“Força, força companheiro Vasco”: Vasco Gonçalves, el general del PREC

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Cartel de la etapa del PREC portugués en apoyo al general y primer ministro Vasco Gonçalves.

Los más viejos del lugar recordarán un disco de la banda gallega Siniestro Total titulado con una sentencia que se ha hecho célebre: “Menos mal que nos queda Portugal”. Por esas casualidades del Destino, tras años de mofas a costa del vecino pobre, el gobierno de izquierdas de Lisboa está haciendo buena la frase a este lado del Miño y el Guadiana, donde las recetas de austeridad, incompetencia, corrupción y ahora además violencia del gobernante Partido Popular están consiguiendo que, sin mucho ruido y con algunos lastres que todavía soporta la economía y la situación social portuguesa, ese “Menos mal que nos queda Portugal” sea tanto una muestra de resignación como, al mismo tiempo, de la potente y resolutiva constatación de que las cosas pueden hacerse de otra manera. Y todo ello sin necesidad de irse a las latitudes caribeñas o sudamericanas (Cuba, Venezuela) de las que tanto abominan profesionales de la política, la economía y el periodismo por estos lares.

Pero antes de que el tripartito PS-PCP-Bloco de Esquerda (cuatripartito en realidad, porque los comunistas portugueses acuden a las elecciones en la coalición Candidatura Democratica de Unidade con los ecologistas) pudiera siquiera echar a andar en su labor de gobierno, ya surgieron en Portugal panfletos advirtiendo del supuesto desastre que se avecinaba y a los que por aquí ya estamos acostumbrados -aunque luego el lobo no resultara tan fiero como lo pintaban, quedaba estupendo injuriar a Zapatero calificándole de masón o afirmando en la actualidad que el pacto PSOE-Podemos en Castilla la Mancha convertirá la comunidad en una Venezuela con molinos-. De hecho, y en el mejor estilo del periodismo más tóxico de la vecina España, se ha llegado a reproducir una portada de la revista TIME de 1974 (en pleno Processo Revolucionário em Curso, la etapa inmediatamente posterior a la Revolución de los Claveles) en la que se avisaba de la “amenaza roja” en Portugal, pero los representados bajo el signo de la hoz y el martillo eran esta vez los líderes de los tres partidos del tripartito, António Costa (PS y primer ministro), Jerónimo de Sousa (PCP) y Catarina Martins (Bloco). Lejos debe quedar ese pronóstico agorero, al menos con los datos actuales en la mano, y para la percepción de los propios votantes lusitanos, que otorgan diez puntos de ventaja al socialismo en el gobierno respecto a la oposición conservadora (panorama desastroso para la derecha confirmado en las elecciones municipales celebradas el pasado domingo). Más allá de la anécdota, esto nos remite a las palabras del sociólogo Boaventura de Sousa Santos: en las democracias parlamentarias burguesas, con medios de comunicación controlados por manos privadas que difunden la información de acuerdo con los intereses e ideología del gran capital, una persona de izquierda (o con un mínimo sentido crítico), aún cuando gobierne la izquierda en el país, no puede abrir un periódico o ver un noticiario sin que le entre un ataque de nervios ante la manipulación mediática que acontece diariamente.

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Portada original de TIME de 1974 y recreación realizada tras la formación del gobierno tripartito de izquierda con el texto “Amenaza roja en Portugal”.

Esa campaña de acoso, que tan rápido se ha quedado sin argumentos, y salvando las distancias temporales, recuerda a la que originalmente se levantó contra uno de los protagonistas de la portada original (Francisco Costa Gomes, general y presidente provisional de la República; Otelo Saraiva de Carvalho, mayor, cerebro del 25 de Abril y de conocida tendencia izquierdista y a quien nos referimos aquí, el también general Vasco Gonçalves, primer ministro), sólo que aquella fue mucho más descarnada y prolongada. La revista se permitió hacer un paralelismo entre el Portugal revolucionario y la URSS de entonces al bautizar a aquel trío como la “troika de Lisboa”, en alusión a la troika soviética de Brezhnev, Koisigin y Podgorny.

Vasco Gonçalves fue el único miembro del MFA, el movimiento que agrupaba a los militares que derrocaron a la dictadura fascista más longeva de Europa, el Estado Novo, que tenía unos galones tan altos. La Revolución del 25 de Abril fue otro “Menos mal que nos queda Portugal” para una España aún metida en la sombra de la dictadura y con la esperanza a flor de piel, aunque sin atrever a asomarse mucho, a la espera de un “hecho biológico” (la muerte de Franco) que no terminaba de producirse. Y Vasco Gonçalves presidió cuatro gobiernos provisionales en un periodo, de julio de 1974 a septiembre de 1975, caracterizado por lo que era el “peligro rojo” para unos o para otros la esperanza de construir el socialismo en democracia y a base de la movilización de un pueblo que había sido casi cincuenta años sometido a la parálisis del miedo. El “companheiro Vasco”, como se le conoció, por formación y carácter decidió impulsar hacia delante esa “transición al socialismo” en que la Revolución había derivado: el Processo Revolucionário em Curso (PREC). Todo ello en un momento de movilización popular sin precedentes en Portugal por el volumen de personas que involucró y por las múltiples áreas en que tuvo lugar.

EL CONTEXTO

Las dictaduras del sur de Europa (Grecia, España y Portugal) se hallaban en momentos de crisis que amenazaban su futuro. La contestación social había aumentado y se hacía más difícil de controlar con los habituales mecanismos represivos sin despertar protestas incluso entre los propios aliados occidentales de las mismas. Además, la crisis del petróleo amenazaba al modelo desarrollista en que se basaban sus economías y que les había permitido, bien que en vagón de cola, unirse a la prosperidad económica generalizada de Europa de los años cincuenta y sesenta y disfrutar de una cierta paz social. Por último, para EE.UU. y los aliados de Europa Occidental, el mantenimiento de su apoyo a los gobiernos dictatoriales de los coroneles en Grecia, de Franco en España y de Caetano en Portugal como “baluartes anticomunistas” suponía un severo golpe de cara a su imagen ante la opinión pública, además de suponer, tanto dentro de sus fronteras como en el interior de las de estos estados dictatoriales, un lastre para el desarrollo de la nueva etapa del capitalismo, en el que la desregulación y la integración internacional de los mercados chocaba con el nacionalismo, el proteccionismo, los holding estatales, los mercados cautivos de las colonias o la ausencia de una circulación abierta de la información y el conocimiento técnico debida a la censura. Por este motivo, incluso sectores tecnocráticos y capitalistas beneficiados con la política de los regímenes dictatoriales exploraban una salida democrática a los mismos en aras de sus intereses económicos, como la expansión de sus mercados, la modernización de sus tecnologías o la entrada de inversiones extranjeras.

De este modo, desde Washington, París o Bonn se buscaba lo que se ha dado en llamar una “transición gatopardiana” -por la frase de la novela “El Gatopardo” de Lampedusa: es necesario que todo cambie para que todo siga igual- la dictadura a la democracia en los países de la Europa mediterránea. Era necesario garantizar el cambio de régimen político pero manteniendo la estructura del poder económico y dar con una salida negociada que conformara nuevos regímenes democráticos “de baja intensidad”, de acuerdo con la definición de, entre otros, el profesor Rafael Escudero. La característica de estas democracias sería la de la limitación de la participación ciudadana en los procesos de toma de decisión política, configurándose como partitocracias, y por ello más susceptibles al oscurantismo en el proceso decisorio, en especial de aquellos aspectos sociales y económicos determinados por organismos internacionales como la Unión Europea, la OTAN o el FMI.

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Felipe González (izquierda), con Willy Brandt (centro) y Olof Palme en un acto del PSOE en los años setenta. La socialdemocracia europea fue un agente esencial para completar el viraje derechista de los partidos socialistas del sur de Europa y el abandono de su ideario marxista.

El caso de la transición española resulta paradigmático de este tipo de transición, negociada en las altas esferas entre la dictadura agonizante pero aún con el poder represor en sus manos y una oposición que aglutinaba a buena parte de la opinión pública y tenía capacidad de movilización popular pero no contaba con los resortes del poder. La precipitación por alcanzar el poder y la división fomentada entre el histórico partido socialista y el potente movimiento comunista -que había llevado (como en Portugal) el peso de la oposición interna al régimen- por la socialdemocracia europea, especialmente la de la RFA, que financió generosamente al PSOE para seguir el guión de la “transición del Gatopardo”, llevó a que fuera el franquismo reformado quien llevara la voz cantante del proceso, con la complicidad de un socialismo que se convirtió a costa del PCE en el ascendente entre la izquierda y que fue abandonando progresivamente los postulados que defendía en la clandestinidad, como eran la opción republicana, el marxismo o la ruptura con el régimen. Todo ello fue acompañado con el aderezo de la violencia institucional y la de los grupos terroristas que, obviada en las historias que reflejan una transición modélica y ejemplar, cultivaron en la mente de los españoles de aquella época (y durante décadas posteriores) la idea de que la forma en que se hicieron las cosas fue la única posible sin que hubiera golpe de Estado o derramamiento de sangre de por medio -que los hubo-, o la de que no es menester someter a revisión el proceso y sus consecuencias, como la impunidad de los criminales de la dictadura.

Si España y Grecia (con un turnismo hasta fechas recientes muy similar al español, en el que conservadores y socialistas se alternaban en un país que conservaba su papel de periferia del capitalismo europeo) siguieron el guión previsto, el 25 de Abril trastocaba los planes respecto a lo que debía suceder en Lisboa. La aparición de un agente inesperado como el ejército, que además era un ejército de la OTAN, apoyado por el pueblo en la calle y fomentando además esa salida de los ciudadanos que reclamaban su papel como agente político añadía un componente de dificultad. Ya no se trataba de una negociación secreta entre dos partes de manera más o menos disimulada a espaldas del pueblo del país: la propia movilización en la calle ocurrida el día de la Revolución de los Claveles impedía cualquier negociación con los responsables políticos del antiguo régimen, máxime cuando el propio MFA impulsaba la depuración de funcionarios, la extinción de la PIDE y la milicia fascista y el juicio a los responsables de crímenes durante el salazarismo, como se pedía en la calle y reclamaba la memoria de los civiles muertos por los disparos de la policía política del régimen, las únicas víctimas de aquel día.

Hubo, eso sí, un primer intento de salvar los muebles cuando António de Spínola, el general que encabezaba la Junta de Salvación Nacional que ejercía el gobierno provisionalmente y que se había alzado con la presidencia de la República, nombró primer ministro a un hombre de negocios conservador como Adelino Palma Carlos. Lo que Spínola y Palma Carlos buscaban era “rejuvenecer” en cierto modo la “primavera marcelista” (las esperanzas reformistas que había traído consigo el nombramiento de Marcello Caetano como sucesor del viejo dictador Salazar) y consolidar una democracia de derecha, además de mantener el dominio colonial portugués en África con una nueva estructura federal similar a la Commonwealth británica y deshacerse de la menor cantidad posible del viejo aparato del Estado fascista.

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El general Spínola, presidente provisional de la República tras el 25 de Abril, ante los micrófonos en la toma de posesión del I Governo Provisório, presidido por Palma Carlos (a su derecha).

Pero esa solución era ya imposible, pues chocaba no sólo con el programa pactado por el MFA sino también con lo que manifestaban las propias masas populares y los líderes de los partidos retornados del exilio. Tanto el PS de Mário Soares entonces (que declaraba su admiración por Cuba, Vietnam y Yugoslavia), como el Partido Comunista de Álvaro Cunhal e incluso el conservador Partido Popular Democrático declaraban que Portugal debía avanzar hacia el socialismo por la vía del pluralismo democrático. Los acontecimientos se sucedían en los lugares de trabajo y las universidades, donde -a veces con exceso de celo- se expulsaba de la dirección a los simpatizantes o antiguos miembros de los órganos de la dictadura, mientras en los barrios y el medio rural se sucedían las reclamaciones de mejora de las viviendas y de una reforma agraria que redistribuyera la tierra y la otorgara a los campesinos pobres. Además, los ni los movimientos de independencia de las colonias iban a aceptar la solución spinolista ni los soldados y oficiales (algunos ya en franca rebelión) iban a aceptar proseguir la guerra en nombre de esa solución cuando el 25 de Abril se había desencadenado para, entre otras cosas, poner fin al conflicto entre la metrópoli y sus posesiones de ultramar.

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Manifestación en Lisboa. Varias pancartas muestran el hastío de la población por la guerra colonial y piden el regreso de los soldados y el fin de las operaciones militares en África.

En estas condiciones, en el MFA, encargado de garantizar el desarrollo de la revolución democrática, fueron cogiendo también fuerza aquellos que representaban opciones más a la izquierda. Entre ellos se encontraban Otelo Saraiva de Carvalho y Vasco Gonçalves, quien, fallida la “opción Palma Carlos”, fue nombrado primer ministro del Segundo Gobierno Provisional en julio por el propio Spínola. Se iniciaba así la etapa más convulsa, pero al mismo tiempo la más ilusionante del llamado Processo Revolucionário em Curso. Fue la etapa en la que se llevaron a cabo las realizaciones más interesantes de la Revolución portuguesa, muchas de ellas plasmadas en la Constitución de 1976, y en la que más se alejaba el país del guión preestablecido desde las cancillerías y servicios de inteligencia exteriores, lo que despertó el pavor y el contragolpe. Repasemos a continuación quién fue Vasco Gonçalves y en qué y cómo se desarrolló su labor de gobierno durante ese aproximadamente año y medio.

VASCO GONÇALVES, “UN HOMBRE CON MUCHOS PERFILES PERO UN SOLO CARÁCTER”

Nacido en 1921 en la capital lusa, Vasco dos Santos Gonçalves se había graduado en la Academia Militar de la propia Lisboa y había alcanzado el grado de coronel de ingenieros en 1973, en el momento en que se organiza el Movimento dos Capitães, que al poco germinará en el MFA. Gonçalves participará por primera vez en una reunión del MFA en septiembre de ese año, en Caparica (cerca de Lisboa), donde se configurará la estructura organizativa del Movimiento, llegando en ella incluso a sugerirse que fuera nombrado jefe del mismo (aunque finalmente se descartará tal opción por arriesgada). De este modo, y encuadrado dentro del grupo de ingeniería del MFA, participará en la fase final de los preparativos para el 25 de Abril, en la preparación del programa del Movimiento y como enlace entre éste y el general Costa Gomes -uno de los oficiales de alta graduación que, como Spínola, por su negativa a rendir vasallaje al gobierno marcelista, había sido relegado de sus funciones y con los que los sublevados contaban para formar parte de la Junta de Salvación Nacional que se haría cargo del país tras el derrocamiento del Estado Novo-.

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Fotografía de Vasco Gonçalves tras su nombramiento como primer ministro.

Gonçalves, como sus compañeros más jóvenes y de menor graduación (Melo Antunes, Salgueiro Maia, Saraiva de Carvalho, Vasco Lourenço) había combatido contra las fuerzas anticoloniales, primero en Goa (enclave portugués en la India que fue absorbido por la recientemente independizada nación) y posteriormente en Angola y Mozambique. Y, como ellos, fue pronto consciente de que los militares portugueses desplegados allí estaban combatiendo por una dictadura fascista y por los intereses económicos de unos pocos privilegiados de la metrópoli, que se beneficiaban de la situación política y social establecida por esa dictadura, tanto en Portugal como en su extenso imperio ultramarino. Una actitud, la de luchar a favor de un imperio colonial y fascista con el que se tiene tanta distancia ideológica y política que él mismo no puede dejar de definir como contradictoria: “Le he dicho esto a muchos camaradas: “Nosotros, que finalmente estábamos contra todo aquello, éramos los trabajadores más eficientes, en cierta manera, sus mejores colaboradores…” […] pensaba que el fin de la guerra colonial y el derrumbamiento del régimen fascista, en lo que se refería a los militares, debía ser el resultado de un esfuerzo colectivo y no de tomas de posición o reacciones individuales. Lo que había que hacer era concienciar, organizar el descontento, de modo que se tradujera en una fuerza material capaz de poner fin a cuarenta años de dictadura.”

Vasco Gonçalves fue, tanto antes como después del PREC, un gran lector y teórico de inclinación claramente marxista, abundando en las lecturas de política, filosofía y sociología. Miguel Urbano Rodrigues, responsable del Partido Comunista Português, relata de él que “No se limitaba como muchos políticos a hojear “El Capital” y la obras de Engels, Lenin y Gramsci. Vasco estudiaba el marxismo, asimilaba y se esforzaba por aplicar sus enseñanzas a cada situación histórica. Sin ser un militante comunista, no escondía su adhesión al materialismo dialéctico. Las cuestiones de método ejercían una fascinación sobre él, en la evaluación de las relaciones de fuerza y de las condiciones objetivas y subjetivas. Admiraba mucho a Rosa Luxemburgo y releía con frecuencia ensayos del Águila de Varsovia […] Estudiaba y discutía las obras del húngaro Istvan Meszaros, de los franceses Georges Labica y Georges Gastaud, de los sociólogos y economistas de la Monthly Review […] a Chomsky, Chossudovsky, Marta Harnecker, Petras, y lo que le llegaba a las manos de autores de Brasil, de Colombia, de México, de la Venezuela Bolivariana, de la India y de Palestina.”

Su elección como primer ministro en el Portugal revolucionario le posibilitó cumplir su sueño de poder unir aquellos conocimientos teóricos y la práctica revolucionaria, en un proceso vivo, que día a día se enriquecía con las dificultades, las contradicciones y también con las ilusiones de las masas. “No eran solamente ideas teóricas” -explica-; “teníamos la preocupación de vincular la teoría y la práctica, y ese objetivo me acompaño siempre toda la vida. De hecho (…) es muy difícil hacerlas coincidir totalmente. Yo sólo pude realizar ese sueño plenamente el 25 de Abril, porque antes la verdad es que fui militar de un ejército fascista, con todas las frustraciones y conflictos personales que eso significaba para alguien que, como yo, tenía ideas progresistas desde muy joven”.

Para él la clave de la transformación del 25 de Abril de golpe militar a revolución popular fue la presencia del pueblo del lado de los militares rebeldes, expresando sus demandas, activando su propia dinámica y con ello arrastrando a los propios actores políticos y castrenses a obrar en consonancia. “El impulso de las masas populares y de los trabajadores -afirma en una entrevista a Viriato Cunha Teles-, exigiendo un empeño social y político más profundo y prolongado del previsto inicialmente por el MFA, hizo que se modificase la correlación de fuerzas dentro del propio movimiento en favor de los que más se identificaban con las aspiraciones, las reivindicaciones, los intereses populares, e imprimió una dimensión revolucionaria al golpe militar.”

Al lado de todo esto, no se debe olvidar que una de las características que hizo más compleja la situación fue que en Portugal tuvo lugar una duplicidad de poderes a partir de abril de 1975, con un choque de legitimidades. En ese mes, tuvieron lugar las elecciones a la Assambleia Constituinte, en la que el PS de Mário Soares se alzó como el partido más votado. La cifra de votos para los partidos de la izquierda (PS, PCP y otros grupos más a la izquierda, de corte trotskista o incluso maoísta), partidarios hasta entonces de la “transición al socialismo” superaba ampliamente a la de los grupos conservadores, entre los que destacaban el PPD y el CDS. Pero la diplomacia internacional de Occidente y los intereses económicos -en buena medida expatriados por la política de nacionalizaciones y las colectivizaciones puestas en marcha en el campo al amparo de la reforma agraria- pusieron en marcha una campaña de cooptación del PS y de su líder para que ejercieran de cabezas de la contrarrevolución y pusieran fin a la “amenaza roja”, al peligro de que Portugal, un país miembro de la OTAN, se convirtiera en una democracia popular al estilo de las de Europa Oriental. “Mario Soares, y el Partido Socialista por extensión, habían vuelto a Portugal hablando de socialismo y de alianzas con el PCP. Sin embargo, ese discurso fue liquidado después de las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1975”, escribe Marcos Ferreira.

De este modo, el gobierno provisional de Vasco Gonçalves y el MFA, dominado por la izquierda entre abril de 1974 y finales del verano de 1975, y que obtenía su legitimidad del derrocamiento de la dictadura y de haber puesto en marcha medidas esenciales para la democratización del país, como las de la legalización de las organizaciones políticas, la liberación de los presos políticos y las conversaciones con los movimientos de liberación de las colonias, se vería contestado por la mayoría “contrarrevolucionaria” (en el sentido no antidemocrático, de oposición al movimiento democrático de la Revolución de los Claveles, pero sí antisocialista) de los partidos mayoritarios de la Asamblea, cuya legitimidad estaba clara: había salido de la voluntad de los votantes, aunque en el caso del PS fuera mediante la traición del programa con el que se había presentado ante las masas.

Quizá previendo ese escenario de traición, Vasco Gonçalves se empeñó a fondo en el desarrollo de un programa ambicioso que hiciera irreversibles las “conquistas de la Revolución” y consolidara un tipo de democracia socialista basado en la participación popular y en la garantía de los derechos económicos y sociales de los portugueses. “Hombre de pocas palabras se definía a sí mismo como “marxista democrático”, -escribe el militar español Antonio Maira- “como marxista defensor de la soberanía popular activa, sin intermediarios, y rápidamente aclaraba el significado de sus palabras: no me refiero con ese calificativo de demócrata a nada que tenga que ver con las democracias formales parlamentarias, al uso en Occidente, fabricadas en parlamentos o impuestas manu militari  […] La democracia para Vasco Gonçalves tiene que ser revolucionaria y popular y debe contener la dirección de los obreros en las fábricas, de los asalariados en sus centros de trabajo, de los campesinos en las colectivizaciones o en las empresas nacionalizadas en el campo, de la gestión de los trabajadores en todos los sectores de la vida económica, de los derechos políticos, sociales laborales y culturales.”

Esta concepción de la democracia, participativa y en un sentido absolutamente amplio (“socialismo es democracia sin fin”, ha definido el anteriormente citado Sousa Santos) chocaba frontalmente con la concepción de “transición gatopardiana” que defendían desde las potencias occidentales para los países del sur de Europa que salían recientemente de dictaduras. Y por supuesto, la mención al socialismo, espantajo que contenía la encarnación del mal absoluto, preocupaba todavía más en esas altas esferas. Más aún cuando se pretendía implantar un sistema socialista de “rostro humano”, respetando el pluralismo político y la participación ciudadana, algo que, de tener éxito, supondría un duro golpe para la propaganda occidental, pero también para la del bloque soviético, ya que ambos lanzaban el mensaje de que socialismo y democracia eran incompatibles, y de hecho habían combatido tal idea, ya fueran los norteamericanos en Chile el año anterior, o los soviéticos en Checoslovaquia y Hungría.

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Vasco Gonçalves saluda, con la bandera de Portugal en la mano, a los simpatizantes a la salida de un acto político.

Por ello, el “companheiro Vasco” concebía también como esencial contar con el MFA y su presencia al lado del pueblo, de sus iniciativas y reivindicaciones, como “brazo armado de la Revolución”, en defensa de la misma, para evitar que triunfaran intentonas reaccionarias que torpedearan el proceso. De hecho, en su etapa de primer ministro, hubo dos protagonizadas por Spínola, cuyo fracaso le desacreditaron ante las potencias extranjeras como jefe de la reacción y líder de la “opción gatopardiana”: en septiembre de 1974, con la apelación a la “mayoría silenciosa” conservadora a que se manifestara, que fracasó por la movilización popular, y posteriormente en marzo de 1975, un golpe militar en toda regla que se detuvo gracias a la intervención del MFA y que, paradójicamente, contribuyó a acelerar en vez de a detener la revolución en marcha.

Vasco Gonçalves marcó rotundas distancias ya en su propio discurso de investidura con la apelación a la “mayoría silenciosa” de Spínola y la velada referencia al imperativo una “libertad dentro de un orden”, que venía poco menos que a significar la concepción de la democracia de una forma utilitarista y limitada a aspectos formales. Si Spínola, el día de la toma de posesión del gobierno, afirmaba que “O la mayoría silenciosa de este país acuerda y toma la defensa de su libertad, o el 25 de Abril tendrá perdido delante del mundo, la historia y nosotros mismos el sentido de gesta heroica de un pueblo que se libertó a sí mismo”, el “companheiro Vasco” defendía una manera bien diferente de actuar: “Mis camaradas y yo no lo entendíamos así. Bien al contrario, pensábamos que en aquél clima de agitación social, que Spínola consideraba una amenaza a la democracia y a la libertad, también estaba la gesta heroica del pueblo portugués, que, sin duda, de modo espontáneo y de cierta manera desordenado, pero no anárquico, se estaba liberando a sí mismo de medio siglo de fascismo. Por esa razón no apoye tal apelación a la mayoría silenciosa, y reforcé la determinación indiscutible de cumplir el programa del MFA, citando incluso a Almeida Garret cuando afirma que la libertad sólo se aprende con la práctica. Insistí en mi discurso, que la libertad conduce a errores que deben ser corregidos y que los partidos políticos tendrían un importante papel en el análisis y corrección de esos errores, haciendo de ellos otras tantas vinculaciones con el pueblo.” Vasco Gonçalves tenía claro que “la libertad no se define o no se sustancia apenas en los derechos políticos, en el derecho de poder hablar libremente, en el derecho de opinar y contestar o de organizarse colectivamente sin ser detenido. La libertad no existe por sí. Son necesarias estructuras políticas, económicas, sociales, culturales que garanticen el ejercicio de esas libertades”. Veamos en qué consistió la transformación de estructuras que el PREC portugués conoció bajo sus gobiernos.

LA ETAPA VASCO

La situación socioeconómica de Portugal tras la caída del salazarismo no era la más halagüeña. A pesar de ser uno de los países con salud monetaria más holgada del mundo -gracias a que el banco nacional contaba con unas de las mayores reservas mundiales de divisas-, la obsesión de Salazar por el control presupuestario y la austeridad (políticas hoy tan de moda entre los responsables económicos de la Unión Europea o el FMI) había llevado a que el gasto público y el Estado de Bienestar apenas estuvieran desarrollados en el Estado Novo. La situación -agravada por la guerra colonial, haciendo que cerca de un 50% del presupuesto fuera para gastos militares-había llevado a que varios indicadores fueran más parecidos a los del mundo subdesarrollado que a los europeos occidentales, tales como el analfabetismo (que afectaba a alrededor de un tercio de los portugueses), la productividad y mecanización agrícola, la mortalidad infantil o el número de aparatos telefónicos.

A ello había que sumar la concentración de riqueza. La mayor parte de la propiedad agrícola e industrial estaba en manos de cuatro grandes holdings empresariales, en muchos casos propiedad de familias como los Champalimaud o los Espirito Santo, cuyos intereses se diversificaban desde la industria química o alimentaria a la propiedad de fincas rústicas, de inmuebles o de entidades financieras. Muchos de ellos tenían garantizado un lucrativo negocio a través de los mercados cautivos de las colonias, por lo que, en vistas de que el imperio no era ya sostenible, optaban por una solución de corte neocolonial como la que ofrecía el general Spínola y su proyecto, esbozado en su obra “Portugal y el futuro”, de “Commonwealth” a la portuguesa.

Un proyecto éste último, además, que chocaba frontalmente con los deseos no sólo de los soldados y oficiales destacados en ultramar, cansados de combatir, sino con lo manifestado por el propio pueblo metropolitano de Portugal, que manifestaba su deseo del final inmediato de la guerra y el retorno de las tropas y con el espíritu de los movimientos de liberación -en aquel entonces con un gran ascendente entre los pueblos de las colonias-, que por su carácter abiertamente de izquierda, impedían cualquier transición de orden neocolonial (como habían llevado a cabo Francia, Bélgica, o Estados Unidos en el caso de Liberia), a no ser que se optase por llevar adelante nuevas aventuras bélicas (guerras civiles apoyando a un bando) que el país no estaba en condiciones de afrontar.

Eran muy diversas y complejas las tareas que debía afrontar el nuevo primer ministro. Desde el punto de vista político, se centró en llevar a cabo el programa básico del MFA -el “programa de las tres des”: desarrollar, democratizar, descolonizar-, pero desde una interpretación novedosa, favorecida por la propia ambigüedad del programa, y desde luego polémica para quienes concebían (desde dentro y fuera de las fuerzas armadas) el papel del MFA como instrumental tras haber derribado al régimen y la democratización como un proceso de entrega de la iniciativa política a instituciones y partidos.

El propio general explica de este modo esa posición: “Comprobamos que una cosa era aquel esquema que nosotros delineamos y que además era muy simplificado […] y otra la realidad. Y esa nos rebasaba día a día […] Las reivindicaciones explotaban de forma espantosa, imposibles de controlar […] Aprendimos con la realidad, que nos fue mostrando que no podíamos simplemente, cuando se constituyese el gobierno provisional, dejar todo y volver a los cuarteles. Había caído una gran responsabilidad sobre nosotros. Al mismo tiempo verificábamos que los políticos civiles, salvo raras excepciones, no mostraban más competencia ni más ni conocimientos de las que mostrábamos nosotros y sobre todo no tenían, de modo alguno, más apoyo. Aquella ansia popular por el MFA era, al mismo tiempo, una gran responsabilidad”. Por este motivo, la movilización popular y el llamamiento al MFA (en aquel momento ampliamente dominado por la izquierda) como una suerte de “fuerza moral” llevan a eclipsar la acción de los partidos y a centrar el proceso en las conquistas que las propias masas están realizando en base a sus actuaciones, refrendadas por el gobierno. Es la etapa de la “Alianza Pueblo-MFA” (Aliança Povo-MFA). De ahí que uno de los puntos de choque a lo largo de los siguientes meses sea la institucionalización del MFA y el papel de los militares revolucionarios en la nueva democracia lusa.

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“MFA, centinela del pueblo”. Cartel de las iniciativas de dinamización cultural, unas de las más originales y fecundas tras el 25 de Abril, que incluyó campañas de alfabetización y de regeneración del medio rural.

Los partidos políticos (sobre todo los que estaban a la derecha del espectro) aceptaron a regañadientes el papel director del MFA y del gobierno Vasco (del que formaron parte al principio, hasta el “Verão Quente” de 1975) a cambio de las elecciones a la Constituyente, en la que esperaban obtener, ahora sí, la iniciativa. Una iniciativa que el propio general temía sirviera para desmontar el legado que aquellos momentos de iniciativas populares estaban depositando de cara a la transformación política, social y económica de Portugal, dejando en segundo plano al pueblo: “Pretendíamos hablar con los partidos porque defendíamos la soberanía popular, porque no queríamos, de modo alguno, imponer una dictadura militar, pero […] es necesario ver que pretendíamos que un proceso electoral no condujese a la pérdida de las conquistas ya alcanzadas en ese tiempo por la población, concretamente en el dominio del trabajo […] Por lo tanto hay aquí dos componentes fundamentales: la garantía de la continuidad del proceso y la responsabilidad del MFA en esa tarea esencial. Recelábamos, repito, que el proceso entregado sólo a los partidos políticos pudiese conducir a callejones sin salida”.

Con el “companheiro Vasco” en el Palacio de São Bento, se van a desarrollar las principales reformas económicas y sociales del PREC, en especial tras el fracaso del golpe militar derechista del 11 de marzo de 1975. Al hilo de las ocupaciones de fincas sucedidas en el sur (los distritos afectados fueron los de Santarém -Ribatejo-, Évora, Beja, Portalegre -Alentejo-, Setúbal -Estremadura/Vale do Tejo- y Castelo Branco -Beira Baixa-), como consecuencia de la política obstruccionista que desempeñaban propietarios latifundistas a la aplicación de medidas en beneficio de los campesinos y de laboreo de las tierras, se aprobará la reforma agraria.

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Escena de la reforma agraria.

Entre otras medidas de la reforma, se establecerá un nuevo régimen de arrendamientos rústicos con objeto de controlar las subidas abusivas de las rentas y se arrendarán las tierras incultas; se expropiarán las fincas de secano de más de 500 hectáreas y las de regadío de superficie mayor de 50 hectáreas (garantizándose a los expropiados la propiedad de un área de 500 y 50 hectáreas respectivamente); se restituirán propiedades a dueños legítimos y se dará apoyo financiero y técnico a los campesinos, incluyendo líneas de crédito, instrucción sobre cooperativismo y asociacionismo agrario -muchas cooperativas que surgirán en ese momento tendrán nombres que harán clara referencia al momento histórico que vive el país, como “Estrela Vermelha” o “Companheiro Vasco”– y asesoramiento dirigido esencialmente a pequeños y medios agricultores.

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Manifestación de los trabajadores de la Lisnave. Esta industria señera, como CUF o el Banco Totta e Açores, fue objeto de nacionalización.

En paralelo, se decreta la nacionalización de la mayor parte de la gran industria (incluyendo ramas como la industria química, la cementera o la siderúrgica), de la banca (incluidos los bancos emisores de la metrópoli y de ultramar), el sector de los seguros o el de los transportes públicos, históricamente en manos de personalidades afines al antiguo régimen o beneficiarias de sus políticas. Los trabajadores forman comisiones que se encargarán de la organización y gestión de las compañías. Se calcula que con las nacionalizaciones -que generaron la fuga de gran número de antiguos propietarios y sus capitales respectivos-, tres cuartas partes de la riqueza nacional llegaron a estar, directa o indirectamente, en manos públicas. Las nacionalizaciones se acompañaron de otras medidas en el ámbito del trabajo, como una subida del salario mínimo de 3300 a 4000 escudos (un aumento del 21,2 por ciento) y la fijación asimismo de una remuneración mínima para los funcionarios; la implementación de subsidios de desempleo para los trabajadores que incluía de forma novedosa a los trabajadores agrícolas y el derecho a la asistencia médica para los parados y sus familias -medida acompañada de la no menos importante creación del Servicio Nacional de Salud, que permitió expandir la asistencia sanitaria también al medio rural-; la aprobación del subsidio de Navidad para los pensionistas y el de vacaciones para funcionarios y miembros de las fuerzas de policía (Guarda Nacional Republicana, Polícia de Segurança Pública) y las fuerzas armadas. Además, defendió la unidad sindical -criticada con posterioridad por el PS, muy posiblemente por intereses partidarios, sobre todo para desgastar al PCP- argumentando que sería perjudicial para el movimiento obrero la existencia de varias centrales sindicales pugnando por el apoyo de los trabajadores a base de reclamar más que las demás y por la influencia (y división) partidaria dentro de los sindicatos.

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Manifestación vecinal por la vivienda digna. En ciudades como Setúbal, Faro, Lisboa, Oporto o Almada, las operaciones SAAL permitieron abrir el camino para repensar la ciudad de acuerdo con las necesidades y mediante la participación de quienes la habitan.

Fue también un momento especialmente importante para el movimiento vecinal. Se formaron las comisiones de moradores, que reclamaban la mejora de sus viviendas y la habitabilidad de sus barrios (un problema grave en el momento en que tiene lugar el 25 de Abril, ya que abundan los barrios de chabolas y las áreas degradadas en ciudades como Setúbal, Lisboa, Oporto o Coimbra). Así, se constituyen las Operaciones SAAL -objeto de otro artículo en este blog-, en las que arquitectos y técnicos trabajan en contacto directo con los vecinos, dialogando y construyendo juntos (son los propios vecinos, como en el caso paradigmático de Meia-Praia, cerca de Lagos, Algarve, objeto de un documental, los que construyen sus hogares) sus nuevas o restauradas viviendas. En este proceso de arquitectura y urbanismo participativos trabajó el más conocido arquitecto luso, Álvaro Siza Vieira.

Todo esto se complementaba con medidas de liberalización política, fundamentales para devolver la normalidad democrática al país tras casi medio siglo de dictadura: ley electoral para las elecciones a la Asamblea Constituyente, reglamentación de la actividad de los partidos, nueva ley de prensa -que incluía la creación del Consejo de Prensa-, creación del cargo del Provedor da Justiça (verificador de procesos legales y de garantía de las libertades fundamentales), una nueva ley de enseñanza superior y de gestión democrática en las escuelas. Pero sobre todo, lo que más apoyará y entusiasmará a Vasco Gonçalves será ese aprendizaje de la libertad en la práctica, a través de la autogestión, la participación y la organización autónoma de los portugueses en diversos ámbitos de su vida: el trabajo, la cultura, la enseñanza, el vecindario… “transformaciones progresistas en la enseñanza, en la cultura, en el deporte, la salud, con un fuerte aroma y seña democratizadoras” (José Barata Moura).

Además, se procedió a la ansiada descolonización. Su desarrollo final vino no sólo forzado por el hastío de los combatientes y la población, sino por la propia manera de obrar de quienes en ese momento desempeñaban el poder en Lisboa y lideraban la lucha anticolonial en África. Vasco Gonçalves se refería a la necesidad de hacer posible un proceso transparente y honesto que no escondiera intenciones o trasfondos neocolonialistas o ambiciones tutelares, como a su parecer escondía el plan federalista de Spínola. Se acordó finalmente un alto el fuego con los grupos guerrilleros y Guinea -independiente de facto desde 1973- obtuvo la independencia al poco del 25 de Abril. Se formaron -como en Mozambique, mediante los acuerdos de Lusaka, la capital zambiana- gobiernos de transición en los que el mayor peso lo llevaron los movimientos de liberación, hasta que finalmente las diferentes colonias se convirtieron en estados independientes. Pero este proceso, sin embargo, tuvo efectos

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Samora Machel, líder del FRELIMO y presidente de Mozambique de 1975 a 1986 (año de su fallecimiento en extrañas circunstancias), en un sello de correos de la URSS.

no deseados: en primer lugar las dificultades los emigrados de la metrópoli -cuya emigración había llegado a ser fomentada por la dictadura, para evitar que el flujo de migrantes se dirigiera hacia los países de Europa Occidental- para ser integrados como ciudadanos de las nuevas repúblicas, lo que condujo a un numeroso éxodo de retorno a Portugal, y la intervención de otras potencias -aunque también de personalidades portuguesas a título personal- en los conflictos que sucedieron a la descolonización, enmarcados en la “guerra fría” y en la lucha por o contra la expansión del socialismo en África. Tales fueron los casos de Sudáfrica, Estados Unidos, Cuba y la URSS en las guerras civiles de Angola y Mozambique o la invasión indonesia de Timor Oriental, conflictos que se prolongaron durante más de diez e incluso de veinte años.

A pesar de los numerosos avances que tuvieron lugar en la época del general Vasco Gonçalves, el año 1975 demostraría que el trecho de camino recorrido podía desandarse demasiado fácil y demasiado rápidamente. El “verano caliente” (Verão Quente) de ese año en nuestro país vecino demostraba que desbaratar la transición al socialismo y reconducirla hacia la transición gatopardiana era posible.

LA HORA DE LA CONTRARREVOLUCIÓN

Las iniciativas del gobierno de Gonçalves y la entrada del PREC, desde el fallido golpe de Estado spinolista de marzo de 1975 (y por el cual el propio Spínola tuvo que exiliarse, primero huyendo a Badajoz y después partiendo a Brasil, convertido en el destino favorito de los grandes capitales portugueses expropiados en el proceso de “desmantelamiento del capital monopolista” que serían las nacionalizaciones), encendieron todas las alarmas entre los sectores contrarrevolucionarios de dentro y de fuera del país.

Dentro de Portugal comenzó a ser patente una cierta división geográfica entre el norte del Tajo y el sur de este río y las zonas urbanas e industriales donde se concentraba la población obrera, especialmente el cinturón de la margen sur de Lisboa. Al norte, en las zonas rurales de pequeña propiedad donde los grupos conservadores tenían más fuerza, comenzó a hacerse cada vez más notoria la oposición al gobierno del general, que en ocasiones llevaron la forma de atentados terroristas y asesinatos como el del “padre Max”, sacerdote miembro de un partido de izquierda, perpetrados por organizaciones de ultraderecha, -en las que se había refugiado buena parte del aparato policíaco y militar de la dictadura fenecida- y cuyo líder se apuntaba era el exiliado Spínola, así como ataques a sedes del PCP y otros partidos a su izquierda. Un tema que es el hilo conductor de la novela “Exhortación a los cocodrilos” del afamado novelista António Lobo Antunes. En el sur, sin embargo, el apoyo al gobierno se hacía sentir con firmeza y donde más apoyo tenían también los comunistas: era donde más se habían llevado a cabo las iniciativas populares amparadas por éste, tanto en el campo (cooperativas agrarias) como en la ciudad (comisiones de moradores, asambleas de trabajadores) y donde a partir de un cierto momento tendrían lugar las mayores huelgas y manifestaciones de la izquierda en apoyo al PREC y al “companheiro Vasco”. Esta diferencia geográfica hacía que, a la altura del otoño, cuando se sucedían planes conspirativos para poner fin a la influencia del MFA y los militares de izquierda en el proceso, se pensara en el eventual escenario de una guerra civil y en el traslado de la capital a Oporto, desde donde se enfrentarían a las fuerzas de la “Comuna de Lisboa” (una clara asociación con la Comuna de París).

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Ataque a la sede del Partido Comunista en Braga (región del Minho) durante el “Verão Quente” de 1975.

Para añadir aún mayor dificultad, el retorno de los antiguos colonos portugueses procedentes de las antiguas provincias ultramarinas recién independizadas (se calcula en medio millón de personas las que regresaron a la metrópoli) añadía mayor dificultad al Estado revolucionario. Los retornados fueron caldo de cultivo propicio para los grupos reaccionarios, azuzando en ellos el resquemor por la concesión de la independencia y la forma en que ésta fue otorgada, haciendo que tal resentimiento fuera dirigido hacia la Revolución y el gobierno y dando lugar a iniciativas como la formación de grupos independentistas de derecha en Azores y Madeira, territorios donde fueron asentados buena parte de ellos.

Pero sin duda la clave de bóveda que permitió la reversión del PREC y la transformación de la transición al socialismo en un proceso de transición “al uso”, hacia una democracia parlamentaria enclavada en el campo del capitalismo occidental, fue la defección del Partido Socialista de Mário Soares. Casi de inmediato a su victoria electoral en las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril de 1975, el PS dejó de hablar de la construcción de una sociedad socialista (“guardar el socialismo en el cajón”, como se pasaría a decir en los círculos soaristas), de la unidad de acción con el Partido Comunista para atacarle en todo tiempo y lugar (ya fuera con motivo del caso de los trabajadores del diario República, que se habían hecho cargo de la gestión del rotativo como otros muchos en centenares de empresas del país, ya fuera levantando polémicas un tanto artificiosas como en relación a la Intersindical) y a difundir la acusación de que el PCP y el “companheiro Vasco” preparaban un golpe al estilo del de Praga en 1948, para obtener, como los comunistas checoslovacos, todo el poder (acusación lanzada por la misma persona que se declaraba admirador de regímenes socialistas surgidos de revoluciones como los de Vietnam, Cuba, China o Yugoslavia).

Pero para que el PS obtuviera su éxito electoral y lanzara posteriormente esas acusaciones con un gran y eficiente aparato de propaganda de por medio (que permitió la salida de sus fieles a la calle, capitaneando la nave del conservadurismo antirrevilucionario) con la fe del converso, fue esencial la ayuda exterior. A través de la Fundación Friedrich Ebert, la potente socialdemocracia de la RFA, capitaneada por Willy Brandt y Helmut Schmidt, otorgó una gran cantidad de fondos al socialismo portugués destinados para su aparato logístico y de propaganda (el PS se fundó en el exilio y en las postrimerías de la dictadura, por lo que en el momento del 25 de Abril se encontraba en franca desventaja respecto al PCP) a cambio de completar su viraje a la derecha. No fue la única ayuda que, a lo largo del tiempo, recibió el soarismo: según denunciaba Rui Mateus, antiguo responsable de relaciones internacionales del PS, el partido recibió entonces y a lo largo del tiempo financiación ilegal de muy diversas fuentes: desde los partidos socialdemócratas europeos a los regímenes de Gadaffi o del venezolano Carlos Andrés Pérez, e incluso su hijo y él han sido acusados de participar en el tráfico de “diamantes de sangre” de la UNITA durante la guerra civil de Angola, lo que deja bastante mal de cara a la Historia al fallecido “padre de la democracia” lusa.

No sólo existió el auxilio de la socialdemocracia europea para el PS. También los Estados Unidos, preocupados por la “deriva comunista” de Portugal y la introducción de políticos de este signo en el gobierno de un país miembro de la OTAN (preocupación que, por cierto, también mostraron cuando Aldo Moro quiso abrir el gobierno de Italia al PCI y por el que le advirtieron seriamente, incluso con la posible implicación de los servicios secretos italianos en su asesinato poco tiempo después por las Brigadas Rojas, como expone Danielle Ganser en su obra sobre el entramado Gladio), cooptaron a Mário Soares gracias a la intervención sagaz de su embajador en Lisboa, Frank Carlucci. Carlucci había estado detrás de algunas de las operaciones más negras (y no sólo por su nombre de “black opps”) ejecutadas por la CIA en la década anterior, como el golpe contra Lumumba y el ascenso al poder de Mobutu en el Congo, el intento de asesinato del líder tanzano Julius Nyerere o el entrenamiento de los escuadrones de la muerte de la dictadura militar brasileña. El flamante embajador norteamericano convenció a la administración de Washington y al reticente secretario de Estado Kissinger de que Soares era su hombre para revertir la situación en Portugal. Para Carlucci, la ambición de poder de Soares representaba un punto a favor para tenerlo de su lado. Y, viendo las críticas que se han vertido contra el portugués acerca de su “absolutismo” y falta de escrúpulos a la hora de traicionar a sus colaboradores más próximos, el embajador no se equivocaba en este sentido. Es significativo de esta colaboración que surgió entre ambos la fotografía que existe de ellos, ya mayores, fundidos en un emocionado abrazo. A buen entendedor (o mal pensado), esa sola imagen podría bastar.

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Frank Carlucci (izquierda) y Mário Soares, durante una visita reciente del primero a Lisboa. Soares agradeció la labor del entonces embajador de Estados Unidos en favor de la democracia lusa.

Poco a poco, las divergencias que se fueron abriendo entre los partidos socialista y los grupos conservadores, de un lado, y los sucesivos gobiernos presididos por Vasco Gonçalves y los grupos de izquierda (el PCP y otros más a la izquierda de éste) y la “estrategia de la tensión” en la calle y en las declaraciones efectuadas por los propios líderes partidarios acerca del peligro de cambiar una dictadura por otra o la inminencia de un golpismo “rojo” acabaron por abrir brecha dentro de los propios militares del Movimiento de las Fuerzas Armadas, entre varios de cuyos miembros fue apareciendo la necesidad de abandonar el ejercicio del poder y transferir la iniciativa política a los partidos y a la Asamblea Constituyente.

Para estos militares, que suscribirían el llamado “Documento de los Nueve” (por el número de sus promotores), era hora de consolidar mediante la elaboración de una Constitución y el traspaso del poder a un gobierno civil las conquistas de los meses anteriores. Aunque bienintencionadamente, no dejaban de hacerse eco de los llamados de socialistas y social-demócratas acerca del peligro de la sustitución del fascismo por el comunismo en su versión totalitaria y asumían la paradoja de que era necesario el fin del gobierno revolucionario para defender las conquistas de una Revolución amenazada, o de que, por expresarlo de otro modo, precisamente serían los mejores defensores de la Revolución los que -como luego se vería- aquellos que iban a vaciarla de contenido. Sea como fuere, el caso es que la mayoría ideológica en el interior del MFA había cambiado de lado.

Obligado por las circunstancias, a finales de septiembre de 1975 Vasco Gonçalves presentaba su dimisión como primer ministro y se formaba el VI Gobierno Provisional, presidido por el almirante Pinheiro de Azevedo. Aunque también tuvo que enfrentarse a una gran contestación social, esta vez de signo izquierdista, el golpe conservador de Tancos del 25 de noviembre completó el giro copernicano de la transición portuguesa.

Aunque la Constitución de 1976 consagraba buena parte de las conquistas del PREC, como el objetivo último del socialismo y la conquista de una sociedad sin clases o los mecanismos de participación popular, los años ochenta y los sucesivos gobierno socialistas y de derecha (Soares, Sá Carneiro, Cavaco Silva) acabaron por desmantelar el lenguaje y el contenido de tales preceptos, quedando sólo la memoria colectiva de aquellos años, reflejada en fotografías, murales o canciones de José Afonso, Vitorino o José Mário Branco.

VASCO (NO) VOLVERÁ: UN MILITAR EXCEPCIONAL PARA UN MOMENTO EXCEPCIONAL

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Vasco Gonçalves durante una maifestación de apoyo al PREC en Oporto.

A pesar de que muchos de sus admiradores, los denominados “gonçalvistas”, pensaban que el general haría, como el rey Dom Sebastião del mito, un regreso triunfal, lo cierto es que se apartó de la vida pública activa tras su salida del gobierno. Continuó apoyando y militando en causas de izquierda, desde la solidaridad con Cuba y Venezuela -siendo amigo personal de Fidel Castro y Hugo Chávez-, hasta su participación en actos locales de la Candidatura de Unidade Popular (comunistas y verdes) y en las conmemoraciones del 25 de Abril y el Primero de Mayo.

Lejos del perfil de muchos políticos profesionales, cuyo objetivo es la búsqueda del poder y los privilegios y prolongar sus carreras más allá de la vida política activa (tomemos el ejemplo del que se convirtió en su némesis, Mário Soares, no por quererlo el “companheiro Vasco”, sino por el odio furibundo que Soares desató contra el general), llegó por casualidad a la jefatura del gobierno y se marchó de ella sin aspirar a regresar. “Sólo lo colectivo tenía sentido para Vasco Gonçalves”, destaca Antonio Maira. “Esto hacía de la revolución un hecho histórico creativo, compartido y concreto”. El propio Vasco lo confirma años más tarde en el libro-entrevista con Maria Manuela Cruzeiro: “Por naturaleza no soy dado a la publicidad y a la visibilidad, no tengo ambiciones de ser una figura pública y el periodo que hoy vivimos es muy diferente al de los años 74-75”.

Lejos estaban en él también los objetivos de instaurar un comunismo soviético avant la lettre con que sus enemigos y los del PCP -partido en el que nunca militó, a pesar de su proximidad-. Siempre insistió en la originalidad del modelo portugués, obedeciendo a condicionamientos locales, a una dinámica propia que llevaba a la consecución democrática y pluralista de la sociedad socialista, algo que, insiste, se plasmó en la Constitución de 1976, pero que no tuvo continuidad en las actuaciones de los gobiernos constitucionales posteriores, que vaciaron de contenido el texto e inscribieron a Portugal en el campo de las democracias formales. Un caso paradigmático de esas intenciones fue el de las nacionalizaciones, a las que se refiere del siguiente modo: “no queríamos nacionalizarlo todo, ni estatizarlo todo. El sector que empleaba el mayor número de trabajadores, que tenía mayor número de empresas que daba mayor contribución para el producto nacional bruto quedaba reservado para la iniciativa privada. Simplemente las líneas generales de la orientación general de la economía eran conducidas por el poder del estado y, siendo ese poder basado en elecciones libres, teníamos ahí una garantía de representación popular en la orientación de nuestra economía y, por otro lado, no descartábamos la iniciativa privada. Por lo tanto, continuó diciendo que sólo con calumnias se puede afirmar que estábamos socializando todo.”

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“Tengo, naturalmente, saudades de Abril. Pero saudades saludables, no
nostálgicas o melancólicas. Saudades que animan la lucha por el futuro”.

Quizá por el olvido a que fue sometido tras su salida de la presidencia del Consejo de Ministros, por las acusaciones que se lanzaron contra él en los años posteriores, por el fracaso del ideal socialista representado -o reducido- por el fallido bloque oriental o por su tendencia al anonimato, lejos quedaron para Vasco Gonçalves, tras su fallecimiento en 2005 en la localidad algarbia de Almancil (una de las pocas que homenajea en el callejero a su figura), los fastos destinados a otros líderes políticos posteriores, como Soares o Sá Carneiro. La verdadera muestra, la medida exacta de lo diferente que era de ellos, es que ha sido el único gobernante del Portugal pos-25 de Abril al que la gente se refería por su nombre de pila. Sin duda, el “companheiro Vasco” se sentiría muy orgulloso de esa confianza.

 

FUENTES:

María Manuela Cruzeiro, “Vasco Gonçalves, un general en la revolución” (traducción de Antonio Maira). Lisboa, Editorial Notícias, 2002.

Antonio Maira, “Un general en la Revolución (I). Vasco Gonçalves: un teórico con el brazo armado”. Crónica Popular, 23/05/2017. https://www.cronicapopular.es/2017/05/un-general-en-la-revolucion-i-vasco-

goncalves-un-teorico-con-el-brazo-armado/

Marcos Ferreira, “El canto de cisne de los movimientos revolucionarios. La Revolución de los Claveles”. El Orden Mundial en el Siglo XXI, 16/09/2015. http://elordenmundial.com/2015/09/16/la-revolucion-de-los-claveles/

Paco Arnau, “Revolución y contrarrevolución. 40º aniversario del 25 de abril y de la revolución de los claveles (4)”. El blog del viejo topo, 25/04/2014. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2014/04/

revolucion-y-contrarrevolucion-40.html?m=1

Viriato Teles, “Última entrevista com Vasco Gonçalves”. (Extraída de https://resistir.info/portugal/entrev_

vg.html el día 11/09/2017)

José Barata Moura, “Vasco Gonçalves «Um homem em Revolução»”. ODiario.info, 27/10/2006.

http://www.odiario.info/vasco-goncalves-um-homem-em-revolucao/

Javier García, “Escándalo en Portugal por un libro que vincula a Mario Soares con la CIA”. El País, 28/01/1996. https://elpais.com/diario/1996/01/28/internacional/822783608_850215.html

Joaquim Ponte, “Contributo de Vasco Gonçalves para a defesa da Democracia e das Conquistas da Revolução”. En http://conquistasdarevolucao.pt/assets/varino-ponte-o-contributo-vg.pdf

 

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Petra Kelly y el nacimiento del movimiento político verde

petrakellly1Si el pasado año 2016 fue pródigo en decesos de figuras importantes de la política, las artes o la cultura, algunas posiblemente más dignas de memoria que otras, el año que acaba de comenzar es año de conmemoraciones por las mismas razones. En 2017 podemos recordar los aniversarios “redondos” de las muertes del Che Guevara y del cantautor y activista estadounidense Woody Guthrie (1967),  del líder anarcosindicalita español y fundador del Partido Sindicalista Ángel Pestaña (1937) o las del líder revolucionario burkinabé Thomas Sankara, apodado “el Che Guevara de África” y del cantautor y poeta portugués José “Zeca” Afonso, autor de “Grândola Vila Morena”, la canción convertida en el himno de la Revolución de los Claveles, acontecidas en 1987.

Aunque todas ellas deben servir para el homenaje y la reflexión por parte de las personas y los movimientos sociales y políticos progresistas, de cara a examinar su legado y las posibilidades que éste ofrece de cara a una transformación de nuestras sociedades, el aniversario de Petra Kelly (1947-1992), fundadora de Die Grünen, el Partido Verde alemán y el más veterano de todos los partidos ecologistas de Occidente, es aún más relevante en cuanto a lo que puede ofrecer de cara a la organización de unos grupos políticos, no sólo a la forma de enfrentarse a la realidad circundante con deseos de transformarla, sino a la propia lógica organizativa de los partidos tradicionales, a su articulación con la sociedad civil y con otras formas de actuación política.

Sobre este aspecto, Boaventura de Sousa Santos, sociólogo y profesor en la Universidad de Coimbra, escribía en “La difícil democracia” la necesidad de la izquierda -ya fuera desde la oposición o desde el gobierno, porque se debe corregir la disparidad entre de actitudes y actuaciones que han presidido en muchas ocasiones la actividad política progresista al estar en el poder y fuera de él -de articularse con las formas de democracia no exclusivamente parlamentaria o representativa, como la democracia directa (asambleas de estudiantes, de trabajadores, de vecinos…) o la democracia comunitaria -puesta en marcha en América Latina y reconocida por constituciones como la boliviana-, y las formas de movilización cívica y social, como los referendos, las elecciones con mayor periodicidad y para mayor número de cuestiones “o incluso con la acción directa y pacífica de los ciudadanos y las ciudadanas”. Un modo de, como afirma el propio autor, “democratizar la democracia” a fin de acabar con la deriva de las actuales democracias liberales hacia posturas cada vez más autoritarias y el dominio de la res pública por parte de minorías social y económicamente fuertes.

De ahí el reproche que se dirige desde la política tradicional y medios de comunicación hacia partidos políticos como Podemos en España por su intención de querer articular la lucha parlamentaria e institucional con la de la calle y la de los movimientos sociales, o la relevancia que adquieren sus desavenencias y debates internos en relación a los de otros partidos. Aunque hay otros aspectos -como sus movimientos definitorios oportunistas de cara a la ganancia de electores, definiéndose como socialdemocracia para desprenderse del molesto sambenito de “izquierda radical” con que se les ha bautizado, y una cierta ambigüedad ideológica en temas como la cuestión de la monarquía, la deuda o las (re)nacionalizaciones y (re)municipalizaciones- que les distancian un tanto de los planteamientos innovadores enumerados por Santos en su libro, el paralelismo entre Podemos y las izquierdas para el siglo XXI propuestas por el autor no deja de estar presente. Pero, al mismo tiempo, las cuestiones de liderazgo, de organización, de pactos con otras fuerzas y de distanciamiento -diferenciación- con éstas ya estaban presentes en los debates de Die Grünen en los años setenta y ochenta. Unas cuestiones que acabaron saliendo caras para la propia Kelly y que transformaron en los noventa la faz de Los Verdes germanos.

Por la importancia y la novedad de los planteamientos, aún vigentes y presentes en nuestras sociedades actuales, recordemos en estas líneas a Petra Kelly y su amargo final, sobre el que todavía hoy se asientan sombras de sospecha.

LOS PRIMEROS AÑOS. DEL SPD A LA FUNDACIÓN DE LOS VERDES

Petra Karin Lehmann nació en Günzburg, ciudad de la entonces República Federal de Alemania, en el land de Baviera, el 29 de noviembre de 1947. Su padre, polaco, abandonó el hogar familiar cuando ella contaba con apenas seis años, de modo que las figuras de su madre y su abuela -quien la introdujo en el pensamiento crítico y en la lectura de la prensa política- la convencieron, ya con corta edad, de que existía una alternativa al modelo tradicional del patriarcado, aunque ella cursó estudios elementales en un ambiente en principio poco propicio para desarrollar una conciencia feminista como era la escuela católica. Adoptó el apellido Kelly de su padrastro, un oficial de la Armada estadounidense destinado en Alemania y que trabajaba en el servicio hospitalario.

En 1960 se trasladó junto al resto de su familia a Georgia, Estados Unidos, y allí  estudiará Ciencias Políticas en la American University de Washington. Era la época del movimiento hippy, el pacifismo y las protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles -Kelly será una gran admiradora del difunto reverendo Martin Luther King- y, en Europa, las protestas de mayo de 1968, la Primavera de Praga, las movilizaciones obreras y estudiantiles en España y en su Alemania Federal natal. Pero junto a estos movimientos que parecen encaminar el mundo hacia el cambio, en el momento en que los “felices treinta” (los treinta años de prosperidad y crecimiento económico vividos en los países occidentales entre el fin de la SGM y la primera crisis del petróleo de 1973) están cercanos a su fin, hay también puntos oscuros que apuntan a las fuertes resistencias a ese cambio. En Estados Unidos, el asesinato del presidente John F.Kennedy (del que Kelly se apunta fue admiradora) y poco tiempo después el de Luther King; la violencia contra los negros en el sur de Estados Unidos; el intervencionismo y golpismo militar en América Latina -Argentina, Guatemala, el intento de invasión de Cuba-, Asia -Laos y Camboya- y África -Zaire, Togo, el apoyo a la Sudáfrica del apartheid-; y en lado del bloque soviético, el fin del soplo de aire fresco que suponía el “socialismo de rostro humano” de los comunistas checoslovacos y la Primavera de Praga y el regreso a una ortodoxia -bien que matizada- con Brezhnev como líder de la URSS en sustitución de Kruschev.

Esta amalgama de movimientos de acción y reacción influirán a la larga en el pensamiento político de Petra Kelly y en la configuración del movimiento “verde” tanto como partido como vía alternativa frente a los modelos de partidos políticos existentes en la RFA en ese momento. Mientras tanto, en los Estados Unidos, Kelly se graduará en la universidad con consiguiendo el grado de Bachelor of Arts cum laude y colaborará como asesorara para los senadores Robert Kennedy -hermano del presidente y asesinado como él durante su campaña a la presidencia- y Hubert Humphrey, antes de regresar a Europa en 1972.

En Europa proseguirá sus estudios de Ciencias Políticas en Amsterdam y trabajará para la entonces Comunidad Económica Europea en Bruselas, ocupándose de tema sobre emigración y formación profesional. Pero las inquietudes de Kelly exceden las cuestiones técnicas del funcionariado, y retoma con más bríos su activismo político, integrándose en las filas del Sozialdemokratische Partei Deutschlands (SPD), el Partido Socialdemócrata alemán.

El SPD, liderado entonces por Willy Brandt, consiguió después de décadas de gobierno de los democristianos, la cancillería de la República Federal. El fuerte discurso anticomunista que había dominado los gobiernos de la CDU, especialmente con Konrad Adenauer, fue sustituido por la Ostpolitik o apertura hacia el Este del nuevo líder del gobierno alemán. Esto trajo consigo mejores relaciones con los países del bloque oriental y la Unión Soviética, entre ellos Polonia -país con el que se firmó un acuerdo sobre la frontera Oder-Neisse, la frontera entre éste país y la RDA, en el caso de una futura reunificación alemana- y el reconocimiento del daño causado por Alemania a la nación polaca durante la SGM (como en el acto simbólico de homenaje del canciller a las víctimas del levantamiento del gueto de Varsovia), y con la vecina República Democrática Alemana, que se tradujeron en el mutuo reconocimiento de la RFA y la RDA, la firma de acuerdos comerciales y el aumento de las posibilidades de viajar a Occidente por parte de los ciudadanos de Alemania Oriental.

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Willy Brandt, arrodillado ante el monumento en Varsovia a las víctimas del gueto judío, alzado contra los nazis en 1943.

Sin embargo, a pesar de estos éxitos, la época de Brandt no está exenta de puntos oscuros: el SPD sirvió a los intereses del Departamento de Estado estadounidense a la hora de controlar los procesos de transición a la democracia de los países del sur de Europa salidos de dictaduras derechistas o fascistas y evitar una “deriva izquierdista” de estos procesos, como fueron los casos de España, Portugal y Grecia, a través de contactos con los máximos dirigentes del PSOE, del PS y del PASOK. La Fundación Friedrich Ebert, la fundación del partido, sirvió como correa de transmisión de fondos procedentes de la CIA para estos grupos políticos para que obtuvieran un gran aparato logístico y de propaganda que les hiciera el referente de la izquierda -aunque una izquierda manejable y controlable desde Washington o desde el norte de Europa- frente a los partidos comunistas, que en muchos casos habían sido la punta de lanza de la resistencia contra esas dictaduras. De este modo, estos partidos socialistas pasaron -a veces en pocos meses, como en el del recientemente fallecido Mário Soares, líder socialista portugués- de un discurso revolucionario y lleno de proclamas y connotaciones marxistas a la moderación y la cooptación por parte de los grupos de interés económicos y sociales más poderosos. Asimismo, Brandt no paralizó el espionaje a los propios ciudadanos a través del servicio secreto alemán federal, que fue una faceta equiparable -aunque menos publicitada en la Alemania actual- a la de la Stasi en su vecina del Este-, ni depuró a los cargos en la administración o el ejército (el Bundeswehr) que habían sido notorios criminales nazis y que habían hallado refugio durante la etapa de Adenauer y los primeros años de la RFA.

Fuera por la escasez de la entidad de la política de reformas de los socialdemócratas, que al gobernar se antojaron un “más de lo mismo”, o por la escasez de la resistencia que presentaron ante la ofensiva neoliberal en marcha iniciada en Chile y Argentina a través de dictaduras por el “flanco sur” del mundo,  y en Occidente en Estados Unidos -con Carter, aunque el gran propagandista y paradigma fuera Ronald Reagan- y Gran Bretaña -a donde había llegado Margaret Tatcher-, y que suponía una amenaza no sólo para la economía sino para la paz, el ambiente y las relaciones humanas, Kelly abandonó el SPD en 1978, pensando que los socialdemócratas habían perdido su fuerza. Era necesario un nuevo modelo. El modelo era para ella y otros muchos el ecologismo político.

EL PARTIDO VERDE

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Cartel del Partido Verde, circa 1979.

En 1979 tenía lugar la fundación del Grüne Partei o Partido Verde en la RFA -que con los años vería nacer un homólogo en la RDA, de corta existencia aunque de una cierta relevancia dentro del movimiento opositor socializante contra el régimen del país-, y que con los años sería conocido simplemente como “Los Verdes” (Die Grünen).

El objetivo del nacimiento del partido era aglutinar una alternativa al sistema político y de partidos imperante en la República Federal, pero también que el ecologismo se convirtiera en una alternativa a los dos sistemas a través de los cuales se venía gobernando globalmente el mundo desde la eclosión de la “guerra fría”, el capitalismo atenuado por el pacto con la socialdemocracia que había dado lugar al “Estado del bienestar” de un lado, y del otro el bloque soviético y el  “socialismo real” o estatal. Ambos sistemas daban ya síntomas de crisis a finales de la década de 1970: del lado soviético y sus satélites, el estancamiento económico había mermado la capacidad de acercarse a los estándares occidentales que habían demostrado a lo largo de los sesenta y primeros setenta y mermaba la capacidad del sistema de ofrecer bienes y servicios a la población, sobre la que se sustentaba buena parte de su legitimidad. Del lado occidental y capitalista, el neoliberalismo de la escuela de Chicago se iba imponiendo con cada vez mayor fuerza como mecanismo para atajar la crisis, comenzando una ofensiva global contra el “Estado de bienestar”, la regulación del mercado y las políticas socialdemócratas o keynesianas que aún dura hasta hoy. Unas propuestas y políticas impulsadas aún más si cabe tras la caída del antagonista de la guerra fría, la URSS y el bloque comunista. En ambos casos, la política de bloques supone en ese momento para el mundo, a juicio de los verdes, un conjunto de rémoras que es necesario atajar a fin de no hipotecar el futuro de las nuevas generaciones: carrera de armamentos, operaciones militares y escalada bélica en estados del interior de cada una de las esferas de influencia o del Tercer Mundo para mantener el “status quo” o impedir “experimentos” que se salgan de la norma impuesta; arsenal de bombas atómicas y dependencia de la energía de este tipo con riesgos difícilmente mensurables sobre su impacto y consecuencias; dependencia energética de combustibles fósiles y degradación medioambiental; agresiones a la naturaleza; expansión de una cultura consumista e indiviualista, patriarcal, racista y eurocéntrica…

De este modo, para Petra Kelly era necesario construir una alternativa que pasara por un partido nuevo, calificado de “partido antipartidos”, en el sentido de que planteara un cambio radical, no una reforma, del sistema y que funcionara además de una forma diferente a cómo venían haciéndolo los partidos tradicionales de la RFA. Había que estar en las instituciones pero éstas eran un mecanismo más donde debía desempeñarse la lucha de Los Verdes. En palabras del activista ecologista José Vicente Barcia Magaz, “se trataba de desbordar las calles sin abandonarlas, para asaltar las instituciones y ponerlas al servicio de la justicia social, la paz y la defensa del medio ambiente”. Las ideas a defender, en las calles y en el parlamento, resultan tan subversivas en ese momento como -en muchos casos- en la actualidad.

Así, el Partido Verde y su ideario ecopacifista y ecofeminista persigue una superación del marco político alemán y global, siendo crítico con los modelos vigentes tanto en el mundo capitalista como el autoritarismo del modelo “real-socialista”. Su ideario es democrático y radical, a través de la movilización pacífica (alejándose también de las tácticas armadas de la RAF), al proponer estructuras horizontales y descentralizadas que permitan imbricar a los movimientos sociales y las iniciativas ciudadanas, la sociedad civil, en los procesos de toma de decisión. Se trata de un “poder con los otros”, en lugar de un “poder sobre los otros”. En palabras de Petra Kelly, “la política signifique el poder de amar, el poder de sentirnos unidos en la nave espacial Tierra”.

Hay que superar también un modelo económico y de producción basado en el consumo individual, en el despilfarro y en el paradigma del crecimiento infinito dentro de un planeta cuyos límites y recursos son finitos. No es exagerado afirmar que Petra Kelly y Die Grünen serán de los primeros, si no acaso los primeros, teóricos del “decrecimiento”, proponiendo un modo de producción y de vida basado en el ser en vez de en el poseer y en la empatía y solidaridad en lugar de en la competencia y el materialismo: “Menos cantidad de bienes, más cuidado de lo que tenemos; menos crecimiento del capital, más calidad de vida; menos agresividad contra los ecosistemas, más conservación de la Naturaleza. En el fondo, la ecología tiene todas las ventajas para aportar una alternativa a un sistema insostenible e injusto”, comenta en este sentido Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo. Un modelo socioeconómico que entra en relación con otros ejes definitorios de Los Verdes: la lucha contra la injusta explotación del Tercer Mundo y las guerras que en muchos casos conlleva esta carrera por la posesión de los recursos.

Los derechos humanos, la paz y el feminismo serán otros tres ejes sobre los que se moverá el ideario de Los Verdes y en los que Kelly asumirá un papel activista notorio, a tenor de lo que relatan varios autores como los mencionados Marcellesi y Barcia. En lo que respecta al feminismo, para Kelly, era necesario feminizar la política y la sociedad, no sólo por cuanto hace que las mujeres ocupen un lugar subalterno, sea en los puestos de responsabilidad, en la familia, en la economía… sino porque el patriarcado dominante ha impuesto unos modos de conducta social y política que han llevado al mundo a una situación dominada por la violencia, la depredación, la desigualdad o la competencia feroz. Como escribe Marcellesi, “el patriarcado es opresor para las mujeres y restrictivo para los hombres, transmite valores de dominación y violencia, está profundamente vinculado a la mentalidad militar, provoca injusticias sociales y fomenta la explotación agresiva de la naturaleza. Es más, el patriarcado cruzado con el pensamiento tecno-científico occidental ha generalizado una percepción arrogante del mundo en la que la Naturaleza (simple materia prima) y la Mujer (débil) existen para ser dominadas y explotadas por los hombres”. De esta forma, Petra Kelly formula la “ternura” como un arma de subversión política. Así, en uno de sus ensayos, escribirá cómo entiende la militancia en un partido como Los Verdes:

“Ser tierno y al mismo tiempo subversivo: eso significa para mí, a nivel político, ser verde y actuar como tal. Entiendo el concepto de ternura en sentido amplio. Este concepto, para mí, también político, incluye una relación tierna con los animales y las plantas, con la naturaleza, con las ideas, con el arte, con la lengua, con la Tierra, un planeta sin salida de emergencia. Y, por supuesto, la relación con los humanos. Ternura entre las personas, también en el seno de un partido alternativo y no violento, que apuesta públicamente sin cesar por la suavidad, la descentralización, la no violencia.”

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Manifestación por el desarme en Bonn, años ochenta.

Es necesario aclarar que su postura de no-violencia no tiene nada que ver con una posición de pasividad o de rehuir los conflictos (algo que en cierto modo se ha hecho patente en las actuales democracias, y un ejemplo de ello es la española, donde en lugar de encarar y encauzar dicho conflicto o conflictos, natural a la disparidad de criterios y de ideas presentes en una sociedad plural y libre, se trata muchas veces de enmascararlo y de evitarlo, tildando a quienes lo presentan de elementos radicales y desestabilizadores). En su lugar se trata de una posición en la que la firmeza de los planteamientos se conjuga con actos de protesta y desobediencia civil, en línea con las propuestas de Gandhi o de su admirado Martin Luther King. Así, esto se demostrará en los numerosos actos en que Los Verdes, a lo largo de los años ochenta, y Petra Kelly, participarán por la defensa de los derechos cívicos y la paz.

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Petra Kelly en su juventud.

Son así destacables las manifestaciones en las que los ecologistas de Alemania Occidental participaron en los años ochenta por el desarme y la no proliferación nuclear, en unos años en que surgió la llamada crisis de los euromisiles, con el despliegue, en medio de la campaña reaganiana de la “Guerra de las Galaxias” de nuevos misiles en los países europeos miembros de la OTAN apuntando hacia la Unión Soviética, o por el fin de las centrales nucleares y la energía atómica y el desarrollo de energía alternativas. El activismo extraparlamentario -Los Verdes entrarán en el Bundestag en 1983- de Petra Kelly la llevará a muchos rincones del planeta, convirtiéndose poco menos que en una figura mediática, denunciando la represión de los derechos humanos en Sudáfrica o Tíbet, apoyando la campaña por el “no” al referéndum por la permanencia en la OTAN en España o siendo detenida tanto en Berlín Oeste como en Moscú por su denuncia del militarismo y la política de bloques. En 1982, recibió el Premio Nobel alternativo “por construir e implementar una nueva visión uniendo las preocupaciones ecologistas con el desarme, la justicia social y los derechos humanos”, y en 1983 apoyará con su firma el “Manifiesto de Tenerife”, defendiendo la creación de un partido verde en España y que será el punto de partida de los movimientos ecologistas políticos en nuestro país, primero con la fundación de Los Verdes y, más recientemente, con la de Equo.

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Manifestación en el País Vasco contra la permanencia de España en la OTAN, 1986.

Con motivo de su visita a España en 1986, y en relación a la política pro-atlantista del PSOE en el gobierno, en flagrante contraste con los planteamientos defendidos en los años setenta por los líderes socialistas, Kelly resumirá la cuestión en la siguiente sentencia, y que es de aplicación a la posición que han venido sosteniendo los partidos socialistas y socialdemócratas de un tiempo a esta parte: “Como antigua socialdemócrata debería saber que los socialistas olvidan y traicionan sus ideales en cuanto han conquistado el poder y se sientan al timón del gobierno. En España también hay que hacer valer argumentos morales y éticos contra la OTAN. El gobierno de González ha abandonado su ideología de no alineación y se ha dejado presionar por la pretendida fuerza de los hechos. El domingo tres de junio erais cientos de miles en Madrid. Queremos una España neutral y no alineada”. Hay que decir que Kelly, además, impulsó la petición oficial de perdón por parte del gobierno de la RFA por el bombardeo de la Legión Cóndor de Guernica.

LOS VERDES EN EL PARLAMENTO: AUGE Y CAÍDA DEL IDEAL DE PETRA KELLY

Los Verdes se presentaron, con Kelly como cabez de lista, en las elecciones al parlamento europeo en 1980, pero su primer gran logro se consiguió en 1983, cuado entraron por primera vez en el Bundestag, la cámara baja del parlamento de la RFA, al superar la barrera del 5% establecida para tener representación. Desde ese momento, el partido comenzó una etapa exitosa que le llevó a revalidar sus puestos en las siguientes elecciones federales en 1987 y a entrar en varios parlamentos de los “länder”.

La entrada en la política parlamentaria, un objetivo a cubrir por los ecologistas sin olvidar su postura de estar tanto en las instituciones como en las reivindicaciones sociales que se sucedieran en el exterior de las mismas, supuso sin embargo un punto de inflexión acerca del futuro del partido y las cuestiones de liderazgo que acabarían cobrándose como víctimas a la propia Petra Kelly y al ideario defendido por ésta. Pronto, el Partido Verde iba a encontrarse con una disyuntiva interna que aún hoy está presente en los grupos de la “nueva izquierda” como Podemos, el Bloco de Esquerda portugués o Die Linke en la Alemania de hoy: aliarse o no con la socialdemocracia -en el caso alemán, el SPD, en el que Kelly había militado y que abandonó en 1978- para formar gobierno.

Los primeros, partidarios de la alianza con el SPD, eran llamados realos, y su posición acabaría finalmente triunfando frente a los denominados fundis, contrarios a cualquier tipo de compromiso. El liderazgo de Petra Kelly sufrió una continuada campaña de erosión, por supuesto desde fuera del partido -una campaña agresiva que se había iniciado contra el conjunto de Die Grünen desde las elecciones federales de 1983, en las que las perspectivas de buenos resultados hicieron saltar todas las alarmas en la política tradicional y especialmente en la izquierda tradicional socialdemócrata-, pero asimismo en el interior del mismo. Según apunta Maribel Marín, en un artículo del pasado año con motivo de la presentación del libro “Vida y muerte de Petra Kelly”, de la ecologista británica Sara Parkin, las luchas intestinas en el seno del partido y la negativa de Kelly a rotar en la dirección del partido a los dos años fueron los detonantes de la campaña interna de desprestigio contra ella.

Por ese motivo, tras las elecciones de 1987 declaró que esa sería la última legislatura que se sentaba en un escaño en el Bundestag. Para entonces ya estaba unida sentimentalmente a Gerd Bastian, un antiguo general de la OTAN que había abandonado el ejército y había asumido los postulados pacifistas y ecologistas. Arrumbada a un rincón dentro de su propio partido, al llegar las elecciones anticipadas por el canciller Helmut Kohl en 1990, celebradas en el conjunto de toda Alemania -una vez completado el proceso de unificación que podría calificarse de “exprés” entre la RFA y la RDA-, la coalición de los ecologistas con antiguos movimientos de oposición de Alemania del Este como Neues Forum en Alianza 90/Los Verdes resulta un fracaso y Los Verdes no estarán representados en el Bundestag. La postura crítica de Kelly con el proceso de unidad alemana (crítica que realizaron también intelectuales y políticos tanto del Este -Stefan Heym, Volker Braun, Christa Wolf- como del Oeste -Oskar Lafontaine, Günter Grass-) y con el posicionamiento reformista y moderado del partido la acabaron con llevar poco menos que a una “muerte política”.

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En sus años de madurez, Petra Kelly sufrió un grave deterioro físico, que se sumó a su apartamiento de la política activa. Poco tiempo antes de morir, llegó a sufrir un colapso cardiaco.

La propia Kelly expresa su posición respecto a los planteamientos del Partido Verde en aquellos días de la siguiente manera:

“Me parece doblemente negativo que desde el 2 de diciembre de 1990, fecha de las primeras elecciones de la Alemania unificada, el partido verde de la RFA ya no esté representado en el Parlamento, donde ejerció a lo largo de ocho años la función de una oposición empeñada en alertar y apelar a las conciencias… Esto me entristece especialmente porque el fracaso de Los Verdes en la RFA no ha sido debido a la falta de buenas ideas o posturas políticas necesarias sino sólo a nuestras disputas internas y a nuestra incapacidad de poner las metas comunes por delante de nuestros enfrentamientos -innecesarios y a menudo grotescamente insustanciales-, entre corrientes y tendencias. Durante ese tiempo he tenido que presenciar cómo Los Verdes perdían cada vez más su fuerza visionaria y hacían un esfuerzo constante para resultar aceptables como futuros socios de gobierno de coalición. ¡Como si ese fuera el criterio para una política ecológica consecuente! ¡Como si lo importante no fuera, en lugar de ejercer el poder sobre las personas, o en su nombre, movilizar, de la mano de los que no tienen poder, un contrapoder basado en una sociedad civil!”

Años más tarde, en una culminación de ese giro para resultar aceptables, el dirigente verde Joschka Fischer entraba como ministro de Exteriores presidido por Gerhard Schroeder, del SPD. La presencia de Fischer en el gabinete no podía ser más paradójica con las propuestas originales de Los Verdes: frente a la justicia social, la Agenda 2000 impulsada por el canciller introducía políticas salariales a la baja, contratos basura (minijobs) o ajustes fiscales que eran precursores directos de los aplicados con posterioridad por la democristiana Angela Merkel (de hecho, Merkel declaró sentirse agradecida a Schroeder por la introducción de estas medidas, que suponían la llegada de Alemania, tarde pero con firmeza, como afirma el periodista Ángel Ferrero, a los postulados neoliberales defendidos desde los ochenta por Reagan o Tatcher). Asimismo, frente a la defensa de la paz y su postura antimilitarista, Fischer defendió los polémicos bombardeos de la OTAN sobre Belgrado y otras posiciones serbias durante el transcurso de la guerra de Kosovo, a pesar de que, para más inri, estos causaron daños sobre edificios civiles como la embajada china, hospitales, escuelas y la televisión nacional.

No debe extrañar que, como escribe Ferrero, Los Verdes hayan pasado de ser un partido antipartidos a una suerte de partido “atrapalatodo” votado especialmente por clases medias preocupadas más que por el medio ambiente y el modelo de producción y consumo imperante por su propia conciencia e imagen personal, más decididas por cuestiones de prestigio a disponer de un vehículo híbrido o unas placas solares en su vivienda y por el consumo de productos ecológicos que por una ideología política coherente y consciente de lo que suponen las intervenciones militares en el extranjero, el despilfarro y explotación de recursos del Tercer Mundo o las consecuencias negativas de la globalización capitalista. Por ese motivo, para estos electores no resulta extraño ver en los parlamentos regionales o en el federal la existencia de coaliciones políticamente tan variopintas en las que están presentes Los Verdes, como la “coalición semáforo” (que describe, por sus colores, a la unión del SPD, el Partido Liberal y Los Verdes), la “coalición Jamaica” (democristianos de la CDU y la CSU bávara, los liberales y los ecologistas) o la “roja-roja-verde” (en Berlín o en “länder” de la antigua RDA como Turingia o Meckelburgo-Antepomerania, con el SPD, Die Linke y Die Grünen).

UNA MUERTE CON INCÓGNITAS

La noche del 19 de octubre de 1992 Petra Kelly y Gerd Bastian eran hallados muertos en su casa de Bonn, la ciudad bávara que fuera capital de la República Federal de Alemania. Llevaban más de quince días muertos (la fecha fijada por los investigadores de la muerte de ambos es del 1 de octubre). Petra Kelly contaba con 44 años y su compañero, 69. Ambos habían muerto a consecuencia de un disparo, en el caso de Kelly de una herida de bala en la cabeza. La investigación se cerró en apenas veinticuatro horas con la conclusión de que habían decidido suicidarse, y que Gerd Bastian disparó primero su rifle sobre Kelly y después se quitó la vida.

Sin embargo, el hecho de que no hubiera nota de suicidio ni que tampoco hubieran avisado a ninguno de sus familiares y amigos sobre sus intenciones o que estos hubieran sospechado algo hace, para estos, poco verosímil esta hipótesis. Ambos se habían visto sometidos a presiones y altibajos en los últimos tiempos. Ella, por su desplazamiento dentro de Los Verdes y las críticas vertidas en su contra; él, por un supuesto dossier que podría vincularle con el difunto Ministerio para la Seguridad del Estado, la conocida Stasi, de la República Democrática Alemana. Pero para quienes les conocieron no explica una decisión tan drástica.

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Petra Kelly y Gerd Bastian en el Bundestag como diputados de Los Verdes. Bastian había dejado a su esposa e hijos -aunque no había disuelto su matrimonio y seguía legalmente casado- mientras mantenía su relación senrimental con la líder ecologista alemana.

También se ha especulado sobre la hipótesis de un caso de violencia doméstica, un resultado paradójico para una mujer que se enfrentó al patriarcado y a las formas de dominación sobre las mujeres, que rechazaba el militarismo y que convivía con un militar retirado aunque pacifista militante que conservaba armas en su casa. Como declara en una entrevista Florent Marcellesi, “cuando hay grandes referentes y personalidades tendemos a olvidarnos que son personas de carne y hueso. Por ejemplo, al igual que para muchas mujeres y hombres feministas hoy en día, su convencimiento personal no siempre es suficiente para compensar el peso de los valores colectivos patriarcales en los que mujeres y hombres somos educados”.

Otra hipótesis que se ha apuntado, y que tiene que ver con el cierre tan precipitado de las pesquisas sobre su muerte, es la posibilidad de que se trate de un asesinato sin resolver, como otros crímenes que envolvieron el proceso de unificación entre la RFA y la RDA y que han mantenido una aureola de misterio a lo largo de los años. Así, meses antes, en abril, Petra Kelly había sufrido un colapso cardiaco. Aunque esto podría explicarse por el precario estado de salud de la antigua líder verde, resulta más sospechoso el que casi al mismo tiempo Bastian sufriera un atropello por un taxi. Mientras ambos estuvieron vivos, Los Verdes mantuvieron una postura crítica hacia el proceso unificador; a su muerte, el partido se alineó con las posturas que defendió la izquierda moderada del SPD y no puso objeciones a la política desarrollada por el canciller Kohl y su equipo al respecto de la antigua RDA.

Desde esta perspectiva, la muerte de Kelly y Bastian no sería un caso aislado, pues se sumaría a otras acciones sangrientas no aclaradas y agresivos actos de desprestigio como los que sacudieron a otrora admirados intelectuales tanto del Este como del Oeste, como Christa Wolf, Stefan Heym o Günter Grass, quienes proponían la independencia de una RDA realmente democrática y en buena vecindad con la RFA, un proceso de unión basado en la igualdad de ambas repúblicas o una confederación de ambos estados alemanes. Entre los actos sangrientos, hay que mencionar el intento de asesinato de Oskar Lafontaine, entonces dirigente del ala izquierda de la socialdemocracia y candidato por el SPD a la cancillería. Lafontaine -posteriormente pasado a las filas de la izquierda alternativa occidental, luego fusionada con el oriental Partido del Socialismo Democrático para formar Die Linke- era el crítico más severo de la unión impulsada por los democristianos en el poder tanto en Bonn como en Berlín Este en 1990, y la intentona contra su vida -fue apuñalado en el transcurso de un mitin- fue achacada a un demente, sin que la investigación fuera más allá. Con Lafontaine retirado de la vida pública, el SPD dejó de criticar el proceso de unión.

Asimismo, Alfred Herrnhausen era por aquellos días de 1989 y 1990 presidente del importante banco alemán occidental Deutsche Bank. Fue uno de los pocos miembros del mundo financiero que recomendaba la utilización de otras vías más democráticas para implementar el proceso unificador. Su coche fue objeto de un atentado con una bomba de alta tecnología que los investigadores atribuyeron a la “resucitada” Fracción del Ejército Rojo (RAF), algo poco verosímil si se tiene en cuenta la disparidad de medios con que contaba un grupo en franco retroceso y la sofisticada técnica empleada para llevar a cabo el asesinato del banquero. La RAF surgió también como “ejecutora” del asesinato de Dietlev  Rohwedder, el director del organismo liquidador de las empresas estatales de la RDA, la sociedad Treuhandanstalt, que se convirtió en una auténtica oportunidad para las empresas occidentales de hacerse a precio de saldo con el patrimonio de Alemania Oriental, evitar la posible competencia y estuvo salpicada de irregularidades y escándalos.

EPÍLOGO

“Petra Kelly te estruja la mano al saludarte y suelta un torrente de palabras, toda vitalidad, velocidad, voracidad verbal, un puro nervio […] Posee una belleza febril y un talante arrollador: te invade con el torrente de su conversación, con sus gestos, con su convicción. Habla tan deprisa que a veces, urgida por una nueva idea, deja las frases e incluso las palabras a medio terminar, prendidas en el aire. Voluntad de hierro capaz de vencer a la mala salud, de domar el cuerpo enfermo”

Rosa Montero.

Los objetivos marcados por Petra Kelly están todavía en muchos casos por hacer. Su relevancia reside en que fue una de las primeras voces que puso sobre la mesa estos planteamientos, así como la necesidad de construir un modelo alternativo de política y de sociedad que pasasen por conceptos como los de transversalidad y horizontalidad, democracia directa, inclusión, solidaridad, relaciones de igual a igual, autogestión y la construcción de un espacio político no limitado a la actividad partidaria y de los parlamentos, sino que se encontrase con otros ámbitos, como la sociedad civil, los movimientos sociales o las asambleas vecinales. Un espacio que, con mayor o menor fortuna, se intentó construir también durante la Revolución de los Claveles de Portugal, la revolución nicaragüense o la Burkina Faso de Thomas Sankara y cuyos ecos se encontraron posteriormente en los proyectos de los presupuestos participativos municipales que se suceden en diversas ciudades del mundo o en las proposiciones formuladas por los movimientos de indignados, desde el 15-M hasta Occupy Wall Street.

Su defensa de la paz, el desarme, un modelo alternativo y sostenible han pasado a formar parte de la agenda  de movimientos sociales y políticos, desde Greenpeace a Equo, pasando por el Foro Social Mundial, y siguen hoy día presentes, incluso cuando desde la altas instancias se siguen promoviendo cumbres del clima cuyos objetivos en muchos casos o no se llevan a cabo o se sostienen con los alfileres de los bandazos electorales o las coordinadas geopolíticas más acuciantes del momento, como la “guerra contra el terror” o la “crisis económica” -olvidando las conexiones existentes entre ésta y la crisis del modelo energético, de producción y medioambiental-.

Kelly es una activista que traspasa fronteras, y no debido a su poderío mediático. Como afirma Jorge Martín Neira, activista y periodista, su conciencia interrelaciona los problemas del mundo, dándole a su pensamiento un enfoque global, concibiendo el mundo como un todo interrelacionado e interdependiente, el famoso “piensa global, actúa local” de nuestros días. Su forma de pensar conecta con la afirmación del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, que mencionaba al principio, para quien es necesario construir alianzas, experiencias comparadas y compartidas y sinergias entre los movimientos de izquierda y alternativos de todo el mundo, en la conciencia de que las luchas (desde los jóvenes árabes a los obreros europeos, pasando por los indígenas latinoamericanos, los campesinos africanos, las mujeres, etc.), por variopintas que pudieran parecer, forman parte de un conjunto interrelacionado de oposición al pensamiento neoliberal dominante, “el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado”, como afirma.

De la experiencia de Los Verdes como partido, tan contradictoria, también se puede extraer una consecuencia. Es la demostración, en línea con lo que escribía el mencionado Santos, de la necesidad, y asimismo las tensiones, que surgen a la hora de concebir una nueva forma de partido y de hacer política que traspase la organización tradicional de partido tal y como hasta ahora los hemos conocido. La necesidad de participar de y con los movimientos sociales, un nuevo tipo de liderazgo, el establecimiento de formas nuevas de democracia interna y la interrelación de la democracia parlamentaria con otros modelos de democracia que estos nuevos partidos deben establecer, con objeto de que exista más democracia frente al autoritarismo que parece implantarse en las actuales… Un proceso que, por su novedad (novedad que influyó también en los propios Verdes, cuyo salto desde los movimientos ciudadanos a la política parlamentaria hicieron brotar las contradicciones y tensiones que hemos visto), no será fácil, pero que debe ser puesto en marcha para la profundización de un proceso de cambio que se antoja más necesario cuanto más asoma la degradación de la política y la democracia tradicionales y el desarrollo de soluciones más autoritarias, chovinistas y mesiánicas a lo Trump, Le Pen o Farage.  El ejemplo de Petra Kelly es un hito en ese camino.

 

FUENTES:

Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La Quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria-Antrazyt, 2013.

Boaventura de Sousa Santos, “La difícil democracia. Una mirada desde la periferia europea”. Madrid, Akal, 2016.

Wikipedia en español: entrada “Petra Karin Kelly”

Jorge Martín Neira,  “¿Quién fue Petra Kelly?”. Ecopolitica.org, 16/01/2016. En https://ecopolitica.org/quien-fue-petra-kelly/

Florent Marcellesi, “Petra Kelly, una figura más que nunca de actualidad”. Eldiario.es, 27/09/2016. En http://eldiario.es/21966240_563503680/

José Vicente Barcia Magaz, “Vida y muerte de Petra Kelly”. Público, 29/09/2016. En http://blogs.publico.es/el-imaginario-salvaje/2016/09/29/vida-y-muerte-de-petra-kelly/

Diego Iguña, “Los crímenes de la unificación”, 23/08/2012. En http://diegoiguna.blogspot.com.es/2012/08/los-crimenes-de-la-unificacion.html?m=1

Juan Carlos Monedero (comp.) et al, “El retorno a Europa. De la perestroika al tratado de Maastricht”. Madrid, Editorial Complutense, 1993. Enlace: https://books.google.es/books?id=j4JsU1p2qzwC&pg=PA138&lpg=PA138&dq=petra+kelly%2Bjuan+Carlos+monedero&source=bl&ots=PKlHWA37J3&sig=mFex4wiGO3Mx150Edpv4HaZ_ExM&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiAn4Ha4aTRAhWK1xQKHY6KD_EQ6AEIOjAL#v=onepage&q=petra%20kelly%2Bjuan%20Carlos%20monedero&f=false

“Los dirigentes verdes Petra Kelly y Gerd Bastian, hallados muertos en su casa”. El País, 20/10/1992. En http://elpais.com/diario/1992/10/20/internacional/719535622_850215.html

Maribel Marín, “El ascenso y caída de la ‘Lady Di’ de Los Verdes”. El País, 25/10/2016. En http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/23/actualidad/1477236656_209635.html

 

La República Democrática Alemana. Un país que pudo existir de otra manera.

El himno de la antigua República Democrática Alemana, “Auferstanden aus ruinen” (Levantada de las ruinas) es una de las composiciones más bellas de esta clase, tanto en lo musical como en lo que respecta a la letra. En uno de los comentarios de Youtube que hacía referencia al vídeo del mismo se lee el que mejor podía resumir cuantas opiniones podían hacerse sobre él: “el mejor himno para el peor país”. Por desgracia no sobran países cuyos regímenes soportaban bastante bien la comparación en cuanto a maldad con la dictadura gerontocrática de la Alemania del Este -la España franquista, el Portugal de Salazar, la Rumania de Ceausescu o la Uganda de Idi Amin, por poner algunos ejemplos-, pero volviendo al caso alemán: ¿era todo tan malo en la RDA? ¿Merecía la pena salvar algo de aquella parte marginada de la Alemania partida? Si no era así, ¿a qué se debía que la oposición de izquierda democrática del otro lado del Muro quisiera mantener la soberanía de la RDA y profundizar en el carácter democrático que correspondía a la “D” que lucía en su nombre antes de proceder a una unificación con la vecina República Federal, que debería realizarse en igualdad de condiciones, frente a lo que realmente se dio, una rápida anexión del Este al Oeste?

LOS COMIENZOS DE LA RDA.

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Constitución de la República Democrática Alemana, 7 de octubre de 1949.

Casi siempre se hace hincapié en que el enfrentamiento entre los aliados vencedores y ocupantes de Alemania, y especialmente entre norteamericanos y soviéticos, llevó a la configuración de dos Estados alemanes, diferentes en cuanto a su modelo socio-económico, cargando las tintas de esta división sobre la política de Stalin, a consecuencia de los sucesos que ocurrieron con posterioridad -intervención de las fuerzas soviéticas en 1953 en la propia RDA y en 1956 en Hungría; cierre de la frontera interalemana en 1952 y construcción del muro de Berlín en 1961-.Sin embargo, no fue la división de Alemania culpa única y exclusivamente del líder del Kremlin. Intervinieron otros factores de división sobre los aliados occidentales, que mandaban en las otras tres zonas de ocupación sobre las que se constituiría la República Federal de Alemania en 1948. Norteamericanos y británicos divergían sobre la política a seguir del nuevo Estado alemán, concediendo mayor importancia al Estado social los segundos, con un gobierno laborista al frente, en relación a los primeros, inclinados por el capitalismo liberal clásico. Tanto EE.UU. como Gran Bretaña y asimismo Francia, la tercera potencia ocupante en el lado occidental, rechazaron la nota de Stalin que establecía la unión alemana en un estado no alineado y libre de fuerzas de ocupación.

Algunos pueden pensar que había que ser muy ingenuo para creerse las promesas de alguien tan taimado como el inquilino del Kremlin, pero sin embargo esta solución -no alineamiento, no presencia de fuerzas extranjeras- fue la adoptada en un país precisamente bajo el control del Ejército Rojo y previamente anexionado al Reich alemán de Hitler: Austria. Una Alemania democrática y no alineada podía ser la garantía más firme de la paz en Europa, pero en medio de la política de bloques que se estaba diseñando en Europa, la “guerra de notas” entre los aliados occidentales y la URSS, el destino del país parecía estar destinado a configurarse en dos Estados, cada uno inscrito dentro de las coordenadas de la “guerra fría”.

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Mapa de las dos Alemanias. En el de la RDA se pueden apreciar los cinco “länder” que la constituyeron y que fueron anexionados a la República Federal en 1990.

En 1948, EE.UU., Gran Bretaña y Francia patrocinaban la creación, en la pequeña ciudad bávara de Bonn, de la República Federal. Su constitución, la Ley Fundamental de Bonn, fue elaborada con grandes limitaciones democráticas: no se contó con representantes populares de la zona soviética, a la que se excluyó en la formación del nuevo Estado, y careció de refrendo popular, algo que si bien era una práctica extendida en la historia constitucional de otras épocas -la Constitución de Weimar fue aprobada por el Reichstag sin refrendo- no se entendía en el nuevo contexto, y menos después de una convulsión tan grande como la guerra y la derrota. En su artículo 23, la Ley Fundamental establecía que la nueva RFA podría anexionarse los estados federales del Este que habían quedado excluidos -Turingia, Sajonia-Anhalt, Alta Sajonia, Brandenburgo y Mecklemburgo-Antepomerania-, sin valorar en absoluto entrar en negociaciones con las autoridades orientales.

En el mismo 1948, socialistas y comunistas, unificados en el SED -Sozialistches Einheitpartei Deutschlands o Partido Socialista Unificado de Alemania- junto con otras organizaciones de entidad menor (entre las que se incluía la CDU y los socialdemócratas no unificados en el SED), que habían desarrollado en el Este políticas socializantes al amparo de la presencia soviética -la reforma agraria expropió toda la tierra perteneciente a antiguos nazis y criminales de guerra y más de 30.000 km² fueron distribuidos entre 500.000 campesinos, jornaleros y refugiados alemanes procedentes de los nuevos territorios de Polonia y los Sudetes checos- y procedido a una dura desnazificación (la desnazificación política en la zona soviética fue, sin embargo, mucho más transparente que en la zona occidental, donde el tema pronto fue llevado a un segundo lugar por pragmatismo o incluso privacidad), llevaron a cabo, excluidos de las negociaciones en el Oeste, la construcción de un nuevo Estado alemán que, como sus vecinos, también aspiraba a unificar ambas partes de Alemania. Se ponía así en marcha la República Democrática Alemana, con gobierno en Berlín (en realidad, Berlín Este), base en los cinco “Länder” anteriormente citados -al cabo de unos años sustituidos por distritos, remarcando el carácter centralizado del nuevo país- y realizando un llamamiento similar al de la “nota de Stalin” a sus compatriotas del otro lado. El 7 de octubre de 1949, fecha de constitución final de la nueva república, con las posturas sin visos de encontrar un punto de unión, la RFA y la RDA emprendieron sus propios caminos.

La RDA no nació en principio como un estado socialista. El Frente Nacional de la Alemania Democrática, que finalmente controlaría políticamente el país bajo la férula del SED, era una coalición democrática-antifascista, que incluía al KPD comunista, al SPD socialista, a la recién creada Unión Demócrata Cristiana (CDU) y al Partido Liberal Democrático de Alemania (LDPD). Fue formado en julio de 1945 con objeto de presentarse a las elecciones a los parlamentos de los estados de la zona soviética del año siguiente. El recién creado SED -recordemos: la unión de los dos primeros partidos- acordó dar representación política a las organizaciones de masas, como la Federación Alemana de Sindicatos Libres (FDGB) o la Juventud Libre Alemana (FDJ).Los partidos burgueses CDU y LDPD se debilitaron ante la creación de dos nuevos partidos, el Partido Nacional Democrático de Alemania (NDPD) y el Partido Democrático Campesino de Alemania (DBD).

Sin embargo, la evolución política del bloque oriental -con la creación de gobiernos comunistas progresivamente en las diferentes naciones del este europeo ocupadas tras la guerra por el Ejército Rojo-, y los acontecimientos de otras latitudes, como la guerra civil griega y la de Corea, primeros acontecimientos -sobre todo el segundo- de desarrollo de la “guerra fría” llevaron a que la República Democrática se inclinase cada vez más por la pertenencia al modelo socio-económico soviético, con la asunción del control del Frente Nacional por el SED y la conversión de la inicialmente república democrática y federal del Este por una república socialista. La RDA se adscribió al Pacto de Varsovia y a la comunidad económica del CAME (Consejo de Asistencia Mutua Económica). La RFA, por su parte, se inscribió en las coordenadas del denominado mundo libre, perteneciendo a la OTAN, siendo uno de los fundadores de la Comunidad Económica Europea y surgiendo como el milagro económico del continente, que en una década pasó de la miseria de posguerra a ofrecer un esperanzador y floreciente panorama que se convirtió en escaparate para quienes deseaban escapar de las estrecheces y la opresiva vigilancia que se daban en el otro lado.

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“Autobahn” o autopista de la Alemania del Este. En la información referente a Berlín, puede observarse la leyenda en alemán “capital de la RDA”.

La RFA mantuvo siempre su pretensión de ser la Alemania “de verdad”. La otra, la RDA, la oriental, no existía, sólo para anexionársela -como así sucedió finalmente- recurriendo al artículo 23 de la ley fundamental de Bonn.

Su moneda fue el Deutsche Mark, o marco alemán, mientras que el marco de la RDA era… el marco de la RDA (DDR Mark); su himno, el de preguerra, el “Deutschland über alles” (Alemania sobre todo), en contraste con el nuevo himno adoptado por el Este; en el contexto internacional la RFA era conocida popularmente como Alemania y el gobierno federal rompía relaciones con los gobiernos que reconociesen a la RDA, cosa que sólo cambió a partir de la Östpolitik de Willly Brandt a principios de los setenta. Cuando la RDA negoció y ratificó con Polonia las fronteras que los aliados -incluyendo a los tres en cuyas zonas de ocupación surgió la RFA- ya habían definido, quedando para este último país Pomerania, Silesia y Prusia Oriental y dibujándose la frontera en los ríos Oder y Neisse, la RFA mostró una indignación que, desde luego, no hubiera cabido en su mente durante si hubiera ocurrido al revés durante los años en que Francia ejerció como potencia protectora de la región de Saarbrücken. Una muestra más de que la RFA, hasta la elección del socialdemócrata Brandt como canciller y el mutuo reconocimiento de las dos Alemanias, mantenía su voluntad hegemónica de representar a Alemania en su totalidad.

EL PAÍS DEL MURO, LA STASI Y LA BUROCRACIA

Claro que, en esta voluntad, la RDA le facilitaba las cosas a su vecina República Federal. La vigilancia del Ministerio para la Seguridad del Estado (conocido popularmente como Stasi), surgida a raíz de las protestas populares de 1953 contra el plan quinquenal, que establecía un aumento de las horas de trabajo sin contrapartidas salariales ni otro tipo de beneficios, fue uno de los factores que contribuyó a hacer más odioso para los ciudadanos de la República Democrática al régimen que les gobernaba. La Stasi, dirigida por Erich Mielke, un veterano comunista que había formado parte de los voluntarios alemanes que habían luchado en España en las Brigadas Internaciones del lado de la República -y que no dudaba tampoco en fastidiar a sus antiguos compañeros del Batallón Ernst Thaellmann residentes en la RDA si servía para sus intereses personales- tejió una red de agentes y de “chivatos” repartida por todo el territorio de la República del Este con objeto de conocer hasta las mayores intimidades de sus vigilados. Esta vigilancia hasta en los más mínimos detalles se refleja en el oscarizado filme “La vida de los otros”, cuando en la conversación mantenida por el viejo ministro de Cultura y el escritor Georg Dreimann, el primero comenta a su interlocutor “lo sabíamos todo de usted. Incluso que no era capaz de satisfacer a Christa (su novia, papel interpretado por Martina Gedeck) como es debido”.

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Tanques soviéticos en las calles de Berlín Este durante la revuelta de 1953. Esta revuelta hará decir, de forma lúcida e irónica a la vez, a Bertolt Brecht, que “el gobierno debería disolver al pueblo y elegir a otro”.

En esa misma película se observa, asimismo, al prototipo de burócrata arribista, de escasos escrúpulos y también escasos principios e identificación con los ideales socialistas, que aunque sólo sea formalmente defiende la RDA y por extensión el conjunto de países del bloque soviético. Es el del teniente Anton Grubisch, magistralmente interpretado por Ulrich Tükur, una especie de Erich Mielke de los escalafones inferiores de la Stasi, y que asimismo se podía extrapolar a cualquier otro estamento del aparato estatal. La burocracia gerontocrática -instalada por muchos años en el poder- de la RDA, representada por sus figuras más representativas, el presidente Willy Stoph y los secretarios generales -primeros ministros a la sazón- del SED, Walter Ulbricht primero y Erich Honecker después fueron a lo largo de la vida de la República un obstáculo para el desarrollo socio-económico del país; para el desarrollo de reformas democráticas, siquiera fracasadas, como las que tuvieron lugar con la revuelta húngara de 1956 o con la “Primavera de Praga” de 1968, encabezada por el secretario general del partido, Aleksandr Dubcek; y para que se diera una sociedad socialista y no meramente una sociedad estatal-burocrática al modo en que, desde 1918, se había desarrollado el comunismo soviético desde la revolución bolchevique y había sido paulatinamente exportado al resto del mundo socialista tras la S.G.M. La denuncia del burócrata fue puesta ya sobre la mesa por una de las intelectuales más brillantes de la República Democrática, la escritora y crítico literario Christa Wolf, en novelas como “El cielo partido” -en la que resalta el papel de los trabajadores comprometidos con la reconstrucción y el desarrollo de su parte de Alemania, frente a ese prototipo del burócrata de las consignas- y “Casandra”, mucho más dura en su papel de denuncia y más crítica en cuanto al desarrollo del modelo social impuesto a lo largo de los años en la Alemania del Este.

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Una imagen icónica: el salto de las alambradas que dividían Berlín por parte de un soldado del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA, poco antes de que se terminara de construir el muro.

La vigilancia opresiva de la Stasi, el desarrollo burocrático de la sociedad y la economía y la diferencia de desarrollo económico, amén de la falta de libertades públicas, influyeron y de qué modo en la ciudadanía de una RDA que empezó a mirar a su hermana de Occidente como el paraíso realmente existente frente al paraíso socialista prometido por los líderes del SED. Hasta la construcción del Muro, unos tres millones de ciudadanos germano-orientales emigraron, primero por la frontera interalemana, cerrada en 1952, y en los nueve años siguientes hasta 1961 por la antigua y dividida capital del Reich alemán. La construcción del muro de Berlín, en palabras del profesor Ignacio Sotelo, fue una medida defensiva de la RDA y del bloque del Este en su conjunto para evitar la pérdida de un capital humano que, al otro lado, en la RFA, contribuyó sobremanera al “milagro” económico de los años cincuenta en Alemania Occidental, pues recibía a trabajadores cualificados que hablaban su misma lengua y tenían su misma cultura. Al mismo tiempo, era una medida que trataba de proteger el modelo socialista, evitando que el fracaso económico se diera precisamente por esa pérdida de trabajadores e intelectuales que emigraban en masa al otro lado, pudiéndose abrir en cuanto el Este socialista superara en bienestar al Oeste capitalista. Pero, a su vez, la construcción del muro era la plasmación en la realidad de que el modelo de socialismo soviético, que tal y como había sido planteado era incompatible con una democracia popular, con la toma de decisiones de los trabajadores sobre una propiedad que formalmente era suya pero que, en realidad, era de un Estado que al mismo tiempo que decía actuar en su nombre les oprimía igual que podían hacerlo los capitalistas de Occidente, había fracasado en su concepción. El que todavía, hasta 1989, cerca de ochocientas personas se jugaran y perdieran la vida intentando atravesar el muro berlinés evidencia el fracaso de un modelo que la disidencia y la oposición de la RDA condenaban por dictatorial, no por socialista.

LA OTRA CARA DE LA OTRA ALEMANIA

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Las grandes perdedoras de la reunificación han sido las mujeres de la ex RDA. Constituían el 50 por ciento de la fuerza de trabajo en la Alemania del Este, en unas condiciones de igualdad salarial y con posibilidades de conciliación de vida laboral y familiar que hoy día son reclamadas en todo el mundo. La unión de los dos estados alemanes y la crisis que ha seguido en los “länder” que formaron la República del Este se ha cebado especialmente, en forma de desempleo y discriminación, con ellas.

La República Democrática, sin embargo, no fue solo el país en el que uno podía recibir un disparo de la Volkspolizei (Policía Popular, los famosos “Vopos”) por acercarse peligrosamente al perímetro del muro o hacer una visita nada agradable a la cárcel de la Schonhaussenstrasse berlinesa por hablar de lo que no se debía en voz demasiado alta. En los años sesenta y principios de los setenta, la RDA conoció también una época dorada en la que el esfuerzo de los trabajadores y los valores de solidaridad, compañerismo, esfuerzo y compromiso predicados por el mundo socialista, tan opuestos al individualismo y afán de lucro occidentales, llevaron a un desarrollo económico que fue acompañado también de un desarrollo del Estado social que ha sido una de las características de la “Ostalgie” que tuvo lugar tras la unificación de las dos Alemanias en el Este. Muchos ciudadanos de la extinta RDA echaron o echan de menos la seguridad, el modesto bienestar, la sociedad de pleno empleo, la camaradería en el trabajo y los servicios públicos que el régimen germano-oriental promocionó y estimuló, y guardan con especial cariño recuerdos como el cuaderno de la brigada de trabajo a la que pertenecían en su fábrica o empresa, la chapa con las siglas DDR (Deutsche Democratischke Republik) que llevaban en sus viejos automóviles y otros objetos, sean tipo “souvenirs” para turistas o electrodomésticos que imitaban la línea “felices años 50” estadounidenses, que pueden encontrarse en tiendas abiertas por avispados comerciantes del Imagen1Este. La República Democrática nacionalizó la propiedad industrial y agraria con el segundo Plan Quinquenal (1956-1960), pero, con posterioridad, el desarrollo de una política económica más enfocada a la industria de consumo, la innovación tecnológica y la delegación en la toma de decisiones hacia las Asociaciones de Empresas del Pueblo en lugar de hacia los organismos oficiales de planificación contribuyeron a que la Alemania del Este viviera su particular “milagro económico”, del mismo modo a como lo había vivido la vecina Alemania Occidental en los años cincuenta. La Unión Soviética recomendó a sus socios de la RDA aplicar las reformas del economista soviético Evsei Liberman, que defendía el principio de obtención de beneficios y otros principios del mercado para las economías planificadas. En 1963, Ulbricht adaptó las teorías de Liberman e introdujo el Nuevo Sistema Económico (NES), una reforma económica que introdujo un grado de descentralización en las decisiones y criterios de mercado. El NES intentó crear un sistema económico eficiente y contribuyó a que la RDA proclamara ser la octava potencia industrial del mundo. La continuidad en esta política vino de la mano del nuevo líder Erich Honecker en los años setenta, que con la “Tarea Principal” hizo un esfuerzo en centrarse en el abastecimiento de bienes de consumo para los trabajadores, la rehabilitación y construcción de viviendas y los servicios públicos. En conjunto, el NES trató de ofrecer una mejor asignación de bienes y servicios al estipular que que los precios respondieran al abastecimiento y la demanda; se dio lugar a un aumento de salarios reales y pensiones, así como del abastecimiento de bienes de consumo; y se profundizó y facilitó en la incorporación de la mujer al mundo del trabajo (las mujeres representaban cerca del 50% de la fuerza laboral de la RDA) con guarderías, clínicas y subsidios de maternidad que duraban entre seis y doce meses. La RDA trató de imitar, en la medida de sus modestas posibilidades, el desarrollo de su vecina RFA, y no le faltaban buenas trazas para conseguirlo. A pesar de poseer un modelo burocrático y de que una de las riquezas en recursos del Este de Alemania, la región minera de Silesia, había pasado a manos polacas tras la S.G.M., la República Democrática había heredado algunas empresas ya famosas en la preguerra que mantuvieron su fama de buenos productos, a veces no sólo en el bloque soviético, sino también en el oeste. La RDA era competitiva internacionalmente en algunos sectores como la ingeniería mecánica y la tecnología de impresión. En Jena, pequeña ciudad universitaria situada en el SO de la República, se encontraba la industria óptica Carl Zeiss. Sus lentes para cámaras fotográficas eran muy apreciadas antes de la guerra, y ya en los años de la RDA consiguió mantener esa buena fama. Si la RFA distribuía al mundo occidental las películas AGFA, la RDA hacía lo propio en el bloque soviético con la parte oriental de la empresa (que era el sitio original donde se había fundado AGFA), rebautizada como ORWO. La motocicleta que pilota Alex Kerner (Daniel Brühl) en “Good Bye Lenin” es también de fabricación local: las Simson fueron a lo largo de los años de vida de la RDA el sueño de libertad juvenil que representaban en Occidente vehículos de dos ruedas como las Vespa, las Lambretta o las Harley Davidson. Problema más grave representaba comprar un típico Trabant de la industria Motor Zwickau de esta última ciudad: si bien al principio el tiempo de espera era bastante homologable al de Occidente -cinco años para un “Trabbi”, mismo tiempo de espera que el de un comprador español para un Seat 600-, poco después ese tiempo se disparó, hasta los diez años, y las autoridades de la RDA no tuvieron más remedio que tolerar el mercado negro de estos vehículos.

Los Trabant posibilitaron, como lo hizo el Volkswagen “Escarabajo” al otro lado de la frontera, la motorización de la otra Alemania, si bien a un nivel bastante más bajo. Mientras que en la RFA lo más común era que las familias tuvieran uno o más vehículos, en la RDA había que esperar para obtener un pequeño Trabbi…

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Los dos coches típicos de la RDA: el Trabant, el más económico y popular, y el Wartburg, pasándole a la derecha, más grande y espacioso, circulando por las calles de Berlín Este.

Cuando llegó la hora de unir la RDA a la RFA, los empresarios y consumidores occidentales -y también los orientales- pensaron o se vieron inducidos a pensar (en el caso de los segundos) que sus industrias no valían nada y que todo el Este tenía que ser sustituido por productos del Oeste. No era una realidad válida. Si bien había numerosos ejemplos de industrias contaminantes y de alta toxicidad, lo que hizo que la presencia del movimiento verde en la oposición de la RDA cobrara una especial relevancia, en otros casos resaltaban por su eficiencia energética. Por desgracia, también se los llevaron por delante. En la RDA se fabricaron por vez primera frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Las neveras Privileg se adelantaban en varios años a una tecnología que hoy se desarrolla en todo el mundo. Tras varios años de reducción de la vida útil de las bombillas, entre las que había colaborado la empresa germano-occiental OSRAM, ingenieros de Alemania del Este habían desarrollado una bombilla de larga duración que presentaron en la RFA, en Hannover. Los ingenieros industriales de la RFA, acostumbrados a acortar la vida útil de los productos de consumo en aras de la “obsolescencia programada”, no salían de su asombro ante aquel desafío a las concepciones del mundo capitalista. Nueve años después de aquella feria de Hannover de 1981, en 1990 la fábrica del Este que fabricaba aquellas bombillas se desmanteló. OSRAM, como muchas otras industrias del Oeste de Alemania, no quería competidores de la extinta RDA.

No sólo era la capacidad industrial del Este lo que en 1989 llevaría a la oposición de la RDA a considerar que había que mantener la soberanía y el modelo socialista de su República al menos durante algún tiempo, bien que corregido para que fuera un socialismo auténtico  y democrático. La RDA mantenía estructuras de servicios sociales universales, como asistencia sanitaria, educación pública, seguridad social, beneficios para los trabajadores, igualdad real entre sexos, y de valores que si bien no se reflejaban en la cúpula de la organización del SED sí que suponían un potente atractivo para la unión del pueblo germano-oriental: solidaridad, afán de cultura y respeto por la misma, compañerismo… La sociedad de la RDA presentaba ciertas características peculiares con respecto a la de otras de su entorno: estaba menos podrida por los males de corrupción, burocracia y cinismo de las élites que asolaba en el resto de países del bloque; era la que más había desarrollado un modelo socializante; reflejaba y se creía heredera en cierto modo de las viejas aspiraciones de los revolucionarios alemanes del siglo XX que se habían opuesto las fuerzas conservadoras de la República de Weimar y al nazismo: Rosa Luxemburgo, Karl Liebnecht, Ernst Thaellmann, los brigadistas internacionales alemanes, y de ella eran o habían sido ciudadanos algunos de los intelectuales socialistas y comunistas más relevantes de la Alemania de preguerra y de posguerra: Bertolt Brecht, Anna Sieger, Christa Wolf, cuyo prestigio intelectual les dejaba cierto margen de maniobra para la crítica al sistema; y se veía obligada, al mismo tiempo que forzaba la represión, pero por los mismos motivos, a realizar concesiones a un modelo socialista más puro para construir la tierra del socialismo real, el paraíso socialista, en contraste con su vecina capitalista, la RFA.

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Sello de 15 pfenings de la RDA en conmemoración de los brigadistas alemanes que lucharon del lado de la República Española en la guerra civil.

Estos ingredientes explican por qué, en 1989, mientras los intelectuales de Checoslovaquia como Vaclav Havel o de la URSS como Yablinski o Sajarov proponían salidas al sistema por la vía de la adopción del capitalismo, en la RDA tanto los disidentes verdes, socialdemócratas y protestantes como los reformistas del SED -Hans Modrow, hoy eurodiputado de Die Linke (La Izquierda)- proponían el desarrollo de un socialismo democrático y autogestionario.

“NADA CAMBIARÁ SI NOS VAMOS TODOS”

Esta frase pertenece a Christianne Kerner, el personaje de la maestra de convicciones socialistas que interpreta Katrin Saas, actriz precisamente del Este, en el filme “Good bye Lenin”. Como a muchos ciudadanos de la RDA que creían o creyeron algún día en la República socialista alemana, la crisis que afectó en los años setenta y ochenta a su país le hizo sentir una crisis personal entre lo que sentían internamente y el panorama que se dibujaba, o que dibujaban en realidad los miembros del Politburó del SED, cada vez más ancianos y con miedo a los vientos de cambio, que paradójicamente iban a venir de Moscú, de la mano primero de Constantin Chernenko y luego, con más fuerza, de Mijaíl Gorbachov. Erich Mielke, el poderoso jefe de la Stasi; Willy Stoph; el propio Erich Honecker se negaban a aceptar cambios profundos en lo político que afectasen a su posición de poder.Como mucho -que era la vía que Honecker llevaba aplicando desde el comienzo de su etapa en el gobierno, como primer secretario del Comité Central del partido-, estaban dispuestos a ceder en una liberalización social que no supusiese la apertura de la liberalización política. Pero la primera llevó, inevitablemente, a la segunda, aunque tal efecto no fuera del agrado de los líderes del partido. Una de las consecuencias de la “Ostpolitik” de Willy Brandt (y la política de mismo cuño de Honecker) y el reconocimiento mutuo de las dos Alemanias -incluyendo el reconocimiento por la RFA de la frontera Oder-Neisse entre Polonia y la República Democrática- fue el aumento de los intercambios culturales y económicos entre las dos repúblicas alemanas. Esta distensión fortaleció los lazos entre las dos Alemanias. Entre 5 y 7 millones de alemanes occidentales y berlineses del Oeste visitaron la RDA cada año a partir de entonces. Las comunicaciones postales y telefónicas entre los dos países fueron significativamente ampliadas. Los lazos personales entre familias y amistades de ambos países se comenzaron a restituir, y los ciudadanos alemanes orientales tuvieron más contacto directo con la influencia política y material occidental, particularmente a través de la radio y la televisión. La RDA recibía la señal de televisión de la República Federal en buena parte de su territorio, mientras que la TFF der DDR -la televisión pública germano-oriental- tuvo que renunciar, de este modo, no sólo a su pretensión de ser la televisión panalemana, sino que perdió una importante batalla informativa e ideológica con respecto a la televisión del país vecino, pese a que sus programas de entretenimiento -en especial el infantil “Sandmannsche”- eran muy apreciados por los ciudadanos de ambas Alemanias. Los intelectuales germano-orientales participaron en conferencias en el Oeste, especialmente en Berlín Occidental, y los visados por esta causa aumentaron las posibilidades de permear la frontera de la ciudad dividida, para escapar o establecer valiosos contactos. Gustos y modas occidentales -el nudismo, el movimiento “hooligan” futbolístico o la música rock, unos de cuyos cultivadores más populares en la Alemania Oriental con un notable éxito a un lado y otro del Muro y un gusto por la experimentación fueron Die Pudhys-,

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Die Pudhys, grupo de rock formado en la ciudad germano-oriental de Oranienburgo, tuvieron y tienen aún hoy gran acogida tanto en Alemania Oriental como en la Occidental

y asimismo reivindicaciones políticas del otro lado -como el ecologismo, un motivo de preocupación latente en todo el movimiento opositor del bloque soviético y relevante en la RDA por el uso masivo de combustibles fósiles en sus industrias- llegaron a calar en una juventud y en una disidencia que, a lo largo de los años ochenta, comenzaron a cobrar un protagonismo que saldría plenamente a la luz con la “perestroika”.En una interesante y satírica novela sobre la juventud de la RDA de aquellos años, “La avenida del Sol” (llevada al cine en 1999), se observa el gusto de sus jóvenes protagonistas por las promesas de modernidad de Occidente, el comportamiento pacato de los burócratas y un cierto regusto nostálgico por un sitio en el que, a pesar de todo, uno podía buscarse las vueltas para pasarlo bien y ser mediana, o modestamente, feliz.

El descontento, sin embargo, seguía filtrándose en muchos casos en las ganas de salir de la RDA. En los inicios de 1989, y especialmente en el verano, época en la que muchos ciudadanos germano-orientales pasaban sus vacaciones en Hungría, aprovecharon la apertura política en este país y la de la frontera magiar con Austria para abandonar la Alemania del Este. Otros decidieron refugiarse en las embajadas de otros destinos de viajes cercanos, como Praga y Varsovia, e incluso la misión diplomática de la República Federal en Berlín Oriental. Sin embargo, otros pensaron, al hilo de la frase con la que comenzábamos este texto, que no cabía mayor desafío al régimen que quedarse y combatirlo. Fueron los protagonistas de las “manifestaciones de los Lunes” de Leipzig, que pronto se irían extendiendo por toda la RDA.

LAS PROPUESTAS DE LA OPOSICIÓN

La oposición de mayor peso en la RDA estaba representada, entre otros, por antiguos miembros del SED y socialistas de pro decepcionados con la marcha que había llevado la construcción del socialismo en la República. Un ejemplo de este tipo lo encontramos, de nuevo, en un personaje de ficción, pero de los que sin duda no debieron escasear: el escritor Georg Dreimann de la cinta “La vida de los otros”, el hombre que cree en el socialismo hasta el punto de que los cínicos burócratas como el teniente de la Stasi Anton Grubisch comentan de él que “cree que la RDA es el mejor país del mundo”, pero que, por defender un socialismo distinto, no duda en escribir para el occidental “Der Spiegel” un artículo sobre los suicidios en su país y reprochar, una vez caído el muro, al ex ministro de Cultura que gentes como él gobernaran el país. Personas como él aparecen también descritas en la novela “Miedo a los espejos”, del paquistaní afincado en Alemania Tariq Alí, en el que se puede leer un interesante “Manifiesto por una RDA verdaderamente democrática”, que podríamos presumir verdadero y firmado por jóvenes miembros del SED.

Un sector intelectual desde un punto de vista marxista dentro del SED renovó las peticiones de reforma democrática. Entre ellos estaba el poeta y cantautor Wolf Biermann, que junto a Robert Havemann había liderado un círculo de intelectuales defensores de la democratización; fue expulsado de la RDA en noviembre de 1976. Tras la expulsión de Biermann, la dirección del SED expedientó a más de 100 intelectuales disidentes.

A pesar de estas acciones del gobierno, escritores alemanes orientales comenzaron a publicar declaraciones en la prensa occidental y crear literatura fuera del control oficial periódicamente. El ejemplo más importante fue el libro Die Alternative (La alternativa), de Rudolf Bahro, que fue publicado en la RFA en agosto de 1977. La publicación llevó al arresto del autor, su encarcelamiento y posterior deportación a Alemania Occidental. A finales de 1977, apareció el manifiesto de la Liga de Comunistas Democráticos de Alemania en “Der Spiegel”. La Liga, que decía agrupar a funcionarios medios y altos del SED, demandaba una reforma democrática de cara a una posible reunificación alemana.

A ellos hay que unir jóvenes teólogos de la Iglesia protestante descontentos con el acomodamiento de la jerarquía de la misma con el régimen, intelectuales herederos del pensamiento de Brecht y personas organizadas en movimientos civiles que imitan a los organizados en la RFA, como ecologistas, pacifistas y movimientos alternativos que configurarían, con posterioridad, parte del conglomerado ideológico del heredero del SED, el PDS (Partei fur Demokratische Soziallismus o Partido del Socialismo Democrático) y más tarde de Die Linke.

La característica común de todos ellos es que, en principio, sus demandas se centran en la liberalización de la RDA y no en la unificación con la República Federal. Se centran en un futuro democrático para la Alemania del Este y no ponen sobre la mesa propuestas de unión con la Alemania Federal. De hecho, la mayor parte de ellos rechazan el modelo socio-económico vigente en la RFA y proponen una RDA en la que democracia y socialismo avancen de la mano, con respeto a las libertades públicas, apertura de fronteras, prensa libre, pero también con diversas iniciativas que garanticen la propiedad social, popular, de las industrias y empresas del país en lugar de la forma estatal y burocrática.

Ignacio Sotelo cuenta la siguiente anécdota: el embajador de España en Berlín Oriental por entonces, Alonso Álvarez de Toledo, tenía la brillante idea de invitar una vez al mes a un plato típico español –una fabada, unas lentejas o un cocido madrileño– a intelectuales de prestigio, acompañados siempre de los correspondientes funcionarios del partido para evitar cualquier sospecha de conspiración. En estas reuniones iba en aumento la tensión entre escritores y artistas, por un lado, y el aparato político, por otro. Los intelectuales elogiaban las libertades que poco a poco se conquistaban en la Unión Soviética de Gorbachov, mientras que los funcionarios permanecían con la boca sellada, al no poder manifestarse de acuerdo, pero tampoco dispuestos a romper el tabú de no criticar a la URSS. Los intelectuales, la disidencia política y los ciudadanos de la RDA que deseaban la reforma política miraban con esperanza los acontecimientos de Moscú y coreaban como un grito subversivo -como sucedería en la celebración del 40º aniversario de la República, el 7 de octubre de 1989- el mote popular del líder soviético: “Gorbi!, Gorbi!”.Uno de los líderes opositores lo comentaba de esta gráfica forma antes de los acontecimientos del ochenta y nueve: lo que pase aquí depende de cómo vayan las cosas en Moscú.

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Manifestación de la Alexanderplatz de Berlín pidiendo la reforma política de la RDA. Convocada por los actores y empleados de los teatros de Berlín Este, la manifestación fue autorizada por el nuevo Politburó del SED, retransmitida por la televisión pública y contó con la participación de alrededor de un millón de personas.

 

El Neues Forum -la organización más importante de todas ellas- abogaba por una “fuerte participación de los trabajadores” en la gestión y control de la industria y la propiedad. La Initiative für Frieden und Menschenrechte (Iniciativa para la Libertad y el Humanismo) quería, “estructuras descentralizadas y autogestionadas”, la Vereinigte Linke y los socialdemócratas germano-orientales proponían un “control colectivo de los trabajadores sobre las empresas y la sociedad” y hablaban de una “socialización de verdad” en lugar de la “socialización formal-estatista”.

Cuando, tras la retirada de la Volkspolizei tras unas jornadas de represión en Leipzig y Berlín, negándose a cargar contra los “manifestantes del lunes” en la ciudad sajona y la dimisión de Honecker llevó a que el secretariado general del SED y el poder del Estado fuera asumido por el nada imaginativo Egon Krenz, un millón de ciudadanos desfilaron por Berlín convocados por actores, disidentes y reformistas del partido (algunos de los cuales fueron abucheados) en una manifestación televisada por la propia cadena pública TFF der DDR, quedaba ya poco para que Günter Schabrowski, miembro del Politburó y uno de los silbados aquel día levantara las restricciones a los viajes y el muro, perdida su razón de ser, fuera simbólicamente derribado por ciudadanos de uno y otro lado de la dividida Berlín. Aquella alegría, merecida, de los berlineses no podía sin embargo dejar de tomarse con cautela. Neues Forum lo advertía en un comunicado: detrás de aquellos hombres y mujeres que se abrazaban pese a no conocerse y que entregaban flores a unos aturdidos soldados del Nationalvolksarmee (Ejército Nacional Popular) de la RDA que custodiaban la ya inútil frontera de cemento, llegarían los financieros y especuladores dispuestos a hacerse con el patrimonio nacional y las empresas públicas y colectivas del Este: “Hemos esperado este día durante casi treinta años, es un día de fiesta”. Pero, con más alarma que fiesta, continuaba: “quienes vivieron antes de 1961 (el año de la construcción del muro) conocen los peligros que nos amenazan: venta de nuestros valores y bienes a empresarios occidentales, mercado negro, y contrabando de divisas… No queremos hacer cundir el pánico, ni nos oponemos a la urgente y necesaria cooperación económica con el Oeste, pero llamamos a no contribuir a las amenazantes consecuencias de la crisis”. La declaración subrayaba una emancipada ciudadanía germano-oriental desmarcada de la RFA: “Seguiremos siendo pobres aún mucho tiempo, pero no queremos una sociedad en la que especuladores y competidores nos saquen el jugo. Sois los héroes de una revolución política, no os dejéis inmovilizar por viajes e inyecciones consumistas… Habéis destituido al Politburó y derribado el muro, exigid elecciones libres para una verdadera representación popular sin dirigentes impuestos. No se os preguntó ni por la construcción del muro ni por su apertura; no dejéis ahora que os impongan un concepto de saneamiento económico que nos convierta en el patio trasero y reserva de mano de obra barata de Occidente”. Gerd Poppe, líder de la Initiative für Frieden und Menschenrechte, lo expresaba resumidamente en estas pocas palabras: “No queremos convertirnos en el último estado federal de la RFA”. Algo que, sin embargo, sería lo que sucedería.

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Apertura del muro, 9 de noviembre de 1989.

Helmut Kohl, el canciller federal, tenía sin embargo otros planes. Unos planes que servirían para acercarle a renovar su mandato al frente de la jefatura del gobierno de la Alemania Occiental y que servirían para que las empresas y multinacionales germano-occidentales obtuvieran unos pingües beneficios pescando en el río de la propiedad de la RDA. A finales de los años ochenta el gobierno conservador del Canciller Helmut Kohl estaba desgastado y el SPD iba a desplazarle del poder en las próximas elecciones. El reto de la derecha conservadora de Bonn y sus aliados del “establishment” económico y financiero era cómo instrumentalizar la nueva situación creada en el Este para mantenerse políticamente en el poder unos cuantos años más. La cultura política de la oposición de la RDA, que con la quiebra del régimen pasó en cuatro días de un estatuto marginal a una posición dirigente, era un problema para aquel propósito. La solución pasaba por los “Paisajes floridos”.

LOS “PAISAJES FLORIDOS” Y EL EXPOLIO DEL PATRIMONIO DE LA RDA

“Algunos llevamos la fama, pero el latrocinio en la privatización supera con mucho lo que cabía esperar de una sociedad tan civilizada, como dicen que es la alemana”, comentaba el embajador argentino en Berlín Este al observar el proceso de privatización -y venta- del patrimonio empresarial de la RDA a los empresarios de la Alemania Federal, directores por otro lado de todo el proceso.

El estancamiento económico a lo largo de los años setenta y ochenta condujo a la economía de la RDA a una grave situación. La deuda sumaba a finales de la última década una cifra superior a los 40 billones de marcos, una suma no astronómica en términos absolutos (el PIB de la RDA era de unos 250 billones de marcos) pero mucho mayor en relación a la capacidad del país para exportar suficientes bienes al Oeste como para conseguir la divisa fuerte que pagase la deuda. La mayor parte de la deuda se originó por los intentos de la RDA de hacer frente a sus problemas financieros internacionales, así como los intentos por mantener los niveles de vida a través de las importaciones de bienes de consumo. Casi todas las economías del bloque soviético adquirieron una serie de deudas con los países occidentales a principios de la década de los setenta con objeto de mejorar su capacidad tecnológica y competitiva. A cambio, la deuda sería pagada con las divisas obtenidas con las importaciones de bienes, sustancialmente mayores gracias a esa mayor competitividad. Pero la crisis del petróleo de 1973 acabó con esa premisa, debido a que la mayor parte de los países del área se quedaron con la deuda y sin mercado. A esto había que unir que en algunos países las inversiones fueron muy mal realizadas, como en Polonia, donde la financiación obtenida se empleó no en tecnología sino en el mantenimiento de subsidios al consumo con objeto de mantener los precios bajos y congraciarse con una población que empezaba a mostrar su descontento y a unirse a los movimientos de oposición.

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Pragerstrasse de Dresde. En primer término, vemos un edificio oficial, posiblemente del SED, con las banderas de la República y de la Juventud Libre Alemana (Frei Deutsche Jung).

La solución que los empresarios y políticos de Bonn buscaron para la crisis en la RDA fue la de ofrecer una serie de promesas a los ciudadanos del Este que no se desviaban mucho en las formas de las hechas por el Politburó, pero como no se encontraban desgastados por el descrédito al que había sucumbido la nomenklatura y sonaban muy atractivas, los pobres germano-orientales se las creyeron. Resultaba mucho más ilusionante creer en el sueño de los paisajes floridos que en la realidad sobre la que Neues Forum advertía: los ciudadanos de la RDA tendrían que seguir siendo aún pobres durante algún tiempo, pero con una República Democrática que hiciera honor a su nombre y que tuviera una economía social, dirigida por y para el pueblo alemán oriental, por lo menos mantendrían su soberanía política y económica frente a una RFA que les consideraba unos “paletos” -“Ossi” es de hecho sinónimo de pueblerino e ignorante- poco competitivos y necesitados de subsidios. El programa disidente de los opositores de la RDA era crítico y escéptico hacia la posibilidad de una súbita unificación. Y desde luego, de darse ésta, tendría que hacerse entre estados igualmente soberanos.

Helmut Kohl prometió a los alemanes del Este que poco más o menos de un día para otro obtendrían el nivel de vida del que sus vecinos occidentales disfrutaban. Con esa ilusión -ilusión óptica dibujada a través de Mercedes Benz, televisión por satélite, veraneos en España y demás mensajes de espiral consumista que venía básicamente a decir que lo del Oeste era siempre mejor- la CDU          se impuso en las primeras elecciones libres de la RDA. El PDS (el antiguo SED), liderado por el jefe del partido en Dresde, Hans Modrow, cuya fama de reformista le aupó al cargo de primer ministro y al emprendimiento de reformas que llevarían a la disolución de la Stasi y al procesamiento de antiguos líderes como Stoph, Mielke o el propio Honecker, obtuvo unos buenos porcentajes de votos. Sin embargo, pese a los buenos resultados, la izquierda reformista y alternativa de Neues Forum y los otros grupos de la oposición (agrupada en Alianza 90) no consiguió contrarrestar el impulso de la filial democristiana del Este, sus promesas de prosperidad capitalista y el éxodo de medio millón de personas que se produjo desde que se abrieron de nuevo las fronteras entre ambas Alemanias.

Llegaba el momento de convertir las promesas en hechos, y Kohl, dispuesto a ganar las elecciones también en el Oeste, no tuvo tapujos en introducir una medida estrella: la paridad 1:1 entre el Deutsche Mark y el marco de la RDA para ahorros de 6.000 marcos (una fortuna en la RDA, y dos meses de sueldo de un periodista de la RFA de entonces) y de 1-2 para patrimonios más altos. Los alemanes del Este sintieron como si les hubiera tocado la lotería. Kohl les prometió convertir sus regiones en paisajes floridos y lo realizó en un primer momento, por lo menos en la imaginación, con la mencionada paridad. En aquella euforia cargada de promesas de abundancia, los discursos y voluntades mayoritariamente verdes y socializantes de escritores, intelectuales y disidentes se disolvieron como un bloque de hielo al sol entre las luces e impactos psicológicos de las experiencias directas de la gente común con la prosperidad del Oeste. La paridad real entre las dos divisas era de cinco marcos orientales por uno occidental. Esta diferencia, que hacía que un trabajador de la RDA que cobrara mil marcos de la RDA al mes pasara a cobrar esa misma cantidad de marcos occidentales, se sintiera como niño con zapatos nuevos, hundió a miles de empresas del Este, incapaces de poder asumir de la noche a la mañana una deuda exhorbitada con la nueva moneda y viendo desaparecer la capacidad competitiva que les daba el menor valor de su moneda.

Esta estrategia era en cierto modo la estrategia de los empresarios de la RFA, deseosos de poder comprar a bajo precio las empresas orientales y quitarse competidores. Vendieron la premisa de que todas las empresas de la RDA eran pura chatarra, pero sabían que esa aseveración no era del todo cierta. La unión monetaria supondría el que quebrasen todas las empresas orientales. La unificación por la vía rápida empezó por cambiar un marco oriental por uno occidental para alegría inmediata de la población del Este que veía salvados sus pequeños ahorros, pero con la consecuencia querida de desmantelar de un plumazo toda la economía de la antigua RDA. Una buena parte de la población -alrededor de dos millones y medio de trabajadores, sobre una población total de 16 -pierde el puesto de trabajo, con el mensaje repetido de que la “economía de mercado” pronto los iría creando. Enormes inversiones públicas en mejorar las infraestructuras no han servido para hacer realidad las falsas expectativas de entonces, y ello porque, en un mundo ya globalizado, los nuevos Estados federados han tenido que competir con una Alemania occidental, cuya capacidad productiva basta para abastecer a las dos Alemanias, y estar además entre los primeros exportadores del mundo.

Una persona nada sospechosa de alinearse con las posiciones, ni ortodoxas ni heterodoxas que defendían la continuidad de la RDA en lo político y lo económico, el actual ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, comenta el tremendo error que supuso la introducción del marco occidental en la República Democrática. Schäuble, negociador clave en aquel entonces, lo expresa de este modo en su libro de memorias de 1991: “Para mi estaba claro que la introducción de la moneda occidental destruiría las empresas de la RDA, pero Kohl decía que con la unidad íbamos a ganar las elecciones”. Otras personas que vivieron el proceso niegan que el sistema económico de la RDA se estuviese desmoronando, como afirmaban desde el Oeste. Es el caso del director del Banco Central de la RDA, Edgar Most, quien afirma, frente al argumento oficial, que la relación causa efecto entre paridad y destrucción del patrimonio industrial vino precisamente en ese orden y no al revés: “fue la paridad la que hundió definitivamente la economía de la RDA”.

El nuevo gobierno democristiano del Este se embarca entonces en la privatización de la economía, un paso más en la anexión de la RDA a Alemania Federal. Un proceso acelerado que destruyó cualquier ilusión de crear una Alemania Oriental asentada sobre un modelo de socialismo democrático y de unificar las dos Alemanias bajo postulados de neutralidad y con la adopción de una nueva Constitución que sustituyese a la Ley Fundamental de Bonn, que ha seguido sin ser ratificada ni por los ciudadanos del Oeste ni por los del Este. Estos aspectos serán examinados más adelante. Por ahora, nos centraremos en el papel que la sociedad fiduciaria del “Treuhandanstalt” tuvo en el desmantelamiento del tejido empresarial público de la República Democrática.

El nuevo primer ministro de la RDA, Lothar de Maizeirie, y los ejecutivos occidentales que le asesoraban crearon este organismo bajo unas premisas muy distintas a las que se manejaban desde la izquierda alternativa germano-oriental.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

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Protesta contra la “Treuhandanstalt” y su papel en el desmantelamiento de la industria y las empresas públicas de la RDA. No deja lugar a dudas el rechazo que produce al ser comparada con una “banda mafiosa”.

Ignacio Sotelo afirma que en el meollo de la transición política de la RDA se encontraba “el dificilísimo tema de la privatización de la industria, el comercio, los bancos, las compañías de seguros, los bienes inmuebles, el suelo edificable, la tierra de labor. Absolutamente todo. Una riqueza que superaba los dos millones de millones de marcos.” La denominación oficial de las empresas estatales era la de “Volkseigene Betribe” o empresas del pueblo, aunque en realidad la propiedad fuera estatal. Si durante la época del régimen del SED esto implicó la burocratización, aunque con rasgos particulares -hubo una descentralización y una participación de los trabajadores mucho más evidente que en el resto de países del bloque-, en la toma de decisiones, la “Treuhandanstalt” de la época de transición se acogió a esta propiedad formal del Estado para que el gobierno democristiano hiciera con ellas prácticamente lo que le apeteció.

Mientras los grupos de izquierda mantenían que la propiedad, que formalmente era del pueblo, debía ser devuelta a él, creándose mecanismos para distribuirla entre la gente, tanto con repartos individuales, como creando sociedades anónimas, cooperativas y otras formas de asociación económica (las “estructuras descentralizadas y autogestionadas” de la Initiative fur Freiden y la “fuerte participación de los trabajadores” propugnada por Neues Forum), los democristianos en el poder y los empresarios de la RFA deseosos de pillar su parte en el botín impidieron esta solución. Consideraban propietario al Estado y éste sería el encargado de deshacerse de los bienes públicos vendiéndolos a personas y sociedades privadas. Para llevar adelante esta política la dificultad radicaba en que los ciudadanos de la RDA no tenían capital, ni existían sociedades privadas para comprar esta enorme riqueza que había que privatizar. ¿Quién podía hacer frente a los desembolsos? Los empresarios de Occiente.

Para 1994, 8000 empresas del Este ya estaban en manos de “inversores privados” del Oeste, habían sido cerradas o adquiridas a precio de ganga, y el paro, desconocido en la antigua RDA, se había cebado sobre una sociedad germano oriental que veía como el tejido industrial de su antiguo país había desaparecido. Las joyas de la corona se repartieron entre los grandes consorcios alemanes occidentales: Allianz se quedó con la compañía estatal de seguros; Lufthansa con Interflug, Thyssen con la Metallurgiehandel (MH), las grandes cadenas de supermercados con la HO, la organización de comercio estatal que formaba ya un consorcio único, con la consecuencia que desapareciera hasta el pequeño comercio que aún permanecía, después de cuarenta años, en manos de particulares. Las empresas fueron vendidas en su mayor parte a empresas alemanas, una política que se justificó diciendo que había que evitar que cayesen en manos extrajeras, principalmente japonesas.

¿Eran las empresas de la RDA morralla oxidada? Algunos ejemplos lo desmienten de manera clara y ponen el acento en la enorme corrupción que se desató al amparo de una “Treuhandanstalt” que ha sido calificada como “una gigantesca expropiación” y “la mayor estafa de nuestra historia económica”, según Werner Schulz, ex miembro de la comisión de investigación del Bundestag. Así, la empresa WWB era valorada en 160 millones de marcos. El Treuhandanstalt la valoró en cero. Su patrimonio inmobiliario fue vendido y el dinero transferido a los paraísos fiscales de Suiza y el principado de Liechtenstein. La empresa de neveras DKK fabricaba las neveras Privileg, que ya mencionamos anteriormente por adelantarse varios años a las occidentales en la fabricación de frigoríficos sin gases de efecto invernadero. Todos sus competidores occidentales le hicieron una campaña de desprestigio diciendo que sus neveras eran “inflamables”. Tuvo que cerrar. Las empresas occidentales querían ampliar mercado, no estaban interesadas en competidores y solo querían filiales en el Este, dice Schulz. El DG Bank de Alemania Occidental compró por 106 millones el Banco Cooperativo de la RDA. Con ello adquirió reclamaciones de deuda por valor de 15.500 millones, que el gobierno de Bonn garantizó. Según el Tribunal, “la compra debería haber tenido en cuanta las ventajas derivadas de la adquisición de esas deudas”. Lo mismo ocurrió con el Berliner Bank, que compro el Berliner Stadtbank del Este por 49 millones, sin contar los 11.500 millones, ahora respaldados por Bonn, que se le debían al banco, y con otras instituciones. Dos tercios de la deuda del Treuhandanstalt, 85 mil millones de euros, aún no había sido reembolsada para 2009, fecha del vigésimo aniversario de la caída del muro. “Si en Occidente hubo unas mil privatizaciones en diez años, aquí hubo ocho mil en cuatro años”, explica Schulz, sugiriendo que la rapidez camufló muchos delitos. En teoría, la “Treuhandanstalt” debía encargarse de mantener la propiedad para el pueblo de la RDA. Viendo los resultados, su cometido no fue en absoluto cumplido.

Citamos de nuevo a Ignacio Sotelo: “La privatización fue un negocio tan bueno que no ha de extrañar que cundiese la corrupción. Te vendo a ti la empresa por este precio y estas condiciones, y ya te diré donde me pagas la comisión. Los muchos procesos de fraude y estafa que han emergido en estos años –seguro la punta del iceberg– confirman la que ha sido experiencia universal: la privatización de los bienes públicos constituye el mayor negocio para los amigos de los gobernantes, pero cuando lo que está en venta es un país entero, la corrupción sobrepasa con mucho los contactos personales.” Qué razón lleva el refranero castellano al decir aquello de “cuando las barbas del vecino -y especialmente en el caso de los bancos, cuyas deudas fueron garantizadas por el gobierno de Bonn- veas pelar…”

¿UNA ALEMANIA UNIDA NUEVA O UN SIMPLE “ANSCHLUSS”?

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Manifestación en Dresde en 1989. La pancarta, con la tricolor común y los símbolos de las dos Alemanias -el águila de la RFA y el escudo de las espigas, el martillo y el compás de la RDA- va acompañada con los versos del “Auferstanden aus ruinen”, el himno oriental: “Y que el sol, hermoso como nunca antes, brille sobre Alemania”.

El término “Anschluss” fue la denominación que se utilizó para calificar la conquista y anexión de Austria al III Reich de Hitler (Austria había sido el país natal del dictador nazi alemán) en 1938. En 1990, pese a que se ha hablado mucho de reunificación -para diferenciarla de la unificación de los estados alemanes de 1871, hecha bajo la batuta de Prusia-, las circunstancias y el desarrollo de los acontecimientos sugieren que el proceso del “Anschluss” volvió a repetirse.

La cultura política de la oposición de la RDA, los que habían encabezado el proceso hasta la apertura del muro, los que se habían enfrentado al régimen a lo largo de 1989 con la consigna “Vir sin die Volk!” (¡Nosotros somos el pueblo!) suponía un problema para el modelo de unificación que se deseaba: una unificación con el menor número posible de mudanzas en la RFA y el mantenimiento de Alemania en el campo de la OTAN y la Comunidad Europea. Al fin y al cabo, el comunismo había caído derrotado, pensaban los analistas occidentales, nada dispuestos a hacer concesiones -ni siquiera en lo económico: Kohl había dicho que no estaba dispuesto “a invertir dinero bueno (sic) en un sistema malo”-. Pero quienes habían derrotado a aquella forma de comunismo lo habían hecho elaborando alternativas socialistas democráticas y de tercera vía, como mínimo asumiendo lo mejor de ambos sistemas, que estaban siendo dejadas de lado de forma consciente y que, ya en aquellos primeros momentos, estaban generando un panorama de emigración, paro y expolio patrimonial en el Este de Alemania. Los ojos de los analistas occidentales estaban ciegos a esa realidad.

Esa cultura política vaticinaba una perspectiva de reunificación compleja entre los dos Estados, que en síntesis se resumía en lo siguiente: en primer lugar, la reunificación tendría que ser un proceso a largo plazo en lugar del que realmente se dio, menos de un año (el muro se abrió el 9 de noviembre de 1989 y las dos Alemanias se unieron el 4 de octubre de 1990). En segundo lugar, se incidía en el carácter democrático y social del nuevo país: una nueva Alemania con una nueva constitución que aboliera la vigente prohibición de huelga política, o la existencia de una policía política -no sólo la célebre Stasi del Este, sino su homónima menos conocida del Oeste, el BfV-. Una Alemania que asumiera la igualdad como valor constitucional central, con determinadas concesiones del capital a un orden más social en la nación y más respetuoso con el medio ambiente a cambio de la reunificación. Y en tercer lugar, una Alemania cuya política exterior no estuviera dirigida por la política de bloques caracterísitica del pasado, menos aún cuando la “perestroika” gorbachoviana y la rápida desintegración del bloque soviético hacía menos necesaria que nunca la presencia de organismos occidentales como la OTAN que se opusieran a los del bloque del Este. Un país no solo sin tropas soviéticas, sino también sin tropas americanas, sin bases extranjeras ni armas nucleares y sin pertenencia a la OTAN, lo que habría acabado definitivamente con esta organización y con la subordinación a EE. UU. por parte europea en materia de política exterior y de defensa.

La respuesta de Kohl y de Washington fue una rotunda negativa a asumir compromisos de esta naturaleza. Nada que no fuera cambiar el modelo socio-económico y político de la RDA por la Ley Fundamental de Bonn y el modelo de la RFA. Nada de terceras vías: anexión de los “länder” del Este por la vía del artículo 23 de la Ley de Bonn. Y, para ello, la paridad y los paisajes floridos fueron una parte de su estrategia. La idea, que caló entre la gente común del Este, de que lo occidental era mejor -“Test the West”, que era el eslogan de una marca de cigarrillos y se acabó convirtiendo en un atractivo publicitario de todo lo que significaba la RFA- se llevó por delante cualquier posibilidad de sintetizar, en un escenario de reunificación a largo plazo, lo mejor del capitalismo y del socialismo para la nueva Alemania unida. Gorbachov, por su parte, acuciado por problemas internos -independentismo en las repúblicas bálticas, crisis económica, auge de las figuras otrora disidentes y hoy dirigentes de asociaciones y partidos legales con presencia en el nuevo Soviet Supremo- no se opuso realmente con muchas ganas a la política de la RFA y de EE.UU., deseoso que acabara bien el asunto alemán para que su popularidad exterior se reflejara en el interior.

No hubo, por tanto, disposición alguna a modificar lo más mínimo las estructuras económicas, sociales y políticas existentes en Alemania Federal, aunque ello implicase forzar a que la antigua RDA encajase en el modelo occidental sin la menor concesión a sus peculiaridades. Se esfumaba el modelo de unificación que durante decenios se había manejado en la Alemania occidental, una refundación con una nueva Constitución, junto con el sueño de la izquierda en ambos Estados que apostaba por esa “tercera vía” de síntesis capitalismo-socialismo, convergente de los dos sistemas. Y, más aún, se daba por zanjada cualquier cuestión acerca de la legitimidad de la Ley Fundamental y la necesidad de que los alemanes, unidos de nuevo en un solo Estado, se otorgasen una nueva Constitución con todas las letras. La Constitución alemana, “de facto”, carece de legitimidad en el sentido más estricto, pero soportar estas deficiencias era imprescindible para garantizar que nada cambiase, aunque la situación era muy diferente a la de posguerra, en la que las tiranteces entre los viejos aliados que vencieron en la SGM, que dieron origen a la “guerra fría”, no eran desde luego tan insalvables como entonces.

Una pequeña anécdota deportiva posiblemente ilustrará como se dejó en el tintero mucho del legado de la República Democrática y la nueva Alemania se levantó como una continuidad de la República Federal. En la temporada 1990/91 se jugó el último campeonato de la liga de fútbol de la RDA, denominada Oberliga (Liga Superior).

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Escudo de la Asociación Alemana de Fútbol de la RDA, la federación de fútbol germano-oriental, y de los clubes que competirán en la temporada 1982/83 en la máxima categoría, la Oberliga.

Sólo dos equipos, el campeón y el subcampeón de la competición de ese año, tendrían derecho a jugar la primera Bundesliga del país unificado. El resto, se distribuiría según su clasificación por el resto de categorías inferiores. Dejar en manos de una sola temporada -como así ocurrió- la suerte de clubes que habían cosechado más éxitos en Europa que muchos de la anterior Bundesliga (Liga Federal) de la RFA, como los campeones y finalistas de la Recopa Magdeburgo, Carl Zeiss Jena y Lokomotive de Leipzig (éste apenas tres años antes) o habituados a poner las cosas difíciles a grandes de Europa, caso del FC Karl Marx Stadt, mientras sobrevivían en la nueva categoría superior equipos de escasa entidad y menor nivel que los anteriores, pero todos ellos del Oeste -Karlsruhe, 1860 Munich, Wolfsburgo, Bochum o Friburgo- es una muestra de que “lo del Oeste es siempre mejor”, aunque la realidad demostrara que este axioma era una falacia. El resultado: sólo un equipo histórico del Este, el Dynamo de Dresde, junto con un pequeño equipo que hasta entonces no había destacado ni siquiera en la RDA, el Hansa Rostock, alcanzaría esa temporada la Bundesliga. Los viejos equipos históricos, incluyendo el mencionado Dynamo, han ido poco a poco hundiéndose como la economía y las expectativas del Este.

Para Estados Unidos, lo más importante de la reunificación alemana era que Alemania siguiera en la OTAN porque de esa forma la influencia norteamericana en Europa quedaba garantizada. Condoleezza Rice, tristemente famosa por su papel como secretaria de Estado del presidente George W.Bush durante la invasión de Irak, y por aquel entonces consejera de la Casa Blanca para el tema alemán, repitió hasta seis veces ese punto en una entrevista con “Der Spiegel” publicada en septiembre de 2009, casi veinte años después de la caída del muro: “Lo que no fuera eso, habría equivalido a una capitulación de América”. La mayoría de los alemanes, del Este y del Oeste, –y esto lo reconoce el propio Kohl en sus memorias– preferían, sin embargo, una Alemania fuera de la OTAN. Las encuestas de febrero de 1990 otorgaban un apoyo del 60% a ese escenario. Las negociaciones, sin embargo, para la unión entre la RFA y la RDA se llevaron a cabo entre las autoridades de ambos países (Kohl por parte occidental y De Maizeirie por parte oriental eran del mismo partido; más aún si cabe: la CDU occidental era la matriz de la CDU del Este, así que entre bomberos, y menos entre el jefe de los bomberos y su segundo, no iban a pisarse la manguera) y las de las antiguas potencias ocupantes de 1945-1949 (Francia, Gran Bretaña, EE.UU. y la URSS). Fueron las famosas reuniones 4+2=1, en las que el pueblo alemán, de uno y otro lado, no fue actor principal, pese a que al menos el de la RDA había protagonizado una revolución política que planteaba -o precisamente por eso era necesario mantener a la ciudadanía al margen- alternativas sociales y políticas muy distintas a las que luego se implantarían en la realidad.

La URSS, los soviéticos, no tenían una política para sacarle partido a su histórica retirada de Europa central y oriental, de la que Alemania era el centro. Desde Moscú se propició una “quiebra  optimista del orden europeo” (Poch-de-Feliu) cuyo resultado fue desaprovechar la oportunidad para crear un nuevo sistema de seguridad, unificado y sin bloques, que fuera de Lisboa a Vladivostok y sustituyera la “guerra fría” por acuerdos bi o multilaterales de amistad y cooperación que sirvieran para garantizar un horizonte de paz. Este horizonte, descrito con una ampulosidad digna de mejores teatros cuando se vio descender la bandera roja del Kremlin y alzarse la antigua tricolor del Imperio Ruso -rescatada por Yeltsin para la Federación Rusa- en diciembre de 1991, o al perderse de vista el muro de Berlín, se tornó en poco tiempo una utopía irrealizable gracias a la labor de aquellos que propiciaron la permanencia de una OTAN que había nacido para combatir al bloque soviético y que, con el desmoronamiento de éste, había perdido su razón de ser, en detrimento del respeto y acatamiento de las normas de Derecho Internacional y las resoluciones de una ONU en la que tenía que haberse abordado una necesaria democratización de sus organismos. La OTAN creó o intervino en nuevos conflictos, sustrayendo funciones que correspondían a Naciones Unidas, para garantizar su existencia y mantener, por decirlo de algún modo, su “negocio”. Primero, y más inmediato, la guerra en Yugoslavia (una Yugoslavia que formaba parte del grupo de países no alineados, lo que explica mucho por qué se promocionó desde fuera, por parte de la nueva Alemania incluida, una desintegración nacional -que, desde luego, también tenía claros factores internos-, frente a proyectos de confederación de estados libres o gobiernos multiétnicos como el de Bosnia que fueron desechados por las potencias occidentales). Luego, las intervenciones sangrientas y de éxito cuestionable de EE.UU. y sus socios en Somalia, el conflicto entre el gobierno serbio y la provincia de Kosovo, Afganistán o Irak.

La unificación de los dos estados alemanes supuso para Kohl y Gorbachov ganar el premio Nobel de la Paz en 1991, pero las repercusiones internas fueron muy distintas para ambos. El canciller federal vio como las encuestas electorales cambiaban a su favor; el líder soviético, sin embargo, no vio reflejada la popularidad que su política exterior -los acuerdos sobre limitación de armas estratégicas, la “doctrina Sinatra” respecto a los países del bloque oriental, la unificación alemana- le otorgaba en clave interna. Muy al contrario, los soviéticos y especialmente en Rusia dejaron de lado al presidente de la URSS y apoyaron a líderes nacionalistas y a nuevas personalidades como Boris Yeltsin, pronto el caballo ganador de Occidente, que representaba la asunción del capitalismo neoliberal en su vertiente más salvaje y mafiosa frente a la postura reformista y socialdemócrata -tal y como lo define Noam Chomsky- aunque errática del primero. Unas políticas que se extendieron por la antigua Europa situada tras el “telón de acero” y cuyos resultados fueron más que cuestionables, al mismo tiempo que una socialdemocracia sin referencias ideológicas y una derecha neoliberal que podía explotar el triunfo del capitalismo comenzaban el desmontaje del “Estado del bienestar” propiciado tras la SGM en el Occidente europeo. Como escribe Poch-de-Feliu, “por un lado las sociedades se liberaron y normalizaron en muchos aspectos, un bien indiscutible, pero el precio fue una hegemonía de las fuerzas conservadoras y una continuidad del orden subordinado posterior a 1945, ahora con una sola potencia. Todo ello dio alas a la “Gran Desigualdad” en los últimos baluartes de la Europa social.”

CONCLUSIONES: ¿EL VERDADERO ROSTRO DE LA RDA?

En una escena de la película “La vida de los otros”, un redactor de “Der Spiegel” visita a los escritores Georg Dreiman y Paul Hauser en la casa del primero en Berlín Este. Propone un brindis con champán francés -“es mejor que el ruso” sentencia al probarlo- porque con su artículo sobre los suicidios en Alemania Oriental “muestren a toda Alemania el verdadero rostro de la RDA”. Apenas un poco antes, Hauser había introducido un borrador del mismo en Berlín Occidental, atravesando ilegalmente la frontera oculto bajo el asiento trasero del Mercedes Benz de su tío, un alemán occidental. Sin embargo, para sorpresa del capitán de la Stasi Gerd Wiesler, el hombre que espía la casa de Dreiman y que ha decidido hacer la vista gorda con el viaje de Hauser y el manuscrito al Oeste (un papel soberbiamente interpretado por el recientemente fallecido Ulrich Muhe, uno de los mejores actores alemanes procedentes de la antigua RDA e interviniente en la decisiva manifestación de la Aexanderplatz de octubre de 1989), Hauser no se queda en Occidente, sino que regresa, de nuevo de tapadillo, a la República Democrática, en un impulso romántico y posiblemente suicida por transformar su país y hacer de él el sitio en el que el socialismo, por más humano, derrote al capitalismo.

¿Cuál fue el verdadero rostro de la RDA? Resulta difícil sustraerse a la imagen más penosa y negativa, la del “Estado carcelario” que levantó el muro de Berlín en 1961 y poseyó una policía política que levantó cientos de miles de expedientes correspondientes a otras tantas investigaciones a sus ciudadanos, convertidos en enemigos del Estado según la definición que podía escucharse en el filme antes mencionado. A ello cabe añadir, en la mente del occidental típico, la idea de una economía ruinosa -más por efecto de la propaganda negativa de las empresas occidentales a lo largo de la transición política de 1989-1990 y la horrible gestión de la “Treuhandanstalt”, como hemos visto, que por lo que era la realidad- o el uso y abuso de elementos de dopaje en el deporte -cosa que, sin embargo, a) no ha impedido que récords obtenidos por la RDA continuaran vigentes, por lo que cabe preguntarse si las autoridades del COI eran cómplices de esto o ese dopaje y su imagen en nuestra retina no impedía que su deporte también consiguiera éxitos con limpieza ; b) no nos debe hacer olvidar que mientras unos tienen la fama, otros cardan la lana y que la RFA consiguió un Mundial de fútbol bajo sospecha, el de 1954 ante una Hungría que en la primera fase les goleó por 7-3 o que en nuestra España que se indigna por las parodias de los guiñoles franceses han desaparecido “misteriosamente” las pruebas de la “operación Puerto” en la que están implicados médicos, administradores de nuestro deporte y atletas otrora de renombre como Marta Domínguez-.

Pero, sin embargo, el panorama creado tras la unificación-anexión en los “länder” que formaban la RDA ha dejado un poso en la gente que vivió la época de la República socialista de reconsiderar aquellos años. Lo negativo, desde luego, no va a dejar de serlo, pero la estrategia de los políticos y empresarios de la República Federal de “vender” que lo del Oeste era mejor ha fracasado de tal forma que los antiguos ciudadanos de la RDA, e incluso los que no la vivieron, naciendo después de 1989, están cuestionándose si el socialismo fue o ha sido realmente un sistema desechable, viendo el sarcasmo en que se han convertido los “paisajes floridos” de Kohl, el elevado desempleo creado tras la asunción de la economía de mercado en el Este o los cuatro millones y medio de emigrantes internos que han pasado del Este al Oeste desde la caída del muro y que superan con creces los tres millones que se produjeron entre la dos Alemanias antes de la construcción del mismo.

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Un símbolo de la “Östalgie”. un cartel conmemorativo de un hipotético 60º aniversario de la RDA (7 de octubre de 2009). Los edificios típicos de Berlín Este van acompañados de la torre de la televisión, inaugurada en los setenta y con la que comenzaron las emisiones en color en Alemania del Este.

La “Östalgie” o nostalgia del Este ha sido un fenómeno cultural que ha rescatado para los antiguos habitantes de la RDA una identidad que había quedado en entredicho por su pertenencia a un nuevo país en el que eran tratados con una mezcla de conmiseración y burla por sus compatriotas del Oeste. Considerados como alemanes de segunda clase, poco competitivos, vagos e ignorantes, los “Össis” han tratado de reafirmarse, en un contexto de crisis, desempleo y ciudades de escaso dinamismo por la emigración, la enorme presencia de jubilados y las factorías cerradas desde hace años en los valores de antaño y en las cosas buenas que la RDA les ofreció durante los años en que fueron ciudadanos de la misma: la seguridad; la camaradería; la protección social y los servicios públicos que, por modestos que fuesen, tenían garantizados por el Estado; la satisfacción por el éxito colectivo frente al individualismo; la vida comunitaria; la igualdad real entre hombres y mujeres; la promoción de la alta cultura y las artes entre los trabajadores o el reparto más equitativo de la riqueza. Incluso, aunque fuera siquiera de forma retórica, los valores transmitidos por el socialismo -igualdad, justicia, cooperación, solidaridad, paz- resultaban y resultan mucho más atractivos que los valores materiales propios de los sistemas de mercado. No es por ello extraño que en los cinco “länder” que formaban la antigua RDA sea donde más implantación y éxito tenga “Die Linke”, el partido formado por el antiguo PDS-SED, los movimientos alternativos y antiguos líderes socialdemócratas de izquierda como Oskar Lafontaine que abandonaron decepcionados el SPD por su giro derechista.

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Otro símbolo de “Östalgie”: los “hooligans” del Magdeburgo, el único equipo de la ex-RDA campeón continental (venció en la final de la Recopa de 1974 al Milan por 2-0) en su zona de grada con la antigua bandera de la República socialista.

En el fondo, la República Democrática no llegó a ser el “país de obreros y campesinos” que aspiraba a ser porque un partido único y de lista también única no podía alcanzar una representatividad y legitimidad tales que el pueblo trabajador y los ciudadanos de la RDA pudieran confiar en él. El contrato social, como en otras partes del bloque soviético, estaba falto de base y quebrado por la falta de asunción de críticas externas y la limitación con la que se podían realizar críticas internas, aunque estas no faltaran, para el caso de la RDA, en el seno del propio SED a lo largo de los cuarenta años de existencia de la República -un ejemplo lo tenemos en una mujer que ya hemos mencionado aquí en varias ocasiones, Christa Wolf-. Como en otros países del bloque, la forma de calmar las aguas fue la de buscar un acomodo mediante el aumento del nivel de vida y el desarrollo de políticas públicas y servicios al ciudadano inherentes a todo régimen político que representase al pueblo como nunca antes ninguno lo había hecho e iniciar una liberalización social que no conllevase un cuestionamiento del liderazgo del Partido.

A pesar de que han sido silenciadas en la historia y más desde que los acontecimientos de noviembre de 1989 y las elecciones de marzo de 1990 arrinconaron cualquier otra lectura, entre ellas la posibilidad de una RDA soberana durante al menos un tiempo, en Alemania del Este no faltaron las propuestas para abrir el partido a la sociedad y la República a una democracia socialista, a un “socialismo de rostro humano” que conjugara en lo político la representación popular, libre y soberana, con la propiedad colectiva, no estatal y burocrática,  y la toma descentralizada de decisiones en lo económico. Le restó visibilidad a este hecho el que en la RDA no hubo revueltas promovidas o apoyadas desde la élite, como las ocurridas en Hungría en 1956 con el apoyo del Partido Obrero Húngaro liderado por Imre Nagy, o en Checoslovaquia en 1968 alentadas por el primer ministro Aleksandr Dubcek. Las purgas en el seno del Partido Socialista Unificado de Alemania acabaron con la posibilidad de que la RDA constituyera una alternativa de “socialismo de rostro humano” visible como las de Budapest y Praga, pero su desconocimiento global no implica su inexistencia. Los elementos socialistas del partido, primero, y quienes al calor de la desestalinización de Kruschev, después, proponían reformas democráticas no tuvieron oportunidad de formular su alternativa. Cuando por fin, en 1989, los movimientos de oposición lo hicieron, su oportunidad les había llegado demasiado tarde.

A pesar de su fracaso, los movimientos de oposición que en el ochenta y nueve hicieron posible la revolución política en la RDA demostraban que la teoría marxista y los valores del socialismo y la izquierda estaban lo suficientemente arraigados como para proponer una alternativa al socialismo estatal-burocrático y al capitalismo de la RFA. Esa “tercera vía” nos obliga a pensar que, pese a lo que realmente existió, la consideración sobre la RDA obliga a matizar lo suficiente como para considerar los aspectos positivos que se dieron a lo largo de la historia del país. Maria Simon, la actriz que encarna a Arianne en “Good bye Lenin”, la hermana seducida por las promesas y el consumismo del Oeste, declaraba haberse emocionado al ver las imágenes que recreaban el tren de los jóvenes Pioneros: “Me alegra saber que tuvimos todo aquello… ahora rastreo mi infancia y no la encuentro.” Otra actriz, también del Este y también de la misma película, la que encarna el papel de Christianne Kerner, la madre idealista y de convicciones profundamente socialistas, Katrin Saas, afirma que la noche en que cayó el muro estaba horrorizada, sin poder creérselo. Muy probablemente envuelta por los mismos temores que envolvían a Gerd Poppe y a los miembros de Neues Forum: una súbita y nada halagüeña invasión de los productos y forma de vida del Oeste.

Till Lindemann, cantante del grupo Rammstein y en su juventud nadador olímpico de la República Democrática, sentencia que “cuando era adolescente soñaba con tener muchas cosas materiales, autos, ropas, estupideces. Ahora que tengo todo eso, entiendo que las cosas superficiales pueden convertirte en un tipo muy estúpido. En la RDA había muy pocas cosas, pero también había un sentimiento de solidaridad que hoy hecho de menos. Ahora estamos hasta el cuello de consumismo, egoísmo, individualismo. Ahora el consumo se antepone a la amistad.” En un contexto de crisis-estafa como el de hoy, conocedores de la “obsolescencia programada”, deberíamos rescatar a aquellos que representaban lo mejor y más humano de una República Democrática Alemana que pudo existir de otra manera a como ha sido conocida, por lo peor y más abyecto. Los Bertolt Brecht, Christa Wolf, Gerd Poppe, herederos de una tradición que quiso emular y no pudo o no supo hacer el SED: la de revolucionarios alemanes que han quedado en el imaginario colectivo de la izquierda, los Rosa Luxemburgo, Karl Liebneckt, Ernst Thällmann. Los espartaquistas de Berlín de 1918 y los brigadistas alemanes que acudieron a la llamada de la solidaridad antifascista en Madrid en 1936.

Quizá no sea sencillo que sobresalga un legado amable de la RDA, pero un ejemplo sencillo de que conviene rescatarlo lo tenemos en su himno. Lothar de Maizeirie, que debemos recordar era homólogo y correligionario de Helmut Kohl en el Este, quiso rescatar el “Auferstanden aus ruinen” para incorporarlo al himno “Deutschland über alles” y que los dos formasen un canto nacional para la nueva Alemania unida. Kohl lo rechazó, pero este gesto debe hacernos pensar en que no todo fue miseria y decrepitud en aquel Este de Alemania y que, como dice Alex al final de “Good bye Lenin”, pudo existir este país de otra manera.

Levantada de las ruinas

y con la vista puesta en el futuro

déjanos servirte para el bien

Alemania, patria unida.

Hay que superar la antigua miseria

y la superaremos unidos,

pues tenemos que conseguir que el sol

hermoso como nunca antes

brille sobre Alemania,

brille sobre Alemania.

LA REUNIFICACIÓN DESDE UN PECULIAR PUNTO DE VISTA: LA FANTASÍA DE ALEX EN “GOOD BYE LENIN”

 

FUENTES:

“Los derechos humanos en tiempos de crisis”, entrevista con Poch-de-Feliu, autor de “La Gran Transición. Rusia 1985-2002”. Autor desconocido. En Internet bajo licencia Creative Commons.

“Paisajes floridos”, artículo de “La Vanguardia” con motivo del 20º aniversario de la reunificación alemana.

Sotelo, Ignacio, “La transición-anexión de la República Democrática Alemana”, Res-Publica, Revista de Filosofía Política, nº 30 (2013)

Ali, Tariq, “Miedo a los espejos”, Madrid, Alianza Editorial.

Wolf, Christa, “El cielo partido”, Madrid, Círculo de Lectores.

Brussig, Thomas, “La avenida del Sol”, Madrid, Siruela.

“Good bye Lenin” (y extras del DVD), película de Wolfgang Beyer. Barcelona, Cameo Media, 2000.

“La vida de los otros” (Die Liebe fur Anderen), película de Florian Henckel von Donersmarck. Madrid, Warner España, 2010.

Wikipedia en español. Artículos “Christa Wolf”, “Neues Forum”, “República Democrática Alemana”, “Historia de la República Democrática Alemana”, “Nota de Stalin”, “Manifestación de Alexanderplatz”, “Östalgie”.

Documental “Nostálgicos de la RDA” en youtube.com

FE DE ERRORES:

En el mapa de la RDA con los “länder” que la compusieron, la ubicación de Turingia y Sajonia-Anhalt está cambiada entre sí. Donde aparece Turingia, debería por tanto aparecer Sajonia-Anhalt y viceversa.