleada de solidaridad hacia sus ciudadanos llena de prevención cuando está siendo aprovechada por el presidente de la República, el socialista François Hollande, y su gobierno para lanzar operaciones militares contra el autoproclamado Estado Islámico, que ha reivindicado las acciones, y llamar a la acción al conjunto de sus aliados de la OTAN, incluyendo a España, Alemania y los Estados Unidos. En primer lugar, porque el ardor guerrero de Hollande no deja de tener paralelismos con el demostrado por el anterior presidente estadounidense George W. Bush a raíz de los atentados del 11-S, y como dice la sentencia “de aquellos polvos vinieron estos lodos” (No está de más recordar, como ha hecho el periodista Miguel Ángel Aguilar, que buena parte de los combatientes del DAESH son miembros de las fuerzas de seguridad y de la administración iraquíes que, tras la invasión norteamericana, fueron purgados en masa e indiscriminadamente de sus empleos, en lugar de ser reciclados para provecho del futuro régimen post-Saddam). En segundo lugar, porque la Francia institucional que presume de los valores de la República, la Revolución de 1789 y los valores europeos deja estos para consumo interno -y no siempre, si hemos de atender a la discriminación y la marginación social que se vive por unos suburbios que han sido protagonistas de disturbios y protestas y ahora especial caladero para los reclutadores de la “yihad”- y exhibe una cara mucho más oscura y codiciosa en el trato con sus antiguas colonias, donde el proyecto de la “Françafrique”, vigente desde los tiempos de la presidencia del general De Gaulle y la emancipación del vasto imperio de Argelia, Túnez, Madagascar, África Ecuatorial Francesa y África Occidental Francesa ha sido una vergonzosa y continuada exhibición de fuerza para la protección de los intereses políticos y empresariales de París. No en vano, François-Xavier Verschave, de la organización Survie y que ha trabajado muchos años en la región, ha llegado a titular una de sus obras con el ilustrativo título, “Franciáfrica. El mayor escándalo de la República”.

FRANÇAFRIQUE: UNA COMUNIDAD DE INTERESES MUY PARTICULARES

Tras la aprobación de una nueva constitución de posguerra en 1946, que inauguraba la efímera IV República francesa, las colonias se incorporan a una estructura federal, la Unión Francesa, que convertía en estados asociados a las posesiones francesas, pero al mismo tiempo mantenía como ciudadanos de segunda categoría a los naturales de las colonias. De los 856 delegados elegidos a la Asamblea Constituyente de 1945, sólo 64 procedían de aquellas, a pesar de que 250.000 soldados del África francesa habían tomado las armas por la Francia Libre de De Gaulle y el imperio francés en África se había convertido en un refugio para los contrarios al gobierno pronazi de Vichy. Pronto el movimiento por la independencia, integrado en la Rassemblent Démocratique Africaine -una alianza intercolonial de partidos con un programa socialmente avanzado- comenzó a rechazar la Unión y a reclamar la independencia. Sin embargo, algunos de los líderes más importantes, como el senegalés Leopold Sedar Senghor o el ivoriano (costamarfileño) Felix Houphouët-Boigny, rompieron sus alianzas con las fuerzas de izquierda, entre ellos los comunistas, asegurándose para el futuro una estrecha colaboración con la antigua metrópoli y la ayuda francesa para mantenerse en el poder durante largo tiempo.

A finales de la década de 1950, el fracaso en la guerra para el mantenimiento de Indochina como parte del imperio colonial y el rumbo de los combates en Argelia, donde el derramamiento de sangre salpicaba incluso la estabilidad política y social de la propia Francia, llevaron a un De Gaulle recién restablecido en la presidencia de la nueva V República (inaugurada en 1958) a la concesión generalizada de la independencia del África Ecuatorial Francesa (con capital en Brazzaville, la AEF estaba compuesta por las colonias de Gabón, Chad, Moyen Congo o Congo Medio y Ubangui-Chari) y el África Occidental Francesa (con capital en Dakar, la AOF estaba compuesta por Senegal, Níger, Guinea, Mauritania, Sudán francés -Mali-, Alto Volta, Dahomey y Costa de Marfil), así como a Madagascar. En 1960, al tiempo que numerosas colonias británicas del este del continente, accedieron a la independencia la mencionada Madagascar, Níger, Camerún, Togo, Gabón, Congo-Brazzaville (actual República del Congo), Alto Volta (actual Burkina Faso), Chad, Senegal, Costa de Marfil, Ubangui-Chari (con el nombre de República Centroafricana), Dahomey (hoy Benín), Mali y Mauritania, que se sumaban a la independencia a la que había accedido la antigua Guinea francesa con el nombre de Guinea-Conakry y bajo el liderazgo de Séku Turé en 1958.

Para Francia, la independencia se había convertido, por razones políticas, pero también por motivos de carga económica y de prestigio, en casi una obligación. Los costes de mantenimiento del imperio eran mayores que los beneficios que se podían extraer de él, al tiempo que no quería enfangarse en una larga guerra alrededor de un territorio tan extenso para salir perjudicada como lo había hecho en el Lejano Oriente y en el norte de África. Fracasado el intento de mantener una Commonwealth a la francesa -rechazada por Guinea-Conakry, que proclamó su independencia dos años antes-, Francia procedió a fabricar otra alternativa: nacía el imperio informal, la “Françafrique”, como el presidente de Costa de Marfil, Houphouët-Boigny, se refería muy gráficamente para señalar cuál era su voluntad de independencia.

Lejos de ser una comunidad de países con voluntad de gobernar para sí mismos y sus pueblos, cuyo nexo de unión era una historia y una lengua comunes, la CFA (rebautizada sucesivamente como Colonias Francesas de África, Comunidad Francesa de África y finalmente Comunidad Financiera Africana, dando acogida a países no francófonos como Guinea Ecuatorial y Guinea-Bissau) ha servido para mantener las riendas de las antiguas colonias en las manos de los sucesivos gobiernos del Elíseo y los recursos naturales y humanos del territorio en las de las compañías multinacionales galas. La “Françafrique” ha contribuido a mantener una relación de dependencia política y económica al tiempo que parecía existir la ficción de que los ciudadanos de los nuevos estados independientes tenían la potestad de elegir a sus representantes y ser dueños de sus destinos y naciones, cuando la realidad era que Francia, por la lógica de la “guerra fría” y en nombre del “mundo libre” o por los intereses económicos defendidos por París, era capaz de hacer y deshacer a su antojo, quitando y poniendo a líderes políticos en Ultramar.

Un ejemplo de este neocolonialismo lo da el hecho de que haya una moneda común, el franco CFA, que es la moneda de catorce países africanos, doce antiguas colonias francesas más las mencionadas Guinea Ecuatorial y Guinea-Bissau. El franco CFA fue una de las exigencias del gobierno de De Gaulle en los acuerdos de independencia para el África Occidental y el África Ecuatorial francesas -otras eran el acantonamiento de soldados franceses en bases de las nuevas naciones y la asunción por éstas de las deudas de la época colonial, lo que empezaba hipotecando el futuro de los nuevos países-. En realidad, el franco CFA es poco menos que un “chollo” para Francia. Con una relación de cambio de 1 euro=655,95 francos CFA (junio de 2015), el franco CFA no es una sino dos monedas, una para la región de África Central y otra para el África Occidental. Aunque ambas tienen la misma relación cambiaria respecto al euro (antes respecto al franco francés) y son nominalmente la misma moneda, dependen de autoridades monetarias distintas, de dos bancos centrales diferentes y no existe posibilidad cambiaria entre ellas, lo que en la práctica impide cualquier tipo de integración y deja a las economías nacionales supeditadas a Francia.

Además, el Banco de Francia tiene un considerable poder en cuanto a política monetaria de una divisa que no circula ni por su país ni por ninguna de las posesiones ultramarinas que todavía mantiene. Posee poder de veto sobre las decisiones tomadas por cada una de las autoridades monetarias -del franco CFA “central” y del franco CFA “occidental”-. Y además, cada país del área del CFA debe depositar el 50% de sus reservas de divisas el banco central francés, lo que en la práctica ha supuesto y supone una inyección de liquidez y estabilidad para el propio tesoro de la ex metrópoli. Sin embargo, la moneda africana ha contado con la ventaja de una gran estabilidad por sus tipos de cambio fijos, lo que ha dado lugar a un lucrativo intercambio de fondos entre los sucesivos gobiernos franceses y los de los países africanos afines. Millones de francos CFA han salido de las excolonias rumbo a la financiación de las campañas electorales de Valery Giscard d’Estaign, Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy. Al mismo tiempo, como escribe Josep Fontana, “cuando los pupilos de Francia se encontraban en una situación difícil, una suma considerable de billetes de  francos CFA salía para África (pasando por Suiza, donde una parte quedaba en las cuentas personales de políticos franceses y africanos)”.

Robert Delavignette, uno de los hombres de De Gaulle, había anunciado que “la descolonización implica a la vez hacer un buen negocio y tener buena conciencia”. Al mismo tiempo, el propio general puso al frente de los asuntos africanos del Elíseo a Jacques Foccart, hombre de su confianza y responsable de los servicios secretos, quien ha estado detrás de cada golpe de estado y de cada apoyo recibido por los jefes de estado más despiadados, pero apoyados por el gobierno de la República Francesa, desde los conservadores a los socialistas (salvo en la etapa de Giscard d’Estaign), desde De Gaulle hasta Miterrand pasando por la “extraña pareja” Jacques Chirac y Lionel Jospin, hasta su fallecimiento en 1997.

Flag_of_Cameroon.svgEn el mismo año de las numerosas independencias, 1960, el líder nacionalista del Camerún, Félix Moumié, es envenenado en Ginebra -a donde había acudido a una reunión con un supuesto periodista que no era más que una tapadera- por orden de Foccart. Foccart se encargó también de que el poder recayera en Ahmadu Ahidjo, quien se mantuvo veintidós años en el cargo, recibiendo ayuda francesa para combatir a la guerrilla en una guerra de diez años que costó muchos miles de muertos con componentes de violencia étnica (muchas de las víctimas pertenecían a la población bamileké). Convencido por un médico francés de que estaba cerca de morir, dimitió en 1982 y puso como sucesor a Paul Biya, un defensor de los intereses de las multinacionales francesas (al parecer, es un hombre de la petrolera gala ELF-Aquitanie) que ha impuesto una enmienda a la Constitución para asegurarse continuar al frente del país hasta 2018. Biya, dirigente político que mezcla el despotismo, la represión y el enriquecimiento personal, gobierna un Camerún donde la riqueza procedente de la explotación del petróleo se evapora para beneficio de las compañías privadas (se ha calculado que más de la mitad de los ingresos producidos por su explotación entre 1977 y 2006 han desaparecido sin llegar al presupuesto nacional).

809px-Flag_of_Togo.svgNo ha sido menos grave el caso de Togo, una antigua colonia alemana (Togoland) que pasó a manos francesas tras la capitulación germana en la PGM y la pérdida de las colonias por ésta a consecuencia de las disposiciones del Tratado de Versalles. Sylvanus Olympio, líder de la independencia togolesa y primer presidente de este pequeño país del golfo de Guinea, representaba las mejores aspiraciones de los africanos recién emancipados de la tutela europea. Olympio afirmaba que la principal preocupación de los dirigentes africanos debía estar lejos de la lucha entre las dos grandes potencias mundiales -EE.UU. y la URSS- y la política de bloques, y que el objetivo de los nuevos países africanos y sus líderes “era dedicar todas sus energías y recursos al desarrollo de sus pueblos”. Tal profesión de fe y de independencia en pleno auge de la “guerra fría” -en una época en la que, para más inri y como había señalado el anterior presidente norteamericano Truman, el no alineamiento ni siquiera se contemplaba como una opción- no sería tolerada por Francia. El 13 de enero de 1963, en el transcurso de un golpe militar patrocinado por el Elíseo, Olympio era asesinado y, tras un período de gobierno militar en la sombra en que el poder estuvo en manos de Nicolas Grunitzky, éste se vio forzado a dimitir en 1967, el día del cuarto aniversario del golpe, y subía al poder el cerebro del putsch contra Olympio, Étienne Gnassingbé Eyadéma, quien iba a inaugurar una dinastía en el poder continuada hoy por su hijo Faure Gnassingbé, tras un nuevo golpe de Estado, esta vez electoral, en 2005, en medio de numerosas y sangrientas protestas por todo el país.

La ruina de Togo es hoy clamorosa para todos, excepto para Francia y sus compañías. En los primeros años de independencia, numerosas naciones africanas, y especialmente las del África francófona, se llenaron de “elefantes blancos”, proyectos de industrialización y de desarrollo que seguían siendo igual de mal planificados y costosos que algunos de los que intentaron llevar a cabo las potencias colonizadoras en los años inmediatamente anteriores a la independencia, en la idea de que la reconstrucción de las metrópolis pasaba por una mayor explotación de los recursos de sus respectivos imperios. El Togo de los Gnassingbé se embarcó en proyectos como una fábrica textil hoy cerrada que sólo llegó a trabajar al 10% de su capacidad; una cementera que duró sólo un mes funcionando o una refinería de petróleo para un país que no posee reservas. De esto también se benefició Francia. Un ejemplo muy gráfico: Togo compró más de trescientos tractores Renault sin que los campesinos hubieran recibido formación para usarlos ni se hubiera realizado previsión alguna sobre si eran o no útiles para sus necesidades. Al cabo de los años, el pequeño Togo tuvo que recibir la “ayuda” del FMI y el Banco Mundial para reestructurar su elevada deuda externa.

Flag_of_Gabon.svgNo menos triste es el caso de Gabón, en el África ecuatorial. Escribe el ensayista ghanés Eugenio Nkogo Ondó al referirse a este país que su antiguo presidente, Omar Bongo, “al referirse a la benevolencia de su  despotismo, afirmó enfáticamente: “era mi dinero. No niego haber ayudado a unos y a otros, pero no me gustaría que se dijera que los he ayudado para sembrar cizaña entre ellos”[…] sólo alguna fuente crítica ha señalado una vez más al mismo Omar Bongo como el gran amigo africano que, despilfarrando el erario de su nación, ha pagado la campaña electoral del presidente Nicolás Sarkozy” (ya antes había destinado fondos para la campaña de Jaques Chirac). Poco tiempo después, el propio Sarkozy apoyaría la fraudulenta elección, pese a las protestas de gaboneses en la propia Francia y de la oposición en Gabón que amenazaban con el desencadenamiento de una guerra civil, de su hijo Ali Bongo, alguien que era definido en los círculos del poder de París como “un amigo, el más escuchado” de quienes rodean al presidente y líder de la UMP (hoy, de Les Republicáines). “En Gabón es evidente que Ali Bongo ha sido el candidato de Francia, de TOTAL y demás intereses multinacionales.”, escribe Nkogo Ondó. No ha sido el único caso de intervención francesa, pues todos los gobiernos de cualquier signo que han estado al frente de la V República han apoyado a los Bongo.

La explotación de los recursos mineros de Gabón correspondía a empresas conjuntas franco-gabonesas. El primer presidente del país como estado independiente fue Léon M’ba, un candidato del Elíseo que incluso llegó a proponer la incorporación del país a Francia como un departamento más de la antigua metrópoli. M’ba, derrocado por un golpe de estado en 1964 que contaba con el apoyo de Estados Unidos, fue restablecido en el cargo por los paracaidistas franceses. En 1967, cuando estaba a punto de morir, delegó sus funciones en Albert Bongo (quien islamizaría su nombre posteriormente a Omar), un candidato fabricado por París. Bongo, que contaba con 32 años al acceder al cargo -el más joven presidente de república del mundo- se mantuvo durante cuatro décadas en el poder, hasta que Alí Ben Bongo, su hijo, le sucedería en las elecciones-farsa de 2008. La explotación de los recursos petrolíferos y del mineral de hierro (en manos de la compañía china Belinga, lo que muestra que la Françafrique, en decadencia, precisa -y de hecho la está ya planificando- de una renovación) garantizan los beneficios privados en detrimento de la mayoría de la población (según datos de 2009, Gabón estaba en el puesto 93 del índice de desarrollo humano y el 70% de los gaboneses vivían por debajo del umbral de la pobreza).

Una de las circunstancias más paradójicas que se dicen de la política es aquella que afirma que “hace extraños compañeros de cama”. Esta máxima también es aplicable a la política francesa en su antiguo imperio colonial. En la década de los sesenta y setenta del siglo XX, varios países experimentaron sus particulares “vías africanas al socialismo”. Algunos de ellos, como Angola y Mozambique, por el carácter de sus movimientos guerrilleros en su lucha independentista contra la potencia colonial (en este caso, la dictadura portuguesa). En otros casos, a raíz de golpes de estado como los que tuvieron lugar en Etiopía, Dahomey (rebautizada como República Popular de Benín, en honor de un antiguo reino situado en la costa del golfo de Guinea, entre Nigeria y este país, que ha conservado el nombre) o en Congo-Brazzaville (rebautizado como República Popular del Congo). Y también hubo algunos casos en que se trató de seguir una vía particular, como la Tanzania de Julius Nyerere. Nyerere había federado a Tanganika en la nueva estructura federal de la República Unida de Tanzania a su vecino, Zanzíbar, antiguo sultanato donde había tenido lugar una revolución izquierdista en la que la preponderancia de las fuerzas radicales podían convertirlo en lo que ya Occidente definía como “la Cuba de África”. Algunas fuentes afirman que la federación fue una idea conjunta de izquierdistas moderados zanzibaríes y Nyerere; otros, sin embargo, aluden a que el presidente de la nueva Tanzania había intervenido a instancias de la CIA. Sea como fuere,  al poco el presidente tanzano optó por su emprender su propia vía socialista, al realizar una reforma agraria basada en la propia tradición (la ujamaa o espíritu de familia) y en la reagrupación de los habitantes dispersos en pueblos donde se les pudiera proporcionar servicios estatales y ayudarles a modernizar una agricultura que se consideraba la base del desarrollo del país, toda vez que se carecían de recursos para embarcarse en la industrialización. Lo más curioso es que Tanzania recabó, para esto, ayudas del FMI, en unos años en que la “revolución verde” era una consigna de las organizaciones económicas internacionales para el Tercer Mundo (y que se ha revelado fracasada, pese a los intentos, mediatizados por compañías como DuPont, Cargill o Monsanto, por resucitarla). Aunque hubo cosas que mejoraron -la calidad de la sanidad y la educación-, la escasa productividad agrícola y el carácter forzado que tuvieron muchas de las reagrupaciones (a partir de 1973) fundamentaron el que el propio Nyerere declarara el fracaso del plan.

El apoyo de la URSS y su bloque, China y Cuba a estos intentos de “socialismo africano”, a pesar de su entusiasmo, no garantizó el éxito -quizá también porque se trataba de países lejanos, en el caso soviético, de su zona de influencia directa, y porque retraían recursos necesarios para solucionar los propios problemas de unas economías en dificultades en los años setenta- de unos proyectos donde la corrupción y la crueldad estaban tan presentes como en los antiguos regímenes, civiles o militares, que las revoluciones pretendidamente marxistas habían derrocado. Fue el caso del pionero de las independencias del África Francesa subsahariana, Seku Turé, líder de Guinea-Conakry, el hombre que había desafiado a De Gaulle con su sentencia “preferimos la pobreza en libertad a la riqueza en esclavitud” y que inauguró un régimen de brutalidad dominado por la corrupción y el fracaso económico, la condena de etnias enteras como “enemigos del socialismo”, un gran número de muertos y desaparecidos y dos millones de exiliados. Sus sucesores desde su muerte en 1984, Lansana Conté y -tras un golpe de Estado en 2008- Moussa Dadis Camara, no han sido menos brutales y dados al pillaje que Turé, con la ventaja, eso sí, de que se trata de elementos afines a la comunidad de intereses económicos francesa.

Pero hay llamativos casos en los que Francia no ha tenido mucho empacho en pactar con antiguos marxistas reconvertidos a la doctrina del “libre mercado”, como el caso de Dennis Sassou N’Guesso, antiguo líder revolucionario de la República del Congo (anteriormente, pero también bajo su mandato, la República Popular del Congo), también conocido como Congo-Brazzaville. Este país que conformaba la mayor parte del antiguo territorio del Congo Medio había comenzado su andadura independiente con un peculiar personaje al frente, el sacerdote católico Foulbert Youlou, un clérigo corrupto que vivía abiertamente con sus mujeres, vestía sotanas de Dior y cuyo gobierno se dedicaba francamente al saqueo. Francia toleró el golpe que en 1963 ponía fin al gobierno de un protegido que estaba dando muy mala fama a la “Françafrique”, y Youlou partió al exilio en la España franquista, donde intervino en negocios inmobiliarios. La situación del país, sin embargo, no mejoró, influida también por las deudas asumidas por el país a raíz de la construcción de “elefantes blancos” (las presas hidroeléctricas Inga 1 y 2). En 1979, Sassou N’Guesso formaba parte del grueso de militares que proclamaron la República Popular, con un sistema similar al de la URSS, pero veinte años después se había convertido al capitalismo y en uno más en la nómina de dirigentes protegidos de Francia y de los intereses del gigante francés ELF (que extrae el petróleo del país), quienes le apoyaron en una sangrienta guerra civil que produjo más muertes que en los conflictos contemporáneos de Chechenia, Kosovo y Timor Oriental. Congo-Brazzaville, un país rico en recursos petrolíferos y minerales, los vende muy baratos a las compañías occidentales, está hoy sometido a la vigilancia del FMI, paga una gran cantidad a intereses de la deuda y un muy elevado porcentaje de su población se encuentra bajo el umbral de la pobreza, al tiempo que la familia de un presidente que se hace reelegir fraudulentamente despilfarra grandes sumas de dinero. La guerra civil en Congo-Brazzaville y la implicación francesa será objeto de estudio más adelante.

Flag_of_Mali.svgMali, gran estado centroafricano, es uno de los objetos recientes de violencia -revuelta tuareg, favorecida por el retorno de antiguos mercenarios armados contratados por Gadafi tras la guerra civil libia a su región de origen; terrorismo fundamentalista islámico y golpes de Estado a raíz de la “debilidad” del gobierno para detener la secesión de los tuaregs, que proclamaron la independencia del Azawad (norte del país)- e intervención de la antigua potencia colonial, que mantiene en todo el continente africano unos 10.000 soldados, más que cualquier otro antiguo poder colonizador (sin contar las fuerzas de operaciones especiales). Las razones de la intervención en Mali, al igual que en República Centroafricana, puede que no estén basadas tanto en intereses económicos como en la necesidad de proteger la seguridad y la “estabilidad” del “patio trasero” francés en África. Aunque, en este y en otros casos, la influencia de los intereses del capital galo en las decisiones de la administración es tan elevada que se ha llegado a calificar de “incestuosa”, como ha hecho François-Xavier Verschave. “Es sabido que la política de París con respecto a Congo-Brazzaville, Costa de Marfil, Gabón, Malí, Níger, la República Centroafricana, Senegal, Chad, etc., no se concibe sin los consejos interesados de los grupos empresariales AREVA, Bolloré, Bouygues, Total y algunos otros.” (Viento Sur, 5 de febrero de 2014). Estas conexiones han dado sus frutos, por ejemplo, en el caso de Vivendi y el gobierno de Hollande, que ha impedido que Mohammed VI cediera la propiedad de Maroc Telecom (filial de Vivendi que controlaba a los principales operadores del Sahel, lo que al parecer tenía mucho interés de cara a Serval, la operación francesa de intervención en Mali) a la compañía de telecomunicaciones catarí Ooredoo, a quien se acusa de estar detrás del fundamentalismo islámico en Mali.

No es la primera vez que los intereses franceses y el ejecutivo galo han acordado actuar en la república maliense desde su independencia. Modibo Keita, su primer presidente, inició su andadura con un proyecto socializante que se emprendió en medio de muchas dificultades, aprovechadas para el desencadenamiento de un golpe militar encabezado por Moussa Traoré que rindió el país a la ortodoxia liberal y a la tutela del Fondo Monetario Internacional. La austeridad que viene preconizando el Fondo no es aplicable para Traoré, que, aunque con un nivel modesto comparado con la fortuna amasada por Mobutu o Sani Abacha (ex dictador militar de Nigeria), posee uno de los patrimonios más elevados de un ex autócrata africano.

Pero quizá el ejemplo más dramático de golpe contra un régimen socialista de progreso fue el dado contra Thomas Sankara y el nuevo régimen revolucionario de Burkina Faso. El país, independizado en 1960 con su nombre colonial, Alto Volta (por el río Volta, que atraviesa el país y la vecina Ghana), fue escenario durante los treinta años siguientes, previos a la revolución que llevó a Sankara al poder, de una sucesión de golpes de Estado que, en esencia, no cambiaron la situación de dependencia -casi podría decirse de servilismo- que la nueva nación voltense tenía respecto de Francia, así como el autoritarismo y la búsqueda del enriquecimiento personal de los nuevos líderes y de la camarilla que los sostiene. “Haciendo un repaso rápido de los golpes que hubo entre 1960 a 1983 hayamos un patrón común a todos ellos, el interés personal y el trato favorable a los intereses extranjeros”, escribe Eduardo Saldaña.

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Bandera del antiguo Alto Volta. Los tres colores representan las tres ramas del río Volta que da nombre al país: el Volta Negro, el Blanco y el Rojo.

Ya el primer presidente de la República independizada, Maurice Yameogo (1960-1966) impuso el recorte de libertades y suprimió el multipartidismo que proclamaba la Constitución. Los sucesores de Yameogo, militares golpistas que aprovecharon el descontento popular para sublevarse contra el gobierno y proclamar que lo hacían en pro de las demandas populares, siguieron el mismo patrón de alianza con Francia, apoyo a los gobiernos regionales -Costa de Marfil, Senegal, Níger o Gabón- fieles a la “Françafrique”, represión y enriquecimiento particular.

Todo cambiaría a partir de 1983, cuando un nuevo golpe militar ejecutado por su entonces compañero de armas y de ideas, el coronel Blaise Compaoré, situaba en el poder al joven capitán -tenía entonces 33 años- Thomas Sankara al frente de Alto Volta. Sankara ya había sido llamado antes a desempeñar cargos en el poder: fue nombrado Secretario de Estado para la Información en el gobierno militar en septiembre de 1981, yendo a su primera reunión de gabinete en bicicleta, pero renunció el 21 de abril de 1982 en oposición a lo que vio como deriva antiobrera del régimen. Un año más tarde, tras un nuevo golpe militar que puso en el poder a Jean-Baptiste Ouédraogo, rechazó el cargo de primer ministro, por razones similares, así como por la sumisión del país a los intereses neocoloniales de Francia (estuvo bajo arresto en su casa después de la visita al país del hijo del entonces presidente francés y asesor de asuntos africanos del gobierno de París Jean-Christophe Mitterrand).

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Thomas Sankara, líder revolucionario de Burkina Faso, apodado el “Che Guevara africano”, llevó a cabo en los cuatro años que estuvo en el poder una transformación radical del país.

Sankara era un personaje popular sobre todo en la capital del país, Uagadugú. Se había destacado en la guerra fronteriza que el país había sostenido con Mali en 1974 -algo que rechazaría más adelante, viendo la guerra como injusta y cruel- , tocaba la guitarra en una banda de jazz (“Tout-à-Coup Jazz”) y se desplazaba frecuentemente en motocicleta. Además, como ha apuntado Saldaña, “Sankara es un ejemplo del descontento que existía en la sociedad del Alto Volta, los jóvenes con formación que habían conocido diferentes teorías, junto con grupos de profesores y sindicatos, compartían un sentimiento de hartazgo común, resultado del ir y venir de líderes castrenses que enarbolaban las necesidades de la sociedad para acceder al poder y, una vez en él, se enriquecían mientras servían los intereses de aquellos que les habían ayudado en su ascenso.” Y las ideas que Sankara, comunes a otro grupo de militares voltenses, iba a desarrollar por entonces iban a ser las del panafricanismo y el socialismo. En 1971 y 1972, Sankara estaba participando en el entrenamiento de oficiales en Madagascar, y allí vio en primera persona las revueltas populares contra el gobierno de Philibert Tsiranana. Comenzó a leer las obras de Marx y Lenin, y pocos años más tarde ya formaba parte de la clandestina Agrupación de Oficiales Comunistas (Regroupement des Officiers Communistes, o ROC, en francés). Para Sankara y sus compañeros, “el deber último y más importante de un militar era velar por su país, entendiendo que el país lo conformaban sus ciudadanos. Por lo tanto, los militares debían de ser conscientes de su función para con la sociedad, si el gobierno había dejado de servir a su pueblo para servir a sus propios intereses, era el deber del ejército frenar esas acciones y devolver el país a sus legítimos dueños, los ciudadanos.”

El 4 de agosto de 1983 el golpe de su compañero y “hermano” Blaise Compaoré llevó a Sankara a la presidencia de la República e inició la revolución burkinabé. Sankara, al que se ha apodado “el Che Guevara africano”, realizó una profunda reconversión de la economía, el poder y las relaciones sociales del país, buscando la efectiva independencia del país -también el ámbito económico, acabando con la tutela de Francia-y la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos. En su biografía en Wikipedia podemos leer: “su política estuvo orientada a la lucha contra la corrupción, promoviendo la reforestación, combatiendo la hambruna, y haciendo de la educación y la salud las principales prioridades nacionales.” Hasta el país cambió su nombre, en el primer aniversario de la Revolución, pasando a denominarse Burkina Faso, que mezclando vocablos de las dos lenguas autóctonas mayoritarias del país, el moreé (hablado por la mayoritaria etnia mossi) y el djula, significa “la patria de los hombres íntegros”.

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La nueva bandera de Burkina Faso fue diseñada por el propio Sankara. Como otros países africanos, posee los colores rojo, amarillo y verde del panafricanismo.El rojo representa la lucha del pueblo, el verde la fertilidad de la tierra y la estrella amarilla, la revolución.

Transformó la agricultura a través de una reforma agraria que distribuyó las propiedades feudales de los terratenientes y medios para su cultivo directamente a los campesinos, así como la construcción de pequeñas represas que facilitaran el abastecimiento de agua (la política agraria fue uno de los grandes éxitos de la revolución sankarista: a producción de trigo aumentó en tan sólo tres años de 1700 kg por hectárea a 3800 kg por hectárea, lo que hizo el país autosuficiente en comida). De acuerdo con la conciencia ecológica de Sankara, se fomentaron programas de repoblación forestal. Burkina Faso necesitaba ser un país preparado para el cultivo y el autoabastecimiento; así, en 4 años se plantaron más de 10 millones de árboles para poner fin a la creciente desertificación del Sahel. En la nueva Burkina Faso se llevó a cabo también un ambicioso programa de construcción de ferrocarriles y carreteras en aras de la integración territorial.

Su defensa de los derechos de la mujer y de la infancia le llevaron a la denuncia del patriarcado en todo el continente, y el gobierno burkinabé fue el primer que contó con mujeres en los principales puestos del gabinete y en su reclutamiento para las Fuerzas Armadas. El gabinete de Sankara prohibió la mutilación genital femenina (ablación), la poligamia y los matrimonios forzados y estimuló a las mujeres a que trabajaran fueran de casa y siguieran en la escuela aunque se hubieran quedado embarazadas. Promovió la alfabetización y la salud pública y llevó a cabo una campaña de vacunación de dos millones y medio de niños contra la meningitis, la fiebre amarilla y el sarampión, además de referirse de forma pionera al SIDA como una gran amenaza para el continente africano.

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Una imagen característica del nuevo régimen burkinabé: el parque móvil oficial había reemplazado los Mercedes por el Renault 5, el coche más barato que en ese momento se vendía en el país.

Los privilegios de los jefes tribales y de los dirigentes políticos -entre ellos los del propio presidente de la República- también se acabaron, haciendo honor al nuevo nombre de la nación, “la patria de los hombres íntegros”. El gobierno suprimió muchos de los poderes que tenían los jefes tribales, tales como su derecho a recibir el pago del tributo y el trabajo obligatorio. Y, como contrapeso al poder militar (que tantos golpes de Estado había protagonizado en el pasado), inició una forma de servicio militar obligatorio con el SERNAPO (Service National et Populaire), que junto a los Comités de Defensa de la Revolución, inspirados en la revolución cubana, eran un contrapeso a la potencia del ejército. Sankara, que vivía de forma austera (bajó su sueldo de presidente de la República a sólo 450 US$ al mes, que era su salario de capitán del ejército, y limitó sus posesiones materiales a su casa familiar, un automóvil, cuatro bicicletas, tres guitarras, un frigorífico convencional y un congelador roto), llevó esa ética de austeridad al resto de los departamentos ministeriales y el funcionariado de un país carcomido por la corrupción. Una de sus medidas más sonadas fue la venta de la flota de vehículos oficiales, constituida por Mercedes-Benz, y su sustitución por los modestos utilitarios Renault 5, el automóvil más barato vendido en ese momento en Burkina Faso. La reducción de sueldo que él mismo se había aplicado llegó a todos los funcionarios públicos, prohibió el uso de chóferes del gobierno y sustituyó los vuelos en primera clase por pasajes en clase turista. “Ya voléis en primera o en clase turista, despegaréis y aterrizaréis igual”, afirmaba el líder burkinabé, para quien era imprescindible que los propios líderes de la nueva y revolucionaria nación dieran ejemplo.

A lo largo de los cuatro años que duró el gobierno marxista de Sankara, éste promovió en foros africanos y otros organismos internacionales la identidad y la cultura africana, el antiimperialismo y la condonación de la deuda externa, afirmando que el neocolonialismo que se imponía a las naciones africanas a través del comercio y las finanzas impedía a aquellas cumplir con los compromisos económicos. Sankara afirmaba el 27 de julio de 1987, ante la asamblea de la Organización para la Unidad Africana en Addis Abeba, que la deuda “es una reconquista de África organizada hábilmente, para que su crecimiento y su desarrollo obedezcan a escalas, a normas que nos vienen impuestas desde el exterior. Según eso, cada uno de nosotros se convierte en esclavo financiero, es decir esclavo simplemente de los que han tenido la oportunidad, la astucia de enviarnos fondos con el fin de devolvérselos con grandes sumas de intereses”. Por eso, trató de promover un frente común contra la misma.

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Ejemplo de la admiración de Sankara por el Che y la revolución cubana, el escudo adoptado por Burkina incluía la célebre sentencia “Patria o muerte, ¡venceremos!”

Aunque hay muchas valiosas lecciones que extraer, y de hecho, se han extraído (sus ideas sobre la reforestación y la ecología, los derechos de la mujer en África -a los que también se refirió en su día el líder de la independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde Amílcar Cabral-, la condonación de la deuda externa…) de la revolución burkinabé, no todo fue de color de rosa en ella. El régimen de Sankara no permitía los partidos de oposición y se suprimieron las protestas de sindicatos y maestros en su último año de gobierno, antes del golpe que causo su deposición y asesinato y que reflejaban la inestabilidad -fomentada además externamente- a la que se enfrentaba Burkina. Los tribunales populares que se habían establecido, con toda la buena intención, para juzgar a los anteriores gobernantes del país cayeron muchas veces en defectos autoritarios, como la no consideración de principios elementales de la justicia como la presunción de inocencia. El régimen de Sankara había devuelto la dignidad y la independencia al pueblo burkinabé y le había dado una esperanza que no habían conocido desde la independencia del antiguo Alto Volta, la de que eran dueños de sus destinos, pero le faltaban componentes democráticos. Resulta trágico que justo en el momento en que el “Presidente del Faso” (como le conocían sus compatriotas) estaba planeando una labor de rectificación de los excesos cometidos, según cuenta el canario Antonio Lozano en su documentada novela “El caso Sankara”, se pusiera en marcha la conspiración que derrocaría su gobierno.

Esta revolución, además, había generado mucho malestar entre sectores reacios a los cambios en el interior de la sociedad burkinabé, antiguos beneficiarios de las políticas desplegadas por los gobiernos prerrevolucionarios, así como en la antigua metrópoli y los estados vecinos que seguían el diktat de la Françafrique. El gobierno de François Mitterrand influyó cerca de antiguos colaboradores de Sankara, entre ellos el hombre que le puso al frente del estado, su íntimo amigo Blaise Compaoré,  y el 15 de octubre de 1987, pocos meses después del 4º aniversario de la revolución (y también apenas unos meses después de sus declaraciones en la asamblea de la OUA contra la deuda externa), Compaoré daba un nuevo golpe de Estado patrocinado por los servicios secretos de Francia. Sankara, que contaba entonces con treinta y nueve años, y doce de sus colaboradores fueron asesinados, y su mujer y sus dos hijos tuvieron que huir del país. El cuerpo del líder revolucionario fue desmembrado y enterrado en un cementerio de Uagadugú, junto a sus compañeros asesinados.

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La tumba de Thomas Sankara, en primer término, junto a las de sus doce colaboradores asesinados por los hombres de Compaoré el 15 de octubre de 1987.

Compaoré restituyó la situación del país a condiciones similares a las previas a la revolución sankarista, entre otras cosas haciendo que Burkina Faso retornara a la sumisión a Francia. Revocó inmediatamente las estatizaciones, anuló casi todas las políticas de Sankara, puso al país bajo la ortodoxia del FMI y rechazó en última instancia a la mayor parte del legado de Sankara, a quien trató de condenar al olvido, que sin embargo sigue presente en el país.

La concesión de privilegios a las tribus poderosas y a los poderes extranjeros le mantuvo en el poder durante 27 años, hasta que las protestas por su intento de ser reelegido mediante una modificación constitucional le llevaron a dimitir en 2014. Siete años antes, el 15 de octubre de 2007, en el vigésimo aniversario del asesinato de Thomas Sankara, éste fue recordado en diversas ceremonias en diversas partes del mundo, incluyendo Estados Unidos, Francia y la propia Burkina Faso. En 2011, las protestas por la muerte de un colegial llevaron a una oleada de protestas que incluyeron boicot a la producción de algodón por parte de los campesinos, huelgas de mineros, de profesores e incluso de jueces, aperturas de cárceles y motines en el ejército. El gobierno de transición que sucedió a Compaoré en 2014 ha tenido que enfrentarse a intentonas golpistas que han demostrado que la sombra de las conspiraciones militares no se ha acabado de difuminar sobre este país centroafricano. A finales de noviembre de 2015, finalmente, Christian Bokaré, un antiguo colaborador de Compaoré que abandonó su cargo en protesta por el intento de éste de ser reelegido de nuevo, se ha convertido en el presidente electo del país. Su primer rival, un antiguo dirigente de la compañía energética francesa AREVA para África, ha quedado bastante rezagado. “El futuro de Burkina Faso es incierto. El gobierno de transición tiene que mantener el orden y llevar a cabo unas elecciones democráticas en las que el poder regrese a sus legítimos dueños, los ciudadanos. Un pueblo que en su mayoría ha crecido sin haber vivido en el período del “padre de Burkina” pero que sí que ha conocido sus ideas”, afirmaba Eduardo Saldaña. La sombra de Sankara, así, se extendía sobre el proceso democratizador de Burkina como un símbolo para las viejas y nuevas generaciones, en una sociedad que, como ha aparecido recientemente en Viento Sur, “ha conocido importantes luchas estudiantiles, así como movimientos de resistencia a la introducción de semillas modificadas genéticamente o a la privatización de los ferrocarriles”.

FRANCIA EN EL GENOCIDIO RUANDÉS Y LA GUERRA CIVIL DE CONGO-BRAZZAVILLE

En 1994, un pequeño país (casi podría decirse que minúsculo para las escalas africanas), Ruanda, saltaba a las portadas de los medios de comunicación internacionales por la matanza que el gobierno dictatorial, de etnia hutu, estaba perpetrando contra sus propios ciudadanos de etnia tutsi y otros hutu moderados. El hecho de que se recurriese a una simplista explicación de que la violencia en África surgía a raíz de atávicos odios étnicos y tribales no impide que se haya ampliado el foco para dar luz a otros factores que influyeron en la gestación de la violencia.

Hutu (el 85% de la población) y tutsi (el 14%; el 1% restante lo conformaban los twa) no eran grupos étnicos con diferencias abismales, y ni mucho menos que dieran lugar a disputas violentas entre ellos. Compartían lengua -el kinyarwanda-, cultura y religión, y llevaban conviviendo mucho tiempo antes de que llegaran los colonizadores, alemanes primero y, posteriormente a la PGM, belgas, que recibieron Ruanda y la vecina Burundi tras la derrota alemana en la Gran Guerra. Fueron precisamente los nuevos colonizadores belgas los que comenzaron a explotar las diferencias étnicas en su propio beneficio, para controlar mejor sus nuevas colonias, en connivencia con los misioneros católicos que habían venido con ellos. Inventaron una ficción histórica en que los tutsi aparecían como una raza invasora superior procedente del norte, dieron preferencia a estos en los puestos de la administración colonial y, con consecuencias catastróficas que se vieron posteriormente en el futuro genocidio, incluyeron en los documentos de identidad -desde 1933- la condición de hutu o tutsi.

La discriminación en que se vieron envueltos los hutu en Ruanda y Burundi llevaron a que cuando tuvo lugar la independencia de ambas naciones en 1962, en ambos países, con la connivencia de Bélgica, se produjera una situación de dominio étnico distinto que a fin de cuentas buscaba favorecer los intereses de la antigua potencia colonial, mientras que en el interior del país iba a generarse el caldo de cultivo necesario para la violencia. En Burundi, se mantuvo el predominio de los tutsi, hasta que en 1996 estalló una larga guerra civil que finalizó en 2009 con la firma del acuerdo de paz que favorecía la incorporación de los rebeldes hutu a la vida pública del país.

En Ruanda, por contra, los nacionalistas tutsi, cuyo programa era reformista, laico y próximo al socialismo, fueron represaliados por los hutu con la complicidad belga y de la Iglesia, lo que favoreció que el país se independizara bajo la égida de los hutu. La monarquía tutsi fue abolida por un golpe militar y se proclamó en 1963 una república regida por Grègoire Kayibanda, un hutu del sur, bajo un régimen de partido único que, apoyado por Bélgica, contuvo los intentos de invasión por parte de los tutsi exiliados y desencadenó matanzas en el interior contra los miembros de este grupo.

Las cosas se pusieron todavía peor con un nuevo golpe, diez años más tarde, dado por el general Juvenal Habyarimana, todavía más radical en sus planteamientos y dispuesto a enviar al exilio tanto a tutsi como a hutu que habían estado en el poder con el anterior presidente Kayibanda. Con la Iglesia ruandesa complicada en el nuevo régimen, representada especialmente por el arzobispo de Kigali, la capital, que era miembro del comité de dirección del partido del nuevo líder ruandés, las potencias occidentales sólo prestaron atención al crecimiento económico del país. Francia -que consideraba a Ruanda parte de su imperio informal- firmó en 1975 un acuerdo de cooperación militar con el gobierno de Habyarimana, y posteriormente iba a entrenar y armar al ejército que se dedicaría a desencadenar las masacres veinte años después.

En la vecina Uganda, mientras tanto, las milicias tutsi del Frente Patriótico Ruandés (RPF) de Paul Kagame iban a ayudar a Yoweri Museveni, quien se convertiría en protegido de EE.UU., a derrocar al régimen de Milton Obote en 1986 y se preparaban para invadir su propio país y acabar con el régimen de Habyarimana. Aunque había vencido un primer intento de invasión en 1990, la lucha contra la guerrilla y la mala situación económica forzaron al general y jefe del estado ruandés, presionado por su amigo personal François Mitterrand, presidente de Francia, a llevar a cabo una serie de conversaciones de paz en Arusha (Tanzania) con los líderes del RPF.

Lejos de suponer el final de un largo conflicto, las conversaciones de Arusha no fueron más que una cortina de humo que encubría la venta de armas por parte de Francia, pagadas con fondos destinados al desarrollo proporcionados por el FMI, el entrenamiento galo y las conversaciones con milicias irregulares hutu (los interahawme) para preparar el genocidio de los tutsi. A pesar de los síntomas que anunciaban lo que se estaba preparando, ni la ONU (presidida por Boutros-Ghali, quien ya había intervenido en los setenta en la venta de armas de Egipto al régimen de Habyarimana) ni las potencias internacionales hicieron nada para impedir lo que se avecinaba. El 6 de abril de 1994, el avión en que regresaba de Arusha Habyarimana y el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, fue derribado en un atentado que fue atribuido al RPF, pero que todo parece indicar fue llevado a cabo por el propio ejército ruandés para espolear a los hutu e iniciar el asesinato masivo de tutsi. El radical coronel Bagosora se hizo cargo del poder con un supuesto gobierno multipartidista, que servía de justificación para la ayuda francesa, al tiempo que los medios locales -en especial la radio- y las fuerzas armadas animaban a la tarea de la limpieza étnica.

Iniciadas por una Gendarmería ruandesa instruida por fuerzas galas, y en medio de declaraciones incalificables del presidente Mitterrand, que llegó a afirmar que “un genocidio en estos países no es muy importante”, al tiempo que trataba de justificar su apoyo al gobierno diciendo que las verdaderas víctimas de la persecución eran los hutu (contando, por tanto, las cosas al revés), se desencadenó una monumental masacre en que los machetes enarbolados por los campesinos hutu, instruidos en el miedo y el odio, se convirtieron en un símbolo de la destrucción. Casi un millón de personas, tutsi y hutu moderados, fueron asesinados en siete semanas, en medio de una cuasi pasividad general de los organismos internacionales, a una tasa diaria cinco veces mayor que la del campo de exterminio nazi de Auschwitz. Hasta que las milicias del RPF, peor armadas y entrenadas pero más eficaces en la lucha, derrotaron al gobierno. Kagame se hizo con el poder y se ha convertido, junto con Museveni, en un apoyo de los EE.UU. en la zona, al tiempo que aprovecha la reconciliación nacional para apuntalar su poder. Mientras tanto, las consecuencias de la destrucción se desplazaron a la vecina República Democrática del Congo, en una sangrienta sucesión de conflictos que impiden la consolidación de la paz y el desarrollo necesario de un país convertido en moderno objeto de saqueo.

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Protestas en Francia en 2014 por el no reconocimiento de la responsabilidad del Elíseo en las masacres de Ruanda.

En el Congo ex francés, la República del Congo, mientras tanto, Dennis Sassou N’Guesso, un fiel amigo de los dirigentes franceses desde finales de los años setenta y que había ido escalando posiciones hasta hacerse con la presidencia de la marxista República Popular, se convirtió en el alumno aventajado del discurso de Mitterrand en La Baule de 1990. Un discurso que disfrazaba, bajo la intención francesa de no tolerar tiranías en su zona de influencia en África (en un momento de euforia tras la caída de los regímenes de “socialismo real” en el este de Europa, la perestroika de Gorbachov en la URSS y los derrocamientos de otros autócratas como Marcos en Filipinas), un mecanismo para hacer parecer respetables los viejos dictadores amigos siempre que participasen en elecciones de dudosa legalidad que legitimasen sus gobiernos. Los Bongo, Eyadéma y Houphouët-Boigny obtenían así el beneplácito (y los créditos) que les permitían continuar al frente de sus países y favorecer los negocios franceses en las antiguas excolonias.

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Bandera de la antigua República Popular del Congo (1970-1992)

Sassou N’Guesso abandonó la retórica y el contenido marxista, quitando el adjetivo “Popular” del nombre oficial del país y convocando elecciones en las que, sin embargo, cayó derrotado frente a su exprimer ministro Pascal Lissouba, tanto en las presidenciales como en las legislativas de 1992. Inicialmente derrotado, N’Guesso se retiró a su ciudad natal creando un ejército personal, los Cobras, esperando que llegara de nuevo su oportunidad. Ésta no tardaría en llegar, al año siguiente, cuando las dificultades financieras que se encontró Lissouba en un país donde la fortuna de su antecesor se había realizado a través del saqueo de las arcas públicas, fueron aprovechadas para reclamar por parte de su oponente, Kolélas, la victoria en las elecciones presidenciales anticipadas y los ejércitos de Lissouba -los Zulúes- y de Kolélas -los Ninjas- comenzaron los primeros enfrentamientos armados, que anticipaban lo que estaba por venir.

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En 1992, la República del Congo recuperaba la bandera que había adoptado tras su independencia.

Lissouba, que había ganado las elecciones del 93, comenzó a renegociar los contratos petrolíferos, que la República del Congo tenía con la francesa ELF, con empresas norteamericanas. Tanto ELF como el gobierno de Mitterrand esperaban que Lissouba naufragara en medio de las dificultades económicas por las que atravesaba el país para así volver a colocar en el poder a su candidato, N’Guesso. El paso dado por Lissouba suponía un grave perjuicio a los intereses franceses, y en 1997 N’Guesso, que ya estaba instalado con su familia en París al amparo de sus patrocinadores galos, anuncia su entrada en el ruedo electoral, presentándose a las presidenciales congoleñas.

Con armamento y financiación procedente de ELF, del Elíseo y de Omar Bongo, presidente de Gabón y su yerno, N’Guesso tenía todo dispuesto para iniciar el enfrentamiento armado frente al presidente legalmente elegido, Lissouba. En la coalición que le apoyaba estaban presentes soldados de Angola, enviados por otro antiguo marxista reconvertido en amigo de Occidente y sus intereses económicos, José Eduardo dos Santos, (experto asimismo en ganar elecciones fraudulentas y quien esperaba, por su parte, debilitar las posiciones de la guerrilla rival de la UNITA, dirigida por el oscuro Jonás Savimbi, en el país); restos del antiguo ejército del Zaire de Mobutu; soldados ruandeses perpetradores del genocidio de 1994 y hasta mercenarios blancos, que junto a los Cobras de N’Guesso llevaron a cabo una auténtica limpieza étnica al sur del país, habitada por la etnia lari. En la capital del país, Brazzaville, los soldados del amigo de París se entregaron a una orgía de saqueos durante una semana, además de a la matanza de personas en los barrios habitados por las etnias opositoras, como habían hecho en otras poblaciones como Dolisie, Nkayi o Madingou. Los cadáveres eran llevados en camiones por delante de la embajada francesa en dirección al río Congo, donde eran arrojados. Como se suele considerar, estas y otras escenas de asesinatos, violaciones y mutilaciones dadas en el continente africano suelen ser atribuidas al atraso de las mentes, a conflictos étnicos o religiosos o al conflicto entre rivales políticos en los que no intervienen factores económicos o geoestratégicos de Occidente. La explicación se vuelve, trágicamente, a entremezclar con esos intereses externos.

La guerra civil de Congo-Brazzaville, desapercibida para los medios de comunicación pese a su sangriento alcance, acabó en 1999 con la victoria del aliado de la petrolera francesa, que recuperó los contratos otorgados por su antecesor a la estadounidense OXY, y de la Republique, cuyo presidente Jacques Chirac -que le recibió junto al primer ministro Jospin tras su victoria militar- había declarado tranquilamente que el único que podía salvar al Congo de la autodestrucción era Dennis Sassou N’Guesso…

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En noviembre del presente 2015, Sassou N’Gueso llevó a cabo en medio de grandes protestas en contra y un resultado puesto en entredicho por la poca transparencia del escrutinio, un referendum para reformar la constitución que le permitía presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales. François Hollande apoyó la celebración de este referendum a pesar de que ofrecía muy pocas garantías de transparencia.

REPÚBLICA CENTROAFRICANA: LA NEOCOLONIA POR EXCELENCIA

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La bandera de la RCA, diseñada por el líder nacionalista Barthélemy Boganda, mezcla los colores de la tricolor francesa y los del panafricanismo,en su esperanza de que Francia y África pudieran caminar juntos.

La República Centroafricana es uno de los países más pobres del mundo, y también de los más desgraciados desde que comenzó su andadura independiente en 1960. Al igual que ocurría con casi todos los comienzos del resto de naciones africanas recién independizadas, el futuro se observaba prometedor a pesar de las numerosas dificultades que el país iba a tener que arrostrar.

Pero en el transcurso de cincuenta y cinco años de independencia, la antigua colonia de Ubangui-Chari sigue arrostrando el camino del desamparo y la dependencia política y económica de París, en cuyos despachos se ha fraguado el destino de una nación convertida en el apéndice más evidente de la “Françafrique”. Francia ha colocado y depuesto a casi todos los presidentes de la República Centroafricana, y su política con respecto al país ha ido siempre de la mano de la de las empresas francesas para que éstas puedan “aprovechar” las oportunidades de negocio que se le brindan en un país rico en recursos pero cuya población está sumida en la absoluta pobreza.

Una de las cuestiones por las que República Centroafricana, y todo el Sahel que formaba parte del antiguo imperio colonial francés (Níger, Mali, Mauritania, Senegal…), forma parte hoy de una nueva estrategia militar gala -volcada en el multilateralismo y en las misiones conjuntas con otros estados africanos, pero sin renunciar a una significativa presencia francesa- es la necesidad de que las compañías el país recuperen antiguos volúmenes de negocio y presencia en países clásicos, pertenecientes al “patio trasero” francés, donde la competencia con empresas chinas, estadounidenses o indias es cada vez más fuerte. En República Centroafricana, sin ir más lejos, “Bolloré tiene el monopolio de la logística y del transporte fluvial. Castel reina sobre el mundo del mercado de las bebidas y el azúcar. CFAO controla el comercio de vehículos. A partir de 2007, France Telecom entró en el baile. AREVA está presente en Centroáfrica aunque, oficialmente, el gigante nuclear no está sino en la fase de exploración (al contrario del vecino Níger, donde la revuelta tuareg del Mouvement des Nigeriens pour la Justice de 2007 contra el gobierno de Mamadou Tandja, fue espoleada por el gigante del uranio francés para desplazar a sus competidores norteamericanos y chinos). TOTAL refuerza su hegemonía en el almacenamiento y en la comercialización de petróleo” (Olivier A. Ndenkop).

De este modo, las misiones “humanitarias” de Francia en la zona -una zona, además, donde a la presencia del terrorismo islamista de Al Qaeda en el Magreb Islámico, que se apropió del movimiento separatista tuareg de Azawad (norte de Mali), hay que sumarle los conflictos de fronteras entre Sudán y Sudán del Sur, vinculado además al petróleo; las correrías asesinas del Lord Resistance Army (Ejército de Resistencia del Señor) de Joseph Kony; o la lucha enquistada en Somalia- son conflictos vinculados al aprovechamiento de situaciones favorables de cara a los negocios de la antigua metrópoli en una situación cambiante, no sólo en cuanto a un entorno que se ha hecho más competitivo con la presencia de competidores internacionales, sino en la presencia de conflictos que ya no se encuadran en la vieja dicotomía de “gobierno amigo” o “gobierno hostil”. Unas intervenciones humanitarias donde no falta, además, la competencia en este terreno de Estados Unidos (que trata asimismo de apuntalar al gobierno provisional somalí y a sus aliados Yoweri Museveni de Uganda y Paul Kagame de Ruanda). Es interesante, además, señalar que en estos conflictos la naturaleza religiosa no es la característica definitoria de los mismos (algo que es extensible también a la guerra entre milicianos de la Seleka y anti-Balaka en República Centroafricana), como refiere Toby Leon Moorsom: “todos nacen en un contexto de fracaso de mercados agrícolas y de auge de la extracción de petróleo y de minerales. El fundamentalismo islamista es tan sólo un factor que complica las cosas: no una causa, sino una respuesta a la desestabilización general”.

Aparte, hay una diferencia característica en la intervención francesa moderna en República Centroafricana con respecto a las anteriores. La posición excepcional del país en el continente y su vecindad o cercanía relativa con otros países francófonos, en especial con Chad, Níger, Mali, Camerún y Congo-Kinshasa, donde la competición entre empresas francesas y de China, India y Estados Unidos, por la enorme cantidad de recursos en juego en la zona (uranio de Níger, diamantes de la RCA, coltan de RD Congo, petróleo del golfo de Guinea, madera, minerales diversos…) son motivos que no pasan desapercibidos a la hora de entrar en un juego donde hasta el momento los únicos derrotados son los pueblos de la zona, poseedores de los recursos pero sin acceso a los beneficios de su explotación y comercialización. Una elevada presencia en la RCA permite una mayor y mejor movilización hacia zonas de conflicto cercanas, y asimismo dotadas de otros recursos estratégicos. “La situación geográfica particular de República Centroafricana, en medio del continente, refuerza su utilidad para lanzarse a la reconquista de África” (Viento Sur, 7 de marzo de 2014). Al mismo tiempo, los diferentes grupos armados de República Centroafricana, un país desestructurado por los conflictos, sin infraestructuras, dominado económicamente por los grupos empresariales franceses, precisan de Francia para poder llevar a cabo sus proyectos.

República Centroafricana nació, como el resto del antiguo imperio colonial francés, desde el primer momento con la metrópoli observando con lupa cada movimiento. En 1958, la colonia de Ubangui-Chari se había constituido como entidad autónoma en el interior de la Unión Francesa de De Gaulle como República Centroafricana. Al frente del nacionalismo ubanguiano se encontraba un sacerdote católico, Barthélemy Boganda, que entró en política defendiendo la no discriminación de los negros y que, con el paso del tiempo, pasó a defender desde las filas del MESAN (Movimiento por la Evolución Social del África Negra), la independencia de su país.

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Sello de 1959 de la RCA que representa a Barthélemy Boganda.

Boganda no respondía al perfil de izquierdista subversivo que se podía adjudicar a otros líderes políticos africanos (Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Thomas Sankara…) que eran, en principio, los que más preocupaban a los gobiernos occidentales de cara a la “reconquista” del continente. Educado en escuelas de las misiones católicas y ordenado sacerdote, su apuesta social y económica abogaba por la vía reformista del catolicismo social, no por la de una revolución de signo marxista, en aras de aumentar el nivel de vida de las capas sociales más desfavorecidas (que formaban la amplia mayoría de sus seguidores). Boganda había lanzado ideas de desarrollo incomprendidas en su momento, a pesar de imaginativas, como la de una administración económica conjunta franco-ubanguiana en tiempos aún de la colonia, o la de los Estados Unidos de África Latina, ya en puertas de la independencia, que agruparía a varias antiguas colonias francesas (Camerún, Chad, Congo francés, Ubangui-Chari y Gabón), Angola, Guinea Ecuatorial y las colonias belgas de Congo, Ruanda y Burundi, como una estructura federal de la que la RCA formaría parte, para aminorar y resolver las dificultades económicas por las que habrían de pasar las nuevas naciones recién independizadas. La integración económica, que hoy resulta imposibilitada por las dos zonas del franco CFA y la preponderancia francesa en las decisiones monetarias de los países con esta divisa, tenía una vía de escape en esta original propuesta.

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Los Estados Unidos de África Latina, la unión ideada por Boganda.

Boganda murió en accidente aéreo el 29 de marzo de 1959, justo a las puertas de unas elecciones legislativas en la RCA y a punto también de convertirse en el nuevo presidente del país, independiente a partir del año siguiente. Las causas de la muerte de Boganda, a quien el historiador Georges Chaffard ha definido como “el más prestigioso y el más capaz de todos los políticos del África ecuatorial”, han estado envueltas en la sospecha. La edición del semanario francés L’Express del 7 de mayo reflejaba que en los restos del avión -donde además habían muerto el resto de los pasajeros y la tripulación- se habían encontrado trazas de explosivos. Curiosamente, el alto comisario francés prohibió la venta del semanario en la RCA. También se apunta a Michelle Jourdain como parte de la red que habría atentado contra el líder centroafricano. La esposa de Boganda, de nacionalidad francesa, y él llevaban un tiempo con su relación deteriorada, y el político especulaba con dejarla y regresar a la vida sacerdotal que había abandonado para estar con Jourdain. Además, Boganda había firmado una póliza de vida a favor de su mujer por una cuantiosa cantidad, lo que añade más sospechas contra ella.

Sea como fuere, el camino a la presidencia de la República aparecía para Francia como la primera oportunidad para que un fiel peón del Elíseo accediera a ese puesto. El sucesor natural de Boganda, Abel Goumba, aparece descrito como “honesto, inteligente y fuertemente nacionalista”, lo que le descartaba como candidato a la docilidad. David Dacko, que como Goumba había sido también ministro en el gabinete autónomo de Boganda, fue el candidato elegido por Francia, recibiendo el apoyo del alto comisario francés, de la Cámara de Comercio (dominada por la élite colonial)… y de la propia Michelle Jourdain. No hace falta explicar mucho que Dacko se llevó el gato al agua.

Con la presidencia de Dacko nacía la sucesión de golpes de fuerza ejecutados por los sucesivos gobiernos franceses sobre quien ostentara el poder en Bangui, la capital centroafricana. Cuando Dacko, servil en un principio a los intereses galos y que había inaugurado un régimen de partido único, buscó algo de independencia con alianzas con la República Popular China, en 1966 un antiguo sargento del ejército colonial y primo del presidente, Jean Bedel Bokassa, encabeza una sublevación militar que pone el poder en sus manos y coloca a Dacko (que al parecer se había llegado a plantear dimitir) en la jefatura del gobierno, si bien no por mucho tiempo.

Bokassa fue un amigo de Francia que pronto se convertiría en una china en su propio zapato. Sus excentricidades, que podían ser irritantes (a De Gaulle le molestaba sobremanera que en las audiencias oficiales le llamara “papá” en lugar de general o presidente) o incluso síntomas de delirios de grandeza (en 1976 rebautizó el nombre del país a Imperio Centroafricano y se hizo coronar emperador con el nombre de Bokassa I), podían pasar desapercibidos en medio de la nómina de líderes delirantes pero buenos aliados dentro de la lógica de la “guerra fría”, como Mobutu en Zaire, el sha de Persia o Augusto Pinochet en Chile. Pero la sangrienta política y los escándalos de Bokassa en su imperio llevaron a que sus patrocinadores le dieran la espalda: la tremenda violencia con que sometía a sus adversarios políticos, el lujo desmesurado en que vivía -en la que la participación francesa había tenido su parte: la ceremonia de coronación había sido sufragada por el presidente francés Valery Giscard d’Estaign, que había recibido asimismo regalos en forma de diamantes por parte de Bokassa- y la locura progresiva que se iba apoderando de él, aumentada por las leyendas que hacían referencia a sus prácticas antropófagas (se llegó a rumorear que a Giscard le había llegado a ofrecer carne humana en una recepción), causaron que en 1979 fuerzas francesas acabaran por arrancarle de su preciado trono. Sin olvidar, claro está, la misión especial que desempeñaron los “paracas” galos de limpiar de los archivos cualquier referencia al regalo en diamantes recibido por el propio presidente neogaullista de Francia (a pesar de esa limpieza apresurada, el diario satírico galo Le Canard Enchainé mostró a la opinión pública las pruebas de ese regalo. La carrera de Giscard se daba por finalizada, perdiendo las presidenciales de 1981 ante un Mitterrand que, sin embargo, no cambió los patrones de conducta de la “Françafrique”)

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Coronación de Bokassa I.

Cualquier esperanza de futuro para la reimplantada RCA después del derrocamiento de Bokassa se ha visto fracasar en medio de la corrupción y la incompetencia de los gobiernos sucesivos, además de por la interferencia francesa, que, fiel a la tradición, cuando lo ha visto necesario ha intervenido en la situación interna en su favor. Aunque esto ha generado, como en el reciente conflicto entre la Seleka y los anti-Balaka, un conflicto interno en el que la “razón de Estado europea” ha estado ausente del análisis en los medios de comunicación. “Las compañías europeas y la administración francesa transformaron por completo el sistema económico del país, sumiéndolo en un subdesarrollo crónico y relegándolo a una dependencia poscolonial de la que difícilmente se ha despojado la malograda nación centroafricana […] cinco de los seis últimos presidentes centroafricanos tomaron el poder a través de las armas y una vez en el cargo poco quisieron saber de la necesaria unidad nacional, más bien todo lo contrario. La irresponsable gestión desde la presidencia no ha logrado sino exacerbar las rivalidades interétnicas avivando el odio y la sed de venganza que han llevado a la RCA a vivir en riesgo de guerra constante.” (Pablo Moral) Esa guerra, finalmente, estalló en 2012, tras un tiempo de conflicto latente.

En marzo de 2003, el primer escenario para el conflicto armado se vivió cuando el general François Bozizé derrocó al primer presidente elegido en las urnas en los más de cuarenta años de historia independiente de la República Centroafricana, Ange-Felix Patassé. El malestar y la corrupción en torno al gobierno de Patassé llegaron a los cuarteles, y Bozizé, destituido como jefe del Estado Mayor y exiliado en el vecino Chad desde 2001, llevó a esta situación en la que se repetía, nuevamente, la toma del poder en Bangui a través de las armas. Bozizé disolvió la Asamblea Nacional y postergó las elecciones que él mismo había prometido hasta 2005, unas elecciones que ganó no sin denuncias de irregularidades. Reelegido en 2011 y apoyado por Francia, el gobierno de Bozizé se caracterizó por el aumento en los índices de pobreza del país (en 2000 el 67% de los centroafricanos se situaba por debajo del umbral de pobreza; en 2011 el porcentaje llegaba al 95%, situándose por detrás de Etiopía y Sierra Leona en la lista de países con peor índice de desarrollo humano) y la guerra que le enfrentó a los rebeldes norteños, que habían empuñado las armas en respuesta a la marginalización y el sentimiento de agravio que el gobierno de Bozizé provocaba en la zona, así como a bandidos dedicados al robo y al secuestro.

La crisis a la que se enfrentaba República Centroafricana, un país que estaba siendo convertido, desde dentro y desde fuera, a marchas forzadas, en un “estado fallido” similar a Somalia o Afganistán, aumentaba de día en día. En 2008, por fin, en la capital de Gabón, Libreville, gobierno y rebeldes se sentaron a negociar un acuerdo que pusiera fin a la violencia. Este acuerdo llevaba aparejado el desarme de las milicias y la formación de un gobierno de unidad.

Sin embargo, el panorama no cambió. En 2011, lejos de haberse producido el gobierno de unidad, lo que se produjo fue una nueva victoria electoral de Bozizé. Las viejas y nuevas facciones rebeldes se agruparon a lo largo del año siguiente en la Unión de Fuerzas Democráticas por la Reunificación, liderada por Michel Djotodia, y formaron la coalición armada Seleka (Alianza en sango). Formada por una amalgama de grupos que conformaban una alianza circunstancial, con ayuda también de soldados procedentes de Chad y de Sudán, la Seleka se lanzó a una conquista de Bangui en la que la destrucción a lo largo del camino a la capital fue la nota predominante.

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Tropas de la coalición Seleka.

Pero hay un dato que ha pasado desapercibido en las actividades de Seleka. Francia se encontraba disgustada por la política “independiente” que desde su elección en 2006 estaba llevando a cabo el hombre al que habían ayudado a ponerse al frente de la República Centroafricana. Bozizé había estado negociando con el gobierno de la República Popular China la concesión de un crédito por valor de 3.250 millones de francos CFA (4.400.000 euros) y firmando contratos con empresas chinas para la búsqueda, extracción y explotación de petróleo en territorio centroafricano. Con Bozizé, se repetía de nuevo la historia que había tenido lugar en 1966 con David Dacko, que en su intento de diversificar las fuentes de apoyo para su gobierno, se había encontrado de bruces con la oposición de sus antiguos patrocinadores y su cese fulminante -golpe de Estado mediante- de su puesto. Además, habiendo sido el gobierno chadiano otro de los sostenes de Bozizé y un firme aliado francés, no resulta extraño que la Seleka que luchaba contra Bozizé haya sido reforzada con soldados de Chad. Así, la alianza con China en el terreno del petróleo y en el de la cooperación económica y militar hizo que “me tumbaron por culpa del petróleo”, como se lamentaba el depuesto Bozizé (lo fue finalmente el 24 de marzo de 2013).

Djotodia, el hombre que “lideraba” la Seleka, era de este modo el nuevo hombre de Francia (y de paso, de Chad) para ponerse al frente del país. Pero la heterogeneidad de fuerzas que formaban la Seleka, las rivalidades internas, el hecho de que obedecieran cada una de las facciones a su propio jefe, el desgobierno y la mala administración crónicas de República Centroafricana y las actividades de expolio a que se dedicaron miembros del nuevo gobierno y las tropas extranjeras enroladas en las milicias (que, pese a la disolución anunciada por el nuevo presidente, no llegaron a desmovilizarse y desarmarse), dedicándose entre otras cosas al lucrativo tráfico de diamantes, madera, marfil o armas, dejaron al país en todavía peor situación, si cabe. Y ante los desmanes en forma de pillaje y violaciones cometidos por los milicianos armados de la Seleka ahora al mando del país, y la pasividad de unas Fuerzas Armadas inexistentes (entre otras cosas, porque no percibían ni los sueldos de una administración sumida en la bancarrota), muchos decidieron organizarse y combatir: nacieron los anti-Balaka (en sango anti-machete). Entrenados por antiguos miembros de las Fuerzas Armadas y unidos por el odio a Djotodia y la Seleka, los anti-Balaka pronto fueron reforzados por ganaderos y buscadores de diamantes que habían sufrido el pillaje de las milicias, delincuentes y partidarios del derrocado Bozizé, que forman la parte más radical del grupo. Respondiendo a la violencia con la violencia, la guerra entre ambos grupos estaba servida al poco tiempo de que Djotodia estuviera sentado en el sillón presidencial. El anuncio de Djotodia de su disolución y su posterior dimisión y exilio en Benín, sustituido por una presidenta interina, Catherine Samba-Panza, en enero de 2014, no resolvió las cosas. La Seleka se replegó al noreste del país y los anti-Balaka entraron en Bangui de la misma forma que lo hizo en su día su grupo rival: a sangre y fuego, desatando una enorme represalia contra los musulmanes, a quienes se consideraba cómplices de Seleka.

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Miliciano de anti-Balaka.

El conflicto entre Seleka y anti-Balaka, que en medio de declaraciones grandilocuentes de los líderes franceses e internacionales refiriéndose al mismo como “genocidio” (cómo si no hubieran estado interviniendo ellos mismos en otros que fueron convenientemente silenciados), buscando la aquiescencia a una intervención internacional, se ha presentado como un conflicto religioso, en el que la Seleka, formada por individuos procedentes esencialmente del norte del país, se identificaba con los musulmanes, y los anti-Balaka con los cristianos. Como explica Pablo Moral, el factor religioso no es el determinante del conflicto, sino que lo que hizo estallar el polvorín fue la rivalidad política y factores económicos como la pobreza, la marginación regional o el negocio del tráfico ilegal. La religión juega en ambas facciones un papel de cohesión, a través de la identificación con el grupo y la explotación del miedo y el odio por las barbaries cometidas por el bando contrario. La presencia de las fuerzas de paz internacionales y los diálogos entre el gobierno de Samba-Panza (que ha dado entrada a miembros de ambas facciones en conflicto) y los grupos armados de Seleka y anti-Balaka, sellados en Brazzaville con un acuerdo de paz, han dado paso a una relativa tranquilidad basada en realidad en la división del país en dos: una mitad controlada por los anti-Balaka y otra por la Seleka, siendo frecuente el conflicto en la línea divisoria y los atropellos en el interior de cada una de las zonas, con víctimas entre las que se encuentran los soldados de las misiones internacionales. Centroáfrica, tras un conflicto que ha generado 400.000 desplazados a otros países y más de medio millón de desplazados internos, ha devenido en una suerte de protectorado de las fuerzas de interposición y de las potencias que están a su mando, para mayor beneficio de la ex metrópoli Francia.

Con 1.200 soldados desplegados en diciembre de 2013, la operación francesa “Sangaris” -como la operación “Serval” de Mali- que venía en apoyo de la misión africana MISCA (hoy, colocada bajo mandato de Naciones Unidas, MINUSCA), se ha convertido en una excelente cabeza de puente para la defensa de los intereses económicos de Francia en una región donde los conflictos políticos -provocados algunos por la propia Francia- y el terrorismo fundamentalista islámico se insertan en medio de una lógica mayor: la necesidad de controlar su zona de influencia por excelencia y apuntalar a las compañías francesas que están compitiendo con las de economías emergentes como China o India por los ingentes recursos del continente africano. Esta conclusión no es de panfleto propagandístico, sino que es posible extraerla del Informe Védrine (elaborado por un equipo encabezado por el asesor del gobierno de Hollande Hubert Védrine, antiguo secretario general de la presidencia de la República con Mitterrand y ministro de asuntos exteriores en el gabinete de Lionel Jospin): “Francia -dice el informe- ha tardado en tomar conciencia de que carece de una visión estratégica integral de sus intereses en África subsahariana, y aunque existen numerosos planteamientos sectoriales, estos están dispersos e inacabados (visión estratégica del Libro Blanco sobre la defensa y la seguridad nacional, ‘diplomacia de las materias primas’, estrategia del comercio exterior, prioridades de la Agencia Francesa de Desarrollo, gestiones de la francofonía…) Es preciso profundizar de forma rápida, operativa y holística lasiniciativas lanzadas recientemente para redefinir la acción económica de Francia en África. Por supuesto, dentro de esa visión integral, las operaciones militares son una parte, como lo han sido históricamente, de conseguir los propósitos que en materia económica y empresarial se ha propuesto el Elíseo. De ahí que el propio informe Védrine venga lamentando, lanzando de este modo un aviso a navegantes, la falta de capacidad de la diplomacia francesa de “conseguir contratos a cambio de sus inversiones militares”.

DE CARA A SIRIA

“En Siria, detrás de cada Kalashnikov, hay una potencia extranjera”, avisaba Georges Corm, un hombre muy informado sobre la región. No en vano, el conflicto, que al principio resultó de una nueva “primavera árabe” contra el dictador Bashar al-Assad, se fue enquistando en medio de una apatía generalizada de las potencias occidentales ante una oposición que no tomaron en serio y de la que después se horrorizaron al ver que había sido suplantada por una fuerza terrorista de corte religioso fundamentalista como el DAESH.

La guerra civil siria ha llegado hasta donde ha llegado porque nadie le quiso prestar atención, cuando quizá en su momento podía haberse llegado a una solución. Qatar y Arabia Saudí, de quienes se sospecha que financian -o al menos, reconocidos ciudadanos de muy elevado poder económico- al propio DAESH desean la caída de al-Assad por tratarse de un chií. Por las mismas razones, Irán apoya al régimen. Rusia, temiendo que el fanatismo religioso desestabilice su frontera sur (el Cáucaso y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central) es favorable también a al-Assad. Y Turquía, esa república musulmana laica cuya democracia siempre anda cogida con alfileres, busca perjudicar a las guerrillas kurdas del PKK que, casualmente, están combatiendo contra el propio Estado Islámico contra el que luchan Ankara y la OTAN a la que pertenece.

Y esa lucha contra el DAESH se ha convertido ahora en el objetivo principal de una guerra en la que lo que antes era blanco de repente ha pasado a ser negro. El gobierno de Francia, que lidera una campaña para combatir militarmente al terrorismo tras los atentados sufridos en su capital en el viernes aciago del 13 de noviembre de 2015, de repente ha pasado a defender la necesidad de contar para el futuro político de Siria con Bachar al-Assad, cuando un poco tiempo atrás era la propia Francia la que financiaba a los islamistas radicales que combatían contra el presidente sirio. No está lejos, en la memoria (y menos en las hemerotecas), el día en que el ministro de Exteriores Laurent Fabius se había encargado de elogiar al Frente al-Nusra, uno de los grupos combatientes contra al-Assad, afirmando que “estaba realizando un buen trabajo”.

Uno no sabe si calificar esto de hipocresía, desvergüenza o realpolitik, que es una forma diplomática de decir lo mismo. Sin embargo, dado que en la política de la “Françafrique” no han faltado los ejemplos en que el Elíseo se ha aliado con un marxista reconvertido a tiempo como Sassou N’Gueso al tiempo que derrocaba a otro nada dispuesto a doblegarse, el “hombre íntegro” Thomas Sankara, o ha maniobrado para quitar a aquellos aliados que han mostrado veleidades independentistas, como los centroafricanos Dacko y Bozizé, lo que realmente parece estar detrás del ánimo de intervenir en Siria (un antiguo dominio francés, por otra parte) no es un la venganza o hacer que triunfen los valores republicanos frente a la sinrazón del DAESH, sino la posibilidad, de nuevo, de abrir mercados y oportunidades de negocio aprovechando la corriente de simpatía y solidaridad internacional con las víctimas de los atentados. Y ni esto ni la “Françafrique” tienen que ver ni con la República ni con los valores que Francia afirma representar.

FUENTES:

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Madrid, Pasado y Presente, 2011.

Josep Fontana, “El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos de siglo XXI”, Madrid, Pasado y Presente, 2013.

Antonio Lozano, “El caso Sankara”, Almuzara, Córdoba, 2006.

Eugenio Nkogo Ondó, “Según el axioma del conciencismo”, FAIA, Vol. I, nº III,  año 2012.

Eduardo Saldaña, “Thomas Sankara y el legado de Burkina Faso”, 06/01/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/thomas-sankara-y-el-legado-de-burkina-faso/

Fernando Arancón, “La Franciáfrica o el imperio neocolonial francés”, 12/06/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/la-francafrica-o-el-imperio-neocolonial-frances/

Pablo Moral, “Expolio, odio y venganza: la guerra que fractura a la República Centroafricana”, 17/04/2015, en http://elordenmundial.com/regiones/africa/expolio-odio-y-venganza-la-guerra-que-fractura-la-republica-centroafricana/

Basem Tajeldine, “Francia oculta las verdaderas razones de su intervención en la República Centroafricana”, 08/02/2014, Rebelión.org

 “Los objetivos de la intervención en República Centroafricana”, Viento Sur, 07/03/2014, en http://www.vientosur.info/spip.php?article8818

“El relanzamiento de las operaciones militares francesas en África y la apatía humanitaria de la izquierda”, Viento sur, 05/02/2014, en http://www.vientosur.info/spip.php?article8709

“República Centroafricana: las razones ocultas de la intervención francesa”, Investig’Action, 05/01/2014, en http://www.michelcollon.info/Republica-Centroafricana-las.html

Wikipedia (inglés): “Barthélemy Boganda”

Wikipedia (español): “Thomas Sankara”, “David Dacko”, “Historia de la República Centroafricana”

 

 

La Operación Gladio: socavar la democracia en nombre del “mundo libre”

El 9 de mayo de 1978, el presidente de la Democracia Cristiana italiana, Aldo Moro, era encontrado muerto en el maletero de un Renault 4L en una céntrica calle de Roma, la Via Caetani. Había sido cosido a balazos por miembros del grupo terrorista Brigate Rosse (Brigadas Rojas), que le habían mantenido secuestrado durante 55 días en un piso franco que la organización tenía en la capital. El secuestro y asesinato de Aldo Moro suponía la culminación de los terribles años de plomo que a lo largo de los setenta sacudieron Italia con múltiples atentados terroristas. Pero al mismo tiempo marcó el punto de inflexión de la primera República Italiana, cuyos partidos entraron en barrena hasta su definitivo colapso en 1992, y el entierro de la estrategia del Compromiso Histórico que facilitaba la entrada, por primera vez desde la posguerra de la SGM, de los comunistas en un gobierno europeo occidental, precisamente gracias a que Moro abría las puertas del mismo al potente PCI.

La muerte de Aldo Moro permaneció y continúa aún envuelta en el misterio: ¿fueron las Brigadas Rojas las únicas responsables de su muerte? Las revelaciones del primer ministro Giulio Andreotti, compañero de filas de Moro, en 1990, a raíz de las investigaciones judiciales que se estaban dando entonces sobre el terrorismo de extrema derecha que había sufrido el país, sembraron la indignación y el desconcierto en Italia: la OTAN había creado, amparado y/o fomentado no sólo en el país transalpino, sino en todos los países europeos miembros de la Alianza Atlántica(e incluso otros como la neutral Suiza), un conjunto de ejércitos secretos conocidos como “stay-behind” destinados a labores de resistencia y sabotaje en caso de una ocupación soviética de Europa Occidental. Pero, lejos de centrarse en ese cometido inicial, los distintos ejércitos secretos nacionales comenzaron a operar para impedir, mediante labores de propaganda, asesinatos y actividades terroristas de “bandera falsa”, que partidos comunistas del Oeste de Europa llegaran al poder a través de elecciones libres, desacreditando a las organizaciones de izquierda y achacándoles hechos sangrientos que, en realidad, no habían protagonizado.

LOS ORÍGENES DE LA “ORGANIZACIÓN GLADIO”

Gladio es la palabra que sirve para denominar la espada con la que luchaban las legiones del Imperio Romano, y también entre sí los guerreros en la arena del circo, razón por la que eran denominados “gladiadores”. Gladio es el nombre que recibió el ejército secreto italiano y que, por ser el primer ejército “stay-behind” -una expresión inglesa sin traducción que apunta a alguien que está detrás, agazapado o en la sombra- que se descubrió, a partir de las revelaciones de Andreotti, se hizo extensible al resto de organizaciones militares secretas de estas características que se establecieron en el resto de Europa Occidental, si bien, aunque interconectadas, cada una tiene su propio nombre. Así, por ejemplo, encontramos Gladio en Italia, SDR8 en Bélgica, Absalon en Dinamarca, Aginter Press en Portugal, ROC (ROCAMBOLE) en Noruega o el BDJ-TD en Alemania Federal. La organización, el entrenamiento, el equipamiento y en algunos casos la financiación se realizaba bajo el paraguas de la OTAN. Pero antes de que ésta se formase, los “stay-behind” del continente recibieron la ayuda de los servicios secretos estadounidenses (CIA) y británicos (MI6), que a lo largo de toda la historia de los “stay-behind” desempeñaron un importante papel en su funcionamiento.

Símbolo del Gladio, el ejército secreto italiano cuyo nombre ha servido de nombre genérico de los ejércitos secretos anticomunistas de Europa Occidental

Símbolo del Gladio, el ejército secreto italiano cuyo nombre ha servido de nombre genérico de los ejércitos secretos anticomunistas de Europa Occidental

Esto es un poco adelantar acontecimientos. Situémonos todavía en la SGM. Numerosos gobiernos y miembros de la cúpula militar de los países ocupados por los nazis se habían instalado en Londres, la capital de un Imperio Británico que en ese principio de la guerra y la campaña victoriosa de los nazis (hasta 1941, cuando la URSS y los Estados Unidos se vieron atacados por Alemania y Japón respectivamente) seguía manteniendo, junto a los resistentes de los países invadidos, encendida la llama de la lucha contra las potencias del Eje. Los gobiernos en el exilio de Francia (con De Gaulle a la cabeza), Polonia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Noruega o Dinamarca se habían instalado en la capital inglesa, y el servicio secreto británico iba a reclutar y formar a especialistas de estas naciones que pudieran desarrollar labores de espionaje y contraespionaje, infiltración, contacto con los resistentes y partisanos locales… con vistas a minar la capacidad de combate de las fuerzas del Reich y poder ejecutar el contragolpe que llevara a los aliados a la victoria. Estos especialistas, con un enorme riesgo, iban a ser posteriormente enviados a las zonas ocupadas, donde desempeñarían su labor. Labor que, por ejemplo, en el caso del desembarco aliado de Normandía, iba a revelarse como esencial para el posterior éxito de las operaciones.

En resumidas cuentas, lo que se estaba realizando a lo largo de estos años de guerra eran labores de ejércitos secretos, de operaciones “stay-behind”, contra los ejércitos hitlerianos ocupantes. Acabada la guerra, sin embargo, tanto los servicios secretos británico y de otras naciones recién liberadas vieron la necesidad de que una posible nueva invasión no les pillara por sorpresa y vieron, por tanto, necesario, mantener una ejército secreto frente a la que a partir de entonces iba a convertirse en el nuevo enemigo, el antiguo aliado soviético. Las consideraciones británicas iban a cambiar, no de sistema, sino de enemigo, alentadas además por el ferviente anticomunismo y los prejuicios antisoviéticos de la nueva administración estadounidense, a cuya cabeza se había colocado el desconocido vicepresidente Harry S. Truman, tras sustituir, a su fallecimiento, al carismático presidente Franklin D. Roosevelt.

Según escribe el especialista suizo Daniele Ganser, las clases altas británicas, que habían dominado en los círculos gubernamentales, militares y de inteligencia de Londres, habían consentido estúpidamente el ascenso y la agresión exterior de Hitler y su aliado Mussolini porque, en esencia, ambos se enfrentaban al “enemigo correcto”, el comunismo soviético, cuya revolución de octubre de 1917 causó un extremado impacto en los medios aristocráticos y en los financieros de la City. Por ese motivo, Gran Bretaña fue aliada de los ejércitos blancos que luchaban contra los bolcheviques en la guerra civil rusa (1918-1921) y permitió, con la ineficaz pantomima de la No Intervención y sus contactos informales con el gobierno franquista de Burgos, la victoria de los sublevados nacionalistas en la guerra civil española en lugar de apoyar al gobierno legítimo de la República, cuyas reformas, apuntó en su día el profesor Vicenç Navarro, eran percibidas por las élites británicas como demasiado audaces y contrarias a los intereses del capital inglés. Tal vez por ese motivo, apunta Josep Fontana, cuando tras la SGM, Stalin propuso el derrocamiento de Franco, frente a la acogida positiva que esta idea tuvo en Truman, el primer ministro británico y feroz anticomunista Winston Churchill alegó en contra las “excelentes relaciones comerciales” hispano-británicas.

La República Española fue una de las grandes perjudicadas por la política de apaciguamiento británica, y después por el nacimiento de la "guerra fría". El dictador Francisco Franco se convirtió en un aliado de EE.UU. y Gran Bretaña en la lucha contra el comunismo.

La República Española fue una de las grandes perjudicadas por la política de apaciguamiento británica, y después por el nacimiento de la “guerra fría”. El dictador Francisco Franco se convirtió en un aliado de EE.UU. y Gran Bretaña en la lucha contra el comunismo.

Este ambiente de “conspiración” anticomunista que a lo largo de las décadas de los veinte y treinta había ido fermentando en Gran Bretaña -y que Churchill, por razones de pragmatismo, enterró para forjar la alianza entre su país y la URSS en la lucha contra Hitler, expresándola en la sentencia “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”- creció de nuevo con el inicio de la posguerra. Los intereses de la Unión Soviética, como se expuso aquí en un artículo anterior, se centraban más en su seguridad interna, la reconstrucción de su economía y en la garantía de que Alemania no volviera a atacar su territorio de nuevo -de ahí dos necesidades: garantizar que Alemania no contara nunca más con el potencial bélico que le permitiera lanzarse a una agresión y la de contar con regímenes no necesariamente comunistas, pero sí amigos, en Europa Oriental, convertida en una especie de “zona de seguridad” soviética, que impidieran el paso a través de sus fronteras de los ejércitos germanos, al contrario de lo que habían hecho en 1941 los gobiernos fascistas de Hungría, Rumanía o Bulgaria-. Sin embargo, el “fantasma rojo” comenzó a agitarse toda vez que en Europa Occidental, y especialmente en países como Francia, Italia o Bélgica, la popularidad de los partidos comunistas, puntales de la resistencia interior contra los nazis, había crecido exponencialmente a ese prestigio ganado en los campos de batalla. En la Europa posterior a la guerra, la posibilidad de que el peligro comunista se extendiese, resucitándose el miedo que se había experimentado en 1918-1919 tras el triunfo de la revolución bolchevique, aunque fuera mediante las reglas del juego de la democracia, la colaboración con los partidos socialistas y la creación de frentes nacionales o populares y la moderación que desde el Kremlin recomendaba Stalin, era una posibilidad que no quería ni contemplarse en Londres ni tampoco en Washington.

De ahí que los “stay-behind” que en su día se dirigieron contra los nazis fueran reconducidos o recreados para luchar contra un nuevo enemigo, en realidad doble: la URSS y los partidos comunistas occidentales.

Si la OTAN, creada en 1949, fue una alianza militar defensiva para proteger a sus miembros contra una posible agresión de las fuerzas soviéticas y sus aliados de Europa Oriental, los ejércitos secretos “stay-behind”, cuya creación estaba pensada para despertar del letargo en caso de una invasión rusa y proceder a actuar en el país invadido, lo que hicieron en realidad fue actuar como punta de lanza de la lucha secreta contra la “subversión” izquierdista en los países miembros de la alianza. Si no en todos, si al menos en los casos en que la victoria de los partidos comunistas y el interés estratégico del país para Londres y Washington pusiera en peligro esos intereses y los de la alianza en su conjunto. Como subraya Ganser, “la operación Gladio fue la doctrina Breznev de la OTAN”, en referencia a que no sólo los países aliados de la URSS en Europa del Este tenían una soberanía limitada, sino que también esta soberanía limitada estaba presente en los países occidentales de democracia parlamentaria y economía capitalista. Los estados que se vieron más afectados por esta particular “doctrina Breznev” a la manera occidental fueron Grecia, Turquía e Italia, además de las dictaduras de extrema derecha supervivientes a la caída de las potencias del Eje, Portugal y España, donde a la presencia del Gladio había de sumar su propio gobierno autocrático, aliado en la “lucha contra el comunismo” de EE.UU. y Gran Bretaña. Pero también Bélgica, Francia, Luxemburgo o Alemania Federal estuvieron afectadas por las operaciones de los ejércitos “stay-behind”, que incluyeron diferentes formas de terror y coacción para garantizar una democracia imperfecta y limitada.

EN EL SENO DE LA OTAN

A partir de la creación de la OTAN, con dos países de América -Canadá y Estados Unidos- y catorce europeos -Islandia, Noruega, Dinamarca, Reino Unido, Irlanda, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, República Federal de Alemania, Francia, Italia, Portugal, Grecia y Turquía- en su seno, se creó en Europa el Supreme Headquarters Allied Powers Euope (SHAPE, Cuartel General Supremo de los Poderes Aliados en Europa). Si bien, como apuntan los propios especialistas, la sede formal de la OTAN está en Europa, la sede real de la misma es el Pentágono, y esto es también aplicable a los ejércitos secretos, que de ser al principio formados por los servicios secretos británicos, han pasado a funcionar bajo la férula de la CIA.

Los norteamericanos, obviamente, mostraron un especial interés por la red “stay-behind” y por la creación de ejércitos secretos anticomunistas, pero dieron un paso adelante para protagonizar el proceso a partir de la formulación de la “doctrina Truman”, que establecía el derecho de intervención de los Estados Unidos en cualquier país del mundo en nombre del mundo libre. La creación de la CIA casi de inmediato al fin de la guerra y la aprobación de la directiva NSC 10/2, que autorizaba la puesta en marcha de operaciones encubiertas a ser desempeñadas por la primera, abrieron la puerta a una intervención directa de EE.UU. en los asuntos de los ejércitos secretos, desplazando del papel protagonista a Gran Bretaña. En pocos años, nombres como los de George Kennan (promotor de la NSC 10/2), Allen Dulles (nombrado director de la CIA en 1953) o los cold warriors William Colby (posterior director de la CIA en los setenta y organizador de los “stay-behind” en Escandinavia) o Thomas Karamesines (norteamericano de origen griego que colaboró estrechamente con el servicio secreto de la monarquía derechista helena, el KYP) se harían famosos en la organización de los Gladio en Europa. Estados Unidos, por su parte, iba a comenzar a marcar el camino para, mediante operaciones encubiertas, defender su particular concepto del “mundo libre”: en 1953, en colaboración con los servicios secretos británicos, la CIA fomentaría el derribo del primer ministro iraní Mossadegh, cuya política de nacionalización y redistribución de la riqueza petrolífera del país chocaba con los intereses de las compañías petrolíferas anglo-norteamericanas. Un año más tarde, el izquierdista Jacobo Arbenz era depuesto de la presidencia de Guatemala porque sus políticas progresistas eran también contrarias al particular concepto de mundo libre que confundía libertades y derechos civiles con las ganancias de las empresas norteamericanas.

El primer ministro iraní Mossadegh, en cuyo derrocamiento la CIA reconoció estar detrás en 2013, sesenta años después de la operación que lo depuso.

El primer ministro iraní Mossadegh, en cuyo derrocamiento la CIA reconoció estar detrás en 2013, sesenta años después de la operación que lo depuso.

La sede inicial del SHAPE fue París, pero como resultado de un incidente con el presidente francés De Gaulle a cuenta, precisamente, de los “stay-behind”, posteriormente fue trasladado a Bruselas. El SHAPE, sin embargo, sirvió no sólo como órgano de coordinación de planes de maniobras, coordinación y estrategias en torno a la defensa y la guerra convencionales, propios de una alianza militar convencional, sino que cobijó en los años de la Guerra Fría a los organismos de coordinación de los “ejércitos secretos”: el CPC (Clandestine Planning Committee, o Comité Clandestino de Planificación), y -con el cambio de denominación del anterior- el ACC (Allied Clandestine Commitee, Comité Aliado Clandestino). En este órgano, los jefes de los ejércitos secretos de cada país, reunidos varias veces durante el año y bajo la égida de la CIA estadounidense y el servicio secreto exterior británico MI5, intercambiaban experiencias, necesidades, instrucciones… En definitiva, “los jefes de los Servicios Secretos de Europa Occidental se reunían […] para coordinar los planes de guerra no-ortodoxa en Europa” (Ganser). EL CPC-ACC tuvo su origen en el WUCC (Western Union Clandestine Commitee, Comité Clandestino de la Unión Occidental), que, precedente a la creación de la estructura “stay-behind” de la OTAN, coordinaba desde 1949 los ejércitos Gladio de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia y el Reino Unido.

Los ejércitos “stay-behind” estaban organizados en función de cinco epígrafes, cada uno gestionado por un departamento: uno dedicado a la “guerra psicológica”, otro a “la guerra económica”, otro a la “guerra política”, otro a la “acción directa preventiva” -esto es, la ayuda a las guerrillas en territorio ocupado, el sabotaje, o la infiltración de agentes dobles- y, finalmente, otro dedicado a “actividades diversas”, probablemente el más peligroso de todos por ser el más indeterminado y que fuera el que desarrollase la guerra sucia y el terrorismo conocido en la propia documentación de la CIA como “estrategia de la tensión” para evitar el aumento de la influencia comunista e izquierdista en Europa Occidental.

La firma de la entrada en la OTAN suponía, para cada país, la creación de un ejército particular “stay-behind” que se formase y se preparase para el cometido inicial para el que estaba pensado, es decir, la lucha clandestina en zona ocupada ante una posible invasión soviética. Pero según algunos protagonistas locales, varios países por lo menos fueron obligados a un paso más: cuando Charles de Gaulle, por ejemplo, expulsó a la OTAN de territorio francés lo hizo movido por una cuestión de violación de la soberanía nacional relacionada con la existencia de protocolos secretos que obligaban a los países a actuar, a través de sus servicios secretos, para impedir que los partidos comunistas llegasen al poder. Este extremo ha sido revelado por el especialista italiano Giuseppe de Lutiis para el caso del país transalpino, que afirma que cuando Italia se adhirió a la OTAN firmó protocolos secretos que garantizasen por cualquier medio el alineamiento del país con el Bloque Occidental, incluso si el electorado mostraba una preferencia política diferente. En otro extremo, pero también muy interesante a la hora de contrastar el grado de control que se mantenía sobre los países europeos de la Alianza, el canciller de la RFA, Adenauer, y el presidente norteamericano Truman, firmaron en 1955 un protocolo secreto por el que Alemania Federal se comprometía a acabar con la persecución a antiguos nazis. Algunos de esos antiguos nazis y extremistas de derechas acabaron siendo miembros del “stay-behind” germano-occidental o, incluso, altos oficiales del Bundeswher, el nuevo ejército de la RFA.

El reclutamiento de antiguos colaboracionistas y miembros de la extrema derecha para el ejército “stay-behind” no se limitó al caso alemán. Desde el inicio de la Guerra Fría, los británicos, a través del sucesor del Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE, por sus siglas en inglés), que había quedado disuelto en 1946 tras el fin de la SGM y que funcionaba ahora en el seno del servicio secreto MI6, comenzó a trabajar en la creación de ejércitos secretos anticomunistas en Europa Occidental. Austria, Italia, las zonas de ocupación occidentales de Alemania, Grecia y Turquía se convirtieron en zonas de reclutamiento de antiguos fascistas o miembros de las derechas extremistas locales que desempeñarían un papel crucial ya en los inicios de la lucha anticomunista y antisoviética, en la que la guerra civil griega y las elecciones de posguerra en Italia serían las primeras batallas jugadas por los servicios secretos angloestadounidenses -pues tanto la CIA como el MI6 colaboraron muy estrechamente en esta labor- y sus nuevos reclutas locales.

La jugada, ideada por el jefe de Operaciones Especiales del MI6 británico Collin Gubbins e incluso con el apoyo del ministro de Exteriores británico Ernest Bevin, que afirmó la necesidad de crear unidades especiales armadas para luchar contra la subversión y las “quintas columnas” (sic) soviéticas, salió muy bien para los intereses británicos y norteamericanos en Grecia e Italia, y su extensión al resto del continente a través de derechistas y fascistas siguió en Francia, Bélgica y Alemania Federal, donde, en contraste con la vecina Alemania Democrática, la desnazificación fue bastante “light”.

Otra cuestión, además, se refiere a la necesidad de mantener los ejércitos secretos en una oscuridad de tal suerte que escaparan a cualquier tipo de fiscalización parlamentaria e incluso, en algunos casos, gubernamental. Cuando en 1990 Andreotti destapaba desde Italia el caso Gladio y hacía extensible a toda Europa las operaciones de la red “stay-behind” muchos gobiernos y autoridades de la época negaron la existencia de ejércitos Gladio en sus respectivos países. Otros afirmaban desconocer la existencia de los mismos. Es posible que los servicios secretos ocultaran a determinados gobiernos las actuaciones de los ejércitos “stay-behind” por la sencilla razón de que estos gobiernos no eran de fiar, esto es, eran demasiado débiles para luchar por sí mismos contra la subversión comunista o quizá demasiado escrupulosos con los procedimientos democráticos, y que por tanto fueran dejados en la pura inopia. Otros, que podían conocer muy bien de su existencia y funcionamiento, sin embargo se basan en el carácter secreto que tienen las cuestiones de seguridad nacional o dieron explicaciones poco satisfactorias sobre el tema. Estos han sido los casos de los gobiernos de Gran Bretaña y EE.UU., de la comparecencia parlamentaria del ex primer ministro luxemburgués y ex presidente de la Comisión Europea, Jacques Santer, o de la investigación del CESID español dirigido por el general Emilio Alonso Manglano sobre el tema, lo que fue un poco como poner al zorro a cuidar de las gallinas. En cualquier caso, en muy pocos países las explicaciones, debates e investigaciones sobre Gladio resultaron satisfactorios.

Los diversos “gladiadores” recibían formación y entrenamiento en sus respectivos países, contando con el asesoramiento de los veteranos y el apoyo de la CIA y el MI6. Pero en ocasiones los agentes locales también eran entrenados fuera de sus fronteras nacionales, en instalaciones especiales instaladas en otros países miembros de la OTAN, y donde lo que por supuesto allí se realizaba sobre actividades “stay-behind” era confidencial. Las estrellas de estos campos de entrenamiento eran las instalaciones británicas de Fort Monkton, cerca de Portsmouth, y Fort Bragg, en Virginia, EE.UU. donde los “gladiadores” europeos podían confraternizar con las fuerzas especiales de los Boinas Verdes norteamericanos y las SAS británicas. En Europa, Córcega, Las Palmas o la antigua fortaleza nazi de Bad Tölz (Baviera) eran otros de los lugares de entrenamiento internacional de los ejércitos secretos.

LAS ACTUACIONES DE LOS EJÉRCITOS “STAY-BEHIND”: DE LA MANIPULACIÓN ELECTORAL AL ATENTADO TERRORISTA

No en todos los países, como se encargó de señalar un reciente artículo de El País, los ejércitos “stay-behind” se encargaron de realizar operaciones subterráneas dirigidas a minar la imagen y las posibilidades electorales de la izquierda. En algunos, como los escandinavos Noruega o Dinamarca, la actuación de los ejércitos Gladio locales se enmarcó en su cometido principal de servir de punta de lanza de la resistencia ante una eventual invasión soviética del país. Al no producirse ésta, los respectivos grupos,  ROC y Absalon, se mantuvieron en estado durmiente.

Sin embargo, hubo lugares clave donde la actuación de Gladio fue mucho más allá de permanecer en estado latente y entrenándose para una eventual y cada vez más remota invasión del Ejército Rojo. Más allá de Italia, donde las primeras acciones estuvieron enmarcadas en la manipulación electoral de los primeros comicios de posguerra (1946) para evitar una victoria del PCI, la acción de los Gladio fue más que polémica, por cuanto comprendieron el atentado individual, los atentados terroristas de masas y el cobijo a personajes de extrema derecha que hubieran merecido, de haber sido capturados por las nuevas autoridades locales de posguerra o miembros de la resistencia, y no por los servicios secretos anglo-estadounidenses, muy probablemente ajusticiados por su actuación durante la SGM.

El primer país de la futura alianza, casi a la par con Italia -cuyo caso examinaremos más detenidamente más adelante-, donde los servicios secretos, fuertemente conectados con el MI6 y la CIA, iban a desarrollar las primeras acciones en pro del “mundo libre” sería Grecia. Y en Grecia iba a crearse el primer ejército secreto para luchar contra el comunismo, utilizando la guerra no ortodoxa, que surgiría en muchos otros países de la OTAN.

Antes de que terminara la guerra en Europa, el ELAS griego, un ejército resistente que era el brazo armado del EAM, un amplio frente popular donde estaban representadas las diferentes fuerzas de izquierda griegas, estaban poniendo contra las cuerdas a los ocupantes nazis. El ELAS contaba entre sus filas hasta con sacerdotes e incluso arzobispos de la Iglesia ortodoxa, pero este síntoma de tolerancia no hizo cejar en el empeño del gobierno británico, dirigido por Churchill, de evitar que Grecia fuera dominada por los comunistas. Aunque el ELAS y agentes británicos habían trabajado juntos en la lucha contra los nazis, el gobierno de Londres forzó a los agentes de su servicio secreto SOE (Special Operations Executive, Ejecutivo de Operaciones Especiales) a que, en 1943, apenas un año antes de que las fuerzas conjuntas anglo-helenas liberaran el país, rompiesen toda colaboración con sus anteriores aliados izquierdistas del ELAS y trabajasen, en los sucesivo, con grupos monárquicos y ultraderechistas que apoyaban la propuesta británica de retorno del rey Jorge II y la instauración de un gobierno conservador, fiel a los intereses de Londres.

Guerrilleras del ELAS

Guerrilleras del ELAS

Jorge II era un rey muy impopular para el conjunto de los griegos. Había apoyado la dictadura de preguerra de Metaxas, de corte fascista, que había impuesto el saludo romano y estaba inspirado por Hitler y Mussolini. El gobierno griego en el exilio y el rey, en su destierro en Egipto, apenas habían tenido papel protagonista alguno en la liberación del país. Pero Gran Bretaña no estaba dispuesta a renunciar a controlar un país estratégico para sus intereses, en el Mediterráneo oriental y a dos pasos del canal de Suez, vía de entrada a sus colonias en Adén o la India.

Los agentes británicos comenzaron a colaborar con las Bandas X, dirigidas por el fascista chipriota George Grivas, pero que con apenas apoyo popular no podía hacer nada contra el poder numérico y la popularidad del ELAS. Por eso, a finales de 1944, los servicios secretos británicos crearon una unidad dentro del ejército griego, las LOK o Fuerzas de Asalto Helénicas, destinadas a la acción encubierta contra los izquierdistas griegos y la caza de comunistas y socialistas. Por descontado, los reclutas de esta unidad debían pertenecer a grupos monárquicos y en ella estaban excluidos incluso los conservadores moderados partidarios de colaborar con la izquierda.

Este primer ejército secreto griego, las LOK, tuvieron la oportunidad de exhibir su fuerza a principios de diciembre de 1944, cuando una manifestación pacífica organizada por el ELAS en Atenas contra la injerencia británica acabó en una masacre de mujeres y niños en la emblemática plaza Syntagma de la capital helena. Tropas de las LOK y fuerzas británicas se habían apostado en los tejados, y un grupo de 200 ó 300 personas, que se había adelantado al grueso de manifestantes (unos 60.000, que estaban siendo retenidos por la policía), fue tiroteado por aquellas. 25 manifestantes murieron y 148 fueron heridos de bala.

A pesar de aquel hecho, el ELAS abandonó las armas en contrapartida a la promesa de elecciones. Sin embargo, el dominio casi protectoral de Gran Bretaña llevaron a la izquierda a boicotear los comicios, que fueron ganados sin oposición por la derecha monárquica. Al mismo tiempo, los servicios secretos griegos comenzaron a detener y enviar a infames campos de concentración en las islas a los militantes de izquierda, como el infausto de Makronisos. De este modo, el camino a la guerra civil (1946-1949) estaba sembrado. El ELAS tomó de nuevo las armas, confiando en la ayuda que la URSS y los otros países socialistas del área, como Bulgaria, Yugoslavia y Albania pudieran proporcionarle. Sin embargo, Stalin -que había acordado con Churchill en Moscú el reparto de la influencia anglo-soviética en los Balcanes- no ayudó a los griegos e instó a los líderes de Yugoslavia, Bulgaria y Albania a cesar su ayuda, a fin de que el conflicto griego no se internacionalizase. Gran Bretaña, por contra, recibió el relevo en la ayuda al gobierno monárquico conservador heleno de los Estados Unidos, que armaron a Atenas e instruyeron al servicio secreto local. En esta instrucción tendría una especial importancia el enviado de la CIA, el greco-estadounidense Thomas Karamesines.

A partir de la derrota de la izquierda griega, las LOK y el servicio secreto local, el KYP, funcionaron como bases para el control de los izquierdistas locales y la garantía de que Grecia permanecería, con una serie de gobiernos derechistas a la cabeza, sumisa a los intereses del bloque occidental. En 1963, la victoria de las fuerzas de izquierda coligadas en la Unión de Centro de George Papandreu, puso contra las cuerdas las operaciones secretas del Gladio heleno, y un golpe palaciego llevado a cabo por el ejército y el KYP, los políticos de la derecha monárquica y el rey Constantino acabaron por echar por prerrogativa real al nuevo inquilino de la presidencia del gobierno. Dos años más tarde de este golpe palaciego, en 1967, apenas un mes antes de que tuvieran lugar las elecciones que, según todos los pronósticos, iban a dar la victoria a la Unión de Centro, en la noche del 20 al 21 de abril de 1967 el ejército griego, en clara conexión con el “stay-behind” de las Fuerzas de Asalto Helénicas y la CIA, depuso al gobierno e instauró una Junta Militar que hasta en el Capitolio norteamericano se denunció como “un régimen militar de colaboracionistas y simpatizantes nazis que están recibiendo ayuda americana”, en palabras del senador Lee Mercalf. Exactamente el mismo triunfo que supuso la derrota del ELAS en la guerra civil. El encarcelamiento y la tortura de militantes supuestos o reales se convirtieron en el pan nuestro de cada día en los años del régimen de los coroneles (1967-1974), que finalmente cayó con uno de los mayores fiascos de la historia griega reciente: la aventura del derrocamiento fallido del gobierno izquierdista de Miriartes Makarios en Chipre y la anexión posterior de la isla a Grecia, que forzó la intervención turca y la división, vigente aún hoy, de Chipre en un sur griego y un norte turco.

Cartel conmemorativo del golpe de estado de 1967, que abrió la dictadura de los coroneles en Grecia.

Cartel conmemorativo del golpe de estado de 1967, que abrió la dictadura de los coroneles en Grecia.

Si en Grecia el terror del “stay-behind” y los servicios secretos habían llevado a una guerra civil y una dictadura militar con tal de conservar al país al lado del “mundo libre”, no fue menos grave lo ocurrido en la vecina Turquía. El movimiento nacionalista panturco, de características parafascistas, aspiraba a la recreación del antiguo Imperio Otomano, agrupando en un solo estado a los turcos que vivían en estados nacidos del desmembramiento del imperio al final de la PGM -Siria o Irak- como a los pueblos de etnias turcas de otros estados vecinos -Irán, Bulgaria, Grecia, las repúblicas musulmanas centro-asiáticas de la Unión Soviética-, configurando una Gran Turquía que se extendiera desde China hasta el Mediterráneo Occidental. Al mismo tiempo, creyendo en las teorías de la superioridad racial, el nacionalismo extremo turco sometió a una fuerte y violenta discriminación a las otras minorías del país, como los kurdos -cuya guerrilla del PKK, Partido de los Trabajadores del Kurdistán, lleva muchos años de lucha contra el gobierno de Ankara- o los armenios -quienes hoy siguen, como el gobierno de la vecina y desde hace relativamente poco independiente Armenia, reclamando justicia por el genocidio de más de un millón y medio de armenios turcos perpetrado en 1915 a manos del Imperio Otomano -.

TurquíaEste nacionalismo extremo, fuertemente anticomunista -pues un colapso de la URSS facilitaría la integración de los pueblos del Turkestán soviético en su planeada Gran Turquía, por lo que, pese a la neutralidad turca en la SGM, este sector no dudó en apoyar al Eje y la invasión alemana de la Unión Soviética-, fue el movimiento que suministraría los reclutas y oficiales para el ejército secreto turco, en un país especialmente estratégico para los intereses de la OTAN en general y de los Estados Unidos en particular, en tanto que Turquía tenía una amplia frontera con el sur de la URSS y se encontraba en el extremo sur del mar Negro, donde compartía espacio con la propia Unión Soviética y otros dos países del Pacto de Varsovia, Rumanía y Bulgaria, y guarnecía el paso a las aguas cálidas del Mediterráneo a los barcos de estos países. Cuando todavía no se habían apagado los ecos de la guerra civil griega, el gobierno Truman concedió una ayuda a los gobiernos griego y turco de 300 y 100 millones de dólares en la lucha contra el comunismo. Henry Wallace, el otrora vicepresidente de Roosevelt y que encabezaba ahora la oposición a las políticas anticomunistas del Congreso y la Administración de Washington, censuraba a Truman la concesión de esta ayuda y la calificación que había dado a Atenas y Ankara de “gobiernos democráticos”.

La democracia no era algo que importase demasiado en este asunto, ni en Washington ni en Turquía. Como en otros países de la Alianza, el recurso a extremistas de derechas también se dio aquí, y el “padre” del ejército secreto turco fue Albarsan Turks, un coronel del ejército conocido por sus antiguos contactos con los nazis durante la SGM y que era un convencido de las teorías de la superioridad racial y de la Gran Turquía. Turks trabajó intensamente con la CIA para crear el “stay-behind” turco y, de hecho, trabajó en la delegación militar turca de la OTAN en Washington.

El OHD (siglas en turco del Departamento de Guerra Especial) había quedado organizado antes de que Turquía entrara en la OTAN, en abril de 1952, con financiamiento de la CIA e integración en la red “stay-behind” de la OTAN. En 1955, las fuerzas del OHD destruyeron a propósito una casa en Salónica que había sido usada como Museo Ataturk, una acción de la que la prensa y el gobierno de Ankara culparon a los propios griegos. Al día siguiente, grupos fanáticos turcos contratados por el OHD atacaron casas y comercios de griegos en Estambul y Esmirna, dejando un rastro de 16 muertos, 32 heridos y 200 mujeres violadas. Apenas cuatro años después de este fulgurante inicio con el que se subrayaba la “pasión turca” de sus miembros -e incendiaba, de paso, la de otros ciudadanos-, atacando a un enemigo secular como el pueblo griego, el primer ministro Adnan Menderes era derrocado por un golpe de Estado en el que resultaba clave la participación del  “stay-behind” turco. Estados Unidos y la OTAN toleraron el “putsch” en tanto que los golpistas, entre los que tenía una presencia destacada el coronel Turks, garantizaban la permanencia de Turquía en la OTAN y su compromiso con el bloque occidental. Mientras tanto, la frágil democracia turca era destruida, empezando por su jefe de gobierno, Menderes, quien era asesinado al poco de producirse el golpe.

La carrera golpista de Turks no había hecho más que empezar. Poco después de la restauración del gobierno civil, en 1963, Turks volvió a implicarse en un golpe fallido. Sin embargo, fue absuelto de cualquier implicación por una sorprendente falta de pruebas. Fundó un partido extremista, el Partido de Acción Nacional (MHP) cuya milicia-organización juvenil de extrema derecha, los Bozkurtcu (Lobos Grises) fueron la base de un nuevo ejército secreto, integrado en el propio Departamento de Guerra Especial. Los Lobos Grises y los agentes de la estatal MIT (Organización de Inteligencia Nacional) se implicaron en labores de terrorismo, asesinato, tortura -Talat Turhan, un antiguo general degradado en 1964 y que, tras aquel golpe de Estado, intentó ser acallado con torturas porque sabía demasiado sobre el “stay-behind” turco, relata la presencia cotidiana de Lobos Grises en un conocido centro de tortura en Estambul, la villa Ziverbey-, secuestro, extorsión, atracos, amenazas, provocación… hasta completar un amplio reguero de actividades delictivas. Por supuesto, también se implicaron en un nuevo golpe de Estado en 1971. Un golpe que desencadenó una oleada de violencia a lo largo de los años setenta, con alrededor de 5.000 muertes, en los que la derecha militar y política turcas ampararon al Gladio turco, que llevaba la voz cantante, en su lucha contra una izquierda condenada a la marginación y la clandestinidad. Sólo en 1978 se registraron más de tres mil ataques fascistas, con el resultado de 831 muertos y 3.121 heridos. Un año antes, francotiradores del ejército secreto habían perpetrado una matanza desde los tejados del hotel International estambuliota, al disparar contra una gigantesca manifestación sindical con motivo del 1º de Mayo, que protestaba además contra el creciente estado de terror que dominaba en el país. Las investigaciones sobre el papel del Gladio turco han sido nulas. Quizá en ello pese el recuerdo de Dogan Oez, fiscal del Estado en la etapa en que Bulent Ecevit accedió al cargo de primer ministro con la misión de investigar las actividades del “stay-behind”. Oez fue asesinado por el “lobo gris” Ibrahim Ciftci, pero a pesar de ser asesino confeso, los tribunales militares le absolvieron. Por ello, el jefe de gobierno Ecevit tuvo que apechugar con la presencia de un Gladio manejado por un poder militar que preponderaba sobre el civil. Otra de las razones por las que no haya habido hasta hoy investigación sobre el Gladio turco puede derivar de la utilidad que, desde 1984, han venido desempeñando tan particulares servicios en la lucha contra el PKK, en particular después de que tras el golpe de 1980 el gobierno militar del general Evren propusiera a los Lobos Grises la amnistía a cambio de incorporarse a la lucha contra la guerrilla kurda.

Como refugio de la democracia -en especial por contraste con su vecino-, origen de un potente movimiento alternativo ecologista desde los años setenta que posteriormente, con distinta suerte, se extendió a otros países y lugar donde resonaron de modo más potente los ecos del mayo del 68, fuera de las fronteras originales de París y Francia, han sido algunas de las caracterizaciones de la República Federal de Alemania (RFA). Sin embargo, aunque la imagen que se nos viene a la cabeza a la hora de imaginar un estado espía alemán es la de la múltiples veces denostada RDA, o la de la Alemania nacionalsocialista y su Gestapo, la RFA mantiene a buen recaudo el secreto de un servicio secreto y de espionaje a sus propios ciudadanos que contrasta con los esfuerzos que se hacen en la nueva Alemania unida por sacar a la luz hasta la última mota de polvo de los archivos del Ministerio para la Seguridad del Estado comunista y reducir a “Stasiland” el pasado de la República Democrática Alemana -denigrando, de paso, la memoria de los ciudadanos de la RDA, en especial de aquellos que quisieron rescatar en los meses finales de su existencia un socialismo democrático alternativo al modelo capitalista de la RFA y a la dictadura que acababa de sucumbir-. Al contrario de lo que saben los nuevos alemanes sobre el espionaje en la antigua Alemania Oriental, nada o casi nada se sabe sobre lo que se implementó para vigilar a los ciudadanos de la RFA por parte del BfV (Bundesamt für Verfassungschutz, la oficina federal de Inteligencia germano-occidental).

Como explica Ángel Ferrero, la anticomunista República Federal liderada por el canciller democristiano Konrad Adenauer, a través del BfV, espió las conversaciones de millones de sus ciudadanos. Entre 100.000 y 200.000 germano-occidentales sufrieron procesos judiciales y muchos de ellos fueron encarcelados o sometidos a otro tipo de discriminaciones por razones políticas, como ser apartados de la función pública o verse obligados a cesar en sus empleos, en una parte de la historia de la RFA que permanece oculta en contraste con las ingentes cantidades de dinero dedicadas a la expurgación de los archivos de la Stasi germano-oriental. Algunos de los motivos para este espionaje estaban basados en su militancia comunista -el KPD (Komunistisches Partei Deutschlands, Partido Comunista Alemán) era ilegal en la RFA- o en su pertenencia a otros movimientos de izquierda, pacifistas o antimilitaristas, en una época en la que el pasado agresivo y expansionista del nazismo todavía permanecía vigente como un trauma doloroso en la sociedad alemana. En otro capítulo del libro conjunto con Ferrero y Carmela Negrete, Félix Poch-de-Feliu afirma que, en el posible horizonte de la unión de las dos repúblicas alemanas, una de las cosas que reclamaban los movimientos opositores de la RDA era la abolición de los servicios secretos de ambos Estados, tanto la Stasi como la BfV. Por supuesto, la BfV sigue aún existiendo, tanto en los Länder del Oeste como en los del Este.

Imagen de la fundación de la RDA, el 7 de octubre de 1949, pocos meses después de la de su vecina occidental, la RFA.

Imagen de la fundación de la RDA, el 7 de octubre de 1949, pocos meses después de la de su vecina occidental, la RFA.

La desnazificación en ambas Alemanias fue, asimismo, distinta. En la zona de ocupación soviética que, a partir de octubre de 1949, se convertiría en la RDA, los campos de internamiento o de reeducación y la destrucción material y humana causada por los nazis en territorio soviético causaron más de un abuso sobre los antiguos nazis, pero garantizaron que pocos nazis hicieran carrera impunemente en un estado alemán oriental cuya legitimidad se nutría de la lucha antifascista y cuyas principales figuras eran antiguos exiliados con pasado izquierdista o demócrata (Bertolt Brecht, Anna Seghers, Stefan Heym, Stephan Hermlin, Johannes R. Becher, Heinrich Man, Wilhelm Pieck o Friedrich Ebert hijo). En la RFA, a pesar de la intensa desnazificación primera y de los juicios de Nuremberg, que supusieron un hito en la persecución de los crímenes de guerra y contra la Humanidad, para británicos y norteamericanos los soviéticos habían pasado de ser aliados circunstanciales a ser de nuevo enemigos, y la ayuda de antiguos nazis se hacía necesaria. Por eso, Adenauer, el canciller del nuevo estado -creado en mayo de 1949 con exclusión, pese a las protestas de Stalin, de la zona soviética, y con una constitución, la Ley Fundamental, que aún hoy sigue vigente sin que el pueblo alemán, del Oeste y del Este, la haya votado en referéndum o ningún Bundestag posterior a la unión de 1990 la haya ratificado- pasó a contar, en el nuevo ejército germano-occidental (Bundeswehr), en la administración y en los servicios secretos con antiguos nazis e incluso con significados criminales de guerra. Por supuesto, esto es extensible al ejército secreto germano-occidental. Así, mientras los servicios de contra-inteligencia estadounidenses se dedicaban a la captura de significados líderes nazis para llevarlos ante el tribunal de Nuremberg, estos mismos servicios reclutaban a otros militantes nacionalsocialistas, de las SS o las Juventudes Hitlerianas para el ejército secreto alemán. Y en 1955, Truman y Adenauer firmaron un protocolo secreto sobre la entrada de Alemania Federal en la OTAN por el que la RFA se comprometía a abandonar la persecución de los ultraderechistas de los que se tuviera constancia. Ese mismo año, la RFA ponía en marcha el Bundeswehr -unos meses después, la RDA crearía, en respuesta, el NVA, el Ejército Nacional Popular-, con muchos antiguos generales y criminales de guerra de la Wehrmacht al frente.

Reinhardt Gehlen, en una fotografía tomada tras su entrega al ejército norteamericano.

Reinhardt Gehlen, en una fotografía tomada tras su entrega al ejército norteamericano.

El Gladio alemán federal tuvo como precedente la llamada “Organización Gehlen”, llamada así en “honor” al general Reinhard Gehlen, ex jefe del servicio secreto del ejército nazi alemán en el frente del Este. Su ferocidad era legendaria. A través de la tortura y la muerte por inanición de hasta cuatro millones de prisioneros de guerra soviéticos, consiguió una sustanciosa información para la guerra contra la URSS. Sin embargo, consciente de que sus atrocidades le habían colocado en el punto de mira del Ejército Rojo y la policía secreta de Stalin, la NKVD, se entregó él mismo a los estadounidenses. Sus métodos de interrogatorio le abrieron las puertas para que, de la mano de dos importantes cerebros de los servicios secretos norteamericanos, Allen Dulles y Frank Wisner, se convirtiera en el puntal del “stay-behind” alemán y fuera “rehabilitado” por los aliados occidentales para la lucha contra el nuevo enemigo comunista. La función de Gehlen (cuya organización, formada por 150 de sus mejores oficiales, que había pasado a control de la CIA a través de uno de sus oficiales superiores, James Critchfield) era conocida por el propio Adenauer, muy probablemente a través de un antiguo nazi de alto rango que ocupaba la secretaría de Estado en el gobierno de Bonn, Hans Globke. Entre las funciones de la Organización Gehlen, destaca la serie de reportajes “La historia no contada de EE.UU.” de Oliver Stone en el capítulo dedicado a los inicios de la Guerra Fría, estaba la de suministrar a la CIA aquella información que realmente querían oír sobre las maldades soviéticas, en palabras de un funcionario retirado de la misma. “Utilizamos su material constantemente y nosotros se lo pasamos a todo el mundo: al Pentágono, a la Casa Blanca, a los periódicos… Y también les encantaba, pero no era más que basura exagerada sobre el demonio ruso e hizo mucho daño a este país”, afirma. Con todo, aunque Gehlen fue el más prominente de los nazis que trabajó con y para la CIA en Alemania, no fue el único y desde luego no el más “polémico”. Klaus Barbie, el “Carnicero de Lyon”, culpable de mandar a 15.000 judíos de esta ciudad francesa a campos de exterminio y de ejecutar a otras 4.000 personas -judíos y resistentes- entre 1943 y 1944, participó como reclutador de ex-nazis y organizador de la banda fascista Bund Deutscher Jugend (BDJ), integrada en el “stay-behind” germano-occidental.

Aunque hubo dos escándalos, uno en 1952, descubierto en el estado federal de Hesse, y otro a finales de los sesenta, que hubieran podido llevar a la clausura de este ejército secreto alemán forjado por las enseñanzas de antiguos nazis y cuyas labores de reclutamiento se habían realizado entre todo un hervidero de neofascistas, lo cierto es que la protección americana y la intervención de los poderes federales, desde el gobierno Adenauer hasta el Tribunal Constitucional de Karlsruhe, pasando, por supuesto, por la protección de la propia CIA, llevaron a que siguieran manteniéndose. El BDJ-TD tenía incluso listas elaboradas de personas a las que había que ejecutar en caso de invasión soviética, entre otros, miembros del partido socialdemócrata SPD y del ilegalizado KPD. El BfV conocía de la existencia de los “stay-behind” y también contribuyó a ocultarlos. En 1956, la Organización Gehlen, además, cambió su nombre por el de Bundesnachrichtendienst (BND) y el gobierno socialdemócrata de Willy Brandt expulsó a Reinhardt Gehlen de la dirección del BND. Aunque, no dejaba de ser un consuelo muy limitado, pues la organización siguió funcionando.

En la historia del Gladio alemán también figura el recurso al atentado, como en otros países del entorno, como recurso para cargar el muerto sobre otros y hacer desconfiar al público acerca del enemigo ideológico interno. El 26 de septiembre de 1980, en la fiesta clásica de la Oktoberfest de Munich, una bomba explotaba dejando un rastro de 13 muertos y 213 heridos, con niños entre las víctimas y muchos miembros amputados. Aunque este caso no ha sido juzgado en Alemania, se sabe, por el testimonio de Andreas Kramer, hijo del cabecilla de este brutal atentado, Johannes Kramer, oficial del BND, que los servicios secretos alemanes y una organización de extrema derecha (la banda neonazi Wehrsportgruppe Hoffmann) llevaron a cabo la operación utilizando material explosivo procedente de arsenales militares holandeses y del MI6 británico. El único culpable fue un extremista de derechas alemán, Gundolf Köhler, que casualmente falleció en el atentado.

Si se ha sabido la autoría del atentado de la Oktoberfest fue porque Kramer tuvo que someterse a juicio en Luxemburgo. Kramer, que tenía contactos con los “stay-behind” holandeses y parecía actuar como una especia de gladiador paneuropeo, tuvo que prestar declaración por la autoría de los nada más y nada menos que 24 atentados con bomba registrados en el pequeñísimo y tranquilo Gran Ducado en el transcurso de los años 1984 y 1985. El caso, conocido “el juicio del siglo” en el país, sin embargo no pareció dar pie al entonces primer ministro Jacques Santer y la mayoría parlamentaria conservadora a iniciar una exhaustiva investigación sobre el asunto, tal y como le pidieron los diputados verdes, y pareció pensar, y muchos parecieron dar por buenas sus explicaciones, que un vago bosquejo sobre el Gladio luxemburgués bastaba para calmar el incendio creado por las revelaciones hechas desde Italia por Andreotti.

El vecino reino de Bélgica también sufrió la plaga del terrorismo del “stay-behind”. Los inicios del ejército secreto del país estuvieron muy relacionados con la fuerza del Partido Comunista local, que había ganado un gran prestigio en la lucha por la liberación del país de manos de los nazis. La preocupación entre la CIA y el MI6 y los derechistas belgas se hizo patente desde el primer momento acerca del “peligro comunista” en el país, y por eso tenían especial prisa en desarmar a la resistencia belga y armar a la policía, así como a que el rey Balduino I regresase cuanto antes al trono.

Los izquierdistas belgas se oponían al retorno del monarca, a quien consideraban un títere de Estados Unidos y la derecha local. Los derechistas locales comenzaron a reunirse en la embajada norteamericana y, por medio de un oficial de Inteligencia norteamericano, se les instó a centrarse en la agitación política proclive a la restauración monárquica y a la formación de grupos “stay-behind” para la resistencia anticomunista. Paralelamente a este hecho, el “stay-behind” previo que había combatido a los nazis, formado en tierras británicas, continuó vigente. El SDRA8, la rama militar, y el STC/Mob, la rama civil, del ejército secreto antinazi estaban constituidos por conservadores y monárquicos que no habían tenido contacto con la resistencia comunista local, por lo que su papel en la lucha contra la izquierda local sería sencillo de asumir.

En agosto de 1950, Julian Lahaut, el carismático líder y presidente honorario de los comunistas belgas, que había sobrevivido a su cautiverio a manos de los nazis, protestó a la asunción de la corona por parte de Balduino con un “¡Larga vida a la República!” en el Parlamento de Bruselas. Aquella profesión de fe republicana de Lahaut le valió su asesinato el 18 de ese mismo mes, cuando dos hombres le dispararon frente a su casa. Aquel hecho sangriento dejó a buena parte de la sociedad belga conmocionada. El asesinato, que había corrido a cargo de la extrema derecha, no confirmaba necesariamente la participación del “stay-behind”, pero resultaba sintomático que se hubiera producido en medio de las conspiraciones derechistas en la sede de la legación estadounidense, donde habían recibido tan particulares instrucciones sobre agitación y formación de “stay-behind”.

Julian Lahaut, el carismático líder comunista y miembro de la Resistencia belga.

Julian Lahaut, el carismático líder comunista y miembro de la Resistencia belga.

Sea como fuere, desde aquellas fechas, y a través de una estructura tripartita belga, británica y estadounidense, el Gladio del país comenzó a ponerse “en guardia” para luchar contra el comunismo en el pequeño país noreuropeo. Una colaboración tan pronta entre los servicios secretos de la Sureté de l’Etat, el MI6 y la CIA que, por ejemplo, iba a dar sus frutos fuera del continente, en la operación encubierta conjunta de belgas y norteamericanos para propiciar la secesión de la región congoleña de Katanga y el derrocamiento y posterior ejecución del carismático líder del Congo, Patrice Lumumba. El ejército secreto local también desempeñó acciones de guerra secreta en las antiguas colonias, en el Zaire de Mobutu y en Ruanda. En el interior de las fronteras belgas, lo más recordado serían las llamadas “masacres de Brabant”, una cadena de ataques terroristas llevados a cabo en comercios, gasolineras e incluso estaciones de policía esta región de Valonia, próxima a Bruselas, a comienzos de los años 1980. Los ataques, de los que se culpó a un fantasmagórico grupo de extrema izquierda, las Cellules Communistes Combattantes (CCC), en realidad habían sido perpetrados como una suerte de macabro entrenamiento por parte del “stay-behind” belga. “El objetivo del ejercicio era doble: empujar a la policía local belga a un mayor estado de alerta y, no menos importante, dar la impresión a la mayor parte de la población de que el cómodo y bien alimentado Reino de Bélgica estaba al borde de una revolución roja”, sugirió un periodista británico, Hugh O’Shaughnessy, en un artículo sobre Gladio. El plan dio sus frutos a corto plazo: los comunistas fueron desacreditados mientras las CCC actuaron, pero tras la detención de su lider, Pierre Carette, en 1985, los periodistas indagaron en su historial y se descubrió que Carette era en realidad creador de una red terrorista de extrema derecha y que contaba con un asesor que se había unido a un grupo alemán neofascista. Los ataques dejaron un saldo de 28 muertos y numerosos heridos entre 1982 y 1985, y mientras la colaboración de las autoridades con la justicia y el parlamento fue más una obstaculización a la hora de desentrañar los hechos, tuvo que ser un periodista, Allan Francovich, quien a la hora de investigar afirmara la conexión entre los servicios de seguridad, los servicios secretos y la ultraderecha en los atentados de Brabant.

Incluso las dictaduras fascistas supervivientes de Portugal y España tuvieron que ver, y mucho, en la red Gladio europea. El Portugal salazarista formaba parte de la OTAN, dentro de la estrategia de Truman que consideraba al dictador luso como un amigo útil en la lucha contra el comunismo, frente a las consideraciones realmente democráticas que debían prevalecer en la alianza europea del “mundo libre”. Una vez descontada esta excentricidad, los ejércitos secretos de la OTAN colaboraron con la policía política del régimen, la PIDE (Policia Internacional e de Defessa do Estado), al igual que en tiempos pasados ésta había recibido asesores y adiestramiento de la Gestapo nazi. Esta colaboración se llevó a cabo a través de una más que misteriosa agencia de prensa ubicada en Lisboa, Aginter Press, que servía como una vía de escape para terroristas ultraderechistas vinculados a Gladio y que estaban demasiado “quemados” en sus respectivos países. Portugal -como lo sería España y también América Latina- se convertía en una especie de santuario donde fascistas veteranos de la guerra secreta adiestraban a la PIDE e intervenían en pequeñas acciones contra los opositores a la dictadura o al colonialismo luso en África. Entre ellos se encontraba Yves Gueráin Serac, el mandamás de Aginter Press, un avezado soldado secreto francés que había combatido a los independentistas del Viet-Minh en Indochina, en la guerra de Corea y en Argelia y que, tras formar parte de la organización terrorista franco-argelina OAS (Organisation de l’Armée Secrète), destinada a impedir la independencia de Argelia y derrocar a De Gaulle para imponer un régimen derechista en Francia, se refugió en España y Portugal y adiestró a los ejércitos secretos de ambas dictaduras ibéricas. Así entendía su papel Gueráin-Serac: “Los otros han bajado sus armas, pero yo no. Tras la OAS, volé a Portugal para continuar la lucha y expandirla en sus dimensiones propias; es decir, una dimensión planetaria”. No estaba solo: en Aginter estuvo al lado de otro conocido terrorista fascista y antiguo miembro del ejército secreto italiano: el temible Stéfano Della Chiaie.

El abanico de actividades de Aginter era tan amplio como el de los propios “stay-behind”: colocación de bombas, asesinato silencioso, técnicas de subversión, comunicación e infiltración clandestinas, y guerra colonial. Este último epígrafe era especialmente importante para una dictadura como la salazarista, que deseaba, por prestigio y porque los intereses que la apoyaban precisaban de los mercados cautivos de las colonias, mantener a toda costa el imperio colonial. Resulta curioso, cuanto menos, que las tácticas empleadas por el ejército portugués en las guerras de Guinea, Angola o Mozambique incluyeran el uso del napalm que el ejército de EE.UU. empleaba en la lucha contra el ejército norvietnamita y las guerrillas del Viet-Cong. ¿Conexión PIDE-Aginter-CIA? Sea como fuere, al África portuguesa también llegaron las técnicas de interrogatorio de la PIDE, y las sospechas acerca de la autoría de los asesinatos de algunos de los líderes más prestigiosos de los movimientos de liberación: el líder guineano Amílcar Cabral y el mozambiqueño Eduardo Mondlane, así como del asesinato del prestigioso opositor Humberto Delgado por la PIDE en una emboscada en la ciudad española de Badajoz.

Monolito en la localidad de Villanueva del Fresno (Badajoz, España) en el lugar donde el general Humberto Delgado y su secretaria fueron asesinados por agentes de la PIDE portuguesa.

Monolito en la localidad de Villanueva del Fresno (Badajoz, España) en el lugar donde el general Humberto Delgado y su secretaria fueron asesinados por agentes de la PIDE portuguesa.

Aginter Press, escribe Daniele Ganser, “fue responsable de una gran parte de la brutalidad y derramamiento de sangre en Portugal y más allá”, pues Lisboa sirvió como una base segura para la ejecución de gran parte de las acciones terroristas de extrema derecha que salpicaron Europa, entre otras las que Gladio llevó a cabo en Italia (el atentado con bomba de Piazza Fontana de Milan en 1969). Tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, que depuso a la dictadura salazarista, las operaciones de Aginter Press se quedaron sin el refugio seguro que había sido para ellos el régimen ultraderechista más longevo de Europa. Sin embargo, pese a una investigación llevada a cabo por los nuevos servicios secretos, el SDCI, que llegaba a varias conclusiones interesantes sobre el papel del Gladio luso, los documentos de Aginter fueron destruidos por el ejército, que temía complicaciones diplomáticas con los gobiernos occidentales en las primeras y complicadas etapas de la democratización del país.

España, por su parte, se convirtió en el nuevo refugio de “gladiadores” como Gueráin-Serac o Della Chiaie, y llegaron en un momento especialmente crítico, con la muerte de Franco a la vuelta de la esquina y los herederos del régimen y los opositores tomando posiciones de cara a un futuro sin el general presente. Aunque la España franquista, al contrario que su vecino, el Portugal de Salazar, no era miembro de la OTAN, mantenía excelentes relaciones con los aliados occidentales, primero con Gran Bretaña gracias a los intereses financieros y comerciales que la City londinense tenía en el país, y posteriormente con los Estados Unidos desde la presidencia Eisenhower y el arrendamiento de bases al ejército norteamericano -Morón, Rota, Zaragoza, Torrejón…-

La cercanía de la España franquista a Washington facilitaba los vínculos de sus servicios secretos con la CIA y la red “stay-behind”. La CIA y sus agentes clandestinos conocían de cerca la vida política española, y en Las Palmas existía un centro de entrenamiento de ejércitos secretos similar a los de Baviera, Córcega o Portsmouth (Inglaterra). Ganser, en su obra, ha reflejado que los servicios secretos españoles se implicaron en un amplio abanico de actividades delictivas, algunas perseguibles incluso por la propia legislación franquista, como la tortura, el terrorismo y el contra-terrorismo (guerra sucia), y el tráfico de armas y de drogas. El conglomerado de servicios secretos civiles y militares, al mando de los tres ministerios de la Defensa y del de Interior, reflejaba a las claras el estado policial y de vigilancia que el régimen militar había implementado desde su victoria en 1939. El almirante Luis Carrero Blanco, estrechamente conectado a la CIA, creó en 1972 el SECED (Servicio Central de Documentación de la presidencia del Gobierno, el posterior CESID), que estaba especialmente dedicado a la vigilancia y represión del movimiento estudiantil y laboral de protesta. El SECED y el Gladio español se complementaron a la perfección en esta tarea.

Entrados los setenta, y sirviendo la península -primero Portugal y luego España- de refugio a terroristas de extrema derecha europeos pertenecientes a la red “stay-behind”, el gobierno español y los servicios secretos supervivientes en los años de transición de la dictadura a la democracia utilizaron a estos agentes fascistas para promover sus propios intereses políticos. El francés Gueráin-Serac, Stefano Della Chiaie, Carlo Cicuttini y hasta 100 “gladiadores” italianos se refugiaron en España tras el fracasado golpe llevado a cabo en 1970 en el país transalpino por un antiguo jefe de los escuadrones de la muerte mussolinianos y ahora convertido en útil luchador contra el comunismo, el príncipe Valerio Borghese. No fueron los únicos: antiguos nazis y agentes “stay-behind” alemanes también habían sido sacados de sus países cuando las cosas estaban demasiado feas para ellos y encontraron su particular retiro en las costas españolas, algunos de ellos viviendo de una buena posición en las finanzas a través de sus inversiones en Deutsche Bank o Plus Ultra Seguros: Léon Degrelle, Hans Joseph Hoffmann, el ex general de la Wehrmacht Johannes Bernhardt… Protegidos por la dictadura, aquellos hombres se dedicaron en los años setenta a promover atentados y disturbios destinados, si no a provocar la involución del proceso de transformación política iniciado tras la muerte de Franco, si al menos a retardar y limitar los efectos de la apertura política. Uno de los hechos en los que estos terroristas extranjeros, unidos a la ultraderecha española, estuvieron implicados fue el asesinato de los abogados laboralistas de la calle de Atocha en 1977. Asimismo, se sospecha de otras acciones ejercidas por la ultraderecha española, como las realizadas por el Batallón Vasco Español (BVE) contra miembros de ETA, o que estuvieron detrás de los enfrentamientos entre facciones carlistas ocurridos en Montejurra (Navarra) en 1976, que dieron lugar a una fuerte represión de la policía, al mando del entonces ministro y luego dirigente de Alianza Popular Manuel Fraga. Incluso otros autores han ido más lejos y han expresado la hipótesis de que el GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre) hubiera sido manejado, como lo fueron las Brigate Rosse italianas, por agentes ultraderechistas con el fin de minar las posibilidades electorales de la izquierda y desprestigiar a los partidos comunistas de Europa Occidental. Esta posibilidad, expresada por el escritor Benjamín Prado en su novela “Operación Gladio”, se basa en algunos hechos sospechosos acontecidos a la banda en los setenta: detenciones, sospechosas puestas en libertad, escapatorias que podrían ser un tanto “facilitadas”, asesinato de esos mismos terroristas…

Entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Con independencia de esto, el Gladio español no había sido sólo el gobierno, como se encargó de afirmar el ex primer ministro Luis Calvo Sotelo: Gladio fue también una estructura del gobierno dictatorial de Franco, que contó con la ayuda, al mismo tiempo que amparaba, a terroristas “stay-behind” de otros países que le resultaron especialmente útiles. En algunos casos, como el de Carlo Cicuttini, tuvieron protección de las autoridades españolas incluso después de la restauración democrática: se impidió su extradición a Italia basándose en su matrimonio con la hija de un general, lo que le daba la nacionalidad española. Las explicaciones del ministro socialista de Defensa, Narcís Serra, y la investigación del jefe del CESID, el general Alonso Manglano, tras estallar el caso Gladio en 1990, condujeron a un callejón sin salida: en España, oficialmente, no existió nunca una estructura Gladio…

Finalmente -por ahora- el caso de Francia reviste un gran parecido con el de Italia, el país donde la red Gladio mostró todas las características que hasta ahora hemos visto y donde el estallido del escándalo, a través de la investigación judicial y la confesión de su primer ministro, hizo que se extendiera por Europa. Al final de la SGM, la resistencia francesa llevada a cabo sobre suelo galo (las FFI, Forces Françaises de l’Interieur) se había realizado bajo un fuerte liderazgo del Partido Comunista, como en la mencionada Italia, en Checoslovaquia, Grecia, Yugoslavia o Bélgica. Y, como en estos países, el prestigio ganado por el PCF fue enorme. Tan grande como el que adquirió el propio general Charles de Gaulle desde su exilio en Londres. Para el caso francés, al igual que el belga o el italiano, el líder soviético Stalin recomendó la participación en las elecciones democráticas y los gobiernos de posguerra, la moderación y la alianza con otras fuerzas de izquierda. Pero esta estrategia chocó frontalmente con el miedo al nuevo enemigo “rojo” que desde Londres y luego desde Washington se vino a implementar. Francia también tuvo su “stay-behind”, reclutado en buena medida a base de antiguos colaboracionistas y miembros de las fuerzas policiales y militares del régimen de Vichy.

La fuerza del PCF, sus críticas a la política francesa en Indochina, su influencia en los sindicatos a través de la poderosa CGT y el sentimiento de estar siendo discriminados en el gobierno a pesar de ser la fuerza política con mayor presencia en la Asamblea Nacional llevaron a una preocupación constante en Gran Bretaña y EE.UU. por impedir que Francia se volviera “roja”. En una fecha tan temprana como 1946, se crearon unos nuevos servicios secretos purgados de comunistas, el SDECEE y se implementó el llamado Plan Bleu, que consistía en dar un golpe de Estado en Francia en 1947 a cargo de una red de colaboracionistas, ultraderechistas y monárquicos apoyados por la CIA y el MI6. Al mismo tiempo, el PCF era expulsado de sus cargos en el gobierno por parte del primer ministro socialista Paul Ramadier, mientras británicos y norteamericanos invertían grandes cantidades de dinero en la purga de elementos comunistas de la administración y en la provocación de disensiones fatales en el seno del movimiento obrero francés. La persecución policial, a través de miembros parafascistas de los cuerpos de seguridad, también fue un elemento esencial de esta política de destrucción de la influencia del PCF en la política gala. Estos miembros de la policía se convirtieron también en guerreros “stay-behind”. Al parecer, las buenas relaciones del Gladio francés con el gobierno socialista fueron bastante duraderas: cuando el ejército secreto Rosa de los Vientos fue creado después de 1947, uno de sus miembros, François Groussouvre, antiguo miliciano fascista del régimen petainista de Vichy, fue luego consejero del presidente socialista Miterrand en materia de guerra secreta.

La guerra secreta contra los comunistas no sólo no se detuvo, sino que se extendió de tal forma que el ejército secreto francés pareció cobrar vida propia, al tiempo que a la IV República Francesa se le multiplicaban los problemas relacionados con los movimientos de liberación en su extenso imperio colonial: primero, las derrotas en Indochina, que condujeron a la independencia de Camboya, Laos y Vietnam, y luego el inicio de la guerra en Argelia. Rosa de los Vientos, que había sido entrenada por el 11º Regimiento Paracaidista de Choque, acabó siendo prácticamente absorbida por éste. El 11º de Choque contaba entre sus miembros con un nombre recurrente en estas páginas: Yves Gueráin Serac.

El 11º de Choque iba a implicarse en una complicada operación para derrocar al gobierno de la IV República en 1958 y reinstalar al retirado general De Gaulle en él. En aquel momento, con los servicios secretos y el ejército “stay-behind” más poderosos e incontrolados que nunca, quien ganó por la mano tanto a estos como al propio gobierno fue el general, que mandó un mensaje al presidente de la República postulándose a formar gobierno. De Gaulle volvió y la V República, de carácter presidencialista, fue instaurada. Pero el general no satisfizo los deseos de los “gladiadores” como Gueráin Serac, puesto que en poco tiempo y con mucha sangre derramada de por medio, se vio que el mantenimiento de Argelia en manos francesas era imposible. Los miembros más inquietos y más militantemente anticomunistas del 11º de Choque, entre ellos Yves Gueráin Serac, formaron una organización terrorista de ultraderecha, la OAS (Organisation de l’Armée Secrete), con el objetivo de provocar un nuevo golpe de Estado en Francia que derribara a De Gaulle y la V República e instaurara un Estado autoritario y mantener Argelia en manos de Francia.

La OAS se involucró en numerosas actividades terroristas en Argelia, y también en Francia, como eran la caza de militantes del argelino Frente de Liberación Nacional o atentados que sembraran el caos. Y en 1961, un año antes de la independencia, intentaron un nuevo golpe fallido alcanzando brevemente el poder en la colonia, que, a pesar de contar con el apoyo de la CIA y el Pentágono, en este caso no sirvió de garantía de éxito. La desconfianza hacia los servicios secretos hizo mella en De Gaulle y en el resto de los presidentes de la V República, y esta sería una de las razones para que el presidente francés expulsara del país a la OTAN, que pasó su sede de París a Bruselas. El fracaso del golpe y de su política de terror fue patente tras la firma de la paz entre la metrópoli y el FLN, que dio lugar a la independencia de Argelia en 1962. No obstante, algunos siguieron tratando de escalar en su furia asesina, tratando de matar a De Gaulle tendiéndole una emboscada de la que salió ileso.

Los terroristas de la OAS, que habían tenido sus contactos con otros ejércitos secretos europeos como el BND alemán -en cuyas bases de entrenamiento habían preparado algunas de sus acciones en Argelia- pasaron a ejercer su guerra particular por el mundo: España, Portugal, América Latina… Sin embargo, el fin de la OAS no significó el de los ejércitos secretos en Francia. Al parecer, un movimiento vinculado al partido de De Gaulle, las SAC, también estuvo detrás de la desestabilización política vivida por la IV República que él enterró, y que posteriormente, hasta su cierre en 1982 por el presidente Miterrand, siguió activa, ejerciendo labores oscuras en África y en la represión de las protestas estudiantiles del mayo de 1968. Los diputados comunistas y socialistas en la Asamblea Nacional, así como buena parte de la prensa, pensaron que este cierre, como en otros países de Europa, también había sido en falso.

ITALIA: EL SANTUARIO DE GLADIO

Pero el lugar de donde nació toda la polémica en 1990 es también el sitio donde todas las actividades de la guerra secreta que hemos visto hasta ahora han tenido lugar. En Italia hubo golpes de estado, como en Grecia y Turquía, aunque fueran “blandos”. También atentados con bomba, como los desarrollados por las fantasmales CCC belgas en Brabant. Y asesinatos individuales, como el de Aldo Moro, semejantes al de la Triple A en conexión con ultraderechistas bregados en la guerra secreta en el despacho de abogados de Atocha. Sus agentes formaron parte de la antigua dictadura fascista, como los alemanes Reinhardt Gehlen o Klaus Barbie del BND germano-occidental, y a su vez, como Aginter Press de Portugal, se implicaron en actividades más allá de las fronteras nacionales.

De todas formas, el genuino Gladio -el nombre genérico de las redes “stay-behind” europeas procede, precisamente, del nombre de la red italiana- tiene también sus particularidades: conexiones con la Mafia siciliana o la Camorra napolitana e incluso con una oscura logia masónica dirigida por un antiguo fascista que pasó de estar “a las órdenes de Hitler a estarlo a las de Kissinger” (el secretario de Estado de los presidentes norteamericanos Nixon y Ford), como escribe Benjamín Prado: Licio Gelli, el líder de Propaganda Due (P2), la logia donde también estuvo, en aquellos años de plomo, el inefable ex primer ministro conservador y magnate de los medios audiovisuales Silvio Berlusconi.

La situación política y social de la República Italiana y su consideración de casi objetivo “número uno” en la lucha entre el comunismo y el “mundo libre” se remonta al fin de la SGM. Casi puede decirse, sin temor a caer en el error, que las actividades del ejército secreto italiano comienzan desde que Italia es liberada del fascismo. Hasta antes: no conviene olvidar que las tropas anglo-norteamericanas que desembarcan en Sicilia, preparando la conquista de Italia desde el África liberada, colocan en la administración de la isla a antiguos jefes mafiosos -que habían sido objeto de una dura represión por parte del régimen mussoliniano- a fin de evitar que Sicilia, y eventualmente Italia, caiga en manos de los partisanos comunistas y del PCI.

Las primeras elecciones tras la guerra, en 1946, en un país en el que recién se ha proclamado una “República antifascista basada en el trabajo” no pintan demasiado bien para los intereses anglo-estadounidenses. La recién creada CIA recibirá sustanciales cantidades de dinero de los fondos del “Plan Marshall” para la reconstrucción de Europa para la realización de acciones encubiertas. Entre ellas, y una de las más significativas, estará precisamente la de impedir que el Frente Democrático Popolare (FDP) italiano, compuesto por los socialistas y los comunistas transalpinos, alcancen el poder de forma democrática. La táctica del Frente Popular, la misma que Stalin recomendó a Thorez y los comunistas franceses, se antoja tan peligrosa para la administración Truman por cuanto el PCI es el más fuerte de todos los de Europa Occidental, casi a la par con el francés, y en un momento en que parece que el frente popular y la vía parlamentaria amenaza con convertir Bélgica, Italia, Francia, Islandia o Finlandia en países “rojos” sin necesidad de que los ejércitos rusos hayan pasado por allí.

La Democracia Cristiana fue muy beneficiada por las ayudas norteamericanas, que contemplaban al partido como un instrumento de su lucha anticomunista.

La Democracia Cristiana fue muy beneficiada por las ayudas norteamericanas, que contemplaban al partido como un instrumento de su lucha anticomunista.

La campaña de las elecciones de 1946 se convierte, así, en una manera de darle la vuelta a unos pronósticos nada halagüeños, máxime cuando comunistas y socialistas superaron a la derecha en las elecciones municipales previas. La técnica, similar a la usada en Francia, consistirá en llenar las arcas de la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi para la compra de votos y la puesta en sus manos de un aparato de propaganda del que no habría dispuesto sin ese dinero americano. Al mismo tiempo, la amenaza velada de que, con comunistas en el gobierno, no habrá fondos del Plan Marshall. Y, un clásico, la coacción y la difamación hacia los candidatos del FDP, a los que se llegó a calificar de antiguos fascistas, anticlericales o una vida personal y sexual disoluta. Resultado: la DCI -que ha sido calificada de grupo político constituido a base de colaboracionistas, monárquicos y fascistas sin rehabilitar- ganó las elecciones con un 48% de los votos y 307 escaños. El FDP obtuvo un 31% y 200 escaños, y De Gasperi se convirtió en primer ministro electo, cargo en el que estuvo entre 1945 (cuando fue nombrado de forma interina) y 1953.

Al mismo tiempo, el ejército secreto italiano Gladio comenzaba a ponerse en marcha reclutando a un antiguo ejecutor fascista, que se había destacado en la brutal represión ejercida contra los partisanos en el reducto nazi-mussoliniano del norte de Italia, la República Social-Fascista de Saló. El príncipe Valerio Borghese fue hábilmente “reciclado” por los servicios secretos norteamericanos, cuyo ejército le había salvado de la ejecución por los camaradas de aquellos a quienes había llevado al patíbulo, para proseguir la represión del movimiento comunista italiano, esta vez no en nombre del fascismo, sino en el del “mundo libre”. Al mismo tiempo, en el seno de la Democracia Cristiana estaban formándose células paramilitares, explica Francesco Cossiga, miembro destacado del partido y posterior presidente de la República. Los paramilitares de la DCI llevaban armas compradas con fondos puestos a disposición del partido y estaban dispuestos a actuar en caso de una victoria electoral comunista.

Estos grupos informales, el del príncipe Borgheses y la DCI, serían pronto sustituidos -si bien es posible que muchos de sus reclutas pertenecieran a ellos- por un “stay-behind” en toda regla y en el seno de la OTAN, a la que Italia se adhirió desde su fundación con el entusiasta apoyo del gobierno democristiano. Los servicios secretos recién creados, SIFAR, subordinados a la CIA quizá más incluso de lo que estaba cualquier otro servicio secreto perteneciente a la Alianza, crearon el Gladio conjuntamente con los norteamericanos en una fecha tan temprana como 1949, el año de la fundación de la OTAN.

Entretanto, la vida política de la República iba calentándose debido a que los comunistas no dejaban de tener e incluso de ganar apoyos en el Parlamento y su exclusión en el Ejecutivo italiano resultaba un contrasentido. Mientras, el servicio secreto SIFAR intervenía en la vida política como un actor más, defendiendo los intereses de la DCI y Estados Unidos, tratando de impedir la llegada de los comunistas al poder. En 1963, los peores presagios de la CIA y el SIFAR se confirmaban: la izquierda, encabezada por los comunistas, superaba en porcentaje de votos (39%, 25% de los comunistas y 14% del PSI) a la desplomada Democracia Cristiana (38%). Aldo Moro, jefe del ala izquierda de los democristianos y primer ministro, abrió el gobierno a los socialistas y los comunistas pidieron también entrar en el gobierno. En forma de aviso de que tal cosa no podía suceder, una manifestación de obreros de la construcción en Roma fue reprimida por agentes de Gladio vestidos de policía y de paisano, que dejaron un saldo de 200 heridos. Poco después, el 14 de junio de 1964, un grupo de militares, altos mandos de los servicios secretos y “gladiadores” decidieron ejecutar la Operación “Piano Solo”. Esta operación consistía en ejecutar una intentona golpista, a modo de demostración de fuerza, que llevara a Moro a expulsar, o al PSI a cesar en sus cargos, a los ministros socialistas del gobierno. Un golpe “blando” ejecutado con la connivencia del presidente de la República, Antonio Segni, ferviente anticomunista del ala derecha de la DCI, y llevado a cabo por el jefe de los Carabinieri, Giovanni de Lorenzo, y el comandante de Gladio Renzo Rocca, con colaboración de la CIA. Las unidades golpistas realizaron un gran despliegue intimidatorio en Roma tras el desfile del 150º aniversario de los Carabinieri, permaneciendo en la capital entre mayo y junio, con lo que Moro tuvo que avenirse a negociar con el general De Lorenzo y finalmente los socialistas abandonaron sus puestos en el gobierno.

La crisis resuelta con el recurso al golpe, plegándose a los deseos de Washington de mandar un aviso a navegantes -los comunistas, mediante el uso como cabeza de turco de los ministros del PSI- de que jamás habría un gobierno italiano del que formara parte el PCI no hacía otra cosa que aparcar para un futuro cercano una nueva. Andreotti, que había sido ministro de Defensa -el hombre que había ascendido a De Lorenzo del SIFAR a la jefatura de los Carabinieri- y ahora ocupaba la presidencia del gobierno, vio como se agotaba la alianza con otros grupos del centro derecha (republicanos, demócratas y liberales) y a principios de los años 1970 Italia se sumió en un conjunto de gobiernos débiles e inestables. Al mismo tiempo, el espionaje italiano, triunfal tras el golpe “blando” de 1964, había sometido a una increíble vigilancia a personalidades de la sociedad y la política italianas -jueces, fiscales, parlamentarios, sindicalistas, financieros, sacerdotes…-, llegando a acumular información sobre 157.000 personas. Copias de estos archivos llegaron a la CIA y al siniestro líder de la logia Propaganda Due (P2), Licio Gelli. Gelli, un antiguo Camisa Negra, voluntario fascista en la guerra de España y sargento mayor en las SS alemnas, y los miembros de la P2 manipularon la política italiana a través de una sociedad secreta anticomunista de la que formaban parte políticos, banqueros, clérigos y militares a los que les unía, además de fobia contra la izquierda, su conexión con el Gladio -son muchas las ramificaciones que van de los atentados de los años de plomo hasta Propaganda Due-, el poder de dar financiación a actividades anticomunistas en todo el mundo y los contactos de Gelli con las altas esferas de Washington, donde ha estado presente en el palco de honor de las proclamaciones de varios presidente, entre ellos Ronald Reagan o Richard Nixon.

Fue en ese contexto cuando Enrico Berlinguer, secretario general del PCI, lanzó la propuesta del Compromesso Storico, una oferta de gobierno conjunto con las fuerzas democráticas italianas que tuvo muy buena acogida en el sector de izquierda de la DCI, liderado por Aldo Moro.

Esta propuesta de dar entrada a los comunistas en el gobierno, que el nuevo presidente de la República, Giovanni Leone, y Moro en calidad de presidente de la DCI, patrocinaron en una visita a Washington, recibieron el portazo de las autoridades norteamericanas. Italia era el equivalente a Latinoamérica en Europa: un “patio trasero”. Un segundo aviso había llegado el 8 de diciembre de 1970, después de que en 1968 una nueva victoria electoral de izquierdas amenazara la “estabilidad” derechista de Italia, con una nueva intentona golpista de “gladiadores” al mando del príncipe Borghese, mandos del ejército, unidades paramilitares al mando de un viejo conocido de estas páginas, Stéfano Della Chiaie e incluso jefes locales de la mafia en Sicilia. El golpe, con epicentro en Roma y Milán, se paralizó en el último instante sin llegar a consumar el giro reaccionario que propiciaba: al parecer, los apoyos estadounidenses y de la OTAN fallaron, lo que llevó a que los lugares estratégicos ocupados fueran abandonados tan pronto como fueron tomados.

La fuerza de la izquierda italiana, sin embargo, no cesó un ápice y en 1978 Aldo Moro decidió, a pesar de los riesgos de intervención americana, ofrecer a los comunistas puestos en el gobierno. Italia llevaba años viviendo una situación de inestabilidad política pero también social: las Brigate Rosse, un grupo terrorista de extrema izquierda, practicaba secuestros y asesinatos de personalidades conservadoras del mundo de las finanzas y la política, en una guerra particular contra el sistema. Al mismo tiempo, una serie de atentados se habían ido desarrollando de forma brutal e indiscriminada. Hoy sabemos que esos atentados fueron realizados por miembros de Gladio con el ánimo de exacerbar los ánimos contra la izquierda y los comunistas, culpando entre otros a las Brigate Rosse y sumiendo al país en un estado de alerta y de miedo constante. En conjunto, los atentados de Maghera, Peteano di Sagrado, Piazza Fontana de Milán, Roma, la estación de tren de Bolonia… por nombrar sólo algunos de los más sonados, costaron la vida, entre 1969 y 1987, de 491 civiles, así como 1.181 heridos y mutilados, así como la detención indiscriminada y la tortura de militantes de fuerzas de izquierda a quienes se tomó como “chivos expiatorios” de aquellos hechos. Cuando las investigaciones de los jueves Felice Casson y  Carlo Mastelloni demuestran que los atentados no son de la autoría de quienes dicen ser, de que un grupo secreto llamado “Gladio” está detrás de los hechos y de que, con riesgo para sus propias vidas, un ejército secreto en el interior de las estructuras del Estado italiano ha sido el causante de aquello para impedir, a través de la violencia, que el Partido Comunista alcanzase el poder, el primer ministro y líder de la DCI, Giulio Andreotti, confiesa en sede parlamentaria en 1990 que es cierto, que él tenía constancia y que esto no ha ocurrido sólo en su país. Desataba de este modo un terremoto que, sin embargo, no tendría muchos efectos políticos: no ha habido detenciones ni juicios en el Tribunal de La Haya.

Andreotti -quien será juzgado y condenado, pero posteriormente absuelto en 2002 por la Corte de Apelación de Perugia- será uno de los señalados, entre otros hechos, por la resolución luctuosa del secuestro de Aldo Moro, su compañero de filas. En el momento en que Moro, en  se dirigía al Parlamento a abrir el ejecutivo a los comunistas, su chófer y sus escoltas fueron ametrallados y él secuestrado por supuestos miembros de las Brigate Rosse, que le mantuvieron secuestrado durante 55 días, hasta que finalmente le encontraron en el maletero de un Renault 4L con once disparos en su cuerpo.

Guardaespaldas y chófer de Aldo Moro, tiroteados al producirse el secuestro del líder democristiano.

Guardaespaldas y chófer de Aldo Moro, tiroteados al producirse el secuestro del líder democristiano.

El secuestro y posterior asesinato levantó numerosas dudas, todas ellas apuntando en la dirección de que “las Brigadas Rojas con toda probabilidad fueron instrumentos en manos de un contexto político más amplio”, o dicho de otro modo, fueron utilizadas por poderes ajenos a ellos y con objetivos espurios. En primer lugar, resulta extraño que Mario Moretti, el jefe del comando que secuestró a Aldo Moro, fuera identificado posteriormente como un agente secreto ultraderechista. En segundo lugar, su mujer Eleonora relató que había recibido amenazas pero no por parte de las Brigadas sino de los norteamericanos: “Debes abandonar tu política de colaboración con todas las fuerzas políticas de tu país o lo pagarás muy caro”, le habían dicho en EE.UU. En tercer lugar, la petición de un coche blindado que realizó desde que vino de Washington, temiendo por su seguridad, había sido desechada. En cuarto lugar, la firmeza desplegada por el gobierno democristiano en no negociar con las Brigadas en el caso de Moro, sacrificándole a una muerte segura, cuando en otros casos sí lo habían hecho, contrasta con esos casos en los que sí habían excarcelado a presos a cambio de la liberación de rehenes. A esto se le suma la petición final de Moro a su esposa de que en su entierro no hubiera nadie de la “corrupta DCI”. Por todos estos motivos, el secuestro y asesinato de Moro -cuyo cuerpo en el interior del 4L apareció macabramente situado a media distancia de las sedes de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista- parece una obra más del Gladio.

El cadáver de Aldo Moro en el Renault 4L aparcado en una céntrica calle de Roma. Su secuestro está aún hoy rodeado de dudas que apuntan a una operación política para quitar de en medio a un personaje molesto.

El cadáver de Aldo Moro en el Renault 4L aparcado en una céntrica calle de Roma. Su secuestro está aún hoy rodeado de dudas que apuntan a una operación política para quitar de en medio a un personaje molesto.

CONCLUSIONES

Un presentador británico, en los tiempos en que el “escándalo Gladio” salía a la luz, se preguntaba si, en unos momentos que coincidían con la caída del bloque soviético y los teleespectadores occidentales empezaban a recibir informaciones sobre el terror de la Stasi o la Securitate de Ceaucescu, acaso podían imaginarse si su bando podría haber hecho algo similar.

Por desgracia, la falta de información dada por los responsables políticos, la ausencia de procesos penales y de condenas por unos crímenes que, con poco temor a caer en el error o en la demagogia, podrían ser perfectamente juzgados por los tribunales internacionales, y la capacidad para el escapismo que han demostrado los guerreros “stay-behind” a lo largo de los años (e incluso hoy, el grupo de Licio Gelli se ha transformado en una ONG que tiene estatuto consultivo dentro de la ONU, como Greenpeace o Amnistía Internacional…) hace que podamos pensar perfectamente en que Gladio no es algo del pasado, sino que tiene un presente bastante prometedor. Aunque sea a costa de que el de los ciudadanos corrientes, de los inconformistas y de los que quieren una sociedad mejor, más justa, pacífica e igualitaria sea infinitamente más malo. Y no digamos el futuro.

Si hay algo, además, que puede diferenciar las actuaciones del bando soviético y del occidental en cuanto a las doctrinas de soberanía limitada, se resume muy bien en la sentencia con la que Daniele Ganser abre su libro, y que reproduzco a continuación, sobre los ejércitos secretos de la OTAN. Si el bloque oriental era el bloque del totalitarismo rojo -y, para mala fortuna del ideario marxista, cuya imagen los regímenes burocráticos que se camuflaron bajo la bandera del socialismo o del comunismo contribuyeron a echar por tierra, su comportamiento pareció ajustarse a esa definición-, ¿cómo puede el bloque occidental, defensor de la “democracia” y el “mundo libre”, actuar bajo las mismas premisas y estrategias y operar con aliados que le colocaban al mismo nivel que aquellos a quienes decía combatir? En otras palabras, en concreto estas de Gandhi:

“¿Qué diferencia hay respecto a los muertos, los huérfanos o los sin techo si la destrucción es realizada en nombre del totalitarismo o en el sagrado nombre de la libertad o la democracia?”

FUENTES:

Ganser, Daniele, “Los ejércitos secretos de la OTAN. La operación Gladio y el terrorismo en Europa occidental”, Madrid, 2010, Intervención Cultural.

Prado, Benjamín, “Operación Gladio”, Madrid, 2011, Alfaguara.

“¿Quién mató a Aldo Moro?” en http://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20130509/54373912318/politica-internacional-magnicidios-terrorismo-secuestros-aldo-moro-italia-brigadas-rojas.html#ixzz3mkSIOQTo

“El oscuro secuestro y asesinato de Aldo Moro y la Operación Gladio”, en http://beforeitsnews.com/alternative/2014/06/el-oscuro-secuestro-y-asesinato-de-aldo-moro-y-la-operacion-gladio-2978248.html

Meyssan, Thierry, “STAY BEHIND: COMO CONTROLAR LAS DEMOCRACIAS. Las redes estadounidenses de desestabilización y de injerencia” en http://www.voltairenet.org/article120005.html#nb5

Yugoslavia: socialismo autogestionario y causas externas en su desintegración

Escudo roto RFS Yugoslavia“Si en 1984, en Sarajevo, hubieseis preguntado a un yugoslavo -que es como se denominaban a sí mismos entonces- si podía imaginar que al cabo de ocho años la ciudad sería un escenario de guerra, se hubiera reído a carcajadas de vosotros […] Lo que ocurrió en Bosnia no fue un espectáculo grotesco balcánico, sino un violento proceso de colapso nacional a manos de manipuladores políticos.”

Peter Maas.

Han pasado veinte años desde que los acuerdos de paz de Dayton pusieran un final bastante cogido con alfileres a la guerra de Bosnia-Herzegovina (1992-1995), la más cruenta y más sonrojante, por el papel que las grandes potencias desempeñaron en ella, de todas las que se desarrollaron en Yugoslavia, el país surgido en 1919, tras el final de la Primera Guerra Mundial, de la unión de los antiguos reinos de Serbia y Montenegro con los territorios de los pueblos eslavos del sur -eslovenos, croatas, musulmanes bosnios y macedonios- dominados hasta entonces por dos de los imperios derrotados en aquella guerra, el austro-húngaro y el turco. Constituida desde 1946 como una República Federal Socialista de seis repúblicas y dos entidades autónomas, sus problemas internos (económicos y nacionales), laminados hasta el fallecimiento de su carismático líder, el mariscal Josip Broz “Tito”, dieron pie a un proceso de separación nacional que se tradujo en una violencia que no se había vivido en la región desde la invasión nazi. Pero, ¿fue sólo el nacionalismo serbio -que alimentó el separatismo esloveno y croata, éste también con una respuesta nacionalista violenta- y la crisis económica interna las únicas explicaciones posibles? ¿Cómo influyeron las posturas de la Unión Europea, los Estados Unidos y las instituciones económicas internacionales en la destrucción del precario equilibrio que sostenía a este “país de países”? Esto es lo que se va intentar realizar en este artículo.

“PANYUGOSLAVISMO”: LA CREACIÓN DEL PRIMER ESTADO YUGOSLAVO

Partamos del principio. A pesar de que la creación de Yugoslavia, vistos los acontecimientos que han conducido a la desmembración de aquel país, pueda resultar un artificio caprichoso que consistió en agrupar a pueblos enfrentados entre sí, especialmente a croatas y serbios (algunos incluso lo atribuyen a un deseo de Gran Bretaña y Francia, vencedores en la “Gran Guerra”, para perjudicar posibles ansias expansionistas de las debilitadas Turquía, Austria y Alemania mediante la creación de un “Estado tapón” como lo fue en cierto modo Checoslovaquia, algo que pudo influir, bien es cierto, en el patrocinio de su creación), la verdad es que la creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur -de “jug”, sur, y “slavo”, procede el término Yugoslavia- era una día que ya aparecía en el siglo XVII, de la mano de Iván Gundulic, y era defendida por movimientos paneslavos meridionales del Imperio Austrohúngaro antes de la PGM.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Los eslavos del sur llegaron a la zona de los Balcanes entre los siglos VI y VIII. Los serbios, el grupo más numeroso de los que conformaban la antigua Yugoslavia, estuvieron influidos por el Imperio Bizantino, primero, y tras un periodo de independencia que finalizó tras la derrota en la batalla de Kosovo Polje contra los turcos -el motivo de confrontación entre serbios y albaneses kosovares vendrá, precisamente, de la consideración por parte serbia de que Kosovo, o Kosova en albanés, es el lugar de nacimiento de la patria serbia y que ha sido invadida por los albaneses, mientras estos consideran que no tiene sentido tal aseveración, pues los albaneses, descendientes de los antiguos ilirios y tracios, llevaban más tiempo en la región-. Tras un período de dominación turca que duró hasta mediados del siglo XIX, Serbia conquistó de nuevo su independencia, y tras la unión con eslovenos, croatas y serbios que hasta entonces eran súbditos del Imperio Austro-Húngaro, así como con el pequeño reino de Montenegro, formó parte de Yugoslavia.

Escudo de la República Socialista de Croacia

Escudo de la República Socialista de Croacia

Los croatas, por su parte, asentados más hacia el Oeste, se diferenciaron de los serbios en su acercamiento al mundo latino. Si los serbios, más próximos al Imperio Bizantino, escribieron con alfabeto cirílico (inspirado en el griego) y profesaban la fe cristiana ortodoxa, los croatas pasaron a escribir con alfabeto latino y a profesar el catolicismo tras el cisma de Constantinopla de 1054. Croacia estuvo dominada por Hungría y el Imperio Austríaco -exceptuando algunos puntos de Dalmacia, como las ciudades de Rijeka (Fiume) o Dubrovnik (Ragusa), que fueron colonizadas en el Renacimiento por Venecia, y a principios del siglo XIX por Napoleón, que estableció en la costa dálmata sus Provincias Ilirias- y contó con una cierta autonomía, hasta que el final de la PGM y el triunfo de la opción paneslavista que defendía la unión de los pueblos eslavos meridionales en un solo estado llevó a la constitución de Yugoslavia.

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

Por lo que respecta a los eslovenos, su conexión con el catolicismo y con Austria, que dominó su territorio desde el siglo XIII hasta el final de la Gran Guerra, es muy similar a la de sus vecinos croatas. Anteriormente, el pequeño país había estado gobernado por la dinastía de los condes de Celje, y se encuentra asentado sobre la región -luego república- más rica y de mayor desarrollo económico de todas las que posteriormente formaron la plurinacional nación yugoslava.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

La nacionalidad macedonia, por su parte, ha sido motivo de conflicto hasta nuestros propios días, en los que la hoy república independiente tiene que adaptar su nombre a los deseos de la vecina Grecia para evitar un conflicto internacional y la posibilidad -según la versión helena- de una desestabilización interna dentro de las fronteras de Grecia. A tal extremo que, tras la independencia de la Macedonia yugoslava, el gobierno heleno solicitó el cambio de nombre del país, que finalmente tiene que nombrarse como Antigua República Yugoslava de Macedonia (o FYROM, por sus siglas en inglés). Incluso la primera bandera de la Macedonia independiente, que sobre fondo rojo dibujaba el sol dorado símbolo de Alejandro Magno -una de las herencias, supuestas o reales, sobre las que se basa el orgullo nacional macedonio, aunque el rey de la Macedonia de la Antigüedad guarde escasa o nula relación con la raíz eslava del país actual- tuvo que modificarse por deseo expreso de Grecia. La creación de la república y de la nacionalidad macedonia en Yugoslavia en 1943 obedeció, en primer lugar, al deseo de restar credibilidad a las reivindicaciones búlgaras y griegas sobre el territorio; en segundo lugar, a ayudar a establecer una distinción entre serbios y macedonios; y en tercer lugar, a reforzar la tesis de que las comunidades macedonias de las vecinas Grecia y Bulgaria estaban sometidas a discriminación, hecho claro en el caso griego sobre todo tras la guerra civil de 1946-1949 en este país.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Si la cuestión de los macedonios era algo peliagudo, no menos lo era la de los habitantes de Bosnia y Herzegovina, que se ha dado en llamar una “Yugoslavia en pequeño”. Bosnia, y en particular su capital, Sarajevo, el escenario del atentado contra el archiduque y heredero al trono del imperio austro-húngaro, Francisco Fernando, en 1914, detonante (o excusa) del inicio de la PGM, era un mosaico de pueblos dominado primero por los turcos y luego por los austriacos en donde convivían croatas, serbios y “musulmanes” -los llamados bosnios o bosniacos-, que eran descendientes de las poblaciones eslavas convertidas a la religión islámica en la época de dominación otomana -fundamentalmente serbios, aunque fuentes croatas aseveran que eran connacionales suyos, sin que sea descartable que hubiera conversiones al Islam en las zonas de población croata como la Herzegovina-. Otros especialistas, sin embargo, les atribuyen como origen “los turcos que habitaron los Balcanes desde el siglo XIV, y considerados los oriundos de Bosnia” (Carlos Sánchez Hernández). Como el concepto de “musulmán” remitía más a una concepción cultural que a un hecho religioso -con independencia de las creencias particulares-, y más en un estado socialista como la Yugoslavia de Tito, los musulmanes bosnios adquirieron en 1971 el estatus de nacionalidad, del mismo modo que croatas, eslovenos o serbios.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Los montenegrinos, por hallarse histórica y culturalmente emparentados con los serbios -su religión era la ortodoxa, su lengua era muy similar y su alfabeto era también el cirílico- han llegado a ser bautizados como “los serbios de la costa”. A ello, sin duda, ayudó -o perjudicó, más bien- sus actitudes recientes de apoyo a la política serbia, aunque la independencia reciente y la ruptura de la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro han mitigado. El pequeño país era un estado independiente cuando la unión de los eslavos del sur se produjo, algo debido a la belicosidad de sus gentes y al carácter montañoso e inhóspito del territorio, que dificultaba su conquista.

Aparte de todas estas naciones -término acuñado en la constitución de la República Federal Socialista, que otorgaba a las repúblicas y a sus pueblos el rango de naciones constitutivas de Yugoslavia-, en el interior del que sería el nuevo estado panyugoslavo convivían, además, otras minorías étnicas. Los albaneses, distribuidos fundamentalmente en la región de Kosovo y en zonas próximas a Albania de Montenegro y Macedonia, eran el grupo más numeroso. Además, había una importante minoría húngara en el norte de Serbia, en la Voivodina. Junto a estos dos grupos, hay que destacar a gitanos, judíos, valacos (rumanos), rutenos (ucranianos) e italianos en la zona de Istria (Eslovenia y Croacia), a los que habría que sumar posteriormente los que se quedaron en la zona de Trieste ganada por Yugoslavia tras la SGM.

La creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur obedecía al deseo de croatas, eslovenos, serbios y montenegrinos (estos dos últimos, como se ha dicho los únicos que disponían por entonces de un estado propio), quienes consideraban formaban parte de una raíz común, de unirse para mejor defender sus intereses en un entorno en el que estaban rodeados de países con pueblos no eslavos: Hungría, Albania, Grecia, Italia o Rumanía. Tras el estallido de la “Gran Guerra” y la invasión del pequeño reino de Serbia por parte austro-húngara, el gobierno serbio en el exilio contactó con el llamado “Comité Yugoslavo”, integrado por tanto por serbios como por eslovenos y croatas exiliados de los territorios austro-húngaros del Adriático y a quienes disgustaba la promesa hecha por los aliados a Italia de incorporar a los eslavos del Imperio a aquel país.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Los contactos con el gobierno serbio en el exilio estuvieron rodeados de fricciones. Serbia aspiraba al liderazgo del proyecto, que en cierta medida veía como una forma de realizar las ambiciones de la “Gran Serbia”, aspiración del reino balcánico desde su independencia del imperio turco. Por contra, los representantes del Comité deseaban que la creación del futuro estado yugoslavo se hiciera en pie de igualdad entre todas las nacionalidades que lo conformasen. Este último proyecto era una continuidad del primitivo del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios -referido a los serbios que vivían dentro de Austria-Hungría, como los de Bosnia y Croacia oriental- que se había planteado al efímero emperador Carlos como una entidad autónoma y que, sin embargo, el cansancio de la guerra y el agotamiento del proyecto imperial hacía poco menos que imposible de realizar en el interior del mismo.

El desarrollo final de la guerra, con la disolución en marcha del imperio austro-húngaro (Hungría independiente, Bohemia-Moravia y Eslovaquia unidas en un solo estado, Transilvania cedida a Rumanía…) llevó a la necesidad por parte del comité yugoslavo de depender de Serbia para defender a los territorios eslavos del ya extinto imperio de los intentos de invasión italiana de la costa dálmata, así como a aceptar una unión con Serbia en la que ésta llevaba la voz cantante si querían conservar la unidad con los serbios de Vojvodina y de Bosnia, así como con el diminuto reino de Montenegro, que habían optado por unirse a Serbia. La preponderancia serbia llevó a que el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios pasase a denominarse, en toda una declaración de lo que vendría a ser posteriormente la Yugoslavia monárquica, el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos bajo el mando de la dinastía reinante en Serbia, los Karageordjevic.

UN SOCIALISMO PECULIAR EN LA YUGOSLAVIA DE TITO

En los años previos al segundo conflicto bélico mundial, se observó una tendencia hacia un mayor control político de la monarquía serbia, que implantó una dictadura en 1928 tras el asesinato de un parlamentario montenegrino a manos de un croata. Las demandas de autonomía de las nacionalidades eslovena y croata se vieron cortadas de raíz por una reforma administrativa que dividía el país en provincias que no tenían en cuenta la división nacional y lingüística, al tiempo que el país se rebautizaba como Yugoslavia. Los movimientos nacionalistas de la periferia se hicieron, por su parte, más profascistas, de tal suerte que en Croacia nacía la Ustasha, una organización de corte fascista dirigida por Ante Pavelic, organización que asesinaría al rey Alejandro I en 1934 durante sus vacaciones en Marsella. El sucesor, Pedro II, emprendería alguna tibia medida para contentar a los croatas, como agrupar en una sola provincia autónoma a los territorios croatas. Sin embargo, tras la invasión del país por la Alemania hitleriana, los “ustashes” de Pavelic, apoyados por los nazis, crearon el Estado Independiente de Croacia, desarrollaron una política de “limpieza étnica” para con los serbios que habitaban los territorios croatas de Krajina y Eslavonia, escenarios en los años noventa de un proceso similar, pero a la inversa.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Tras la invasión del país, los serbios crearon también una organización propia de resistencia, los “chetniks”, de corte nacionalista y monárquico, quienes llegaron a actuar también de forma indiscriminada contra los croatas. Para completar este espectáculo de horror, cuyo recuerdo fue resucitado posteriormente por los nacionalistas con objeto de alimentar los odios y los miedos de la población y ganar adhesiones, también llegaron a actuar milicias musulmanas de conformidad con los deseos de los nazis, colaborando en el asesinato de judíos y enemigos políticos y étnicos. El único grupo que pudo aglutinar a una resistencia nacional yugoslava contra el invasor nazi y los colaboracionistas (y que por este motivo se enfrentó a los “chetniks” a pesar de unos primeros tiempos de cooperación), fue el ilegalizado Partido Comunista y sus partisanos, que, aunque con una presencia destacada de serbios en sus filas, agrupaba a todos los grupos nacionales del país y estaba dirigido por Josip Broz “Tito”, un veterano comunista de madre eslovena y padre croata que ya había colaborado en el reclutamiento de voluntarios para las Brigadas Internacionales en España (aunque, al contrario de lo que apuntan algunas fuentes, no llegó a combatir con los republicanos españoles).

Partisanos yugoslavos.

Partisanos yugoslavos.

Bajo la égida del PCY, y con el apoyo -como sucedió en la España republicana y en los países del Este de Europa, Italia o Francia- de sectores ajenos a la militancia obrera, como la burguesía progresista o la intelectualidad antifascista, que se incorporaron a las filas comunistas y partisanas por el creciente prestigio del partido en la lucha por la liberación nacional, Tito y sus hombres lograron liberar gran parte de Yugoslavia de la dominación nazi-contra lo que ha sido manifestado en algunos medios y reportajes televisivos, la ayuda soviética no fue esencial para la liberación de Yugoslavia; en 1942 los partisanos controlaban gran parte de Bosnia, la costa dálmata y el interior de Croacia, y en 1944 la mayor parte de las zonas montañosas del país, lo que equivalía, por la especial orografía del territorio yugoslavo, a decir casi todo-. En noviembre de 1942, fue creado el AVNOJ (Antifascisticko Viceje Narodnog Oslobdnejna Jugoslavije, Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia). En 1944, con el ejército alemán en desbandada tras el desembarco británico en Grecia, y con el creciente hostigamiento partisano en Albania y Yugoslavia, las tropas soviéticas entraron en el país desde Bulgaria. El Ejército Rojo y las tropas de Tito, que habían llegado a alcanzar los 800.000 combatientes, entraron entonces en Belgrado.

Josip Broz, "Tito" (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Josip Broz, “Tito” (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Los comunistas se convirtieron pronto en los dominadores del país e impusieron el régimen socialista. Aunque al principio Tito se mostró fiel a los principios ortodoxos procedentes de Moscú, y se desarrollaron los planes de reforma agraria, nacionalización de las industrias básicas y confiscación de las propiedades pertenecientes a colaboracionistas y fascistas, pronto se inició un camino socialista distinto para el país, alejado de los principios estalinistas que, poco a poco y tras la asunción de un mayor control por parte de la URSS -a través de los partidos comunistas locales, que asumieron todo el poder- de las democracias populares (que fueron sustituidas, en la práctica, por regímenes socialistas puros) iban implantándose en el centro y el oriente europeos.

La ruptura con la URSS comenzó a cimentarse incluso antes de la revolución, cuando se comenzaron a sentar las bases del “socialismo autogestionario” yugoslavo, que el PCY ya había desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial en casi todas las industrias abandonadas por sus propietarios, y se implantaba “en Yugoslavia de forma pacifica y, paradójicamente, lo que tantos sacrificios y esfuerzos fallidos había costado en otras partes a la clase obrera era ahora alentado desde el poder” (Antonio José Romero Ramírez). Este hecho y este concepto, que han quedado olvidados y casi desaparecidos en la literatura especializada sobre la temática acerca de Yugoslavia y los Balcanes, merece ser recuperado por cuanto, a pesar de su fracaso y del fracaso que supuso el mantenimiento de la unidad plurinacional del estado yugoslavo, supone una experiencia valiosa a la hora de examinar alternativas o “terceras vías” útiles frente al capitalismo triunfante y triunfalista, pese a que sus efectos sobre la calidad de vida de millones de seres humanos o el medio ambiente son notorios, y a los regímenes burocráticos mal bautizados como socialistas o comunistas hundidos en la Europa Central y del Este en 1989.

A esa heterodoxia a la hora de aplicar el socialismo por parte yugoslava se unían otras rencillas como la división interna del PCY fomentada por Stalin acerca del apoyo del líder soviético a la independencia de Croacia, en un período en que el partido yugoslavo estaba dividido en posturas centralistas y federalistas, o la persecución de Stalin hacia comunistas yugoslavos exiliados en la URSS por apoyar a la oposición de izquierdas. Además, los yugoslavos denunciaban abusos cometidos por las tropas del Ejército Rojo sobre la población tras su entrada en el país. La ruptura, sin embargo, llegó con el apoyo prestado por Tito a los izquierdistas del ELAS, el Ejército de Liberación Nacional griego, que tras haber luchado contra los nazis en suelo heleno, se veían obligados ahora a pelear en una cruenta guerra civil contra el gobierno monárquico derechista, apoyado por Gran Bretaña, que les había estado persiguiendo desde el desembarco británico. En virtud del reparto de zonas de influencia en los Balcanes entre Churchill y Stalin en su reunión en Moscú en 1944, Grecia caía en la zona de influencia británica, mientras Bulgaria y Rumanía quedaban para la URSS. Por tal motivo, Stalin hacía reiteradas llamadas al cese de la ayuda yugoslava al ELAS.

A esto se sumaba la intención de Tito de crear una Federación Balcánica con Bulgaria y Albania, a lo que Stalin se oponía tajantemente. En 1948, en una reunión de la Kominform -la efímera Oficina de Información de los Partidos Comunistas, heredera de la Komintern disuelta por Stalin en un gesto de buena voluntad para con sus aliados occidentales- se expulsó formalmente al PCY, que no tuvo delegados presentes en ella, bajo la acusación de revisionismo. Yugoslavia dejó de pertenecer al bloque soviético, cuyos estados miembros sometieron al país a bloqueo.

La situación dejó a Tito y a Yugoslavia dos únicas alternativa: fomentar un modelo de desarrollo socialista diferente al estalinismo, y buscar aliados, especialmente comerciales, en naciones occidentales y del Tercer Mundo que recién comenzaba a independizarse, lo que dio lugar a que Yugoslavia liderase el Movimiento de Países No Alineados, del cual Tito, junto con Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio, y Jawalharlal Nehru, uno de los líderes de la independencia de la India, fueron sus principales representantes.

El socialismo autogestionario yugoslavo fue una experiencia única y singular en el mundo de la Guerra Fría, dividido en los bloques soviético y occidental que representaban dos formas enfrentadas de concepción política y socio-económica. Yugoslavia, distanciada de la URSS, comenzó a desarrollar un modelo socialista propio que los ideólogos de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (la nueva denominación del partido), entre los que destacaba Eduard Kardelj, un compañero de lucha del mariscal Tito, definían como más próximo a las tradiciones marxistas y a los principios del socialismo democrático. En esta “vía yugoslava al socialismo” era necesario tener en cuenta las peculiaridades nacionales, de tal suerte que “el marxismo debía entenderse como un método abierto de análisis y orientación política, adaptado a las circunstancias cambiantes de cada caso nacional, y no como una rígida fórmula aplicable a cualquier situación y diseñada para mantener un sistema de dominio internacional” (José Carlos Lechado).

Hay quienes afirman que Tito partió de sus experiencias españolas -cosa harto dudosa, por cuanto el líder yugoslavo no estuvo en España- para poner en marcha el proceso autogestionario. Ahora bien, es posible que los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales, y que suponían el sostén del mariscal en su pugna contra la URSS y contra el sector prosoviético del partido, pudieran aconsejarle en este sentido en virtud de sus experiencias en la España republicana. Sea como fuere, el socialismo autogestionario tenía algunos otros antecedentes, que se remontaban hasta la Comuna de París.

Frente a la toma centralizada de decisiones que era característica del burocratismo soviético, y que se extendería hacia los regímenes del centro y el este de Europa entre mediados y finales de los 1940, el modelo yugoslavo aspiraba a la descentralización en la toma de decisiones en las fábricas, empresas y cooperativas, dando mayor poder a los trabajadores frente a los cuadros técnicos del partido. Frente al dirigismo desde arriba en cuanto a la planificación económica, la famosa planificación centralizada, el sistema yugoslavo se basaba en la planificación dirigida, a través de una serie de directrices básicas a partir de las cuales las empresas contaban con una amplia libertad de decisión. Asimismo, se establecían mecanismos de mercado, tales como la competencia entre empresas.

La Liga de los Comunistas de Yugoslavia conservaba el monopolio del poder político, pero en el ámbito económico y administrativo la descentralización y la introducción de mecanismos “democráticos” trataban de contrapesar, de dejar en un segundo plano, ese monopolio, siquiera fuera de modo formal. “El aparato del partido y el estado quedaban así, al menos formalmente, relegados a un plano secundario, procurando dejar expedita la vía yugoslava hacia la autogestión. Las bases de este cambio quedarían plasmadas en la Constitución de 1953, según la cual la nueva organización social y política del país descansaría sobre la propiedad social de los medios de producción, la autogestión de los trabajadores en la economía y el autogobierno de los ciudadanos en la comuna” (Romero Ramírez). En el plano económico, la asamblea de personal y los consejos obreros, como representantes de los trabajadores, tenían amplias facultades de decisión – contratación, vivienda, reclamaciones, productividad, seguridad, higiene, etc. en el caso de la primera; reglamentos internos de la empresa, planes financieros y de producción, sus programas de inversiones y amortizaciones, aprobar el balance y las cuentas de la empresa, o dirigir la política de personal en el del segundo-. Los miembros del consejo obrero eran elegidos por el personal, con posibilidad de revocación en cualquier momento y no se les podía reelegir de inmediato. Los miembros del comité de dirección eran elegidos por el consejo obrero, a quienes les correspondía la gestión y ejecución de las políticas aprobadas en él y podían ser elegidos de entre todos los empleados, si bien “dada la complejidad de los temas abordados, el consejo obrero cuenta con comisiones especializadas que actuarían bajo su supervisión y control. Una de dichas comisiones -integrada por representantes del personal, del sindicato y de las autoridades locales- es la encargada de juzgar en concurso público a los candidatos a la dirección y a los puestos directivos.” El director, por su parte, es responsable técnico y administrativo, ejerce la representación de la empresa ante otras organizaciones y el Estado, y sus facultades en cuanto a despidos, contrataciones y otras se encuentran disminuidas por cuanto o son propias de o necesita del consentimiento del comité de gestión (del cual el director es miembro de oficio) o del consejo obrero (al que, por contra, no puede pertenecer).

El corolario del sistema de autogestión en el mundo económico y laboral fue la aprobación, junto con la de la Constitución de 1974, de la Ley de Bases del Trabajo Asociado, que daba mayor capacidad de decisión a las empresas en la toma de decisiones y, dentro de éstas, “todos estarían implicados en la toma de decisiones, independientemente del lugar que ocupen en la organización.”

Todor Kuljic expone, a modo de resumen, el funcionamiento práctico de la autogestión en el interior de las empresas yugoslavas:

“Las decisiones que se tomaban en las plantas de producción, se hacían de forma independiente; los consejos obreros eran soberanos, aunque estuvieran bajo el auspicio del partido gobernante. Se diferenciaban varios aspectos: aquéllos en los que los consejos obreros eran soberanos, y otros en los que dependían de los decretos procedentes de las autoridades […] Existían, por tanto, tres áreas: una primera área relacionada con las cuestiones puramente técnicas, una segunda dedicada a los asuntos de distribución dentro de la planta y la tercera, que hacía referencia al problema de la administración de cuadros. En estos casos, el comité del partido siempre tenía la última palabra y no existían decisiones soberanas por parte de los consejos obreros. Se podría decir que era una democracia directa mixta compuesta por varias capas. No obstante, si la comparamos, por ejemplo, con el estado actual en el que se encuentra Yugoslavia, donde impera una especie de capitalismo salvaje, podríamos decir que era una democracia que funcionaba relativamente bien […] Por ejemplo, en lo que respecta a los trabajadores, éstos no podían perder sus trabajos si el consejo laboral no se encontraba activo. La decisión final no dependía de la dirección. El consejo laboral, representado también por los trabajadores, decidía la valía de un trabajador. Hoy en día, únicamente son válidos los decretos. Asimismo, los consejos laborales eran soberanos en otros asuntos sociales, como era el caso de los apartamentos, vacaciones y distribución de ingresos.”

Sin obviar los problemas, Kuljic expone la necesidad de que la autogestión suponga, como hemos comentado unas páginas más arriba, una alternativa constructiva al capitalismo que se ha introducido -en algunos casos, cuando menos, en forma de “capitalismo de amiguetes”, y en su vertiente más lapidaria, en modo de “capitalismo mafioso”- en los nuevos estados balcánicos. Pese a sus errores, que más adelante examinaremos, afirma, “bajo mi punto de vista, la autogestión no puede morir nunca.”

Pero antes de pasar a ellos, es necesario comentar que la autogestión no se limitaba -o no aspiraba a limitarse- solamente al plano económico y laboral. Tal y como establecía la Constitución yugoslava de 1953, “el pueblo trabajador dispone de la comuna como organización político-territorial y comunidad socioeconómica de base, y como principal instrumento, por tanto, para el autogobierno de las instituciones económicas, sociales y políticas.” La comuna municipal, la institución de gobierno local, se regía también por los principios del socialismo “a la yugoslava”.

Con un antecedente nacional claro, la democracia radical serbia decimonónica (Kuljic), la comuna es una agrupación tanto cívica como económica, y en ella se dirimen asuntos de administración local como de organización económica. El comité popular de la comuna, órgano legislativo de la misma, se encuentra dividido en un consejo ciudadano, el consejo comunal, elegible por todos los ciudadanos, y un consejo económico o consejo de productores, resultado de la elección por parte de aquellos actores de las tres ramas de la economía -agricultura, industria y servicios-. Tanto en uno como en otro caso el mandato es por cuatro años La autoridad máxima del Comité Popular es el presidente, asistido en sus funciones por un funcionario profesional que ejerce de secretario del comité. El comité popular decide, de acuerdo con los principios aplicables a la autogestión en las empresas, sobre cuestiones que afectan a la vida ciudadana local: administración local, escuelas, instituciones científicas, culturales y recreativas, sanidad, vivienda… “La organización comunitaria asegura el contacto directo y el control del individuo sobre aquellos asuntos que como ciudadano o como trabajador le pudiesen afectar” (Romero Ramírez).

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

A lo largo de los primeros años de la Yugoslavia socialista posterior a la ruptura con Stalin, se introdujeron otros mecanismos liberalizadores, en especial en el campo, donde se relajaron los controles burocráticos, se abolió la venta obligatoria de alimentos al Estado, se sustituyó el anterior régimen de estaciones estatales de maquinaria agrícola por uno nuevo en el que la propiedad correspondía a las cooperativas y se alentó la formación de pequeñas propiedades privadas. Yugoslavia, además, se convirtió en un socio estratégico de EE.UU. y Gran Bretaña, para quienes la presencia de un país comunista no adscrito a la política soviética no dejaba de resultarles ventajosa. Así, a lo largo de la existencia del estado federal, Yugoslavia buscó y recibió ayudas llevó a cabo acuerdos comerciales tanto con Occidente como con el Este de Europa, cuando la muerte de Stalin y la relajación de las políticas hostiles desde Moscú alentaron el acercamiento entre Belgrado y el bloque soviético.

Sin embargo, el modelo autogestionario yugoslavo contó a lo largo de la existencia de la república socialista con diversas carencias. En primer lugar, la combinación de un socialismo autogestionario, de amplia descentralización (también a nivel de nacionalidades o repúblicas, como veremos a continuación) y participación popular casaba mal con la existencia de un régimen de partido único. De este modo, la práctica de la democracia directa sólo estuvo presente en los escalones inferiores de las empresas y las comunas, mientras que los puestos más altos en la escala, aquellos para los que se requiere una mayor preparación, sea técnica en el caso de las empresas, o administrativa en el caso de las funciones organizativas de los municipios y repúblicas, recaerán en manos de una clase dirigente vinculada a la LCY. Aunque, a diferencia de lo ocurrido en otros países de régimen socialista, en Yugoslavia trató de evitarse la confusión entre el partido y el Estado.

Relacionado con lo anterior, factores socio-económicos, educativos y culturales de la población dificultaban la puesta en marcha del modelo autogestionario, al menos en el corto plazo. Al final de la SGM, Yugoslavia era un país pobre, destrozado por el conflicto, con altas tasas de analfabetismo y una división interna causada por las luchas entre chetniks, ustashes y partisanos. No todo el mundo, ni muchas zonas del país, se encontraban adecuadamente preparados -en conocimientos, técnica, etc.- para el desarrollo del modelo autogestionario. Además, había que contar con las dificultades que conllevaba la transición desde una sociedad autoritaria, socialmente conservadora y fuertemente afectada por valores religiosos a un modelo que, al menos en teoría, otorgaba a los trabajadores y a los ciudadanos un amplio poder de decisión en lo que respectaba a la organización laboral y social. Así, Eslovenia, la república más rica, sería la que desarrollaría de una forma más brillante el modelo autogestionario, mientras las regiones y repúblicas del sur, como Kosovo, Macedonia o Montenegro, las más atrasadas, serían aquellas en las que se encontrarían más dificultades, haciendo que de este modo el norte mantuviera sus diferencias de desarrollo. A la larga, sin embargo, lo que se observó en todo el país fue un cierto desencanto y apatía en cuanto a la intervención obrera en los órganos de autogestión, y a la búsqueda de la defensa de sus intereses a través del uso de mecanismos comunes a los de la clase trabajadora de cualquier otro lugar, como la huelga (lo que se evidenció especialmente en los años ochenta y primeros noventa con los programas de ajuste estructural del FMI). “Parece paradójico, pues, que […] el sistema de autogestión yugoslava reproduzca el mismo modelo de relaciones laborales conflictivas que en principio deberia de haber contribuido a eliminar” (Romero Ramírez).

En tercer lugar, la economía yugoslava, con su combinación de socialismo y mercado, sufrió fuertes desequilibrios. Aunque hubo algunas diferencias sensibles con respecto a las economías de planificación central -el derecho reconocido de sus ciudadanos a emigrar, la mayor concentración en los bienes de consumo frente a los de equipo-, la ausencia de órganos de coordinación y planificación y la tendencia a la concentración empresarial, que favoreció la aparición de la tecnocracia dirigente, generaron, a la larga, algunos de los factores en los que se asentó la crisis económica y política que dio lugar a la desintegración de la república federal: una fuerte inflación, una creciente deuda externa, el mantenimiento de las diferencias de desarrollo entre repúblicas o un mayor desempleo -y por añadidura una mayor emigración-. Uno de los primeros disidentes yugoslavos, Milovan Djilas, ex vicepresidente de la república, criticaba desde una posición marxista que el modelo yugoslavo estaba reuniendo los peores aspectos del “socialismo real” y del capitalismo. En sus conclusiones, el profesor Romero Ramírez expone que “la construcción de una sociedad autogestionaria no podría descansar, única y exclusivamente, en la propiedad social de los medios de producción, ni en un ordenamiento legal que confiriese a los trabajadores el estatus y la responsabilidad de regir la vida social y económica, sin atajar antes todos los factores que conducen a la desigualdad y a la consagración de las jerarquías.”

Con todo, el modelo yugoslavo permitió a una sociedad fuertemente atrasada económica, técnica y a nivel educativo superar estos problemas en un período de tiempo relativamente corto. Asimismo, la muestra de que existía una forma distinta de hacer las cosas, pese a que la autogestión desarrollada en los Balcanes estuviera fuertemente desnaturalizada, debe ser útil de cara al futuro o, cuando menos, no ser obviada por los acontecimientos producidos con posterioridad en el área.

UN EQUILIBRIO PRECARIO ENTRE EL CENTRO Y LAS REPÚBLICAS

Imagen8Las repúblicas eran el escalón último de la descentralización administrativa en Yugoslavia. La Constitución de 1946 proclamaba la división del país en seis repúblicas federadas, una provincia y una región autónomas. Las seis repúblicas eran Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia. La provincia autónoma de Vojvodina, donde se encontraba una importante minoría húngara, y la región autónoma de Kosovo-Metohija, de mayoría de población albanesa (y de estatus menor al de Vojvodina) se enclavaban dentro de la república de Serbia. Posteriormente, sin embargo, Kosovo recibiría el estatus de provincia y perdería el nombre compuesto, suprimiéndose la denominación serbia de Metohija, que resultaba ofensiva para la población albanesa.

La configuración, o más bien la adscripción a cada una de las principales minorías del país a una república o a una provincia se realizó por el siguiente criterio, según explica Carlos Taibo: a cada nación constitutiva de Yugoslavia -eslovenos, croatas, serbios, bosniacos…- le correspondía una república federada. Sin embargo, los húngaros -y, junto a ellos, los antiguos serbios de Hungría que vivían en la Vojvodina- y la importante minoría albanesa eran consideradas nacionalidades, por cuanto su nación constitutiva se encontraba en otro estado independiente fuera de las fronteras de Yugoslavia, en su caso Hungría y Albania. Por este motivo, en la división administrativa a Vojvodina y Kosovo sólo se les concedió el estatus de provincia. Las reivindicaciones para elevar su rango al de república, similar al de las otras seis, eran además más intensas en Kosovo que en Vojvodina, dado que la población serbia era mayoría en esta última. No obstante, tras la reforma constitucional de 1974, ambas provincias disfrutaron, en la práctica, de un estatus similar al de las repúblicas, incluyendo la participación, con un representante elegido por sus respectivos parlamentos autónomos, en la presidencia colegiada de Yugoslavia que habría de suceder a la presidencia unipersonal de Tito a su fallecimiento.

A lo largo de los años del liderazgo del mariscal, la tensión entre centralistas y federalistas se fue resolviendo hacia fuera, concediendo en las reformas constitucionales una mayor autonomía y descentralización a las repúblicas. Al mismo tiempo, Tito se mostró implacable con las veleidades nacionalistas de Eslovenia y Croacia, por un lado, y los impulsos de recentralización de Serbia, ya pertenecieran a la oposición o a facciones locales de la LCY. Los intentos de Tito de llevar a cabo un cierto equilibrio entre el centro y las repúblicas chocaron, sin embargo, con su incapacidad para lograr crear un sentimiento nacional yugoslavo lo suficientemente fuerte como para estar por encima de diferencias étnicas o nacionales como las que estallaron a lo largo de las dos décadas posteriores a su fallecimiento. Esto, no obstante, no fue una tara exclusivamente del líder comunista yugoslavo: ya hemos visto que a lo largo de la existencia del reino de entreguerras fue también casi imposible articular un sentimiento nacional paneslavo en el país. Y, a pesar de ello, según las estadísticas proporcionadas por Taibo, a la muerte de Tito había subido en una gran proporción el número de personas que se declaraban “yugoslavas” a secas: en 1971 eran 273.000; en 1981 representaban más de un millón doscientas mil, con porcentajes más elevados en Croacia que en Macedonia.

Las tensiones entre el centro y la periferia guardan también relación con los problemas económicos que acabaron agudizando los conflictos internos de Yugoslavia. La descentralización de la política económica, sobre todo a partir de 1965, cuando el gobierno federal perdió gran parte de su capacidad de control sobre la actividad económica, generó una descoordinación de las políticas seguidas por parte de las diferentes repúblicas que aumentaron los desequilibrios, perjudicaron la toma de decisiones en materia fiscal, de política monetaria, de inversiones o de política de precios y penalizaron, a la larga, el desarrollo de las regiones más desfavorecidas, que siguieron creciendo a menor ritmo que las repúblicas septentrionales más desarrolladas. Eslovenos y croatas, preocupados por la integración en el mercado mundial, la inversión según criterios de racionalidad y rentabilidad y la competitividad de sus industrias, criticaban la adopción de un programa de inversiones destinado a la creación de “fábricas políticas” en Bosnia y Kosovo (la inversión en estas dos zonas motivadas, según ellos, por objetivos políticos, aunque se tratase de explicar por la necesidad de industrializar y desarrollar estas regiones) y la política del Fondo Federal para el Desarrollo de las Regiones Subdesarrolladas. La controversia en la materia, que se mantuvo a lo largo del tiempo, fue perjudicial a la hora de que el gobierno federal dispusiera una política adecuada para solventar los problemas del país. Podría llegar a decirse, incluso, que lejos de una “solidaridad entre repúblicas” (como se quiso bautizar el sistema federal), lo que se dio fue una suerte de “insolidaridad entre repúblicas”, especialmente en lo que respecta a la redistribución de la riqueza nacional entre las regiones más ricas y más pobres. En resumen: “el término “fragmentación del mercado” fue acuñado por los expertos de la OCDE (1984) para referirse a la situación provocada por la aplicación de los principios autogestionarios al marco de las relaciones económicas entre las diversas repúblicas. De acuerdo con el ordenamiento legal, cada república y provincia autónoma de las que integraban el antiguo estado federal yugoslavo disponía de una amplia discrecionalidad en materia económica […] Esta amplia autonomía de unas repúblicas a otras tuvo como consecuencia más inmediata la descoordinación en la política econ6mica nacional, provocando, a su vez, altas tasas de desempleo y de inflación; pero, sobre todo, propició que las diversas repúblicas arbitrasen los procedimientos adecuados para frenar la redistribución de la renta nacional a favor de sus propias economías locales” (Romero Ramírez). Un escenario que se complicó aún más con la intervención, nuevamente malograda, de las instituciones financieras mundiales, en un marco de crisis institucional y manipulaciones nacionalistas.

CAUSAS EXTERNAS DE LA CRISIS

Imagen9La muerte del mariscal Tito se produjo el 4 de mayo de 1980 en Liubliana, capital de Eslovenia. El viaje de su féretro hasta Belgrado fue seguido de forma significativa por multitud de yugoslavos, pero su muerte no significaba sólo, de una manera simbólica, dejar huérfanos a todos aquellos ciudadanos de la Yugoslavia socialista y multiétnica que había forjado a lo largo de treinta y cinco años. A su fallecimiento, el sistema político y económico del país se encontraba ante un desafío: la deuda exterior, el desempleo y la elevada inflación se habían convertido en problemas severos, así como las diferencias de desarrollo permanentes entre el norte y el sur del país. Paralelamente, a pesar de las reformas políticas que otorgaban mayor autonomía a las repúblicas y a las provincias autónomas y a la puesta en marcha de la presidencia colectiva y rotatoria tras el fallecimiento del mariscal -que había ejercido como presidente vitalicio del país, si bien con un cargo más de representación exterior que con funciones típicas de alto magistrado de la Nación-, tal y como se había previsto en la reforma constitucional de 1974, las tensiones nacionales se mantuvieron a lo largo de las décadas siguientes.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

A lo largo de los años venideros, en el seno del parlamento federal y la Liga de los Comunistas de Yugoslavia trató de abordarse este problema, desde las perspectivas de una descentralización mayor, lo que habría dado lugar a una estructura más confederal que federal al país -una solución que apareció a principios de los noventa, cuando las posturas intransigentes, en especial del nacionalismo serbio, hicieron fracasar esta solución- o de una recentralización que confiriera mayor poder al centro federal para poder coordinar áreas sobe todo económicas. Al mismo tiempo, y en este sentido, se enfrentaban también posturas partidarias de la introducción de medidas liberalizadoras de la economía y otras más conservadoras, más ortodoxas desde el punto de vista del socialismo, en la materia. Como quiera que las posturas discordantes centralización-descentralización y liberalismo-conservadurismo en materia económica estaban confundidas en las cúpulas dirigentes de las ligas de los comunistas locales, de tal suerte que los que defendían la descentralización administrativa no siempre eran partidarios de la liberalización económica (y al revés en el caso del otro binomio), “esta división hizo imposible cualquier acuerdo común sobre la reforma constitucional” (Carlos Taibo).

Un problema que agudizaría los conflictos era que, salvo Eslovenia, que era relativamente homogénea en términos étnicos (esta razón, junto con el hecho de que no tuviera fronteras comunes con Serbia, harían que la guerra de secesión de esta república fuera casi una “guerra relámpago”), casi todas las repúblicas tenían un alto número de población minoritaria de otras etnias, lo que daba lugar a que los conflictos independentistas y el nacionalismo exacerbado tuviera como víctimas especiales a estas poblaciones. Había una importante minoría serbia, como ya se ha citado anteriormente, en Croacia. En Serbia, húngaros y sobre todo albaneses en las provincias autónomas. Bosnia era un cóctel multiétnico. Y también había importantes minorías albanesas en Macedonia y Montenegro, república ésta que además contaba con un alto porcentaje de población serbia.

A partir de mediados de los ochenta, el nacionalismo, en franca conexión con la crisis económica (agudizada además por factores externos que pasaremos posteriormente a examinar) comenzó a hacer de las suyas en las diferentes repúblicas. Sobre este tema se ha escrito mucho, y como exponen muchos autores, las raíces más violentas y expansionistas, de raíz irredentista, comenzaron a observarse en Serbia, donde un funcionario de la Liga de los Comunistas, Slobodan Milosevic, dispuesto a conseguir el poder en la república sin importar el establecimiento de extrañas alianzas con este sector político -e incluso sin importarle poner en riesgo la propia permanencia de la federación- alimentó desde el poder el nacionalismo si le podía granjear apoyos, y posteriormente votos. Conocidas son sus primeras manifestaciones, suspendiendo la autonomía de Vojvodina y Kosovo, liderando la manifestación ultranacionalista de Kosovo Polje y la continuación de las mismas con el apoyo a las milicias serbias en Krajina, Eslavonia Oriental y Bosnia Oriental. Pero Milosevic no fue el único, aunque fuese el primero, en mostrar oportunismo a raíz de la descomposición interna yugoslava -quién sabe si alentada además por este tipo de personalidades- y de la progresiva caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental. Milan Kucan, el primer presidente esloveno elegido en elecciones pluripartidistas, era un antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. Y Franjo Tudjman, el primer presidente de la Croacia pluripartidista y luego de la república independiente, había sido partisano a las órdenes de Tito y general del ejército federal, y en 1989 pasó a defender, con esa extraña fe del converso, la política de exterminio bajo argumentos divinos (“el genocidio es un fenómeno natural, no sólo permitido, sino ordenado por la palabra del Todopoderoso para la superviviencia del reino de la nación escogida o para la preservación y difusión de su fe, la única verdadera”) e hizo apología del régimen fascista títere del Estado Libre de Croacia de Ante Pavelic. No deja de resultar sorprendente que estos dos personajes, Milosevic y Tudjman, dos oportunistas políticos que hicieron bandera de la causa nacionalista; que levantaron dos regímenes corruptos y autoritarios en Zagreb y Belgrado; que apoyaron -cuando no lo fueron directamente ellos mismos- a criminales de guerra y apologistas de la violencia como Radovan Karadzic y Ratko Mladic en el caso del primero o Mate Boban y Ante Gotovina en el del segundo; y que proyectaron repartirse Bosnia-Herzegovina a través de los acuerdos de Karadjordjevo (marzo de 1991) y Graz (mayo de 1992), aparecieran sentados en Dayton en 1995 firmando como hombres de Estado los acuerdos de paz que daban por finiquitado el conflicto bosnio -y, en los hechos, el gobierno multiétnico del país y sancionaban poco más o menos la política de conquista y limpieza étnica desarrollada a lo largo de los tres años anteriores-.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Lo de Dayton puede interpretarse, poco más o menos, como una nueva cumbre en la cadena de despropósitos de la comunidad internacional en su forma de tratar los asuntos referentes a Yugoslavia. Es curioso que un país que había sido especialmente bien tratado por la Unión Europa o los Estados Unidos por ser un estado socialista heterodoxo, alejado de la órbita de Moscú, fuera sin embargo tan poco conocido en cuanto a sus asuntos internos como para que durante cinco años (1990-1995), o más si contamos con el triste epílogo del conflicto kosovar, estuviera sembrando cadáveres y dando pie a explicaciones simplistas como una suerte de males atávicos que se pretendían remontar a las guerras balcánicas de casi cien años antes.

Por descontado, fueron los problemas internos de Yugoslavia la causa principal de que se desencadenaran los conflictos que se fueron sucediendo, desde la breve “Guerra de los Diez Días”  en Eslovenia de la primavera de 1991 hasta la larga guerra civil bosnia de 1992 a 1995. Pero todos esos problemas se vieron agudizados por la actuación de una serie de agentes de fuera que aportaron “leña al fuego” en este asunto, bien por acción o por omisión. Si bien Yugoslavia o los Balcanes en general, como explica el profesor Taibo, había dejado de ser el área estratégica que fue cuando tuvieron lugar las independencias del imperio otomano del siglo XIX o las guerras balcánicas previas a la PGM, y la atención se había desviado hacia Oriente Medio, las dificultades de una URSS en sus últimas bocanadas, la unidad alemana o la integración europea, esto lo que hace es hablar en negativo de una comunidad internacional que exhibe una cara, la de la defensa de las libertades, los derechos humanos y la paz, mientras por la espalda sólo se preocupa de sus propios intereses geopolíticos, muy alejados de esos grandes principios.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

El papel del FMI: La negociación para el pago de la deuda externa yugoslava conllevó, casi como en todas partes, un plan de ajuste estructural que de nuevo se llevó a cabo, como en tantas otras ocasiones, a través de las llamadas “recetas mágicas” del FMI, las instrucciones multiusos que en tantas ocasiones se han demostrado fallidas y han causado más perjuicios que beneficios. En palabras de la especialista alemana Jutta Dirtfurth, citadas por Ángel Ferrero, “a la elevada deuda exterior en los ochenta les siguió la desestabilización de la economía yugoslava en los noventa, en parte por culpa del programa de ajuste estructural dictado por el Fondo Monetario Internacional en 1990. Como en el caso del Tercer Mundo, el objetivo ahora en Yugoslavia era privatizar las empresas públicas y abrir el país a las inversiones y mercancías extranjeras. Pero sobre todo se trataba de recortar los amplios derechos de que gozaban los trabajadores. La ley sobre Organización de Base del Trabajo Asociado molestaba. Un ejemplo así no era necesario en la futura Unión Europea…” Ya antes de la muerte del mariscal Tito, un primer paquete de medidas fue adoptado -o impuesto- a las autoridades yugoslavas, sin que supusiera éxito alguno: la reestructuración de la deuda no condujo a una reducción de la misma, sino que fue progresivamente aumentando. El nivel de vida de la población, a consecuencia de la devaluación del dinar, la moneda yugoslava, fue cayendo progresivamente.

A lo largo de los años ochenta, las privatizaciones, las congelaciones salariales, una nueva ley bancaria diseñada para desencadenar la liquidación de los “Bancos Asociados” (hasta entonces en manos públicas), la ausencia de ayudas a las empresas nacionales obligadas a entrar en bancarrota o en liquidación por la competencia extranjera -con la aprobación de una particular legislación al efecto para facilitar que las empresas insolventes se declararan en quiebra-, y otras medidas puestas en marcha por el primer ministro federal, Ante Markovic (quién había sustituido en 1988 a Branko Mikulic, incapaz de hacer aprobar su proyecto de presupuestos en el parlamento federal), como una política monetaria restrictiva, dinamitarían los lazos económicos entre las repúblicas, aumentarían las tendencias centrífugas que se habían ido observando a lo largo del tiempo entre las mismas y dispararían las tensiones separatistas. Al mismo tiempo, el apoyo otorgado a la burocracia del partido para la puesta en marcha de las reformas, creando una continuidad entre la antigua y la nueva clase dirigente (“las oligarquías republicanas, que soñaban con un “renacimiento nacional” en beneficio propio, en lugar de elegir entre un auténtico mercado yugoslavo o la hiperinflación, optaron por una guerra que iba a ocultar las auténticas causas de la catástrofe económica”, expone Michel Chossudovsky), y el desencanto de una población que mostró primero su malestar en forma de huelgas donde las diferencias étnicas brillaban por su ausencia, y luego se vio arrastrada a la orgía nacionalista por los manipuladores políticos, sirvieron de acelerador del proceso.

Como corolario, muchos de los países de la zona se hallan más empobrecidos -aunque siguen persistiendo las mismas diferencias que durante la existencia de la federación-, la integración en la UE se ha hecho a costa de programas de recortes y de una caída del nivel de vida que han generado protestas ciudadanas (Eslovenia) o se ha dado una manifestación de capitalismo clientelar (Serbia, Montenegro) o de una administración neo-colonial de no residentes que determina la política económica (Bosnia-Herzegovina).

La actitud alemana: La Alemania recientemente reunificada (o más bien resultado de la absorción de la RDA por parte de la RFA, dado que no hubo ni adopción de una nueva carta magna, ni reforma constitucional, ni referéndum… nada salvo la pura y simple imposición del sistema político y económico de Alemania Federal a su vecina) tenía ansias de liderazgo en el interior de la entonces Comunidad Europea (Maastricht fue el primer paso para la construcción de una suerte de nueva Europa bajo la Pax Germanicca). El gobierno del canciller Kohl, reelegido tras el subidón nacional provocado por la “reunificación”, forzó la deriva de los acontecimientos cuando, tras un acuerdo en el verano de 1991 entre Belgrado y las entonces repúblicas secesionistas de Eslovenia y Croacia, se finalizaron los combates en la primera de las repúblicas a condición de que Liubliana y Zagreb pospusieran su independencia por noventa días y Serbia aceptara el relevo en la presidencia rotatoria de la debilitada federación.

Sin embargo, el gobierno alemán tomó la iniciativa unilateral de reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia, forzando al resto de países miembros de la CE a reconocer también la secesión. Antes de tomarse siquiera la molestia de esperar a la evaluación de un comité de juristas, que tendría que elaborar un informe acerca de la situación de los derechos humanos y la situación de las minorías en estas repúblicas, y en contra de la opinión de los Estados Unidos, quienes pese a no tener ya interés en el mantenimiento de la federación yugoslava, consideraban precipitado aún el reconocimiento. Contra -o cuanto menos adelantándose a- los propios requisitos solicitados en la materia por la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE, la posterior OSCE), el reconocimiento prematuro avalaba a un personaje tan poco de fiar como Tudjman y daba alas al nacionalismo serbio para emprender su labor de limpieza étnica en Krajina y Eslavonia Oriental bajo el argumento de la “autodefensa”. El contraste de la actitud alemana, además, con el rápido reconocimiento de la independencia de Eslovenia y Croacia con respecto a las aspiraciones de reconocimiento de una hipotética secesión en referéndum o en elecciones plebiscitarias de Cataluña o el no reconocimiento de la anexión de Crimea por Rusia (península mayoritariamente habitada por rusos y que había pertenecido a Rusia antes de que fuera otorgada a Ucrania por primera vez en su historia por el premier soviético Nikita Jruschov en los sesenta) bajo el argumento de la “integridad territorial de los estados” suena casi a chiste.

Las ayudas militares y diplomáticas “bajo cuerda”: Jutta Dirfurth, en otro párrafo citado por Ángel Ferrero, establece la actitud favorable a eslovenos y croatas exhibida por Alemania y su vecina Austria a lo largo de los conflictos yugoslavos. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, capitaneada por EE.UU. y, en el ámbito europeo, claramente secundada por la nueva Alemania, “consideraba a Yugoslavia una molesta muralla que bloqueaba sus intereses en Asia Central. Su objetivo era el establecimiento de un puente hasta su puesto avanzado en Turquía y la estabilización de los Balcanes para los intereses de los Estados Unidos y la UE, con Alemania al frente”. Josep Fontana se refiere, además, a la vieja aspiración de dominio austro-alemán de la zona balcánica, fracasada tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, y que parecía retornar con la desintegración del estado federal yugoslavo. A ello podía sumársele la posible futura integración, en la esfera de influencia austro-germana y en la Unión Europea, de las dos repúblicas más septentrionales y desarrolladas de la disuelta federación, Eslovenia y Croacia, que habían formado parte del Imperio Habsbúrguico (como, de hecho, ha ocurrido). Si nos atenemos a las feroces críticas y posiciones antiserbias -absolutamente justificadas- en el conflicto, sin que, sin embargo, se escucharan lamentos por los crímenes o abusos de poder cometidos por parte de las autoridades y milicias croatas, dentro o fuera de las fronteras de la república, puede resultar fácil colegir que el apoyo alemán, austríaco e incluso húngaro (que intervino también a favor de Croacia para tratar de ayudar de modo indirecto a sus connacionales de Vojvodina) se tradujo en una actitud similar en los medios diplomáticos y de comunicación.

Por su parte, Francia jugó hacia una calculada ambigüedad: “al mismo tiempo que Mitterrand criticaba a Milosevic por sus abusos, le prestaba apoyo incluso militar enviando discretamente armas a los serbios, tan sólo para proyectar la antigua alianza franco-serbia que se remontaba a 1914” (Carlos Sánchez Hernández).

Estados Unidos, por su parte, fue a remolque de la Unión Europea, y aunque en un primer momento proporcionó armas e instructores al gobierno bosnio de Alia Izetbegovic, demostró que no tenía una política clara sobre el asunto, y el embargo de armas que se dictó en Bosnia no favoreció en absoluto a sus supuestos aliados del gobierno de Sarajevo. Lejos de eso, las milicias serbias, que contaban con los arsenales del ejército federal, podían seguir abasteciéndose en mayor medida que sus adversarios, lo que les llevó a conquistar las dos terceras partes del territorio bosnio entre 1992 y 1994, mientras croatas -de acuerdo con el plan de partición entre Tudjman y Milosevic- y musulmanes peleaban entre sí en el resto de Bosnia.

“El triste papel de la ONU”: Así ha definido el profesor Taibo lo que fue el papel de la organización internacional en los Balcanes. No resulta extraño, pues en el juego de intereses descrito anteriormente -al que podría sumarse la postura griega, preocupada por el reconocimiento internacional de Macedonia; o el de España o Gran Bretaña, por el impacto interno que podrían tener en Euskadi, Cataluña o Escocia el reconocimiento del derecho de autodeterminación que se le había dado a Croacia y Eslovenia- la ONU y su Consejo de Seguridad iban a ver también posturas enfrentadas o cuando menos de una ambigüedad calculada entre las diferentes naciones y entidades internacionales.

El caso de Bosnia-Herzegovina fue, sin duda, el que más impacto -por la duración del conflicto, por sus secuelas humanitarias, por las múltiples conexiones televisivas que llegaban a los espectadores de todo el mundo- tuvo en la opinión pública y el que reveló la ineficacia de la organización, que en los últimos años ha dido experimentando un franco declive cuyo punto culminante ha sido la utilización unilateral de la fuerza y sin respaldo alguno de resoluciones de Naciones Unidas por parte de EE.UU. en Irak. Pero, retornando a Bosnia, lo más grave del asunto fue que otra vez el juego de intereses se entrometió aquí, abriendo camino a la guerra y sentando las bases para que la ONU fracasara en su empeño de enviar una fuerza de paz y de llegar a un acuerdo estable para la viabilidad del país.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Como ya se dijo anteriormente, Bosnia-Herzegovina resultaba algo así como una “Yugoslavia en pequeño”. Habitada por tres comunidades (serbios, croatas y bosnio-musulmanes), muchas veces entremezclados entre sí como en el caso de la capital, Sarajevo, su independencia, proclamada en 1992 junto con la de la septentrional Macedonia -después del fracaso de la propuesta de reforma de la federación- incluía un gobierno de representación de las tres comunidades: el presidente de la república era musulmán (Izetbegovic); la presidencia del gobierno recalaba en un serbio, y la del parlamento en un representante croata.

Por entonces se estaban registrando las primeras luchas callejeras, y aparecían las primeras comunidades autónomas serbias y croatas, de los primeros en Bosnia Oriental y Banja Luka, al norte del país, y de los segundos en la zona de Herzegovina (tal vez un paso previo para la división del país acordada en Karajordjervo y ratificada más tarde en Graz por serbobosnios y bosniocroatas). La independencia, sin embargo, escribe Josep Fontana, no tenía en principio por qué ser traumática: “los serbios aceptaban la independencia con tal de que se estableciera un gobierno central débil y se respetase la autonomía de las zonas en las que la población de etnia serbia era mayoritaria”. Pero estos deseos y la actitud de Izetbegovic, apoyado por los EE.UU., que aspiraba a un poder central fuerte, y que recelaba de la actitud serbia y de los deseos de Milosevic de construir una “Gran Serbia” a costa de los territorios de mayoría serbia de la república, acabaron por chocar.

Las milicias paramilitares serbias pusieron pronto cerco a Sarajevo, y los croatas de Herzeg-Bosna comenzaron asimismo a atacar las posiciones del gobierno bosnio en Herzegovina y Bosnia Central. En 1992 salió a la luz un plan de Naciones Unidas, el plan Vance-Owen, que suponía la cantonalización del país mediante su división en diez provincias autónomas o cantones de forma que cada comunidad contara con mayoría de población en tres de ellos y que en el gobierno de cada una de ellas estarían representados los tres grupos principales; la presidencia de la república, al igual que ocurría en la de la antigua federación yugoslava, sería de carácter rotatorio.

Sin embargo, este plan no salió adelante en su momento: la UNPROFOR, la fuerza de paz enviada en su día a las zonas de Krajina y Eslavonia, en Croacia, y extendida a territorio bosnio, no había recibido mandato alguno para hacer cumplir el plan establecido (entre sus funciones sólo estaba garantizar la entrega de ayuda humanitaria y la protección de zonas de seguridad para los refugiados civiles). Además, contó con la oposición de los representantes serbios (ya que no otorgaba reconocimiento a las ganancias de territorio conseguidas a través de la política de “limpieza étnica”), pero sorprendentemente también con la de EE.UU., quienes no querían verse obligados a mandar hombres para garantizar el cumplimiento del plan.

A lo largo de los siguientes tres largos años de guerra, fueron varios los factores que cambiarían el curso de los acontecimientos a favor de una solución negociada que, paradójicamente, iba a ser muy similar al plan Vance-Owen. En primer lugar, los serbios “murieron de éxito”, ya que controlaban una extensión de territorio demasiado grande como para que pudieran controlarlo con facilidad. Además, Milosevic, pensando en ganar respetabilidad y crédito internacional y en acabar con el bloqueo internacional que se había establecido contra la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro, dejó de apoyar a las milicias serbobosnias. En segundo lugar, la alianza bosniocroata que se había roto al comienzo de la guerra cuando entró en funcionamiento el acuerdo de reparto de Bosnia entre los gobiernos de Serbia y Croacia se restableció. Y en tercer lugar, los EE.UU. pusieron en marcha, con cobertura militar de la OTAN y a través de una demanda de la ONU, la operación Life and Strike, a través de la cual se bombardeó las posiciones serbias y se dio apoyo armado a la Armija bosnia.

En medio de todo esto, sin embargo, se producía la descoordinación entre las fuerzas de la OTAN y los “cascos azules” de la ONU, enviados en escaso número, además, para proteger las zonas de seguridad, que fueron tomadas por los serbios. El contingente de soldados de Naciones Unidas registró, por otro lado, una horrible mancha en su historial con la pasividad, cuando no la connivencia, de un contingente de “cascos azules” holandés con la matanza de musulmanes bosnios perpetrada por los paramilitares serbios de Ratko Mladic en Srebrenica en julio de 1995. En lugar de proteger a la población civil, los soldados neerlandeses de la ONU simplemente “dejaron hacer”, con lo que 7.600 varones musulmanes fueron salvajemente masacrados.

Fuera por la matanza de Srebrenica o porque la guerra se encontraba en un punto muerto, el nuevo presidente estadounidense, Bill Clinton, decidió patrocinar una reunión en Dayton (Ohio, EE.UU.) entre el presidente bosnio y los presidentes de Croacia y Serbia-Montenegro para alcanzar un acuerdo de paz en el país. En realidad, el acuerdo de Dayton del 14 de diciembre de 1995, firmado por Izetbegovic, Tudjman y Milosevic era una versión actualizada del plan Vance-Owen: Bosnia-Herzegovina quedaba dividida en dos entidades autónomas: la República Serbia de Bosnia, con un 49% del territorio al este y al norte, y la Federación Croato-Musulmana, con el 51% restante en Bosnia Central y Herzegovina. Tendría un parlamento federal común en Sarajevo y una presidencia colegiada formada por un representante de cada una de las tres comunidades. Sin embargo, en la práctica, el país se ha convertido en una especie de protectorado de Naciones Unidas, con la presencia de un representante de la ONU con funciones ejecutivas y autoridad sobre ambas zonas. “Era un resultado lamentable -escribe Fontana- que venía a sancionar lo que se pudo haber obtenido en 1992 con el Plan Vance-Owen, ahorrándose tres años de guerra que causaron 100.000 muertos y grandes desplazamientos de población. Las destrucciones económicas y el retroceso en la producción de alimentos dejaron al país en una situación en que no hubiera podido subsistir sin ayuda internacional”.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La única conclusión positiva del papel de la comunidad internacional fue que, aparte de la labor de reconstrucción y de la solidaridad altruista desempeñada por particulares y por soldados que, como los españoles desplazados en la zona de Mostar, contribuyeron a reconstruir el histórico puente de la ciudad, fue la de la implementación del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. En el plano del Derecho y de la persecución de crímenes de guerra, este tribunal supuso un auténtico golpe para aquellos que habían cometido y patrocinado las labores de limpieza étnica, y una satisfacción para las víctimas de la violencia, pese a sus limitaciones en cuanto a la materia a investigar -en muchos casos, no se tuvo en cuenta como crimen contra la humanidad la violación- y los criminales que fueron penados (Tudjman no pasó por ellos y Milosevic murió antes de que se dictara sentencia alguna contra él). Sin embargo, aunque contemporáneo del Tribunal Internacional para Ruanda y precedente de la Corte Penal Internacional, el hecho de que países hayan quitado su firma del acuerdo para su creación o directamente no la hayan puesto (EE.UU., Israel), las limitaciones interpuestas por otros al concepto jurídico de “justicia universal” (España recientemente) o los intereses creados para evitar llevar a juicio a criminales de naciones especialmente estratégicas por razones económicas o comerciales puede dar la razón a lo que Carlos Taibo decía en su día sobre la discriminación y la limpieza étnica en Yugoslavia: “La aceptación de facto de los resultados de la político de “limpieza étnica” […] abre acaso el camino a procesos de naturaleza semejante en otros lugares. Las minorías húngaras presentes en Eslovaquia y en Rumania pueden ser las próximas víctimas, como pueden serlo muchas de las minorías rusas y no rusas que habitan en las diferentes repúblicas de la Comunidad de Estados Independientes”. Procesos que, en otras latitudes -Latinoamérica, Myanmar…- se han vivido sin la atención mediática que despertó en su día las guerras de Yugoslavia.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpeska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

CONCLUSIONES

Cuando Yugoslavia dejó de existir, aún se habría un posible horizonte que evitara los conflictos que surgieron a la luz a lo largo de los años noventa con el resultado de cruentas guerras entre las repúblicas de Eslovenia, Croacia y Bosnia -y en el interior de estas dos últimas- y Serbia, apoyada por Montenegro y por un ejército federal serbianizado por dos factores: la alta presencia de serbios en sus escalones superiores de mando y por la deserción de soldados de otras nacionalidades, que no estaban dispuestos a luchar contra sus propias repúblicas. Una de estas posibilidades pasaba por la reforma de la federación para que adoptara una estructura confederal, o por la variante de una confederación de estados yugoslavos independientes. A estas posibilidades, propuestas por Macedonia y Bosnia-Herzegovina, se sumaron en un primer momento eslovenos y croatas, pero dos factores impidieron que pudiera salir a la luz: la actitud del nacionalismo serbio, para quien la federación sólo iba a poder reformarse a favor de la hegemonía nacional de su república, y la inicial reticencia de la Comunidad Europea -postura que, como veremos, se modificó más tarde, a raíz del paso al frente dado por una Alemania dispuesta a dar un giro a su política exterior tras la reunificación- a aceptar cambios en las fronteras adoptadas tras la SGM.

Si bien las causas que operaron en la desintegración del viejo estado federal yugoslavo fueron internas, la aceleración del proceso y su desenlace violento estuvieron en buena medida determinados por la acción externa, y su desarrollo se vio agravado por una comunidad internacional que, demasiado ocupada en otros asuntos, demasiado poco conocedora de los procesos internos que se estaban desarrollando en el interior de Yugoslavia y, además, defendiendo en muchas ocasiones intereses contrapuestos, no fue capaz de coordinar correctamente una operación diplomática eficaz para evitar las sucesivas guerras, ni garantizar una política humanitaria eficaz que protegiera a la población civil inmersa en las zonas de combate. Los medios de comunicación transmitían diariamente imágenes del cerco de Sarajevo o de los combates en Bosnia Central o Herzegovina, pero el conflicto permaneció enquistado durante mucho tiempo sin que funcionaran acertadamente las instituciones internacionales, en especial Naciones Unidas.

Durante ese tiempo, además, prevalecieron los análisis que se referían a lo que ocurría en la antigua Yugoslavia como una muestra más del fracaso del socialismo o a la presencia de conflictos latentes que, como en una conocida obra del escritor y ex corresponsal de guerra Arturo Pérez-Reverte, “Territorio comanche”, se remontaban en la memoria colectiva de los yugoslavos a la época de la Gran Guerra o la posterior lucha interior entre chetniks, ustashes y partisanos durante la SGM, lo que ha contribuido a dar la imagen de que los yugoslavos, en realidad, se odiaban desde tiempo inmemorial y se habían visto obligados a convivir por obra de Tito o de las potencias internacionales que, después de la PGM, construyeron Yugoslavia poco menos que de la nada. Esta interpretación obviaba la antigüedad de la idea paneslava, mucho más vieja que aquellos tiempos en que los yugoslavos “se acuchillaban en nombre de la Sublime Puerta o de la Viena imperial” (Pérez-Reverte), y de que fueron los actores que utilizaron el nacionalismo como arma política para sus propios fines quienes recordaron a las masas de sus respectivas repúblicas los odios de un pasado lejano -la hegemonía serbia, el terror de los ustashes…- para exacerbarlas y garantizarse su apoyo frente a un “enemigo” común. Por otra parte, esto fue más efectivo en el medio rural que en las ciudades, donde la convivencia interétnica y el nivel cultural era mayor. No en vano, Sarajevo, la acosada capital bosnia, era la sede del gobierno multiétnico de la república independizada.

En cuanto a la muestra del fracaso del socialismo, no conviene olvidar los factores externos que condujeron al desmoronamiento de la economía yugoslava, en gran medida las políticas dictadas por el FMI a la manera de “recetas multiusos” para revitalizar la maltrecha economía del país. El modelo socialista yugoslavo estaba muy alejado de la ortodoxia impuesta desde Moscú a sus aliados del centro y el este de Europa, y esta falta de ortodoxia hicieron que durante muchas décadas Yugoslavia fuera un aliado comercial de Gran Bretaña, Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea. A partir de los años ochenta, con la puesta en marcha de la perestroika gorbachoviana en la URSS, y sobre todo de 1989, con la caída de los regímenes burocráticos que componían el bloque soviético en Europa, el interés como socio de Yugoslavia cayó en picado, al igual que las ayudas económicas que recibía el país de Occidente, lo que fue determinante para el deterioro de la economía, la aplicación de programas de ajuste más severos (causa y efecto mutuos el uno del otro) y el aumento de la conflictividad social y el agravamiento de la situación política.

En segundo lugar con respecto a este extremo, si bien el socialismo yugoslavo estuvo marcado por defectos que lo alejaban de un verdadero socialismo de raíz humanista y democrática, como lo estaban los socialismos burocráticos de la URSS y el bloque este, tal y como lo enjuician los críticos del “socialismo real”, el fracaso del modelo socialista no explica por qué la independencia y disolución de un estado debe degenerar en conflictos bélicos. El ejemplo más claro es la disolución pacífica de Checoslovaquia, un estado socialista ortodoxo hasta 1989, en dos estados independientes desde enero de 1993. Quizás este argumento esté motivado por la necesidad de mostrar, una vez más, las maldades de un mundo ya inexistente que, sin embargo, ha sido criticado por filósofos y teóricos marxistas por la degeneración que suponía utilizar el nombre de socialismo para definirlos, que generó más de un disidente de raíz marxista y que, como en el caso del “socialismo autogestionario” yugoslavo, creó experiencias interesantes y positivas que no conviene descartar de un plumazo.

FUENTES:

Carlos Taibo, José Carlos Lechado: “Los conflictos yugoslavos. Una introducción”. Madrid, Fundamentos, 1993.

Ángel Ferrero, “Hacia una Europa neoimperialista”, en Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria, 2013.

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una Historia del mundo desde 1945”. Barcelona, Pasado & Presnte, 2013.

Carlos Sánchez Hernández, “La geometría variable del poder en política exterior. I: La intervención occidental en Bosnia (1992-95) y la matanza de Srbrenica”, Madrid, NÓMADAS-Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, 12-2005/2, Universidad Complutense de Madrid.

Antonio José Romero Ramírez, “Yugoslavia: de las repúblicas de los consejos obreros a la guerra entre republicas”, s/l, Papers nº 44, 1994.

Marcos Ferreira, “Desintegración y guerras de secesión en Yugoslavia”, 6 de mayo de 2015, en http://elordenmundial.com/regiones/europa/desintegracion-y-guerras-de-secesion-en-yugoslavia/

Michel Chossudovsky, “El desmantelamiento de Yugoslavia por el FMI”, en http://www.arrakis.es/~caum/fmi.htm

Todor Kuljic “Autogestión de trabajadores en Yugoslavia”. Transcripción de un vídeo de O. Ressler, grabado en Belgrado, Serbia, 23 min., 2003 (Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid), en http://www.republicart.net.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), artículos “Comité Yugoslavo” y “Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios”.

La Europa de posguerra: la guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

“No hay democracia sin socialismo; no hay socialismo sin democracia”

Rosa Luxemburgo

En 1944, Frank Thompson, enlace de los británicos con los partisanos yugoslavos que luchaban contra el ejército nazi en retirada de la Península Balcánica, escribía a su hermano, el historiador Edward Thompson las siguientes palabras en una carta: “Hay un espíritu en Europa que es más noble y más valioso que cualquier otra cosa que este cansado continente haya conocido durante siglos, y que no se podrá detener. Se puede, si se quiere, pensar en ello en términos de política, pero es mucho más amplio y más generoso que cualquier dogma. Es la voluntad confiada de pueblos enteros que han conocido los mayores sufrimientos y humillaciones, y que han triunfado sobre ellos para construir su propia vida de una vez y por siempre”. El propio destinatario de la carta escribirá años más tarde, cuando la “guerra fría” dividió el mundo en dos bloques enfrentados y las superpotencias surgidas tras la SGM, Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban dispuestas a luchar denodadamente por defender sus intereses en sus respectivas esferas de influencia, que “había otra alternativa en 1945. No creo que fuese inevitable que hubiese de realizarse la degeneración que se produjo en ambos bandos. Este fue un momento auténtico y no creo que la degeneración posterior, en la que hubo dos actores, el estalinismo y Occidente, fuese inevitable. Es necesario recordarlo y decir que este momento existió”.

Esta va a ser una historia con un final triste, que es el que por desgracia aconteció a lo que Josep Fontana ha definido como los proyectos de democracia avanzada que surgieron en Europa tras la caída del Reich hitleriano y sus regímenes satélites, y que estaban saliendo a la luz tras la victoria tanto en la parte occidental del continente como en la oriental, donde tuvieron lugar los experimentos llamados “democracias populares” que en pocos años degeneraron en la misma forma de dictadura estalinista que prevalecía en la URSS. Pero al mismo tiempo es la historia pocas veces contada de un momento en que el futuro de Europa y del mundo hubiera podido ser distinto, en que la frase de Rosa Luxemburgo del encabezamiento hubiera podido hacerse real tanto en los países de la Europa Occidental en que el avance de las fuerzas socialistas y comunistas podía dibujar una democracia nueva, no sólo en sus aspectos formales, sino en la de unos nuevos estándares de vida y de participación en la economía para las clases populares, como en los de Europa Oriental, donde la presencia del Ejército soviético y la inclusión de los comunistas en los gobiernos de frente nacional habría llevado a la construcción de un socialismo democrático en lugar de al comunismo opresivo que se extendió por ella. Contada como una historia de maldad soviética (algo que quedaba muy apropiado para un personaje de la calidad moral de Stalin) y de ansias por crear un imperio moscovita más allá de las fronteras de la URSS, en esta historia se ha omitido la labor torpe y sesgada ideológicamente de Churchill, el “premier” británico y la administración Truman, sucesor de Franklin Roosevelt en la presidencia de EE.UU., que convirtieron a la URSS de aliada a enemiga más que por los actos rusos por las respuestas a que Stalin y el Kremlin se vieron obligados a acudir como consecuencia de la labor realizada por aquellos. El resultado fue la caída en desgracia de aquel hermoso proyecto de progreso para la Europa en ruinas.

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

DEMOCRACIA POPULAR: ALGUNAS NOCIONES

El concepto de democracia popular ha sido estudiado desde el marxismo como una etapa de transición al socialismo en contextos particulares, en los que la vía revolucionaria tradicional no podía llevarse a cabo debido a circunstancias sociales, culturales o históricas que impedían la toma del poder por el proletariado de una forma inmediata, pero permitían, sin embargo, una consecución gradual del poder por los trabajadores.

A diferencia de la táctica parlamentaria de los socialistas del primer tercio de siglo, para quienes, tras el debate que surgió sobre la oportunidad o no de la revolución y la decisión sobre la consecución de la misma a través de los mecanismos de la democracia parlamentaria, la democracia popular surgió y surge en momentos singulares en que la lucha nacional (que puede inscribirse, como en el caso de la lucha antifascista en SGM o en de los movimientos anticoloniales, en un contexto internacional más amplio) hace necesaria una unión entre clases en que los intereses entre grupos sociales pueden ser coincidentes. Así, trabajadores industriales (proletarios), campesinos, pequeños propietarios y sectores de la burguesía progresista quedan incluidos en la democracia popular, frente a elementos colaboracionistas, grandes terratenientes, industriales o banqueros. En la cuestión económica, además, “es una forma de la dictadura del proletariado que toma cuerpo en países atrasados en los que las condiciones históricas, económicas, sociales y políticas plantean la necesidad de permitir y estimular durante un tiempo formas no socialistas de producción, incluyendo formas capitalistas.”

Hundiendo sus raíces en la revuelta de la Comuna de París, en la cual Karl Marx estuvo presente como enviado especial de un rotativo norteamericano, antes de la Segunda Guerra Mundial ya existieron experiencias cercanas a la democracia popular: la efímera experiencia -y muy criticada- de la República Popular de Hungría de 1918-1919 presidida por el aristócrata liberal conde Mijály Karoly, cuyo partido se alió con socialistas y los comunistas de Bela Kun (artífice de la posterior revolución bolchevique de Budapest), y la Segunda República Española durante la guerra civil, cuyo gobierno de Frente Popular con participación de demócratas de izquierda (republicanos), socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas vascos y catalanes, en precario equilibrio, realizó una serie de medidas sociales y económicas que, si bien no todo lo revolucionarias que algunos de sus elementos esperaban y deseaban (y en cuya contención tuvieron que ver los propios comunistas del PCE y el PSUC), representaban en cierta medida lo que posteriormente en Europa Occidental y Oriental iba a llevarse a cabo tras la contienda mundial que siguió al conflicto español. No en vano, y aunque no en el mismo sentido que tendría con posterioridad en el Este de Europa, el primer ministro Negrín, en uno de sus conocidos “Trece Puntos” sobre los objetivos de la lucha de la democracia española, anunciaba que se luchaba porque en España hubiera una “república popular” sostenida sobre principios democráticos y cuyo gobierno fuera en todo tiempo obediente a los designios del pueblo español. La influencia posterior de la República se dejó sentir en la Italia republicana de posguerra, cuya constitución se basó en la española de 1931 al proclamar, casi como un calco de ésta, una “República inspirada en el trabajo”.

El brigadista checoslovaco Artur London, en su obra “Se levantaron antes del alba”, deja algunas impresiones de lo que llama “una república democrática de nuevo tipo” que se estaba experimentando en la España republicana, y en el que están presentes algunas de las propuestas de los gobiernos de posguerra en Europa:

 “Durante la guerra, la República española sufrió profundas transformaciones. Se está muy lejos de la República de 1931, como de la de 1936. En los planos económico, social y político, el Frente Popular es una verdadera democracia […] Las industrias clave, las tierras, la banca, estaban en manos del gobierno del Frente Popular, que contaba con el apoyo de los obreros y campesinos. El ejército había perdido su carácter de casta y, salido del pueblo, defendía los intereses del pueblo […] La República puso la instrucción al alcance del pueblo y abrió a este todos los caminos hacia la cultura. La República satisfizo las reivindicaciones nacionales de Cataluña y Euzkadi. La toma de Galicia por los fascistas desde el principio de la guerra impidió al pueblo gallego disfrutar del estatuto especial que la República le concedió en octubre de 1936 (sic).

Cuando entró el Partido Comunista a formar parte del gobierno, su representante en él, Vicente Uribe, como ministro de Agricultura, emprendió la realización de la reforma agraria [en realidad, le dio continuación, aunque a un ritmo mucho mayor del ya de por sí rápido que tenía con el anterior ministro Ruiz-Funes], considerada primordial para el desarrollo y conclusión de la revolución democrático-burguesa…” En los trascendentes momentos de lucha antifascista desarrollada en España, y en su contexto europeo occidental, quizá sea más apropiado referirse al caso republicano español como un antecedente de la democracia avanzada, política y socialmente, que figuraba en los planes de los antifascistas italianos o en el de la resistencia francesa (Stéphane Hessel ha llegado a recordar en su influyente obra “Indignaos” que el Consejo Nacional de la Resistencia abogaba por la creación de un sistema de seguridad social y la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía, como la energía, los bancos o la minería).

Tendremos que volver más adelante a Artur London, pues será un personaje significativo al ser uno de los represaliados en los procesos estalinistas de Praga que se llevaron a cabo contra los comunistas que estuvieron luchando en España, y que dejó sus impresiones acerca de la decepción que supuso ver traicionados los ideales de transformación social por quienes suponía eran sus camaradas. De momento, lo que se observa es que, en el plano social y económico, las democracias populares no son en este estadio regímenes de dictadura del proletariado, sino alianzas interclasistas, ni economías socialistas (ni mucho menos de planificación centralizada, como la propia URSS), sino que en la misma conviven formas capitalistas como pequeñas y medianas propiedades y mercados libres. En el plano político, las democracias populares instauradas inicialmente en Europa Oriental no fueron tampoco dictaduras de partido único (aunque todas acabaron derivando hacia tal fórmula, salvo en la República Democrática Alemana, aunque allí también se desarrollaría el control de facto del Partido Socialista Unificado), sino que se instituyeron gobiernos provisionales multipartidistas (frentes nacionales o populares) y en las primeras elecciones de posguerra los parlamentos elegidos tuvieron representación varios grupos políticos.

Tras la SGM, en lo que conocimos políticamente como Europa del Este sólo había tres países en los que se implantaron regímenes comunistas, mientras en el resto dominaban los gobiernos de coalición con participación de los partidos comunistas locales. Estos tres países eran Yugoslavia y Albania, donde el triunfo de los partisanos de este partido llevó al poder a Josip Broz y Enver Hodja respectivamente, y Bulgaria, donde el triunfo de un golpe de Estado -sin que hubiera protestas occidentales, por una razón particular que examinaremos a continuación- de signo comunista llevó al derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República Socialista en 1944.

El líder yugoslavo Josip Broz "Tito" en su época de líder partisano.

El líder yugoslavo Josip Broz “Tito” en su época de líder partisano.

YALTA, LA CUESTIÓN DE POLONIA Y LA GUERRA CIVIL GRIEGA

La conferencia de Yalta (Crimea, URSS) fue la última en la que estuvieron presentes los tres líderes de las potencias aliadas que habían desempeñado su cargo desde el comienzo de la contienda bélica y representaban, de alguna manera, el espíritu de resistencia de sus respectivos países: Winston Churchill, el combativo primer ministro de Gran Bretaña, apodado “el Viejo León”; Franklin D. Roosevelt, ya muy enfermo, como presidente de los Estados Unidos y el único que había sido tres veces elegido como el más alto magistrado de la República Norteamericana; y Josif Stalin como mariscal y líder supremo de la Unión Soviética. El ambiente era amistoso y en él los tres grandes acordaron tres puntos clave para el futuro europeo: la división de Alemania en tres zonas de ocupación -a la que luego se le añadió la cuarta zona, correspondiente a Francia-, la entrada de la URSS en la guerra contra Japón una vez tuviera lugar la derrota de Hitler en Europa y la cuestión de Polonia, con unas nuevas fronteras y un nuevo gobierno provisional. Además, Roosevelt había acordado la extensión de un plan de ayuda a la Unión Soviética para su economía, extraordinariamente maltrecha por la campaña bélica de la “Operación Barbarroja” -la invasión nazi del territorio soviético-.

La cuestión polaca ha supuesto algún que otro malentendido y el inicio de la campaña de desprestigio sobe la intención desde el primer momento de instaurar gobiernos comunistas por parte de la URSS. En conversaciones mantenidas con Vjacheslaw Gomulka, secretario del Partido Obrero Polaco, y otros líderes comunistas polacos, Stalin afirmaba que “en Polonia no hay dictadura del proletariado y no la necesitáis” y que el comunismo para Polonia, teniendo en cuenta sus tradiciones locales, entre ellas la mayoritaria e influyente confesionalidad católica de los polacos, era absolutamente inadecuado. Antes de la capitulación de Polonia en 1939 ante Hitler, funcionaba un gobierno de oposición al del general Pilsudski en Londres, presidido por el mariscal Sikorski. Los soviéticos instalaron un gobierno provisional en Lublin al iniciar su campaña en Europa Oriental, por lo que la situación de los dos gobiernos, el de Londres y el de Lublin, y su enfrentamiento (por su carácter nacionalista y prosoviético, respectivamente), era una cuestión a resolver.

Había numerosos combatientes polacos en Europa Occidental luchando con las fuerzas aliadas, que respaldaban a un gobierno de Londres sumamente disgustado por la política soviética, en especial tras la invasión de la parte oriental del país por parte del Ejército Rojo y la matanza de oficiales polacos del bosque de Katyn. Pero los británicos y los norteamericanos no estaban dispuestos a echar una mano al gobierno de Sikorski -incluso las especulaciones sobre la muerte del mariscal, en un avión en aguas de Gibraltar, salpican de hecho a Gran Bretaña- para enfrentarse a los soviéticos. Por otro lado, tras la PGM y la guerra civil rusa, los polacos aprovecharon para expandir hacia el este el nuevo país y ganar territorios más allá de la línea fronteriza propuesta tras la Gran Guerra, la “línea Curzon”, oprimiendo a las poblaciones bielorrusa y ucraniana de aquellas zonas, de tal modo que los soviéticos también tenían motivos para estar disgustados con los polacos.

El resultado fue la fijación de la frontera ruso-polaca en la antigua “línea Curzon”, por lo que la URSS recuperaba los territorios de Bielorrusia y Ucrania anexionados por Polonia tras la guerra de 1920 y recuperados tras la invasión soviética de 1939, a cambio de compensar a Polonia con territorios alemanes al oeste, como Danzig, Prusia Oriental o Pomerania, fijándose la nueva frontera germano-polaca en la línea de los ríos Oder y Neisse. Una frontera que fue reconocida por la RDA desde el principio de la fundación del nuevo estado germano-oriental, pero que no lo fue por la RFA hasta la asunción de la cancillería por Willy Brandt y quedó fijada definitivamente tras la reunificación alemana de 1990. El gobierno polaco cambió su composición, ya que Stalin se comprometió a incluir en el gobierno de Lublin a elementos del gobierno en el exilio de Londres. El resultado fue la formación de un gobierno provisional de 21 miembros, con seis de los partidos comunista (obrero), socialista y agrario y tres católicos, presidido por tres primeros ministros de los tres partidos principales. Se había llegado a un acuerdo plural que enterraba las aspiraciones nacionalistas y antisovieticas del grupo de Londres, cuyos deseos no iban a ser apoyados por los gobiernos británico y norteamericano (aunque tampoco posiblemente por la población polaca, cansada de la guerra). Lo más curioso fue la campaña para incluir a elementos de fuera del gobierno instalado en Lublin por los soviéticos, pese a lo cual Stalin respondió positivamente, por parte de Churchill y el nuevo presidente americano Truman, pese a que, como afirmaba el jefe de la diplomacia soviética, Molotov, la URSS había aceptado los gobiernos instalados por los aliados occidentales en Bélgica y Francia porque sabía lo importantes que estos países eran para su seguridad, del mismo modo que Polonia lo era para el Kremlin.

Iba a ser esta cuestión, la de la seguridad, la que movilizaba a Stalin en cuanto a las cuestiones políticas en la Europa del Este. Para el líder soviético, el caso más paradigmático de las invasiones que a lo largo de los siglos XIX y XX habían tenido lugar de su país era el de Polonia: los ejércitos de Napoleón, el káiser Guillermo y Hitler habían atravesado las llanuras polacas en su ruta para invadir primero el imperio ruso y después la URSS. Por eso, era fundamental prevenirse de que actuaciones así no volvieran a suceder en el futuro. Como, por otra parte, los aliados de Hitler en esta última guerra y en la lucha contra la URSS procedían en buena parte de la Europa Oriental (los regimenes fascistas o pronazis de Finlandia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, que habían aportado cuantiosos hombres en la lucha contra el Ejército Rojo), era lógico que el líder del Kremlin deseara que en esos países hubiera regímenes con los que la URSS pudiera establecer relaciones amistosas. Esta política pudo llevarse a cabo, de hecho, en Finlandia, donde la URSS no tuvo necesidad de instaurar una “democracia popular” ni un posterior régimen comunista -bien es cierto que el país no fue tampoco invadido por el Ejército Rojo-, sino que este país escandinavo (con un Partido Comunista que obtuvo en las elecciones de la posguerra un importante 23,5% de los votos) tuvo un gobierno independiente con el que la URSS suscribió a lo largo de los años tratados de amistad y cooperación económica a cambio de la neutralidad finesa. Si bien la “finlandización” ha tenido sus elogios y sus críticas, evitó para el país la dependencia política soviética que se desarrolló en Europa Oriental y permitió desarrollar una política de acercamiento a los dos bloques.

¿Hubiera podido salir adelante una política de “finlandización” en el este de Europa? Esta alternativa se dio, de hecho, en otro país donde entraron las fuerzas del ejército soviético, Austria, que no fue ni dividido como Alemania ni sometido a las presiones soviéticas como lo sería la RDA. En Austria también hubo una suerte de “finlandización”, en el sentido de la asunción de la neutralidad del país. En su documental “La historia no contada de Estados Unidos”, el cineasta Oliver Stone y el historiador Peter Kuznick narran la posibilidad de que se desarrollara esa vía finlandesa para Europa Oriental, y encuentran como responsable de su fracaso la arrogancia de una administración Truman demasiado miope y demasiado prejuiciosa: “Hoy en día todavía se mantiene el malentendido fundamental de que Estados Unidos entró en la guerra fría como respuesta a la agresión soviética a escala mundial. Es indiscutible que el liderazgo soviético impuso dictaduras represivas, y cuando se le desafiaba brutales, en Europa Oriental. Pero es igual de evidente que, inicialmente, los soviéticos estaban dispuestos a aceptar gobiernos amistosos en estos países hasta que Occidente empezó a realizar movimientos amenazadores tanto contra su ideología como contra su seguridad”. En conversaciones con Tito, afirmaba que el socialismo era posible incluso en el Imperio Británico, sin necesidad de revolución, y con el dirigente comunista búlgaro Dimitrov teorizaba, según expone Josep Fontana, “que había dos formas de llegar al socialismo. La primera era la república democrática, tal y como Marx y Engels la habían visto en la Commune de París: una república democrática en la que el proletariado tenía un papel dominante […] los objetivos de transformación social podían alcanzarse por la vía de un parlamentarismo democrático popular, sin necesidad de recurrir a la dictadura del proletariado. Las empresas capitalistas pequeñas y medias subsistirían y el avance hacia el socialismo se produciría sin necesidad alguna de violencia.”

Pero pronto se vio que las intervenciones de los aliados anglosajones en el mundo de posguerra cambiarían el paradigma de las “vías nacionales al socialismo” y la autonomía dada a los partidos comunistas, sobre todo a los de Europa Oriental, para integrarse en frentes nacionales, y la URSS asumiría un papel de potencia imperial para proteger sus intereses. La primera de estas intervenciones tuvo lugar incluso antes del final de la SGM, en la guerra civil griega. En Grecia, se había creado el Frente de Liberación Nacional (EAM, por sus siglas en griego) con destacada participación comunista, que había asumido el peso de la resistencia contra la invasión nazi, mientras el gobierno en el exilio de El Cairo y el rey Jorge II en Londres -patrocinador de la dictadura prebélica de Metaxas- permanecían inoperantes. El ELAS, los combatientes armados del EAM, asumieron colaborar con el gobierno en el exterior y la intervención inglesa para liberar Atenas. De acuerdo con un documento firmado en Moscú en 1944 entre Stalin y Churchill, los ingleses tendrían vía libre para actuar en Grecia e imponer un gobierno que respondiera a sus intereses, al tiempo que los soviéticos podrían hacer lo mismo en Rumanía y Bulgaria, mientras en Yugoslavia -condición frustrada por la victoria final de Tito- ambas potencias tendrían una influencia del cincuenta por ciento. Grecia era una pieza clave para el Imperio Británico, pues estaba en la puerta de entrada de las mercancías que entraban por el canal de Suez procedentes del Próximo y el Lejano Oriente en manos británicas (Singapur, Malaya, India, Kenia, Somalilandia, Adén o Egipto) y no deseaba un gobierno hostil. Y hostil en el lenguaje británico era un gobierno comunista. Sin embargo, “ante la sorpresa de los conservadores, [los guerrilleros] no hicieron nada para adueñarse del poder, sino que se mostraron dispuestos a participar en gobiernos de unidad nacional. En lugar de golpe de estado que se temía, el EAM organizó fiestas, desfiles y misas para celebrar la victoria”.

Los británicos apoyaron la restauración de Jorge II en el trono y un gobierno derechista y autoritario, entrando en Atenas como conquistadores, reprimiendo a sangre y fuego a los izquierdistas y desarrollando el “terror blanco” contra ellos, para lo que incluso contaron con la ayuda de antiguos colaboracionistas de las fuerzas de ocupación nazis. El ELAS, que había aceptado su desarme, volvió a la lucha armada contra la represión y se dio comienzo a una sangrienta guerra civil (1945-1948) en la que no faltaron los viejos métodos: de 40.000 a 50.000 izquierdistas permanecían encerrados en prisiones y campos de concentración como el infame campo de Makronisos; asesinatos, violaciones… en las elecciones de 1946, en las que no hubo participación de la izquierda, el gobierno recibió el respaldo popular y la monarquía la victoria en referéndum. La victoria fue a parar también para los antiguos colaboracionistas, mientras que la derrota y la represión se sumó a los sufrimientos padecidos por los antiguos combatientes contra los nazis.

La URSS, ateniéndose al acuerdo al que había llegado Stalin con Churchill, decidió no intervenir en ayuda de los guerrilleros del ELAS, y dio instrucciones severas para que Yugoslavia y Bulgaria cesaran también en su ayuda, a lo que Tito se negó. Stalin, furioso, comentó si acaso pensaban que Gran Bretaña y Estados Unidos, la mayor potencia mundial, iban a dejar que Grecia se escapara de sus manos, mientras su país no poseía armada suficiente para echar una mano a los griegos y tenía que atravesar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, dominados por un país hostil como Turquía.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La derrota del ELAS sumió a Grecia en una sucesión de gobiernos incompetentes presididos por una monarquía corrupta, que recibió además 300 millones de dólares de la administración Truman en concepto de ayuda (otros 100 fueron para Turquía) para la defensa del mundo libre frente al comunismo, algo que levantó la irritación de Henry Wallace, ex vicepresidente de Roosevelt y uno de los más fervientes opositores a la nueva política norteamericana y al camino abierto hacia la guerra fría, quien se preguntaba si acaso cabía llamar democráticos a los gobiernos turco y griego. Fue la Gran Bretaña de Churchill el primer país que impuso un gobierno en Europa Oriental, y no la URSS, que respondió con la instauración de un gobierno de frente popular dominado por los comunistas en Rumanía, algo a lo que Gran Bretaña, de conformidad con el acuerdo de Moscú, tuvo que prestar su consentimiento.

EL DISCURSO DE CHURCHILL EN FULTON Y LA “DOCTRINA TRUMAN” O EE.UU. COMO POLICÍA DEL MUNDO

Truman era un desconocido incluso para su jefe, el fallecido presidente Roosevelt, y pronto demostraría que en cuestiones de política internacional era completamente diferente a éste. Roosevelt había fallecido antes de que terminara la guerra, y en casi todo el período en que se había mantenido la alianza con Gran Bretaña y la URSS había mantenido unas relaciones amistosas con el Kremlin, minimizando las fricciones y apoyándose en miembros de su gabinete más proclives hacia el diálogo, como su anterior vicepresidente y efímero secretario de Comercio con Truman, Henry Wallace, frente a los elementos más belicosos y anticomunistas como Jimmy Byrnes o James Forrestal, quienes cobrarían protagonismo con Truman y lanzarían al país por el camino de la hostilidad con la Unión Soviética. Truman había accedido a la vicepresidencia a través de unas maniobras un tanto turbias en la Convención Demócrata, que privaron del puesto al que era favorito y continuador de las políticas progresistas del “New Deal”, Wallace, y Roosevelt, ostensiblemente cansado y enfermo, apenas intercambió impresiones con él. Cuando le llegó el turno de suceder al carismático presidente, había estado ochenta y dos días en la vicepresidencia. Una carrera fulgurante para un senador de quien nadie había oído hablar poco antes, y que era muy conocedor de sus limitaciones.

Pero a pesar de ser consciente de que el nuevo papel que le había tocado en suerte al frente de la República Americana iba a serle arduo para un novato en las altas esferas como él, se dejó seducir por los cantos de sirena de los jefes del ejército y de la inteligencia más antisoviéticos y por las investigaciones avanzadas de la bomba atómica, y echó por tierra los acuerdos que Roosevelt había ido fraguando con la URSS, creyendo que de este modo daría una lección a Moscú y sus ansias de expansión -inexistentes hasta entonces- y forjaría el papel de EE.UU. como “policía del mundo”, algo que plasmaría en un discurso ante el Congreso norteamericano y que serviría para extender la “doctrina Monroe” que estaba vigente en el continente americano y que sometía a control y vigilancia a América del Sur, el llamado “patio trasero” de Estados Unidos, al Viejo Continente y a otros lugares donde se precisara la intervención norteamericana en pro de la democracia y el libre mercado.

Las implicaciones de esta doctrina, como se encarga de mostrar el documental “La historia no contada…” fueron mayúsculas y duraderas en el tiempo: el discurso de Truman sirvió para justificar la intervención de Estados Unidos contra la “amenaza marxista” para salvar a los pueblos del mundo, a quienes la Carta del Atlántico de 1941 daba el derecho a escoger libremente la forma de gobierno bajo la que querían vivir. En nombre, pues de la democracia, se pisotearían los gobiernos democráticos socialistas o nacionalistas en Congo-Leopoldville (República Democrática del Congo), Camerún, Togo, Chile, Granada o Nicaragua, al tiempo que se colocaban en ellos, o en casos como Vietnam del Sur, Indonesia, Grecia, Irán o Panamá se apoyaban a dictadores que servían a los intereses capitalistas estadounidenses e internacionales.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

La forja de la doctrina Truman tuvo como rúbrica el discurso de Winston Churchill en la Universidad de Fulton, en el estado norteamericano de Missouri, el 5 de marzo de 1946, poco después del de Truman ante el Congreso norteamericano. Fuera del gobierno tras el triunfo de los laboristas de Clement Atlee, Churchill, anticomunista feroz, requería la dosis de protagonismo que había perdido tras su derrota electoral y clamaba contra la URSS, a quien acusaba de tendencias expansivas y proselitismo, de querer no ya la guerra sino “los frutos de la guerra” y de estar montando “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático” un telón de acero sobre el continente europeo. Por eso era preciso que los pueblos angloparlantes ejercieran presión sobre los soviéticos.

La reacción soviética fue de estupor e irritación. La URSS había sufrido enormes pérdidas materiales y humanas, más que ningún otro país, en la guerra mundial y tenía derecho a pedir compensaciones que le estaban siendo ninguneadas, o a cuyas aspiraciones se les daban largas (reclamaban que las reparaciones de guerra soviéticas -10.000 millones de dólares- fijadas en Postdam tenían que salir del conjunto de Alemania, algo que los británicos rechazaban porque no querían ver salir la riqueza de su zona de control partiendo para Moscú, y exigiendo que saliesen de la zona de control soviética), y tenía derecho además a que los nuevos gobiernos en Europa Oriental fueran gobiernos amigos, aun independientes, que impidieran una nueva agresión alemana a su territorio.

Mucho tiempo después, e incluso entonces, el discurso de Churchill se calificó como el de un visionario, pero en aquel momento sus palabras significaban un delirio que transformaba la realidad a su antojo,  máxime cuando se trataba de una realidad que él conocía más que cualquier otro, al haber estado presente en Yalta y Postdam y saber qué era realmente lo que querían los soviéticos. Su visión del telón de acero no era premonitoria, sino una especie de profecía de autocumplimiento por la que británicos y especialmente estadounidenses pusieron todo su empeño tuviera éxito: presionando con exigencias que antes de Truman ni Washington ni Londres habían soñado siquiera pedir y aumentando en belicosidad e intervencionismo, animaron a la URSS a echar el telón de acero, no ya desde Stettin sino desde las propias fronteras interalemanas, para que los recién convertidos “estados satélites” de Europa Oriental sirvieran de parachoques a la furia angloamericana. El resultado fue echar por tierra el discurso democrático, dejando en medio a millones de personas que esperaban una organización mejor de la sociedad tras la catástrofe en que el continente europeo se había sumido.

ESCENARIOS DE CRECIENTE HOSTILIDAD

Si en 1945-1946 el escenario de una paz duradera y de un bienestar en democracia para los pueblos de Europa era lo que más parecía asomar en perspectiva, a partir de 1946 las cosas comenzaron a torcerse y a dibujar el camino a la guerra fría. Truman, que tras su discurso ante el Congreso se preparaba para ponerse firme y “dejar de mimar” a unos “rusos” que no esperaban un conflicto inminente y habían desmovilizado a millones de hombres del Ejército Rojo (que pasó de once millones a menos de tres millones de combatientes entre 1945 y 1947), comenzó a actuar con esa firmeza que caracterizaba a alguien que se sentía amenazado por el enemigo, sea esta amenaza real o imaginaria.

Hay que irse aún a finales de la guerra en Europa para encontrar el primer foco de tensión. En Yalta se había acordado la entrada soviética en la guerra del Pacífico contra Japón a los tres meses del fin de la guerra en Europa. A cambio, la URSS obtendría concesiones territoriales de China y del imperio nipón, revertiendo la situación de derrota recibida por el imperio zarista en 1904. A comienzos de agosto de 1945 destacamentos soviéticos atacaban las debilitadas fuerzas japonesas en Manchuria -el “estado títere” de Manchukuo- y los altos mandos nipones, temiendo la entrada de los rusos en Japón y el posible final desgraciado del emperador, tras el suicidio de Hitler y la ejecución de Mussolini por los partisanos, a manos soviéticas, se aprestaron a solicitar una negociación para la rendición.

Con la intervención soviética, el final de la guerra estaba muy próximo, y esa intervención había sido la que inicialmente Truman había utilizado como salvavidas de miles de jóvenes norteamericanos en caso de iniciar una invasión de las islas japonesas, puesto que la población, fanatizada como los berlineses que defendieron a sangre y fuego la capital del Reich en una resistencia encarnizada, y dispuestos a dar su vida por el emperador, lucharía sin descanso. Pero al mismo tiempo EE.UU. quería dejar fuera de las negociaciones sobre Japón a los soviéticos, limitando su papel a la invasión de Manchuria y el norte de la península de Corea. Al mismo tiempo, la posesión de una “nueva y definitiva arma”, como se encargó de señalar a Stalin en Postdam, sin que el dictador soviético se inmutara en exceso por tal noticia, le garantizaba (usando a los japoneses como cobayas) tener una amenaza a la que recurrir contra Moscú.

El 26 de julio de 1945, se dio a conocer una proclama firmada por EE.UU., Gran Bretaña y China (con la consciente exclusión de la URSS de la misma bajo la excusa de que todavía no había entrado en la guerra del Pacífico) instando a Japón a la rendición bajo la amenaza de una destrucción total. Mientras las tropas del Ejército Rojo hacían retroceder por todas partes a las japonesas, las bombas atómicas estallaban en Hiroshima y Nagasaki y las autoridades niponas entraban en el acorazado norteamericano Missouri para firmar la rendición bajo la única condición de que se respetase la vida del emperador. El fin de la guerra contra el imperio del Sol Naciente siempre se ha contado bajo la perspectiva del estallido de las dos bombas, cuyas implicaciones éticas siempre han estado ocultas por parte de Truman y sus seguidores por la necesidad de salvar vidas de jóvenes soldados estadounidenses -que según pasaban los años, eran curiosamente cada vez más-. Sin embargo, la relevancia de la entrada de la URSS en la guerra y su efecto en el ánimo del ejército y el gobierno nipones hacia la negociación de la paz ha sido sistemáticamente negada, al mismo tiempo que el hecho de que la posesión y lanzamiento de la bomba atómica en Japón era un aviso a navegantes de Washington hacia el Kremlin… que muy pronto se puso al día y rompió el monopolio atómico que Truman esperaba poseer para siempre.

Con respecto a Turquía los soviéticos reclamaban dos cosas: la revisión del convenio de Montreux de 1936, por el que se otorgaba el control de las aguas de los estrechos del Bósforo y de los Dárdanelos al gobierno de Ankara; y reclamaciones territoriales que se remontaban al período de posguerra de la PGM, en concreto a 1921. Las aguas del Bósforo y los Dardanelos, que unían el mar Negro con el Mediterráneo, habían sido atravesadas por la marina de guerra de la Alemania nazi en la época de la invasión de Unión Soviética, y sus barcos habían podido anclar en Sebastopol y Odessa gracias a la aquiescencia turca. Los soviéticos pedían que, tal y como los nazis habían podido cruzar estos estrechos, también ellos pudieran pasar con sus buques de guerra de un mar a otro. Asimismo, en 1921 Turquía se había anexionado la zona alrededor de Trebisonda (Trabzon), reclamada por los georgianos, y las provincias septentrionales turcas que formaban parte del proyecto de nación armenia configurado por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en 1920. Las reclamaciones territoriales del sur del Cáucaso, sin embargo, fueron eliminadas de la agenda, para decepción de las repúblicas de Georgia y Armenia, al ver que el consejo de seguridad de la ONU -dominado por EE.UU. y sus aliados- las rechazarían. Pero para sorpresa de Stalin, también lo fueron las reivindicaciones sobre el convenio de Montreaux, puesto que se trataba de una vieja reivindicación rusa y que en Yalta tanto británicos como norteamericanos se habían mostrado favorables a la iniciativa. Bajo tal rechazo subyacía el interés por mantener en manos de Gran Bretaña (que controlaba el 90%) y del Estados Unidos (que controlaba un 10% y aspiraba a más) el petróleo del Próximo Oriente y alejar a la URSS de un negocio muy favorable a las empresas petroleras inglesas y norteamericanas. Lo grave de este asunto es que pudo haber derivado en un conflicto innecesario y que incluso se estaban elaborando planes para bombardear la Unión Soviética, de no ser porque Stalin aflojó la presión. Pese a todo, esto era muestra más del cambio de actitud que de manera unilateral estaban emprendiendo sus viejos aliados.

Relacionado con el petróleo de Oriente Medio, el caso de Irán se inscribe también en esta escalada de tensión. Soviéticos y británicos ocuparon el territorio persa en 1941 para evitar que los nazis, cuyos ejércitos se encontraban cerca de la frontera -en su invasión a la URSS, llegaron a amenazar Azerbaiyán, fronteriza con Irán- se hicieran con el petróleo del país, cuyo gobierno era próximo al de Hitler. Mohammed Reza Pahlavi sucedió entonces a su padre como sha, que abdicó del trono, y se acordó que ambas potencias se retirarían en seis meses al término de la guerra. Los soviéticos, sin embargo, permanecieron en Irán hasta abril de 1946, un año después de que finalizara la guerra en Europa y se retiraron ante la amenaza estadounidense de llevar ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la permanencia de las tropas soviéticas en el norte del territorio persa, donde estaban tratando de establecer compañías conjuntas iranio-soviéticas para la explotación de los yacimientos petrolíferos del país, lo que entraba en conflicto con los intereses de las compañías inglesas y norteamericanas (AngloIranian, Standard Oil, etc.) y fomentaban revueltas autonomistas en el Kurdistán y el Azerbaiyán iraníes. Sin embargo, los británicos también alentaban revueltas de las tribus árabes del suroeste, esperando debilitar los movimientos soviéticos y los del partido Tudeh, un grupo político nacionalista e izquierdista cuyos intereses se identificaban como próximos a Moscú. Para Estados Unidos se trataba de evitar, sobre todo, un efecto perverso que posteriormente continuaría siendo la piedra angular de muchas intervenciones en el Tercer Mundo: el “efecto dominó”. Tal y como lo exponía Dean Acheson, subsecretario de Estado, una presión soviética sobre Irán, sobre Turquía y sobre Grecia (que nunca se produjeron) tendría como efecto inmediato la caída bajo el comunismo del país heleno, de Irán, Oriente Próximo, África a través de Asia Menor y Egipto, y a Europa a través de Italia y Francia, cuyos partidos comunistas eran fuertes, pero a cuyos secretarios generales, Palmiro Togliatti y Maurice Thorez, Stalin les indicaba la necesidad de las alianzas con las fuerzas de izquierda y el mantenimiento de la vía democrático-parlamentaria.

Las fantasías del “efecto dominó” llevarían también a una serie de movimientos en otras latitudes que aumentarían la sensación de aislamiento e inseguridad de la URSS respecto a EE.UU. y les haría, esta vez sí, no ya aumentar la presión sino el control y la obediencia a Moscú de los partidos comunistas del Este y de los países de Europa Oriental, con resultados catastróficos para la democracia popular en estos países y para el debate crítico en el seno de las propias organizaciones comunistas en el “Telón de Acero” mencionado por Churchill.

Lo que terminará de inclinar la balanza en Europa Oriental sería la política que se llevaría a cabo en el Viejo Continente por parte de los Estados Unidos. La lucha de la resistencia antifascista en Francia, Italia, Checoslovaquia o Yugoslavia había sido capitaneada por unos partidos comunistas cuyo prestigio entre la población y en sectores sociales no sólo vinculados a los trabajadores manuales, al proletariado, no habían hecho más que aumentar. Al término de la guerra, la esperanza de sectores importantes de la población que habían contribuido enormemente a la victoria no era únicamente que el fascismo fuera derrotado de una vez y para siempre, sino que el sistema social que le había dado forma, un capitalismo incapaz de dar respuestas sociales satisfactorias a la crisis, también se derrumbara y rigiera un orden más justo y más igualitario. En esta tarea coincidían no sólo los comunistas, sino también socialistas, radicales, católicos sociales y demócratas de izquierda. Era un modo de entender la democracia no sólo políticamente, sino también económicamente, con reparto de la riqueza (en Europa del Este esto se plasmó en una intensa reforma agraria y en la nacionalización de industrias que pertenecieron a colaboracionistas, nazis o judíos asesinados) y un nuevo contrato social en el que las relaciones laborales y los servicios públicos (salud, vivienda, transporte, educación) estuvieran al servicio de la colectividad y no de los privilegiados. Es en este contexto de los primeros tiempos como se puede entender que el impulso de la coalición antifascista Italia llevara a la proclamación de la República, exiliando a los reyes de la casa de Saboya que habían aupado a Mussolini al poder en 1923, y la adopción de una constitución de amplio contenido progresista para el nuevo régimen republicano en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Los partidos comunistas, en solitario o en alianza con los socialistas, eran partidos muy fuertes, hasta el punto de ser incluso los más votados, en Italia, Francia, Checoslovaquia, Islandia, Hungría o Finlandia y estaban presentes en gobiernos de coalición en los dos primeros países. Stalin, como vimos, pedía moderación a los secretarios generales de los partidos italiano y francés a fin de no poner en riesgo la coalición antifascista y la permanencia en los gobiernos de la posguerra (una estrategia que Thorez y Togliatti conocían de los tiempos de la guerra civil española, pues era la misma que Stalin y Togliatti -como representante de la Komintern en España- recomendaban al PCE para mantener el Frente Popular y la república democrática). Pero el temor a que los comunistas ganaran elecciones libres y se hicieran con el poder por la vía parlamentaria llevó a la administración Truman a intervenir utilizando el Plan Marshall y las operaciones encubiertas de la CIA (a veces en simbiosis) para arrebatar Europa Occidental de un posible “dominio rojo”.

El plan del general George Marshall para la reconstrucción económica de Europa era un instrumento bienintencionado que no dejó de ser aprovechado por el gobierno de EE.UU. para exigir contrapartidas políticas a cambio de acceder a los fondos previstos. El plan se lanzaba como una generosa oferta, pero al servir para la adquisición de maquinaria, materias primas y alimentos desde los Estados Unidos, imponía como contrapartida una dependencia por parte de Europa de los Estados Unidos que supeditaba a la URSS y a los países de Europa Oriental -a quienes iba también dirigida la oferta- al control económico norteamericano. Checoslovaquia y Polonia se mostraron receptivas a la idea, pero la Unión Soviética, temiendo la pérdida de influencia en Europa Oriental que podía significar, ordenaron a polacos y checoslovacos que finalmente la rechazaran. En cierto modo, tenían motivos para ser recelosos: se pensaba exigir a Rusia que cambiase su política respecto a Europa Oriental y buena parte del dinero se destinó a actividades de propaganda del “American Way of Life” y el sistema de libre mercado como estándares a los que la población europea debía aspirar, así como a actividades encubiertas de la CIA -650 millones de dólares- empleados en la manipulación de las elecciones italianas, que dieron la mayoría a la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi frente a un Partido Comunista favorito para la victoria, o en la infiltración de guerrilleros ultranacionalistas en Ucrania, con objeto de desestabilizar la URSS desde dentro y en una región especialmente castigada por la hambruna y los efectos de la invasión nazi. Los comunistas italianos, belgas, luxemburgueses y franceses fueron excluidos del gobierno, una condición clave para el proceso de “estabilización” política defendido por EE.UU. para el Occidente de Europa, y en respuesta Stalin decidió liquidar la estrategia de los frentes populares y asumir un control soviético mucho más directo en Europa Oriental: las esperanzas de democracia y de socialismo de rostro humano en el Este quedaron liquidadas a partir de 1947.

LA COMINFORM, EL TITISMO Y LA REPRESIÓN ESTALINISTA EN EUROPA ORIENTAL: UN TRISTE EPÍLOGO PARA LOS VETERANOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

La expulsión de los comunistas de los gobiernos occidentales y la supeditación o control económico y político a que comenzaron a ser sometidos por parte norteamericana los países que habían aceptado el Plan de Reconstrucción (el Plan Marshall), unida a la creciente hostilidad mostrada por la administración Truman en otros ámbitos -exigencias no contempladas inicialmente para la devolución de los créditos concedidos a la URSS en la etapa de Roosevelt, el “aviso a navegantes” del lanzamiento de la bomba atómica, la concesión de ayudas para la lucha anticomunista a los gobiernos dictatoriales de Grecia y Turquía- llevaron a una reacción brutal de los soviéticos en su esfera de influencia en Europa del Este, liquidándose las democracias populares. Los gobiernos de coalición, que en el caso de Checoslovaquia estaba liderado por los comunistas en un país de larga tradición democrático-parlamentaria, fueron barridos por la imposición de gobiernos comunistas que instauraron regímenes a imagen y semejanza del vigente en Moscú, con su aparato estalinista de propaganda, censura, vigilancia y policía política. Para la URSS y para su líder, no se trataba ya de confiar en las posibilidades de instaurar el socialismo por una vía pacífica y parlamentaria y mediante la alianza con otras fuerzas obreras (socialistas) o antifascistas (agrarios o demócratas burgueses progresistas), sino de asegurar para los soviéticos un perímetro de seguridad frente al bloque occidental pro norteamericano que estaba configurándose en Europa Occidental. Y para ello había que cancelar el proyecto de las democracias populares y asegurarse el control político e ideológico en el interior de lo que, ahora sí, se había convertido en el telón de acero.

Las tácticas soviética y norteamericana comenzaron a asimilarse la una a la otra. Si los EE.UU. se aseguraron la liquidación de la colaboración comunista en los gobiernos de Europa Occidental, los soviéticos, en la reunión fundacional de la Cominform (Oficina de Información Comunista, heredera de la Komintern o Internacional Comunista, disuelta en 1943 como un gesto de Stalin para con sus aliados occidentales) en septiembre de 1947 en la población polaca de Szklarska Poremba, con representantes de los partidos soviético, búlgaro, yugoslavo, checo, húngaro, francés e italiano (aunque ni Thorez ni Togliatti estuvieron presentes), se expuso la nueva política: los comunistas debían liquidar la colaboración con los partidos “reaccionarios” y limitar aquella a los grupos obreros, como los socialistas. La reunión de la Cominform marcaba el nuevo estilo que habría de imponerse en las democracias populares: una rigurosa disciplina ideológica y un bloque cohesionado capitaneado por la Unión Soviética, en respuesta al bloque occidental dirigido por Estados Unidos. El camino nacional al socialismo quedaba cerrado y, en la práctica, se sacrificaba el proyecto de la democracia popular en aras de los intereses estratégicos y de política exterior de la URSS.

Las tácticas para conseguir el dominio comunista fueron variadas, aunque todas estuvieron encaminadas a un mismo objetivo. Así, en Polonia y Hungría, comunistas y socialistas se agruparon en torno a un mismo partido y “satelizaron” a otros grupos como los campesinos o los agrarios, que quedaron como restos de un falso pluralismo. En el primero de estos países, se celebraron elecciones fraudulentas al Sejm (parlamento) que dieron el triunfo al Partido Obrero Polaco en detrimento de los agrarios y sentaron las bases del nuevo régimen. En Hungría el Partido Socialista de los Trabajadores Húngaros optó por la llamada “táctica del salami”, acumulando progresivamente puestos clave como los ministerios de Interior o Transportes en detrimento del mayoritario Partido de los Pequeños Propietarios, con el que habían formado la coalición de gobierno. En Checoslovaquia, los comunistas, que eran la primera fuerza en un gobierno con socialdemócratas y liberales, forzaron la dimisión del presidente Benes apoyándose en la movilización de masas a consecuencia de una crisis ministerial. Fue el llamado “golpe de Praga” de 1948, cuyo epílogo fue la muerte -nunca aclarada- del ministro de Exteriores liberal Jan Masaryk, hijo del héroe de la independencia del país. En la zona de ocupación soviética de Alemania, la posterior RDA, por contra, se mantuvo en sus momentos iniciales la esperanza de una revolución democrático-popular, apoyada por la pluralidad de partidos que formaban el Frente Nacional de Alemania Democrática (desde el Partido Socialista Unificado hasta los demócrata-cristianos) y en la posibilidad de una unificación basada en elecciones conjuntas para ambos estados alemanes, pero la política anexionista del canciller federal Adenauer y la remilitarización y occidentalización de la RFA, que ponía en peligro el horizonte previsto de una Alemania unida neutral (todo lo contrario de lo que ocurrió en Austria) inclinaron a la RDA hacia el bloque soviético.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

El socialismo desarrollado en las “democracias populares” -cuyo nombre obedecía ya poco a lo que eran realmente- poco tenía que ver, social y económicamente, con el marxismo, sino más bien con la deriva producida en la URSS a partir de la década de 1920 y acentuada en los años de Stalin. Como escribió el historiador alemán Manfred Kossok, ciudadano de la antigua RDA, acerca de su antiguo país y extensible al conjunto de la Europa del Este, de la democracia popular se pasó al concepto de “dictadura del proletariado”, pero sin que tal concepto se implementara, porque ante lo que se estuvo realmente fue ante la dictadura del grupo dirigente de un partido único. El resultado fue una constante enajenación entre el pueblo y el Partido, en lo que iba ser “el crimen de la casta estalinista de dirección”, rompiendo los ideales por los que generaciones se habían batido.

En lo económico, el traspaso del modelo de industrialización soviético a países que estaban en general más atrasados que sus vecinos de Europa Occidental trajo algunos éxitos, pero estos se vieron limitados por la preponderancia de la industria pesada y la maquinaria frente a los bienes de consumo de una población que ya veía su capacidad muy mermada en unas sociedades fundamentalmente agrícolas y arruinadas por los efectos de la guerra mundial, y que no disfrutaban de los beneficios del Plan Marshall o un equivalente soviético como sus vecinos occidentales. Si bien es cierto que el Estado socialista implementó políticas públicas de vivienda, sanidad, educación o maternidad que en algunos casos superaron incluso los estándares occidentales, la escasa eficiencia de la planificación central y el débil impulso dado en los sesenta y setenta a la adquisición de bienes de consumo por parte de la población generaron una continua comparación con los estándares de vida del resto de Europa en los que la Europa Oriental no podía salir bien parada.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Más allá de esto, el hecho de que la propiedad de la mayoría de empresas, terrenos agrícolas e industrias estuviera no en manos de los trabajadores, sino en manos de un megapatrono como el Estado como en la URSS retorcía el concepto de socialismo. La socialización de los medios de producción fue sustituida por una estatalización que no se limitaba a sectores estratégicos o a la posesión de los medios para implementar políticas sociales o de “Estado de bienestar”, sino que liquidaba incluso el pequeño comercio (salvo en casos como los del denominado “socialismo gulash” de Janos Kadar en Hungría) e impedía una participación real en la toma de decisiones y en la gestión por parte de los trabajadores. El Estado, además, como patrono, veía confundido su aparato con el del Partido, no sólo a nivel económico, sino también político. No deja de ser curioso que, cuando en noviembre de 1989 los grupos opositores de la RDA, pronto olvidados por la promesa de “paisajes floridos” y la introducción del marco federal que traería una nueva prosperidad a Alemania del Este, elaboraron programas para una “socialización real” en lugar de la “socialización formal-estatista”, estaban reclamando la construcción de un socialismo vuelto a sus orígenes frente al sistema vigente en el país y en la vecina República Federal.

Entender por qué comunistas y socialistas apoyaron la imposición de los regímenes dictatoriales en países como Rumanía o Hungría, que habían vivido bajo el yugo de dictaduras filonazis; Polonia, cuyas relaciones con la URSS habían sido cuanto menos conflictivas; o en Checoslovaquia, uno de los pocos países en los que había sobrevivido la democracia en el período de entreguerras, sólo puede hacerse siendo conscientes de lo que significaba para estos hombres y mujeres la amenaza (o la psicosis) del enemigo capitalista o fascista al que se habían enfrentado en España, Austria, Alemania y en toda Europa durante la SGM, y que amenazaba con volver a sumirles en la dureza de la represión o la marginalidad política tras haber protagonizado episodios heroicos de lucha, como había sucedido en Grecia, Italia, Francia o en los propios Estados Unidos, donde se había puesto en marcha la paranoia anticomunista del Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, que estaba desmontando a toda la izquierda americana -sindicatos, progresistas, activistas por los derechos civiles, antiguos veteranos de la Brigada Lincoln en la guerra de España- bajo la acusación de comunistas. Sus golpes de estado eran, en cierto modo, maniobras preventivas para evitar que reaccionarios y explotadores volvieran a dominar sus países. Un entonces joven estudiante checo, Zdenek Mlynár, recordaba que era natural unirse al Partido Comunista en la esperanza de que este partido cambiara la situación política y social y evitaría que la amenaza del nazismo y la guerra se cerniera sobre ellos y sobre otras naciones. Por este motivo, “yo estaba de acuerdo con la idea de suprimir los oponentes del comunismo y de imponerles diversos tipos de discriminación: al fin y al cabo, se oponían al progreso histórico”.

ImagenIPero al mismo tiempo la política soviética estaba cubierta por el aura de infalibilidad y prestigio que dominaba entre los comunistas la URSS como único estado socialista del mundo y de Stalin como el líder de un país que había vencido en la guerra civil a los rusos blancos zaristas y a la coalición internacional que trataba de, como había dicho Churchill en sus años de Lord del Almirantazgo correspondía hacer, “estrangular al bolchevismo en la cuna”. Asimismo, la URSS se había transformado de un país primitivo y agrícola en una potencia industrial de primer orden (bien que con unos costes humanos enormes) y había vencido a costa de enormes sacrificios al nazismo en una batalla decisiva para el curso de la guerra, Stalingrado, haciéndole retroceder desde entonces hasta darle muerte en la propia capital del Reich hitleriano, Berlín. Para los comunistas, que habían estado sometidos a largos períodos de persecución y clandestinidad y se habían inscrito en una organización altamente disciplinada, la figura de Stalin quedaba fuera de toda duda, así como tampoco se consideraba juzgar la naturaleza de sus crímenes o su política. Artur London lo expone del siguiente modo:

“Nuestra lucha a muerte contra el fascismo, nuestra experiencia en la guerra y en la clandestinidad, nuestras costumbres conspirativas, habían reforzado en nosotros un espíritu de disciplina militar. Éramos soldados de la revolución, disciplinados, y considerábamos justo acatar las órdenes superiores sin discutir. Cuando a veces nos preguntábamos algo, y sucedía, sentíamos el sentimiento de culpabilidad del que está en la pendiente resbaladiza que lleva a las posiciones del enemigo de clase […] ¿Cómo sospechar de Stalin, o acusarle de traición, cuando su nombre estaba en los labios de los héroes que caían ante los pelotones de ejecución alemanes, en las bocas de los soldados soviéticos que caían en Stalingrado u otras batallas? […] En nuestra fe incondicional, habíamos perdido la cualidad esencial del marxismo, la cualidad humana más importante: la duda.”

El triste epílogo para muchos de ellos fue que, en una nueva y última paranoia del líder soviético, próximo a su fallecimiento, se desató una oleada represora en la URSS y en la Europa del Este contra líderes del partido en la segunda ciudad soviética, Leningrado, los intelectuales “cosmopolitas”, principalmente judíos, y los defensores de las “vías nacionales” y los antiguos veteranos de las Brigadas Internaciones, a quienes se cogió como “cabezas de turco” en la polémica y posterior ruptura entre el líder yugoslavo Tito y Stalin.

Anteriormente, ya habían surgido roces entre ambos a cuenta del apoyo yugoslavo a las guerrillas griegas del ELAS en su lucha contra el gobierno derechista de Jorge II. El camino independiente de Tito, que había propuesto una Federación Balcánica que uniera a yugoslavos, albaneses y búlgaros, marco iniciático para una futura federación de democracias populares, desde Polonia hasta Grecia, independientes de Moscú, llevó a una condena abierta en Moscú y en la Cominform de la “conducta nacionalista” de Yugoslavia, quien a partir de ese momento seguiría un camino propio, siendo fundadora de la Conferencia de los No Alineados y manteniendo relaciones tanto con los países occidentales como con estados del bloque soviético.

En la pugna entre promoscovitas y nacionalistas, los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales tomaron partido por Tito, y de este modo los antiguos brigadistas de otras nacionalidades, junto con los defensores de los “caminos nacionales” clausurados en 1947-1948 en las democracias populares se convirtieron en objetivo de la represión estalinista en Europa del Este, acusados de “titismo”, “cosmopolitismo” o de agentes norteamericanos, yugoslavos o británicos. Paradójicamente, los brigadistas, como el propio Artur London, que eran acusados de desviaciones capitalistas, burguesas o reaccionarias en el oriente europeo eran asimismo sometidos a interrogatorios y encarcelados en la época de la “caza de brujas” en Norteamérica como agentes soviéticos. “El proyecto de democracia social que estos habían ido a defender a España” escribe Josep Fontana “no era aceptable para ninguno de los dos bandos de la guerra fría”.

Pronto en todos los países se llevaron a cabo purgas y procesos que reproducían los que habían tenido y tenían lugar en la URSS. En Albania, anteriormente próxima a Yugoslavia, Enver Hodja dio un giro antiyugoslavo a su política y ordenó el arresto y la posterior ejecución de Kotchi Dzodze, que se había caracterizado por una política próxima a Tito. La ruptura de Hodja con Yugoslavia, en un país que precisaba de la asistencia económica de Belgrado, trajo consigo graves consecuencias para Tirana. En Bulgaria y Hungría tuvieron lugar los procesos de Sofía y el llamado “proceso Rajk”, contra el anterior ministro de Interior y veterano de la guerra de España Lazslo Rajk, que involucró también a otras muchas personas. Las confesiones, como en todas partes, fueron arrancadas tras severos procedimientos de tortura física y psicológica. En Sofía, sin embargo, Traicho Kostov, un militante de más de tres décadas al que ahora se le acusaba de agente ritánico, se negó a confesar los delitos de los que era acusado, lo que hizo que fuera ejecutado sin que hubieran podido arrancarle su culpabilidad, de modo que el de la capital búlgara, iniciado en 1949, fue el último gran proceso de este tipo.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

La tragedia se extendió también a Polonia (país donde el demasiado liberal Gomulka fue sustituido al frente del partido y del gobierno por el ortodoxo Boleslaw Bierut), donde el caso de una veterana doctora de las Brigadas, Dobra Klein, examinado aquí al hablar de la atención sanitaria y psiquiátrica, que poseía doble nacionalidad checo-polaca, no deja de tener su trascendencia por tratarse de una superviviente de la guerra española y los campos de concentración nazis que, finalmente, fue rehabilitada y condecorada con las más altas graduaciones de Polonia en su funeral -todo esto, sin embargo, muchos años más tarde, tras la desestalinización de Jruschov-. En Rumanía, el procesamiento afectó también a veteranos como Lucreţiu Pătrăşcanu, un miembro del PCR crítico con los dogmas estalinistas, o Ana Pauker, la primera mujer del mundo que ocupó el cargo de ministra de Exteriores y que en 1948 fue bautizada por la revista TIME como “La mujer viva más poderosa”. Pauker, de origen judío, se opuso a numerosos planes estalinistas como la colectivización forzosa, la paralización de la emigración judía a Palestina procedente de los países de Europa Oriental, el juicio a los veteranos de las Brigadas o la resistencia francesa o la construcción del canal Danubio-Mar Negro, un proyecto propuesto personalmente por Stalin. Se negó a reconocer sus crímenes y, pese a la defensa de Pauker realizada por el ministro soviético de Exteriores, Molotov, el férreo líder estalinista de Rumanía, Gheorghe Gheorghiu-Dej aprovechó el juicio a la ex jefa de la diplomacia rumana (como el de Pătrăşcanu y otros disidentes) para consolidar su poder. Ana Pauker fue arrestada. Tras la muerte de Stalin, quedó en arresto domiciliario y se le permitió trabajar como traductora para la editorial Editura Politică.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

El proceso de Praga, por el que Rudolf Slánský (el secretario general del partido, que junto a Klement Gottwald, el nuevo presidente comunista del país, se habían negado hasta entonces a ceder a la celebración de juicios) y otros numerosos colaboradores, entre ellos London, que ejercía de viceministro de Asuntos Exteriores, fue el colofón de un período oscuro que incluso llegó a alcanzar a alemanes occidentales comunistas que visitaron la RDA y fueron detenidos por la Stasi, torturados y deportados a Siberia, como les ocurrió a Kurt Müller y Fritz Sperling. Para militantes como ellos, recuerda Artur London, la soledad era inenarrable porque no había movimiento de solidaridad alguno: las acusaciones de traición que ahora sufrían ellos eran las mismas que habían creído en tiempos de otros camaradas acusados en purgas similares en la URSS o en otros países, sólo que ahora el “titismo” o el “cosmopolitismo” sustituían al viejo fantasma del “trotskismo”: “¿Acaso en otra época y en circunstancias análogas no había creído yo en otros procesos? ¿No había aplaudido unas condenas que me parecían tanto más justas por cuanto pronunciadas contra prestigiosos militantes cuya “traición” me parecía ahora ignominiosa?”

Cuando, algunos años más tarde, Jruschov denunció los crímenes de Stalin y algunos comunistas este-europeos fueron excarcelados y lentamente rehabilitados se confirmó para ellos, pero también para la población que hasta entonces había simpatizado con los comunistas que ahora habían liquidado el proyecto de democracia popular y el ideal socialista, la sospecha que les había acompañado durante su procesamiento: la misma farsa que habían padecido era extensible a miles de procesos en la Unión Soviética, en el Este de Europa y en otros sitios donde la NKVD, la antecesora de la KGB, actuó a escondidas para la liquidación de los enemigos del Estado soviético y del “comunismo internacional”, como Francia o la España republicana. Surgieron entonces, como en Hungría en 1956, intentos de resucitar los proyectos iniciales de las democracias populares, pero el experimento de Imre Nagy era demasiado idealista y arriesgado para unas circunstancias en que la política de bloques se había consolidado en demasía.

A MODO DE CONCLUSIÓN

“Cuanto más duros seamos, más duros serán los rusos. Podemos conseguir la cooperación una vez que Rusia entienda que nuestro objetivo principal no es salvar el Imperio Británico ni comprar petróleo en Oriente Próximo con las vidas de soldados americanos. En una competencia amistosa y pacífica, el mundo ruso y el mundo americano irán siendo gradualmente más parecidos. Los rusos se verán obligados a respetar cada vez más libertades personales. Y nosotros nos centraremos cada vez más en los problemas de justicia socioeconómica.”

Henry Wallace, secretario de Estado de Comercio de EE.UU. Discurso en el Madison Square Garden, Nueva York, 12/09/1946

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

El fracaso del modelo de democracia popular no es solo compatible a la URSS, que se negó a hacerlo posible en cuanto vio que las posibilidades de libertad de acción de los países de su esfera de influencia podían ser un perjuicio para sus intereses en política exterior, sino también a los Estados Unidos, que basándose en informaciones sesgadas y en prejuicios ideológicos presionó a la Unión Soviética para que lo cancelara en Europa del Este y para que en los países de Europa Occidental, en algunos de ellos como Francia, Italia, Finlandia o Bélgica con influyentes partidos comunistas, no se reprodujera un modelo que amenazaba la supremacía del “sistema de libre empresa” y los intereses de Norteamérica como primera potencia. Lejos de existir una competencia sana que hiciera de los dos mundos más parecidos, como era la esperanza de Wallace (pronto expulsado del gobierno estadounidense y tachado de comunista), incluso para una URSS en la que existía también un evidente riesgo de contagio del modelo de democracia popular que cancelara el dominio personalista de Stalin en Moscú (lo que puede hacer albergar dudas sobre la viabilidad a largo plazo del modelo democrático-popular), lo que se abrió fue una profunda fosa, un telón de acero o una política de bloques que canceló las esperanzas de millones de personas que esperaban que el mundo después del fin de la SGM se rigiera por valores diferentes.

La debacle de los regímenes de “democracia popular” -un concepto ya convertido en eufemismo- llevó aparejada la desacreditación del socialismo, pero analizando exhaustivamente el modelo implantado y el carácter de las revueltas que se sucedieron en Budapest en 1956, la “Primavera de Praga” de 1968 o incluso la tardía “revolución de noviembre” de 1989 en Alemania Oriental para restaurar la vieja utopía de posguerra, cabe concluir que lo que quedó desacreditado -si no lo estaba de antes- fue un modelo dictatorial que tergiversó los ideales socialistas, que ya estaba implantado en la URSS y que Stalin, impulsado en gran medida por las políticas inconscientes de Truman y sus asesores más empecinadamente anticomunistas (entre ellos un Churchill ávido de protagonizar páginas en una Historia de la que ya parecía retirado después de haber tenido su considerable protagonismo), impondrá finalmente.

FUENTES:

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Barcelona, Pasado & Presente, 2011.

Geoff Elley, “Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000”, Barcelona, Crítica, 2002.

Artur London, “Se levantaron antes del alba. Memorias de un brigadista internacional en la guerra de España”. Barcelona, Península, 2010.

Matt Graham, Peter Kuznick, Oliver Stone, Documental “La historia no contada de Estados Unidos. Capítulo 4: La guerra fría”. Ixtlan Productions / Showtime, 2012

“Democracia Popular” en http://criticamarxista-leninista.blogspot.com.es/2013/08/Conferencia-la-democracia-popular-en-los-paises-de-Oriente-1951.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), entradas “Ana Pauker”, “Lucreţiu Pătrăşcanu”, “Finlandización” y “República Popular de Hungría” (tras la PGM, gobernada por el conde Mijaly Jaroly)