La “Operación Ajax” contra Mossadegh: 1953 siembra la semilla de 1979

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Ilustración de la revista TIME con motivo del nombramiento de Mohammed Mossadegh como “hombre del año” en 1951 por parte de esta publicación.

“Los países subdesarrollados con ricos recursos tienen hoy una lección tangible en el alto coste que ha de pagar uno de ellos que pierde los estribos por un fanático nacionalismo. Es tal vez esperar demasiado que la experiencia de Irán evite el ascenso de Mossadeghs al poder en otros países, pero dicha experiencia puede, por lo menos, reforzar las manos de líderes más razonables y previsores”.

The New York Times, editorial, 6 de agosto de 1954.

(citado por Noam Chomsky, “El miedo a la democracia”, Crítica, Barcelona, 2017).

 

Tras la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, no fueron pocas las naciones de los continentes asiático, africano y americano que buscaron un modo propio de desarrollo y escapar de la tutela ecónomica (tras la tutela política, una vez acontecida la descolonización) de las grandes potencias, que en muchos casos eran o continuaban siendo tras la independencia poseedoras de los ingentes recursos naturales de estos países a través de las compañías extranjeras radicadas en ellos. En estos dos pilares se basó el ideario nacionalista y el movimiento del Tercer Mundo o de los Países No-Alineados surgido en los años cincuenta del pasado siglo, y al que estaban adscritos, más tendentes hacia la izquierda o hacia el conservadurismo, líderes políticos que iban desde sus impulsores -Nasser, Nehru y Tito- hasta otros a los que la fortuna les fue completamente desfavorable: Sukarno, Jacobo Árbenz, Mehdi Ben Barka, Patrice Lumumba o Mohammed Mossadegh.

Para estos países, sin embargo, no fue nada fácil -de hecho, en algunos casos fue imposible- poder llevar a cabo sus programas de reforma social progresista basados en el aprovechamiento de la riqueza propia en beneficio de la propia nación, y no de intereses particulares autóctonos y extranjeros. Sufrieron lo que se ha llamado la “paradoja de los recursos”: países con recursos agrícolas y minerales extraordinarios -del que posiblemente el mayor ejemplo sea la República Democrática del Congo, bajo cuya superficie se concentra una enorme variedad de minerales y piedras preciosas en ingentes cantidades- pero cuya población vive en las situaciones más atroces de pobreza debido a que la riqueza no pertenece en realidad a estos pueblos y no es administrada por sus estados en su provecho (aunque de acuerdo con la legalidad emanada de Naciones Unidas esto es justamente lo que no debe suceder, las más de las veces es imposible hacer valer este derecho de los pueblos), sino que los dueños reales son consorcios y compañías transnacionales, cuando no estados extranjeros, como está sucediendo en el caso de la compra de tierras en África. Estas operaciones de compraventa o de concesiones están relacionadas con la corrupción y la reproducción en el poder de las pequeñas élites multimillonarias locales, a menudo en forma de títeres de los intereses neocoloniales de la antigua metrópoli o de una nueva potencia neocolonial -tal es el caso de las antiguas colonias francesas de África, pero también de Estados Unidos, con grandes aliados como Museveni en Uganda o Kagame en Ruanda- y cuya presencia en el mismo (como la dinastía de los Bongo en Gabón) data incluso desde la propia independencia.

Pero además, en el caso que nos ocupa, la “operación Ajax” o el golpe de Estado en Irán en 1953, que acabó con la política nacionalista y democratizadora del primer ministro Mossadegh y repuso al Sha Mohammed Reza con poderes dictatoriales, las implicaciones fueron más allá del derrocamiento organizado en el extranjero -como los que se sucederían casi inmediatamente en Guatemala, Indonesia y, algo más adelante, en la recién independizada República Democrática del Congo- de un gobierno elegido democráticamente. La inauguración con ello de una dictadura brutal y corrupta como la de la monarquía de Reza Pahleví, prolongada a lo largo de más de dos décadas, sostenida a base de convertir a Irán en un vasallo de Estados Unidos y de los asesinatos y el terror político de la SAVAK, la policía política del nuevo régimen, alimentó a lo largo del tiempo el descontento de la población. Ese descontento y el antiimperialismo americano -convertido en rechazo de lo occidental por los ayatolás que comenzaron a liderar las protestas contra el monarca a partir de 1977-1978- fueron el detonante de la revolución de 1979, donde los grupos de izquierda (tanto los comunistas del Tudeh como otros más a la izquierda) perdieron pronto la iniciativa frente a los líderes religiosos, que transformaron el país en el régimen islámico que hoy conocemos. De hecho, para el periodista del New York Times Stephen Kinzer -autor del libro “Todos los hombres del Sha”– el golpe de 1953 alimentó el antiamericanismo y antioccidentalismo de la República Islámica, así como fue una de las causas de la “crisis de los rehenes” de la embajada estadounidense acontecida al poco del triunfo de la revolución de los ayatolás.

De este modo, lo ocurrido en 1953 abriría las puertas a lo que iba a suceder en 1979. Echar abajo la vía democrática y populista de Mossadegh y sus planes nacionalizadores, en especial los de una industria tan sensible a los intereses occidentales en el Golfo Pérsico como la del petróleo, llevaron a salvar por unos años los beneficios de las compañías occidentales, pero a la larga llevaron a crear un quebradero de cabeza todavía más grave a los norteamericanos -a tenor de la guerra desatada contra la República Islámica vía el Irak de Saddam Hussein, la colocación de Irán en el “Eje del Mal” de Bush hijo o las polémicas periódicas por el programa nuclear iraní- que el que podían suponer las políticas y las esperanzas llevadas a los iraníes por un laico conservador como Mossadegh. Para completar el cuadro, tenemos en una de sus últimas presencias en las oscuras bambalinas de la escena internacional a Winston Churchill, de nuevo “premier” de Gran Bretaña (Anglo Iranian Oil, la futura BP, era la compañía más afectada por la nacionalización del petróleo iraní). Este “gran visionario” fue incapaz de prever cuáles iban a ser las consecuencias de dejar en la miseria a un pueblo bajo cuyos pies se escondían unas de las mayores reservas de crudo del planeta.

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Ilustración del comic “Operación Ajax”, en la que aparece a la izquierda el primer ministro iraní Mohammed Mossadegh y a la derecha el líder conservador y reelegido premier británico Winston Churchill.

 

EL CONTEXTO

En la novela “Samarcanda” del libanés Amin Maalouf se hace un retrato de la situación política del Irán de finales del siglo XIX y de su carácter de “perla codiciada”, ya en aquel entonces, por las potencias del momento. Mientras que, por un lado, podemos ver cómo sucede el choque entre las fuerzas sociales más avanzadas y secularizadoras, deseosas de poder instaurar en el país un sistema parlamentario al estilo occidental (lo que se conseguirá en 1906, en el transcurso de la Revolución Constitucional persa, con la instauración del Majlis, la Asamblea Consultiva nacional), y entre las fuerzas más conservadoras y religiosas, entre las que se cuenta el influyente clero chií -la rama del Islam mayoritaria en Irán- y representado por los jefes religiosos locales, los ayatolás. Serán estos últimos sectores quienes forzarán una contrarrevolución contra la Constitución y el sistema parlamentario que limitaban, aún tímidamente, el poder del sha, lo que se interpretaba iba contra la tradición nacional y religiosa del país. Entre 1907 y 1911 se sucedieron movimientos que suspendieron la Constitución e instauraron el poder absoluto del monarca, aunque la resistencia ejercida por los liberales constitucionalistas permitió que estas restauraciones no duraran mucho tiempo. Lo que sí que hicieron finalmente fue causar un fuerte desgaste a los últimos reyes de la dinastía Qadjar, subiendo finalmente al trono tras un golpe de estado en 1925 un oficial del ejército, Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi.Hay que mencionar que en estos procesos de reforma y contrarreforma política la dependencia exterior en que Irán había empezado a sumirse influyó notablemente. Muchos licenciados de clase alta (como será el caso del propio Mossadegh) influidos por las ideas occidentales del parlamentarismo y el constitucionalismo habían estudiado en instituciones extranjeras radicadas en el país, y allí habían aprendido tales nociones. Pero por otra parte, las dos naciones que se disputaban el control del país en aquellos momentos, tanto la Rusia de los zares (que había inaugurado su asamblea consultiva, la Duma, a raíz de los sucesos de 1905) como la parlamentaria y liberal Gran Bretaña, consideraban peligroso para sus intereses el parlamentarismo iraní y el control que el Majlis podía ejercer sobre sus intereses económicos en Persia. No en vano, por la época en que tiene lugar la Revolución Constitucional, podría considerarse sin temor a equivocarse que todos los servicios públicos se encuentran concedidos a empresas extranjeras, ya fueran inglesas o rusas: el petróleo, el suministro eléctrico, el servicio postal y los telégrafos, los ferrocarriles, el teléfono… Todo para satisfacer las deudas de un Estado (en especial de una Corte) marcado por la ineficiencia y la corrupción. De hecho, cuando en 1910 hubo un primer intento por parte del Majlis de recobrar la soberanía financiera del país, contando para ello con un experto estadounidense, Morgan Schuster, nombrado oficial del Tesoro, quien trató de cobrar impuestos en la zona de influencia rusa (de acuerdo con el reparto acordado por ingleses y rusos en 1907), los rusos amenazaron con el uso de la fuerza si Schuster no era cesado. El rechazo del ultimátum ruso por el Parlamento conllevó la entrada de tropas cosacas en la capital, Teherán, quienes junto a oficiales locales forzaron la suspensión de la Constitución y el cierre de la Asamblea.

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Escena de la “Revolución Constitucional” persa (1905-1906).

Años más tarde, en 1941, la postura pro-alemana de Reza Khan llevó a la URSS y a Gran Bretaña a invadir y a repartirse de nuevo Irán con una zona norte de influencia rusa y una zona sur de influencia británica, además de la sustitución del monarca por su hijo Mohamed Reza, que reinará hasta el triunfo de la Revolución Islámica en 1979. Esta acción anglo-soviética se llevó a cabo para evitar el acceso de Hitler (por aquel entonces cerca del mar Caspio y la frontera entre las repúblicas soviéticas del Cáucaso e Irán) al petróleo persa, explotado teóricamente (como veremos) por una empresa mixta anglo-persa, la AIOC o Anglo Iranian Oil Company, germen de la futura British

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Mohammed Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi y antecesor de Mohammed Reza Pahlavi, se vio obligado a abdicar tras la invasión anglo-soviética en 1941.

oPetroleum (BP). Las tropas soviéticas y británicas debían retirarse a los seis meses del término de las hostilidades, pero los soviéticos permanecieron más tiempo, siendo este hecho denunciado por británicos (temerosos de que Rusia pudiera poner en peligro su monopolio sobre el petróleo iraní) y por Estados Unidos (temerosos asimismo de que una prolongación de la presencia rusa aumentara la influencia en el país del Tudeh, el Partido del Pueblo Iraní, de ideología comunista). De este modo, la cuestión de Irán fue uno de los hechos que anticiparía – junto a la guerra civil griega, la polémica sobre el acceso de la URSS al Mediterráneo a través de los Dardanelos, la cuestión de Alemania o la expulsión de los comunistas de los gobiernos de Occidente y de los no comunistas de los estados de Europa Oriental- el clima de la guerra fría. La retirada rusa del norte, bajo la amenaza latente del lanzamiento de la bomba atómica sobre la URSS (por entonces sólo Estados Unidos la poseía), pero sobre todo la más perentoria de paralizar las indemnizaciones de guerra a la Unión Soviética procedentes de Alemania Occidental, tuvieron como efecto colateral el hundimiento de la autónoma República de Majabad, el primer gobierno propio de que disfrutaron los kurdos en Oriente Medio en mucho tiempo e hito histórico de la lucha por la liberación del Kurdistán. Sin el apoyo y protección que significaba la presencia soviética, la república pudo ser aplastada a sangre y fuego por Teherán. Mientras, Gran Bretaña se había dedicado a utilizar a las tribus árabes del sur para contrarrestar las posibilidades de influencia de Moscú y del Tudeh sobre el joven sha y el gobierno, fomentando en ellas revueltas independentistas o apoyándolas.El interés particular de las potencias extranjeras en Irán es, como puede verse, un factor clave de su historia reciente. Pero tampoco ha de menospreciarse el factor que la jerarquía chií desempeñará en 1953 en la desestabilización inducida desde el exterior contra el primer ministro Mossadegh. De hecho, un personaje harto famoso posteriormente, el entonces clérigo Ruholla Jomeini, aparecerá aquí como aliado clave en la trama. De nuevo, como en los casos de Saddam Hussein en Irak, Idi Amin en Uganda o Bin Laden en la lucha contra la intervención soviética en Afganistán, experimentamos el caso del viejo amigo convertido en el mayor enemigo.

MOHAMMED MOSSADEGH: UNA SEMBLANZA

Según Dean Acheson, ex secretario de Estado de Estados Unidos con el anterior presidente Truman -cesó en el cargo justo antes de que se diseñara la “Operación Ajax”, encargándose de ella el visceralmente anticomunista John Foster Dulles-, y una persona poco sospechosa de simpatías por los regímenes socialistas, Mossadegh era “un persa rico, reaccionario y de mentalidad feudal, inspirado por un odio fanático hacia los británicos”. Aunque estas afirmaciones no pueden tomarse al pie de la letra, lo que sí era cierto, como reflejaba el encargado de la diplomacia estadounidense, es que Mossadegh no era especialmente cercano al Tudeh ni a la URSS, tanto que sus medidas nacionalizadoras no se limitaron al ámbito de los intereses británicos, sino que también afectaron a las concesiones soviéticas en territorio persa.

Mohammed Hedayat, más conocido como Mohammed Mossadegh, nació en Teherán hacia 1882 (no existían por entonces registros fiables) en el seno de una familia de terratenientes, y cursó estudios de Derecho, doctorándose en la Universidad de Neuchatel (Suiza). Estuvo exiliado en París y Suiza durante los movimientos contrarrevolucionarios que sacudieron la Revolución Constitucional de primeros de siglo. Desde muy temprano, ya desde la apertura de la propia asamblea, Mossadegh fue elegido diputado al Majlis, aunque no pudo ocupar su escaño al principio debido a su juventud. Dedicado a la labor política durante casi toda su vida, fue secretario del ministro de finanzas, ministro designado de Exteriores y presidente de la Comisión del Petróleo del Parlamento, cargos los cuales su postura contra la corrupción, su enfrentamiento contra las potencias extranjeras que dominaban la vida política o su oposición a los amplios poderes de que gozaba el sha -en 1943 fue el autor del proyecto de ley por el que fue el autor del proyecto por el cual se le quitaba al Sha la potestad para firmar nuevas concesiones sin previa autorización legislativa- le llevaron a dimitir, no ocupar o ser cesado. Incluso debió exiliarse nuevamente del país durante el reinado de Reza Khan, regresando tras la ocupación anglo-soviética y la renuncia al trono de aquel a favor de su hijo.

Dotado de un gran carisma y una enorme popularidad, gracias a su oposición a la injerencia tanto de británicos como de soviéticos (las dos potencias que tradicionalmente habían intervenido en la política y la economía) y sus proyectos sociales, en 1949 fundó el partido Frente Nacional, cuyo éxito electoral en las legislativas elevaría en 1951 a Mossadegh a la primera magistratura del gobierno.

Mossadegh era sin duda alguna un tipo peculiar y complejo. Sus biógrafos le han definido como honesto, un hombre de principios y de un elevado patriotismo, pero al mismo tiempo quisquilloso, altamente histriónico e hipocondríaco, que se emocionaba con facilidad en la tribuna de oradores, pero que muchas veces exageraba esa emoción hasta el punto de fingir ahogos y desmayos -aunque es cierto que con setenta años su salud no era la de un muchacho, su vena teatral con el objeto de conmover y persuadir a la audiencia le ir más allá-, si pensaba que políticamente era conveniente” (Anaclet Pons). Aunque movido por una fuerte convicción democrática y consciente del valor de las libertades públicas -características que, apunta el historiador irano-armenio Ervand Abrahamian, le diferenciaban respecto a otros líderes antiimperialistas como el egipcio Nasser-, las circunstancias turbulentas a que estaba siendo sometido el país en 1953 por los Estados Unidos y Gran Bretaña le llevaron a tomar medidas autoritarias, como encarcelar a miembros del Tudeh -los servicios de inteligencia británicos señalaban como agitadores a los comunistas iraníes- o expulsar a los diplomáticos británicos en 1952 ante los rumores de golpe patrocinados desde Londres, cosa que refleja su biógrafo Christopher de Bellaigue en su obra “El patriota persa”.

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Mohammed Mossadegh supo ganarse la confianza del pueblo iraní gracias a su denuncia de la corrupción y del dominio extranjero y sus planes democratizadores y de reforma social.

En ocasiones se le apodaba también el “viejo del pijama”, porque muchas veces recibía a altos cargos y diplomáticos extranjeros en su residencia privada, metido en la cama y ataviado con esta prenda, debido a los accesos de tos y vértigo que muchas veces le hacían estar prostrado. No es raro por ello que esta excéntrica falta de boato fuera motivo de desprecio por parte de los políticos de Washington o Londres, como el mote de “Mussy Duck” (Pato Mussy) que le puso Winston Churchill. Una actitud que De Bellaigue no duda en bautizar de racista: estadistas como Thomas Babington Macaulay veían que “un simple estante de una buena biblioteca europea” era superior a “toda la literatura nativa de la India y de Arabia” […]De vez en cuando, un diplomático orientalista revelaría cierto entusiasmo romántico hacia las cosas persas, pero De Bellaigue cree que en el corazón de la política británica hay “un profundo desprecio por Persia y su gente” (Pons).

Sometido a fuertes tensiones, contradictorio e imperfecto, este anti-héroe (como tantos) que tan poco tiene que ver con los de ficción (aunque ha figurado repetidas veces como nexo de unión en muchos cómics y novelas sobre la oportunidad perdida y el origen de 1979, como “Persépolis”) es un motivo de orgullo para muchos iraníes. “Para los iraníes, el legado de Mossadegh es un orgullo de la condición iraní que el islamismo que el régimen actual está pregonando sobre la identidad nacional no puede apagar. Del mismo modo, su tratamiento por los británicos ha llegado a simbolizar el descaro de las potencias extranjeras entrometidas” (ídem). Y analizando esa virtud de visionario que tuvo, ya fuera del poder, afirmando ese gran pecado que supuso intentar nacionalizar unos recursos sobre los que pesaban tantos intereses estratégicos, la periodista Holly Dagres afirma que “Lo que Mossadegh hizo para Irán y lo que sufrió como resultado de ello fue una tragedia. Sin embargo, su último mensaje sobre el nacionalismo no se refería a la pérdida de su poder, sino al derrumbe de lo que él aspiraba para su patria. Aunque Mossadegh ha pasado, ese mensaje vive con fuerza”.

LA NACIONALIZACIÓN DE ANGLO-IRANIAN

La nacionalización del “oro negro” persa no era contemplada en un principio por las autoridades del país en 1951 (Mossadegh era entonces diputado pero no primer ministro, cargo que el sha había tratado de evitar cayera en manos de alguien que, en palabras de Roberto García, de Webislam, pese a sus aristocráticos orígenes supo acuñar el republicanismo y movilizar a las masas en base a una prédica nacionalista hecha a la medida de lo que el público quería escuchar”). Así, el primer ministro Sa’ed trató de encontrar un arreglo para una situación que era injusta y agraviosa desde cualquier punto de vista.

Esa situación no era otra que la empresa AICO repartía sus beneficios al ochenta y cuatro por ciento para los británicos y al dieciséis para los iraníes, a pesar de que la materia prima, vital para los primeros (fue la base que en la PGM permitió a la marina de guerra británica pasar del carbón al petróleo, permitiéndole ganar la batalla en el mar y obtener sustanciosos beneficios a las arcas del Imperio) era extraída del susbsuelo iraní. Por hacer una comparación, en la vecina Arabia Saudí la compañía conjunta arábigo-estadounidense ARAMCO (Arab American Company) repartía sus beneficios al cincuenta por ciento. Además, los salarios y condiciones de trabajo de los operarios iraníes eran absolutamente miserables. En definitiva, AIOC era una auténtica ganga para los británicos y una tortura para los iraníes, que veían como la mayor parte del pastel se quedaba en manos anglosajonas, sin que apenas pudieran saborear las migajas.

El XV Parlamento iraní rechazó sin embargo el anexo al acuerdo de 1933 -fruto de una previa renegociación del acuerdo original de principios de siglo- que negociaba con los británicos, y las cláusulas del acuerdo de los años treinta salieron a la luz pública, sin duda alentadas por Mossadegh, lo que generó una gran indignación en una opinión pública que veía como en toda la región del golfo y el mundo musulmán comenzaban a surgir con fuerza movimientos nacionalistas (Egipto, Irak) que se oponían al dominio y aprovechamiento en beneficio propio que llevaban a cabo los occidentales en el área, y entre cuyas pretensiones figuraba el que los recursos naturales estuvieran en sus propias manos. La difusión de unas cláusulas absolutamente desfavorables para la nación y el pueblo iraníes llevaron a Mossadegh a declarar nulos el tratado y el anexo que se trataba de negociar sobre esta base. Era la espoleta que detonaba el espíritu nacionalizador.

Las nuevas elecciones hicieron que el sha nombrara como primer ministro al general Hadj Ali Mansur Razmara, con Mossadegh al frente de la comisión del Petróleo del XVI Parlamento. Razmara intentó negociar un mejor acuerdo, con la renuncia a la nacionalización y un reparto equitativo de los beneficios. Pero eso era percibido como una continuación en una senda ya impopular, concediendo una credibilidad como negociadores a los británicos que se percibía no tenían en absoluto, ya que antes habían jugado el papel de tahúres con quienes se suponía eran sus socios en pie de igualdad, e iba en contra de las aspiraciones de las masas de aquel momento.

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Mossadegh, rodeado de sus partidarios.

La popularidad de Mossadegh, abogando por la nacionalización, llevó rápidamente a un contraataque por parte del gobierno de Londres, llevando a cabo acciones de boicot a la economía persa y apoyando acciones de rebeldía por parte de las tribus árabes del Juzestán, presionando de este modo para que se continuara con un acuerdo que siguiera siendo ventajoso para Gran Bretaña. En este ambiente, Razmara murió víctima de un atentado llevado a cabo por la organización de los Fedayines del Islam, un grupo dirigido por clérigos chíies y que estaban indirectamente aliados a Mossadegh (lo que no necesariamente quiere decir que éste tuviera implicación en el hecho). Los servicios de seguridad del sha no supieron prevenir o proteger al primer ministro -pese a o cual el profesor Josep Fontana afirma que cuanto menos el rey estaba informado de la posibilidad de un ataque de estas características contra el jefe de su gobierno-.

A la tercera fue la vencida. Mohammed Reza, el sha iraní, no tuvo más remedio que nombrar como jefe del gobierno al popular Mossadegh, que decretó la nacionalización del petróleo, con el apoyo del Majlis, el día 20 de marzo de 1951. Una fecha histórica para Irán y que todavía hoy es celebrada como día de independencia política y económica.

EL CONTRATAQUE ANGLO-ESTADOUNIDENSE: DE LA VÍA LEGAL A LA OPERACIÓN ENCUBIERTA

Una bofetada así en los morros de Gran Bretaña era algo a lo que en Londres no estaba acostumbrados. En octubre de 1951, el Partido Conservador ganó las elecciones al Parlamento de Westminster y Churchill volvía a ser el inquilino del número 10 de Downing Street. La llegada del “Viejo León” de nuevo al poder, que tildaba a su despreciado “Mussy Duck” de “viejo lunático con ganas de arruinar su país y entregarlo al comunismo” llevó a una escalada en la acción de los británicos, con vistas a preparar el terreno para que Mossadegh fuera desalojado del poder y el petróleo del país volviera a las ajenas manos anglosajonas. Para ello no había reparos en una intervención armada si era preciso. De hecho, ya se estaban desarrollando preparativos terrestres y marítimos en Chipre (aún entonces de dominio británico) y el golfo Pérsico.

Pero para ello había un problema, y así se lo hizo saber Harry Truman, en las que eran las postrimerías de su presidencia, al premier británico: soviéticos e iraníes habían firmado un pacto de amistad en 1921 que obligaba a Moscú a intervenir en caso de que Irán sufriese una agresión por parte de una potencia extranjera. El por entonces secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, que consideraba, al contrario que Churchill, a Mossadegh como un conservador sin vinculación ni filias marxistas (opinión compartida por los propios soviéticos), era partidario de una negociación antes que por una crisis militar que sólo podía favorecer a los comunistas del Tudeh. Según asegura el autor William Blum en “Asesinando la esperanza”, Mossadegh mantuvo la ilegalización decretada en 1949 contra el Tudeh, aunque permitió que operara abiertamente y llegó a formar un gobierno con simpatizantes del partido. Por otra parte, los rusos, una vez más, estaban más preocupados por su propia relación con los gobiernos occidentales que con la suerte de un partido comunista en un país fuera del bloque soviético”. El interés por Irán no se basaba en una lucha del “mundo libre” frente al “comunismo”, sino en prosaicos intereses económicos.

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Manifestantes del Tudeh por las calles de Teherán en 1953.

Se prosiguió con la guerra económica y las amenazas por parte de Gran Bretaña, quien embargó el petróleo de exportación iraní y los productos de importación que necesitaba el país, al mismo tiempo que el asunto era llevado a Naciones Unidas y al Tribunal de Arbitraje Internacional de La Haya. Allí Mossadegh pudo desplegar toda su capacidad oratoria, en un discurso que ha sido definido como uno de los más significativos acerca de la lucha de los países del Tercer Mundo por disponer de sus propios recursos para su desarrollo e independencia económica. La capacidad de convicción de Mossadegh fue tan grande que incluso el Consejo de Seguridad (en el que se hallaban presentes Gran Bretaña y Estados Unidos) se abstuvo de pronunciarse hasta que hubiera un fallo de La Haya, que nuevamente tras escuchar a Mossadegh, tuvo que declararse incompetente. Irán había ganado la batalla legal, y el primer ministro fue nombrado personaje del año por la prestigiosa revista norteamericana Time.

Se ha afirmado que Mossadegh era un personaje inflexible y testarudo, nada dispuesto a la negociación. Roberto García, en su reportaje para Webislam, ofrece una visión atemperada de este hecho. En los momentos en que el primer ministro acude a Nueva York para hablar ante la asamblea general de la ONU, la administración Truman, que en aquellos momentos se ofrece como mediadora en el conflicto anglo-iraní (y que también desea obtener parte en el negocio de lo que son las primeras reservas mundiales de crudo), conferencia con aquel para hallar un arreglo amistoso. Los estadounidenses se percataron de que, contrariamente a lo que expresara el británico Anthony Eden, con Mossadegh se podía negociar. Persuadidos de que el nacionalismo y la aparente férrea posición de Mossy (así le llamaban) respondían más que a un convencimiento ideológico a condicionantes internas muy fuertes, intentaron acercar cifras. Entonces Mossadegh hizo llegar su respuesta: 50 millones de dólares de préstamo directo a cambio de flexibilizar la nacionalización. Los norteamericanos, sabiendo de que lo que Mossy no podía tolerar era participación británica directa (pues de ser así corría serio peligro su vida), persuadieron a éstos a aceptar el convenio que preveía la participación norteamericana y, detrás de una fachada, también la británica. Era fines de 1952 y todo parecía indicar que el acuerdo estaba cerrado cuando Mossy cambió de postura esperando obtener una mejor recompensa de la administración republicana ganadora de las elecciones con D. Eisenhower a su frente”. Un extremo, el de la tentativa de arreglo encarada por Mossadegh, que es confirmado por Ervand Abrahamian a The Guardian: “Mi estudio de la documentación me demuestra que nunca se le ofreció un compromiso justo a Mossadegh. Lo que [los gobiernos británico y estadounidense] querían es que Mossadegh renunciara a la nacionalización del petróleo, y si lo hubiera hecho, todo el movimiento nacional habría quedado carente de significado”.

Y es que, para pesar del primer ministro, cuyo anterior juicio sobre la posibilidad de negociación con el nuevo gobierno de Washington se reveló errado, el nuevo equipo republicano con “Ike” Eisenhower al frente y los hermanos Dulles (John Foster en la secretaría de Estado y Allen metido de lleno en los poderosos intereses de la industria petrolera) estaba demasiado dominado por los intereses de la industria (tanto la petrolífera como lo que luego el propio presidente denominaría el complejo industrial-militar) como para sentarse a negociar con un líder del Tercer Mundo. Los republicanos habían llegado al poder fuertemente apoyados (y evidentemente financiados) por las grandes compañías del “oro negro” estadounidense, hasta el punto que el saliente presidente Truman llegó a referirse a la nueva administración como “camarilla petrolera”. La creciente importancia que para estos grupos industriales, así como para el mundo de las finanzas, comenzó a tener el petróleo de importación de Oriente Medio, y el furioso anticomunismo desplegado por Foster Dulles como responsable de la política exterior, que dio instrucciones para que se paralizaran las negociaciones con el gobierno iraní y la justificación en base a prejuicios ideológicos (infundados, como hemos visto) cerró cualquier posibilidad de acuerdo. El nuevo gobierno de Washington se alineó con las tesis guerreras de Londres. El camino hacia el golpe estaba servido.

Mientras tanto, Mossadegh se había enfrentado al sha y había ganado el pulso al monarca, demostrando que era el personaje político más popular del país por encima incluso del propio Mohammed Reza. En julio de 1952 presentó su renuncia al cargo debido a este enfrentamiento, pero el sha tuvo que restituirlo en el cargo tras las grandes manifestaciones de apoyo que el primer ministro concitó en su favor. Tras este episodio, preparó un ambicioso plan de reformas plasmado en ochenta leyes sobre libertades públicas, sanidad, educación, vivienda, presupuesto, justicia, ejército o corrupción. A finales de año, procedió a nacionalizar asimismo la actividad pesquera y el servicio de teléfonos, que eran hasta el momento explotados en régimen de concesión por la URSS.

“OPERACIÓN AJAX”

La “Operación Ajax” (también conocida como “Plan Ajax” o “TPAJAX” en la CIA, aunque el nombre en clave para el Secret Intelligence Service o SIS británico era el de “Boot”) fue la primera operación encubierta de la CIA destinada al derrocamiento de un gobierno extranjero. Aunque la Agencia ya antes se había distinguido en la realización de actividades subversivas y de sabotaje, como la infiltración de guerrillas ultranacionalistas en la Ucrania soviética o la manipulación de las elecciones italianas de 1948 en beneficio de la Democracia Cristiana para evitar una victoria electoral de los comunistas, en Irán se inauguraba una “fructífera” etapa de intervenciones contra gobiernos y líderes del Tercer Mundo -el nuevo tablero de ajedrez de la “guerra fría”- cuyas políticas no se ajustaban a los deseos de Washington, y que incluye Guatemala al año siguiente, Indonesia, Congo-Léopoldville (Zaire luego y hoy Congo-Kinshasa), la frustrada invasión de Bahía de Cochinos y las operaciones de sabotaje contra la economía de Cuba tras la revolución, el derrocamiento de João Goulart en Brasil o el de Salvador Allende en Chile.

Aunque en principio se acudía en ayuda de un país aliado como Gran Bretaña, el rol secundario desempeñado por Londres y el protagonismo adquirido por los norteamericanos en Irán tras la intervención, incluyendo el control de la sustanciosa industria petrolífera persa, hicieron que “Ajax” pueda considerarse una victoria de Washington en toda regla. Otro factor que condicionó, además, que el operativo fuera más norteamericano que británico fue la decisión de Mossadegh de expulsar a la misión diplomática inglesa de Irán tras conocerse los planes iniciáticos de derrocamiento que los británicos planeaban. Además, quien se encargó de dirigir la operación fue un norteamericano, Kermit “Kim” Roosevelt, nieto del presidente Theodor Roosevelt, quien entró en Irán bajó una identidad falsa, junto al también norteamericano general Norman Schwarzkopf.

Ambos, junto al agente local del SIS Assadollah Rashidian contactaron con el sha para llevar a cabo una operación que los propios conspiradores definían como “legal o semi-legal”: destituir a Mossadegh y colocar en el ministerio de Defensa -una potestad que, de acuerdo a un uso establecido, correspondía al sha- a un hombre fiel al monarca y a los intereses anglo-estadounidenses como Fazlollah Zahedi, que durante la SGM había sido encarcelado acusado de colaboracionismo con los nazis. Mientras tanto, los servicios secretos de ambas potencias recurrían a fuertes sumas de dinero para pagar a políticos, militares y clérigos (entre ellos el futuro líder supremo de la Revolución Islámica, Ruhollah Homeini) y que denunciaran a Mossadegh como un ateo al servicio de Moscú, así como a matones profesionales para que se hicieran pasar sucesivamente por militantes de la oposición que atacaban a figuras del Tudeh o por militantes del Tudeh que atacaban mezquitas y lugares sagrados. Incluso habían llegado a captar a miembros del gobierno. En este ambiente, a primeros de agosto de 1953 el primer ministro decidió la convocatoria de un referéndum para la convocatoria de unas nuevas elecciones al parlamento, esperando reforzar su posición.

El día 13 los decretos de destitución de Mossadegh y nombramiento de Zahedi se encontraban firmados, pero su publicación no se iba a hacer efectiva hasta el 15. En el intermedio, Mossadegh conoció lo que se estaba cocinando a sus espaldas y pudo detener el golpe. Anunció por radio que el sha, en connivencia con elementos extranjeros, había tratado de llevar a cabo un golpe de Estado y que en tales circunstancias, se veía obligado a asumir todo el poder. Ordenó el arresto de Zahedi y la destitución de varios oficiales de alto rango, mientras el sha abandonaba Irán con su esposa huyendo hacia Roma vía Bagdad.

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Manifestación pro Mossadegh en 1953.

En aquellos momentos, el fracaso del golpe parecía abrir la puerta más hacia la república que hacia la salida del poder de Mossadegh. El zoco de Teherán (el funcionamiento o no del zoco ha sido tradicionalmente el termómetro de la normalidad política iraní) abrió con normalidad y se sucedieron demostraciones a favor del primer ministro y contra el sha, derribo de sus estatuas y peticiones por parte del Tudeh de la instauración inmediata de la República Democrática, al mismo tiempo que pedían a Mossadegh armas para enfrentarse al golpe. Como quiera que había muchos agitadores contratados por la CIA que, haciéndose pasar por militantes comunistas, atacaban edificios religiosos y por la petición del embajador norteamericano al primer ministro de que cesase la agitación comunista bajo la amenaza de evacuación de los estadounidenses presentes en Irán, Mossadegh se negó a la distribución de armas y mandó a la policía que pusiera fin a las demostraciones callejeras del Tudeh, temeroso de que una evacuación masiva de ciudadanos y diplomáticos estadounidenses diera la impresión de que Mossadegh no controlaba el país. Unos hechos que fueron decisivos para inclinar la calle a favor de los golpistas, pero que mostraban más claro si cabe que Mossy no era un títere de los comunistas.

El 19 de agosto, efectivamente, “Kim” Roosevelt y la Agencia pudieron dar la vuelta a la tortilla. A las demostraciones a base de manifestantes leales al sha (o al dinero distribuido por Washington) se le sumaron tanques y camiones con soldados que cercaron la residencia de Mossadegh, mientras se daba a conocer por radio los decretos de destitución y nombramiento de Zahedi, esta vez como primer ministro. La difusión de los decretos fue dándose a conocer a todos los rincones del país a través de las diferentes emisoras regionales, mientras Mossadegh, cercado en su residencia por los soldados, lograba huir, pese a lo cual presentaba su renuncia. El sha regresaba de nuevo a Teherán y se inauguraba la etapa de gobierno personal de Mohammed Reza. La cuantía del golpe que puso fin a la democracia en Irán había ascendido a diecinueve millones de dólares, incluyendo los generosos sobornos y pagos a agitadores profesionales, y eso sin contar los cinco millones que recibió el monarca en concepto de anticipo por la ayuda financiera norteamericana. Una cantidad muy barata si se cuentan los cuantiosos beneficios que el petróleo iba a suponer a las empresas norteamericanas, nuevas en el negocio del crudo iraní.

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Momentos del 19 de agosto. Los militares cercaron el domicilio del primer ministro, de tal suerte que, pese a la resistencia mostrada en el interior del mismo, el dominio de los golpistas en la capital y sobre el conjunto del país y su mayor número de efectivos en el exterior de la residencia de Mossadegh forzaron finalmente la deposición de éste.

EPÍLOGO: SANGRE POR PETRÓLEO

Un nuevo acuerdo que rompía el monopolio británico sobre el petróleo iraní fue firmado apenas Mohammed Reza pisaba de nuevo suelo persa. Los británicos pasaron a controlar tan sólo un cuarenta por ciento del nuevo consorcio, mientras que otro cuarenta por ciento se lo repartían las cinco grandes compañías norteamericanas del sector (Esso, Mobil, Chevron, Gulf y Texaco), además de Shell y una compañía francesa. A pesar de ello, los británicos recibieron una generosa compensación por sus antiguas propiedades, algo a lo que Mossadegh se había negado alegando las enormes utilidades obtenidas en los años en que habías disfrutado de unas condiciones ventajosas en la anterior Anglo-Iranian, y que habían hecho recuperar en pocos años la inversión inicial.

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El sha (derecha) y su primera esposa Soraya a su regreso a Teherán tras el triunfo del golpe contra Mossadegh.

Irán pasó de una política nacionalista y tendente al no alineamiento a ser un estado-satélite de los Estados Unidos en la región, formando parte de una de las organizaciones regionales de defensa pro estadounidense, el Consejo de Bagdad que, al igual que la OTAN o la SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático), servía a la retórica de la defensa del “mundo libre” frente a la infiltración comunista. El gobierno del sha recibió cuarenta y cinco millones de dólares entre 1953 y 1979 en concepto de ayuda técnica y financiera, buena parte de ella destinada al mantenimiento de las fuerzas armadas y la policía política del régimen, la temible SAVAK, bajo la égida de la CIA y del Mossad israelí (Irán era, por entonces, uno de los más poderosos aliados israelíes en la zona).

Para el pueblo persa las perspectivas de mejora que se levantaron con Mossadegh y su política fueron pronto enterradas con la “Operación Ajax”. Los beneficios del nuevo acuerdo y la modernización de las décadas siguientes o no llegaron o lo hicieron a cuentagotas. “Para la mayoría de la población, la vida bajo el sha fue un sombrío escenario de extrema pobreza, terror policial y tortura”, explica William Blum. Abundaba la corrupción, que “asustaría incluso a los más endurecidos observadores de la corrupción en Medio Oriente”, y la occidentalización del país, patrocinada por el propio monarca a veces con mano de hierro, fue percibida como un gesto más de sumisión a los Estados Unidos, lo que hirió profundamente el sentimiento nacional, al considerarse estaban traicionándose las raíces culturales y tradiciones propias del país, y fue un acicate para que la influyente jerarquía chií pudiera aglutinar bajo la bandera del Islam el descontento contra el monarca y posteriormente aplastar al movimiento político de izquierda, tanto el Tudeh como otros grupos, muy influyentes entre la juventud urbana y universitaria y que ya había sufrido la represión previa de la SAVAK.

Mossadegh fue detenido y juzgado por traición al poco de su huida y renuncia a la jefatura del gobierno. En su juicio dejó un poderoso alegato refiriéndose a ese “tesoro oculto sobre el que se agazapa un gran dragón”, como afirmó en referencia al petróleo local y la apetencia de las poderosas potencias extranjeras por éste: “Sí, mi pecado, mi gran pecado… incluso el mayor de todos mis pecados es haber nacionalizado la industria petrolera de Irán y descartado el sistema de control político y
explotación por el mayor imperio del mundo… Esto a mi costa, de mi familia; y a
riesgo de perder mi vida, mi honor y mi propiedad… Con la bendición de Dios y la voluntad del pueblo, luché contra este salvaje y espantoso sistema de espionaje y colonialismo internacional…
Soy consciente de que mi destino debe servir de ejemplo en el futuro en todo el Medio Oriente en la ruptura de las cadenas de la esclavitud y la servidumbre a los intereses coloniales”.
Difícil, al menos en Irán, por cuanto revisionistas monárquicos niegan el golpe y afirman que Mossadegh fue un populista peligroso, mientras la actual república islámica minimiza el papel de Mossy y exageran el del clero, aunque las pruebas que se manejan actualmente demuestran que, muy al contrario, el clero intervino para derrocar a Mossadegh.

Así, si no de ejemplo, sí hemos comprobado que su historia se ha repetido en innumerables ocasiones, en la que las malas excusas y las premisas poco ajustadas a la realidad han servido para la defensa de intereses espurios, creando laberintos de muy difícil salida en la zona. El eterno intercambio de sangre por petróleo.

 

FUENTES:

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio”, Madrid, Pasado&Presente, 2011.

“Mohammad Mossadeq”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Mohammad_Mosaddeq

Holly Dagres, “Mossadegh’s legacy: a sleeping lion called nationalism”, Your Middle East. http://www.yourmiddleeast.com/features/mossadeghs-legacy-a-sleeping-lion-called-nationalism_9281

Saeed Kamali Dehghan y Richard Norton-Taylor, “CIA admits role in 1953 Iranian coup”, The Guardian, 19/08/2013. https://www.theguardian.com/world/2013/aug/19/cia-admits-role-1953-iranian-coup

Marta Jurado, “La historia de Mossadegh, el bueno de ‘Persépolis’”, El Mundo, 18/05/2010. http://www.elmundo.es/elmundo/2010/05/18/cultura/1274176162.html

Roberto García, “La CIA en Irán: el golpe contra Mossadegh”, 09/08/2006, Webislam.http://www.webislam.com/articulos/29658-la_cia_en_iran_el_golpe_contra_mossadegh.html

“IRÁN 1953. Dándole seguridad al rey de reyes”, El Blog del Viejo Topo, 23/08/2016. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2016/08/iran-1953-dandole-seguridad-al-rey-de.html

Anaclet Pons, “Muhammad Mossadegh, el patriota persa”, Clionauta-Blog de Historia, 12/07/2012. https://clionauta.wordpress.com/2012/07/12/muhammad-mossadegh-el-patriota-persa/

“Mohammad Mosaddeq y la nacionalización del petróleo en Irán”, La Guía de Historia, 02/10/2007. http://www.laguia2000.com/medio-oriente/mohammad-mosaddeq

 

 

 

 

 

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Yemen del Sur. Una utopía entre las bombas

 

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Sello de la República Democrática Popular de Yemen (Yemen del Sur) de 1982, conmemorativo del 60º aniversario de la fundación de la URSS, su gran aliado internacional.

 

 

 

 

El mundo árabe y musulmán es lo suficientemente amplio y complejo, tanto en términos geográficos como humanos, como para escapar a cualquier simplificación que pueda realizarse tanto desde el campo de la extrema derecha europea o norteamericana como desde quienes, llámese DAESH o Al-Qaeda, propugnan la configuración de un califato unificado e integrista. No estaría de más recordar, en éste último aspecto, que no sólo en el mundo de hoy y con las diferentes ramas del Islam que han ido surgiendo, suníes, chiíes y las subramas de éste, como los ismailíes, tal pretensión resultaría, además de la intolerable imposición por la fuerza que están sufriendo más que en cualquier otra área geográfica los propios musulmanes, sino que la experiencia histórica demuestra su fracaso: en los tiempos de mayor esplendor y expansión del Islam, el califato de Damasco ni siquiera pudo aglutinar a todos los musulmanes, surgiendo un califato disidente en la Península Ibérica, el califato de Córdoba. Con respecto a la primera posición -no tan alejada, en cuanto a su planteamiento exacerbado y radical-, conviene tomar un mapa y observar que la religión islámica está presente desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, desde el Magreb hasta Indonesia y Filipinas, y desde países europeos y de Asia Central como Bosnia Herzegovina, Albania, el Caúcaso y las antiguas repúblicas soviéticas a orillas del Caspio, el mar de Aral y la meseta del Pamir hasta zonas del África Occidental como Costa de Marfil y Burkina Faso y de África Oriental como Tanzania o las Comoras. En cada uno de estos países, el Islam está presente de forma mayoritaria o como importantes minorías nacionales, y aunque padecen en muchas ocasiones atentados de igual o mayor gravedad que los de Francia, Bélgica o Alemania (pero no ocupan la misma atención en los medios occidentales que si se producen en Europa o Estados Unidos, una política de comunicación que se podría calificar sin temor de racista, y que demuestra que no todas las vidas, ni todos los demás conflictos, importan lo mismo), el contexto social y político y la relación de la religión musulmana y sus fieles con la comunidad es muy diferente.

Para muchos de estos países, los conceptos de democracia, igualdad, justicia, derechos humanos, así como el progreso y la soberanía de sus pueblos tienen menos que ver con el peso de la religión que con las estructuras de poder político y social, las relaciones económicas internacionales, con conflictos de más largo arraigo y causas muy diferentes (la lucha por la tierra y los recursos, la privatización de los mismos, el adelgazamiento del estado, la ausencia de inversión e infraestructuras). Así, la “guerra contra el terror” (el concepto acuñado por George W.Bush tras el 11-S, que tiene los resultados conocidos después de su triunfante afirmación del fin de la guerra de Irak, y rescatado con poca fortuna por el presidente francés François Hollande tras los atentados en suelo galo) se transforma para los habitantes de estos países en la guerra contra un terror más cotidiano y que va camino de convertirse en secular: el terror al hambre, las sequías, las enfermedades, las malas cosechas, los conflictos enquistados, la arbitrariedad del gobierno o las fuerzas de seguridad…

En los países donde se lleva a cabo o están implicados en la “guerra contra el terror” propiamente dicha, la más conocida de acuerdo a la afirmación de Bush hijo, y mayoritariamente de religión musulmana, o bien no faltan los problemas anteriores (tolerados o amparados por parte de sus aliados occidentales, como ocurre con Turquía, Egipto, las monarquías del golfo o Arabia Saudí, cuya preocupación en esa alianza no se dirige hacia el bienestar de la población local, sino hacia la consideración de si el gobierno local cumple o no la máxima “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), o bien padecen otros añadidos, causados por la lucha entre los terroristas de DAESH o Al-Qaeda y la nueva versión del “mundo libre”, aunque ya no se trate de una guerra fría sino de una bien caliente, pero en la que la democracia, al igual que en los tiempos de la lucha anticomunista, sigue su política de alianzas con países que no parecen ajustarse bien al calificativo de “mundo libre” o de “democracia” con que tanto gustaban y gustan de autodenominarse. En este fuego cruzado de bombardeos, disparos y destrucción que padecen las poblaciones de Irak, Siria, Afganistán o Yemen, y en medio de una política deplorable de acogida de refugiados por Europa, Australia o América del Norte a causa de unas guerras que todo el mundo parece saber provocar pero nadie finalizar como corresponde, no puede resultar extraño que muchos acaben, llevados por la desesperación y la locura a que están sometidos, identificando la “civilización” europea y occidental que bombardea y mata a civiles, confundiéndolos con objetivos militares, como un modo más de barbarie, sólo que ésta extranjera, ajena a sus costumbres, y acaben uniéndose a las filas del DAESH. Un juego macabro, efectivamente, pero no deja de ser así una de las hipótesis de la formación del propio Estado Islámico: a base de antiguos militares y funcionarios del estado iraquí de Saddam purgados masiva e indiscriminadamente por la administración colonial estadounidense, que en represalia formaron una organización ¡todavía más radical que Al-Qaeda! Así, la lucha contra el terrorismo desencadenada por la llamada coalición internacional no sería más que una lucha de fomento de ese mismo terrorismo, en la contradicción reflejada por el historietista Quino en “Mafalda”: ante un camión con manguera de los antidisturbios, Mafalda explica a su hermano pequeño que la policía usa ese camión para regar los primeros brotes de violencia, pretendiendo que en realidad la estaba arrancando de raíz. Queda por estudiar la razón por la que jóvenes de origen musulmán, hijos de inmigrantes, nada interesados por la religión, de repente se revuelven violentamente contra el país en el que han nacido y en el que sus padres, paradójicamente, parecen estar más integrados que ellos a pesar de no poseer la nacionalidad que sí tienen sus vástagos. Posiblemente se trate, precisamente, de que esa integración o bien no ha existido o bien ha fallado estrepitosamente, y que hoy se expresa de esta forma al igual que hace unos años se expresaba en forma de estallidos violentos y quema de automóviles en los barrios periféricos de París. Es muy recomendable, a éste último respecto, la irónica novela “Mañana será otro día” de Faïza Guene.

Esa misma contradicción antes mencionada fue la que se observó, dando lugar a un tiro por la culata absolutamente bochornoso, con la alianza entre Estados Unidos y Europa y los regímenes laicos instalados en estados revolucionarios del Norte de África, Oriente Medio o la Península Arábiga (Yemen del Norte). Pretendiendo sustraer los regímenes panarabistas y de “socialismo árabe” que fueron surgiendo en Argelia, Egipto, Siria o Irak a la influencia soviética y garantizando en ellos la presencia de estados autoritarios y fuertes que aplastaran cualquier oposición no sólo a su izquierda (marxistas) como a su derecha (islamistas, como la Hermandad Musulmana), la “primavera árabe” acabó por derribarlos en muchos lugares -salvo en Egipto, donde cayó Mubarak, pero la élite militar del régimen prosigue en el poder tras el golpe que derrocó al presidente islamista Mohammed Mursi para poner al mando al general Al-Sisi y desatar una fuerte represión sobre los Hermanos Musulmanes y la oposición en su conjunto-. El resultado fue una desarticulación, además del descrédito (en parte por lo que tenía, aunque sólo fuera nominalmente al final, de socialista el régimen) del socialismo y de la oposición marxista. Pero por otro lado fue el auge de la otra opción indeseada por Occidente: la de la oposición religiosa islámica como fuente legítima de contestación al poder y a sus aliados occidentales, como ocurrió con el prestigio ganado por los ayatolás en la revolución iraní y el derrocamiento del sha en 1979. Por si esto fuera poco, la política llevada a cabo por Estados Unidos en Afganistán, apoyando en la lucha antisoviética y contra el gobierno comunista de Kabul, a combatientes profundamente radicales en sus planteamientos religiosos, resueltos a luchar en una especie de “yihad”, y del que más representativo acabó siendo Osama Bin Laden, demostraría cómo de suicida puede llegar a ser una política amparada en el capricho y en el apoyo al despotismo y la corrupción.

Una excepción a este panorama, aparte de la experiencia fallida de la república socialista de Afganistán, -en la que la URSS apoyaba a los moderados del partido Parcham ante el temor de una revuelta islamista (azuzada por Estados Unidos) y solicitaba a los comunistas radicales del Khalq la formación de un gobierno de coalición que realizase reformas, necesarias para la modernización del país, pero más moderadas para evitar una revuelta o una oleada de represión, razón de la intervención soviética y de la posterior guerra (1979-1989), en la que los norteamericanos intervinieron ayudando a los muyahidines con tal de meter a la URSS en un “cenagal tipo Vietnam”- o del Frente Polisario y la República Árabe Saharaui Democrática, constituida en el exilio -movimiento revolucionario inspirado en el socialismo democrático, del que el ministro de Información y Turismo del régimen franquista y fundador del PP, Manuel Fraga, refirió que España (y posiblemente también Estados Unidos y Francia, dos de los pilares de Marruecos y su política de invasión del país como suministradores de armas y aviación al ejército alauí) no podía tolerar “un movimiento marxista a treinta y cinco millas de las Canarias”- fue la República Democrática Popular de Yemen, más conocida como Yemen del Sur. Fue el único estado socialista marxista-leninista, constituido sobre las antiguas posesiones inglesas de Adén, Hadramaut y Qishn y Socotora, de un mundo árabe dominado por reinos despóticos o por repúblicas de socialismo de tercera vía, el mencionado socialismo árabe, que acabó degenerando de sus nobles intenciones. Hoy, cuando el comunismo parece desacreditado y cadudo, el recuerdo de Yemen del Sur alimenta en Adén y otras zonas de la antigua república un sentimiento de rebeldía que pasa por la recuperación de lo mejor de los ideales y los aspectos del socialismo suryemení, en medio de la marginación a que se han visto sometidos desde la unificación con el norte y de los conflictos y bombardeos que Yemen ha sufrido últimamente.

SOCIALISMO E ISLAM: AUGE Y CAÍDA DEL SOCIALISMO ÁRABE

La vía marxista-leninista que se abrió en aquellas colonias británicas del golfo de Adén y el sur de la Península Arábiga tras su independencia fue muy diferente de la que fue común en los estados árabes y norteafricanos que desarrollaron, a través de revoluciones o por el triunfo contra potencias coloniales, una vía socialista particular. Al igual que Julius Nyerere, el presidente tanzano, trató de elaborar y poner en práctica en su país un socialismo de claras raíces locales (la ujaama o espíritu de familia), el socialismo árabe basará su ideario en una combinación de elementos marxistas y nacionalistas con la tradición y costumbres árabe-islámicas, rechazando algunos fundamentos del marxismo ortodoxo y del marxismo-leninismo soviético que, por su carácter materialista, internacionalista o ateo, se interpretaban como incompatibles con la situación árabe.

De este modo, y de acuerdo con Michel Aflaq, uno de los fundadores del Partido Árabe Socialista Baaz (el partido gobernante en el Irak de Saddam Hussein y en la Siria de Haffed y Bachar al Assad), quien acuñaría el término, el socialismo árabe establecía la nacionalización de los medios de producción y la superación de elementos de atraso de sus sociedades, como el feudalismo o el tribalismo, pero sin que ello sirva como base para contradecir elementos del Islam tan importantes para los creyentes como la propiedad privada y los derechos de herencia, así como los lazos comunitarios -e incluso la ley islámica o Sharia, a pesar de desarrollar regímenes laicos- que constituían la base identitaria y cultural de sus sociedades. Otros de los elementos de su ideario eran el panarabismo, la solidaridad entre los pueblos árabes (desde el norte de África, incluyendo Mauritania, Sudán y Somalia, hasta Irak; lo que incluso llevó a la creación de uniones entre países como la que tuvo lugar entre Egipto y Siria bajo el nombre de República Árabe Unida o RAU entre 1958 y 1961), y su encuadre en el Movimiento de Países No Alineados, uno de cuyos líderes más representativos fue el egipcio Gamal Abdel Nasser.

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Emblema del Partido Baath Árabe Socialista, gobernante entre los sesenta-setenta y los 2000 en estados como Siria -aún en la actualidad- o Irak.

El socialismo árabe surgía como respuesta tanto a la política colonial llevada a cabo por Francia y Gran Bretaña, cuya presencia en el norte de África y en parte de los antiguos territorios árabes del Imperio Otomano desde el fin de la PGM, como a la de los débiles reinos sobre los que las anteriores especialmente (aunque no sólo) ejercían su dominio indirecto, como ocurría en Irak, Egipto, Omán o el reino de Yemen (del Norte). El dominio colonial, directo o indirecto, en la región había generado los mismos desequilibrios que en otras zonas: ausencia de infraestructuras y de desarrollo agrario e industrial más allá del que beneficiaba, en forma de extracción de materias primas y otros recursos, a los intereses de la potencia colonial o la élite local; falta de políticas de bienestar para las poblaciones locales; mantenimiento o explotación del atraso educativo, científico y cultural de la población local, de modo que, en el caso de una emancipación, se mantuviera la dependencia del exterior de las nuevas naciones. Así, el socialismo árabe buscaba una síntesis entre unas raíces culturales y sociales que el colonialismo explícito o implícito habían arruinado o desvirtuado (y que había dado lugar a un imperio floreciente no sólo en términos militares, sino también culturales y científicos) y lo mejor de los movimientos revolucionarios y transformadores, que en aquellos momentos era representado, para muchas naciones recién independizadas y para muchos pueblos del Sur, por el socialismo.

La primera de las naciones que puso en marcha un programa socialista árabe fue Egipto, tras el derrocamiento de la monarquía en 1953 en un golpe militar y la asunción del poder por parte de Gamal Abdel Nasser, quien fue sin duda la figura más influyente del mundo árabe en los años sesenta, no sólo por la influencia política y cultural de Egipto sino por la propia política y carisma de Nasser. Emprendió un programa de reforma agraria y de nacionalizaciones, entre las que destaca la del canal de Suez (lo que le enfrentó a Gran Bretaña, Francia e Israel); la construcción de grandes infraestructuras como la de la presa de Asuán; fue líder del movimiento de los No Alineados junto a otros líderes nacionalistas que buscaban vías autóctonas e independientes de desarrollo para sus países, como el indonesio Sukarno, el indio Nehru y el yugoslavo Tito (lo que no le impidió un acercamiento a la URSS), y encabezó la lucha del mundo árabe frente a las injerencias occidentales y la política expansionista y agresiva de Israel (lo que llevó a la participación y derrota egipcia y del resto de coaligados árabes en la Guerra de los Seis Días). Pese a ello, a su muerte en 1970 la política de sus sucesores Sadat y Mubarak cayó en el descrédito: el acercamiento de Sadat a EE.UU. e Israel le llevó a distanciarse del mundo árabe y, tras su asesinato en 1981, Hosni Mubarak se sostuvo en el poder durante tres décadas a través de leyes marciales y medidas represivas mientras tanto él como su entorno se enriquecían de modo ilícito al tiempo que la población egipcia se veía progresivamente empobrecida.

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Nasser y el premier sovético Nikita Jruschev en las obras de la presa de Assuán.

También en el norte de África, Argelia iba a apostar, tras una cruenta guerra de independencia contra Francia culminada en 1962 y encabezada por el Frente de Liberación Nacional, de corte claramente izquierdista, por la vía del socialismo árabe. Tras la difícil victoria, Ahmed Ben Bella, primer presidente de la Argelia independiente, y el FLN se hicieron cargo del país, tratando de implementar una política de nacionalizaciones, reforma agraria, sistemas autogestionarios (como las granjas colectivas) y la igualdad de sexos, consecuencia de la importancia que las mujeres habían tenido en la lucha armada contra Francia. Dentro de su política exterior neutralista, mantuvo buenas relaciones con países socialistas como Cuba, Yugoslavia, la Unión Soviética, China o el Mali de Modibo Keita, además de prestar su apoyo a movimientos de liberación como el ANC surafricano o el PAIGC de Guinea Bissau y Cabo Verde.

Sin embargo, las desavenencias que habían estado presentes en el interior del FLN desde el momento mismo de la lucha anticolonial hicieron que, en 1965, apenas tres años después de haber accedido a la presidencia de la República, Ben Bella fuera derrocado y confinado al arresto domiciliario por su ministro de Defensa, Houari Boumedienne, quien acentuó las tendencias autoritarias -suspendiendo la asamblea nacional y la constitución de 1963- y el dominio militar del régimen argelino, al tiempo que marginaba la cultura y lengua de la importante minoría bereber. Las rentas petrolíferas y gasísticas obtenidas por Argelia en los años siguientes no se han sabido o querido invertir convenientemente en el bienestar de la población, especialmente en la modernización de una agricultura cuya producción crece menos que la población, entre otras cosas por la burocratización y corrupción del régimen. Otro de los debe tiene que ver con la situación de la mujer, que, pese a lo proclamado en la constitución, tiene en la práctica limitados sus derechos debido a la vigencia del Código de Familia islámico.

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Ahmed Ben Bella (izquierda) y Houari Boumedienne, héroes de la independencia y de la revolución argelinas.

 

Boumedienne, fallecido en 1978 bajo sospechas de envenenamiento, fue sucedido por el coronel Chadji Bendjedid, quien procedió al desmantelamiento de facto del sistema socialista argelino mediante privatizaciones y acuerdos con el Fondo Monetario Internacional para la reestructuración de su economía. La dependencia exterior de Argelia, quien tiene que comprar todo aquello que no produce a cambio de la venta de petróleo y gas, y la corrupción y autoritarismo del sistema llevaron al triunfo electoral del islamista FIS en 1991, quien se presentó bajo el paraguas de la honestidad y la preocupación por las clases populares. El no reconocimiento de su derrota por parte del gobierno llevó a una guerra civil de baja intensidad entre éste y las fuerzas islamistas del GIA (Grupo Islámico Armado), en la que se dieron no pocas detenciones arbitrarias, torturas, abusos y atentados y otras acciones armadas contra la población civil en unos años terribles.

Los casos de Irak y de Siria revisten ciertos paralelismos. Ambos son países en los que conviven diferentes grupos étnicos, como los kurdos y los asirios, y religiosos como chiíes y suníes, lo que les ha llegado a convertir en auténticos polvorines después de la invasión norteamericana y la caída del régimen de Hussein en el primero o en la actual guerra civil siria. En ambos casos, la desacreditada monarquía -instaurada en Bagdad tras la independencia del dominio británico en 1932 y en Damasco después de la colonización francesa en 1946- dio paso a un sistema republicano en el que el control del país estará en manos del partido Baaz, quien procederá a una política de nacionalizaciones, reforma agraria y de aproximación y alianza con la URSS (lo cual, en el caso iraquí, no deja de ser paradójico, dado que el baazismo se enfrentará a la oposición de los comunistas). En Irak, rico en recursos petrolíferos, la nacionalización del sector y la eficiente gestión estatal posibilitó que el país pudiera dedicar ingentes recursos a infraestructuras o a los sectores educativo y sanitario, mejorándose la calidad de vida, los salarios o la situación de la mujer.

En 1971 en Damasco llega al poder Hafez Al Assad, de la en Siria minoritaria confesión chií (alauí), tras la derrota de la coalición árabe contra Israel en la Guerra de los Seis Días, y en 1979 en Bagdad Saddam Hussein, que orientará la política exterior iraquí de la Unión Soviética a Occidente y los Estados Unidos, convirtiéndose en aliado de éste contra la revolución iraní (la administración americana dará apoyo armamentístico a Bagdad en la Guerra Irak-Irán de comienzos de los ochenta) y consentirá la sangrienta represión que Hussein ejercerá contra los chiíes y los kurdos. Ambos proceden del ejército y se convertirán en los hombres fuertes durante cerca de tres décadas en ambos países (a Al Assad le sucederá su hijo Bassar, quien mantendrá la alianza con la Rusia post-soviética así como con el grupo armado libanés Hezbolá y el régimen islámico chií de Irán) y ejercerán el mando con mano de hierro. El movimiento baazista, mientras tanto, habrá perdido el protagonismo en la política nacional frente a la autoridad militar, convirtiéndose (como el FLN argelino) en aparatos burocráticos de los respectivos regímenes dictatoriales implantados. Las conquistas revolucionarias del socialismo árabe en ambos países fueron perdiéndose, especialmente en comparación al protagonismo ganado por la represión violenta de los movimientos de oposición, y debido también a factores internacionales como la crisis a la que Siria se tuvo que enfrentar por la disolución de la Unión Soviética (su mayor aliado internacional) y el bloqueo económico y las sanciones a las que tuvo que enfrentarse Irak tras su derrota contra la coalición internacional liderada por Estados Unidos en la Primera Guerra del Golfo de 1991.

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Saddam Hussein encabezó un golpe de Estado en Irak y cambió la política de alianzas del país, que pasó a alinearse con EE.UU. y a atacar Irán de acuerdo con Washington. Posteriormente, se convertiría en enemigo irreconciliable de las administraciones norteamericanas.

No obstante, tanto la guerra civil siria como la caída del régimen de Hussein tras la invasión norteamericana, y en especial el factor de los grupos terroristas de ideología fundamentalista religiosa (Frente Al Nusra, Estado Islámico) han mostrado tanto la especial incapacidad europea y estadounidense para comprender la complejidad étnica, religiosa y política a que habrían de enfrentarse ambos países tras el fin de los regímenes baazistas (y, en consecuencia, la complejidad de un escenario donde una “guerra contra el terror” creada por las propias potencias extranjeras intervinientes no sirve para explicarlo todo) como la escasa relevancia de una oposición de carácter laico y progresista, cuya ausencia en los análisis no implica que no exista, alimentando la tendencia en Occidente a pensar que en el mundo árabe no pueden existir alternativas políticas de tal naturaleza. Esto -que es extensible a países como los mencionados Egipto o Argelia- se debe  no sólo a una reacción de signo contrario al laicismo desarrollado por los corruptos y desacreditados regímenes socializantes que han degenerado en dictaduras crueles que abandonaron sus ideario y al cambio de alianzas, pasando de la enemistad a la amistad con un Occidente que les sirvió de apoyo (lo que explica el prestigio ganado por la Hermandad Musulmana, el FIS y otros grupos opositores religiosos al presentarse como candidatos de la honradez y contra la decadencia de un mundo occidental y cristiano que es, más bien, la decadencia de la propia dictadura local fenecida). También al hecho de que parte de la “guerra contra el terror” se dirige también contra grupos de izquierda que pudieran constituir una alternativa a los planes para configurar un nuevo “statu quo” regional o modificar las fronteras, aun cuando la aspiración pueda ser perfectamente legítima: tal parece ser el caso de los grupos armados kurdos que combaten tanto a Al Assad como al EI en Siria y en los que luchan juntos hombres y mujeres. No debe por ello resultar extraño que las posiciones kurdas en Siria hayan sido bombardeadas por Turquía (miembro de la OTAN) o que países como España hayan decidido encarcelar a su regreso a quienes, en un intento de emular a las Brigadas Internacionales, combatieron junto a estas milicias kurdas.

Libia, por último, al igual que Túnez, Yemen o Egipto, vio finalizado el régimen del coronel Gadafi en el transcurso de la “Primavera Árabe” de 2011, pero para ello tuvo lugar una guerra civil en la que se dio un juego de intereses políticos y geoestratégicos en los que las potencias occidentales, que habían iniciado años antes un proceso de revisión de sus relaciones con Trípoli y consideraban a Gadafi un aliado tras años de condena, apostaron a la carta de su derrocamiento. La situación del país, sin embargo, no ha mejorado tras el fin del régimen gadafista (que incluyó su muerte en un dantesco linchamiento, en un período en que, tras una suerte de tregua por parte de los medios de comunicación en sus descalificaciones hacia el por otra parte excéntrico líder libio, regresaron las acusaciones sobre supuestas atrocidades que incluían la violación de las mujeres de su guardia femenina) y las dificultades pasan tanto por las desavenencias regionales entre la parte occidental del país (Tripolitania) y la oriental (Cirenaica, la región de Benghasi y la primera en levantarse contra el régimen) como debido a la presencia de grupos terroristas como Al Qaeda en el Magreb Islámico y el propio EI. Asimismo, algunos analistas apuntan a que la presencia militar extranjera (Francia, Italia, Estados Unidos) en el país no está bien considerada por la población, lo que lleva a actos de violencia contra ellos que son camuflados como ataques terroristas.

Muamar al Gadafi encabezó en 1969 una sublevación contra la monarquía, instaurada en el país tras el fin del fideicomiso italiano en 1951. La República Árabe, influida por el nasserismo, iniciaba su andadura con mimbres parecidos a los de otros países que siguieron la vía del socialismo árabe: nacionalizaciones, reforma agraria y no alineamiento (de hecho, Gadafi no se aproximó a la URSS hasta mediados de la década de los setenta). Para mantener el poder, Gadafi hubo de pactar con los diferentes grupos tribales del país. En 1977, poco después de la publicación de los principios de la revolución libia en el Libro Verde (un remedo del Libro Rojo de Mao, que combinaba socialismo e Islam), Gadafi proclama la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista (el término árabe Yamahiriya se puede traducir tanto como república como comunidad, lo que enlazaba con el ideario gadafista de unión del pueblo libio en torno a un ideario y un líder, el socialismo árabe y el propio coronel). La nueva Libia, con la nacionalización de los recursos del petróleo y el gas y la utilización de los beneficios para planes de infraestructura e implementación de sistemas gratuitos de sanidad y educación, alcanzó extraordinarios niveles de desarrollo humano para el continente africano, más próximo a los países meridionales de Europa como Portugal o Grecia, así como un nivel de derechos para las mujeres mucho más elevados que en otras naciones islámicas.

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Escudo de la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista, el régimen libio encabezado por el coronel Gadafi.

Sin embargo, Gadafi también llevó a cabo una política de apoyo a grupos internacionales de liberación bastante controvertida. Al tiempo que apoyó en un principio la experiencia revolucionaria de Thomas Sankara en Burkina Faso, al Frente Sandinista y la revolución nicaragüense, la OLP o el ANC de Nelson Mandela, hizo lo propio con ETA, el IRA Provisional o las FARC, y llegó a implicársele en el atentado a un avión en Lockerbie (Escocia). Ello llevó a un bloqueo económico por parte de los Estados Unidos y al bombardeo, en tiempos de la administración Reagan, de las ciudades de Trípoli y Benghasi.

De ahí que, en su esfuerzo por normalizar las relaciones con Occidente, Gadafi retiró el apoyo a varias organizaciones terroristas y hacer frente al bloqueo fomentando las cooperativas y pequeñas empresas privadas. En sus últimos años, al tiempo que permitió la entrada de grandes actores privados en la economía libia, especialmente en el sector de los hidrocarburos, buscó contrarrestar el dominio occidental a través de acuerdos con aquellos países más opuestos o que pudieran contrarrestar el liderazgo estadounidense, como la Rusia de Putin, la Venezuela de Hugo Chávez, la República Islámica de Irán, Brasil o China, al tiempo que era recibido por líderes europeos como el primer ministro italiano Silvio Berlusconi o el presidente del gobierno español José María Aznar, que llegará a referirse a Gadafi como “un amigo extraño, pero un amigo”. La oportunidad ofrecida por la guerra civil libia, sin embargo, llevó a las potencias occidentales a apoyar a la oposición y a bombardear las posiciones del ejército de Gadafi, recuperando el lenguaje despectivo contra él. Algunos analistas han ofrecido, como parte de la explicación a este cambio de actitud, las oportunidades de negocio más amplias que la oposición ofrecía a las empresas occidentales, con la defensa en su programa de “un sector privado para la economía” y “los intereses y derechos de las compañías extranjeras”, así como la mayor capacidad de influencia sobre el nuevo gobierno.

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Vladimir Putin y Muammar Gadafi, dos líderes conocidos por su oposición al “unilateralismo” norteamericano, durante un encuentro en Trípoli.

En resumen, los gobiernos de socialismo árabe supusieron, en su día, un soplo de esperanza para aquellos países deseosos de librarse del yugo de la colonización europea y de emprender un camino propio, una “tercera vía”, entre el Occidente capitalista y el socialismo “ateo” de la URSS y sus aliados. Teniendo en cuenta la importancia del Islam en la configuración del mundo en la región de Oriente Medio y el norte de África (más incluso, afirma Edward Gibbon, que la del cristianismo en Occidente, donde había que tener en cuenta la enorme herencia de las civilizaciones griega y romana) y siguiendo la vía emprendida por otros estados no alineados como Yugoslavia, India o Tanzania, el socialismo árabe trataba de ser una síntesis de modernidad y tradición similar a la vía de los socialismos africanos. El éxito inicial que trajeron las políticas sociales y redistributivas, la nacionalización de sectores estratégicos o la reforma agraria en Egipto, Irak o Argelia, así como la afirmación de la propia identidad y el carisma de líderes como Nasser -de quien el escritor libanés Amin Maalouf referirá “los árabes […] tuvieron un líder en quien reconocerse”– fue sin embargo reemplazado a partir de los años setenta por un repliegue debido a la derrota de las fuerzas militares árabes frente a Israel en las guerras de los Seís Días y del Yom Kippur, que trajeron consigo una merma del prestigio y presencia internacionales de los líderes árabes. A esto se añadió la muerte y los golpes de estado contra los viejos líderes carismáticos e independientes, como Nasser o Ben Bella, que fueron sustituidos por figuras más proclives al acercamiento a Occidente y bajo cuyos gobiernos el régimen político nacional cayó en la corrupción, el nepotismo y la ineficacia, mientras, con el cambio de alianzas (se abandonó el apoyo y acercamiento a la URSS) eran apoyados por Estados Unidos y la Unión Europea en segunda instancia para aplastar a una oposición representada no sólo por intelectuales o izquierdistas de signo marxista, sino también por una oposición religiosa que achacaba los males del país a la “venta” a los valores occidentales y postulaba la regeneración a través del retorno a las fuentes islámicas, a veces de signo muy rigorista.

A este respecto, el fracaso del socialismo árabe parece representar el más reciente intento fallido de hallar una vía de síntesis entre las raíces propias y las corrientes sociales y políticas alrededor de las que se movilizaban banderas en el resto del mundo, como en el pasado lo representaron los “Hijos de Adán” y la fallida experiencia de la democracia iraní a comienzos del siglo XX. El mencionado Amín Maalouf -quien escribió sobre el anterior tema en su novela “Samarcanda”– refiere en el epílogo de su obra “Las cruzadas vistas por los árabes” que, mientras que el contacto de los occidentales en Palestina (al igual que en la Península Ibérica o en Sicilia) con los musulmanes contribuyó a una revolución cultural en Europa -el conocimiento de técnicas agrícolas, de la filosofía, las matemáticas o la medicina tanto antiguas como del desarrollo posterior de las mismas que llevaron a cabo Avicena, Averroes o Maimómines-, las “cruzadas” o “guerras francas” medievales crearon un ambiente de desconfianza y de encierro sobre sí mismo en el mundo musulmán que se mantuvo a lo largo de los siglos, y que la dominación colonial francobritánica en la zona o el establecimiento del Estado de Israel (considerado poco menos que un “reino cruzado”) han exacerbado, hasta el punto de que en tiempos del presidente Nasser se le llegó a equiparar con Saladino porque, al igual que el sultán ayyubí, consiguió unir a Siria y Egipto en un solo estado (la RAU entre 1958 y 1961) y plantar cara a Francia y Gran Bretaña como Salah al-Din hizo con los caballeros francos. “Asediado por doquier -dice Maalouf-, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta, de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo […] Por ello seguimos asistiendo hoy día a una alternancia con frecuencia brutal entre fases de occidentalización forzada [como la que representó el laicismo autoritario de Atatürk al fundar la República de Turquía en 1922, cuyas pulsiones dictatoriales permanecieron y permanecen hoy día a pesar de ser un país formalmente democrático] y fases de integrismo a ultranza fuertemente xenófobo.”

Grupos como el FIS argelino o la Hermandad Musulmana se presentarán, ante la degradación económica y política del país y las conexiones gubernamentales con antiguos o nuevos colonizadores occidentales, como individuos que atendían a las necesidades del pueblo, honestos y decentes y con un programa antiimperialista similar al que habían llevado los partidos baazistas o revolucionarios en el poder en los tiempos de la liberación anticolonial y cuyos ideales aparecían ahora traicionados. De este modo, la “primavera árabe” de 2011 -o antes en Argelia, en la época de la guerra civil- fue un momento propicio para el éxito popular de estos grupos, que representaban la esperanza del pueblo contra unos regímenes degradados, pero al mismo tiempo tenían su propia agenda de imposición de leyes restrictivas en materia religiosa y cultural, lo que asustó a Estados Unidos, Europa o la OTAN, “culpables” indirectos de su éxito al haber apoyado a gobiernos represores y corruptos como el de Mubarak en Egipto o políticas de “apartheid” como las Israel respecto a los palestinos, en medio además de una “guerra contra el terror” que parece no tener fin. Así puede explicarse el éxito de los Hermanos Musulmanes en las elecciones post-Mubarak en Egipto o de Hamás en la franja de Gaza. La respuesta, en algunos casos, ha sido apoyar a versiones modificadas de los viejos regímenes, como a los militares que formaban parte de la élite del ejército de Mubarak en El Cairo, condenar al gobierno salido de las urnas como en Gaza o agitar nuevos avisperos en Libia y Siria de difícil solución.

LA DIFERENCIA SURYEMENÍ

Yemen del Sur, oficialmente la República Democrática Popular de Yemen, siguió un camino diferente. El país siguió la vía del marxismo-leninismo que había sido condenada por el socialismo árabe por su ateísmo, y que hacía al régimen suryemení mucho más próximo a la Unión Soviética y las naciones del Este de Europa, Cuba, Vietnam o la República Popular China de lo que eran Egipto, Siria o Irak, que se declaraban como no alineados.

Además, Yemen del Sur tenía otra particularidad, y que en este caso lo diferenciaba respecto a otros estados socialistas como la RDA, Corea del Norte o Vietnam del Norte. La división del Yemen, al contrario de lo que había ocurrido con la de Alemania, las dos Coreas o Vietnam, no había sido un producto de la posguerra de la SGM y de las desavenencias que, como parte de una “guerra fría” en marcha, surgieron entre las potencias aliadas e impidieron configurar un estado unido, o en el caso vietnamita para asegurar un estado-tapón (Vietnam del Sur) fiel a Occidente que impidiera ver cumplida la teoría del dominó norteamericana acerca del dominio comunista del sudeste asiático. Yemen del Norte (primero Reino de Yemen y luego República Árabe de Yemen) y Yemen del Sur, a pesar de un pasado unitario, habían estado divididos y bajo control, respectivamente, del imperio otomano, hasta 1922 (en que el norte se independiza tras la derrota otomana en la PGM y la independencia o pérdida a manos francobritánicas de sus territorios en Arabia y Oriente Próximo) y del británico, hasta 1967, cuando le llega el turno de independizarse a la Colonia y Protectorado de Adén.

La Compañía Británica de las Indias Orientales se hace con el control de esta estratégica ciudad portuaria del suroeste de la Península Arábiga en 1839. Con Adén y Suez en manos británicas, así como el resto de Egipto y Somalilandia, el Reino Unido controla las bocas de entrada y salida del mar Rojo. Desde Adén, la influencia británica, en forma de protectorado, se extiende hacia el este, hacia los sultanatos de Hadramaut y el Mahra, conformado por Qishn, en la península Arábiga, y la isla de Socotora, territorios que unidos a la originaria colonia de Adén formarán el protectorado y en un futuro el Yemen del Sur marxista.

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Mapa de la composición de la colonia y protectorado británicos de Adén-Arabia del Sur, que luego constituirían la República Democrática Popular de Yemen.

Sin quererlo, los británicos van a fomentar la rebelión y el socialismo marxista en el país al deportar a militantes revolucionarios comunistas y socialistas de la India al país. La iniciativa en la resistencia a los británicos va a ser ejercida por dos grupos, el Frente de Liberación del Sur del Yemen Ocupado (FLSYO) y el Frente de Liberación Nacional (FLN). Éste último se constituye como la fracción yemení del movimiento revolucionario árabe, el MNA (Movimiento de los Nacionalistas Árabes), fundado en los años cuarenta por Georges Habash, Nayef Hawatmeh y Constantin Zureik y de claro signo izquierdista, y al que pertenecen la Acción Comunista del Líbano, el Frente Popular de Liberación y el Frente Democrático de Liberación, ambos de Palestina o los partidos comunista y socialista árabe de Arabia Saudí.

Después de crearse en 1963 la efímera Federación de Arabia del Sur sobre el territorio de la colonia de Adén, justo el mismo año en que comienza la actividad del FLN y el FLSYO, en 1967 la lucha de los revolucionarios triunfa frente a los británicos y a los sultanes dependientes de éstos y se crea la República Popular de Yemen, bajo el claro liderazgo de la primera de las organizaciones. Dos años después, en 1969, la rama socialista del FLN agrupará al resto de grupos políticos en torno a ellos, creando el marxista Partido Socialista de Yemen y el primer estado socialista marxista-leninista del mundo árabe,

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Bandera de la República Democrática Popular de Yemen (1967-1990)

la República Democrática Popular de Yemen. Para el economista y analista egipcio Samir Amin, la lucha por la independencia y el ideal socialista que la alumbraba ha aglutinado a la población resistente en torno al marxismo, y el PSY “agrupa a todas las fuerzas reformadoras modernas, las clases medias, los trabajadores del puerto [de la capital, Adén] y los estudiantes”. La periodista iraní Nazanin Amarian refuerza esta idea al afirmar que Yemen del Sur fue “la primera nación árabe y musulmana que vivió entre 1967-1990 bajo un gobierno socialista, dirigido por los comunistas, nacionalistas y liberales, mostrando que las personas musulmanas, lejos de ser fanáticas, apoyaban un gobierno laico que trabajaba por su bienestar y libertad.” En el Partido Socialista, aunque la corriente dominante será la marxista, existen nacionalistas, socialdemócratas y panarabistas, lo que reflejará una cierta pluralidad del sistema político suryemení, pero al mismo tiempo será fuente de conflictos internos, como demostrará la guerra civil que se desencadenó en 1986.

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Bandera del Reino de Yemen (1918-1962)

Mientras tanto, en el norte, en el vecino Reino de Yemen la monarquía está dejando de existir. La guerra civil se había iniciado en 1962 tras el golpe de estado por parte de militares republicanos y nasseristas, apoyados por Egipto, mientras los monárquicos resistieron apoyados por Reino Unido y Arabia Saudí. Tras ocho años de guerra, en 1970 Arabia Saudí reconoció a la República Árabe de Yemen y la vieja monarquía feudal mutawakilita de Muhammad al-Badr había perdido la batalla. Sin embargo, su sistema político pronto se distanciaría de Egipto y del socialismo árabe que representaba Nasser, cuyo apoyo había sido esencial para la victoria de los republicanos. Yemen del Norte comenzó a realinearse con británicos y saudíes, y lejos de aplicarse principios secularizadores como los del sur y socializantes como los de Egipto o Argelia, el país se mantuvo fiel a los principios islámicos y capitalistas, con lo que la diferencia de desarrollo y bienestar con el sur -sobre todo cuando en los ochenta se descubrieron yacimientos petrolíferos en la RDPY- fue considerable.

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Bandera de la República Árabe de Yemen (1962-1990)

Y es que, no en vano, y al hilo de la frase de Amarian, el bienestar alcanzado por los suryemeníes  gracias a las políticas gubernamentales motivó tanto las diferencias de bienestar y desarrollo humano existentes entre los dos Yemen como el sentimiento independentista de hoy en el sur, basado en los logros sociales de la época previa a la unidad; en el sentimiento de discriminación -acentuado tras la derrota en la guerra civil de 1994- que sienten los sureños frente a un norte cuyo modelo se ha impuesto en todo el país y se aprovecha de los recursos del sur; y en el rescate de un modelo socialista de nuevo cuño que recupere lo mejor del pasado y una dignidad que, más que perdida, sienten “robada”. Bajo el régimen marxista (con un sistema político similar al de la Unión Soviética y los países del Este de Europa, en el que los ciudadanos, por sufragio universal, votaban a los candidatos del partido), Yemen del Sur se convirtió en uno de los países más progresivos del mundo árabe y el que más de la Península Arábiga. La educación se declaró libre y gratuita y se desarrollaron intensas campañas de lucha contra el analfabetismo. Se llevó a cabo una exitosa reforma agraria que convirtió a la república en un país exportador de fruta y cereales, además de aumentarse las actividades ganaderas y pesqueras. Asimismo, se nacionalizaron importantes sectores económicos, como la industria naval, la banca y el comercio de exportación, y gracias al superávit de viviendas construidas por los colonos británicos, no existían problemas de esta índole en Yemen del Sur, por lo que en el país no había personas sin hogar.

Además, la RDPY contaba con una curiosidad arquitectónica como eran los rascacielos hechos de adobe y troncos de palmera de la ciudad de Shibam, en Hadramaut, cuya construcción originaria se sitúa en el siglo III antes de Cristo, aunque tuvo que ser reconstruida en dos ocasiones en los siglos XIII y XVI por las crecidas. Esta pieza única de arquitectura, tras años de abandono incluso en la época de la república democrática popular (en la que la vivienda fue nacionalizada, quedando sus antiguos propietarios como inquilinos) fue elevada, a petición del presidente Alí Nasser Mohamed, a categoría de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, tras la rotura de una presa que volvía a amenazar la precaria existencia de la ciudad. Las autoridades gubernamentales llevaron a cabo desde entonces “un plan de emergencia para reparar la presa y otro más a largo plazo para instalar una red de agua y alcantarillado, además de tendido eléctrico y telefónico [que] llevaron la ciudad al siglo XX” (Ángeles Espinosa), continuados desde entonces por las sucesoras administraciones del Yemen unido.

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La ciudad de rascacielos de Shibam, en Hadramaut (Yemen meridional).

En cuanto a la política de género, la legislación garantizaba la igualdad de sexos, aunque en las zonas tribales el gobierno hubo de pactar, haciendo que continuara aplicándose la ley islámica o sharia en estas áreas.

Las relaciones exteriores del país fueron muy estrechas con países del bloque socialista, como la URSS, la República Democrática Alemana o Cuba, que enviaron técnicos, asesores y expertos militares (la Unión Soviética fue el puntal de la modernización de las fuerzas armadas suryemeníes), así como con la República Popular China, quien envió médicos y creará una industria textil. Algo más difíciles fueron con los países árabes, en especial con los vecinos reinos y sultanatos como Arabia Saudí u Omán, debido al apoyo que el país suministraba a los revolucionarios de este último, deseosos de acabar con la monarquía. También lo fueron, por el carácter marxista del socialismo suryemení, con estados de socialismo árabe que condenaban por “renegar del Islam” al régimen de Adén y por la política de apoyo a organizaciones palestinas, en un momento en que países como Egipto buscaban una deténte con Israel. Por tal motivo, algunas de las controversias internas en el seno del PSY y del gobierno estuvieron motivadas por la política a seguir hacia países como Siria, Irak o Libia.

No cabe duda de que, siguiendo con la línea internacionalista (retórica o real) que era uno de los principios de los países socialistas, Yemen del Sur desempeñó un activo papel en este campo. Los suryemeníes apoyaron en 1969 el golpe de estado de Mohamed Siad Barré en la cercana Somalia, que proclamó inicialmente un estado socialista y estableció lazos militares y de cooperación con la URSS, apoyaron a los revolucionarios omaníes y a las organizaciones palestinas del FDLP, el FPLP y Al-Fatah. Incluso miembros de ETA se entrenaron en un campo a cien kilómetros de Adén, si bien es cierto que -según fuentes de la Guardia Civil- lo hizo durante un efímero período, entre 1976 y 1980, y mientras la organización contaba aún con una aureola revolucionaria y de oposición a la dictadura de Franco que pronto iba a desaparecer.

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Manifestantes sureños portan la bandera de la antigua República Democrática Popular contra las políticas del gobierno central de Saná.

Como se ha referido con anterioridad, la composición heterogénea del PSY, a pesar de la preeminencia de los marxistas, hará que en los años setenta surja una primera lucha ideológica y por el liderazgo en su seno. Cuando todavía el partido estaba en fase de creación a partir del Frente de Liberación Nacional, surgen, en 1979, las primeras diferencias entre el presidente Salim Robaya Ali y Abdul Fattah Ismail, secretario general. El primero es partidario de un acercamiento a los países árabes, como el vecino Yemen del Norte, Omán y Arabia Saudí, mientras el segundo desea estrechar los lazos con la URSS. Un golpe de estado acaba con la vida de Robaya y del ministro del Interior Saleh Mosleh, imponiéndose la línea prosoviética que caracterizará al país en los años siguientes. Ismail, que se había alzado con la presidencia, será sustituido por su aliado Ali Nasser Mohamed debido a problemas de salud y permanece tratándose de ellos en la Unión Soviética entre 1980 y 1985.

No obstante, años después, entre estos dos aliados se comenzarán a dar diferencias irreconciliables que conducirán al país a la guerra civil. Ali Nasser comenzará a mostrarse más partidario de una línea moderada, que en política exterior se reflejará en un acercamiento a sus vecinos norteños, Mauritania o Arabia Saudí, algo que disgusta a Ismail. A su regreso de la URSS, solicita a Ali Nasser en un congreso del PSY que abandone uno de los dos cargos que ostenta, el de presidente de la república o el de secretario general, algo a lo que aquel no accede. El 13 de enero de 1986, partidarios de ambos se enfrentan en las calles de Adén, comenzando un conflicto civil que terminará con la victoria de los partidarios de Ismail y provocará -pese a la mediación de los líderes de las organizaciones palestinas- alrededor de diez mil muertos y sesenta mil exiliados, incluyendo al propio Ali Nasser, que huirán hacia Yemen del Norte, pese a la proclamación de una amnistía que no incluirá a los principales aliados de Mohamed, juzgados y condenados a muerte. Ismail morirá durante el conflicto.

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Bandera de la República de Yemen, resultado de la unidad entre la RAY y la RDPY, desde 1990.

A pesar de la victoria del “ala dura”, la perestroika de Gorbachov en la URSS llevará a una política diferente en Yemen del Sur. La fracción más radical va a verse desposeída del dominio político, sustituida por líderes más influidos por los nuevos vientos de Moscú y, mientras los ciudadanos soviéticos y de otros países socialistas de Europa del Este abandonan el país, se inicia un diálogo entre los dos Yemen para una unificación que -a pesar de los conflictos que acabaron por estallar en 1977, cuando la República Árabe atacó la República Democrática Popular, en una guerra fronteriza que duró dos años- no dejó de estar sobre la mesa y que incluso llegó a proponerse en fecha tan temprana como 1972. Sin embargo, la unidad de los dos Yemen (negociada desde 1988 y realizada en 1990), al igual que ocurrió ente las dos Alemanias, aunque contemplaba un escenario mucho más igualitario y de mismo poder negociador entre ambas repúblicas, acabó por suponer una fagocitación por parte del país capitalista de su vecino socialista, aunque éste fuera más desarrollado y dispusiera de la riqueza petrolífera y de un estado del bienestar que los ciudadanos del norte no poseían. El egipcio Samir Amín afirma que el PSY se suicidó aceptando en 1990 la reunificación con Yemen del Norte, motivados, afirman los líderes marxistas del sur, por el temor a una agresión tras la caída del bloque soviético y de la propia URSS. Este suicidio político se manifestó en poco tiempo en hechos concretos y cotidianos para los ciudadanos sureños, a los que los noryemeníes ya parecían acostumbrados, sin que ello dejara de tener su gravedad. A la devaluación de la moneda suryemení, el dinar, para equipararlo con el rial noryemení (y que provocó subidas de precio escandalosas e inasumibles para los trabajadores de Yemen del Sur) le siguió un auténtico desmantelamiento del sistema de protección social, escolar y sanitario de la ya extinta RDPY: “las concesiones unilaterales de la República Democrática Popular de Yemen (del Sur), dominada por los liberales, a la República Árabe de Yemen, respaldada por Arabia Saudí y EEUU y su posterior disolución, fue el inicio de una crisis multidimensional del Estado que ha desgarrado al país […] El asalto de la derecha a las políticas sociales en el Sur (supresión de la sanidad y educación universal y gratuita, de la pensión para ancianos y discapacitados – que se han convertido en masa de mendigos- la privatización de las grandes empresas y fábricas, etc.) ha arrastrado a la mitad de la población, en su mayoría jóvenes menores de 30 años, a la pobreza, desesperación y también a la protesta”, escibe Nazanín Armanian. La exclusión del PSY de las estructuras de poder llevaron, junto con la puesta en marcha de estas políticas, a la guerra civil de 1994, en la que el sur proclamó de nuevo su independencia.

UNA GUERRA (Y UN IDEAL) QUE NO SE ACABA 

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Manifestantes yemeníes portando, entre otros carteles, un poster del Che Guevara.

A los cuatro años de la unidad entre ambos estados yemeníes, las circunstancias de la unificación demostraron que el acuerdo político al que se había llegado entre la República Árabe y la República Democrática Popular había sido absolutamente insatisfactorio para el sur. No sólo por el desmantelamiento que se estaba realizando de las políticas que se habían llevado a cabo durante el régimen marxista en Yemen del Sur, sino también por la persecución y discriminación a que se veían sometidos los antiguos dirigentes suryemeníes y los miembros del Partido Socialista de Yemen, quienes, a pesar de que formalmente compartirían el poder con sus homólogos noryemeníes, habían sido reducidos a un papel de comparsas. “El Partido Socialista Yemení empezó a sufrir persecuciones políticas por las fuerzas norteñas y su influencia se vio duramente reducida en el nuevo gobierno”, escribe Antonio Ponce. La sensación de “colonialismo” por parte del gobierno de Saná y del norte sobre el sur se extendió también sobre las fuerzas armadas.

El recientemente derrocado Alí Abdulah Saleh, que ya había sido presidente de la República Árabe de Yemen y ostentaba la presidencia del Yemen unido, dirigía con mano de hierro el nuevo estado y condujo a las fuerzas unitarias hacia la victoria. Contaban con la ventaja de que ningún país reconoció a la reinstaurada República Democrática de Yemen en el sur, a pesar de que Arabia Saudí, temerosa de un Yemen unificado y libre de su influencia, apoyó a los rebeldes, así contaban con el apoyo estadounidense para con las fuerzas de Saná. Tras la guerra, que transcurrió básicamente en territorio del sur, Saleh vio reforzado su poder, incrementándose además el de éste respecto del poder del parlamento, y el dominio norteño sobre el conjunto del país se intensificó.

De este modo, muchos yemeníes del sur observaron como eran marginados, en favor de norteños aliados del presidente Saleh, de los puestos en la administración y el ejército, forzados al retiro en estos cuerpos con pensiones que bordeaban el umbral de subsistencia -situación general en todo el país, tanto en el norte como en el sur, pero agravada por el hecho de que era una situación nueva en comparación con la antigua RDPY- y como las rentas del petróleo, cuyas reservas se encuentran en el territorio del antiguo Yemen del Sur, eran transferidas a elementos del gobierno central. Así, lejos de apaciguarse la situación tras la guerra, iban a surgir nuevos elementos para el descontento. El general Ali Mohamed Assadi, nativo de Adén, prominente miembro del movimiento independentista del sur y que desertó del ejército para luchar con sus paisanos en la guerra civil, refiere que “desde 1994, hemos estado viviendo bajo la ocupación del régimen tribal del norte”, refiriendo, de paso, las diferencias entre las estructuras sociales de los dos antiguos estados (aunque también el tribalismo tuviera presencia en el sur). Esta sensación de vivir bajo un régimen de ocupación dará lugar a que se forme el Movimiento de Yemen del Sur o Al-Harak desde mediados de los 2000, exigiendo la independencia -o, como mínimo, una estructura federal para Yemen- del antiguo país y con un programa socialdemócrata.

Con el tiempo, las cosas no sólo en el sur sino en el conjunto del país evolucionaron hasta erosionar el dominio del poder de que gozaba Saleh. A las manifestaciones y protestas del Movimiento del Sur había que sumarle, desde comienzos de los 2000, la de las tribus chiíes de la secta zaidí en el norte, también conocidas como hutíes (así denominadas por su líder, el clérigo Hussein Badreddin al-Houthi). “La base del movimiento, jóvenes campesinos, cultivadores de uva y granada, piden autonomía para su comunidad en el norte y el fin de los ataques de drones americanos.” (Nazanín Armarian). ¿Por qué el ataque con drones? A partir de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York de 2001, Yemen (gracias al “caos causado por la guerra civil de los noventa y la malas infraestructuras, sobre todo en las zonas áridas y desérticas del país”, como escribe Antonio Ponce) aparece para el Pentágono como un lugar idóneo para la instalación de células de Al-Qaeda, especialmente las zonas del sur abandonadas por el gobierno de Saleh. Pero al mismo tiempo, siendo Saleh un aliado de EE.UU. es muy probable que esos ataques también fueran dirigidos contra un foco de insurgencia contra el gobierno de Saná como eran los hutíes. El propio Saleh perfectamente atiza esta sospecha al acusar a Irán, un elemento del “Eje del Mal” que trazaba la administración de George W. Bush y en disputa por el poder regional con Arabia Saudí, de apoyarles, lo que podía generar, como de hecho se ha visto posteriormente, la reacción árabe-estadounidense.

La Primavera Árabe iniciada en 2011 acabó con el gobierno de Saleh, que dimitió el 25 de febrero de 2012, presionado por Arabia Saudí y a cambio de su inmunidad, en favor del vicepresidente Mansur Al-Hadi. Saleh, sin embargo, desde Riad, la capital saudí, realiza un doble juego: busca una alianza con sus antiguos enemigos los hutíes con el fin de derrocar a su anterior segundo y favorecer los intereses de su hijo, Ahmed Ali, de 42 años, para que pueda convertirse en futuro presidente de Yemen. Los hutíes, mezclados con los intereses de Saleh, caen en la trampa de rechazar una constitución, propuesta por Al-Hadi, que prevé un estado federal y, entre febrero de 2014 y marzo de 2015, manteniendo “secuestrado” a Al-Hadi en la presidencia dado que ellos no pueden ejercer el poder por sí solos, entran primero en Saná y posteriormente en Adén, donde se encuentra la flota estadounidense. Washington, desde la sombra, puede ya lanzarse a una escalada bélica en toda regla contra los hutíes y para liberar al gobierno de Hadi, llevada a cabo formalmente por sus aliados de la Liga Árabe y en especial por Arabia Saudí. Una nueva guerra en Yemen que, aunque iniciada en 2010 con el lanzamiento de la operación “Tierra Quemada” por parte saudí, es desde hace dos años cuando toma cuerpo y se cobra cada día cuantiosas víctimas civiles, sobre todo por los bombardeos de la coalición árabe, sin que exista solución a la vista.

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Mapa con los puntos estratégicos más destacados de la Península Arábiga. De oeste a este y de norte a sur, y señalados con un círculo, el canal de Suez, Bab-el-Mandeb, el golfo de Adén y el estrecho de Ormuz.

¿Qué objetivos persigue esta guerra? Para los estadounidenses (así como otros aliados de la OTAN, como Francia, Bélgica, Reino Unido o Turquía) y para la coalición árabe hay un conjunto de intereses comunes: seguir manteniendo a Yemen como un estado vasallo sometido a su influencia, al igual que ocurrió con la intervención armada de Arabia Saudí en Bahrein cuando las protestas populares amenazaron con derrocar a la monarquía absolutista suní (en un país de mayoría de población chií), ejerciendo desde entonces un protectorado sobre un país donde -por añadidura- hay una base norteamericana; controlar una ruta comercial de enorme importancia estratégica, la del Mar Rojo, evitando que uno de sus tres puntos de vital importancia (el golfo de Adén) caiga fuera de su control, habida cuenta de que el canal de Suez y Bab-el-Mandeb se encuentran en manos de dos aliados como Egipto y la propia Arabia Saudí; empujar a Irán a una intervención a favor de los chiíes hutíes -hay fuentes que afirman que ahora mismo se les está dando apoyo mediante entrenamiento y suministros, pero otras descartan que tal situación se esté produciendo, habida cuenta de que en Yemen la República Islámica, en pleno deshielo de sus relaciones con Occidente, se las tendría que ver con una coalición, con la cercana presencia de las tropas de la misión Atalanta de la OTAN y con la flota americana- y mantener el control sobre la producción, transporte y/o comercialización de las materias primas de la zona, bien sea alejando a competidores de la zona (China) preservando los intereses de las compañías occidentales ya instaladas, bien sea -en el caso saudí- castigando las veleidades independientes de los gobernantes yemeníes en la construcción de infraestructuras estratégicas.

En este sentido, cabe preguntarse qué ha pasado con la lucha contra el terrorismo de Al-Qaeda y de Ansar Al Sharia, organizaciones que estaban operando en Yemen en el momento en que se produjo la rebelión hutí. Podría pensarse que, como reza el dicho, “a río revuelto ganancia de pescadores” y que la actuación terrorista en Yemen bien puede haberse incrementado en las caóticas circunstancias, pero en un conflicto ya de por sí bastante poco mencionado -salvo noticias que hablan de un bombardeo y del número de víctimas que se han producido, sin entrar en ni producirse análisis sobre las motivaciones del conflicto- existen pocas noticias sobre la actividad de estos grupos, aunque tienen varias ciudades bajo su control en zonas interiores de la parte central y oriental del país. A este respecto, es muy pertinente la pregunta que lanza Nazanín Armarian: “¿Cómo es posible que la principal potencia militar del planeta (que cuenta con el Centro de Mando Conjunto Militar de EEUU-Yemen) y sus aliados (equipados con la tecnología que les permite detectar el movimiento de la reina de las hormigas en el subsuelo) no hayan podido derrotar durante 14 años a algunos miles de hombres armados con daga y bombas de fabricación casera?” Teniendo en cuenta que los barcos de la OTAN siguen en las costas de Somalia, toda vez que parece bastante reducida -a tenor de la escasez de noticias- la actividad de los “piratas” somalíes (las más de las veces pobres desgraciados a quienes la contaminación y sobreexplotación de sus aguas por parte de las compañías occidentales dejó sin otra alternativa de subsistencia); que se cuenta en la zona con abundancia de medios (las bases estadounidenses, las israelíes de Eritrea o las francesas de Yibuti, la flota americana en el Índico) y con aliados estratégicos como las monarquías del Golfo, el no poder acabar con el yihadismo en la zona resulta bastante descorazonador, a no ser que se tenga en cuenta la incompetencia o la escasa fiabilidad de esos aliados estratégicos.

¿Y qué hay del Movimiento del Sur? El movimiento, tras su fundación en 2007, consiguió llevar a cabo alianzas con grupos antigubernamentales en las protestas contra Saleh, como las organizaciones de izquierda (que han pasado desapercibidas en los análisis, pero eran especialmente potentes) y llegaron a establecer estructuras de gobierno en el sur, en áreas donde era débil el control gubernamental (la región montañosa de Yafa, bautizada como “el Sur Libre”). Allí, a través de una red de tribus, se implementó esa estructura basada en el estado de derecho y el respeto a la ley, izándose la antigua bandera de Yemen del Sur. Al iniciarse la rebelión hutí, y en medio de la vorágine de grupos con intereses muy dispares (gobierno, hutíes, yihadistas, Movimiento del Sur), los secesionistas aprovecharon la circunstancia de la toma de Saná por los hutíes en 2014 para izar en edificios gubernamentales y el aeropuerto de Adén la bandera del triángulo azul y la estrella roja de la antigua república meridional.

El movimiento Al-Hirak o del sur, aunque nació como un movimiento pacífico de protesta, inició pronto una actividad armada contra el gobierno de Saná como consecuencia de la reacción represiva y violenta con que éste respondió a la actividad de Al-Hirak (por ejemplo: una gran manifestación en la localidad meridional de Zinjibar, próxima a Adén, y capital provincial, fue dispersada a tiros por las fuerzas de seguridad, causando la muerte de un adolescente de dieciséis años, hecho que llevó a posteriores choques armados). Aunque la actividad del movimiento -junto con la insurgencia hutí en el norte- haya sido un factor que ha podido facilitar las cosas a los grupos terroristas que se han instalado en la zona, los sureños, al igual que rechazan una colonización norteña, sea del antiguo régimen de Saleh o de los hutíes que han rechazado la estructura federal propuesta por Al-Hadi (extraño rechazo por cuanto sus demandas de autonomía se encontraban en consonancia con tal proposición y eran muy similares a las del Movimiento Al-Hirak), muestran asimismo su rechazo al yihadismo y no tienen ninguna conexión o estrategia coordinada con Al-Qaeda o cualquier otro grupo, escribe la periodista Katherine Zimmerman.

El hándicap más grave al que se enfrenta Al-Hirak (como el resto de fuerzas de izquierda en el conjunto de Yemen, marginadas de los medios de comunicación y de un diálogo político paralizado) es que, ahora mismo, ni el gobierno de Al-Hadi apoyado por la coalición árabe, ni la extraña alianza hutís-Saleh, salvo algunos mensajes de mera retórica, ni por supuesto los grupos terroristas fundamentalistas, parecen dispuestos a entablar contacto y alianza alguna con un grupo con especial soporte popular pero con escaso dominio territorial y sin apoyos internacionales, habida cuenta de que la Liga Árabe y los Estados Unidos apoyan un Yemen unificado dentro de su influencia y temen que una separación y el regreso de una nueva versión, aunque matizada y próxima a la socialdemocracia y las propuestas del Estado de bienestar tradicionales de Europa, del antiguo Yemen del Sur supongan un desafío al statu quo regional, en que llevan la voz cantante.

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El descontento popular, la discriminación y aprovechamiento de los recursos del sur en beneficio de los dirigentes de Saná y el recuerdo de la RDPY explican el fuerte apoyo al Movimiento Al-Hirak o del Sur en las zonas meridionales de Yemen.

Sin embargo, la independencia completa no es la única postura del Movimiento del Sur (aunque es la que defienden figuras tan prestigiosas como el general Assadi o el antiguo vicepresidente de Yemen durante la transición-unificación de ambos estados, Ali Salim al-Beidh). Dentro del mismo, existe también una postura de federación o confederación entre dos estados, defendida por Alí Nasser Mohamed, e incluso hay movimientos regionales como el de Hadramaut que defienden tanto la independencia de Saná como de Adén. En todo caso, lo que demuestra este hecho es que en Yemen y en el mundo árabe existe una alternativa política que no necesariamente tiene que pasar por los clichés y prejuicios relativos a la religión (de nuevo volvemos a Nazanín Armarian: “se concedió el premio Nobel de la Paz del 2011 a Tawakkul Karman, activista de Hermandad Musulmana [yemení e hija de un ministro del partido Islah, rama del grupo en Yemen y gobernante en coalición con el partido de Saleh], ocultando a cientos de mujeres que luchan por la igualdad y la democracia política y social para todos y todas, y que también luchan para que la religión y la fe dejen de ser instrumentalizadas y regresen al espacio privado de la vida de los creyentes”). La defensa del “rule of law”, del socialismo democrático, la oposición a los movimientos yihadistas, las manifestaciones con imágenes del Che y de la hoz y el martillo también están presentes en aquel rincón conocido en tiempos como “la Arabia feliz”. Esperemos y deseemos que su apuesta, aunque no cuente ahora mismo con muchas bazas a su favor, pueda salir en algún momento triunfante.

FUENTES:

“Historia y características de Yemen del Sur”, julio de 2013. En http://arqueohistoriacritica.blogspot.hu/2013/07/sobre-yemen-del-sur.html

“Yemen del Sur. El primer estado socialista del mundo árabe”, julio de 2014. En http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2014/07/yemen-del-sur-el-primer-estado.html

Ángeles Espinosa, “El Manhattan de arena”, 25/05/2008. En http://elpais.com/diario/2008/05/25/eps/1211696814_850215.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículos: “Socialismo árabe”, “Yemen del Norte”, “Yemen del Sur” y “Guerra civil de Yemen de 1994”.

Wikipedia en inglés (en.wikipedia.org). Artículo “Southern Movement” (Movimiento de Yemen del Sur).

Antonio Ponce, “Yemen: una historia de violencia”, 18/03/2016. En http://elordenmundial.com/regiones/yemen-una-historia-de-violencia/

Nazanín Armanian, “Yemen entre Al Qaeda, neosocialistas, China e Irán”, 21/01/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2354/yemen-entre-al-qaeda-neo-socialistas-china-e-iran/

Nazanín Armanian, “Los 25 objetivos de EEUU y Arabia en Yemen”, 07/04/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2625/los-25-objetivos-de-eeuu-y-arabia-en-yemen/

Katherine Zimmerman, “Yemen’s southern challenge: background rising threat secessionism”, 05/11/2009. En http://www.criticalthreats.org/yemen/yemens-southern-challenge-background-rising-threat-secessionism

TIME Staff/Aden, “Is South Yemen Preparing to Declare Independence?”, 08/07/2011. En http://content.time.com/time/printout/0,8816,2081756,00.html