El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posible

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Mehdi Ben Barka en el exilio.

Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados, formados en universidades y centros de estudios del país, pero las oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos salarios y la hoy denominada “economía informal”. Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento 20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del redil patriarcal. Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega, Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y siempre controlado por Palacio.

Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y “civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.

Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces. por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su propio pueblo. No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba, Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.

En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia), luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia, sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años de plomo”.

LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE

Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada, sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido negando sistemáticamente. Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha), en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada muy por excepción.

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Protestas en 1984 en el Rif contra la carestía de la vida y la marginación de la región.

Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique, Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial -entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente Polisario. Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes, (desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas características comunes: el mantenimiento del status quo político, el silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años las “décadas de plomo” del país magrebí.

Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”. Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975, pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales. Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca (1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur” contra la ocupación del territorio saharaui.

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Hassan II con el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Estados Unidos ha considerado siempre a Marruecos como un socio estratégico de primer orden en la zona del Magreb, primero en la lucha contra la penetración comunista y, tras el fin de la “guerra fría”, contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista.

Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente aceptado-. Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” (http://web.archive.org/web/20071107114004/http://web.amnesty.org/library/Index/ESLMDE290011993?open&of=ESL-376) podía dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios centenares y más de un millar de personas.

Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados. Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi (asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos. Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en Palestina.

Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la “guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del coronel Gadaffi. Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli, consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la “Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo es considerada clave para la implicación, a juicio de varios testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el mundo no alineado.

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A la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la Humanidad.

En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto prácticamente “sine die”. Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas, pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a la controversia.

Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de la sociedad marroquí con su pasado. En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto. Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca, expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo -un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de las asociaciones cívicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato, desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos “malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.

Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.

MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA  

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Cartel conmemorativo del 50º aniversario de la fundación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, a cuya formación Ben Barka contribuyó de modo decisivo.

Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países No-Alineados o la Conferencia Tricontinental. En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955 a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser, Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá del bloque soviético. En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina (Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali, Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental, para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la administración en los primeros años de la guerra fría- no era una opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte, producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos: Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno unipolar…)

Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera. La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel, pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la Alemania de Hitler).

En su juventud y durante sus etapa universitaria, frecuentó amistades y círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá siete años-. Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la consecución de la independencia plena del país y la salida de las potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí). Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio, donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un instrumento del régimen.

LA UNFP Y EL EXILIO

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Cartel propagandístico de Hassan II.

Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […] Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente franceses.” La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera relación del reino con las potencias occidentales para la represión del nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área (alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación del Sáhara Occidental, etc.)

Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh, otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del status quo.

La situación entre el sector conservador y el izquierdista del Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que, entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que entonces regían la vida política en el país por unas instituciones genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP).

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Acto fundacional de la Unión Nacional de Fuerzas Populares. Segundo por la derecha, Mehdi Ben Barka.

La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria, alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.

Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II, coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP. Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su exilio parisino, del que ya no regresaría.

Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir, “lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra, que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual se había convertido en una referencia para los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que, como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar más en contra con el hecho de que dos países recientemente independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de la ex metrópoli Francia.

LA TRICONTINENTAL

Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.

A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah, Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una perspectiva más global acerca de la exploración de las características y las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista (neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él -la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes mencionada-. Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).

La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot”  en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros
[lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).

El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa “altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día está en El Cairo para dar un discurso
defintorio y fustigante del neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.

Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka, el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos” Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia del contexto económico nacional. “Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí, actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día. Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres, cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y de progreso”.

En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo, neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe significar establecer una organización que, al igual que las que representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio. “Crear una organización de solidaridad de los tres continentes quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero, al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.

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Cartel de la celebración de la Conferencia Tricontinental de La Habana, enero de 1966.

No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966, recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en 1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica conferencia en la capital cubana. Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos -había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia del encuentro habanero.

La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba, donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro. Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.

Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con participantes de diversas partes del globo. La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC (https://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina#Foros_internacionales). La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.

UN CRIMEN SIN RESOLVER

El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y cuarto del mediodía.

La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.

La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.

A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.

Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer Mundo. Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la Francia democrática.

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Placa en recuerdo de Ben Barka en el restaurante-brasería Lipp de París.

¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí: Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada en el pecho. George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”, aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato- en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres de Boucheseiche.

Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero, apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia Tricontinental.

¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.

Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como prueba del cumplimiento de la misión.

Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo, estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad, dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni existe referencia a secretaria alguna.

¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados? Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato. Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión, añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.

Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración que las autoridades francesas tienen con la justicia para el esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.

EPÍLOGO

Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo Mondlane, Salvador Allende… El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.

En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del retardo, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida, y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la “apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el palacio real.

Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes, demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo exterior para seguir sosteniéndose.

FUENTES:

“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka

“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka

“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)

“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/

“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044

“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.

http://www.monde-diplomatique.fr/2015/10/BENJELLOUN/53960

“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.

https://www.monde-diplomatique.fr/2005/10/GALLISSOT/12827

“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010

http://entrevidiya.blogspot.com.es/2010/01/caso-ben-barka.html

“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.

https://www.nodo50.org/csca/na/na46/documento46.pdf (descarga)

“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre

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Yemen del Sur. Una utopía entre las bombas

 

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Sello de la República Democrática Popular de Yemen (Yemen del Sur) de 1982, conmemorativo del 60º aniversario de la fundación de la URSS, su gran aliado internacional.

 

 

 

 

El mundo árabe y musulmán es lo suficientemente amplio y complejo, tanto en términos geográficos como humanos, como para escapar a cualquier simplificación que pueda realizarse tanto desde el campo de la extrema derecha europea o norteamericana como desde quienes, llámese DAESH o Al-Qaeda, propugnan la configuración de un califato unificado e integrista. No estaría de más recordar, en éste último aspecto, que no sólo en el mundo de hoy y con las diferentes ramas del Islam que han ido surgiendo, suníes, chiíes y las subramas de éste, como los ismailíes, tal pretensión resultaría, además de la intolerable imposición por la fuerza que están sufriendo más que en cualquier otra área geográfica los propios musulmanes, sino que la experiencia histórica demuestra su fracaso: en los tiempos de mayor esplendor y expansión del Islam, el califato de Damasco ni siquiera pudo aglutinar a todos los musulmanes, surgiendo un califato disidente en la Península Ibérica, el califato de Córdoba. Con respecto a la primera posición -no tan alejada, en cuanto a su planteamiento exacerbado y radical-, conviene tomar un mapa y observar que la religión islámica está presente desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, desde el Magreb hasta Indonesia y Filipinas, y desde países europeos y de Asia Central como Bosnia Herzegovina, Albania, el Caúcaso y las antiguas repúblicas soviéticas a orillas del Caspio, el mar de Aral y la meseta del Pamir hasta zonas del África Occidental como Costa de Marfil y Burkina Faso y de África Oriental como Tanzania o las Comoras. En cada uno de estos países, el Islam está presente de forma mayoritaria o como importantes minorías nacionales, y aunque padecen en muchas ocasiones atentados de igual o mayor gravedad que los de Francia, Bélgica o Alemania (pero no ocupan la misma atención en los medios occidentales que si se producen en Europa o Estados Unidos, una política de comunicación que se podría calificar sin temor de racista, y que demuestra que no todas las vidas, ni todos los demás conflictos, importan lo mismo), el contexto social y político y la relación de la religión musulmana y sus fieles con la comunidad es muy diferente.

Para muchos de estos países, los conceptos de democracia, igualdad, justicia, derechos humanos, así como el progreso y la soberanía de sus pueblos tienen menos que ver con el peso de la religión que con las estructuras de poder político y social, las relaciones económicas internacionales, con conflictos de más largo arraigo y causas muy diferentes (la lucha por la tierra y los recursos, la privatización de los mismos, el adelgazamiento del estado, la ausencia de inversión e infraestructuras). Así, la “guerra contra el terror” (el concepto acuñado por George W.Bush tras el 11-S, que tiene los resultados conocidos después de su triunfante afirmación del fin de la guerra de Irak, y rescatado con poca fortuna por el presidente francés François Hollande tras los atentados en suelo galo) se transforma para los habitantes de estos países en la guerra contra un terror más cotidiano y que va camino de convertirse en secular: el terror al hambre, las sequías, las enfermedades, las malas cosechas, los conflictos enquistados, la arbitrariedad del gobierno o las fuerzas de seguridad…

En los países donde se lleva a cabo o están implicados en la “guerra contra el terror” propiamente dicha, la más conocida de acuerdo a la afirmación de Bush hijo, y mayoritariamente de religión musulmana, o bien no faltan los problemas anteriores (tolerados o amparados por parte de sus aliados occidentales, como ocurre con Turquía, Egipto, las monarquías del golfo o Arabia Saudí, cuya preocupación en esa alianza no se dirige hacia el bienestar de la población local, sino hacia la consideración de si el gobierno local cumple o no la máxima “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), o bien padecen otros añadidos, causados por la lucha entre los terroristas de DAESH o Al-Qaeda y la nueva versión del “mundo libre”, aunque ya no se trate de una guerra fría sino de una bien caliente, pero en la que la democracia, al igual que en los tiempos de la lucha anticomunista, sigue su política de alianzas con países que no parecen ajustarse bien al calificativo de “mundo libre” o de “democracia” con que tanto gustaban y gustan de autodenominarse. En este fuego cruzado de bombardeos, disparos y destrucción que padecen las poblaciones de Irak, Siria, Afganistán o Yemen, y en medio de una política deplorable de acogida de refugiados por Europa, Australia o América del Norte a causa de unas guerras que todo el mundo parece saber provocar pero nadie finalizar como corresponde, no puede resultar extraño que muchos acaben, llevados por la desesperación y la locura a que están sometidos, identificando la “civilización” europea y occidental que bombardea y mata a civiles, confundiéndolos con objetivos militares, como un modo más de barbarie, sólo que ésta extranjera, ajena a sus costumbres, y acaben uniéndose a las filas del DAESH. Un juego macabro, efectivamente, pero no deja de ser así una de las hipótesis de la formación del propio Estado Islámico: a base de antiguos militares y funcionarios del estado iraquí de Saddam purgados masiva e indiscriminadamente por la administración colonial estadounidense, que en represalia formaron una organización ¡todavía más radical que Al-Qaeda! Así, la lucha contra el terrorismo desencadenada por la llamada coalición internacional no sería más que una lucha de fomento de ese mismo terrorismo, en la contradicción reflejada por el historietista Quino en “Mafalda”: ante un camión con manguera de los antidisturbios, Mafalda explica a su hermano pequeño que la policía usa ese camión para regar los primeros brotes de violencia, pretendiendo que en realidad la estaba arrancando de raíz. Queda por estudiar la razón por la que jóvenes de origen musulmán, hijos de inmigrantes, nada interesados por la religión, de repente se revuelven violentamente contra el país en el que han nacido y en el que sus padres, paradójicamente, parecen estar más integrados que ellos a pesar de no poseer la nacionalidad que sí tienen sus vástagos. Posiblemente se trate, precisamente, de que esa integración o bien no ha existido o bien ha fallado estrepitosamente, y que hoy se expresa de esta forma al igual que hace unos años se expresaba en forma de estallidos violentos y quema de automóviles en los barrios periféricos de París. Es muy recomendable, a éste último respecto, la irónica novela “Mañana será otro día” de Faïza Guene.

Esa misma contradicción antes mencionada fue la que se observó, dando lugar a un tiro por la culata absolutamente bochornoso, con la alianza entre Estados Unidos y Europa y los regímenes laicos instalados en estados revolucionarios del Norte de África, Oriente Medio o la Península Arábiga (Yemen del Norte). Pretendiendo sustraer los regímenes panarabistas y de “socialismo árabe” que fueron surgiendo en Argelia, Egipto, Siria o Irak a la influencia soviética y garantizando en ellos la presencia de estados autoritarios y fuertes que aplastaran cualquier oposición no sólo a su izquierda (marxistas) como a su derecha (islamistas, como la Hermandad Musulmana), la “primavera árabe” acabó por derribarlos en muchos lugares -salvo en Egipto, donde cayó Mubarak, pero la élite militar del régimen prosigue en el poder tras el golpe que derrocó al presidente islamista Mohammed Mursi para poner al mando al general Al-Sisi y desatar una fuerte represión sobre los Hermanos Musulmanes y la oposición en su conjunto-. El resultado fue una desarticulación, además del descrédito (en parte por lo que tenía, aunque sólo fuera nominalmente al final, de socialista el régimen) del socialismo y de la oposición marxista. Pero por otro lado fue el auge de la otra opción indeseada por Occidente: la de la oposición religiosa islámica como fuente legítima de contestación al poder y a sus aliados occidentales, como ocurrió con el prestigio ganado por los ayatolás en la revolución iraní y el derrocamiento del sha en 1979. Por si esto fuera poco, la política llevada a cabo por Estados Unidos en Afganistán, apoyando en la lucha antisoviética y contra el gobierno comunista de Kabul, a combatientes profundamente radicales en sus planteamientos religiosos, resueltos a luchar en una especie de “yihad”, y del que más representativo acabó siendo Osama Bin Laden, demostraría cómo de suicida puede llegar a ser una política amparada en el capricho y en el apoyo al despotismo y la corrupción.

Una excepción a este panorama, aparte de la experiencia fallida de la república socialista de Afganistán, -en la que la URSS apoyaba a los moderados del partido Parcham ante el temor de una revuelta islamista (azuzada por Estados Unidos) y solicitaba a los comunistas radicales del Khalq la formación de un gobierno de coalición que realizase reformas, necesarias para la modernización del país, pero más moderadas para evitar una revuelta o una oleada de represión, razón de la intervención soviética y de la posterior guerra (1979-1989), en la que los norteamericanos intervinieron ayudando a los muyahidines con tal de meter a la URSS en un “cenagal tipo Vietnam”- o del Frente Polisario y la República Árabe Saharaui Democrática, constituida en el exilio -movimiento revolucionario inspirado en el socialismo democrático, del que el ministro de Información y Turismo del régimen franquista y fundador del PP, Manuel Fraga, refirió que España (y posiblemente también Estados Unidos y Francia, dos de los pilares de Marruecos y su política de invasión del país como suministradores de armas y aviación al ejército alauí) no podía tolerar “un movimiento marxista a treinta y cinco millas de las Canarias”- fue la República Democrática Popular de Yemen, más conocida como Yemen del Sur. Fue el único estado socialista marxista-leninista, constituido sobre las antiguas posesiones inglesas de Adén, Hadramaut y Qishn y Socotora, de un mundo árabe dominado por reinos despóticos o por repúblicas de socialismo de tercera vía, el mencionado socialismo árabe, que acabó degenerando de sus nobles intenciones. Hoy, cuando el comunismo parece desacreditado y cadudo, el recuerdo de Yemen del Sur alimenta en Adén y otras zonas de la antigua república un sentimiento de rebeldía que pasa por la recuperación de lo mejor de los ideales y los aspectos del socialismo suryemení, en medio de la marginación a que se han visto sometidos desde la unificación con el norte y de los conflictos y bombardeos que Yemen ha sufrido últimamente.

SOCIALISMO E ISLAM: AUGE Y CAÍDA DEL SOCIALISMO ÁRABE

La vía marxista-leninista que se abrió en aquellas colonias británicas del golfo de Adén y el sur de la Península Arábiga tras su independencia fue muy diferente de la que fue común en los estados árabes y norteafricanos que desarrollaron, a través de revoluciones o por el triunfo contra potencias coloniales, una vía socialista particular. Al igual que Julius Nyerere, el presidente tanzano, trató de elaborar y poner en práctica en su país un socialismo de claras raíces locales (la ujaama o espíritu de familia), el socialismo árabe basará su ideario en una combinación de elementos marxistas y nacionalistas con la tradición y costumbres árabe-islámicas, rechazando algunos fundamentos del marxismo ortodoxo y del marxismo-leninismo soviético que, por su carácter materialista, internacionalista o ateo, se interpretaban como incompatibles con la situación árabe.

De este modo, y de acuerdo con Michel Aflaq, uno de los fundadores del Partido Árabe Socialista Baaz (el partido gobernante en el Irak de Saddam Hussein y en la Siria de Haffed y Bachar al Assad), quien acuñaría el término, el socialismo árabe establecía la nacionalización de los medios de producción y la superación de elementos de atraso de sus sociedades, como el feudalismo o el tribalismo, pero sin que ello sirva como base para contradecir elementos del Islam tan importantes para los creyentes como la propiedad privada y los derechos de herencia, así como los lazos comunitarios -e incluso la ley islámica o Sharia, a pesar de desarrollar regímenes laicos- que constituían la base identitaria y cultural de sus sociedades. Otros de los elementos de su ideario eran el panarabismo, la solidaridad entre los pueblos árabes (desde el norte de África, incluyendo Mauritania, Sudán y Somalia, hasta Irak; lo que incluso llevó a la creación de uniones entre países como la que tuvo lugar entre Egipto y Siria bajo el nombre de República Árabe Unida o RAU entre 1958 y 1961), y su encuadre en el Movimiento de Países No Alineados, uno de cuyos líderes más representativos fue el egipcio Gamal Abdel Nasser.

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Emblema del Partido Baath Árabe Socialista, gobernante entre los sesenta-setenta y los 2000 en estados como Siria -aún en la actualidad- o Irak.

El socialismo árabe surgía como respuesta tanto a la política colonial llevada a cabo por Francia y Gran Bretaña, cuya presencia en el norte de África y en parte de los antiguos territorios árabes del Imperio Otomano desde el fin de la PGM, como a la de los débiles reinos sobre los que las anteriores especialmente (aunque no sólo) ejercían su dominio indirecto, como ocurría en Irak, Egipto, Omán o el reino de Yemen (del Norte). El dominio colonial, directo o indirecto, en la región había generado los mismos desequilibrios que en otras zonas: ausencia de infraestructuras y de desarrollo agrario e industrial más allá del que beneficiaba, en forma de extracción de materias primas y otros recursos, a los intereses de la potencia colonial o la élite local; falta de políticas de bienestar para las poblaciones locales; mantenimiento o explotación del atraso educativo, científico y cultural de la población local, de modo que, en el caso de una emancipación, se mantuviera la dependencia del exterior de las nuevas naciones. Así, el socialismo árabe buscaba una síntesis entre unas raíces culturales y sociales que el colonialismo explícito o implícito habían arruinado o desvirtuado (y que había dado lugar a un imperio floreciente no sólo en términos militares, sino también culturales y científicos) y lo mejor de los movimientos revolucionarios y transformadores, que en aquellos momentos era representado, para muchas naciones recién independizadas y para muchos pueblos del Sur, por el socialismo.

La primera de las naciones que puso en marcha un programa socialista árabe fue Egipto, tras el derrocamiento de la monarquía en 1953 en un golpe militar y la asunción del poder por parte de Gamal Abdel Nasser, quien fue sin duda la figura más influyente del mundo árabe en los años sesenta, no sólo por la influencia política y cultural de Egipto sino por la propia política y carisma de Nasser. Emprendió un programa de reforma agraria y de nacionalizaciones, entre las que destaca la del canal de Suez (lo que le enfrentó a Gran Bretaña, Francia e Israel); la construcción de grandes infraestructuras como la de la presa de Asuán; fue líder del movimiento de los No Alineados junto a otros líderes nacionalistas que buscaban vías autóctonas e independientes de desarrollo para sus países, como el indonesio Sukarno, el indio Nehru y el yugoslavo Tito (lo que no le impidió un acercamiento a la URSS), y encabezó la lucha del mundo árabe frente a las injerencias occidentales y la política expansionista y agresiva de Israel (lo que llevó a la participación y derrota egipcia y del resto de coaligados árabes en la Guerra de los Seis Días). Pese a ello, a su muerte en 1970 la política de sus sucesores Sadat y Mubarak cayó en el descrédito: el acercamiento de Sadat a EE.UU. e Israel le llevó a distanciarse del mundo árabe y, tras su asesinato en 1981, Hosni Mubarak se sostuvo en el poder durante tres décadas a través de leyes marciales y medidas represivas mientras tanto él como su entorno se enriquecían de modo ilícito al tiempo que la población egipcia se veía progresivamente empobrecida.

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Nasser y el premier sovético Nikita Jruschev en las obras de la presa de Assuán.

También en el norte de África, Argelia iba a apostar, tras una cruenta guerra de independencia contra Francia culminada en 1962 y encabezada por el Frente de Liberación Nacional, de corte claramente izquierdista, por la vía del socialismo árabe. Tras la difícil victoria, Ahmed Ben Bella, primer presidente de la Argelia independiente, y el FLN se hicieron cargo del país, tratando de implementar una política de nacionalizaciones, reforma agraria, sistemas autogestionarios (como las granjas colectivas) y la igualdad de sexos, consecuencia de la importancia que las mujeres habían tenido en la lucha armada contra Francia. Dentro de su política exterior neutralista, mantuvo buenas relaciones con países socialistas como Cuba, Yugoslavia, la Unión Soviética, China o el Mali de Modibo Keita, además de prestar su apoyo a movimientos de liberación como el ANC surafricano o el PAIGC de Guinea Bissau y Cabo Verde.

Sin embargo, las desavenencias que habían estado presentes en el interior del FLN desde el momento mismo de la lucha anticolonial hicieron que, en 1965, apenas tres años después de haber accedido a la presidencia de la República, Ben Bella fuera derrocado y confinado al arresto domiciliario por su ministro de Defensa, Houari Boumedienne, quien acentuó las tendencias autoritarias -suspendiendo la asamblea nacional y la constitución de 1963- y el dominio militar del régimen argelino, al tiempo que marginaba la cultura y lengua de la importante minoría bereber. Las rentas petrolíferas y gasísticas obtenidas por Argelia en los años siguientes no se han sabido o querido invertir convenientemente en el bienestar de la población, especialmente en la modernización de una agricultura cuya producción crece menos que la población, entre otras cosas por la burocratización y corrupción del régimen. Otro de los debe tiene que ver con la situación de la mujer, que, pese a lo proclamado en la constitución, tiene en la práctica limitados sus derechos debido a la vigencia del Código de Familia islámico.

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Ahmed Ben Bella (izquierda) y Houari Boumedienne, héroes de la independencia y de la revolución argelinas.

 

Boumedienne, fallecido en 1978 bajo sospechas de envenenamiento, fue sucedido por el coronel Chadji Bendjedid, quien procedió al desmantelamiento de facto del sistema socialista argelino mediante privatizaciones y acuerdos con el Fondo Monetario Internacional para la reestructuración de su economía. La dependencia exterior de Argelia, quien tiene que comprar todo aquello que no produce a cambio de la venta de petróleo y gas, y la corrupción y autoritarismo del sistema llevaron al triunfo electoral del islamista FIS en 1991, quien se presentó bajo el paraguas de la honestidad y la preocupación por las clases populares. El no reconocimiento de su derrota por parte del gobierno llevó a una guerra civil de baja intensidad entre éste y las fuerzas islamistas del GIA (Grupo Islámico Armado), en la que se dieron no pocas detenciones arbitrarias, torturas, abusos y atentados y otras acciones armadas contra la población civil en unos años terribles.

Los casos de Irak y de Siria revisten ciertos paralelismos. Ambos son países en los que conviven diferentes grupos étnicos, como los kurdos y los asirios, y religiosos como chiíes y suníes, lo que les ha llegado a convertir en auténticos polvorines después de la invasión norteamericana y la caída del régimen de Hussein en el primero o en la actual guerra civil siria. En ambos casos, la desacreditada monarquía -instaurada en Bagdad tras la independencia del dominio británico en 1932 y en Damasco después de la colonización francesa en 1946- dio paso a un sistema republicano en el que el control del país estará en manos del partido Baaz, quien procederá a una política de nacionalizaciones, reforma agraria y de aproximación y alianza con la URSS (lo cual, en el caso iraquí, no deja de ser paradójico, dado que el baazismo se enfrentará a la oposición de los comunistas). En Irak, rico en recursos petrolíferos, la nacionalización del sector y la eficiente gestión estatal posibilitó que el país pudiera dedicar ingentes recursos a infraestructuras o a los sectores educativo y sanitario, mejorándose la calidad de vida, los salarios o la situación de la mujer.

En 1971 en Damasco llega al poder Hafez Al Assad, de la en Siria minoritaria confesión chií (alauí), tras la derrota de la coalición árabe contra Israel en la Guerra de los Seis Días, y en 1979 en Bagdad Saddam Hussein, que orientará la política exterior iraquí de la Unión Soviética a Occidente y los Estados Unidos, convirtiéndose en aliado de éste contra la revolución iraní (la administración americana dará apoyo armamentístico a Bagdad en la Guerra Irak-Irán de comienzos de los ochenta) y consentirá la sangrienta represión que Hussein ejercerá contra los chiíes y los kurdos. Ambos proceden del ejército y se convertirán en los hombres fuertes durante cerca de tres décadas en ambos países (a Al Assad le sucederá su hijo Bassar, quien mantendrá la alianza con la Rusia post-soviética así como con el grupo armado libanés Hezbolá y el régimen islámico chií de Irán) y ejercerán el mando con mano de hierro. El movimiento baazista, mientras tanto, habrá perdido el protagonismo en la política nacional frente a la autoridad militar, convirtiéndose (como el FLN argelino) en aparatos burocráticos de los respectivos regímenes dictatoriales implantados. Las conquistas revolucionarias del socialismo árabe en ambos países fueron perdiéndose, especialmente en comparación al protagonismo ganado por la represión violenta de los movimientos de oposición, y debido también a factores internacionales como la crisis a la que Siria se tuvo que enfrentar por la disolución de la Unión Soviética (su mayor aliado internacional) y el bloqueo económico y las sanciones a las que tuvo que enfrentarse Irak tras su derrota contra la coalición internacional liderada por Estados Unidos en la Primera Guerra del Golfo de 1991.

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Saddam Hussein encabezó un golpe de Estado en Irak y cambió la política de alianzas del país, que pasó a alinearse con EE.UU. y a atacar Irán de acuerdo con Washington. Posteriormente, se convertiría en enemigo irreconciliable de las administraciones norteamericanas.

No obstante, tanto la guerra civil siria como la caída del régimen de Hussein tras la invasión norteamericana, y en especial el factor de los grupos terroristas de ideología fundamentalista religiosa (Frente Al Nusra, Estado Islámico) han mostrado tanto la especial incapacidad europea y estadounidense para comprender la complejidad étnica, religiosa y política a que habrían de enfrentarse ambos países tras el fin de los regímenes baazistas (y, en consecuencia, la complejidad de un escenario donde una “guerra contra el terror” creada por las propias potencias extranjeras intervinientes no sirve para explicarlo todo) como la escasa relevancia de una oposición de carácter laico y progresista, cuya ausencia en los análisis no implica que no exista, alimentando la tendencia en Occidente a pensar que en el mundo árabe no pueden existir alternativas políticas de tal naturaleza. Esto -que es extensible a países como los mencionados Egipto o Argelia- se debe  no sólo a una reacción de signo contrario al laicismo desarrollado por los corruptos y desacreditados regímenes socializantes que han degenerado en dictaduras crueles que abandonaron sus ideario y al cambio de alianzas, pasando de la enemistad a la amistad con un Occidente que les sirvió de apoyo (lo que explica el prestigio ganado por la Hermandad Musulmana, el FIS y otros grupos opositores religiosos al presentarse como candidatos de la honradez y contra la decadencia de un mundo occidental y cristiano que es, más bien, la decadencia de la propia dictadura local fenecida). También al hecho de que parte de la “guerra contra el terror” se dirige también contra grupos de izquierda que pudieran constituir una alternativa a los planes para configurar un nuevo “statu quo” regional o modificar las fronteras, aun cuando la aspiración pueda ser perfectamente legítima: tal parece ser el caso de los grupos armados kurdos que combaten tanto a Al Assad como al EI en Siria y en los que luchan juntos hombres y mujeres. No debe por ello resultar extraño que las posiciones kurdas en Siria hayan sido bombardeadas por Turquía (miembro de la OTAN) o que países como España hayan decidido encarcelar a su regreso a quienes, en un intento de emular a las Brigadas Internacionales, combatieron junto a estas milicias kurdas.

Libia, por último, al igual que Túnez, Yemen o Egipto, vio finalizado el régimen del coronel Gadafi en el transcurso de la “Primavera Árabe” de 2011, pero para ello tuvo lugar una guerra civil en la que se dio un juego de intereses políticos y geoestratégicos en los que las potencias occidentales, que habían iniciado años antes un proceso de revisión de sus relaciones con Trípoli y consideraban a Gadafi un aliado tras años de condena, apostaron a la carta de su derrocamiento. La situación del país, sin embargo, no ha mejorado tras el fin del régimen gadafista (que incluyó su muerte en un dantesco linchamiento, en un período en que, tras una suerte de tregua por parte de los medios de comunicación en sus descalificaciones hacia el por otra parte excéntrico líder libio, regresaron las acusaciones sobre supuestas atrocidades que incluían la violación de las mujeres de su guardia femenina) y las dificultades pasan tanto por las desavenencias regionales entre la parte occidental del país (Tripolitania) y la oriental (Cirenaica, la región de Benghasi y la primera en levantarse contra el régimen) como debido a la presencia de grupos terroristas como Al Qaeda en el Magreb Islámico y el propio EI. Asimismo, algunos analistas apuntan a que la presencia militar extranjera (Francia, Italia, Estados Unidos) en el país no está bien considerada por la población, lo que lleva a actos de violencia contra ellos que son camuflados como ataques terroristas.

Muamar al Gadafi encabezó en 1969 una sublevación contra la monarquía, instaurada en el país tras el fin del fideicomiso italiano en 1951. La República Árabe, influida por el nasserismo, iniciaba su andadura con mimbres parecidos a los de otros países que siguieron la vía del socialismo árabe: nacionalizaciones, reforma agraria y no alineamiento (de hecho, Gadafi no se aproximó a la URSS hasta mediados de la década de los setenta). Para mantener el poder, Gadafi hubo de pactar con los diferentes grupos tribales del país. En 1977, poco después de la publicación de los principios de la revolución libia en el Libro Verde (un remedo del Libro Rojo de Mao, que combinaba socialismo e Islam), Gadafi proclama la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista (el término árabe Yamahiriya se puede traducir tanto como república como comunidad, lo que enlazaba con el ideario gadafista de unión del pueblo libio en torno a un ideario y un líder, el socialismo árabe y el propio coronel). La nueva Libia, con la nacionalización de los recursos del petróleo y el gas y la utilización de los beneficios para planes de infraestructura e implementación de sistemas gratuitos de sanidad y educación, alcanzó extraordinarios niveles de desarrollo humano para el continente africano, más próximo a los países meridionales de Europa como Portugal o Grecia, así como un nivel de derechos para las mujeres mucho más elevados que en otras naciones islámicas.

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Escudo de la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista, el régimen libio encabezado por el coronel Gadafi.

Sin embargo, Gadafi también llevó a cabo una política de apoyo a grupos internacionales de liberación bastante controvertida. Al tiempo que apoyó en un principio la experiencia revolucionaria de Thomas Sankara en Burkina Faso, al Frente Sandinista y la revolución nicaragüense, la OLP o el ANC de Nelson Mandela, hizo lo propio con ETA, el IRA Provisional o las FARC, y llegó a implicársele en el atentado a un avión en Lockerbie (Escocia). Ello llevó a un bloqueo económico por parte de los Estados Unidos y al bombardeo, en tiempos de la administración Reagan, de las ciudades de Trípoli y Benghasi.

De ahí que, en su esfuerzo por normalizar las relaciones con Occidente, Gadafi retiró el apoyo a varias organizaciones terroristas y hacer frente al bloqueo fomentando las cooperativas y pequeñas empresas privadas. En sus últimos años, al tiempo que permitió la entrada de grandes actores privados en la economía libia, especialmente en el sector de los hidrocarburos, buscó contrarrestar el dominio occidental a través de acuerdos con aquellos países más opuestos o que pudieran contrarrestar el liderazgo estadounidense, como la Rusia de Putin, la Venezuela de Hugo Chávez, la República Islámica de Irán, Brasil o China, al tiempo que era recibido por líderes europeos como el primer ministro italiano Silvio Berlusconi o el presidente del gobierno español José María Aznar, que llegará a referirse a Gadafi como “un amigo extraño, pero un amigo”. La oportunidad ofrecida por la guerra civil libia, sin embargo, llevó a las potencias occidentales a apoyar a la oposición y a bombardear las posiciones del ejército de Gadafi, recuperando el lenguaje despectivo contra él. Algunos analistas han ofrecido, como parte de la explicación a este cambio de actitud, las oportunidades de negocio más amplias que la oposición ofrecía a las empresas occidentales, con la defensa en su programa de “un sector privado para la economía” y “los intereses y derechos de las compañías extranjeras”, así como la mayor capacidad de influencia sobre el nuevo gobierno.

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Vladimir Putin y Muammar Gadafi, dos líderes conocidos por su oposición al “unilateralismo” norteamericano, durante un encuentro en Trípoli.

En resumen, los gobiernos de socialismo árabe supusieron, en su día, un soplo de esperanza para aquellos países deseosos de librarse del yugo de la colonización europea y de emprender un camino propio, una “tercera vía”, entre el Occidente capitalista y el socialismo “ateo” de la URSS y sus aliados. Teniendo en cuenta la importancia del Islam en la configuración del mundo en la región de Oriente Medio y el norte de África (más incluso, afirma Edward Gibbon, que la del cristianismo en Occidente, donde había que tener en cuenta la enorme herencia de las civilizaciones griega y romana) y siguiendo la vía emprendida por otros estados no alineados como Yugoslavia, India o Tanzania, el socialismo árabe trataba de ser una síntesis de modernidad y tradición similar a la vía de los socialismos africanos. El éxito inicial que trajeron las políticas sociales y redistributivas, la nacionalización de sectores estratégicos o la reforma agraria en Egipto, Irak o Argelia, así como la afirmación de la propia identidad y el carisma de líderes como Nasser -de quien el escritor libanés Amin Maalouf referirá “los árabes […] tuvieron un líder en quien reconocerse”– fue sin embargo reemplazado a partir de los años setenta por un repliegue debido a la derrota de las fuerzas militares árabes frente a Israel en las guerras de los Seís Días y del Yom Kippur, que trajeron consigo una merma del prestigio y presencia internacionales de los líderes árabes. A esto se añadió la muerte y los golpes de estado contra los viejos líderes carismáticos e independientes, como Nasser o Ben Bella, que fueron sustituidos por figuras más proclives al acercamiento a Occidente y bajo cuyos gobiernos el régimen político nacional cayó en la corrupción, el nepotismo y la ineficacia, mientras, con el cambio de alianzas (se abandonó el apoyo y acercamiento a la URSS) eran apoyados por Estados Unidos y la Unión Europea en segunda instancia para aplastar a una oposición representada no sólo por intelectuales o izquierdistas de signo marxista, sino también por una oposición religiosa que achacaba los males del país a la “venta” a los valores occidentales y postulaba la regeneración a través del retorno a las fuentes islámicas, a veces de signo muy rigorista.

A este respecto, el fracaso del socialismo árabe parece representar el más reciente intento fallido de hallar una vía de síntesis entre las raíces propias y las corrientes sociales y políticas alrededor de las que se movilizaban banderas en el resto del mundo, como en el pasado lo representaron los “Hijos de Adán” y la fallida experiencia de la democracia iraní a comienzos del siglo XX. El mencionado Amín Maalouf -quien escribió sobre el anterior tema en su novela “Samarcanda”– refiere en el epílogo de su obra “Las cruzadas vistas por los árabes” que, mientras que el contacto de los occidentales en Palestina (al igual que en la Península Ibérica o en Sicilia) con los musulmanes contribuyó a una revolución cultural en Europa -el conocimiento de técnicas agrícolas, de la filosofía, las matemáticas o la medicina tanto antiguas como del desarrollo posterior de las mismas que llevaron a cabo Avicena, Averroes o Maimómines-, las “cruzadas” o “guerras francas” medievales crearon un ambiente de desconfianza y de encierro sobre sí mismo en el mundo musulmán que se mantuvo a lo largo de los siglos, y que la dominación colonial francobritánica en la zona o el establecimiento del Estado de Israel (considerado poco menos que un “reino cruzado”) han exacerbado, hasta el punto de que en tiempos del presidente Nasser se le llegó a equiparar con Saladino porque, al igual que el sultán ayyubí, consiguió unir a Siria y Egipto en un solo estado (la RAU entre 1958 y 1961) y plantar cara a Francia y Gran Bretaña como Salah al-Din hizo con los caballeros francos. “Asediado por doquier -dice Maalouf-, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta, de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo […] Por ello seguimos asistiendo hoy día a una alternancia con frecuencia brutal entre fases de occidentalización forzada [como la que representó el laicismo autoritario de Atatürk al fundar la República de Turquía en 1922, cuyas pulsiones dictatoriales permanecieron y permanecen hoy día a pesar de ser un país formalmente democrático] y fases de integrismo a ultranza fuertemente xenófobo.”

Grupos como el FIS argelino o la Hermandad Musulmana se presentarán, ante la degradación económica y política del país y las conexiones gubernamentales con antiguos o nuevos colonizadores occidentales, como individuos que atendían a las necesidades del pueblo, honestos y decentes y con un programa antiimperialista similar al que habían llevado los partidos baazistas o revolucionarios en el poder en los tiempos de la liberación anticolonial y cuyos ideales aparecían ahora traicionados. De este modo, la “primavera árabe” de 2011 -o antes en Argelia, en la época de la guerra civil- fue un momento propicio para el éxito popular de estos grupos, que representaban la esperanza del pueblo contra unos regímenes degradados, pero al mismo tiempo tenían su propia agenda de imposición de leyes restrictivas en materia religiosa y cultural, lo que asustó a Estados Unidos, Europa o la OTAN, “culpables” indirectos de su éxito al haber apoyado a gobiernos represores y corruptos como el de Mubarak en Egipto o políticas de “apartheid” como las Israel respecto a los palestinos, en medio además de una “guerra contra el terror” que parece no tener fin. Así puede explicarse el éxito de los Hermanos Musulmanes en las elecciones post-Mubarak en Egipto o de Hamás en la franja de Gaza. La respuesta, en algunos casos, ha sido apoyar a versiones modificadas de los viejos regímenes, como a los militares que formaban parte de la élite del ejército de Mubarak en El Cairo, condenar al gobierno salido de las urnas como en Gaza o agitar nuevos avisperos en Libia y Siria de difícil solución.

LA DIFERENCIA SURYEMENÍ

Yemen del Sur, oficialmente la República Democrática Popular de Yemen, siguió un camino diferente. El país siguió la vía del marxismo-leninismo que había sido condenada por el socialismo árabe por su ateísmo, y que hacía al régimen suryemení mucho más próximo a la Unión Soviética y las naciones del Este de Europa, Cuba, Vietnam o la República Popular China de lo que eran Egipto, Siria o Irak, que se declaraban como no alineados.

Además, Yemen del Sur tenía otra particularidad, y que en este caso lo diferenciaba respecto a otros estados socialistas como la RDA, Corea del Norte o Vietnam del Norte. La división del Yemen, al contrario de lo que había ocurrido con la de Alemania, las dos Coreas o Vietnam, no había sido un producto de la posguerra de la SGM y de las desavenencias que, como parte de una “guerra fría” en marcha, surgieron entre las potencias aliadas e impidieron configurar un estado unido, o en el caso vietnamita para asegurar un estado-tapón (Vietnam del Sur) fiel a Occidente que impidiera ver cumplida la teoría del dominó norteamericana acerca del dominio comunista del sudeste asiático. Yemen del Norte (primero Reino de Yemen y luego República Árabe de Yemen) y Yemen del Sur, a pesar de un pasado unitario, habían estado divididos y bajo control, respectivamente, del imperio otomano, hasta 1922 (en que el norte se independiza tras la derrota otomana en la PGM y la independencia o pérdida a manos francobritánicas de sus territorios en Arabia y Oriente Próximo) y del británico, hasta 1967, cuando le llega el turno de independizarse a la Colonia y Protectorado de Adén.

La Compañía Británica de las Indias Orientales se hace con el control de esta estratégica ciudad portuaria del suroeste de la Península Arábiga en 1839. Con Adén y Suez en manos británicas, así como el resto de Egipto y Somalilandia, el Reino Unido controla las bocas de entrada y salida del mar Rojo. Desde Adén, la influencia británica, en forma de protectorado, se extiende hacia el este, hacia los sultanatos de Hadramaut y el Mahra, conformado por Qishn, en la península Arábiga, y la isla de Socotora, territorios que unidos a la originaria colonia de Adén formarán el protectorado y en un futuro el Yemen del Sur marxista.

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Mapa de la composición de la colonia y protectorado británicos de Adén-Arabia del Sur, que luego constituirían la República Democrática Popular de Yemen.

Sin quererlo, los británicos van a fomentar la rebelión y el socialismo marxista en el país al deportar a militantes revolucionarios comunistas y socialistas de la India al país. La iniciativa en la resistencia a los británicos va a ser ejercida por dos grupos, el Frente de Liberación del Sur del Yemen Ocupado (FLSYO) y el Frente de Liberación Nacional (FLN). Éste último se constituye como la fracción yemení del movimiento revolucionario árabe, el MNA (Movimiento de los Nacionalistas Árabes), fundado en los años cuarenta por Georges Habash, Nayef Hawatmeh y Constantin Zureik y de claro signo izquierdista, y al que pertenecen la Acción Comunista del Líbano, el Frente Popular de Liberación y el Frente Democrático de Liberación, ambos de Palestina o los partidos comunista y socialista árabe de Arabia Saudí.

Después de crearse en 1963 la efímera Federación de Arabia del Sur sobre el territorio de la colonia de Adén, justo el mismo año en que comienza la actividad del FLN y el FLSYO, en 1967 la lucha de los revolucionarios triunfa frente a los británicos y a los sultanes dependientes de éstos y se crea la República Popular de Yemen, bajo el claro liderazgo de la primera de las organizaciones. Dos años después, en 1969, la rama socialista del FLN agrupará al resto de grupos políticos en torno a ellos, creando el marxista Partido Socialista de Yemen y el primer estado socialista marxista-leninista del mundo árabe,

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Bandera de la República Democrática Popular de Yemen (1967-1990)

la República Democrática Popular de Yemen. Para el economista y analista egipcio Samir Amin, la lucha por la independencia y el ideal socialista que la alumbraba ha aglutinado a la población resistente en torno al marxismo, y el PSY “agrupa a todas las fuerzas reformadoras modernas, las clases medias, los trabajadores del puerto [de la capital, Adén] y los estudiantes”. La periodista iraní Nazanin Amarian refuerza esta idea al afirmar que Yemen del Sur fue “la primera nación árabe y musulmana que vivió entre 1967-1990 bajo un gobierno socialista, dirigido por los comunistas, nacionalistas y liberales, mostrando que las personas musulmanas, lejos de ser fanáticas, apoyaban un gobierno laico que trabajaba por su bienestar y libertad.” En el Partido Socialista, aunque la corriente dominante será la marxista, existen nacionalistas, socialdemócratas y panarabistas, lo que reflejará una cierta pluralidad del sistema político suryemení, pero al mismo tiempo será fuente de conflictos internos, como demostrará la guerra civil que se desencadenó en 1986.

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Bandera del Reino de Yemen (1918-1962)

Mientras tanto, en el norte, en el vecino Reino de Yemen la monarquía está dejando de existir. La guerra civil se había iniciado en 1962 tras el golpe de estado por parte de militares republicanos y nasseristas, apoyados por Egipto, mientras los monárquicos resistieron apoyados por Reino Unido y Arabia Saudí. Tras ocho años de guerra, en 1970 Arabia Saudí reconoció a la República Árabe de Yemen y la vieja monarquía feudal mutawakilita de Muhammad al-Badr había perdido la batalla. Sin embargo, su sistema político pronto se distanciaría de Egipto y del socialismo árabe que representaba Nasser, cuyo apoyo había sido esencial para la victoria de los republicanos. Yemen del Norte comenzó a realinearse con británicos y saudíes, y lejos de aplicarse principios secularizadores como los del sur y socializantes como los de Egipto o Argelia, el país se mantuvo fiel a los principios islámicos y capitalistas, con lo que la diferencia de desarrollo y bienestar con el sur -sobre todo cuando en los ochenta se descubrieron yacimientos petrolíferos en la RDPY- fue considerable.

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Bandera de la República Árabe de Yemen (1962-1990)

Y es que, no en vano, y al hilo de la frase de Amarian, el bienestar alcanzado por los suryemeníes  gracias a las políticas gubernamentales motivó tanto las diferencias de bienestar y desarrollo humano existentes entre los dos Yemen como el sentimiento independentista de hoy en el sur, basado en los logros sociales de la época previa a la unidad; en el sentimiento de discriminación -acentuado tras la derrota en la guerra civil de 1994- que sienten los sureños frente a un norte cuyo modelo se ha impuesto en todo el país y se aprovecha de los recursos del sur; y en el rescate de un modelo socialista de nuevo cuño que recupere lo mejor del pasado y una dignidad que, más que perdida, sienten “robada”. Bajo el régimen marxista (con un sistema político similar al de la Unión Soviética y los países del Este de Europa, en el que los ciudadanos, por sufragio universal, votaban a los candidatos del partido), Yemen del Sur se convirtió en uno de los países más progresivos del mundo árabe y el que más de la Península Arábiga. La educación se declaró libre y gratuita y se desarrollaron intensas campañas de lucha contra el analfabetismo. Se llevó a cabo una exitosa reforma agraria que convirtió a la república en un país exportador de fruta y cereales, además de aumentarse las actividades ganaderas y pesqueras. Asimismo, se nacionalizaron importantes sectores económicos, como la industria naval, la banca y el comercio de exportación, y gracias al superávit de viviendas construidas por los colonos británicos, no existían problemas de esta índole en Yemen del Sur, por lo que en el país no había personas sin hogar.

Además, la RDPY contaba con una curiosidad arquitectónica como eran los rascacielos hechos de adobe y troncos de palmera de la ciudad de Shibam, en Hadramaut, cuya construcción originaria se sitúa en el siglo III antes de Cristo, aunque tuvo que ser reconstruida en dos ocasiones en los siglos XIII y XVI por las crecidas. Esta pieza única de arquitectura, tras años de abandono incluso en la época de la república democrática popular (en la que la vivienda fue nacionalizada, quedando sus antiguos propietarios como inquilinos) fue elevada, a petición del presidente Alí Nasser Mohamed, a categoría de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, tras la rotura de una presa que volvía a amenazar la precaria existencia de la ciudad. Las autoridades gubernamentales llevaron a cabo desde entonces “un plan de emergencia para reparar la presa y otro más a largo plazo para instalar una red de agua y alcantarillado, además de tendido eléctrico y telefónico [que] llevaron la ciudad al siglo XX” (Ángeles Espinosa), continuados desde entonces por las sucesoras administraciones del Yemen unido.

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La ciudad de rascacielos de Shibam, en Hadramaut (Yemen meridional).

En cuanto a la política de género, la legislación garantizaba la igualdad de sexos, aunque en las zonas tribales el gobierno hubo de pactar, haciendo que continuara aplicándose la ley islámica o sharia en estas áreas.

Las relaciones exteriores del país fueron muy estrechas con países del bloque socialista, como la URSS, la República Democrática Alemana o Cuba, que enviaron técnicos, asesores y expertos militares (la Unión Soviética fue el puntal de la modernización de las fuerzas armadas suryemeníes), así como con la República Popular China, quien envió médicos y creará una industria textil. Algo más difíciles fueron con los países árabes, en especial con los vecinos reinos y sultanatos como Arabia Saudí u Omán, debido al apoyo que el país suministraba a los revolucionarios de este último, deseosos de acabar con la monarquía. También lo fueron, por el carácter marxista del socialismo suryemení, con estados de socialismo árabe que condenaban por “renegar del Islam” al régimen de Adén y por la política de apoyo a organizaciones palestinas, en un momento en que países como Egipto buscaban una deténte con Israel. Por tal motivo, algunas de las controversias internas en el seno del PSY y del gobierno estuvieron motivadas por la política a seguir hacia países como Siria, Irak o Libia.

No cabe duda de que, siguiendo con la línea internacionalista (retórica o real) que era uno de los principios de los países socialistas, Yemen del Sur desempeñó un activo papel en este campo. Los suryemeníes apoyaron en 1969 el golpe de estado de Mohamed Siad Barré en la cercana Somalia, que proclamó inicialmente un estado socialista y estableció lazos militares y de cooperación con la URSS, apoyaron a los revolucionarios omaníes y a las organizaciones palestinas del FDLP, el FPLP y Al-Fatah. Incluso miembros de ETA se entrenaron en un campo a cien kilómetros de Adén, si bien es cierto que -según fuentes de la Guardia Civil- lo hizo durante un efímero período, entre 1976 y 1980, y mientras la organización contaba aún con una aureola revolucionaria y de oposición a la dictadura de Franco que pronto iba a desaparecer.

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Manifestantes sureños portan la bandera de la antigua República Democrática Popular contra las políticas del gobierno central de Saná.

Como se ha referido con anterioridad, la composición heterogénea del PSY, a pesar de la preeminencia de los marxistas, hará que en los años setenta surja una primera lucha ideológica y por el liderazgo en su seno. Cuando todavía el partido estaba en fase de creación a partir del Frente de Liberación Nacional, surgen, en 1979, las primeras diferencias entre el presidente Salim Robaya Ali y Abdul Fattah Ismail, secretario general. El primero es partidario de un acercamiento a los países árabes, como el vecino Yemen del Norte, Omán y Arabia Saudí, mientras el segundo desea estrechar los lazos con la URSS. Un golpe de estado acaba con la vida de Robaya y del ministro del Interior Saleh Mosleh, imponiéndose la línea prosoviética que caracterizará al país en los años siguientes. Ismail, que se había alzado con la presidencia, será sustituido por su aliado Ali Nasser Mohamed debido a problemas de salud y permanece tratándose de ellos en la Unión Soviética entre 1980 y 1985.

No obstante, años después, entre estos dos aliados se comenzarán a dar diferencias irreconciliables que conducirán al país a la guerra civil. Ali Nasser comenzará a mostrarse más partidario de una línea moderada, que en política exterior se reflejará en un acercamiento a sus vecinos norteños, Mauritania o Arabia Saudí, algo que disgusta a Ismail. A su regreso de la URSS, solicita a Ali Nasser en un congreso del PSY que abandone uno de los dos cargos que ostenta, el de presidente de la república o el de secretario general, algo a lo que aquel no accede. El 13 de enero de 1986, partidarios de ambos se enfrentan en las calles de Adén, comenzando un conflicto civil que terminará con la victoria de los partidarios de Ismail y provocará -pese a la mediación de los líderes de las organizaciones palestinas- alrededor de diez mil muertos y sesenta mil exiliados, incluyendo al propio Ali Nasser, que huirán hacia Yemen del Norte, pese a la proclamación de una amnistía que no incluirá a los principales aliados de Mohamed, juzgados y condenados a muerte. Ismail morirá durante el conflicto.

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Bandera de la República de Yemen, resultado de la unidad entre la RAY y la RDPY, desde 1990.

A pesar de la victoria del “ala dura”, la perestroika de Gorbachov en la URSS llevará a una política diferente en Yemen del Sur. La fracción más radical va a verse desposeída del dominio político, sustituida por líderes más influidos por los nuevos vientos de Moscú y, mientras los ciudadanos soviéticos y de otros países socialistas de Europa del Este abandonan el país, se inicia un diálogo entre los dos Yemen para una unificación que -a pesar de los conflictos que acabaron por estallar en 1977, cuando la República Árabe atacó la República Democrática Popular, en una guerra fronteriza que duró dos años- no dejó de estar sobre la mesa y que incluso llegó a proponerse en fecha tan temprana como 1972. Sin embargo, la unidad de los dos Yemen (negociada desde 1988 y realizada en 1990), al igual que ocurrió ente las dos Alemanias, aunque contemplaba un escenario mucho más igualitario y de mismo poder negociador entre ambas repúblicas, acabó por suponer una fagocitación por parte del país capitalista de su vecino socialista, aunque éste fuera más desarrollado y dispusiera de la riqueza petrolífera y de un estado del bienestar que los ciudadanos del norte no poseían. El egipcio Samir Amín afirma que el PSY se suicidó aceptando en 1990 la reunificación con Yemen del Norte, motivados, afirman los líderes marxistas del sur, por el temor a una agresión tras la caída del bloque soviético y de la propia URSS. Este suicidio político se manifestó en poco tiempo en hechos concretos y cotidianos para los ciudadanos sureños, a los que los noryemeníes ya parecían acostumbrados, sin que ello dejara de tener su gravedad. A la devaluación de la moneda suryemení, el dinar, para equipararlo con el rial noryemení (y que provocó subidas de precio escandalosas e inasumibles para los trabajadores de Yemen del Sur) le siguió un auténtico desmantelamiento del sistema de protección social, escolar y sanitario de la ya extinta RDPY: “las concesiones unilaterales de la República Democrática Popular de Yemen (del Sur), dominada por los liberales, a la República Árabe de Yemen, respaldada por Arabia Saudí y EEUU y su posterior disolución, fue el inicio de una crisis multidimensional del Estado que ha desgarrado al país […] El asalto de la derecha a las políticas sociales en el Sur (supresión de la sanidad y educación universal y gratuita, de la pensión para ancianos y discapacitados – que se han convertido en masa de mendigos- la privatización de las grandes empresas y fábricas, etc.) ha arrastrado a la mitad de la población, en su mayoría jóvenes menores de 30 años, a la pobreza, desesperación y también a la protesta”, escibe Nazanín Armanian. La exclusión del PSY de las estructuras de poder llevaron, junto con la puesta en marcha de estas políticas, a la guerra civil de 1994, en la que el sur proclamó de nuevo su independencia.

UNA GUERRA (Y UN IDEAL) QUE NO SE ACABA 

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Manifestantes yemeníes portando, entre otros carteles, un poster del Che Guevara.

A los cuatro años de la unidad entre ambos estados yemeníes, las circunstancias de la unificación demostraron que el acuerdo político al que se había llegado entre la República Árabe y la República Democrática Popular había sido absolutamente insatisfactorio para el sur. No sólo por el desmantelamiento que se estaba realizando de las políticas que se habían llevado a cabo durante el régimen marxista en Yemen del Sur, sino también por la persecución y discriminación a que se veían sometidos los antiguos dirigentes suryemeníes y los miembros del Partido Socialista de Yemen, quienes, a pesar de que formalmente compartirían el poder con sus homólogos noryemeníes, habían sido reducidos a un papel de comparsas. “El Partido Socialista Yemení empezó a sufrir persecuciones políticas por las fuerzas norteñas y su influencia se vio duramente reducida en el nuevo gobierno”, escribe Antonio Ponce. La sensación de “colonialismo” por parte del gobierno de Saná y del norte sobre el sur se extendió también sobre las fuerzas armadas.

El recientemente derrocado Alí Abdulah Saleh, que ya había sido presidente de la República Árabe de Yemen y ostentaba la presidencia del Yemen unido, dirigía con mano de hierro el nuevo estado y condujo a las fuerzas unitarias hacia la victoria. Contaban con la ventaja de que ningún país reconoció a la reinstaurada República Democrática de Yemen en el sur, a pesar de que Arabia Saudí, temerosa de un Yemen unificado y libre de su influencia, apoyó a los rebeldes, así contaban con el apoyo estadounidense para con las fuerzas de Saná. Tras la guerra, que transcurrió básicamente en territorio del sur, Saleh vio reforzado su poder, incrementándose además el de éste respecto del poder del parlamento, y el dominio norteño sobre el conjunto del país se intensificó.

De este modo, muchos yemeníes del sur observaron como eran marginados, en favor de norteños aliados del presidente Saleh, de los puestos en la administración y el ejército, forzados al retiro en estos cuerpos con pensiones que bordeaban el umbral de subsistencia -situación general en todo el país, tanto en el norte como en el sur, pero agravada por el hecho de que era una situación nueva en comparación con la antigua RDPY- y como las rentas del petróleo, cuyas reservas se encuentran en el territorio del antiguo Yemen del Sur, eran transferidas a elementos del gobierno central. Así, lejos de apaciguarse la situación tras la guerra, iban a surgir nuevos elementos para el descontento. El general Ali Mohamed Assadi, nativo de Adén, prominente miembro del movimiento independentista del sur y que desertó del ejército para luchar con sus paisanos en la guerra civil, refiere que “desde 1994, hemos estado viviendo bajo la ocupación del régimen tribal del norte”, refiriendo, de paso, las diferencias entre las estructuras sociales de los dos antiguos estados (aunque también el tribalismo tuviera presencia en el sur). Esta sensación de vivir bajo un régimen de ocupación dará lugar a que se forme el Movimiento de Yemen del Sur o Al-Harak desde mediados de los 2000, exigiendo la independencia -o, como mínimo, una estructura federal para Yemen- del antiguo país y con un programa socialdemócrata.

Con el tiempo, las cosas no sólo en el sur sino en el conjunto del país evolucionaron hasta erosionar el dominio del poder de que gozaba Saleh. A las manifestaciones y protestas del Movimiento del Sur había que sumarle, desde comienzos de los 2000, la de las tribus chiíes de la secta zaidí en el norte, también conocidas como hutíes (así denominadas por su líder, el clérigo Hussein Badreddin al-Houthi). “La base del movimiento, jóvenes campesinos, cultivadores de uva y granada, piden autonomía para su comunidad en el norte y el fin de los ataques de drones americanos.” (Nazanín Armarian). ¿Por qué el ataque con drones? A partir de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York de 2001, Yemen (gracias al “caos causado por la guerra civil de los noventa y la malas infraestructuras, sobre todo en las zonas áridas y desérticas del país”, como escribe Antonio Ponce) aparece para el Pentágono como un lugar idóneo para la instalación de células de Al-Qaeda, especialmente las zonas del sur abandonadas por el gobierno de Saleh. Pero al mismo tiempo, siendo Saleh un aliado de EE.UU. es muy probable que esos ataques también fueran dirigidos contra un foco de insurgencia contra el gobierno de Saná como eran los hutíes. El propio Saleh perfectamente atiza esta sospecha al acusar a Irán, un elemento del “Eje del Mal” que trazaba la administración de George W. Bush y en disputa por el poder regional con Arabia Saudí, de apoyarles, lo que podía generar, como de hecho se ha visto posteriormente, la reacción árabe-estadounidense.

La Primavera Árabe iniciada en 2011 acabó con el gobierno de Saleh, que dimitió el 25 de febrero de 2012, presionado por Arabia Saudí y a cambio de su inmunidad, en favor del vicepresidente Mansur Al-Hadi. Saleh, sin embargo, desde Riad, la capital saudí, realiza un doble juego: busca una alianza con sus antiguos enemigos los hutíes con el fin de derrocar a su anterior segundo y favorecer los intereses de su hijo, Ahmed Ali, de 42 años, para que pueda convertirse en futuro presidente de Yemen. Los hutíes, mezclados con los intereses de Saleh, caen en la trampa de rechazar una constitución, propuesta por Al-Hadi, que prevé un estado federal y, entre febrero de 2014 y marzo de 2015, manteniendo “secuestrado” a Al-Hadi en la presidencia dado que ellos no pueden ejercer el poder por sí solos, entran primero en Saná y posteriormente en Adén, donde se encuentra la flota estadounidense. Washington, desde la sombra, puede ya lanzarse a una escalada bélica en toda regla contra los hutíes y para liberar al gobierno de Hadi, llevada a cabo formalmente por sus aliados de la Liga Árabe y en especial por Arabia Saudí. Una nueva guerra en Yemen que, aunque iniciada en 2010 con el lanzamiento de la operación “Tierra Quemada” por parte saudí, es desde hace dos años cuando toma cuerpo y se cobra cada día cuantiosas víctimas civiles, sobre todo por los bombardeos de la coalición árabe, sin que exista solución a la vista.

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Mapa con los puntos estratégicos más destacados de la Península Arábiga. De oeste a este y de norte a sur, y señalados con un círculo, el canal de Suez, Bab-el-Mandeb, el golfo de Adén y el estrecho de Ormuz.

¿Qué objetivos persigue esta guerra? Para los estadounidenses (así como otros aliados de la OTAN, como Francia, Bélgica, Reino Unido o Turquía) y para la coalición árabe hay un conjunto de intereses comunes: seguir manteniendo a Yemen como un estado vasallo sometido a su influencia, al igual que ocurrió con la intervención armada de Arabia Saudí en Bahrein cuando las protestas populares amenazaron con derrocar a la monarquía absolutista suní (en un país de mayoría de población chií), ejerciendo desde entonces un protectorado sobre un país donde -por añadidura- hay una base norteamericana; controlar una ruta comercial de enorme importancia estratégica, la del Mar Rojo, evitando que uno de sus tres puntos de vital importancia (el golfo de Adén) caiga fuera de su control, habida cuenta de que el canal de Suez y Bab-el-Mandeb se encuentran en manos de dos aliados como Egipto y la propia Arabia Saudí; empujar a Irán a una intervención a favor de los chiíes hutíes -hay fuentes que afirman que ahora mismo se les está dando apoyo mediante entrenamiento y suministros, pero otras descartan que tal situación se esté produciendo, habida cuenta de que en Yemen la República Islámica, en pleno deshielo de sus relaciones con Occidente, se las tendría que ver con una coalición, con la cercana presencia de las tropas de la misión Atalanta de la OTAN y con la flota americana- y mantener el control sobre la producción, transporte y/o comercialización de las materias primas de la zona, bien sea alejando a competidores de la zona (China) preservando los intereses de las compañías occidentales ya instaladas, bien sea -en el caso saudí- castigando las veleidades independientes de los gobernantes yemeníes en la construcción de infraestructuras estratégicas.

En este sentido, cabe preguntarse qué ha pasado con la lucha contra el terrorismo de Al-Qaeda y de Ansar Al Sharia, organizaciones que estaban operando en Yemen en el momento en que se produjo la rebelión hutí. Podría pensarse que, como reza el dicho, “a río revuelto ganancia de pescadores” y que la actuación terrorista en Yemen bien puede haberse incrementado en las caóticas circunstancias, pero en un conflicto ya de por sí bastante poco mencionado -salvo noticias que hablan de un bombardeo y del número de víctimas que se han producido, sin entrar en ni producirse análisis sobre las motivaciones del conflicto- existen pocas noticias sobre la actividad de estos grupos, aunque tienen varias ciudades bajo su control en zonas interiores de la parte central y oriental del país. A este respecto, es muy pertinente la pregunta que lanza Nazanín Armarian: “¿Cómo es posible que la principal potencia militar del planeta (que cuenta con el Centro de Mando Conjunto Militar de EEUU-Yemen) y sus aliados (equipados con la tecnología que les permite detectar el movimiento de la reina de las hormigas en el subsuelo) no hayan podido derrotar durante 14 años a algunos miles de hombres armados con daga y bombas de fabricación casera?” Teniendo en cuenta que los barcos de la OTAN siguen en las costas de Somalia, toda vez que parece bastante reducida -a tenor de la escasez de noticias- la actividad de los “piratas” somalíes (las más de las veces pobres desgraciados a quienes la contaminación y sobreexplotación de sus aguas por parte de las compañías occidentales dejó sin otra alternativa de subsistencia); que se cuenta en la zona con abundancia de medios (las bases estadounidenses, las israelíes de Eritrea o las francesas de Yibuti, la flota americana en el Índico) y con aliados estratégicos como las monarquías del Golfo, el no poder acabar con el yihadismo en la zona resulta bastante descorazonador, a no ser que se tenga en cuenta la incompetencia o la escasa fiabilidad de esos aliados estratégicos.

¿Y qué hay del Movimiento del Sur? El movimiento, tras su fundación en 2007, consiguió llevar a cabo alianzas con grupos antigubernamentales en las protestas contra Saleh, como las organizaciones de izquierda (que han pasado desapercibidas en los análisis, pero eran especialmente potentes) y llegaron a establecer estructuras de gobierno en el sur, en áreas donde era débil el control gubernamental (la región montañosa de Yafa, bautizada como “el Sur Libre”). Allí, a través de una red de tribus, se implementó esa estructura basada en el estado de derecho y el respeto a la ley, izándose la antigua bandera de Yemen del Sur. Al iniciarse la rebelión hutí, y en medio de la vorágine de grupos con intereses muy dispares (gobierno, hutíes, yihadistas, Movimiento del Sur), los secesionistas aprovecharon la circunstancia de la toma de Saná por los hutíes en 2014 para izar en edificios gubernamentales y el aeropuerto de Adén la bandera del triángulo azul y la estrella roja de la antigua república meridional.

El movimiento Al-Hirak o del sur, aunque nació como un movimiento pacífico de protesta, inició pronto una actividad armada contra el gobierno de Saná como consecuencia de la reacción represiva y violenta con que éste respondió a la actividad de Al-Hirak (por ejemplo: una gran manifestación en la localidad meridional de Zinjibar, próxima a Adén, y capital provincial, fue dispersada a tiros por las fuerzas de seguridad, causando la muerte de un adolescente de dieciséis años, hecho que llevó a posteriores choques armados). Aunque la actividad del movimiento -junto con la insurgencia hutí en el norte- haya sido un factor que ha podido facilitar las cosas a los grupos terroristas que se han instalado en la zona, los sureños, al igual que rechazan una colonización norteña, sea del antiguo régimen de Saleh o de los hutíes que han rechazado la estructura federal propuesta por Al-Hadi (extraño rechazo por cuanto sus demandas de autonomía se encontraban en consonancia con tal proposición y eran muy similares a las del Movimiento Al-Hirak), muestran asimismo su rechazo al yihadismo y no tienen ninguna conexión o estrategia coordinada con Al-Qaeda o cualquier otro grupo, escribe la periodista Katherine Zimmerman.

El hándicap más grave al que se enfrenta Al-Hirak (como el resto de fuerzas de izquierda en el conjunto de Yemen, marginadas de los medios de comunicación y de un diálogo político paralizado) es que, ahora mismo, ni el gobierno de Al-Hadi apoyado por la coalición árabe, ni la extraña alianza hutís-Saleh, salvo algunos mensajes de mera retórica, ni por supuesto los grupos terroristas fundamentalistas, parecen dispuestos a entablar contacto y alianza alguna con un grupo con especial soporte popular pero con escaso dominio territorial y sin apoyos internacionales, habida cuenta de que la Liga Árabe y los Estados Unidos apoyan un Yemen unificado dentro de su influencia y temen que una separación y el regreso de una nueva versión, aunque matizada y próxima a la socialdemocracia y las propuestas del Estado de bienestar tradicionales de Europa, del antiguo Yemen del Sur supongan un desafío al statu quo regional, en que llevan la voz cantante.

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El descontento popular, la discriminación y aprovechamiento de los recursos del sur en beneficio de los dirigentes de Saná y el recuerdo de la RDPY explican el fuerte apoyo al Movimiento Al-Hirak o del Sur en las zonas meridionales de Yemen.

Sin embargo, la independencia completa no es la única postura del Movimiento del Sur (aunque es la que defienden figuras tan prestigiosas como el general Assadi o el antiguo vicepresidente de Yemen durante la transición-unificación de ambos estados, Ali Salim al-Beidh). Dentro del mismo, existe también una postura de federación o confederación entre dos estados, defendida por Alí Nasser Mohamed, e incluso hay movimientos regionales como el de Hadramaut que defienden tanto la independencia de Saná como de Adén. En todo caso, lo que demuestra este hecho es que en Yemen y en el mundo árabe existe una alternativa política que no necesariamente tiene que pasar por los clichés y prejuicios relativos a la religión (de nuevo volvemos a Nazanín Armarian: “se concedió el premio Nobel de la Paz del 2011 a Tawakkul Karman, activista de Hermandad Musulmana [yemení e hija de un ministro del partido Islah, rama del grupo en Yemen y gobernante en coalición con el partido de Saleh], ocultando a cientos de mujeres que luchan por la igualdad y la democracia política y social para todos y todas, y que también luchan para que la religión y la fe dejen de ser instrumentalizadas y regresen al espacio privado de la vida de los creyentes”). La defensa del “rule of law”, del socialismo democrático, la oposición a los movimientos yihadistas, las manifestaciones con imágenes del Che y de la hoz y el martillo también están presentes en aquel rincón conocido en tiempos como “la Arabia feliz”. Esperemos y deseemos que su apuesta, aunque no cuente ahora mismo con muchas bazas a su favor, pueda salir en algún momento triunfante.

FUENTES:

“Historia y características de Yemen del Sur”, julio de 2013. En http://arqueohistoriacritica.blogspot.hu/2013/07/sobre-yemen-del-sur.html

“Yemen del Sur. El primer estado socialista del mundo árabe”, julio de 2014. En http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2014/07/yemen-del-sur-el-primer-estado.html

Ángeles Espinosa, “El Manhattan de arena”, 25/05/2008. En http://elpais.com/diario/2008/05/25/eps/1211696814_850215.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículos: “Socialismo árabe”, “Yemen del Norte”, “Yemen del Sur” y “Guerra civil de Yemen de 1994”.

Wikipedia en inglés (en.wikipedia.org). Artículo “Southern Movement” (Movimiento de Yemen del Sur).

Antonio Ponce, “Yemen: una historia de violencia”, 18/03/2016. En http://elordenmundial.com/regiones/yemen-una-historia-de-violencia/

Nazanín Armanian, “Yemen entre Al Qaeda, neosocialistas, China e Irán”, 21/01/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2354/yemen-entre-al-qaeda-neo-socialistas-china-e-iran/

Nazanín Armanian, “Los 25 objetivos de EEUU y Arabia en Yemen”, 07/04/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2625/los-25-objetivos-de-eeuu-y-arabia-en-yemen/

Katherine Zimmerman, “Yemen’s southern challenge: background rising threat secessionism”, 05/11/2009. En http://www.criticalthreats.org/yemen/yemens-southern-challenge-background-rising-threat-secessionism

TIME Staff/Aden, “Is South Yemen Preparing to Declare Independence?”, 08/07/2011. En http://content.time.com/time/printout/0,8816,2081756,00.html