“Força, força companheiro Vasco”: Vasco Gonçalves, el general del PREC

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Cartel de la etapa del PREC portugués en apoyo al general y primer ministro Vasco Gonçalves.

Los más viejos del lugar recordarán un disco de la banda gallega Siniestro Total titulado con una sentencia que se ha hecho célebre: “Menos mal que nos queda Portugal”. Por esas casualidades del Destino, tras años de mofas a costa del vecino pobre, el gobierno de izquierdas de Lisboa está haciendo buena la frase a este lado del Miño y el Guadiana, donde las recetas de austeridad, incompetencia, corrupción y ahora además violencia del gobernante Partido Popular están consiguiendo que, sin mucho ruido y con algunos lastres que todavía soporta la economía y la situación social portuguesa, ese “Menos mal que nos queda Portugal” sea tanto una muestra de resignación como, al mismo tiempo, de la potente y resolutiva constatación de que las cosas pueden hacerse de otra manera. Y todo ello sin necesidad de irse a las latitudes caribeñas o sudamericanas (Cuba, Venezuela) de las que tanto abominan profesionales de la política, la economía y el periodismo por estos lares.

Pero antes de que el tripartito PS-PCP-Bloco de Esquerda (cuatripartito en realidad, porque los comunistas portugueses acuden a las elecciones en la coalición Candidatura Democratica de Unidade con los ecologistas) pudiera siquiera echar a andar en su labor de gobierno, ya surgieron en Portugal panfletos advirtiendo del supuesto desastre que se avecinaba y a los que por aquí ya estamos acostumbrados -aunque luego el lobo no resultara tan fiero como lo pintaban, quedaba estupendo injuriar a Zapatero calificándole de masón o afirmando en la actualidad que el pacto PSOE-Podemos en Castilla la Mancha convertirá la comunidad en una Venezuela con molinos-. De hecho, y en el mejor estilo del periodismo más tóxico de la vecina España, se ha llegado a reproducir una portada de la revista TIME de 1974 (en pleno Processo Revolucionário em Curso, la etapa inmediatamente posterior a la Revolución de los Claveles) en la que se avisaba de la “amenaza roja” en Portugal, pero los representados bajo el signo de la hoz y el martillo eran esta vez los líderes de los tres partidos del tripartito, António Costa (PS y primer ministro), Jerónimo de Sousa (PCP) y Catarina Martins (Bloco). Lejos debe quedar ese pronóstico agorero, al menos con los datos actuales en la mano, y para la percepción de los propios votantes lusitanos, que otorgan diez puntos de ventaja al socialismo en el gobierno respecto a la oposición conservadora (panorama desastroso para la derecha confirmado en las elecciones municipales celebradas el pasado domingo). Más allá de la anécdota, esto nos remite a las palabras del sociólogo Boaventura de Sousa Santos: en las democracias parlamentarias burguesas, con medios de comunicación controlados por manos privadas que difunden la información de acuerdo con los intereses e ideología del gran capital, una persona de izquierda (o con un mínimo sentido crítico), aún cuando gobierne la izquierda en el país, no puede abrir un periódico o ver un noticiario sin que le entre un ataque de nervios ante la manipulación mediática que acontece diariamente.

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Portada original de TIME de 1974 y recreación realizada tras la formación del gobierno tripartito de izquierda con el texto “Amenaza roja en Portugal”.

Esa campaña de acoso, que tan rápido se ha quedado sin argumentos, y salvando las distancias temporales, recuerda a la que originalmente se levantó contra uno de los protagonistas de la portada original (Francisco Costa Gomes, general y presidente provisional de la República; Otelo Saraiva de Carvalho, mayor, cerebro del 25 de Abril y de conocida tendencia izquierdista y a quien nos referimos aquí, el también general Vasco Gonçalves, primer ministro), sólo que aquella fue mucho más descarnada y prolongada. La revista se permitió hacer un paralelismo entre el Portugal revolucionario y la URSS de entonces al bautizar a aquel trío como la “troika de Lisboa”, en alusión a la troika soviética de Brezhnev, Koisigin y Podgorny.

Vasco Gonçalves fue el único miembro del MFA, el movimiento que agrupaba a los militares que derrocaron a la dictadura fascista más longeva de Europa, el Estado Novo, que tenía unos galones tan altos. La Revolución del 25 de Abril fue otro “Menos mal que nos queda Portugal” para una España aún metida en la sombra de la dictadura y con la esperanza a flor de piel, aunque sin atrever a asomarse mucho, a la espera de un “hecho biológico” (la muerte de Franco) que no terminaba de producirse. Y Vasco Gonçalves presidió cuatro gobiernos provisionales en un periodo, de julio de 1974 a septiembre de 1975, caracterizado por lo que era el “peligro rojo” para unos o para otros la esperanza de construir el socialismo en democracia y a base de la movilización de un pueblo que había sido casi cincuenta años sometido a la parálisis del miedo. El “companheiro Vasco”, como se le conoció, por formación y carácter decidió impulsar hacia delante esa “transición al socialismo” en que la Revolución había derivado: el Processo Revolucionário em Curso (PREC). Todo ello en un momento de movilización popular sin precedentes en Portugal por el volumen de personas que involucró y por las múltiples áreas en que tuvo lugar.

EL CONTEXTO

Las dictaduras del sur de Europa (Grecia, España y Portugal) se hallaban en momentos de crisis que amenazaban su futuro. La contestación social había aumentado y se hacía más difícil de controlar con los habituales mecanismos represivos sin despertar protestas incluso entre los propios aliados occidentales de las mismas. Además, la crisis del petróleo amenazaba al modelo desarrollista en que se basaban sus economías y que les había permitido, bien que en vagón de cola, unirse a la prosperidad económica generalizada de Europa de los años cincuenta y sesenta y disfrutar de una cierta paz social. Por último, para EE.UU. y los aliados de Europa Occidental, el mantenimiento de su apoyo a los gobiernos dictatoriales de los coroneles en Grecia, de Franco en España y de Caetano en Portugal como “baluartes anticomunistas” suponía un severo golpe de cara a su imagen ante la opinión pública, además de suponer, tanto dentro de sus fronteras como en el interior de las de estos estados dictatoriales, un lastre para el desarrollo de la nueva etapa del capitalismo, en el que la desregulación y la integración internacional de los mercados chocaba con el nacionalismo, el proteccionismo, los holding estatales, los mercados cautivos de las colonias o la ausencia de una circulación abierta de la información y el conocimiento técnico debida a la censura. Por este motivo, incluso sectores tecnocráticos y capitalistas beneficiados con la política de los regímenes dictatoriales exploraban una salida democrática a los mismos en aras de sus intereses económicos, como la expansión de sus mercados, la modernización de sus tecnologías o la entrada de inversiones extranjeras.

De este modo, desde Washington, París o Bonn se buscaba lo que se ha dado en llamar una “transición gatopardiana” -por la frase de la novela “El Gatopardo” de Lampedusa: es necesario que todo cambie para que todo siga igual- la dictadura a la democracia en los países de la Europa mediterránea. Era necesario garantizar el cambio de régimen político pero manteniendo la estructura del poder económico y dar con una salida negociada que conformara nuevos regímenes democráticos “de baja intensidad”, de acuerdo con la definición de, entre otros, el profesor Rafael Escudero. La característica de estas democracias sería la de la limitación de la participación ciudadana en los procesos de toma de decisión política, configurándose como partitocracias, y por ello más susceptibles al oscurantismo en el proceso decisorio, en especial de aquellos aspectos sociales y económicos determinados por organismos internacionales como la Unión Europea, la OTAN o el FMI.

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Felipe González (izquierda), con Willy Brandt (centro) y Olof Palme en un acto del PSOE en los años setenta. La socialdemocracia europea fue un agente esencial para completar el viraje derechista de los partidos socialistas del sur de Europa y el abandono de su ideario marxista.

El caso de la transición española resulta paradigmático de este tipo de transición, negociada en las altas esferas entre la dictadura agonizante pero aún con el poder represor en sus manos y una oposición que aglutinaba a buena parte de la opinión pública y tenía capacidad de movilización popular pero no contaba con los resortes del poder. La precipitación por alcanzar el poder y la división fomentada entre el histórico partido socialista y el potente movimiento comunista -que había llevado (como en Portugal) el peso de la oposición interna al régimen- por la socialdemocracia europea, especialmente la de la RFA, que financió generosamente al PSOE para seguir el guión de la “transición del Gatopardo”, llevó a que fuera el franquismo reformado quien llevara la voz cantante del proceso, con la complicidad de un socialismo que se convirtió a costa del PCE en el ascendente entre la izquierda y que fue abandonando progresivamente los postulados que defendía en la clandestinidad, como eran la opción republicana, el marxismo o la ruptura con el régimen. Todo ello fue acompañado con el aderezo de la violencia institucional y la de los grupos terroristas que, obviada en las historias que reflejan una transición modélica y ejemplar, cultivaron en la mente de los españoles de aquella época (y durante décadas posteriores) la idea de que la forma en que se hicieron las cosas fue la única posible sin que hubiera golpe de Estado o derramamiento de sangre de por medio -que los hubo-, o la de que no es menester someter a revisión el proceso y sus consecuencias, como la impunidad de los criminales de la dictadura.

Si España y Grecia (con un turnismo hasta fechas recientes muy similar al español, en el que conservadores y socialistas se alternaban en un país que conservaba su papel de periferia del capitalismo europeo) siguieron el guión previsto, el 25 de Abril trastocaba los planes respecto a lo que debía suceder en Lisboa. La aparición de un agente inesperado como el ejército, que además era un ejército de la OTAN, apoyado por el pueblo en la calle y fomentando además esa salida de los ciudadanos que reclamaban su papel como agente político añadía un componente de dificultad. Ya no se trataba de una negociación secreta entre dos partes de manera más o menos disimulada a espaldas del pueblo del país: la propia movilización en la calle ocurrida el día de la Revolución de los Claveles impedía cualquier negociación con los responsables políticos del antiguo régimen, máxime cuando el propio MFA impulsaba la depuración de funcionarios, la extinción de la PIDE y la milicia fascista y el juicio a los responsables de crímenes durante el salazarismo, como se pedía en la calle y reclamaba la memoria de los civiles muertos por los disparos de la policía política del régimen, las únicas víctimas de aquel día.

Hubo, eso sí, un primer intento de salvar los muebles cuando António de Spínola, el general que encabezaba la Junta de Salvación Nacional que ejercía el gobierno provisionalmente y que se había alzado con la presidencia de la República, nombró primer ministro a un hombre de negocios conservador como Adelino Palma Carlos. Lo que Spínola y Palma Carlos buscaban era “rejuvenecer” en cierto modo la “primavera marcelista” (las esperanzas reformistas que había traído consigo el nombramiento de Marcello Caetano como sucesor del viejo dictador Salazar) y consolidar una democracia de derecha, además de mantener el dominio colonial portugués en África con una nueva estructura federal similar a la Commonwealth británica y deshacerse de la menor cantidad posible del viejo aparato del Estado fascista.

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El general Spínola, presidente provisional de la República tras el 25 de Abril, ante los micrófonos en la toma de posesión del I Governo Provisório, presidido por Palma Carlos (a su derecha).

Pero esa solución era ya imposible, pues chocaba no sólo con el programa pactado por el MFA sino también con lo que manifestaban las propias masas populares y los líderes de los partidos retornados del exilio. Tanto el PS de Mário Soares entonces (que declaraba su admiración por Cuba, Vietnam y Yugoslavia), como el Partido Comunista de Álvaro Cunhal e incluso el conservador Partido Popular Democrático declaraban que Portugal debía avanzar hacia el socialismo por la vía del pluralismo democrático. Los acontecimientos se sucedían en los lugares de trabajo y las universidades, donde -a veces con exceso de celo- se expulsaba de la dirección a los simpatizantes o antiguos miembros de los órganos de la dictadura, mientras en los barrios y el medio rural se sucedían las reclamaciones de mejora de las viviendas y de una reforma agraria que redistribuyera la tierra y la otorgara a los campesinos pobres. Además, los ni los movimientos de independencia de las colonias iban a aceptar la solución spinolista ni los soldados y oficiales (algunos ya en franca rebelión) iban a aceptar proseguir la guerra en nombre de esa solución cuando el 25 de Abril se había desencadenado para, entre otras cosas, poner fin al conflicto entre la metrópoli y sus posesiones de ultramar.

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Manifestación en Lisboa. Varias pancartas muestran el hastío de la población por la guerra colonial y piden el regreso de los soldados y el fin de las operaciones militares en África.

En estas condiciones, en el MFA, encargado de garantizar el desarrollo de la revolución democrática, fueron cogiendo también fuerza aquellos que representaban opciones más a la izquierda. Entre ellos se encontraban Otelo Saraiva de Carvalho y Vasco Gonçalves, quien, fallida la “opción Palma Carlos”, fue nombrado primer ministro del Segundo Gobierno Provisional en julio por el propio Spínola. Se iniciaba así la etapa más convulsa, pero al mismo tiempo la más ilusionante del llamado Processo Revolucionário em Curso. Fue la etapa en la que se llevaron a cabo las realizaciones más interesantes de la Revolución portuguesa, muchas de ellas plasmadas en la Constitución de 1976, y en la que más se alejaba el país del guión preestablecido desde las cancillerías y servicios de inteligencia exteriores, lo que despertó el pavor y el contragolpe. Repasemos a continuación quién fue Vasco Gonçalves y en qué y cómo se desarrolló su labor de gobierno durante ese aproximadamente año y medio.

VASCO GONÇALVES, “UN HOMBRE CON MUCHOS PERFILES PERO UN SOLO CARÁCTER”

Nacido en 1921 en la capital lusa, Vasco dos Santos Gonçalves se había graduado en la Academia Militar de la propia Lisboa y había alcanzado el grado de coronel de ingenieros en 1973, en el momento en que se organiza el Movimento dos Capitães, que al poco germinará en el MFA. Gonçalves participará por primera vez en una reunión del MFA en septiembre de ese año, en Caparica (cerca de Lisboa), donde se configurará la estructura organizativa del Movimiento, llegando en ella incluso a sugerirse que fuera nombrado jefe del mismo (aunque finalmente se descartará tal opción por arriesgada). De este modo, y encuadrado dentro del grupo de ingeniería del MFA, participará en la fase final de los preparativos para el 25 de Abril, en la preparación del programa del Movimiento y como enlace entre éste y el general Costa Gomes -uno de los oficiales de alta graduación que, como Spínola, por su negativa a rendir vasallaje al gobierno marcelista, había sido relegado de sus funciones y con los que los sublevados contaban para formar parte de la Junta de Salvación Nacional que se haría cargo del país tras el derrocamiento del Estado Novo-.

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Fotografía de Vasco Gonçalves tras su nombramiento como primer ministro.

Gonçalves, como sus compañeros más jóvenes y de menor graduación (Melo Antunes, Salgueiro Maia, Saraiva de Carvalho, Vasco Lourenço) había combatido contra las fuerzas anticoloniales, primero en Goa (enclave portugués en la India que fue absorbido por la recientemente independizada nación) y posteriormente en Angola y Mozambique. Y, como ellos, fue pronto consciente de que los militares portugueses desplegados allí estaban combatiendo por una dictadura fascista y por los intereses económicos de unos pocos privilegiados de la metrópoli, que se beneficiaban de la situación política y social establecida por esa dictadura, tanto en Portugal como en su extenso imperio ultramarino. Una actitud, la de luchar a favor de un imperio colonial y fascista con el que se tiene tanta distancia ideológica y política que él mismo no puede dejar de definir como contradictoria: “Le he dicho esto a muchos camaradas: “Nosotros, que finalmente estábamos contra todo aquello, éramos los trabajadores más eficientes, en cierta manera, sus mejores colaboradores…” […] pensaba que el fin de la guerra colonial y el derrumbamiento del régimen fascista, en lo que se refería a los militares, debía ser el resultado de un esfuerzo colectivo y no de tomas de posición o reacciones individuales. Lo que había que hacer era concienciar, organizar el descontento, de modo que se tradujera en una fuerza material capaz de poner fin a cuarenta años de dictadura.”

Vasco Gonçalves fue, tanto antes como después del PREC, un gran lector y teórico de inclinación claramente marxista, abundando en las lecturas de política, filosofía y sociología. Miguel Urbano Rodrigues, responsable del Partido Comunista Português, relata de él que “No se limitaba como muchos políticos a hojear “El Capital” y la obras de Engels, Lenin y Gramsci. Vasco estudiaba el marxismo, asimilaba y se esforzaba por aplicar sus enseñanzas a cada situación histórica. Sin ser un militante comunista, no escondía su adhesión al materialismo dialéctico. Las cuestiones de método ejercían una fascinación sobre él, en la evaluación de las relaciones de fuerza y de las condiciones objetivas y subjetivas. Admiraba mucho a Rosa Luxemburgo y releía con frecuencia ensayos del Águila de Varsovia […] Estudiaba y discutía las obras del húngaro Istvan Meszaros, de los franceses Georges Labica y Georges Gastaud, de los sociólogos y economistas de la Monthly Review […] a Chomsky, Chossudovsky, Marta Harnecker, Petras, y lo que le llegaba a las manos de autores de Brasil, de Colombia, de México, de la Venezuela Bolivariana, de la India y de Palestina.”

Su elección como primer ministro en el Portugal revolucionario le posibilitó cumplir su sueño de poder unir aquellos conocimientos teóricos y la práctica revolucionaria, en un proceso vivo, que día a día se enriquecía con las dificultades, las contradicciones y también con las ilusiones de las masas. “No eran solamente ideas teóricas” -explica-; “teníamos la preocupación de vincular la teoría y la práctica, y ese objetivo me acompaño siempre toda la vida. De hecho (…) es muy difícil hacerlas coincidir totalmente. Yo sólo pude realizar ese sueño plenamente el 25 de Abril, porque antes la verdad es que fui militar de un ejército fascista, con todas las frustraciones y conflictos personales que eso significaba para alguien que, como yo, tenía ideas progresistas desde muy joven”.

Para él la clave de la transformación del 25 de Abril de golpe militar a revolución popular fue la presencia del pueblo del lado de los militares rebeldes, expresando sus demandas, activando su propia dinámica y con ello arrastrando a los propios actores políticos y castrenses a obrar en consonancia. “El impulso de las masas populares y de los trabajadores -afirma en una entrevista a Viriato Cunha Teles-, exigiendo un empeño social y político más profundo y prolongado del previsto inicialmente por el MFA, hizo que se modificase la correlación de fuerzas dentro del propio movimiento en favor de los que más se identificaban con las aspiraciones, las reivindicaciones, los intereses populares, e imprimió una dimensión revolucionaria al golpe militar.”

Al lado de todo esto, no se debe olvidar que una de las características que hizo más compleja la situación fue que en Portugal tuvo lugar una duplicidad de poderes a partir de abril de 1975, con un choque de legitimidades. En ese mes, tuvieron lugar las elecciones a la Assambleia Constituinte, en la que el PS de Mário Soares se alzó como el partido más votado. La cifra de votos para los partidos de la izquierda (PS, PCP y otros grupos más a la izquierda, de corte trotskista o incluso maoísta), partidarios hasta entonces de la “transición al socialismo” superaba ampliamente a la de los grupos conservadores, entre los que destacaban el PPD y el CDS. Pero la diplomacia internacional de Occidente y los intereses económicos -en buena medida expatriados por la política de nacionalizaciones y las colectivizaciones puestas en marcha en el campo al amparo de la reforma agraria- pusieron en marcha una campaña de cooptación del PS y de su líder para que ejercieran de cabezas de la contrarrevolución y pusieran fin a la “amenaza roja”, al peligro de que Portugal, un país miembro de la OTAN, se convirtiera en una democracia popular al estilo de las de Europa Oriental. “Mario Soares, y el Partido Socialista por extensión, habían vuelto a Portugal hablando de socialismo y de alianzas con el PCP. Sin embargo, ese discurso fue liquidado después de las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1975”, escribe Marcos Ferreira.

De este modo, el gobierno provisional de Vasco Gonçalves y el MFA, dominado por la izquierda entre abril de 1974 y finales del verano de 1975, y que obtenía su legitimidad del derrocamiento de la dictadura y de haber puesto en marcha medidas esenciales para la democratización del país, como las de la legalización de las organizaciones políticas, la liberación de los presos políticos y las conversaciones con los movimientos de liberación de las colonias, se vería contestado por la mayoría “contrarrevolucionaria” (en el sentido no antidemocrático, de oposición al movimiento democrático de la Revolución de los Claveles, pero sí antisocialista) de los partidos mayoritarios de la Asamblea, cuya legitimidad estaba clara: había salido de la voluntad de los votantes, aunque en el caso del PS fuera mediante la traición del programa con el que se había presentado ante las masas.

Quizá previendo ese escenario de traición, Vasco Gonçalves se empeñó a fondo en el desarrollo de un programa ambicioso que hiciera irreversibles las “conquistas de la Revolución” y consolidara un tipo de democracia socialista basado en la participación popular y en la garantía de los derechos económicos y sociales de los portugueses. “Hombre de pocas palabras se definía a sí mismo como “marxista democrático”, -escribe el militar español Antonio Maira- “como marxista defensor de la soberanía popular activa, sin intermediarios, y rápidamente aclaraba el significado de sus palabras: no me refiero con ese calificativo de demócrata a nada que tenga que ver con las democracias formales parlamentarias, al uso en Occidente, fabricadas en parlamentos o impuestas manu militari  […] La democracia para Vasco Gonçalves tiene que ser revolucionaria y popular y debe contener la dirección de los obreros en las fábricas, de los asalariados en sus centros de trabajo, de los campesinos en las colectivizaciones o en las empresas nacionalizadas en el campo, de la gestión de los trabajadores en todos los sectores de la vida económica, de los derechos políticos, sociales laborales y culturales.”

Esta concepción de la democracia, participativa y en un sentido absolutamente amplio (“socialismo es democracia sin fin”, ha definido el anteriormente citado Sousa Santos) chocaba frontalmente con la concepción de “transición gatopardiana” que defendían desde las potencias occidentales para los países del sur de Europa que salían recientemente de dictaduras. Y por supuesto, la mención al socialismo, espantajo que contenía la encarnación del mal absoluto, preocupaba todavía más en esas altas esferas. Más aún cuando se pretendía implantar un sistema socialista de “rostro humano”, respetando el pluralismo político y la participación ciudadana, algo que, de tener éxito, supondría un duro golpe para la propaganda occidental, pero también para la del bloque soviético, ya que ambos lanzaban el mensaje de que socialismo y democracia eran incompatibles, y de hecho habían combatido tal idea, ya fueran los norteamericanos en Chile el año anterior, o los soviéticos en Checoslovaquia y Hungría.

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Vasco Gonçalves saluda, con la bandera de Portugal en la mano, a los simpatizantes a la salida de un acto político.

Por ello, el “companheiro Vasco” concebía también como esencial contar con el MFA y su presencia al lado del pueblo, de sus iniciativas y reivindicaciones, como “brazo armado de la Revolución”, en defensa de la misma, para evitar que triunfaran intentonas reaccionarias que torpedearan el proceso. De hecho, en su etapa de primer ministro, hubo dos protagonizadas por Spínola, cuyo fracaso le desacreditaron ante las potencias extranjeras como jefe de la reacción y líder de la “opción gatopardiana”: en septiembre de 1974, con la apelación a la “mayoría silenciosa” conservadora a que se manifestara, que fracasó por la movilización popular, y posteriormente en marzo de 1975, un golpe militar en toda regla que se detuvo gracias a la intervención del MFA y que, paradójicamente, contribuyó a acelerar en vez de a detener la revolución en marcha.

Vasco Gonçalves marcó rotundas distancias ya en su propio discurso de investidura con la apelación a la “mayoría silenciosa” de Spínola y la velada referencia al imperativo una “libertad dentro de un orden”, que venía poco menos que a significar la concepción de la democracia de una forma utilitarista y limitada a aspectos formales. Si Spínola, el día de la toma de posesión del gobierno, afirmaba que “O la mayoría silenciosa de este país acuerda y toma la defensa de su libertad, o el 25 de Abril tendrá perdido delante del mundo, la historia y nosotros mismos el sentido de gesta heroica de un pueblo que se libertó a sí mismo”, el “companheiro Vasco” defendía una manera bien diferente de actuar: “Mis camaradas y yo no lo entendíamos así. Bien al contrario, pensábamos que en aquél clima de agitación social, que Spínola consideraba una amenaza a la democracia y a la libertad, también estaba la gesta heroica del pueblo portugués, que, sin duda, de modo espontáneo y de cierta manera desordenado, pero no anárquico, se estaba liberando a sí mismo de medio siglo de fascismo. Por esa razón no apoye tal apelación a la mayoría silenciosa, y reforcé la determinación indiscutible de cumplir el programa del MFA, citando incluso a Almeida Garret cuando afirma que la libertad sólo se aprende con la práctica. Insistí en mi discurso, que la libertad conduce a errores que deben ser corregidos y que los partidos políticos tendrían un importante papel en el análisis y corrección de esos errores, haciendo de ellos otras tantas vinculaciones con el pueblo.” Vasco Gonçalves tenía claro que “la libertad no se define o no se sustancia apenas en los derechos políticos, en el derecho de poder hablar libremente, en el derecho de opinar y contestar o de organizarse colectivamente sin ser detenido. La libertad no existe por sí. Son necesarias estructuras políticas, económicas, sociales, culturales que garanticen el ejercicio de esas libertades”. Veamos en qué consistió la transformación de estructuras que el PREC portugués conoció bajo sus gobiernos.

LA ETAPA VASCO

La situación socioeconómica de Portugal tras la caída del salazarismo no era la más halagüeña. A pesar de ser uno de los países con salud monetaria más holgada del mundo -gracias a que el banco nacional contaba con unas de las mayores reservas mundiales de divisas-, la obsesión de Salazar por el control presupuestario y la austeridad (políticas hoy tan de moda entre los responsables económicos de la Unión Europea o el FMI) había llevado a que el gasto público y el Estado de Bienestar apenas estuvieran desarrollados en el Estado Novo. La situación -agravada por la guerra colonial, haciendo que cerca de un 50% del presupuesto fuera para gastos militares-había llevado a que varios indicadores fueran más parecidos a los del mundo subdesarrollado que a los europeos occidentales, tales como el analfabetismo (que afectaba a alrededor de un tercio de los portugueses), la productividad y mecanización agrícola, la mortalidad infantil o el número de aparatos telefónicos.

A ello había que sumar la concentración de riqueza. La mayor parte de la propiedad agrícola e industrial estaba en manos de cuatro grandes holdings empresariales, en muchos casos propiedad de familias como los Champalimaud o los Espirito Santo, cuyos intereses se diversificaban desde la industria química o alimentaria a la propiedad de fincas rústicas, de inmuebles o de entidades financieras. Muchos de ellos tenían garantizado un lucrativo negocio a través de los mercados cautivos de las colonias, por lo que, en vistas de que el imperio no era ya sostenible, optaban por una solución de corte neocolonial como la que ofrecía el general Spínola y su proyecto, esbozado en su obra “Portugal y el futuro”, de “Commonwealth” a la portuguesa.

Un proyecto éste último, además, que chocaba frontalmente con los deseos no sólo de los soldados y oficiales destacados en ultramar, cansados de combatir, sino con lo manifestado por el propio pueblo metropolitano de Portugal, que manifestaba su deseo del final inmediato de la guerra y el retorno de las tropas y con el espíritu de los movimientos de liberación -en aquel entonces con un gran ascendente entre los pueblos de las colonias-, que por su carácter abiertamente de izquierda, impedían cualquier transición de orden neocolonial (como habían llevado a cabo Francia, Bélgica, o Estados Unidos en el caso de Liberia), a no ser que se optase por llevar adelante nuevas aventuras bélicas (guerras civiles apoyando a un bando) que el país no estaba en condiciones de afrontar.

Eran muy diversas y complejas las tareas que debía afrontar el nuevo primer ministro. Desde el punto de vista político, se centró en llevar a cabo el programa básico del MFA -el “programa de las tres des”: desarrollar, democratizar, descolonizar-, pero desde una interpretación novedosa, favorecida por la propia ambigüedad del programa, y desde luego polémica para quienes concebían (desde dentro y fuera de las fuerzas armadas) el papel del MFA como instrumental tras haber derribado al régimen y la democratización como un proceso de entrega de la iniciativa política a instituciones y partidos.

El propio general explica de este modo esa posición: “Comprobamos que una cosa era aquel esquema que nosotros delineamos y que además era muy simplificado […] y otra la realidad. Y esa nos rebasaba día a día […] Las reivindicaciones explotaban de forma espantosa, imposibles de controlar […] Aprendimos con la realidad, que nos fue mostrando que no podíamos simplemente, cuando se constituyese el gobierno provisional, dejar todo y volver a los cuarteles. Había caído una gran responsabilidad sobre nosotros. Al mismo tiempo verificábamos que los políticos civiles, salvo raras excepciones, no mostraban más competencia ni más ni conocimientos de las que mostrábamos nosotros y sobre todo no tenían, de modo alguno, más apoyo. Aquella ansia popular por el MFA era, al mismo tiempo, una gran responsabilidad”. Por este motivo, la movilización popular y el llamamiento al MFA (en aquel momento ampliamente dominado por la izquierda) como una suerte de “fuerza moral” llevan a eclipsar la acción de los partidos y a centrar el proceso en las conquistas que las propias masas están realizando en base a sus actuaciones, refrendadas por el gobierno. Es la etapa de la “Alianza Pueblo-MFA” (Aliança Povo-MFA). De ahí que uno de los puntos de choque a lo largo de los siguientes meses sea la institucionalización del MFA y el papel de los militares revolucionarios en la nueva democracia lusa.

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“MFA, centinela del pueblo”. Cartel de las iniciativas de dinamización cultural, unas de las más originales y fecundas tras el 25 de Abril, que incluyó campañas de alfabetización y de regeneración del medio rural.

Los partidos políticos (sobre todo los que estaban a la derecha del espectro) aceptaron a regañadientes el papel director del MFA y del gobierno Vasco (del que formaron parte al principio, hasta el “Verão Quente” de 1975) a cambio de las elecciones a la Constituyente, en la que esperaban obtener, ahora sí, la iniciativa. Una iniciativa que el propio general temía sirviera para desmontar el legado que aquellos momentos de iniciativas populares estaban depositando de cara a la transformación política, social y económica de Portugal, dejando en segundo plano al pueblo: “Pretendíamos hablar con los partidos porque defendíamos la soberanía popular, porque no queríamos, de modo alguno, imponer una dictadura militar, pero […] es necesario ver que pretendíamos que un proceso electoral no condujese a la pérdida de las conquistas ya alcanzadas en ese tiempo por la población, concretamente en el dominio del trabajo […] Por lo tanto hay aquí dos componentes fundamentales: la garantía de la continuidad del proceso y la responsabilidad del MFA en esa tarea esencial. Recelábamos, repito, que el proceso entregado sólo a los partidos políticos pudiese conducir a callejones sin salida”.

Con el “companheiro Vasco” en el Palacio de São Bento, se van a desarrollar las principales reformas económicas y sociales del PREC, en especial tras el fracaso del golpe militar derechista del 11 de marzo de 1975. Al hilo de las ocupaciones de fincas sucedidas en el sur (los distritos afectados fueron los de Santarém -Ribatejo-, Évora, Beja, Portalegre -Alentejo-, Setúbal -Estremadura/Vale do Tejo- y Castelo Branco -Beira Baixa-), como consecuencia de la política obstruccionista que desempeñaban propietarios latifundistas a la aplicación de medidas en beneficio de los campesinos y de laboreo de las tierras, se aprobará la reforma agraria.

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Escena de la reforma agraria.

Entre otras medidas de la reforma, se establecerá un nuevo régimen de arrendamientos rústicos con objeto de controlar las subidas abusivas de las rentas y se arrendarán las tierras incultas; se expropiarán las fincas de secano de más de 500 hectáreas y las de regadío de superficie mayor de 50 hectáreas (garantizándose a los expropiados la propiedad de un área de 500 y 50 hectáreas respectivamente); se restituirán propiedades a dueños legítimos y se dará apoyo financiero y técnico a los campesinos, incluyendo líneas de crédito, instrucción sobre cooperativismo y asociacionismo agrario -muchas cooperativas que surgirán en ese momento tendrán nombres que harán clara referencia al momento histórico que vive el país, como “Estrela Vermelha” o “Companheiro Vasco”– y asesoramiento dirigido esencialmente a pequeños y medios agricultores.

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Manifestación de los trabajadores de la Lisnave. Esta industria señera, como CUF o el Banco Totta e Açores, fue objeto de nacionalización.

En paralelo, se decreta la nacionalización de la mayor parte de la gran industria (incluyendo ramas como la industria química, la cementera o la siderúrgica), de la banca (incluidos los bancos emisores de la metrópoli y de ultramar), el sector de los seguros o el de los transportes públicos, históricamente en manos de personalidades afines al antiguo régimen o beneficiarias de sus políticas. Los trabajadores forman comisiones que se encargarán de la organización y gestión de las compañías. Se calcula que con las nacionalizaciones -que generaron la fuga de gran número de antiguos propietarios y sus capitales respectivos-, tres cuartas partes de la riqueza nacional llegaron a estar, directa o indirectamente, en manos públicas. Las nacionalizaciones se acompañaron de otras medidas en el ámbito del trabajo, como una subida del salario mínimo de 3300 a 4000 escudos (un aumento del 21,2 por ciento) y la fijación asimismo de una remuneración mínima para los funcionarios; la implementación de subsidios de desempleo para los trabajadores que incluía de forma novedosa a los trabajadores agrícolas y el derecho a la asistencia médica para los parados y sus familias -medida acompañada de la no menos importante creación del Servicio Nacional de Salud, que permitió expandir la asistencia sanitaria también al medio rural-; la aprobación del subsidio de Navidad para los pensionistas y el de vacaciones para funcionarios y miembros de las fuerzas de policía (Guarda Nacional Republicana, Polícia de Segurança Pública) y las fuerzas armadas. Además, defendió la unidad sindical -criticada con posterioridad por el PS, muy posiblemente por intereses partidarios, sobre todo para desgastar al PCP- argumentando que sería perjudicial para el movimiento obrero la existencia de varias centrales sindicales pugnando por el apoyo de los trabajadores a base de reclamar más que las demás y por la influencia (y división) partidaria dentro de los sindicatos.

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Manifestación vecinal por la vivienda digna. En ciudades como Setúbal, Faro, Lisboa, Oporto o Almada, las operaciones SAAL permitieron abrir el camino para repensar la ciudad de acuerdo con las necesidades y mediante la participación de quienes la habitan.

Fue también un momento especialmente importante para el movimiento vecinal. Se formaron las comisiones de moradores, que reclamaban la mejora de sus viviendas y la habitabilidad de sus barrios (un problema grave en el momento en que tiene lugar el 25 de Abril, ya que abundan los barrios de chabolas y las áreas degradadas en ciudades como Setúbal, Lisboa, Oporto o Coimbra). Así, se constituyen las Operaciones SAAL -objeto de otro artículo en este blog-, en las que arquitectos y técnicos trabajan en contacto directo con los vecinos, dialogando y construyendo juntos (son los propios vecinos, como en el caso paradigmático de Meia-Praia, cerca de Lagos, Algarve, objeto de un documental, los que construyen sus hogares) sus nuevas o restauradas viviendas. En este proceso de arquitectura y urbanismo participativos trabajó el más conocido arquitecto luso, Álvaro Siza Vieira.

Todo esto se complementaba con medidas de liberalización política, fundamentales para devolver la normalidad democrática al país tras casi medio siglo de dictadura: ley electoral para las elecciones a la Asamblea Constituyente, reglamentación de la actividad de los partidos, nueva ley de prensa -que incluía la creación del Consejo de Prensa-, creación del cargo del Provedor da Justiça (verificador de procesos legales y de garantía de las libertades fundamentales), una nueva ley de enseñanza superior y de gestión democrática en las escuelas. Pero sobre todo, lo que más apoyará y entusiasmará a Vasco Gonçalves será ese aprendizaje de la libertad en la práctica, a través de la autogestión, la participación y la organización autónoma de los portugueses en diversos ámbitos de su vida: el trabajo, la cultura, la enseñanza, el vecindario… “transformaciones progresistas en la enseñanza, en la cultura, en el deporte, la salud, con un fuerte aroma y seña democratizadoras” (José Barata Moura).

Además, se procedió a la ansiada descolonización. Su desarrollo final vino no sólo forzado por el hastío de los combatientes y la población, sino por la propia manera de obrar de quienes en ese momento desempeñaban el poder en Lisboa y lideraban la lucha anticolonial en África. Vasco Gonçalves se refería a la necesidad de hacer posible un proceso transparente y honesto que no escondiera intenciones o trasfondos neocolonialistas o ambiciones tutelares, como a su parecer escondía el plan federalista de Spínola. Se acordó finalmente un alto el fuego con los grupos guerrilleros y Guinea -independiente de facto desde 1973- obtuvo la independencia al poco del 25 de Abril. Se formaron -como en Mozambique, mediante los acuerdos de Lusaka, la capital zambiana- gobiernos de transición en los que el mayor peso lo llevaron los movimientos de liberación, hasta que finalmente las diferentes colonias se convirtieron en estados independientes. Pero este proceso, sin embargo, tuvo efectos

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Samora Machel, líder del FRELIMO y presidente de Mozambique de 1975 a 1986 (año de su fallecimiento en extrañas circunstancias), en un sello de correos de la URSS.

no deseados: en primer lugar las dificultades los emigrados de la metrópoli -cuya emigración había llegado a ser fomentada por la dictadura, para evitar que el flujo de migrantes se dirigiera hacia los países de Europa Occidental- para ser integrados como ciudadanos de las nuevas repúblicas, lo que condujo a un numeroso éxodo de retorno a Portugal, y la intervención de otras potencias -aunque también de personalidades portuguesas a título personal- en los conflictos que sucedieron a la descolonización, enmarcados en la “guerra fría” y en la lucha por o contra la expansión del socialismo en África. Tales fueron los casos de Sudáfrica, Estados Unidos, Cuba y la URSS en las guerras civiles de Angola y Mozambique o la invasión indonesia de Timor Oriental, conflictos que se prolongaron durante más de diez e incluso de veinte años.

A pesar de los numerosos avances que tuvieron lugar en la época del general Vasco Gonçalves, el año 1975 demostraría que el trecho de camino recorrido podía desandarse demasiado fácil y demasiado rápidamente. El “verano caliente” (Verão Quente) de ese año en nuestro país vecino demostraba que desbaratar la transición al socialismo y reconducirla hacia la transición gatopardiana era posible.

LA HORA DE LA CONTRARREVOLUCIÓN

Las iniciativas del gobierno de Gonçalves y la entrada del PREC, desde el fallido golpe de Estado spinolista de marzo de 1975 (y por el cual el propio Spínola tuvo que exiliarse, primero huyendo a Badajoz y después partiendo a Brasil, convertido en el destino favorito de los grandes capitales portugueses expropiados en el proceso de “desmantelamiento del capital monopolista” que serían las nacionalizaciones), encendieron todas las alarmas entre los sectores contrarrevolucionarios de dentro y de fuera del país.

Dentro de Portugal comenzó a ser patente una cierta división geográfica entre el norte del Tajo y el sur de este río y las zonas urbanas e industriales donde se concentraba la población obrera, especialmente el cinturón de la margen sur de Lisboa. Al norte, en las zonas rurales de pequeña propiedad donde los grupos conservadores tenían más fuerza, comenzó a hacerse cada vez más notoria la oposición al gobierno del general, que en ocasiones llevaron la forma de atentados terroristas y asesinatos como el del “padre Max”, sacerdote miembro de un partido de izquierda, perpetrados por organizaciones de ultraderecha, -en las que se había refugiado buena parte del aparato policíaco y militar de la dictadura fenecida- y cuyo líder se apuntaba era el exiliado Spínola, así como ataques a sedes del PCP y otros partidos a su izquierda. Un tema que es el hilo conductor de la novela “Exhortación a los cocodrilos” del afamado novelista António Lobo Antunes. En el sur, sin embargo, el apoyo al gobierno se hacía sentir con firmeza y donde más apoyo tenían también los comunistas: era donde más se habían llevado a cabo las iniciativas populares amparadas por éste, tanto en el campo (cooperativas agrarias) como en la ciudad (comisiones de moradores, asambleas de trabajadores) y donde a partir de un cierto momento tendrían lugar las mayores huelgas y manifestaciones de la izquierda en apoyo al PREC y al “companheiro Vasco”. Esta diferencia geográfica hacía que, a la altura del otoño, cuando se sucedían planes conspirativos para poner fin a la influencia del MFA y los militares de izquierda en el proceso, se pensara en el eventual escenario de una guerra civil y en el traslado de la capital a Oporto, desde donde se enfrentarían a las fuerzas de la “Comuna de Lisboa” (una clara asociación con la Comuna de París).

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Ataque a la sede del Partido Comunista en Braga (región del Minho) durante el “Verão Quente” de 1975.

Para añadir aún mayor dificultad, el retorno de los antiguos colonos portugueses procedentes de las antiguas provincias ultramarinas recién independizadas (se calcula en medio millón de personas las que regresaron a la metrópoli) añadía mayor dificultad al Estado revolucionario. Los retornados fueron caldo de cultivo propicio para los grupos reaccionarios, azuzando en ellos el resquemor por la concesión de la independencia y la forma en que ésta fue otorgada, haciendo que tal resentimiento fuera dirigido hacia la Revolución y el gobierno y dando lugar a iniciativas como la formación de grupos independentistas de derecha en Azores y Madeira, territorios donde fueron asentados buena parte de ellos.

Pero sin duda la clave de bóveda que permitió la reversión del PREC y la transformación de la transición al socialismo en un proceso de transición “al uso”, hacia una democracia parlamentaria enclavada en el campo del capitalismo occidental, fue la defección del Partido Socialista de Mário Soares. Casi de inmediato a su victoria electoral en las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril de 1975, el PS dejó de hablar de la construcción de una sociedad socialista (“guardar el socialismo en el cajón”, como se pasaría a decir en los círculos soaristas), de la unidad de acción con el Partido Comunista para atacarle en todo tiempo y lugar (ya fuera con motivo del caso de los trabajadores del diario República, que se habían hecho cargo de la gestión del rotativo como otros muchos en centenares de empresas del país, ya fuera levantando polémicas un tanto artificiosas como en relación a la Intersindical) y a difundir la acusación de que el PCP y el “companheiro Vasco” preparaban un golpe al estilo del de Praga en 1948, para obtener, como los comunistas checoslovacos, todo el poder (acusación lanzada por la misma persona que se declaraba admirador de regímenes socialistas surgidos de revoluciones como los de Vietnam, Cuba, China o Yugoslavia).

Pero para que el PS obtuviera su éxito electoral y lanzara posteriormente esas acusaciones con un gran y eficiente aparato de propaganda de por medio (que permitió la salida de sus fieles a la calle, capitaneando la nave del conservadurismo antirrevilucionario) con la fe del converso, fue esencial la ayuda exterior. A través de la Fundación Friedrich Ebert, la potente socialdemocracia de la RFA, capitaneada por Willy Brandt y Helmut Schmidt, otorgó una gran cantidad de fondos al socialismo portugués destinados para su aparato logístico y de propaganda (el PS se fundó en el exilio y en las postrimerías de la dictadura, por lo que en el momento del 25 de Abril se encontraba en franca desventaja respecto al PCP) a cambio de completar su viraje a la derecha. No fue la única ayuda que, a lo largo del tiempo, recibió el soarismo: según denunciaba Rui Mateus, antiguo responsable de relaciones internacionales del PS, el partido recibió entonces y a lo largo del tiempo financiación ilegal de muy diversas fuentes: desde los partidos socialdemócratas europeos a los regímenes de Gadaffi o del venezolano Carlos Andrés Pérez, e incluso su hijo y él han sido acusados de participar en el tráfico de “diamantes de sangre” de la UNITA durante la guerra civil de Angola, lo que deja bastante mal de cara a la Historia al fallecido “padre de la democracia” lusa.

No sólo existió el auxilio de la socialdemocracia europea para el PS. También los Estados Unidos, preocupados por la “deriva comunista” de Portugal y la introducción de políticos de este signo en el gobierno de un país miembro de la OTAN (preocupación que, por cierto, también mostraron cuando Aldo Moro quiso abrir el gobierno de Italia al PCI y por el que le advirtieron seriamente, incluso con la posible implicación de los servicios secretos italianos en su asesinato poco tiempo después por las Brigadas Rojas, como expone Danielle Ganser en su obra sobre el entramado Gladio), cooptaron a Mário Soares gracias a la intervención sagaz de su embajador en Lisboa, Frank Carlucci. Carlucci había estado detrás de algunas de las operaciones más negras (y no sólo por su nombre de “black opps”) ejecutadas por la CIA en la década anterior, como el golpe contra Lumumba y el ascenso al poder de Mobutu en el Congo, el intento de asesinato del líder tanzano Julius Nyerere o el entrenamiento de los escuadrones de la muerte de la dictadura militar brasileña. El flamante embajador norteamericano convenció a la administración de Washington y al reticente secretario de Estado Kissinger de que Soares era su hombre para revertir la situación en Portugal. Para Carlucci, la ambición de poder de Soares representaba un punto a favor para tenerlo de su lado. Y, viendo las críticas que se han vertido contra el portugués acerca de su “absolutismo” y falta de escrúpulos a la hora de traicionar a sus colaboradores más próximos, el embajador no se equivocaba en este sentido. Es significativo de esta colaboración que surgió entre ambos la fotografía que existe de ellos, ya mayores, fundidos en un emocionado abrazo. A buen entendedor (o mal pensado), esa sola imagen podría bastar.

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Frank Carlucci (izquierda) y Mário Soares, durante una visita reciente del primero a Lisboa. Soares agradeció la labor del entonces embajador de Estados Unidos en favor de la democracia lusa.

Poco a poco, las divergencias que se fueron abriendo entre los partidos socialista y los grupos conservadores, de un lado, y los sucesivos gobiernos presididos por Vasco Gonçalves y los grupos de izquierda (el PCP y otros más a la izquierda de éste) y la “estrategia de la tensión” en la calle y en las declaraciones efectuadas por los propios líderes partidarios acerca del peligro de cambiar una dictadura por otra o la inminencia de un golpismo “rojo” acabaron por abrir brecha dentro de los propios militares del Movimiento de las Fuerzas Armadas, entre varios de cuyos miembros fue apareciendo la necesidad de abandonar el ejercicio del poder y transferir la iniciativa política a los partidos y a la Asamblea Constituyente.

Para estos militares, que suscribirían el llamado “Documento de los Nueve” (por el número de sus promotores), era hora de consolidar mediante la elaboración de una Constitución y el traspaso del poder a un gobierno civil las conquistas de los meses anteriores. Aunque bienintencionadamente, no dejaban de hacerse eco de los llamados de socialistas y social-demócratas acerca del peligro de la sustitución del fascismo por el comunismo en su versión totalitaria y asumían la paradoja de que era necesario el fin del gobierno revolucionario para defender las conquistas de una Revolución amenazada, o de que, por expresarlo de otro modo, precisamente serían los mejores defensores de la Revolución los que -como luego se vería- aquellos que iban a vaciarla de contenido. Sea como fuere, el caso es que la mayoría ideológica en el interior del MFA había cambiado de lado.

Obligado por las circunstancias, a finales de septiembre de 1975 Vasco Gonçalves presentaba su dimisión como primer ministro y se formaba el VI Gobierno Provisional, presidido por el almirante Pinheiro de Azevedo. Aunque también tuvo que enfrentarse a una gran contestación social, esta vez de signo izquierdista, el golpe conservador de Tancos del 25 de noviembre completó el giro copernicano de la transición portuguesa.

Aunque la Constitución de 1976 consagraba buena parte de las conquistas del PREC, como el objetivo último del socialismo y la conquista de una sociedad sin clases o los mecanismos de participación popular, los años ochenta y los sucesivos gobierno socialistas y de derecha (Soares, Sá Carneiro, Cavaco Silva) acabaron por desmantelar el lenguaje y el contenido de tales preceptos, quedando sólo la memoria colectiva de aquellos años, reflejada en fotografías, murales o canciones de José Afonso, Vitorino o José Mário Branco.

VASCO (NO) VOLVERÁ: UN MILITAR EXCEPCIONAL PARA UN MOMENTO EXCEPCIONAL

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Vasco Gonçalves durante una maifestación de apoyo al PREC en Oporto.

A pesar de que muchos de sus admiradores, los denominados “gonçalvistas”, pensaban que el general haría, como el rey Dom Sebastião del mito, un regreso triunfal, lo cierto es que se apartó de la vida pública activa tras su salida del gobierno. Continuó apoyando y militando en causas de izquierda, desde la solidaridad con Cuba y Venezuela -siendo amigo personal de Fidel Castro y Hugo Chávez-, hasta su participación en actos locales de la Candidatura de Unidade Popular (comunistas y verdes) y en las conmemoraciones del 25 de Abril y el Primero de Mayo.

Lejos del perfil de muchos políticos profesionales, cuyo objetivo es la búsqueda del poder y los privilegios y prolongar sus carreras más allá de la vida política activa (tomemos el ejemplo del que se convirtió en su némesis, Mário Soares, no por quererlo el “companheiro Vasco”, sino por el odio furibundo que Soares desató contra el general), llegó por casualidad a la jefatura del gobierno y se marchó de ella sin aspirar a regresar. “Sólo lo colectivo tenía sentido para Vasco Gonçalves”, destaca Antonio Maira. “Esto hacía de la revolución un hecho histórico creativo, compartido y concreto”. El propio Vasco lo confirma años más tarde en el libro-entrevista con Maria Manuela Cruzeiro: “Por naturaleza no soy dado a la publicidad y a la visibilidad, no tengo ambiciones de ser una figura pública y el periodo que hoy vivimos es muy diferente al de los años 74-75”.

Lejos estaban en él también los objetivos de instaurar un comunismo soviético avant la lettre con que sus enemigos y los del PCP -partido en el que nunca militó, a pesar de su proximidad-. Siempre insistió en la originalidad del modelo portugués, obedeciendo a condicionamientos locales, a una dinámica propia que llevaba a la consecución democrática y pluralista de la sociedad socialista, algo que, insiste, se plasmó en la Constitución de 1976, pero que no tuvo continuidad en las actuaciones de los gobiernos constitucionales posteriores, que vaciaron de contenido el texto e inscribieron a Portugal en el campo de las democracias formales. Un caso paradigmático de esas intenciones fue el de las nacionalizaciones, a las que se refiere del siguiente modo: “no queríamos nacionalizarlo todo, ni estatizarlo todo. El sector que empleaba el mayor número de trabajadores, que tenía mayor número de empresas que daba mayor contribución para el producto nacional bruto quedaba reservado para la iniciativa privada. Simplemente las líneas generales de la orientación general de la economía eran conducidas por el poder del estado y, siendo ese poder basado en elecciones libres, teníamos ahí una garantía de representación popular en la orientación de nuestra economía y, por otro lado, no descartábamos la iniciativa privada. Por lo tanto, continuó diciendo que sólo con calumnias se puede afirmar que estábamos socializando todo.”

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“Tengo, naturalmente, saudades de Abril. Pero saudades saludables, no
nostálgicas o melancólicas. Saudades que animan la lucha por el futuro”.

Quizá por el olvido a que fue sometido tras su salida de la presidencia del Consejo de Ministros, por las acusaciones que se lanzaron contra él en los años posteriores, por el fracaso del ideal socialista representado -o reducido- por el fallido bloque oriental o por su tendencia al anonimato, lejos quedaron para Vasco Gonçalves, tras su fallecimiento en 2005 en la localidad algarbia de Almancil (una de las pocas que homenajea en el callejero a su figura), los fastos destinados a otros líderes políticos posteriores, como Soares o Sá Carneiro. La verdadera muestra, la medida exacta de lo diferente que era de ellos, es que ha sido el único gobernante del Portugal pos-25 de Abril al que la gente se refería por su nombre de pila. Sin duda, el “companheiro Vasco” se sentiría muy orgulloso de esa confianza.

 

FUENTES:

María Manuela Cruzeiro, “Vasco Gonçalves, un general en la revolución” (traducción de Antonio Maira). Lisboa, Editorial Notícias, 2002.

Antonio Maira, “Un general en la Revolución (I). Vasco Gonçalves: un teórico con el brazo armado”. Crónica Popular, 23/05/2017. https://www.cronicapopular.es/2017/05/un-general-en-la-revolucion-i-vasco-

goncalves-un-teorico-con-el-brazo-armado/

Marcos Ferreira, “El canto de cisne de los movimientos revolucionarios. La Revolución de los Claveles”. El Orden Mundial en el Siglo XXI, 16/09/2015. http://elordenmundial.com/2015/09/16/la-revolucion-de-los-claveles/

Paco Arnau, “Revolución y contrarrevolución. 40º aniversario del 25 de abril y de la revolución de los claveles (4)”. El blog del viejo topo, 25/04/2014. http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2014/04/

revolucion-y-contrarrevolucion-40.html?m=1

Viriato Teles, “Última entrevista com Vasco Gonçalves”. (Extraída de https://resistir.info/portugal/entrev_

vg.html el día 11/09/2017)

José Barata Moura, “Vasco Gonçalves «Um homem em Revolução»”. ODiario.info, 27/10/2006.

http://www.odiario.info/vasco-goncalves-um-homem-em-revolucao/

Javier García, “Escándalo en Portugal por un libro que vincula a Mario Soares con la CIA”. El País, 28/01/1996. https://elpais.com/diario/1996/01/28/internacional/822783608_850215.html

Joaquim Ponte, “Contributo de Vasco Gonçalves para a defesa da Democracia e das Conquistas da Revolução”. En http://conquistasdarevolucao.pt/assets/varino-ponte-o-contributo-vg.pdf

 

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El asesinato de Ben Barka y la frustración de otro Marruecos posible

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Mehdi Ben Barka en el exilio.

Desde su independencia en 1956 de España y Francia, las potencias que ejercían de protectoras, Marruecos se ha caracterizado, como otras sociedades del mundo árabe, por su carácter dual. Cuenta con un alto porcentaje de población joven, muchos de ellos altamente cualificados, formados en universidades y centros de estudios del país, pero las oportunidades para su promoción se encuentran cerradas dentro de las fronteras nacionales, lo que les ha obligado a hacer las maletas buscando la “prosperidad” del mundo europeo o afrontando las estrecheces del día a día a través de empleos de baja cualificación y bajos salarios y la hoy denominada “economía informal”. Esa generación joven, formada (e informada gracias a los canales por satélite, como Al Jazeera, e internet) y urbana con ansias de independencia y libertad, como mostró no hace mucho tiempo el movimiento 20 de febrero, contrasta con las costumbres aún arraigadas en un país donde el peso de la ley religiosa y la costumbre, especialmente en el mundo rural, siguen presentes en la vida cotidiana, con represalias familiares y policiales hacia homosexuales y muchachas que se salen del redil patriarcal. Asimismo, cuenta con una constitución que establece al modo occidental el parlamentarismo, las elecciones, los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil como mecanismos de participación democrática y pluralista de los ciudadanos en la vida política de la nación, con una monarquía constitucional que no pocas veces se nos presenta equiparable a la de los Países Bajos, Noruega, Gran Bretaña o Dinamarca. En la realidad, sin embargo, el poder del rey es casi absoluto, el parlamento no pasa de ser un mero cuerpo consultivo al modo de la Duma zarista de 1905, la red clientelar del Majzén es tupida y omnipresente (convirtiéndose en el verdadero motor de la cosa pública) y los abusos policiales y judiciales están a la orden del día en un estado caracterizado por el cambio exasperantemente lento y siempre controlado por Palacio.

Todas estas características (con sus diferencias y matices) pueden también aplicarse a muchos estados del mal llamado Primer Mundo, que parecen seguir la estrategia de avanzar hacia atrás o al menos de guardar en sus alcantarillas realidades superpuestas a una superficie donde sólo puede brillar la perfección, mientras se acusa al resto o se mira por encima del hombro a los demás -ayer el “salvaje e incivilizado”, hoy “nación subdesarrollada” o “del Tercer Mundo”-, es cierto (como muy bien ejemplifica Donald Trump, la xenofobia rampante en la Europa rica o la corrupción y descrédito que se van descubriendo de los sucesivos gobiernos españoles de la restauración democrática). Sin embargo, como en otros casos aquí descritos, la supuesta incapacidad de estas últimas naciones para alcanzar el nivel de modernidad, “cultura” y “civilización” del mundo desarrollado no se deben a factores innatos, a la supuesta incapacidad para gobernarse adecuadamente por parte de los estados africanos, latinoamericanos o asiáticos.

Al contrario que en Europa o Estados Unidos, donde desde Washington o Bruselas se elogia la madurez del electorado y de la democracia del país X incluso cuando la democracia y el electorado han sido capaces. por razones diversas entre las que cabe contar la desesperanza, la propaganda o la manipulación mediática, de colocar a soberanos idiotas y peligros públicos al frente del mismo (e incluso se elogia al país Y incluso sin que exista sistema democrático y las violaciones de los derechos humanos sean constantes y a la orden del día siempre que Y tenga un gobierno amigo -o incluso “hermano”, como se refería Juan Carlos I al antiguo rey de Marruecos Hassan II-), la democracia no resulta un valor para el Tercer Mundo si quien se elige no responde a los intereses de Europa, Norteamérica, el FMI o la OMC, por mucho que signifique una esperanza o una realidad palpable de cambio para su propio pueblo. No fue la incapacidad para gobernarse, el manido “odio africano” o las querellas intestinas -que muchas veces aparecen espoleadas desde fuera- lo que acabó con los proyectos, cuando no la vida, de Lumumba, Arbenz, Allende, Sankara, Cabral o João Goulart, al igual que tampoco fue un mero asunto interno la asfixia lenta de proyectos incómodos desarrollados en la periferia europea, hasta ayer mismo, como quien dice, también parte del “Tercer Mundo”: la República en España, la Revolución de los Claveles en Portugal o el apoyo al restaurado e impopular gobierno monárquico de Grecia, plagado de antiguos nazis y colaboracionistas, en la guerra civil frente al ELAS, una de las guerrillas antifascistas más eficaces contra el III Reich.

En Marruecos también se dio el caso. La independencia dio lugar a dos proyectos paralelos: uno, dontancredista, basado en la permanencia de las instituciones locales -el rey absoluto, las redes clientelares, la tradición mal entendida- más reaccionarias con un mero cambio de fachada, sustituyendo la presencia colonial por la de los gobiernos cien por cien marroquíes -aunque la sombra del neocolonialismo fuera y es alargada- y otro de independencia radical, autónomo y con claros aires socializantes, no-alineados y solidarios con el mundo emergente, sumido en plena lucha por la independencia. Este último fue obra de Mehdi Ben Barka y la facción izquierdista del partido Istiqlal (Independencia), luego reconstituido en Unión Nacional de Fuerzas Populares. Su tragedia, sin resolver del todo y la enésima vivida por el Tercer Mundo (entonces desprovisto de significados peyorativos referidos a su desarrollo económico), se inscribe no sólo en turbias maniobras de servicios secretos y de inteligencia. Está metida de lleno dentro de los años negros de la represión y la sangre en el país magrebí: los largos “años de plomo”.

LA SOMBRA DE LOS AÑOS DE PLOMO: UN CAPÍTULO SIN CIERRE

Antes de comenzar a hablar de Ben Barka, refirámonos a ese episodio especialmente sangriento de la historia del reino alauí. Los “años de plomo” marroquíes han tendido a verse como una coincidencia temporal con otros denominados de la misma forma aunque en zonas geográficamente distintas, como Italia o Argentina. Pero al contrario que en estos dos países, en Marruecos los años 1970 no vieron nacer la violencia armada, sino que ésta ya venía de lejos. Desde la independencia política del sultanato, bajo el reinado de Mohammed V, ya se habían registrado acontecimientos de violencia física, asesinatos y torturas contra oponentes políticos al régimen, sindicalistas y activistas, siendo especialmente célebre la prisión de Tazmamart como centro de detención ilegal, tortura y asesinato cuya existencia el estado marroquí ha venido negando sistemáticamente. Además, otra diferencia fundamental es que, si en la Italia de mayor actividad del Gladio o en la Argentina de María Estela Martínez de Perón la violencia no era patrimonio exclusivo del aparato estatal (aunque existieran implicaciones directas -policías, militares… que pertenecían a grupos terroristas de ultraderecha- o conexiones entre los servicios secretos y cuerpos paramilitares y organizaciones de extrema derecha), en Marruecos la actuación violenta implicó a sectores de las fuerzas de seguridad, del ejército y de los servicios secretos, de tal suerte que una implicación (por descubrir) de grupos armados ajenos siquiera nominalmente al control del Estado en estos hechos debe ser considerada muy por excepción.

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Protestas en 1984 en el Rif contra la carestía de la vida y la marginación de la región.

Aunque en el ámbito de los “años de plomo” marroquíes la mayor escalada de violencia coincide temporalmente con la década de los setenta – agitada en todo el mundo, pero especialmente en el ámbito no europeo y anglosajón, con revoluciones, guerras de liberación y golpes de estado en Argentina, Nicaragua, Irán, Chile, Angola, Mozambique, Vietnam o Afganistán-, a raíz de los intentos de golpe de derrocamiento y asesinato de Hassan II en 1971 y 1972 y las repercusiones de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental en noviembre de 1975 y la lucha entre el ejército del reino y la fuerza de liberación anticolonial -entonces enfrentada a España y desde ese momento a Marruecos-, el Frente Popular de Liberación de Saguia-el-Hamra y Río de Oro o Frente Polisario. Sin embargo, otros especialistas consideran que ya desde el reinado del anterior monarca, Mohammed V, con la violenta represión de la revuelta del Rif en 1958-1959 -en la que se llevaron a cabo bombardeos indiscriminados con bombas de fragmentación napalm y fósforo blanco contra las poblaciones rifeñas, calculándose en tres mil las muertes, (desconociéndose el número exacto correspondiente a la represión), entre la población bereber de esta región norteña- y hasta el fallecimiento de Hassan II en 1999 y la asunción del trono por su hijo Mohammed VI pueden considerarse un continuo temporal, que si bien no ha tenido la misma intensidad en todo el período, sí se ha visto presidido por unas características comunes: el mantenimiento del status quo político, el silencio de la disidencia mediante el uso del terror y la omnipresencia y omnipotencia en la vida pública de las fuerzas de seguridad, como la gendarmería, el ejército o los servicios de inteligencia. El asesinato de Ben Barka, acontecido en mitad de la década de los sesenta, es un caso inscrito en medio de lo que habría que considerar más que los años las “décadas de plomo” del país magrebí.

Así, el abogado Abderrahim Barrada escribe con meridiana claridad que “desde la recuperación de su independencia en 1956 y hasta mediados de los años noventa, Marruecos ha conocido violaciones más o menos graves de los derechos humanos de las cuales buena parte pueden ser calificadas de crímenes contra la humanidad según las definiciones establecidas para este tipo de actos por el derecho humanitario internacional […] Estas violaciones, que han jalonado la historia de Marruecos durante casi cuarenta años, han sido, excepto raras excepciones, crímenes de Estado”. Tales crímenes de Estado perpetrados por el aparato gubernamental marroquí incluirían tanto la desaparición forzada, la tortura, el genocidio y los crímenes de guerra -tal y como pueden recogerse de testimonios realizados no sólo por los bereberes del Rif, sino también por los saharauis, dando comienzo con la propia “Marcha Verde” en 1975, pues a la marcha pacífica de civiles por el oeste del territorio del Sáhara se le unieron soldados a pie y aviación en el este que bombardearon con las mismas técnicas empleadas quince años atrás en ciudades como Tifariti o Smara- o las ejecuciones extrajudiciales. Además de esto, hay que sumar la represión extremadamente violenta realizada por las fuerzas policiales, pero también militares, de las protestas populares, como las que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo, como la revuelta de marzo de 1965, los disturbios de Casablanca (1981), las protestas de Tetuán o Nador (1984), así como las que han tenido lugar en lo que Marruecos denomina las “provincias del Sur” contra la ocupación del territorio saharaui.

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Hassan II con el secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger. Estados Unidos ha considerado siempre a Marruecos como un socio estratégico de primer orden en la zona del Magreb, primero en la lucha contra la penetración comunista y, tras el fin de la “guerra fría”, contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista.

Hasta el momento no es posible saber el número exacto de víctimas causada por esta política criminal, porque las asociaciones civiles de derechos humanos en Marruecos no disponen de información completa y desde la Instancia Equidad y Reconciliación, el organismo oficial creado tras la subida al trono de Mohammed VI, no se facilitan cifras -al mismo tiempo que los criterios defendidos por este organismo para la consideración de víctima pueden distar mucho de lo universalmente aceptado-. Ni siquiera Amnistía Internacional en su informe de 1993 “Marruecos: Rompiendo el silencio” (http://web.archive.org/web/20071107114004/http://web.amnesty.org/library/Index/ESLMDE290011993?open&of=ESL-376) podía dar una cifra exacta, dado que muchos desaparecidos permanecían en cárceles secretas, mientras que otros no han vuelto a dar señales de vida tras la liberación decretada por el nuevo monarca, por lo que la horquilla -descontando las muertes ocasionadas por la ocupación del Sáhara o la represión violenta del Rif- podría oscilar entre varios centenares y más de un millar de personas.

Además de mucha gente anónima, no han sido pocos los que han tenido puestos de responsabilidad política, policial o militar que han pasado por las cárceles del régimen alauí o han acabado siendo asesinados. Desde dirigentes de la izquierda como Ben Barka o Mohammed Larizi (asesinado en 1963 junto a su esposa, de nacionalidad suiza, y la hija de ambos, de sólo tres años de edad) a militares implicados en intentonas golpistas fracasadas, como Mohammed Ufqir (uno de los antiguos responsables de la represión de los bereberes, quien fue secuestrado y encarcelado durante décadas junto con varios miembros masculinos de su familia, incluyendo niños de corta edad, hasta 1991) o los responsables de la intentona militar de 1972, quienes fueron encerrados en Tamazmart al año siguiente, pereciendo la mitad de ellos. Además, Marruecos tiene en su haber el penoso récord de haber mantenido en prisión al preso político más antiguo de África después de Nelson Mandela, Abraham Serfaty, antiguo militante del Partido Comunista y judío marroquí que abogaba por la solución de “dos Estados” en Palestina.

Durante décadas, Marruecos ha logrado mantener la escala represiva sin escándalo de la comunidad internacional gracias a la lógica de la “guerra fría”, en la que se convirtió en un aliado esencial de Estados Unidos en la lucha contra la penetración de la izquierda comunista y del alineamiento prosoviético de otros regímenes árabes del Magreb como la Argelia del FLN, el Egipto de Nasser o, con posterioridad, la Libia del coronel Gadaffi. Además del apoyo estadounidense, Francia, como antigua metrópoli, consideraba a Marruecos una pieza esencial dentro de su política de la “Françafrique”, especialmente tras el fracaso de la guerra de Argelia y la política independiente del nuevo gobierno de socialismo árabe instalado en Argel, así como para contar con una posición avanzada de cara a controlar Mauritania, la zona del Sahel y los estados de la antigua África Occidental Francesa. Esta consideración de régimen amigo es considerada clave para la implicación, a juicio de varios testimonios, de los servicios de inteligencia franceses y norteamericanos en la muerte de un líder tan peligroso para el gobierno de Rabat como Mehdi Ben Barka, quien ostentaba en ese momento la presidencia de la Conferencia Tricontinental, de gran influencia en el mundo no alineado.

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A la penetración pacífica de civiles de la “Marcha Verde” por el oeste del territorio del entonces Sáhara Español en 1975, personas a las que se les había prometido que en las que Marruecos denomina “provincias del Sur” alcanzarían la prosperidad que no tenían en el país, se le sumó simultáneamente una campaña de invasión militar en el este con bombardeos sobre la población civil saharaui usando armas prohibidas como el fósforo blanco que constituyen verdaderos crímenes contra la Humanidad.

En la actualidad, el papel de Marruecos, finalizada la política de bloques, se ha mantenido como “gendarme” en la vigilancia de la frontera sur del Mediterráneo tanto en lo que se refiere al control de las migraciones procedentes del África subsahariana con destino a Europa como en el terrorismo de corte islamista radical. Esto ha hecho que, en los últimos años del reinado de Hassan II y estos primeros años de Mohammed VI, la política de las potencias occidentales no haya variado esencialmente respecto al vecino alauí, como puede observarse en temas como el respeto a los derechos humanos -que básicamente pasan por la consideración de Marruecos como un país garantista en este aspecto- o el referéndum por la autodeterminación del Sáhara Occidental, pospuesto prácticamente “sine die”. Y aún cuando se producen protestas en este o en otro sentido que pueden irritar a Palacio, al gobierno o a los intereses que rodean a la monarquía, la respuesta de Rabat, retórica pero poderosa, suele derivar en amenazas chantajistas sobre las pretensiones anexionistas sobre Ceuta y Melilla o el cese de las “obligaciones contraídas” con la Unión Europea en la vigilancia de la frontera, ocasionando las consabidas molestias y enojos para España y para las instituciones de Bruselas, pero zanjándose rápidamente la cuestión y olvidando la que dio lugar a la controversia.

Por este motivo, ante la ausencia de una presión exterior que acabe obligando a Marruecos a llevar a la práctica su retórica o a acelerar sus reformas en lugar de usar la clásica vara de la represión (que denuncian no ha desaparecido del mapa) y la estrategia de la “apertura cerrada”, muchos son los que emiten críticas hacia la labor del Consejo Consultivo de Derechos Humanos y la Instancia Equidad y Reconciliación y la posibilidad de que realmente sea eficaz para saldar las cuentas de la sociedad marroquí con su pasado. En primer lugar, se establece una indemnización a las víctimas, pero no existe un verdadero derecho a saber y por supuesto no hay posibilidad alguna de un derecho a la justicia, los tres pilares fundamentales sobre los que se asienta la doctrina de Naciones Unidas a este respecto. Las instituciones estatales no establecen castigo alguno a los culpables, porque ello supondría cuestionar la estructura misma del estado y de la monarquía marroquí (¿cómo condenar al anterior monarca, expresar públicamente que Hassan II fue un genocida?), dado que muchos siguen al frente de los asuntos públicos o han sido sucedidos en sus puestos con normalidad institucional, siendo legitimados en cierto modo -un problema que nos suena por estas latitudes-. Además, existen sospechas de que el impulso de estas organizaciones por parte del Estado se ha hecho para frenar el empuje, mucho mayor y menos controlable, de las asociaciones cívicas.

Por otro lado, en muchas ocasiones la víctima de violaciones de derechos humanos -caso de los golpistas- acaban siendo culpadas de su situación (de ahí lo que se mencionaba anteriormente: la posibilidad de que el Estado considere discrecionalmente quién es y quién no es víctima) porque despertaron una reacción (léase, tortura, asesinato, desaparición forzada…) de las fuerzas de seguridad. De ahí que el abogado Abdelrrahim Barrada se escandalice de ello del siguiente modo: “¡Las víctimas son, a sus ojos, los primeros culpables! ¡El Estado no ha hecho sino defenderse! Por ello el CCDH pide la gracia real [tal y como aparece en el memorándum del Consejo Consultivo] para estos “malhechores”…” De hecho, denuncia, aquellos que no sean “culpables” de provocar los hechos serán indemnizados.

Para terminar, el hecho de que se lleven a cabo estas medidas, con un alcance limitado en el tiempo, no garantiza realmente que situaciones de esta índole no vuelvan a repetirse. De hecho, desde Nuremberg se ha venido afirmando la necesidad del castigo a los crímenes contra la Humanidad para evitar que cunda el ejemplo y que salga “gratis” para el genocida o el criminal de guerra llevar sus planes a cabo. Lejos de ello, no son pocas las voces que advierten que Marruecos podrían haber tomado apenas un respiro con la apertura de los primeros tiempos del reinado de Mohammed VI y la puesta en marcha de la IER, para después volver por las andadas, como muestra el desmantelamiento del campamento saharaui de Gdeim Izik, el maltrato a los migrantes subsaharianos en el monte Gurugú o la represión al colectivo LGTBI.

MEHDI BEN BARKA: DE LA INDEPENDENCIA A LA DISIDENCIA  

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Cartel conmemorativo del 50º aniversario de la fundación de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, a cuya formación Ben Barka contribuyó de modo decisivo.

Ben Barka es una de esas figuras indispensables para entender lo que ha significado el camino de las independencias frustradas en el Tercer Mundo y la exploración de vías de desarrollo políticas, económicas y sociales autónomas surgidas de la Conferencia de Bandung y del movimiento de los No Alineados. De un lado, un sentimiento nacionalista plasmado en la necesidad de buscar un destino propio, libre de injerencias políticas de corte neocolonialista (de las anteriores metrópolis o de las grandes potencias); de otro, un sentimiento de solidaridad internacionalista con las naciones recién independizadas y/o por su especial vulnerabilidad de cara a las presiones exteriores, que llevó a la creación de instituciones como el Movimiento de Países No-Alineados o la Conferencia Tricontinental. En los inicios de este movimiento (de la Conferencia de Bandung, 1955 a la I Conferencia de No-Alineados, Belgrado,1961) destacaron Nasser, Tito, Nehru, los líderes Sukarno de Indonesia, Kwame Nkrumah de Ghana o inclusive Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara de Cuba, aunque la revolución en la isla tuvo que decantarse cada vez más hacia el sistema socialista, dejando en segundo plano su carácter inicial de revolución nacionalista y antiimperialista, debido a la hostilidad y bloqueo estadounidenses a la misma y la falta de aliados estratégicos más allá del bloque soviético. En el MPNAL el caso cubano no fue el único: si en América Latina (Argentina, Chile, Colombia, Granada), Asia (Laos, Indonesia, Camboya) o el África francófona (Gabón, República Democrática del Congo, Mali, Camerún, Togo, Costa de Marfil o Alto Volta), la intervención a través de golpes de estado o del dominio poscolonial de Estados Unidos, Francia o Bélgica les colocó como estados “clientes” del bloque occidental, para quien el neutralismo -como muestran documentos elaborados por la administración en los primeros años de la guerra fría- no era una opción, la lucha anticolonial se fue revistiendo (en buena parte, producto de lo anterior) de un trasfondo antiimperialista y anticapitalista que dio origen a movimientos revolucionarios marxistas que tomaron el poder en países miembros del movimientos o que adquirieron luego esa condición, decantándose como aliados soviéticos: Yemen del Sur, Etiopía, Somalia (cuyo líder, Siad Barré, primero fue aliado soviético y a raíz del conflicto de Ogadén con Etiopía pasó a aliarse con Estados Unidos), las antiguas colonias portuguesas en África, Vietnam, la República Popular del Congo o Afganistán. Resultaba difícil la supervivencia en un mundo bipolar (y cuánto más en uno unipolar…)

Mehdi Ben barka nació en Rabat, la hoy capital del país y entonces parte del protectorado francés, en 1920, donde formó parte de una familia humilde. Su padre era recitador del Corán en la mezquita y vendedor de té y azúcar. Ben Barka acudió a la escuela coránica hasta los nueve años, pero la familia no tenía recursos para mandar a más de uno de los dos hijos a la escuela más allá de esa edad, de modo que acompañaba a su hermano mayor al colegio francés, pero se quedaba fuera. La maestra le invitó a entrar como oyente, y eso cambió la historia del muchacho, dado que se reveló como un excepcional estudiante. Mehdi Ben Barka acabó convirtiéndose en el primer licenciado en Matemáticas de Marruecos (realizó sus estudios superiores en la universidad de Argel, pues en el momento de hacerlos no existía la posibilidad de realizarlos en su país natal y Francia, la otra opción, se encontraba ocupada por la Alemania de Hitler).

En su juventud y durante sus etapa universitaria, frecuentó amistades y círculos nacionalistas -también de otros países del Mageb, como Argelia y Túnez- y fue uno de los fundadores del partido del Istiqlal en 1943, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes del mismo dos años más tarde -de hecho, eso le llevó a ser desterrado en 1944 a las montañas del Atlas por las autoridades francesas, donde permanecerá siete años-. Sin embargo, su pensamiento estaba dirigido no sólo hacia la consecución de la independencia plena del país y la salida de las potencias dominadoras, España y Francia. Interesado por la economía, la modernización de la sociedad marroquí desde sus estructuras feudales, la reforma agraria y la no discriminación de la mujer, “deviene en combatiente por la independencia de las personas corrientes y del campesinado…” (Omar Benjelloun, abogado, colaborador de Le Monde Diplomatique y descendiente de militantes históricos de la izquierda marroquí). Por ese motivo, y aunque su actividad es esencial para el regreso del rey Mohammed V en 1955, exiliado por las autoridades francesas en Madagascar -para lo que pusieron en su lugar a un familiar más manejable-, conseguida la independencia en 1956, “se negó a sentarse en el gobierno y se opone a un régimen aristocrático desde su puesto en la presidencia de la Asamblea Consultiva”, escribe Benjelloun. La crítica se dirige hacia el clientelismo, el absolutismo del monarca y el conformismo del que hacen gala partidos políticos como el suyo propio, donde el impulso cobrado para lograr la independencia parece haberse quedado ahí, juzgándolo de este modo Ben Barka como muy conservador y un instrumento del régimen.

LA UNFP Y EL EXILIO

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Cartel propagandístico de Hassan II.

Bachir Ben Barka, hijo del líder marroquí, afirmó en una entrevista en octubre de 2016 cómo las puertas a cualquier apertura política en el país se cerraron casi de inmediato a la independencia, y el desarrollo de un proyecto alternativo al defendido desde los ambientes palaciegos no llegó siquiera a poderse plantear. “tras la independencia, con la euforia que esta generó, había una dinámica alimentada por esta joven generación de militantes que eran Mehdi Ben Barka, Bouabid, Basri […] Esta generación emprendió esa lucha para que la independencia tuviera un contenido social y progresista […] Pero poco a poco la relación de fuerza se invirtió y a finales de la década de 1950 se debilitó esta nueva fuerza emergente y Palacio retomó totalmente las riendas gracias a las alianzas políticas y estratégicas entre el feudalismo marroquí y los intereses neocoloniales e imperialistas, más particularmente franceses.” La subida al trono en 1961 de Hassan II de un lado, con una política mucho menos favorable hacia el aperturismo político de lo que hubiera podido demostrar su padre y antecesor en el trono -y, como demostró Mohammed V en la represión del Rif, igualmente dispuesto al uso de los mecanismos represivos que éste había utilizado-, y del otro la división mostrada en el campo político que, con partidos como el Istiqlal cooptados por la élite dominante (y que, en el caso de la antigua organización de Ben Barka, a partir de entonces pasará a formar parte del aparato del régimen) y una izquierda atomizada y fuertemente reprimida, marcará los años venideros y dará comienzo a una fructífera relación del reino con las potencias occidentales para la represión del nacionalismo árabe socialista y los movimientos de izquierda en el área (alianza frente a la Argelia revolucionaria, apoyo tácito a la ocupación del Sáhara Occidental, etc.)

Cuando Hassan II llega al trono, Ben Barka es una figura de elevado prestigio, a pesar de no tener ningún cargo ejecutivo. Sus reuniones con líderes de movimientos independentistas y antiimperialistas del Tercer Mundo de reconocido carisma en aquellos momentos (Mao, Ho Chi Minh, otros más aún en el mundo árabe como Gamal Abdel Nasser); sus críticas a la situación política y su negativa a las componendas; sus proyectos de rescatar al país del feudalismo, acabar con el analfabetismo, las desigualdades sociales y otras lacras que arrastraba y el éxito de proyectos como la formación de jóvenes a través de proyectos de infraestructuras como la de la carretera de la Unidad (la carretera que unía las zonas de los antiguos protectorados español y francés) le convirtieron en una figura de masas, aun cuando entonces todavía formaba parte de un Istiqlal ya abiertamente empeñado en el mantenimiento del status quo.

La situación entre el sector conservador y el izquierdista del Istiqlal, encabezado por Ben Barka, Basri y Bouabid y al que se encontraban adheridos los jóvenes del partido y los sindicatos, estalló finalmente en 1959, cuando esta última corriente propuso que se convocara una Asamblea Constituyente que elaborara una carta magna que, entre otras cosas, delimitara claramente las funciones del monarca y sustituyera las estructuras clientelares de poder (el Majzén) que entonces regían la vida política en el país por unas instituciones genuinamente democráticas. Los dirigentes del partido -pertenecientes al ala derechista- interpretaron que Ben Barka y los suyos asumían una postura republicana y de ruptura, por lo que acabaron expulsándolos del partido. Este fue el pistoletazo de salida para la creación de la Union Nationale des Forces Populaires (Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP).

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Acto fundacional de la Unión Nacional de Fuerzas Populares. Segundo por la derecha, Mehdi Ben Barka.

La UNFP sigue los principios reflejados por el ala izquierda en la ruptura del Istiqlal: revolución democrática, reforma agraria, alfabetización, fin de la discriminación a las mujeres, reforma social en favor de las clases trabajadoras urbanas y campesinas, transformación de las estructuras del poder vigentes para poner fin al dominio social y político de unos pocos privilegiados y del dominio neocolonial y solidaridad con y entre los pueblos del Tercer Mundo. Ben Barka -que se convertirá en pocos años en uno de los dirigentes internacionales más importantes del movimiento no-alineado- entiende que la lucha de las naciones colonizadas y sometidas al yugo de la injerencia externa debe ser una lucha conjunta en la que en intercambio de experiencias y la unidad entre ellas debe ser central para el éxito final.

Por supuesto, la presencia de un partido regido por principios que ponen en cuestión el régimen vigente con una claridad harto meridiana no es en absoluto del gusto de ningún sector poderoso de la sociedad marroquí, de tal modo que en poco tiempo la UNFP es ilegalizada y su órgano de prensa clausurado. Ben Barka partió al exilio en París, aunque regresó en 1962 tras una primera tímida apertura de Hassan II, coincidente con la redacción de una constitución “a medida”, rechazada por las fuerzas de izquierda, entre ellas la UNFP. Tras sufrir un primer intento de asesinato -un accidente de tráfico provocado que se saldó con una fractura leve-, se presentó como candidato a las elecciones generales del año siguiente, que se saldaron con la victoria de un partido “cortesano” creado ad hoc, pese a la enorme movilización conseguida por la UNFP (que quedó en tercer lugar). Las denuncias y protestas populares por fraude se saldaron con una violenta represión y la condena a prisión de los dirigentes de la UNFP -algunos de ellos encarcelados y torturados- por planear un complot contra la vida del monarca. Ben Barka consiguió huir y regresó a su exilio parisino, del que ya no regresaría.

Sin embargo, no sería la última vez que el régimen marroquí desencadenaría una campaña de infamias -previa a su asesinato- contra el dirigente opositor. En 1963, como consecuencia de la “guerra de las Arenas” que Marruecos desencadenó contra Argelia a consecuencia de una disputa fronteriza que ambos países mantenían, Palacio mantuvo que Ben Barka apoyaba a Argelia en contra de su país natal, asimilando su postura con una traición. “Ahora bien”, relata su hijo Bachir, “lo que hizo fue condenar la guerra. Estaba en contra de esta guerra, que él calificó de agresión contra la joven Revolución argelina, la cual se había convertido en una referencia para los movimientos de liberación africanos y latinoamericanos. Es cierto que era un apoyo a Argelia y una condena, no de su país, sino del régimen que llevaba a cabo esta agresión para debilitar Argelia”. Hemos de observar que, como militante de la causa del Tercer Mundo, Ben Barka no podía estar más en contra con el hecho de que dos países recientemente independizados, que debían dedicar sus esfuerzos en el desarrollo de sus países y el bienestar de sus pueblos tras largos años de colonización y sujeción a los intereses de una potencia extranjera, malgastaran sus recursos en enfrentarse entre ellos en una guerra a la que se sospechaba, además, Marruecos había sido empujado por los intereses de la ex metrópoli Francia.

LA TRICONTINENTAL

Las experiencias del exilio, tanto la primera como la segunda y definitiva, contribuyeron a forjar una extraordinaria imagen exterior del líder marroquí, en particular como líder del Tercer Mundo. Su comprensión de los problemas que acuciaban a los países de África, Asia y Latinoamérica, muchos de ellos estados recién independizados del dominio colonial, y el eco que se hizo como voz autorizada a la hora de hablar de los mismos y de sus soluciones le auparon a ser una de las principales figuras de lo que hoy llamaríamos el “Sur global”.

A lo largo de ese exilio sin residencia fija (vivió a caballo entre Argel, El Cairo y París), de 1962 a 1965, y partiendo de sus experiencias y charlas con líderes como Nasser, Ho Chi Minh, Nkrumah, Jomo Kenyatta, o Julius Nyerere, su pensamiento se enriquece, hacia una perspectiva más global acerca de la exploración de las características y las múltiples facetas que adquiere el dominio colonial e imperialista (neocolonial) y una convergencia sobre cómo emprender la lucha contra él -la necesidad de unidad de lucha y de compartir experiencias, antes mencionada-. Su inspiración proviene de Frantz Fanon, así como de “Discurso sobre el colonialismo” de Aimé Césaire, de “Retrato del colonizador” (1957) y “Retrato del colonizado” de Albert Memmi” (Rebellyon.info).

La capital argelina será un lugar donde encontrará enormes estímulos intelectuales para desarrollar su pensamiento antiimperialista. Al calor de los primeros años de la revolución en el país, comandada por Ahmed Ben Bella, y del estímulo que ésta supone para muchos movimientos de liberación nacional en otras partes del continente e incluso más allá de las propias fronteras africanas, Argel se convierte en una suerte de “melting pot”  en la que se dan cita exiliados y líderes guerrilleros y tienen lugar interesantes intercambios de ideas. “La capital de Argelia se había convertido en el centro intelectual de la contestación revolucionaria internacional. Se encontraron allí, en primer lugar, los líderes exiliados de los movimientos de liberación de las colonias portuguesas, después de los problemas en Angola (1961), en
Guinea Bissau (1963) y Mozambique (1964). Mestizos y minoritarios, los intelectuales de Cabo Verde, incluyendo a Amílcar Cabral, se hicieron eco de las corrientes libertadoras del continente americano.
Una de las figuras más poderosas del movimiento negro en Estados Unidos, Malcolm X, estaba alojado en Argel en 1964; Ernesto Che Guevara, antes de contactar con los guerrilleros
[lumumbistas] del Congo, también pasa por allí en la primavera de 1965” (ídem).

El líder disidente marroquí es un auténtico “trotamundos” de la causa “altermundista”. Su presencia en el exilio, lejos de alejarle de la actividad política, le confiere un nuevo papel a su manera de entenderla, alejándola del marco exclusivamente nacional e incluyéndola dentro de un proyecto mucho más amplio, atendiendo a lo que Omar Benjelloun llama el tríptico “movilización, unidad, liberación”: “Ben Barka quiere salir fuera del marco nacionalista y ampliar la batalla de Marruecos mediante su inclusión en una visión universal. Viajando por el mundo como un viajante incansable de la revolución, que pasa de un continente a otro, escapando de varios intentos de asesinato. Un día está en El Cairo para dar un discurso
defintorio y fustigante del neocolonialismo. Al día siguiente se va a Moscú y luego a Beijing para idear para aliviar la disputa chino-soviética, antes de regresar a Damasco a fin de conciliar al Egipto nasserista y la Siria baazista”.

Su hijo Bachir comenta algunos aspectos que contribuyeron a la popularidad de Ben Barka. En primer lugar, remontándose a los inicios de la independencia de Marruecos, recuerda el proyecto de integración magrebí que partidos como el Istiqlal -liderado entonces por Ben Barka, el FLN argelino o el Nèo-Destour tunecino expusieron en la Conferencia de Tánger de 1958. Allí se expuso claramente, en ese contexto norteafricano, la necesidad de una solidaridad entre los pueblos desde una postura de respeto a la especificidad, a las circunstancias particulares de cada uno de los países y a la necesidad de que cada uno de ellos explore sus particulares vías de desarrollo. “Cada país tiene que llevar a cabo su propia evolución, pero gracias a la solidaridad entre ellos los pueblos van a poder progresar juntos” Esa postura es la que con posterioridad desarrollará en un contexto global, y que es muy diferente, si comparamos, con las recetas globales de la democracia parlamentaria al modo capitalista-occidental (que no contempla o desprecia otros modos de democracia como la participativa o la comunitaria, desarrolladas en constituciones de América del Sur como las de Ecuador o Bolivia) o con las prescritas por las autoridades financieras mundiales como el FMI o el Banco Mundial, con independencia del contexto económico nacional. “Tenían -prosigue Bachir Ben Barka- una visión magrebí, actuaban en esa perspectiva, eran conscientes del problema del neocolonialismo y estaban en una perspectiva de construcción de un Magreb de los pueblos. Esta perspectiva ya no está a la orden del día. Desde finales de la década de 1960 lo que se impone es el Magreb de los Estados, el Magreb de las policías con una serie de operaciones en las que había mucha más solidaridad policial y de seguridad entre los tres, cuatro o cinco Estados del Magreb que voluntad política de liberación y de progreso”.

En segundo lugar, dado que el enemigo -el colonialismo, neocolonialismo o imperialismo; múltiples nombres para una forma de dominación de los países ricos y fuertes sobre los pobres y débiles- es común, la unidad de acción debe ejercerse también, y esto debe significar establecer una organización que, al igual que las que representan a los estados ricos (sea la ONU con un consejo de seguridad antidemocrático y con poder de veto, el G7, el GATT -hoy Organización Mundial del Comercio-), permita abrir numerosos frentes comunes que dispersen sus fuerzas y dificulten su estrategia de dominio. “Crear una organización de solidaridad de los tres continentes quiere decir organizar en todas partes luchas para debilitar al adversario principal. Lo que él hizo fue movilizar a la juventud pero, al mismo tiempo, poner en común las potencialidades de cada país para modificar a su favor la relación de fuerzas”. Ése era el objetivo de la OSPAAAL y de la Conferencia Tricontinental.

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Cartel de la celebración de la Conferencia Tricontinental de La Habana, enero de 1966.

No es por tanto casual que la presidencia de la Conferencia Tricontinental, que iba a celebrarse en La Habana en enero de 1966, recayera sobre Ben Barka. Esta conferencia nació a raíz de las reuniones mantenidas en años previos por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África en Accra, la capital ghanesa, en 1957 (debemos recordar que el presidente Nkrumah fue uno de los principales impulsores del movimiento de los no alineados y del movimiento panafricano, por lo que trató de convertir Ghana en uno de los principales centros del Sur global, de ese otro fiel de la balanza del poder mundial), y El Cairo en 1961, a la que los pueblos y organizaciones de liberación del Caribe y Latinoamérica se sumaron, dando lugar a la ampliación de las siglas de la organización -de OSPAA a OSPAAAL- y a la celebración de la histórica conferencia en la capital cubana. Según escribe Omar Benjelloun, Ben Barka fue uno de los principales impulsores de la ampliación del marco de la OSPAA al continente americano, convenciendo a sus interlocutores africanos y asiáticos -había estado presente en las reuniones de Accra y El Cairo- de ampliar a Latinoamérica su labor de solidaridad, y a raíz de sus conversaciones con “Che” Guevara en Argel, la mediación del guerrillero argentino y ex vicepresidente de la Cuba revolucionaria le hará ocupar la presidencia del encuentro habanero.

La celebración de la conferencia fue un motivo de orgullo para Mehdi Ben Barka, quien se refirió a ella en los siguientes términos: “Es un acontecimiento histórico la reunión de organizaciones antiimperialistas de África, Asia y América Latina, por su composición y por estar representadas las dos grandes corrientes contemporáneas de la Revolución Mundial: la revolución socialista y la revolución de liberación nacional. Lo hace histórico también su celebración en Cuba, donde tienen lugar ambas revoluciones” (cita Reinaldo Morales Campos), lo que hizo que, por insistencia de Ben Barka, la intervención inaugural y final de la misma fueran realizadas por Fidel Castro. Sin embargo, en el momento de celebrarse, su presidente ya había sido secuestrado en París y asesinado. Este hecho produjo la más absoluta condena por parte de la organización de la Tricontinental -entre ellos el líder cubano Osmany Cienfuegos, hermano del revolucionario Camilo Cienfuegos, quien realizó un alegato contra la intervención de la CIA en los hechos- y los miembros de la OSPAAAL.

Aunque la Conferencia Tricontinental no volvió a celebrarse, la OSPAAAL y la revista Tricontinental, fundada a raíz de su celebración, sigue presente como movimiento de promoción de la solidaridad, el desarrollo autónomo de los países del Sur, la paz y los derechos humanos, teniendo en la actualidad su secretariado permanente en Cuba y perteneciendo a ella doce países y con participantes de diversas partes del globo. La OSPAAAL es desde 1998 una organización con estatus consultivo especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas o ECOSOC (https://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina#Foros_internacionales). La organización impone a personalidades relevantes -entre otros, por ejemplo, Nelson Mandela- que han destacado por la promoción de la solidaridad entre los pueblos la medalla de la Orden de Ben Barka, lo que demuestra que el legado en pro de la liberación de los pueblos del Tercer Mundo del líder marroquí sigue vigente.

UN CRIMEN SIN RESOLVER

El 29 de octubre de 1965 Ben Barka se había citado con el cineasta francés Georges Franju en la Brasserie Lipp de París. Allí llegó acompañado del estudiante marroquí Thami Azemmuri, a eso de las doce y cuarto del mediodía.

La cita entre ambos formaba parte de una colaboración que el líder opositor marroquí iba a hacer con el realizador para el film anticolonialista “Basta!”, con guión de Marguerite Duras, en el que Ben Barka sería asesor histórico. Sin embargo, al parecer tanto Ben Barka como Duras y Franju fueron engañados por George Figon, supuesto productor de la película, que en realidad no existía, siendo en realidad un cebo para poder dar caza al líder del Tercer Mundo.

La llegada de Ben Barka a París había sido vigilada por los servicios secretos del gobierno del general De Gaulle, de tal suerte que Antoine Lopez, jefe de escala de Air France en el aeropuerto de Orly y colaborador habitual del SDECE (Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje) informó a su superior Marcel Le Roy Finville para la preparación del operativo en cuanto Ben Barka pisó suelo francés.

A la puerta de la brasserie, dos policías franceses, Louis Souchon y Roger Voitot, de la brigada de estupefacientes, se encargaron de interceptar a Ben Barka e introducirlo en un Peugeot 403, mientras individuos marroquíes espantaron a Azemmuri, quien corrió a avisar al hermano del infortunado opositor, anunciándole el suceso. Ese fue el último momento en que se vio con vida a Mehdi Ben Barka. Poco después Azzemuri también moriría, supuestamente suicidándose.

Ben Barka subió al automóvil sin oponer resistencia debido a que Souchon y Voitot le habían comunicado que una autoridad francesa deseaba verle, por lo que pensó que éste debía ser De Gaulle, quien había mostrado interés en verle y seguía una política de cierta independencia respecto de Washington, lo que podía evidenciar un cierto acercamiento entre el presidente francés y los líderes nacionalistas del Tercer Mundo. Sin embargo, con lo que se encontró fue con la muerte tras una larga sesión de torturas en una casa de Fontenay-le-Vicomte, en la región de Ille-de-France (la misma donde se ubica París). La residencia pertenecía a Georges Boucheseiche, antiguo colaborador de la Gestapo convenientemente reconvertido en colaborador de las cloacas de la Francia democrática.

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Placa en recuerdo de Ben Barka en el restaurante-brasería Lipp de París.

¿Quiénes fueron los torturadores y qué pretendían? Sobre este asunto hay mucha especulación y la investigación judicial en Francia, que con más de cincuenta años es el proceso que más tiempo lleva abierto en el Tribunal Supremo de París, no avanza como para poder determinar a ciencia cierta quiénes son sospechosos. Se alude a la existencia de un equipo formado por hombres de confianza de Boucheseiche a los que se unió posteriormente George Figon, lo que determinaría la complicidad de los servicios secretos franceses, así como a la de los agentes marroquíes que ya antes se habían encargado de “espantar” a Thami Azzemuri y todo ello además con el conocimiento -y en algunos casos la presencia- de los máximos directores de la seguridad del reino alauí: Ahmed Dlimi, responsable de la seguridad nacional; el agente Chtouki y el ministro del Interior magrebí Mohammed Oufkir, quien llegó con posterioridad a la casa y finalmente asesinó a Ben Barka de una puñalada en el pecho. George Figon, que posteriormente se convertiría en un prófugo de la justicia, hizo unas declaraciones al periódico Le Monde en enero de 1966 tituladas de forma sensacionalista “Yo he visto matar a Ben Barka”, aunque no es cierto que estuviera presente en el momento del asesinato- en las que incriminaba a Dlimi y Oufkir en la tortura y muerte del líder, aunque es posible que se trate de una treta con la que tratar de librar de la prisión a los franceses implicados, entre ellos los hombres de Boucheseiche.

Se especula con que la intención de quienes acabaron con la vida de Ben Barka no fue la de acabar con su vida, sino la de forzarle a firmar un poder en su favor para poder sacar los archivos que tenía depositados en un banco de Ginebra. También con que tan sólo se le quería amenazar para que cesara en su actividad de denuncia contra el régimen de Hassan II. Sin embargo, el asesinato también tenía para Marruecos y para las potencias coloniales y neocoloniales las ventajas de privar de un extraordinario portavoz a la causa de la democracia y el progreso en el país magrebí y a la causa de los pueblos sometidos a dominio extranjero, apenas unos meses antes de la celebración de la Conferencia Tricontinental.

¿Qué ocurrió con el cadáver? Dado que el cuerpo del líder africano no ha aparecido, el destino del mismo sigue siendo un misterio a día de hoy, surgiendo varias hipótesis al respecto. La más repetida es la apuntada por el antiguo agente de los servicios de seguridad marroquíes Ahmed Bujari, participante en el operativo de tortura y posterior asesinato, que expone que el cadáver fue trasladado a Marruecos, al centro de detención de la policía en Rabat, y sumergido en una cuba de ácido para que se disolviera sin dejar rastro. Bujari apunta que la operación fue filmada para que el propio monarca marroquí Hassan II tuviera constancia de la desaparición de Ben Barka.

Otra hipótesis apunta a que su cuerpo fue enterrado en Francia, en un sarcófago de cemento, en un lugar próximo al sitio donde tuvo lugar el asesinato, excepto la cabeza, que fue llevada al rey de Marruecos como prueba del cumplimiento de la misión.

Durante un tiempo se especuló con la posibilidad de que el cadáver de Ben Barka hubiera sido enterrado -arrojado más bien- en el interior de un mausoleo del cementerio de Ituren, una pequeña localidad del Pirineo navarro, y descubierto junto al cadáver de su secretaria cuando iba a ser enterrada una anciana del lugar, en septiembre de 1966. Sin embargo, estos hechos -que dieron pie a portadas de la prensa de sucesos española como “El Caso” y a espacios en programas televisivos actualmente como “Cuarto Milenio”- no parecen obedecer a la realidad, dado que en ningún caso se habló de que Ben Barka estuviera acompañado por una mujer cuando fue conducido al chalé de Fontenay-le-Vicomte ni existe referencia a secretaria alguna.

¿Hubo responsabilidad de los gobiernos de Francia y de otros estados? Las relaciones de alianza estratégica de Francia y Estados Unidos con la monarquía marroquí hacen muy plausibles la hipótesis de que existe una corresponsabilidad de ambos estados con Marruecos en el asesinato. Sobre los Estados Unidos, Ahmed Bujari afirma que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) dio su apoyo al asesinato y que en el transcurso de la operación de desaparición del cadáver hubo un norteamericano, un oficial llamado coronel Martin, realizando labores de supervisión, añadiendo que Martin había aprendido ese método de hacer desaparecer cuerpos durante el golpe de estado de 1953 en Irán que depuso al primer ministro nacionalista Muhammad Mossadegh. Los norteamericanos podrían tener interés en hacer desaparecer al “alma” de la Tricontinental y asestar un golpe cuasi mortal a una conferencia y una organización como la OSPAAAL que tan duramente se oponía a los intereses de las grandes potencias. En la actualidad, la CIA posee 1800 documentos relativos a Ben Barka, pero aún no han sido desclasificados.

Por parte francesa, De Gaulle negó en su día la implicación de los servicios secretos en su conjunto, bien llevándola a cabo o bien como encubridores. No obstante, aunque las altas instancias de la República no dieran su visto bueno a la operación y los servicios secretos actuaran de forma autónoma, los sucesivos gobiernos franceses, tanto socialistas como conservadores, han contribuido a tapar las responsabilidades de los agentes galos en la operación, de tal suerte que una de las quejas de la familia consiste en la escasa colaboración que las autoridades francesas tienen con la justicia para el esclarecimiento de los hechos, no sólo en lo que respecta a este extremo, sino incluso para dar curso a Interpol de las órdenes de detención de marroquíes implicados en la operación. “La razón de Estado se mofa de nuestro derecho a la verdad”, declara su hijo Bachir.

EPÍLOGO

Tras la muerte de Ben Barka, la historia fue repitiéndose sucesivamente en diversas partes del globo. La revolución argelina terminó por descarrilar; tenía lugar el golpe de estado contra Sukarno en Indonesia y el comienzo de una terrible matanza, apoyadas ambas por Estados Unidos, de Ahmed Suharto; el Che moría abatido por el ejército boliviano; ascendía al poder el hombre de la CIA en Congo-Léopoldville y artífice del golpe contra Lumumba, Joseph Mobutu; la lista iría poco a poco ampliándose con más nombres, como los de Amílcar Cabral, Eduardo Mondlane, Salvador Allende… El universo tricontinental apareció cada vez más dominado por los intereses de las antiguas potencias coloniales y las nuevas potencias neocoloniales y la lógica de la “guerra fría”, por lo que la necesidad de unión y fuerza que Ben Barka propugnaba fue vencida por la fuerza de una realidad más contundente. La herida dejada por el crimen cometido en la persona del líder marroquí fue demasiado grande para sanar.

En el caso de Marruecos, no sólo fue grave el hecho de la consolidación de las estructuras de poder tradicionales que tantas veces habían sido denunciadas por Ben Barka como medievales y causantes del retardo, las desigualdades y la falta de democracia en las que estaba sumido el país. También resulta de igual gravedad el hecho de que las fuerzas de izquierda, causa por la que él tanto había luchado dentro y fuera de las fronteras del Magreb, acabaran formando parte del mismo entramado de poder. Primero el Istiqlal, como el mismo denunció en vida, y más adelante la Unión Socialista de Fuerzas Populares, reclamada como heredera de la UNFP que fundó, son hoy parte del sistema político de la “apertura cerrada” cuyo epicentro, hoy como ayer, sigue siendo el palacio real.

Ben Barka sigue, de todos modos, presente en el recuerdo de la OSPAAAL que impulsó y en el espíritu de quienes aún hoy desean una transformación mucho más profunda de Marruecos que aquella que incluso Mohammed VI, a pesar de las esperanzas depositadas en él al principio de su reinado, y su corte están dispuestos a aceptar. La reclamación de justicia -y su sucesiva obstaculización- en este y en otros casos demuestra lo escaso que es el impulso que la monarquía quiere dar al cambio en el país. La movilización e inquietud de los jóvenes, demostrada recientemente al calor de la “primavera árabe” puede suponer un cambio en la correlación de fuerzas, aunque todo dependerá de si el rey y su gobierno pueden seguir contando con la represión y el apoyo exterior para seguir sosteniéndose.

FUENTES:

“Mehdi Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Mehdi_Ben_Barka

“Asunto Ben Barka”, https://es.wikipedia.org/wiki/Asunto_Ben_Barka

“Años de plomo (Marruecos)”, https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1os_de_plomo_(Marruecos)

“El caso Ben Barka: 51 años después de los hechos todavía se teme a la verdad”, 29/10/2016, Entrevista de Alex Anfruns a Bachir Ben Barka. http://www.investigaction.net/es/el-caso-ben-barka-51-anos-despues-de-los-hechos-todavia-se-teme-a-la-verdad/

“A los 45 años del asesinato de Ben Barka. Su imagen y pensamiento tricontinental.” Reinaldo Morales Campos. 09/02/2011. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122044

“Ben Barka, un mort à la vie longue”. Omar Benjelloun. Le Monde Diplomatique. Octubre 2015.

http://www.monde-diplomatique.fr/2015/10/BENJELLOUN/53960

“Mehdi Ben Barka et la Tricontinentale”. René Gallissot. Le Monde Diplomatique. Octubre 2005.

https://www.monde-diplomatique.fr/2005/10/GALLISSOT/12827

“Caso Ben Barka”. Blog “Entretanto, Entretente”. 23/01/2010

http://entrevidiya.blogspot.com.es/2010/01/caso-ben-barka.html

“La defensa de la impunidad. Crímenes de Estado y derechos humanos en Marruecos” Abderrahim Berrada y Manuel Lorenzo Villar, Nación Árabe, Nº 45, Año XV, Verano 2001.

https://www.nodo50.org/csca/na/na46/documento46.pdf (descarga)

“Mehdi Ben Barka assassiné le 29 octobre 1965 avec l’aide du gouvernement français”, Rebellyon.info, 29/10/2016, https://rebellyon.info/Mehdi-Ben-Barka-assassine-le-29-octobre

Yemen del Sur. Una utopía entre las bombas

 

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Sello de la República Democrática Popular de Yemen (Yemen del Sur) de 1982, conmemorativo del 60º aniversario de la fundación de la URSS, su gran aliado internacional.

 

 

 

 

El mundo árabe y musulmán es lo suficientemente amplio y complejo, tanto en términos geográficos como humanos, como para escapar a cualquier simplificación que pueda realizarse tanto desde el campo de la extrema derecha europea o norteamericana como desde quienes, llámese DAESH o Al-Qaeda, propugnan la configuración de un califato unificado e integrista. No estaría de más recordar, en éste último aspecto, que no sólo en el mundo de hoy y con las diferentes ramas del Islam que han ido surgiendo, suníes, chiíes y las subramas de éste, como los ismailíes, tal pretensión resultaría, además de la intolerable imposición por la fuerza que están sufriendo más que en cualquier otra área geográfica los propios musulmanes, sino que la experiencia histórica demuestra su fracaso: en los tiempos de mayor esplendor y expansión del Islam, el califato de Damasco ni siquiera pudo aglutinar a todos los musulmanes, surgiendo un califato disidente en la Península Ibérica, el califato de Córdoba. Con respecto a la primera posición -no tan alejada, en cuanto a su planteamiento exacerbado y radical-, conviene tomar un mapa y observar que la religión islámica está presente desde el océano Atlántico hasta el Pacífico, desde el Magreb hasta Indonesia y Filipinas, y desde países europeos y de Asia Central como Bosnia Herzegovina, Albania, el Caúcaso y las antiguas repúblicas soviéticas a orillas del Caspio, el mar de Aral y la meseta del Pamir hasta zonas del África Occidental como Costa de Marfil y Burkina Faso y de África Oriental como Tanzania o las Comoras. En cada uno de estos países, el Islam está presente de forma mayoritaria o como importantes minorías nacionales, y aunque padecen en muchas ocasiones atentados de igual o mayor gravedad que los de Francia, Bélgica o Alemania (pero no ocupan la misma atención en los medios occidentales que si se producen en Europa o Estados Unidos, una política de comunicación que se podría calificar sin temor de racista, y que demuestra que no todas las vidas, ni todos los demás conflictos, importan lo mismo), el contexto social y político y la relación de la religión musulmana y sus fieles con la comunidad es muy diferente.

Para muchos de estos países, los conceptos de democracia, igualdad, justicia, derechos humanos, así como el progreso y la soberanía de sus pueblos tienen menos que ver con el peso de la religión que con las estructuras de poder político y social, las relaciones económicas internacionales, con conflictos de más largo arraigo y causas muy diferentes (la lucha por la tierra y los recursos, la privatización de los mismos, el adelgazamiento del estado, la ausencia de inversión e infraestructuras). Así, la “guerra contra el terror” (el concepto acuñado por George W.Bush tras el 11-S, que tiene los resultados conocidos después de su triunfante afirmación del fin de la guerra de Irak, y rescatado con poca fortuna por el presidente francés François Hollande tras los atentados en suelo galo) se transforma para los habitantes de estos países en la guerra contra un terror más cotidiano y que va camino de convertirse en secular: el terror al hambre, las sequías, las enfermedades, las malas cosechas, los conflictos enquistados, la arbitrariedad del gobierno o las fuerzas de seguridad…

En los países donde se lleva a cabo o están implicados en la “guerra contra el terror” propiamente dicha, la más conocida de acuerdo a la afirmación de Bush hijo, y mayoritariamente de religión musulmana, o bien no faltan los problemas anteriores (tolerados o amparados por parte de sus aliados occidentales, como ocurre con Turquía, Egipto, las monarquías del golfo o Arabia Saudí, cuya preocupación en esa alianza no se dirige hacia el bienestar de la población local, sino hacia la consideración de si el gobierno local cumple o no la máxima “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), o bien padecen otros añadidos, causados por la lucha entre los terroristas de DAESH o Al-Qaeda y la nueva versión del “mundo libre”, aunque ya no se trate de una guerra fría sino de una bien caliente, pero en la que la democracia, al igual que en los tiempos de la lucha anticomunista, sigue su política de alianzas con países que no parecen ajustarse bien al calificativo de “mundo libre” o de “democracia” con que tanto gustaban y gustan de autodenominarse. En este fuego cruzado de bombardeos, disparos y destrucción que padecen las poblaciones de Irak, Siria, Afganistán o Yemen, y en medio de una política deplorable de acogida de refugiados por Europa, Australia o América del Norte a causa de unas guerras que todo el mundo parece saber provocar pero nadie finalizar como corresponde, no puede resultar extraño que muchos acaben, llevados por la desesperación y la locura a que están sometidos, identificando la “civilización” europea y occidental que bombardea y mata a civiles, confundiéndolos con objetivos militares, como un modo más de barbarie, sólo que ésta extranjera, ajena a sus costumbres, y acaben uniéndose a las filas del DAESH. Un juego macabro, efectivamente, pero no deja de ser así una de las hipótesis de la formación del propio Estado Islámico: a base de antiguos militares y funcionarios del estado iraquí de Saddam purgados masiva e indiscriminadamente por la administración colonial estadounidense, que en represalia formaron una organización ¡todavía más radical que Al-Qaeda! Así, la lucha contra el terrorismo desencadenada por la llamada coalición internacional no sería más que una lucha de fomento de ese mismo terrorismo, en la contradicción reflejada por el historietista Quino en “Mafalda”: ante un camión con manguera de los antidisturbios, Mafalda explica a su hermano pequeño que la policía usa ese camión para regar los primeros brotes de violencia, pretendiendo que en realidad la estaba arrancando de raíz. Queda por estudiar la razón por la que jóvenes de origen musulmán, hijos de inmigrantes, nada interesados por la religión, de repente se revuelven violentamente contra el país en el que han nacido y en el que sus padres, paradójicamente, parecen estar más integrados que ellos a pesar de no poseer la nacionalidad que sí tienen sus vástagos. Posiblemente se trate, precisamente, de que esa integración o bien no ha existido o bien ha fallado estrepitosamente, y que hoy se expresa de esta forma al igual que hace unos años se expresaba en forma de estallidos violentos y quema de automóviles en los barrios periféricos de París. Es muy recomendable, a éste último respecto, la irónica novela “Mañana será otro día” de Faïza Guene.

Esa misma contradicción antes mencionada fue la que se observó, dando lugar a un tiro por la culata absolutamente bochornoso, con la alianza entre Estados Unidos y Europa y los regímenes laicos instalados en estados revolucionarios del Norte de África, Oriente Medio o la Península Arábiga (Yemen del Norte). Pretendiendo sustraer los regímenes panarabistas y de “socialismo árabe” que fueron surgiendo en Argelia, Egipto, Siria o Irak a la influencia soviética y garantizando en ellos la presencia de estados autoritarios y fuertes que aplastaran cualquier oposición no sólo a su izquierda (marxistas) como a su derecha (islamistas, como la Hermandad Musulmana), la “primavera árabe” acabó por derribarlos en muchos lugares -salvo en Egipto, donde cayó Mubarak, pero la élite militar del régimen prosigue en el poder tras el golpe que derrocó al presidente islamista Mohammed Mursi para poner al mando al general Al-Sisi y desatar una fuerte represión sobre los Hermanos Musulmanes y la oposición en su conjunto-. El resultado fue una desarticulación, además del descrédito (en parte por lo que tenía, aunque sólo fuera nominalmente al final, de socialista el régimen) del socialismo y de la oposición marxista. Pero por otro lado fue el auge de la otra opción indeseada por Occidente: la de la oposición religiosa islámica como fuente legítima de contestación al poder y a sus aliados occidentales, como ocurrió con el prestigio ganado por los ayatolás en la revolución iraní y el derrocamiento del sha en 1979. Por si esto fuera poco, la política llevada a cabo por Estados Unidos en Afganistán, apoyando en la lucha antisoviética y contra el gobierno comunista de Kabul, a combatientes profundamente radicales en sus planteamientos religiosos, resueltos a luchar en una especie de “yihad”, y del que más representativo acabó siendo Osama Bin Laden, demostraría cómo de suicida puede llegar a ser una política amparada en el capricho y en el apoyo al despotismo y la corrupción.

Una excepción a este panorama, aparte de la experiencia fallida de la república socialista de Afganistán, -en la que la URSS apoyaba a los moderados del partido Parcham ante el temor de una revuelta islamista (azuzada por Estados Unidos) y solicitaba a los comunistas radicales del Khalq la formación de un gobierno de coalición que realizase reformas, necesarias para la modernización del país, pero más moderadas para evitar una revuelta o una oleada de represión, razón de la intervención soviética y de la posterior guerra (1979-1989), en la que los norteamericanos intervinieron ayudando a los muyahidines con tal de meter a la URSS en un “cenagal tipo Vietnam”- o del Frente Polisario y la República Árabe Saharaui Democrática, constituida en el exilio -movimiento revolucionario inspirado en el socialismo democrático, del que el ministro de Información y Turismo del régimen franquista y fundador del PP, Manuel Fraga, refirió que España (y posiblemente también Estados Unidos y Francia, dos de los pilares de Marruecos y su política de invasión del país como suministradores de armas y aviación al ejército alauí) no podía tolerar “un movimiento marxista a treinta y cinco millas de las Canarias”- fue la República Democrática Popular de Yemen, más conocida como Yemen del Sur. Fue el único estado socialista marxista-leninista, constituido sobre las antiguas posesiones inglesas de Adén, Hadramaut y Qishn y Socotora, de un mundo árabe dominado por reinos despóticos o por repúblicas de socialismo de tercera vía, el mencionado socialismo árabe, que acabó degenerando de sus nobles intenciones. Hoy, cuando el comunismo parece desacreditado y cadudo, el recuerdo de Yemen del Sur alimenta en Adén y otras zonas de la antigua república un sentimiento de rebeldía que pasa por la recuperación de lo mejor de los ideales y los aspectos del socialismo suryemení, en medio de la marginación a que se han visto sometidos desde la unificación con el norte y de los conflictos y bombardeos que Yemen ha sufrido últimamente.

SOCIALISMO E ISLAM: AUGE Y CAÍDA DEL SOCIALISMO ÁRABE

La vía marxista-leninista que se abrió en aquellas colonias británicas del golfo de Adén y el sur de la Península Arábiga tras su independencia fue muy diferente de la que fue común en los estados árabes y norteafricanos que desarrollaron, a través de revoluciones o por el triunfo contra potencias coloniales, una vía socialista particular. Al igual que Julius Nyerere, el presidente tanzano, trató de elaborar y poner en práctica en su país un socialismo de claras raíces locales (la ujaama o espíritu de familia), el socialismo árabe basará su ideario en una combinación de elementos marxistas y nacionalistas con la tradición y costumbres árabe-islámicas, rechazando algunos fundamentos del marxismo ortodoxo y del marxismo-leninismo soviético que, por su carácter materialista, internacionalista o ateo, se interpretaban como incompatibles con la situación árabe.

De este modo, y de acuerdo con Michel Aflaq, uno de los fundadores del Partido Árabe Socialista Baaz (el partido gobernante en el Irak de Saddam Hussein y en la Siria de Haffed y Bachar al Assad), quien acuñaría el término, el socialismo árabe establecía la nacionalización de los medios de producción y la superación de elementos de atraso de sus sociedades, como el feudalismo o el tribalismo, pero sin que ello sirva como base para contradecir elementos del Islam tan importantes para los creyentes como la propiedad privada y los derechos de herencia, así como los lazos comunitarios -e incluso la ley islámica o Sharia, a pesar de desarrollar regímenes laicos- que constituían la base identitaria y cultural de sus sociedades. Otros de los elementos de su ideario eran el panarabismo, la solidaridad entre los pueblos árabes (desde el norte de África, incluyendo Mauritania, Sudán y Somalia, hasta Irak; lo que incluso llevó a la creación de uniones entre países como la que tuvo lugar entre Egipto y Siria bajo el nombre de República Árabe Unida o RAU entre 1958 y 1961), y su encuadre en el Movimiento de Países No Alineados, uno de cuyos líderes más representativos fue el egipcio Gamal Abdel Nasser.

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Emblema del Partido Baath Árabe Socialista, gobernante entre los sesenta-setenta y los 2000 en estados como Siria -aún en la actualidad- o Irak.

El socialismo árabe surgía como respuesta tanto a la política colonial llevada a cabo por Francia y Gran Bretaña, cuya presencia en el norte de África y en parte de los antiguos territorios árabes del Imperio Otomano desde el fin de la PGM, como a la de los débiles reinos sobre los que las anteriores especialmente (aunque no sólo) ejercían su dominio indirecto, como ocurría en Irak, Egipto, Omán o el reino de Yemen (del Norte). El dominio colonial, directo o indirecto, en la región había generado los mismos desequilibrios que en otras zonas: ausencia de infraestructuras y de desarrollo agrario e industrial más allá del que beneficiaba, en forma de extracción de materias primas y otros recursos, a los intereses de la potencia colonial o la élite local; falta de políticas de bienestar para las poblaciones locales; mantenimiento o explotación del atraso educativo, científico y cultural de la población local, de modo que, en el caso de una emancipación, se mantuviera la dependencia del exterior de las nuevas naciones. Así, el socialismo árabe buscaba una síntesis entre unas raíces culturales y sociales que el colonialismo explícito o implícito habían arruinado o desvirtuado (y que había dado lugar a un imperio floreciente no sólo en términos militares, sino también culturales y científicos) y lo mejor de los movimientos revolucionarios y transformadores, que en aquellos momentos era representado, para muchas naciones recién independizadas y para muchos pueblos del Sur, por el socialismo.

La primera de las naciones que puso en marcha un programa socialista árabe fue Egipto, tras el derrocamiento de la monarquía en 1953 en un golpe militar y la asunción del poder por parte de Gamal Abdel Nasser, quien fue sin duda la figura más influyente del mundo árabe en los años sesenta, no sólo por la influencia política y cultural de Egipto sino por la propia política y carisma de Nasser. Emprendió un programa de reforma agraria y de nacionalizaciones, entre las que destaca la del canal de Suez (lo que le enfrentó a Gran Bretaña, Francia e Israel); la construcción de grandes infraestructuras como la de la presa de Asuán; fue líder del movimiento de los No Alineados junto a otros líderes nacionalistas que buscaban vías autóctonas e independientes de desarrollo para sus países, como el indonesio Sukarno, el indio Nehru y el yugoslavo Tito (lo que no le impidió un acercamiento a la URSS), y encabezó la lucha del mundo árabe frente a las injerencias occidentales y la política expansionista y agresiva de Israel (lo que llevó a la participación y derrota egipcia y del resto de coaligados árabes en la Guerra de los Seis Días). Pese a ello, a su muerte en 1970 la política de sus sucesores Sadat y Mubarak cayó en el descrédito: el acercamiento de Sadat a EE.UU. e Israel le llevó a distanciarse del mundo árabe y, tras su asesinato en 1981, Hosni Mubarak se sostuvo en el poder durante tres décadas a través de leyes marciales y medidas represivas mientras tanto él como su entorno se enriquecían de modo ilícito al tiempo que la población egipcia se veía progresivamente empobrecida.

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Nasser y el premier sovético Nikita Jruschev en las obras de la presa de Assuán.

También en el norte de África, Argelia iba a apostar, tras una cruenta guerra de independencia contra Francia culminada en 1962 y encabezada por el Frente de Liberación Nacional, de corte claramente izquierdista, por la vía del socialismo árabe. Tras la difícil victoria, Ahmed Ben Bella, primer presidente de la Argelia independiente, y el FLN se hicieron cargo del país, tratando de implementar una política de nacionalizaciones, reforma agraria, sistemas autogestionarios (como las granjas colectivas) y la igualdad de sexos, consecuencia de la importancia que las mujeres habían tenido en la lucha armada contra Francia. Dentro de su política exterior neutralista, mantuvo buenas relaciones con países socialistas como Cuba, Yugoslavia, la Unión Soviética, China o el Mali de Modibo Keita, además de prestar su apoyo a movimientos de liberación como el ANC surafricano o el PAIGC de Guinea Bissau y Cabo Verde.

Sin embargo, las desavenencias que habían estado presentes en el interior del FLN desde el momento mismo de la lucha anticolonial hicieron que, en 1965, apenas tres años después de haber accedido a la presidencia de la República, Ben Bella fuera derrocado y confinado al arresto domiciliario por su ministro de Defensa, Houari Boumedienne, quien acentuó las tendencias autoritarias -suspendiendo la asamblea nacional y la constitución de 1963- y el dominio militar del régimen argelino, al tiempo que marginaba la cultura y lengua de la importante minoría bereber. Las rentas petrolíferas y gasísticas obtenidas por Argelia en los años siguientes no se han sabido o querido invertir convenientemente en el bienestar de la población, especialmente en la modernización de una agricultura cuya producción crece menos que la población, entre otras cosas por la burocratización y corrupción del régimen. Otro de los debe tiene que ver con la situación de la mujer, que, pese a lo proclamado en la constitución, tiene en la práctica limitados sus derechos debido a la vigencia del Código de Familia islámico.

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Ahmed Ben Bella (izquierda) y Houari Boumedienne, héroes de la independencia y de la revolución argelinas.

 

Boumedienne, fallecido en 1978 bajo sospechas de envenenamiento, fue sucedido por el coronel Chadji Bendjedid, quien procedió al desmantelamiento de facto del sistema socialista argelino mediante privatizaciones y acuerdos con el Fondo Monetario Internacional para la reestructuración de su economía. La dependencia exterior de Argelia, quien tiene que comprar todo aquello que no produce a cambio de la venta de petróleo y gas, y la corrupción y autoritarismo del sistema llevaron al triunfo electoral del islamista FIS en 1991, quien se presentó bajo el paraguas de la honestidad y la preocupación por las clases populares. El no reconocimiento de su derrota por parte del gobierno llevó a una guerra civil de baja intensidad entre éste y las fuerzas islamistas del GIA (Grupo Islámico Armado), en la que se dieron no pocas detenciones arbitrarias, torturas, abusos y atentados y otras acciones armadas contra la población civil en unos años terribles.

Los casos de Irak y de Siria revisten ciertos paralelismos. Ambos son países en los que conviven diferentes grupos étnicos, como los kurdos y los asirios, y religiosos como chiíes y suníes, lo que les ha llegado a convertir en auténticos polvorines después de la invasión norteamericana y la caída del régimen de Hussein en el primero o en la actual guerra civil siria. En ambos casos, la desacreditada monarquía -instaurada en Bagdad tras la independencia del dominio británico en 1932 y en Damasco después de la colonización francesa en 1946- dio paso a un sistema republicano en el que el control del país estará en manos del partido Baaz, quien procederá a una política de nacionalizaciones, reforma agraria y de aproximación y alianza con la URSS (lo cual, en el caso iraquí, no deja de ser paradójico, dado que el baazismo se enfrentará a la oposición de los comunistas). En Irak, rico en recursos petrolíferos, la nacionalización del sector y la eficiente gestión estatal posibilitó que el país pudiera dedicar ingentes recursos a infraestructuras o a los sectores educativo y sanitario, mejorándose la calidad de vida, los salarios o la situación de la mujer.

En 1971 en Damasco llega al poder Hafez Al Assad, de la en Siria minoritaria confesión chií (alauí), tras la derrota de la coalición árabe contra Israel en la Guerra de los Seis Días, y en 1979 en Bagdad Saddam Hussein, que orientará la política exterior iraquí de la Unión Soviética a Occidente y los Estados Unidos, convirtiéndose en aliado de éste contra la revolución iraní (la administración americana dará apoyo armamentístico a Bagdad en la Guerra Irak-Irán de comienzos de los ochenta) y consentirá la sangrienta represión que Hussein ejercerá contra los chiíes y los kurdos. Ambos proceden del ejército y se convertirán en los hombres fuertes durante cerca de tres décadas en ambos países (a Al Assad le sucederá su hijo Bassar, quien mantendrá la alianza con la Rusia post-soviética así como con el grupo armado libanés Hezbolá y el régimen islámico chií de Irán) y ejercerán el mando con mano de hierro. El movimiento baazista, mientras tanto, habrá perdido el protagonismo en la política nacional frente a la autoridad militar, convirtiéndose (como el FLN argelino) en aparatos burocráticos de los respectivos regímenes dictatoriales implantados. Las conquistas revolucionarias del socialismo árabe en ambos países fueron perdiéndose, especialmente en comparación al protagonismo ganado por la represión violenta de los movimientos de oposición, y debido también a factores internacionales como la crisis a la que Siria se tuvo que enfrentar por la disolución de la Unión Soviética (su mayor aliado internacional) y el bloqueo económico y las sanciones a las que tuvo que enfrentarse Irak tras su derrota contra la coalición internacional liderada por Estados Unidos en la Primera Guerra del Golfo de 1991.

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Saddam Hussein encabezó un golpe de Estado en Irak y cambió la política de alianzas del país, que pasó a alinearse con EE.UU. y a atacar Irán de acuerdo con Washington. Posteriormente, se convertiría en enemigo irreconciliable de las administraciones norteamericanas.

No obstante, tanto la guerra civil siria como la caída del régimen de Hussein tras la invasión norteamericana, y en especial el factor de los grupos terroristas de ideología fundamentalista religiosa (Frente Al Nusra, Estado Islámico) han mostrado tanto la especial incapacidad europea y estadounidense para comprender la complejidad étnica, religiosa y política a que habrían de enfrentarse ambos países tras el fin de los regímenes baazistas (y, en consecuencia, la complejidad de un escenario donde una “guerra contra el terror” creada por las propias potencias extranjeras intervinientes no sirve para explicarlo todo) como la escasa relevancia de una oposición de carácter laico y progresista, cuya ausencia en los análisis no implica que no exista, alimentando la tendencia en Occidente a pensar que en el mundo árabe no pueden existir alternativas políticas de tal naturaleza. Esto -que es extensible a países como los mencionados Egipto o Argelia- se debe  no sólo a una reacción de signo contrario al laicismo desarrollado por los corruptos y desacreditados regímenes socializantes que han degenerado en dictaduras crueles que abandonaron sus ideario y al cambio de alianzas, pasando de la enemistad a la amistad con un Occidente que les sirvió de apoyo (lo que explica el prestigio ganado por la Hermandad Musulmana, el FIS y otros grupos opositores religiosos al presentarse como candidatos de la honradez y contra la decadencia de un mundo occidental y cristiano que es, más bien, la decadencia de la propia dictadura local fenecida). También al hecho de que parte de la “guerra contra el terror” se dirige también contra grupos de izquierda que pudieran constituir una alternativa a los planes para configurar un nuevo “statu quo” regional o modificar las fronteras, aun cuando la aspiración pueda ser perfectamente legítima: tal parece ser el caso de los grupos armados kurdos que combaten tanto a Al Assad como al EI en Siria y en los que luchan juntos hombres y mujeres. No debe por ello resultar extraño que las posiciones kurdas en Siria hayan sido bombardeadas por Turquía (miembro de la OTAN) o que países como España hayan decidido encarcelar a su regreso a quienes, en un intento de emular a las Brigadas Internacionales, combatieron junto a estas milicias kurdas.

Libia, por último, al igual que Túnez, Yemen o Egipto, vio finalizado el régimen del coronel Gadafi en el transcurso de la “Primavera Árabe” de 2011, pero para ello tuvo lugar una guerra civil en la que se dio un juego de intereses políticos y geoestratégicos en los que las potencias occidentales, que habían iniciado años antes un proceso de revisión de sus relaciones con Trípoli y consideraban a Gadafi un aliado tras años de condena, apostaron a la carta de su derrocamiento. La situación del país, sin embargo, no ha mejorado tras el fin del régimen gadafista (que incluyó su muerte en un dantesco linchamiento, en un período en que, tras una suerte de tregua por parte de los medios de comunicación en sus descalificaciones hacia el por otra parte excéntrico líder libio, regresaron las acusaciones sobre supuestas atrocidades que incluían la violación de las mujeres de su guardia femenina) y las dificultades pasan tanto por las desavenencias regionales entre la parte occidental del país (Tripolitania) y la oriental (Cirenaica, la región de Benghasi y la primera en levantarse contra el régimen) como debido a la presencia de grupos terroristas como Al Qaeda en el Magreb Islámico y el propio EI. Asimismo, algunos analistas apuntan a que la presencia militar extranjera (Francia, Italia, Estados Unidos) en el país no está bien considerada por la población, lo que lleva a actos de violencia contra ellos que son camuflados como ataques terroristas.

Muamar al Gadafi encabezó en 1969 una sublevación contra la monarquía, instaurada en el país tras el fin del fideicomiso italiano en 1951. La República Árabe, influida por el nasserismo, iniciaba su andadura con mimbres parecidos a los de otros países que siguieron la vía del socialismo árabe: nacionalizaciones, reforma agraria y no alineamiento (de hecho, Gadafi no se aproximó a la URSS hasta mediados de la década de los setenta). Para mantener el poder, Gadafi hubo de pactar con los diferentes grupos tribales del país. En 1977, poco después de la publicación de los principios de la revolución libia en el Libro Verde (un remedo del Libro Rojo de Mao, que combinaba socialismo e Islam), Gadafi proclama la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista (el término árabe Yamahiriya se puede traducir tanto como república como comunidad, lo que enlazaba con el ideario gadafista de unión del pueblo libio en torno a un ideario y un líder, el socialismo árabe y el propio coronel). La nueva Libia, con la nacionalización de los recursos del petróleo y el gas y la utilización de los beneficios para planes de infraestructura e implementación de sistemas gratuitos de sanidad y educación, alcanzó extraordinarios niveles de desarrollo humano para el continente africano, más próximo a los países meridionales de Europa como Portugal o Grecia, así como un nivel de derechos para las mujeres mucho más elevados que en otras naciones islámicas.

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Escudo de la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista, el régimen libio encabezado por el coronel Gadafi.

Sin embargo, Gadafi también llevó a cabo una política de apoyo a grupos internacionales de liberación bastante controvertida. Al tiempo que apoyó en un principio la experiencia revolucionaria de Thomas Sankara en Burkina Faso, al Frente Sandinista y la revolución nicaragüense, la OLP o el ANC de Nelson Mandela, hizo lo propio con ETA, el IRA Provisional o las FARC, y llegó a implicársele en el atentado a un avión en Lockerbie (Escocia). Ello llevó a un bloqueo económico por parte de los Estados Unidos y al bombardeo, en tiempos de la administración Reagan, de las ciudades de Trípoli y Benghasi.

De ahí que, en su esfuerzo por normalizar las relaciones con Occidente, Gadafi retiró el apoyo a varias organizaciones terroristas y hacer frente al bloqueo fomentando las cooperativas y pequeñas empresas privadas. En sus últimos años, al tiempo que permitió la entrada de grandes actores privados en la economía libia, especialmente en el sector de los hidrocarburos, buscó contrarrestar el dominio occidental a través de acuerdos con aquellos países más opuestos o que pudieran contrarrestar el liderazgo estadounidense, como la Rusia de Putin, la Venezuela de Hugo Chávez, la República Islámica de Irán, Brasil o China, al tiempo que era recibido por líderes europeos como el primer ministro italiano Silvio Berlusconi o el presidente del gobierno español José María Aznar, que llegará a referirse a Gadafi como “un amigo extraño, pero un amigo”. La oportunidad ofrecida por la guerra civil libia, sin embargo, llevó a las potencias occidentales a apoyar a la oposición y a bombardear las posiciones del ejército de Gadafi, recuperando el lenguaje despectivo contra él. Algunos analistas han ofrecido, como parte de la explicación a este cambio de actitud, las oportunidades de negocio más amplias que la oposición ofrecía a las empresas occidentales, con la defensa en su programa de “un sector privado para la economía” y “los intereses y derechos de las compañías extranjeras”, así como la mayor capacidad de influencia sobre el nuevo gobierno.

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Vladimir Putin y Muammar Gadafi, dos líderes conocidos por su oposición al “unilateralismo” norteamericano, durante un encuentro en Trípoli.

En resumen, los gobiernos de socialismo árabe supusieron, en su día, un soplo de esperanza para aquellos países deseosos de librarse del yugo de la colonización europea y de emprender un camino propio, una “tercera vía”, entre el Occidente capitalista y el socialismo “ateo” de la URSS y sus aliados. Teniendo en cuenta la importancia del Islam en la configuración del mundo en la región de Oriente Medio y el norte de África (más incluso, afirma Edward Gibbon, que la del cristianismo en Occidente, donde había que tener en cuenta la enorme herencia de las civilizaciones griega y romana) y siguiendo la vía emprendida por otros estados no alineados como Yugoslavia, India o Tanzania, el socialismo árabe trataba de ser una síntesis de modernidad y tradición similar a la vía de los socialismos africanos. El éxito inicial que trajeron las políticas sociales y redistributivas, la nacionalización de sectores estratégicos o la reforma agraria en Egipto, Irak o Argelia, así como la afirmación de la propia identidad y el carisma de líderes como Nasser -de quien el escritor libanés Amin Maalouf referirá “los árabes […] tuvieron un líder en quien reconocerse”– fue sin embargo reemplazado a partir de los años setenta por un repliegue debido a la derrota de las fuerzas militares árabes frente a Israel en las guerras de los Seís Días y del Yom Kippur, que trajeron consigo una merma del prestigio y presencia internacionales de los líderes árabes. A esto se añadió la muerte y los golpes de estado contra los viejos líderes carismáticos e independientes, como Nasser o Ben Bella, que fueron sustituidos por figuras más proclives al acercamiento a Occidente y bajo cuyos gobiernos el régimen político nacional cayó en la corrupción, el nepotismo y la ineficacia, mientras, con el cambio de alianzas (se abandonó el apoyo y acercamiento a la URSS) eran apoyados por Estados Unidos y la Unión Europea en segunda instancia para aplastar a una oposición representada no sólo por intelectuales o izquierdistas de signo marxista, sino también por una oposición religiosa que achacaba los males del país a la “venta” a los valores occidentales y postulaba la regeneración a través del retorno a las fuentes islámicas, a veces de signo muy rigorista.

A este respecto, el fracaso del socialismo árabe parece representar el más reciente intento fallido de hallar una vía de síntesis entre las raíces propias y las corrientes sociales y políticas alrededor de las que se movilizaban banderas en el resto del mundo, como en el pasado lo representaron los “Hijos de Adán” y la fallida experiencia de la democracia iraní a comienzos del siglo XX. El mencionado Amín Maalouf -quien escribió sobre el anterior tema en su novela “Samarcanda”– refiere en el epílogo de su obra “Las cruzadas vistas por los árabes” que, mientras que el contacto de los occidentales en Palestina (al igual que en la Península Ibérica o en Sicilia) con los musulmanes contribuyó a una revolución cultural en Europa -el conocimiento de técnicas agrícolas, de la filosofía, las matemáticas o la medicina tanto antiguas como del desarrollo posterior de las mismas que llevaron a cabo Avicena, Averroes o Maimómines-, las “cruzadas” o “guerras francas” medievales crearon un ambiente de desconfianza y de encierro sobre sí mismo en el mundo musulmán que se mantuvo a lo largo de los siglos, y que la dominación colonial francobritánica en la zona o el establecimiento del Estado de Israel (considerado poco menos que un “reino cruzado”) han exacerbado, hasta el punto de que en tiempos del presidente Nasser se le llegó a equiparar con Saladino porque, al igual que el sultán ayyubí, consiguió unir a Siria y Egipto en un solo estado (la RAU entre 1958 y 1961) y plantar cara a Francia y Gran Bretaña como Salah al-Din hizo con los caballeros francos. “Asediado por doquier -dice Maalouf-, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta, de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo […] Por ello seguimos asistiendo hoy día a una alternancia con frecuencia brutal entre fases de occidentalización forzada [como la que representó el laicismo autoritario de Atatürk al fundar la República de Turquía en 1922, cuyas pulsiones dictatoriales permanecieron y permanecen hoy día a pesar de ser un país formalmente democrático] y fases de integrismo a ultranza fuertemente xenófobo.”

Grupos como el FIS argelino o la Hermandad Musulmana se presentarán, ante la degradación económica y política del país y las conexiones gubernamentales con antiguos o nuevos colonizadores occidentales, como individuos que atendían a las necesidades del pueblo, honestos y decentes y con un programa antiimperialista similar al que habían llevado los partidos baazistas o revolucionarios en el poder en los tiempos de la liberación anticolonial y cuyos ideales aparecían ahora traicionados. De este modo, la “primavera árabe” de 2011 -o antes en Argelia, en la época de la guerra civil- fue un momento propicio para el éxito popular de estos grupos, que representaban la esperanza del pueblo contra unos regímenes degradados, pero al mismo tiempo tenían su propia agenda de imposición de leyes restrictivas en materia religiosa y cultural, lo que asustó a Estados Unidos, Europa o la OTAN, “culpables” indirectos de su éxito al haber apoyado a gobiernos represores y corruptos como el de Mubarak en Egipto o políticas de “apartheid” como las Israel respecto a los palestinos, en medio además de una “guerra contra el terror” que parece no tener fin. Así puede explicarse el éxito de los Hermanos Musulmanes en las elecciones post-Mubarak en Egipto o de Hamás en la franja de Gaza. La respuesta, en algunos casos, ha sido apoyar a versiones modificadas de los viejos regímenes, como a los militares que formaban parte de la élite del ejército de Mubarak en El Cairo, condenar al gobierno salido de las urnas como en Gaza o agitar nuevos avisperos en Libia y Siria de difícil solución.

LA DIFERENCIA SURYEMENÍ

Yemen del Sur, oficialmente la República Democrática Popular de Yemen, siguió un camino diferente. El país siguió la vía del marxismo-leninismo que había sido condenada por el socialismo árabe por su ateísmo, y que hacía al régimen suryemení mucho más próximo a la Unión Soviética y las naciones del Este de Europa, Cuba, Vietnam o la República Popular China de lo que eran Egipto, Siria o Irak, que se declaraban como no alineados.

Además, Yemen del Sur tenía otra particularidad, y que en este caso lo diferenciaba respecto a otros estados socialistas como la RDA, Corea del Norte o Vietnam del Norte. La división del Yemen, al contrario de lo que había ocurrido con la de Alemania, las dos Coreas o Vietnam, no había sido un producto de la posguerra de la SGM y de las desavenencias que, como parte de una “guerra fría” en marcha, surgieron entre las potencias aliadas e impidieron configurar un estado unido, o en el caso vietnamita para asegurar un estado-tapón (Vietnam del Sur) fiel a Occidente que impidiera ver cumplida la teoría del dominó norteamericana acerca del dominio comunista del sudeste asiático. Yemen del Norte (primero Reino de Yemen y luego República Árabe de Yemen) y Yemen del Sur, a pesar de un pasado unitario, habían estado divididos y bajo control, respectivamente, del imperio otomano, hasta 1922 (en que el norte se independiza tras la derrota otomana en la PGM y la independencia o pérdida a manos francobritánicas de sus territorios en Arabia y Oriente Próximo) y del británico, hasta 1967, cuando le llega el turno de independizarse a la Colonia y Protectorado de Adén.

La Compañía Británica de las Indias Orientales se hace con el control de esta estratégica ciudad portuaria del suroeste de la Península Arábiga en 1839. Con Adén y Suez en manos británicas, así como el resto de Egipto y Somalilandia, el Reino Unido controla las bocas de entrada y salida del mar Rojo. Desde Adén, la influencia británica, en forma de protectorado, se extiende hacia el este, hacia los sultanatos de Hadramaut y el Mahra, conformado por Qishn, en la península Arábiga, y la isla de Socotora, territorios que unidos a la originaria colonia de Adén formarán el protectorado y en un futuro el Yemen del Sur marxista.

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Mapa de la composición de la colonia y protectorado británicos de Adén-Arabia del Sur, que luego constituirían la República Democrática Popular de Yemen.

Sin quererlo, los británicos van a fomentar la rebelión y el socialismo marxista en el país al deportar a militantes revolucionarios comunistas y socialistas de la India al país. La iniciativa en la resistencia a los británicos va a ser ejercida por dos grupos, el Frente de Liberación del Sur del Yemen Ocupado (FLSYO) y el Frente de Liberación Nacional (FLN). Éste último se constituye como la fracción yemení del movimiento revolucionario árabe, el MNA (Movimiento de los Nacionalistas Árabes), fundado en los años cuarenta por Georges Habash, Nayef Hawatmeh y Constantin Zureik y de claro signo izquierdista, y al que pertenecen la Acción Comunista del Líbano, el Frente Popular de Liberación y el Frente Democrático de Liberación, ambos de Palestina o los partidos comunista y socialista árabe de Arabia Saudí.

Después de crearse en 1963 la efímera Federación de Arabia del Sur sobre el territorio de la colonia de Adén, justo el mismo año en que comienza la actividad del FLN y el FLSYO, en 1967 la lucha de los revolucionarios triunfa frente a los británicos y a los sultanes dependientes de éstos y se crea la República Popular de Yemen, bajo el claro liderazgo de la primera de las organizaciones. Dos años después, en 1969, la rama socialista del FLN agrupará al resto de grupos políticos en torno a ellos, creando el marxista Partido Socialista de Yemen y el primer estado socialista marxista-leninista del mundo árabe,

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Bandera de la República Democrática Popular de Yemen (1967-1990)

la República Democrática Popular de Yemen. Para el economista y analista egipcio Samir Amin, la lucha por la independencia y el ideal socialista que la alumbraba ha aglutinado a la población resistente en torno al marxismo, y el PSY “agrupa a todas las fuerzas reformadoras modernas, las clases medias, los trabajadores del puerto [de la capital, Adén] y los estudiantes”. La periodista iraní Nazanin Amarian refuerza esta idea al afirmar que Yemen del Sur fue “la primera nación árabe y musulmana que vivió entre 1967-1990 bajo un gobierno socialista, dirigido por los comunistas, nacionalistas y liberales, mostrando que las personas musulmanas, lejos de ser fanáticas, apoyaban un gobierno laico que trabajaba por su bienestar y libertad.” En el Partido Socialista, aunque la corriente dominante será la marxista, existen nacionalistas, socialdemócratas y panarabistas, lo que reflejará una cierta pluralidad del sistema político suryemení, pero al mismo tiempo será fuente de conflictos internos, como demostrará la guerra civil que se desencadenó en 1986.

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Bandera del Reino de Yemen (1918-1962)

Mientras tanto, en el norte, en el vecino Reino de Yemen la monarquía está dejando de existir. La guerra civil se había iniciado en 1962 tras el golpe de estado por parte de militares republicanos y nasseristas, apoyados por Egipto, mientras los monárquicos resistieron apoyados por Reino Unido y Arabia Saudí. Tras ocho años de guerra, en 1970 Arabia Saudí reconoció a la República Árabe de Yemen y la vieja monarquía feudal mutawakilita de Muhammad al-Badr había perdido la batalla. Sin embargo, su sistema político pronto se distanciaría de Egipto y del socialismo árabe que representaba Nasser, cuyo apoyo había sido esencial para la victoria de los republicanos. Yemen del Norte comenzó a realinearse con británicos y saudíes, y lejos de aplicarse principios secularizadores como los del sur y socializantes como los de Egipto o Argelia, el país se mantuvo fiel a los principios islámicos y capitalistas, con lo que la diferencia de desarrollo y bienestar con el sur -sobre todo cuando en los ochenta se descubrieron yacimientos petrolíferos en la RDPY- fue considerable.

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Bandera de la República Árabe de Yemen (1962-1990)

Y es que, no en vano, y al hilo de la frase de Amarian, el bienestar alcanzado por los suryemeníes  gracias a las políticas gubernamentales motivó tanto las diferencias de bienestar y desarrollo humano existentes entre los dos Yemen como el sentimiento independentista de hoy en el sur, basado en los logros sociales de la época previa a la unidad; en el sentimiento de discriminación -acentuado tras la derrota en la guerra civil de 1994- que sienten los sureños frente a un norte cuyo modelo se ha impuesto en todo el país y se aprovecha de los recursos del sur; y en el rescate de un modelo socialista de nuevo cuño que recupere lo mejor del pasado y una dignidad que, más que perdida, sienten “robada”. Bajo el régimen marxista (con un sistema político similar al de la Unión Soviética y los países del Este de Europa, en el que los ciudadanos, por sufragio universal, votaban a los candidatos del partido), Yemen del Sur se convirtió en uno de los países más progresivos del mundo árabe y el que más de la Península Arábiga. La educación se declaró libre y gratuita y se desarrollaron intensas campañas de lucha contra el analfabetismo. Se llevó a cabo una exitosa reforma agraria que convirtió a la república en un país exportador de fruta y cereales, además de aumentarse las actividades ganaderas y pesqueras. Asimismo, se nacionalizaron importantes sectores económicos, como la industria naval, la banca y el comercio de exportación, y gracias al superávit de viviendas construidas por los colonos británicos, no existían problemas de esta índole en Yemen del Sur, por lo que en el país no había personas sin hogar.

Además, la RDPY contaba con una curiosidad arquitectónica como eran los rascacielos hechos de adobe y troncos de palmera de la ciudad de Shibam, en Hadramaut, cuya construcción originaria se sitúa en el siglo III antes de Cristo, aunque tuvo que ser reconstruida en dos ocasiones en los siglos XIII y XVI por las crecidas. Esta pieza única de arquitectura, tras años de abandono incluso en la época de la república democrática popular (en la que la vivienda fue nacionalizada, quedando sus antiguos propietarios como inquilinos) fue elevada, a petición del presidente Alí Nasser Mohamed, a categoría de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, tras la rotura de una presa que volvía a amenazar la precaria existencia de la ciudad. Las autoridades gubernamentales llevaron a cabo desde entonces “un plan de emergencia para reparar la presa y otro más a largo plazo para instalar una red de agua y alcantarillado, además de tendido eléctrico y telefónico [que] llevaron la ciudad al siglo XX” (Ángeles Espinosa), continuados desde entonces por las sucesoras administraciones del Yemen unido.

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La ciudad de rascacielos de Shibam, en Hadramaut (Yemen meridional).

En cuanto a la política de género, la legislación garantizaba la igualdad de sexos, aunque en las zonas tribales el gobierno hubo de pactar, haciendo que continuara aplicándose la ley islámica o sharia en estas áreas.

Las relaciones exteriores del país fueron muy estrechas con países del bloque socialista, como la URSS, la República Democrática Alemana o Cuba, que enviaron técnicos, asesores y expertos militares (la Unión Soviética fue el puntal de la modernización de las fuerzas armadas suryemeníes), así como con la República Popular China, quien envió médicos y creará una industria textil. Algo más difíciles fueron con los países árabes, en especial con los vecinos reinos y sultanatos como Arabia Saudí u Omán, debido al apoyo que el país suministraba a los revolucionarios de este último, deseosos de acabar con la monarquía. También lo fueron, por el carácter marxista del socialismo suryemení, con estados de socialismo árabe que condenaban por “renegar del Islam” al régimen de Adén y por la política de apoyo a organizaciones palestinas, en un momento en que países como Egipto buscaban una deténte con Israel. Por tal motivo, algunas de las controversias internas en el seno del PSY y del gobierno estuvieron motivadas por la política a seguir hacia países como Siria, Irak o Libia.

No cabe duda de que, siguiendo con la línea internacionalista (retórica o real) que era uno de los principios de los países socialistas, Yemen del Sur desempeñó un activo papel en este campo. Los suryemeníes apoyaron en 1969 el golpe de estado de Mohamed Siad Barré en la cercana Somalia, que proclamó inicialmente un estado socialista y estableció lazos militares y de cooperación con la URSS, apoyaron a los revolucionarios omaníes y a las organizaciones palestinas del FDLP, el FPLP y Al-Fatah. Incluso miembros de ETA se entrenaron en un campo a cien kilómetros de Adén, si bien es cierto que -según fuentes de la Guardia Civil- lo hizo durante un efímero período, entre 1976 y 1980, y mientras la organización contaba aún con una aureola revolucionaria y de oposición a la dictadura de Franco que pronto iba a desaparecer.

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Manifestantes sureños portan la bandera de la antigua República Democrática Popular contra las políticas del gobierno central de Saná.

Como se ha referido con anterioridad, la composición heterogénea del PSY, a pesar de la preeminencia de los marxistas, hará que en los años setenta surja una primera lucha ideológica y por el liderazgo en su seno. Cuando todavía el partido estaba en fase de creación a partir del Frente de Liberación Nacional, surgen, en 1979, las primeras diferencias entre el presidente Salim Robaya Ali y Abdul Fattah Ismail, secretario general. El primero es partidario de un acercamiento a los países árabes, como el vecino Yemen del Norte, Omán y Arabia Saudí, mientras el segundo desea estrechar los lazos con la URSS. Un golpe de estado acaba con la vida de Robaya y del ministro del Interior Saleh Mosleh, imponiéndose la línea prosoviética que caracterizará al país en los años siguientes. Ismail, que se había alzado con la presidencia, será sustituido por su aliado Ali Nasser Mohamed debido a problemas de salud y permanece tratándose de ellos en la Unión Soviética entre 1980 y 1985.

No obstante, años después, entre estos dos aliados se comenzarán a dar diferencias irreconciliables que conducirán al país a la guerra civil. Ali Nasser comenzará a mostrarse más partidario de una línea moderada, que en política exterior se reflejará en un acercamiento a sus vecinos norteños, Mauritania o Arabia Saudí, algo que disgusta a Ismail. A su regreso de la URSS, solicita a Ali Nasser en un congreso del PSY que abandone uno de los dos cargos que ostenta, el de presidente de la república o el de secretario general, algo a lo que aquel no accede. El 13 de enero de 1986, partidarios de ambos se enfrentan en las calles de Adén, comenzando un conflicto civil que terminará con la victoria de los partidarios de Ismail y provocará -pese a la mediación de los líderes de las organizaciones palestinas- alrededor de diez mil muertos y sesenta mil exiliados, incluyendo al propio Ali Nasser, que huirán hacia Yemen del Norte, pese a la proclamación de una amnistía que no incluirá a los principales aliados de Mohamed, juzgados y condenados a muerte. Ismail morirá durante el conflicto.

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Bandera de la República de Yemen, resultado de la unidad entre la RAY y la RDPY, desde 1990.

A pesar de la victoria del “ala dura”, la perestroika de Gorbachov en la URSS llevará a una política diferente en Yemen del Sur. La fracción más radical va a verse desposeída del dominio político, sustituida por líderes más influidos por los nuevos vientos de Moscú y, mientras los ciudadanos soviéticos y de otros países socialistas de Europa del Este abandonan el país, se inicia un diálogo entre los dos Yemen para una unificación que -a pesar de los conflictos que acabaron por estallar en 1977, cuando la República Árabe atacó la República Democrática Popular, en una guerra fronteriza que duró dos años- no dejó de estar sobre la mesa y que incluso llegó a proponerse en fecha tan temprana como 1972. Sin embargo, la unidad de los dos Yemen (negociada desde 1988 y realizada en 1990), al igual que ocurrió ente las dos Alemanias, aunque contemplaba un escenario mucho más igualitario y de mismo poder negociador entre ambas repúblicas, acabó por suponer una fagocitación por parte del país capitalista de su vecino socialista, aunque éste fuera más desarrollado y dispusiera de la riqueza petrolífera y de un estado del bienestar que los ciudadanos del norte no poseían. El egipcio Samir Amín afirma que el PSY se suicidó aceptando en 1990 la reunificación con Yemen del Norte, motivados, afirman los líderes marxistas del sur, por el temor a una agresión tras la caída del bloque soviético y de la propia URSS. Este suicidio político se manifestó en poco tiempo en hechos concretos y cotidianos para los ciudadanos sureños, a los que los noryemeníes ya parecían acostumbrados, sin que ello dejara de tener su gravedad. A la devaluación de la moneda suryemení, el dinar, para equipararlo con el rial noryemení (y que provocó subidas de precio escandalosas e inasumibles para los trabajadores de Yemen del Sur) le siguió un auténtico desmantelamiento del sistema de protección social, escolar y sanitario de la ya extinta RDPY: “las concesiones unilaterales de la República Democrática Popular de Yemen (del Sur), dominada por los liberales, a la República Árabe de Yemen, respaldada por Arabia Saudí y EEUU y su posterior disolución, fue el inicio de una crisis multidimensional del Estado que ha desgarrado al país […] El asalto de la derecha a las políticas sociales en el Sur (supresión de la sanidad y educación universal y gratuita, de la pensión para ancianos y discapacitados – que se han convertido en masa de mendigos- la privatización de las grandes empresas y fábricas, etc.) ha arrastrado a la mitad de la población, en su mayoría jóvenes menores de 30 años, a la pobreza, desesperación y también a la protesta”, escibe Nazanín Armanian. La exclusión del PSY de las estructuras de poder llevaron, junto con la puesta en marcha de estas políticas, a la guerra civil de 1994, en la que el sur proclamó de nuevo su independencia.

UNA GUERRA (Y UN IDEAL) QUE NO SE ACABA 

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Manifestantes yemeníes portando, entre otros carteles, un poster del Che Guevara.

A los cuatro años de la unidad entre ambos estados yemeníes, las circunstancias de la unificación demostraron que el acuerdo político al que se había llegado entre la República Árabe y la República Democrática Popular había sido absolutamente insatisfactorio para el sur. No sólo por el desmantelamiento que se estaba realizando de las políticas que se habían llevado a cabo durante el régimen marxista en Yemen del Sur, sino también por la persecución y discriminación a que se veían sometidos los antiguos dirigentes suryemeníes y los miembros del Partido Socialista de Yemen, quienes, a pesar de que formalmente compartirían el poder con sus homólogos noryemeníes, habían sido reducidos a un papel de comparsas. “El Partido Socialista Yemení empezó a sufrir persecuciones políticas por las fuerzas norteñas y su influencia se vio duramente reducida en el nuevo gobierno”, escribe Antonio Ponce. La sensación de “colonialismo” por parte del gobierno de Saná y del norte sobre el sur se extendió también sobre las fuerzas armadas.

El recientemente derrocado Alí Abdulah Saleh, que ya había sido presidente de la República Árabe de Yemen y ostentaba la presidencia del Yemen unido, dirigía con mano de hierro el nuevo estado y condujo a las fuerzas unitarias hacia la victoria. Contaban con la ventaja de que ningún país reconoció a la reinstaurada República Democrática de Yemen en el sur, a pesar de que Arabia Saudí, temerosa de un Yemen unificado y libre de su influencia, apoyó a los rebeldes, así contaban con el apoyo estadounidense para con las fuerzas de Saná. Tras la guerra, que transcurrió básicamente en territorio del sur, Saleh vio reforzado su poder, incrementándose además el de éste respecto del poder del parlamento, y el dominio norteño sobre el conjunto del país se intensificó.

De este modo, muchos yemeníes del sur observaron como eran marginados, en favor de norteños aliados del presidente Saleh, de los puestos en la administración y el ejército, forzados al retiro en estos cuerpos con pensiones que bordeaban el umbral de subsistencia -situación general en todo el país, tanto en el norte como en el sur, pero agravada por el hecho de que era una situación nueva en comparación con la antigua RDPY- y como las rentas del petróleo, cuyas reservas se encuentran en el territorio del antiguo Yemen del Sur, eran transferidas a elementos del gobierno central. Así, lejos de apaciguarse la situación tras la guerra, iban a surgir nuevos elementos para el descontento. El general Ali Mohamed Assadi, nativo de Adén, prominente miembro del movimiento independentista del sur y que desertó del ejército para luchar con sus paisanos en la guerra civil, refiere que “desde 1994, hemos estado viviendo bajo la ocupación del régimen tribal del norte”, refiriendo, de paso, las diferencias entre las estructuras sociales de los dos antiguos estados (aunque también el tribalismo tuviera presencia en el sur). Esta sensación de vivir bajo un régimen de ocupación dará lugar a que se forme el Movimiento de Yemen del Sur o Al-Harak desde mediados de los 2000, exigiendo la independencia -o, como mínimo, una estructura federal para Yemen- del antiguo país y con un programa socialdemócrata.

Con el tiempo, las cosas no sólo en el sur sino en el conjunto del país evolucionaron hasta erosionar el dominio del poder de que gozaba Saleh. A las manifestaciones y protestas del Movimiento del Sur había que sumarle, desde comienzos de los 2000, la de las tribus chiíes de la secta zaidí en el norte, también conocidas como hutíes (así denominadas por su líder, el clérigo Hussein Badreddin al-Houthi). “La base del movimiento, jóvenes campesinos, cultivadores de uva y granada, piden autonomía para su comunidad en el norte y el fin de los ataques de drones americanos.” (Nazanín Armarian). ¿Por qué el ataque con drones? A partir de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York de 2001, Yemen (gracias al “caos causado por la guerra civil de los noventa y la malas infraestructuras, sobre todo en las zonas áridas y desérticas del país”, como escribe Antonio Ponce) aparece para el Pentágono como un lugar idóneo para la instalación de células de Al-Qaeda, especialmente las zonas del sur abandonadas por el gobierno de Saleh. Pero al mismo tiempo, siendo Saleh un aliado de EE.UU. es muy probable que esos ataques también fueran dirigidos contra un foco de insurgencia contra el gobierno de Saná como eran los hutíes. El propio Saleh perfectamente atiza esta sospecha al acusar a Irán, un elemento del “Eje del Mal” que trazaba la administración de George W. Bush y en disputa por el poder regional con Arabia Saudí, de apoyarles, lo que podía generar, como de hecho se ha visto posteriormente, la reacción árabe-estadounidense.

La Primavera Árabe iniciada en 2011 acabó con el gobierno de Saleh, que dimitió el 25 de febrero de 2012, presionado por Arabia Saudí y a cambio de su inmunidad, en favor del vicepresidente Mansur Al-Hadi. Saleh, sin embargo, desde Riad, la capital saudí, realiza un doble juego: busca una alianza con sus antiguos enemigos los hutíes con el fin de derrocar a su anterior segundo y favorecer los intereses de su hijo, Ahmed Ali, de 42 años, para que pueda convertirse en futuro presidente de Yemen. Los hutíes, mezclados con los intereses de Saleh, caen en la trampa de rechazar una constitución, propuesta por Al-Hadi, que prevé un estado federal y, entre febrero de 2014 y marzo de 2015, manteniendo “secuestrado” a Al-Hadi en la presidencia dado que ellos no pueden ejercer el poder por sí solos, entran primero en Saná y posteriormente en Adén, donde se encuentra la flota estadounidense. Washington, desde la sombra, puede ya lanzarse a una escalada bélica en toda regla contra los hutíes y para liberar al gobierno de Hadi, llevada a cabo formalmente por sus aliados de la Liga Árabe y en especial por Arabia Saudí. Una nueva guerra en Yemen que, aunque iniciada en 2010 con el lanzamiento de la operación “Tierra Quemada” por parte saudí, es desde hace dos años cuando toma cuerpo y se cobra cada día cuantiosas víctimas civiles, sobre todo por los bombardeos de la coalición árabe, sin que exista solución a la vista.

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Mapa con los puntos estratégicos más destacados de la Península Arábiga. De oeste a este y de norte a sur, y señalados con un círculo, el canal de Suez, Bab-el-Mandeb, el golfo de Adén y el estrecho de Ormuz.

¿Qué objetivos persigue esta guerra? Para los estadounidenses (así como otros aliados de la OTAN, como Francia, Bélgica, Reino Unido o Turquía) y para la coalición árabe hay un conjunto de intereses comunes: seguir manteniendo a Yemen como un estado vasallo sometido a su influencia, al igual que ocurrió con la intervención armada de Arabia Saudí en Bahrein cuando las protestas populares amenazaron con derrocar a la monarquía absolutista suní (en un país de mayoría de población chií), ejerciendo desde entonces un protectorado sobre un país donde -por añadidura- hay una base norteamericana; controlar una ruta comercial de enorme importancia estratégica, la del Mar Rojo, evitando que uno de sus tres puntos de vital importancia (el golfo de Adén) caiga fuera de su control, habida cuenta de que el canal de Suez y Bab-el-Mandeb se encuentran en manos de dos aliados como Egipto y la propia Arabia Saudí; empujar a Irán a una intervención a favor de los chiíes hutíes -hay fuentes que afirman que ahora mismo se les está dando apoyo mediante entrenamiento y suministros, pero otras descartan que tal situación se esté produciendo, habida cuenta de que en Yemen la República Islámica, en pleno deshielo de sus relaciones con Occidente, se las tendría que ver con una coalición, con la cercana presencia de las tropas de la misión Atalanta de la OTAN y con la flota americana- y mantener el control sobre la producción, transporte y/o comercialización de las materias primas de la zona, bien sea alejando a competidores de la zona (China) preservando los intereses de las compañías occidentales ya instaladas, bien sea -en el caso saudí- castigando las veleidades independientes de los gobernantes yemeníes en la construcción de infraestructuras estratégicas.

En este sentido, cabe preguntarse qué ha pasado con la lucha contra el terrorismo de Al-Qaeda y de Ansar Al Sharia, organizaciones que estaban operando en Yemen en el momento en que se produjo la rebelión hutí. Podría pensarse que, como reza el dicho, “a río revuelto ganancia de pescadores” y que la actuación terrorista en Yemen bien puede haberse incrementado en las caóticas circunstancias, pero en un conflicto ya de por sí bastante poco mencionado -salvo noticias que hablan de un bombardeo y del número de víctimas que se han producido, sin entrar en ni producirse análisis sobre las motivaciones del conflicto- existen pocas noticias sobre la actividad de estos grupos, aunque tienen varias ciudades bajo su control en zonas interiores de la parte central y oriental del país. A este respecto, es muy pertinente la pregunta que lanza Nazanín Armarian: “¿Cómo es posible que la principal potencia militar del planeta (que cuenta con el Centro de Mando Conjunto Militar de EEUU-Yemen) y sus aliados (equipados con la tecnología que les permite detectar el movimiento de la reina de las hormigas en el subsuelo) no hayan podido derrotar durante 14 años a algunos miles de hombres armados con daga y bombas de fabricación casera?” Teniendo en cuenta que los barcos de la OTAN siguen en las costas de Somalia, toda vez que parece bastante reducida -a tenor de la escasez de noticias- la actividad de los “piratas” somalíes (las más de las veces pobres desgraciados a quienes la contaminación y sobreexplotación de sus aguas por parte de las compañías occidentales dejó sin otra alternativa de subsistencia); que se cuenta en la zona con abundancia de medios (las bases estadounidenses, las israelíes de Eritrea o las francesas de Yibuti, la flota americana en el Índico) y con aliados estratégicos como las monarquías del Golfo, el no poder acabar con el yihadismo en la zona resulta bastante descorazonador, a no ser que se tenga en cuenta la incompetencia o la escasa fiabilidad de esos aliados estratégicos.

¿Y qué hay del Movimiento del Sur? El movimiento, tras su fundación en 2007, consiguió llevar a cabo alianzas con grupos antigubernamentales en las protestas contra Saleh, como las organizaciones de izquierda (que han pasado desapercibidas en los análisis, pero eran especialmente potentes) y llegaron a establecer estructuras de gobierno en el sur, en áreas donde era débil el control gubernamental (la región montañosa de Yafa, bautizada como “el Sur Libre”). Allí, a través de una red de tribus, se implementó esa estructura basada en el estado de derecho y el respeto a la ley, izándose la antigua bandera de Yemen del Sur. Al iniciarse la rebelión hutí, y en medio de la vorágine de grupos con intereses muy dispares (gobierno, hutíes, yihadistas, Movimiento del Sur), los secesionistas aprovecharon la circunstancia de la toma de Saná por los hutíes en 2014 para izar en edificios gubernamentales y el aeropuerto de Adén la bandera del triángulo azul y la estrella roja de la antigua república meridional.

El movimiento Al-Hirak o del sur, aunque nació como un movimiento pacífico de protesta, inició pronto una actividad armada contra el gobierno de Saná como consecuencia de la reacción represiva y violenta con que éste respondió a la actividad de Al-Hirak (por ejemplo: una gran manifestación en la localidad meridional de Zinjibar, próxima a Adén, y capital provincial, fue dispersada a tiros por las fuerzas de seguridad, causando la muerte de un adolescente de dieciséis años, hecho que llevó a posteriores choques armados). Aunque la actividad del movimiento -junto con la insurgencia hutí en el norte- haya sido un factor que ha podido facilitar las cosas a los grupos terroristas que se han instalado en la zona, los sureños, al igual que rechazan una colonización norteña, sea del antiguo régimen de Saleh o de los hutíes que han rechazado la estructura federal propuesta por Al-Hadi (extraño rechazo por cuanto sus demandas de autonomía se encontraban en consonancia con tal proposición y eran muy similares a las del Movimiento Al-Hirak), muestran asimismo su rechazo al yihadismo y no tienen ninguna conexión o estrategia coordinada con Al-Qaeda o cualquier otro grupo, escribe la periodista Katherine Zimmerman.

El hándicap más grave al que se enfrenta Al-Hirak (como el resto de fuerzas de izquierda en el conjunto de Yemen, marginadas de los medios de comunicación y de un diálogo político paralizado) es que, ahora mismo, ni el gobierno de Al-Hadi apoyado por la coalición árabe, ni la extraña alianza hutís-Saleh, salvo algunos mensajes de mera retórica, ni por supuesto los grupos terroristas fundamentalistas, parecen dispuestos a entablar contacto y alianza alguna con un grupo con especial soporte popular pero con escaso dominio territorial y sin apoyos internacionales, habida cuenta de que la Liga Árabe y los Estados Unidos apoyan un Yemen unificado dentro de su influencia y temen que una separación y el regreso de una nueva versión, aunque matizada y próxima a la socialdemocracia y las propuestas del Estado de bienestar tradicionales de Europa, del antiguo Yemen del Sur supongan un desafío al statu quo regional, en que llevan la voz cantante.

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El descontento popular, la discriminación y aprovechamiento de los recursos del sur en beneficio de los dirigentes de Saná y el recuerdo de la RDPY explican el fuerte apoyo al Movimiento Al-Hirak o del Sur en las zonas meridionales de Yemen.

Sin embargo, la independencia completa no es la única postura del Movimiento del Sur (aunque es la que defienden figuras tan prestigiosas como el general Assadi o el antiguo vicepresidente de Yemen durante la transición-unificación de ambos estados, Ali Salim al-Beidh). Dentro del mismo, existe también una postura de federación o confederación entre dos estados, defendida por Alí Nasser Mohamed, e incluso hay movimientos regionales como el de Hadramaut que defienden tanto la independencia de Saná como de Adén. En todo caso, lo que demuestra este hecho es que en Yemen y en el mundo árabe existe una alternativa política que no necesariamente tiene que pasar por los clichés y prejuicios relativos a la religión (de nuevo volvemos a Nazanín Armarian: “se concedió el premio Nobel de la Paz del 2011 a Tawakkul Karman, activista de Hermandad Musulmana [yemení e hija de un ministro del partido Islah, rama del grupo en Yemen y gobernante en coalición con el partido de Saleh], ocultando a cientos de mujeres que luchan por la igualdad y la democracia política y social para todos y todas, y que también luchan para que la religión y la fe dejen de ser instrumentalizadas y regresen al espacio privado de la vida de los creyentes”). La defensa del “rule of law”, del socialismo democrático, la oposición a los movimientos yihadistas, las manifestaciones con imágenes del Che y de la hoz y el martillo también están presentes en aquel rincón conocido en tiempos como “la Arabia feliz”. Esperemos y deseemos que su apuesta, aunque no cuente ahora mismo con muchas bazas a su favor, pueda salir en algún momento triunfante.

FUENTES:

“Historia y características de Yemen del Sur”, julio de 2013. En http://arqueohistoriacritica.blogspot.hu/2013/07/sobre-yemen-del-sur.html

“Yemen del Sur. El primer estado socialista del mundo árabe”, julio de 2014. En http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2014/07/yemen-del-sur-el-primer-estado.html

Ángeles Espinosa, “El Manhattan de arena”, 25/05/2008. En http://elpais.com/diario/2008/05/25/eps/1211696814_850215.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org). Artículos: “Socialismo árabe”, “Yemen del Norte”, “Yemen del Sur” y “Guerra civil de Yemen de 1994”.

Wikipedia en inglés (en.wikipedia.org). Artículo “Southern Movement” (Movimiento de Yemen del Sur).

Antonio Ponce, “Yemen: una historia de violencia”, 18/03/2016. En http://elordenmundial.com/regiones/yemen-una-historia-de-violencia/

Nazanín Armanian, “Yemen entre Al Qaeda, neosocialistas, China e Irán”, 21/01/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2354/yemen-entre-al-qaeda-neo-socialistas-china-e-iran/

Nazanín Armanian, “Los 25 objetivos de EEUU y Arabia en Yemen”, 07/04/2015. En http://blogs.publico.es/puntoyseguido/2625/los-25-objetivos-de-eeuu-y-arabia-en-yemen/

Katherine Zimmerman, “Yemen’s southern challenge: background rising threat secessionism”, 05/11/2009. En http://www.criticalthreats.org/yemen/yemens-southern-challenge-background-rising-threat-secessionism

TIME Staff/Aden, “Is South Yemen Preparing to Declare Independence?”, 08/07/2011. En http://content.time.com/time/printout/0,8816,2081756,00.html

De dictaduras

Para todo demócrata, el rechazo de fórmulas autoritarias es algo que debe quedar fuera de toda duda. En las últimas fechas, a través de algunas lecturas, he estado reflexionando sobre un hecho, y es el tema de la nostalgia que ha quedado en los ciudadanos que vivieron en regímenes dictatoriales por estos o, al menos, por algunos aspectos de los mismos, dándose fenómenos como la “Ostalgie” en el este de Alemania (lo que fue la República Democrática Alemana) o la “Yugonostalgia” en las antiguas repúblicas que configuraron la Yugoslavia socialista (http://elordenmundial.com/2015/10/07/la-yugonostalgia-y-la-ostalgie/). En España también conocemos este fenómeno nostálgico por la dictadura del general Franco, basado, como escribió Paul Preston (prólogo a “Anti Moa” de Alberto Reig Tapia) en laminar los costos materiales y humanos que supuso la guerra civil consecuencia del golpe de Estado contra la República, la represión o el aislamiento y la autarquía iniciales del régimen en beneficio de la prosperidad económica y la estabilidad que siguieron durante los años sesenta, cuando España, beneficiándose de la alianza con los Estados Unidos y su papel de “baluarte” anticomunista en la guerra fría, sobrevivió (junto con Portugal) a la derrota de los fascismos y se incorporó al concierto internacional y a la corriente de prosperidad económica de aquellos años. Argumentos similares, dentro de sus respectivos contextos y sistemas, aparecen casos como los anteriores.

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Club Yugonostálgico “Josip Broz Tito” en la población montenegrina de Cetinje. Al fondo, banderas de la RFS de Yugoslavia y de algunas de sus antiguas repúblicas. A la izquierda, los escudos de las repúblicas federadas sobre un mural con la bandera yugoslava.

La caída del bloque del Este y la disolución de la Unión Soviética, el “faro” de la revolución proletaria durante decenios, no pudo por menos que ser traumática para los comunistas, incluso para los eurocomunistas de Europa Occidental, y para otras fuerzas de izquierda que tuvieron entonces que enfrentarse al legado de represión, cuando no de terror, de aquellas dictaduras en medio, además, de un fuerte avance de las corrientes del capitalismo más extremo, como los neoliberales de la escuela de Chicago o políticos que desde el poder (Ronald Reagan, Margaret Tatcher) defendían un adelgazamiento del sector público, menos intervención estatal y mayor número de exenciones fiscales a las grandes fortunas. En esta ofensiva, no sólo desde el terreno económico, sino también desde el ideológico, la identificación de la democracia con el capitalismo resultaba fácil por el desastre que supuso el “socialismo real”, por la tendencia de su clase dirigente a vivir pensando que sólo ellos tenían razón (a pesar de sus evidentes errores) y al destruir los intentos que incluso desde su interior trataron de reconducirlo por caminos de tolerancia, pluralismo y respeto al individuo (Hungría en 1956 o Checoslovaquia en 1968, como los casos más conocidos, pero también el encarcelamiento, el exilio o la degradación de personalidades que perseguían esos ideales dentro del socialismo, como los alemanes orientales Wolfgang Harich, Stefan Heym o Rudolf Bahro).

Por motivos como estos, a la democracia liberal y al capitalismo triunfantes no les resultaba difícil equiparar al fascismo con el comunismo e intentar condenar ambas ideologías como equivalentes. El recuerdo de los horrores vividos por las víctimas de la represión actuaba, además, como un fuerte catalizador para que se llevara a cabo tal condena e intentos de ilegalización de los partidos comunistas en las nuevas democracias de Europa Oriental, como ocurrió en Rumania en 1989 y como estuvo a punto de ocurrir en Rusia en 1991-1992, con la ilegalización del PCUS en la Federación Rusa, decisión luego revocada por el Tribunal Constitucional de la luego independiente federación. Por este motivo, no podía dejar de sonar como herejía el discurso de apertura del Bundestag de Stefan Heym (el diputado de más edad), que había sido elegido como independiente en las listas del Partido del Socialismo Democrático, el grupo depurado de antirreformistas heredero del SED comunista de la RDA, en el que hacía un llamamiento a los diputados de la nueva Alemania unida a no despreciar los aspectos más positivos de la fenecida república, como la asistencia social, la provisión de bienes públicos por el Estado o la importancia de los valores humanos frente a los materiales (“la parte más importante del cuerpo no son los codos”, refirió el anciano “patriarca de las letras” germano-oriental). Asimismo, también recibió un aluvión de críticas Gregor Gysi, líder reformista del SED y luego del PDS y actual diputado de Die Linke (el grupo resultante de la fusión de aquel con los izquierdistas alternativos occidentales de Oskar Lafontaine) al negarse a considerar la RDA como un “Estado injusto” o “Unrechtstaat” (http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/02/actualidad/1412273686_976223.html). La motivación de Gysi podía estar no tanto en negar el carácter dictatorial y opresivo del régimen como en la negativa a llevar a cabo una reducción simplista de la historia de la república, común entre los círculos políticos alemanes occidentales, que identifique a la antigua Alemania Oriental con los aspectos más negativos y reprobables de éste (la vigilancia de la Stasi, el muro, la burocracia y el inmovilismo de sus dirigentes) y barra de un plumazo tanto sus valores originales de alternativa democrática, popular y antifascista para Alemania, sus logros en materia social y el hecho de que, hasta su mismo final, hubiera gente dispuesta a mantener el socialismo y la independencia de la república, bien que con otro espíritu más plural y libre y con mejores relaciones con sus vecinos occidentales. Sobre este tema, a Gysi se le criticó por ser capaz de condenar al III Reich pero no a la RDA, que merece una consideración diferente del régimen dictatorial de la RDA, dado que la república alemana oriental, para muchos, nació con una vocación diferente de aquello en lo que se tradujo finalmente y que luego, incluso en 1989, grupos reformistas y opositores trataron de recuperar (Véase “La cuestión alemana ¿L’enfant terrible de la historia europea?” de Manfred Kossok, en VV.AA., “Transiciones a la democracia en Europa y America Latina”, México, Porrúa/Universidad de Guadalajara, 1991.), lo que entra dentro de una corriente intelectual y política alemana que concibe a ambos como equivalentes (“dos dictaduras alemanas”) y que ha recibido un severo rapapolvo por parte de los supervivientes y familiares de víctimas del Holocausto.

Alguien puede ver, efectivamente, en todos estos intentos una especie de “lavado de cara” equiparable a los intentos revisionistas que se han venido realizando por parte de los grupos neonazis o neofascistas, como en España la Fundación Francisco Franco o grupos del franquismo sociológico que han escrito obras tratando de justificar el golpe militar achacando las culpas del mismo a la República o definiendo el mismo como un “período de extraordinaria placidez” vivido con “naturalidad” por la inmensa mayoría de los españoles, como refirió el diputado del PP y ex ministro Jaime Mayor Oreja. Una diferencia que creo esencial es el hecho de que nadie puede justificar que por el hecho de la existencia de políticas más o menos acertadas o incluso elogiables desde el punto de vista del progreso o del desarrollo social, económico o cultural, que eso sirva para la implantación de regímenes autoritarios o totalitarios o que, a la inversa, aquellas sólo puedan estar garantizadas a través de la negación de la diferencia de criterios, el debate y la búsqueda de las mejores propuestas para llevarlas a cabo o para encontrar otras alternativas mejores, si las hubiera, a las mismas. La placidez y la normalidad, que en muchos casos lo que enmascaran es la represión y el miedo, no pueden servir para justificar la existencia o las “bondades” de una dictadura, pues esa misma placidez y normalidad se encuentran en estados democráticos como Suecia o Finlandia (esa Finlandia democrática, neutral y con un partido comunista fuerte que no fue satelizada por la URSS, aunque mantuvo una política exterior favorable a la misma, la llamada “finlandización”, tan criticada como elogiada, lo que demuestra que existió una alternativa en los años de la inmediata posguerra y que también pudo ponerse en marcha en Europa del Este). Una aspiración que por cierto tenía la Segunda República y que se hubiera podido alcanzar, sin golpe de estado mediante, después de unos años de lógica incertidumbre y de inestabilidad común a todos los procesos de construcción y consolidación democrática (de los que la propia transición española de los 70 no fue una excepción).

En segundo lugar, la existencia de diferentes corrientes en el seno del propio movimiento socialista y comunista hacen difícil realizar una condena unánime del comunismo y del marxismo como se ha realizado o se realizó en su día, a través de los juicios de Nuremberg y de la publicidad universal de los horrores de los nazis en los campos de concentración o de los fusilamientos mussolinianos en las Fosas Ardeatinas y los crímenes cometidos por la Italia fascista en Etiopía, del nazifascismo. No sólo por la ruptura que para el movimiento comunista internacional supuso la quiebra entre el comunismo fiel a Moscú y el comunismo de Europa Occidental, el eurocomunismo, forjado a través de las invasiones soviéticas de Hungría y Checoslovaquia, sino porque dentro del propio bloque oriental hubo, desde la propia transformación progresiva de las democracias populares en regímenes dictatoriales férreamente controlados por Moscú, disidencias en el seno de los partidos y del movimiento socialista-comunista. La “temible” Ana Pauker, la dama de hierro y fiel estalinista del comunismo rumano, se ha demostrado era una mujer opuesta a planes estalinianos como las purgas (incluyendo las de elementos de los partidos liberales), las colectivizaciones forzosas o la política “antisionista” (http://jwa.org/encyclopedia/article/pauker-anna). Reformistas como Imre Nagy, Aleksandr Dubcek, la alemana oriental Liga de los Comunistas Democráticos, el economista soviético Eugeni Varga (que propuso la idea de una tercera vía económica mixta, ni capitalista ni socialista, para las democracias populares) o la escritora y militante del SED Christa Wolf… todos ellos sufrieron la muerte (física o civil), la incomprensión o el ostracismo y a pesar de ello siguieron demostrando su fe en el socialismo y en la posibilidad, cada vez más remota, de que fuera posible una reforma del sistema que le acercara a los orígenes de su ideario, hacia la sentencia de la teórica del marxismo Rosa Luxemburg: “No hay democracia sin socialismo, no hay socialismo sin democracia”. El hecho de que estas personas fueran militantes de los mismos partidos comunistas de los que también eran o habían sido miembros Stalin, Honecker o Ceaucescu y se declararan comunistas como ellos ilustra las múltiples diferencias que existían incluso dentro de los propios comunistas tras el “Telón de Acero”. El profesor Vicenç Navarro en su artículo “Franquismo o fascismo” (http://blogs.publico.es/dominiopublico/1308/franquismo-o-fascismo/) lo afirma de la siguiente manera: “En realidad, había más diferencias entre un Gorbachov (en 1991) y un Stalin (en 1924) que entre un Franco del 1975 [o un Arias Navarro o un Blas Piñar de 1975, podríamos añadir] y un Franco del 1936″.

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Enrico Berlinger (Italia), Santiago Carrillo (España) y Georges Marchais (Francia), secretarios generales de sus respectivos partidos comunistas fueron los representantes más destacados del “eurocomunismo”.

El hecho, en tercer lugar, de que estas personas siguieran creyendo en el socialismo viene determinado también por el que ellos mismos observaran que, aunque su país y su sistema se alejaba de ser un dechado de perfecciones, contenía elementos suficientes para la esperanza y para rebatir las políticas que procedían del Occidente capitalista. Muchos de ellos habían sido de los privilegiados que podían viajar al extranjero, a los países ideológicamente enemigos, donde habían visto el escaparate de prosperidad del libre mercado, y seguían prefiriendo su país a pesar de las estrecheces. En este sentido, no se hallaban tan contaminados por la ideología dominante, eran críticos y reflexivos y, desde ese punto de vista, resaltaban hechos como la seguridad en el empleo, los servicios y bienes públicos, el espíritu comunitario, la solidaridad; esto es, aspectos que recordaban al aspecto original del proyecto socialista y que hoy día son recordados con añoranza por ciudadanos de a pie a través de fenómenos como las anteriormente descritas “Ostalgie” o “Yugonostalgia”. La existencia, además, de aspectos cuanto menos interesantes en estos países, como el “socialismo autogestionario” yugoslavo, la favorable política de empleo de las mujeres en la RDA (el 92% de las mujeres en edad de trabajar, escribe Geoff Elley en “Historia de la izquierda en Europa”, estaban empleadas, representando cerca del 50% de la población activa), a través de una red asistencial a las madres trabajadoras, o el que algunos rudimentarios productos de consumo fabricados en el bloque Este hayan desafiado estándares de calidad y la “obsolescencia programada” que se han convertido en típicos del capitalismo y la sociedad de consumo occidentales hacen que sea necesario considerar, como estos socialistas democráticos hacían y hacen, como dignos de reflexión y estudio críticos de cara a su posible aplicación futura estos aspectos, rechazando obviamente los más funestos y deleznables de los regímenes respectivos. Debemos recordar a este respecto que Indalecio Prieto, ministro de Hacienda y luego de Obras Públicas de la Segunda República, realizó un encendido elogio en las Cortes de la política de infraestructuras de la dictadura de Primo de Rivera, lo que le valió el agradecimiento del hijo del general y fundador de Falange, José Antonio. Que un político socialista y miembro de un régimen que había procedido a juzgar a políticos de la dictadura por abuso de poder (incluso al ex rey, in absentia, por faltar a sus deberes constitucionales al facilitar el acceso al poder de Primo tras su golpe de Estado) realizara este elogio no debe resultar tan extraño: el origen dictatorial de Primo y la condena del golpe y su dictadura no debe opacar el hecho de que durante su régimen se llevaron a cabo realizaciones prácticas de gran calado, como medidas de reorganización económica a través de la intervención pública (CAMPSA, Empresa Nacional de Explosivos) y de infraestructuras (Plan Nacional de Firmes Especiales, ferrocarriles, embalses) que sin duda resultaron muy positivas para el país, hasta tal punto que la República continuó o complementó su labor, contando para ello con capacitados funcionarios del antiguo régimen como el arquitecto Secundino Zuazo, el ingeniero responsable de las obras hidráulicas Manuel Lorenzo Pardo o el responsable de los parques nacionales González Pacheco.

El rescate, sin embargo, de políticas de esta clase en el caso del fascismo resulta mucho más complicado, lo que redunda en la propia condena de su ideología y de los regímenes. Esto, que a primera vista puede resultar una interpretación sectaria propia de un izquierdista, no lo es tanto si observamos los siguientes aspectos. El primero es que cualquier logro en materia social o bien se hallaba claramente contaminado por las teorías racistas y ultranacionalistas características del fascismo, de modo que quienes se beneficiaban de ellos (no sólo en la práctica, como podía pasar en el caso de los “caídos en desgracia” de los regímenes de “socialismo real”, sino también en la teoría y en la legislación) sólo podían ser los ciudadanos “puros”, como los alemanes arios, las gentes de orden o los afectos a la causa “nacional” del régimen franquista; o bien era un residuo del ideario primitivo, y pronto abandonado, que recogía aspectos socialistas o populistas de izquierda que ya habían sido formulados por teóricos procedentes del campo rival. Recordemos a este respecto que Mussolini había sido militante socialista bajo cuyo mando la riqueza siguió sin embargo estando en manos del mismo grupo de privilegiados y se fomentó el enriquecimiento de oportunistas bajo el paraguas del fascio; que las SA fueron purgadas por su tendencia a un radicalismo izquierdista y revolucionario peligroso para la alianza que Hitler mantenía con los grupos conservadores y el gran capital y que Falange y las JONS españolas utilizaban una retórica revolucionaria muy cercana a los grupos de izquierda, con los que trataban de ganarse su apoyo de cara a realizar la “revolución nacional-sindicalista”, pospuesta eternamente tras el golpe y el triunfo de Franco y el alineamiento con el mismo de las fuerzas económicas del viejo orden. En segundo lugar, muchas de las políticas que se han querido hacer pasar como dignas de elogio de los regímenes fascistas o fascistizantes son, si se observan más detenidamente, productos poco originales o generadoras de más perjuicios que beneficios a largo plazo. La Italia fascista se convirtió en un país más estable políticamente, pero al precio de suprimir las libertades públicas y el régimen parlamentario, y seguía siendo un país meridional atrasado y pobre con grandes diferencias entre el norte industrial (cuyo impulso fue en gran medida conseguido gracias a la carrera de armamentos emprendida por un régimen cada vez más agresivo y belicista) y el sur campesino, donde la campaña de la “Batalla del Grano” no consiguió fomentar una mayor productividad agrícola. La Alemania nazi presumió de sus planes de infraestructuras, como las “Autobahn”, un proyecto que sin embargo no era original del nazismo sino que procedía de la República de Weimar, además de que, a nivel general, planes de estímulo al empleo a través de la inversión pública se estaban realizando en la misma época en los Estados Unidos (el “New Deal” rooseveltiano) y con anterioridad en la Viena socialdemócrata (las viviendas populares del Karl-Marx-Hof) o en la República Española (http://www.documaniatv.com/historia/mussolini-y-hitler-la-opera-de-los-asesinos-cap-1-video_92bc35901.html y http://www.documaniatv.com/historia/mussolini-y-hitler-la-opera-de-los-asesinos-cap-2-video_3915f047a.html). En otros casos, la política social y económica no dejaba de ser sino un desastre sin paliativos, como en Portugal, donde la obsesión salazarista por el saneamiento de las cuentas públicas llevó a que el país viviera, especialmente en las zonas agrarias del interior y en las bolsas de pobreza de las grandes ciudades del litoral, una situación en muchas ocasiones propias del Tercer Mundo. La falta de inversión y de gasto público, acentuada por la necesidad de destinar recursos en la guerra colonial de los sesenta y setenta, llevó a que la inmensa mayoría de la población portuguesa padeciera graves problemas de analfabetismo (alrededor del 35% en 1974), ausencia de servicios sanitarios (con problemas derivados de altas tasas de mortalidad, morbilidad y mortalidad infantil), elevada dependencia de un poco productivo sector agrícola, alta emigración interior y al exterior y severos problemas de alojamiento -con un déficit de 30.000 viviendas- e infravivienda. Pero incluso en España, donde las cosas iban mejor, las realizaciones franquistas más publicitadas -obras hidráulicas, sanidad universal, seguridad social, mejoras laborales, universalidad de la educación primaria y apertura de la educación superior a las clases populares- no dejaban de ser sino una continuación con mucho retraso, consecuencia del abandono de la desastrosa política económica autárquica y de la incorporación, aunque también con ciertos errores en los Planes de Desarrollo auspiciados por las autoridades económicas del régimen, a la economía internacional y al concierto occidental de naciones, de planes y proyectos desarrollados anteriormente por los regímenes monárquico-restauracionista y republicano. Lo que había hecho el franquismo, con su golpe militar y la guerra que éste había provocado, había sido romper con una línea de evolución en la que la República había sido la última continuadora e innovadora en aspectos clave como la educación y su apertura a las clases populares, las propuestas de universalización de la sanidad, la reforma agraria (que nunca se recuperó), la reorganización y unificación de los seguros sociales, la reformulación de las relaciones laborales y las políticas de intervención e inversión públicas, con un cierto aire socialdemócrata y keynesiano, de forma que cuando estas se recuperaron (no sin un fuerte esfuerzo, incluyendo de lucha y protesta, por la población española) se hicieron “tarde, mal y nunca”, como reza el dicho.

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Cartel del “Estado Novo”, la dictadura portuguesa, que identifica a Salazar como un caballero cruzado, “salvador de la patria”.

De esta forma, resulta más difícil, no ya por el carácter dictatorial y el contenido ideológico con que, siquiera de modo teórico, fueron creados estos Estados, sino por aspectos prácticos de este tipo poder observar y analizar realizaciones positivas de los fascismos. Esto también suele pasar en casos como los de regímenes autodenominados socialistas, como Corea del Norte, la Kampuchea Democrática de Pol Pot (que resultó más bien un régimen fuertemente nacionalista, autárquico y racista) o la Rumania de Ceaucescu, que como su homóloga norcoreana, tendió al nepotismo, a convertirse en una “república dinástica” y a llevar a cabo actos tan desastrosos y tan antisocialistas y antiprogresivos como hostigar a la minoría húngara de Transilvania, llevar a cabo la “sistematización” para destruir pueblos y reasentar a la población en los restantes o desarrollar un culto a la personalidad reflejado en actos como la megalomanía que desarrolló en Bucarest, la otrora “París de los Cárpatos”. Creo que en estos países la atmósfera llega o llegó a ser tan opresiva (también se debe tener en cuenta que dentro del “bloque socialista” y de cada país hubo grados diferentes de apertura y de represión: se pueden así distinguir el país más liberal de ellos, la Hungría kadarista y su “socialismo gulasch”; la Yugoslavia no alineada del “socialismo autogestionario”, la gris RDA -que también experimentó sus momentos de apertura a comienzos de los sesenta y en los primeros años de Honecker-; o la Albania maoísta de Enver Hoxa) que sus deméritos superan con creces sus posibles logros, salvo para aquellos tan sumamente acríticos y obstinados que son incapaces de ver los primeros o los atribuyen todos a infundios, propaganda capitalista o agentes saboteadores.

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Imagen de una avenida principal de Bucarest en los años sesenta, antes de la asunción del poder en la república popular (luego república socialista) por parte de Ceaucescu.

Creo que, en definitiva, lo que encierra la consideración de los aspectos positivos del “socialismo real” es la idea de que, a pesar de sus trágicos errores y crímenes, llegaron a dejar espacios para el desarrollo, aun en el interior de un sistema de marxismo muy sui generis, de proyectos e ideas realmente socialistas (http://www.eldiario.es/internacional/RDA-mentalidad-asediada-dificil-torres_0_320568283.html). En medio de la pérdida de identidad (por la pérdida de una nación o de valores en los que la sociedad había vivido durante años) y de la ofensiva de un capitalismo de rostro muy poco humano, la equiparación entre fascismo y comunismo no deja de ser difícil de aceptar tanto para ellos como para quienes defendieron entonces y después la idea de un socialismo reformado y plural, apoyándose precisamente en esos logros para demostrar que sus ideas no eran descabelladas ni estaban completamente equivocados. La incomprensión que recibieron tanto en un lado -por no atenerse a la ortodoxia- como en otro -por defender un sistema, o más bien un ideal confundido con aquel, que estaba o había mostrado su fracaso- demuestra lo endeble que era su posición y al mismo tiempo la valentía al defender su posición ética. Por este motivo, creo que desde la izquierda marxista y alternativa se debería ser capaz de asumir esa misma perspectiva, sin transigir con una apología de la dictadura y el peor legado del “socialismo real” ni dejar que esto pueda ser interpretado como tal; como experiencias a valorar de cara al presente y futuro; y sin que esto sirva para que, desde el lado contrario, se de una similar justificación del fascismo, porque si las dictaduras son indeseables sean cuales sean sus motivaciones políticas e ideológicas, las ideas y las personas que las encarnan y encarnaron merecen una reflexión y consideración más profundas.

 

OTRAS FUENTES:

Sobre los diferentes temas aquí tratados, puede consultarse la bibliografía contenida en los artículos anteriores de este blog “La República Democrática Alemana: un país que pudo existir de otra manera”, “La guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares”, “El proyecto SAAL: arquitectura y participación en el Portugal del 25 de Abril” y “20 de noviembre: una colección de mentiras…”, donde puede encontrarse información sobre socialistas reformistas de la RDA y otros países del bloque socialista tanto durante el período inicial de las democracias populares como con posterioridad, las críticas recibidas en las nuevas circunstancias poscomunistas o la política social y económica del salazarismo y el franquismo.

Ya disponible “Lugares inusuales”

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Acaba de salir a la venta el libro que he estado preparando con algunos de los artículos, revisados en su estilo, contenido y documentación, que he estado publicando en esta bitácora. El libro, “Lugares inusuales”, se puede encontrar en las librerías de Madrid Atelier Café de la Llana (c/Embajadores, 26, metro La Latina y Tirso de Molina) y La Tarde Libros (c/Ruiz, 15, metro Bilbao y Tribunal), así como contactando conmigo mediante un mensaje en la página de facebook “Los Libros del Ela” o al correo electrónico ejfr_karaba@yahoo.es

Espero que el resultado del libro sea del agrado de los/as lectores/as y sirva de utilidad para la comprensión de hechos de nuestro pasado sobre los cuales o bien se ha escrito y difundido poco o sobre los que existen otras versiones menos conocidas, así como sobre las lecciones que de ellas podemos extraer para configurar un presente y un futuro mejores para el conjunto de nuestros países y de la Humanidad. Un abrazo y gracias por vuestra atención y apoyo como seguidores/as de este blog.

SINOPSIS

En las tertulias de los medios, en el periodismo en general, la literatura e incluso en la historiografía encontramos con demasiada frecuencia lugares comunes sobre nuestro pasado, lastrando los debates sobre el impacto y las enseñanzas que las experiencias de la Historia pueden ofrecernos y convirtiendo en excéntricos (o en peligrosos radicales) a quienes no se ciñen a esta opinión general. Esta obra repasa experiencias más o menos recientes sobre las que se han tejido algunos de esos lugares comunes, tales como los comienzos de la guerra fría y la frustración de esa esperanza que fueron las “democracias populares”, una RDA que pudo seguir existiendo “mejor y renovada”, con un socialismo distinto o la Segunda República y el Frente Popular españoles, a los que se sigue juzgando a la luz de la guerra civil posterior. Además, trata de exponer otros “lugares inusuales”: las experiencias revolucionarias y cristiano-libertadoras de Nicaragua o Guatemala; el ejemplo de Thomas Sankara, llamado “el Che Guevara de África”; o el proceso de participación y movilización populares acontecido en Portugal tras la Revolución de los Claveles. Creo que en todos estos acontecimientos pueden hallarse, sin duda, valiosas lecciones para el presente y el futuro.

 

Las operaciones SAAL: Una arquitectura para el Portugal del 25 de Abril

SAAL-1El día 8 de agosto de 1974, Nuno Portas, arquitecto a la sazón y secretario de Estado de Vivienda y Urbanismo del gobierno presidido por el general Vasco Gonçalves, creaba a través de un decreto las Sociedades de Apoyo Descentralizado Local (en portugués, Sociedades de Apoio Ambulatório Local). El gobierno de Vasco Gonçalves, que iniciaba la etapa izquierdista de la Revolución de los Claveles, inauguraba con la creación del programa de las SAAL una de las experiencias de vivienda y urbanismo más singulares de los últimos cuarenta años en el Occidente europeo, donde la participación vecinal al lado de los jóvenes arquitectos que desarrollaron la rehabilitación o la construcción de nuevos barrios supuso un momento único que en 2014, 40º aniversario del derrocamiento del régimen fascista en Portugal, fue objeto de una retrospectiva en el Museo Serralves de Oporto.

ACABAR CON LOS “BAIRROS DE LATA” Y LAS “ILHAS”

El objetivo final y común del las operaciones SAAL, un programa heterogéneo por cuanto estaba basado en la participación y en el estudio de las necesidades a resolver en un contexto determinado, no era otro que el de acabar con los núcleos chabolistas y los barrios históricos poblados por personas humildes que habían ido surgiendo en las grandes ciudades como Lisboa, Oporto o Setúbal o en el cinturón industrial que bordea a la capital portuguesa al sur del Tajo, en ciudades como Montijo, Barreiro, Seixal o Barreiro. La ausencia de una política de vivienda digna de tal nombre en la etapa del salazarismo había creado un déficit de alrededor de 50.000 viviendas mientras, al mismo tiempo, el desplazamiento de mano de obra procedente de las regiones agrícolas del interior del país a las incipientes zonas industriales localizadas en la costa (y especialmente en la mencionada desembocadura del Tajo) había generado a su vez un conjunto de barrios marginales caracterizados por la insalubridad y la ausencia de servicios básicos. Unos de ellos eran definidos como “bairros de lata”, esto es, barriadas de chabolas ubicadas en el extrarradio de las ciudades; otros eran las “ilhas”, las cuales, rodeadas por barrios de mejor condición, se encontraban en el interior de la ciudad pero en unas condiciones tan depauperadas que necesitaban de un profundo trabajo de rehabilitación y regeneración urbana.

El despilfarro de recursos en la maquinaria de guerra que el salazarismo tuvo que poner en marcha a lo largo de los años sesenta a consecuencia de las sucesivas contiendas que tuvo que emprender con objeto de mantener su imperio colonial en África y Asia (las primeras posesiones que perdió fueron las ciudades de la costa de la India, en los años cincuenta), unido a un sistema fiscal de escasa capacidad recaudatoria y permisivo con el fraude hizo que la política social, no sólo la referida a la vivienda, se resintiera enormemente y fuera parte del descontento que llevó a que estudiantes y trabajadores, y finalmente los jóvenes oficiales del MFA que derribaron a la dictadura en 1974, comenzaran una contestación ascendente al régimen.

De este modo, el proceso SAAL aparecía como una reivindicación más de los derechos sociales y colectivos que habían brillado por su ausencia en la etapa del “Estado Novo” salazarista: educación, salud, trabajo y salarios dignos, al ocio y la cultura… y al mismo tiempo entroncaba con ellas en el sentido en que la vivienda digna y servicios habitacionales básicos tales como transporte, luz, alcantarillado o agua potable permiten romper el aislamiento y la marginación que hacen imposible el disfrute de los anteriores y la reivindicación consciente y crítica de los mismos.

UN PROCESO PARTICIPATIVO

“En el sistema de vivienda tradicional todo está hecho cuando los inquilinos llegan. Con el programa SAAL, el inquilino llega antes de que se tome cualquier decisión”

Nuno Portas

Los vecinos construían por sí mismos sus propias viviendas.

Los vecinos construían por sí mismos sus propias viviendas.

La debilidad, pero asimismo la fortaleza, y la característica singular del SAAL portugués fue la de interconectar a los técnicos -entre quienes se contaban sociólogos, juristas y asistentes sociales- y arquitectos con los vecinos de las zonas en las que se iba a trabajar, bien reconstruyendo las zonas afectadas por problemas de infravivienda con nuevas moradas o bien realizando viviendas nuevas. Los equipos conjuntos recibieron el nombre de “brigadas”, y aunque el trabajo bien pudo ser complicado por condicionantes debidos a diferencias culturales, de extracción social, e ideológicas, muchos de los arquitectos que se vieron envueltos en el proceso recuerdan aquella etapa con cariño y como una experiencia positiva en su carrera profesional. Y es que, no en vano, entre los diferentes proyectos o procedimientos complementarios e incluso contradictorios que registró la Revolución del 25 de Abril en los años inmediatamente posteriores al derrocamiento del régimen dictatorial estaba la llegada a una democracia de amplia base participativa, un modelo de socialismo autogestionario (en el que estuvo muy implicada la LUAR -Liga de Unidade e Acção Revolucionária- liderado por el “cerebro” del 25 de Abril, Otelo Saraiva de Carvalho) que no podía sino generar las mismas prevenciones y temores en los países occidentales y los sectores moderados del país como el socialismo ortodoxo del PCP de Álvaro Cunhal.

Las manifestaciones por el derecho a la vivienda fueron una constante y un impulso al proceso en los últimos años del salazarismo y los primeros tiempos de la revolución portuguesa.

Las manifestaciones por el derecho a la vivienda fueron una constante y un impulso al proceso en los últimos años del salazarismo y los primeros tiempos de la revolución portuguesa.

Sea como fuere, lo que se estaba defendiendo en el SAAL no era tanto un modelo político sino la cobertura de unas necesidades largo tiempo olvidadas, y en el momento de desarrollar el proceso, y con una cierta lógica, resultó crucial poner a los vecinos en marcha junto a los expertos, en debate permanente, en una forma cotidiana de interacción que buscaba enriquecer el proceso y hacer partícipes y no meros espectadores a los futuros inquilinos de las nuevas viviendas. Entonces, a modo de consigna, se decía “os arquitectos são a mão do Povo” (“los arquitectos son la mano del pueblo”).

Algunos de aquellos arquitectos, jóvenes entonces, hoy ya veteranos, dijeron con motivo de la exposición en el museo de la Fundação Serralves de Oporto palabras de recuerdo conmovido sobre aquella experiencia. “La memoria que guardo del SAAL es la de un momento excepcional, de posibilidad de trabajar en la arquitectura en una relación directa con sus destinatarios, los moradores”, comenta Alexandre Alves Costa, arquitecto y profesor que fue coordinador del SAAL en Oporto. De opinión similar es Gonçalo Byrne, responsable de la construcción del Bairro Casal da Figueira, en la ciudad de Setúbal, al sur de Lisboa e importante centro industrial y pesquero. Byrne, que en la ciudad del Sado proyecto este barrio para una comunidad de pescadores, señala que “fue una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida profesional”. En un escalón superior, Maria Proença, que era funcionaria del Fondo de Fomento de la Vivienda (en portugués, Fundo de Fomento da Habitação, FFH) y más adelante, coordinadora general del SAAL a invitación del secretario de Estado Nuno Portas, cuenta que “recorrí el país entero, de Oporto al Algarve, localizando las carencias habitacionales de las personas… y todo el mundo tenía. No sé si en el tiempo de las feministas de EE.UU. era así, pero en el Sur estaban las mujeres diseñando casas, decían dónde se ponía la cama, cómo se iba de un lado al otro… Para mí, fue todo maravilloso”. El valor de estos testimonios sirve para reivindicar el papel del SAAL en un momento como el actual, donde la especulación inmobiliaria ha venido a sustituir a las políticas sociales en la materia y donde se han desarrollado nuevas herramientas no existentes entonces que pueden complementar a la labor realizada entonces con muchas limitaciones de medios.

METODOLOGÍA Y DESARROLLO: CARACTERÍSTICAS DEL PROYECTO SAAL

“El SAAL cambió la relación colectiva de la población con la arquitectura y dio una razón efectiva a los arquitectos, en un momento muy complejo pero también muy estimulante para pensar en su disciplina y en su relación con el público”

Delfim Sardo, comisario de la exposición “O Processo SAAL: Arquitectura e Participação, 1974-1976”

Imagen de una votación en una asamblea vecinal.

Imagen de una votación en una asamblea vecinal.

Como ya se ha enunciado con anterioridad, la característica principal de las operaciones del SAAL fue la participación y la interacción entre vecinos de las zonas afectadas y los técnicos y arquitectos envueltos en las mismas. Tal característica convierte al desarrollo urbano de este momento revolucionario de Portugal en un ejemplar único de lo que había venido realizándose y venía en el continente europeo. En un artículo, Aitor Varea define en cierta medida la eclosión producida por el encuentro de una generación de arquitectos, cuya mayor fama posterior vendrán a tener los de la llamada “Escuela de Oporto” (estudiantes o recién licenciados en Arquitectura surgidos de la Escuela Superior de Bellas Artes de esta ciudad), cuyas preocupaciones se desvían un tanto de los aspectos formales y abstractos y pasan a acercarse más a la realidad concreta, con ese momento revolucionario posterior al 25 de Abril en el que se les abre la oportunidad de entrar en contacto con la realidad y experimentar desde ella y junto a otros agentes (entre ellos el “cliente final”, el destinatario del producto de su trabajo, el morador).

La segunda característica que va a definir el desarrollo de las operaciones SAAL es la descentralización. Esto obedecía tanto a una intención política, en el sentido de desplazar la toma de decisiones desde la clásica forma arriba-abajo hacia la premisa contraria, de abajo-arriba, dirigiéndose hacia lo concreto (lo que se resumía, según el “Libro Blanco del SAAL”, que resumía en 1976 el trabajo realizado en aquellos dos años que duró el programa, en concebir el urbanismo “ciudad a ciudad, barrio a barrio, ‘ilha a ilha’, casa a casa, cuarto a cuarto”), como al hecho de que el Estado, en los años precedentes, había sido incapaz de articular un procedimiento adecuado para solucionar los problemas urbanísticos que se presentaban en los municipios portugueses con los instrumentos tradicionales. “La iniciativa privada nunca se vio lo suficientemente atraída por los incentivos promovidos por los distintos gobiernos (por lo que se entregó a la producción de vivienda para otros sectores del mercado) en tanto que el aparato del Estado no poseía los medios para resolver por sí solo un problema tan profundo y extendido”, escribe Aitor Varea. Por ello, se opta por una solución que recuerda mucho a otros momentos revolucionarios de la historia del siglo XX, con la constitución de brigadas voluntarias de jóvenes de educación burguesa pero entusiastas de sumarse a un cambio social y de colaborar en la elevación del nivel cultural y moral de los más desfavorecidos (Nicaragua, Cuba, la RDA de los primeros y entusiásticos momentos previos a la instauración de la ortodoxia estaliniana…) Los arquitectos proyectaban, los vecinos construían, el Estado corría con los gastos de material… “Se pretendía con ello vincular el Estado a ciertos sectores más dinámicos de la sociedad civil y libertar al proceso de las penas burocráticas que retrasaban los programas de vivienda”, afirma Nuno Portas. Esta característica de la participación fue lo que definió, en particular, el proceso en el Algarve, donde uno de los proyectos del SAAL, el de Meia-Praia-Apeadeiro, en Lagos, se hizo particularmente famoso al ser objeto de una película realizada por António da Cunha Telles (“Continuar a viver ou Os índios da Meia-Praia”, con una hermosa canción realizada para el filme por el genial cantautor José Afonso) que resumía los trabajos realizados por la cooperativa de pescadores que construyó con sus manos sus viviendas y su lucha por mantener en pie sus casas. “En el Algarve, más importante que la arquitectura fue la participación popular”, hace notar Delfim Sardo, comisario de la exposición sobre el SAAL celebrada en el portuense museo Serralves.

El entusiasmo popular fue un elemento destacado por los arquitectos y técnicos que trabajaron en el SAAL, que observan aquella etapa como una provechosa experiencia profesional.

El entusiasmo popular fue un elemento destacado por los arquitectos y técnicos que trabajaron en el SAAL, que observan aquella etapa como una provechosa experiencia profesional.

La tercera circunstancia que caracteriza el proceso, y que es una consecuencia de lo anterior, es la heterogeneidad de soluciones, vinculadas al diferente estado de los barrios y zonas afectadas a las diferentes operaciones SAAL, al distrito o provincia del país en el que se desarrolla (condicionantes de ambiente, tradiciones de vivienda…), a los proyectos desarrollados por los arquitectos y las “enmiendas” presentadas a los mismos por la vecindad y otras cuestiones -como las expropiaciones del suelo- surgidas en el momento de la construcción. Lejos de partir de una solución determinada “desde arriba” y que convierte a los barrios en lugares sin personalidad, y a la vivienda como un objeto de consumo homogéneo y de iguales características en las zonas del litoral del Tajo como Lisboa o Setúbal como en las del interior como Castelo Branco o Évora, las decisiones adoptadas y su realización práctica se encuentran condicionadas por la realidad en que se incluyen. Además, se consigue de este modo vincular directamente al técnico con el habitante y no con la administración, y también obtener soluciones particularizadas, como la obtención de la tecnología de construcción más apropiada.

La cuarta característica, y posiblemente un resumen de todas las anteriores, del SAAL es la de su carácter experimental y su imbricación, como una herramienta más, en el proceso de cambio social iniciado el 25 de abril y especialmente con el acceso a la presidencia del consejo de Vasco Gonçalves y abruptamente interrumpido tras el golpe del 25 de noviembre de 1975, que impuso la “corrección política” y la transición hacia una democracia “al modo occidental”, apartando proyectos que se desviaban hacia la participación activa de la población o que podían poner en riesgo la alianza de Portugal con la OTAN o los intereses estratégicos de las potencias occidentales en el país. Contradictorio y demagógico a veces, el proceso de las operaciones SAAL supuso, sin embargo, un nuevo paradigma en la forma de vivir la arquitectura y el urbanismo por parte de quienes se vieron implicados en el proceso. Las dimensiones de este hecho son variadas y regalan varias lecciones para el futuro: en lugares como las “ilhas” de Oporto, situadas en el corazón mismo de la ciudad, los vecinos no fueron expulsados de las zonas donde vivían para pasar a morar en el extrarradio, generándose la construcción de viviendas nuevas destinadas a un público más selecto (un proceso que sucede hoy día, a veces con intenciones aviesas por parte de las compañías inmobiliarias y utilizando métodos que rozan lo delictivo, y que se ha dado en llamar “gentrificación”), sino que se respetó el derecho de arraigo del habitante.

También se pasaron a estudiar de un modo más general las circunstancias que rodean al vecino, más allá de los condicionantes urbanos físicos, permitiendo trabajar de un modo interdisciplinar (implicando a economistas, sociólogos, agentes sociales) y pensar la ciudad a través de sus barrios en lugar de hacerlo al contrario.

Asimismo, las operaciones SAAL sirvieron como mecanismo para introducir alternativas, al menos en el contexto portugués, al modelo trazado de construcción financiada por medios privados, desentendimiento de la administración a la hora de desarrollar una política de vivienda social y exclusión social generada por la especulación del suelo y los precios de alquileres e hipotecas. El modelo participativo y descentralizado introdujo el modelo de cooperativas, a partir de finales de 1974, y con una participación importante del Estado en la financiación de las construcciones, así como en la existencia de una variedad amplia complementaria de fórmulas de financiación como “la autoconstrucción, la autoinversión o los préstamos bancarios, sin que estas soluciones fueran específicas del programa (dependían de cada situación concreta)”. Cuestión aparte merece el tema de las expropiaciones y ocupaciones de terrenos, muchas de ellas realizadas al calor del momento revolucionario, y que con motivo de las indemnizaciones posteriores de que fueron objeto levantaron protestas y significaron uno de los motivos del final del programa.

En resumen, el carácter experimental del SAAL permitía, a su vez, ensayar un modelo de gestión urbanística muy diferente y al mismo tiempo mucho más cercano a la realidad cotidiana -lo que fue muy apreciado por los arquitectos y técnicos que trabajaron entonces en el programa y que les sirvió para posteriores trabajos- de lo que hasta entonces se había desarrollado. Y significaba, asimismo, una piedra de toque para desarrollar un modelo de planificación más cercano a las necesidades de los más desfavorecidos con objeto de desarrollar una sociedad más igualitaria e incluyente.

EL FIN DEL SAAL Y ALGUNOS PROYECTOS CONCRETOS REALIZADOS: ÁLVARO SIZA O EL “ARQUITECTO PARTICIPATIVO”

“En estos tiempos de las decisiones, el arte también debe decidirse. Puede convertirse en el instrumento de unos pocos, los cuales hacen de dioses y deciden el destino de los muchos y exigen una fe ciega ante todo. O bien también, se puede situar al lado de los muchos y poner el destino en sus propias manos.”

Bertolt Brecht

La aprobación de normativas que suponían trabas para la realización de las operaciones y la posterior paralización "de facto" de los proyectos generaron protestas, especialmente contra las nuevas autoridades locales y nacionales elegidas en 1976. En la imagen, protesta contra la Ley de Indemnizaciones de mayo de 1975.

La aprobación de normativas que suponían trabas para la realización de las operaciones y la posterior paralización “de facto” de los proyectos generaron protestas, especialmente contra las nuevas autoridades locales y nacionales elegidas en 1976. En la imagen, protesta contra la Ley de Indemnizaciones de mayo de 1975.

Las operaciones SAAL fueron parte y asimismo metáfora del llamado Processo Revolucionário em Curso (PREC), el período que se abrió en Portugal desde el 25 de Abril hasta la aprobación de la constitución democrático-parlamentaria de 1976, que abrió la Tercera República y clausuró, por otra parte y definitivamente, el proyecto de “democracia participativa” a favor del de “democracia representativa”, una apuesta en nombre del orden, la estabilidad y también contra una posible imposición de dictadura marxista en la que se encontraron aliados conservadores del ejército alineados con las tesis del general y antiguo primer presidente de la República tras la dictadura, António de Spínola (que llegó a dar un golpe de estado fallido en los primeros meses de la Revolución, motivo por el cual hubo de huir del país a través de España), liberales, sectores del capital, elementos del régimen derribado y los socialistas del influyente Mário Soares, influido a su vez por los socialdemócratas europeos y otros políticos del continente, muy interesados en que Portugal no se convirtiera en un país marxista en el seno de la OTAN o una suerte de experimento “a lo Allende” en el extremo occidental de Europa. Tras el llamado “verano caliente” de 1975, que puso de manifiesto las diferencias políticas y de carácter entre las tierras al norte del Tajo, más conservadoras, y la zona de Lisboa y el Sur, donde las ocupaciones de fábricas y la reforma agraria mostraban un claro ambiente izquierdista, el fallido golpe de esta tendencia de noviembre de 1975, (rodeado de extrañas circunstancias que pueden hacer pensar en una calculada estrategia de los elementos de la derecha para propiciar una sublevación condenada de antemano al fracaso) llevó a un contragolpe en las instituciones y las políticas que colocó a socialistas y “spinolistas” en el poder y a una contrarreforma del trabajo revolucionario, revisándose la reforma agraria, sometiendo a indemnización -con lo que se desmantelaba, de hecho, la propiedad obrera- a los dueños de las empresas ocupadas y paralizándose las operaciones SAAL bajo argumentos como considerar el programa “un proceso de contra-gestión y de contra-plan, anárquico y radical. Su integración política fue relegada en favor de su desmantelamiento técnico”, escribe Nuno Grande. Así, las nuevas autoridades no fueron capaces, como veremos más adelante, de realizar una propuesta alternativa que no fuera la conocida antes de la puesta en marcha del SAAL, con los problemas de exclusión e infravivienda generados para (y conocidos por) las poblaciones afectas hasta entonces a las operaciones puestas en marcha. La coalición de socialistas y conservadores que representaron Soares, el general spinolista Ramalho Eanes (que accedió a la presidencia de la República en 1976), y los primeros ministros del PSD Sá Carneiro y Pinto Balsemão, que algunos comentaristas han situado como los artífices de la estabilidad democrática portuguesa tras los avatares de la Revolución, llevaron realmente a desmantelar las ilusiones marxistas depositadas en el lenguaje constitucional, que establecía que Portugal debía alcanzar una sociedad “sin clases” (el artículo al que se refería este texto desapareció en la reforma de 1990), y al mismo tiempo a vaciar de contenido las posibilidades de participación vecinal que la propia carta magna lusa recogía y de las que el SAAL había sido su ejemplo más señero.

Lo antiguo y lo nuevo en São Victor, Oporto, uno de los emprendimientos SAAL de Álvaro Siza.

Lo antiguo y lo nuevo en São Victor, Oporto, uno de los emprendimientos SAAL de Álvaro Siza.

En el plano más prosaico, lo que se dio fue simple y llanamente la paralización de los proyectos. El que fuera posiblemente el impulso más estimulante -sobre todo a tenor de lo que significó para las carreras profesionales y el renombre alcanzado por sus intervinientes con posterioridad, y ahí se encuentran los nombres de Álvaro Siza o Fernando Távora, pero también en la generación de debates y de ideas y de toda una escuela, la “Escuela de Oporto”, caracterizada por un nivel técnico sin igual en la historia de la arquitectura portuguesa contemporánea- dado a la arquitectura en el país se clausuró. No se quiso darle la oportunidad de corregir los errores o los excesos “demagógicos” o “revolucionarios”, sino que parece que quisiera cerrarse esa etapa por lo “subversivo” (lo radical y anárquico) que resultaba darle la palabra al vecindario, y lo que es más importante, a las poblaciones marginales en su “derecho a la ciudad”. Un derecho que, visto lo visto, entraba y entra en colisión con la lógica de mercado inmobiliario a la que los poderes públicos parecen estar más interesados en defender. Así, “el nuevo gobierno dejó las obras sin acabar y se abandonaron habitadas como las anteriores barracas”. Sólo años más tarde los vecinos, al menos en el caso de São Victor y Bouça, dos de los barrios portuenses donde intervino Siza, volvieron a ponerse en marcha y a terminar de construir lo que quedaba de su barrio gracias a su asociacionismo combativo. En otros, los vecinos se manifestaron contra las decisiones de las autarquias (ayuntamientos) que paralizaron de facto los proyectos, como el caso de los famosos Índios da Meia-Praia, tal y como José Afonso cantaba en la canción homónima que compuso para el filme de Cunha-Telles:

“Das eleições acabadas, do resultado previsto

seguro que tendes visto muitas obras embargadas.

Mas não por vontade própria porque a luta continua,

pois é dele a sua história e o povo saiu à rua.

Mandadores de alta finança fazem todo andar prá trás,

dizem que o mundo só anda tendo à frente um capataz.”

Bouça, Oporto: 30 años después del inicio de este proyecto SAAL de Álvaro Siza, los vecinos terminan lo que se había iniciado. Más vale tarde que nunca, podríamos pensar.

Bouça, Oporto: 30 años después del inicio de este proyecto SAAL de Álvaro Siza, los vecinos terminan lo que se había iniciado. Más vale tarde que nunca, podríamos pensar.

En cualquier caso, algunos de sus protagonistas exponen que el final de proyecto SAAL no fue sólo una cuestión de mudanza de políticas. Algunos factores contribuyeron a crear esa imagen de anarquía y radicalismo que sirvió en bandeja la excusa perfecta para clausurar un proyecto que era indeseado más bien por otros aspectos del mismo. Gonçalo Byrne, el arquitecto del Casal da Figueira setubalense, afirma por ejemplo que una cuestión capital fue la inexperiencia de los arquitectos para un proyecto así: “de un modo general, los propios arquitectos no estaban preparados para un proyecto de estas características, de diálogo y encuentro con culturas no siempre coincidentes”. Esto daría lugar a diferencias de desarrollo en las diferentes localizaciones de los proyectos realizados, así como los resultados (parciales, debido al final, abrupto casi podría decirse, del plan) obtenidos. Otras de las cuestiones que influyeron, apuntan Byrne y la coordinadora del programa Maria Proença fueron la cuestión de la propiedad de los terrenos, la burocracia a recorrer en el plano de la financiación o la incapacidad de respuesta, por parte del poder, al asociacionismo reivindicativo. “Un vacío que vendría, más tarde, a ser llenado por la banca, con los resultados conocidos.”

Entre agosto de 1974 y octubre de 1976, el SAAL concluyó alrededor de 170 proyectos que afectaron a más de 40.000 familias de norte a sur del país, que se desarrollaron en 9 de los 18 distritos del Portugal continental (algunos de ellos, especialmente los meridionales y del centro-sur, de los más extensos): Oporto, Aveiro, Coimbra (en la costa atlántica, al norte y centro del país), Castelo Branco (en el interior, en la región de la Beira), Santarem (en el Ribatejo, en el centro-oeste), Lisboa, Setúbal (en la margen sur del Tajo, en la costa atlántica alentejana), Évora (Alto Alentejo) y Faro (en la región meridional del Algarve). Aun lejos del objetivo -recordemos que el déficit de viviendas se cifraba en 50.000-, la experiencia invita a ser optimistas en cuanto a su balance: el SAAL desarrollado hace cuarenta años “continúa definiendo la malla espacial y social de las ciudades y de los barrios donde intervino” (Concepción García y Carlos Pita) y en algunas ocasiones ha generado un “modus vivendi” muy particular, en forma de un tejido social colaborativo y participativo, como en la mítica Meia-Praia o en Casal das Figueiras, que, en palabras del comisario de la reciente exposición portuense Delfim Sardo, “todavía hoy funciona de una manera muy viva”.

Por importancia debido a su localización, los proyectos que más destacaron fueron los desarrollados en las principales ciudades del país, Lisboa y Oporto, dejando aparte los ya citados del Algarve y Setúbal o el que, con posterioridad al SAAL (1977) -pero desarrollando los conocimientos adquiridos en éste sobre vivienda colectiva-, iba a llevar a cabo Álvaro Siza en Évora, la capital del Alto Alentejo, en el proyecto de la Quinta da Malagueira. Un proyecto arduo, de duras conversaciones con las asociaciones de vecinos que le acarreaban a su vez duras jornadas de trabajo, pero que dio como fruto un conjunto de viviendas sociales apoyadas en dos proyectos de vivienda mínima “de gran versatilidad en la distribución interior y en la totalidad de superficie útil” (Marta Doménech y David López). Otro estudioso de la obra de Siza, de quien hablaremos a continuación, Kenneth Frampton, opina sobre el proyecto de la Malagueira que “es con mucho el grupo de viviendas que mejor ha realizado hasta ahora”.

En Lisboa, destacan los emprendimientos realizados en los barrios de Quinta do Bacalhau-Monte Côxo (diseñado por Manuel Vicente), de la Quinta das Fonsecas-Quinta da Calçada (Raúl Hestnes), de la Curraleira-Embrechados (José António Paradela y Luís Gravata Filipe) y de la Quinta da Bela Flor (Artur Rosa). La característica que define a estos cuatro proyectos lisboetas fue la de que, al contrario de lo que ocurrió en Oporto, las áreas donde se desarrollaron fueron de mayor extensión y localizadas en la periferia, y no en “ilhas” degradadas del centro de la ciudad, como ocurría en la ciudad del Duero, así como que la edificación fue más en vertical.

Siza, en una reciente entrevista al diario portugués Público, hizo un símil futbolístico afirmando que, “en arquitectura, siempre hay un Benfica-Oporto en el ambiente”, trasladando la rivalidad entre los “dos grandes” del fútbol luso, y pertenecientes uno a Lisboa y otro a la ciudad portuense, al espíritu que, al menos, se vivía también en la época del SAAL. “Los del SAAL-Norte se consideraban a sí mismos los grandes sabios, los grandes mentores”, afirma asimismo Maria Proença. Sea como fuere, otra de las diferencias entre ambas ciudades fue que el espíritu de escuela que se vivía en Oporto, la compenetración existente entre los arquitectos salidos de la ESBAP portuense e incluso la relevancia pública que ya tenían algunos de ellos, no estaba presente en la capital. “El pensamiento sobre arquitectura en Lisboa acabó por concentrarse en algunos ateliers”, afirma Delfim Sardo. De este modo, no existió el desarrollo de un movimiento propio, innovador, crítico, en Lisboa, lo que fue en detrimento de sus licenciados y en beneficio de los “tripeiros” como Siza o el reformista de la ESBAP Fernando Távora.

Así, Oporto desarrolló una forma distinta de SAAL, centrada en espacios del interior de la ciudad, lo que se tradujo en una ventaja con respecto a otras formas de trabajar, como la capitalina: la de poder (re)pensar el urbanismo tomando el conjunto de la ciudad y no a través de planeamientos aislados de ella. Las intervenciones más destacadas de Oporto fueron Miragaia (Fernando Távora, Bernardo Ferrão y Jorge Barros), As Antas (Pedro Ramalho), Leal (Sergio Fernández) y los barrios de Bouça y São Victor, desarrollados ambos por Álvaro Siza.

Álvaro Siza en 2006, en la exposición sobre la historia del barrio de Bouça realizada por los vecinos, con un clavel, símbolo del 25 de Abril, en el bolsillo de su chaqueta.

Álvaro Siza en 2006, en la exposición sobre la historia del barrio de Bouça realizada por los vecinos, con un clavel, símbolo del 25 de Abril, en el bolsillo de su chaqueta.

Álvaro Siza recibió el sobrenombre de “el arquitecto participativo” por sus trabajos en las operaciones SAAL de Oporto, pero también por las que, con posterioridad, iba a llevar a cabo, con premisas similares, en otras ciudades de Portugal (el caso ya citado de Évora) en 1977 y del extranjero (La Haya -Países Bajos- y Berlín -República Federal de Alemania-), a partir de la década de los ochenta. Los proyectos serán, igualmente, viviendas sociales bajo la égida de la participación vecinal en el proceso de planeamiento urbanístico y arquitectónico. Una muestra de cómo se tomaba Siza este tipo de trabajos es que, a pesar de los sinsabores y la fatiga que pudieran acarrearle debatir las propuestas con el vecindario (y su encaje en las especificaciones técnicas y/o legales), como en el caso de la Malagueira, consideraba capital conocer de primera mano los problemas de sus “clientes”, los futuros habitantes del barrio.

São Victor y Bouça fueron dos proyectos inacabados, por las circunstancias ya mencionadas, pero constituyen un ejemplo singular en cuanto a forma por razones muy particulares: en primer lugar, por la existencia de una cierta continuidad entre lo nuevo y lo viejo, manteniéndose en una curiosa armonía elementos espaciales y estéticos preexistentes y la nueva construcción. Así, en São Victor, “estas referencias abarcan desde la permanencia de la estructura de muros tanto por motivos económicos (reutilizándolos como elementos de contención del terreno o como cimentación de las nuevas edificaciones) como culturales […] hasta la composición de las agrupaciones de nuevas viviendas (para mantener la escala de los espacios libres y las formas de relación) o la forma de los espacios públicos y su conexión específica con los privados” (Aitor Varea). En Bouça, la compenetración entre lo antiguo y lo moderno se consigue gracias a la integración de la tipología en la disposición de las viviendas tradicional del barrio con la tradicional disposición en hilera observada en los proyectos arquitectónicos racionalistas (Le Corbusier, Mendhelson, Gropius, Van der Rohe, la escuela de la Bauhaus) de los años 20 y 30 del siglo pasado desarrollados en Alemania y Holanda. “Esto se reflejaba en tres operaciones distintas: En primer lugar, los finales abiertos típicos de la tipología en hilera estaban ligeramente modificados al estar parcialmente cerrados por una barrera acústica que a la vez que aislar del ruido del ferrocarril adyacente serviría, de haber sido completado, como límite del espacio público del conjunto; en segundo lugar, el remate de las cuatro filas paralelas se hacía con esquinas irregulares que contenían equipamientos semipúblicos de uso para los vecinos; y en tercer lugar, las perspectivas entre hileras eran centrales al núcleo histórico de la ciudad, vinculando este antiguo crecimiento marginal con Oporto” (Marta Doménech y David López).

Proyecto original de Siza para el barrio portuense de Bouça, en el que se combinan elementos nuevos y antiguos.

Proyecto original de Siza para el barrio portuense de Bouça, en el que se combinan elementos nuevos y antiguos.

En segundo lugar, la característica que define a los proyectos de Siza en Bouça y São Victor fue la de una aparente fragilidad, siguiendo las palabras del arquitecto español Rafael Moneo, debido al presupuesto escaso y a los problemas inherentes a las viviendas de bajo coste -lo que en tiempos se denominaba “casas baratas”-. La aparente mala calidad de la construcción y la imposibilidad de continuar con el proyecto una vez finalizadas las operaciones SAAL en octubre de 1976, sin que muchas de las viviendas fueran rematadas o los equipamientos adjuntos al conjunto – barreras acústicas, espacios públicos comunes…- explica esa opinión. Sin embargo, Moneo opina, al contrario, que “a pesar de que a menudo contemplamos las obras de Siza en un estado de completa decrepitud física que las hace estar próximas a la ruina, nunca llegan a alcanzarla, ya que siempre son capaces de ofrecernos algún descubrimiento. (…) Por otra parte, hay que valorar el coraje que supone aceptar la fragilidad como norma. Paradójicamente, en tal fragilidad radica su fortaleza”. Por otro lado, un nuevo vecindario de Bouça aceptó con el tiempo esa aparente fragilidad y decrepitud y pasó a habitar el espacio edificado dos o tres décadas antes por vecinos que, poco a poco, fueron abandonando este lugar central de Oporto y marcharon a la periferia, produciéndose un proceso de “gentrificación” que no fue deseado ni por las autoridades que lo impulsaron ni por los arquitectos, técnicos y vecinos que tanto lucharon por habitar mejores casas, pero en los lugares donde lo hacían, en la época del SAAL. Esta mudanza de los tiempos trajo consigo una nueva generación de habitantes de clase media, matrimonios jóvenes, intelectuales y profesionales liberales interesados en vivir en el centro de la ciudad y en adquirir viviendas a bajo precio diseñadas por un arquitecto premiado y prestigiado como Álvaro Siza.

Sea como fuere, treinta años después finalizó por fin en Bouça el tan deseado proyecto de regeneración urbana. Nuevos y antiguos moradores resistentes por fin, rescatando la experiencia colectiva, pudieron acabar los equipamientos y las 72 viviendas restantes del conjunto de 128. Dirigiendo el proyecto, de nuevo, “el arquitecto participativo” en colaboración con Antonio Madureura y mediante un sistema de promoción cooperativo, a precio tasado y controlado, con colaboración municipal, del Instituto da Habitação portugués, la federación de cooperativas y la asociación de vecinos. Un trocito del SAAL regresaba, de este modo, al corazón de Oporto, y en una exposición hecha en 2006 -treinta años después del fin de las operaciones primigenias- sobre el proceso de construcción del barrio, Siza, en una seña de nostalgia, pero asimismo de justicia, lucía en su bolsillo un clavel -el símbolo de la revolución portuguesa- y un bolígrafo, su instrumento de trabajo por excelencia.

El barrio de Bouça en la actualidad.

El barrio de Bouça en la actualidad.

CONCLUSIONES

Las operaciones SAAL, aún con sus fallas, motivadas probablemente por la falta de experiencia que en este campo -el del cooperativismo y el asociacionismo participativo, como hizo notar unos párrafos más arriba Maria Proença- y por el entusiasmo y el ardor revolucionario que eran mostrados por un Portugal sometido durante casi cincuenta años a una dictadura de raíces e instituciones fascistas, supusieron un importante avance y una piedra de toque fundamental en el acceso por parte de los más desfavorecidos a dos derechos fundamentales. Uno de ellos se ha convertido en clásico, al menos en lo que respecta a su presencia en las reivindicaciones sociales, que data ya de varios años y que en España y Portugal, como vemos, data por lo menos de la época del paso de los regímenes dictatoriales a las democracias en los años 1970: el derecho a la vivienda digna -y que últimamente, tras las etapas recientes de “boom” y especulación inmobiliaria, estallido de la burbuja homónima, “estafa” hipotecaria y ausencia o recorte de políticas públicas en la materia vuelve a cobrar, si acaso alguna vez se ha ido de la agenda, presencia en las reivindicaciones de colectivos, sindicatos y movimientos políticos alternativos-. El otro derecho es más reciente, pero no deja de tener también relevancia: el derecho a la ciudad, a que todas las personas que habitan el municipio tengan acceso a los servicios y políticas públicas y no existan ciudadanos “de primera” y “de segunda” y guetos urbanos en los que las condiciones de insalubridad, ausencia de equipamientos o seguridad acaben convirtiéndolos en focos de marginalidad de los cuales la población no pueda escapar, deteniendo el llamado “ascensor social”.

Dentro del contexto político portugués de la época, y que además puede exportarse a las demandas de mayor participación ciudadana que se vienen sucediendo, el SAAL representaba un importante proceso de intervención popular en sus propios destinos, en algo tan importante para sus propias vidas como su hogar y el entorno más inmediato al mismo, el barrio y sus moradores. Como modelo alternativo y al mismo tiempo complemento esencial del parlamentarismo representativo-delegativo, el asociacionismo y la participación directa en la vida pública, e incluso la vida económica (decisiones sobre presupuestos, ordenamiento urbano), fue tumbado por los representantes políticos más proclives al (re)establecimiento de un orden político y social que evitara un posible caos -inevitable cuando se trata de experiencias que se ponen en marcha por vez primera- a favor de un tipo de democracia más “al uso”. Lejos de representar una degradación de la democracia, el modelo participativo del SAAL, calificado de anárquico y radical por socialistas, social-demócratas, liberales y personalidades “apolíticas” del mundo de los negocios (que acabaron por trazar, en muchas ocasiones, el rumbo político y económico a las nuevas autoridades que asumieron el mando tras la “ola revolucionaria” de 1974-75, como en otros países de Europa y de otros continentes y con los efectos que hoy conocemos), significaba una profundización de la misma, como no se cansan de exponer organizaciones y partidos y de demostrar una experiencia que, en negativo, se ha visto en recientes portazos a la convocatoria de referendos sobre la reforma exprés de la constitución para adecuarse a las exigencias de la UE en materia de endeudamiento (España) o, en positivo, la experiencia de los presupuestos participativos desarrollada por muchos municipios a nivel internacional. En cuanto a la política urbanística e inmobiliaria, en una época de fondos buitre, especulación con el suelo y construcción masiva en capitales y costas que ha causado graves degradaciones ambientales y ha degenerado, por añadidura, en una crisis financiera internacional cuyos efectos se han notado más en los países cuyo crecimiento se ha basado en el “ladrillo”, examinar el SAAL de forma retrospectiva obliga a considerarlo de otra forma, lejos de sus presupuestos extremistas y contrarios a cualquier planificación, y más cuando en décadas posteriores proyectos similares fueron desarrollados en la “civilizada Europa” a la que los meridionales, con ese complejo de inferioridad, siempre miramos: los barrios proyectados en esas décadas por Bruno Taut en Berlín, por Emst May en Frankfurt o por J.P. Oud en Roterdam, amén de los del propio Álvaro Siza en la hoy capital germana o en La Haya, como escribe Nuno Portas.

De este modo, examinar el SAAL exige, por tanto, examinar un momento de especial entusiasmo y

de utilidad para el futuro, no solo en lo que respecta a qué modelo de construcción y de urbanismo queremos -un modelo donde los habitantes y los técnicos permanezcan en burbujas separadas o en el que compartan experiencias y saberes, en contacto conocimientos y realidad, para aumentar los unos y mejorar la otra-, sino también para explorar nuevas capacidades de participación y desarrollo democrático. Y más en una época en la que, como si se tratara de una mala pesadilla volteriana, las democracias parecen dotarse cada día de más instrumentos autoritarios.

FUENTES:

“Quando os moradores (também) foram protagonistas da arquitectura”, Sérgio C. Andrade, Público, 10/05/2014. (http://www.publico.pt/culturaipsilon/noticia/quando-os-moradores-tambem-foram-protagonistas-da-arquitectura-1635240)

“Melhorar a vida e a cidade, quarto a quarto”, Sérgio C. Andrade, Público, 31/10/2014. (http://www.publico.pt/culturaipsilon/noticia/melhorar-a-vida-e-a-cidade-quarto-a-quarto-1674387)

Concepción García y Carlos Pita, “O PROCESSO SAAL – Arquitectura e participação 1974-1976. Crónica mínima de una exposición”, 23/02/2015, en http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=27744.

Aitor Varea Oro, “El barrio de São Victor de Álvaro Siza: entre la teoría y la práctica de las operaciones SAAL”, Hábitat y Habitar, nº 9, Noviembre 2013.

Marta Doménech Rodríguez y David López López, “La herencia del Movimiento Moderno en los Proyectos de Álvaro Siza para la Revolución de los Claveles de 1974”, Autonomy/Heteronomy, nº 14, s/d.

Nuno Grande, Ponencia “Revolución y Regeneración Urbana: entre el clavel y el bolígrafo.”, La Ciudad Viva. Obsolescencias urbanas, 2010.

La Europa de posguerra: la guerra fría y el sueño frustrado de las democracias populares

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

Celebración Día de la Liberación en Italia (25/04/1945)

“No hay democracia sin socialismo; no hay socialismo sin democracia”

Rosa Luxemburgo

En 1944, Frank Thompson, enlace de los británicos con los partisanos yugoslavos que luchaban contra el ejército nazi en retirada de la Península Balcánica, escribía a su hermano, el historiador Edward Thompson las siguientes palabras en una carta: “Hay un espíritu en Europa que es más noble y más valioso que cualquier otra cosa que este cansado continente haya conocido durante siglos, y que no se podrá detener. Se puede, si se quiere, pensar en ello en términos de política, pero es mucho más amplio y más generoso que cualquier dogma. Es la voluntad confiada de pueblos enteros que han conocido los mayores sufrimientos y humillaciones, y que han triunfado sobre ellos para construir su propia vida de una vez y por siempre”. El propio destinatario de la carta escribirá años más tarde, cuando la “guerra fría” dividió el mundo en dos bloques enfrentados y las superpotencias surgidas tras la SGM, Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban dispuestas a luchar denodadamente por defender sus intereses en sus respectivas esferas de influencia, que “había otra alternativa en 1945. No creo que fuese inevitable que hubiese de realizarse la degeneración que se produjo en ambos bandos. Este fue un momento auténtico y no creo que la degeneración posterior, en la que hubo dos actores, el estalinismo y Occidente, fuese inevitable. Es necesario recordarlo y decir que este momento existió”.

Esta va a ser una historia con un final triste, que es el que por desgracia aconteció a lo que Josep Fontana ha definido como los proyectos de democracia avanzada que surgieron en Europa tras la caída del Reich hitleriano y sus regímenes satélites, y que estaban saliendo a la luz tras la victoria tanto en la parte occidental del continente como en la oriental, donde tuvieron lugar los experimentos llamados “democracias populares” que en pocos años degeneraron en la misma forma de dictadura estalinista que prevalecía en la URSS. Pero al mismo tiempo es la historia pocas veces contada de un momento en que el futuro de Europa y del mundo hubiera podido ser distinto, en que la frase de Rosa Luxemburgo del encabezamiento hubiera podido hacerse real tanto en los países de la Europa Occidental en que el avance de las fuerzas socialistas y comunistas podía dibujar una democracia nueva, no sólo en sus aspectos formales, sino en la de unos nuevos estándares de vida y de participación en la economía para las clases populares, como en los de Europa Oriental, donde la presencia del Ejército soviético y la inclusión de los comunistas en los gobiernos de frente nacional habría llevado a la construcción de un socialismo democrático en lugar de al comunismo opresivo que se extendió por ella. Contada como una historia de maldad soviética (algo que quedaba muy apropiado para un personaje de la calidad moral de Stalin) y de ansias por crear un imperio moscovita más allá de las fronteras de la URSS, en esta historia se ha omitido la labor torpe y sesgada ideológicamente de Churchill, el “premier” británico y la administración Truman, sucesor de Franklin Roosevelt en la presidencia de EE.UU., que convirtieron a la URSS de aliada a enemiga más que por los actos rusos por las respuestas a que Stalin y el Kremlin se vieron obligados a acudir como consecuencia de la labor realizada por aquellos. El resultado fue la caída en desgracia de aquel hermoso proyecto de progreso para la Europa en ruinas.

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

Entrada del Ejército Rojo en Praga durante la SGM

DEMOCRACIA POPULAR: ALGUNAS NOCIONES

El concepto de democracia popular ha sido estudiado desde el marxismo como una etapa de transición al socialismo en contextos particulares, en los que la vía revolucionaria tradicional no podía llevarse a cabo debido a circunstancias sociales, culturales o históricas que impedían la toma del poder por el proletariado de una forma inmediata, pero permitían, sin embargo, una consecución gradual del poder por los trabajadores.

A diferencia de la táctica parlamentaria de los socialistas del primer tercio de siglo, para quienes, tras el debate que surgió sobre la oportunidad o no de la revolución y la decisión sobre la consecución de la misma a través de los mecanismos de la democracia parlamentaria, la democracia popular surgió y surge en momentos singulares en que la lucha nacional (que puede inscribirse, como en el caso de la lucha antifascista en SGM o en de los movimientos anticoloniales, en un contexto internacional más amplio) hace necesaria una unión entre clases en que los intereses entre grupos sociales pueden ser coincidentes. Así, trabajadores industriales (proletarios), campesinos, pequeños propietarios y sectores de la burguesía progresista quedan incluidos en la democracia popular, frente a elementos colaboracionistas, grandes terratenientes, industriales o banqueros. En la cuestión económica, además, “es una forma de la dictadura del proletariado que toma cuerpo en países atrasados en los que las condiciones históricas, económicas, sociales y políticas plantean la necesidad de permitir y estimular durante un tiempo formas no socialistas de producción, incluyendo formas capitalistas.”

Hundiendo sus raíces en la revuelta de la Comuna de París, en la cual Karl Marx estuvo presente como enviado especial de un rotativo norteamericano, antes de la Segunda Guerra Mundial ya existieron experiencias cercanas a la democracia popular: la efímera experiencia -y muy criticada- de la República Popular de Hungría de 1918-1919 presidida por el aristócrata liberal conde Mijály Karoly, cuyo partido se alió con socialistas y los comunistas de Bela Kun (artífice de la posterior revolución bolchevique de Budapest), y la Segunda República Española durante la guerra civil, cuyo gobierno de Frente Popular con participación de demócratas de izquierda (republicanos), socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas vascos y catalanes, en precario equilibrio, realizó una serie de medidas sociales y económicas que, si bien no todo lo revolucionarias que algunos de sus elementos esperaban y deseaban (y en cuya contención tuvieron que ver los propios comunistas del PCE y el PSUC), representaban en cierta medida lo que posteriormente en Europa Occidental y Oriental iba a llevarse a cabo tras la contienda mundial que siguió al conflicto español. No en vano, y aunque no en el mismo sentido que tendría con posterioridad en el Este de Europa, el primer ministro Negrín, en uno de sus conocidos “Trece Puntos” sobre los objetivos de la lucha de la democracia española, anunciaba que se luchaba porque en España hubiera una “república popular” sostenida sobre principios democráticos y cuyo gobierno fuera en todo tiempo obediente a los designios del pueblo español. La influencia posterior de la República se dejó sentir en la Italia republicana de posguerra, cuya constitución se basó en la española de 1931 al proclamar, casi como un calco de ésta, una “República inspirada en el trabajo”.

El brigadista checoslovaco Artur London, en su obra “Se levantaron antes del alba”, deja algunas impresiones de lo que llama “una república democrática de nuevo tipo” que se estaba experimentando en la España republicana, y en el que están presentes algunas de las propuestas de los gobiernos de posguerra en Europa:

 “Durante la guerra, la República española sufrió profundas transformaciones. Se está muy lejos de la República de 1931, como de la de 1936. En los planos económico, social y político, el Frente Popular es una verdadera democracia […] Las industrias clave, las tierras, la banca, estaban en manos del gobierno del Frente Popular, que contaba con el apoyo de los obreros y campesinos. El ejército había perdido su carácter de casta y, salido del pueblo, defendía los intereses del pueblo […] La República puso la instrucción al alcance del pueblo y abrió a este todos los caminos hacia la cultura. La República satisfizo las reivindicaciones nacionales de Cataluña y Euzkadi. La toma de Galicia por los fascistas desde el principio de la guerra impidió al pueblo gallego disfrutar del estatuto especial que la República le concedió en octubre de 1936 (sic).

Cuando entró el Partido Comunista a formar parte del gobierno, su representante en él, Vicente Uribe, como ministro de Agricultura, emprendió la realización de la reforma agraria [en realidad, le dio continuación, aunque a un ritmo mucho mayor del ya de por sí rápido que tenía con el anterior ministro Ruiz-Funes], considerada primordial para el desarrollo y conclusión de la revolución democrático-burguesa…” En los trascendentes momentos de lucha antifascista desarrollada en España, y en su contexto europeo occidental, quizá sea más apropiado referirse al caso republicano español como un antecedente de la democracia avanzada, política y socialmente, que figuraba en los planes de los antifascistas italianos o en el de la resistencia francesa (Stéphane Hessel ha llegado a recordar en su influyente obra “Indignaos” que el Consejo Nacional de la Resistencia abogaba por la creación de un sistema de seguridad social y la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía, como la energía, los bancos o la minería).

Tendremos que volver más adelante a Artur London, pues será un personaje significativo al ser uno de los represaliados en los procesos estalinistas de Praga que se llevaron a cabo contra los comunistas que estuvieron luchando en España, y que dejó sus impresiones acerca de la decepción que supuso ver traicionados los ideales de transformación social por quienes suponía eran sus camaradas. De momento, lo que se observa es que, en el plano social y económico, las democracias populares no son en este estadio regímenes de dictadura del proletariado, sino alianzas interclasistas, ni economías socialistas (ni mucho menos de planificación centralizada, como la propia URSS), sino que en la misma conviven formas capitalistas como pequeñas y medianas propiedades y mercados libres. En el plano político, las democracias populares instauradas inicialmente en Europa Oriental no fueron tampoco dictaduras de partido único (aunque todas acabaron derivando hacia tal fórmula, salvo en la República Democrática Alemana, aunque allí también se desarrollaría el control de facto del Partido Socialista Unificado), sino que se instituyeron gobiernos provisionales multipartidistas (frentes nacionales o populares) y en las primeras elecciones de posguerra los parlamentos elegidos tuvieron representación varios grupos políticos.

Tras la SGM, en lo que conocimos políticamente como Europa del Este sólo había tres países en los que se implantaron regímenes comunistas, mientras en el resto dominaban los gobiernos de coalición con participación de los partidos comunistas locales. Estos tres países eran Yugoslavia y Albania, donde el triunfo de los partisanos de este partido llevó al poder a Josip Broz y Enver Hodja respectivamente, y Bulgaria, donde el triunfo de un golpe de Estado -sin que hubiera protestas occidentales, por una razón particular que examinaremos a continuación- de signo comunista llevó al derrocamiento de la monarquía y la proclamación de la República Socialista en 1944.

El líder yugoslavo Josip Broz "Tito" en su época de líder partisano.

El líder yugoslavo Josip Broz “Tito” en su época de líder partisano.

YALTA, LA CUESTIÓN DE POLONIA Y LA GUERRA CIVIL GRIEGA

La conferencia de Yalta (Crimea, URSS) fue la última en la que estuvieron presentes los tres líderes de las potencias aliadas que habían desempeñado su cargo desde el comienzo de la contienda bélica y representaban, de alguna manera, el espíritu de resistencia de sus respectivos países: Winston Churchill, el combativo primer ministro de Gran Bretaña, apodado “el Viejo León”; Franklin D. Roosevelt, ya muy enfermo, como presidente de los Estados Unidos y el único que había sido tres veces elegido como el más alto magistrado de la República Norteamericana; y Josif Stalin como mariscal y líder supremo de la Unión Soviética. El ambiente era amistoso y en él los tres grandes acordaron tres puntos clave para el futuro europeo: la división de Alemania en tres zonas de ocupación -a la que luego se le añadió la cuarta zona, correspondiente a Francia-, la entrada de la URSS en la guerra contra Japón una vez tuviera lugar la derrota de Hitler en Europa y la cuestión de Polonia, con unas nuevas fronteras y un nuevo gobierno provisional. Además, Roosevelt había acordado la extensión de un plan de ayuda a la Unión Soviética para su economía, extraordinariamente maltrecha por la campaña bélica de la “Operación Barbarroja” -la invasión nazi del territorio soviético-.

La cuestión polaca ha supuesto algún que otro malentendido y el inicio de la campaña de desprestigio sobe la intención desde el primer momento de instaurar gobiernos comunistas por parte de la URSS. En conversaciones mantenidas con Vjacheslaw Gomulka, secretario del Partido Obrero Polaco, y otros líderes comunistas polacos, Stalin afirmaba que “en Polonia no hay dictadura del proletariado y no la necesitáis” y que el comunismo para Polonia, teniendo en cuenta sus tradiciones locales, entre ellas la mayoritaria e influyente confesionalidad católica de los polacos, era absolutamente inadecuado. Antes de la capitulación de Polonia en 1939 ante Hitler, funcionaba un gobierno de oposición al del general Pilsudski en Londres, presidido por el mariscal Sikorski. Los soviéticos instalaron un gobierno provisional en Lublin al iniciar su campaña en Europa Oriental, por lo que la situación de los dos gobiernos, el de Londres y el de Lublin, y su enfrentamiento (por su carácter nacionalista y prosoviético, respectivamente), era una cuestión a resolver.

Había numerosos combatientes polacos en Europa Occidental luchando con las fuerzas aliadas, que respaldaban a un gobierno de Londres sumamente disgustado por la política soviética, en especial tras la invasión de la parte oriental del país por parte del Ejército Rojo y la matanza de oficiales polacos del bosque de Katyn. Pero los británicos y los norteamericanos no estaban dispuestos a echar una mano al gobierno de Sikorski -incluso las especulaciones sobre la muerte del mariscal, en un avión en aguas de Gibraltar, salpican de hecho a Gran Bretaña- para enfrentarse a los soviéticos. Por otro lado, tras la PGM y la guerra civil rusa, los polacos aprovecharon para expandir hacia el este el nuevo país y ganar territorios más allá de la línea fronteriza propuesta tras la Gran Guerra, la “línea Curzon”, oprimiendo a las poblaciones bielorrusa y ucraniana de aquellas zonas, de tal modo que los soviéticos también tenían motivos para estar disgustados con los polacos.

El resultado fue la fijación de la frontera ruso-polaca en la antigua “línea Curzon”, por lo que la URSS recuperaba los territorios de Bielorrusia y Ucrania anexionados por Polonia tras la guerra de 1920 y recuperados tras la invasión soviética de 1939, a cambio de compensar a Polonia con territorios alemanes al oeste, como Danzig, Prusia Oriental o Pomerania, fijándose la nueva frontera germano-polaca en la línea de los ríos Oder y Neisse. Una frontera que fue reconocida por la RDA desde el principio de la fundación del nuevo estado germano-oriental, pero que no lo fue por la RFA hasta la asunción de la cancillería por Willy Brandt y quedó fijada definitivamente tras la reunificación alemana de 1990. El gobierno polaco cambió su composición, ya que Stalin se comprometió a incluir en el gobierno de Lublin a elementos del gobierno en el exilio de Londres. El resultado fue la formación de un gobierno provisional de 21 miembros, con seis de los partidos comunista (obrero), socialista y agrario y tres católicos, presidido por tres primeros ministros de los tres partidos principales. Se había llegado a un acuerdo plural que enterraba las aspiraciones nacionalistas y antisovieticas del grupo de Londres, cuyos deseos no iban a ser apoyados por los gobiernos británico y norteamericano (aunque tampoco posiblemente por la población polaca, cansada de la guerra). Lo más curioso fue la campaña para incluir a elementos de fuera del gobierno instalado en Lublin por los soviéticos, pese a lo cual Stalin respondió positivamente, por parte de Churchill y el nuevo presidente americano Truman, pese a que, como afirmaba el jefe de la diplomacia soviética, Molotov, la URSS había aceptado los gobiernos instalados por los aliados occidentales en Bélgica y Francia porque sabía lo importantes que estos países eran para su seguridad, del mismo modo que Polonia lo era para el Kremlin.

Iba a ser esta cuestión, la de la seguridad, la que movilizaba a Stalin en cuanto a las cuestiones políticas en la Europa del Este. Para el líder soviético, el caso más paradigmático de las invasiones que a lo largo de los siglos XIX y XX habían tenido lugar de su país era el de Polonia: los ejércitos de Napoleón, el káiser Guillermo y Hitler habían atravesado las llanuras polacas en su ruta para invadir primero el imperio ruso y después la URSS. Por eso, era fundamental prevenirse de que actuaciones así no volvieran a suceder en el futuro. Como, por otra parte, los aliados de Hitler en esta última guerra y en la lucha contra la URSS procedían en buena parte de la Europa Oriental (los regimenes fascistas o pronazis de Finlandia, Hungría, Rumanía o Bulgaria, que habían aportado cuantiosos hombres en la lucha contra el Ejército Rojo), era lógico que el líder del Kremlin deseara que en esos países hubiera regímenes con los que la URSS pudiera establecer relaciones amistosas. Esta política pudo llevarse a cabo, de hecho, en Finlandia, donde la URSS no tuvo necesidad de instaurar una “democracia popular” ni un posterior régimen comunista -bien es cierto que el país no fue tampoco invadido por el Ejército Rojo-, sino que este país escandinavo (con un Partido Comunista que obtuvo en las elecciones de la posguerra un importante 23,5% de los votos) tuvo un gobierno independiente con el que la URSS suscribió a lo largo de los años tratados de amistad y cooperación económica a cambio de la neutralidad finesa. Si bien la “finlandización” ha tenido sus elogios y sus críticas, evitó para el país la dependencia política soviética que se desarrolló en Europa Oriental y permitió desarrollar una política de acercamiento a los dos bloques.

¿Hubiera podido salir adelante una política de “finlandización” en el este de Europa? Esta alternativa se dio, de hecho, en otro país donde entraron las fuerzas del ejército soviético, Austria, que no fue ni dividido como Alemania ni sometido a las presiones soviéticas como lo sería la RDA. En Austria también hubo una suerte de “finlandización”, en el sentido de la asunción de la neutralidad del país. En su documental “La historia no contada de Estados Unidos”, el cineasta Oliver Stone y el historiador Peter Kuznick narran la posibilidad de que se desarrollara esa vía finlandesa para Europa Oriental, y encuentran como responsable de su fracaso la arrogancia de una administración Truman demasiado miope y demasiado prejuiciosa: “Hoy en día todavía se mantiene el malentendido fundamental de que Estados Unidos entró en la guerra fría como respuesta a la agresión soviética a escala mundial. Es indiscutible que el liderazgo soviético impuso dictaduras represivas, y cuando se le desafiaba brutales, en Europa Oriental. Pero es igual de evidente que, inicialmente, los soviéticos estaban dispuestos a aceptar gobiernos amistosos en estos países hasta que Occidente empezó a realizar movimientos amenazadores tanto contra su ideología como contra su seguridad”. En conversaciones con Tito, afirmaba que el socialismo era posible incluso en el Imperio Británico, sin necesidad de revolución, y con el dirigente comunista búlgaro Dimitrov teorizaba, según expone Josep Fontana, “que había dos formas de llegar al socialismo. La primera era la república democrática, tal y como Marx y Engels la habían visto en la Commune de París: una república democrática en la que el proletariado tenía un papel dominante […] los objetivos de transformación social podían alcanzarse por la vía de un parlamentarismo democrático popular, sin necesidad de recurrir a la dictadura del proletariado. Las empresas capitalistas pequeñas y medias subsistirían y el avance hacia el socialismo se produciría sin necesidad alguna de violencia.”

Pero pronto se vio que las intervenciones de los aliados anglosajones en el mundo de posguerra cambiarían el paradigma de las “vías nacionales al socialismo” y la autonomía dada a los partidos comunistas, sobre todo a los de Europa Oriental, para integrarse en frentes nacionales, y la URSS asumiría un papel de potencia imperial para proteger sus intereses. La primera de estas intervenciones tuvo lugar incluso antes del final de la SGM, en la guerra civil griega. En Grecia, se había creado el Frente de Liberación Nacional (EAM, por sus siglas en griego) con destacada participación comunista, que había asumido el peso de la resistencia contra la invasión nazi, mientras el gobierno en el exilio de El Cairo y el rey Jorge II en Londres -patrocinador de la dictadura prebélica de Metaxas- permanecían inoperantes. El ELAS, los combatientes armados del EAM, asumieron colaborar con el gobierno en el exterior y la intervención inglesa para liberar Atenas. De acuerdo con un documento firmado en Moscú en 1944 entre Stalin y Churchill, los ingleses tendrían vía libre para actuar en Grecia e imponer un gobierno que respondiera a sus intereses, al tiempo que los soviéticos podrían hacer lo mismo en Rumanía y Bulgaria, mientras en Yugoslavia -condición frustrada por la victoria final de Tito- ambas potencias tendrían una influencia del cincuenta por ciento. Grecia era una pieza clave para el Imperio Británico, pues estaba en la puerta de entrada de las mercancías que entraban por el canal de Suez procedentes del Próximo y el Lejano Oriente en manos británicas (Singapur, Malaya, India, Kenia, Somalilandia, Adén o Egipto) y no deseaba un gobierno hostil. Y hostil en el lenguaje británico era un gobierno comunista. Sin embargo, “ante la sorpresa de los conservadores, [los guerrilleros] no hicieron nada para adueñarse del poder, sino que se mostraron dispuestos a participar en gobiernos de unidad nacional. En lugar de golpe de estado que se temía, el EAM organizó fiestas, desfiles y misas para celebrar la victoria”.

Los británicos apoyaron la restauración de Jorge II en el trono y un gobierno derechista y autoritario, entrando en Atenas como conquistadores, reprimiendo a sangre y fuego a los izquierdistas y desarrollando el “terror blanco” contra ellos, para lo que incluso contaron con la ayuda de antiguos colaboracionistas de las fuerzas de ocupación nazis. El ELAS, que había aceptado su desarme, volvió a la lucha armada contra la represión y se dio comienzo a una sangrienta guerra civil (1945-1948) en la que no faltaron los viejos métodos: de 40.000 a 50.000 izquierdistas permanecían encerrados en prisiones y campos de concentración como el infame campo de Makronisos; asesinatos, violaciones… en las elecciones de 1946, en las que no hubo participación de la izquierda, el gobierno recibió el respaldo popular y la monarquía la victoria en referéndum. La victoria fue a parar también para los antiguos colaboracionistas, mientras que la derrota y la represión se sumó a los sufrimientos padecidos por los antiguos combatientes contra los nazis.

La URSS, ateniéndose al acuerdo al que había llegado Stalin con Churchill, decidió no intervenir en ayuda de los guerrilleros del ELAS, y dio instrucciones severas para que Yugoslavia y Bulgaria cesaran también en su ayuda, a lo que Tito se negó. Stalin, furioso, comentó si acaso pensaban que Gran Bretaña y Estados Unidos, la mayor potencia mundial, iban a dejar que Grecia se escapara de sus manos, mientras su país no poseía armada suficiente para echar una mano a los griegos y tenía que atravesar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, dominados por un país hostil como Turquía.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La guerra civil griega supuso un elevado coste en vidas (100.000 muertos) para una población civil ya muy severamente castigada por la invasión nazi.

La derrota del ELAS sumió a Grecia en una sucesión de gobiernos incompetentes presididos por una monarquía corrupta, que recibió además 300 millones de dólares de la administración Truman en concepto de ayuda (otros 100 fueron para Turquía) para la defensa del mundo libre frente al comunismo, algo que levantó la irritación de Henry Wallace, ex vicepresidente de Roosevelt y uno de los más fervientes opositores a la nueva política norteamericana y al camino abierto hacia la guerra fría, quien se preguntaba si acaso cabía llamar democráticos a los gobiernos turco y griego. Fue la Gran Bretaña de Churchill el primer país que impuso un gobierno en Europa Oriental, y no la URSS, que respondió con la instauración de un gobierno de frente popular dominado por los comunistas en Rumanía, algo a lo que Gran Bretaña, de conformidad con el acuerdo de Moscú, tuvo que prestar su consentimiento.

EL DISCURSO DE CHURCHILL EN FULTON Y LA “DOCTRINA TRUMAN” O EE.UU. COMO POLICÍA DEL MUNDO

Truman era un desconocido incluso para su jefe, el fallecido presidente Roosevelt, y pronto demostraría que en cuestiones de política internacional era completamente diferente a éste. Roosevelt había fallecido antes de que terminara la guerra, y en casi todo el período en que se había mantenido la alianza con Gran Bretaña y la URSS había mantenido unas relaciones amistosas con el Kremlin, minimizando las fricciones y apoyándose en miembros de su gabinete más proclives hacia el diálogo, como su anterior vicepresidente y efímero secretario de Comercio con Truman, Henry Wallace, frente a los elementos más belicosos y anticomunistas como Jimmy Byrnes o James Forrestal, quienes cobrarían protagonismo con Truman y lanzarían al país por el camino de la hostilidad con la Unión Soviética. Truman había accedido a la vicepresidencia a través de unas maniobras un tanto turbias en la Convención Demócrata, que privaron del puesto al que era favorito y continuador de las políticas progresistas del “New Deal”, Wallace, y Roosevelt, ostensiblemente cansado y enfermo, apenas intercambió impresiones con él. Cuando le llegó el turno de suceder al carismático presidente, había estado ochenta y dos días en la vicepresidencia. Una carrera fulgurante para un senador de quien nadie había oído hablar poco antes, y que era muy conocedor de sus limitaciones.

Pero a pesar de ser consciente de que el nuevo papel que le había tocado en suerte al frente de la República Americana iba a serle arduo para un novato en las altas esferas como él, se dejó seducir por los cantos de sirena de los jefes del ejército y de la inteligencia más antisoviéticos y por las investigaciones avanzadas de la bomba atómica, y echó por tierra los acuerdos que Roosevelt había ido fraguando con la URSS, creyendo que de este modo daría una lección a Moscú y sus ansias de expansión -inexistentes hasta entonces- y forjaría el papel de EE.UU. como “policía del mundo”, algo que plasmaría en un discurso ante el Congreso norteamericano y que serviría para extender la “doctrina Monroe” que estaba vigente en el continente americano y que sometía a control y vigilancia a América del Sur, el llamado “patio trasero” de Estados Unidos, al Viejo Continente y a otros lugares donde se precisara la intervención norteamericana en pro de la democracia y el libre mercado.

Las implicaciones de esta doctrina, como se encarga de mostrar el documental “La historia no contada…” fueron mayúsculas y duraderas en el tiempo: el discurso de Truman sirvió para justificar la intervención de Estados Unidos contra la “amenaza marxista” para salvar a los pueblos del mundo, a quienes la Carta del Atlántico de 1941 daba el derecho a escoger libremente la forma de gobierno bajo la que querían vivir. En nombre, pues de la democracia, se pisotearían los gobiernos democráticos socialistas o nacionalistas en Congo-Leopoldville (República Democrática del Congo), Camerún, Togo, Chile, Granada o Nicaragua, al tiempo que se colocaban en ellos, o en casos como Vietnam del Sur, Indonesia, Grecia, Irán o Panamá se apoyaban a dictadores que servían a los intereses capitalistas estadounidenses e internacionales.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

Churchill pronunciando su famoso discurso en Fulton. Tras él, con gafas, el presidente de EE.UU. Harry Truman.

La forja de la doctrina Truman tuvo como rúbrica el discurso de Winston Churchill en la Universidad de Fulton, en el estado norteamericano de Missouri, el 5 de marzo de 1946, poco después del de Truman ante el Congreso norteamericano. Fuera del gobierno tras el triunfo de los laboristas de Clement Atlee, Churchill, anticomunista feroz, requería la dosis de protagonismo que había perdido tras su derrota electoral y clamaba contra la URSS, a quien acusaba de tendencias expansivas y proselitismo, de querer no ya la guerra sino “los frutos de la guerra” y de estar montando “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático” un telón de acero sobre el continente europeo. Por eso era preciso que los pueblos angloparlantes ejercieran presión sobre los soviéticos.

La reacción soviética fue de estupor e irritación. La URSS había sufrido enormes pérdidas materiales y humanas, más que ningún otro país, en la guerra mundial y tenía derecho a pedir compensaciones que le estaban siendo ninguneadas, o a cuyas aspiraciones se les daban largas (reclamaban que las reparaciones de guerra soviéticas -10.000 millones de dólares- fijadas en Postdam tenían que salir del conjunto de Alemania, algo que los británicos rechazaban porque no querían ver salir la riqueza de su zona de control partiendo para Moscú, y exigiendo que saliesen de la zona de control soviética), y tenía derecho además a que los nuevos gobiernos en Europa Oriental fueran gobiernos amigos, aun independientes, que impidieran una nueva agresión alemana a su territorio.

Mucho tiempo después, e incluso entonces, el discurso de Churchill se calificó como el de un visionario, pero en aquel momento sus palabras significaban un delirio que transformaba la realidad a su antojo,  máxime cuando se trataba de una realidad que él conocía más que cualquier otro, al haber estado presente en Yalta y Postdam y saber qué era realmente lo que querían los soviéticos. Su visión del telón de acero no era premonitoria, sino una especie de profecía de autocumplimiento por la que británicos y especialmente estadounidenses pusieron todo su empeño tuviera éxito: presionando con exigencias que antes de Truman ni Washington ni Londres habían soñado siquiera pedir y aumentando en belicosidad e intervencionismo, animaron a la URSS a echar el telón de acero, no ya desde Stettin sino desde las propias fronteras interalemanas, para que los recién convertidos “estados satélites” de Europa Oriental sirvieran de parachoques a la furia angloamericana. El resultado fue echar por tierra el discurso democrático, dejando en medio a millones de personas que esperaban una organización mejor de la sociedad tras la catástrofe en que el continente europeo se había sumido.

ESCENARIOS DE CRECIENTE HOSTILIDAD

Si en 1945-1946 el escenario de una paz duradera y de un bienestar en democracia para los pueblos de Europa era lo que más parecía asomar en perspectiva, a partir de 1946 las cosas comenzaron a torcerse y a dibujar el camino a la guerra fría. Truman, que tras su discurso ante el Congreso se preparaba para ponerse firme y “dejar de mimar” a unos “rusos” que no esperaban un conflicto inminente y habían desmovilizado a millones de hombres del Ejército Rojo (que pasó de once millones a menos de tres millones de combatientes entre 1945 y 1947), comenzó a actuar con esa firmeza que caracterizaba a alguien que se sentía amenazado por el enemigo, sea esta amenaza real o imaginaria.

Hay que irse aún a finales de la guerra en Europa para encontrar el primer foco de tensión. En Yalta se había acordado la entrada soviética en la guerra del Pacífico contra Japón a los tres meses del fin de la guerra en Europa. A cambio, la URSS obtendría concesiones territoriales de China y del imperio nipón, revertiendo la situación de derrota recibida por el imperio zarista en 1904. A comienzos de agosto de 1945 destacamentos soviéticos atacaban las debilitadas fuerzas japonesas en Manchuria -el “estado títere” de Manchukuo- y los altos mandos nipones, temiendo la entrada de los rusos en Japón y el posible final desgraciado del emperador, tras el suicidio de Hitler y la ejecución de Mussolini por los partisanos, a manos soviéticas, se aprestaron a solicitar una negociación para la rendición.

Con la intervención soviética, el final de la guerra estaba muy próximo, y esa intervención había sido la que inicialmente Truman había utilizado como salvavidas de miles de jóvenes norteamericanos en caso de iniciar una invasión de las islas japonesas, puesto que la población, fanatizada como los berlineses que defendieron a sangre y fuego la capital del Reich en una resistencia encarnizada, y dispuestos a dar su vida por el emperador, lucharía sin descanso. Pero al mismo tiempo EE.UU. quería dejar fuera de las negociaciones sobre Japón a los soviéticos, limitando su papel a la invasión de Manchuria y el norte de la península de Corea. Al mismo tiempo, la posesión de una “nueva y definitiva arma”, como se encargó de señalar a Stalin en Postdam, sin que el dictador soviético se inmutara en exceso por tal noticia, le garantizaba (usando a los japoneses como cobayas) tener una amenaza a la que recurrir contra Moscú.

El 26 de julio de 1945, se dio a conocer una proclama firmada por EE.UU., Gran Bretaña y China (con la consciente exclusión de la URSS de la misma bajo la excusa de que todavía no había entrado en la guerra del Pacífico) instando a Japón a la rendición bajo la amenaza de una destrucción total. Mientras las tropas del Ejército Rojo hacían retroceder por todas partes a las japonesas, las bombas atómicas estallaban en Hiroshima y Nagasaki y las autoridades niponas entraban en el acorazado norteamericano Missouri para firmar la rendición bajo la única condición de que se respetase la vida del emperador. El fin de la guerra contra el imperio del Sol Naciente siempre se ha contado bajo la perspectiva del estallido de las dos bombas, cuyas implicaciones éticas siempre han estado ocultas por parte de Truman y sus seguidores por la necesidad de salvar vidas de jóvenes soldados estadounidenses -que según pasaban los años, eran curiosamente cada vez más-. Sin embargo, la relevancia de la entrada de la URSS en la guerra y su efecto en el ánimo del ejército y el gobierno nipones hacia la negociación de la paz ha sido sistemáticamente negada, al mismo tiempo que el hecho de que la posesión y lanzamiento de la bomba atómica en Japón era un aviso a navegantes de Washington hacia el Kremlin… que muy pronto se puso al día y rompió el monopolio atómico que Truman esperaba poseer para siempre.

Con respecto a Turquía los soviéticos reclamaban dos cosas: la revisión del convenio de Montreux de 1936, por el que se otorgaba el control de las aguas de los estrechos del Bósforo y de los Dárdanelos al gobierno de Ankara; y reclamaciones territoriales que se remontaban al período de posguerra de la PGM, en concreto a 1921. Las aguas del Bósforo y los Dardanelos, que unían el mar Negro con el Mediterráneo, habían sido atravesadas por la marina de guerra de la Alemania nazi en la época de la invasión de Unión Soviética, y sus barcos habían podido anclar en Sebastopol y Odessa gracias a la aquiescencia turca. Los soviéticos pedían que, tal y como los nazis habían podido cruzar estos estrechos, también ellos pudieran pasar con sus buques de guerra de un mar a otro. Asimismo, en 1921 Turquía se había anexionado la zona alrededor de Trebisonda (Trabzon), reclamada por los georgianos, y las provincias septentrionales turcas que formaban parte del proyecto de nación armenia configurado por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en 1920. Las reclamaciones territoriales del sur del Cáucaso, sin embargo, fueron eliminadas de la agenda, para decepción de las repúblicas de Georgia y Armenia, al ver que el consejo de seguridad de la ONU -dominado por EE.UU. y sus aliados- las rechazarían. Pero para sorpresa de Stalin, también lo fueron las reivindicaciones sobre el convenio de Montreaux, puesto que se trataba de una vieja reivindicación rusa y que en Yalta tanto británicos como norteamericanos se habían mostrado favorables a la iniciativa. Bajo tal rechazo subyacía el interés por mantener en manos de Gran Bretaña (que controlaba el 90%) y del Estados Unidos (que controlaba un 10% y aspiraba a más) el petróleo del Próximo Oriente y alejar a la URSS de un negocio muy favorable a las empresas petroleras inglesas y norteamericanas. Lo grave de este asunto es que pudo haber derivado en un conflicto innecesario y que incluso se estaban elaborando planes para bombardear la Unión Soviética, de no ser porque Stalin aflojó la presión. Pese a todo, esto era muestra más del cambio de actitud que de manera unilateral estaban emprendiendo sus viejos aliados.

Relacionado con el petróleo de Oriente Medio, el caso de Irán se inscribe también en esta escalada de tensión. Soviéticos y británicos ocuparon el territorio persa en 1941 para evitar que los nazis, cuyos ejércitos se encontraban cerca de la frontera -en su invasión a la URSS, llegaron a amenazar Azerbaiyán, fronteriza con Irán- se hicieran con el petróleo del país, cuyo gobierno era próximo al de Hitler. Mohammed Reza Pahlavi sucedió entonces a su padre como sha, que abdicó del trono, y se acordó que ambas potencias se retirarían en seis meses al término de la guerra. Los soviéticos, sin embargo, permanecieron en Irán hasta abril de 1946, un año después de que finalizara la guerra en Europa y se retiraron ante la amenaza estadounidense de llevar ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la permanencia de las tropas soviéticas en el norte del territorio persa, donde estaban tratando de establecer compañías conjuntas iranio-soviéticas para la explotación de los yacimientos petrolíferos del país, lo que entraba en conflicto con los intereses de las compañías inglesas y norteamericanas (AngloIranian, Standard Oil, etc.) y fomentaban revueltas autonomistas en el Kurdistán y el Azerbaiyán iraníes. Sin embargo, los británicos también alentaban revueltas de las tribus árabes del suroeste, esperando debilitar los movimientos soviéticos y los del partido Tudeh, un grupo político nacionalista e izquierdista cuyos intereses se identificaban como próximos a Moscú. Para Estados Unidos se trataba de evitar, sobre todo, un efecto perverso que posteriormente continuaría siendo la piedra angular de muchas intervenciones en el Tercer Mundo: el “efecto dominó”. Tal y como lo exponía Dean Acheson, subsecretario de Estado, una presión soviética sobre Irán, sobre Turquía y sobre Grecia (que nunca se produjeron) tendría como efecto inmediato la caída bajo el comunismo del país heleno, de Irán, Oriente Próximo, África a través de Asia Menor y Egipto, y a Europa a través de Italia y Francia, cuyos partidos comunistas eran fuertes, pero a cuyos secretarios generales, Palmiro Togliatti y Maurice Thorez, Stalin les indicaba la necesidad de las alianzas con las fuerzas de izquierda y el mantenimiento de la vía democrático-parlamentaria.

Las fantasías del “efecto dominó” llevarían también a una serie de movimientos en otras latitudes que aumentarían la sensación de aislamiento e inseguridad de la URSS respecto a EE.UU. y les haría, esta vez sí, no ya aumentar la presión sino el control y la obediencia a Moscú de los partidos comunistas del Este y de los países de Europa Oriental, con resultados catastróficos para la democracia popular en estos países y para el debate crítico en el seno de las propias organizaciones comunistas en el “Telón de Acero” mencionado por Churchill.

Lo que terminará de inclinar la balanza en Europa Oriental sería la política que se llevaría a cabo en el Viejo Continente por parte de los Estados Unidos. La lucha de la resistencia antifascista en Francia, Italia, Checoslovaquia o Yugoslavia había sido capitaneada por unos partidos comunistas cuyo prestigio entre la población y en sectores sociales no sólo vinculados a los trabajadores manuales, al proletariado, no habían hecho más que aumentar. Al término de la guerra, la esperanza de sectores importantes de la población que habían contribuido enormemente a la victoria no era únicamente que el fascismo fuera derrotado de una vez y para siempre, sino que el sistema social que le había dado forma, un capitalismo incapaz de dar respuestas sociales satisfactorias a la crisis, también se derrumbara y rigiera un orden más justo y más igualitario. En esta tarea coincidían no sólo los comunistas, sino también socialistas, radicales, católicos sociales y demócratas de izquierda. Era un modo de entender la democracia no sólo políticamente, sino también económicamente, con reparto de la riqueza (en Europa del Este esto se plasmó en una intensa reforma agraria y en la nacionalización de industrias que pertenecieron a colaboracionistas, nazis o judíos asesinados) y un nuevo contrato social en el que las relaciones laborales y los servicios públicos (salud, vivienda, transporte, educación) estuvieran al servicio de la colectividad y no de los privilegiados. Es en este contexto de los primeros tiempos como se puede entender que el impulso de la coalición antifascista Italia llevara a la proclamación de la República, exiliando a los reyes de la casa de Saboya que habían aupado a Mussolini al poder en 1923, y la adopción de una constitución de amplio contenido progresista para el nuevo régimen republicano en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Proclamación de la República Italiana en 1946.

Los partidos comunistas, en solitario o en alianza con los socialistas, eran partidos muy fuertes, hasta el punto de ser incluso los más votados, en Italia, Francia, Checoslovaquia, Islandia, Hungría o Finlandia y estaban presentes en gobiernos de coalición en los dos primeros países. Stalin, como vimos, pedía moderación a los secretarios generales de los partidos italiano y francés a fin de no poner en riesgo la coalición antifascista y la permanencia en los gobiernos de la posguerra (una estrategia que Thorez y Togliatti conocían de los tiempos de la guerra civil española, pues era la misma que Stalin y Togliatti -como representante de la Komintern en España- recomendaban al PCE para mantener el Frente Popular y la república democrática). Pero el temor a que los comunistas ganaran elecciones libres y se hicieran con el poder por la vía parlamentaria llevó a la administración Truman a intervenir utilizando el Plan Marshall y las operaciones encubiertas de la CIA (a veces en simbiosis) para arrebatar Europa Occidental de un posible “dominio rojo”.

El plan del general George Marshall para la reconstrucción económica de Europa era un instrumento bienintencionado que no dejó de ser aprovechado por el gobierno de EE.UU. para exigir contrapartidas políticas a cambio de acceder a los fondos previstos. El plan se lanzaba como una generosa oferta, pero al servir para la adquisición de maquinaria, materias primas y alimentos desde los Estados Unidos, imponía como contrapartida una dependencia por parte de Europa de los Estados Unidos que supeditaba a la URSS y a los países de Europa Oriental -a quienes iba también dirigida la oferta- al control económico norteamericano. Checoslovaquia y Polonia se mostraron receptivas a la idea, pero la Unión Soviética, temiendo la pérdida de influencia en Europa Oriental que podía significar, ordenaron a polacos y checoslovacos que finalmente la rechazaran. En cierto modo, tenían motivos para ser recelosos: se pensaba exigir a Rusia que cambiase su política respecto a Europa Oriental y buena parte del dinero se destinó a actividades de propaganda del “American Way of Life” y el sistema de libre mercado como estándares a los que la población europea debía aspirar, así como a actividades encubiertas de la CIA -650 millones de dólares- empleados en la manipulación de las elecciones italianas, que dieron la mayoría a la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi frente a un Partido Comunista favorito para la victoria, o en la infiltración de guerrilleros ultranacionalistas en Ucrania, con objeto de desestabilizar la URSS desde dentro y en una región especialmente castigada por la hambruna y los efectos de la invasión nazi. Los comunistas italianos, belgas, luxemburgueses y franceses fueron excluidos del gobierno, una condición clave para el proceso de “estabilización” política defendido por EE.UU. para el Occidente de Europa, y en respuesta Stalin decidió liquidar la estrategia de los frentes populares y asumir un control soviético mucho más directo en Europa Oriental: las esperanzas de democracia y de socialismo de rostro humano en el Este quedaron liquidadas a partir de 1947.

LA COMINFORM, EL TITISMO Y LA REPRESIÓN ESTALINISTA EN EUROPA ORIENTAL: UN TRISTE EPÍLOGO PARA LOS VETERANOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

La expulsión de los comunistas de los gobiernos occidentales y la supeditación o control económico y político a que comenzaron a ser sometidos por parte norteamericana los países que habían aceptado el Plan de Reconstrucción (el Plan Marshall), unida a la creciente hostilidad mostrada por la administración Truman en otros ámbitos -exigencias no contempladas inicialmente para la devolución de los créditos concedidos a la URSS en la etapa de Roosevelt, el “aviso a navegantes” del lanzamiento de la bomba atómica, la concesión de ayudas para la lucha anticomunista a los gobiernos dictatoriales de Grecia y Turquía- llevaron a una reacción brutal de los soviéticos en su esfera de influencia en Europa del Este, liquidándose las democracias populares. Los gobiernos de coalición, que en el caso de Checoslovaquia estaba liderado por los comunistas en un país de larga tradición democrático-parlamentaria, fueron barridos por la imposición de gobiernos comunistas que instauraron regímenes a imagen y semejanza del vigente en Moscú, con su aparato estalinista de propaganda, censura, vigilancia y policía política. Para la URSS y para su líder, no se trataba ya de confiar en las posibilidades de instaurar el socialismo por una vía pacífica y parlamentaria y mediante la alianza con otras fuerzas obreras (socialistas) o antifascistas (agrarios o demócratas burgueses progresistas), sino de asegurar para los soviéticos un perímetro de seguridad frente al bloque occidental pro norteamericano que estaba configurándose en Europa Occidental. Y para ello había que cancelar el proyecto de las democracias populares y asegurarse el control político e ideológico en el interior de lo que, ahora sí, se había convertido en el telón de acero.

Las tácticas soviética y norteamericana comenzaron a asimilarse la una a la otra. Si los EE.UU. se aseguraron la liquidación de la colaboración comunista en los gobiernos de Europa Occidental, los soviéticos, en la reunión fundacional de la Cominform (Oficina de Información Comunista, heredera de la Komintern o Internacional Comunista, disuelta en 1943 como un gesto de Stalin para con sus aliados occidentales) en septiembre de 1947 en la población polaca de Szklarska Poremba, con representantes de los partidos soviético, búlgaro, yugoslavo, checo, húngaro, francés e italiano (aunque ni Thorez ni Togliatti estuvieron presentes), se expuso la nueva política: los comunistas debían liquidar la colaboración con los partidos “reaccionarios” y limitar aquella a los grupos obreros, como los socialistas. La reunión de la Cominform marcaba el nuevo estilo que habría de imponerse en las democracias populares: una rigurosa disciplina ideológica y un bloque cohesionado capitaneado por la Unión Soviética, en respuesta al bloque occidental dirigido por Estados Unidos. El camino nacional al socialismo quedaba cerrado y, en la práctica, se sacrificaba el proyecto de la democracia popular en aras de los intereses estratégicos y de política exterior de la URSS.

Las tácticas para conseguir el dominio comunista fueron variadas, aunque todas estuvieron encaminadas a un mismo objetivo. Así, en Polonia y Hungría, comunistas y socialistas se agruparon en torno a un mismo partido y “satelizaron” a otros grupos como los campesinos o los agrarios, que quedaron como restos de un falso pluralismo. En el primero de estos países, se celebraron elecciones fraudulentas al Sejm (parlamento) que dieron el triunfo al Partido Obrero Polaco en detrimento de los agrarios y sentaron las bases del nuevo régimen. En Hungría el Partido Socialista de los Trabajadores Húngaros optó por la llamada “táctica del salami”, acumulando progresivamente puestos clave como los ministerios de Interior o Transportes en detrimento del mayoritario Partido de los Pequeños Propietarios, con el que habían formado la coalición de gobierno. En Checoslovaquia, los comunistas, que eran la primera fuerza en un gobierno con socialdemócratas y liberales, forzaron la dimisión del presidente Benes apoyándose en la movilización de masas a consecuencia de una crisis ministerial. Fue el llamado “golpe de Praga” de 1948, cuyo epílogo fue la muerte -nunca aclarada- del ministro de Exteriores liberal Jan Masaryk, hijo del héroe de la independencia del país. En la zona de ocupación soviética de Alemania, la posterior RDA, por contra, se mantuvo en sus momentos iniciales la esperanza de una revolución democrático-popular, apoyada por la pluralidad de partidos que formaban el Frente Nacional de Alemania Democrática (desde el Partido Socialista Unificado hasta los demócrata-cristianos) y en la posibilidad de una unificación basada en elecciones conjuntas para ambos estados alemanes, pero la política anexionista del canciller federal Adenauer y la remilitarización y occidentalización de la RFA, que ponía en peligro el horizonte previsto de una Alemania unida neutral (todo lo contrario de lo que ocurrió en Austria) inclinaron a la RDA hacia el bloque soviético.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

Sello postal de EE.UU. conmemorativo del décimo aniversario de la OTAN, la alianza militar occidental patrocinada por Norteamérica.

El socialismo desarrollado en las “democracias populares” -cuyo nombre obedecía ya poco a lo que eran realmente- poco tenía que ver, social y económicamente, con el marxismo, sino más bien con la deriva producida en la URSS a partir de la década de 1920 y acentuada en los años de Stalin. Como escribió el historiador alemán Manfred Kossok, ciudadano de la antigua RDA, acerca de su antiguo país y extensible al conjunto de la Europa del Este, de la democracia popular se pasó al concepto de “dictadura del proletariado”, pero sin que tal concepto se implementara, porque ante lo que se estuvo realmente fue ante la dictadura del grupo dirigente de un partido único. El resultado fue una constante enajenación entre el pueblo y el Partido, en lo que iba ser “el crimen de la casta estalinista de dirección”, rompiendo los ideales por los que generaciones se habían batido.

En lo económico, el traspaso del modelo de industrialización soviético a países que estaban en general más atrasados que sus vecinos de Europa Occidental trajo algunos éxitos, pero estos se vieron limitados por la preponderancia de la industria pesada y la maquinaria frente a los bienes de consumo de una población que ya veía su capacidad muy mermada en unas sociedades fundamentalmente agrícolas y arruinadas por los efectos de la guerra mundial, y que no disfrutaban de los beneficios del Plan Marshall o un equivalente soviético como sus vecinos occidentales. Si bien es cierto que el Estado socialista implementó políticas públicas de vivienda, sanidad, educación o maternidad que en algunos casos superaron incluso los estándares occidentales, la escasa eficiencia de la planificación central y el débil impulso dado en los sesenta y setenta a la adquisición de bienes de consumo por parte de la población generaron una continua comparación con los estándares de vida del resto de Europa en los que la Europa Oriental no podía salir bien parada.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Cartel soviético del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECON) en el que aparecen las banderas de los países que lo componían, la URSS, el bloque de la Europa del Este, Cuba, Mongolia y Vietnam.

Más allá de esto, el hecho de que la propiedad de la mayoría de empresas, terrenos agrícolas e industrias estuviera no en manos de los trabajadores, sino en manos de un megapatrono como el Estado como en la URSS retorcía el concepto de socialismo. La socialización de los medios de producción fue sustituida por una estatalización que no se limitaba a sectores estratégicos o a la posesión de los medios para implementar políticas sociales o de “Estado de bienestar”, sino que liquidaba incluso el pequeño comercio (salvo en casos como los del denominado “socialismo gulash” de Janos Kadar en Hungría) e impedía una participación real en la toma de decisiones y en la gestión por parte de los trabajadores. El Estado, además, como patrono, veía confundido su aparato con el del Partido, no sólo a nivel económico, sino también político. No deja de ser curioso que, cuando en noviembre de 1989 los grupos opositores de la RDA, pronto olvidados por la promesa de “paisajes floridos” y la introducción del marco federal que traería una nueva prosperidad a Alemania del Este, elaboraron programas para una “socialización real” en lugar de la “socialización formal-estatista”, estaban reclamando la construcción de un socialismo vuelto a sus orígenes frente al sistema vigente en el país y en la vecina República Federal.

Entender por qué comunistas y socialistas apoyaron la imposición de los regímenes dictatoriales en países como Rumanía o Hungría, que habían vivido bajo el yugo de dictaduras filonazis; Polonia, cuyas relaciones con la URSS habían sido cuanto menos conflictivas; o en Checoslovaquia, uno de los pocos países en los que había sobrevivido la democracia en el período de entreguerras, sólo puede hacerse siendo conscientes de lo que significaba para estos hombres y mujeres la amenaza (o la psicosis) del enemigo capitalista o fascista al que se habían enfrentado en España, Austria, Alemania y en toda Europa durante la SGM, y que amenazaba con volver a sumirles en la dureza de la represión o la marginalidad política tras haber protagonizado episodios heroicos de lucha, como había sucedido en Grecia, Italia, Francia o en los propios Estados Unidos, donde se había puesto en marcha la paranoia anticomunista del Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, que estaba desmontando a toda la izquierda americana -sindicatos, progresistas, activistas por los derechos civiles, antiguos veteranos de la Brigada Lincoln en la guerra de España- bajo la acusación de comunistas. Sus golpes de estado eran, en cierto modo, maniobras preventivas para evitar que reaccionarios y explotadores volvieran a dominar sus países. Un entonces joven estudiante checo, Zdenek Mlynár, recordaba que era natural unirse al Partido Comunista en la esperanza de que este partido cambiara la situación política y social y evitaría que la amenaza del nazismo y la guerra se cerniera sobre ellos y sobre otras naciones. Por este motivo, “yo estaba de acuerdo con la idea de suprimir los oponentes del comunismo y de imponerles diversos tipos de discriminación: al fin y al cabo, se oponían al progreso histórico”.

ImagenIPero al mismo tiempo la política soviética estaba cubierta por el aura de infalibilidad y prestigio que dominaba entre los comunistas la URSS como único estado socialista del mundo y de Stalin como el líder de un país que había vencido en la guerra civil a los rusos blancos zaristas y a la coalición internacional que trataba de, como había dicho Churchill en sus años de Lord del Almirantazgo correspondía hacer, “estrangular al bolchevismo en la cuna”. Asimismo, la URSS se había transformado de un país primitivo y agrícola en una potencia industrial de primer orden (bien que con unos costes humanos enormes) y había vencido a costa de enormes sacrificios al nazismo en una batalla decisiva para el curso de la guerra, Stalingrado, haciéndole retroceder desde entonces hasta darle muerte en la propia capital del Reich hitleriano, Berlín. Para los comunistas, que habían estado sometidos a largos períodos de persecución y clandestinidad y se habían inscrito en una organización altamente disciplinada, la figura de Stalin quedaba fuera de toda duda, así como tampoco se consideraba juzgar la naturaleza de sus crímenes o su política. Artur London lo expone del siguiente modo:

“Nuestra lucha a muerte contra el fascismo, nuestra experiencia en la guerra y en la clandestinidad, nuestras costumbres conspirativas, habían reforzado en nosotros un espíritu de disciplina militar. Éramos soldados de la revolución, disciplinados, y considerábamos justo acatar las órdenes superiores sin discutir. Cuando a veces nos preguntábamos algo, y sucedía, sentíamos el sentimiento de culpabilidad del que está en la pendiente resbaladiza que lleva a las posiciones del enemigo de clase […] ¿Cómo sospechar de Stalin, o acusarle de traición, cuando su nombre estaba en los labios de los héroes que caían ante los pelotones de ejecución alemanes, en las bocas de los soldados soviéticos que caían en Stalingrado u otras batallas? […] En nuestra fe incondicional, habíamos perdido la cualidad esencial del marxismo, la cualidad humana más importante: la duda.”

El triste epílogo para muchos de ellos fue que, en una nueva y última paranoia del líder soviético, próximo a su fallecimiento, se desató una oleada represora en la URSS y en la Europa del Este contra líderes del partido en la segunda ciudad soviética, Leningrado, los intelectuales “cosmopolitas”, principalmente judíos, y los defensores de las “vías nacionales” y los antiguos veteranos de las Brigadas Internaciones, a quienes se cogió como “cabezas de turco” en la polémica y posterior ruptura entre el líder yugoslavo Tito y Stalin.

Anteriormente, ya habían surgido roces entre ambos a cuenta del apoyo yugoslavo a las guerrillas griegas del ELAS en su lucha contra el gobierno derechista de Jorge II. El camino independiente de Tito, que había propuesto una Federación Balcánica que uniera a yugoslavos, albaneses y búlgaros, marco iniciático para una futura federación de democracias populares, desde Polonia hasta Grecia, independientes de Moscú, llevó a una condena abierta en Moscú y en la Cominform de la “conducta nacionalista” de Yugoslavia, quien a partir de ese momento seguiría un camino propio, siendo fundadora de la Conferencia de los No Alineados y manteniendo relaciones tanto con los países occidentales como con estados del bloque soviético.

En la pugna entre promoscovitas y nacionalistas, los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales tomaron partido por Tito, y de este modo los antiguos brigadistas de otras nacionalidades, junto con los defensores de los “caminos nacionales” clausurados en 1947-1948 en las democracias populares se convirtieron en objetivo de la represión estalinista en Europa del Este, acusados de “titismo”, “cosmopolitismo” o de agentes norteamericanos, yugoslavos o británicos. Paradójicamente, los brigadistas, como el propio Artur London, que eran acusados de desviaciones capitalistas, burguesas o reaccionarias en el oriente europeo eran asimismo sometidos a interrogatorios y encarcelados en la época de la “caza de brujas” en Norteamérica como agentes soviéticos. “El proyecto de democracia social que estos habían ido a defender a España” escribe Josep Fontana “no era aceptable para ninguno de los dos bandos de la guerra fría”.

Pronto en todos los países se llevaron a cabo purgas y procesos que reproducían los que habían tenido y tenían lugar en la URSS. En Albania, anteriormente próxima a Yugoslavia, Enver Hodja dio un giro antiyugoslavo a su política y ordenó el arresto y la posterior ejecución de Kotchi Dzodze, que se había caracterizado por una política próxima a Tito. La ruptura de Hodja con Yugoslavia, en un país que precisaba de la asistencia económica de Belgrado, trajo consigo graves consecuencias para Tirana. En Bulgaria y Hungría tuvieron lugar los procesos de Sofía y el llamado “proceso Rajk”, contra el anterior ministro de Interior y veterano de la guerra de España Lazslo Rajk, que involucró también a otras muchas personas. Las confesiones, como en todas partes, fueron arrancadas tras severos procedimientos de tortura física y psicológica. En Sofía, sin embargo, Traicho Kostov, un militante de más de tres décadas al que ahora se le acusaba de agente ritánico, se negó a confesar los delitos de los que era acusado, lo que hizo que fuera ejecutado sin que hubieran podido arrancarle su culpabilidad, de modo que el de la capital búlgara, iniciado en 1949, fue el último gran proceso de este tipo.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

Laszlo Rajk, veterano húngaro de las Brigadas Internacionales y ministro del Interior del gobierno comunista de Hungría, fue una de las primeras víctimas destacadas de las purgas estalinistas en el país magiar.

La tragedia se extendió también a Polonia (país donde el demasiado liberal Gomulka fue sustituido al frente del partido y del gobierno por el ortodoxo Boleslaw Bierut), donde el caso de una veterana doctora de las Brigadas, Dobra Klein, examinado aquí al hablar de la atención sanitaria y psiquiátrica, que poseía doble nacionalidad checo-polaca, no deja de tener su trascendencia por tratarse de una superviviente de la guerra española y los campos de concentración nazis que, finalmente, fue rehabilitada y condecorada con las más altas graduaciones de Polonia en su funeral -todo esto, sin embargo, muchos años más tarde, tras la desestalinización de Jruschov-. En Rumanía, el procesamiento afectó también a veteranos como Lucreţiu Pătrăşcanu, un miembro del PCR crítico con los dogmas estalinistas, o Ana Pauker, la primera mujer del mundo que ocupó el cargo de ministra de Exteriores y que en 1948 fue bautizada por la revista TIME como “La mujer viva más poderosa”. Pauker, de origen judío, se opuso a numerosos planes estalinistas como la colectivización forzosa, la paralización de la emigración judía a Palestina procedente de los países de Europa Oriental, el juicio a los veteranos de las Brigadas o la resistencia francesa o la construcción del canal Danubio-Mar Negro, un proyecto propuesto personalmente por Stalin. Se negó a reconocer sus crímenes y, pese a la defensa de Pauker realizada por el ministro soviético de Exteriores, Molotov, el férreo líder estalinista de Rumanía, Gheorghe Gheorghiu-Dej aprovechó el juicio a la ex jefa de la diplomacia rumana (como el de Pătrăşcanu y otros disidentes) para consolidar su poder. Ana Pauker fue arrestada. Tras la muerte de Stalin, quedó en arresto domiciliario y se le permitió trabajar como traductora para la editorial Editura Politică.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

Ana Pauker, la primera mujer ministra de Exteriores del mundo, sufrió la represión estalinista de Gheorghiu Dej en Rumanía.

El proceso de Praga, por el que Rudolf Slánský (el secretario general del partido, que junto a Klement Gottwald, el nuevo presidente comunista del país, se habían negado hasta entonces a ceder a la celebración de juicios) y otros numerosos colaboradores, entre ellos London, que ejercía de viceministro de Asuntos Exteriores, fue el colofón de un período oscuro que incluso llegó a alcanzar a alemanes occidentales comunistas que visitaron la RDA y fueron detenidos por la Stasi, torturados y deportados a Siberia, como les ocurrió a Kurt Müller y Fritz Sperling. Para militantes como ellos, recuerda Artur London, la soledad era inenarrable porque no había movimiento de solidaridad alguno: las acusaciones de traición que ahora sufrían ellos eran las mismas que habían creído en tiempos de otros camaradas acusados en purgas similares en la URSS o en otros países, sólo que ahora el “titismo” o el “cosmopolitismo” sustituían al viejo fantasma del “trotskismo”: “¿Acaso en otra época y en circunstancias análogas no había creído yo en otros procesos? ¿No había aplaudido unas condenas que me parecían tanto más justas por cuanto pronunciadas contra prestigiosos militantes cuya “traición” me parecía ahora ignominiosa?”

Cuando, algunos años más tarde, Jruschov denunció los crímenes de Stalin y algunos comunistas este-europeos fueron excarcelados y lentamente rehabilitados se confirmó para ellos, pero también para la población que hasta entonces había simpatizado con los comunistas que ahora habían liquidado el proyecto de democracia popular y el ideal socialista, la sospecha que les había acompañado durante su procesamiento: la misma farsa que habían padecido era extensible a miles de procesos en la Unión Soviética, en el Este de Europa y en otros sitios donde la NKVD, la antecesora de la KGB, actuó a escondidas para la liquidación de los enemigos del Estado soviético y del “comunismo internacional”, como Francia o la España republicana. Surgieron entonces, como en Hungría en 1956, intentos de resucitar los proyectos iniciales de las democracias populares, pero el experimento de Imre Nagy era demasiado idealista y arriesgado para unas circunstancias en que la política de bloques se había consolidado en demasía.

A MODO DE CONCLUSIÓN

“Cuanto más duros seamos, más duros serán los rusos. Podemos conseguir la cooperación una vez que Rusia entienda que nuestro objetivo principal no es salvar el Imperio Británico ni comprar petróleo en Oriente Próximo con las vidas de soldados americanos. En una competencia amistosa y pacífica, el mundo ruso y el mundo americano irán siendo gradualmente más parecidos. Los rusos se verán obligados a respetar cada vez más libertades personales. Y nosotros nos centraremos cada vez más en los problemas de justicia socioeconómica.”

Henry Wallace, secretario de Estado de Comercio de EE.UU. Discurso en el Madison Square Garden, Nueva York, 12/09/1946

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

Henry Wallace fue uno de los pocos políticos norteamericanos que trataron de rebajar el clima de confrontación y seguir la política rooseveltiana de cooperación y entendimiento con la URSS.

El fracaso del modelo de democracia popular no es solo compatible a la URSS, que se negó a hacerlo posible en cuanto vio que las posibilidades de libertad de acción de los países de su esfera de influencia podían ser un perjuicio para sus intereses en política exterior, sino también a los Estados Unidos, que basándose en informaciones sesgadas y en prejuicios ideológicos presionó a la Unión Soviética para que lo cancelara en Europa del Este y para que en los países de Europa Occidental, en algunos de ellos como Francia, Italia, Finlandia o Bélgica con influyentes partidos comunistas, no se reprodujera un modelo que amenazaba la supremacía del “sistema de libre empresa” y los intereses de Norteamérica como primera potencia. Lejos de existir una competencia sana que hiciera de los dos mundos más parecidos, como era la esperanza de Wallace (pronto expulsado del gobierno estadounidense y tachado de comunista), incluso para una URSS en la que existía también un evidente riesgo de contagio del modelo de democracia popular que cancelara el dominio personalista de Stalin en Moscú (lo que puede hacer albergar dudas sobre la viabilidad a largo plazo del modelo democrático-popular), lo que se abrió fue una profunda fosa, un telón de acero o una política de bloques que canceló las esperanzas de millones de personas que esperaban que el mundo después del fin de la SGM se rigiera por valores diferentes.

La debacle de los regímenes de “democracia popular” -un concepto ya convertido en eufemismo- llevó aparejada la desacreditación del socialismo, pero analizando exhaustivamente el modelo implantado y el carácter de las revueltas que se sucedieron en Budapest en 1956, la “Primavera de Praga” de 1968 o incluso la tardía “revolución de noviembre” de 1989 en Alemania Oriental para restaurar la vieja utopía de posguerra, cabe concluir que lo que quedó desacreditado -si no lo estaba de antes- fue un modelo dictatorial que tergiversó los ideales socialistas, que ya estaba implantado en la URSS y que Stalin, impulsado en gran medida por las políticas inconscientes de Truman y sus asesores más empecinadamente anticomunistas (entre ellos un Churchill ávido de protagonizar páginas en una Historia de la que ya parecía retirado después de haber tenido su considerable protagonismo), impondrá finalmente.

FUENTES:

Josep Fontana Lázaro, “Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945”, Barcelona, Pasado & Presente, 2011.

Geoff Elley, “Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000”, Barcelona, Crítica, 2002.

Artur London, “Se levantaron antes del alba. Memorias de un brigadista internacional en la guerra de España”. Barcelona, Península, 2010.

Matt Graham, Peter Kuznick, Oliver Stone, Documental “La historia no contada de Estados Unidos. Capítulo 4: La guerra fría”. Ixtlan Productions / Showtime, 2012

“Democracia Popular” en http://criticamarxista-leninista.blogspot.com.es/2013/08/Conferencia-la-democracia-popular-en-los-paises-de-Oriente-1951.html

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), entradas “Ana Pauker”, “Lucreţiu Pătrăşcanu”, “Finlandización” y “República Popular de Hungría” (tras la PGM, gobernada por el conde Mijaly Jaroly)