La “Operación Ajax” contra Mossadegh: 1953 siembra la semilla de 1979

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Ilustración de la revista TIME con motivo del nombramiento de Mohammed Mossadegh como “hombre del año” en 1951 por parte de esta publicación.

“Los países subdesarrollados con ricos recursos tienen hoy una lección tangible en el alto coste que ha de pagar uno de ellos que pierde los estribos por un fanático nacionalismo. Es tal vez esperar demasiado que la experiencia de Irán evite el ascenso de Mossadeghs al poder en otros países, pero dicha experiencia puede, por lo menos, reforzar las manos de líderes más razonables y previsores”.

The New York Times, editorial, 6 de agosto de 1954.

(citado por Noam Chomsky, “El miedo a la democracia”, Crítica, Barcelona, 2017).

 

Tras la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, no fueron pocas las naciones de los continentes asiático, africano y americano que buscaron un modo propio de desarrollo y escapar de la tutela ecónomica (tras la tutela política, una vez acontecida la descolonización) de las grandes potencias, que en muchos casos eran o continuaban siendo tras la independencia poseedoras de los ingentes recursos naturales de estos países a través de las compañías extranjeras radicadas en ellos. En estos dos pilares se basó el ideario nacionalista y el movimiento del Tercer Mundo o de los Países No-Alineados surgido en los años cincuenta del pasado siglo, y al que estaban adscritos, más tendentes hacia la izquierda o hacia el conservadurismo, líderes políticos que iban desde sus impulsores -Nasser, Nehru y Tito- hasta otros a los que la fortuna les fue completamente desfavorable: Sukarno, Jacobo Árbenz, Mehdi Ben Barka, Patrice Lumumba o Mohammed Mossadegh.

Para estos países, sin embargo, no fue nada fácil -de hecho, en algunos casos fue imposible- poder llevar a cabo sus programas de reforma social progresista basados en el aprovechamiento de la riqueza propia en beneficio de la propia nación, y no de intereses particulares autóctonos y extranjeros. Sufrieron lo que se ha llamado la “paradoja de los recursos”: países con recursos agrícolas y minerales extraordinarios -del que posiblemente el mayor ejemplo sea la República Democrática del Congo, bajo cuya superficie se concentra una enorme variedad de minerales y piedras preciosas en ingentes cantidades- pero cuya población vive en las situaciones más atroces de pobreza debido a que la riqueza no pertenece en realidad a estos pueblos y no es administrada por sus estados en su provecho (aunque de acuerdo con la legalidad emanada de Naciones Unidas esto es justamente lo que no debe suceder, las más de las veces es imposible hacer valer este derecho de los pueblos), sino que los dueños reales son consorcios y compañías transnacionales, cuando no estados extranjeros, como está sucediendo en el caso de la compra de tierras en África. Estas operaciones de compraventa o de concesiones están relacionadas con la corrupción y la reproducción en el poder de las pequeñas élites multimillonarias locales, a menudo en forma de títeres de los intereses neocoloniales de la antigua metrópoli o de una nueva potencia neocolonial -tal es el caso de las antiguas colonias francesas de África, pero también de Estados Unidos, con grandes aliados como Museveni en Uganda o Kagame en Ruanda- y cuya presencia en el mismo (como la dinastía de los Bongo en Gabón) data incluso desde la propia independencia.

Pero además, en el caso que nos ocupa, la “operación Ajax” o el golpe de Estado en Irán en 1953, que acabó con la política nacionalista y democratizadora del primer ministro Mossadegh y repuso al Sha Mohammed Reza con poderes dictatoriales, las implicaciones fueron más allá del derrocamiento organizado en el extranjero -como los que se sucederían casi inmediatamente en Guatemala, Indonesia y, algo más adelante, en la recién independizada República Democrática del Congo- de un gobierno elegido democráticamente. La inauguración con ello de una dictadura brutal y corrupta como la de la monarquía de Reza Pahleví, prolongada a lo largo de más de dos décadas, sostenida a base de convertir a Irán en un vasallo de Estados Unidos y de los asesinatos y el terror político de la SAVAK, la policía política del nuevo régimen, alimentó a lo largo del tiempo el descontento de la población. Ese descontento y el antiimperialismo americano -convertido en rechazo de lo occidental por los ayatolás que comenzaron a liderar las protestas contra el monarca a partir de 1977-1978- fueron el detonante de la revolución de 1979, donde los grupos de izquierda (tanto los comunistas del Tudeh como otros más a la izquierda) perdieron pronto la iniciativa frente a los líderes religiosos, que transformaron el país en el régimen islámico que hoy conocemos. De hecho, para el periodista del New York Times Stephen Kinzer -autor del libro “Todos los hombres del Sha”– el golpe de 1953 alimentó el antiamericanismo y antioccidentalismo de la República Islámica, así como fue una de las causas de la “crisis de los rehenes” de la embajada estadounidense acontecida al poco del triunfo de la revolución de los ayatolás.

De este modo, lo ocurrido en 1953 abriría las puertas a lo que iba a suceder en 1979. Echar abajo la vía democrática y populista de Mossadegh y sus planes nacionalizadores, en especial los de una industria tan sensible a los intereses occidentales en el Golfo Pérsico como la del petróleo, llevaron a salvar por unos años los beneficios de las compañías occidentales, pero a la larga llevaron a crear un quebradero de cabeza todavía más grave a los norteamericanos -a tenor de la guerra desatada contra la República Islámica vía el Irak de Saddam Hussein, la colocación de Irán en el “Eje del Mal” de Bush hijo o las polémicas periódicas por el programa nuclear iraní- que el que podían suponer las políticas y las esperanzas llevadas a los iraníes por un laico conservador como Mossadegh. Para completar el cuadro, tenemos en una de sus últimas presencias en las oscuras bambalinas de la escena internacional a Winston Churchill, de nuevo “premier” de Gran Bretaña (Anglo Iranian Oil, la futura BP, era la compañía más afectada por la nacionalización del petróleo iraní). Este “gran visionario” fue incapaz de prever cuáles iban a ser las consecuencias de dejar en la miseria a un pueblo bajo cuyos pies se escondían unas de las mayores reservas de crudo del planeta.

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Ilustración del comic “Operación Ajax”, en la que aparece a la izquierda el primer ministro iraní Mohammed Mossadegh y a la derecha el líder conservador y reelegido premier británico Winston Churchill.

 

EL CONTEXTO

En la novela “Samarcanda” del libanés Amin Maalouf se hace un retrato de la situación política del Irán de finales del siglo XIX y de su carácter de “perla codiciada”, ya en aquel entonces, por las potencias del momento. Mientras que, por un lado, podemos ver cómo sucede el choque entre las fuerzas sociales más avanzadas y secularizadoras, deseosas de poder instaurar en el país un sistema parlamentario al estilo occidental (lo que se conseguirá en 1906, en el transcurso de la Revolución Constitucional persa, con la instauración del Majlis, la Asamblea Consultiva nacional), y entre las fuerzas más conservadoras y religiosas, entre las que se cuenta el influyente clero chií -la rama del Islam mayoritaria en Irán- y representado por los jefes religiosos locales, los ayatolás. Serán estos últimos sectores quienes forzarán una contrarrevolución contra la Constitución y el sistema parlamentario que limitaban, aún tímidamente, el poder del sha, lo que se interpretaba iba contra la tradición nacional y religiosa del país. Entre 1907 y 1911 se sucedieron movimientos que suspendieron la Constitución e instauraron el poder absoluto del monarca, aunque la resistencia ejercida por los liberales constitucionalistas permitió que estas restauraciones no duraran mucho tiempo. Lo que sí que hicieron finalmente fue causar un fuerte desgaste a los últimos reyes de la dinastía Qadjar, subiendo finalmente al trono tras un golpe de estado en 1925 un oficial del ejército, Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi.Hay que mencionar que en estos procesos de reforma y contrarreforma política la dependencia exterior en que Irán había empezado a sumirse influyó notablemente. Muchos licenciados de clase alta (como será el caso del propio Mossadegh) influidos por las ideas occidentales del parlamentarismo y el constitucionalismo habían estudiado en instituciones extranjeras radicadas en el país, y allí habían aprendido tales nociones. Pero por otra parte, las dos naciones que se disputaban el control del país en aquellos momentos, tanto la Rusia de los zares (que había inaugurado su asamblea consultiva, la Duma, a raíz de los sucesos de 1905) como la parlamentaria y liberal Gran Bretaña, consideraban peligroso para sus intereses el parlamentarismo iraní y el control que el Majlis podía ejercer sobre sus intereses económicos en Persia. No en vano, por la época en que tiene lugar la Revolución Constitucional, podría considerarse sin temor a equivocarse que todos los servicios públicos se encuentran concedidos a empresas extranjeras, ya fueran inglesas o rusas: el petróleo, el suministro eléctrico, el servicio postal y los telégrafos, los ferrocarriles, el teléfono… Todo para satisfacer las deudas de un Estado (en especial de una Corte) marcado por la ineficiencia y la corrupción. De hecho, cuando en 1910 hubo un primer intento por parte del Majlis de recobrar la soberanía financiera del país, contando para ello con un experto estadounidense, Morgan Schuster, nombrado oficial del Tesoro, quien trató de cobrar impuestos en la zona de influencia rusa (de acuerdo con el reparto acordado por ingleses y rusos en 1907), los rusos amenazaron con el uso de la fuerza si Schuster no era cesado. El rechazo del ultimátum ruso por el Parlamento conllevó la entrada de tropas cosacas en la capital, Teherán, quienes junto a oficiales locales forzaron la suspensión de la Constitución y el cierre de la Asamblea.

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Escena de la “Revolución Constitucional” persa (1905-1906).

Años más tarde, en 1941, la postura pro-alemana de Reza Khan llevó a la URSS y a Gran Bretaña a invadir y a repartirse de nuevo Irán con una zona norte de influencia rusa y una zona sur de influencia británica, además de la sustitución del monarca por su hijo Mohamed Reza, que reinará hasta el triunfo de la Revolución Islámica en 1979. Esta acción anglo-soviética se llevó a cabo para evitar el acceso de Hitler (por aquel entonces cerca del mar Caspio y la frontera entre las repúblicas soviéticas del Cáucaso e Irán) al petróleo persa, explotado teóricamente (como veremos) por una empresa mixta anglo-persa, la AIOC o Anglo Iranian Oil Company, germen de la futura British

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Mohammed Reza Khan, primer monarca de la dinastía Pahlavi y antecesor de Mohammed Reza Pahlavi, se vio obligado a abdicar tras la invasión anglo-soviética en 1941.

oPetroleum (BP). Las tropas soviéticas y británicas debían retirarse a los seis meses del término de las hostilidades, pero los soviéticos permanecieron más tiempo, siendo este hecho denunciado por británicos (temerosos de que Rusia pudiera poner en peligro su monopolio sobre el petróleo iraní) y por Estados Unidos (temerosos asimismo de que una prolongación de la presencia rusa aumentara la influencia en el país del Tudeh, el Partido del Pueblo Iraní, de ideología comunista). De este modo, la cuestión de Irán fue uno de los hechos que anticiparía – junto a la guerra civil griega, la polémica sobre el acceso de la URSS al Mediterráneo a través de los Dardanelos, la cuestión de Alemania o la expulsión de los comunistas de los gobiernos de Occidente y de los no comunistas de los estados de Europa Oriental- el clima de la guerra fría. La retirada rusa del norte, bajo la amenaza latente del lanzamiento de la bomba atómica sobre la URSS (por entonces sólo Estados Unidos la poseía), pero sobre todo la más perentoria de paralizar las indemnizaciones de guerra a la Unión Soviética procedentes de Alemania Occidental, tuvieron como efecto colateral el hundimiento de la autónoma República de Majabad, el primer gobierno propio de que disfrutaron los kurdos en Oriente Medio en mucho tiempo e hito histórico de la lucha por la liberación del Kurdistán. Sin el apoyo y protección que significaba la presencia soviética, la república pudo ser aplastada a sangre y fuego por Teherán. Mientras, Gran Bretaña se había dedicado a utilizar a las tribus árabes del sur para contrarrestar las posibilidades de influencia de Moscú y del Tudeh sobre el joven sha y el gobierno, fomentando en ellas revueltas independentistas o apoyándolas.El interés particular de las potencias extranjeras en Irán es, como puede verse, un factor clave de su historia reciente. Pero tampoco ha de menospreciarse el factor que la jerarquía chií desempeñará en 1953 en la desestabilización inducida desde el exterior contra el primer ministro Mossadegh. De hecho, un personaje harto famoso posteriormente, el entonces clérigo Ruholla Jomeini, aparecerá aquí como aliado clave en la trama. De nuevo, como en los casos de Saddam Hussein en Irak, Idi Amin en Uganda o Bin Laden en la lucha contra la intervención soviética en Afganistán, experimentamos el caso del viejo amigo convertido en el mayor enemigo.

MOHAMMED MOSSADEGH: UNA SEMBLANZA

Según Dean Acheson, ex secretario de Estado de Estados Unidos con el anterior presidente Truman -cesó en el cargo justo antes de que se diseñara la “Operación Ajax”, encargándose de ella el visceralmente anticomunista John Foster Dulles-, y una persona poco sospechosa de simpatías por los regímenes socialistas, Mossadegh era “un persa rico, reaccionario y de mentalidad feudal, inspirado por un odio fanático hacia los británicos”. Aunque estas afirmaciones no pueden tomarse al pie de la letra, lo que sí era cierto, como reflejaba el encargado de la diplomacia estadounidense, es que Mossadegh no era especialmente cercano al Tudeh ni a la URSS, tanto que sus medidas nacionalizadoras no se limitaron al ámbito de los intereses británicos, sino que también afectaron a las concesiones soviéticas en territorio persa.

Mohammed Hedayat, más conocido como Mohammed Mossadegh, nació en Teherán hacia 1882 (no existían por entonces registros fiables) en el seno de una familia de terratenientes, y cursó estudios de Derecho, doctorándose en la Universidad de Neuchatel (Suiza). Estuvo exiliado en París y Suiza durante los movimientos contrarrevolucionarios que sacudieron la Revolución Constitucional de primeros de siglo. Desde muy temprano, ya desde la apertura de la propia asamblea, Mossadegh fue elegido diputado al Majlis, aunque no pudo ocupar su escaño al principio debido a su juventud. Dedicado a la labor política durante casi toda su vida, fue secretario del ministro de finanzas, ministro designado de Exteriores y presidente de la Comisión del Petróleo del Parlamento, cargos los cuales su postura contra la corrupción, su enfrentamiento contra las potencias extranjeras que dominaban la vida política o su oposición a los amplios poderes de que gozaba el sha -en 1943 fue el autor del proyecto de ley por el que fue el autor del proyecto por el cual se le quitaba al Sha la potestad para firmar nuevas concesiones sin previa autorización legislativa- le llevaron a dimitir, no ocupar o ser cesado. Incluso debió exiliarse nuevamente del país durante el reinado de Reza Khan, regresando tras la ocupación anglo-soviética y la renuncia al trono de aquel a favor de su hijo.

Dotado de un gran carisma y una enorme popularidad, gracias a su oposición a la injerencia tanto de británicos como de soviéticos (las dos potencias que tradicionalmente habían intervenido en la política y la economía) y sus proyectos sociales, en 1949 fundó el partido Frente Nacional, cuyo éxito electoral en las legislativas elevaría en 1951 a Mossadegh a la primera magistratura del gobierno.

Mossadegh era sin duda alguna un tipo peculiar y complejo. Sus biógrafos le han definido como honesto, un hombre de principios y de un elevado patriotismo, pero al mismo tiempo quisquilloso, altamente histriónico e hipocondríaco, que se emocionaba con facilidad en la tribuna de oradores, pero que muchas veces exageraba esa emoción hasta el punto de fingir ahogos y desmayos -aunque es cierto que con setenta años su salud no era la de un muchacho, su vena teatral con el objeto de conmover y persuadir a la audiencia le ir más allá-, si pensaba que políticamente era conveniente” (Anaclet Pons). Aunque movido por una fuerte convicción democrática y consciente del valor de las libertades públicas -características que, apunta el historiador irano-armenio Ervand Abrahamian, le diferenciaban respecto a otros líderes antiimperialistas como el egipcio Nasser-, las circunstancias turbulentas a que estaba siendo sometido el país en 1953 por los Estados Unidos y Gran Bretaña le llevaron a tomar medidas autoritarias, como encarcelar a miembros del Tudeh -los servicios de inteligencia británicos señalaban como agitadores a los comunistas iraníes- o expulsar a los diplomáticos británicos en 1952 ante los rumores de golpe patrocinados desde Londres, cosa que refleja su biógrafo Christopher de Bellaigue en su obra “El patriota persa”.

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Mohammed Mossadegh supo ganarse la confianza del pueblo iraní gracias a su denuncia de la corrupción y del dominio extranjero y sus planes democratizadores y de reforma social.

En ocasiones se le apodaba también el “viejo del pijama”, porque muchas veces recibía a altos cargos y diplomáticos extranjeros en su residencia privada, metido en la cama y ataviado con esta prenda, debido a los accesos de tos y vértigo que muchas veces le hacían estar prostrado. No es raro por ello que esta excéntrica falta de boato fuera motivo de desprecio por parte de los políticos de Washington o Londres, como el mote de “Mussy Duck” (Pato Mussy) que le puso Winston Churchill. Una actitud que De Bellaigue no duda en bautizar de racista: estadistas como Thomas Babington Macaulay veían que “un simple estante de una buena biblioteca europea” era superior a “toda la literatura nativa de la India y de Arabia” […]De vez en cuando, un diplomático orientalista revelaría cierto entusiasmo romántico hacia las cosas persas, pero De Bellaigue cree que en el corazón de la política británica hay “un profundo desprecio por Persia y su gente” (Pons).

Sometido a fuertes tensiones, contradictorio e imperfecto, este anti-héroe (como tantos) que tan poco tiene que ver con los de ficción (aunque ha figurado repetidas veces como nexo de unión en muchos cómics y novelas sobre la oportunidad perdida y el origen de 1979, como “Persépolis”) es un motivo de orgullo para muchos iraníes. “Para los iraníes, el legado de Mossadegh es un orgullo de la condición iraní que el islamismo que el régimen actual está pregonando sobre la identidad nacional no puede apagar. Del mismo modo, su tratamiento por los británicos ha llegado a simbolizar el descaro de las potencias extranjeras entrometidas” (ídem). Y analizando esa virtud de visionario que tuvo, ya fuera del poder, afirmando ese gran pecado que supuso intentar nacionalizar unos recursos sobre los que pesaban tantos intereses estratégicos, la periodista Holly Dagres afirma que “Lo que Mossadegh hizo para Irán y lo que sufrió como resultado de ello fue una tragedia. Sin embargo, su último mensaje sobre el nacionalismo no se refería a la pérdida de su poder, sino al derrumbe de lo que él aspiraba para su patria. Aunque Mossadegh ha pasado, ese mensaje vive con fuerza”.

LA NACIONALIZACIÓN DE ANGLO-IRANIAN

La nacionalización del “oro negro” persa no era contemplada en un principio por las autoridades del país en 1951 (Mossadegh era entonces diputado pero no primer ministro, cargo que el sha había tratado de evitar cayera en manos de alguien que, en palabras de Roberto García, de Webislam, pese a sus aristocráticos orígenes supo acuñar el republicanismo y movilizar a las masas en base a una prédica nacionalista hecha a la medida de lo que el público quería escuchar”). Así, el primer ministro Sa’ed trató de encontrar un arreglo para una situación que era injusta y agraviosa desde cualquier punto de vista.

Esa situación no era otra que la empresa AICO repartía sus beneficios al ochenta y cuatro por ciento para los británicos y al dieciséis para los iraníes, a pesar de que la materia prima, vital para los primeros (fue la base que en la PGM permitió a la marina de guerra británica pasar del carbón al petróleo, permitiéndole ganar la batalla en el mar y obtener sustanciosos beneficios a las arcas del Imperio) era extraída del susbsuelo iraní. Por hacer una comparación, en la vecina Arabia Saudí la compañía conjunta arábigo-estadounidense ARAMCO (Arab American Company) repartía sus beneficios al cincuenta por ciento. Además, los salarios y condiciones de trabajo de los operarios iraníes eran absolutamente miserables. En definitiva, AIOC era una auténtica ganga para los británicos y una tortura para los iraníes, que veían como la mayor parte del pastel se quedaba en manos anglosajonas, sin que apenas pudieran saborear las migajas.

El XV Parlamento iraní rechazó sin embargo el anexo al acuerdo de 1933 -fruto de una previa renegociación del acuerdo original de principios de siglo- que negociaba con los británicos, y las cláusulas del acuerdo de los años treinta salieron a la luz pública, sin duda alentadas por Mossadegh, lo que generó una gran indignación en una opinión pública que veía como en toda la región del golfo y el mundo musulmán comenzaban a surgir con fuerza movimientos nacionalistas (Egipto, Irak) que se oponían al dominio y aprovechamiento en beneficio propio que llevaban a cabo los occidentales en el área, y entre cuyas pretensiones figuraba el que los recursos naturales estuvieran en sus propias manos. La difusión de unas cláusulas absolutamente desfavorables para la nación y el pueblo iraníes llevaron a Mossadegh a declarar nulos el tratado y el anexo que se trataba de negociar sobre esta base. Era la espoleta que detonaba el espíritu nacionalizador.

Las nuevas elecciones hicieron que el sha nombrara como primer ministro al general Hadj Ali Mansur Razmara, con Mossadegh al frente de la comisión del Petróleo del XVI Parlamento. Razmara intentó negociar un mejor acuerdo, con la renuncia a la nacionalización y un reparto equitativo de los beneficios. Pero eso era percibido como una continuación en una senda ya impopular, concediendo una credibilidad como negociadores a los británicos que se percibía no tenían en absoluto, ya que antes habían jugado el papel de tahúres con quienes se suponía eran sus socios en pie de igualdad, e iba en contra de las aspiraciones de las masas de aquel momento.

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Mossadegh, rodeado de sus partidarios.

La popularidad de Mossadegh, abogando por la nacionalización, llevó rápidamente a un contraataque por parte del gobierno de Londres, llevando a cabo acciones de boicot a la economía persa y apoyando acciones de rebeldía por parte de las tribus árabes del Juzestán, presionando de este modo para que se continuara con un acuerdo que siguiera siendo ventajoso para Gran Bretaña. En este ambiente, Razmara murió víctima de un atentado llevado a cabo por la organización de los Fedayines del Islam, un grupo dirigido por clérigos chíies y que estaban indirectamente aliados a Mossadegh (lo que no necesariamente quiere decir que éste tuviera implicación en el hecho). Los servicios de seguridad del sha no supieron prevenir o proteger al primer ministro -pese a o cual el profesor Josep Fontana afirma que cuanto menos el rey estaba informado de la posibilidad de un ataque de estas características contra el jefe de su gobierno-.

A la tercera fue la vencida. Mohammed Reza, el sha iraní, no tuvo más remedio que nombrar como jefe del gobierno al popular Mossadegh, que decretó la nacionalización del petróleo, con el apoyo del Majlis, el día 20 de marzo de 1951. Una fecha histórica para Irán y que todavía hoy es celebrada como día de independencia política y económica.

EL CONTRATAQUE ANGLO-ESTADOUNIDENSE: DE LA VÍA LEGAL A LA OPERACIÓN ENCUBIERTA

Una bofetada así en los morros de Gran Bretaña era algo a lo que en Londres no estaba acostumbrados. En octubre de 1951, el Partido Conservador ganó las elecciones al Parlamento de Westminster y Churchill volvía a ser el inquilino del número 10 de Downing Street. La llegada del “Viejo León” de nuevo al poder, que tildaba a su despreciado “Mussy Duck” de “viejo lunático con ganas de arruinar su país y entregarlo al comunismo” llevó a una escalada en la acción de los británicos, con vistas a preparar el terreno para que Mossadegh fuera desalojado del poder y el petróleo del país volviera a las ajenas manos anglosajonas. Para ello no había reparos en una intervención armada si era preciso. De hecho, ya se estaban desarrollando preparativos terrestres y marítimos en Chipre (aún entonces de dominio británico) y el golfo Pérsico.

Pero para ello había un problema, y así se lo hizo saber Harry Truman, en las que eran las postrimerías de su presidencia, al premier británico: soviéticos e iraníes habían firmado un pacto de amistad en 1921 que obligaba a Moscú a intervenir en caso de que Irán sufriese una agresión por parte de una potencia extranjera. El por entonces secretario de Estado norteamericano, Dean Acheson, que consideraba, al contrario que Churchill, a Mossadegh como un conservador sin vinculación ni filias marxistas (opinión compartida por los propios soviéticos), era partidario de una negociación antes que por una crisis militar que sólo podía favorecer a los comunistas del Tudeh. Según asegura el autor William Blum en “Asesinando la esperanza”, Mossadegh mantuvo la ilegalización decretada en 1949 contra el Tudeh, aunque permitió que operara abiertamente y llegó a formar un gobierno con simpatizantes del partido. Por otra parte, los rusos, una vez más, estaban más preocupados por su propia relación con los gobiernos occidentales que con la suerte de un partido comunista en un país fuera del bloque soviético”. El interés por Irán no se basaba en una lucha del “mundo libre” frente al “comunismo”, sino en prosaicos intereses económicos.

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Manifestantes del Tudeh por las calles de Teherán en 1953.

Se prosiguió con la guerra económica y las amenazas por parte de Gran Bretaña, quien embargó el petróleo de exportación iraní y los productos de importación que necesitaba el país, al mismo tiempo que el asunto era llevado a Naciones Unidas y al Tribunal de Arbitraje Internacional de La Haya. Allí Mossadegh pudo desplegar toda su capacidad oratoria, en un discurso que ha sido definido como uno de los más significativos acerca de la lucha de los países del Tercer Mundo por disponer de sus propios recursos para su desarrollo e independencia económica. La capacidad de convicción de Mossadegh fue tan grande que incluso el Consejo de Seguridad (en el que se hallaban presentes Gran Bretaña y Estados Unidos) se abstuvo de pronunciarse hasta que hubiera un fallo de La Haya, que nuevamente tras escuchar a Mossadegh, tuvo que declararse incompetente. Irán había ganado la batalla legal, y el primer ministro fue nombrado personaje del año por la prestigiosa revista norteamericana Time.

Se ha afirmado que Mossadegh era un personaje inflexible y testarudo, nada dispuesto a la negociación. Roberto García, en su reportaje para Webislam, ofrece una visión atemperada de este hecho. En los momentos en que el primer ministro acude a Nueva York para hablar ante la asamblea general de la ONU, la administración Truman, que en aquellos momentos se ofrece como mediadora en el conflicto anglo-iraní (y que también desea obtener parte en el negocio de lo que son las primeras reservas mundiales de crudo), conferencia con aquel para hallar un arreglo amistoso. Los estadounidenses se percataron de que, contrariamente a lo que expresara el británico Anthony Eden, con Mossadegh se podía negociar. Persuadidos de que el nacionalismo y la aparente férrea posición de Mossy (así le llamaban) respondían más que a un convencimiento ideológico a condicionantes internas muy fuertes, intentaron acercar cifras. Entonces Mossadegh hizo llegar su respuesta: 50 millones de dólares de préstamo directo a cambio de flexibilizar la nacionalización. Los norteamericanos, sabiendo de que lo que Mossy no podía tolerar era participación británica directa (pues de ser así corría serio peligro su vida), persuadieron a éstos a aceptar el convenio que preveía la participación norteamericana y, detrás de una fachada, también la británica. Era fines de 1952 y todo parecía indicar que el acuerdo estaba cerrado cuando Mossy cambió de postura esperando obtener una mejor recompensa de la administración republicana ganadora de las elecciones con D. Eisenhower a su frente”. Un extremo, el de la tentativa de arreglo encarada por Mossadegh, que es confirmado por Ervand Abrahamian a The Guardian: “Mi estudio de la documentación me demuestra que nunca se le ofreció un compromiso justo a Mossadegh. Lo que [los gobiernos británico y estadounidense] querían es que Mossadegh renunciara a la nacionalización del petróleo, y si lo hubiera hecho, todo el movimiento nacional habría quedado carente de significado”.

Y es que, para pesar del primer ministro, cuyo anterior juicio sobre la posibilidad de negociación con el nuevo gobierno de Washington se reveló errado, el nuevo equipo republicano con “Ike” Eisenhower al frente y los hermanos Dulles (John Foster en la secretaría de Estado y Allen metido de lleno en los poderosos intereses de la industria petrolera) estaba demasiado dominado por los intereses de la industria (tanto la petrolífera como lo que luego el propio presidente denominaría el complejo industrial-militar) como para sentarse a negociar con un líder del Tercer Mundo. Los republicanos habían llegado al poder fuertemente apoyados (y evidentemente financiados) por las grandes compañías del “oro negro” estadounidense, hasta el punto que el saliente presidente Truman llegó a referirse a la nueva administración como “camarilla petrolera”. La creciente importancia que para estos grupos industriales, así como para el mundo de las finanzas, comenzó a tener el petróleo de importación de Oriente Medio, y el furioso anticomunismo desplegado por Foster Dulles como responsable de la política exterior, que dio instrucciones para que se paralizaran las negociaciones con el gobierno iraní y la justificación en base a prejuicios ideológicos (infundados, como hemos visto) cerró cualquier posibilidad de acuerdo. El nuevo gobierno de Washington se alineó con las tesis guerreras de Londres. El camino hacia el golpe estaba servido.

Mientras tanto, Mossadegh se había enfrentado al sha y había ganado el pulso al monarca, demostrando que era el personaje político más popular del país por encima incluso del propio Mohammed Reza. En julio de 1952 presentó su renuncia al cargo debido a este enfrentamiento, pero el sha tuvo que restituirlo en el cargo tras las grandes manifestaciones de apoyo que el primer ministro concitó en su favor. Tras este episodio, preparó un ambicioso plan de reformas plasmado en ochenta leyes sobre libertades públicas, sanidad, educación, vivienda, presupuesto, justicia, ejército o corrupción. A finales de año, procedió a nacionalizar asimismo la actividad pesquera y el servicio de teléfonos, que eran hasta el momento explotados en régimen de concesión por la URSS.

“OPERACIÓN AJAX”

La “Operación Ajax” (también conocida como “Plan Ajax” o “TPAJAX” en la CIA, aunque el nombre en clave para el Secret Intelligence Service o SIS británico era el de “Boot”) fue la primera operación encubierta de la CIA destinada al derrocamiento de un gobierno extranjero. Aunque la Agencia ya antes se había distinguido en la realización de actividades subversivas y de sabotaje, como la infiltración de guerrillas ultranacionalistas en la Ucrania soviética o la manipulación de las elecciones italianas de 1948 en beneficio de la Democracia Cristiana para evitar una victoria electoral de los comunistas, en Irán se inauguraba una “fructífera” etapa de intervenciones contra gobiernos y líderes del Tercer Mundo -el nuevo tablero de ajedrez de la “guerra fría”- cuyas políticas no se ajustaban a los deseos de Washington, y que incluye Guatemala al año siguiente, Indonesia, Congo-Léopoldville (Zaire luego y hoy Congo-Kinshasa), la frustrada invasión de Bahía de Cochinos y las operaciones de sabotaje contra la economía de Cuba tras la revolución, el derrocamiento de João Goulart en Brasil o el de Salvador Allende en Chile.

Aunque en principio se acudía en ayuda de un país aliado como Gran Bretaña, el rol secundario desempeñado por Londres y el protagonismo adquirido por los norteamericanos en Irán tras la intervención, incluyendo el control de la sustanciosa industria petrolífera persa, hicieron que “Ajax” pueda considerarse una victoria de Washington en toda regla. Otro factor que condicionó, además, que el operativo fuera más norteamericano que británico fue la decisión de Mossadegh de expulsar a la misión diplomática inglesa de Irán tras conocerse los planes iniciáticos de derrocamiento que los británicos planeaban. Además, quien se encargó de dirigir la operación fue un norteamericano, Kermit “Kim” Roosevelt, nieto del presidente Theodor Roosevelt, quien entró en Irán bajó una identidad falsa, junto al también norteamericano general Norman Schwarzkopf.

Ambos, junto al agente local del SIS Assadollah Rashidian contactaron con el sha para llevar a cabo una operación que los propios conspiradores definían como “legal o semi-legal”: destituir a Mossadegh y colocar en el ministerio de Defensa -una potestad que, de acuerdo a un uso establecido, correspondía al sha- a un hombre fiel al monarca y a los intereses anglo-estadounidenses como Fazlollah Zahedi, que durante la SGM había sido encarcelado acusado de colaboracionismo con los nazis. Mientras tanto, los servicios secretos de ambas potencias recurrían a fuertes sumas de dinero para pagar a políticos, militares y clérigos (entre ellos el futuro líder supremo de la Revolución Islámica, Ruhollah Homeini) y que denunciaran a Mossadegh como un ateo al servicio de Moscú, así como a matones profesionales para que se hicieran pasar sucesivamente por militantes de la oposición que atacaban a figuras del Tudeh o por militantes del Tudeh que atacaban mezquitas y lugares sagrados. Incluso habían llegado a captar a miembros del gobierno. En este ambiente, a primeros de agosto de 1953 el primer ministro decidió la convocatoria de un referéndum para la convocatoria de unas nuevas elecciones al parlamento, esperando reforzar su posición.

El día 13 los decretos de destitución de Mossadegh y nombramiento de Zahedi se encontraban firmados, pero su publicación no se iba a hacer efectiva hasta el 15. En el intermedio, Mossadegh conoció lo que se estaba cocinando a sus espaldas y pudo detener el golpe. Anunció por radio que el sha, en connivencia con elementos extranjeros, había tratado de llevar a cabo un golpe de Estado y que en tales circunstancias, se veía obligado a asumir todo el poder. Ordenó el arresto de Zahedi y la destitución de varios oficiales de alto rango, mientras el sha abandonaba Irán con su esposa huyendo hacia Roma vía Bagdad.

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Manifestación pro Mossadegh en 1953.

En aquellos momentos, el fracaso del golpe parecía abrir la puerta más hacia la república que hacia la salida del poder de Mossadegh. El zoco de Teherán (el funcionamiento o no del zoco ha sido tradicionalmente el termómetro de la normalidad política iraní) abrió con normalidad y se sucedieron demostraciones a favor del primer ministro y contra el sha, derribo de sus estatuas y peticiones por parte del Tudeh de la instauración inmediata de la República Democrática, al mismo tiempo que pedían a Mossadegh armas para enfrentarse al golpe. Como quiera que había muchos agitadores contratados por la CIA que, haciéndose pasar por militantes comunistas, atacaban edificios religiosos y por la petición del embajador norteamericano al primer ministro de que cesase la agitación comunista bajo la amenaza de evacuación de los estadounidenses presentes en Irán, Mossadegh se negó a la distribución de armas y mandó a la policía que pusiera fin a las demostraciones callejeras del Tudeh, temeroso de que una evacuación masiva de ciudadanos y diplomáticos estadounidenses diera la impresión de que Mossadegh no controlaba el país. Unos hechos que fueron decisivos para inclinar la calle a favor de los golpistas, pero que mostraban más claro si cabe que Mossy no era un títere de los comunistas.

El 19 de agosto, efectivamente, “Kim” Roosevelt y la Agencia pudieron dar la vuelta a la tortilla. A las demostraciones a base de manifestantes leales al sha (o al dinero distribuido por Washington) se le sumaron tanques y camiones con soldados que cercaron la residencia de Mossadegh, mientras se daba a conocer por radio los decretos de destitución y nombramiento de Zahedi, esta vez como primer ministro. La difusión de los decretos fue dándose a conocer a todos los rincones del país a través de las diferentes emisoras regionales, mientras Mossadegh, cercado en su residencia por los soldados, lograba huir, pese a lo cual presentaba su renuncia. El sha regresaba de nuevo a Teherán y se inauguraba la etapa de gobierno personal de Mohammed Reza. La cuantía del golpe que puso fin a la democracia en Irán había ascendido a diecinueve millones de dólares, incluyendo los generosos sobornos y pagos a agitadores profesionales, y eso sin contar los cinco millones que recibió el monarca en concepto de anticipo por la ayuda financiera norteamericana. Una cantidad muy barata si se cuentan los cuantiosos beneficios que el petróleo iba a suponer a las empresas norteamericanas, nuevas en el negocio del crudo iraní.

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Momentos del 19 de agosto. Los militares cercaron el domicilio del primer ministro, de tal suerte que, pese a la resistencia mostrada en el interior del mismo, el dominio de los golpistas en la capital y sobre el conjunto del país y su mayor número de efectivos en el exterior de la residencia de Mossadegh forzaron finalmente la deposición de éste.

EPÍLOGO: SANGRE POR PETRÓLEO

Un nuevo acuerdo que rompía el monopolio británico sobre el petróleo iraní fue firmado apenas Mohammed Reza pisaba de nuevo suelo persa. Los británicos pasaron a controlar tan sólo un cuarenta por ciento del nuevo consorcio, mientras que otro cuarenta por ciento se lo repartían las cinco grandes compañías norteamericanas del sector (Esso, Mobil, Chevron, Gulf y Texaco), además de Shell y una compañía francesa. A pesar de ello, los británicos recibieron una generosa compensación por sus antiguas propiedades, algo a lo que Mossadegh se había negado alegando las enormes utilidades obtenidas en los años en que habías disfrutado de unas condiciones ventajosas en la anterior Anglo-Iranian, y que habían hecho recuperar en pocos años la inversión inicial.

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El sha (derecha) y su primera esposa Soraya a su regreso a Teherán tras el triunfo del golpe contra Mossadegh.

Irán pasó de una política nacionalista y tendente al no alineamiento a ser un estado-satélite de los Estados Unidos en la región, formando parte de una de las organizaciones regionales de defensa pro estadounidense, el Consejo de Bagdad que, al igual que la OTAN o la SEATO (Organización del Tratado del Sudeste Asiático), servía a la retórica de la defensa del “mundo libre” frente a la infiltración comunista. El gobierno del sha recibió cuarenta y cinco millones de dólares entre 1953 y 1979 en concepto de ayuda técnica y financiera, buena parte de ella destinada al mantenimiento de las fuerzas armadas y la policía política del régimen, la temible SAVAK, bajo la égida de la CIA y del Mossad israelí (Irán era, por entonces, uno de los más poderosos aliados israelíes en la zona).

Para el pueblo persa las perspectivas de mejora que se levantaron con Mossadegh y su política fueron pronto enterradas con la “Operación Ajax”. Los beneficios del nuevo acuerdo y la modernización de las décadas siguientes o no llegaron o lo hicieron a cuentagotas. “Para la mayoría de la población, la vida bajo el sha fue un sombrío escenario de extrema pobreza, terror policial y tortura”, explica William Blum. Abundaba la corrupción, que “asustaría incluso a los más endurecidos observadores de la corrupción en Medio Oriente”, y la occidentalización del país, patrocinada por el propio monarca a veces con mano de hierro, fue percibida como un gesto más de sumisión a los Estados Unidos, lo que hirió profundamente el sentimiento nacional, al considerarse estaban traicionándose las raíces culturales y tradiciones propias del país, y fue un acicate para que la influyente jerarquía chií pudiera aglutinar bajo la bandera del Islam el descontento contra el monarca y posteriormente aplastar al movimiento político de izquierda, tanto el Tudeh como otros grupos, muy influyentes entre la juventud urbana y universitaria y que ya había sufrido la represión previa de la SAVAK.

Mossadegh fue detenido y juzgado por traición al poco de su huida y renuncia a la jefatura del gobierno. En su juicio dejó un poderoso alegato refiriéndose a ese “tesoro oculto sobre el que se agazapa un gran dragón”, como afirmó en referencia al petróleo local y la apetencia de las poderosas potencias extranjeras por éste: “Sí, mi pecado, mi gran pecado… incluso el mayor de todos mis pecados es haber nacionalizado la industria petrolera de Irán y descartado el sistema de control político y
explotación por el mayor imperio del mundo… Esto a mi costa, de mi familia; y a
riesgo de perder mi vida, mi honor y mi propiedad… Con la bendición de Dios y la voluntad del pueblo, luché contra este salvaje y espantoso sistema de espionaje y colonialismo internacional…
Soy consciente de que mi destino debe servir de ejemplo en el futuro en todo el Medio Oriente en la ruptura de las cadenas de la esclavitud y la servidumbre a los intereses coloniales”.
Difícil, al menos en Irán, por cuanto revisionistas monárquicos niegan el golpe y afirman que Mossadegh fue un populista peligroso, mientras la actual república islámica minimiza el papel de Mossy y exageran el del clero, aunque las pruebas que se manejan actualmente demuestran que, muy al contrario, el clero intervino para derrocar a Mossadegh.

Así, si no de ejemplo, sí hemos comprobado que su historia se ha repetido en innumerables ocasiones, en la que las malas excusas y las premisas poco ajustadas a la realidad han servido para la defensa de intereses espurios, creando laberintos de muy difícil salida en la zona. El eterno intercambio de sangre por petróleo.

 

FUENTES:

Oliver Stone y Peter Kuznick, “La historia silenciada de Estados Unidos”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2015.

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio”, Madrid, Pasado&Presente, 2011.

“Mohammad Mossadeq”, Wikipedia en español. https://es.wikipedia.org/wiki/Mohammad_Mosaddeq

Holly Dagres, “Mossadegh’s legacy: a sleeping lion called nationalism”, Your Middle East. http://www.yourmiddleeast.com/features/mossadeghs-legacy-a-sleeping-lion-called-nationalism_9281

Saeed Kamali Dehghan y Richard Norton-Taylor, “CIA admits role in 1953 Iranian coup”, The Guardian, 19/08/2013. https://www.theguardian.com/world/2013/aug/19/cia-admits-role-1953-iranian-coup

Marta Jurado, “La historia de Mossadegh, el bueno de ‘Persépolis’”, El Mundo, 18/05/2010. http://www.elmundo.es/elmundo/2010/05/18/cultura/1274176162.html

Roberto García, “La CIA en Irán: el golpe contra Mossadegh”, 09/08/2006, Webislam.http://www.webislam.com/articulos/29658-la_cia_en_iran_el_golpe_contra_mossadegh.html

“IRÁN 1953. Dándole seguridad al rey de reyes”, El Blog del Viejo Topo, 23/08/2016. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2016/08/iran-1953-dandole-seguridad-al-rey-de.html

Anaclet Pons, “Muhammad Mossadegh, el patriota persa”, Clionauta-Blog de Historia, 12/07/2012. https://clionauta.wordpress.com/2012/07/12/muhammad-mossadegh-el-patriota-persa/

“Mohammad Mosaddeq y la nacionalización del petróleo en Irán”, La Guía de Historia, 02/10/2007. http://www.laguia2000.com/medio-oriente/mohammad-mosaddeq

 

 

 

 

 

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