¡El fútbol es política, estúpidos!

“Dado que la vida de los individuos, clases o grupos sociales tiene lugar en campos sociales considerados no políticos, en la medida en que en ellos impera el fascismo social, la democracia representativa tiende a ser sociológicamente una isla de democracia que flota en medio de un archipiélago de despotismos […] La democracia representativa no sólo vive cómodamente con esta situación, sino que la legitima al volverla invisible.”

Boaventura de Sousa Santos.

A raíz del recientemente llamado “caso Zozulya” -la frustrada cesión del futbolista ucraniano Roman Zozulya por parte del Betis al Rayo Vallecano por la oposición y movilización en contra de buena parte de los aficionados de este último equipo, debido a los vínculos del jugador con la extrema derecha en su país- se ha desatado un revuelo periodístico, institucional -en el seno de la Liga de Fútbol Profesional y la Asociación de Futbolistas españoles e incluso la intervención de la embajada ucraniana en Madrid- y por supuesto en las redes sociales sobre el tema.

Los puntos calientes del asunto han sido varios -y los iré repasando a continuación- pero vuelven a versar sobre una polémica ya antigua, la de la relación entre el deporte -y en este caso, el fútbol, como “deporte rey” a nivel mundial- y la política. No deja de resultar curioso que desde las instituciones, sean nacionales, internacionales o globales (léase la UEFA, la FIFA, el COI… aparte de los diferentes gobiernos) se ha tratado de eludir y de minimizar el contenido del debate tratando de repetir incesantemente el mantra, que ha calado entre sectores de la población, especialmente en democracias liberales o representativas, de que no se deben mezclar ambos temas. Y digo que no deja de ser curioso porque de este modo, paradojas de la vida, lo que se trata es de evitar que en el debate sobre la relación entre la política y el deporte llegue a hablarse sobre cómo desde la política institucional el deporte ha sido utilizado para la consecución de sus objetivos o la legitimación de sí mismos o de sus fines, y de cómo la negociación de puestos, de candidaturas para albergar eventos deportivos, la presencia de grupos de presión, etc. tiene mucho que ver con la política (y por tanto, está expuesta a los mismos males que la política que se desarrolla en los parlamentos de los estados).

Toda decisión que se toma en un ámbito institucional es política. El problema es que, en muchos casos, esas instituciones no son representativas, ni sus procedimientos son transparentes, aún a pesar de afectar de que sus decisiones afectan o pueden llegar a afectar a la vida de miles de personas (tal y como ocurre con la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OTAN, la reunión bancaria de Basilea…). De ahí que la intención y la repetición de la consigna de separar la política del deporte se basa en la intención de separar aquellas intenciones, manifestaciones o protestas de índole político-social que puedan afectar al “status quo” de la organización deportiva, sea a nivel regional, nacional o mundial, así como a la posibilidad de articular una alternativa diferente a la forma en que se organiza el deporte en cada una de esas escalas. De ahí la pertinencia de las palabras del inicio de Sousa Santos: en la medida en que en las instituciones deportivas mundiales existe ausencia de fiscalización y control -y lo hemos comprobado recientemente, con los escándalos de corrupción que han salpicado a la FIFA y la UEFA y a sus respectivos presidentes, Joseph Blatter y Michel Platini; la compra de votos para la organización de los próximos campeonatos mundiales de fútbol en Qatar y Rusia; el despilfarro financiero y la represión de las protestas sociales en Brasil como consecuencia de la celebración del pasado mundial de fútbol, al que siguió de forma consecutiva la de las olimpiadas de Río de Janeiro- pero son considerados autónomos, cuando no ajenos, a la política institucional, esto es, la de los parlamentos, se convierten en espacios para la aparición del fascismo social y la legitimación de espacios para acallar voces discordantes e incluso para servir de instrumento de propaganda a regímenes y gobiernos que no dudan en aplastar cualquier intento de disidencia o de protesta.

LA POLÍTICA HACE EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE CANCHA

Ya se vivió, en el ámbito del fútbol, en 1978, con el entonces presidente de la FIFA, el brasileño João Havelange -que ganó las elecciones al inglés sir Stanley Rous cuatro años antes, chapado a la antigua y con quien murieron los últimos rastros de amateurismo- y radical transformador del “deporte rey” en un negocio global, con la entrada de los grandes patrocinios (Adidas, Coca-Cola), la celebración de nuevos torneos y nuevos países para la disputa del gran evento, el Mundial, para la obtención de mayores audiencias y mayores ingresos (y al mismo tiempo que el negocio, el lucro personal, el clientelismo y la corrupción -http://www.panenka.org/miradas/el-futbol-de-havelange/-). Havelange no tuvo empacho alguno en pasar por encima de las críticas que sobrevenían por la celebración del campeonato mundial de fútbol de ese año en la Argentina de la dictadura militar -recordemos: 30.000 desaparecidos, miles de bebés robados, torturas, participación en la “operación Condor” conjunta con otras dictaduras del Cono Sur para la desaparición de opositores políticos, “doctrina de choque” económico o fracaso y descrédito final con la guerra de las Malvinas-, bajo la premisa de que “sólo” vendía “un producto llamado fútbol”. Al parecer, por el producto de esa venta -por la que protegió a figuras prominentes de la dictadura argentina, como el jefe del comité organizador del Mundial, el almirante Carlos Lacoste, protegido del teniente y condenado por genocidio Carlos Massera- recibió sobornos en metálico y en especie, como una finca que supuestamente habría sido regalo del jefe de la junta militar Jorge Rafael Videla. Las amistades peligrosas -también fue amigo del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger-y los sobornos no acabarían ahí ya que, según informa el periodista escocés Andrew Jennings, llegó a cobrar cuarenta y cinco millones de dólares en sobornos de la empresa ISL (http://www.clarin.com/deportes/futbol/adios-havelange-inventor-negocio-personal_0_H1Nq5mZc.html). La línea inaugural marcada por Havelange con Argentina , esa diferenciación entre fútbol/deporte y política -para regodeo de autócratas y de gobiernos con graves déficits de respeto a los derechos y libertades públicas- continuó con la celebración de mundiales de fútbol en, por ejemplo, Sudáfrica, que a pesar de ser un régimen democrático convive con numerosas desigualdades, corrupción y falta de respeto por derechos básicos de la población (dos años después de la celebración del Mundial, treinta y cuatro mineros eran ametrallados por la policía en el transcurso de unas protestas en Marikana) y las próximas convocatorias en Rusia y Qatar.

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João Havelange, expresidente de la FIFA.

Mucho antes, en 1934 y 1936, las dictaduras fascistas de Italia y Alemania utilizaron el campeonato mundial de fútbol y los juegos olímpicos de Berlín, respectivamente, para la propaganda de sus respectivos éxitos políticos, como demostración de su cohesión nacional y de la supremacía de sus respectivas “razas” (http://www.rtve.es/television/20160727/noche-tematica-berlin-1936-juegos-nazis/1370660.shtml). Aquí ya se habló en su día del escándalo que supuso la intervención del propio Mussolini ante árbitros o incluso equipos rivales con ánimo de comprarlos o amedrentarlos a través de matones, e incluso a través de la nacionalización exprés de futbolistas argentinos con orígenes italianos para incorporarlos a la “squadra azzura”, con tal de que Italia ganara el Mundial. La prometedora selección española tuvo que sufrir en sus propias carnes -y nunca mejor dicho, pues tras dos partidos, uno de ellos de desempate, el número de bajas españolas “cosidas a patadas” por los futbolistas italianos fue tan númeroso que el seleccionador español, Amadeo García de Salazar, tuvo que alinear casi al completo al equipo de reserva para el segundo partido- el juego brusco y la injusticia arbitral en cuartos, cosa que también ocurrió con la excepcional Austria del Wunderteam en semifinales y con Checoslovaquia en la final (los este-europeos se sintieron tremendamente sorprendidos cuando el árbitro, sueco, hizo el saludo fascista al palco, según se supo con posterioridad a petición de las autoridades italianas). Los jugadores italianos también recibieron presiones y amenazas del Duce para ganar el campeonato, como expresa el argentino nacionalizado Luis Monti, que cuatro años antes había jugado con la selección sudamericana el primer campeonato celebrado en Uruguay (https://es.wikipedia.org/wiki/Copa_Mundial_de_F%C3%BAtbol_de_1934).

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Cartel de la Olimpiada de Berlín 1936.

Lo de la olimpiada hitleriana, más conocido por recientes documentales y la icónica imagen del estadounidense Jesse Owens desafiando las teorías de la supremacía racial aria en la prueba reina de los juegos olímpicos (el atletismo), no deja de tener su tragedia porque los juegos se celebraron con la connivencia de los comités olímpicos internacionales, arrastrados por el comité estadounidense -el más potente por entonces-, para cuyo presidente, Avery Brundage, el boicot propuesto a los “juegos de Hitler” no era más que una “conspiración judeo-comunista”. A los dirigentes nazis no les costó mucho contar a Brundage la milonga de que la Alemania nazi era un país tolerante en el que no se perseguía a los judíos o los opositores políticos y que los juegos serían un ejemplo de eficacia y magnificiencia (como fueron, pero desgraciadamente para mayor gloria del régimen). Sólo España  a raíz del cambio político acontecido en las elecciones de febrero de 1936 -aunque sí había participado en las olimpiadas de invierno, antes de la asunción por el gobierno de izquierda del Frente Popular de sus funciones- y la Unión Soviética decidieron seguir adelante con el boicot, y de hecho, la frustrada Olimpiada Popular de Barelona, patrocinada por el gobierno autónomo de la Generalitat y el de la República española y alternativa antifascista a los juegos berlineses, iba a contar con más atletas participantes que las oficiales. (https://en.wikipedia.org/wiki/1936_Summer_Olympics#Political_aspects, http://www.nodo50.org/esperanto/artik33es.htm y https://quatrebarresblog.wordpress.com/2016/08/21/las-olimpiadas-populares-de-barcelona-en-1936-contra-el-fascismo/).

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Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona 1936 en el que se anuncian las competiciones de boxeo y lucha.

Pero este escaso respeto por el espíritu olímpico (un inciso: ¿tiene en cuenta el señor presidente de la Liga de Fútbol Profesional Javier Tebas los ideales olímpicos cuando defiende a un jugador de fútbol que ha hecho apología de grupos paramilitares de extrema derecha en cuyo ideario figura la limpieza étnica de su país, Ucrania, de rusos, polacos o rutenos? ¿tienen en cuenta los mandamases del fútbol español a quién han colocado al frente de la LFP y esos ideales del deporte como vehículo de integración y respeto, cuando Tebas ha declarado su fidelidad a los ideales de un movimiento ultraderechista como Fuerza Nueva -fundado por un antiguo jerarca del franquismo como Blas Piñar y de ominoso recuerdo durante la transición por la violencia política ejercida contra la oposición democrática, como pueden dar fe los supervivientes y amigos de los fallecidos en la matanza de Atocha- y ha afirmado que en España hace falta alguien como el exlíder del FN francés, Jean Marie Le Pen) que se vio con la connivencia con Hitler se fue repitiendo después en el mismo seno del COI con la elección de Juan Antonio Samaranch Torelló como presidente del mismo.

Samaranch, de filiación falangista, estrecho amigo del ministro de Exteriores del primer franquismo y conocido germanófilo Ramón Serrano Súñer (a quien los recientes libro y serie televisiva “Lo que escondían sus ojos” ha tratado de blanquear, obviando sus crímenes y presentándolo apenas como uno de los protagonistas de una desventurada historia de amor adúltero en una época de estrictos convencionalismos), hizo carrera en un régimen sobre el que siempre ha mantenido un discurso ambiguo, semejante al del anterior rey español Juan Carlos de Borbón. De su ascensión por los peldaños de la administración franquista de Barcelona y luego como embajador en la URSS se sirvió para negocios privados del estilo de los de Havelange y para alcanzar -paradójicamente, con apoyo soviético- la presidencia de la organización olímpica mundial. Tras su retirada de la organización y su acceso a la presidencia de honor del organismo y la entrega por el rey del título nobiliario de marqués de Samaranch (ambos promovidos por políticos catalanes, en agradecimiento por la celebración de los juegos de 1992 en la Ciudad Condal), se han ido conociendo los escándalos sucesivos -en la zona franca barcelonesa, en La Caixa, en Inmobiliaria Colonial, la connivencia con Javier de la Rosa- en los que Samaranch y su entorno familiar han estado implicados. (http://www.publico.es/actualidad/pasado-franquista-persigue-juan-antonio.html y http://www.nodo50.org/forumperlamemoria/?El-fascista-Juan-Antonio-Samaranch). Samaranch, sin embargo, pudo morir tranquilo: ni fue investigado por sus corruptelas ni la presidencia de honor del COI le fue quitada (tampoco promovida por las autoridades democráticas, ni españolas ni del olimpismo internacional) en aras de su pasada y fructífera colaboración con el fascio, de la que no se retractó.

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Samaranch en una jura oficial. En segundo plano podemos ver a Francisco Franco y al almirante Carrero Blanco, presidente del gobierno del régimen dictatorial.

Pero no pensemos que el deporte es usado sólo por regímenes dictatoriales y por personajes de siniestro pasado (aunque, como hemos visto, con la necesaria colaboración de los regímenes democráticos) para sus fines. También las democracias liberales han empleado los éxitos deportivos, individuales o colectivos, para hacer propaganda de unos determinados valores, elevar la moral patria o incluso desviar la atención. Durante la “guerra fría”, los enfrentamientos en los Juegos Olímpicos entre las selecciones de baloncesto de los Estados Unidos y la Unión Soviética significaban, en caso de victoria, un espaldarazo para sus respectivos sistemas políticos y  económicos y una oportunidad para la propaganda y la exaltación patriótica, así como lo fue el “milagro sobre hielo” de la selección estadounidense de hockey sobre hielo al vencer a la URSS en Nueva York y colgarse después la medalla de oro en los juegos de invierno de 1980, en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atravesaban un mal momento por la intervención soviética en Afganistán (https://es.wikipedia.org/wiki/Milagro_sobre_hielo).

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La selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998.

Los triunfos futbolísticos de Francia en el Mundial de 1998 y de España en el de 2010 sirvieron, asimismo, para potenciar una conciencia colectiva que, en el caso francés, pasaba por la renovación de la identidad nacional, acogiendo en ella a nuevos ciudadanos con independencia de la procedencia o el origen familiar (muchos jugadores de aquella selección, como Desailly, Karembeu, Thuram, Djorkaeff o Zidane eran hijos de emigrantes procedentes de las antiguas colonias francesas o de otros países), en un momento de ascenso del ultraderechista Frente Nacional y de conflictos en los “arrondisements” parisinos, donde se concentra buena parte de la población inmigrante pobre. En el de España, el campeonato ganado en Sudáfrica valió para ser sacado a relucir por parte de las autoridades como ejemplo de superación y de esfuerzo colectivo, en un momento delicado por la crisis económica e institucional, y para aunar la identidad española frente a los nacionalismos periféricos, en especial el catalán, ante la polémica independentista. Incluso llegó a usarse al equipo como imagen de la llamada “marca España”, la internacionalización de las firmas comerciales y empresas españolas en el extranjero. Sin embargo, ese estudiado idilio no duró mucho: apenas un año después de aquel campeonato, en mayo de 2011 surgía el “movimiento 15-M”, y aquellos jóvenes que habían festejado el triunfo de la selección salían ahora a criticar a las instituciones y a los políticos que habían manejado el mismo en su propio beneficio. En otro campeonato muy anterior, el de Suiza 1954, la inesperada victoria en la final de la República Federal de Alemania frente a la favorita Hungría -que había derrotado a los germano-occidentales por 8-3 en la primera fase- sirvió para que la RFA, destrozada económicamente y con el trauma aún de ser señalada con el dedo por las atrocidades del nazismo, pudiera recomponer su orgullo nacional. “Este milagro, el futbolístico, supuso el pistoletazo de salida para el gran milagro alemán, el económico, que levantó a un país destruido y en ruinas hasta convertirlo en la primera potencia económica de Europa, además de incrementar el espíritu nacionalista y la autoestima en ese país” (Juanvi Savifont, “Fútbol es cultura: El milagro de Berna” 01/10/2013, en https://www.elfutbolesinjusto.com/hemeroteca/el-futbol-es-cultura-el-milagro-de-berna/).

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Fritz Walter (izquierda) y Ferenc Puskas, capitanes de la RFA y Hungría en el saludo protocolario antes del inicio de la final del Mundial de Suiza 1954.

Un milagro económico impulsado un año antes con la condonación por parte de los aliados occidentales de las deudas de guerra de la RFA, en aras de que la parte occidental del país no se viera superada económicamente por la socialista República Democrática Alemana (“Entretanto, del otro lado de la “cortina de hierro”, la República Soviética (URSS), pese al terror de Stalin, o precisamente por su causa, revelaba una pujanza industrial portentosa que transformó en pocas décadas una de las regiones más atrasadas de Europa en una potencia industrial que rivalizaba con el capitalismo occidental y, muy especialmente, con Estados Unidos, el país que emergió de la Segunda Guerra Mundial como el más poderoso del mundo. Esta rivalidad se tradujo en la Guerra Fría, que dominó la política internacional en las siguientes décadas. Fue ella la que determinó el perdón, en 1953, de buena parte de la inmensa deuda de Alemania occidental contraída en las dos guerras que infligió a Europa y que perdió. Era necesario conceder al capitalismo alemán occidental condiciones para rivalizar con el desarrollo de Alemania Oriental, por entonces la república soviética (sic) más desarrollada”. Boaventura de Sousa Santos, “El problema del pasado es no pasar: a cien años de la Revolución rusa”, 03/02/2017, http://blogs.publico.es/espejos-extranos/2017/02/03/el-problema-del-pasado-es-no-pasar-a-cien-anos-de-la-revolucion-rusa/).

Como hemos visto, el deporte y la política han sido compañeros a lo largo de los años en muchas ocasiones. El problema surge cuando el deporte se convierte en la puerta de entrada de otros actores y otras reivindicaciones políticas distintas a las oficiales o institucionales, y de cómo las autoridades manejan entonces el asunto.

EL “CASO ZOZULYA”: UNA RESPUESTA HABITUAL… Y MATICES NUEVOS

El caso de Roman Zozulya ha avivado esa llama en pro de la separación (imposible) entre el fútbol y la política. En el mercado invernal de fichajes de este año, este futbolista ucraniano, internacional con su selección, iba a ser cedido hasta final de temporada del Betis al Rayo Vallecano, militando actualmente en Segunda División y con ciertas dificultades (zona baja de la tabla clasificatoria). Ante la noticia, peñas y grupos de aficionados descubren que Zozulya está relacionado con los medios ultraderechistas de su país y los grupos paramilitares que, en el conflicto que está teniendo lugar en el este del país (región del Donbass, las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk), luchan en apoyo del ejército ucraniano frente a las milicias prorrusas, quienes cuentan con apoyo del gobierno de Moscú. Y todo esto por la propia actividad del jugador en las redes sociales.

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Mensaje de la afición del Rayo Vallecano en protesta por la incorporación de Roman Zozulya a la disciplina del club franjirrojo.

Entre estos grupos armados de ultraderecha se encuentran organizaciones como el batallón Azov (entre los que figuran los ultras de su antiguo club, los Dnepr White Boys del Dnipro, con cuyo emblema ha aparecido posando en fotografías en las redes sociales) o el Pravy Sektor. Los llamamientos de estos grupos no se han limitado a pedir ayuda y estimular el combate contra las fuerzas prorrusas y acabar con la insurrección (cosa que también desea el presidente ucraniano y magnate chocolatero Petro Poroshenko, aunque a través de un acuerdo entre las partes, formando parte del llamado “partido de la paz” frente a sus socios de gobierno como Arsenyi Yatsenihuk o el ultraderechista partido Svoboda, que forman parte del “partido de la guerra” -http://www.lamarea.com/2015/04/04/ucrania-tregua-por-agotamiento-economico/-). Podemos decir sin temor a equivocarnos que el ideario de estos grupos pasan por la eliminación física de todos aquellos que no sean “ucranianos étnicamente puros” -rusos, polacos, judíos, rutenos-, como demuestra su admiración por los ultranacionalistas -aliados de la Alemania nazi y culpables de delitos de lesa humanidad durante la SGM, como el asesinato de miles de polacos, judíos y comunistas- Stepan Bandera (nombrado héroe nacional por el gobierno de Victor Yushenko en 2010, lo que levantó ampollas entre países vecinos como Polonia y Eslovaquia, y que apareció rehabilitado en pancartas y carteles por Kiev durante las protestas del Maidán que hicieron caer al gobierno de Yanukovich en 2014) y su Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN). La masacre de la Casa de los Sindicatos de Odessa, en la que murieron asesinadas 42 personas, o el prender fuego vivo a un partidario de los prorrusos demuestra que su modo de actuación no pasa en absoluto por respetar las convenciones de Ginebra. La presencia de estos grupos de ultraderecha, aunque minoritaria, resulta importante para el gobierno y el ejército de Kiev, por cuanto les dejan hacer, forman una minoría poderosa por estar armados o han sido formados en el seno de grupos políticos que no se declaran de ultraderecha (entrevista al periodista francés Paul Moreira, http://www.lamarea.com/2016/02/13/la-revolucion-de-ucrania-ha-engendrado-un-monstruo-que-va-a-ponerse-en-su-contra/)

La actividad de Roman Zozulya respecto a su apoyo a grupos de extrema derecha en Ucrania ha sido notoria, y ha sido la base para que una amplia mayoría de seguidores franjirrojos (contrariamente a lo difundido por la mayoría de medios de comunicación, al menos en un principio, no ha sido una acción “de acoso” realizada por Bukaneros, los ultras del club del sureste de la capital, sino que la oposición al fichaje ha procedido de amplios sectores de la afición franjirroja y también de otros ámbitos sociales del barrio) se oponga a la incorporación del jugador a la disciplina del equipo. No sólo es que haya aparecido con la mencionada insignia de los ultras del Dnipro o que se haya creado confusión a su llegada a España entre una camiseta que llevaba puesta con el  escudo nacional de Ucrania y que un periodista creyó era el logo del Pravy Sektor. Zozulya ha aparecido en fotos en las que bromeaba con su parecido físico con Stepan Bandera, el ya mentado líder ultraderechista y filonazi ucraniano -¿se imaginan cómo actuarían aquellos que claman por la inocencia y el respeto al jugador si un futbolista, pongamos para más inri vasco, bromeara sobre su parecido físico con Josu Ternera o Santi Potros?-. La fundación Narodna Armiya (Ejército Popular), que crea para recaudar fondos en ayuda a los grupos que combaten a las milicias prorrusas, ha colaborado con los ultras del Dnipro en el reclutamiento de voluntarios para el batallón Azov, y él mismo se ha involucrado en esa tarea apareciendo en videos de apoyo para este grupo, uno de ellos, animando a participar en una manifestación convocada por este grupo contra la “capitulación”. (http://m.ara.cat/opinio/Roman-Zozulya-Vallecas-no-es-lloc-per-a-nazis_0_1734426761.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-ucraniano-Vallecas-Rayo_0_1912608725.html, http://www.playgroundmag.net/sports/Zozulya-nazi-hace-video-canal_0_1916808328.html y http://.publico.es/sociedad/1987544/no-habra-nazis-en-el-rayo-vallecano).

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Roman Zozulya en el video del Batallón Azov, apoyando la manifestación contra la “claudicación” convocada por este grupo paramilitar.

Desde que se conoció el boicot de la afición rayista a la llegada de Zozulya a Vallecas, un sinfín de reacciones contrarias a la postura de los aficionados (que han llegado a ser tachados de analfabetos y “subnormales” por algún comentarista deportivo, como José Joaquín Brotons) y de solidaridad con el jugador comenzaron a surgir, además de la consabida consigna de “no hay que mezclar fútbol y política”. El presidente de la LFP, el mismo ultraderechista que trata de ilustrar a los ciudadanos de España para justificar su apoyo y adhesión a los ideales de Fuerza Nueva diciendo que “la gente no sabe lo que es Fuerza Nueva” (pásmense: ahora no sabemos quiénes fueron los asesinos de Atocha o de Yolanda González) anuncia una querella contra varios miembros de Bukaneros que el día de la llegada de Zozulya para firmar su incorporación al equipo insultaron e increparon al jugador (en cambio, la misma LFP nunca ha presentado querella alguna contra grupos como el Frente Atlético por el asesinato de dos hinchas, uno de la Real Sociedad y otro del Deportivo de la Coruña, cosa más grave que un insulto).

Se ha hablado de manipulación de las pruebas para emitir un juicio sobre la filiación ultraderechista del jugador, cosa absurda por cuanto no es una sino varias las fotos, además de un video, y por si fuera poco todos hemos podido comprobar por las cámaras de TV como el muchacho tenía las pocas luces de recibir obsequios de y dejarse fotografiar con los ultras de extrema derecha del Betis, a su vuelta a Sevilla, “con la que está cayendo”, que dirían nuestras abuelas (http://sareantifaxista.blogspot.com.es/2017/02/ultras-neonazis-recibieron-con.html?m=1).

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Roman Zozulya, a su llegada a Sevilla tras su frustrada cesión al Rayo Vallecano, fue recibido por los ultras de extrema derecha del club verdiblanco, Supporters Gol Sur, con quienes se fotografió y de quienes recibió una camiseta del grupo.

Se ha hablado (El País y una página web irónicamente llamada Stopfake) de que “la propaganda rusa” ha manipulado convenientemente las pruebas para frustrar el fichaje de un jugador ucraniano con una clara actitud patriótica -al parecer, el único delito del muchacho sería el de amar mucho a su país y donar dinero para sus fuerzas armadas y para los niños afectados por el conflicto, tratando de convertirlo en una suerte de filántropo maltratado por la desinformación del Kremlin- por un equipo dominado por la extrema izquierda y el rojerío más rancio y criptocomunista. ¡Cómo si los servicios de inteligencia o las agencias de prensa o quién quiera que sea de Rusia no tuvieran otra cosa que hacer que meterse en el mercado de fichajes del fútbol de España! Y justo ahora, no cuando el jugador se incorporó a la disciplina del Betis.

Se ha hablado de que no entendemos la situación de Ucrania y por lo tanto cualquier opinión emitida al respecto estará contaminada por juicios de valor que no pueden aplicarse al contexto político y al enfrentamiento bélico que está teniendo lugar en el este del país. Por supuesto, ni Ucrania ni el Donbass ni Rusia son en este sentido un dechado de virtudes, ni creo que puedan alzarse como antiguas luchas del pasado que levantaron pasiones y solidaridad internacionales (la República Española -aunque algunos militantes españoles hayan acudido al Donbass tratando de rescatar la bandera del internacionalismo antifascista de las Brigadas Internacionales-, el Congo de Lumumba, el Chile de Allende o la Nicaragua sandinista). Pero aun con esta compleja realidad y la adhesión que pueda despertar en Occidente la causa de Ucrania, sea por amistad hacia Kiev, enemistad hacia Moscú o el mantenimiento de las fronteras e integridad de los estados (y depende, pues ya hemos visto que sí se ha reconocido la independencia unilateral de Kosovo), no es de recibo que desde los aliados europeos se haga la vista gorda sobre esa ultraderecha en la que se apoyan los amigos de Kiev (¿acaso está aislada Ucrania, sin aliados externos como la Unión Europea?, ¿sus amigos de las democracias occidentales de la OTAN no pueden -es un suponer- intervenir en su favor y ha de depender de fascistas y neonazis? Aquí nos encontramos con dos contradicciones, como revela el periodista Paul Moreira: la primera es que tras la revolución del Maidan el gobierno salido de la misma, que se suponía democrático -al menos más que Yanukovich-, pro-europeo y pro-occidental, no da en la realidad esa impresión, sino que convive con la ultraderecha en su gabinete y en influyentes círculos sociales y militares; y dos, a la UE y la OTAN no les importa en absoluto, mantiene su alianza con Ucrania escurriendo el bulto, sin exigir cuentas a Kiev y achacando cualquier información sobre el asunto a intoxicaciones moscovitas). Ni que como ciudadanos tengamos que tolerar lo que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos, cuando se trata de injusticias, y relativizar el fascismo -que debemos recordar, en España y en Europa fue el causante de una guerra con centenares de miles y millones de muertos respectivamente, además de una política de genocidio y un intolerable ideario de razas superiores e inferiores y de expansión territorial- cuando quien se sirve de él es un país amigo. Además, puede que hoy sea Rusia o los prorrusos los que se vean derrotados, cosa que celebraremos, pero mañana pueden ser otros grupos étnicos y otros países (http://cronicashungaras.blogspot.com.es/2010/01/asi-se-hacen-los-heroes-sobre.html?m=1) y quizá nos arrepintamos de ese apoyo y de esa compunción por gente como Roman Zozulya.

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Ante la polémica y la identificación de la protesta con el sector más radical de la afición franjirroja, el grupo Bukaneros, peñas del Rayo y colectivos sociales de los distritos de Puente y Villa de Vallecas se vieron obligados a difundir un segundo comunicado para aclarar que el rechazo a Zozulya era mucho más amplio de lo que se había difundido en los medios.

Otros argumentos -que si no han circulado por los medios, sí lo han hecho por las redes sociales- han sido más disparatados aún, y han consistido en la presentación de Zozulya y de la causa de los ultraderechistas ucranianos en una suerte de combate entre fascistas y comunistas ante el que la mejor muestra sería la de permanecer neutral. De ese modo, no hay motivo para darle la razón a Bukaneros (nuevamente, se entra en el juego de reducir y minusvalorar la protesta de la afición rayista circunscribiéndola de forma falsa a la de este grupo) si, como ya sabemos, “fascismo y comunismo son igual de repugnantes”, etc. Partiendo de la base de que Rusia y los prorrusos del Donbass no son comunistas (aunque busquen una conexión con algunos aspectos de la época de la URSS en aras de conectar con un pasado tenido por glorioso y con formas de vida y de sociedad que juzgan oportunas de recobrar), poner al mismo rasero fascismo y comunismo no es de recibo. Ya me ocupé de ello en un artículo en este mismo blog (ver artículo “De dictaduras”), en el que trataba de señalar cuán diferentes eran los aspectos teóricos en los que se apoyaban los regímenes fascistas y de “socialismo real”, aunque no fueran tan diferentes en sus aspectos prácticos, así como en la evolución que mostraron muchos comunistas del Este de Europa en favor del socialismo democrático (por no referir la evolución de los comunistas de Occidente hacia el eurocomunismo), mientras que encontrar no ya una persona que lo defendiera, sino el concepto mismo de “fascismo democrático” es poco menos que una contradicción. El pensador católico progresista francés Emmanuel Mounier -que se puede considerar antecesor del espíritu que alumbró la Teología de la Liberación en la segunda mitad del siglo XX- afirmaba a este respecto que “el universalismo marxista, sean cuales sean sus ardides y mentiras, tiene al menos en origen un valor distinto al particularismo y racismo fascistas” (http://m.deia.com/2016/05/31/opinion/tribuna-abierta/eskerrik-asko-emmanuel-mounier). Según señala José Manuel Bujanda en ese artículo, “Emmanuel Mounier era creyente, honesto y coherente […] comprometido con lo social y abierto a espacios de entendimiento con un socialismo con el que discrepaba pero que a la vez respetaba profundamente…” Esa capacidad para discernir entre fascismo y comunismo es la que al parecer está hoy ausente entre nuestros opinadores. Y recordemos que Mounier vivía en la época de las purgas de Stalin y del pacto Molotov-Ribentropp, así que no era ignorante respecto de los horrores de que eran capaces quienes decían actuar en nombre del comunismo y la revolución.

Sorprenden los déficit de nuestra democracia -la española y la occidental en general- al ver que sea capaz de mostrar una sorprendente contundencia y rapidez de actuación ante la amenaza del terrorismo yihadista, pero observe tanta permisividad en el caso del fascismo (salvo en el caso de Alemania, por el trauma que le supuso ser el país donde surgió la doctrina nazi, y aún así existen casos en el propio país germano de pasada impunidad con criminales nazis, en la época de la pequeña República Federal, cuando estos formaron parte de la administración, el ejército o los servicios de inteligencia del país).
Así, a raíz de lo ocurrido con Zozulya, debemos recordar que en España nadie se ha preguntado por la seguridad de la familia y la posibilidad de que sean insultados o vejados los familiares de un detenido por pertenecer a células terroristas, intentar captar adeptos para el ISIS, por enaltecimiento del terrorismo o humillación a las víctimas, ni tampoco hayan surgido voces que clamen por proteger el derecho al trabajo de los detenidos o encausados por este motivo (y todos recordamos casos de humillación a las víctimas que han sido de lo más estrambóticos, por decirlo suavemente, como el hecho de que una joven tuitera pueda pasar por la cárcel y padecer años de inhabilitación por contar unos chistes que se vienen haciendo “desde el año de Maricastaña” sobre la muerte en atentado del presidente del gobierno de la dictadura franquista, Luis Carrero Blanco, y pese a que la propia hija del fallecido ha quitado hierro al asunto). Sin embargo, en el caso de Roman Zozulya, todo han sido consideraciones por parte de la Liga de Fútbol Profesional, la Asociación de Futbolistas Españoles, los medios de comunicación de mayor difusión y hasta la política, con el ministro del Interior Juan Ignacio Zoido saliendo a la palestra para defender al jugador frente a lo que todos ellos han calificado como una “campaña de acoso” (cuando lo más cercano a un acoso ha sido un grupo de hinchas llamándole “fascista” e “hijo de puta” con firmeza pero sin actitud violenta y una pancarta en la Ciudad Deportiva del Rayo el día en que acudía para firmar su contrato; hay árbitros de categorías inferiores que podrían hablar de lo que es acoso, sentir miedo de verdad o una agresión en toda regla sin que el mundo del fútbol y del periodismo deportivo les haya prestado ni la décima parte de atención que la prestada al “caso Zozulya”- ejemplo: https://.eldiario.es/norte/euskadi/Quiero-arbitra-dejan_0_607890148.amp.html). Incluso la alcaldesa de Madrid, la otrora progresista Manuela Carmena, ha llegado a declarar que la protesta sólo es de un grupo y no del conjunto de los aficionados (… y dale la burra al trigo), mostrando como tantos otros su desconocimiento absoluto sobre el tema, y que son los tribunales y no “la masa” o una minoría la que ha de decidir sobre el comportamiento del futbolista. Sorprende que se refiera hoy de ese modo despectivo a “la masa”, pues fue ese impulso de “la masa” madrileña la que le dio el bastón de mando del ayuntamiento. Sus propios compañeros de Ganemos Madrid en el equipo de gobierno se han encargado de recordarle la incoherencia de sus palabras con respecto al “caso Zozulya”, pues pocos días antes el ayuntamiento se negó a personarse en la querella argentina contra el franquismo, al contrario de lo que han hecho Barcelona, Zaragoza o Pamplona: “Para nuestra querida alcaldesa los crímenes contra el franquismo no deben resolverse en los tribunales, el nazismo, sí” (http://www.eldiario.es/madrid/Carmena-alguien-condenar-Zozulya-tribunales_0_612789035.html).

Ni que decir tiene que también lo han hecho sus compañeros del Betis, con mensajes a través de los micrófonos y en camisetas que rezaban “todos somos Zozulya”. Ninguno de ellos tuvo la genial idea, como explica Carlos Hernández en eldiario.es (http://www.eldiario.es/zonacritica/futbol-apolitico-neonazis-machistas_6_610398971.html), de mostrar su solidaridad con la novia de su compañero Rubén Castro, agredida por este, ni condenar los gritos de sus ultras de extrema derecha del equipo, los Supporters Gol Sur, que aplaudieron la agresión machista y llamaron puta a la mujer. Tampoco hubo querella criminal de Tebas contra el grupo, se ve que por la poca consideración que el presidente de la Liga tiene hacia el cuerpo femenino (sus lamentables declaraciones recogidas por “Sport” haciendo gala de su fe ultraderechista en las que se pronuncia contra el aborto y la voluntad de la madre así lo demuestran). El periodista ponía además el dedo en la llaga sobre la hipocresía que supone afirmar cuándo el fútbol ha de ser política y cuándo no según la conveniencia de las propias autoridades e instituciones, cuya presencia en los palcos de los estadios y el conflicto de intereses entre éstas y los empresarios que son propietarios de los clubes (escándalo del ático de Marbella de Ignacio González, ex presidente de la Comunidad de Madrid, y la implicación en él de Enrique Cerezo, presidente del Atlético; contratos de obra pública y constructores como Florentino Pérez, dueño de ACS y presidente del Real Madrid CF…): “Cualquier futbolista, faltaría más, puede pensar lo que le venga en gana; otra cosa bien diferente es que utilice la fama que le ha brindado este deporte para difundir ideales contrarios a la libertad, la tolerancia y los derechos humanos. Si el fútbol sólo fuera fútbol, como dicen los que defienden a Zozulya, no tendría sentido la prohibición de exhibir en los estadios símbolos fascistas; si sólo es un deporte, ¿por qué se ha adoptado en todas las competiciones el lema “Respeto, no al racismo”?; si hay que alejar este espectáculo de la política, ¿por qué se recurre a subvenciones municipales para salvar equipos en ruina, a “papá Estado” para crear espacios de privilegio fiscal y a La Roja como referencia de la Marca España?”

Así, nos encontramos con una situación en la que recaudar fondos para material para batallones fascistas, fotografiarse junto a miembros de los mismos y grabar vídeos para captar adeptos para los mismos, hacerse unas risas junto a retratos de líderes colaboracionistas del III Reich sale no ya gratis, sino que despierta una ola de solidaridad si alguien osa decir que eres precisamente lo que pareces, un fascista que hace apología del propio fascismo. Cosa bien distinta, por un incomprensible arte de birlibirloque, que fotografiarse y grabarse en un video haciendo campaña para reclutar voluntarios para la yihad o recoger firmas para pedir el acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco y Navarra -que si bien no es delito, si puede hacer que te caiga la del pulpo en los medios de comunicación de la derecha, como le pasó a un ex rayista precisamente, Mikel Labaka, aunque pidiera exactamente lo mismo que la viuda de un concejal asesinado por ETA-. Y al parecer también es distinto, sea social y/o penalmente, que tuitear un chiste de Carrero Blanco de los que contaban nuestros padres en la barra de un bar -parecidos a uno que se escucha sobre Honecker en una película galardonada con el Oscar sobre el espionaje de la RDA a los ciudadanos considerados desleales-, manifestarse contra los despidos masivos de la factoría de Airbus en Getafe o ir a combatir al Estado Islámico junto a las milicias kurdas en el noreste de Siria. Es necesario acabar con esa situación y recobrar el espíritu antifascista de la democracia, librandonos de ese lastre que es la equidistancia entre fascistas y antifascistas y el funambulismo verbal con el que nuestros políticos y medios juegan para criminalizar toda la protesta contra la extrema derecha y lo que se salga del juego político, que además (y en España lo comprobamos continuamente) acaba por beneficiar a las fuerzas ultraderechistas (sobre la naturaleza antifascista de la democracia, léase “Democracia y antifascismo” del profesor Andrea Greppi, en Rafael Escudero y José Antonio Martín Pallin(eds.), “Derecho y memoria histórica”, Madrid, Trotta, 2008).

FÚTBOL Y ANTIFASCISMO: UNA ALIANZA NECESARIA

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“Solidaridad con los aficionados antifascistas de Europa del Este”. “Tifo” realizado por los Schikeria del Bayern Múnich.

Esta actitud de connivencia con el fascismo (y que ha servido para que partidos de ultraderecha ganasen espacio en toda Europa mediante un discurso basado en la explotación del miedo al extranjero y al diferente, hacer recaer en ellos el mito falso de la culpabilidad de la crisis y en que son los mayores receptores sin merecerlo de las ayudas sociales y servicios del Estado de Bienestar -causando el consabido recorte de las prestaciones- y en la limitación o directamente supresión de la democracia para corregir el desorden actual) recuerda la actitud imprudente de contemporización que mantuvieron las democracias occidentales en la etapa de entreguerras. Con motivo de la Eurocopa de Francia del pasado año, fueron varios los grupos de hinchas -tanto de selecciones como de clubes- que denunciaron en un comunicado la actitud cómplice de los clubes con los grupos ultras neonazis, y todo ello en medio de la polémica sobre expulsiones de selecciones y de medidas contundentes contra los seguidores que entonces causaron diversos altercados en varias ciudades del país. Según denuncian, a los clubes de les da muy bien ocultar a la UEFA (o a la asociación europea del fútbol muy mal detectar) la actitud connivente con los aficionados de extrema derecha en la competición doméstica, frente a las sanciones que van en perjuicio de todos los aficionados del club y la posibilidad de denunciar las actitudes y la violencia racista que pueda producirse en el estadio por parte del resto de aficionados. Así, denuncian que ha pasado lo siguiente:

“En particular los clubes “sospechosos habituales”, razón por la que en principio se endurecieron las reglas, han reaccionado de tres maneras principalmente:

  1. Culpar al mensajero (el vigilante de antirracismo que denuncia el incidente o los grupos de aficionados dentro del estadio activos contra el racismo) o a UEFA, conduciendo cazas de brujas públicas contra ellos mientras siguen sin reconocer el problema real. Empoderando a los racistas que causan el incidente que se unen encantados a la cacería.
  2. Muchos han intentado llegar a acuerdos secretos con los aficionados (racistas) para que “se estén quietos” en partidos europeos a cambio de incrementar sus privilegios en la competición liguera. Empoderando a los racistas que se aproximan al club mientras el resto de aficionados son marginados cada vez más.
  3. El club reubica a los aficionados en otras partes del estadio y prepara algunas actividades contra el racismo de cara a la galería vendiéndolas en público como iniciativa de los aficionados. Los racistas siguen dentro del estadio realizando actos racistas, solo que en un lugar diferente, mientras que los aficionados no racistas o antirracistas no se sienten seguros ni empoderados para iniciar sus propias actividades.

Y afirman que “creemos que la responsabilidad social del fútbol en esta importante área y la más importante aun de las entidades que gobiernan nuestro deporte, deberían ir más allá de proveer imágenes artificialmente aceptables o superficiales para la televisión o el público en general sino que deberían hacer una aportación sostenible para erradicar el problema de la discriminación en nuestro deporte directamente a nivel de los clubes” (http://ctxt.es/es/20160217/Deportes/4311/). El comunicado está firmado por más de cien entidades europeas de hinchas antirracistas, anithomófobos -muchos de ellos son grupos de aficionados LGTB- y contra otras formas de discriminación por motivos de raza, género, orientación sexual… agrupadas en la iniciativa Football Supporters Europe (el listado puede verse en el enlace).

Por este motivo, el caso de Zozulya nos recuerda que las protestas no sólo antifascistas y antirracistas sino las reivindicaciones sociales están presentes en las gradas -también lo han estado en el terreno de juego- en muchos puntos de Europa y del mundo. Es un espacio que, a pesar de que -como nos recordaba el profesor Santos al comienzo- quiera hacerse pasar como “no político”, el choque entre la popularización y democratización alcanzada por el fútbol desde el primer tercio del siglo XX y su mediatización por sectores no sólo de la política institucional para sus intereses, sino también por sectores poderosos económica y socialmente (la entrada de millonarios globales, fondos de inversión, etc. en la propiedad de equipos convertidos en empresas) para fines de lucro o especulativos, ajenos a los valores de identidad y de comunidad que se suelen asociar a un club (y al barrio, pueblo o ciudad en que se inscribe el mismo) ha causado este tipo de protestas y el surgimiento del mensaje “No hay que mezclar el fútbol -y por extensión el deporte- con la política”. En un contexto como el actual, en el que las voces contra los refugiados, el Islam, los homosexuales, los migrantes se hacen oír cada vez con más fuerza al calor de la “guerra eterna contra el terror” y la crisis del capitalismo, haciendo responsable al pobre de fuera y no al rico global de la misma, el antifascismo tiene que ganar espacio, en las instituciones y en la sociedad. Y el fútbol tiene que participar de esa conquista de espacio.

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Homenaje realizado por los aficionados del FC Red Star a su antiguo jugador Rino Della Negra, miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi.

Esa intención de encerrar el deporte en una burbuja aséptica es en cierto modo reciente. La historia está llena de casos de equipos, de jugadores y de aficiones que se han identificado con el antifascismo, la democracia o la lucha popular contra las injusticias y la tiranía. Si en otros ámbitos deportivos ha pasado a la historia el caso del boxeador Mohammed Alí negándose a combatir en Vietnam y siendo un referente de la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, la protesta llevada a cabo por los atletas estadounidenses Tommi Smith y John Carlos en los juegos de México 1968 con el puño cerrado con un guante negro (símbolo del poder negro) en el podio o el eco que supuso la huida de la gimnasta Nadia Comaneci de Rumanía en los últimos estertores de la dictadura de Ceaucescu, el fútbol no ha sido una excepción, tanto con personas anónimas como con personalidades relevantes. En España, el Júpiter -el llamado “equipo de los anarquistas” barceloneses- y el Martinenc, dos históricos del fútbol catalán, formaron parte junto con otras entidades sociales y deportivas, del Comité Catalán pro Deporte Popular (CCEP, por sus siglas en catalán), que se encargará de llevar adelante la Olimpiada Popular de 1936, y clubes como el propio Júpiter, el Levante FC, el Unión Sporting de Vigo, el Madrid FC o el FC Barcelona fueron identificados antes de la dictadura franquista con los ideales republicanos o nacionalistas de sus respectivas nacionalidades, motivo por el cual sufrieron diferentes grados de represión tras la victoria sublevada en 1939, desde la fusión con clubes más adictos a la causa (caso del Levante) hasta una depuración general de sus directivas o acuerdos de filiación (el Júpiter pasó a ser filial del Espanyol, enemigo ideológico y de clase) y hasta intentos de cambio de nombre de la entidad (caso del Barcelona, existiendo un intento de llamarlo España).

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El FC Sankt Pauli de Hamburgo es uno de los clubes más identificados con las causas de izquierda en el mundo.

Fuera de nuestras fronteras, hay que destacar los casos del Corinthians brasileño, donde militó el famoso Sócrates (conocido por su doctorado en Filosofía y su militancia izquierdista), bastión futbolístico contra la dictadura militar brasileña y cuya hinchada mantiene el mismo nivel reivindicativo de antaño contra las injusticias sociales (http://www.panenka.org/miradas/corinthians-siempre-corinthians/); el Red Star parisino, club de la barriada de Saint Ouen identificado fuertemente con el antifascismo, el multiculturalismo y la izquierda (fundado por el viejo presidente de la FIFA Jules Rimet, como un intento de popularizar el fútbol, y que vivió su época dorada en los años veinte y treinta del pasado siglo, el “Etoile Rouge” es el equipo del presidente socialista François Hollande y su fiel y combativa hinchada rinde homenaje a dos héroes de la Resistencia muertos a manos de los nazis: el doctor Jean-Claude Bauer -que da nombre al estadio del club- y Rino Della Negra, futbolista del equipo en los años treinta, hijo de italianos exiliados del régimen de Mussolini – https://www.elfutbolesinjusto.com/reportajes/red-star-el-viejo-comunismo-vuelve-al-futbol-moderno/) o el FC Sankt Pauli alemán, qué, ubicado en un barrio alternativo y contracultural de la ciudad de Hamburgo, tiene una larga trayectoria de militancia, a nivel de club y de afición, en causas progresistas: contra el racismo, el nazismo , la homofobia, el sexismo, en pro de los refugiados o contra la mercantilización del fútbol. Esa imagen de club combativo e incluso marginal (no es raro ver entre sus fans o incluso en tiempos entre sus jugadores gente de estética punk o ska) le ha hecho ser, pese a que ha militado la mayor parte del tiempo en categorías inferiores del fútbol alemán, uno de los equipos más populares internacionalmente, con fans incluso en Sudamérica (http://highbury.es/2016/st-pauli-la-vida-pirata-la-vida-mejor).

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Protesta con banderas palestinas de la hinchada del Celtic FC en un partido de Champions contra el Hapoel Ber Sheeva israelí.

Tanto equipos (aunque un poco a remolque) como hinchas han tomado conciencia en tiempos recientes de la importancia de movilizarse en favor de causas sociales contra la discriminación, la xenofobia, el racismo, la homofobia y otras iniciativas como contra la islamofobia, el rechazo de la inmigración o las luchas de colectivos vecinales, de trabajadores o internacionales, lo cual no siempre ha sido del gusto de las autoridades políticas y deportivas, dado que en ciertos casos se sale de la línea habitual propugnada por la asociaciones continentales o la FIFA. A comienzos de la presente temporada futbolística, hinchas del Celtic FC escocés, mostraron en un partido de la ronda previa de la Liga de Campeones en su estadio frente a los israelíes del Hapoel Ber Sheeva  banderas de Palestina en protesta por la ocupación y la política del gobierno de Israel hacia los territorios y la población palestinos, y han promovido una recogida de firmas solicitando al cantante Rod Stewart, conocido fan del equipo, cancelar sus conciertos por el país. Sobre el Celtic ha sobrevolado, por este motivo, la sombra de la sanción al club. Más reciente aún es el apoyo mostrado por la plantilla del Algeciras CF, de la Tercera División española, a los estibadores del puerto de la localidad, en conflicto con el gobierno de España -del Partido Popular (derecha)- por la aplicación de las normativas de la UE en materia de liberalización del sector, siguiendo la estela de Robbie Fowler y Steve McManaman, en sus tiempos de jugadores del Liverpool, mostrando su apoyo con camisetas a los trabajadores portuarios de la ciudad inglesa, motivo por el que fueron reprendidos por la organización europea del fútbol. El propio Rayo Vallecano (de ahí la incoherencia de su presidente a la hora de fichar a Roman Zozulya como una decisión unilateral) y su grupo Bukaneros se ha destacado por la protesta y la reivindicación: contra los horarios del fútbol, ya incluso en su anterior militancia en Segunda y Primera División -motivo por el que Bukaneros llegó a estar una primera vuelta entera en “huelga de animación”-, contra el deshaucio de una anciana vecina del distrito, a favor de los derechos del colectivo LGTBI -en su segunda equipación, la franja roja se convierte en una franja arcoiris- o con la organización por parte de Bukaneros de las jornadas contra el racismo, en las que llegó a participar el fallecido y carismático exguardameta del equipo y de la selección de Nigeria Wilfred Agbonavare, y su participación en el Mondiali Antirrazisti de Italia, donde participan hinchadas de diversos países de Europa y del mundo (http://www.mondialiantirazzisti.org/new/).

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“Tifo” de Bukaneros en solidaridad con la vecina de Vallecas deshauciada y a quien el club ayudó ante su situación.

A raíz precisamente de esa mala reputación que se quiere promover de la protesta “políticamente incorrecta” y de los mensajes genéricos que patrocina la UEFA, y que como denuncia Respect Fans! se quedan en agua de borrajas a la hora de desterrar de las gradas a los ultras de extrema derecha, uno de los ejemplos más rocambolescos de censura y represión de la misma nos lo encontramos en Turquía. La subida al poder del Recep Tayyip Erdogan y su partido, el AKP, ha traído consigo -especialmente desde el golpe de estado fallido de junio de 2016- una oleada de represión sobre los movimientos opositores, especialmente aquellos identificados con las minorías nacionales existentes en la República, como los kurdos o los armenios, cuya existencia no ha sido precisamente tranquila en el moderno estado turco. Çarşı (que en turco significa bazar), el grupo de fanáticos del popular (en las dos vertientes del término, dado que también es el club de las clases trabajadoras) club de fútbol estambuliota del Beşiktaş, han llegado ha ser incluidos en la lista negra de enemigos del estado, acusados de terrorismo y conspiración contra el régimen.

El motivo fue el especial protagonismo del grupo en las protestas que en mayo de 2013 tuvieron lugar en la antigua capital otomana por la construcción por parte de las autoridades turcas, en el emblemático parque Gezi, de una réplica de un cuartel de la época del imperio. Buena parte de la población de la ciudad se echó a la calle a protestar por tal barbaridad, que no sólo significaba la desaparición de este espacio verde sino que figuraba en la estrategia de los islamistas del AKP de entroncar a la moderna Turquía, fundada por Atatürk sobre los pilares del republicanismo, la occidentalización y el laicismo (bien que con altas dosis de autoritarismo que se han ido repitiendo con el paso del tiempo en las numerosas cortapisas a la democracia y las intervenciones militares en la política nacional), con el pasado imperial, en el que la religión y la expansión territorial eran parte de una gloria que muchos -y no sólo en el AKP- tienen aún en mente, en una suerte de ideal de la “Gran Turquía”.

El final de las protestas -que causaron 8 muertos y 8000 heridos- conllevó la búsqueda de chivos expiatorios por el ultraje de haber triunfado, y Çarşı ofrecía una oportunidad de oro para ello. Su carácter izquierdista (en sus banderas pueden verse desde a Atatürk al Che Guevara, pasando por el anarquismo), su vinculación con causas sociales diversas como el veganismo, la distribución de ayuda a los desfavorecidos, el apoyo a las minorías kurda o armenia (“cuando hay una injusticia, estamos siempre del lado de quien la sufre: armenios, kurdos, animalistas, LGBTI, feministas…”, declara Cem Yakışkan, fundador y líder del grupo) y el hecho de que ya en el pasado hubieran participado en protestas contra obras de carácter megalómano, como la de una presa en Hasankeyf que causaría la destrucción de una ciudad antigua. Las protestas, que por una vez y sin que sirva de precedente fueron capaces de unir a los hinchas de los tres principales equipos de Estambul – Beşiktaş, Galatasaray y Fenerbahçe- han llevado a la acusación por “intento de golpe de Estado” a los hinchas del primero (con peticiones de penas que iban de los 3 años de cárcel a la cadena perpetua), acusación calificada como “farsa ridícula” por Amnistía Internacional, que denuncia la arbitrariedad y brutalidad del sistema penal turco (un miembro de la OTAN y fiel aliado de Occidente). Yakışkan afirma que “Nosotros nos reíamos de la situación porque no podíamos llorar. El juez me dijo, ‘estás aquí por intento de golpe de Estado’. Yo le respondí que si tuviéramos tanto poder como para hacer un golpe de Estado, lo habríamos usado para hacer campeón al Beşiktaş”. Al final, aunque los 35 de Çarşı fueron absueltos, la sentencia fue recurrida en el Tribunal Supremo (https://sports.vice.com/es/article/carsi-grupo-hinchas-anarquistas-gobierno-turquia-acusa-).

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Hinchas de los tres principales clubes de Estambul, unidos durante las protestas en el parque Gezi.

Quizá sea Alemania el país que más se ha destacado, a nivel federativo, de clubes y de hinchadas por la erradicación del simbolismo y los comportamientos neonazis. La importancia de este hecho radica no sólo por su historia pasada, sino porque en el presente, el auge de la extrema derecha xenófoba, con movimientos como Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y el partido AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania), movimientos ciudadanos y sociales como los que se expresan a través del deporte y de los grupos de animación en las gradas germanas son esenciales para erradicar una preocupante tendencia al alza, no sólo en el Este -la zona de la ex RDA se convirtió tras la reunificación en un “semillero de fascistas”, como han expresado algunos comentaristas-sino también en el Oeste. Y, sin embargo, tanto en el Este como en el Oeste el movimiento antirracista y antineonazi está en marcha. La simbiosis entre las iniciativas de las hinchadas y las de las instituciones se ve acentuada porque en el país teutón los clubes, además, se rigen a través de un modelo distinto al de otros países del continente como España, Portugal o Reino Unido, donde el modelo de negocio capitalista (magnates, fondos de inversión, sociedades anónimas deportivas) es el que triunfa. “Los clubes del fútbol alemán tradicionalmente han pertenecido a sus socios, quienes poseen la mayoría de las acciones en el ente que controla el equipo. La excepción más conocida hasta ahora había sido la del Wolfsburgo, que pertenece a la fabricante de automóviles Volskwagen, pero en este caso se hace referencia a un club que nació impulsado por los trabajadores de la compañía antes de la Segunda Guerra Mundial” (“Enemigos del fútbol”, cómo el RB Leipzig se convirtió en el club más odiado de Alemania-http://www.bbc.com/mundo/deportes-38894503).

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“Bella Unión sin nazis”. Pancarta del 1.FC Union en su estadio del distrito berlinés de Köpenick.

Clubes como el Rott-Weiss Essen (http://www.media-sportservice.de/2016/11/23/rot-weiss-essen-zehn-jahre-kick-racism-out/), el Arminia Bielefeld (http://www.arminia-ist-mehr.de/projekte/courage/), el Borussia Dortmund, el Dynamo Dresde o el Unión Berlín (https://www.facebook.com/SEoN.FCU/) han desarrollado en su propio seno proyectos para instruir a fans, especialmente de las nuevas generaciones, y futbolistas de la cantera en los valores de integración y respeto. Algunos de ellos cuentan con agrupaciones de fans homosexuales, como los Monaco Queers del Bayern Múnich, los Blaue Bengels del Arminia, los Rainbow Borussen del Dortmund, o asimismo integradas en la iniciativa antirracista europea Respect Fans, como los Eiserner VIRUS del Unión Berlín o los Navajos del Colonia. Y algunas de sus iniciativas han sido de lo más variopintas e imaginativas, no sólo a nivel de conferencias o actividades deportivas integradoras. Entre ellas destaca la formación del club de refugiados FC Lampedusa en Hamburgo, patrocinado por el FC Sankt Pauli; la presentación de una iniciativa por parte del Borussia Dortmund, “Kein bier für rassisten”, para no servir alcohol en los bares de la ciudad a quienes mantengan actitudes xenófobas y discriminatorias (http://www.bvb.de/News/Uebersicht/Kein-Bier-fuer-Rassisten); o la impresión de una equipación oficial del Dynamo Dresde (ciudad en la que además hay que situar las mayores manifestaciones de los xenófobos de Pegida) con el lema “Love Dynamo, hate racism”.

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Hinchas del Werder Bremen muestran su apoyo a los refugiados en las gradas del estadio de la ciudad hanseática.

Hinchadas de Alemania, además, como las del Werder Bremen, Carl Zeiss Jena, Babelsberg 03, Borussia Dortmund o Bayern Múnich, han mostrado en sus graderíos pancartas de apoyo a la acogida de refugiados (http://www.netz-gegen-nazis.de/beitrag/refugees-are-welcome-here-fussball-verbindet-10456), siguiendo con su línea habitual de compromiso social o en algunos casos, como en Jena (localizada en Turingia) o en Potsdam (Brandenburgo, localidad donde radica el “espartaquista” Babelsberg 03, conocido como el Sankt Pauli del Este), ambas en el territorio de la antigua RDA), exponiéndose al rechazo por parte de los fuertes movimientos neonazis locales.

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La Südkurve del FC Carl Zeiss Jena con una pancarta en apoyo a los refugiados en su estadio, el Ernst Abbe Sportfeld.

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Jugadores del Dynamo Dresde posan con la camiseta sacada por el club con el lema “Ama al Dynamo, odia el racismo”.

CONCLUSIÓN: ¿GOL EN EL CAMPO, PAZ EN LA TIERRA?

Es cierto que muchas veces los grupos ultras de fútbol de ideología izquierdista y antifascista no tienen un comportamiento muy ejemplar a la hora de defender sus causas, y que han causado en muchas ocasiones escenas que a nadie gusta ver cuando acude a un estadio de fútbol ni en él ni en los aledaños del mismo. Muchas veces se han presenciado peleas multitudinarias y altercados con grupos rivales no necesariamente de equipos con los que se mantenga una gran rivalidad deportiva, sino precisamente por estar en las antípodas ideológicas, o con grupos políticos como en España el Hogar Social -conocido por su recogida y distribución de alimentos única y exclusivamente a los naturales del país-. Pero al mismo tiempo tenemos que pensar que esa lucha no puede ser únicamente realizada por un grupo de personas agrupadas en torno a una bandera ideológica, la pertenencia a un barrio o ciudad con una idiosincrasia y valores particulares y/o los colores de un club de un club deportivo, mientras el resto se cruza de brazos, limitándose a mover la cabeza con gesto de reprobación y a repetir consignas manidas y falsarias como “todas las ideologías son respetables” (falso: como dijo el profesor Reig Tapia, todas las personas son respetables, nadie puede acabar con su vida, atribuirse un fuero sobre ellas, etc. pero NO todas las ideologías son respetables: por esa regla de tres, se podría legalizar un partido o una organización que propusiera la corrupción de menores o el canibalismo), “ésas no son formas” (lo sabemos, pero ¿qué hacer cuando el resto de la sociedad y los poderes públicos consienten la presencia pública y la impunidad de quienes hacen apología de la dictadura, la intolerancia, la xenofobia, la homofobia, las formas más diversas de discriminación, como la Fundación Nacional Francisco Franco, HazteOír, Pegida, Alternative für Deutschland, Lega Norte, el Front Nationelle, Amanecer Dorado, etc.?, ¿qué mayor violencia, por invisible y blanda que sea, que la que expresaba Almeida Garrett y repetía José Saramago en “Levantado del suelo”:  cuántos individuos deben ser condenados “a la miseria, al trabajo desproporcionado, a la desmoralización, a la infancia, a la ignorancia crapulosa, a la desgracia invencible, a la penuria absoluta, para producir un rico”? y sobre todo “no hay que mezclar el deporte con la política”, cuando a todas luces el deporte es usado por los poderes constituidos y los fácticos para sus propios intereses.

Cuanto más aislados y despreciados se encuentren quienes plantean un modelo de sociedad excluyente, que odie la diferencia, que practique el culto a la violencia y la sangre y conciba la existencia de seres superiores e inferiores -por cuestión de raza, género, identidad sexual, etc.- y explote a sus semejantes y a la Tierra en beneficio de una minoría rica, menos necesidad habrá de que unos pocos individuos, tenidos también por aislados y marginales, tengan que salir a “darse de hostias” con quienes defienden aquellas ideas. Porque, por desgracia, los primeros no se encuentran tan solos -y el caso Zozulya y las muestras de apoyo recibidas por el jugador así lo demuestran- ni parecen ser tan pocos como pueda aparentar un primer vistazo.

Lejos de pensar que esto no va con nosotros y  que el fútbol es sólo fútbol, como niega la presencia de empresarios y grandes inversores en los palcos de los estadios unidos a los políticos invitados a los mismos y los escándalos de corrupción vinculados precisamente a esa connivencia entre dirigentes de la “res pública” y de la “res balompédica”, recordemos de nuevo a Sousa Santos: la cultura, el deporte, la calle, el trabajo, la familia… son espacios políticos, en los que hay relaciones de diálogo, de conflicto y de poder, y en donde, por supuesto, la política que se hace -o se deja de hacer- en el parlamento y el gobierno influye, y mucho. Dejemos de hacer realidad las palabras de La Polla Records en su canción “Gol en el campo”:

“Gol en el campo paz en la tierra.
Qué bonito es el fútbol, qué pasiones despierta
defiende tus colores… sudar la camiseta
qué bonito es el fútbol para los que gobiernan
están pegando el palo sin partido de vuelta
Gol en el campo paz en la tierra.
Justicia corrompida arbitra la contienda
patrón enloquecido despide libremente
y roban la pelota por la extrema derecha
atentos al remate que va directa a puerta
y… Gol en el campo paz en la tierra.”

 

 

 

 

 

 

 

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Yugoslavia: socialismo autogestionario y causas externas en su desintegración

Escudo roto RFS Yugoslavia“Si en 1984, en Sarajevo, hubieseis preguntado a un yugoslavo -que es como se denominaban a sí mismos entonces- si podía imaginar que al cabo de ocho años la ciudad sería un escenario de guerra, se hubiera reído a carcajadas de vosotros […] Lo que ocurrió en Bosnia no fue un espectáculo grotesco balcánico, sino un violento proceso de colapso nacional a manos de manipuladores políticos.”

Peter Maas.

Han pasado veinte años desde que los acuerdos de paz de Dayton pusieran un final bastante cogido con alfileres a la guerra de Bosnia-Herzegovina (1992-1995), la más cruenta y más sonrojante, por el papel que las grandes potencias desempeñaron en ella, de todas las que se desarrollaron en Yugoslavia, el país surgido en 1919, tras el final de la Primera Guerra Mundial, de la unión de los antiguos reinos de Serbia y Montenegro con los territorios de los pueblos eslavos del sur -eslovenos, croatas, musulmanes bosnios y macedonios- dominados hasta entonces por dos de los imperios derrotados en aquella guerra, el austro-húngaro y el turco. Constituida desde 1946 como una República Federal Socialista de seis repúblicas y dos entidades autónomas, sus problemas internos (económicos y nacionales), laminados hasta el fallecimiento de su carismático líder, el mariscal Josip Broz “Tito”, dieron pie a un proceso de separación nacional que se tradujo en una violencia que no se había vivido en la región desde la invasión nazi. Pero, ¿fue sólo el nacionalismo serbio -que alimentó el separatismo esloveno y croata, éste también con una respuesta nacionalista violenta- y la crisis económica interna las únicas explicaciones posibles? ¿Cómo influyeron las posturas de la Unión Europea, los Estados Unidos y las instituciones económicas internacionales en la destrucción del precario equilibrio que sostenía a este “país de países”? Esto es lo que se va intentar realizar en este artículo.

“PANYUGOSLAVISMO”: LA CREACIÓN DEL PRIMER ESTADO YUGOSLAVO

Partamos del principio. A pesar de que la creación de Yugoslavia, vistos los acontecimientos que han conducido a la desmembración de aquel país, pueda resultar un artificio caprichoso que consistió en agrupar a pueblos enfrentados entre sí, especialmente a croatas y serbios (algunos incluso lo atribuyen a un deseo de Gran Bretaña y Francia, vencedores en la “Gran Guerra”, para perjudicar posibles ansias expansionistas de las debilitadas Turquía, Austria y Alemania mediante la creación de un “Estado tapón” como lo fue en cierto modo Checoslovaquia, algo que pudo influir, bien es cierto, en el patrocinio de su creación), la verdad es que la creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur -de “jug”, sur, y “slavo”, procede el término Yugoslavia- era una día que ya aparecía en el siglo XVII, de la mano de Iván Gundulic, y era defendida por movimientos paneslavos meridionales del Imperio Austrohúngaro antes de la PGM.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Escudo de la República Socialista de Serbia. Las fechas de 1804 y 1941 se refieren al inicio de la resistencia serbia frente a turcos y nazis, respectivamente.

Los eslavos del sur llegaron a la zona de los Balcanes entre los siglos VI y VIII. Los serbios, el grupo más numeroso de los que conformaban la antigua Yugoslavia, estuvieron influidos por el Imperio Bizantino, primero, y tras un periodo de independencia que finalizó tras la derrota en la batalla de Kosovo Polje contra los turcos -el motivo de confrontación entre serbios y albaneses kosovares vendrá, precisamente, de la consideración por parte serbia de que Kosovo, o Kosova en albanés, es el lugar de nacimiento de la patria serbia y que ha sido invadida por los albaneses, mientras estos consideran que no tiene sentido tal aseveración, pues los albaneses, descendientes de los antiguos ilirios y tracios, llevaban más tiempo en la región-. Tras un período de dominación turca que duró hasta mediados del siglo XIX, Serbia conquistó de nuevo su independencia, y tras la unión con eslovenos, croatas y serbios que hasta entonces eran súbditos del Imperio Austro-Húngaro, así como con el pequeño reino de Montenegro, formó parte de Yugoslavia.

Escudo de la República Socialista de Croacia

Escudo de la República Socialista de Croacia

Los croatas, por su parte, asentados más hacia el Oeste, se diferenciaron de los serbios en su acercamiento al mundo latino. Si los serbios, más próximos al Imperio Bizantino, escribieron con alfabeto cirílico (inspirado en el griego) y profesaban la fe cristiana ortodoxa, los croatas pasaron a escribir con alfabeto latino y a profesar el catolicismo tras el cisma de Constantinopla de 1054. Croacia estuvo dominada por Hungría y el Imperio Austríaco -exceptuando algunos puntos de Dalmacia, como las ciudades de Rijeka (Fiume) o Dubrovnik (Ragusa), que fueron colonizadas en el Renacimiento por Venecia, y a principios del siglo XIX por Napoleón, que estableció en la costa dálmata sus Provincias Ilirias- y contó con una cierta autonomía, hasta que el final de la PGM y el triunfo de la opción paneslavista que defendía la unión de los pueblos eslavos meridionales en un solo estado llevó a la constitución de Yugoslavia.

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

EScudo de la República Socialista de Eslovenia, con uno de sus símbolos nacionales, el monte Triglav (Tres Cabezas)

Por lo que respecta a los eslovenos, su conexión con el catolicismo y con Austria, que dominó su territorio desde el siglo XIII hasta el final de la Gran Guerra, es muy similar a la de sus vecinos croatas. Anteriormente, el pequeño país había estado gobernado por la dinastía de los condes de Celje, y se encuentra asentado sobre la región -luego república- más rica y de mayor desarrollo económico de todas las que posteriormente formaron la plurinacional nación yugoslava.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

Escudo de la República Socialista de Macedonia, que fue durante un tiempo también el escudo de la Macedonia independiente.

La nacionalidad macedonia, por su parte, ha sido motivo de conflicto hasta nuestros propios días, en los que la hoy república independiente tiene que adaptar su nombre a los deseos de la vecina Grecia para evitar un conflicto internacional y la posibilidad -según la versión helena- de una desestabilización interna dentro de las fronteras de Grecia. A tal extremo que, tras la independencia de la Macedonia yugoslava, el gobierno heleno solicitó el cambio de nombre del país, que finalmente tiene que nombrarse como Antigua República Yugoslava de Macedonia (o FYROM, por sus siglas en inglés). Incluso la primera bandera de la Macedonia independiente, que sobre fondo rojo dibujaba el sol dorado símbolo de Alejandro Magno -una de las herencias, supuestas o reales, sobre las que se basa el orgullo nacional macedonio, aunque el rey de la Macedonia de la Antigüedad guarde escasa o nula relación con la raíz eslava del país actual- tuvo que modificarse por deseo expreso de Grecia. La creación de la república y de la nacionalidad macedonia en Yugoslavia en 1943 obedeció, en primer lugar, al deseo de restar credibilidad a las reivindicaciones búlgaras y griegas sobre el territorio; en segundo lugar, a ayudar a establecer una distinción entre serbios y macedonios; y en tercer lugar, a reforzar la tesis de que las comunidades macedonias de las vecinas Grecia y Bulgaria estaban sometidas a discriminación, hecho claro en el caso griego sobre todo tras la guerra civil de 1946-1949 en este país.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Escudo de la República Socialista de Bosnia-Herzegovina.

Si la cuestión de los macedonios era algo peliagudo, no menos lo era la de los habitantes de Bosnia y Herzegovina, que se ha dado en llamar una “Yugoslavia en pequeño”. Bosnia, y en particular su capital, Sarajevo, el escenario del atentado contra el archiduque y heredero al trono del imperio austro-húngaro, Francisco Fernando, en 1914, detonante (o excusa) del inicio de la PGM, era un mosaico de pueblos dominado primero por los turcos y luego por los austriacos en donde convivían croatas, serbios y “musulmanes” -los llamados bosnios o bosniacos-, que eran descendientes de las poblaciones eslavas convertidas a la religión islámica en la época de dominación otomana -fundamentalmente serbios, aunque fuentes croatas aseveran que eran connacionales suyos, sin que sea descartable que hubiera conversiones al Islam en las zonas de población croata como la Herzegovina-. Otros especialistas, sin embargo, les atribuyen como origen “los turcos que habitaron los Balcanes desde el siglo XIV, y considerados los oriundos de Bosnia” (Carlos Sánchez Hernández). Como el concepto de “musulmán” remitía más a una concepción cultural que a un hecho religioso -con independencia de las creencias particulares-, y más en un estado socialista como la Yugoslavia de Tito, los musulmanes bosnios adquirieron en 1971 el estatus de nacionalidad, del mismo modo que croatas, eslovenos o serbios.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Escudo de la República Socialista de Montenegro.

Los montenegrinos, por hallarse histórica y culturalmente emparentados con los serbios -su religión era la ortodoxa, su lengua era muy similar y su alfabeto era también el cirílico- han llegado a ser bautizados como “los serbios de la costa”. A ello, sin duda, ayudó -o perjudicó, más bien- sus actitudes recientes de apoyo a la política serbia, aunque la independencia reciente y la ruptura de la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro han mitigado. El pequeño país era un estado independiente cuando la unión de los eslavos del sur se produjo, algo debido a la belicosidad de sus gentes y al carácter montañoso e inhóspito del territorio, que dificultaba su conquista.

Aparte de todas estas naciones -término acuñado en la constitución de la República Federal Socialista, que otorgaba a las repúblicas y a sus pueblos el rango de naciones constitutivas de Yugoslavia-, en el interior del que sería el nuevo estado panyugoslavo convivían, además, otras minorías étnicas. Los albaneses, distribuidos fundamentalmente en la región de Kosovo y en zonas próximas a Albania de Montenegro y Macedonia, eran el grupo más numeroso. Además, había una importante minoría húngara en el norte de Serbia, en la Voivodina. Junto a estos dos grupos, hay que destacar a gitanos, judíos, valacos (rumanos), rutenos (ucranianos) e italianos en la zona de Istria (Eslovenia y Croacia), a los que habría que sumar posteriormente los que se quedaron en la zona de Trieste ganada por Yugoslavia tras la SGM.

La creación de un estado que agrupase a los eslavos del sur obedecía al deseo de croatas, eslovenos, serbios y montenegrinos (estos dos últimos, como se ha dicho los únicos que disponían por entonces de un estado propio), quienes consideraban formaban parte de una raíz común, de unirse para mejor defender sus intereses en un entorno en el que estaban rodeados de países con pueblos no eslavos: Hungría, Albania, Grecia, Italia o Rumanía. Tras el estallido de la “Gran Guerra” y la invasión del pequeño reino de Serbia por parte austro-húngara, el gobierno serbio en el exilio contactó con el llamado “Comité Yugoslavo”, integrado por tanto por serbios como por eslovenos y croatas exiliados de los territorios austro-húngaros del Adriático y a quienes disgustaba la promesa hecha por los aliados a Italia de incorporar a los eslavos del Imperio a aquel país.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Ante Trumbic fue uno de los principales miembros del Comité Yugoslavo, y posterior ministro de Exteriores del Reino de Yugoslavia.

Los contactos con el gobierno serbio en el exilio estuvieron rodeados de fricciones. Serbia aspiraba al liderazgo del proyecto, que en cierta medida veía como una forma de realizar las ambiciones de la “Gran Serbia”, aspiración del reino balcánico desde su independencia del imperio turco. Por contra, los representantes del Comité deseaban que la creación del futuro estado yugoslavo se hiciera en pie de igualdad entre todas las nacionalidades que lo conformasen. Este último proyecto era una continuidad del primitivo del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios -referido a los serbios que vivían dentro de Austria-Hungría, como los de Bosnia y Croacia oriental- que se había planteado al efímero emperador Carlos como una entidad autónoma y que, sin embargo, el cansancio de la guerra y el agotamiento del proyecto imperial hacía poco menos que imposible de realizar en el interior del mismo.

El desarrollo final de la guerra, con la disolución en marcha del imperio austro-húngaro (Hungría independiente, Bohemia-Moravia y Eslovaquia unidas en un solo estado, Transilvania cedida a Rumanía…) llevó a la necesidad por parte del comité yugoslavo de depender de Serbia para defender a los territorios eslavos del ya extinto imperio de los intentos de invasión italiana de la costa dálmata, así como a aceptar una unión con Serbia en la que ésta llevaba la voz cantante si querían conservar la unidad con los serbios de Vojvodina y de Bosnia, así como con el diminuto reino de Montenegro, que habían optado por unirse a Serbia. La preponderancia serbia llevó a que el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios pasase a denominarse, en toda una declaración de lo que vendría a ser posteriormente la Yugoslavia monárquica, el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos bajo el mando de la dinastía reinante en Serbia, los Karageordjevic.

UN SOCIALISMO PECULIAR EN LA YUGOSLAVIA DE TITO

En los años previos al segundo conflicto bélico mundial, se observó una tendencia hacia un mayor control político de la monarquía serbia, que implantó una dictadura en 1928 tras el asesinato de un parlamentario montenegrino a manos de un croata. Las demandas de autonomía de las nacionalidades eslovena y croata se vieron cortadas de raíz por una reforma administrativa que dividía el país en provincias que no tenían en cuenta la división nacional y lingüística, al tiempo que el país se rebautizaba como Yugoslavia. Los movimientos nacionalistas de la periferia se hicieron, por su parte, más profascistas, de tal suerte que en Croacia nacía la Ustasha, una organización de corte fascista dirigida por Ante Pavelic, organización que asesinaría al rey Alejandro I en 1934 durante sus vacaciones en Marsella. El sucesor, Pedro II, emprendería alguna tibia medida para contentar a los croatas, como agrupar en una sola provincia autónoma a los territorios croatas. Sin embargo, tras la invasión del país por la Alemania hitleriana, los “ustashes” de Pavelic, apoyados por los nazis, crearon el Estado Independiente de Croacia, desarrollaron una política de “limpieza étnica” para con los serbios que habitaban los territorios croatas de Krajina y Eslavonia, escenarios en los años noventa de un proceso similar, pero a la inversa.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Cartel de propaganda de la Ustasha croata.

Tras la invasión del país, los serbios crearon también una organización propia de resistencia, los “chetniks”, de corte nacionalista y monárquico, quienes llegaron a actuar también de forma indiscriminada contra los croatas. Para completar este espectáculo de horror, cuyo recuerdo fue resucitado posteriormente por los nacionalistas con objeto de alimentar los odios y los miedos de la población y ganar adhesiones, también llegaron a actuar milicias musulmanas de conformidad con los deseos de los nazis, colaborando en el asesinato de judíos y enemigos políticos y étnicos. El único grupo que pudo aglutinar a una resistencia nacional yugoslava contra el invasor nazi y los colaboracionistas (y que por este motivo se enfrentó a los “chetniks” a pesar de unos primeros tiempos de cooperación), fue el ilegalizado Partido Comunista y sus partisanos, que, aunque con una presencia destacada de serbios en sus filas, agrupaba a todos los grupos nacionales del país y estaba dirigido por Josip Broz “Tito”, un veterano comunista de madre eslovena y padre croata que ya había colaborado en el reclutamiento de voluntarios para las Brigadas Internacionales en España (aunque, al contrario de lo que apuntan algunas fuentes, no llegó a combatir con los republicanos españoles).

Partisanos yugoslavos.

Partisanos yugoslavos.

Bajo la égida del PCY, y con el apoyo -como sucedió en la España republicana y en los países del Este de Europa, Italia o Francia- de sectores ajenos a la militancia obrera, como la burguesía progresista o la intelectualidad antifascista, que se incorporaron a las filas comunistas y partisanas por el creciente prestigio del partido en la lucha por la liberación nacional, Tito y sus hombres lograron liberar gran parte de Yugoslavia de la dominación nazi-contra lo que ha sido manifestado en algunos medios y reportajes televisivos, la ayuda soviética no fue esencial para la liberación de Yugoslavia; en 1942 los partisanos controlaban gran parte de Bosnia, la costa dálmata y el interior de Croacia, y en 1944 la mayor parte de las zonas montañosas del país, lo que equivalía, por la especial orografía del territorio yugoslavo, a decir casi todo-. En noviembre de 1942, fue creado el AVNOJ (Antifascisticko Viceje Narodnog Oslobdnejna Jugoslavije, Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia). En 1944, con el ejército alemán en desbandada tras el desembarco británico en Grecia, y con el creciente hostigamiento partisano en Albania y Yugoslavia, las tropas soviéticas entraron en el país desde Bulgaria. El Ejército Rojo y las tropas de Tito, que habían llegado a alcanzar los 800.000 combatientes, entraron entonces en Belgrado.

Josip Broz, "Tito" (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Josip Broz, “Tito” (izquierda), en una fotografía de su época de líder de los partisanos de Yugoslavia.

Los comunistas se convirtieron pronto en los dominadores del país e impusieron el régimen socialista. Aunque al principio Tito se mostró fiel a los principios ortodoxos procedentes de Moscú, y se desarrollaron los planes de reforma agraria, nacionalización de las industrias básicas y confiscación de las propiedades pertenecientes a colaboracionistas y fascistas, pronto se inició un camino socialista distinto para el país, alejado de los principios estalinistas que, poco a poco y tras la asunción de un mayor control por parte de la URSS -a través de los partidos comunistas locales, que asumieron todo el poder- de las democracias populares (que fueron sustituidas, en la práctica, por regímenes socialistas puros) iban implantándose en el centro y el oriente europeos.

La ruptura con la URSS comenzó a cimentarse incluso antes de la revolución, cuando se comenzaron a sentar las bases del “socialismo autogestionario” yugoslavo, que el PCY ya había desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial en casi todas las industrias abandonadas por sus propietarios, y se implantaba “en Yugoslavia de forma pacifica y, paradójicamente, lo que tantos sacrificios y esfuerzos fallidos había costado en otras partes a la clase obrera era ahora alentado desde el poder” (Antonio José Romero Ramírez). Este hecho y este concepto, que han quedado olvidados y casi desaparecidos en la literatura especializada sobre la temática acerca de Yugoslavia y los Balcanes, merece ser recuperado por cuanto, a pesar de su fracaso y del fracaso que supuso el mantenimiento de la unidad plurinacional del estado yugoslavo, supone una experiencia valiosa a la hora de examinar alternativas o “terceras vías” útiles frente al capitalismo triunfante y triunfalista, pese a que sus efectos sobre la calidad de vida de millones de seres humanos o el medio ambiente son notorios, y a los regímenes burocráticos mal bautizados como socialistas o comunistas hundidos en la Europa Central y del Este en 1989.

A esa heterodoxia a la hora de aplicar el socialismo por parte yugoslava se unían otras rencillas como la división interna del PCY fomentada por Stalin acerca del apoyo del líder soviético a la independencia de Croacia, en un período en que el partido yugoslavo estaba dividido en posturas centralistas y federalistas, o la persecución de Stalin hacia comunistas yugoslavos exiliados en la URSS por apoyar a la oposición de izquierdas. Además, los yugoslavos denunciaban abusos cometidos por las tropas del Ejército Rojo sobre la población tras su entrada en el país. La ruptura, sin embargo, llegó con el apoyo prestado por Tito a los izquierdistas del ELAS, el Ejército de Liberación Nacional griego, que tras haber luchado contra los nazis en suelo heleno, se veían obligados ahora a pelear en una cruenta guerra civil contra el gobierno monárquico derechista, apoyado por Gran Bretaña, que les había estado persiguiendo desde el desembarco británico. En virtud del reparto de zonas de influencia en los Balcanes entre Churchill y Stalin en su reunión en Moscú en 1944, Grecia caía en la zona de influencia británica, mientras Bulgaria y Rumanía quedaban para la URSS. Por tal motivo, Stalin hacía reiteradas llamadas al cese de la ayuda yugoslava al ELAS.

A esto se sumaba la intención de Tito de crear una Federación Balcánica con Bulgaria y Albania, a lo que Stalin se oponía tajantemente. En 1948, en una reunión de la Kominform -la efímera Oficina de Información de los Partidos Comunistas, heredera de la Komintern disuelta por Stalin en un gesto de buena voluntad para con sus aliados occidentales- se expulsó formalmente al PCY, que no tuvo delegados presentes en ella, bajo la acusación de revisionismo. Yugoslavia dejó de pertenecer al bloque soviético, cuyos estados miembros sometieron al país a bloqueo.

La situación dejó a Tito y a Yugoslavia dos únicas alternativa: fomentar un modelo de desarrollo socialista diferente al estalinismo, y buscar aliados, especialmente comerciales, en naciones occidentales y del Tercer Mundo que recién comenzaba a independizarse, lo que dio lugar a que Yugoslavia liderase el Movimiento de Países No Alineados, del cual Tito, junto con Gamal Abdel Nasser, el presidente egipcio, y Jawalharlal Nehru, uno de los líderes de la independencia de la India, fueron sus principales representantes.

El socialismo autogestionario yugoslavo fue una experiencia única y singular en el mundo de la Guerra Fría, dividido en los bloques soviético y occidental que representaban dos formas enfrentadas de concepción política y socio-económica. Yugoslavia, distanciada de la URSS, comenzó a desarrollar un modelo socialista propio que los ideólogos de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (la nueva denominación del partido), entre los que destacaba Eduard Kardelj, un compañero de lucha del mariscal Tito, definían como más próximo a las tradiciones marxistas y a los principios del socialismo democrático. En esta “vía yugoslava al socialismo” era necesario tener en cuenta las peculiaridades nacionales, de tal suerte que “el marxismo debía entenderse como un método abierto de análisis y orientación política, adaptado a las circunstancias cambiantes de cada caso nacional, y no como una rígida fórmula aplicable a cualquier situación y diseñada para mantener un sistema de dominio internacional” (José Carlos Lechado).

Hay quienes afirman que Tito partió de sus experiencias españolas -cosa harto dudosa, por cuanto el líder yugoslavo no estuvo en España- para poner en marcha el proceso autogestionario. Ahora bien, es posible que los veteranos yugoslavos de las Brigadas Internacionales, y que suponían el sostén del mariscal en su pugna contra la URSS y contra el sector prosoviético del partido, pudieran aconsejarle en este sentido en virtud de sus experiencias en la España republicana. Sea como fuere, el socialismo autogestionario tenía algunos otros antecedentes, que se remontaban hasta la Comuna de París.

Frente a la toma centralizada de decisiones que era característica del burocratismo soviético, y que se extendería hacia los regímenes del centro y el este de Europa entre mediados y finales de los 1940, el modelo yugoslavo aspiraba a la descentralización en la toma de decisiones en las fábricas, empresas y cooperativas, dando mayor poder a los trabajadores frente a los cuadros técnicos del partido. Frente al dirigismo desde arriba en cuanto a la planificación económica, la famosa planificación centralizada, el sistema yugoslavo se basaba en la planificación dirigida, a través de una serie de directrices básicas a partir de las cuales las empresas contaban con una amplia libertad de decisión. Asimismo, se establecían mecanismos de mercado, tales como la competencia entre empresas.

La Liga de los Comunistas de Yugoslavia conservaba el monopolio del poder político, pero en el ámbito económico y administrativo la descentralización y la introducción de mecanismos “democráticos” trataban de contrapesar, de dejar en un segundo plano, ese monopolio, siquiera fuera de modo formal. “El aparato del partido y el estado quedaban así, al menos formalmente, relegados a un plano secundario, procurando dejar expedita la vía yugoslava hacia la autogestión. Las bases de este cambio quedarían plasmadas en la Constitución de 1953, según la cual la nueva organización social y política del país descansaría sobre la propiedad social de los medios de producción, la autogestión de los trabajadores en la economía y el autogobierno de los ciudadanos en la comuna” (Romero Ramírez). En el plano económico, la asamblea de personal y los consejos obreros, como representantes de los trabajadores, tenían amplias facultades de decisión – contratación, vivienda, reclamaciones, productividad, seguridad, higiene, etc. en el caso de la primera; reglamentos internos de la empresa, planes financieros y de producción, sus programas de inversiones y amortizaciones, aprobar el balance y las cuentas de la empresa, o dirigir la política de personal en el del segundo-. Los miembros del consejo obrero eran elegidos por el personal, con posibilidad de revocación en cualquier momento y no se les podía reelegir de inmediato. Los miembros del comité de dirección eran elegidos por el consejo obrero, a quienes les correspondía la gestión y ejecución de las políticas aprobadas en él y podían ser elegidos de entre todos los empleados, si bien “dada la complejidad de los temas abordados, el consejo obrero cuenta con comisiones especializadas que actuarían bajo su supervisión y control. Una de dichas comisiones -integrada por representantes del personal, del sindicato y de las autoridades locales- es la encargada de juzgar en concurso público a los candidatos a la dirección y a los puestos directivos.” El director, por su parte, es responsable técnico y administrativo, ejerce la representación de la empresa ante otras organizaciones y el Estado, y sus facultades en cuanto a despidos, contrataciones y otras se encuentran disminuidas por cuanto o son propias de o necesita del consentimiento del comité de gestión (del cual el director es miembro de oficio) o del consejo obrero (al que, por contra, no puede pertenecer).

El corolario del sistema de autogestión en el mundo económico y laboral fue la aprobación, junto con la de la Constitución de 1974, de la Ley de Bases del Trabajo Asociado, que daba mayor capacidad de decisión a las empresas en la toma de decisiones y, dentro de éstas, “todos estarían implicados en la toma de decisiones, independientemente del lugar que ocupen en la organización.”

Todor Kuljic expone, a modo de resumen, el funcionamiento práctico de la autogestión en el interior de las empresas yugoslavas:

“Las decisiones que se tomaban en las plantas de producción, se hacían de forma independiente; los consejos obreros eran soberanos, aunque estuvieran bajo el auspicio del partido gobernante. Se diferenciaban varios aspectos: aquéllos en los que los consejos obreros eran soberanos, y otros en los que dependían de los decretos procedentes de las autoridades […] Existían, por tanto, tres áreas: una primera área relacionada con las cuestiones puramente técnicas, una segunda dedicada a los asuntos de distribución dentro de la planta y la tercera, que hacía referencia al problema de la administración de cuadros. En estos casos, el comité del partido siempre tenía la última palabra y no existían decisiones soberanas por parte de los consejos obreros. Se podría decir que era una democracia directa mixta compuesta por varias capas. No obstante, si la comparamos, por ejemplo, con el estado actual en el que se encuentra Yugoslavia, donde impera una especie de capitalismo salvaje, podríamos decir que era una democracia que funcionaba relativamente bien […] Por ejemplo, en lo que respecta a los trabajadores, éstos no podían perder sus trabajos si el consejo laboral no se encontraba activo. La decisión final no dependía de la dirección. El consejo laboral, representado también por los trabajadores, decidía la valía de un trabajador. Hoy en día, únicamente son válidos los decretos. Asimismo, los consejos laborales eran soberanos en otros asuntos sociales, como era el caso de los apartamentos, vacaciones y distribución de ingresos.”

Sin obviar los problemas, Kuljic expone la necesidad de que la autogestión suponga, como hemos comentado unas páginas más arriba, una alternativa constructiva al capitalismo que se ha introducido -en algunos casos, cuando menos, en forma de “capitalismo de amiguetes”, y en su vertiente más lapidaria, en modo de “capitalismo mafioso”- en los nuevos estados balcánicos. Pese a sus errores, que más adelante examinaremos, afirma, “bajo mi punto de vista, la autogestión no puede morir nunca.”

Pero antes de pasar a ellos, es necesario comentar que la autogestión no se limitaba -o no aspiraba a limitarse- solamente al plano económico y laboral. Tal y como establecía la Constitución yugoslava de 1953, “el pueblo trabajador dispone de la comuna como organización político-territorial y comunidad socioeconómica de base, y como principal instrumento, por tanto, para el autogobierno de las instituciones económicas, sociales y políticas.” La comuna municipal, la institución de gobierno local, se regía también por los principios del socialismo “a la yugoslava”.

Con un antecedente nacional claro, la democracia radical serbia decimonónica (Kuljic), la comuna es una agrupación tanto cívica como económica, y en ella se dirimen asuntos de administración local como de organización económica. El comité popular de la comuna, órgano legislativo de la misma, se encuentra dividido en un consejo ciudadano, el consejo comunal, elegible por todos los ciudadanos, y un consejo económico o consejo de productores, resultado de la elección por parte de aquellos actores de las tres ramas de la economía -agricultura, industria y servicios-. Tanto en uno como en otro caso el mandato es por cuatro años La autoridad máxima del Comité Popular es el presidente, asistido en sus funciones por un funcionario profesional que ejerce de secretario del comité. El comité popular decide, de acuerdo con los principios aplicables a la autogestión en las empresas, sobre cuestiones que afectan a la vida ciudadana local: administración local, escuelas, instituciones científicas, culturales y recreativas, sanidad, vivienda… “La organización comunitaria asegura el contacto directo y el control del individuo sobre aquellos asuntos que como ciudadano o como trabajador le pudiesen afectar” (Romero Ramírez).

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

Zagreb, capital de Croacia, en la época del mariscal Tito.

A lo largo de los primeros años de la Yugoslavia socialista posterior a la ruptura con Stalin, se introdujeron otros mecanismos liberalizadores, en especial en el campo, donde se relajaron los controles burocráticos, se abolió la venta obligatoria de alimentos al Estado, se sustituyó el anterior régimen de estaciones estatales de maquinaria agrícola por uno nuevo en el que la propiedad correspondía a las cooperativas y se alentó la formación de pequeñas propiedades privadas. Yugoslavia, además, se convirtió en un socio estratégico de EE.UU. y Gran Bretaña, para quienes la presencia de un país comunista no adscrito a la política soviética no dejaba de resultarles ventajosa. Así, a lo largo de la existencia del estado federal, Yugoslavia buscó y recibió ayudas llevó a cabo acuerdos comerciales tanto con Occidente como con el Este de Europa, cuando la muerte de Stalin y la relajación de las políticas hostiles desde Moscú alentaron el acercamiento entre Belgrado y el bloque soviético.

Sin embargo, el modelo autogestionario yugoslavo contó a lo largo de la existencia de la república socialista con diversas carencias. En primer lugar, la combinación de un socialismo autogestionario, de amplia descentralización (también a nivel de nacionalidades o repúblicas, como veremos a continuación) y participación popular casaba mal con la existencia de un régimen de partido único. De este modo, la práctica de la democracia directa sólo estuvo presente en los escalones inferiores de las empresas y las comunas, mientras que los puestos más altos en la escala, aquellos para los que se requiere una mayor preparación, sea técnica en el caso de las empresas, o administrativa en el caso de las funciones organizativas de los municipios y repúblicas, recaerán en manos de una clase dirigente vinculada a la LCY. Aunque, a diferencia de lo ocurrido en otros países de régimen socialista, en Yugoslavia trató de evitarse la confusión entre el partido y el Estado.

Relacionado con lo anterior, factores socio-económicos, educativos y culturales de la población dificultaban la puesta en marcha del modelo autogestionario, al menos en el corto plazo. Al final de la SGM, Yugoslavia era un país pobre, destrozado por el conflicto, con altas tasas de analfabetismo y una división interna causada por las luchas entre chetniks, ustashes y partisanos. No todo el mundo, ni muchas zonas del país, se encontraban adecuadamente preparados -en conocimientos, técnica, etc.- para el desarrollo del modelo autogestionario. Además, había que contar con las dificultades que conllevaba la transición desde una sociedad autoritaria, socialmente conservadora y fuertemente afectada por valores religiosos a un modelo que, al menos en teoría, otorgaba a los trabajadores y a los ciudadanos un amplio poder de decisión en lo que respectaba a la organización laboral y social. Así, Eslovenia, la república más rica, sería la que desarrollaría de una forma más brillante el modelo autogestionario, mientras las regiones y repúblicas del sur, como Kosovo, Macedonia o Montenegro, las más atrasadas, serían aquellas en las que se encontrarían más dificultades, haciendo que de este modo el norte mantuviera sus diferencias de desarrollo. A la larga, sin embargo, lo que se observó en todo el país fue un cierto desencanto y apatía en cuanto a la intervención obrera en los órganos de autogestión, y a la búsqueda de la defensa de sus intereses a través del uso de mecanismos comunes a los de la clase trabajadora de cualquier otro lugar, como la huelga (lo que se evidenció especialmente en los años ochenta y primeros noventa con los programas de ajuste estructural del FMI). “Parece paradójico, pues, que […] el sistema de autogestión yugoslava reproduzca el mismo modelo de relaciones laborales conflictivas que en principio deberia de haber contribuido a eliminar” (Romero Ramírez).

En tercer lugar, la economía yugoslava, con su combinación de socialismo y mercado, sufrió fuertes desequilibrios. Aunque hubo algunas diferencias sensibles con respecto a las economías de planificación central -el derecho reconocido de sus ciudadanos a emigrar, la mayor concentración en los bienes de consumo frente a los de equipo-, la ausencia de órganos de coordinación y planificación y la tendencia a la concentración empresarial, que favoreció la aparición de la tecnocracia dirigente, generaron, a la larga, algunos de los factores en los que se asentó la crisis económica y política que dio lugar a la desintegración de la república federal: una fuerte inflación, una creciente deuda externa, el mantenimiento de las diferencias de desarrollo entre repúblicas o un mayor desempleo -y por añadidura una mayor emigración-. Uno de los primeros disidentes yugoslavos, Milovan Djilas, ex vicepresidente de la república, criticaba desde una posición marxista que el modelo yugoslavo estaba reuniendo los peores aspectos del “socialismo real” y del capitalismo. En sus conclusiones, el profesor Romero Ramírez expone que “la construcción de una sociedad autogestionaria no podría descansar, única y exclusivamente, en la propiedad social de los medios de producción, ni en un ordenamiento legal que confiriese a los trabajadores el estatus y la responsabilidad de regir la vida social y económica, sin atajar antes todos los factores que conducen a la desigualdad y a la consagración de las jerarquías.”

Con todo, el modelo yugoslavo permitió a una sociedad fuertemente atrasada económica, técnica y a nivel educativo superar estos problemas en un período de tiempo relativamente corto. Asimismo, la muestra de que existía una forma distinta de hacer las cosas, pese a que la autogestión desarrollada en los Balcanes estuviera fuertemente desnaturalizada, debe ser útil de cara al futuro o, cuando menos, no ser obviada por los acontecimientos producidos con posterioridad en el área.

UN EQUILIBRIO PRECARIO ENTRE EL CENTRO Y LAS REPÚBLICAS

Imagen8Las repúblicas eran el escalón último de la descentralización administrativa en Yugoslavia. La Constitución de 1946 proclamaba la división del país en seis repúblicas federadas, una provincia y una región autónomas. Las seis repúblicas eran Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia. La provincia autónoma de Vojvodina, donde se encontraba una importante minoría húngara, y la región autónoma de Kosovo-Metohija, de mayoría de población albanesa (y de estatus menor al de Vojvodina) se enclavaban dentro de la república de Serbia. Posteriormente, sin embargo, Kosovo recibiría el estatus de provincia y perdería el nombre compuesto, suprimiéndose la denominación serbia de Metohija, que resultaba ofensiva para la población albanesa.

La configuración, o más bien la adscripción a cada una de las principales minorías del país a una república o a una provincia se realizó por el siguiente criterio, según explica Carlos Taibo: a cada nación constitutiva de Yugoslavia -eslovenos, croatas, serbios, bosniacos…- le correspondía una república federada. Sin embargo, los húngaros -y, junto a ellos, los antiguos serbios de Hungría que vivían en la Vojvodina- y la importante minoría albanesa eran consideradas nacionalidades, por cuanto su nación constitutiva se encontraba en otro estado independiente fuera de las fronteras de Yugoslavia, en su caso Hungría y Albania. Por este motivo, en la división administrativa a Vojvodina y Kosovo sólo se les concedió el estatus de provincia. Las reivindicaciones para elevar su rango al de república, similar al de las otras seis, eran además más intensas en Kosovo que en Vojvodina, dado que la población serbia era mayoría en esta última. No obstante, tras la reforma constitucional de 1974, ambas provincias disfrutaron, en la práctica, de un estatus similar al de las repúblicas, incluyendo la participación, con un representante elegido por sus respectivos parlamentos autónomos, en la presidencia colegiada de Yugoslavia que habría de suceder a la presidencia unipersonal de Tito a su fallecimiento.

A lo largo de los años del liderazgo del mariscal, la tensión entre centralistas y federalistas se fue resolviendo hacia fuera, concediendo en las reformas constitucionales una mayor autonomía y descentralización a las repúblicas. Al mismo tiempo, Tito se mostró implacable con las veleidades nacionalistas de Eslovenia y Croacia, por un lado, y los impulsos de recentralización de Serbia, ya pertenecieran a la oposición o a facciones locales de la LCY. Los intentos de Tito de llevar a cabo un cierto equilibrio entre el centro y las repúblicas chocaron, sin embargo, con su incapacidad para lograr crear un sentimiento nacional yugoslavo lo suficientemente fuerte como para estar por encima de diferencias étnicas o nacionales como las que estallaron a lo largo de las dos décadas posteriores a su fallecimiento. Esto, no obstante, no fue una tara exclusivamente del líder comunista yugoslavo: ya hemos visto que a lo largo de la existencia del reino de entreguerras fue también casi imposible articular un sentimiento nacional paneslavo en el país. Y, a pesar de ello, según las estadísticas proporcionadas por Taibo, a la muerte de Tito había subido en una gran proporción el número de personas que se declaraban “yugoslavas” a secas: en 1971 eran 273.000; en 1981 representaban más de un millón doscientas mil, con porcentajes más elevados en Croacia que en Macedonia.

Las tensiones entre el centro y la periferia guardan también relación con los problemas económicos que acabaron agudizando los conflictos internos de Yugoslavia. La descentralización de la política económica, sobre todo a partir de 1965, cuando el gobierno federal perdió gran parte de su capacidad de control sobre la actividad económica, generó una descoordinación de las políticas seguidas por parte de las diferentes repúblicas que aumentaron los desequilibrios, perjudicaron la toma de decisiones en materia fiscal, de política monetaria, de inversiones o de política de precios y penalizaron, a la larga, el desarrollo de las regiones más desfavorecidas, que siguieron creciendo a menor ritmo que las repúblicas septentrionales más desarrolladas. Eslovenos y croatas, preocupados por la integración en el mercado mundial, la inversión según criterios de racionalidad y rentabilidad y la competitividad de sus industrias, criticaban la adopción de un programa de inversiones destinado a la creación de “fábricas políticas” en Bosnia y Kosovo (la inversión en estas dos zonas motivadas, según ellos, por objetivos políticos, aunque se tratase de explicar por la necesidad de industrializar y desarrollar estas regiones) y la política del Fondo Federal para el Desarrollo de las Regiones Subdesarrolladas. La controversia en la materia, que se mantuvo a lo largo del tiempo, fue perjudicial a la hora de que el gobierno federal dispusiera una política adecuada para solventar los problemas del país. Podría llegar a decirse, incluso, que lejos de una “solidaridad entre repúblicas” (como se quiso bautizar el sistema federal), lo que se dio fue una suerte de “insolidaridad entre repúblicas”, especialmente en lo que respecta a la redistribución de la riqueza nacional entre las regiones más ricas y más pobres. En resumen: “el término “fragmentación del mercado” fue acuñado por los expertos de la OCDE (1984) para referirse a la situación provocada por la aplicación de los principios autogestionarios al marco de las relaciones económicas entre las diversas repúblicas. De acuerdo con el ordenamiento legal, cada república y provincia autónoma de las que integraban el antiguo estado federal yugoslavo disponía de una amplia discrecionalidad en materia económica […] Esta amplia autonomía de unas repúblicas a otras tuvo como consecuencia más inmediata la descoordinación en la política econ6mica nacional, provocando, a su vez, altas tasas de desempleo y de inflación; pero, sobre todo, propició que las diversas repúblicas arbitrasen los procedimientos adecuados para frenar la redistribución de la renta nacional a favor de sus propias economías locales” (Romero Ramírez). Un escenario que se complicó aún más con la intervención, nuevamente malograda, de las instituciones financieras mundiales, en un marco de crisis institucional y manipulaciones nacionalistas.

CAUSAS EXTERNAS DE LA CRISIS

Imagen9La muerte del mariscal Tito se produjo el 4 de mayo de 1980 en Liubliana, capital de Eslovenia. El viaje de su féretro hasta Belgrado fue seguido de forma significativa por multitud de yugoslavos, pero su muerte no significaba sólo, de una manera simbólica, dejar huérfanos a todos aquellos ciudadanos de la Yugoslavia socialista y multiétnica que había forjado a lo largo de treinta y cinco años. A su fallecimiento, el sistema político y económico del país se encontraba ante un desafío: la deuda exterior, el desempleo y la elevada inflación se habían convertido en problemas severos, así como las diferencias de desarrollo permanentes entre el norte y el sur del país. Paralelamente, a pesar de las reformas políticas que otorgaban mayor autonomía a las repúblicas y a las provincias autónomas y a la puesta en marcha de la presidencia colectiva y rotatoria tras el fallecimiento del mariscal -que había ejercido como presidente vitalicio del país, si bien con un cargo más de representación exterior que con funciones típicas de alto magistrado de la Nación-, tal y como se había previsto en la reforma constitucional de 1974, las tensiones nacionales se mantuvieron a lo largo de las décadas siguientes.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

Miles de personas asisten al desfile del féretro de Tito por las calles de Belgrado.

A lo largo de los años venideros, en el seno del parlamento federal y la Liga de los Comunistas de Yugoslavia trató de abordarse este problema, desde las perspectivas de una descentralización mayor, lo que habría dado lugar a una estructura más confederal que federal al país -una solución que apareció a principios de los noventa, cuando las posturas intransigentes, en especial del nacionalismo serbio, hicieron fracasar esta solución- o de una recentralización que confiriera mayor poder al centro federal para poder coordinar áreas sobe todo económicas. Al mismo tiempo, y en este sentido, se enfrentaban también posturas partidarias de la introducción de medidas liberalizadoras de la economía y otras más conservadoras, más ortodoxas desde el punto de vista del socialismo, en la materia. Como quiera que las posturas discordantes centralización-descentralización y liberalismo-conservadurismo en materia económica estaban confundidas en las cúpulas dirigentes de las ligas de los comunistas locales, de tal suerte que los que defendían la descentralización administrativa no siempre eran partidarios de la liberalización económica (y al revés en el caso del otro binomio), “esta división hizo imposible cualquier acuerdo común sobre la reforma constitucional” (Carlos Taibo).

Un problema que agudizaría los conflictos era que, salvo Eslovenia, que era relativamente homogénea en términos étnicos (esta razón, junto con el hecho de que no tuviera fronteras comunes con Serbia, harían que la guerra de secesión de esta república fuera casi una “guerra relámpago”), casi todas las repúblicas tenían un alto número de población minoritaria de otras etnias, lo que daba lugar a que los conflictos independentistas y el nacionalismo exacerbado tuviera como víctimas especiales a estas poblaciones. Había una importante minoría serbia, como ya se ha citado anteriormente, en Croacia. En Serbia, húngaros y sobre todo albaneses en las provincias autónomas. Bosnia era un cóctel multiétnico. Y también había importantes minorías albanesas en Macedonia y Montenegro, república ésta que además contaba con un alto porcentaje de población serbia.

A partir de mediados de los ochenta, el nacionalismo, en franca conexión con la crisis económica (agudizada además por factores externos que pasaremos posteriormente a examinar) comenzó a hacer de las suyas en las diferentes repúblicas. Sobre este tema se ha escrito mucho, y como exponen muchos autores, las raíces más violentas y expansionistas, de raíz irredentista, comenzaron a observarse en Serbia, donde un funcionario de la Liga de los Comunistas, Slobodan Milosevic, dispuesto a conseguir el poder en la república sin importar el establecimiento de extrañas alianzas con este sector político -e incluso sin importarle poner en riesgo la propia permanencia de la federación- alimentó desde el poder el nacionalismo si le podía granjear apoyos, y posteriormente votos. Conocidas son sus primeras manifestaciones, suspendiendo la autonomía de Vojvodina y Kosovo, liderando la manifestación ultranacionalista de Kosovo Polje y la continuación de las mismas con el apoyo a las milicias serbias en Krajina, Eslavonia Oriental y Bosnia Oriental. Pero Milosevic no fue el único, aunque fuese el primero, en mostrar oportunismo a raíz de la descomposición interna yugoslava -quién sabe si alentada además por este tipo de personalidades- y de la progresiva caída de los regímenes comunistas en Europa Central y Oriental. Milan Kucan, el primer presidente esloveno elegido en elecciones pluripartidistas, era un antiguo miembro de la Liga de los Comunistas. Y Franjo Tudjman, el primer presidente de la Croacia pluripartidista y luego de la república independiente, había sido partisano a las órdenes de Tito y general del ejército federal, y en 1989 pasó a defender, con esa extraña fe del converso, la política de exterminio bajo argumentos divinos (“el genocidio es un fenómeno natural, no sólo permitido, sino ordenado por la palabra del Todopoderoso para la superviviencia del reino de la nación escogida o para la preservación y difusión de su fe, la única verdadera”) e hizo apología del régimen fascista títere del Estado Libre de Croacia de Ante Pavelic. No deja de resultar sorprendente que estos dos personajes, Milosevic y Tudjman, dos oportunistas políticos que hicieron bandera de la causa nacionalista; que levantaron dos regímenes corruptos y autoritarios en Zagreb y Belgrado; que apoyaron -cuando no lo fueron directamente ellos mismos- a criminales de guerra y apologistas de la violencia como Radovan Karadzic y Ratko Mladic en el caso del primero o Mate Boban y Ante Gotovina en el del segundo; y que proyectaron repartirse Bosnia-Herzegovina a través de los acuerdos de Karadjordjevo (marzo de 1991) y Graz (mayo de 1992), aparecieran sentados en Dayton en 1995 firmando como hombres de Estado los acuerdos de paz que daban por finiquitado el conflicto bosnio -y, en los hechos, el gobierno multiétnico del país y sancionaban poco más o menos la política de conquista y limpieza étnica desarrollada a lo largo de los tres años anteriores-.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Slobodan Milosevic en el discurso ante los serbios de Kosovo en el verano de 1989. Este hecho fue el comienzo de su fulgurante carrera política, al amparo de un nacionalismo agresivo que contribuyó a alimentar.

Lo de Dayton puede interpretarse, poco más o menos, como una nueva cumbre en la cadena de despropósitos de la comunidad internacional en su forma de tratar los asuntos referentes a Yugoslavia. Es curioso que un país que había sido especialmente bien tratado por la Unión Europa o los Estados Unidos por ser un estado socialista heterodoxo, alejado de la órbita de Moscú, fuera sin embargo tan poco conocido en cuanto a sus asuntos internos como para que durante cinco años (1990-1995), o más si contamos con el triste epílogo del conflicto kosovar, estuviera sembrando cadáveres y dando pie a explicaciones simplistas como una suerte de males atávicos que se pretendían remontar a las guerras balcánicas de casi cien años antes.

Por descontado, fueron los problemas internos de Yugoslavia la causa principal de que se desencadenaran los conflictos que se fueron sucediendo, desde la breve “Guerra de los Diez Días”  en Eslovenia de la primavera de 1991 hasta la larga guerra civil bosnia de 1992 a 1995. Pero todos esos problemas se vieron agudizados por la actuación de una serie de agentes de fuera que aportaron “leña al fuego” en este asunto, bien por acción o por omisión. Si bien Yugoslavia o los Balcanes en general, como explica el profesor Taibo, había dejado de ser el área estratégica que fue cuando tuvieron lugar las independencias del imperio otomano del siglo XIX o las guerras balcánicas previas a la PGM, y la atención se había desviado hacia Oriente Medio, las dificultades de una URSS en sus últimas bocanadas, la unidad alemana o la integración europea, esto lo que hace es hablar en negativo de una comunidad internacional que exhibe una cara, la de la defensa de las libertades, los derechos humanos y la paz, mientras por la espalda sólo se preocupa de sus propios intereses geopolíticos, muy alejados de esos grandes principios.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

Eslovenia proclamó su independencia el 25 de junio de 1991. Poco tiempo después le seguiría Croacia.

El papel del FMI: La negociación para el pago de la deuda externa yugoslava conllevó, casi como en todas partes, un plan de ajuste estructural que de nuevo se llevó a cabo, como en tantas otras ocasiones, a través de las llamadas “recetas mágicas” del FMI, las instrucciones multiusos que en tantas ocasiones se han demostrado fallidas y han causado más perjuicios que beneficios. En palabras de la especialista alemana Jutta Dirtfurth, citadas por Ángel Ferrero, “a la elevada deuda exterior en los ochenta les siguió la desestabilización de la economía yugoslava en los noventa, en parte por culpa del programa de ajuste estructural dictado por el Fondo Monetario Internacional en 1990. Como en el caso del Tercer Mundo, el objetivo ahora en Yugoslavia era privatizar las empresas públicas y abrir el país a las inversiones y mercancías extranjeras. Pero sobre todo se trataba de recortar los amplios derechos de que gozaban los trabajadores. La ley sobre Organización de Base del Trabajo Asociado molestaba. Un ejemplo así no era necesario en la futura Unión Europea…” Ya antes de la muerte del mariscal Tito, un primer paquete de medidas fue adoptado -o impuesto- a las autoridades yugoslavas, sin que supusiera éxito alguno: la reestructuración de la deuda no condujo a una reducción de la misma, sino que fue progresivamente aumentando. El nivel de vida de la población, a consecuencia de la devaluación del dinar, la moneda yugoslava, fue cayendo progresivamente.

A lo largo de los años ochenta, las privatizaciones, las congelaciones salariales, una nueva ley bancaria diseñada para desencadenar la liquidación de los “Bancos Asociados” (hasta entonces en manos públicas), la ausencia de ayudas a las empresas nacionales obligadas a entrar en bancarrota o en liquidación por la competencia extranjera -con la aprobación de una particular legislación al efecto para facilitar que las empresas insolventes se declararan en quiebra-, y otras medidas puestas en marcha por el primer ministro federal, Ante Markovic (quién había sustituido en 1988 a Branko Mikulic, incapaz de hacer aprobar su proyecto de presupuestos en el parlamento federal), como una política monetaria restrictiva, dinamitarían los lazos económicos entre las repúblicas, aumentarían las tendencias centrífugas que se habían ido observando a lo largo del tiempo entre las mismas y dispararían las tensiones separatistas. Al mismo tiempo, el apoyo otorgado a la burocracia del partido para la puesta en marcha de las reformas, creando una continuidad entre la antigua y la nueva clase dirigente (“las oligarquías republicanas, que soñaban con un “renacimiento nacional” en beneficio propio, en lugar de elegir entre un auténtico mercado yugoslavo o la hiperinflación, optaron por una guerra que iba a ocultar las auténticas causas de la catástrofe económica”, expone Michel Chossudovsky), y el desencanto de una población que mostró primero su malestar en forma de huelgas donde las diferencias étnicas brillaban por su ausencia, y luego se vio arrastrada a la orgía nacionalista por los manipuladores políticos, sirvieron de acelerador del proceso.

Como corolario, muchos de los países de la zona se hallan más empobrecidos -aunque siguen persistiendo las mismas diferencias que durante la existencia de la federación-, la integración en la UE se ha hecho a costa de programas de recortes y de una caída del nivel de vida que han generado protestas ciudadanas (Eslovenia) o se ha dado una manifestación de capitalismo clientelar (Serbia, Montenegro) o de una administración neo-colonial de no residentes que determina la política económica (Bosnia-Herzegovina).

La actitud alemana: La Alemania recientemente reunificada (o más bien resultado de la absorción de la RDA por parte de la RFA, dado que no hubo ni adopción de una nueva carta magna, ni reforma constitucional, ni referéndum… nada salvo la pura y simple imposición del sistema político y económico de Alemania Federal a su vecina) tenía ansias de liderazgo en el interior de la entonces Comunidad Europea (Maastricht fue el primer paso para la construcción de una suerte de nueva Europa bajo la Pax Germanicca). El gobierno del canciller Kohl, reelegido tras el subidón nacional provocado por la “reunificación”, forzó la deriva de los acontecimientos cuando, tras un acuerdo en el verano de 1991 entre Belgrado y las entonces repúblicas secesionistas de Eslovenia y Croacia, se finalizaron los combates en la primera de las repúblicas a condición de que Liubliana y Zagreb pospusieran su independencia por noventa días y Serbia aceptara el relevo en la presidencia rotatoria de la debilitada federación.

Sin embargo, el gobierno alemán tomó la iniciativa unilateral de reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia, forzando al resto de países miembros de la CE a reconocer también la secesión. Antes de tomarse siquiera la molestia de esperar a la evaluación de un comité de juristas, que tendría que elaborar un informe acerca de la situación de los derechos humanos y la situación de las minorías en estas repúblicas, y en contra de la opinión de los Estados Unidos, quienes pese a no tener ya interés en el mantenimiento de la federación yugoslava, consideraban precipitado aún el reconocimiento. Contra -o cuanto menos adelantándose a- los propios requisitos solicitados en la materia por la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE, la posterior OSCE), el reconocimiento prematuro avalaba a un personaje tan poco de fiar como Tudjman y daba alas al nacionalismo serbio para emprender su labor de limpieza étnica en Krajina y Eslavonia Oriental bajo el argumento de la “autodefensa”. El contraste de la actitud alemana, además, con el rápido reconocimiento de la independencia de Eslovenia y Croacia con respecto a las aspiraciones de reconocimiento de una hipotética secesión en referéndum o en elecciones plebiscitarias de Cataluña o el no reconocimiento de la anexión de Crimea por Rusia (península mayoritariamente habitada por rusos y que había pertenecido a Rusia antes de que fuera otorgada a Ucrania por primera vez en su historia por el premier soviético Nikita Jruschov en los sesenta) bajo el argumento de la “integridad territorial de los estados” suena casi a chiste.

Las ayudas militares y diplomáticas “bajo cuerda”: Jutta Dirfurth, en otro párrafo citado por Ángel Ferrero, establece la actitud favorable a eslovenos y croatas exhibida por Alemania y su vecina Austria a lo largo de los conflictos yugoslavos. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, capitaneada por EE.UU. y, en el ámbito europeo, claramente secundada por la nueva Alemania, “consideraba a Yugoslavia una molesta muralla que bloqueaba sus intereses en Asia Central. Su objetivo era el establecimiento de un puente hasta su puesto avanzado en Turquía y la estabilización de los Balcanes para los intereses de los Estados Unidos y la UE, con Alemania al frente”. Josep Fontana se refiere, además, a la vieja aspiración de dominio austro-alemán de la zona balcánica, fracasada tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, y que parecía retornar con la desintegración del estado federal yugoslavo. A ello podía sumársele la posible futura integración, en la esfera de influencia austro-germana y en la Unión Europea, de las dos repúblicas más septentrionales y desarrolladas de la disuelta federación, Eslovenia y Croacia, que habían formado parte del Imperio Habsbúrguico (como, de hecho, ha ocurrido). Si nos atenemos a las feroces críticas y posiciones antiserbias -absolutamente justificadas- en el conflicto, sin que, sin embargo, se escucharan lamentos por los crímenes o abusos de poder cometidos por parte de las autoridades y milicias croatas, dentro o fuera de las fronteras de la república, puede resultar fácil colegir que el apoyo alemán, austríaco e incluso húngaro (que intervino también a favor de Croacia para tratar de ayudar de modo indirecto a sus connacionales de Vojvodina) se tradujo en una actitud similar en los medios diplomáticos y de comunicación.

Por su parte, Francia jugó hacia una calculada ambigüedad: “al mismo tiempo que Mitterrand criticaba a Milosevic por sus abusos, le prestaba apoyo incluso militar enviando discretamente armas a los serbios, tan sólo para proyectar la antigua alianza franco-serbia que se remontaba a 1914” (Carlos Sánchez Hernández).

Estados Unidos, por su parte, fue a remolque de la Unión Europea, y aunque en un primer momento proporcionó armas e instructores al gobierno bosnio de Alia Izetbegovic, demostró que no tenía una política clara sobre el asunto, y el embargo de armas que se dictó en Bosnia no favoreció en absoluto a sus supuestos aliados del gobierno de Sarajevo. Lejos de eso, las milicias serbias, que contaban con los arsenales del ejército federal, podían seguir abasteciéndose en mayor medida que sus adversarios, lo que les llevó a conquistar las dos terceras partes del territorio bosnio entre 1992 y 1994, mientras croatas -de acuerdo con el plan de partición entre Tudjman y Milosevic- y musulmanes peleaban entre sí en el resto de Bosnia.

“El triste papel de la ONU”: Así ha definido el profesor Taibo lo que fue el papel de la organización internacional en los Balcanes. No resulta extraño, pues en el juego de intereses descrito anteriormente -al que podría sumarse la postura griega, preocupada por el reconocimiento internacional de Macedonia; o el de España o Gran Bretaña, por el impacto interno que podrían tener en Euskadi, Cataluña o Escocia el reconocimiento del derecho de autodeterminación que se le había dado a Croacia y Eslovenia- la ONU y su Consejo de Seguridad iban a ver también posturas enfrentadas o cuando menos de una ambigüedad calculada entre las diferentes naciones y entidades internacionales.

El caso de Bosnia-Herzegovina fue, sin duda, el que más impacto -por la duración del conflicto, por sus secuelas humanitarias, por las múltiples conexiones televisivas que llegaban a los espectadores de todo el mundo- tuvo en la opinión pública y el que reveló la ineficacia de la organización, que en los últimos años ha dido experimentando un franco declive cuyo punto culminante ha sido la utilización unilateral de la fuerza y sin respaldo alguno de resoluciones de Naciones Unidas por parte de EE.UU. en Irak. Pero, retornando a Bosnia, lo más grave del asunto fue que otra vez el juego de intereses se entrometió aquí, abriendo camino a la guerra y sentando las bases para que la ONU fracasara en su empeño de enviar una fuerza de paz y de llegar a un acuerdo estable para la viabilidad del país.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Las carnicerías diarias en Sarajevo y otras partes de Bosnia fueron una constante en los medios de comunicación, y en especial en la televisión, durante los años 1992 a 1995.

Como ya se dijo anteriormente, Bosnia-Herzegovina resultaba algo así como una “Yugoslavia en pequeño”. Habitada por tres comunidades (serbios, croatas y bosnio-musulmanes), muchas veces entremezclados entre sí como en el caso de la capital, Sarajevo, su independencia, proclamada en 1992 junto con la de la septentrional Macedonia -después del fracaso de la propuesta de reforma de la federación- incluía un gobierno de representación de las tres comunidades: el presidente de la república era musulmán (Izetbegovic); la presidencia del gobierno recalaba en un serbio, y la del parlamento en un representante croata.

Por entonces se estaban registrando las primeras luchas callejeras, y aparecían las primeras comunidades autónomas serbias y croatas, de los primeros en Bosnia Oriental y Banja Luka, al norte del país, y de los segundos en la zona de Herzegovina (tal vez un paso previo para la división del país acordada en Karajordjervo y ratificada más tarde en Graz por serbobosnios y bosniocroatas). La independencia, sin embargo, escribe Josep Fontana, no tenía en principio por qué ser traumática: “los serbios aceptaban la independencia con tal de que se estableciera un gobierno central débil y se respetase la autonomía de las zonas en las que la población de etnia serbia era mayoritaria”. Pero estos deseos y la actitud de Izetbegovic, apoyado por los EE.UU., que aspiraba a un poder central fuerte, y que recelaba de la actitud serbia y de los deseos de Milosevic de construir una “Gran Serbia” a costa de los territorios de mayoría serbia de la república, acabaron por chocar.

Las milicias paramilitares serbias pusieron pronto cerco a Sarajevo, y los croatas de Herzeg-Bosna comenzaron asimismo a atacar las posiciones del gobierno bosnio en Herzegovina y Bosnia Central. En 1992 salió a la luz un plan de Naciones Unidas, el plan Vance-Owen, que suponía la cantonalización del país mediante su división en diez provincias autónomas o cantones de forma que cada comunidad contara con mayoría de población en tres de ellos y que en el gobierno de cada una de ellas estarían representados los tres grupos principales; la presidencia de la república, al igual que ocurría en la de la antigua federación yugoslava, sería de carácter rotatorio.

Sin embargo, este plan no salió adelante en su momento: la UNPROFOR, la fuerza de paz enviada en su día a las zonas de Krajina y Eslavonia, en Croacia, y extendida a territorio bosnio, no había recibido mandato alguno para hacer cumplir el plan establecido (entre sus funciones sólo estaba garantizar la entrega de ayuda humanitaria y la protección de zonas de seguridad para los refugiados civiles). Además, contó con la oposición de los representantes serbios (ya que no otorgaba reconocimiento a las ganancias de territorio conseguidas a través de la política de “limpieza étnica”), pero sorprendentemente también con la de EE.UU., quienes no querían verse obligados a mandar hombres para garantizar el cumplimiento del plan.

A lo largo de los siguientes tres largos años de guerra, fueron varios los factores que cambiarían el curso de los acontecimientos a favor de una solución negociada que, paradójicamente, iba a ser muy similar al plan Vance-Owen. En primer lugar, los serbios “murieron de éxito”, ya que controlaban una extensión de territorio demasiado grande como para que pudieran controlarlo con facilidad. Además, Milosevic, pensando en ganar respetabilidad y crédito internacional y en acabar con el bloqueo internacional que se había establecido contra la “pequeña Yugoslavia” que formaban Serbia y Montenegro, dejó de apoyar a las milicias serbobosnias. En segundo lugar, la alianza bosniocroata que se había roto al comienzo de la guerra cuando entró en funcionamiento el acuerdo de reparto de Bosnia entre los gobiernos de Serbia y Croacia se restableció. Y en tercer lugar, los EE.UU. pusieron en marcha, con cobertura militar de la OTAN y a través de una demanda de la ONU, la operación Life and Strike, a través de la cual se bombardeó las posiciones serbias y se dio apoyo armado a la Armija bosnia.

En medio de todo esto, sin embargo, se producía la descoordinación entre las fuerzas de la OTAN y los “cascos azules” de la ONU, enviados en escaso número, además, para proteger las zonas de seguridad, que fueron tomadas por los serbios. El contingente de soldados de Naciones Unidas registró, por otro lado, una horrible mancha en su historial con la pasividad, cuando no la connivencia, de un contingente de “cascos azules” holandés con la matanza de musulmanes bosnios perpetrada por los paramilitares serbios de Ratko Mladic en Srebrenica en julio de 1995. En lugar de proteger a la población civil, los soldados neerlandeses de la ONU simplemente “dejaron hacer”, con lo que 7.600 varones musulmanes fueron salvajemente masacrados.

Fuera por la matanza de Srebrenica o porque la guerra se encontraba en un punto muerto, el nuevo presidente estadounidense, Bill Clinton, decidió patrocinar una reunión en Dayton (Ohio, EE.UU.) entre el presidente bosnio y los presidentes de Croacia y Serbia-Montenegro para alcanzar un acuerdo de paz en el país. En realidad, el acuerdo de Dayton del 14 de diciembre de 1995, firmado por Izetbegovic, Tudjman y Milosevic era una versión actualizada del plan Vance-Owen: Bosnia-Herzegovina quedaba dividida en dos entidades autónomas: la República Serbia de Bosnia, con un 49% del territorio al este y al norte, y la Federación Croato-Musulmana, con el 51% restante en Bosnia Central y Herzegovina. Tendría un parlamento federal común en Sarajevo y una presidencia colegiada formada por un representante de cada una de las tres comunidades. Sin embargo, en la práctica, el país se ha convertido en una especie de protectorado de Naciones Unidas, con la presencia de un representante de la ONU con funciones ejecutivas y autoridad sobre ambas zonas. “Era un resultado lamentable -escribe Fontana- que venía a sancionar lo que se pudo haber obtenido en 1992 con el Plan Vance-Owen, ahorrándose tres años de guerra que causaron 100.000 muertos y grandes desplazamientos de población. Las destrucciones económicas y el retroceso en la producción de alimentos dejaron al país en una situación en que no hubiera podido subsistir sin ayuda internacional”.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La foto del acuerdo de Dayton: Milosevic, Izetbegovic y Tudjman firmando el acuerdo de paz que ponía fin a la guerra en Bosnia-Herzegovina.

La única conclusión positiva del papel de la comunidad internacional fue que, aparte de la labor de reconstrucción y de la solidaridad altruista desempeñada por particulares y por soldados que, como los españoles desplazados en la zona de Mostar, contribuyeron a reconstruir el histórico puente de la ciudad, fue la de la implementación del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. En el plano del Derecho y de la persecución de crímenes de guerra, este tribunal supuso un auténtico golpe para aquellos que habían cometido y patrocinado las labores de limpieza étnica, y una satisfacción para las víctimas de la violencia, pese a sus limitaciones en cuanto a la materia a investigar -en muchos casos, no se tuvo en cuenta como crimen contra la humanidad la violación- y los criminales que fueron penados (Tudjman no pasó por ellos y Milosevic murió antes de que se dictara sentencia alguna contra él). Sin embargo, aunque contemporáneo del Tribunal Internacional para Ruanda y precedente de la Corte Penal Internacional, el hecho de que países hayan quitado su firma del acuerdo para su creación o directamente no la hayan puesto (EE.UU., Israel), las limitaciones interpuestas por otros al concepto jurídico de “justicia universal” (España recientemente) o los intereses creados para evitar llevar a juicio a criminales de naciones especialmente estratégicas por razones económicas o comerciales puede dar la razón a lo que Carlos Taibo decía en su día sobre la discriminación y la limpieza étnica en Yugoslavia: “La aceptación de facto de los resultados de la político de “limpieza étnica” […] abre acaso el camino a procesos de naturaleza semejante en otros lugares. Las minorías húngaras presentes en Eslovaquia y en Rumania pueden ser las próximas víctimas, como pueden serlo muchas de las minorías rusas y no rusas que habitan en las diferentes repúblicas de la Comunidad de Estados Independientes”. Procesos que, en otras latitudes -Latinoamérica, Myanmar…- se han vivido sin la atención mediática que despertó en su día las guerras de Yugoslavia.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpeska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

División de Bosnia-Herzegovina en la República Serbia (Republika Srpska) y la Federación Croato-Musulmana, en virtud de los acuerdos de Dayton.

CONCLUSIONES

Cuando Yugoslavia dejó de existir, aún se habría un posible horizonte que evitara los conflictos que surgieron a la luz a lo largo de los años noventa con el resultado de cruentas guerras entre las repúblicas de Eslovenia, Croacia y Bosnia -y en el interior de estas dos últimas- y Serbia, apoyada por Montenegro y por un ejército federal serbianizado por dos factores: la alta presencia de serbios en sus escalones superiores de mando y por la deserción de soldados de otras nacionalidades, que no estaban dispuestos a luchar contra sus propias repúblicas. Una de estas posibilidades pasaba por la reforma de la federación para que adoptara una estructura confederal, o por la variante de una confederación de estados yugoslavos independientes. A estas posibilidades, propuestas por Macedonia y Bosnia-Herzegovina, se sumaron en un primer momento eslovenos y croatas, pero dos factores impidieron que pudiera salir a la luz: la actitud del nacionalismo serbio, para quien la federación sólo iba a poder reformarse a favor de la hegemonía nacional de su república, y la inicial reticencia de la Comunidad Europea -postura que, como veremos, se modificó más tarde, a raíz del paso al frente dado por una Alemania dispuesta a dar un giro a su política exterior tras la reunificación- a aceptar cambios en las fronteras adoptadas tras la SGM.

Si bien las causas que operaron en la desintegración del viejo estado federal yugoslavo fueron internas, la aceleración del proceso y su desenlace violento estuvieron en buena medida determinados por la acción externa, y su desarrollo se vio agravado por una comunidad internacional que, demasiado ocupada en otros asuntos, demasiado poco conocedora de los procesos internos que se estaban desarrollando en el interior de Yugoslavia y, además, defendiendo en muchas ocasiones intereses contrapuestos, no fue capaz de coordinar correctamente una operación diplomática eficaz para evitar las sucesivas guerras, ni garantizar una política humanitaria eficaz que protegiera a la población civil inmersa en las zonas de combate. Los medios de comunicación transmitían diariamente imágenes del cerco de Sarajevo o de los combates en Bosnia Central o Herzegovina, pero el conflicto permaneció enquistado durante mucho tiempo sin que funcionaran acertadamente las instituciones internacionales, en especial Naciones Unidas.

Durante ese tiempo, además, prevalecieron los análisis que se referían a lo que ocurría en la antigua Yugoslavia como una muestra más del fracaso del socialismo o a la presencia de conflictos latentes que, como en una conocida obra del escritor y ex corresponsal de guerra Arturo Pérez-Reverte, “Territorio comanche”, se remontaban en la memoria colectiva de los yugoslavos a la época de la Gran Guerra o la posterior lucha interior entre chetniks, ustashes y partisanos durante la SGM, lo que ha contribuido a dar la imagen de que los yugoslavos, en realidad, se odiaban desde tiempo inmemorial y se habían visto obligados a convivir por obra de Tito o de las potencias internacionales que, después de la PGM, construyeron Yugoslavia poco menos que de la nada. Esta interpretación obviaba la antigüedad de la idea paneslava, mucho más vieja que aquellos tiempos en que los yugoslavos “se acuchillaban en nombre de la Sublime Puerta o de la Viena imperial” (Pérez-Reverte), y de que fueron los actores que utilizaron el nacionalismo como arma política para sus propios fines quienes recordaron a las masas de sus respectivas repúblicas los odios de un pasado lejano -la hegemonía serbia, el terror de los ustashes…- para exacerbarlas y garantizarse su apoyo frente a un “enemigo” común. Por otra parte, esto fue más efectivo en el medio rural que en las ciudades, donde la convivencia interétnica y el nivel cultural era mayor. No en vano, Sarajevo, la acosada capital bosnia, era la sede del gobierno multiétnico de la república independizada.

En cuanto a la muestra del fracaso del socialismo, no conviene olvidar los factores externos que condujeron al desmoronamiento de la economía yugoslava, en gran medida las políticas dictadas por el FMI a la manera de “recetas multiusos” para revitalizar la maltrecha economía del país. El modelo socialista yugoslavo estaba muy alejado de la ortodoxia impuesta desde Moscú a sus aliados del centro y el este de Europa, y esta falta de ortodoxia hicieron que durante muchas décadas Yugoslavia fuera un aliado comercial de Gran Bretaña, Estados Unidos y la Comunidad Económica Europea. A partir de los años ochenta, con la puesta en marcha de la perestroika gorbachoviana en la URSS, y sobre todo de 1989, con la caída de los regímenes burocráticos que componían el bloque soviético en Europa, el interés como socio de Yugoslavia cayó en picado, al igual que las ayudas económicas que recibía el país de Occidente, lo que fue determinante para el deterioro de la economía, la aplicación de programas de ajuste más severos (causa y efecto mutuos el uno del otro) y el aumento de la conflictividad social y el agravamiento de la situación política.

En segundo lugar con respecto a este extremo, si bien el socialismo yugoslavo estuvo marcado por defectos que lo alejaban de un verdadero socialismo de raíz humanista y democrática, como lo estaban los socialismos burocráticos de la URSS y el bloque este, tal y como lo enjuician los críticos del “socialismo real”, el fracaso del modelo socialista no explica por qué la independencia y disolución de un estado debe degenerar en conflictos bélicos. El ejemplo más claro es la disolución pacífica de Checoslovaquia, un estado socialista ortodoxo hasta 1989, en dos estados independientes desde enero de 1993. Quizás este argumento esté motivado por la necesidad de mostrar, una vez más, las maldades de un mundo ya inexistente que, sin embargo, ha sido criticado por filósofos y teóricos marxistas por la degeneración que suponía utilizar el nombre de socialismo para definirlos, que generó más de un disidente de raíz marxista y que, como en el caso del “socialismo autogestionario” yugoslavo, creó experiencias interesantes y positivas que no conviene descartar de un plumazo.

FUENTES:

Carlos Taibo, José Carlos Lechado: “Los conflictos yugoslavos. Una introducción”. Madrid, Fundamentos, 1993.

Ángel Ferrero, “Hacia una Europa neoimperialista”, en Rafael Poch de Feliu, Ángel Ferrero y Carmela Negrete, “La quinta Alemania. Un modelo hacia el fracaso europeo”, Barcelona, Icaria, 2013.

Josep Fontana, “Por el bien del Imperio. Una Historia del mundo desde 1945”. Barcelona, Pasado & Presnte, 2013.

Carlos Sánchez Hernández, “La geometría variable del poder en política exterior. I: La intervención occidental en Bosnia (1992-95) y la matanza de Srbrenica”, Madrid, NÓMADAS-Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, 12-2005/2, Universidad Complutense de Madrid.

Antonio José Romero Ramírez, “Yugoslavia: de las repúblicas de los consejos obreros a la guerra entre republicas”, s/l, Papers nº 44, 1994.

Marcos Ferreira, “Desintegración y guerras de secesión en Yugoslavia”, 6 de mayo de 2015, en http://elordenmundial.com/regiones/europa/desintegracion-y-guerras-de-secesion-en-yugoslavia/

Michel Chossudovsky, “El desmantelamiento de Yugoslavia por el FMI”, en http://www.arrakis.es/~caum/fmi.htm

Todor Kuljic “Autogestión de trabajadores en Yugoslavia”. Transcripción de un vídeo de O. Ressler, grabado en Belgrado, Serbia, 23 min., 2003 (Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid), en http://www.republicart.net.

Wikipedia en español (es.wikipedia.org), artículos “Comité Yugoslavo” y “Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios”.