Mujer y movimientos de liberación nacional (I). La guerra de España

 

“¿Quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidad del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres? ¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República?”

Clara Campoamor.

Discurso ante las Cortes Constituyentes con motivo del debate sobre el sufragio femenino,

1 de octubre de 1931.

La máxima “los vencedores son los que escriben la Historia” recibió un corolario del profesor Josep Fontana que he querido incorporar como guía para escribir los artículos que aquí aparecen. Afirma el historiador catalán que “es forzoso, por tanto, que exista otra Historia”. Y dentro de esa otra Historia, como hace poco y acertadamente me hizo notar una muchacha con la que intercambié impresiones, es necesario hablar de esa inmensa mitad de la población mundial cuyos ejemplos de lucha, no sólo por sí mismas, su propia dignidad y sus derechos, sino por la de sus naciones y sus semejantes, ha caído muchas veces en saco roto o se ha desterrado al cajón del olvido, donde quedan acumulando polvo, como fotografías y viejos recuerdos antiguos a los que no se les presta nunca atención.

No debemos dejarnos engañar por el hecho de que, en el mundo de hoy, existan mujeres que hayan roto el denominado “techo de cristal” y se hayan incorporado a puestos de dirección económica o política que hasta su arribada han sido de competencia exclusiva de los varones. En muchos casos, la presencia de las Golda Meir, Margaret Thatcher, Isabel II, Ángela Merkel, Christinne Lagarde o Ana Patricia Botín en los primeros puestos de los estados o las grandes corporaciones u organismos económicos internacionales no ha venido acompañado de un cambio generalizado en la situación de las mujeres en un mundo dominado aún por actitudes misóginas o patriarcales, incluso en el interior de sociedad modernas y occidentales, que incluso ha acabado afectando a ellas mismas, pues todavía hoy se es más proclive a criticar a una mujer implicada en asuntos de gobierno por su vestuario y otras cuestiones de su aspecto externo -actitud todavía hoy presente entre el propio género femenino, por su aspecto exterior-, cosa que no se hace o se disimula más cuando el gobernante es un hombre. Además, en muchas ocasiones la llegada al poder o a esferas del mismo de estas mujeres no ha traído consigo cambios sustanciales en la estructura social, política y económica que causa la discriminación y las desigualdades, tanto de hombres como de mujeres, en sus respectivos países y a nivel global. Así, los viajes de personalidades como la duquesa de Cambridge, Kate Middleton, la princesa Magdalena de Suecia, la reina Letizia o la ex secretaria de Estado de EE.UU. Hillary Clinton a países del Tercer Mundo o encaminados a proyectos de cooperación internacional y relacionados con causas solidarias han tenido más de componente propagandístico de estas figuras que de un compromiso real con los desfavorecidos, los “parias de la Tierra”, entre los que la mujer ocupa desgraciadamente un lugar preponderante.

Por ello, me he propuesto escribir una serie de artículos, comenzando por éste, con ánimo de rescatar ejemplos de la lucha de las mujeres, quienes en unos momentos excepcionalmente convulsos unieron dos luchas esenciales: la suya propia, alzando su voz para mostrar su capacidad y reclamar sus derechos, y la de sus propias naciones y pueblos en unas circunstancias en que los ciudadanos y posiblemente la Humanidad entera se jugaban su porvenir o, cuando menos, la posibilidad de que el porvenir se basara en unos cimientos más justos, libres e igualitarios. Siguiendo el conocido lema “la revolución será feminista o no será”, estas mujeres -pero también algunos hombres honestos y preclaros- comprendieron que el porvenir del cambio estaba ligado a la suerte de que el cincuenta por ciento de la población pudiera disfrutar de los logros de ese cambio. Esta transformación revistió especial importancia en sociedades fuertemente tradicionales, en las que los roles masculino y femenino se hallaban claramente separados y la prevalencia del varón, en asuntos tanto de la esfera pública y política como privada y familiar, era aplastante. Con esto se quiere mostrar también que en países del Tercer Mundo -denominación que muchas veces, desprovista de su significación original con la que se definía a las naciones recién independizadas del dominio colonial europeo, trata de denominar a países no sólo económica sino también cultural y socialmente atrasadas, sin hacer esfuerzo intelectual alguno por comprender las razones de tal atraso, supuesto o real- y sociedades consideradas de un modo u otro “inferiores”, la lucha de las mujeres por su emancipación fue -y aún hoy es- un rasgo esencial de sus luchas de la liberación nacional, fuera contra el invasor o la dictadura, el colonialista o los peores efectos de la moderna globalización.

LA REPÚBLICA: ANTES DEL 18 DE JULIO

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La joven miliciana Rosita Sánchez, en una imagen icónica que fue usada como portada del libro “La voz dormida”, de Dulce Chacón.

A diferencia de otros contextos en los que la lucha femenina iba a estar ligada a cambios sociales y políticos profundos, la Segunda República Española no iba a suponer, en puridad, un régimen revolucionario, pese a que en muchas ocasiones la propaganda del “Nuevo Estado” franquista y publicistas e historiadores afines lo calificara de esa forma, apoyándose de un modo u otro en la tergiversación de las palabras e intenciones de lo que, para los republicanos, suponía la “revolución democrática” plasmada con el triunfo electoral del 12 de abril de 1931. En este sentido, la República proclamada pacíficamente el siguiente día 14 respondía a los cánones de un régimen democrático-liberal, similar a los que se habían proclamado en la Europa posterior a la PGM y que habían despertado las mismas esperanzas y corrido la misma desgraciada suerte que la democracia republicana, como la Primera República Checoslovaca, la de Weimar (Alemania) o la Austriaca. Si bien es cierto que las reformas acometidas por la República -para algunos, demasiado audaces o cuando menos, como se afirma, “queriendo hacer muchas cosas muy deprisa”; para otros, demasiado pacatas y tímidas-, tras muchos años de conflictividad latente y de graves desequilibrios sociales, económicos y políticos en el país que demandaban urgente solución sí suponían, de hecho, una revolución con respecto a la situación política previa del régimen de la Restauración.

Entre otros campos, como los del laicismo del Estado, la reforma agraria, la militar, la autonomía regional o la modificación de las relaciones laborales, la situación política y jurídica de la mujer formaba parte de esa “revolución” que suponía el nuevo régimen republicano. Aunque la ley, de por sí, no podía erradicar una mentalidad machista y conservadora de la sociedad española, para lo que se requerirían décadas -y que quedó patente en los debates constitucionales sobre el voto femenino, donde la “cuestión de oportunidad” por la proclividad supuesta o real de la mujer a votar de acuerdo a los deseos de los enemigos de la República -léase la Iglesia- se entremezcló con argumentos misóginos procedentes incluso de la minoría radical, el grupo de la propia Clara Campoamor; o en el conservadurismo social acerca del divorcio que, aprobado en la carta magna de 1931 y en la ley sobre la materia de 1932, produjo sin embargo escasas disoluciones de matrimonios, menos incluso de las que, por circunstancias objetivas, podrían haberse efectuado-, la legislación aprobada suponía un primer paso que en algunos casos fue pionero respecto a algunos estados del entorno de España (el sufragio femenino, por ejemplo, se adelantó a los de Francia o Italia -posteriores a la SGM- y muchos años a los de Portugal y Suiza -ambos de los años 1970-). Al voto y al divorcio había que sumarles otras medidas muy caras al movimiento femenino de entonces, como la prevalencia del matrimonio civil -propia de un estado laico-, la igualdad jurídica de ambos cónyuges, el fin de la discriminación femenina en ámbitos como el del trabajo, la disponibilidad de cuentas corrientes o la herencia, la igualdad de derechos de los hijos nacidos fuera del matrimonio con respecto a los “legítimos” y, en el medio laboral, la extensión de los seguros sociales (accidente y enfermedad, vejez, retiro obrero), la implementación del seguro de maternidad y la protección por parte de las autoridades de los ámbitos laborales más típicamente femeninos por entonces, como el servicio doméstico, a través de la Ley del Contrato de Trabajo. Además, para las elecciones de febrero de 1936, los grupos obreros aglutinados en el Frente Popular hicieron propaganda enarbolando la bandera de la igualdad salarial entre hombres y mujeres.

En los años republicanos previos a la guerra, y al hilo de la movilización política de la sociedad española, fue aumentándose la presencia de las mujeres en partidos y sindicatos, quienes crearon en muchos casos organizaciones específicamente femeninas (como la famosa Sección Femenina de Falange, la Comissió Femenina del PSUC o las Mujeres de Izquierda Republicana), así como fue frecuente la participación de mujeres en otros ámbitos como los de la cultura -el Lyceum Club o la organización anarquista Mujeres Libres- y el deporte, en ocasiones vinculados al activo movimiento asociativo de índole política, como el caso del Círculo Aída Lafuente, al que la joven Julia Conesa, una de las trágicamente conocidas “Trece Rosas”, pertenecía porque en él podía dar rienda suelte a su afición al deporte. Estos movimientos, puramente femeninos o mixtos, aunque su membresía quedara reducida a pioneras o jóvenes que trataban de romper con los roles tradicionales, eran reflejo del cambio de mentalidad (de “relajación de costumbres”, como también se diría) que los años de la República habían traído consigo. La movilización y presencia femenina en la vida pública devino también en su participación en la política de primer nivel. A las tres primeras diputadas de la legislatura constituyente de 1931-1933 (Victoria Kent, la recordada primera mujer en acceder al cargo de la Dirección General de Prisiones; Clara Campoamor, la indomable sufragista; y Margarita Nelken, incombustible defensora de los campesinos extremeños) habría que sumar, en los años venideros, los nombres de Matilde de la Torre, Belén Sárrega, María de la O Lejárraga, Francisca Bohígas (única mujer diputada de la derecha católica de la CEDA) o la mítica Dolores Ibárruri, Pasionaria (impulsora en 1933 de la Agrupación de Mujeres Antifascistas y a la que también pertenecerán Kent, Nelken, Constancia de la Mora o Isabel Oyarzábal, a las que me referiré en próximos párrafos), entre otros. La rotura de este “techo de cristal” que es la entrada en el Parlamento, que por simbólico o minoritario no deja de ser signiticativo, tendrá su continuidad en el contexto de la guerra.

MILICIANAS: MUJERES DE MONO AZUL

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Una mujer en el momento de integrarse en las milicias populares recibe un revólver, de manos de las fuerzas de seguridad republicanas, con el puño en alto.

Al tener lugar la guerra civil, consecuencia de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 contra la República y el gobierno del Frente Popular, tanto los sublevados como las fuerzas leales a la República van a hacer uso de sentimientos nacionales para definir su lucha. Los primeros -autoproclamados como “nacionales”- elaborarán la teoría de la presencia de un “ejército rojo” (igual a la denominación de la época del ejército de la Unión Soviética, de modo que pueda anatomizarse así a comunistas y demás fuerzas defensoras de la República, amalgamadas todas ellas bajo el mismo epíteto de rojos) y se proclamarán como la “España auténtica”, en una línea de continuidad histórica que la enlazaría con la España de la Reconquista, de los Reyes Católicos y los dos primeros Austrias, dentro de una línea de pensamiento reaccionaria y ultracatólica que fija estas épocas como las de un esplendor que recuperar, descartando -eliminando, y esto incluye la eliminación física- a quienes vienen defendiendo otra tradición histórica, cultural, social y de pensamiento y que son, como la propia República, calificados como la anti-España, por extranjerizante y ajena a la tradición nacional. Por su parte, las fuerzas republicanas, constatada la ayuda extranjera recibida por los rebeldes de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal corporativo del “Estado Novo” salazarista y abandonada a su suerte por las democracias occidentales, quienes incumplieron sus compromisos internacionales y son incapaces de hacer cumplir a aquellas el pacto de No Intervención, dentro de una a la postre ineficaz política de contención, harán de la “lucha contra el invasor”

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Cartel republicano, obra de José Bardasano, en referencia a la intervención germanoitaliana en favor de los rebeldes. Bardasano era pareja de la también cartelista y artista gráfica Paquita Rubio, conocida con el seudónimo de Juana Francisca, quien realizó carteles de propaganda para organizaciones políticas del Frente Popular.

(afirmación hecha a la vista de los enormes contingentes humanos enviados por Hitler y Mussolini en auxilio de los rebeldes) y de la “independencia nacional”, temiendo que el triunfo de Franco derive en una colonización italo-alemana de España o en pactos secretos que comprometan la enajenación de riquezas del país, una de las razones de su lucha. De este modo, a pesar de la presencia en las filas republicanas de las Brigadas Internacionales o del auxilio recibido por la URSS, bien es cierto que en cifras muy inferiores y con supremas dificultades para su recepción en España respecto a las recibidas por los “nacionales”, la guerra civil cobrará para la República el aspecto de una lucha de liberación nacional, una segunda “Guerra de Independencia” (lo que motivará en la propaganda muchas similitudes con 1808 y el levantamiento contra la invasión napoleónica), y facilitará su entroncamiento con la resistencia al fascismo y a la invasión italogermana que se dará en los estados europeos invadidos durante la SGM.

Hay que referir aquí que, en lo que respecta a las mujeres, tanto en la zona rebelde como en la republicana la represión también se dirigirá hacia ellas en una dimensión común, no sólo entre ellas, sino también común a otros conflictos bélicos. La “cosificación” de las féminas, tan frecuente en situaciones de violencia y de afirmación de poder y del terror, llevó a que se repitieran pautas comunes de fusilamientos, torturas y abusos sexuales contra aquellas mujeres tenidas por enemigos políticos o por su condición de familiares de los mismos. Sin embargo, en la zona republicana los esfuerzos para hacer frente a los llamados “incontrolados” y restituir el poder de una administración (funcionarial, policial y militar, de justicia) que había quedado muy maltrecha por la doble dinámica de la sublevación militar y por la revolución en las zonas controladas al inicio tan sólo nominalmente llevaron a que el control de la represión, pasándose a ejercerse de forma legal, llevara aparejado también un descenso en el número de víctimas producidas por la represión, tanto en lo que respecta a los hombres como en lo referido a las mujeres, incluyendo aquellas que pertenecían al campo del enemigo por antonomasia, las pertenecientes al clero femenino, cuyas cifras de víctimas se mantuvieron muy bajas a pesar de que el número total de víctimas del clero no dejó de ser desdeñable (entre 6500-8000), limitándose en ocasiones la represión al desempeño de labores asistenciales con ropa civil, como por ejemplo a los enfermos y los heridos del frente. En la zona “nacional”, sin embargo, este control “legal” de la represión no detuvo el número de víctimas, como muestra lo acontecido en lugares como Málaga o la ejercida tras el final de la contienda y el triunfo del ejército sublevado. Los abusos a mujeres perpetrados por los rebeldes durante y después de la guerra fueron muy variados, desde la prisión o los métodos antes mencionados por pertenencia a organizaciones políticas ajenas al “espíritu del Movimiento Nacional” o en represalia a las actividades de sus cónyuges u otros familiares a formas más sibilinas o elaboradas de represión: la humillación pública (el rapado al cero del cabello y la ingesta de purgantes, siendo exhibidas por las calles de su pueblo o ciudad) o el secuestro de los hijos y su entrega a familias bien consideradas por el régimen, de acuerdo con las teorías de Antonio Vallejo Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del ejército rebelde, quien calificaba a los rojos como incapaces de criar hijos mentalmente sanos y a las mujeres rojas como seres movidos por desórdenes mentales y pulsiones sexuales que las motivaban hacia la militancia política -campo ajeno a la mujer, según las teorías del “Nuevo Estado”- y la violencia sectaria. Este episodio inaugurado en la posguerra abrió la lata de la infame práctica, primero como práctica de ingeniería racial y social y luego como lucrativo negocio hasta incluso los años 1990, de los “hijos robados”.

grupo-de-milicianasY es que, regresando al tema que nos ocupa, la guerra en la zona republicana abrió nuevas oportunidades de participación y visibilización pública de la mujer, aunque en ocasiones se vieran con posterioridad limitados, lo que no dejaba de preocupar a los “nacionales” en caso de que triunfara el nuevo modelo de sociedad que había ido creciendo durante los años treinta al abrigo de la nueva legislación y las nuevas libertades. La dimensión más icónica y más rupturista de la nueva etapa abierta por el conflicto fue, sin duda, la incorporación de la mujer a la lucha armada durante los primeros tiempos de la guerra, insertadas en las milicias partidarias y sindicales. La formación de las milicias fue una medida extraordinaria e imperiosa tomada por el gobierno presidido por José Giral, ante las numerosas peticiones venidas de las organizaciones obreras y de las propias masas populares, de armar al pueblo para hacer frente a la sublevación y ante la desconfianza sobre la lealtad que despertaban los propios mandos militares al frente de las guarniciones -no en vano, hubo ocasiones en las que, como la del coronel Aranda en Oviedo o la del capitán Cortés en el santuario de la Vírgen de la Cabeza (Andújar, Jaén), acabaron pasándose a las filas rebeldes en cuanto vieron la primera oportunidad-. Y será en las milicias donde podrán verse a las mujeres en armas, aunque fuera durante un período efímero, como un modo de afirmar y reivindicar su identidad y sumarse a una lucha común.

Sin embargo, la formación de las milicias arroja resultados dispares. Gracias a las mismas se ha impedido el triunfo del golpe en ciudades importantes, como Madrid, Barcelona o Valencia, o han conseguido detener el avance de las tropas rebeldes por la sierra de Guadarrama, pero a pesar de la valentía y arrojo de los milicianos (y milicianas), su falta de formación y disciplina militar las hace ineficaces en el combate a campo abierto, como demuestra el avance sublevado por la zona centro-sur (donde se concentra la aristocracia militar rebelde, el ejército de África) o el fracaso en la toma del peligroso saliente de Teruel. Además, la fragmentación y descoordinación del poder en organismos autónomos o directamente desobedientes a la autoridad gubernamental complican -con hechos enormemente luctuosos, como las ejecuciones extrajudiciales a los “enemigos de la revolución”- la marcha de la guerra, asunto entendido incluso por organizaciones que plantean programas revolucionarios como la CNT o la UGT. El gobierno pasará a reorganizarse, conformándose uno con las diferentes fuerzas que conforman o apoyan al Frente Popular, y a restituir, aun lenta y dificultosamente, su administración y autoridad, y la guerra pasará a realizarse con un nuevo ejército, el Ejército Popular de la República, de un tipo más tradicional aunque surgido de las propias milicias. En este tipo tradicional de nuevo ejército republicano, las mujeres pasarán a desempeñar roles más tradicionales, con lo que dejarán de portar y manejar armas, dedicándose a labores clásicas como la cocina o la enfermería, aunque también hay espacio para oficios nuevos, como chóferes, traductoras o correos.

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Cartel de Emeterio Melendreras, referente al Ejército Popular de la República.

Nunca será suficiente -y más en este período donde la “superación del pasado cainita de los españoles” nos ha hecho el regalo envenenado de unos políticos sin memoria que nadan sobre una equidistancia que no hace justicia alguna a quienes lucharon por una democracia que parece que sólo ellos parecen haber inventado- el recuerdo y homenaje a esas mujeres (y no sólo a ellas) con mono azul y fusil al hombro: la socialista madrileña (vecina del barrio obrero de Prosperidad) Josefa Vara o las anarquistas guipuzcoanas Casilda Méndez Hernáez y Matilde Saiz Alonso, que junto a sus compañeros unieron el amor a la lucha por la libertad; la joven Paulina (Lina) Odena, fusilada en Granada tras un error de su chófer que llevó a ambos a penetrar en las líneas enemigas; las todavía más jóvenes Rosita Sánchez o Rosario Sánchez Mora (Rosario Dinamitera), que perdió la mano derecha intentando encender un cartucho mojado de dinamita y que inspiró a Miguel Hernández a escribir uno de sus más bellos poemas de la guerra; Concha Perez Collado o María Martínez Sorroche… Así, advertía María Zambrano, aun con los anteojos puestos en una cierta visión tradicional de la mujer propia de la época, siguiendo a la feminidad clásica -la mujer como madre, doliente por el destino de sus hijos-, un “mentís” claro y rotundo a la visión de todos los Vallejo Nájera del bando nacional y de este mundo que clasificaban a la mujer roja como incapaz de sentimientos y de humanidad. Algo que la propia trayectoria vital de tantas mujeres republicanas, en el frente y la retaguardia y en la derrota, desmiente rotundamente:

“La mujer que lucha heroicamente y resiste los terribles bombardeos de alemanes e italianos y bárbaros militares significa esta maravillosa unión de la antigua mujer española, madre ante todo, con toda su fuerza poética y alentadora, con una mujer consciente de la causa que su hijo defiende, que siente el dolor, sí, pero no se detiene ahí, sabe que su dolor es necesario y que es fecundo, se siente madre de la historia, madre del mundo nuevo que nace, al mismo tiempo que madre de sus hijos”.

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De arriba a abajo, Rosario Sánchez, Josefa Vara y María Martínez Sorroche, tres mujeres milicianas. Las dos primeras fueron encarceladas -habían sido condenadas a muerte en primera instancia- y la última vivió la grave situación de los campos de refugiados franceses.

EN LA RETAGUARDIA

Y al mismo tiempo que ese dolor “no se detiene ahí”-por desgracia, durará tres años de agonía y de heroica aunque insuficiente resistencia-, los horizontes abiertos a y por la mujer en la coyuntura de la guerra se dan también en la retaguardia, donde la movilización por parte de las organizaciones políticas y la propia concienciación de las féminas hará que sean parte integrante de un esfuerzo común, y al mismo tiempo de visibilización, afirmando de un lado su utilidad en la lucha y de otro su reivindicación de que ellas también son parte de la resistencia, del eventual triunfo y de que el futuro que se abra tras éste también les pertenece. Así, esta contribución al esfuerzo común incluye actividades tanto ya clásicas de asistencia (acogida de refugiados, enfermería, atención a ancianos y niños) como otras nuevas, algunas de ellas ya conocidas de otros contextos bélicos como la Gran Guerra -la sustitución de los hombres que acuden al frente en sus puestos de trabajo en el campo, la industria o los servicios- y otras como el periodismo, la propaganda y movilización o la acción política y el desempeño de nuevas tareas en el gobierno, desde el nivel local o nacional, posibilitando la quiebra de otros “techos de cristal”. La arribada de las mujeres a estas responsabilidades hubiera podido suponer un trampolín -como lo supondría tras la SGM en las naciones europeas- para la consecución de nuevos campos de acción laboral y política y un nuevo paso en la “larga marcha por la igualdad” de las mujeres en España. Por ello, su desempeño y ejemplo no debe quedar olvidado.

Sin embargo, por falta de espacio y por la imposibilidad de poder contar la biografía de todas estas mujeres, no ha sido posible sino contar con algunos ejemplos, aún así espero que representativos, de esta “lucha de retaguardia”. Contamos, por ejemplo, con Rosa Chacel. La famosa autora de “Barrio de Maravillas” desempeñó tanto su labor literaria, como una de las jóvenes promesas de la escritura, desde las páginas de la que es considerada la mejor publicación de entre las muchas que se editaron en la España republicana en la etapa de la guerra civil, por la calidad de su edición y los colaboradores que pasaron por sus páginas, Hora de España. Al mismo tiempo, Chacel desempeñó, nos cuenta María Zambrano, trabajos de enfermera en el Hospital de Sangre en que se reconvirtió el Instituto Oftalmológico de Madrid.

Teniendo en cuenta la intensa vida cultural, a la que se incorporaron muchas mujeres de gran valía, de los años del primer tercio de siglo en España -la llamada “Edad de Plata” de la cultura española- y el compromiso político adquirido por muchos hombres y mujeres hacia la causa republicana y antifascista, el caso de Rosa Chacel no fue único. La propia Zambrano, poeta y filósofa, tanto desde Hora de España como a través de conferencias dadas en Hispanoamérica -era esposa de un diplomático republicano asignado a la embajada de Chile, país con un gobierno de Frente Popular como el español- defendió la justicia de la causa republicana y animó a las naciones latinoamericanas a apoyar al gobierno de Madrid/Valencia. Asimismo, Margarita Nelken -que abandonó las filas del PSOE para pasar al PCE al principio de la contienda y desarrolló una labor similar en un país amigo de la causa republicana como México-, Dolores Ibárruri -que con su enorme capacidad oratoria y su vestimenta enlutada y austera era capaz de conmover a sus auditorios de soldados en las trincheras- o María Teresa León, poeta y esposa del también poeta Rafael Alberti, quien destacó tanto en la animación cultural de los combatientes como en la organización de la efímera reconquista por las milicias catalanas y valencianas de Ibiza -lugar donde la sublevación sorprendió a la pareja, de vacaciones en la isla- fueron destacadas embajadoras, dentro y fuera de las fronteras españolas, de la lucha republicana. También debemos contar con los casos de Catalina Salmerón, hija del que fuera presidente del ejecutivo de la Primera República, Nicolás Salmerón, y Dolores de Rivas Cherif, la esposa del presidente Manuel Azaña, quienes estuvieron encargadas de la dirección de la Asociación de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo.

Pero a estos casos conocidos debemos sumar los de otras mujeres cuyo protagonismo comenzó a fraguarse, sin quererlo, en esos años. Ahí están los ejemplos de Matilde Landa y Marina Ginestà. Matilde Landa había nacido en Badajoz en el seno de una familia liberal y no había sido bautizada, hecho que luego acarreará su tragedia personal acabada la contienda. Afiliada al PCE, contaba con treinta y dos años al comenzar la guerra civil y su labor consistió en recorrer los frentes de guerra informando y levantando la moral de los combatientes, incluidos los brigadistas internacionales, a través de charlas y conferencias, como miembro del subsecretariado de Propaganda de la República. Acabada la guerra y condenada a muerte, su pena fue conmutada y se le trasladó de la ominosa cárcel de Ventas -la cárcel donde acabaron las “Trece Rosas”- a Mallorca. En la isla, las autoridades religiosas la sometieron a un implacable acoso para que se bautizara, sometiéndola finalmente al chantaje psicológico para que aceptara el bautismo a cambio de que así los niños de las presas republicanas pudieran recibir una alimentación adecuada -una de las reivindicaciones defendidas por Landa-. “El mismo día que iba a ser bautizada a la fuerza, se arrojó desde la terraza de la prisión, dejando una nota de suicidio para su hija Carmen. Finalmente, su voluntad no fue oída y la bautizaron in articulo mortis.” (https://elsilencioguerracivilespanola.wordpress.com/2014/04/30/milicianas/).

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Matilde Landa.

Por su parte, Marina Ginestà es conocida por ser la muchacha de la icónica foto de la miliciana con fusil al hombro y la melena al viento en la terraza del Hotel Colón de Barcelona, tras el fracaso de la rebelión en la capital catalana. Sin embargo, la propia Ginestà -perteneciente a las Juventudes Socialistas Unificadas, resultado de la fusión de las Juventudes del PSOE y del PCE, que entonces contaba con diecisiete años y se encontraba, como militante de las organizaciones obreras, colaborando en la preparación de la frustrada olimpiada alternativa a los juegos “nazis” de Berlín, la Olimpiada Popular de Barcelona- afirma que esa fue la primera y única vez que portó un fusil en toda su vida. Su labor fue de periodista y traductora (hablaba fluidamente francés). “Ginestà vivió la guerra desde una retaguardia militante, esforzándose por mantener alto el ánimo de su bando” (afirma el artículo del diario Público con motivo de su fallecimiento). Como traductora para el enviado especial del diario moscovita Pravda, el controvertido Mijaíl Koltsov, estuvo presente en la histórica entrevista que éste mantuvo con el líder de las milicias anarquistas Buenaventura Durruti, en agosto de 1936, pocos meses antes de que Durruti perdiera la vida en el frente de Madrid. “De su trabajo en la retaguardia también conservaba recuerdos duros, como la visita a un hospital barcelonés para identificar cadáveres. “Es el recuerdo más terrible que guardo de la guerra. Por primera vez tuve una idea de la muerte. Vi a una mujer muerta con su hijo en brazos… Todavía hoy me viene a la mente ese recuerdo”. Exiliada primero en Francia y después en la República Dominicana -de donde tuvo también que escapar de las persecuciones anticomunistas del dictador Trujillo-, Ginestà se casó con un diplomático belga y regresó a España en los años sesenta, viviendo a caballo entre Cataluña y Francia hasta su muerte en París en 2014.

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Marina Ginestà, en la conocida imagen tomada por el fotógrafo Hans Gutman en la terraza del Hotel Colón de Barcelona.

Entre las mujeres que desempeñaron labores asistenciales y sociosanitarias, he podido conocer, a través de la obra “La sanidad en las Brigadas Internacionales”, de Manuel Requena y Mª Rosa Sepúlveda, los casos de doctoras, enfermeras y auxiliares que trabajaron para hospitales de guerra de la retaguardia republicana, tanto españolas como voluntarias extranjeras, quienes acudieron integradas en el Servicio Sanitario Internacional (la servicio de ayuda y atención sanitaria de las BI) y cuyas historias sufrieron en ocasiones una doble tragedia de persecución, olvido e incluso muerte, primero por parte del nazifascismo en España y en Europa durante la SGM y, al acabar ésta, a causa de la sospecha que la militancia del lado de la República activó en los dos contendientes de la “guerra fría”, ya que tanto los norteamericanos, por su anticomunismo, como Stalin, por su campaña contra el cosmopolitismo y las “vías nacionales”, iniciaron una campaña de acoso contra antiguos brigadistas que derivó en ostracismo, cárcel o, en Europa Oriental, en sangrientas purgas. Este fue el caso de la doctora Dobra Klein, que poseía doble nacionalidad checa y polaca, y que tras trabajar en los hospitales de guerra de Benicàssim, Mataró y Vic, pasó un auténtico calvario primero en los campos de concentración de Alemania (tras ser arrestada por la Gestapo en Francia, donde formaba parte de los FTP, Francotiradores Partisanos) y, tras la liberación, víctima de las purgas estalinistas desatadas a raíz del Proceso de Praga, por el que muchos comunistas checos fueron encarcelados, ejecutados o desposeídos de sus cargos por supuesta traición a la ortodoxia moscovita. Tras su paso por la cárcel en Checoslovaquia, Klein fue rehabilitada en un lento proceso y murió en Varsovia, capital de su país natal, en 1965, siendo enterrada con honores militares y la insignia de los excombatientes de las Brigadas Internacionales. Padecimientos menos graves, pero también dolorosos, sufrieron enfermeras españolas como Rosita Díaz -cuyo esposo, agente del SIM, servicio de inteligencia republicano, fue encarcelado y después fusilado por los vencedores a pesar de sus intentos por salvarlo- o Pepita Sicilia, que atravesó la frontera francocatalana con su marido hacia un futuro incierto y con los nubarrones de la guerra europea y la invasión alemana en el horizonte.

A otras mujeres, sin embargo, la fortuna les fue más propicia y, en el caso de las interbrigadistas, su paso por España les reportó la posibilidad de poner en práctica sus conocimientos o de instruirse de cara a llevar a cabo una posterior carrera médica en sus países de origen tras el doble paréntesis bélico de España y la guerra mundial. Estos fueron los casos de la judía polaca Margarita Kutin, que se doctoró en Medicina en París debido a que el régimen dictatorial de Pilsudski impedía el acceso a los judíos a la universidad en Polonia. También la enfermera británica Angela Haden Guest cursó, tras su paso por España, la carrera de Medicina en EE.UU. El hospital de Benicàssim, el centro hospitalario de retaguardia más emblemático de la red sanitaria de las Brigadas Internacionales, vio pasar por sus instalaciones (levantadas sobre villas y chalés de vacaciones de la burguesía valenciana) a mujeres especialistas en diversos campos que aportaron sus conocimientos y preparación en un aspecto tan esencial de la guerra como la salud de los combatientes. A los casos mencionados cabe sumar la doctora austriaco-francesa Fritzi Brauner, la farmacéutica gala Jacqueline Gayman, la dentista polaca Rachel Ravaut, la enfermera australiana Mary Lowson, entre otros.

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Enfermeras españolas en el Hospital de las Brigadas Internacionales de Benicàssim (Castellón)

DESDE LOS DESPACHOS: LA PRIMERA MUJER MINISTRA Y OTRAS PIONERAS

La guerra, desde el lado republicano, introdujo nuevas variables que no hubieran podido sospecharse en los años e incluso los meses previos de vida política y parlamentaria normal. El prestigio e influencia del Partido Comunista, que antes de la guerra no alcanzaba a duras penas los tres mil afiliados, fruto de su capacidad de organización y disciplina, su defensa a ultranza del Frente Popular y la dependencia de la República, abandonada por sus aliados naturales (Francia y Gran Bretaña), de la ayuda de la URSS, lo que trajo no pocas polémicas y conflictos durante y después de la contienda, fue uno de ellos. Otro fue la participación del anarquismo en la vida política e incluso en el Ejército Popular de la República, organización a la que los libertarios, por sus principios de jerarquía y obediencia, eran en principio refractarios (Cipriano Mera, salido de las milicias, se convirtió en el principal jefe militar anarquista en el ejército republicano, y el Cuerpo de Comisarios contó con anarquistas en sus filas, entre ellos el ex dirigente cenetista y fundador del Partido Sindicalista Ángel Pestaña como uno de los comisarios principales). La CNT y la FAI contaron con cinco ministros en total a lo largo de la guerra, cuatro con el líder sindical socialista Francisco Largo Caballero como primer ministro y uno, Segundo Blanco -que asumió la cartera conjunta de Instrucción Pública (Educación) y Sanidad- con el médico socialista Juan Negrín como jefe del ejecutivo tras su primera remodelación ministerial, en la que volvió a dar entrada en el gobierno tanto a la CNT como a la UGT.

La primera entrada de la CNT-FAI en el gobierno central (ya formaba parte del ejecutivo de la Generalitat de Cataluña) se produjo en noviembre de 1936, en una época crítica para la República, cuando se produjo la salida del gobierno de Madrid hacia Valencia ante la perspectiva de que los “nacionales” entraran en la capital. Así, al gabinete llegaron dos miembros del sector moderado, Joan Peiró y Juan López, y dos “faístas”, Juan García Oliver y Federica Montseny, la primera mujer en la historia de España que accedió a una cartera ministerial. Se hizo cargo de un ministerio de nueva creación, el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, cuyas competencias hasta entonces habían pertenecido a los departamentos de Gobernación (Interior) y Trabajo.

La República había venido realizando una intensa labor en el campo de la sanidad con vistas a mejorar la atención desplegada a los ciudadanos, con el objetivo de implantar, en años venideros, un sistema sanitario público y universal. La labor de doctores como Marcelino Pascua (director general de Sanidad entre 1931 y 1933), Gregorio Marañón, Sadí de Buen o Gustavo Pittaluga fue muy positiva, enfocándose hacia la mejora de la atención primaria, especialmente en el ámbito rural; la capacitación del personal; la puesta en marcha de nuevos establecimientos para tratar enfermedades poco menos que endémicas como la tuberculosis; la mejora de los centros psiquiátricos; la atención a la infancia y la maternidad; la prevención y las normas de higiene en el trabajo o en la alimentación… este trabajo no se paralizó con la guerra, sino que continuó hasta tal punto que en la zona republicana en 1937, y a pesar de la demanda que suponían los heridos del frente y los padecimientos generales de la población, se pudieron instalar más camas para enfermos tuberculosos o más centros de atención infantil que los existentes en toda España antes de la sublevación, e instituir la vacunación obligatoria para el tifus, la viruela y la difteria. La labor de los ministros de Sanidad anarcosindicalistas (y del comunista Jesús Hernández) constituye un hito olvidado en la historia de la sanidad española.

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Federica Montseny, durante un mitín en Barcelona.

Federica Montseny, acompañada en su labor, como directora de Asistencia Social por la especialista en salud y sexualidad Amparo Poch -también anarquista y perteneciente a la organización feminista libertaria Mujeres Libres, que editaba una revista homónima, pionera en muchas reivindicaciones y temática feminista presentes aún hoy- es recordada sobre todo por la introducción, a nivel estatal, del Decreto sobre Interrupción Artificial del Embarazo que ya había sido de aplicación en Cataluña desde diciembre de 1936. La propia Montseny, en una ponencia en 1986, explica el motivo por el que el gobierno de la República y su ministerio no aprobaron un decreto propio sobre el tema: “Consciente de la necesidad de encontrar solución al caso, sin ser partidaria, ni mucho menos, de la práctica del aborto, decidimos de común acuerdo la doctora Mercedes Maestre [perteneciente a la UGT, fue subsecretaria del Ministerio] y yo preparar un decreto que permitiera la interrupción artificial y voluntaria del embarazo. Decreto que quedó en suspenso en la cartera del presidente a causa de la oposición de la mayoría de miembros del Gobierno. Esta fue la causa por la cual tuve que recurrir al subterfugio de extender al resto de la España republicana los beneficios del decreto sobre el derecho a la interrupción artificial del embarazo adoptado por la Generalidad de Cataluña en agosto de 1936”. Y es que buena parte de los escrúpulos y objeciones que el resto de sus compañeros varones de gabinete, incluidos los ministros anarquistas, tenían sobre sus medidas estuvieron presentes durante el semestre que estuvo al frente de la cartera de Sanidad.

A decir verdad, para la época muchas de sus medidas fueron de una audacia innovadora que chocaba con lo que ella misma refería, sobre el tema del aborto, como “escrúpulo religioso o de otra índole”. Sin embargo, es de destacar que en algunos casos se adelantaron a propuestas puestas hoy día en marcha por ONG’s o sobre la mesa de los debates políticos. La creación de los Liberatorios de Prostitución, idea de Amparo Poch, partía de la esencia de que las eufemísticamente llamadas “mujeres de vida alegre” encontraran un oficio y una vida alternativa, pudiendo alejarse de su entorno y aprender otras habilidades sociolaborales. “Había allí talleres donde aprendían oficios y un servicio mediante el cual se les iba colocando en otras actividades remuneradas. Debo decir que algunas mujeres reincidieron en su antigua profesión, que juzgaban menos penosa que aquella que se les enseñaba. Pero, en honor a la verdad, hubo una gran mayoría que se reintegraron a lo que, por llamarlo de alguna manera, llamaremos vida honrada…” comenta la propia Montseny. Otras medidas de su etapa fueron la creación de la Oficina Central de Evacuación y Asistencia a los Refugiados, destinada a coordinar la labor de acogida de los miles de refugiados que llegaban a la zona aún controlada por la República procedentes de las ciudades tomadas por los rebeldes, y la mejora del funcionamiento de la asistencia social, de acuerdo con el decreto del gobierno de creación del Consejo Nacional de Asistencia Social (25 de noviembre de 1936), erradicando su anterior carácter de semicaridad y sustituyéndolo por un verdadero proyecto asistencial público moderno, atendiendo a ancianos, discapacitados, huérfanos, mujeres embarazadas y lactantes, etc. Sus reflexiones finales, cincuenta años después de su etapa ministerial, reflejan su deseo de haber podido hacer más “y sobre todo, consolidar lo hecho”. No en vano, la impresión que quedó ante los avances experimentados por la sanidad republicana antes y durante la guerra, vista la tardía constitución y evolución del sistema sanitario público durante la dictadura, es la de que la derrota frustró una gran oportunidad.

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Cartel propagandístico de Vicente Ballester referente a la labor sanitaria y asistencial.

No obstante, el de Federica Montseny no fue el único caso en que una mujer accedía por primera vez a un puesto antes vedado a las mujeres durante la guerra. El de Isabel Oyarzábal es otro caso, producido como consecuencia de una de las múltiples deserciones simultáneas a las de los militares: la de los miembros del cuerpo diplomático. Al igual que en otros cuerpos de funcionarios -la judicatura o algunos catedráticos universitarios, donde el conservadurismo político de sus miembros, de su clase social o el espíritu corporativo llevó, como en el caso de los oficiales del ejército, a decantarse por los rebeldes en lugar de seguir fieles al gobierno de la República-, hubo muchos diplomáticos que abandonaron sus puestos o pusieron las legaciones, cosa más sencilla sobre todo en el caso de hallarse éstas en países más proclives, por su régimen político, al servicio de los sublevados. Así, la República tuvo que recurrir en muchas ocasiones a unos diplomáticos -cónsules o embajadores- de nuevo cuño, figuras de prestigio intelectual pero que sin embargo no tenían conocimientos en la materia y tuvieron que adquirirlos sobre la marcha o con el asesoramiento del personal que había permanecido afecto a la legitimidad republicana, dando pie en muchos casos a errores, sustituciones y rotaciones de representantes que en circunstancias normales no se habrían producido. Estos fueron los casos de Luis Jiménez de Asúa (que, habiendo sido destinado antes de la guerra como embajador en Checoslovaquia, improvisó desde la legación en Praga un servicio de información internacional para la República, el SIDE); Mariano Ruiz Funes (Bruselas), Felipe Sánchez Román (La Haya), Marcelino Pascua (Moscú), Francisco Barnés (Belgrado), Félix Gordón Ordás (Ciudad de México), Fernando de los Ríos (Washington) o la mencionada Isabel Oyarzábal, que se encargaría de la legación de España en Suecia.

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Isabel Oyarzábal.

Oyarzábal, natural de Málaga, nació en el seno de una familia acomodada y liberal. Su padre era un próspero comerciante de ascendencia vasca y su madre una escocesa protestante que fue un gran apoyo para su hija frente a una sociedad, la de la España provinciana de los primeros años del siglo XX, marcada por la intolerancia religiosa o el patriarcado. Caracterizada por una enorme avidez intelectual, Isabel Oyarzábal se dedicará a numerosos campos de la cultura, desde la escritura -en el exilio publicó sus memorias bajo el título “En mi hambre mando yo”, haciendo referencia a una anécdota relatada por el político y también embajador Fernando de los Ríos- y el periodismo -trabajará como corresponsal de varias publicaciones en el extranjero, por su conocimiento del inglés- a la interpretación. “Isabel entró a formar parte de los grupos de teatro que comenzaron a funcionar con el fin de obtener recursos económicos para hacer frente a las necesidades de estos soldados [de la guerra de Cuba]”, cuenta la historiadora Matilde Eiroa. “Fue su primera toma de contacto con el mundo del Teatro”. Una afición que se afianzará cuando tomé contacto con la la compañía de la familia Palencia-Tubau, en la que conocerá a su marido, Ceferino Palencia Álvarez-Tubau.

Con la llegada de la República, Isabel Oyarzábal, sufragista decidida en los años precedentes, se integrará en el Partido Socialista y en la UGT y desempeñará labores de vocal en varios patronatos, como los del Museo del Traje Regional, del Instituto de Reeducación Profesional o el Patronato para la Protección de Animales y Plantas. Miembro del Lyceum Club Femenino y la Agrupación de Mujeres Antifascistas, su labor al frente de la embajada estuvo lastrada por el hecho de que el gobierno de Suecia mantuvo, como en la SGM, una estricta neutralidad en la guerra de España, adhiriéndose como otros muchos estados democráticos al pacto de No Intervención promovido por Gran Bretaña y Francia, aunque no así su sociedad civil y sus grupos de izquierda, que mostraron una intensa labor solidaria con la España republicana, plasmada -junto con grupos afines de la vecina Noruega- en la ayuda médica y humanitaria enviada a España (cuyo mayor ejemplo es el Hospital Sueco-Noruego abierto en la localidad de Alcoy) o en los interbrigadistas escandinavos desplazados para luchar del lado republicano. Victoria Kent, nombrada por el ministro de Justicia del gobierno provisional republicano, el socialista rondeño Fernando de los Ríos Urruti (su maestro en la facultad de Derecho de Madrid) directora general de Prisiones -y que, a pesar de su poco tiempo en el cargo, dejó su impronta basada en la humanización de la vida carcelaria española y en la adecuación de las instalaciones a unas condiciones mínimas de habitabilidad e higiene, así como a los fines de reinserción en que debía basarse la política penitenciaria del nuevo régimen- y diputada por Izquierda Republicana en 1936, fue destinada también al cuerpo diplomático como secretaria de primera clase en la embajada de París.

Otras mujeres llegaron a alcanzar el nivel de directora general que alcanzó la propia Kent en los años previos al conflicto. Una de ellas fue Matilde de la Torre. Nacida en Cabezón de la Sal (Cantabria, entonces provincia de Santander), y también polifacética -escritora, periodista, pedagoga (fundó una academia en la que se aplicaban los principios renovadores de la Institución Libre de Enseñanza), folclorista- se afilió al PSOE en 1931 y desempeñó, tras su elección como diputada para las legislaturas de 1933 y 1936, puestos de vocal en diversas comisiones parlamentarias, como Marina, Hacienda, Defensa o Instrucción Pública (en éstas como suplente). Tras la revolución de octubre de 1934, tuvo un activo papel en la defensa de los represaliados.

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Matilde de la Torre.

Con la formación del gobierno de Francisco Largo Caballero, Matilde de la Torre asumió la Dirección General de Comercio y Aranceles, dependiente del ministerio de Hacienda y Economía, cartera asumida por el sucesor de Caballero al frente del ejecutivo, el doctor Juan Negrín. De la Torre estuvo al frente de esta dirección hasta la asunción del gobierno por el propio Negrín, aunque mantuvo su fidelidad a la línea política mantenida por el nuevo presidente, hecho que le llevaría a ser una de las treinta y cinco personalidades socialistas que, junto con el médico canario, fueron expulsadas del PSOE en 1946 por filocomunismo y seguir los intereses de la URSS. En 2008, aunque a título póstumo, el partido les reintegraría en la militancia.

Otra fue Constancia de la Mora. Al contrario que Isabel Oyarzábal o Matilde de la Torre, que procedían de familias acomodadas pero de tradición liberal -o, al menos, con una línea familiar que les motivaba hacia nuevos horizontes-, De la Mora venía de una familia cuasiaristocrática y conservadora (era nieta de Antonio Maura, jefe del Partido Conservador en los primeros años del reinado de Alfonso XIII, e hija de Germán de la Mora, director de una de las compañías eléctricas más importantes de Madrid, Cooperativa Eléctrica). “Criada, de todos modos, en un medio privilegiado, con criados, mayordomos, chóferes e institutrices, extranjeras, por supuesto, para el aprendizaje de idiomas, su existencia transcurría en medio de todo tipo de lujos y comodidades. Educada en este medio, su mentalidad correspondía a lo que podríamos calificar de “niña bien” de la época” escribe María Rosa de Madariaga.

Sin embargo, a “Connie” -producto de anglosajonizar su nombre, como consecuencia de su estancia de estudios en Inglaterra- no le terminaba de cuadrar el mundo al que estaba destinada y la educación religiosa y prototípica de la “niña bien” (destinada al matrimonio, al hogar y las apariencias) que recibía en su colegio de monjas. Sus inquietudes sociales (y políticas) pronto empiezan a surgir en su carácter de joven, observando la terrible contradicción entre la realidad popular y la pompa y boato de la monarquía, las clases altas y el clero, como muestra en sus memorias refiriéndose a la Semana Santa sevillana o a la consagración de España al Sagrado Corazón por Alfonso XIII.

Casada con Manuel Bolín, hermano del corresponsal de ABC en Londres, Luis Bolín (pieza clave en la conspiración del 18 de julio y la llegada del avión Dragon Rapide para el traslado de Franco de Canarias a Marruecos) por “llevar la contraria a su familia”, al poco de proclamarse la República protagoniza las portadas de la “prensa rosa”, al ser una de las primeras mujeres -y de las más notorias, pues a lo anterior se sumaba el ser la sobrina del católico ex ministro de Gobernación republicano y diputado Miguel Maura- que hace uso de la nueva ley de divorcio. Su matrimonio había sido infeliz y había iniciado una nueva relación con el aviador militar Ignacio Hidalgo de Cisneros, con el que se casaría en enero de 1933. Ambos tenían en común el hecho de proceder de familias conservadoras -en el caso de Hidalgo de Cisneros, fuertemente reaccionaria, ya que eran carlistas-, lo que no les había impedido, antes al contrario, haber evolucionado ellos mismos hasta el republicanismo progresista, hasta el punto de que Hidalgo de Cisneros, nombrado durante la guerra jefe de las FARE (Fuerzas Aéreas de la República Española) se afiliaría al PCE y se exiliaría, ya separado de Constancia -que marcharía a Estados Unidos-, en la URSS y la Rumanía socialista, donde fallecería.

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Constancia de la Mora.

Durante la guerra, deseando ser útil como fuera, según expresa ella misma, Constancia trabajó en la Junta de Protección de Menores, ayudó en la evacuación de niños de Madrid hacia las costas levantinas o hizo labores de intérprete para las Brigadas Internacionales -conocía, por sus viajes y estancias en el extranjero, los idiomas inglés, alemán, italiano y francés-. Esto, unido a su compromiso, hará que sea nombrada directora de la Oficina de Prensa Extranjera, dependiente del Ministerio de Estado, en sustitución de Rubio Hidalgo, cuya labor dejaba bastante que desear.

En “Idealistas bajo las balas” el historiador británico Paul Preston explica que la labor de los periodistas extranjeros en ambas zonas -la “nacional” y la gubernamental- tuvo en común el constreñimiento de la censura y la vigilancia de los contenidos informativos que mandaban a sus medios, para que no se filtraran informaciones militares o susceptibles de ser usadas por el enemigo. Sin embargo, los periodistas extranjeros acreditados en la zona republicana tuvieron en general una serie de libertades, como la de viajar a los frentes, y de atenciones por parte de las autoridades de Madrid/Valencia que no recibieron sus colegas de la zona “nacional”, que con frecuencia se enfrentaron a la expulsión de su territorio, mientras sólo hubo un reportero acreditado en territorio republicano al que se le hizo lo mismo. La labor de Constancia de la Mora en este sentido fue elogiada por varios de los periodistas acreditados ante la Oficina de Prensa de la República, como Jay Allen, Henry Buckley, Ernst Hemingway o Lawrence Fernsworth. “Esta tarea de “relaciones públicas” se le daba muy bien a Constancia. Se trataba de dar a conocer a los periodistas la lucha del pueblo español contra la invasión extranjera y rebatir el cúmulo de falsedades que circulaban en muchos países occidentales sobre la República. Constancia trataba de atenderlos lo mejor posible, poniendo a su disposición, cuando era posible, automóviles para facilitar su misión. Era una verdadera lucha para exponer al mundo la verdad frente a la propaganda hostil contra la República. Constancia se encargaba también de hacer que los periodistas pudieran visitar los frentes de guerra, como hizo con Richard Mowrer, corresponsal del Chicago Daily News, a quien facilitó visitar el frente sur y ver el sector de Pozoblanco, donde se acababa de rechazar una nueva ofensiva de los italianos”, escribe Madariaga.

Hubo un punto oscuro, sin embargo, en su biografía, relacionado con el asesinato de Andreu Nin, el líder del POUM, por agentes del NKVD soviético, auxiliados por comunistas españoles. La pertenencia de Hidalgo de Cisneros al PCE y las simpatías de De la Mora por los comunistas llevaron a pensar que la casa de Alcalá de Henares donde Nin fue torturado y asesinado era propiedad del matrimonio. Inmaculada de la Fuente, autora de “La roja y la falangista” sobre las dos hermanas De la Mora -la hermana de Constancia, Marichu, por su matrimonio y también por sus afinidades, se decantó por los rebeldes- en un artículo para Heraldo de Madrid, desmiente que el matrimonio estuviera involucrado en lo que significó uno de los peores baldones para la unidad e imagen de la República y la izquierda, debido a que no existen pruebas que les señalen como agentes soviéticos -su primo, el escritor y antiguo militante del PCE Jorge Semprún Maura, descarta este extremo respecto de “Connie”- ni a que la vivienda utilizada sea realmente la que ambos usaban como segunda residencia (y que había sido cedida por el gobierno republicano).

EPÍLOGO

El final de la guerra y la derrota de la República supusieron el abrupto final de las reformas que, en los años precedentes, habían dado lugar a que las mujeres hubieran conquistado el estatus de ciudadana y diera comienzo un intenso proceso de debates, reivindicaciones y participación pública de las mujeres, acorde con la nueva situación democrática, pero también -proceso paralelo al de otras muchas reivindicaciones, políticas, sindicales, regionales- con un pasado en el que tales debates y reivindicaciones habían sido veladas y permanecido fuera de la mesa y con las expectativas despertadas por el nuevo régimen. La aparición de mujeres en la política, con proyectos que se identificaban con los ideales más avanzados y progresistas; la ley del divorcio, la igualdad jurídica de la mujer, la coeducación o el sufragio universal femenino supusieron algunos hitos que, en los sectores más tradicionalistas y reaccionarios de la sociedad, pronto dispuestos a presentar batalla y a destruir la República y lo que significaba, identificaron aquellos avances, y en buena medida a sus beneficiarias y a las mujeres que se identificaban con la causa republicana o las izquierdas, como elementos a los que había que devolver “al redil”, a la fuerza si era necesario.

De este modo, el triunfante “Nuevo Estado” nacional-católico fue una catástrofe -como en muchos otros sentidos- para las mujeres, que quedaron durante mucho tiempo recluidas por la educación, la moral social y las nuevas estructuras jurídicas, que retrotraían a los tiempo anteriores al 14 de abril de 1931, si no antes, a los espacios tradicionales del matrimonio y el hogar. La liberalización económica y hasta cierto punto política, forzosa para la supervivencia del régimen de Franco en unas nuevas circunstancias tras la SGM, la derrota de sus aliados nazi-fascistas y la necesidad de que el “centinela de Occidente” mostrara una cara más amable para poder tener una cierta credibilidad como aliado de EE.UU. en la lucha anticomunista, comportó un cierto relax en los comportamientos sociales, pero a todas luces insuficientes para contrarrestar lo perdido. Hasta tal punto que se ha llegado a dar la paradoja de que muchas mujeres crecidas en los años sesenta podían llegar a ser más conservadoras que sus madres u otras parientes femeninas que habían vivido la época de la República. Así, España pasó de adelantarse a Francia, Italia o Suiza en la cuestión del voto femenino, ser pionero en la implementación del seguro de maternidad o ser el tercer país del mundo, tras Suiza y la URSS -aunque la norma soviética quedó derogada en los años de la dictadura de Stalin-, en tener una legislación sobre el aborto a poseer una de las legislaciones, usos y costumbres más restrictivas sobre el papel de la mujer en la familia y la sociedad, Iglesia Católica y Sección Femenina mediante. Incluso, cuando estas cuestiones se volvieron a retomar tras el retorno de un régimen democrático, quedaron muy por detrás de las aprobadas en los años treinta. Un ejemplo lo tenemos en la ley del aborto aprobada por el gobierno de Felipe González, que quedó establecida como una norma de supuestos, en vez de una ley de plazos como la aprobada por Federica Montseny cincuenta años atrás, teniendo que esperar a 2008 -y con una furibunda polémica y amenazas de derogación por el Partido Popular- para que se avanzara en la dirección marcada por la dirigente cenetista.

Todo esto sin olvidar el enorme sufrimiento y sacrificio personal acontecido por aquellas mujeres que se levantaron, parafraseando el lema de las Brigadas Internacionales, por nuestra libertad (la de los hombres) y la suya propia. La cárcel, el exilio, la muerte, la pérdida de derechos, el secuestro de sus hijos, la ejecución de sus esposos y compañeros… Y aún así tener fuerzas para seguir, en muchos casos, ejerciendo de enlaces para los “maquis” o vinculadas a los movimientos de resistencia europeos durante la SGM, con un coraje asombroso. Y al final del camino, el silencio en virtud de una “transición” que olvidó su papel en nombre del consenso y de no “reabrir viejas heridas” que ochenta años después siguen supurando, con el agravante de que las nuevas generaciones, en muchos casos denominadas a sí mismas -y sin credencial alguna- como democráticas, se atribuyeran los méritos y las luchas de aquellos hombres -y mujeres- del pasado.

Así, este recuerdo particular a las mujeres republicanas y antifascistas, en un país en el que el ejercicio de la memoria, al menos desde las instancias oficiales, resulta muy selectivo -un ejemplo muy claro es la pompa y el boato con que se recuerda la Constitución de Cádiz, haciendo malabares para mostrar paralelismos con la de 1978, y lo mucho que se margina en ese recuerdo a Espoz y Mina, Díaz Porlier, Rafael de Riego, Mariana Pineda y todos aquellos que, en nombre de esa misma constitución, se opusieron a la dictadura absolutista y absolutamente cruel de Fernando VII- no puede interpretarse como un ejercicio de trasnochada nostalgia. Creo que es una obligación moral que como sociedad nos corresponde. Como demócratas, como feministas, como antifascistas. Como ciudadanos.

FUENTES

José Antonio Marina y Mª Teresa Rodríguez de Castro, “La conspiración de las lectoras”. Barcelona, Anagrama, 2009.

VV.AA. (Josep Fontana, Ricardo Robledo, Mary Nash et al), “80 aniversario de la II República, Dossier especial. Público, 14/04/2011.

Julio Aróstegui et al, “La República de los trabajadores. La Segunda República y el mundo del trabajo”, Madrid, Fundación Francisco Largo Caballero, 2007.

Manuel Requena Gallego, Rosa Mª Sepúlveda Losa et al, “La sanidad en las Brigadas Internacionales”, Cuenca, CEDOBI-Universidad de Castilla-La Mancha, 2006.

María Zambrano, “La mujer en la lucha española”. En “María Zambrano. Ahora, ya”, Madrid, República de las Letras nº 89, abril 2005.

“Milicianas”, 30/04/2014. Publicado por zara278 en https://elsilencioguerracivilespanola.wordpress.com/ 2014/04/30/milicianas/

José Antonio Doncel Domínguez, “La mujer miliciana. Civiles armados en la guerra civil (Parte III)”, 16/10/2011. En http://jadonceld.blogspot.com.es/2011/10/la-guerra-civil-en-imagenes-la_16.html

“Muere Marina Ginestà, la sonrisa que plantó cara al fascismo”. Público, 06/01/2014. En http://www.publico.es/politica/muere-marina-ginesta-sonrisa-planto.html

“Muere la miliciana que inspiró a Miguel Hernández”. Público, 18/04/2008. En http://www.publico.es/espana/muere-miliciana-inspiro-miguel-hernandez.html

“La sanidad y la asistencia social durante la guerra civil”. Ponencia de Federica Montseny. Recogida en “La Salud, víctima del franquismo. Salud y República. La política sanitaria en la II República española”, Cuadernos del CAUM, nº4, abril 2005.

María José Turrión, “Isabel Oyarzabal, de actriz a embajadora de la República”, 04/09/2014. En http://blogs.elpais.com/historias/2014/09/isabel-oyarzabal-.html

Eduardo Montagut, “Matilde de la Torre Gutiérrez, una intensa mujer socialista”, 22/05/2015. En http://www.elsocialistadigital.es/biografias/item/524-matilde-de-la-torre-gutierrez-una-intensa-mujer-socialista.html

María Rosa de Madariaga, “El Doble Esplendor de Constancia de la Mora”, 18/05/2015. En http://www.cronicapopular.es/2015/05/el-doble-esplendor-de-constancia-de-la-mora/

Inmaculada de la Fuente, “La “temible” Constancia de la Mora y el asesinato de Andreu Nin”, 29/01/2015. En https://heraldodemadrid.net/2015/01/29/constancia-de-la-mora-y-el-crimen-de-andreu-nin/

 

 

   

 

 

 

 

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Acto de presentación final de “Detrás de aquella ventana. Narraciones en homenaje a “Zeca” Afonso”

Cartel presentación Zeca Afonso La Casa en el OlmoQuiero despedirme a lo grande de un trabajo que me ha ilusionado y motivado especialmente a lo largo de este último año, el libro de cuentos dedicado a la memoria y las canciones del gran José “Zeca” Afonso, el cantautor imprescindible de Portugal y autor de “Grândola vila morena”, el himno de la Revolución de los Claveles con la que nuestros vecinos se despertaron de la pesadilla de 48 años de dictadura salazarista. Me gustaría que todos/as quienes podáis os paséis por La Casa en el Olmo (C/Olmo, 39, Lavapiés, Madrid) el próximo día 25 de abril a disfrutar de cuentos, canciones y buena compañía para celebrar la utopía, y sobre todo, la suerte de estar vivos en un mundo difícil pero a la vez maravilloso. Un abrazo muy grande, Eladio.

Una sed de vida llamada Brigitte Reimann

Brigitte Reimann 1Eternamente unida a un cigarrillo, la mirada en el horizonte y una hermosa melena negra que perdería en los últimos años de su vida por causa de la quimioterapia. Así son las imágenes más icónicas de Brigitte Reimann, una belleza singular tipo Audrey Hepburn que envolvía un talento propio de Janis Joplin, tan fulgurante como poco tiempo presente en este mundo. Para algunos, Reimann es la escritora más importante de la literatura alemana contemporánea. Para quienes conocieron y quisieron a este torrente de pasiones, su pérdida fue tan grande como la de una hija, una hermana o una amante. Conozcamos algo más de esa sed de vida llamada Brigitte Reimann.

LA LITERATURA DE LA OTRA ALEMANIA

La RDA, veinticinco años después de su desaparición como país, sigue siendo difícil de calificar. Para unos, sea para bien -los menos- o para mal -los más- la república alemana creada en la zona de ocupación soviética siempre estará ligada al recuerdo de lo que fue. Este recuerdo no puede estar más unido, desde las perspectivas occidentales y los huidos a la vecina RFA, al muro de Berlín y la separación de sus vecinos occidentales -muchos de ellos más que vecinos- y a la vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi), cosas que convertían en poco menos que eufemismo el adjetivo “democrática” del que hacía gala el nombre del país. Otros, que ocupan una estrecha franja gris y que vivieron en Alemania Oriental, decidieron hasta el final de sus días -o hasta el final de los días de la propia República Democrática- defender el socialismo y ser leales al país al mismo tiempo que, más o menos abiertamente, exigir a sus líderes que volvieran a los inicios democráticos y antifascistas del país y la RDA se convirtiera en una alternativa socialista plural a la RFA. Había motivos para enorgullecerse, pese a todo lo negativo -escasez, muro, vigilancia o censura- del país que se había constituido sobre una herencia de lucha popular y antifascista en Alemania, y se reclamaba continuar con aquellos logros y desembarazarse del lastre autoritario que desvirtuaba el significado real del socialismo. A principios de los setenta, la RDA -que había visto desmantelada su industria y tenido que pagar cuantiosas reparaciones de guerra a la URSS- había conseguido llegar a estar entre las diez potencias industriales del mundo, la elevación del nivel de vida había sido constante, la igualdad social era mucho mayor que en los países occidentales y los servicios públicos -entre ellos, la vivienda, con alquileres asequibles, o las guarderías públicas y clínicas de puericultura- eran muy apreciados por los germano-orientales. Asimismo, las pronto reveladas como tibias reformas honeckerianas abrieron mayor campo de acción a las empresas (las famosas VEB o Empresas de Propiedad Popular) en su propia gestión frente a la planificación estatal, idea que, con más fuerza, retomarían los primeros grupos de la oposición de noviembre del 89 al proponer, como Neues Forum, una “fuerte participación de los trabajadores”, o el SPD-Ost, una fórmula plenamente socialista en lugar del socialismo burocrático-estatal.

Por eso, aunque el entusiasmo que en 1989 despertó la caída de la burocracia pronto fue acallado con las promesas del Oeste, que acabaron con cualquier posibilidad de (re)implantar un socialismo democrático en un país de Europa Oriental -como en 1956 en Hungría o en 1968 en Checoslovaquia, aunque el fin abrupto de entonces llegó con la intervención de los tanques soviéticos-, y aquellos que lo intentaron pronto fueron calificados como traidores por los comunistas más recalcitrantes o ilusos por los realistas y pragmáticos de Occidente (y otras lindezas aún peores que de vez en cuando se repiten, como las recientes del cantautor y disidente oriental Wolf Biermann, que no dudó en calificar de poco menos que escoria y residuo del régimen a los diputados de Die Linke, pero sin aplicar el mismo rasero a los representantes de la CDU/CSU que le invitaron al Bundestag a echar pestes de aquellos, un partido que en época de Adenauer montaría con la agencia BfV su propia versión de la Stasi en la Alemania Federal), no deja de tener su valor, e incluso su consuelo para aquellos que nos quedamos con la utopía frente al capitalismo feroz y el socialismo desvirtuado, que existieran políticos aperturistas en el seno del propio SED como Wolfgang Harich, Kurt Turba, Hans Modrow o Georg Gysi; clérigos protestantes que no hicieron reverencias al régimen como Friedrich Schorlemmer; o escritores que propugnaban, desde su humanismo socialista, esa doble alternativa al capitalismo de la RFA y al socialismo burocrático y dictatorial del SED, y ya anteriormente nombrados aquí como Stefan Heym o Christa Wolf. Así, un analista norteamericano, Harvey Cox, dijo de ellos que “No huyeron al Oeste. Se quedaron e intentaron cambiar algo en un lugar difícil. Pueden haber sido ingenuos, pero nunca fueron cobardes o traidores”. Frente a las visiones arcádicas o apocalípticas del país, ésta RDA que bien pudo existir es, sin duda, la RDA que más merece la pena.

Brigitte Reimann perteneció a esta clase de escritores creyentes e inconformistas a la vez. Ibon Zubiaur, ex director del Instituto Cervantes en Berlín y reconocido germanista, ha escrito que la RDA fue “el país de la lectura”, con sus pros -esa especial reverencia por la alta cultura a la que se refiere Tariq Ali en su novela “Miedo a los espejos” y que fue común a los países del bloque soviético, y que en Alemania del Este se reflejó en la creación de una tupida red de bibliotecas, clubes de lectura en los centros fabriles, múltiples premios literarios y privilegios especiales para los escritores- y sus contras -la presión de las autoridades sobre los autores para que los contenidos y las formas se adecuaran al “realismo socialista”, los giros políticos en el seno del partido que volvían improcedente lo que hasta entonces se consideraba válido, la censura y la proscripción que pendía sobre autores que, a partir de cierto momento, podían sentir como única alternativa el exilio o la publicación de sus obras fuera de las fronteras de la República, incluyendo comunistas veteranos y comprometidos con el país, como fue el caso de Stefan Heym-. Aún con todo eso, la literatura germano-oriental dejó obras -el propio Zubiaur incluso afirma que la literatura de la RDA es más interesante que la de su vecina RFA- de gran calibre, y algunas de ellas están siendo recuperadas hoy por editoriales alternativas. “Ahasver”, del mencionado Heym; “Momentos estelares”, de Irmtraud Morgener; “Casandra” o “El cielo dividido” de Christa Wolf; “La séptima cruz” y “Visado de tránsito” de Anna Seghers; “El asno de Buridán” de Günter de Bruyn; o “Los hermanos”, “La verde luz de las estepas” y “Franziska Linkerhand”, obras de la propia Reimann son algunas de las obras más destacadas de los autores de esa otra Alemania -sin contar las de escritores que empezaron su carrera en el Este y que luego pasaron al Oeste, como Uwe Johnson o Günter Kunert-. Asimismo, en los años setenta, gracias a la “Deténte” de Honecker y la “Ostpolitik” de Brandt -que llevó al reconocimiento mutuo e internacional de ambos Estados alemanes- se fomentó el diálogo entre escritores de ambos lados de la frontera interalemana, lo que fructificó en amistades personales y relaciones profesionales muy positivas, especialmente para unos escritores del Este que se vieron estimulados por las visitas de gente como Günter Grass y que vivían en un entorno no especialmente fácil.

En esa literatura germano-oriental destacan sobre todo los nombres de tres mujeres: Anna Seghers, Christa Wolf y Brigitte Reimann. Seghers -Netty Reiling en la vida real- era la “gran dama” de las letras de la RDA: la más veterana, presidenta de la Unión de Escritores, comunista de años-llegó a estar en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, sumando su apoyo al de otros escritores y artistas progresistas a los republicanos españoles-, exiliada en Francia y México (experiencia reflejada en “Visado de tránsito”) y, con la derrota nazi, regresada a Alemania, pero no a su Maguncia natal, sino al Este del país, a la zona de ocupación soviética, a lo que muchos -Brecht, Stephan Herlimn, Johannes R. Becher- consideraron la “Alemania mejor”. A pesar de ocupar cargos importantes en la vida literaria del país -en la Unión de Escritores, en la Academia de las Artes de Berlín (Este)- y en el Partido Socialista Unificado, siempre reclamó más democracia al partido, como haría en una de sus obras con motivo de la revuelta berlinesa de julio de 1953, en la que mostró su disconformidad con la forma de actuar del partido, que se había comportado como un padre severo en lugar de abrir el diálogo con los trabajadores. Sus obras -como “La séptima cruz” o “La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara”– muestran una gran preocupación por los desposeídos, los marginados, las víctimas de la Historia, y en ellas, a pesar de las derrotas, se vislumbra un final abierto, la puerta de una esperanza en la que creer.

En lo que respecta a Wolf y Reimann, si hemos de establecer nexos de unión entre estas dos amigas y coetáneas-a pesar de sus caracteres a veces tan dispares, taciturno y dubitativo el de Wolf, explosivo y torrencial el de Reimann-, sus experiencias vitales nos los traen. Ambas fueron creyentes -aunque no acérrimas- en el socialismo y en la RDA: por eso, en “El cielo dividido” y “Los hermanos” -reflejo de dos experiencias vitales traumáticas, la pérdida de un ser próximo que se marcha a la República Federal-. Ambas cuentan la visión de quienes prefieren quedarse y luchar por un país en el que se cree y por el que se aspira a cambiar las cosas que no se gustan. Quizá -los censores seguramente no se dieron cuenta o prefirieron dejarlo correr- las autoridades hubieran preferido un canto mucho más optimista y propagandístico sobre las bondades de la república socialista, pero no hubiera correspondido a los sentimientos de estas dos mujeres. Ambas comprenden la postura del que se va, pero -como si fuera asimismo un alegato dirigido a los que se han ido y al país que les acoge- piden que entiendan la postura de las protagonistas, que se quedan, y lanzan una pelota al tejado de las autoridades, de los funcionarios, de los burócratas: en sus manos está cambiar las circunstancias que hacen que la gente se esté marchando.

Christa y Brigitte nacieron a principios de los años treinta: su infancia estuvo marcada por la guerra y su juventud por la presencia de una generación mayor que hizo la guerra, la perdió y a la que se pregunta si hicieron algo para resistir al nazismo, mientras la nueva es la primera que vive la construcción del socialismo. Es la primera generación que vivirá las esperanzas y las desilusiones, y en esa senda fluctuará su experiencia vital y su obra: intentos de la Stasi para colaborar con ellos -descartados en el caso de Reimann; infructuosos en el de Wolf, que es incapaz de informar negativamente sobre ningún investigado-; desconcierto ante las decisiones políticas; escritos sobre esas sensaciones: “Casandra” de Wolf y “Franziska Linkerhand” de Reimann, novelas la mujer es protagonista, como víctima, como luchadora, siempre defendiendo su identidad personal.

LOS PRIMEROS AÑOS

Brigitte Reimann 2Brigitte Reimann fue periodista, maestra, obrera y escritora, y todo eso a lo largo de sus treinta y nueve años de vida. Nació en Burg, localidad de Sajonia-Anhalt cercana a Magdeburgo, el 20 de julio de 1933, en el seno de una familia de clase media. Brigitte fue la mayor de cuatro hermanos: Lutz -que emigraría posteriormente a la RFA-, Ulrich (Ulli), Dorothea (Dorli) y ella. Su especial relación con Lutz, con quien comparte en la infancia la afición por los deportes y su ingreso, tras la guerra, en la Freie Deutsche Jugend (FDJ, o Juventud Libre Alemana, que posteriormente será la organización juvenil de masas de la República Democrática) hará que viva con especial dolor la marcha de aquel a la RFA, lo que se reflejará en la novela que le dará fama, “Los hermanos”.

El talento de Brigitte Reimann comienza a darse en aquellos primeros años, en los que empieza a escribir al tiempo que finaliza la escuela: cartas, fábulas, pequeñas obras teatrales que se representan en su propio colegio, y su diario, en el que a lo largo de su vida aparecerán sus miedos, sus esperanzas, sus desilusiones -en política, en la vida-: sus sentimientos más profundos, que hoy aparecen como complemento a alguna de sus obras recientemente publicadas en España.

Son los años de la esperanza: el historiador Manfred Kossok recuerda que “a la cabeza de la RDA pasaron representantes de la resistencia exterior e interior, auténticos antifascistas. Intelectuales, dirigentes y destacados científicos, escritores, filósofos, historiadores exiliados regresaron a la RDA para crear una Alemania nueva […] Realmente ellos representaron una generación única en cuanto a su prestigio y capacidad. Aquellos años fueron de grandes esperanzas…”, rotas, añade, por el crimen de una “casta estalinista”, que abusó “de manera maquiavélica de los ideales de generaciones enteras”. También en la escuela de Brigitte Reimann se da esta experiencia: una “koedukativeSchule” donde los niños y niñas aprenden juntos nuevos materiales como el ruso y los alumnos, entre ellos una cada vez más involucrada Reimann, participan en actividades -redacción de diarios, charlas, obras teatrales- en las que se trata de concienciar en los valores antifascistas y democráticos.

A los 14 años, a la misma edad en la que empieza en esta nueva escuela, Brigitte Reimann enfermará de polio. De la convalecencia obligada heredará dos cosas: una leve cojera, que le acompañará el resto de su vida -y que le hará sentir un cierto complejo de inferioridad, al tiempo que crecía en ella la necesidad de reconocimiento y atención- y la certeza de que la escritura será su oficio y vocación a lo largo de los años. “Algo que da sentido y estructura a su vida”, como se ha escrito en una biografía.

Brigitte Reimann 6En esta etapa de su vida, comenzará a experimentar los primeros sufrimientos, pero también las primeras experiencias gratas, como si nuestra escritora no pudiera evitar la presencia de las buenas y las malas nuevas al mismo tiempo en su vida: a los diecisiete años conoce a su primer amor, Klaus Böhlke, un muchacho de su ciudad: con el describirá el sexo, la pasión, pero también la indiferencia, el odio, el temor a ser utilizada. Se quedará embarazada, pero perderá al niño. Para Reimann la búsqueda del amor será ardua y muchas veces insatisfactoria: se casará cuatro veces -la última, pocos meses antes de su muerte y ya muy avanzado su cáncer, con Rudolf Burgatz, un médico que se convertirá en su cuidador, una presencia generosa y desprendida que tal vez sea el complemento que más se acerque a lo que ella anhelaba toda la vida-. El amor, según se ha escrito, era para ella un vínculo difícil de mantener al deberse a una pasión fugaz, en el que pronto hacen aparición sentimientos de posesión, celos y odio, mientras la amistad -de las que ella conservó muchas y de variados ámbitos- la concibe como una comunión de intereses y valores, sentimientos mucho más perdurables.

Al terminar la escuela secundaria, en 1951, aprueba el examen de ingreso en la Escuela de Teatro de Weimar. Persigue entonces ser directora teatral, pero la nueva República necesita maestros, y busca entre los bachilleres a aquellos que puedan formar parte de este cuerpo de docentes; a esto se le sumará una lesión que tuvo a los pocos meses de iniciar las clases en Weimar, por lo que, tras un curso de pedagogía de dos años, entra a trabajar como maestra en una escuela primaria en su ciudad. Después, lo hará como bibliotecaria y más adelante como periodista.

Los libros de Brigitte Reimann -junto con su diario- reproducirán la ilusión, las tensiones, las expectativas y las amarguras que puede sentir una simpatizante del socialismo que, como dice Ibon Zubiaur, deja en esa simpatía pinceladas de su talante libertario y con cuyas obras ella misma -con motivo del reportaje que escribió para FORUM, la revista de la FDJ, del viaje de la delegación de las juventudes alemanas a la Unión Soviética- trata de “dejar ciertos recaditos en el mantel burocrático de cierta gente”, aunque esto no fue desde luego nada fácil, y menos desde el 11º Plenario del SED (finales de 1965), en el que las vías aperturistas abiertas por entonces en materia cultural se cerraron abruptamente. Así, citando de nuevo a Zubiaur, “cuando la legitimidad de la nueva República se nutría del antifascismo y la ruptura con el pasado nazi, ella escribió historias de amor proscrito durante la guerra [como “Die Frau am Pranger”, que narra la historia de amor prohibido entre la campesina alemana Kathrin y el prisionero de guerra soviético Alexei]. Cuando la “línea Bitterfeld” llamó a los escritores a las fábricas y exigió que reflejaran la vida de los obreros, se trasladó a la ciudad industrial de Hoyerswerda, trabajó con ellos y aportó la mejor “novela de brigada” […] Y cuando la masiva huida de conciudadanos al Oeste amenazaba la existencia de la RDA y sólo pudo ser frenada con la construcción del Muro, puso el dedo en la llaga con un exorcismo personal que le valió el máximo reconocimiento”. Más adelante, seguiría en esta línea, sumando obras singulares en las que están presentes sus rasgos de humanidad, preocupación por lo que sucede a personajes cotidianos -más reales y cercanos que las creaciones de un “realismo socialista” de dudosa eficacia propagandista y formativa para el espíritu del “hombre nuevo”- y empatía. “La denunciante” (que le valdrá el ingreso en la sección juvenil de la Unión de Escritores), “Ankunft im Alltag” (“Llegada a lo cotidiano”, esa excepcional novela de brigada antes referida, que dará además nombre a un tipo de literatura, la Ankunftliterature o “literatura de llegada”) y la esencial “Los hermanos” (que le valdrá el reconocimiento público -entre ellos el premio literario Heinrich Mann, el más importante de la RDA- y que estará basada en su experiencia personal por la huida de Lutz) son algunas de esas obras mencionadas por Zubiaur.

HOYERSWERDA

Brigitte Reimann 3El matrimonio con Günter Domnik, su primer marido, pasará por los mismos altibajos que con su primer novio: al principio Brigitte Reimann creerá haber encontrado a un gran compañero, y esto le reportará tranquilidad, pero al poco comenzarán a surgir los problemas, los celos y las inseguridades. En la creencia de que un hijo podrá salvar la situación, Brigitte se queda embarazada en 1954, pero aborta y sufre a continuación un intento de suicidio. En 1958, con la relación muerta, se divorciará de él, y contraerá matrimonio al año siguiente con su nueva pareja, el también escritor y poeta Sigfried Pitschmann, “Daniel”.

Siguiendo la “vía Bitterfeld”, el camino marcado en el congreso literario de esta ciudad, que reclama a los escritores y artistas que trabajen con los obreros y reflejen en sus obras la vida cotidiana de estos, al mismo tiempo que estimular la creatividad de los mismos, Brigitte y su marido se desplazan a la ciudad industrial de Hoyerswerda, una población de nuevo cuño creada para albergar a los trabajadores del aluminio y de la VEB (Volkseigene Betrieb) Schwarze Pumpe, un combinado industrial que se convertirá en la mayor planta industrial de Europa. En Hoyerswerda, Reimann trabajará en sus dos obras más señeras, la “novela de brigada” “Ankunft im Alltag”, la que, como se ha descrito más arriba, cumplirá mejor los criterios éticos y estéticos de la “vía Bitterfeld” y supondrá una cumbre estilística con respecto a las demás obras de este subgénero, y “Los hermanos”, la primera obra de Reimann traducida al castellano y con la que opondrá la versión de quienes deciden quedarse en la RDA, pese a las dificultades, a la de quienes se marcharon a Alemania Federal. Partiendo de su experiencia personal en el Schwarze Pumpe, Brigitte Reimann cuenta la historia de una mujer trabajadora en una fábrica de vagones de tren de Karl-Marx-Stadt (Chemnitz) que trata de convencer a un hermano, en los años anteriores a la construcción del Muro (en la época en que Berlín era el “desagüe” por el que se colaba la emigración al Oeste) para que permanezca en el país y no tome el camino por el que ya siguió otro hermano anterior. Las dudas sobre la posibilidad de construir el socialismo, la economía de la escasez -con referencias al boicot a las importaciones orientales llevado a cabo por la RFA en aquellos años de Adenauer-, la presencia del burócrata tunante en contraposición al socialista honrado e incluso ingenuo y una RFA reflejada en el escaparate de Berlín Occidental que, a pesar del contraste de su prosperidad, la protagonista siente que no es su mundo, son algunos de los rasgos de una novela que no puede leerse en clave de propaganda, pues son varias las conductas del sistema afeadas en sus párrafos. De ahí que su publicación, en 1963, dos años después de la erección del muro, se vio beneficiada precisamente por el deshielo cultural que siguió a su construcción y en una época previa al giro derechista en materia de política cultural que supuso el 11º Pleno, por el que buena parte de la producción literaria y cinematográfica de ese año no vio la luz.

En Hoyerswerda y al lado de Pitschmann vivirá algo que había echado en falta con su primer marido: además de compañerismo y afecto, un estímulo y apoyo intelectual. Ambos, a pesar de que el paso de los años hará desgastar su relación, conservarán una cordialidad y respeto mutuos. No iban a ser años fáciles: en Hoyerswerda Brigitte Reimann recibirá la primera noticia del tumor que le causaría años más tarde la muerte y allí iban a tener lugar las primeras discusiones consigo misma sobre su monumental obra inacabada, “Franziska Linkerhand”, una novela que podrá leerse tanto como el combate de una mujer en un mundo de hombres -al igual que hizo Brigitte- como un repaso a su propia vida, por los paralelismos que hay entre la vida de la protagonista y la de la propia Reimann.

Brigitte Reimann dejó apuntado en su diario, en julio de 1970, “aunque de ningún modo se han acabado las turbulencias, vuelvo a sentirme curiosa, ávida de registrar novedades, violentamente interesada por la vida […] A veces siento una salvaje exaltación, como si fuera capaz de hacer algo extraordinario. ¿O es que es lo habitual, depresión y despegue en rápida alternancia? Tristeza y entusiasmo, y siempre desmedida, como si aún estuviera en medio de la pubertad”. Para entonces ya se encuentra en un estado muy avanzado de cáncer (fue operada en 1965 en la clínica del doctor Hans Gummel en Berlín-Buch, una autoridad mundial de referencia en cáncer de pecho), pero muestra que no pierde la curiosidad y las ganas de vivir, aun en circunstancias tan adversas. Esa curiosidad le llevará, durante su período en la nueva “ciudad socialista” de Hoyerswerda, a preguntarse por el urbanismo y a decepcionarse por la fealdad de la misma y la escasez de espacios de convivencia más allá de la fábrica. En 1963, el mismo año de la publicación de “Los hermanos”, escribirá “Observaciones sobre una nueva ciudad”, un artículo en el que reclamará dar mayor cancha a la creatividad de los arquitectos y a que en las nuevas ciudades, como en la que vive, y en los nuevos espacios se abran cines, teatros, locales de baile para la gente joven, dejando una interesante reflexión, válida también para la actualidad: “Es un error creer que a una ciudad la hace moderna la ilusión por las comodidades domésticas”.

Del resultado de este interés por el urbanismo y este artículo vendrán dos hechos clave en la futura actividad de Brigitte Reimann: esta crítica del plan urbanístico de la ciudad, que armó gran revuelo, fue recogida por las propias autoridades, incluyendo al propio secretario general del SED y presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht, que conminó a que se atendieran sus propuestas. No sólo eso, sino que su ejemplo de “crítica constructiva” le abrió las puertas de la Comisión de Juventud del SED -como única no miembro del partido- y le llevaría, gracias a la invitación del heterodoxo Kurt Turba, a viajar con una delegación de la FDJ, la organización juvenil, a la Unión Soviética, dejando un reportaje delicioso sobre el mismo, “La verde luz de las estepas”.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

Casa del Profesor y Palacio de Congresos de Berlín, obras de Hermann Henselmann.

El segundo será la amistad y la relación epistolar con el arquitecto de más renombre de la República Democrática Alemana, Hermann Henselmann. Henselmann había diseñado algunos de los edificios más emblemáticos del nuevo Berlín erigido en capital de la RDA. Entre ellos firmó un gran número de los de la Karl-Marx-Alle (Frankurter Tor, Straussbergerplatz, viviendas de la Weberwiese), que hoy día son Monumento Nacional, y más tarde la Casa del Profesor y la Torre de la Televisión (conocida por salir en varios planos del filme “Good bye Lenin!”). El intercambio de cartas entre ambos, recientemente publicado en España, refleja las preocupaciones de Reimann por sacar adelante su futuro proyecto de “Franziska Linkerhand”, del cual su protagonista es una arquitecta, no sólo en aspectos sobre urbanismo y arquitectura, sino también en la necesidad de tener un interlocutor que le estimule y le aconseje, pues tiene en alta estima -también en cuanto a su capacidad de crítica literaria- a Henselmann. La relación con éste, una mezcla apasionada de sentimientos (como apuntará en su diario) que van desde la profunda admiración a la no menos profunda irritación, se consolidará en una confianza franca entre dos personas que, al fin y al cabo, pertenecen a generaciones distintas y discrepan amistosamente.

LA URSS, EL CÁNCER Y “FRANZISKA”

El 3 de julio de 1964, una llamada de teléfono ponía en marcha el que iba a ser el último proyecto literario que sería publicado en vida de Brigitte Reimann. Kurt Turba, responsable de juventud del Comité Central del Partido Socialista Unificado y redactor jefe de la revista FORUM, el órgano de la Juventud Libre Alemana (FDJ), le transmitía el siguiente mensaje: “Haz la maleta, el martes volamos para Siberia. Una delegación del Consejo Central [de la FDJ], tú escribirás. Ni excusas, ni plazo para pensárselo. Ruta: Moscú, Tselinogrado [Kazajistán], Novosibirsk, Irkutsk, Bratsk, Moscú…”

Brigitte Reimann 4Turba había “colado” específicamente a Brigitte Reimann en aquella delegación oficial, llena de funcionarios y burócratas, al viaje a la Unión Soviética de la época de Kruschev, inmersa en la campaña de colonización de tierras vírgenes en Asia Central y Siberia, por un motivo esencial. Reimann era la única no miembro del SED que figuraba en la comisión de Juventud del mismo y tenía ese carácter abierto y audaz que era del agrado de un aperturista que pagaría su osado carácter tras la involución política que siguió a estos años de deshielo: condenado al ostracismo, desde 1966 hasta el fin de la RDA fue apartado a trabajar como simple redactor en la agencia estatal de noticias ADN (Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst o Servicio General Alemán de Informaciones). Ibon Zubiaur, nuestro prologuista y traductor de las obras de Brigitte Reimann aparecidas en España, escribe que “el contraste (y casi la incompatibilidad) entre la indomable autora y el equipo de rancios funcionarios de la nutrida delegación garantizaba suspicacias y algún roce, pero avivó la heterodoxia del informe que buscaba Turba: una contribución externa a la batalla contra el dogmatismo que estaban librando tantos socialistas en aquellos años de ilusión y de deshielo”.

El resultado del trabajo escrito por Brigitte Reimann, además de un informe, fue un reportaje en forma de diario que para el lector supone una auténtica delicia. Publicado por vez primera en la editorial Neues Leben, “La verde luz de las estepas” recoge las impresiones personales de una mujer asombrada por descubrir un país de espacios inabarcables y habitantes generosos y afables, y donde el socialismo es aún una ilusionante utopía construida por jóvenes pioneros que cantan y trabajan en medio de las estepas kazajas o entre las nieves de Siberia -en una carta a Hermann Henselmann escribió “¡Y habría tanto que disfrutar en este país, estar tanto tiempo con sus habitantes estupendos, valientes, adorables! Siberia es, efectivamente, el Nuevo Mundo. El comunismo marcha, y qué seguros están de ello aquí, qué convencidos y contentos…”-. “La verde luz…” es el resultado del trabajo de una Brigitte Reimann curiosa por conocer aspectos humanos de una aventura en la que la URSS puso entonces grandes esperanzas, y que lejos de maravillarse con las grandes cifras sobre producción -toneladas, kilovatios/hora, etc-, decide observar y preguntar a sus participantes directos, dejar unas pinceladas de humor (su escasa habilidad con las armas de fuego, cuando fueron invitados a observar las maniobras de una división del ejército soviético) o contar entrañables anécdotas, como las del legendario ingeniero Alexei Marchuk -particularmente dotado para la música- o la historia de amor del joven matrimonio Ganiulyn. Toda esta pasión vital transmitida a los lectores -quizá influida por uno de los tantos romances que gozó en su vida, más allá de sus matrimonios (uno de ellos, en 1956, con el escritor Max Walter Schultz, le daría pie a escribir la inacabada “Das Mädchen auf des Lotusblume”), y que en este caso tuvo lugar precisamente con Kurt Turba- se resume en  la emocionada frase con que acaba su crónica: “Se me encoge el corazón al pensar que mañana dejaremos este país y, sin embargo, soy feliz de una manera sorprendente, impávida y enamorada de la vida…”

Esta felicidad resultará, sin embargo, muy quebradiza, y en poco tiempo llegarán varias noticias -sobre todo una, la más dolorosa- que frustrarán esas sensaciones. En 1964 se divorciará de Sigfried Pitschmann, quien había dejado Hoyerswerda un tiempo antes al saber que Brigitte Reimann se había enamorado del que sería su tercer marido, Hans Kerschek “John”. Kerschek será el estímulo más brillante y a la vez el crítico más implacable de Reimann, pero a pesar de que ambos están juntos varios años, supondrá un nuevo desengaño para la escritora. La biografía de este personaje es bastante poco clara: se ha especulado con que fue un agente de la Stasi al que se le ubicó especialmente en el círculo íntimo de Reimann -una táctica frecuente, como sucedió en el caso de la asistenta de Stefan Heym y su mujer o de la propia esposa del actor Ulrich Mühe, conocido por su papel del capitán Wiesler en “La vida de los otros”– para frustrar su matrimonio con Pitschmann, aunque tal hipótesis queda descartada. Al mudarse Brigitte a Neubrandenburg, “John” abandonaría a la autora y acabaría suicidándose poco después.

En marzo de 1968, sería sometida a una primera operación en Berlín con motivo del cáncer, en la que le tuvieron que amputar un pecho. La enfermedad, que irá extendiéndose a lo largo de los siguientes años. El deterioro físico y el cansancio que le sobreviene al poco de iniciar una actividad supondrán un severo lastre para ella a la hora de escribir, en especial a la hora de trabajar en la que será su monumental e inacabada obra póstuma, “Franziska Linkerhand”. Escribirá a Henselmann “este mal cáncer tiene efectos muy distintos a los anunciados, para los que, al fin y al cabo, estaba preparada. A lo que no estaba preparada: los sueños espantosos cada noche, la angustia mortal que ya no me abandona, la sensación de vida provisional, la falta de ganas, o de capacidad, para hacer planes más allá de pasado mañana o, como mucho, la semana próxima…”. Pese a ello, y a lo duro que resultará para ella escribir a máquina -su propia escritura a mano le resultará indescifrable-, proseguirá tenazmente -alternando la depresión con las ganas de vivir- ese trabajo de perfilar personajes, de recabar información técnica sobre urbanismo y arquitectura y de ir trazando los capítulos de “Franziska”, dejando una novela muy elogiada en la RDA y en la Alemania reunificada.

Esta novela, que será para Reimann una razón para vivir en medio de la enfermedad, supone para ella una recapitulación de su propia experiencia vital, a través de las vivencias de su protagonista, Franziska, una joven arquitecta que trabaja en la oficina de urbanismo municipal de una “ciudad socialista” del tipo de Hoyerswerda y que tiene que enfrentarse con las dificultades y trabas impuestas por una burocracia y unas autoridades sobre las que Brigitte lanza una acerba crítica –“he decidido escribir sin censura, sin pensar en las consecuencias, así como mi propia verdad”, dirá- por ser los creadores de tantas desilusiones sufridas por quienes han creído y aún creen en el socialismo. Los intercambios epistolares y de obras especializadas con su amigo y maestro Hermann Henselmann -en quien ella se fijó para el papel de Reger, el propio mentor de Franziska Linkerhand- serán esenciales para la escritora. La obra representa una crítica de las circunstancias en que ha de desarrollarse el arte (la arquitectura en este caso, pero en general todas las demás disciplinas) en un país donde los caprichos de la dirección política y la espada de Damocles que pende sobre los artistas, por alejarse de las corrientes propugnadas por el partido, facilita la creación de lo que la propia autora calificará de un arte “carente de afecto”. Hermann Henselmann, con quien tanto se ha carteado Brigitte en los años previos y a quien ella ha ido confiando aspectos del proceso creativo, dirá al leer la obra en un homenaje en el periódico Die Weltbühne “es un libro grandioso, emocionante, sincero y por momentos también incómodo, precisamente porque tiene sus raíces en nuestro mundo de experiencias socialistas. En el fondo nos golpea y nos cuestiona a cada uno de nosotros, para lo cual el estetoscopio de la escritora, comprometida y apasionada, ausculta en todo lo realizado y lo que queda aún por realizarse, buscando también en ello los latidos del corazón”.

Brigitte Reimann 5Pero es además un diálogo de Brigitte Reimann consigo misma, donde expone y examina varios episodios de su vida: su juventud en la Alemania Oriental de posguerra, su primer amor tormentoso con Günter Domnick -historia que también vivirá la propia protagonista de la novela-, la presencia de la familia, incluyendo aquel hermano mayor de Brigitte emigrado al Oeste y la búsqueda del Compañero, del Amante, pese a los desengaños amorosos vividos. La novela, que se espera de pronta aparición en España, fue publicada póstumamente en 1974 en Neues Leben, con varios cortes hábilmente realizados para que pudiera pasar la censura. Walter Lewerenz, lector de Neues Leben y amigo de Brigitte Reimann, se encargó de realizar tal tarea, no exenta de desencuentros con la propia autora, a fin de que los cortes efectuados no empañaran el conjunto de una obra que es considerada una de las cumbres de la narrativa contemporánea alemana.

Sometida a una segunda operación en marzo de 1971 en Berlín, en la clínica de Gummel, en mayo se casará con Rudolf Burgatz- Brigitte se ha divorciado el año anterior de Hans Kerschek-. La esposa de Henselmann, Irene, se referirá al cuarto marido de la escritora en términos muy elogiosos –“le impulsaba un profundo humanismo, quería aliviarte el resto de tu vida cuidándote como pudiese y utilizando en tu favor sus posibilidades como médico ¡Una escritora mortalmente enferma y llena de dolores, con sus salvajes veleidades y desesperados arrebatos, no es sin duda una esposa fácil! Llegué a la conclusión de que él debía poseer grandes cualidades humanas.”– Aún ella ha tenido tiempo de escribir un artículo en homenaje al profesor Henselmann en Sonntag, con motivo de su 65º cumpleaños y la recepción del doctorado “honoris causa” por la Universidad de Weimar y la Orden del Mérito Patriótico. Poco después, se sucederán los ingresos, la quimioterapia y la radioterapia, hasta que tenga que permanecer hospitalizada desde el 18 de agosto de 1972. La Navidad de 1972 podrá pasarla aún en su casa de Neubrandenburg. El 20 de febrero de 1973, cinco meses antes de cumplir los cuarenta, fallecía en la capital de la RDA.

Atractiva, seductora, inconformista, bebedora, fumadora empedernida, crítica, autocrítica, audaz, brillante, frágil, vitalista… son algunos de los calificativos a los que responde Brigitte Reimann. Una mujer fascinante que nos dejó muy pronto, pero que a pesar de ello legó un conjunto apreciable de obras que disfrutar, como esa vida a la que tanto amó.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

Monumento a Brigitte Reimann en Hoyerswerda.

FUENTES:

Brigitte Reimann, “Los hermanos”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Bartleby Ediciones, 2008.

Brigitte Reimann, “La verde luz de las estepas”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2015.

Brigitte Reimann-Herman Henselmann, “En la ciudad del mañana. Correspondencia”, traducción y prólogo de Ibon Zubiaur. Madrid, Errata Naturae, 2013.

“Escribir inflexible Brigitte Reimann”, 15 de octubre 2014,

en http://www.oeuvresouvertes.net/spip.php?article2565

Brigitte Reimann, en

http://biografieonline.it/biografia.htm?BioID=1551&biografia=Brigitte+Reimann

Brigitte Reimann, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Max Hodann y la atención psiquiátrica en las Brigadas Internacionales

Retrato de Max Hodann

Retrato de Max Hodann

En 1974, un novelista sueco visita España. Está trabajando en una novela sobre los antifascistas que se lanzaron a combatir a la Alemania nazi y a la Italia mussoliniana en las diferentes resistencias que tuvieron lugar en los años treinta y cuarenta: las Brigadas Internacionales, la Resistencia francesa, los partisanos italianos… Peter Weiss, que así se llama, anda escribiendo su monumental “La estética de la resistencia” y está siguiendo, junto al español Francisco J. Uriz, el rastro de un psiquiatra y sexólogo socialista alemán, exiliado luego en Suecia, que dirigió el hospital de la Cueva de la Tía Potita, el centro psiquiátrico de las BI en la localidad de Cuasiermas, a orillas del río Júcar, en Albacete. Este para su tiempo avanzado médico responde al nombre de Max Hodann y su historia, así como sus posturas en sus ámbitos de estudio, merece la pena ser contadas.

Hodann (1894-1946) contaba con una sólida reputación como psicoanalista y -a la par que controvertido-sexólogo en la Alemania de Weimar. De hecho, sus posturas en temas como la homosexualidad o la masturbación iban a ser más avanzadas incluso que las del filósofo británico Bertrand Russell, coétaneo suyo, y se adelantaban a las desarrolladas en los 40-50 por el profesor norteamericano Kingsey. Natural de Neisse (Alta Silesia, hoy Polonia), pronto se mudó a Berlín y Austria con su familia para regresar a la capital germana. En Alemania formó parte del Movimiento Juvenil Alemán antes de que éste cayera en manos de los nacionalsocialistas, y se graduó en la Universidad de Berlín como médico en 1919, tras un breve paréntesis en que participó como combatiente en la Primera Guerra Mundial.

Comenzó a ejercer como médico en el distrito berlinés de Reinickendorf, tras lo que comenzó sus estudios sobre sexualidad, trabajando para el Instituto Magnus Hirschfeld, la Asociación de Psiquiatras Socialistas o la Liga Nacional para el Control de la Natalidad y la Higiene Sexual en temas como la eugenesia, el control de natalidad o la prevención de enfermedades venéreas, ofreciendo charlas públicas y escribiendo obras sobre sexualidad, varias de ellas temporalmente prohibidas. Detenido por el nuevo gobierno nazi en 1933, se exilia en Gran Bretaña, Noruega y Suecia, país de nacionalidad de su esposa, la reportera Lise Lindbæk -con quien posteriormente se desplazará a España- donde, ante la imposibilidad de poder proseguir con su labor científica, es ayudado económicamente por las organizaciones obreras, publicando artículos para sus periódicos. En 1937, acude a España a luchar con la República, donde ejercerá como médico militar con el grado de teniente en las Brigadas Internacionales. Aquí comienza la historia de Hodann como psiquiatra en Albacete, en la finca de la Cueva de la Tía Potita.

LA SANIDAD Y LA REPÚBLICA: UNA REFORMA DE GRAN CALADO

Pero antes de proseguir, hagamos un inciso. Creo que es importante conocer que la sanidad española, antes de la guerra, y la propia práctica psiquiátrica, experimentaron un avance considerable, sólo repetido y superado en fechas relativamente recientes de nuestra historia, con la reclamación (o la necesidad) de que España se equiparase a los “Estados del bienestar” de nuestro entorno.

Una de los aspectos más desconocidos de la política republicana y del proyecto reformista que se inauguraba con el nuevo régimen instaurado el 14 de abril de 1931 es el relativo a la sanidad. En la década de los años 1930, sólo existía en un país un sistema nacional de salud tal y como los conocemos en la actualidad en los antes mencionados “Estados del bienestar” (desgraciadamente con un bienestar cada vez menor): la Unión Soviética, que lo había establecido en 1919. Se habían hecho avances en un sentido universalizador de la sanidad, con la creación de sistemas de seguridad social, en países como Alemania o, como parte de la política del “New Deal” del presidente Roosevelt, en los Estados Unidos tras la victoria electoral de aquel en 1936, con la puesta en marcha de los planes Medicare o Medicaid. Como describe el profesor Huertas, aún existiendo esa limitación (tanto teórica como práctica) que hacía que en la España republicana no se llevara a cabo un plan para crear un sistema nacional de salud como el implementado en la Rusia soviética, “y que conceptos como el de la universalización de la cobertura eran impensables para nuestros teóricos de la Sanidad Pública de los años treinta, es preciso valorar el empeño de hacer “público”, con todas sus consecuencias, un ejercicio profesional que hasta entonces se había desarrollado exclusivamente desde principios liberales.”

La constitución de 1931 establecía en su artículo 43, párrafo 6º, que “el Estado prestará asistencia sanitaria a los enfermos y ancianos”. La República, más allá de esta afirmación un tanto genérica, y esta concepción curativa del sistema sanitario, puso manos a la obra para que fuera una realidad la asistencia sanitaria por parte del Estado a sus ciudadanos y llevarla más lejos, integrando las políticas de prevención e higiene en el sistema sanitario español. No dejará de ser llamativo que Pedro Sainz Rodríguez, futuro jerarca del “Nuevo Estado” franquista, declare que entre las políticas nefastas de la República que justificarían para él el alzamiento militar estaba el que “los hospitales pasaban a depender del Estado”.

Imagen3Antes de que Sanidad formara un ministerio aparte (lo haría en plena guerra, con Federica Montseny a la cabeza, para integrarse después con Instrucción Pública en un ministerio conjunto, bajo la dirección primero del comunista Jesús Hernández y del cenetista Segundo Blanco hasta el final del conflicto), estaba integrada en el Ministerio de Gobernación y luego en el de Trabajo, como una Dirección General. Se cumple aquí la tesis que José Martínez Pérez refirió en su Introducción a “La sanidad en las Brigadas Internacionales” sobre uno de los aspectos en que la guerra influye en los avances sanitarios: la creación de ministerios de Sanidad. Marcelino Pascua, futuro embajador de la República en Moscú -el primer embajador de España en la URSS- y París y respetado epidemiólogo vallisoletano, fue nombrado en 1931 director general de Sanidad. Bajo su influjo, se llevaron a cabo varias medidas reorganizativas de la Dirección, como la dotación de una Secretaría Técnica similar a la de un ministerio, o la del Consejo Nacional de Sanidad, con la incorporación de figuras destacadas como Gregorio Marañón, José Sánchez Covisa, Luis Sayé o Manuel Martín Salazar. Además, se comenzó con una amplia renovación de la práctica profesional, mediante la creación o renovación del funcionamiento de departamentos como el de Higiene Rural, el Consejo Superior Psiquiátrico -uno de las más importantes contribuciones de la sanidad republicana fue la renovación sobre bases más humanitarias y científicas del tratamiento a los enfermos mentales y la práctica profesional en los manicomios-, las Secciones de Ingeniería y Arquitectura Sanitaria, de Higiene Infantil, la Sección de Higiene de la Alimentación o la de Higiene Social y Propaganda, o la formación de nuevos profesionales, en particular personal subalterno y enfermeras (para lo que fue creada la Escuela Nacional de Enfermeras Visitadoras). La importancia de la difusión y la formación sobre la higiene resulta fundamental para el nuevo enfoque preventivista que se quiere dar a la sanidad española.

Foto del doctor Marcelino Pascua, primer director general de Sanidad de la II República

Foto del doctor Marcelino Pascua, primer director general de Sanidad de la II República

Los esfuerzos de Pascua iban encaminados hacia la creación de un sistema público de salud. Él mismo se refirió a ello de la siguiente forma: “he de seguir fielmente mi ruta prosiguiendo en mi tarea de organizar sólidamente sobre bases científicas la sanidad en el medio rural […] hasta que la higiene pública y la medicina preventiva en el campo español sea una novedad tangible sobre una base de nacionalización.” Abordó también el tema del seguro médico, afirmando que “España no entrará en una reorganización sanitaria, muy particularmente en su aspecto de medicina curativa de gran fuste y escala, hasta que no se implante el seguro de enfermedad”. Durante toda la etapa de la República, la creación de centros de higiene rural, tanto primarios (municipales) como secundarios (comarcales), así como dispensarios (conocidos hoy como ambulatorios, entre ellos los dispensarios móviles de higiene infantil de Burgos, Soria, Segovia y Teruel) y hospitales, incluidos los modernos hospitales antituberculosos de Barcelona y Porta Celli, Valencia, fue una constante en toda la etapa republicana. En breve tiempo, como escribe Mirta Núñez, “la asistencia sanitaria a los enfermos se había extendido a los sectores de población más humildes y los avances logrados en este campo comenzaron a llegar a pie de calle”. Además, la extensión de los seguros sociales a los trabajadores agrícolas o la creación del seguro de maternidad, así como las políticas del Instituto Nacional de Previsión (hoy Instituto Nacional de la Seguridad Social) dependiente del ministerio de Trabajo, marcaban una convergencia del sistema de seguros laborales con la asistencia sanitaria pública, que era la propugnada por Pascua. En este sentido, escribe Huertas, “la República marcó una política de previsión social tendente a la unificación de los seguros sociales obligatorios y que las teorizaciones y debates sobre la posible coordinación entre la Sanidad Nacional y el futuro Seguro de Enfermedad fueron frecuentes en el seno del Instituto Nacional de Previsión desde épocas bien tempranas”.

Imagen2Una aproximación al esfuerzo realizado durante los años del nuevo régimen en política sanitaria lo ofrecen las cifras del presupuesto manejado por la Dirección General de Sanidad: entre 1920 y 1930 las cifras oscilan entre los 6,619 y los 10,326 millones de pesetas. En 1931, la cifra es de 9,990 millones. En 1932 aumenta hasta los 15,582; en 1933 -año en que Pascua dimite de su puesto- ya es de 31,432 millones.

En 1934 se promulgan la Ley de Bases de Régimen Sanitario y la Ley de Coordinación Sanitaria, que suponen dos hitos del sistema sanitario republicano. La primera coordinaba los centros de higiene rural primarios y secundarios de cada provincia en una red (Mancomunidad de municipios) a fin de aprovechar mejor los recursos y la facilitar la coordinación de servicios a nivel interior y con el Estado central. La de Coordinación Sanitaria, la primera ley en este sentido que se promulgaba en ochenta años -la última databa de 1855- establecía la integración y coordinación de los diferentes profesionales, en especial los médicos titulares, en los servicios sanitarios para una mejor labor de estos. En palabras de Mirta Núñez, “el médico, encastillado, al que se le rendía pleitesía, era algo que empezó a romperse en los sectores profesionales republicanos. “Se quería mostrar que eran parte de una maquinaria en la que todas las piezas eran importantes para el funcionamiento”. Esta norma se complementó en 1936, con el nuevo gobierno del Frente Popular, con la promulgación de la Orden Ministerial del 13 de febrero de 1936, dispone la reorganización de los Centros secundarios y primarios de Higiene Rural, en los que se persigue una mayor eficacia organizativa, sobre todo en lo que respecta a la coordinación de estos centros con los servicios de especial atención sanitaria -por problemas sanitarios como paludismo, tracoma o venéreo- que son atendidos por el Estado.

11f5Para Huertas, “la concepción de los servicios sanitarios en el medio rural experimentó, durante la República, un avance teórico y práctico considerable que, a pesar de sus contradicciones, se tradujo en el intento de dotar a la sanidad pública de un principio de equidad, poniéndola al alcance de todos los ciudadanos del Estado español, y de una infraestructura con la que poder satisfacer las necesidades de salud de la población tanto en el plano curativo como profiláctico.” Durante la guerra, esta tendencia, lejos de paralizarse o disminuir, aumentará. Se acentuarán las políticas tendentes a la creación de un Sistema Nacional Público de Salud, con elementos tan característicos de éste como la gratuidad, la promoción de la salud y la universalización. Encontraremos así documentos del Frente Popular que nos hablan de que es función esencial del Estado “la misión de velar por el mantenimiento de la Salud Pública” y que aquel “cuidará de que cada hombre o mujer del pueblo permanezcan sanos y sean debidamente tratados si caen enfermos”. Esta concepción universalizadora es, sin duda, adelantada a su tiempo en el contexto europeo, donde los “estados del bienestar” del Oeste y los “estados socialistas” del Este -con la incorporación del modelo sanitario soviético- aún no habían tenido su irrupción (el modelo de seguridad social británico, por ejemplo, surge en la posguerra de la SGM). Los servicios sanitarios se ampliarán, incluyendo la controvertida interrupción artificial del embarazo en los hospitales de Cataluña en la Navidad de 1936 y, ya en 1937, en todo el territorio de la República con la promulgación de la ley de Federica Montseny. De este modo, en 1937 había mil camas más en zona republicana que en todo el conjunto de España un año antes, así como se contaba el mismo número de centros asistenciales para niños. En ese mismo año, el calendario de vacunación había incorporado la vacuna obligatoria de la viruela, la difteria y el tifus. En estos avances no puede olvidarse, por supuesto, la generosa ayuda de organismos internacionales como el Comité Americano de Ayuda a la España Democrática, las organizaciones escandinavas que pusieron en marcha el Hospital de Alcoy (Alicante) y otras muchas.

El Hospital Sueco-Noruego de Alcoy (Alicante), inaugurado y puesto en marcha gracias a la solidaridad de las organizaciones obreras y políticas progresistas de estos dos países escandinavos

El Hospital Sueco-Noruego de Alcoy (Alicante), inaugurado y puesto en marcha gracias a la solidaridad de las organizaciones obreras y políticas progresistas de estos dos países escandinavos

A pesar de que el camino hacia la universalización de la sanidad en la época republicana no fue completo ni estuvo exento de propuestas que se quedaron en muchos casos sobre el papel, sin llegar a concretarse, así como de las reticencias de profesionales que veían amenazado su estatus, los avances en política sanitaria y salud pública de estos años fueron bastante importantes como para que hayan quedado tan ignorados, sobre todo por aquellos que, en el futuro, creyeron ser los inventores o artífices del Sistema Nacional de Salud, “olvidando” lo que se hizo por generaciones y democracias anteriormente existentes en España.

LA REFORMA DE LA PRÁCTICA Y LA ATENCIÓN PSIQUIÁTRICA

Como se ha dicho anteriormente, la llegada de la Segunda República supuso asimismo una nueva concepción de la práctica psiquiátrica en los establecimientos del Estado, basado en principios humanizadores, concibiéndose de este modo una reforma de la que se ha dicho “llegó a modificar de manera ostensible la obsoleta legislación decimonónica y sentó las bases para una transformación en profundidad del viejo modelo custodial”.

Justo es decir que no se trataba del único antecedente de reforma de la asistencia, el tratamiento y la custodia de los enfermos mentales que se encuentra en el primer tercio del siglo XX. Las teorizaciones sobre estos asuntos fueron amplias y variadas a lo largo de las décadas de 1910 y 1920, debidas sobre todo a la crisis que empieza a surgir como consecuencia de un modelo asilar público muy deficiente y deshumanizado, convertidos poco menos, según explica Rafael Huertas “en espacios de reclusión de indigentes y no en instituciones terapéuticas reales” y de unas instituciones privadas que, si bien producen la mayor parte de los expertos científicos de aquellos años, comienzan a entrar en decadencia por el interés lucrativo-mercantil y por las premisas científicas de las que parten (el tratamiento moral), cuyos resultados en el proceso de mejora del paciente comienzan a ponerse en entredicho.

Imagen9En estos años comienza a difundirse en España las teorías de, entre otros, Freud y Lacan, así como las enseñanzas de médicos y docentes patrios como Simarro y Cajal. La ciencia médica psiquiátrica española sufre un repunte con la aparición de profesionales jóvenes con nuevos enfoques como Emili Mira i López, Francesc Tosquelles, Gonzalo Rodríguez Lafora o José Mª Sacristán, que formarán parte de la nueva generación protagonista de las reformas y las nuevas prácticas psiquiátricas.

Como antecedente inmediato de la reforma republicana, nos encontramos con la de la Mancomunitat de Cataluña (1914-1924), el organismo de gobierno regional semiautónomo instituido en los años de la monarquía alfonsina. Las propuestas de la Mancomunitat, estudiadas por el profesor Josep Mª Comelles, fueron cortadas de raíz al mismo tiempo que la propia administración bajo la que desarrollaban, debido al golpe militar de Primo de Rivera. Sus reformas asistenciales y el compromiso adquirido por los profesionales catalanes, sin embargo, no caerían en saco roto.

Ante la falta de sensibilidad social y política ante un problema, el de la situación de los manicomios, convertidos poco menos que en centros de reclusión, y la escasa actividad científica que se desarrolla en ellos para encontrar vías de cura y reinserción del paciente, la inquieta sociedad civil y los sectores profesionales de los años veinte toman el testigo de la iniciativa pública. La Liga de Higiene Mental o la Asociación Española de Neuropsiquiatría entran en contacto con movimiento internacionales de similar índole e instan al Estado a “ocuparse de un modo inmediato de la asistencia a sus enfermos mentales”, así como inciden en la necesidad de ocuparse de cuestiones anexas al tratamiento de las enfermedades mentales, como la profilaxis (prevención), la eugenesia o la psiquiatría aplicada a la enseñanza. Será con estas premisas con las que la llegada de la República se propondrá marcar una frontera en la práctica psiquiátrica española. Según explican Huertas y Ricardo Campos, los psiquiatras “encontraron, por primera vez, en la II República una administración interesada en resolver los problemas de la asistencia psiquiátrica y en hacerles partícipes de las reformas emprendidas, así como de las gestión de las nuevas instituciones que se crearon”.

Uno de los primeros problemas a que se dio cabida en el periodo republicano fue el de los llamados “servicios libres” o “de puertas abiertas”, basado en las experiencias del “open door” escocés y del hospital Henri Rouselle parisino. Desde finales del siglo XIX regía en España Real Decreto de mayo de 1885, que no admitía ni la reclusión voluntaria, ni a instancia de parte, con el beneplácito del interesado, en un establecimiento psiquiátrico. Prácticamente esto convertía a los manicomios poco menos que en cárceles, y dejaba abierta la posibilidad a que hubiera múltiples casos de enfermos mentales fuera de estos establecimientos por factores sociales o personales diversos. De este modo, los llamados servicios libres son entendidos como organismos receptivos a los que acudir en momentos de necesidad y siempre para evitar la reclusión en el manicomio. Los servicios libres permiten el diagnóstico precoz y “tratando de manera ambulatoria o mediante hospitalización breve”, insistiendo en la viabilidad de que muchos pacientes puedan ser tratados fuera de los manicomios a los que, de otro modo, tenían que acudir por fuerza. Comienzan a organizarse así los Dispensarios de Higiene Mental, a semejanza de los Dispensarios antituberculosos, anticancerosos o antivenéreos, que tratan a los enfermos con vistas a prestar una atención preventiva y previa a cualquier ingreso prolongado en instituciones de reclusión, y en coordinación con instituciones de asistencia social. La triada servicios libres-dispensarios-asistencia social (y, en el caso extremo, el establecimiento manicomial) se concibe como un servicio coordinado destinado a la prevención, el tratamiento y el seguimiento posterior del enfermo una vez éste ha sido dado de alta. El primer Dispensario de Higiene Mental, inaugurado como centro piloto, se abrió en Madrid, y los diferentes centros de esta índole fueron complementados en su función con la creación, en 1932 (Orden de 16 de abril), del Patronato de Asistencia Social Psiquiátrica (cuya misión, se especificaba, era la de cuya misión “el estudio de los procesos iniciales, el tratamiento ambulatorio de los casos leves y las curas de reposo en servicio abierto en los enfermos neuróticos pobres”).

Creados por decreto de 3 de julio de 1931, los Dispensarios de Higiene Mental serían un primer paso en la reforma de la práctica psiquiátrica. El mismo decreto trata de sobrepasar las trabas establecidas en la legislación anterior (RD de 1885), estableciendo que los ingresos puedan realizarse tanto por voluntad propia como por indicación médica o por orden gubernativa o judicial (como ahora en sentencias en que el acusado es sentenciado a reclusión en un sanatorio), al igual que se regulan las diversas formas del alta, los permisos temporales y las formalidades del reingreso. Asimismo, en el decreto de Rodríguez Lafora, responsable en la Dirección General de Sanidad del área psiquiátrica, se establece un nuevo régimen de internamiento en los centros psiquiátricos:

“Todo establecimiento psiquiátrico público urbano, deberá, a ser posible, tener un carácter ‘mixto’ con un servicio ‘abierto’ y otro ‘cerrado’.

  1. a) Se entiende por ‘servicio abierto’ el dedicado a la existencia de los enfermos neurósicos o psíquicos que ingresen voluntariamente, con arreglo al articulo 9º del presente Decreto, y de los enfermos psíquicos ingresados por indicación médica, previas las formalidades que señala el artículo 10º, y que no presenten manifestaciones antisociales o signos de peligrosidad.
  2. b) Se entiende por ‘servicio cerrado’ el dedicado a la asistencia de los enfermos ingresados contra su voluntad por indicación médica, o de orden gubernativa o judicial, en estado de peligrosidad o con manifestaciones antisociales.

En casos especiales, el ministerio de Gobernación, previo informe de la Dirección General de Sanidad, podrá autorizar el funcionamiento de Clínicas y Hospitales psiquiátricos oficiales, emplazados en centros urbanos con un carácter exclusivamente ‘abierto’; es decir, no sujetos a la legislación especial para la asistencia del enfermo psíquico, sino al Reglamento general de asistencia hospitalaria”

El decreto suponía un salto cualitativo en lo que respecta a la regulación de los ingresos y salidas de los enfermos de los establecimientos psiquiátricos, así como un giro en la asistencia a aquellos, que pasaba no tanto ya por el internamiento sino por la prevención y el tratamiento ambulatorios. Con posterioridad, se irá creando toda una red de coordinación, una estructura técnico-administrativa, que será la encargada de llevar a cabo las actuaciones psiquiátricas en los establecimientos dependientes de la Dirección General de Sanidad. El Consejo Superior Psiquiátrico (órgano asesor, inspector y de planificación) y la Sección Central de Psiquiatría e Higiene Mental, con secciones provinciales, con funciones ejecutivas, serán los dos pilares de esta estructura. Asimismo, el decreto creaba (artículo 5º) en aquellas provincias que contaran con hospital psiquiátrico fuera de los centros urbanos un servicio ambulatorio en las capitales, con funcionamiento al menos tres veces por semana. Su objetivo, muy probablemente, era el de facilitar el seguimiento de los enfermos dados de alta.

El Proyecto de Ley de Organización de la Asistencia Psiquiátrica Nacional suponía la culminación de la labor organizativa y asistencial de toda esta red. En él se regula la existencia de tres grupos de enfermos y los establecimientos en los que se han de tratar en función de sus circunstancias: los sometidos a tratamiento ambulatorio en los dispensarios de higiene mental; los sometidos a tratamiento activo en los hospitales psiquiátricos y los pacientes crónicos tratados en las colonias agrícolas psiquiátricas. Asimismo, se encomienda a los hospitales provinciales, mediante una prevista creación en cada uno de ellos de un dispensario de Higiene Mental -y por tanto, una sustancial ampliación de la red- el diagnóstico y tratamiento precoces, la distribución hospitalaria y la vigilancia y asistencia post-manicomial y la divulgación de la prevención y la higiene mental. El proyecto de ley, sin embargo, no pudo pasar ciertamente más que de eso: el ministro de Trabajo, Sanidad y Previsión, el radical Federico Salmón, lo presentó a las Cortes para su aprobación el 31 de mayo de 1935 y la Comisión de Sanidad dio su conformidad al mismo el 15 de noviembre de ese mismo año, cuando apenas quedaba un mes para la disolución de la cámara y la convocatoria de las elecciones de febrero del año siguiente que daría el triunfo al Frente Popular. Aun cuando el nuevo gobierno mantuviera sin alteraciones la ley aprobada y su reglamento (a falta de nueva información, suponemos que tal aconteció), la sublevación militar de julio y la guerra civil subsiguiente hicieron que las reformas en psiquiatría de la etapa republicana no tuvieran continuidad una vez terminada la contienda.

Si bien es cierto se debe reconocer que hubo limitaciones en la mencionada reforma -quedó sobre la mesa la reivindicación, propuesta en la V Asamblea de la Liga Nacional de Higiene Mental, celebrada en Granada en 1932, de nacionalizar los establecimientos psiquiátricos, algo que los impedimentos técnicos y financieros del Estado hacían inviable a corto plazo-, podemos concluir que las reformas psiquiátricas de la época, procedentes del ambiente de avance que se respiraba entre los expertos y de experiencias anteriores como la de la Mancomunitat, supusieron un renovado espíritu en la práctica de la psiquiatría en España: la regulación de los ingresos y las salidas de los enfermos de los establecimientos psiquiátricos, rompiendo el carácter aislacionista y carcelario que hasta entonces habían tenido los manicomios; incidir mediante la propaganda y la atención previa -al igual que se estaba desarrollando en otros aspectos de la reforma sanitaria republicana- en la prevención y la higiene mental; la aparición de nuevos organismos de coordinación, investigación y difusión y fiscalización (Consejo Superior Psiquiátrico, Liga de Higiene Mental); y un nuevo modelo asistencial basado en la interacción de instituciones (el dispensario, los asilos-colonia, los hospitales…) que sustituía a anterior la hegemonía del manicomio como centro exclusivo para la atención de las enfermedades mentales.

SANIDAD Y PSIQUIATRÍA EN LAS BRIGADAS INTERNACIONALES: EL ENTORNO DE MAX HODANN EN ESPAÑA

Las Brigadas Internacionales estuvieron dotadas de autonomía hasta 1937, cuando el ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto estableció su integración en el Ejército Popular de la República. Esto afectó, asimismo, a sus propios servicios sanitarios, que desde París -la propia sede de reclutamiento- y a través de la Central Sanitaria Internacional enviaba ayuda a combatientes y civiles (aunque no toda la ayuda pasaba por París, tales fueron los casos de los equipos médicos de la Cruz Roja, el Comité Sueco-Noruego o el Comité Americano del doctor Barsky) y organizaba asimismo los envíos de medicinas, personal y equipos a los centros de las Brigadas.

El Hotel Voramar de Benicassim fue una de las instalaciones utilizadas (junto a las villas de recreo de las clases acomodadas) del centro hospitalario de las BI en esta localidad castellonense.

El Hotel Voramar de Benicassim fue una de las instalaciones utilizadas (junto a las villas de recreo de las clases acomodadas) del centro hospitalario de las BI en esta localidad castellonense.

Las Brigadas Internacionales, que al principio contaron con escasos medios para poder organizar sus propios servicios médicos y tuvieron que hacer frente a dificultades muy serias (como por ejemplo la atención inmediata a los heridos en centros cercanos al frente, inexistente, que generaba una elevada mortalidad debido a los desplazamientos) fueron poco a poco organizando un servicio sanitario eficaz, que contó tanto con unidades móviles y centros en un frente cambiante como en la retaguardia, especialmente en la costa levantina, destacando entre estos últimos los de Hellín, Denia, Valls y por supuesto Benicássim, el Hospital por antonomasia de las Brigadas Internacionales, el centro más conocido por su especial ubicación para las convalecencias de los heridos y por el que más combatientes extranjeros pasaron. El auxilio de estos hospitales no se limitó solamente a la tropa, sino que también realizaron labores sanitarias para las poblaciones en las que se ubicaban. En los centros trabajó tanto personal internacional como español, desde cirujanos hasta enfermeras, algunas de ellas capacitadas en cursos de urgencia en los hospitales provinciales y en el duro trabajo diario.

GCE_1276_Bardasano_215Asimismo, no se descuidaba en la sanidad brigadista un aspecto tan importante como el de la prevención y la higiene: las normas y recomendaciones se recordaban recurriendo al cartelismo (que experimentó, a nivel general, una auténtica revolución de la mano de artistas plásticos como Renau, los hermanos Ballester, Bardasano, Juana Francisca o Fontseré) y a las numerosas publicaciones de las BI, entre ellas la plurilingüe La Voz de la Sanidad o los periódicos y revistas específicos de las diferentes brigadas, publicados en su lengua respectiva: Adelante la XIII, Il Garibaldino, Our Fight… Entre los mensajes que se lanzaban, se hacía hincapié en la necesidad de protegerse de las inclemencias del tiempo, tanto en invierno como en verano, estación en la que existían focos de epidemias -como el tifus- para los que se llamaba también a la vacunación (no olvidemos que dos de las batallas más importantes para el ejército republicano y las Brigadas, Teruel y Brunete, se desarrollaron en medio de temperaturas extremas, de veinte bajo cero y cuarenta y cinco grados centígrados, respectivamente); de evitar los excesos del alcohol y de protegerse contra las enfermedades venéreas.

REP29Es igualmente reseñable que la sanidad interbrigadista incorporó novedades y técnicas que hasta entonces no se habían conocido o tuvieron que ponerse en marcha por primera vez en la práctica: los autos quirúrgicos (conocidos como Auto-Chirs), que incorporaban material para poder realizar intervenciones inmediatas, la sangre conservada de Durán Jordá y la técnica de cura cerrada de heridas de Orrh y desarrollada en la guerra civil -y luego en la S.G.M.- por el doctor Trueta fueron avances que tuvieron lugar en el seno de la sanidad militar republicana y de las Brigadas, fruto algunos de ellos, precisamente, del contexto bélico, tal y como el doctor José Mª Massons (testigo y partícipe en aquel ambiente) menciona: “lo que es verdad en la vida civil no lo es en época de guerra”.

Muchos de los médicos militares, auxiliares y enfermeras de las BI prosiguieron sus carreras en sus respectivos países tras años de exilio después de la Segunda Guerra Mundial, y algunos de ellos siguieron enfrascados en causas de solidaridad obrera y antifascista internacional: Edith Kent y el médico Norman Bethune, entre otros, acudieron, tras abandonar España, a prestar sus servicios médicos a China, que luchaba contra la invasión japonesa. La enfermera británica Ángela Haden Guest prosiguió sus estudios de medicina en los Estados Unidos. Féderico Durán Jordá, uno de los médicos españoles que trabajaron en las BI y que introdujo la sangre conservada para transplantes, se exilió en Gran Bretaña, donde falleció en 1957. Rolf Becker partió también a China, y a su regreso a Alemania se instaló en la zona de ocupación soviética, donde tras la fundación de la República Democrática Alemana fue Jefe de la Sanidad Marítima. Otros médicos interbrigadistas de Europa Oriental, como el rumano David Iancu, el yugoslavo Diura Mesterovic o el búlgaro Oskar Telge -jefe del servicio sanitario de las Brigadas- también desempeñaron cargos médicos en sus respectivas naciones, bien en la sanidad civil (caso de Telge, que llegó a ser miembro de la Academia de Medicina) o en la militar tras la guerra mundial.

Otros, a pesar de lo que se ha escrito sobre la colaboración de los brigadistas este-europeos en la instauración de los regímenes socialistas en estos países, sufrieron un auténtico calvario de depuraciones estalinistas, que se sumaba al calvario con que venían de la derrota en España, el exilio e incluso de los campos de concentración. Casos conocidos en otros ámbitos como los del checo Artur London o el húngaro Laszlo Rajk se repitieron en la medicina; tal fue el caso del mencionado Oskar Telge, que regresó a Bulgaria en 1945 tras años en Siberia o la doctora checo-polaca Dobra Klein, que tras pasar un auténtico infierno en los campos de concentración nazis, fue arrestada en Praga en 1951 y sometida en 1952 al amargo “proceso de Praga”, en que once de los acusados fueron condenados a muerte y varios más a largas penas de prisión. Tras pasar por la cárcel hasta 1954 (tras el proceso de desestalinización que se iba poco a poco abriendo en la URSS y en Europa del Este), regresó a su país natal, Polonia, donde se reencontró con su hijo. Falleció en 1965, y en su funeral recibió un homenaje en que estaban presentes condecoraciones de la Resistencia Francesa, las Brigadas Internacionales y condecoraciones militares y civiles polacas.

En lo que respecta a los trastornos psiquiátricos, la dureza de las batallas, como hoy es de sobra conocido, las derrotas, las muertes de compañeros -baste para ello recordar filmes bélicos como “Platoon”, “Stalingrado”, “Johnny cogió su fusil” y los testimonios de veteranos de guerra, que fueron incluso los primeros impulsores de movimientos pacifistas como en EE.UU. por la guerra de Vietnam- podía dejar en los soldados y en los interbrigadistas un reguero de enfermedades que era necesario tratar: estrés postraumático, depresión, intentos de suicidio, paranoias, esquizofrenias… Emilio Mira y López, un conocido psiquiatra y activista político catalán, fue nombrado jefe de los servicios psiquiátricos del ejército republicano. Se distinguió como un activo propagandista a favor del mantenimiento de una moral alta y de la formación en este sentido de los comisarios del Ejército Popular para ayudar a la recuperación de los soldados convalecientes, así como en la preparación psicológica de todos los estamentos sociales leales a la causa republicana para la lucha contra la rebelión fascista, ya fuera en el frente o en la retaguardia, contra saboteadores, quintacolumnistas o desertores. Con respecto a estos últimos, era esencial para Mira la distinción de aquellos que fingían sus enfermedades y trastornos respecto de quienes sí padecían de verdad, hecho que hubo de hacer que el servicio psiquiátrico militar republicano tuviera que agudizar el ingenio, teniendo en cuenta que la guerra para la República no iba a ser nada más que una acumulación de dolorosas derrotas. La labor organizativa, por otro lado, de Mira y López fue encomiable: se organizaron treinta y dos especialistas para las cinco zonas del frente que había en 1938 -Cataluña, Centro, Levante, Andalucía y Extremadura/La Mancha, en el año en que Mira fue nombrado para su puesto-, en la que se cuidaban (trasladando para retaguardia en según los casos) las diversas patologías, con una curiosidad: los aquejados de alteración mental -aquellos no incluidos en el término “bajas blancas”, afectados por psicopatologías que hicieran necesaria su evacuación a retaguardia- eran evacuados hacia delante, hacia los centros pre-frente,vicio instalaciones anexas a los hospitales de campaña, donde los que trataban de magnificar sus síntomas mejoraban y mucho su situación. Asimismo, se hacían especiales y severas campañas para corregir las autolesiones, la agresividad y el alcoholismo y el consumo de estupefacientes.

En el caso de las Brigadas Internacionales, habría hechos que las distinguían en lo que se refiere a las patologías psíquicas: la distancia con respecto a sus hogares y la dificultad para comunicarse -sobre todo en el caso de aquellas nacionalidades que tenían menos representantes en las mismas, como balcánicos, escandinavos o chinos- hacía aumentar los episodios de melancolía, estrés o depresión. La formación lingüística (cursos de español), la prensa escrita en los idiomas de las diferentes brigadas y la interacción grupal, estimulando la compañía y las actividades comunes trataban de ayudar en el proceso de integración y de evitar o reducir los efectos de estas afecciones.

Más desagradable sería lo que se dio en llamar la “sífilis rusa”: a raíz de los procesos de Moscú de 1937, de la disolución del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM, partido comunista heterodoxo, seguidor de la línea de Trotski) por su participación en la rebelión de mayo de ese año en Barcelona y del asesinato de su líder Andreu Nin por elementos comunistas españoles y agentes del NKVD soviético en España, la sensación de vigilancia y de conspiración aumentó en el seno de las BI y creció un cierto ambiente de desconfianza entre militantes comunistas y de otros partidos e incluso entre propios militantes comunistas (lo que aumentaría incluso la mala fama que perseguía a André Marty, el responsable de las Brigadas y que, con fama justificada de severidad, llegó a ser bautizado como “carnicero de Albacete”, sobrenombre que, aunque puesto en duda recientemente, ha sido muy útil para la propaganda anticomunista). Aunque las brutales purgas estalinianas no se dieran en España -el proceso judicial a la cúpula del POUM descartó las acusaciones que el PCE había desarrollado contra la misma por inverosímiles- y el gobierno Negrín, (que, como sus predecesores, dependía de los suministros soviéticos y del apoyo político y militar del PCE para proseguir la lucha) se esforzara en el pleno restablecimiento de la justicia democrática y evitar actuaciones al margen de la legalidad, el ambiente enrarecido por la muerte de Nin, las desavenencias políticas en el seno del Frente Popular y las propias BI o la represión del derrotismo, el sabotaje y las actividades de la “quinta columna” en medio de un ambiente de cada vez mayor pesimismo, encomendada al Servicio de Inteligencia Militar (SIM) con personal mayoritariamente comunista y con métodos no muy ortodoxos de obtener información y confesiones, favorecía esa desconfianza antes mencionada, hasta el punto de dar lugar a trastornos definidos bajo lo que el oficial brigadista Gustav Regler denominó “sífilis rusa”.

Esta sífilis podía tener dos vertientes: la primera, la de aquellos militantes socialistas, libertarios, demócratas o simplemente antifascistas, pero también comunistas que consideraban errado lo que se estaba desarrollando en Moscú y cuya visión política era más abierta desarrollaran manías persecutorios, al sentirse perseguidos -real o figuradamente- por compañeros comunistas que, a su vez, desarrollarían la tendencia contraria, la de ser incapaces de distinguir entre un antifascista y un combatiente fiel a la causa de la República de un provocador fascista, un saboteador, un derrotista o un espía, siendo esta paranoia mayor al estar alimentada por esa distancia entre fantasía y realidad -entre enemigos reales e imaginarios- que presidía los procesos de Moscú y la propia mente del líder soviético. Anthony Beevor describe el caso de un tanquista ruso, citado por Cándido Polo en su artículo sobre las psicopatologías en las BI, que hubo de ser internado en el hospital de sangre que se improvisó en el Hotel Palace de Madrid y más tarde fue trasladado al de Archena (Murcia) debido a que no experimentaba mejoría, y que tras ser herido en el frente, en los primeros días de la defensa de la capital, revelaba un cuadro de estrés postraumático con ideas delirantes: repetía constantemente “los anarquistas nos matarán a todos”. Tratar esta patología especial requería también mucho de terapia grupal y de convivencia colectiva.

MAX HODANN Y LA CUEVA DE LA TÍA POTITA

En el verano de 1937 Max Hodann llega a Albacete. No es un buen sitio, por su clima seco y el polvo que flota en su aire, para un asmático como él. Siempre tiene que ir acompañado de un estuche con una dosis de adrenalina, que necesita inyectarse de vez en cuando. La casa en Cuasiermas donde está instalado el hospital psiquiátrico de la sanidad militar republicana, su destino, a orillas del río Júcar, es una mansión construida en los años veinte como regalo de bodas. Su propietario antes de la guerra es el barón de Núñez de Balboa, detenido por el gobierno de la República como sospechoso de haber auxiliado a la sublevación militar. La finca ha sido incautada y en esta conocida como Cueva de la Tía Potita a la Virgen de los Llanos que preside la fachada principal le acompaña ahora una bandera roja. Signo de los tiempos.

Hodann está inscrito en la Brigada Ernst Thällmann con el grado de teniente. Su labor no va a ser sencilla: la farmacia, que se abastece de medicinas -opiáceos, bromuros, sedantes…- es muy elemental, abastecida desde la Farmacia Militar de Albacete, donde los psicotropos no siempre están disponibles. Además, no tiene demasiados colaboradores y hay falta de espacio. Había que ingeniárselas: el pabellón de los criados e incluso una alta torre en la zona noble, no demasiado adecuada por las temperaturas extremas, serán necesarias para acoger al centenar de pacientes brigadistas que el improvisado sanatorio acoge. Y a falta de personal, los grupos de autoayuda y las terapias grupales serán el mecanismo escogido para suplir esta escasez.

La actividad desarrollada por Hodann en la casa se basará mucho en la comunicación y la convivencia: en un lugar acogedor, lejos de la retaguardia -con sus ventajas, pero también sus inconvenientes, como el tedio de estar lejos del escenario de la lucha que “contagia a los soldados de una tensión vigilante que les une ante la causa común”– se van a desarrollar los deportes; los juegos de mesa; los debates -para estimular a los combatientes, frente a las divergencias, en la convicción de que “nadie gana la guerra solo” y que por encima de aquellas les une la participación en una empresa colectiva-; las actividades culturales y la prensa, desde la escucha de la radio hasta la lectura de las publicaciones de las BI.

Hodann no es un psiquiatra al uso de la época: en un ambiente donde la disciplina es primordial, su heterodoxia -que ya antes de la guerra española y la SGM era patente- llamará la atención. En España, José María Sacristán compartía su visión sobre la prioridad rehabilitadora frente al rigor de la “psiquiatría armada” (de ahí que haga una defensa de sus métodos de psicoterapia global). Más allá de eso, sus posturas sobre la sexualidad resultan también llamativas: en “La Voz de la Sanidad”, escribirá artículos sobre profilaxis sexual y prostitución -en la que defendía que el recurso a esta era una forma de explotación de la mujer- al mismo tiempo que, junto con su paciente el brigadista neerlandés Jef Last, criticaba la rígida moral que sobre homosexualidad y masturbación propugnaban los comisarios del Ejército Popular, y que castigaba el onanismo y las relaciones homoeróticas con penas de reclusión breve. La República, con la supresión en el Código Penal de 1932 del artículo primorriverista que castigaba las relaciones entre personas del mismo sexo, había despenalizado la homosexualidad en el plano civil, pero seguía estando prohibida para los miembros del ejército, y aunque existía una mayor tolerancia y eran notorios los casos de intelectuales y artistas -Lorca, Miguel de Molina, Carmen de Burgos- de quienes se sabía eran conocidos homosexuales, el estigma social permanecía incluso en ámbitos científicos -las opiniones al respecto del doctor Marañón son un ejemplo de ello- y fuera de ellos, con sátiras en la prensa derechista hacia Manuel Azaña y una posible relación sentimental con su cuñado el dramaturgo Rivas Cheriff. Lo cierto es que la postura de Hodann y Last era más bien excepcional en el contexto internacional: Hasta Bertrand Russell escribía en “La educación y el mundo moderno” que “es posible que las relaciones homosexuales entre muchachos no fueran muy dañinas si se tolerasen, pero, aún así, existe el peligro de que perturben la vida sexual posterior”.

En posteriores artículos en “La Voz de la Sanidad” Hodann escribió también sobre la reeducación de los mutilados de guerra, tema que despertó su interés, a fin de contribuir al debate sobre su reinserción en la vida laboral y social -visitará el centro de formación abierto para este colectivo en la localidad valenciana de Mahora, y escribirá sobre la necesidad de que se vinculen a la Liga Nacional de Inválidos para aprovecharse de ortopedias y talleres-.

Hodann, bien sea por las suspicacias que despertaba su heterodoxia en la dirección sanitaria de las Brigadas o bien, como también se apunta, por la necesidad de encontrar un clima más benigno para su afección pulmonar, será trasladado a la clínica de Villa Cándida, en Denia (Alicante). Se trataba también de una villa incautada por el gobierno republicano, donde Max Hodann prosiguió con su labor terapéutica, siempre con su perspectiva grupal y su interés por el debate. En su último artículo en “La Voz…” antes de salir de España, “Medicina y fascismo”, arremetió duramente contra la política nazi de esterilización forzosa a los individuos que no garantizaban la supremacía de la raza aria, un paso más, denunciaba, en la escalada del exterminio. Hodann abandonó España tras el acuerdo de retirada de los combatientes extranjeros, aunque en realidad solo el gobierno republicano retiró al grueso de las Brigadas Internacionales, en un gesto con el que trató de concitar apoyos de las democracias occidentales que siempre le fueron negados.

Hodann regresó a Noruega, y posteriormente se desplazó a Suecia, adonde llegó apenas un poco antes de que se produjera la invasión nazi de la primera de las naciones. En Escandinavia prosiguió con su labor publicística a favor de una nueva sexualidad -como ya había hecho en Berlín y en Londres, en su primera etapa del exilio, con entre otras la formación de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, en la que llegó a estar la joven activista política española Hildegart Rodríguez- y prestando sus servicios al Instituto de Psicología de Estocolmo, entre otras actividades. En 1946, Hodann, que tras la derrota nazi propugnaba la necesidad de que su país natal, Alemania, se sometiera a un largo proceso de rehabilitación comunitaria, al igual que la psique de un paciente, para curar esa patología que le llevaba a elaborar una leyenda culpabilizadota de los otros, que le había llevado, en apenas un siglo, “a arremeter contra el mundo en cinco ocasiones”, fallecía en Estocolmo de un ataque de asma. Parte de sus papeles, de los que su amigo Peter Weiss se sirvió para escribir “La estética de la resistencia”, se encuentran en el archivo del sindicato obrero local.

Placa en recuerdo a Max Hodann en el distrito berlinés de Reinickendorf

Placa en recuerdo a Max Hodann en el distrito berlinés de Reinickendorf

Las ideas de Hodann, fascinantes en el contexto de una época donde era infrecuente encontrar posturas tan avanzadas, le llevaron también a asumir un compromiso político que le trajo hasta una España que vio truncado su camino de progreso. Parte de ese cambio llegó a la sanidad, e incluso la psiquiatría, disciplinas en que unió su formación y su lucha, como tantos hicieron, al servicio de la República.

FUENTES:

Rafael Huertas, “La sanidad republicana” en “Política Sanitaria: de la Dictadura de Primo de Rivera a la II República”. Revista Española de Salud Pública, v.74 (2000), monográfico Madrid. En http://scielo.isciii.es/scielo.php?pid=S1135-57272000000600004&script=sci_arttext

Josep Bernabeu Mestre, “La utopía reformista de la II República. La labor organizativa de Marcelino Pascua al frente de la Dirección General de Sanidad”. Universitat d’Alacant, Alicante, fecha desconocida.

Ricardo Campos, Rafael Huertas, “Estado y asistencia psiquiátrica en España durante el primer tercio del siglo XX”. Revista Asociación Española de Neuropsiquiatría,  1998, vol. XVIII, nº 65.

Rafael Huertas, “El debate sobre la reforma psiquiátrica en la España del primer tercio del siglo XX”. Átopos-Instituto de Historia, CSIC, 2003.

Manuel Requena Gallego, Rosa María Sepúlveda Losa (coord.), “La sanidad en las Brigadas Internacionales”, Cuenca, Centro de Estudios Documentales de las BB.II.-Universidad de Castilla-La Mancha, 2013.

Biografía de Max Hodann, en Wikipedia (inglés), en en.wikipedia.org

“La última novela épica”, en “La Vanguardia” (16/02/2011). Reportaje de CARLES GUERRA, en http://www.lavanguardia.com/libros/20110216/54113935682/la-ultima-novela-epica.html#ixzz3Qy1cqOpS

Sostiene Pereira: una exhortación a los que escriben

sostiene-pereira-portadaDicen que vivimos en un resurgir del periodismo. Los ciudadanos demandan información, los escándalos políticos y económicos no son tan sencillos de esconder en una época de comunicaciones rápidas y de redes sociales y la función periodística se revaloriza en este contexto en el que se reclama más y mejor información sobre lo que nos afecta, más conciencia crítica contra aquellos que causan perjuicio a la colectividad y en el que unos ciudadanos más formados no son tan fáciles de ser engañados.

Demasiado optimismo. El periodismo es una profesión mal pagada, como tantísimas otras; está llena de falsarios y opinadores que de todo saben y sobre todo emiten su juicio como expertos y acaban llevándose los jugosos beneficios de escribir en prensa y aparecer en las tertulias, siempre la misma gente, como un gremio endogámico; está sometida a los criterios del mercado, lo que la hace voluble a informar sobre lo que es popular, llamativo o incluso morboso en un determinado momento u olvidar los aspectos principales de un determinado fenómeno centrándose en señalar lo más inmediato sobre el mismo -lo que Quino, en una de sus famosas tiras de “Mafalda”, explicaba del siguiente modo: “Lo urgente no deja tiempo para lo importante”- y tampoco está libre de cumplir una función de engaño o de enmascaramiento ante una ciudadanía con mayor nivel educativo, pues por desgracia nos estamos encontrando con que mayor nivel educativo y mayor nivel cultural no significan la misma cosa. Así nos encontrarnos con graduados universitarios cuyos conocimientos de cultura general dejan bastante que desear.

Pero, y quizá lo principal del caso, es que el periodismo, lejos de estar libre de censura en los países democráticos, está sometido también a las mismas trabas, bien sea por las autoridades gubernamentales o bien por el dueño -persona física o las más de las veces jurídica, tal vez un gran conglomerado de “mass media” y es posible que hasta transnacional- del medio. Recuerdo haber leído, hace ya algún tiempo, en “El Jueves” un artículo de Ramón de España donde comentaba que la censura española, lejos de haber desaparecido, se había transformado y extendido: de las oficinas del viejo Ministerio de Información y Turismo, donde había cortes y tachaduras, a los despachos del señor consejero, la casa del accionista o los puños de un matón, donde otros métodos -más o menos civilizados- habían sustituido a señores de fino bigotito franquista y sus tijeras.

Nos hemos encontrado, ante la reciente masacre acontecida en la redacción del semanario satírico francés “Charlie Hebdo”, con una defensa de la libertad de expresión realizada por gentes que nunca entenderían el humor de la revista, y que serían los primeros en censurarlo mostrando el ceño fruncido y arrugando la nariz. En los minutos de silencio celebrados en España en condolencia por las víctimas, ante la puerta del Congreso de los Diputados, el flamante portavoz parlamentario del Partido Popular, Rafael Hernando, quien unas semanas antes había hecho unas declaraciones en las que echaba la culpa de las protestas contra la política gubernamental de su partido a ciertos medios, a quienes acusaba de ir sembrando poco menos que odios y discordias. Defensores compungidos de una visión particular de la libertad de expresión, que han expulsado de la radiotelevisión pública a profesionales competentes a quienes, cuando se encontraban en la oposición, calificaban como sectarios y que han conseguido llevar a RTVE de una elevada cuota de pantalla y la obtención del reconocimiento de la profesión a porcentajes ridículos de “share” y a un latente malestar de los profesionales no enchufados que aun sobreviven en el ente. Sin contar con que lo ocurrido en el “Charlie Hebdo” podría servir para reabrir una investigación antigua que se cerró en falso: la del atentado contra la redacción de “El Papus” en Barcelona en 1977 realizado por parte de terroristas fascistas. Sin embargo, es dudoso que se realice, no tanto porque este acto esté cubierto por la Ley de Amnistía sino porque los terroristas no eran fanáticos islamistas, sino ultraderechistas católicos fundamentalistas.

Ramón de España elogiaba la libertad con la que en “El Jueves” -heredera de la ya mencionada “El Papus”- podía hablar sobre cualquier cosa. Poco duraba la alegría en la casa del pobre: en unos años, un juez secuestró -como en tiempos no tan lejanos- el número en cuya portada se ironizaba sobre el “cheque bebé” de Rodríguez Zapatero y el -por decirlo de algún modo- relajado trabajo del entonces príncipe Felipe mediante una caricatura de los príncipes de Asturias en postura sexual. Al cabo del tiempo, quien poseyera un ejemplar de aquel número poseía poco menos que un tesoro del Patrimonio Nacional, pues no fueron pocos los lectores que lo querían tener en su poder. Poco después, no fue ninguna decisión judicial, sino la editora de la revista, Ediciones B, quien autocensuró la portada en la que Juan Carlos pasaba la corona a su hijo: una corona que, según esta portada, estaba tan podrida y maloliente como el cetro de mando que iba pasando de padre a hijo en Corea del Norte o en la Rusia de los Romanov. Y claro, tales comparaciones no se podían tolerar. Aquello fue la puerta de salida para numerosos y veteranos dibujantes, que vieron que en su revista de toda la vida ya no se podía hablar de todo y reírse de todo, incluso de ellos mismos.

Escribir y el periodismo no son profesiones fáciles, aunque una mirada en perspectiva nos dirá que es mucho más duro bajar a una mina, subir a un andamio o abrir zanjas en medio de una calle. Y creo que es fundamental que todos los que aspiremos a ser buenos “plumillas” aprendamos a vencer los miedos y limitaciones que nos impiden llegar a ejercer dignamente nuestra profesión y a que el compromiso por contar, con honestidad y pasión por lo que hacemos lo que creemos es importante, nos duele o vemos necesario que se conozca, sea perceptible por quienes nos leen, nos ven o nos escuchan. Más allá de modos y de modas.

Esta es la lección que se extrae de “Sostiene Pereira” (1995), del ya fallecido Antonio Tabucchi, un libro que me fascinó hace ya varios años y cuya adaptación cinematográfica -dirigida por Roberto Faenza en 1996 con guión del propio Tabucchi, con un elenco extraordinario encabezado en su última aparición en la gran pantalla de Marcello Mastroiani, a quien acompañaron actores como los también italianos Stefano Dionisi y Nicoletta Braschi (esposa y compañera de reparto en muchos filmes del cómico y director Roberto Benigni), el francés Daniel Auteuil (especialmente conocido por sus intervenciones en los filmes policíacos de Olivier Marchal, como “Asuntos pendientes”) o los portugueses Joaquim de Almeida (hoy con una amplia trayectoria que le ha llevado hasta Hollywood), Teresa Madruga (“En la ciudad blanca”, “Tabú”) o Mário Viegas (que ha trabajado con el patriarca del cine portugués Manoel de Oliveira)- me fascinó tanto o más que la propia obra literaria, lo que no es muy fácil que suceda con las adaptaciones. Quizá se deba a mi escasamente desarrollado sentido crítico de la cinematografía, pero de esta película me entusiasma todo, incluyendo la canción principal, “A brisa do coração”, con dos monstruos unidos para este fin: Ennio Morricone y Dulce Pontes.

UN INCISO: SOBRE LA NOVELA HISTÓRICA

Llevamos a nuestras espaldas unos cuantos años de auge de lo que se ha dado en llamar la “novela histórica”. Pero, ¿a qué llamamos novela histórica? Particularmente, no soy un crítico literario, sino que hablo aquí como un simple lector. Tengo la impresión de que el subgénero “novela histórica” es algo que ha nacido como una especie de moda cuando la novela histórica ha existido podría decirse casi que toda la vida (cabría recordar los famosos “Episodios Nacionales” galdosianos). Uno se sumerge en novelas catalogadas como “novelas históricas” y tiene la impresión de que le están contando una historia de ficción pero hasta dentro de la propia Historia en cuyo contexto se imbrica la trama. Aparte de su calidad, que ha sido puesta en duda por más de un crítico, resulta difícil que uno pueda sacar una enseñanza sobre la Historia de un determinado momento histórico a través de una novela (aquella función que atribuía Platón a la literatura, la de “instruir deleitando”) si lo que se hace es contar una Historia paralela que nada tiene que ver con la realidad que fue. “El Código da Vinci”, “El último Catón”, “La catedral del mar” o los títulos que se les quieran ocurrir pueden ser novelas muy buenas -o quizá muy malas- pero no pueden pertenecer a una categoría o a un subgénero si toda relación con la realidad histórica en la que dicen insertarse es pura coincidencia.

Hay novelas, como la propia “Sostiene Pereira”, insertada en la época del apogeo de la dictadura de Salazar en Portugal, la amenaza de una nueva guerra en Europa y con la guerra civil española y la represión de los “nacionales” a apenas doscientos kilómetros de Lisboa, que pueden llamarse novelas históricas con todas las letras. A través de una historia de ficción, la protagonizada por un viejo periodista y sus relaciones durante el verano en que transcurre la acción, conocemos de primera mano el ambiente fascista, prorrebelde y germanófilo del “Estado Novo” y sus acólitos y el miedo que oscurece el semblante de los demócratas y antifascistas lusos, además de las opiniones que suscitan los combates en España o la falta de libertades en el país. Si a “Sostiene Pereira” se le hubiera puesto el calificativo de “novela histórica”, quizá su éxito de ventas hubiera sido mayor, y posiblemente muchos devoradores de mamotretos tipo “Código da Vinci” les hubiera resultado decepcionante el resultado de la lectura, pues la habrían identificado como una novela política (¡como si la política no hubiera estado y no está en el epicentro del curso de la Historia!), pero muchos otros -y quizá los anteriores también- habrían conocido algo o se habrían interesado por saber quienes fueron D’Annunzio, Bernanos, Maritain, Pessoa, Maiakovski, Thomas Mann y tantos personajes de la cultura europea de entreguerras que no figuran en nuestros libros de texto.

Se me ocurren otros ejemplos de novelas que cumplen esa función platónica del instruir deleitando, de dar sobre todo la pasión por saber más cosas sobre periodos históricos apasionantes de los que quizá no nos contaron todo o sólo la cara conveniente del mismo. “Memorias de Adriano”, de Yourcenar, cuenta una historia sobre el refinamiento y sensibilidad de un emperador romano que resultaría imposible de concebir para los que tienen de Roma la imagen de un imperio decadente sumergido en orgías como las mostradas por películas como “Quo vadis”. Las novelas que componen “El laberinto mágico” de Max Aub explicaron la guerra desde el lado republicano -por no hablar de las memorias de Julián Zugazagoitia, que pertenecen a otro género- mucho antes, y sólo a los lectores les corresponde determinar si mejor, que otras más contemporáneas. Se ha echado de menos -y se echará más aún en este año 2015, 25º aniversario de la “reunificación”- que 25 años después de la caída del muro de Berlín y la revolución popular en la RDA alguien hable de novelas sobre el muro escritas en la “otra” Alemania, como “El cielo dividido” de Christa Wolf o “Los hermanos” de Brigitte Reimann, que a pesar de haber sido publicadas en una de las naciones del “realismo socialista” (concepto que desde el lado occidental nos aparece como mistura de propaganda y lavado de cerebro) están escritas con una sensibilidad y un humanismo que ya quisieran para sí “liberales” como Antonio Burgos o Alfonso Ussía. Y de vuelta a España, la admirable “El hereje” de Miguel Delibes o “Mister Wytt en el cantón” de Ramón J. Sender describen la persecución inquisitorial o la sublevación cantonal durante la I República mucho más acertadamente que cualquier manual escolar que destaca las intervenciones militares de los primeros Austrias reinantes en España (por defender la religión a costa de la ruina del país, dicho sea de paso) frente a tales “minucias”, o que define la sublevación cantonal como un primer intento de desmembrar España (tal afirmó en su día Cánovas del Castillo y repitió recientemente el incombustible Ricardo de la Cierva).

Y por si fuera poco, novelas de este tipo están muy entretenidas, lo que hace que el lector aprenda casi sin esfuerzo y al mismo tiempo le pique la curiosidad por saber más.

LA TRAMA

Lisboa durante un caluroso verano de la segunda mitad de los años treinta. Según la sinopsis estamos en 1938, pero podríamos situarnos un año antes, en 1937, por algunos datos sobre la guerra española (la caída del Norte en manos rebeldes, el bombardeo de Guernica y las ofensivas en el centro de los republicanos -Brunete, Belchite- para contener el avance de aquellos hacia Bizkaia y Santander). Pereira -al que sólo se nombra por su apellido, “peral”, que como muchos apellidos portugueses de árbol o en Italia, tal y como explica Tabucchi, de ciudades, es de origen judío y supone un homenaje del autor a una comunidad que ha padecido tantos sufrimientos- es un veterano periodista que durante años trabajó como cronista de sucesos y ahora lleva la página cultural de un mediocre diario de la capital portuguesa, el “Lisboa”. Es un hombre acabado, pero no en el sentido de haber padecido un acontecimiento grave que le haya dejado una terrible huella, sino porque él mismo parece haber borrado toda emoción de su existencia, limitándose a dejar pasar los días que le quedan hasta reunirse con su esposa, fallecida años atrás y con cuyo retrato habla cotidianamente, como si se tratase de una presencia viva.

La inercia, además de la impotencia en la que parece haberse instalado, limitándose a encogerse de hombros o a eliminar la duda, lo peligroso, cuando un suceso -el asesinato de un campesino en el Alentejo, como le describe su confesor, el enrabietado padre Antonio; o la responsabilidad ética del periodista, que le recuerda Ingeborg Delgado, alemana judía de origen portugués con la que conversa en el tren camino de la termas de Buçaco- son una especie de semblanza de la misma inercia e impotencia en la que parecen instalados sus propios compatriotas desde la instauración del “Estado Novo” y la subida de Salazar al poder, tan similar a la de Italia o Alemania, donde el miedo, el conformismo o la aceptación entusiasta ante los nuevos regímenes son peldaños para su sustentación.

Estos sentimientos se ven alimentados en Pereira por una obsesión, que se refleja en sus conversaciones con el retrato de su esposa, con la muerte que le lleva a preguntarse por la resurrección de la carne junto con la del alma. Él se considera un buen católico, pero esta idea le resulta insoportable, pues obeso y con problemas cardiacos, no se encuentra nada contento ante la perspectiva de que su cuerpo vuelva a la vida en tan lamentable estado. Ello no le impide, sin embargo, comer mal -y en especial su plato favorito, tortilla a las finas hierbas- y beber grandes cantidades de limonada con azúcar en el Café Orquídea, donde el camarero Manuel demuestra estar más enterado de los sucesos de Portugal y de la guerra de España mejor que el propio Pereira, de tal suerte que surge este inusitado diálogo:

Pereira: Buenos días Manuel, ¿qué noticias hay?

Manuel: ¿Trabaja en un periódico y me pregunta a mí qué noticias hay?

Pereira: Precisamente por eso, he comprendido que la mejor manera de conocer la verdad es escuchando a la gente.

Manuel: ¿Se ha enterado de lo de la carnicería judía? La asaltaron, la llenaron de pintadas obscenas y ningún periódico ha dicho nada.

Pereira: Pero la policía habrá intervenido rápidamente.

Manuel: ¡La policía! La policía siempre tiene cosas más importantes que hacer.

Por si esto fuera poco, Pereira tiene una presencia molesta en su vida cotidiana: la portera de la redacción cultural del “Lisboa”, Zeleste. Mujer de un policía, presume de las “influencias en lo más alto” de su marido, y a ella misma le gusta ser una fisgona profesional, quién sabe si a sueldo de la policía política del salazarismo (la temible PIDE) o por puro deporte, firmando el correo certificado de otras personas, interceptando las llamadas del vecindario a través de la centralita y haciendo comentarios malintencionados sobre las visitas. Un caso clínico, pero lamentablemente no escaso en las dictaduras, que pone los nervios de punta a Pereira.

Marcello Mastroiani (Pereira) y Stefano Dionisi (Monteiro Rossi) en una de las escenas del filme de Roberto Faenza basado en la obra de Tabucchi.

Marcello Mastroiani (Pereira) y Stefano Dionisi (Monteiro Rossi) en una de las escenas del filme de Roberto Faenza basado en la obra de Tabucchi.

En este contexto de represión y silencio, del cual el húmedo calor veraniego es una metáfora (metáfora del ahogo, que además se ve nítida en lo bien que funcionan los ventiladores para aquellos que saben ir hacia donde sopla el viento, como pasa en el caso del director del diario, y lo mucho que se estropea el de la solitaria redacción cultural del dubitativo Pereira), nuestro protagonista conoce a Francesco Monteiro Rossi (“Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Un magnífico día veraniego, soleado y airado, y Lisboa resplandecía (…) y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos…”). Monteiro Rossi es un joven que se ha graduado en la universidad con una tesina sobre la muerte, pero él ama la vida. Alegre, apasionado, amante de la justicia y la libertad, es la antítesis de un Pereira demasiado sumido en el recuerdo de una fallecida, encerrado en el pragmatismo que le permite sobrevivir en un puesto no demasiado agradable y acomplejado por un cuerpo que teme resucite con su alma llena de dudas.

Esta relación entre Pereira y Monteiro Rossi es un paralelo de la de Don Quijote y Sancho, pero sin que el joven se “sanchopancitice”, es decir, sin que se amolde a las circunstancias de tal suerte que acabe pervertido por ellas y decida que los ideales no valen la pena. Por el contrario, Pereira sí se “quijotiza”: le atrae la audacia, el atrevimiento del muchacho, aunque al principio le parezca un caradura que sólo le pide anticipos y no es capaz de traerle una sola necrológica decente -otro rasgo funerario del carácter de Pereira: escribir necrológicas anticipadas de escritores que puedan fallecer de un momento a otro-, no por su mal estilo, sino por lo inadecuadas para la época: Monteiro Rossi escribe dos necrológicas diciendo las “verdades del barquero” sobre Gabrielle d’Annunzio o Farinetti, el maestro del futurismo, a quienes elogia como grandes poetas pero deplora como personas, por ser exaltadores del fascismo y las conquistas coloniales de Mussolini (la reciente conquista de Etiopía supuso innumerables crímenes contra la humanidad y de guerra, como los bombardeos indiscriminados sobre la población civil similares a los de Barcelona, Málaga o Guernica), y en otra, con mayor comedimiento, realiza un elogio sobre Vladimir Maiakovski, al que su nacionalidad soviética le convierte en autor maldito para un régimen profundamente anticomunista.

“Escriba con el corazón, pero sobre todo tenga los ojos muy abiertos”, le aconseja Pereira a su nuevo colaborador. Pero esos ojos abiertos no significan lo mismo para ambos. Pereira observa la realidad llena de policías, milicianos de la Legião y la Mocidade Portuguesa, chivatos del estilo de Zeleste y directores del periódico que se hacen fotos con Salazar y el general Carmona y siente miedo. Lo que ve Monteiro Rossi le causa rabia, y decide luchar contra ella a través de las páginas del periódico, ayudando a su primo Bruno a reclutar voluntarios en el Alentejo para combatir del lado de los republicanos en España y tratando de cambiar el mundo junto a su novia Marta, una muchacha que se le antoja una “sabelotodo” repelente a Pereira, pero con la que va trabando confianza. La ausencia de Monteiro Rossi durante unos días, unida a su propia ausencia de la ciudad para tratarse de su cardiopatía -tiempo durante el cual coincidirá con otro de los secundarios influyentes en su periplo vital a lo largo de las páginas de la novela, el doctor Cardoso- le llevará a reflexionar sobre quién de los dos -o de los tres, contando a Marta- está equivocado: si él o el joven. La vida; las ganas de seguir adelante, con el recuerdo, pero sin instalarse malsanamente en él, del pasado; las ideas; lo que importa al hombre como ser colectivo y también a ese hombre concreto que es Pereira -traducir cuentos franceses, hablar de una cultura que está bajo mínimos en un periódico mediocre y un país donde el analfabetismo es altísimo- pronto irán cobrando una nueva dimensión para este hombre que parecía no tener más perspectiva que acabar sus días en una redacción solitaria. “Pereira asume una actitud de transformación personal, un descubrimiento de la verdadera realidad, el rechazo a las noticias rosas acostumbradas en las portadas de los diarios, especialmente el Lisboa, que enmascaran asesinatos de obreros y represiones sangrientas […] sortea la censura, gana, transforma el primer Pereira en un periodista definitivo, comprometido, honesto consigo mismo.”

LOS SECUNDARIOS

Pereira se ve guiado por sus dos jóvenes amigos hacia esa nueva actitud vital, la que le insta a no conformarse ni consigo mismo, ni con lo que observa en la realidad que le circunda. Pero resulta igualmente esencial -especialmente al final, para que su plan de denuncia, ese plan de “sortear la censura” que será la culminación de la novela y de la propia transformación de Pereira, salga adelante- la participación de una serie de personajes secundarios que, sea por complemento a la labor que realizan Marta y Francesco, o por contraste con lo que estos representan, ayudan a que este cambio tenga lugar.

El actor portugués Nicolau Breyner, caracterizado como el padre António en el filme de Faenza.

El actor portugués Nicolau Breyner, caracterizado como el padre António en el filme de Faenza.

El primero de ellos es el padre Antonio. Este sacerdote es un contrapunto a la jerarquía eclesiástica que convive con la dictadura salazarista y que en España ha abrazado abiertamente la causa “nacional” con la “Carta de los obispos españoles” promovida por el cardenal primado Isidro Gomá. Es un católico antifascista, que recuerda a Pereira su responsabilidad como periodista y le afea que esté tan despegado de la realidad cotidiana que se vive en Portugal, y que le describe la polémica acerca del clero vasco -aliado del PNV, uno de los grupos políticos que forman parte del gobierno de la República Española- y la denuncia de las masacres franquistas realizadas por George Bernanos, escritor católico francés presente en dos de los lugares donde se produjo una represión más sangrienta, la isla de Mallorca -origen de su obra “Los grandes cementerios bajo la luna”- y Badajoz. Su incontinencia verbal le hace calificar, con todas las letras, santigüándose a continuación, de “hijo de puta” a Paul Claudel, católico francés “autor de un opúsculo fascista digno de un verdugo” que definió como “cristianos rojos” y excomulgables a los católicos vascos, y censurar la postura del Vaticano de apoyar la causa rebelde. En este encuentro, en que aclara a Pereira la polémica sobre el clero de Euzkadi, le comenta “yo pertenezco a una jerarquía, tengo que obedecer, pero tú no”, dándole carta blanca e incluso conminándole a actuar.

Joaquim de Almeida (Manuel) y Mastroiani en una escena que transcurre en el Café Orquídea.

Joaquim de Almeida (Manuel) y Mastroiani en una escena que transcurre en el Café Orquídea.

El segundo de los que aparecen es el camarero del Café Orquídea, Manuel. Manuel es un tipo sencillo, un hombre de la calle que escucha y habla en susurros -lo que se ha vuelto hábito en un país como el suyo, donde las paredes oyen- y es por ello más capaz de escuchar y de transmitir noticias de lo que podrían serlo las emisoras de radio o los periódicos. Manuel podría ser del algún modo una metáfora del Portugal no oficial, con ideales democráticos -en una conversación con Pereira dice que no entiende como su país, que es también una república (“expulsamos al rey en 1910”) puede ponerse del lado de los franquistas que están atacando a la república española, una aseveración que podría resultar candorosa, como si Manuel desconociera realmente el contenido dictatorial y corporativo que se le ha dado a la república portuguesa, pero que lo que refleja es más el sentido modernizador y democrático que para alguien como él tiene la palabra “República”- aunque obligado a silenciarlos. Pereira, por esa capacidad de recabar información, de confiarle cosas y por esas convicciones que tiene este peculiar camarero, acaba confiando en Manuel para llevar a cabo su plan final, con lo que se mostrará al lector la amplitud de su transformación.

La actriz suiza Marthe Keller interpreta a Ingeborg Delgado en la versión cinematográfica.

La actriz suiza Marthe Keller interpreta a Ingeborg Delgado en la versión cinematográfica.

Ingeborg Delgado, la mujer judía con la que se encuentra en el tren camino de Buçaco, tiene una aparición fugaz pero decisiva también a su modo, al comentarle la situación desesperada del mundo de la cultura en la Alemania hitleriana, país del que huye, y que, aún siendo distinta en Portugal, causa un gran impacto en Pereira por cuanto reside el peligro de contagio en su patria, donde existen organizaciones -la Mocidade Portuguesa, a la que en el texto de refiere como Juventudes Salazaristas; o la PIDE, entrenada por la Gestapo- que son un trasunto de las alemanas y no hace mucho ha recibido la noticia del asalto a una carnicería judía, que recuerda a la “Kristallnacht” o Noche de los Cristales Rotos y el boicot promovido contra los comercios y los ciudadanos judíos de Alemania. En su conversación, Delgado le comenta que está en Portugal visitando el país donde se encuentran sus raíces -es alemana de origen portugués- y esperando un visado para Estados Unidos. La mujer comenta a Pereira la hostilidad con la que trata la prensa a los miembros de su comunidad o la petición de visado del gran escritor Thomas Mann, lo que causa un gran impacto al periodista, y le anima a denunciar la situación. Pereira, aún creyéndose impotente para ello, meditará sobre el tema, especialmente tras un encuentro algo tenso con un antiguo amigo, Silva, profesor de universidad, en las termas. Silva ha optado por la colaboración entusiasta con el régimen de Salazar, negando el concepto de “opinión pública”, diciendo que es un invento de los británicos y que si desea publicar aquello que le interese lo que le conviene es irse a Francia o a Gran Bretaña. “Nosotros somos gente del Sur, Pereira, y obedecemos al que más grita, al que más manda”. Esta visión negadora de la propia capacidad de autogobierno, de la propia capacidad de ejercicio de la democracia, era explotada también por la propia dictadura salazarista, que tenía como uno de sus eslóganes el de las “Tres Efes”: al pueblo lo que le convenía era “Fado, Fútbol y Fátima”.

La azoriana Teresa Madruga (aquí en una escena del filme de Alain Tanner "En la ciudad blanca") interpreta a la entrometida portera Zeleste.

La azoriana Teresa Madruga (aquí en una escena del filme de Alain Tanner “En la ciudad blanca”) interpreta a la entrometida portera Zeleste.

De un modo indirecto, influirá también, como experiencia de la sensación de asfixia y de tenaza en que ha de convivirse todos los días, la presencia vigilante de Zeleste, la portera del edificio donde se encuentra la redacción cultural del “Lisboa”. Pereira desconfía de ella, sospechando que sea una confidente de la policía política, y la jactancia con que habla de su marido -que todo lo más parece ser un simple “guardia de la porra”-, unido al extraño y morboso deleite que le produce violar el correo o las comunicaciones telefónicas ajenas, causa en Pereira una inquina considerable hacia esta mujer tanto más miserable cuanto que no obtiene beneficios materiales de esa colaboración, sino que es capaz de colaborar con un régimen que manda a semejantes a ella a la cárcel o a campos de concentración en el África portuguesa por un retorcido concepto del deber patriótico.

Daniel Auteuil (el doctor Cardoso) y Marcello Mastroiani conversan en el balneario al que acude Pereira para tratar su cardiopatía.

Daniel Auteuil (el doctor Cardoso) y Marcello Mastroiani conversan en el balneario al que acude Pereira para tratar su cardiopatía.

El doctor Cardoso ofrece a Pereira los mecanismos racionales para su propia redención personal, durante la estancia de éste en un balneario de las cercanías de Lisboa por prescripción médica. Cardoso es un hombre instruido, un profesional liberal que hace honor al significado de la palabra. Su decepción por la marcha del país es grande, pero no se deja llevar por el drama: “este país no me necesita… pero no quiero abrumarle con pensamientos negativos”, dirá en una ocasión a Pereira. Durante su estancia, le ayudará a vencer su timidez, asociada con su rechazo a su cuerpo -convenciéndole de que tiene que ponerse un traje de baño formado por unos calzones, en lugar de los anacrónicos bañadores de cuerpo entero-; le convencerá -aunque Pereira trate de ofrecer algo de resistencia- de que su lugar está entre los vivos, y que es con ellos con quienes tiene que hablar, haciéndoles partícipes de sus dudas, en lugar de con el retrato de su esposa fallecida; y le expondrá la teoría de la confederación de las almas de los médicos-filósofos franceses, en lo que será la aceptación para Pereira de que en su interior algo está cambiando, y que ese cambio no tiene que significar algo negativo, sino el inicio de una etapa nueva en su vida.

Mário Viegas, extraordinario en su papel de acérrimo salazarista, interpreta al director del "Lisboa" en el filme.

Mário Viegas, extraordinario en su papel de acérrimo salazarista, interpreta al director del “Lisboa” en el filme.

La intervención de Cardoso le abre las puertas de un primer intento de desafiarse a sí mismo y de desafiar lo establecido, con algo inocente pero al mismo tiempo lleno de una carga simbólica. La publicación de un cuento francés que transcurre en la época de la guerra franco-prusiana de 1873 en que se exalta a Francia frente a Prusia, y por tanto frente a Alemania -país del que, en este contexto de fascismos al alza, el Portugal salazarista es aliado-. Aquí tendrá lugar la intervención del director del “Lisboa”, que le llama a su despacho y le advierte de la necesidad de autocensura que tienen los periodistas en este tiempo para evitar ofender al régimen. Ante la réplica de Pereira de que la censura ha dado su visto bueno al artículo, el director le replica que los funcionarios de la censura son una panda de analfabetos y que su máximo responsable, amigo personal suyo, no puede estar pendiente de todo cuanto está en visos de publicarse. El director, como puede verse, es un hombre del régimen -“aparece siempre en las manifestaciones con el brazo en alto”, le dirá el doctor Cardoso-, con contactos influyentes y hace suyo el lenguaje de la dictadura de la exaltación patriótica, quien sabe si por convencimiento o por mantener y aumentar sus negocios gracias a esos contactos en las esferas del poder. Ese lenguaje de exaltación patriótica, muy al hilo de lo realizado por los regímenes fascistas y las dictaduras conservadoras, exhibe sin embargo su poca consistencia en el diálogo entre el director y Pereira. Cuando el primero le conmina a publicar a autores portugueses (Eça de Queirós, Camilo Castelo Branco…) y a hablar sobre la raza portuguesa, Pereira le contesta que la raza portuguesa -concepto análogo al que en Italia o Alemania vienen sosteniendo las falsas teorías científicas racistas, y que parodia Roberto Benigni en la escena de la escuela en su filme “La vida es bella”– no existe, y que los portugueses son el resultado de un conjunto de pueblos que habitaron el territorio luso a lo largo de centurias: celtas, romanos, visigodos, judíos, árabes…

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Nicoletta Braschi (Marta) junto a Stefano Dionisi y Marcello Mastroiani en la redacción cultural del “Lisboa”

Por último, aunque quizá sea poco ortodoxo hablar de este personaje como secundario, tenemos a Marta, la novia de Monteiro Rossi. Marta es una muchacha políticamente activa, de fuertes convicciones, militante de izquierdas en la clandestinidad (posiblemente del Partido Comunista) y sedienta de cultura, hasta el punto de que las necrológicas que Francesco manda a Pereira y la propia tesina con que éste se graduó en la universidad son obra suya. Al principio, la impresión que Marta le produce al viejo periodista es muy negativa, por su poca prudencia y por su halo de superioridad. Sin embargo, sus esporádicos encuentros, marcados por la propia evolución personal de Pereira, y el que en el último se encuentre con ella en el tranvía, tras la visita al despacho del director, obligada a transformar su identidad y su aspecto y dándole a Pereira una sensación de gran fragilidad acaba por aproximarla más a ella de lo que habría esperado al principio. Sola, perseguida y sin noticias de un Monteiro Rossi que en ese momento está acompañando a su primo Bruno por el Alentejo en una arriesgada campaña de reclutamiento de voluntarios para combatir por la República en España, aun conserva su rebeldía intacta, y vuelve a pedir a Pereira que combata desde las páginas de su diario contra la tiranía que se ha instalado en Portugal.

En su estudio sobre la película de Roberto Faenza basada en esta novela, María José García Orta afirma que, en una de las conversaciones que Marta y Pereira sostienen, y en que Marta le conmina a actuar diciéndole que “No le estoy hablando de literatura, sino de libertad. Esto no es la crónica de sucesos; esto, amigo mío, es Historia. Creo que usted tendría que ser de los nuestros”, tiene lugar “una simplificación del conflicto, que se divide en el bando de los malos (fascistas) y el de los buenos (antifascistas)”. Sin entrar en que cualquiera, en aquellos años terribles, pudo verse obligado a actuar del lado de los malos -por engaño, caso de Francisco Mateu, que luchó en el bando “nacional” en la guerra civil por convicciones religiosas que poco tuvieron que ver con sus sentimientos y que le llevaron a publicar, tiempo después, su denuncia del golpe del 18 de julio y del franquismo bajo el título “Franco ese… Mirando hacia atrás con ira”; por desconocimiento o por la fuerza- y que por lo tanto el gris debe estar presentes siempre, hay que rechazar las tendencias a “grisificar” todo, y a pretender que en la Historia -ese Historia a la que se refiere Marta- no ha habido blanco y negro -Séneca y Nerón, Torquemada y Bartolomé de las Casas, Efraín Ríos Montt y Jacobo Arbenz-. Personas que, como en el “Canto a la libertad” de Labordeta hicieron lo posible por empujarla hacia la Libertad y personas que se dedicaron a sembrar el camino a la misma de destrozos. La conminación a Pereira no es interpretable tanto en el sentido de querer que se hiciera marxista, sino en que siguiera el camino de otros -mencionados también en la novela- que optaron por la dignidad en una época en que, como vaticinaba el doctor Cardoso, “se avecinaba una catástrofe general” y era necesario denunciar el camino de esa catástrofe y a quienes querían llevar al mundo por esa vía: Louis Fischer, André Malraux, Thomas Mann, George Bernanos, Emmanuel Mounier, Stephan Zweig, Jacques Maritain, Antonio Machado, Anna Seghers… Su camino será el camino que al final seguirá Pereira.

EL FINAL

Pereira pensaba mientras hablaba con su mujer -con el retrato de su mujer- de que si alguna vez hubieran tenido un hijo, posiblemente se habría parecido a Monteiro Rossi. Esa cercanía, que ocultaba una suerte de moldeabilidad que hubiera querido realizar Pereira del joven a su imagen y semejanza, se traduce en realidad en una cercanía más próxima de Pereira hacia la forma de sentir y de pensar de su joven amigo. Si al principio Pereira conmina al muchacho, poco más o menos, a escribir con los ojos abiertos -una forma sutil, tanto que el joven entiende a su modo, de decirle que escribiera con la cabeza- en lugar de seguir “las razones del corazón”, al final de la novela (o del filme) Pereira aplaude una necrológica escrita por Monteiro Rossi en honor de García Lorca, diciéndole que es “un buen artículo, escrito con el corazón”.

Monteiro Rossi ha escapado de una redada policial en el Alentejo en la que ha caído su primo. Ha estado deambulando, caminando sin parar, exhausto, hasta regresar a Lisboa y a la casa de su superior, donde éste le da cobijo y le guarda los pasaportes falsos que estaban destinados para los posibles combatientes alentejanos en España. Este refugio es, sin embargo, precario: tres agentes de la PIDE, la policía política salazarista, se presentan en la casa de Pereira sin presentar credenciales y con la actitud altanera habitual de los dueños del poder, solicitando información sobre el joven. Preocupado por lo que puedan hacerle a su anfitrión, que tanto le ha ayudado -con dinero u ocultando a su primo y ahora a él- Monteiro Rossi da la cara. Dos de los agentes se dedican a golpearle brutalmente, esperando que confiese el paradero de Marta, a quien también buscan, mientras el tercero, el jefe del grupo, vigila a Pereira. Al final, Monteiro Rossi es asesinado a golpes, sin haber revelado nada acerca de su novia, y los tres agentes se van no sin amenazar a Pereira con que si abre la boca “la próxima vez podríamos venir por usted”.

Pereira, que había confesado a Monteiro Rossi en la cena previa a la entrada de los agentes que “yo tampoco soporto más esto”, idea entonces un plan para denunciar el hecho, haciéndole una jugada a la censura y al régimen. Escribe un artículo, al estilo de sus necrológicas -pero sin la retórica mortuoria a que nos tenía acostumbrados, sino exaltando la vitalidad y el compromiso de los dos jóvenes, el fallecido Francesco y la fugitiva Marta- para publicarse en la página cultural del “Lisboa”, conminando a la población “a vigilar y a denunciar estos actos de violencia brutal”.

Momento del final del filme: la conversación entre Pereira y el jefe de la imprenta a cuenta del artículo sobre la muerte de Francesco.

Momento del final del filme: la conversación entre Pereira y el jefe de la imprenta a cuenta del artículo sobre la muerte de Francesco.

Convence al jefe de la imprenta del periódico para que se publique el artículo, y utiliza al doctor Cardoso y a Manuel en la trama para que se hagan pasar por secretario y director de la censura, respectivamente, ante aquel y venzan sus reticencias. Al igual que hizo el director del periódico, Pereira utiliza el argumento de que el jefe de los censores es amigo suyo, y entre los tres urden el engaño con el que se salva la publicación del artículo: Pereira telefonea al Café Orquídea y Manuel “sigue el juego” al viejo periodista, pasando luego el teléfono al doctor Cardoso, quien se hace pasar por el director y elabora un discurso sobre la necesidad de que el país conozca hechos tan graves, así como de que el artículo sea publicado “en primera página”.

Es el triunfo de un Pereira nuevo, transformado en una persona distinta a la que era al principio del relato, al que observamos (en el filme, en un clímax excepcional acompañado de los acordes de Ennio Morricone y la voz de Dulce Pontes, mientras un repartidor callejero vocea el titular del asesinato de Monteiro Rossi) salir de Lisboa y de Portugal con uno de los pasaportes que tenía escondidos. Es un Pereira que ha comprendido la misión del periodista, y que al mismo tiempo ha aprendido a estar en paz consigo mismo, a recuperar su autoestima y a no dar su propia vida por perdida.

Un Pereira nuevo parte hacia su futuro por las calles aledañas a la praça do Rossio lisboeta.

Un Pereira nuevo parte hacia su futuro por las calles aledañas a la praça do Rossio lisboeta.

La principal lección, por tanto, de esta novela deriva, a mi entender, de la capacidad de unir estos dos conceptos: el del compromiso político, adquirido o renovado, en medio de circunstancias adversas para poder llevarlo a cabo, y el de la valentía de espíritu en todos los aspectos con que el protagonista asume las riendas de su propia vida, siendo sujeto activo de la misma y no un mero espectador pasivo de la misma. Pereira vence su propia apatía -un nuevo “yo hegemónico”, a decir de la teoría de la confederación de las almas expuesta por el doctor Cardoso- y con ello es capaz de enfrentarse a los temores que le sobrevienen también a la hora de realizar su labor profesional.

Apatía y temor que asaltan, también hoy, a los oficios de escribir y que deben ser sustituidos por dinamismo y audacia para hacer frente a las tenazas que en la época de Pereira exhibían dictadura como la salazarista y que hoy se han transformado en mecanismos más sutiles, quizá más confusos, pero igualmente perversos. En definitiva, hacer buena la sentencia que el padre Lobo le dijo a Arturo Barea, y que este reproduce en la tercera parte de su obra “La forja de un rebelde”:

 

“Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir su verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas.”

A MODO DE EPÍLOGO: MÁRIO NEVES, UN PEREIRA REAL

Antonio Tabucchi explica que se basó en una figura real para crear a su Pereira de ficción. Cuenta que conoció a un periodista portugués que había pasado muchos años en el exilio por causa de sus desavenencias con el salazarismo y que, viejo y olvidado por todos, había vuelto a Lisboa después de la Revolución de los Claveles (25 de abril de 1974) que había derribado al “Estado Novo”, y que le sirvió para crear, a partir de él, los rasgos esenciales del protagonista de su novela. Asimismo, otra de sus influencias fue una obra teatral, “What about Pereira?”, en que dos señoras hablan de un misterioso portugués que nunca aparece en escena.

Sin embargo, aunque desconocemos el nombre real de ese “sosias” de Pereira de la vida real, hubo un periodista portugués que guarda una cierta relación con el personaje creado por Tabucchi. Ambos vivieron los duros años treinta y se vieron obligados a enfrentarse a las circunstancias en que el ejercicio del periodismo se veía tremendamente dificultado por la censura existente en sus países o por las conveniencias políticas, ideológicas o de intereses de los editores. Una etapa que, aunque parezca lejana, no está ni mucho menos enterrada, sino que se encuentra bastante viva. Pensemos, por ejemplo, en la campaña de desprestigio lanzada contra Julian Assange, el responsable de Wikileaks, obligado a vivir refugiado -casi podríamos decir que recluido- en la embajada de Ecuador en Londres por causa de una extradición (un “puente” para su futuro traslado a EE.UU., donde su suerte podría estar echada) solicitada por Suecia a causa de una más que dudosa denuncia por acoso sexual. Unos pocos años atrás, en la década de los 1980, Gary Webb, publicó una serie de reportajes, en medio de la campaña de intervención de la administración Reagan contra la Nicaragua sandinista, en que descubría la conexión entre la CIA y los traficantes de droga nicaragüenses, que financiaban las actividades de la “contra” -los rebeldes que luchaban contra la revolución sandinista-. Webb fue sometido a salvajes ataques por parte de los medios “respetables” y la propia agencia de inteligencia norteamericana, que le condujeron al suicidio. Años después, en 1998, la CIA admitió la veracidad de los reportajes de Webb y su relación con los narcos nicaragüenses.

Identificación expedida por el Diário de Lisboa a su periodista Mário Neves.

Identificación expedida por el Diário de Lisboa a su periodista Mário Neves (fuente: badajozylaguerraincivil.blogspot.com)

El Pereira real al que me he referido anteriormente es Mário Neves, un joven periodista portugués (tenía 24 años cuando se dio a conocer con sus crónicas sobre la guerra civil española) que desempeñaba la labor de corresponsal del hoy desaparecido Diário de Lisboa, un periódico vespertino -en Portugal se da la existencia de diarios que salen por la tarde, a diferencia de lo que sucede hoy en nuestro país, donde todos son matutinos- al igual que era también vespertino el Lisboa de Pereira.

Neves prosiguió su carrera de periodista en O Século y en un periódico fundado por él y Norberto Lopes, otro de los grandes periodistas de la época, A Capital, distanciándose progresivamente del régimen salazarista, hasta el punto de que, al tener lugar la Revolución de los Claveles, se convirtió en el primer embajador de Portugal en la Unión Soviética, puesto que ocupó entre 1974 y 1977. Posteriormente, Neves se incorporó al gobierno presidido por la católica progresista Maria Lurdes Pintasilgo en 1979 -la primera mujer que ocupó el cargo de primer ministro en la historia de Portugal- como secretario de Estado de Inmigración. En enero de 1999, a punto de cumplir 87 años, fallecía en su ciudad natal, Lisboa. Su legado documental fue cedido por su hija, Maria Emília, a la Fundação Mário Soares.

En 1985, Neves publicó “A Chacina de Badajoz” (“La matanza de Badajoz”), un libro donde recogía sus testimonios como corresponsal en la capital pacense cuando esta fue tomada por las tropas rebeldes, al mando del entonces teniente coronel Yagüe -militar africanista y próximo a las posiciones de Falange Española-, que en los días posteriores a la toma de la ciudad se dedicó a realizar una labor de exterminio brutal de republicanos e izquierdistas que hirió profundamente a este reportero luso.

Neves, como su diario y el gobierno dictatorial portugués -que auxilió a las tropas rebeldes con el envío de voluntarios, agrupados en el Batallón Viriato, y con el uso de las carreteras del país para el transporte de tropas y material antes de la unificación de las zonas de dominio “nacional”, así como con el desembarco de material enviado por Alemania e Italia en sus puertos- era partidario de los sublevados contra la República. La cosa cambió cuando conoció de primera mano la magnitud del exterminio al que estos se estaban dedicando, y del que Badajoz fue una desagradable muestra.

Mário Neves, junto con los norteamericanos Jay Allen y John T.Whitaker o los franceses Marcel Dany, George Bernanos y el fotógrafo René Bru fue uno de los periodistas extranjeros que tuvieron conocimiento de la barbarie realizada por los “nacionales” en Badajoz. Tuvieron que enfrentarse, entonces y a lo largo del tiempo, a testimonios interesados y declaraciones sin fundamento de apologistas de los rebeldes que restaban credibilidad a lo que habían conocido y que negaban la existencia de fusilamientos masivos -se calcula que entre 1500 y 3000 personas, para una población de la ciudad que ascendía en la época a 40.000 personas, murieron en esta carnicería, en una ciudad donde se había respetado la vida de las personalidades de derechas- con espectáculos macabros como los de cadáveres castrados y ritos sexuales con el enemigo muerto practicados por los tabores marroquíes, el apuñalamiento de heridos, mujeres y ancianos indefensos o el ametrallamiento de personas, diera igual que “culpables” (en ese sentido retorcido de culpabilidad que establecía como delito la militancia en partidos y organizaciones legales o el haber votado o simpatizado con el Frente Popular) o inocentes, en la plaza de toros -en unos hechos que algunos atribuyen a leyenda, pero que al parecer sucedieron; otra cosa es que se realizaran a la luz de un público exultante como si estuvieran viendo una “faena” de Manolete-.

Estos hechos se habían repetido a todo lo largo y ancho de la conquista de Extremadura y de Andalucía Occidental, estimulando la reacción, también salvaje, pero menor en número y en medio de la impotencia y el dolor de las autoridades republicanas, incapaces de contener esa orgía sangrienta que se desarrollaba en los primeros momentos de la guerra en su territorio (actitud muy distinta al beneplácito y aplauso de las de la zona rebelde): Carmona, Utrera, el barrio hispalense de Triana, Huelva, Almendralejo, Mérida, Don Benito… habían vivido hechos muy similares a los que ahora, en Badajoz, se mostraban al mundo a través de las crónicas y que ha recogido recientemente Francisco Espinosa en “La columna de la muerte”.

El coronel Juan Yagüe (ascendido posteriormente a general) fue el responsable de la toma de Badajoz y la represión posterior en la ciudad.

El coronel Juan Yagüe (ascendido posteriormente a general) fue el responsable de la toma de Badajoz y la represión posterior en la ciudad.

El 15 de agosto de 1936, con la ciudad recién tomada -apenas había caído a las cuatro de la tarde del día anterior- Neves escribía en su primera crónica lo siguiente:

«Escenas de horror y desolación en la ciudad conquistada por los rebeldes», «Acabo de presenciar un espectáculo de desolación y de espanto que no se apagará de mis ojos», «Junto a las paredes de la Comandancia Militar, la calle está salpicada de sangre», «En las arenas se ven algunos cadáveres», «En la nave central (de la catedral) dos cadáveres aguardan todavía la sepultura », «Le preguntamos (a Yagüe) si había muchos prisioneros. Nos responde que sí (…).

-Y fusilamientos… decimos nosotros. Parece ser que ha habido dos mil…

El comandante (sic) Yagüe (…), sorprendido con la pregunta, declara:

 -No deben ser tantos (…). »,

 «Estas notas redactadas nerviosamente (…) no conseguirán dar una pálida idea del espectáculo de desolación y de horror que han visto mis ojos…»

En aquellos días, los rebeldes y el gobierno portugués se empeñan, además, en no dar tregua a los republicanos que han atravesado la frontera para ponerse a salvo. Un grupo de oficiales rebeldes entraron en Portugal -en la ciudad de Elvas y sus inmediaciones- a buscar refugiados para llevárselos a la Plaza de Toros de Badajoz, con la connivencia de las autoridades lusas, que también procedieron a devolver a España a los refugiados que capturaban. Sinforiano Madroñero, alcalde republicano de la ciudad, y Nicolás de Pablo, diputado del PSOE por la provincia, figuraron entre los desgraciados que hallaron la muerte tras haber cruzado la raia.

Al día siguiente, domingo 16, la crónica del periodista luso proseguía con el relato de las atrocidades:

«Desde ayer, cientos de personas han perdido la vida en Badajoz. En la plaza de toros, los mismos coches destrozados, los mismos cuerpos que tanto nos impresionaron ayer siguen en el mismo sitio y nadie los ha retirado… En el patio, cerca de las cuadras, hay muchos cuerpos, resultado de la inflexible justicia militar […] Hemos pasado más tarde cerca del foso de la ciudad donde están amontonado los cadáveres. Son los que han fusilado esta mañana; en su mayoría, oficiales que han luchado hasta el último momento […] En las calles principales, hoy ya no se ven -como podían verse ayer por la mañana- cuerpos sin sepultura. Las personas que nos han acompañado dicen que los legionarios del Tercio y los “regulares” moros encargados de ejecutar las decisiones militares deseaban dejar los cuerpos expuestos sólo algunas horas, en un lugar u otro, para que el ejemplo pudiese surtir efecto…»

El lunes 17 envió una tercera crónica, pero esta nunca fue publicada. A las autoridades portuguesas les interesaba ocultar el descrédito que una operación de limpieza así causaba en su propia opinión pública, en un momento de entusiasmo guerrero de los Viriatos -una escena que aparece al principio de la propia “Sostiene Pereira”– y de abierta colaboración con los rebeldes. De este modo, las palabras de Neves correspondientes a ese día fueron debidamente censuradas. En esta crónica, el corresponsal muestra su deseo de salir de una ciudad cuyos horrores le han dejado profundamente afectado.

El hecho de que se tratase de un periodista con simpatías por los sublevados añade, si cabe (salvo para los fanáticos o los engreídos que sempiternamente niegan las atrocidades de los sublevados, ya fuera en Badajoz o en el conjunto de España), una fuerte dosis de credibilidad a su testimonio, dado que en él no podía haber prejuicios ideológicos para exagerar “los crímenes de los fascistas”. Una situación similar a la de George Bernanos, un católico francés criado en un entorno donde el terror estaba asociado al jacobinismo de la Revolución Francesa y que se encontró, en la propia ciudad de Badajoz y en la isla de Mallorca (base de su afamada “Los grandes cementerios bajo la luna”), con que este terror era practicado por las “fuerzas del orden”.

Neves escribió en su crónica del 17 lo siguiente:

«Me pongo en marcha. Quiero abandonar Badajoz al precio que sea, lo antes posible, y prometiéndome a mí mismo que jamás volveré. Incluso si tengo que vivir muchos años del periodismo, es seguro que nunca conoceré sucesos parecidos a los que he vivido en las quemadas tierras españolas […] Basta con tener una formación moral media y estar sinceramente por encima de las pasiones de la guerra para ser incapaz de testimoniar a sangre fría las horribles escenas de esta guerra civil, que amenaza con devorar a España, destruyendo para siempre el amor y sembrando odios profundos…»

Resulta obvio que lo que estas palabras significaban de denuncia de la masacre, y más aún, de una guerra que había sido provocada por quienes estaban ahora en la ciudad no podían sentar nada bien al gobierno de Lisboa. Neves proseguía:

«Las autoridades fueron las primeras en divulgar que las ejecuciones eran muy numerosas para que todos pudieran constatar el rigor de la justicia militar. ¿Qué hacen con los cadáveres?, ¿dónde pueden enterrarlos en tan poco tiempo? ¿Quién tenía tiempo para enterrarlos? […] Por suerte, por pura suerte, he tenido contacto con un cura que, al saber que yo era portugués, me ha acogido y desvelado este misterio; hay tantos muertos que no es posible darles sepultura inmediatamente. Únicamente la incineración masiva podía impedir la putrefacción de los cadáveres acumulados, que representan un gran peligro para la salud pública…»

Durante días, el horrible hedor de los cuerpos quemados -Neves pudo observar más de trescientos cuerpos, algunos enteramente carbonizados, otros con partes que quedaron sin prender en una imagen dantesca que «ningún artista, por genial que sea, podría reproducir en una tela»– se extendió hasta las localidades portuguesas de Caia y Elvas, sita esta última a once kilómetros de Badajoz.

Grupo de víctimas amontonados en el cementerio, posiblemente el de la carretera de Olivenza. Aquí fue donde Neves contempló la masiva incineración de cuerpos de la mano del sacerdote que nombra en su crónica.

Grupo de víctimas amontonados en el cementerio, posiblemente el de la carretera de Olivenza. Aquí fue donde Neves contempló la masiva incineración de cuerpos de la mano del sacerdote que nombra en su crónica.

Neves tuvo que defenderse de lo que personas proclives a defender a los sublevados a cualquier precio dijeron acerca de sus crónicas. Arnold Lunn, propagandista británico de la causa rebelde, llegó a decir que las referencias de Neves a la matanza de Badajoz se referían a la guerra de Independencia de 1808-1812 y no a la guerra civil. Otros, como el comandante, también británico, McNeill-Moss, citaron las crónicas de Neves de modo interesado, recortando aquello que no le interesaba, con tal de poder decir “Esto nos libra de la Historia”. Neves publicó una carta en su periódico en diciembre de 1937 en la que defendía la veracidad de sus crónicas y su integridad profesional. Finalmente restaurado el sistema democrático en Portugal tras el 25 de Abril, vio la luz A Chacina…, en la que dedicó además un estudio sobre las informaciones y desinformaciones sobre los hechos que aparecieron en la prensa mundial. Poco antes de la publicación, en 1982, cuarenta y seis años después de aquellos acontecimientos que tanto le marcaron, regresó a Badajoz, la ciudad a la que se había prometido no volver, a petición de la cadena británica Granada TV, que realizaba una serie documental sobre la guerra de España.

Mário Neves a su vuelta a Badajoz durante el transcurso de la entrevista realizada para la televisión británica Granada TV.

Mário Neves a su vuelta a Badajoz durante el transcurso de la entrevista realizada para la televisión británica Granada TV.

Para finalizar con la figura de Mário Neves, que con los años llegó a ser un respetado periodista en su país, comentaré que se encuentra además relacionado con un hecho histórico en el devenir de la dictadura salazarista: las elecciones presidenciales de 1958, que enfrentaron al candidato oficial almirante Américo Thomas y al general Humberto Delgado. La dictadura había convertido la presidencia de la República en un peón más del poder salazarista, de modo que el presidente nombraba como primer ministro a Salazar sin vislumbrar siquiera la posibilidad de otro candidato. Cuando Neves preguntó al candidato opositor “Señor General, en caso de ser elegido, ¿qué hará con Oliveira Salazar?”, Humberto Delgado, el bautizado como general sem medo, respondió “¡Obviamente, echarlo!”. Estas declaraciones de Delgado le valieron el entusiasmo general de la población para con su candidatura, con manifestaciones de apoyo a su figura que eran duramente reprimidas por la policía, hasta que sólo un descarado fraude electoral otorgó la victoria a Thomas y obligó a Salazar a hacer cambios en el método de elección del presidente, que pasaría a hacerse por la Asamblea Nacional -controlada por la dictadura-. Delgado, por su parte, tuvo que exiliarse y años después murió asesinado junto a su secretaria en una trampa tendida por la PIDE en la ciudad española de… Badajoz.

FUENTES:

Antonio Tabucchi, “Sostiene Pereira”, Barcelona, Anagrama, 1999.

“Sostiene Pereira, declaración de una vida”, en

http://loultimo.blogia.com/2006/010601-sostiene-pereira-declaracion-de-una-vida.php

María José García Orta, “Formas simbólicas y propaganda en la película Sostiene Pereira” en “ÁMBITOS”. Nº 11-12 – 1er y 2º Semestres de 2004 (pp. 413-425)

Sobre Mário Neves:

Mário Neves, en Wikipedia en español (es.wikipedia.org)

Rafael Tenorio, “Las matanzas de Badajoz”, Madrid, Gredos, 1977

Herbert R. Southworth, “El mito de la Cruzada de Franco”, Barcelona, DeBolsillo/Random House Mondadori, 2008